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CAPÍTULO 60.

NUEVO GOBIERNO CON CINCO MINISTROS DE LA C. E. D. A.

 

El plazo de vida concedido al Gobierno se va a cumplir. Las negociaciones entre los jefes de los grupos que componen la mayoría parlamentaria llegan a su término. Las condiciones irrevocables de Gil Robles son cinco carteras, incluida la de Guerra. Lerroux no opone objeción, convencido de que todo intento por disuadir al jefe cedista es inútil. Llevará al Presidente de la República la petición, para que él diga la última palabra. A tal fin acude al domicilio de Alcalá Zamora (3 de mayo), y a la salida anuncia que ha presentado la dimisión del Gobierno, en vista de que Gil Robles le niega el apoyo en las Cortes. Le exhorta el Presidente a que reflexione y a que insista cerca de los jefes aludidos para que la crisis se produzca en las Cortes. La gestión no da ningún resultado, y al día siguiente comienzan las consultas. Alba, Samper, Gil Robles, Melquíades Alvarez y Cambó aconsejan un Gobierno mayoritario de garantía y eficacia. Femando de los Ríos, en nombre de los socialistas, pide, en una nota suficiente y altanera, un ministerio «auténticamente republicano» que restablezca la plenitud de derechos y garantías constitucionales, la libertad de los presos y la ordenación de medidas que permitan enjuiciar con perentoriedad a aquellos representantes de las autoridades que hayan cometido delitos con motivo de la represión del movimiento de octubre». Apremia «para que desaparezca la actual situación de dictadura y se rehaga el régimen legal». Besteiro declara que la C. E. D. A. no tiene derecho a intervenir en la vida política. Aconsejan la disolución de Cortes Martínez Barrio y Mairal, éste en nombre de la Esquerra. Gobiernos de amplia concentración republicana reclaman Chapaprieta y Cirilo del Río. Otros consultados son Barcia, de Izquierda Republicana; Abilio Calderón, y Azaña, que por carta se excusa, como en la crisis anterior. El representante de la minoría vasca, Horn, no se halla en Madrid.

Terminadas las consultas, que nada nuevo enseñan a la opinión sobre lo que ya sabía, el Presidente de la República confía a Lerroux el encargo de formar Gobierno, a la vez que hace pública una nota referida a «una cuestión objetiva previa, consistente en puntualizar, conforme a la libertad de los partidos que han de constituir la mayoría, si desean resueltamente la reforma constitucional con la transigencia y concordia que la hagan viable, o si, faltando esa posibilidad, puede aquel fin quedar pospuesto prácticamente a otros propósitos y preocupaciones». Para tal esclarecimiento —añade la nota— «se ha dado encargo al señor Lerroux de formar un Gobierno con la base de la antigua mayoría, pero extendida con la amplitud que convenga. Dentro de las expresadas características, la amplitud de nuestro encargo no excluye como única solución posible la reconstitución con aportaciones y refuerzos de los demás partidos del Gobierno dimisionario». Nota enrevesada, que no puede disimular el afán de su autor por orientar las crisis conforme a sus deseos.

Los jefes de los grupos componentes del bloque dispuestos a formar Gobierno afirman, en una nota de respuesta a la de Alcalá Zamora, su criterio «favorable a la revisión constitucional, cuyo acuerdo inicial ha de tomarse por las Cortes». Coinciden en apreciar la conveniencia de que se forme un Gobierno integrado por las cuatro fracciones, cuyas especiales características doctrinales no impiden la homogeneidad. «Al acuerdo de revisión debe proceder un período de labor legislativa y de eficaz acción gubernativa para resolver el paro, la crisis económica, la ley electoral, la nivelación de presupuestos, la normalización de la vida social. Esto con un Gobierno de cohesión y unidad interna. Habrá que buscar la cooperación de otros sectores a la vista del nuevo período electoral. Por el momento no es preciso extender la base parlamentaria del Ministerio.»

El Presidente de la República, para hacer patente su mucha prudencia antes de decidirse a dar el paso definitivo, amplia la consulta: Martínez Barrio, Maura, Besteiro, Gil Robles, Martínez de Velasco y Álvarez son llamados de nuevo. A continuación redacta otra nota en réplica a la de los jefes del bloque: «Se debe confiar de nuevo a don Alejandro Lerroux el cuidado de formar Gobierno, para que su patriotismo republicano pueda procurar aquella convivencia que ya tan necesaria es en el país.» A lo cual precede la observación de que «disolver ahora las Cortes será lo más dañoso.»

«Me siento honrado por el encargo —comenta Lerroux—, pero, sobre todo, por las dificultades del mismo.» Y después de reunirse con los jefes de los grupos que van a constituir el Gobierno mayoritario, redacta la lista de nombres que formarán el Ministerio.

Quedaba al Presidente de la República por pasar el último y más amargo trago: sancionar la composición que Lerroux le llevó al palco del Teatro Español, donde aquel se encontraba (6 de mayo). Cuenta Lerroux, «Don Niceto puso cara de vinagre. Cinco de la C. E. D. A. ¡Dios mío! don Alejandro. ¿No podrían ser menos?, me decía un poco afligido. Y al oír la distribución de carteras: —¿Y Gil Robles en Guerra? Don Alejandro de mi alma, ¡nada menos que la cartera de Guerra! Se quedó meditando sobre unos papeles que tenía delante, y en seguida exclamó: —¡Ese chico, ese chico!, como usted dice, don Alejandro. Y dejó flotando en el aire su mano derecha, no sé si como amenaza o como interrogatorio».

El Gobierno queda constituido de la siguiente manera: Presidencia, Alejandro Lerroux; Estado, Juan José Rocha; Gobernación, Manuel Pórtela Valladares; Hacienda, Joaquín Chapaprieta; Obras Públicas, Ma­nuel Marraco; Guerra, José María Gil Robles; Justicia, Cándido Casanueva; Trabajo, Federico Salmón; Industria y Comercio, Rafael Aizpún; Comunicaciones, Luis Lucia; Marina, Antonio Royo Villanova; Agricultura, Nicasio Velayos; Instrucción Pública, Joaquín Dualde.

* * *

Las notas biográficas de Gil Robles y de Lucia constan en otro lugar de esta obra (57). Casanueva, natural de Pereña, Salamanca, cuenta cincuenta y cinco años. Doctor en Derecho y notario, representa la tendencia conservadora dentro de la C. E. D. A., en oposición abierta con las ideas progresistas de Giménez Fernández, excluido de la combinación por el peso e influencia de los terratenientes irreconciliables con el espíritu socializante de las leyes sobre la propiedad y defendidas por aquél durante su actuación como ministro de Agricultura.

Salmón Amorín, con sus treinta y cinco años, es el ministro más joven. Nacido en Burriana (Castellón), estudia la carrera de Derecho en Valencia y es uno de los fundadores de la Federación de Estudiantes Católicos. Catedrático de Derecho Público en Murcia, dirige el diario La Verdad, de la Editorial Católica. Promueve en esta ciudad Acción Popular. Declarado excedente en su cátedra durante los Gobiernos de Azaña desempeña en Madrid la secretaría de la C. E. D. A. y el rectorado del Centro de Estudios Universitarios. Está especializado en cuestiones sociales. Royo Villanova nace en Zaragoza en 1869: simultanea los estudios de Leyes con el periodismo y dirige el Diario de Avisos. Al ganar la cátedra de Derecho Administrativo de la Universidad de Valladolid, se incorpora en esta ciudad al partido de Santiago Alba y dirige El Norte de Castilla, periódico que sigue la orientación del jefe liberal. En Valladolid hace Royo Villanova su carrera política. Es diputado y senador en varias legislaturas director general de Enseñanza (1913 y 1916). Inquieto y con un gran espíritu de independencia, conquista popularidad por sus continuas y violentas campañas en el periódico, en la tribuna y en el libro, contra el separatismo catalán. Joaquín Chapaprieta natural de Torrevieja (Alicante), cuenta sesenta y cuatro años. Fue diputado del partido de Gasset (1901), ministro de Trabajo en el Gobierno de García Prieto (1923) y dimitió por disparidad de pareceres. Abogado, especializado en asuntos financieros y consejero de grandes empresas. Colabora con Alcalá Zamora y Miguel Maura a la formación del grupo conservador que contribuye a la instauración de la República. Genio avinagrado, capacidad de trabajo y obstinado en su empeño. Nicasio Velayos, agrario, antiguo diputado liberal monárquico por Ávila, se distinguió en la oposición a los proyectos de Giménez Fernández.

Si Gil Robles logra imponer la ley de la proporcionalidad, Alcalá Zamora consigue, con sus habilidades, contrarrestarla con la ley de la in­fluencia. Pórtela, Chapaprieta e incluso Velayos, son hechura suya. Están en el Gobierno como vigías o valedores del Presidente.

La prensa izquierdista recibe con disgusto e indignación al nuevo Gobierno. Entiende que por ese camino no se pacifican los espíritus, sino que se soliviantan. «La República —dicen— continúa en poder de sus enemigos.» Los periódicos monárquicos se manifiestan desconfiados. «Con un régimen de partidos, en que cada cual tira de su lado —escribe Maeztu (A B C, 10 de mayo) —; con un pueblo entregado en buena parte a agitadores profesionales; con un espíritu nacional inerme todavía ante los sofismas antipatrióticos, sólo un milagro podrá hacer que la gestión de Gil Robles y de sus amigos sea tan fecunda como deseo y a Dios le pido.» La Época reconoce que la forma en que ha quedado constituido el Gobierno supone un innegable éxito para Acción Popular, que ha conseguido conquistar «ciudadelas que parecían inexpugnables». El alborozo lo monopolizan El Debate y Ya. «Toda una visión de lo que debe ser la vida pública española, toda una orientación de gobierno, todo un sentido nacional es lo que sube al Poder con la designación de Gil Robles para la cartera de Guerra —afirma Ya (6 de mayo) — . Gil Robles es hoy una política y una ambición española.» El Debate dice (7 de mayo): «Se ha conseguido en la política española, por medio de la actuación de la derecha en estos dos años últimos, algo nuevo, sorprendente para ciertos criterios estáticos: dar eficacia a un programa, buscar ese equilibrio, eminentemente político, entre lo ideal y lo real, renunciar al todo o nada, para advertir sencilla y humanamente que mejor que nada es algo, que mejor es hacer una parte del bien que renunciar al bien entero por no ser accesible en su integridad. ¿No son los hechos que presenciamos una esperanza? ¿No es la actuación de los jefes de la derecha una garantía? ¿No quiere decir todo ello que nos acercamos paso a paso —pero con pasos firmes, sin retroceso — al momento de la liquidación de los trastornos más profundos, por la revisión del Código constitucional?»

La presencia de los cinco ministros de la C. E. D. A. en el Poder reanima y encandila a las organizaciones de Acción Popular. Los elementos conservadores consideran alejados los graves peligros y estabilizada la situación. La Bolsa sube.

Gil Robles recibe en audiencia a la guarnición de Madrid (7 de mayo), y ante ella hace su primera declaración como ministro de la Guerra: «El apoliticismo presidirá mis actos al frente de este ministerio, inspirándome en estricta justicia. El Ejército debe permanecer apartado de todo aquello que no sea supremo interés nacional. La política militar será encomendada a organismos técnicos.»

* * *

El Gobierno se presenta a las Cortes (8 de mayo) y Lerroux explica los acontecimientos políticos ocurridos en el pasado mes y los propósitos para el futuro. Una discrepancia de táctica, más que de doctrina, produjo la crisis del 28 de marzo. «Henos de nuevo aquí. No somos un Gobierno de partido. Alzamos una bandera símbolo de aspiraciones nacionales, no un pendón de guerra. Queremos caminar rápidamente hacia el total restablecimiento de la normalidad legal, social y económica. A este propósito debe contribuir la pública rectificación de todos aquellos que despechados e impacientes declaran la guerra todos los días a la sociedad y al régimen. No somos socialistas; pero proclamamos el derecho de que se crea en nuestro propósito de realizar una obra de justicia social sin lucha de clases y sin persecuciones. Atenderemos sin demora a la solución del paro, discutiremos seguidamente el proyecto de ley de repoblación forestal, os propondremos la aprobación de la Ley municipal, la reforma de la Electoral y la de Presupuestos. Presentaremos el Estatuto de Prensa, una vez modificado, las reformas de las leyes de Sindicatos, Jurado Mixto y de acceso a la propiedad. El Gobierno adopta como propios los estudios ya ultimados para la reforma constitucional y acepta el compromiso de mantener la ley de 2 de enero de 1935, que establece el régimen provisional para Cataluña». «He venido —termina Lerroux— a cumplir el deber que me incumbe desde mi huerto de los Olivos, donde he rezado la oración apasionada de los que sacrifican todo por amor: por amor a sus ideales, por amor a su pueblo y por amor a su patria.»

El tradicionalista Domínguez Arévalo, conde de Rodezno, abre el debate político. La liquidación impunista de la revolución de octubre la hemos visto nosotros, más que en la concesión de los indultos, en la incorporación requerida por el Poder moderador de partidos y sectores de opinión que no han repudiado aquellos actos, sino que, por el contrario, se han ratificado en sus designios. Este Gobierno significa el triunfo de la táctica de un grupo que con nosotros luchó en comunidad de propósitos e ideales, y que lucharán —no hace falta ser vidente para profetizarlo— en el futuro. A muchos producirá asombro ver el espectáculo que ofrece este Gobierno, en el que figuran ex ministros del Rey, un senador vitalicio por nombramiento de Su Majestad, caracterizados diputados monárquicos «No votaremos la confianza; pero deseamos que los gobernantes acierten». Cambó expresa su disgusto porque el Gobierno mantenga la ley del 2 de enero, referente a Cataluña, que considera injusta. Los problemas más graves que tiene planteados España son el monetario y el económico. En el momento actual creo que el Gobierno que se sienta en el banco azul es insustituible y le daremos nuestros votos. Lara, de Unión Republicana, recuerda que Acción Popular tiene inscrito en su programa la accidentalidad de las formas de Gobierno. «No conozco ningún régimen que se haya confiado a un partido en cuyo programa se consigne esa tesis.» El que Acción Popular tenga la hegemonía del Poder lo consideramos como el mayor quebranto para la República. «Adoptaremos en nuestra relación con el Gobierno una actitud dura, de completa oposición».

Goicoechea, monárquico, afirma: «La solución de la última crisis tiene que ser interpretada como la rotura por nuestra parte del último de los ya débiles lazos que unían entre sí a los grupos políticos que juntos combatieron y triunfaron el 19 de noviembre. Esos grupos políticos se incorporan a otros grupos políticos republicanos e izquierdistas y se preparan para constituir un bloque político más amplio, en el que podrán ingresar cuantos reconozcan y defiendan la legalidad republicana. Eso representará un adiós definitivo para los que luchamos juntos en la última contienda electoral.»

«Este Gobierno es la última y desesperada tentativa que realiza un régimen para consolidarse y subsistir. Seguiremos, en cuanto a la República, en la misma actitud de hostilidad que hemos mantenido siempre. Merecen nuestras simpatías aquellos elementos que lo integran, procedentes de los antiguos partidos monárquicos. No lo podemos combatir por lo que tiene de acentuadamente derechista; pero no le podemos apoyar por lo que tiene de republicano. Deseamos, para bien de España, que vuestra política se vea coronada por el éxito.»

«¿Será mucho pedir —pregunta Santaló, de la Esquerra— que la Cámara conozca cuál va a ser el criterio del Gobierno actual en orden a la política nefasta de represión que venís ejerciendo? Existe una evidente incompatibilidad en las funciones ejecutivas de Gobierno para aquellos elementos que fueron a las elecciones sin previa declaración de republi­canismo. Como consecuencia de ello se impone que se disuelvan las Cortes. Respecto a Cataluña, ¿se ha tenido en cuenta al clamor unánime de la región catalana en orden a sus justas reivindicaciones políticas y sociales?»

El agrario Calderón aplaude los propósitos expuestos por el jefe del Gobierno. Al comunista Bolívar le parece que en el Ministerio están representadas las fuerzas más reaccionarias capaces de exterminar las pocas libertades que quedan a fin de preparar el advenimiento del fascismo. «No tardaremos en ver enseñorearse en España —dice— el régimen del hacha y del patíbulo.» Barcia, de Izquierda Republicana, cree que el partido radical ha entrado en un proceso de crisis, del que sólo se salvarán aquellos que se atrevan a disentir de su jefe, víctima de un error de inteligencia. Del régimen han sido expulsadas las fuerzas de genuino republicanismo. Maura afirma que no tiene confianza, de momento, en el Gobierno, y el nacionalista vasco Horn anuncia que su minoría se mantendrá a la expectativa para juzgar a los gobernantes por sus actos.

El jefe del Gobierno resume el debate: quiere huir de toda polémica y dar al país y al patriotismo un elevado espíritu de unidad, «para que en momentos que mucha gente cree de inminente amenaza, estemos todos en condiciones de realizar una obra nacional». «Yo procuro, a medida que algunos se alejan de mí, que se acerquen otros, no a mí, sino a la República, para consolidarla.»

La confianza al Gobierno le es otorgada por 189 votos contra 22. En las Cortes se reanuda la discusión de la Ley municipal y el proyecto de ley sobre creación del Patrimonio Forestal, con un presupuesto de 100 millones, más una emisión de 150 millones. El proyecto del Patrimonio Forestal nació como resultado de un informe del Consejo de Economía Nacional, en tiempos del Gobierno Samper. El ministro Giménez Fernández encomendó su redacción a una Comisión de ingenieros de Montes.

* * *

En el Parlamento español apenas se habla de política internacional, dice el diputado monárquico independiente Figueroa Torres, conde de Romanones (14 de mayo). Es la segunda vez que interviene en las Cortes republicanas. Lo hace ahora porque con ocasión de unas conversaciones celebradas en Roma entre el ministro de Relaciones Exteriores de Francia y el jefe del Gobierno italiano, Mussolini, el ministro de Estado español ha declarado que en Roma no se habló del Mediterráneo y que España no estará ausente de ninguna conversación o trato que se relacione con el tema. Ahora bien: lo importante es saber si España tiene alguna política internacional, porque sin ella no se puede vivir conveniente ni decorosamente. Pregunta: «¿Se puede hablar de mantener nuestra situación privilegiada, aunque no preponderante, en el Mediterráneo, fuera de la órbita de Inglaterra, Francia e Italia? Porque dada la guerra europea que se dibuja, si sobreviene no podrán ser neutrales más que aquellas naciones que estén muy lejos del teatro de la guerra o las que tengan eficacia militar y naval suficiente para sostenerla. Aunque todos coincidamos en un criterio de neutralidad, éste no se puede imponer en el alma de las gentes como una realidad.»

El ministro de Estado contesta con unas palabras ambiguas y el conde de Romanones le asaetea con frases hirientes. «El ministro de Estado se halla en el mejor de los mundos: la Comisión de Estado resolverá los problemas que aquí se han tratado.» «No ha dicho ni una palabra concreta sobre las denuncias respecto a Marruecos aquí formuladas. ¿España está en posesión de la totalidad de la zona que le corresponde o sólo de una parte? ¿La situación de España en Tánger es la que debiera ser, o es de inferioridad?» «A la pregunta fundamental acerca de la política exterior el ministro ha contestado con incongruencias.»

La discusión se reanuda el 17 de mayo. «La política internacional de España —afirma Goicoechea— no puede ser más que una: marchar de acuerdo con Inglaterra, Francia e Italia.» «Pero España tiene una función que desempeñar, que no puede enajenar ni consentir que otro la desempeñe: la de asegurar la libertad y la neutralidad del Estrecho.» «Por una situación de facto, no de jure, quedó destruida la plenitud de jurisdicción y de soberanía de España sobre todos los dominios de la bahía de Algeciras, lo mismo en las aguas territoriales que en la parte de tierra. Por lo que respecta a Tánger, el ministro de Estado tiene la obligación de plantear de nuevo el problema. La separación de Tánger de la zona española representa la ruptura de una unidad económica.»

«A la denuncia del Tratado de Tánger —opina Ventosa— no debe irse sino después de haber realizado las exploraciones necesarias y con un plan meditado. En relación con la política internacional, España debe tener hoy como lema, por razón de las circunstancias en que se encuentra, una afirmación de paz.»

Yo declaro —exclama el diputado Barcia, de Izquierda Republicana — que hoy el prestigio de España en el orden internacional «nace de haber sido la iniciadora de una corriente que está influyendo y marcando en los conflictos las normas de razón que nosotros representamos, adelan­tándonos unos siglos a toda concepción actual. Es posible que haya normas de tipo moral acatadas por todos los pueblos y que sirvan de contén a las ambiciones y desmanes del imperialismo triunfante. Esto es lo que representamos nosotros y esto hay que alentarlo.»

El debate se prolonga con largos discursos, más bien coincidentes que discrepantes, pero sin destellos ni originalidad, de Rodríguez de Viguri, Maura (M.), Samper, García Guijarro, Domínguez Arévalo e Izquierdo Jiménez. Queda demostrado por qué se habla tan poco en las Cortes de política internacional Miguel Maura lo explica con las siguientes palabras: «¿Cuál es la política exterior de España en estos momentos y desde hace muchos años? Triste es confesarlo, pero la realidad es que ninguna» Sin embargo, el ministro de Estado, al contestar a los oradores (22 de mayo), recuerda «que la Sociedad de Naciones puede decirse que tiene su base en las teorías de nuestros juristas». A los diplomáticos españoles López Oliván y Madariaga se les encomiendan misiones importantes y ponen muy en alto el nombre de España. En resumen: el Gobierno de la República ve con viva simpatía la política internacional de Inglaterra. Afirma que es necesario colaborar con Francia y no olvida a Italia, sin la cual no podría existir el statu quo tan deseado.

El conde de Romanones celebra haber dado ocasión al debate. «¿Quién duda de que Gibraltar —dice, en respuesta a Goicoechea— es una espina que España lleva clavada en lo más profundo de su corazón? Pero es una espina que por muchos esfuerzos que se hagan es más que difícil poderla sacar.» «Desde principios de este siglo la situación de Inglaterra, por lo que respecta a la pacificación de las alturas que dominan la bahía de Algeciras no es una mera cuestión de hecho, sino que es una cuestión tam­bién de amistoso acuerdo, y, por ende, puede decirse, de jure.» «Sobre punto tan delicado no me considero autorizado a concretar más ni a entrar en otros esclarecimientos que serían tal vez contraproducentes para lo que todos aspiramos al tratar de fortalecer nuestros derechos en Marruecos y en Tánger. Además, sería faltar a los deberes que contraje cuando por varias veces juré la cartera de Estado. Y con esto sobre el particular digo bastante y su señoría me entenderá.»

Goicoechea: «Demasiado.»

Fuentes Pila grita, indignado: «¡Esclavos, no, señor conde de Romanones!»

«Me refiero —prosigue Romanones— a una cuestión de hecho. Fuentes Pila interrumpe: «¡Qué vergüenza!» Romanones insiste: «Cuestión de hecho, que sería completamente inútil negar...» Fuentes Pila le increpa: «Eso es tener alma de esclavo, no de español, y así nos ha ido...»

Romanones: «El punto concreto es saber si partiendo de estar bien con todos, tenemos una situación de mayor intimidad con Inglaterra, con Francia y con Italia. El señor Goicoechea parecía inclinarse por una mayor intimidad con Italia. Eso sería para España una política internacional peligrosa. Estar bien con Italia, Francia e Inglaterra, sí; pero mejor con Italia, no.»

«¿Desde cuándo, señor conde de Romanones —pregunta Goicoechea —, los intereses, los deseos, las esperanzas de un pueblo, en política internacional, tienen que subordinarse a la voluntad ajena? A los gobernantes no se les puede juzgar por lo que logren, sino por lo que intenten y adscriben a su vida. Si no aspiran a la realización del ideal internacional, vuelven la espalda a su deber. La flaqueza militar, la indefensión, no pueden servir de disculpa, a pesar de lo frecuentemente que nos complacemos en aludir a ellas. No es la causa de nuestra situación la codicia ajena, sino la incuria propia, la falta de confianza en nosotros mismos y en nuestro destino... En lo relativo a la soberanía sobre el Estrecho y la bahía de Algeciras, no hay una situación de jure, sino de facto. La situación de jure es la que se desprende de los Tratados de Madrid y Utrecht, de marzo y julio de 1713, que no es más que ésta: que se cede Gibraltar sin anexión ninguna territorial, sin comunicación ninguna por parte de tierra y dejando expedita la comunicación con Ceuta. ¡Esto es lo que dicen los Tratados! Y si no hay otro Tratado posterior, no tiene el conde de Romanones derecho a defender con un excesivo ministerialismo la causa de Inglaterra.»

«No recuerdo —continúa Goicoechea— que ningún discurso parlamentario me haya producido impresión semejante a la de uno que escuché en 1902 a don Antonio Maura, cuando describía la entrada en el puerto de Mahón de una poderosa escuadra inglesa. A Maura, el haz movible de los proyectores de los acorazados se le antojaban, en sus temores de patriota y en su visión de artista, como la representación de un poder oculto, de un centinela siempre vigilante que acecha la flaqueza de las naciones inermes para uncir sus trofeos al carro triunfal de los dominadores del mundo. En esa situación está España. Pero como don Antonio Maura decía, España tiene demasiada estatura, aunque la haya encorvado la adversidad, para perecer, porque nos vale el vigor y la pujanza de que antepasados nuestros dieron muestras.»

«No puede haber en España —responde Romanones— quien desee más que yo que Gibraltar sea español. Y en este deseo coincidimos todos en igual grado.» «La realidad me enseña que han pasado muchos años y no hay Gobierno alguno que haya intentado pedir la reivindicación de Gibraltar. Quiero recordar un hecho: A un político español, que para mí fue todo, mi maestro y cuanto puede ser un hombre para otro, que era ministro de Estado en 1870, se le ocurrió plantear el problema de Gibraltar ante el Gobierno inglés y escribió al representante de España en Londres, que lo era el señor Ranees, y le dijo: «Plantee usted ante el Gobierno inglés este pleito.» Se basaba en los mismos argumentos expuestos por el señor Goicoechea. Sin tardanza recibió la respuesta del señor Rancés, diciéndole: «Mi querido jefe: Me asombra lo que usted me ordena: hablar de este asunto y plantear este problema al Gobierno inglés producirla una ruptura de relaciones, y yo le digo que si usted insiste en que cumpla su mandato, busque otro embajador, porque yo no podría hacerlo.»

Con esta anécdota, que no acreditaba el celo ni la energía del embajador en Londres, unos elogios al Acta de Algeciras, y la declaración del ministro de Estado de que España «sabrá siempre defender con vigor sus derechos», se da por concluido el debate.

Paralela a esta discusión se desarrolla la relativa a la ley denominada de Imprenta, aunque en realidad se circunscribe a la Prensa, leída a las Cortes por el ministro de la Gobernación en el mes de febrero. El dictamen que emitió sobre ella una Comisión parlamentaria mereció de los periódicos tan unánime repulsa, que el Gobierno optó por retirarlo, para rectificar pormenores que le hicieran digno de común asenso.

A falta de otras leyes, se pone de nuevo a discusión (14 de mayo) el trabajo de la Comisión sobre la ley de Imprenta. La crítica de todos los sectores de la Cámara le es adversa. «¿Qué se discute?—pregunta Barcia —. Un proyecto que no tiene el asentimiento de los ministros, una hipótesis de proyecto de ley.» El ministro de la Gobernación, Pórtela, trata de eludir con habilidad el compromiso. El Gobierno no está conforme con el dictamen, pero cree que la Cámara debe discutirlo para recoger en su momento los particulares criterios y formar un juicio definitivo. «¡Tengo —exclama Pórtela— mi pensamiento respecto a este proyecto y muchos se figuran cuál es!» Y sin decir más, ya dice demasiado. En estas condiciones, ¿merece la pena discutir una inutilidad?

Se entabla pugilato por ver quién arremete con más dureza. «La vigente Ley de Imprenta de 1883 —exclama el regionalista Pellicena— es muy superior al proyecto, confuso y lleno de defectos.» «Es reaccionario en su totalidad —afirma el sacerdote radical Basilio Álvarez—; un arma represiva contra la prensa.» Plagado de defectos técnicos, a juicio de Recaséns Siches, de Izquierda Republicana quebranta de una manera abierta y terminante la libertad de prensa. Y así, un orador tras otro, con excepción de Ramiro de Maeztu, que, sin defender el proyecto, sostiene la necesidad de una ley que ampare a las instituciones y las personas contra la calumnia, la difamación y la mentira divulgadas por letra impresa. Entre las incongruencias a lo largo de este debate, no es la menor que el vocal de la Comisión dictaminadora, Martínez Moya, declare que aquélla carece de orientación y «no comparta nada». Pórtela, en un intento por concertar tanta incoherencia, a sabiendas «de lo difícil de su situación», Y, «teniendo en cuenta ideas que me son muy caras», comprende la actitud de las oposiciones, pero llama a la conciencia de responsabilidad de éstas, pensando que el día de mañana puedan ocupar este sitio». «Vamos a ver si resolvemos este doloroso problema de la prensa, para dar medio de protección a los Gobiernos, a fin de que no se vean sorprendidos por peligros revolucionarios, vengan de un lado o de otro.»

En realidad, es Gil Robles el que resume y coordina el disparatado debate. «Hasta ahora hemos tenido que vivir constantemente en un estado ininterrumpido de excepción.» «El Gobierno no puede prestarse a prescindir de una reglamentación de la prensa, a fin de que toda intervención en la misma corresponda exclusivamente a la acción de los Tribunales.» «La ley debe determinar condiciones para la fundación de un periódico, y el conocimiento exacto del capital que sufraga ciertas campañas periodísticas.» «Queremos una ley que en manos del Gobierno defienda los intereses de la nación. La libertad de prensa reglamentada por esta ley será lo que la Cámara quiera. Si sale por triunfo de una mayoría, será por culpa de quienes se encastillen en una cuestión de procedimiento que oculta el deseo de que la ley no salga» «Eso no lo podemos permitir, porque el Gobierno tiene mucha prisa, pues entiende que una ley de Prensa es una condición necesaria para el restablecimiento de la normalidad constitucional, y como quiere ir a ella, desea y necesita dicha ley.»

Aquí termina la discusión de la totalidad. El Gobierno, decidido a sacar la ley adelante. Las oposiciones, no menos decididas a impedirlo, como lo están a entorpecer toda labor legislativa. Lo demuestran con el concurso para la adjudicación del Servicio de Regulación del mercado triguero. Fundándose en suposiciones y en hechos erróneos, promueven una larguísima discusión (21 de mayo) sin otro afán que esterilizar el trabajo del Gobierno y de las Cortes.

 

CAPÍTULO 61

DEMOSTRACIÓN DEL FRENTE ÚNICO IZQUIERDISTA EN VALENCIA