web counter
cristoraul.org

 

CAPÍTULO 30.

ANARQUÍA EN LA AGRICULTURA Y EN LA INDUSTRIA

 

 

«El ambiente de violencia, de indisciplina anárquica, que se mantiene, como una endemia incurable, de punta a punta de España — escribía A B C — sigue ofreciendo el índice de asesinatos, de atentados, de depredaciones, de toda suerte de rebeldías y atropellos.» Las ciudades y pueblos no conocían hora ni día tranquilo. Los atracos, asesinatos y explosiones de bombas se repetían en las ciudades, en especial en Barcelona. El balance de los sucesos ocurridos en cincuenta días, era el siguiente, según L'Opinió, afecto a la Esquerra: veintiocho atracos y atentados, con cuatro muertos y cinco heridos; explosión de nueve bombas, hallazgo de otras cuarenta e incontables actos de sabotaje.

En el primer semestre de 1933 fue asaltada la sucursal de Banco de Bilbao en Algorta, de la que se llevaron 30.000 pesetas (18 de febrero). Atraco al administrador de la fábrica de cementos «Asland», de Barcelona, señor Oliva (18 de febrero). Oficinas asaltadas: sucursal del Banco Urquijo en la calle de Tenderos (Bilbao), de la que sustrajeron 27.000 pesetas; la de seguros «L'Abeille», en Sevilla (19 de febrero); Basteo Urquijo Vascongado, en Baracaldo (19 de marzo); Caja Municipal de Ahorros de Deusto (18 de marzo); Banco Español de Crédito, de Puzol (Valencia) (23 de marzo); Banco de Vizcaya, en Basauri, de la que se llevaron 45.000 pesetas (1.° de abril); Banco Guipuzcoano en Hernani, con robo de 12.000 pesetas (8 de abril); Banco de Vizcaya, en Liria (Valencia) (18 de mayo); Caja de Ahorros Municipal en Las Arenas (Bilbao) (27 de mayo), y Banco de Valencia, en Chelva (Valencia) (2 de junio). A este mismo capítulo corresponden los asesinatos de un cobrador de la Arrendataria de Fósforos, en Sevilla; del apoderado de la Casa Comas y Vivá, de Barcelona; de un cobrador de la Campsa, también en Barcelona, y el cometido en plena calle de Cádiz del director del Banco de España, Emilio Fernández Suárez. Su acompañante, el director de los talleres de Construcciones Aeronáuticas, Francisco Lozano, resultó gravemente herido. Espectacular fue el robo en uno de los trenes de los Ferrocarriles de Cataluña, donde viajaba el pagador de la Compañía: un empleado del tren fue muerto por los pistoleros, y dos viajeros, heridos.

Las explosiones de bombas se contaban por centenares. No había ciudad española exenta de agresiones terroristas: estallaban con preferencia a la puerta de las fábricas cuyos obreros holgaban, de las casas de los patronos o al pie de los postes conductores de energía eléctrica. La policía descubría aquí y allá talleres, laboratorios y arsenales de bombas; un depósito de explosivos en una casa de la calle de Ramón y Cajal, de Palencia (1.° de marzo); otros depósitos en Granada y Plasencia (18 y 23 de marzo), se incautaba en Falset (Tarragona) (17 de abril) de 46 paquetes de dinamita y 326 bombas, y de un depósito en Camas (Sevilla) (2 de mayo). En Bilbao, un químico llamado Manuel Kopp murió al estallarle uno de los artefactos que fabricaba (9 de mayo). La policía descubrió también un depósito en Ventas (Madrid) (21 de mayo); dos arsenales, con 55 y 27 bombas, en Zaragoza (29 de mayo), y otros en Sestao y en Villafranca del Panadés (28 de junio).

La agitación huelguista se mantenía con la intensidad adquirida desde la República, sin que las reconvenciones de los Comités socialistas y el esfuerzo de algunos gobernadores frenaran el impulso subversivo. El Sindicato Único de la Minería declaró la huelga en las minas de Asturias (7 de febrero) al conocer una propuesta de jubilación de 3.000 obreros hecha por las empresas con el fin de reducir la producción, pues el carbón se acumulaba en boca mina. La huelga fue acompañada del acostumbrado repertorio de sabotajes en las líneas eléctricas. El Gobierno propuso como solución una reducción de obreros, con subsidio diario de los despedidos a cargo de patronos y trabajadores, mientras una Comisión interministerial estudiaba, en un plazo de tres meses, la fórmula de arreglo. Huelgas generales hubo: en Toledo, reclamando trabajo para los parados (1.° de febrero). En Vigo, donde el 75 por 100 de los obreros metalúrgicos estaban en paro forzoso. Su reclamación era: «Queremos poder comer y atender a las más apremiantes necesidades» (12 de febrero). En Melilla. En Hermigua (Gomera), con asesinato de tres guardias civiles (23 de marzo).

En Zamora, como protesta contra la crisis de trabajo (20 de abril). En Las Palmas (30 de abril). En Palencia, fomentada por los parados, que asaltaron el Ayuntamiento y comenzaron a derribar un antiguo cuartel de Caballería. En Zaragoza y Guadalajara (11 de mayo). De campesinos, en la provincia de Sevilla (3 de junio), y en Jaén. Las huelgas parciales se contaban por centenares. «Se plantean huelgas y más huelgas —escribía El Diluvio, de Barcelona — que no tienen la más mínima justificación. Todo encamina la República hacia la reacción.»

Los socialistas decidieron como el año anterior no conmemorar ostentosamente su tradicional fiesta del 1.° de mayo. Se contentaron con un paro general. El Gobierno los apoyó en su empeño. El cierre alcanzó incluso a los casinos y bares. Se restringió el servicio telegráfico y holgaron hasta los sepultureros. En cambio, quienes pretendieron manifestarse en la calle fueron los comunistas, en Madrid, y los sindicalistas, en algunas ciudades. Hubo disturbios en Cádiz, La Coruña, Castellón y Sevilla. En todas estas ciudades y en otras, la fiesta marxista fue saludada con explosiones de bombas.

Indalecio Prieto organizó un viaje del Jefe del Estado a Bilbao, con motivo de la colocación de la primera piedra del grupo escolar «Tomás Meabe»; visitó en Guernica la Sala de Juntas. El 2 de mayo, Alcalá Zamora presenció, acompañado de Prieto, el desfile cívico, y después, en el cementerio de Mallona, junto a la tumba de los Mártires de la Libertad, anunció: «La República, sobre haber sido victoriosa, es invencible e indestructible...» «Ser republicano en España —dijo— es para todos una exigencia incontrastable y es un dictado irresistible.» Y en un gesto de amplia generosidad, subrayó que «las puertas de la República estaban abiertas para todos». Ese mismo día declaraban la huelga de hambre setenta y un nacionalistas vascos encarcelados en Larrinaga. Mientras el día 3 Alcalá Zamora visitaba las factorías de la ría, grupos de mujeres entre las que se encontraban esposas e hijas de los presos se manifestaban para pedir la libertad de éstos, y cortándoles el paso los guardias die Asalto, las ahuyentaron a zurriagazos. La organización Solidaridad de Obreros Vascos declaró la huelga general. El día 4 el paro fue absoluto en la ciudad y pueblos de la ría, con cierre total del comercio, incidentes, colisiones y tiroteos en las calles, que produjeron quince heridos. El Jefe del Estado y el ministro de Obras Públicas regresaron a Madrid, dejando la ciudad de Bilbao en colapso.

La C. N. T., de acuerdo con la F. A. I., preparaba una de sus acos­tumbradas demostraciones revolucionarias para probar su fuerza: en esta ocasión, aseguraban, con el pretexto de las detenciones gubernativas. Sus voceros en las Cortes aseguraban que había miles de detenidos en toda España. La U. G. T. declaró ilegal y perjudicial la huelga; pero la excomunión socialista no interrumpió el desarrollo de los planes sindicalistas. El estallido fue el 8 de mayo, con abundancia de bombas, sobre todo en Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla y Asturias. El paro fue total en La Coruña y Salamanca, y alcanzó mucha extensión en Madrid, Barcelona, Palencia, Sevilla, Oviedo y otras ciudades. El Gobierno clausuró los Sindicatos en la capital de España y suspendió la publicación de los diarios C. N. T. y Mundo Obrero. Al día siguiente la huelga se propagó a otras provincias. En Madrid, en un tiroteo en la plaza de Manuel Becerra entre policías y sindicalistas hubo tres muertos —dos de ellos, policías— y diez heridos. Otro policía resultó muerto en Alicante. Los desórdenes alcanzaron mayor relieve en Valencia, con tiroteos y vuelcos de tranvías. Según la relación oficiosa, los principales disturbios se registraron en Játiva, con dos guardias civiles y tres huelguistas muertos; en Durango, Monforte (aquí las bombas produjeron considerables destrozos en las vías férreas y en los postes eléctricos), y Badalona, dominada momentáneamente por los revoltosos. Destrozaron las líneas férreas en La Coruña, Tarragona, Valencia, Málaga, Sevilla y Oviedo. Hubo intentos de voladuras de puentes y todo género de destrucciones en el alumbrado y servicios públicos. La ola subversiva sólo duró tres días, al cabo de los cuales decreció y la población penal de España aumentó en cerca de dos mil presos. Esta población penal no se mostraba contenida y sumisa en las cárceles; todo lo contrario. A la menor oportunidad organizaban revueltas en forma de huelgas de hambre, con motines, como en el Puerto de Santa María (5 de mayo); con evasiones en masa, como en Valencia, o incendiando la cárcel, como en Castellón (10 de mayo), o con instancias tan insolentes como la elevada por los presos de Barcelona al director de la prisión, notificándole «la formación de un frente de lucha» para reclamar «mejoras de alumbrado, higienización y ropa, teniendo en cuenta que el preso es un obrero en paro forzoso». Pedían también «régimen de puerta abierta a las horas de comer, radios en las celdas y abundante biblioteca, pues si bien es verdad que en la gesta histórica del 14 de abril destruimos los libros de la biblioteca de la cárcel, en el alocamiento del triunfo, se impone crear una nueva».

El clamor más trágico surgía del campo, por donde pasaba el huracán devastador —casi apocalíptico— provocado por la reforma agraria, en forma de convulsión anárquica, que sólo dejaba desolación y ruina. Todo aquel que había confiado su presente y su porvenir al cultivo de la tierra se veía condenado a la miseria. Las asociaciones y organismos económicos solicitaban en vano de los Poderes públicos que atajaran aquella calamidad que acabaría con la principal riqueza nacional. Se perseguía la propiedad de la tierra como un delito, y al propietario se le consideraba como un detentador o como un ladrón. La invasión de las fincas, la tala de árboles, el sacrificio de ganado, el incendio de mieses y la rotura de maquinaria eran desórdenes no sólo permitidos, sino planeados en los Ayuntamientos y en las Casas del Pueblo. En muchas localidades, al frente de los invasores iban los alcaldes o los jueces municipales, promotores de sangrientos motines. Batallas campales se libraron en Zafra (Badajoz), con muertos y heridos (24 de febrero), y en Luna (Zaragoza) con un muerto y dos heridos (18 de marzo). El alcalde de Belalcázar (Córdoba), Pedro José Delgado, fue asesinado por los socialistas (25 de marzo). En Umbrete (Sevilla) fueron muertos dos invasores y otros resultaron heridos (11 de abril), En La Solana (Ciudad Real) fue asesinado el sacerdote García Torrijos, administrador de una finca, en el momento de pasar ante ella; las turbas se cebaron en el cadáver (18 de abril).

Los agricultores se unían para intensificar sus peticiones de auxilio, y reclamaban, en instancias elevadas a los Poderes públicos, protección para sus vidas y sus derechos, con exposición de los inmensos daños que se irrogaban al país con la política desatentada. «La región de Salamanca se empobrece rápidamente —decía el Bloque Agrario salmantino— por los destrozos que sufre el campo, los gastos enormes que se imponen a los agricultores y la paralización de los mercados cerealistas» (27 de febrero). La riqueza ganadera de Badajoz —según la Asociación General de Ganaderos (1 de marzo) — había disminuido en un 35 por 100. Comisiones de propietarios de fincas de Cáceres y Badajoz llegaban a Madrid y exponían a los ministros la situación angustiosa de sus tierras: «Los propietarios que pueden, emigran, porque en aquella región no se puede vivir» (16 de febrero). Siete mil agricultores, reunidos en Asamblea en el Frontón Central de Madrid, clamaban contra la legislación agraria y pedían «la unificación de todas las jurisdicciones para acabar con la anarquía legislativa» (10 de marzo). «Se va a la socialización y al mayor desastre en el campo. Nuestros gobernantes sienten la sugestión de Rusia y siguen el camino de Lenin», afirmaba don Juan Ventosa en una conferencia en el teatro Alcázar de Madrid (7 de mayo). «La Constitución, ridícula, de papel y sin vida, perturba la marcha normal del país y la política agraria lleva a la República al fracaso...», denunciaba don Melquiades Álvarez en un discurso en el Teatro de la Comedia (14 de mayo). Las Federaciones de Agricultores de Zamora, Ciudad Real y Salamanca, en asambleas celebradas durante mayo y junio, se declaraban decididas a abandonar las tierras a su suerte antes de seguir soportando aquella anarquía.

Arreciaban de toda España las censuras y ataques contra el ministro de Agricultura y sus propios correligionarios reconocían que la desdichada labor gubernamental era el origen de la situación caótica del agro español. Los directores generales de Minas, Industria y Agricultura dimitieron a la vez (28 de febrero) para hacer pública su discrepancia con el ministro, Marcelino Domingo, a quien todos le señalaban como principal responsable del desastre.

* * *

La indignación de los industriales no era menos encendida. La Confederación Patronal Española pedía con insistencia al Gobierno que pusiera término a los continuos ataques contra la producción. «Si por el hecho de ejercer nuestras actividades como industriales o comerciantes hemos de vernos conceptuados como viles explotadores, y así tratados, preferimos abandonar nuestras fábricas y buscar otro medio de vida...», decía la Federación Económica de Andalucía (16 de marzo) en un documento elevado a los Poderes públicos, sin parecido, según Calvo Sotelo, en valor representativo. «No podemos resistir más —agregaba la Federación—. Si nuestras fábricas han de ser socializadas, que se legisle rápidamente, para que el Estado pueda adquirir algo que represente utilidad y riqueza.» Ramiro de Maeztu comentaba: «El escrito de la Federación Económica de Andalucía es la agonía de una región. No hay en él oratoria ni retórica, sino el lenguaje enjuto del enfermo que apenas tiene aliento para decir lo que desea». Y como la situación de Andalucía era realmente insostenible, el 8 de mayo se trasladaron, en trenes especiales, a Madrid, dos mil sevillanos, para pedir al Gobierno «seguridad personal y trabajo», y repetir una vez más que era imposible continuar en la anarquía y en la incertidumbre en que allí se vivía. El jefe del Gobierno y algunos ministros recibieron a los andaluces y les despidieron con vagas promesas. Doce días después, el 20 de mayo, el secretario de la Federación Económica de Andalucía, e ingeniero, don Pedro Caravaca, que presidió a los expedicionarios en su viaje a Madrid caía asesinado a tiros en la calle de Recaredo, de Sevilla. El señor Caravaca había sido el máximo organizador de la defensa de Sevilla contra la anarquía. El crimen sublevó a los sevillanos y puso en pie a toda la ciudad a la hora del entierro, y aunque acudió a la capital el ministro de la Gobernación y se sumó al duelo, los manifestantes se apartaron de la presidencia oficial con visibles y ostentosas demostraciones de desprecio.

Parecida era la situación en otras regiones. «Vale más emigrar que vivir bajo la constante amenaza terrorista», afirmaban los patronos catalanes del ramo textil, en escrito elevado al Poder público, contra el desamparo en que se sentían frente al vandalismo desatado en las calles de Barcelona y en otras ciudades de Cataluña. «Estamos dispuestos — amenazaban los agricultores catalanes (29 de mayo) — a recurrir a la violencia, incluso a arrasar las cosechas, si perdura esta indefensión y el despojo de que somos víctimas.» El Diluvio, diario de abolengo republicano, escribía: «Los comerciantes e industriales de escasa categoría apenas pueden vivir. Vamos rectamente camino del desastre. A la República de 1931, ¿le aguardará el mismo triste fin que a la de 1873?» «El fermento anarquista desorganiza el trabajo, destroza la economía con su táctica destructora, que va desde el atentado personal hasta la bomba; desde el atraco hasta la coacción ejercida sobre los Jurados que han de administrar justicia...», constaba en un documento entregado (19 de julio) al Presidente de la Generalidad por las principales entidades económicas de Barcelona. La Federación Patronal madrileña publicaba la estadística de los crímenes sociales en el primer semestre de 1933: ciento dos muertos y ciento cuarenta heridos. Entidades económicas y sociales de toda España se congregaban en asamblea en Madrid (20 de julio) para formar un bloque antimarxista y defender sus vidas y sus intereses, persuadidas de la inutilidad de las promesas del Poder público de reprimir el desorden. En Zaragoza, informaba un diario gubernamental, La Voz, «se protestan hoy más letras comerciales en un día que no hace mucho se protestaban en un año, y si a la mayoría de los patronos se les obligara a liquidar sus créditos, las quiebras serían tantas que aumentarían las estadísticas de suicidios.» Respecto a Bilbao, el mismo periódico decía: «Tiene paralizados sus centros vitales y su pobreza es mayor que la de ninguna otra ciudad española.»

Los corresponsales extranjeros certificaban la realidad de esta desintegración nacional: «España deriva hacia la anarquía», escribía el Daily Telegraph, de Londres. En cuanto a la libertad política, citaba como dato revelador que a Acción Popular se le habían prohibido 172 mítines. «El estado de España —refería el Daily Mail— es caótico, por la confusión política, social y económica, efecto del desorden imperante. El terrorismo se ha hecho endémico y la dinamita y los tiros no asustan a los españoles. Bandas de atracadores amenazan y saquean en los pueblos con el más puro estilo de gangsters». La estadística oficial del paro campesino daba (17 de agosto) las siguientes cifras: 300.000 obreros sin trabajo y 250.000 que trabajaban sólo tres días a la semana. Estas cifras únicamente afectaban a obreros inscritos en los censos de la Unión General de Trabajadores. Y había tantos parados, a pesar de que los patronos estaban obligados a emplear un número de obreros mayor que el exigido por las labores y de que se prohibía segar con máquina más del 25 por 100 de la cosecha, con un equipo de seis hombres por máquina.

* * *

Las Cortes comenzaron a examinar (18 de mayo) el proyecto de ley orgánica del Tribunal de Garantías Constitucionales, con arreglo al dictamen preparado por la Comisión de Justicia. Fue una discusión farragosa y de detalle, en la que intervinieron los diputados Elola, Recasens Siches, Sánchez Román, Fernández Castillejos y Ossorio y Gallardo, como figuras principales. Debate de jurisconsultos, esforzados por conciliar el punto de vista jurídico y el político, a fin de conseguir que el Tribunal no fuese un órgano político, sino simplemente jurisdiccional. Fue a la terminación del debate cuando se encrespó la polémica, al discutirse la siguiente nota adicional: «La acción jurisdiccional derivada de la ley no se extenderá ni a las leyes votadas por las actuales Cortes con anterioridad a la presente ni a los decretos dictados en ejecución de las mismas.» A juicio de Gil Robles, la Constitución no distinguía entre leyes que pudieran ser impugnadas y leyes que no lo pudieran ser. Siendo así, no era lícito que una Comisión adulterase la ley. El ataque más violento partió de Sánchez Román: «Es la inclusión de una cláusula inútil —dijo— en el precepto de la ley. Los diputados ignoran el alcance de esta disposición y qué secretas protecciones e irresponsabilidades se busca ocultar con ellas.» El artículo adicional «equivale a decirle al ciudadano que si se le dan leyes contra la Constitución tiene que aguantarse». El ministro de Justicia no pudo disimular su indignación. Reconoció que la ley del Tribunal de Garantías no la quería nadie, «ni la mayoría ni las oposiciones, y que hasta los juriconsultos recelaban de ella». Esto se debía, a juicio del ministro, a que la defensa de la Constitución era una función política que incumbía esencialmente al Presidente de la República y al pueblo. «La ciencia jurídica y la política tienen métodos y criterios absolutamente distintos, y una verdad sublime en Derecho puede ser un dislate de consecuencias incalculables en la política», afirmaba Albornoz, en su esfuerzo por justificar la necesidad de la ley en defensa de la República y de la revolución, dando a entender que los recursos de inconstitucionalidad contra las leyes aprobadas debían interpretarse como acciones contrarrevolucionarias.

Afirmaba también que había sido una equivocación incrustar este organismo en la Constitución. «Esta ley —exclamó Elola durante la defensa de una enmienda— no es más que un buñuelo político.» La ley quedó aprobada el 7 de junio, con el voto en contra de las minorías agraria, progresista, vasconavarra, federal y conservadora. La minoría radical votó en pro; pero consignó la salvedad de que la reputaba «totalmente anticonstitucional».

* * *

Desde el 24 de febrero, Azaña desempeñaba interinamente la cartera de Hacienda, pues su titular, don José Carner, permanecía en su casa de Barcelona, aquejado de cáncer de garganta. No pudo reincorporarse al cargo. Era menester completar el Gobierno. Azaña creía que ésta sería una operación natural y sin consecuencias. El 2 de junio reunió a los ministros en una sala de las Cortes y les habló de la reorganización que proyectaba. Zulueta, Giral y Albornoz le reiteraron su propósito de marcharse. «Casares no ve la hora de quedarse en libertad. Si yo continúo —escribe Azaña—, no pienso desprenderme de él». Viñuales sería el sustituto de Carner, por ser «persona enterada y de autoridad». «También tengo que dar entrada en el Gobierno a un representante de la Esquerra, que hasta hoy no lo ha tenido. El designado sería Companys; pero al dividir el ministerio de Agricultura, no puedo ni quiero darle a Companys la nueva cartera de Industria y Comercio. Marcelino Domingo se empeña en conservar la cartera de Agricultura. Es cuestión de amor propio. Pretende sacarse la espina. Le imputan el fracaso de la implantación de la Reforma Agraria y él debe de tener una gran confianza en el acierto o una ceguera absoluta, porque en vez de aprovechar la primera ocasión para soltar el fardo, persiste en llevarlo». La incógnita era el Presidente de la República. ¿Daría su aprobación a la propuesta de Azaña? El Consejo se celebró el 8 de junio, y al acabar de exponer el jefe del Gobierno sus planes, Alcalá Zamora optó por dejar la respuesta en suspenso hasta con­sultar a los jefes de grupo. Entonces Azaña presentó la dimisión del Gobierno.

La noticia de la crisis, no por esperada produjo menos sorpresa y júbilo en los sectores políticos adversarios del Gobierno. Muchos respiraron como si se vieran libres de una condena. En cambio, los correligionarios de Azaña y los socialistas interpretaron el suceso como una habilidad del Presidente de la República para ejercitar su política personal y deshacerse de un Gobierno y de unos hombres que repugnaba. «No había motivo para la crisis— escribía El Sol, intérprete fidelísimo del pensamiento de Azaña—. El Gobierno contaba con mayoría absoluta, plenitud de confianza. ¿Cuáles son las circunstancias políticas para que el Jefe del Estado haya negado su confianza al jefe del Gobierno?... No ha sido derrotado una sola vez en las Cortes... Los enemigos, impotentes en lucha abierta, han conseguido derribarlo por mano ajena». «No hay duelo en nuestra casa por la crisis —decía El Socialista—, y sí hay alborozo en la ajena; cuídese de que el eco de la fiesta no asome en la calle, por lo que pueda suceder».

Llamados por el Presidente, acudieron al Palacio Nacional, además de los jefes de las minorías parlamentarias republicanas, don José Ortega y Gasset, el doctor Marañón, Unamuno, Ossorio y Gallardo, Sánchez Román, don Santiago Alba y don Melquiades Alvarez. La presencia de estos dos últimos produjo asombro y soliviantó a los revolucionarios, que la interpretaron «como un intento —según El Socialista— de galvanizar cadáveres que dejó en herencia la Monarquía, suponiéndolos capaces de emponzoñar al régimen». «¿Tan desamparada esta ya la República — preguntaba El Sol— que necesita las luces mortecinas conque estos dos hombres alumbraron los últimos momentos de la Monarquía?» La mayoría de los consultados aconsejaban un Gobierno de concentración republicana, con socialistas o sin ellos. Sánchez Román pedía «restablecimiento del principio de autoridad y del deber de disciplina social, estímulo y confianza a la economía del país bajo la garantía de una composición justa y equitativa en las relaciones de capital y trabajo».

Aconsejaba Unamuno un Gobierno republicano nacional, no meramente parlamentario, para aplicar las leyes ya votadas que sean aplicables, sin violencia ni precipitaciones temerarias, que son injusticias, y dejando libre paso a posibles recursos y revisiones legítimas. Añadía: «Hacer de eso que llaman revolución y es guerra civil una dictadura de mayoría parlamentaria sería antidemocrático y antipatriótico; por lo cual hacen falta elecciones libres cuanto antes y sepamos lo que quiere España.» Entendía don José Ortega y Gasset que el nuevo Gobierno debía rectificar «desde la primera hora los modos de gobierno que durante año y medio han significado el abandono del Poder público, el albedrío de las autoridades inferiores, la política de agresión desde las alturas del Ministerio, la ninguna magnanimidad en el aprovechamiento de hombres aptos y su postergación por el caciquismo del partido; la incompetente ligereza en la facultad de decretar y el insistente propósito de ahuyentar de la República cuanto no fuese el seguimiento de una determinada clase o pequeños grupos de azar». El doctor Marañón no aconsejaba, «porque el consejo supone crítica del pasado y orientación sobre el porvenir». En cambio, Ossorio y Gallardo pedía que se continuasen activas las Cortes, con un Gobierno de concentración de izquierdas parecido al anterior, «que mantuviese los modos políticos triunfantes hasta hoy, a saber: honestidad, publicidad, encuadramiento de los poderes y condenación de los propósitos violentos».

El Presidente de la República amplió las consultas. Fueron, en total, veinte los consultados, y encargó, sucesivamente, de la formación de Gobierno a Besteiro, Prieto y Marcelino Domingo. El Comité Ejecutivo del partido socialista no otorgó a Besteiro la autorización para cumplir la misión recibida y sí se la dio, en cambio, a Prieto. No había posible ampliación de la base parlamentaria como no se lograse la participación de los radicales, cosa imposible, pues socialistas y radicales se mantenían irreconciliables. Se ofreció Alcalá Zamora, cuando Prieto se agitaba en busca de una solución, a mediar con los radicales para obtener su benevolencia, y el líder socialista rechazó el ofrecimiento, porque tales oficios de tercería no se avenían con la alta magistratura que Alcalá Zamora ostentaba. Así lo explicó Prieto a ministros y diputados ministeriales, reunidos en una sala del Congreso, para explicarles las peripecias de su gestión y su fracaso. Se trataba, ante todo, de poner en evidencia al Presidente de la República, presentándole como responsable del desorden político, con inclinaciones de sátrapa oriental que jugaba con los gobernantes y con los destinos de la República.

El Sol describía así lo sucedido en la sala del Congreso en un artículo que unos atribuían a la pluma y otros a la inspiración de Azaña: «Hay un documento, un discurso memorable del señor Prieto, que altera y cambia de raíz los viejos usos parlamentarios, respetuosos en la forma, pero tan violentos en el fondo que sólo puede pronunciarlo un hombre de Gobierno, por razón de legítima defensa. A la palabra calurosa del señor Prieto servía de fondo una sala de Convención.» Saltaba a la vista la desproporción entre la propuesta de Alcalá Zamora y la réplica hiriente y desaforada de Prieto. Y es que se trataba de aterrorizar al Presidente de la República, para que supiese, de ahora en adelante, quiénes serían los únicos administradores de la política del régimen. «Todo el día del domingo — escribía El Socialista — resonó de impaciencias y temores populares. Estamos particularmente calificados para hablar de estas inquietudes, ya que hubimos de dedicar muchas horas a serenarlas.» Por su parte, Azaña consigna (11 de junio): «Desde anoche andan corriendo rumores alarmantes de todas clases. Hay agitación en la Casa del Pueblo de Madrid y algunos exaltados hablaban de echarse a la calle. También se anuncian desórdenes en algunos otros puntos, como protesta contra el posible advenimiento de un ministerio Lerroux. En Riotinto amenazan con la huelga general y en Barcelona ha habido manifestaciones callejeras.» Tal era el ambiente en que se desarrollaba el proceso de la crisis, que quedó tramitada en cinco días, al confiarle el Presidente a Azaña el encargo de formar nuevo Gobierno. Entraba Azaña en Palacio triunfador, y los ministros decían que Alcalá Zamora, además de recibir «una lección ejemplar», «veía derrotada su intromisión personal». Azaña encontró al Presidente «muy sombrío y abatido»; «no quería tragarse el hecho de que volviera el Gobierno anterior, y por eso reclamaba un Gobierno nuevo».

Todo el día 12 necesitó Azaña para componer el nuevo Gobierno; jornada que transcurrió entre conversaciones telefónicas, entrevistas con candidatos a ministros, jefes de grupos, asesores honorarios y asaltos de Prensa. «Los días de crisis en Madrid —escribe Azaña— son de una chabacanería como para vomitar, gracias al indigente reporterismo que disfrutamos: no hacen ni dicen más que estupideces de lugareños». La base parlamentaria sería ampliada con la incorporación de un ministro federal y otro de la Esquerra. El federal se llamaba Franchy Roca. Cuando Azaña le dice que le ha nombrado ministro, «palidece y se emociona». «Adiviné —añade aquél— que un calambre le estremece las piernas. Espero que no se le hayan ido las aguas, como a Sanchica.» La condición impuesta por los federales para participar en el Gobierno era que no se aplicase la ley de Defensa de la República. Azaña llamó por teléfono a Maciá para comunicarle su decisión de nombrarle ministro a Companys, que era presidente del Parlamento catalán. «¡Qué se le va a hacer!», respondió el Presidente de la Generalidad por todo comentario. Donde más hervían las intrigas era en el partido radicalsocialista: aspiraban a ser ministros, con incontenibles impaciencias, Gordón Ordás y Galarza. Lo sabía Azaña, y eligió a un tercero en discordia: Francisco Barnés, profesor del Instituto Escuela, del que el presidente hacía esta semblanza: «volubilidad, facundia, palabras húmedas, magníficos ojos, barba mo­runa». El designado para Hacienda fue Viñuales, a quien «hubo que arrancar la conformidad a tirones». Catedrático de la Universidad de Granada, y más tarde, de Hacienda Pública, en la Universidad Central, fue director general del Timbre al advenir la República.

Invitados los radicales a participar en el Gobierno, rechazaron el ofrecimiento, porque no podrían justificarse ante la opinión pública si colaboraban con los socialistas. Azaña se trasladó a Palacio. «Encontré al Presidente abatido y torturado. En tal estado le vi, que me dio lástima. Es el hombre que se atormenta a sí mismo. Tiene clavado un dardo y lo revuelve en la herida.» Al día siguiente (13 de junio) se hizo pública la composición del nuevo Gobierno: Presidente y ministro de la Guerra, Azaña; Estado, De los Ríos; Justicia, Albornoz; Marina, Luis Companys Jover; Gobernación, Casares Quiroga; Hacienda, Agustín Viñuales; Instrucción Pública y Bellas Artes, Francisco Barnés Salinas; Trabajo y Previsión, Largo Caballero; Agricultura, Marcelino Domingo; Obras Públicas, Prieto; Industria y Comercio, Juan Franchy Roca.

«Una, y no más», titulaba El Sol su apostilla a la crisis. El periódico la consideraba provocada por el Presidente de la República, «investido de poderes fuertes, capaces de ejercer gran presión sobre los Gobiernos y sobre las Cortes», y que urdió la maniobra «como un cepo para cazar a un Gobierno». En cambio, para La Vanguardia, de Barcelona, «la crisis no podía ser provocada más que para disolver las Cortes. Tal era el camino natural. Pero el Poder moderador no se atrevió a disolverlas, y he aquí el porqué de todas las cosas raras que hemos visto.» Miguel Maura, después de reunir a sus amigos, decía en un manifiesto: «El espectáculo que España ha podido presenciar durante la última crisis no tiene precedentes. Se ha utilizado cuanto podía suponer cerco, policía y coacción de la voluntad del Jefe de Estado para secuestrarla, llevándola ilícitamente a una resolución que está falseada por la violencia con que ha sido obtenida. El partido conservador no admite diálogo ni relación con este Gobierno dictatorial.» Decidía retirarse de las Cortes, porque «ninguna responsabilidad queremos que nos alcance en tales ficciones». «Frente a la dictadura de hoy, como frente a la de ayer, proclamamos la capacidad de España para gobernarse a sí misma.»

Al presentarse el nuevo Gobierno a las Cortes (14 de junio), Azaña explicó cómo se produjo la crisis al proponerle al Presidente de la República la sustitución de Carrier y la división del Ministerio de Agricultura, segregando los asuntos relativos a Industria y Comercio para organizar con ellos otro Ministerio. Refirió las gestiones realizadas para constituir el nuevo Gobierno y cómo había obtenido la colaboración del grupo federal y la de los otros cinco grupos que participaron en el Gobierno anterior. Le interesaba hacer constar que el nuevo Ministerio no era de liquidación. Esperaba del ministro de Hacienda que atendería a la economía española, «muy necesitada de que los Gobiernos se preocupen, de su actual desmayo, revivan los negocios, infundan tranquilidad en el país, suscitando las iniciativas privadas». El programa a realizar, en su conjunto, resultaba el mismo del anterior Gobierno, con idénticas preocupaciones y proyectos de leyes. El diputado federal Ayuso sorprendió a la Cámara con la declaración de que Franchy Roca no representaba a los federales, por no haber desaparecido los motivos que situaron al partido en la oposición con el último Ministerio. Lerroux repitió el discurso que tenía compuesto para estas circunstancias, con las mismas lamentaciones por la persistencia de los socialistas en mantener su enemistad, su hostilidad, su odio y su veto al partido radical, a lo que contestaría Prieto con palabras también estereotipadas para estas ocasiones; respuesta moderada de tono y con aire versallesco. «Preparad vuestros corazones, vuestro espíritu y vuestro ánimo —decía Prieto—; haced que sea fecunda vuestra obra, y nosotros, cuando nos deje vuestra cordialidad ese camino libre para volver a nuestras tiendas, marcharemos complacidos, cantando himnos de victoria y sin el resquemor de las ofensas inferidas, porque las habremos dado generosamente al olvido.» Lerroux, conmovido y propenso a la cordialidad, «prometía respeto para el Gobierno, aunque no le podía ofrecer su confianza». Si lo que se intentaba con la crisis —afirmaba Gil Robles— era rectificar una política, no se había pasado del propósito. «Se ha ofrecido el Gobierno a los mismos grupos que simbolizan una política fracasada.» Y esto ha ocurrido mediante «la mediatización de las facultades del Jefe de Estado, con veto a los partidos y amenazas de huelga general». «Por consiguiente, la solución adolece de un verdadero vicio de nulidad; es una dictadura parlamentaria apoyada en una mayoría que no representa al país: la peor de las dictaduras, porque no es ni siquiera la dictadura gallarda del hombre que en su persona asume todas las responsabilidades.»

Continuó el debate político en la sesión del día 15. Franchy Roca aseguraba que el partido federal había aprobado su designación para ministro, con la condición, aceptada por el presidente del Gobierno, de que la ley de Defensa de la República no se aplicaría en lo sucesivo. Sánchez Román se encaró con Azaña para decirle que su discurso de presentación, por su imprecisión y vacuidad, producía confusión, «pues nadie acertaba a saber qué se proponía el nuevo Gobierno y por qué caminos iba a ir». ¿En qué van a quedar —preguntaba— los planes de Instrucción Pública, si el ministro que los había de desenvolver ha pasado a otro departamento? La Reforma Agraria sólo es hasta ahora una promesa abstracta, que hay que llenar de contenido. Lo hecho en este sentido no es un timbre de gloria para sus autores. El paro campesino no ha sido absorbido por ningún procedimiento de asentamiento o de posesión individual de la tierra. «¿Qué política agraria ha desarrollado el Gobierno? Puede ser que la tenga pensada; pero de ello no nos ha dicho ni la más ligera noticia. Quisiéramos también saber si uno de los objetivos de la política inmediata del Gobierno es que la legislación social se aplique imparcialmente. La opinión pública quiere saber adónde se dirige el país, y no con definiciones vagas, sino en forma concreta.»

Resultaba incongruente que un diputado radicalsocialista —Azarola—, con tres ministros de su partido en el Gobierno, interviniera en el debate para expresar su absoluta coincidencia con el riguroso análisis hecho por Sánchez Román a la legislación de los ministerios de Trabajo y Agricultura y a la política económica en general. «Si no acudimos rápidamente —afirmaba— a conjurarla, esta crisis destruirá la nacionalidad.» Y al examinar la situación de las industrias básicas, exponía como ejemplo: «La navegación está absolutamente arruinada; da lástima ver a los barcos atracados a nuestros puertos, y, lo que es más triste, su desguace, para poderlos vender como chatarra: lo que vale dos o tres millones de pesetas, en 50.000 ó 100.000. La industria de la construcción en las grandes ciudades está absolutamente paralizada. Respecto a la agricultura, nada he de decir, porque todos saben su derrumbamiento.» Le contestaron a Sánchez Román los ministros de Trabajo y Hacienda (16 de junio). Justificó el primero el modo cómo se aplicaba la legislación social y el funcionamiento de los Jurados Mixtos, con plena independencia y libres de toda presión socialista. El segundo, para decir que la depresión económica era un fenómeno mundial. Marcelino Domingo explicó su política agraria. «Yo no era —confesó—, cuando se instituyó el régimen, el hombre designado para esta misión histórica; otro fue el encargo que en los primeros tiempos se me confió.» Con ello quería dar a entender que su labor había sido improvisada y en cierto modo endosaba a terceros la responsabilidad de los errores y deficiencias de la ley y del Instituto de Re­forma Agraria. A los tres ministros contestó Sánchez Román: lejos de de­clararse convencido, insistió con vehemencia en sus ataques contra la po­lítica de vaguedad y desaciertos. Azaña cerró el debate (20 de junio): «La declaración del Gobierno se presenta para saber si tiene o no en la Cámara el número suficiente de diputados para apoyar su política.» «La agitación social existente en España no está determinada por la lucha de clases, sino por el deseo de los españoles de vivir con todas las amabilidades que la vida puede prestar en compensación a un trabajo.» «Yo no advierto el menor síntoma que anuncie lo que llaman las gentes timoratas revolución social.» Había, sí, que «animar la economía, aplicar las leyes sociales con lealtad y fomentar la actividad de los negocios». «Lo más áspero y difícil de la obra de la República ha pasado.» «La República es inconmovible. Dentro de la Constitución pueden vivir todos los españoles; las contiendas de clase pueden ser resueltas dentro del ámbito de la nación.» Azaña concluyó así: «Me atrevo a esperar que vamos a poder entrar en una época de tranquilidad y de pacificación moral bajo la condición expresa de que esta pacificación se haga bajo el signo y estandarte de la República.» La confianza le fue otorgada al Gobierno por 188 votos contra seis.

Al fin, parecía haber ganado a los ministeriales el convencimiento de que el desorden y la anarquía corroían al régimen y de que se hacía indispensable arbitrar remedios para atajarlos. Pero no se atrevían a recurrir a las medidas eficaces, por miedo a que les desacreditaran como demócratas, tildándolos de reaccionarios. Con el propósito de sustituir la ley de Defensa de la República, argolla en menoscabo de las libertades constitucionales, fueron presentados a las Cortes, además de una petición de créditos para ampliar los servicios de la Guardia Civil, los proyectos de ley de Orden Público y sobre Vagos y Maleantes. Se promulgó también la ley relativa a la tenencia ilícita de armas de fuego (4 de julio) y otra que excluía determinados delitos de la competencia, del Jurado. En respuesta a los apologistas del Jurado —Royo Villanova, Ortega y Gasset (E.) y Barriobero—, que reputaban el proyecto contrario al espíritu democrático, Jiménez Asúa, presidente de la Comisión de Justicia, autora de aquél, lo justificó (29 de junio), porque «el Jurado iba perdiendo su viejo crédito y cada día parecía más artificial encargar a unos hombres sin la formación científica precisa que diagnosticaran sobre algo tan complejo como es el hombre delincuente». «En la actualidad nos encontramos con que el Jurado ha absuelto contra toda prueba, simplemente porque el azar hizo que fuesen compatriotas espirituales suyos los que se sentaban en el banquillo.» El ministro de Justicia, Albornoz, estuvo más explícito al proclamar el descrédito y el fracaso del Jurado. «Yo no participo, en modo alguno, de las ideas liberales y democráticas del siglo XIX. Yo declaro ante la Cámara que soy cada día menos liberal y menos demócrata y cada vez comulgo menos con esos tópicos liberales y democráticos... Para mí no hay Derecho sino en el Estado y por el Estado.» «La ley del Jurado se hizo para deshonrarlo, como la ley del sufragio universal se hizo también para deshonrarlo.» «La Justicia civil y la Justicia criminal hay que hacerlas de nueva planta.» Como prueba del fracaso del Jurado, el ministro leía los resultados de la actuación de aquél en Vizcaya: once causas políticas, durante el año 1932, por delitos de sedición y de rebelión, terminaron todas con veredicto de inculpabilidad; cinco juicios político-sociales de homicidio y asesinato, y otro por tenencia de explosivos en poder de un comunista, terminaron con la absolución por el Jurado. «¡Cómo cambian los tiempos! —exclamaba Ossorio y Gallardo en la sesión siguiente, al comentar los discursos de Jiménez Asúa y Albornoz—. Estamos de vuelta de la técnica jurídica y ahora nos colocamos con la proa hacia una táctica biológica, sociológica, psiquiátrica y pedagógica. El Jurado ha dado un sentido humano a la Justicia.» «Desdeñáis el contenido de una democracia y de un liberalismo individualista para enamoraros sólo de la democracia y del liberalismo de tipo orgánico. Con dolor veo cómo desaparecen, al borde de mi vejez, cosas que fueron mi fe, mi alegría y mi razón de actuar en la vida pública.» «Sería un gran error —replicaba el ministro de Justicia — que nos propusiéramos copiar formas agotadas, sin contenido, absolutamente vacías, de las democracias occidentales...»

La ley quedó aprobada (26 de julio) por 244 votos contra cuatro: excluía de la competencia del Jurado los delitos contra las Cortes y sus individuos; contra el Consejo de ministros y la forma de gobierno; los delitos de sedición y rebelión; los de asesinato, homicidio, lesiones e incendios, cometidos con móvil terrorista; los de robo con violencia, y los penados en la llamada ley de explosivos.

El proyecto de reforma de la ley electoral proponía para la elección de diputados la creación de circunscripciones propias formadas por las ca­pitales con más de 150.000 habitantes, más los pueblos correspondientes a sus respectivos partidos judiciales; el resto de los pueblos formarían circunscripciones independientes. Para la elección de concejales, cada Mu­nicipio constituiría una sola circunscripción electoral, quedando suprimida la división de distritos. Para ser proclamado diputado o concejal era necesario haber obtenido, cuando menos, el 30 por 100 de los votos es­crutados. La ley, a juicio de Gil Robles, era una modificación de la que presidió las elecciones para las Constituyentes y suponía un avance y un perfeccionamiento sobre los procedimientos de la ley de 1907, pues ofrecía la ventaja de crear las circunscripciones y hacía posible la emisión del sufragio en grandes listas con representación de minorías y a la vez desarraigaba el caciquismo. Como sistema empírico, tenía todos los vicios y defectos de esta clase de sistemas; no aseguraba representación verdadera a las minorías y significaba la muerte de los partidos intermedios. Únicamente tenían probabilidades de triunfo las fracciones extremas en el terreno ideológico. Para la evolución política de un país, el sistema más perfecto y deseable era el de la representación proporcional, con voto por lista y adhesiones del elector al partido político al que estuviese adherido. En sentido parecido se expresaron Suárez Picallo, Torres Campaña, Ossorio y Gallardo y otros oradores. A todos contestó el presidente del Consejo. «Hay que atender, en efecto, a que no prescriba el derecho de las minorías; pero hay que evitar ese otro peligro, que es mucho más grande y más real: el de la dispersión de las candidaturas republicanas y socialistas faltas de coalición y su derrota por una candidatura antirrepublicana y antisocialista que represente mucho menos fuerza que todas las demás candidaturas republicanas y socialistas si se hubieran sumado en una coalición. Hay que obligar a los partidos desde el sistema electoral a aprender las ventajas de la disciplina y los inconvenientes de disgregarse, y que lo aprendan con la derrota, y si ésta no les escarmienta, peor para ellos, y si les escarmienta, tendrán la segunda vuelta para remediar los males. ¿Que se puede falsear y burlar la ley? Ya lo sé. ¿Hay alguna ley en el mundo que no se haya falseado, y sobre todo en España? Y sabiendo esto, ¿me queréis venir a hablar del sistema representativo proporcional?» La ley fue promulgada el 21 de julio.

Respecto al orden público, el Gobierno pudo haber mantenido la ley de 1870; pero no lo hizo, según Casares Quiroga, por considerarla ineficaz, puesto que no dotaba al gobernante de aquellas facultades y medios indispensables para dominar las perturbaciones de los tiempos modernos. Algunos diputados de los partidos extremistas, no sólo combatían el proyecto con tenacidad, sino que obstruían su aprobación. Entendían que el proyecto era una contradicción viva de lo que predicaron los gobernantes en la época revolucionaria. «Sois —exclamaba Balbontín— mucho más brutales que todos los Gobiernos de la Monarquía.» El presidente de la Comisión dictaminadora, José Sánchez Covisa, trataba con timidez y sin brío de justificar el proyecto; pero los adversarios arreciaban en sus ataques, y cuando se les agotaba la oratoria, recurrían a libros o revistas que tenían previsoramente a mano y leían artículos o capítulos enteros, como prosa de relleno para gastar tiempo y prolongar las sesiones, con notorio malhumor de los escasos diputados que quedaban en Madrid, pues a la mayoría el calor los había ahuyentado del salón del Congreso y aun de la ciudad. Por eso podía decir el presidente de las Cortes que se respiraba «un ambiente de confianza, como de familia». «No saben qué decir, no saben argumentar, no piensan ni apenas hablan —escribía Azaña (20 de julio) —. No se ha visto más notable encarnación de la necedad. Enmienda tras enmienda, ahítos de pedantería y vacíos de sindéresis, se presentan como los auténticos defensores de la República. Todo es rancio en ellos: hasta la figura. Y lo que están haciendo me ha hecho pensar por primera vez desde que hay República, en la del 73. Así debieron de acabar con ella. El espectáculo era estomagante. Si allí se hubiera levantado una voz con sentido común, hubiera sido para cubrirlos de improperios; diríase que estaban llamando a voces al general ignoto que, emulando a Pavía, restableciera el orden. Entre esto y la ausencia de diputados (otra muestra de frivolidad pareja a la de los obstruccionistas), sentí el ímpetu de levantarme a decir unas cuantas verdades a todos, singularmente a la mayoría, y plantearles la cuestión con toda crudeza: o vienen a cumplir con su deber, o me voy. Besteiro me contuvo: cedí».

Con la modificación de algunos artículos a propuesta de Ossorio y Gallardo, los obstruccionistas cedieron y la ley quedó aprobada el 25 de julio. Comentando las facultades que la ley otorgaba, decía A B C : «El Gobierno puede, por su sola iniciativa, suspender los derechos de reunión, asociación y manifestación; imponer confinamientos y multas en cuantía equivalente a la confiscación o la prisión, en caso de insolvencia, y todo lo que se le antoje contra la prensa, porque no sólo reproduce el precepto de intervención, embargo y suspensión de empresas, sino que explícitamente añade la autorización para recoger ediciones y prohibir la venta y reparto de impresos.» Sin discusión apenas se aprobó la ley de Vagos y Maleantes. Todas estas leyes salieron a flote merced a la benevolencia de los radicales, que dieron sus votos; de otra manera, el Gobierno no hubiera logrado quorurn.

Las Cortes se enfrentaron después (27 de julio) con el proyecto de ley sobre arrendamiento de fincas rústicas. Al principio, la minoría agraria se mostró transigente y el Gobierno parecía dispuesto a aceptar la colaboración de las oposiciones, a fin de encontrar una fórmula conciliadora. Pronto se vio que los socialistas se mantenían irreductibles. Los agrarios desencadenaron entonces su ofensiva mediante la presentación de centenares de enmiendas. Por su parte, los radicales habían acordado no prestar sus votos y que la ley se discutiera normalmente. También negaron su apoyo a un proyecto de ley (17 de agosto) sobre habilitación de recursos para el funcionamiento del Ministerio de Industria y Comercio. Martínez Barrio explicó la razón de esta negativa, «por no haber logrado, en un examen íntimo de nuestra conciencia política, la convicción de que este Gobierno merezca en estos instantes nuestra confianza». Y dirigiéndose a Azaña, le dijo: «Su señoría ha sido una lograda realidad para muchos, es un enigma para otros, es una esperanza para los más.» A lo cual respondió el jefe del Gobierno que éste «vivía sanamente sobre una opinión pública y sobre unas organizaciones de partidos no sometidos a ningún disimulo ni a ningún veto». Y mientras contase con los votos de la mayoría, el Gobierno se mantendría firme en su posición con plena autoridad. «¿Puede dudar nadie —añadía— que la presencia de todos nosotros en este sitio es una crucifixión permanente y que nadie se presta a este suplicio si no tiene sobre sí el convencimiento formidable y agotador de que está cumpliendo un deber de salvamento de cosas que están por encima de nuestra vida personal, de los intereses de partido y de los intereses políticos?»

No se podía pensar en un cambio de métodos o de actitud. Dos vota­ciones de quorum las ganó el Gobierno por diez y tres votos de mayoría respectivamente. La primera habilitaba recursos para el ministro de Industria y Comercio. Resultaba difícil en muchas sesiones adoptar acuerdos por falta de número reglamentario de diputados para que las votaciones fueran válidas. El Parlamento sesteaba desganado, y los ministros con su ausencia eran los primeros en dar mal ejemplo. «¿No es una vergüenza —preguntaba Royo Villanova (25 de agosto) — que el último quorum haya coincidido con la percepción de dietas? Para obtener otro quorum hubo que anticipar el pago de éstas. No me explico por qué están las Cortes abiertas. ¿Tiene el Gobierno autoridad para reunir a los diputados? Pues que los traiga. ¿No la tiene? Pues que cierre las Cortes.» Si la falta de asiduidad de diputados al Parlamento representase un desdén por la función parlamentaria, «esto significaría —explicaba Azaña— uña caída del espíritu de trabajo y de abnegación por la República». Y dirigiéndose a los diputados, les decía: «Si quieren que las Cortes sigan en sus funciones, no tienen más que venir a las sesiones; si no quieren que la política que nosotros representamos continúe, mejor será que lo digan con un «no» que con una ausencia.» Culpaba Azaña, en parte, de la desgana parlamentaria, a la forma cómo las oposiciones discutían las leyes, con series interminables de enmiendas quo no significaban nada. »Si se nos cierra el camino con actitudes intolerables que vulneran el juego parlamentario, tendremos que pasar por encima.»

En medio de gran soledad y total indiferencia acabaron las últimas sesiones de agosto: únicamente cuarenta o cincuenta diputados asistían a las discusiones del proyecto de ley de Arrendamiento de fincas rústicas, en el que se ventilaban intereses que afectaban a cientos de miles de españoles. Otro proyecto que establecía normas para la jubilación del profesorado, para purgar a la Universidad de catedráticos no afectos al régimen, encontraba la tenaz oposición del señor Royo Villanova.

El Parlamento republicano, el instrumento máximo para hacer efec­tiva la democracia, se resentía de achaques y averías irreparables.

* * *

Durante el primer semestre de 1933 el comunismo se mantenía larvado y únicamente se manifestaba en las horas turbulentas, y propicias como invitado por derecho a participar en todos los desórdenes. Prohibido su órgano en la prensa y perseguidos sus dirigentes, no se apreciaban sus progresos. No extrañaba este amortiguamiento, porque lo mismo el socia­lismo que el sindicalismo suplían a veces con ventajas al comunismo en léxico y actuación, y la confusión era tan grande, que se hacía difícil distinguir las diferencias ideológicas entre aquellos y el comunismo. Pero los esfuerzos de este partido por introducirse en España eran incesantes en todos los sectores sociales. Gran sorpresa produjo la publicación en los primeros días de abril de un manifiesto con el título de «Asociación de Amigos de la Unión Soviética», a cuyo pie figuraban profesionales e in­telectuales, algunos eminentes, incomprensiblemente ganados por la simpatía hacia la Rusia tiranizada por el sanguinario Stalin. Era un fenómeno más de la atmósfera electrizada por la política que envolvía a España y penetraba hasta por el último resquicio, sin encontrar obras u hombres invulnerables a su acción. Algunos de los firmantes declararon que su firma había sido suplantada. Se decía en el manifiesto que esta clase de Asociaciones funcionaban en todo el mundo, lo cual era cierto; menos conocido era que tales Asociaciones se fundaron raíz a de un Congreso in­ternacional celebrado del 10 al 34 de noviembre de 1927 en la Casa Central de los Sindicatos, de Moscú, por iniciativa oficial de la delegación inglesa en Rusia y de Henri Barbusse, pero en realidad por orden de la Sociedad de Relaciones Culturales de la U. R. S. S. en el Extranjero. Ramiro de Maeztu comentaba: «Todo el mundo ansía saber la verdad de lo que pasa en Rusia. Y es cierto. Lo ansía todo el mundo, menos los noventa miembros de la «Asociación de Amigos de la Unión Soviética» que así lo proclaman. Estos señores ya saben la verdad. Por eso son «amigos» y no hablan de averiguar, sino de propagarla. Van a dar a conocer las conquistas y los problemas del socialismo en Rusia. No se les ocurre la posibilidad de tener que llorar las decepciones, los crímenes, las derrotas, los errores del ideal marxista». Y Francisco de Cossío escribía: «La firma es fundamentalmente un instrumento de crédito y aún más cuando representa ideas, sentimientos, compromisos intelectuales, que cuando garantiza cheques».

El promotor de todo este movimiento intelectual era el catedrático Wenceslao Roces, el cual, amparándose en la Asociación, montó una oficina en la avenida de Dato, número 9, que fue pronto foco de propaganda en relación con la Internacional Comunista. En la mañana del 14 de julio irrumpieron en el local tres jóvenes jonsistas en ocasión de hallarse Roces y un empleado de la Asociación, a los cuales ataron a unas sillas y los amordazaron. Hecho lo cual, destrozaron los muebles, mucha documentación y se llevaron los papeles que estimaron de interés.

El incidente se produjo en el momento en que las negociaciones iniciadas por el ministro de Estado Fernando de los Ríos para el reconocimiento de los Soviets entraba en su fase crítica. Como delegado de Rusia actuaba Miguel Ostrowsky, que ya en 1931 pactó con Indalecio Prieto, un convenio para el suministro de petróleo ruso. La misma mañana del 14 de julio Fernando de los Ríos había notificado al Consejo de ministros del favorable curso de las negociaciones. El Socialista anunciaba como hecho inminente el reconocimiento del régimen soviético. La campaña de admiración y simpatía a los Soviets coincidió con otra campaña contra el hitlerismo, convocada por un manifiesto (11 de junio) firmado por Unamuno, Jiménez Asúa, Marañón y Recasens Siches, pidiendo la formación de un «Comité de intelectuales conscientes», que en colaboración eficaz y de acuerdo con los Comités de lucha antifascistas, organizaran la ayuda «a las víctimas del terror nazi». En respuesta a este llamamiento se celebró en el Ateneo (14 de julio) un acto de «fraternización internacional», al que asistieron expresamente invitados los comunistas franceses Marty y Barbusse, y el vicepresidente de la Cámara de los Comunes, Marley. Se les recibió a los acordes de La Internacional y puño en alto. El catedrático Jiménez Asúa y el diputado republicano conservador Recasens Siches pidieron la colaboración de los intelectuales españoles en favor «de las víctimas de la tiranía hitleriana». Quedó formado el Comité encargado de organizar tal ayuda: lo componían Ossorio y Gallardo, Sánchez Román, Sánchez Albornoz, Américo Castro, Martínez Barrio, Jiménez Asúa, Domingo Barnés y otros.

Había que desagraviar a los Soviets por «el alevoso atentado» a las oficinas de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, y muchos diputados de diversas tendencias republicanas visitaron al ministro de la Gobernación para pedirle que castigase severamente la osadía y «extirpara de raíz los brotes fascistas». La petición fue atendida. La policía practicó unas cien detenciones y muchos registros domiciliarios con pretexto de haberse descubierto un complot en el que intervenían anarquistas y personas de derechas. Se relacionaba con el complot la difusión de unas hojas con el membrete «F. E.» (Fascismo Español), atribuidas a la pluma de Rafael Sánchez Mazas y difundidas por el grupo de amigos de José Antonio. Todo ello fue bastante para encerrar en el penal de Ocaña un variado concurso de ácratas, monárquicos, fascistas; al dominico Padre Gafo, redactor de la crónica de actualidad político-social en La Ciencia tomista, y a los dirigentes jonsistas Ledesma Ramos y Aparicio.

El 27 de julio el Gobierno español firmó el reconocimiento oficial del régimen soviético. La prensa —con excepción de los periódicos revolucionarios— manifestó inquietud por el acuerdo. El Socialista presentó el hecho como una baza ganada por el ministro de Estado, para el cual las relaciones con Rusia habían sido tema preferente de preocupación y estudio. El diario moscovita Izvestia afirmaba que la decisión era una consecuencia de la última crisis política y, por lo tanto, de la salida de Zulueta del Ministerio de Estado. «Los Gobiernos capitalistas —decía— ven la conveniencia de estrechar las relaciones con la U. R. S. S. por su propio interés de vivir en paz.» Pravda afirmaba: «El establecimiento de relaciones entre España y los Soviets es el resultado de la política soviética por la paz». Por fin España se acercaba, no sólo con curiosidad, sino también movida por el interés comercial, hacia la U. R. S. S. y le, ofrecía su amistad. «España —escribía después de una visita a nuestro país, el periodista ruso Elias Ehremburg— ha despertado para un siglo nuevo... España escucha las campanadas misteriosas del Kremlin... Leyendo los telegramas de las cosas de España, me parece como si leyese los informes de los médicos sobre su enfermedad, la más terrible, pero también la más bella.

* * *

En la segunda quincena de julio de 1933 los periódicos de Madrid El Sol, La Voz y Luz, administradores hasta entonces del culto político al jefe del Gobierno y panegiristas acérrimos del hombre y de su obra, daban un viraje en redondo y cubrían a su antiguo ídolo con tinta de desprecio e ignominia. Las plumas incondicionales ayer destilaban ahora animosidad y veneno. Las agresiones eran de este tono: «Se dice que la situación es grave. El diagnóstico de gravedad sirve para el que, enfermo, aún vive. Pero un muerto ya no está grave: está simplemente muerto, y desde el instante de su fenecimiento no puede hacer otra cosa que descomponerse cada vez más... No es que se encuentre combatido y a punto de derrota: la batalla honra, y a veces la derrota también. Es que se cae a pedazos, sólo, sin que nadie le empuje. Son sus mismos componentes los que se sublevan, y, como en el cadáver, se sustraen a la unidad y jerarquía del organismo y se desligan del resto».

¿Qué había sucedido para explicar tan radical mutación de actitud y de lenguaje? Un periodista de turbulento historial revolucionario, Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna más conocido por el seudónimo «Corpus Barga», en otro tiempo corresponsal de El Sol en París, en una conferencia pronunciada en el teatro Alcázar, de Madrid (7 de febrero), declaraba: «Los hombres de la República han suprimido cuando han querido a los periódicos de la oposición, sin ninguna ley especial, basándose en una ley arbitraria de Orden público. Cuando se sintió la necesidad de organizar una prensa republicana, el presidente del Consejo, de acuerdo con los ministros de la Gobernación y de Hacienda —los dos ministros más importantes de la política interior—, sugirieron a capitalistas amigos la idea de apoderarse de los tres periódicos El Sol, La Voz y Luz.» Había, en efecto, sucedido como lo contaba «Corpus Barga». Los paquetes de acciones de la empresa propietaria de El Sol y de La Voz, en poder de calificados monárquicos, pasaron a manos de amigos de Azaña y de Carner. En cuanto al periódico Luz, que se titulaba «diario de la República», también entró en la órbita de la influencia de Azaña, el cual, por mediación de su cuñado Cipriano Rivas Cherif, y de un mejicano llamado Martín Luis Guzmán, a quien el jefe del Gobierno distinguió y admitió en su intimidad, inspiraba y movía los tres periódicos a su antojo.

El propietario de la mayoría de las acciones de los tres periódicos era un hombre de negocios llamado Luis Miguel. Expresión elocuente de la unánime aversión al Gobierno era el desprecio que manifestaba el público por los periódicos gubernamentales y, en general, por la prensa republicana, en pleno deshielo.

Llevaban dos años en la cárcel los jóvenes Luis, Manuel y Carlos Miralles cuando se vio el proceso que se les seguía por los delitos de homicidio, lesiones y disparos, el 10 de mayo de 1931, el día de la quema de conventos en Madrid. Defendidos por don Antonio Goicoechea, el Tribunal dictó fallo absolutorio. El obispo de Vitoria, don Mateo Múgica, tras de dos años de destierro en Francia, fue autorizado para regresar a su diócesis (12 de abril).

El 19 de junio comenzó a verse en la Sala Sexta del Tribunal de Madrid, presidida por don Mariano Gómez, el sumario instruido por los sucesos del 10 de agosto de 1932. El fiscal de la República, señor Anguera de Sojo, solicitaba la pena de muerte para el general Cavalcanti y el capitán don José Fernández Pin; reclusión perpetua para el general Fernández Pérez y treinta y dos procesados, y la pena de ocho años y un día para otros dieciséis. No se autorizó la presencia al público.

Al entrar los procesados en la Sala, todos los abogados defensores se pusieron en pie. El fiscal, en su informe, que duró ocho horas, sostenía la existencia de un delito de rebelión, porque los procesados se levantaron en armas contra el Gobierno legítimo. Muchas sesiones, por lo ruidosas, parecían más propias de una asamblea alborotada que de una sala de justicia. La sentencia condenó a veintidós años de reclusión mayor al general Fernández Pérez y al coronel Cano Ortega; a veinte años, a los señores Ugarte, Ozaeta, Cobián, Martínez Baños y Caro; a doce años, a los señores Uhagon y Sanz de Diego; a diez años, al general Cavalcanti; a penas que oscilaban entre tres y ocho años a otros cinco procesados, y absolvía a doce.

Por los mismos días se celebraba en Badajoz el Consejo de guerra para juzgar a los asesinos que dieron muerte a los guardias de Castilblanco en enero de 1932. El Consejo impuso seis penas de muerte, que fueron conmutadas por las de reclusión perpetua. Otros cuatro procesados fueron condenados a cadena perpetua. El Jurado de Gijón absolvió a los atracadores de la Banca Maribona, de Avilés, que además asesinaron al director de la misma. En Tarrasa se vio ante Consejo de guerra (25 de julio) la causa incoada por la insurrección de la cuenca del Llobregat el 15 de febrero de 1932. Eran cuarenta y dos los procesados y el fiscal pedía para treinta y cuatro de ellos la pena de cadena perpetua, y quince años de reclusión para otros cinco. El Consejo impuso a cuatro procesados la pena de veinte años y un día y otras condenas inferiores a treinta y dos. Los restantes salieron absueltos.

El manifiesto de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética decía así: «Quince años tiene ya de existencia la República obrera rusa. Durante ellos, con esfuerzos inauditos, se ha venido levantando en aquel inmenso territorio el acontecimiento económico y social más formidable del mundo moderno. Este acontecimiento crea en todos los países un ambiente más o menos difuso, pero manifiesto de curiosidad, de simpatía y de expectación. De él participan todos los hombres atentos a los problemas del presente y a las perspectivas del porvenir, los intelectuales y los técnicos, las grandes masas trabajadoras. Todo el mundo ansía saber la verdad de lo que pasa en aquel país en construcción. Sobre esta gran página de la Historia humana se exacerban las pasiones políticas. Hasta hoy, en nuestro país no se había intentado todavía un esfuerzo serio para situarse ante estos hechos con plenas garantías de veracidad. »En casi todos los países del mundo (Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Japón, etc.) funcionan ya Asociaciones de Amigos de la Unión Soviética, cuyo cometido es poner claridad en el tumulto de las opiniones contradictorias, pasionales, y no pocas veces interesadas, sobre la U. R. S. S. España no podía seguir manteniéndose aislada de este gran movimiento internacional. Era necesario recoger todo ese ambiente difuso de curiosidad y de simpatía hacia la Unión Soviética, organizarlo y darle una base de documentación seria y actual; estudiar y exponer a la luz del día, sin ocultar ni desfigurar nada, los éxitos, las dificultades, los problemas de esta magnífica experiencia que supone para el mundo la construcción de una sociedad nueva. La Asociación de Amigos de la Unión Soviética, situándose por entero al margen de los partidos y por encima de las tendencias y formaciones políticas, aspira a reunir a cuantos creen que el mundo no puede colocarse hoy de espaldas a lo que pasa en Rusia. Nuestra Asociación no tendrá más programa ni más bandera que decir y ayudar a conocer la verdad sobre la U. R. S. S., combatiendo con las armas de la verdad la mentira, la calumnia y la deformación. Para conseguirlo, la Asociación de Amigos de la Unión Soviética organizará en toda España conferencias documentales sobre la U. R. S. S., proyecciones de películas de tipo informativo, exposiciones con gráficos, fotografías, etc.; publicará libros y materiales estadísticos; dará a conocer las conquistas y los problemas del socialismo en la Unión Soviética; organizará delegaciones obreras a aquel país; facilitará la organización de viajes de estudios; editará una revista ilustrada de actualidad consagrada a la vida en la U. R. S. S.; organizará sesiones de radio para recibir las emisiones soviéticas de conciertos y conferencias informativas en español; encauzará el intercambio de correspondencia y de relaciones entre obreros, técnicos e intelectuales de ambos países, etc. »

Para el desarrollo eficaz de todas estas actividades nuestra Asociación necesita contar en toda España con la adhesión individual o colectiva de representantes de todas las clases y de todas las tendencias políticas. No se trata de crear un grupo más, sino de recoger un amplio movimiento de opinión carente hasta hoy de órgano adecuado y de plasmar el anhelo de miles y miles de españoles que no pueden considerar ajena a sus preocupaciones humanas ni a los destinos del mundo la lucha por la sociedad nueva que ciento cincuenta millones de hombres están librando en el país de los Soviets. «Luis Lacasa, arquitecto. – R. Díaz Sarasola, médico. – José María Donrosoro, ingeniero. – Diego Hidalgo, notario. – A. Novoa Santos, médico. – G. Marañón, médico. – Eduardo Ortega y Gasset, abogado. – Pío Baroja, escritor. – Eduardo Barriobero, abogado. – Luis Jiménez Asúa, catedrático. – Victoria Kent, abogado. – Ramón L. Sender, periodista. – F. Sánchez Román, catedrático. – Jacinto Benavente, escritor. – Victorio Macho, escultor. – Juan Madinaveitia, médico. – José Maluquer, ingeniero. – Ramón del Valle Inclán, escritor. – M. Rodrigues Suárez, arquitecto. – J. Negrín, catedrático. – Augusto Barcia, abogado. – M. Sánchez Roca, periodista. – Luis de Tapia, escritor. – Roberto Castrovido, periodista. – Teófilo Hernando, catedrático. – José Maria López Mezquita, pintor – Marcelino Pascua, médico. – J. Planell, médico. – Angel Garma, médico. – Eduardo Ugarte, escritor. – Santiago E. de la Mora, arquitecto. – Pedro de Répide, escritor. – Manuel Machado, escritor. – Blanco Soler, arquitecto. – R. Sáinz de la Maza, músico. – J. G, Mercadal, arquitecto. – Concha Espina, escritora. – R. Aníbal Alvares, arquitecto. – Carmen Monné de Baroja. – Fernando Cárdenas, ingeniero. – Luis Bagaría, dibujante. – J. Díaz Fernández, escritor. – J. Vahamonde, arquitecto. – Luis Calandre, médico. – José Antonio Balbontin, abogado. – María Martínez Sierra, publicista. – Ricardo Baroja, pintor. – Adolfo Vázquez Humasqué, ingeniero. – Pilar Coello. – Femando de Castro, médico. – Federico García Lorca, escritor. – Carlos Montilla, ingeniero. – Juan Cristóbal, escultor. – Cristóbal de Castro, publicista. – S. Zuaso, arquitecto. Enrique Balenchatta, ingeniero. – María Rodríguez, viuda de Galán. – Juan de la Encina, crítico de arte, – T. Pérez Rubio, pintor. – Javier Zorrilla, ingeniero. – Carolina Carabias, viuda de García Hernández. – José Capuz, escultor. – Julián Zugazagoitia, periodista. – Luis Salinas, abogado. – J. Cordón Ordás, veterinario. – Clara Campoamor, abogado. – Pío del Río, histólogo. – J. Costero, catedrático. – R. Salasar Alonso, abogado. – L. Vázquez López, médico. – Luis Bello, periodista. – W. Roces, catedrático. – J. Sánchez Covisa, catedrático. – Cristóbal Ruiz, pintor. – Víctor Masriera, profesor. – Joaquín Arderíus, escritor. – Rodolfo Llopis, profesor. – N. Piñoles, pintor. – R. Giménez-Sile, editor. – Agustín Viñuales, catedrático. – Rodrigo Soriano, diputado. – Victoria Zárate, profesora. – Ezequiel Endéríz, periodista. – Isidoro Acevedo, escritor. – Salvador Sediles, diputado. – Francisco Galán, periodista. – Amaro Rosal, empleado de Banca. – Carmen Dorronsoro. – Francisco Mateo, periodista. – Rosario del Olmo, periodista. – Julián Castedo, pintor. – María Angela del Olmo, actriz. – Antonio Buendía, abogado.

 

 

 

CAPITULO 31.

LIQUIDACIÓN DEL BIENIO AZAÑISTA