web counter

SALA DE LECTURA BIBLIOTECA TERCER MILENIO

https://www.amazon.es/Tienda-Kindle-Cristo-Raul/s?rh=n%3A818936031%2Cp_27%3ACristo++Raul https://www.cristoraul.org/LaBiblia/Indice.html

 

 

 

EL MUNDO MEDITERRÁNEO EN LA EDAD ANTIGUA.

PERSAS Y GRIEGOS.

PARTE SEXTA.

EL MEDIO ORIENTE PERSA

 

 

16. Egipto y el Imperio persa

Al final de la dinastía Saíta, durante el reinado de Amasis y el de su hijo Psamético III (Psammetiq), se preparaba la desaparición de Egipto como país independiente: a Cambises, que había recibido de su padre, Ciro, un reino que comprendía todos los estados asiáticos, le faltaba sólo la posesión de Egipto. Amasis trató, inútilmente, de protegerse aliándose con Polícrates de Samos: Cambises, que avanzaba hacia Egipto, obtuvo de Fanes de Halicarnaso, general griego que militaba al servicio de Amasis y que, traicionándole, se pasó al rey persa, una información completa sobre las posibilidades de atravesar el desierto arábigo y superar las líneas defensivas de Egipto. Amasis, abandonado también por Polícrates de Samos, se encontró aislado; en tanto Cambises establecía una alianza con los beduinos del desierto arábigo, los cuales, con sus camellos cargados de odres de agua, permitieron al ejército persa llegar a Pelusio a través del desierto de Arabia. Muerto Amasis, su hijo y sucesor Psamético III tuvo que hacer frente al empuje de la ofensiva persa, a comienzos del año 525 a.C. La resistencia que Psamético organizó en Pelusio cedió y el ejército egipcio se retiró ante Cambises; la última resistencia en Menfis cayó también, y, hecho prisionero Psamético, Cambises fue dueño de Egipto, donde permaneció hasta el 522 a.C. Con Cambises comienza la que se suele llamar «primera dominación persa» (o XXVII Dinastía), que llega hasta el 401 a. C.

Las fuentes griegas (Heródoto; Diodoro Sículo; Estrabón; Plutarco, De Isis y Osiris) coinciden en describir su reinado come el del terror y la impiedad: los templos de los dioses de Egipto fueron incendiados y saqueados, las divinidades escarnecidas y profanadas, el buey sagrado Apis muerto y la momia del faraón Amasis quemada. Sin embargo, en torno a la muerte del Apis, la documentación directa egipcia, que consiste en una estela procedente del Serapeum de Menfis fechada en el año sexto de Cambises, prueba, en cambio, que en aquel año se dio solemne sepultura al Apis que había nacido en el año vigésimo séptimo de Amasis; además, también se ha encontrado en el Serapeum el bello sarcófago del Apis muerto en el año sexto de Cambises, que había sido ofrecido por el propio Cambises. Otra estela , también del Serapeum, demuestra que el Apis, nacido en el año sexto de Cambises y sucesor del buey antes nombrado, no pudo ser muerto en un momento de loca furia del rey Aqueménida puesto que murió en el año cuarto de Darío I. Otra fuente directa que se puede utilizar para controlar los datos de la tradición contraria a Cambises es la inscripción grabada en la estatua naófora ( conocida como «Naóforo del Vaticano») de un alto personaje de Sais, Udjahorresne, que puede fecharse en el año cuarto de Darío I y es, por lo tanto, inmediatamente posterior al propio Cambises.

Aunque cabe sospechar que Udjahorresne, cortesano de Cambises y de Darío, quisiera adular a sus señores persas, en los datos que hizo grabar en su estatua no pudo tergiversar de un modo fundamental la realidad, dada la proximidad de los acontecimientos. En esta inscripción, Udjahorresne admite que en Egipto se había producido un «gran desorden» con la llegada de los «extranjeros», que se habían instalado en el recinto del santuario de Neith, en Sais; pero añade que Cambises había intervenido a favor del santuario, había expulsado de él a las tropas extranjeras, había restituido las rentas a la diosa y restablecido en su servicio a los sacerdotes, reanudando las ceremonias y las procesiones, y había acudido personalmente a venerar a la diosa de Sais. También un documento arameo de Elefantina. fechado en el 408 a. C., habla de daños sufridos por los templos egipcios durante la conquista de Egipto («Cuando Cambises llegó a Egipto... todos los templos de los dioses de Egipto fueron asolados...»).

Es, pues, innegable que con la llegada de Cambises a Egipto se hallan relacionados trastornos en los templos egipcios, no tan imputables al propio Cambises como a las violencias de la soldadesca. A estas violencias se añade el decreto mediante el cual Cambises limitaba las rentas de todos los templos de Egipto, a excepción de tres (de los cuales sólo uno, el de Menfis, es identificable con seguridad); en el decreto (que conocemos por un documento demótico, el verso del Papiro 215 de la Bibliothéque Nationale de París), la lectura de la cifra no es muy segura, pero parece que se ha calculado en 376.400 deben el valor total de la plata, ganado, volátiles, grano y otros productos que «se daban a los templos en la época del faraón Amasis, y de los que Cambises ordenó: “No los deis a los dioses”. Si se admite que la lectura de la cifra es correcta, el valor de las rentas apresadas superaba al del tributo pagado por Egipto bajo Darío, lo que explica que Cambises considerase oportuno un decreto que reducía el gravamen financiero del gobierno.

Para los soberanos Saítas, la asistencia a los templos había constituido una necesidad política, especialmente para Apries y para Amasis, los cuales, el primero por sus fracasos en política exterior y el segundo para reforzar su posición de «usurpador», habían necesitado el apoyo de los sacerdotes. El decreto de Cambises se considera precisamente como una medida económica y no dictado por la «impiedad», pues mantiene las rentas para tres templos; por otra parte, no impide el culto en los santuarios, no prohíbe que los sacerdotes ofrezcan aves a los dioses, pero (como afirma en su decreto) «los sacerdotes deben criar por sí mismos sus ocas y ofrecerlas a sus dioses». Estas órdenes y estas limitaciones provocaron en los sacerdotes egipcios un odio nunca aplacado, y constituyen, sin duda, la fase de la tradición egipcia tan hostil a Cambises, tradición recogida y referida por los autores griegos. La restitución de las rentas a la diosa de Sais (de la que nos informa la inscripción de Udjahorresne antes citada) no fue una revocación del decreto, sino una medida excepcional, dictada por la influencia personal de Udjahorresne sobre el rey persa. Cambises había encargado a Udjahorresne que le compusiera los títulos reales según el esquema faraónico; sobre todo, Cambises trataba de presentarse al pueblo egipcio como el verdadero descendiente de la dinastía Saíta, llegado a Egipto para reivindicar el trono que el usurpador Amasis había quitado al legítimo soberano: Apries.

Es significativa la leyenda según la cual Cambises era hijo de la hija de Apries (de esta leyenda existen tres versiones que difieren en los detalles, pero idénticas en su último significado); Cambises, pues, no era un rey extranjero, sino que tenía sangre de los faraones Saítas. Sobre esta base hay que ver la referencia del propio Heródoto acerca de la persecución póstuma de Amasis, cuya momia fue quemada por Cambises; el historiador griego define esta acción como contraria tanto a las creencias religiosas persas (un fiel de Auramazda no podía contaminarse con el fuego) como a las egipcias (según las cuales no era lícito quemar los cadáveres, porque, al destruir el fuego completamente aquello de que se apodera, se quitaría toda posibilidad de vida futura al individuo cuyo cadáver se quemase). En realidad, Cambises actuó de acuerdo con las concepciones egipcias, puesto que, al no reconocer a Amasis como faraón legítimo, llevó a cabo una drástica damnatio memoriae del usurpador, precisamente de la forma que él sabía definitiva para la mentalidad egipcia.

También las expediciones militares a las que Cambises se dedicó inmediatamente después de la conquista de Egipto (las expediciones contra Cartago y contra los oasis líbicos no tuvieron éxito, y la que organizó contra Napata se redujo a obtener un tributo bienal, según Heródoto, de Nubia septentrional, en los confines de Egipto, que desde hacía muchísimo tiempo estaba bajo la soberanía de los faraones) se explican por su deseo de realizar, como soberano egipcio, una política egipcia. Desde el punto de vista de la política persa, más bien asiática, el objetivo se podía considerar alcanzado con la conquista del valle del Nilo. Pero Cambises seguía evidentemente, una política «africana», la natural en sus predecesores Saítas aparece empeñado en un juego político que, de realizarse, haría prever un desplazamiento del centro del imperio Aqueménida de Asia a África, concretamente de Persia a Egipto. La reacción persa no se hizo esperar y tomó la forma de una reivindicación dinástica. En efecto, es significativo que la revuelta contra él no tuviera su origen en alguna provincia deseosa de independencia, sino que surgiera, precisamente, del ambiente de la propia corte persa: el mago Gaumata, afirmando ser el legítimo sucesor de Ciro, planteó sus pretensiones al trono. Mientras Cambises, alejado así de su sueño africano, se apresuraba a regresar a Persia, murió durante el viaje (Heródoto refiere que murió por haberse herido con una espada: que la herida mortal se produjese justo en el mismo punto del muslo en el cual él había herido de muerte al buey Apis, entra en el marco de la tradición contraria a Cambises).

Darío I (522-486 a. C.), hijo de Histaspes, sátrapa de Hircania, habiéndose hecho elegir rey, restableció el orden, eliminando al mago Gaumata y enfrentándose, enérgica y victoriosamente, a las revueltas y a los intentos de los usurpadores que se produjeron en Asia, Susiana, Babilonia, Media, Armenia e Hircania, y que le obligaron a mantener guerras durante dos años. También en Egipto se hizo necesaria la intervención del Gran Rey para dominar las veleidades independentistas de Ariandes, el sátrapa dejado allí por Cambises. En el marco de la reorganización general de las provincias del imperio, la satrapía de Egipto (que Darío I visitó en el año 517 a. C.) ocupó un lugar importante; Egipto es la sexta de las veinte satrapías en que se dividió el imperio; el tributo anual señalado a Egipto era de 700 talentos; Egipto cargaba también con el mantenimiento de las tropas persas que residían en Menfis y con el de las tropas aliadas, contribuyendo con 120.000 medidas de grano; además, tenía que entregar los beneficios de la pesca del lago Metis, es decir, 230 talentos anuales.

Diodoro señala a Darío I como el sexto y último legislador de Egipto; el dato está confirmado por un documento demótico, el verso del Papiro 215 de la Bibliothèque Nationale de París15 (el mismo que contiene el decreto de Cambises relativo a los templos egipcios), que cuenta cómo Darío I, en su tercer año de reinado, dio a su sátrapa en Egipto la orden de que reuniese a los más sabios entre los guerreros, los sacerdotes y los escribas de Egipto, a fin de que redactasen un informe sobre las leyes de Egipto, hasta el año cuarenta y cuatro de Amasis; el trabajo de la comisión duró dieciséis años, hasta el diecinueve de Darío. Las leyes así recogidas fueron escritas en un papiro «en escritura asiria ( sirio=aramea) y en escritura epistolar (demótica)». El propósito de Darío al ordenar también una copia del corpus de leyes egipcias en arameo era, evidentemente, poner a disposición de los funcionarios del gobierno, y, sobre todo, del sátrapa, un código en la lengua administrativa del imperio Aqueménida. Darío se limitó, pues, a aceptar el derecho indígena vigente hasta el año cuarenta y cuatro de Amasis, es decir, hasta el final del reinado de Amasis.

La obra de Darío I respecto al derecho egipcio fue obra de recopilador, no de legislador en cuanto a actitud innovadora; ordenó que se excluyeran las modificaciones del derecho egipcio inspiradas en el persa. Antes de Darío, se había producido un período de crisis en el «derecho de los templos» vigente bajo Amasis, a causa del decreto de Cambises ya citado; el acto legislativo de Darío I, unido a sus liberales decretos en favor de los templos egipcios, tuvo gran importancia para caracterizarlo como legislador. Este aspecto se descubre igualmente en el texto de Diodoro: la impiedad de Cambises era también ilegalidad respecto a las leyes egipcias, y la actividad legisladora de Darío parece encaminada a subsanar aquella ilegal impiedad.

Por la inscripción de Udjahorresne, ya mencionada, sabemos que Darío encargó a este alto personaje (que era también primer médico del rey) el restablecimiento «después de la ruina» (ruina tal vez consecuencia, precisamente, del decreto de Cambises) de las «casas de la vida»” (es decir, las instituciones de instrucción superior ligadas a los santuarios). El sucesor de Cambises consideró, pues, que no podía menospreciar el apoyo de los sacerdotes si quería obtener una duradera y pacífica unión de Egipto a su imperio; su actitud tolerante (típica de su política respecto a los súbditos de las provincias), los reconocimientos del culto egipcio y la protección concedida al sacerdocio (la construcción de un nuevo templo en El Kharga y la dotación de rentas del mismo debieron de costar sumas ingentes) le valieron el favor de la clase sacerdotal y, en consecuencia, de todo el país. Darío I no renunció, sin embargo, al derecho de sanción en el nombramiento de los sacerdotes (derecho preexistente en Egipto): un documento demótico de su reinado recuerda una ordenanza suya sobre las normas que el sátrapa debía seguir para aceptar o recusar a un sacerdote en el cargo de lesonis (jefe administrado) de un templo.

Con el fin de intensificar las relaciones comerciales entre Egipto y el golfo Pérsico, Darío I hizo abrir un canal “que, desde el Nilo, cerca de Bubastis, llegaba al mar Rojo, a través del Uadi Tumilat y de los lagos Amargos (realizando así un proyecto acariciado también, hacía tiempo, por el faraón Nekao); este informe dado por Heródoto ha sido confirmado por el hallazgo, en la zona del canal de Suez de tres estelas con inscripciones en escritura jeroglífica y cuneiforme, las llamadas «Estelas del Canal».

Mientras tanto, el equilibrio del mundo mediterráneo oriental estaba sufriendo sacudidas; la intervención, aunque muy suave, de Atenas a favor de los jonios de Asia Menor, rebeldes al yugo persa (500-494 a. C.) descubrió al Gran Rey el nuevo rival que debía combatir: Grecia; pero en el año 490 los persas fueron derrotados en Maratón por los griegos. En el 486, poco antes de la muerte de Darío I, Egipto se rebeló. En esta insurrección se vio una consecuencia directa de Maratón, pero es difícil aceptar esta especie de contragolpe mecánico; es más probable, en cambio, que se tratase de una rebelión como la de Ariandes, tal vez estimulada por la relajación del control de los persas, mientras que éstos planeaban tomar el desquite sobre los griegos.

La revuelta fue dominada por Jerjes I (486-465/4 a. C.), hijo de Darío, con una expedición efectuada un año después de la muerte de éste; Jerjes confió el cargo de sátrapa de la provincia egipcia a su hermano Aquemenes. Mientras tanto la lucha entre Grecia y Persia se desarrollaba con resultado adverso para el ejército persa. Es sabido cómo terminó la expedición de Jerjes contra los griegos: Salamina, Platea, Micala, la liberación de Jonia y la conquista de Sesto, en el Helesponto, fueron las etapas de la derrota persa.

Jerjes I tuvo como sucesor a Artajerjes I (465/4-425 a. C.). Al comienzo del reinado de Artajerjes se produjo en Egipto una insurrección capitaneada por Inaro (acaso un descendiente de la familia real Saíta) que llegó a tener bajo su control el Delta, mientras que Menfis y el Alto Egipto permanecían en poder de los persas (como se demuestra por algunos documentos alto-egipcios fechados entre el quinto y el décimo año de Artajerjes). Inaro pidió ayuda a la flota ateniense que se encontraba en aguas de Chipre. La petición fue atendida; el propio sátrapa Aquemenes fue derrotado y muerto en Papremis y las naves atenienses remontaron el Nilo hasta Menfis, donde los persas habían concentrado la resistencia.

La intervención ateniense, sin embargo, terminó en un fracaso: la flota griega fue cercada, a su vez, en la isla de Prosopitis por la flota persa al mando de Megabizo, sátrapa de Siria, y, tras un largo asedio, los pocos supervivientes griegos tuvieron que retirarse a Cirene; también fue aniquilada otra pequeña flota ateniense que, ante el curso de los acontecimientos, había llegado como refuerzo a las aguas del Nilo. Megabizo regresó a Asia, dejando como sátrapa de Egipto a Arsames. El rebelde Inaro, hecho prisionero, fue llevado a Persia y allí le crucificaron (454 a. C.).

En el 449-448, con la paz de Calias, Atenas estableció con Persia un modus vivendi que suponía la explícita renuncia, durante treinta años, a intervenir en perjuicio de los persas en los asuntos de Chipre y de Egipto. Restablecida en Egipto la calma, se mantuvo durante el período siguiente del reinado de Artajerjes I y durante casi todo el reinado de su sucesor, Darío II (424-405 a. C.).

Entre el 411 y el 408, a finales del reinado de este último, se manifestaron en Asia Menor, en la Media y en Egipto síntomas de agitación. También hablan de disturbios ciertos documentos arameos pertenecientes a la correspondencia del sátrapa Arsames, que precisamente en aquellos años estaba ausente de Egipto, pues se encontraba en Susa junto al rey; no es inverosímil que Amirteo estuviese activo en el Delta. Incluso el episodio de violencia del cual fueron víctimas, en el año 410, los hebreos de la guarnición de Elefantina, cuyo templo de Yaho (Yahvé) fue destruido por los egipcios, guiados por los sacerdotes del dios Khnum (con la ayuda del gobernador del Alto Egipto y del jefe de la guarnición), es tal vez un hecho político más que una manifestación de simple intolerancia religiosa.

Artajerjes II (404-359/8 a. C.) es el último rey de la «primera dominación» persa, reconocido como tal en el Alto Egipto, en Elefantina; hasta la publicación del grupo de papiros ramos del Brooklyn Museum se había creído que, con el fin del reinado de Darío II, Amirteo (que inició los sesenta años de independencia siguientes a la «primera dominación» persa) había tenido el control de todo Egipto, pero algunos de dichos papiros prueban que Artajerjes era reconocido como rey, en el Alto Egipto, por lo menos en diciembre del 402, durante los primeros años del reinado de Amirteo.

Antes de proseguir la exposición de las vicisitudes históricas que siguieron al período de la XXVII Dinastía es conveniente examinar brevemente ciertos aspectos de Egipto durante esta época, las líneas generales de su organización como satrapía y algunas manifestaciones de su vida artística y espiritual.

El sátrapa, un miembro de la alta nobleza y a menudo, de la propia familia del rey persa, que representaba para los súbditos de la provincia la autoridad real y en cuyas manos se reunían todos los hilos de la administración de Egipto, residía en la capital de la satrapía, en Menfis. La cancillería del sátrapa de Menfis, copia fiel de la del Gran Rey en Susa, comprendía a muchos funcionarios y a numerosos escribas; entre, estos últimos también había escribas egipcios para las relaciones en lengua indígena. En efecto, aunque la lengua administrativa oficial para todo el imperio Aqueménida y, naturalmente, también para Egipto, era el arameo, el propio sátrapa no dudaba en usar el demótico incluso en comunicaciones oficiales con los indígenas (cf. la correspondencia entre Ferandares, sátrapa durante el reinado de Darío I, y los sacerdotes de Khnum en Elefantina”). Egipto mantuvo la tradicional división interna en grandes distritos o provincias, división al mismo tiempo administrativa y jurídica que ya existía en la época precedente. También en este caso se revela el sistema propio del gobierno persa: no introducir innovaciones en las líneas generales de la organización de los países sometidos, limitándose a poner funcionarios persas en lugar de los indígenas (y no siempre, porque hay personajes egipcios incluso en cargos importantes).

Es interesante registrar, en lo que se refiere a los funcionarios persas en Egipto, una influencia cada vez mayor del país conquistado sobre los conquistadores. Ilustran bien esta afirmación las inscripciones, en el Uadi Hammamat, de dos hermanos persas, Atiyawahi y Ayrawrata; el primero fue gobernador de la ciudad de Copto (sus inscripciones van desde el 476 al 473 a. C.) y en los textos más antiguos se limita a la fecha y a los nombres propios, mientras que en los posteriores añade la imagen del dios de Copto, Min, seguida de una breve invocación al mismo; el segundo (cuyas inscripciones van desde el 461 al 449 a. C. ) añade a Min los dioses Horus e Isis de Copto, y luego Amón-Ré, rey de los dioses, y, además, toma un nombre egipcio, Gedhor (gr. Taco, Teos).

Al mando de cada distrito administrativo estaba un gobernador (fratarak, en los documentos arameos de la época). En la provincia de Tascetres (es decir, el distrito meridional, desde Asuán hasta Hermonthis, donde empezaba el distrito de Tebas; acerca de este distrito estamos especialmente informados gracias a los papiros arameos encontrados en Elefantina), el fratarak, alrededor de los años 410-408, era el persa Widrang, y su antecesor había sido Damadin. La sede del fratarak de la provincia meridional estaba en Asuán; formaban parte de la administración del distrito, y probablemente de la cancillería del fratarak, los «escribas de la provincia» y los azdakaria (persa, de azda, instrucción, y kar, hacer). Las unidades administrativas menores, aldeas y ciudades, tenían sus gobernadores, de rango inferior, que dependían del gobernador del distrito.

La tesorería estatal se hallaba en Menfis, bajo el patrocinio del dios Ptah. Durante el reinado de Darío I, el cargo de «jefe de la tesorería» lo desempeñaba el egipcio Ptahhotep (del cual se encuentra una estatua naófora en el Brooklyn Museum, y una estela, que lleva la fecha del año trigésimo cuarto de Darío, en el Museo del Louvre). A esta rama de la administración pertenecía un gran número de funcionarios; cada distrito tenía su «tesoro» con sus «tesoreros», sus «contables del tesoro» y sus «escribas del tesoro» (en los papiros arameos de Elefantina aparece la expresión «casa del rey» como sinónimo de «tesoro») y también sus pakhuta (nombrados con los «escribas del tesoro»), son funcionarios relacionados con la distribución de la paga del gobierno al ejército.

En el ámbito de la administración de justicia, la suprema autoridad era el sátrapa (en el papiro demótico Rylands IX, el sátrapa parece haber ordenado el castigo de ciertos culpables, mediante azotes y encarcelamiento, y es el sátrapa a quien un tal Petessi, habitante de El-Hiba, dirige su petición para obtener justicia). Dentro de cada distrito, el fratarak presidía un tribunal civil. Por los papiros arameos de Elefantina (que son la fuente casi exclusiva de nuestra información sobre la administración de justicia, del estado de los tribunales y del procedimiento judicial, a falta de documentos procesales egipcios de las épocas Saíta y persa), tenemos noticia de los jueces de! gobierno: los «jueces del rey», los «jueces de la provincia», los tiftaya (una especie de «funcionarios de policía») y los guskaya (los «informadores»,).

La administración de justicia en las guarniciones militares era también competencia del jefe de las mismas; los papiros arameos de Elefantina hablan asimismo de tribunales («segen y jueces») ante los que se solventaban los pleitos de propiedad entre los mercenarios hebreos de la colonia de Elefantina. El grupo de documentos demóticos sobre temas jurídicos, de la época persa, es nuestra fuente de conocimiento del derecho privado contractual en aquel tiempo; las leyes y la manera en que estaban formuladas no presentan solución de continuidad con las de la época Saíta. Ciertos elementos del derecho y de su formulación son, sin duda, comunes al uso egipcio y al de los mercenarios hebreos de Elefantina (cuyos contactos con la población egipcia se remontaban, por lo demás, a una época anterior a la persa, pues su asentamiento inicial data del tiempo de Psamético II), y, en algunos casos, parecen derivar de una fuente común neobabilónica.

El gobierno Aqueménida tuvo desplazado en Egipto un fuerte contingente militar, tanto para la defensa de las fronteras como para la seguridad interior. Bajo los persas se mantuvieron las guarniciones fronterizas en Elefantina, en Dafne y en Márea, para la defensa del sur, del este y del oeste, respectivamente, como en tiempos de los soberanos Saítas. Para el conocimiento de la organización militar, son fundamentales los documentos arameos de la colonia de mercenarios hebreos establecida en Elefantina; sabemos que la guarnición (en arameo, haila) estaba dividida en degelin, «estandartes», cada uno de ellos con el nombre del oficial superior (que era siempre un persa o un babilonio); el degel se dividía, a su vez, en mata, «centurias», también denominadas con el nombre de sus oficiales. Mientras el destacamento militar hebreo tenía su sede en la isla de Elefantina (donde fue erigido también el templo del dios Yaho), otras unidades militares, de semitas (y acaso incluso de egipcios ) residían en Siene, que estaba fortificada.

En Siene había templos de las divinidades semíticas, como Nabu, Banit de Siene, Béthel y Melkatt-Scemin): también allí estaba Ja sede del rab haila, el comandante de la guarnición de la frontera meridional (que mandaba, probablemente, todos los destacamentos militares en el Alto Egipto, hasta Menfis). Los mercenarios recibían del gobierno, mensualmente, una ración en especie, de cereales y legumbres, y una paga en metálico. Otras sedes de destacamentos militares (hebreos y tal vez de otras estirpes semíticas) radicaban en Tebas y en Abidos. Menfis y su ciudadela, el «Muro blanco», estaban fortificadas, y la guarnición comprendía también hebreos, junto a colonias de otros semitas, se empleaban asimismo mercenarios semitas en los astilleros del arsenal de Menfis. En el Delta había unidades militares semitas: el gobierno egipcio tenía mercenarios hebreos no sólo en Dafne, sino también en Migdal (probablemente, Pelusio) y en Tell Maskhuta existía un núcleo de árabes que adoraban a la diosa Ilat (han-Ilat).

El gobierno persa se sirvió también de soldados egipcios (por ejemplo, tropas egipcias tomaron parte en la expedición del Gran Rey a Grecia, en el año 480 a. C.; tropas de Jonia y de Caira formaban parte del ejército de Cambises cuando conquistó Egipto, y, por lo demás, en el ejército persa, al lado del elemento persa y babilonio, presente en número reducido en los puestos de mando, como rah haila y jefes de los degelin, estaban representados elementos caspios, corasmios y otros procedentes de las distintas provincias del imperio, reflejando el mosaico de los distintos pueblos que lo componían.

En torno a las guarniciones extranjeras y especialmente en las ciudades del Bajo Egipto, sobre todo en Menfis, el Egipto de aquel tiempo era un hormiguero de persas, babilonios, semitas, cilicios y griegos que se dedicaban a las actividades mercantiles y artesanas; en el país circulaban las monedas más diversas, desde el scekel al estatera (junto al metal evaluado por el sistema ponderal en deben y kite). Por casi todas partes se encontraban en Egipto cultos organizados de las divinidades extranjeras, con templos y sacerdotes, según se sabe documentalmente: como Nabu, Escemun, Baal, Banit, Anath, Melkart-Scemin, Ilat (con excepción del dios de los hebreos, Yahvé, cuyo único templo en Egipto estaba en Elefantina); por otra parte, los extranjeros de Egipto gustaban de manifestar su estimación por las divinidades del país que les acogía, y numerosas ofrendas demuestran su devoción (estelas, vasos, pequeñas figuras del dios predilecto, con frecuencia del buey Apis).

La vida religiosa de los egipcios, sin perturbaciones ni cambios evidentes, continuó siendo lo que había sido ya en la época Saíta: mucho formalismo en los templos y mucha magia, acompañada por un desarrolladísimo culto a los animales sagrados entre el pueblo. A la época persa se atribuye una interesante obra literaria: las Enseñanzas de Sheshonq, escritas en demótico; estas instrucciones para saber vivir, dirigidas por el autor a su hijo (según el modelo de la literatura sapiencial egipcia), tienen un tono epigramático, un sorprendente carácter de proverbial y familiar sabiduría.

La vida artística del Egipto de la XXVII Dinastía no parece manifestar cambios o fracturas esenciales. Hay que recordar, sin embargo, que precisamente durante este período de dominación extranjera es cuando vemos aparecer en el arte egipcio el verdadero retrato, en el sentido occidental del término (aunque en gran parte de la escultura se conserva, en cambio, aquella especie de idealismo mórbido que había predominado en la época Saíta): entre los siglos VI y V antes de Cristo, y no en la época tolemaica y bajo una influencia griega, fue, pues, cuando se inició el retrato egipcio, uno de cuyos mejores ejemplos es el de la estatua naófora de Psamtek-sa-Neit, hoy en el Museo de El Cairo. Otro hecho importante para el arte de esta época en Egipto es la existencia de un cierto número de esculturas que muestran influencia persa en el vestido, una casaca con mangas de variada longitud, con escote en punta y una amplia falda envuelta y anudada delante, debida a la influencia de la moda persa y en los adornos, collares y brazaletes de factura persa recordemos la estatua naófora de Udjahorresne del Museo Vaticano, la estatua de Ptahhotep en el Brooklyn Museum, la estatua de Henata en el Museo de Florencia, la estatua ya citada de Psamtek-sa-Neit y la de Uahibra en el Museo de El Cairo. Por lo demás, se han encontrado en Egipto objetos de factura persa, fabricados allí por artesanos persas o importados de Persia: sellos y objetos diversos con inscripciones cuneiformes, algunas cabezas de rey de estilo persa, leones y cabezas de leones en serpentina y alabastro de tipo Aqueménida y vasos que fueron, sin duda, obra de artistas persas . Por otra parte, se han encontrado en Susa vasos de factura egipcia, con inscripciones jeroglíficas y cuneiformes; obreros y arquitectos egipcios tomaron parte en la construcción del palacio de Darío I en Persia, y es innegable y evidente una gran influencia de la arquitectura y del arte egipcios en la arquitectura persa

Así era el Egipto que Herodoto visitaba con curiosidad de historiador hacia el año 450 a. C.

Con Amirteo (405/404-400/399) comienzan los sesenta años de dominio indígena, los últimos de la independencia de Egipto, que comprende tres dinastías, la XXVIII, la XXIX y la XXX. Para el Egipto que ha recuperado su autonomía no hay más que un solo peligro y un solo enemigo: Persia, para la cual Egipto es la provincia rebelde que debe ser reconquistada y castigada. Así, todo enemigo de Persia es el amigo natural de Egipto, y el equilibrio de las últimas dinastías indígenas se rige, precisamente, por un juego de apoyos y de alianzas en la cuenca del Mediterráneo. Amirteo es el único representante de la XXVIII Dinastía: tal vez descendiente de los soberanos de la XXVI, es probable que situara su capital en Sais. Por Tucídides sabemos de una alianza de Amirteo con el rey de los árabes para atacar Fenicia: un movimiento estratégico para impedir una acción persa, amenazando las regiones sometidas aún al Gran Rey, acción que, por otra parte, era muy poco probable dada la situación persa en aquel momento. Amirteo logró también disponer de dinero y de naves para consolidar su poder, mediante una traición: en efecto, en el año 400, Tamos, un egipcio de Menfis que había sido gobernador de Cilicia bajo Ciro, se refugió en Egipto, junto a Amirteo, con su hijo, su flota y sus tesoros, esperando protección del soberano egipcio, el cual, por el contrario, mató a Tamos y a su hijo, apoderándose así de sus bienes.

El reinado de Amirteo fue breve, pues ya en el 399 fue destronado (y posiblemente muerto) y sustituido por una nueva dinastía, la XXIX, cuyo fundador es Neferites (400/399-395/94), originario de Mendes, en el Delta. Durante el reinado de éste, el alterno y cambiante juego de la política greco-persa llevó a Esparta (tras haber sido aliada de Persia) a establecer relaciones amistosas con Egipto; en el 395, el faraón envió refuerzos a la flota espartana concentrada en Rodas, pero fueron a caer en manos de los persas, mandados por el ateniense Conón.

El sucesor de Neferites, Althoris (394/93-282/81 a. C.), intervino activamente en la política mediterránea, aliándose con Atenas y entrando a formar parte de la liga contra los persas que reunía, en torno a Evágoras de Chipre, a los pisidios y a los árabes de Palestina. Evágoras logró defender a Chipre contra los persas hasta el año 380, y Akhoris le envió cincuenta naves de guerra con abastecimientos de grano y dinero, mientras consolidaba las fuerzas militares egipcias con mercenarios griegos y hacía de Egipto una nueva potencia marítima. Los numerosos monumentos de su reinado revelan una fuerte recuperación económica, y en el Alto y en el Bajo Egipto se encuentran huellas de su actividad constructora.

Su sucesor, Neferites II, reinó sólo unos meses, pues fue destronado por Nectanebo de Sebenito (381/80-364/63 a. C.), que inició la XXX dinastía (adviértase que, en el Egipto de la época tardía, la iniciativa parte siempre del Delta, tanto por la mayor posibilidad de acción en el Mediterráneo como por la decadencia del Egipto continental). La paz de Antálcidas (386 a. C.) había dejado a Persia en libertad para atacar a Egipto. Cabrias, el almirante ateniense que antes había estado en relación con Akhoris, se ofreció a Nectanebo para ayudarle, pero Atenas, por imposición de Persia, le hizo regresar de Egipto (379 a. C.) y envió a Persia al general Ifícrates para la campaña persa contra Egipto.

En el año 373, el ejército persa, formado por imponentes fuerzas terrestres y navales, al mando de Farnabazo, acompañado por el ateniense Ifícrates, atacó a Egipto por la parte de Pelusio, pero Nectanebo, mediante un sistema defensivo de canales y de trincheras, logró evitar este primer ataque; el segundo sobrevino por la boca del brazo mendésico del Nilo. El consejo de Ifícrates (llegar rápidamente a Menfis, antes de que pudiera organizarse su defensa) fue rechazado por Farnabazo. Mientras tanto, los egipcios habían conseguido formar una sólida defensa en la zona de Mendes, hasta que el Nilo, por ser la estación de las inundaciones, subiese lo necesario para obligar a los persas a retirarse. En los años siguientes, todos los intentos de reconquista de Egipto se vieron obstaculizados por la tendencia que se manifestó en las provincias occidentales del imperio Aqueménida.

El reinado de Nectanebo I fue notablemente próspero; los numerosos monumentos de su tiempo muestran una viva acti­vidad constructora y un deseo de tornar al estilo de la XXVI dinastía que se manifiesta en un gusto arcaizante en la lengua, en la epigrafía y en la escultura (en la que se advierte la vuelta a la tradición clásica y a la representación de los rostros en el estilo idealista Saíta).

El hijo de Nectanebo, Taco (Teo) (363/62 362/61 a. C.), con el ambicioso propósito de reconquistar Siria y Palestina, acudiendo en apoyo de los rebeldes contra Artajerjes II, organizó una poderosa flota y un fuerte ejército, y consiguió que llegase de Esparta el propio rey Agesilao al mando de un cuerpo de mercenarios, y que de Atenas llegase Cabrias como comandante de la flota. La grandiosa expedición, que superaba las posibilidades de un faraón de aquella época y que utilizaba a mercenarios griegos en número muy superior al empleado en otros tiempos en un ejercito egipcio, exigía una cantidad de dinero excepcional. Taco logró obtenerlo, siguiendo el consejo de Cabrias: las rentas sacerdotales fueron reducidas a un solo diezmo, los ciudadanos fueron inducidos a entregar todo el metal precioso que poseían (probablemente con la esperanza de obtener un fuerte interés, pero se les reembolsó, por el contrario, en especie), y las construcciones y los beneficios profesionales fueron sometidos a impuestos. El hábil consejo del ateniense facilitó a Taco el dinero necesario, y el ejército avanzó hacia Palestina, donde Taco obtuvo varios éxitos militares. Pero su hermano, al que había dejado en Egipto como regente, le traicionó, también le abandonó su sobrino Nectanebo, que desertó en Siria con la mayor parte de los egipcios y con Agesilao y sus soldados. Taco huyó, refugiándose junto al rey persa, en Susa, mientras Cabrias, que había tratado de permanecer fiel a Tacto, regresó a Atenas. Entretanto en Egipto, un hombre de Mendes (quizás un descendiente de la familia de la XXIX Dinastía) se había hecho proclamar rey y tenía muchos seguidores; así, Nectanebo, que había tenido que regresar a Egipto, se encontró frente al usurpador, que le sitió en una ciudad del Delta, junto con Agesilao; la capacidad militar del rey de Esparta logró dar cuenta de los sitiadores y aniquilar a los enemigos de Nectanebo.

Nectanebo II ocupó el trono de Egipto (361/60-343 a. C. ). y su reinado, relativamente próspero, es rico en actividad constructora y en numerosos monumentos. En el 358 Egipto se vio amenazado por una invasión persa capitaneada por el príncipe Artajerjes (acaso acompañado por Taco) cuyos pormenores ignoramos, pero que fracasó. Otro intento de invasión, del que tampoco conocemos los detalles, se produjo en el 351, por obra de Artajerjes, ya rey (Artajerjes III Oco), pero fracasó también. Mientras que Siria y Chipre, entre el 349 y el 346, se agitaban bajo el dominio persa, Nectanebo había permanecido neutral, pero, en el 346, al enviar al rey de Sidón cuatro mil mercenarios al mando de Mentor de Rodas, dio ocasión a Artajerjes para lanzarse contra Egipto y reconquistarlo. En el 343, tras reconquistar Chipre y Sidón, Artajerjes pudo concentrar todas sus fuerzas contra Egipto. El ataque, al mando de Bagoas, se produjo cerca de Pelusio. Los preparativos de defensa del faraón eran excelentes, pero la situación de las fortificaciones egipcias había sido revelada a los persas por Mentor de Rodas, que se había pasado a Persia y que mandaba una sección del ejército invasor. Vencidas así las defensas de Pelusio, Bagoas consiguió la rendición de la ciudad del Delta (favorecido también por la rivalidad entre griegos y egipcios). Mientras tanto, Nectanebo había permanecido en Menfis; cuando tuvo noticia de que todo el Bajo Egipto estaba en poder de los persas, reunió sus tesoros y huyó a Nubia, probablemente refugiándose junto a un príncipe de la Nubia septentrional, acaso con la esperanza de poder volver a Egipto. No tenemos noticias sobre su fin; la leyenda le atribuía después la paternidad de Alejandro Magno: Nectanebo, con sus poderes mágicos, tomó el aspecto del dios Amón y se unió a Olimpíade, la madre de Alejandro. ¡Así el orgullo nacional egipcio podía afirmar que los persas habían sido expulsados de Egipto por un egipcio!

Después de sesenta años de independencia, Egipto volvió a caer, pues, bajo el dominio persa: esta breve «segunda dominación» o XXXI Dinastía llega hasta el año 333 a. C. Es verosímil que .Artajerjes tratase a Egipto con mano dura, considerándola como una provincia rebelde reconquistada tras larga resistencia. Los autores griegos (Plutarco, De Isis y Osiris; Eliano, Varia Historia) acumulan contra Artajerjes III las acusaciones de impiedad y de violencia: mató y comió con sus amigos el buey Apis (la piedra de toque para el comportamiento de los reyes persas es el Apis; la excesiva analogía de estas acusaciones y las formuladas contra Cambises hace sospechar de la autenticidad de los datos), y, en su lugar, ofreció un asno a la adoración de los egipcios; mató también al buey de Heliópolis, Mnevis, y al chivo sagrado de Menfis, saqueó los templos y destruyó las murallas de Ias ciudades. Una estela de época posterior, la «Estela del sátrapa» del 312 a. C., prueba que Artajerjes III confiscó un territorio perteneciente a la diosa Buto.

Artajerjes regresó a Persia, dejando en Egipto como sátrapa, a un tal Ferendares, pero en el año 338 murió envenenado por Bagoas, que puso en el trono al hijo menor del rey, Arses, muerto por el mismo Bagoas en el verano del 336. Entre el final del 338 y el 336, Egipto conoció un brevísimo período de independencia de Persia, con un rey llamado Khabbash, al que las fuentes clásicas ignoran, pero conocido por un cierto número de monumentos egipcios: la «Estela del sátrapa», antes citada, relata que Khabassh, en su segundo año de reinado, inspeccionó las defensas del Delta para estar en disposición de rechazar los ataques de los persas. El origen de este rey permanece oscuro, y sobre ello se han formulado las más diversas hipótesis, especialmente a causa de su nombre, que no parece egipcio: tal vez era un árabe, un sátrapa rebelde, un libio o un etíope. Quizá la hipótesis más fundada sea la de que se trataba de un jefe nubio que había bajado a Egipto desde el sur; a ella puede haber contribuido el hecho de que Nectanebo II se hubiera refugiado en Nubia. Las huellas de Khabbash se pierden después de su segundo año. En el 335, cuando Darío III Codomano fue elevado al trono por Bagoas, que había matado a Arses, Egipto está bajo el dominio del rey Aqueménida. Mientras tanto, se acercaba el final del imperio persa: en el año 334 el macedonio Alejandro, atravesó el Helesponto y obtuvo en el Gránico su primera gran victoria sobre Persia; con la batalla de Isos, en el 333, Darío III perdió la parte occidental del imperio.

Sabemos que en Isos también combatía por el Gran Rey un alto personaje egipcio, Semtaufefnekhet de Heracleópolis: en su inscripción, conocida como la «Estela de Nápoles» (redactada en tiempos de Alejandro Magno), recuerda haber combatido al lado del rey persa contra los griegos, y haber salvado su vida huyendo a través de varios países y cruzando el mar para volver a Egipto. En la batalla de Isos, pereció el sátrapa de Egipto, Sabace; después de Isos, el macedonio Amintas, que se había puesto al servicio de Persia, huyó con otros jefes y ocho mil soldados, y, habiendo pasado a Pelusio desde Chipre, se presentó como enviado de Darío para sustituir al sátrapa Sabace, logrando atravesar el Delta en dirección a Menfis; pero el sátrapa nuevo autentico, Mazace, hizo frente y aniquiló a Amintas y a sus seguidores. Cuando a finales del 332 Alejandro se presentó en Pelusio, pudo avanzar triunfalmente hasta Menfis sin encontrar resistencia: en realidad Mazace le entregó el país sin lucha.

Egipto deja definitivamente de formar parte del imperio Aqueménida, cuyo poder ha terminado, y pasa a pertenecer al de Alejandro Magno. La herencia de Alejandro será recogida por los Tolomeos y después por los romanos.

 

17. Mesopotamia durante el dominio persa

 

En el año 612 el medo Ciaxares había destruido Nínive; en el 539 el persa Ciro hizo desaparecer el último estado independiente de Mesopotamia al apoderarse de Babilonia. Pero la cultura nacida en el suelo mesopotámico todavía no estaba agotada, y aún habían de pasar más de cinco siglos antes de que desapareciese. Babilonia seguía siendo el centro de un país de antigua civilización, al que la conquista persa había puesto en el centro del mayor conjunto político de la antigüedad; mejor que antes, regiones lejanas intercambiaron hombres y productos, ideas y formas de vida religiosa. Babilonia atraía por su brillante pasado, por lo que se decía de su riqueza y esplendor, y se convirtió en una encrucijada donde comerciantes, emigrantes y tropas extranjeras situadas ahí por el Gran Rey acabaron mezclándote con la población antigua. No por eso dejó de mantenerse la civilización babilónica y de continuar, por ejemplo, su obra jurídica y científica: pero los hombres, los dioses, el idioma, la sociedad, no podían seguir siendo lo que eran: empezaba un mundo nuevo en el que la antigua cultura iba a fundirse lentamente, legando lo mejor de sí misma. Dé esa mutación en la historia de una civilización, se encuentran aclarados muchos aspectos por una documentación de una abundancia excepcional.

Ya el período neo-babilónico, o caldeo (627-539), es prodigiosamente rico en textos de todas clases; hasta el año 400, aproximadamente, la época persa no lo es menos: los textos se cuentan en ella por minares; los fondos de los museos no han sido aún catalogados; la exploración arqueológica descubre constantemente textos nuevos: el último gran conjunto apareció en el yacimiento de Uruk/Wanka, en ocasión de la XVIII campaña de excavaciones, donde se contaron 205 tabletas económicas, fechadas del 550 al 489. No han sido editados todos los textos, ni mucho menos, y nos hallamos en presencia de una ingente documentación de la que los especialistas sólo sacan partido lentamente: contiene textos históricos; por sus cartas y sus contratos es sobre todo una fuente de información de orden económico y jurídico. En Nippur los excavadores encontraron un gran número de tablillas de enorme importancia, dado que se trata del archivo de una poderosa empresa comercial, la de los Murashu, en plena actividad a fines del siglo V. Aun en condiciones menos excepcionales, la documentación permite generalmente conocer las estructuras sociales y económicas de Babilonia durante más de dos siglos. Los numerosos elementos para fecharla que nos proporciona permiten esperar una solución completa de los problemas de la cronología. Uniéndole los resultados de la exploración arqueológica, utilizando los relatos de los primeros griegos que conocieron entonces personalmente el mundo oriental, Herodoto, Jenofonte y Ctesias, podemos esperar reconstruir, mejor que en muchos otros períodos, la vida del hombre de aquel tiempo.

La caída del imperio caldeo fue acelerada por la oposición que había suscitado Nabónido. En ello intervino decisivamente la traición: Ugbaru, gobernador de Gutium, el oficial persa que había tomado Babilonia, era un dignatario babilónico ya conocido en tiempos de Nabucodonosor, que se pasó ahora al enemigo. El tránsito de un amo a otro se hizo sin pena ninguna, tanto que los contemporáneos, felices de verse libres de Nabónido, no pensaron ni por un momento que quizás acababa de terminar un mundo. Al entrar en Babilonia el 29 de octubre del 529, Ciro volvió a tomar los títulos tradicionales, mantuvo en sus puestos a los funcionarios y los puso bajo el mando de Ugbaru, cuyo nombre se tradujo como Gobrias. La enorme satrapía que gobernaba tenía el mismo territorio del antiguo reino caldeo, y se extendía sobos toda la Mesopotamia, Siria, Fenicia y Palestina; a los ojos de todos, el imperio de Ciro parecía la reunión del imperio persa y del reino de Nabucodonosor. Ciro se preocupó mucho de ser entronizado según las formas: su hijo Cambises, actuando por procuración, asió la mano del dios Marduk al celebrar la fiesta del Año Nuevo (el Akitu) el 27 de marzo del 538; en adelante Ciro llevó los títulos de «Rey de Babilonia y rey de los Países», expresando por esa doble denominación que el reino de Babilonia quedaba unido personalmente al imperio persa y no era tratado como una tierra anexionada por derecho de conquista.

Los primeros actos de Ciro habían afirmado su respeto para sus nuevos súbditos. Muy hábilmente, volvió a la política religiosa de Nabónido, ganándose a sacerdotes y devotos por la restauración de la antigua religión; los templos fueron mantenidos de nuevo y el culto asegurado; las estatuas de los dioses y el mobiliario cultual, que Nabónido había amontonado en Babilonia, fueron devueltos a sus santuarios. La ciudad de Babilonia, los templos de Asiria, de Gutium y del Elam, recobraron así sus santos patronos. No menos hábilmente se hizo valer que Ciro, por su piedad, por la bendición de los dioses tradicionales que revelaba la serie de sus brillantes éxitos, era el soberano legítimo; puede sospecharse que el sacerdocio de Babilonia manipuló los textos que condenaban la memoria de Nabónido y presentaban a Ciro como el elegido de los dioses, el príncipe investido de una santa misión. Realmente, la muchedumbre había visto entrar a sus tropas en Babilonia sin cometer el menor pillaje, y la Crónica Babilónica había observado: «A fines de Tashritu (mediados de octubre), los porta-escudos del Gutium guardaron las puertas del Esagil (el templo de Marduk, abandonado por Nabónido); no se acercó ninguna lanza al Esagil ni entró en el santuario; no fue transgredido ningún rito». A ese concierto de alabanzas se unió la voz inesperada de los profetas de Israel: el segundo Isaías saludaba en Ciro al «Ungido del Señor»; el 538, el príncipe liberal hacía por Jerusalén lo que había hecho por los templos paganos de Mesopotamia: le eran devueltos sus objetos de culto y se ponían los cimientos de un templo nuevo.

En Babilonia, en el corazón del nuevo imperio persa, Ciro dejó a su hijo Cambises como una especie de virrey; instalado en Sippar, el joven príncipe hizo allí su aprendizaje del oficio de rey y gobernó a toda Mesopotamia hasta el 530. Cuando su padre partió para el Turquestán para combatir a los masagetas, fue designado heredero del trono imperial con el título de «Rey de Babilonia». Tal precaución era buena, pues Ciro fue muerto en el verano del 530. Desde el mes de septiembre los textos babilónicos adornaban a Cambises, su rey, el heredero designado ante todos por su poder sobre el reino de Babilonia, con la titulación imperial completa: «Rey de Babilonia y Rey de los Países». El nuevo soberano persa no debía detenerse en su reino; partió a la conquista de Egipto y murió en el viaje de regreso, en Palestina, donde le habría llegado la noticia de la usurpación de Bardiya, que todavía se llamaba Esmerdis, quizás hermano de Cambises. Los babilonios no tuvieron escrúpulo en reconocer al nuevo soberano en la primavera del 522, pero tomaron las armas contra Darío, el usurpador, cuando éste mató a Bardiya en Media, el 29 de setiembre del 522.

El 3 de octubre del año 522 se sublevaba Babilonia, y el movimiento nacionalista que había apaciguado la habilidad de Ciro y de Cambises se despertaba: el rey caldeo Nabucodonosor se decía hijo de Nabónido, y por un momento pareció capaz de contrarrestar la fortuna de Darío. Pero, vencedor el 13 de diciembre del 522, fue aplastado y muerto cinco días después en la batalla de Zazana. El 22 de diciembre del 522 algunos textos mencionaban a «Darío, Rey de Babilonia y Rey de los países». El vencedor se había mostrado clemente; al año siguiente estallaba una nueva rebelión, y un nuevo rey, Nabucodonosor, que se decía también hijo de Nabónido, hacía renacer la esperanza de un reino independiente. De septiembre a noviembre del 521, su reinado no duró diez semanas: el excelente ejército persa aplastó a los babilonios bajo los muros de las fortificaciones interiores; el rey de Babilonia pereció en el garrote con sus partidarios; la ciudad fue saqueada, se violaron las tumbas reales y se desmantelaron las fortificaciones interiores.

El nuevo amo hubiera podido ser más como lo sería Jerjes unos cuarenta años más tarde. A pesar de las violencias de los años 522 y 521, Babilonia vivió, no obstante, de la misma manera desde Ciro hasta la muerte de Darío en el 486, o sea, durante más de cincuenta años. La tutela apenas se hizo sentir; en el reinado de Darío sólo se consigna la introducción de iranios, cada vez más numerosos, que compartían con los babilonios los puestos inferiores de la administración y hasta se sentaban en el banco de los jueces para asegurar la interpretación y la aplicación de la ley del rey. Nuevos impuestos pesaron sobre Babilonia como sobre todas las satrapías del imperio, y una administración más estricta, animada por la voluntad real, dominó más severamente al país. Los asiriólogos han publicado hace ya tiempo los textos que narran la historia del deshonesto Gimillu, servidor del templo de la Eanna de Uruk, que robaba el ganado de la diosa Ishtar y cometía mil malversaciones. En una serie de episodios que parecen una novela picaresca, consiguió, con ayuda del soborno, escapar a la justicia en el curso de los procesos intentados entre el 538 y el 534. ¿Fue aquello efecto de la nueva administración? Comprobamos que en el 520 el personaje fue llamado a rendir cuenta de sus delitos.

Babilonia seguía siendo una capital imperial, con igual derecho que Susa y Ecbatana. Dentro de sus murallas Ciro había recibido el homenaje de los príncipes vasallos, «de todos los reyes que habitan los palacios de toda la tierra, y del mar Superior al mar Inferior, de todos los reyes de Occidente que viven bajo tienda». Darío vivió allí, ocupando el palacio de Nabucodonosor, donde se encontró su autobiografía grabada en una estela. A pesar de la nueva repartición de las provincias en satrapías, la ciudad seguía siendo la capital de un vasto conjunto político y administrativo; el sátrapa Ushtanni, que vivía en ella, era administrador de la satrapía de Babilonia y de Siria (la 9ª), y de la satrapía de Abar-Nahara (la 5ª), es decir, !a Transeufratina, que agrupaba la Mesopotamia del noroeste, Siria, Fenicia y Palestina. Así sobrevivía el imperio de Nabucodonosor bajo otras palabras administrativas.

A Babilonia los reyes persas deben su arquitectura imperial; no contentos con construir un nuevo palacio entre el de Nabopolasar y el antiguo lecho del Eufrates, en el complejo de edificios que los excavadores han llamado la Ciudad-Sur, repitieron, para aquel palacio como para el que Darío hizo construir en Susa, tradiciones arquitectónicas probadas: la edificación de grandes terrazas que debían soportar a los edificios reales, el empleo, en Susa, del plano tradicional consistente en numerosas habitaciones de dimensiones restringidas que se abrían a una serie de patios, la decoración de ladrillo esmaltado que lleva en bajorrelieve frisos de animales, de flores o de soldados de la guardia, los Inmortales. Como Cambises en el reinado de Ciro, Jerjes, el heredero designado, aprendía su oficio de rey en Babilonia; vivía en la parte del palacio que fue construida entre el 498 y el 496, y que sin duda era el corazón del palacio imperial construido por Darío.

Una vez rey, Jerjes puso término a la política de sus predecesores; sustituyó un equilibrio fundado en el respeto a la personalidad política de Egipto y de Babilonia con una nueva situación en la que todos los territorios reunidos en el imperio persa fueron igualmente tratados con severidad, sin ninguna consideración para el prestigio de su rica civilización. Se nos escapan muchos elementos. ¿Pensaba Jerjes que ya no eran necesarias las contemplaciones de sus antecesores? Así se puede creer cuando se sabe que, ya en el 486, año de su ascensión al trono, afirmó el carácter iranio de su monarquía con el título de «Rey de los Persas y de los Medos, Rey de Babilonia y de los Países». ¿O bien se decidió por una solución política radical cuando vio en ella el único medio de acabar con los nacionalismos egipcio y babilónico? En el 485 los movimientos que agitaban a Egipto fueron duramente reprimidos; después le llegó la vez a Babilonia. La cronología de los acontecimientos es muy incierta, y los historiadores aún no han llegado a un acuerdo sobre el partido que se puede sacar de la documentación proporcionada por las fechas que llevan las cartas y los contratos cuneiformes; quizás ocurrió todo en un año; quizás hubo dos sublevaciones, entre el 484 y el 482, y sólo la segunda de ellas fue objeto de una represión feroz. Hubo dos reyes en Babilonia, Bel-Shknanni y Shamash-Eriba, que reinaron el mismo año (482), o bien con dos años de diferencia, el primero en el 484 y el segundo en el 482, pero sólo durante algunas semanas en ambos casos. Para el 482, estamos seguros de la dureza de los vencedores, mandados por Megabizo. Las ruinas fueron considerables, y es probable, por ejemplo, que Borsippa fuese destruida, puesto que no volvió a escribirse allí ningún documento. La misma Babilonia sufrió mucho; para aplastar toda posibilidad de rebelión en vísperas de la segunda guerra médica, el ejemplo debía ser terrible, mas era igualmente preciso que el lugar de Babilonia en el imperio fuese el de una simple satrapía. Babilonia fue, pues, saqueada y sus fortificaciones fueron desmanteladas de nuevo; la ciudad fue herida en su alma por la ruina de sus santuarios, la destrucción del Esagil y del zigurat del Etsmsnanki, y la desaparición de la estatua de Marduk, que fue fundida; el clero del dios nacional fue atacado y en parte muerto. Materialmente, el reino de Babilonia ya no podía existir; la desaparición de la estatua de Marduk, la imposibilidad de celebrar su culto y sobre todo la fiesta del Año Nuevo (el Akitu), en que el rey asía la mano del dios y recibía de él la investidura, todo eso hacía que va no pudiera haber rey de Babilonia, ni unión personal de Babilonia y el imperio; desaparecía, en consecuencia, un estado político hecho de mesura, de equilibrio entre las diversas partes del imperio persa. El rey de Persia sólo conocía ya a sus súbditos sometidos a un mismo príncipe iranio, y el recuerdo del gran imperio caldeo debía desaparecer con el desmantelamiento d lea satrapía en otro tiempo enorme: nunca más Siria y el noroeste de Mesopotamia, el Abar-Nahara, habrían de ser gobernadas como partes de Babilonia.

Había terminado el papel político de la antigua ciudad. Durante mucho tiempo siguió siendo aún una gran ciudad, rica por su actividad económica, fuerte por sus numerosos habitantes, todavía imponente por los monumentos que Jerjes no había destruido. Los reyes de Persia se detenían en ella con frecuencia, o individuos de la familia real, como Darío II antes de subir al trono, y cuando volvió a ella para morir; como Parisatis, hija de Artajerjes I, mujer de Darío II, que fue desterrada a ella en el 425; como Artajerjes II, que fue llevado allí después de la batalla de Cunaxa (3 de septiembre de 401) para curarse sus heridas. Los reyes habían conservado el uso de los palacios caldeos y de los edificios que les había añadido Darío; totalmente aislados de la ciudad por el nuevo curso del Eufrates, llevaban allí el modo de vida de los grandes señores persas, se habían hecho jardines ornados con un pabellón de reposo y hacia el 345 Artajerjes III retocó el palacio de Darío haciendo construir una apadana.

Nos es difícil apreciar si la autoridad persa se hizo más dura, más exigente, a partir del reinado de Jerjes. Nos sentiríamos tentados a responder que sí, teniendo en cuenta la política de ese rey y el número más restringido de documentos cuneiformes que han llegado a nosotros de fines del siglo V. Pero el empleo del arameo escrito en pergamino o en papiro serviría quizás mejor para la redacción de documentos que el uso anterior de las tabletas de arcilla, o bien sólo éstas resistieron la acción del tiempo. Las actividades de una firma comercial como la de los Murashu, a fines del siglo V, muy bien pueden significar las posibilidades de enriquecimiento de hábiles hombres de negocios, fuera o a expensas de la actividad económica en general. Queda el testimonio de Herodoto, criticable sin duda, pero cuya coherencia es impresionante. Es difícil creerle cuando dice que las familias babilonias hacen hieródulas a sus hijas o las venden en subasta; pero es significativo que explique esos rasgos de costumbre por la extremada pobreza de la mayor parte de las familias, arruinadas por la dureza de la administración persa. Aunque no pueden aceptarse las cifras sin cierta desconfianza, parece que lo que nos dice del total de las contribuciones exigidas a Babilonia expresa bastante bien el peso de la carga fiscal: mil talentos al año, el sostenimiento de la corte y del ejército, por entregas en especie, durante la tercera parte del año. ¿Debe creérsele cuando dice que el sátrapa de Babilonia sacaba diariamente de su gubernatura un volumen de más de doce litros y medio en dinero? ¿Que mantenía a expensas de sus administrados sus 800 caballos sementales y sus 16.000 asnos? Salvando las cifras, esos relatos significan al menos que el vencedor vivía muy bien en una provincia rica, a la que las costumbres políticas permitían explotar sin demasiados escrúpulos.

Algunos testimonios de los contemporáneos y los resultados de la arqueología nos permiten conocer un poco lo que era entonces el paisaje y la geografía de Mesopotamia. La única región bien poblada y bien explotada era Babilonia, desde el punto en que el Tigris y el Eufrates unen sus cursos hasta el mar. Asiria no era, sin embargo, un desierto; poseemos sin duda el conmovedor testimonio de Jenofonte sobre las ruinas de Nínive y de Kalkhu (Nimrud), cuando los mercenarios que él mandaba pasaron a lo largo de las dos ciudades destruidas, cuyos nombres hasta se habían olvidado. Sobre Kalkhu: «Los griegos... llegaron a las orillas del Tigris. Había allí una gran ciudad desierta llamada Larisa. En otro tiempo estaba habitada por los medos. La muralla de dicha ciudad tenía veinticinco pies de grueso y cien de altura. El contorno de la muralla era de dos parasangas (unos 12 kms). Estaba construida con ladrillos de arcilla, pero el basamento era de piedra, hasta una altura de veinte pies». Sobre Nínive: «Los griegos llegaron a una muralla desierta inmensa, situada cerca de una ciudad llamado Mespila (Mashpil en acadio significa «la desierta»), que en otro tiempo estaba habitada por los medos. La base de esta muralla, hecha de piedra pulimentada, llena de conchas, tenía cincuenta pies de espesor y cincuenta de altura. Sobre esa base se había construido un muro de ladrillo, de cincuenta pies de ancho y cien de alto. La muralla medía seis parasangas (unos 36 kms) de contorno» (Anábasis). Pero la ciudad de Asur no estaba abandonada; la antigua ciudad ya no era una capital, pero las excavaciones han demostrado la permanencia de establecimientos humanos hasta la conquista parta, así como la onomástica atestigua la presencia de numerosos asirios en toda Mesopotamia, donde sus nombres teóforos contienen la mención de Asur, el dios nacional.

En el camino que los llevaba de Tapsaco a Cunaxa, los mercenarios griegos apenas vieron otra cosa que la estepa, atravesada por animales salvajes, como asnos, avestruces o avutardas; la organización política y militar del imperio Seléucida debía llevar más tarde a los soberanos griegos a multiplicar la fundación de ciudades a lo largo del curso medio del Eufrates: Dura-Europos había de ser uno de los ejemplos mejor conocidos. Babilonia tenía, por el contrario, numerosas ciudades. Heródoto visitó Babilonia veinte o treinta años después del terrible castigo que le infligió Jerjes; la ciudad era todavía suficientemente impresionante para que el Padre de la Historia le concediese los epítetos convencionales que se aplicaban a las grandes capitales, tales como la denominación de «ciudad de las cien puertas», lo que no responde de ningún modo a lo que la arqueología nos ha revelado. Sin embargo, las ruinas eran inmensas, y algunos de los silencios, o de lo que se ha tomado por errores del viajero, pueden ser datos preciosos. No pudo entrar en la ciudad real, aislada por el Eufrates, barrio inaccesible donde estaba acantonada la guarnición persa, y, por lo tanto, no dice nada de los palacios de los teyes caldeos, del que había construido Darío, ni de los jardines colgantes, tan alabados por los historiadores griegos posteriores. Si menciona la puerta de Ishtar, de la que le habían hablado los contemporáneos; no pudo verla, y así se explica su sorprendente silencio sobre la famosa decoración de ladrillos esmaltados. Sí vio personalmente la ciudad interior, y sobre todo el santuario del Esagil, palabra con la que designaba todos los edificios del santuario, y principalmente el zigurat. El conjunto era aún impresionante, y las destrucciones de Jerjes no habían podido hacer desaparecer la enorme torre de pisos, pero la habían dañado lo suficiente como para que Heródoto diese acerca de ella informaciones inexactas. Nos dice que se componía de ocho terrazas, porque el hundimiento de los pisos superiores y la falta de aristas vivas en aquel enorme montón de ladrillos que volvía a ser una montaña de arcilla no permitía ya contar las terrazas; con más razón aún, no pudo ver nada del pequeño templo que se elevaba en lo alto del zigurat; lo que nos dice de su enorme valor procede de la imaginación de quienes le informaron. Babilonia ya no tenía fortificaciones; Heródoto ni siquiera menciona la muralla exterior; en cuanto a la muralla que ceñía directamente a la ciudad, y de la que la exploración arqueológica nos ha revelado que se componía de dos muros distantes entre sí algunos metros, la vio como un solo muro; las destrucciones de Darío y de Jerjes y la falta de cuidados habían hecho que se hundiese la parte superior de los dos muros y el viajero no veía más que sus bases; en conjunto no formaban más que un solo muro muy ancho, porque el espacio que los separaba se había llenado de los restos caídos. La arqueología confirma en general el cuadro de una ciudad todavía tan impresionante que Alejandro la hizo capital de su imperio, pero progresivamente degradada. En el centro de la ciudad, en el distrito residencial descubierto en el Merkes, los excavadores sólo encontraron algunas construcciones nuevas; las casas antiguas se conservaban por lo general, pero los terrenos no edificados se extendían progresivamente; se hundían casas que no se reconstruían, y los habitantes cavaban tumbas en su lugar; el número de estos pequeños cementerios esparcidos entre las viviendas creció regularmente durante los dos siglos de la dominación persa.

Otras ciudades conocieron una decadencia más brutal. Podemos juzgarlo por las excavaciones de Ur. La ciudad había tenido un extraordinario resurgimiento durante los reinados de Nabucodonosor y de Nabónido, como pusieron de manifiesto las grandes construcciones de sus santuarios. Ciro no destruyó allí nada, lo mismo que en Babilonia; acabó los trabajos, contentándose con hacer desaparecer los textos dedicados a la gloria de Nabónido; bajo Cambises y Darío la ciudad alcanzó la cima de su prosperidad, y hemos recogido el mayor número de tablillas económicas para los últimos veinte años del siglo VI. Después sobrevino la decadencia irremediable; no hay necesidad de recurrir para explicarla a los desastres de las guerras y de las revoluciones. Más sencillo, la ciudad sufrió por el desplazamiento del curso del Eufrates, ya sensible en la época neobabilónica; bastante mal cuidada, la red de canales fue poco a poco desapareciendo; la vida se alejaba progresivamente de la ciudad, que perdió su puerto y sus vías fluviales. Grandes obras hubieran podido sin duda devolverle la vida, pero Ur no las merecía ya. Su prosperidad le venía de su posición comercial, cuando el golfo Pérsico y el Océano Indico eran vías comerciales más importantes que las terrestres. La conquista persa se tradujo bastante pronto por la preeminencia de las rutas caravaneras que, desde la meseta iraní, llegaban a Fenicia y a Asia Menor. Al dejar de ser la ciudad en que se efectuaban los trasbordos, donde se amontonaban los productos exóticos, Ur vio decaer sus templos, por los cuales había mostrado Nabónido un celo exclusivo. Fueron abandonados progresivamente y sus materiales utilizados de nuevo; su emplazamiento no tardó en ser invadido por viviendas, la ciudad ya no era más que una miserable aldea en el momento de la conquista de Alejandro, y el último texto que se encontró en ella data del 316.

La riqueza del suelo mesopotámico era proverbial, y Babilonia aún merecía esa reputación bajo el dominio persa. Asolada por las guerras de fines del siglo VII, Asiria, todavía poblada, sólo era una provincia secundaria; por el contrario, Babilonia estaba cubierta por una densa red de canales de riego, aunque la decadencia fuese ya perceptible en aquella época: los cambios de curso de los dos ríos y la progresiva salinidad de las tierras irrigadas creaban problemas que los hombres de entonces no siempre podían resolver, y la negligencia, las destrucciones y la pérdida de los recursos en los momentos de disturbios causaron daños irreparables. En Babilonia, el Eufrates había desviado violentamente su curso y hundido muelles y diques al norte de la ciudad a la que, describiendo una gran curva, había dividido en dos partes; Ur moría por el alejamiento de las aguas, y la exploración arqueológica ha revelado la extensión progresiva de las instalaciones urbanas en los terrenos que habían abandonado las aguas. En conjunto, el campo, sin embargo, se cultivaba intensivamente y se pobló con numerosas aldeas y caseríos, a juzgar por la toponimia, que contiene muchos nombres de lugares formados con nombres de personas.

La agricultura y la ganadería daban en cantidad sus productos tradicionales: cebada y dátiles, ajo, cebollas y diversas legumbres, sésamo, carne y lana de carneros y cabras... La madera escaseaba, como en otros tiempos, y todos los productos que exigían el empleo de combustibles seguían siendo muy costosos, como por ejemplo, los ladrillos cocidos. Babilonia tenía viñedos y huertos, pero parece que el cultivo de la viña y de la higuera estaba recién iniciado; lo mismo ocurría con el del lino, cuya extensión había de hacer de la Babilonia griega y parta uno de los mayores centros conocidos en la fabricación de telas de lino. De todos esos cultivos, el más cuidado y el más remunerador era sin duda el de la palmera datilera; árbol útil para todo, cuyos frutos, madera, hojas, fibras, etc. eran igualmente utilizables, la palmera estaba muy bien cultivada según técnicas que actualmente se han continuado: se sabía espaciar convenientemente los troncos, utilizar los intervalos para cultivos intercalares y practicar la fecundación artificial. No es extraño que el suelo de un palmeral se vendiese dos veces al precio de un campo de cereales.

Estamos muy mal informados sobre la actividad comercial de aquella época; los archivos de las empresas comerciales no hacen ninguna mención de intercambios lejanos y no parecen interesados en la comandita de empresas comerciales. Sabemos, sin embargo, que el Eufrates era cursado por numerosos barcos cargados de mercancías, algunos de los cuales, de creer a Herodoto, llevaban hasta 150 toneladas. Las empresas comerciales eran necesariamente el núcleo de una gran corriente de intercambios, aunque no aparezca en los textos de sus archivos; recogían enormes cantidades de productos agrícolas que vendían enseguida, obteniendo dinero que revertía a los recaudadores reales, pero reservándose lo suficiente para poder prestarlo con tipos de intereses usurarios. La relativa abundancia de metales útiles atestigua, en fin, la existencia de un tráfico importante con proveedores lejanos, siendo suficientemente grandes las cantidades transportadas para hacer bajar considerablemente el precio de los metales corrientes.

Durante el período de dominación persa se realizaron importantes innovaciones de orden social y económico: la propiedad individual existió como en el pasado, pero la práctica de conceder tierras a ciertas colectividades, que servían para remunerar los servicios prestados a la autoridad pública, conoció entonces una extensión sin precedentes. Según instituciones que evocan más de una vez las de las sociedades medievales de la Europa occidental, la autoridad real concedía grandes bienes territoriales, como feudos, a los soldados y a los funcionarios A cambio de la posesión de tierras, las familias o grupos aún mayores, debían al rey sus servicios y contribuciones; bastante pronto, la autoridad real prefirió con frecuencia pedir mayores contribuciones a exigir servicio militar de los hombres establecidos en estas parcelas, aunque el lenguaje haya conservado durante mucho tiempo el recuerdo del origen de aquellas concesiones de tierras: se hablaba de «dominio del arco», de «dominio del caballo» o de «dominio del carro de guerra», porque las concesiones se habían hecho básicamente para asegurar el reclutamiento del ejército imperial. Ciertos documentos atestiguan que también se podía exigir de los propietarios de aquellos bienes una especie de servicio militar; por ejemplo, sabemos que hubo una leva militar en el 422, cuyo objetivo o lugar de concentración era Ur. También los textos que tratan del reparto o de la concesión de estas tierras anotan cuidadosamente las obligaciones fiscales y militares que incumbían a los nuevos propietarios. Pero a medida que la evolución de las costumbres y de las necesidades fue haciendo olvidar el servicio militar que debían los propietarios de dichas tierras, y también a medida que numerosos dignatarios y funcionarios, demasiado ocupados con los deberes de su cargo, no podían asegurar su explotación, ciertas casas de negocios hicieron su fortuna al tomar bajo su cargo la gestión de las tierras, entregando al propietario una renta sobre el suelo y pagando al rey las contribuciones que le eran debidas, pero obteniendo suficientes tierras racionalmente explotadas como para asegurarse grandes ganancias. No obstante, se explicaría mal la prosperidad de estas casas si no se comprendiese la nueva importancia que adquirió en el mundo mesopotámico la introducción de la primera mo­neda, y si no se apreciase la presión de las demandas de la corona.

Después del 517, el tesoro persa acuñó la célebre moneda de oro, el darico, que fue la primera moneda imperial; pero el siclo de plata tuvo otro destino. No fue una moneda imperial, sino una moneda heterogénea, acuñada localmente en las satrapías de Occidente y que solía copiar tipos extranjeros. Lo mismo que había monedas locales había medidas locales, sin gran relación unas con otras; el esfuerzo emprendido desde Nabucodonosor había terminado por hacer reconocer en toda Mesopotamia una «medida de rey», equivalente sobre poco más o menos a treinta litros; pero esta medida oficial no eliminó las medidas locales, muy diferentes entre sí, cuyo empleo se refería a aquellos años en que la autoridad real se relajaba. Asimismo, los patrones monetarios locales, en los que sólo se acuñaba plata, apenas ofrecían garantía en cuanto al peso de la plata amonedada y a su ley. El tesoro real sabía esto muy bien; los archivos de Persépolis nos muestran claramente que no aceptaba la plata que se les entregaba más que por el peso del metal. Según su ley, cada moneda se clasificaba como plata blanca, plata media (preferida en segundo lugar) y plata inferior (admitida en tercer lugar), y el tesoro se negaba a admitir el valor nominal de la moneda, teniendo en cuenta únicamente el peso de plata pura que entraba en ella. Los valores dados a la moneda, tal como figuran en las tablillas, no deben, pues, engañarnos; los precios, los arrendamientos, los salarios, etc., se contaban en siclos de plata; si realmente había un arreglo en moneda, ésta se tomaba sólo por el metal y por consiguiente se pesaba; o bien se determinaba el tipo de moneda que serviría para el pago, porque su valor real se conocía de antemano y así se evitaba la delicada operación de pesarla; así se empleaban expresiones del tipo «pagadero en plata de tal o cual calidad, de tal o cual tipo». Generalmente la moneda de plata sólo servía como moneda de cuenta; un salario o un alquiler se podían valorar en especie, «pagadero en tal cantidad de dátiles». Sólo en un caso era obligatorio el arreglo en metal: para el pago de una parte de los impuestos. Los descubrimientos de monedas extranjeras que pueden hacerse en determinados tesoros, sólo nos informan muy imperfectamente sobre el volumen de los intercambios internacionales; donde se han encontrado monedas griegas, podemos ver con toda seguridad la existencia de intercambios a larga distancia y de la penetración de hombres y de productos procedentes de Grecia. Pero de ahí no podemos sacar ninguna conclusión en cuanto al volumen de tales intercambios, puesto que la plata griega acuñada era tratada como metal, como materia prima que se fundía y moldeaba en lingotes. Un tesoro encontrado en Kalkhu (Nimrud) o Nínive que data de principios del siglo IV, contenía toda clase de objetos metálicos, asas de vasijas, anillos, monedas de plata atenienses, eginetas, tracias, macedonias, etc., todo lo cual no representaba para su propietario más que una reserva de metal que podía emplear libremente para modelar cualquier objeto metálico.

La vida en Mesopotamia bajo el dominio persa estaba marcada por una constante subida de los precios. Sería enojoso, evidentemente, enumerar, producto por producto, todos los ejemplos que atestiguan este aumento, desde fines del período caldeo a fines del siglo V; no hubo excepción en ningún tipo de géneros alimenticios, de materias primas o de bienes inmobiliarios; es verosímil, por ejemplo, que se deba a este aumento la disminución del número de actas de venta de casas y la multiplicación de actas de alquiler. Para explicar tal fenómeno se piensa en las numerosas destrucciones que acompañaron a las guerras y las represiones; aunque hayan jugado un papel considerable, no fueron, sin embargo, más que las causas ocasionales de un movimiento ininterrumpido que duró cerca de dos siglos. Más bien debe pensarse en las consecuencias de una tributación muy pesada, que se llevaba una cantidad considerable de bienes en especie y que creaba mil dificultades mediante impuestos en moneda. El metal precioso quizá era relativamente abundante a principios del período persa; si lo hubiera metido en sus cajas y acuñado, el estado persa habría podido acelerar la entrada de los países orientales en una economía de intercambios acelerados; por el contrario, lo atesoró, y es conocido el asombro de los compañeros de Alejandro ante los enormes tesoros que descubrieron en todas las capitales reales; sólo en Susa, Alejandro se apoderó de 9.000 talentos (o sea, 270 toneladas) de oro acuñado, pero 40.000 talentos de plata (1.200 toneladas) estaban amontonados, inútiles, en forma de lingotes. Fue tal la absorción de metales preciosos, que cada vez fue más difícil encontrarlos para pagar la parte correspondiente de los impuestos; la falta de medios de pago obligaba generalmente a recurrir al crédito de manera excesiva. Los préstamos de todas clases se multiplicaron, particularmente a los contribuyentes, provocando la subida de los tipos de interés; de alrededor del 10% en tiempos de Nabucodonosor, pasaron al 20% en los reinados de Ciro y de Cambises, para llegar hasta el 40 o el 50% a fines del siglo V, según sabemos gracias a los archivos de los Murashu. Porque algunos sabían enriquecerse en un tiempo en que el peso excesivo de la tributación abrumaba a la mayor parte de sus contemporáneos.

A fines del siglo VII aparecieron los bancos privados, cuando los templos no podían bastar ya para regular y animar el ritmo de la vida económica. Los bancos fueron primerio establecimientos de crédito; los préstamos podían concederse sobre prendas y sin intereses, pues la explotación de la prenda, por ejemplo tierra o esclavos, pagaba al prestamista hasta que el deudor restituía la cantidad; con frecuencia no podía librarse de la deuda y el prestamista conservaba la prenda. La banca de los Egibi, activa desde el reinado de Nabucodonosor, en que la fundó quizá un israelita, hasta el reinado de Darío I, practicaba este tipo de préstamo. Después sé diversificó el sistema de garantías y aumentaron los beneficios de los bancos al mismo tiempo que sus actividades. En el siglo V la banca de los Murashu acumulaba enormes ganancias asumiendo en la economía de su tiempo un papel muy complejo en el que se había hecho insustituible; empresa comercial en general, se encargaba, por ejemplo, de la venta de grandes suministros a los templos que pedían productos alimenticios y materiales de construcción; se había especializado en encargarse de las fincas de los dignatarios persas, de ponerlas en explotación, pagando una renta a sus propietarios y poniendo al día en nombre de éstos el impuesto real; disponía así de enormes posesiones y como poseía ella también numerosos bienes, los arrendaba a distintos explotadores, sacando partido de todo. En manos de estos hombres de negocios se encontraban tierras y rebaños para tomar en arriendo, tiros de caballos e instrumentos agrícolas para alquilar; en general, no había préstamo que no pudiera recibirse de ellos, ya se tratase de dinero, de ladrillos, de cebada, de dátiles, etc. La fortuna de los Murashu era considerable y se citan ciertos reconocimientos de deuda depositados en sus archivos que representaban el equivalente de 350 o de 190 kg. de plata pura. Todo podía serles ocasión de ganar dinero: sabemos que compraban al ejército real el botín que había obtenido en sus campañas, que sacaban provecho del alquiler de prostitutas a proxenetas y que la organización de la distribución de las aguas de riego les valía ganancias enormes, puesto que quien utilizaba sus servicios les dejaba la cuarta parte de su cosecha. Se podría caer en la tentación de considerarlos sólo como hombres de negocios rapaces, lo que sin duda fueron, dispuestos a violar la ley como lo atestiguan algunas anécdotas sobre los robos y las violencias de los individuos que les servían en algunos poblados rurales; pero ello seria ignorar la utilidad económica de una empresa que sin duda tuvo competidores. Era un sólido establecimiento de crédito, y, como tal, indispensable; su papel era todavía más insustituible si se tiene en cuenta que esta casa y otras similares eran las únicas que podían realizar aquellas empresas que ni el estado ni los templos querían o podían ya asumir; al sustituir a los grandes propietarios ausentes, la firma aportaba hombres, aperos y crédito; al encargarse de los trabajos que hoy llamaríamos de infraestructura, hacía posible la prosperidad de la agricultura babilonia, aunque hiciese pagar muy caros sus servicios. Las grandes propiedades exigían inversiones y una gestión estricta; sabemos que en una propiedad los Murashu tuvieron que construir 18 norias que hacían mover 72 bueyes para asegurar la irrigación.

Nuestros elementos de información sobre la composición de la sociedad babilonia en la época persa no nos permiten conocer todos sus aspectos; sabemos lo bastante para afirmar, por ejemplo, que el papel económico y social de los grandes templos estaba declinando en provecho del grupo de los negociantes; y también que la situación de los humildes apenas había cambiado, aun cuando lo que sugiere el vocabulario de aquel tiempo, a propósito de los esclavos sobre todo, deba ser corregido. Sin duda los grandes templos eran aún los centros de la vida económica; poseían y administraban inmensas posesiones, daban trabajo a miles de hombres, figuraban como establecimientos de crédito pata sus dependientes y criaban grandes rebaños cuyas bestias de carga solían alquilar.

En la misma época el papel de los negociantes quizá era igualmente importante; pero a partir del 403, año en el que grandes perturbaciones acompañaron la subida al trono imperial de Artajerjes II, no nos ha llegado ningún documento que atestigüe la actividad de una gran firma comercial; se puede pensar que a partir de dicho año las actas se redactaban en arameo y que los materiales, papiro o pergamino, han desaparecido. Es más verosímil que se deba atribuir la falta de documentación a la lenta decadencia de Mesopotamia, quizá agotada por la tributación, que ya no ofrecía oportunidades a hombres como los Egibi y los Murashu. Entonces los templos, por muy empobrecidos que estuviesen, siguieron siendo centros de actividad; en torno a ellos se agrupaban los miembros de una amplia aristocracia sacerdotal, que sacaban las suficientes ganancias de sus beneficios como para que el comercio de prebendas sacerdotales se convirtiese en una de las actividades económicas que ha dejado, para fines de la época persa y hasta la dominación parta, el mayor número de documentos cuneiformes; a la sombra de los templos se conservaba, en efecto, la tradición de la lengua acadia y de la escritura cuneiforme y la práctica del derecho, al mismo tiempo que los más sabios de sus miembros se consagraban a enormes trabajos de erudición y a la astronomía matemática; todo ello sin prejuzgar lo que podía ser la actividad de los medios profanos, indudablemente disminuida, pero para la que nos falta casi totalmente la documentación en lengua aramea.

Apenas conocemos la vida de los humildes. Al lado de una numerosa población que seguía dependiendo de los templos, y que puede llamarse sierva, y al lado del grupo numeroso de hombres que el rey de Persia tenía bajo su soberanía feudal y que poseían tierras como una especie de feudatarios, un grupo importante de gentes humildes, que no nos atrevemos a llamar libres, vivían mezquinamente, quizá propietarios de pequeñas parcelas, artesanos y obreros de las ciudades, masa flotante de miserables obreros agrícolas. Sospechamos su existencia, más que descubrirla, en una documentación jurídica o económica que habla poco de los pobres. Sabemos que por término medio un obrero agrícola de principios del siglo V percibía un siclo de plata al mes; teniendo en cuenta el precio medio de los artículos, el obrero podía comprar unos sesenta litros de cebada y unos sesenta kg. de dátiles para subsistir durante un mes con su familia. Por otra parte, es poco probable que aquel pobre diablo no conociese momentos de paro. Por una confusión debida al lenguaje, nos sentiríamos tentados de unir los más desheredados del grupo de los humildes a todos los esclavos que mencionan los textos, los ardani (plural de ardu); había, sin duda, muchos esclavos que compartían con los hombres libres, pero pobres, una miseria material común. Pero con la palabra ardu no se designaba al esclavo en el sentido que da al término el derecho romano, sino lo que convendría llamar un servidor.

Siempre el esclavo (ardu) de la sociedad mesopotámica había podido poseer tierra, disponer de un sello que era símbolo de una personalidad jurídica y ocupar cargos administrativos; el hecho de que pudiera ser vendido como un objeto no le apartaba de actividades que el derecho romano prohibió siempre. El derecho persa confirmó esta actitud: en una jerarquía en la cual todo inferior se declara esclavo (ardu) de su superior, el sátrapa respecto del rey, el pequeño funcionario respecto de su jefe de circunscripción, o, caso más frecuente, el humilde servidor de un pequeño campesino respecto del amo que lo había comprado, la noción de esclavitud perdió, su rigor. El término podía designar la posición social de toda categoría de dependientes respecto de los cuales el amo podía emplear coacción y violencia, sin que el esclavo fuese por ello un hombre sin importancia. Gimillu, el esclavo de la Eanna de Uruk, sólo cometía las pillerías de un pequeño servidor capaz sólo de pequeños latrocinios; era una especie de empresario, administrador de inmensos rebaños, intendente de grandes propiedades, cuyo poderío estaba en proporción con las estafas, y del cual la justicia tardó muchos años en ocuparse. Los Murashu también tenían esclavos a su servicio; pero algunos de sus ardani eran por lo menos grandes empleados, hombres de confianza de sus amos; algunos habían tenido bastante talento y suerte para llegar a ser a su vez banqueros, más vinculados a sus amos por la comunidad de intereses que por una mácula servil cuya existencia quizá quedaba señalada aún por el pago de un canon.

Las relaciones sociales eran, pues, de una gran complejidad, a imagen de los hombres de diverso origen que se instalaban entonces en el suelo de Mesopotamia. Nuestras fuentes de información más seguras son aquí la onomástica y la toponimia; a fines del siglo VI vemos mencionar aldeas de persas, de tirios y de cimerios. Los contratos nos suministran nombres egipcios, sabeos, idumeos, junto a los nombres babilonios y asirios más numerosos. A partir del año 521 los nombres persas no dejan de multiplicarse, y parece seguro que el mestizaje de las poblaciones se efectuó con bastante rapidez, puesto que pronto vemos a personas con nombre iranio cuyo padre tenía nombre babilonio, y aún más frecuentemente lo inverso. El descubrimiento de los archivos de los Murashu, antes de la primera guerra mundial, proporcionó en un momento una larga lista de nombres judíos que atestiguan elocuentemente el elevado número de familias judías establecidas en Mesopotamia y la prosperidad de algunas de ellas, residentes en Nippur, en Babilonia y en todos los grandes centros. Quizá los antepasados de algunas de dichas familias se remontaban ya a los tiempos de las primeras deportaciones de israelitas, en el año 721. Los que se les habían unido a principios del siglo VI habían hecho suyos los consejos de Jeremías: «Construid casas e instalaos; plantad huertos y comed sus frutos... multiplicaos ahí, no disminuyáis» (29, 5-6). Cuando se había publicado el edicto de Ciro en el 538, sólo habían partido contingentes «determinados para cada familia»; en el 520, Zorobabel llevó consigo 50.000 personas; en el 458 sólo acompañaron a Esdras 5.000 de sus correligionarios. El papel ulterior de las comunidades judías de la diáspora babilonia bastaría, por lo demás, para atestiguar la importancia numérica de los grupos que quedaron «a la orilla de los ríos de Babilonia».

El encuentro de hombres procedentes de tantos países diferentes y la importancia del elemento iranio en la población babilonia no podían dejar de tener consecuencias en la vida intelectual y religiosa.

El prestigio de la cultura mesopotámica era aún tan grande que los persas vencedores se abstuvieron de querer alterarla allí donde se había desarrollado; lo que es mejor, admitieron su irradiación y consintieron en recibir de ella muchas lecciones, por ejemplo en su arquitectura imperial y en la decoración de sus inmensos palacios; y, lo que es más importante, la lengua acadia fue reconocida como una lengua imperial. Desde el reinado de Ciro aparecieron inscripciones trilingües, en persa antiguo, en elamita y en acadio, cuyo ejemplo más conocido es la inscripción de Darío en la roca de Bagistán. El persa antiguo mismo estaba escrito en una escritura cuneiforme, adaptada a la escritura cuneiforme usada en Mesopotamia, pero tan simplificada que sólo tenía 43 signos. El elamita siguió siendo uno de los testimonios de la irradiación de la cultura babilonia tan próxima; escrito también en caracteres cuneiformes, contenía ideogramas sumerios y en su vocabulario abundaban tanto las palabras babilonias como las persas. Eran ahí lenguas oficiales, empleadas en las inscripciones trilingües que se perpetuaron hasta el siglo IV. Las faltas, cada vez más numerosas, salpicaban los textos en persa antiguo y en elamita. En la vida diaria el retroceso de esas tres lenguas fue aún más rápido; a partir del reinado de Darío I no se escribió ningún texto en persa antiguo sobre tablillas de arcilla; el elamita se sostuvo más tiempo: en Persépolis fue la lengua administrativa durante mucho tiempo, y hasta fines del reinado de Jerjes fue tan empleado que disponemos de decenas de miles de tablillas y de fragmentos. Después del 460 quedó, no obstante, fuera de uso. El acadio se empleó en textos administrativos y jurídicos hasta el 400 aproximadamente; los escribas lo hablaban mal, ignoraban las flexiones y confundían los casos, sin que se sepa exactamente si hay que reconocer en ello una manifestación de la ignorancia de los contemporáneos respecto de un idioma que estaba dejando de ser usado, o si esas alteraciones significan que el acadio, comúnmente empleado, sufría los fenómenos de desgaste inevitables en toda lengua hablada. Más bien parece que el acadio salía entonces del uso corriente, como parece indicarlo la disminución del número de actas redactadas sobre tablillas de arcilla, y el hecho de que su empleo fuese quedando limitado paulatinamente al grupo bastante reducido de los miembros de la aristocracia sacerdotal, es decir, a los hombres más instruidos, y que, protegidos por los templos, se cuidaban de salvar el tesoro de la antigua cultura mesopotámica. En todas partes, en Persépolis, en Susa o en Babilonia, predominaba el arameo, y es significativo que las tablillas hayan podido llevar, grabadas o más frecuentemente escritas con tinta, rúbricas en arameo, a veces de una longitud de tres renglones, que daban el contenido de la tableta a fin de facilitar su clasificación. Desgraciadamente, el papiro y el pergamino en que se escribía el arameo han desaparecido; pero el papel de esta lengua, convertida en lingua franca en todo, se ha podido definir por el paciente trabajo de los filólogos. Por lo general se hablaba en Babilonia un acadio muy alterado o el arameo; se escribía el arameo, o bien, en los textos económicos, jurídicos o administrativos, un acadio relativamente correcto. Cuando había que pasar de un idioma a otro, era el arameo el que desempeñaba el papel de denominador común. El texto de las inscripciones trilingües, por ejemplo, estaba pensado en antiguo persa, después traducido al arameo y vuelto a traducir del arameo al acadio; en la correspondencia administrativa, las instrucciones dadas en persa antiguo estaban traducidas al arameo y expedidas en esta lengua, y después los destinatarios las traducían a la lengua de las oficinas, de escribas, es decir, al elamita en Susa y al acadio en Babilonia. La necesidad de simplificación y la relativa simplicidad del arameo no tardaron en hacer de esta lengua el único lenguaje comúnmente escrito y hablado. Nada impedía al elamita y al persa antiguo subsistir, en formas cada vez más alteradas, en el lenguaje popular. Se puede admitir que lo mismo debió ocurrirle al acadio; pero a diferencia de aquellas otras lenguas, que quedaron sin uso oficial, el acadio siguió siendo una lengua de cultura, la lengua de los escribas, de los sacerdotes, de los científicos y hasta de los juristas, cuando se trataba de levantar actas entre los individuos de un grupo, socialmente importante pero cuyo número se debía reducir constantemente.

Lo que sabemos de la vida religiosa confirma la diversidad de hombres y de culturas en aquella encrucijada en que se había convertido Babilonia, al mismo tiempo que los elementos de la antigua cultura mesopotámica atestiguaban una notable permanencia. La onomástica atestigua la presencia de dioses iranios, como Mitra y Baga, egipcios, como Isis y Harmaquis, arameos, como Shemash, etc.; pero en los casos de sincretismo religioso suele predominar la divinidad babilonia; un hombre lleva el nombre de Harmaquis, pero su hijo, quizás nacido en Babilonia, lleva un nombre formado con el del dios Nabu. Los descendientes de iranios llevan nombres que se refieren a dioses babilonios, pero no es frecuente que las personas con nombres babilonios den a sus descendientes hombres iranios. Con excepción de la crisis del 482, en que las tropas de Jerjes devastaron el Esagil de Babilonia, los templos no tuvieron que sufrir la conquista persa; hasta Jerjes, los conquistadores se impusieron el deber de sostener los santuarios de las viejas ciudades, como lo habían hecho los reyes caldeos. Después de Jerjes, las donaciones de la generosidad real fueron menos abundantes, pero sabemos, por ejemplo, que Darío II contribuyó al arreglo de ciertos edificios de la Eanna de Uruk, y que sin duda se le debe la construcción del depósito de archivos donde se han encontrado miles de textos, cuya concepción, muy moderna, comprendía un sistema de circulación de agua que, humedeciendo el ambiente, aseguraba la conservación de las tablillas. Nabu en Borsippa, Enlil en Nippur, Anu e Ishtar en Uruk, Marduk en Babilonia hasta el 482, etc., todos los dioses y los santuarios más venerables tuvieron asegurada la continuidad de su existencia secular. Si el santuario de Nannar en Ur había de decaer rápidamente, siguió el destino de la ciudad misma a partir de fines del siglo VI; dejando a un lado las violencias de la represión dirigidas por Jerjes, no parece que los soberanos persas hayan hecho nada que significase su deseo de destruir una religión a la que hubieran sido hostiles; la relativa indiferencia con que trataron a dioses y santuarios mesopotámicos después del reinado de Jerjes, hay que mirarla en el marco general de la historia del imperio persa; a partir del siglo V los soberanos tuvieron cada vez menos relaciones con las diferentes partes de su imperio, y a veces se ha hablado de iranismo para explicar la indiferencia de los conquistadores hacia sus súbditos y también la dureza de una administración que sólo servía para extraer las riquezas de las provincias hacia las capitales Aqueménidas.

De todos los grupos que habitaban entonces Mesopotamia, el de los israelitas no podía dejar de atraer la atención apasionada de los eruditos. Ya hemos mencionado su importancia numérica y su papel económico. El estudio de sus nombres permite apreciar su actitud religiosa; desde hacía tiempo el texto bíblico había revelado que muchos desterrados habían tornado nombres extranjeros compuestos por nombres de divinidades paganas. En el 520 el nieto del rey Joaquín, que conducía hacia Jerusalén un segundo contingente de desterrados, llevaba el nombre de Zorobabel, y sus lugartenientes tenían los nombres persas de Mardoqueo, Bilshan y Bigval: su predecesor, que regresó del destierro en el 538, se llamaba Sheshbasar, o sea Shamash-apal-usur. Los nombres contenidos en los archivos de los Murashu ampliaron considerablemente el campo de la investigación, pues una parte de dichos nombres atestigua también la adopción de nombres teóforos que contienen nombres de dioses babilónicos; un individuo con un nombre formado con Yahvé (Jeová) tenía un hijo cuyo nombre contenía el del dios Nabu, y un nieto con otro formado con el nombre de un dios iranio; uno llamado Bel-lau (Yahvé es mi Señor) tenía descendientes cuyos nombres contenían la mención de los dioses Marduk y Nabu, etc. ¿Debe deducirse de ello la apostasía de muchos judíos? Era inevitable que se produjese así, quizás hasta con frecuencia; pero no siempre se puede deducir por el uso de un nombre pagano la apostasía del que lo llevaba, como lo demuestra el ejemplo de Sheshbasar y el de Zorobabel. Hubo más; muchos israelitas tomaron nombres usuales en el mundo babilonio, pero substituyendo la divinidad pagana con el nombre del dios de Israel bajo las formas de El, Yého Yahu; más convincente aún: se creó un nombre absolutamente nuevo, el de Shabetai («El del Sabbat»), y volvió a usarse el viejo nombre de Hag(g)ai, que se refería a las fiestas, y particularmente a la de los Tabernáculos. El estudio de los nombres permitió, pues, descubrir los testimonios inesperados de la fidelidad de muchos de los desterrados, y subrayar la reacción nacional y religiosa de la comunidad israelita, después del comienzo de la restauración de un estado sacerdotal en la misma Judea. Por lo demás, tales testimonios no pueden sorprender, teniendo en cuenta que ya sabíamos del papel de los israelitas de Mesopotamia en la elaboración del judaismo: entre ellos se había elaborado la ley de Moisés que Esdras hizo reconocer en Jerusalén en el 458; es a su potencia, a su influencia y a la fe que los animaba a lo que debieron los israelitas de Judea el haber recibido hombres y dinero, a lo que debieron también la sorprendente benevolencia real sin la que la obra de un Nehemías, después del 445, habría sido imposible.

Conservando su lengua, conservadora en materia de religión no obstante la presencia de numerosos extranjeros llegados con sus divinidades, la civilización mesopotámica fue también la heredera de las generaciones que habían reconocido la existencia del derecho. Como los siglos precedentes, la época persa no nos ha legado más que documentos en los que se revela la práctica jurídica, y de ningún modo los textos que nos harían conocer el trabajo de los legisladores y de los especialistas en derecho. Podemos comprobar que los persas conservaron el legado jurídico del pasado. Fragmentos de copias del código de Hammurabi atestiguan el interés que se le seguía prestando, interés que se revela también en las fórmulas que emplearon Ciro y Darío I, cuyas inscripciones contienen una fraseología directamente tomada del célebre código; los historiadores del derecho han podido descubrir la transmisión de sus fórmulas a través de las diferentes compilaciones jurídicas del antiguo Oriente, siendo la última en inspirarse en ellas la ley antedemónica publicada en el reinado del rey parto Mitrídates I, a fines del siglo II a. C. Así conservado, el derecho babilonio se benefició del campo que le abría la unidad administrativa de un vasto imperio, y los intercambios que se multiplicaron fueron con frecuencia ocasión de extender sus principios a regiones nuevas. De Nabucodonosor a Darío I se establecieron colonos babilonios en Neirab, cerca de Alepo, a un centenar de kilómetros del Mediterráneo; anudaron múltiples lazos con la población indígena, matrimoniales y comerciales; los textos que nos atestiguan esas relaciones demuestran la preeminencia del derecho babilonio sobre los derechos locales, pues contratos y obligaciones se establecían finalmente según los principios de un derecho importado, y en los mismos términos de los formularios babilonios.

Hubo cambios, sin embargo; pero por inevitables que fuesen, fueron muy limitados y apenas se advierten antes del año 500. Diversos detalles de los formularios indican modificaciones debidas a los iranios; por ejemplo, después de enumerar las cláusulas de garantía contra las dificultades que el arrendatario podía suscitar al adquirente, la época persa vio añadir a las fórmulas ordinarias la que preveía que, aun contra la intervención de un tercero, sería el arrendatario quien intervendría en garantía ante un tribunal. De mayor consecuencia fue la promulgación, después del 519, de una ley real, una data, para emplear la palabra irania que entró en uso. Ignoramos casi por completo su contenido, y su existencia la conocemos únicamente por alusiones que hacen a ella los textos de los contratos, cuando precisan:  «Según la ley del Rey». Era, indudablemente, una recopilación de casos de jurisprudencia, que vemos citados a propósito del establecimiento de un peaje, de la venta de un esclavo o de la reglamentación de depósitos de plata. Seguramente se nombraban funcionarios para vigilar la aplicación de la ley, y los dos jueces reales que se sentaban en el banco de los jueces de Babilonia probablemente estaban investidos de esas funciones.

En la época persa se reunieron las condiciones sociales e intelectuales que hicieron posible el florecimiento del primer pensamiento científico; menos ricos que en otro tiempo, vigilados por la administración persa, los templos fueron más que nunca los conservadores de la cultura mesopotámica; fueron los últimos bastiones en que la lengua acadia, que era sobre todo materia de eruditos, se empleó hasta el año 75 d. C. Durante siglos los escribas iban a recopiar las colecciones de textos religiosos, literarios y lexicográficos; sin su labor, nuestro conocimiento de la cultura mesopotámica presentaría aún más lagunas; sin su primacía económica, los templos conservaban aún bastantes bienes para sostener en cada gran ciudad una aristocracia sacerdotal, cuyos individuos mejor dotados, escribas y teólogos a su hora, eran también hombres de ciencia.

Desgraciadamente carecemos de medios de investigación para determinar la fecha de las primeras conquistas de aquellos investigadores. Sabemos, por ejemplo, que hacia el año 500 los astrónomos habían determinado de manera satisfactoria la duración del año solar, pero sin que se cuidasen de dar a sus contemporáneos un calendario práctico. Desde el reinado de Nabonasar (Nabunasir), en el 747, se había reconocido la equivalencia de 19 años solares y de 19 años de 12 meses lunares, a los que se añadían 7 meses lunares. Durante mucho tiempo se dudó acerca de la manera de intercalar los 7 meses suplementarios en el ciclo de los 19 años lunares; aún en los reinados de Ciro y de Cambises eran los sacerdotes de Babilonia quienes decidían acerca de las intercalaciones, y dos de sus cartas nos aseguran que sus decisiones eran aplicadas después en todos los templos de Babilonia. No fue hasta el siglo IV, en el 383 ó en el 367, cuando se estableció definitivamente un sistema de intercalaciones. En el transcurso del siglo V los sabios se dieron un nuevo instrumento indispensable para la continuidad de sus trabajos: determinaron al círculo zodiacal, idealización matemática que les permitía mejorar la anotación de sus observaciones astronómicas; también podrían enunciarse las referencias acerca de determinadas estrellas brillantes: era un enorme progreso enunciarlas en grados, dentro de cada uno de los signos del Zodíaco. Sin quererlo, los astrónomos habían creado al mismo tiempo el medio para desarrollar una seudo-ciencia: la astrología horoscópica, que había de ser la ciencia por excelencia del mundo greco-romano; sus comienzos fueron lentos y modestos en el mundo babilonio: el primer horóscopo astrológico, fundado en la observación de los planetas, su valor y su posición en relación con los signos del Zodíaco, data del 410.

La determinación de un calendario y la creación de un sistema práctico de referencias no fueron las únicas conquistas de aquellos siglos oscuros; se inventaron diversos métodos de cálculo, así como también se redactaron las tablas en que se consignaban las relaciones periódicas entre los movimientos de la luna y los de los planetas. Del 500 al 300, aproximadamente, los astrónomos se crearon, pues, los instrumentos sin los cuales no habría sido posible el desarrollo de la astronomía matemática en la época helenística; pero lo mismo que ignoramos las etapas de esos descubrimientos, ignoramos los nombres de quienes los hicieron. Los griegos y los latinos nos han transmitido a este respecto tradiciones que nos hizo rechazar recientemente el conocimiento profundo de los textos cuneiformes. Se colocaban en el siglo V los trabajos de Naburianos, cuyo nombre se creía encontrar en el nombre acadio de Naburimannu, y se le atribuía uno de los sistemas de determinación de las fases de la luna. Hoy se juzga insegura la lectura del nombre de Naburimannu; se ha hecho imposible atribuir una fecha cualquiera a los trabajos que se creía deberle, e incluso atribuirle la paternidad de algún descubrimiento. La identificación de Kidenas, contemporáneo de Artajerjes, con un Kidinnu, redactor de una serie de tabletas astronómicas, parece, por el contrario, bien establecida. Es posible, como se le ha atribuido, que haya descubierto el fenómeno de la precesión de los equinoccios; pero nada permite afirmar que haya sido el inventor de un segundo sistema de determinación de las fases de la luna, rival del que se atribuía a Naberimannu. Las tablillas que nos informan de esos descubrimientos pueden ser, en efecto, copias de trabajos anteriores, y la mención del nombre del escriba puede no significar nada en cuanto al autor del descubrimiento.

El primero de octubre del 331 en Gaugamela, en del norte de Asiria, Alejandro aplastaba el último ejército del Gran Rey. En las semanas siguientes se apoderaba de toda la Mesopotamia y entraba en Babilonia, que le fue entregada sin resistencia, tanto por sus habitantes como por el sátrapa Mazeo. El conquistador fue saludado con himnos; humeaba el incienso en los altares y las calles estiben alfombradas de flores. Agradecido, juzgando quizás que haría de ella le capital de su imperio, Alejandro ordenó la reconstrucción de los templos de la ciudad, y, ante todo, del templo de Marduk. ¿Qué era el joven conquistador para los babilonios? ¿El vengador de Jerjes? ¿El que devolvería a Babilonia su esplendor de antaño? ¿Un hombre del que cualquier decisión valdría más que el marasmo en que se entumecía un pueblo viejo? Sin duda todo eso a la vez.

Los babilonios pensaban quizás que iban a entrar en un mundo nuevo, que trataba de organizarse en ventaja suya; en realidad, los dos siglos de dominación griega no habían de cambiar nada fundamental en la situación de Babilonia, si se considera lo que había llegado a ser desde fines del siglo V. Rica aún, seguiría siéndolo durante mucho tiempo, pero sin volver a encontrar la preponderancia económica de que había gozado hasta el reinado de Darío I; importante por su posición en el Próximo Oriente, por el número de sus habitantes, nunca más había de revestir una importancia política de primer orden; la composición de su población había sido profundamente modificada; la superioridad del arameo y de la escritura alfabética iba a reducir progresivamente a una minoría a los que todavía podían comprender y conservar el tesoro de su antigua cultura.

Era aquélla una civilización demasiado grande y demasiado antigua para que muriese de un golpe. Durante el oscuro siglo IV, había hecho bastante para que lo mejor dé ella misma pudiera salvarse, y ser continuado; tal fue la realización de un enorme trabajo de compilación, la salvaguarda de un pensamiento jurídico, la conquista de los medios de un pensamiento científico que había de crear la primera astronomía matemática. La época helenística debía ver el final de todo ello.

 

18. El judaismo palestino en el período persa

 

El Libro de Esdras dice que Ciro el Grande en su primer año (o sea, después de haber conquistado Babilonia en el 539) promulgó un decreto que permitía a todo el pueblo, de Yavé que vivía en sus dominios regresar a Jerusalén y construir el templo. Regresaron unas 50.000 personas bajo la jefatura de Zorobabel, gobernador del distrito persa de Judea, y dé Josué, el alto sacerdote. Construyeron un altar, empezaron las ofrendas regulares y al año siguiente pusieron los cimientos del templo. Esdras fecha estos acontecimientos hacía el 537/6. Contradicen esta fecha las profecías de Ageo, que declaran que antes del año segundo de Darío I (520) «no se puso una sola piedra sobre otra en el templo de Yavé». En la lista de los desterrados repatriados en Esdras 2 se usaron fuentes discrepantes (dos genealógicas y una territorial). El decreto de Ciro aparece en forma diferente en 6, 3 ss. Por consiguiente procedía cuando menos de la tradición: si lo hubiera inventado el autor, habría usado la misma invención en los dos lugares. No obstante, la segunda forma del decreto, en la que Ciro ordena su construcción y concede fondos para ella, difícilmente puede ser legítima, ya que dicha orden nunca fue dada. La autenticidad del primer decreto también es dudosa, por lo tanto. (Ciro devolvió muchos mesopotamios a sus patrias, y pudo haber hecho lo mismo con los judíos, pero la mera posibilidad no es una prueba).

Aunque los detalles del regreso de los desterrados son, pues, oscuros, la situación creada por su repatriación puede reconstruirse a base de los indicios que ofrece la historia primitiva. Durante las monarquías se había producido un conflicto entre los que creían que Yavé exigía a los israelitas que le adorasen a él solo y los que creían que se le podía adorar juntamente con otras deidades. El primer partido (monólatra) está representado por los documentos del Antiguo Testamento, y el segundo partido (sincretista) contaba con más masa popular y habitualmente controlaba tanto el gobierno como el templo. Con el destierro (587-539), la jefatura ilustrada del partido monólatra le fue arrebatada a Babilonia. Al período babilonio se atribuye plausiblemente el desarrollo de varias características conspicuas en el material judío posterior al destierro, pero raras en el anterior al destierro: un extremado interés por la «pureza» (amenazada por el mundo circundante) y por la circuncisión, y la observancia del sábado (sabbath) como signos distintivos del verdadero judío; el culto de la sinagoga (oración, loanza, lectura y exposición de las leyes del culto) como centro de vida comunitaria; un cuerpo de literatura del partido —códigos legales, historias, profecías— probablemente conservado en las sinagogas y ampliado allí con salmos, plegarias y material homilético, todo lo cual recibía forma de la posición del partido según la cual la exclusiva adoración de Yavé llevaba a la prosperidad, y la adoración de otras deidades al desastre. Como las sinagogas formaban una red para la ayuda y el estímulo, su reacción teológica contra el mundo circundante llegó a ser extremada. La prohibición de adorar a otras deidades llevó a negar la existencia de éstas, motivo que antes se convirtió en el tema dominante de un trabajo fundamental en las profecías del Segundo Isaías (Is, 40-45 ) que anunciaban la conquista de Babilonia por Ciro.

Por contraste, el culto de Yahvé que sobrevivió en Judea fue principalmente sincrético. En el 585 Ezequiel profetizó contra los judíos: «Esto dijo el Señor Yavé: ‘Coméis carne sanguinolenta y levantáis los ojos hacia vuestros ídolos. ¿Habréis, pues, vosotros de poseer la tierra?’». En el siglo siguiente, el Tercer Isaías (Is., 56-66) ataca a quienes «arden de lujurias entre las encinas; ...matan niños en los valles»; derraman libaciones y llevan ofrendas a los aerolitos, hacen sacrilegios en lo alto de las montañas; practican la prostitución ritual y adoran ídolos; «se sientan en tumbas y pasan la noche en lugares secretos; ...comen carne de cerdo y caldos de cosas abominables; ... ponen mesa a la Fortuna y llenan copas mezcladas para el Destino», etc. La consulta de los teraphim (deidades domésticas) y la adoración de otros dioses continuaron hasta el tiempo de las adiciones a Zacarías. La arqueología palestina nos da una serie de sellos sincréticos con nombres yavetianos, figuritas de «Astarté», discos alados del sol, etc. ininterrumpida hasta el período helenístico.

Este culto sincrético de Yahvé no se limitaba a Palestina. Se estableció en Damasco en el siglo IX (II Reyes, 5, 15 ss.; 8. 8). En el siglo VIII fue llevado a Mesopotamia', en el siglo VII o VI a Egipto, y a Babilonia con los desterrados de Nabucodonosor. En el siglo V pudo declarar Malaquías que desde Oriente a Occidente era grande el nombre de Yavé entre los gentiles y que en todas partes se ofrecían a su nombre tortas e incienso. A partir de esta época hay muchas huellas de la adoración de Yahvé por gentes que adoraban también a otros dioses. Esta diáspora sincretista estaba en relación con los centros palestinos del culto; se puede suponer una influencia mutua.

Los miembros del partido monólatra tenían mayores motivos para volver a Palestina que los sincretistas. El código deuteronómico exigía un culto con sacrificios para Yavé, pero lo limitaba a Jerusalén. Consecuentemente, los documentos del Antiguo Testamento posteriores al destierro (todos del partido monólatra) se refieren a veces a los individuos repatriados del partido como «los desterrados regresados» y a la población sincretista de Judea y los territorios vecinos como «la(s) gente(s) de la tierra»’. Pero había sincretistas ocasionales entre los desterrados regresados y el partido monólatra se ganó un pequeño número de seguidores entre la población local (Esdras, 6. 21). Finalmente, hubo un tercer grupo: los sacerdotes del templo de Jerusalén tenían un interés económico en su conservación. Teológicamente, eran adaptables: en el pasado habían cooperado tanto en la reforma deuteronómica (II Reyes, 22. 8 ss.) como en el culto sincretista. Su adaptabilidad probablemente fue forzada por los conflictos entre los otros partidos. Antes de la construcción del templo no había seguridad en la ciudad porque la mano de cada hombre se levantaba contra su vecino (Zac, 8. 10).

Emprendieron la reconstrucción en el segundo año de Darío (520) el gobernador persa de Judea, Zorobabel, y el alto sacerdote Josué, alentados por los profetas Ageo y Zacarías. Ambos profetas eran del partido monólatra. Como veían en Zorobabel al Mesías que debía llegar (es decir, el rey «ungido» a quien Yavé enviaría para salvar a su pueblo), probablemente éste era el jefe del partido. En Zacarías (6. 9­15) se hallan las condiciones da un acuerdo entre Zorobabel y Josué. Zorobabel debe ser coronado como gobernante civil y ha de reconstruir el templo; Josué debe seguirle en jerarquía y «habrá entre ellos un plan para la paz» ( versículo 13), es decir, cada uno de ellos respetará los derechos del otro (prueba de desacuerdos anteriores). Algunos seguidores de Zorobabel harán una contribución para el templo (los desterrados que habían regresado, versículos 10-1 y 14).

Este acuerdo lo reflejan también Zacarías, 3, y Ageo, 2, 10-19. Parece, por éstos, que previamente el alto sacerdote Josué y el culto con sacrificios en el altar restaurado en Jerusalén habían sido atacados por el partido monólatra como «impuros». Esos ataques debieron olvidarse. El cambio en la línea del partido es excusado por la visión del profeta de la intervención de Yahvé para cambiar la situación de Josué. Se le asegura al alto sacerdote que si quiere guardar la ley (entiéndase como interpretada por el partido monólatra) se le reconocerá como autoridad legal sobre el templo.

El acuerdo no exige una purga de los cultos de otros dioses. Evidentemente, éstos fueron practicados oficialmente durante mucho tiempo. Ahora la cuestión es la pureza. Aparentemente, el partido monólatra sostenía que un ídolo era impuro como un cadáver. En consecuencia, los sacerdotes que adoraban a otros dioses en privado, o que se asociaban con adoradores de otros dioses, se harían impuros y harían las ofrendas del culto oficial impuras e inaceptables para Yahvé. De ahí los ataques contra el culto y el alto sacerdote por impuros y la exigencia de que el alto sacerdote observe la ley de pureza tal como la ampliaba el partido monólatra. Como los sacerdotes eran las autoridades en pureza y en la ley del culto, dicha exigencia muestra una invasión de su dominio. De ahora en adelante los conflictos de partido en Jerusalén se centran en la pureza, y los convertidos al partido monólatra son descritos como «los que se habían separado de la impureza de los pueblos de la tierra», es decir, los que habían aceptado la ley de pureza del partido.

El tono exhortatorio y apologético de los oráculos sobre el acuerdo entre Zorobabel y Josué indica que no todos los miembros del partido monólatra aprobaban el pacto. Había diferentes tradiciones legales dentro del partido, como lo demuestra el contradictorio material legal que se ha conservado: elementos deuteronómicos y sacerdotales, la legislación de Ezequiel, etc. Como un ejemplo más, Ageo apremiaba a «todos los pueblos de la tierra» a que ayudasen en la reconstrucción del templo (2, 4), pero cuando alguien prefería ayudar a Zorobabel rehusaba su aportación (Esdras, 4. 1 ss.).

Aquí el editor de Esdras confundió las materias identificando «el pueblo de la tierra» con los samaritanos (4. 2b y 4), reflejo de su propio tiempo (después de Nehemías)

Pero la reconstrucción del templo por Zorobabel era asunto judío y no hay prueba (salvo Esdras, 4. 2b) de que los samaritanos lo conocieran. Sí hay pruebas de la hostilidad entre los judíos y el partido monólatra en Jerusalén. La ruptura «por Zacarías» del estado de unión se dice que significa la separación de Judea de Jerusalén. Los resultados de esa ruptura fueron profetizados por Zacarías. Al fin, «la gente de Judá estará también en el sitio contra Jerusalén», pero Yavé les abrirá los ojos; se dirán a sí mismos: «Los moradores de Jerusalén han prevalecido contra mí mediante el Yavé de los ejércitos, su dios»; y se pasarán a los jerosolimitanos y destruirán a los gentiles. Entonces Yavé dará la victoria a los judíos primero, pero protegerá a los jerosolimitanos y hará al más débil de ellos como David y la casa de David como un dios.

La prominencia que esta profecía da a la casa de David sugiere la época de Zorobabel, la última figura importante de dicha casa. Y la súbita desaparición de Zorobabel constituye la prueba que puede explicar por qué la profecía, en el momento de triunfo, concluye: «Y verteré sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia, y alzarán sus ojos a mí; y aquél a quien taladraron le llorarán como se llora al unigénito». Zorobabel quis fue asesinado por conspiradores mandados por otros individuos de la familia de David, Sus pretensiones mesiánicas los habría arruinado si fracasaba, y, lo que podría pasar, si triunfaba.

La muerte de Zorobabel probablemente llevó a la investigación por los funcionarios de la satrapía persa, registrada en Esdras, 5, 3-6; (evidentemente no había gobernador en la ciudad en aquel tiempo). El consejo de la ciudad sostenía que la reconstrucción había sido autorizada por Ciro. Un decreto no sólo autorizándola, sino subsidiándola, se encontró en los archivos imperiales (donde pudo haberlo metido algún funcionario judío de la secretaría) y . el templo se terminó en el sexto año de Darío (516) y no sólo con la ayuda de los judíos sincretistas, sino también con la de los funcionarios paganos (. Poco después, sin embargo, el legajo persa sobre Jerusalén registró un intento de revolución

El período 515-458 parece haber sido una época de dominio sincretista. Las denuncias de idolatría del Tercer Isaías y de Zacarías probablemente corresponden. a él, así como la  queja en Zacarías de que hay «cananeos» en el templo, quizás como un reparo a la tolerancia de los sacerdotes para los matrimonios con palestinos. Malaquías denuncia los matrimonios con gentiles y la falsa interpretación de la ley por los sacerdotes. Malaquías es el «último de los profetas» no porque con él terminase la profecía, sino porque el partido monólatra no conservó deliberadamente ninguna colección posterior de profecías. Tenía todo lo que necesitaba para fines homiléticos, y otros pronósticos del día de Yavé (como el caso de Zorobabel había demostrado) causarían probablemente dificultades con el gobierno persa.

Sin embargo, el gobierno persa tenía sus propias dificultades. A principios del reinado de Artajerjes I, Egipto se sublevó. Los atenienses apoyaban la rebelión y tomaron Dor, en la costa palestina, a unos 97 Kms. de Jerusalén, como base en el camino a Egipto. Si una ciudad como Jerusalén se rebelara y pidiera ayuda a los atenienses, las comunicaciones persas con Egipto quedarían cortadas, se perdería Egipto y es posible que Palestina. Por lo tanto, la corte persa estaba ansiosa de complacer a sus súbditos palestinos. Pero fue mal informada por el partido monólatra sobre la situación en Jerusalén. Por consiguiente, en el año 458 envió a Jerusalén a un sacerdote judío llamado Esdras que desempeñaba el oficio de escriba en el gobierno persa y ahora iba comisionado para llevar a cabo en Judea una reforma legal que el gobierno creía que el pueblo deseaba.

Esdras llegó a Jerusalén con una compañía de apoyo, ofreciendo atraerse a los sacerdotes y a la plebe, y un texto que él llamaba «El Libro de la Ley de Moisés» (no el actual Pentateuco, puesto que no prescribía la observancia del día de la expiación). Esdras trató de hacer de la promulgación de la ley nueva un festival público, pero su contenido hizo llorar «a todo el pueblo». Entre las causas de su aflicción figuraba la prohibición de matrimonios con no judíos... Esdras fue «informado» en seguida de que se habían celebrado muchos de tales matrimonios. Cayó en una aflicción ostensible, atrajo a tina muchedumbre, movió a llanto con su elocuencia y obligó a los jefes del pueblo a jurar que se divorciarían de sus esposas extranjeras para la purificación de Israel. Se convocó una asamblea con tal objeto, la cual nombró un comité pata investigar, y el comité presentó una lista de delincuentes.

Aquí se interrumpe el texto. No dice lo que se hizo. Lo más probable es que Esdras fuese llamado por el gobierno persa. Su programa de divorcios pudo haber causado inquietud aún más allá de Judea. Las esposas extranjeras eran hijas de personas acomodadas de las provincias vecinas que sumaron sus quejas a las de los judíos. Finalmente, quizás Esdras trató de reconstruir la muralla de Jerusalén. Esdras contiene un relato mal situado de semejante intento, realizado en el reinado de Artajerjes y detenido por haber sido denunciado a los persas. Como quiera que haya sido, las murallas no se terminaron y los matrimonios no se disolvieron. Cuando Nehemías llegó a la ciudad, unos catorce años después, encontró aquélla en reinas y éstos vigentes.

Nehemías fue un copero de Artajerjes I que obtuvo permiso para volver a fortificar Jerusalén. Esto ocurrió en el 444. Los atenienses habían sido expulsados de Palestina, la rebelión egipcia había sido reprimida, y Jerusalén parece que había sufrido a causa de incursiones beduinas. Así, pues, el permiso estaba justificado por las circunstancias. Nehemías era del partido monólatra. En consecuencia, las clases acomodadas de los territorios vecinos recordando a Esdras, le fueron hostiles apenas hubo llegado, aunque (o, más bien, porque) tenían las relaciones más estrechas con las clases superiores de Jerusalén. Sus parientes políticos de Jerusalén probablemente eran aún más hostiles, lo cual explica el secreto de Nehemías en cuanto a sus planes y la rapidez de sus acciones. Como gobernador persa, contaba con que la guarnición persa le apoyaba, pero para realizar las reformas que deseaba tenía que ganarse al pueblo, que hasta entonces había estado del lado de los sincretistas.

En consecuencia, empezó con la restauración, de interés común, de las murallas de la ciudad. Los sacerdotes y la clase alta, obligados por la opinión pública, cooperaron. Todo lo que sus adversarios en Judea se atrevieron a hacer fue una escasa resistencia pasiva y el poner en circulación versos derrotistas. Estaban en contacto con los forasteros, y éstos pudieron haber pensado en una acción militar, pero no se atrevieron a arriesgarla. Para compensar la carga impuesta a la población con la construcción, Nehemías emprendió después la única reforma deuteronómica que con seguridad era popular entre la plebe: impuso la supresión de los intereses en los préstamos, la devolución de la propiedad embargada por deudas y el perdón de éstas. No hizo esto por orden oficial (como pudo hacerlo). Por el contrario, hizo de ello un gran espectáculo público en el que actuó contra los ricos prestamistas de dinero como campeón de los pobres. Después condenó los impuestos para el sostenimiento del gobernador, pero agasajaba diariamente a ciento cincuenta «judíos» (probablemente jefes de los clanes locales) y modestos funcionarios. Y reforzó la ciudad estableciendo en ella a personas de las poblaciones vecinas, probablemente partidarios suyos. Aquí se interrumpen las memorias. En otra parte se habla algo sobre una fiesta al terminarse las murallas, de una colección de libros sobre los reyes y los profetas y de una construcción adicional en el templo.

Las memorias se reanudan después de haber regresado Nehemías de una visita a la corte persa en el año 432. Evidentemente, confiado en el apoyo de Susa y en su popularidad en Jerusalén, empezó ahora sus reformas religiosas. Primero expulsó del templo a Tobías, aliado del partido sincretista y gobernador de Ammón, a quien el alto sacerdote había dado habitación allí. Además, tenía una habitación purificada. El nombre de Tobías y el de su hijo Yehohanan  demuestran que la familia adoraba a Yavé. Nehemías lo expulsó no por pagano, sino por sincretista. Así, pues, tenemos aquí de nuevo el conflicto con el sacerdocio acerca de la ley de pureza. Nehemías, un profano, confiando en la tradición legal de su partido, contradijo al alto sacerdote en una cuestión de pureza.

Después, Nehemías atacó el control del sacerdocio sobre el templo. Estableció a los levitas en el templo y los ayudó con un impuesto del diez por ciento sobre la producción agrícola de Judea. Los levitas eran sacerdotes a quienes había dejado sin empleo la destrucción de los santos lugares provinciales durante la conquista por Babilonia y la negativa del sacerdocio de Jerusalén a permitirles oficiar en la ciudad. Nehemías, asegurándoles un ingreso, ganó para él y para su partido un grupo de abnegados y útiles partidarios. En el templo podían imponer a los sacerdotes la observancia de su ley de pureza, en la ciudad podían ayudar a imponer la observancia del sabbath, descuidada hasta entonces por la gente del mercado con la protección, una vez más, de la clase alta local.

Con los levitas, con su guarnición y con su apoyo popular, Nehemías pudo al fin atacar la cuestión de los matrimonios mixtos. Con vapuleos y torturas hizo jurar a sus adversarios que de allí en adelante no permitirían tales matrimonios, y desterró a un nieto del alto sacerdote que se había casado con una hija de Sanballat, gobernador de Samaría, y a otros sacerdotes y levitas que habían hecho matrimonios análogos. Como los sacerdotes suelen estar divididos en facciones, Nehemías probablemente tenía algún apoyo sacerdotal y reforzó su posición con medidas para hacer ofrendas al templo.

También aquí el motivo de la acción de Nehemías fue la creencia de que, por el matrimonio con adoradores sincretistas de Yavé, tanto los sacerdotes como el culto se harían impuros. En este caso el sincretismo es seguro. Sanballat dio nombres derivados del de Yavé a sus hijos Delaiah y Shelemiah, pero su propio nombre atestigua la adoración de Sin (el dios lunar mesopotámico), y Delaiah y Shelemiah contribuyeron a la restauración del templo de Elefantina, en Egipto, donde una colonia de mercenarios judíos adoraba a Yavé, Anath y Bethel.

Con estos acontecimientos y una oración terminan las memorias de Nehemías. Fueron escritas para defender sus actos, pues seguía siendo la oposición fuerte. No se sabe cuánto tiempo permaneció en el poder. No se le menciona en una carta dirigida a las autoridades judías en el 411. Su conversión del populacho de Jerusalén al partido monólatra y la introducción en el templo de dicho partido, representado por los levitas, detuvo la tendencia del sacerdocio hacia el sincretismo. Mas para esto el culto monólatra había sobrevivido, si habría de sobrevivir, como una religión de diáspora, relacionada con Palestina sólo por la tradición. La conservación de los lazos territoriales del judaismo, con sus enormes consecuencias históricas, fue, pues, obra de Nehemías.

Así, en Jerusalén había vencido el culto monólatra, el sincretismo oficial quedaba ahora descartado y el privado fue desde entonces clandestino. Ahora el conflicto se desarrollaba entre el partido de Nehemías, «los separatistas», y el partido de los adversarios de Nehemías, «los asimilacionistas». En el lado separatista estaban algunos sacerdotes, la mayor parte de los levitas y la plebe de Jerusalén; en el lado asimilacionista estaban la mayor parte de los sacerdotes, las clases altas y posiblemente el campesinado judío. De esos grupos, las clases altas, los levitas y los sacerdotes están representados por material del Antiguo Testamento que revela sus caracteres e historias.

De las clases altas proceden probablemente las colecciones de Proverbios tan ricas en experiencia del mundo, y seguramente los restos del Job original, fechados en el siglo V por relaciones estilísticas y teológicas con el Segundo Isaías y por analogías sorprendentes con la tragedia griega, especialmente con Prometeo encadenado. La falta de temperancia de Job le llevó a pedir justicia de Dios. La esencia del Eclesiastés, escrito un siglo más tarde, ridiculizó la pretensión humana de especular sobre esas materias. Los relatos cortos, Ruth, Jonás, Judith y Tobías reflejan opiniones asimilacionistas y probablemente proceden de las clases altas, lo mismo que la exquisita poesía amorosa de El Cantar de los Cantares. Todos ellos se distinguen, como obras literarias, de las leyendas y las historias nacionales, de las leyes y las profecías conservadas por el partido monólatra. Este material literario es prueba de una clase profana culta, en contacto con la cultura del mundo circundante. Sus productos literarios cambian con la moda internacional: versos gnómicos en el siglo VI, drama poético en el V, reflexiones filosóficas en el IV (la analogía del Eclesiastés con Epicuro ha sido señalada con frecuencia), relatos románticos breves, y poesía erótica en el III y siguientes. Esa misma serie de obras demuestra que tal clases altas llegaban a un arréelo con el judaísmo. El anterior material de los Proverbios y Job, ignoran el ritual y la tradición de los judíos. El Eclesiastés, como muchos filósofos griegos, conoce una piedad popular que practica, pero en la que no cree. Ruth celebra matrimonio con un moabita; Jonás representa a los gentiles instruidos por Yavé y recompensados por su obediencia. Pero Ruth arguye desde el punto de vista de la leyenda nacional, etcétera) y Jonás se interesa por la gloria del templo de Jerusalén. Judith y Tobías son judíos meticulosos, pero las dos obras, son defensas de los israelitas del norte y Judith celebra la conversión de un ammonita (prohibida por el Deuteronomio. Así, pues, la clase alta mantuvo sus alianzas con los pueblos vecinos y no sólo se adaptaron ellas al judaismo, sino que adaptaron el judaismo a ellas.

Excepto los Proverbios, estas obras de las clases altas son composiciones originales, fechables aproximadamente y (salvo las interpolaciones) expresan consecuentemente las opiniones de los distintos autores. Los restos literarios de los levitas y de los sacerdotes son compilaciones de material viejo y nuevo, reeditado con tanta frecuencia que su formación se discute aún. Esto indica su diferente lugar en la vida.

De los levitas tenemos las Crónicas, Estiras, Nehemías y los Salmos, mientras que acerca de ellos tenemos un cuerpo de material sacerdotal en Éxodo, Levítico y Números. Este se refiere a la obra de los levitas como «montar la guardia» en torno del templo, para protegerlo de la impureza. Esta terminología militar y este deber policíaco reflejan el uso que Nehemías hace de ellos para imponer sus leyes de pureza y del sabbath. Además de esto, llevan de un lado a otro la tienda de campaña y sus utensilios, sobre todo «el arca de la alianza». Esto refleja la práctica típica del Próximo Oriente de llevar en procesión una caja sagrada que representaba o contenía una deidad. Los sacerdotes levitas de Jerusalén habían, pues, sacado el arca hasta el siglo VII (II Crónicas) y, probablemente a partir de la tradición levítica, la práctica fue adoptada por la sinagoga, aunque ahora la caja contenía la ley divina. Manifiestamente, los levitas se mostraron activos en la sustitución general del Servicio de la sinagoga por un sacrificio que hacia aquel tiempo transformó el culto palestino de Yavé. De ahí el material homilético de las Crónicas y su representación de los levitas como maestros de misión y como intérpretes de la ley (un servicio de la sinagoga).

En el templo los levitas intentaron desempeñar algunas funciones sacerdotales, pero los sacerdotes lo impidieron. Después perdieron su poder policial y se fusionaron gradualmente con los cantores y los porteros. Así, los «levitas litúrgicos» desaparecen de las Crónicas, y en el decreto de Antíoco III los levitas se convirtieron en cantores. La importancia de los salmos en la sinagoga y en las Crónicas, lo mismo que el Salterio refleja este cambio. El interés del Salterio por los pobres probablemente no sólo refleja la pobreza de los levitas, sino también la política de Nehemías y el hecho de que el partido separatista confiaba principalmente en la plebe de Jerusalén. Los héroes de la historia de su partido (Crónicas-Esdras-Nehemías) son David, que estableció a los levitas, y Nehemías, que los restableció!. Con el Salterio los levitas quizás produjeron la obra más influyente de la literatura occidental, el único libro de la Biblia que se ke en casi todos los servicios cristianos y judíos, y la lectura cotidiana de la piedad privada. Más de las tres cuartas partes de los salmos tratan de la liberación por Yavé de enemigos que no suelen especificarse. La identificación histórica (si la hay) de los enemigos es un enigma; las consecuencias para la religión occidental de esta preocupación por los enemigos y por la liberación no podemos estudiarlas, aquí.

En contraste con el material levítico, el Pentateuco sacerdotal es sorprendentemente contradictorio. Esto refleja las divisiones internas del sacerdocio, algunos miembros de los cuales habían sido prominentes en los partidos sincretista y monólatra. Al desterrar a un opositor del alto sacerdocio, Nehemías había ayudado a otro, probablemente a uno que seguía la línea del partido separatista y esperaba el apoyo, después de la muerte de Nehemías, de los levitas y de la plebe. En consecuencia, en el 411, cuando los judíos de Elefantina escribieron a Jerusalén pidiendo ayuda para la reconstrucción de su templo sincretista, no recibieron contestación del alto sacerdote Yehohanan. Los levitas estaban en la cumbre de su poder. Contaban con el apoyo popular que se había ganado Nehemías, el sacerdocio estaba dividido y el alto sacerdote dependía de ellos, muchos asimilacionistas habían sido desterrados, y el nuevo gobernador, un persa, tenía que ser cauto al principio. En este momento fecharíamos el intento que realizaron los levitas de desempeñar funciones sacerdotales en el templo. La inquietud causada por ello probablemente contribuyó a la decisión del gobernador persa, de sustituir a Yehohanan por su hermano, muy probablemente el hermano que se había casado con la hija de Sanballat y, tenía el apoyo de las autoridades samaritanas, que eran amigos del gobernador. Cuando su decisión fue impedida por el asesinato de su candidato, se vengó poniendo un impuesto sobre los sacrificios en el templo. Esto y el escándalo del asesinato contribuyeron sin duda a que el partido separatista perdiese poder hacia fines de siglo V. Sin embargo, todavía contaban con el fuerte apoyo de la plebe, no sólo gracias al recuerdo de Nehemías y a las leyes deuteronómicas para los pobres, sino también a las populares enseñanzas y predicaciones de los levitas.

Los asimilacionistas, al recobrar el control, fueron moderados. Los levitas siguieron siendo subordinados en el templo, pero permanecieron en él. Las Crónicas y los Salmos los muestran reconciliados con sus superiores sacerdotales Y los sacerdotes recopilaron una nueva edición de las leyes y añadieron leyendas, substancialmente el actual Pentateuco, que incluye material de los dos partidos y se ganó la fidelidad de ambos.

Dicha recopilación, que comprende códigos con preceptos contradictorios, presupone una exegesis armonizadora. Los exégetas eran primordialmente los sacerdotes, las autoridades, por gracia del Gran Rey, en cuestiones de ley del culto. (La ley pentatéutica es ley cultual: los preceptos que deben observar los adoradores de Yavé; sólo raramente se tocan cuestiones de derecho civil y criminal). Sin embargo, el partido separatista siguió su propia tradición exegética. Las Crónicas hacen jueces a los levitas (lo que quizás es falso) y maestros de la ley. Ateniéndose a dicha tradición del partido, hasta un profano podía contradecir a un alto sacerdote. Nehemías lo había hecho, y lo harían los Macabeos, los esenios, los fariseos y los cristianos. Esta tradición de exégesis profana había de convertirse en una de las características más importantes del judaismo.

Volvamos al texto interpretado: los levitas fueron propiciados con la inclusión (como apéndice) de su amado código deuteronómico con sus muchas disposiciones en beneficio de los pobres. Con esto vino la orden de que la ley debía ser estudiada constantemente (fundamento de la práctica rabí nica) y el mandamiento de amar a Yavé (nexo entre las tradiciones jurídica y mística). Otro elemento deuteronómico fue la limitación de los sacrificios a Jerusalén y el consiguiente permiso, para matar animales domésticos no como sacrificio. Los sacerdotes de los santuarios rurales de Yavé, oponiéndose a la limitación de los sacrificios a Jerusalén, habían recopilado un contra-código y puesto a la cabeza del mismo (y esta enfática posición indica un propósito polémico) la vieja prohibición de matar sin sacrificio. Este «código de santidad» lo incluyeron también los editores sacerdotales en su colección.

Los intereses de Jos editores mismos están representados por el grueso de las leyes: ritual diario y festivales, sacrificios, diezmos, promesas y otras fuentes de ingresos para el templo, leyes de pureza (y, por consiguiente, leyes matrimoniales). Como aristocracia hereditaria estimaban las genealogías y añadieron a la leyenda nacional algunas falsas. Otras adiciones reflejan el creciente poder y las pretensiones a la realeza del alto sacerdote (pretensiones escasamente posibles hasta la caída de la administración provincial persa en el siglo IV), que culminó en la rebelión de los sátrapas. Pero otras representaban los intereses del partido asimilacionista: hay indulgencia para los antiguos ritos populares y, al mismo tiempo, se introducen nuevos elementos, con frecuencia de inspiración babilónica: cada año los pecados de la gente se descargarán sobre un chivo que se enviará del templo al desierto para Azazel. Hay mucha más amistad hacia los pueblos vecinos Particularmente importante es la creación de un nuevo concepto jurídico, el de «prosélito»: el extranjero que ha aceptado la ley está sujeto a todas sus exigencias y goza de todos sus beneficios. El sometimiento de los residentes extranjeros a los preceptos de la ley del culto había comenzado con el código de santidad, pero los privilegios de la ley (participación en los beneficios de los israelitas, expiación y purificación) sólo se les concedía ahora. Esto hizo posible para los no judíos ser purificados. Así, inmediatamente, se contestó a la objeción del partido separatista al matrimonio mixto como contaminación y remotamente, a fines del período helenístico, el judaismo se convirtió en una gran religión proselitizante y preparó sus auditorios para el cristianismo. La consecuencia inmediata demuestra la fecha de la legislación: ni Esdras ni Nehemías conocieron la posibilidad de que pudieran ser prosélitas las esposas extranjeras.

El éxito del Pentateuco como código de compromiso llegó a su clímax al ser aceptado en Samaria. Para procurar esto (ya que los samaritanos podían haber tenido su propio culto sacrificial de Yavé), los preceptos deutoronómicos que prohibían los sacrificios fuera de Jerusalén tuvieron que ser «explicados», pero tal exégesis ya se había desarrollado para conciliar : el código deutoronómico con el de santidad. La aceptación samaritana del código de Jerusalén fue motivada, por consideraciones políticas. En la desintegración del imperio de Artajerjes II, una unión cultual en Yavé de los judíos y los samaritanos podía constituir un importante poder. Sin embargo, a causa del séquito popular de los separatistas en Judea, tal unión no podía ser segura a menos que los samaritanos aceptasen la ley de Jerusalén. La aceptación fue facilitada por el parentesco de las poblaciones. Hasta los autores de las Crónicas, cuando no escribían polémicamente, se referían despreocupadamente a los palestinos septentrionales como «israelitas». Finalmente el Pentateuco estaba compuesto en gran parte de obras que encarnaban tradiciones israelitas comunes a Samaría y Judea. Su aceptación a lo sumo revivió algunas costumbres casi extintas, como la observancia del sabbath y contribuyó a la desaparición de otras, como el culto con sacrificios en los santuarios locales. El santuario local no podía competir con la sinagoga local; la oración y la loanza eran más baratas que el sacrificio. En Samaria la imposición era laxa; seguía habiendo allí nombres sincretistas en tiempo de Alejandro. También tenemos monedas de Jerusalén de aquel período con cabezas de hombres y el búho de Atenea, y una de ellas con una deidad, quizá Yavé a la manera griega, sentada en un trono alado y mirando hacia una máscara dionisíaca .

El poder político formado por la nueva unión de cultos (e indicado por la nueva acuñación) probablemente se alió con Egipto cuando Taco, con ayuda espartana, invadió Palestina en el 360. La unión de los judíos con los espartanos puede datar de este tiempo. Artajerjes III recobró la ciudad a fines del 350 y desterró a muchos miembros del partido anti-persa. los libros de los profetas, que fueron coleccionados hacia este tiempo, tienen brotes de pasajes más o menos interpolados que denuncian la alianza con Egipto ex eventu. El cambio de partidos en Jerusalén pudo haber enfriado temporalmente las relaciones con Samaría. Pero ello fue pasajero. A los veinte años llegó Alejandro.

 

19. Siria bajo los persas

La historia de Siria durante los dos siglos de dominación persa no está en absoluto completa. Mientras la evolución religiosa del judaismo se deja seguir en sus grandes líneas, gracias sobre todo al Antiguo Testamento y a los documentos originales que allí se contienen, sólo han llegado hasta nosotros, en cambio, algunos detalles de la historia de Siria, y más o menos por azar. Por Siria entendemos aquí la región comprendida entre Poseidón, al norte, y la frontera egipcia. Es el V nomo (distrito fiscal) de Heródoto, la tierra que unía a Egipto y Mesopotamia, que desde los primeros tiempos ha desempeñado un importante papel intermediario en la historia de Asia Menor.

Lo característico de Siria, en términos geográficos, es su enorme longitud, pues el país se extiende por más de 700 kilómetros, desde la desembocadura del Orontes hasta la región situada al sur de Gaza. Es mucho menor su anchura, ya que, en su lugar más ancho, no pasa de 250 kilómetros. Las regiones más importantes de Siria son, empezando en el norte, la tierra entre el mar Mediterráneo y el curso medio del Eufrates; es ésta la Siria propiamente dicha, llamada Seleucis en la época helenística; a continuación, hacia el sur, la Koilosyria, cuyo nombre griego significa la «Siria hueca», lo que constituye probablemente una deformación etimológica popular de un antiguo nombre autóctono; más hacia el sur está Palestina, que toma su nombre del de los antiguos filisteos. El borde litoral, entre Arados al norte y Acco, la futura Tolemaida, al sur, la ocupan las grandes metrópolis mercantiles fenicias, de las que Biblos, Sidón y Tiro son las más importantes. Por lo demás, la delimitación recíproca de las diversas regiones es en gran parte variable y a menudo constituye un tema de discusión; baste decir aquí, por ejemplo, que el sentido del término Celesiria (Koilosyria) ha sufrido en el curso del tiempo varias transformaciones, y que designaba primitivamente una región mucho más extensa, más o menos toda Siria (con excepción de Fenicia). En la época helenística pertenecía también a Siria la Comágene (la región situada entre los montes Amano, las estribaciones orientales del Tauro y el Eufrates). Sin embargo, la Comágene perteneció con toda probabilidad hasta fines del siglo V a. C. al estado vasallo persa de Cilicia. De su destino durante el siglo IV nada sabemos.

Las poblaciones de Siria son tan distintas como sus regiones. En la parte norte del V nomo de Heródoto habitan arameos, a los que encontramos también en vastas regiones de Mesopotamia. Están etnográficamente emparentados con los cananeos. La población de Palestina fue en una época cananea, pero, al ocupar la tierra los pueblos israelitas, los cananeos les tuvieron que ceder el terreno, aunque en muchos lugares se unieron con ellos. Al grupo de los cananeos pertenecen también los fenicios.

Según Heródoto, el V nomo, al que por lo demás pertenecía también Chipre, había de pagar al rey de Persia un tributo anual de 350 talentos. No cabe duda que una gran parte de éste habían de proporcionarlo las ciudades mercantiles fenicias. En Fenicia terminaban las rutas caravaneras procedentes del Asia central; y desde allí, cargados en barcos fenicios, los productos de Asia, ante todo metales y especias, así como los propiamente fenicios, especialmente vidrio y púrpura, llegaban al mundo entero.

Poco después del hundimiento del imperio neobabilónico (caldeo) el año 539, Siria había caído en poder de los persas, probablemente el año 534. Siria y Fenicia pertenecieron primero a la gran satrapía de Babilu u Ebir-nari («Babilonia y la tierra del otro lado del río», esto es, Siria). Sin embargo, la administración de una satrapía tan grande resultaba difícil; el sátrapa tenía su residencia en la antigua ciudad real de Babilonia, lejos de Siria. Se decidió, pues, separar las regiones situadas al oeste del Eufrates. Ebir-nari (en arameo Abar-Nahara) se convirtió en otra provincia con un sátrapa propio.

El sátrapa residía, al parecer, en la ciudad de Trípoli. Las ciudades-estados fenicias se consideraban más o menos como aliadas y no como súbditas del Gran Rey, y por regla general en sus asuntos internos no se entrometía el gobierno persa central. El resto de Siria fue dividido en una serie de pequeñas satrapías subordinadas (en griego se solían designar como hiparquías). De éstas están atestiguadas por las fuentes: Samaría, Idumea, Moabitis y Amonitis.

Desde el punto de vista económico, la satrapía de Abar-Nabara, como se la llamaba en lenguaje persa oficial, esto es, en el arameo del reino, constituía una unidad altamente productiva. Sin duda, no siempre fue fácil abarcar en una gran unidad política viable los numerosos pueblos del país, que por su procedencia, su pasado histórico, su religión y, finalmente, por sus intereses económicos, eran diversos. Pero los persas eran extraordinariamente tolerantes, y esta tolerancia la apreciaron los pueblos de Siria, sobre todo en materia de religión, con particular agradecimiento. Si bien no faltaron conmociones ocasionales, provocadas las más de las veces por los anhelos de independencia de las metrópolis fenicias, la administración persa en conjunto logró despertar confianza en los habitantes, incorporar Siria al imperio y, además, fomentar cierto sentimiento de patriotismo imperial; en efecto, la población se vanagloriaba con legítimo orgullo de pertenecer a un imperio que durante muchos decenios había sido una verdadera potencia mundial y que era, en su época, la única.

Los sátrapas persas se arraigaron en el país. En Siria gobernaba la familia de Belesis, que poseía extensos bienes raíces en el país. Jenofonte menciona un castillo y un jardín zoológico del sátrapa, cerca de Alepo (Anabasis). El valor particular de las ciudades fenicias consistía para el Gran Rey en su flota, la cual participó en todas las grandes empresas y, las más de las veces, con éxito. Los fenicios lucharon durante la sublevación jónica contra la flota de los jonios de Asia Menor; participaron de modo decisivo en las batallas navales de Artemisio y Salamina, y combatieron junto al Eurimedonte y en Egipto, donde contribuyeron a la derrota de los atenienses cerca de Menfis. En Egipto lucharon bajo el mando de Megabizo, quien más adelante fue nombrado sátrapa de Abar-Nabara (Siria) (¿454?).

Megabizo era nieto del individuo de igual nombre que aparece como partidario de Darío I en la conspiración contra el mago Gaumata, el falso Esmerdis. El nieto era uno de los hombres de confianza de Jerjes y fue muy estimado también por su sucesor Artajerjes I ( 465-64 a 425). El año 448 intentó hacerse independiente, como sátrapa de Siria, de la soberanía del Gran Rey, y en las luchas contra los persas realizó, al parecer, prodigios de valor; sin embargo, finalmente decidió reconciliarse con su soberano. Por !o demás, se había apoyado para su sublevación en mercenarios griegos, que eran apreciados en el mundo entero como excelentes guerreros.

Proviene de la primera mitad del siglo V a. C. un célebre documento arqueológico de Fenicia: el sarcófago del rey Eschumunazar de Sidón. El monumento funerario, hecho de basalto negro, es un sarcófago de los llamados antropoides. Fue encontrado hace más de 100 años, en 1835, cerca de la antigua Sidón (actualmente Saida). Se trata de un trabajo inconfundiblemente egiptizante. Pero al historiador le interesa sobre todo su inscripción en lenguaje fenico, cuya parte más importante reza: «Y además nos dio el Señor de los Reyes Dor y Jaffa, las magníficas tierras de trigo situadas en el llano de Sarán, en correspondencia a los hechos formidables que realicé, y las añadimos a los territorios del país, para que pertenecieran para siempre a los sidonios».

Hablan muchos indicios a favor de que por «los hechos formidables» hay que entender la participación de las naves fenicias, especialmente de las sidonias, en la expedición de Jerjes del año 480 contra la Hélade. Así, pues, Jerjes, según la inscripción, habría asignado al rey de Sidón los fértiles campos del llano del Sarán, regalo que para los sidonios hubo de ser particularmente valioso, dado que el territorio interior de Sidón, muy reducido en extensión, apenas bastaba para el abastecimiento de la población urbana. No se sabe si las otras ciudades fenicias que participaron en la lucha contra los griegos (Tiro y Arados) fueron o no recompensadas en esta forma.

Ya a principios del siglo V el arte fenicio muestra, al lado de las influencias egipcias usuales, claras influencias griegas. Constituyen un signo indiscutible de la presencia de artistas griegos en aquel país de antigua civilización. Las dos cabezas del sarcófago antropoide de Sidón muestran rasgos del arte del relieve griego contemporáneo. Allí crearon escultores griegos (probablemente jonios) unos monumentos que se apartan manifiestamente de las creaciones artísticas del antiguo Oriente.

El vasto radio del comercio fenicio lo atestigua un decreto ático, conservado casualmente, en honor del rey Estratón de Sidón. El rey fue contemporáneo aproximado de Nicocles de Chipre y del macedonio Filipo II, padre de Alejandro. Los atenienses confirieron formalmente a Estratón y sus descendientes la proxenia, esto es, la ciudadanía honoraria, lo que llevaba aparejados considerables privilegios. En el decreto honorífico puede leerse que el Consejo ateniense mandó establecer symbola, es decir «comprobantes» (tesserae hospitales), como se usaban en las relaciones entre estados amigos y ligados por tratados de hospitalidad mutua. Desde el punto de vista de su función cabría compararlos con los anillos de sellar (en latín symbolum significa anillo de sellar). El decreto ático presupone la presencia de delegados que viajaban en ambos sentidos entre las dos ciudades.

El acontecimiento más importante de la historia de Siria y Fenicia es, a mediados de! siglo IV, la defección de Tenes, rey de Sidón (350 ó 349 a. C.). De esta sublevación tenemos un relato histórico relativamente completo en la Historia Universal de Diodoro, que proporciona gran diversidad de detalles. La rebelión está obviamente en conexión con el ataque de Artajerjes III Oco contra Egipto, del año 351 (?). No sabemos cómo transcurrió esta expedición en detalle; lo único perfectamente seguro es que terminó en un fracaso, con lo que provocó la defección de la ciudad mercantil fenicia. El movimiento tuvo su origen en la ciudad de Trípoli (entre Arados y Biblos), que tenía tres distritos, que distaban aproximadamente un estadio uno de otro: el de los aradlos, el de los sidonios y el de los tirios.

Las ciudades fenicias solían celebrar en Trípoli sus sesiones conjuntas de consejo, Al parecer, los sátrapas y los estrategos persas, que vivían en el distrito sidonio, se comportaron frente a los sidonios con altanería y presunción; provocados por tal actitud, éstos se habían decidido en favor de la rebelión. Establecieron un enlace con el rey Nectanebo II, de Egipto, que había rechazado el ataque de los persas. Los rebeldes destruyeron el parque del Gran Rey cerca de Sidón y prendieron fuego a las reservas almacenadas para el aprovisionamiento de la caballería persa. Sin embargo, la cólera principal de los sidonios iba dirigida contra los funcionarios persas, quienes fueron aprehendidos y entregados a la venganza del pueblo.

El Gran Rey reunió en Babilonia un ejército considerable y marchó hacia Fenicia, donde los sátrapas Belesis de Siria y Mazeo de Cilicia le prestaron ayuda armada. En cambio, Nectanebo II envió a los sidonios cuatro mil mercenarios griegos, a título de auxilio, bajo el mando de Méntor de Rodas. Con las ciudades fenicias, éste logró vencer a los sátrapas persas, quienes se vieron forzados a evacuar grandes zonas de Fenicia. La situación empeoró para los persas por la defección de nueve príncipes chipriotas que hicieron causa común con los fenicios. Así, pues, los disturbios se fueron extendiendo. Incluso Cilicia y Judea fueron afectadas por ellos; al parecer, los judíos fueron desplazados coactivamente a Babilonia y a la lejana Hircania, junto al mar Caspio, Además, una tabla con escritura cuneiforme de Babilonia informa acerca de prisioneros de Sidón (Sidanu), que llegaron a Babilonia y Susa en octubre del 345. Sin embargo, esta fecha no señala en modo alguno el fin de la sublevación fenicia.

La superioridad numérica persa indujo finalmente al rey sidonio Tenes a entablar negociaciones secretas con el Gran Rey Artajerjes III Oco. También Méntor estaba iniciado en el secreto de estos proyectos. Según se dice, Tenes se las arregló, en forma desleal, pata que cayeran quinientos de los más distinguidos ciudadanos de Sidón en manos del Gran Rey. La ciudad misma estaba muy bien equipada para la defensa, pero cayó en poder de los persas por traición de su soberano. Previamente, los sidonios habían incendiado todas sus naves para impedir que se utilizaran para la fuga. Cuando los persas escalaron los muros y comenzaron a prender fuego y a saquear la colmada ciudad, muchos de sus habitantes se arrojaron con sus  familia a las llamas; se dice que perecieron unas cuarenta mil personas. El Gran Rey fue capaz de sacar provecho de ese montón de ruinas humeantes que antes fuera una próspera ciudad marítima: entre los escombros se encontró gran cantidad de plata y oro, que había sido fundido por las llamas.

Sin embargo, la destrucción no parece haber tenido las proporciones catastróficas que se pueden deducir del relato de Diodoro, porque Sidón no tardó en volver a estar habitada. Las otras ciudades fenicias volvieron a caer bajo el dominio de los persas (probablemente el año 344 ó 343), aunque por un período de tiempo relativamente breve. Al parecer, a Alejandro después de la batalla de Isos el año 333/32, Sidón le hizo un recibimiento grandioso, en tanto que Tiro se negó a abrir sus puertas al macedonio. Ya hemos relatado en otro lugar cómo rompió Alejandro la resistencia de los tirios. La ciudad de Sidón recibió de Alejandro un nuevo rey, Abdalónimo. El nombre revela que se trata de un fenicio; tal vez sea el titular del célebre sarcófago de Alejandro, aunque los historiadores han sugerido también otros personajes históricos.

 

20. Arabia

 

«Los árabes nunca estuvieron sometidos a los persas, pero se hicieron sus aliados cuando permitieron a Cambises el paso hacia Egipto en el 525; porque si los árabes no hubieran estado de acuerdo, los persas no habrían podido irrumpir en Egipto.» Así lo leemos en Heródoto. En otro lugar dice que en la ruta a Egipto hay un enclave con establecimientos mercantiles que pertenecen al rey de los árabes, y en una tercera referencia, que el país de los árabes está libre de impuestos.

Esta situación tenía una historia previa: hacia el 735 a. C., el rey de Asur había nombrado a un tal Idibil gobernador de las tribus que vivían frente a la frontera egipcia y le había otorgado potestad sobre 15 (?) poblaciones (aquí el texto está dañado). ¿Eran acaso éstos los antepasados de los árabes mencionados por Heródoto? ¿O eran descendientes de la primitiva capa de árabes septentrionales de la que se trata en el vol . 4 de esta serie?

Entre los individuos que se enfrentaron con hostilidad a Nehemías cuando se presentó en el 445 en Judea, por encargo de la corte persa, para organizar la región como provincia y restaurar la muralla de Jerusalén, había también un árabe llamado Geshem (Gashmu o Gusham). De Nehemías 4,1 se desprende que la tribu de Geshem vivía al sur, o sea, que había avanzado desde Edom hasta la costa occidental del mar Muerto.

Un feliz hallazgo en el Uadi Tumilat, antiguo acceso a Egipto, al sur de la ruta litoral, nos da una información mejor: dos copas de plata, labor persa de alrededor del 400, con inscripciones arameas. En ellas se dice: Qainu, hijo de Geshem, rey (o: ¿y rey?) de los qedar. Hay que ver probablemente en él a un nieto del Geshem bíblico, pero no a éste mismo. Pero, en cualquier caso, no se los puede separar. (No debe sorprender que Nehemías silencie el título al mencionar el nombre de Geshem, porque con el gobernador de Samaría hace lo mismo.) En lugar «de los qedar» (tribus) podría también traducirse «de Qedar» (locativo). Ahora bien, es probable que este lugar fuera el antecesor de la que posteriormente había de ser la célebre ciudad de Petra.

 

 

En la Arabia noroccidental se conservó hasta 1884 (desde entonces se encuentra en el Louvre), en el oasis de Taima (Tema), un curioso monumento de la anterior soberanía de Asiria y Babilonia y de la de los persas de entonces. En una estela, anterior al 450, se informa en arameo de la entrada en la ciudad del dios Salm, representado en indumentaria asiria, y de su acogida entre los dioses de aquélla; en la inscripción también se fijan los ingresos de su templo y se confirma en su cargo, como sacerdote, al hijo de un egipcio que lleva un nombre babilonio. Así, pues, el arameo, que en muchas regiones de habla extranjera del reino persa era de uso oficial, se había impuesto también aquí. En el vecino Dedan se encuentra una inscripción aramea grabada en una roca, uno de los llamados grafitos. Son de unos decenios anteriores unos grafitos e inscripciones, entre ellas una de la tumba del rey de Dedan, escrita en una variante posterior de Dedan de la escritura arábigo-septentrional antigua. Pero la paz no duró mucho; en efecto, por grafitos de los alrededores de Taima se nos informa de una guerra contra Dedan, a fines del siglo V, y de otra en las inmediaciones. Preocupado por sus tributos y por el comercio de sus súbditos, el gobierno persa parece haber enviado entonces a Dedan un peha, esto es, un gobernador, a menos que lo hubiera ya anteriormente. El cargo y el título pasaron más adelante a naturales del país.

Nagran, «el valle más ameno de la Península», fue durante un milenio aproximadamente la frontera de Arabia meridional. En las aldeas de esta región de oasis y, en parte también, en la ciudad del mismo nombre, vivía una comunidad con el nombre de amir; decimos una «comunidad» y no una «tribu», como normalmente suele decirse, porque esto podría inducir al lector a error. En efecto, las tribus comprendían, en el campo, comunidades de campesinos y pastores y, en la ciudad sin embargo designaba a los habitantes de un barrio, que se dividían a su vez en clanes y familias. Además, lo que suele designarse como «tribus», esto es, comunidades de pastores nómadas, las más de las veces criadores de camellos, sólo se da en el sur de Arabia en el siglo II a. C. En esta zona, entre los rebaños de los amir había camellos y aparte de allí solamente entre los de sus parientes. A partir de estos indicios y de los posteriores se llega a la conclusión de que servían animales para las caravanas que llevaban incienso y mirra hacia el norte (Ghul II 433 rs.).

Dos jomadas más al sur se extiende el oasis de Ragma, con una ciudad y numerosas aldeas. ¡Cuánto nos gustaría redescubrir en ella la Rama bíblica de Ezequiel! Ragma y Nagran aparecen por vez primera en una larga inscripción, en donde el gobernador sabeo Karib’il Uatar relata hacia fines de su vida, alrededor del 490, las conquistas que ha realizado, para honra de dios y bien de su pueblo. Confiando en un oráculo, Karib’il había sitiado durante tres años las ciudades mineas de Nashan y Nashq, hasta que se rindieron. Nashq fue agregada a Saba, y Nashan fue convertida, en condiciones humillantes, en su vasallo. Al rey de la ciudad minea de Kamnah y al de Haram (un distrito que ocupaba un lugar intermedio entre las culturas mineas y las sabeas) les fue asignada parte de las tierras conquistadas, porque se habían mantenido neutrales. Entonces Karib’il arremetió contra Ragma y Nagran y las venció en batalla campal. Perdieron miles, entre muertos, prisioneros y cabezas de ganado ( incluso si borramos uno o dos ceros, como hay que hacerlo en algunos pasajes del Antiguo Testamento y en las inscripciones de los reyes asirios). Ragma fue sometida a tributo.

Ma ’in se extiende al norte y noroeste de los otros tres reinos del sur de Arabia, Saba, Qataban y Hadramot. Se llamaba oficialmente «Ma’in y Yathil», los nombres de la capital y de la ciudad que la seguía en importancia, pese a que, según acabamos de ver, comprendía también otras ciudades Incluso los habitantes de la capital se llamaban ma’in, e igualmente el pueblo entero, en ambos sentidos utilizamos aquí el término de «míneos». El país había sufrido mucho bajo los sabeos y siguió siendo, hasta el fin de la época aquí examinada, su vasallo o su aliado.

Ma'in se distinguía de los demás reinos por la solidez de su monarquía y por su constitución urbana. También dependía el país, más que los otros, del comercio. Este fue aumentando a partir de la fundación de una colonia en Dedan, cuyos comienzos se sitúan a mediados del siglo IV. Servía ésta de estación de relevo para las caravanas y estaba fortificada. Más adelante se estableció una estación secundaria en el oasis de Higra (Egra o al-Higr), unos 15 kms. más al norte, allí donde la ruta de Taima desemboca en la del incienso.

Los mineos crearon asimismo colonias en el sur de Arabia, en Sirwah, en Saba’, en Timna y en Shabwat (N 82), las dos últimas eran las capitales de Qataban y Hadramot respectivamente. En Timna, y más aún en Dedan, se encuentran muchos ejemplos de la influencia de costumbres extranjeras en los colonos. La autoridad llevaba en Dedan el título de «Los dos Presidentes de la Colonia y de los Míneos de la Colonia». Allí hubieron de hacer parada, en tiempos de paz y contra pago de derechos de paso, los sabeos, según lo muestran los sabeísmos de una inscripción famosa. En otro caso, aquéllos habían de tomar el camino más difícil de Yathrib (Medina), por Khaibar y Taima, a la región del Jordán oriental. Todos los colonos mineos o, mejor dicho, sus antepasados, provenían de Yathil, y casi todos tenían allí parientes.

La inscripción real más antigua se sitúa a fines del siglo V. La reproducimos, porque no tiene par; está dividida en tres partes: (primera parte) «Ammiyatha’ Nabat, hijo de Abikarib, rey de Ma’in, juntamente con los mineos y yathilos, despedazó su faz e hizo penitencia ante ’Athtar..., porque había eliminado de Sus Templos en la ciudad de Yathil documentos de ciertos hombres, documentos de los mineos y de sus donativos (segunda parte) y porque él había transgredido la disposición proclamada acerca de la tierra ribereña de Yathil, en la que ponía la tierra ribereña bajo la protección de los dioses, de Ma’in y Yathil, para que no fuera habitada (tercera parte) y porque determinadas comunidades no se han preocupado por los donativos de los mineos para el Señor (Ba’l) de Yathil para ’Athtar... y para los (demás) dioses de Ma’in y Yathil.»

El Señor (Ba’l) de Yathil, mencionado al final, es el mismo que el dios ’Athtar de! principio. La «tierra ribereña» eran campos regados artificialmente, en tanto que la corriente ocasionada dos veces al año por la lluvia del monzón llenaba los uadis. Nótese que el pasaje habla de «sus templos», aunque sólo se nombra uno. En la segunda parte aparece la curiosa fórmula final: «poner bajo la protección de los dioses», que aparece posteriormente constantemente al final de las inscripciones votivas. Constituye un testimonio del terror de los mineos y otros árabes meridionales ante la maldición que protege, entre sus vecinos, los documentos y sus objetos contra alteración.

En la parte 1 y 3 se habla del mismo hecho, esto es, de que el rey, de acuerdo con los donadores y los receptores, había alejado de varios templos ofrendas votivas, juntamente con los documentos correspondientes. Para la comprensión del sacrilegio cometido por el rey, recordamos que, más arriba, no hemos explicado que todos los colonos mineos provenían de Yathil. Esta explicación hay que leerla aquí entre líneas. Los alrededores rurales de la ciudad de Yathil ya no podían abastecer a una población en aumento. En consecuencia se prohibió estrictamente el empleo con fines urbanísticos de la tierra aprovechable para la agricultura. Así, pues, contra pago de una cantidad elevada, el rey había violado, mediante concesión de una excepción, su propia disposición. Había alegado para hacerlo un caso de urgencia. Los sabeos habían llevado a cabo con éxito una expedición militar contra el sur y preparaban ahora una empresa contra el norte, de modo, que en Ma'in había que armarse. No era ésta ciertamente la primera vez que el derecho divino era violado en circunstancias similares. Pero esta vez la cólera de los dioses estalló. Los mineos y sus aliados fueron derrotados. En su retirada los sabeos sitiaron Yathil hasta que hubieron robado la cosecha, destrozado los diques de riego y quemado las tablas de las compuertas de los canales. Precisamente por esto el rey, al frente de una procesión de penitentes, fue en Yathil y Ma'in de un templo a otro. Inmediatamente se anunció esta acción, por medio de una inscripción, a los hombres y los dioses; la premura explica el error más arriba mencionado. Pero, aún queda por explicar por qué se dice en la primera parte ciertos hombres, y en la tercera determinadas comunidades: se hizo así con objeto de proteger a los individuos que habían cooperado en el sacrilegio real contra determinados castigos divinos, después que ya habían sufrido los de la colectividad.

Constituía un nobile officium de los mercaderes enriquecidos, y de los mineos que vivían en el extranjero en general, hacer algo por su patria, como p. ej. renovar las fortificaciones de Ma'in y Yathil. Por supuesto, también los residentes, los reyes, jefes de familia, árbitros judiciales, sacerdotes, etc., patrocinaban construcciones de esta clase y, más a menudo aún, templos, altares y obras de riego. Ya en la más antigua de estas inscripciones, de alrededor del 370 a. C., hay noticias acerca de un viaje comercial del autor de la inscripción a Egipto, Gaza y Siria/Ashur con una copia de un antiguo protocolo en conexión con el procedimiento a seguir en esta clase de trabajos públicos; al comienzo de la inscripción se designa el autor a sí mismo y los suyos como súbditos leales del rey, lo que significa que habían pagado los impuestos y no efectuaban, pues, las buenas obras a expensas del fisco. A continuación el autor debía contraer frente al dios, esto es, con su templo, un compromiso de pago, y cumplirlo. Luego, entregaba al templo, que actuaba como banco e incluso como cooperativa de mejoramiento, un impuesto de cosecha por un importe inferior al del rey y además, en ocasiones, la décima parte del diezmo (¿acaso del producto de plantaciones de palmeras?). Entretanto se llevaba a cabo la construcción, que se terminaba con un sacrificio. Luego llegaba el asunto ante el rey y el consejo, quienes acordaban a los fundadores la inmunidad (?) y la facultad de ocupar cargos públicos. A menudo, el rey concedía también a los fundadores alguna tierra, donativo que al principio requería una inversión de dinero y de trabajo y sólo prometía beneficio para más adelante.

En la inscripción anteriormente mencionada se prolonga el procedimiento por el hedió de que tanto el fundador y sus primos como sus padres tenían deudas con los dioses, es decir, con los templos. Así, pues, habían de ser declarados por la asamblea popular de Ma'in y Yathil como libres de deudas antes de poder presentarse ante el rey y el consejo.

En Saba’ el dominio de la casta de los makrab parece haber llegado al poder alrededor del año 510 mediante un golpe de estadio de algunos príncipes de la casa real bajo la dirección de Karib’il Uatar. El gobierno de éstos duró aproximadamente unos doscientos años. Se puede emplear la palabra gobierno si por ello se entiende que el poder fue ejercido por una serie de regentes sucesivos, lo que sólo se aplica probablemente a la segunda generación y a uno que otro miembro de las posteriores. En efecto, dadas las tres y aun cuatro líneas en las que: simultáneamente al menos un miembro podía hacer valer sus derechos al poder, una sucesión regular al trono parece imposible. Sin embargo, el país era vasto, y con los bienes reales y las conquistas de Karib’il poseían los makrab tanta tierra, que los jefes de familia podían gobernar allí sin estorbo.

El reino que Karib’il había reunido en incesantes campañas se fue reduciendo paulatinamente. Hacia el año 400 emprendió Sumhu’-alay Yanaf una expedición contra la otrora aliada Qataban, según lo informa su intendente, lleno de orgullo por haber equipado la tropa. Primero adoptó el título de rey un makrab, y luego dos parientes suyos. Juntamente con otros tres príncipes, llevaron a cabo contra Qataban una guerra de al menos cinco años. Siguió luego un nuevo Karib’il Uatar, pero éste no gobernó en Marib y residió, por consiguiente, en Sirwah.

El lugar del gran conquistador fue ocupado por un gran constructor, Yada’il Dharih. Levantó en Sirwah y en otros lugares templos dedicados a Alamqah, el dios nacional de los sabeos, pero ante todo construyó la gran muralla oval del templo de ’Auwam (y quizás el propio templo) junto a Marib. Cabe seguir la historia de la construcción de la parte occidental —la parte oriental sólo pudo ser objeto de un estudio superficial— por medio de las inscripciones. Al morir Yada’il, la obra no estaba terminada. Después de una pausa prolongada se abrió la entrada occidental; después de un corto intervalo se elevó el lado occidental, se construyó el mausoleo (ntà) en el lado oriental y se erigieron dos grandes pilares (mhfd), ante la entrada principal. Entre el 350 y el 330 quedó terminada la muralla entera, se construyó una plataforma (mhy’) ante la entrada principal y se empotraron en ella 16 pilares en dos hileras. También delante de la puerta occidental había dos pilares. Todos ellos se utilizaron más adelante en la construcción del vestíbulo. Queda libre solamente la última hilera (obsérvese el perímetro mayor de los pilares) erigida por uno de los tres reyes. Ya no eran príncipes de la dinastía makrab los que en el segundo período de construcción mandaron trabajar en el templo, sino miembros de una clase de nuevo ascenso, esto es, la de los intendentes. Estos administraban las tierras de los propietarios principescos, y también la ciudad de Marib y el templo de ’Auwam.

Qataban se limitaba en un tiempo a la cuenca de dos uadís, que corren al noroeste y al norte desde el altiplano del sur de Arabia al desierto. En el uadí oriental, que fue habitado muy tempranamente, se hallaba la capital Timna’, y río arriba había algunas localidades relativamente grandes. El país lindaba al noroeste con Saba’, y al noreste con Hadramot. El resto estaba rodeado de pequeñas regiones políticamente independientes. Estas llegaban al suroeste hasta el lugar opuesto a la actual Adén, y hacia el sur, por la Datina (que hoy conserva un nombre parecido), hasta el océano Indico. Al suroeste se introducía Ausan entre Qataban y Hadramot. La capital de Aúsan se llamaba Wasr o Wusr y estaba situada al sureste de Hmna’, en esta dirección, a medio camino entre Timna’ y el mar.

Hacia fines del siglo VI, cuando el sabeo Karib’il Uatar empezaba su expedición de conquista, si no antes, al país de Ausan tuvo un rey belicoso. Se parecía a Karib’il, de quien acostumbraba, a mofarse, en el espíritu luchador y en energía, pero no en prudencia. Por lo demás, su base inicial de operaciones era demasiado pequeña, aunque él se esforzara por ampliarla, Primero quitó a Hadramot los oasis de ’Abadan (junto al Nisab o Ansab actual), y luego, al norte, los oasis de Uadi Gurdan (Jirdan) con lo que separaban Hadramot de Qataban; ocupó una parte de ésta, probablemente todo el sur. Al llegar la noticia de que Karib’il había penetrado en el ángulo sudoccidental de Arabia, se hizo ceder por los dos países más directamente expuestos, al suroeste de Qataban, varias plazas para sí y sus soldados. A continuación salió al encuentro del sabeo, pero perdió la batalla. Karib’il le molestaba con incursiones basta muy adentro del país, detrás de su frente; primero dejó de lado los países más próximos y lo derrotó en Datina y ante las puertas de su capital, «hasta que hubo barrido... Ausan y su rey». Solamente en una segunda campaña se precipitó, con incendio y asesinato, sobre los dos países inicialmente preservados. La paz fue dura para éstos: a Qataban y Hadramot les fueron devueltas las regiones robadas. Todo lo que directa o indirectamente lindaba con Saba’ fue anexionado por Karib’il de modo que sólo quedó sin tierra uno de los reyes.

A larga, la hegemonía militar sabea no podía mantenerse. Qataban se alió con algunos de los países subyugados, y las dos campañas sabeas no pudieron detener el curso natural de los acontecimientos. Todos estos países cayeron paulatinamente bajo el dominio de Qataban, lo mismo que Ausan, que poco después de la conquista había vuelto a ser independiente. Es cierto que sólo aparece esta situación en el acta de un soberano de la primera mitad del siglo IIl, pero esto no puede considerarse como un terminus ad quem, porque no hay nada más semejante en dicha acta. Hasta el 350 aproximadamente conocemos cuatro reyes (los títulos faltan casualmente) de Qataban. Luego aparecen, uno junto a otro, un makrab, hijo del último soberano, y un hijo de rey, rey él mismo; finalmente, los dos aparecen en una misma inscripción Así, pues, el título de makrab parece como un préstamo ulterior de los sabeos (¿para designar a un príncipe sin derecho al trono?). De igual origen parece ser el principio de la división de poderes, pero solamente entre dos personas.

Hadramot fue y sigue siendo propiamente un uadi que corre paralelo a la costa del Océano Indico, pero lejos de ella. Sin embargo, el reino de igual nombre se extendía a ambos lados del valle, hacia el oeste y el este. La capital, Shabwat, quedaba cerca de la frontera de Qataban. En lengua, cultura y arte, este país iba a la zaga de los otros y estaba abierto a la influencia sabea, que le era transmitida por una colonia establecida en Shabwat Bajo la protección de los reyes prosperaba, muy lejos al este, el país del incienso.

Dhofar (Zafar) es el nombre que designa propiamente una ciudad, el que lleva el país del incienso en los mapas. Hoy en día pertenece políticamente a Omán, pese a que lo separen de éste vastas estepas y extensos desiertos de arena: es la única región de vegetación tropical en Arabia. En la costa crece la palmera de coco (así lo señalaba ya Ibn Battutah, alrededor de 1331) Las laderas de los altos montes que encierran el llano costero están cubiertas de espesos bosques. Se precipita de ellos una gran cascada, y en el paisaje ondulado de los valles altos prosperan fértiles praderas. Cerca de la divisoria de las aguas, donde este paraíso se transforma en las áridas mesetas de arenisca rojiza, se encuentra la zona del incienso, De Hadramol a Qataban se extendía en su día la zona de las mirras. Los dos son resinas de arbustos de la altura de un hombre, y constituían el tesoro de que se nutría la cultura arábiga meridional.

 

CONCLUSION

 

Los dos siglos escasos de historia persa y griega, del 520 al 323 a. C., constituyen indiscutiblemente el punto culminante de la historia cultural del mundo antiguo. El drama, el arte y la historiografía de los helenos alcanzaron en dicho tiempo, pero sobre todo durante el siglo V, una cima que no se ha vuelto a alcanzar ni ha sido, mucho menos aún, superada.

Estas grandes realizaciones culturales están indisolublemente ligadas con la institución griega de la polis (ciudad-estado y comunidad a la vez). Surgida alrededor del 800 a. C.. la polis también llega a su punto culminante en el siglo V. Con la concentración de la vida política en el espacio más reducido combina la polis una receptividad extraordinaria para las influencias culturales, de cualquier lado que provengan. La ciudad es la patria de innumerables artistas e intelectuales que participan casi todos ellos personalmente, como ciudadanos, en la vida política de la comunidad. La polis se identifica en su esencia con sus politai, sus ciudadanos, y esta identidad constituye su fuerza y su debilidad a la vez. En la polis se realizó en realidad por vez primera la idea de la autoadministración por ciudadanos libres. Sobre este terreno los atenienses de la época de Pericles lograron en materia de política y de arte resultados que serán siempre modélicos.

Pero el arte de la política requiere moderación, y esto era algo que muchos de los sucesores de Pericles eran incapaces de practicar. Con ello no sólo se destruyó la grandeza de Atenas, sino que se provocó además la decadencia de Grecia. En efecto, se introduce en Grecia en muchas partes, en lugar de una ética política a la que ningún pueblo civilizado puede renunciar, la hybris (la «violencia»). Tenemos un ejemplo de ello en el violento Alcibíades. A partir del fin de la guerra del Peloponeso, el mundo de la polis griega va decayendo inconteniblemente, y en la última parte de siglo IV la ciudad-estado de los griegos quedó sin existencia política por la monarquía de carácter macedónico. El triunfo de la monarquía es tanto más completo cuanto que Alejandro logra conquistar el imperio persa y establecer en Oriente una monarquía absoluta de cuño persa-macedónico.

También Persia es un estado civilizado, con una administración excelente sobre una base feudal. En la estructura del estado y en la composición de la sociedad la lealtad en las relaciones entre soberanos y vasallos desempeña un papel decisivo. Estas vinculaciones éticas no deben olvidarse nunca, pues son las que confieren a la vida de los persas su carácter propio. La resistencia encarnizada de los pueblos iranios contra el conquistador Alejandro muestran que estas vinculaciones no eran solamente obligaciones superficiales. Todos los pueblos extranjeros del imperio persa, los babilonios, fenicios, lidios, egipcios, judíos y los otros, tuvieron la posibilidad de desarrollarse de acuerdo con sus dotes peculiares, lo que apreciaron y agradecieron. Pero, al igual que la polis griega, el imperio persa empieza a estancarse por falta de fuerzas jóvenes y de nuevas ideas. Este estado de cosas, que bajo Artajerjes II Mnemón (404-359/58) se pone claramente de manifiesto, es el principio del fin.

Al margen de los enormes cambios políticos se sitúa el destino de los hombres como individuos (los griegos, los persas y los demás) sujetos a la influencia de ambas naciones. ¿Cabe acaso hablar de que éstos tuvieran ocasión de llevar una vida en consonancia con sus respectivas facultades? Por lo que se refiere a los griegos de la época clásica, no cabe duda de que la tuvieron. Para vivir de acuerdo con sus propios deseos, según la propia definición de vida deseable, es decir, la idea griega de libertad, hicieron sacrificios en defensa de ello en las guerras médicas, pero estos sacrificios valían la pena. Un gran número de griegos pudo desplegar sus dotes plenamente, y muchos de ellos han aportado logros extraordinarios en los dominios de la política, del arte y de la ciencia. La época de Pericles fue una época de florecimiento y de prosperidad no solamente para Atenas y sus ciudadanos, sino también para muchísimos otros pueblos del mundo griego. Sin embargo, sabemos muy poco de. las capas inferiores del pueblo griego, y lo propio cabe decir, con contadísimas excepciones, de la población del reino de los Aqueménidas.

La obra de Alejandro produce un cambio total de las condiciones sociales. Con su victoria sobre los persas abrió a los griegos y macedonios un nuevo mundo, pero sin quitar a los vencidos, a los persas, la posibilidad de organizar su vida según sus deseos. Sin duda, la libertad y la autonomía, pilares angulares de la polis griega, se vieron muy restringidas, y en el duelo desigual entre la polis y la monarquía obtuvo ésta última una preponderancia decisiva, que ya nunca más había de perder. Pero la enorme extensión del reino de Alejandro, sus inagotables posibilidades económicas, militares y científicas imprimieron también otra faz al mundo de los griegos. Las admirables realizaciones de las polis griegas encuentran en el reino de Alejandro su coronación.

Lo que los griegos crearon en la época de la polis no fue en vano. Las nuevas monarquías de Oriente surgidas del imperio de Alejandro se basaron en ello y, gracias al vehículo de la cultura helenística, los romanos recibieron también la impronta del espíritu griego y, en no menor grado, también el mundo del cristianismo. Nuestras ideas de lo humano y del humanismo son aún esencialmente griegas. El espíritu griego no dejará de influir sobre la formación de los individuos, mientras exista la cultura occidental.