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HISTORIA UNIVERSAL DE ESPAÑA
 

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA

 

 

CAPÍTULO XXII

Ejércitos de Víctor y Sebastiani.—Reorganización del nuestro de Extremadura por Cuesta.—Sale este de Badajoz : destrucción del puente de Almaraz: movimiento de Víctor.—Acción de las Mesas de Ibor: retirada de Cuesta.—Sigue Víctor persiguiendo a los nuestros: acción de Miajadas: reúnese Alburquerque con Cuesta.—Batalla de Medellin.—Ejército español de la Mancha: acción de Mora: disensiones.—Sale el conde de Cartaojal de Ciudad-Real: su retroceso al mismo punto.—Acción de Ciudad-Real.—Conducta de la Junta Central: premios dados al ejército de Cuesta: destitución de Cartaojal.—Acantónase Víctor en Extremadura: motivos que le impiden invadir el Portugal.—Intenta José un acomodamiento con la Junta Central: contestación de esta.—Procura Sebastiani lo mismo: correspondencia entre él y Jovellanos.

 

 

HALLÁBASE acantonado en la Mancha el primer cuerpo del ejército francés a las órdenes del mariscal Víctor, y así continuó todo el mes de febrero de 1309, cuando dicho mariscal recibió la orden de dirigirse a Portugal, a fin de secundar en este reino los planes del emperador.  El general Sebastiani, que había sucedido a Lefebvre en el mando del 4º cuerpo tuvo orden por su parte de dejar con algunas de sus tropas los acantonamientos que tenía hacia la Extremadura alta, a fin de reemplazar las del primer cuerpo, las cuales habían proseguido avanzando por Talavera, Puente del Arzobispo y Almaraz, acabando de poner en derrota y dispersión al ejército español de Extremadura, cuyas desgracias y retirada s Zalamea quedaron expuestas en el capítulo XVIII, junto con el nombramiento de Cuesta para remplazar a Calluzo.

 Era Cuesta general muy mediano, desgraciado con muchísima frecuencia, obstinado y terco en demasía, y hombre que más de una vez había comprometido el éxito de nuestras armas de un modo que hace poco favor a su memoria, según hemos expuesto también. Encargado ahora del mando de las tropas de Extremadura, y trasladadas estas por él de Zalamea a Badajoz, dedicóse a su reorganización con actividad incansable, y restableciendo con medidas severas su del todo perdida disciplina, contuvo igualmente la plebe, que con motivo de nuestras desgracias andaba desasosegada e inquieta en aquella capital. Ese celo y esa firmeza, desplegados en esta ocasión con tino y oportunidad, dieron de su capacidad una idea más ventajosa de la que hasta entonces había podido formarse, « y cierto, dice el conde de Toreno, que si a su condición dura hubiera entonces unido Cuesta mayor conocimiento de la milicia, y no tanto apresuramiento en batallar, con gran provecho de la patria y realce suyo hubiera llevado a término importantes empresas.» El destino no quiso concederle la prudencia y previsión que tanto necesitan los caudillos, y así fueron en vano los esfuerzos, merced a los cuales consiguió tener a mediados de enero un ejército de 12,000 hombres, resucitando, por decirlo así, el que a últimos de diciembre anterior no existía ya sino en el nombre.

Sumisa esta gente a sus órdenes, y dividida en dos divisiones y una vanguardia, salió Cuesta de Badajoz el dia 25 de enero, y sentando su cuartel general en Trujillo , hizo retirar a los franceses hacia Almaraz, de cuyo puente fueron igualmente desalojados el 29 por la vanguardia al mando de D. Juan de Henestrosa. Pasando Cuesta luego a Jaraicejo y Deleitosa, hizo destruir dicho puente, tal vez sin bastante motivo, siendo de lamentar que una obra tan magnifica como era aquella, quedase convertida en ruinas sin exigirlo una extrema necesidad , y lo que era peor todavía , sin que las operaciones militares ganasen por eso gran cosa. No faltará sin embargo quien diga que este incidente contrarió la marcha de Víctor a Portugal; pero concediendo nosotros que en efecto la retardó, no por eso diremos que no habría sucedido lo mismo con solo ocupar el puente y guardarlo como era debido, sin proceder a la devastación. Como quiera que sea, Víctor no podía acudir adonde Napoleón le ordenaba, sin pasar a la otra orilla del Tajo, y para poderlo conseguir le era necesario ante todo construir un nuevo puente bajo el fuego de los españoles, que extendidos por la ribera izquierda guardaban cuidadosamente todos los puntos que podían ser favorables al paso que el francés intentaba. Este a la verdad tenía cerca otros dos puentes, que eran el del Arzobispo y el de Talavera, pero siendo impracticables para su artillería los caminos que conducían a ellos, decidióse el mariscal Victor a restablecer el de Almaraz, fijando su cuartel general en la población del mismo nombre, tanto con el fin indicado, cuanto para impulsar más de cerca la celeridad de los trabajos. Una parte de la caballería ligera del general Lasalle pasó a la orilla izquierda por el puente del Arzobispo, a fin de observar a los nuestros y verificar los reconocimientos oportunos sobre nuestro flanco derecho hacia el Ibor, riachuelo que muere en el Tajo, más arriba de Almaraz. El dia 11 de marzo tenían concluidas los franceses las balsas, pero conociendo que les era imposible lanzarlas al agua y dar principio a la construcción del puente bajo el fuego de nuestros cañones, resolvió Víctor ante todo lanzarnos de la fuerte posición que ocupábamos casi enfrente de Almaraz, en la confluencia del Ibor y del Tajo. En consecuencia de esta determinación, pasó a la mañana siguiente este último rio, por Talavera y puente del Arzobispo, una parte del primer cuerpo del ejército francés, siendo su objeto atacar nuestras posiciones por nuestro flanco y retaguardia.

Cuesta  que desde enero en adelante había añadido algunas tropas a las que ya tenía, estaba en Deleitosa, punto de su cuartel general, con más de 5,000 hombres: su vanguardia, compuesta de 5,000 al mando de Henestrosa, hallábase enfrente de Almaraz; el duque del Parque con unos 5 a 4,000 en las Mesas de Ibor, y D. Francisco Trías en Fresnedoso con otra división de 2 a 5,000. El general francés Leval con su división, compuesta de tropas alemanas, fue el primero que en la mañana del 17 atacó a los nuestros en la posición que ocupaban en las Mesas de Ibor, siendo el resultado retirarse a Deleitosa el duque del Parque después de una pequeña resistencia, uniéndosele por la noche en el mismo pueblo el general Trías, mientras Cuesta se replegaba de posición en posición al puerto de Miravete , juntándosele durante su marcha Henestrosa , que al ver la dirección de los franceses hacia el puente de Almaraz, se había retirado igualmente de las inmediaciones del Tajo. Reunido así todo el ejército español en el puerto de Miravete, continuó su marcha retrógrada, entrando en Trujillo el 19 y prosiguiendo a Santa Cruz del Puerto.

Víctor mientras tanto hizo descansar a los suyos todo el dia 19, haciéndoles ocupar tanto las posiciones antiguas en la derecha del Tajo, como las que acababa de ganar en la izquierda, dando tiempo con esto a que sus ingenieros y artillería lanzasen al agua las balsas. Concluido por la noche el puente volante, hizo transportar la artillería a la orilla izquierda, trasladándose a está igualmente las tropas de la orilla derecha. En la mañana siguiente emprendió su marcha el ejército francés, reuniéndose todo él en Trujillo, después de un choque bastante reñido entre sus cazadores de caballería y los carabineros reales que al mando de Henestrosa protegían la retirada de los nuestros. Situado Cuesta en Santa Cruz del Puerto, tuvo por de pronto intención de esperar allí al enemigo, permaneciendo franceses y españoles en presencia unos de otros toda la noche del 20, con muestras al parecer de aplazar la batalla para el día siguiente ; pero el general español temió que las fuerzas contrarias fuesen superiores a las suyas, y levantando el campo en la madrugada del 21, prosiguió su movimiento retrógrado. Seguido por la vanguardia francesa, consistente en la división de caballería ligera al mando de Lasalle , fue nuestra retaguardia alcanzada a las cuatro de la tarde por el coronel Subervic con su escuadrón de cazadores, consiguiendo este al pronto incomodarnos por espacio de más de una legua; pero fuéle funesto el ardor con que sin tener en cuenta el peligro se lanzaba detrás de los nuestros, porque rehaciéndose los españoles cerca de Miajadas, revolvieron sobre los franceses los regimientos del Infante y dragones de Almansa, y los acuchillaron sin piedad, matándoles en pocos minutos más de 150 hombres. Sabedor de lo que ocurría, acudió Lasalle corriendo al socorro de los suyos con el segundo regimiento de húsares; pero llegó tarde al sitio de la acción , porque satisfechos los nuestros con el ventajoso resultado obtenido, habían vuelto luego el pie atrás, uniéndose al grueso del ejército. Este continuó su retirada , pasando el 22 el Guadiana por el puente de Medellin, en cuya población entró el mismo dia; pero no confiando todavía en las fuerzas que llevaba consigo, salió de allí a continuación, dando tiempo con esto a que se le uniese el joven duque de Alburquerque, que con 5,500 infantes y 200 caballos venia destacado del ejército de la Mancha para militar a sus órdenes. En efecto, el duque llegó, y uniéndose a Cuesta el 27 en Villanueva de la Serena, creyó entonces el caudillo español hallarse ya en el caso de obrar, y en la mañana del 28 volvió de nuevo sobre Medellin.

Natural era que, después de habérselo pensado tanto, procurase Cuesta sacar el partido que le fuera posible de las tropas que consigo llevaba, situándolas en posición conveniente, y con todas las precauciones que exigía lo inexperto y novicio de los más. Las disposiciones que tomó no fueron por desgracia las mejores. Delante de Medellin, a la orilla izquierda del Guadiana, hay un terreno llano desprovisto de árboles, el cual partiendo desde dicho rio en dirección inversa a su corriente está comprendido entre su cauce y el del Orbigo, a cuya margen se hallan situados la villa de Don Benito y el pueblo de Mingabril. Los nuestros, componentes 20,000 infantes y 2,000 caballos, habían ocupado las alturas comprendidas entre estas dos últimas poblaciones; pero Cuesta creyó oportuno dilatar su línea de batalla en forma de arco, haciéndola ocupar una legua de extensión , sin reserva que la sostuviese, ni punto en que pudiera apoyarse, caso de necesitar uno y otro, como era más que probable. Nuestra izquierda, al mando de Henestrosa y del duque del Parque, estaba a la parte de Mingabril; el centro, dirigido por Trías, delante de Don Benito y bastante avanzado; y la derecha, comandada por el general Eguía, junto a la orilla del Guadiana. Tal era la disposición de los nuestros, cuando Víctor resolvió la embestida, ocupando primero a Medellin que Cuesta había evacuado. Formados los franceses en batalla delante de esta población, adoptaron un orden semejante al de Cuesta, describiendo también un semicírculo, pero mucho más reducido, entre el Guadiana y una quebrada plantada de viñas y árboles que va de Medellin a Mingabril, formando su ala izquierda la división de Lasalle, el centro la de Leval, y su derecha la de Latour-Marbourg, mientras les guardaban la espalda las divisiones de Vilatte  y Ruffin, destinadas a la reserva, en segunda línea. Víctor destinó además de eso numerosos destacamentos de caballería y de la división alemana del general Leval a la retaguardia de su ejército para guardar sus comunicaciones. Constando el total de sus fuerzas de 18,000 hombres y 3,000 caballos, la primera línea francesa no tenía sino 7,000 combatientes; pero era robusta esa línea y tenía todas las condiciones que podían apetecerse, mientras la nuestra, larga y sin apoyo, le era inferior en todos conceptos. Trabada la batalla a las once de la mañana, fue la acción al principio gloriosa para nuestros bisoños soldados, los cuales rechazaron con notable intrepidez y energía la primera división francesa que los acometió, sosteniendo el combate dos horas y haciendo cejar a los imperiales, en términos de poder augurarles la más completa derrota. Nuestra caballería por desgracia no correspondió por su parte al denuedo de la infantería, pues al tiempo de hallarse nuestra izquierda a punto de posesionarse de una batería francesa, volvieron grupa vergonzosamente los regimientos titulados Almansa é Infante y dos escuadrones de cazadores imperiales de Toledo, esparciendo la consternación en los victoriosos infantes de la referida ala izquierda. Vanamente el intrépido Zayas se esforzó en contener la fuga de aquellos cobardes jinetes, porque ni su voz, ni la de Cuesta que acudió con el mismo objeto, fue de ninguno de ellos oída. Roto así nuestro flanco de la izquierda, tardaron poco en serlo también el centro y la derecha, desapareciendo, dice Toreno, la formación de nuestra endeble línea como hilera de naipes. Declarado en derrota todo el ejército español, fue en vano que Alburquerque intentase resistir algunos minutos el empuje de los imperiales. Los nuestros echaron áa correr arrojando tos armas para huir más aprisa. Toda la caballería francesa cayó entonces sobre los españoles, sin dar cuartel a nadie en los primeros momentos de aquella lucha encarnizada , y acabando la infantería a la bayoneta el horror comenzado por el sable. Dia triste para los españoles el de aquella sangrienta jornada, en la cual tuvimos 10,000 hombres de pérdida , muertos y heridos en su mayor parte, ascendiendo la de los franceses a 4,000 fuera de combate. Herido en este Cuesta y derribado del caballo, libróse de caer prisionero, merced a no haberle conocido los franceses entre la desbandada muchedumbre. Irritado con la caballería, castigó su menguada conducta, quitando a los soldados una pistola hasta que en otra ocasión se hiciesen dignos de recobrarla, y además suspendió tres coroneles. Justa disposición a no dudar ; ¿mas cuál era la que debía tomarse con el que era la causa principal de aquel terrible infortunio?

Ni fue esta por entonces la única desgracia que tuvimos que lamentar, pues el dia anterior a la batalla de Medellin alcanzó Sebastiani otro triunfo en la Mancha, venciendo a los españoles comandados por el conde de Cartaojal. Este jefe había sucedido al duque del Infantado en el mando del ejército del centro después de la rota de Uclés, según atrás expusimos. Dicho ejército destrozado y deshecho no lo era ya sino en el nombre, y unido en febrero a las fuerzas que el marqués del Palacio y el expresado Cartaojal habían reunido en la Carolina para impedir la invasión de las Andalucías, hasta ese nombre perdió, dándose al conjunto de unas y otras tropas el título de ejército de la Mancha. Constaba este de 46,000 infantes y 5,000 caballos, y estando destinada su fuerza a obrar de concierto con la que Cuesta mandaba en Extremadura, púsose en movimiento una división del mismo a mediados de febrero, a fin de distraer a los franceses que trataban de caer sobre Cuesta. Dicha división, compuesta de 9,000 infantes y 2,000 caballos con 2 piezas de artillería, y puesta bajo la dirección del duque de Alburquerque, caminó en dirección a Mora, ocupado por 500 dragones enemigos, los cuales evacuaron la población al aproximarse los nuestros. Alcanzados en el camino de Toledo, fueron derrotados por nuestra caballería, dejando prisioneros en nuestro poder a unos 80 de los suyos, y perdiendo varios equipajes con el coche del general Dijon que los comandaba. Esta acción difundió la alarma en los enemigos, y reuniéndose en seguida considerables fuerzas de estos para volver las tornas a Alburquerque, retiróse este en buen orden a Manzanares. Poco después pasó este jefe con 5,500 infantes y 200 caballos a reforzar el ejército de Cuesta, según poco ha insinuamos, y esta desmembración de fuerzas, debida a disensiones y piques entre el duque y el conde, nos hizo en la Mancha más débiles de lo que ya éramos, atendida la poca instrucción de aquel ejército, aunque brillante por otra parte y perfectamente equipado, la caballería sobre todo. Las lecciones que tan a costa nuestra habíamos ya recibido, aconsejaban no empeñarnos imprudentemente en batallas campales, donde la mayor pericia de los franceses alcanzaba fácilmente victorias que en vano les disputaba el valor, si no le sostenía otra dote. Tal era la opinión de Alburquerque, si bien expresada de un modo que, pasando los límites de la convicción, rayaba en altivez con su jefe, dando por resultado la separación de aquel, y aferrarse el conde más y más en medirse con los imperiales, en vez de limitarse a correrías y expediciones que con menos brillantez y más éxito los tuviesen sin cesar en alarma, derrotándolos en guerrillas y mermándolos poco a poco.

Obstinado, pues, Cartaojal en llevar adelante su idea, salió de Ciudad Real el 24 de marzo, después de haber en su concepto instruido bastante sus tropas en reiterados ejercicios, bien que no eran los que se necesitaban para resistir con fortuna a la táctica de los imperiales. Llegada la vanguardia a Yébenes, acometió a un cuerpo de lanceros polacos, los cuales retirándose con precipitación, tuvieron otro encuentro con los nuestros en el camino de Orgaz, cayendo algunos de ellos prisioneros. Estos fueron los únicos lauros de aquella expedición aventurada, porque sucesor de Lefebvre en el mando del 4º cuerpo el general Sebastiani, había a aquella sazón reunido considerable número de fuerzas, y cuando Cartaojal, advirtiéndolo , quiso replegarse a Consuegra, no le fue posible alcanzarlo, estando ya ocupada esta villa por las tropas del jefe enemigo. El español entonces no tuvo otro recurso que retroceder precipitadamente por Malagon, restituyéndose a Ciudad-Real a los tres días de su salida, sin que los franceses consiguiesen flanquearle y envolverle, como, a haber sido menos listo en huir, lo hubieran conseguido desde luego.

Nuestra posición sobre el Guadiana, en los alrededores de Ciudad-Real, era bastante fuerte y estaba defendida por veinte piezas de artillería; pero Cartaojal se aturdió desde el momento que vio á los franceses en actitud de caer sobre él, y no tomó disposición ninguna que pudiera sacarnos del conflicto que él mismo había provocado. Sebastiani avanzó con rapidez, y atacóle el 27 de marzo a las seis de la mañana, comenzando la acción la primera brigada de la división de caballería del general Milbaud, pasando el puente del Guadiana por secciones, protegida por 12 piezas de artillería en batería, y sostenida por la división polaca. Atacados los nuestros con extraordinaria impetuosidad, y faltos de concierto entre sí para resistir la embestida, merced a la inacción de su jefe, vano era esperar que pudieran hacer rostro firme a los que con tanta celeridad y con tan oportuna dirección venían a caer sobre ellos. Derrotados de un modo completo, dejaron los españoles tendidos en el campo de batalla de mil a mil quinientos hombres, siendo más de 5,000 los prisioneros, con 7 piezas de cañón y 4 banderas que nos tomaron los imperiales. El resto emprendió la fuga la mayor parte en dirección de Almagro, y viniendo en su pos los franceses, alcanzólos Milbaud al dia siguiente, haciéndonos experimentar bastante pérdida en la caballería, exterminando casi enteramente a los carabineros reales, tomándonos otros cinco cañones y setenta carros, y haciéndonos nuevamente considerable número de prisioneros. Con esto cayeron en poder del enemigo todos nuestros depósitos situados al pie de Sierra Morena, a cuyas asperezas se dirigieron las reliquias del ejército de la Mancha, juntándose poco a poco en Despeñaperros y puntos inmediatos, y estableciéndose en Santa Elena nuestro cuartel general.

Esta derrota y la de Medellin, sabidas casi a un mismo tiempo en Andalucía, esparcieron por todas partes el luto y la consternación; mas no por eso se arredró el gobierno. Imitando al senado romano cuando después de la batalla de Canas daba gracias al cónsul Varrón por no haber desesperado de la salvación de la República, la Junta Central declaró haber merecido bien de la patria tanto Cuesta como su ejército, elevando al primero a la dignidad de capitán general, y premiando a los que más se habían distinguido en aquella acción desastrosa, sin olvidar el oportuno socorro de las viudas y huérfanos que había producido la misma. Al obrar de esta manera, propúsose la junta por objeto imponer a la opinión pública, y evitar que nadie creyera que éramos ya impotentes en la lucha, infundiendo así en los españoles el aliento que tan necesario era en tan criticas circunstancias, y evitando que la causa de la Independencia perdiese a los ojos de los franceses la consideración e importancia con que a despecho suyo la habían mirado hasta allí. Así fue como razones de alta y bien entendida política evitaron a Cuesta un desaire por sus desaciertos. Menos afortunado Cartaojal, porque era menos digno de serlo, fue separado del ejército de la Mancha, nombrándose en su lugar a D. Francisco Venegas, aunque subordinado a las órdenes del general vencido en Medellin.

Víctor, después de su victoria, acantonó los suyos en la alta Extremadura entre el Tajo y el Guadiana, y Sebastiani por su parte no se atrevió á avanzar más allá de Santa Cruz de Mudela. En la época de que hablamos, debilitábanse de dia en dia uno y otro cuerpo francés, tanto por las enfermedades como por las diferentes partidas que independientemente de nuestros ejércitos regulares los acosaban continuamente. El mariscal Víctor no podía aventurarse a pasar el Guadiana sin peligro de dejar a sus espaldas numerosas cuadrillas enemigas, las cuales no tardarían en infectarlo todo, cortando sus comunicaciones con Madrid por el puente de Almaraz. Él sabía por otra parte que los ingleses, unidos al ejército portugués reorganizado, fijaban su atención en el Tajo; que 7,000 hombres pertenecientes a sus tropas ocupaban ya Abrantes; que otro cuerpo más numeroso se hallaba dispuesto a dirigirse a Coímbra o hacia las fronteras de la Beira, y últimamente, que el grueso de las fuerzas portuguesas encargadas de subir a Lisboa, acababan de tomar posición en Thomar. Demas de eso, la provincia de León hasta el Duero no tenía sino una división que la contuviese a las órdenes de Lapisse, cuyo cuartel general estaba en Salamanca. En semejante estado de cosas, no pudiendo el duque de Bellune disponer sino de unos 20,000 hombres para avanzar a Portugal, juzgó imprudente emprender un movimiento durante el cual podría verse precisado a combatir de frente, y por sus flancos y espalda a la vez; y como quiera que ignorase cuál era la posición de Soult en Portugal, creyó muy del caso esperar noticias sobre los progresos de sus tropas, a fin de conocer por lo menos el punto hacia el cual podría ser conveniente acudir él con las suyas.

Tales eran las causas que impedían al mariscal Víctor penetrar en el reino lusitano, mientras Soult se veía precisado a permanecer estacionario en las orillas del Duero; y cierto que cuando se vea, por lo que a su tiempo diremos, las dificultades con que tuvo que luchar para mantenerse en la Extremadura española, se comprenderá bien lo oportuno de su determinación en haber observado tal conducta. Por el punto en que podía avanzar tenía demasiados enemigos para que pudiese lisonjearse de que un primer suceso le abriese el camino de Lisboa; y si el éxito era fatal, ¿quién le aseguraba tampoco de que había de serle posible realizar su retirada?

Había, pues, caído por tierra todo el plan de Napoleón tocante a aquella conquista, y no eran compensación bastante a aquel contratiempo los laureles de las armas francesas cogidos en Medellin y en las llanuras de Ciudad-Real. El rey intruso, que sin dejar de interesarle todo lo que ocurría en la Península, miraba sin embargo como de más consecuencia para él lo que le tocaba más de cerca, prescindió, digámoslo así, de lo que en Portugal ocurría, y atento solamente a los triunfos que acababa de alcanzar en España, se lisonjeó con la idea de que nuestras dos últimas derrotas podrían hacer realizable un acomodamiento con la Junta Central. Esta, empero, en vez de perder su energía, parecía redoblarla más y más a medida que se multiplicaban nuestros desastres; y así, cuando el gobierno de José envió al magistrado Sotelo para proponerle en abril una entrevista al efecto, contestó la Junta con tanta dignidad como firmeza no ser posible proceder a trato de ninguna especie mientras no se basase sobre la libertad del rey cautivo y la evacuación inmediata del territorio español. Vanamente insistió Sotelo en su proposición de entrevista, porque la Junta contestó lo mismo, y nada pudo aquel conseguir.

Ni fue este el solo paso que los franceses dieron en ese sentido, pues también Sebastiani escribió a Jovellanos y a Saavedra, individuos de la Central, y lo mismo a D. Francisco Venegas, general de la Carolina. Su carta al primero es notable, y aún más la respuesta.

«Señor, decía el general francés a nuestro digno y sabio compatriota: la reputación de que gozáis en Europa, vuestras ideas liberales, vuestro amor por la patria, el deseo que manifestáis de verla feliz, deben haceros abandonar un partido que solo combate por la inquisición, por mantener las preocupaciones, por el interés de algunos grandes de España, y por los de la Inglaterra. Prolongar esta lucha es querer aumentar las desgracias de España. Un hombre cual vos sois, conocido por su carácter y sus talentos, debe conocer que España puede esperar el resultado más feliz de la sumisión a un rey justo e ilustrado, cuyo genio y generosidad deben atraerle a todos los españoles que desean la tranquilidad y prosperidad de su patria. La libertad constitucional bajo un gobierno monárquico, el libre ejercicio de vuestra religión, la destrucción de los obstáculos que varios siglos ha se oponen a la regeneración de esta bella nación, serán el resultado feliz de la constitución que os ha dado el genio vasto y sublime del emperador. Despedazados con facciones, abandonados por los ingleses que jamás tuvieron otros proyectos que debilitaros, el de robaros vuestras flotas y destruir vuestro comercio, haciendo de Cádiz un nuevo Gibraltar, no podéis ser sordos a la voz de la patria que os pide la paz y la tranquilidad. Trabajad en ella de acuerdo con nosotros, y que la energía de España solo se emplee desde hoy en cimentar su verdadera felicidad. Os presento una gloriosa carrera: no dudo que acojáis con gusto la ocasión de ser útil al rey José y a vuestros conciudadanos. Conocéis la fuerza y el número de nuestros ejércitos; sabéis que el partido en que os halláis no ha obtenido la menor vislumbre de suceso: hubierais llorado un día si las victorias le hubieran coronado; pero el Todopoderoso en su infinita bondad os ha libertado de esta desgracia.—Estoy pronto á entablar comunicación con vos y daros pruebas de mi alta consideración.—Horacio Sebastiani. »

«Señor general, contestó el Catón asturiano: yo no sigo un partido; sigo la justa y santa causa que sigue mi patria, que unánimemente adoptamos los que recibimos de su mano el augusto encargo de defenderla y regirla, y que todos habernos jurado seguir y sostener a costa de nuestras vidas. No lidiamos, como pretendéis, por la inquisición ni por soñadas preocupaciones, ni por el interés de los grandes de España: lidiamos por los preciosos derechos de nuestro rey, nuestra religión, nuestra constitución y nuestra independencia. Ni creáis que el deseo de conservarlos esté distante del de destruir los obstáculos que puedan oponerse a este fin; antes por el contrario , y para usar de vuestra frase, el deseo y el propósito de regenerar la España y levantarla al grado de esplendor que ha tenido algún dia, es mirado por nosotros como una de nuestras principales obligaciones. Acaso no pasará mucho tiempo sin que la Francia y la Europa entera reconozcan que la misma nación que sabe sostener con tanto valor y constancia la causa de su rey y de su libertad contra una agresión tanto más injusta cuanto menos debía esperarla de los que se decían sus primeros amigos, tiene también bastante celo , firmeza y sabiduría para corregir los abusos que la condujeron insensiblemente a la horrorosa suerte que le preparaban. No hay alma sensible que no llore los atroces males que esta agresión ha derramado sobre unos pueblos inocentes, a quienes después de pretender denigrarlos con el infame título de rebeldes, se niega aun aquella humanidad que el derecho de la guerra exijo y encuentra en los más bárbaros enemigos. Pero ¿a quién serán imputados estos males? ¿a los que los causan violando todos los principios de la naturaleza y la justicia, o a los que lidian generosamente para defenderse de ellos y alejarlos de una vez y para siempre de esta grande y noble nación? Porque, señor general, no os dejéis alucinar: estos sentimientos que tengo el honor de expresaros son los de la nación entera, sin que haya en ella un solo hombre bueno, aun entre los que vuestras armas oprimen, que no sienta en su pecho la noble llama que arde en el de sus defensores. Hablar de nuestros aliados fuera impertinente, si vuestra carta no me obligase a decir en honor suyo que los propósitos que les atribuís son tan injuriosos como ajenos de la generosidad con que la nación inglesa ofreció su amistad y sus auxilios a nuestras provincias, cuando desarmadas y empobrecidas los imploraron desde los primeros pasos de la opresión con que la amenazaban sus amigos.

En fin, señor general, yo estaré muy dispuesto a respetar los humanos y filosóficos principios que, según nos decís, profesa vuestro rey José, cuando vea que ausentándose de nuestro territorio, reconozca que una nación cuya desolación se hace actualmente a su nombre por vuestros soldados, no es el teatro más propio para desplegarlos. Este sería ciertamente un triunfo digno de su filosofía, y vos, señor general, si estáis penetrado de los sentimientos que ella inspira, deberéis gloriaros también de concurrir a este triunfo para que os toque alguna parte de nuestra admiración y nuestro reconocimiento. Solo en este caso me permitirán mi honor y mis sentimientos entrar con vos en la comunicación que proponéis, si la suprema Junta Central lo aprobase. Entretanto, recibid, señor general, la expresión de mi sincera gratitud por el honor con que personalmente me traíais , seguro de la consideración que os profeso. Sevilla 24 de abril de 1809. — Gaspar de JOVELLANOS.

Esta enérgica y digna respuesta es, como dice un autor contemporáneo, un modelo de patriotismo, la expresión de los nobles sentimientos que latían en los corazones españoles, y un dechado de amor a la independencia y a la patria: pero equivocóse su autor al hablar de lo futuro ; no lograron nuestros padres cimentar la libertad destruyendo las huestes de José: lograron, sí, robustecer la inquisición y asegurar las cadenas , como profetizaba Sebastiani.

¡A cuán amargas reflexiones no dan estas palabras lugar!

 

CAPITULO XXIII.

Ney en Asturias.—Movimientos de la Romana: acción de Villafranca del Bierzo.—Entra la Remana en Oviedo y disuelve su junta.—Penetra Ney en Asturias: huida de la Romana.—Vuelve Ney a Galicia.—Crece la insurrección en esta provincia.—Sitio y toma de Vigo por los españoles.—Socorren los franceses a Tuy: formación de la división española titulada del Miño.—Ocupación y evacuación de Santiago por las tropas de dicha división.—Vuelve Soult de Portugal y concierta con el mariscal Ney los medios de vencer la insurrección de Galicia. —Llega la Romana a Galicia: movimientos de sus tropas.—Acción del Puente de San Payo.— Soult evacúa Galicia.—Hace lo mismo Ney.— Queda Asturias igualmente libre: tentativa de los españoles sobre Santander.—Desaciertos de la Romana: sucédele el duque del Parque en el mando del ejército de la izquierda.