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GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑACAPITULO
XXI.
Segunda
entrada de José en Madrid.—Medidas que adopta: creación del tribunal
criminal.—Respetos y obediencia tributados a la Central: declaración de las
provincias de Asia y América: decreto que se expide en su favor.—Tratado
de alianza con el gobierno inglés.—Debates en el Parlamento
británico sobre envío de fuerzas a la Península.—Plan de Napoleón para la
conquista de Portugal.—Comienza la insurrección de Galicia.—Expedición de
Soult a Portugal.
Los triunfos
conseguidos por las armas francesas a fines de 1809 y principios de 1810
parecían augurar a José un reinado bastante seguro, aun cuando le
costara algún trabajo calmar definitivamente la borrasca que en su contra se
había levantado. Ya hemos dicho que el Emperador, viendo en fuga al
ejército inglés y próximo a ser derrotado, y siendo necesaria su presencia en
Francia con motivo de las cosas del Norte, había salido de Valladolid con
dirección a París en la noche del de enero , después de haber prometido a
los diputados del ayuntamiento de Madrid reponer en el trono a José,
disponiendo su entrada en la corte para dentro de pocos días. El Emperador
cumplió su palabra, y José, recobrado de la inquietud que le causaba la
frialdad que durante esta segunda campaña había notado en su hermano,
verificó su entrada en Madrid el dia 22 del mismo mes. La fuerza había
obligado a los madrileños, después de la capitulación, a prestarle
juramento de fidelidad, apareciendo en el libro de registro abierto con
este motivo 28,600 firmas de otros tantos sujetos comprometidos por la
violencia a sostenerle en el trono. La entrada del intruso fue fría, a pesar
del magnífico aparato con que se dispuso, no oyéndose en su tránsito desde la
puerta de Atocha a la iglesia de San Isidro y de esta a Palacio, más
aclamaciones ni vivas que los de unas miserables mujeres, dispuestas y pagadas
al intento. En San Isidro se cantó un Te-Deum, y el rey
colocado en el trono dirigió al auditorio un pequeño discurso , en el cual
manifestó sus deseos de hacer el bien del país, añadiendo que no había aceptado
la corona sino a condición de conservar la unidad de la Religión católica,
la independencia de la monarquía, la integridad de su territorio y la libertad
de los españoles.
Cumplida la
etiqueta de costumbre, y felicitado el intruso por las autoridades y
corporaciones y por otros varios sujetos, muchos de ellos eclesiásticos y aun
obispos, dedicóse a reorganizar el gobierno y a
restablecer en cuanto fuese posible el urden y la tranquilidad. Una de sus
medidas fue enviar con este último objeto varios comisionados a las provincias
entre los personajes de más cuenta que habían abrazado su causa, los
cuales aceptaron la misión de predicar por todas partes la obediencia y
sumisión a sus órdenes, si bien con el poco fruto que de suyo se
deja inferir. Dió también un decreto y un reglamento organizando la
policía , y cual si le causara vergüenza no tener en su apoyo otros
guerreros que los que le proporcionaba su hermano, ordenó se formasen
inmediatamente algunos regimientos españoles. Su estrella en cuanto a esto
fue menguada, pues nunca pudo reunir en torno suyo un solo cuerpo digno de
tal nombre, desbandándose con frecuencia los soldados para unirse a las filas
leales. Irritado con estas defecciones y con ver que a pesar de sus
triunfos no daba muestras la insurrección de reducirse a la
nulidad, afrentó las buenas prendas que le distinguían como hombre
naturalmente justo, creando un tribunal criminal, compuesto de cinco
alcaldes de corte y presidido por el ministro de policía D. Pablo Arribas,
hombre de carácter cruel; y esa junta, cuyo primer objeto era entender en
las causas de asesinos y ladrones, estaba destinada también a hacer lo mismo
con las de los patriotas y defensores de la independencia, confundiéndolos con
aquellos, e imponiéndoles la pena de horca. Muchos fueron los infelices que
sufrieron el injusto rigor de esa institución espantosa; pero ni las
medidas de terror, ni el imponente aparato de la fuerza que contra
los españoles se desplegaba, sirvieron para ganar al intruso la obediencia
que se prometía, no siendo cumplidas sus órdenes sino solamente en Madrid y en
los puntos materialmente ocupados por sus huestes, y aun eso con
dificultad.
La acatada y
reverenciada, y la que no solo en las poblaciones libres, sino aun en las
mismas que sufrían el yugo, veía siempre respetaba sus providencias, era
la Junta Central. Sus desaciertos habían sido grandes, pero estaba
depositada en sus manos la legítima autoridad nacional, y los pueblos se
los disimulaban, como disimulan los hijos los defectos que notan en el padre.
Su traslado a Sevilla halda excitado en algunos puntos un disgusto
bastante marcado, no faltando quien achacase a sus individuos más apego a su
seguridad personal que a la defensa de la Patria, quedando Madrid con su
fuga entregada a merced del invasor. El cargo bien mirado era injusto, y
la general opinión no lo consideraba merecido, por más que culpase a la
Junta por no haber adoptado un plan de guerra y otras disposiciones a
propósito para no venir al conflicto a que a fines de 1808 se veía reducido el
país. Afortunadamente nuestras desgracias tuvieron a principios de enero
una muy regular compensación con la noticia de la declaración unánimemente
hecha en favor de la causa nacional por nuestras posesiones de América, a
la cual siguió poco después la de las provincias de Asia, llenas todas de indignación
contra los usurpadores, y todas obedientes y sumisas a la voz del gobierno
legítimo, cuyos apremiantes apuros se apresuraron a remediar enviándole
donativos cuantiosos, los cuales ascendieron en todo el año 9 a 284
millones. Reducida la Central hasta entonces a los pocos
recursos pecuniarios que le suministraba la Península, y a los subsidios
de la Gran Bretaña, no muy considerables por cierto, pudo ahora con más
desembarazo atender a los inmensos gastos que ocasionaba la lucha; y
deseando dar a aquellas remotas regiones una prueba de consideración por
su eminente servicio, expidió el 22 de enero el célebre decreto que las
declaraba parte integrante de la Monarquía , en vez de considerarlas colonias
como se había hecho hasta allí, estableciendo entre sus habitantes y los de la
Península una desigualdad injuriosa, aunque no tan chocante como la que se
advertía entre otras colonias y sus metrópolis.
Esta especie
de alianza con nuestras posesiones de ambas Indias vino a coincidir con la
consignación terminante y explícita , por medio de un tratado formal, de la que
existía de hecho entre nosotros y la Gran Bretaña desde el principio de la
insurrección, tratado que se firmó en Londres el dia 9 de enero por medio de
los plenipotenciarios D. Juan Ruiz de Apodaca, jefe de escuadra, en nombre
del gobierno español, y Mr. Canning, secretario de negocios extranjeros, por
parte de la Inglaterra. En él se estipuló no reconocer el Rey Jorje otro
monarca en España que Fernando Vil, y no ceder España a Francia parte alguna de
su territorio, ni concluir, como tampoco la Inglaterra, tratado ninguno de
paz con Napoleón, sin acuerdo de ambas partes contratantes. Mas urgente
que ese tratado era entablar otro relativamente a subsidios; pero por más
esfuerzos que hizo la Central, no pudo conseguir arreglarlo. La generalidad del
pueblo inglés y la mayoría del Parlamento estaban por socorrernos a todo
trance y en todos sentidos, pero en el último había también opositores
tocante a envío de fuerzas, y el gobierno británico por su parte sentía a
cada una de nuestras desgracias cada vez más tibia su fe en el éxito de
la lucha.
La apertura
del Parlamento, verificada el 19 de enero de 1809, dio lugar a vivísimas
discusiones relativamente a los infructuosos recursos otorgados a Suecia en el
año anterior, tratándose con igual calor de la expedición de Portugal,
de la convención de Cintra, de los desastres de España y del decreto del
congreso americano, por el cual se prohibía la entrada en los puertos de los
Estados Unidos a todo buque perteneciente a Inglaterra, a Francia, o a los
países sometidos a la influencia de estos dos gobiernos, siempre que
navegase bajo las restricciones impuestas por el decreto de Berlín o por orden
del consejo británico. Los debates de más interés fueron los que decían
relación a los negocios de España y Portugal. Los lores Saint-Vincent,
Moira y Greenville hablaron en la Cámara alta contra el envío de un
ejército a Portugal, mientras España prosiguiese en el inminente peligro que la
rodeaba. El primero observó que era decisorio hacer desembarcar tropas en el
mediodía de la Península, cuando lo que convenia era llevarlas al norte,
donde tanto urgía a los españoles ser socorridos. Lord Moira procuró demostrar
que la independencia de Inglaterra amenazada por Napoleón , en
ninguna otra parte que en España debía ser decidida; que la caída de esta
última potencia no podía menos de arrastrar en su pos la de Gran Bretaña; y últimamente, que si el ministerio se hubiera
apresurado a enviar en tiempo oportuno un negociador hábil que concertándose
con la nación española se hubiese explicado con franqueza sobre la
conducta que Gran Bretaña deseaba observar respecto a un país tan injustamente
invadido, los insurgentes no habrían jamás puesto en duda los socorros que tan
tarde se les había ofrecido. Lord Greenville sostuvo ser el norte de España, en
las fronteras de los Pirineos, el único punto donde las fuerzas
inglesas hubieran podido ser verdaderamente útiles; y que si después de la
evacuación de Madrid por los franceses en agosto de 1808, con su
consiguiente retirada a la orilla izquierda del Ebro, hubiera sido posible
enviar un ejército inglés a este punto antes de llegar los refuerzos del
ejército grande de Alemania, tal vez se habría conseguido lanzar a José y a sus
tropas al otro lado del Bidasoa, y aun abrir a los españoles la entrada en
Francia. Igual fue el sentido en que habló M. Ponsomby en la cámara de los comunes. El ministerio respondió por medio de los
lores Hawkesbury y Castlereagh, que enviando un
ejército á Portugal más bien que á España, no había hecho sino obrar conforme al deseo manifestado por las
diversas juntas españolas. Otro orador ministerial, M. Canning, se esforzó
igualmente en justificar la conducta de los ministros del rey, exponiendo
la situación en que se hallaban las cosas de España cuando el comienzo de
la insurrección. «Cuando la nación española, dijo, se alzó toda espontáneamente
y con una especie de acuerdo sobrenatural, formáronse distintas autoridades locales independientes, y sobremanera
recelosas contra toda tentativa en cualquiera de ellas para abrogarse la
menor supremacía sobre las demás.» La Suprema Junta Central no se había en
efecto instalado, según ya hemos dicho, hasta los últimos días de setiembre, y
a ese retardo en la concentración del movimiento insurreccional atribuía
Canning la dirección dada a la expedición inglesa, no menos que la
lentitud que sir John Moore había observado en salir de Lisboa.
Nosotros
hemos manifestado ya nuestro modo de ver relativamente a las causas que
influyeron en esa lentitud, y ahora repetiremos que todas se redujeron en
el fondo a una; a la demasiada timidez de Moore en obrar con resolución.
Por lo demás, creyendo, como creemos, que con solo las fuerzas nacionales
bastaba para haber estrellado a José contra el Pirineo, a haberse obrado por
nuestra parte con la celeridad conveniente, sin dormirnos al son de la
victoria según nuestra habitual indolencia , claro está que también
convendremos en que el éxito hubiera sido mucho más eficaz y seguro
habiéndose añadido a esas fuerzas las del ejército inglés, como muy a propósito
decían los oradores de la oposición.
Hemos dicho
que Bonaparte, aun teniendo invadida la Mancha, no quiso por de pronto penetrar
en Andalucía, considerando más útil perseguir al ejército de Moore. Esto
era una parte solamente del plan que había concebido. Conseguida que
fue, faltaba lo más importante, que era invadir nuevamente Portugal,
arrancando para siempre a Gran Bretaña su punto principal de apoyo en la
guerra peninsular. Obligado a partir a Alemania con motivo de la guerra de
Austria, no pudo el Emperador realizar la empresa por sí mismo, y así dio la
orden de hacerlo a los mariscales Víctor y Soult, encargando al primero la
invasión del reino lusitano bajando por el Tajo y atravesando la alta
Extremadura, mientras el segundo debía pasar el Miño por la parte de Tuy,
y avanzar en seguida al interior del territorio portugués por Braga y
Oporto.
Causas que
diremos después impidieron a Víctor obrar en el sentido que se le prevenía ,
haciéndolo Soult solamente, aunque con la poca fortuna que en
último resultado veremos.
Ocupadas por
Ney las plazas de Lugo, la Coruña, el Ferrol y Santiago, pudo el duque
de Dalmacia acelerar los preparativos de su expedición. Dificultades nacidas de
su posición equivoca en Tuy le obligaron a renunciar a pasar el Miño por este
punto, según se le había prevenido, y así resolvió verificarlo por Orense, a
cuyo fin puso en movimiento su ejército, compuesto de unos 26,000 hombres,
el dia 17 de febrero de 1809.
Notábanse por aquel tiempo en
Galicia inequívocos y alarmantes síntomas de una insurrección
general, siendo esto tanto más extraño a los ojos de los franceses, cuanto
acabando de ser sometido aquel reino, parecíales rayar en temeridad la menor tentativa de sus habitantes tocante a sacudir
el yugo. Erigidos en jefes del paisanaje los abades o curas párrocos de
Couto y Valladares, comenzaron a hostigar a los franceses en los momentos en
que creían más segura su reciente conquista, derrotando sus partidas sueltas en
varios puntos, y añadiéndose a sus esfuerzos los del bravo José Labrador,
los del monje fray Francisco Carrascon, y después los del juez de Maside,
caudillos todos con igual valor, aunque con diferente fortuna, de aquellas
terribles guerrillas. El marqués de la Romana por su parle después
de haber evitado, como lo hemos visto, el encuentro de las columnas
francesas cuando Moore se retiraba por el camino de Manzanal, había
conseguido por un movimiento de flanco arribar a las montañas situadas a la
izquierda del Sil, y este movimiento atrevido, libertando al jefe español
de la persecución de Ney, le ponía ahora en el caso de tentar un golpe de
mano sobre Orense, a de embarazar por lo menos las operaciones de dicho
Ney, fomentando la naciente insurrección, e impidiéndole prestar al duque de
Dalmacia los auxilios que en otro caso le hubiera podido facilitar en la nueva
y difícil campaña que iba a abrirse en el territorio portugués.
El mariscal
Soult había ordenado a una fuerte columna de caballería caminar a lo largo de
la orilla derecha del Miño, a fin de flanquearla marcha del cuerpo de
ejército que transitaba por la carretera de Tuy á Orense. Llegados los
franceses cerca de Mourenton, supieron que el
cura de Couto trataba de impedirles el paso con unos 1,000 paisanos que
acaudillaba. Trabóse con este motivo una acción
bastante reñida, en la cual fue vencido el abad, después de haber causado a los
franceses un daño bastante notable. Irritados los imperiales con la
resistencia, saquearon la población, y luego la entregaron a las llamas.
Entretanto
el grueso del ejército de Soult siguió sin percance particular el camino de Tuy
a Orense, y llegando el 4 de marzo delante de esta ciudad, cruzó el Miño sin
obstáculo. Sabedor de su movimiento el marqués de la Romana, había venido
a ocupar las alturas de Orsuna, junto a Monterey, con
cerca de 20,000 hombres entre la gente que había reorganizado en León y la
allegadiza de nueva leva que acababa de reunir en Galicia. El mariscal
francés procuró ganarle a su causa, y envióle un
parlamentario, prometiéndole crecida recompensa si se sometía a José con
las tropas que acaudillaba. La respuesta del español fue la que debía
esperarse de su reconocido patriotismo, tras lo cual, conociendo que sus
fuerzas no se hallaban en estado de poder medirse con los imperiales, procuró
evitar todo encuentro, retirándose con presteza. Desgraciadamente el
francés sabia por el mismo parlamentario que acababa de enviarle la deplorable
situación de nuestro ejército, y atacándonos cercado Monterey, consiguió
desordenarnos completamente, cogiéndonos diez cañones, siete banderas y una
gran cantidad de municiones, con bastante número de prisioneros. Reducido
Soult á un ejército menos fuerte del que necesitaba para invadir el territorio
portugués, temió debilitarse más conduciendo los prisioneros españoles, y así
determinó liberarlos, haciéndoles prestar antes el juramento de no volver a
tomar las armas contra la Francia ni contra el rey José. ¡Precaución
ilusoria! dicen los autores franceses; los españoles habían probado en
todo el curso de la lucha que no se consideraban ligados por
semejantes juramentos. Quince días después de su libertad, todos los
prisioneros de que hablamos habían vuelto a incorporarse de nuevo al ejército
del marqués.
Al dia
siguiente llegó Soult a Verin, población que por medio de un desfiladero
conduce a la frontera de la provincia portuguesa de Tras-los-Monles,
y cuyo paso trataron de disputarle los portugueses, coronando aquellas
alturas en número de 4,000 hombres; pero atacados por los imperiales,
fueron, como gente inexperta, lanzados de los puntos que ocupaban,
desbandándose por todos lados. Tomado Villarelo después con poca resistencia, esperó Soult en esta población la reunión
de todas sus tropas, y poniéndose en movimiento el dia 10, pasó el Tamega
derrotando un cuerpo de ejército reunido y organizado en la provincia de Tras-los-Montes por el general portugués Freire. Otro
destacamento de la guarnición de Chaves, una de las ciudades principales
de dicha provincia, habíase adelantado en número de 49 de 5,000
hombres sobre el flanco derecho de la vanguardia francesa, mientras
una nube de tiradores asestaba contra ella desde las rocas un fuego
mortífero. Los franceses vencieron este obstáculo con la misma felicidad,
tendiendo en el campo de batalla a 600 de sus adversarios y haciéndoles un
gran número de prisioneros, persiguiendo a los fugitivos hasta los mismos
muros de Chaves. Esta ciudad tenía una guarnición de 6,000 hombres, de los
cuales solo 1,500 eran soldados propiamente dichos. Encargado de la defensa de
esta parte de Portugal el general Freire, tenía orden de no empeñarse
imprudentemente en ninguna acción, retirándose lentamente delante de Soult
hasta que reuniéndose a otro cuerpo encargado de cubrir a Oporto, pudiese, de
acuerdo con él, contener con más probabilidades de éxito los progresos del
enemigo. Esta medida era hija, como se ve, de la fría láctica inglesa; pero el
paisanaje de aquella frontera no sabía resignarse a ceder sin tentar primero
al combate, y el jefe portugués se vio precisado a defenderse a pesar del
malísimo estado en que se hallaba la plaza. Soult intimó la rendición
a Chaves, y no recibiendo respuesta satisfactoria, amenazó pasar a
cuchillo a la guarnición si antes de las seis de la mañana del 42 no procedía a
capitular. Esta amenaza produjo su efecto, y Chaves le abrió sus puertas,
después de haber salido durante la noche una parte de la guarnición.
Detúvose el mariscal francés tres
días en esta ciudad, tanto para dar a su gente el descanso que necesitaba en
sus primeras fatigas, como para proveerse de víveres, teniendo como tenía
que atravesar una provincia que siendo poco fértil de suyo, ofrecía
entonces menos probabilidades de suministrarle subsistencias, huidos
como estaban sus habitantes, los cuales se habían llevado a las montañas
cuantos recursos tenían. Encargada la conservación de Chaves a una débil
guarnición, y dejando allí los enfermos, heridos y gente inútil, salió el
dia 15 con dirección a Braga, llegando el 17 a las alturas de Carvalho,
después de haber desalojado a la bayoneta las partidas portuguesas que
intentaron oponerse a su tránsito en los desfiladeros de Ruivaens, Vandanova, Salamonde y
otros puntos. Desde su nueva posición vio Soult ai ejército
lusitano formado en batalla en los montes que están delante de Braga.
Este
ejército se componía de todas las tropas del general Freire, junto con las de
Jos numerosos alistamientos que se habían verificado últimamente en las
provincias de Tras-los-Monles y Entre-Duero-y-Miño.
Al aproximarse el ejército francés quiso Freire levantar su campo y
retirarse a Oporto, según las instrucciones que tenía; pero el paisanaje,
en quien consistía la mayor parte de su fuerza, pidió a gritos se esperase
el ataque. El general, a pesar de eso, parecía decidido a poner en
ejecución su movimiento retrógrado, visto lo cual por los paisanos
arremetieron contra él los más furiosos, y después de tenerle preso, le
sacrificaron sin piedad junto con la mayor parte de los oficiales de su
estado mayor, amenazando con la misma suerte a todos cuantos fueran
traidores a la sagrada causa de la Patria. Uno de los jefes que había
podido conservar todo su ascendiente con los amotinados, hizo que estos
ofreciesen la dirección del ejército á un oficial
hanoveriano, llamado el barón de Ebben, viéndose este obligado a aceptar
el mando al modo que Wamba la corona, es decir, bajo pena de la vida. El nuevo
jefe se puso el 18 en movimiento con aquella muchedumbre furiosa, y lanzó
de Linoso a los franceses, aunque estos al dia
siguiente volvieron a ocupar la población. Entretanto los portugueses se
disponían a un ataque general, sabido lo cual por Soult resolvió anticiparse a
la embestida, atacándolos el 20 por la mañana, haciéndoles abandonar con
pérdida considerable la posición de Carvalho, y entrando en Braga a
continuación.
Y así
continuó el duque de Dalmacia venciendo con igual felicidad los obstáculos que
sucesivamente se le opusieron hasta dar vista a la ciudad de Oporto. Esta
capital, la más importante de Portugal después de Lisboa, tenía a los ingleses
particularmente interesados en su conservación, y nada se había omitido para
ponerla en respetable estado de defensa. Su guarnición, compuesta de 20,000
hombres de tropas regulares, había sido puesta por el general británico
Beresford a disposición del arzobispo, nombrado gobernador de la plaza; y
este ejército, unido a las numerosas cuadrillas de paisanos que acudían de
todas partes a tomar parle en la defensa, hacia subir el total de las fuerzas
de Oporto y sus alrededores a cerca de 60,000 combatientes. El mariscal francés
intimó al arzobispo la rendición, siendo el encargado de trasmitir su
propuesta el ilustre general Foy, el mismo a quien tantas veces nos hemos
referido en el discurso de esta historia, y que entonces corrió gravísimo
riesgo de perecer del modo más desastroso, dado que las milicias
portuguesas le maltrataron horriblemente despojándole de sus vestidos y
metiéndole en un calabozo, del cual pudo afortunadamente salir, cuando los
franceses a la mañana siguiente estaban atacando la ciudad.
La noche del
28 al 29 llegaron al último extremo el desorden y la confusión que reinaba en
el campo portugués, y aun dentro del mismo Oporto. No queriendo el paisanaje
armado someterse a ninguna disciplina, desconocía la voz de sus jefes y entregábase a toda clase de excesos, y entretanto resonaban
con algarabía las campanas de la ciudad y el toque de alarma de los
alrededores. A las siete de la mañana siguiente empeñóse un terrible fuego de cañón y fusil en toda la extensión de la línea,
disponiendo Soult su primer ataque en términos de poder desbaratar el ala
derecha de los portugueses. La división del general Delaborde embistió el centro de estos a la bayoneta, mientras otros dos regimientos
rompían la línea portuguesa , poniéndola en completa derrota, después de
haberse abierto paso por entre los atrincheramientos y obras avanzadas.
Siguiendo en pos la caballería, precipitóse sobre los vencidos, haciendo terrible matanza,
y entrando con ellos en Oporto, donde siguió cargándolos hasta el Duero,
rio que atraviesa la ciudad. La muchedumbre se dirigió al puente,
rompiéndose este en el momento en que los portugueses trataban de
cortarlo. Sucumbió en la catástrofe un gran número; pero la mayor parte de los
defensores quedó detenida en el trozo de puente que quedaba. Rechazada allí por
los fugitivos, cuyo número iba siempre en aumento, fue ametrallada
desapiadadamente por la misma artillería portuguesa, que desde la orilla
izquierda del rio disparaba sobre la columna francesa, pereciendo así cuantos
se hallaban entre sus fuegos y el enemigo, ya acribillados por la metralla y
bala rasa, ya acuchillados por este, o cayendo y ahogándose en el rio. Los
defensores continuaron batiéndose en las calles algún tiempo, muchos de ellos
con valor desesperado ; pero los franceses acabaron al fin por triunfar de
aquella última resistencia, entregándose a continuación a los más
lamentables excesos. Dió Soult las providencias más enérgicas para contener el
desenfreno de los soldados, y habiendo comenzado a conseguirlo por la tarde,
fueron poco a poco restituyéndose a sus casas los aterrados moradores. La
pérdida de los defensores de Oporto no bajó de 4,000 personas, entre ellas
un gran número de mujeres y niños.
Reparado el
puente del Duero, tomó Franceschi posición en Ahergaria-Nova
y envió gente a reconocer el Vouga. Soult destacó igualmente una brigada de
dragones a ocupar Peñafiel, pueblo que los franceses hallaron desierto. Menos
afortunado Caulaincourt en su expedición a Canaves, retrocedió ante la fuerza portuguesa que ocupaba
este punto, replegándose a Peñafiel, adonde fue preciso que acudiera
también Loison, para evitar a los franceses la pérdida de dicho
pueblo. Mientras tanto el duque de Dalmacia comenzó a recibir tristes
nuevas en su cuartel general de Oporto, y hubo de suspender la marcha que
proyectaba hacia el interior de Portugal. Después de su salida de Chaves,
habíase dirigido Silveira a las montañas que dividen límites con nuestra
provincia de Galicia y la de Tras-los-Montes, y
reforzado allí con gran número de insurgentes, había vuelto a entrar
en Chaves, rindiendo igualmente las débiles guarniciones de Braga y
Guimaraens a medida que los franceses se iban alejando de estas
poblaciones. El portugués tras esto venia en dirección de Amarante con un
cuerpo de 6,000 hombres de tropa reglada y 15,000 paisanos armados, lo
cual, unido a la ocupación de Vigo por el general español Morillo, puso en
grave cuidado al mariscal Soult, y mas no recibiendo noticia ninguna del
ejército mandado por Víctor, con cuya cooperación contaba para la invasión de
Portugal, según arriba se ha dicho.
Silveira
siguió hasta Amarante, tras lo cual atacó a los franceses en su línea del Souza
el día 12 de abril, haciendo retirar a Loison de Peñafiel, que fue
tomado por los portugueses, si bien volvió aquel reforzado, y ocupando de
nuevo dicho pueblo, hizo lo mismo con Amarante después de una obstinada
resistencia, de la cual no pudo triunfar completamente hasta el 2 de mayo.
En la última población supieron los franceses por los pliegos y papeles
que cayeron en sus manos la imposibilidad en que se hallaba Ney de auxiliarlos
con ningún refuerzo, teniendo él harto que hacer con la insurrección de
Galicia, la cual, formidable cual nunca, según a su tiempo veremos, le tenía
acosado por todas parles. Alarmado con estas nuevas, y sabiendo que Tuy se
hallaba sitiado por un cuerpo de españoles y portugueses, envió Soult al
general Heudelet para que hiciera levantar el cerco, como así en efecto lo
hizo, tomando de paso a Valenza , y volviendo a unirse con Soult en su
cuartel general de Oporto.
El éxito de
esta expedición había sido feliz, mas no por eso el mariscal francés adelantaba
gran cosa. Su ejército se hallaba en la situación más crítica. Aislado en
Oporto, por decirlo así, en medio de la insurrección de las provincias de
Portugal, amenazábale por el mediodía un nuevo
ejército inglés, el cual estaba próximo a desembarcar en la desembocadura
del Tajo. Las comunicaciones con Galicia se habían interrumpido de nuevo,
y las fuerzas francesas eran insuficientes para conservar en la obediencia las
dos provincias invadidas, y avanzar á la vez al
interior de la Beira. La ocupación de Oporto tenía demasiada importancia a
los ojos del mariscal francés para que este se arriesgara a confiar la
defensa de aquella capital a una simple guarnición, débil como lo hubiera
sido para resistir un ataque algo serio en población que estaba abierta y
en comunicación con el mar. El duque de Dalmacia por otra parte , dotado como
estaba de un carácter firme y perseverante, tenía empeño en probar que si
la expedición que se le había confiado no tenía el éxito que Napoleón se
prometía, no dependía de sus esfuerzos f ni de su
experiencia militar, ni del valor de sus tropas, conseguir mejor
resultado. Llevado de esta consideración, resolvió mantenerse en las
posiciones que ocupaba, basta tanto que los acontecimientos, de los cuales
no podía por de pronto tener idea precisa, le pusiesen en el caso de
continuar adelante, o le obligasen a retirarse a Galicia , abandonando
definitivamente el territorio conquistado. Para mejor asegurar el estado de
pura defensiva a que se veía reducido, trató de hacer cambiar en lo
posible la disposición moral de las poblaciones que le rodeaban, lisonjeándose
con la idea de que pintando a los portugueses la invasión de las tropas
francesas como menos desfavorable a sus intereses de lo que ellos se
habían figurado, conseguiría acaso calmar la efervescencia producida. Encargada
a los cuerpos la más rígida disciplina en los acantonamientos
que ocupaban, hizo Soult. que se le reunieran en Oporto los portugueses
que por sus riquezas, su rango o sus empleos gozaban de más consideración
e influencia en la provincia; y manifestándoles los funestos resultados
del abandono en que los había dejado la huida de la familia real al Brasil
cuando la invasión de Junot, la consiguiente falla de un gobierno regular
y estable, el proyecto concebido por los ingleses de tratar a Portugal
como mera colonia suya, y el estado de guerra permanente en que semejante
estado de cosas ponía al reino, esforzóse en hacerles
concebir la posibilidad de un porvenir mejor, siempre que ellos por su parte
quisieran secundar los esfuerzos del emperador en pro suyo. Recordóles con este motivo el artículo primero del tratado de Fontainebleau, según el
cual se estipulaba que la ciudad de Oporto y toda su provincia de
Entre-Duero-y-Miño debería formar una soberanía independiente con la
denominación de reino de Lusitania septentrional, y les hizo
pedir a Napoleón pusiese en ejecución esta cláusula del
convenio, «cláusula benéfica , dijo, que va a preservar al país de los
males que lleva consigo toda ocupación militar.»
La conducta
observada por Soult durante su permanencia en Oporto estuvo constantemente en
armonía con estas insinuaciones, llegando a conciliarse el afecto de un
gran número de portugueses, no fallando entre ellos doce habitantes de
Braga que dándole los títulos de padre y libertador de Portugal,
manifestaron explícitamente su deseo de que fuera él el rey que Napoleón
eligiese. Una indicación como esta dio lugar a creer que el mariscal
francés aspiraba a la soberanía en cuestión; y si bien le vindican algunos
de toda nota respecto a punto, entre ellos los autores de la obra Victoires, Conquets, etc.,
ya citada, cuyo testo tenemos presente, otros, como Toreno , se inclinan a
creer que la inculpación no carece de algún fundamento, pues dada a luz la
tal manifestación en país donde Soult era árbitro de impedirla o
autorizarla, manifestaba, dice, que sino dimanaba de
sugestiones suyas, por lo menos no era desagradable a sus oídos.
La demanda
de esos doce habitantes vino a coincidir con los tratos que el ayudante mayor
Mr. de Argentou quiso abrir en Lisboa con Wellesley
relativamente al proyecto de destruir en Francia la dinastía de Napoleón,
restableciendo en su lugar el gobierno republicano. Era autora del plan de
que hablamos una sociedad secreta llamada de los Filadelfos, y entraban en
él varios jefes de los ejércitos de Napoleón en todos los puntos de
Europa, los cuales parecían inclinados a poner a su frente para realizar
la empresa, ya fuese al mariscal Nev, ya al general Gouvion Saint-Cyr. Entre
las tropas más comprometidas en aquella conspiración contábanse a no dudar las de Soult, y de aquí las vistas de Argentou y otros jefes con el general inglés, el cual desconfió por de pronto de
que fuese cierto el proyecto , contestando á los
emisarios que su intención era atacar al ejército francés mientras
permaneciese en Portugal , sin perjuicio, añadió, de arreglar tal vez
un convenio para facilitarle la retirada, si en efecto llegaba a alzar el
grito contra el emperador. Argentou con esto
volvió a Oporto, y creyendo a Lefevbre en la intriga, dióle cuenta del paso que acababa de dar; pero fue
arrestado en el acto, dilatándose su castigo hasta ver si se descubría
quiénes más componían la trama. Temerosos de ello sus cómplices, le facilitaron
los medios de escaparse a Inglaterra. Salvado de este modo Argentou, quiso después su mala suerte llevarle a Francia
para sacar de allí a su mujer y sus hijos, siendo nuevamente cogido y
hecho fusilar, sin que por eso se consiguiera adquirir suficientes pormenores
sobre la tal conspiración, envuelta hasta ahora a lo que parece en
una como especie de misterio. El arresto de este oficial, cuya suerte cupo
igualmente a otros dos o tres compañeros suyos cuando venían de Lisboa, es
para los autores arriba citados una prueba del poco fundamento con que se
atribuyó entonces a Soult el designio de hacerse rey de Portugal: nosotros
suspendemos nuestro juicio.
Después de
la salida de Moore cuando su expedición al interior de España, expedición que
le costó tan cara como ya en su lugar queda dicho, habían quedado en el reino
lusitano unos 10,000 ingleses a las órdenes de Sir Juan Cradock, los que,
sabido el fatal éxito de la batalla de la Coruña y el embarque de sus
compañeros, parecieron querer imitarlos y abandonar también Portugal. Irritáronse los portugueses al notar sus preparativos; pero
su fuga al fin no tuvo efecto, por órdenes recibidas del gabinete
británico. Este, cuyo carácter más marcado fue la vacilación y la duda mientras
pareció problemática la victoria de los españoles, quedó sorprendido y no poco
cuando nos vio a pesar de nuestras desgracias cada vez más tenaces y más
firmes en rechazar el yugo extranjero. Animado con tan buenas muestras, y
viendo en lontananza también el nublado que desde el norte amenazaba caer sobre
Napoleón, decidióse el gobierno inglés a probar
otra tentativa, enviando a Portugal el refuerzo de que arriba hemos hecho
mención, y auxiliando con él las tropas que habían quedado en aquel reino. Reunióse con esto un ejército de unos 20 a
22,000 hombres, siendo su general Wellesley, acreditado ya con los
laureles alcanzados en Roliza y Vimeiro, y el cual,
con gran contento de Lisboa, desembarcó en el puerto de aquella ciudad el
dia 22 de abril, tomando el mando del ejército portugués juntamente con el
de su nación. Esta medida, lomada con beneplácito y acuerdo de la regencia
de Portugal, restablecida después de la expulsión de Junot, humillaba sin duda
el orgullo lusitano; pero daba a las operaciones de la guerra una fuerza
de unidad y conjunto de tanto más probables resultados, cuanto más carecían
de esa dote las tropas destinadas por Napoleón a la conquista de
aquel reino. Estas, como hemos visto, no eran las de Soult solamente, sino
las de Víctor también; pero circunstancias imprevistas que a su tiempo
mencionaremos, hicieron que este último jefe no pudiera secundar con su
cooperación la tan mal parada conquista. Si en vez de dejar a ambos cuerpos
obrar separadamente, los hubiera Napoleón reunido, junto con la división
de Lapisse, baja la dirección de un solo jefe,
otro hubiera sido sin duda el resultado de aquella empresa.
Wellesley
salió de Lisboa el dia 8 de abril, dirigiéndose a Leiria, donde había
establecido su cuartel general, al frente de 16,000 hombres de tropas inglesas,
y marchando después sobre Oporto por Coimbra y
Aveiro, mientras otro cuerpo de tropas portuguesas, a las órdenes del mariscal
Beresford, avanzaba por Viseo a fin de pasar el Duero en Lamego y cortar a
Soult la retirada a Amarante. El grueso del ejército portugués, junto con
un destacamento de tropas inglesas, quedó en Abrantes dispuesto a oponerse
a cualquier movimiento ofensivo que Soult pudiera intentar. Este por su
parte , informado de la crítica posición de Ney en Galicia, no
pudiendo contar con la ayuda de Víctor, y presumiendo que el ejército
inglés no tardaría en atacarle por la parte de la Beira pensó en retirarse
por Mirandella y Braganza; mas para verificar
esta retirada érale preciso ante todo apoderarse del puente de Amarante.
Después de la toma de esta ciudad por el general Loison, había
este suspendido toda demostración contra dicho puente , no atreviéndose a
atacarlo por lo bien defendido y fortificado que lo tenía Silveira; pero
habiendo preparado y hecho volar una fogata preparada bajo los
atrincheramientos que defendían aquel paso, consiguió el 2 de mayo,
verificada que fue la explosión, adelantar sus tropas en columna cerrada
por entre el vivísimo fuego de artillería y mosquetería, desbaratando las de
Silveira, y obligándolas a dispersarse en las montañas del contorno. La
caballería francesa persiguió un buen número de fugitivos hasta Villareal, de
cuya población se apoderó; y como acabara de llegar allí el correo de
Lisboa, ocuparon los imperiales los papeles públicos y toda la
correspondencia particular, sabiendo por su medio el comienzo de las
hostilidades en Alemania, y la leva extraordinaria de tropas que acababa de
hacerse en Portugal para rechazar la invasión en unión con el ejército
inglés. El mariscal Soult, cuyas noticias sobre la marcha de este habían
sido hasta entonces sobremanera vagas, supo entonces ser Wellesley en persona
el caudillo de sus enemigos; pero aun cuando la ocupación de Amarante le dejaba
expedito el paso del Tamega, no pudo resolverse a abandonar las orillas
del Duero antes que le obligase a adoptar este partido una demostración
algo seria, la cual le convenciese de la necesidad de renunciar a toda
esperanza de ser socorrido por las tropas de Victor,
en quien todavía no se atrevía aa desconfiar
totalmente.
El 10 de
mayo fue atacada en el Vouga por la vanguardia inglesa la división de
caballería ligera de Franceschi, y hubo este de replegarse a Oporto: Soult
entonces hizo destruir inmediatamente el puente de barcas que tenía en el
Duero. El mismo dia supo Loison, por comunicación que le hicieron sus
puestos avanzados, que habiendo Beresford pasado el Duero en Lamego,
acababa de unírsele Silveira con el cuerpo de su mando. El ejército inglés
continuó avanzando todo el dia 11 hacia la orilla izquierda de aquel rio.
Wellesley destacó un cuerpo de 5,000 hombres a las órdenes de Murray para
caminar Duero arriba hasta Avintas y efectuar su
paso por allí, mientras la brigada de lord Paget y la de las guardias
inglesas debían aprovechar la oscuridad, procurando igualmente pasar el rio por
Villanueva, casi enfrente de Oporto, cerca del sitio en que había sido
destruido por la mañana el puente de barcas. Uno y otro movimiento
tuvieron lugar en la noche del 11 al 12, y con éxito tal, que hizo poco
honor a la vigilancia de los puestos franceses, pudiendo igualmente servir de
inculpación a Soult, por su arrogante confianza. Desde la orilla derecha
delante de Villanueva condujeron los habitantes dos barcas, y
estas sirvieron para facilitar el paso a tres compañías inglesas. Los
franceses no parecieron prestar a este desembarco la seria atención que exigía,
y Paget tuvo el tiempo necesario para establecerse, antes que le atacaran,
en un edificio medio arruinado. Soult mientras tanto, haciendo tomar las
armas a las tropas que tenía en Oporto, dirigiese con una parte de estas
al puente ya ocupado; pero experimentó una gran resistencia, y con esto tuvieron tiempo para pasar el rio otros
batallones ingleses. Herido de cuidado en el brazo Paget en este encuentro,
fue reemplazado por el general Hill, el cual continuó defendiéndose con la
misma tenacidad.
Mientras
pasaba esto delante de Oporto, dióse aviso al
mariscal francés de que otra columna enemiga se presentaba por la izquierda y
amenazaba envolverle por el flanco. En tan crítica circunstancia,
convencido Soult del peligro real de su posición, y adivinando el plan de
su adversario, no titubeó un instante en ordenar sobre la marcha la
evacuación de Oporto y la retirada de sus tropas hacia Amarante. Los momentos
eran preciosos, porque las primeras tropas de Murray se hallaban ya casi a
punto de penetrar en la plaza. Evacuáronla, pues, los
franceses con la precipitación consiguiente; y abandonando 1,200 enfermos, 50
piezas de artillería y una parte de sus bagajes, prosiguieron su fuga en
desorden, viéndose su retaguardia precisada a combatir largo tiempo en las
calles y en los desfiladeros fuera de la ciudad, y dejando en poder de los
ingleses un buen número de prisioneros.
Mientras las
tropas de Wellesley reconquistaban de este modo Oporto, atacaba Beresford a
Amarante, después de haber ahuyentado los puestos que Loison había dejado
en la orilla izquierda del Tamega. El ejército portugués, compuesto de
más de 25,000 hombres, coronaba prolongado a lo lejos todas las alturas de
la otra orilla, y su ataque formaba parte del plan adoptado por Wellesley,
plan cuyo objeto era cortar a los franceses su retirada por Mirandella al
través de la provincia de Tras-los-Montes. Sabedor de
este contratiempo el mariscal Soult en Peñafiel, tomó la ruta de Braga, y envió
a Loison las órdenes oportunas para que hiciese lo mismo. A su llegada a
Guimaraens, supo que la guarnición francesa de esta ciudad había sido
pasada a cuchillo por sus habitantes, y procedió a terribles represalias;
mas no bien acababa de hacerlo, cuando supo que el ejército
inglés caminaba a marchas forzadas para llegar a Braga antes que él y
cortarle la retirada al Miño. Entonces pudo Soult arrepentirse de haber
dilatado más de lo conveniente su permanencia en Oporto, punto que debió
abandonar no bien forzado el paso del Tamega delante de Amarante,
poniéndose así en el caso de verificar su retirada con el tiempo y
seguridad necesarios, cruzando la provincia de Tras-los-Montes.
En la ocasión presente no le quedaba otro partido que el de meterse por su
derecha en las montañas que lindan con el desfiladero de Carvalho, como así en
efecto lo hizo, después de mandar destruir toda la artillería y municiones
que le quedaban, abandonando igualmente el tesoro del ejército.
El 15 llegó
a Salamonde y vivaqueó en medio de las rocas, con
malísimo tiempo, sin víveres ni forraje. Puesto en marcha al dia siguiente,
llegó por la mañana a Ruivaens, punto donde se
cruzan los caminos que conducen a Chaves y a Montealegre, eligiendo el mariscal
el de este último, a fin de burlar a Silveira, que habiendo tomado el Tamega
rio arriba, trataba de oponerse a su tránsito cuando pasara por Chaves. El
abandono de la artillería y de todo lo más embarazoso del bagaje permitió
a los franceses efectuar con bastante presteza una caminata de muchas leguas
por aquellas montañas escarpadas y casi impracticables senderos, entrando
después en un siniestro desfiladero donde apenas cabían dos hombres
de frente. Erizada de rocas la derecha del camino, ofrecía este por su
izquierda una porción de precipicios, por en medio de los cuales se abre
paso con estruendo el Cavado. De distancia en distancia cortaban el camino
torrentes que los franceses tenían que pasar por medio de una especie de
puentes, o más bien de piedras colocadas al efecto de trecho en trecho, y
esta marcha tan penosa de suyo, la hacían más pesada y más tardía las
cuadrillas de paisanos armados, que hostigando por su flanco al ejército, empeñábanle en tiroteos continuos de peñasco en
peñasco. Una de estas cuadrillas, situada en el puente de Saltador, había
comenzado a demoler este importante paso; y no bien la vanguardia francesa
consiguió ahuyentarla de allí, comenzaron a oírse cañonazos por la parte
de la vanguardia, señal, a no dudar, de que esta era atacada ya por la
cabeza de la columna del ejército inglés. Con esto apoderóse de los franceses un terror pánico, preocupando a la inmensa y acosada columna
de Soult en toda la extensión del desfiladero. La mayor parte de
los imperiales se salvó abandonando las armas; pero hubo muchísimos
también que intentando pasar el puente, cayeron en el precipicio, mientras
otros quedaban tendidos, sacrificándolos el paisanage,
que se había retirado a los peñascos de la derecha. El ejército francés perdió
entonces los bagajes que le quedaban y que había podido salvar tanto en
Oporto como en Guimaraens; pero este movimiento de terror no tuvo los funestos
resultados que pudieron añadirse después. El orden quedó restablecido
antes de llegar a Penela, en cuya población
vivaquearon los franceses durante la noche del 15. Continuando su marcha
al dia siguiente, hiciéronlo por caminos análogos a
los del dia anterior, reproduciéndose trabajos parecidos, merced a las
dificultades del tránsito; pero ya en la tarde del 17 consiguieron
llegar a Montealegre, ciudad llamada así por la posición que ocupa
alrededor de un monte aislado que domina una extensa campiña. No fue poca
la alegría de Soult cuando vio que por su previsión había arribado a aquel
punto, adelantándose a los portugueses; y no fue sino mucha también la que
tuvo su estropeado ejército, viéndose tan cercano a Galicia, pues con solo
avanzar una legua, conseguían tocar sus límites. Recobrados con esto los
ánimos , pasaron los franceses la noche del 17 sin percance particular,
pues si bien apercibieron entre las sombras los fuegos del enemigo en lo alto
de los montes cercanos, tanto hacia la parte de Chaves como en dirección
del camino que con tantas penalidades acaban de transitar, llegaban sus
adversarios demasiado tarde para que pudieran lisonjearse de conseguir el
objeto que se proponían.
El 18 por la
mañana prosiguieron los franceses su marcha hacia la frontera de Galicia,
tomando la dirección de Orense, guardándoles las espaldas su
caballería formada en batalla en el llano de Montealegre, y permaneciendo
así hasta el mediodía para contener a los portugueses , si entraban en deseos
de embestir. Siendo más de 2,000 los caballos que mandaban Lorge y
Franceschi, juzgó poco prudente Silveira salir del desfiladero en que estaba
mientras tuviese delante de sí aquel formidable aparato. Los franceses
entraron en Galicia por Santiago de Rubias , y al ver sus trasportes de júbilo,
no parecía sino que Galicia era para ellos la patria. Su alegría era
natural, pues aislados durante siete meses, conseguían al fin ponerse en
comunicación con los restantes cuerpos del ejército, y podían saber nuevas de Francia.
Desgraciadamente Galicia no era ni podía ser para ellos el suelo
hospitalario que buscaban después de tantos afanes. La insurrección de aquella
provincia había cundido extraordinariamente; pero antes de informar al
lector de los progresos y final resultado de este acontecimiento
importante, volvamos la vista a los campos de Medellin y Ciudad-Real, y
veamos las razones que hubo para que Víctor no cooperase a la invasión del
reino lusitano.
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