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CAPÍTULO 58.

INDULTO DE GONZÁLEZ PEÑA Y CRISIS TOTAL

 

Resulta verdad inconcusa que la C. E. D. A. se ha integrado en la República, a la que sirve con lealtad. Cierto es también que muchos cedistas asisten con desconfianza y recelo al experimento, dispuestos a desertar en cuanto comprueben que no les lleva al prometido régimen pacifico, ordenado y justo. Los monárquicos, alarmados por aquella impregnación republicana de las masas derechistas, se esfuerzan por sacar a éstas del error, avisándolas de que a la revolución no se la vence con habilidades y votos y de que se daña al país y a los ideales con una participación en el Poder precaria y humillante.

Como el ministro de la Gobernación ratifica que el Gobierno se dispone a celebrar elecciones municipales en abril o mayo, los diarios monárquicos y A B C el primero abogan por la unión de las derechas, pues de lo contrario el triunfo de las izquierdas será seguro. Los dirigentes y la Prensa cedistas prestan poca atención a estas admoniciones, porque, seguros de su fuerza, se consideran invencibles.

Gil Robles tiene puesta su atención en Cataluña, donde el núcleo organizado por Cirera Volta y Anguera de Sojo hace progresos. Los jefes de derechas creen que en Cataluña, decepcionada por el final catastrófico de la aventura del 6 de octubre, ha remitido la fiebre autonomista y muchos catalanes desean afiliarse a organizaciones políticas de carácter nacional. Agrarios, monárquicos de todas las ramas, cedistas, aspiran a instalarse allí. Gil Robles recorre Cataluña y encuentra en todas partes grandes auditorios. A la Lliga Catalana le alarma aquella intromisión alevosa en su feudo. Cambó en el Ateneo Catalanista de Barcelona (8 de febrero) dice: «Los que nos visitan en viaje de propaganda deben tener en cuenta que Cataluña no es un partido, que esto es un conjunto de fuerzas, de iniciativas, de espíritu de patriotismo que ha hecho de un pequeño territorio una cosa tan fuerte que si el resto de España se le pareciera, España sería la primera potencia de Europa.» En Tarragona (26 de febrero) ironiza a cuenta de los que olvidándose de los problemas más acuciantes «vienen a organizar políticamente a los catalanes, aprovechándose de nuestra desgracia actual». Dice también: «Mientras en el Gobierno de España no figuren catalanes, será incompleto, porque los catalanes poseen como ningún otro el sentido práctico y realizador.»

La disputa más fuerte es la entablada entre los monárquicos y la C. E. D. A., siempre sobre el accidentalismo y la táctica. A partir de mediados de febrero, no obstante estar vigente el estado de excepción, Acción Popular, Renovación Española, el Bloque Nacional, los tradicionalistas y los nacionalistas de Albiñana van por ciudades y pueblos a conquistar adeptos. Los monárquicos movilizan sus mejores oradores: Calvo Sotelo, Goicoechea, Pradera, Pemán, Sáinz Rodríguez, condes de Vallellano y Rodezno, Lequerica, Maeztu, Fuentes Pila, Bau, Maura (Honorio), Serrano Jover, Fal Conde, Hernando de Larramendi, Zamanillo y otros. «No creo —afirma Calvo Sotelo— en la revisión constitucional. Vivimos patológicamente una revolución en fase de epílogo y de prólogo. La ocasión sería aprovechada por la revolución para surgir de nuevo. El problema no es de revisión, sino de sustitución.» «El accidentalismo es geométricamente la primacía de la curva sobre la línea recta. Esta primacía es en lo político rapidez; en lo espiritual, inelegancia; en lo moral, mutilación, cuando no claudicación. El accidentalismo si gobierna tiene que retorcer su corazón. Si no gobierna, ha fracasado.» También son frases de Calvo Sotelo estas: «La República no es más que un asilo de tránsfugas. No admito contacto alguno ni con ella ni con ellos. Se han sucedido cincuenta y cuatro ministros en siete carteras y alguno de esos ministros ha sido nombrado con el simple propósito de darle una pensión vitalicia.» «Se engañan —afirma Sáinz Rodríguez — los que creen que Gil Robles va a sacar la restauración de un recodo de su laberinto.» José F. de Lequerica entiende de este modo la unión de derechas (A B C, 1 de febrero): «Unión de derechas nacionales con programa máximo, con decisión para destruir la obra revolucionaria. Permanente, decidida, sin posibilidades de inteligencia con el enemigo, ni de fugas estratégicas al día siguiente de la victoria. Con doctrina y propósitos de largo alcance.»

Por cada mitin monárquico Acción Popular celebra diez. Gil Robles y sus ministros participan en los más importantes. «A las críticas que se nos hacen —son palabras del jefe de la C. E. D. A. en Zaragoza (10 de marzo) — respondemos con un programa.» «¿Por qué colabora Acción Popular en el Gobierno? Porque siguiendo la táctica que nos hemos trazado, avanzamos por el único camino viable para convertir la República en un régimen para todos los españoles. Los republicanos trajeron la República para su provecho y para atacar desde el Poder a sus enemigos políticos. Y como no podíamos consentir que se destrozase a España, nos dijimos: Entremos dentro y transformaremos la República de manera que sea beneficiosa para todos los españoles.» «Claro es —añadía Gil Robles — que esta colaboración no va a ser indefinida. No es más que el primer paso para hacernos cargo del Poder que nos corresponde... Hemos procurado dar a nuestro partido un sentido gubernamental, que sólo se adquiere con la actuación presente, demostrando que tenemos el sentimiento de lealtad. Cuando no se nos da íntegramente lo que deseamos, nos conformamos con una parte, con la esperanza de obtener el resto más adelante. Pretendemos resolver todos los problemas con urgencia —reforma constitucional, paro obrero, déficit económico— y hemos señalado los medios. Si hay quien no se atreve a aplicarlos, que nos dejen el campo libre para que lo hagamos nosotros.» Ante una gran masa concentrada en el Hipódromo de Armilla (Granada) (17 de marzo), Giménez Fernández declara: «Si la República trae como ventaja que seamos hermanos y una equiparación más justa entre todos, seré republicano toda mi vida. Las leyes harán que por las buenas o las malas, los sinvergüenzas cumplan como personas decentes.» Y Gil Robles anuncia en el mismo acto: «En la próxima semana presentaré una proposición para obligar al Gobierno a movilizar los cien millones del fondo del Centro de Contratación de Moneda, para dedicarlos a combatir el paro forzoso y la votaremos y conminaremos a que se realice, pues yo, que he cedido tantas veces y he corrido el riesgo de que se me llame traidor, esta vez ante el hambre de mis hermanos no puedo ni debo ceder. España necesita mano firme que no tiemble, y si vacila, apartaré esa mano para poner la mía.» En tono autoritario se expresa ante una asamblea del Bloque Agrario en el teatro Bretón de los Herreros de Salamanca (24 de marzo): «Por vosotros y vuestros ideales no dudaré en romper todo compromiso y coalición, aunque para ello tenga que ir a la disolución de Cortes. Si os unís, seréis una fuerza tan arrolladora que después de lo divino no habrá nada tan fuerte como vosotros. Somos invencibles. España está en nuestras manos y quien se atreva que presente batalla.»

En menor escala, también los republicanos de izquierdas salen al terreno de la propaganda; acusan de fascista y reaccionario al Gobierno, le niegan el título de republicano, le endosan toda la responsabilidad de los sucesos de Octubre, de los crímenes de la represión, de la miseria del proletariado, de resucitar en el campo al señor de horca y cuchillo y de la podredumbre en que se descompone el régimen. Los socialistas y comunistas permanecen inactivos; la mayoría de sus líderes están en el exilio, procesados o en la cárcel.

En un clima de inseguridad, el Gobierno; y en especial los ministros de la C. E. D. A., se esfuerzan por realizar una obra legislativa que patentice su paso por el Poder y dé cumplimiento a lo prometido. El ministro de la Gobernación, Vaquero, lee a las Cortes (6 de febrero) un proyecto de ley de Prensa, para acabar con el régimen de censura permanente desde la instauración de la República. Los periódicos, sin excepciones, acogen el proyecto con hostilidad, y todavía con mayor encono el dictamen de la Comisión parlamentaria, pues afirman que con él la función de la Prensa y sus derechos quedan al arbitrio y conveniencia del Gobierno: aumenta las responsabilidades de la Prensa y los procedimientos para exigirlas; establece la censura previa como recurso normal. Tan unánime y violenta es la repulsa, que el Gobierno acuerda en Consejo de ministros retirar el proyecto para reformarlo. A la lista de los periódicos suspendidos como consecuencia de los sucesos de Octubre hay que añadir Heraldo de Madrid y El Pueblo, que sustituye a El Socialista. Se les sanciona por sus excitaciones a la subversión. En virtud de un proyecto de ley aprobado en las Cortes (14 de marzo) por 225 votos, el precio de los periódicos diarios se eleva de diez a quince céntimos.

* * *

La batalla más recia se riñe en torno a los proyectos del ministro de Agricultura, Giménez Fernández, que acentúa en ellos su tendencia socializante, siempre dentro de las doctrinas de las Encíclicas, lo cual constituye piedra de escándalo para muchos correligionarios y no pocos agrarios y monárquicos, adversarios del «bolchevique blanco», como denominan al ministro y catedrático por sus audaces ideas sobre la propiedad.

La Ley de Arrendamientos rústicos avanza penosamente y obliga al ministro a una intervención incesante en defensa del proyecto. Igual su­cede con el dictamen de la Comisión de Agricultura sobre la ley de autorizaciones para la resolución del problema planteado en el mercado del trigo por el stock de unas 600.000 toneladas de cereal al que es necesario dar salida. Propone el ministro que una gran empresa controlada por el Estado y con un plan de licitación se encargue de vender el trigo. «No tengo miedo a las grandes empresas cuando hay un Parlamento donde cada cual puede decir lo que le venga en gana y hacer las fiscalizaciones.» En vista del retraso en la discusión de la Ley de Arrendamientos rústicos y como apremia resolver el problema de los yunteros de Badajoz, el ministro presenta un proyecto de ley sobre incremento de áreas de pequeño cultivo, que la Comisión de Agricultura dictamina «no es admisible ni por su orientación, ni por su oportunidad». El ponente es el cedista Azpeitia.

La ley promulgada (27 de febrero) para la resolución del problema planteado en el mercado de trigos, autoriza al ministro de Agricultura para bonificar al tipo máximo del 9 por 100 anual, englobados intereses y gastos, las retenciones voluntarias de trigo que hasta el límite de 600.000 toneladas ofrezcan las Asociaciones agrícolas o los particulares. El mercado será regulado por un órgano estatal, comprador al precio de tasa, regulador de la siembra y de las importaciones. Como numerario se utilizará la diferencia en el precio del maíz importado, el canon de una peseta por 100 kilos en todas las operaciones de compra-venta de trigo y el capital privado que pueda obtenerse mediante concurso público.

Las Cortes en sesiones diurnas y nocturnas simultanean la discusión de la Ley de Arrendamientos con otra del ministro de Agricultura sobre regulación del empleo y mercado de alcoholes y con las bases para el proyecto de ley municipal presentado por el ministro de la Gobernación. Otro proyecto leído por el ministro de Agricultura (28 de febrero) trata de regular y estabilizar la producción azucarera. La ley de Arrendamientos rústicos es aprobada (14 de marzo), por 189 votos contra 38.

Terminada la votación, el tradicionalista Domínguez Arévalo anuncia que su minoría ha votado en contra de la ley, porque además de considerar algunos de sus artículos perturbadores ha sabido con asombro que en Con­sejo de ministros celebrado por la mañana bajo la presidencia del Jefe del Estado se ha acordado una cosa tan insólita como la presentación de otro proyecto con modificaciones a la ley que acaba de aprobarse. También los regionalistas catalanes, dice Ventosa, «estiman perturbadora la ley, por no estar conformes en lo esencial con nuestro régimen jurídico ni con el económico.» La Unión Republicana cree, y así lo manifiesta el diputado Lara, que el proyecto primitivo del ministro de Agricultura ha sido deformado. Por el contrario, tanto Gil Robles como el ministro Giménez Fernández sostienen que la ley no ha sufrido modificación esencial, y que con ella se presta al orden jurídico y a España un gran servicio. «Como todas las obras humanas —afirma Lerroux—, tiene defectos, que a nuestro juicio es necesario rectificar. Pero vamos a esperar a que sea promulgada para estudiar las convenientes reformas.» La declaración del jefe del Gobierno corrobora la decisión del Consejo de ministros de rectificar los fallos de la ley. ¿Cuáles son estos? Sin duda, los expuestos por el diputado Del Río, amigo íntimo del Presidente de la República, en un discurso después de la votación (14 de marzo); la prohibición de acceso a la propiedad de los arrendatarios y la negación de las mejoras prometidas a éstos; la falta de seguridad al cultivador sobre la tierra mediante la prórroga indefinida del contrato, principio básico en el proyecto del ministro. No obstante lo cual, a Giménez Fernández «la ley le satisface plenamente», si bien «he de confesar paladinamente que en ciertos aspectos hubiera sido para mí más deseable que estuviese redactada tal como yo la pensé», aunque «ninguna de las modificaciones introducidas afecta, lo declaro solemnemente, a ninguno de los puntos fundamentales».

En la sesión siguiente (15 de marzo) la discusión del dictamen relativo al proyecto de ley sobre incremento de áreas del pequeño cultivo pone de manifiesto las discrepancias doctrinales de muchos cedistas con el criterio del ministro, al entender la Comisión, por boca del diputado Azpeitia que no es el momento más propicio para una ley de esta índole de carácter coactivo, que establece en realidad un arrendamiento forzoso», por lo cual, y «visto que no resuelve la situación, rogamos al ministro de Agricultura que nos dé otra fórmula que conduzca al mismo fin». La Comisión, replica Giménez Fernández, «no se ha percatado de la naturaleza y alcance del proyecto». «Si por socialismo se entiende todo aquel sistema que trata de la reforma de la sociedad, no la que piden los que no han hallado el mundo organizado a su gusto para vivir ellos bien, sino la que desean los que, al ver que las cosas están mal, quieren que se organicen mejor, yo soy socialista.» «¿Cómo vamos a esperar el resultado de la ley de Arrendamientos, si todavía no ha empezado a regir y no sabemos cómo se plantearán los asuntos, ni cuál será la confianza que van a tener los propietarios, después de todas las cosas que se han dicho aquí?»

En la votación de una enmienda del radical Álvarez Mendizábal, que sostiene el criterio del ministro, se pone en evidencia el desacuerdo de la minoría cedista ante los proyectos agrícolas. Consigue la enmienda 115 votos contra 82. La mitad de éstos son de correligionarios del ministro de Agricultura. Los adversarios más declarados a los proyectos de Giménez Fernández se encuentran en las propias filas de la C. E. D. A.

* * *

A las pocas semanas de dominada la revolución de Octubre estimó el Gobierno necesario esclarecer cómo habían sido provistos de armamento los rebeldes, en particular los mineros asturianos, y el procedimiento de que se habían valido para adquirir del Consorcio de Industrias Militares, dependiente del Ministerio de la Guerra, las armas transportadas por el buque «Turquesa», una parte de cuyo cargamento fue desembarcado en San Esteban de Pravia. Con dicha finalidad la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo designó al juez Alarcón, con plenitud de poderes para instruir el sumario o sumarios que fuese menester. Tres meses duraron las diligencias, minuciosas y extensas, pues llegó a declarar incluso el Presidente de la República. Cuando el juez da por conclusos tres sumarios, estos se componen de más de tres mil folios, con un peso de ochenta kilos. Uno de los sumarios se refiere al contrato que dio origen al embarque de armamento en el «Turquesa»; otro, por la introducción de armas por el puerto de Bilbao, y el tercero por el hallazgo de explosivos en una finca de la provincia de Huelva.

Desde que el testimonio del juez es presentado a las Cortes (15 de febrero), los periódicos de derechas dan a entender que habrá revelaciones sensacionales y crean un ambiente de gran expectación. Los intentos de los abogados de Azaña para impedir que el sumario vaya a las Cortes, cuando su verdadero destino debe ser el Tribunal de Garantías, contribuyen a acrecentar la curiosidad. ¿Por qué Azaña no quiere verse acusado ante el Parlamento? El ex ministro Nicolau D'Olwer se dirige al presidente de la Cámara y «se solidariza con las responsabilidades que se intenten exigir a Azaña». Los ex ministros Albornoz, Domingo, Giral, Zulueta, Barnés, Viduales y Franchy Roca «se solidarizan voluntaria y honrosamente con Azaña y su gestión en el Gobierno y con Casares Quiroga». En nombre de Azaña gestiona Barcia cerca del presidente de las Cortes, para que a aquél no se le tase el tiempo. El presidente acepta la condición. La sesión se abre (20 de marzo) con los escaños y tribunas llenas. Tres son las propuestas de acusación contra Azaña y Casares Quiroga: una encabezada por el cedista Moutas y noventa y tres firmas; la segunda de diputados monárquicos y tradicionalistas, con Goicoechea al frente; la tercera de Esteban Bilbao, con firmas de monárquicos y tradicionalistas. Las tres acusaciones coinciden en lo fundamental: concesión de auxilio a los generales, jefes y oficiales portugueses emigrados con motivo de la fracasada sublevación de 1931; negociaciones con Horacio Echevarrieta, a fin de facilitar armamento a dichos emigrados para futuras subversiones, y que también sirve para la revolución asturiana; desembarco en Bilbao de armamento transportado por el barco alemán «Rolanseck» y traslado de las armas hasta la frontera portuguesa para los conspiradores, con conocimiento y ayuda de Casares Quiroga; hallazgo de bombas en una finca de García de Leániz, en la provincia de Huelva, procedentes del aeródromo de Los Alcázares. Estas bombas fueron utilizadas por los revolucionarios portugueses y sus explosiones causaron muchas víctimas. Los acusadores creen que el testimonio del juez contiene no meros indicios, sino auténticos elementos probatorios de la existencia de un delito para comprometer la paz o la independencia del Estado según define el artículo 134 del Código Penal y, en su defecto, el 136. Los discursos de los acusa­dores decepcionan. Las tan esperadas pruebas de la participación de Azaña en el suministro de armas a los revolucionarios de Octubre no aparecen. Sus conexiones con los conspiradores portugueses tampoco ofrecen la gra­vedad denunciada.

Los discursos de Moutas, Goicoechea y Bilbao no descubren la trama de una intriga tenebrosa y profunda, capaz de poner en peligro la seguridad del Estado. Sólo revelan manejos y trapacerías, que no merecían la solem­nidad del aparato parlamentario montado como picota para exponer al acusado a la vergüenza pública.

Azaña se levanta engreído y con gesto soberbio a responder a sus impugnadores, complacido «de la posición singular que muy honrosamente para mí me habéis regalado en este asunto». El primer chispazo fue el descubrimiento de un alijo de material de guerra en una playa asturiana. Por la procedencia del material y por el contrato de que ese material había sido objeto se acreditó que aquello era una acción de Azaña para armar a la revolución. Como el material procedía del Consorcio de Industrias Militares y habían sido objeto de un contrato (que Gil Robles calificó de criminal) celebrado por Echevarrieta con el Consorcio siendo Azaña ministro de la Guerra, se vino a dar por cierta su complicidad. El acusado explica minuciosamente su gestión ministerial, sus relaciones con el Consorcio, entidad creada para fabricar y exportar material de guerra español y con Horacio Echevarrieta, que tenía varios contratos con el Estado, entre ellos uno de fusiles concertado en noviembre de 1933, cuando Azaña no era ministro de la Guerra. Las armas y el material bélico que salieron de las respectivas fábricas, consignadas a nombre de Echevarrieta en Cádiz, no fueron recogidas por éste y quedaron abandonadas en los muelles. En agosto de 1934, siendo Samper jefe del Gobierno, aparece un personaje nuevo, llamado León Soubié, que nadie sabe de dónde viene, quién le manda, de dónde procede su dinero, para quién compra. Y este Soubié paga al Consorcio ciento ochenta y tantas mil pesetas por la mayor parte del material depositado en el castillo de San Sebastián de Cádiz, y que se compone de 500 fusiles máuser, 24 ametralladoras, 3.000 bombas y 300.000 cartuchos de fusil. ¿Por qué se entrega el material y por orden de quién? El gerente del Consorcio se ocupa personalmente del rápido despacho de la licencia de exportación de la Dirección de Aduanas. «Creo —dice Azaña— que en el sumario que tenéis delante hay momentos en que uno quiere creer que la República se ha dispuesto a hacerse el harakiri. De los tres sumarios —afirma el orador—, solamente en el primero el fiscal se dirige a mí. En los otros dos, ni me nombra.» El orador censura el procedimiento que se ha seguido hasta elevar el testimonio a las Cortes, y cree que el juez ha cometido una transgresión legal.

De las propuestas de acusaciones, la única que le concierne a Azaña es la que se refiere al socorro a los exiliados portugueses. «Jamás he negado que los hubiera asistido.» El subsidio se ordenó desde el Ministerio de la Guerra, procedía de fondos reservados y se vino a gastar en ello alrededor de cuarenta mil pesetas. «El envío se hizo públicamente por las oficinas del Ministerio, a través de los generales de las Divisiones.» «Cuando he socorrido con fondos de libre disposición a unos emigrados políticos, no he hecho más que continuar una costumbre tradicional en España y Portugal, que data de más de un siglo y ha sido objeto de negociaciones diplomáticas y de disposiciones legales del Gobierno español.» «¿Se puede llamar a esto malversación?» Dirigiéndose al ministro de Trabajo, Anguera de Sojo, le interroga: «¿Mi colaborador de hace año y medio, tan íntimamente compenetrado con mi pensamiento y mi acción política, puede creer que yo soy un malversador?»

«Si de todo esto se quiere deducir una supuesta política de agresión a Portugal, es al que acusa a quien le incumbe probar que hubo siquiera indicio de semejante convenio político. En aquel entonces Lerroux era ministro de Estado y Rocha, el actual ministro, embajador en Portugal. ¿Tienen noticia ni sospecha de que el Gobierno tuviera algún convenio con los revolucionarios de Portugal para promover allí un movimiento? Es un dogma español y desde luego republicano que la independencia del pueblo portugués es una cosa sagrada para nosotros. Todo el mundo se da cuenta de lo que acontece: una contienda política en la que imprudentemente se ha mezclado un interés internacional. Todo esto no es más que saña. Entre unos y otros vais a acabar por conferirme una representación que nunca había soñado. Si esa política continúa y lográis poner a veinte mil atmósferas el sentimiento popular republicano, llegará un día en que otra riada como aquella memorable se lleve por delante muchas más cosas de las que vosotros, con vuestra presencia en el Gobierno, representáis, y entonces nosotros no tendríamos autoridad para interponernos como elemento de moderación y de freno.»

Termina así: «En un pueblo de mi conocimiento, Tenebrosa de los Caballeros, dividido por dos bandos políticos irreconciliables, había uno de estos hombres que llaman saludadores, a quienes el vulgo atribuye la extraña virtud de conocer la rabia de los perros y de prevenir en los hombres los efectos de la mordedura. Hubo un cambio político: nombraron nuevo alcalde y el primer decreto suyo fue obligar al saludador a que declarase rabiosos a todos los perros del bando contrario. En esta República de los Caballeros que el señor Lerroux conoce tan bien, el saludador ha sido el juez señor Alarcón y el alcalde el propio señor Lerroux». Los republicanos de izquierda aplauden enardecidos mientras la mayoría protesta indignada.

El discurso ha durado tres horas. A réplicas y aclaraciones se dedican una sesión nocturna y toda la siguiente (21 de marzo). El ex ministro de la Guerra, Hidalgo, puntualiza cuál fue su comportamiento con los emigrados portugueses. Samper, que se abstendrá de votar la proposición, por ser vocal del Tribunal de Garantías, afirma que Azaña continúa «con la inveterada costumbre de confundir el régimen con sus intereses políticos». Casares Quiroga, para quien no puede haber recompensa mayor que ver su nombre «estampado en el pedestal que estáis levantando a la figura de don Manuel Azaña», defiende la licitud del traslado de las armas desembarcadas en Bilbao del transporte alemán «Rosanleck», consignadas a Echevarrieta, que fueron a parar a la casa de un emigrado portugués en Madrid, y distribuidas a los revolucionarios madrileños, en octubre de 1934. Y aunque endosa la responsabilidad plena a la Dirección General de Seguridad, no consigue probar su inculpabilidad en este escándalo. El ministro de Trabajo, Anguera de Sojo, declara que sirvió con lealtad en el Gobierno de Azaña, sin perder su propia personalidad, sin pertenecer al partido de Acción Republicana, ni a ningún otro grupo afín, ni faltar a sus deberes de conciencia.

Demuestra el ministro de Justicia, Aizpún, que el procedimiento que se ha seguido es el legal, sin transgresión alguna, y que el juez Alarcón ha hecho lo que tenía que hacer. Los primeros firmantes de las propuestas de acusación, Moutas, Goicoechea y Bilbao, reiteran con prolijidad sus denuncias contra Azaña, fundándose en los testimonios de los sumarios. «El debate —afirma Goicoechea— ya no es un proceso político, sino un debate judicial para averiguar si los acusados han incurrido o no en la responsabilidades criminales determinadas en los escritos de la acusación.» A juicio de los nacionalistas vascos, según Landáburu, los hechos denunciados no tienen carácter delictivo. La opinión de la Lliga Catalana queda expuesta por Ventosa de esta manera: «Nos abstendremos de votar estas proposiciones, porque, jurídicamente, estimamos que después de haberse votado la ley de Amnistía, y dentro del criterio que ha de prevalecer en las acusaciones formuladas por el Parlamento, no pueden dar lugar a la acusación.» El trabajo de la Comisión que se nombre será nulo. Se polarizará la política española alrededor de este problema y su influencia será perturbadora. «Procuremos no envenenar aún más el ambiente de guerra civil en que vive España. Nuestra actitud no puede aparecer, en modo alguno, como de solidaridad con el señor Azaña, ni como aprobación de sus actos.»

Para Unión Republicana, dice Lara, no hay indicios o elementos de juicio bastantes de culpabilidad contra ningún ex ministro de la República. «Lo mejor que hoy podría ocurrirle al señor Azaña sería que le acusara el Parlamento: así resultaría glorificado.»

Tenemos —afirma Miguel Maura— el convencimiento pleno y firmísimo de que no hay el menor motivo para acusar como responsable de delitos específicos a nadie. «Con esta persecución estáis logrando que todo lo que en España hay de opinión republicana se polarice en torno a Azaña. Yo soy el primero en lamentarlo, porque soy adversario suyo.» Este es un proceso político —exclama Martínez Barrio— y, por ello, «proclamo mi solidaridad con el señor Azaña, culpado de faltas que no ha cometido, señalado a la vindicta pública por la pasión, y haciéndolo así preparáis la posibilidad de mejores días». Tampoco la Esquerra Catalana, anuncia Ferret, votará las proposiciones acusatorias. Primo de Rivera dice: «Este debate pone de manifiesto que el Estado español no existe. Si existiera, a los cuatro o seis días del 6 de octubre, el Estado español, considerando a don Manuel Azaña representante de un sentido opuesto o incompatible con el propio Estado, le hubiera hecho fusilar por un piquete. Es muy posible que hubiese cometido una injusticia penal, pero es evidente que hubiese servido una justicia histórica. La justicia histórica se administra así. Se nos dijo que el señor Azaña estaba ligado, a través del asunto del alijo, con la rebelión de Asturias. Se incoa el sumario y produce el resultado asombroso de que no encarta al señor Azaña, y en cambio descubre ciertos actos de allá por el año 1932, que ponían a España en peligro de que declarase una guerra. Si me preguntan si el señor Azaña favoreció una rebelión en Portugal, diré que no, y aunque de los tres mil folios del sumario se demuestre que sí, juraré que no, y todos los diputados tendremos que jurar que no, porque no se ha visto en el mundo que en una Cámara legislativa se lance al público de Europa esto de que el Gobierno español ha estado maquinando en 1932 o en 1933 contra la seguridad de un Estado vecino.»

«Todo lo que está en juego aquí es una controversia política. Los procesos de responsabilidades son un desatino y acaban siempre ensalzando al que tratan de perseguir. ¿Cree nadie que si Azaña es un valor en la política española van a anularle en el supuesto más que lejano de que haya Tribunal que le condene por esta absurda acusación sobre el artículo 134 del Código Penal, traído por los pelos? A los sistemas políticos hay que enjuiciarlos en su conjunto y la más grave acusación que puede lanzarse contra Azaña es haber malogrado la gran oportunidad que brindó el 14 de abril para hacer sencillamente la inaplazable y necesaria revolución española que ya vamos camino de escamotear. En vez de hacerlo, nos metisteis en esta especie de balsa sin salida, donde nos vamos pudriendo poco a poco, hasta que se abra otra revolución por otro lado.» «Esta sí que es nuestra culpa política, la que os debía inhabilitar: ahora vuestros enemigos os van a acusar de una majadería que representa el peligro de dos años de prisión; os van a llevar al Tribunal de Garantías para que os absuelva y os devuelva la virginidad para que intentéis la revolución otra vez. Y así nos pasaremos la existencia entre la charca y la parrilla, hasta que llegue de veras algún Sansón a hundir el templo con sus columnas y con todo lo que tiene de malo y todo lo que puede tener de bueno.»

El tradicionalista Domínguez Arévalo cree que debió de formularse una única acusación que englobase a todo el Gobierno provisional de la República. Gil Robles puntualiza que la iniciativa de este proceso no es de Acción Popular. «Nosotros encontramos empezado este asunto, sin intervención de nuestro partido en el planteamiento inicial, que fue en un terreno estrictamente jurídico, del que lo ha desbordado Azaña para llevarlo al terreno político. Votaremos la propuesta que hemos formulado, porque tenemos el convencimiento de que existen figuras de delito perfectamente dibujadas en la actuación judicial. No hay planteado sólo un problema de política interior, sino internacional, y por eso se debe llegar al total esclarecimiento.» ¿Que el señor Azaña con esto va a resultar favorecido? Si la justicia así lo exige ¿qué más podemos pedir sino que la justicia resplandezca? Que España sepa a qué atenerse. «Por eso votaremos la proposición, para que se vaya a la Comisión parlamentaria, para que se ejercite la acción ante el Tribunal de Garantías, para que después de investigar diga su fallo. Si vivimos en una democracia, la ley es igual para todos.» El jefe del Gobierno cierra el debate: «Creo que el mayor servicio que el Gobierno puede prestarle al señor Azaña consiste en facilitar la posibilidad de que se defienda ante un Tribunal libre de pasiones. Nada satisfará más mi espíritu republicano y mi patriotismo como un fallo absolutorio, aunque comparta el criterio de los que le consideran responsable. La República necesita de todos, y los hombres que han gobernado, reconstituyendo su personalidad, conservando como conservan su talento, pueden prestar en el porvenir eminentes servicios al país. El Gobierno —y hablo también como jefe del partido radical— va a votar la toma en consideración de la propuesta. Pero no es un acto de hostilidad ni de persecución, sino el deseo de proporcionar al señor Azaña medios de justificarse y de ocasión para acusarnos.»

Al retirar monárquicos y tradicionalistas sus propuestas queda únicamente la del cedista Moutas, que es aprobada por 194 votos contra 49. La Comisión de veintiún diputados encargada de dictaminar queda constituida en la sesión siguiente.

La acusación contra Azaña no ha sido el proceso del régimen que esperaban muchos. Las pruebas alegadas carecieron de aquella claridad y contundencia que exigían la acusación; los discursos no fueron catilinarias que destruyen al adversario. Los enemigos de Azaña no tendrían nuevos motivos para aborrecerlo, y en cambio sus amigos descubrían en su defensa nuevas razones para admirarlo. La animosidad de las derechas contra el personaje más calificado de la República se disipaba en salvas de pólvora.

* * *

Un asunto de la más alta gravedad y transcendencia asoma en el horizonte: el Tribunal Supremo acuerda por un voto de mayoría mostrarse favorable al indulto de González Peña, jefe máximo de la insurrección de Asturias. El indulto significará la ratificación del criterio impunista imperante desde el primer momento en el Gobierno. ¿Se avendrá la C. E. D. A. a respaldar en esta solemne ocasión una conducta que disgusta e indigna a la masa de afiliados? La opinión está a la expectativa de lo que va a ocurrir. Gil Robles, en un discurso pronunciado en La Coruña (24 de marzo), dice que para la liquidación del movimiento revolucionario «hace falta justicia sin venganza, sin espíritu sanguinario; justicia que no obligue a llegar a la falta de imperio de la ley». «No pedimos —añade— derramamiento de sangre, pero tampoco podemos ser cómplices o coautores de desigualdades injustas en la aplicación de las sentencias.»

Se interpretan estas palabras en el sentido de que la C. E. D. A. ha llegado al límite de las transigencias, y que sus ministros no votarán el indulto. Como, por otra parte, es cosa admitida que los radicales, estimulados por el Presidente de la República, se opondrán al cumplimiento de la sentencia, se tiene por cierta e irremediable la crisis.

No debe haber crisis —afirma El Debate en un editorial muy comentado (27 de marzo) —. «De nuevo, escribe, amenaza quedar incumplida la justicia con todos los quebrantos consiguientes para la ejemplaridad, para la autoridad y para la fuerza del Estado. Porque se ventila el indulto del jefe principal de la revolución asturiana...» «Algunos delincuentes han sido ajusticiados; y quizás no lo sea, en cambio, uno de los que llevan sobre sí la responsabilidad de tantos saqueos, asesinatos y robos.» Sin embargo, la crisis hay que evitarla por todos los medios. Si no ocurre así, «al mal gravísimo que es el indulto, se añadiría en nuestro sentir otro mal aún más grave. La dimisión se interpretaría como un triunfo de los revolucionarios: se vanagloriarían éstos de haber logrado disociar el bloque gubernamental, contra el que precisamente se levantaron, se considerarían con garantías de impunidad para la próxima, y cundiría esa impresión de inestabilidad tan propicia a todas las aventuras. Por tanto, es necesario sacrificarse una vez más, pero este sacrificio ha de tener un límite. Las cosas no pueden continuar como hasta ahora. El desgaste es tremendo, la iniciativa gubernamental es nula, la obra de gobierno irrisoria».

El editorial, dice Gil Robles en carta a Lerroux, «no responde a mi pensamiento y nada tengo que ver con él». Poco después lo acreditará con hechos. Al comenzar el Consejo de ministros (29 de marzo), Lerroux plantea el tema de los indultos. El ministro de Justicia, Aizpún, entiende que la política de lenidad alienta a la revolución, y que tal estímulo culmi­naría con el indulto a González Peña. Para el de Agricultura, Giménez Fernández, el indulto convertirá al delincuente en héroe y la sociedad se considerará con razón desamparada. El agrario Cid y el liberal-demócrata Dualde son partidarios de la ejecución de la sentencia para ejemplaridad social. Lerroux considera que la ejecución podría parecer acto cruel, pues «ya ha pasado mucho tiempo». Ha decidido someter el asunto a votación. Con el jefe del Gobierno se pronuncian en favor del indulto los ministros Vaquero, Abad Conde, Marraco, Rocha, Jalón y Orozco. Votan en contra Aizpún, Anguera de Sojo, Giménez Fernández, Cid y Dualde. «Colectiva­mente —escribe Lerroux —, la responsabilidad fue del Gobierno. Políticamente la responsabilidad fue del partido radical. Personalmente, la responsabilidad fue mía.» En el acto se suspende el Consejo y Lerroux se traslada al Palacio Nacional, para poner a la firma del Presidente el indulto de González Peña y, como consecuencia, el de otros condenados a muerte, en total veinte, entre ellos el diputado Teodomiro Menéndez. En virtud de otro decreto, se nombra jefe del Cuarto Militar al general Batet. Al salir al despacho, Lerroux declara que ha presentado al jefe del Estado la dimisión del Gobierno.

* * *

Abierto el período de consultas, los jefes de los grupos que participaron en el fenecido Gobierno aconsejan la formación de otro análogo, autoritario, con mayoría parlamentaria, dispuesto —según Gil Robles— «a liquidar la revolución». Los representantes de los partidos izquierdistas piden gobiernos de concentración republicana que ofrezca garantías jurídicas y el «restablecimiento de la leyes», en frase de Sánchez Román. Disolución de Cortes quiere el representante de la Esquerra, Santaló, y los socialistas, en nota facilitada por Fernando de los Ríos, reclaman «una era de aquietamiento de rencores y ejercicio de derechos institucionales, de paz civil, imposible con partidos que tengan por signos la crueldad y por norma de actividad un afán persecutorio». En consecuencia, aconsejan «un Gobierno de amplia concentración republicana, que ofrezca posibilidades de libre actuación legal». El partido socialista con esta declaración sale del ostracismo en que se había encerrado después de su derrota en octubre de 1934, lo cual significa que ve aclararse el horizonte. Azaña se excusa de acudir a Palacio. Es un presunto delincuente y considera obligado imponerse voluntario silencio.

Como resultado del complejo repertorio de consultas, Alcalá Zamora encarga a Lerroux (30 de marzo) la formación de un Gobierno de concentración. ¿A quién recurrir para este menester, sino a sus aliados del anterior Gabinete? Pero en esta ocasión tanto Gil Robles como Martínez de Velasco ponen como condición previa para el diálogo la aceptación de la proporcionalidad en el reparto de carteras. El jefe de la C. E. D. A. concreta que una de las cinco que a su entender le corresponden debe ser la de Guerra. Vista la imposibilidad de constituir un Gobierno tal como desea Alcalá Zamora, Lerroux declina los poderes. Pero el Presidente de la República no se da por vencido, y le reitera el encargo, sugiriéndole que incorpore a Maura y aún a Chapaprieta, sin representación parlamentaria propia, pero con mucha influencia. El resultado es idéntico, porque los jefes de los grupos aliados consideran que la vuelta de un Gobierno como el anterior sería un desprestigio para quienes promovieron la crisis. Entonces, el Presidente de la República confía el encargo a Martínez de Velasco (2 de abril), con la misma consigna; un Gobierno de concentración. Tropieza el mandatario en los mismos escollos que su antecesor, al solicitar la colaboración de la C. E. D. A., y al insistir el jefe de ésta en la petición de cinco carteras, la de Guerra como indiscutible, y la de Gobernación en calidad de complemento indispensable, Martínez de Velasco descubre la particularidad del encargo: negativa absoluta de la cartera de Guerra a la C. E. D. A. Gil Robles interrumpe la conversación. En este caso, el Gobierno que se forme no contará con su apoyo en las Cortes.

Martínez de Velasco visita al Presidente de la República para decirle su derrota. Pero Alcalá Zamora no se rinde y reitera el encargo (2 de abril) al jefe agrario para formar «un Gobierno netamente republicano con las asistencias que logre, aun cuando ello suponga la eliminación de la C. E. D. A.». Conmigo —le dice Lerroux, al escuchar la peregrina propuesta— no cuente. Martínez de Velasco se consideró definitivamente fracasado. Es el quinto día de crisis, y no se ve salida al embrollo político. Se hace necesaria una solución de urgencia, Alcalá Zamora discurre que para ganar tiempo constituya Lerroux un Gobierno de circunstancias. Con suspender las Cortes, tendrá asegurada la vida durante un mes, plazo suficiente para aquietar los ánimos y normalizar las cosas. En efecto, renovado el encargo al jefe radical, éste improvisa al sexto día de crisis (3 de abril) un Ministerio de «técnicos y especialistas». «Me resultó por falta de tiempo, apenas un Gobierno para celebrar las fiestas de aniversario de la República». La lista de los ministros es la siguiente: Presidencia, Lerroux. Estado, Juan José Rocha. Justicia, Vicente Cantos Figuerola. Guerra, general de División Carlos Masquelet. Marina, vicealmirante de la Armada Francisco Javier Salas. Hacienda, Alfredo Zavala. Gobernación, Manuel Pórtela. Instrucción Pública, Ramón Prieto Bances. Obras Públicas, Rafael Guerra del Río. Trabajo, Eloy Vaquero. Agricultura, Juan José Benayas. Industria y Comercio, Manuel Marraco. Comunicaciones, César Jalón.

El general Masquelet, de la Academia de Ingenieros, ha sido secretario del Consejo Superior de Guerra y jefe del Estado Mayor Central; el vicealmirante Salas, era jefe del Estado Mayor Central de la Armada. Tiene 64 años. Zabala, ministro de Hacienda, abogado del Estado, desempeña el Gobierno del Banco de España. Prieto Bances, antiguo monárquico, en la actualidad del partido de Melquíades Álvarez, catedrático de Historia del Derecho de la Universidad de Oviedo, subsecretario del Ministerio de Instrucción con Villalobos, era Comisario General de Enseñanza en Cataluña. Benayas, amigo del Presidente de la República, fue subdirector jurídico del Instituto de Reforma Agraria. Ocho ministros —Masquelet, Salas, Zabala, Pórtela, Benayas, Prieto Bances, Marraco y Jalón— no son diputados.

Para la Prensa revolucionaria el nuevo Gobierno significa la ruptura de la coalición. «La C. E. D. A. lo ha querido —comenta El Sol (5 de abril) —. Desde su triunfo electoral ha practicado una política sinuosa, agresiva, rencorosa, antipática y estéril. Sus acercamientos a la República han sido seguidos de exigencias remuneradoras. La nación nada tiene que agradecerle, porque nada que cae fuera de la órbita de su partido le interesa ni poco ni mucho.» La Prensa monárquica proclama el fracaso de la táctica cedista. Gil Robles ha perdido estérilmente el tiempo, escribe A B C (5 de abril): «En noviembre de 1933 debió pedir el Poder: era lo lógico; era lo de moral política; era, asimismo, de derecho consuetudinario en todos los Estados de sistema parlamentario, para que el desengaño inmediato hubiera encaminado sus pasos, ahorrándole desgastes.» «Lo ocurrido — escribe Informaciones— es el fracaso de una política de atracción al régimen de grandes masas de españoles honrados.» El Debate (3 de abril) afirma que la C. E. D. A., «no ha encontrado modo decoroso de participar en el Gobierno». «De todas partes han surgido voces que pedían ver en el Gabinete un reflejo de la Cámara. Pero el grupo más numeroso de ésta, el que lleva cuarenta votos de ventaja sobre el que más de cerca le sigue, a ése ni se le ofrece la Jefatura, ni se le atribuye tampoco en número ni en importancia los puestos que le corresponden, y cuando él no pasa por tales restricciones se le deja del todo y se llama a otra puerta... Nada pidió — de momento, ni se quejó porque no se le diera—; no derribó gobiernos ni obstruyó leyes, sino que dio apoyo y sostuvo a los de la situación. Todo eso ven los españoles en el grupo parlamentario que acaudilla Gil Robles. Ninguno acertará a explicarse el trato que recibe.»

Estas endechas del portavoz de la C. E. D. A. van dirigidas al Presidente de la República, receloso siempre y obstinado en cerrarle a Gil Robles y a los suyos la entrada en el recinto republicano. Los vientos de las alturas no eran favorables a la C. E. D. A.

 

CAPÍTULO 59

HACIA UNA COALICIÓN ELECTORAL DE TODAS LAS IZQUIERDAS