cristo raul.org

 

 
 

EL EVANGELIO DE CRISTO SEGÚN SAN PABLO

Análisis biohistórico de la Carta a los Romanos

CRISTO RAÚL  Y&S  

 

Editado por Raúl Palma Gallardo para

 

“EL VENCEDOR EDICIONES”

 

 

PRÓLOGO

PARTE DOGMATICA

 

Libro Primero

 

Libro Segundo

 

Libro Tercero

 

PARTE MORAL

 

Libro Cuarto

 

EPILOGO BIOHISTÓRICO

 

 

Prólogo biohistórico

 

La necesidad de aplicarle a la Epístola a los Romanos de San Pablo el método biohistórico que le aplicara anteriormente a las famosas 95 Tesis de Lutero surge de la relación entre esta Carta y la confesión por antonomasia de la Reforma, su ley madre: “La Fe sola”, al parecer tomada de esta Epístola. Digamos que yo no soy quien para juzgar a nadie, pero en cuanto hijo de Dios sí me considero capacitado para poner sobre la mesa el juicio de Dios sobre quien manipula la Sagrada Escritura, por las razones subjetivas que fueren, sea añadiendo o quitándole parte al Texto o desfigurando mediante la parte el todo.

Si mal no recuerdo creo que es el propio Dios, en boca de su Hijo, quien al final de su Libro, por la mano de San Juan, dio a conocer su juicio contra todo el que se atreviera a quitarle o se atreviese a añadirle palabra al Texto de la Sagrada Escritura, diciendo: .

“Yo atestiguo a todo el que escucha mis palabras de la profecía de este Libro que, si alguien añade a estas cosas, Dios añadirá sobre él las plagas descritas en este Libro; y si alguno quita de las palabras del Libro de esta profecía, quitará Dios su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa, que están escritos en este Libro”.

Personalmente entiendo por “este libro” el Libro de Dios, en su conjunto, de principio a fin, de Génesis a Apocalipsis, de manera que acabándolo el Autor da a conocer su sentencia contra todo el que se atreviera o atreviese a manipular su Libro, todo él, se entiende, una profecía de principio a fin. Sobre lo cual hay mucho que decir pero en cuyo tema no nos entretendremos más de la cuenta; de hacerlo lo haría únicamente en la medida que lo exija este Análisis de la Carta a los Romanos, en cuyas páginas el Apóstol de los Gentiles dejó escritas las líneas maestras de su Evangelio, que hombre indoctos pervirtieron contra el consejo de San Pedro, profeta, quien viendo venir lo que habría de pasar con el fruto de la inteligencia de Pablo ya lo anunciara, diciendo:

“Por esto, carísimos, esperando estas cosas, procurad con diligencia ser hallados en paz, limpios e irreprochables ante El, y considerad la longanimidad de nuestro Señor como salvación, según nuestro amado hermano Pablo os escribió conforme a la sabiduría que a él le fue concedida. Es lo mismo que, hablando de esto, enseña en sus epístolas, en las cuales hay algunos puntos de difícil inteligencia, que hombres indoctos e inconstantes pervierten, no menos que las demás Escrituras, para su propia perdición”.

Hablando sobre puntos de difícil inteligencia San Pedro se refería a puntos de difícil interpretación, entendiendo esta dificultad desde el abismo que separa la inteligencia del Creador de la de la Criatura, abismo que “personas indoctas” -incluyendo San Pedro en esta categoría a los sabios según los títulos académicos por los que el mundo reconoce a sus hombres doctos- pervierten; es decir, manipulan para mediante la perversión del sentido divino de la Escritura reclamar para sí la santidad del espíritu del Autor del Libro. Manipuladores que no faltaron entonces ni habrían de faltar hasta nosotros, cosa que se demuestra dando un paseo por la memoria histórica del Género Humano, pero que dejaremos para otro momento pensando en el acceso público que todo el mundo tiene a las memorias de la Humanidad en general y del Cristianismo en especial.

La acción perversora a la que se refiere San Pedro debemos nosotros entenderla como la manipulación que tiene lugar cuando se saca un texto de su contexto, se traslada este texto a un contexto ajeno y se interpreta el texto original desde el contexto extraño al texto original. En realidad todo el mundo puede realizar una operación vírica de este tipo. Es una operación que en la vida diaria es el pan de cada día. Desgraciadamente no debiera ser así, se entiende, pero es lo que hay. Ciertos políticos y ciertos periodistas son maestros en este arte de perversión de un texto, de donde se demuestra que cualquiera es capaz de sacar adelante con éxito una operación de trasplante de contexto.

De todas formas, para no perderme en retóricas y demagogias destinadas a marear la perdiz y ganarme la atención del lector mediante imágenes inconscientes innatas, es bueno poner los puntos sobre las íes. Quiero decir, el éxito de una operación de manipulación de un texto, de una frase o de cualquier mensaje depende de un factor clave, sin cuya presencia todos los intentos, incluso el del más genial de los genios, no pasarían de ser un aborto mal alumbrado. Esta condición es la ignorancia del destinatario de la operación manipuladora. Para engañar, pervertir o manipular a alguien hay que contar con la ignorancia de ese alguien. No se puede engañar ni pervertir ni manipular a alguien que conoce perfectamente el texto del mensaje y la identidad del mensajero. Tomemos el caso de Adán y la Serpiente.

En toda la historia de la Creación no encontraremos un caso de manipulación tan básico. Tal vez por esto, independientemente de que “ese toro ya había acorneado con anterioridad”, las consecuencias de aquélla manipulación han cambiado de un forma tan revolucionaria la estructura de la relación entre Dios y su Creación. Entremos en los intríngulis del caso. Adán estaba a la espera del regreso de Dios. Dios estaba poniendo a Prueba la Obediencia y Fidelidad de Adán. No abrir la Caja de Pandora, en términos clásicos, era la Prueba. La confianza entera puesta en su creación Dios descansó de todas sus obras, Día séptimo de la creación del Universo.

Desde la teología de los reformadores, especialmente la calvinista, Dios le dio la espalda a su hijo para que pasara lo que en su presciencia y omnisciencia había predispuesto, la Caída de Adán. Según la teología de la Reforma, siendo Dios Omnisciente y Presciente las dos partes en el conflicto, Satán y Adán, estaban predestinadas a interpretar en sus carnes el guión de antemano escrito por el Creador de ambos: Adán la Caída y Satán la Traición.

Desde la Teología que Jesucristo puso en marcha Dios es omnisciente y presciente y la posibilidad de la Traición y de la Caída entraban en el contexto del futuro del Edén. Pero si Dios no nos dejara a sus hijos la libertad para decidir por nosotros mismos la puerta de qué futuro queremos abrir, en este caso no habría libertad ni creación a imagen y semejanza de Dios; y la filiación divina del hombre sería una gigantesca farsa.

Las puertas de la Vida y de la Muerte estaban delante de Satán, y de Adán. Sí, la caja de Pandora estaba ahí. Pero entre el tentador y el tentado había una diferencia letal. El primero conocía por experiencia la naturaleza de lo que guardaba la caja; el segundo sólo sabía lo que le había dicho Dios, que el día que la abriera, moriría. Amando, conociendo y creyendo en Dios, Adán se limitó a elegir, entre la vida y la muerte, la vida. En cuanto a la caja, Adán no conocía la naturaleza de lo que escondía. Ni le preocupaba. El fruto mataba al que lo comía. Con qué tipo de veneno mataba no era su problema, al muerto la forma de morir una vez muerto ¿qué le importa?

Esa era la prueba que Adán tenía que superar, permanecer solo en el Edén durante un tiempo equis. A Su regreso se le daría la corona del mundo y bajo su reinado la Sabiduría se abriría en flor, expandiendo su gobierno hasta los confines de la Tierra. Más sencillo imposible. Y para que el tiempo le fuera más leve le dio Dios por compañero una hembra.

Así estaban las cosas cuando entró en el escenario, con pleno conocimiento de causa, en posesión de todas sus facultades mentales e intelectuales, uno de los hijos de Dios, uno de aquellos hijos a los que Dios les confiara el proceso de civilización de las razas humanas, aquél que se llamaba Satán.

“Cuando el Altísimo distribuyó su heredad entre las gentes, cuando dividió a los hijos de los hombres, estableció los términos de los pueblos según el número de los hijos de Dios”- dijo Moisés en su cántico (Deuteronomio).

Satán sí conocía qué había detrás de la puerta de la Ciencia del bien y del mal. Abrirla y empujar a Adán al infierno que había al otro lado era una decisión exclusivamente personal. Dios, conociendo a Satán, conocimiento que luego dejó traslucir en la relación Jesús-Judas, sabía que la posibilidad de la Traición estaba ahí. “Aquél toro había acorneado ya con anterioridad”. Existía la posibilidad. Y porque existía, para apartar a Satán de la tentación Dios levantó la pena de destierro eterno de su Reino para cualquiera que osase intervenir en los acontecimientos del Edén. Aquí, en este aspecto de la Ley, estaba la Ignorancia de Adán. Adán creía que la Ley lo miraba sólo a él, y desconocía este aspecto de la Ley. Satán, que conocía este talón de Aquiles de Adán, despreciando al Cielo en preferencia al Infierno, y sabiendo que Adán nunca desconfiaría de un hijo de Dios, sólo tuvo que hacerse pasar por el mensajero que venía a anunciarle la buena nueva. ¿No era sutil Dios recompensando con aquello que prohibiera?

Así pues, hubo ignorancia, y porque la hubo Dios levantó su puño al Cielo jurando por su Cabeza vengarse de sus enemigos, Satán la cabeza. La cuestión, volviendo ahora al tema, es la siguiente, ¿hubo ignorancia en los tiempos de la Reforma? ¿Estuvieron todos los actores de la Reforma: Lutero, Calvino, Enrique VIII, la iglesia romana,  al corriente de la naturaleza de todas las fuerzas que estaban en movimiento en el universo? ¿Nadaban los pueblos alemán, inglés, suizo, holandés, español, francés e italiano en la abundancia de sabiduría?

¡¡¿¿La Fe sola salva??!! ¿Y esto lo dijo San Pablo? ¿Están seguras todas las ramas de las iglesias protestantes que se dividieron del árbol de la Iglesia Católica que San Pablo dijo alguna vez que “la Fe sola salva”? ¿Sin las obras de la Sabiduría, sin la Iglesia de Dios? ¿Y esto lo dijo San Pablo? ¿Entonces es verdad que fue Dios quien envió a Satán para que le clavara el puñal a Adán por la espalda?

¡Qué cosa más curiosa, la Teología de la Reforma! Porque claro, si Dios es Omnisciente y Presciente y nada sucede sin su conocimiento por lógica El tenía que conocer lo que iba a pasar, y si sabiéndolo no hizo nada es porque no quiso hacer nada, y si no quiso hacer nada tal vez sería porque creara a a ambos actores del Edén para protagonizar el espectáculo de la Caída. ¿O me equivoco? Y si me equivoco ¿en qué me equivoco?

¿Dios es omnisciente?

Sí.

¿Dios es presciente?

Sí.

¿Significa que Dios puede ver todo lo que va a pasar?

Sí.

¿Entonces por qué no hizo nada para detener a Satán?

Obviamente -se respondió la Teología de la Reforma- porque a unos los crea desde su nacimiento para el Infierno y a otros para la Gloria. De manera que sin haber hecho nada malo los malos ya están condenados al Infierno en razón del conocimiento de Dios, quien de antemano ya conoce los delitos que los harán merecedores del castigo del Infierno. Y al contrario, los predestinados al Cielo, los buenos, no tienen de qué preocuparse en vida porque ya están salvados en razón de quien antes de cometerlos ve sus actos y, pesados en la balanza de su justicia, ya tienen por premio la Gloria. “La fe sola por tanto” -concluye la Reforma- es la medida del juicio de Dios, pues aunque el hombre lo quiera ninguna acción que de su voluntad propia ponga podrá abatir el platillo del juicio final a su favor o en su contra. De aquí que Lutero aconsejara no tenerle miedo a ser un pecador más grande que el propio Judas, pues aunque un protestante violase a la misma Virgen quedaría absuelto de su crimen “por la preciosa sangre de Cristo”.

Este tipo de teología -si teología puede llamársele a semejante Apología del Diablo- peca de absolutismo racional. Al querer glorificar a Dios hasta el infinito se olvida de un detalle crucial, no lo glorifica sino que lo demoniza, no lo ensalza sino que lo bestializa. Para afirmar a Dios niega el principio básico con el que abre su marcha la Sagrada Escritura: al Principio Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.

Estas consideraciones jesucristianas previas lanzadas es hora de devolver el texto que Lutero extrajera de su contexto paulino a su verdadero contexto sagrado. Y negarle al protestantismo, sin afirmarle al vaticanismo, el derecho a manipular la Sagrada Escritura en nombre de la necesidad de combatir la Idea de la Iglesia Romana contra Cristo impuesta por algunos de sus siervos. Perversión de la Idea Jesucristiana establecida por un obispado medieval, que contra la voluntad de Dios resucitara lo que Dios condenó: el Imperio. Voluntad Divina contra cuya Juicio se rebelaron el Patriarca de Bizancio, escondiendo al emperador de Constantinopla bajo su manto, y el Patriarca de Roma, resucitando lo que Dios ya había enterrado.

A pesar de estos delitos de rebelión contra Dios, y como ya se demostrara en “Lutero, el Papa y el Diablo”, es un delito aún más grave el delito de quien en su ceguera confunde un obispado metropolitano, sea romano o moscovita, con la Iglesia Católica. La Iglesia Católica era antes del nacimiento del obispado romano y seguirá siendo después, sempiternamente, independientemente de la existencia o la desaparición de la ciudad de Roma, de Moscú y de todas las demás ciudades de la Tierra

 

Saludos a los fieles de Roma

 

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado al apostolado, elegido para predicar el evangelio de Dios, que por sus profetas había prometido en las Santas Escrituras

 

Y entramos en materia. El primer punto a considerar será la naturaleza y extensión de las Santas Escrituras a las que se refiere el Apóstol. Cuando el Apóstol habla de Santas Escrituras se refiere a unas en concreto. Pero nosotros sabemos que la historia del mundo ha visto circular escrituras sagradas de muchos tipos y clases. El mundo entero está lleno de sagradas escrituras. El número y los nombres no vienen a cuento. Lo importante es que se deduce de lo que se ve que aquí cada cual es libre para inventarse las que él quiera. No es nada nuevo ni revolucionario pero es algo que funciona. Ha funcionado desde siempre y sigue funcionando. Sólo hacer falta saber escribir, tener imaginación, conocer a la gente para la que se escribe, publicarlas, y siempre saltará alguien dispuesto a morir por el nuevo profeta. Es asunto que se toma a broma, máxime viendo las escrituras sagradas que algunos se inventan y ponen en alegre circulación. Pero si uno se lo plantea y se para a pensarlo la risa se le corta al filo de los hechos. ¡Cuántos ríos de sangre no han hecho circular las santas escrituras de los distintos pueblos y civilizaciones que han llenado la faz de la Tierra desde la Caída de Adán hasta nuestros días! Es mejor ni contar las atrocidades que, engañados por los demonios que un día fueron nuestros dioses, los pueblos humanos hemos cometido a lo largo de estos últimos seis mil años pasados. El hecho es que la causa remota para inventarse unas nuevas sagradas escrituras ha cambiado con los milenios.

Desde la ambición de poder absoluto de los Antiguos a la pasión por el dinero de los tiempos modernos ha corrido mucha agua. Si se levantara un adorador de Marduk o de Zeus de la tumba y viera cómo está hoy día el panorama religioso... Pero no seamos pesimistas por deporte ni fatalistas por hobby. Las sagradas escrituras de los demás no nos interesan ahora, ni las que fueron ni las que son, sólo y exclusivamente las que para el autor de esta Carta eran Sagradas. A saber: el Antiguo Testamento, el Nuevo, y ya está.

Esto sentado digamos que a la altura desde la que San Pablo escribió esta Epístola podía verse dos realidades converger hacia un punto en el horizonte del Siglo de Cristo. Una cosa empezaba su camino y la otra lo acababa. La que lo empezaba lo hacía en el punto donde la otra acababa el suyo. Una era la Iglesia y la otra era la Biblia. La Iglesia empezaba su camino y la Biblia terminaba el suyo. El fin de una cosa era el principio de otra. Cristo Jesús le había arrancado la Sagrada Escritura de las manos al pueblo que la había escrito con su sangre, sus sudores y sus lágrimas, y se la entregaba a otro pueblo que la heredaba al precio de más sudores, más sangre y más lágrimas. Independientemente de que el pueblo desheredado se revolviera matando al pueblo que heredaba, cosa natural desde la lógica de la ignorancia que lo arrastrara a pedir la muerte para el Hijo de Dios, el hecho es que los Discípulos de Jesucristo, todos judíos de nacimiento, fueron conscientes del origen de la violencia del judaísmo contra el cristianismo, le plantaron cara al tema con la misma firmeza que lo hiciera su Maestro, y vieron - a raíz de la expulsión de los cristianos de Roma, en el 48 o el 49 - el encuentro a muerte que se avecinaba entre el Imperio y el Cristianismo. Tarde o temprano, pero a la vuelta de la esquina, el Imperio lanzaría todo su poder contra la Nueva Religión. ¿Y quiénes serían los primeros en caer? Los cristianos de la capital, por supuesto. A estos mártires de una crónica anticristiana anunciada le dirigía el más pequeño de todos los apóstoles esta Carta. San Pablo no le dirigía esta Carta a los alemanes del siglo XVI ni a los ingleses del siglo tres mil.

El “Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado al apostolado, elegido para predicar el evangelio de Dios, que por sus profetas había prometido en las Santas Escrituras”, tenía en mente al escribir esta Carta a los Romanos, y sólo a los Romanos de la generación de los sesenta. En aquel momento, a dos pasos del Incendio de Roma y de la Primera Gran Persecución, el siervo de Cristo miraba a los primeros mártires en masa del mundo cristiano. Como se mira la nieve del invierno desde el alba del verano, y se huele la lluvia de primavera desde finales del otoño, el elegido para predicar el evangelio de Dios le dirigía a una muchedumbre de criaturas al borde de la matanza sus palabras de fe y esperanza. Como corderos llevados al matadero, mientras trotaban alegres por las calles a las que volvieron creyendo haber pasado el temporal, los Romanos eran los destinatarios de esta Carta, no los feroces protestantes ni sus terribles inquisidores. Los destinatarios de esta Carta era la muchedumbre de ciudadanos romanos nacidos para ser próximamente conducidos al matadero de los circos del Imperio. Y pues que nada ni nadie podía evitar que se celebrara aquella orgía (que luego los obispos romanos, herederos de aquel Imperio, quisieron simplificar para salvar lo que Dios sentenciara: el Imperio Romano) viendo y sufriendo en sus carnes la matanza San Pablo se abrió y les legó las líneas maestras de su evangelio.

Acerca de su Hijo, nacido de la descendencia de David, según la carne, Constituido Hijo de Dios, poderoso según el espíritu de Santidad a partir de la resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor.

Si todos los hombres fuéramos ignorantes no habría ni un solo sabio. Si todos fuésemos sabios no habría ningún ignorante. Si no hubiera ningún ignorante no cabría la posibilidad de la manipulación de unos por otros. La meta de la Sabiduría, por consiguiente, es la extinción de la ignorancia.

En este campo la ignorancia de Adán era la inocencia del niño que ignora el pasado del mundo que le rodea y mira su futuro desde la filosofía del soñador que ve el mundo desde su infantil romanticismo. El hecho de volver a nacer significa rescatar la inocencia original sin la ignorancia que le permite al otro manipular nuestra inteligencia. Volver a nacer es volver a empezar con la experiencia de quien por el mundo ya ha sido aniquilado interiormente. Volver a nacer es heredar la posibilidad de empezar el camino de la vida de nuevo, pero no desnudo como en la primera ocasión, sino vestido con las armas que da el conocimiento. Volver a nacer a la verdadera Realidad que llena el cosmos es verse el rostro en un nuevo espejo, vivo, cuyo reflejo nos muestra al hijo de Dios que está en nosotros y contra quien el mundo se alzó para crucificarlo. Mejor que nadie el Pablo que había vivido en sus carnes la experiencia vivificante sin la cual no hay creación a la imagen y semejanza de Dios, ese Saulo de Tarso sabía por experiencia propia qué significa volver a nacer.

Se vuelve a nacer, pues, al conocimiento de Dios, que era el conocimiento al que estábamos muertos. Desde este conocimiento aquel que antes perseguía al Hijo de David después le servía sin ningún complejo, sabiendo mejor que nadie que sólo por eso se merecía la misma pena de muerte, que él pidiera para los que fueron lo que él era ahora. Si antes dije que este criminal a los ojos de los que antes fueron los suyos les hablaba a los Romanos para fortalecer su ánimo y su fe el día antes de la Gran Matanza de los inocentes. Ahora digo que quien escribió esta Carta fue alguien que volvió a nacer en razón del Poder heredado por Aquel que Resucitó.

Saulo de Tarso NO volvió a nacer fruto de la predicación de hombre alguno, con independencia de su filiación eclesiástica; Saulo de Tarso NO llegó a la Justicia de Dios partiendo de una cadena de razonamientos teológicos o filosóficos; Saulo de Tarso NO nació a la Filiación Divina como resultado del terror a los fuegos del Infierno ni fruto del que se muere de miedo porque se ha perdido en medio de una tormenta y hace un voto suicida, meterse en un convento; Saulo de Tarso llegó al Apostolado NO por remordimiento de conciencia siquiera; Saulo de Tarso llegó a ser hijo de Dios en razón del Poder de Quien había Resucitado. De manera que si ya antes de Nacer era poderoso por ser quien El era, después de su Resurrección su Poder se vio multiplicado. Por este Poder se realizó lo que le era imposible a los hombres hacer, que Saulo se hiciera cristiano. Un Poder de hacer santos a los criminales que, como dice el propio Pablo, heredó el Hijo de Dios después de la resurrección:

Poderoso en el espíritu de Santidad a partir de la resurrección de los muertos. Por el cual hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe, para gloria de su nombre en todas las naciones.

Pero si, como dicen algunos, especialmente los ortodoxos, el Espíritu Santo no procede del Hijo, naturalmente San Pablo está mintiendo en este versículo. Pero si el Espíritu Santo sí procede del Padre y del Hijo en este caso San Pablo no es ningún mentiroso. De manera que o bien mienten los ortodoxos al llamar Santo a Pablo o mienten los católicos al decir que el espíritu santo del apostolado le fue concedido a los Apóstoles por Jesucristo. Quiero decir, quien no lo tiene no puede conceder lo que no posee. Y, ciertamente, a nadie jamás se le ha ocurrido llamar santo a Jesús. Nunca. Ni existe un San Cristo a la manera que existen miles de santos, San Pancomio, San Leonardo, San Buenaventura, San Pancracio… San Pedro y San Pablo... El hecho de no aplicársele al Señor la santidad que se les aplica a sus siervos se entiende desde el mundo ortodoxo a la luz del Filoque. Mas desde esta misma luz que los siervos sean santos y no lo sea el Señor, si a nadie le choca, a mí, personalmente, me parece una manipulación letal de la verdad.

El Pablo que firmara esta Epístola no lo duda: Poderoso en el espíritu de santidad… por el que hemos recibido el apostolado. ¿Está hablando del mismo que resucitó? Si lo está entonces el que eligió es el que santificó. Dijo de sí mismo Jesús que su Padre lo santificó dándole a conocer su Palabra. De donde se entiende que haciendo con sus Apóstoles lo mismo que Su Padre hizo con El no hay manera de seguir sosteniendo la negación al Filoque, es decir, que el Espíritu Santo procede del Padre, y por la gracia del Hijo, devenido poderoso en el espíritu de santidad después de su Resurrección, se comunica a todos los hombres.

Entre los cuales os contáis también vosotros, los llamados de Jesucristo

Y otra vez, el que llama y el que hace santos es el mismo, para gloria de su nombre en todas las naciones. Ahora bien, si alguno no es llamado por Jesucristo, sino por el Padre directamente, sin mediación del Hijo, en ese caso ¿para qué envió Dios a su Hijo? ¿Para hacer gala de una crueldad inhumana al ver cómo le crucificaban? Al quitar de en medio al Hijo y apartarlo de la relación directa entre el Altísimo y el hombre, el patriarcado ortodoxo pecó de orgullo al no creer necesaria la elección del Hijo para acceder al sacerdocio. Y sin embargo el Hijo es el que llama y es el que concede la gracia del apostolado, el que derrama su Espíritu Santo sobre los elegidos. A no ser que alguien no tenga el espíritu de Cristo. Negar que quien pertenece a Cristo recibe de Cristo su espíritu es negarse a aceptar la gloria que el Padre le diera al Hijo. Así que ¿por qué no eligió a un griego para ser crucificado en lugar de darle la gloria a quien sumándole esta a la que tenía sólo podía ser igualada a la del Dios que lo enviara? Siendo Jesús el Cristo, y Cristo la Encarnación viva del Espíritu Santo del Padre, que estaba en el Hijo, por quien por Obra y Gracia del Espíritu Santo del Padre fue engendrado ¿cómo el Espíritu Santo que le es concedido a los llamados de Jesucristo para promover la fe en todas las naciones no va a proceder del Hijo? Pero si alguno es llamado al sacerdocio por el emperador, o por el rey tal o cual, o ha comprado el Oficio, ése no es de los llamados de Jesucristo. A no ser, claro está, que el Espíritu Santo se compre y se venda al mejor postor, en cuyo caso el amor del que ama al hombre que ha de nacer de las cenizas del que ha de morir no tenga parte ni entre a consideración.

A todos los amados de Dios, llamados santos, que estáis en Roma, la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Pero Dios sólo ama a los que viven en la Fe de Cristo. Y no se puede vivir en la Fe de Cristo si no se tiene el Espíritu de Cristo. ¿Y cómo se tendrá el espíritu de Cristo si no es la fuente eterna el propio Cristo? Pero si no se tiene el espíritu de Cristo no se es de Cristo. Luego el Espíritu Santo que se encarnó en Cristo ¿cómo podrá proceder del Padre sólo y no del Hijo? Es obvio que quien alcanza el apostolado comprando el oficio o vendiendo su alma al diablo, es lógico que afirme que el espíritu de Cristo y el Espíritu Santo del Padre no tengan nada que ver con el Espíritu del Hijo. En este caso quien así se manifiesta no puede afirmar ser cristiano y serlo negando que el espíritu de Cristo proceda del Hijo, que es Cristo. ¿Quién si no llamó a Saulo de Tarso al apostolado? ¿Y el que llama no es el que da? ¿Para qué murió entonces el Hijo?

Los Romanos a los que Pablo dirigía esta Carta lo tenían tan claro como el que se la mandaba. No pudiendo mantenerse ninguna criatura de pie ante la presencia de Dios nos envió Dios a su Hijo para hacer lo imposible, que el Amor no sólo nos levante sino que nos haga correr a sus brazos clamando, en palabras del Apóstol: Abba, Padre. Al parecer los Griegos, herederos de la Hélade, padres de la Filosofía y de la Cultura Clásica, no necesitaban este milagro; los Griegos se sobraban solos para mantenerse de pie ante Dios y mirarle a la cara sin complejo de ninguna clase. Aunque claro, si el Espíritu Santo y el espíritu de Cristo son la misma y sola cosa y sin embargo ellos no recibían el espíritu santo del Hijo, ¿de quién recibe el espíritu la Ortodoxia?

Los Romanos a los que Pablo dirigió esta Carta sólo sabían una cosa, que el espíritu de Cristo y el Espíritu Santo son una sola y misma cosa. Y siendo una sola cosa sólo tiene una sola voluntad

 

Pablo deseó mucho venir a Roma

 

Ante todo doy gracias a mi Dios por Jesucristo, por todos vosotros, de que vuestra fe es celebrada en todo el mundo.

A finales de los años 50, fecha aproximada de composición y primera lectura de esta Carta, la comunidad cristiano romana era conocida en todo el orbe y su fe era celebrada por todos los demás cristianos. Tenemos una confirmación de la existencia de una comunidad cristiana en el decreto de finales de los 40 por el que los cristianos de la capital fueron obligados a abandonarla o a perder sus bienes. En otra Carta Pablo habla de algunos de los que siguieron el decreto y entre darles a los hermanos lo que les pertenecía o al César prefirieron la primera opción. Esta otra Carta es importante porque nos da noticias sobre la naturaleza social en la que el cristianismo empezó a hacerse sitio en la capital, razón de la que le venía la fama a los romanos. Si los que tenían poco se cacheaban los bolsillos para ayudar a los hermanos que tenían menos, los que tenían mucho, los romanos de la capital, cuando se metían las manos en los bolsillos sacaban en abundancia para calmar las necesidades de los hermanos que les rodeaban y hasta para socorrer las necesidades de otras comunidades cristianas más alejadas. ¿De qué otra parte podía venirles la fama a los cristianos romanos, esa fama reconocida en todo el mundo? Fama que harían excelente al demostrar con el martirio lo que ya habían demostrado largamente con los hechos de una generosidad admirada y celebrada por todas las comunidades cristianas de la época.

Testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu mediante la predicación del Evangelio de su Hijo, que sin cesar hago memoria de vosotros

Hay muchas formas, como vemos, de servir a Dios. Sobre esto hay un episodio hermosísimo que lo dice todo. Me refiero al de las dos hermanas, Marta y María, en cuya casa parara un día Jesús, y, mientras la Marta no paraba la pobre de moverse y atender a todo el mundo, viendo que la María no se movía de los pies de Jesús se quejó la Marta pidiéndole a Jesús que le ordenara a la María que se levantara y le ayudara a hacer algo.

.“Marta, Marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas- le respondió Jesús-; pero pocas cosas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”.

De las maneras de servir a Dios, como la María, los romanos habían elegido la mejor. Y Pablo la más dura. ¿Cuál de todos los apóstoles fue entonces el primero que pisó Roma y sembró en la capital la semilla de la fe? ¿Cómo se formó la primera comunidad cristiano-romana? No nos queda sino componer la imagen del puzle mediante las fotos sueltas. ¿La conjugación de las persecuciones judías anticristianas y el decreto de expulsión de la capital romana de judíos y cristianos, especialmente de éstos, no nos permite ver el nacimiento de la comunidad cristiano-romana como la consecuencia final de la emigración de los primeros cristianos hacia la capital del Imperio? Perseguidos a muerte por el fundamentalismo judío, de cuyas filas saliera el Saulo que fuera enviado a Damasco para comprar el decreto de extinción de todos los cristianos, ¿adónde mejor que a la propia capital podían ir y en qué otra ciudad mejor que en la propia Roma podrían encontrar refugio contra la tormenta de las persecuciones judías? La ley de tolerancia religiosa que los Césares ejercían sobre el imperio rota por el fundamentalismo integrista judío, el destino natural de los cristianos no podía ser otro que Roma.

Estas emigraciones de cristianos huyendo del terror integrista judío estuvieron sin ninguna duda en el origen de esa “fe celebrada en todo el mundo”. Fama que nos da cuenta de la importancia numérica que había alcanzado la comunidad cristiana en la capital, y explica la naturaleza de los disturbios en el origen del decreto de expulsión del César contra todos los judíos y cristianos de la capital.

Suplicándole siempre en mis oraciones que por fin algún día, por voluntad de Dios, se me allane el camino para ir hacia vosotros.

Hay un episodio en la Vida de Jesús, “la madre de los hijos de Zebedeo”, absolutamente revelador de lo que Jesús entendía y entiende sobre la Primacía y el Primado. El más grande que sirva a los demás, el primero que sea el último. Pero no de palabra, no conformándose con monopolizar el título siervo de los siervos, para luego alzar la voz y decir: “Un legado suyo, aún de grado inferior, en un Concilio está por encima de todos los obispos, y puede pronunciar contra estos la sentencia de deposición”. ¿Estas son palabras de uno que sirve o de uno que aplasta? ¿Y si aplasta como puede ser el que sirve? Difícilmente el Pablo que le suplicaba a Dios en sus oraciones llegar a tiempo a Roma, para estar con los Romanos cuando la Hora de la Verdad les llegase, podía imaginarse que la iglesia romana pudiese en el futuro caer en tales abismos de demencia.

Porque a la verdad, deseo veros, para comunicaros algún don espiritual, para confirmaros,

Las persecuciones judías habidas hasta la fecha habían sido un juego de niños. La destrucción de Jerusalén una crónica anunciada el testigo del anticristianismo sólo podía ser recogido por el César. La locura de los últimos Césares un escándalo incesante en continuo grado ascendente de violencia no había que ser profeta para adivinar de qué mar iba a salir el monstruo que devoraría una generación entera de cristianos, las primicias europeas, lo más exquisito de la Viña del Señor en el Nuevo Mundo del momento.

A él, Pablo, menos que a nadie podía cogerle por sorpresa la capacidad humana para lanzarse sobre sus congéneres y, anteponiendo el amor a la patria al amor a la Humanidad, devorar mujeres y niños, padres e hijos, jóvenes y ancianos. A otros podría parecerles imposible que la tolerancia religiosa clásica de los romanos pudiera dar un giro tan brusco contra las leyes del Derecho Imperial. A Pablo, no. La expulsión de los cristianos de Roma le daba la razón. Esta vez había sido sólo eso. La próxima vez no sería sólo eso. ¿Quién iría a Roma a confirmar en la fe al rebaño que caminaba había el matadero?

Es decir, para consolarme con vosotros en la mutua comunicación de nuestra fe.

En breve la demencia del César dejaría libre a la Bestia y convocando a las fuerzas del Infierno las lanzaría contra las fuerzas del Cielo en la Tierra. La apariencia de relajación política, producto del regreso del exilio a Roma de los cristianos, no podía confundir al espíritu profético que se movía en la comunidad romana. Muy pronto los romanos iban a tener necesidad de la fuerza de los Apóstoles, esa fuerza innata al alma hebrea que tantas veces se expusiera al martirio antes que negar a Dios, su Señor. Como quien cultiva una propiedad y la implanta en el árbol, de la Vida en este caso, lo más bello del alma hebrea, su fidelidad a Dios, por obra y gracia de ese Dios había sido trasplantada a la naturaleza humana, que se había hecho cristiana para gloria de Abraham y maravilla de todas las naciones.

No quiero que ignoréis, hermanos, que muchas veces me he propuesto ir hacia vosotros, pero he sido impedido hasta el presente, para recoger algún fruto también entre vosotros, como entre las demás gentes.

La apostolicidad de un cuerpo sacerdotal implica, como se ve, movimiento. Desgraciadamente, andando el tiempo, que no perdona a nadie, los jerarcas prohibieron cualquier movimiento del cuerpo eclesiástico a instancias del Espíritu Santo, anatematizando y excomulgando a cualquiera que antepusiera la obediencia a Dios a la obediencia a los patriarcas ... de Roma, Constantinopla, o de Jerusalén, Alejandría o ... Tiranía contra la libertad sacerdotal que el papado, como el que más, legitimó mediante los cánones que los cardenales romanos se sacaron de la manga. Afortunadamente los Apóstoles vivieron antes que naciera el colegio supremo de los obispos y pudieron obedecer al Espíritu Santo que movía sus personas para la gloria de su Señor y Rey nuestro sin caer en la desgracia de la jerarquía. Se dirá que la prohibición de movimiento vino como reacción a la vacancia de las sedes. La justificación no nos interesa. Las medidas que aprovechando esos defectos se tomaron, edificando sobre esas debilidades un monumento a la opresión, sí nos interesa. ¿De cuándo le prohibió San Pedro a los Obispos el movimiento? ¿O los puso bajo excomunión de obedecer antes a Dios que a su santa palabra? ¿Cómo sembrarán para recoger fruto si los sembradores no se mueven libremente por el campo?

Me debo tanto a los griegos como a los bárbaros, tanto a los sabios como a los ignorantes.

Estaba hablando a lo humano. O tal vez neciamente. San Pablo propone la fe como un campo que se siembra, se ara, se vuelve a trabajar y siempre se está sobre él, para evitar que la cizaña tire, para impedir que la mala hierba crezca, cortar las ramas secas, curar, injertar. En fin, el trabajo que le encomendara Dios a Adán, cultivar el Edén. Trabajo que volvió a encomendarles a los Apóstoles y puesto que los obispos son sus sucesores, a los obispos.

Cuándo los sucesores de los Apóstoles les prohibieron a los demás obispos entregarse al apostolado y les ordenó dedicarse a recaudar dinero en nombre de Cristo, transformando el cultivo de la fe en un negocio y los palacios obispales en oficinas de recaudación del dinero extraído de las naciones cristianas, este cuándo es un misterio.

Así que en cuanto a mí está, pronto estoy a evangelizaros también a vosotros los de Roma.

Primero dice el Apóstol que va al encuentro de cristianos para consolarse en la mutua fe. Cristianos cuya fe es celebrada en todo el mundo, y ahora dice que está presto a evangelizarlos a ellos también. ¡Qué inteligencia más sutil y fina la del Apóstol número trece! Confiesa sin prejuicio, declara sin complejos: va a evangelizar a cristianos ya nacidos. Oh rubor, oh cielos crueles, la cristianización no acaba en el bautismo, empieza el día después de las aguas. La fe es el fruto de la Palabra, engendra para formar, da la vida y la mantiene. ¿Dónde está el malvado que convirtió el bautismo en el principio de un negocio? Mientras más bautizados más dinero se recoge. Se predica la palabra, se convierte, y el bautizado paga por la fe en metálico. Hay muchas formas de sacarles los billetes. Después de todo la fe es el fruto de la Palabra, de manera que quien la administra tiene derecho a poner tasas. Oh cielos, oh cruel rubor, por qué se me enrojecen los huesos. Convertir a Dios para transformar al hombre en una mina de plata. ¿De qué te escandalizas, alma mía? Es lo que hizo la Humanidad desde el día que cayó Adán. ¿Qué malo tiene que las iglesias edificaran a imagen y semejanza del modelo pagano al uso en todas las épocas? ¿Existía alguna prohibición en contra?

 

Argumento de la Epístola

 

Sólo los tontos escriben por escribir. Únicamente los locos se meten en la cueva del león hambriento para domar con una nana a la fiera. San Pablo no era ni lo uno ni lo otro. El sabía, con la misma seguridad que lo sé yo, que el hombre es un árbol, un árbol vivo, cuya savia es la fe y el agua de la que depende para vivir es el Conocimiento de Dios. Pero claro, cada cual cree conocer a Dios mejor que nadie. Y en verdad no se equivocan. Los adoradores de Marduk conocían a Marduk mejor que nadie. Los que adoran a Alá lo conocerán mejor que nosotros. Cada cual conoce a su dios. Los adoradores del Padre de Jesucristo conocemos al verdadero Dios y de EL hablamos, y siendo nuestras manos la boca con la que la Sabiduría glorifica a su Señor, el hijo a su Padre, sin este Conocimiento el árbol de la fe se corrompe, se seca y acaba por ser cortado y quemado para que deje sitio a otro. ¿Encontrará fe en la Tierra el hijo del Hombre cuando venga?, preguntó Jesucristo. La fe, que se corrompe, dijo Pedro, su Discípulo. Palabras de las que se ve que el Edén era figura del jardín de la vida en el que cada criatura somos un árbol del paraíso de Dios.

Dios no cultiva naranjos y almendros, cultiva árboles vivos, que le adoran y tiene en su Amor por su Paraíso su lluvia, la fuente de agua que le da vida a la tierra, el vapor que vuela en el aire y vivifica hojas y ramas, tronco y raíces. ¡Bendito sea Dios, Padre de Jesucristo, y bendito su Hijo, el Jesús que nos amó y no dudó en compartir nuestra naturaleza, aún siendo quien con su Todopoderosa Palabra hizo brillar la Luz en las Tinieblas!

Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es poder de Dios para la salud de todo el que cree, del judío primero, pero también del griego

¿Quién más que el cristiano romano, ciudadano de una Babilonia entre cuyas murallas todas las religiones del mundo se habían dado cita y convivían en armonía sincretista, qué cristiano con más urgencia y fuerza necesitaba de una labor constante de reevangelización? ¿No era entre los dioses del universo imperial romano, venidos desde todas las partes del mundo, entre quienes la Verdad, la Idea del hijo de Dios hecho hombre encontraba por respuesta la carcajada más ofensiva, la que da por terminado el asunto por locura del que así ve el Universo? ¡Cómo avergonzarse de la Divinidad del Hijo! ¿¡Bajar la cabeza porque Dios es Padre!? ¿Entonces Dios tiene que ser lo que nosotros queramos que sea y si no es así nos negamos a ser criaturas salidas del juego de las Manos de su Hijo con el Barro Primordial de la Vida? ¿Quién es el loco, el que se inventa una realidad a la medida de su deseo o el que mira a la Realidad con los ojos de la Realidad? La tolerancia convertida en espada. “Déjalo creer lo que quiera, está loco; es inofensivo, pero está loco”. ¡Cómo no iban a tener los romanos necesidad de la fuerza revivificante e invencible del espíritu de un hijo de Dios! ¿Acaso había sembrado Dios el árbol de la fe para abandonarlo a la intemperie sin Hortelano que se cuidara de cultivar su Jardín en la Tierra? ¿Quién mejor que un hijo para trabajar en lo que es de su Padre? ¿Quién trabajará con más dedicación y cariño? El siervo se limita a cumplir y lo hace todo de acuerdo al salario. El hijo se levanta al alba y antes que los siervos despierten él ya está presto a “evangelizaros a vosotros también los de Roma”.

Porque en él se revela la justicia de Dios, pasando de una fe a la otra, según está escrito: “El justo vive de la fe”.

Declaración básica que será el sustrato ideológico cavando en el cual Lutero halló la espada con la que separar la cristiandad en norte y sur, levantando entre las dos el muro de la enemistad. Hubo una fe, es cierto, entre cuyos principios no figuraba la existencia de Dios Hijo Unigénito, nuestro Amado Rey, Señor y Padre Nuestro. Con El vino la Nueva fe, en la que su existencia en el Padre transfigura la Idea de la Creación y abre el futuro de todas las cosas a la luminosidad de un Amor eterno e infinito. En el Padre se completó Dios; en el Hijo halló Dios su vida. Dios y el Padre devinieron una sola realidad, indivisible, indestructible, maravillosa, perfecta, alegre, joven, llena de fuerza, soñadora, amadora de todas las cosas, loca por vivir y seguir viviendo. En su Hijo Primogénito encontró Dios la voluntad de vivir que había perdido en alguna parte del Infinito y la Eternidad. ¡Cómo separar al Padre del Hijo! Padre e Hijo son la misma cosa, una sola cosa: Dios. Esta es la Nueva Fe. Fe eterna. Fe indestructible. Fe perfecta. El que la ama vive en ella y de ella recibe en herencia la vida eterna. Morimos para resucitar. Amén.

 

La gentilidad desconoció a Dios

 

Pues la ira de Dios se manifiesta desde el cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres, de los que en su justicia a aprisionan la verdad con la injusticia.

Entramos en el templo vivo de la sabiduría divina, derramada en los hombres, tal cual se dispuso al Principio de la Creación de los Cielos y la Tierra, antes de la Caída de Adán, y por las circunstancias de la Traición de una parte de la Casa De Yavé desplazada hasta la Plenitud de los Tiempos. Así es, en ninguna cabeza cabía que una criatura se atreviese a alzarse en guerra contra su Creador. Pero así fue. La Palabra es, sin embargo, la Roca sobre cuya indestructibilidad ha forjado Dios su Reino, de manera que diciendo: “Hagamos al Hombre a nuestra imagen y semejanza”, es decir, hijo de Dios, y siendo Adán la cabeza de ese Hombre, hasta que el Universo entero alcanzase esa Forma nada ni nadie podría impedir que la Voluntad de Dios se realizase, aún cuando el propio Hijo Unigénito de Dios tuviese que bajar al Infierno a rescatar al Hombre de su Castigo por adhesión a los planes malignos del Diablo. Ahora bien, esta adhesión por la que el Hombre se ganó la condena y su expulsión del Paraíso, no fue ejecutada con pleno conocimiento de causa, según vino a demostrar nuestro Padre, Cristo, sino que el Diablo se sirvió de la ignorancia de Adán respecto a sus planes malignos para empujarnos a todos lejos de la Obediencia al Espíritu Santo. Es decir, desde el Principio Dios le ha manifestado al Género Humano, de muchas formas y en muchas lenguas, la posición de su Justicia sobre quien negando Su existencia anula la Ley Universal para imponer la suya propia, abriendo de esta manera un agujero negro en el seno del Universo, puerta que da directamente a su destrucción y conduce a los transgresores al suicidio eterno. Obviamente la posición desde la que los hijos de Dios de la Plenitud de las Naciones observamos y vivimos la Justicia Divina frente a la injusticia humana está fundada en la experiencia. En el espíritu y en la experiencia. Por el Espíritu sabemos sin necesidad de vivirlo que el fin de todo Reino dividido en sí mismo es la destrucción. Por la Experiencia lo sabemos porque lo hemos vivido y lo estamos viviendo en las carnes de nuestro mundo: la injusticia de quienes odian la Justicia de Dios se viste de ciencia para, negando la existencia de Dios, imponer su ley de opresión y esclavitud de los pueblos. La sentencia divina contra quienes niegan la existencia de Dios, permitiendo en el Universo la instauración de un régimen infernal es, ciertamente, conocida. Su fin, como se ha visto en los últimos tiempos, es la caída; lo cual no quiere decir que, enloquecidas por la negación de Dios, otras naciones sigan persistiendo en el camino que las conduce a la ruina. No hay más Justicia Divina, en efecto, eterna y perfecta, que la de Dios, por la cual todos somos hermanos y todo nos pertenece a todos. Desde este Principio de Igualdad todas las cosas están sujetas a la satisfacción de la necesidad de toda la Familia Humana, siendo un delito contra la Humanidad la Propiedad sobre lo que es de Dios, Único Señor de todos los bienes de la Tierra.

En efecto, lo cognoscible de Dios es manifiesto entre ellos, pues Dios se lo manifestó;

Todas las religiones de todos los tiempos y lugares conocieron lo cognoscible de Dios: su todopoder y omnipotencia. Los archivos de las civilizaciones, perdidas o muertas, y de las que aún persisten, bien en sus sistemas idolátricos bien en sus monoteísmos a la carta, dan testimonio de la cognoscible de Dios: su eterno Poder y su infinita Sabiduría. Aún la religión de la Ciencia, el ateísmo científico, declara con su Razón que tales son los atributos naturales cognoscibles de Dios. Es, pues, universal el conocimiento de lo cognoscible de Dios, que se manifiesta en la Naturaleza a la manera que la savia forma parte del árbol y lo alimenta. Y es que la Idea de Dios en tanto que Ser Supremo, Gran Espíritu, Dios de dioses, Creador del Cielo y la Tierra le es innato a todos los pueblos desde los orígenes del ser humano. Negar esto es negar la Historia del Hombre. Entrar en la polémica sobre la relación entre esa Idea y el comportamiento del Género Humano tras la Caída de la Primera Civilización es un debate que se incluye en la Teología del Cristianismo; hacerlo desde una Antropología de la Sociedad es falsificar la Naturaleza del Universo. El efecto de esta manipulación esquizofrénica de los Orígenes del Mundo -poner donde una vez hubo un Paraíso... un Infierno- ya ha campeado alegre por el siglo XX. No es que no lo hiciera antes, lo que pasó es que en el siglo XX el árbol de la ciencia del bien y del mal extendió sus ramas a la Plenitud de las Naciones de la Tierra. Todas conocían lo cognoscible de Dios, empero todas caminaron hacia el campo de batalla de Gog y Magog.

Porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras. De manera que son inexcusables...

La Historia de las Civilizaciones habla por sí sola sobre la relación entre la Idea de Dios y los Orígenes del Mundo. La falsificación esquizoide del ateísmo científico -tocando el tema de la naturaleza religiosa de los primeros pueblos del Género Humano- es un clásico a estas alturas. Nada más contrario a la verdadera línea del tiempo evolutivo de las sociedades humanas que esa serpiente venenosa que, para explicar la conducta criminal de las naciones, la ciencia puso por útero y placenta en la que se criara el ser humano. Desplazar la línea filogenética humana desde el Homo Sapiens al Simio Antropos y de éste al Anfibio sólo podía complacer a la Serpiente del Edén, pero en ningún caso reflejar la verdadera línea que siguiera la Vida en la Tierra desde el Barro a aquél hijo de Dios llamado Adán.

Por cuanto conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se entontecieron en sus razonamientos, viniendo a oscurecerse su insensato corazón; y alardeando de sabios, se hicieron necios.

Lo inexcusable al término del párrafo anterior procede de la relación entre el hombre y su conducta. Es de derecho y ley que el Apóstol se refiere a quien conociendo a Dios se alza contra su Reino. Pues de no ser así San Pablo estaría condenando a Cristo por excusar en la ignorancia de Adán los crímenes de todos aquéllos que en su Sangre encontraron el Perdón, es decir, todos nosotros. En lo demás, su afirmación es tan verdadera y cierta como que todos los días sale el sol. Conociendo la existencia de un Dios de dioses, Creador del Cielo y de la Tierra, todos los pueblos se abandonaron a los razonamientos tortuosos que proceden de la experiencia solamente. Pero si la experiencia es la madre de la ciencia, la ciencia no es la madre del hombre; es la religión. Mas como el hombre deja por su mujer a sus padres, así la ciencia a la religión, con la variante errónea de poner en el horizonte del hombre una bestia donde la Naturaleza puso un hijo de Dios. La sabiduría de esta bestia, así pues, es la consagración de la necedad como cabeza rectora de la Academia de las Ciencias.

Y trocaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de la imagen del hombre corruptible, y de aves, cuadrúpedos y reptiles.

Ayer, muy lejos en el tiempo… Ayer, a la vuelta del milenio que acaba de nacer, los sabios trocaron la imagen del Hombre que el Dios incorruptible concibiera al Principio de la Creación por la de un Superhombre... Ellos -los sabios del siglo XX- sí que son inexcusables pues que conociendo a Dios por las obras de Cristo trocaron la semejanza de Dios en la bestia que eligieron por modelo de conducta.

 

El castigo de la gentilidad

 

Por esto los entregó Dios a los deseos de su corazón, a la impureza con la que deshonran sus propios cuerpos

Las puntualizaciones conducen a los extremos. El extremismo desata la violencia. Y la violencia es el recurso de la ignorancia a la hora de imponer su locura asesina. Hay, en efecto, muchos grados de ignorancia. Y muchas formas de travestirla. El evangelio de la justificación de la violencia como consecuencia natural de la evolución de las especies según el ateísmo científico demuestra, a no ser que sea mentira lo dicho anteriormente, que la violencia es el fruto de la ignorancia, demuestra -decía- que el ateísmo científico es una locura. A diferencia de las patologías de la mente, la de la inteligencia es la más sutil por cuanto sabe vestirse de omnisciencia, y la más letal pues que arrastra en su caída a toda la especie. Y sin embargo el derecho a la libertad es connatural a la Creación; es decir, la Creación a imagen y semejanza del Creador implica el Derecho a la libertad por el que la Criatura puede rechazar a su Creador. Y viceversa, el derecho implica el deber por el que el Creador acepta las consecuencias de la libertad de su Creación. Dios no obliga pero tampoco puede ser obligado. Si el deseo del corazón de la Criatura, conociendo el deseo del corazón de su Creador, es volverle la cara y comportarse acorde al modelo contrario de conducta que para sí y por sí tiene por natural la Creación...

Pues trocaron la verdad de Dios por la mentira y adoraron a la criatura en lugar del Criador, que es bendito por los siglos. Amén

La Verdad de Dios es la verdad Universal y Eterna en cuya tierra las galaxias y los mundos tienen bien alimentadas sus raíces. Es el reflejo puro de una Realidad Cósmica que despliega su Sabiduría por el Infinito y establece un Modelo de Pensamiento imperecedero e indestructible. Y volvemos a lo mismo. La Creación de vida inteligente a imagen y semejanza de esta Verdad implica la libertad de elección que procede de una Voluntad, reflejo de la Voluntad del Creador. El hombre, como cualquier criatura inteligente, es libre para darle la espalda a la Verdad de Dios y crearse, aunque esa verdad hunda sus raíces en el infierno de una locura autodestructiva, una verdad propia. Pero lo que ni el hombre ni ninguna criatura pueden es borrar del Infinito y la Eternidad su Verdad, que es la Verdad de Dios. Y es que la inteligencia, en tanto que órgano, está sujeta a su patología característica, de la misma manera que cualquier otro órgano del cuerpo humano. La Ciencia, por contra, aún estudiando el cerebro humano y habiendo localizado el soporte material de la inteligencia en el cerebro, jamás ha sujetado el cerebro intelectual a la naturaleza general. Jamás se la oído hablar de una sujeción del cerebro intelectual a cualquier patología. Muy al contrario la Ciencia ha divinizado el cerebro intelectual, mediante esta locura divinizando su pensamiento, por el que la locura de la violencia que procede de la ignorancia del ateísmo científico impuso su evangelio criminal sobre las naciones de la Tierra. Enferma la mente, enferma el cerebro físico, enferma el cerebro genético, pero ¿quién jamás de los jamases le ha oído hablar a los sabios de la Academia de los Nobeles de una patología del cerebro intelectual? Y con todo y a pesar de ellos la inteligencia cerebral: existe.

Por lo cual los entregó Dios a las pasiones vergonzosas, pues las mujeres mudaron el uso natural en uso contra naturaleza

El cerebro intelectual implica, pues, una estructura orgánica y como tal está sujeta a las leyes generales a las que se sujeta el resto del cuerpo humano. La negación de esta realidad universal es la cuna donde el ateísmo científico conoció sus primeros días. La cuestión es ¿de quién era la mano que mecía la cuna? Pero nosotros nos contentaremos con determinar que la negación de este principio implica la degeneración del sistema natural y su transformación en un virus maligno con capacidad para destruir la estructura lógica del cerebro intelectual, por esta negación de la Realidad estableciendo un sistema de comportamiento contrario al establecido por la propia Naturaleza. Fenomenología patológica que opera sus nefastos efectos en todo espacio y tiempo donde la reacción haya procedido a desencadenar sus síntomas. Aquí, entonces, en la enfermedad del cerebro intelectual tenemos que ver la génesis de la tendencia suicida de una especie que queriendo vivir sólo se produce a sí misma la muerte.

E igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en la concupiscencia de unos por otros, los varones de los varones, cometiendo torpezas y recibiendo en sí mismos el pago debido a su extravío

La Naturaleza sólo reconoce una Verdad y sólo tiene una Ley. A saber, un organismo sujeto a la Muerte lo está en todas sus partes. Aquella teoría patológica del nacimiento de las ideas en un mundo exterior al ser humano es la afirmación de una locura por la que el cerebro intelectual no existe y el pensamiento humano procede, como decía Descartes, del Ser en cuanto ser, y no del cerebro. Alucinada la Ciencia por semejante Método de locura gracias al cual la Razón se hizo infalible y el Ateísmo devino una Religión Omnisciente, los sabios de la Academia se elevaron a la condición de los dioses, todos más allá del bien y del mal, y en consecuencia, como los locos, ajenos a la responsabilidad que procede y le conviene a los pensamientos, las palabras y las actos de todos los seres en tanto que seres. Es cierto, cómo no, que a un loco no se le puede pedir responsabilidad por sus actos, y es natural que se le conceda este beneficio a todo enfermo mental, pero que una persona cuerda quiera hacer privativo y extenso a su ser este derecho de la locura es un delito contra natura que, obviamente, debe hacer sufrir sus efectos sobre la sociedad obligada a vivir bajo el pensamiento y las obras de semejantes sabios enloquecidos por sus pensamientos, entontecidos por sus razonamientos a la manera que un mono que hablase y se sorprendiese a sí mismo ante el espejo admirándose del milagro: soy un mono que habla. Y hablando se creyese todopoderoso y omnipotente para imponerle a la Naturaleza nuevas leyes.

Y como no procuraron conocer a Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir. Que los lleva a cometer torpezas

La lógica de la Naturaleza habla con una sabiduría que a un cerebro intelectual en plena ebullición patológica no le puede resultar lógica. Queriendo conocerse a sí misma en tanto que inteligencia divina esclavizada en un cuerpo mortal en su ateísmo demente la Ciencia abandonó la búsqueda de la Verdad en beneficio del conocimiento de su propia estructura ontológica. Pero como su principio era la negación de estas dos realidades la única salida que le quedaba era la Duda. Y es que después de haberse maravillado contemplándose a sí misma en el espejo se impuso por objetivo obligar a todas las demás bestias de su selva a admirar el objeto de su admiración, o sea, ella misma, empleando para alcanzar esta meta no importaba qué sistema de manipulación de la verdad universal.

Y a llenarse de toda injusticia, malicia, avaricia, maldad; llenos de envidia, dados al homicidio, a contiendas, a engaños, a malignidad; chismosos.

La manipulación de la Verdad de la que se nutre el cerebro intelectual le afecta, como es de comprender, al Ser que depende de esa información para establecer su comportamiento en y dentro de la Naturaleza, la Obediencia a cuya Ley determina la extinción o evolución de su especie. Rota la existencia del Pensamiento como fruto del cerebro humano, pues en virtud de la religión de la Ciencia fue transformado en un cuerpo inmune a la Muerte, la Ciencia devino la Ley. Y dado que la Ciencia no existe independientemente de la realidad creada, siendo esclava la Ciencia de la Ley, la Ciencia devenida en Ley implica la elección por la cual la Criatura determina la elección de la Naturaleza sobre su evolución o extinción. Es decir, negando a Dios, ignorando su Existencia, la Ciencia se estableció como Ley para bendecir la extinción de la especie humana en nombre de su victoria sobre Dios. ¡Si judíos y romanos mataron al Hijo ¿por qué no iba la Ciencia a matar al Padre?!

...calumniadores de Dios, ultrajadores, orgullosos, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes a los padres...

Las consecuencias de la rebelión están escritas, la génesis de la misma también, lo que aquí nos interesa determinar es en qué medida existe el cerebro intelectual y en qué medida aquélla divina ciencia, cuyas ideas procedían de un ignoto lugar llamado Duda, se veía afectada por la naturaleza material de ese cerebro sin cuya existencia no podía darse ciencia en el ser humano. Obviamente este discurso tiene su razón de ser en la necesidad de establecer un diálogo con un enfermo, las particularidades de cuya enfermedad lo convierten en el demente más peligroso que existe, como se ve en sus ejemplares del siglo XX. Dentro de esas particularidades de la enfermedad conocida por ateísmo científico la más temible y peligrosa es aquella por la cual el sabio ateo se creía infalible y a salvo de cualquier pensamiento objetivo externo que pudiera activar los recursos de la naturaleza para vencer la enfermedad que le afectaba; el loco en el genio estaba tan bien instalado en su patología que no veía el sabio por qué había de renunciar al loco que llevaba dentro.

Insensatos, desleales, desamorados, despiadados

Ninguno de estos síntomas, efecto de su enfermedad sobre la sociedad y sí mismo, podía convencer a los obispos de la Academia de los Nobeles de la necesidad de desprenderse del loco connatural al genio...

Los cuales, conociendo la sentencia de Dios, que quienes tales cosas hacen son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen.

Determinar el grado de enfermedad es siempre el primer paso hacia la recuperación de la salud. Hacia ese punto caminaremos sin desviarnos ni a la izquierda ni a la derecha.

 

Tampoco los judíos están camino de la salvación

 

Por lo cual eres inexcusable, ¡oh! hombre, quienquiera que seas, tú que juzgas; pues en lo mismo en que juzgas a otro, a ti mismo te condenas, ya que haces eso mismo que condenas.

La Sabiduría es la consejera de los valientes; y las leyes la de aquéllos que se escudan en sus oficios para cometer impunemente los delitos que en otros condenan. Pues todos sabemos que desde la Caída de Adán, es decir, desde el principio de este mundo, los mayores criminales se refugian en los palacios de justicia y los mayores sacrílegos en el templo de Dios. La naturaleza infernal de este mundo procede de esta relación entre el crimen y la ley, en la que la ley sirve al crimen y es su mejor mecenas. Pues nadie ignora que la religión es el refugio de los mayores criminales de todos los tiempos, como se ve en los tiempos presentes.

La fuerza que anima el brazo y la mente de semejantes delincuentes procede de su natural desprecio a la existencia de Dios, de cuyo nombre se sirven para empujar a otros a mancharse de sangre hasta el cuello mientras ellos lucen al sol la camisa blanca de sus delitos secretos. De manera que si los valientes tenemos en la sabiduría nuestra fuerza, los cobardes y sus gemelos en el infierno tienen en la ley su mejor arma de defensa. Ignorar esta realidad, independientemente de la nación y el credo, es abrirle la puerta al infierno y permitir que el terror sea el maestro de los cachorros de los aspirantes a tiranos, dictadores, asesinos, criminales, estafadores, genocidas, en suma, criaturas a imagen y semejanza de los demonios.

Pues sabemos que el juicio de Dios es, conforme a verdad, contra todos los que cometen tales cosas.

La Justicia Divina se mantiene incólume e inmarcesible frente y delante de toda criatura, del Cielo o de la Tierra, que pretenda fundar su delito en la filiación o amistad con Dios, cual si Dios le perdonare a unos el crimen en razón de su parentesco y a otros los condenara al infierno por ese mismo delito en orden a la distancia de parentesco entre el delincuente y el Juez eterno. Quien así hace acusa a Dios de ser el Padre del Maligno, en virtud de cuya paternidad se jactan de sus crímenes los demonios en el infierno. Obviamente Dios no puede ser engañado, pero los hombres sí, de aquí que el hombre que cierra sus ojos y perdona en su raza y pueblo lo que condena en sus vecinos se hace partícipe de los delitos cometidos por su pueblo. No hay, pues, mayor cobarde y suicida que quien bendice en su pueblo y parentesco lo que condena en aquellos contra quienes se alza criminal el brazo de sus hermanos. Y esto hablando lo mismo para el judío que para el cristiano, para el musulmán que para el ateo, quien bendice en sus hermanos lo que condena en los extraños es un delincuente y es reo de la Justicia de Dios, ya se siente en el trono de san Pedro ya en la Casa Blanca, en el Kremlin o en el mismo trono del infierno.

¡Oh hombre¡ ¿Y piensas tú, que condenas a los que eso hacen, y con todo lo haces tú, que escaparás al juicio de Dios?

La sabiduría de todo criminal, según se ve, tiene un norte y una meta. Para llegar a imponer su propia ley y transformar la sociedad en una jungla maligna la necesidad le exige vestirse de sacralidad, rodearse de impunidad, igualarse a los dioses del infierno, elevarse sobre los demás hombres y golpear sin miedo contra todo aquel que se atreva a contestar su voluntad. Mas esa necesidad en razón de la cual excusan los santos criminales sus infernales crímenes tienen en la Justicia Divina su final, y ante Dios responderán de la Fe que pisaron en el interior de su Templo ante los ojos de toda la Humanidad. Quien peca no tiene Fe, aunque se siente en el mismísimo trono de Dios, cosa, como se comprenderá, imposible, aunque lo intentó con todas sus fuerzas el mismísimo Satán. ¿El Pecado y la Fe unidos a un mismo tronco como los brazos al cuerpo humano? Quedándonos en la disputa Protestantismo-Catolicismo, Lutero verá que no miento el día que Dios lo juzgue por bendecir en los suyos lo que condenó al infierno en los otros. Y viceversa.

¿O es que desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, desconociendo que la bondad de Dios te trae a penitencia?

¿De dónde procede esta paciencia y longanimidad que misericordiosamente distribuye sus dones entre nosotros Dios sino en la justicia que procede de la Fe? ¿No fuimos todas las familias del mundo condenadas y entregadas al fuego por la ignorancia del príncipe que el propio Dios nos eligiera para ser nuestro Rey sempiterno? ¿Acaso no sabía Dios que al condenarnos a todos por el pecado del Primer Hombre nuestros crímenes clamarían al Cielo pidiendo para todos el Infierno? Porque hubo Ignorancia, la Sabiduría se apiadó de nosotros, y, aún dándonos la espalda por un tiempo, con lágrimas en los ojos caminó a nuestro encuentro. Y si éramos ignorantes, lo mismo judíos que gentiles, -siempre hablando antes de Cristo-¡cómo hubiera podido nadie comprender el Pensamiento de quien tenía en la Sabiduría su Esposa Omnisciente!

Pues conforme a tu dureza y a la impenitencia de tu corazón, vas atesorando ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios

De aquí que habiendo estado sujetos todos a la esclavitud de la Muerte todos nosotros hallásemos en Cristo quien nos defendiese y, separando crimen de criminal, arrojando el delito al fuego eterno doblase sus rodillas ante el Juez Eterno pidiendo para nosotros la clemencia y la misericordia reservada a quien fue empujado al pecado sin conocimiento de causa. La petición de Aquel que se alzó en nuestra Defensa delante del Tribunal de Dios y su Corte fue oída en la Creación entera, cuando antes de morir abrió por última vez su boca, diciendo: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Que dará a cada uno según sus obras

Pues si los hombres hubiéramos sabido desde siempre todas las cosas jamás la mano de Eva se hubiera estirado para arrancarle al árbol de la maldición su fruto de muerte.

A los que con perseverancia en el bien obrar buscan la gloria, el honor y la incorrupción, la vida eterna

Pero el Maligno, sabiendo que sin comer el hombre descubriría las leyes de esa Ciencia, nos sirvió su veneno dantesco envuelto en el frasco de la leche materna, engañándonos con la blanca dulzura de la apariencia el mortal líquido que habría de cerrarnos el camino a la gloria de la libertad de los hijos de Dios.

Pero a los contumaces, rebeldes a la verdad, que obedecen a la injusticia, ira e indignación.

Sobre su cabeza su crimen, sobre su alma sus infinitos delitos, sobre sus huesos la condena que buscó para una criatura inocente que apenas si acababa de salir de su Infancia. El Juicio de Dios contra el asesino de su hijo Adán se mantiene firme: Destierro de su Reino por la eternidad de las eternidades.

Tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal, primero sobre el judío, luego sobre el gentil

Sabiendo nosotros que tal es el Juicio de Dios contra quien odia la Ley, una vez conocida la Ciencia que al Principio debiéramos haber conocido no por la experiencia en nuestras carnes, sino por el poder de la teoría que le es natural a la inteligencia, el Juicio pesa sobre todo hombre, cristiano o judío, musulmán o ateo, idólatra o no, que conociendo la Justicia Divina persista en sus crímenes, dado que procediendo el Conocimiento de todas las cosas ya no opera la Ignorancia.

Pero gloria, honor y paz para todo el que hace el bien, primero para el judío, luego para el gentil

Cristiano o judío, musulmán o ateo, la Justicia Divina recoge en sus cestos las obras de quienes aman sus frutos, ya que como bien dice el Apóstol:

Pues en Dios no hay acepción de personas

 

La ley de los gentiles

 

Cuantos hubiesen pecado sin Ley, sin Ley también perecerán; y los que pecaron en la Ley, por la Ley serán juzgados

Vamos entrando en el Pensamiento de Cristo, pues quien no tiene el Pensamiento de Cristo no es de Cristo, según confiesa en alguna otra parte el mismo Pablo. Y digo que entramos en el pensamiento de Pablo porque por fin tocamos la llaga hurgando en la cual la Reforma supo abrirse entre las aguas de la ignorancia un paso al otro lado de la corrupción romana y su cuerpo cardenalicio: “la Ley”. En otra parte dijo San Pablo también que la Ley sólo sirvió para descubrirnos la naturaleza del Pecado, es decir, qué es el pecado. Ciertamente si la Ley no hubiera dicho: No robarás, no sabríamos que robar es pecado. Sabríamos que es un delito, pero no que es Pecado. Punto que nos lleva a investigar la naturaleza del Pecado. O lo que es lo mismo, ¿qué diferencia al Pecado del delito? ¿Conducir sin licencia es un pecado? Decimos que no, pero sí es un delito. De donde se ve que el delito y el pecado son dos cosas diferentes. Esto de un sitio, y del otro que a diferencia del delito, que si hoy es y mañana no es no le quita ni le añade nada a la estructura social, el Pecado mantiene su malignidad eternamente en todos los tiempos y lugares. Así, robar un pan por hambre puede ser un delito, pero no un pecado, porque lo que define al Pecado es la voluntad de su ejecución mirando al daño implícito en el acto. O sea, robo para hacer daño, no para saciar una necesidad que se me niega por una sociedad delincuente en su estructura y me empuja a delinquir para lavar sus delitos en mi necesidad. Peco si soy obligado a robar lo que  necesito lo que robo se le imputa al que establece mi robo como necesidad invencible. Así pues, yo no he robado por malignidad, pero por necesidad. Y existiendo la necesidad nacida del delito maligno que opera mi obligación mi acto ni es pecado.

Tenemos, pues, un delito que es maligno y un delito que es benigno. Delito benigno es, como hemos visto, el que nace de la necesidad; y delito maligno el que nace de una mente perversa y asesina que bendice su crimen en razón del Poder que maneja y por éste causa la obligación invencible. El delito benigno no implica correlación secuencial, pero el maligno opera en reacción en cadena y su crecimiento tiene por fin la destrucción de la sociedad en la que se aloja como virus. Entonces, existiendo la Ley existe el Conocimiento del delito maligno, es decir, del Pecado. Y de aquí que unos conociendo su existencia y otros en su ignorancia, pero todos cometiendo esos actos, todos seamos reos ante el Tribunal Divino.

Porque no son justos ante Dios los que oyen la Ley, sino los cumplidores de la Ley; ésos serán declarados justos.

Lo dicho, si existía el Pecado antes de la Ley, Conocimiento por el que se nos dice lo que es bueno y malo ante los ojos de Dios, existía también el bien, y existiendo el bien existía la justicia. Y existiendo la conciencia humana antes de nacer Moisés era solo natural que San Pablo diga que por sus obras cada cual será declarado justo. Pues la Ley no podía hacer mejores a los hombres sino por el Temor del Dios que nos dio a conocer el Pecado mediante la Ley. Dios, en efecto, dio la Ley, pero no inmunizó al hombre contra el Pecado. El Judío, en este capítulo, estaba más adelante que el resto del mundo por cuanto conocía lo que era Pecado, pero se movía al mismo ritmo ante el delito que el resto de sus vecinos al no haber dotado aún Dios a su Creación del espíritu de Cristo; la Necesidad que empujaba al resto del mundo empujaba al Judío a hacer en privado aquello por lo que en público denigraba al gentil. La diferencia estaba en la ignorancia, pues si el gentil ignoraba la naturaleza del Pecado y se legislaba por el delito, el Judío conocía la existencia del Pecado y la Ley era su Código de Justicia.

En verdad, cuando los gentiles, guiados por la razón natural, sin Ley, cumplen los preceptos de la Ley, ellos mismos, sin tenerla, son para sí mismos Ley.

La relación entre la Genética y la Estética del Universo es cosa probada desde los albores del mundo. Su existencia implica una Razón Natural. Forjada la Razón Natural en un Universo sujeto a un Origen Divino la Vida lleva en sus genes la estructura que le imprime el Orden a su Cuerpo. Gracias a ella la estructura mental de los pueblos de la Humanidad, desde sus orígenes remotos en el Tiempo, ha manifestado una tendencia universal hacia un concepto del delito y la Justicia similar en todos los lugares.

Esta tendencia innata genéticamente pone sobre la mesa una estructura-prototipo acorde a cuya naturaleza se ha desarrollado la mente de las Civilizaciones, hasta finalmente converger en la Estructura del Mundo Actual. Ni que decir tiene que el camino dejado atrás por cada una de las partes de nuestro mundo es una epopeya digna de un libro. El caso es que superando las diferencias observamos en todas las partes del Mundo una Razón Universal desde cuya plataforma se han articulado, contra viento y marea, sus códigos de justicia, que, si no siguen alterados por las influencias psicóticas de los fundamentalismos religiosos, coinciden en lo general y básico con los códigos del resto de los pueblos y naciones vecinas.

Y con esto muestran que los preceptos de la Ley están escritos en sus corazones, siendo testigos su conciencia y las sentencias con que entre unos y otros se acusan o se excusan.

Sin la existencia de esta Razón Universal operando lo mismo en el Comunismo que en el Capitalismo, lo mismo en la Democracia Cristiana que en la Socialista, la Idea de un Juicio Divino sería infernal. Otra cosa será que en su demonismo el Pecado pretenda negar esta Razón Natural. Ahora bien, siendo el Pecado un acto consciente contra Dios y la Naturaleza del Universo, que al no poder hacer caer su malignidad sobre la Creación y su Creador derrama su veneno sobre la Criatura ¿a quién le sorprende que en su malignidad el Pecado niegue la existencia de una Razón Natural por la que la criatura, sin Dios, reconoce el Bien y el Mal?

Así se verá el día que Dios por Jesucristo, según mi evangelio, juzgará las acciones secretas de los hombres.

¿Pero por qué un Juicio Divino cuando el delito tiene en este mundo su castigo? ¿O no lo tiene? Según la respuesta el Juicio Final será un acto de demonismo o un acto de Santidad. El evangelio de San Pablo no admite dudas ni divagaciones y lo declara Santo, Justo, Bueno y Necesario, declarando de esta manera que la justicia de los hombres y el delito son las dos caras de una misma moneda, de aquí que el juez se ponga la venda en los ojos y allá que la espada de la injusticia del Poder caiga sobre quien ose levantar su voz para gritar: ¡Asesinos!

 

El judío violador de la Ley es más culpable

 

Pero si tú, que presumes de llamarte judío y descansas en la Ley y te glorías en Dios

Hemos distinguido dos conceptos: delito y pecado. El delito se refiere a las normas de los tiempos y evoluciona de acuerdo a la inteligencia de los pueblos. El Pecado se refiere a una conducta eterna, el alejamiento de la cual conduce a la Muerte. Dos tipos de leyes se dan pues. Una es la circunstancial, y la otra es la Divina. La ley circunstancial tiene por objeto la convivencia social entre individuos de un mismo Género. La Ley Divina abarca la relación de la Sociedad entre el Creador y su Creación. Las dos son vitales para las naciones del Reino de Dios. Por la ley circunstancial articulamos el sistema de relaciones dentro de nuestro mundo; por la Ley Divina se articula la relación de nuestro mundo con los demás de la Creación. Lo que el Apóstol dice del judío podemos referirlo ahora al cristiano:

Conoces su voluntad, e instruido en la Ley, sabes estimar lo mejor

Y donde pone “Ley” ponemos Evangelio, es decir, la Ley de Cristo, la Nueva Ley por la que el espíritu de la Justicia del que procede la Ley se abre el pecho y descubre su Corazón a los ojos de toda su Creación, a fin de que todos los Pueblos del Universo vean con los ojos y entiendan que no la Ley que procede de la Fuerza sino la Justicia que procede de la Sabiduría es el alma de la que el Creador extrae el material con el que articula su Reino y lo dota de vida eterna...

El judío, en efecto, sólo se relaciona con la Ley y cae cuerpo a tierra ante su cuerpo como quien es amenazado por un criminal armado hasta los dientes con el hacha del terrorismo; pero el cristiano va más lejos, entra en el ser de esa Ley y ve la fuente de la que mana, bebe de ese Agua y descubre en su propio ser la bondad, la misericordia, la magnificencia, la inteligencia, en una palabra, que Dios es Amor, y este Amor es la Roca de la que Cristo Jesús, nuestro Rey y Salvador, extrajo el manantial que nos salvó cuando ya nos devoraba el desierto. Dios, en suma, no crea para vanagloriarse haciendo gala de su Poder delante de sus propias criaturas; Dios es Creador, o lo que es lo mismo, ama la Creación, ama la Vida con la fuerza y pasión que el artista ama su arte y el fruto de su espíritu creativo.

El judío, ignorante del espíritu de Dios, en quien sólo veía el Poder y la Fuerza, se relacionaba con la Ley en base al terror que le inspiraba ese Poder y esa Fuerza, pero el cristiano, adorador de ese Dios Creador, se lanza a sus brazos corriendo, con los labios clamando “Padre Nuestro”, porque no el terror sino el Amor es la fuente de esa Ley contra la que se estrelló el judío. Y con todo la Ley es la misma: No robarás, no matarás, no adulterarás...De manera que no porque Dios se declare Padre y sobre toda su Creación extienda sus Brazos tenemos su bendición para cometer toda clase de delitos contra la Tierra, y pecados contra el Cielo. ¿Quién entonces se atreverá a presumir de ser lo que dice el Apóstol del judío:

Y presumes de ser guía de ciegos, luz de los que viven en las tinieblas

¿Quién y dónde está el hombre libre de todo pecado y delito? ¿Quién sino sólo Dios puede alzarse como luz en nuestras tinieblas y guiarnos a los que estamos ciegos? Y sin embargo los judíos primero y los cristianos luego olvidándose de que sólo Dios tiene la Primera y la última Palabra declararon infalibles sus palabras y sus pensamientos. Así que ¿qué diremos? ¿de qué podrán presumir quienes teniendo el ejemplo de aquéllos a quienes su presunción los condujo a la ruina presumen de ser luz de los ciegos? ¿Se corresponden las obras de los cristianos al conocimiento de Dios de quienes tuvieron en la Teología un circo y en la Verdad un campo de batalla? ¿Si el fruto del Conocimiento son las obras se puede medir por la calidad de las obras la luminosidad de ese Conocimiento? El Protestantismo, la Ortodoxia, el Papado... el que esté limpio de pecado que tire la primera piedra... Conociéndose por las obras la naturaleza de la doctrina y por el fruto al maestro ¿cómo puede la luz inmaculada del Conocimiento Verdadero de Dios engendrar el fruto de la Muerte, que es el Pecado? Pero si el Protestantismo, la Ortodoxia y el papado están limpios de pecado... entonces...

Preceptor de rudos, maestro de niños, y tienes en la Ley la norma de la ciencia y de la verdad

Eso era en verdad el judío al que hacía referencia el Apóstol, y de eso precisamente se jactaba y presumía el judío ante los suyos y delante de los gentiles. Obviamente el judío de nuestros días ni es preceptor de rudos, ni es maestro de niños, ni tiene en la Ley la norma de la ciencia y de la verdad. La Historia le ha enseñado cuál es su sitio en el mundo y bastante tiene con defenderlo. Al cristiano, más que al judío, debemos aplicarle el cuento:

Tú, en suma, que enseñas a otros, ¿cómo no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se debe robar, ¿robas?

El espejo ha sido hecho para reflejar la verdadera imagen del original. ¿Se mira el cristiano en el espejo de la Verdad o en su presunción se mantiene lejos para no ver cuál es la imagen que se refleja en su rostro: la de Cristo o la del mundo? ¿Puede ser cristiano quien hace lo contrario que predica? ¿Ser cristiano no consiste en agradar a Dios, según lo dicho: “En Ti tengo mi complacencia”? ¿Por qué desjarretó Dios el carro de la Antigua Alianza, por capricho o porque entre la doctrina y los hechos del judío se había levantado un abismo? ¿Si el cristiano opera la misma obra renunciará Dios a su espíritu por amor a quienes amó un día? ¿Pero Satán no fue hijo suyo antes de adherirse al Infierno y preferir la Corona del Imperio de la Muerte a la de un Príncipe sin Corona en el Reino de Dios? ¿No cayeron los judíos es esta trampa: Creerse que por amor a Abraham les iba a perdonar lo que no le perdonara Dios a un hijo? ¿Porque el cristiano sea de Dios tiene un cheque en blanco para transformar su Reino en un infierno mediante obras hechas en el espíritu del Diablo?

Tú, que dices que no se debe adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿te apropias de los despojos de los templos?

Luego la ley humana mira al delito y la Divina al Pecado. Por el delito no nos hacemos odiosos a los ojos de Dios, o su Hijo no hubiera bendecido a los que son perseguidos por la justicia. Pero por el pecado sí nos hacemos odiosos a nuestro Creador. El delito procede de la necesidad causada por la injusticia humana; pero el Pecado es una violación consciente de un sistema social contra el que se siembra la semilla maligna de la guerra. El delito es una rebelión instintiva contra un sistema social fundado en la injusticia de unos pocos contra la voluntad de la mayoría; el Pecado es la rebelión contra un sistema social que defiende a la mayoría contra esos pocos. Por esto Dios condena el Pecado y bendice el delito que procede de la lucha contra la injusticia. Por esto condenó al judío y bendijo a Cristo. Y en fin

Tú, que te glorías en la Ley ¿deshonras a Dios traspasando la Ley?

Buena pregunta. ¿Se la preguntamos al Papado? ¿Se la hacemos al Consejo Mundial de las iglesias Reformadas? ¿Se la enviamos al Patriarcado Ortodoxo? Cuando con sus obras negaron al Señor al que juraban servir ¿deshonraron a Dios? Pero pudiera ser que la gloria de Dios y el volumen de pecado de sus siervos no se encuentren bajo ninguna ley de relación... En este caso los pecados del Catolicismo, del Protestantismo y de la Ortodoxia no tiene por qué imputársele a cargo y cuenta de quienes despreciaron al Señor por sus siervos y siguiendo el ejemplo de esos siervos no hicieron sino imitar al Señor que vieron en sus siervos. Pudiera ser también que el Apóstol, en su celo, se pasase una legua infinita y condenase a la honra de Dios y al pecado del cristiano a mantener una relación de correspondencia, relación sin vigor delante del tribunal Divino. ¡Allá cada cual con su conciencia! Y con todo Dios no perdonó al pueblo judío en razón del pecado de sus preceptores y maestros; y aún más, le imputó con infinita más severidad eterna a sus príncipes los pecados del pueblo, como se ve por los hechos, ya que el pueblo ha sobrevivido una vez pagado su crimen, pero de sus príncipes aaronitas no se sabe que exista sólo uno.

Pues escrito está: “Por vuestra causa es blasfemado entre los gentiles el nombre de Dios”

Dios no puede mentir. Ni puede permitir que su gloria sea pisada por quienes se dicen sus siervos. A los pecados de las iglesias se les debe imputar los de aquéllos que fueron apartados de la Salvación por esos pecados cometidos por quienes se vistieron las ropas de los siervos de Dios para cometer sus crímenes y evitar pagarlos ante la justicia. Así se verá el Día del Juicio. Ay de aquélla iglesia que no corra a hacer la Voluntad Presente de su Señor sumándole a sus pecados el Pecado de los pecados: Rebelión contra la Voluntad de Dios.