CAPÍTULO XVIII ALMANZOR
EN CÓRDOBA. — DE RAMIRO III A ALFONSO V EN LEÓN
Del
976 al 1002
Podemos
anunciar que llegamos a uno de los periodos más importantes de la
dominación sarracena en España. El nombre del personaje que va a la
cabeza de este capítulo lo dice también bastante al que no sea del
todo peregrino en nuestra historia de la edad media. En el hecho mismo
de ponerle al frente, no siendo Almanzor califa, damos ya a entender
suficientemente que no va a ser el califa, sino su primer ministro,
el alma y el sostén del imperio musulmán y el gran competidor de los
cristianos en la época que nos toca describir.
Por
una rara y singular coincidencia, de los cinco Estados independientes
que se han formado en nuestra Península, a saber, el imperio árabe,
los reinos de León y de Navarra, y los condados de Barcelona y de
Castilla, en los tres primeros y mayores reinan simultáneamente tres
niños, Ramiro III en León, Sancho Garcés el Mayor en Navarra, Hixem II, que ha sucedido a su padre Alhakem II, en Córdoba: acontecimiento
nuevo para los tres reinos, de donde hasta ahora hemos visto excluidos
los príncipes de menor edad. ¿Cuál de los tres tiernos soberanos prevalecerá
sobre los otros? Naturalmente habrá de preponderar aquel que tenga
la fortuna de ver depositadas las riendas del Estado que él no pueda
manejar en manos más robustas y vigorosas, el que vea encomendada
la dirección del reino a persona de más talento y capacidad, la de
la guerra a genio más activo y emprendedor.
Habíase
confiado la tutela y educación del tierno monarca leonés y la regencia
del reino a dos mujeres, a dos religiosas, que lo era ya su tía Elvira
cuando subió Ramiro III al trono, y entró también después en el claustro
su madre Teresa, la viuda de Sancho I. Por fortuna a la natural flaqueza
del sexo suplía la piedad y discreción de estas dos mujeres, en términos
que no sólo marchaba en prosperidad el Estado bajo su gobierno, sino
que en una asamblea de obispos y magnates celebrada en León (971)
se dieron gracias a Dios por los particulares beneficios que el reino
disfrutaba bajo la acertada y prudente dirección de las dos piadosas
princesas, y principalmente do Elvira, que era la que ejercía más
manejo en los negocios públicos, hasta el punto de decir aquellos
próceres, que si por el sexo era mujer, por sus distinguidos hechos
merecía el nombre de varón. En principios de virtud y en máximas de
sana moral educaban las dos religiosas princesas a su real pupilo: ejercitábanse en piadosas obras y fundaciones;
remediaban y corregían abusos, contándose entre sus medidas la supresión
que de acuerdo con los obispos hicieron de la silla episcopal creada
en Simancas por Ordeño II contra los sagrados cánones que prohibían
la existencia simultánea de dos cátedras episcopales en una misma
diócesis. Prosperado hubiera el reino de León bajo el gobierno de
tan virtuosas y discretas señoras, si por una parte el príncipe no
hubiera, a medida que crecía en años, crecido también en aviesas inclinaciones, desviádose de los saludables consejos de
su madre y tía, y dado rienda a sus pasiones juveniles y a los instintos
de su natural soberbio y altivo; y si por otra parte el reino leonés
hubiera podido conservar la paz que habían respetado Abderramán III
y Alhakem II, y no se hubiera levantado en el imperio musulmán un
genio inquietador y belicoso que había de poner en turbación y conflicto
todos los Estados cristianos.
Como
si diera por perdido el tiempo que las directoras de su educación
habían tenido enfrenadas sus malas tendencias y quisiera darse prisa
a indemnizarse, así obró Ramiro III tan pronto como salió de su menor
edad. Con pretexto de que no debía tolerar que el reino continuara
gobernado por mujeres y de querer manejar los negocios por sí mismo, emancipóse de sus dos prudentes ayas,
contrajo matrimonio con una señora llamada Urraca Sancha, de no conocida
familia y no señalada por lo prudente; y lo que fue peor, juntando
Ramiro a los caprichos y desarreglos de su corta edad los ímpetus
de un natural presuntuoso, despreciador de los grandes, no cumplidor
de las palabras, y desatento y acre en las respuestas, ni instruido,
ni veraz, ni discreto, de tal manera disgustó y desabrió a los condes
y próceres de Galicia, León y Castilla, ya de por sí poderosos y envalentonados,
que los más se le hicieron enemigos, y los de Galicia abiertamente
se le rebelaron proclamando a Bermudo, hijo de Ordoño III, y aun procediendo
a consagrarle como rey en la iglesia de Santiago (980). Noticioso
Ramiro de esta novedad salió con sus tropas en busca de su competidor:
se encontraron ambas huestes en Pórtela de Arenas, donde se dio una
batalla, en la que murieron muchos de ambas partes, mas sin que se decidiera en favor de ninguna la victoria. Se
retiró Bermudo a Compostela, y Ramiro, que de suyo no era muy
belicoso y esforzado, se volvió también a León. La muerte que a los
dos años sorprendió a Ramiro dejó a su rival desembarazado el camino
del trono. Fue sepultado en San Miguel de Destriana,
donde yacía su abuelo Ramiro II.
Resonaba
ya por este tiempo en toda España el nombre de Almanzor. ¿Quién era
este famoso personaje que desde el principio se anunció tan terrible
para los cristianos? Lo diremos.
Al
morir el ilustre califa Alhakem II había dejado (cosa extraña en aquella
prolífica familia) un solo hijo de un poco más de diez años, que a
pesar de su corta edad fue sin oposición reconocido y jurado califa
por los grandes del imperio bajo el nombre de Hixem II: primer ejemplo de una minoría en los anales del califato andaluz,
como lo había sido en los del reino de León la de Ramiro III. Hallábase
a la sazón de hagib o primer ministro aquel Giafar que tanto se había distinguido en las guerras de África
(976). Pero había entre los visires de la corte un hombre, que por su talento, por su afabilidad y gentileza se había
captado el favor y la confianza de la sultana Sobheya,
la esposa favorita de Alhakem, la que había intervenido en todos los
negocios del imperio durante los últimos diez años, y la sola mujer
que había hecho un papel político en la historia de los Ommiadas.
El hombre que así había merecido la predilección de la sultana viuda,
y a quien ésta había hecho sucesivamente su secretario íntimo y su
mayordomo, se llamaba Mohammed ben Abdallah ben Abi Ahmer el Moaferi:
había nacido en una aldea cerca de Algeciras; su padre había sido
muy particularmente honrado por Abderramán III, y su madre pertenecía
a una de las más ilustres familias de España. Había venido al mundo
en el mismo año de la famosa derrota de los musulmanes en Simancas,
«como si Dios (añade un historiador crítico) hubiera querido señalar
y como compensar aquel desastre de los muslimes con el nacimiento
del que había de ser su vengador.»
Este
hombre, que además del favor de la sultana viuda, gozaba por su valor
y prudencia de la consideración y el respeto de los visires de palacio,
de los jefes de la guardia y de los walíes de las provincias, fue
nombrado por Sobheya primer ministro de su hijo, sin quitar el título a Giafar, pero encomendando a su favorito la tutela de Hixem, y la regencia y dirección del imperio: ofendióse de ello Giafar, pero disimuló
su resentimiento. Vióse desde entonces el
imperio árabe en una situación nueva. La política de Almanzor, y lo
que es más extraño, la de la sultana madre, fue mantener al tierno
califa en una ignorancia y como niñez perpetua, para que ni conociera
nunca su posición, ni nunca pensara en emanciparse de la tutela en
que se propusieron tenerle. Alejaron de su lado los maestros a quienes
su padre tenía fiada su educación, y le rodearon de jóvenes esclavos
que le tuvieran entretenido con sus juegos en los jardines de Zahara.
Ni Hixem pensaba en otra cosa que en divertirse, ni su madre y tutor le permitían hacer más que crecer
entre juegos y deleites, siempre encerrado en su alcázar, sin comunicar
con nadie sino con los muchachuelos de su edad, pues si en ciertos
días se daba entrada en palacio a los visires, hacíaseles retirar en cuanto le saludaban, como suponiéndole en cierto estado
de imbecilidad intelectual. De modo que el niño Hixem era, más bien que califa, un preso incomunicado, y sólo por las monedas
y oraciones se sabía que había un califa llamado Hixem;
pero el verdadero califa de hecho era Almanzor, que obraba en todo
como si fuese el legítimo soberano, los decretos se publicaban en
su nombre, que se esculpía también en las monedas, y se oraba por
él en las mezquitas al propio tiempo que por el califa.
Aunque
su elevación había sido del gusto de la mayoría de los visires y walíes
del imperio, no faltaron algunos que se mostraran hostiles, y uno
de los primeros cuidados del regente soberano fue deshacerse de sus
enemigos y rivales, castigando directamente a unos, e indisponiendo
mañosamente a los otros entre sí haciendo que se destruyeran mutuamente.
Al mismo tiempo ganaba a los poderosos con honores, a los soldados
con larguezas, a los sabios colocándolos en altos puestos, siguiendo
en esto el sistema y la política de Alhakem. Si alguna medida odiosa
se veía precisado a tomar, como la disminución de la guardia esclava
devota de los Ommiadas, tenía el ardid de hacer recaer su odiosidad
sobre su compañero Giafar, desprestigiándole
con los Meruanes mismos. Y mientras meditaba
cómo acabar de perder sin estrépito a Giafar,
tuvo la astucia de comprometer a su hijo en la guerra de África, negándole
los auxilios que le pedía, y dando lugar a que cayera prisionero.
Así llegó a adquirir un grado de poder irresistible; poder que había
de ser bien fatal a los cristianos; porque a la manera que Aníbal
había jurado sobre los altares de los dioses odio eterno e implacable
a Roma, así Almanzor había jurado por el nombre del Profeta acabar
con los cristianos españoles y no descansar hasta conseguir el exterminio
de su raza.
Con
este designio hizo paces con los africanos, y celebró con el fatimita Balkim, que tenía sitiada a Ceuta, un tratado de amistad,
por el que el emir africano se obligó a enviar anualmente al regente
de España cierto número de soldados y caballos berberiscos; lo cual
dio ocasión a que algunos murmuraran de que teniendo enemigos declarados
en África se mostrase tan dispuesto a inquietar a los cristianos de
Galicia y de Afranc, que años hacía estaban
siendo fieles cumplidores de los tratados de paz hechos con Alhakem.
Almanzor supo acallar todas estas murmuraciones, y cuando hubo recibido
los primeros refuerzos de África, emprendió sus primeras excursiones
por los territorios cristianos (977), dirigiéndose primeramente a
la España oriental; dadas allí las convenientes órdenes para las sucesivas
campañas a los walíes de aquellas fronteras, torció hacia las del
Duero, y con las huestes de Mérida y Lusitania hizo una incursión
exploratoria en Galicia, taló campiñas, saqueó pueblos y ganados,
hizo cautivos, y se volvió impunemente a Córdoba satisfecho del éxito
de sus primeras guerras relámpagos o algaras.
En
este mismo año se acabó en Écija el acueducto que había mandado hacer
la sultana madre, y en él se puso la inscripción siguiente:
«En
el nombre de Dios clemente y misericordioso, mandó edificar esta acequia
la señora, engrandézcala Dios, madre del príncipe de los creyentes,
el favorecido de Dios, Hixem, hijo de Alhakem,
prolongue Dios su permanencia, esperando por ella copiosas y grandes
recompensas de Dios: y se acabó con la ayuda y socorro de Dios por
mano de su artífice y prefecto cadí de los pueblos de la cora (comarca) de Écija y Car mona y dependencias de su gobierno, Ahmed
ben Abdallah ben Muza, en la luna de Rabie postrera del año 367.»
El
erudito orientalista Dozy, en sus Investigaciones sobre la Historia política
y literaria de España en la edad media, hace el siguiente retrato
de Almanzor, de quien ciertamente no se muestra apasionado: «Un solo
hombre llegó no sólo a hacer impotente al califa su señor, sino también
a derribar los nobles de entonces, ya que no la nobleza. Este hombre,
que no retrocedía ante ninguna infamia, ante ningún crimen, ante ningún
asesinato, con tal de arribar al objeto de su ambición; este hombre,
profundo político, el más grande general de su tiempo, ídolo del ejército
y del pueblo, a quien la fortuna favorecía en todas las ocasiones;
este hombre era el terrible primer ministro, el hagib de Hixem II, era Almanzor. Trabajando únicamente por afianzar
su propio poder, se contentó con asesinar sucesivamente los jefes
poderosos y ambiciosos de la raza noble que le hacían sombra, pero
no trató de destruir la aristocracia misma. Lejos de confiscar los
bienes y tierras que ésta poseía, era, por el contrario, el amigo
de aquellos patricios que no le inspiraban temor.»
Cuenta
más adelante, cómo dos poderosos jefes de los eunucos eslavos concibieron
y trataron de realizar el proyecto de proclamar por sucesor de Alhakem
II a su hermano Al-Mogirah, en lugar de
su hijo Hixem, aunque a condición de que aquél hubiera de declarar
a su vez sucesor del trono a su sobrino. Comunicaron el proyecto al
ministro Giafar, el cual fingió aprobarle, pero habiéndolo revelado
con el fin de tomar medidas para conjurar la conspiración a varios
de sus amigos, y entre ellos a Mohammed ben Abi Ahmer (después Almanzor), éste se encargó de asesinar a Al-Mogirah,
«y estranguló al joven príncipe que aún no sabía la muerte de su hermano.»
De este y otros semejantes hechos, que cita también Al-Makari,
no dice nada Conde.
Y sin embargo,
no eran estas correrías sino el preludio y como el ensayo de otras
más serias y terribles expediciones que meditaba. Desembarazado de
los rivales que podía temer, a excepción de Giafar,
casi el único que quedaba; dueño de la confianza de Sobheya;
reducido a la nulidad el califa Hixem: contando
con los socorros de África, y obrando ya en fin con la autoridad de
un soberano, pudo dar principio a la realización de sus proyectos
y de su plan de campaña, que consistía, como después se vio, en hacer
por lo menos dos irrupciones anuales en tierras cristianas, invadiendo
alternativamente ya el Norte, ya el Oriente, con la velocidad del
rayo, y dejándose caer repentinamente allí donde menos le podían esperar.
Tocó a León y Galicia sufrir el ímpetu de la primera irrupción (978).
En manos aquel reino de un monarca niño y de dos piadosas mujeres,
no preparado por otra parte a la guerra y acostumbrado a la paz en
que Alhakem le había dejado vivir, poca resistencia podía oponer al
intrépido guerrero musulmán, el cual volvió a Córdoba llevando consigo
porción de jóvenes cautivos de uno y otro sexo, siendo recibido con
grandes demostraciones de entusiasmo. Entonces fue cuando, al decir
de varios autores, se dio a Mohammed el título de Almanzor (El Mansur),
el Victorioso, el Defensor ayudado de Dios.
O
muy desinteresado o muy político Almanzor, no recogía para sí otro
fruto de estas expediciones que la gloria de haber vencido: el botín
lo distribuía todo entre los soldados, sin reservar más que el quinto
que tocaba; por la ley al califa, y la estafa o derecho de escoger
que se dejaba a los caudillos. Hombre de memoria y retentiva, conocía
a todos sus soldados, y conservaba los nombres de los que se señalaban
y distinguían: hábil en el arte de ganarse sus voluntades, inspeccionaba
personalmente los ranchos de todas las banderas, restableció la costumbre
de dar banquetes a las tropas después de cada triunfo, y convidaba
a su propia mesa a los que se habían distinguido en el campo de batalla.
¡Y ay del que se atreviera a murmurar de su liberalidad para con los
soldados! En la expedición que con arreglo a su sistema hizo en la
primavera de 979 a las provincias fronterizas de la España oriental,
fue tan pródigo en la remuneración de las huestes que le siguieron,
que hubo de quejarse el hagib Giafar de lo poco que del quinto
del botín, llamado el lote de Dios, había ingresado en el tesoro. Súpolo Almanzor, y sirvióle de buen
pretexto para desembarazarse del único competidor que le quedaba; redújole a prisión, confiscóle todos
sus bienes a nombre del califa, y le despojó de todos sus honores
y empleos. Cuatro años más tarde corrió la voz de que Giafar había muerto de consunción y de melancolía. Historiadores hay que
suponen haber tenido más parte en su muerte la voluntad de Almanzor
que ninguna enfermedad.
Pero
tan espléndido como era con los soldados, tanto era de severo y rígido
en la disciplina. Dice Al-Makari, que cuando
les pasaba revista, no sólo los hombres estaban en las filas inmóviles
y como clavados, sino que apenas se oía un caballo relinchar. Cuenta
que habiendo visto un día relumbrar una espada al extremo de una línea
faltando a la uniformidad del movimiento, hizo llevar a su presencia
al culpable, el cual, interrogado sobre su falta, dio una excusa que
no pareció suficiente á Almanzor, y en el acto le mandó decapitar,
y que su cabeza fuera paseada por delante de todas las filas para
escarmiento de los demás. Al propio tiempo era clemente con los vencidos,
y no permitía ni hacer daño ni cometer violencias con la gente pacífica
y desarmada. Su política con los cristianos, a quienes por otro lado
deseaba exterminar, la confiesan nuestros mismos cronistas. «Lo que
sirvió mucho a Almanzor, dice el monje de Silos, fue su liberalidad
y sus larguezas, por cuyo medio supo atraerse gran número de soldados
cristianos: de tal manera hacía justicia que, según hemos oído de
boca de nuestro mismo padre, cuando en sus cuarteles de invierno se
levantaba alguna sedición, para apagar el tumulto ordenaba primero
el suplicio de un bárbaro que el de un cristiano.»
Este
hombre singular, cada vez que volvía del campo de batalla, hacía que
al entrar en su tienda le sacudiesen con mucho cuidado el polvo que
habían recogido sus vestidos, y lo iba guardando en una caja hecha
al efecto, la cual constituía uno de los muebles más indispensables
y de más estima de su equipaje, con ánimo de que a su muerte cubriesen
en la sepultura su cuerpo con aquel polvo, sin duda por aquello de
la Sura o capítulo IX del Corán: «Aquel cuyos pies se cubran de polvo
en el camino de Dios, el Señor le preservará del fuego.»
Tal
era el nuevo enemigo que de repente se había levantado contra los
cristianos. Con todo esto llegó a entusiasmar de tal suerte a los
musulmanes, que todos a porfía pedían alistarse en sus banderas, y
no eran los menos entusiastas los africanos berberiscos, a quienes
daba una especie de preferencia, y de quienes llegó a hacer el núcleo
y la fuerza principal de su ejército. Supónese que en una revista general que pasó en Córdoba contó
hasta doscientos mil jinetes y seiscientos mil infantes: cifra prodigiosa,
que no puede entenderse fuese toda de tropas regimentadas, sino de
todos los hombres dispuestos a tomar las armas en los casos necesarios.
Tenía, sí, un gran ejército activo y permanente que le acompañaba
en todas las expediciones, el cual se engrosaba además con la gente
de la frontera por donde hacía cada invasión. Aunque sus irrupciones
eran inciertas, acometiendo indistinta e inopinadamente ya un punto
ya otro, invadía con más frecuencia la Castilla y la Galicia que la
España oriental. Llevaba siempre consigo a su hijo el joven Abdelmelik para acostumbrarle a los ejercicios y a las fatigas
de la guerra. El lector comprenderá lo difícil que debía ser para
los escritores de aquellos tiempos dar cuenta de todas las campañas
de este hombre esencialmente guerrero, que sin contar más que las
dos expediciones anuales que infaliblemente realizó, resulta haber
hecho en veintiséis años de gobierno cincuenta y dos invasiones por
lo menos en tierras cristianas. Las principales de ellas, sin embargo,
han quedado consignadas, ya en nuestras historias, ya en las crónicas
árabes.
Las
de los primeros años no podían menos de ser felices para el ministro
regente, descuidados los cristianos, desavenidos entre sí, y ocupando
el trono de León un rey joven, de poco atinada conducta y no muy querido
del pueblo. Debió, no obstante, el peligro mismo y la necesidad obligarlos
a apercibirse y fortalecerse, cuando las mismas crónicas musulmanas
nos hablan de una campaña en el año 370 de la hegira,
en que habiéndose encontrado frente a frente
los dos ejércitos cristiano y sarraceno, ocurrieron circunstancias
dignas de especial mención.
Hallábase
Almanzor, dicen, a la vista de una poderosa hueste de cristianos de
Galicia y Castilla en el año 370 (16 de julio de 980 al 5 de julio
de 981): trababan los campeadores de ambos ejércitos frecuentes escaramuzas
más o menos sangrientas y porfiadas. En esta ocasión preguntó Almanzor
al esforzado caudillo Mushafa:
—¿Cuántos
valientes caballeros crees tú que vienen en nuestra hueste?
—
Tú bien lo sabes, le respondió Mushafa.
—
¿Te parece que serán mil caballeros? volvió a preguntar Almanzor.
—
No tantos.
—
¿Serán quinientos?
—
No tantos.
—
¿Serán ciento, o siquiera cincuenta?
—
No confío sino en tres; respondió el caudillo.
A
este tiempo salió del campo cristiano un caballero bien armado y montado,
y avanzando hacia los musulmanes:
—¿Hay
gritó, algún musulmán que quiera pelear conmigo?
Presentóse en efecto un árabe, peleó el cristiano con él y le mató.
—¿Hay
otro que venga contra mí, volvió a gritar el cristiano.
Salió
otro musulmán, comenzó el combate, y el cristiano le mató en menos
tiempo que al primero.
—¿Hay
todavía, volvió a exclamar el cristiano, algún otro, o dos o tres
juntos, que quieran batirse conmigo?
Presentóse otro arrogante
musulmán, y a las pocas vueltas, dice su misma crónica, le derribó
el cristiano de un bote de lanza. Aplaudían los cristianos con algazara
y estrépito, desesperaba el despecho y la indignación a los musulmanes,
y el cristiano volvió a su campo, y al cabo de breves momentos viósele reaparecer en otro caballo no menos hermoso que el primero, cubierto
con una gran piel de tigre, cuyas manos pendían anudadas a los pechos
del caballo, y cuyas uñas parecían de oro.
—Que
no salga nadie contra él, exclamó Almanzor.
Y
llamando a Mushafa le dijo:
—¿No
has visto lo que ha hecho este cristiano todo el día?
—
Lo he visto por mis ojos, respondió Mushafa,
y en ello no hay engaño, y por Dios que el infiel es muy buen caballero,
y que nuestros musulmanes están acobardados.
—
Mejor dirías afrentados, repuso Almanzor.
En
esto el esforzado campeón, con su feroz caballo y su preciosa cubierta
de piel, se adelantó y dijo:
—¿No
hay quien salga contra mí?
—
Ya veo, Mushafa, exclamó Almanzor, ser cierto
lo que me decías, que apenas tengo tres valientes caballeros en toda
la hueste: si tú no sales, irá mi hijo, y sino iré yo, que no puedo
sufrir ya tanta afrenta.
—
Pues verás, replicó Mushafa, qué pronto
tienes a tus pies su cabeza, y la erizada y preciosa piel que cubre
su caballo.
—
Así lo espero, dijo Almanzor, y desde ahora te la cedo para que con
ella entres orgulloso en el combate.
Salió Mushafa contra el cristiano, y éste le preguntó:
—¿Quién
eres tú y a qué clase perteneces entre los nobles muslimes?
Mushafa, blandiendo
la lanza, le respondió:
—Esta
es mi nobleza, esta es mi prosapia.
Pelearon, pues, ambos adalides con igual brío
y esfuerzo, hiriéndose de rudos botes de lanza, revolviendo sus caballos,
parando los golpes, y entrando y saliendo el uno contra el otro con
admirable gallardía. Pero el cristiano estaba ya cansado, y Mushafa,
joven y ágil, acertó a revolver su corcel con más presteza, y dando
una mortal lanzada a su valiente competidor logró derribarle del caballo:
saltó Mushafa del suyo, y le cortó la cabeza y despojó al caballo
de la hermosa piel, y corriendo con uno y otro despojo a Almanzor,
fue recibido de éste con un abrazo, e hizo proclamar su nombre en
todas las banderas del ejército. Dada después la señal del combate, empeñáronse ambas huestes en sangrienta
batalla, que vinieron a interrumpir las sombras de la noche. Al día
siguiente los cristianos no se atrevieron a volver a la pelea, y se
retiraron al asomar el día. Almanzor volvió triunfante a Córdoba.
Las
dos irrupciones del año siguiente (de julio de 981 a junio de 982)
fueron también sobre Castilla, que los árabes seguían nombrando Galicia.
El fruto de la primera fue la toma de Zamora, con otras cien fortalezas
y poblaciones, cuyas murallas hizo abatir. Los cautivos de ambos sexos,
los ganados y despojos que Almanzor cogió en esta campaña fueron tantos,
que al decir de sus historiadores faltaban carros y acémilas en que
llevarlos, y cada soldado tuvo ocasión de saciar bien su codicia.
Dicen que Almanzor entró en Córdoba precedido de nueve mil cautivos
que iban en cuerdas de a cincuenta hombres, y que el walí de Toledo
Abdala ben Abdelaziz llevó a aquella ciudad cuatro mil, después de
haber hecho cortar en el camino igual número de cabezas cristianas,
si bien esta última circunstancia no la dan por tan segura, o al menos
aparentan tener para ellos mismos el carácter de rumor. No fue tan
feliz el incansable enemigo de los cristianos en la expedición del
otoño de aquel mismo año. Sin oposición ni resistencia había pasado
el Duero el ejército musulmán y llegado a las frondosas márgenes del
Esla, pero no sin que los cristianos los siguiesen y observasen desde
las alturas. Allí, creyéndose seguros los sarracenos, dejaron sus
caballos forrajear libremente y que paciesen la hierba que entre espesas
alamedas viciosa crecía, y entregáronse ellos también descuidadamente al solaz en aquellas frescuras. Los
cristianos que los atalayaban aprovecharon tan buena ocasión y cayeron
impetuosamente sobre ellos esparciendo con sus gritos de guerra el
terror y el espanto en el campo enemigo. Los más valientes corrieron
a las armas y quisieron prepararse a la defensa, pero la multitud
despavorida, huyendo sin dirección y sin concierto, atropellando los
de la primera a los de la segunda hueste de las dos en que estaban
divididos los árabes, dio ocasión a que las espadas de los cristianos
se cebaran en la sangre de sus confiados enemigos. En este estado,
bramando de despecho Almanzor, arroja al suelo su dorado turbante,
y llama a voz en grito por sus nombres a los más esforzados caudillos:
éstos, al ver la cabeza de Almanzor desnuda y sus desesperados ademanes,
se agrupan en derredor suyo, y tanto supo enardecerlos con sus enérgicas
palabras y con el ejemplo de su desesperado arrojo, que revolviendo
sobre los cristianos los persiguieron hasta encerrarlos en León (Medina Leionis), y hubieran acaso penetrado
en la ciudad, si una borrasca repentina de nieve y granizo no los
hubiera obligado a suspender la marcha y a pensar en retirarse por
temor a la cruda estación de invierno que se anunciaba.
¿Cómo
era posible que Almanzor en su orgullo, pudiera olvidar ni dejar sin
venganza el descalabro del Esla? Desde entonces su pensamiento, su
idea dominante fue la de destruir la corte de los cristianos. Preparóse a ello como para una grande empresa haciendo construir en Córdoba
ingenios y máquinas de batir sobre el modelo de las romanas; que eran
los muros de León altos y gruesos flanqueados de elevadas torres y
defendidos por puertas de bronce y de hierro. Provisto ya de maquinaria,
y congregadas las huestes de Andalucía, de Herida y de Toledo, y lo
que era más sensible, acompañado de algunos condes tránsfugas cristianos,
partió al año siguiente a las fronteras de León y Castilla resuelto
a tomar a toda costa la ciudad. Reinaba ya en ella Bermudo II llamado
el Gotoso, por la enfermedad de gota que padecía. Si antes había hecho
el hijo de Ordeño III algún concierto con Almanzor, debió conocer
ahora que no iba el guerrero musulmán dispuesto a respetar antiguas
relaciones. Así hubo de persuadírselo el nuevo monarca leonés, cuando
se resolvió a abandonar su apetecida capital y a refugiarse en Oviedo,
llevando consigo las alhajas de las iglesias, las reliquias de los
santos y los restos mortales de los reyes sus mayores: triste y melancólica
procesión, que recordaba los días angustiosos de la pérdida de España.
Con
todo eso no fue ni pronta ni fácil la toma de la ciudad, cuya defensa
había quedado encomendada al valeroso conde de Galicia Guillermo González.
Eran ya los bellos días de la primavera de 984 cuando Almanzor, estrechado
el cerco, hizo jugar incesantemente todas las máquinas contra los
muros y puertas de León. Por espacio de algunos días fingió el caudillo
mahometano atacar por la parte de Oeste para simular el verdadero
ataque que había dispuesto por el Sur. Ya logró derruir una parte
de la muralla, y las ferradas puertas comenzaban a bambolear. El conde
Guillermo, enfermo y postrado, quebrantadas sus fuerzas con largas
fatigas, avisado por los suyos del aprieto en que se veían, hízose
ajustar su armadura y conducir en silla de manos desde el lecho en
que yacía a la parte más amenazada del muro y donde el peligro era
mayor. Desde allí alentaba a los bravos leoneses a que defendieran
con brío su ciudad, sus haciendas, sus vidas y las de sus hijos y
mujeres. A sus enérgicas exhortaciones se debió la resistencia heroica
de los últimos tres días. Irritado Almanzor con la obstinación cíe
aquellos valientes, ante cuyas espadas caían diezmados en las brechas
los soldados musulmanes, fue el primero que penetró dentro de la ciudad
con la bandera en una mano y el alfanje en otra; siguiéronle multitud de sarracenos: el intrépido, el brioso, el imperturbable
Guillermo pereció en su puesto al golpe de la cimitarra de Almanzor.
Vino la noche, y pasáronla todavía los árabes sobre las armas sin atreverse
a penetrar en el corazón de la ciudad. A la primera hora de la mañana
siguiente comienzo el saqueo y el degüello general, de que no se libraron
ni ancianos, ni mujeres, ni niños: jamás en dos siglos y medio de
guerras desde que había dado principio la restauración había sufrido
ningún pueblo cristiano tragedia igual. Las bronceadas puertas fueron
derribadas, y los macizos muros en gran parte arrasados por orden
de Almanzor.
Astorga,
la segunda ciudad ele aquel reino, fue también tomada, no sin porfiada
resistencia. «Pero sus defensores, añade el historiador árabe, trabajaron
en vano, pues Dios destruyó sus fuertes muros y gruesos torreones».
No pasó por entonces más adelante aquel genio de la guerra; rápido
en sus conquistas y constante en su sistema de expediciones, logrado
su principal objeto volvióse a Córdoba, si bien destruyendo de paso Exlonza, Sahagún, Simancas y algunas otras poblaciones. Terrible
en verdad había sido esta campaña para los cristianos. Era la primera
vez desde Alfonso el Católico que el estandarte de Mahoma ondeaba
en la capital de la primitiva monarquía. Quedaban por allí reducidos
sus límites a los que tuvo en los primeros tiempos de la reconquista.
Hombre
político era Almanzor al mismo tiempo que guerrero. En el tiempo que
después de sus expediciones descansaba en Córdoba, su casa era una
especie de academia a que asistían los poetas y sabios, a los cuales
todos trataba con la mayor benevolencia y consideración, y sus obras
las premiaba con tanta liberalidad como hubieran podido hacerlo los
dos últimos califas. El estableció una especie de universidad o escuela
normal para la enseñanza superior, en que sólo entraban los hombres
ya ilustres por su erudición o por las obras de un mérito especial
y relevante, y él mismo solía concurrir a las aulas y tomar asiento
entre los alumnos, sin permitir que se interrumpieran las lecciones
ni a su entrada ni a su salida, y muchas veces premiaba por sí mismo
a los discípulos sobresalientes. Extraña amalgama esta que vemos en
los árabes, tan dispuestos para pelear en los campos de batalla como
para discutir en las academias, tan aptos para las letras como para
la milicia, para la pluma como para la espada.
Entretanto
el imbécil califa Hixem, aunque mozo ya
de diez y ocho años, continuaba bellamente aprisionado en su palacio
de Zahara y sus deliciosos jardines, sin que nadie pudiese verle sin
licencia de su madre y del ministro soberano. Y cuando en las pascuas
y otras fiestas solemnes asistía por ceremonia a la mezquita, no salía
de su maksura hasta que todo el pueblo se hubiese retirado, y entonces
volvía, o por mejor decir, le volvían á su alcázar rodeado do su guardia y de su corte sin que apenas pudiese
ser visto del pueblo.
En
el mismo año de la toma de León ocurrieron en África novedades grandes
para los muslimes españoles. Aquel Alhassam,
a quien vimos en 975 embarcarse en Almería para Túnez y Egipto, aquel
prisionero africano tan generosamente recibido y tan espléndidamente
agasajado por el califa Alhakem II, prosiguiendo en su carrera de
ingratitudes reapareció ahora en Túnez, y ayudado de Balkim,
al frente de tres mil caballos y algunos kabilas berberiscos, recorrió el Magreb y se hizo proclamar en muchas ciudades.
Almanzor no podía ver con serenidad este movimiento del ingrato Edrisita,
e inmediatamente encomendó la guerra de África a su hermano Abu Alhakem
Omar ben Abdallah. Pero la expedición de
Omar al otro lado del Estrecho no fue tan feliz como lo habían sido
las de su hermano en la Península. El ejército andaluz fue deshecho
en una sangrienta batalla, y el emir edrisita obligó al hermano de
Almanzor a refugiarse en Ceuta, donde le tuvo estrechamente bloqueado.
No era posible que el orgullo de Almanzor sufriera humillación semejante:
y así envió seguidamente a África a su mismo hijo Abdelmelik,
joven que al lado de su padre había sabido ganarse en pocos años una
reputación militar aventajada. Tal era la influencia de su nombre,
que a la noticia de su llegada a Ceuta dándose Alhassam por perdido le despachó mensajeros solicitando un
arreglo, y ofreciéndose a pasar él mismo a Córdoba a ponerse a la
merced del califa Hixem siempre que se le
diera seguro para él y su familia. Otorgóselo Abdelmelik, y en su virtud volvió a embarcarse
para España el tantas veces rebelde y tantas veces sometido Alhassam. Equivocóse esta vez en sus cálculos: creería
sin duda encontrar otro califa tan generoso como Alhakem, y lo que
encontró fue un comisionado de Almanzor encargado de cortarle la cabeza
en el camino, como así lo ejecutó, enviándola a Córdoba en testimonio
del cumplimiento de su comisión. Así terminó su carrera de deslealtades
el temerario Alhassam, y con él acabó en
Magreb la dinastía de los Edrisitas que había comenzado con la proclamación
de Edris ben Abdallah en el año arábigo
de 172, y concluyó con la muerte de Alhassam ben Kenuz en el de 373, habiendo de este
modo durado 202 años y 5 meses lunares. El hijo de Almanzor tomó con
este motivo el título que tanto le lisonjeaba de Almudhaffar, o vencedor feliz.
No
impidieron estas guerras ni interrumpieron las expediciones periódicas
de Almanzor en tierras cristianas. En el otoño del propio año de 984
volvió a acabar de arruinar el reino de León, y entonces fue sin duda
cuando tomó Gormaz y Coyanza, hoy Valencia de Don Juan. A la primavera siguiente
(que las primaveras y otoños eran siempre las estaciones que elegía
para sus rápidas y afortunadas irrupciones), la tempestad periódica
fue a descargar a la región oriental. Tocóle esta vez a Cataluña. Salió, pues, Almanzor de Córdoba con lo más escogido
de su caballería. Detúvose en Murcia aguardando las naves y tropas que habían
de acudir de Algarbe a proteger sus operaciones militares en Cataluña.
Los árabes describen con placer el suntuosísimo hospedaje que se hizo a Almanzor y a los suyos en los veintitrés días
que permanecieron en Tadmir. Alojábase el regente en casa del gobernador de la provincia Ahmed ben Alchatib:
los manjares más raros y exquisitos, las frutas más delicadas se presentaban
diariamente a su mesa: los aromas más estimados de Oriente se derramaban
con prodigalidad, y todas las mañanas aparecía lleno de agua de rosas
el baño de Almanzor y de sus principales visires. A todas sus tropas
se dieron cómodos alojamientos, y todos dormían en camas ricamente
cubiertas con telas de seda y oro. Cuando Almanzor al tiempo de partir
pidió la cuenta de los gastos, dijéronle que todo se había hecho a expensas del gobernador
Ahmed. «En verdad, exclamó, que este hombre no sabe tratar gentes
de guerra, que no deben tener más arreo que las armas, ni más descanso
que pelear, y me guardaré bien de enviar otra vez por aquí mis tropas: mas por Alá que un hombre tan generoso y
espléndido no debe ser un contribuyente común, y yo le relevo de todo
impuesto por toda su vida.»
Tomó
desde allí Almanzor el camino de Barcelona, mientras las naves hacían
su derrotero por la costa hasta la capital del condado. El conde Borrell
II, a quien los árabes daban el título de rey de Afranc,
salió con numerosas tropas a hacer frente a las del caudillo sarraceno;
pero ¿quién podía resistir al ímpetu de los aguerridos y victoriosos
soldados de Almanzor? Los cristianos de las montañas fueron arrollados,
y buscaron su salvación dentro de los muros de Barcelona; los musulmanes
cercaron la ciudad con ardor y resolución: Borrell se fugó una noche
como en otro tiempo el walí Zeid. sólo que aquél lo hizo por mar, y más afortunado que
el moro, a favor de las tinieblas pasó sin ser visto por en medio
de los bajeles algarbes: a los dos días
la ciudad se rindió por capitulación, y Almanzor se encontró dueño
de las capitales de dos Estados cristianos, León y Barcelona. En seguida
se volvió a Córdoba por el interior de España. Tal era el sistema
de Almanzor, invadir, conquistar, volverse y prepararse para otra
invasión (985).
Faltaba
el otoño de aquel año, y no podía dejar de aprovecharle el incansable
sarraceno. Las sierras y montañas de Navarra fueron el campo de sus
triunfales correrías; Sancho Garcés el Mayor probó a su turno cuan
impetuosas eran las acometidas del guerrero musulmán, el cual, después
de haber devastado el país de Nájera, volvióse a invernar en Córdoba, cargado de despojos
Su
llegada a la corte muslímica coincidió con la de su hijo Abdelmelik,
el triunfador de África, que había ido a celebrar sus bodas con su
sobrina la joven Habiba. La descripción
que hacen los árabes de estas famosas bodas y de las fiestas y regocijos
con que se celebraron, nos informan de sus costumbres en estas ceremonias
solemnes, si bien las del hijo de Almanzor se hicieron con una pompa
desacostumbrada. El ministro absoluto convidó a las fiestas hasta
a los cristianos: distribuyó a su guardia armas y vestuarios lujosos:
dio abundantes limosnas a los pobres de los hospicios, dotó un gran
número de doncellas menesterosas, y prodigó regalos a los poetas que
con mejores versos cantaron el mérito y las virtudes de los dos esposos.
La novia fue paseada en triunfo por las calles principales, acompañada
de todas las jóvenes amigas de la familia, precedida del cadí y de
los testigos, y seguida de los principales jeques y caballeros de
la ciudad. Doncellas armadas de bastoncitos de marfil con puño de
oro guardaban el pabellón de la novia: el novio acompañado de gran
séquito de nobles mancebos de su familia, armados de espadas doradas,
había de conquistar el pabellón de la novia, defendido en su entrada
por la guardia de sus doncellas. Los jardines estaban espléndidamente
iluminados: en los bosquecillos de naranjos y arrayanes, en derredor
de las fuentes, en los lagos y estanques, en todas partes ondeaban
vistosas banderolas, y coros de músicos acompañaban las lindas canciones
en que se presagiaba la felicidad de los dos esposos: el pabellón
de la desposada fue asaltado y conquistado por el novio después de
un simulacro de combate entre los mancebos y las doncellas : toda
la noche duraron las músicas y los conciertos, y la fiesta se repitió
al día siguiente.
En
este tiempo colocan también algunos de nuestros historiadores otras
fiestas nupciales celebradas en Burgos, con poca menos solemnidad,
pero de bien más trágicos resultados que las de Córdoba. Eran las
del famoso castellano Ruy Velázquez, señor de Villarén,
con doña Lambra, natural de Bribiesca, señora también de una gran parte
de la Bureba, y prima del conde de Castilla Garci Fernández Terrible,
e inolvidable memoria dejaron estas bodas en España por la sangrienta
catástrofe á que dieron ocasión, al decir de estos autores. Hablamos
de la célebre aventura de los Siete
Infantes de Lara.
Eran estos siete
hermanos hijos de Gonzalo Gustios y de Sancha
Velázquez hermana de Ruy y nietos de Gustios González, hermano de Nuño Rasura, y en consecuencia oriundos de los
jueces y condes de Castilla. Su padre, dicen, les había construido
un soberbio palacio repartido en siete salas, de donde se llamó el
pueblo Salas de los Infantes. Había convidado Ruy Velázquez a sus bodas a
sus siete sobrinos, que en aquel día fueron armados caballeros por
el conde don García. Ocurrió en la fiesta nupcial un lance desagradable
entre Alvar Sánchez, pariente de los novios, y Gonzalo, el menor de
los siete infantes, que uno de los romances compuestos por Sepúlveda
describe así:
Un primo de doña Lambra,
que Álvar Sánchez es llamado,
vio que caballero
alguno
no alcanzaba en
el tablado.
Ninguno dio miente
en ello,
que están las
tablas jugando:
sólo Gonzalo González,
el menor de los
hermanos,
que a furto de
todos ellos
cabalgaba en un
caballo.
Alvar Sánchez
con pesar
al infante ha
denostado.
El respondió a
sus palabras,
a las manos han
llegado.
Gran ferida dio
el infante
a Alvar Sánchez
su contrario.
Doña Lambra que lo vio
grandes
voces está dando,
heríase en el su rostro
con las manos
arañando
En
su despecho, la buena de doña Lambra mandó
a un criado que arrojase al rostro de Gonzalo un cohombro empapado
en sangre, que era la mayor afrenta que podía hacerse a un caballero
castellano. Este vengó el ultraje matando al osado sirviente en el
regazo mismo de doña Lambra en que se había guarecido. La señora pidió venganza
a su esposo en los términos que expresa otro romance:
Matáronme un cocinero
so faldas de mi
brial:
si de esto no me vengades,
yo
mora me iré á tornar.
Ruy
Velázquez, deseoso de complacerla, juró vengarse, no sólo de Gonzalo,
sino de todos sus hermanos y hasta de su padre. Al efecto envió primeramente
a Córdoba a Gonzalo Gustios con pretexto
de que cobrase ciertos dineros que el rey bárbaro (dice el P. Mariana)
había prometido, pero haciéndole portador de una carta semejante a
la de Urías en que encargaba al rey moro que tan pronto como llegara
le hiciese quitar la vida. No lo hizo así el moro, o por humanidad,
o por respeto a las canas de hombre tan principal y venerable, antes
le puso en una prisión tan poco rigurosa, que la hermana del rey moro
le solía hacer frecuentes visitas, aficionándose tanto al prisionero
cristiano que de tales visitas vino a resultar con el tiempo el que
dicha señora diera al mundo un Mudarra González, fruto de sus amores,
que después vino a ser el fundador del linaje nobilísimo de los Manriques de Lara. Tal gracia debió hallar la princesa mora en las canas del
venerable castellano.
Meditando
entretanto Ruy Velázquez cómo vengarse de los siete hermanos, logró
ganar a los moros de la frontera y en combinación con éstos les armó
una celada en los campos de Araviana a la
falda del Moncayo, en que descuidados los de Lara y no pudiendo sospechar
la traición fueron todos asesinados en unión con su ayo Ñuño Salido, aunque no sin que peleasen como buenos y derramaran mucha
sangre de enemigos. Ruy Velázqucz envió a Córdoba a Gonzalo Gustios el horrible presente de las cabezas de sus siete hijos, que reconoció
el desgraciado padre a pesar de lo magulladas y desfiguradas que llegaron.
Movido a compasión el rey de Córdoba dio libertad a Gonzalo, y le
dejó ir a Castilla, sin que nos digan qué fue después de este infortunado
padre. Lo que nos dicen es que cuando el niño Mudarra, fruto de sus
amores de prisión, llegó a los catorce años, a persuasión de su madre
pasó a Castilla, y ayudado de los amigos de su familia vengó la muerte
de sus hermanos matando a Ruy Velázquez, y haciendo que doña Lambra muriese apedreada y quemada; acción por la cual no sólo mereció que
el conde de Castilla le hiciese aquel mismo día bautizar y le armase
caballero, sino que su misma madrastra doña Sancha le adoptase por
hijo y heredero del señorío de su padre. Esta adopción se hizo, al
decir de nuestras historias, con una ceremonia bien singular. Dicen
que la doña Sancha metió al mancebo por la manga de una muy ancha
camisa (que bien ancha era menester que fuese por delgado que supongamos
al recién cristianado moro), le sacó la cabeza por el cuello, le dio
paz en el rostro, y con esto quedó recibido por hijo. De aquí viene,
añade el P. Mariana con admirable candidez, el adagio vulgar: «Entra
por la manga y sale por el cabezón.»
Tal
es la famosa historia, anécdota o aventura de los Siete Infantes de Lara, tan celebrada por poetas y romanceros, sacada
de la Crónica general, desechada
como fabulosa por muchos críticos, admitida por otros como cierta
en su fondo, pero desestimando las circunstancias o ridículas o inverosímiles,
y adoptada con todos sus episodios por el P. Mariana. Sus editores
de la grande edición de Valencia le ponen la siguiente nota: «Nuestros
escritores más estimables tienen por aventuras caballerescas la desgraciada
muerte de los Infantes de Lara, los amores de don Gonzalo Gustios con la infanta de Córdoba, la adopción de Mudarra González, hijo de
estos hurtos amorosos, y que este héroe imaginario haya sido tronco
nobilísimo del linaje de los Manriques.
Mas
ni las bodas de su hijo, ni los sucesos de África en que figuraba
ahora la familia de los Zeiríes que había
de fundar una nueva dinastía en Almagreb,
nada estorbaba a Almanzor para continuar sus campañas periódicas.
Otra vez en 986 volvió sobre Castilla, y tomó sin resistencia notable
Sepúlveda y Zamora. Pero el rumor de un serio movimiento hacia los
valles del Pirineo oriental obligó a Almanzor a volver sus pasos hacia
Cataluña. No era infundado el rumor. Muchedumbre de cristianos habían
bajado de aquellas altas montañas, llenos de fe y resolución: mandábalos el conde Borrell. En vano se apresuró el caudillo
musulmán a evitar un golpe de aquella gente; cuando llegó ya estaba
dado; Borrell había recobrado Barcelona, ocupada un año hacía por
los agarenos: Almanzor no pudo hacer sino vencer en algunos reencuentros
a los cristianos : a pesar del terror que inspiraba su nombre, Barcelona
quedó y continuó en poder de los catalanes, y el regente de la España
muslímica tuvo que contentarse esta vez con llevar a Córdoba algunos
despojos de su correría.
Con
más fortuna al año siguiente el hombre de las dos campañas anuales
invadió la Galicia, llegó cerca de Santiago, tomó Coimbra,
que dejó al fin abandonada, y regresó a Córdoba por Talavera y Toledo.
Diríase que antes se habían cansado los autores de escribir que Almanzor
de ejecutar sus sistematizadas irrupciones, pues ni los anales cristianos
ni los árabes nos dan noticias ciertas de las campañas que debió emprender
en los siguientes años, acaso porque no fuesen de particular importancia,
si se exceptúa la que hizo en 989, en que destruyó y desmanteló las
ciudades fronterizas de Castilla, Osma y Atienza, que por su posición
habían sufrido ya cien veces todos los rigores de la guerra, y habían
sido a cada paso tomadas, perdidas y reconquistadas por cristianos
y musulmanes .
En
tanto no faltaron disgustos de otro género ni al conde García Fernández
de Castilla ni al rey Bermudo de León, comenzando a dar al primero
grandes pesadumbres su hijo Sancho, queriendo sucederle antes de tiempo
(990), y rebelándose contra el segundo algunos condes de Galicia;
sucesos que aunque por entonces no pasaron adelante, hubieran favorecido
mucho a Almanzor para sus acometidas y ulteriores designios, si él
no hubiera tenido por este tiempo otro mayor disgusto de la misma
índole. Y vamos a referir un hecho que ninguno de nuestros historiadores
ha mencionado hasta ahora.
Abatidos
por Almanzor los más poderosos nobles del imperio, el único que quedaba,
Abderramán ben Motarrif, walí de Zaragoza,
temía que no había de tardar en llegarle su turno, y quiso probar
si podía a su vez deshacerse del regente. Hallábase en Zaragoza el
hijo menor de Almanzor llamado Abdallah, resentido de su padre por la preferencia que daba
a sus dos hermanos. Proyectaron, pues, Abderramán y Abdallah una revolución con el designio de alzarse el uno con la soberanía
de Zaragoza y de todo Aragón, el otro con la de Córdoba y el resto
de España. Contaban ya con algunos generales y visires. Súpolo Almanzor y llamó a Córdoba a su hijo, a quien comenzó a tratar con
mucha atención y dulzura. En cuanto al de Zaragoza, supo Almanzor
con su acostumbrada astucia ganar a sus tropas en una expedición en
que aquél le acompañaba, y que ellas mismas le acusaran de haberse
apropiado el sueldo de los soldados. Con este motivo le quitó el gobierno
de Zaragoza, pero con mucha política nombró para reemplazarle al hijo
mismo de Abderramán. Preso éste y procesado por malversador, hízole Almanzor decapitar en su presencia. Faltábale atraerse a su propio hijo Abdallah,
y lo intentó a fuerza de halagos y de amabilidad, mas todos sus esfuerzos
se estrellaron ante el carácter obstinado y el genio sombrío de Abdallah, que en otra expedición contra Castilla se pasó secretamente
al conde García Fernández, prometiéndole ayudarle contra su padre.
Informado de ello Almanzor, reclamó enérgicamente al conde castellano
la entrega de su hijo. Negóse García a la
intimación, y permaneció Abdallah por espacio
de un año al lado del conde de Castilla. Mas en el otoño de 990, perdidas
por García las ciudades fronterizas arriba mencionadas, y recelando
él mismo de las pretensiones de su propio hijo Sancho, debió convenirle
desenojar a Almanzor y accedió a entregarle el reclamado Abdallah,
y enviósele con buena escolta de castellanos. De orden de Almanzor
salió el esclavo Sad a recibirle al camino,
el cual en el momento de encontrarle besó la mano a Abdallah,
y no dejó de alimentarle la esperanza de que hallaría indulgencia
en su padre. Mas al llegar a las márgenes del Duero, intimáronle los soldados de Sad que se dispusiera a
morir: el pérfido esclavo que les había dado esta orden se había quedado
algunos pasos detrás: Abdallah se apeó con resignación, y entregó sin inmutarse
su cuello a la cuchilla del verdugo. Así pereció el ambicioso y obstinado
hijo de Almanzor a la edad de veintitrés años.
Llegó
así el año 992, en que falleció el conde Borrell II, sucediéndole
su hijo Raimundo o Ramón Borrell III, y dejando el condado de Urgel
a otro hijo nombrado Armengaudo o Armengol.
Los historiadores árabes se detienen en referirnos los sucesos que
en este tiempo en África acaecían, los cuales ocupaban no poco a Almanzor,
y preparaban en el Magreb la elevación de una nueva dinastía bajo
la astuta política de Zeiri ben Atiya, pero
cuyos pormenores nos dispensamos de referir por no pertenecer directamente
a nuestra España. Repetimos que por nada dejaba Almanzor sus dobles
expediciones anuales. Muchas parecen haber sido consideradas por los
escritores de aquel tiempo como acaecimientos comunes, pues apenas
dan cuenta de ellas: otras les merecían más atención por sus resultados,
tal como la que en 994 ejecutó sobre Castilla, y en que tomó Ávila,
Coruña del Conde y San Esteban de Gormaz; y la que en 995 hizo a la
España Oriental con tan asombrosa rapidez, que antes llegó él a Cataluña
que supiesen los cristianos su salida de Córdoba.
Tantos
desastres sufridos en los Estados cristianos por las repetidas invasiones
del infatigable, enérgico y valeroso Almanzor, movieron al conde García Fernández de Castilla, uno de los que más
habían tenido que luchar contra las huestes del intrépido agareno,
a llamar en su auxilio al rey don Sancho de Navarra, para ver de resistir
aunados a tan formidable poder. Así fue que en su expedición de 995 encontró ya Almanzor juntas
las tropas castellanas y navarras entre Alcocer y Langa. Mas aun no habían acabado de reunirse ni de prepararse al combate,
cuando ya se vieron atacadas por la caballería sarracena
: sostúvose no obstante la lid por
todo el día con igual arrojo y denuedo por ambas partes, y cuando
la noche separó a los dos ejércitos combatientes, unos y otros contaban
con que al siguiente día se renovaría la pelea con más furor.
Cuenta Abulfeda (que también eran no poco dados
a consejas los árabes de aquel tiempo), que la noche a que nos referimos,
uno de los literatos que solían ir en el ejército según costumbre
de los musulmanes, llamado Said ben Alhassán Abulola, presentó a Almanzor un ciervo atado
por el cuello, z cuyo ciervo puso por nombre García, y que en unos
versos que llevaba le pronosticó que al día siguiente el rey de los
cristianos, García (que así llamaban ellos al conde), sería llevado
al campo musulmán atado como el ciervo de su nombre. Aceptó Almanzor
el ciervo y los versos con regocijo, y pasó una parte de la noche
con sus caudillos preparando lo conveniente para la batalla, a fin
de que se cumpliese el vaticinio del poeta.
A
la hora del alba comenzaron ya a sonar por el campo musulmán los añafiles
y trompetas; y la terrible algazara, y las nubes de flechas y los
torbellinos de polvo anunciaban haberse empeñado la pelea: a poco
tiempo los caudillos de la vanguardia sarracena comenzaron á cejar: los cristianos se precipitaron como torrentes impetuosos de
las cuestas y cerros con espantosa gritería; a su llegada parecía
desordenarse el centro del ejército musulmán y como prepararse a huir
en confusión los cristianos se internan más y más ¡desgraciados! cayeron
en el lazo que les tendiera Almanzor: aquella retirada y aquel desorden
eran un ardid combinado, y pronto se vieron envueltos por las dos
alas y por la retaguardia de la caballería enemiga, y por más que
sus generales y caballeros pelearon con denuedo y ardor, abatida la
tropa cristiana con tan imprevisto ataque, dióse a huir con el mayor aturdimiento, siendo acuchillada
por los jinetes árabes. Y aun no fue este el resultado más funesto
de la batalla; el agüero poético se había cumplido; entre los caballeros
castellanos que habían sido hechos prisioneros se encontró el valeroso
y desgraciado conde García, tan gravemente herido, que aunque Almanzor encomendó su curación a los mejores médicos musulmanes,
sucumbió el digno hijo de Fernán González a los cinco días. Fue esta
memorable y funesta batalla, según los datos que tenemos por más exactos,
el 25 de mayo de 995, y la muerte de García el 30 del propio mes.
Era
el conde García Fernández suegro de Bermudo el Gotoso, cuya segunda
mujer, llamada Elvira, fue hija del conde y de Ava su esposa, hija de Enrique, emperador de Alemania: tuvo además García
a Urraca, que entró religiosa en el monasterio de Cobarrubias,
y a Sancho que le sucedió en el condado. Omitimos por fabulosos los
amores romancescos del conde García Fernández con Argentina y Sancha,
y las demás aventuras novelescas y absurdas que nos cuenta Mariana,
evidenciadas ya de tales, y como tales desechadas por Morales, Yepes,
Berganza, Mondéjar y otros respetables autores.
El
cadáver del conde fue trasportado a Córdoba y depositado provisionalmente
a ruegos de los cristianos en la iglesia llamada de los Tres Santos:
los árabes añaden que Almanzor le hizo poner en un cofre labrado,
lleno de perfumes y cubierto con telas de escarlata y oro, para enviarlo
a los cristianos, y que habiendo éstos solicitado su rescate a precio
de riquísimos presentes, Almanzor, sin admitir los regalos, le hizo
conducir hasta la frontera con una escolta de honor. Tan caballerosamente
solía conducirse el héroe musulmán.
Pero
esto no le obstaba para proseguir sus acostumbradas expediciones,
y en el mismo año de la muerte de García Fernández ejecutó otra a
tierras de León, en que también obtuvo ventajas, de cuyas resultas
el rey don Bermudo (Bermond que ellos decían), envió embajadores y cartas a Almanzor
solicitando avenencias y paz. Acompañó de regreso a los enviados cristianos
uno de los visires, Ayub ben Ahmer, encargado
por Almanzor de tratar con Bermudo. No debió el visir corresponder
muy cumplidamente o a los deseos o a las instrucciones del ministro
cordobés, pues al regresar a Córdoba de vuelta de su misión hízole encarcelar, y no le restituyó la libertad mientras él vivió.
O
no fueron notables las invasiones que hiciera en 996, o al menos no
nos informan de ellas los documentos que conocemos. En cambio en el año 997, después de una incursión en tierras de Álava en la
estación lluviosa de febrero, cuyo botín se distribuyó por completo
entre las tropas sin deducirse el quinto para el califa en consideración
a haberse emprendido en medio de un temporal de fríos y lluvias, verificóse la gran gazúa a Santiago de Galicia (Schant Yakub), la más
célebre, si se exceptúa acaso la de León, y la cuadragésima octava
de sus irrupciones periódicas, según Murphy. El conde de Galicia Rodrigo
Velázquez, uno de los que antes habían conspirado contra el rey de
León, por haber éste depuesto de la silla compostelana a su hijo el
turbulento obispo Pelayo y reemplazádole con un virtuoso y venerable monje, parece que puesto a la cabeza de los nobles descontentos, si no provocó,
por lo menos auxilió esta entrada del guerrero mahometano. Es lo cierto
que habiendo partido Almanzor de Córdoba y encaminádose por Coria y Ciudad Rodrigo, incorporáronsele,
dicen, los condes gallegos en los campos de Argañín,
y juntos marcharon sobre Santiago. Al-Makari,
que nos da el itinerario que llevó Almanzor, refiere minuciosamente
las dificultades que tuvo que vencer el ejército expedicionario para
pasar ciertos ríos y atravesar ciertas montañas. El 10 de agosto se
hallaba el formidable caudillo del Profeta sobre la Jerusalén de los
españoles. Desierta encontró la ciudad. Sus murallas y edificios fueron
arruinados, el soberbio santuario derruido, saqueadas las riquezas
de la suntuosa basílica; sólo se detuvo el guerrero musulmán ante
el sepulcro del santo y venerado Apóstol; sentado sobre él halló un
venerable monje que le guardaba: el religioso permaneció inalterable,
y Almanzor, como por un misterioso y secreto impulso, se contuvo ante
la actitud del monje y respetó el depósito sagrado.
Destruida
la grande y piadosa obra de los Alfonsos,
de los Ordoños y de los Ramiros, avanzó Almanzor con su hueste hacia
la Coruña y Betanzos, recorriendo países, dicen sus crónicas, «nunca
hollados por planta musulmana», hasta que llegando a terreno en que
ni los caballos podían andar, ordenó su retirada. Al llegar otra vez
a Ciudad Rodrigo colmó de presentes a los condes auxiliares y los
envió a sus tierras. Añade el arzobispo don Rodrigo, y lo confirma
Al-Makari, que hizo trasportar en hombros
de cautivos cristianos las campanas pequeñas de la catedral de Santiago,
que mandó colgar para que sirviesen de lámparas en la gran mezquita,
donde permanecieron largo tiempo. Entró, pues, Almanzor en Córdoba
precedido de cuatro mil cautivos, mancebos y doncellas, y de multitud
de carros cargados de oro y plata y de objetos preciosos recogidos
en esta terrible campaña. Al decir de nuestros historiadores estuvo
lejos de ser tan feliz su regreso. Cuentan que Dios en castigo del
ultraje hecho a su santo templo de Santiago envió al ejército musulmán
una epidemia de que morían a centenares, y aún a miles. Pero el Tudense,
que no menciona aquella disentería, dice que el rey Bermudo destacó
por las montañas de Galicia ágiles peatones, que ayudados por el Santo Apóstol, perseguían desde los riscos
a los moros y los cazaban como alimañas, lo cual es muy verosímil
atendida la topografía de aquel país y sus gargantas y desfiladeros.
Dedicóse el rey Bermudo II, después del desastre de Santiago, a restaurar el
santo templo con la magnificencia posible, y a reparar las maltratadas
fortalezas, ciudades y monasterios de sus dominios, para lo cual pudo
aprovechar el reposo que al fin de sus días parece quiso dejarle Almanzor,
pues no se sabe que en los dos años que aun mediaron hasta la muerte
de aquel monarca volviera a molestar el territorio leonés el formidable
guerrero musulmán. Habíasele agravado a Bermudo la gota en términos de no permitirle
cabalgar, y tenía que ser conducido sobre hombros. Al fin sucumbió
de aquella enfermedad penosa después de un reinado no menos penoso
de diez y siete años, en uno de los últimos meses del año 999, en
un pequeño pueblo del Vierzo nombrado Villabuena: su cuerpo
fue trasladado después al monasterio de Carracedo, y de allí años
adelante a la catedral de León, donde se conserva su epitafio y el
de su segunda mujer Elvira.
Debido
fue sin duda el extraño reposo de que gozaron en estos últimos años
León y Castilla a las graves turbulencias que de nuevo se suscitaron
en África, y a cuya guerra, si bien no concurrió Almanzor en persona,
dedicó toda su atención y esfuerzos. El emir Zeiri ben Atiya, no pudiendo disimular más el enojo contra Almanzor que
hasta entonces había encubierto con el velo de una amistad aparente,
se resolvió ya a suprimir en la chotba u oración pública el nombre
del regente de España, conservando sólo el del califa Hixem. Deshecho y destrozado por el caudillo fatimita el primer
ejército que envió Almanzor, fue preciso
que acudiera su hijo Abdelmelik que ya había
ganado en África el título de Almudhaffar o vencedor afortunado. Con su ida mudó la guerra de aspecto. En una
refriega recibió el emir Zeiri tres heridas
en la garganta, causadas por el yatagán del negro Salem, y en otro
combate, que duró desde la mañana hasta la noche, sucumbió en el campo
de batalla. El valeroso hijo de Almanzor se posesionó de Fez, donde
gobernó seis meses con justicia y con prudencia, y el territorio de
Magreb quedó de nuevo sometido a la influencia de Almanzor. Tan lisonjeras
nuevas fueron solemnizadas en Córdoba dando libertad a mil ochocientos
cautivos cristianos de ambos sexos, haciendo grandes distribuciones
de limosnas a los pobres, y pagando á los
necesitados todas sus deudas.
La
prosperidad de las armas andaluzas al otro lado del mar hubo de ser
fatal a los cristianos de la Península; porque desembarazado Almanzor
de aquel cuidado, volvió a sus acostumbradas expediciones. Dos mencionan
las historias arábigas en el año 1000, al Oriente la una, al Norte
la otra, que dieron por resultado la destrucción de algunas poblaciones
y la devastación de algunas comarcas, que los naturales mismos solían
abandonar e incendiar a la aproximación de los enemigos. Trascurrió
el año 1001 sin notable ocurrencia, como si hubiera sido necesario
este reposo para preparar el gran suceso que iban a presenciar los
dos pueblos.
Había
sucedido en el reino de León á Bermudo II el Gotoso, su hijo Alfonso
V, niño de cinco años como Ramiro III cuando entró a reinar, y al
cual se puso bajo la tutela del conde de Galicia, Menendo González, y de su mujer doña Mayor. Dirigíale al mismo tiempo su tío materno el conde de Castilla, Sancho Garcés,
el hijo y sucesor de García Fernández. Reinaba en Pamplona otro Sancho
Garcés el Mayor, nombrado Cuatro-Manos por su intrepidez y fortaleza,
y estaba casado con una hija del de Castilla, llamada Sancha.
El
rey Sancho de Navarra era llamado en este tiempo rey de los Pirineos
y de Tolosa, en razón a que su poder se extendía a aquella región
de la Galia, nombrada antiguamente la Segunda Aquitania, ya por su
parentesco con los condes de aquellas tierras, ya porque éstos prefiriesen
reconocer una especie de soberanía en el monarca navarro a someterse
a la nueva dinastía de los Capetos. Hablase
también de un conde Guillermo Sánchez, cuñado de Sancho el Mayor,
que era el duque de la Vasconia francesa. Todos estos parece que suministraron
tropas al navarro para la batalla de que vamos a hablar, y así se
explica el número considerable de cristianos que llegaron a reunirse.
Todos
estos soberanos vieron en el año 1001 un movimiento universal e imponente
por parte de los sarracenos en el Mediodía y centro de la España muslímica.
Los walíes de Santarén, de Badajoz y de
Mérida, allegaban toda la gente de armas de sus respectivos territorios.
Numerosas huestes berberiscas habían desembarcado en Algecirasy en Ocsonoba; eran refuerzos que Moez,
hijo y sucesor del difunto Zeiri, se había
comprometido a enviar a Almanzor para la gran gazúa que meditaba contra los cristianos.
Las banderas de África, de Andalucía y de Lusitania se congregaban
en Toledo. ¿Qué significan estos solemnes preparativos? Es que Almanzor
ha resuelto dar el último golpe a Castilla, a esa Castilla cuya obstinada
resistencia le es ya fatigosa, y quiere agregarla definitivamente
al imperio musulmán. Terrible es la tormenta que amenaza a los castellanos.
Pero su mismo estruendo los despierta, y en vez de amilanarse se preparan
á conjurarla. Convidó Sancho de Castilla a los dos soberanos sus parientes
a formar una liga para resistir unidos al formidable ejército musulmán.
La necesidad de la unión fue reconocida, cesaron las antiguas disensiones, pactóse la alianza, y se organizó la cruzada
contra los infieles. El punto de reunión del ejército cristiano combinado
eran los campos situados por bajo de Soria, hacia las fuentes del
Duero, no lejos de las ruinas de la antigua Numancia. Conducía las
banderas de León, Asturias y Galicia el conde Menendo en nombre de Alfonso V, niño entonces de ocho años; mandaban las de
Navarra y Castilla sus respectivos soberanos.
Los
musulmanes, divididos en dos cuerpos, compuesto el uno de españoles,
el otro de africanos, dirigiéronse el Duero
arriba, y hallaron a los cristianos acampados en Calatañazor (Kalat-al-Nosor, altura del buitre, o montaña
del águila). Cuando los exploradores árabes (dice su crónica) descubrieron
el campo de los infieles tan extendido, se asombraron de su muchedumbre
y avisaron al hagib Almanzor, el cual salió en persona á hacer
un reconocimiento y a dar sus disposiciones para la batalla. Hubo
ya aquel día algunas escaramuzas que interrumpió la noche. En la corta
tregua que ésta les dio, añade el escritor arábigo, no gozaron los
caudillos muslimes la dulzura del sueño: inquietos y vacilantes entre
el temor y la esperanza, miraban las estrellas y a la parte del cielo
por donde había de asomar el día. Al divisar el primer albor que tanto
suele alegrar a los hombres, los tímidos sintieron como anublarse
su espíritu, y el toque de añafiles y trompetas estremeció a los más
animosos. Almanzor hizo su oración del alba: ocuparon los caudillos
sus puestos, y se reunieron las banderas. Moviéronse también los cristianos y salieron con sus haces bien ordenadas: el
clamoreo de los musulmanes se confundió con el grito de guerra de
los cristianos : las trompetas y atambores,
el estruendo de las armas y el relincho de los caballos hacían retumbar
los vecinos montes y parecía hundirse el cielo.
Empeñóse la lid con furor igual por ambas partes. Los cristianos con sus caballos
cubiertos de hierro peleaban como hambrientos lobos (es la expresión
del escritor arábigo), y sus caudillos alentaban a sus guerreros por
todas partes. Almanzor revolvía acá y allá su fogoso corcel que semejaba
a un sangriento leopardo: metíase con su caballería andaluza por entre los escuadrones
de Castilla, e irritábale la resistencia
que encontraba «y el bárbaro valor de los infieles.» Sus caudillos
peleaban también con un arrojo que nosotros a nuestra vez podríamos
llamar bárbaro. Con las nubes de polvo que se levantaban se oscureció
el sol antes de su hora, y la noche extendió antes de tiempo su ennegrecido
manto. Separáronse con esto los guerreadores
sin que ninguno hubiese cejado un palmo de terreno: la tierra quedó
empapada en sangre humana: la victoria no se sabía por quién.
Había
Almanzor recibido muchas heridas. Retirado por la noche a su tienda,
y observando cuan pocos caudillos se le presentaban, según costumbre
después de un combate:
—¿Cómo
no vienen mis valientes? Preguntó.
—
Señor, le respondieron, algunos se hallan muy mal heridos, los demás
han muerto en el campo.
Entonces se penetró del estrago que había sufrido
su ejército, y antes de romper el día ordenó la retirada y repasó
el Duero marchando en orden de batalla por si le perseguían los cristianos. Sintióse en el camino Almanzor abatido y desalentado: recrudeciéronsele y se le enconaron con la agitación las heridas
de tal modo, que no pudiendo sostenerse a caballo, se hizo conducir
en una silla y en hombros de sus soldados por espacio de catorce leguas
hasta cerca de Medina Selim (Medinaceli). Allí le encontró su hijo Abdelmelik (a quien no sabemos cómo no llevó a la batalla),
enviado por el califa para adquirir nuevas de su padre. A tiempo llegó
solamente para recoger su postrer aliento, pues allí mismo y en sus
brazos expiró el héroe musulmán a los tres días por andar de la luna
de Ramadán, año 392 de la hégira (9 de agosto de 1002), y a la edad
de 63 años.
Sus restos mortales fueron sepultados en Medinaceli, cubriéndolos con aquel polvo que, como dijimos, se había ido depositando en una caja del que sus vestidos recogían en los combates. Cumplióse la ley del Corán que decía: «Enterrad a los mártires según les coge la muerte, con sus vestidos, sus heridas y su sangre. No los lavéis, porque sus heridas en el día del juicio despedirán el aroma del almizcle» Su hijo Abdelmelik Almudhaffar, que tomó el mando del ejército, le hizo también
los honores fúnebres, y sobre su sepulcro se inscribieron sentidos
versos.
No existe ya,
pero quedó en el orbe
Tanta memoria
de sus altos hechos,
Que podrás, admirado,
conocerle
Cual si le vieras
hoy presente y vivo:
Tal fue, que nunca
en sucesión eterna
Darán los siglos
adalid segundo,
Que así, venciendo
en guerras, el imperio
Del
pueblo de Ismael acrezca y guarde!
Así
acabó el famoso Mohammed ben Abdallah ben
Abi Ahmer, conocido por Almanzor, después de veinticinco años
de continuados triunfos, y que hasta su muerte se había creído invencible. Lloráronle los soldados con amargura: «¡Perdimos, exclamaban,
nuestro caudillo, nuestro defensor, nuestro padre!» Con luto y aflicción
universal se recibió en Córdoba la nueva de su muerte, y en mucho
tiempo ni la ciudad ni el imperio se consolaron; o por mejor decir,
no pudieron consolarse nunca, porque la muerte del gran hombre había
de llevar tras de sí la muerte del imperio. Dice nuestro cronista
el Tudense, que luego que murió Almanzor se dejó ver en las márgenes
del Guadalquivir un hombre en traje de pastor, que andaba gritando,
unas veces en árabe y otras en castellano: “En Calatañazor Almanzor
perdió el tambor”. Y que cuando se acercaban a preguntarle se ponía
a llorar y desaparecía a repetir las mismas palabras en otra parte
«Creemos, añade el piadoso cronista, que aquel hombre era el diablo
en persona, que gritaba y se desesperaba por la gran catástrofe que
habían sufrido los moros.»
CAPITULO XIXCAÍDA
Y DISOLUCIÓN DEL CALIFATO
Del 1002 al 1031
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