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GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA
CAPITULO
XIX.
Movimiento
del ejercito del centro: sedición en el mismo: toma el mando el duque del
Infantado.— Ataque de Tarancón.—Movimiento de las tropas de Víctor: batalla de
Uclés.—Sucede a Infantado en el mando el conde
de Cartaojal.—Atrocidades cometidas por los franceses en Uclés.—Estado
de la guerra en Cataluña.—Ataques en la línea del Llobregat.— Aumento de
nuestras tropas en el Principado: torna Vives el mando del ejército, y da
principio al bloqueo de Barcelona.—Viene en auxilio de Duhesme el general
Gouvion Saint-Cyr: comienzo del sitio de Rosas.—Sigue el bloqueo de Barcelona
por las tropas de Vives : ataques del 8 y 26 de noviembre, y del 5 de
diciembre.—Heroica defensa de Rosas: capitulación de esta plaza.—Ataque
del Fluviá por Alvarez.—Emprende Saint-Cyr la marcha
para Barcelona: desaciertos cometidos por Vives.—Desgraciada batalla de Llinás:
entra Saint-Cyr en Barcelona.—Levántase el bloqueo de
esta ciudad: funesta rota de Molins de Rey.— Alboroto de Tarragona:
desórdenes en Lérida: es Vives destituido del mando y le sucede Reding.
Reducido
el ejército del centro al escaso número de 8,000 hombres, había, según hemos
visto, conseguido llegar a Sigüenza, en cuya ciudad hizo Castaños dejación del
mando en manos del general la Peña por orden de la Junta Central. La separación
de Castaños hizo poco favor a la Junta; pero acaso no estuvo en su arbitrio
contrariar las exigencias de la opinión, unánimemente declarada contra
aquel jefe por lo que las gentes llamaban inactividad y abandono, cuando
no merecía ese nombre la circunspección y prudencia con que Castaños había
siempre procurado no exponerse a aventuras peligrosas sin probabilidades
de éxito. Como quiera que sea, encargóse la Peña
del mando, y en cumplimiento de las órdenes que se le habían dado, determinó
acudir a la defensa de Madrid, reforzando las tropas de San Juan apostadas
en Somosierra. Salió, pues, de Sigüenza el ejército del centro, llegando la
artillería y casi toda la caballería a Guadalajara en la noche del 2 de
diciembre, no sin haber sabido en el camino el paso de las tropas
francesas por el puerto en cuestión. El duque del Infantado, que había
salido de Madrid en busca de las tropas de Castaños, llegó también a
Guadalajara el dia siguiente, y allí manifestó a la Peña que el enemigo
hostilizaba a Madrid, y que el camino de Alcalá de Henares se hallaba
interceptado por los franceses. Con semejantes nuevas fue preciso variar de
dirección. Reunidos los jefes españoles en consejo de guerra, optaron por la
marcha hacia Arganda, para desde allí socorrer a la capital si llegaban á
tiempo. Puestos en marcha en cumplimiento de este designio, supieron a
muy poco tiempo que Madrid había capitulado, con lo cual, precisados de
nuevo a tomar otra ruta, pensaron cruzar el Tajo por Aranjuez y abrigarse
en los montes de Toledo. Llegados a Villarejo de Salvanés, reunióseles el general Llamas, que fugitivo de Aranjuez por
haber los franceses ocupado aquel punto con fuerzas superiores en número, indicóles lo arriesgado del plan en continuar adelante.
Este triste incidente hizo de nuevo que las tropas lomasen otro rumbo,
pasando el Tajo por Villamanrique, Fuentidueñas y Estremera con dirección a la ciudad de Cuenca. Tantas marchas y
contramarchas disgustaron en extremo a las tropas, estallando en Mondéjar e
Illana una sublevación general, a cuyo frente se puso el teniente coronel D
José Santiago, ansioso de explotar el descontento para elevarse él al
mando en jefe. Arredrado la Peña, y temiendo las consecuencias de aquel
desorden ofreció abdicar el mando, confiriendo la dirección del ejército a
quien más placiese a la tropa. Propuesto para general en jefe el duque del
Infantado y habiendo sido extraordinariamente aplaudida por los soldados
aquella designación, tomó el duque el mando en el acto, conteniéndose así
los progresos de aquella lamentable insurrección. Llegado el ejército a Cuenca
del 10 al 15 de diciembre, sin más contratiempo que el de la segunda división
mandada por Grimarest, puesta en fuga por el
general Mont-Brun en Santa Cruz de la Zarza, fue una especie de milagro haber
conseguido salvarse de los inminentes peligros que sin cesar le habían
rodeado, no siendo el menor de ellos la indisciplina de las tropas. El
oficial Santiago , principal motor del desorden, expió su delito con la vida,
siendo fusilado en Cuenca el 12 de enero de 1809.
Aumentado
el ejército del centro con los soldados de Llamas, y con otros que,
habiéndosele antes desmembrado después de la batalla de Tudela, consiguieron al
fin reunírsele, entre ellos una parte de la vanguardia, salvada heroica y
prodigiosamente por el conde de Alacha, contó el duque del Infantado á los pocos días de su nombramiento cerca de 18,000 hombres
de todas armas. Por desgracia aquel general no tenía las dotes que exigía
el desempeño de su cargo. Al entrar los nuestros en Cuenca, hallábanse en Tarancón, a doce leguas de aquella ciudad,
unos 800 dragones franceses, los cuales saqueaban la comarca, exigiendo
contribuciones a los habitantes y cometiendo en ellos toda clase de
tropelías. Infantado dispuso que la división de vanguardia, situada en Jabaga, a las órdenes del mariscal decampo Venegas,
libertase a aquellos pueblos de tantos vejámenes, desalojando a los franceses
de Tarancón. Venegas salió de Jabaga en la noche del 19
de diciembre con unos 7,000 hombres, llegando a Uclés el 22, y saliendo
de aquí el 24, dividiendo su fuerza en dos columnas, una a su mando
inmediato , y otra a las órdenes del brigadier Girón. Este debía marchar a
Tarancón directamente, mientras Venegas dando un rodeo debía interponerse
entre dicho pueblo y Santa Cruz de la Zarza, para impedir la fuga al
enemigo. El frio de la noche era horrible con la nieve y granizo que caía;
mas no por eso dejaron los nuestros de caminar hasta el amanecer del 25,
llegando la columna de Venegas al monte situado a la izquierda de Tarancón,
distante tres cuartos de legua de Santa Cruz. Áspero allí el terreno, ofrecía además
el obstáculo de infinidad de arroyos que le hacían intransitable, y así tardó
Venegas muy cerca de dos horas en salir al camino real. La fatigosa
marcha de aquella noche le había dejado sin caballería, extraviada casi
toda ella por aquellos vericuetos. Con esto, y con el inevitable retardo, no
pudo conseguirse el objeto de destrozar completamente a los franceses.
Ahuyentados estos por Girón, con arreglo al plan convenido, cayeron de rechazo
sobre algunos de los pocos caballos que le habían quedado a Venegas,
obligándolos a retroceder. Un batallón de guardias españolas al mando del
brigadier Herrasti, secundado por otro de tiradores de España, hizo frente
con denuedo al empuje, y rechazó completamente a los jinetes enemigos,
sucediendo lo mismo en otra carga, de la cual salieron peor,
quedando ciento fuera de combate y huyendo los demás a toda brida en la
dispersión más completa. Como nuestra caballería llegó tarde, fue inútil
intentar perseguir a los fugitivos contrarios, los cuales, sin cesar de
correr, consiguieron refugiarse en Ocaña, nueve leguas distante del punto
en que había sido la acción. Tarancón fue ocupado por los nuestros, con
gran alegría y contento de los habitantes de toda aquella comarca tan
vejada por el enemigo.
El júbilo
de aquellos vecinos duró muy poco desgraciadamente. Alarmado el mariscal Víctor
con la nueva de aquel encuentro, reunió en Aranjuez la mayor parle de las
tropas que habían devastado la Mancha y ocupado en noviembre Toledo, y
ascendiendo estas a 14,000 hombres y 5,000 caballos , determinó caer sobre los
nuestros, antes de darles tiempo de hacerse más temibles por su organización y
aumento de fuerzas. Viendo Venegas las maniobras del enemigo por la
parte del Tajo, sospechó su intención de envolverle, y avisó al duque del
Infantado a fin de que se le acercase con el resto de su ejército, o
dispusiese al menos que la vanguardia se retirase a Cuenca. El duque, a quien
un escritor califica de imbécil bajo el punto de vista militar, no hizo
caso de aquella prevención, visto lo cual por Venegas, y no recibiendo
respuesta ninguna, determinó, de acuerdo con los jefes, abandonar Tarancón
y dirigirse a Uclés, siendo esto tanto más urgente cuanto que el dia 8 de
enero habían los enemigos ocupado Santa Cruz, evacuado por los nuestros, y
amenazaban caer sobre Belinchon. Verificóse la retirada el 11, y al dia siguiente al amanecer reunióse a Venegas en Uclés el brigadier Serra, que habiendo recibido del duque orden de
atacar a Aranjuez días antes, no se había atrevido a hacerlo, por no exponerse,
como se exponía, a perder su gente del todo. Constaba esta de unos 4,000
hombres y 800 caballos, y llevando con corta diferencia la misma fuerza Venegas
, ascendía el total de los dos a unos 8,000 de los primeros y 1,500 de los
segundos. Venegas dejó en Tribaldos 700 de estos y alguna infantería, al mando
de Bocarne y Ramírez de Arellano, y situando el resto
de las fuerzas en los puntos que juzgó más apropósito, establecióse él en el alcázar de Uclés, punto desde el cual dominaba su, en parte
ventajosa, y en parte menos fuerte posición.
La acción
comenzó por Tribaldos, atacando a los nuestros Villatte, y obligándolos a
abandonar aquel pueblo, tras lo cual cayó Víctor en persona sobre nuestra
izquierda en Uclés, desbaratando sin gran dificultad las fuerzas que teníamos
allí, punto el más flaco de la posición, y algo descuidado en verdad, por
haber Venegas creído que sería su flanco derecho el exclusivo ó principalmente atacado. Nuestra derrota fue la más
completa, pereciendo en ella casi toda nuestra infantería y caballería, siendo
solo dos o tres cuerpos de esta última y algunos individuos de la primera
los que consiguieron salvarse en aquella infausta jornada. Fue esto el 15 de
enero de 1809, uno de las que más tristes alumbraron a España en el discurso de
aquella guerra. Los jinetes que pudieron evadirse huyeron a escape,
libertados por el bravo Girón, en dirección de las Peñas de San Pedro. El
duque del Infantado, cuya incapacidad había sido la causa principal de aquel
desastre, reunió a los más de los fugitivos en Carrascosa, y retirándose
después de varios rodeos a Santa Cruz de Mudela, fue allí relevado del
mando, sucediéndole el conde de Cartaojal.
Después
de aquella rota desastrosa, entraron los franceses en Uclés, cuyos vecinos
habían tomado parle en la acción, y cometieron en ellos tantas atrocidades, que
la pluma se resiste a escribirlas. Atormentaron a muchos, dice Toreno, para
averiguar si habían ocultado alhajas; robaron las que pudieron descubrir, y
aparejando con albardas y aguaderas a manera de acémilas a algunos
conventuales y sujetos distinguidos del pueblo, cargaron en sus hombros
muebles y efectos inútiles, para quemarlos después con grande algazara en
los altos del alcázar. No contentos con tan duro e innoble
entretenimiento, remataron tan extraña fiesta con un acto de la más
insigne barbarie. Fue, cáese la pluma de la mano, que
cogiendo a 69 habitantes de los principales, y a monjas y clérigos, y a los
conventuales Parada, Canova y Mejia, emparentados con las más ilustres familias
de la Mancha, atados y escarnecidos los degollaron con horrorosa
inhumanidad, pereciendo algunos en la carnecería pública. Sordos ya a la
compasión los feroces soldados, desoyeron los ayes y clamores de más de 500 mujeres, de las que acorraladas y al montón abusaron
con exquisita violencia [abrasándolas vivas después, añade el
autor anónimo de la Vida de Fernando VII). Prosiguieron
los mismos escándalos en el campamento, y solo el cansancio, no los jefes,
puso término al horroroso desenfreno. No cupo mejor suerte, prosigue, a
los prisioneros españoles : los que de ellos rendidos a la fatiga se
rezagaban, eran fusilados desapiadadamente. Así lo cuenta en su obra
un testigo de vista, un oficial francés , Mr. de Rocca. ¿Qué extraño,
pues, era que nuestros paisanos cometiesen en pago otros excesos, cuando
tal permitían los oficiales del ejército de una nación culta?
La guerra
en Cataluña no presentaba tampoco, por los días a que nos referimos, un aspecto
muy lisonjero. Y cuando decimos la guerra , no comprendemos en
esta denominación toda clase de hostilidades; hablamos de la guerra regular, de
la que tenía lugar entre unos y otros ejércitos. Los generales españoles
del Principado olvidaron lamentablemente durante algún tiempo el carácter
distintivo de la lucha en aquel territorio, el más admirablemente
organizado para la guerra de partidas, y el que menos debiera haberles
hecho caer en tentación de aventurar, como lo hicieron, una batalla tras otra.
Después
de la segunda y desgraciada tentativa de Duhesme contra Gerona, de cuyo suceso
dimos cuenta a nuestros lectores en el capítulo XVI, se trasladó a Villafranca
la patriótica junta catalana, estableciéndose allí con el marqués del Palacio
el dia 1° de setiembre de 1808. Reunidos en el mismo punto los catalanes
nuevamente alistados, envióse más fuerza a la línea
del Llobregat al mando del conde de Caldagués, ascendido a mariscal de
campo por el oportuno socorro con que había atendido a Gerona. Dicha línea se extendía
desde el puente fortificado de Molins de Rey hasta más abajo de San Boy. Temeroso Duhesme de verse cada dia más estrechado en
Barcelona por aquel cordón de valientes, salió de la capital con
6,000 combatientes y atacó a los catalanes el 2 de setiembre,
verificándolo simultáneamente en los dos puntos o extremos indicados. Fueron
rechazados los nuestros por el general enemigo Milosewik,
sostenido por Schwartz, hacia la parle de San Boy; pero
no así en el puente de Molins de Rey, del cual fue repelido con pérdida el
general Bessières, hermano del mariscal del mismo nombre duque de Istria. Poco después fue reforzada la derecha de los
españoles, con cuyo motivo perdieron los franceses las ventajas que acaban de
conseguir en San Boy, siendo Milosewik lanzado de allí, y recobrando los nuestros las posiciones de que acababan
de ser desalojados. Otro choque ocurrido el 22 en Santa Coloma, entre los
franceses y los migueletes acaudillados por Milans, dejó igualmente
escarmentado al enemigo, viéndose en precisión de refugiarse en el recinto de
la capital. Más adelante, el 12 de octubre, fueron Milosewik y Deveaux atacados por Caldagués en San Colgat,
siendo el resultado una rota completa de parte de los franceses, obligados, lo
mismo que anteriormente, a buscar su refugio en Barcelona. Esta población desde
entonces se vio cada vez más estrechada por los españoles, llegando el
enemigo al extremo de no atreverse a abandonar sus muros, como brevemente
veremos.
Las
tropas del Principado se habían aumentado bastante, habiendo arribado a Lérida
en octubre la división aragonesa de Lazan, a cuyo auxilio se añadió después el
de la de Carrafa, procedente de Lisboa y compuesta de 8,000 hombres, que
desembarcó en Tarragona el mes de noviembre. La de Reding, con 15,000
hombres, había igualmente acudido al sostén del esfuerzo catalán. Separado del
mando el marqués de Palacio por la oposición que había contra él en los
incesantes vaivenes a que entonces estaba sujeta la opinión pública,
habíase encargado en octubre de la dirección del ejército el capitán
general de Mallorca D. Juan Miguel de Vives, quien contando ya en aquel
tiempo 19,500 infantes, cerca de 800 caballos y 17 piezas de artillería,
envió la vanguardia al Ampurdán al mando de Álvarez, aquel hombre grande y
terrible que tanto había de inmortalizarse en breve dentro de las murallas de
Gerona; y conservando bajo su inmediata dirección el resto de las fuerzas, dio
principio al bloqueo de Barcelona, aproximándose a esta plaza el 5
de noviembre, y sentando su cuartel general en Martorell, cuatro leguas
distante. Esta determinación fue censurada por muchos, creyendo inoportuno
un bloqueo que, a más de ser de larga duración y de éxito bastante dudoso,
tenía el inconveniente de dejar desatendidos otros puntos de notable
importancia. Alentado Vives con el estado de sorda efervescencia en que se
hallaban los habitantes de aquella capital, y esperando de la explosión de
su requemado encono ver en breve secundadas sus miras, no hizo caso de
aquel dictamen: además que estando en tratos como estaba con algunos
españoles en apariencia afrancesados, creyó con esto y con los esfuerzos de los
suyos que no tardaría ocasión oportuna de poder entrar en la plaza
por medio de algún golpe de mano.
Así
hubiera sucedido tal vez, de haber podido Vives disponer del tiempo necesario
para ello , y de estar Duhesme reducido a los solos recursos que tenía; pero
Napoleón, que conocía la importancia de conservar Barcelona, dio al
general Gouvion Saint-Gyr el cargo de auxiliar a Duhesme con 25,000
infantes y 2,000 caballos, los cuales pasaron la frontera a principios de
noviembre. Sain-Cyr sentó el 6 en Figueras su cuartel general, y en vez de
volar prontamente al socorro de Barcelona, como el emperador le encargaba,
quiso apoderarse primero de la plaza de Rosas, cuyos medios de defensa eran
tan escasos y débiles desde la guerra de la república, como en otro lugar
queda dicho. Vives por su parte, en lugar de acudir con la mayoría de sus
fuerzas al encuentro de Sain-Cyr, aprovechando la oportunidad de
destrozarle que le ofrecía el terreno, y dejando delante de Barcelona la
gente precisamente necesaria para contener a Duhesme, siguió en su
empeño de estrechar el bloqueo de la capital con todo el lleno de sus
tropas, cometiendo así los dos jefes, el español y el francés, dos faltas
igualmente imperdonables en sentir de la gente entendida, si bien la de
Sain-Cyr fue disculpada, y aun convertida en ocasión de elogio, por lo
favorable del éxito. A haber sido este al revés, la loa hubiera sido hasta
las nubes para el general español. Tal sucede con bastante frecuencia en
los hechos que atañen a la guerra.
Ocupado
Sain-Cyr en el sitio de Rosas, cuya formalización quedó al cargo inmediato de
Reille, dio con esto lugar a que Vives tuviese sazón y vagar
para estrechar a Barcelona, exponiendo a Duhesme a perder la importante
posesión de esta plaza. Este se hallaba en el mayor apuro, teniendo que
luchar con los bravos que le atacaban bajo el mismo cañón de Montjuich, y
temiendo en los habitantes una sublevación general a cada ataque que se
repetía. El 8 de noviembre faltó poco para que estallase la ira de aquel mal
reprimido vecindario, notándose en los semblantes de todos la satisfacción con
que veían a los franceses desalojados de sus posiciones del llano de la
capital, y perseguido hasta los mismos muros por sus compatriotas de afuera. El
malísimo tiempo que hacía, y el no haberse combinado con el debido acierto
aquella acometida vigorosa impidió que el ejército español alcanzase aquel dia
gran parte del objeto que Vives se prometía, y este se vio obligado a retirarse
a sus primeras posiciones. Habiéndosele incorporado después las tropas de
la división de Granada al mando de Reding, volvió el 26 a repetir la embestida
en el llano en cuestión, y desalojando definitivamente a los franceses, obligólos a encerrarse en Barcelona y sus fuertes,
trasladando él su cuartel general a San Feliú de Llobregat, a legua y
media de la ciudad, después de rendir prisionera la guarnición del fuerte
de San Pedro Mártir. Los franceses después de esta acción resolvieron
ocupar San Andrés, pueblo situado al norte de Barcelona, situando además de eso
en la falda de Montjuich algunas baterías destinadas a flanquear y proteger
su puesto de la Cruz cubierta. Atacados por Vives en todos estos puntos el
5 de diciembre , fueron también desalojados de ellos, si bien los
recobraron después, merced a un refuerzo que les vino del recinto de la
plaza. La estrechez del bloqueo, cada vez más angustioso para Duhesme; la
escasez de subsistencias que entre los suyos empezaba a experimentarse y
el amenazador aspecto del vecindario barcelonés, a quien desde el 19 de
noviembre se había severamente prohibido asomarse a las azoteas en los días
de acción, hubieran dado a Vives la victoria de haber tenido la embestida
del 8 el resultado que la del 26, o a haber sido posible a los de Rosas,
abandonados a sus solos recursos, sostener su defensa más tiempo; pero el
sitio de aquella plaza tuvo un fin favorable a los franceses, y volando con
esto Saint-Cyr al socorro de Barcelona, fueron desde aquel punto inútiles las
ventajas obtenidas por Vives en todo el curso del bloqueo.
En efecto:
la plaza de Rosas, tenazmente defendida por una guarnición de 5000 hombres
mandada por el gobernador Odaly, acababa de sucumbir. El general Reine apareció
delante de aquel pueblo el 6 de noviembre, cercándolo con 7000 hombres que,
acometidos por los sitiados en una vigorosa salida, hiciéronles perderla esperanza de apoderarse de la plaza en aquel mismo día por un
golpe de sorpresa. Reille conocía bien los puntos débiles por donde con
menos peligro de los suyos podía confiado acometer, y sabía a ciencia cierta
por su jefe de ingenieros Sansón, que habiendo en 1795 asistido al sitio
sufrido por aquella población en la guerra con la república, tenía cuantos
datos eran precisos para no equivocarse en conjeturas en lo relativo a su arte.
Otra salida de la guarnición, no menos vigorosa que la primera, obligó el
12 al enemigo a abandonar las alturas de Aguilas y Puig-Rom, tomando los nuestros posiciones en esta última, donde se
sostuvieron hasta el 15, en que fueron lanzados a la vez, retirándose en orden
a la plaza. Desde entonces fue el sitio más estrecho, siguiendo los
franceses en él el mismo plan que trece años antes, embistiendo
simultáneamente la ciudadela y el fortín de la Trinidad. Apoderado el
enemigo de un reducto, cabeza del atrincheramiento que cubría la villa
hacia el baluarte llamado de la Plaza, consiguieron con esto el 25 la
oportunidad de embestir la población con probabilidades de éxito, realizándolo así
en la noche del 26 al 27, no sin la más heroica resistencia de parte de
los defensores, de los cuales murieron 500 y fueron hechos prisioneros
150, siendo 500 al todo, miguelees en su mayor parte, los que defendían la
villa.
Posesionado
el enemigo de esta hizo a la ciudadela proposiciones de capitular; pero fue la
propuesta sin fruto. El 30 acometieron los franceses el fortín de
la Trinidad, en el cual había ya brecha abierta, pero fueron vigorosamente
rechazados por la guarnición española e inglesa. El 2 de diciembre
verificaron los nuestros otra nueva salida, a fin de embarazar los
trabajos del enemigo; pero fue todo inútil. Roto el fuego de cañón, quedó
practicable la brecha el dia 5, visto lo cual, y no recibiendo el
gobernador al cabo de 29 días de asedio los refuerzos que por
tierra esperaba, capituló por fin honrosamente, quedando con su guarnición
prisionera de guerra. Los defensores del fortín de la Trinidad
volaron los almacenes, y protegidos por el fuego de los buques británicos,
consiguieron salvarse en ellos. El valiente Alvarez no podía ser útil a la plaza con la gente que llevaba a sus
órdenes. Situado sobre el paso de Fluviá, no lejos de Gerona, tenía
delante de sí al general francés Souham, destacado
exprofeso por Saint-Cyr con 6,000 hombres para observar nuestra vanguardia y
cubrir las operaciones del sitio hacia los pueblos de Navata y Pontós de Armodas. Esto no
impidió que aquel héroe pasase decidido el Fluviá el día 24 de noviembre,
desalojando al enemigo de las alturas de Pontós y
obligándole a replegarse; pero esta momentánea ventaja no produjo el efecto
deseado de dar algún respiro a Rosas, pues reforzados los franceses,
revolvieron sobre los nuestros, y hubo Álvarez de repasar el Fluviá con alguna
pérdida en la noche de aquel mismo dia. Poco después pasó a apoyarle el marqués
de Lazan con su división de 4,000 hombres, mas nada
pudo intentarse de nuevo, limitándose Álvarez y él a observar, como era su
encargo, los movimientos del enemigo.
Cayó,
pues, la plaza de Rosas, y su caída trajo en pos de
sí la desaparición del bloqueo con que Vives estrechaba a Barcelona. Él general
Saint-Cyr, no sin temores de llegar tarde o de sufrir descalabro en el camino,
voló al socorro de Duhesme con 15,000 infantes y 4,500 caballos, dejando en el Ampurdán
la división de Reille. Vives por su parle hizo adelantar a Reding camino
de Granollers, siguiéndole él con algunas tropas, con lo cual reunieron entre
los dos unos 8,000 hombres además de los somatenes. Escasa fuerza para
poder medirse con éxito con el victorioso enemigo, y extravío tanto más
lamentable cuanto que estaba en mano del general español destinar más
gente a la empresa, dejando delante de Barcelona la rigorosamente
necesaria para contener a Duhesme. El marqués de Lazan recibió la orden de
separarse de Álvarez y seguir en pos de Saint-Cyr,
aunque no debía caer sobre su espalda mientras Vives no atacase de frente.
Con esto, y disponer que Milans contuviese al enemigo por el lado de la
marina, caso de ser la marcha de este en aquella dirección, o concurrir a
la acción general en el supuesto contrario, creyó Vives tomadas todas las
disposiciones que la marcha del contrario exigía; mas ya que voluntariamente reducía su gente a escaso número, ¿por qué no ocupó
aquellos pasos, que por su angustiosa estrechez eran los más a propósito
para poner en rota al enemigo? No habiéndolo hecho así, perdió la ocasión
de vencer donde más lo indicaba el terreno, y así fue que Saint-Cyr se
sorprendió cuando al llegar a las alturas de Hostalrich y gargantas del rio
Tordera, las halló enteramente abandonadas y sin un solo, soldado español que
le disputase aquellos pasos, tan difíciles de atravesar para él, a poca que
fuese la gente que se le opusiese de veras.
Saint-Cyr
celebró este descuido, y evitando los fuegos de Hostalrich por medio de un
rodeo oportuno, tomó el camino de Barcelona. Incomodado en la marcha
por Milans, venció no sin dificultad las cortaduras de Treinta-Pasos,
consiguiendo salir a campo abierto, y acampando a una legua del punto en
que estaba Vives, situado con el grueso de sus fuerzas entre Villalba y
Llinás. Nuestra posición era buena, mejor que la de los franceses, cuya
gente se componía en su mayor parte de conscriptos de varias naciones, novicios
en acciones de guerra, faltos de artillería, por haberla enviado a
Figueras, y escasos, lo que no es decible, de víveres y municiones. Cercados,
se puede decir, por Lazan y Clarós que les iban detrás,
por Milans que estaba a su izquierda y por Vives que los esperaba de
frente, todo al parecer presagiaba una acción gloriosísima y completa por
nuestra parte, no obstante los errores cometidos; pero Vives no supo
aprovechar la ocasión que se le ofrecía, y la batalla de Llinás, nominada
también de Cardedeu, dada el 46 de diciembre, fue motivo de luto para los
nuestros, en vez de darse allí, como se pudo, la segunda edición de la
jornada que de tantos laureles nos cubrió en los célebres campos de Bailén.
La acción fue sangrienta y no poco, habiendo estado en espantoso apuro durante
algún tiempo las águilas imperiales, mas al fin quedó
el triunfo por estas, matándonos Saint-Cyr 500 hombres, apresando o hiriendo a más
de 4,000 y cogiéndonos 5 cañones. Su pérdida en medio de eso fue mayor que la
nuestra todavía; pero él logró su objeto socorriendo a Duhesme, y entrando
el 17 en Barcelona.
La
guarnición de esta ciudad había hecho una salida contra sus bloqueadores en los
momentos mismos en que se estaba dando la batalla de Llinás o
Cardedeu, atacando los puntos de Sarriá, del Hospitalet y de Esplugas. La
acción fue tenaz y reñida; pero al fin quedó por los nuestros, haciendo
retirar a sus contrarios al recinto de que habían salido. Súpose en esto por los sitiadores la catástrofe de Llinás, y cundiendo el
desaliento en las lilas, replegáronse al Llobregat,
tomando en su orilla derecha las mismas posiciones que tenían antes de
empezar el bloqueo. El general Reding, libertado de caer prisionero por la
velocidad de su caballo, se unió a los nuestros allí, tomando el mando del
ejército durante la ausencia de Vives, que desconcertado y a pie consiguió
salvarse también por sendas extraviadas, embarcándose luego en Mataró, y
apareciendo al fin en el punto donde estaban congregados los nuestros en la expresada
orilla derecha. De allí se trasladó a Villafranca a fin de obrar de
acuerdo con la junta del Principado. Nuestra posición en el Llobregat era
entretanto sumamente crítica, no tanto por la diminución de nuestras
fuerzas, reducidas a 40,000 hombres y 900 caballos, merced a la
derrota del 16 y dispersión que fue su consecuencia, cuanto por el
horrible desaliento que se apoderó de unos hombres antes tan osados y
audaces. Malos auspicios seguramente para que Reding se atreviese a aceptar una
nueva batalla si el francés venia sobre él. Así sucedió, sin embargo.
Saint-Cyr salió de Barcelona el 20, después de haber dado allí descanso
dos días a sus soldados, y situándose en la margen izquierda del rio, cuya
opuesta orilla ocupaban los nuestros, preparóse a
atacarlos desde luego.
Reding
dudó si se retiraría o permanecería en su puesto, y no atreviéndose a adoptar
por sí ninguno de los dos partidos, consultó a Vives lo que debía
hacer. La respuesta del general en jefe, trasladado como hemos dicho a
Villafranca, fue tardía además de enigmática, visto lo cual, se decidió
Reding a esperar en su puesto al enemigo. Dióse con esto el 21 de diciembre la batalla de Molins de Rey, no menos triste que la
de Llinás, siendo hecho en ella prisionero el conde de Caldagués, y
quedando mortalmente herido el brigadier la Serna, perdiéndose nuestra
artillería, que era numerosa, no menos que las armas, arrojadas por los
infantes en la fuga, y los almacenes del Llobregat, Villafranca del Panadés y Villanueva de Sitges, abandonados a merced
del enemigo, como lo habían sido los de Sarriá cuando la acción del 16. El
ejército de Cataluña quedó con esta nueva catástrofe enteramente deshecho.
Los
dispersos después de esta acción fueron reuniéndose poco a poco en los muros de
Tarragona. A esta ciudad había acudido también Vives después de la
nueva derrota. Malquisto de las tropas y del pueblo, alzóse de todas partes contra él un grito de reprobación universal, acusándole
unos de imperito, y otros de desleal y de traidor. Arrestado con este
motivo, pudo Vives tenerse por feliz en libertarse de una muerte cierta ,
haciendo dejación del mando, que fue transferido a Reding. Este general,
querido de lodos por habérsele considerado siempre como el principal vencedor
de las huestes de Dupont en Bailén, tenía entonces con su nombradía la
fuerza moral necesaria para restablecer la disciplina que el soldado había
perdido, y para hacerse respetar del pueblo, muy alterado en aquellas
circunstancias, y expuesto a vengar sus desgracias en los que reputaba
enemigos de la causa que el país defendía. Así sucedió en Lérida, donde
habiendo las autoridades introducido el 1° de enero varios prisioneros
franceses, dieron lugar, haciéndolo de dia, a que exasperado a su vista el
irritado vecindario, forzasen los más alborotados el castillo en que
aquellos estaban, dando muerte a algunos de ellos, junto con cuatro o
cinco españoles tachados de infidentes, entre ellos el oidor de la audiencia
de Barcelona D. Manuel Fortuny y su esposa. Tres días duró el alboroto con
aquel motivo ocurrido, y más durara aun si Reding no hubiera enviado la fuerza
organizada suficiente para, en unión con las exhortaciones de personas
bien quistas del público, refrenar tan horrible anarquía. Restablecióse el orden con esto, siendo más adelante
castigados los principales promovedores de aquella sedición popular. Por
lo demás, si se exceptúa a Lérida, ninguna otra población de Cataluña pasó
entonces a vías de hecho en ese sentido, habiéndose limitado el desorden
en el mismo Tarragona a deponer del mando a Vives, quedando tranquilos los
ánimos con ver en su puesto a Reding.
Escarmentado
este con las consecuencias que al ejército había traído un ardor más loable que
juicioso, dedicóse con calma a completar el mal
parado cuadro de sus tropas, empleando en su reorganización y aumento el
mes de enero de 1809, sin empeñarse en acciones campales. La junta de
Tarragona procuró por su parle asistirle con recursos de toda especie,
desplegando en el desempeño de su misión una solicitud y un entusiasmo
verdaderamente dignos de elogio. Los franceses, a pesar de sus recientes
ventajas, no intentaban tampoco empresa alguna que los pudiera
comprometer, ni se atrevían a mostrarse altaneros en
un país quebrado y montuoso , por el cual no podían transitar sin las más exquisitas
precauciones. La disolución del ejército no había traído consigo la de
aquellas terribles partidas que tanto les daban que hacer, y mientras las
partidas existiesen, vano era aspirar el enemigo a la posesión del país en
los términos que tanto anhelaba. Indicada la guerra de montaña por D. José
Joaquín Marti como la más oportuna en aquella
tierra indomable, ajustóse Reding en un principio a
tan sabia y prudente indicación; pero el valor que le caracterizaba no
podía transigir largo tiempo con un plan para él de inacción y de
insoportable reposo. A su tiempo veremos las tristes y funestas consecuencias
de la alteración de ese plan, tan oportunamente calculado.
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