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HISTORIA UNIVERSAL DE ESPAÑA
 

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA

 

CAPITULO XIV.

LA BATALLA DE BAILEN.

 

Celebrado en Porcuna por los jefes del ejército andaluz el consejo de que hemos hablado al fin del capítulo XI, determinaron, con arreglo a lo en él convenido, atacar al ejército francés, imposibilitado de tomar la ofensiva. Las tropas del enemigo componían un total de más de 21,000 piezas de artillería: las nuestras ya hemos dicho que ascendían a 25,000 infantes y 2,000 caballos, siendo soldados propiamente tales la tercera parte, y paisanos organizados precipitadamente la restante fuerza. Superiores en número, éramos inferiores en disciplina; pero el valor y el patriotismo, y la suerte que también nos favoreció, suplieron por todo. Dupont tenía distribuida su fuerza en términos de poder atender  a la defensa de Sierra-Morena, o a  tener por lo menos expeditas sus comunicaciones con Madrid, pero dio demasiada importancia a la posición de Andújar, la cual, según los escritores más entendidos, no era susceptible de muy buena defensa, ni debía considerarse en la situación en que se hallaba el ejército francés sino como un embarazo o un estorbo, cuando no una ocasión de derrota para el jefe que elegía aquel punto como base de sus operaciones. Verdad es que otros dicen no haber sido la elección sino efecto de órdenes superiores a que Dupont debía atenerse; pero como quiera que sea, el general francés quedó en Andújar con las divisiones Barbou y Fresia, componentes al todo unos 10,000 hombres, y ordenó que Vedel con los 9,000 suyos ocupase Bailen y Puerto de Rey, dejando expedita la comunicación con la Mancha, y cuidando de observar el curso del Guadalquivir, a cuya orilla izquierda se hallaban los españoles. Suponiendo que estos no tardarían en pasar el rio a fin de atacar a Andújar, situado a la orilla derecha, dispuso la fortificación de este punto con notable cuidado y esmero. El puente de Marmolejo, que podía dar paso a nuestra gente, fue destruido por orden suya, y un cuerpo de 1,500 hombres a las órdenes del general Liger-Belair guardaba el paso de Menjibar. Varias columnas móviles partían diariamente de Andújar y de Bailen para encontrarse en el puente del Rumblar, y un cuerpo respetable de caballería atendía a la izquierda del Guadalquivir, no descuidándose entretanto Vedel en reconocer todos los días el territorio de Espeluy, delante de Villanueva, haciéndolo recorrer hasta el molino situado a una legua de Andújar. Tales fueron las disposiciones adoptadas por Dupont a la derecha del Guadalquivir.

Los nuestros resolvieron por su parte pasar el rio por Menjíbar y Villanueva para dirigirse a Bailen, encubriendo este movimiento por medio de un ataque sobre Andújar, llamando allí con preferencia la atención de Dupont, comprendido su empeño y su interés en conservar aquel punto. Este ataque de frente quedó a cargo del general Castaños, el cual avanzó con la tercera división y la reserva del ejército, después de haber dado tiempo a que las tropas ligeras y cuerpos francos de don Juan de la Cruz cruzasen el rio por el puente de Marmolejo ya restablecido , y se situasen en las alturas de Sementera, a fin de caer a  tiempo sobre el flanco derecho de Dupont. Castaños verificó su ataque con inteligencia, cañoneando el día 15 de julio el puente que el general francés había cuidadosamente fortificado. Esta demostración llamó vivamente la atención de los enemigos, como se había previsto, y temiendo Dupont verse comprometido, envió a toda prisa sus órdenes al general Vedel para que desde Bailén le enviase en socorro una de sus brigadas. Preocupado Vedel con la idea de que el verdadero peligro existía en Andújar, creyó no hallarse en el caso de atender demasiado a Bailen, y en vez de enviar a Dupont la brigada que pedía, determinó reunírsele con toda su división, saliendo del último punto la misma tarde del 15, dejando solo dos batallones a Liger-Belair para guardar el paso de Mengíbar. Mientras tanto caía Cruz sobre el flanco derecho de Dupont, según el plan convenido, pero después de haberse batido con notable arrojo, fue rechazado con pérdida por el destacamento francés a las órdenes de Lefranc. El 16 continuó Castaños siguiendo el vivísimo cañoneo del día anterior, todo con el objeto expresado de fascinar al enemigo, mientras Reding se dirigía a Mengíbar y el marqués de Coupigny a Villanueva.

Reding el 16 se presentó delante de la barca guardada por los dos batallones franceses, y mientras verificaba su ataque, pasó el grueso de su división el Guadalquivir a las cuatro de la madrugada por el vado del Rincón, media legua más arriba de Mengíbar. Acometido Liger-Belair por fuerzas considerablemente mayores, tuvo a gran suerte poder retirarse hacia Bailén con notable pérdida, encontrando en mitad del camino al general Gobert, que a la primera noticia del ataque había salido del último punto a fin de socorrer a su compañero. Reunidos los dos generales , aunque con fuerzas siempre inferiores, trataron de revolver sobre Reding; pero fueron tan poco afortunados, que al poco tiempo de trabar la acción cayó Gobert herido de un balazo en la cabeza, de que al siguiente día murió. Tomó entonces el mando el general de brigada Dufour y continuó el fuego con los nuestros hasta las once de la mañana; pero hubo al fin de ceder, retirándose a Bailen con bastante pérdida. Reding pudo entonces seguir el alcance, pero contuvo el ardor de los suyos, no creyéndose, y con razón, seguro al otro lado del río con una división solamente, y volvió atrás repasando el Guadalquivir hasta que Coupigny se le reuniera.

Este había empeñado sus tropas contra los dos batallones encargados de guardar el río más abajo de Villanueva; y aunque no consiguió pasar a la otra orilla, contribuyó, sin embargo, al objeto de tener en cuidado al enemigo. El día 17 por la tarde púsose Reding de acuerdo con él, y cruzó el rio de nuevo, reuniéndosele Coupigny en la madrugada del día siguiente, y caminando los dos juntos en dirección de Bailén, donde esperaban trabar acción con el enemigo.

Este, sin embargo, no se hallaba allí. Dufour y Liger-Belair habían visto el día anterior que Reding no seguía adelante a pesar de su brillante victoria, como otro general menos prudente lo hubiera hecho tal vez; y creyendo que los nuestros maniobraban por su derecha para caer sobre ellos tomando el camino de Baeza, abandonaron la posición de Bailén, dirigiéndose a Guarromán y a la Carolina, temerosos de ver cortadas las comunicaciones con Madrid, como avisos recientemente recibidos les hicieron al pronto creer. El general Vedel por su parte había llegado a Andújar con su división, ocasionando no poco disgusto a Dupont que no le pedía sino un pequeño refuerzo, y aumentándose luego su disgusto sabida la derrota de Menjibar. Nada, sin embargo, se había perdido, pues Vedel podía volver atrás y caer sobre Reding , de quien no suponía Dupont que hubiese detenido su marcha. Vedel salió de Andújar la noche del 46; pero no encontró a nadie en el camino, quedando sorprendido y no poco cuando al llegar a Bailen halló esta población abandonada por los suyos, y no ocupada por los españoles. Creyendo entonces que estos se habían corrido por su derecha , siguió la misma ruta que llevado de igual presunción habían emprendido los generales Vedel y Dufour, y he aquí Bailen desamparado nuevamente, con ser para los franceses punto de tan grande importancia. Así fue que Reding y Coupigni pudieron ocuparle sin disparar un tiro, llegando allá poco después que Vedel acaba de salir. Al verificarlo éste, dio aviso a Dupont de su marcha, notificándole que los españoles amenazaban al ejército francés por la parte de la Sierra, según las nuevas que corrían, y según el mismo Dufour acaba de participarle. Llegado a Guarromán, reiteró de nuevo su aviso. Dupont aprobó la presteza con que Vedel se proponía adelantarse a los nuestros, y le ordenó rechazarlos sobre Baeza y Úbeda, dejando en seguridad a Bailen y viniendo a reunírsele en Andújar. Esta posición, añadió, no vale nada : lo esencial es batir al enemigo, y aprovechar su dispersión en pequeños cuerpos para desbaratarle y confundirle.

De este modo, y por un conjunto de circunstancias verdaderamente extraordinarias, se halló el ejército francés enteramente desorientado y falto de tino en sus movimientos: todo por efecto de haberse aferrado Dupont en conservar un punto tan excéntrico para sus operaciones como lo era Andújar, sin que por esto desmerezca la gloria de nuestros jefes, hábiles y oportunos en aprovechar el yerro del enemigo. La determinación de Reding en lo de volver el pie atrás y repasar el rio el 16, decidió sobre todo el buen éxito de las armas españolas, dando lugar a la separación del enemigo en dos facciones casi iguales, entre las cuales se interpuso hábilmente posesionándose de Bailen.

Dupont tardó muy poco en reconocer su error, y abandonó la posición de Andújar el 18 a las nueve de la noche, no bien supo que tenía a Reding a la espalda entre sus tropas y las de Vedel, mientras Castaños le amenazaba por su frente. Para evitar que este se apercibiese de su movimiento, lo verificó entre las sombras, destruyendo el puente del Guadalquivir y las obras de la ribera izquierda, a fin de retardar la marcha de nuestro general en jefe cuando apercibiese la suya. Al mismo tiempo envió a Vedel y a Dufour orden de caer sobre Reding por su espalda, mientras él le atacaba por el frente, siendo una posición verdaderamente extraña en que se veían uno y otro jefe, hallándose Reding entre Vedel y Dupont, y este entre Reding y Castaños. En semejantes circunstancias, la victoria debía quedar por los franceses, atendida la mayor inteligencia y superior disciplina de sus tropas; pero las de Reding eran afortunadamente las mejores del ejército andaluz, y el dignísimo jefe que las comandaba reunía todas las dotes para salir airoso de su empeño.

Dupont siguió su marcha, llevando por vanguardia las compañías de preferencia, el primer batallón de la 4.a legión, un escuadrón de cazadores y dos piezas de a cuatro a las órdenes del general de brigada Chabert, y por la retaguardia otras seis compañías selectas, cincuenta dragones y dos piezas del mismo calibre. Mas de quinientos carruajes de artillería, bagaje y botín de los robos de Córdoba y Jaén seguían silenciosos la marcha, terminando esta sin ningún percance o encuentro a las tres y media de la madrugada, a cuya hora atravesó la vanguardia la llanura allende el Rumblar, río cercano a Bailen, con cuyo término confina por la parte de Oeste.

Hallábase Reding en un molino pensando en marchar sobre Dupont, a quien suponía en Andújar, cuando oyendo a lo lejos algunos tiros, y cayendo a sus pies una granada, conoció que el francés venia hacia él. Ordenando entonces su gente, a la cual mandó hacer alto en su marcha, hizo situar el grueso en el sitio que ocupaba antes, mientras parte de la vanguardia española llamaba la atención de la enemiga tiroteándose con ella. Esta se coloca en los olivares pasado el puente a media legua de la población. Coupigni por su parte despliega su división al norte de la carretera de Andújar, mientras Reding con la suya ocupa la mitad del camino. Un batallón de guardias valonas, en quien los dos generales tienen gran confianza, queda dividido en dos trozos a fin de apoyar ambas alas. La artillería, que estaba dispuesta y en marcha, queda puesta al momento en batería. Sometido Coupigny a Reding , determinan el uno y el otro acudirse en el riesgo común lo mismo que si fueran hermanos, y esa perfecta inteligencia y el valor de que se sienten animados los españoles, presagian desde luego la victoria.

El general Dupont conoce la inmensa importancia de ocupar prestamente Bailen antes que Castaños tenga tiempo de acometerle por su retaguardia : Reding ve que su lauro consiste en dejar derrotado a Dupont, antes que Vedel y Dufour sobrevenga también por su espalda. El peligro es el mismo de ambos lados; nuestras tropas mayores en número; las francesas, y sobre todo la caballería, superiores en táctica y en jefes; la decisión de unos y otros en hacerse mutuamente pedazos, idénticos e iguales en un todo. La batalla comienza a las cuatro de la mañana, siendo Coupigny el primero que es acometido. Sus soldados rechazan al enemigo, y le desalojan de las alturas que domina, arrollándole hasta más allá del puente. Reforzados después los franceses, recobran en gran parte el terreno perdido. Los generales Chabert y Dupré combaten a la izquierda del camino, cayendo muerto el último al trabarse con las guardias valonas, con el regimiento de las órdenes militares y con otras tropas que manda el brigadier D. Francisco de Saavedra. Pero lo tremendo y lo rudo de la acción, y el punto en que se despliegan de una y otra parle los más grandes y enérgicos esfuerzos, es allá a la derecha del camino. El valiente Reding anima con su voz y con su ejemplo el valor de sus bravos reclutas. Los suizos al servicio de España se baten contra los suizos que están al servicio de Francia, cayendo herido en la cabeza el general Schramm que comanda a estos últimos. Los coraceros franceses arrollan un regimiento de infantería española, y pasan a cuchillo a nuestros artilleros sobre sus mismas piezas. La 4a legión enemiga, mandada por el mayor Teulet, avanza más allá del riachuelo ; pero los nuestros continúan desbaratando las alas francesas, y las tropas del centro del enemigo ceden mal su grado al empuje. Retrogradando presurosamente, abandonan no solo el cañón que nos han quitado poco antes, sino también las dos piezas de a cuatro de su vanguardia , desmontadas la una y la otra desde el mismo principio de la acción.

Desesperado Dupont al ver una resistencia tan inesperada en soldados que antes miraba con desdén y menosprecio, dispone hacer un último esfuerzo para romper aquel frente formidable y ocupar en seguida Bailen. Tres veces da una carga general de bayoneta, en que todos sus batallones, y particularmente el de los intrépidos marinos de la guardia imperial, se superan a sí mismos en bravura; y tres veces es inútil su arrojo en aquella tremenda tentativa. La caballería francesa, tan superior en todo a la nuestra, que era en su parangón casi nula, hace también prodigios de valor y de maestría en sus cargas; pero los españoles desbaratan los sucesivos esfuerzos del enemigo, y todo lo que este puede hacer en las seis crudas horas que van corridas de acción es conservarla posición que tenía al comenzarse esta.

Era ya pasado el mediodía. Los nuestros en los diferentes ataques no habían tenido sino 243 muertos y 735 heridos, mientras los franceses, entre unos y otros, contaban triplicada pérdida, ascendiendo a más de 2.000 solamente los muertos. Varios oficiales superiores, entre ellos el general Dupré, pertenecían a este último número, y hasta el mismo Dupont quedó contuso. A las desgracias que los franceses habían tenido, se añadió la deserción de los dos regimientos suizos, a quienes los franceses hacían seguir su pendón, no quedando en las filas de aquellas tropas sino dos coroneles, un pequeño número de oficiales y ochenta soldados. Desconfiando el general Dupont de poder conducir su abatida gente a un nuevo ataque, e ignorando lo que era de las divisiones Vedel y Dufour, propuso al general Reding suspensión de armas y este la aceptó en el momento. A la resolución del francés contribuyó en gran parte la aproximación de D. Manuel de la Peña, enviado por Castaños con la 5a división reforzada, a fin de coger a Dupont entre dos fuegos, mientras el mismo Castaños se quedaba en Andújar con la reserva. Las tropas de la Cruz, colocadas en las alturas de la orilla derecha del Rumblar, a la izquierda del enemigo, contribuyeron igualmente al éxito molestándole acertadamente. Así fue que Dupont, viéndose cercado por todas partes y no hallando otro remedio que rendirse, trató de sacar el mejor partido posible de su desesperada situación por medio de aquel armisticio.

Mientras esto sucedía en el campo de Bailén, ¿dónde estaban las tropas que Vedel comandaba al otro lado, o como no se apresuraban a caer sobre las nuestras desde el momento en que oyeron los primeros tiros ?

Vedel había llegado a la Carolina el 18 por la mañana, y habiendo enviado reconocimientos a las montañas y desfiladeros, a fin de haber a las manos las tropas de Reding, a quien suponía en aquella dirección , hizo otro tanto respecto de Santa Elena; pero los exploradores volvieron sin dar con nadie ni traer noticia de nada. Era evidente, pues, que no ocupando los españoles la sierra, habían elegido otro punto para sus operaciones. Vedel pasó en la Carolina todo el día q8 para dar descanso q la división y reparar su artillería, llamando al general Dufour, a quien mandó dejar dos batallones en Santa Elena y cuatro compañías en Despeñaperros. El 19 por la mañana oyó disparar cañonazos en la dirección de Bailén, y no dudando entonces que Dupont andaba a las manos con el cuerpo español, a quien él suponía en otra parte, se dirigió hacia el campo de batalla, del cual no estaba separado sino cuatro leguas. Pero el hombre que tan grave falta había cometido en dejar desamparado a  Bailen, cometió ahora otra nueva, no caminando con la prontitud que exigía necesidad tan urgente. Su marcha fue lenta, llegando a Guarromán a las nueve de la mañana, donde todavía perdió algunas horas dando nuevo descanso a sus soldados a pesar del continuo cañoneo que estaba reclamando su auxilio. Verdad es que después de tres días y tres noches de marchas continuas se hallaban fatigados y no poco; pero el reposo que les concedió excedió de los límites debidos. Pasado el mediodía, notó que cesaban los cañonazos; y como continuara el silencio, infirió que el peligro, si lo había, había ya pasado enteramente. Él sin embargo prosiguió su marcha; pero temiendo siempre que los enemigos pudieran venir por su espalda, dejó en Guarromán la división de Dufour con la brigada de coraceros del general Lagrange. Tal era su preocupación. Al aproximarse a Bailén, ve tropas delante de sí, y creyendo al principio que son las de Dupont venidas de Andújar, queda luego no poco pasmado al encontrarse allí los españoles. Vedel entonces se apresura a hacer venir los coraceros de Lagrange vía primera brigada a las órdenes del general Lefranc, tras lo cual se prepara a atacar a los españoles, que rendidos de calor y de fatiga, y descansando en la fe del armisticio, no esperan aquella agresión.

Reding vio a los franceses adelantarse por el camino de Guarromán, y se preparó a recibirlos, situando por aquel lado la división de Coupigny, mientras un batallón de Irlanda con dos piezas de artillería tomaba posición a la derecha del camino dando frente a la Sierra. Otro batallón de Irlanda, unido al regimiento de las órdenes militares, al mando del valiente coronel D. Francisco de Paula Soler, se establece en la ermita de S. Cristóbal que se halla a la izquierda, y el resto se coloca en masa detrás, siendo este el punto que más interesa mantener, por ser el que más directamente puede abrir camino a Vedel para reunirse con Dupont. En medio de estas disposiciones, precipitadamente adoptadas para contrarrestar a los franceses, no descuida Reding lo demás, y envía dos parlamentarios a Vedel para darle noticia de la suspensión de armas otorgada a su jefe. Vedel responde a los parlamentarios que él no entiende de armisticios, y que está resuelto a atacar. Nuestros enviados insisten, y juran por su honor hallarse en aquellos momentos un oficial del estado mayor francés en el cuartel general español, a fin de tratar del asunto. Vedel entonces envía su ayuda de campo para que se informe del hecho, encargándole la vuelta para dentro de un cuarto de hora. Pasado este y otro más sin retornar el ayuda de campo, cree el francés que todo es mentira, o afecta a lo menos creerlo, y lanza sus tropas contra el enemigo. El general de brigada Cassagne se dirige con la primera legión a caer sobre nuestra derecha, mientras el sexto regimiento provisional de dragones, a las órdenes del general Boussar, la ataca por los flancos y la espalda. Sorprendidos los nuestros con tan inesperada acometida, no tienen tiempo para volver sobre sí, quedando el primer batallón de Irlanda desbaratado y prisionero en su mayor parte, y perdiendo además los cañones. El jefe de batallón Roche con la quinta legión ataca al mismo tiempo en columna la posición de la ermita ; pero el bravo Soler la defiende con tal tenacidad y bravura, que admira y desconcierta al enemigo. Vedel conoce entonces el deplorable estado en que debe de hallarse Dupont; y lleno de pesadumbre por su lentitud en la marcha de aquella mañana, se empeña a pesar de los pactos en librar una nueva batalla, ya que no ha llegado a sazón de tomar parte en la otra. Su artillería cañonea la ermita, y viendo que Roche no ha sido feliz en su ataque, se pone al frente de la brigada Poinsot, y se prepara a embestir por sí mismo a los bravos que con tanto heroísmo defienden el punto en cuestión. En esto viene un ayuda de campo del general en jefe enemigo, acompañado de dos oficiales españoles, y le intima en medio del fuego la orden de cesar en su ataque y de no emprender cosa alguna. Vedel entonces desiste, y conservando la posición que ocupa, y los prisioneros , banderas y cañones que sus tropas nos han quitado, merced a la sorpresa solamente, queda en expectativa mal su grado, hasta ver el giro que toma la negociación entablada.

Esta había dado principio enviando Dupont al capitán Villoutreys, individuo de su estado mayor, a fin de alcanzar de Reding el permiso de retirarse a Madrid con todas sus tropas. Reding concedió la suspensión de hostilidades , según ya hemos dicho; y en cuanto a lo demás, contestó no ser él, sino el general en jefe Castaños, quien podía otorgar la demanda si así lo estimaba oportuno. Recibida esta respuesta, partió Villoutreys para Andújar, donde Castaños se hallaba, quedando este no poco sorprendido cuando recibió la noticia de lo que pasaba en Bailén. Su satisfacción, sin embargo, no rayó en excesiva por eso, pues no sabiendo todavía la determinación que Vedel podía tomar, era posible que sobreviniendo este con Dufour en socorro de los suyos, cambiase el aspecto de los negocios. Castaños, pues, prudente y mesurado, declaró al parlamentario francés que se hallaba dispuesto a tratar con Dupont de una manera honrosa para él y para sus tropas. Trasmitida esta manifestación al jefe enemigo, dio Dupont sus amplios poderes al general de brigada Chabert, quien partió para Andújar al momento.

Mientras tenían lugar estas idas y venidas, recibióse en Andújar la nueva de la llegada de Vedel al campo de batalla y de la nueva suspensión de hostilidades que había tenido lugar, después de la bravura con que Reding había resistido los nuevos ataques. Esto hizo cambiar y no poco la disposición de los ánimos. Una carta del duque de Rovigo , interceptada por los españoles, y en la cual se ordenaba a Dupont que llevase su ejército a Madrid para oponerlo a las tropas que bajo las órdenes de Blake y Cuesta venían de Galicia y de Castilla la Vieja, dio a entender en el cuartel general el peligro que había en permitir a las tropas del jefe enemigo pasar al otro lado de la Sierra, como con tanta instancia pretendía. Castaños, sin embargo, se inclinaba a concederlo, y tal vez se admitiera la proposición, a no oponerse a ella el conde de Tilly, hombre fiero y enérgico, y que como comisionado que era de la junta de Sevilla ejercía en el ejército español un ascendiente bastante parecido al que en los ejércitos franceses tenían los representantes del pueblo en 1794. Recordáronse entonces los ultrajes, las violencias y latrocinios que las tropas enemigas habían cometido en Jaén y en Córdoba y en otros puntos de Andalucía, y agriáronse con este motivo los ánimos de los españoles y de los comisionados franceses. El resultado fue romperse las negociaciones, no considerándose al enemigo acreedor a ser tratado con la atención que, siendo otra su conducta, hubiera de los nuestros merecido. Además que, como observó muy bien Tilly, conceder a Dupont pasar la Sierra para dirigirse a Madrid, equivalía a perder neciamente con un solo rasgo de pluma todo el fruto comprado con la sangre de nuestros soldados en aquella gloriosa jornada. ¿De qué servían en efecto las proezas de Reding y Coupigny; de qué los gloriosos esfuerzos de Soler, Abadía, la Cruz, Funcar, Venegas, Saavedra y otros varios; de qué el valor desplegado por los regimientos de Ciudad-Real, Bujalance, órdenes militares, Irlanda, Trujillo, Zapadores , Cuenca y demás cuerpos que tan alta y cumplida muestra acababan de dar de sí; de qué el heroísmo del paisanaje convertido de pronto en milicia; de qué, en fin, la cooperación de todos y de cada uno de tantos valientes a la consecución del buen éxito, si después de tantos afanes se dejaba al francés en libertad para que se riese a nuestra costa, celebrando allende la sierra la tontuna del pueblo español?

Afijado Dupont con la repulsa, y agravándose por momentos la triste situación de los suyos cercados de enemigos por todas partes, sin más provisiones que las que la humanidad y generosidad de estos les quería otorgar, y llenos de sed, cansancio y fatiga, expuestos a los rayos de un sol abrasador, no menos que a la infección de una atmósfera apestada con las exhalaciones de los cadáveres, trató de renovar las rotas negociaciones, eligiendo al efecto al general Marescot, inspector general de ingenieros, el cual se hallaba casualmente incorporado al ejército de observación de la Gironda. Era Marescot conocido antiguo de Castaños desde 1795, cuando la paz de Basilea; y si bien con bastante repugnancia, se encargó de la comisión que se le confería, proponiéndose sacar todo el partido posible de sus relaciones con el jefe español. Castaños recibió con finura al nuevo negociador, consintiendo, en su obsequio, pasar a abrir nuevos tratos.

Mientras tanto en el campo de Vedel reinaba la mayor efervescencia. El ayuda de campo enviado el 19 por aquel general cerca de Reding, volvió el 20 por la mañana con orden de Dupont para que Vedel entregase a los españoles los prisioneros, cañones y banderas que en la sorpresa del día anterior nos había cogido. Al trasmitir la tal orden , aconsejó el enviado no cumplirla, diciendo a Vedel que debía declararse independiente y evitar su ignominia. Este no se atrevió a hacerlo así, y obedeció el mandato de Dupont con no poco disgusto de sus soldados y de la mayoría de los oficiales, los cuales creían o afectaban creer no hallarse comprendidos en el empeño de su general en jefe. En unas y en otras creció la agitación, las tropas pedían a voz en grito se embistiese de nuevo a Reding. Vedel entonces envió a Dupont el capitán de fragata Baste para proponerle un ataque combinado, o ya que no quisiese correr las contingencias de un nuevo combate, procurase al menos que el mismo Baste tomase parte en las conferencias de Andújar en representación de las tropas del general Vedel. Dupont a la verdad se hallaba dispuesto a combatir; pero sus soldados no podían secundar un arrojo tan fuera de sazón. Extenuados hasta el último punto, sus oficiales no lo estaban menos; y a esta circunstancia terrible añadióse, en algunos de los jefes, el deseo de conservar el rico botín que habían debido al pillaje. Vióse, pues, Dupont contrariado en su anhelo, y hubo de desistir de su idea. Baste no fue admitido tampoco á tomar parte en la capitulación, ni era posible que se le admitiese, toda vez que las tropas de Vedel, como subordinadas a Dupont, debían naturalmente correr el destino que cupiera a este. Convencido de ello el mismo Dupont, prescribió el día 20 a Vedel que aguardase su suerte en donde estaba sin abandonar su posición; pero cediendo luego a la pesadumbre que le causaba la pérdida de tantas y tan lucidas tropas, le aconsejó el mismo día que se considerase como libre, y aprovechara las sombras de la noche para salvarse con su división pasando al otro lado de la sierra.

Esta indicación desleal, puesto que se oponía esencialmente al armisticio convenido, fue obedecida por Vedel en la noche del mismo día, marchando con su división, y dejando en el campo solamente un escuadrón de dragones y cuatro compañías de rorarios (voltigeurs) para imponer a los nuestros. Llegado a Santa Elena el 21 a las diez de la mañana, dio un pequeño descanso a los suyos, enviando en el ínterin un oficial de artillería a Despeñaperros para minar las rocas y dejar impracticable el desfiladero después que pasasen las tropas. Reding tuvo noticia muy pronto del efectuado movimiento, y exasperado justamente, envió un oficial a Dupont quejándose de la mala fe de los suyos, y amenazando pasar a cuchillo las tropas que tenía cercadas, si Vedel no ponía pie atrás. Espantado Dupont con la amenaza, envió a toda prisa al comandante Marcial Tomás, con orden al general fugitivo para que detuviese su marcha. Este vaciló largo rato en si debía o no obedecer, no bastando a decidirle ni aun la llegada de Baste con el mismo mandato por escrito. El campo era todo confusión y tumulto, no queriendo los soldados ni oír hablar siquiera de rendirse a los españoles. Algunos oficiales y jefes hicieron presente a Vedel que Dupont había perdido el derecho de imponerle órdenes por carecer de libertad, y que debía seguirse la marcha a todo trance. Combatido Vedel por mil afectos diversos, debió desconfiar por último de las sutilezas con que se le quería hacer faltar a las leyes de la subordinación y de la caballerosidad, y mandó a los oficiales superiores calmasen la efervescencia de los soldados, esperando resignados las órdenes que ulteriormente se les transmitieran. Estas no se hicieron esperar mucho tiempo, puesto que Vedel por la noche recibió el convenio de Andújar, cuya firma y ratificación se dejaron para la mañana siguiente. Por él quedaban prisioneras de guerra las tropas que se hallaban a las inmediatas órdenes de Duponl, debiendo como tales rendir las armas a 400 toesas del campo. En cuanto a las divisiones de Vedel y Dufour, quedaban obligadas a evacuar Andalucía, debiendo verificarlo por mar, siendo desarmadas provisionalmente para evitar todo motivo de inquietud durante su viaje, y devolviéndoseles las armas con la artillería y el tren cuando verificasen su embarque en buques españoles para ser transportadas a Francia. Esta distinción tan marcada a favor de las tropas de Vedel, contribuyó a acabar de calmarlas y a hacerlas resignarse con una suerte que al fin no era insufrible, puesto que, si bien prisioneras, no perdían por eso el honor, teniendo como tenían abierto el camino para restituirse a su país y serle útiles de nuevo. Eso no obstante, no quiso Vedel decidirse en cuanto a sujetarse al convenio sin reunir primero un consejo de veintitrés oficiales generales. El voto de la mayoría fue acceder, no siendo sino cuatro los que opinaron, como la víspera, que debía seguirse la marcha. Visto el parecer general, conformóse Vedel con el convenio, quedando este firmado y ratificado el 22 de julio por Castaños y el conde de Tilly en nombre de los españoles, y por Marescot y Chabert en representación de las tropas francesas.

Al día siguiente, que alumbró radiante de gloria a nuestros valientes soldados, desfilaron las tropas de Dupont por delante de Castaños y la Peña, generales que no habiendo en realidad combatido, aunque sí contribuido al buen éxito, no debían al parecer usurpar ese honor a Reding y Coupigny, que fueron el alma de todo, en particular el primero. Favoreció a Castaños la circunstancia de mandar en jefe y de haberse entendido con él la capitulación concluida; pero esto en verdad no bastaba. Como quiera que sea, tuvo la satisfacción de ver a Dupont rendirle la espada que Reding había domado, mientras 8.248 franceses subordinados a aquel le humillaban las armas y las águilas, tan orgullosos y temibles poco antes. Las divisiones de Vedel y Dufour, compuestas de 9.393 hombres, pasaron el día siguiente a Bailen, adonde Castaños se había también trasladado, y colocaron allí sus fusiles en pabellones al frente de banderas, entregando los caballos y cuarenta piezas de artillería a los comisarios españoles, los cuales formaron inventario de todo. Varios destacamentos franceses que ocupaban la Mancha y los desfiladeros de la Sierra se rindieron también a los españoles, contándose entre ellos el comandante de Manzanares , que hallándose a distancia de veinticinco leguas de Bailén, acudió sin embargo a este punto a participar con su batallón de la suerte que a Dupont había cabido. Otros no quisieron rendirse, aun cuando dependían de este jefe, fundándose en que estando fuera de la Andalucía, no debía comprenderles la capitulación. A nuestro modo de ver, era así, puesto que ni la letra ni el espíritu del convenio en cuestión relacionaba a otras tropas que las que se hallasen en el territorio andaluz.

Los prisioneros, con arreglo a lo capitulado, se pusieron en marcha en dos columnas para los puertos de Rota y Sanlúcar, verificándolo por la noche a cortas jornadas, y evitando pasar por las ciudades de Córdoba y Jaén, cuya exasperación era temible, atendidos los atropellos de que ambas poblaciones habían sido víctimas por parte de los franceses. Esta precaución no evitó que fuesen insultados en otros puntos del tránsito, y aun que se les maltratase cruelmente, como sucedió en Lebrija y en el Puerto de Santa María, en cuyo último punto se alborotó el paisanaje a consecuencia de habérsele caído de la maleta a cierto oficial francés una patena y la copa de un cáliz. Por el artículo 15 del tratado de Andújar, debían restituírselos vasos sagrados que hubiese en el ejército francés; y el hecho de que hablamos probaba que la capitulación no había sido para todos los individuos de este tan respetada como debía serlo. La exasperación popular se concibe muy bien por otra parte, atendido el espíritu religioso de los andaluces, que tan vivamente herido debió quedar en vista del ultraje que se había hecho a aquellas reliquias. Eso, sin embargo, no autorizaba a los nuestros a tomar más medidas que las absolutamente precisas para la represión del extravío en los que le hubieran podido cometer, no debiendo confundirse la causa general de todos los prisioneros con la mala fe o ratería de algunos pocos. Desgraciadamente sucedió así, pues sujetándose a registro casi todos los equipajes, el resultado fue despojar á los prisioneros de cuanto poseían, contraviniese o no lo que llevaban a lo determinado en la capitulación.

Mas no fue lo peor esto, sino que vino a negárseles a las tropas de Vedel y de Dufour el derecho que las asistía para ser trasportadas a Francia, embarcándolas en buques con tripulación española. Verdad es que lo literal del tratado era ambiguo en cuanto a este particular, puesto que la excepción concedida en el artículo 5° a tales tropas se hacía extensiva en el 6° a todas las de Andalucía; pero el espíritu y contexto de los demás artículos restantes eran terminantes, clarísimos, y bastaban a dar luz en caso de duda sobre palabras que no eran contradictorias, sino por la precipitación con que se habían redactado. También es cierto que para trasportar a su país las tropas que con esta condición se habían rendido, carecíamos al pronto de suficiente número de buques; pero si el embarque no podía hacerse de una vez, ningún inconveniente había en que se realizase en dos o en más, probando así el anhelo de cumplir la palabra empeñada en un tratado solemne. Tal fue siempre el dictámen de Castaños, dictamen que le honró sobremanera, tanto o más que la gloria de Bailén. Vencieron, sin embargo, el encono y la irritación popular, y al recordar la perfidia francesa en los primeros días de la lucha, y los escándalos, vejaciones, saqueos, estupros y demás actos de refinada barbarie con que el ejército francés se había señalado en Andalucía, creyóse no estar en el caso de respetar tratados ni convenios con unas gentes que poco antes los habían violado todos con la notoriedad que es sabida. Así lo dijo malamente Morla, gobernador de Cádiz, contestando el 10 de agosto a las fundadas quejas de Dupont. La junta sevillana se adhirió al dictamen de aquel, de un modo bien indigno por cierto de su autoridad soberana. Temió sin duda, obrando en otros términos, indisponerse con el pueblo irritado, pero los rígidos deberes que su posición le imponía no disculpan error tan lamentable. El maquiavelismo inglés contribuyó también a fascinarla en tan triste sentido; y otro fuera tal vez el resultado, a no haber oído aquella corporación sugestión alguna extranjera. Quedaron, pues, las tropas de Vedel defraudadas en sus esperanzas, comprendiéndoles la misma suerte que cupo a las de Dupont, que fue quedar en las fortalezas o en los encierros, o en los pontones del puerto de Cádiz, siendo últimamente declaradas prisioneras de guerra de S. M. Británica. Excepto un pequeño número de soldados que se quedaron a servir bajo las banderas españolas, para tener con esto ocasión de pasarse a las suyas, y excepto algunos pocos también que pudieron fugarse de la rada de Cádiz, todo el cuerpo del ejército que en Andalucía operaba a las órdenes de Dupont se perdió para Francia. Dupont, Vedel, Marescot y los demás jefes de aquellas tropas, con la sola excepción de Pryvé, volvieron a su patria en agosto y setiembre, y con ellos los empleados de la administración militar, y varios oficiales superiores y otros del estado mayor.

Tal fue el éxito deplorable de la expedición de Dupont al mediodía de España. Cuando Napoleón tuvo noticia de aquel desastre, no hirió con su cabeza, dicen los escritores franceses, los muros de su palacio, ni tampoco gritó como Augusto: Varo, Varo, vuélveme mis legiones. La pérdida de 17,000 soldados podía muy bien repararla quien como él disponía de la vida de 40 millones de hombres; pero sus ojos derramaron lágrimas de sangre sobre sus águilas humilladas, sobre el honor de sus armas tristemente ultrajado y abatido. Perdida era para siempre jamás aquella virginidad de gloria que juzgaba él inseparable de la bandera tricolor: el prestigio se había deshecho; los invencibles habían quedado vencidos y sujetos al yugo..... ¿y por quién? por los que en las miras de su política le importaba considerarlos y tratarlos como un hacinamiento miserable de proletarios rebeldes. Su golpe de vista justo y rápido penetró claramente el porvenir. La junta de Sevilla, mirada por él hasta entonces como una reunión de insurgentes, quedaba desde la capitulación de Andújar convertida en gobierno regular, en poder propiamente dicho; y España debió aparecer á sus ojos fiera, noble, poderosa, tal, en fin, cual se había ostentado en sus tiempos heroicos. La imaginación borraba de las páginas de la historia los débiles recuerdos de los últimos reyes austríacos y de la dinastía de Borbon, aproximando y confundiendo en uno los triunfos alcanzados en Pavía y las palmas cortadas en Bailén. ¿Qué esfuerzo y qué poder no era necesario desplegar para domar a una nación que acababa de reconocer su fuerza, y que se superaba a sí misma ? ¿ Qué efecto no debía producir eso mismo en las demás naciones? Inglaterra deliró de alegría, la oprimida Europa fijó su atención en España... todos los pueblos volvieron sus ojos hacia el punto en que de una manera tan imprevista brotaba la luz que debía alumbrar al mundo.

 

 

CAPITULO XV.

 

Sale el rey José de Madrid y pasa con los suyos el Ebro.—Continuación y fin del primer sitio puesto por los franceses a Zaragoza