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HISTORIA UNIVERSAL DE ESPAÑA
 

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA

 

CAPITULO X.

Breve ojeada sobre Valencia y los valencianos.—Carácter y atrocidades del canónigo Calvo.—Suplicio de este sacerdote y de sus compañeros.—Expedición de Moncey sobre Valencia.—Combate del puente del Pajazo.—Combate de las Cabrillas,—Preparativos de defensa en Valencia.—Ataque de esta ciudad.—Retirada de Moncey.



Al hablar en el capítulo VI de la insurrección de Valencia, dejamos interrumpido el relato de las atrocidades que en ella tuvieron lugar, siéndonos ahora preciso terminarlo, por más que se resista la pluma a trazar uno de los episodios más repugnantes que ennegrecen y manchan la historia. La de aquel bello y antiguo reino, otro de los componentes la corona de Aragón, podría compararse a los cuadros que ofrece una primavera dulcísima, donde la generalidad de los días templados y apacibles no quita que de vez en cuando alternen con ellos el bramido de la tempestad y la furia de los elementos. Valencia es el jardín de las Hespérides, cuyas flores defiende un dragón. El que subiendo al Miguelete contempla desde su elevación aquella deliciosísima huerta; aquella profusión de poblaciones sembradas en su distrito; aquellas quintas que elevan gallardas su frente sobre el prodigioso cuanto agradable número de humildes y aseadas barracas; aquellos campos que dan tres y cuatro cosechas al año; aquel admirable sistema de riego que no deja perderse inútilmente una sola gota de agua; aquellos cinco simétricos puentes por los cuales comunica la población con los arrabales del norte; aquellos arbolados que templan y embalsaman el aire; aquel paseo del Grao que parece destinado a enlazar la vida que se goza en las ciudades con la dulce que ofrecen los campos; aquel Júcar tan cuidadosamente explotado por el agricultor, que apenas le deja rendir al mar que le espera el tributo de alguna humedad; aquella Albufera parecida a las manchas de los lagos y mares de la luna; aquellos risueños collados seguidos de montes, los cuales semejan alzarse para contemplar la belleza del Elíseo que se extiende a sus pies; aquel clima donde apenas se conoce el invierno; aquel cielo trasparente y purísimo en que todo promete bonanza: el que observa todo eso, decimos, no puede sospechar que un país industrioso y agrícola donde todo sonríe y halaga, se halle nunca expuesto a ofrecer escenas de sangre, de devastación y exterminio. El idioma lemosin, tan ingrato en los labios de los catalanes, pierde de tal manera su aspereza en la boca valenciana, que aun cuando no se considere merecida en su totalidad la calificación que Cervantes hace de él en su Persiles, preciso es convenir en que la dulzura que le es inherente es otro argumento de más a favor de la suavidad que allí reina en todo. En Valencia, dice un proverbio, son blandos el cielo y el clima, blanda el agua, blandos los alimentos, y hasta las mujeres son blandas. Pero esa blandura perenne, esa cualidad apacible que parece modificarlo todo en aquel país, es solo en el estado normal: cuando las pasiones se irritan, la furia valenciana podría compararse a la de Medea, cuya belleza y corazón de mujer no le impidieron despedazar a sus hijos. Llenos de penetración y de ingenio, han dado los valencianos repetidas pruebas de lo a propósito que son para las artes y las ciencias; aplicados como los que más, explotan y aprovechan el trabajo con una constancia admirable; afanándose por adquirir, son víctimas muchas veces de esa desapoderada pasión que les hace preferir el trabajo que produce más, aun cuando les sea nocivo, o los haga vivir tristemente arrastrando una existencia valetudinaria; aseados y limpios en sus casas, merced al cuidado de sus mujeres, hacen contrastar ese esmero con la poca decencia del vestido en que no parecen haber consultado otra cosa que estar libres y desembarazados para el trabajo; ligeros y veloces en la carrera y en todos los ejercicios de movimiento, merecen el dictado de leves con que los califica Arriaza; aficionados a fiestas y regocijos públicos, gastan y derrochan en un día lo que les ha costado adquirir muchas semanas; religiosos en alto grado, han sido en España uno de los pueblos que más vanidad han tenido en atender al decoro de sus templos y a los demás objetos del culto; afables con los extranjeros, son entre todos los componentes de la antigua Coronilla los que menos adheridos parecen a sus usos y costumbres locales; amigos de los placeres hasta lo que no es decible, se entregan a ellos con la misma avidez que a la industria o a sus faenas agrícolas; dotados de ardiente imaginación, son ligeros y superficiales cual ella, no siendo sino muy justa la calificación de volubles que de ellos se hace. Los valencianos, en una palabra, en medio de las grandes prendas que los distinguen, están expuestos a caer tristemente en todas las faltas a que puede arrastrar la pasión, siendo como son en general hombres dotados de imaginación y sentimiento más bien que de juicio. Esto por lo que toca a la plebe. Las clases que se elevan un tanto sobre ese nivel no son las que dan a los pueblos su fisonomía local : participando más o menos de ella, la educación o las riquezas les hacen pertenecer a otra familia por decirlo así; y el historiador en sus juicios no puede referirse a ellas sino con grandes excepciones.

Agitada Valencia con los rumores de traición que corrían de boca en boca, hemos visto a aquel paisanaje hacer víctima de su suspicacia al desgraciado barón de Albalat, sin que fueran bastantes a salvarle el prestigio y el poder del padre Rico. Este acontecimiento con que los valencianos ensangrentaron su magnánima revolución en los últimos días de mayo, hubiera podido pasar como una de tantas desgracias, inevitables en aquella época de exaltación patriótica y de sacudimiento social; más bien pronto se echó de ver no haber sido tan triste suceso, sino el anuncio de las saturnales que después debían seguir.

Era el día 1 de junio cuando se presentó en aquella ciudad un canónigo de San Isidro de Madrid llamado D. Baltasar Calvo, a quien podrían aplicarse muy bien las palabras de San Pablo en la epístola segunda a los Corintios: Satanás se transfigura en ángel de luz; y así no es de extrañar si sus ministros se transfiguran en ministros de justicia, cuyo fin será según sus obras. Era en efecto Calvo un monstruo en figura humana, un fanático con el nombre de Dios en los labios y la furia de Luzbel en el corazón, un hipócrita con apariencias de santo y con hechos de reprobó. Admirador del bando jesuita , cuyo corifeo se había hecho en las disputas que habían en su iglesia tenido lugar con los jansenistas, habíase ensañado en perseguir a estos con un lujo de vejación extraordinario; pero su alma no podía quedar satisfecha sino cuando se le ofreciera ocasión de poner en práctica completamente sus máximas de sangre y exterminio. El grito de independencia nacional lanzado contra los franceses, fue para él el momento propicio de acreditarse como una verdadera notabilidad en materia de crímenes. Al llegar a Valencia vio dispuesta la multitud a todo género de excesos, y vio también el cuidado con que el P. Rico pretendía dirigirla y moralizarla. Devorado de ambición como pocos, procuró desde el momento de su llegada atraerse las miradas de la muchedumbre y conciliarse su afecto, erigiéndose en apóstol de la causa nacional. Seducidos los valencianos con los arrebatos patrióticos y con el estudiado fervor religioso del recién venido, rodearon entusiasmados a un hombre que con solo ser de otra tierra llevaba en si bastante recomendación, porque los hijos de Valencia (dice un escritor de nuestros días) «tan enemigos como son de sus paisanos, a quienes encarnizadamente persiguen si sobresalen por sus talentos, otro tanto son admiradores de los forasteros, a quienes veneran y colman de honores y siguen con ceguedad aunque los guíen al precipicio.” Seguro así Calvo de obtener el favor del vulgo, puso desde luego la mira en atraerse la benevolencia del P. Rico, a quien miraba con envidia, y cuyo predominio intentaba dividir al principio para acabar en último resultado por erigirse en dominador exclusivo. El padre franciscano, que en medio de su honradez y de las pruebas que dio de desprendimiento y pureza, no era extraño enteramente al deseo del aura popular, se negó a hacer causa común con el advenedizo sacerdote, ora fuese porque temiera hallar en él un rival peligroso, ora porque conociese desde la primera entrevista las torcidas intenciones de aquel clérigo. No contento con esto, influyó Rico cuanto estuvo en su mano para que no se nombrase a Calvo individuo de la junta, como pretendía. Calvo desde entonces juró a su antagonista odio a muerte, y devorando en silencio la furia que interiormente le corroía, se hizo rodear de cuarenta o cincuenta asesinos, con los cuales se puso de acuerdo para llevar a cumplido término el espantoso plan que meditaba.

Había la junta conducido a la ciudadela, con el fin de evitarles atropellos, a los franceses domiciliados en la ciudad; y Calvo proyectó con sus satélites apoderarse de aquel punto, dando muerte a los en él encerrados, para así captarse el favor popular. Fijado para la ejecución el 5 de junio, comenzó al anochecer el tumulto con el saqueo de las casas de comercio de los franceses, cuyas propiedades y haberes había respetado la junta. Hecho esto , y habiendo talado y destruido, o arrojado por los balcones cuanto les vino a las manos, se dirigieron los amotinados a la ciudadela, de la cual había salido su gobernador Moreno para formar una división en Castellón de la Plana. Caído el fuerte en poder de los sediciosos, se dirigieron los asesinos en busca de las víctimas, excitándolos Calvo a la matanza y pintándoles aquel acto como uno de los más meritorios a los ojos de Dios. Extendida por la ciudad la voz de lo que pasaba, salieron de sus conventos las comunidades religiosas con las imágenes más veneradas del pueblo y hasta con el Sacramento en las manos, a fin de evitar la proyectada carnicería. Calvo entonces, fingiendo compasión, se adelantó a los infelices cuya sangre anhelaba verter, y hablándoles de un modo tan pérfido como hipócrita, les manifestó el inminente riesgo en que estaban de perecer a manos del vulgo; por lo cual, y para impedir tan horrible catástrofe , se anticipaba él, les dijo, a indicarles el único medio de salvación que tenían, cual era evadirse por el postigo que daba al campo, dirigiéndose al Grao, donde encontrarían embarcaciones dispuestas para conducirlos a Francia. Los azorados presos cayeron en el lazo; y oyendo a la multitud gritar desde afuera pidiendo venganza contra los traidores, tentaron la fuga por el sitio que el canónigo les designaba. Oyese en esto otra voz no menos pérfida, y dispuesta por él mismo, de que los prisioneros se querían fugar; y precipitándose entonces la multitud dentro del recinto, comienza el horrible degüello de los contenidos en él. Vanamente los magistrados, el capitán general y la fuerza armada se empeñan en unir sus esfuerzos a los de los religiosos que habían acudido allí con algunas otras personas deseosas de evitar la catástrofe. El sanguinario clérigo preside la ejecución con sonrisa diabólica, y hasta se niega a conceder a las víctimas los últimos consuelos de la religión. La voz ¡confesión! ¡confesión! puede más, sin embargo , que su horrible y nefanda impaciencia; y los pobres franceses consiguen en aquellos momentos postreros reconciliarse con Dios. Hecho esto , agarra cada verdugo a su víctima, clava en ella repetidas veces el puñal, y la estancia se llena de cadáveres. Los gritos de personas compasivas y la vista de las sagradas imágenes estremecen a los sicarios, los cuales comienzan a vacilar. El canónigo que lo observa se irrita y los alienta de nuevo a la matanza, prometiéndoles recompensas pecuniarias, además de las que el cielo en su sentir les reserva en la otra vida como premio de su acción meritoria. La sacrílega excitación no produce el efecto anhelado. Los verdugos se sienten sin ánimo para continuar la carnicería; visto lo cual por el canónigo, aparenta hacer gracia a ciento cuarenta y tres franceses que había perdonado el puñal; y con pretexto de disponerles otro sitio donde estén con más seguridad, ordena conducirlos a las torres de la puerta de Cuarte. Una traslación como aquella, en medio de la muchedumbre enfurecida, no podía tener otro objeto que acabarla matanza empezada, y así fue en efecto. El malvado sacerdote tenía apostada cerca de la plaza de toros otra cuadrilla de asesinos, y al llegar junto a aquel sitio los franceses, se arrojan sobre ellos los sayones sin dejar a uno solo con vida.

El número de las victimas ascendió a trescientas treinta, según Toreno, y a cuatrocientas según otros. Concluida su hazaña espantosa, se presentaron los asesinos a entregar a la junta las alhajas de que habían despojado a los cadáveres , y con arreglo a lo prometido por el canónigo, pidieron descaradamente la recompensa de su trabajo. El magistrado D. José Manescau mandó al escribano entregar a cada uno treinta reales; y con pretexto de ser necesario dar cuentas de las cantidades invertidas, hizo inscribir los nombres de los peticionarios a medida que recibían su paga. El verdadero objeto que con esto se proponía aquel funcionario era hacer constar de ese modo quiénes eran los reos, para cuando llegase el día de vengar la ley ultrajada. Este medio estaba, sin embargo, sujeto a equivocaciones. Mientras tanto quedó Calvo erigido, aunque por poco tiempo, en señor absoluto de Valencia, teniendo en un puño al arzobispo, a la junta y a todas las autoridades, incluso el capitán general, y amenazando a todos con la muerte en caso de desobediencia a las órdenes del tirano.

El P. Rico, que por comisión de la junta había salido a contener a la multitud desde el principio del tumulto, se vio desoído de todos, siéndole preciso retirarse y esconderse para no perecer a las manos de aquellos vándalos. A la mañana siguiente montó a caballo, y trocando en bravura el pavor que le había sobrecogido la víspera, concibió el atrevido provecto de prender al malvado sacerdote. Su empresa estaba a punto de salirle perfectamente, cuando uno de los individuos de la junta propuso admitir a Calvo en su seno. Apoyada esta moción por otros dos, tomó Calvo asiento en aquella corporación en la misma mañana del 6, llenando de terror y de espanto a todos sus individuos. Rico entonces se enciende en ira, y encarándose al autor de tan horribles asesinatos, pronuncia un enérgico discurso contra aquel réprobo, llevando su osadía al extremo de pedir la cabeza del malvado para que las leyes recobren su imperio. La sorpresa de Calvo y el asombro de la junta tuvieron más de un punto de contacto con los de Catilina y el Senado cuando Cicerón pronunció aquel discurso tan sabido como elocuente contra el conspirador romano. Tal era el estado del debate, cuando abriéndose las puertas del recinto en que se verificaba la sesión, se  precipita dentro una parte de los sicarios, que no contentos con la sangre vertida el día anterior, acababan de allanar nuevamente los domicilios donde sospechaban que estaban escondidos algunos franceses, a quienes dieron muerte como a sus compañeros de la víspera, arrastrando consigo a ocho de ellos, con el fin de inmolarlos ante los mismos ojos de la junta. La presencia de los verdugos y de las nuevas víctimas acabaron de aterrar a los miembros de aquella corporación, dispersándose todos apresuradamente y huyendo de un local donde Calvo imperaba sin obstáculo, trocada su sorpresa en nuevo y más terrible furor, merced al refuerzo que acababan de traerle sus satélites, libertándole del patíbulo en los momentos mismos en que la elocuencia de Rico iba por ventura a alcanzar un triunfo completo. El orador huyó con sus colegas, y gracias a haberse disfrazado y puesto en lugar seguro, pudo evitar la venganza del que en nadie se hubiera cebado con tanto placer como en él. Mientras tanto los ocho franceses cayeron inmolados a los pies del canónigo, siendo vanas las súplicas del cónsul inglés Tupper para salvarles la vida.

El triunfo de aquella hiena sedienta de sangre no podía ser duradero. Recobrados los ánimos de las primeras impresiones del terror, se esforzaron los individuos de la junta en restituir las cosas al orden normal, congregándose en la mañana del 7 y poniendo a deliberación la arriesgada medida propuesta por Rico en la sesión antecedente, y reiterada ahora por el mismo con una energía que le honró sobremanera. Convencidos todos de la necesidad de salvar a Valencia con un público escarmiento, decretaron el arresto de Calvo; y habiendo tomado todas las precauciones para que no llegara a su noticia lo que acababa de resolverse, consiguieron sorprenderle cuando menos lo esperaba. A fin de evitar que el populacho hiciera alguna tentativa para salvarle, le condujeron sin dilación a bordo de un barco que dio la vela para Mallorca, quedando aprisionado allí en la torre que llaman del Ángel hasta fines de junio, en cuyo intervalo se le formó el correspondiente proceso. Concluido este fue Calvo conducido a Valencia y condenado a la pena de garrote por unanimidad de votos. El reo procuró defenderse, alegando en su favor mil extrañas paradojas de la escuela jesuítica, tales como la máxima de que el fin hace buenos los medios, y otras por el estilo; pero los jueces desoyeron sus sofismas, y el Robespierre de Valencia fue agarrotado en la cárcel a las doce de la noche del 5 de julio, quedando en la mañana del 4 expuesto su cadáver al público en la plaza de Santo Domingo, frente a la ciudadela, con una inscripción que decía: por traidor a la patria y mandante vil de asesinos. No contentada junta con el castigo de aquel malvado, trató de proceder al de los demás delincuentes; y habiendo creado con este fin un tribunal de seguridad pública, compuesto de los señores Manescau, Villafañe y Fuster, magistrados de la audiencia, procedió al arresto de los asesinos, haciendo servir de cabeza de proceso la lista de los que habían recibido dinero cuando se presentaron a exigir su retribución. Desde luego podemos creer que entre los inscriptos en aquel documento fatal habrían no pocos infelices que no siendo realmente criminales, habrían supuesto serlo sin más fin que el de adquirir los treinta miserables reales prometidos a los matadores. «La anarquía , dice el autor de la historia de Fernando VII arriba citada, se había apoderado de la patria e invadido hasta el santuario de las leyes. En vez de emplear las formas legales, servía de única e irrecusable prueba la inscripción en la lista de que liemos hablado: a las dos horas de haber sido preso un desgraciado ya no existía; sin defensa, sin pruebas, sin justificar siquiera la identidad de la persona.» «Hombre hubo, continúa, que sentado ya en el suplicio fue preguntado por su nombre; y conocido el error se le desató y puso en libertad. ¡Desventurado! Ya había sufrido la muerte, puesto que había padecido sus mortales agonías. Así perecían agarrotadas veinte y más personas cada noche en la cárcel, y al siguiente día amanecían suspendidas de las horcas en las plazas públicas. Un sacerdote que confesaba a los reos, horrorizado con la muerte de algunos inocentes, acudió al tribunal, solicitó más detenimiento, más justicia; pero fueron despreciados sus ruegos y se le impuso silencio. Trescientos individuos de la sociedad fueron ajusticiados de este modo arrebatado e ilegal: a nosotros nos aterrorizan más los asesinatos jurídicos, que los puñales del vulgo.»

El conde de Toreno hablando de la atrocidad de este modo de proceder la califica de severidad que a algunos pareció áspera; pero sin ella, añade, la anarquía a duras penas se hubiera reprimido en Valencia y en otros pueblos de su reino. Nosotros convenimos en la necesidad que en aquellos días tenían los tribunales de mostrarse inflexibles y severos; pero nunca concederemos que para reprimirla anarquía en las calles sea preciso que se hagan anárquicos en contrario sentido los que aplican y ejecutan la ley. Reconocer la arbitrariedad como necesaria y erigirla en principio de conducta para algunos casos, aun cuando sean los de mayor apuro, es doctrina nefanda y poco diferente de las que servían de norte al canónigo Calvo; es confesar la legitimidad de la tiranía en los gobernantes cuando con tanta razón se rechaza en los gobernados; es admitir la maquiavélica y horrible máxima que Metastasio pone en boca del rey Demofoonte:

Cuando al público sirve,

Es consejo prudente

La muerte de uno solo , aunque inocente.

Pero apartemos la vista de estos cuadros repugnantes y tristísimos, y preparémonos a contemplar otro, harto más digno de atraer las miradas de nuestros lectores.

No bien se recibió en Madrid la noticia de la insurrección de Valencia en los últimos días de mayo, determinó Murat sofocarla en su origen a todo trance, halagándole la esperanza de poderlo verificar allí con más facilidad que en otros puntos, merced al apoyo que creía encontrar dentro de los muros de la población entre los magistrados y otros sujetos de categoría opuestos al movimiento. La audiencia, como hemos visto, había dado subrepticiamente parte al gran duque de lo que en Valencia pasaba, pidiéndole con instancia un envío de tropas para reducir a la obediencia a los patriotas insurreccionados. Acorde Murat con los deseos del real acuerdo, y obrando con arreglo a las instrucciones recibidas de Napoleón, confió la expedición de Valencia al mariscal Moncey , duque de Cornegliano, hombre probo y honrado a toda prueba, y uno de los pocos que entre los guerreros de Napoleón hubieran sido capaces de atraer a favor de su amo los ánimos de los españoles, a haber sido este y Murat y los demás ejecutores de las órdenes imperiales igualmente sagaces y políticos que el general de que hablamos. Cuando en 1796 invadió la Navarra, y provincias Vascongadas al frente de un ejército republicano y que hacía alarde muchas veces de irreligión e impiedad, tuvo buen cuidado Moncey de no herir los piadosos sentimientos del pueblo español, ni de humillar el amor propio de ciertas clases, como lo hicieron otros jefes compañeros suyos. El mostró miramiento a los grandes, a los agentes del gobierno y a los individuos del clero; y las cruces que hallaba en los caminos por donde pasaban sus tropas quedaron en pie como antes. Cuando después del tratado de Basilea se vio Carlos IV obligado a dar paso por nuestro territorio al ejército francos que debía marchar a Portugal, el monarca pidió con grande ahincó que se confiriese a Moncey el mando de las tropas invasores: tanto era lo que fiaba en la honradez y delicadeza que distinguía al general. Este por su parte correspondió al aprecio que se le profesaba, pagándolo con un verdadero afecto hacia el pueblo español. Cuando más adelante vino a España al frente del ejército de observación de las costas del Océano, él mismo deploró tristemente la aberración cometida por el emperador al ordenar a los suyos apoderarse de nuestras plazas con la perfidia con que lo hicieron. Protegiendo al pueblo español, y procurando evitarle las vejaciones posibles donde quiera que ponía sus plantas , era al mismo tiempo, más que jefe, el padre de los soldados que tenía a sus órdenes. Dotado de un carácter apacible, templado y conciliador, sin dejar por eso de ser enérgico cuando la ocasión lo exigía, contrastaba notablemente con el temple arrebatado y falto de toda prudencia que distinguía a Murat. La sangrienta jornada del 2 de mayo le arrancó nobles lágrimas, y Moncey no supo mostrarse a los ojos del pueblo de Madrid sino para hacer lo posible por aliviar su desgracia y contener la efusión de sangre. «Si Moncey, dice Foy, no hubiera sido francés, habría querido nacer español.»

Hechos los preparativos de la expedición en los últimos días de mayo, salió el mariscal de Madrid el 4 de junio con la primera división de su cuerpo, compuesta de diez y siete batallones al mando del general Musnier de la Converserie, y con la brigada de caballería ligera del general Wathier, la cual constaba de ochocientos caballos; llevando consigo además un tren de artillería de 16 piezas de varios calibres, y proveyéndose para la marcha con 50.000 raciones de galleta. El total de sus fuerzas ascendía a unos 9000 hombres, debiendo reunírseles en el camino dos batallones de guardias españolas y valonas, y las tres compañías de guardias de Corps del rey de España. La división de Chabran, fuerte de 4000 hombres, debía también salir de Barcelona con dirección a Tortosa donde esperaría las órdenes del mariscal. Moncey llegó a Cuenca el 11 de junio, y la frialdad con que fue recibido allí distaba muy poco de aquella disposición de ánimo que anuncia la insurrección. Las tropas españolas de la casa real que se enviaban desde Madrid a fin de reforzar el ejército francés, habían pasado en desorden por los caminos de travesía a la derecha de aquella ciudad, desbandándose en su mayor parte y dirigiéndose a Valencia para combatir entre las filas de sus compatriotas a los mismos que, según las órdenes de Murat, debían conducirlos al combate en por del pendón extranjero. Anunciando todo que la expedición no acabaría pacíficamente, envió Moncey a Chabran una orden, que según el plan convenido, creyó le hallaría en Tortosa, mandándole trasladarse a Castellón de la Plana donde debía esperar sus órdenes para marchar los dos reunidos sobre Valencia. Pero ya hemos visto en el capitulo anterior el modo con que la insurrección catalana echó por tierra esta parte del plan, no menos que el proyecto de aumentar con la división de Schwartz las fuerzas que sitiaban a Zaragoza.

Las tropas de Moncey permanecieron en Cuenca ocho días. Persuadido Murat de que España le estaba sometida con la sola noticia del 2 de mayo , y creyendo que para reducir al deber las provincias insurreccionadas bastaba un simple amago por parte de sus tropas, tachó de demasiado lenta la prudente marcha del mariscal, e incomodado de la que creía timidez, envió al general de brigada Excelmans acompañado de varios oficiales , a fin de que tomase el mando de la vanguardia de Moncey , dándole al mismo tiempo la misión de activar el movimiento. Excelmans y los suyos llegaron el 16 a Saelices, pueblo situado cerca de Tarancón, y habiéndose trabado una querella entre ellos y el paisanaje , quedaron envueltos por este, y fueron conducidos prisioneros a Valencia. De este modo se veía Moncey amenazado de la insurrección por su espalda y su frente a la vez, y a medida que proseguía su camino, iban las cosas poniéndose en peor estado. Los pueblos por donde pasaban los franceses quedaban desiertos de habitantes; testigos Buenache de Alarcón, Molilla del Palancar y Minglanilla. Y no porque las tropas expedicionarias dejasen de observar en su tránsito la mayor disciplina; pero el cuidado de Moncey respecto a este punto no bastó a inspirar confianza a unos pueblos que nada detestaban tanto como el nombre francés. Tan repetidas deserciones indicaban como cosa segura la proximidad del combate, y este no se dejó esperar por mucho tiempo.

Las atrocidades que habían tenido lugar en Valencia no perjudicaron en nada a la defensa de la ciudad, antes bien exaltadas las pasiones con extraordinaria violencia, vinieron a caer de rechazo sobre el enemigo. Libre la junta del canónigo Calvo, dedicóse con más desembarazo al alistamiento y organización del ejército; y como quiera que el tiempo y las circunstancias la obligasen a apresurarlo todo, se ocupó con extraordinario ardor en defender no solo la ciudad, sino también el resto de la provincia. Desde el momento que se supo en Valencia haber los franceses pasado el Tajo, se tomaron las medidas que se juzgaron más oportunas para contener la invasión. El conde de Cervellón salió para Almansa con un cuerpo de quince mil hombres, a los cuales se unieron después, bajo el mando de D. Pedro González de Llamas, las tropas levantadas en Murcia. Mientras estas enviaban puestos avanzados a Chinchilla y Albacete, y en tanto que por otra parte se fortificaban los desfiladeros de Cataluña, se situó en las Cabrillas el general D. Pedro Adorno con ocho mil combatientes, tomándose otras disposiciones para la defensa en los desfiladeros de Castilla.

Dos o tres mil paisanos armados sostenidos por un cuerpo de setecientos suizos al servicio de España se adelantaron al puente Pajazo bajo el mando del referido Adorno, a fin de disputar a los franceses el paso del rio Gabriel, dejando situados trescientos hombres cerca de la venta de Coniferas, y el resto de las fuerzas en Badocañas. Los españoles fundaban sus esperanzas de defensa en un trozo de terreno removido a manera de cabeza de puente, y en cuatro cañones que lo defendían, y de los cuales confiaban poder hacer uso contra un enemigo que en su concepto no podría llevar sus piezas a aquel sitio. El puente que es de piedra y consta de un solo arco, estaba cortado entonces; y hechos estos preparativos, esperaron los nuestros a los franceses con grandes esperanzas de triunfo. Las tropas de Moncey estuvieron a vista de las nuestras el 20 de junio por la mañana, sorprendiendo no poco a los españoles verlas arrastrar por aquellas rocas dos piezas de a ocho y un obús, venciendo los mayores obstáculos. Rolo el fuego contra el puente por el general de brigada Couin, dispuso Moncey que mientras dos batallones se lanzaban en columna sobre la batería española, pasase el Cabriel a vado un destacamento de infantería. El indisciplinado paisanaje se vio envuelto en su posición de un modo inesperado; y habiéndole abandonado doscientos treinta y tres suizos o guardias españolas que se pasaron al enemigo, comenzó a dispersarse en todas direcciones, dejando a las tropas francesas dueñas del puente y de tres de los cuatro cañones que lo defendían. Nuestra pérdida consistió en veinte muertos y en diez y ocho prisioneros y la de los franceses en nueve hombres entre muertos y heridos. Una parte de la fuerza derrotada se dirigió a las Cabrillas, en cuyo punto esperaron tentar de nuevo la suerte de las armas.

Se da el nombre de las Cabrillas a la masa de montañas calcáreas que, formando un espeso antemural, se extienden al oeste del reino de Valencia. No hay por allí sino un camino por el cual pueda conducirse la artillería, y ese camino abierto en las rocas, sube y baja alternativamente en pendientes o cuestas sobremanera penosas. El ejército de Valencia se había atrincherado sobre el paso principal, entre Siete-Aguas y la venta del Buñol, y merced a la dispersión sufrida por las tropas de Adorno, se reducía nuestra gente en aquel punto a unos tres mil paisanos y doscientos soldados de línea, siendo hasta doce las piezas de artillería que defendían la posición. Ignorándose el paradero de Adorno, recayó el mando de los nuestros en el brigadier de guardias españolas Marimon, como oficial de mayor graduación entre los pocos veteranos que allí se encontraban. Los franceses pasaron por Uliel, dejando a su izquierda á Requena, cuya villa se les sometió. Después de haber empleado tres días en hacer venir sus cañones del puente Pajazo, llegó Moncey a Venta-Quemada el 24 al mediodía. Una nube de tiradores nuestros que ocupaba el paso principal, hacía sobre los franceses desde lo alto de aquellos montes un fuego vivísimo. Moncey destacó por su izquierda, del lado de la Sierra de los Ajos, la cual domina por el norte al desfiladero de las Cabrillas, varias compañías de vascos franceses, acostumbrados a vencer asperezas semejantes en el Pirineo, poniéndolas a las órdenes del general de brigada Arispe, su jefe de estado mayor. Esta columna trepó por aquellas montañas con extraordinaria ligereza, y llevando a nuestras guerrillas de roca en roca por espacio de tres leguas, les tomaron dos piezas de cañón y una bandera. Desde el momento en que aquellas comenzaron a cejar, atacó Moncey el desfiladero de frente, visto lo cual, echó apresuradamente a correr la gente bisoña, dejando en poder de los franceses el resto de los cañones y todo el bagaje. Ciento ochenta hombres del regimiento de Saboya que tomaron parte en la acción al mando del capitán Gamindez, hicieron cuanto estuvo de su parte por disputar el paso al enemigo; pero su valor fue desgraciadamente inútil, quedándolos más de ellos tendidos en el campo, y cayendo prisionero su jefe. La pérdida de las tropas francesas fue solo de unos cincuenta hombres entre muertos y heridos, siendo de cien muertos la nuestra, además de quinientos prisioneros.

Dueño Moncey de un paso tan importante, hizo doblar a los suyos aquellas alturas, llenándose de admiración al descubrir desde ellas la bellísima puerta de Valencia que a distancia de siete leguas se extendía a sus pies. Nada parecía poder oponerse a la entrada de las tropas francesas en la capital edetana. El ejército que podía hacerlo había sido batido completamente y desaparecido todo él, con la sola excepción de los suizos que se habían pasado al vencedor, Moncey dio libertad a los paisanos que no vestían uniforme, y este rasgo que tan en armonía se hallaba con sus sentimientos de benevolencia, lo estaba entonces también con su política; pero ya hemos dicho otra vez que ni la dulzura ni la severidad podían hacer afortunada la causa francesa ante el justo resentimiento inspirado a los españoles con la conducta del emperador. Aprovechando el mariscal las primeras impresiones que el terror debía inspirar a los valencianos sabida su doble derrota, invitó al capitán general conde de la Conquista, lo mismo que al conde de Cervellón, comandante de las tropas, a que le recibiesen como amigo, protestando no desear otra cosa que restablecer el orden y la tranquilidad pública. Todo esto fue también inútil. El único medio de conseguir lo que deseaba consistía en perseguir sin descanso a los fugitivos y entrar con ellos en la capital; pero la artillería de Moncey no se hallaba en estado de seguir una marcha tan rápida, y el mariscal se vio precisado a detenerse todo el día 25 en la venta de Buñol, con el fin de aguardar el tren. Esta dilación fue funesta a la causa de los usurpadores. El P. Rico, que al saberse en Valencia la derrota del puente Pajazo había apresuradamente salido para el ejército por comisión de la junta, a fin de alentar a los nuestros a tentar una nueva acción, pudo salvarse de caer prisionero o muerto en la de las Cabrillas, en la cual tomó parte ; y aprovechando la inevitable demora de Moncey, pudo entrar en Valencia en la madrugada del 25 y alentar a sus moradores a resistirse hasta el último trance.

El reino de Valencia en los primeros días del alzamiento se hallaba desprovisto de recursos para resistir con éxito al enemigo. El total de las tropas con que contaba ascendía a dos mil cuatrocientos ochenta y nueve infantes y ochocientos cincuenta y un caballos, número harto escaso para medirse con las aguerridas y triplicadas tropas que mandaba Moncey; pero el paisanaje tomaba parte en la lucha, y un pueblo en revolución es invencible. Veinticinco cañones de todos calibres, cinco cureñas, dos mil cuarenta y siete fusiles, y quinientos veinte quintales de pólvora eran todas las armas y municiones de que al principio podía echarse mano; pero había gran porción de armas blancas, y ya hemos visto en otro lugar el modo con que los valencianos se proveyeron de plomo, gracias a la presa que hicieron en una fragata francesa , acabando de proveerse de lo más necesario con los recursos que le suministró Cartagena. Así fue posible a la junta improvisar el que a falta de otro nombre hemos llamado ejército , derrotado en el camino viejo de Madrid.

Sabida en Valencia por boca del mismo P. Rico la desgraciada acción de las Cabrillas, mandó la junta a los habitantes de todas edades y condiciones presentarse en la ciudadela a recibir armas, repartiéndose blancas en defecto de otras, y hasta hojas de espada sin puño cuando estuvieron distribuidos los fusiles. Aquel pueblo tan terrible y espantoso pocos días antes ejecutaba las órdenes de sus gobernantes con una obediencia y entusiasmo sin límites; y en vez de abatirse por los reveses sufridos, parecía crecer en valor a medida que el riesgo aumentaba. Animadas de un mismo sentimiento y con muy contadas excepciones las cien mil almas que constituían aquella población, ocupáronse sin descanso día y noche en trabajar en las fortificaciones que a toda prisa se levantaban, construyéndose en todas las puertas baterías con sacos a tierra en el corto espacio de sesenta horas. La más fuerte de esas baterías quedó establecida en la puerta de Cuarte, como punto principal que debía atacar el enemigo. En las calles se hicieron barricadas; se echó agua en los fosos y zanjas que se abrieron; las entradas y ventanas de las casas quedaron obstruidas con toda suerte de utensilios domésticos, y para impedirla acción a la caballería enemiga, se abrieron hoyas y procuróse llenar de obstáculos los caminos por donde debía pasar. De este modo quedó en estado de resistir a la primera embestida una ciudad que, aunque tiene el nombre de plaza por residir en ella el capitán general con su estado mayor , carece de fortificaciones propiamente dichas, no siéndolo, como no lo es militarmente hablando, su antigua muralla de mampostería flanqueada de torres en sus ocho puertas , ni menos la que llaman ciudadela , construida en el siglo XVI para contener la irrupción con que el corsario Barbarroja amenazaba las costas de aquel reino; ciudadela pequeña y mal fortificada, la cual no sirve de nada para el caso de una defensa propiamente dicha.

No contenta la junta con haber procurado en el recinto de la ciudad todos los medios de resistir al enemigo, formó un campo avanzado en el pueblo de Cuarto, distante de Valencia una legua, con cuerpos nuevamente levantados, a las órdenes de D. Felipe Saint-March. El bravo militar D. José Caro, sobrino del difunto general del mismo apellido, y el cual había sido nombrado brigadier al principio del levantamiento, hallábase apostado en Almansa con una división de paisanos en el ejército del conde de Cervellón, cuando ocurrió nuestra derrota en las Cabrillas. Sabedor de este triste suceso, corrió apresuradamente a Valencia, y uniéndose a Saint-March, combinaron juntos el plan que creyeron más a propósito para contener a Moncey detenido en Buñol. Caro situó sus fuerzas, compuestas de mil soldados, siete mil paisanos y tres piezas de artillería junto a la ermita de San Onofre, a la orilla del canal de regadío, que atravesando el camino que conduce a las Cabrillas, sirve de comunicación a las aguas del rio Turia o Guadalaviar con el Pera. Llegados los franceses a aquel punto a las dos de la tarde del día 26, rompieron el fuego nuestros tiradores desde los algarrobales, viñedos y olivares en que estaban emboscados, mientras el cuerpo principal de las tropas de Caro defendía con sus cañones el camino hondo, cuyo puente se había cortado. Moncey hizo avanzar su artillería, que ya le había llegado, disponiendo varias columnas de ataque, y apoderándose del canal y de la línea establecida en él en menos de una hora. Caro y Saint-March se retiraron al pueblo de Cuarte, donde habían tenido cuidado de establecer una segunda línea, no tanto por la esperanza que tuvieran de resistir con éxito, cuanto para impedir el efecto que en Valencia podría producir la deserción del paisanaje apostado en el canal, si llegando a ser derrotados, como sucedió, no tenían a su espalda otro apoyo o punto de reunión.

Comenzada de nuevo la refriega en el pueblo de Cuarte, cuyas casas se habían puesto en regular estado de defensa, fue Moncey en aquella acción igualmente afortunado que en las anteriores, poniendo en fuga a los nuestros a las seis de la tarde, y apoderándose de la población, de toda la artillería y de una bandera. Nuestra pérdida fue de trescientos hombres entre muertos, heridos y prisioneros, quedando por esta cuarta derrota franqueada completamente a los franceses su aproximación a Valencia. Esta acción, aunque desgraciada, valió a los habitantes un día más para sus preparativos; y en guerra lo mismo que en política, la victoria consiste muchas veces en ganar tiempo

Moncey pernoctó el 27 entre Cuarte y Valencia, a media legua de esta ciudad. En la madrugada del 28 envió un coronel español, prisionero de guerra de los franceses, con un oficio para el conde de la Conquista, intimándole la rendición de la plaza, y manifestándole los desastres a que la exponía con una resistencia imprudente. Hecho esto hizo mover sus columnas el mismo día 28 al amanecer, cosiéndole poco esfuerzo hacer entrar en la ciudad a algunos paisanos salidos de ella con el fin de hostilizarle. Congregada la junta por el conde de la Conquista, dio entrada en su seno al ayuntamiento, a la nobleza y a varios individuos de lodos los gremios; y poniéndose a deliberación el caso de la entrega de la ciudad, hubo varios que opinaron por la rendición, esforzándose en hacer adoptar este partido el emisario que había traído el pliego. Vacilante se hallaba la junta y en disposición de ceder a una capitulación que, atendido el carácter de Moncey, podía ser bastante honrosa, cuando agolpándose el pueblo a las puertas de palacio gritando traición, amenazó con la muerte a los que pensasen entablar trato alguno con el enemigo. Decayeron entonces de ánimo los que agitaban semejante proyecto, y reconociéndose impotentes para contrarrestar la voluntad popular, resolvieron conformarse con ella poniéndose al frente de los habitantes, igualmente que los demás individuos decididos desde un principio por la resistencia. Uno de los vocales de la junta salió al balcón, y anunció al pueblo la resolución adoptada de vencer o morir por la patria. Entusiasmada la multitud pobló el aire de aclamaciones a la autoridad suprema, y después de recorrer las baterías con ella a su frente, se dispuso a rechazar al enemigo.

Roto el fuego a las once de la mañana del 28, faltó la metralla a los defensores a los pocos momentos; pero el patriotismo suplió por todo , pues arrancando los vecinos las rejas de sus casas, y proporcionando todo el hierro que en ellas tenían, se proveyeron así de municiones sirviendo con ellas las piezas, y haciéndolas jugar con más acierto del que era de esperar, atendida la inexperiencia de tantos improvisados artilleros.

Rechazado Moncey de la puerta de Cuarte una, dos y tres veces, acometió otras tres la batería de Santa Catalina, situada entre dicha puerta y la de San José, siendo igualmente vano su empeño en apoderarse de aquel punto. La artillería valenciana, superior en calibre, en posición y número a la francesa, desmontó en parte las piezas de ataque que Moncey tenía situadas en dos baterías frente a las puertas de Cuarte y San José a medio tiro de cañón, cubriéndose de gloria el coronel barón de Petres, el de la misma clase D. Bartolomé de Georget y el capitán D. José Ruiz de Alcalá, no menos que el coronel Valles y los comandantes Velasco y Soler, por el acierto con que dirigieron contra el enemigo el fuego de artillería y fusilería. A las pocas horas de haber comenzado el combate, se veían ante las puertas mencionadas dos horribles montones de cadáveres, los cuales atestiguaban el impetuoso ardor de la embestida y la firme y tenaz resistencia de los valencianos. Desesperanzado Moncey de entrar en la ciudad por los puntos en que tan impetuosamente la había embestido, envió una columna a atacar la puerta de San Vicente como parte que consideraba más flaca; pero esta nueva tentativa no tuvo mejor resultado que las otras, y gracias a las buenas disposiciones de los comandantes Barrera, Cano y Alíñela, se vio el enemigo obligado a replegarse después de una mortandad espantosa. Mientras el sol estuvo sobre el horizonte no perdieron los franceses terreno, aunque perdieron multitud de vidas; pero al acercarse la noche aceptaron su sombra protectora, retirándose en buen orden después de ocho horas de refriega, y reuniéndose en el campo de la víspera entre Mislata y Cuarte.

En la embestida de Valencia perdieron los franceses más de dos mil hombres entre muertos y heridos, contándose entre los primeros el mayor Blanc , comandante del tercer regimiento provisional, el jefe de batallón Dumont y varios oficiales; y entre los segundos el general de ingenieros Cazal. Resguardados los españoles detrás de los muros y baterías, fue su pérdida incomparablemente menor. En aquella obstinada resistencia arrancaron las palmas de la gloria lodos los defensores sin distinción de clases, no siendo la ínfima la que menos pruebas dio de bravura y patriotismo. «El P. Rico, dice Toreno, anduvo constantemente por los parajes de mayor riesgo, y coadyuvó grandemente a la defensa con su energía y brioso porte. Fue imperturbable en su valor Juan Bautista Moreno, que sin fusil y con la espada en la mano alentaba a sus compañeros, y tomó a su cargo abrir y cerrar las puertas sin reparar en el peligro que a cada paso le amenazaba. Más sublime ejemplo dio aun con su conducta Miguel García, mesonero de la calle de San Vicente, quien hizo solo a caballo cinco salidas, y sacando en cada una de ellas cuarenta cartuchos los empleaba, como diestro tirador, atinadamente. Hechos son estos dignos de la memoria histórica, y no deben desdeñarse, aunque vengan de humilde lugar. Al contrario, concluye el autor citado, conviene repetirlos y grabarlos en la memoria de los buenos ciudadanos, para que sean imitados en aquellos casos en que peligre la independencia de la patria.»

Al comparar el heroísmo de la plebe valenciana con los sangrientos actos de que fue ejecutora a las órdenes del canónigo Calvo, bien podremos decir con Thiers, que esa plebe no se ostenta nunca grande sino cuando se entrega con la fe que le distingue a morir en defensa de la patria.

Viendo Moncey reducidos a poco más de seis mil hombres útiles los nueve mil que consigo había traído; hallándose escaso de municiones de fusilería, falto casi enteramente de las de cañón, y abrumado con la necesidad de atender a un numeroso hospital ambulante, calculó por los resultados que hasta entonces había tenido su expedición los que podía esperar de un empeño poco prudente en llevar adelante su intento. Al pronto pensó en pasar a Cataluña para reunirse con Chabran y revolver sobre Valencia unido con él; pero no teniendo ninguna noticia de aquel general, calculó cuerdamente que habría en Cataluña ocurrido algún acontecimiento por el cual le habría sido imposible a Chabran dirigirse a Tortosa como se había determinado. Era en vano por lo mismo contar con el apoyo de aquel jefe para tentar de nuevo otra embestida, y se decidió a verificar su retirada de un modo terminante y resuelto. Las comunicaciones con Madrid estaban interrumpidas hacía más de dos semanas, y a la insurrección que, según las últimas noticias, había tenido lugar en Cuenca , se añadía probablemente la de todo el país que tenía al contorno. ¿Qué podía hacer Moncey tentando un nuevo ataque, con una fuerza disminuida y derrotada, ante una ciudad cuyo valor y fuerza moral habían tan notablemente crecido, merced al heroísmo y buena fortuna con que se había empeñado en la resistencia?

Precisado Moncey a repasar el Júcar, procuró ocultar a los valencianos la verdadera dirección de su movimiento, y el 29 por la tarde tomó posición entre Cuarte y Torrente. El conde de Cervellón, que se había situado en Alcira después de nuestra derrota en las Cabrillas, permaneció inactivo en aquella población sin molestar a Moncey en su retirada, disputándole el paso del rio, como acaso podría haberlo hecho apoyando al general Llamas. Este había venido de Murcia hacia el puerto de Almansa, y al saber que Moncey se dirigía a atacar Valencia, avanzó presuroso hasta Chiva, cortándole sus comunicaciones por la espalda. Viendo después al mariscal en retirada, le hostigó hasta el rio en cuestión; pero destituido del apoyo del conde, no se atrevió a pasar adelante en la persecución del enemigo. Tal vez desconfió Cervellón de sus fuerzas, y teniendo presentes las repetidas derrotas que el paisanaje había experimentado cuantas veces acababa de medirse con los franceses en campo abierto , no osó tentar con sus soldados la suerte de las armas para impedir a los franceses el paso del rio. Esta conducta fue calificada de reprensible timidez, y dio motivo a que se despojase a Cervellón del mando de las tropas.

Molestado Moncey por las tropas de Llamas, consiguió el 1 de julio pasar el Júcar a vado, precipitándose por él la caballería primero, y siguiendo la infantería. Una parte del cuerpo español, compuesto en su mayoría de paisanos armados, huyó a Alcira en desorden. Los franceses tomaron posición el 2 por la noche al pie del puerto de Almansa, marchando a la mañana siguiente al encuentro de dos o tres mil de los nuestros que los esperaban allí. Trabado el combate con los paisanos, opusieron estos una débil resistencia, acabando por abandonar sus cañones y dispersarse. Llegado Moncey a Almansa, continuó su marcha sin ser inquietado hasta Albacete, en cuya ciudad hizo alto. Dejémosle aquí nosotros, y pasemos a hablar de Andalucía.

 

 

CAPITULO XI.

Ataque y rendición de la escuadra francesa surta en la bahía de Cádiz.—Entra en Andalucía el cuerpo del general Dupont.—Combate del puente de Alcolea.—Entrada de los franceses en Córdova y atrocidades cometidas en esta ciudad.—Actividad de las juntas de Sevilla y Granada.—Aislamiento de Dupont.—Sublevación de la Mancha.—Sale Dupont de Córdova y se retira a Andujar.—Ataque y saqueo de Jaén.—Pide Dupont refuerzos á Madrid.—Savary sucede a Murat.—Marcha Vedel a Andalucía a reforzar el cuerpo de Dupont.—Unese a este el general Gobert con nuevos refuerzos.—Segundo ataque de Jaén.—Prepárase el ejército de Andalucía a atacar al ejército francés.