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EL MUNDO MEDITERRÁNEO EN LA EDAD ANTIGUA.PERSAS Y GRIEGOS.QUINTA PARTE: ALEJANDRO MAGNO
14. El ascenso de Macedonia bajo
el rey Filipo II (359-336 a. C.)
La personalidad más destacada de la
historia antigua en el cuarto de siglo que va del 360 al 336 es el rey de
Macedonia, Filipo II, hijo de Amintas. Filipo hizo de los macedonios el pueblo
rector de Europa, puso los cimientos sobre los que su hijo Alejandro había de
edificar un imperio universal, que pasó a ocupar el lugar de Persia: al dominio
de los persas sigue el dominio de los macedonios. Los años próximos al 360
marcan un cambio de época. Con absoluta justificación hace Ernst Kornemann empezar aquí su gran Wellgeschichte des Mittelmeerraumes von Philipp II von Makedonien bis Muhammed («Historia universal del ámbito del Mar
Mediterráneo, desde Filipo II de Macedonia hasta Mahoma»). Filipo II figura en
ella al principio de una nueva época universal, que Kornemann deja transcurrir a través de toda la antigüedad y sólo hace terminar con el
advenimiento del mundo árabe.
Efectivamente, hacia el año 360 tienen
lugar en Persia y en Macedonia cambios importantes. El año 359/58 muere el Gran
Rey Artajerjes II Mnemón después de un largo reinado
de casi cuarenta y cinco años. Le sigue su hijo Artajerjes III Oco (359/58-338), soberano enérgico, en contraste con su
padre mediocre, quien toma en sus manos los riendas del gobierno vigorosamente
y, en breve tiempo, pone orden en el reino. Poco antes, el año 359, había
muerto el dinasta tracio Cotis, y el año 359 toca a su fin la vida del rey de
Macedonia, Pérdicas III, en una batalla contra los
ilirios. Su hijo Amintas es un joven muchacho que, como regente de Macedonia en
aquellos tiempos difíciles, no entra en consideración. ¿Qué iba a ser de ésta?
¿Estaba el país en condiciones de defenderse contra sus enemigos exteriores?
¿Cómo iban a ser sus relaciones con el gran vecino del este, Persia? Eran éstas otras
tantas preguntas a las que nadie podía dar, en aquel momento, una
respuesta. ¿Y Grecia? En ésta, la batalla de Mantinea (362)
y la muerte de Epaminondas habían marcado el fin de las formaciones hegemónicas
griegas. Beocia había descendido a la categoría de los demás estados griegos
más o menos insignificantes y Esparta estaba gravemente afectada por la pérdida
de Mesenia. Únicamente Atenas, en cuanto, jefe de la segunda confederación
ática, era aún una potencia capaz de inspirar respeto en el exterior, pero los
estados miembros de la confederación no estaban satisfechos desde hacía tiempo
del opresivo dominio ático, que había roto las promesas dadas en el momento de
la fundación. Efectivamente, pocos años después, en el 357, estalló la llamada
guerra de los aliados y con su desenlace, desfavorable para Atenas (355), este
estado se convirtió también en una potencia de segundo orden.
¿Cuál era la situación en Persia bajo
Artajerjes III Oco (359/58-338)? Bajo el padre del
Gran Rey, Artajerjes II, el reino de los Aqueménidas había experimentado
considerables pérdidas y una fuerte disminución de su prestigio. La gran
sublevación de los sátrapas había sacudido el dominio persa en grandes zonas de
Asia Menor, y los intentos del Gran Rey por reconquistar Egipto, que se había
separado, habían fracasado. Estas dificultades internas explican la inactividad
de Persia ante los disturbios griegos, en el tiempo comprendido, entre la paz
del Rey y la batalla de Mantinea. Bajo el nuevo Gran Rey sopló un aire fresco
en la política persa. Ya como príncipe heredero, poco antes de la muerte de su
padre, había sometido al rey egipcio Taco a su poder. Taco había emprendido un
ataque contra Siria; para Egipto las tierras de Siria y Palestina poseían una
atracción irresistible: debido a su falta de madera necesitaban ante todo los
cedros del Líbano. También contra los sátrapas occidentales, Orontes de Misia y
Artabazo de Frigia, luchó Artajerjes III con éxito y, mientras Orontes se
sometía, Artabazo pasaba a territorio de Macedonia. Como los atenienses habían
dado la impresión de hacer intervenir su flota en apoyo de Artabazo, el Gran
Rey los había intimidado con amenazas. Artajerjes III intervino en la paz de la
guerra de los aliados. También en Siria, Fenicia y Chipre hubo que sostener
luchas. Artajerjes resultó vencedor y, finalmente, pudo volver a someter a
Egipto. Este acontecimiento, la reconquista de Egipto, que se sitúa en el
invierno del año 343/42, constituye el mayor éxito que Persia había obtenido en
las últimas décadas. Restableció el prestigio del imperio en el mundo, y si en
los años siguientes la fuerza interna de Persia fue las más de las veces
considerablemente sobrestimada, ello se puede atribuir, sobre todo, al éxito
sorprendente de las armas persas en el país del Nilo
Por lo demás, sin embargo, Artajerjes
III Oco era una figura típicamente oriental. Su
reinado está lleno de intrigas de harén. El mismo pasa por ser un déspota
siniestro, que trataba de lograr sus propósitos con dureza y astucia. Pero,
frente a las tendencias centrífugas en su reino, a veces no le quedaba otro
recurso, y hay que reconocer que supo conquistar para la gran monarquía, tanto
en el país como fuera de él, un nuevo respeto y un nuevo prestigio. Aunque en
la elección de sus medios aparezca como poco simpático, mantuvo, con todo, la
dignidad de su dominio según el ejemplo de los grandes Aqueménidas, revelándose
en esta forma como un verdadero soberano.
El núcleo de la tierra macedónica es la
región regada por los ríos Haliacmón y Axio. El estado de Macedonia original comprendía las
regiones de Elimea y Orestides.
Partiendo de aquí, los macedonios se fueron extendiendo paulatinamente hacia el
norte y hacia el este, acabando por tomar posesión de toda la tierra
comprendida entre Tesalia y el curso inferior del Estrimón (actualmente: Struma). No sabemos cuándo bajaron al mar los macedonios.
Pero no pudo haber sido mucho antes del 700 a. C. aproximadamente. No se ha
conservado de esta época ningún documento histórico; en particular, la lista de
los primeros reyes macedónicos constituye una ficción de fecha posterior. Sólo
pisamos un terreno hasta cierto punto firme al llegar al rey Amintas I, el cual
reinó en la segunda mitad del siglo VI.
Tan oscuro como la historia primitiva de
la monarquía macedonia resulta el origen mismo del pueblo macedonio. Esta
cuestión, que sigue hoy tan actual como hace más de dos mil años, forma parte
de los problemas de la historia antigua discutidos desde hace muchas
generaciones, de modo análogo a la cuestión acerca del carácter étnico de los
dacios. Pero no se trata de un problema puramente académico, porque si los
macedonios no hubieran sido griegos, la batalla fie Queronea (338)
representaría efectivamente el fin de la historia de Grecia, como lo ha
admitido de hecho la mayor parte de la investigación del sigo XIX y, en
particular, Niebuhr, Grote y Ernst Curtius. Sin embargo, estos historiadores se dejaron
inducir al error, lo que se comprende, por lo demás, por el hecho de que la lingüística
comparada, ciencia que en esta cuestión ha de pronunciar la última palabra, no había
llegado todavía a una decisión firme al respecto. Hoy sabemos, gracias sobre
todo a las investigaciones lingüísticas de Otto Hoffmann (Die Makedonen, 1906), que el material onomástico, sobre todo
los nombres de personas, pero también los de lugares y los de los meses,
atestigua con toda la seguridad deseable que el macedonio es un dialecto
griego, emparentado en primer lugar con el tesalio (eolio). La separación
multisecular de los macedonios con respecto a la cultura helénica explica
fácilmente cierto número de peculiaridades del lenguaje macedonio, de las que
no se encuentran paralelos en los demás dialectos griegos. Tenía razón, pues,
Johann Gustav Droysen al considerar a los macedonios como griegos. La historia
del pueblo macedonio es una parte de la historia de Grecia.
La mayoría de los soberanos anteriores a
Filipo II siguen siendo para nosotros poco menos que puras sombras. De Amintas
I se dice que tuvo amistad con Pisístrato y su familia. Solamente con Alejandro
I Filheleno (primera mitad del siglo V) nos
encontramos en plena luz de la época histórica. Este soberano fue admitido por
su condición personal en los Juegos Olímpicos, por tanto era considerado, lo
mismo que su casa, como griego. La explicación al respecto es desconcertante:
la casa macedona de los Argeadas se hacía descender
de Heracles, de modo que estaba legitimada a los ojos de los griegos. Alejandro
I se interesó vivamente por la cultura griega: estaba en relación con Píndaro, y Heródoto y Helánico visitaron su corte. La
corte del rey se encontraba entonces en Egas, alta ciudadela en una región rica en
agua. Es muy probable que fuera Alejandro I Filheleno el que creó la famosa caballería macedonia, los hetairos (los «compañeros»), así como la
falange de infantería de los pezetairos («guardias de
corps de infantería»). Añadió, asimismo, a la infantería la designación
honorífica de «compañeros del rey». Los historiadores han discutido siempre la
fecha de la creación de esta infantería. Además de
Alejandro I Filheleno, se ha relacionado también con ella
al rey Arquelao, a Alejandro II (que sólo reinó desde el
370 al 369/68) y sobre todo a Filipo II.
Fue el rey Arquelao (413-399) el que
trasladó la residencia real de Egas a Pela. Arquelao, que se había abierto el
acceso al trono con sanguinaria violencia, fue el primer gran organizador del
reino. Construyó carreteras y fortalezas, dio al ejército un mejor equipo y
levantó la agricultura del país, abriéndola al comercio con los estado vecinos;
tal vez dividió la baja Macedonia en cierto número de distritos administrativos
que, designados más tarde con el de centros urbanos, sirvieron al mismo tiempo
como distritos de reclutamiento para el ejército. Subsistieron mientras que
existió una Macedonia libre. Intervino también en los asuntos de Tesalia,
siendo en esto un precursor de Filipo II. Su obra de consolidación interior del
país le resultó tanto más difícil cuanto que había de contar con la oposición
de los príncipes feudales, sobre todo con la de los soberanos de los lincestas y los elimios
Por lo demás, Arquelao era un gran amigo
de la cultura griega; en su corte de Pela recibió reiteradamente como huéspedes
a poetas griegos, y Eurípides compuso allí las Bacantes y honró al rey
en su drama Arquelao, en el que se refiere también la historia de la fundación
de la dinastía de Macedonia. Se cree que también invitó a Sócrates a ir a
Macedonia. El rey organizó en la ciudad de Dión, junto al Olimpo, unos
festivales en los que, según el modelo griego, se celebraban competencias poéticas y
gimnásticas. Después de su muerte—se dice que fue asesinado en una cacería por
uno de sus acompañantes—, Macedonia volvió a caer víctima de disturbios
interiores, y el período que va del 399 al 359 ve desfilar numerosos soberanos,
de reinados muy breves en general. La única excepción la constituye Amintas III
(393-370), el cual ha pasado a la historia por sus relaciones con la Liga Calcídica
y con Atenas. Pero Macedonia no desempeñó ningún papel relevante en la política
internacional de dicho período
El cambio empieza con la regencia de
Filipo II. Este era hijo de Amintas III, había nacido el año 383 y tenía, pues,
la misma edad de Demóstenes, que había de ser su gran adversario. Fue muy
importante para su evolución una estancia en Tebas, adonde fue como rehén a los
15 años. Conoció allí a los grandes generales Epaminondas y Pelópidas, a quienes
admiró durante toda su vida. Filipo contaba 24 años cuando, en el año 359, fue
regente de su sobrino Amintas, hijo de Pérdicas III
(365-3519), menor de edad todavía.
Macedonia se encontraba a la sazón en
graves apuros. Por las fronteras irrumpían en el país los pueblos vecinos.
Había además varios pretendientes a la corona, lo que aumentaba aún más la confusión. Desde el
principio mismo mostró Filipo su capacidad; no sólo calmó a los enemigos
exteriores, en parte mediante pagos de dinero, sino que se deshizo, asimismo,
de los pretendientes, incluyendo al más peligroso, un tal Argeo que había obtenido el apoyo de los atenienses.
Con Atenas llegó Filipo a una paz tolerable, renunciando de hecho a Anfípolis.
Atenas prometió, por su parte, entregar, en lugar de Anfípolis, la ciudad de Pidna; esta cláusula fue causa de futuros conflictos. Aún
quedaba, sin embargo, por liquidar una cuenta con los ilirios, los antiguos
enemigos del país, en el oeste. Filipo los derrotó en una gran batalla, y en la
paz subsiguiente los ilirios hubieron de ceder a Macedonia los distritos
fronterizos junto al lago de Ocrida, se suprimieron,
además, los principados vasallos de los lincestas y
los orestas, cuyos titulares se habían mostrado
poco dignos de confianza. No se sabe cuándo Filipo fue proclamado rey de
Macedonia, aunque probablemente fue antes del año 354. En cualquier caso, su
ascenso a la dignidad real constituyó el honor que se merecía un
individuo de energía y talento tan extraordinarios. Amintas, el sobrino,
fue dejado de lado, por lo que pagó a su tío con un
odio acerbo, hasta que Alejandro lo eliminó sin miramientos.
La monarquía macedónica era una
monarquía militar. El rey era al propio tiempo jefe, sacerdote y juez supremo, y
ocupaba, frente a los nobles, la posición -de un primus-inter
pares. Mediante su comportamiento
personal para con el ejército, al que precedía con gran valor, fue
consiguiendo Filipo cada vez mayor influencia y poder, y supo al propio tiempo atraer
cada vez a más nobles a su causa. Les otorgaba tierras y los
nombraba, además sus «compañeros» (hetairos). Entre estos «compañeros del
rey», que recuerdan los «Mirmidones» de Aquiles, se encontraban, junto a los
macedonios, muchos individuos de ascendencia griega. Estaban ligados al rey por
una relación especial de fidelidad y le veneraban como su gran benefactor.
El hecho de que el rey, gracias al poder
de su casa, se hiciera prácticamente independiente del estado de Macedonia y
que, en particular, las guerras exteriores deban considerarse como empresas privadas
suyas, constituye un supuesto absolutamente gratuito de una parte de la
investigación moderna; por lo demás, este supuesto estaba ya desvirtuado documentalmente
(por ejemplo en una inscripción del 339: que contiene el tratado entre Amintas
III y la Liga Calcídica) aun antes de haber sido siquiera formulado. Es cierto, antes bien, lo contrario: la unión del
rey con su pueblo no se percibe tan fuertemente como en Macedonia en ningún otro
lugar. El núcleo del ejército lo formaban, bajo Filipo, los pezetairos,
divididos en cierto número de regimientos (taxeis)
armados con las sarisaí («lanzas largas»,
largas como árboles, que formaban un muro cerrado que fue el terror de los enemigos,
incluso de los romanos, en la batalla de Pidna).
Filipo II adoptó la táctica de la línea de batalla oblicua de Epaminondas, a la
que añadió además el empleo de la caballería, que se colocaba en el ala
izquierda o en la derecha, según lo exigiera la situación. A la clarividencia
política de Filipo no se le podía escapar que el estado macedónico, interior,
había de procurarse una salida al mar, porque, en cuanto estado sin costa,
Macedonia dependería permanentemente de las potencias marítimas y, en
particular, de la Liga Calcídica y de Atenas; el prestigio de esta última acaba
de recibir un rudo golpe a causa de la guerra de los aliados (357 - 355). Sin
embargo, sin la cultura griega y sin el concurso de los griegos, la
construcción de un estado moderno resultaba inconcebible. En sus disputas con
los griegos Filipo nunca perdió de vista esta idea.
La expansión de Macedonia bajo Filipo II
es un proceso que aún hoy maravilla al historiador tanto por su rapidez como
por sus espléndidos resultados. La primera fase se extiende por un período de
cuatro años, del 357 al 354 a. C. En este tiempo Filipo no sólo logró
apoderarse de la ciudad de Anfípolis (375), sino que conquistó también Pidna (357/56), Potidea y, finalmente, Metona (354). Durante el sitio de Metona Filipo perdió un
ojo al ser alcanzado por una flecha. En todas estas empresas se puso claramente
de manifiesto su competencia militar, tanto como su habilidad diplomática. Así,
por ejemplo, durante la conquista de Anfípolis, ciudad que para la realización
de su planes poseía un valor incalculable, supo burlar completamente a los
atenienses: les aseguró que sólo se proponía conquistar la ciudad para ellos.
Con la potencia griega más importante del norte, la Liga Calcídica, Filipo supo
mantener provisionalmente muy buenas relaciones. Da testimonio de ello un
tratado de alianza y amistad del año 357/56. Este tratado suministra pruebas de
la colaboración del Oráculo de Delfos, con el que Filipo mantenía ya entonces
las mejores relaciones.
Por supuesto, los progresos del
macedonio movilizaron a los atenienses, que veían amenazado su dominio en
Tracia. Los esfuerzos diplomáticos atenienses se reflejan en cierto número de
tratados concertados, del año 357 al 355, entre Atenas y cierto número de
dinastas del norte. Entre los nuevos aliados de Atenas se encontraban los
príncipes tracios Berisades, Amádoco y Quersebleptes; los tres reyes Quetríporis de Tracia, Lipeo de Peonía y Grabo de Iliria, y,
finalmente, la ciudad, de Neápolis, en Tracia. Pero
todo fue en vano; muy obstaculizados los atenienses por la guerra de los
aliados, no estuvieron en condiciones de presentarse en el norte con una fuerza
de cierta consideración. Los días en que Atenas podía luchar en distintos
frentes habían pasado y los ciudadanos ya no estaban dispuestos a aceptar las
cargas de un servicio militar prolongado y pesado.
El año 354 el territorio que dominaba
Filipo se extendía desde la frontera septentrional de Tesalia hasta el río Nesto. Solamente la Liga Calcídica seguía siendo
independiente, incluso Filipo le había concedido la ciudad de Potidea, que
había arrancado a los atenienses. Por esta época ya se veía claro el objetivo
del soberano. Para Macedonia, un país sin urbanizar, las ciudades griegas
recién adquiridas eran un valor inapreciable como centros de cultura helénica.
La conquista de los territorios al norte y el este era igualmente muy valiosa,
a causa de las poblaciones belicosas que los habitaban. En los ejércitos de
Alejandro y de los diádocos aparecen todavía peonios, ilirios y tracios de esas
regiones. Corresponde también a este período la fundación de la ciudad de
Filipos, la primera, que sepamos, que tomó el nombre de un gobernante. Filipos
es la anterior Crenides, situada cerca de las ricas
minas de oro del monte Pangeo, que fueron explotadas
por Filipo. Con ayuda de este oro, Filipo hizo historia; muchos políticos
recibieron de él dinero, y el rey de Macedonia dijo, con razón, que ninguna
fortaleza era tan alta que no pudiera subir hasta ella un asno cargado de oro.
Entre tanto había iniciado Grecia una
disputa bélica en la que estaban implicados casi todos los países del
continente helénico. Se trata de la llamada Tercera Guerra Sagrada (356346).
Estalló ésta por una violación de los derechos de la Anfictionía délfica, en la
que los elementos más activos eran los focenses, quienes se enfrentaban a una
coalición de los demás griegos bajo la dirección de los beocios y los tesalios.
Ya anteriormente los focenses habían causado problemas a los beocios, pues eran
extraordinariamente obstinados y dominaban las vías de comunicación entre Tebas
y Tesalia. Entonces abandonaron la Liga Beocia. Los beocios no podían consentir
esto e indujeron al consejo de la Anfictionía a acusar y condenar a cierto
número de jefes focenses a causa de sacrilegio religioso (356). Los focenses se
negaron a pagar las multas y estalló la guerra. Los acontecimientos de la
Anfictionía délfica acostumbraban a atraer desde siempre a grandes círculos,
porque todos los estados griegos estaban representados en la asociación. A esto
se añade además la posición central del santuario. Constituye un hecho
ilustrativo de la debilidad del resto de Grecia el que, inicialmente, los
focenses pudieran mantenerse frente a sus enemigos sin dificultad. Sus jefes,
Filomeno y Onomarco, se apoderaron del santuario y
convirtieron en moneda acuñada los tesoros del templo délfico para pagar a sus
mercenarios. Este empréstito forzoso del santuario deifico provocó una oleada
de indignación en Grecia, pese a que los focenses no hicieron más de lo que
otros estados griegos acostumbraban a hacer en tiempos de necesidad.
Los focenses constituían una población
pobre de Grecia central, sin la menor importancia antes de estos hechos; sus
éxitos reflejan la total impotencia de los demás estados griegos, especialmente
la de los beocios. Además, éstos se habían lanzado en la confusión de la
sublevación de los sátrapas persas y habían enviado
al Asia Menor un ejército bajo el mando de Panmenes,
destinado a ayudar a Artabazo (353). Filipo II fue llamado por los Alévadas, príncipes
tesalios, pero no estaba a la altura del ejército de mercenarios de Onomarco, y los focenses pudieron vanagloriarse de haberle
ganado dos batallas decisivas (353); este año marca el punto culminante del poderío
focense, que entonces se impuso, asimismo, en Tesalia. Pero ya el año siguiente
(352), en la batalla del campo de Crocos (Azafrán), probablemente cerca
de Págasas, en Tesalia, Filipo, con los macedonios y
tesalios, derrotó a los focenses de modo decisivo; Onomarco murió en la batalla y, con él, 6.000 mercenarios. Se dice que Filipo mandó
arrojar al mar, como ladrones del templo, a 3.000 prisioneros, matanza inaudita
que recuerda escenas análogas de la revuelta de los campesinos alemana. Sin
embargo, cuando Filipo trató de penetrar en Grecia central, probablemente para
poner orden él mismo en Delfos, se encontró el paso de las Termopilas cerrado.
Los aliados de los focenses, entre ellos los espartanos y los atenienses, se
habían movilizado. Atenas, que se encontraba ya desde el año 356 del lado de los focenses, había enviado todo
su contingente de hoplitas; sin embargo, el macedonio no quiso entrar en una
lucha a vida o muerte, porque aún era pronto para entablar una contienda
decisiva con los griegos. Así, pues, emprendió el regreso (en el verano de
352). De esta forma, Fócide, y con ella el sistema griego de los estados, se
salvaron por el momento de la acometida de Filipo.
El año 352 empieza la segunda lase de la
expansión macedonia. Hacia fines de dicho año, o tal vez en el 351, Filipo
emprendió una expedición a Tracia. Esta comprendía el vasto territorio que se
extiende entre el río Nesto y el mar Negro. Filipo
tenía allí unos competidores muy serios, los atenienses, que precisamente
entonces volvían a sentar su dominio en el Quersoneso iranio (Galípoli). Tracia
constituía una importante región de exportación para el comercio ateniense. Las
mercancías se enviaban o por tierra o por los ríos, especialmente el actual Tundsa, tierra adentro. Tasos, las ciudades griegas de la
costa occidental del mar Negro y Bizancio, obtenían del comercio con Tracia
pingües beneficios al lado de Atenas. No es de extrañar, pues, que los helenos
consideraran el avance de Filipo como una grave amenaza para sus intereses. Por
lo demás, Filipo entró en alianza desde el 352 con los príncipes tracios Quersebleptes y Amádoco. Los
atenienses y los demás griegos vieron en ello una provocación.
Pero fue más grave todavía la
intervención de Filipo en el territorio de la Liga Calcídica. Después que el
macedonio hubo conquistado y destruido la ciudad de Estagira, la patria de
Aristóteles (350 o, a más tardar,
349/48), se volvió contra Olinto, la capital de la Liga Calcídica. Como
pretextó de la guerra alegó que los calcídeos se habían negado a entregar a sus
hermanastros (los de Filipo) que se habían refugiado entre ellos. El
proceder de Filipo contra los calcídeos provocó en toda Grecia una gran indignación. Este estado de
ánimo fue exaltado por Demóstenes en sus tres discursos olintios,
pero los atenienses no estuvieron en condiciones de prestar a sus aliados una
ayuda eficaz, mayormente porque tenían dificultades ante sus propias
puertas, en Eubea. Filipo había logrado apartar a las ciudades de esta importante
isla, con excepción de Caristo, del lado de
los atenienses (349/48). El que lea los discursos olintios de Demóstenes percibirá algo de la impotencia de la
polis de Atenas, cuyos intereses vitales estaban a merced de la ambición de
Filipo. La ciudad de Olinto cayó el año 348 y fue totalmente destruida por los
macedonios. Gracias a las excavaciones de la John Hopkins University bajo la dirección de D. M. Robinson, ha sido puesta al descubierto una parte de
la ciudad desaparecida. Estas excavaciones nos proporcionan una visión directa
de una ciudad griega del siglo IV a. C. Los habitantes de Olinto se esparcieron
por todo el mundo griego, constituyeron un elemento de agitación y, sobre todo
desde Atenas, volvieron a azuzar una y otra vez contra Filipo.
El fracaso de la guerra olintia dio impulso en Atenas al partido de la paz. Tampoco
Demóstenes pudo resistir por completo al sentimiento general. Asi, pues, se concluyó en el ano 346, después de
negociaciones prolongadas, la paz de Filócrates. Debe
su nombre al político ático que fue enviado como jefe de la embajada de los
atenienses a Macedonia. También Demóstenes y Esquines figuraban en ella, y este
último va a aparecer en adelante como un amigo y partidario convencido de
Filipo. En las negociaciones se trató ante todo de la cuestión acerca de si
Fócide y la pequeña localidad tesalia de Halo habían de ser admitidas o no
entre los aliados. Atenas no podía sacrificar decorosamente a los forenses, y
Filipo se plegó finalmente a los deseos de sus contrincantes; no fue, por lo
demás, ninguna gran concesión, ya que Filipo aún debía derrotar a los focenses,
que continuaban resistiendo. Fue importante para toda Grecia, en cambio, el que
el acta de la paz de Filócrates contuviera
disposiciones contra la piratería, lo que no deja de constituir un elemento de
satisfacción en una época en que tan poco se habla de los intereses comunes.
Por lo demás, ya en la antigüedad
tuvieron origen diversas interpretaciones de la paz de Filócrates.
Se nos exponen en los discursos de Demóstenes, Sobre la embajada infiel,
del año 343 a. C., y de Esquines, Contra Ctesifonte, del año 330 a. C.
Las manifestaciones de los dos políticos han de acogerse con reserva y con
sentido crítico, ya que cada uno de ellos habla en favor de su propia causa y
ni uno ni otro andan con muchos miramientos con la verdad.
Ya mientras que la segunda embajada ateniense
estaba aún en Pela Filipo II había emprendido una expedición relámpago en
Tracia (primavera del 336) y había obligado al príncipe Quersebleptes a someterse. También con los focenses procedió Filipo sin contemplaciones;
obligó a Faleco, jefe de los focenses, a capitular,
dejando que los mercenarios se fueran libremente al Peloponeso (336). Los
atenienses, que habían, adoptado contra los ladrones focenses del templo una
resolución muy categórica, se abstuvieron, con todo, de colaborar con Filipo.
Había terminado en esta forma la Tercera Guerra Sagrada, y en Delfos se
reunieron los delegados de los estados griegos para discutir acerca de la
reorganización de la Anfictionía. Los focenses fueron excluidos de la comunidad
délfica, y se los condenó a devolver los tesoros robados del templo a plazos, a
razón de 60 talentos anuales. Sin embargo, no se iniciaron estos pagos hasta el
año 343. Por lo demás, Fócide fue desmilitarizada, sus fortificaciones fueron derribadas
y sus habitantes debieron establecerse en aldeas abiertas. Lo más importante
fue, con todo, que ahora obtuvo Filipo los dos votos de los focenses, de modo
que se había convertido en miembro de la Anfictionía, aunque sólo, por
supuesto, en calidad de descendiente de Heracles. No obstante, esto significaba
en la práctica que, en adelante, los embajadores de los macedonios disponían de
una voz de peso en los debates de la Anfictionía. En tanto, Filipo, por su
parte, se situaba en Delfos como personalidad individual al lado de las once
delegaciones que representaban los estados griegos, lo que constituye un cambio
básico,
en el que se anuncia el advenimiento de una nueva época. A
instancia de los miembros de la Anfictionía de Delfos se llegó finalmente
a concertar otra paz general (koiné eirene), que era al menos obligatoria para todos ellos
(346). Fue como una nueva paz del Rey, pero el rey ya no era persa, sino
griego.
Los éxitos de Filipo alarmaron a muchos
griegos. En Atenas se producían fuertes tensiones entre los amigos de los macedonios
y los enemigos de Filipo. Al celebrar éste en Delfos, en forma particularmente
solemne, las Pitias de otoño, los atenienses no figuraban entre los delegados a
la fiesta, acto de descortesía que Filipo interpretó también como tal. Ante las
amenazas del rey, Atenas dio marcha atrás, se disculpó y Demóstenes se encargó
de convencer al pueblo de que en aquellos momentos era imposible mantener una
guerra contra Filipo. Por lo demás, el auténtico jefe del estado ateniense no
era Demóstenes, sino Eubulo, quien se había hecho un
nombre en el campo de las finanzas. Y si Atenas se rehízo hasta cierto punto de
las desastrosas consecuencias de la guerra de los aliados fue gracias a Eubulo y no a Demóstenes.
Para Filipo, los años siguientes fueron
años de dura labor y de duras luchas. El año 344, el rey fue herido de gravedad
en una campaña contra los ilirios, a continuación de lo cual Isócrates le
dirigió una carta llena de preocupación, rogándole que en adelante no se
expusiera a semejantes peligros, sino que pensara, antes bien, en su gran
tarea, la guerra contra Persia. El mismo año obtuvo Tesalia una nueva
organización: una decarquía (un gobierno de diez),
que, apenas dos años después, fue transformada en una tetrarquía (gobierno de
cuatro). Bajo decarquía hay que entender tal vez una
alianza de las diez ciudades más importantes de Tesalia, en tanto que la
tetrarquía significa probablemente la división de Tesalia en cuatro distritos.
Sea como fuere, Filipo se había nombrado arconte de toda Tesalia y, en efecto,
gobernó el país.
Sin embargo, el acontecimiento político
más importante de esos años, con mucho, fue la reconquista de Egipto por el rey
persa Artajerjes III Oco, en el invierno del 343-42
a. C. Ya anteriormente, en el verano de aquel mismo año, se habían entendido
Macedonia y Persia, para concertar un pacto de amistad y de no agresión. Estos
acontecimientos muestran claramente un desplazamiento del centro de gravedad
político;
los dos grandes estados se ponen de acuerdo, mientras que Grecia se mueve cada
vez más en la periferia de los asuntos internacionales.
Acerca de las condiciones políticas de
Atenas nos informa un documento muy interesante. Se trata de una carta que Espeusipo,
jefe de la Academia platónica, dirigió el año 324 al rey Filipo de Macedonia.
La autenticidad de este escrito, que nos ha llegado entre las cartas de los
socráticos, ha sido demostrada, en un estudio histórico y filológico de gran
agudeza, por E. Bickermann y J. Sykutris.
Espeusipo, cuya ideología promacedónica se pone claramente de manifiesto en la carta, recomienda a un tal Antípatro de Magnesia. El redactor no parece estar en
buenos términos con Isócrates, a quien reprocha haber ignorado los beneficios
de Filipo en favor de los griegos. Por lo demás, Espeusipo trata de reforzar,
con los argumentos mitológicos tan en boga en aquellos días, las pretensiones
de Filipo acerca de Anfípolis y Olinto (cabe imaginar fácilmente que el
proceder de Filipo contra Olinto hubo de ser sacado a relucir por la propaganda antimacedónica cada dos por tres). La fecha de la
carta de Espeusipo se puede establecer de manera concluyente por el hecho de
que el autor menciona, al final de ella, la falta de papel ocasionada por la
toma de Egipto por el Gran Rey. Con esta carta Espeusipo. prestó al rey de
Macedonia un servicio de valor incalculable: había individuos en toda Grecia
que en algún momento habían sido alumnos de la Academia platónica, y no era en
absoluto indiferente el que estos individuos sintieran o no simpatía por
Filipo. Ahora bien, los amigos de los macedonios en Atenas no formaban un grupo
unificado o partido, y Espeusipo no vaciló en denigrar ante el rey de Macedonia
a su competidor Isócrates, precisamente a aquel Isócrates que
en sus folletos, especialmente en el Filipo, había saludado
al macedonio como futuro jefe en la guerra contra Persia. El año 342 empezó Isócrates a
trabajar en el Panatenaico, un folleto en el
que una vez más se encarecía la unificación de Grecia
bajo Filipo. Fue publicado el año 339, cuando la guerra de Atenas contra Filipo era ya
un hecho.
Se ha reprochado a los historiadores,
especialmente a los alemanes, el haber considerado la historia de los griegos
en la época de Filipo sólo desde el punto de vista macedónico. Es indudable que
este reproche está algo justificado. Desde que J. G. Droysen hubo glorificado en
su imperecedera obra de juventud (1833) a Alejandro Magno como al nuevo creador
político y exponente cultural, se había abierto a la historia griega un camino
totalmente nuevo. Es el caso, sin ebargo, que quien
loaba a Alejandro no podía pasar por alto a Filipo II, su padre. Fue K. J. Beloch quien puso al padre más alto todavía que al hijo,
indudablemente genial. Sin duda, Filipo poseía cualidacles brillantes. Fue un político y un jefe militar sumamente inteligente, sabía
arrastrar tras sí a sus soldados, y podía ser, cuando se trataba de conquistar
a los hombres, de una amabilidad encantadora. A sus contemporáneos esto no les
permaneció oculto. El historiador Teopompo, el mismo
que describe Espeusipo como un individuo glacial, designó a Filipo como la
mayor personalidad que Europa, esto es, la península Balcánica, había producido
hasta la fecha.
Sin duda, el rey de los macedonios era
un tipo perfectamente balcánico. Su vida privada difícilmente se dejaba medir,
con los criterios de la moral burguesa de los griegos. Al lado de las dos reinas
legítimas, Olimpíade y Cleopatra, la hija de Atalo, se
conocen nada menos que otras cuatro mujeres de las que Filipo tenía hijos. Olimpíade había abandonado a su esposo al casarse éste con
Cleopatra y elevarla a la dignidad de legítima esposa. Olimpíade se llevó consigo al destierro, a su patria del Epiro, a su hijo Alejandro.
Afrodita y Dioniso fueron los dioses rectores de Filipo, y hoy todavía podemos
leer en Teopompo el escándalo que provocaba en sus contemporáneos
la vida de Filipo y sus compañeros (hetairas). Pero ¿de qué servía?
Filipo era política y militarmente superior a los griegos; era más rápido y
audaz en sus proyectos estratégicos; menos escrupuloso en la persecución de sus
fines, y más astuto y taimado en el juego de las intrigas diplomáticas.
Mientras en Atenas se hablaba, Filipo actuaba: ya no era posible, en efecto, enfrentarse
con las burdas instituciones de la polis griega a un adversario decidido a
todo. El consejo de Demóstenes, expresado en la primera Filípica, de formar un cuerpo expedicionario, de atacar a
Filipo en su propio país y de no dejar imponerse más por el rey
la ley de la acción, revela, indudablemente, una visión acertada;
pero cuando el ciudadano ateniense trataba de eludir el servicio militar, la más acertada visión estratégica de nada
servía.
El año 342 empezó Filipo la sumisión definitiva
de Tracia. También aquí fue llevada a cabo una verdadera guerra de conquista.
Filipo pretendía haber desenvainado la espada para proteger a las ciudades
griegas acosadas por los tracios, pero todo el mundo sabía que esto no era más
que un pretexto. Filipo, antes de atravesar el Nesto,
había establecido relaciones con los getas y su rey Cotelas,
que vivían entre las montañas de los Balcanes y el Danubio inferior. En Tracia,
donde las luchas se prolongaron hasta el año 341, se hizo una labor a fondo; se
establecieron colonias, se fundaron ciudades y se establecieron en ellas muchos
individuos de Macedonia, entre ellos, también, muchos elementos dudosos. Sin
embargo, lo más importante fue el nombramiento de un macedonio para gobernador
(estratego) de Tracia, imitando el modelo persa. El concepto del país sometido,
cuyos habitantes estaban obligados a prestar servicio militar y a pagar tributo
y sobre los cuales el gobernador, en cuanto representante del conquistador,
ejercía jurisdicción, no tiene paralelo alguno en toda la historia anterior de
Grecia. Pero Filipo tenía que ignorar los precedentes. Si quería tener
realmente en manos el vasto territorio comprendido entre el Nilo y el mar
Negro, cuyos príncipes Quersebleptes y Teres fueron
destituidos, había de introducir procedimientos nuevos; estaba construyendo un
imperio y la administración de los persas se ofrecía como modelo. Por supuesto,
no puede hablarse, de que Tracia habría pasado a formar parte, por ejemplo, de
la propiedad personal de Filipo, sino que fue, antes bien, una provincia
macedónica, anexionada al reino, la primera y más importante que Filipo creara.
Mientras tanto, el rey de los macedonios
no había abandonado en absoluto sus esfuerzos en relación con Grecia. Así, por
ejemplo, había entrado el año 342 en relación con los etolios; en aquella
ocasión parece haberles prometido Naupacto, la importante localidad en el golfo
de Corinto. Además envió un contingente de tropa a Eretría,
en Eubea, para que apoyara allí la causa macedónica. Pero fueron más
importantes todavía las relaciones de Filipo con el tirano Hermias de Atarneo. Hermias controlaba Tróade, el acceso a Asia; su
actitud podía ser crucial en una guerra futura contra Persia. Al parecer, el
príncipe puso su territorio a disposición de Filipo como cabeza de puente en
Asia Menor (¿342?). Nada tiene de sorprendente, pues, que el rey de Persia
hiciera eliminar al tirano por su encargado Méntor.
Tróade pudo permanecer en poder de Persia y, con ello, el control del
Helesponto.
Desde el año 343, la tensión entre
Macedonia y Atenas había ido creciendo sin cesar y, por supuesto, no sin culpa
de Demóstenes. Los intereses de los dos estados topaban sobre todo en Eubea y
en el Quersoneso tracio (Galípoli), y a causa de la disputa entre la ciudad de Cardia y unos clerucos áticos se
estuvo el año 341 al borde mismo de la guerra declarada; en este caso la razón
estaba a favor del rey. Por toda Grecia los atenienses trataban de disputar la
partida a los macedonios. Por ejemplo, el año 343 habían concertado una alianza
con Filipo una serie de estados peloponesios, entre ellos Argos, Mesene y Megalópolis;
un año más tarde Demóstenes ganó estos mismos estados, y además Acaya y
Arcadia, para una alianza con Atenas. Así, pues, los peloponesios trataban de
asegurarse por los dos lados.
Demóstenes, que no se arredró siquiera
ante un viaje pesado al país de los ilirios y los tracios (del verano al otoño
de 342), luchaba encarnizadamente por cada posición y logró, efectivamente,
expulsar a los macedonios de Eubea. Las ciudades de Calcis y Eretria entraron en una alianza con Atenas y, finalmente, se formó una alianza eubea,
en cuya creación intervino el político Calias de Calcis activamente. Sin
embargo, el mayor éxito de Demóstenes fue la fundación, en febrero o marzo del
año 340, de la Alianza Helénica. Vista desde fuera, era una asociación
imponente de estados en la que intervenían: Eubea, Acarnania,
Acaya, Corinto, Megara, Léucade y Corcira. Todas
ellas se unieron en un pacto de amistad y de auxilio mutuo. El fundamento del
tratado lo constituía, una vez más, una paz general (koiné eirene), esta vez bajo la dirección de Atenas. Los
aliados se comprometían a pagar cuotas de socio, y muchas de las ciudades a
proporcionar tropas. Al constituirse en Atenas la asociación, el día 16 antesterion («mes de las flores») del año 340, se
festejó a Demóstenes, gracias a cuya energía la alianza se había llevado a
cabo, según parece. Pero todo el mundo sabía en Grecia que era únicamente el
miedo a Filipo lo que había reunido a los aliados. Sin embargo, Tebas, el
estado más importante en Grecia central, se mantenía todavía alejado de la
Alianza, y su ingreso había de constituir el objetivo más importante de los
esfuerzos de los aliados.
Las cosas se precipitaron cuando Filipo condujo
su ejército contra la ciudad de Perinto, en
Propóntide (mar de Mármara). Se trataba de una fuerza considerable, equipada
con numerosas máquinas de asedio, la que atacó los muros de la ciudad griega.
Para cercar la ciudad también por mar, Filipo necesitaba su flota, que sólo
pudo ser llevada al lugar después que aquél hubo penetrado por tierra en el
Quersoneso tracio. Esta violación del territorio ateniense la confesó también
Filipo, en una carta a Atenas que puede verse en el corpus de los discursos de
Demóstenes (n.° XIII), con el resultado de que la
declaración de guerra entre Atenas y Macedonia fue aplazada. Perinto obtuvo ayuda no sólo de la vecina Bizancio, sino
también del sátrapa Arsites, cuya satrapía estaba situada en la costa opuesta.
Frente a los muros de Perinto fracasaron incluso las
nuevas máquinas de asedio de Filipo; tampoco fue más afortunado un asalto a
Bizancio, pero, en cambio, Filipo se precipitó sobre la flota triguera
ateniense que se reunía a la sazón a la entrada del Bósforo para dirigirse a
Atenas. Cayeron en sus manos un total de 230 naves de gran valor. Es probable
que Filipo no abrigara la menor duda en cuanto a las consecuencias de esto y,
efectivamente, Atenas le declaró la guerra ( aproximadamente en septiembre u
octubre del año 340).
No cabe duda de que esta guerra no fue
la guerra de Filipo, sino la de Demóstenes. Desde hacía años venía este
individuo desplegando una actividad contra Filipo que no se daba punto de
reposo. Con sus discursos, especialmente con el del Quersoneso, pero también
con las tercera y cuarta Filípicas, había solicitado el favor de los neutrales
y se había declarado partidario de una inteligencia con Persia. Demóstenes no
era en modo alguno un amigo del Gran Rey, y no está demostrado que se hubiera
dejado sobornar por dinero persa. Pero las circunstancias parecían no dejarle
otra elección, y las tensiones entre Macedonia y Persia, a causa de la
eliminación de Hermias de Atarneo parecían confirmar
lo acertado de su política. El problema era saber si Atenas estaba en
condiciones de llevar a cabo esta guerra y de ganarla. Cuando en el otoño del
año 340 se tumbó en Atenas la estela con la inscripción del texto de la paz de Filócrates, reinaba ya en la ciudad la psicosis bélica que
Demóstenes y sus amigos habían alimentado. Por lo demás, el gran orador aparece
en aquellos días como un gran caudillo; se hizo elegir comandante de la flota,
y las primeras operaciones navales fueron favorables para los atenienses. La
flota ateniense, bajo el mando de Cares, liberó a Bizancio del asedio naval de
Filipo, y, aunque éste seguía presionando, el mayor peligro había pasado ya.
Por mar, Filipo no estaba a la altura de sus adversarios; pero por tierra, en
cambio, se sentía tan superior, que el año 339 emprendió una expedición contra los
escitas, que lo mantuvo alejado por algunos meses del teatro de operaciones
griego. Es probable que la expedición contra los escitas tuviera por objeto la
consolidación de la frontera norte de su país, que era desbordada una y otra
vez por pueblos bárbaros vecinos. Ya en tiempos de Filipo se habían realizado
movimientos migratorios tribales en la zona situada entre el Danubio inferior y
los Balcanes. La llegada de los celtas, a los que Alejandro encontró en el bajo
Danubio, proyecta ya su sombra por anticipado en el sudeste de Europa. Al
regresar Filipo, a fines del verano del 339, del país de los escitas y
encontrarse de nuevo en su capital, Pela, la situación había cambiado por
completo en Grecia. Aproximadamente medio año antes, en la primavera del 339,
había estallado allí la llamada Cuarta Guerra Sagrada, en la que también Atenas
estaba implicada. Los locrios de la pequeña localidad de Anfisa,
no lejos de Delfos, acusaron ahora a los atenienses ante el consejo de la Anfictionía
délfica, porque durante la Tercera Guerra Sagrada habían colgado dos escudos de
oro en el templo que aún no había vuelto a ser consagrado. Los escudos, en
recuerdo de la batalla de Platea, llevaban la siguiente inscripción: «Los
atenienses, como botín de los medos y tebanos, cuando luchaban juntos contra
los griegos». Con razón el investigador F. R. Wüst se
ha preguntado quién tenia entonces interés en una guerra anfictiónica. La
respuesta sólo puede ser ésta: Filipo de Macedonia. En todo caso, Filipo logró
obligar a los atenienses a hacer una contraacusación: La gente de Anfisa estaba cultivando el maldito suelo de Cirra. A continuación, parte de los anfictiones van a Cirra, donde atacaron los locrios de Anfisa.
Atenas quedaba justificada; Tebas, sin embargo, se consideraba ligada a Anfisa. Es probable que en el fondo de esto se halle el
intento de Jos macedonios de separar a Atenas de Tebas. Por lo demás, las
circunstancias son muy intrincadas y difíciles de penetrar. El resultado fue
que el consejo de la Anfictionía, en su sesión del año 339, invitó a Filipo a
llevar la dirección de la Guerra Sagrada, como hegemón («general») de la Liga.
Ahora había llegado el momento de la
acción. Con un ataque relámpago, el rey de Macedonia penetró por Heraclea Traquinia y Citinión, pasando las
Termópilas en el valle del Cefiso y se apoderó de
Elatea. En esta forma no sólo Atenas, sino también Tebas quedaron sometidas a
una fuerte presión. Sin embargo, en Tebas venció una vez más Demóstenes, y la
ciudad concertó con Atenas una. Atenas estaba dispuesta a hacer grandes concesiones:
por tierra, el mando supremo lo habían de ejercer sólo los tebanos en tanto que
por mar había de alternar entre los dos estados; además, Atenas se hizo cargo
de dos tercios de los gastos de guerra, y Tebas de un tercio solamente. A
Filipo se le había ocultado este arreglo y además se había trazado directamente
delante de su posición en Elates una línea de bloqueo que le impedía penetrar
más adentro hacia Tebas y Anfisa. El invierno del año
339/38 transcurrió, aparte de algunos pequeños encuentros sin importancia, en
medio de una febril actividad diplomática de las dos partes: los locrios epicnemidios y los focenses se decidieron por Macedonia, en
tanto que los estados del Peloponeso permanecían neutrales.
Fue desafortunado para los griegos que
en el primer momento se mantuvieran a la defensiva. Bloquearon el valle del Cefiso en Parapótamos y, con un
ejército de mercenarios bajo el mando de Cares, el camino hacia Anfisa. Cuando Filipo derrotó abiertamente a los
mercenarios, entabló nuevamente negociaciones con Tebas, pero, una vez más,
éstas fracasaron por intervención de Demóstenes. Pero, dado que Filipo se había
apoderado de Naupacto, controlaba así el acceso al golfo de Corinto, y, en
cualquier momento, podía amenazar por mar a la retaguardia de los aliados;
éstos, aunque no sin vacilación, resolvieron arriesgarse en una batalla
decisiva. Esta se libró el 2 de agosto del 338, junto a Queronea, en el valle
del Cefiso, y terminó con la derrota completa del
ejército griego. En sí, la posición griega estaba bien elegida: la línea de
batalla se extendía unos dos kilómetros y medio a lo ancho del
llano, desde el monte Turio hasta la orilla del río Cefiso. En esta forma, no sólo cerraban el principal camino
hacia Tebas, sino también el que bifurcaba en Queronea por el paso de Querata. No se sabe por qué los griegos no extendieron su
ala derecha más allá del río, hasta el monte Acontio.
Del lado macedónico correspondió un papel decisivo a la caballería, al mando de
Alejandro; se encontraba ésta en el ala izquierda y fue la que tomó la
ofensiva, en tanto que el ala macedónica derecha, conducida por Filipo,
retrocedió al principio. Se trataba de un repliegue por razones
tácticas
porque Filipo quería desarticular la línea de batalla de los griegos,
propósito que alcanzó por completo. Después de que los tebanos (en su ala
extrema luchaba la famosa Hueste Sagrada) hubieron sido derrotados por
Alejandro, Filipo volvió al ataque. Los atenienses, acosados ahora por dos
lados, sufrieron graves pérdidas, y la retirada se convirtió en huida por el
paso de Querata. Filipo pudo haber convertido la
derrota de los helenos en un aniquilamiento total, pero no lo hizo y desistió deliberadamente de mandar la caballería en persecución del
enemigo hasta su agotamiento total. Al igual que Bismarck después de la
batalla de Koniggratz, Filipo tenía también en la
mente un objetivo más alto. Era éste la unión de Grecia
para que le siguiera en una gran guerra contra Persia.
La victoria de los macedonios en
Queronea constituye indudablemente uno de los grandes puntos cruciales de la
historia griega. En el campo de batalla, los contingentes de los estados
griegos habían sucumbido ante un contrincante más fuerte. El ascenso de la
monarquía y su triunfo sobre la ciudad-estado se perfila ahora. La polis
griega, indisolublemente ligada a las grandes realizaciones del genio humano,
no había logrado mantenerse en el campo de batalla contra la
monarquía del norte. Grecia quedaba abierta a una invasión de
los macedonios. ¿Iba a convertirse en una provincia macedónica, como le había
pasado antes a Tesalia? En realidad, semejante propósito distaba mucho de las
intenciones del rey. Por mediación de Demades, que había caído prisionero de
los macedonios en Queronea, se iniciaron negociaciones de paz con Atenas.
Fueron llevadas rápidamente a buen fin, antes de que un solo soldado macedonio
hubiera puesto el pie en el suelo ático.
La Liga marítima fue disuelta, pero
Atenas, conservó la soberanía sobre las importantes cleruquías de Lemnos, Imbros, Esciros, y Samos, así
como sobre Delos. El Quersoneso tracio (Galípoli) pasó a poder de Filipo. Fue
considerablemente más dura la suerte de Tebas. Bajó a la categoría de potencia
de segundo o tercer orden. Ya no tenía nada que ver con la jefatura de la Liga
Beocia. Se percibió en Tebas como particularmente dolorosa la restitución de la
comunidad de Oropo a Atenas. De este problema
hubieron de ocuparse todavía las generaciones posteriores. La ciudad de Atenas
respiró; había esperado represalias mucho más duras por parte de Filipo.
Demóstenes, que al principio había dejadlo Atenas, no tardó, en volver, y
pronunció en el invierno la oración fúnebre por la flor de la juventud
ateniense caída en Queronea.
La verdadera grandeza de Filipo se pone
de manifiesto en la reorganización de Grecia a la que procedió en el
invierno del 338 al 337. Después de una expedición en otoño al Peloponeso,
en la cual Filipo redujo a Esparta a su territorio primitivo, se reunieron en
Corinto, por invitación de Filipo los delegados de todos los estados
griegos, con excepción de los espartanos, y fundaron allí una
confederación helénica general, que ha pasado a la historia con el
nombre de Liga de Corinto. La base la constituyó una vez más una paz general (koiné irene). Se prohibieron todos los cambios constitucionales
por la violencia; quedaron garantizadas la libertad y la autonomía de los
diversos estados, y solamente se instalaron guarniciones macedónicas en Tebas,
Calcis y Corinto. En forma correspondiente a su capacidad de prestación militar,
cada estado había de mandar un número proporcional de delegados al consejo de
la Liga (synedrion), que se reuma en Corinto.
Podría ser de gran ayuda poseer una lista completa de los miembros de la Liga
Corintia, pero ésta sólo se ha conservado en estado fragmentario y muestra que,
al lado de las diversas polis, pertenecían también a la federación varios
estados tribales. El synedrion era competente
en asuntos de guerra y paz, para la fijación de los contingentes de la Liga y
para la recaudación de los impuestos de ésta; también fijaba los castigos
contra aquellos que violaran el tratado. Filipo era el hegemón (protector) de la Liga; entre él y los griegos se concertó un tratado defensivo
y ofensivo a perpetuidad. Este tratado constituía el supuesto previo para la
declaración de guerra contra los persas. Esta fue proclamada como una
expedición de venganza con motivo de la destrucción de los santuarios griegos
por Jerjes, en el año 480, un acontecimiento que había tenido lugar casi un sigIo y medio antes. El jefe de las fuerzas aliadas había
de ser Filipo quien, en tal calidad, llevaba el título de strategos autokrátor (general plenipotenciario).
Era ésta la unidad de Grecia que Filipo
había llevado a cabo. No correspondía en modo alguno a las esperanzas de los
helenos. Los estados griegos seguían siendo nominalmente libres y autónomos,
pero no cabía la menor duda de que habían de plegarse todos ellos a las órdenes
de Filipo. La monarquía había obtenido una victoria inequívoca sobre la polis.
En adelante es el rey de Macedonia quien lleva el cetro sobre Grecia. Sin
embargo, esta indiscutible pérdida va acompañada de una ganancia considerable.
En efecto, Filipo y sus delegados en el consejo de la Liga cuidaban del mantenimiento
de la paz y el orden, que tan ausentes habían estado de Grecia. ¿Era un precio
excesivo el que los helenos habían de pagar por la paz y el bienestar? En todo
caso, de acuerdo con los consejos de Isócrates, que había muerto unos pocos
meses antes, a la edad de casi cien años, Filipo había dado a los griegos un
objetivo nacional: la guerra contra los persas.
El momento no podía estar mejor elegido
cuando, en la primavera del año 336, la vanguardia macedónica atravesó el
Helesponto bajo el mando de Parmenión y Atalo. En los
años 338 y 336 se habían presenciado cambios en el trono de Persia; en Asia
Menor, Mentor de Rodas había muerto repentinamente, y algunas ciudades griegas
como Cícico y Efeso, e incluso Pixódaro,
el sátrapa de Caria, estaban dispuestos a colaborar con Macedonia. En esto se
produjo un acontecimiento que nadie podía prever. El año 336, mientras celebraba
el matrimonio de su hija con el rey Alejandro de Epiro, Filipo fue asesinado en
el teatro de Egas, en Macedonia. Sólo tenía 46 años. Al parecer el asesino,
Pausanias, obró por motivos personales. Pero es posible que no fuera más que un
instrumento de Olimpíade y de algunos círculos de la
nobleza macedonia.
15. Alejandro y la conquista de
Persia (336-323 a. C.)
«El nombre de Alejandro designa el fin
de una época en el mundo y el principio de otra nueva»: estas palabras de
Johann Gustav Droysen pueden encabezar la historia del gran macedonio que en
sus 33 años de vida cambió de hecho la faz del mundo. No siempre lo ha juzgado
la ciencia de modo únicamente positivo; el historiador B. G. Niebuhr, por
ejemplo, vio en él a un antiguo paralelo de Napoleón y lo designó como
«comediante y ladrón de gran estilo». En nuestros días F. Schachermeyr ha destacado, a justo título, los aspectos negativos de su carácter,
escribiendo (como Niebuhr) bajo la impresión imborrable de experiencias
contemporáneas.
Es un individuo enigmático el que nos
sale al encuentro en la persona del joven rey de Macedonia; en él se aúnan las
mayores contradicciones, una voluntad demoníaca indomable, un entusiasmo
juvenil por los héroes griegos, inculcado por su maestro Aristóteles; un gusto
varonil por la lucha y la victoria, y una preocupación leal por los compañeros
heridos y por los deudos de los caídos. Por otra parte, vive en Alejandro una
pasión desbordada y literalmente ardiente, que se manifiesta en la destrucción
de servidores y colaboradores fieles. ¿De dónde provienen estos contrastes?
¿Son acaso herencia de su madre Olimpíade, la
orgullosa epirota, que para satisfacer sus deseos, ante todo los de venganza,
olvidaba todo objetivo y toda medida? No lo sabemos; lo único que parece cierto
es que entre padre e hijo no existió una gran unión. Alejandro era ante todo el
hijo de su madre, y al igual que ésta vio probablemente en las simpatías del
padre por otras mujeres, y sobre todo en la elevación de la joven Cleopatra a
esposa legítima, una grave ofensa.
Si hoy, cerca de 2.300 años después de
su muerte, estamos en condiciones de trazar una imagen de su personalidad, de
sus propósitos y de su obra, es basándonos casi únicamente en las fuentes
antiguas. Sin duda, las obras de aquellos individuos que escribieron la vida de
Alejandro se han perdido, salvo exiguos restos, y sin embargo sus exposiciones,
sobre todo la del futuro rey Tolomeo I de Egipto, revisten la mayor
importancia. El griego Arriano de Nicomedia escribió, en la segunda mitad del
siglo II d. C., una obra sobre la campaña de Alejandro (la Anábasis de
Alejandro), en la que por vez primera se intenta separar el material contemporáneo
de las fuentes posteriores. Otra rama de la tradición de Alejandro la
representa la historia de Alejandro (Historiae Alexandri Magni) del retórico
Quinto Curcio Rufo, probablemente de los primeros
tiempos del Imperio romano. Se funda ésta, en gran parte, en la llamada
«Vulgata» de Alejandro, una tradición literaria documentada desde Clitarco, que escribió alrededor del 310 a. C.
Esta «Vulgata» desemboca en la amplia
corriente del Román d' Alixandre, un
tratamiento ficticio de la carrera de Alejandro existente en numerosos idiomas
y versiones. El estudio del Roman d’ Alixandre constituye un capítulo interesante de la historia
de la cultura antigua y medieval, aunque no de la historia de Alejandro. ¿Cómo
es que tenemos tan pocos datos irrefutables? Los contemporáneos de Alejandro
apenas comprendieron su grandeza y originalidad, lo mismo que los contemporáneos
de César no comprendieron la grandeza de éste. Además, Alejandro no encontró en
vida historiador alguno digno de sus hazañas. La historiografía griega capituló
frente al fenómeno arrollador del macedonio: le faltaban los criterios con los
que hubiera podido medirlo.
Al parecer, Alejandro habría nacido
aquella noche del año 356 en que el Templo de Artemis, en Éfeso, fue pasto de
las llamas por la mano sacrílega de Heróstrato; pero
probablemente no se trata más que de una de tantas fábulas basadas en la simultaneidad
que nos han sido transmitidas en numerosos ejemplos, tanto antiguos como
modernos. A los dieciséis años, Alejandro fue nombrado por su padre,
transitoriamente, regente del reino (340/39); en aquella ocasión fundó la
primera de las ciudades que llevaron su nombre: Alejandrópolis,
en Tracia. Sus cualidades de jefe
militar las demostró a los dieciocho años en la batalla de Queronea (338).
Cuando al cumplir los veinte años, subió al trono (336), era ya un individuo
totalmente formado, con criterio propio y con grandes facultades. Tenía ideas
propias y sabía cómo ponerlas en práctica. Tuvo además la suerte de encontrar
auxiliares fieles, por ejemplo, al anciano Antípatro,
a quien dejó, al partir para Asia, como regente de Macedonia y delegado suyo en
la Liga Corintia. Entre los generales de su padre el más valioso era Parmenión, hombre inteligente y prudente, cuyos consejos
eran siempre acertados. El que Alejandro pensara en muchas cosas de otro modo,
ha de atribuirse más a las diferencias de temperamento entre ambos individuos
que a la diferencia de edad.
Proclamado sucesor de su padre, el joven
rey hubo de luchar inicialmente con dificultades extraordinarias. Estaban en
contra de Alejandro, la casa principesca de los lincestas,
Amintas, hijo de Pérdicas, y Atalo, el nuevo suegro
de Filipo, y si no hubieran salido en su defensa los acreditados generales de
Filipo, ante todo Antípatro, tal vez el destino
hubiera tomado un curso totalmente distinto. Pero Alejandro, por su parte, obró
con la rapidez del relámpago. Atalo fue eliminado, y se granjeó las simpatías
de los macedonios mediante exenciones de impuestos; en Tesalia fue reconocido
como arconte; el consejo de los anfictiones le transfirió la dirección de la
Hélade, y el sinedrión de Corinto le nombró sucesor
de su padre como general plenipotenciario de la Liga Panhelénica para la guerra
contra Persia. Los acontecimientos se precipitaron uno tras otro, pero las
medidas adoptadas muestran que Alejandro poseía a la vez un instinto seguro de
las posibilidades políticas y una consistencia imperturbable, que no
retrocedía, como en el caso de Atalo, ante las medidas más extremas. Las
preocupaciones inmediatas fueron a cuenta de los bárbaros del norte, contra los
que emprendió una expedición el año 335. Esta la llevó al otro lado del río Nesto y luego, probablemente por el paso de Chipca y sobre el Hemo (los montes balcánicos), al país de
los tribalos; posiblemente atravesó el Danubio
inferior, tal vez cerca de Silistria. En el camino de
regreso Alejandro recibió la noticia de la defección de Clito,
el rey de los ilirios. El centro de su fuerza era la localidad de Pelion, al sur del lago de Ocrida.
También aquí se impuso Alejandro sin dificultad, aunque un éxito completo se
vio impedido por las noticias alarmantes que llegaban de Grecia.
La muerte de Filipo había producido gran
agitación entre los helenos. Además, se había propagado la noticia de la muerte
de Alejandro en el curso de la expedición a Iliria. Primero se sublevaron los
tebanos, quienes tenían fuertes motivos para estar descontentos con el dominio
macedonio. La guarnición macedonia de Tebas fue sitiada en la ciudadela de
Cadmea, y era de temer que también otros estados griegos, especialmente Atenas,
se pusieran de lado de los tebanos. También aquí obró Alejandro con la rapidez
del viento. Interrumpió la empresa de Iliria y apareció de repente, pasando por
Tesalia, frente a Tebas. Los habitantes no se mostraban dispuestos a ceder y
hubieron de decidir las armas. La ciudad fue tomada por asalto por los
macedonios (al parecer, Pérdicas inició la lucha por
su propia iniciativa y contra la orden del rey y se produjeron numerosas
escenas de horror). La última palabra la pronunciaron los miembros del sinedrion de la Liga Corintia: toda la ciudad, con
excepción de la ciudadela, fue destruida, aunque Alejandro mandó respetar la
casa de Píndaro; sus habitantes fueron vendidos como esclavos, y la tierra de
la ciudad fue dividida entre los beocios vecinos. Este castigo draconiano no
fue ordenado por Alejandro, sino por los griegos, y no dejó de producir el
efecto perseguido. En el interesante informe de Diodoro, que probablemente
derive en última instancia de Clitarco, se pone
fuertemente de relieve la naturaleza panhelénica de la decisión. Pero esto no
es más que propaganda: la destrucción de Tebas fue una manifestación brutal de
la política de fuerza. Alejandro, que ardía en deseos de empezar la guerra
contra Persia, había de romper la resistencia en la Hélade, si no quería que
peligrara su gran proyecto.
El año 334, ya estaba Alejandro
dispuesto a la conquista. ¿Cuál era la situación en Persia? Dos años antes, el
336, había subido al trono Darío III, de una línea lateral de los Aqueménidas.
El todopoderoso eunuco Bagoas lo había elegido como
Gran Rey. Darío III, llamado Codomano, contaba 45
años de edad. Su primer acto consistió en hacer beber a Bagoas la cicuta.
Pese a que, antes de subir al trono,
Darío se había distinguido en la lucha contra los feroces cadusios,
no era más que un príncipe mediocre. No hay que acordar crédito alguno a
aquella otra tradición (Curcio Rufo) que pretende
hacer de él un adversario digno de Alejandro. El reino de los Aqueménidas, que
impresionaba por su enorme extensión y por el gran número de sus habitantes,
entonces no era en realidad más que un coloso con pies de barro. La raza
gobernante, la persa, ya no podía compararse ni con mucho con la que era en
tiempos de Ciro y de Darío I. A causa de la influencia de la
cultura babilónica se había orientalizado en gran parte y se había
enajenado con respecto a su propio modo de ser.
Una consideración histórica de la
expedición de Alejandro, del Helesponto hasta la India, no puede pasar por alto
la cuestión acerca de si esta grandiosa campaña, que implicaba la conquista de
espacios enormes, fue planeada por Alejandro con previsión, por etapas
sucesivas, o si confió predominantemente en su intuición. La respuesta no es
difícil: Alejandro improvisaba más o menos. Sólo las disposiciones de la
expedición en Asia Menor muestran una concepción muy audaz, que hubo de ser
producto de una preparación minuciosa.
La guerra contra Persia se inició con el
paso del Helesponto (en la primavera de año 334). Por su nombre, la guerra era
una empresa de la Liga Corintia, pero la participación de la mayor parte del
ejército macedónico la presenta como una guerra de Alejandro. El ejército
macedónico proporcionó treinta mil hombres y seis mil jinetes, mientras que
Grecia sólo puso bajo las banderas de Alejandro a siete mil soldados de infantería
y seiscientos de caballería. Así pues, el predominio de los macedonios era
manifiesto. La dirección estratégica de las operaciones estaba exclusivamente
en manos de Alejandro y de su estado mayor. El rey, antes de poner los pies en
suelo asiático, arrojó desde la nave una lanza a tierra, con lo que tomaba simbólicamente
posesión de este continente. Toda la travesía había estado marcada por un
simbolismo épico y mitológico. En el lado europeo del estrecho, Alejandro había
ofrendado un sacrificio a Protesilao de Eleunte; en su parte oriental, en el puerto de los aqueos,
hizo ofrendas a Poseidón y otras deidades marinas, y en el templo de Atenea, en
Ilión, cambió sus armas por las de los héroes del pasado que allí habían sido
dedicadas. En el llano del Escamandro celebró por
medio de sacrificios y juegos la memoria de Aquiles y Ayax.
El ataque de Alejandro no encontró a los
persas totalmente desprevenidos. Habían reunido en el noroeste del Asia Menor
una gran fuerza de combate, proporcionada por los gobernadores de las
satrapías directamente amenazadas, esto es, la de Frigia helespóntica,
la Gran Friggia, Lidia y Capadocia. Añadíase a esta fuerza un contingente de mercenario griegos
bajo el mando de Memnón, de Rodas. Este era el único que, del lado persa, tenía
preparado un plan de acción válido: había que evitar toda batalla con
Alejandro, retirándose ante él y conviniendo la tierra en desierto, al propio
tiempo había que transportar la guerra a Grecia, en donde no faltaban los
adversarios del macedonio. Alejandro, una vez puestas en peligro sus líneas de
comunicación, podría haber quedado atrapado en Asia. Sin embargo, Memnón no
logró imponerse a los sátrapas. Estos insistían en entablar una batalla, y la
perdieron.
La batalla del Gránico (mayo o junio del 324) fue decidida esencialmente por la caballería macedónica.
Los mercenarios griegos del lado persa sufrieron graves pérdidas. Alejandro
tuvo personalmente una participación decisiva en la victoria. Por lo demás los
sátrapas persas habían cometido graves errores tácticos, que facilitaron la
victoria de éste. Mediante una ofrenda votiva a Atenea, patrona de la ciudad de
Atenas, subrayó Alejandro el carácter panhelénico de la
victoria, pero al propio tiempo instalaba como sátrapa de la Frigia
helespóntica a un oficial macedonio llamado Calas. Este fue el primer indicio
de que Alejandro se consideraba como sucesor legítimo del Gran Rey en el
territorio por él conquistado.
En Asia Menor no se libraron más batallas:
el país, estaba abierto a los macedonios, y únicamente en algunas ciudades
seguían resistiendo las guarniciones, que constaban de mercenarios griegos en
su mayoría. Sin embargo, Sardes, la antigua capital de Lidia, cayó sin lucha en
manos de Alejandro. También una serie de ciudades griegas de la costa le
abrieron las puertas. En estas ciudades se expulsó a los oligarcas instalados
por los persas y se restableció la democracia, como, por ejemplo, en Éfeso. En
Mileto hubo que reducir una resistencia relativamente fuerte de los mercenarios
griegos, y Halicarnaso, donde tenía el mando el propio Memnón, sólo pudo ser
tomada después de un prolongado asedio. Incluso entonces siguieron dos fuertes
en manos de los persas.
Para los griegos de Asia Menor,
Alejandro llegaba como libertador del yugo persa, y todas las ciudades
reconocieron el agradecimiento que le debían. Como Alejandro era el jefe supremo
de la Liga Corintia, podía haber hecho que las ciudades griegas de Asia Menor
por él conquistadas ingresaran de alguna forma en la organización panhelénica,
pero no lo hizo así, sino que dichas ciudades se convirtieron en parte del
propio reino de Alejandro; no se sabe por qué medios, por lo visto faltó el
tiempo necesario para hacer una aclaración de principio sobre las relaciones
entre el soberano y los griegos de Asia Menor, ya que las exigencias militares
tenían la precedencia frente a las consideraciones políticas y organizativas.
En Mileto Alejandro dio la orden de que
regresar a la flota griega, decisión radical y trascendente, que lo ponía todo en
una carta. Tomó un riesgo enorme. El predominio persa por mar se hizo
mayor todavía, y había que contar con que los persas emprenderían un ataque
naval contra Grecia o contra los estrechos, que eran imprescindibles para el
abastecimiento y las comunicaciones con Macedonia. Efectivamente, el
infatigable Memnón logró conquistar Quíos, una gran parte de Lesbos y
otras islas del Egeo. Además puso sitio a Mitilene, pero murió durante este
asedio, con lo que libró a Alejandro y Antípatro, su
regente en Europa, de una gran preocupación. Muestra que esta preocupación no
era infundada la ocupación de la importante isla de Ténedo,
frente a la costa de la Tróade, por los persas. Pero el objetivo de las
operaciones de Alejandro en Asia Menor era tomar posesión de la costa, lo que
realizó con éxito.
La noticia de la muerte de Memnón la
recibió Alejandro al disponerse a salir de Gordio en
la primavera del año 333. Fue uno de los grandes golpes de suerte que abundaron
en su vida. Entretanto, el macedonio había recibido el homenaje de la princesa
caria Ada, la que, según la costumbre caria, lo adoptó como hijo. Había
conquistado también las ciudades del valle del Janto, y había pasado por
Faselis a Side, y de aquí a Panfilia y la Gran
Frigia, donde estableció, su cuartel de invierno en la antigua Gordio, a orillas del Sangario.
El relato de la solución del Nudo Gordiano no está por encima de toda duda, y
es muy posible que forme parte del dominio de la leyenda. Con su primera
victoria ya empieza la leyenda a apoderarse de la persona del joven monarca. El
historiador griego Calístenes, sobrino de
Aristóteles, contribuyó a fomentar esta tendencia.
Al partir de Gordio,
la situación estratégica había cambiado en forma muy favorable para Alejandro.
El rey persa Darío III había hecho regresar a la flota de las aguas griegas;
quedaba abandonado, en esta forma, el proyecto de sublevar a Grecia. Para
Persia esta decisión fue fatal; Darío renunciaba así a su propia iniciativa y
se dejaba dictar, por Alejandro, el curso de las futuras operaciones.
Por Ancira (Ancara) y Tiana Alejandro
pasó a Tarso. El paso del Tauro se había cruzado sin dificultad forzando una
débil resistencia de los persas. En Tarso cayó el monarca gravemente enfermo,
después de un baño en las aguas heladas del Cieno, pero fue salvado por su
médico Filipo. La conquista de Asia Menor podía considerarse ahora como
terminada, y el plan que en su día esbozara Isócrates quedaba realizado. Sin embargo,
mientras tanto, el rey persa había tenido muchos meses para movilizar los
grandes recursos de las regiones orientales de su imperio. Estaba dispuesto
para entablar la batalla que había de decidir la campaña.
Esta se libró en noviembre del 333 en el
llano litoral sirio, junto a la localidad de Isos, no
lejos de Alajandreta. Esta batalla tuvo unos
antecedentes muy peculiares. En efecto, los ejércitos de los adversarios habían
pasado de largo uno junto a otro. Resultó así que, finalmente, el Gran Rey
Darío se encontraba a la espalda de Alejandro. Los persas habían hecho su
aparición en Isos, donde nadie los esperaba, después
de atravesar el Amano. Allí no dudaron en matar a los macedonios enfermos y
heridos que se habían quedado atrás. En Isos estaban
los dos ejércitos uno frente a otro, pero en direcciones opuestas. Entre los
dos corría el Pínaro. El ala derecha de los persas y
la izquierda de los macedonios se apoyaban en el mar. El núcleo de las fuerzas
persas lo formaba la falange de mercenarios griegos, al parecer no menos de
treinta mil. Sin embargo, el papel decisivo le estaba reservado a la caballería
persa, que, atacando a lo largo del mar, había de arrollar el ala izquierda macedónica.
Además, los persas habían adelantado una
pequeña sección de su ala izquierda al otro lado del río Pinato con el encargo
de atacar a los macedonios en el flanco derecho.
Las disposiciones de Alejandro
decidieron la batalla; con objeto de reforzar el ala izquierda, había colocado
allí toda la caballería tesalia, mientras él mismo asestaba en el ala derecha,
acompañado de su caballería (hetairos) el
golpe decisivo contra los persas. El ataque de Alejandro desbarató el ala
izquierda persa, pero creó en el centro macedonio una brecha en la que se
precipitaron los mercenarios griegos que luchaban con los persas. Alejandro
hubo de correr a apoyar su centro, muy acosado, para restablecer la
situación. También el ala izquierda macedónica se vio muy apurada por la
superioridad numérica del adversario. Sin embargo, al presenciar la confusión
de su ejército, el rey persa perdió los nervios y se dio a la fuga. Esto fue el
principio del fin, porque ya ahora no había quien resistiera del lado persa. Únicamente
los mercenarios griegos siguieron manteniendo el orden y pudieron salvarse, al
menos en parte. El campamento persa cayó en manos de los macedonios. Y quedaron
en poder del vencedor la madre y la esposa del rey, con sus dos hijas. El noble
tratamiento que dio Alejandro a dichas mujeres es universalmente conocido.
La prosecución de la campaña con la
ocupación de las ciudades fenicias de la costa muestran claramente el plan ulterior de operaciones de Alejandro. No se le
ocurrió perseguir al Gran Rey en su huida, sino que se atuvo, imperturbable, al
plan previamente adoptado de ocupar las costas de Persia. Arados, Biblos y Sidón se pasaron
sin desenvainar la espada del lado de Alejandro. Solamente Tiro, la más poderosa
de las ciudades fenicias, la metrópoli de Cartago, se negó a someterse.
Tiro no quería permitir al rey hacer en su recinto una ofrenda
votiva a MeIkart, el dios protector de los tirios,
porque sólo estaba facultado para ello el soberano de la ciudad. Así, pues,
hubieron de decidir una vez más las armas.
Tiro fue sitiada durante unos siete
meses. Aquí se trata de la «nueva ciudad», que estaba situada en una isla, a
unos 800 metros del continente. Con esfuerzo indecible Alejandro hizo amontonar
desde éste un dique por el que fueron llevadas junto a los muros de la ciudad
las máquinas de asedio. Con el apoyo de una flota de las otras ciudades
fenicias y de los chipriotas, el rey de los macedonios logró bloquear la
ciudad, y consiguió abrir, al fin, una brecha en la muralla. En la ciudad
se produjo una matanza terrible; los habitantes supervivientes, al parecer unos
treinta mil, fueron vendidos como esclavos. El sitio y la caída de Tiro
recuerdan el sitio de Cartago durante la Tercera Guerra Púnica, y el sitio de
Jerusalén por Vespasiano y Tito: en los tres casos resistió una población
semítica con obstinación encarnizada a un adversario superior y sólo sucumbió
después de una lucha heroica.
Aun antes de la toma de Tiro, el Gran
Rey había hecho a Alejandro una propuesta de paz que éste rechazó. Darío estaba
dispuesto a ceder al macedonio todo el territorio situado al oeste del
Eufrates. Pero para Alejandro esto era demasiado poco. Perseguía ya entonces,
indudablemente, el dominio completo del imperio persa; limitar voluntariamente
sus ambiciones no encajaba en su manera de ser. Por lo demás es perfectamente
ocioso discurrir acerca de si la oferta de Darío constituía o no una solución
viable.
De Tiro la acción se trasladó
directamente a Egipto, pero en Gaza hubo que vencer todavía una resistencia relativamente
prolongada. Finalmente, después de dos meses, cayó la ciudad y quedaba abierto
el acceso al país del Nilo. Alejandro no entró en Jerusalén.
¿Qué se proponía Alejandro en Egipto?
¿Fue acaso el gran prestigio del país de los faraones y de su antiquísima cultura
lo que le indujo a emprender aquella expedición? No por completo. Egipto era un
país rico en grano, que proporcionaba al rey de Persia ingresos considerables.
Hacía solamente unos años (en el 343-342) que había sido reconquistado por
Artajerjes III Oco, pero su población sentía poca
simpatía por los persas. Esto no hubo de ocultársele a Alejandro, ni tampoco el
hecho de que el país se extendía delante de él casi sin protección militar. ¿De Pelusio, la fortaleza fronteriza, el monarca fue a
Menfis, la antigua capital, donde los sacerdotes le ciñeron la doble corona del
Alto y el Bajo Egipto. De aquí navegó Nilo abajo y fundó la ciudad de
Alejandría cerca de la desembocadura más occidental del río (Canope), entre el
lago Mareotis y el Mediterráneo (principios del 332). Alejandro había escogido
con extraordinario acierto el lugar de la nueva fundación. En efecto,
Alejandría reúne las ventajas de un magnífico puerto de mar con las no menos
excelentes de un puerto interior. En pocos decenios, la ciudad se convirtió en
el centro mercantil más importante del Mediterráneo, al lado de Cartago. La destrucción
de Tiro había impuesto como necesaria su fundación.
Desde Alejandría, la expedición siguió
hacia Paretonio, en la frontera de la Cirenaica, y de
aquí, por el desierto, al santuario del dios Amón en el oasis de Siwa. Acerca de la expedición al oasis de Amón se ha
escrito y conjeturado enormemente. No cabe duda que esta empresa tuvo su
origen, como tantas otras en la vida del monarca, en impulsos profundamente
irracionales: fue la «añoranza» (pothos) la
que lo decidió a emprender la expedición. Lo que sucedió en el templo no se
sabe, porque Alejandro penetró en él solo. Peto lo había saludado previamente
el sacerdote del dios como «hijo de Amón». El eco de este saludo fue grande en
el mundo entero, hasta en Grecia y Jonia. Al macedonio le fue dada en esta
forma la consagración para una nueva política y una posición en el mundo que lo
ponía muy por encima de su origen étnico macedónico y de su cargo de jefe de la
Liga Panhelénica. Efectivamente, comienza, a partir de esta hora solemne en el
santuario de Amón, un nuevo período en la obra de Alejandro.
Este reorganizó entonces la
administración egipcia. El país fue confiado a dos egipcios, Doloaspis y Petisis, como jefes
de la administración civil, en tanto que la administración militar
era puesta en manos de dos macedonios, uno de los cuales era competente para el
Alto Egipto, y el otro para el Bajo Egipto. Además se crearon otras dos jefaturas
fronterizas, con la designación de Libia y Arabia, y fueron confiadas a Apolonio y Cleómenes, un griego de Náucratis (Egipto). Alejandro
procedió aquí con particular cautela, lo que se pone de manifiesto
sobre todo en la designación de comandantes militares propios. Por lo demás,
esta organización la tomaron los Tolomeos como base
de su sistema administrativo.
Cuando el monarca volvió a dejar Egipto
en la primavera del año 331, había dado a Darío casi un año y medio de tiempo
para que pudiera movilizar los recursos de su imperio. Es curioso, por lo
demás, que los persas no realizaran el menor intento de atacar las
comunicaciones en la retaguardia de Alejandro. Por el contrario, lo esperaron en
Mesopotamia, más allá del Tigris, cerca de la ciudad de Gaugamela (Tell Gomel,
a unos 35 kilómetros al noroeste de Mosul). Aquí, el 1 de octubre del 331, se
libró la batalla que decidió la suerte del imperio de los Aqueménidas. La fecha
está asegurada por un eclipse lunar que tuvo lugar once días antes de la
batalla.
Una vez más tenía Darío la superioridad
numérica de sus tropas sobre el adversario, había explorado además el terreno
cuidadosamente y lo había hecho allanar pata ra utilización de sus carros de combate falcatos. Su
alineamiento era considerablemente más largo que el de los macedonios. Esto
obligó a Alejandro a adoptar una contramedida. En ambas alas del ejército
macedónico situó unos destacamentos especiales que tenían la orden de moverse
hacia un lado o hacia la retaguardia en caso necesario, y de defender allí los
flancos del ejército o la retaguardia. En el centro se volvían a enfrentar los
mercenarios griegos del Gran Rey por una parte, y la masa de la infantería
macedónica por la otra. Al igual que en la batalla de Isos,
también esta vez consiguió el ala derecha de los persas algunas
ventajas. Bajo el mando de Mazeo, éstos penetraron
incluso en el campamento de los macedonios. Pero la decisión volvió a
producirse en el centro persa; cuando Alejandro hubo penetrado con su caballería
(hetairas) en medio de la línea enemiga, Darío volvió a perder los nervios. Dio
la batalla por perdida y se dio a la fuga. B. G. Niebuhr mantiene que por
grandes que sean los éxitos de Alejandro no deben sobrevalorarse. Porque los
macedonios sólo tenían enfrente, en los mercenarios griegos, una tropa cuyo
valor puede medirse con criterios europeos, en tanto que todos los demás eran
orientales, empezando por el propio Gran Rey.
En su huida, Darío se dirigió a las
montañas curdas, en tanto que Alejandro avanzó por Asbeles hacia Babilonia, al sur. El gobernador persa de esta provincia era Mazeo, que se había distinguido en Gaugamela. Entregó la
ciudad de Babilonia al vencedor, y fue confirmado por éste en su cargo de sátrapa,
aunque fueron colocados junto a él dos macedonios, uno como comandante militar,
y el otro como titular de la administración financiera. Alejandro permaneció
aproximadamente un mes en Babilonia. Practicó ofrendas votivas a Bel-Marduk, y
dio la orden de reconstruir su gran templo, destruido en su día por Jerjes.
El objetivo siguiente del vencedor lo
constituían las residencias porsas: Susa, Porsépolis y Ecbatana. Sólo encontró resistencia en los uxiros y en las Puertas Persas (Tang-i-Ra- shkan). En ellas estaba el sátrapa de la Pérside, Ariobazarnes, a quien
Alejandro sólo pudo derrotar mediante traición. El propio sátrapa logró escapar
y fue a reunirse con Darío. Más adelante fue acogido por Alejandro con todos
los honores. Por lo demás, en las luchas se distinguió también Crátero, que destaca cada vez más como uno de los oficiales
más capacitados de todo el ejército de Alejandro. Susa se entregó sin lucha, y los
macedonios encontraron en su tesoro cuarenta mil talentos de plata y nueve mil
daricos acuñados, cantidad enorme, que da testimonio de la riqueza inconcebible
de los reyes persas. También Persépolis, el soberbio palacio imperial de los
Aqueménidas, adornado con las magnificas y suntuosas construcciones de Darío I y
de Jerjes, se rindió sin resistencia.
Alejandro había declarado la guerra
contra los persas como guerra de venganza, y aquí, en Persépolis, la terminó
con un acto simbólico. Fue el propio Alejandro quien lanzó la antorcha
encendida en el palacio de Jerjes; la gloria de Persépolis fue pasto de las llamas
y la destrucción de los santuarios griegos por los persas estaba vengada. Fue
una reflexión perfectamente consciente la que guió a
Alejandro en este acto, y no el deseo de producir un golpe de efecto, como lo
sostiene la tradición derivada de Clítarco, según la
cual Alejandro había reducido a cenizas el palacio de Jerjes después de una
orgía, inducido por la hetera Tais. En Persépolis, lo
mismo que en Pasargada, cayeron en sus manos enormes
tesoros.
En Pasargada visitó el monarca la tumba de Ciro el Viejo, que había mandado restaurar por su
ingeniero Aristóbulo. A Ecbatana (Hamadan) llegó el rey demasiado tarde para
poder capturar al fugitivo Darío. Allí licenció Alejandro el contingente griego
de sus tropas. En esta forma fue declarada como terminada la expedición que
había emprendido como estratego plenipotenciario de la Liga Corintia. Sin
embargo, no todos los griegos volvieron a la patria, pues muchos prefirieron
seguir sirviendo en el ejército de Alejandro como mercenarios. Tampoco en
Ecbatana se dio el monarca punto de reposo, pues seguía en vida
Darío,
quien por la gran carretera real, por Rage y por las Puertas del Caspio, se
dirigía en fuga precipitada hacia las tierras iranias de su
reino. En una persecución despiadada, en la que no tuvo consideración alguna ni
para los individuos ni para los caballos
Alejandro lo alcanzó cerca de Hecatómpolis, pero
ya sólo como cadáver. El sátrapa de Bactría,
Beso, había llevado al Gran Rey preso consigo y, finalmente, lo había hecho
matar para que no cayera vivo en manos de los macedonios.
La muerte del último soberano de la casa
de los Aqueménidas constituye uno de los momentos decisivos en la vida de
Alejandro. En adelante se consideró como sucesor legítimo de Darío a quien hizo
por consiguiente enterrar en Persépolis con todos los honores. Alejandro se
tenía ahora a sí mismo por el soberano legítimo de todos los pueblos del
imperio persa. Esta posición le imponía deberes especiales y, en primer
término, el castigo del regicida Beso.
Es obvio que esta actitud de Alejandro
había de influir también en sus relaciones con los persas y los macedonios. A
partir de este momento va apareciendo un número cada vez mayor de nobles persas
en los cargos principales de las satrapías, y hay que concederle a Alejandro
que, en la mayoría de los casos, su elección se reveló como acertada. También
el ejército de Alejandro fue cambiando paulatinamente. Con el mayor alejamiento
con respecto a la patria macedónica, las líneas de abastecimiento se fueron
haciendo también cada vez más largas. Para suplir las bajas en el ejército,
pronto tuvo que echar mano también de los iranios, con los cuales, sin embargo,
se formaban en el ejército destacamentos especiales. En efecto, ni el propio Alejandro
se habría atrevido a incorporar elementos iranios a los regimientos
macedónicos, porque, en cuanto conquistadores, los macedonios se sentían infinitamente
superiores a los persas. Esta actitud de su gente había de crear al rey graves
problemas.
Con la persecución de Beso, el sátrapa
bactriano, empieza la campaña irania de Alejandro. Duró del otoño de año 330
hasta el 327. Las luchas en el altiplano iranio fueron sin duda las más duras
que Alejandro hubo de sostener en toda su vida. Los iranios se batían con un
pronunciado encarnizamiento, y además su valor se veía reforzado por el fanatismo
religioso. Se añade a esto el hecho de que Alejandro y sus macedonios
penetraban ahora en regiones que les eran totalmente extrañas. La expedición a
través del Afganistán hasta el río Hilmend (Etimandro) al sur, y de aquí al Hindu-Kush (Paropamisos), a través del país, de Bujara y del Turquestán occidental hasta el Sir-Daria (Yaxartes), y de aquí hacia la India, no fue solamente una
hazaña militar de gran categoría, sino también una expedición de
descubrimiento, que introdujo a los macedonios en un mundo totalmente nuevo.
Las ideas geográficas que de estos
países tenían los griegos antes de Alejandro eran totalmente deficientes y, en
gran parte, fantásticas. Los helenos consideraban el Yaxartes como el curso superior del Tanais (Don) que, como es
sabido, se vierte en el mar de Azov. El Paropamiso (Hindu-Kush) lo consideraban como prolongación del Cáucaso.
Alejandro y sus macedonios no tenían en realidad la menor idea de dónde se encontraban
realmente, pero sus incursiones en una y otra dirección crearon, gracias sobre
todo a la labor de sus «bematistas» (medidores del
paso), el fundamento de un nuevo conocimiento geográfico de las regiones
iranias. Los datos fueron utilizados y aprovechados por el gran geógrafo y
polígrafo Eratóstenes de Cirene (aproximadamente 285-205 a. C.).
Por lo demás, el curso de la expedición
de Alejandro por el Irán se vio condicionado por diversas contingencias. Inicialmente
Alejandro quería buscar a Beso por el camino directo en su satrapía bactriana,
después de haber cruzado las partes septentrionales de la satrapía de Aria. El
sátrapa de ésta, Satibarzanes, que primero se había sometido a Alejandro, le
hizo luego defección en favor de Beso. Alejandro persiguió al sátrapa hasta Artacoana, atravesó después Drangiana, adyacente al sur,
hasta el Hilmend, y solamente entonces prosiguió la marcha
a Bactria en dirección norte
hacia el Hindu-Kush. El paso por esta montaña, cubierta
de nieve perpetua, representa una gran hazaña de Alejandro y su ejército; está indudablemente
muy por encima del célebre paso de los Alpes por Aníbal.
Entretanto, Beso había dejado su
capital, Bactria, y había huido al norte, a la
satrapía adyacente de Sogdiana. Entre él y Alejandro corría el caudaloso río Oxus (Amu-Doría). Pero tampoco su
caudal constituyó para el macedonio impedimento alguno. El río fue atravesado,
probablemente, junto a Kilif. Para ello, la
infantería fue pasada en odres hinchados, en tanto que los jinetes, conduciendo
sus caballos de las riendas, hubieron de atravesar el río a nado. Beso se vio
abandonado por sus partidarios; fue capturado en una incursión por Tolomeo, el
futuro rey de Egipto. Alejandro trató al ex-sátrapa de Bactria con una crueldad repugnante. Le hizo
cortar la nariz y las orejas, y luego lo envió a Ecbatana, la antigua capital
de la Media, donde fue ejecutado; probablemente fue empalado. Evidentemente
Alejandro se consideró justificado para aplicar el cruel procedimiento penal de
los Aqueménidas, puesto que veía en Beso a un regicida.
Por Maracanda (Samarcanda) siguió Alejandro hasta el Ya-artes (Sir-Daria). Fue fundada aquí
una ciudad con el nombre de Alejandro: Alexandreia Escháte («Alejandría Extrema»). Se trata de la
actual Jodchent (Leninabad).
En general, la expedición de Alejandro por el Irán está marcada por toda una
serie de fundaciones de ciudades, algunas de las cuales estaban llamadas a
sufrir un gran auge, como fue el caso, por ejemplo, de Alejandría en Aria (Herat) y de Alejandría en Aracosia (Kandahar). Fueron ante todo consideraciones de carácter militar las que dieron
ocasión a la fundación de ciudades; no obstante, no sólo se instalaron en ellas
soldados, sino también, y desde el principio mismo, numerosos civiles griegos
de los que seguían al ejército de Alejandro. Así, fragmentos de cultura y de
vida griegas fueron trasplantados a Irán por los conquistadores.
En lugar de Beso le había surgido a
Alejandro un adversario mucho más peligroso, Espitamenes,
natural de Bactria, quien
soliviantó la región de Sogdiana contra los macedonios.
Alejandro no pudo capturarlo, pero los escitas del otro lado del Yaxartes, o sea, los masagetas, entre los que se había refugiado Espitamenes, le cortaron a éste la cabeza y se la mandaron a
Alejandro. También esto fue un golpe de suerte para Alejandro, porque Espitamenes había ofrecido una resistencia
obstinada al dominio macedónico en Bactria durante
más de un año. Sin embargo, Apama, la hija de Espitamenes, fue unida el año 324 en Susa a Seleuco en
calidad de esposa, y no menos de tres ciudades llevan su nombre (Apamea). Es la
fundadora del linaje de los Seléucidas, que, después de la muerte de Alejandro,
dominó durante unos 250 años en grandes zonas de Asia Menor.
Entretanto había llegado la primavera
del año 327, y seguía habiendo resistencia contra Alejandro en las provincias
nororientales del reino de los Aqueménidas. Había que superar dificultades
extraordinarias. Por ejemplo, fue obligada a capitular la fortaleza de Ariamazes, junto a Nautaca,
gracias a una brillante proeza alpinística de 300
macedonios. Entre los prisioneros iranios de este castillo se encontraba
también Roxana, la hija de Oxiarte, una de las pocas
mujeres por las que Alejandro sintiera un profundo afecto. El matrimonio se
celebró según el rito iranio, en el que los nuevos desposados comen de un pan
que previamente ha sido partido en dos con la espada. Al parecer, el consumo
común del pan sigue siendo costumbre todavía en Turquestán en el acto del matrimonio.
A partir de la muerte de Darío III,
Alejandro se fue adaptando cada vez más a la manera de pensar y a las tradiciones
de la antigua monarquía persa. No es de extrañar, pues, que muchos macedonios,
sobre todo aquéllos que habían sido allegados de su padre Filipo, no pudieran
seguirle por este camino. Con fundamento en estos sentimientos se explican tres
incidentes que proyectan negras sombras sobre el carácter del monarca. Durante su
estancia en Drangiana se descubrió una conjura contra su vida. Había tenido
también noticia de ella Filotas, hijo de Parmenión, quien, sin embargo, no la había denunciado. Por
orden de la asamblea del ejército macedónico, que actuaba como tribunal, Filotas, comandante de la guardia de corps de los hetairos, hubo de morir. Como tal sentencia de la asamblea,
es casi seguro que Alejandro quiso la muerte del individuo.
Pero es mucho peor todavía el asesinato
de Parmenión. Este fue ordenado directamente por
Alejandro. La orden correspondiente fue llevada a Ecbatana por dromedarios de
carrera. Alejandro tenía mucha prisa: quería evitar, manifiestamente, que la
noticia de la ejecución de Filotas llegara a Media
antes que la orden. El acto fue un verdadero crimen, sin excusa política,
producto de la mala conciencia del rey.
En el otoño del año 328 tuvo lugar en Maracanda el tercer incidente. En el curso de un banquete
se produjo un violento altercado oral entre Alejandro y Clito,
el cual en una ocasión había salvado al rey la vida a orillas del Gránico. Irritado por la actitud provocativa de Clito, Alejandro perdió el dominio de sí mismo, agarró la
pica de uno de sus guardias de corps y atravesó con ella a su amigo; se trata
de un arrebato emocional que luego nadie lamentó más que el propio rey.
También con el historiador griego Calístenes, sobrino de Aristóteles, tuvo Alejandro una
disputa. Calístenes se negó a rendir a Alejandro la prosquínesis, esto es, el homenaje de la postración
al modo persa; y emitió incluso palabras insolentes ante el rey. Implicado en
la «conjura de los pajes», el griego fue aprehendido y finalmente muerto.
En el verano del 327 empieza un nuevo
capítulo en la conquista de Asia Menor. Se trata de la expedición a la India
(327-325), en donde iban a permanecer dos años. Es imposible determinar con
alguna seguridad el motivo que impulsó a Alejandro a introducirse en Asia.
Acaso fue el impulso hacia la lejanía infinita o bien se sentía obligado, como
sucesor de los Aqueménidas, a conquistar los territorios hindúes pese a que
solamente una parte de ellos había pertenecido al reino de los persas bajo
Darío I. Lo más probable es que, en su afán de dominio universal, Alejandro no
quisiera renunciar a la India.
La expedición a la India condujo a
Alejandro y a sus macedonios a tierras muy lejanas, incluso a algunas que
ningún pie europeo había pisado antes. Para los macedonios se trataba de un
mundo totalmente extraño, a cuyos pobladores y lugares se enfrentaban con sorpresa.
En particular Alejandro quedó fascinado por la religión y las prácticas de los
brahmanes, y la tradición informa de conversaciones que el monarca sostuvo con
los gimnosofistas hindúes, que eran unos penitentes monásticos.
Ya en el Irán oriental Alejandro había
iniciado relaciones con el príncipe hindú Taxiles, La
gran puerta de acceso a la India era el valle del Kabul, pero solamente después
de la toma de la alta fortaleza de montaña de Aorno (Pirsar) se le abrió a Alejandro el camino al valle de los
cinco ríos. En el Indo, unas secciones de vanguardia bajo el mando de Hefestión y Pérdicas habían
preparado un puente, que Alejandro pudo atravesar sin dificultad con su
ejército de macedonios, griegos e iranios. En Taxila,
en la región de Rawalpindi, fue acogido cortésmente por el rey Taxiles. Pero más allá del Hidaspes quedaba el núcleo del territorio de otro rey hindú, el rey Poros, contra quien
Alejandro libró en el verano de 326 otra gran batalla campal, que ha pasado a
la historia con el nombre de batalla de Poros o del Hidaspes.
En su disposición y ejecución, ésta nos
proporciona un verdadero reflejo de las grandes dotes militares del genial macedonio.
Sin ser advertido por el adversario, Alejandro logró atravesar el río, que
llevaba un caudal enorme de agua. Pasando sin intermisión de la marcha a la
batalla, Alejandro, una vez más, decidió el resultado de ésta con su
caballería, en la que era superior a Poros; los elefantes de éste quedaron
inutilizados por los macedonios, que, mediante flechazos, pusieron fuera de
combate a sus conductores, de modo que aquellos colosos, desprovistos de guía,
causaron graves daños en las filas de los hindúes. Poros cayó herido y
prisionero, y Alejandro lo trató con todos los honores. En el avance ulterior
por el Acesines (Chinab)
hasta el Hifasis, Alejandro sólo encontró resistencia
en el país de los catayos; su ciudad, Sangala, fue tomada por asalto.
En el Acesines,
el rey vio no sólo flores de loto, sino también cocodrilos. Creía encontrarse
en la región de las fuentes del Nilo. Esto demuestra que Alejandro no tenía
idea alguna de las verdaderas condiciones geográficas. Los hindúes hubieron de
explicarle que el Acesines envía sus aguas al Indo, y
que éste no desemboca en el Mediterráneo, sino en el Océano meridional. Sin
embargo, llegados al Hifasis, sus macedonios se
negaron a proseguir la marcha. Los soldados estaban agotados por las
inclemencias de la temperatura, y el temor de ser llevados a tierras
infinitamente lejanas paralizaba su voluntad; de modo que al rey, por primera
vez y única vez en su vida, no tuvo más remedio
que ceder. Junto al Hifasis se erigieron doce grandes
altares, y a continuación se regresó al Hidaspes,
Aquí se construyó una flota formidable,
de cuyo equipo habían de cuidar, según el sistema de la trierarquía ática, los
oficiales más distinguidos de Alejandro. El mando de la flota fue confiado a
Nearco, que desde joven era íntimo del rey. Con esta flota descendió por el río
hasta el Acesines, y de éste al Indo. Dos
destacamentos del ejército, bajo el mando de Crátero y Hefestión respectivamente, le acompañaban a ambos
lados del río. La expedición no transcurrió sin luchas y en el asalto a la
ciudad de los malios Alejandro fue herido gravemente
por un disparo de flecha. En los primeros momentos se le tuvo por muerto. Tanto
mayor fue, pues, la alegría de sus soldados cuando se supo que el rumor era
falso. Nueve meses después de la salida se llegó a la ciudad de Patala, en el delta del Indo. Mientras tanto se había llegado a
julio del año 325. La India, el país de los cinco ríos, se
extendía ante Alejandro. El país fue reorganizado y confiado en
parte a la administración de sátrapas macedonios y, en parte, a la de soberanos
hindúes como príncipes vasallos. A la conquista se le puso un fin simbólico mediante
los sacrificios los de Alejandro.
En Patala,
Nearco quedó encargado de buscar con la flota el camino hacia la desembocadura del
Eufrates. Constituía ésta una empresa sumamente peligrosa, porque el conocimiento
de los países litorales entre la India y Mesopotamia se había perdido desde
hacía mucho tiempo, después de la navegación de Escílax de Carianda en tiempos de Darío I, de modo que la
empresa de Nearco constituía, en realidad, un viaje de descubrimientos.
Mientras una parto del ejército, bajo
el mando de Crátero, regresaba a
través de Aracosia hacia el oeste, Alejandro
acometió la empresa probablemente más difícil de su regreso. Eligió el camino
por el árido desierto de Gedrosia ( Beluchistán). Alejandro sabía perfectamente
lo que aquí le aguardaba, si hemos de dar crédito a Nearco. Pero las hazañas de
sus grandes modelos, de Ciro el Viejo y de la reina Semiramis,
no le dejaban punto de reposo. ¿Era aquella expedición realmente necesaria? F. Hampl piensa que no lo era, y señala la enorme pérdida de
vidas que la expedición costó. Pero la marcha a través del desierto de Gedrosia
sólo puede juzgarse en conexión con la navegación simultánea de la flota de
Nearco. En efecto, al decidirse por una de las dos cosas, había que aceptar
también necesariamente la otra, y el hecho de que el rey se reservara para sí
la tarea más difícil corresponde a su carácter. En Carmania,
cerca de Hormuz, Alejandro volvió a encontrarse con
Nearco. El rey no cabía en sí de alegría al enterarse que la flota y la
tripulación habían efectuado la gran navegación sanas y salvas.
Nearco describió la navegación en una
obra que sirvió de base a la Indiká («India») de
Arriano. El relato proporciona un cuadro magnífico de las costumbres y los usos
de los pueblos de la costa de Beluchistán. Ocasionalmente se encuentran también
datos relativos a la flora y la fauna; así, por ejemplo, los soldados vieron
por primera vez ballenas, a las que trataron de asustar por medio de gritos y
del sonido de trompetas. Mientras Nearco proseguía su ruta por el golfo Pérsico,
Alejandro avanzó por tierra hacia Pasargada, adonde
llegó a principios del año 324. Llegó allí como señor de todo el imperio persa:
la tierra desde el Helesponto hasta el Hifasis y
desde el Cáucaso hasta Nubia yacía a sus pies. Como comandante y como
administrador había realizado hazañas de las que no había precedente alguno en
la historia. Es más, no iban a ser superadas.
Durante la ausencia de dos años de
Alejandro en Oriente se habían producido en el imperio trastornos que recuerdan
fenómenos análogos de los días de los Aqueménidas. Los sátrapas de origen
persa, y también algunos de los macedonios, habían reclutado mercenarios sin
pedir órdenes al lejano monarca. A esto se puso ahora fin, y los culpables
fueron castigados. Entre los desobedientes figuraba también Hárpalo,
a quien Alejandro había confiado la custodia de los enormes tesoros guardados
en las residencias de los reyes persas. La elección no fue acertada, porque Hárpalo, amigo de infancia de Alejandro, dilapidó a manos
llenas los bienes que se le habían confiado; ante la coleta del monarca,
emprendió la fuga y se dirigió a Grecia, donde finalmente encontró acogida en
Atenas. Hárpalo es un ejemplo más de la corrupción
que se había propagado en el imperio de Alejandro.
La última fase de la vida del rey, un
período de un año y medio, aproximadamente, permite apreciar en su carácter un
cambio decisivo. Alejandro ya no se consideraba rey de los macedonios, ante
todo, sino también Gran Rey persa y, aún más, dueño del universo. Sus proyectos
fueron entonces desmedidos. Planeó una expedición alrededor de la península arábiga,
y además la conquista de toda la región del Mediterráneo ocidental.
Algunos autores han considerado estos ingentes proyectos occidentales de
Alejandro como un invento de una época posterior (W. W. Tarn, Alexander the Great), pero no es así, porque el plan de conquista se
encuentra en los Hypomnémata («Recuerdos») de
Alejandro, que provienen de Eumenes de Cardia, canciller jefe de éste. Después de la muerte de
Alejandro, la asamblea macedónica del ejército archivó los planes, que ya no se
llegaron a ejecutar.
Alejandro quería convertir en
dominadores del mundo a los macedonios y los persas, el elemento étnico más
importante del reino de los Aqueménidas. El matrimonio en masa en Susa estaba
destinado a favorecer la fusión de los dos pueblos (de su común origen indogermano Alejandro no tenía la menor idea). En éste se
unieron Alejandro y sus amigos más directos con mujeres nobles persas.
Alejandro se casó con Estatira, hija del último Gran Rey; Hefestión con su hermana; otros ochenta macedonios
distinguidos se unieron con hijas de sangre persa e irania, y no menos de diez
mil macedonios recibieron entonces regalos de boda de manos de Alejandro.
También éstos tenían ya mujeres persas o se casaron con ellas en ocasión del
matrimonio en masa. Por supuesto, había también muchos macedonios que no
quisieron seguir al rey en esta política. Su cólera y resentimiento se desahogó
en el motín de Opis (junto al Tigris), en el verano
de 324. Cuando Alejandro se disponía a licenciar una parte de los veteranos
para que regresaran a Macedonia, exigieron éstos el licenciamiento de todos los
soldados macedonios y le gritaron al rey, con sarcasmo, que se pusiera en
campaña él solo, con su padre Amón. Alejandro se sintió profundamente ofendido;
hizo detener y ejecutar inmediatamente a los cabecillas. A continuación, en un
discurso impresionante, recordó a sus soldados lo mucho que su padre Filipo y
él mismo habían hecho por el pueblo de Macedonia; después licenció a todo el
ejército. Al ver los macedonios que lo del licenciamiento iba en serio,
cambiaron de actitud y le suplicaron con vehemencia que les perdonara. En la
plegaria de Opis, con la que se inició el banquete de
reconciliación, Alejandro pidió a los dioses que hubiera concordia entre los
macedonios y los persas, indicando que los dos pueblos habían de gobernar
juntos. Así, pues, el rey seguía fiel a su proyecto de fusión étnica, pero, en
cambio, no pensó en una fraternidad general universal, ni entonces ni en ningún
otro momento. No debe trazarse, pues, paralelo alguno entre Alejandro y las
ideas humanitarias de la Revolución Francesa, pese a que esto se haya hecho
ocasionalmente en la investigación moderna.
Probablemente guarda relación con los
proyectos de dominio universal la orden relativa al retorno de los exiliados
griegos. Las disposiciones de Alejandro al respecto fueron leídas en el verano
del año 324, durante el Festival Olímpico, por su delegado Nicanor de Estagira.
En este edicto (diagrama) de Alejandro es difícil ver el intento de una
intromisión autocrítica en los asuntos internos de Grecia, ya que lo que
Alejandro se proponía era la pacificación interior del país, que, en vista de
los proyectos de conquista del Mediterráneo occidental, revestía gran
importancia. Por lo demás, en cuanto protector de la Liga Corintia, Alejandro
se consideraba perfectamente justificado para resolver, por medio de una
disposición especial, el problema de los refugiados.
Un segundo decreto hubo de superar
mayores dificultades: Alejandro exigió de los griegos la adoración divina de su
persona; esta pretensión no tuvo su origen en ningún precedente oriental, sino
griego. En efecto, para los griegos, un individuo que había realizado hazañas
portentosas era digno de ascender a la categoría de los dioses. Lisandro, el
vencedor de la guerra del Peloponeso, fue objeto por parte de los samios de una
glorificación de tipo divino. Alejandro había hecho mucho más que Lisandro,
mucho más que ningún mortal que los griegos hubieran conocido. De ahí que no
deba sorprendernos que los griegos fueran accesibles a sus deseos. En Atenas ni
siquiera un individuo como Demóstenes podía formular objeción alguna al
respecto. Sin embargo, no debe separarse aquí el aspecto religioso del
político. En efecto, si Alejandro era para los griegos un dios, no sólo tenía
derecho a la veneración divina por parte de éstos (y efectivamente, nos
enteramos de la llegada a Babilonia de delegaciones de festejo), sino que su
dominio obtenía así la consagración divina. Alejandro, dotado con un carisma
particular, fundamentó así la monarquía divina. Y de Alejandro conduce una
línea a los diádocos y los demás reyes helenísticos, y, de éstos, a Roma, a
César y Augusto.
En el otoño del año 324 murió en
Ecbatana Hefestión, el amigo íntimo de Alejandro. El
dolor del rey fue inmenso. Ordenó la erección en Babilonia de un formidable
monumento funerario para el difunto. A la muerte del rey no estaba todavía
terminado y la asamblea macedónica del ejército mandó suspender los trabajos
del mismo. El último hecho de armas de Alejandro transmitido por la tradición
fue la sumisión del feroz pueblo de los coseos en la Susiana,
en el invierno del 324-23. Después volvió a Babilonia. Pese a que los
astrólogos caldeos habían advertido que no fuera a dicha ciudad, Alejandro no
se dejó desviar de su propósito: había previsto que Babilonia se convirtiera en
la capital de su imperio asiático. En ella Alejandro proyectó sus últimos
planes, pero ya no le estaba reservado llevarlos a cabo.
Hizo construir allí un puerto gigantesco
capaz para mil barcos de guerra, con los correspondientes depósitos y almacenes.
De la magnitud y la extensión de la península de Arabia Alejandro no tenía,
como sus contemporáneos, la menor idea, pero experimentaba el vehemente deseo
de establecer, desde la desembocadura del Eufrates, una comunicación marítima
con Egipto. Con anterioridad había mandado efectuar algunos viajes de
exploración, de los que, sin embargo, ninguno llegó a su
destino, porque las distancias se revelaban como insuperables. Entonces fue
enviado Nearco con una gran flota. Aún faltaban unos días para el inicio de
esta gran expedición, cuando Alejandro, después de participar en un banquete de
su amigo Medio, enfermó gravemente. Durante diez días y diez noches luchó
Alejandro con la enfermedad mortal. En las Efemérides, el diario de la
corte, está consignado el curso de la enfermedad en todos sus detalles. A
partir del cuarto día, la fiebre ya no le abandonó, se fue debilitando cada vez
más y los desesperados esfuerzos de sus amigos por procurarle la curación
mediante la consulta del dios Serapis fueron en vano. Al atardecer del 28 de desio (según el calendario macedónico) esto es, el
10 de junio del 323, según la cronología juliana, murió Alejandro. Los
especialistas suelen considerar el paludismo como la causa de su muerte, aunque
otros piensan en una pneumonía, derivada de la herida
de flecha que recibió Alejandro en la batalla contra los malios.
Alejandro comparte después de su muerte
el destino de tanos otros grandes hombres de la historia: su valoración
depende, al menos en parte, de las experiencias personales de los propios
historiadores. Baste recordar aquí la imagen que han trazado los distintos
investigadores de figuras como las de Napoleón I o Bismarck. Se comprende que
los eruditos actuales se resistan a tejer una Corona de victoria para el
conquistador Alejandro. Una guerra es siempre una calamidad, cualquiera que sea
su resultado. Pero si alguien tiene derecho a ser juzgado según los criterios
de su época, este derecho le corresponde en primer lugar a Alejandro, y si
algunas generaciones después de su muerte hubo filósofos estoicos que
condenaron las guerras de agresión, se trataba de mirlos blancos a los que
Alejandro nunca conoció. En la antigüedad un conquistador era el héroe por
excelencia y el rey de Macedonia fue el mayor conquistador de la historia;
Alejandro fue considerado, con razón, como el más grande de los generales.
En efecto, no sólo en el planteamiento
sino también en la ejecución de sus campañas, ya estuvieran éstas dirigidas
contra los bárbaros del Danubio, contra los griegos o contra los persas,
Alejandro demostró siempre un acierto extraordinario. Era un maestro tanto en
la batalla ordenada como en la guerrilla, como lo demuestra su campaña al norte
del Irán. Son admirables tanto su capacidad de improvisación como la
perseverancia que demostró, como por ejemplo, en el sitio de Tiro. El juicio de
Alejandro como estadista dependerá de si se considera o no como viable su
proyecto de fusión de los pueblos macedonio y persa. Es cierto qué en este
punto Alejandro se anticipó muchísimo a su generación, como lo demuestra el
hecho de que la asamblea macedónica del ejército se apartara expresamente de
estos planes después de su muerte. Pero no se puede saber lo que habría sido de
ellos si el rey hubiera vivido más tiempo.
La comunidad de naciones
macedónico-persa quedó como una utopía sin duda, pero no por ello la idea es
rechazable. Un imperio universal necesita la mayor aproximación posible entre
sus pueblos, con sus distintas razas y culturas. Los macedonios se encontraban
en una inferioridad desesperada frente a la población del reino persa.
Alejandro sustentaba un ideal de estado supranacional y no podía retroceder,
para realizarlo, ni ante las consecuencias más extremas.
Que la idea de Alejandro de la fusión de
los pueblos no era una idea vacía lo demuestra su actitud frente a las individualidades étnicas
de su imperio. Ante los lidios, los atrios, los egipcios o los babilonios,
Alejandro no sólo se presentó con benignidad, sino incluso con
el mayor respeto, tanto para su carácter étnico como
para sus tradiciones religiosas. Sobre todo su tolerancia en materia religiosa
recuerda vivamente la actitud de los grandes reyes persas. En este aspecto,
Alejandro señaló a sus contemporáneos objetivos totalmente nuevos, y
el sincretismo religioso del helenismo y el de la época de los emperadores
romanos no se concibe sin su actuación.
Son brillantes asimismo sus
realizaciones en el terreno de la administración pública. Sin duda, conservó el
sistema persa de las satrapías, pero en muchos casos estableció en ellas a oficiales
macedonios, ya sea como estrategos o como epíscopos («inspectores»), junto a los persas o gobernadores civiles nativos. Fue
preparando la división de las administraciones civil y militar, y el
nombramiento de funcionarios especiales para las finanzas constituye también
una innovación que más adelante fue adoptada por los soberanos helenísticos,
los Tolomeos y los Seléucidas. Su economía política
fue de vastas consecuencias; al acuñar el metal noble acumulado por los
Aqueménidas, injertó enormes sumas en los mercados del Próximo
Oriente, y del Mediterráneo. Esta medida, juntamente con el paso al tipo de
moneda ático, cimentó la economía del
imperio de Alejandro sobre una nueva base. El estancamiento económico quedaba
así superado y su consecuencia fue una prosperidad extraordinaria. También la
inspección de los trabajos del canal de Palacota,
en Babilonia, que realizó antes de su enfermedad mortal, muestra los esfuerzos
del rey en favor del restablecimiento del antiguo bienestar en Mesopotamia. Si se
consideran todas estas reformas juntas, no pueden considerarse como simplemente
casuales. Corresponden a su concepción de que no puede existir estado alguno
sin una economía saneada. La comparación de Alejandro con Federico el Grande
es, a este respecto, perfectamente apropiada.
Sin duda, también hubo fuerzas
irracionales que jugaron un papel en la vida de Alejandro; pero no lograron ni
perturbar ni modificar la gran concepción de su obra. En ello los hechos hablan
por sí mismos; es erróneo hacer derivar todas sus realizaciones de la buena
estrella que, como a tantos otros grandes hombres, le acompañó. El desarrollo
político del helenismo no se concibe sin la realización de Alejandro, ni se
concibe tampoco el nacimiento de la cultura helenística universal. Por otra
parte, la influencia de Alejandro se extiende hasta el bajo Imperio Romano, e
incluso el auge del cristianismo y la expansión de la cultura islámica
presuponen la existencia de su labor. De su obra emanaron corrientes de fuerza
y de vida, y su ejemplo fue, en muchos casos, precisamente para los grandes de
esta tierra, un modelo. La originalidad de su pensamiento, la comprensión
intuitiva de lo posible y necesario y el valor de llevar a cabo con una genial
capacidad de adaptación las empresas más difíciles, unido al efecto fascinante
de su personalidad sobre los individuos que le rodearon, son hechos que señalan
a Alejandro como una figura histórica universal de primerísima categoría, de la
que apenas existe un parangón. La fuerza plasmadora de su genio no se extinguió
con su muerte prematura.
En buena parte por efecto de la
expedición de Alejandro, Grecia quedó eliminada de la gran política y
permaneció a la sombra de los acontecimientos asiáticos. Como ya se ha dicho,
Alejandro dejó en Macedonia a su general Antípatro,
regente del reino y estratego para Europa. La tarea que el fiel servidor del
rey hubo de realizar no era fácil. El propio Alejandro se percató de ello, como
lo prueba el hecho de que le dejó, al partir para el Asia, no menos de 12.000
soldados de infantería y 1.500 de caballería en la patria. Pero como Alejandro
necesitaba constantemente refuerzos, el número de tropas se iba reduciendo en
Macedonia cada vez más. Antípatro realizó hechos
notables. Primero reprimió una sublevación en Tracia, en la que había
participado el gobernador (estratego) macedonio Memnón. Aún antes de que esta
operación estuviera terminada hubo de trasladarse a Grecia para intervenir en
el Peloponeso. Allí los macedonios habían ayudado a subir al poder a una serie
de tiranos, pero a los griegos les repugnaba toda clase de tiranía. Existe una
inscripción de Atenas, del año 337-36, que contiene una ley relativa a los
tiranos presentada por un tal Eucrates. También en
Atenas, pues, parece que se temía seriamente el advenimiento de una tiranía.
Por otra parte, los macedonios tenían un
adversario decidido en el rey espartano Agis III. Supo poner de su parte a
todos los estados peloponesios descontentos, entre ellos a Elide, Acaya y una
parte de Arcadia. No se adhirieron, en cambio, Argos, Mesene y Megalópolis, que
estaban enemistadas con Esparta. El enfrentamiento tuvo lugar el verano del año
331 en Megalópolis. Aquí venció Antípatro, con los
macedonios y las tropas de la Liga Corintia, a Agis III, quien cayó luchando en
el campo de batalla. Con ello, la sublevación había fracasado. La noticia de la
batalla la recibió Alejandro el año 330. Se dice que designó la victoria de Antípatro en Grecia como una «batalla de ratones», en
comparación con sus propias hazañas en Asia; pero debemos dudarlo porque, en
todo caso, Antípatro se enfrentaba a griegos y no a orientales.
El sinedrion de Corinto confió a Alejandro la
decisión acerca del destino de los griegos rebeldes. Es posible que la propia
Esparta debiera ingresar en la Liga Corintia. Además hubo de entregar a Antípatro cincuenta rehenes.
Precavidamente, Atenas no había
participado en la rebelión. Sin embargo, los sentimientos en la ciudad distaban
de ser de simpatía para Alejandro. El año 330 se resolvió el «proceso de la
corona», que había sido aplazado durante mucho tiempo. En él resultó vencedor
Demóstenes contra su adversario Esquines. Este fue condenado a una pena de
1.000 dracmas. Por lo demás, la política está dominada en Atenas, desde el año
324, por el retorno de los exiliados que había ordenado Alejandro. Demóstenes
trató de obtener una dilación de las autoridades macedonias. Fue fatal, sin
embargo, que el gran orador estableciera relaciones con Hárpalo,
quien había huido de Asia y había llegado al Pireo el verano del año 324.
Consta que entre los atenienses sobornados por Hárpalo figuraba también Demóstenes, que hubo de confesar haber recibido 20 talentos de
aquél. Sin duda, Demóstenes se excusó diciendo que había dedicado dinero al
pueblo, para los gastos de las representaciones teatrales (theoriká),
pero tal cosa no parece haber sido más que una excusa. En todo caso, en el
proceso de aquellos estragados por Hárpalo fue
condenado Demóstenes a pagar una elevada pena pecuniaria, y, como no pudo
efectuar el pago, fue encarcelado por deudas, pero logró escapar de la cárcel y
trasladarse a Trecén y luego, el año 323, a Egina. El año 322, cuando los
delegados de Antípatro iban a prenderlo, Demóstenes,
en el templo de Calauria, puso fin a su vida.
Mientras Alejandro iba de victoria en
victoria en Asia, los griegos pasaban tiempos difíciles. Se produjo una gran
carestía que duró nada menos que cinco años, del 330 al 326. De esta época
tenemos una inscripción de Cirene en la que están inscritos los envíos de trigo
de dicha ciudad a la metrópoli. Casi todas las polis griegas importantes
figuran en esta inscripción como receptoras de grano; no falta más que Esparta.
¿Tenía Esparta suficiente que comer o se la dejó deliberadamente de lado? Si es
cierto lo último, refleja las consecuencias de la sublevación espartana contra
los macedonios. Es interesante asimismo la noticia que se contiene en otra
inscripción, según la cual Atenas envió una expedición al mando de un tal
Milcíades al mar Adriático (325/24) para fundar una colonia que había de servir
como base marítima de protección contra los piratas etruscos. Estos, conocidos
también como «tirrenos», eran tenidos como piratas audaces, e iban arruinando
el comercio tanto en el Adriático como más al oeste.
Por lo demás, toda Grecia participó en
mayor o menor grado, activa o pasivamente, en la expedición de Alejandro a
Asia. Muchos, helenos sirvieron al rey como mercenarios y otros como
funcionarios. Y aquellos que tenían en el séquito del rey, en Asia, a un amigo
en quien confiar, gozaban también de prestigio en la patria. De inscripciones
de Olimpia y Egión (en Acaya) se conoce a un cretense
llamado Filónides, al cual se designa como hemerodromos («corredor de día, correo») de Alejandro y bematista («medidor de paso») de Asia; Filónides,
en otras palabras, formaba parte del estado mayor de Alejandro. Anteriormente
había trabajado como correo en el Peloponeso, tal vez al servicio de la ciudad
de Sición, amiga de los macedonios. Se dice de él que recorrió la distancia de
Sicilia a Elide, no menos de unos 150 kilómetros, en un solo día, proeza que
desde el punto de vista del esfuerzo físico es sencillamente imposible.
Individuos como Filónides y muchos otros no sólo
gozaron de prestigio en Asia, sino que además reunieron fortunas considerables,
lo que constituía un motivo más entre los griegos de la metrópoli para seguir a
Alejandro. La expedición de Alejandro inicia una reestructuración formidable en
la vida económica y social de Grecia, evolución cuyos plenos efectos sólo
pueden apreciarse en la época helenística que siguió a su muerte. En el futuro,
durante mucho tiempo, Grecia iba a vivir a la sombra de Alejandro.
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