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DIEZ Y SEIS AÑOS DE REGENCIA

(MARÍA CRISTINA DE HAPSBURGO-LORENA) (1885-1902)

 

CAPÍTULO VI

Quinta legislatura.— Romero Robledo publica Un cuento en El Guipuzcoano.— El Sultán en Tánger.— Reapertura de Cortes.— Debates parlamentarios.— La enfermedad del Rey.— Crisis ministerial.— Intento de concentración liberal.— La Regente encarga al señor Alonso Martínez la formación del nuevo Ministerio.— Fracaso de sus gestiones.— El señor Sagasta reorganiza el Gabinete.— Interpelación al Gobierno.— Aprobación del sufragio universal.— Carta del general Daban.— Arresto del general.— Los socialistas ante el 1 de Mayo.— Manifestación obrera.— Muerte de Cassola.— Rumores de crisis.— Nuevo intento de conciliación entre los liberales.— Proposición del señor Martos.— El cumplimiento de un pacto.— Caída de los liberales.— Cánovas en el poder.

 

Dieron comienzo las sesiones de Cortes con la elección del señor Alonso Martínez para la Presidencia del Congreso por 236 votos, entre los 360 que tomaron parte en la votación.

Inicióse seguidamente un vivo debate en el que Romero Robledo dirigió acerbas censuras al señor Sagasta, por entender que no había procedido bien el jefe de Gobierno, buscando la solución del conflicto parlamentario, a espaldas del Congreso.

El señor Silvela, en nombre de los conservadores, atacó a la mayoría, manifestando que los amotinados del 23 de Mayo, se habían hecho culpables de un delito castigado en el Código Penal.

En cambio, el señor Azcárate defendió al Gobierno, tratando de justificar su conducta, por no existir otro medio legal para destituir al Presidente del Congreso, que declarando terminadas las sesiones de la legislatura; cosa que se hubiera evitado, de haber el señor Martos tenido la delicadeza de abandonar un cargo, para el que fue elegido por los votos de aquellos mismos que tan ruidosamente le abuchearon en plena sesión.

Intervino también el señor Gamazo, y finalmente, se levantó a hablar el señor Martos, con quien sostuvo un verdadero duelo de elocuencia, el señor Sagasta.

De todas maneras, el partido liberal quedó bastante mal parado, agravándose la situación interior del mismo con los propósitos manifestados, días más tarde, por el general Martínez Campos. Dijo este señor a Sagasta, que el Gobierno no podía vivir con una mayoría tan fraccionada, y que era preciso intentar la unión por todos los medios. En caso de que esto último no se pudiera hacer en un plazo prudencial que dio al Presidente del Consejo, el general se separaría del partido.

En esta situación, se suspendieron las sesiones el día 15 de Julio, trasladándose la familia real a San Sebastián.

Trasladóse, igualmente, a aquellas playas, el señor Romero Robledo, quien dando rienda suelta durante el asueto parlamentario a sus aficiones periodísticas publicó en El Guipuzcoano un artículo a manera de historia verídica, a la que dio el título de «Un cuento».

Hacía referencia el cuento citado, a una hidalga familia castellana, a la que administraba un tradicional enemigo de la misma, que fraudulentamente se había introducido en la solariega mansión al ocurrir el fallecimiento del dueño de la casa. La viuda y tres huerfanitos, soportaban resignados las disposiciones del mayordomo, que, haciéndoles creer que la seguridad de sus personas exigía su completo aislamiento, habla amurallado totalmente el castillo, para evitar que se acercasen a él los que fueron leales servidores en tiempos del amo.

El cuento fue denunciado, por creer las autoridades había en él alusión a la casa real, dando lugar la denuncia a que Romero Robledo manifestara su disgusto a Sagasta.

Las relaciones hispano-marroquies habíanse enfriado notablemente, a causa de algunos incidentes ocurridos durante el mes de Septiembre. Los moros del litoral apre- saron un día, a la vista de nuestra fortaleza de Alhucemas, al laúd español Miguel y Teresa, y pretextando que conducía contrabando de armas, aprisionaron a la tripuación, conduciéndola al interior. Envió el Gobierno a aquellas aguas, con objeto de hacer las debidas averiguaciones, al cañonero Cocodrilo, que fué tiroteado por los moros, contestando dicho cañonero con algunos disparos de cañón.

Por si era poco grave este suceso, súpose, también, que en Casablanca habían sido asesinadas la hermana y la criada del médico militar agregado al consulado de España en esa plaza, señor Jordán, y que los cabileños del Sus, imitando la conducta de los moros de Bocoya, se habían apoderado de un barco que, procedente de Canarias, navegaba en aguas de Agadir, robando el cargamento y maltratando bárbaramente a sus tripulantes.

La opinión pública se agitaba pidiendo al señor Sagasta pronto remedio que evitase en lo sucesivo la repetición de semejantes desafueros, por lo cual el Gobierno se decidió a obrar, aprovechando la circunstancia de hallarse en Tánger el Sultán. Dió, al efecto, las debidas instrucciones a nuestro ministro plenipotenciario para obtener que el Maghzen diera a España las reparaciones que correspondían a la magnitud de los atropellos, enviándose a Tánger una escuadra para apoyar las gestiones de nuestro diplomático.

El Sultán manifestó un vivo sentimiento por todos estos hechos, despachando emisarios a Alhucemas para pedir a los moros la libertad de los cautivos del Miguel y Teresa, cosa que fué obtenida. En cuanto a lo de Casablanca, difícil era poder averiguar quién había cometido los asesinatos de la señora Jordán y de su criada; pero en el buen imperio marroquí no se apuraban por tales cosas, cuando las reclamaciones se veían fuertemente apoyadas. Se mandó sacar a un desgraciado, que desde hacía algún tiempo se hallaba en las mazmorras, y fué fusilado en presencia de toda la población. Y, sin embargo, el infeliz marroquí no había tenido arte ni parte en el suceso de referencia.

Lo de Agadir, no pudo arreglarse de ninguna manera, por haber expuesto el Sultán la imposibilidad en que se hallaba, de reducir aquellas tribus indómitas, que nunca habían reconocido su autoridad. El Gobierno dio por buena esta explicación, y no insistió más sobre este punto, a pesar de que la ocasión era propicia, cual ninguna, para haber recordado al Sultán, el incumplimiento en que se hallaba la cláusula 8 del Tratado de Tetuán, por la que se cedía a España a perpetuidad, el dominio de Santa Cruz de Mar Pequeña, con cuya ocupación se hubiera conseguido llevar la tranquilidad al seno de innumerables familias de pescadores canarios.

Próxima la reanudación de sesiones, lo que más preocupaba era la cuestión económica, que amenazaba quedarse sin liquidar en el caso de que fueran ciertos los rumores que atribuían al señor Sagasta el propósito de retardar en todo lo posible la reapertura. Pero esto no se confirmó.

El 29 de Octubre se abrieron las Cortes, con un debate promovido por Romero Robledo, a causa de la interpretación que debía darse a la vida legal de aquéllas. Romero, de acuerdo con Cánovas, declaró que el fin de la quinta legislatura debía determinar la disolución de Cortes. Sagasta, por el contrario, opinaba que, siendo arbitraria la duración de las legislaturas, podía el Gobierno alargar o disminuir el tiempo de duración de las mismas, por lo cual entendía que la vida de las Cortes finalizaba a los cinco años de su reunión.

Presentó después el ministro de Hacienda los presupuestos generales para el año 1890, calculando los ingresos en 803.349,277 pesetas, y los gastos en 803.333,591'65.

El Gobierno vivía en constante amenaza, pues era lógico suponer que, a causa de la disidencia de Gamazo, no pudiesen aprobarse los presupuestos dentro de aquel mismo año. Esta consideración fué causa de que el señor Cos Gayón presentase una proposición, pidiendo que las Cortes aprobasen una ley, prorrogando los presupuestos que, interinamente, venían rigiendo. Aceptó el ministro en principio la idea; pero más tarde la rechazó, con gran escándalo del Congreso, que protestó ruidosamente de la informalidad del señor González.

La situación en que quedaba el Gobierno a consecuencia de este debate no era muy halagüeña, por lo cual, el señor Sagasta desistió de celebrar sesiones durante los días de Navidad, como era su primer propósito, suspendiéndolas poco días después para reanudarlas en la segunda quincena de Enero.

En los primeros días del año 1890, se desarrolló en Madrid una intensa epidemia de gripe, que atacó a un crecido número de personas, llegando hasta el mismo Real Palacio, donde enfermó el Rey, don Alfonso XIII, causando tal alarma su enfermedad, que en diferentes ocasiones los médicos llegaron a temer por la vida del Soberano. Los sentimientos maternales de la Reina Regente pusiéronse a ruda prueba en aquella ocasión; pero afor- tunadamente, el 14 de Enero estaba ya el Rey fuera de peligro y pudo reanudar doña Cristina su vida ordinaria, interrumpida durante los días de la gravedad de su hijo, a quien cuidó como sólo saben hacerlo las madres.

La enfermedad del Rey había retrasado el planteamiento de la crisis, iniciada el 3 de Enero por dimisión de los ministros de la Guerra, Hacienda y Marina, acordando, en vista de ello, el señor Sagasta, reorganizar el gabinete, agrupando en el mismo todos los elementos liberales que andaban dispersos, campando por cuenta propia.

Al efecto, se hicieron gestiones cerca de los señores Martos, Gamazo y López Domínguez, sin que se llegase a resultado favorable. Sin embargo ; creyóse que sería posible la concentración liberal siempre que al frente del nuevo Gobierno figurase otra persona que no fuese el señor Sagasta, y así lo indicó el general Martínez Campos a la Regente, cuando fue llamado a consulta, prevaleciendo su consejo y encargando S. M. al señor Alonso Martí- nez la formación de ministerio.

Empezó el presidente del Congreso sus conferencias con los diversos personajes de la situación para cumplimentar el encargo que le había dado doña Cristina, con- venciéndose bien pronto de que su misión era dificilísima, por la actitud en que se colocó la mayoría, decididamente en contra de toda solución a cuyo frente no figurase el señor Sagasta, y ante tales dificultades, fue Alonso Martínez a Palacio y declinó los poderes que S. M. le había conferido.

Nuevas consultas que permitían hacer creer en la próxima subida de los conservadores; pero de nuevo el general Martínez Campos estimó prematura la vuelta de Cánovas, y en vista de ello, la Reina Regente decidió que siguiese en el poder el señor Sagasta. Así sucedió, jurando el nuevo Gobierno el día 21, constituido en la forma siguiente :

Presidencia, Sagasta.

Estado, Vega Armijo.

Gracia y Justicia, Puigcerver.

Hacienda, Eguilior.

Gobernación, Capdepón.

Fomento, duque de Veragua.

Guerra, Bermúdez Reina.

Marina, Romero.

Ultramar, Becerra.

Presentóse el señor Sagasta en las Cortes, siendo interpelado por el señor Silvela, que pidió la explicación de la crisis y la significación del nuevo Ministerio. Sagasta contestó diciendo que las dificultades creadas por la discrepancia de varios elementos, afectos al partido liberal, en materias económicas, había motivado su resolución de reconstituir el gabinete, agrupando en el seno del mismo, las diversas tendencias que se manifestaban, y a conseguir tal extremo había dedicado, infructuosamente, toda su actividad, lamentando que las diferencias de unos y otros, hubiesen hecho imposible el intento de conciliación que tan afanosamente había buscado y terminó diciendo que el nuevo Gobierno continuaría la obra del anterior, especialmente en lo que se refería al sufragio universal, del cual dijo, que si no llegaba a ser ley, no sería ciertamente por su culpa.

En el debate intervinieron los señores Gamazo y Martos, haciendo este último señor, gran oposición al Gobierno, al cual calificó de «expresión de una derrota».

Alternando con el debate político continuaba la discusión del proyecto de sufragio universal, siendo muy de notar, que desde que el nuevo ministerio se presentó a las Cortes, desaparecieron todas cuantas dificultades se hablan opuesto anteriormente a su aprobación, especialmente en el Senado, donde fué despachado en dos sesiones.

Igualmente avanzaba la discusión de los presupuestos con una placidez inconcebible, apenas interrumpida por la oposición que se hizo a las economías que en sus respectivos departamentos introdujeron los ministros de Fomento y Gracia y Justicia, sólo aprobadas por la enérgica defensa que de ellas hizo el señor Sagasta.

Aquella tranquilidad vino a turbarse momentáneamente por un suceso promovido por el general Daban. Envió este señor una carta-circular a todos los generales rogándoles se colocasen frente al Poder legislativo, para evitar que llegasen a ser leyes, algunos proyectos, tales como el de modificación de mandos en Ultramar y la supresión de las capitanías generales.

Decía así la citada carta:

Mi estimado general y amigo:

La situación poco correcta y hasta agresiva que parece prevalecer contra todo lo que, individual o colectivamente, tiene alguna conexión con el Ejército, me obliga a molestar su ilustrada competencia sobre la necesidad de hacer valer las aspiraciones de los que, por sus servicios y por lo que representan, merecen consideraciones que no pueden ni deben darse al olvido.

La enmienda sobre la modificación de los mandos en Ultramar, la supresión de las Capitanías generales, reducción del contingente y otros proyectos que no han podido pasar desapercibidos, por el espíritu agresivo que revelan, determinan un modo de ser que los que, por virtud de la ley, estamos revestidos de un carácter que se siente lesionado por esas disposiciones, si llegaran a tener efecto, no podemos dejar sin protesta, por las consecuencias que para el porvenir del país y de la fuerza armada se pretenden.

Si después de tenerse en cuenta las consideraciones a que me refiero, existe otra que, superando a aquéllas, es la principal que informa el motivo de esta carta, y no puede menos de unir a todas las jerarquías de la milicia para, en bien de la patria, evitar contingencias que les comprometen.

La integridad nacional se presta a serios quebrantos con las reformas que se proyectan en Ultramar, cuyo alcance parece desconocerse por los que las inician; y los que a costa de nuestra sangre hemos aprendido lo que en aquellos países esos proyectos representan, no podemos menos de oponernos, haciendo uso de los medios que la legalidad ofrece.

Pretenden que oficiales generales de reconocida competencia, adquirida en una dilatada hoja de servicios, vayan a ponerse a las órdenes de hombres cuya significación puede ofrecer, las más de las veces, muy poca o ninguna garantía para las enormes responsabilidades que tienen los mandos superiores de las posesiones de Ultramar. Esto es engañar al país.

Deseando conocer la opinión de usted sobre los particulares que mi carta interesan, por si tienen la bondad de exponerla para que, examinada con la de nuestros dignos compañeros, de quien igualmente la solicito, pueda ocuparme de ella en el Senado, debidamente ilustrado con la opinión de todos.

Debo hacer una afirmación previa.

No es mi ánimo dar a esta actitud, por consecuencia de mi carta, ningún carácter en sentido de determinada agrupación política. Es la expresión concreta del firme propósito que nos anima contra los enemigos declarados o encubiertos de nuestra patria, a la que todo lo debemos, de las instituciones por cuya gloria nos interesamos, y de los sagrados derechos del Ejército, depositario fiel de la honra nacional y firme garantía de la libertad hermanada con el orden.

En la espera de su opinión, si se digna exponerla, tiene el gusto de ofrecerse suyo atento, Luis Daban .23 de Marzo de 1890.

Esta carta fué objeto de generales comentarlos, siendo muy censurada la conducta del general, contra el que pidió el ministro de la Guerra, la correspondiente autori- zación del Senado para imponerle dos meses de arresto, que cumplió en el castillo de Alicante, en compañía del general Salcedo, por haberse hecho este último solidario de las manifestaciones de Daban. Después de este incidente, que produjo algún revuelo en la Alta Cámara por entender algunos senadores que la medida tomada contra el general era atentatoria a la inmunidad parlamentaria, no volvió a turbarse más la paz en el palacio de doña María de Molina, continuándose los debates sin acaloramientos, no obstante la protesta formulada por el marqués de Cerralbo, contra las autoridades de Valencia, que no hicieron gran cosa para impedir que el marqués fuese apedreado en su viaje a la ciudad del Turia, de la que escapó, con su familia, de una manera milagrosa.

La política parlamentaria estaba, pues, encalmada. En cambio, el partido socialista obrero empezaba a manifestarse vigorosamente, preparando la huelga general que debía celebrarse el día 1.° de Mayo, en cumplimiento del acuerdo tomado en el congreso internacional celebrado en París, el año anterior.

Llegó el día señalado, y la huelga estalló con caracteres graves en Valencia y Barcelona, siendo precisa la declaración del estado de guerra en esta última plaza. En Madrid, apenas se notaron los efectos de la huelga; pero los socialistas organizaron un mitin en el Liceo Rius, que tuvo lugar el 4 de Mayo, saliendo después los reunidos en pacífica manifestación, para hacer entrega al Presidente del Consejo de ministros, de las peticiones que el partido obrero dirigía a los poderes públicos. Estas eran las siguientes

: 1. Establecimiento de la jornada de 8 horas para los adultos; de 6 horas para los obreros comprendidos entre los 14 a los 18 años, y prohibición del trabajo en los menores de 14.

2. Abolición del trabajo nocturno, excepción hecha de aquellos ramos cuyo funcionamiento exige que aquél no se interrumpa.

3. Prohibición del trabajo de la mujer en los ramos de industria que afecte al organismo femenino.

4. Descanso de 36 horas no interrumpidas semanalmente para todos los trabajadores.

5. Prohibición de ciertos sistemas de fabricación perjudiciales para la salud de los obreros.

6. Supresión de las cooperativas patronales.

7. Supresión de las agencias de colocaciones.

8. Vigilancia de todos los talleres por medio de inspectores retribuidos por el Estado y elegidos por los obreros.

Los manifestantes nombraron una comisión que, presidida por don Pablo Iglesias, visitó al señor Sagasta, exponiéndole los deseos de los obreros. El Presidente del Consejo les recibió muy amablemente, manifestándoles que sus peticiones pasarían a la comisión de reformas sociales, para su estudio e informe.

El dia 9 de Mayo murió el ilustre general Cassola, dando ocasión su fallecimiento a que, en los discursos necrológicos pronunciados por los jefes de los diversos partidos en el Congreso, se reconociese por todos, el excepcional talento organizador del difunto general, a quien pocos meses antes, tan rudamente se había combatido.

Los debates en el Parlamento, que, como anteriormente decimos, se habían deslizado con suma tranquilidad, comenzaron a tomar tonos más vivos, durante el mes de Junio, a consecuencia de la detención de un sujeto llamado Pepe el huevero, que había realizado importantes fraudes en consumos, revelando una audacia inconcebible.

No faltaron quienes señalaban como protectores del mencionado huevero a varios significados políticos de la situación, y al parecer, no iban descaminados los maldicientes. El mismo detenido confesó que realmente tenía cómplices; pero no quiso revelar sus nombres porque residían en la Corte Celestial, constituyendo una omnipotente Trinidad.

Tan quebrantado salió el Gobierno de esta discusión, que ya nadie se recataba en pronunciar la palabra crisis. Esta se hallaba latente en el seno del Ministerio, y para nadie era un secreto que el mismo Sagasta la deseaba, para reorganizar el Gabinete en forma de que le permitiera continuar más tiempo en el Poder.

Lanzada nuevamente la idea de la conciliación, encontró ésta, inmejorable acogida por parte de los señores López Domínguez y Gamazo. Los ministeriales comenzaron a respirar, creyendo conjurado el peligro; pero por desgracia para ellos, el general Martínez Campos sintió la corazonada de que muy en breve ocuparía Cánovas el Poder, y como si aquélla fuese la señal de combate, inició Romero Robledo en el Congreso un debate con el objeto de pedir al Gobierno, que, puesto que el partido liberal había cumplido ya por completo todo su programa, era llegado el momento de que Sagasta plantease la cuestión de confianza a la Regente, para que ésta resolviese lo que creyera más oportuno.

Expuso Silvela a continuación el programa que el partido conservador desarrollaría a su advenimiento al Poder, y tanto su discurso, como el de Romero Robledo, fueron dos síntomas que revelaron de una manera clara, la situación en que se encontraba en aquellos momentos el partido liberal. Por si podía quedar alguna duda, aprovechó don Cristino Martos el tener que defender una proposición, pidiendo al Gobierno el indulto de todos los sentenciados por delitos políticos, para declarar que Sagasta debía entregar el Poder a los conservadores, como única manera de hacer desaparecer el ambiente de inmoralidad que flotaba sobre el Ministerio, a causa de los escandalosos negocios de matute, descubiertos por aquellos días.

Los discursos debieron llegar a Palacio y de allí debió, también, salir un recado para el señor Sagasta, recordándole el cumplimiento del pacto celebrado con Cánovas en casa del general Martínez Campos, el mismo día de la muerte de don Alfonso XII, y Sagasta, en vista de los deseos de la Reina Regente, reunió el Consejo de ministros, y acordó plantear la crisis el día 2 de Julio. Al día siguiente, fue a Palacio el Presidente, y presentó a S. M. la dimisión del gabinete, comenzando doña Cristina las consultas, en las que los señores marqués de la Habana, Alonso Martínez, López Domínguez y Gamazo se pronunciaron por la continuación del partido liberal, contra la opinión de los señores Cánovas, Romero Robledo, Martínez Campos y Martos, que aconsejaron a la Reina la formación de un gobierno conservador. A este último consejo se inclinó la Regente, encargando al señor Cánovas la constitución del Ministerio que el día 5 juraba, quedando formado de la siguiente manera :

Presidencia, Cánovas.

Estado, duque de Tetuán.

Gracia y Justicia, Villaverde.

Hacienda, Cos Gayón.

Fomento, Isasa.

Gobernación, Silvela.

Guerra, Azcárraga.

Marina, Beránger.

Ultramar, Fabié.

Así cayó el primer Ministerio de la Regencia, después de haberse mantenido cerca de cinco años en el Poder, realizando todo el programa que a su advenimiento al gobierno declaró, a pesar de las innumerables incidencias a que su realización dio origen, y finalmente después de haber sorteado el señor Sagasta, todas cuantas dificultades se le presentaron con una habilidad tan rara, como extraordinaria.

 

CAPÍTULO VII

Significación del Ministerio conservador.— Circular del señor Silvela.— La Junta Central del Censo.— Pruebas oficiales del submarino Peral.— Melilla: agresión a una patrulla de caballería. Reclamaciones diplomáticas.— Otra vez Ponapé.— Toma de un poblado rebelde.— Congreso católico.— Viaje de Sagasta.— Elecciones provinciales.— Disolución de Cortes.— Los partidos ante las elecciones generales.— Nueva coalición republicana.— Los carlistas.— Resultado de las elecciones.— Apertura de Cortes.— Mensaje de la Corona.— El 1.° de Mayo.—Encíclica de S. S.— Debates parlamentarios.— Asamblea de las Cámaras de Comercio.— La ley del Banco.— Nuevo partido republicano.— La amnistía.— Suspensión de sesiones.