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HISTORIA UNIVERSAL DE ESPAÑA

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA

 

 

CAPITULO XVIII. CAIDA DE GALICIA

Excesos de las tropas de San Juan y asesinato de este.—Vuelve Galluzo a tomar el mando del ejército de Extremadura: ataque de los puentes del Arzobispo y Conde.—Retirada de Galluzo a Trujillo y  Zalamea.—Sucede Cuesta a Galluzo, y se dirige con sus tropas a Badajoz.—Instálase en Sevilla la Junta Central: muerte del conde de Floridablanca.—Cuidados del gobierno español.—Movimiento del ejército inglés : cooperación del de la izquierda mandado por la Romana.—Llegan los ingleses a Sahagun : principio de la retirada de Moore.—Pasa Napoleón el Guadarrama.—Acciones de Benavente y Mansilla : sale de León la Romana, y se une á Moore en Astorga: resuélvese proseguir la retirada.—Penosísima marcha de los nuestros por el camino de Fuencebadon: pérdida de la primera división española en Turienzo, y llegada de las dos restantes al valle de Valdeorras: mala dirección de los nuestros en aquella retirada.—Continúa Moore en su fuga: reencuentro en Cacabelos: indisciplina y excesos del ejército inglés.—Llegada de este a Vigo  la Coruña : crítica situación de Moore.—Batalla de la Coruña: muerte del general inglés: embárcase al fin el ejército.—Rendición de la Coruña y del Ferrol: sumisión de toda Galicia: el marqués de la Romana se retira a Portugal.—Retrocede Napoleón a Valladolid: castigos en algunos españoles: pide el ayuntamiento de Madrid la reposición de José: sale el emperador para Paris con motivo de la guerra de Austria,

 



Después de la brillante aunque desgraciada defensa del paso de Somosierra, habíase el general San Juan dirigido a Segovia, según hemos visto, donde en unión con el general Heredia se dedicó a recoger dispersos. Estos en su mayor parte pertenecían al ejército de Extremadura, y San Juan dispuso dirigirse con toda la gente que se había agrupado en torno suyo, hacia las cercanías de Madrid. Situado en el Escorial, antes que la capital se entregase, revolvía en su mente los medios de distraer la atención de los imperiales, y cooperar con los moradores de la heroica villa a hacer desistir al enemigo de su empeño en tomarla. El vizconde de Gante, encargado de la defensa de la puerta de Segovia, había salido de Madrid y reunido a las tropas de San Juan, a fin de acelerar su marcha. Aguijados San Juan y Heredia por las instancias del vizconde, corrieron para Madrid a toda prisa, y ya se hallaban cerca de llegar, cuando esparcida entre las tropas la voz de ser imposible de liberar la capital, cundió el terror por las filas, desordenándose estas completamente y entregándose a la más vergonzosa dispersión, sin que San Juan ni Heredia pudiesen en ningún modo impedirlo. Aquellos soldados, a manera de hordas salvajes, comenzaron a devastar los pueblos por donde pasaban, maltratando a sus habitantes y cometiendo toda clase de excesos. En esta forma se dirigieron por distintos puntos a Talavera de la Reina, señalado como de reunión por San Juan, caso de suceder alguna desgracia. Llegado este jefe al mismo punto, se alojó en el convento de San Agustín, y trató seriamente de poner coto a los excesos e insubordinación de sus tropas. Temerosos los más comprometidos de experimentar el castigo a que se habían hecho justamente acreedores, trataron por su parte de parar el golpe que los amenazaba, y tanto por esto como por cohonestar su ignominiosa dispersión, esparcieron villanamente la voz de que los franceses habían forzado el paso de Somosierra por haber vendido San Juan las tropas que tenía a su cargo. Esta horrible calumnia surtió desgraciadamente todo el efecto que sus autores se prometían, alterando los ánimos contra aquel benemérito jefe, uno de los oficiales más distinguidos del arma de caballería. Alborotada la tropa, se puso al frente un indigno fraile, y penetraron los amotinados en el convento de San Agustín a los gritos de muera San Juan. Este al ver su celda invadida, procuró con suaves razones aplacar el furor de los amotinados, pero nada sirvió su discurso. Amenazado de muerte, y hostigado por todas partes, se dejó de razones inútiles y echó mano del sable para defenderse. Desarmado, y viéndose perdido enteramente buscó su salvación en la ventana, a fin de arrojarse a la calle. Los asesinos entonces dispararon sobre él tres balazos, y desnudando luego el cadáver, lo arrastraron y mutilaron horriblemente, colgándole por último de un árbol en uno de los paseos públicos, y repitiendo allí sus disparos sobre él , cual si fuese preciso matar más al que estaba ya muerto. Sucedió esta catástrofe en Talavera de la Reina el día 7 de diciembre, fallando poco para repetirse en los demás generales; pero al fin pudo el orden quedar restablecido algún tanto.

Encargado de nuevo Galluzo del mando de aquel ejército procuró desviar su atención de tan espantosos excesos, y dejando la caballería en Talavera y sus inmediaciones, trasladó su cuartel general a Aldea-Nueva, cerca del puente de Almaraz, en la orilla izquierda del Tajo. Allí se dedicó con ahínco a la reorganización de sus tropas y a guardar los vados del Tajo, no menos que a cortar los puentes del Cardenal, de Almaraz, de Conde y del Arzobispo, a fin de evitar que los franceses, guiados por Lefebvre en número de más de 22,000 hombres, consiguiesen pasar a la otra orilla. El puente de Almaraz era el más importante, como que pasa por él el camino real de Badajoz a Madrid. Para preservar a Extremadura de la invasión, se situó Galluzo en persona en el puente en cuestión, guarneciéndole, después de estropeado, con 5,000 hombres. El general Trías entretanto dirigiese al puente del Arzobispo, pero atacado el 24 por su centro y flanco derecho por las fuerzas de Sebastiani, superiores en número a las suyas, no pudo sostenerse en dicho punto, y hubo de retirarse a Ibort por el camino de Castañar y la Sierra. Al mismo tiempo fue atacado en el puente del Conde su defensor D. Pablo Morillo, sosteniéndose este en él basta caer la noche, retirándose después entre las sombras para no ser cortado.

Dueño el enemigo de los puentes del Arzobispo y del Conde, avanzó hasta Valdelascasas, visto lo cual por Galluzo se retiró del de Almaraz a Jaraicejo, dejando para guardar el puente dos batallones y una compañía de zapadores. Atacados estos el 25 por la vanguardia de Lefebvre, se defendieron con valor una hora; pero inutilizada la artillería por haberse marchado con los tiros nuestros conductores, quedó la infantería sin recurso y hubo de retirarse también con pérdida de 300 prisioneros. Con esto no pudo Galluzo sostenerse más tiempo en Jaraicejo, y ordenó el 25 su retirada a Trujillo. Molestadas las tropas con una copiosísima lluvia, y cundiendo entre ellas la voz de que el enemigo las cortaba, el desorden fue completo, y a causa de esta nueva deserción Galluzo llegó a Trujillo muy disminuido de gente. Celebrado un consejo de guerra la misma noche del 25, y asistiendo a él, además de los jefes militares, dos vocales de la junta de Extremadura, se discutió lo que debía hacerse. Encerrarse Galluzo en Badajoz pareció muy poco oportuno, y se acordó por tanto que su ejército se retirase a las fronteras de Andalucía, señalando a Zalamea como punto de reunión. Salió, pues, de Trujillo el ejército de Extremadura, si es que ya merecía este nombre, el 26 a la madrugada, huyendo con él los vecinos aterrados con la proximidad de las tropas francesas. Diez y siete eran las piezas de artillería que habían podido salvarse, y de ellas se enviaron once a Badajoz, siguiendo las seis restantes camino de Zalamea. Galluzo llegó a esta ciudad el 28 de diciembre, donde poco después se le reunió Trías con 4,200 hombres de los del puente del Conde y del Arzobispo, los cuales habían podido felizmente salvarse de todo encuentro con el enemigo, sin pasar por Trujillo , ocupado el 26 por los franceses.

La retirada de los españoles por aquella parte dejó a Extremadura sin defensa, y harto poco escudada la de Andalucía. La marcha de nuestras tropas desde Trujillo a Zalamea fue toda confusión y desorden, llegando la indisciplina al último extremo, y cometiendo los soldados atropellos inauditos con los habitantes de los pueblos que encontraban al paso. Imposibilitado Galluzo de contener el desenfreno, hízose extensiva hasta él la voz que condenaba a sus tropas, y esta designó como sucesor suyo al general D. Gregorio La Cuesta que, arrestado por sus tropelías contra Quintanilla y Valdés, seguía a la Junta Central. Esta, mal animada contra Cuesta, y no sin fundado motivo, resistió cuanto pudo conferirle el mando del ejército de Extremadura; pero al fin cedió a las exigencias de la opinión pública, y desistió de su repugnancia. Cuesta, entonces, sacó de Zalamea las tropas existentes allí y puso su cuartel general en Badajoz , dedicándose en esta plaza a reorganizar el ejército. Con esto quedó enteramente desprovisto de toda defensa el territorio andaluz, no sin grave cuidado de la Junta Central, que desistiendo de su primer propósito en cuanto a dirigirse a Badajoz, había, según hemos dicho, elegido por morada Sevilla.

En efecto: el supremo gobierno se había trasladado a esta ciudad el 17 de diciembre, empezando de nuevo sus sesiones en el real alcázar desde el día siguiente. Once días después de su llegada murió su presidente Floridablanca, a quien se hicieron magníficas exequias, tributándole honores de infante de Castilla. Sucedióle en la presidencia el marqués de Astorga, grande de España. La muerte de Floridablanca no dejó vacío ninguno que pudiera sentirse en verdad, es decir, que pudiera lamentarse; pues si bien se perdió un grande hombre con relación a los pasados tiempos, no así por lo que tocaba a la era inaugurada con el 2 de mayo, cuyo espíritu no comprendió ni podía tal vez comprender, atendida su tenaz insistencia en aferrarse a los hábitos del régimen absoluto, según en otra parte hemos ya dicho. Al contrario, la junta ganó mucho con no tener en él uno de los primeros obstáculos para dar principio a una marcha más acomodada a la época, marcha que por fin emprendió, aunque no sin tardar todavía, y sin notable miedo a las reformas y al espíritu innovador.

Los cuidados de la Junta Central aumentaban en vez de minorarse. Nuestras tropas estaban deshechas, no quedando sino restos tristísimos desparramados por todas partes. Guardadas las avenidas de Andalucía en Santa Olalla y el Ronquillo y las gargantas occidentales de Sierra Morena por las fuerzas que D. José Serrano Valdenebro pudo reunir, no eran estas escudo bastante para el mediodía de España; y si Napoleón se empeñaba en invadir la Andalucía, podía hacerlo sin dificultad. Afortunadamente llamó su atención el ejército inglés, y con esto el gobierno supremo tuvo algunos momentos de respiro, alejando de sí la tempestad que a no ser aquel incidente hubiera desde luego caído sobre el territorio andaluz.

Moore, según hemos dicho, estaba decidido a retirarse a Portugal en vista de nuestras derrotas. Los clamores de la Junta Central para que avanzase a Castilla no habían tenido sobre él ningún peso; visto lo cual por esta, había enviado a Salamanca al general D. Ventura Escalante y a D. Agustín Bueno, a fin de impedir que el inglés persistiese en su retirada. Inútiles fueron también los ruegos de estos y los de otras varias personas; pero habiendo Swart sido de opinión que Madrid se resistiría contra las huestes que le amenazaban, y habiéndose unido a sus reflexiones las del ministro inglés Frere, cedió Moore por fin a tan repetidas instancias, moviéndose por el frente con todo su ejército y saliendo de Salamanca el 12 de diciembre camino de Valladolid, a pesar de saber la triste nueva de que los franceses eran dueños ya del Retiro, y que estaba la capital de la monarquía próxima a sucumbir. Moore llegó el 14 a Alaejos, y allí supo por pliegos cogidos en Valdestillas a un oficial enemigo que Madrid había capitulado. Con esta noticia y la de una parte de los planes que Napoleón revolvía en su mente, varió el inglés de rumbo, y en vez de dirigirse a Valladolid, lo hizo hacia Toro y Benavente, a fin de reunirse con el general Baird, subalterno suyo, y con el marqués de la Romana que se hallaba en León con 16,000 hombres del ejército de la izquierda, 8,000 de los cuales se hallaban en el peor estado, merced a unas fiebres malignas, consecuencia de sus anteriores desgracias y de tantos afanes pasados. El expresado Baird había en un principio pensado, de acuerdo con las órdenes de Moore, retirarse a Galicia, noticia que alarmó a la Romana, que a trueque de no verse en desamparo con la fuga de los ingleses, determinó también por su parte abandonar León. Sabedor después de que Moore había variado de plan, y que Baird se le unía en Astorga, donde juntas las tropas inglesas componían un total de 23,000 infantes y 2,300 caballos, cambió también de idea la Romana, y dejando en León la mitad de la gente que allí tenia, hizo avanzar camino de Cea la otra mitad, compuesta de 8,000 hombres escogidos.

Los ingleses llegaron a Sahagún, en cuyas cercanías derrotaron a 600 dragones enemigos, y Moore asentó el 21 en aquella villa su cuartel general. Allí pensaba el general británico ponerse luego en movimiento contra las tropas del mariscal Soult que, situado antes con 18,000 hombres entre Saldaña y Carrión de los Condes, se había reconcentrado en esta villa al saber que Moore venia sobre él. En esto supo Moore, por aviso que le dio la Romana y por otros varios conductos, que Napoleón en persona, al frente de un poderosísimo ejército, se dirigía contra los ingleses; y adivinando el plan del emperador, que era comprometerle entre sus tropas y las de Soult, cogiéndole entre dos fuegos, determinó al momento retirarse, como lo hizo, dividiendo los suyos en dos columnas. Una de ellas, dirigida por él, tomó el camino de Benavente por el puente de Caslro-Gonzalo; y la otra marchó a Villamañan por las barcas de la antigua Coyanca, hoy Valencia de Don Juan.

El emperador por su parte, después de haber esperado vanamente que la sumisión de Madrid decidiese la de las provincias, había salido de la corte de España pasando el Guadarrama los días 23 y 24 de diciembre con no poco trabajo y penuria. El invierno de aquel año fue tan crudo, que el termómetro de Reaumur señalaba en el puerto en cuestión, cuando Napoleón lo cruzaba, nueve grados debajo de cero. Aquejadas sus tropas con la nieve y con la heladora ventisca, desalentáronse en tales términos, que hubo el emperador de apearse para darles ánimo y obligarles con su ejemplo a seguir adelante. Hiciéronlo así, aunque con pena y con pérdida de hombres y caballos, sin que por cruzar aquel paso acabaran del todo sus desgracias. Al bajar a Castilla la Vieja suavizóse la crudeza del tiempo; pero empezó a llover en demasía, quedando intransitable el terreno y atollándose en él la artillería lo mismo que los equipajes. Esto, unido a la soledad de los pueblos, cuyos habitantes huían a medida que Napoleón avanzaba, retardó la marcha de este, siéndole por lo tanto imposible realizar su plan de colocarse a la retaguardia de Moore, y cogerle así entre sus tropas y las que Soult tenía en Carrión.

Moore mientras tanto llegó a Astorga con su columna el 29 de diciembre, después de arruinar el puente de Castro-Gonzalo para retardar la marcha de los franceses. La otra columna, comandada por Baird, consiguió juntarse con él en la mencionada ciudad. En Benavente, donde había quedado la caballería inglesa, fue acometida esta por Lefebvre con 600 infantes, quedando prisionero el general francés con 70 soldados. La destrucción del puente fue la causa del engaño padecido por este. Mas afortunado Franceschi sorprendió en Mansilla de las Mulas la segunda división de nuestro ejército de la izquierda el dia 29, la cual se rindió prisionera, exceptuándose muy pocos soldados que pudieron salvarse. La Romana, que había quedado en León con la parte más flaca de su ejército no se creyó seguro en aquella ciudad, y en la misma noche del dia en que tuvo lugar la sorpresa de la 2.a división, la abandonó apresuradamente. Llegado a Astorga el dia siguiente, fue mal recibido de Moore, el cual creía a nuestro general guarneciendo las fronteras de Asturias con las tropas que le habían quedado. Hallábanse estas en el deplorable estado que arriba se ha dicho; y su unión con los soldados ingleses, cuya disciplina se había enteramente relajado, haciéndoles cometer mil excesos en Valderas, Benavente y otras poblaciones del tránsito, acabó de aumentar el desorden y la confusión de aquel antes lucidísimo ejército. Mediaron en Astorga agrias contestaciones entre el jefe español y el inglés, siendo aquel de opinión que debía esperarse a los franceses en las cordilleras del Bierzo, y empeñándose este en retirarse camino de Galicia. Era esta su idea favorita, concebida ya mucho antes, y no abandonada sino interinamente y solo a fuerza de pesados ruegos. Fácil es inferir por lo mismo que habiendo llegado las cosas al extremo en que entonces se veían, no desistiría el inglés de su mal concebido propósito, perdiendo la oportunidad de librar una acción ventajosa al abrigo de aquellas alturas. Cedió, pues, la Romana mal su grado, y dejando a Moore el ancho y expedito camino de Manzanal, se reservó para si el agrio y áspero de Fuencebadon.

Eran las doce de la noche del 31 de diciembre, y Moore comenzó su retirada, saliendo a dicha hora de Astorga. La Romana hizo lo mismo poco rato después, llevándose consigo su gente por el camino convenido, aunque dejando a Moore nuestra artillería, por ser la ruta de este más cómoda y apropósito para hacerla marchar sin retardo. Esta resolución, tan oportuna en sí, no lo fue por la extraña confusión que entre los ingleses reinaba, pues cortando estos los tiros, perdimos casi todos los cañones, abandonados unos en el camino de Manzanal y otros precipitados malamente en aquellos derrumbaderos. A estas desgracias se añadieron otras al ejército de la Romana, pues siendo ya su ruta intransitable por la nieve que había en las asperezas de Fuencebadon, lo fue más por habérsele unido, contra lo que se había acordado, la división del general Crawford compuesta de 5,000 hombres, embarazando así más y más una marcha tan difícil de suyo. A duras penas, y venciendo increíbles obstáculos, muertos de hambre, cansancio y fatiga, con el enemigo a la espalda y sin tener un punto de reposo, pudieron reunirse poco a poco en el valle de Valdeorras, aunque muy disminuidas, la segunda y tercera división española de las tres que la Romana llevaba, quedando la primera en su mayor parte prisionera en Turienzo. Con este nuevo golpe dejó, puede decirse, de existir nuestro ejército de la izquierda. Con mejores disposiciones en aquella infeliz retirada, se hubieran podido evitar muchos males; pero el jefe que mandaba nuestras fuerzas no era el más apropósito para dirigir un ejército en conflictos de la especie que aquel. Añadíase a esta circunstancia la carencia en que estábamos de jefes subalternos entendidos, por haber perecido los antiguos, los que no en el campo de batalla, en el contagio que reinó en León. Así fue que nuestros valientes, desprovistos de guía oportuna, caminaban en manos del acaso, siendo verdaderamente notable que en medio de tantos conflictos no pensasen en librarse de ellos por medio de una entrega voluntaria al enemigo que los perseguía.

Mejor dirigido el ejército inglés, no podía quejarse de sus jefes, y era sin embargo espantoso el aspecto que en su marcha ofrecía. Cada vez más indisciplinado, llegó a Villafranca del Bierzo el 2 de enero en número de 19,000 hombres , entregándose a toda clase de excesos. Napoleón, que el dia anterior había arribado a Astorga con las fuerzas de Soult y de Ney, una parte de la guardia imperial y dos divisiones del ejército de Junot, componentes al todo 70,000 infantes y 10,000 caballos, viendo a los ingleses en tan mal estado, no creyó necesario proseguir adelante, y contentóse con enviar tras ellos 25,000 hombres al mando de Soult, siguiendo a este las divisiones de Loison y Heudelet, y sosteniendo el movimiento de los tres el mariscal Ney con 16,000 hombres. Entró Soult en Bierzo, dividida su gente en dos columnas, de las cuales tomó una el camino de Manzanal y la otra el de Fuencebadon. Llegada la vanguardia francesa, mandada por Colbert, a las inmediaciones del Gúa, tuvo un choque con los ingleses, que situados apropósito hacia Cacabelos y Bembibre, la rechazaron con vigor, tendiendo en el campo al jefe que la dirigía con muchos jinetes franceses. Era aquella ocasión oportuna de empeñar una acción general; pero Moore desconfió de su tropa, más en confusión cada vez, y no bien se hizo de noche determinó seguir su retirada. Puesto en marcha su ejército otra vez, fue tan espantoso el desorden y tal el desenfreno general, que particularmente en Villafranca llegaron los soldados al extremo de entregarse al saqueo y al pillaje, maltratando crudamente a los moradores del pueblo, y poniendo a los españoles en el caso de preferir la ocupación francesa a la de sus caros aliados. Moore quiso enfrenar los excesos de los suyos con ejemplares castigos, mas no evitó por eso que creciesen en lo que faltaba hasta Lugo, siendo esta principalmente la causa de no aventurarse a una acción en los Valcárceles, a la entrada de Galicia, donde por lo quebrado del terreno y por las angosturas que ofrece, es la resistencia tan fácil. Los ingleses abandonaban los cañones, dejaban a merced del enemigo todos sus heridos y enfermos, mataban los caballos y arrojaban los fusiles. Un convoy de vestuario y armas que venía de Inglaterra para las tropas del marqués de la Romana fue también destrozado por ellos. ¿Qué más? Al acercarse a Nogales, tenía aquel ejército 120,000 pesos fuertes; y en vez de repartirlos entre sus individuos, ordenó Moore mismo su pérdida, haciéndolos echar en un abismo. Cuando el soldado mira en tales términos con indiferencia el dinero, grave es el temor que le ocupa de que no le ha de ser de utilidad. Los ingleses no creían llegar vivos a los buques que debían salvarlos.

Después de nuevas cuitas y desórdenes, y habiendo conseguido Moore evitar el alcance de los franceses en las inmediaciones de Constantin, llegó al fin el ejército a Lugo. Cerca de esta ciudad pensó el inglés presentar batalla a los franceses; pero Soult no la quiso admitir mientras no le viniesen refuerzos. Moore vio que era muy arriesgado dar tiempo a su enemigo para que se le reuniesen las tropas que caminaban en pos de él, y emprendió su retirada de nuevo, saliendo de Vigo el 8 de enero y llegando el 9 a Betanzos. Hallándose rendida de cansancio su tropa y llena de fatiga y abatimiento, detúvose en esta ciudad el dia 10, y saliendo de ella al siguiente, consiguió por fin arribar a la Coruña. En su puerto creía encontrar los buques de transporte que habían salido de Vigo ; pero vientos contrarios impidieron al almirante británico doblar el cabo de Finisterre. Este desgraciado incidente hizo más difícil que hasta entonces lo había sido la situación del ejército inglés, puesto que precisado a aguardar el arribo de los buques, lo estaba también a batirse con los franceses cuando menos probabilidades tenia de éxito, habiendo despreciado la ocasión de hacerlo con más fruto cuando le era más favorable el terreno y era menor la indisciplina de sus tropas.

A pesar de este nuevo conflicto, no perdió Moore la serenidad, antes bien eligiendo los puntos que le parecieron más apropósito, y desoyendo las insinuaciones que algunos de los suyos le hicieron relativamente a entablar una capitulación, preparóse a recibir al enemigo. Presentáronse el 12 a su vista las tropas de Soult; mas no hubo combate formal hasta cuatro días después, por no haber reunido el francés el suficiente número de tropas. El 14 llegaron a la Coruña los anhelados buques, y transportando a ellos en la noche del mismo dia 52 cañones con los enfermos y heridos, destinó Moore para la noche del 16 el embarco de todo su ejército. Por desgracia no tuvo tiempo para ejecutar su designio, puesto que a las dos de la tarde del dia señalado al efecto, fue acometido encarnizadamente por las tropas de Soult. Trabóse con esto el combate de un modo vigoroso y enérgico, desplegando en él los ingleses más bravura y serenidad de la que de ellos podía esperarse atendida su desorganización. Acudía Moore a los puntos en que era mayor el peligro, y viniendo una bala de cañón hirióle mortalmente en el hombro izquierdo. Caído en tierra, incorporóse luego , sin consentir que se le retirase, hasta que tendiendo su vista por el campo de batalla, observó que los suyos tenían la ventaja a su favor. Recogiéndose entonces a sitio más seguro, expiró al poco tiempo. Triste fin a que él dio motivo con su circunspección exagerada cuando quiso pecar de prudente, siendo así que tenía altas prendas como militar y esforzado. Pruébanlo su gloriosa catástrofe y las disposiciones que dio en aquellos solemnes momentos. Hope, sucesor de Moore, dirigió con acierto sus tropas después de aquella desgracia, sin que los soldados ingleses se descorazonasen por la pérdida de su general. La pelea duró toda la larde, siendo rechazados los franceses en toda la extensión de la línea. Llegada la noche, aprovechó Hope sus sombras, y dispuso el embarco del ejército con arreglo a las disposiciones tomadas por su antecesor. Protegieron la operación los habitantes de la Coruña, ayudándoles durante la noche, y resistiéndose a rendirse ínterin las tropas aliadas no estuviesen en salvo. Los franceses notaron la fuga al dia siguiente por la mañana, y asestando la artillería contra los barcos desde las alturas de la bahía, consiguieron causarles algún daño ; mas era tarde ya para evitar que el ejército insular se salvase.

Perdieron los ingleses en la batalla de la Coruña 800 hombres entre muertos y heridos, y otros tantos, si no más, los franceses. Su retirada tuvo mucho de hábil por parte de Moore en algunos puntos del tránsito, y de mal meditada en los más, siendo casi siempre afrentosa por lo que toca a los soldados, de cuya anarquía y desórdenes quedó larga memoria en el país. La batalla final los honró.

La división del general Crawford, que por el camino de Fuencebadon había tomado la ruta de Vigo llegó sin novedad a este punto antes que las tropas de Moore, y consiguió salvarse en los buques.

La plaza de la Coruña continuaba entretanto cerrada y en actitud de defenderse. Soult intimó la rendición a los defensores el 18 por la mañana, y no recibiendo contestación, amenazó un ataque a viva fuerza. Era gobernador de la Coruña el general Alcedo, y cumplido como estaba el objeto de proteger con aquella momentánea resistencia la evasión del ejército inglés, accedió a la capitulación, tanto más cuanto por un imperdonable descuido no se hallaba la plaza en estado de sostener un sitio formal. La capitulación constaba de 15 artículos, y estipulóse en ella la entrega de la plaza con toda su artillería, municiones y pertrechos, sujetándose sus habitantes a prestar a José juramento de fidelidad, cláusula que por ningún concepto debieron admitir aquellas autoridades. Hízose así, no obstante, y en consecuencia de lo estipulado entraron en la Coruña los franceses el dia 20, cayendo en su poder 200 cañones, 20,000 fusiles, 600,000 cartuchos, gran cantidad de pólvora, abundante provisión de víveres, muchos pertrechos de guerra y 500 caballos inutilizados. Los franceses recobraron allí 550 prisioneros, entre ellos el general Quesnel, de quien dimos noticia a nuestros lectores al hablar del arresto de las tropas francesas por los españoles de Oporto.

Apoderado Soult de la Coruña, se dirigió con parte de sus tropas a la importante plaza del Ferrol, defendida por varios fuertes y un muelle guarnecido de artillería. El comandante de aquel departamento D. Francisco Melgarejo, y el de tierra D. Francisco Fidalgo, comenzaron desde luego a parlamentar en unión con la junta del pueblo; pero sublevándose el pueblo hizo cesar las negociaciones. Soult entonces procedió a atacar, y habiéndose apoderado de los castillos de Palma y de San Martin, cejó el pueblo en su ardiente propósito, y procedióse a la capitulación el dia 26 de enero. Redújose esta a lo mismo que la de la Coruña, con algunas modificaciones relativas a la escuadra y al arsenal, y la de no poderse obligar a ningún defensor de la plaza a hacer armas contra sus compatriotas. Ocupada esta al dia siguiente, decretaron los franceses el desarme de los moradores, junto con el de los 500 soldados que constituían la guarnición, quedando en su poder tres buques de guerra de 412 cañones, dos de 80, uno de 74 y otros menores, muchas piezas de artillería en el arsenal y gran cantidad de pertrechos. D. Pedro Obregon, preso por sospechoso desde el levantamiento de mayo, fue nombrado por los franceses comandante del departamento.

La posesión de la Coruña y del Ferrol, unida a la del puerto de Vigo, completó la conquista de Galicia, sin que le fuese dado a la Romana, con las escasas fuerzas que tenía, oponerse a los progresos del invasor en aquel reino, cuyas principales ciudades, ocupadas por tropas francesas, decidieron la sumisión de las poblaciones secundarias, viéndose el general español en precisión de evacuar Orense y buscar refugio en Portugal. Este reino tardó poco tiempo en ser ocupado por Soult, quien dejó a Ney el mando de Galicia, y verificó su invasión con la poca fortuna que más adelante veremos.

Napoleón mientras tanto, alarmado en Astorga con la noticia de los preparativos de guerra que hacía el Austria en su contra, retrocedió a Valladolid, entrando en esta ciudad el 6 de enero. Habían sido en ella asesinados algunos franceses, y el emperador hizo prender al ayuntamiento, amenazando ahorcar a cinco o seis de sus individuos, si dentro de un breve plazo no ponía en sus manos los autores de aquellos asesinatos. Terrible aprieto para aquella municipalidad, del cual no le era dado salir, no siéndole posible averiguar lo que Napoleón pretendía. El corregidor interino delató como promovedor de aquellas catástrofes a un infeliz adobador de pieles, que ninguna culpa tenia, el cual preso con dos de sus criados, fue condenado a la pena de horca, si bien fue perdonado a fuerza de ruegos, y solo la sufrieron los últimos. Hecho infame el del tal corregidor, buscar su salvación y la de sus compañeros en la perdición de tres justos, o cuyo delito a lo menos no le constaba de manera alguna. El 16 de enero se presentaron al emperador los diputados del ayuntamiento de Madrid, quienes, con arreglo a sus órdenes  le suplicaron repusiese en el trono a su hermano José. Lo prometió Napoleón, y añadiendo que dentro de pocos días verificaría José su solemne entrada en Madrid salió él de Valladolid en la noche del 17, dirigiéndose a París aceleradamente, a fin de conjurar la tempestad que le amenazaba en el Norte.

 

CAPITULO XIX.

Movimiento del ejercito del centro: sedición en el mismo: toma el mando el duque del Infantado.— Ataque de Tarancón.—Movimiento de las tropas de Víctor : batalla de Uclés.—Sucede á Infantado en el mando el conde de Cartaojal.—Atrocidades cometidas por los franceses en Uclés.—Estado de la guerra en Cataluña.—Ataques en la línea del Llobregat.— Aumento de nuestras tropas en el Principado: torna Vives el mando del ejército, y da principio al bloqueo de Barcelona.—Viene en auxilio de Duhesme el general Gouvion Saint-Cyr: comienzo del sitio de Rosas,—Sigue el bloqueo de Barcelona por las tropas de Vives : ataques del 8 y 26 de noviembre, y del 5 de diciembre.—Heroica defensa de Rosas: capitulación de esta plaza.—Ataque del Fluviá por Alvarez.—Emprende Saint-Cyr la marcha para Barcelona: desaciertos cometidos por Vives.—Desgraciada batalla de Llinás: entra Saint-Cyr en Barcelona.—Levántase el bloqueo de esta ciudad: funesta rota de Molins de Rey.— Alboroto de Tarragona: desórdenes en Lérida: es Vives destituido del mando y le sucede Reding.