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SALA DE LECTURA

HISTORIA UNIVERSAL DE ESPAÑA
 

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA

 

CAPITULO VI.

Insurrección general de las provincias contra los franceses.

 

Después de tantos actos de falsedad, de tiranía y de perfidia por parte de Napoleón; de humillación, desdoro y vilipendio por la de la familia real; de flojedad, abatimiento y cobardía por la de la junta suprema y demás autoridades sumisas al usurpador, era llegada la hora en que el pueblo español ofreciese al mundo el magnífico espectáculo de su insurrección sacrosanta, de aquella guerra tenaz vigorosa, sublime, sin ejemplo en los anales de la historia, a no ser en los suyos propios. La noticia del 2 de mayo, esparcida con increíble rapidez por toda la extensión de la Península, había llevado el terror y la consternación hasta sus últimos ángulos, quedando por de pronto  España sumida en el estupor que producen las grandes catástrofes.

Bien pronto la voz de venganza anunció la reacción de los ánimos. El terror que anonada a los débiles reconcentra en los fuertes la ira, y esa ira revienta después. La inmensa muchedumbre que se hallaba en Madrid cuando las ejecuciones del 2, se componía en gran parte de los forasteros que habían venido a la capital con motivo de la exaltación de Fernando, detenidos después en su recinto por la expectación angustiosa a que habían dado lugar el viaje del joven monarca y los tristes rumores que corrían. Vista la barbarie inaudita cometida por el gran duque de Berg, abandonaron los transeúntes aquella población desolada, y restituyéndose a sus hogares, contaban los horrores que acababan de presenciar en la heroica villa, la cual se presentaba a la imaginación como otra nueva Jerusalén llorando la muerte y el cautiverio de sus hijos. Exagerado involuntariamente el relato de la desgracia en fuerza del mismo dolor, lo era también á propósito para más excitar la venganza, contribuyendo Murat a la hipérbole en el mismo sentido, con el designio de desconcertar los proyectos de resistencia redoblando el terror de las gentes. Ese peligroso resorte no correspondió a su esperanza. Recobrados los ánimos españoles de su momentáneo pavor, dieron rienda al furor y a la cólera; y al modo que la barra de metal no se dobla sino para rehacerse después, así España cedió por algunos momentos al peso de su inmenso conflicto, para levantarse más fiera, más incontrastable que nunca. Su energía fue tanto mayor cuanto más perseverante había sido su longanimidad y su paciencia. Las noticias que llegaban de Bayona, y la nueva del último atentado cometido en la regia familia, hicieron imposible de todo punto el reinado de la usurpación, no siendo sobre escombros y cadáveres. La formidable lucha que iba a empeñarse era desigual, espantosa; pero el pueblo español no pensó sino en resistir su ignominia; vio el guante que se le arrojaba, y lo alzó. Abierto el Pirineo al paso de las tropas francesas; puesta en sus manos la llave de la dominación del territorio con la ocupación de nuestras plazas fronterizas; invadidas las provincias y avasallada la capital; caído el tesoro público en poder del usurpador; falto el país de organización militar; abandonada la nación a sí misma, sin más dirección que la que ella pudiera darse..... ¿cómo esperar una resolución tan unánime, un sacudimiento tan súbito, tan universal, tan sublime, en medio de tantos elementos de desolación y de muerte? El pueblo no pesó en su balanza los inconvenientes de la lucha. Vio a su rey prisionero en las manos del emperador; violada la fe prometida; sacrificados sus compatriotas; ultrajadas sus leyes; sustituida por la de Napoleón la dinastía de sus monarcas; atacados sus usos y costumbres; su honor escupido y hollado... La cuestión desde entonces no fue ya puramente política; fue cuestión religiosa y social; fue cuestión de amor propio también, cuestión de soberbia y de orgullo; cuestión personal de decoro; cuestión que, afectando a la suerte del país en masa, cada español la hizo propia, individual, suya solo, sintiendo todo el mundo la herida que aquejaba a la patria como si cada uno de sus hijos la hubiera recibido en su seno. La guerra exigía una voz; la cuestión pedía una fórmula. Ese grito de guerra fue el rey; esa fórmula decía Fernando; esa voz de Fernando encerraba cuanto hay de más lisonjero en la tierra; independencia, libertad, porvenir, leyes, religión, patria, honra, todo lo significaba y decía... todo al menos lo que es de decir!!! Desde las montañas de Jaca hasta las columnas de Hércules, desde la Coruña a Valencia, una voz, un acento, un grito solamente se oyó: ¡Viva Fernando VII! ¡Mueran los franceses!

 

 

Fue Asturias la provincia primera en lanzar el grito de muerte contra los opresores de España. Cuna otro tiempo de la independencia nacional, cuando Pelayo se refugió en ella con las imágenes sagradas y con los tristes restos del ejército cristiano vencido en Guadalete, su destino parecía ser ahora tomar la iniciativa en la nueva y tremenda lucha que iba a empezar. D. Álvaro Florez Estrada, gobernador general del Principado, y D. José María Queipo de Llano, vizconde de Matarrosa, más conocido después con el nombre de conde de Toreno, autor de la historia a que tantas veces nos hemos referido en el curso de nuestro relato, escaparon de Madrid al otro día de su catástrofe, y llegaron el 9 de mayo a la ciudad de Oviedo, donde refiriendo las atrocidades de que acababan de ser testigos en la capital de la monarquía, comunicaron al pueblo asturiano la santa indignación de que se hallaban poseídos.

Llegado el mismo día el sanguinario bando promulgado el 5 de Mayo por Murat, decidió la audiencia territorial publicarlo, de acuerdo con el jefe militar español, y con arreglo a las órdenes dadas al efecto por el generalísimo francés. El pueblo que vio a la audiencia recorrer las calles con el expresado objeto, se amotinó contra ella y contra el comandante de armas, obligándolos a retirarse a los gritos de viva Fernando y muera Murat. Hecho esto, se dirigieron los amotinados, entre los cuales se distinguían los estudiantes de la universidad, al edificio donde celebraba sus sesiones la junta general del Principado , reunida aquel año por una coincidencia providencial desde el día 1° de aquel mes. Aquella corporación, vista la decisión popular, y oído el dictámen de varios de sus miembros, acordó por unanimidad desobedecer las órdenes del usurpador, y sostener su resolución con las armas. Esta determinación atrevida heló la sangre en las venas de algunos tímidos, desagradando con particularidad a la audiencia que, compuesta en gran parte de godoístas, no podía aprobar un acuerdo esencialmente contrario a sus intereses. Ocupada entonces en formar causa a unos cuantos asturianos que en 29 de abril anterior habían apedreado en Gijón la casa del cónsul francés por haberse .echado desde sus ventanas varios impresos contra los Borbones, era mirada con tedio de parte del pueblo, tanto por esta razón, como por la ya referida de ser la mayoría de sus individuos partidaria del antiguo gobierno. La audiencia trabajó eficazmente en ahogar la insurrección, procurando aterrar, con la perspectiva de las consecuencias a que se exponían, a algunos individuos de la junta, la cual se vio obligada a contemporizar, suspendiendo el día 15 la ejecución de las medidas acordadas el 9. El anciano marqués de santa Cruz de Marcenado que presidia la corporación, alzó entonces su voz respetable, y oponiéndose con patriótica energía a la resolución acordada, protestó solemnemente contra la paralización del movimiento, añadiendo, que donde hubiera un solo hombre alzado contra Napoleón, tomaría él un fusil y se pondría a su lado.

Sabedor el gran duque de Berg, por informes secretos de la audiencia, de lo que pasaba en Oviedo, envió al conde del Pinar, consejero de Castilla, y al magistrado poeta D. Juan Meléndez Valdés, dándoles la misión de restablecerla tranquilidad, con cuyo objeto los hizo portadores de órdenes ejecutivas que debían comunicar a la audiencia. Una de estas mandaba entregar el mando militar de la provincia al comandante general de la costa Cantábrica D. Crisóstomo de la Llave, disponiendo igualmente que se pusiesen a sus órdenes en Oviedo un batallón de Hibernia existente en Santander, y un escuadrón de carabineros que se hallaba en Castilla. Alarmados los comprometidos en los sucesos del 9 con la suerte que les esperaba, y aumentada la irritación de los ánimos con las últimas noticias de Bayona, resolvieron llevar adelante la suspendida insurrección, recorriendo en tumulto las calles casi todas las noches, y señalando la del 24, en que debía llegar a Oviedo el nuevo comandante la Llave para el levantamiento definitivo. Tomadas las medidas que se consideraron oportunas, aunque no con todo el sigilo que a ser menor el patriotismo hubiera sido posible, se designó la hora de las once de la noche para dar cima a la noble empresa, reuniéndose los patriotas a la señal que para ello debían dar las campanas de la ciudad y pueblos circunvecinos, tocando a rebato. Ese toque se retardó una hora por equivocación, quedando sobrecogidos de ansiedad los conjurados; pero oyéndose el repique a las doce, acudió cada cual a sus puntos, obedeciendo al grito de la patria. Se dirigió el pueblo a la casa de armas, y con apoyo de los oficiales de artillería comprometidos en la conjuración, se apoderó de cíen mil fusiles existentes allí, parte de ellos fabricados en Oviedo, parte hechos trasportar a aquel punto por anteriores órdenes de Godoy. Los patriotas marcharon tras esto a la casa donde estaba alojado la Llave, a quien hicieron preso, mientras otros se dirigían a sacar de las suyas a los individuos de la junta, la cual se reunió en sesión a hora muy avanzada de la noche , y agregándosele otros vocales, se declaró única y suprema autoridad del Principado, siendo nombrado presidente suyo el ya mencionado marqués de santa Cruz, quien quedó encargado igualmente del mando de las armas. Pocas horas después, a la clara luz del día siguiente, declaró la junta la guerra a Napoleón, correspondiendo el pueblo a aquel acto sublime y patriótico con repelidos y entusiastas vivas a Fernando VII. Dado ya el primer paso, faltaba adoptar las medidas oportunas para no naufragar en la empresa. Decidido el armamento de la provincia y la formación de un cuerpo de 18,000 hombres, y habiéndose adherido al levantamiento los carabineros reales y soldados de Hibernia que en virtud de las órdenes dadas por Murat se habían trasladado a Oviedo, se sacaron, de entre los últimos, varios oficiales, sargentos y cabos para la organización de la fuerza armada que la junta había decidido levantar. No bastando esto para llenar los cuadros con suficiente número de jefes, se sacaron para oficiales algunos estudiantes de la universidad, echándose mano de otras personas cuyas prendas y particular disposición las hacían acreedoras a aquella confianza. Los asturianos entretanto se apresuraban a depositar en las arcas públicas cuantiosos donativos, no habiendo sido esto lo que menos contribuyó a poner la provincia en respetable estado de defensa, viéndose en breve el país de las hayas, de los robles y el brezo erizado de armas por todas partes.

Bello el alzamiento de Asturias por haberse anunciado el primero, lo fue también por la circunstancia de no haberse manchado con sangre. Expuestos a morir pocos días después el conde del Pinar y Meléndez, en unión con el comandante la Llave, el coronel de Hibernia, Fitzgerald, y el comandante de carabineros, Ladrón de Guevara, opuestos al levantamiento, los cuales habían sido presos cuando estalló la insurrección definitiva, los salvó del furor de la multitud el canónigo Ahumada cuando ya los tenían atados a los árboles, y al grito de traidores, se disponía la plebe a fusilarlos. Agotados por aquel sacerdote inútilmente todos los medios de la persuasión, vino con el sacramento en las manos, y salvó felizmente las víctimas.

Otra de las circunstancias que hicieron importante el levantamiento de Asturias fue la resolución tomada por su junta de solicitar el auxilio y cooperación de Gran Bretaña. Nombrados para entablarlas oportunas negociaciones el ya mencionado vizconde de Matarrosa y D. Andrés Ángel de la Vega, se embarcaron en Gijón el día 30 de mayo en un corsario de las islas de Jersey, arribando a Falmouth el 6 de junio , y dirigiéndose en posta a la capital de Inglaterra. Asombrados quedaron los ministros británicos a la nueva del alzamiento asturiano, no acertando apenas a concebir cómo osaba la noble provincia inaugurar una lucha tan desigual contra las numerosas falanges del imperio. Comunicóse el asombro a las cámaras y al pueblo, prorrumpiendo todos unánimes en aclamaciones de júbilo y entusiasmo al saber resolución tan heroica. Decidido Mr. Canning a apoyar la más santa de las causas, en lo cual estaba tan interesado el provecho particular de la Gran Bretaña como la misma independencia española, manifestó a los diputados, de oficio y en nombre del rey, hallarse S. M. dispuesto a conceder todo género de auxilios a aquella valerosa provincia, haciéndolos extensivos a las demás que se mostrasen animadas del mismo espíritu. A esta declaración solemne, siguió un abundante envío de municiones, armas, vestuarios y víveres, siendo nombrado para pasar a Asturias el mayor general Dyer, acompañado de dos oficiales. La lucha trabada entre España y la Gran Bretaña durante la mayor parte del reinado de Carlos IV, cesó definitivamente desde aquellos momentos. La política inglesa se hallaba entonces de acuerdo con los sentimientos de la generosidad y de la justicia.

 

La tormenta estalló en Santander el día 26 de mayo, cuando aún no se tenía noticia del levantamiento de Asturias. El desasosiego que se notaba en aquella ciudad había llamado la atención del mariscal Bessières, quien deseoso de prevenir las consecuencias, envió desde Burgos a su ayudante general Mr. de Rigny, con pliegos para el cónsul francés, en los cuales se encargaba al ayuntamiento de Santander la conservación del orden, so pena de exponer la ciudad a la venganza del extranjero. Esta amenaza aumentó la irritación en vez de aplacarla, siendo la más pequeña chispa bastante a producir un incendio. Cierta disputa ocasionada por motivos privados entre un paisano español y otro francés, hizo el día de la Ascensión que se reuniese numeroso concurso en el sitio del debate, y que tomasen parte a favor de su compatriota las gentes que acudieron al ruido, generalizándose la reyerta, y viniendo a parar en tumulto contra los demás franceses avecindados en la población, tocándose a rebato las campanas, y recorriendo los tambores las calles de la ciudad. Armados en un momento multitud de vecinos, dirigiéronse a las casas de los aborrecidos extranjeros, poblando el aire de vivas a Fernando VII y de mueras a Napoleón y Rigny. Arrestados los franceses en sus domicilios, observóse con ellos el mayor orden, siendo conducidos al castillo, donde se les puso a cubierto de ulteriores atropellos. El cónsul francés y el ayudante de Bessières estuvieron más expuestos a ser víctimas del furor de la multitud; pero protegidos por los oficiales del provincial de Laredo que estaba de guarnición en Santander, fueron conducidos al castillo en unión con los demás, evitando aquellos valientes con su generosidad y su arrojo, excesos que sin su intervención hubieran tenido lugar. Al día siguiente se declararon en junta soberana los individuos del ayuntamiento y otras personas respetables, nombrando presidente a su obispo D. Rafael Menendez de Luarca, el cual estaba a la sazón ausente y no admitió el cargo sino después de porfiada resistencia. Las prendas del obispo eran grandes, y a ellas debió el nombramiento que en él se hizo; pero erigido en autoridad superior de la provincia, la deslució después con su fanatismo y con el desvanecimiento en que vino a caer, intitulándose regente soberano de Cantabria por Fernando VII, y exigiendo el tratamiento de alteza.

La insurrección de Santander suponía un arrojo tanto más notable cuanto más escasos eran los recursos de la provincia y mayor su proximidad a las tropas francesas, las cuales podían caer sobre ella de un momento a otro. Los naturales fiaron en su valor y en sus montañas, y llegada que fue la noticia del levantamiento de Asturias la santidad de su causa los hizo creerse invencibles. Elevado al grado de capitán general el coronel D. Juan Manuel de Velarde, y habiéndose procedido aun alistamiento en toda la provincia para proveer a su pronta defensa, salió el nuevo jefe con 5000 paisanos, en cuyo número se contaban algunos milicianos del provincial de Laredo, y se apostó en Reinosa con ellos y con alguna artillería, mientras su hijo D. Emeterio ocupaba la posición del Escudo con 2500 hombres del pueblo, quedando apostados en los Tornos otros mil recogidos de varias partidas sueltas. Gente toda sin disciplina y sin organización, como levantada de pronto, pero acalorada y valiente y sin ocurrirle siquiera calcular los peligros a que se exponían.

 

 

Galicia se alzó el día 30. Era entonces su capital la Coruña, y el oficial francés Mongat había pasado a aquella ciudad con la comisión de informar al gran duque de Berg acerca de los recursos y tropas existentes en la población y en el resto de la provincia. Hallábanse en aquella sazón notablemente exasperados los ánimos con las noticias venidas de la corte, y esa irritación se aumentó con la llegada de Mongat y con el imprudente proceder del mariscal de campo D. Francisco Biedma, a cuyo cargo estaba la capitanía general por ausencia de D. Antonio Filangieri. Era Biedma mirado con desafecto por los vecinos de la población y por los mismos militares, quienes notando en él algunas precauciones marcadamente hostiles, le tenían por instrumento de Murat. Rumores exagerados o diestramente esparcidos hicieron creer al paisanaje que se le iba a someter a un alistamiento forzoso para sostener la causa del usurpador, y aun se extendió la voz de que el francés Mongat tenía en su poder millares de esposas destinadas a amarrar a los nuevos conscriptos hasta conducirlos a la frontera. Especie infundada sin duda, mas no por eso menos creída de las sencillas gentes, ni menos capaz de producir en ellas el alarmante efecto que se hace sentir en los sabidos versos del poeta que pocos días antes acababa de decir , dirigiendo su patriótica voz a los españoles:

¿ Pensáis que espadas son para el combate

Las que mueren sus manos codiciosas ?

 No en tanto os estiméis: grillos , esposas , 

Cadenas son , que en vergonzosos lazos

 Por siempre amarren tan fuertes brazos .

La tropa creyó por su parte que se trataba de separarla de la provincia y de enviarla a Francia llenando con franceses el vacío que dejase en su patria. Llegó en esto a la Coruña un emisario de Asturias con la noticia de su insurrección y el encargo de excitar el patriotismo de las autoridades gallegas a seguir el mismo ejemplo; mas no pudo ponerse de acuerdo con ellas, por haberle obligado el regente de la audiencia a salir de la capital. Poco después vino de León, con la noticia de otro proyectado alzamiento en esta ciudad, un estudiante de la misma, quien atravesando a caballo las calles de la Coruña con gritos de entusiasmo y de júbilo, se dirigió al mismo magistrado. La contestación del regente fue apresarle, poniéndole incomunicado en la casa de correos. Reunida la multitud delante de este edificio, y sabido el motivo de aquella prisión, murmuró contra el atropello cometido en aquel patriota, manifestándose la mina dispuesta a reventar de un momento a otro. Puestos de acuerdo secretamente con varios oficiales de la guarnición los ciudadanos que dirigían el movimiento, y persuadidos de que la tropa los secundaría, resolvieron alzar el grito desde luego, aprovechando la coyuntura que les ofreció un incidente ocurrido el 50 de mayo. Era costumbre anual en este día celebrar la conmemoración de San Fernando, poniendo la bandera española en los castillos y baluartes. Este año no apareció la tal bandera, y el pueblo interpretó la omisión como estudiada señal de menosprecio al idolatrado monarca cuyo nombre era el mismo del Santo. Acaudillada la multitud por un sillero llamado Sinforiano López, se dirigió al palacio del capitán general, pidiéndole por medio de comisionados que se colocase la bandera en los sitios de costumbre , y se hiciese volver a la ciudad el regimiento de Navarra, a quien se había hecho salir para el Ferrol, por haber sospechado Filangieri, cuando se restituyó a la Coruña de orden del gobierno de Madrid, que el tal regimiento se entendía con los conjurados. El general accedió a las peticiones, pero como no por eso se apaciguase el tumulto, se sustrajo a los atropellos que no sin motivo temía, desapareciendo de su casa por una puerta escusada v refugiándose en el convento de Dominicos. Biedma y el coronel Fabro, más confiados en sí mismos, salieron por la puerta principal, quedando herido el primero y apaleado el segundo por la gente que veía en ellos dos partidarios de Godoy, siendo de notar que los soldados no salieron a su defensa, con lo cual acabó de manifestarse la disposición de la tropa a secundar el movimiento. Mientras tanto había acudido innumerable paisanaje de afuera, y unidos a él los de la ciudad, tomaron el parque y se apoderaron de más de 40,000 fusiles. Formada una junta en la tarde del mismo día, se dió la presidencia al capitán general, nombrándose para sustituirle interinamente al mariscal de campo D. Antonio Alcedo. Esta junta convocó luego otra, siguiendo la costumbre establecida para el nombramiento de los siete individuos que componían la diputación del reino, de Galicia, la cual se renovaba cada seis años. La insurrección quedó generalizada en toda la provincia, y si bien el conde de Cartaojal y el jefe de escuadra Obregón, quisieron en el Ferrol impedir el levantamiento, hubieron de desistir de su oposición por la enérgica decisión de la tropa y del paisanaje. Diéronse inmediatamente las disposiciones oportunas para la formación y organización de un ejército, agregando a los cuerpos antiguos los reclutas recientemente enganchados, y creando batallones nuevos, como el llamado Literario, compuesta en su totalidad de estudiantes de la universidad de Santiago. Reunidos después los diputados elegidos por las siete capitales de la provincia, instaláronse con el nombre de junta soberana de Galicia, agregándosele el patriota obispo de Orense, y el de Tuy, juntamente con D. Andrés García, confesor que había sido de la difunta princesa de Asturias. Para el mayor acierto en la parte administrativa, añadiéronse otros sujetos de conocida inteligencia en sus distintos ramos. El arzobispo de Santiago, D. Rafael Muzquiz, y el exministro de Gracia y Justicia, D. Pedro Acuña, intentaron desbaratar un alzamiento que, como secuaces, del antiguo gobierno, miraban con tedio, y con ira; pero la firmeza de la junta desbarató sus proyectos. Esta envió a Inglaterra a D. Francisco Sangro con idéntica misión a la que D. Andrés de la Vega y el vizconde de Matarrosa habían llevado de Asturias. El entusiasmo del gobierno británico subió a su último punto, vista la celeridad con que cundía el movimiento; y habiendo puesto a disposición de la junta de Galicia abundantes auxilios, le dio otra prueba de interés y de afecto, poniendo en libertad a varios prisioneros españoles, y enviando a la Coruña a Sir Carlos Stuart, primer diplomático inglés que con carácter de tal hubo, en España después de nuestra último rompimiento, con aquella nación.

Para ser completamente glorioso el levantamiento de Galicia, no le faltaba otro, lauro sino el de haberse evitado en él los excesos que casi siempre acompañan a las grandes agitaciones. Desgraciadamente hubo algunos que empañaron su lustre, señalándose entre todos el asesinato cometido en la persona del capitán general Filangieri, de cuyo triste suceso, ocurrido el 24 de junio, hablaremos en otro capítulo.

Antes que Galicia se alzase, y al mismo tiempo que se trabajaba en Asturias para dar feliz cima a la empresa paralizada desde el día 9, recibía la causa de la independencia nacional otro de sus más robustos apoyos en el norte de la Península. Hablamos de la capital de Aragón, de la ínclita y sin par Zaragoza, destinada a reproducir y exceder en los primeros años del siglo XIX los milagros de valor, de tenacidad y heroísmo, con que tanto ilustraron su nombre las antiguas, Numancia y Sagunto. La profunda impresión que la catástrofe del 2 de mayo había producido en aquella ciudad , el ansia con que sus habitantes se agolpaban a la casa de correos a saber qué nuevas traía, el despecho con que, reunidos en los corrillos, se comunicaban las especies que sucesivamente iban adquiriendo, todo indicaba una conflagración inminente, sin que fuese posible contenerla. Sabido el atentado de Bayona, y no cabiendo ya la menor duda acerca de la arbitrariedad con que Napoleón se erigía en dueño de la nación española, amotinóse el pueblo el día 24, a los pocos momentos de la llegada del correo que tan tristes noticias había traído. Era capitán general de Aragón D. Jorge Juan de Guillelmi, y las gentes desconfiaban de él, tanto por su cualidad de extranjero, como por la persuasión en que estaban de la debilidad con que obedecía las órdenes del intruso. Acaudillada la multitud por el practicante González y por los labradores Cerezo, Zamoral, Forces, Grasa, Núñez y otros, entre los cuales merece señalada mención el valiente y patriota Ibort, vecino del Arrabal, más conocido con el nombre del tío Jorge, se dirigieron todos a la casa del capitán general pidiéndole armas. Guillelmi se resistió a concederlas alegando la inexperiencia de los peticionarios, si bien se manifestó dispuesto a entregarlas a militares. Contestación como esta no era para dejar satisfecha a una población que, amenazada del enemigo por todas partes y no teniendo tropas a quien confiar su defensa, ella sola era la única que podía bastarse á sí misma. Forzado el generala condescender, fue conducido a la Aljafería, edificio situado al oeste de la ciudad, y que habiendo sido antes palacio de los antiguos reyes de Aragón, recibió impropiamente después el nombre de castillo. Existían en él hasta unos 25,000 fusiles, y la gente no cesaba de gritar, armas, armas. Guillelmi procuró entretener al pueblo con estudiadas dilaciones; pero todo fue en vano. Entregadas a los alcaldes las llaves de la armería, quedaron los fusiles a disposición del pueblo, verificándose su distribución con el orden más admirable. Quiso el general restituirse a su casa; pero se le contestó quedaba allí detenido por su propia seguridad, visto lo cual, y hallándose destituido de apoyo en el ayuntamiento , magistrados y demás autoridades, hizo dimisión de su mando en la mañana del día siguiente. Nombrado para sustituirle interinamente su segundo, el general Mori, congregó este una junta en la mañana del mismo día; pero poco satisfecho el pueblo con la equívoca conducta del nuevo jefe, y temiendo la aproximación de un cuerpo francés de 12,000 hombres que se decía haber precipitadamente pasado por Tolosa de Guipúzcoa sin saberse su verdadera dirección, creyó del caso proveer inmediatamente a la primera de sus necesidades, nombrando un general paisano suyo y de toda su confianza.

Hay en las cercanías de Zaragoza una torre a casa de campo, llamada de Alfranca, y esa torre servía entonces de asilo al brigadier D. José Palafox y Melci, hijo segundo del marqués de Lazan, perteneciente a una de las más antiguas y distinguidas familias de Aragón. Este militar que (según lo que dejamos dicho en el capítulo 11) había partido a Bayona de orden de su jefe el marqués de Castelar, para informar a Fernando VII acerca de lo ocurrido en la entrega de Godoy a las tropas francesas, escapó de aquella ciudad disfrazado de labrador a los primeros días de mayo, dirigiéndose a Zaragoza, su patria, con el ayudante Butrón, compañero suyo en el viaje y en la misión encargada por el marqués. Palafox entró en conferencias con los labradores del Arrabal, y particularmente con el tío Jorge, a fin de aclarar el alzamiento de la ciudad heroica, y hallando dispuestos los ánimos a arrostrar la empresa, se presentó al general Guillelmi, procurando sagazmente persuadirle que debía armar al pueblo. El general le hizo saber que tenía órdenes de Murat para arrestarle, por las sospechas que a los franceses infundía su desaparición de Bayona; oído lo cual por Palafox, resolvió permanecer escondido en la dicha casa de campo, aunque sin dejar sus tratos secretos con el paisanaje. Falto este de un jefe a quien pudiera entregar confiadamente la defensa de la ciudad y la consolidación del movimiento, volvió los ojos a su bizarro compatriota, partiendo Jorge Ibort con su gente a la torre de Alfranca, de donde hicieron salir a Palafox y a Butrón en la tarde del 25, conduciéndolos a Zaragoza en un coche escoltado por los labradores armados con sus trabucos y escopetas. Entrada la noche se entrevistó Palafox con Mori, y tuvo con él y con otros sujetos algunas conferencias, las cuales dieron por resultado la reunión del acuerdo en la mañana del 26, al cual concurrió el capitán general interino. Manifestó Palafox haber salido de Bayona llevado del designio de cooperar en Aragón al levantamiento contra las tropas francesas, obedeciendo las insinuaciones que al efecto se le habían hecho en la oprimida corle del joven monarca; y refiriéndose después a los deseos del pueblo que ansiaba nombrarle su caudillo, rogó se le libertase de un cargo que oíros podrían desempeñar con más acierto, dejándole a él la sola satisfacción de sacrificar su vida y sus intereses en obsequio de la patria. La respuesta del acuerdo fue el silencio; pero interrumpido este por los entusiastas gritos del paisanaje que esperaba impaciente en la calle el resultado de aquella sesión, y temiéndose un nuevo tumulto sino se accedía a su anhelo, cedió Mori una autoridad que no le era posible sostener. Quedó, pues, Palafox reconocido como suprema autoridad de la provincia, siendo acompañado a su casa por el paisanaje con delirantes gritos de entusiasmo. La ambición de su elegido era santa.  Palafox, general de Aragón, el joven caudillo supo corresponder dignamente a la confianza con que sus compatriotas le honraron. Nombrado por inspiración, según la expresión de un escritor francés, o por instinto, como diríamos nosotros, justificó el adagio que dice: vox populis, vox Dei. Sus conocimientos militares eran en verdad poca cosa, y menos todavía su práctica en los negocios públicos; pero dotado de una alma tan elevada como dócil a las insinuaciones de la experiencia y del saber ajeno, supo rodearse hábilmente de hombres que supliesen con la sabiduría de sus consejos el vacío que en él se echaba de ver bajo ciertos puntos de vista. Fueron sus mentores D. Basilio Boggiero, clérigo de las escuelas Pías, D. Lorenzo Calvo de Rozas, y el oficial de artillería D. Ignacio López, de quienes tendremos ocasión de hablar en el discurso de nuestra narración. El virtuoso y célebre Jovellanos, cuya prisión acababa de ser abierta con motivo de la exaltación de Fernando VII, llegó a Zaragoza el 27 de mayo viniendo de Mallorca; y apreciando Palafox como debía sus talentos y virtudes, le instó para hacerle quedar a su lado y tener en él un digno consejero que compartiese con los demás la noble y afanosa tarea de arbitrar en la capital aragonesa los medios y recursos más á propósito para la defensa del país; pero el exministro anhelaba restituirse a su tierra natal, y esta tenía indudablemente más derecho que Aragón a servirse de sus luces y experiencia. Jovellanos permaneció en Zaragoza un solo día, saliendo el 27, después de haber tenido el honor de ver escoltado su alojamiento en la posada de los reyes por una sección de escopeteros, a las órdenes del tío Jorge.

Deseoso Palafox de hacer más solemne el levantamiento de Zaragoza, convocó a cortes el reino de Aragón, reuniéndose en la capital el día 9 de Junio los diputados de los cuatro brazos, nueve por el estado eclesiástico, siete por el de nobles, nueve por el de hijosdalgo, y ocho en representación de Zaragoza, Tarazona, Jaca, Calatayud, Borja, Teruel, Fraga y Cinco Villas, ciudades devoto en cortes. El nuevo capitán general manifestó a la asamblea las acertadas medidas que para la defensa del reino había tomado. Las cortes contestaron a su oficio aprobándolo todo, y confirmando a Palafox en su cargo de capitán general. Este había anunciado en su primera proclama a los aragoneses, dada el 27 de mayo , que si Aragón en aquellas circunstancias no consentía otros fueros que los suyos, Aragón sabría sostenerlos; palabras que, rindiendo un justo tributo a las antiguas glorias del primer país que en Europa fue libre, no por eso argüían la pretensión de hacer Zaragoza causa aparte de la del resto de las provincias, siendo el único objeto de Palafox manifestar con tales expresiones su disposición a acatar la voluntad de sus conciudadanos, marchando por la senda que ellos mismos le designasen. Las cortes hicieron justicia a la moderación del joven caudillo, y siguiendo ellas el mismo ejemplo, procedieron a separarse después de haber nombrado seis personas que en unión con él adoptasen los medios más convenientes para la defensa del reino. De este modo probó la asamblea la patriótica abnegación de todos sus individuos y la elevación de sus miras, dirigidas todas al sostén de la causa común, sin otro interés por su parte que el general de la gran familia-española. El instinto del bien, en pocas partes tan desarrollado como en Aragón, hizo conocer desde luego los inconvenientes que en tan tremenda crisis ocasionaría la reunión permanente de un cuerpo local numeroso y deliberante, y de aquí la concentración de la autoridad en las Seis personas de la junta, o por decirle mejor en su presidente Palafox, depositario del poder supremo, como lo era de la noble y honrosa confianza de sus conciudadanos. Los países más libres se ven precisados en los grandes peligros a echarse por un tiempo dado en brazos de la dictadura, y Palafox tuvo la envidiable satisfacción de ejercerla en constante armonía con los sentimientos y la voluntad de sus sometidos, cubriéndose de laureles con ellos, y abriéndose a su frente el camino que conduce a la inmortalidad y a la gloria. Más adelante veremos los milagros de valor y heroísmo que tuvieron lugar en Zaragoza. Los primeros instantes de su alzamiento fueron imponentes, terribles; pero el pueblo zaragozano supo ostentarse en ellos revestido de toda la plenitud de su soberanía sin afrentarla con el menor exceso. La verdadera fuerza es siempre tolerante y magnánima.

 

Para ser completa y unánime la insurrección de las provincias situadas a lo largo de la costa Cantábrica y al pie del Pirineo, faltaban solamente Navarra, las tres provincias Vascongadas y la siempre indomable Cataluña; pero nuestros lectores recordarán que San Sebastián y Pamplona se hallaban en poder del enemigo, sucediendo lo mismo con las plazas de Figueras y de Barcelona, siendo por lo mismo imposible, atendidas estas circunstancias, la pronta creación de un centro común que sirviese de apoyo y de punto departida al simultáneo alzamiento de aquellos belicosos españoles. La situación excepcional en que se hallaban las cuatro primeras provincias, tres de ellas reducidas en extensión, abocadas las cuatro a las puertas de Francia, y cercadas de enemigos por todas partes , pudo retardar en unas horas la explosión de la ira con que sus naturales miraban el yugo extranjero, mas no impedir el sacudimiento final cuando para ello se les ofreciese ocasión oportuna. Mientras les llegaba su vez, hubieron de limitarse aquellos valientes a proporcionar en secreto auxilios a la insurrección de sus hermanos, protegiendo y alentando la deserción de los pocos soldados españoles que existían con ellos, y haciendo conoceralos opresores que no tenían seguro otro terreno que el que materialmente ocupaban. Cataluña tendió una mirada a su capital, Barcelona, y no pudiendo esperar de ella la dirección del movimiento, reventando el volcán en los pueblos que, libres del yugo francés, se hallaron en el caso de obedecer al impulso de su aislado arrojo, sin detenerse en calcular los peligros. Dentro de la misma Barcelona, y a la vista del cañón de Monjuich, desgarraron sus moradores con atrevida mano los carteles fijados en las esquinas, en los cuales se proclamaba la exaltación de la nueva dinastía. Los alborotos del paisanaje ocurridos con este motivo fueron acallados por los franceses posesionados de la ciudad y de todas sus fortalezas; pero su tiro no alcanzaba a domar el belicoso ardor del resto del Principado.

Las ciudades de Tortosa y de Lérida alzaron osadas la frente, poniéndose de acuerdo con el joven caudillo aragonés, y recibiendo la última de mano de este un gobernador que le dio a petición de su ayuntamiento. Manresa quemó las proclamas y bandos del gobierno de Madrid, y Villafranca de Panadés y otros distintos pueblos se aprestaron con igual energía a empuñar las armas. Tarragona se declaró en insurrección el día 15 de junio. El gorro catalán fue terrible en algunos puntos, presidiendo al desorden y a la venganza contra algunos sujetos que el pueblo creyó desafectos a la causa nacional; lunares desgraciadamente inseparables de las grandes conmociones políticas; pero que no por eso hicieron desmerecer el carácter generoso y leal de aquella insurrección sin ejemplo. Todos los pueblos de Cataluña siguieron unos tras otros el impulso general que arrastraba a los españoles a morir o vencer por la patria, tardando como cosa de un mes en tener dirección el levantamiento, puesto que no fue sino a los postreros de junio cuando reunidos en junta todos los corregimientos del Principado, quedó la insurrección centralizada en la ciudad de Lérida , la primera donde el pronunciamiento catalán se presentó organizado, a despecho del general Duhesme que procuró inútilmente desde las primeras conmociones hacerse dueño de aquella plaza, valiéndose del ardid y de la orden en que la degradada junta de Madrid ordenaba su entrega. Cataluña, pues, se alzó toda como las demás provincias de España; pero sucesivamente y por grados: Cataluña era un gigante que sorprendido traidoramente en lo más profundo del sueño, mueve primero un pie y otro pie, y después una mano y otra mano, alzando por fin la cabeza, y revolviéndose espantoso en medio de los opresores que por todas partes le cercan y por todas parles le embisten.

La insurrección de Valencia ofreció dos aspectos distintos; grande, heroico y sublime el primero; horrible y espantoso el segundo. Agitados sus naturales, lo mismo que el resto de la Península, con las noticias del 2 de mayo y de la intriga que se tramaba en Bayona, mantuvieron reconcentrada su ira hasta el 25 , en que habiendo llegado a aquella ciudad la Gaceta de Madrid del 20 que insertaba las renuncias de la real familia, no hubo ya miramiento ni aguante que contuviese la indignación general. Reunida la gente del pueblo en una plazuela con objeto de oír la lectura de la mencionada Gaceta, que uno de los concurrentes se había encargado de verificar en voz alta, según costumbre observada en los días anteriores, permaneció la muchedumbre silenciosa e inmóvil, hasta que llegando al artículo en que se contenían las mencionadas renuncias, no pudo reprimirse el lector, quien rasgando con furia el papel y comunicando su patriótico furor a la concurrencia , hizo a todos prorrumpir en gritos de execración contra el jefe de la Francia y sus satélites, siendo un pobre vendedor de pajuelas el primero que osó pronunciarse al grito de viva Fernando y mueran los franceses. Extendido el eco con la velocidad del rayo hasta los íntimos ángulos de la población, y amotinándose el pueblo por todas partes, se dirigió este en inmensa bandada a la casa del capitán general, conde de la Conquista, quien habiendo intentado sosegar con estudiados y apacibles discursos la efervescencia de la muchedumbre, no hizo más que aumentar leña al fuego y acalorar más y más los pechos palpitantes de ira. Las razones del capitán general fueron interpretadas como eco de tibieza y desafección a la causa pública, y el pueblo necesitaba un caudillo. Demostróles la necesidad de tenerlo un religioso franciscano , el P. Juan Puco, hombre fecundo, fervoroso y enérgico, idolatrado de la multitud por sus prendas , y uno de los pocos capaces de dirigir y regularizar en aquellos primeros instantes un movimiento tan ocasionado a degenerar en la más espantosa anarquía. Oida por el pueblo la arenga en que tan claramente se le demostraba la necesidad de tener un cabeza, fue elegido por tal el arengante mismo, siendo Rico llevado en hombros á la casa de la real audiencia, sin que le sirviesen de escusa sus reflexiones para exonerarse del cargo. Llegada que fue al punto designado aquella procesión singular, se vio el nuevo caudillo con los magistrados, teniendo con ellos una acalorada sesión, en que la negativa del real acuerdo a condescender con los deseos de la muchedumbre y la porfiada insistencia del P. Rico en llevarlos sin dilación a debido efecto, acabó por dar la victoria a este último, siendo nombrado general en jefe del ejército que debía formarse, el conde de Cervellon, y adoptándose otras providencias con arreglo a las circunstancias. Visto por el de la Conquista y por el acuerdo lo inútil de su oposición al levantamiento, y obligados a ceder a despecho suyo, desearon ponerse en buen lugar con el gobierno de Madrid, dándole secretamente noticia de la rebelión, y pidiéndole tropas para sofocarla. Conducta cobarde y menguada, que dispertó más de lo que era menester los recelos del pueblo valenciano, uno de los más bulliciosos de la provincia, influyendo notablemente en los horrores que sucedieron después. La muchedumbre lo ignoró todo al pronto y se retiró tranquila a sus casas, pasando sin cuidado la noche, mientras el arzobispo procuraba aprovechar las horas de sosiego llamando al P. Rico, y ofreciéndole, una suma cuantiosa si abandonaba la empresa que tan patrióticamente acababa de abrazar. Rechazó el sacerdote las seductoras ofertas del prelado, viéndose precisado a guardarse escondido hasta la llegada del día siguiente, en que susurrándose por la ciudad la traición que se urdía, volvió el pueblo a conmoverse de nuevo. El capitán de Saboya D. Vicente González Moreno, tan popular y demócrata entonces, como furibundo absolutista después, pasó a verse con el P. Rico en la mañana del 24, resultando de su entrevista convenir los dos en el proyecto de enlazar en la causa común a la tropa y al paisanaje, y en el no menos importante de asegurar el levantamiento apoderándose de la ciudadela. Era el plan conducir al pueblo ante la casa del acuerdo pidiendo armas; y como era natural que este contestase que no las había, por ser realmente así, debía la muchedumbre manifestar desconfianza del dicho, exigiendo para convencerse de la verdad se la dejase registrar la ciudadela, donde se afectaba creer que estaban las armas. Sucedió todo como se esperaba, concediéndose a Rico con otros ocho el permiso de entrar en el fuerte para cerciorarse del hecho; pero entrados que fueron estos, se agolpó el pueblo tras él, y quedó la ciudadela en poder de los amotinados. Apoderada la insurrección de un punto tan importante, se procedió el día siguiente a constituir una junta compuesta de sujetos de todas clases y categorías, después de haberse declarado con toda solemnidad la guerra a los franceses; circunstancia que acompañaba todos los alzamientos. El pueblo mientras tanto, ocupado en mirar solamente lo patriótico de su empresa , no había fijado la atención en los peligros de que se hallaba rodeado, falto como estaba de armas, municiones y pertrechos. El pueblo, como dice un elocuente escritor, no ve nunca sino, un solo objeto a la vez, y de aquí la necesidad de dirigirle. Una casualidad inesperada, hizo que se apresase en el Grao una fragata francesa cargada de plomo que huyendo de un corsario inglés que la perseguía, e ignorante del cambio de cosas que acababa de ocurrir en Valencia, vino a guarecerse en sus playas, cayendo de este modo en poder de los patriotas insurreccionados. La ciudad de Cartagena, pronunciada dos días antes que la capital Edetana, suministró a esta y a todos los puntos de la costa cuanto en ellos se necesitaba. El pueblo estaba loco de contento al verse provisto de armas, y habiéndose sus corifeos puesto de acuerdo con el corsario inglés de que hablamos arriba, dirigieron todo su conato a estrechar la naciente armonía entre las dos naciones.

La escena va a cambiar ahora. Aquel alzamiento sublime y no manchado todavía con ningún delito, estaba destinado a ofrecer el aspecto más horroroso desde el momento en que se rompiesen los límites que separan al pueblo y al populacho, a la milicia y a la soldadesca, a la insurrección y al motín. El mismo día 24 falló ya muy poco para que la sangre corriese en Valencia con motivo de los siniestros rumores que habían comenzado a esparcirse, relativos a la traición meditada en silencio por los desafectos a la causa pública. Empeñado el pueblo en que se abriesen las cartas que el correo debía llevar a Madrid, y no siendo posible hacerle desistir de su empeño, fue la valija conducida a casa del conde de Cervellon, donde empezó el registro con atento cuidado. Uno de los pliegos que salieron allí era duplicado del otro que el acuerdo había enviado a la corte vituperando el alzamiento, disculpándose de lo que había pasado y pidiendo tropas contra la naciente revolución. La muerte de los firmantes era cierta si la plebe llegaba a ver claro lo que el tal papel contenía, y conociéndolo así la hija del conde que estaba presente al escrutinio, hizo pedazos aquel documento espantoso, conviniéndole en menudos trazos antes que los amotinados pudiesen leerle. Impávida aquella joven en medio de la furia que al pronto excitó su atrevida acción en los circunstantes, los impuso con su misma firmeza, no osando la plebe ultrajara la que de una manera tan decidida osaba cumplir los deberes que la compasión inspira a su sexo. Libre Valencia de una catástrofe, merced a aquel acto instintivo de previsión y de arrojo , no por eso cesó la sospecha , ni se desvanecieron las prevenciones que el pueblo irritado abrigaba. El empeño de la hija del conde en ocultar el papel, decía bastante, aun cuando se ignorasen los autores , que babia una trama siniestra. En semejante estado de cosas, y con tal recelo en los ánimos, la menor sugestión de cualquiera malvado bastaba a extraviar a la multitud, armando su mano del puñal asesino. Uno de los vocales de la junta que acababa de constituirse, D. Miguel de Saavedra, barón de Albalat, era mal visto del pueblo desde que en los tumultos ocurridos en Valencia el año 1801, con motivo del intentado restablecimiento de milicias en esta provincia, mandó el tal barón hacer fuego contra la multitud , la cual se oponía tenazmente a aquella innovación, según en el tomo primero de la presente obra tenemos referido. Asustado ahora. Saavedra al considerarse blanco del antiguo resentimiento, dejó de asistirá las sesiones de la junta, ausentándose de Valencia con el doble objeto de evitar un atropello, y visitar juntamente a una dama de quien estalla enamorado. 

El pueblo, que sabia en confuso la existencia de un plan dirigido a ahogar su alzamiento, creyó que el barón era uno de los que tramaban la intriga; y no bien dejó la ciudad, cuando empezó a correr la voz de que había ido a Madrid a dar cuenta en persona a Murat de lo que pasaba en Valencia. Deseosa la junta de calmar la irritación con este motivo producida, ordenó al barón su pronto regreso, obedeciendo él la orden inmediatamente, y saliendo del pueblo de Buñol, donde residía su amada, para restituirse a la capital. Quiso la mala estrella de aquel desgraciado que a  tres leguas de Valencia se encontrase en el camino con el correo que venía de Madrid. El pueblo, que se había adelantado a recibirle, viéndole caminar con el postillón, interpretó aquel incidente como prueba notoria, irrecusable, de lo fundado de sus sospechas. Conducido el barón a Valencia en calidad de preso, y habiendo conseguido llegar sin lesión por una especie de milagro, fue asesinado en la plaza de Santo Domingo, a pesar de los increíbles esfuerzos que exponiendo su propia vida hizo el P. Rico para salvarle. La cabeza de aquel desgraciado fue colocada en una pica, y paseada por las calles de la ciudad con. espantosos alaridos. Esta escena, comparada por algunos escritores a las de la revolución de Francia, era precursora de otras que debían excederla en ferocidad y en horror. Nosotros reservamos su relato para más adelante, temerosos de degradar el magnífico cuadro de nuestra insurrección si lo presentamos ahora.

El levantamiento de la parte oriental de España había tenido su origen en el de, primera ciudad que dio el grito en aquella costa, declarándose en insurrección el día 22. Era entonces aquella ciudad el segundo departamento de la real armada, cuya circunstancia, y la de ser plaza de armas, fortificada con varios castillos, reductos y fuertes, no menos que lado disponer del puerto mejor de España, le daban la importancia consiguiente a su posición, haciéndola ejercer un ascendiente superior al de la capital sobre toda la provincia de Murcia.

A los motivos de irritación producida en todas partes por los acontecimientos del 2 de mayo y renuncias de Bayona, se unió allí otra causa que contribuyó a acelerar el alzamiento, y a hacerle preceder al de los demás pueblos de la costa. Hacía ya bastante tiempo que nuestra escuadra de Cartagena había salido de su puerto al mando del comandante D. Cayetano Valdés, con dirección a las islas Baleares a fin de pasar desde allí a reunirse con la francesa de Tulón, para hacer levantar el bloqueo que sufrían en Cádiz las dos escuadras combinadas francesa y española. El príncipe de la Paz en los últimos días de su mando, desconfiando de la buena le de Napoleón, había dado a Valdés órdenes reservadas para que demorase su estancia en Mahon, pretextando vientos contrarios o peligros por parle de los ingleses. Quejándose después Bonaparte de aquel retardo, hizo Godoy salir a D. José Justo Salcedo, con la aparente misión, dice, de tomar el mando de la escuadra y de averiguar la conducta de Valdés; pero en la realidad para sosegar el descontento del emperador, dando a Salcedo el rigoroso encargo de no zarpar para Tulón sin nueva orden, obrando de igual modo que Valdés lo había hecho. Ocurrida la revolución de Aranjuez, y habiendo variado las circunstancias con las renuncias de Bayona, expidió Murat a Salcedo la orden de realizar inmediatamente su salida por tanto tiempo retardada, y nuestra escuadra iba a perderse si se ejecutaba el mandato. Sabido en Cartagena lo que había por las gentes que estaban relacionadas con la tripulación de la tal escuadra, entendiese la alarma por toda la ciudad, cuyos habitantes se declaran en tumulto, obligando al capitán general del departamento a hacer dejación del mando, y poniendo en su lugar a D. Baltasar Hidalgo de Cisneros. El cónsul de Francia corrió bastante peligro, y se vio precisado a refugiarse en un buque dinamarqués. Nombrado gobernador el marqués de Camarena la Real, y habiéndose erigido en junta algunas personas de distinción, dedicáronse las nuevas autoridades a consolidar el movimiento, alentando a los pueblos de la comarca a seguir el ejemplo de Cartagena. Constituida ésta en apoyo de toda la costa, suministró abundantemente pertrechos y armas a cuantas poblaciones las necesitaron, entre ellas a la ciudad de Valencia, como ya tenemos referido. Uno de los primeros cuidados de la junta fue enviar a Mahón al teniente de navío D. José Duelo para impedir la salida de Salcedo, próximo a darse a la vela con su escuadra a consecuencia de la orden de Murat; debiéndose así a la previsión de aquellos patriotas la conservación de una armada de que tanto necesitábamos en la guerra que daba principio. El celo de las nuevas autoridades cartageneras se dirigió con la misma solicitud a evitar excesos; mas no pudo impedir el asesinato del destituido capitán general del departamento D. Francisco de Borja, muerto violentamente a manos del pueblo el día 10 de junio.

Los emisarios de Cartagena entraron en Murcia el 24 de mayo dando vivas a Fernando VII, teniendo el placer de ver secundadas sus excitaciones por toda la población, distinguiéndose los estudiantes del célebre colegio de S. Fulgencio, por el entusiasmo y ardor con que fueron los primeros en dar el grito. Reunidos el ayuntamiento, el cabildo y la nobleza, nombraron una junta de diez y seis individuos de los de más valía en la ciudad, siendo uno de ellos el célebre ministro de Carlos III y Carlos IV, conde de Floridablanca. Dióse el mando de las tropas al coronel de milicias, D. Pedro González de Llamas, y se adoptaron las medidas oportunas para armar y defender la provincia, no habiéndose tenido que lamentar en ella los excesos que en otras partes, salvo el asesinato del corregidor de Villena y algún otro de los sujetos que el pueblo miraba con ojeriza.

En el alzamiento de España fue el valor uniforme y unánime, sin que el heroísmo de los pueblos los diferenciase entre si como las costumbres y el clima. La llama de la insurrección prendió en las palmeras del Mediodía con el mismo fervor que en las hayas del Norte, en las flores del jardín de Valencia y en los eriales de Extremadura.

«¿Será, dice Byron, que haya la virgen española colgado vanamente de los sauces su guitarra condenada al silencio? Olvidando su sexo se ha vestido la cota de malla de los guerreros, y participa de sus peligros, y canta el himno de las batallas. Aquella a quien antes cubría de palidez la vista de una herida, y a quien helaban de terror los lúgubres chillidos de las nocturnas aves, mira ahora a sangre fría el brillo de los sables y la movediza selva de las bayonetas; y tropezando sus pies con los moribundos soldados, se adelanta con el paso de Minerva hasta los sitios a que Marte mismo no osaría llegar.»

Estas palabras del poeta inglés, citadas tan oportunamente por el autor de la historia de la vida y reinado de Fernando VII de España, cuadran con particularidad a la antigua Bélica, a la mórbida y bella Andalucía.

Siguiendo nosotros la costa del Mediterráneo, nos limitaremos a hablar del alzamiento de Granada, dejando para después los de Sevilla, Córdoba y Jaén, sometidas a una sola junta para resistir la opresión. Granada obró por sí sola y con independencia en un principio de toda otra autoridad, que no fuese la suya propia. Llena de inquietud y desasosiego como las demás capitales de España, reprimió esta ciudad su indignación hasta el 29 de mayo, en que habiendo entrado por sus calles un emisario de Sevilla con pliegos de su junta, y dado el grito de alarma, comenzó a ponerse en movimiento la población cercando al recién venido, y dirigiéndose con él a la casa del capitán general D. Ventura Escalante. Deseoso este de calmar la conmoción que empezaba a notarse, y no sintiendo en su alma el valor necesario para decidirse a adoptar una resolución decisiva y capaz de satisfacer al pueblo, determinó halagarle al día siguiente, llevando en triunfo por las calles el retrato de Fernando VII, saliendo él en persona al frente de una ostentosa cabalgata, y limitando a esta demostración su deferencia a los votos públicos. Estos no podían quedar satisfechos con aquella sola señal, y así fue que amotinándose el pueblo y dirigiéndose nuevamente a la casa del capitán general, manifestóle sin rodeos su anhelo de que se nombrase una junta, a cuyo cargo estuviese el gobierno de la ciudad y de toda la provincia, como se había hecho en otras partes. Esta exigencia, hecha en nombre de los habitantes por un monje Gerónimo llamado el P. Puebla, fue acompañada con el clamoreo de los amotinados que pedían armas; visto lo cual por Escalante, hubo de ceder mal de su grado, procediéndose en consecuencia a la instalación de la junta, cuya presidencia le fue deferida. La nueva autoridad dio principio a sus funciones, adoptando las oportunas medidas para proceder al armamento, siendo tal el entusiasmo de los granadinos , que fue preciso cerrar el alistamiento y hacer retirar a sus casas una infinidad de individuos, que por su excesivo número no podían tener ingreso en las filas. Todos los pueblos de la provincia rivalizaron con la capital en dar muestras de decisión por la causa pública, ofreciendo el paisanaje sus vidas por el sostén de la independencia, y acompañando todo el mundo sus promesas con desembolsos en efectivo, presentados espontáneamente y con una profusión extraordinaria. La junta confirió al gobernador de Málaga, D. Teodoro Reding, el mando de los nuevos reclutas, y al brigadier D. Francisco Abadía, el cargo de instruirlos y disciplinarlos. D. Francisco Martínez de la Rosa, joven aventajado en aquella época, y catedrático por oposición a los 20 años de edad, mereció que Granada le confiase la comisión de ir a Gibraltar a participar al gobernador inglés la nueva de su alzamiento. El enviado cumplió con su encargo, consiguiendo un auxilio de armas y pertrechos de guerra, que le fueron facilitados en aquella plaza y en la de Algeciras. Obtenidos estos recursos, formóse una división respetable que, al mando del ya mencionado Reding, pudo hallarse desde luego en el caso de cooperar a la común defensa, secundando los patrióticos esfuerzos de las demás provincias andaluzas.

El encono popular sacrificó en Granada al antiguo gobernador de Málaga, D. Pedro Trujillo, hecho arrestar por la junta con el solo objeto de protegerle. Igual suerte sufrieron el corregidor de Vélez Málaga y D. Bernabé Portillo, víctimas del furor de la multitud, instigada por algunos malévolos. Un fraile llamado Roldan, procuraba incitar a la plebe a cometer nuevos atentados; pero estos no tuvieron lugar gracias a la firmeza de la junta y al modo misterioso y terrible con que juzgó del caso restablecer el orden público. Achacábase a tres negros el asesinato de Trujillo, y una mañana amanecieron los tres colgados en la horca, después de habérseles quitado la vida en la cárcel. Los autores de los otros dos asesinatos fueron ajusticiados también, siendo colgados en el patíbulo nueve de ellos, cubiertas con un velo sus cabezas, para hacer así más profunda la impresión de aquel espantoso espectáculo. El fraile Roldán fue enviado a presidio.

La nueva del sangriento 2 de mayo se supo en Badajoz el día 4 por conducto del alcalde de Móstoles, de cuyo personaje hablaremos en otro lugar, viéndose en breve toda la provincia de Extremadura, situada al Occidente de España, agitada convulsivamente al mismo tiempo que el Mediodía. El conde de la Torre del Fresno, gobernador y capitán general de la provincia extremeña, notando la fermentación del paisanaje y de la tropa que guarnecía la capital, quiso corresponder dignamente al aviso que acababa de recibir ; y avistándose con el general Solano, jefe de las tropas españolas que habían vuelto de Portugal, convocaron a junta a las autoridades principales, dando una proclama contra los franceses con fecha del 5, y resolviendo que las tropas estuviesen dispuestas para acudir, si fuese preciso, al socorro de la capital del reino. Al mismo tiempo fue enviado a Lisboa el segundo teniente de guardias walonas, ayudante del marqués de Coupigni, D. Federico Moretti, con la comisión de enterar al general Carrafa de la alevosía francesa, poniéndose de acuerdo con él para idear los medios de salvar las tropas españolas que a las órdenes de Junot continuaban todavía en Portugal. Otros comisionados partieron igualmente a Madrid y a Sevilla, siendo tan ejecutivas las disposiciones adoptadas, que no parecía sino que Badajoz quería ser la primera en alzarse contra aquellos franceses, a quienes un hijo suyo había tan imprudentemente abierto las puertas del país en el funesto y para siempre célebre tratado de Fontainebleau.

Así sucediera sin duda, a continuar los jefes militares en su primer propósito de secundar los deseos del pueblo tan patriótica y osadamente como había comenzado a verificarlo. Recibiéronse noticias de haberse restablecido la tranquilidad en la corte, cuya circunstancia, y la de haber dirigido Murat a Solano el oficio en que le ordenaba encargarse nuevamente de la capitanía general de Andalucía, hicieron que aquel jefe mirase las cosas de otro modo, cambiando repentinamente de conducta, ora fuese porque considerara imposible la resistencia a Napoleón, como nosotros creemos, ora porque le halagara la idea de medrar a la sombra del gobierno francés y de la nueva dinastía, como otros escritores han dicho. Solano partió a su destino, y Torre del Fresno, en quien las noticias últimas habían producido un cambio análogo, resolvió declararse contra el alzamiento que había intentado promover, decidiéndose por la causa del intruso con tanta energía, como pocos días antes acababa de desplegar en sentido contrario. Semejante mudanza fue en él hija de un yerro de cálculo, más bien que de traición propiamente dicha. Muchos españoles ilustres creyeron impolítica aquella guerra, y Torre del Fresno, lo mismo que Solano, participó desgraciadamente de esta persuasión poco justa. Como quiera que sea, Badajoz se vio contrariada en su ardiente deseo de alzar el pendón nacional tan pronto como había pensado; pero si el cambio de sus autoridades bastaba a retardar el movimiento no por eso era fácil que pudiese extinguir una fermentación tan violenta. Algunos patriotas, entre los cuales se contaba el después diputado y ministro D. José María Calatrava, promovían por bajo de mano el frustrado levantamiento, disponiendo poco a poco las cosas y señalando el momento de la explosión para los primeros de junio. El pueblo extremeño se anticipó a los deseos de sus directores, y un incidente casual, análogo al de la Coruña, produjo el anhelado rompimiento. Era el día 20 de mayo, y como se observase que Torre del Fresno no ordenaba hacer salvas ni enarbolar la bandera de costumbre en el día de S. Fernando, acudieron las gentes a la muralla, deseosas de saber el motivo de tan chocante omisión. Una mujer audaz se dirige a los artilleros, y echándoles en cara la inacción en que están, arrebata furiosa una mecha, y al grito de viva el rey, la aplica al oído de un cañón. Oírse el estampido, seguir los demás que debían constituir la salva, y ponerse en movimiento la población entera de Badajoz, fue todo uno. Deseoso Torre del Fresno de apaciguar el alboroto, no consiguió con sus palabras sino irritar más y más el furor del pueblo, quien viendo llegar un postillón con pliegos, y creyendo al jefe militar en tratos con los enemigos, acometen su casa llamándole traidor, le persiguen cuando ven que ha desaparecido, y alcanzándole en un cuerpo de guardia acaban con él la soldadesca y el populacho, arrastrando después su cadáver. Nombrado por aclamación del pueblo para suceder al desgraciado Torre del Fresno, el brigadier, jefe de la escuadra de artillería, D. José Galluzo, a quien cedió el nombramiento de teniente general, adoptó las disposiciones oportunas para poner la plaza en estado de defensa contra toda tentativa del enemigo, situado a corta distancia, en Yelves y en el Alentejo, a las órdenes del general Kellermann en número de 10,000 hombres, siendo solos 500 los soldados que guarnecían a Badajoz.

El cargo de gobernador de la plaza fue conferido al teniente rey D. Juan Gregorio Mancio. Formada una junta de veinte personas, denominada superior de Extremadura, concedió un grado sobre los que tenían a todos los militares residentes en Badajoz, agraciándose a otros con grados dobles y con varios honores y mercedes, cuya profusión era evidentemente contraria a lo que en aquellas circunstancias exigía la causa pública. La mayor parte de estos nombramientos fueron debidos al capricho del capitán D. Ramón Gavilanes, que habiendo venido de Sevilla a poner en conocimiento de las autoridades el levantamiento de aquella ciudad, pretendió erigirse en supremo dictador de los extremeños, ejerciendo sobre ellos una autoridad ilimitada y despótica. Los abusos de su poder fueron tales, que la junta se avergonzó de su debilidad en haberlos consentido, volviendo finalmente por su decoro, y dando fin a tan lamentables excesos. Tras esto procedió al nombramiento de otra nueva junta, compuesta de los sujetos más principales de la capital, de los partidos y de varias corporaciones. A fines de junio contaba ya Extremadura con un ejército de 20,000 hombres, que obstruyendo la comunicación de los franceses que ocupaban al Alentejo, con los que se hallaban posesionados de la Mancha, paralizó sus operaciones durante algún tiempo, sin que les fuese dado entenderse para invadir Extremadura ni para avanzar hacia Andalucía, cuya metrópoli desplegaba en aquellos momentos el poder insurreccional más formidable. Tales fueron las importantes consecuencias del atrevido levantamiento de Badajoz, siendo de lamentar que una insurrección tan heroica y que tanta magnanimidad suponía, se viese empañada con el asesinato de Torre del Fresno, y con otros dos ocurridos en Placencia y los Santos. El orden por lo demás fue admirable.

Si Badajoz desplegó un heroísmo y una osadía nada comunes, declarándose en insurrección contra enemigos situados casi tocando a sus puertas, la audacia de León, provincia contigua a la de Extremadura, y llana y abierta al acometimiento en su mayor parte, no es menos acreedora a la distinción y al elogio. Declararse contra el enemigo en posición tan desventajosa, era en sus habitantes lo mismo que votarse a una muerte probable, a una ruina casi segura; pero el patriotismo de los leoneses no les consintió vacilar. Cuando Carlos IV confirió al gran duque de Berg la lugartenencia general del reino y la presidencia de la junta de Madrid, quiso el intendente de la ciudad de León publicar solemnemente en su recinto el decreto del anciano monarca; pero habiéndose alborotado el pueblo, no osó aquel funcionario llevar adelante su propósito, quedando desde entonces la provincia entregada a sí misma, sin reconocer un solo instante la autoridad del intruso. Verificado el último levantamiento de Asturias, cobró nuevo brío en León el entusiasmo de sus habitantes, erigiéndose una junta compuesta de individuos del ayuntamiento y otras personas, después de haber recibido de Asturias un auxilio de 800 hombres.

Fue presidente de la junta nombrada el gobernador militar de la provincia D. Manuel Castañón, sucediéndole en el cargo a los pocos días el capitán general D. Antonio Valdés, ministro de marina en otro tiempo, y uno de los pocos que habiendo sido designados para componer la diputación de Bayona resistieron sancionar con su voto la usurpación del extranjero. Asturias prosiguió suministrando recursos a la ciudad pronunciada, dando esta principio al armamento con las municiones, fusiles y pertrechos que le fueron enviados. El entusiasmo era general, y a nadie arredraban obstáculos de ninguna especie. Aquel pronunciamiento tenía sin embargo un opositor, y opositor de cuenta, el capitán general residente en Valladolid, D. Gregorio de la Cuesta, a cuyo cargo estaba el mando militar de los reinos de León y de Castilla la Vieja. Este jefe, a quien hemos tenido ocasión de nombrar al hablar de nuestras campañas en la guerra contra la república, era un anciano respetable y patriota, adherido sinceramente a la causa nacional, en cuyo obsequio había rehusado el virreinato de Méjico, que los franceses quisieron conferirle para atraerle a su partido. Militar y hombre de gobierno, era opuesto inflexiblemente a todo lo que no fuese subordinación y disciplina, siendo contrario a los levantamientos populares por más justa que fuera la causa, y por más decidido que se hallase a sacrificarse por ella. Temiendo las consecuencias a que dan lugar los tumultos, había resuelto evitar en el vasto distrito de su mando que el pueblo alzase la cabeza, no siendo por orden suya y cuando él lo determinase; pero el instinto popular conocía las circunstancias mejor que su jefe, y sabía bien lo mucho que peligraba la salvación de la patria en esa nulidad a que este quería reducir las masas, cuando lo único que entonces cabía era moralizarlas y dirigir su empuje. La opinión es la reina del mundo, y es tiempo perdido pretender contrarrestarla cuando es decidida.

León se había levantado a pesar de Cuesta; Santander había hecho otro tanto días antes, y Valladolid se decidió a verificarlo también, venciendo resueltamente cuantos obstáculos pudiera oponer la autoridad militar. Un día de los últimos de mayo alzóse a las puertas de la casa del capitán general inmensa y confusa gritería, pidiendo el pueblo desde la calle se le armase inmediatamente para combatir en defensa de la patria. Asomóse Cuesta al balcón, y arengando desde él a los amotinados les aconsejó que se retirasen a sus casas y no turbasen la tranquilidad. Reproducida la petición por los sublevados y continuando Cuesta inflexible creyó el pueblo oportuno renunciar al papel de suplicante y ostentar la actitud de soberano, levantando tumultuosamente el patíbulo contra todo el que se atreviera a oponerse a su voluntad. No habiendo medio entre acceder a las exigencias populares y subir desde luego al cadalso, la elección no podía ser dudosa; y Cuesta accedió finalmente, congregando una junta suprema de gobierno en Valladolid, y permitiendo la formación de otras de armamento y defensa en las ciudades de su jurisdicción donde había intendente , aunque reservándose la dirección suprema de los negocios, o al menos la inspección de todas las providencias emanadas de las tales juntas, sin consentirles el ejercicio de la autoridad soberana con la ilimitada amplitud que en la mayor parte de las provincias insurreccionadas había tenido lugar. Entretanto cooperó eficazmente al alistamiento y organización de un nuevo ejército, sacando armas y pertrechos de Zamora y Ciudad-Rodrigo, y enviando a pedir municiones y artillería a Segovia.

El levantamiento de Valladolid fue un estímulo para que la insurrección acabara de generalizarse en todas las poblaciones que en los reinos de León y Castilla la Vieja no se hallaban ocupadas por el enemigo. Fernando VII fue proclamado en algunas partes a vista de los campamentos franceses, rayando en frenesí el entusiasmo y la decisión en temeridad. Tal aconteció en Logroño, cuyos habitantes, abandonados a sí mismos y sin calcular los peligros que la imprudente explosión de su ardiente patriotismo podría acarrearles, lanzaron con valor un grito de guerra que el general Verdier sofocó fácilmente saliendo de Vitoria con dos batallones, a cuya pericia no pudo resistir la inexperiencia del paisanaje riojano. Ocupada Logroño en los primeros días de junio por el enemigo irritado, hubo allí un número considerable de víctimas, inmoladas unas en el campo de batalla, y fusiladas otras como promovedoras de la sublevación. La ciudad de Segovia fue atacada al propio tiempo por una columna que, al mando del general Frere, fue enviada por Mural para apagar la insurrección en aquel punto. Confiados los habitantes en su parque de artillería, contestaron a cañonazos a la intimación de rendirse que les hizo el enemigo; pero faltos de tropa, y no contando para su defensa sino paisanos mal armados y sin disciplina, su resistencia no podía ser de larga duración. Frere entró en Segovia el 7 de junio, consiguiendo fugarse de la ciudad el director de la escuela de artillería, mariscal de campo don Miguel Ceballos, a quien siguieron sus alumnos con algunos oficiales y soldados, dirigiéndose todos con 4 piezas de campaña a la ciudad de Valladolid, huyendo del enemigo y esperando poder combatirle a las órdenes de Cuesta. Ajeno Ceballos de la catástrofe que le esperaba, creía ser recibido en la capital de Castilla la Vieja con los brazos abiertos; pero habiéndole precedido en su marcha la noticia de la rendición de Segovia, y atribuyendo el pueblo el desastre a premeditada traición de aquel jefe, condujéronle preso, a Valladolid, siendo acometido en una de sus calles a los pocos momentos de entrar, y asesinado por último inhumanamente a los ojos de su misma esposa, cuyas lágrimas no pudieron impedir que el cadáver fuese arrastrado por las calles y arrojado al rio por último. Entre todas las víctimas del furor popular en aquellos días, ninguna lo fue más injustamente que esta, ninguna vertió una sangre más pura ni más inmaculada que Ceballos. En tan horrible trance, y viendo el crudo pago que a su patriotismo se daba, «perdónalos, padre (podía decir como Jesucristo en la cruz): mis verdugos no saben lo que hacen.»

Este asesinato y otros varios, tales como el de Ordoñez en Palencia, el de Ariza en Ciudad Rodrigo, y el del corregidor de Madrigal en este último pueblo, justifican la severidad de Cuesta en hacer las menos concesiones posibles a un vulgo tan expuesto a extraviarse; pero como la autoridad militar hubiera hecho muy poco sin la imponente actitud del pueblo, resultó de la pugna entre ambos verse el general obligado a ceder lo preciso para que su obstinación no degenerase en perjudicial a la causa pública, pudiendo la plebe quedar bastante contenida en sus desmanes con el resto de firmeza que aquel jefe conservó todavía , descartando de su inflexible carácter lo que era exagerado y caprichoso.

Imposibilitada Castilla la Nueva de tomar en la insurrección la parte activa que otras provincias libres del yugo francés, bastaríale para su gloria la sola circunstancia de haber puesto el reino en conflagración con su inmortal 2 de mayo, si no hubiera añadido a los lauros de aquella jornada el de auxiliar secretamente, venciendo inmemorables obstáculos, el heroico alzamiento de los españoles, alentándolos con proclamas, fomentando y favoreciendo la deserción de nuestros militares por entre las apiñadas falanges de Murat, interceptando las comunicaciones del enemigo, aprovechando el menor descuido de los ejércitos franceses para acometer aisladamente a sus soldados, y prestando otros servicios eternamente acreedores a la gratitud nacional. Espantado el gran duque de Berg al observar el espíritu de oposición que reinaba en los castellanos sujetos inmediatamente a su férula, calculaba tristísimamente las consecuencias a que podía dar lugar el menor descuido por su parte; y convencido íntimamente de que en tanto podía ser dueño de las poblaciones que dominaba en cuanto las ocupara materialmente, o las ojeara de cerca, veíase precisado a ejercer sobre ellas la vigilancia más exquisita, ocupando en la guarda del usurpado territorio una porción de batallones que a ser otra la disposición de los ánimos en el centro de la Península, hubiera podido enviar de refuerzo a otras partes con grave peligro y apuro de las provincias insurreccionadas. Ese cuidado, esa continua inquietud con que Castilla la Nueva fraccionaba la atención del gran duque de Berg, haciéndole ver peligros en el radio de su misma residencia, fue uno de los mayores servicios que las provincias inmediatamente agrupadas en torno de la metrópoli prestaron a la causa pública. Todos los días desertaban de las principales poblaciones, y hasta de Madrid mismo, soldados patriotas a quienes devoraba el ansia de sacrificarse en defensa del país, los cuales se le deslizaban a Murat de entre las manos como por encanto, cuando más sujetos creía tenerlos. A estas manifestaciones del espíritu público en la tropa y el paisanaje, pudieran añadirse otros rasgos de patriotismo, los cuales ejercieron marcada influencia en la noble actitud de las provincias. Nosotros nos limitaremos a hablar de uno solo, al cual se debió en gran parte el acaloramiento y la perseverancia con que abrazaron desde un principio la causa nacional las poblaciones del Mediodía. Hablamos del célebre oficio del alcalde de Móstoles, cuya anécdota se halla íntimamente relacionada con el alzamiento de Sevilla, el solo reino de España que con los de Jaén y de Córdova hemos dejado por recorrer.

Cuando tenía lugar en Madrid la gloriosa y desgraciada jornada del 2 de mayo hallábase en el pueblo arriba citado el fiscal del Supremo Consejo de la Guerra y secretario del Almirantazgo, don Juan Perez Villamil. Llegada allí la noticia del trabado combate entre las tropas de Murat y los madrileños, y exagerados los desastres por las personas que habían conseguido escapar de la refriega, invitó Villamil al alcalde a comunicar inmediatamente aquel acontecimiento a las provincias meridionales de España, únicas a quienes con menos riesgo de ser interceptado el pliego por los franceses podían dirigirse. El alcalde no se hizo remiso y escribiendo al del pueblo más cercano para que este lo comunicase a su vecino y así sucesivamente, entendiese la alarma hasta los confines de España en el Occidente y el Sur con una rapidez increíble. El oficio corrió de mano en mano, y decía así:

 

LA PATRIA ESTÁ EN PELIGRO,

MADRID PERECE VÍCTIMA DE LA PERFIDIA FRANCESA.

ESPAÑOLES, ACUDID A SALVARLA.

MAYO 2 DE 1808.

ALCALDE DE MÓSTOLES

 

Estas palabras alarmantes llegaron a Badajoz el día 4, como en su lugar hemos dicho, produciendo en aquella ciudad la violenta conmoción que tenemos referida, y que secundada en un principio por las autoridades, fue después combatida por ellas para salir airosa por último el memorable día de San Fernando. Alarmada Sevilla en los mismos términos con la llegada de aquella nueva que el administrador de correos de Talavera cuidó de trasmitir a una multitud de pueblos, reuniéronse apresuradamente los concejales a deliberar sobre la nueva situación, y notando la indignación del pueblo, próxima a estallar, creyeron oportuno pensar en los medios de adelantarse a la explosión dirigiéndola, reclutando gente y tomando todas las medidas necesarias para armar y defender la provincia. Este pensamiento patriótico quedó sin embargo en proyecto, porque habiendo expedido la junta de Madrid órdenes a todas partes con el fin de calmar la efervescencia que la noticia del 2 de mayo debía necesariamente ocasionar, creyeron del caso las autoridades sevillanas contemporizar con el enemigo, al menos durante algún tiempo, evitando a la capital andaluza los desastres que en ella pudieran ocurrir si a imitación de la corte se declaraba en ella un alzamiento prematuro o mal preparado. Contenido este por la prudencia o por el cálculo en las clases superiores, quedó paralizado igualmente en el pueblo, no ya por temor o por efecto de combinaciones mentales que el vulgo no se toma nunca el trabajo de hacer, sino porque estando abocada la España a nuevos y ruidosos acontecimientos, hallábanse embargados los ánimos con la expectativa del desenlace que el viaje del rey a Bayona podía tener. Mientras el pueblo dirigía alternativamente su vista a Madrid y al Pirineo, juntábanse a deliberar algunos patriotas ardientes, entre los cuales sobresalían el turbulento conde de Tilly, el padre Manuel Gil, de clérigos menores, y un recién venido a Sevilla con el fin de ponerla en conmoción, apellidado Tap y Nuñez. Seguros de que el pueblo obedecería su voz cuando se proclamase el alzamiento, no lo estaban tanto por lo que toca a la ocasión oportuna de poner sus designios en práctica. Esperaron, pues, el instante de poder sublevarse en sazón; y mientras esta llegaba, fomentaron cuidadosamente la irritación pública, arengando al pueblo contra nuestros caros aliados, y encendiendo más y más cada día las enconadas pasiones, a vista y paciencia de las autoridades, faltas de resolución y de ánimo para contener a los agitadores. Vino al fin la noticia oficial de las renuncias de Bayona, y subiendo entonces de punto la exacerbación popular, como había sucedido en todas partes, conviniéronse Tap y Tilly con sus compañeros en dar cima completa a su plan el día de la Ascensión, 26 de mayo, a la hora del anochecer. Reunido el pueblo tumultuosamente en el momento designado por sus directores encaminóse con algunos soldados del regimiento de Olivenza al depósito de artillería y almacenes de pólvora consiguiendo apoderarse de las armas con facilidad y sin desgracia, merced a la aquiescencia de la caballería enviada para impedirlo. Vista por la nobleza y por los propietarios la imponente y decidida actitud del pueblo, juzgaron, y juzgaron bien, que debían unirse al movimiento para dirigirlo. Reunidas las turbas de nuevo en la mañana del día siguiente, y habiéndose apoderado de la casa del ayuntamiento, abandonada por este la víspera para trasladarse al Hospital de la Sangre, como sitio más desembarazado para deliberar, formóse una junta suprema, compuesta de veintitrés individuos pertenecientes al estado eclesiástico secular y regular, aá la audiencia, a la nobleza y al pueblo , entrando en ella también los generales residentes en la ciudad y algunos individuos del comercio. El exministro de Carlos IV, D. Francisco Saavedra, que se hallaba desterrado en Puerto-Real desde su caída, fue honrado con el cargo de presidente de la nueva junta, confiriéndose la vicepresidencia al arzobispo de Laodicea, coadministrador del arzobispado. El resto de los vocales lo componían personas de notable influencia en el pueblo, ora por su posición y riquezas, ora por la veneración y el afecto con que se las miraba, siendo una de las más notables el antes mencionado padre Gil, que encerrado por vía de corrección en un convento de Sevilla, a consecuencia de la conspiración de que hemos dado noticia en el capítulo VIII del tomo primero, y ejerciendo un ascendiente singular en las masas por su elocuencia y por considerársele víctima de Godoy, no se descuidó en tomar parte en el movimiento, trabajando desde la oscuridad de su celda, en unión con los demás agitadores, para llevarlo a feliz y cumplido término. Repartidos los cargos y afanes del gobierno entre los individuos de la junta, con arreglo a la índole, circunstancias y disposición de cada vocal, adoptó desde luego aquella Corporación el título de junta suprema de España e Indias, con el tratamiento de Alteza; denominación que desagradó a las demás, y que hubiera podido dar pie a colisiones de fatal consecuencia, a no haberse prescindido en las demás provincias de toda consideración que no fuese la de sacrificarse en obsequio de la patria.

La resolución de la junta sevillana al adoptar un título tan arrogante, no fue hija de vana ostentación, ni menos del designio de humillar a sus compañeras; fue la persuasión en que estaba de que nadie con más oportunidad que ella podía centralizar y dirigir la insurrección de toda España en provecho de la causa común. Rica y opulenta Sevilla, y con una población de 90,000 almas, era la primera ciudad del reino después de Madrid y Barcelona, ya avasalladas por el enemigo, añadiendo a estas ventajas la de hallarse alejada del Pirineo y en contacto o vecindad con los cuerpos de tropas españolas existentes en pie todavía dentro de su territorio; circunstancias todas que añadidas a las de tener a su espalda el departamento de marina de la isla de León y la plaza de Cádiz, la única fundería de cañones de bronce española en su recinto, y el célebre Peñón de Gibraltar, con cuyo gobernador podía avenirse, en los confines de su jurisdicción, la hacían a propósito para constituirse en núcleo y punto de reunión de los patrióticos esfuerzos de las demás provincias. La junta suprema de España e Indias aprovechó su posición y su influencia con actividad admirable, enviando correos al capitán general de la provincia de Cádiz, al comandante general del campo de San Roque, y a las ciudades de Córdova, Granada, Jaén, Badajoz y otras, poniendo en su conocimiento la insurrección sevillana, e invitando a unos y a otras a agruparse a su alrededor uniéndose á la misma causa. No contenta con esto, despachó buques ligeros a las islas Canarias y a América; envió comisionados a los Algarves y al Alentejo para reclamar el apoyo del pueblo portugués; felicitó a la villa de Madrid por su heroica tentativa de sacudir el yugo extranjero; dirigió una alocución a los franceses, manifestándoles la afrenta que caería sobre ellos y la culpabilidad de que se harían reos a los ojos de la posteridad, si oprimían una nación generosa, sirviendo a un tirano que no siendo de raza francesa les había quitado sus leyes y su libertad; prometió acoger en sus filas a los italianos, alemanes, polacos y suizos, si abandonaban las banderas del opresor de Europa; mandó hacer rogativas públicas extraordinarias en todas las iglesias; hizo cerrar los teatros a causa del luto de la patria; ordenó la libertad de los criminales que yacían en las cárceles, exceptuando a los reos de lesa majestad divina humana; dio una amnistía a los desertores del ejército de tierra y mar, y a los contrabandistas que en el término de ocho días se presentasen a tomar las armas; ordenó en todas las poblaciones de 2000 vecinos para arriba la formación de juntas subalternas compuestas de seis vocales, bajo cuya inspección debían continuar en el ejercicio de sus funciones las demás autoridades constituidas; y dispuso el alistamiento de todos los mozos de 40 a 45 años a cargo de las juntas expresadas, o de los ayuntamientos de los pueblos donde no las hubiese, debiendo subvenirse a los gastos por medio de contribuciones voluntarias, y recurrir en su defecto a empréstitos forzosos, o a repartos entre los vecinos. Aumentóse un real de paga a los soldados de línea, señalándose cuatro reales diarios, además de la ración de pan, a los que se alistasen voluntariamente. Las compañías que se formasen con los nuevos reclutas debían mantenerse a expensas de sus pueblos y disciplinarse para la guerra hasta tanto que la junta suprema dispusiese de ellos; y como quiera que los trabajos de la agricultura y de la cosecha próxima pudieran resentirse del estado en que se hallaban las cosas, la junta de Sevilla ordenó que no se interrumpiesen las faenas del campo por llevar a efecto la leva. Los pueblos correspondieron a los desvelos de la junta con su patriotismo sin límites, con una decisión la más grande, y con donativos de inmensa cuantía, ofreciendo gustosos sus vidas y haciendas en el altar de la patria.

Una actividad como aquella, secundada tan espontánea y enérgicamente por las poblaciones, debía producir resultados de consecuencia. El día 6 de junio declaró la junta suprema, en nombre de Fernando VII y de la nación española, la guerra a Napoleón y Francia por tierra y mar, protestando solemnemente que no dejaría las armas de la mano hasta que el emperador restituyese a España su rey en unión con los demás individuos de la regia familia, quedando el país restablecido en su libertad, en su integridad y en su independencia. Tras esto dirigió al país un escrito  en el cual indicó las medidas que era necesario adoptar para combatir con fruto al enemigo, aconsejando evitar acciones generales; acometer a los contrarios por medio de partidas sueltas; no dejarles descansar un momento; estar siempre sobre sus flancos y retaguardia; fatigarlos con el hambre, interceptando sus convoyes y destruyendo sus almacenes; cortarles toda comunicación entre Portugal y España, y entre España y Francia; atrincherar todos los puntos que por su naturaleza eran fuertes, y aprovechar, en fin, todos los accidentes que en su terreno ofrece la Península para la defensa, con sus ríos, torrentes y cadenas de montañas que por todas partes la cruzan. Tales fueron los consejos de aquella corporación, y tal el sistema de guerra que se siguió después, dándonos al fin la victoria sobre los vencedores del mundo. La junta concluía observando que lejos de haber jamás Francia reinado sobre nosotros, habíamosla nosotros dominado, no ya por la superchería, sino por la fuerza de las armas. Encárguense, añadía, hombres instruidos de ilustrar la opinión en las provincias sobre el charlatanismo de las gacetas francesas, y sobre el abatimiento de los que en Madrid se han votado al yugo extranjero : cuídese de hacer entender y persuadir a la nación que libres como esperamos, de esta cruel guerra a que nos han forzado los franceses, y puestos en tranquilidad y restituido al trono nuestro rey y señor Fernando Vil, bajo él y por él se convocarán cortes, se reformarán los abusos y se establecerán las leyes que el tiempo y la experiencia dicten para el público bien y felicidad; cosas que sabemos hacer los españoles que las hemos hecho con otros pueblos, sin necesidad de que vengan los franceses a enseñárnoslo.

Dedúzcase de aquí, dice con razón el conde de Toreno, si fue un fanatismo ciego y brutal el verdadero móvil de la gloriosa insurrección de España, como han querido persuadir los extranjeros interesados o indignos hijos de su propio suelo. Dedúzcase de aquí (añadiremos nosotros) el verdadero carácter de la época en aquel asombroso alzamiento: la independencia en primer lugar; la libertad y la reforma en segundo: independencia que debía reconquistar el país como primera condición de su existencia; libertad y reforma que el rey nos otorgaría después, restituido que fuese al trono de sus mayores, merced al heroísmo nacional.

La insurrección de Sevilla se había verificado con el orden más admirable, no habiendo tenido que lamentarse en medio de aquella conmoción sino el asesinato del conde del Aguila, procurador mayor del ayuntamiento, por injustas sospechas de traición, o por efecto de siniestra ojeriza personal, como es más creíble. Cádiz iba a ofrecer otra víctima. Enviado a esta ciudad por la junta de Sevilla el oficial de artillería, conde de Teba, llegó en ocasión en que los habitantes se hallaban notablemente alarmados con la conducta del general Solano, que habiendo salido de Badajoz para desempeñar en Cádiz las funciones de capitán general de Andalucía, con arreglo a las órdenes de Murat, se oponía con la misma tenacidad que en la capital de Extremadura a todo rompimiento con los franceses. Se hablaba de combatir a los enemigos, y helos allí, contestaba él, señalando los navíos ingleses que se veían delante del puerto. Sabido oficialmente el levantamiento de la metrópoli andaluza, y acosado Solano para que imitase su ejemplo, reunió consejo de generales, en el cual se acordó dar un bando en que desaprobándose la insurrección como temeraria, se accedía no obstante á formar un alistamiento. De este modo pensaban Solano y los once que firmaban con él conciliar su forzosa deferencia a las peticiones del pueblo gaditano con la obediencia prometida a Murat. El general hizo publicar el bando de noche a voz de pregón, con hachas encendidas y de una manera ostentosa. Irritados los habitantes con el estudiado y capcioso lenguaje del manifiesto, dirigiéronse en tumulto a casa de Solano, pidiendo a gritos la guerra a los franceses. La decidida actitud de la muchedumbre impuso al capitán general, quien no pudiendo resistir sus exigencias, prometió poner en ejecución lo que se le pedía, reuniendo al efecto un nuevo consejo de generales para la mañana siguiente. Hízolo así en efecto, resultando de la junta la determinación de condescender con los deseos del pueblo. Este mientras tanto había continuado en tumulto desde la víspera, soltando una porción de presos, allanando la casa del cónsul francés, el cual consiguió, después de graves peligros, salvarse en su escuadra, y apoderándose de las armas que se hallaban en el parque de artillería, empresa que la muchedumbre realizó con facilidad, apoyada en la connivencia de la tropa. Era deseo general proceder inmediatamente a embestir la escuadra francesa, y como se dijese al pueblo no ser esto posible con la precipitación que él quería, por hallarse nuestras naves unidas todavía a las del enemigo y expuestas por consiguiente a recibir los mismos daños que las de este, se vio en aquella observación el proyecto de ganar tiempo en perjuicio de la causa nacional. Embravecida la multitud, y más irritada que nunca, se dirigió de nuevo a la casa del general con siniestra y horrible gritería. Era esto a las cuatro de la tarde del 29, hora en que Solano estaba comiendo. La guardia se negó a dar entrada a aquella turba furiosa, permitiéndole solo diputar tres comisionados para hablar con el general. Uno de ellos, cuyo rostro era muy parecido al de este, se asomó al balcón con objeto de baldar a la muchedumbre. Creyendo los amotinados ver en él a Solano, redobló sus gritos, visto lo cual por el comisionado y no pudiendo hacerse oir, comenzó a hacer señas indicando al pueblo su equivocación y demandando silencio. Ciega la multitud en tomarle por el general , interpretó sus señas y ademanes como otras tantas negativas a la petición de guerra, bramando de rabia los más acalorados y haciendo fuego contra la casa, a la cual apuntaron un cañón que trajeron del parque. Se refugió la guardia dentro del edificio; mas las puertas fueron hechas pedazos, y el pueblo lo inundó muy en breve. El general Solano, que había conseguido huir por la azotea y refugiarse en la casa del banquero irlandés Strange, vecino y amigo suyo, se encontró en ella con un ex-novicio de la Cartuja de Jerez, llamado Olaecha, quien puesto entonces al frente de los amotinados, y sospechando que la víctima buscaría su asilo en la casa en cuestión, se había adelantado a su entrada por otro camino. Indignado Solano al verse delante aquel hombre, lo agarró del brazo y lo encerró en un pasadizo, ayudándole el comandante Creach. El cartujo quería escaparse, y no pudiendo verificarlo sino lanzándose al patio, lo hizo por una claraboya, no fallando quien crea haber sido Solano mismo quien le precipitó de aquella altura. Olaecha caído en el suelo y rota una pierna, señala con el dedo el lugar donde ha sido sorprendido, y en el cual se refugia el que todos apellidan traidor. Enfurecida la muchedumbre se dirige a los últimos pisos, y buscando a Solano por todas partes, consigue finalmente dar con él en el sitio en que estaba escondido. Vanamente la dueña de la casa se esfuerza por salvar a la víctima. Herida aquella generosa señora, y habiendo sido inútiles todos los ruegos, se apodera la plebe del objeto de su furor, y arrancándole de aquella guarida salen todos a la calle con él, anunciando con gritos espantosos que van a colgarle en la horca. Solano en tan terrible trance hacia contrastar su valor con la furia de sus enemigos, mostrando una serenidad admirable y aquella elevación de alma que tanto le caracterizaba en los momentos críticos. El propósito de los asesinos de ahorcar al desgraciado no pudo tener efecto, pues antes de llegar al sitio designado cayó el general bajo los golpes de la chusma, dando fin a su larga agonía. Catástrofe espantosa y tremenda, con la cual espió horriblemente el delito de haber creído imposible la resistencia al emperador. En días de revuelta y peligro califican los pueblos de crimen la excesiva prudencia, y el fanatismo patriótico la castiga de muerte. El pueblo gaditano confirió el mando vacante, a consecuencia de aquel asesinato, al teniente general D. Tomas de Morla, que habiendo ocho años antes salvado a Cádiz de los ingleses, aspiraba ahora a merecer el mismo lauro combatiendo al emperador. Morla hizo jurar el 51 de mayo a Fernando VII, cuyo acto se verificó con la mayor solemnidad, presenciándolo el conde de Teba y D. Eusebio de Herrera, comisionados de la junta de Sevilla. Esta ratificó el nombramiento del nuevo capitán general de la provincia de Cádiz, y la junta que se estableció en dicha ciudad se declaró dependiente de la de Sevilla.

El pronunciamiento andaluz adquiría un punto de apoyo formidable con la cooperación gaditana, cuya primer consecuencia fue la rendición de la escuadra francesa al mando del contra-almirante Rosily, como diremos en otro capítulo. Córdoba y Jaén, unidas igualmente a Sevilla, crearon lo mismo que Cádiz juntas dependientes de la Suprema de España e Indias, siendo Granada la única provincia andaluza que no reconoció su autoridad, creyendo más conveniente obrar aparte y dirigirse por sí sola. Formado con actividad extraordinaria el alistamiento del paisanaje comprendido en el territorio de su vasta jurisdicción, dio la junta de Sevilla el mando de todo el ejército al teniente general D. Francisco Javier Castaños, que habiendo sido requerido por Murat para unirse a la causa del intruso, prefirió decidirse por la nacional, sometiéndose a la junta sevillana con 9,000 hombres de tropas regladas que tenía a sus órdenes como comandante del campo de San Roque, suceso que llenó de alegría a los patriotas andaluces, y con el cual recibió la causa nacional un refuerzo de inmensa trascendencia en aquella crisis terrible. Castaños se había puesto en comunicación con el gobernador de Gibraltar Dalrymple, solicitando la cooperación inglesa en favor de la independencia española, mientras Martínez de la Rosa hacia otro tanto en nombre de la junta de Granada. Vacilante el jefe inglés entre decidirse a favor del enviado granadino y otro comisionado que le había precedido de parte de la junta de Sevilla, adoptó la resolución de reconocer a esta como cabeza principal del levantamiento andaluz, sin perjuicio de enviar a Granada los recursos de que hemos hecho mención, intentando así conciliar su deferencia a los deseos de ambas juntas con la necesidad de establecer la unidad posible en las operaciones del Mediodía, erigiéndose para todas ellas una sola cabeza en vez de dos. Dalrymple en tanto y el almirante Collingwood ofrecieron su apoyo a la junta sevillana, manifestándose dispuestos a auxiliar la insurrección, no solo con armas y pertrechos de guerra sino con soldados también. Esta promesa, hecha por ambos jefes bajo la suposición de que sería aprobada por su gobierno, lo fue en efecto a los pocos días, ordenándose al general Spencer auxiliar con 5,000 hombres las operaciones de la junta de Sevilla. El vizconde de Matarrosa y demás comisionados del Norte de España que continuaban en Londres, habían conseguido en toda su plenitud el objeto de su misión. El gobierno británico atendió a la vez a Asturias, a Galicia, a Vizcaya, a Cataluña, a Andalucía, a todo. Los insulares nos habían declarado la guerra, más que por efecto de odio, por nuestra alianza con los franceses, sus eternos rivales: rotas ahora las hostilidades con estos, la escena debía cambiar completamente. Nuestra lucha con Gran Bretaña había cesado de hecho desde la primera noticia que se tuvo en Londres acerca de la insurrección asturiana: un mes después quedaron oficialmente reconocidas por el gobierno inglés las relaciones de paz entre ambos países. Los comisarios de Jorge III, al prorrogar el parlamento el día 4 de julio, anunciaron a las cámaras la resolución que S. M. había tomado de ayudar con todas sus fuerzas a los españoles en la noble lucha en que estaban empeñados. El entusiasmo inglés fue sin límites. La guerra que Gran Bretaña estaba haciendo desde 1795 la había reducido a la defensiva, sin esperanza de tomar otra actitud en mucho tiempo. El levantamiento de España mudaba el estado de las cosas del modo más satisfactorio para ella: el plan de Napoleón, reducido a invadir las islas británicas sometida que fuese la Península, quedaba minado por su base desde la insurrección de esta; y libre Inglaterra de ese temor, podía tomar la ofensiva, decidiendo a su favor en los campos españoles aquella sangrienta contienda. Los comisionados españoles cerca de aquella nación, aceptaron cuantos auxilios de armas, provisiones y dinero les fueron ofrecidos; pero nunca pidieron soldados. Hombres, decían ellos, no hacen falta en nuestro país, y tenían mucha razón.

Sublevadas contra el enemigo todas las provincias de España, con la sola excepción de las poblaciones y distritos inmediatamente ocupados por el ejército francés, acabó de coronarse la obra del patriotismo con la insurrección de las islas Baleares, verificada en los últimos días de mayo; acontecimiento que nos valió la conservación de nuestras naves surtas en el puerto de Mahon, 10,000 hombres de tropa reglada, y un estribo seguro donde poder apoyarnos si la guerra producía reveses que nos obligasen a buscar un asilo en aquellos lugares. Más adelante secundaron las islas Canarias el grito nacional de la Península, ofreciéndonos otro punto de apoyo, aunque remoto, y al cual afortunadamente no hubo necesidad de recurrir.

Todo, presentaba el cuadro más lisonjero; todo nos halagaba a últimos de mayo y principios de junio de 1808 con la grata esperanza de poder resistir con éxito las formidables huestes del usurpador. Una decisión tan espontánea, un levantamiento tan unánime, un entusiasmo tan universal y ferviente, no era posible que pudieran desvanecerse sin producir resultados. Había un peligro, no obstante, y era la circunstancia de hallarse sometido Portugal a las tropas francesas, habiendo nosotros contribuido a forjar su yugo con la inicua cooperación que el degradado gobierno de Carlos IV nos había obligado a prestar para la ocupación y despojo de aquel reino. La enemistad y antipatía con que los portugueses habían siempre mirado a España no tenía en la época a que nos referimos sino motivos para subir de punto; y a haber sido el emperador más advertido, hubiera podido fomentar en el Occidente de la Península un principio de desunión, que desarrollado oportunamente, nos habría sido fatal. La suerte quiso afortunadamente que el que había sido ciego respecto a nosotros, lo fuese también en los asuntos del reino lusitano. Constante Napoleón en su sistema de despreciar los pueblos situados al otro lado del Pirineo, y creyendo que para doblegarlos a su yugo bastaba la fuerza material, siguió con los portugueses una política igualmente equivocada que con nosotros; y los que en un principio nos miraban con más animosidad y más tedio que a él, acabaron por reconciliársenos, haciendo la debida distinción entre los españoles y su gobierno. Un país de tres millones de habitantes no debió nunca ser gravado, como lo fue Portugal, con una contribución de cien millones de francos, sin contar los dos millones de cruzados que, según tenemos dicho en el tomo primero, se le habían también exigido. Las quinas lusitanas no debieron tampoco caer del modo deshonroso que se verificó, haciendo Junot sucederles la bandera tricolor y las águilas invasoras, sin conservar a los portugueses una sola señal de lo que antiguamente habían sido. El consejo de gobierno nombrado por el príncipe regente durante su ausencia, era en febrero de 1808 lo único nacional que les quedaba, y ese consejo fue abolido también, sustituyendo Junot su autoridad a la de un cuerpo que hubiera ganado mucho en conservar sometido, aun cuando solo fuese por considerarle el país como delegado del príncipe legitimo. De este modo fue herida la nacionalidad portuguesa con la misma falta de miramiento que después lo fue la de España. La índole peculiar de nuestra obra no nos permite extendernos en detalladas observaciones relativas á otro país que no sea el nuestro; pero no siéndonos posible prescindir enteramente de las que dicen relación a Portugal, diremos lo que consideremos absolutamente preciso para comprender la conexión de ambas causas y el deplorable uso que de su mal entendida ambición hizo Bonaparte en uno y en otro país. Los errores de una cabeza tan bien organizada como la del emperador, merecen la pena de ser considerados bajo todos sus puntos de vista; y los cometidos en Portugal están demasiado relacionados con el buen éxito de nuestra insurrección para que puedan ser pasados por alto.

Deseoso Junot de conservar su conquista, y soñando con la idea de ceñirse la corona lusitana, había puesto en práctica todos los medios más a propósito para hacer infructuosa en los portugueses toda tentativa de levantamiento. Fortificados los alrededores de Lisboa para tener en respeto a la capital, y diseminadas las tropas portuguesas en diversas partes del reino para fraccionar su unión y su fuerza, hizolas después de haber sido reducidas a menos partir para Francia, al mando del marqués de Alorne, libertándose así de unos cuerpos que, aunque escasos en número, podían secundar un alzamiento si la furia popular llegaba a romper.

Varios jefes del antiguo ejército portugués se prestaron con gusto a servir bajo las banderas de Napoleón; pero los soldados y la generalidad de los oficiales no participaban del mismo espíritu, y así fue que de los nueve o diez mil hombres que componían el ejército reformado por Alorne, desertaron la mayor parte al pasar por España, no consiguiendo el emperador reunir en Bayona sino tres mil doscientos cuarenta. La reforma hecha por el marqués había desagradado a los oficiales antiguos, retirándose a sus casas más de la mitad de ellos, unos por efecto de patriotismo, otros por no haber obtenido los empleos que se prometían. Junot mientras tanto tenía conseguido su objeto, que era reducir a la nada el ejército portugués, privándole de existencia militar en su territorio y diseminando a los descontentos.

Nombrado gobernador general del reino sometido, había el general francés cuidado de centralizar en su mano todos los resortes del poder y de la administración, erigiéndose en déspota de los portugueses, ni más ni menos que después lo hizo Murat con los españoles. Desconfiando de nuestras tropas que no le eran aliadas sino en el nombre, y sospechando de ellas tanto más cuanto menos dispuesto estaba (según las instrucciones de Bonaparte) a cumplir el tratado de Fontainebleau, habían sus recelos subido de punto en los meses de febrero y de marzo. Cuando a los primeros de este mes revolvía Godoy en su mente el proyecto de retirarse a las Andalucías con la familia real, ordenó a los generales españoles que estaban en Portugal se restituyesen a España con sus tropas. Solano lo verificó con las suyas, y entró en Badajoz; pero habiendo ocurrido la revolución de Aranjuez y subido al trono Fernando, las tropas de Carraffa, acantonadas en Lisboa, no tuvieron tiempo para realizar su traslación, por haberse dado contraorden de parte del nuevo gobierno. Los soldados que, a las órdenes del general Taranco, muerto el 18 de enero, se habían acantonado en Oporto, comenzaron a pasar el Miño en virtud de las órdenes de Godoy; pero habiéndoles llegado la contraorden expresada, volvieron a entrar en Oporto, continuando Solano en Badajoz, por no haber creído Junot oportuno hacerle volver, contentándose con que le enviase cuatro de sus batallones, los cuales fueron destinados a Setúbal. Pocos días después ocurrió la salida de Fernando para Bayona, seguida de la traslación de Godoy, Carlos IV y María Luisa a la misma ciudad. La expectación en que los españoles quedaron aquellos días con tantos motivos de alarma, coincidió en Portugal con la noticia que poco antes había comenzado a cundir entre sus naturales, de que Napoleón pensaba fijar su suerte dándoles un rey liberal que unos creían seria Luciano Bonaparte; otros el príncipe Eugenio, virrey de Italia; otros el mariscal Lannes, y otros finalmente Junot, que a la circunstancia de estar nombrado gobernador general del reino, añadía más recientemente la de haberle conferido Napoleón el título de duque de Abrantes. La idea de restablecer la monarquía lusitana, purificándola de los abusos del antiguo régimen, aun cuando fuese bajo un monarca napoleónico, tenía en Portugal partidarios, pues si bien no creían satisfactoria a su nacionalidad la erección de una dinastía extranjera, la preferían no obstante a la triple división intentada según lo convenido en el tratado de Fontainebleau, tratado que, aunque Junot encargó a los generales españoles lo tuviesen secreto, había confusamente llegado a conocimiento del público. En semejante estado de cosas llegó a Bayona una diputación portuguesa a felicitar a Napoleón. El emperador la recibió afablemente el día 16 de abril de 1808, prometiendo conservar la independencia de Portugal, sin desmembrar su territorio, ni menos agregarlo a España. Contentos los enviados portugueses con tan buena acogida, dirigieron un manifiesto a sus conciudadanos, expresándoles la satisfacción de que se hallaban poseídos, y haciéndoles entrever la posibilidad de un porvenir venturoso bajo el amparo tutelar de Bonaparte, a cuyas órdenes no titubeaban los firmantes en someterse, creyéndose ligados al imperio francés con más motivo que a la casa de Braganza, la cual había desamparado el reino trasladándose al Brasil, y abandonando sus dominios de Europa a merced del primer ocupante.

El manifiesto de la diputación fue en Portugal tan bien recibido, que se celebró en las ciudades con evidentes señales de alegría. Si Napoleón entonces hubiera sabido explotar el espíritu público lusitano, tal vez hubiera encontrado un apoyo en aquel país contra la insurrección española. ¿Qué momento más oportuno que aquel para restituir a los portugueses las insignias y trofeos de su antigua monarquía, para abolir la impolítica contribución de guerra con que los tenía abrumados, y para darles, junto con un monarca elegido por él, una representación nacional que hiciese pasar como desapercibida la usurpación al abrigo de la reforma? Nada de esto, sin embargo, se hizo; nada se puso en práctica de lo que podía confirmar a los descendientes de Vasco de Gama en las halagüeñas esperanzas que habían empezado a concebir. En vez de convocar Junot las cortes del reino como las clases ilustradas deseaban, se contentó con reunir la llamada junta de los tres estados, emanación degenerada del antiguo sistema político, y que nada podía significar a los ojos del país, hallándose aquella corporación incompleta, y siendo preciso llenar las plazas que la emigración de la alta nobleza habla dejado vacantes, con doce diputados nombrados al efecto por el mismo Junot. Esta junta dirigió a Bonaparte una humilde y abyecta súplica, en la cual pordioseaban sus individuos el honor de ser comprendidos en el número de los fieles vasallos del emperador, y aspirando a regir los destinos de los portugueses si este lo consentía, dejaban al arbitrio de S. M. I. el otorgamiento de la petición, declarando que en el caso de no tener a bien concederla, se atreverían a pedirle un príncipe de su elección, a quien se confiase la defensa de las leyes, de los derechos, de la religión y de los más sagrados intereses de la patria.

Esta representación disgustó a todos los patriotas portugueses, los cuales se hallaban dispuestos, en el abandono en que el príncipe regente los había dejado, a transigir con la necesidad de reconocer en buen hora un protector en Bonaparte; pero afianzando esa protección con garantías solemnes. Con este designio habían secretamente redactado algunos de ellos una constitución liberal, y el magistrado popular José de Abreo Campos, tonelero de profesión, se encargó de presentarla al guerrero del Sena, protestando enérgicamente contra la abatida petición de la junta de los tres estados. Nada hubiera ciertamente perdido Napoleón en hacer a Portugal concesiones que tan imperiosamente exigía la opinión pública; pero esto se oponía al sistema imperial, y el jefe de Francia quería mandar en todas partes sin cortapisas de ninguna especie. El general Junot, que por su roce con los portugueses debía conocer, mejor que su amo, cuán oportuna podía ser en aquellas circunstancias una política tolerante y flexible, olvidó lo mismo que él cuanto obligan las circunstancias a transigir con los pueblos. Ofuscado con la esperanza de empuñar el cetro portugués quería tal vez ser monarca absoluto; y absorto al ver un papel en que se osaba consagrar la igualdad de los derechos, la libertad de la prensa, la tolerancia religiosa y la representación nacional, hizo desterrar de Lisboa a cuantos sospechó haber contribuido al proyecto de constitución, haciendo llamar al cuartel general al patriota Campos, a quien reprendió duramente, convirtiéndole con sus invectivas en uno de los enemigos más encarnizados del nombre francés. Desvanecidas con este y otros hechos las esperanzas que Portugal había empezado a concebir, volvió nuevamente el encono a apoderarse de los ánimos; siendo tal el estado de las cosas cuando las provincias de España se declararon en insurrección.

Este grito de guerra lanzado de lo íntimo de nuestras entrañas en repulsa de una injuria cruel y en defensa de nuestra nacionalidad, no podía menos de hallar eco entre nuestros vecinos, víctimas de la misma ambición, heridos igualmente en su orgullo, y desahuciados de todo remedio si no se apresuraban a aprovechar la ocasión que nuestros alzamientos les ofrecían para hacer pedazos el yugo. Entonces hubiera querido Napoleón haberse hecho más amigos de los portugueses; pero no era tiempo ya de enmendar el yerro. La irritación con que estos nos miraban al considerarnos instrumentos de su opresión, iba a desvanecerse desde el momento en que saliendo nuestras tropas de Portugal para restituirse a su patria, pudiesen apreciar debidamente tan plausible cambio de cosas. Los españoles dejaban de ser sus enemigos, y abandonado el territorio por ellos, no era ya Junot bastante fuerte para medirse con una población de tres millones de habitantes, siendo tan escasos en número los soldados de que podía disponer. La reconciliación con nosotros era consecuencia precisa: España y Portugal no debían ni podían formar en aquellos momentos sino una sola e idéntica causa.

Cuando vio Bonaparte el efecto que la catástrofe del 2 de mayo y las renuncias de Bayona producían en los españoles, hizo salir de Portugal cuatro mil hombres de los de Junot con dirección a Ciudad-Rodrigo, a fin de apoyar las operaciones del mariscal Bessières, ordenando igualmente la marcha de otros cuatro mil que debían reunirse a Dupont, el cual tenía el cargo, como veremos después, de sofocar la insurrección de Andalucía. La primera de estas dos divisiones salió de Almeida a principios de junio, al mando del general Loison, quien llegando a la frontera intentó apoderarse de nuestro fuerte de la Concepción, recurriendo al ya gastado ardid de ofrecer al comandante que lo guarnecía algunas compañías que contribuyesen a su defensa en unión con nuestros soldados. Rechazada la oferta por el jefe español, se vio este sin embargo en precisión de abandonar aquel punto la noche siguiente, no siéndole posible mantenerse en él por el escaso número de sus tropas. Refugiado en Ciudad Rodrigo, cuya plaza se hallaba insurreccionada como toda la provincia de Salamanca, dio el grito de alerta a los patriotas insurgentes; y Loison, que no tenía orden de penetrar en aquella ciudad sino en el caso de poderlo hacer fácilmente, se vio precisado a detener su marcha, vista la alarma que reinaba por aquella parte. La segunda división que debía penetrar en España estaba reunida en el Alentejo, al mando del general de brigada Avril, y tenía orden de dirigirse a Mértola con una batería de diez piezas, bajando después embarcada por el Guadiana hasta situarse delante de Alcoutim, donde Dupont debía comunicarle nuevas órdenes. Enviado para preparar el embarque el jefe de batallón de ingenieros Girord de Novilars, hicieron fuego sobre él los españoles insurreccionados de S. Lúcar del Guadiana, señal cierta de que el alzamiento andaluz se hallaba extendido hasta las fronteras de Portugal, viéndose Avril precisado a desistir de su empeño en pasar adelante. La Extremadura española se había alzado también, y toda comunicación con los ejércitos franceses de España y Portugal se hallaba interceptada en aquella frontera. Desplegando la junta de Badajoz una actividad proporcional al peligro en que se veía teniendo los franceses a sus puertas, había puesto la plaza en estado de defensa y comenzado a establecer un campamento cerca de S. Cristoval a las órdenes de Galluzo. Hecho un llamamiento por ella a los militares portugueses que lamentaban en silencio la triste suerte de su país, salieron estos de varios puntos del Alentejo, y corrieron de todas partes a Badajoz. Cuando así obraban los soldados del reino vecino, ¿qué no podía esperarse de los soldados españoles existentes en Portugal? El primero que dio el ejemplo de la deserción fue un escuadrón de húsares de María Luisa. Ciento treinta hombres del regimiento de voluntarios de Valencia se escaparon también de Setúbal huyendo con su bandera, siendo vano el empeño del general Graindorge en perseguirlos y hacerlos volver atrás. Era contagioso el ejemplo de estas deserciones parciales, y bien pronto iban a ser seguidas de una defección completa.

Los diez mil españoles que a consecuencia de la contraorden del gobierno fernandista se habían restituido a Oporto volviendo a pasar el Miño, carecían de jefe propio desde la muerte de Taranco y estaban a las órdenes del general francés Quesnel. La noticia del 2 de mayo y el atentado de Bayona los había llenado de indignación, y el penetrante grito de la patria no podía pasar desapercibido entre aquellos valientes. Llenos de furor y de rabia esperaban el momento oportuno de restituirse a su país, cuando llegó a sus manos un manifiesto de la junta de Galicia en el cual se les ordenaba volver a España, trayendo prisioneros consigo a cuantos franceses pudieran coger en Oporto y en el curso de su marcha. Puestos de acuerdo los jefes principales y confiada la ejecución del plan convenido al mariscal de campo del cuerpo de ingenieros D. Domingo Belestá, oficial de mayor graduación desde la muerte de Taranco, se dirigió al general Quesnel y le hizo arrestar por su propia guardia, obligando igualmente a rendirse prisioneros todos los suyos, escasos en número para resistir la fuerza con la fuerza. A haber podido Belestá continuar en aquel punto, le hubiera sido fácil sublevar contra los franceses la ciudad de Oporto, y organizar allí un centro formidable de resistencia; pero, creyendo más oportuno obedecer la voz de Galicia que le llamaba, se limitó a reunir presurosamente los magistrados, preguntándoles qué partido querían tomar, si el de Portugal, el de España o el de Francia. 

El de Portugal, respondieron todos unánimes, dirigiéndose el mayor de plaza Pinheiro al castillo de San Juan de Foz, y enarbolando en él la bandera portuguesa. 

Los españoles entretanto partieron para Galicia, llevándose consigo los prisioneros. Entregados entonces los de Oporto a sí mismos, se asustaron los magistrados al considerar las consecuencias a que podría dar lugar aquel alzamiento; y poniéndose de acuerdo con el brigadier Oliveira da Costa, se apresuraron a renovar su sumisión a las órdenes de Francia. La bandera nacional fue quitada del castillo de S. Juan de Foz, sustituyéndola por las águilas imperiales, y viéndose obligado Pinheiro a buscar su salvación en la fuga.

La población de Oporto había permanecido pasiva en el primer levantamiento, debiendo atribuirse su tranquilidad tanto al ex abrupto del acto como a la circunstancia de haber sido promovido por los que poco antes se contaban en el número de sus opresores. La calma duró muy poco. Esparcida por las provincias del Norte la noticia del arresto de Quesnel, se apoderó el sentimiento de independencia nacional de todas las almas, siendo la provincia de Tras-los-Montes la primera que proclamó la restauración del príncipe regente el 11 de junio, poniéndose al frente de la insurrección el teniente general Manuel Jorge Gómez de Sepúlveda, hombre más que octogenario, pero decidido patriota. La provincia de Entre-Duero-y-Miño siguió el mismo impulso casi en su totalidad, resonando por todas partes los gritos de viva nuestro príncipe, viva Portugal, muera Junot, muera Bonaparte. El brigadier Oliveira da Costa que tanto había contribuido a ahogar el primer levantamiento de Oporto, no había obrado de esta manera sino por desconfianza en el éxito. Viendo ahora estallar por todas partes el grito de independencia, protestó nuevamente a Junot su sumisión a Bonaparte, escribiendo secretamente al general Belestá y pidiéndole el auxilio de algunas fuerzas españolas, para secundar en la segunda ciudad del reino el grito leal de los portugueses. Era su intención ganar tiempo fingiendo adhesión a Junot, y prepararse convenientemente a la lucha demandando auxilios a España. El pueblo se anticipó a los planes del jefe que de esta manera pensaba, y tumultuándose el día 18 de junio con motivo de un convoy de provisiones que iba destinado a los franceses, hízose dueño de él y de cuantos fusiles, municiones y pertrechos de que se pudo echar mano. Oliveira se había resistido a los deseos del pueblo por no creer todavía llegado el momento de declararse, y atribuida a traición su conducta le puso la turba en prisión. El mayor de plaza Pinheiro, oculto desde el primer pronunciamiento, fue conducido en triunfo a Oporto aquel mismo dí , victoreando el pueblo entusiasta al primer insurgente de S. Juan de Foz. Enarbolado de nuevo el estandarte nacional, proclamó el 19 una junta suprema compuesta de ocho individuos del clero, de la magistratura, del cuerpo militar y otros ciudadanos, siendo su presidente el obispo de Oporto y quedando reconocida por todo el Norte lusitano. Esta corporación puso un empeño el más decidido en regularizar el movimiento, dando a la clase popular el menor ascendiente posible en la dirección de los negocios, y no excitando el espíritu democrático sino lo absolutamente preciso para combatir con éxito a los enemigos del país. Los sacrificios pecuniarios del comercio y el patriotismo de los naturales contribuyeron poderosamente desde un principio a que la junta se dedicase a organizar poco a poco un ejército nacional; pero no siendo suficientes para el buen éxito los recursos propios cuidó de entablar desde los primeros días de su instalación relaciones de alianza con las dos naciones más enemigas entonces del nombre francés, enviando una embajada a Inglaterra en demanda de armas, subsidios y tropas, y estipulando un tratado de alianza ofensiva y defensiva con la junta de Galicia en favor de la causa común.

La defección de las tropas españolas y el aprisionamiento de Quesnel y los suyos en Oporto, llamaron la atención de Junot con la seriedad consiguiente a su importancia, y temiendo que la división de Carrafa, acantonada en Lisboa y sus alrededores, seguiría al fin el mismo ejemplo, se decidió a desarmarla inmediatamente, adoptando al efecto las precauciones oportunas. Se componía dicha división de seis batallones de infantería, con un regimiento de caballería y algunos artilleros, y no era empresa fácil quitarle las armas sino recurriendo al ardid. Meditando estaban aquellos valientes en los medios de restituirse a su patria, cediendo a las instigaciones de los emisarios de Badajoz, Sevilla y otros puntos, cuando el día 10 de junio les mandó Junot reunirse en la playa, con el objeto ostensible de embarcarlos para España, a cuya grata nueva dirigiéronse mil y doscientos de ellos al punto designado. Pero ¿cuál no fue su sorpresa cuando al llegar al Terreiro do Pazo se vieron cercados por tres mil franceses, que asestaban contra ellos la artillería? Preciso les fue resignarse a su suerte y deponer las armas. El resto de la división quedó desarmada igualmente por medios análogos, siendo unos sorprendidos en sus casernas, y otros en el curso de las marchas combinadas que se les hizo hacer para separarlos entre sí, no habiendo conseguido escaparse sino algunos centenares de hombres del regimiento de Murcia, y un número escaso de húsares de María Luisa. Ejecutado el desarme en 24 horas, fueron destinados a los pontones del Tajo, y vigilados por las naves de guerra francesas. Permitióse a los oficiales quedar prisioneros bajo palabra de honor en Lisboa; pero habiendo faltado algunos de ellos a su compromiso, fue el resto de los demás condenado a sufrir la misma suerte que los soldados.

Libre Junot del temor que le habían inspirado los españoles agrupados en torno suyo, quedábale todavía el no menos fundado de una insurrección general en los mal sometidos portugueses. La facilidad con que se había calmado el primer levantamiento de Oporto no bastaba a inspirarle confianza en el porvenir  siendo más que probable que el fuego de la insurrección encendido en España se propagase con rapidez por toda la extensión de Portugal. Envió por lo mismo emisarios a todas las provincias, eligiendo para ello a los portugueses más influyentes en los principales distritos, y dándoles la comisión de recomendar a sus conciudadanos la tranquilidad y la paz. Deseoso de desbaratar la influencia que los repetidos levantamientos españoles pudieran ejercer en aquel país, procuró sagazmente excitar la animosidad de los portugueses contra nosotros, haciendo escribir, publicar y decir en todas partes que el levantamiento de España era efecto de no haber querido Napoleón consentir en la desmembración de Portugal. Los españoles (decían los satélites de Junot) quieren dividirse el territorio lusitano entre ellos, Godoy y la reina de Etruria; y al ver a Napoleón decidido a conservar su independencia y antiguo brillo a la sombra de un nuevo rey, se han alzado contra este proyecto. Esta especie insidiosa que tan buenos efectos hubiera podido producir a haber adoptado Napoleón otra política desde el primer día de la invasión, era inútil en circunstancias como aquellas, hallándose los portugueses desengañados de lo que podían esperar en un hombre que tan mal los había tratado. Junot, pues, predicó en desierto; y el segundo alzamiento de Oporto y el de todo el Norte portugués, vino en breve a mostrarle lo infructuoso de tan mal estudiado recurso. El general Loison, que había salido de Almeida el 17 de junio con el fin de mantener en la obediencia todo aquel territorio, quedó espantado al mirar erizadas de armas las provincias de Entre-Duero-y-Miño , viéndose precisado a repasar el Duero para evitar una ruina completa a manos de los insurgentes. La retirada de Loison alentó a los patriotas, y mientras el paisanaje acaudillado por un fraile de predicadores le obligaba a restituirse a Almeida, otro fraile marchaba a Coimbra sublevando aquella ciudad contra los franceses. Puestos los estudiantes de la universidad al frente de la insurrección, propagóse esta con rapidez en una buena parte de la Beira, quedando enarbolado el estandarte del príncipe regente en sus más importantes poblaciones. Pocos días antes había resonado también en los Algarves el grito sacrosanto de la patria, siendo el pueblo de Olhá el primero en lanzarlo, y poniéndose al frente del levantamiento el coronel López de Sousa. Pronunciada después la ciudad de Faro, constituyóse en ella una junta, la cual condujo prisionero a las naves inglesas al general francés Maurin, nombrado por Junot para tener en respeto aquella provincia. Hallándose enfermo dicho jefe cuando estalló la insurrección, y viéndose imposibilitado de reprimirla por sí, dio la misión de verificarlo al coronel Maransin, siendo el resultado tener este que restituirse al Alentejo, donde alzaron también la cabeza los insurgentes de varias poblaciones, sin que a pesar del Saco de Beja y otros escarmientos iguales, consiguiesen Avril y Kellerman, posesionados de dicha provincia, asegurar el orden de un modo sólido y permanente. Junot y sus satélites se hallaban confusos y absortos al verse cercados de enemigos por todas partes, sucediendo en Portugal lo mismo que en España, no tener los franceses seguro otro terreno que el que pisaban.

Más adelante veremos los progresos de la insurrección portuguesa hasta la evacuación del reino lusitano por los imperiales. Allí como en España hubo también sus excesos contra los que el convencimiento o la suspicacia popular calificaba de desafectos a la causa de su independencia. Nosotros pasamos por alto una porción de pormenores que ni conducen a nuestro propósito, ni pueden ser referidos en una obra cuyo fin es ocuparse principalmente en nuestros sucesos. Si hemos sido algún tanto prolijos en la reseña que acabamos de hacer, la razón de nuestra conducta es patente: el relato del alzamiento peninsular y de los errores de Napoleón quedaría incompleto sin estas nociones indispensables; y habiendo hablado en el tomo anterior de la iniquidad cometida por el gobierno de Carlos IV contra la nación lusitana, hubiera sido injusto omitir en el presente el modo con que el pueblo español la reparó, poniendo a Portugal en el caso de aprovecharse de nuestros alzamientos y de la defección de nuestras tropas, sin lo cual habrían sido allí infructuosas las patrióticas tentativas de sus naturales para sacudir el yugo extranjero.

De este modo se alzó la Península desde el Pirineo hasta Calpe, y desde el uno hasta el otro mar. La historia no refiere otro ejemplo de sacudimiento tan pronto, tan universal y espontáneo. Alzadas a un mismo tiempo casi todas las provincias de España, ninguna de ellas esperó para decidirse la resolución de las otras; ninguna se paró a meditar los desastres a que se exponía; ninguna dejó de responder al grito de la patria en la manera que le fue posible, siendo en todas igual el entusiasmo, idéntico en todas el odio a la opresión, y una y acorde la voz que lanzaron, al modo que herida una cuerda responden a la vez las demás que se hallan con ella al unísono. ¿Cómo no entusiasmarse a la vista de un cuadro tan asombroso, y que más que real y efectivo parece epopeya inventada por la imaginación o leyenda que debe su será una mente exaltada y patriótica ? Ese cuadro ha sido no obstante, objeto de invectivas y encono, ya que no lo ha podido ser de menosprecio; y a guiarnos por lo que han dicho algunos escritores maldicientes o menos bien informados de nuestras cosas, creyérase que aquella insurrección no fue hija sino del fanatismo clerical y frailuno, o efecto obligado y raquítico de las intrigas de la Gran Bretaña. El conde de Toreno, con cuyas opiniones y asertos no siempre nos verán de acuerdo nuestros lectores, combate de un modo tan victorioso los yerros en que acerca del particular se ha incurrido, que ni nos es posible dejar de convenir con él en este punto, ni menos podríamos aspirar a sustituir con éxito nuestras reflexiones a las juiciosísimas suyas, en refutación de tan groseras equivocaciones.

«Entre estas, dice, se ha presentado con más séquito la de atribuir las conmociones de España al ciego fanatismo y a los manejos e influjo del cleroLejos de ser así, hemos visto como en muchas provincias el alzamiento fue espontaneo, sin que hubiera habido móvil secreto; y que si en otras hubo personas que aprovechándose del espíritu general trataron de dirigirle, no fueron clérigos ni clases determinadas, sino indistintamente individuos de todas ellas. El estado eclesiástico cierto que no se opuso a la insurrección; pero tampoco fue su autor. Entró en ella como toda la nación, arrastrado de un honroso sentimiento patrio, y no impelido por el inmediato temor de que se le despojase de sus bienes. Hasta entonces los franceses no habían en esta parte dado ocasión a sospechas, y según se advirtió en el libro segundo, el clero español antes de los sucesos de Bayona, más bien fue partidario de Napoleón que enemigo suyo, considerándole como el hombre que en Francia había restablecido con solemnidad el culto. Por tanto la resistencia de España nació de odio contra la dominación extranjera; y el clérigo como el filósofo, el militar como el paisano, el noble como el plebeyo se movieron por el mismo impulso, al mismo tiempo y sin consultar generalmente otro interés que el de la dignidad e independencia nacional. Todos los españoles que presenciaron aquellos días de universal entusiasmo, y muchos son los que aún viven, atestiguarán la verdad del aserto.

«No menos infundado, aunque no tan general, ha sido achacar la insurrección a conciertos de los ingleses con agentes secretos. Napoleón y sus parciales que por todas partes veían o aparentaban ver la mano británica, fueron los autores de invención tan peregrina. Por lo expuesto se habrá notado cuán ajeno estaba aquel gobierno de semejante suceso, y cuánto le sorprendió la llegada a Londres de los diputados asturianos que fueron los primeros que le anunciaron. Muchas de las costas de España estaban sin buques de guerra ingleses que de cerca observasen o fomentasen alborotos, y las provincias interiores no podían tener relación con ellos ni esperar su pronta y efectiva protección; y aun en Cádiz, en donde había un crucero, se desechó su ayuda, si bien amistosamente, para un combate en el que por ser marítimo les interesaba con más especialidad tomar parte. Véase, pues, si el conjunto de estos hechos dan el menor indicio de que Inglaterra hubiese preparado el primero y gran sacudimiento de España.

«Mas aun careciendo de la copia de datos que muestran lo contrario, el hombre meditabundo e imparcial fácilmente penetrará que no era dado ni a clérigos ni a ingleses, ni a ninguna otra persona, clase ni potencia por poderosa que fuese, provocar con agentes y ocultos manejos en una nación entera un tan enérgico, unánime y simultáneo levantamiento. Buscará su origen en causas más naturales, y su atento juicio le descubrirá sin esfuerzo en el desorden del anterior gobierno, en los vaivenes que precedieron, y en el cúmulo de engaños y alevosías con que Napoleón y los suyos ofendieron el orgullo español.

«No bastaba a los detractores dar al fanatismo o a los ingleses el primer lugar en tan grande acontecimiento. Hanse recreado también en oscurecer su lustre, exagerando las muertes y horrores cometidos en medio del fervor popular. Cuando hemos referido los lamentables excesos que entonces hubo, cubriendo a sus autores del merecido oprobio, no hemos omitido ninguno que fuese notable. Siendo así, dígasenos de buena fe si acompañaron al tropel de revueltas desórdenes tales que deban arrancar las desusadas exclamaciones en que algunos han prorrumpido. Solo pudieran ser aplicables a Valencia y no a la generalidad del reino, y aun allí mismo los excesos fueron inmediatamente reprimidos y castigados con una severidad que rara vez se acostumbra contra culpados de semejantes crímenes en las grandes revoluciones. Pero al paso que profundamente nos dolemos de aquel estrago, séanos lícito advertir que hemos recorrido provincias enteras sin topar con desmán alguno, y en todas las otras no llegaron a treinta las personas muertas tumultuariamente. Y por ventura en la situación de España, rotos los vínculos de la subordinación y la obediencia, con autoridades que compuestas en lo general de hechuras y parciales de Godoy eran miradas al soslayo y a veces aborrecidas, ¿no es de maravillar que desencadenadas las pasiones no se suscitasen más rencillas, y que las tropelías, multiplicándose, no hubiesen salvado todas las barreras ? ¿ Merece, pues, aquella nación que se la tilde de cruel y bárbara? ¿Qué otra en tan deshecha tormenta se hubiera mostrado más moderada y contenida? Cítesenos una mudanza y desconcierto tan fundamental, si bien no igualmente justo y honroso, en que las demasías no hayan muy mucho sobrepujado a las que se cometieron en la insurrección española. Nuestra edad ha presenciado grandes trastornos en naciones apellidadas por excelencia cultas, y en verdad que el imparcial examen y cotejo de sus excesos con los nuestros no les sería favorable.»