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SALA DE LECTURA

HISTORIA UNIVERSAL DE ESPAÑA

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

LIBRO SEGUNDO

CAPITULO II.

ABDICACIÓN DE CARLOS IV A FAVOR DE NAPOLEÓN.

 

Débil conducta de la junta nombrada por Fernando.— Siguen los tratos entre Murat y los reyes padres.— Traslación de estos al Escorial.— Exigencias del gran duque de Berg para la entrega de Godoy.— Escena en el cuarto de la reina de Etruria.— Anunciase a la junta la resolución de no reconocer el emperador otro rey que Carlos IV.— Firmeza del ministro de Marina.— Flojedad y condescendencia de la junta.— Entrega de Godoy a las tropas francesas y su traslado a Francia.— Carta de Carlos IV a su amigo, y reflexiones a que da lugar.— Entrevista del príncipe de la Paz con Napoleón en Bayona.— Se ratifica Carlos IV en su protesta antes de salir de España.— Sorpresa de la junta.— Sus gestiones con Murat con motivo de aquel incidente.— Carla de Carlos IV al infante D. Antonio.— Contradicción notable entre la carta y la protesta.— Salida de los reyes padres para Francia, y ostentoso recibimiento que se les hace en Bayona.— Exasperación de los españoles.— Incidente en la imprenta de Álvarez.— Desasosiego general en Madrid.— Alarma en las provincias.— Redoblan los franceses sus precauciones, particularmente en la capital del reino.— Alboroto en Toledo y en Burgos.— Progresivo aumento de la insolencia de Murat.— Comisionados de la junta cerca de Fernando VII.— Nombramiento provisional de otra nueva junta.— Llegada de Ibarnavarro a Madrid.— Carácter ambiguo y contradictorio de sumisión.— Conducta nada honrosa de Ceballos.— Nadie puede dar la salud al país, si el país no se salva a sí mismo.

 

 

El desdén con que el príncipe Murat había tratado al gobierno español en los primeros días de su llegada a la capital, se convirtió después de la salida de Fernando en la más intolerable insolencia, pudiendo considerarse España gobernada por dos autoridades rivales e incompatibles desde el funesto 10 de abril. La junta nombrada por el joven monarca para gobernar el reino en su ausencia, se hallaba en una posición verdaderamente crítica, contribuyendo a hacer mayor su compromiso la incapacidad de su presidente, y la falta de firmeza en el carácter de la mayoría de sus vocales. Combatida por las bruscas exigencias del gran duque de Berg y por el deseo al mismo tiempo de no desagradar al país, no supo llenar los votos de este, ni contentar los deseos de aquel. En circunstancias tan calamitosas como las de aquellos días no había término medio entre obedecer ciegamente las órdenes del orgulloso conquistador, o conservar ileso el depósito de la autoridad suprema concentrada en la junta. Esta merece disculpa por su debilidad en los primeros días de su espinosa y difícil misión : la esperanza no se había desvanecido del todo, y habría sido un gran mal precipitar acontecimientos de dudosas consecuencias ulteriores, cuando la prudencia aconsejaba contemporizar con los enemigos, poniéndose en guardia a medida que la trama se iba aclarando, hasta que llegase el momento de echar decididamente el guante cuando no quedase ya la menor duda de que la entrada de los franceses en España era cuestión de vida o muerte para la independencia del país. Esa contemporización entretanto no debía llegar basta el punto de equivocarse con el miedo, al menos de un modo ostensible. Resistir para luego ceder, es cien veces peor que otorgar desde luego, porque si esto puede interpretarse como efecto de pura deferencia, aquello revela a las claras la impotencia de obrar de otro modo. La junta nombrada por el joven monarca no debió oponerse a las exigencias del generalísimo francés, sino parapetándose en la firme resolución de seguir en la negativa, pudiendo estar segura de que el único medio de inspirar respeto a Murat, consistía en mostrarse inflexible en la determinación una vez adoptada. Si el gran duque de Berg se excedió en sus demandas, culpa fue, a nuestro modo de ver, de las primeras regateadas concesiones. Nadie es tan insolente como el pedigüeño, cuando la debilidad ajena le hace conocer el valor de ser importuno. Si la junta se sentía incapaz de valor necesario para conservar el decoro de la autoridad que se le había confiado, el deber le mandaba abstenerse de aceptar un cargo que no había de hacer respetar. Por arrebatado que fuese el carácter del gran duque, se hubiera estrellado tal vez a ser otra la actitud de la junta. ¿Pero cómo esperar ese temple de alma en los que durante la ausencia del rey habían quedado al frente de los destinos del país, cuando así se arrastraba su jefe a los pies del emperador, y así mendigaba su apoyo? El desempeño de los grandes deberes que la salud de la patria exigía, inútil era esperarlo ya de elevadas regiones. Hundido el poder en la humillación por mil causas diversas, no había gobierno posible en aquella situación angustiosa. El pueblo, solamente el pueblo, podía bastarse a si mismo.

La correspondencia de los reyes padres con el generalísimo francés estaba a punto de ser coronada con el éxito mas feliz aun antes de dejar Fernando la corte, puesto que el 9 de abril habían pasado ya los reyes padres al real sitio del Escorial por intimación del gran duque, proponiéndose este con aquella traslación tenerlos más cerca de Francia, por lo que pudiera convenir a las miras de su amo y cuñado. Mientras Carlos y María Luisa permanecieron en Aranjuez, habían tenido para su guardia alguna tropa de la casa real; pero so pretexto de protegerlos contra la violencia del nuevo gobierno, había enviado Mural una parte también de sus tropas a las órdenes del general Watier. Trasladados al Escorial fueron SS. MM. acompañados allá por las tropas francesas, las cuales les dieron la guardia en unión con los carabineros reales. Por el camino los aclamaron más que antes, al decir de María Luisa, a los ilustres viajeros, y ese más que antes indica bien claramente la tibieza de la aclamación.

Las cartas de la reina habían tenido por principal objeto la libertad de Godoy, no habiendo una sola en que no tocase esa especie con el mayor encarecimiento, llegando al extremo de decir que si no se salvaba el príncipe de la Paz, y si no se les concedía su compañía, morirían el rey su marido y ella. No bien hubo Fernando salido de Madrid, cuando Murat pidió con empeño a la junta la entrega del preso, fundando su petición en habérselo prometido Fernando el día anterior a su partida en el cuarto de la reina Etruria. Promesa como esta era natural que, de haber sido hecha, la hubiese comunicado Fernando a la junta, o la hubiera al menos dejado por escrito a Murat. No habiendo sucedido ni lo uno ni lo otro, hay sospechas fundadas para creer que no hubo semejante promesa, tanto más cuanto la entrevista de Fernando con el generalísimo en el cuarto en cuestión , se redujo a manifestarse uno y otro la displicencia más chocante, representando ambos una escena muda que por lo curioso del hecho ha merecido quedar consignada en las páginas de la historia. Estaba Murat en el cuarto de la reina de Etruria, cuando anunciaron a Fernando, quien no dejó de extrañar ver al generalísimo haciendo la corte a su hermana, no habiendo él conseguido merecerle igual deferencia. Señal era esta bien clara de los tratos secretos que había en su contra, y del ningún apoyo que el nuevo gobierno podía prometerse del emperador. Firme Murat en su propósito de no mostrar a Fernando la menor galantería de la cual pudiera inferirse que le tenía en algo, permaneció quieto en su sitio sin adelantar un solo paso para recibir al joven monarca, guardando este una actitud igualmente desdeñosa y sin saludar al gran duque, permaneciendo los dos en pie por espacio de algunos minutos cual si fueran estatuas. La ex-reina de Etruria, no sabiendo qué hacerse, se puso a tocar el piano; pero como ni Murat ni Fernando habían venido a oír música, tomaron la determinación de marcharse, saliendo cada cual del salón con el mismo silencio que antes. Escena como esta debiera haber significado alguna cosa a los ojos del rey pretendiente, y sin embargo partió para Burgos al otro día, embelesado con las promesas de Savary.

Rehusando la junta entregar el preso a Murat, la amenazó este con hacer uso de la fuerza si persistía en resistirse, visto lo cual por esta consultó al rey Fernando lo que debía hacer en tal apuro , disponiendo el día 15 y mientras venia la contestación, que el consejo suspendiese el proceso intentado contra el príncipe de la Paz hasta nueva orden del rey. Ceballos desde Vitoria respondió en nombre de este haberse escrito al emperador prometiéndole la vida del valido si llegaba a ser condenado a pena capital. Contestación era esta de la cual no podía inferirse que el rey ordenase la entrega del preso. Murat sin embargo insistió el día 20, mandando al general Augusto Belliard dirigirle a la junta un oficio, en el cual se decía que habiendo escrito el príncipe de Asturias al emperador haciéndole dueño de la suerte del príncipe de la Paz, mandaba el gran duque al comunicante enterar a la junta de las intenciones del emperador, quien reiteraba a su lugarteniente la orden de pedir la persona del privado. «Puede ser, continuaba el oficio, que esta determinación de S. A. R. el príncipe de Asturias no haya llegado todavía a la junta. En este caso se deja conocer que S. A. R. habrá esperado la respuesta del emperador; pero la junta comprenderá que el responder al príncipe de Asturias sería decidir una cuestión muy diferente; y ya es sabido que S. M. I. no puede reconocer sino a Carlos IV.» Por conclusión y como para dar la última prueba de cinismo político que había en este párrafo: «El gobierno y la nación española solo hallarán en esta resolución de S. M. I. nuevas pruebas del interés que toma por la España; porque alejando al príncipe de la Paz, quiere quitar a la malevolencia los medios de creer posible que Carlos IV volviese el poder y su confianza al que debe haberla perdido para siempre; y por otra parte la junta de gobierno hace ciertamente justicia a la nobleza de los sentimientos de S. M. el emperador que no quiere abandonar a su fiel aliado.»

Desvergüenza en verdad se necesitaba para expresarse de este modo los mismos que diez días antes habían engatusado a Fernando con la perspectiva del reconocimiento, incitándole a verificar su viaje para así obtenerlo mejor. La declaración terminante hecha a nombre de Murat de que el emperador no reconocía otro rey que Carlos IV, formaba un horrible contraste con las decepciones anteriores y con la alevosa insistencia de Savary en reiterar sus promesas al joven monarca hasta que pasó la frontera.

La junta tuvo un acalorado debate sobre entregar o no el preso, habiendo estado por la negativa constantemente el ministro de Marina D. Francisco Gil y Lemus. Los individuos de la mayoría no pensaron así, y puestos en el duro trance de tener por contrarío a Murat o de excitar la indignación del país, prefirieron lo último. Tal vez conocieron lo inútil de su resistencia, considerando dispuesto al general francés a arrebatar a Godoy por la fuerza si no se lo entregaban de grado.

El gran duque de Berg, según Foy, amenazó pasar a cuchillo a los cien guardias do Corps y quinientos granaderos provinciales que guardaban al preso en el castillo de Villaviciosa, si la junta se resistía a entregarlo. Hablando María Luisa con Murat sobre los medios de poner en libertad al favorito, decía así en una de sus cartas: «¿Seria posible tomar por precaución algunas medidas antes de la resolución definitiva? El gran duque pudiera enviar tropas sin decir a qué; llegar a la prisión del príncipe de la Paz y separar la guardia que le custodia, sin darle tiempo de disparar una pistola ni hacer nada contra el príncipe; pues es de temer que su guardia lo hiciese porque todos sus deseos son de que muera, y tendrán gloria en matarle. Así la guardia sería mandada absolutamente por las órdenes del gran duque : y si no puede estar seguro el gran duque de que el príncipe de la Paz morirá si prosigue bajo el poder de los traidores indignos y a las órdenes de mi hijo. Por lo mismo volvemos a hacer al gran duque la misma súplica de que haga sacarle del poder de las manos sanguinarias, esto es, de los guardias de Corps, de mi hijo y de sus malos lados, porque sino debemos estar siempre temblando por su vida aunque el gran duque y el emperador la quieran salvar, mediante que no lo podrán conseguir. De gracia volvemos a pedir al gran duque que tome todas las medidas convenientes para el objeto, porque como se pierda tiempo ya no está segura la vida, pues es cosa cierta que seria mas fácil de conservar si el príncipe estuviese entre las manos de leones y de tigres carnívoros»

Pero de haber sucedido así habría al menos la junta dejado a cubierto su honor resistiéndose hasta el último extremo.

Como quiera que sea, la autoridad dobló la cerviz, mandando al marqués de Castelar, a cuyo cargo estaba la custodia del encarcelado, lo entregase a los franceses. Había sido Castelar amigo del valido de Carlos IV durante los tiempos de su privanza, poniéndose después de su caída a la devoción del nuevo gobierno. Al recibir la orden de la entrega, dudó o afectó dudar de la autenticidad del mandato, pasando a Madrid a cerciorarse de la verdad entrevistándose con el infante D. Antonio. Oída de boca de este la confirmación de la orden, hizo el marqués renuncia de su empleo, suplicando que en vez de ser los guardias de Corps los que verificasen la entrega, quedase esta a cargo de los granaderos provinciales. Este rasgo del marqués hace muy poco honor  a memoria. Su resistencia a poner en libertad al desgraciado que antes había sido su amigo, podría considerarse como patriótica mientras dudaba de la autenticidad de la orden; pero una vez confirmado en que era cierta, y teniendo cubierta su responsabilidad, no era ya la dignidad nacional el verdadero motivo que, a nuestro modo de ver, tenía para llevar adelante su oposición hasta un extremo tan exagerado. Castelar temía sin duda que sus conexiones de antes con el príncipe de la Paz pudieran serle perjudiciales ahora, si no consignaba su dureza de un modo el más terminante, y de aquí su estudiado rigor con el desventurado valido. El infante D. Antonio hizo presente al marqués consistir en aquella entrega que Fernando fuese rey de España, oído lo cual obedeció el renitente y puso en libertad a Godoy a las once de la noche del día 20, entregándole en manos del coronel francés Martel. Al día siguiente envió la junta de gobierno un comisionado a Godoy con el encargo de llevarle alguna ropa y un socorro de cien mil reales, entregándosele después de orden de Murat una carta de Carlos IV que decía así: «Incomparable amigo Manuel: ¡Cuánto hemos padecido estos días viéndote sacrificado por esos impíos por ser nuestro único amigo! No hemos cesado de importunar al gran duque y al emperador, que son los que nos han sacado a ti, y a nosotros. Mañana emprenderemos nuestro viaje al encuentro del emperador, y allí acabaremos todo cuanto mejor podamos para ti, y que nos deje vivir juntos hasta la muerte, pues nosotros siempre seremos, siempre, tus invariables amigos, y nos sacrificaremos por ti como tú le has sacrificado por nosotros.»

La historia no presenta un ejemplo de amistad tan constante en los reyes. Nosotros que tanto hemos censurado la ceguedad del anciano monarca, estamos muy lejos de incriminarle por la actitud que guardó con su amigo cuando le vio desgraciado. En esa carta revelada a la historia por el mismo príncipe de la Paz, no se ve otro deseo en los reyes padres que el de tener constantemente a Godoy a su lado, viviendo juntos con él: María Luisa encarece el mismo deseo en toda su correspondencia. Por natural que parezca ese anhelo, da lugar sin embargo a una observación importante. Ni Carlos ni María Luisa podían lisonjearse de ver secundados sus votos, a no ser en el caso de resignarse a la abdicación. Por confesión del mismo Murat en el oficio dirigido por Belliard a la junta, no era posible que Carlos volviese el poder y su confianza al que debía haberla perdido para siempre, y así tenia que ser irremediablemente, atendida la animadversión justa o injusta con la que el país miraba al valido. Ahora bien, preguntamos nosotros: ¿cómo conciliar con la vuelta de Carlos IV al trono de sus mayores su deseo de retener a Godoy a su lado? Y si estos extremos eran en efecto incompatibles, si puesto Carlos en la alternativa de dejar el trono o renunciar a la compañía de su amigo tendría finalmente que decidirse por lo primero: ¿a qué la protesta contra la renuncia del 19? ¿Solo para que el hijo no reinara, y para que el emperador dispusiese de la corona de España como mejor le placiese? Cuanto más pensamos en esto, tanto más nos ratificamos en que la irremediable consecuencia de tal ceguedad no era ni podía ser otra que esa.

Don Manuel Godoy salió del campamento francés con dirección a Francia al día siguiente de haber sido puesto en libertad, yendo acompañado de escolta francesa, y llegando a Bayona el 26, donde se albergó en una quinta distante una legua de aquella ciudad. Poco después de su llegada tuvo con el emperador una larga conferencia. Nuestros lectores verán mas adelante lo útil que era Godoy para dar completa cima al tenebroso plan que el jefe de Francia revolvía en su mente contra la independencia española. Cuando el príncipe de la Paz, fue sacado también de la prisión su hermano D. Diego, duque de Almodóvar del Campo, y conducido igualmente a Bayona, adonde llegó poco después que el valido.

Para la ejecución del drama que debía representarse en la frontera del Pirineo faltaban todavía dos actores principales: Carlos IV y María Luisa. A la imposibilidad en que los dos esposos se hallaban de sobrellevar sin morir la ausencia de su amigo, añadíase el interés de Napoleón en tener prisionera en sus manos toda la familia real, y Murat no podía olvidarse de tan importante consideración. Antes de su partida era preciso acabar de inspirar a la junta la incertidumbre y el terror. El generalísimo francés babia el 16 anunciado al ministro de la Guerra D. Gonzalo Ofarril que el emperador no reconocía en España otro rey sino Carlos IV, fundando semejante resolución en la protesta hecha por este contra la abdicación de Aranjuez. Atónito Ofarril con una declaración tan brusca, se quedó boquiabierto al leer la proclama manuscrita que Murat le presentó, extendida por el mismo Carlos IV, en la cual aseguraba el rey haber sido en efecto forzada su renuncia, como así lo había participado al emperador. Dada cuenta a la junta de tan extraña novedad, fue Ofarril comisionado por ella para que en unión con el ministro Azanza pasase a manifestar a Murat la sorpresa que le causaba acuerdo tan inesperado. Hubo con este motivo varias contestaciones entre los dos comisionados y el gran duque, permaneciendo este inflexible, y accediendo tan solo a esperar la última contestación de la junta, la cual respondió verbalmente por medio de los mismos encargados: primero, que una resolución como aquella debía comunicársele, no por el gran duque, sino por Carlos IV; segundo, que cuando le fuese notificada, se limitaría a elevarla al conocimiento y noticia de Fernando: y  VII; tercero, que habiendo departir Carlos IV para Bayona, se guardase el mayor sigilo sobre aquel asunto, absteniéndose el anciano rey de ejercer durante su viaje acto alguno de soberanía. Oída esta respuesta, Murat pasó al Escorial a conferenciar con el rey padre, quien escribió a su hermano el infante D. Antonio con fecha 17 de abril una carta en la cual ratificaba la especie de la violencia sobre el ejercida cuando su abdicación del 19, añadiendo que en aquel mismo día babia extendido una protesta solemne contra el decreto dado en medio del tumulto y forzado por lo critico de las circunstancias. Después declaraba su resolución de consagrar el resto de sus días a hacer la felicidad de sus vasallos, confirmando por lo demás en sus empleos, bien que provisionalmente, a los vocales de la junta y a cuantos hubieran recibido cargos civiles y militares desde el 19 anterior. La carta concluía diciendo que pensando el rey salir luego al encuentro de su augusto aliado, transmitiría después de esto sus últimas órdenes a la junta.

Es denotar en este documento la contradicción en que el anciano monarca incurría suponiendo dada su protesta el mismo día de la renuncia, siendo cosa averiguada que no fue así, según tenemos dicho en otro lugar; pero ni Murat ni Carlos IV cayeron en la cuenta de tal contradicción, atentos solo a hacer constar la protesta para sus fines ulteriores. Hecho esto partió Carlos IV, en compañía de la reina y de la hija del príncipe de la Paz, el día 15 de abril , dirigiéndose a Bayona con escolta de tropas francesas y carabineros reales, los mismos que le habían hecho la guardia en el Escorial. Habiendo pasado la frontera el día 30, diez días después que su hijo y cuatro después que Godoy, entraron los reyes padres en Bayona con el más ostentoso recibimiento. El emperador que tan desdeñoso se había mostrado con Fernando, varió enteramente de conducta respecto a sus padres, enviando a cumplimentarles al duque de Plasencia que se adelantó hasta Irún, y al príncipe de Neufchatel que los esperó en la orilla del Bidasoa. Cuando SS. MM. pusieron el pie en Francia, encontraron un numeroso destacamento de tropas francesas, las cuales les sirvieron de escolta hasta dar con la guardia de honor de caballería del departamento. Al entrar en Bayona hallaron la guarnición a lo largo de las calles, la cual los recibió con los honores debidos a la majestad. Los bajeles del puerto estaban empavesados; la artillería de este y la de la ciudadela los saludó con ciento y un cañonazos, y toda la población en fin los recibió con aplausos y vítores, cual si reconociese y quisiera pagar de antemano el importante servicio que los nuevos esclavos coronados iban a prestar a la causa del imperio francés. La escasa comitiva que Carlos IV había llevado consigo, fue aumentada de orden del emperador con oficiales de su propia casa. Al bajar los reyes del coche, fueron conducidos por el gran mariscal a la habitación que les estaba destinada, y que había sido previamente dispuesta para el emperador mismo. Todo anunciaba al parecer la resolución imperial de sostener en el trono a Carlos IV, y así lo creyeron tal vez tanto este como María Luisa, olvidando por un momento lo que tantas veces había dicho acerca de su vehemente deseo de retirarse a un rincón en unión con su amigo; pero el emperador les tenía reservado el mismo desengaño que al hijo. La causa de la humillación y del vilipendio era doble: la perfidia del emperador debía serlo también.

La salida de Fernando VII tan en desacuerdo con los sentimientos y con la opinión general, había entretanto extendido la alarma por todas partes. Los tratos de Murat con los reyes padres, secretos para la generalidad del público mientras Fernando había permanecido en Madrid, y evidentes a todo el mundo desde que todos pudieron notar las entrevistas y conferencias misteriosas que el generalísimo francés tenia con SS. MM. después de su traslado al Escorial, habían aumentado la irritación y el desasosiego. La altanería del generalísimo francés y el aire de desdén y menosprecio con que él y sus oficiales trataban a los españoles, con particularidad a los que se señalaban por su afecto a Fernando, no dejaban ya la menor duda de que no era la causa de este la que los franceses habían venido a defender. La libertad dada a Godoy, objeto principal del odio del pueblo y de las enconadas pasiones del mayor número, acabaron de exasperar los ánimos hasta un punto difícil de describir. La partida de los reyes padres siguiendo la misma ruta que el hijo y el privado hizo latir los corazones del modo más angustioso, sin que ninguno pudiera prometerse nada bueno de la reunión en Bayona de personajes tan opuestos en miras e intereses. Madrid estaba sobre un volcán, indicando la inminencia de la explosión de un momento a otro. Si Napoleón y los suyos hubieran conocido el estado de la opinión pública en España, en vez de apoyar como lo hicieron la causa de los reyes viejos, como los españoles los llamaban, habrían por el contrario adherídose a la de Fernando , satisfaciendo a la vez los votos del país y los intereses del imperio , pudiendo prometérselo todo de la ciega adhesión con que Fernando y sus consejeros hubieran pagado a Napoleón su reconocimiento y su apoyo. Pero el emperador, grande en todo, no parece que quiso mostrar sino que era pequeño en España; y aquella cabeza tan bien organizada, tan prodigiosamente pensadora, tan exhuberante, en fin, de previsión y de cálculo, fue mezquina, raquítica y pobre en cuanto tuvo relación con la cuestión española. Su lugarteniente Murat que por su permanencia en Madrid y por su roce inmediato con los españoles debía conocer mejor hasta qué punto era peligroso ponerse en lucha con el voto del país, debía haber informado a su amo de lo impolítico que era adoptar una marcha en contradicción con el deseo y con el interés general. Fascinóle sin duda la consideración de las fuerzas de que estaba rodeado, creyendo tan posible contrastar los sentimientos de un pueblo como dar y ganar batallas. ¿Pero quién contiene el torrente, o qué fuerza humana es bastante para suspender en el aire el descenso de la catarata?

Las tempestades de la naturaleza no estallan de pronto, ni rompen tampoco de súbito las grandes conmociones políticas. Murat no tuvo vista para distinguir el humo que anunciaba la primer bocanada del cráter, ni oído para percibir el oscuro y sordo fragor que el volcán agitaba en su seno. La junta había suplicado al generalísimo francés guardase secreto y reserva en lo tocante a la protesta de Carlos IV, y olvidando Murat su promesa, envió dos comisionados franceses a la imprenta de D. Eusebio Álvarez de Latorre para imprimir una proclama de aquel monarca. Presentóse el impresor al consejo a fin de participarle lo que ocurría, y habiéndose enviado al alcalde de casa y corte D. Andrés Romero a averiguar el hecho, sorprendió este a los dos comisionados franceses con las pruebas de la proclama. Intimóles entonces el juez que se diesen a prisión; mas no fue obedecido, ni pudo conseguir que declarasen cosa alguna sin orden previa de su jefe el general Grouchi, a quien Murat había puesto por gobernador militar de Madrid. Ya en esto había corrido por el pueblo la noticia de aquel incidente, y agolpándose a las puertas de la imprenta inmensa multitud, estuvo la tranquilidad en gran riesgo. Romero temió que dejados en libertad los franceses, serían sacrificados a manos del pueblo, y deseoso de evitar un desastre, los dejó arrestados en la misma imprenta hasta la determinación del consejo. No atreviéndose este a decidir en aquel asunto, lo sometió al conocimiento de la junta; la cual no osó tampoco indisponerse con el gran duque, y puso en libertad a los detenidos, exigiendo de Murat nueva promesa de obrar con mas circunspección en lo sucesivo. Pero el mal estaba ya hecho, sin que la debilidad de la junta ni la nueva promesa del generalísimo francos pudiese impedirlo. El incidente de la imprenta extendió por todas partes la intima convicción de que el emperador trataba de reponer en el trono a Carlos IV, y aun de volver su influencia al valido; y exaltada la imaginación con tan sombrío porvenir, exageraba hasta el último punto las tristes consecuencias de restauración tan odiosa.

Las provincias ocupadas por las tropas invasoras habían comenzado a ofrecer por aquellos días escenas aisladas de insultos y atropellos a los soldados franceses, como sucedió en Barcelona y en Burgos y en otras ciudades, donde alguno de ellos pagó con la muerte su petulancia y su insolencia. Las provincias que estaban libres del yugo francés empezaron también a estar sobre aviso, poniéndose en guardia sus jefes militares , los cuales se ocupaban en reunir armas silenciosamente por lo que pudiera ocurrir.

Los franceses por su parte aumentaban sus precauciones, fortificándose decididamente y organizando la ocupación del país. Acostumbrados a subyugar reinos enteros en el hecho solo de apoderarse de sus capitales, dirigieron su principal conato a tener aterrado a Madrid y cercados sus alrededores. La división del general Bedel que estaba en Segovia pasó al Escorial, trasladándose al primer punto la tercera división del segundo cuerpo de observación de la Gironda a las órdenes del general Frere. El general en jefe de este último cuerpo, Dupont, estaba en Aranjuez con la tercera división de infantería y caballería, y diósele orden de trasladar su cuartel general a Toledo. Los pueblos de Fuencarral y Chamartín, el convento de San Bernardino, Pozuelo y la casa de Campo, estaban ocupados por varias divisiones del cuerpo de observación de las costas del Océano a las órdenes de Moncey, siendo hasta veinticinco mil hombres lo que tenían ocupada la corte y sus contornos, mientras la guarnición española contaba solamente tres mil.

Toda estas precauciones fueron vanas para evitar que en varios puntos estallase de un modo mas o menos imponente la indignación popular. Antes de trasladarse Dupont a Toledo, había enviado a esta ciudad al ayudante comandante Marcial Tomás, en unión con algunos oficiales de estado mayor y otros empleados franceses del servicio administrativo, a fin de preparar alojamiento para las tropas francesas. La imprudencia de este enviado fue tal, que no tuvo recato en decir públicamente que el emperador Napoleón, lejos de reconocer a Fernando por rey de España y de las Indias, estaba resuelto a restablecer en el trono a Carlos IV. Extendidas estas declaraciones, y repelidas y comentadas en la población y fuera de ella, dieron lugar al primer alboroto que con verdadero carácter de tal estalló contra los franceses. El vecindario de la ciudad y los habitantes del campo corrieron en motín a la plaza de Zocodover, poblando el aire de vivas a Fernando VII, y recorriendo las calles armados de escopetas, espadas, garrotes y cuanto pudieron hallar a las manos, llevando levantada una bandera de la cual estaba suspendido el retrato del joven monarca. Exaltados hasta el último extremo y llenos de una especie de sentimiento religioso hacia imagen querida, obligahan a doblar la rodilla anle ella a cuantos pasaban por las calles, sin distincion de franceses o españoles, y ¡ay del que huhiera rehusado acatarla!

La muchedumbre se dirigió a la casa del corregidor D. José Joaquin de Santa Maria, tachao de adicto a Godoy y a Carlos IV, y no habicndo dado con él por habcr escapado a tiempo, le quemaron los muebles, los coches y cuantos efectos tenía, haciendo lo mismo con los de D. Pedro Segnndo y D. Luis dcl Castillo, ricos propietarios de aquella ciudad, y objeto del odio público por la misma razón. El tumulto duró treinta y seis horas, pero no se derramó una sola gota de sangre. Toledo cs la ciudad levítica de España , y la irritacion popular· fue calmada por el cabildo y los frailes, quedando la población del todo tranquila con la llegada de Dupont y las tropas el dia 26.

El sitio real de Aranjuez abandonado por Dupont fue ocupado por la tercera división que estaba en el Escorial. La brigada dc caballería del general Caulaincourt entrño también en Castilla la Nueva, juntamente con otros refuerzos de infantcria destinados a los cuerpos que ocupaban esta provincia.

Al tumulto de Toledo ocurrido el 21 de ahril, añadióse por aquellos dias otro más serio en Burgos, puesto que hubo en él efusion dc sangre, habiéndose salvado como por milagro el intendente marqués de la Granja. Fue debida esta commoción a la circunstancia de haber detenido los franccses un correo español, como lo tenían de costumbre, a consecuencia de las secretas órdenes dadas al efecto por Bonaparte, como más adelante diremos.

Estos movimientos locales provocados por la insolencia francesa debieran haber llecho conocer a Murat la necesillad de evitar los motivos; pero la injusticia de los hombres es tal, que olvidando los agravios que hacen, no tienen lengua sino para encarecer los que en debido pago reciben. La resistencia de los españoles a sufrir el yugo, fue llamada agresión por el generalísimo francés, cual si no hubieran sido los suyos, y él el primero, los verdaderos y únicos agresores. Murat desde entonces, habiendo degenerado de desdeñoso en altanero, pasó sucesivamente a desempeñar en toda la extension de la palabra el inicuo papel de déspota,creciendoo su insolencia a medida que la junta suprema de gobierno se mostraba mas débil. La trajedia que iba a tener lugar en Bayona debía ser al estilo griego, y representarse con intervención del coro. Este debía componerlo una diputación de españoles, una farsa de representacion nacional, destinada a antorizar con su voto el despojo de sus reyes en un pais estrangero. El generalísimo francés comunicó a la junta la resolución de Bonaparte, a fin de que nombrase los sujetos que debían componer el congreso en cuestión. Deliberando estallan los locales sobre el nuevo y congojoso incidente, cuando recibieron la noticia de que no contento Murat con haberles intimado la orden, habia tenido la anuacia de nombrar por sí y ante sí algunas personas que debían componer la diputación. Estas rehusaban pasar a Francia sin la competente anuencia del gobierno espaflol, y el generalísimo francés, visto aquello, hubo de dirijirse a la junta exigiendo los pasaportes. La junta no atreviéndose a resistirse, los expidió en el acto, y los diputados emprendieron su viaje a Bayona.

Visto por los voeales el modo inusitado con que comenzaba a crecer de dáa en dia la insolencia de Murat, había consultado anteriormente al joven monarca sobre lo que debía hacer, pues limitadas sus facultades a lo meramente gubernativo no le era posible partir de un modo desembarazado y espedito a la crítica posicion en que se veía. Hasta aquí puede merecer disculpa la conducta de un cuerpo a quien tanto se habia encargado no dar a los franceses el menor' pretexto de queja; pero es responsahle de su debilidad e indecision desde el momento en que Fernando, caida ya la venda de los ojos, la autorizó para ejecutar cuan lo conviniese a su servicio y al del reino, usando al efecto de todas las facultades que el mismo rey desplegaría si se hallase dentro de sus estados. Declaracion como esta dejaba a los vocales en libertad de proceder como mejor les placiese, y teso no obstante, continuaron en su irresuelta timidez, no atreviéndose a tomar medida algnna de consecuencia sin consultar de nuevo al monarca. Con este ohjeto envió la junta secretamente a Bayona a D. Evaristo Perez de Castro y a D. José de Zayas, de los cuales solo el primero pudo llegar a su destino, merced al cuilldado que puso en ocultar su itinerario. Las preguntas sobre las cuales pedía la junta instrucciones eran cuatro, a saber: primera, si seria conveniente auforizarla a sustituirse en otra cuyas personas designase S. M. para que se trasladasen a sitio donde pudieran aborar libremente en el caso que las primeras nombradas n0 pudiesen hacerlo: segunda, si era voluntad del rey que se rompiesen las hostilidades, y cuándo y cómo deberia hacerse: tercera, si debería impedirse la entrada de nuevas tropas francesas en España; y cuarta, si deberian convocarse cortes, dirigiendo el decreto al consejo, o cuando este no estuviera ell libertad de obrar, a cualquiera chancilleria ó audiencia.

Todas estas preguntas eran puramente oficiosas, puesto que debian considerarse resueltas desde el momento en que se habia autorizado a la junta para obrar sin restricciones de ninguna especie. Mientras llegaba la respuesta, propuso D. Francisco Gil y Lemus nombrar provisionalmente otra junta que sustituyese a la establecida por Fernando, para el caso probable de que llegase esta a carecer de libertad. Los vocales adoptaron la propuesta, nombrando para la nueva junta al capitán general de Cataluña conde de Ezpeleta en calidad de presidente, y como vocales al capitán general de Castilla la Vieja D. Gregorio García de Lacuesta, al teniente general D. Antonio de Escaño, y al virtuoso ex-ministro D. Gaspar Melchor de Jovellanos. Mientras la ausencia de este último, pues se halla todavía en Mallorca, fueron nombrados para sustituirle los señores D. Juan Perez Villamil y D. Felipe Gil Taboada. Señalóse por punto de reunión la ciudad de Zaragoza; pero por razones que se dirán más adelante no pudo llevarse a efecto esta medida.

Llegó en esto a la corte en la nochedel 29 de abril el oidor de Pamplona D. Justo Ibarnavarro, quien habiendo salido de Bayona el 25, consiguió arribar, no sin riesgo, al término de su destino, siguiendo extraviadas veredas. Era su comisión manifestar a la junta haber el emperador exijido imperiosamente del rey Fernando que renunciase por si y en nombre de la familia de los Borbones al trono de España y de todos sus dominios en favor del jefe de la Francia y de su dinastía, y que la comitiva que había acompañado a S. M. hiciese igual renuncia en representación del pueblo español, prometiendo el emperador en recompensa a Fernando el reino de Etruria. Después de encarecer el enviado la perfidia que con el joven monarca usaba el emperador, puso en conocimiento de la junta estar S. M. resuello a perder primero la vida que acceder a tan inicua renuncia, añadiendo que la junta debia proceder en sus deliberaciones obrando con esta seguridad y firme inteligencia. Una declaración tan terminante, hecha en nombre del mismo monarca, parecia ratificar a la junta suprema de gobierno en la más amplia libertad de obrar, al tener de la real orden comunicada anteriormente por Ceballos, y era tan al contrario no obstante, que habiendo preguntado Ibarnavarro al despedirse de este ministro si prevendría algo a la junta sobre la conducta que debería observar con los franceses, le respondió S. E. haberse acordado por regla general no hacer novedad por entonces, porque era de temer de lo contrario que resultasen funestas consecuencias contra el rey, el infante D. Carlos y cuantos españoles acompañaban a S. M., arriesgándose también el reino si se anunciaban ideas hostiles antes de estar preparado a sacudir el yugo de la opresión.

Mal se avenia el tímido consejo de Ceballos con la orden comunicada antes, y con la declaración sobre todo de estar Fernando resuelto a morir antes que renunciar. Mal modo era este también de poner término a las perplejidades y vacilaciones de la junta, siendo bien poco honroso por otra parte unir a la consideración del riesgo que la persona de Fernando corría, el peligro en que pudieran hallarse sus consejeros. Pero el ministro de Estado temia por sí tanto o más que por la suerte del rey, y creyó conveniente anunciarlo en bien explícitos términos, no fuese que la junta procediese a tomar alguna determinación que costase la piel a tantos ilusos. La junta por su parte había mostrado suficientemente lo poco dispuesta que se hallaba la mayoría de sus individuos a echar decididamente el guante a los opresores del pais, y era llegada la hora, repetimos, de levantar el pueblo su cabeza. Carlos IV, Fernando VII, los prohombres de este y los magnates de aquel, visto era lo que podían ya dar de sí. Napoleón necesitaba medirse con un antagonista tan grande como él, y era lógico y justo que lo hallase. ¡Gloria y prez al heroico pueblo español, el primero que entre todos los pueblos probó que el gigante de Europa podía ser derrotado y vencido¡ Gloria a la villa de Madrid, a esa población de valientes que de una manera tan brava osó tomar la iniciativa en la desesperada empresa de volcar para siempre al coloso! ¿De qué le sirvieron a Murat sus invencibles falanges, de qué el muro de hierro formado en derredor de la capital por las bayonetas del imperio? Acostumbrado el iluso a tratar largo tiempo con los degenerados descendientes del pueblo romano, creyó que España era Italia; y desconociendo el carácter de una nación, capaz de sufrirlo todo menos la humillación y el vilipendio, creyó muerto en ella el valor y hasta el recuerdo de lo que antes había sido. Fuera otra la conducta del generalísimo francés; y halagando al pueblo español, y tratándolo siquiera de igual a igual, consiguiera tal vez, respetándolo, lo que no era posible ofendiéndole. Murat, sin embargo, creyó menos digno de su orgullo transigir con la altivez castellana, y midiendo el aliento de los españoles por el apocamiento de sus reyes y la flojedad de sus autoridades, se lisonjeó con la idea de bastar la presencia de sus huestes para impedir todo conato de insurrección. ¡Iluso y cien veces iluso! Pretender contener de ese modo el alzamiento de Madrid y de las provincias, era lo mismo que intentar impedir la explosión de la bomba humeante, llevando la demencia al extremo de comprimirla entre las manos, creyendo vencer, apretándola, la irresistible potencia del agente encendido en su seno.

 

 

 

 

 

Retrato de Godoy.

 

Don Manuel Godoy había nacido en Badajoz en 12 de mayo de 1767, de familia noble pero pobre. Su educación había sido descuidada; profunda era su ignorancia. Naturalmente dotado de cierto entendimiento, y no falto de memoria, tenía facilidad para enterarse de los negocios puestos a su cuidado. Vario e inconstante en sus determinaciones deshacía en un día y livianamente lo que en otro sin más razón había adoptado y aplaudido. Durante su ministerio de estado, a que ascendió en los primeros años de su favor, hizo convenios solemnes con Francia perjudiciales y vergonzosos; primer origen de la ruina y desolación de España. Desde el tiempo de la escandalosa campaña de Portugal mandó el ejército con el título de generalísimo; no teniendo a sus ojos la ilustre profesión de las armas otro atractivo ni noble cebo que el de los honores y sueldos; nunca se instruyó en los ejercicios militares; nunca dirigió ni supo las maniobras de los diversos cuerpos; nunca se acercó al soldado ni se informó de sus necesidades o reclamaciones; nunca en fin organizó la fuerza armada de modo que la nación en caso oportuno pudiera contar con un ejército pertrechado y bien dispuesto, ni él con amigos y partidarios firmes y resueltos: así la tropa fue quien primero le abandonó. Reducíase su campo de instrucción a una mezquina parada que algunas veces ofrecía delante de su casa a manera de espectáculo a los ociosos de la capital y a sus bajos y por desgracia numerosos aduladores: ridículo remedo de las paradas que en París solía tener Napoleón. Tan pronto protegía a los hombres de saber y respeto, tan pronto los humillaba. Al paso que fomentaba una ciencia particular, o creaba una cátedra, o sostenía alguna mejora, dejaba que el marqués Caballero, enemigo declarado de la ilustración y de los buenos estudios, imaginase un plan general de instrucción pública para todas las universidades incoherente y poco digno del siglo, permitiéndole también hacer en los códigos legales omisiones y alteraciones de suma importancia. Aunque confinaba lejos de la corte y desterraba a cuantos creía desafectos suyos o le desagradaban, ordinariamente no llevaba más allá sus persecuciones ni fue cruel por naturaleza: solo se mostró inhumano y duro con el ilustre Jovellanos. Sórdido en su avaricia vendía como en pública almoneda los empleos, las magistraturas, las dignidades, los obispados, ya para sí, ya para sus amigas, o ya para saciar los caprichos de la reina. La hacienda fue entregada a arbitristas más bien que a hombres profundos en este ramo, teniéndose que acudir a cada paso a ruinosos recursos para salir de los continuos tropiezos causados por el derroche de la corte y por gravosas estipulaciones. Desembozado y suelto en sus costumbres dio ocasión a que entre el vulgo se pusiese en crédito el esparcido rumor de estar casado con dos mujeres: habiéndose dicho que era una Doña María Teresa de Borbón, prima carnal del rey, que fue considerada como la verdadera, y otra Doña Josefa Tudó, su particular amiga, de buena índole y de condición apacible, y tan aficionada a su persona que quiso consignar en la gracia que se le acordó de condesa de Castillo-Fiel el timbre de su incontrastable fidelidad. Conteníale a veces en sus prontos y violentos arrebatos. Godoy en el último año llegó al ápice de su privanza, habiendo recibido con la dignidad de grande almirante el tratamiento de alteza, distinción no concedida antes en España a ningún particular. Su fausto fue extremado, su acompañamiento espléndido, su guardia mejor vestida y arreada que la del rey: honrado en tanto grado por su soberano fue acatado por casi todos los grandes y principales personajes de la monarquía. ¡Qué contraste verle ahora y comparar su suerte con aquella en que aún brillaba dos días antes! Situación que recuerda la del favorito Eutropio que tan elocuentemente nos pinta uno de los primeros padres de la Iglesia griega. «Todo pereció, dice; una ráfaga de viento soplando reciamente despojó aquel árbol de sus hojas, y nos le mostró desnudo y conmovido hasta en su raíz... ¿quién había llegado a tanta excelsitud? ¿No aventajaba a todos en riquezas? ¿no había subido a las mayores dignidades? ¿No le temían todos y temblaban a su nombre? Y ahora más miserable que los hombres que están presos y aherrojados; más necesitado que el último de los esclavos y mendigos, solo ve agudas armas vueltas contra su persona; solo ve destrucción y ruina, los verdugos y el camino de la muerte.» Pasmosa semejanza y tal que en otros tiempos hubiera llevado visos de sobrehumana profecía.

Encerrado el príncipe de la Paz en el cuartel de guardias de Corps, y retirado el pueblo, como hemos dicho, a instancias y en virtud de las promesas que le hizo el príncipe de Asturias,p. 88 se mantuvo quieto y sosegado, hasta que a las dos de la tarde un coche con seis mulas a la puerta de dicho cuartel movió gran bulla, habiendo corrido la voz que era para llevar al preso a la ciudad de Granada. El pueblo en un instante cortó los tirantes de las mulas y descompuso y estropeó el coche.

El rey Carlos y la reina María Luisa sobrecogidos con las nuevas demostraciones del furor popular, temieron peligrase la vida de su desgraciado amigo.. El rey achacoso y fatigado con los desusados bullicios, persuadido además por las respetuosas observaciones de algunos que en tal aprieto le representaron como necesaria la abdicación en favor de su hijo, y sobre todo creyendo juntamente con su esposa que aquella medida sería la sola que podría salvar la vida a Don Manuel Godoy, resolvió convocar para las siete de la noche del mismo día 19 a todos los ministros del despacho y renunciar en su presencia la corona, colocándola en las sienes del príncipe heredero. Este acto fue concebido en los términos siguientes: «Como los achaques de que adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis reinos, y me sea preciso para reparar mi salud gozar en un clima más templado de la tranquilidad de la vida privada, he determinado después de la más seria deliberación abdicar mi corona en mi heredero y mi muy caro hijo el príncipe de Asturias. Por tanto es mi real voluntad que sea reconocido y obedecido como rey y señor natural de todos mis reinos y dominios. Y para que este mi real decreto de libre y espontánea abdicación tenga su éxito y debido cumplimiento, lo comunicaréis al consejo y demás a quien corresponda. — Dado en Aranjuez a 19 de marzo de 1808. — Yo el rey. — A Don Pedro Cevallos.»

Divulgada por el sitio la halagüeña noticia, fue indecible el contento y la alegría; y corriendo el pueblo a la plazuela de palacio, al cerciorarse de tamaño acontecimiento unánimemente prorrumpió en víctores y aplausos. El príncipe después de haber besado la mano a su padre se retiró a su cuarto en donde fue saludado como nuevo rey por los ministros, grandes y demás personas que allí asistían.

En Madrid se supo en la tarde del 19 la prisión de Don Manuel Godoy, y al anochecer se agrupó y congregó el pueblo en la plazuela del Almirante, así denominada desde el ensalzamiento de aquel a esta dignidad, y sita junto al palacio de los duques de Alba. Allí levantando gran gritería con vivas al rey y mueras contra la persona del derribado valido, acometieron los amotinados su casa inmediata al paraje de la reunión, y arrojando por las ventanas muebles y preciosidades, quemáronlo todo sin que nada se hubiese robado ni escondido. Después, distribuidos en varios bandos, y saliendo otros de puntos distintos con hachas encendidas, repitieron la misma escena en varias casas, y señaladamente recibieron igual quebranto en las suyas la madre del príncipe de la Paz, su hermano Don Diego, su cuñado marqués de Branciforte, los ex-ministros Álvarez y Soler, y Don Manuel Sixto Espinosa, conservándose en medio de las bulliciosas asonadas una especie de orden y concierto.

Siendo universal el júbilo con la caída de Godoy, fue colmado entre los que supieron a las once de la noche que Carlos IV había abdicado. Pero como era tarde la noticia no cundió bastantemente por el pueblo hasta el día siguiente, domingo, confirmándose de oficio por carteles del consejo que anunciaban la exaltación de Fernando VII. Entonces el entusiasmo y gozo creció a manera de frenesí, llevando en triunfo por todas las calles el retrato del nuevo rey, que fue al último colocado en la fachada de la casa de la Villa. Continuó la algazara y la alegría toda aquella noche del 20; pero habiéndose ya notado en ella varios excesos, fueron inmediatamente reprimidos por el consejo, y por orden suya cesó aquel nuevo género de regocijos.

En las más de las ciudades y pueblos del reino hubo también fiesta y motín, arrastrando el retrato de Godoy que los mismos pueblos habían a sus expensas colocado en las casas consistoriales: si bien es verdad que ahora su imagen era abatida y despedazada con general consentimiento, y antes habían sido muy pocos los que la habían erigido y reverenciado buscando por este medio empleos y honores en la única fuente de donde se derivaban las gracias: el pueblo siempre reprobó con expresivo murmullo aquellas lisonjas de indignos conciudadanos.

Fue tal el gusto y universal contento, ya con la caída de Don Manuel Godoy y ya también con la abdicación de Carlos IV, que nadie reparó entonces en el modo con que este último e importante acto se había celebrado, y si había sido o no concluido con entera y cumplida libertad: todos lo creían así llevados de un mismo y general deseo. Sin embargo graves y fundadas dudas se suscitaron después. Por una parte Carlos IV se había mostrado a veces propenso a alejarse de los negocios públicos, y María Luisa en su correspondencia declara que tal era su intención cuando su hijo se hubiera casado con una princesa de Francia. Confirmó su propósito Carlos al recibir al cuerpo diplomático con motivo de su abdicación, pues dirigiendo la palabra a Mr. de Strogonoff, ministro de Rusia, le dijo: «En mi vida he hecho cosa con más gusto.» Pero por otra parte es de notar que la renuncia fue firmada en medio de una sedición, no habiendo Carlos IV en la víspera de aquel día dado indicio de querer tan pronto efectuar su pensamiento, porque exonerando al príncipe de la Paz del mando del ejército y de la marina se encargó el mismo rey del manejo supremo. En la mañana del 19 tampoco anunció cosa alguna relativa a su próxima abdicación; y solo al segundo alboroto en la tarde y cuando creyó juntamente con la reina poner a salvo por aquel medio a su caro favorito, resolvió ceder el trono y retirarse a vida particular. El público, lejos de entrar en el examen de tan espinosa cuestión, censuró amargamente al consejo, porque conforme a su formulario había pasado a informe de sus fiscales el acto de la abdicación: también se le reprendió con severidad por los ministros del nuevo rey, ordenándole que inmediatamente lo publicase, como lo verificó el 20 a las tres de la tarde. El consejo obró de esta manera por conservar la fórmula con que acostumbraba proceder en sus determinaciones, y no con ánimo de oponerse y menos aún con el de reclamar los antiguos usos y prácticas de España. Para lo primero ni tenía interés, ni le era dado resistir al torrente del universal entusiasmo manifestado en favor de Fernando; y para lo segundo, pertinaz enemigo de cortes o de cualquiera representación nacional, más bien se hubiera mostrado opuesto que inclinado a indicar o promover su llamamiento. Sin embargo para desvanecer todo linaje de dudas, conveniente hubiera sido repetir el acto de la abdicación de un modo más solemne y en ocasión más tranquila y desembarazada. Los acontecimientos que de repente sobrevinieron pudieron servir de fundada disculpa a aquella omisión; mas parándonos a considerar quiénes eran los íntimos consejeros de Fernando, cuáles sus ideas y cuál su posterior conducta, podemos afirmar sin riesgo que nunca hubieran para aquel objeto congregado cortes, graduando su convocación de intempestiva y peligrosa. Con todo su celebración a ser posible hubiera puesto a la renuncia de Carlos IV [conformándose con los antiguos usos de España] un sello firme e incontrastable de legitimidad. Congregar cortes para asunto de tanta gravedad fue constante costumbre nunca olvidada en las muchas renuncias que hubo en los diferentes reinos de España. Las de Doña Berenguela y la intentada por Don Juan I en Castilla; la de Don Ramiro el monje en Aragón con todas las otras más o menos antiguas fueron ejecutadas y cumplidas con la misma solemnidad, hasta que la introducción de dinastías extranjeras alteró práctica tan fundamental, siendo al parecer lamentable prerrogativa de aquellos príncipes atropellar nuestros fueros, conservar nuestros vicios, y olvidándose de lo bueno que en su patria dejaban, traernos solamente lo perjudicial y nocivo. Así fue que en las dos célebres cesiones de Carlos I y Felipe V no se llamó a cortes ni se guardaron las antiguas formalidades. Verdad es que no hubo ni en una ni en otra asomo de violencia, y a la de Carlos I celebrada en Bruselas públicamente con gran pompa y aparato asistieron además muchos grandes. La de Felipe V fue más silenciosa, poniendo en esta parte nuestros monarcas más y más en olvido la respetable antigüedad según que se acercaban a nuestro tiempo. El rey dijo que obraba «con consentimiento y de conformidad con la reina su muy cara y muy amada esposa.» Singular modo de autorizar acto de tanta trascendencia y de interés tan general. La opinión entonces a pesar de estar reprimida no quedó satisfecha, pues los «jurisperitos y los mismos del consejo real, nos dice el marqués de San Felipe, veían que no era válida la renuncia no hecha con acuerdo de sus vasallos... pero nadie replicó, pues al consejo real no se le preguntó sobre la validación de la renuncia, sino se le mandó que obedeciese el decreto...» Ahora lo mismo: ni a nadie se le preguntó cosa alguna, ni nadie replicó esperándolo todo de la caída de Godoy y del ensalzamiento de Fernando: imprevisión propia de las naciones que entregándose ciegamente a la sola y casual sucesión de las personas, no buscan en las leyes e instituciones el sólido fundamento de su felicidad.

Exaltado al solio Fernando VII del nombre, conservó por de pronto a los mismos ministros de su padre, pero sucesivamente removió a los más de ellos. Fue el primero que estuvo en este caso Don Miguel Cayetano Soler, dotado de cierto despejo, y que encargado de la hacienda fue más bien arbitrista que hombre verdaderamente entendido en aquel ramo. Se puso en su lugar a Don Miguel José de Azanza, antiguo virrey de Méjico, quien confinado en Granada gozaba del concepto de hombre de mucha probidad. Quedó en estado Don Pedro Cevallos con decreto honorífico para que no le perjudicase su enlace con una prima hermana del príncipe de la Paz. Teníanle en el reinado anterior por cortesano dócil, estaba adornado de cierta instrucción, y si bien no descuidó los intereses personales y de familia, pasó en la corrompida corte de Carlos IV por hombre de bien. Se notó posteriormente en su conducta propensión fácil a acomodarse a varios y encontrados gobiernos. Continuó al frente de la marina Don Francisco Gil y Lemus, anciano respetable y de carácter entero y firme. Sucedió a pocos días en guerra al enfermizo y ceremonioso Don Antonio Olaguer Feliú el general Don Gonzalo Ofarril, recién venido de Toscana, en donde había mandado una división española. Gozaba créditos de hombre de saber y de más aventajado militar. Empezó por nombrársele director general de artillería, y elevado al ministerio fue acometido de una enfermedad grave que causó vivo y general sentimiento: tanta era la opinión de que gozaba, la cual hubiera conservado intacta si la suerte de que todos se lamentaban hubiera terminado su carrera. El marqués Caballero, ministro de gracia y justicia, enemigo del saber, servidor atento y solícito de los caprichos licenciosos de la reina, perseguidor del mérito y de los hombres esclarecidos, había sido hasta entonces universalmente despreciado y aborrecido. Viendo en marzo a qué lado se inclinaba la fortuna, varió de lenguaje y de conducta, y en tanto grado que se le creyó por algún tiempo autor en parte de lo acaecido en Aranjuez: debió a su oportuna mudanza habérsele conservado en su ministerio durante algunos días. Pero perseguido por su anterior desconcepto y ofreciendo poca confianza, pasó en cambio de su puesto a ser presidente de uno de los consejos: contribuyó mucho a su separación el haber maliciosamente retardado cuatro días el despacho de la orden que llamaba a Madrid de su confinamiento a Don Juan Escóiquiz. Entró en el despacho de gracia y justicia Don Sebastián Piñuela, ministro anciano del consejo. Se alzaron los destierros a Don Mariano Luis de Urquijo, al conde de Cabarrús y al sabio y virtuoso Don Gaspar Melchor de Jovellanos, víctima la más desgraciada y con más saña perseguida en la privanza de Godoy. También fueron llamados todos los individuos comprendidos en la causa del Escorial, mereciendo entre ellos particular mención Don Juan Escóiquiz, el duque del Infantado y el de San Carlos.

 

 

MARIA LUISA DE BORBÓN

Nacida en La Granja de San Ildefonso el día 6 de julio de 1782, fue hija del rey Carlos IV de España y de la princesa María Luisa de Borbón-Parma, que entonces ostentaban el título de príncipes de Asturias. María Luisa era nieta por vía paterna del rey Carlos III de España y de la princesa María Amalia de Sajonia, mientras que por vía materna lo era del duque Felipe I de Parma y de la princesa Luisa Isabel de Francia.