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HISTORIA UNIVERSAL DE ESPAÑA
 

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA

 

CAPITULO XII. DEFENSA DE GALICIA

Pide Cuesta auxilios de tropas a las juntas de Asturias y Galicia , y la primera se los niega.—Organización del ejército de Galicia a las órdenes de Filangieri.—Destitución de este general y nombramiento de Blake.—Asesinato de Filangieri en Villafranca del Bierzo.—Reunión de las tropas de Galicia y Castilla en Benavente.—Fuerza y disposición de unas y otras.—Error de Blake en sacar su gente a las llanuras.—Refuérzase Bessières, aunque poco, y sale de Burgos.—Disposición de su gente.— Toma posición cerca de Medina.—Pormenores relativos a esta población.—Desacuerdo entre los generales Cuesta y Blake, y falsa posición en que se deja a este.—Desgraciada batalla de Rioseco.— Retirada de Blake a Galicia y de Cuesta a Salamanca.—Entrada de los franceses en León y en Zamora.—Alegría de Napoleón al saber la noticia de la batalla de Rioseco.—Único resultado que esta tuvo.

 

La ruptura de hostilidades en Castilla la Vieja había sido en los principios de la insurrección sobremanera favorable al mariscal Bessières, cuyas armas vencedoras en Torquemada, en Cabezón, en las montañas de Santander, y en todos los distritos a que se extendía la acción del cuartel general de dicho jefe establecido en Burgos, habían correspondido perfectamente al deseo manifestado por Napoleón de verlas lucir con preferencia en las Provincias más próximas al imperio, por ser estas las que más de cerca atacaban su base de operaciones. El general Cuesta, cuyos desaciertos habían tan notablemente contribuido a nuestras desgracias en aquella parte de la Península, habíase retirado a Rioseco y de allí a Benavente, con los restos de su vencido ejército. Dedicándose en este punto a reunir fuerzas, prosiguió los alistamientos, recogió las gentes dispersas, y fomentó la instrucción de los nuevos reclutas divididos en tercios; pero sus buenos deseos respecto al particular no bastaron a dar a Castilla por de pronto un ejército capaz de tentar otra vez la suerte de las armas sin experimentar nuevos desastres. En tal situación, pidió a las juntas de Asturias y Galicia hiciesen avanzar las tropas que en sus respectivas jurisdicciones habían levantado. La primera se hallaba dispuesta a acceder a las instancias del capitán general de Castilla la Vieja; pero habiendo indicado su presidente el Marques de Santa Cruz lo peligroso que era exponer las tropas en campo raso, donde por falta de suficiente instrucción y disciplina, debían ser naturalmente deshechas si llegaban a medirse con los franceses, acordó retenerlas en sus montañas, a cuyo abrigo esperaba con fundamento resultados mejores, enviando a Cuesta solamente el regimiento de Covadonga a las órdenes de D. Pedro Méndez Vigo para obrar en unión con el ejército de Castilla. Tan escaso refuerzo no podía llenar en modo alguno los deseos de Cuesta, y esperó por lo tanto que Galicia fuese más accesible a sus ruegos.

Esta provincia , reputada por los franceses como la más católica de España, y cuyas armas consisten en un cáliz que indica la pureza de su fe, había sido una de las en que con más energía contribuyó el sentimiento religioso a excitar el entusiasmo de los habitantes en favor de la causa nacional. Los gallegos se jactan con orgullo de poseer el santuario del apóstol protector de las Españas; y en la época a que se refiere nuestra narración estaban íntimamente persuadidos de que no podía faltarles su amparo en la pugna que daba comienzo. Una voz general esparcida entre aquellas buenas y sencillas gentes, deponía haberse oído en Compostela durante la noche un como choque de armas sobre la tumba de Santiago, anunciando que la guerra había dado principio y que nuestro glorioso patrón conduciría otra vez los ejércitos a la victoria, combatiendo con los franceses de la misma manera que lo había hecho con los moros. Si la superstición, dice Foy, puede alguna vez hallar gracia a los ojos de la filosofía, es solo cuando se asocia a la defensa de la patria. Esa asociación venturosa tuvo lugar en Galicia tanto o más que en el resto de España, siendo excusado repetir aquí lo que ya en otra parte hemos dicho respecto al ardor conque aquella población numerosa, compuesta de más de un millón y setecientos mil habitantes, se alzó toda en masa a la voz de patria y de rey, no siendo su catolicismo obstáculo para enviar a Inglaterra la diputación de que dimos noticia, ni para recibir de la misma nación cincuenta mil fusiles que por ella le fueron remitidos. Este envió importante, unido al de vestuarios, proporcionó a la junta los medios de poner en campaña un ejército respetable, el cual se fue organizando durante el mes de junio, recibiendo más tarde un robusto apoyo con los regimientos de Zaragoza, Mallorca, Aragón, Nápoles, Navarra, Barbastro, Gerona y otros, que según tenemos referido en el capítulo VI del presente tomo, consiguieron evadirse del yugo de Junot en el vecino reino de Portugal. El capitán general de Galicia D. Antonio Filangieri, hermano del célebre Cayetano del mismo apellido, comenzó con un celo verdaderamente laudable a instruir y disciplinar la gente bisoña, y fijó su cuartel general en Villafranca del Bierzo. Como era anciano y achacoso, y como por otra parte se le miraba con desconfianza desde el tumulto que tuvo lugar en los días del pronunciamento de la Coruña, creyó la junta deber reemplazarle con otro más joven y más a propósito para evitar los tristes resultados a que podía dar ocasión el recelo; y sustituyóle en efecto, nombrando en su lugar a D. Joaquín Blake.

Era este originario de Irlanda, descendiente de los Blakes del condado de Galloway, y uno de los mejores discípulos de la escuela militar que el conde de Oreilli había establecido en el Puerto de Santa María. Había servido en el regimiento de América en calidad de teniente y ayudante, tras lo cual hizo la campaña del Rosellón y Cataluña como mayor del regimiento de Castilla durante la guerra contra la república, habiendo sido herido en la acción que tuvo lugar en las alturas de San Lorenzo de la Muga. Hecha la paz de Basilea, fue nombrado coronel del regimiento de voluntarios de la Corona. Elevado después a brigadier y últimamente a mariscal de campo en los postreros días del mando de Godoy, había adquirido una reputación notable como militar de conocimientos y como táctico profundo. Nombrado teniente general en los días del levantamiento, y puesto al frente del ejército de Galicia por determinación de su junta, la elección contentó en gran manera el deseo y el ansia popular; pero esto no quitó que en medio de sus grandes talentos, fuese uno de los generales más desgraciados que tuvimos durante la guerra, como sucesivamente diremos.

Encargado Blake del mando de las tropas el 21 de junio, pensó llevar adelante el plan concebido por Filangieri de instruir los nuevos reclutas antes de ponerlos en campaña; y saliendo de Villafranca llegó el 24 a Manzanal, punto el más avanzado del ejército, donde fijó su cuartel general. Mientras tanto había quedado Filangieri en Villafranca, ínterin el resto de las tropas se disponía a seguir adelante. La junta le había dado orden de restituirse a la Coruña, a fin de evitar las murmuraciones siniestras con que sus enemigos le achacaban el designio de entorpecer los movimientos del ejército. Esta voz subió de punto el 24, en cuyo día se alborotó en Villafranca un destacamento de voluntarios de la marina de la Coruña con algunos soldados de Navarra, los cuales se hallaban resentidos con aquel jefe por haberlos trasladado al Ferrol sospechando su connivencia para el levantamiento, que al fin tuvo lugar en la capital de Galicia el día 30 de mayo. Acaudillados los sediciosos por un sargento, dirigiéronse a la casa de Filangieri, llamándole traidor y decididos a asesinarle. El desgraciado saltó por unas tapias, ansioso de evitar el mortal golpe; pero caer desmayado en el suelo y apoderarse de él los amotinados fue todo uno, siendo arrastrado desde aquel sitio hasta el que ocupa el palacio del marqués de Villafranca, donde rindió su vida al rigor de los golpes y heridas que en el tránsito había recibido. Saqueada después la casa del general, cometiéronse en ella toda suerte de excesos, llegando a tal punto el odio popular contra Filangieri, que fue preciso enterrar su cadáver en secreto, no osando la junta, residente entonces en el pueblo de la catástrofe, tributarle ostensiblemente los honores fúnebres, por no exasperar más y más a aquellas gentes enfurecidas. Terminada su horrible hazaña, salió el destacamento a reunirse con el cuartel general, quedando impune por largo tiempo el espantoso crimen cometido, hasta que al fin y cuando menos lo esperaban recibieron sus perpetradores el digno castigo.

El cuartel general de Blake continuaba en Manzanal, y hallábanse situadas entre este pueblo y el de Fuencebadon las distintas divisiones de que se componía, cuando el 28 de junio llegó allí el mayor general del ejército de Castilla D. José de Zayas, enviado por Cuesta a fin de solicitar encarecidamente se le socorriese con un numeroso refuerzo de tropas regladas y doce piezas de artillería. El general Blake contestó no tener orden de la junta de Galicia para desprenderse de un solo soldado, añadiendo que en su opinión no debía accederse a tal solicitud, atendidos los riesgos que esperaban en las llanuras de Castilla a unas tropas, compuestas de gente allegadiza en su mayor parte. Recibida esta contestación, pasó Zayas á la Coruña a exponer a la junta la necesidad del socorro que Cuesta pedía. Aquella corporación, que abundaba en las ideas de Blake, quiso en un principio resistir la demanda; pero temiendo irritar al vulgo que nada deseaba tanto como medirse inmediatamente con los invasores, y cediendo al terror que el reciente asesinato de Filangieri acababa de esparcir en las autoridades, otorgó la solicitud, dando orden a Blake para que se adelantase a Castilla con el ejército y combinase sus operaciones con Cuesta. En consecuencia de esta determinación salió Blake el 4 de julio para Benavente, donde Cuesta se hallaba, llegando a aquel pueblo el día 6, y verificándose en él la reunión de las tropas castellanas y gallegas.

El ejército de Galicia se componía en su totalidad de veintisiete mil infantes y ciento cincuenta caballos, con más de treinta piezas de artillería, y constaba de cuatro divisiones, la primera a las órdenes del jefe de escuadra D. Felipe Jado Cajigal, la segunda a las del mariscal de campo D. Rafael Martinengo, la tercera a las del brigadier de la real armada D. Francisco Riquelme, y la cuarta a las del mariscal de campo marqués de Portago. Además de esto había una vanguardia cuyo mando estaba confiado al brigadier conde de Maceda. Blake dejó en el Manzanal, a la entrada del Bierzo, la segunda división compuesta de seis mil hombres y cinco piezas de artillería, situando en la Puebla de Sanabria un destacamento de mil hombres al mando del marqués de Valladares. La tercera división, compuesta de cinco mil hombres y otras cinco piezas de artillería, quedó como de reserva en Benavente, mientras la vanguardia y las divisiones primera y cuarta, componentes al todo de quince mil hombres, se ponían en camino de Rioseco para marchar al encuentro del enemigo, unidas a las tropas de Cuesta, las cuales constaban de siete divisiones de paisanos de mil hombres cada una, ascendiendo el total de las fuerzas que estaban en marcha a veintiún mil quinientos infantes y quinientos caballos con veintidós piezas de artillería.

Era ceguedad, y no poca, desdeñar el abrigo de las montañas, caminando por interminables llanuras, donde tan fácil debía ser a los franceses deshacer nuestra tropa bisoña y desprovista de buena caballería; y admira en verdad que un jefe tan inteligente como Blake, el cual tenía órdenes positivas de su junta para no quedar en la dependencia de Cuesta, accediese de un modo tan lastimoso a los mal entendidos deseos de este y quedase supeditado por él. La terquedad del de Castilla triunfó sin embargo de todo, y ora fuese que Blake por su juventud y por el mismo origen de su generalato se considerase menos autorizado para resistir los caprichos de aquel, ora se debiese su aquiescencia al temor de oscilarse la animadversión de la muchedumbre si se oponía al deseo generalmente manifestado de marchar acaloradamente sobre el enemigo, ello es que cedió a tan mal entendida exigencia , sin que por eso consiguieran los dos jefes guardar la necesaria armonía para combinar de antemano el oportuno plan de ataque. Los talentos son nada en los hombres de acción cuando no los acompaña la firmeza del carácter, y si Blake fue con tanta frecuencia desgraciado en sus cosas, debióse por ventura a esto solo.

El cuerpo de los Pirineos occidentales se hallaba disminuido en fuerzas, tanto por el movimiento continuo de las partidas sueltas y de los batallones suplementarios enviados hacia Madrid, como por la ausencia de las tropas empleadas en el sitio de Zaragoza. El mariscal Bessières pidió a Savary los refuerzos de que tanto necesitaba, viéndose cerca de ser atacado por su flanco derecho; pero el sustituto de Murat, fija siempre la vista en Aragón, Andalucía y Valencia, desatendió sus reclamaciones de un modo que pudiera haber sido muy funesto a la causa francesa, si los generales Cuesta y Blake hubieran concertado sus medidas en los términos que debieron hacerlo. Felizmente para el mariscal, pasó el Pirineo en la ocasión más critica el general Mouton, ayudante de campo del emperador, trayendo consigo los regimientos 4° ligero , 15 de línea y 5° de la guardia de París, los cuales unidos a una brigada de infantería y trescientos caballos, que aunque tarde envió Savary desde la corte, llenaron el vacío que las tropas expedicionarias habían dejado en aquel ejército. Los soldados que traía Mouton habían combatido en Friedland, y se les consideraba superiores a los que existían en España, circunstancia que hizo a los franceses calificar estas tropas con el nombre de división selecta.

Bessières supo en Burgos el 7 de julio la llegada del ejército de Galicia al Esla, y la dirección de su marcha a Medina de Rioseco, donde se hallaban ya las tropas de Castilla. Los generales Cuesta y Blake anunciaban sin rebozo el proyecto de caer sobre Valladolid; visto lo cual, juzgó el francés oportuno adelantárseles, saliendo el 9 de Burgos con su reserva, y llegando el día siguiente a Palencia, a donde había sido llamado el general Merle con su división, marchando el general Mouton con la suya hacia el mismo punto, y llegando a él el 12. Bessières reunió cuantas fuerzas tenía disponibles, no dejando en Santander sino tres batallones al mando del general de brigada Gaulois, y llamando de los demás puntos toda la gente que no era absolutamente precisa para tener en respeto las poblaciones ocupadas, las cuales había tenido cuidado de fortificar para ponerlas a cubierto de un golpe de mano. Llegado que fue a Palencia, se puso de acuerdo con los demás jefes a fin de disponer el ejército en términos de combatir con resultado. La división del general Lasalle debía marchar en columna de frente, y se componía de dos regimientos de caballería y de la brigada del general Sabatier, la cual constaba de cuatro batallones. La división de Merle tenía dos brigadas de infantería al mando de los generales Darmagnac y Ducós. La del general Mouton constaba solamente del 4º ligero y 15 de línea, por haberse quedado en Vitoria los tres batallones de la guardia municipal de París , a fin de mantener expeditas las comunicaciones con Francia.

El regimiento de fusileros de la guardia imperial y tres soberbios escuadrones, uno de cazadores, otro de dragones y otro de gendarmes, constituían la reserva. El total de estas fuerzas ascendía a doce mil infantes y mil quinientos caballos, mandados estos por el general Lasalle, uno de los mejores jefes que Francia ha tenido. La artillería consistía en treinta piezas, ocho de las cuales iban con la primera división, otras ocho con la segunda, seis con la llamada selecta y diez con la reserva. El servicio de los cañones y el de los víveres se había ordenado de modo que sin entorpecer la marcha de las tropas, las hiciese fuertes. Cada soldado llevaba consigo pan para tres días, siguiendo a las tropas en carros galleta suficiente para otros cinco.   

El ejército francés salió de Palencia el 12 a media noche, caminando durante ella para evitar los rigores de la estación, y ansioso de empeñar un combate al despuntar el día, seguro como estaba del buen éxito, atendida la inferioridad de los nuestros en instrucción, pertrechos y caballería, si bien superiores en número por lo que a la infantería tocaba. Bessières tomó posición, situando su derecha en la torre de Mormajas y su izquierda en Ampuria. Los exploradores enviados por la tarde al convento de Mortollanca, volvieron al campo francés diciendo que los españoles se hallaban en Medina con treinta y cinco mil hombres y treinta piezas de artillería. Número evidentemente exagerado, por el prurito del emperador en comparar la batalla de Rioseco con la de Villaviciosa , puesto que no ascendiendo el total de nuestras fuerzas reunidas en dicho punto sino a 22.000 combatientes, según hemos dicho.

Hállase Medina situada en una llana y dilatada vega, al occidente del riachuelo que le da nombre; y su población tan floreciente hasta el siglo XVI por su industria y su comercio, está hoy en notable decadencia, no llegando a cinco mil los habitantes que contiene. El territorio de toda la comarca es una continuación de llanuras interrumpidas por algunas lomas de fácil acceso, sin que en todo él se encuentre árbol alguno, no siendo en las inmediaciones de los pueblos, en las de alguno que otro convento de los que se hallan en despoblado, y en la falda del monte Sardonedo, distante media legua dé la ciudad. Sujeto el país en la primavera y en el invierno a la acción de las aguas llovedizas, hacen estas mermar poco a poco las llanuras o mesas superiores, surcándolas de ramblas o torrenteras difíciles de practicar, resultando de todo esto rebajarse sensiblemente el suelo en algunas partes, como sucede cerca del mismo Medina, cuyas veletas apenas se divisaban antes desde Villanueva de San Mancio, distante una legua, siendo así que desde el mismo punto se descubre ahora toda la ciudad. A otra legua de esta, a la parte del este, existe la villa de Palacios, situada en un bajo algo pantanoso, dominado por dos cerros, uno al sur y otro al oeste, en cuya última dirección hay dos lagunas inmediatas al pueblo. La última de las dos lomas, situada á la derecha del camino que media entre Rioseco y Palacios, da nombre a los campos que los naturales llaman de Monelin, y en ellos tuvo lugar la sangrienta cuanto desgraciada batalla de que vamos a dar cuenta a nuestros lectores.

Mal avenidos entre sí Cuesta y Blake, mirando aquel a este con cierto desdén como a general más novicio, y este a aquel con enojo y con tedio por su terquedad y su orgullo, habíanse limitado desde su reunión en Medina a reconocer el camino que va a Valladolid, sin concertar debidamente el plan de ataque como el caso exigía. Encargado Cuesta del mando en jefe de las tropas como general más antiguo, curó poco de informarse con seguridad acerca de los planes del enemigo, y no bien había movido sus tropas a las cuatro de la mañana del día 14, siguiendo la misma dirección que desde Castromonte había a las suyas dado Blake dos horas antes, vióse precisado a hacer alto, sorprendido con la noticia que de la marcha de los franceses hacia él por la parte de Palacios le dieron doscientos caballos españoles apostados en este pueblo y puestos en fuga por la caballería de Lasalle. Temiendo entonces ser atacado aisladamente, dio aviso a su compañero para que cambiase de rumbo y se le reuniera, enviándole sin detención una parte de sus tropas, como lo verificó Blake, haciendo partir su cuarta división al mando del marqués de Portago, y colocándose él con la primera, la vanguardia y el regimiento de Navarra, componentes al todo nueve mil hombres, en la mesa de la loma de Monelin. Esta posición, de acceso poco fácil por su frente, no tenía nada de respetable por otros puntos, y era natural que Cuesta tratase de reunir sus tropas a corta distancia, para evitar que Blake fuese envuelto con tan poca gente. Lejos de obrar así el de Castilla formó su línea a mil doscientas toesas detrás de la de su rival, quedando entre unas y otras tropas un claro tan considerable, que más bien que trozos de un solo ejército parecían ejércitos distintos. El conde de Toreno sospecha que Cuesta se mantuvo a tanta distancia por el deseo de llevarse el prez de la victoria, comprometiendo a Blake en un principio y socorriéndole después: otros dicen que tan extraña disposición fue debida a concepto equivocado, por haber Cuesta creído franceses a los soldados del provincial de León a quienes descubrió a lo lejos moviéndose por su izquierda. Sea de esto lo que quiera, la pérdida de la batalla dependió principalmente de esa mala fe o de ese error, siendo bien sensible que Blake, tan inteligente como era, osara arriesgar una acción de tanta consecuencia combatiendo solo y aislado, vista la falsa posición en que le dejaba su compañero.

Reconocida esta por Bessières, hizo maniobrar a los suyos de modo que el grueso de sus fuerzas se dirigiese a ocupar el enorme vacío que separaba a nuestras dos líneas, cayendo sobre la primera y dirigiendo todos sus esfuerzos a destrozarla, antes que la segunda tuviera tiempo de socorrerla. El general Sabatier rompió el fuego con su brigada de infantería formada en columna cerrada por batallones, y atacó la mesa de frente, mientras la división de Merle se dirigía a ella por el tajo de la misma a la parte del camino que se hallaba a la izquierda de Blake. Estos dos movimientos simultáneos coincidieron con el de dos escuadrones de caballería mandados por el general Lasalle, los cuales cargaron a la caballería española situada un poco detrás de la primera línea entre los dos puntos atacados. La artillería francesa era superior a la española en calidad y en número ç, y si bien resistieron los nuestros al principio con bastante serenidad, faltóles la insistencia que caracteriza a los veteranos, y comenzando a desordenarse, abandonaron la posición al enemigo, quedando rota nuestra primera línea, tomados nuestros cañones, y cubierta la tierra con más de ochocientos cadáveres.

Entretanto movía Cuesta la segunda línea con objeto de socorrer a Blake, enviando dos fuertes columnas, sostenidas por la reserva de nuestra artillería, las cuales reunieron a los fugitivos, revolviendo con ellos en dirección de la mesa para apoderarse de ella. El general Mouton, que avanzaba al mismo tiempo con su división para interponerse entre los dos trozos del ejército, trabó entonces una acción con los nuestros, siendo el primer resultado de este choque quedar arrolladas las tropas ligeras del enemigo, merced a la carga impetuosa con que trescientos carabineros reales y guardias de corps cayeron sobre los tiradores franceses, arrojándolos en una de las ramblas o torrenteras tan frecuentes en aquel país; pero sobreviniendo en socorro de los suyos la caballería de la guardia imperial, cargó a nuestros jinetes con tal ímpetu, que se vieron precisados a guarecerse de la infantería, no pudiendo resistir al número superior de sus adversarios. La división de Merle, que había proseguido marchando en la dirección de su primer movimiento, tenía recorrido el frente del primer campo de batalla, y hallábase sobre el flanco derecho de nuestras columnas de segunda línea. La cuarta división de Galicia enviada por Blake a Cuesta, según atrás dejamos dicho, adelantóse en aquella sazón, llevando consigo dos batallones de granaderos pertenecientes a varios regimientos , juntamente con el provincial de Santiago y el de línea de Toledo, a los cuales se agregó el de Covadonga con otros bisoños. Esta fuerza cargó con tal ímpetu sobre los franceses, que habiendo quedado comprometida su artillería de la guardia, cayeron cuatro cañones en poder de los nuestros, quedando los franceses rechazados y rotos con no poco peligro y apuro. Era este el momento decisivo de ganar o perder la batalla, y el mariscal Bessières no lo dejó escapar. La división de Merle verificó de su orden un cambio de frente sobre la derecha, y atacando a la cuarta división de Galicia, cargó sobre ella a la bayoneta, después de haber conseguido desordenar y poner en derrota parte de las tropas de Blake. Mezcladas las dos infanterías, no pudo la nuestra resistirla carga, concluyendo por desordenarse del todo, cuando sobreviniendo Mouton con un escuadrón de cazadores de caballería, se dejó caer sobre el frente de la consternada columna. La batalla quedó por los franceses, siendo inútil la resistencia que los españoles intentaron hacer todavía en Rioseco, a fin de cubrir la retirada de las demás tropas que huían por todas partes en la más espantosa confusión. Mouton entró en Medina, apoderándose de la población a la bayoneta y haciendo pasar a cuchillo a sus defensores, saqueando y quemando las casas, violando casadas y doncellas, y cometiendo, en fin, los mismos excesos de que hemos tenido ocasión de lamentarnos hablando de Córdoba y Jaén. La caballería francesa persiguió a los fugitivos por el camino de Benavente, causándoles bastante mortandad, si bien no tanta como entonces supuso el enemigo.

Esta lamentable jornada, debida a los errores y desaciertos de nuestros generales, más bien que a la superioridad de los franceses en organización y disciplina, nos costó muy cerca de 5,000 hombres entre muertos, heridos, prisioneros y extraviados, con 15 piezas de artillería. Los franceses perdieron más de 1,000 de los suyos entre muertos y heridos, contándose entre estos últimos el general Darmagnac. De los nuestros hubo algunos que hicieron prodigios de valor, debiendo mencionarse entre ellos los oficiales Moscoso, Maldonado y Burriel, el mismo general Blake tan desgraciado bajo otro concepto, los ayudantes Escobedo y Chaperon, muertos con gloria en el campo de batalla, y el jefe de nuestra vanguardia Conde de Maceda, que prefirió también una muerte heroica a la vergüenza de declararse en derrota y de huir destrozado con los suyos. Por lo demás, aquella batalla, si bien desgraciadísima para nosotros, no debe preocuparnos hasta el punto de juzgarla en un todo con desfavorable prevención. «La jornada de Rioseco, dice Foy, no careció de honor para los españoles. Ellos eran más numerosos, y fueron sin embargo vencidos; pero disputaron la victoria. Un simple trozo del antiguo ejército español mostró allí lo que hubiera este sido capaz de hacer; y lo que se hizo fue bastante para un ejército nuevo que por primera vez venia á las manos con tropas aguerridas. La disposición de los españoles era mala, combatiendo como combatían delante del desfiladero. El enemigo en completa formación iba acercándose a ellos por su frente y flancos. Los españoles no tenían posición, lo cual hubiera sido necesario para compensar la desigualdad de fuerza moral, y recibieron la batalla. Ahora bien cuando de batallas se trata, es preciso aceptarlas en posición o darlas en su defecto. La falta capital fue colocar la primera línea a mil o quinientas toesas de distancia delante de la segunda. El movimiento de esta avanzando, (y esto fue la batalla propiamente dicha) fue ejecutado con precisión y audacia.»

Bessières se detuvo en Medina los días 14 y 15,empleando después cuatro días en avanzar hasta Benavente, que no dista sino diez leguas. Esta languidez y la orden dada a Lasalle para que no prosiguiera adelante en la persecución de los españoles, fueron murmuradas de todo su ejército. Los franceses se apoderaron en Villalpando de cinco mil libras de pólvora y un millón de cartuchos; y de veintiséis mil de aquellas, un buen número de estos y diez y seis mil fusiles en Benavente. Las ciudades de Zamora, Mayorga y León se sometieron al enemigo, huyendo Cuesta de esta última el 18 por la noche, después de haber permanecido en ella como día y medio. Dicho general se dirigió a Salamanca; y Blake y los asturianos se replegaron detrás de las montañas. Bessières, que antes de esto había pensado en marchar al norte de Portugal, y aun escrito la orden al efecto, varió de dictamen después de 48 horas de incertidumbre, y se contentó con entrar en León y recorrer la tierra llana, no sin disgusto de los principales entre los suyos, los cuales creían con bastante fundamento ser aquel el momento oportuno de restablecer las comunicaciones interrumpidas, hacía ya dos meses, entre Junot y las tropas francesas existentes en España.

La batalla de que acabamos de hablar fue la primera acción de esta clase en que el mariscal mandó en jefe, y el escritor a que arriba nos referimos atribuye a esta circunstancia el no haber aprovechado los franceses su victoria en los términos que pudieron hacerlo. Napoleón, sin embargo, quedó altamente satisfecho con la noticia, y aun se dice que exclamó alegremente: «La jornada de Rioseco ha colocado en el trono de España a mi hermano José.» Falló sin embargo el arranque profético, porque ni el hecho de armas de Bessières tuvo consecuencias análogas al de 1710 bajo la dirección del duque de Vendóme, ni la unanimidad de sentimientos con que el pueblo español se opuso en 1808 a la entronización de la dinastía de Bonaparte, daba a este motivo plausible para comparar ese estado de cosas con el tan diferente bajo mil aspectos en la contienda entre Felipe y Carlos. El solo resultado positivo conseguido por los franceses en aquella jornada, fue dejar expedito el camino de Madrid al rey intruso José, del cual y del congreso de Bayona vamos ahora a ocuparnos.