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GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA
Ataque y
rendición de la escuadra francesa surta en la bahía de Cádiz.—Entra en
Andalucía el cuerpo del general Dupont.—Combate del puente de Alcolea.—Entrada
de los franceses en Córdova y atrocidades cometidas en esta ciudad.—Actividad
de las juntas de Sevilla y Granada.—Aislamiento de Dupont.—Sublevación de
la Mancha.—Sale Dupont de Córdova y se retira a Andujar.—Ataque y saqueo de
Jaén.—Pide Dupont refuerzos á Madrid.—Savary sucede a
Murat.—Marcha Vedel a Andalucía a reforzar el cuerpo de Dupont.—Unese a este el general Gobert con nuevos
refuerzos.—Segundo ataque de Jaén.—Prepárase el
ejército de Andalucía a atacar al ejército francés.
Al
estallar la insurrección en las provincias meridionales de España, hallábase fondeada
en el puerto de Cádiz una escuadra francesa, compuesta de cinco navíos de línea
y una fragata a las órdenes del contraalmirante Rosily.
Dicha escuadra, estacionada allí desde el desastroso combate de Trafalgar,
permanecía combinada con la española y alternando con ella. Irritado el
pueblo gaditano con la vista del pabellón francés, le liemos visto pedir a
Solano pasase a combatirla inmediatamente, y hemos visto también
el desastroso fin que cupo a aquel general, a consecuencia de haberse negado
a verificarlo con la precipitación que la multitud deseaba. Nombrado jefe
militar de la provincia de Cádiz el teniente general D. Tomas de Morla,
volvió el pueblo a insistir en su demanda con la misma energía, habiendo
costado no poco hacerle desistir de la idea de combatir las naves con bala
roja, exponiendo nuestros buques a arder juntamente con los enemigos, y
pudiendo la catástrofe ocasionar estragos de consideración al mismo pueblo de
Cádiz y al Trocadero con la explosión de la Santa Bárbara de los navíos.
Apagados los hornillos que en un principio se habían dispuesto, no por eso
desistió la muchedumbre del proyecto de rendir la escuadra francesa, si bien
renunció por de pronto al medio destructor que la irritación le había
hecho pedir.
El contraalmirante Rosily conoció lo apurado de su situación, y
habiéndose puesto a la defensiva fuera del tiro de nuestras baterías de tierra,
trató de ganar tiempo con una contestación tras otra, dando lugar a que
llegasen de Madrid las tropas que según aviso enviaba Murat para sofocar
el levantamiento andaluz. Uno de los ayudantes de nuestra escuadra pasó a
bordo del navío Principe de Asturias en compañía de un
diputado del pueblo de Cádiz, y dirigiéndose al Héroe, navío francés,
intimó la rendición al almirante.
Este
contestó ser su ánimo permanecer en actitud pacifica durante la insurrección; pero
que no por eso pensaba en ceder a las amenazas de un pueblo entregado al
tumulto, hallándose, como se hallaba dispuesto a resistir, oponiendo la fuerza a
la fuerza, si los españoles tomaban la iniciativa en las hostilidades. Pasando
después a hacer reflexiones sobre las pretensiones de la multitud, observó
no ser justa la entrega que de él se exigía, estando pendiente de la
resolución del emperador la vuelta de Fernando a su patria, por lo cual debía
España atenerse a las consecuencias de este negocio, antes de romper con
la Francia en los términos en que se hacía. Últimamente propuso abandonar
la bahía desde luego, a fin de tranquilizar a la multitud, con tal, empero, que
los ingleses le consintieran retirarse. No sucediendo esto así, ofreció
desembarcar sus cañones, poner sus equipajes a bordo y ocultar su pabellón,
pidiendo en cambio de este sacrificio los competentes rehenes para dejar a
cubierto de todo ataque a sus enfermos y a la población francesa de Cádiz,
debiendo dársele igualmente garantías de que el enemigo exterior no le
hostilizaría en manera alguna.
Conociendo
Morla que toda la palabrería del francés tenía por objeto dar largas, desechó
sus proposiciones, exigiendo de nuevo en términos explícitos la rendición de la
armada a discreción. Negándose Rosily a tal afrenta,
establecieron los españoles sus baterías en la isla de León y cerca del
castillo de Fort-Luis, quedando este desmantelado en una sola noche para
evitar que sirviese de abrigo a la escuadra francesa. El Trocadero, el castillo
de Puntales, la Punta de la Cantera y el parque de artillería de la
Carraca, presentaban en cada uno de estos puntos una batería de morteros.
No queriendo las autoridades comprometer en el combate que se preparaba a
la escuadra española que estaba mezclada con la francesa, reuniéronse varias fuerzas sutiles, las cuales debían operar al abrigo de las
balerías de tierra. El día 9 de junio por la mañana intimóse de nuevo la rendición al almirante; y habiendo contestado lo mismo que la
primera vez, hizo el navío Principe de Asturias señal de
comenzar el fuego. Rompióse este por veinte y cinco
faluchos cañoneros, doce bombarderas, seis botes y demás fuerzas sutiles,
siendo terrible y continuado el de los morteros de tierra y mar, y durando todo
el día el ataque. Nuestras fuerzas sufrieron algún tanto, quedando
inutilizadas diez bombarderas y cuatro cañoneras, y echados a pique una de
estas y un místico. Por la noche continuó el fuego de los morteros, aunque
menos vivo, redoblándose con nueva furia en la madrugada del 10, en cuyo día
a las tres de la tarde mandó Rosily poner
bandera blanca en el navío Héroe, no habiéndole sido posible
realizar la fuga. El almirante francés procuró otra vez ganar tiempo con
nuevas conferencias y gestiones, reproduciendo su demanda respecto a
garantirle la vida y bienes de los franceses de la escuadra y de todos los
demás que se hallaban domiciliados en la provincia, pidiendo igualmente
quedar libre para restituirse a Francia con sus buques. Consultóse a la junta de Sevilla sobre estas proposiciones, estipulándose
un armisticio hasta recibir la contestación. Llegada está el día 14 intimóse al almirante el ultimátum de aquella corporación,
reducido a la entrega pura y simple. Rosily entonces, visto lo inútil de la resistencia, apeló a la
generosidad española y se rindió sin condición ninguna, consiguiendo el
pueblo de Cádiz por fruto de su fácil victoria hacer prisioneros tres mil
seiscientos sesenta y seis hombres, cuatrocientos cuarenta y dos cañones, mil
seiscientos sesenta y un quintales de pólvora, mil cuatrocientos veinte y nueve
fusiles, ochenta esmeriles, cincuenta carabinas, quinientas cinco pistolas, mil
seiscientos noventa y seis sables, cuatrocientos veinte y cinco chuzos,
cien mil quinientas balas de fusil y otras municiones, con abundantes repuestos
marítimos y víveres para seis meses. La pérdida por lo demás fue muy corta de
una y otra parte, consistiendo toda ella en doce muertos y cincuenta y un
heridos. Lo mejor que tuvo aquel triunfo fue no haberse necesitado la
cooperación inglesa para el combate. El almirante Collingwood ofreció su
asistencia y su ayuda; pero bastando a los españoles que los ingleses
impidiesen la fuga a la armada francesa, desecharon con delicadeza un socorro que
de haber sido aceptado, nos hubiera valido probablemente cinco navíos de línea y
una fragata menos.
Mientras tenía
lugar en Andalucía tan señalado triunfo, caminaban hacia aquellas provincias
las tropas francesas, bien ajenas de esperar la catástrofe que en último
resultado las esperaba. Cuando estalló la insurrección española
hallábase Dupont acantonado en Toledo, y habiendo recibido orden del gran
duque de Berg para ponerse en marcha inmediatamente , salió con dirección a
Cádiz el día 24 de mayo. Componíase su cuerpo de
la división de infantería del general Barbou, la cual constaba de seis mil
hombres; de un batallón de quinientos marinos de la guardia imperial; de la
división de caballería del general Fresia, fuerte de cinco mil caballos
divididos en dos brigadas, y de dos regimientos suizos al servicio de
España, Reding y Preux. Dupont tenía orden de añadir a sus fuerzas todas
las tropas españolas que hallase en cualquier punto durante su marcha.
Provisto de abundante galleta, y llevando consigo veinte y cuatro piezas
de artillería, iba tan confiado en el buen éxito de su misión, que al dar
cuenta al ministro de la Guerra de la formación de sus columnas, le
anunció con el tono de la seguridad, que el día 21 de junio entraría con sus
tropas en Cádiz. Los franceses atravesaron las áridas llanuras de la Mancha sin
experimentar obstáculo, y habiendo encontrado en el país por donde
transitaban mayor cantidad de víveres de la que en un principio se habían
prometido, dejaron almacenada en el pósito de Santa Cruz de Múdela
la galleta que llevaban a prevención. Habiendo penetrado con la misma
tranquilidad el 2 de junio en las estrechuras de Sierra-Morena, comenzaron
a recelarse algún tanto al llegar la vanguardia a la Carolina, cuya
población hallaron casi desierta, habiendo huido a la montaña casi todos
sus moradores. A esta señal poco satisfactoria para los franceses, añadió se la
noticia harto más desagradable, participada por los pocos habitantes que
habían quedado en la Carolina, de que los andaluces habían tomado las armas a
fin de sostener su independencia. Llegado a Andujar, dos jornadas más
adelante, supo Dupont el levantamiento en masa de las provincias andaluzas, la
instalación de la junta suprema de Sevilla y las enérgicas disposiciones
adoptadas para la defensa. Anublóse con esto al
general francés la esperanza que hasta entonces le había halagado de llegar pacíficamente
al término de su destino; mas no por eso suspendió su marcha.
Dos
leguas antes de llegar a Córdoba existe la venta de Alcolea, cuyo nombre es de
origen arábigo, y está situada junto al rio Guadalquivir, al cual sirve de paso
por medio de un magnífico puente de mármol negro, que consta de diez y
nueve arcos y viene a tener como unas doscientas toesas de longitud. La
construcción de este puente es tal, que en vez de ser recto como los demás,
sigue en línea torcida formando un ángulo que corta la corriente, no
pudiendo por lo mismo ser enfilado por la artillería. La margen izquierda
del rio donde está la venta es montañosa lo mismo que la otra ; pero esta
es más escarpada que aquella. Los españoles al mando de D. Pedro Agustín de
Echevarri, coronel antes del levantamiento y promovido a general por el pueblo
de Córdoba a cuyo frente se había puesto, esperaba a los franceses en el
puente con ánimo de impedirles el paso. Su gente se reducía a
un destacamento de granaderos provinciales de Andalucía, al batallón de
infantería ligera de Campomayor, a otro
destacamento del regimiento suizo de Reding número 5, y a algunos regimientos
provinciales con unos cuantos escuadrones de caballería, ascendiendo toda la
fuerza a tres mil hombres de tropa de línea y hasta unos cuatro a cinco
mil paisanos armados. Los españoles construyeron con precipitación una
cabeza de puente y colocaron en ella doce cañones, situándose la mayor parte de
nuestras tropas a la margen derecha del rio , y quedando la caballería a
la izquierda, a fin de acometer al enemigo por el flanco y espalda cuando
intentase el ataque de frente. Buena era la posición de los españoles; pero
para resistir a unas tropas como las que mandaba Dupont, se necesitaba
otra gente más disciplinada que la mayoría de los nuestros, y otro jefe
que al valor de Echevarri uniese los conocimientos militares que faltaban á este.
Los
franceses llegaron delante del puente de Alcolea en la madrugada del 7 de junio
, y bien pronto se empeñó de una orilla a otra el fuego de artillería y fusilería.
Observando Dupont el cuerpo de caballería española que amenazaba su flanco
izquierdo , hizo avanzar contra ella al general Fresia con su división
sostenida por el batallón de marinos de la guardia, y los caballos
franceses consiguen contener a los nuestros sin desbaratarlos. Mientras
Fresia verifica sus cargas, reconoce Dupont que el puente no está cortado, y
hace formar en columna de ataque a la guardia municipal de París mandada por el
mayor Esteve, y seguida por la tercera legión que se lanza detrás.
Verificada la embestida, consiguen los nuestros rechazar al enemigo,
distinguiéndose el oficial Lasala con los suyos del batallón de Campomayor y con los granaderos provinciales, los cuales
sostienen la cabeza del puente con un valor digno de elogio, haciendo
llover con notable acierto sobre los franceses el fuego de la artillería.
Rehecha y reforzada la columna francesa acomete de nuevo con ímpetu , y
amedrentando al inexperto paisanaje le obliga a declararse en fuga desamparando
a la tropa. Este fue para los imperiales el momento decisivo, pues redoblando
sus esfuerzos y precipitándose en el foso consiguen escalar la posición
española, subiendo unos en las espaldas de otros, y fijando en la escarpa
sus bayonetas para servirse de ellas como de escala. La bravura de los de Campomayor en defender aquella obra recién construida es
desgraciadamente inútil. Los franceses arrollan cuanto se les pone delante, y
atravesando el puente a todo correr se hacen dueños del campo, cayendo en
su poder la villa de Alcolea con una pieza de cañón y varios cajones.
Nuestra
pérdida en aquella acción hubiera sido considerable, de poder seguir los
franceses el alcance de los paisanos fugitivos; pero gracias al foso que
estorbaba el paso a los caballos franceses, y gracias también a la carga
que, mientras el enemigo se ocupaba en hacer el camino transitable, dio el
cuerpo español que se hallaba situado a la margen izquierda, pudo Échevarri ganar un tiempo precioso, reuniendo
sus tropas de línea en el camino de Córdoba y verificando su retirada con
orden. Los franceses tuvieron doscientos hombres fuera de combate, y otros
tantos nosotros. Cegado el foso por Dupont y habiendo conseguido hacer
pasar el puente a su caballería y artillería, aguijó el movimiento sobre los
nuestros, acrecentando el azoramiento en los paisanos, los cuales se
dispensaron en todas direcciones; pero los cuerpos veteranos siguieron
tranquilamente su retirada precedidos de la artillería, entrando en Córdoba
a las tres de la tarde.
La
consternación que reinaba en la capital del reino cordobés era la que puede
inferirse teniendo encima al vencedor, y hallándose sin medios de contrarrestarle. Los
habitantes habían cerrado las catorce puertas que sirven de entrada a sus muros,
construidos en parte por los romanos y en parte levantados por los
árabes; pero al tomar esta actitud, hacían lo menos por defenderse que por
retardar la invasión y tener tiempo para huir. Algunos soldados y
paisanos, más bravos y arrojados que prudentes, intentaron defender la entrada
de la población, haciendo fuego sobre los franceses desde las casas
inmediatas a la Puerta-Nueva; pero abierta esta a
cañonazos, viéronse las tropas españolas precisadas a
abandonar apresuradamente el recinto, dirigiéndose en desorden a Écija con su jefe Echevarri,
mientras el enemigo entraba en Córdoba mezclado y confundido casi con los
que huían. Irritado Dupont con aquel conato de resistencia, olvidó lo que se
debe a si mismo el general en jefe de un ejército digno de apellidarse
tal, y la patria del gran capitán quedó pronto convertida en teatro
de esas atrocidades que tanto desdicen de los valientes, y las cuales no
puede nunca disculpar quien escriba los anales de la guerra en el siglo
ilustrado en que vivimos. Los franceses entraron hiriendo y matando a los
indefensos habitantes, convirtiéndose las calles bien pronto en la más
sangrienta carnicería. No contento con esto Dupont, concedió a los suyos
el saqueo de la ciudad por tres días consecutivos, siendo el resultado la
desaparición de inmensas fortunas y el robo de cuantas preciosidades,
tanto públicas como privadas, pudieron servir de cebo a la rapacidad extranjera.
Mas no todo fue robar riquezas, pues también la casa del pobre vio
desaparecer su humilde ajuar, que la codicia, lo mismo que la
muerte, iguala a veces los palacios y las cabañas. Y al cabo hubiera
parado aquí el horrible y nefando atropello, y los habitantes de Córdoba
habrían podido decir a los franceses lo que el príncipe de los historiadores
romanos pone en boca del esposo de Virginia, dirigiendo su discurso a Appio Claudio y a los Decemviros: Soevite in tergum et in cervices nostras; pudititia saltem in tuto sit. (Vigila
nuestras espaldas que nuestra vergüenza
sea salva). Pero los vándalos del Sena atentaron también al
pudor, y arrebatando a los vecinos sus inermes y desoladas mujeres, las
convirtieron en objeto de su brutalidad, llevándoselas a los campamentos, si es
que no encontraban al paso alguna iglesia, pues entonces las violentaban allí,
añadiendo al estupro el sacrilegio. Las armas de la ciudad, consistentes en
un escudo coronado con nueve castillos y otros tantos leones por orla , y
en medio un león con el corazón descubierto y traspasado con una saeta,
bien podían entonces considerarse como el símbolo del horrible dolor que
poseería a los moradores durante aquellos espantosos días. Los franceses
hirieron a Córdoba, y la hirieron en el corazón. Las fortunas, que según las
posiciones sociales equivalen al ser y a la vida, la religión que es más
que la fortuna, la honra que el hombre tiene a veces en más que a su
Dios..., todo fue escarnecido y hollado por un jefe cruel e impudente, incapaz
de elevarse a la altura en que le constituía su puesto, y más
incapaz todavía de apreciar en su justo valor las fatales consecuencias
que él y otros de sus compañeros del mismo temple hacían recaer sobre la
causa cuya defensa estaba a su cargo. ¿Extrañaremos ahora que el pueblo
español fuese invencible, siendo tan inicuamente tratado? La Península en
aquella lucha habría acabado por ser francesa, si los encargados de
convertirla en tal, y el emperador sobre todo, hubieran antes hecho un esfuerzo
por ostentarse españoles.
Concluido
el saqueo de Córdoba se apoderó Dupont de diez millones de reales sacados de la
tesorería y consolidación, tras lo cual impuso a los habitantes contribuciones
terribles. Él general Laplace, nombrado gobernador de Córdoba y alojado en
la casa del conde de Villanueva, pagó a este el hospedaje que
le proporcionó tomándole dos mil ducados y exigiéndole además ocho mil
reales de contribución. Tantas atrocidades y vejaciones hicieron subir de
punto en los tres reinos de Andalucía el odio al nombre francés, no siendo
de extrañar, vistas las depredaciones y atrocidades cometidas por el
invasor, las crueles represalias ejercidas en breve contra él en diversas
partes de la Península. El que siembra, recoge, dice el refrán.
Dupont
había dejado en Alcolea el batallón de marina de la guardia imperial para
guardar el paso del Guadalquivir, encargándole la recomposición del
puente. Al obrar así, no lo había hecho sino con el objeto de tener expedito
aquel paso para los refuerzos que esperaba; pero bien pronto hubo de
quedar reconocido a su previsión, puesto que él fue el primero en
necesitarlo, verificando un movimiento retrógrado y cediendo a la fuerza de las
circunstancias, en vez de encaminarse directamente a Sevilla y de allí a Cádiz,
como al salir de Toledo había presumido, prefijando el día preciso de su
entrada en una y en otra población. La junta de Sevilla, lejos de
amedrentarse por nuestra derrota en Alcolea, había por el contrario previsto
aquel contratiempo y hasta la entrada del enemigo en Córdova. Sabida la
noticia que con tanta probabilidad esperaba, redobló en tales términos su celo
y actividad, que impuso con sus enérgicas medidas al general Dupont, llamando a
las armas a toda la juventud, y completando con ella las bajas que habían experimentado
los cuerpos hasta ponerlos en completo pie de guerra. Los paisanos acudían
de todas partes a alistarse como voluntarios, llenándose con ellos el cupo de
los cuerpos antiguos, y levantándose otros nuevos de infantería y
caballería, poniéndose además sobre las armas las milicias urbanas en
todos los pueblos que las tenían, creándose otras donde no existía esa
institución, y resultando al fin de todo esto multitud de gente sobrante que
por no haberla creído necesaria, se vio la junta en precisión de despedirla
hasta nueva orden. La ciudad de Jaén se puso en armas, preparándose a rechazar
al invasor si intentaba llegar hasta ella. Granada organizó en pocos días
seis batallones bajo la dirección del general Reding, llegando poco
después a poner sobre las armas, entre los cuadros que completó los cuerpos
nuevos que puso en campaña, más de treinta y tres mil infantes y tres mil
caballos. Libre Cádiz del cuidado que le daba la escuadra francesa anclada
en su bahía, envió todas las tropas que se hallaban en su recinto y en sus
inmediaciones a reunirse con el ejército que se estaba organizando en
Utrera, siendo tan extraordinaria la actividad que reinaba aquí, que
bastaron diez y seis días para improvisar un ejército capaz de disputar el
triunfo a Dupont si llegaba a medirse con él.
El
general francés quedó aturdido al observar las primeras muestras de aquella
decisión sin ejemplo, y más cuando vio la insurrección brotar a su espalda y
rodearle por todas partes, interceptando sus comunicaciones con Madrid hasta el
punto de no consentirle hacerle llegar a la corte a su debido tiempo ni los
oficios que enviaba en demanda de refuerzos, ni aun el parte oficial de su
entrada en Córdoba. Había quedado en Andujar un oficial francés encargado
de reunir allí los soldados y destacamentos aislados; y habiendo pasado el
Guadalquivir una porción de paisanos de los alrededores de Jaén ,
sorprendieron en la noche del 9 de junio al destacamento francés ,
haciéndolo prisionero y matando a su comandante con otros tres de su
guardia. En la villa de Montoro, donde había quedado igualmente
otro destacamento a fin de conservar el puente que aquella población tiene
sobre el Guadalquivir, y con objeto de procurar la recolección de víveres, insurreccionóse por los mismos días el alcalde D. José
de la Torre, y auxiliado del paisanaje consiguió apoderarse del puente y
del destacamento, enviándolo a la isla de León prisionero con su
comandante. Poco después sorprendió el mismo alcalde un convoy de carros que
iban para Córdoba escoltados por cuarenta y nueve franceses,
matando cuarenta de ellos y haciendo cuatro prisioneros; pero habiendo
Dupont enviado mil hombres para incendiar Montoro y traerse preso al
alcalde, fue este sorprendido y condenado a muerte, debiendo la vida al general
Fresia que intercedió por él, en consideración al hospedaje que al ir los
franceses a Córdoba había recibido en su casa. Los contrabandistas de
Sierra-Morena, renunciando a la vida pasada a fin de dedicarse a la guerra
contra los franceses, organizáronse repentinamente y
ocuparon los desfiladeros de la Sierra. La insurrección se extendió hasta
la Mancha, por donde los franceses habían tranquilamente pasado pocos días antes.
Los vecinos de Santa Cruz de Mudela acometieron a unos cuatrocientos franceses
que había allí, matando a muchos de ellos y obligando a los demás a
huir, después de apoderarse de las provisiones de galleta que Dupont había
dejado en aquel pueblo. El furor popular pasó los límites del patriotismo
en varios puntos, como sucedió en Manzanares, donde fueron asesinados sin
piedad los enfermos franceses que habían quedado en el hospital militar
establecido allí. El general de brigada René, jefe de estado mayor que
había sido del ejército francés en Egipto, donde había merecido por su
valor una reputación eminente, fue cogido por el paisanaje de la Carolina
al tiempo que marchaba a reunirse al cuerpo de observación de la Gironda,
siendo echado vivo por aquellos hombres feroces en una caldera de agua
hirviendo. Otros oficiales franceses, entre los cuales se contaron el capitán
de estado mayor Caynier y el comisario de guerra Vaugien, fueron también quemados o aserrados vivos.
Atrocidades espantosas y que el historiador imparcial no puede escusar en
manera alguna, ni aun con el pretexto de represalia por las que tuvieron lugar
en Córdova. Téngase, sin embargo, presente que el que provocó esos
horrores fue tan solo el ejército francés: a él se debe el honor de la
iniciativa.
No pudiendo
trasladarse con seguridad de unos puntos a otros los destacamentos franceses
cuando eran débiles, se vieron sus jefes en precisión de formarlos más
numerosos. Queriendo reunirse a Dupont el general Roize con cuatrocientos convalecientes que se habían reunido en los hospitales
de Toledo, se vio asaltado por una nube de insurgentes en las llanuras de
la Mancha y forzado a replegarse al abrigo de un cuerpo de quinientos cazadores
de caballería que el general Liger-Belair, salido de Madrid pocos días después,
conducía al ejército. Fue este choque el día 5 de junio. Reunidos los dos
destacamentos el 6, revolvieron sobre Valdepeñas, cuyos habitantes se habían
opuesto a su paso, y después de un reñido combate en que los franceses
perdieron más de cien, hombres, entró Liger-Belair en la población, incendiando
sus edificios y degollando a los moradores. La fiereza y atrocidad con que
unos y otros combatían eran tales, que temiendo quedar anonadados recíprocamente,
convinieron poner término a tantos horrores. Los cazadores franceses entretanto
recibieron orden de retroceder hacia Madrid, y no sabiendo los generales en
dónde encontrarían a Dupont, se replegaron a Madridejos, no atreviéndose a
forzar el paso de Sierra Morena que suponían atrincherado por los españoles.
Cortadas
las comunicaciones de Dupont con Madrid, y sabiendo la actividad con que las
juntas sevillana y gaditana se preparaban a embestirle, conoció lo crítico de
su situación en Córdoba, y determinó retirarse, como en efecto lo verificó
el 19 de junio por la tarde, dirigiéndose a Andujar, adonde
llegó el 19, llena el alma de pena con las últimas y tristes noticias de
la rendición de la escuadra y de la imposibilidad en que se hallaba de
recibir los socorros que Junot debía enviarle desde Portugal, socorros que
era inútil estar aguardando, atendida la mancomunada insurrección de Andalucía
y Extremadura. Los paisanos de Jaén y de sus contornos habían pasado el
Guadalquivir, y cuando Dupont se aproximaba a Andujar, inquietaron
vivamente su retaguardia. Irritado el general francés con aquella ciudad, tanto
por este motivo como por la muerte dada al comandante francés encargado de
reunir las partidas aisladas, resolvió castigarla inmediatamente, enviando a
este fin un fuerte destacamento al mando del capitán de fragata Basle, que del ejército de mar había pasado a servir
en el de tierra. Derrotados los insurgentes en el primer encuentro que
tuvieron, repasaron el Guadalquivir con notable pérdida, tras lo cual
siguió Baste su marcha, presentándose delante de Jaén el 20 de junio. Había
Dupont pedido víveres a esta ciudad para el mantenimiento de su ejército
cercado de espantosa carestía; y como Jaén se hubiera negado a darlos, tenía
Baste el encargo de exigirlos de nuevo. Esta segunda intimación irritó a
los vecinos, los cuales tomaron las armas y empezaron a hacer fuego por
todas partes , resultando muerto uno de los soldados que acompañaban al
parlamentario enviado por el jefe de la expedición. Baste entonces hace avanzar
una parte de sus tropas, las cuales entran por las calles de Jaén, la asaltaron
a saco y cometiendo los mismos desórdenes que tuvieron lugar en Córdoba.
El resto de las tropas francesas entró el 21, siguiendo las atrocidades
por algunas horas; visto lo cual, y conociendo la junta lo inútil de la
resistencia, capituló con el enemigo, prometiendo verificar la entrega de los
víveres si se ponía término al saqueo. Fiados los franceses en la palabra
de la junta, evacuaron la ciudad el mismo día 21; pero los víveres no se
remitieron, como veremos después.
El
aislamiento en que Dupont se hallaba desde su entrada en Andalucía, continuaba
teniéndole inquieto, y no cesaba de pedir refuerzos al gran duque de Berg, a
quien suponía encargado de la lugartenencia general del reino lo mismo que
antes. Tanta insistencia en demandar socorros a Madrid, y tanta tardanza en
recibirlos, no sabía el general francés en qué consistía. Murat se hallaba
gravemente enfermo desde los primeros de junio; y su dolencia , atribuida por
los franceses a envenenamiento, y por los españoles a castigo de Dios como
justo retorno de las atrocidades cometidas el 2 de mayo, se reducía al llamado
cólico de Madrid, el cual hizo bastantes estragos en los hospitales del
ejército francés durante el verano de 1808. Incapacitado el gran duque de
dirigir los negocios, resintiéronse estos de la
paralización consiguiente al estado moral en que aquel se hallaba, y
de aquí una parte del desconcierto que hubo en los de Andalucía. Los
médicos indicaron a Murat la necesidad de trasladarse a Francia y tomar las
aguas termales de Bareges, a fin de procurar su
restablecimiento. Sabida por Napoleón la dolencia de su cuñado, pensó
luego en nombrarle un sustituto; y como quiera que el emperador pareciese
condenado a cometer un yerro tras otro en todo lo que decía relación a la
cuestión española, hizo recaer el nombramiento en el general Savary, duque de
Rovigo, el mismo que tan inicuamente condujo a Francia al engañado rey,
cuyo nombre servía a la nación de grito de guerra. Detestado Savary por
los españoles, no era bien visto tampoco por los jefes del ejército francés,
entre los cuales había no pocos que se consideraban con razón superiores a
él en categoría y talentos militares para desempeñar con acierto el
delicado y difícil cargo a que el emperador le elevaba. Como quiera que
sea, Napoleón eligió a Savary para sustituir a Murat, autorizándole para leer
todos los partes y comunicaciones que se dirigieran a este, lo mismo que para
dar respuesta y determinar lo que conviniese, pero sin firmar los
escritos, por ser esta atribución reservada al general Belliard, el cual
debía hacerlo lodo en calidad de jefe del estado mayor; ciñéndose por lo demás
uno y otro a dar sus disposiciones o a firmarlas en nombre del gran duque,
como si estuviese presente a hubiese dejado sus poderes a Savary. Esta
determinación, que tan extraña parece al conde de Toreno, fue debida
al deseo del emperador de no hacer innovación alguna en la administración
pública, atendida su intención de enviar inmediatamente a Madrid a su
hermano José en calidad de rey de España.
Savary
tendió una mirada en torno suyo, y ateniéndose a la realidad más bien que a las
apariencias, estuvo muy lejos de mirar las cosas del modo lisonjero que lo
había hecho Murat. «No se trata aquí, escribía al emperador, de
reprimir descontentos ni de castigar revoltosos. Si la llegada del rey
(José Napoleón) no pacifica al país, vamos a vernos precisados a
sostener una guerra regular con las tropas de España, y otra de partidas (de brigandage) con la población. El
método adoptado de hacer patrullar las divisiones por todas las provincias
antes de haber concluido con Aragón y Cataluña, es a propósito tan solo
para producir resultados parciales que harán la insurrección más subsistente.
Nosotros estamos perdiendo cuatrocientos hombres por mes, y esto solo en los
hospitales. Nuestro ejército no puede tener cotejo ni comparación alguna con el
de Alemania. Lo que se ha calculado hasta ahora ha sido partiendo del giro
que se creyó tomarían los acontecimientos, en vez de atenernos a la posición en
que nos hallamos, resultando de esto existir muchos batallones, cuyos
oficiales no llegan a cuatro, y cuya caballería ha venido a convertirse en una
enfermería general. La turba de imberbes presumidos y ambiciosos no ha
hecho por su parte otra cosa que aumentar las dificultades, siendo necesario
trabajar ímprobamente para hacer una justa distinción entre los jóvenes
nuestros anhelantes de lucir el uniforme y las charreteras, y
un antiguo sargento o ayudante que habiendo atravesado la revolución, no
tiene más recomendación que su capacidad y el deseo de cumplir su deber.»
Sabiendo
el duque de Rovigo el estado alarmante en que se hallaba la insurrección del
mediodía, y cuidadoso sobremanera sobre la suerte de Dupont, dedicóse desde el momento de su llegada a Madrid el día 10
de junio a restablecer las comunicaciones interrumpidas con este general,
enviándole los refuerzos que con tanta instancia pedía. Escribióle, pues, acusándole el recibo de sus últimos
despachos, y anunciándole que además de dos batallones que estaban ya
en marcha, iba a enviarle la división del general Vedel, segunda del
cuerpo de observación de la Gironda, a la cual acababa de expedir órdenes
ejecutivas para dirigiese a marchas forzadas a Sierra-Morena. Savary decía
igualmente estarse disponiendo un convoy de harina y galleta, el cual no
lardaría en seguir la misma dirección. Este último anuncio fue tanto más
satisfactorio al general Dupont, cuanto sus tropas no recibían entonces
sino tres o cuatro onzas de pan para cada soldado.
Vedel
salió de Toledo el día 19 de junio al frente de su división compuesta de seis
mil infantes, doce piezas de artillería y setecientos caballos a las órdenes del general
de brigada Boussar, juntándosele en el camino los
generales Roize y Liger-Belair con sus destacamentos,
los cuales se habían replegado a Madrilejos, según
hemos dicho, a consecuencia de la insurrección de la Mancha. La
división Frere, tercera del cuerpo de Dupont, había llenado en Segovia la
misión que se le había confiado de restablecer la tranquilidad en esta
población, y recibió orden de lomar posición en Madrilejos,
mientras el general de brigada Caulaincourt se dirigía a Tarancón para cubrir a Madrid por aquel lado con el quinto
regimiento provisional de infantería de la división Gobert y dos
regimientos de caballería. Toda la atención del duque de Rovigo estaba fija en
Andalucía, no menos que en Valencia y en Aragón, cuyas capitales creía fácil
ocupar, merced a las disposiciones que al efecto se habían tomado.
La
división Vedel siguió sin obstáculos su camino por las llanuras de la Mancha ,
y llegando el 26 a Despeñaperros, encontró este paso ocupado por tres mil
españoles, contrabandistas y paisanos en su mayor parte, los cuales se habían
aliado en defensa de la patria a las órdenes del teniente coronel D. Pedro
Valdecañas. Embarazado el camino con multitud de troncos, malezas y peñascos,
tenían los nuestros seis cañones para defender aquella estrechura; y como habían
tenido cuidado de desmoronarla por la parte del despeñadero, su posición era escálenle
para disputar a los franceses el paso. La inexperiencia de los que lo ocupaban
y la del jefe que los dirigía, ducho solo en la persecución del contrabando,
proporcionó a los franceses un triunfo completo con poquísima pérdida, siendo
el desfiladero atacado por el general de brigada Poinsot a las nueve de dicho día, y forzado inmediatamente, cayendo en su poder
nuestros cañones. Franqueado al resto de la división aquel paso importante, reunióse a Vedel en la Carolina una columna de mil
doscientos hombres que a las órdenes del capitán Baste, el mismo que
acababa de castigar a Jaén, había recibido el encargo de dejar despejada la
sierra. De este modo quedó realizada la suspirada reunión de las
tropas francesas, después de un mes de comunicaciones interrumpidas. La
división Vedel dejó en Sierra-Morena los destacamentos necesarios para mantener
abierta su comunicación con la Mancha, y tomó posición en Bailen,
continuando Dupont en Andújar.
Era
entonces ocasión de lomar los franceses la ofensiva antes que el ejército
andaluz acabara de prepararse y se hallara en disposición de medirse con ellos.
Llevado Dupont de esta idea, ordenó al general Gobert, que se hallaba sobre
Manzanares, pasase a reforzarle con su división, después de dejar un batallón
en aquel pueblo y otro en el Puerto del Rey; pero Savary mandó suspender las
operaciones ofensivas en el territorio andaluz hasta tanto que Zaragoza y
Valencia cayesen en poder de los invasores; y ciertamente que si estas dos
plazas se hubieran sometido, habría Savary podido enviar nuevos y formidables
refuerzos a la Andalucía. Era el plan aumentar las tropas de Dupont con
las que sitiaban a Zaragoza, mientras el mariscal Moncey se dirigiría a
Granada para llamar con las suyas la atención de los españoles por aquel
punto, proporcionando así a Dupont los medios de medirse con éxito con la
insurrección andaluza. Las cosas, empero, sucedieron muy de otro modo, y
la inacción que se vio obligado a observar el general en jefe del cuerpo
de la Gironda, debe contarse como una de las primeras causas del desastre que
poco después experimentó, siendo otra de ellas el mal entendido empeño de
conservarla posición de Andújar, con arreglo a las instrucciones que
al efecto se le habían dado.
La
inacción de que hablamos no impidió que Dupont quisiese volver por el honor de
sus armas en lo relativo a Jaén. La junta de esta ciudad había prometido al
capitán Baste enviar a las tropas francesas los víveres que se le
acababan de exigir; pero habiéndose opuesto el pueblo a la entrega, le fue
imposible a aquella autoridad cumplir lo estipulado en la capitulación. El
general francos ardió en ira, y contando como el primero de sus deberes
proporcionar a su ejército las subsistencias de que tanto escaseaba,
aprovechó la llegada de Vedel para enviar sobre Jaén la brigada del general
Cassagne, a fin de castigar de nuevo a aquella ciudad y tener los víveres
ansiados. Conociendo la junta los desastres que amenazaban de nuevo a la
población, hizo salir para la sierra a las religiosas y mugeres que quisieron imitarlas, para evitar en el sexo débil los actos de brutalidad
en que tanto se había señalado el ejército francés.
Cassagne
se presentó delante de Jaén el 1° de julio con dos mil infantes y quinientos
caballos, arrollando al paisanaje que le esperaba en las inmediaciones de la
ciudad, y siendo inútil el denuedo con que este procuró contener la
invasión. Ocupado el recinto por los franceses, no por eso cedieron en su
valor los vecinos, antes bien sosteniendo el fuego por todas partes,
dieron tiempo a que les llegase el día 5 el regimiento suizo de Reding y
dos escuadrones de caballería que el general del mismo apellido, puesto en
marcha desde Granada para reunirse a Castalios, envió para socorrerlos.
Alentados los moradores con este auxilio, renovaron el combate con nuevo
entusiasmo, tomando y perdiendo el castillo repetidas veces, y luchando
con mayor encarnizamiento que el primer día. Una insistencia tan tenaz
hizo conocer al enemigo lo inútil de aquella segunda tentativa, y viéndose
amenazado por el ejército sevillano que se preparaba a entrar en campaña, retiróse con pérdida considerable en la noche del mismo día,
abandonando la ciudad a Reding que entró en ella con parte de sus tropas
el día 4, saliendo el 6 con la gente que pudo reunir hacia los puntos que
ocupaban los franceses, y esperando antes incorporarse con las tropas que
mandaba Castaños.
Este
general, a quien como hemos visto, había confiado la junta de Sevilla el mando
en jefe del ejército andaluz, era alumno de la escuela militar del
Puerto de Santa María, y se había hecho notable por su valor , por la
dulzura de su carácter y por su exactitud en el servicio. Estimado de todos sus
jefes por las prendas que en él brillaban, se granjeó igualmente el aprecio de
sus subordinados. Nombrado coronel del regimiento de África, miró por este
cuerpo en tales términos, que sus soldados se consideraron bien pronto como
modelos de subordinación y disciplina. Hizo la guerra contra la república a
las órdenes del general Caro, y habiendo sido herido gravemente en una de
nuestras acciones con el enemigo, estuvo a punto de perder la vida; pero curado
por el célebre cirujano Queraltó, pudo conservar la
existencia sin otra imperfección que tener inclinada la cabeza hacia el lado en
que recibió la herida. Nombrado mariscal de campo cuando la paz de
Basilea, fue promovido al grado de teniente general tres años después.
Comandante del campo de San Roque en 1808, le hemos visto abrazar la causa
de la independencia y ofrecer sus servicios a la junta sevillana con un
patriotismo tanto más notable cuanto más dudosa era la lucha en que la nación
se empeñaba, y cuanto más virtud supone su resistencia a admitir las nada
despreciables ofertas con que le halagaba Murat. Castaños decidió con su
ejemplo las probabilidades de la lucha a favor de la causa de la
independencia en Andalucía, siendo por esta sola consideración eternamente
acreedor a la gratitud nacional. Por lo que a sus talentos respeta, no se puede
dudar que eran notables; pero no por eso es injusta la calificación que de
ellos hace un escritor francés, cuya autoridad citamos casi siempre con
gusto, atribuyéndole aquella especie de tacto que sabe aprovecharse de la
gloria de los demás, más bien que las prendas superiores por las
cuales trabaja uno en adquirirlos de su cuenta y riesgo. Castaños era en
efecto más diplomático que militar, siendo como era tan buen soldado. Su
prudencia en resistir toda tentativa de hostilidades mientras el
improvisado ejército andaluz no se hallase suficientemente instruido, hace
honor a su nombre y su talento. Nuestros ejércitos, formados en su mayor parte
de gente allegadiza, habían sido constantemente batidos al medirse con los
franceses en campo abierto, como lo atestiguan los ataques del puente de
Cabezón, Tudela, Mallen, Alagón, Puente Pajazo, las Cabrillas, Puente de
Alcolea y otros, de los cuales hemos hablado ya. Castaños fue el primero
que hizo ver a los españoles lo mucho que podían prometerse de su
bien entendida organización, no consintiendo a sus gentes atacar a Dupont
hasta tanto que pudieran apreciar en su justo valor las ventajas de la
disciplina. Si a esto se añade la extraordinaria actividad que desplegó,
bastará a formar el elogio del jefe que nos ocupa, y a congratularnos con la
junta de Sevilla por haberle erigido en cabeza de las fuerzas que obraron a
sus órdenes.
Las
tropas de Sevilla, Jaén y Córdoba reuniéronse sucesivamente en Utrera y Carmona, juntándoseles después las de Granada, cuya
junta había rivalizado en actividad con la de Sevilla, así como Reding con
Castaños. Hallando este bastante instruidos los reclutas que debían operar
en unión con los veteranos, determinó pasar revista al ejército antes de
ponerle en campaña, verificándose así en Utrera el día 26 de junio, y
asistiendo al acto el presidente de la junta sevillana D. Francisco de
Saavedra. Estas tropas, cuyas dos terceras partes eran poco antes paisanos,
estaban distribuidas en tres divisiones. La primera a las órdenes del
inteligente y bravo Reding, constaba de seis mil hombres, los mejores de todo
el ejército; la segunda tenía seis mil, y la mandaba el antiguo oficial de
guardias valonas marqués de Coupigni, nombrado
recientemente mariscal de campo por la junta sevillana; y la tercera (que
debía obrar unida a la reserva, comandada por el teniente general D. Juan
Manuel de la Peña) estaba a las órdenes del anciano brigadier D. Félix
Jones, siendo unos ocho a diez mil hombres los que constituían la una y la
otra. Últimamente había dos cuerpos volantes compuestos de las
compañías de cazadores , de algunos paisanos y otras tropas ligeras, con
partidas sueltas de caballería, mandados por el teniente coronel D. Juan de la
Cruz y el coronel D. Pedro Valdecañas, siendo unos mil hombres los que constituían
esta última fuerza, y ascendiendo el todo del ejército a veinticinco mil
infantes y dos mil caballos. A estas tropas pudiera haber añadido la junta
sevillana el no despreciable auxilio de seis mil ingleses que al mando del
general Spencer desembarcaron por el mismo tiempo en el Puerto de Santa María;
pero ni ella, ni Castaños, ni ninguno de los demás jefes creyeron decoroso
hacer uso de socorros extranjeros mientras el apuro no legitimase su
intervención. Spencer por lo tanto respetó el pundonor andaluz,
y permaneció en el sitio donde había desembarcado, reducido al papel de
simple espectador en la lucha que se preparaba.
Antes de
verificarse la revista del ejército en el cuartel general de Utrera, habíanse reunido en casa del general Castaños los jefes y
oficiales principales de su estado mayor; y habiéndose puesto de manifiesto en
presencia del presidente de la junta de Sevilla todos los datos necesarios
para arreglar acertadamente el plan de operaciones, acordóse en aquella reunión tomar la ofensiva, acosando al enemigo por todas partes,
cortándole las comunicaciones y víveres, maniobrando por su retaguardia, e
impidiendo la reunión de los refuerzos que esperaba de Madrid, procurando
interponer una parte de nuestras fuerzas entre esos socorros y las
tropas de Dupont, si este continuaba avanzado. Puesto en movimiento el
general Castaños el día 29 de junio, se extendió desde el primero del mes
siguiente por el Carpio y ribera izquierda del Guadalquivir, verificándose el día
5 el oportuno socorro llevado por Reding á Jaén en la segunda embestida de
esta población, según atrás dejamos dicho. El 9 se hallaba nuestro cuartel
general en Arjonilla, a legua y media de Andújar,
donde se encontraba Dupont. Castaños había enviado a este, nueve días
antes, la declaración de guerra de la junta de Sevilla a Francia, y el
general francés le había contestado remitiéndole el decreto imperial que
nombraba a José rey de España y de las Indias. Una contestación como esta
no podía menos de ser seguida de otra réplica en más enérgico sentido. Uno
y otro ejército se encontraban mirándose frente a frente, y era imposible
contener el ardor de los españoles, los cuales lascaban el freno con
impaciencia hacía cerca de un mes. Era ya indispensable contentarlos, y el
general en jefe, cuya prudencia se censuraba de excesiva, no pudo menos de
acceder al deseo universal, determinando embestir desde luego al enemigo.
Para verificarlo con el debido acierto, celebróse en
Porcuna el 11 de julio un consejo de guerra, en el cual acordaron
definitivamente los jefes españoles el oportuno plan de ataque. Del afortunado
y glorioso éxito con que fué coronada la empresa ,
hablaremos en otro capítulo.
CAPITULO
XII. DEFENSA DE GALICIA
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