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GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑACAPITULO
VIII. DEFENSA DE ZARAGOZA.
Breve
noticia de la ciudad de Zaragoza y de los antiguos fueros de
Aragón — Actividad de Palafox para la organización del ejército y defender el
reino y la capital — Medios de persuasión intentados inútilmente por Bonaparte y
por Murat para hacer desistir a los zaragozanos de su heroica resolución — El
general Lefebvre reciba orden de marchar sobre Zaragoza — El marqués de Lazán se
dirige a su encuentro en Tudela — Combate en esta ciudad y ocupación de la misma
por los franceses — Combate de Mallen — Acción de Gallur — Temeridad de los
zaragozanos — Combate de Alagón — Estado crítico de la capital — Sale de esta el
general Palafox — Embisten los franceses las puertas del Portillo, Carmen y
Santa Engracia — Memorable defensa de los zaragozanos y derrota de
Lefebvre.
La
antiquísima ciudad de Zaragoza, célebre en la historia nacional desde César
hasta nuestros días, estaba destinada en los años 1808 y 1809 a llenar al
mundo de asombro con su resistencia a Napoleón, elevándose al primer lugar
en el rango de los pueblos heroicos, y no dejando a la mayor parte de los demás
otra satisfacción que la de disputarse con sus proezas el lugar segundo.
Cuando Augusto, al reedificarla y darle su nombre, le dio también el
título de Colonia inmune y la hizo Convento jurídico, pobló la con
soldados de sus legiones cual si quisiera convertirla en depósito del valor y
de la disciplina que distinguió a aquel gran pueblo; y erigió en ella dos templos,
dedicado uno a la diosa Flora, cuya divinidad no se desdeñaría de habitarle, y
consagrado el otro a la fortuna, como conoce, y consagrado el otro a la
fortuna, como para indicar la mucha que había de caberle en la gloria. Puso en
ella también tres castillos, de los que apenas quedan vestigios al norte,
al oeste y al sur, y la cercó de muralla de piedra y torreones, de los
cuales se ve al presente más de una señal, y hasta una inscripción
latina, de fecha moderna, que elegantemente lo indica. Saxeus hac murus, veterisque hie terminus Urbis : Inscripción en las piedras del Coso: Esta
muralla de piedra, antiguo límite de la ciudad). El tiempo y el
sucesivo aumento de la población ensancharon poco a poco sus límites fuera
del muro antiguo, rompiendo Zaragoza su cerco de piedra al modo que sus
fajas el niño que crece, para servirnos de la expresión de Víctor
Hugo. Augusto puso en ella además una contramuralla, desaparecido también,
conservándose solamente una parte de los cimientos a la orilla del Ebro, y
no quedando a la ciudad sino una débil tapia, como señal de no tener otro
muro que los pechos de sus habitantes. Situada a la orilla derecha del
mencionado río, sobre el cual se echan de ver un magnífico puente de
piedra de siete arcos que la une con el Arrabal, y los vestigios de otro
de madera destruido en 1802, báñala por el sur y el oriente otro rio
llamado el Huerba, que a veces tiene honores de
torrente. Al occidente de la población, en frente de la puerta del Portillo ,
existe el palacio de los reyes de Aragón cercado de foso y llamado castillo de
la Aljafería; y a un cuarto de legua de la ciudad, se eleva el monte
Torrero, como para presidir la rica vegetación que se extienda a sus
plantas. El canal imperial de Aragón, llamado así por haberse comenzado a excavar
en tiempo de Carlos V, es en Torrero una bella página destinada a eternizar la
memoria del célebre Pignatelli , el cual llevó a cabo la obra en el siglo
pasado hasta el punto en que ahora se ve, abriendo un camino a la
navegación interior y otro al riego de aquellas feracísimas campiñas.
Trece paseos arboleados , entre los cuales ocupa el primer lugar el que
conduce a Torrero, sirven de recreo a la vista y de salubridad a la población,
ciñéndola como a la virgen su corona de flores. Las calles de la ciudad son
angostas, tortuosas y oscuras en su mayor parte, siendo solo excepción a
esta regla las del Coso y Predicadores con alguna otra. Las casas antiguas como
la ciudad, pero con más excepciones. Distínguense entre sus edificios la magnífica
casa de Misericordia, monumento elevado a la caridad y a la industria; el
cuartel de caballería, junto a la bella y espaciosa plaza de toros; el
cuartel hospital de Convalecientes; la lonja inmediata a la puerta del Ángel;
el palacio arzobispal; la universidad; el teatro; la erguida y solitaria Torrenueva;
la antigua casa de la inquisición, ahora cárcel; el palacio del conde de
Fuentes, y otros varios, notándose a la hora en que escribimos estas líneas
un empeño laudable en la reedificación, construcción y mejora de casas
particulares. El hospital general de Nuestra Señora de Gracia era
antes de ser arruinado en la guerra de la Independencia, y lo es aun
después de su traslación á otro punto, uno de
los establecimientos más grandes, más filantrópicos y mejor organizados que se
conocen en su clase, no siendo vana la jactancia con que
los zaragozanos le califican de hospital Urbis el Orbis. Pero lo que más sobresale en Zaragoza en punto de
edificios públicos, es los templos, casi todos ellos suntuosos y magníficos,
con bellas y elevadísimas torres, con naves espaciosas y grandes, o con cúpulas
gigantescas. Tal es el de S. Ildefonso; tal el de Santo Domingo; tales la
Magdalena y S. Pablo; tales, aunque sin torre que merezca atención, el
Seminario conciliar y S. Lázaro; tales, finalmente, y prescindiendo de
otros que fueron arruinados en los sitios, el magnífico y atrevido templo
gótico llamado de la Seo, y el espaciosísimo de Nuestra Señora del Pilar,
donde se venera la imagen que habiendo, según tradición, descendido del
cielo estando aun María en carne mortal, era considerada en la época a que
se refiere nuestra narración como el paladión sacrosanto cuya asistencia
no podía fallar a la Troya moderna.
El reino
de Aragón ha sido célebre por sus instituciones, siendo todavía objeto de
admiración la sabiduría con que en siglos llamados con razón de ignorancia y de
hierro supieron sus hijos constituirse y gobernarse. “Tienen los de Aragón
(dice Mariana) y usan leyes y fueros muy diferentes de los demás pueblos
de España, los más a propósito de conservar la libertad contra el demasiado
poder de los reyes, para que con la lozanía no degenere y se mude en
tiranía, por tener entendido (como es la verdad) que de pequeños principios se
suele perder el derecho de libertad.» Era en efecto allí un
derecho público, confirmado por el privilegio general que Pedro III otorgó
a fines del siglo XIII, el que se convocasen cortes generales todos los
años, y siempre que el reino lo considerase preciso, particularidad que no
tuvo lugar en Castilla, cuyos monarcas fueron siempre árbitros de reunir la
representación nacional según les placía, o cuando no podían por su propio
interés dejar de hacerlo. Las cortes de Aragón pueden considerarse tan
antiguas como el reino mismo, habiéndolo sido realmente la junta de los
trescientos reunida, en los principios de la reconquista contra los moros, en
la cueva de San Juan de la Peña. Las que se reunieron posteriormente se compusieron
siempre de tres estamentos o brazos, el de los ricos hombres, el de los
caballeros y el popular o estado llano, añadiéndose en el siglo XIV otro
cuarto estamento que fue el del clero, siendo de notar que el estado llano
tuvo acaso en ellas representación desde los mismos principios de la
monarquía. Los reyes no podían declarar la guerra, promulgar leyes,
imponer contribuciones, ni hacer cosa alguna de interés público sin el
consejo y anuencia de sus súbditos. Cuando las cortes no estaban reunidas,
las representaba la diputación permanente del reino, compuesta desde dos
hasta ocho diputados de cada brazo, según las circunstancias, la cual residía
en Zaragoza y tenía a su cargo velar en la gloria y prosperidad del reino y en
la observancia de sus libertades. Ningún aragonés podía ser preso dando fianza,
ni puesto a tormento por ningún delito, ni hacerse pesquisas contra él por
razón de ninguna especie, ni ser despojado de sus bienes o de sus derechos
políticos o civiles sino en virtud de sentencia pronunciada en debida
forma por el tribunal competente. Si el poder abusaba de su fuerza y
ultrajaba cualquiera de las garantías que el fuero otorgaba a los
ciudadanos, tenían estos el derecho de manifestación, en
virtud del cual recurrían al Justicia, quien los ponía bajo su protección, y
examinado el caso con arreglo a las leyes, declaraba lo que según ellas
procedía, deshaciéndose así todos los agravios, opresiones y violencias de cualquiera
especie que pudieran tener lugar. Cuando esos agravios o desafueros no se
habían verificado, pero había temor de que se verificasen, estaba
concedido a los aragoneses el derecho llamado de firma, y con solo
presentar al Justicia mayor un simple escrito de estar a derecho, tenían
bastante para no ser turbados en la posesión de sus bienes o en
el ejercicio de su libertad civil, a no ser en virtud de juicio. El que
por hallarse en la cárcel carecía de medios para elevar sus quejas por sí,
no por eso tenía cerradas las puertas de la reparación, pues con tal que un
amigo, un pariente suyo, o cualquiera otra persona, aun cuando fuese el
último mendigo, se presentase al Justicia mayor en nombre del que sufría
la violencia, bastaba para que aquel magistrado reparase el agravio,
sacando al preso de la cárcel común y conduciéndole a la suya o del fuero,
donde se enmendaba el desmán. Vez hubo en que el carcelero y los agentes
del rey se negaron tenazmente a entregar un preso que el Justicia mayor
reclamaba a título de manifestación: el magistrado popular fue entonces a
la cárcel del rey, y rompiendo las puertas con una hacha, sacó de ella al
vejado injustamente. Este rasgo de energía bastaría a probar por sí solo,
cuando otros no hubiera, hasta qué punto estaban garantidos los aragoneses de
toda opresión y violencia contra las demasías del poder. Cuando el Rey
Pedro IV, llamado el Ceremonioso y el del Puñal, instigado por la Reina Sibila Forcia, quiso quitar a su hijo don Juan el derecho de
primogenitura, firmó de derecho el Infante ante el dicho Domingo Cerdán, y
este le escudó contra el rey y contra la madrastra, expidiendo las letras
inhibitorias de costumbre para que no pudiera ser privado de su herencia sin
ser antes vencido en juicio como los demás ciudadanos. El Rey se empeñó
tenazmente en llevar adelante su arbitrariedad, pero más tenaz el Justicia, le
obligó a ceder mal su grado, haciéndole respetar la ley y volver al recto
camino.
Este
hecho tan notable en la historia (y sea dicho de paso), ha sido celebrado por
el autor de la presente en el drama que con el título Cerdán, Justicia
de Aragón, fue representado en Madrid en 1840. El público lo
recibió con entusiasmo, lo cual prueba poco en verdad en lo que concierne a su
mérito, siendo harto contradictoria la aceptación que mereció a la crítica
periodística, fenómeno que también significa muy poco. Folletinistas hubo
que consideraron el drama como uno de los primeros de la época, y
folletinistas que dijeron no haber visto cosa peor. Unos y otros
consideraban la obra según su distinto modo de ver en política, y unos y
otros estaban en su derecho. No será el autor por lo mismo quien se lo
dispute jamás; pero los que dijeron que el drama no era eco de la antigua
libertad aragonesa, sino de la revolucionaria que caracteriza a la época
presente, hubieran hecho muy bien en haber leído la historia antes de
aventurar un aserto que la breve reseña que hacemos arriba basta a desmentir
por sí sola.
Era,
pues, el Justicia mayor una autoridad intermedia entre los monarcas y el
pueblo, y autoridad tan antigua como la misma monarquía, no faltando
quien crea haber los aragoneses nombrado Justicia, antes que su primer rey
fuese elegido. «En su alta preeminencia y suprema autoridad, dice Zurita,
se moderaba. y reprimía la ira y precipitación de los reyes, sin dar lugar que
de hecho se violasen las leyes, ni se hiciese fuerza a ninguno tiránicamente. Y
ordenaron que este magistrado no pudiese ser tan popular y sedicioso; y
proveyeron que el que este cargo tuviese, fuese caballero y no plebeyo; no
rico-hombre, porque no pudiera ser castigado; no plebeyo, porque no fuese
mengua de los grandes y él se ensoberbeciese; y que fuese elegido por el rey,
pero que no pudiese ser quitado a removido, ni menos castigado, sino en los
casos prevenidos de ley.»
Tanta
autoridad, acumulada en un solo hombre, podía ser ocasionada al abuso; pero los
aragoneses lo habían todo previsto, estableciendo un tribunal supremo
llamado De los Quince y compuesto de jueces sorteados de los
cuatro brazos, el cual juzgaba sin apelación las injusticias o agravios que en
cualquiera sentido pudiera aquel cometer, siendo decisivo su fallo en las
diferencias que entre el rey y el Justicia por cualquiera motivo se
suscitasen.
Esta
breve reseña de los antiguos fueros de Aragón prueba hasta qué punto se hallaba
aquel país adelantado sobre todos los demás de Europa en la carrera de la
libertad, sin que por eso dejase de resentirse su constitución civil y
política de algunos defectos debidos a las circunstancias y a la índole de
los tiempos. Entre los privilegios que los aragoneses tenían, era uno el
famoso de la Union, según el cual tenían derecho a tomar las armas contra
los reyes cuando su autoridad degeneraba en tiránica. Este fuero terrible
erigía en principio la insurrección, y hasta la elevaba a deber, pudiendo los
díscolos abusar de la concesión, sumiendo al reino por cualquiera pretexto en
la más espantosa anarquía. Que los pueblos tienen derecho de rechazar a
sus opresores, cuando carecen absolutamente de otro medio legal para refrenar
la tiranía, no creemos haya hombre ilustrado que sinceramente lo dude;
pero por lo mismo de hallarse ese derecho escrito en el corazón, no debe
consignarse en los códigos. Así lo conocieron los aragoneses cuando
después de las turbulencias ocasionadas a mediados del siglo XIV entre el
rey Pedro IV y los Unidos, acordaron la abolición de dicho privilegio,
sustituyéndole acertadamente la autoridad del Justicia con más amplitud y
poder que antes. «Fue el principal intento (dice el ya mencionado Zurita) de
fundar de esta suerte la jurisdicción de este oficio, porque siendo juez
contra toda violencia y fuerza, se evitase cualquiera nota de rebelión y
alteración del reino. Y así es cosa muy digna de considerar, que de allí
adelante cesaron las alteraciones y discordias civiles que se solían
decidir por las armas y son tan ordinarias en otros reinos. Y han estado
desde entonces los reyes seguros en medio del pueblo sosegado y pacifico:
porque aquel es más firme y estable reino de cuyo estado y condición
huelgan los súbditos y tienen más seguro contentamiento; pues los reinos y
estados que esto no alcanzan, están alterados y suspensos entre esperanza y
miedo, y siempre se han de entretener con pena o con beneficio.»
La
tradición nos ha conservado la fórmula con que el Justicia coronaba a los
reyes. «Nos que somos tanto como vos, decía el Justicia, os facemos rey, a condición de que nos hayades de guardar nuestros fueros y libertades, y sino, no.» Y esta condición era tal, que al sujetarse a
ella el rey D. Iñigo Arista, estipuló con los electores de un modo
terminante y explicito «que si él o sus sucesores no guardaban los
pactos convenidos con su vasallos, pudieran estos privarlos del trono,
y elegirse otro rey, aunque fuera pagano» : palabras que dieron
origen al funesto privilegio de la unión de que hemos hablado arriba. Abolido
este por don Pedro el IV de acuerdo con las cortes, perdió la libertad
aragonesa lo que en tiempos anteriores había tenido de anárquica,
mejorándose la constitución del reino en tales términos, que con
dificultad podrá darse otra que en los tiempos modernos, y con relación a
su época, le pueda ser comparada. La insurrección desde entonces, caso de
hacerse necesaria, tenía un carácter legal, siendo el Justicia mayor el
caudillo nato de los aragoneses en los casos de defensa de los fueros y
libertades del reino a mano armada. Y era tal el ahínco con que los
justicias se dedicaban a velar en su defensa, que la libertad para ellos
era una cosa santa, y un acto tan meritorio como el martirio el
de sacrificar su vida por sostenerla. Juan Jiménez de Cerdán, hijo y
sucesor en el cargo del antes mencionado Domingo, viéndose amenazado de
muerte en asechanza por el rey D. Juan el I, arrostró, sin embargo el
peligro, anteponiendo el cumplimiento de sus deberes a la conservación de su
vida, «persuadido, decía él, que si por defender la
libertad del reino moría, iría derecho al paraíso a gozar de Dios con sus
santos.»
La
libertad aragonesa siguió floreciente y en auge por mucho tiempo, hasta que con
motivo de la resistencia legal del infortunado Juan de Lanuza a verificar la
entrega del célebre secretario Antonio Pérez exigida por Felipe II, acabó
la contienda siendo decapitado el Justicia, cuya muerte sin formación de
causa hizo bambalear rudamente el sublime edificio de los fueros. Estos
quedaron en pie sin embargo, y en el mismo uso y vigor que antes, siendo
por lo mismo un error la persuasión en que generalmente se está de haber
sido Felipe II el que los redujo a la nada. Las costumbres en medio de eso
no eran ya en Aragón las que antes habían sido, y las leyes son nulas sin
ellas. Al fervor con que los aragoneses habían siempre mirado sus
instituciones políticas, fue sucediendo poco a poco una tibieza fatal, presagio
seguro de la ruina de sus libertades en el momento en que un rey osado o
favorecido por la suerte, concibiese el proyecto de abolirlas. La
resistencia de Aragón a reconocer por rey de España al primero de nuestros
Borbones, dio ocasión oportuna a Felipe V para coronar su victoria, anonadando
unos usos minados ya por su base desde la ejecución de Lanuza. Aragón dejó
de existir, políticamente hablando, y excepto algunos fueros civiles ,
nada le dejó el vencedor de lo que antes había tenido. Algún escritor de
nuestros tiempos ha creído posible constituir la España moderna resucitando las
instituciones de aquel país. Nosotros suspendemos nuestro asenso. Erigir en la
actualidad un Justicia mayor, equivaldría tal vez a crear un esclavo
sujeto a los caprichos del poder o a los furores de la demagogia. Sin
costumbres, repetimos, no hay nada, y las nuestras no son las antiguas.
Más
adelante veremos la parte que los fueros de Aragón tuvieron en la formación del
célebre código de Cádiz, solemnemente discutido y sancionado bajo el cañón
enemigo en aquel último baluarte de la independencia española. Disimule el
lector entretanto una digresión harto larga, pero que no carece de objeto.
El pueblo aragonés tan valiente, tan incontrastable y tan fiero en la
época actual, lleva impreso en su frente de un modo vigoroso y sublime
el sello de lo que antes fue. El heroísmo con que los zaragozanos supieron
cubrirse de gloria en los años 1808 y 1809, no fue efecto obligado del clima,
de la situación topográfica, ni de ninguna otra causa exclusivamente
física; fue producto más bien de las causas morales, de los recuerdos de su
grande historia y de las instituciones que habían tenido. La fisonomía de
los pueblos rara vez se muda del todo.
Al
estallar la insurrección en Zaragoza, estaba Aragón desprovisto de tropas de
línea, de armas y de municiones; pero todo lo suplió el patriotismo. De los
ciento diez y siete jefes y oficiales que figuraban en el estado mayor de
la capital según la revista del 5 de mayo , apenas residían doce en la plaza ,
consistiendo toda la fuerza existente en Zaragoza el día 2e, en
doscientos cinco fusileros o miñones, quinientos veinticinco hombres de
las partidas de reclutas y algunos oficiales y soldados de diferentes cuerpos
con destino a la capital, y de los que se fugaban de todas partes huyendo la
dominación enemiga. Palafox reunió a los oficiales y soldados retirados,
con los cuales y con algunos restos escasísimos de tropas de línea, formó
el núcleo del ejército de Aragón. Creó también siete batallones nuevos,
compuesto cada uno de diez compañías de á cien hombres, de los cuales no
pudieron organizarse en un principio sino solo cuatro y parte del quinto. Dióse a estos batallones el nombre de tercios, título
bajo el cual se había inmortalizado en el siglo XVI la infantería
española. Los estudiantes de la universidad, reunidos y disciplinados por
el barón de Versage, constituyeron uno de estos batallones, distinguiéndose
entre sus compañeros por su decisión y su bravura. El mencionado barón se dirigió
a Calatayud con el encargo de levantar tropas en aquel partido, mientras
D. Felipe Perena hacia lo mismo en el de Huesca, y el comandante D.
Gerónimo Torres y el teniente D. Antonio Madera salían a poner en
movimiento los pueblos de la tierra baja, consiguiendo reunir a los pocos días
hasta nueve mil hombres entre mozos y casados, de los cuales se
presentaron al poco tiempo en Zaragoza hasta unos seis mil. Se mandó depositar
en las casas de ayuntamiento los fusiles, escopetas y armas útiles de
cualquier clase que cada vecino poseyese, obligando el cumplimiento de esta
orden a todos los pueblos del reino en el término de quince días; igualmente
presentar los caballos que en toda la provincia existiesen a propósito
para el servicio, ofreciendo a sus dueños la indemnización consiguiente. A los
fabricantes y mercaderes de Zaragoza y de la provincia se les dio orden de
presentar una nota de todos los lienzos y paños que tuviesen y pudieran servir
para vestuarios, expresando sus calidades y uniformando los precios. Hízose
tomar razón de los carros y acémilas y de las existencias de granos, y se
impuso la obligación de denunciar los bienes pertenecientes a franceses. No
habiendo dinero en tesorería, se mandó a los depositarios de fondos
públicos o particulares los manifestasen al intendente; se suspendió
la venta de bienes eclesiásticos con el fin de empeñar más y más al clero
en la defensa de la causa común, y se adoptaron en fin otras providencias
análogas a las circunstancias, tales como la que erigía en obligación la
denuncia de los traidores y la que amenazaba castigar severamente a los
ladrones y perturbadores de la tranquilidad pública. El capitán de artillería
don Ignacio López salió con dirección a Jaca para asegurar aquel punto; dio
orden a D. Gerónimo Rocatallada para que procurase la conservación del
valle de Ansó y de la villa de Hecho y procediese al alistamiento de la
juventud; hízose cubrir los puntos de Canfranc, Sallen, altura de Santa
Elena y Benasque; se sacaron de Jaca armas y cañones para atender a la
seguridad de Sangüesa y otros puntos amenazados, y se dispusieron socorros
y auxilios con destino a las poblaciones que más los necesitaban. El
regidor Solanot salió para Mallorca a conferenciar
con los ingleses y activar el envío de tropas; se enviaron comisionados a
Cataluña y Valencia para poner de acuerdo las tres provincias; se organizó una
vanguardia con destino a las fronteras de la Alcarria y Castilla la Nueva;
se dio al comandante de artillería D. Francisco Camporedondo, lo mismo que al
mencionado López, la comisión de poner la capital en el mejor estado de
defensa; montáronse algunas piezas arrinconadas o
viejas, organizándose un equipaje de dieciséis cañones; hízose activar la
elaboración de pólvora en la fábrica de Villafeliche;
se ocupó a los artesanos en la construcción de cananas, chuzos y toda clase
de armas; todo, en fin, se tuvo presente; a todo atendió Palafox; todo lo
creó el amor áa la patria y el odio a la
dominación extranjera.
Una
fuerza tan grande , organizada con tanta actividad a treinta leguas de la
frontera de Francia, minaba por su base, como dice Foy , el edificio
que el Emperador quería levantar en España. Para apagar el incendio no
esperó Napoleón a que la llama se apoderase del Pirineo. Mientras los diputados
de Bayona dirigían un manifiesto a los zaragozanos y demás habitantes de Aragón
para hacerles desistir de su empresa, y mientras Murat procuraba hacer
igualmente desistir a Palafox por medio de amonestaciones, enviando al efecto
al hermano de este, marqués de Lazán, dio orden al general Lefebvre-Desnouettes para que sin dilación se pusiera en marcha
sobre Zaragoza con cinco mil infantes, ochocientos caballos y algunas piezas de
artillería. El manifiesto de los de Bayona no produjo en la ciudad inmortal
otro efecto que el desprecio, y el marqués de Lazán por su parte no había
aceptado la comisión de Murat sino como pretexto para salir de Madrid y
unirse en Zaragoza a los defensores de la independencia. Los medios de
persuasión puestos en juego por el enemigo, visto estaba que eran inútiles:
veamos ahora si la fuerza debía ser más afortunada.
El
documento de Napoleón contra está aquí; dice así:
«.A los
habitantes de la ciudad de Zaragoza y a todos los demás del Reino de Aragón. Los
grandes de España, los ministros de varios consejos, y demás personas que se
hallan ya en Bayona con destino casi todos a componer la Junta de Notables, que
ha de tenerse el 15 del corriente, reunidos en el palacio llamado del gobierno
de la misma ciudad, en virtud de orden de S. M. I. R. el Emperador de los
franceses y Rey de Italia; les manifiestan que con mucho dolor suyo
han llegado a entender que algunos moradores de la mencionada
ciudad de Zaragoza, mal aconsejados, y desconociendo su propio bien, han
sacudido el yugo de la sumisión a las autoridades constituidas, han arrestado
al capitán general, quieren formar compañías de soldados, y se han puesto en
estado de insurrección, sin que hayan explicado en un edicto que se ha visto
publicado por ellos, cuál sea el objeto que se proponen a favor de su
patria, justamente en el mismo punto en que va a tratarse, bajo la
ilustrada y poderosa protección del Emperador, de establecer sólidas bases para
la felicidad de toda España. Saben que el Lugarteniente general del reino ha
determinado se nombre otro capitán general para el de Aragón, y hacer marchar a
él algunas tropas, y que el Emperador de los franceses ha dispuesto se junten
otros varios cuerpos en puntos convenientes, y donde estén prontos a
dirigirse a Zaragoza con el fin de disipar las gentes reunidas, obrar contra
ellas si insistiesen en la insubordinación. En estas circunstancias, movidos
del amor patriótico que les estimula, y hace desear sobre todo lo que. hay
en el mundo, la paz, la independencia, el bien y la prosperidad de la nación
entera, y animados de los mismos sentimientos de humanidad y beneficencia
de S. M. el Emperador, se creen obligados a exponer a los habitantes de
Aragón que, si persisten en la conducta que han abrazado de separarse del
partido que se ve adoptan las demás provincias, y todas las autoridades
constituidas, acarrean a su país y a todo el reino de España males
incalculables, sin esperanzas de efectos favorables; y no pueden menos
de exhortarles a que, abandonando los proyectos que han formado, vuelvan a
entrar en sus deberes, recobren su tranquilidad, se sometan a las
legítimas autoridades, y contribuyan a la regeneración de España,
cumpliendo con la orden que les está comunicada de enviar como las demás
provincias a la asamblea de Bayona diputados, que con conocimiento de sus males
y necesidades procuren el remedio de ellas, aprovechando la oportunidad que les
presentan las benéficas intenciones y sabias miras del gran Napoleón. En
Bayona a 4 de junio de 1808.—Siguen las firmas de los veintisiete
que se han reunido en Bayona.”
El
general Lefebvre reunió su división en Pamplona. Los famosos regimientos del
Vístula primero y segundo constituían la tercera parte de su infantería; y la
caballería consistía casi toda en un regimiento de lanceros polacos: Lefebvre además
llevaba consigo alguna artillería de batalla. ¿Quién hubiera podido creer,
dice lleno de admiración el escritor francés arriba nombrado, que una
ciudad de cincuenta mil almas, y no fortificada , pudiera sostener
un asedio?
Los
moradores de Tudela recibían noticias cada vez más alarmantes de la actividad
con que el enemigo se preparaba a invadir Aragón por aquella parte. En este
apuro y hallándose aquella ciudad destituida de medios para disputarle el paso,
pidió la vecindad a Palafox un jefe y auxilios, demanda a que accedió el
general, nombrando por su teniente a su hermano el mariscal de campo
marqués de Lazán, el cual salió de Zaragoza a las doce de la noche del 6 de
junio con algunas tropas. Habiendo recibido por los barcos cuatro cañones y mil
fusiles con una porción de cartuchos, pensó desde luego el marqués en pasar a
Tudela; pero careciendo de datos acerca del terreno ocupado por el enemigo,
no sabía qué dirección tomar. Al llegar al Bocal, donde tiene su origen la
acequia imperial de Aragón, detuvo a un correo de gabinete que venía de
Bayona con el manifiesto a los aragoneses de que arriba hacemos mención, y
poco después recibió aviso de la aproximación de los franceses, los cuales
se dirigían a Tudela. No había en esta ciudad sino mil y
quinientos fusiles y muy pocas municiones, a pesar de habérseles remitido
doble número de aquellos y hasta cuarenta mil cartuchos; pero la ciudad
resolvió defenderse. Reforzado el marqués de Lazán con algunos fusileros y
500 hombres que le trajo el patriota subinspector D. José Obispo, entró
con ellos y con su mal armado paisanaje el día 8 en Tudela. Los vecinos habían
cortado el puente del Ebro para impedir el paso al enemigo, pero este
cruzó el rio en barcas, y acometiendo la ciudad, consiguió apoderarse de
ella con poquísima resistencia. Los nuestros dispararon algunos cañonazos
que fueron contestados por los franceses; pero viendo imposible la
resistencia, clavaron la artillería y se retiraron como pudieron. El enemigo
fusiló en Tudela a algunas personas, creyendo inspirar un terror saludable
en las demás poblaciones con aquel escarmiento; y después de haber
reparado el puente para dejar asegurada su comunicación con la capital de
Navarra, continuó su marcha a Zaragoza.
El
marqués de Lazán se había retirado a Mallen, adonde llegó el día 11 con cinco
mil hombres, de los cuales no podían llamarse tropas sino los miñones o
fusileros , las dos compañías de Obispo y unos cincuenta caballos del
regimiento de dragones del rey. Habiéndose municionado allí, despachó uno de
sus tercios al camino de Borja a las órdenes de su hermano D. Francisco,
que habiéndose escapado de Bayona a imitación de Palafox , logró igualmente llegar
a Zaragoza, donde en unión con sus dos hermanos hizo el juramento de vencer
o morir por la patria. Los franceses llegaron delante de Mallen el día
12 por la tarde , y el marqués se propuso resistirles de nuevo, no
obstante lo poco favorable de su posición en una colina accesible a la
caballería y artillería volante. Se tirotearon las avanzadas de una y otra
parte, pero observando los franceses la mucha extensión de nuestra
columna, se contentaron con tomar posición aquella noche, dejando el ataque
para el día siguiente. El 13 al amanecer se replegaron nuestras tropas
hacia la villa. Los franceses se pusieron en movimiento , y atacaron con vigor,
resistiendo los nuestros en los primeros momentos con la misma energía; ¿pero
qué podían hacer careciendo de disciplina y de táctica contra enemigos
largamente amaestrados en la guerra? Los lanceros polacos dieron una carga
terrible, y la gente del marqués se desbandó por todas partes, dejando en
poder del enemigo dos piezas que llevaban montadas en carros. Lazán se esforzó
algún tiempo en restablecer el orden; pero desistió de su intento y se
retiró como pudo, mientras su hermano D. Francisco que había venido a
auxiliarle, se veía en precisión de hacer otro tanto, cruzando el Ebro en
una barquilla.
Dueños de
Mallen los franceses avanzaron aquel mismo día a Gallur, donde todavía hubo
aliento en el paisanaje para resistirle. Aquella acción tuvo el
mismo resultado que las dos anteriores y los franceses entraron en la
población, la cual saquearon.
Sabida en
Zaragoza la desastrosa jornada de Mallen el mismo día 15 por la tarde, reinó la
confusión en la ciudad por algunos momentos, mas no por eso decayó de
ánimo aquella población eminente. Algunos magistrados, títulos y personas de
distinción comenzaron a disponer su marcha que verificaron al otro día, siendo
varios los que pedían pasaportes para libertarse del riesgo. La capital
de Aragón era una barahúnda, proponiendo cada cual las medidas que
consideraba oportunas para la defensa, mientras otros, lejos de escarmentar con
las derrotas anteriores, decían a voz en grito que lo que convenía en tal
trance era salir de nuevo al encuentro del enemigo, en vez de esperarle en la
población. Esta determinación desesperada prevaleció por lo mismo de serlo,
y a las diez de la noche comenzaron a cargar carros de víveres para la
proyectada salida, rayando en delirio el entusiasmo, y dirigiéndose todo
el mundo al depósito de armas. El general Palafox conocía como es natural, la
locura de aquella empresa; y eso no obstante determinó arrostrarla
personalmente, reuniendo hasta unos cinco mil paisanos, ochenta dragones, y
algunos voluntarios de Aragón, y marchando con ellos y cuatro piezas a la villa
de Alagón, distante cuatro leguas de la capital. Esta temeridad ha sido
censurada por muchos, porque, ¿quién se atreve a ponerse al frente de un paisanaje
sin disciplina, para hacerle medirse nada menos que con un ejército que
acababa de batirle, añadiendo tan fácil triunfo a los que de un modo harto más
peligroso para él había presenciado Europa? ¡Dichosas, dice Foy, las
naciones donde en los trastornos políticos se encuentran muchos hombres
capaces de temeridades cual esa!
Palafox
entró en Alagón al frente de su entusiasmado paisanaje entre diez y once de la
mañana, y noticioso de la aproximación del enemigo , situó su gente más
allá de la villa del modo que le pareció más conveniente. De los cuatro cañones
que tenía, colocó uno en el puente del Jalón, cuyo paso se trataba de impedir
al enemigo, otro en las inmediaciones del puente, y los dos restantes
en las eras. La indisciplina del paisanaje produjo bien pronto su efecto.
Una gran parte de aquella gente, curándose poco de obedecer las órdenes
del general, eligió a su capricho los puntos que en su inexperiencia creyó
más a propósito para la defensa. Los franceses venían en tres divisiones,
una por el camino de Borja, otra por el de Mallen, y otra por la huerta de
Cabañas. Empezado el ataque con nuestros voluntarios, sostuvieron las
tropas de la izquierda el fuego del enemigo con bastante serenidad, y
hasta el paisanaje del centro, resguardado por la inundación del terreno,
conservó algún rato sus puestos con reconocido valor. En esto comenzó a
disparar la artillería francesa y a avanzar la caballería , y recibiendo los
nuestros aviso de que la dirección de las tropas francesas tenía por
objeto tomarles la espalda, se esparció el terror entre el paisanaje,
comenzando la dispersión cuando ya el enemigo entraba casi por las puertas de
la villa. Palafox intentó vanamente contener la muchedumbre, y en vano hizo
esfuerzos también, con sus soldados de línea y la artillería, por impedir a los
franceses la entrada en la población. Después de un largo y mortífero fuego tomó
Palafox el único partido que le quedaba, retirarse precipitadamente por la
orilla derecha del Ebro, llevando consigo doscientos cincuenta hombres, pues
tal era el número a que había venido a reducirse su gente merced a la
dispersión. El paisanaje mientras tanto buscaba afanado las sendas que creía más
a propósito para salvarse, pereciendo unos a manos del enemigo, otros al rigor
de la sed, del calor, del desfallecimiento y la fatiga, y aun algunos
ahogándose en el Ebro al intentar vadearlo; pero salvándose la mayor parte,
gracias a la poca insistencia de los franceses en perseguirlos. Muchos de
los fugitivos se dirigieron a sus casas en el partido de Alcañiz de donde eran
naturales : el resto con los zaragozanos que se habían salvado llegaron al
caer de la tarde a la capital. Los franceses entraron en Alagón apenas
vieron deshecha la muchedumbre, y habiendo hecho muchos prisioneros en aquella
villa, ordenó Lefebvre ponerlos en libertad, fiado en que este rasgo
contribuiría a facilitarle la posesión de Zaragoza.
Destruidas
de nuevo las esperanzas de la capital con aquella tercera derrota, fácil es
inferirla consternación que reinaría en su recinto la tarde del 14 de junio.
Madres, hijas y esposas recorrían las calles de la población lanzando
lastimeros alaridos, y preguntando a los fugitivos por los objetos de su
ternura, a quienes no debían ver más. Pocos daban razón de su compañero, y
el dolor y el llanto de las viudas y huérfanas desgarraban el alma. Con
estas escenas de tribulación contrastaban otras de satisfacción y alegría,
viendo la madre entrar por las puertas al hijo que creía perdido, o la
esposa al esposo de quien en dieciséis mortales horas no había tenido noticia.
La entrada de Palafox en la ciudad, a la cual arribó felizmente cuando ya era
de noche, reanimó los corazones consternados. Mucho habían los zaragozanos
perdido aquel día; pero se había salvado su caudillo, y la sucesiva llegada de
otros dispersos comenzaba a hacerles creer no ser tan funesta la rota como
a primera vista parecía. Los ánimos iban sobreponiéndose poco a poco a las
primeras impresiones producidas por aquel desastre, y de esto a recobrar la
entereza no había más que un paso. El enemigo había vencido a los aragoneses en
Tudela, en Mallen y en Alagón: ¿debía inferirse por eso que había de vencerlos
también en Zaragoza? La ciencia militar y el conocimiento de lo que era la
plaza decían que sí, el patriotismo de los zaragozanos respondía a la ciencia
que no.
Aquella
ciudad inmortal, en vez de aumentar desde el día del levantamiento sus medios
de defensa, los había aminorado notablemente con los tres descalabros
padecidos; su tren de artillería consistía, como hemos visto, en 16 piezas ;
las obras de fortificación las formaban tan solo sus tapias; las municiones
andaban escasísimas; la tropa era poco menos que nula. Aquí podríamos decir a
imitación del inglés Enrique Alien :
No hay
apenas soldados que hagan frente,
Ni muro
que de barro al fin no sea ,
Ni
fosos que contengan el torrente
De la
fiera invasión en la pelea:
Pero hay
virtud y pundonor ardiente ;
Hay por
los templos do el incienso humea
Tesón , y
saña noble y furibunda
Por
defender la patria moribunda
El
general Lefebvre pasó en Alagón la noche del 14, prometiéndose al día siguiente
un triunfo tan fácil como completo sobre los treinta mil idiotas,
que según sus propias expresiones, abrigaba la capital. Deseoso sin
embargo de evitar la efusión de sangre, envió a Palafox en la misma tarde
de su derrota proposiciones para que se rindiese, señalando por medianeros de
las condiciones, que al efecto debían entablarse, a tres españoles de
distinción que acompañaban al ejército francés, los cuales firmaban el pliego
que fue remitido al caudillo de Aragón con uno de los que habían caído
prisioneros en el combate de aquel día. Palafox no hizo caso de la
intimación en lo que tocaba a su persona; pero desconfiando del éxito si se
resolvía a esperar al enemigo en el recinto de la capital, salió de esta a las
nueve de la mañana del 15, dejando resignado el mando de la ciudad en
manos del teniente rey Bustamante. El marqués de Lazán, acompañado del
subinspector Obispo salió igualmente de
la población a las tres de la tarde. Los regidores entretanto celebraban
ayuntamiento, y mientras discurrían sobre el estado crítico de la ciudad entró
el teniente rey en el salón, aumentando el conflicto con la noticia de la
próxima llegada de las tropas francesas, y con la más desconsoladora todavía de
no considerarse en disposición de hacerles frente, hallándose como se hallaba
destituido de tropas y de todo medio de defensa. Los regidores
determinaron proceder a otra reunión, donde se resolviese definitivamente
el partido que en tan desesperadas circunstancias se debía adoptar. Se señaló
para aquella sesión la hora de las dos de la tarde, asistiendo a ella varios
magistrados y sujetos distinguidos en medio de la consternación consiguiente por
la aproximación del enemigo, dueño de toda la llanura, y avanzando sin
oposición sus columnas. Iba ya a comenzarse el debate cuando una porción de
paisanos se presentan súbitamente en el sitio de la discusión, y encarando
con sus trabucos a los regidores les hacen salir de allí diciéndoles que
aquella no era ocasión de hablar sino de obrar, y que iban a ocupar los
balcones para desde ellos hacer fuego al enemigo. Con semejante insinuación,
inútil era que los concejales y magistrados se empeñasen en deliberar. Retiráronse, pues, a sus casas, y en ellas esperaron el fin
de aquella escena.
Seguros
los patriotas de que no pasaría el día 15 sin tener el enemigo a las puertas de
la ciudad ocuparon con anticipación el puente de la Muela, la altura de S.
Gregorio, la colina llamada Monte Torrero, y los puntos de San Lamberto y
Casa Blanca. Era su intención disputarles el paso, o retardarlo cuando
menos, dando así lugar a que los moradores tomaran las disposiciones que el
instinto les sugiriese para resistir la embestida del modo que les fuera
posible. Los franceses triunfaron sin dificultad de la indisciplina de nuestras
avanzadas, y los aragoneses fueron derrotados por cuarta vez a
corta distancia de la capital. Parecía con esto imposible cupiese aliento
en aquellos hombres para resistir todavía; pero ¿quién es capaz de
calcular lo que puede el amor a la patria, y el odio a la opresión y a las
cadenas?
Falta la
ciudad de la dirección que podía darle su amado caudillo; destituida , como
hemos visto, de tropas propiamente tales, y no teniendo apenas otros recursos
que los que improvisaba el instinto, se dirigió el paisanaje a las puertas,
cruzando en ellas tablones y maderos, y arrastrando a brazo la poca
artillería de que en trance tan apurado podían disponer. Tres cañones que
había en el Mercado, donde para nada eran útiles, fueron conducidos a la
puerta del Carmen como punto céntrico de la embestida, siendo preciso para
llevarlos allí que algunos religiosos, eclesiásticos y regidores convenciesen a
los paisanos de la oportunidad de aquella medida. Los defensores de dicha
puerta, situada al mediodía de la ciudad, estaban destinados a cubrirse de
gloria. Años antes se había proyectado colocar en ella el león que
figura en el escudo de armas de Zaragoza ; y para ponerla debajo de él, se
había escrito la bellísima inscripción latina INTUS EGO: dentro
estoy yo. Dentro estalla en efecto el león, el valor indomable
que iba a cubrir de rubor unas huestes para quienes tan fácil empresa debía ser
apoderarse de un punto donde apenas había resistencia. Harto más fuerte la
línea de los defensores por la parte del occidente, tenían a su extremo el
castillo, cuyos fuegos se podían cruzar con los del cuartel de caballería,
rechazando a los invasores si pretendían penetrar en la ciudad por la puerta
del Portillo; pero el extremo de la parte opuesta era débil, pudiendo el
enemigo introducirse con facilidad por la puerta de Santa Engracia, y no
bastando los paisanos armados a cubrir a la vez todos los puntos donde era
de temer el acceso. Eran estos casi toda la línea, pues exceptuando la extremidad
de que hemos hablado, donde el castillo, el cuartel y la casa de
Misericordia podían servir de otros tantos obstáculos, ni la torre del
Pino al otro extremo, ni las frágiles tapias que circuían la ciudad desde
la Misericordia a Santa Engracia, lo eran en realidad.
Dos
conventos extramuros de la población estaban respectivamente situados en
frente de las puertas del Portillo y del Carmen , y otro fuera también,
entre la una y la otra. Ocupándolos los defensores, hubieran podido
incomodar a los franceses con su fuego de fusilería; pero fue tal el
aturdimiento del valor, o tal la imprevisión del momento, que apenas
se acordaron de tal cosa. Dividido el paisanaje en pelotones se dirigió
cada cual a sus puntos. La calle de la puerta del Carmen rebosaba de
gente. Los que por su edad o su sexo no podían tomar parte en la lucha, se
aprestaban a llevar municiones y víveres, a conducir heridos, a cualquiera otro
menester en el cual pudieran ser útiles. Los conventos y edilicios de la
ciudad inmediatos al sitio del ataque estaban coronados de gente armada, o
de ancianos, mujeres y niños, achacosos, eclesiásticos, frailes y otros
espectadores, ansiosos de presenciar la acometida de los franceses y el
heroísmo de la resistencia. La campana de la torre nueva sonaba a rebato.
Era poco más del mediodía. El combate empezaba a aquella hora, y debía
durar hasta la noche.
Los
franceses avanzaron en tres columnas, dirigiéndose la de la izquierda hacia la
puerta del Portillo, resguardándose de los fuegos del castillo con el convento
que estaba al frente, mientras la del centro avanzaba hacia la puerta
del Carmen, y la de la derecha pasaba a situarse en un olivar inmediato al
puente del Huerva, amenazando caer sobre la puerta de Santa Engracia. Rechazado
el enemigo del primer punto ataca el cuartel de caballería inmediato a la
puerta, consiguiendo introducirse en sus cuadras algunos franceses
resguardados por las tapias; pero pagando su temeridad con la vida. La decidida
resistencia del paisanaje obliga al grueso de la columna a desistir de su
tentativa; y mientras los nuestros hacen alarde de resolución en
esperarla, queda ella a lo lejos inmóvil, sin osar acercarse. La
columna del centro mientras tanto se sitúa a trescientos pasos de la
puerta del Carmen. El fuego de sus guerrillas es contestado por los paisanos divididos
en dos hileras delante de las tapias, a uno y otro lado de la puerta.
Vista por los franceses la serenidad de los zaragozanos, aspira a imponerse
avanzando, y haciendo disparar su artillería; mas la
puerta contesta con la suya servida por los mismos paisanos a falta de
artilleros, y el enemigo se ve precisado a retroceder dejando varios cadáveres,
algunos de ellos casi al pie de nuestros cañones. La columna de la derecha
por su parte consigue obligar a los habitantes a retirar un cañón que tenían
en el puente, y otro que habían colocado en el paseo, tras lo cual destaca
algunos caballos con el fin de expiar; pero el fuego que se les hace desde
Santa Engracia los contiene un momento a pesar suyo. Corre en esto la voz
entre los defensores de que la puerta de Santa Engracia se halla sin gente,
y aprovechando Lefebvre aquellos momentos de confusión consigue que algunos de los
suyos ocupen la puerta, clavando en ella un cañón y facilitando la entrada en
la ciudad a una parte de caballería, la cual se dirige al galope á apoderarse del cuartel inmediato a la puerta del
Portillo. Al llegara la plaza de este nombre, se ven los jinetes acometidos por
algunos voluntarios y miñones , y cercados por una multitud de hombres, mujeres
y niños. Embestidos por todas partes conocen los franceses lo crítico de
su situación en medio de aquel pueblo furibundo, y su arrojo se cambia en
terror. Derribados los más de sus caballos a pedradas y a tiros, son
despedazados junto a la iglesia. Los pocos que consiguen sobrevivir huyen
de aquel sitio terrible donde a nadie se le da cuartel; y heridos,
magullados, contusos, consiguen restituirse al campo enemigo, diciendo al
general con su derrota la imposibilidad de alcanzar un triunfo que tan fácil y
sencillo creía.
Lefebvre
no escarmienta por eso. Da otra vez a la primera columna la orden de atacar el
cuartel, comienza de nuevo la lucha de una manera desesperada en medio del
horrible fuego de artillería y fusilería. Los cadáveres que los franceses ven
caer a sus pies no les impiden avanzar con extraordinario arrojo. El cuartel es
entrado otra vez, y otra vez se traba el combate en cuadras, corredores y
escaleras, y hasta en la misma puerta que sale a la plaza de toros dentro
del recinto de la capital. Los defensores acrecientan su arrojo a medida que
aumenta el peligro. La lucha es con frecuencia personal, y unos y otros
combaten hombre a hombre; pero los imperiales no pueden, no es posible que
puedan vencer, y ceden otra vez al paisanaje, replegándose en derrota a su
campo ante el enemigo. En el centro es igual el arrojo con que el enemigo
se empeña en acometer; pero el valor de los zaragozanos se excede también a
sí mismo, y los héroes de La puerta del Carmen hacen ver a sus adversarios que
obstinarse en tomar aquel punto es morir nuevamente en la demanda por el solo
placer de morir. Más afortunados por la derecha, amenazan los imperiales
desde el paseo de Santa Engracia apoderarse de la puerta de este nombre, aunque
a costa del sacrificio de varios de los suyos que han mordido expirantes
el polvo. Faltos los paisanos de artilleros, comienzan por allí a desmayar, y
aun algunos arrojan sus fusiles; pero llegando en aquel momento unos
cuantos soldados de aquella arma, y apareciendo repentinamente un refuerzo de 150
compañeros acaudillados por el coronel Renovales, renace la esperanza otra vez.
Este jefe coloca su gente en la esquina de la torre del Pino, y después de
sostener con audacia el fuego de los invasores durante dos horas, se
retira a la puerta de Santa Engracia temiendo ser cortado por la
caballería enemiga. Avanzada una parte de esta, y habiendo adelantado un
cañón, se arrojan los caballos franceses sobre los pelotones del paisanaje
que comienza otra vez a titubear; pero la puerta dispara su artillería con
tanto acierto que arredrado el enemigo a la vista de sus heridos y cadáveres no
piensa ya en otra cosa si no en replegarse con el orden posible.
Sobreviniendo entonces Renovales, los carga y los acosa con tal ímpetu,
que consigue arrojarlos de una quinta que se hallaba inmediata. Los valientes
de la puerta del Carmen salen de este punto a su vez, y persiguiendo al
enemigo todos juntos hasta el convento extramuros más cercano, vuelven
ufanos a la plaza con cuatro banderolas y otros tantos cañones, digno
trofeo que el francés ha rendido al valor en aquella arrojada salida.
Viendo
estaba Lefebvre aquella resistencia inaudita, y creía soñar al mirarla. ¿Cómo
esperar semejante arrojo de un paisanaje inexperto, en una población de cuya
defensa no podía encargarse a primera vista sino la estupidez o el frenesí?
Prometerse entrar y no hacerlo, no era mengua para sufrirla con paciencia quien
había vencido, en su concepto, obstáculos mayores que aquel. Si los zaragozanos
habían resistido el sucesivo empuje de aquellos aguerridos soldados, su
valor no probaba por eso que habían de ser igualmente felices acometidos
simultáneamente en todos sus puntos. Reforzadas las tres columnas con
tropas de refresco, da el general enemigo la orden de avanzar las tres a un
tiempo. Las huestes obedecen y embisten, y según el denuedo con que lo hacen,
la victoria del imperio es segura. Triplicado el peligro y el apuro, ¿qué han
de hacer ahora los defensores sino triplicarse también? Zaragoza se siente
mayor a medida que aumenta el riesgo, y con tal disposición en los ánimos, no
es posible que caiga vencida. El cuartel de caballería es allanado otra
vez, y es la tercera: los defensores lo salvan otra, y es la tercera
también. Rechazado allí el enemigo , no ha conseguido otro fruto
que aumentar su carnicería , y perder dos cañones más que con el fin de
acallar nuestros fuegos había avanzado. Una multitud de cadáveres
esparcidos en la parte del centro publican a la vez nuestra victoria en la
puerta del Carmen. En Santa Engracia sucede otro tanto: los infantes y jinetes
franceses huyen tropezando en sus muertos, y abandonan también dos cañones. El
terror y el espanto se apoderan de los enemigos, y en vez de embestir no
hacen poco si resisten las cargas del pueblo. El sol mientras tanto se halla ya
terminando su carrera, y ocultándose en el horizonte empiezan a anunciarse
las sombras. Los franceses bendicen la noche que viene a ocultar su
ignominia, y despidiendo algunos mistos y granadas sobre el cuartel, por haber
sido este sin duda el teatro más sangriento de su no esperada derrota,
abandonan las tapias de la ciudad, oyendo desde lejos las voces con que exclaman
los héroes: ¡VICTORIA !
Tal fue
el triunfo de Zaragoza sobre los vencedores de Austerlitz y de Jena el dia 15 de junio de 1808. Los zaragozanos designan aquel
porfiado combate con el nombre de batalla de las Eras, por
haber sido el campo llamado del Sepulcro, inmediato a la puerta del Portillo,
el sitio principal de aquel acontecimiento a la derecha de su línea. La
historia cuenta este triunfo en el número de los más gloriosos en los fastos de
las naciones, y eso no obstante, era precursor solamente de hechos más
admirables todavía en aquella ciudad siempre heroica. Los franceses perdieron
seis cañones y otras tantas banderas, siendo 500 sus muertos por la parte más
corta, y proporcional el número de heridos. Abrigados los defensores con
los edificios y tapias, su pérdida fue mucho más reducida. Se señalaron en tan
memorable defensa los valientes y patriotas hermanos D. Mariano y D. Manuel
Cerezo , el presbítero Don Santiago Sas, el
teniente de húsares retirado D, Luciano de Tornos, el de dragones del rey D.
Manuel Viana, el bravo labrador Zamoray, el coronel
Don Antonio de Torres, un oficial sobrino del general Guillelmi encerrado
con este en la Aljafería, el ya mencionado coronel Renovales, y otros
varios cuyos nombres sería prolijo citar. Además, que allí se distinguió todo
el pueblo. Los que habían defendido un punto tenían que correr con
frecuencia a reforzar otro u otros que se hallaban faltos de gente; y así fue
como en medio del peligro consiguieron multiplicarse aquellos bravos, acudiendo
instintivamente donde su presencia era más necesaria, y haciendo creer al
enemigo que se las había con duplicado número de combatientes. Muchos de
ellos estaban rendidos de sueño y de fatiga, merced a la desastrosa jornada del
día anterior, y eso no impidió que se distinguiesen combatiendo sin cesar con
las tropas francesas en las ocho mortales horas de aquella obstinada
pelea. A los primeros tiros, faltaron en casi todos los puntos municiones y tacos
: tan desprevenida se hallaba la ciudad en aquellos momentos terribles. Los
habitantes proveyeron la artillería de la necesaria metralla, llevando al pie
de los cañones los utensilios metálicos de sus casas, y los hierros y trapos
viejos que en algunas personas constituían su industria y patrimonio. Hombres y
mujeres hacían pedazos sus vestidos, ofreciéndolos para tacos cuando otra cosa
no había. Mientras unos conducían heridos y otros combatían tenaces , el resto
patrullaba por las calles, golpeaba a las puertas de las casas para
reclutar gente útil, o ejercía su vigilancia en los puntos donde el enemigo
podía intentar un golpe de sorpresa. Y todo se hacía sin jefe, sin más guía
por lo común que la luz natural de aquellos hombres, convertidos de pronto
en guerreros que mandaban y obedecían, disponían y ejecutaban alternativamente
según les decía el instinto o los estrechaba el apuro. Por si los maridos
cedían, se preparaban en muchas casas sus mujeres a rechazar desde ellas
al invasor, previniendo ladrillos y piedras. Otras más audaces corrían y
alentaban a los combatientes. Otras atravesaban el fuego, distribuyendo
provisiones y bebidas por las filas de nuestros valientes. Los muchachos hacían
lo mismo. Cuadro más sublime que aquel no se ha presenciado jamás.
Convencido
Lefebvre de la imposibilidad de ocupar Zaragoza mientras no aumentase su
ejército, determinó esperar los refuerzos necesarios, acampando entretanto
con su gente en las cercanías de la ciudad. Los zaragozanos por su parte se
dedicaron sin descanso a aumentar los medios de resistencia, jurando perecer en
la demanda antes que ceder a unas huestes que a nadie infundían ya miedo.
Nosotros suspendemos aquí la narración de aquella memorable defensa para
terminarla después. Lefebvre ha suspendido la continuación de su empresa,
y también se propone concluirla: él y nosotros veremos cómo nos asiste la
suerte.
CAPITULO IX. DEFENSA DE GEROINA .
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