web counter
cristoraul.org

 

DIEZ Y SEIS AÑOS DE REGENCIA

(MARÍA CRISTINA DE HAPSBURGO-LORENA) (1885-1902)

 

CAPITULO X

Sagasta forma Ministerio. —Castelar y el nuevo Gobierno.—Discurso de Cánovas.—Disgusto contra Gamazo. —Disolución de las Cortes. —La coalición republicana. —Recelos de los ministeriales. —Violencias del Gobierno. —Decretos de Hacienda.— Liberales y conservadores.—Las elecciones generales. —Triunfo de los republicanos. —Los posibilistas. —Actitud del señor Castelar. —Disolución del posibilismo. —Dimisión del ministro de Marina. —Apertura de las Cortes. —El Mensaje.—Las relaciones comerciales con Francia. —Presupuestos.—Rasgo de la Reina Regente.— Proyecto de suspensión de las elecciones municipales. —Obstrucción de los republicanos. —La sesión permanente.— Detalles de la sesión. —Retirada de los coalicionistas. —Decretos del señor Maura.—Dimisión de Montero Ríos. —Las reformas del general López Domínguez. —Motines contra las reformas. — Una bomba contra el general Martínez Campos.

 

Los pareceres expuestos por los jefes de los partidos dinásticos, a la Reina Regente, coincidieron en considerar insostenible la situación presidida por el señor Cánovas, que, privado del concurso de los silvelistas, estaba en las Cortes a merced de las oposiciones. Sin embargo, doña Cristina, antes de decidirse por un cambio de política, indicó al general Martínez Campos, viese la manera de reconstituir el Gobierno en forma de que tuviese via- bilidad en el Parlamento. No era posible complacer los deseos de la Soberana, y, en consecuencia, fué llamado el señor Sagasta, que recibió de S. M. el encargo de formar gabinete.

Grandes dificultades tuvo que vencer el jefe de los liberales para constituir el Ministerio, lo que consiguió después de laboriosas conferencias con los prohombres del partido, algunos de los cuales se resistían a figurar en la combinación. Las entrevistas que celebraron los señores Castelar y Sagasta, hacian creer que en el nuevo Gobierno estarían representados los posibilistas, y se fundaba esta suposición en el hecho de que los señores Abarzuza y Almagro defendían con gran calor la idea de la fusión con los elementos liberales. Pero el señor Castelar desautorizó a sus amigos, y en su virtud, se estableció un compás de espera, hasta que las circunstancias permitieran la entrada en el Gobierno de algún primate posibilista.

El día 9 de Diciembre juró el nuevo Ministerio, constituido en la siguiente forma:

Presidencia, Sagasta.

Estado, Vega de Armijo.

Gracia y Justicia, Montero Ríos.

Hacienda, Gamazo.

Gobernación, Venancio González.

Fomento, Moret.

Guerra, López Domínguez.

Marina, Cervera.

Ultramar, Maura.

No obstante haber negado el señor Castelar autorización a sus correligionarios para ocupar cartera en la nueva situación liberal, el jefe de los posibilistas tomó parte activísima en la constitución del gabinete. Puede decirse que la crisis fué resuelta según sus deseos, y que el Ministerio de notables, era obra suya. Y tanto es así, que por aquellos días manifestaba a todo el mundo, que sería el primer ministerial de aquel Gobierno. «¿Tan bueno le parece a usted?» le preguntaron. Y contestó: «Tan bueno, que creo debe durar tanto como la Regencia».

Esto fué un éxito del señor Sagasta. Otro triunfo suyo fué haber logrado que entrasen en el Ministerio lot señores marqués de la Vega de Armijo, Montero Ríos y López Domínguez, los cuales se resistían a ello, porque aspiraban a más. Pero en fin, resultaba el nuevo Gobierno tan pletórico de personalidades, que muchos creían que por exceso de ellas, moriría antes de tiempo.

El 29 de Diciembre celebró Junta general de socios el Círculo conservador, para proceder a la renovación de Directiva de la referida sociedad, y después de haberse dado al Presidente de la misma, señor Cánovas del Castillo, un amplio voto para que él mismo hiciera la oportuna designación, que fué aprobada por unanimidad, el jefe del partido conservador hizo un corto, pero importantísimo discurso, que constituyó, durante algunos días, el preferente objeto de los comentarios, reconociendo, lo mismo propios que extraños, el tono amistoso y conciliador en que inspiró sus apreciaciones y la serenidad con que juzgó la situación política, haciendo ver cuan falaces habían sido las promesas de los liberales, que hicieron de la suspensión del Ayuntamiento de Madrid, una cuestión de partido, y después de criticar el procedimiento que el señor Cánovas había propuesto, adoptaron, una vez en el Poder, otro infinitamente peor, pues, según ellos, resultaba que el Ayuntamiento era bueno, pues sólo habían suspendido ocho concejales, sin que nadie hubiese vuelto a ocuparse de esta cuestión. «Esta, dijo el señor Cánovas, perdió todo su interés desde la caída del partido conservador, ya que desde el momento en que se acentuó dentro de la situación anterior, la diversidad de criterio en la solución que debía darse a la cuestión municipal, los liberales la tomaron como pretexto para hacer mayor la escisión, abandonándola una vez conseguido su objeto, sin que les importase gran cosa lo que después pudiera decirse de ellos, respecto al abandono de los principios que habían sustentado.»

El señor Gamazo dictó algunas disposiciones encaminadas a disminuir los gastos públicos, buscando la nivelación del presupuesto, que produjeron gran clamoreo en el campo ministerial, especialmente contra ciertos nombramientos hechos por los que se dejaba cesantes a varios antiguos funcionarios del ministerio de Hacienda. Además en la combinación efectuada, llevó a los puestos de confianza, a individuos muy significados en la situación anterior. De estas preferencias tronaban hasta los mismos amigos del señor Sagasta, que, mostrando gran recelo en cuanto se relacionaba con el ministerio de Hacienda, calificaban al señor Gamazo de verdadero peligro, no faltando tampoco los que creían que en la confección de los presupuestos, seguiría un criterio completamente intransigente, que había de comprometer el porvenir del partido liberal, sobre todo cuando tratase de reducir el presupuesto de gastos de los ministerios de Guerra y Marina.

En esto, convenían amigos y enemigos del Gobierno, asegurando que, una vez transcurridas las elecciones, y reunidas las Cortes, se entraría en un período de agitación, cuyos resultados eran muy difíciles de predecir.

La confección del encasillado era la tarea que más preocupaba al Gobierno al comenzar el año 1893, pues a medida que iba acercándose la época de la disolución de Cortes, los candidatos se agitaban cada vez con más fuerza, poniendo en juego todas sus influencias, para obtener el apoyo oficial. El día 5 de Enero, un decreto firmado por la Reina Regente, declaraba disuelto el Congreso de los diputados, y posteriormente, otro decreto disolvía la parte electiva del Senado, y anunciaba que las elecciones se verificarían el primer domingo de Marzo. Pocos días después, se reunieron en el domicilio del señor Pi y Margall, los individuos que componían el directorio de todos los partidos republicanos, para tratar de la coalición, que, como hemos visto anteriormente, se renovaba cada vez que tenían lugar las elecciones generales. Estas asambleas, que generalmente no duraban ni el tiempo preciso para ponerse de acuerdo respecto de los candidatos que habían de ostentar la representación de la masa republicana, pues cada fracción deseaba ejercer la hegemonía sobre las demás, degeneraban casi siempre en disensiones que hacían que entonces, como ayer, como hoy y como siempre, la coalición de fuerzas tan heterogéneas fuese un verdadero mito.

No obstante esto, acudieron a la reunión los representantes de los partidos progresista y centralista, que, juntos con los federales de Pi, acordaron la unión accidental con arreglo a unas bases que constituían una declaración de principios. De ellas, la primera, trataba de la constitución del Estado en República, y la segunda, obra de los talentos preclaros progresistas, hablaba de aprovechar las circunstancias para hacer la revolución. Respecto de lo demás que faltaba en el programa, ya se encargarían los coalicionistas de irlo señalando poco a poco.

Aunque la coalición republicana no tenía más alcance que el de poder conseguir mayores resultados prácticos en los comicios, los ministeriales mostrábanse desasosegados, pues temían, con sobrada razón, que la unión de todas las fuerzas republicanas, proporcionase en los grandes centros de población, la derrota de las candidaturas adictas. Estos temores venían a desmentir por completo las jactancias que el partido liberal había hecho en diferentes ocasiones, suponiendo que durante su dominación, los republicanos no podrían entenderse para fines comunes, al contrario de lo que sucedía en tiempos conservadores, pues el solo anuncio de su entronizamiento, determinaba la agrupación de todos aquellos elementos, y esto era sumamente peligroso para la Monarquía.

Los hechos, con su elocuencia abrumadora, vinieron a desmentir esta especie, demostrando precisamente todo lo contrario, pues en las elecciones de 1891, hechas por el partido conservador, la coalición fracasó por completo a causa de las divergencias de los dos partidos progresistas, y en éstas, a pesar de las seguridades de los liberales, la familia republicana se entendió, viéndose juntos a los señores Pi, Salmerón y Ruiz Zorrilla, que hasta entonces habían permanecido separados.

De todas maneras, el ministro de la Gobernación, señor González, no reparaba en medios para hacer viables las candidaturas ministeriales en todos los distritos, apelando a toda clase de coacciones y violencias para inutilizar a los Ayuntamientos que, legalmente constituidos, mostraban repugnancia a seguir las indicaciones de los caciques liberales.

Mientras tanto, seguía el disgusto en las filas ministeriales a causa de las reformas efectuadas en Hacienda por el señor Gamazo, que llegó al colmo cuando, no queriendo ser menos que su cuñado, inició el señor Maura una contradanza de funcionarios de Ultramar.

La Gaceta publicó, por aquellos días, dos decretos referentes al arrendamiento de las salinas de Torrevieja el primero, y estableciendo los medios que habían de emplearse para la investigación de la riqueza oculta, el otro. Ambos fueron objeto de grandes censuras, el uno por la latitud de las cláusulas contractuales, y el segundo porque los medios que señalaba para impedir que los propietarios no satisficieran la contribución que les correspondía, estaban harto desacreditados en la práctica.

Aproximándose las elecciones y teniendo mucho que temer los ministeriales de la coalición republicana, que pregonaba de antemano el triunfo de sus candidatos por Madrid, mostrábase el Gobierno extremadamente solícito con los conservadores, dirigiéndoles toda clase de cariñosas exhortaciones para que prestasen su apoyo a la can- didatura liberal dinástica, reconociendo algunos el error en que se había incurrido, no dando entrada en dicha candidatura a elementos de este partido, que hubiera aportado el número suficiente de votos para el triunfo. No obstante lo que algún periódico dijo en contrario, y con la intención que desde luego podrá suponerse, los conservadores desisteron de luchar en la corte, aprestándose todos a votar la candidatura adicta, por la consideración de ser monárquicos, no dando, con la abstención, fuerza a los enemigos de las instituciones.

Esta actitud del partido conservador era perfectamente lógica y respondía a sus profundas convicciones monárquicas. A buen seguro que no hubieran hecho lo propio, si se hubiesen encontrado en igual caso los liberales, que anteriormente habían llegado a formar causa con los enemigos del régimen, como por ejemplo, en las elecciones municipales de 1884, en que se confabularon con los republicanos para derrotar al Gobierno que entonces presidía el señor Cánovas del Castillo.

Pero todo fué en vano. Llegaron las elecciones, y los republicanos sacaron triunfante íntegramente de las urnas, su candidatura, obteniendo los lugares destinados a la minoría, los ministeriales con una diferencia considerable de votos. Triunfaron también los enemigos de la Monarquía, en Barcelona, Valencia, Badajoz y otros puntos.

El resultado de las elecciones en Madrid llenó de estupor al Gobierno, que se las prometía muy felices. Resultaba de ello, que desde 1891 habían ganado los republicanos en la corte, 10,000 votos. El candidato que más número de éstos obtuvo fué el progresista señor Esquerdo, que alcanzó 27,000 votos.

Hechos los escrutinios generales, la constitución del Congreso de los diputados era como sigue: adictos, 310; conservadores, 59 ; silvelistas, 22 ; republicanos, 30 ; carlistas, 8 ; autonomistas cubanos, 8. Los integristas no obtuvieron ningún puesto, siendo derrotado en Azpeitía el señor Nocedal.

Los posibilistas acudieron a la lucha con marcado carácter adicto, obteniendo el apoyo oficial incluso en distritos por los que se presentaban candidaturas de abolengo liberal. Esta actitud de los amigos del señor Castelar daba mucho que pensar a las gentes, que veían en ello un indicio de aproximación del Jefe del posibilismo a la Monarquía. No faltó quien, queriendo salir de dudas, preguntase al señor Castelar lo que pensaba hacer en las Cortes próximas a reunirse, y contestó : «Si, contra mi voluntad soy aludido en los debates del Mensaje, hablaré para explicar mi situación, excitar a aquellos de mis amigos que lo crean patriótico a ir a la Monarquía, y a todos a apoyar al Gobierno, y recomendar a éste que cuide, ante todo y sobre todo, de dar solución a los problemas económicos y de Hacienda». Hiciéronle notar que la actitud de varios de sus amigos, tales como los señores Gil Bergés y Prefumo, no dejaba lugar a dudas de que persistían en sus ideales republicanos. Castelar replicó : —«Bien : esos se quedarán conmigo, que no puedo dejar de ser lo que siempre he sido».

En resumen, las elecciones habían dado por resultado una mayoría, llena de grupos afiliados a los prohombres de la situación por motivos de afecto o interés personal, pero sin verdadera cohesión y comunidad de creencias, y en tales condiciones, con un Ministerio de inválidos a su frente y una minoría republicana numerosa, llena de agravios, apasionada y violenta, no podía ser menos halagüeña la suerte que había de correr la solución de los problemas llamados a ser resueltos por las futuras Cortes.

El presupuesto de Marina, que presentó al Consejo de ministros el general Cervera, permitía suponer en lontananza una crisis ministerial. El suceso estaba previsto, dada la irreductible actitud del señor Gamazo, que deseaba introdujese el ministro de Marina algunas economías. A ello se negó el señor Cervera, haciéndose inevitable su dimisión. Las opiniones generales señalaban a los individuos de la Armada como refractarios a ocupar la cartera de Marina, y se consideraba seguro que ésta sería desempeñada por un hombre civil ; pero no sucedió así. El día 21 de Marzo, telegrafió el señor Sagasta al general Valcárcel, ofreciéndole el cargo, y, habiendo puesto algunos reparos el consultado, fué nombrado al día siguiente el señor Pasquín.

El día 5 de Abril, se verificó en el Senado la solemne apertura de Cortes, siendo el Mensaje, puesto en labios de S. M. la Reina Regente por el Gobierno, recibido con la más marcada indiferencia por lo incoloro e insubstancial, no faltando personaje político que dijera que habrían de ser muchas las enmiendas que se presentasen durante su discusión, ya que sólo ellas podían dar a la respuesta, los tonos y el sabor que las circunstancias pedían y el discurso no tenía.

Otro tanto y más podía decirse del discurso dirigido el día anterior, por el señor Sagasta a las mayorías parlamentarias reunidas en la Presidencia. Aparte la afirmación del firme propósito de hacer economías y reforzar los ingresos «sin aumento del tipo de tributación», para conseguir la desaparición del déficit, todo lo demás fueron frases vagas.

Fue elegido Presidente del Congreso, el marqués de la Vega de Armijo, por 212 votos, y nombrado para la Presidencia del Senado, el marqués de la Habana. El señor Moret se encargó interinamente del ministerio de Estado.

Apenas se había hecho cargo, este último señor, de la referida cartera, cuando empezaron a circular rumores que aseguraban la existencia de grandes dificultades en nuestras relaciones comerciales con Francia, sobre si en los protocolos firmados para el modus vivendi, existía una cláusula por la cual se había reservado la vecina República el derecho de pedir mayores concesiones, según los convenios que fuéramos celebrando con otros países. El señor Cánovas, que fué interrogado sobre ello, manifestó que mal podía ser verdad, teniendo en cuenta la norma de conducta del partido conservador en todas las negociaciones seguidas y convenios que ajustó, que había sido la de no consignar en ninguno la cláusula de nación más favorecida, para no verse comprometido en lo futuro, a hacer concesiones contrarias a nuestros intereses.

Un mes casi justo tardó el Congreso en constituirse definitivamente, leyéndose el día 8 de Mayo los presupuestos generales del Estado, que calculaban los ingresos en 737-476,253 pesetas y los gastos en 737.216.891'31, resultando su superávit de 259,401, inferior en más de 3.000,000 a lo que se dijo en un principio que resultaba. En general, su lectura fué acogida con suma reserva, causando, sin embargo, grandísimo efecto en todos los monárquicos, el párrafo en que se hacía constar, que, al firmar S. M. la Reina, la autorización para que pudieran ser leídos los presupuestos, mostró su firme y decidido propósito de contribuir con un millón de pesetas de la lista civil a aliviar las cargas del Tesoro, sometiendo así aquélla al descuento gradual, en mayor proporción que todas las demás clases.

Al día siguiente, presentó el Gobierno al Congreso un proyecto de ley, aplazando las elecciones municipales que habían de tener lugar el domingo próximo, hasta tanto que fueran depurados los grandes errores que contenían las listas electorales. Esta medida tomada con tanta precipitación, disgustó profundamente a los republicanos, que creyeron ver en ella una artimaña del Gobierno, para excluir de las listas a gran número de correligionarios que decidían el triunfo en los grandes centros de población, y ante tal temor, inició la minoría coalicionista la obstrucción, presentando considerable número de enmiendas, con el objeto de hacer fracasar el proyecto, manteniendo la discusión hasta el mismo día en que habían de verificarse las elecciones.

Ante tales propósitos, acudió el señor Sagasta a la sesión permanente, en la que los republicanos batallaron sin desmayos, estando la mayoría en su puesto de disciplina, aguantando con una paciencia admirable los achuchones de los adversarios, que llegaron en ocasiones al denuesto con que los coalicionistas trataron de sacar de sus casillas a los ministeriales sin conseguirlo, pues éstos supieron sobreponer el interés político a las iras personales, que en otro caso hubieran estallado ruidosas.

A las seis de la mañana del día 10, se presentó una proposición de la mayoría, dirigida a poner término a la sesión, y en el acto, los oposiciones presentaron otra de no ha lugar a deliberar, sosteniendo sus firmantes que la proposición de la mayoría era atentatoria al Parlamento, al que se menoscababan sus derechos, cohibiendo a las minorías para que no pudiesen discutir ; lo cual implicaba una falta al Reglamento del Congreso, artera y solapada.

Después de largo debate, hubo por fin avenencia, retirando la mayoría su proposición, después de contraer las oposiciones el compromiso de no presentar nuevas en- miendas y concretarse a apoyar y discutir las ya presentadas y pendientes de debate.

Eran las seis y media de la tarde de dicho día 10, y todavía no se había podido entrar en la orden del día. El Gobierno se hallaba metido en un callejón sin salida. Creyó, padeciendo un gravísimo error, que podría llevar su proyecto de aplazamiento de las elecciones al Parlamento, sin las oposiciones y aun contra ellas, y más tarde se convenció de que no era esto posible, pues, dados el Reglamento y los hábitos parlamentarios, bastan siete hombres de buena voluntad y enérgicos, para hacer fracasar los propósitos del gobierno. Y los republicanos eran 30.

La sesión continuó sin interrumpirse, durante los días 11 y 12. En este último día, se creyó, a primera hora, que mediante una fórmula de concordia, que consistía en aplazar las elecciones hasta que la Junta Central del Censo hubiese depurado la verdad de éste, podría solucionarse el conflicto. Tal era el espíritu que informaba una de las enmiendas de los republicanos, y para estudiarla se reunieron con el Presidente del Congreso, los señores Sagasta, Moret y Montero Ríos, suspendiéndose la sesión durante tres cuartos de hora, al cabo de los cuales el Gobierno convino en aceptar la idea, siempre que las minorías desistiesen de seguir discutiendo enmiendas y retirasen las que tenían presentadas, dándose por suficientemente discutido el asunto.

Entró en el salón de sesiones el señor Becerra, y preguntó a los republicanos, qué pensaban hacer si el Gobierno aceptaba su enmienda, la cual había de constituir el articulo único del proyecto.

«Seguir apoyando y discutiendo las demás—dijo el señor Salmerón,—hasta conseguir que el proyecto no sea ley en tiempo hábil.»

Y en vista de esto, el señor Becerra rechazó la enmienda en nombre del señor Sagasta. Lo que había sucedido para un cambio de actitud en los republicanos, era que se habían enterado de que el Gobierno, contando con el voto del Senado y con la aquiescencia implícita del Congreso, se disponía a dar el decreto de suspensión de elecciones, y esto no lo podían ellos tolerar. Según otros, fueron los zorrillistas, que, constituidos también en sesión permanente en su círculo, ejerciendo funciones supremas, enviaron emisarios a la minoría republicana, diciendo que de ningún modo transigiera. Y así lo hizo.

Quedaron, pues, los bandos en mayor tensión y más enconados que nunca, renegando la mayoría de su sino, y del Gobierno que a tal trance le había llevado.

A todo esto, se había llegado al viernes, y nadie podía calcular aproximadamente cómo terminaría aquella memorable sesión. Bastaba un esfuerzo más de los republicanos y que éstos sostuvieran su intransigencia hasta el sábado, es decir un solo día, para que naufragasen los propósitos del Gobierno. Este, que previo el peligro, se reunió en Consejo para adoptar una resolución que le dejase airoso, y, al efecto, recurrió al olvidado sistema de la suspensión por decreto, presentando una proposición pidiendo que se resolviese el conflicto «como se estime más conveniente a los intereses públicos».

Esta determinación del Gobierno era un hecho verdaderamente anómalo, pues significaba que, considerándose impotente para vencer la obstrucción, se parapetaba detrás de la mayoría para lanzar sobre ella la responsabilidad de un acto que no era suyo.

Los republicanos, viendo que el señor Sagasta estaba firmemente resuelto, incluso a ponerse por montera al Parlamento, resucitando la vieja y desacreditada teoría de Bismarck, de que en los conflictos parlamentarios, resuelve la Corona, decidieron acudir al retraimiento, y se retiraron del Congreso. Eran las cuatro de la tarde del día 12, y había durado la sesión permanente por espacio de setenta y dos horas. A su salida del Congreso, la multitud estacionada en los alrededores ovacionó a los diputados republicanos, acompañándoles largo trecho.

El 22 de Mayo, publicó la Gaceta las reformas decretadas por el ministro de Ultramar, señor Maura, reorganizando el régimen municipal en las islas Filipinas.

Obedecían estas reformas, a la política de atracción, ya iniciada por el Gobierno, respecto a estas islas, tratando de igualar en derechos a las razas de color con los individuos de raza blanca, procurando por este medio, evitar todo pretexto de rebelión en aquéllas, cuya mayor independencia en su régimen local, habían de aprovechar tan en contra de la metrópoli.

Dispuso el señor Maura, por esos decretos, que los Tribunales de los pueblos se llamasen en lo sucesivo Tribunales municipales, que cuidarían de administrar los bienes de la comunidad constituida por todos los individuos residentes en un pueblo. Al frente de dicho tribunal se puso un capitán, auxiliado en sus funciones por otros cuatro individuos, denominados tenientes, que ejercían las funciones de mayor, de policía, de sementeras y de ganados, respectivamente.

Los cargos se elegían indirectamente, y el Teniente mayor correspondía al Síndico de nuestros Ayuntamientos. Los electores eran designados por los principales de cada pueblo, que eran los tenientes de justicia, cabezas de harangay, capitanes parados, tenientes municipales, y, en general, todos los vecinos que pagasen 50 pesos de contribución territorial. La reunión de todos estos notables, se llamaba Principalia, y era presidida por el cura párroco.

Dictáronse, además, por este decreto, varias disposiciones sobre administración de los pueblos y constitución de juntas provinciales.

También con respecto a Cuba y Puerto Rico, decretó el señor Maura algunas medidas inspiradas en una gran descentralización del régimen de aquellas islas, que fueron muy bien recibidas por los autonomistas cubanos.

Después de la retirada de los republicanos, parecía que la situación del Gobierno en las Cámaras iba a ser más despejada; pero, al contrario, la confusión y la anarquía en la discusión de los presupuestos, aumentaron hasta el punto de que ni los mismos ministeriales lograban ponerse de acuerdo para resolver las dificultades que presentaba la aprobación del de Gracia y Justicia, cosa que no era de extrañar, si se tienen en cuenta las divisiones que existían en el seno del Gabinete.

La culpa de todo, la tenía el señor Montero Ríos, que creyendo hallarse dotado del don de la infalibilidad, ideó unas reformas en Gracia y Justicia, por las que se su- primían las audiencias provinciales y 87 juzgados de primera instancia. Estos proyectos indignaron, como es natural, a los pueblos a que afectaban las reformas, y a los conservadores les sirvió de pretexto para hacer ruda oposición contra el ministro.

La situación comenzaba a ser insostenible para el señor Montero Ríos, y todo el mundo veía en ella un indicio inmediato de crisis, pues aun cuando a última hora el ministro de Gracia y Justicia abdicó de la intransigencia mantenida en un principio y buscó los medios de poder llegar a un acuerdo con los conservadores, las dificultades se hicieron insuperables al conocerse el criterio del señor Gamazo, totalmente contrario a aceptar las componendas que se intentaban, en perjuicio de la nivelación de los presupuestos.

Sin embargo, la actitud del ministro de Hacienda se estimó como un deseo de abandonar su cartera de una manera airosa, pues los fracasos que había sufrido en el ejercicio de su cargo, le tenían bastante apesadumbrado, viendo en las reformas de Gracia y Justicia un modo decoroso de retirarse, aprovechando la ocasión que se le presentaba, antes de que llegase el momento de reconocer su impotencia para que los presupuestos fueran Ley el primer día de Julio, conforme con la palabra que había dado.

No era de exrañar que el señor Gamazo no sintiese gran apego por continuar al frente del ministerio de Hacienda. Su prestigio había, además, sufrido un rudo golpe, con motivo de la subscripción de bonos del Tesoro anunciada por aquellos días, pues de los 325 millones pedidos al público, éste no cubrió más que 50, y este desastre constituía un timbre más de gloria que añadir a la bien cimentada reputación rentística y financiera del señor Gamazo.

Así es que, cuando se reunió el Consejo de ministros para estudiar la fórmula de conciliación entre el Gobierno y las oposiciones, sobre las reformas de Montero Ríos, se dio como descontada la dimisión de Gamazo, acentuándose esta creencia el día 2 de Julio, en que el Consejo acordó que el ministro de Hacienda tomase un plazo prudencial, para aceptar o rechazar la solución propuesta. Hízolo en contra el señor Gamazo, y, estimando el ministro de Gracia y Justicia que había fracasado en su gestión (pues no otra cosa significaba el disentimiento del ministro de Hacienda, que era, precisamente, el que había de decir la última palabra sobre el proyecto en cuestión), dimitió. En vano trató el señor Sagasta, con su característica habilidad, de encontrar una fórmula de transacción, que aunase tan encontrados criterios. Montero Ríos no quiso aceptar la concordia, y tuvo que ser substituido en el ministerio de Gracia y Justcia por el señor Ruiz Capdepón, Había triunfado el señor Gamazo.

 

Pródigo en graves sucesos fué el verano de 1893. Al estado de alarma ya manifestado anteriormente en algunos pueblos, a causa de las reformas de Gracia y Justicia, hemos de añadir las proporciones inusitadas que alcanzaron los desórdenes ocurridos en varias regiones, al tenerse noticia de que el Gobierno pondría a la firma de la Reina Regente, antes del mes de Septiembre, la nueva división territorial ideada por el general López Domínguez.

Afectaban estos decretos el cambio de capitalidad de las regiones militares, organizándose siete cuerpos de ejército, cuyos centros radicaban en Madrid, Sevilla, Valencia, Barcelona, Zaragoza, Burgos y León, respectivamente. Suprimíanse, por tanto, las capitanías generales de Pamplona, Vitoria y La Coruña, cuyas poblaciones protestaron airadamente contra los propósitos del ministro de la Guerra, dando ocasión a sangrientos motines, de extraordinaria gravedad en las provincias vascongadas, que a más del asunto de la nueva divsión territorial, tenían sobrados motivos de queja contra el artículo 17 de los presupuestos, por considerarlo atentario al concierto económico con el Estado, que constituye el único vestigio de los antiguos fueros vasco-navarros.

Ya con anterioridad a estos sucesos, habían ido a Madrid las comisiones forales para llegar a un arreglo decoroso con el señor Gamazo en la cuestión del timbre, que en lo sucesivo se obligaba a pagar a aquellas provincias, y alguna de ellas, la de Navarra, había presentado al ministro de Hacienda una exposición firmada por 620,000 individuos, en papel sellado, cuyo peso excedía de 107 kilos.

Las gestiones no dieron resultado práctico, y esto, unido a la supresión de las capitanías generales, acabó de exacerbar los ánimos de los vascongados. Planteóse esta última reforma en el Consejo de ministros del día 20 de Agosto, marchando seguidamente el señor Sagasta a San Sebastián para someter a la regia sanción el decreto de referencia. Ya durante el viaje, tuvo que escuchar el Presidente del Consejo, algunos gritos impertinentes al entrar en territorio vasco, y la inminencia de sucesos desagradable debió presentirla el señor Sagasta a su llegada a San Sebastián, por el recibimiento excesivamente frío y de sobra hostil que se le dispensó.

Por si esto fuera poco, una vez instalado en el local que le servía de residencia, pidiéronle hora para conferenciar sobre el asunto del concierto económico, las Diputaciones forales reunidas a este objeto en la corte veraniega. Negóse el señor Sagasta a tratar con ellas, y estimada esta negativa como una provocación del Presidente contra los vascongados, se precipitaron los acontecimientos.

El día 29 tocaba la música en uno de los paseos, el himno de las libertades vascas Guernikako Arbola, y los grupos obligaron a suspender los conciertos, dirigiéndose al domicilio del señor Sagasta, sin cesar en sus gritos de «¡Vivan los fueros!». Intervino la guardia civil, que fue agredida a pedradas, teniendo que dar varias cargas, de las que resultaron numerosos heridos. Acudieron entonces, fuerzas del ejército y les hicieron frente los amotinados, dando lugar con ello a que las tropas hiciesen fuego sobre la multitud, causando varios muertos.

Los sucesos se repitieron en los días sucesivos trabándose verdaderas batallas en las calles de San Sebastián, siendo preciso enviar a la capital donostiarra varios regimientos que reprimieron enérgicamente el motín. Sin embargo, el principio de autoridad quedó muy mal parado, por haber el señor Sagasta parlamentado con los principales personajes de la ciudad, concediendo así verdadera beligerancia a los amotinados.

Idénticos desórdenes ocurrieron en Bilbao, Santander y otros puntos, en los que se mantuvo la agitación, durante algún tiempo.

Restablecida la tranquilidad en toda España, un nuevo y gravísimo suceso vino a aumentar la preocupación del Gobierno, a causa de la nueva fase en que entraba el terrorismo en Barcelona, ya manifestado anteriormente. Celebróse en la ciudad condal una revista militar con motivo del santo de la Princesa de Asturias, y, en el momento en que se verificaba el desfile de las tropas que habían formado en la gran parada, y al tiempo en que pasaba por delante del capitán general, señor Martínez Campos, la banda de trompetas del regimiento Lanceros de Borbón, un individuo llamado Paulino Pallas, que vestía blusa y boina, se adelantó desde uno de los paseos laterales de la Gran Vía, y, colocándose cerca del sitio en que se hallaba el general con su Estado Mayor, arrojó una bomba de dinamita a los pies del caballo que montaba aquél, y otra a poca distancia de la anterior. Las explosiones fueron terribles, y, al disiparse el humo, se vio que el capitán general estaba en el suelo, caballo destrozado, y que también había caído el general jefe de E. M. don Luis de Castellví, el cual quedó herido de gravedad.

Los cascos de metralla alcanzaron también al general Molíns, y al ayudante de Martínez Campos, señor Bustos, y a algún otro oficial.

Cerca del paseo central de la Gran Vía, quedó tendido el guardia civil José Tous, con el vientre y piernas destrozados, y un poco más lejos fué encontrado el cadáver de un paisano.

Al hacer explosión las bombas, las tropas que desfilaban vacilaron un momento al ver en el suelo al capitán general ; pero el general de división, señor González Muñoz, ordenó con energía que continuase el desfile, dando al paso de cada regimiento un viva el Rey.

El autor de aquel criminal atentado fue apresado en el acto, y sometido a un consejo de guerra, que le condenó a muerte, fusilándosele el día 6 de Octubre, en los fosos del castillo de Montjuich.

Pero no habían terminado con este suceso, las desventuras de aquel desgraciado año. De Melilla se recibían noticias desagradables que presagiaban un inmediato conflicto armado con el imperio marroquí.

 

CAPÍTULO XI- GUERRA DE MARRUECOS

Campaña de Melilla.—Antecedentes históricos.—Tratado de 1767.— Hostilidades de las cabilas.—Nuevo tratado de 1799-—Continúan las agresiones.—Convenio de 1859.—Importantes ventajas que obtuvo España.—Tratado de Tetuán.—Tratado de Madrid (1861).—Deslinde de las fronteras de Melilla.—El fuerte de Sidi Guariach.—Protesta de los cabileños.—Destrucción de la caseta provisional.—Reclamaciones del general Margallo.—Se reanudan los trabajos.—El 2 de Octubre. —Los moros atacan a los ingenieros militares.—Margallo toma el mando de las tropas.—Se generaliza el combate.—Grave situación de los sitiados en Sidi Guariach.—Heroica carga del teniente Golfín. —Salen nuevos refuerzos de Melilla.—Patriótica actitud de los paisa­nos —Combate al arma blanca.—La retirada.—Bajas sensibles.