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DIEZ Y SEIS AÑOS DE REGENCIA

(MARÍA CRISTINA DE HAPSBURGO-LORENA) (1885-1902)

 

CAPÍTULO VIII

La Corte en San Sebastián.— Campaña de Mindanao.— Sus causas.— Pensamiento del general Weyler.— Ataques de los moros.— Preparativos.— Comienzan las operaciones.— Acción de Maradig.— Las enfermedades.— Combate de Maraui.— Tregua forzosa.— Atentado contra el capitán general de Cataluña.— Ataque a un cuartel en Barcelona.— Catástrofe de Consuegra.— Dimisión de Beránger.— Romero Robledo reingresa en el partido conservador.— Crisis total.— Nuevo Ministerio.— Sucesos de Jerez.— Ruptura de las relaciones comerciales con Francia.— La transferencia a la Trasatlántica.— Los astilleros del Nervión.— El 1.° de Mayo.— Capítulo de huelgas.— En Barcelona.— En Bilbao.— Los telegrafistas.— Los agentes de bolsa.— Nuevo contrato con la Compañía Arrendataria de Tabacos.

 

La corte se estableció en San Sebastián, en cuya ciudad fué recibida por la Regente, la embajada mora presidida por Sidi Abd-el-Hamed, que en nombre del Sultán, venía a desagraviar a España por la agresión de que habían sido objeto nuestras tropas, por parte de los moros de Melilla, suceso ya referido en el capitulo anterior.

Aprovechóse esta circunstancia para intentar cerca del embajador marroquí el comienzo de negociaciones para delimitar, de una vez para siempre, el campo fronterizo de nuestros presidios africanos, siendo vano el intento, pues a más de no tener el Hamed poderes para ello, dificultaba la empresa la gran distancia que mediaba entre la solución propuesta por España y la que, en caso de haberse entablado en serio la negociación, hubiera podido presentar el Sultán.

El general Weyler se dedicó aquel año a reducir a los sultancillos que en Mindanao mantenían abierto el espíritu de rebelión contra España.

Los moros manguindanaos continuaban cometiendo toda clase de tropelías, no sólo en la isla, sino en las inmediatas Bisayas, realizando incursiones, cuyo paso era señalado con innumerables asesinatos y saqueos, que terminaban con la prisión de sus habitantes, a quienes reducían a la triste condición de esclavos.

Tales males, obligaron al general Weyler a poner el remedio, que con tanta ansiedad solicitaban los indios amparados en nuestra bandera. Autorizado por el Gobierno, comenzó el capitán general de Filipinas por hacer lo que era más indispensable, en evitación de las correrías marítimas de los moros, y al efecto decretó el bloqueo de la isla de Mindanao, con el objeto de irlos estrechando paulatinamente en la isla, hasta que llegase el momento de reducirlos por las armas.

En estas condiciones, y privados los moros del aprovisionamiento de esclavos en otras islas, no tenían más remedio que verificar sus raterías en los territorios limítrofes, y en éstos iban reconcentrándose los indios adictos a España para su mayor seguridad.

A más de esto, mandó construir Weyler una trocha militar, que iba desde la bahía Panquil hasta Tucurán, con lo cual dificultaba la comunicación de los moros con sus hermanos de Sindangán. Por el norte y por el sur, una línea de fuertes impedía a los rebeldes la recaudación de tributos que imponían a las poblaciones, que, seguras de nuestra protección, iban perdiendo el miedo al ambicioso sultán de Utto, principal promotor y alma de la rebelión.

De esta manera, y dominado el curso del río Grande, región sumamente poblada, iba ganando mucho nuestro prestigio, en tanto que lo perdían los enemigos.

Terminada la construción de los fuertes que constituían la referida trocha militar, se circularon las órdenes para combatir al Sultán, y a los jefecillos de Sindangán, y limítrofes de las bahías de Illana e Iligán. Diversas columnas, en combinación con los barcos de guerra, comenzaron las operaciones simultáneamente, con excelente resultado.

Dispuesto el general Weyler a dar vigoroso empuje a la campaña emprendida, reforzó los destacamentos que guarnecían los fuertes, y después de haber visitado los puntos fortificados, y estudiado el terreno de la campaña próxima a emprender, comprendido entre el curso del río Grande y la laguna de Ligasán, ordenó el desembarco de la expedición que había preparado en Manila. Este hecho tenía lugar el 21 de Abril, ocupando nuestras tropas las posiciones de Malabang y Baras, que desde aquel momento quedaron convertidas en base de operaciones contra el sur de la laguna Ligasán.

El día 30 de Mayo, nuestros soldados, en número de 1,200 hombres, atacaron a la bayoneta las formidables cottas que defendían los moros de Maradig, desalojándoles de sus casi inexpugnables posiciones, en las que dejaron gran número de muertos, entre los que se contaban el sultán de Benidel y doce o catorce dattos (jefes). Esta victoria fue importantísima, pues aseguró a Weyler el dominio de toda la bahía lUana.

Prosiguiéronse activamente las operaciones ; pero ya entonces las enfermedades habían diezmado el cuerpo expedicionario, cebándose principalmente en los artilleros, que por ser peninsulares, no podían resistir tanto como los soldados filipinos los estragos de aquellos climas insalubres. Ello fué causa de que tuviera que renunciar Weyler a completar su plan de campaña, que consistía en la ocupación de Ganasi.

Sin embargo, el general procuró apresurar la destrucción de las fuerzas reunidas por los malanaos para combatirnos. Dividiendo nuestras tropas en tres columnas, ordenó que las dos primeras avanzasen hacia el norte, siguiendo las orillas del río Agus, mientras la tercera, siguiendo la dirección sur, engañaba al enemigo, simulando un ataque a Ganasi, que obligó a los moros a distraer parte de sus combatientes.

Los movimientos de las tres columnas se realizaron matemáticamente, entablando la de la derecha, el 17 de Agosto, un vivo combate con grandes núcleos enemigos, a los que puso en completa dispersión.

Por su parte, la columna de la izquierda encontró a los moros, el 19 en las inmediaciones de Maraui, batiéndoles y persiguiéndoles durante tres horas. Todas las cottas que defendían la población fueron destruidas por los nuestros, que arrasaron, además, las casas y chozas que componían la aldea.

Avanzaba, en tanto, la estación, y había comenzado la época de las grandes lluvias, por lo cual Weyler, después de dejar bien fortificado todo el curso del río Agus para ponerlo a cubierto de cualquier golpe de mano, suspendió las operaciones con la esperanza de poder reanudarlas cuando llegase el buen tiempo.

El día 29 de Julio, un cabo de la guarnición de Barcelona, llamado Pablo Girones, disparó dos tiros de revólver contra el capitán general interino, señor Ahumada, hiriéndole levemente, así como a su ayudante, el teniente coronel señor Parera. El cabo fué sentenciado a muerte, no siendo ejecutada la sentencia a causa de la campaña que, en la prensa barcelonesa, emprendieron varios médicos, para probar que el reo no tenía completas sus facultades mentales.

Otro hecho de más gravedad que el anterior, tuvo lugar en Barcelona, pocos días después. El 2 de Agosto, en las primeras horas de la noche, un grupo de paisanos armados, dirigidos por un ex capitán republicano apellidado Reus, atacó el cuartel del Buensuceso, hiriendo al centinela y sosteniendo un vivo tiroteo con la guardia del cuartel. Según pudo comprobarse después, la intentona fue preparada en París por un bolsista catalán llamado Asols, que reclutó a los encargados de dar el golpe de mano, prometiéndoles grandes beneficios con la jugada de bolsa que preparaba. Todos los complicados en este suceso fueron juzgados por un consejo de guerra, que les condenó a diferentes penas.

Señalóse el mes de Septiembre con la terrible catástrofe de Consuegra, motivada por lluvias persistentes y torrenciales, que ocasionaron el desbordamiento de varios ríos en la provincia de Toledo, los cuales inundaron la comarca situada entre los pueblos de Camuñas, Urda y Villafranca de los Caballeros. El pueblo de Consuegra fué totalmente destruido por la inundación, pasando de mil el número de muertos y ascendiendo los perjuicios a una elevadísima cantidad. En todas las poblaciones de España, y muchas del extranjero, se iniciaron subscripciones para socorrer a los damnificados, que pronto alcanzaron importante suma, con la cual pudo aliviarse la triste suerte de los supervivientes de aquella memorable catástrofe.

La política, que se había mantenido en relativa calma durante los meses de verano, empezó, a fines de Octubre, a agitarse nuevamente, como consecuencia de la campaña emprendida por El Resumen contra el ministro de Marina, general Beránger, a quien hacía responsable de ciertas deficiencias observadas en los servicios de la Armada. La polémica, que al principio había sido simplemente periodística, degeneró en verdadera cuestión personal, siendo necesario que el ministro, creyéndose ofendido, pidiese al director del diario la rectificación de cuanto había expuesto en sus artículos. Negóse a ello el señor Abascal, y su negativa dio origen a la intervención de algunos amigos de los contendientes, que, después de algunas conferencias para arreglar el asunto amistosamente, plantearon un lance.

Pero resultaba que el general Beránger no podía acudir al terreno del honor, sin incurrir en un delito previsto y castigado en el Código penal, y además, el efecto que iba a producir ver a un ministro vulnerando las leyes era desastroso; por lo cual Beránger, abandonó la cartera, para poder batirse con más libertad con el periodista, como lo hizo el día 5 de Noviembre, encargándose interinamente del departamento de Marina, el señor Cánovas del Castillo.

No era esta sola la dificultad con que tropezaba la situación conservadora por aquellos días. Las divergencias en el seno del gabinete, que eran manifiestas desde hacía algún tiempo, adquirieron mayores vuelos a causa de las gestiones que realizaba Cánovas para atraerse nuevamente al señor Romero Robledo, cuyo señor no cesaba de coquetear con su antiguo jefe, estimando, sin duda, que las razones que hablan determinado su separa- ción del partido conservador, desaparecieron el mismo día en que fue aquél llamado a los consejos de la Corona. E

l señor Silvela veía con notorio desagrado todos estos indicios de aproximación del disidente ex ministro, y bien público era el antagonismo que existía entre los dos. Romero Robledo y Silvela eran incompatibles dentro del Ministerio, y aun dentro del mismo partido, como se demostró poco tiempo después. Se recordaba que anteriormente había dicho don Francisco Silvela, refiriéndose al otro don Francisco, que «era un hombre enfermo de incurable enfermedad y que integrando el partido conservador las personas sanas, aquel enfermo crónico no podía volver».

Grave era la dificultad que creaba a Cánovas, con su actitud, el señor Silvela, y para muchos, el empeño del Presidente del Consejo en realizar la unión con los conservadores heterodoxos, podía dar por resultado un cambio de situación, pues no era ignorado que la mayoría era obra del señor Silvela, y en ocasiones se había mostrado especialmente adicta al ministro de la Grobernación. Además, la enemiga del señor Silvela hacia Romero Robledo se había patentizado, en aquellos días, ruidosamente, por haber rechazado el primero el nombramiento del señor Bosch y Fustegueras para la alcaldía de Madrid, a pesar del vivo interés que tenía Romero Robledo en llevar a dicho cargo al referido señor.

Pero Cánovas estaba decidido a realizar la unión con el inquieto ex reformista, y en su virtud, no estando conforme el señor Silvela con el reingreso en el partido del señor Romero Robledo, presentó la dimisión en el Consejo de Ministros celebrado el 23 de Noviembre. Al día siguiente fué el señor Cánovas a Palacio y planteó a la Reina Regente, la crisis total del Ministerio por él presidido; ratificándole S. M. la confianza para formar nuevo Gobierno, que quedaba constituido a las pocas horas de la manera siguiente :

Presidente, Cánovas.

Estado, duque de Tetuán.

Gracia y Justicia, Cos Gayón.

Gobernación, Elduayen.

Hacienda, Concha Castañeda.

Fomento, Linares Rivas.

Guerra, Azcárraga.

Marina, Montojo.

Ultramar, Romero Robledo.

A fines de año, publicó la Gaceta un decreto convocando a empréstito de 250 millones en 4 por 100 amortizable, con cupón 1.º de Abril de 1892, conforme disponía la ley votada anteriormente por las Cortes, siendo la subscripción cubierta totalmente por los banqueros, más una quinta parte que subscribieron los particulares.

Comenzó el año 1892 con unos sucesos gravísimos, desarrollados en Jerez de la Frontera, que conmovieron hondamente a la opinión pública, produciendo en todas partes generales protestas contra el Gobierno, que con su apatía fue el verdadero responsable de la invasión de la citada ciudad andaluza, por gran número de labriegos convertidos al anarquismo, que cometieron varios asesinatos de indefensos transeúntes, y saquearon varios establecimientos al grito de «¡ Mueran los burgueses !».

El movimiento, cuyas causas aún no han podido ponerse en claro, comenzó penetrando en Jerez, a manera de vanguardia exploradora, unos cincuenta campesinos, que por su actitud en las calles, infundieron ciertas sospechas, que motivaron la detención del grupo en masa. Explicaron los detenidos el motivo de su llegada a Jerez, y, dándolo por bueno las autoridades, decretaron su libertad, veinticuatro horas después de practicadas las detenciones.

Como si los comprometidos de los cortijos Inmediatos, no esperasen más que el resultado de la expedición anterior, y una vez enterados por sus compañeros de las inci- dencias de la excursión realizada, resolvieron invadir la ciudad, realizándolo en número de 1,000 hombres armados, el día 8 de Enero, sin que lograse impedirlo la numerosa guarnición de Jerez, a causa de la rapidez con que se hicieron dueños del pueblo, los sublevados. Ya dentro de la ciudad y desperdigados por ella los invasores, se concentraron en las inmediaciones de la cárcel, con la idea de libertar a los presos, y, batidos por las tropas, se retiraron, asesinando en su huida a cuantos transeúntes encontraron en las calles. Expulsados de Jerez, después de algunas refriegas, salieron al campo, cometiendo todo género de tropelías en las personas y en las propiedades, siendo necesario que las tropas fueran en su persecución, encontrando a los revoltosos en el pueblo de Bornos. Cargó sobre ellos la caballería, causándoles varios muertos y heridos y cogiéndoles numerosos prisioneros.

A consecuencia de estos sucesos, funcionaron varios consejos de guerra que juzgaron a los detenidos, condenando a muerte a cuatro de ellos, los cuales fueron ajusticiados pocos días después de conocida la sentencia.

Reanudáronse las sesiones de Cortes a mediados de Enero, originándose grandes debates sobre los sucesos de Jerez, y también sobre el grave conflicto planteado por la ruptura de relaciones comerciales con la República francesa, motivada por la elevación de los derechos de entrada de nuestros vinos en Francia, a cuya medida contestó el Gobierno español declarando una verdadera guerra de tarifas, que persistió largo tiempo con evidente perjuicio para nuestros viticultores.

Objeto de vivos y apasionados comentarios fué la conducta del señor Romero Robledo obsequiando a la Compañía Trasatlántica, con una transferencia de cinco millones de pesetas. Las censuras contra el proceder del ministro de Ultramar fueron generales, distinguiéndose en las Cortes, por su ruda oposición, el diputado republicano, señor Marenco, que dijo al señor Romero Robledo :

«La disposición de S. S. es notoriamente injusta, pues la Trasatlántica con su proceder, aumentando el precio del pasaje a nuestros soldados, no se ha hecho acreedora a esa recompensa del Estado. Por lo demás, S. S., otorgando esa transferencia, ha realizado un verdadero acto indecoroso.»

Los fusionistas alborotaron grandemente; no faltando alguno de ellos, que propusiese llevar a la barra al señor Romero Robledo. Este se defendió como pudo, di- ciendo que lo de la Trasatlántica era un préstamo que le hacía el Gobierno, al 6 por 100 de interés, y que era preferible ver esos cinco millones en movimiento, produciendo ganancias al Estado, a tenerlos apilados en las arcas del Tesoro. No satisficieron mucho estas declaraciones a la Cámara; al contrario, los fusionistas continuaron escandalizando, llegando a acusar al ministro de prevaricador. Molestóse profundamente por ello el señor Romero, y, levantándose airado, manifestó que no le importaba ser llevado a la barra ; pero, para que esto pudiese verificarse, habían de acompañarle los ex ministros fusionistas de Ul- tramar, muchos de los cuales habían dictado disposiciones, cuyo sentido era abiertamente contrario a la ley y a la moral, y, sin embargo, nadie había protestado de ello.

El discurso de Romero Robledo produjo un revuelo inmenso, y parecía que había de traer consecuencias; pero, contra el sentir general, resolvió la tempestad que amenazaba descargar sobre su cabeza, y, pasada la primera impresión, callaron todos y acabó el asunto.

Aprobáronse rápidamente los presupuestos, cuya cifra, al ser leídos en la Cortes, arrojaba 748.750,070 de pesetas en el concepto de ingresos, calculándose los gastos en 750. 263,077'91 de pesetas.

En estos últimos se hicieron algunas economías que permitieron nivelar un poco más las cifras.

Preocupaba mucho al Gobierno la mala situación económica de la sociedad «Astilleros del Nervión», constructora de los cruceros Infanta María Teresa, Almirante Oquendo y Vizcaya. Había manifestado a Cánovas el concesionario señor Martínez de las Rivas, la imposibilidad en que se iba a encontrar de continuar las construcciones, si no encontraba apoyo en los capitalistas bilbaínos. Su socio el señor Palmers se había negado a anticipar el dinero necesario para la terminación de las obras, y en vista de su negativa, solicitó Martínez Rivas un empréstito de cinco millones, cuya subscripción no dio resultado satisfactorio, originándose la quiebra de la sociedad el día 30 de Abril.

El señor Cánovas, ante la posibilidad de que los cruceros no pudiesen ser terminados, por no haber nadie que quisiera encargarse de los astilleros, procedió a incautarse de los mismos, resolviendo el arduo problema, que llevaba consigo aparejado el paro forzoso de los innumerables obreros que ejecutaban las obras.

Transcurrió el 1.° de Mayo en medio de la más completa tranquilidad, siendo celebrada pacíficamente en todas partes la Fiesta del trabajo.

A fines del indicado mes, iniciaron una huelga los operarios de los talleres que la compañía del ferrocarril del Norte tiene establecidos en Valladolid. Al principio, parecía que el movimiento huelguista no tenía importancia; pero a primeros de Junio, se acentuó su gravedad, por haber secundado la huelga los obreros de San Andrés de Palomar (Barcelona).

Sin embargo, las sociedades de resistencia entre los ferroviarios, se hallaban, por entonces, en el período embrionario, y, faltos de fuerza para resistir mucho tiempo, sucumbieron al cabo, terminándose la huelga por consunción.

De mucha más trascendencia fueron las huelgas generales declaradas en Barcelona y Bilbao, determinada la primera por la persistencia en el paro de los obreros laminadores, a quienes prestaron su apoyo material los afiliados a la sociedad «Las tres clases de vapor» primeramente y después el resto de los trabajadores de la ciudad condal. Fue necesario proclamar el estado de guerra para reprimir el sangriento motín en que había degenerado la contienda social, solucionándola, al poco tiempo de haberse encargado del mando, el capitán general de la región, señor Blanco, con un tacto y un celo verdaderamente exquisitos.

De iguales, si no mayores plácemes, se hizo acreedor el general Loma, resolviendo la huelga general de mineros en Bilbao, motivada por las malas condiciones en que realizaban el trabajo aquellos sufridos trabajadores, que hasta entonces habían soportado con gran resignación los atropellos que cometía la clase patronal. El general Loma, poniéndose al lado de la razón y de la justicia, defendió las pretensiones de los mineros, y restableció la calma.

Otra huelga curiosa por lo original, y por la habilidad que demostraron sus organizadores al plantearla, fué la de telegrafistas, comenzada el día 20 de Junio. Reinaba entre los funcionarios del cuerpo de Telégrafos gran disgusto, por ciertas medidas tomadas con algunos compañeros, que se habían expresado en favor del restablecimiento del reglamento otorgado al cuerpo por el señor Romero Robledo, y, deseando manifestar públicamente sus quejas, entre las que figuraba la supresión de la gratificación de un céntimo por cada telegrama cursado, decidieron suspender el trabajo en un día determinado y a una señal convenida. Y en efecto, dada la orden por los directores del movimiento, en la misma hora quedaron interrumpidas las comunicaciones telegráficas en toda España.

Durante tres días se mantuvieron firmes los telegrafistas en su actitud, sin abandonar sus puestos, pero también sin cursar los despachos que se les entregaban, cau- sando los perjuicios que se pueden suponer.

Por fin, tras mucho discutir, el Gobierno, a instancias de Romero Robledo, solucionó el conflicto, accediendo en parte a las pretensiones de los telegrafistas. El ministro de la Gobernación, señor Elduayen, que había propuesto al Consejo la disolución del cuerpo de Telégrafos, y cuya medida había sido calificada de violenta por los demás ministros, presentó la dimisión de su cargo, siendo substituido por el señor Villaverde, que, al encargarse de la cartera, ostentó ya de una manera franca la representación del grupo silvelista.

Siguió a la huelga de telegrafistas, la de los agentes de cambio y bolsa, en protesta del nuevo impuesto de derechos reales.

Mientras tanto, y a pesar de lo avanzado de la estación, continuaban las Cortes discutiendo el proyecto de ley relativo a las tarifas de ferrocarriles; pero no habiendo encontrado Cánovas facilidades para su aprobación antes de decidirse a suspender las sesiones, dio por terminadas éstas, el 19 de Julio.

Realmente, la obra legislativa del Gobierno conservador en su etapa parlamentaria, había sido infecunda. Merece, sin embargo, consignarse la renovación del contrato con la Compañía Arrendataria de Tabacos, por el cual se obligó a ésta a pagar un canon anual de 90 millones, en vez de la cantidad fija que pagaba en cada trienio, pero variable de uno en otro, según determinaba la ley de arriendo. Establecía, además, el nuevo contrato, que en cuanto el producto líquido de la Renta excediese de la suma de 90 millones, pagaría la Compañía el 50 por 100 del exceso hasta 96 millones, el 60 por 100 desde 96 a 100 y el 65 por 100 desde 100 millones en adelante. Hacíase cargo la arrendataria, de los servicios de custodia, venta e investigación del Timbre, y del especial de giro mutuo del Tesoro, por los cuales se le abonaba con relación al Timbre, una comisión de 5 por 100 hasta 50 millones de recaudación, de 8 por 100 sobre el aumento de 50 a 56 y de 10 por 100 sobre el que se alcanzara desde 56 millones en adelante, y respecto del giro mutuo, la mitad del premio que por el mismo se percibía o sea un 1 por 100.

 

 

CAPÍTULO IX

Continúa el antagonismo entre los señores Silvela y Romero Robledo. —Asuntos municipales, —El centenario de Colón.—Motín contra el Alcalde de Madrid. —Inspección al Ayuntamiento madrileño.—Inmoralidades que se suponían.—El señor Castelar lanza la idea del Presupuesto de Paz. —Imposibilidad de realizarle. —Proyectos del Gobierno. —Resultado de la inspección al Ayuntamiento de Madrid. — La Memoria del señor Dato.—Gravísimas imputaciones.—Dimisión del Alcalde. —El señor Villaverde propone al Consejo de Ministros medidas extremas. —Disparidad de criterios. —Dimisión de Villaverde. —Se reanudan las sesiones de Cortes. —El debate político. —Cánovas y Villaverde. —Bosch en el Senado. —Discurso del señor Silvela. — Efecto que produce.—El voto de confianza. —Derrota moral del Gobierno. —Caída de los conservadores.