![]() |
![]() |
![]() |
GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑACAPITULO VI.
Insurrección general de las provincias
contra los franceses.
Después de tantos actos de falsedad, de
tiranía y de perfidia por parte de Napoleón; de humillación, desdoro y
vilipendio por la de la familia real; de flojedad, abatimiento y
cobardía por la de la junta suprema y demás autoridades sumisas al
usurpador, era llegada la hora en que el pueblo español ofreciese al mundo el
magnífico espectáculo de su insurrección sacrosanta, de aquella guerra tenaz
vigorosa, sublime, sin ejemplo en los anales de la historia, a no ser en
los suyos propios. La noticia del 2 de mayo, esparcida con increíble
rapidez por toda la extensión de la Península, había llevado el terror
y la consternación hasta sus últimos ángulos, quedando por de
pronto España sumida en el estupor que producen las grandes
catástrofes.
Bien pronto la voz de venganza anunció
la reacción de los ánimos. El terror que anonada a los débiles reconcentra en
los fuertes la ira, y esa ira revienta después. La inmensa muchedumbre que se
hallaba en Madrid cuando las ejecuciones del 2, se componía en gran
parte de los forasteros que habían venido a la capital con motivo de la
exaltación de Fernando, detenidos después en su recinto por la
expectación angustiosa a que habían dado lugar el viaje del joven monarca y
los tristes rumores que corrían. Vista la barbarie inaudita cometida por
el gran duque de Berg, abandonaron los transeúntes aquella
población desolada, y restituyéndose a sus hogares, contaban los
horrores que acababan de presenciar en la heroica villa, la cual se
presentaba a la imaginación como otra nueva Jerusalén llorando la muerte
y el cautiverio de sus hijos. Exagerado involuntariamente el relato de la
desgracia en fuerza del mismo dolor, lo era también á propósito para más
excitar la venganza, contribuyendo Murat a la hipérbole en el mismo
sentido, con el designio de desconcertar los proyectos de resistencia
redoblando el terror de las gentes. Ese peligroso resorte no correspondió a
su esperanza. Recobrados los ánimos españoles de su momentáneo pavor, dieron
rienda al furor y a la cólera; y al modo que la barra de metal no se dobla
sino para rehacerse después, así España cedió por algunos momentos al
peso de su inmenso conflicto, para levantarse más fiera, más
incontrastable que nunca. Su energía fue tanto mayor cuanto más perseverante
había sido su longanimidad y su paciencia. Las noticias que llegaban de
Bayona, y la nueva del último atentado cometido en la regia familia, hicieron
imposible de todo punto el reinado de la usurpación, no siendo sobre
escombros y cadáveres. La formidable lucha que iba a empeñarse era desigual,
espantosa; pero el pueblo español no pensó sino en resistir su ignominia;
vio el guante que se le arrojaba, y lo alzó. Abierto el Pirineo al paso
de las tropas francesas; puesta en sus manos la llave de la dominación del
territorio con la ocupación de nuestras plazas fronterizas; invadidas las
provincias y avasallada la capital; caído el tesoro público en poder del
usurpador; falto el país de organización militar; abandonada la nación a
sí misma, sin más dirección que la que ella pudiera darse..... ¿cómo esperar
una resolución tan unánime, un sacudimiento tan súbito, tan universal,
tan sublime, en medio de tantos elementos de desolación y de muerte? El
pueblo no pesó en su balanza los inconvenientes de la lucha. Vio a
su rey prisionero en las manos del emperador; violada la fe prometida;
sacrificados sus compatriotas; ultrajadas sus leyes; sustituida por la
de Napoleón la dinastía de sus monarcas; atacados sus usos y costumbres;
su honor escupido y hollado... La cuestión desde entonces no fue ya puramente
política; fue cuestión religiosa y social; fue cuestión de amor propio
también, cuestión de soberbia y de orgullo; cuestión personal de decoro;
cuestión que, afectando a la suerte del país en masa, cada español la hizo
propia, individual, suya solo, sintiendo todo el mundo la herida que aquejaba
a la patria como si cada uno de sus hijos la hubiera recibido en su
seno. La guerra exigía una voz; la cuestión pedía una fórmula. Ese grito de
guerra fue el rey; esa fórmula decía Fernando; esa
voz de Fernando encerraba cuanto hay de más lisonjero en la
tierra; independencia, libertad, porvenir, leyes, religión, patria,
honra, todo lo significaba y decía... todo al menos lo que es de decir!!!
Desde las montañas de Jaca hasta las columnas de Hércules, desde la Coruña a
Valencia, una voz, un acento, un grito solamente se oyó: ¡Viva
Fernando VII! ¡Mueran los franceses!
Fue Asturias la provincia primera en lanzar el grito de muerte contra los opresores de España. Cuna otro tiempo de la independencia nacional, cuando Pelayo se refugió en ella con las imágenes sagradas y con los tristes restos del ejército cristiano vencido en Guadalete, su destino parecía ser ahora tomar la iniciativa en la nueva y tremenda lucha que iba a empezar. D. Álvaro Florez Estrada, gobernador general del Principado, y D. José María Queipo de Llano, vizconde de Matarrosa, más conocido después con el nombre de conde de Toreno, autor de la historia a que tantas veces nos hemos referido en el curso de nuestro relato, escaparon de Madrid al otro día de su catástrofe, y llegaron el 9 de mayo a la ciudad de Oviedo, donde refiriendo las atrocidades de que acababan de ser testigos en la capital de la monarquía, comunicaron al pueblo asturiano la santa indignación de que se hallaban poseídos.
Llegado el mismo día el sanguinario
bando promulgado el 5 de Mayo por Murat, decidió la audiencia territorial
publicarlo, de acuerdo con el jefe militar español, y con arreglo a las
órdenes dadas al efecto por el generalísimo francés. El pueblo que vio a la
audiencia recorrer las calles con el expresado objeto, se amotinó contra ella
y contra el comandante de armas, obligándolos a retirarse a los gritos
de viva Fernando y muera Murat. Hecho esto, se dirigieron
los amotinados, entre los cuales se distinguían los estudiantes de la
universidad, al edificio donde celebraba sus sesiones la junta general
del Principado , reunida aquel año por una coincidencia providencial desde
el día 1° de aquel mes. Aquella corporación, vista la decisión popular, y
oído el dictámen de varios de sus miembros, acordó por unanimidad
desobedecer las órdenes del usurpador, y sostener su resolución con las
armas. Esta determinación atrevida heló la sangre en las venas de algunos
tímidos, desagradando con particularidad a la audiencia que, compuesta en
gran parte de godoístas, no podía aprobar un acuerdo esencialmente
contrario a sus intereses. Ocupada entonces en formar causa a unos cuantos asturianos
que en 29 de abril anterior habían apedreado en Gijón la casa del cónsul
francés por haberse .echado desde sus ventanas varios impresos contra
los Borbones, era mirada con tedio de parte del pueblo, tanto por esta razón,
como por la ya referida de ser la mayoría de sus individuos partidaria del
antiguo gobierno. La audiencia trabajó eficazmente en ahogar la insurrección,
procurando aterrar, con la perspectiva de las consecuencias a que se exponían,
a algunos individuos de la junta, la cual se vio obligada a contemporizar,
suspendiendo el día 15 la ejecución de las medidas acordadas el 9. El
anciano marqués de santa Cruz de Marcenado que presidia la
corporación, alzó entonces su voz respetable, y oponiéndose con
patriótica energía a la resolución acordada, protestó solemnemente contra la
paralización del movimiento, añadiendo, que donde hubiera un solo
hombre alzado contra Napoleón, tomaría él un fusil y se pondría a su lado.
Sabedor el gran duque de Berg, por
informes secretos de la audiencia, de lo que pasaba en Oviedo, envió al conde
del Pinar, consejero de Castilla, y al magistrado poeta D. Juan Meléndez
Valdés, dándoles la misión de restablecerla tranquilidad, con cuyo objeto
los hizo portadores de órdenes ejecutivas que debían comunicar a
la audiencia. Una de estas mandaba entregar el mando militar de la
provincia al comandante general de la costa Cantábrica D. Crisóstomo de la
Llave, disponiendo igualmente que se pusiesen a sus órdenes en Oviedo un
batallón de Hibernia existente en Santander, y un escuadrón de carabineros
que se hallaba en Castilla. Alarmados los comprometidos en los sucesos del 9
con la suerte que les esperaba, y aumentada la irritación de los ánimos
con las últimas noticias de Bayona, resolvieron llevar adelante la suspendida
insurrección, recorriendo en tumulto las calles casi todas las noches, y
señalando la del 24, en que debía llegar a Oviedo el nuevo comandante la
Llave para el levantamiento definitivo. Tomadas las medidas que
se consideraron oportunas, aunque no con todo el sigilo que a ser menor
el patriotismo hubiera sido posible, se designó la hora de las once de la
noche para dar cima a la noble empresa, reuniéndose los patriotas a la
señal que para ello debían dar las campanas de la ciudad y pueblos
circunvecinos, tocando a rebato. Ese toque se retardó una hora por
equivocación, quedando sobrecogidos de ansiedad los conjurados; pero oyéndose
el repique a las doce, acudió cada cual a sus puntos, obedeciendo al grito de
la patria. Se dirigió el pueblo a la casa de armas, y con apoyo de los
oficiales de artillería comprometidos en la conjuración, se apoderó de cíen
mil fusiles existentes allí, parte de ellos fabricados en Oviedo, parte
hechos trasportar a aquel punto por anteriores órdenes de Godoy. Los
patriotas marcharon tras esto a la casa donde estaba alojado la Llave, a
quien hicieron preso, mientras otros se dirigían a sacar de las suyas a
los individuos de la junta, la cual se reunió en sesión a hora muy
avanzada de la noche , y agregándosele otros vocales, se declaró única y
suprema autoridad del Principado, siendo nombrado presidente suyo el ya
mencionado marqués de santa Cruz, quien quedó encargado igualmente
del mando de las armas. Pocas horas después, a la clara luz del día
siguiente, declaró la junta la guerra a Napoleón, correspondiendo el
pueblo a aquel acto sublime y patriótico con repelidos y entusiastas
vivas a Fernando VII. Dado ya el primer paso, faltaba
adoptar las medidas oportunas para no naufragar en la empresa. Decidido
el armamento de la provincia y la formación de un cuerpo de 18,000
hombres, y habiéndose adherido al levantamiento los carabineros reales y
soldados de Hibernia que en virtud de las órdenes dadas por Murat se
habían trasladado a Oviedo, se sacaron, de entre los últimos, varios
oficiales, sargentos y cabos para la organización de la fuerza armada
que la junta había decidido levantar. No bastando esto para llenar los
cuadros con suficiente número de jefes, se sacaron para oficiales algunos
estudiantes de la universidad, echándose mano de otras personas cuyas prendas
y particular disposición las hacían acreedoras a aquella confianza. Los
asturianos entretanto se apresuraban a depositar en las arcas públicas
cuantiosos donativos, no habiendo sido esto lo que menos contribuyó a
poner la provincia en respetable estado de defensa, viéndose en breve el
país de las hayas, de los robles y el brezo erizado de armas por todas
partes.
Bello el alzamiento de Asturias por
haberse anunciado el primero, lo fue también por la circunstancia de no
haberse manchado con sangre. Expuestos a morir pocos días después el
conde del Pinar y Meléndez, en unión con el comandante la Llave, el
coronel de Hibernia, Fitzgerald, y el comandante de carabineros, Ladrón de
Guevara, opuestos al levantamiento, los cuales habían sido presos cuando
estalló la insurrección definitiva, los salvó del furor de la multitud el
canónigo Ahumada cuando ya los tenían atados a los árboles, y al grito
de traidores, se disponía la plebe a fusilarlos. Agotados
por aquel sacerdote inútilmente todos los medios de la persuasión,
vino con el sacramento en las manos, y salvó felizmente las víctimas.
Otra de las circunstancias que hicieron
importante el levantamiento de Asturias fue la resolución tomada por su junta
de solicitar el auxilio y cooperación de Gran Bretaña. Nombrados para
entablarlas oportunas negociaciones el ya mencionado vizconde de Matarrosa y
D. Andrés Ángel de la Vega, se embarcaron en Gijón el día 30 de mayo en
un corsario de las islas de Jersey, arribando a Falmouth el 6 de junio ,
y dirigiéndose en posta a la capital de Inglaterra. Asombrados
quedaron los ministros británicos a la nueva del alzamiento asturiano,
no acertando apenas a concebir cómo osaba la noble provincia inaugurar
una lucha tan desigual contra las numerosas falanges del imperio.
Comunicóse el asombro a las cámaras y al pueblo, prorrumpiendo todos unánimes
en aclamaciones de júbilo y entusiasmo al saber resolución tan heroica.
Decidido Mr. Canning a apoyar la más santa de las causas, en lo cual estaba
tan interesado el provecho particular de la Gran Bretaña como la misma
independencia española, manifestó a los diputados, de oficio y en nombre
del rey, hallarse S. M. dispuesto a conceder todo género de auxilios a
aquella valerosa provincia, haciéndolos extensivos a las demás que se
mostrasen animadas del mismo espíritu. A esta declaración solemne, siguió un
abundante envío de municiones, armas, vestuarios y víveres, siendo
nombrado para pasar a Asturias el mayor general Dyer, acompañado de dos
oficiales. La lucha trabada entre España y la Gran Bretaña durante la
mayor parte del reinado de Carlos IV, cesó definitivamente desde aquellos
momentos. La política inglesa se hallaba entonces de acuerdo con los
sentimientos de la generosidad y de la justicia.
La tormenta estalló en Santander el día
26 de mayo, cuando aún no se tenía noticia del levantamiento de Asturias. El
desasosiego que se notaba en aquella ciudad había llamado la atención del
mariscal Bessières, quien deseoso de prevenir las consecuencias, envió
desde Burgos a su ayudante general Mr. de Rigny, con pliegos para el
cónsul francés, en los cuales se encargaba al ayuntamiento de Santander
la conservación del orden, so pena de exponer la ciudad a la venganza
del extranjero. Esta amenaza aumentó la irritación en vez de aplacarla,
siendo la más pequeña chispa bastante a producir un incendio. Cierta
disputa ocasionada por motivos privados entre un paisano español y otro
francés, hizo el día de la Ascensión que se reuniese numeroso concurso
en el sitio del debate, y que tomasen parte a favor de su compatriota
las gentes que acudieron al ruido, generalizándose la reyerta, y viniendo a
parar en tumulto contra los demás franceses avecindados en la población,
tocándose a rebato las campanas, y recorriendo los tambores las
calles de la ciudad. Armados en un momento multitud de vecinos,
dirigiéronse a las casas de los aborrecidos extranjeros, poblando el
aire de vivas a Fernando VII y de mueras a Napoleón y Rigny. Arrestados
los franceses en sus domicilios, observóse con ellos el mayor orden,
siendo conducidos al castillo, donde se les puso a cubierto de ulteriores
atropellos. El cónsul francés y el ayudante de Bessières estuvieron más
expuestos a ser víctimas del furor de la multitud; pero protegidos por los
oficiales del provincial de Laredo que estaba de guarnición en Santander,
fueron conducidos al castillo en unión con los demás, evitando aquellos
valientes con su generosidad y su arrojo, excesos que sin su
intervención hubieran tenido lugar. Al día siguiente se declararon en
junta soberana los individuos del ayuntamiento y otras personas
respetables, nombrando presidente a su obispo D. Rafael Menendez
de Luarca, el cual estaba a la sazón ausente y no admitió el cargo sino
después de porfiada resistencia. Las prendas del obispo eran grandes, y a
ellas debió el nombramiento que en él se hizo; pero erigido en autoridad
superior de la provincia, la deslució después con su fanatismo y con el
desvanecimiento en que vino a caer, intitulándose regente soberano de
Cantabria por Fernando VII, y exigiendo el tratamiento de alteza.
La insurrección de Santander suponía un
arrojo tanto más notable cuanto más escasos eran los recursos de la provincia
y mayor su proximidad a las tropas francesas, las cuales podían caer sobre
ella de un momento a otro. Los naturales fiaron en su valor y en sus
montañas, y llegada que fue la noticia del levantamiento de Asturias la
santidad de su causa los hizo creerse invencibles. Elevado al grado de
capitán general el coronel D. Juan Manuel de Velarde, y habiéndose procedido
aun alistamiento en toda la provincia para proveer a su pronta defensa, salió
el nuevo jefe con 5000 paisanos, en cuyo número se contaban algunos
milicianos del provincial de Laredo, y se apostó en Reinosa con ellos y con
alguna artillería, mientras su hijo D. Emeterio ocupaba la posición del
Escudo con 2500 hombres del pueblo, quedando apostados en los Tornos
otros mil recogidos de varias partidas sueltas. Gente toda sin
disciplina y sin organización, como levantada de pronto, pero acalorada y
valiente y sin ocurrirle siquiera calcular los peligros a que se exponían.
Galicia se alzó el día 30. Era entonces
su capital la Coruña, y el oficial francés Mongat había pasado a aquella
ciudad con la comisión de informar al gran duque de Berg acerca de los
recursos y tropas existentes en la población y en el resto de la
provincia. Hallábanse en aquella sazón notablemente exasperados los ánimos
con las noticias venidas de la corte, y esa irritación se aumentó con la
llegada de Mongat y con el imprudente proceder del mariscal de campo D.
Francisco Biedma, a cuyo cargo estaba la capitanía general por ausencia
de D. Antonio Filangieri. Era Biedma mirado con desafecto por los
vecinos de la población y por los mismos militares, quienes notando en él
algunas precauciones marcadamente hostiles, le tenían por instrumento de
Murat. Rumores exagerados o diestramente esparcidos hicieron creer al
paisanaje que se le iba a someter a un alistamiento forzoso para
sostener la causa del usurpador, y aun se extendió la voz de que el
francés Mongat tenía en su poder millares de esposas destinadas a amarrar a
los nuevos conscriptos hasta conducirlos a la frontera. Especie infundada
sin duda, mas no por eso menos creída de las sencillas gentes, ni menos
capaz de producir en ellas el alarmante efecto que se hace sentir en los
sabidos versos del poeta que pocos días antes acababa de decir ,
dirigiendo su patriótica voz a los españoles:
¿ Pensáis que espadas son para el
combate
Las que mueren sus manos codiciosas ?
No en tanto os estiméis: grillos
, esposas ,
Cadenas son , que en vergonzosos lazos
Por siempre amarren tan fuertes
brazos .
La tropa creyó por su parte que se
trataba de separarla de la provincia y de enviarla a Francia llenando con
franceses el vacío que dejase en su patria. Llegó en esto a la Coruña un
emisario de Asturias con la noticia de su insurrección y el encargo de
excitar el patriotismo de las autoridades gallegas a seguir el
mismo ejemplo; mas no pudo ponerse de acuerdo con ellas, por haberle
obligado el regente de la audiencia a salir de la capital. Poco después vino
de León, con la noticia de otro proyectado alzamiento en esta ciudad, un
estudiante de la misma, quien atravesando a caballo las calles de la
Coruña con gritos de entusiasmo y de júbilo, se dirigió al mismo
magistrado. La contestación del regente fue apresarle, poniéndole
incomunicado en la casa de correos. Reunida la multitud delante de este
edificio, y sabido el motivo de aquella prisión, murmuró contra el atropello
cometido en aquel patriota, manifestándose la mina dispuesta a reventar
de un momento a otro. Puestos de acuerdo secretamente con varios
oficiales de la guarnición los ciudadanos que dirigían el movimiento, y
persuadidos de que la tropa los secundaría, resolvieron alzar el grito desde
luego, aprovechando la coyuntura que les ofreció un incidente ocurrido
el 50 de mayo. Era costumbre anual en este día celebrar la conmemoración
de San Fernando, poniendo la bandera española en los castillos y baluartes.
Este año no apareció la tal bandera, y el pueblo interpretó la omisión como
estudiada señal de menosprecio al idolatrado monarca cuyo nombre era el mismo
del Santo. Acaudillada la multitud por un sillero llamado Sinforiano
López, se dirigió al palacio del capitán general, pidiéndole por medio de
comisionados que se colocase la bandera en los sitios de costumbre , y se
hiciese volver a la ciudad el regimiento de Navarra, a quien se había hecho
salir para el Ferrol, por haber sospechado Filangieri, cuando se restituyó a
la Coruña de orden del gobierno de Madrid, que el tal regimiento se entendía
con los conjurados. El general accedió a las peticiones, pero como no por eso
se apaciguase el tumulto, se sustrajo a los atropellos que no sin motivo
temía, desapareciendo de su casa por una puerta escusada v refugiándose en el
convento de Dominicos. Biedma y el coronel Fabro, más confiados en sí mismos,
salieron por la puerta principal, quedando herido el primero y apaleado el
segundo por la gente que veía en ellos dos partidarios de Godoy, siendo
de notar que los soldados no salieron a su defensa, con lo cual acabó de
manifestarse la disposición de la tropa a secundar el movimiento.
Mientras tanto había acudido innumerable paisanaje de afuera, y unidos a
él los de la ciudad, tomaron el parque y se apoderaron de más de 40,000
fusiles. Formada una junta en la tarde del mismo día, se dió la presidencia
al capitán general, nombrándose para sustituirle interinamente al mariscal de
campo D. Antonio Alcedo. Esta junta convocó luego otra, siguiendo
la costumbre establecida para el nombramiento de los siete individuos
que componían la diputación del reino, de Galicia, la cual se renovaba cada
seis años. La insurrección quedó generalizada en toda la provincia, y si bien
el conde de Cartaojal y el jefe de escuadra Obregón, quisieron en el Ferrol
impedir el levantamiento, hubieron de desistir de su oposición por la
enérgica decisión de la tropa y del paisanaje. Diéronse inmediatamente
las disposiciones oportunas para la formación y organización de un ejército,
agregando a los cuerpos antiguos los reclutas recientemente enganchados, y
creando batallones nuevos, como el llamado Literario, compuesta en su totalidad
de estudiantes de la universidad de Santiago. Reunidos después los
diputados elegidos por las siete capitales de la provincia, instaláronse con
el nombre de junta soberana de Galicia, agregándosele el patriota
obispo de Orense, y el de Tuy, juntamente con D. Andrés García, confesor
que había sido de la difunta princesa de Asturias. Para el mayor acierto
en la parte administrativa, añadiéronse otros sujetos de conocida
inteligencia en sus distintos ramos. El arzobispo de Santiago, D. Rafael
Muzquiz, y el exministro de Gracia y Justicia, D. Pedro Acuña, intentaron
desbaratar un alzamiento que, como secuaces, del antiguo gobierno,
miraban con tedio, y con ira; pero la firmeza de la junta desbarató
sus proyectos. Esta envió a Inglaterra a D. Francisco Sangro con
idéntica misión a la que D. Andrés de la Vega y el vizconde de Matarrosa
habían llevado de Asturias. El entusiasmo del gobierno británico subió a
su último punto, vista la celeridad con que cundía el movimiento; y
habiendo puesto a disposición de la junta de Galicia abundantes
auxilios, le dio otra prueba de interés y de afecto, poniendo en
libertad a varios prisioneros españoles, y enviando a la Coruña a Sir
Carlos Stuart, primer diplomático inglés que con carácter de tal hubo, en
España después de nuestra último rompimiento, con aquella nación.
Para ser completamente glorioso el
levantamiento de Galicia, no le faltaba otro, lauro sino el de haberse
evitado en él los excesos que casi siempre acompañan a las grandes
agitaciones. Desgraciadamente hubo algunos que empañaron su lustre, señalándose
entre todos el asesinato cometido en la persona del capitán general
Filangieri, de cuyo triste suceso, ocurrido el 24 de junio, hablaremos en
otro capítulo.
Antes que Galicia se alzase, y al mismo
tiempo que se trabajaba en Asturias para dar feliz cima a la empresa
paralizada desde el día 9, recibía la causa de la independencia nacional
otro de sus más robustos apoyos en el norte de la Península. Hablamos de
la capital de Aragón, de la ínclita y sin par Zaragoza, destinada a
reproducir y exceder en los primeros años del siglo XIX los milagros de
valor, de tenacidad y heroísmo, con que tanto ilustraron su nombre las
antiguas, Numancia y Sagunto. La profunda impresión que la catástrofe
del 2 de mayo había producido en aquella ciudad , el ansia con que sus
habitantes se agolpaban a la casa de correos a saber qué nuevas traía,
el despecho con que, reunidos en los corrillos, se comunicaban las especies
que sucesivamente iban adquiriendo, todo indicaba una conflagración
inminente, sin que fuese posible contenerla. Sabido el atentado de
Bayona, y no cabiendo ya la menor duda acerca de la arbitrariedad con
que Napoleón se erigía en dueño de la nación española, amotinóse el pueblo el
día 24, a los pocos momentos de la llegada del correo que tan tristes
noticias había traído. Era capitán general de Aragón D. Jorge Juan de
Guillelmi, y las gentes desconfiaban de él, tanto por su cualidad de
extranjero, como por la persuasión en que estaban de la debilidad con
que obedecía las órdenes del intruso. Acaudillada la multitud por
el practicante González y por los labradores Cerezo, Zamoral, Forces,
Grasa, Núñez y otros, entre los cuales merece señalada mención el
valiente y patriota Ibort, vecino del Arrabal, más conocido con el
nombre del tío Jorge, se dirigieron todos a la casa del capitán general
pidiéndole armas. Guillelmi se resistió a concederlas alegando la
inexperiencia de los peticionarios, si bien se manifestó dispuesto a
entregarlas a militares. Contestación como esta no era para dejar satisfecha
a una población que, amenazada del enemigo por todas partes y no
teniendo tropas a quien confiar su defensa, ella sola era la única que
podía bastarse á sí misma. Forzado el generala condescender, fue
conducido a la Aljafería, edificio situado al oeste de la ciudad, y que
habiendo sido antes palacio de los antiguos reyes de Aragón, recibió
impropiamente después el nombre de castillo. Existían en él hasta unos 25,000
fusiles, y la gente no cesaba de gritar, armas, armas. Guillelmi procuró
entretener al pueblo con estudiadas dilaciones; pero todo fue en vano.
Entregadas a los alcaldes las llaves de la armería, quedaron los fusiles a
disposición del pueblo, verificándose su distribución con el orden más
admirable. Quiso el general restituirse a su casa; pero se le contestó
quedaba allí detenido por su propia seguridad, visto lo cual, y hallándose
destituido de apoyo en el ayuntamiento , magistrados y demás autoridades,
hizo dimisión de su mando en la mañana del día siguiente. Nombrado para
sustituirle interinamente su segundo, el general Mori, congregó este una
junta en la mañana del mismo día; pero poco satisfecho el pueblo con
la equívoca conducta del nuevo jefe, y temiendo la aproximación de un
cuerpo francés de 12,000 hombres que se decía haber precipitadamente
pasado por Tolosa de Guipúzcoa sin saberse su verdadera dirección, creyó
del caso proveer inmediatamente a la primera de sus necesidades, nombrando un
general paisano suyo y de toda su confianza.
Hay en las cercanías de Zaragoza una
torre a casa de campo, llamada de Alfranca, y esa torre servía entonces de
asilo al brigadier D. José Palafox y Melci, hijo segundo del marqués de
Lazan, perteneciente a una de las más antiguas y distinguidas familias de Aragón.
Este militar que (según lo que dejamos dicho en el capítulo 11) había partido
a Bayona de orden de su jefe el marqués de Castelar, para informar a
Fernando VII acerca de lo ocurrido en la entrega de Godoy a las
tropas francesas, escapó de aquella ciudad disfrazado de labrador a los
primeros días de mayo, dirigiéndose a Zaragoza, su patria, con el
ayudante Butrón, compañero suyo en el viaje y en la misión encargada por
el marqués. Palafox entró en conferencias con los labradores del
Arrabal, y particularmente con el tío Jorge, a fin de aclarar
el alzamiento de la ciudad heroica, y hallando dispuestos los ánimos a
arrostrar la empresa, se presentó al general Guillelmi, procurando
sagazmente persuadirle que debía armar al pueblo. El general le hizo
saber que tenía órdenes de Murat para arrestarle, por las sospechas que
a los franceses infundía su desaparición de Bayona; oído lo cual por
Palafox, resolvió permanecer escondido en la dicha casa de campo, aunque
sin dejar sus tratos secretos con el paisanaje. Falto este de un jefe a
quien pudiera entregar confiadamente la defensa de la ciudad y la
consolidación del movimiento, volvió los ojos a su bizarro compatriota,
partiendo Jorge Ibort con su gente a la torre de Alfranca, de donde hicieron
salir a Palafox y a Butrón en la tarde del 25, conduciéndolos a Zaragoza
en un coche escoltado por los labradores armados con sus trabucos y
escopetas. Entrada la noche se entrevistó Palafox con Mori, y tuvo con él y
con otros sujetos algunas conferencias, las cuales dieron por
resultado la reunión del acuerdo en la mañana del 26, al cual concurrió
el capitán general interino. Manifestó Palafox haber salido de Bayona llevado
del designio de cooperar en Aragón al levantamiento contra las tropas
francesas, obedeciendo las insinuaciones que al efecto se le habían hecho en
la oprimida corle del joven monarca; y refiriéndose después a los deseos del
pueblo que ansiaba nombrarle su caudillo, rogó se le libertase de un
cargo que oíros podrían desempeñar con más acierto, dejándole a él la sola
satisfacción de sacrificar su vida y sus intereses en obsequio de
la patria. La respuesta del acuerdo fue el silencio; pero interrumpido
este por los entusiastas gritos del paisanaje que esperaba impaciente en la
calle el resultado de aquella sesión, y temiéndose un nuevo tumulto sino se
accedía a su anhelo, cedió Mori una autoridad que no le era posible
sostener. Quedó, pues, Palafox reconocido como suprema autoridad de la
provincia, siendo acompañado a su casa por el paisanaje con delirantes gritos
de entusiasmo. La ambición de su elegido era santa. Palafox, general de Aragón, el joven
caudillo supo corresponder dignamente a la confianza con que sus compatriotas
le honraron. Nombrado por inspiración, según la expresión de un
escritor francés, o por instinto, como diríamos nosotros, justificó el
adagio que dice: vox populis, vox Dei. Sus conocimientos
militares eran en verdad poca cosa, y menos todavía su práctica en los
negocios públicos; pero dotado de una alma tan elevada como dócil a las
insinuaciones de la experiencia y del saber ajeno, supo
rodearse hábilmente de hombres que supliesen con la sabiduría de sus
consejos el vacío que en él se echaba de ver bajo ciertos puntos de
vista. Fueron sus mentores D. Basilio Boggiero, clérigo de las escuelas
Pías, D. Lorenzo Calvo de Rozas, y el oficial de artillería D. Ignacio
López, de quienes tendremos ocasión de hablar en el discurso de nuestra
narración. El virtuoso y célebre Jovellanos, cuya prisión acababa de
ser abierta con motivo de la exaltación de Fernando VII, llegó a
Zaragoza el 27 de mayo viniendo de Mallorca; y apreciando Palafox como
debía sus talentos y virtudes, le instó para hacerle quedar a su lado y tener
en él un digno consejero que compartiese con los demás la noble y
afanosa tarea de arbitrar en la capital aragonesa los medios y recursos más á
propósito para la defensa del país; pero el exministro anhelaba restituirse a su tierra natal, y esta tenía
indudablemente más derecho que
Aragón a servirse de sus luces y experiencia. Jovellanos permaneció en Zaragoza un solo día, saliendo el 27, después
de haber tenido el honor de ver escoltado su alojamiento en la posada de los
reyes por una sección de
escopeteros, a las órdenes del tío Jorge.
Deseoso Palafox de hacer más solemne el
levantamiento de Zaragoza, convocó a cortes el reino de Aragón, reuniéndose
en la capital el día 9 de Junio los diputados de los cuatro brazos, nueve por
el estado eclesiástico, siete por el de nobles, nueve por el de
hijosdalgo, y ocho en representación de Zaragoza, Tarazona, Jaca, Calatayud,
Borja, Teruel, Fraga y Cinco Villas, ciudades devoto en cortes. El nuevo
capitán general manifestó a la asamblea las acertadas medidas que
para la defensa del reino había tomado. Las cortes contestaron a su
oficio aprobándolo todo, y confirmando a Palafox en su cargo de capitán
general. Este había anunciado en su primera proclama a los aragoneses,
dada el 27 de mayo , que si Aragón en aquellas circunstancias no
consentía otros fueros que los suyos, Aragón sabría sostenerlos; palabras
que, rindiendo un justo tributo a las antiguas glorias del primer país que
en Europa fue libre, no por eso argüían la pretensión de hacer Zaragoza
causa aparte de la del resto de las provincias, siendo el único objeto de
Palafox manifestar con tales expresiones su disposición a acatar la
voluntad de sus conciudadanos, marchando por la senda que ellos mismos le
designasen. Las cortes hicieron justicia a la moderación del joven caudillo,
y siguiendo ellas el mismo ejemplo, procedieron a separarse después de haber
nombrado seis personas que en unión con él adoptasen los medios más
convenientes para la defensa del reino. De este modo probó la asamblea la
patriótica abnegación de todos sus individuos y la elevación de sus
miras, dirigidas todas al sostén de la causa común, sin otro interés por
su parte que el general de la gran familia-española. El instinto del bien, en
pocas partes tan desarrollado como en Aragón, hizo conocer desde luego los
inconvenientes que en tan tremenda crisis ocasionaría la reunión permanente
de un cuerpo local numeroso y deliberante, y de aquí la concentración de
la autoridad en las Seis personas de la junta, o por decirle mejor en su
presidente Palafox, depositario del poder supremo, como lo era de la noble y
honrosa confianza de sus conciudadanos. Los países más libres se ven
precisados en los grandes peligros a echarse por un tiempo dado en
brazos de la dictadura, y Palafox tuvo la envidiable satisfacción
de ejercerla en constante armonía con los sentimientos y la voluntad de
sus sometidos, cubriéndose de laureles con ellos, y abriéndose a su
frente el camino que conduce a la inmortalidad y a la gloria. Más
adelante veremos los milagros de valor y heroísmo que tuvieron lugar en
Zaragoza. Los primeros instantes de su alzamiento fueron imponentes,
terribles; pero el pueblo zaragozano supo ostentarse en ellos revestido de
toda la plenitud de su soberanía sin afrentarla con el menor exceso. La
verdadera fuerza es siempre tolerante y magnánima.
Para ser completa y unánime la insurrección de las provincias situadas a lo largo de la costa Cantábrica y al pie del Pirineo, faltaban solamente Navarra, las tres provincias Vascongadas y la siempre indomable Cataluña; pero nuestros lectores recordarán que San Sebastián y Pamplona se hallaban en poder del enemigo, sucediendo lo mismo con las plazas de Figueras y de Barcelona, siendo por lo mismo imposible, atendidas estas circunstancias, la pronta creación de un centro común que sirviese de apoyo y de punto departida al simultáneo alzamiento de aquellos belicosos españoles. La situación excepcional en que se hallaban las cuatro primeras provincias, tres de ellas reducidas en extensión, abocadas las cuatro a las puertas de Francia, y cercadas de enemigos por todas partes , pudo retardar en unas horas la explosión de la ira con que sus naturales miraban el yugo extranjero, mas no impedir el sacudimiento final cuando para ello se les ofreciese ocasión oportuna. Mientras les llegaba su vez, hubieron de limitarse aquellos valientes a proporcionar en secreto auxilios a la insurrección de sus hermanos, protegiendo y alentando la deserción de los pocos soldados españoles que existían con ellos, y haciendo conoceralos opresores que no tenían seguro otro terreno que el que materialmente ocupaban. Cataluña tendió una mirada a su capital, Barcelona, y no pudiendo esperar de ella la dirección del movimiento, reventando el volcán en los pueblos que, libres del yugo francés, se hallaron en el caso de obedecer al impulso de su aislado arrojo, sin detenerse en calcular los peligros. Dentro de la misma Barcelona, y a la vista del cañón de Monjuich, desgarraron sus moradores con atrevida mano los carteles fijados en las esquinas, en los cuales se proclamaba la exaltación de la nueva dinastía. Los alborotos del paisanaje ocurridos con este motivo fueron acallados por los franceses posesionados de la ciudad y de todas sus fortalezas; pero su tiro no alcanzaba a domar el belicoso ardor del resto del Principado.
Las ciudades de Tortosa y de Lérida
alzaron osadas la frente, poniéndose de acuerdo con el joven caudillo
aragonés, y recibiendo la última de mano de este un gobernador que le
dio a petición de su ayuntamiento. Manresa quemó las proclamas y bandos
del gobierno de Madrid, y Villafranca de Panadés y otros distintos pueblos se
aprestaron con igual energía a empuñar las armas. Tarragona se declaró
en insurrección el día 15 de junio. El gorro catalán fue terrible en
algunos puntos, presidiendo al desorden y a la venganza contra algunos
sujetos que el pueblo creyó desafectos a la causa nacional; lunares
desgraciadamente inseparables de las grandes conmociones políticas; pero
que no por eso hicieron desmerecer el carácter generoso y leal de
aquella insurrección sin ejemplo. Todos los pueblos de Cataluña siguieron
unos tras otros el impulso general que arrastraba a los españoles a
morir o vencer por la patria, tardando como cosa de un mes en tener
dirección el levantamiento, puesto que no fue sino a los postreros de junio
cuando reunidos en junta todos los corregimientos del Principado, quedó la
insurrección centralizada en la ciudad de Lérida , la primera donde el
pronunciamiento catalán se presentó organizado, a despecho del general
Duhesme que procuró inútilmente desde las primeras conmociones hacerse dueño
de aquella plaza, valiéndose del ardid y de la orden en que la degradada
junta de Madrid ordenaba su entrega. Cataluña, pues, se alzó toda como las
demás provincias de España; pero sucesivamente y por grados: Cataluña era un
gigante que sorprendido traidoramente en lo más profundo del sueño,
mueve primero un pie y otro pie, y después una mano y otra mano, alzando por
fin la cabeza, y revolviéndose espantoso en medio de los opresores que por
todas partes le cercan y por todas parles le embisten.
La insurrección de Valencia ofreció dos
aspectos distintos; grande, heroico y sublime el primero; horrible y
espantoso el segundo. Agitados sus naturales, lo mismo que el resto de la
Península, con las noticias del 2 de mayo y de la intriga que se tramaba
en Bayona, mantuvieron reconcentrada su ira hasta el 25 , en que habiendo
llegado a aquella ciudad la Gaceta de Madrid del 20 que
insertaba las renuncias de la real familia, no hubo ya miramiento ni
aguante que contuviese la indignación general. Reunida la gente del
pueblo en una plazuela con objeto de oír la lectura de la mencionada Gaceta, que
uno de los concurrentes se había encargado de verificar en voz alta, según
costumbre observada en los días anteriores, permaneció la muchedumbre silenciosa
e inmóvil, hasta que llegando al artículo en que se contenían las mencionadas
renuncias, no pudo reprimirse el lector, quien rasgando con furia el papel y
comunicando su patriótico furor a la concurrencia , hizo a todos
prorrumpir en gritos de execración contra el jefe de la Francia y sus
satélites, siendo un pobre vendedor de pajuelas el primero que osó
pronunciarse al grito de viva Fernando y mueran los franceses. Extendido
el eco con la velocidad del rayo hasta los íntimos ángulos de la población, y
amotinándose el pueblo por todas partes, se dirigió este en inmensa
bandada a la casa del capitán general, conde de la Conquista, quien
habiendo intentado sosegar con estudiados y apacibles discursos la
efervescencia de la muchedumbre, no hizo más que aumentar leña al fuego
y acalorar más y más los pechos palpitantes de ira. Las razones
del capitán general fueron interpretadas como eco de tibieza y desafección
a la causa pública, y el pueblo necesitaba un caudillo. Demostróles la
necesidad de tenerlo un religioso franciscano , el P. Juan Puco, hombre
fecundo, fervoroso y enérgico, idolatrado de la multitud por sus prendas , y
uno de los pocos capaces de dirigir y regularizar en aquellos primeros
instantes un movimiento tan ocasionado a degenerar en la más espantosa
anarquía. Oida por el pueblo la arenga en que tan claramente se le demostraba
la necesidad de tener un cabeza, fue elegido por tal el arengante mismo,
siendo Rico llevado en hombros á la casa de la real audiencia, sin
que le sirviesen de escusa sus reflexiones para exonerarse del cargo. Llegada
que fue al punto designado aquella procesión singular, se vio el nuevo
caudillo con los magistrados, teniendo con ellos una acalorada sesión, en que
la negativa del real acuerdo a condescender con los deseos de la
muchedumbre y la porfiada insistencia del P. Rico en llevarlos sin
dilación a debido efecto, acabó por dar la victoria a este último, siendo
nombrado general en jefe del ejército que debía formarse, el conde de
Cervellon, y adoptándose otras providencias con arreglo a las
circunstancias. Visto por el de la Conquista y por el acuerdo lo inútil de
su oposición al levantamiento, y obligados a ceder a despecho suyo, desearon
ponerse en buen lugar con el gobierno de Madrid, dándole secretamente noticia
de la rebelión, y pidiéndole tropas para sofocarla. Conducta cobarde y
menguada, que dispertó más de lo que era menester los recelos del pueblo
valenciano, uno de los más bulliciosos de la provincia, influyendo
notablemente en los horrores que sucedieron después. La muchedumbre lo
ignoró todo al pronto y se retiró tranquila a sus casas, pasando sin cuidado
la noche, mientras el arzobispo procuraba aprovechar las horas de sosiego
llamando al P. Rico, y ofreciéndole, una suma cuantiosa si abandonaba la
empresa que tan patrióticamente acababa de abrazar. Rechazó el sacerdote las
seductoras ofertas del prelado, viéndose precisado a guardarse escondido
hasta la llegada del día siguiente, en que susurrándose por la ciudad la
traición que se urdía, volvió el pueblo a conmoverse de nuevo. El
capitán de Saboya D. Vicente González Moreno, tan popular y demócrata
entonces, como furibundo absolutista después, pasó a verse con el P. Rico en
la mañana del 24, resultando de su entrevista convenir los dos en el
proyecto de enlazar en la causa común a la tropa y al paisanaje, y en el
no menos importante de asegurar el levantamiento apoderándose de la
ciudadela. Era el plan conducir al pueblo ante la casa del acuerdo
pidiendo armas; y como era natural que este contestase que no las había,
por ser realmente así, debía la muchedumbre manifestar desconfianza del
dicho, exigiendo para convencerse de la verdad se la dejase registrar la
ciudadela, donde se afectaba creer que estaban las armas. Sucedió todo
como se esperaba, concediéndose a Rico con otros ocho el permiso de
entrar en el fuerte para cerciorarse del hecho; pero entrados que fueron
estos, se agolpó el pueblo tras él, y quedó la ciudadela en poder de los
amotinados. Apoderada la insurrección de un punto tan importante, se
procedió el día siguiente a constituir una junta compuesta de sujetos de
todas clases y categorías, después de haberse declarado con toda
solemnidad la guerra a los franceses; circunstancia que acompañaba todos los
alzamientos. El pueblo mientras tanto, ocupado en mirar solamente lo
patriótico de su empresa , no había fijado la atención en los peligros
de que se hallaba rodeado, falto como estaba de armas, municiones y
pertrechos. El pueblo, como dice un elocuente escritor, no ve nunca
sino, un solo objeto a la vez, y de aquí la necesidad de dirigirle. Una
casualidad inesperada, hizo que se apresase en el Grao una
fragata francesa cargada de plomo que huyendo de un corsario inglés que
la perseguía, e ignorante del cambio de cosas que acababa de ocurrir en
Valencia, vino a guarecerse en sus playas, cayendo de este modo en poder de
los patriotas insurreccionados. La ciudad de Cartagena, pronunciada dos
días antes que la capital Edetana, suministró a esta y a todos los puntos de
la costa cuanto en ellos se necesitaba. El pueblo estaba loco de
contento al verse provisto de armas, y habiéndose sus corifeos puesto de
acuerdo con el corsario inglés de que hablamos arriba, dirigieron todo su
conato a estrechar la naciente armonía entre las dos naciones.
La escena va a cambiar ahora. Aquel alzamiento sublime y no manchado todavía con ningún delito, estaba destinado a ofrecer el aspecto más horroroso desde el momento en que se rompiesen los límites que separan al pueblo y al populacho, a la milicia y a la soldadesca, a la insurrección y al motín. El mismo día 24 falló ya muy poco para que la sangre corriese en Valencia con motivo de los siniestros rumores que habían comenzado a esparcirse, relativos a la traición meditada en silencio por los desafectos a la causa pública. Empeñado el pueblo en que se abriesen las cartas que el correo debía llevar a Madrid, y no siendo posible hacerle desistir de su empeño, fue la valija conducida a casa del conde de Cervellon, donde empezó el registro con atento cuidado. Uno de los pliegos que salieron allí era duplicado del otro que el acuerdo había enviado a la corte vituperando el alzamiento, disculpándose de lo que había pasado y pidiendo tropas contra la naciente revolución. La muerte de los firmantes era cierta si la plebe llegaba a ver claro lo que el tal papel contenía, y conociéndolo así la hija del conde que estaba presente al escrutinio, hizo pedazos aquel documento espantoso, conviniéndole en menudos trazos antes que los amotinados pudiesen leerle. Impávida aquella joven en medio de la furia que al pronto excitó su atrevida acción en los circunstantes, los impuso con su misma firmeza, no osando la plebe ultrajara la que de una manera tan decidida osaba cumplir los deberes que la compasión inspira a su sexo. Libre Valencia de una catástrofe, merced a aquel acto instintivo de previsión y de arrojo , no por eso cesó la sospecha , ni se desvanecieron las prevenciones que el pueblo irritado abrigaba. El empeño de la hija del conde en ocultar el papel, decía bastante, aun cuando se ignorasen los autores , que babia una trama siniestra. En semejante estado de cosas, y con tal recelo en los ánimos, la menor sugestión de cualquiera malvado bastaba a extraviar a la multitud, armando su mano del puñal asesino. Uno de los vocales de la junta que acababa de constituirse, D. Miguel de Saavedra, barón de Albalat, era mal visto del pueblo desde que en los tumultos ocurridos en Valencia el año 1801, con motivo del intentado restablecimiento de milicias en esta provincia, mandó el tal barón hacer fuego contra la multitud , la cual se oponía tenazmente a aquella innovación, según en el tomo primero de la presente obra tenemos referido. Asustado ahora. Saavedra al considerarse blanco del antiguo resentimiento, dejó de asistirá las sesiones de la junta, ausentándose de Valencia con el doble objeto de evitar un atropello, y visitar juntamente a una dama de quien estalla enamorado. El pueblo, que sabia en
confuso la existencia de un plan dirigido a
ahogar su alzamiento, creyó que el barón era uno de los que
tramaban la intriga; y no bien dejó la ciudad, cuando empezó a
correr la voz de que había ido a Madrid a dar cuenta en persona a Murat de lo
que pasaba en Valencia. Deseosa la junta de calmar la irritación con
este motivo producida, ordenó al barón su pronto regreso, obedeciendo él
la orden inmediatamente, y saliendo del pueblo de Buñol, donde residía
su amada, para restituirse a la capital. Quiso la mala estrella de aquel
desgraciado que a tres leguas de Valencia se encontrase en el
camino con el correo que venía de Madrid. El pueblo, que se había
adelantado a recibirle, viéndole caminar con el postillón, interpretó aquel
incidente como prueba notoria, irrecusable, de lo fundado de sus sospechas.
Conducido el barón a Valencia en calidad de preso, y habiendo conseguido
llegar sin lesión por una especie de milagro, fue asesinado en la plaza de
Santo Domingo, a pesar de los increíbles esfuerzos que exponiendo su propia
vida hizo el P. Rico para salvarle. La cabeza de aquel desgraciado fue
colocada en una pica, y paseada por las calles de la ciudad con.
espantosos alaridos. Esta escena, comparada por algunos escritores a las de
la revolución de Francia, era precursora de otras que debían excederla en
ferocidad y en horror. Nosotros reservamos su relato para más adelante,
temerosos de degradar el magnífico cuadro de nuestra insurrección si lo
presentamos ahora.
El levantamiento de la parte oriental
de España había tenido su origen en el de, primera ciudad que dio el grito en
aquella costa, declarándose en insurrección el día 22. Era entonces aquella
ciudad el segundo departamento de la real armada, cuya circunstancia, y la de
ser plaza de armas, fortificada con varios castillos, reductos y fuertes, no
menos que lado disponer del puerto mejor de España, le daban la
importancia consiguiente a su posición, haciéndola ejercer un
ascendiente superior al de la capital sobre toda la provincia de Murcia.
A los motivos de irritación producida
en todas partes por los acontecimientos del 2 de mayo y renuncias de Bayona,
se unió allí otra causa que contribuyó a acelerar el alzamiento, y a hacerle
preceder al de los demás pueblos de la costa. Hacía ya bastante tiempo
que nuestra escuadra de Cartagena había salido de su puerto al mando del
comandante D. Cayetano Valdés, con dirección a las islas Baleares a fin de
pasar desde allí a reunirse con la francesa de Tulón, para hacer levantar el
bloqueo que sufrían en Cádiz las dos escuadras combinadas francesa y
española. El príncipe de la Paz en los últimos días de su mando,
desconfiando de la buena le de Napoleón, había dado a Valdés órdenes
reservadas para que demorase su estancia en Mahon, pretextando vientos
contrarios o peligros por parle de los ingleses. Quejándose después
Bonaparte de aquel retardo, hizo Godoy salir a D. José Justo Salcedo,
con la aparente misión, dice, de tomar el mando de la escuadra y de averiguar
la conducta de Valdés; pero en la realidad para sosegar el descontento del
emperador, dando a Salcedo el rigoroso encargo de no zarpar para Tulón
sin nueva orden, obrando de igual modo que Valdés lo había hecho.
Ocurrida la revolución de Aranjuez, y habiendo variado las circunstancias con
las renuncias de Bayona, expidió Murat a Salcedo la orden de realizar inmediatamente
su salida por tanto tiempo retardada, y nuestra escuadra iba a perderse
si se ejecutaba el mandato. Sabido en Cartagena lo que había por las
gentes que estaban relacionadas con la tripulación de la tal escuadra,
entendiese la alarma por toda la ciudad, cuyos habitantes se declaran en
tumulto, obligando al capitán general del departamento a hacer dejación
del mando, y poniendo en su lugar a D. Baltasar Hidalgo de Cisneros. El
cónsul de Francia corrió bastante peligro, y se vio precisado a refugiarse
en un buque dinamarqués. Nombrado gobernador el marqués de Camarena la
Real, y habiéndose erigido en junta algunas personas de distinción,
dedicáronse las nuevas autoridades a consolidar el movimiento, alentando a
los pueblos de la comarca a seguir el ejemplo de Cartagena. Constituida
ésta en apoyo de toda la costa, suministró abundantemente pertrechos y armas
a cuantas poblaciones las necesitaron, entre ellas a la ciudad de Valencia,
como ya tenemos referido. Uno de los primeros cuidados de la junta fue
enviar a Mahón al teniente de navío D. José Duelo para impedir la salida de
Salcedo, próximo a darse a la vela con su escuadra a consecuencia de la
orden de Murat; debiéndose así a la previsión de aquellos patriotas la
conservación de una armada de que tanto necesitábamos en la guerra que daba
principio. El celo de las nuevas autoridades cartageneras se dirigió con la
misma solicitud a evitar excesos; mas no pudo impedir el asesinato del
destituido capitán general del departamento D. Francisco de
Borja, muerto violentamente a manos del pueblo el día 10 de junio.
Los emisarios de Cartagena entraron en
Murcia el 24 de mayo dando vivas a Fernando VII, teniendo el placer de ver
secundadas sus excitaciones por toda la población, distinguiéndose los
estudiantes del célebre colegio de S. Fulgencio, por el entusiasmo y
ardor con que fueron los primeros en dar el grito. Reunidos el
ayuntamiento, el cabildo y la nobleza, nombraron una junta de diez y
seis individuos de los de más valía en la ciudad, siendo uno de ellos el
célebre ministro de Carlos III y Carlos IV, conde de Floridablanca. Dióse el
mando de las tropas al coronel de milicias, D. Pedro González de Llamas,
y se adoptaron las medidas oportunas para armar y defender la provincia, no
habiéndose tenido que lamentar en ella los excesos que en otras partes,
salvo el asesinato del corregidor de Villena y algún otro de los sujetos
que el pueblo miraba con ojeriza.
En el alzamiento de España fue el valor uniforme y unánime, sin que el heroísmo de los pueblos los diferenciase entre si como las costumbres y el clima. La llama de la insurrección prendió en las palmeras del Mediodía con el mismo fervor que en las hayas del Norte, en las flores del jardín de Valencia y en los eriales de Extremadura. «¿Será, dice Byron, que haya la virgen española colgado vanamente de los sauces su guitarra condenada al silencio? Olvidando su sexo se ha vestido la cota de malla de los guerreros, y participa de sus peligros, y canta el himno de las batallas. Aquella a quien antes cubría de palidez la vista de una herida, y a quien helaban de terror los lúgubres chillidos de las nocturnas aves, mira ahora a sangre fría el brillo de los sables y la movediza selva de las bayonetas; y tropezando sus pies con los moribundos soldados, se adelanta con el paso de Minerva hasta los sitios a que Marte mismo no osaría llegar.» Estas palabras del poeta inglés,
citadas tan oportunamente por el autor de la historia de la vida y reinado
de Fernando VII de España, cuadran con particularidad a la antigua
Bélica, a la mórbida y bella Andalucía.
Siguiendo nosotros la costa del
Mediterráneo, nos limitaremos a hablar del alzamiento de Granada,
dejando para después los de Sevilla, Córdoba y Jaén, sometidas a una
sola junta para resistir la opresión. Granada obró por sí sola y con independencia
en un principio de toda otra autoridad, que no fuese la suya propia.
Llena de inquietud y desasosiego como las demás capitales de España,
reprimió esta ciudad su indignación hasta el 29 de mayo, en que habiendo
entrado por sus calles un emisario de Sevilla con pliegos de su junta, y
dado el grito de alarma, comenzó a ponerse en movimiento la población
cercando al recién venido, y dirigiéndose con él a la casa del capitán
general D. Ventura Escalante. Deseoso este de calmar la conmoción que
empezaba a notarse, y no sintiendo en su alma el valor necesario para
decidirse a adoptar una resolución decisiva y capaz de satisfacer al pueblo,
determinó halagarle al día siguiente, llevando en triunfo por las calles el
retrato de Fernando VII, saliendo él en persona al frente de una ostentosa
cabalgata, y limitando a esta demostración su deferencia a los votos
públicos. Estos no podían quedar satisfechos con aquella sola señal, y
así fue que amotinándose el pueblo y dirigiéndose nuevamente a la casa
del capitán general, manifestóle sin rodeos su anhelo de que se nombrase una
junta, a cuyo cargo estuviese el gobierno de la ciudad y de toda
la provincia, como se había hecho en otras partes. Esta exigencia, hecha
en nombre de los habitantes por un monje Gerónimo llamado el P. Puebla,
fue acompañada con el clamoreo de los amotinados que pedían armas; visto
lo cual por Escalante, hubo de ceder mal de su grado, procediéndose en
consecuencia a la instalación de la junta, cuya presidencia le fue deferida.
La nueva autoridad dio principio a sus funciones, adoptando las oportunas
medidas para proceder al armamento, siendo tal el entusiasmo de los
granadinos , que fue preciso cerrar el alistamiento y hacer retirar a
sus casas una infinidad de individuos, que por su excesivo número no
podían tener ingreso en las filas. Todos los pueblos de la provincia
rivalizaron con la capital en dar muestras de decisión por la causa
pública, ofreciendo el paisanaje sus vidas por el sostén de la
independencia, y acompañando todo el mundo sus promesas con desembolsos en
efectivo, presentados espontáneamente y con una profusión extraordinaria. La
junta confirió al gobernador de Málaga, D. Teodoro Reding, el mando de los
nuevos reclutas, y al brigadier D. Francisco Abadía, el cargo
de instruirlos y disciplinarlos. D. Francisco Martínez de la Rosa, joven
aventajado en aquella época, y catedrático por oposición a los 20 años de
edad, mereció que Granada le confiase la comisión de ir a Gibraltar a
participar al gobernador inglés la nueva de su alzamiento. El enviado
cumplió con su encargo, consiguiendo un auxilio de armas y pertrechos de
guerra, que le fueron facilitados en aquella plaza y en la de Algeciras.
Obtenidos estos recursos, formóse una división respetable que, al mando
del ya mencionado Reding, pudo hallarse desde luego en el caso de
cooperar a la común defensa, secundando los patrióticos esfuerzos de las
demás provincias andaluzas.
El encono popular sacrificó en Granada
al antiguo gobernador de Málaga, D. Pedro Trujillo, hecho arrestar por la
junta con el solo objeto de protegerle. Igual suerte sufrieron el corregidor
de Vélez Málaga y D. Bernabé Portillo, víctimas del furor de la multitud,
instigada por algunos malévolos. Un fraile llamado Roldan, procuraba incitar
a la plebe a cometer nuevos atentados; pero estos no tuvieron lugar gracias a
la firmeza de la junta y al modo misterioso y terrible con que juzgó del
caso restablecer el orden público. Achacábase a tres negros el asesinato
de Trujillo, y una mañana amanecieron los tres colgados en la horca, después
de habérseles quitado la vida en la cárcel. Los autores de los otros dos
asesinatos fueron ajusticiados también, siendo colgados en el patíbulo
nueve de ellos, cubiertas con un velo sus cabezas, para hacer así más
profunda la impresión de aquel espantoso espectáculo. El fraile Roldán fue
enviado a presidio.
La nueva del sangriento 2 de mayo se supo en Badajoz el día 4 por conducto del alcalde de Móstoles, de cuyo personaje hablaremos en otro lugar, viéndose en breve toda la provincia de Extremadura, situada al Occidente de España, agitada convulsivamente al mismo tiempo que el Mediodía. El conde de la Torre del Fresno, gobernador y capitán general de la provincia extremeña, notando la fermentación del paisanaje y de la tropa que guarnecía la capital, quiso corresponder dignamente al aviso que acababa de recibir ; y avistándose con el general Solano, jefe de las tropas españolas que habían vuelto de Portugal, convocaron a junta a las autoridades principales, dando una proclama contra los franceses con fecha del 5, y resolviendo que las tropas estuviesen dispuestas para acudir, si fuese preciso, al socorro de la capital del reino. Al mismo tiempo fue enviado a Lisboa el segundo teniente de guardias walonas, ayudante del marqués de Coupigni, D. Federico Moretti, con la comisión de enterar al general Carrafa de la alevosía francesa, poniéndose de acuerdo con él para idear los medios de salvar las tropas españolas que a las órdenes de Junot continuaban todavía en Portugal. Otros comisionados partieron igualmente a Madrid y a Sevilla, siendo tan ejecutivas las disposiciones adoptadas, que no parecía sino que Badajoz quería ser la primera en alzarse contra aquellos franceses, a quienes un hijo suyo había tan imprudentemente abierto las puertas del país en el funesto y para siempre célebre tratado de Fontainebleau.
Así sucediera sin duda, a continuar los jefes militares en su primer propósito de secundar los deseos del pueblo tan patriótica y osadamente como había comenzado a verificarlo. Recibiéronse noticias de haberse restablecido la tranquilidad en la corte, cuya circunstancia, y la de haber dirigido Murat a Solano el oficio en que le ordenaba encargarse nuevamente de la capitanía general de Andalucía, hicieron que aquel jefe mirase las cosas de otro modo, cambiando repentinamente de conducta, ora fuese porque considerara imposible la resistencia a Napoleón, como nosotros creemos, ora porque le halagara la idea de medrar a la sombra del gobierno francés y de la nueva dinastía, como otros escritores han dicho. Solano partió a su destino, y Torre del Fresno, en quien las noticias últimas habían producido un cambio análogo, resolvió declararse contra el alzamiento que había intentado promover, decidiéndose por la causa del intruso con tanta energía, como pocos días antes acababa de desplegar en sentido contrario. Semejante mudanza fue en él hija de un yerro de cálculo, más bien que de traición propiamente dicha. Muchos españoles ilustres creyeron impolítica aquella guerra, y Torre del Fresno, lo mismo que Solano, participó desgraciadamente de esta persuasión poco justa. Como quiera que sea, Badajoz se vio contrariada en su ardiente deseo de alzar el pendón nacional tan pronto como había pensado; pero si el cambio de sus autoridades bastaba a retardar el movimiento no por eso era fácil que pudiese extinguir una fermentación tan violenta. Algunos patriotas, entre los cuales se contaba el después diputado y ministro D. José María Calatrava, promovían por bajo de mano el frustrado levantamiento, disponiendo poco a poco las cosas y señalando el momento de la explosión para los primeros de junio. El pueblo extremeño se anticipó a los deseos de sus directores, y un incidente casual, análogo al de la Coruña, produjo el anhelado rompimiento. Era el día 20 de mayo, y como se observase que Torre del Fresno no ordenaba hacer salvas ni enarbolar la bandera de costumbre en el día de S. Fernando, acudieron las gentes a la muralla, deseosas de saber el motivo de tan chocante omisión. Una mujer audaz se dirige a los artilleros, y echándoles en cara la inacción en que están, arrebata furiosa una mecha, y al grito de viva el rey, la aplica al oído de un cañón. Oírse el estampido, seguir los demás que debían constituir la salva, y ponerse en movimiento la población entera de Badajoz, fue todo uno. Deseoso Torre del Fresno de apaciguar el alboroto, no consiguió con sus palabras sino irritar más y más el furor del pueblo, quien viendo llegar un postillón con pliegos, y creyendo al jefe militar en tratos con los enemigos, acometen su casa llamándole traidor, le persiguen cuando ven que ha desaparecido, y alcanzándole en un cuerpo de guardia acaban con él la soldadesca y el populacho, arrastrando después su cadáver. Nombrado por aclamación del pueblo para suceder al desgraciado Torre del Fresno, el brigadier, jefe de la escuadra de artillería, D. José Galluzo, a quien cedió el nombramiento de teniente general, adoptó las disposiciones oportunas para poner la plaza en estado de defensa contra toda tentativa del enemigo, situado a corta distancia, en Yelves y en el Alentejo, a las órdenes del general Kellermann en número de 10,000 hombres, siendo solos 500 los soldados que guarnecían a Badajoz.
El cargo de gobernador de la plaza fue
conferido al teniente rey D. Juan Gregorio Mancio. Formada una junta de
veinte personas, denominada superior de Extremadura, concedió un grado sobre
los que tenían a todos los militares residentes en Badajoz, agraciándose
a otros con grados dobles y con varios honores y mercedes, cuya
profusión era evidentemente contraria a lo que en aquellas circunstancias
exigía la causa pública. La mayor parte de estos nombramientos fueron debidos
al capricho del capitán D. Ramón Gavilanes, que habiendo venido de
Sevilla a poner en conocimiento de las autoridades el levantamiento de
aquella ciudad, pretendió erigirse en supremo dictador de los extremeños,
ejerciendo sobre ellos una autoridad ilimitada y despótica. Los abusos
de su poder fueron tales, que la junta se avergonzó de su debilidad en
haberlos consentido, volviendo finalmente por su decoro, y dando fin a tan
lamentables excesos. Tras esto procedió al nombramiento de otra nueva junta,
compuesta de los sujetos más principales de la capital, de los partidos
y de varias corporaciones. A fines de junio contaba ya Extremadura con
un ejército de 20,000 hombres, que obstruyendo la comunicación de los
franceses que ocupaban al Alentejo, con los que se hallaban posesionados
de la Mancha, paralizó sus operaciones durante algún tiempo, sin que les
fuese dado entenderse para invadir Extremadura ni para avanzar hacia
Andalucía, cuya metrópoli desplegaba en aquellos momentos el poder
insurreccional más formidable. Tales fueron las importantes
consecuencias del atrevido levantamiento de Badajoz, siendo de lamentar
que una insurrección tan heroica y que tanta magnanimidad suponía, se viese
empañada con el asesinato de Torre del Fresno, y con otros dos ocurridos
en Placencia y los Santos. El orden por lo demás fue admirable.
Si Badajoz desplegó un heroísmo y una
osadía nada comunes, declarándose en insurrección contra enemigos situados
casi tocando a sus puertas, la audacia de León, provincia contigua a la de
Extremadura, y llana y abierta al acometimiento en su mayor parte, no es
menos acreedora a la distinción y al elogio. Declararse contra el
enemigo en posición tan desventajosa, era en sus habitantes lo mismo que
votarse a una muerte probable, a una ruina casi segura; pero el
patriotismo de los leoneses no les consintió vacilar. Cuando Carlos IV
confirió al gran duque de Berg la lugartenencia general del reino y la
presidencia de la junta de Madrid, quiso el intendente de la ciudad
de León publicar solemnemente en su recinto el decreto del anciano
monarca; pero habiéndose alborotado el pueblo, no osó aquel funcionario
llevar adelante su propósito, quedando desde entonces la provincia
entregada a sí misma, sin reconocer un solo instante la autoridad del
intruso. Verificado el último levantamiento de Asturias, cobró nuevo brío en
León el entusiasmo de sus habitantes, erigiéndose una junta compuesta de
individuos del ayuntamiento y otras personas, después de haber recibido
de Asturias un auxilio de 800 hombres.
Fue presidente de la junta nombrada el gobernador militar de la provincia D. Manuel Castañón, sucediéndole en el cargo a los pocos días el capitán general D. Antonio Valdés, ministro de marina en otro tiempo, y uno de los pocos que habiendo sido designados para componer la diputación de Bayona resistieron sancionar con su voto la usurpación del extranjero. Asturias prosiguió suministrando recursos a la ciudad pronunciada, dando esta principio al armamento con las municiones, fusiles y pertrechos que le fueron enviados. El entusiasmo era general, y a nadie arredraban obstáculos de ninguna especie. Aquel pronunciamiento tenía sin embargo un opositor, y opositor de cuenta, el capitán general residente en Valladolid, D. Gregorio de la Cuesta, a cuyo cargo estaba el mando militar de los reinos de León y de Castilla la Vieja. Este jefe, a quien hemos tenido ocasión de nombrar al hablar de nuestras campañas en la guerra contra la república, era un anciano respetable y patriota, adherido sinceramente a la causa nacional, en cuyo obsequio había rehusado el virreinato de Méjico, que los franceses quisieron conferirle para atraerle a su partido. Militar y hombre de gobierno, era opuesto inflexiblemente a todo lo que no fuese subordinación y disciplina, siendo contrario a los levantamientos populares por más justa que fuera la causa, y por más decidido que se hallase a sacrificarse por ella. Temiendo las consecuencias a que dan lugar los tumultos, había resuelto evitar en el vasto distrito de su mando que el pueblo alzase la cabeza, no siendo por orden suya y cuando él lo determinase; pero el instinto popular conocía las circunstancias mejor que su jefe, y sabía bien lo mucho que peligraba la salvación de la patria en esa nulidad a que este quería reducir las masas, cuando lo único que entonces cabía era moralizarlas y dirigir su empuje. La opinión es la reina del mundo, y es tiempo perdido pretender contrarrestarla cuando es decidida. León se había levantado a pesar de
Cuesta; Santander había hecho otro tanto días antes, y Valladolid se
decidió a verificarlo también, venciendo resueltamente cuantos obstáculos
pudiera oponer la autoridad militar. Un día de los últimos de mayo
alzóse a las puertas de la casa del capitán general inmensa y confusa
gritería, pidiendo el pueblo desde la calle se le armase inmediatamente
para combatir en defensa de la patria. Asomóse Cuesta al balcón, y arengando
desde él a los amotinados les aconsejó que se retirasen a sus casas y no
turbasen la tranquilidad. Reproducida la petición por los sublevados y
continuando Cuesta inflexible creyó el pueblo oportuno renunciar al
papel de suplicante y ostentar la actitud de soberano, levantando
tumultuosamente el patíbulo contra todo el que se atreviera a oponerse
a su voluntad. No habiendo medio entre acceder a las exigencias
populares y subir desde luego al cadalso, la elección no podía ser dudosa; y
Cuesta accedió finalmente, congregando una junta suprema de gobierno en
Valladolid, y permitiendo la formación de otras de armamento y defensa en las
ciudades de su jurisdicción donde había intendente , aunque reservándose
la dirección suprema de los negocios, o al menos la inspección de todas
las providencias emanadas de las tales juntas, sin consentirles el
ejercicio de la autoridad soberana con la ilimitada amplitud que en la mayor
parte de las provincias insurreccionadas había tenido lugar. Entretanto
cooperó eficazmente al alistamiento y organización de un nuevo ejército,
sacando armas y pertrechos de Zamora y Ciudad-Rodrigo, y enviando a
pedir municiones y artillería a Segovia.
El levantamiento de Valladolid fue un
estímulo para que la insurrección acabara de generalizarse en todas las
poblaciones que en los reinos de León y Castilla la Vieja no se hallaban
ocupadas por el enemigo. Fernando VII fue proclamado en algunas partes a
vista de los campamentos franceses, rayando en frenesí el entusiasmo y
la decisión en temeridad. Tal aconteció en Logroño, cuyos habitantes,
abandonados a sí mismos y sin calcular los peligros que la imprudente
explosión de su ardiente patriotismo podría acarrearles, lanzaron con
valor un grito de guerra que el general Verdier sofocó fácilmente saliendo de
Vitoria con dos batallones, a cuya pericia no pudo resistir la inexperiencia
del paisanaje riojano. Ocupada Logroño en los primeros días de junio por
el enemigo irritado, hubo allí un número considerable de víctimas,
inmoladas unas en el campo de batalla, y fusiladas otras como promovedoras de
la sublevación. La ciudad de Segovia fue atacada al propio tiempo por una
columna que, al mando del general Frere, fue enviada por Mural para
apagar la insurrección en aquel punto. Confiados los habitantes en su parque
de artillería, contestaron a cañonazos a la intimación de rendirse que
les hizo el enemigo; pero faltos de tropa, y no contando para su defensa
sino paisanos mal armados y sin disciplina, su resistencia no podía
ser de larga duración. Frere entró en Segovia el 7 de junio,
consiguiendo fugarse de la ciudad el director de la escuela de artillería,
mariscal de campo don Miguel Ceballos, a quien siguieron sus alumnos con
algunos oficiales y soldados, dirigiéndose todos con 4 piezas de campaña a la
ciudad de Valladolid, huyendo del enemigo y esperando poder combatirle a
las órdenes de Cuesta. Ajeno Ceballos de la catástrofe que le esperaba, creía
ser recibido en la capital de Castilla la Vieja con los brazos abiertos; pero
habiéndole precedido en su marcha la noticia de la rendición de Segovia,
y atribuyendo el pueblo el desastre a premeditada traición de aquel
jefe, condujéronle preso, a Valladolid, siendo acometido en una de sus calles
a los pocos momentos de entrar, y asesinado por último inhumanamente a
los ojos de su misma esposa, cuyas lágrimas no pudieron impedir que el
cadáver fuese arrastrado por las calles y arrojado al rio por último.
Entre todas las víctimas del furor popular en aquellos días, ninguna lo fue
más injustamente que esta, ninguna vertió una sangre más pura ni más
inmaculada que Ceballos. En tan horrible trance, y viendo el crudo pago que a
su patriotismo se daba, «perdónalos, padre (podía decir como Jesucristo en la
cruz): mis verdugos no saben lo que hacen.»
Este asesinato y otros varios, tales
como el de Ordoñez en Palencia, el de Ariza en Ciudad Rodrigo, y el del
corregidor de Madrigal en este último pueblo, justifican la severidad de
Cuesta en hacer las menos concesiones posibles a un vulgo tan expuesto a
extraviarse; pero como la autoridad militar hubiera hecho muy poco sin la
imponente actitud del pueblo, resultó de la pugna entre ambos verse el
general obligado a ceder lo preciso para que su obstinación no
degenerase en perjudicial a la causa pública, pudiendo la plebe quedar
bastante contenida en sus desmanes con el resto de firmeza que aquel
jefe conservó todavía , descartando de su inflexible carácter lo que
era exagerado y caprichoso.
Imposibilitada Castilla la Nueva de
tomar en la insurrección la parte activa que otras provincias libres del yugo
francés, bastaríale para su gloria la sola circunstancia de haber puesto el
reino en conflagración con su inmortal 2 de mayo, si no hubiera añadido
a los lauros de aquella jornada el de auxiliar secretamente, venciendo
inmemorables obstáculos, el heroico alzamiento de los españoles,
alentándolos con proclamas, fomentando y favoreciendo la deserción de
nuestros militares por entre las apiñadas falanges de
Murat, interceptando las comunicaciones del enemigo, aprovechando el
menor descuido de los ejércitos franceses para acometer aisladamente a sus
soldados, y prestando otros servicios eternamente acreedores a la
gratitud nacional. Espantado el gran duque de Berg al observar el espíritu de
oposición que reinaba en los castellanos sujetos inmediatamente a su férula,
calculaba tristísimamente las consecuencias a que podía dar lugar el menor
descuido por su parte; y convencido íntimamente de que en tanto podía ser
dueño de las poblaciones que dominaba en cuanto las ocupara materialmente, o
las ojeara de cerca, veíase precisado a ejercer sobre ellas la
vigilancia más exquisita, ocupando en la guarda del usurpado territorio
una porción de batallones que a ser otra la disposición de los ánimos en
el centro de la Península, hubiera podido enviar de refuerzo a otras
partes con grave peligro y apuro de las provincias insurreccionadas. Ese
cuidado, esa continua inquietud con que Castilla la Nueva fraccionaba la
atención del gran duque de Berg, haciéndole ver peligros en el radio de su misma
residencia, fue uno de los mayores servicios que las provincias
inmediatamente agrupadas en torno de la metrópoli prestaron a la causa
pública. Todos los días desertaban de las principales poblaciones, y hasta
de Madrid mismo, soldados patriotas a quienes devoraba el ansia de
sacrificarse en defensa del país, los cuales se le deslizaban a Murat de
entre las manos como por encanto, cuando más sujetos creía tenerlos. A
estas manifestaciones del espíritu público en la tropa y el paisanaje,
pudieran añadirse otros rasgos de patriotismo, los cuales ejercieron marcada
influencia en la noble actitud de las provincias. Nosotros nos
limitaremos a hablar de uno solo, al cual se debió en gran parte el
acaloramiento y la perseverancia con que abrazaron desde un principio la
causa nacional las poblaciones del Mediodía. Hablamos del célebre oficio del
alcalde de Móstoles, cuya anécdota se halla íntimamente relacionada con
el alzamiento de Sevilla, el solo reino de España que con los de Jaén y
de Córdova hemos dejado por recorrer.
Cuando tenía lugar en Madrid la
gloriosa y desgraciada jornada del 2 de mayo hallábase en el pueblo arriba
citado el fiscal del Supremo Consejo de la Guerra y secretario del
Almirantazgo, don Juan Perez Villamil. Llegada allí la noticia del trabado
combate entre las tropas de Murat y los madrileños, y exagerados
los desastres por las personas que habían conseguido escapar de la
refriega, invitó Villamil al alcalde a comunicar inmediatamente aquel
acontecimiento a las provincias meridionales de España, únicas a quienes
con menos riesgo de ser interceptado el pliego por los franceses podían
dirigirse. El alcalde no se hizo remiso y escribiendo al del pueblo más
cercano para que este lo comunicase a su vecino y así sucesivamente,
entendiese la alarma hasta los confines de España en el Occidente y el
Sur con una rapidez increíble. El oficio corrió de mano en mano, y decía así:
LA PATRIA ESTÁ EN PELIGRO,
MADRID PERECE VÍCTIMA DE LA PERFIDIA
FRANCESA.
ESPAÑOLES, ACUDID A SALVARLA.
MAYO 2 DE 1808.
ALCALDE DE MÓSTOLES
Estas palabras alarmantes llegaron a
Badajoz el día 4, como en su lugar hemos dicho, produciendo en aquella ciudad
la violenta conmoción que tenemos referida, y que secundada en un principio
por las autoridades, fue después combatida por ellas para salir airosa por
último el memorable día de San Fernando. Alarmada Sevilla en los mismos
términos con la llegada de aquella nueva que el administrador de correos de
Talavera cuidó de trasmitir a una multitud de pueblos, reuniéronse
apresuradamente los concejales a deliberar sobre la nueva situación, y
notando la indignación del pueblo, próxima a estallar, creyeron oportuno
pensar en los medios de adelantarse a la explosión dirigiéndola,
reclutando gente y tomando todas las medidas necesarias para armar y defender
la provincia. Este pensamiento patriótico quedó sin embargo en proyecto,
porque habiendo expedido la junta de Madrid órdenes a todas partes con el fin
de calmar la efervescencia que la noticia del 2 de mayo debía necesariamente
ocasionar, creyeron del caso las autoridades sevillanas contemporizar con el
enemigo, al menos durante algún tiempo, evitando a la capital andaluza
los desastres que en ella pudieran ocurrir si a imitación de la corte se
declaraba en ella un alzamiento prematuro o mal preparado. Contenido
este por la prudencia o por el cálculo en las clases superiores, quedó
paralizado igualmente en el pueblo, no ya por temor o por efecto de combinaciones
mentales que el vulgo no se toma nunca el trabajo de hacer, sino porque
estando abocada la España a nuevos y ruidosos acontecimientos, hallábanse
embargados los ánimos con la expectativa del desenlace que el viaje del rey a
Bayona podía tener. Mientras el pueblo dirigía alternativamente su vista
a Madrid y al Pirineo, juntábanse a deliberar algunos patriotas ardientes,
entre los cuales sobresalían el turbulento conde de Tilly, el padre
Manuel Gil, de clérigos menores, y un recién venido a Sevilla con el fin de
ponerla en conmoción, apellidado Tap y Nuñez. Seguros de que el pueblo
obedecería su voz cuando se proclamase el alzamiento, no lo estaban
tanto por lo que toca a la ocasión oportuna de poner sus designios en práctica.
Esperaron, pues, el instante de poder sublevarse en sazón; y mientras esta
llegaba, fomentaron cuidadosamente la irritación pública, arengando al
pueblo contra nuestros caros aliados, y encendiendo más y más cada
día las enconadas pasiones, a vista y paciencia de las autoridades,
faltas de resolución y de ánimo para contener a los agitadores. Vino al fin
la noticia oficial de las renuncias de Bayona, y subiendo entonces de
punto la exacerbación popular, como había sucedido en todas partes, conviniéronse
Tap y Tilly con sus compañeros en dar cima completa a su plan el día de
la Ascensión, 26 de mayo, a la hora del anochecer. Reunido el pueblo
tumultuosamente en el momento designado por sus directores encaminóse con
algunos soldados del regimiento de Olivenza al depósito de artillería y
almacenes de pólvora consiguiendo apoderarse de las armas con facilidad
y sin desgracia, merced a la aquiescencia de la caballería enviada para
impedirlo. Vista por la nobleza y por los propietarios la imponente y
decidida actitud del pueblo, juzgaron, y juzgaron bien, que debían unirse al
movimiento para dirigirlo. Reunidas las turbas de nuevo en la mañana del día
siguiente, y habiéndose apoderado de la casa del ayuntamiento,
abandonada por este la víspera para trasladarse al Hospital de la Sangre,
como sitio más desembarazado para deliberar, formóse una junta suprema,
compuesta de veintitrés individuos pertenecientes al estado eclesiástico
secular y regular, aá la audiencia, a la nobleza y al pueblo , entrando en ella también los generales residentes en la ciudad y algunos individuos del
comercio. El exministro de Carlos IV, D. Francisco Saavedra, que se hallaba
desterrado en Puerto-Real desde su caída, fue honrado con el cargo de presidente de la nueva junta, confiriéndose la vicepresidencia al arzobispo de
Laodicea, coadministrador del arzobispado. El resto de los vocales lo componían
personas de notable influencia en el pueblo, ora por su posición y riquezas,
ora por la veneración y el afecto con que se las miraba, siendo una de
las más notables el antes mencionado padre Gil, que encerrado por vía de
corrección en un convento de Sevilla, a consecuencia de la conspiración de
que hemos dado noticia en el capítulo VIII del tomo primero, y
ejerciendo un ascendiente singular en las masas por su elocuencia y por
considerársele víctima de Godoy, no se descuidó en tomar parte en el
movimiento, trabajando desde la oscuridad de su celda, en unión con
los demás agitadores, para llevarlo a feliz y cumplido término.
Repartidos los cargos y afanes del gobierno entre los individuos de la
junta, con arreglo a la índole, circunstancias y disposición de cada
vocal, adoptó desde luego aquella Corporación el título de junta suprema de
España e Indias, con el tratamiento de Alteza; denominación que
desagradó a las demás, y que hubiera podido dar pie a colisiones de
fatal consecuencia, a no haberse prescindido en las demás provincias de
toda consideración que no fuese la de sacrificarse en obsequio de la
patria.
La resolución de la junta sevillana al
adoptar un título tan arrogante, no fue hija de vana ostentación, ni menos
del designio de humillar a sus compañeras; fue la persuasión en que estaba de
que nadie con más oportunidad que ella podía centralizar y dirigir la
insurrección de toda España en provecho de la causa común. Rica y
opulenta Sevilla, y con una población de 90,000 almas, era la primera
ciudad del reino después de Madrid y Barcelona, ya avasalladas por el
enemigo, añadiendo a estas ventajas la de hallarse alejada del Pirineo y
en contacto o vecindad con los cuerpos de tropas españolas existentes en pie
todavía dentro de su territorio; circunstancias todas que añadidas a las
de tener a su espalda el departamento de marina de la isla de León y la
plaza de Cádiz, la única fundería de cañones de bronce española en su
recinto, y el célebre Peñón de Gibraltar, con cuyo gobernador podía avenirse,
en los confines de su jurisdicción, la hacían a propósito
para constituirse en núcleo y punto de reunión de los patrióticos
esfuerzos de las demás provincias. La junta suprema de España e Indias
aprovechó su posición y su influencia con actividad admirable, enviando
correos al capitán general de la provincia de Cádiz, al comandante general
del campo de San Roque, y a las ciudades de Córdova, Granada, Jaén, Badajoz y
otras, poniendo en su conocimiento la insurrección sevillana, e invitando a
unos y a otras a agruparse a su alrededor uniéndose á la misma causa. No
contenta con esto, despachó buques ligeros a las islas Canarias y a
América; envió comisionados a los Algarves y al Alentejo para reclamar el
apoyo del pueblo portugués; felicitó a la villa de Madrid por su heroica
tentativa de sacudir el yugo extranjero; dirigió una alocución a los
franceses, manifestándoles la afrenta que caería sobre ellos y la culpabilidad
de que se harían reos a los ojos de la posteridad, si oprimían una
nación generosa, sirviendo a un tirano que no siendo de raza francesa
les había quitado sus leyes y su libertad; prometió acoger en sus filas a los
italianos, alemanes, polacos y suizos, si abandonaban las banderas del
opresor de Europa; mandó hacer rogativas públicas extraordinarias en todas
las iglesias; hizo cerrar los teatros a causa del luto de la patria;
ordenó la libertad de los criminales que yacían en las cárceles, exceptuando
a los reos de lesa majestad divina humana; dio una amnistía a los
desertores del ejército de tierra y mar, y a los contrabandistas que en el
término de ocho días se presentasen a tomar las armas; ordenó en todas
las poblaciones de 2000 vecinos para arriba la formación de juntas
subalternas compuestas de seis vocales, bajo cuya inspección debían continuar
en el ejercicio de sus funciones las demás autoridades constituidas; y
dispuso el alistamiento de todos los mozos de 40 a 45 años a cargo de
las juntas expresadas, o de los ayuntamientos de los pueblos donde no las
hubiese, debiendo subvenirse a los gastos por medio de contribuciones
voluntarias, y recurrir en su defecto a empréstitos forzosos, o a repartos
entre los vecinos. Aumentóse un real de paga a los soldados de
línea, señalándose cuatro reales diarios, además de la ración de pan, a
los que se alistasen voluntariamente. Las compañías que se formasen con
los nuevos reclutas debían mantenerse a expensas de sus pueblos y
disciplinarse para la guerra hasta tanto que la junta suprema dispusiese
de ellos; y como quiera que los trabajos de la agricultura y de la
cosecha próxima pudieran resentirse del estado en que se hallaban las
cosas, la junta de Sevilla ordenó que no se interrumpiesen las faenas
del campo por llevar a efecto la leva. Los pueblos correspondieron a los
desvelos de la junta con su patriotismo sin límites, con una decisión la
más grande, y con donativos de inmensa cuantía, ofreciendo gustosos sus vidas
y haciendas en el altar de la patria.
Una actividad como aquella, secundada
tan espontánea y enérgicamente por las poblaciones, debía producir resultados
de consecuencia. El día 6 de junio declaró la junta suprema, en nombre
de Fernando VII y de la nación española, la guerra a Napoleón y Francia
por tierra y mar, protestando solemnemente que no dejaría las armas de la
mano hasta que el emperador restituyese a España su rey en unión con los
demás individuos de la regia familia, quedando el país restablecido en su
libertad, en su integridad y en su independencia. Tras esto dirigió al
país un escrito en el cual indicó las
medidas que era necesario adoptar para combatir con fruto al enemigo,
aconsejando evitar acciones generales; acometer a los contrarios por medio de
partidas sueltas; no dejarles descansar un momento; estar siempre sobre
sus flancos y retaguardia; fatigarlos con el hambre, interceptando sus
convoyes y destruyendo sus almacenes; cortarles toda comunicación entre
Portugal y España, y entre España y Francia; atrincherar todos los puntos que
por su naturaleza eran fuertes, y aprovechar, en fin, todos los
accidentes que en su terreno ofrece la Península para la defensa, con
sus ríos, torrentes y cadenas de montañas que por todas partes la cruzan.
Tales fueron los consejos de aquella corporación, y tal el sistema de
guerra que se siguió después, dándonos al fin la victoria sobre los
vencedores del mundo. La junta concluía observando que lejos de haber
jamás Francia reinado sobre nosotros, habíamosla nosotros dominado, no ya por
la superchería, sino por la fuerza de las armas. Encárguense, añadía, hombres
instruidos de ilustrar la opinión en las provincias sobre el
charlatanismo de las gacetas francesas, y sobre el abatimiento de los
que en Madrid se han votado al yugo extranjero : cuídese de hacer
entender y persuadir a la nación que libres como esperamos, de esta
cruel guerra a que nos han forzado los franceses, y puestos en tranquilidad y
restituido al trono nuestro rey y señor Fernando Vil, bajo él y
por él se convocarán cortes, se reformarán los abusos y se establecerán
las leyes que el tiempo y la experiencia dicten para el público bien y
felicidad; cosas que sabemos hacer los españoles que las hemos hecho
con otros pueblos, sin necesidad de que vengan los franceses a enseñárnoslo.
Dedúzcase de aquí, dice con razón el
conde de Toreno, si fue un fanatismo ciego y brutal el verdadero móvil de la
gloriosa insurrección de España, como han querido persuadir los extranjeros
interesados o indignos hijos de su propio suelo. Dedúzcase de aquí
(añadiremos nosotros) el verdadero carácter de la época en aquel
asombroso alzamiento: la independencia en primer lugar; la libertad y la
reforma en segundo: independencia que debía reconquistar el país como
primera condición de su existencia; libertad y reforma que el rey nos
otorgaría después, restituido que fuese al trono de sus mayores, merced al
heroísmo nacional.
La insurrección de Sevilla se había
verificado con el orden más admirable, no habiendo tenido que lamentarse en
medio de aquella conmoción sino el asesinato del conde del Aguila,
procurador mayor del ayuntamiento, por injustas sospechas de traición, o por
efecto de siniestra ojeriza personal, como es más creíble. Cádiz iba a
ofrecer otra víctima. Enviado a esta ciudad por la junta de Sevilla el
oficial de artillería, conde de Teba, llegó en ocasión en que los
habitantes se hallaban notablemente alarmados con la conducta
del general Solano, que habiendo salido de Badajoz para desempeñar en
Cádiz las funciones de capitán general de Andalucía, con arreglo a las
órdenes de Murat, se oponía con la misma tenacidad que en la capital de Extremadura a
todo rompimiento con los franceses. Se hablaba de combatir a los enemigos,
y helos allí, contestaba él, señalando los navíos ingleses
que se veían delante del puerto. Sabido oficialmente el levantamiento de
la metrópoli andaluza, y acosado Solano para que imitase su ejemplo, reunió
consejo de generales, en el cual se acordó dar un bando en que desaprobándose
la insurrección como temeraria, se accedía no obstante á formar un
alistamiento. De este modo pensaban Solano y los once que firmaban con
él conciliar su forzosa deferencia a las peticiones del pueblo gaditano con
la obediencia prometida a Murat. El general hizo publicar el bando de noche a
voz de pregón, con hachas encendidas y de una manera ostentosa. Irritados
los habitantes con el estudiado y capcioso lenguaje del manifiesto,
dirigiéronse en tumulto a casa de Solano, pidiendo a gritos la guerra a los
franceses. La decidida actitud de la muchedumbre impuso al capitán general,
quien no pudiendo resistir sus exigencias, prometió poner en ejecución lo que
se le pedía, reuniendo al efecto un nuevo consejo de generales para la mañana
siguiente. Hízolo así en efecto, resultando de la junta la determinación
de condescender con los deseos del pueblo. Este mientras tanto había
continuado en tumulto desde la víspera, soltando una porción de presos,
allanando la casa del cónsul francés, el cual consiguió, después de graves
peligros, salvarse en su escuadra, y apoderándose de las armas que se hallaban
en el parque de artillería, empresa que la muchedumbre realizó con
facilidad, apoyada en la connivencia de la tropa. Era deseo general
proceder inmediatamente a embestir la escuadra francesa, y como se
dijese al pueblo no ser esto posible con la precipitación que él quería, por
hallarse nuestras naves unidas todavía a las del enemigo y expuestas por
consiguiente a recibir los mismos daños que las de este, se vio en aquella
observación el proyecto de ganar tiempo en perjuicio de la causa nacional.
Embravecida la multitud, y más irritada que nunca, se dirigió de nuevo a
la casa del general con siniestra y horrible gritería. Era esto a las cuatro
de la tarde del 29, hora en que Solano estaba comiendo. La guardia se
negó a dar entrada a aquella turba furiosa, permitiéndole solo diputar tres
comisionados para hablar con el general. Uno de ellos, cuyo rostro era
muy parecido al de este, se asomó al balcón con objeto de baldar a la
muchedumbre. Creyendo los amotinados ver en él a Solano, redobló sus
gritos, visto lo cual por el comisionado y no pudiendo hacerse oir,
comenzó a hacer señas indicando al pueblo su equivocación y demandando
silencio. Ciega la multitud en tomarle por el general , interpretó sus
señas y ademanes como otras tantas negativas a la petición de guerra,
bramando de rabia los más acalorados y haciendo fuego contra la casa, a
la cual apuntaron un cañón que trajeron del parque. Se refugió la
guardia dentro del edificio; mas las puertas fueron hechas pedazos, y el
pueblo lo inundó muy en breve. El general Solano, que había conseguido
huir por la azotea y refugiarse en la casa del banquero irlandés
Strange, vecino y amigo suyo, se encontró en ella con un ex-novicio de
la Cartuja de Jerez, llamado Olaecha, quien puesto entonces al frente de los
amotinados, y sospechando que la víctima buscaría su asilo en la casa en
cuestión, se había adelantado a su entrada por otro camino. Indignado
Solano al verse delante aquel hombre, lo agarró del brazo y lo encerró
en un pasadizo, ayudándole el comandante Creach. El cartujo quería
escaparse, y no pudiendo verificarlo sino lanzándose al patio, lo hizo
por una claraboya, no fallando quien crea haber sido Solano mismo quien le
precipitó de aquella altura. Olaecha caído en el suelo y rota
una pierna, señala con el dedo el lugar donde ha sido sorprendido, y en
el cual se refugia el que todos apellidan traidor. Enfurecida la
muchedumbre se dirige a los últimos pisos, y buscando a Solano por todas
partes, consigue finalmente dar con él en el sitio en que estaba
escondido. Vanamente la dueña de la casa se esfuerza por salvar a la
víctima. Herida aquella generosa señora, y habiendo sido inútiles todos los
ruegos, se apodera la plebe del objeto de su furor, y arrancándole de aquella
guarida salen todos a la calle con él, anunciando con gritos espantosos que
van a colgarle en la horca. Solano en tan terrible trance hacia contrastar su
valor con la furia de sus enemigos, mostrando una serenidad admirable y
aquella elevación de alma que tanto le caracterizaba en los momentos
críticos. El propósito de los asesinos de ahorcar al desgraciado no pudo
tener efecto, pues antes de llegar al sitio designado cayó el general
bajo los golpes de la chusma, dando fin a su larga agonía. Catástrofe
espantosa y tremenda, con la cual espió horriblemente el delito de haber
creído imposible la resistencia al emperador. En días de revuelta y
peligro califican los pueblos de crimen la excesiva prudencia, y el fanatismo
patriótico la castiga de muerte. El pueblo gaditano confirió el mando
vacante, a consecuencia de aquel asesinato, al teniente general D. Tomas de
Morla, que habiendo ocho años antes salvado a Cádiz de los ingleses, aspiraba
ahora a merecer el mismo lauro combatiendo al emperador. Morla hizo
jurar el 51 de mayo a Fernando VII, cuyo acto se verificó con la mayor
solemnidad, presenciándolo el conde de Teba y D. Eusebio de
Herrera, comisionados de la junta de Sevilla. Esta ratificó el nombramiento
del nuevo capitán general de la provincia de Cádiz, y la junta que se
estableció en dicha ciudad se declaró dependiente de la de Sevilla.
El pronunciamiento andaluz adquiría un
punto de apoyo formidable con la cooperación gaditana, cuya primer
consecuencia fue la rendición de la escuadra francesa al mando del
contra-almirante Rosily, como diremos en otro capítulo. Córdoba y Jaén, unidas
igualmente a Sevilla, crearon lo mismo que Cádiz juntas dependientes de la
Suprema de España e Indias, siendo Granada la única provincia andaluza
que no reconoció su autoridad, creyendo más conveniente obrar aparte y
dirigirse por sí sola. Formado con actividad extraordinaria el alistamiento
del paisanaje comprendido en el territorio de su vasta jurisdicción, dio
la junta de Sevilla el mando de todo el ejército al teniente general D.
Francisco Javier Castaños, que habiendo sido requerido por Murat para
unirse a la causa del intruso, prefirió decidirse por la
nacional, sometiéndose a la junta sevillana con 9,000 hombres de tropas
regladas que tenía a sus órdenes como comandante del campo de San Roque,
suceso que llenó de alegría a los patriotas andaluces, y con el cual
recibió la causa nacional un refuerzo de inmensa trascendencia en aquella
crisis terrible. Castaños se había puesto en comunicación con el gobernador
de Gibraltar Dalrymple, solicitando la cooperación inglesa en favor de la
independencia española, mientras Martínez de la Rosa hacia otro tanto en
nombre de la junta de Granada. Vacilante el jefe inglés entre decidirse a
favor del enviado granadino y otro comisionado que le había precedido de
parte de la junta de Sevilla, adoptó la resolución de reconocer a esta
como cabeza principal del levantamiento andaluz, sin perjuicio de enviar a
Granada los recursos de que hemos hecho mención, intentando así conciliar su
deferencia a los deseos de ambas juntas con la necesidad de establecer
la unidad posible en las operaciones del Mediodía, erigiéndose para todas
ellas una sola cabeza en vez de dos. Dalrymple en tanto y el almirante
Collingwood ofrecieron su apoyo a la junta sevillana, manifestándose
dispuestos a auxiliar la insurrección, no solo con armas y pertrechos de
guerra sino con soldados también. Esta promesa, hecha por ambos jefes bajo la
suposición de que sería aprobada por su gobierno, lo fue en efecto a los
pocos días, ordenándose al general Spencer auxiliar con 5,000 hombres las
operaciones de la junta de Sevilla. El vizconde de Matarrosa y demás
comisionados del Norte de España que continuaban en Londres, habían
conseguido en toda su plenitud el objeto de su misión. El gobierno
británico atendió a la vez a Asturias, a Galicia, a Vizcaya, a Cataluña,
a Andalucía, a todo. Los insulares nos habían declarado la guerra, más que
por efecto de odio, por nuestra alianza con los franceses, sus eternos
rivales: rotas ahora las hostilidades con estos, la escena debía cambiar
completamente. Nuestra lucha con Gran Bretaña había cesado de hecho
desde la primera noticia que se tuvo en Londres acerca de la
insurrección asturiana: un mes después quedaron oficialmente
reconocidas por el gobierno inglés las relaciones de paz entre ambos
países. Los comisarios de Jorge III, al prorrogar el parlamento el día 4 de
julio, anunciaron a las cámaras la resolución que S. M. había tomado de ayudar
con todas sus fuerzas a los españoles en la noble lucha en que estaban
empeñados. El entusiasmo inglés fue sin límites. La guerra que Gran
Bretaña estaba haciendo desde 1795 la había reducido a la defensiva, sin
esperanza de tomar otra actitud en mucho tiempo. El levantamiento de España
mudaba el estado de las cosas del modo más satisfactorio para ella: el
plan de Napoleón, reducido a invadir las islas británicas sometida que fuese
la Península, quedaba minado por su base desde la insurrección de esta;
y libre Inglaterra de ese temor, podía tomar la ofensiva, decidiendo a
su favor en los campos españoles aquella sangrienta contienda. Los
comisionados españoles cerca de aquella nación, aceptaron cuantos auxilios de
armas, provisiones y dinero les fueron ofrecidos; pero nunca pidieron
soldados. Hombres, decían ellos, no hacen falta en
nuestro país, y tenían mucha razón.
Sublevadas contra el enemigo todas las
provincias de España, con la sola excepción de las poblaciones y distritos
inmediatamente ocupados por el ejército francés, acabó de coronarse la obra
del patriotismo con la insurrección de las islas Baleares, verificada en
los últimos días de mayo; acontecimiento que nos valió la conservación
de nuestras naves surtas en el puerto de Mahon, 10,000 hombres de tropa
reglada, y un estribo seguro donde poder apoyarnos si la guerra producía
reveses que nos obligasen a buscar un asilo en aquellos lugares. Más
adelante secundaron las islas Canarias el grito nacional de la
Península, ofreciéndonos otro punto de apoyo, aunque remoto, y al
cual afortunadamente no hubo necesidad de recurrir.
Todo, presentaba el cuadro más
lisonjero; todo nos halagaba a últimos de mayo y principios de junio de 1808
con la grata esperanza de poder resistir con éxito las formidables
huestes del usurpador. Una decisión tan espontánea, un levantamiento tan
unánime, un entusiasmo tan universal y ferviente, no era posible que pudieran
desvanecerse sin producir resultados. Había un peligro, no obstante, y
era la circunstancia de hallarse sometido Portugal a las tropas francesas,
habiendo nosotros contribuido a forjar su yugo con la inicua cooperación que
el degradado gobierno de Carlos IV nos había obligado a prestar para la
ocupación y despojo de aquel reino. La enemistad y antipatía con que los
portugueses habían siempre mirado a España no tenía en la época a que nos
referimos sino motivos para subir de punto; y a haber sido el emperador
más advertido, hubiera podido fomentar en el Occidente de la Península
un principio de desunión, que desarrollado oportunamente, nos habría
sido fatal. La suerte quiso afortunadamente que el que había sido ciego
respecto a nosotros, lo fuese también en los asuntos del reino lusitano.
Constante Napoleón en su sistema de despreciar los pueblos situados al
otro lado del Pirineo, y creyendo que para doblegarlos a su yugo bastaba
la fuerza material, siguió con los portugueses una política
igualmente equivocada que con nosotros; y los que en un principio nos
miraban con más animosidad y más tedio que a él, acabaron por reconciliársenos,
haciendo la debida distinción entre los españoles y su gobierno. Un país de
tres millones de habitantes no debió nunca ser gravado, como lo fue
Portugal, con una contribución de cien millones de francos, sin contar
los dos millones de cruzados que, según tenemos dicho en el tomo
primero, se le habían también exigido. Las quinas lusitanas no debieron
tampoco caer del modo deshonroso que se verificó, haciendo Junot
sucederles la bandera tricolor y las águilas invasoras, sin conservar a los
portugueses una sola señal de lo que antiguamente habían sido. El consejo de
gobierno nombrado por el príncipe regente durante su ausencia, era en
febrero de 1808 lo único nacional que les quedaba, y ese consejo fue abolido
también, sustituyendo Junot su autoridad a la de un cuerpo que hubiera
ganado mucho en conservar sometido, aun cuando solo fuese por
considerarle el país como delegado del príncipe legitimo. De este modo fue
herida la nacionalidad portuguesa con la misma falta de miramiento que
después lo fue la de España. La índole peculiar de nuestra obra no nos
permite extendernos en detalladas observaciones relativas á otro país
que no sea el nuestro; pero no siéndonos posible prescindir enteramente de
las que dicen relación a Portugal, diremos lo que consideremos absolutamente
preciso para comprender la conexión de ambas causas y el deplorable uso que
de su mal entendida ambición hizo Bonaparte en uno y en otro país. Los
errores de una cabeza tan bien organizada como la del emperador, merecen la
pena de ser considerados bajo todos sus puntos de vista; y los cometidos
en Portugal están demasiado relacionados con el buen éxito de nuestra
insurrección para que puedan ser pasados por alto.
Deseoso Junot de conservar su
conquista, y soñando con la idea de ceñirse la corona lusitana, había puesto
en práctica todos los medios más a propósito para hacer infructuosa en los
portugueses toda tentativa de levantamiento. Fortificados los alrededores de
Lisboa para tener en respeto a la capital, y diseminadas las tropas
portuguesas en diversas partes del reino para fraccionar su unión y su
fuerza, hizolas después de haber sido reducidas a menos partir para
Francia, al mando del marqués de Alorne, libertándose así de unos cuerpos
que, aunque escasos en número, podían secundar un alzamiento si la furia
popular llegaba a romper.
Varios jefes del antiguo ejército
portugués se prestaron con gusto a servir bajo las banderas de Napoleón; pero
los soldados y la generalidad de los oficiales no participaban del mismo
espíritu, y así fue que de los nueve o diez mil hombres que componían el
ejército reformado por Alorne, desertaron la mayor parte al pasar por España,
no consiguiendo el emperador reunir en Bayona sino tres mil doscientos cuarenta.
La reforma hecha por el marqués había desagradado a los oficiales
antiguos, retirándose a sus casas más de la mitad de ellos, unos por efecto
de patriotismo, otros por no haber obtenido los empleos que se
prometían. Junot mientras tanto tenía conseguido su objeto, que era reducir a
la nada el ejército portugués, privándole de existencia militar en su
territorio y diseminando a los descontentos.
Nombrado gobernador general del reino
sometido, había el general francés cuidado de centralizar en su mano todos
los resortes del poder y de la administración, erigiéndose en déspota de los
portugueses, ni más ni menos que después lo hizo Murat con los
españoles. Desconfiando de nuestras tropas que no le eran aliadas sino en el
nombre, y sospechando de ellas tanto más cuanto menos dispuesto estaba
(según las instrucciones de Bonaparte) a cumplir el tratado de
Fontainebleau, habían sus recelos subido de punto en los meses de
febrero y de marzo. Cuando a los primeros de este mes revolvía Godoy en su
mente el proyecto de retirarse a las Andalucías con la familia real,
ordenó a los generales españoles que estaban en Portugal se restituyesen
a España con sus tropas. Solano lo verificó con las suyas, y entró en
Badajoz; pero habiendo ocurrido la revolución de Aranjuez y subido
al trono Fernando, las tropas de Carraffa, acantonadas en Lisboa, no
tuvieron tiempo para realizar su traslación, por haberse dado
contraorden de parte del nuevo gobierno. Los soldados que, a las órdenes
del general Taranco, muerto el 18 de enero, se habían acantonado en Oporto,
comenzaron a pasar el Miño en virtud de las órdenes de Godoy; pero
habiéndoles llegado la contraorden expresada, volvieron a entrar en Oporto,
continuando Solano en Badajoz, por no haber creído Junot oportuno hacerle
volver, contentándose con que le enviase cuatro de sus batallones, los
cuales fueron destinados a Setúbal. Pocos días después ocurrió la salida
de Fernando para Bayona, seguida de la traslación de Godoy, Carlos IV y
María Luisa a la misma ciudad. La expectación en que los españoles quedaron
aquellos días con tantos motivos de alarma, coincidió en Portugal con la
noticia que poco antes había comenzado a cundir entre sus naturales, de que
Napoleón pensaba fijar su suerte dándoles un rey liberal que unos creían
seria Luciano Bonaparte; otros el príncipe Eugenio, virrey de Italia;
otros el mariscal Lannes, y otros finalmente Junot, que a la circunstancia de
estar nombrado gobernador general del reino, añadía más recientemente la
de haberle conferido Napoleón el título de duque de Abrantes. La idea de
restablecer la monarquía lusitana, purificándola de los abusos del
antiguo régimen, aun cuando fuese bajo un monarca napoleónico, tenía en
Portugal partidarios, pues si bien no creían satisfactoria a su nacionalidad
la erección de una dinastía extranjera, la preferían no obstante a la triple división
intentada según lo convenido en el tratado de Fontainebleau, tratado
que, aunque Junot encargó a los generales españoles lo tuviesen secreto,
había confusamente llegado a conocimiento del público. En semejante estado de
cosas llegó a Bayona una diputación portuguesa a felicitar a Napoleón. El
emperador la recibió afablemente el día 16 de abril de 1808, prometiendo
conservar la independencia de Portugal, sin desmembrar su territorio, ni
menos agregarlo a España. Contentos los enviados portugueses con tan buena
acogida, dirigieron un manifiesto a sus conciudadanos, expresándoles la
satisfacción de que se hallaban poseídos, y haciéndoles entrever la
posibilidad de un porvenir venturoso bajo el amparo tutelar de Bonaparte, a
cuyas órdenes no titubeaban los firmantes en someterse, creyéndose ligados al
imperio francés con más motivo que a la casa de Braganza, la cual había
desamparado el reino trasladándose al Brasil, y abandonando sus dominios
de Europa a merced del primer ocupante.
El manifiesto de la diputación fue en
Portugal tan bien recibido, que se celebró en las ciudades con evidentes
señales de alegría. Si Napoleón entonces hubiera sabido explotar el
espíritu público lusitano, tal vez hubiera encontrado un apoyo en aquel país
contra la insurrección española. ¿Qué momento más oportuno que aquel
para restituir a los portugueses las insignias y trofeos de su antigua monarquía,
para abolir la impolítica contribución de guerra con que los tenía
abrumados, y para darles, junto con un monarca elegido por él, una
representación nacional que hiciese pasar como desapercibida la usurpación al
abrigo de la reforma? Nada de esto, sin embargo, se hizo; nada se puso
en práctica de lo que podía confirmar a los descendientes de Vasco de
Gama en las halagüeñas esperanzas que habían empezado a concebir. En vez
de convocar Junot las cortes del reino como las clases ilustradas deseaban,
se contentó con reunir la llamada junta de los tres estados,
emanación degenerada del antiguo sistema político, y que nada podía
significar a los ojos del país, hallándose aquella corporación
incompleta, y siendo preciso llenar las plazas que la emigración de la
alta nobleza habla dejado vacantes, con doce diputados nombrados al
efecto por el mismo Junot. Esta junta dirigió a Bonaparte una humilde y
abyecta súplica, en la cual pordioseaban sus individuos el honor de ser
comprendidos en el número de los fieles vasallos del emperador, y aspirando a
regir los destinos de los portugueses si este lo consentía, dejaban al
arbitrio de S. M. I. el otorgamiento de la petición, declarando que en el
caso de no tener a bien concederla, se atreverían a pedirle un príncipe
de su elección, a quien se confiase la defensa de las leyes, de
los derechos, de la religión y de los más sagrados intereses de la
patria.
Esta representación disgustó a todos
los patriotas portugueses, los cuales se hallaban dispuestos, en el abandono
en que el príncipe regente los había dejado, a transigir con la necesidad de
reconocer en buen hora un protector en Bonaparte; pero afianzando esa
protección con garantías solemnes. Con este designio habían secretamente
redactado algunos de ellos una constitución liberal, y el magistrado popular
José de Abreo Campos, tonelero de profesión, se encargó de presentarla
al guerrero del Sena, protestando enérgicamente contra la abatida petición de
la junta de los tres estados. Nada hubiera ciertamente perdido Napoleón
en hacer a Portugal concesiones que tan imperiosamente exigía la opinión
pública; pero esto se oponía al sistema imperial, y el jefe de Francia
quería mandar en todas partes sin cortapisas de ninguna especie. El general
Junot, que por su roce con los portugueses debía conocer, mejor que su amo,
cuán oportuna podía ser en aquellas circunstancias una política
tolerante y flexible, olvidó lo mismo que él cuanto obligan las
circunstancias a transigir con los pueblos. Ofuscado con la esperanza de
empuñar el cetro portugués quería tal vez ser monarca absoluto; y
absorto al ver un papel en que se osaba consagrar la igualdad de los derechos,
la libertad de la prensa, la tolerancia religiosa y la representación
nacional, hizo desterrar de Lisboa a cuantos sospechó haber
contribuido al proyecto de constitución, haciendo llamar al cuartel
general al patriota Campos, a quien reprendió duramente, convirtiéndole con
sus invectivas en uno de los enemigos más encarnizados del nombre
francés. Desvanecidas con este y otros hechos las esperanzas que
Portugal había empezado a concebir, volvió nuevamente el encono a apoderarse
de los ánimos; siendo tal el estado de las cosas cuando las provincias
de España se declararon en insurrección.
Este grito de guerra lanzado de lo
íntimo de nuestras entrañas en repulsa de una injuria cruel y en defensa de
nuestra nacionalidad, no podía menos de hallar eco entre nuestros
vecinos, víctimas de la misma ambición, heridos igualmente en su orgullo,
y desahuciados de todo remedio si no se apresuraban a aprovechar la ocasión
que nuestros alzamientos les ofrecían para hacer pedazos el yugo.
Entonces hubiera querido Napoleón haberse hecho más amigos de los
portugueses; pero no era tiempo ya de enmendar el yerro. La irritación con
que estos nos miraban al considerarnos instrumentos de su opresión, iba a
desvanecerse desde el momento en que saliendo nuestras tropas de
Portugal para restituirse a su patria, pudiesen apreciar debidamente
tan plausible cambio de cosas. Los españoles dejaban de ser sus enemigos,
y abandonado el territorio por ellos, no era ya Junot bastante fuerte
para medirse con una población de tres millones de habitantes, siendo tan
escasos en número los soldados de que podía disponer. La reconciliación
con nosotros era consecuencia precisa: España y Portugal no debían ni
podían formar en aquellos momentos sino una sola e idéntica causa.
Cuando vio Bonaparte el efecto que la catástrofe del 2 de mayo y las renuncias de Bayona producían en los españoles, hizo salir de Portugal cuatro mil hombres de los de Junot con dirección a Ciudad-Rodrigo, a fin de apoyar las operaciones del mariscal Bessières, ordenando igualmente la marcha de otros cuatro mil que debían reunirse a Dupont, el cual tenía el cargo, como veremos después, de sofocar la insurrección de Andalucía. La primera de estas dos divisiones salió de Almeida a principios de junio, al mando del general Loison, quien llegando a la frontera intentó apoderarse de nuestro fuerte de la Concepción, recurriendo al ya gastado ardid de ofrecer al comandante que lo guarnecía algunas compañías que contribuyesen a su defensa en unión con nuestros soldados. Rechazada la oferta por el jefe español, se vio este sin embargo en precisión de abandonar aquel punto la noche siguiente, no siéndole posible mantenerse en él por el escaso número de sus tropas. Refugiado en Ciudad Rodrigo, cuya plaza se hallaba insurreccionada como toda la provincia de Salamanca, dio el grito de alerta a los patriotas insurgentes; y Loison, que no tenía orden de penetrar en aquella ciudad sino en el caso de poderlo hacer fácilmente, se vio precisado a detener su marcha, vista la alarma que reinaba por aquella parte. La segunda división que debía penetrar en España estaba reunida en el Alentejo, al mando del general de brigada Avril, y tenía orden de dirigirse a Mértola con una batería de diez piezas, bajando después embarcada por el Guadiana hasta situarse delante de Alcoutim, donde Dupont debía comunicarle nuevas órdenes. Enviado para preparar el embarque el jefe de batallón de ingenieros Girord de Novilars, hicieron fuego sobre él los españoles insurreccionados de S. Lúcar del Guadiana, señal cierta de que el alzamiento andaluz se hallaba extendido hasta las fronteras de Portugal, viéndose Avril precisado a desistir de su empeño en pasar adelante. La Extremadura española se había alzado también, y toda comunicación con los ejércitos franceses de España y Portugal se hallaba interceptada en aquella frontera. Desplegando la junta de Badajoz una actividad proporcional al peligro en que se veía teniendo los franceses a sus puertas, había puesto la plaza en estado de defensa y comenzado a establecer un campamento cerca de S. Cristoval a las órdenes de Galluzo. Hecho un llamamiento por ella a los militares portugueses que lamentaban en silencio la triste suerte de su país, salieron estos de varios puntos del Alentejo, y corrieron de todas partes a Badajoz. Cuando así obraban los soldados del reino vecino, ¿qué no podía esperarse de los soldados españoles existentes en Portugal? El primero que dio el ejemplo de la deserción fue un escuadrón de húsares de María Luisa. Ciento treinta hombres del regimiento de voluntarios de Valencia se escaparon también de Setúbal huyendo con su bandera, siendo vano el empeño del general Graindorge en perseguirlos y hacerlos volver atrás. Era contagioso el ejemplo de estas deserciones parciales, y bien pronto iban a ser seguidas de una defección completa.
Los diez mil españoles que a consecuencia de la contraorden del gobierno fernandista se habían restituido a Oporto volviendo a pasar el Miño, carecían de jefe propio desde la muerte de Taranco y estaban a las órdenes del general francés Quesnel. La noticia del 2 de mayo y el atentado de Bayona los había llenado de indignación, y el penetrante grito de la patria no podía pasar desapercibido entre aquellos valientes. Llenos de furor y de rabia esperaban el momento oportuno de restituirse a su país, cuando llegó a sus manos un manifiesto de la junta de Galicia en el cual se les ordenaba volver a España, trayendo prisioneros consigo a cuantos franceses pudieran coger en Oporto y en el curso de su marcha. Puestos de acuerdo los jefes principales y confiada la ejecución del plan convenido al mariscal de campo del cuerpo de ingenieros D. Domingo Belestá, oficial de mayor graduación desde la muerte de Taranco, se dirigió al general Quesnel y le hizo arrestar por su propia guardia, obligando igualmente a rendirse prisioneros todos los suyos, escasos en número para resistir la fuerza con la fuerza. A haber podido Belestá continuar en aquel punto, le hubiera sido fácil sublevar contra los franceses la ciudad de Oporto, y organizar allí un centro formidable de resistencia; pero, creyendo más oportuno obedecer la voz de Galicia que le llamaba, se limitó a reunir presurosamente los magistrados, preguntándoles qué partido querían tomar, si el de Portugal, el de España o el de Francia. El de Portugal, respondieron todos unánimes, dirigiéndose el mayor de plaza Pinheiro al castillo de San Juan de Foz, y enarbolando en él la bandera portuguesa. Los españoles entretanto partieron para
Galicia, llevándose consigo los prisioneros. Entregados entonces los de
Oporto a sí mismos, se asustaron los magistrados al considerar las
consecuencias a que podría dar lugar aquel alzamiento; y poniéndose de
acuerdo con el brigadier Oliveira da Costa, se apresuraron a renovar su
sumisión a las órdenes de Francia. La bandera nacional fue quitada del castillo
de S. Juan de Foz, sustituyéndola por las águilas imperiales, y viéndose
obligado Pinheiro a buscar su salvación en la fuga.
La población de Oporto había
permanecido pasiva en el primer levantamiento, debiendo atribuirse su
tranquilidad tanto al ex abrupto del acto como a la circunstancia de haber
sido promovido por los que poco antes se contaban en el número de sus
opresores. La calma duró muy poco. Esparcida por las provincias del Norte la
noticia del arresto de Quesnel, se apoderó el sentimiento de
independencia nacional de todas las almas, siendo la provincia de
Tras-los-Montes la primera que proclamó la restauración del príncipe regente
el 11 de junio, poniéndose al frente de la insurrección el teniente general
Manuel Jorge Gómez de Sepúlveda, hombre más que octogenario, pero decidido
patriota. La provincia de Entre-Duero-y-Miño siguió el mismo impulso
casi en su totalidad, resonando por todas partes los gritos de viva
nuestro príncipe, viva Portugal, muera Junot, muera Bonaparte. El
brigadier Oliveira da Costa que tanto había contribuido a ahogar el primer
levantamiento de Oporto, no había obrado de esta manera sino por desconfianza
en el éxito. Viendo ahora estallar por todas partes el grito de
independencia, protestó nuevamente a Junot su sumisión a Bonaparte,
escribiendo secretamente al general Belestá y pidiéndole el auxilio de
algunas fuerzas españolas, para secundar en la segunda ciudad del reino el
grito leal de los portugueses. Era su intención ganar tiempo fingiendo
adhesión a Junot, y prepararse convenientemente a la lucha demandando
auxilios a España. El pueblo se anticipó a los planes del jefe que de
esta manera pensaba, y tumultuándose el día 18 de junio con motivo de un
convoy de provisiones que iba destinado a los franceses, hízose dueño de
él y de cuantos fusiles, municiones y pertrechos de que se pudo echar mano.
Oliveira se había resistido a los deseos del pueblo por no creer todavía
llegado el momento de declararse, y atribuida a traición su conducta le
puso la turba en prisión. El mayor de plaza Pinheiro, oculto desde el
primer pronunciamiento, fue conducido en triunfo a Oporto aquel mismo dí
, victoreando el pueblo entusiasta al primer insurgente de S. Juan de Foz.
Enarbolado de nuevo el estandarte nacional, proclamó el 19 una junta suprema
compuesta de ocho individuos del clero, de la magistratura, del cuerpo
militar y otros ciudadanos, siendo su presidente el obispo de Oporto y
quedando reconocida por todo el Norte lusitano. Esta corporación puso un
empeño el más decidido en regularizar el movimiento, dando a la clase popular
el menor ascendiente posible en la dirección de los negocios, y no
excitando el espíritu democrático sino lo absolutamente preciso
para combatir con éxito a los enemigos del país. Los sacrificios
pecuniarios del comercio y el patriotismo de los naturales contribuyeron
poderosamente desde un principio a que la junta se dedicase a organizar
poco a poco un ejército nacional; pero no siendo suficientes para el
buen éxito los recursos propios cuidó de entablar desde los primeros días de
su instalación relaciones de alianza con las dos naciones más enemigas
entonces del nombre francés, enviando una embajada a Inglaterra en demanda de
armas, subsidios y tropas, y estipulando un tratado de alianza ofensiva
y defensiva con la junta de Galicia en favor de la causa común.
La defección de las tropas españolas y
el aprisionamiento de Quesnel y los suyos en Oporto, llamaron la atención de
Junot con la seriedad consiguiente a su importancia, y temiendo que la
división de Carrafa, acantonada en Lisboa y sus alrededores, seguiría al
fin el mismo ejemplo, se decidió a desarmarla inmediatamente, adoptando al
efecto las precauciones oportunas. Se componía dicha división de seis
batallones de infantería, con un regimiento de caballería y algunos
artilleros, y no era empresa fácil quitarle las armas sino recurriendo
al ardid. Meditando estaban aquellos valientes en los medios de restituirse a
su patria, cediendo a las instigaciones de los emisarios de Badajoz, Sevilla
y otros puntos, cuando el día 10 de junio les mandó Junot reunirse en
la playa, con el objeto ostensible de embarcarlos para España, a cuya
grata nueva dirigiéronse mil y doscientos de ellos al punto designado.
Pero ¿cuál no fue su sorpresa cuando al llegar al Terreiro do Pazo se
vieron cercados por tres mil franceses, que asestaban contra ellos la
artillería? Preciso les fue resignarse a su suerte y deponer las armas. El
resto de la división quedó desarmada igualmente por medios análogos, siendo
unos sorprendidos en sus casernas, y otros en el curso de las marchas
combinadas que se les hizo hacer para separarlos entre sí, no habiendo
conseguido escaparse sino algunos centenares de hombres del regimiento
de Murcia, y un número escaso de húsares de María Luisa. Ejecutado el
desarme en 24 horas, fueron destinados a los pontones del Tajo, y
vigilados por las naves de guerra francesas. Permitióse a los oficiales
quedar prisioneros bajo palabra de honor en Lisboa; pero habiendo
faltado algunos de ellos a su compromiso, fue el resto de los demás
condenado a sufrir la misma suerte que los soldados.
Libre Junot del temor que le habían
inspirado los españoles agrupados en torno suyo, quedábale todavía el no
menos fundado de una insurrección general en los mal sometidos
portugueses. La facilidad con que se había calmado el primer
levantamiento de Oporto no bastaba a inspirarle confianza en el porvenir siendo más que probable que el fuego de la
insurrección encendido en España se propagase con rapidez por toda la extensión
de Portugal. Envió por lo mismo emisarios a todas las provincias,
eligiendo para ello a los portugueses más influyentes en los principales
distritos, y dándoles la comisión de recomendar a sus conciudadanos la
tranquilidad y la paz. Deseoso de desbaratar la influencia que los repetidos
levantamientos españoles pudieran ejercer en aquel país, procuró sagazmente
excitar la animosidad de los portugueses contra nosotros, haciendo
escribir, publicar y decir en todas partes que el levantamiento de
España era efecto de no haber querido Napoleón consentir en la desmembración
de Portugal. Los españoles (decían los satélites de Junot) quieren dividirse
el territorio lusitano entre ellos, Godoy y la reina de Etruria; y al
ver a Napoleón decidido a conservar su independencia y antiguo brillo a la
sombra de un nuevo rey, se han alzado contra este proyecto. Esta especie
insidiosa que tan buenos efectos hubiera podido producir a haber adoptado
Napoleón otra política desde el primer día de la invasión, era inútil en
circunstancias como aquellas, hallándose los portugueses desengañados de
lo que podían esperar en un hombre que tan mal los había tratado. Junot,
pues, predicó en desierto; y el segundo alzamiento de Oporto y el de
todo el Norte portugués, vino en breve a mostrarle lo infructuoso de tan mal
estudiado recurso. El general Loison, que había salido de Almeida el 17
de junio con el fin de mantener en la obediencia todo aquel territorio,
quedó espantado al mirar erizadas de armas las provincias de
Entre-Duero-y-Miño , viéndose precisado a repasar el Duero para evitar
una ruina completa a manos de los insurgentes. La retirada de Loison
alentó a los patriotas, y mientras el paisanaje acaudillado por un fraile de
predicadores le obligaba a restituirse a Almeida, otro fraile marchaba a
Coimbra sublevando aquella ciudad contra los franceses. Puestos los
estudiantes de la universidad al frente de la insurrección, propagóse esta
con rapidez en una buena parte de la Beira, quedando enarbolado el estandarte
del príncipe regente en sus más importantes poblaciones. Pocos días antes
había resonado también en los Algarves el grito sacrosanto de la patria,
siendo el pueblo de Olhá el primero en lanzarlo, y poniéndose al frente
del levantamiento el coronel López de Sousa. Pronunciada después la ciudad de
Faro, constituyóse en ella una junta, la cual condujo prisionero a las naves
inglesas al general francés Maurin, nombrado por Junot para tener en
respeto aquella provincia. Hallándose enfermo dicho jefe cuando estalló
la insurrección, y viéndose imposibilitado de reprimirla por sí, dio la
misión de verificarlo al coronel Maransin, siendo el resultado tener este
que restituirse al Alentejo, donde alzaron también la cabeza los insurgentes
de varias poblaciones, sin que a pesar del Saco de Beja y otros escarmientos
iguales, consiguiesen Avril y Kellerman, posesionados de dicha provincia,
asegurar el orden de un modo sólido y permanente. Junot y sus satélites se
hallaban confusos y absortos al verse cercados de enemigos por todas partes,
sucediendo en Portugal lo mismo que en España, no tener los franceses
seguro otro terreno que el que pisaban.
Más adelante veremos los progresos de
la insurrección portuguesa hasta la evacuación del reino lusitano por los
imperiales. Allí como en España hubo también sus excesos contra los que
el convencimiento o la suspicacia popular calificaba de desafectos a la causa
de su independencia. Nosotros pasamos por alto una porción de pormenores
que ni conducen a nuestro propósito, ni pueden ser referidos en una obra cuyo
fin es ocuparse principalmente en nuestros sucesos. Si hemos sido algún tanto
prolijos en la reseña que acabamos de hacer, la razón de nuestra
conducta es patente: el relato del alzamiento peninsular y de los
errores de Napoleón quedaría incompleto sin estas nociones indispensables; y
habiendo hablado en el tomo anterior de la iniquidad cometida por el
gobierno de Carlos IV contra la nación lusitana, hubiera sido injusto omitir
en el presente el modo con que el pueblo español la reparó, poniendo a
Portugal en el caso de aprovecharse de nuestros alzamientos y de la
defección de nuestras tropas, sin lo cual habrían sido allí infructuosas
las patrióticas tentativas de sus naturales para sacudir el yugo
extranjero.
De este modo se alzó la Península desde
el Pirineo hasta Calpe, y desde el uno hasta el otro mar. La historia no
refiere otro ejemplo de sacudimiento tan pronto, tan universal y
espontáneo. Alzadas a un mismo tiempo casi todas las provincias de España,
ninguna de ellas esperó para decidirse la resolución de las otras; ninguna se
paró a meditar los desastres a que se exponía; ninguna dejó de responder al
grito de la patria en la manera que le fue posible, siendo en todas
igual el entusiasmo, idéntico en todas el odio a la opresión, y una y
acorde la voz que lanzaron, al modo que herida una cuerda responden a la vez
las demás que se hallan con ella al unísono. ¿Cómo no entusiasmarse a la
vista de un cuadro tan asombroso, y que más que real y efectivo parece
epopeya inventada por la imaginación o leyenda que debe su será una mente
exaltada y patriótica ? Ese cuadro ha sido no obstante, objeto de
invectivas y encono, ya que no lo ha podido ser de menosprecio; y a
guiarnos por lo que han dicho algunos escritores maldicientes o menos bien
informados de nuestras cosas, creyérase que aquella insurrección no fue
hija sino del fanatismo clerical y frailuno, o efecto obligado y raquítico de
las intrigas de la Gran Bretaña. El conde de Toreno, con cuyas opiniones
y asertos no siempre nos verán de acuerdo nuestros lectores, combate de un
modo tan victorioso los yerros en que acerca del particular se ha incurrido,
que ni nos es posible dejar de convenir con él en este punto, ni menos
podríamos aspirar a sustituir con éxito nuestras reflexiones a las
juiciosísimas suyas, en refutación de tan groseras equivocaciones.
«Entre estas, dice, se ha presentado
con más séquito la de atribuir las conmociones de España al ciego fanatismo y
a los manejos e influjo del clero. Lejos de ser así, hemos visto
como en muchas provincias el alzamiento fue espontaneo, sin que hubiera
habido móvil secreto; y que si en otras hubo personas que aprovechándose del
espíritu general trataron de dirigirle, no fueron clérigos ni clases determinadas,
sino indistintamente individuos de todas ellas. El estado eclesiástico cierto
que no se opuso a la insurrección; pero tampoco fue su autor. Entró en ella
como toda la nación, arrastrado de un honroso sentimiento patrio, y no
impelido por el inmediato temor de que se le despojase de sus bienes.
Hasta entonces los franceses no habían en esta parte dado ocasión a
sospechas, y según se advirtió en el libro segundo, el clero español
antes de los sucesos de Bayona, más bien fue partidario de Napoleón que
enemigo suyo, considerándole como el hombre que en Francia había restablecido
con solemnidad el culto. Por tanto la resistencia de España nació de odio
contra la dominación extranjera; y el clérigo como el filósofo, el militar
como el paisano, el noble como el plebeyo se movieron por el mismo
impulso, al mismo tiempo y sin consultar generalmente otro interés que
el de la dignidad e independencia nacional. Todos los españoles que presenciaron
aquellos días de universal entusiasmo, y muchos son los que aún viven,
atestiguarán la verdad del aserto.
«No menos infundado, aunque no tan
general, ha sido achacar la insurrección a conciertos de los ingleses con
agentes secretos. Napoleón y sus parciales que por todas partes veían o
aparentaban ver la mano británica, fueron los autores de invención tan
peregrina. Por lo expuesto se habrá notado cuán ajeno estaba aquel gobierno
de semejante suceso, y cuánto le sorprendió la llegada a Londres de los
diputados asturianos que fueron los primeros que le anunciaron. Muchas de las
costas de España estaban sin buques de guerra ingleses que de cerca observasen
o fomentasen alborotos, y las provincias interiores no podían tener relación
con ellos ni esperar su pronta y efectiva protección; y aun en Cádiz, en
donde había un crucero, se desechó su ayuda, si bien amistosamente, para
un combate en el que por ser marítimo les interesaba con más especialidad
tomar parte. Véase, pues, si el conjunto de estos hechos dan el menor indicio
de que Inglaterra hubiese preparado el primero y gran sacudimiento de España.
«Mas aun careciendo de la copia de
datos que muestran lo contrario, el hombre meditabundo e imparcial fácilmente
penetrará que no era dado ni a clérigos ni a ingleses, ni a ninguna otra
persona, clase ni potencia por poderosa que fuese, provocar con agentes y
ocultos manejos en una nación entera un tan enérgico, unánime y simultáneo
levantamiento. Buscará su origen en causas más naturales, y su atento juicio
le descubrirá sin esfuerzo en el desorden del anterior gobierno, en los
vaivenes que precedieron, y en el cúmulo de engaños y alevosías con que
Napoleón y los suyos ofendieron el orgullo español.
«No bastaba a los detractores dar al fanatismo o a los ingleses el primer lugar en tan grande acontecimiento. Hanse recreado también en oscurecer su lustre, exagerando las muertes y horrores cometidos en medio del fervor popular. Cuando hemos referido los lamentables excesos que entonces hubo, cubriendo a sus autores del merecido oprobio, no hemos omitido ninguno que fuese notable. Siendo así, dígasenos de buena fe si acompañaron al tropel de revueltas desórdenes tales que deban arrancar las desusadas exclamaciones en que algunos han prorrumpido. Solo pudieran ser aplicables a Valencia y no a la generalidad del reino, y aun allí mismo los excesos fueron inmediatamente reprimidos y castigados con una severidad que rara vez se acostumbra contra culpados de semejantes crímenes en las grandes revoluciones. Pero al paso que profundamente nos dolemos de aquel estrago, séanos lícito advertir que hemos recorrido provincias enteras sin topar con desmán alguno, y en todas las otras no llegaron a treinta las personas muertas tumultuariamente. Y por ventura en la situación de España, rotos los vínculos de la subordinación y la obediencia, con autoridades que compuestas en lo general de hechuras y parciales de Godoy eran miradas al soslayo y a veces aborrecidas, ¿no es de maravillar que desencadenadas las pasiones no se suscitasen más rencillas, y que las tropelías, multiplicándose, no hubiesen salvado todas las barreras ? ¿ Merece, pues, aquella nación que se la tilde de cruel y bárbara? ¿Qué otra en tan deshecha tormenta se hubiera mostrado más moderada y contenida? Cítesenos una mudanza y desconcierto tan fundamental, si bien no igualmente justo y honroso, en que las demasías no hayan muy mucho sobrepujado a las que se cometieron en la insurrección española. Nuestra edad ha presenciado grandes trastornos en naciones apellidadas por excelencia cultas, y en verdad que el imparcial examen y cotejo de sus excesos con los nuestros no les sería favorable.» |
![]() |
![]() |