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GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑACAPITULO
X.
Breve
ojeada sobre Valencia y los valencianos.—Carácter y atrocidades del canónigo
Calvo.—Suplicio de este sacerdote y de sus compañeros.—Expedición de Moncey
sobre Valencia.—Combate del puente del Pajazo.—Combate de las
Cabrillas,—Preparativos de defensa en Valencia.—Ataque de esta ciudad.—Retirada
de Moncey.
Al hablar
en el capítulo VI de la insurrección de Valencia, dejamos interrumpido el
relato de las atrocidades que en ella tuvieron lugar, siéndonos ahora
preciso terminarlo, por más que se resista la pluma a trazar uno de los
episodios más repugnantes que ennegrecen y manchan la historia. La de aquel
bello y antiguo reino, otro de los componentes la corona de Aragón, podría
compararse a los cuadros que ofrece una primavera dulcísima, donde la
generalidad de los días templados y apacibles no quita que de vez en cuando
alternen con ellos el bramido de la tempestad y la furia de los
elementos. Valencia es el jardín de las Hespérides, cuyas flores defiende
un dragón. El que subiendo al Miguelete contempla desde su
elevación aquella deliciosísima huerta; aquella profusión de poblaciones
sembradas en su distrito; aquellas quintas que elevan gallardas su frente
sobre el prodigioso cuanto agradable número de humildes y aseadas barracas;
aquellos campos que dan tres y cuatro cosechas al año; aquel admirable sistema
de riego que no deja perderse inútilmente una sola gota de agua; aquellos
cinco simétricos puentes por los cuales comunica la población con los
arrabales del norte; aquellos arbolados que templan y embalsaman el
aire; aquel paseo del Grao que parece destinado a enlazar la vida que se
goza en las ciudades con la dulce que ofrecen los campos; aquel Júcar tan
cuidadosamente explotado por el agricultor, que apenas le deja rendir al mar
que le espera el tributo de alguna humedad; aquella Albufera parecida a
las manchas de los lagos y mares de la luna; aquellos risueños collados
seguidos de montes, los cuales semejan alzarse para contemplar la belleza
del Elíseo que se extiende a sus pies; aquel clima donde apenas se conoce
el invierno; aquel cielo trasparente y purísimo en que todo promete bonanza: el
que observa todo eso, decimos, no puede sospechar que un país industrioso
y agrícola donde todo sonríe y halaga, se halle nunca expuesto a ofrecer
escenas de sangre, de devastación y exterminio. El idioma lemosin,
tan ingrato en los labios de los catalanes, pierde de tal manera su aspereza en
la boca valenciana, que aun cuando no se considere merecida en su
totalidad la calificación que Cervantes hace de él en su Persiles, preciso
es convenir en que la dulzura que le es inherente es otro argumento de más
a favor de la suavidad que allí reina en todo. En
Valencia, dice un proverbio, son blandos el cielo y el clima, blanda el agua,
blandos los alimentos, y hasta las mujeres son blandas. Pero esa
blandura perenne, esa cualidad apacible que parece modificarlo todo en
aquel país, es solo en el estado normal: cuando las pasiones se irritan,
la furia valenciana podría compararse a la de Medea, cuya belleza y corazón de
mujer no le impidieron despedazar a sus hijos. Llenos de penetración y de
ingenio, han dado los valencianos repetidas pruebas de lo a propósito que
son para las artes y las ciencias; aplicados como los que más, explotan y
aprovechan el trabajo con una constancia admirable; afanándose
por adquirir, son víctimas muchas veces de esa desapoderada pasión que les
hace preferir el trabajo que produce más, aun cuando les sea nocivo, o los haga
vivir tristemente arrastrando una existencia valetudinaria; aseados y
limpios en sus casas, merced al cuidado de sus mujeres, hacen contrastar ese
esmero con la poca decencia del vestido en que no parecen haber consultado
otra cosa que estar libres y desembarazados para el trabajo; ligeros y veloces
en la carrera y en todos los ejercicios de movimiento, merecen el dictado
de leves con que los califica Arriaza; aficionados a fiestas y
regocijos públicos, gastan y derrochan en un día lo que les ha costado
adquirir muchas semanas; religiosos en alto grado, han sido en España uno
de los pueblos que más vanidad han tenido en atender al decoro de sus
templos y a los demás objetos del culto; afables con los extranjeros, son entre
todos los componentes de la antigua Coronilla los que menos
adheridos parecen a sus usos y costumbres locales; amigos de los placeres
hasta lo que no es decible, se entregan a ellos con la misma avidez que a la
industria o a sus faenas agrícolas; dotados de ardiente imaginación, son
ligeros y superficiales cual ella, no siendo sino muy justa la
calificación de volubles que de ellos se hace. Los valencianos, en una palabra,
en medio de las grandes prendas que los distinguen, están expuestos a caer
tristemente en todas las faltas a que puede arrastrar la pasión, siendo
como son en general hombres dotados de imaginación y sentimiento más bien que
de juicio. Esto por lo que toca a la plebe. Las clases que se elevan un
tanto sobre ese nivel no son las que dan a los pueblos su fisonomía local :
participando más o menos de ella, la educación o las riquezas les hacen
pertenecer a otra familia por decirlo así; y el historiador en sus juicios no
puede referirse a ellas sino con grandes excepciones.
Agitada
Valencia con los rumores de traición que corrían de boca en boca, hemos visto a
aquel paisanaje hacer víctima de su suspicacia al desgraciado barón de Albalat,
sin que fueran bastantes a salvarle el prestigio y el poder del padre
Rico. Este acontecimiento con que los valencianos ensangrentaron su
magnánima revolución en los últimos días de mayo, hubiera podido pasar como una
de tantas desgracias, inevitables en aquella época de exaltación
patriótica y de sacudimiento social; más bien pronto se echó de ver no
haber sido tan triste suceso, sino el anuncio de las saturnales que
después debían seguir.
Era el
día 1 de junio cuando se presentó en aquella ciudad un canónigo de San
Isidro de Madrid llamado D. Baltasar Calvo, a quien podrían aplicarse
muy bien las palabras de San Pablo en la epístola segunda a los Corintios:
Satanás se transfigura en ángel de luz; y así no es de extrañar si sus
ministros se transfiguran en ministros de justicia, cuyo fin será según
sus obras. Era en efecto Calvo un monstruo en figura humana, un
fanático con el nombre de Dios en los labios y la furia de Luzbel en el
corazón, un hipócrita con apariencias de santo y con hechos de reprobó.
Admirador del bando jesuita , cuyo corifeo se había hecho en las disputas que
habían en su iglesia tenido lugar con los jansenistas, habíase ensañado en
perseguir a estos con un lujo de vejación extraordinario; pero su alma no podía quedar
satisfecha sino cuando se le ofreciera ocasión de poner en práctica
completamente sus máximas de sangre y exterminio. El grito de independencia
nacional lanzado contra los franceses, fue para él el momento propicio de
acreditarse como una verdadera notabilidad en materia de crímenes. Al
llegar a Valencia vio dispuesta la multitud a todo género de excesos, y
vio también el cuidado con que el P. Rico pretendía dirigirla y
moralizarla. Devorado de ambición como pocos, procuró desde el momento de
su llegada atraerse las miradas de la muchedumbre y conciliarse su afecto,
erigiéndose en apóstol de la causa nacional. Seducidos los valencianos con
los arrebatos patrióticos y con el estudiado fervor religioso del
recién venido, rodearon entusiasmados a un hombre que con solo ser de otra
tierra llevaba en si bastante recomendación, porque los hijos de Valencia
(dice un escritor de nuestros días) «tan enemigos como son de sus paisanos, a
quienes encarnizadamente persiguen si sobresalen por sus talentos, otro tanto
son admiradores de los forasteros, a quienes veneran y colman de honores y
siguen con ceguedad aunque los guíen al precipicio.” Seguro así Calvo de
obtener el favor del vulgo, puso desde luego la mira en atraerse la
benevolencia del P. Rico, a quien miraba con envidia, y cuyo predominio
intentaba dividir al principio para acabar en último resultado por erigirse en
dominador exclusivo. El padre franciscano, que en medio de su honradez y
de las pruebas que dio de desprendimiento y pureza, no era extraño
enteramente al deseo del aura popular, se negó a hacer causa común con el
advenedizo sacerdote, ora fuese porque temiera hallar en él un rival peligroso,
ora porque conociese desde la primera entrevista las torcidas intenciones de
aquel clérigo. No contento con esto, influyó Rico cuanto estuvo en su mano para
que no se nombrase a Calvo individuo de la junta, como pretendía. Calvo
desde entonces juró a su antagonista odio a muerte, y devorando en silencio la
furia que interiormente le corroía, se hizo rodear de cuarenta o cincuenta
asesinos, con los cuales se puso de acuerdo para llevar a cumplido término
el espantoso plan que meditaba.
Había la
junta conducido a la ciudadela, con el fin de evitarles atropellos, a los
franceses domiciliados en la ciudad; y Calvo proyectó con sus satélites
apoderarse de aquel punto, dando muerte a los en él encerrados, para así
captarse el favor popular. Fijado para la ejecución el 5 de junio, comenzó
al anochecer el tumulto con el saqueo de las casas de comercio de los
franceses, cuyas propiedades y haberes había respetado la junta. Hecho esto , y
habiendo talado y destruido, o arrojado por los balcones cuanto les vino a las
manos, se dirigieron los amotinados a la ciudadela, de la cual había
salido su gobernador Moreno para formar una división en Castellón de la
Plana. Caído el fuerte en poder de los sediciosos, se dirigieron los asesinos
en busca de las víctimas, excitándolos Calvo a la matanza y pintándoles
aquel acto como uno de los más meritorios a los ojos de Dios. Extendida
por la ciudad la voz de lo que pasaba, salieron de sus conventos las
comunidades religiosas con las imágenes más veneradas del pueblo y hasta con el
Sacramento en las manos, a fin de evitar la proyectada carnicería. Calvo
entonces, fingiendo compasión, se adelantó a los infelices cuya sangre
anhelaba verter, y hablándoles de un modo tan pérfido como hipócrita, les
manifestó el inminente riesgo en que estaban de perecer a manos del vulgo;
por lo cual, y para impedir tan horrible catástrofe , se anticipaba él, les
dijo, a indicarles el único medio de salvación que tenían, cual era
evadirse por el postigo que daba al campo, dirigiéndose al Grao, donde
encontrarían embarcaciones dispuestas para conducirlos a Francia. Los
azorados presos cayeron en el lazo; y oyendo a la multitud gritar desde
afuera pidiendo venganza contra los traidores, tentaron la fuga por el
sitio que el canónigo les designaba. Oyese en esto otra voz no menos
pérfida, y dispuesta por él mismo, de que los prisioneros se querían fugar; y precipitándose entonces
la multitud dentro del recinto, comienza el horrible degüello de los contenidos
en él. Vanamente los magistrados, el capitán general y la fuerza armada
se empeñan en unir sus esfuerzos a los de los religiosos que habían
acudido allí con algunas otras personas deseosas de evitar la catástrofe.
El sanguinario clérigo preside la ejecución con sonrisa diabólica, y hasta se
niega a conceder a las víctimas los últimos consuelos de la religión. La
voz ¡confesión! ¡confesión! puede más, sin embargo , que
su horrible y nefanda impaciencia; y los pobres franceses consiguen en
aquellos momentos postreros reconciliarse con Dios. Hecho esto , agarra
cada verdugo a su víctima, clava en ella repetidas veces el puñal, y la
estancia se llena de cadáveres. Los gritos de personas compasivas y la
vista de las sagradas imágenes estremecen a los sicarios, los cuales
comienzan a vacilar. El canónigo que lo observa se irrita y los alienta de
nuevo a la matanza, prometiéndoles recompensas pecuniarias, además de las que
el cielo en su sentir les reserva en la otra vida como premio de su acción
meritoria. La sacrílega excitación no produce el efecto anhelado. Los
verdugos se sienten sin ánimo para continuar la carnicería; visto lo cual
por el canónigo, aparenta hacer gracia a ciento cuarenta y tres franceses que
había perdonado el puñal; y con pretexto de disponerles otro sitio
donde estén con más seguridad, ordena conducirlos a las torres de la
puerta de Cuarte. Una traslación como aquella, en medio de la muchedumbre
enfurecida, no podía tener otro objeto que acabarla matanza empezada, y así fue
en efecto. El malvado sacerdote tenía apostada cerca de la plaza de toros
otra cuadrilla de asesinos, y al llegar junto a aquel sitio los franceses,
se arrojan sobre ellos los sayones sin dejar a uno solo con vida.
El número
de las victimas ascendió a trescientas treinta, según Toreno, y a cuatrocientas
según otros. Concluida su hazaña espantosa, se presentaron los asesinos a
entregar a la junta las alhajas de que habían despojado a los cadáveres , y con
arreglo a lo prometido por el canónigo, pidieron descaradamente la recompensa
de su trabajo. El magistrado D. José Manescau mandó al escribano entregar a
cada uno treinta reales; y con pretexto de ser necesario dar cuentas de
las cantidades invertidas, hizo inscribir los nombres de los peticionarios
a medida que recibían su paga. El verdadero objeto que con esto
se proponía aquel funcionario era hacer constar de ese modo quiénes eran
los reos, para cuando llegase el día de vengar la ley ultrajada. Este
medio estaba, sin embargo, sujeto a equivocaciones. Mientras tanto quedó Calvo
erigido, aunque por poco tiempo, en señor absoluto de Valencia, teniendo
en un puño al arzobispo, a la junta y a todas las autoridades, incluso el
capitán general, y amenazando a todos con la muerte en caso de
desobediencia a las órdenes del tirano.
El P.
Rico, que por comisión de la junta había salido a contener a la multitud desde
el principio del tumulto, se vio desoído de todos, siéndole preciso retirarse y
esconderse para no perecer a las manos de aquellos vándalos. A la mañana
siguiente montó a caballo, y trocando en bravura el pavor que le había
sobrecogido la víspera, concibió el atrevido provecto de prender al malvado
sacerdote. Su empresa estaba a punto de salirle perfectamente, cuando uno
de los individuos de la junta propuso admitir a Calvo en su seno. Apoyada esta
moción por otros dos, tomó Calvo asiento en aquella corporación en la
misma mañana del 6, llenando de terror y de espanto a todos sus
individuos. Rico entonces se enciende en ira, y encarándose al autor de
tan horribles asesinatos, pronuncia un enérgico discurso contra aquel réprobo,
llevando su osadía al extremo de pedir la cabeza del malvado para que las
leyes recobren su imperio. La sorpresa de Calvo y el asombro de la junta
tuvieron más de un punto de contacto con los de Catilina y el Senado cuando
Cicerón pronunció aquel discurso tan sabido como elocuente contra el
conspirador romano. Tal era el estado del debate, cuando abriéndose las puertas
del recinto en que se verificaba la sesión, se precipita dentro una parte
de los sicarios, que no contentos con la sangre vertida el día anterior,
acababan de allanar nuevamente los domicilios donde sospechaban que estaban
escondidos algunos franceses, a quienes dieron muerte como a sus
compañeros de la víspera, arrastrando consigo a ocho de ellos, con el fin
de inmolarlos ante los mismos ojos de la junta. La presencia de los
verdugos y de las nuevas víctimas acabaron de aterrar a los miembros de
aquella corporación, dispersándose todos apresuradamente y huyendo de un local
donde Calvo imperaba sin obstáculo, trocada su sorpresa en nuevo y más terrible
furor, merced al refuerzo que acababan de traerle sus satélites,
libertándole del patíbulo en los momentos mismos en que la elocuencia de Rico
iba por ventura a alcanzar un triunfo completo. El orador huyó con sus
colegas, y gracias a haberse disfrazado y puesto en lugar seguro, pudo evitar
la venganza del que en nadie se hubiera cebado con tanto placer como en
él. Mientras tanto los ocho franceses cayeron inmolados a los pies del
canónigo, siendo vanas las súplicas del cónsul inglés Tupper para salvarles la
vida.
El
triunfo de aquella hiena sedienta de sangre no podía ser duradero. Recobrados
los ánimos de las primeras impresiones del terror, se esforzaron los individuos
de la junta en restituir las cosas al orden normal, congregándose en la
mañana del 7 y poniendo a deliberación la arriesgada medida propuesta por
Rico en la sesión antecedente, y reiterada ahora por el mismo con una
energía que le honró sobremanera. Convencidos todos de la necesidad de
salvar a Valencia con un público escarmiento, decretaron el arresto de Calvo; y
habiendo tomado todas las precauciones para que no llegara a su noticia lo
que acababa de resolverse, consiguieron sorprenderle cuando menos lo esperaba.
A fin de evitar que el populacho hiciera alguna tentativa para salvarle, le
condujeron sin dilación a bordo de un barco que dio la vela para Mallorca,
quedando aprisionado allí en la torre que llaman del Ángel hasta fines de
junio, en cuyo intervalo se le formó el correspondiente proceso. Concluido este
fue Calvo conducido a Valencia y condenado a la pena de garrote por unanimidad
de votos. El reo procuró defenderse, alegando en su favor mil extrañas paradojas
de la escuela jesuítica, tales como la máxima de que el fin hace buenos los
medios, y otras por el estilo; pero los jueces desoyeron sus sofismas, y el
Robespierre de Valencia fue agarrotado en la cárcel a las doce de la noche
del 5 de julio, quedando en la mañana del 4 expuesto su cadáver al público
en la plaza de Santo Domingo, frente a la ciudadela, con una
inscripción que decía: por traidor a la patria y mandante vil de
asesinos. No contentada junta con el castigo de aquel malvado,
trató de proceder al de los demás delincuentes; y habiendo creado con este fin
un tribunal de seguridad pública, compuesto de los señores Manescau,
Villafañe y Fuster, magistrados de la audiencia, procedió al arresto de
los asesinos, haciendo servir de cabeza de proceso la lista de los que habían
recibido dinero cuando se presentaron a exigir su retribución. Desde
luego podemos creer que entre los inscriptos en aquel documento fatal
habrían no pocos infelices que no siendo realmente criminales, habrían
supuesto serlo sin más fin que el de adquirir los treinta miserables
reales prometidos a los matadores. «La anarquía , dice el autor de
la historia de Fernando VII arriba citada, se había apoderado
de la patria e invadido hasta el santuario de las leyes. En vez de
emplear las formas legales, servía de única e irrecusable prueba la
inscripción en la lista de que liemos hablado: a las dos horas de haber
sido preso un desgraciado ya no existía; sin defensa, sin pruebas, sin
justificar siquiera la identidad de la persona.» «Hombre hubo, continúa, que
sentado ya en el suplicio fue preguntado por su nombre; y conocido el
error se le desató y puso en libertad. ¡Desventurado! Ya había sufrido la
muerte, puesto que había padecido sus mortales agonías. Así perecían
agarrotadas veinte y más personas cada noche en la cárcel, y al siguiente
día amanecían suspendidas de las horcas en las plazas públicas.
Un sacerdote que confesaba a los reos, horrorizado con la muerte de
algunos inocentes, acudió al tribunal, solicitó más detenimiento, más justicia;
pero fueron despreciados sus ruegos y se le impuso silencio. Trescientos
individuos de la sociedad fueron ajusticiados de este modo arrebatado e
ilegal: a nosotros nos aterrorizan más los asesinatos jurídicos, que los
puñales del vulgo.»
El conde
de Toreno hablando de la atrocidad de este modo de proceder la califica
de severidad que a algunos pareció áspera; pero sin ella,
añade, la anarquía a duras penas se hubiera reprimido en Valencia
y en otros pueblos de su reino. Nosotros convenimos en la necesidad
que en aquellos días tenían los tribunales de mostrarse inflexibles
y severos; pero nunca concederemos que para
reprimirla anarquía en las calles sea preciso que se hagan anárquicos en
contrario sentido los que aplican y ejecutan la ley. Reconocer la
arbitrariedad como necesaria y erigirla en principio de conducta para algunos
casos, aun cuando sean los de mayor apuro, es doctrina nefanda y poco
diferente de las que servían de norte al canónigo Calvo; es confesar la legitimidad
de la tiranía en los gobernantes cuando con tanta razón se rechaza en los
gobernados; es admitir la maquiavélica y horrible máxima que Metastasio pone en boca del rey Demofoonte:
Cuando al
público sirve,
Es
consejo prudente
La muerte de uno solo , aunque inocente.
Pero
apartemos la vista de estos cuadros repugnantes y tristísimos, y preparémonos a
contemplar otro, harto más digno de atraer las miradas de nuestros lectores.
No bien
se recibió en Madrid la noticia de la insurrección de Valencia en los últimos
días de mayo, determinó Murat sofocarla en su origen a todo trance, halagándole
la esperanza de poderlo verificar allí con más facilidad que en
otros puntos, merced al apoyo que creía encontrar dentro de los muros de
la población entre los magistrados y otros sujetos de categoría opuestos
al movimiento. La audiencia, como hemos visto, había dado subrepticiamente
parte al gran duque de lo que en Valencia pasaba, pidiéndole con instancia
un envío de tropas para reducir a la obediencia a los patriotas insurreccionados.
Acorde Murat con los deseos del real acuerdo, y obrando con arreglo a las
instrucciones recibidas de Napoleón, confió la expedición de Valencia al
mariscal Moncey , duque de Cornegliano, hombre probo
y honrado a toda prueba, y uno de los pocos que entre los guerreros de Napoleón
hubieran sido capaces de atraer a favor de su amo los ánimos de los
españoles, a haber sido este y Murat y los demás ejecutores de las órdenes
imperiales igualmente sagaces y políticos que el general de que
hablamos. Cuando en 1796 invadió la Navarra, y provincias Vascongadas al
frente de un ejército republicano y que hacía alarde muchas veces de irreligión
e impiedad, tuvo buen cuidado Moncey de no herir los piadosos sentimientos
del pueblo español, ni de humillar el amor propio de ciertas clases, como
lo hicieron otros jefes compañeros suyos. El mostró miramiento a los grandes, a
los agentes del gobierno y a los individuos del clero; y las cruces que
hallaba en los caminos por donde pasaban sus tropas quedaron en pie como
antes. Cuando después del tratado de Basilea se vio Carlos IV obligado a
dar paso por nuestro territorio al ejército francos que debía marchar a
Portugal, el monarca pidió con grande ahincó que se confiriese a Moncey el
mando de las tropas invasores: tanto era lo que fiaba en la honradez y
delicadeza que distinguía al general. Este por su parte correspondió al
aprecio que se le profesaba, pagándolo con un verdadero afecto hacia el
pueblo español. Cuando más adelante vino a España al frente del ejército
de observación de las costas del Océano, él mismo deploró tristemente la
aberración cometida por el emperador al ordenar a los suyos apoderarse de
nuestras plazas con la perfidia con que lo hicieron. Protegiendo al pueblo
español, y procurando evitarle las vejaciones posibles donde quiera que
ponía sus plantas , era al mismo tiempo, más que jefe, el padre de los
soldados que tenía a sus órdenes. Dotado de un carácter apacible, templado
y conciliador, sin dejar por eso de ser enérgico cuando la ocasión lo
exigía, contrastaba notablemente con el temple arrebatado y falto de toda
prudencia que distinguía a Murat. La sangrienta jornada del 2 de mayo le
arrancó nobles lágrimas, y Moncey no supo mostrarse a los ojos del pueblo
de Madrid sino para hacer lo posible por aliviar su desgracia y contener la
efusión de sangre. «Si Moncey, dice Foy, no hubiera sido francés, habría
querido nacer español.»
Hechos
los preparativos de la expedición en los últimos días de mayo, salió el
mariscal de Madrid el 4 de junio con la primera división de su cuerpo,
compuesta de diez y siete batallones al mando del general Musnier de la Converserie, y con la brigada de caballería ligera del
general Wathier, la cual constaba de ochocientos caballos; llevando consigo
además un tren de artillería de 16 piezas de varios calibres, y
proveyéndose para la marcha con 50.000 raciones de galleta. El total de
sus fuerzas ascendía a unos 9000 hombres, debiendo reunírseles en el camino dos
batallones de guardias españolas y valonas, y las tres compañías
de guardias de Corps del rey de España. La división de Chabran, fuerte de
4000 hombres, debía también salir de Barcelona con dirección a Tortosa donde
esperaría las órdenes del mariscal. Moncey llegó a Cuenca el 11 de junio,
y la frialdad con que fue recibido allí distaba muy poco de aquella
disposición de ánimo que anuncia la insurrección. Las tropas españolas de
la casa real que se enviaban desde Madrid a fin de reforzar el ejército
francés, habían pasado en desorden por los caminos de travesía a la
derecha de aquella ciudad, desbandándose en su mayor parte y dirigiéndose a
Valencia para combatir entre las filas de sus compatriotas a los
mismos que, según las órdenes de Murat, debían conducirlos al combate en
por del pendón extranjero. Anunciando todo que la expedición no acabaría
pacíficamente, envió Moncey a Chabran una orden, que según el plan
convenido, creyó le hallaría en Tortosa, mandándole trasladarse a
Castellón de la Plana donde debía esperar sus órdenes para marchar los dos
reunidos sobre Valencia. Pero ya hemos visto en el capitulo anterior el
modo con que la insurrección catalana echó por tierra esta parte del plan,
no menos que el proyecto de aumentar con la división de Schwartz las
fuerzas que sitiaban a Zaragoza.
Las
tropas de Moncey permanecieron en Cuenca ocho días. Persuadido Murat de que
España le estaba sometida con la sola noticia del 2 de mayo , y
creyendo que para reducir al deber las provincias insurreccionadas bastaba
un simple amago por parte de sus tropas, tachó de demasiado lenta la
prudente marcha del mariscal, e incomodado de la que creía timidez, envió
al general de brigada Excelmans acompañado de varios
oficiales , a fin de que tomase el mando de la vanguardia de Moncey , dándole
al mismo tiempo la misión de activar el movimiento. Excelmans y los suyos llegaron el 16 a Saelices, pueblo situado cerca de Tarancón, y
habiéndose trabado una querella entre ellos y el paisanaje , quedaron envueltos
por este, y fueron conducidos prisioneros a Valencia. De este modo se veía
Moncey amenazado de la insurrección por su espalda y su frente a la vez, y a
medida que proseguía su camino, iban las cosas poniéndose en peor estado. Los
pueblos por donde pasaban los franceses quedaban desiertos de habitantes;
testigos Buenache de Alarcón, Molilla del Palancar y Minglanilla. Y no
porque las tropas expedicionarias dejasen de observar en su tránsito la
mayor disciplina; pero el cuidado de Moncey respecto a este punto no bastó a
inspirar confianza a unos pueblos que nada detestaban tanto como el nombre
francés. Tan repetidas deserciones indicaban como cosa segura la
proximidad del combate, y este no se dejó esperar por mucho tiempo.
Las
atrocidades que habían tenido lugar en Valencia no perjudicaron en nada a la
defensa de la ciudad, antes bien exaltadas las pasiones con
extraordinaria violencia, vinieron a caer de rechazo sobre el enemigo.
Libre la junta del canónigo Calvo, dedicóse con más
desembarazo al alistamiento y organización del ejército; y como quiera que el
tiempo y las circunstancias la obligasen a apresurarlo todo, se ocupó con
extraordinario ardor en defender no solo la ciudad, sino también el resto
de la provincia. Desde el momento que se supo en Valencia haber los franceses
pasado el Tajo, se tomaron las medidas que se juzgaron más oportunas para
contener la invasión. El conde de Cervellón salió para Almansa con
un cuerpo de quince mil hombres, a los cuales se unieron después, bajo el
mando de D. Pedro González de Llamas, las tropas levantadas en Murcia.
Mientras estas enviaban puestos avanzados a Chinchilla y Albacete, y en tanto
que por otra parte se fortificaban los desfiladeros de Cataluña, se situó
en las Cabrillas el general D. Pedro Adorno con ocho mil combatientes,
tomándose otras disposiciones para la defensa en los desfiladeros de Castilla.
Dos o
tres mil paisanos armados sostenidos por un cuerpo de setecientos suizos al
servicio de España se adelantaron al puente Pajazo bajo el mando
del referido Adorno, a fin de disputar a los franceses el paso del rio
Gabriel, dejando situados trescientos hombres cerca de la venta de Coniferas, y el resto de las fuerzas en Badocañas. Los españoles fundaban sus esperanzas de defensa
en un trozo de terreno removido a manera de cabeza de puente, y en cuatro
cañones que lo defendían, y de los cuales confiaban poder hacer uso contra
un enemigo que en su concepto no podría llevar sus piezas a aquel sitio. El
puente que es de piedra y consta de un solo arco, estaba cortado entonces;
y hechos estos preparativos, esperaron los nuestros a los franceses con
grandes esperanzas de triunfo. Las tropas de Moncey estuvieron a vista de
las nuestras el 20 de junio por la mañana, sorprendiendo no poco a los
españoles verlas arrastrar por aquellas rocas dos piezas de a ocho y un
obús, venciendo los mayores obstáculos. Rolo el fuego contra el puente por
el general de brigada Couin, dispuso Moncey que mientras dos batallones se
lanzaban en columna sobre la batería española, pasase el Cabriel a vado un
destacamento de infantería. El indisciplinado paisanaje se vio envuelto en
su posición de un modo inesperado; y habiéndole abandonado doscientos
treinta y tres suizos o guardias españolas que se pasaron al
enemigo, comenzó a dispersarse en todas direcciones, dejando a las tropas
francesas dueñas del puente y de tres de los cuatro cañones que lo
defendían. Nuestra pérdida consistió en veinte muertos y en diez y ocho
prisioneros y la de los franceses en nueve hombres entre muertos y
heridos. Una parte de la fuerza derrotada se dirigió a las Cabrillas, en
cuyo punto esperaron tentar de nuevo la suerte de las armas.
Se da el
nombre de las Cabrillas a la masa de montañas calcáreas que, formando un espeso
antemural, se extienden al oeste del reino de Valencia. No hay por
allí sino un camino por el cual pueda conducirse la artillería, y ese
camino abierto en las rocas, sube y baja alternativamente en pendientes o
cuestas sobremanera penosas. El ejército de Valencia se había atrincherado
sobre el paso principal, entre Siete-Aguas y la venta del Buñol, y merced
a la dispersión sufrida por las tropas de Adorno, se reducía nuestra gente
en aquel punto a unos tres mil paisanos y doscientos soldados de línea, siendo
hasta doce las piezas de artillería que defendían la posición. Ignorándose
el paradero de Adorno, recayó el mando de los nuestros en el brigadier de
guardias españolas Marimon, como oficial de mayor graduación entre los
pocos veteranos que allí se encontraban. Los franceses pasaron por
Uliel, dejando a su izquierda á Requena, cuya villa se les sometió.
Después de haber empleado tres días en hacer venir sus cañones del puente
Pajazo, llegó Moncey a Venta-Quemada el 24 al mediodía. Una nube de
tiradores nuestros que ocupaba el paso principal, hacía sobre los
franceses desde lo alto de aquellos montes un fuego vivísimo. Moncey destacó
por su izquierda, del lado de la Sierra de los Ajos, la cual domina por el
norte al desfiladero de las Cabrillas, varias compañías de vascos franceses,
acostumbrados a vencer asperezas semejantes en el Pirineo, poniéndolas a las
órdenes del general de brigada Arispe, su jefe de estado mayor. Esta
columna trepó por aquellas montañas con extraordinaria ligereza,
y llevando a nuestras guerrillas de roca en roca por espacio de tres
leguas, les tomaron dos piezas de cañón y una bandera. Desde el momento en que
aquellas comenzaron a cejar, atacó Moncey el desfiladero de frente, visto lo
cual, echó apresuradamente a correr la gente bisoña, dejando en poder de los
franceses el resto de los cañones y todo el bagaje. Ciento ochenta hombres del
regimiento de Saboya que tomaron parte en la acción al mando del capitán
Gamindez, hicieron cuanto estuvo de su parte por disputar el paso al
enemigo; pero su valor fue desgraciadamente inútil, quedándolos más de ellos
tendidos en el campo, y cayendo prisionero su jefe. La pérdida de las tropas
francesas fue solo de unos cincuenta hombres entre muertos y heridos,
siendo de cien muertos la nuestra, además de quinientos prisioneros.
Dueño
Moncey de un paso tan importante, hizo doblar a los suyos aquellas alturas,
llenándose de admiración al descubrir desde ellas la bellísima puerta de
Valencia que a distancia de siete leguas se extendía a sus pies. Nada parecía
poder oponerse a la entrada de las tropas francesas en la capital edetana. El
ejército que podía hacerlo había sido batido completamente y desaparecido
todo él, con la sola excepción de los suizos que se habían pasado al
vencedor, Moncey dio libertad a los paisanos que no vestían uniforme, y
este rasgo que tan en armonía se hallaba con sus sentimientos de
benevolencia, lo estaba entonces también con su política; pero ya hemos dicho
otra vez que ni la dulzura ni la severidad podían hacer afortunada la causa
francesa ante el justo resentimiento inspirado a los españoles con
la conducta del emperador. Aprovechando el mariscal las primeras
impresiones que el terror debía inspirar a los valencianos sabida su doble
derrota, invitó al capitán general conde de la Conquista, lo mismo que al
conde de Cervellón, comandante de las tropas, a que le recibiesen como
amigo, protestando no desear otra cosa que restablecer el orden y la
tranquilidad pública. Todo esto fue también inútil. El único medio de
conseguir lo que deseaba consistía en perseguir sin descanso a los
fugitivos y entrar con ellos en la capital; pero la artillería de Moncey no
se hallaba en estado de seguir una marcha tan rápida, y el mariscal se vio
precisado a detenerse todo el día 25 en la venta de Buñol, con el fin de
aguardar el tren. Esta dilación fue funesta a la causa de los usurpadores. El P.
Rico, que al saberse en Valencia la derrota del puente Pajazo había
apresuradamente salido para el ejército por comisión de la junta, a fin de
alentar a los nuestros a tentar una nueva acción, pudo salvarse de caer
prisionero o muerto en la de las Cabrillas, en la cual tomó parte ; y
aprovechando la inevitable demora de Moncey, pudo entrar en Valencia en
la madrugada del 25 y alentar a sus moradores a resistirse hasta el último
trance.
El reino
de Valencia en los primeros días del alzamiento se hallaba desprovisto de
recursos para resistir con éxito al enemigo. El total de las tropas con que
contaba ascendía a dos mil cuatrocientos ochenta y nueve infantes y ochocientos
cincuenta y un caballos, número harto escaso para medirse con las aguerridas y
triplicadas tropas que mandaba Moncey; pero el paisanaje tomaba parte en la
lucha, y un pueblo en revolución es invencible. Veinticinco cañones de
todos calibres, cinco cureñas, dos mil cuarenta y siete fusiles, y quinientos
veinte quintales de pólvora eran todas las armas y municiones de que al
principio podía echarse mano; pero había gran porción de armas blancas, y
ya hemos visto en otro lugar el modo con que los valencianos se proveyeron de
plomo, gracias a la presa que hicieron en una fragata francesa , acabando
de proveerse de lo más necesario con los recursos que le suministró Cartagena. Así
fue posible a la junta improvisar el que a falta de otro nombre hemos
llamado ejército , derrotado en el camino viejo de Madrid.
Sabida en
Valencia por boca del mismo P. Rico la desgraciada acción de las Cabrillas,
mandó la junta a los habitantes de todas edades y condiciones presentarse en la
ciudadela a recibir armas, repartiéndose blancas en defecto de otras, y
hasta hojas de espada sin puño cuando estuvieron distribuidos los fusiles.
Aquel pueblo tan terrible y espantoso pocos días antes ejecutaba las órdenes
de sus gobernantes con una obediencia y entusiasmo sin límites; y en vez
de abatirse por los reveses sufridos, parecía crecer en valor a medida que
el riesgo aumentaba. Animadas de un mismo sentimiento y con muy contadas
excepciones las cien mil almas que constituían aquella población, ocupáronse sin descanso día y noche en trabajar en las
fortificaciones que a toda prisa se levantaban, construyéndose en todas las
puertas baterías con sacos a tierra en el corto espacio de sesenta horas. La
más fuerte de esas baterías quedó establecida en la puerta de Cuarte, como
punto principal que debía atacar el enemigo. En las calles se hicieron
barricadas; se echó agua en los fosos y zanjas que se abrieron; las
entradas y ventanas de las casas quedaron obstruidas con toda suerte de
utensilios domésticos, y para impedirla acción a la caballería enemiga, se
abrieron hoyas y procuróse llenar de
obstáculos los caminos por donde debía pasar. De este modo quedó en estado
de resistir a la primera embestida una ciudad que, aunque tiene el nombre
de plaza por residir en ella el capitán general con su estado mayor ,
carece de fortificaciones propiamente dichas, no siéndolo, como no lo es
militarmente hablando, su antigua muralla de mampostería flanqueada de
torres en sus ocho puertas , ni menos la que llaman ciudadela , construida en
el siglo XVI para contener la irrupción con que el corsario Barbarroja
amenazaba las costas de aquel reino; ciudadela pequeña y mal
fortificada, la cual no sirve de nada para el caso de una defensa
propiamente dicha.
No
contenta la junta con haber procurado en el recinto de la ciudad todos los
medios de resistir al enemigo, formó un campo avanzado en el pueblo de Cuarto,
distante de Valencia una legua, con cuerpos nuevamente levantados, a las
órdenes de D. Felipe Saint-March. El bravo militar D. José Caro, sobrino
del difunto general del mismo apellido, y el cual había sido nombrado
brigadier al principio del levantamiento, hallábase apostado en Almansa con una
división de paisanos en el ejército del conde de Cervellón, cuando ocurrió
nuestra derrota en las Cabrillas. Sabedor de este triste suceso, corrió
apresuradamente a Valencia, y uniéndose a Saint-March, combinaron juntos
el plan que creyeron más a propósito para contener a Moncey detenido en
Buñol. Caro situó sus fuerzas, compuestas de mil soldados, siete
mil paisanos y tres piezas de artillería junto a la ermita de San Onofre,
a la orilla del canal de regadío, que atravesando el camino que conduce a
las Cabrillas, sirve de comunicación a las aguas del rio Turia o Guadalaviar
con el Pera. Llegados los franceses a aquel punto a las dos de la tarde del día
26, rompieron el fuego nuestros tiradores desde los algarrobales, viñedos y
olivares en que estaban emboscados, mientras el cuerpo principal de las
tropas de Caro defendía con sus cañones el camino hondo, cuyo puente se
había cortado. Moncey hizo avanzar su artillería, que ya le había
llegado, disponiendo varias columnas de ataque, y apoderándose del canal y
de la línea establecida en él en menos de una hora. Caro y Saint-March se
retiraron al pueblo de Cuarte, donde habían tenido cuidado de establecer
una segunda línea, no tanto por la esperanza que tuvieran de resistir con
éxito, cuanto para impedir el efecto que en Valencia podría producir la
deserción del paisanaje apostado en el canal, si llegando a ser
derrotados, como sucedió, no tenían a su espalda otro apoyo o punto de
reunión.
Comenzada
de nuevo la refriega en el pueblo de Cuarte, cuyas casas se habían puesto en
regular estado de defensa, fue Moncey en aquella acción igualmente afortunado
que en las anteriores, poniendo en fuga a los nuestros a las seis de la tarde,
y apoderándose de la población, de toda la artillería y de una bandera. Nuestra
pérdida fue de trescientos hombres entre muertos, heridos y prisioneros,
quedando por esta cuarta derrota franqueada completamente a los franceses su
aproximación a Valencia. Esta acción, aunque desgraciada, valió a los
habitantes un día más para sus preparativos; y en guerra lo mismo que en
política, la victoria consiste muchas veces en ganar tiempo
Moncey
pernoctó el 27 entre Cuarte y Valencia, a media legua de esta ciudad. En la
madrugada del 28 envió un coronel español, prisionero de guerra de
los franceses, con un oficio para el conde de la Conquista, intimándole la
rendición de la plaza, y manifestándole los desastres a que la exponía con
una resistencia imprudente. Hecho esto hizo mover sus columnas el mismo día 28
al amanecer, cosiéndole poco esfuerzo hacer entrar en la ciudad a algunos
paisanos salidos de ella con el fin de hostilizarle. Congregada la junta por el
conde de la Conquista, dio entrada en su seno al ayuntamiento, a la nobleza y a
varios individuos de lodos los gremios; y poniéndose a deliberación el
caso de la entrega de la ciudad, hubo varios que opinaron por la
rendición, esforzándose en hacer adoptar este partido el emisario que
había traído el pliego. Vacilante se hallaba la junta y en disposición de ceder
a una capitulación que, atendido el carácter de Moncey, podía ser bastante
honrosa, cuando agolpándose el pueblo a las puertas de palacio gritando traición, amenazó
con la muerte a los que pensasen entablar trato alguno con el enemigo.
Decayeron entonces de ánimo los que agitaban semejante proyecto,
y reconociéndose impotentes para contrarrestar la voluntad popular,
resolvieron conformarse con ella poniéndose al frente de los habitantes,
igualmente que los demás individuos decididos desde un principio por la
resistencia. Uno de los vocales de la junta salió al balcón, y anunció al
pueblo la resolución adoptada de vencer o morir por la patria.
Entusiasmada la multitud pobló el aire de aclamaciones a la autoridad suprema,
y después de recorrer las baterías con ella a su frente, se dispuso a
rechazar al enemigo.
Roto el
fuego a las once de la mañana del 28, faltó la metralla a los defensores a los
pocos momentos; pero el patriotismo suplió por todo , pues arrancando los
vecinos las rejas de sus casas, y proporcionando todo el hierro que en ellas
tenían, se proveyeron así de municiones sirviendo con ellas las piezas, y
haciéndolas jugar con más acierto del que era de esperar, atendida la
inexperiencia de tantos improvisados artilleros.
Rechazado
Moncey de la puerta de Cuarte una, dos y tres veces, acometió otras tres la
batería de Santa Catalina, situada entre dicha puerta y la de San José, siendo
igualmente vano su empeño en apoderarse de aquel punto. La artillería
valenciana, superior en calibre, en posición y número a la francesa, desmontó
en parte las piezas de ataque que Moncey tenía situadas en dos baterías frente
a las puertas de Cuarte y San José a medio tiro de cañón, cubriéndose de
gloria el coronel barón de Petres, el de la misma clase D. Bartolomé de
Georget y el capitán D. José Ruiz de Alcalá, no menos que el coronel Valles y
los comandantes Velasco y Soler, por el acierto con que dirigieron contra
el enemigo el fuego de artillería y fusilería. A las pocas horas de haber
comenzado el combate, se veían ante las puertas mencionadas dos horribles
montones de cadáveres, los cuales atestiguaban el impetuoso ardor de la
embestida y la firme y tenaz resistencia de los valencianos.
Desesperanzado Moncey de entrar en la ciudad por los puntos en que tan
impetuosamente la había embestido, envió una columna a atacar la puerta de
San Vicente como parte que consideraba más flaca; pero esta nueva tentativa
no tuvo mejor resultado que las otras, y gracias a las buenas
disposiciones de los comandantes Barrera, Cano y Alíñela, se vio el enemigo
obligado a replegarse después de una mortandad espantosa. Mientras el sol
estuvo sobre el horizonte no perdieron los franceses terreno, aunque perdieron
multitud de vidas; pero al acercarse la noche aceptaron su sombra protectora,
retirándose en buen orden después de ocho horas de refriega, y reuniéndose
en el campo de la víspera entre Mislata y Cuarte.
En la
embestida de Valencia perdieron los franceses más de dos mil hombres entre
muertos y heridos, contándose entre los primeros el mayor Blanc , comandante
del tercer regimiento provisional, el jefe de batallón Dumont y varios
oficiales; y entre los segundos el general de ingenieros Cazal.
Resguardados los españoles detrás de los muros y baterías, fue su pérdida
incomparablemente menor. En aquella obstinada resistencia arrancaron las
palmas de la gloria lodos los defensores sin distinción de clases, no siendo la
ínfima la que menos pruebas dio de bravura y patriotismo. «El P. Rico,
dice Toreno, anduvo constantemente por los parajes de mayor riesgo, y
coadyuvó grandemente a la defensa con su energía y brioso porte. Fue
imperturbable en su valor Juan Bautista Moreno, que sin fusil y con la
espada en la mano alentaba a sus compañeros, y tomó a su cargo abrir
y cerrar las puertas sin reparar en el peligro que a cada paso le
amenazaba. Más sublime ejemplo dio aun con su conducta Miguel García, mesonero
de la calle de San Vicente, quien hizo solo a caballo cinco salidas, y sacando
en cada una de ellas cuarenta cartuchos los empleaba, como diestro tirador,
atinadamente. Hechos son estos dignos de la memoria histórica, y no deben
desdeñarse, aunque vengan de humilde lugar. Al contrario, concluye el autor
citado, conviene repetirlos y grabarlos en la memoria de los buenos ciudadanos,
para que sean imitados en aquellos casos en que peligre la independencia
de la patria.»
Al
comparar el heroísmo de la plebe valenciana con los sangrientos actos de que fue
ejecutora a las órdenes del canónigo Calvo, bien podremos decir
con Thiers, que esa plebe no se ostenta nunca grande sino cuando se
entrega con la fe que le distingue a morir en defensa de la patria.
Viendo
Moncey reducidos a poco más de seis mil hombres útiles los nueve mil que
consigo había traído; hallándose escaso de municiones de fusilería,
falto casi enteramente de las de cañón, y abrumado con la necesidad de
atender a un numeroso hospital ambulante, calculó por los resultados que
hasta entonces había tenido su expedición los que podía esperar de un
empeño poco prudente en llevar adelante su intento. Al pronto pensó en
pasar a Cataluña para reunirse con Chabran y revolver sobre Valencia unido con
él; pero no teniendo ninguna noticia de aquel general, calculó cuerdamente
que habría en Cataluña ocurrido algún acontecimiento por el cual le habría sido
imposible a Chabran dirigirse a Tortosa como se había determinado. Era en vano
por lo mismo contar con el apoyo de aquel jefe para tentar de nuevo otra
embestida, y se decidió a verificar su retirada de un modo terminante y
resuelto. Las comunicaciones con Madrid estaban interrumpidas hacía más de
dos semanas, y a la insurrección que, según las últimas noticias, había
tenido lugar en Cuenca , se añadía probablemente la de todo el país que
tenía al contorno. ¿Qué podía hacer Moncey tentando un nuevo ataque,
con una fuerza disminuida y derrotada, ante una ciudad cuyo valor y fuerza
moral habían tan notablemente crecido, merced al heroísmo y buena fortuna con
que se había empeñado en la resistencia?
Precisado
Moncey a repasar el Júcar, procuró ocultar a los valencianos la verdadera
dirección de su movimiento, y el 29 por la tarde tomó posición entre Cuarte y
Torrente. El conde de Cervellón, que se había situado en Alcira después de
nuestra derrota en las Cabrillas, permaneció inactivo en aquella
población sin molestar a Moncey en su retirada, disputándole el paso
del rio, como acaso podría haberlo hecho apoyando al general
Llamas. Este había venido de Murcia hacia el puerto de Almansa, y al saber
que Moncey se dirigía a atacar Valencia, avanzó presuroso hasta Chiva,
cortándole sus comunicaciones por la espalda. Viendo después al mariscal
en retirada, le hostigó hasta el rio en cuestión; pero destituido del
apoyo del conde, no se atrevió a pasar adelante en la persecución del enemigo.
Tal vez desconfió Cervellón de sus fuerzas, y teniendo presentes las repetidas
derrotas que el paisanaje había experimentado cuantas veces acababa de medirse
con los franceses en campo abierto , no osó tentar con sus soldados la suerte
de las armas para impedir a los franceses el paso del rio. Esta conducta fue
calificada de reprensible timidez, y dio motivo a que se despojase a Cervellón
del mando de las tropas.
Molestado
Moncey por las tropas de Llamas, consiguió el 1 de julio pasar el Júcar a vado,
precipitándose por él la caballería primero, y siguiendo la infantería. Una
parte del cuerpo español, compuesto en su mayoría de paisanos
armados, huyó a Alcira en desorden. Los franceses tomaron posición el 2
por la noche al pie del puerto de Almansa, marchando a la mañana siguiente
al encuentro de dos o tres mil de los nuestros que los esperaban allí.
Trabado el combate con los paisanos, opusieron estos una débil
resistencia, acabando por abandonar sus cañones y dispersarse. Llegado
Moncey a Almansa, continuó su marcha sin ser inquietado hasta Albacete, en
cuya ciudad hizo alto. Dejémosle aquí nosotros, y pasemos a hablar de
Andalucía.
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