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LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

CUARTA PARTE

 

Sobre la Interpretación de la Historia

 

 

El Odio que las consecuencias del desafío luterano desataron sobre toda Europa y navegó por las olas del Atlántico hasta ahogarse en el Pacífico no debe nublarnos la inteligencia. No se odia con tanta fuerza sino al que se ha amado con la misma locura. Puede que la iglesia alemana arrastrada por la marea del odio fratricida, para acallar su conciencia haya echado mano del recurso más sencillo: la esquizofrenia. Y mediante el artilugio de haber vuelto a nacer en el seno de la Reforma quiera negar ahora la existencia de la relación de Amor que desde los orígenes mantuvieron la iglesia católica y la nación alemana.

De hecho ninguna otra nación, exceptuando a la italiana, ha influido de una manera tan poderosa y decisiva en la Historia del Cristianismo. Puede decirse que sin el pueblo alemán, tanto en su amor como en su odio al obispo de Roma, las aventuras del cristianismo hubieran sido muy distintas a las que la Historia ha registrado.

Sin miedo a ser acusado de retórico, exagerando para ganar, las batallas que los pueblos alemanes lucharon y ganaron por la Civilización y para la Cristiandad no fueron menos trascendentes y decisivas que las ganadas más tarde por los pueblos españoles. El futuro de Europa y de la Civilización le debe tanto a la nación alemana, en lo bueno y en lo malo, que sin su existencia el mundo tal cual lo conocemos hoy día no hubiera sido posible. Y viceversa, la forja de Alemania le debe tanto a la iglesia católica contra la que Lutero esparció el odio que sin aquella relación de amor que mantuvieron el obispo de Roma y el Primer Reich su Historia sería un puzle ininteligible.

El proceso de disociación a muerte que la nación alemana emprendió, desterrando de su memoria histórica la conexión católica, podemos compararlo con un proceso de lavado de cerebro en el mejor de los casos, y en el peor entenderlo desde los síntomas de la fenomenología de la esquizofrenia paranoica, enfermedad que devendría crónica y se descubriría en su máximo estado de virulencia durante el Tercer Reich.

Con el tiempo, en la medida que lo permitan las circunstancias, iremos recuperando las pautas y los momentos de aquella relación de amor-odio que le diera a ambas partes propiedades tan específicas. De todos modos los manuales sobre Prehistoria e Historia del Sacro Imperio Romano Germánico, desde los Francos a la Reforma están a disposición de todos. Internet es una buena fuente de información, tanto sobre los buenos, los de casa, como los malos, los de fuera, ésos papistas. Entretanto podemos ir sacando de la Historia las consecuencias a las que sus lecciones nos invitan.

La primera de todas se refiere al valor de la historia escrita. Es de derecho que los vencedores de un conflicto escriban la historia tirando para casa. Este derecho implica la atribución del papel del bueno para el vencedor y la lógica demonización del vencido. Este derecho no se discute. Han hecho uso de él todos los vencedores de todos los tiempos y lugares. Lo que se pone en duda es el valor de una historia escrita por la parte vencedora.

En los casos registrados por la Historia se ha observado una tendencia general por parte de los cronistas oficiales de los vencedores a empezar sus relatos poniendo por delante una confesión de amor filosófico a la verdad. Inmediatamente después esos historiadores oficiales pierden la memoria y ya no recuerdan haber cometido sus pueblos ninguna falta, ni haber realizado alguna obra impía por la que merecer el odio de la Humanidad.

Digamos que de haber vencido Hitler nadie hubiera echado en falta los seis millones de judíos desaparecidos, por ejemplo. Ni nada por el estilo. Afortunadamente Dios no permitió que los cronistas del nazismo escribieran la Historia, ni la de la derrota ni la de la victoria.

De todos modos es curioso ver hasta qué punto hablar del alemán es hablar del judío. Pero es que en este terreno el prototipo por excelencia de esta especie de historiadores, aunque en este caso la Historia se volviera contra su autor, es el caso de la Historia de los Judíos escrita por Flavio Josefo.

También es curioso que entre el Lutero que escribiera la historia del futuro de su pueblo y el Flavio Josefo que escribiera el Pasado del suyo exista un punto en el que ambos caracteres se parecen como el reflejo al rostro del hombre que se mira en el espejo. Quiero decir, tanto el uno como el otro lideraron un movimiento popular y, tanto el uno como el otro, cuando se vieron delante de la victoria imposible abandonaron a sus pueblos y se pasaron al enemigo.

Lutero traicionó la causa del pueblo durante la imposible victoria de la Revolución de los Campesinos. Flavio Josefo traicionó al suyo inmediatamente después de la revolución que se hizo con Jerusalén y causó la destrucción de todos los Archivos del Estado de Israel.

Tras aquel primer momento de euforia revolucionaria, en cuanto las legiones romanas se pusieron en posición de combate aquel capitán del linaje del rey David desertó de sus filas y se entregó al Imperio, desde cuyas tiendas de campaña fue testigo de la destrucción de su nación. Aquel traidor a su patria y a su nación creyendo que el futuro del cristianismo estaba sentenciado y contando con el favor de los Césares reescribió la Historia de los Judíos, sus Antigüedades como sus Guerras. Aparte de crear un anti-antiguo testamento según Flavio Josefo las persecuciones anticristianas judías, el nacimiento del cristianismo y el Fenómeno Jesucristo jamás tuvieron lugar.

Como quien vuelva una jarra y derrama lo que contiene, o como quien exorciza el espíritu de Dios del cuerpo histórico de los Hebreos, aquél Judas vació las Sagradas Escrituras de su contenido Divino. El resultado fue la transformación de la religión de los Patriarcas y de los Profetas en otra religión del mundo, con sus paranoias nacionales y sus propiedades autóctonas, pero a la postre una religión que tenía tanto derecho a vivir como la romana, la griega y la más pintada.

Desgraciadamente el Judaísmo posterior absorbería parte de la ideología Flaviojosefiana, adquiriendo su personalidad las notas esquizofrénicas típicas de quien ha superado la existencia de un trauma negando la realidad de los hechos y actos que dieron lugar a su génesis. En efecto, después de exorcizar el espíritu de Dios del cuerpo histórico de su nación, Flavio Josefo a la hora de llegar a los Hechos negó la existencia de las persecuciones anticristianas que desde los años 30 a los 70 fueron la tónica general en todo el Estado Judío.

Escrita así su Historia No Sagrada... a quién le extraña que los judíos no pudieran comprender nunca de dónde les venía a las naciones cristianas el Odio hacia su raza por el crimen contra un sólo hombre... En ninguna de sus escrituras históricas, sagradas y no sagradas, se hablaba de las tres soluciones finales que sus padres decretaron contra el cristianismo. Y así hasta nuestros días.

Regresemos ahora al caso de la Historia de la Reforma escrita por los reformadores, es decir, los vencedores. La comparación entre el Lutero delante de las consecuencias de su revolución teológica y de aquel Flavio Josefo delante de las suyas no es gratuita. Tanto el uno como el otro cuando llegó la hora de la verdad abandonaron a su pueblo a la matanza; tanto Lutero como Flavio Josefo compraron su pellejo a costa de la destrucción del pueblo al que lideraron a la libertad. La comparación no es gratuita por tanto.

El método y la forma que tuvieron de amar la verdad no pueden distar tampoco mucho entre uno y otro. Basta leer una historia nacionalista de la Reforma para verlo. Como aquéllos judíos que jamás emprendieron soluciones finales contra los primeros cristianos, tampoco la Reforma, siendo una congregación de santos como era, pudo cometer jamás crimen alguno. Amén, amén. Los pobres y santos nuevos creyentes no provocaron a nadie, amén; ni comenzaron ninguna guerra civil, amén; ni nada por el estilo. Fueron los papistas malvados y pérfidos quienes comenzaron la guerra y ellos, los santos reformadores, se limitaron a responder, y, por supuesto, a vencer. Vencedores, tenían todo el derecho a escribir la historia demonizando al vencido y santificando sus crímenes sobre la sangre de los vencidos. Así que no seré yo quien borre del libro de la Historia capítulo o línea.

Entonces, por qué y a cuento de qué viene esta comparación, ¿puede saberse?

Bueno, su implacable lógica tiene que ver con la génesis de cualquier proceso esquizofrénico, en un principio, y finalmente con la negación de la realidad divina del hombre que semejante manipulación de la Historia implica. Me explico.

Cuando Dios creó el hombre lo dotó del soporte material necesario para realizar su formación a su imagen y semejanza. Estamos hablando de inteligencia. Aquel cuya Omnisciencia está fundada en un volumen infinito de memoria no podía formar una criatura a su imagen y semejanza sin dotarla de ese soporte material, que traducido a nuestra realidad se habla de una capacidad ilimitada para el almacenamiento de conocimiento.

Sobre dos columnas está fundada la realidad humana: Sobre una memoria genética, que actúa automáticamente y reconoce la realidad física sin conocimiento consciente del Yo. Esta memoria es hereditaria; y en su código lleva la imagen del mundo real, es decir, el mundo físico tal cual lo vivimos, con sus colores y sonidos.

Cuando el hombre nace su cerebro no tiene que reiniciarse y ser cargado con toda la información física del mundo real; esa información viene almacenada en la propia estructura de su cerebro. Esto hace que la capacidad de aprendizaje del ser humano sea fantástica, es decir, a la imagen y semejanza de la de su Creador.

Pero hay otra memoria que le es fundamental a la inteligencia humana y sin la cual el cerebro no puede procesar la realidad y definir la naturaleza de los acontecimientos en los que vive. Se habla de la memoria histórica de la Humanidad.

Entonces, cuando Dios proyectó la Encarnación de su Hijo la Idea fue viable únicamente partiendo de la afirmación que se nos hizo al principio: “Este es el libro de la descendencia de Adán. Cuando creó Dios al hombre, le hizo a imagen suya”. Creado a su Imagen, o sea, nacido para la Omnisciencia, inteligente por naturaleza, únicamente desde la materialización viva de las características de la Inteligencia de su Creador puede afirmarse de una criatura lo que aquí se afirmó.

De haber sido sólo una afirmación gratuita nunca hubiera podido darse la Encarnación. Porque la hubo, en la Encarnación la afirmación se mantuvo y se nos descubrió a todos la naturaleza de la inteligencia a imagen y semejanza de la cual Dios nos creó.

Ahora, creada con una memoria de volumen ilimitado la inteligencia del hombre requiere para el procesamiento de la verdadera naturaleza de la realidad que se le suministre toda la información necesaria para su ejecución. A las conclusiones derivadas de este acto de procesamiento de la información contenida en la memoria histórica las llamamos Conocimiento.

¿Qué hacemos, pues, cuando borramos de la Historia los acontecimientos protagonizados por la Humanidad, de la nación o raza que sea?

No hay que ser un genio ni estudiar todas las ciencias para comprender que el conocimiento de un pueblo cuya memoria ha sido tarada, en nombre del patriotismo, del nacionalismo, o de cualquier otra doctrina justificante de ese crimen contra la Humanidad y su nación; el resultado de semejante borrado de memoria será un comportamiento patológico, cuyo grado de virulencia, homicida o suicida, podrá determinarse partiendo de la amplitud del barrido.

En esta Cuarta Parte voy a recuperar de la papelera de reciclaje un documento, poco conocido a nivel local y universal, el conocimiento del cual nos ilumina el horizonte y nos conduce directamente a los pies de la génesis de la esquizofrenia paranoide homicida antijudía del periodo nazi. Naturalmente firmado por el Reverendo Padre Martín Lutero.

Conste que sobre los muertos sólo Dios tiene el poder del Juicio. Lo que al Hombre le corresponde es eliminar todas las trabas que los nacionalismos y los prejuicios históricos levantaron entre nosotros y el acceso libre a la Verdadera Memoria Histórica de la Humanidad. Seguimos adelante con las Tesis.

 

 

 

CAPÍTULO 13.

Los moribundos y las leyes canónicas

 

-Los moribundos son absueltos de todas sus culpas a causa de la muerte y ya son muertos para las leyes canónicas, quedando de derecho exentos de ellas.

 

En muchas cosas se equivocaría Lutero, pero en este tema más que en ninguna, desgraciadamente. ¿Porque si la Muerte absuelve de todos los delitos que se cometan contra el Reino de Dios, que son los que se comprenden bajo la largo mano canónica, para qué y por qué le entregó Jesucristo a sus Apóstoles Llaves de ninguna puerta?

El retórico y sofista Lutero se está absolviendo a sí mismo de los delitos contra el Reino de Dios que pudiera cometer. Y si se bendice a sí mismo alguna batalla que librar tendría en mente. Por ejemplo Constantino el Grande.

El famoso Constantino el Grande sabía que el ejercicio de Imperator y la vocación de cristiano son tan imposibles de conciliar que se reservó el Bautismo para el último minuto. El hombre se jugó el alma y le salió bien. Era un vencedor y hasta a la Muerte le ganó el pulso. Más astuto que el Diablo guardó el as invencible de la absolución bautismal para el último momento.

Aquí Lutero apuesta fuerte también. Se lo va a jugar todo a un farol. Si le sale bien las puertas grandes de la gran iglesia papista se le abrirán de par en par; si pierde su destino será el del Hereje. Y él lo sabe. La batalla es formidable. Pero él no le tiene miedo. Y empieza por absolverse a sí mismo de todos los posibles delitos contra la Unidad del Reino de Dios que por culpa de los que le descubran el farol tendrá que cometer.

Sujeto el delito de Desobediencia a las penas canónicas se da a sí mismo la bendición del que se desea suerte y se convence a sí mismo que la Muerte lo absolverá de cualquier delito contra Jesucristo. Bajo la misericordia y generosidad del que defiende a los moribundos y difuntos, bajo la piedad por los pobrecitos que se mueren y a cuyos lechos se acercaban aquellos malos siervos, Lutero escondía a los ojos del pueblo y de sus jefes su propia jugada maestra.

A Constantino el Grande le salió bien la suya, ¿por qué no iba a darle a él su farol la victoria que estaba buscando con estas Tesis?

En cuanto a la ley canónica es evidente que, siendo el cristianismo la evolución natural del judaísmo, como permanecían las penas de quienes no se acogían a las leyes rituales del sacerdocio aaronita y morían en ellas, permanecen en las debidas quienes no se sujetan a los cánones establecidos por el sacerdocio cristiano. A no ser que Jesucristo mintiera cuando les dijera a sus Discípulos: “Acordaos de la palabra que yo os dije: No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán; si guardaren mi palabra, también guardarán la vuestra”.

Otra cosa muy distinta será que los siervos utilicen ese Poder para imponer su arbitrio y cargar la vida del creyente con pesadas taras canónicas y ritos extravagantes destinados, exclusivamente, a hacer imposible la alegría del Ser que se descubre hijo de Dios y quiere vivir la realización de su vocación, que es la vida eterna, aquí y ahora.

Hablando de esta arbitrariedad esquizoide y demente los propios siervos, de producirse semejante desquiciamiento, se descalificarían a sí mismos. Pero si con la muerte se acabó todo, que es donde va esta tesis de Lutero, ¿si esto fuera así cómo podría juzgar Dios a nadie?

¿Si en muriendo queda absuelto de todos sus delitos el que muere bajo qué justicia podría llamar Dios a la Humanidad ante su tribunal? De manera que la proclama que contiene esta tesis es un absurdo supino.

Absurdo que fundamenta su lógica irracional en la Fe sola como mecanismo de anulación del Juicio Final que pesa sobre las obras. Que la Fe absuelve al hombre de todos sus pecados es la leche con la que se alimentó el cristianismo; que por sus obras es juzgado todo hombre, el cristiano como el que no lo es, se demuestra leyendo el Evangelio. El capítulo sobre el Juicio Final no engaña ni miente: “Tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui peregrino, y no me acogisteis; estuve desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.

La Fe salva de la condena debida a los pecados cometidos antes de volver a nacer; pero entre la nueva vida y la futura hay un Juicio, y aquí es donde entran las obras. A no ser que Lutero invocando el principio antes expuesto: “Si guardaren la mía guardarán la vuestra” utilice su palabra para anular la de su Señor a la manera que los judíos anulaban la palabra de Dios con sus preceptos, y los obispos la caridad divina mediante las indulgencias.

 

 

 

CAPÍTULO 14.

La caridad imperfecta y el miedo

 

-Una pureza o caridad imperfectas traen consigo para el moribundo, necesariamente, gran miedo; el cual es tanto mayor cuanto menor sean aquéllas.

 

Para afirmar lo que se afirma en esta tesis no hay que ser filósofo ni teólogo, ni siquiera cristiano. El miedo a un juicio final no es una realidad desconocida para los pueblos antiguos. Así que hacer sabiduría innovadora de algo tan antiguo como la humanidad no puede entenderse al menos que el atleta ignore la naturaleza de las olimpiadas en la que está participando.

Lo trágico no es la existencia de ese miedo, lo penoso es que alguien que se dice cristiano tenga miedo de Dios sabiendo que por la Fe no es juzgado y pasa de esta vida a la vida eterna sin preámbulos canónicos de ningún tipo.

Ahora bien, si los cánones condicionan este acceso entonces son ciertamente los cánones los que deben ser arrojados al fuego y que ardan en el infierno de ese purgatorio que, cultivando el pecado, alimentaron aquéllos vendedores de indulgencias.

De todos modos conste que como de criaturas poco inteligentes es olvidar que de los palos todo el mundo aprende, nadie puede creer que el Nuevo Templo construido por Jesucristo siga siendo aquél mercado de compra-venta en el origen de este Debate. Lo triste es que aquélla Negación de Cristo tuviera que ser corregida al precio de una división tan odiosa.

En cuanto a la pureza y a la caridad, la Biblia es el mejor libro de teología al caso. Y sobre el miedo a la vida eterna a las puertas del Juicio para eso se nos ha dado la Fe, no para presentarnos con el corazón lleno de miedo delante de nuestro Juez y Rey, sino con el ser rebosante de amor por su Corona y Justicia.

Esto es lo que debe enseñarse a los cristianos, si es que alguno tiene necesidad de aprender sabiduría: que el Amor ha vencido al Temor, y que el Temor nunca fue miedo a Dios. Pero Lutero se reiría de estas palabras mías con las mismas fuerzas y ganas que se rieron de las suyas aquellos a quienes estas Tesis fueron dirigidas. Y es que esta proposición tiene toda la cara de la hipocresía del Diablo que reta a Dios a condenarle tomando su ausencia total de miedo al infierno como principio de su justicia.

Si la cara alegre y los ojos tranquilos son prueba de la santidad del moribundo luterano, como las riquezas y la buena vida son la prueba de la salvación calvinista, para burlar la justicia divina y ser tratado de santo post mortem sólo hay que echarse en la cama y retirarse bendiciendo a los presentes. Recordemos a Lutero en su lecho de muerte, diciendo:

“¡Oh Padre mío celestial, Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios de toda consolación! Yo te agradezco el haberme revelado a tu amado Hijo Jesucristo, en quien creo, a quien he predicado y confesado, a quien he amado y alabado, a quien deshonran, persiguen y blasfeman el miserable papa y todos los impíos. Te ruego, señor mío Jesucristo, que mi alma te sea encomendada. ¡Ah Padre celestial! Tengo que dejar ya este cuerpo y partir de esta vida, pero sé de cierto que contigo permaneceré eternamente y nadie me arrebatará de tus manos”.

Y ya está, ya estás en el Paraíso. Pero claro hay un problema. Y el problema es que hay una Puerta, y esa Puerta, como si de un prodigio extraordinario se tratara, habla. Y hablando, dijo:

“Dos hombres subieron al templo a orar, el uno era fariseo, el otro publicano. El fariseo, en pie, oraba para sí de esta manera: ¡Oh Dios! Te doy gracias de que no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni como este publicano. Ayuno dos veces en la semana, pago el diezmo de todo cuanto poseo. El publicano se quedó allá lejos y ni se atrevía a levantar los ojos al cielo, y hería su pecho, diciendo: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador! Os digo que bajó esté justificado a su casa y no aquél. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

De manera que si sólo los valientes que miran cara a cara a Dios pueden tener la conciencia tranquila, y si del cobarde es el miedo de quien fue en vida malo como un demonio, y si los signos externos son por los que Dios se hace ver en sus elegidos, muramos así, con la frente muy alta y la boca llena del que puede decirle a Dios: ¿lo ves? No te tengo miedo, y no te tengo miedo porque fui toda mi vida un hombre justo.

¿Pero no sabemos todos que mientras más malo es un hombre menos miedo le tiene a un Juicio en el que no cree? ¿Y no sabemos que en creciendo la maldad crece el desprecio a una justicia divina que no se ve por ninguna parte? ¿A quién estaba engañando Lutero con esta tesis?

Mientras más malo es el sujeto menos miedo le tiene a la muerte. Y al contrario, mientras más bueno menos miedo tiene que tenerle. Yo me temo, desgraciadamente, que a Lutero estas cuestiones le importaban un carajo.

Con este tipo de proposiciones no estaba más que mareando la perdiz, despistando a los ignorantes, cribando a los listos, apuntando alto, enfilando la flecha y apretando el gatillo.

 

 

 

CAPÍTULO 15.

Horror al purgatorio

 

-Este temor y horror son suficientes por sí solos (por no hablar de otras cosas) para constituir la pena del purgatorio, puesto que están muy cerca del horror de la desesperación.

 

Intentemos, sin embargo, entrar en el juego. El miedo a un Juicio Final post mortem vino con la Civilización. Desde los días más remotos que se recuerden, allá por la Sumeria de los babilonios más antiguos y los egipcios de los faraones más viejos la idea del Juicio Final era ya un hecho. En este sentido el cristianismo no se inventó nada nuevo. El punto en el que el cristianismo revolucionó el contexto fue el que se refiere a la vara por la que se mide el Bien y el Mal.

La idea del Juicio Final, entonces, vino con la Civilización. La Civilización vino con la inteligencia. Y con la edad moderna vino la idea de haber sido este miedo a un Juicio Final un invento de la Civilización para crear una fuerza social capaz de hacer lo que la ley por sí sola no podía. Según los genios modernos, atentos a mantener vivo ese miedo a un Juicio Final las sociedades se procuraron una evolución de la idea de la Divinidad acorde a los cambios de la mentalidad de los tiempos. Lo cual no está más lejos de la verdad que de la mentira. Y es que en este contexto de evolución de la idea de la Divinidad la ideología jesucristiana transformó el conjunto de diversas maneras, pero especialmente en una dirección revolucionaria hasta entonces sin precedentes.

El temor, el horror, el terror al encuentro del hombre con ese Juez Universal se transfiguró. Por la Fe el ser humano pasa de esta vida a la vida eterna sin tener que pasar por aquél Juicio causa de tantos terrores y miedos en los antiguos. Esto entendiendo siempre que la Fe permanece viva a la manera que se desprende de la parábola siguiente: “Tenía uno plantada una higuera en su viña y vino en busca del fruto y no lo halló. Dijo entonces al viñador: Van ya tres años que vengo en busca del fruto de esta higuera y no lo hallo: córtala; ¿por qué ha de ocupar la tierra en balde? Le respondió y dijo: Señor, déjala aún por este año que la cave y la abone a ver si da fruto para el año que viene; si no, la cortarás”.

De otro modo, si la Fe sola salvara de los pecados futuros cometidos después del Bautismo Jesucristo no estuvo bien de la cabeza cuando dijo: “Y yo os digo que de toda palabra ociosa que hablaren los hombres habrán de dar cuenta el día del juicio. Pues por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado”.

Declaración ociosa desde el que cree que porque cree que existe Dios ya está salvado; obviando, primero: que también los demonios creen y tiemblan; y segundo, la doctrina jesucristiana respecto a la Palabra: “Lo caído en buena tierra son aquellos que, oyendo con corazón generoso y bueno, retienen la palabra y dan fruto por la perseverancia”.

De donde se ve que la Fe sola salva si de por sí produce las obras de la fe, a saber: “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estuve desnudo, y me vestisteis; estuve enfermo y en la cárcel y me visitasteis”.

¿Entonces para que fundó Jesucristo su Iglesia? -se dirá alguno. La respuesta es evidente. Para llevar este mensaje de Salvación a todas las naciones del Género Humano.

Jugando con estos elementos se entiende que fue en este contexto revolucionario donde nació la idea del Purgatorio. Que vino como consecuencia de la necesidad de no dormirse y caer en la tentación de creer que bastando la Fe no tenemos que preocuparnos de la perfección. Tentación esta contra la que el Apóstol Santiago escribió palabras de sabiduría, diciendo: “¿Tú crees que Dios es uno? Haces bien. También los demonios creen y tiemblan. ¿Quieres saber, hombre vano, que es estéril la fe sin las obras? Abraham, nuestro padre, ¿no fue justificado por las obras cuando ofreció sobre el altar a Isaac, su hijo? ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y por las obras se hizo perfecta la fe? Y cumplióse la Escritura que dice: Pero Abraham creyó a Dios, y le fue imputado a justicia, y fue llamado amigo de Dios. Ved, pues, cómo por las obras y no por la fe solamente se justifica el hombre”.

 

 

 

CAPÍTULO 16.

El infierno, el purgatorio y el cielo

 

-Al parecer, el infierno, el purgatorio y el cielo difieren entre sí como la desesperación, la cuasi desesperación y la seguridad de la salvación.

 

¿El Infierno y el Cielo tan lejos como la desesperación de la seguridad de salvación?, he aquí palabras de un hombre de iglesia. ¿Cómo entonces hizo Lutero su camino de la desesperación a la seguridad de la salvación si entre el Infierno y el Cielo hay un Abismo insalvable? ¿Quién le echó un cable, quién tendió por él un puente sobre ese Abismo?

¿El mundo cristiano a las puertas de un colapso apocalíptico y todo lo que se le ocurría a un Maestro en Artes y en Sagrada Escritura era reírse del Cielo y del Infierno? ¿El Diablo en su Quinto Centenario de libertad y todo lo que se le ocurría al héroe alemán era gritar: Salvación, salvación; Anticristo, anticristo?

Si es verdad que los Obispos se durmieron, como lo hicieron, y el Cisma de Oriente les cogió entre sábanas de victoria, ¿en qué estaba pensando el pueblo alemán cuando vieron que el fruto de los Reformadores era el Odio y se privaron de sumar dos y dos? No había que ser muy astutos para dar con el cuatro y comprender que si el fruto del Árbol de la Vida es el Amor, y el del Árbol de la Ciencia del bien y del mal es la Guerra: el de la Muerte es el Odio. Odio contra el obispo de Roma, odio contra el español, odio contra los católicos, odio contra los pieles rojas, odio contra el Yo propio, odio contra todo y todos. ¿Quién sino el Diablo podía estar celebrando su Quinto Centenario en la mesa de la Reforma?

 

 

 

 

CAPÍTULO 17.

Las almas del purgatorio

 

-Parece necesario para las almas del purgatorio que a medida que disminuya el horror, aumente la caridad.

 

Pero qué es la Caridad -se preguntará alguno. Y yo le respondo lo que el santo apóstol: La Caridad es longánime, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera. Todo lo tolera... Y así sigue San Pablo en su primera carta a los Corintios, cap. 13.

Como lejos está el Infinito del punto cero, esta Caridad que: “todo lo tolera, todo lo comprende, todo lo excusa”, de estas otras palabras que Lutero desparramó generoso contra los judíos. Oigamos su verbo de infinita sabiduría. Y abriendo su boca, Lutero dijo:

"¿Qué debemos hacer, nosotros cristianos, con los judíos, esta gente rechazada y condenada? En primer lugar, debemos prender fuego a sus sinagogas o escuelas y enterrar y tapar con suciedad todo lo que no prendamos fuego, para que ningún hombre vuelva a ver de ellos piedra o ceniza. Esto ha de hacerse en honor a Nuestro Señor y a la cristiandad, de modo que Dios vea que nosotros somos cristianos.

En segundo lugar, también aconsejo que sus casas sean arrasadas y destruidas. Porque en ellas persiguen los mismos fines que en sus sinagogas.

En tercer lugar, aconsejo que sus libros de plegarias y escritos talmúdicos, por medio de los cuales se enseñan la idolatría, las mentiras, maldiciones y blasfemias, les sean quitados...

En cuarto lugar, aconsejo que de ahora en adelante se les prohíba a los rabinos enseñar sobre el dolor de la pérdida de la vida o extremidad...

En quinto lugar, que la protección en las carreteras sea abolida completamente para los judíos. No tienen nada que hacer en las afueras de las ciudades dado que no son señores, funcionarios, comerciantes, ni nada por el estilo. Que se queden en casa...

En sexto lugar, aconsejo que se les prohíba la usura, y que se les quite todo el dinero y todas las riquezas en plata y oro, y que luego todo esto sea guardado en lugar seguro...

En séptimo lugar, recomiendo poner o un mayal o una hacha o una azada o una pala o una rueca o un huso en las manos de judíos y judías jóvenes y fuertes y dejar que coman el pan con el sudor de su rostro, como se les impuso a los hijos de Adán. Pero si las autoridades son renuentes a usar la fuerza y contener la indecencia diabólica de los judíos, estos últimos deberían ser expulsados del país...

Estas son, alabado sea Dios, palabras claras y simples, que declaran que todo lo que se hace en honor o en deshonra al Hijo con seguridad también se hace en honor o en deshonra del Padre”.

Amén, amén, amén. Lutero es dios y Hitler su profeta. Heil Luther, morituri te salutant.

Y a imagen y semejanza del Creador también Lutero firmó su programa nazi en seis proposiciones; y a la séptima descansó.

(Estas proposiciones han sido tomadas del Libro de Lutero: Las mentiras de los judíos. Naturalmente esta obra menor la escondió la Reforma debajo de la manta y el pueblo alemán miró para otra parte.

Las pruebas que los judíos pasaron, cómo fueron perseguidos por la Reforma y despojados de sus bienes es uno de esos capítulos que los historiadores de la Reforma borraron de sus páginas, obviamente por amor a la verdad. Testimonios han quedado, porque era imposible que no llegasen a oídos de la Historia aquéllos acontecimientos.

Si esto es una acusación gratuita o cierta se puede deducir del saqueo y pillaje que los nuevos cristianos cometieron contra los católicos, a los que obligaron a abandonar sus propiedades y casas o vivir como esclavos. Se entiende que si con los de su raza hicieron eso contra los judíos a los que Lutero les aplicó el primer programa nazi, los despojos y pillajes fueron de tal calibre como para escandalizar a los historiadores y conjurarse para minimizar al mínimo posible la memoria de aquéllos hechos. En fin, ya están todos muertos. Que los alemanes vayan sacando conclusiones).

   

 

 

CAPÍTULO 18.

La razón y las Escrituras

 

-Y no parece probado, sea por la razón o por las Escrituras, que estas almas estén excluidas del estado de mérito o del crecimiento en la caridad.

 

¿No parece probado por la Razón que las almas de los que descansan en paz no pueden hacer ni bien ni mal, ni crecer ni decrecer, ni incluirse ni excluirse?

Decretado el acontecimiento cósmico que llamamos Juicio Final, del que tantos fueron privados de la Salvación que por la Fe se nos ha concedido, ¿quiénes somos nosotros ni quién es nadie para especular sobre la suerte de esas criaturas para las que nosotros somos su única Esperanza? Quien acusa a Dios de haber predestinado a Adán a la Caída ése no es de Cristo, sino del Diablo, como se verá a su tiempo cuando al jefe de semejante acusación contra Dios le toque el turno. ¡Señor, siendo tú la encarnación viva del Amor, cómo pudieron quienes fueron tu antítesis perfecta, predicadores del odio perpetuo hacia el Yo propio y hacia el ajeno por supuesto, engañar a tantos pueblos! ¿Enrique VIII tu discípulo? Mala era la enfermedad, peor fue el remedio.

 

 

CAPÍTULO 19.

La bienaventuranza de las almas

 

-Y tampoco parece probado que las almas del purgatorio, al menos en su totalidad, tengan plena certeza de su bienaventuranza ni aún en el caso de que nosotros podamos estar completamente seguros de ello.

 

Hay algo de lo que sí podemos estar seguros: No hay ninguna Esperanza para el Diablo y para su Obra. Y siendo la Unidad de todas las iglesias la Obra de los Apóstoles, la pregunta para la iglesia alemana es ¿de quién fue obra la división del cristianismo que consumó la Reforma? ¿O puede Dios jugar a ser hoy Cristo y mañana el Diablo?

Habiendo sido Cristo Jesús quien fundó una iglesia universal, a imagen y semejanza de la universalidad de su Reino ¿quién se dedicó a sembrar la Cizaña de la División mientras los Obispos dormían?

Habiendo sido el Amor la savia que alimentó esa Unidad ¿puede inferirse del Odio que sacudió a la Cristiandad en los días de la Reforma la naturaleza del fruto que condenó a media Europa en razón de la debilidad de unos cuantos obispos? ¿Tiene aún la iglesia alemana la certeza absoluta de hallarse sus héroes en el Paraíso? ¿Se atreve la iglesia alemana a confesar a boca abierta que todos los demás hijos de Dios, bien nacidos de la iglesia española como de la francesa o de la italiana o de cualquiera de las otras iglesias, estamos irrevocablemente llamados a ser condenados al Infierno, que la confesión protestante es la predestinada, la elegida, la iglesia verdadera? ¿Dios a unos nos ha creado desde el Principio del Mundo para el Cielo y a otros para el Infierno? Es decir, ¿se atreve la iglesia alemana a defender el argumento del Diablo, que para declararse inocente culpó a Dios de haberle puesto la trampa que le indujo a provocar la Caída de Adán?

Este Maniqueísmo de los Reformadores -los buenos nacen buenos y los malos nacen malos, o teoría de los elegidos- como el resto de sus proposiciones fundamentales, en su mayoría herejías combatidas en los primeros cinco siglos por los sabios cristianos más eminentes, niega uno de los principios sagrados de la Creación de Dios y se opone frontalmente a las declaraciones bíblicas sobre cuya solidez se funda el Libro entero, me refiero a la Creación y Formación del Hombre a la imagen y semejanza de Dios.

Si como dijo la Reforma por boca de Lutero y Calvino el Hombre no tiene libertad para hacer el Bien o el Mal entonces la Biblia es la Mentira más grande jamás escrita, porque empieza diciendo que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, de manera que o bien Dios es esclavo de alguien superior o bien el Hombre es libre como su Creador y tiene la facultad de decidir su futuro con las obras de sus manos y las palabras de sus labios.

“La razón, que es ciega -escribe Lutero en De servo arbitrio-, ¿qué dictará de recto? La voluntad, que es mala e inútil, ¿qué elegirá de bueno? Más aún, ¿qué seguirá una voluntad a la que la razón sólo le dicta las tinieblas de su ceguera y de su ignorancia? Así pues, errando la razón y corrompida la voluntad, ¿cuál es el bien que puede hacer o intentar el hombre?”.

Esta negación de la verdad bíblica: “Cuando creó Dios al hombre le hizo a imagen suya” podría aceptarse como pasable hablando del hombre antes de la Redención. Después de la Redención las palabras siguientes de Lutero son una negación total de Cristo: “Y si este vocablo (libertad) -cosa que sería lo más seguro y religiosísimo-, al menos, enseñemos a usarlo de buena fe de modo que se le conceda al hombre el libre albedrío sólo de la cosa que le sea inferior, no respecto de la cosa que le sea superior, esto es: que sepa que en sus facultades y posesiones tiene derecho de usar, hacer, omitir conforme a su capricho, aunque esto mismo esté regido por el libre arbitrio de Dios, hacia donde a Él le plazca. Por lo demás, respecto a Dios, o en las cosas que atañen a la salvación o condenación, no tiene libre albedrío, sino que está cautivo, sometido y esclavo o de la voluntad de Dios o de la voluntad de Satanás”.

Negando la Libertad del hombre se niega a Dios; negando la Libertad del Cristiano se niega a Cristo, a cuya Imagen y semejanza fuimos creados.

Lutero y sus socios resolvieron este conflicto renegando de la doctrina de la salvación según los apóstoles, prefiriendo a la sabiduría de Cristo la doctrina de Manes, fundador del Maniqueísmo, apóstol de los persas, que fragmentó el universo en dos fuerzas, el bien y el mal, los buenos y los malos. Los buenos, ellos, al Cielo; los malos, nosotros, al Infierno.

Obligado pues soltar unas palabras que nos lleven a las raíces de semejante fenómeno de Negación de Cristo.

Intentemos resolver por nuestra cuenta el conflicto del Hombre y la Libertad. Y digamos que lo que identifica al Hombre y lo convierte en un Género aparte dentro del árbol de las especies es su Libertad.

Como se ve precisamente del estado monástico del autor de estas Tesis, en ninguna parte del reino animal se produce una respuesta sacerdotal del individuo al instinto de la reproducción de la especie. Y es que a la hora de la libertad todos los animales se comportan como máquinas sujetas a un código operativo por control remoto, que son los instintos.

El ejercicio de esta Libertad para hacer el bien y el mal choca contra el Maniqueísmo de la Reforma. Y es que al dividir a los hombres en buenos y malos de nacimiento -“por voluntad divina”, acusación contra la Bondad Creadora que da cuentas del origen del Pensamiento de los Reformadores- la Reforma se comparó a una reacción de animales frente a un peligro o a una situación específica. Pues como hemos visto y se sabe la Libertad es cosa humana y sólo se puede negar de la naturaleza animal.

Aunque sea duro por mi parte y apoye mi declaración los hechos, no es de extrañar que la nación que renunció a la naturaleza humana y se comparó a los animales, andando el tiempo degenerara y cayera en la trampa de la bestia nazi. Sin embargo la respuesta a la forma de ver un hombre su mundo y su relación con él, concretamente en este caso hablando de Martín Lutero, no podemos buscarla en la reacción de nuestros sentimientos delante de las consecuencias de sus obras. Tenemos que entrar en la génesis de su pueblo, en cuyo campo echa sus raíces el árbol del comportamiento individual.

Espero que al lector no le parezca ridícula la idea de buscar la génesis de un trauma en la infancia del sujeto afectado. Cuando nacemos todos lo hacemos con un comportamiento heredado cuyo tramo más cercano se relaciona con el del hábitat natural en el que la familia ha vivido en los últimos siglos y milenios. La conciencia nacional de un pueblo cuya historia se remonta siglos será siempre más fuerte que la de un pueblo que se ha formado escaso tiempo atrás. En este aspecto la memoria de los orígenes de Alemania no desengaña a nadie.

 

 

CRONICAS MEROVINGIAS

 

En sus orígenes los Francos fueron un sólo pueblo. Aquel pueblo se multiplicó y, siguiendo la ley divina: Henchid la tierra, dio lugar a las dos grandes ramas que andando el tiempo crearían las dos naciones que conocemos hoy día como Alemania y Francia.

Al principio el Rin fue la frontera entre las dos ramas. La rama francesa fue la primera en cristianizarse, mejor dicho, en convertirse al catolicismo. Este acontecimiento tuvo lugar durante el reinado de Clodoveo, el verdadero fundador del reino del que emergería el Sacro Imperio Romano Germánico -más pomposo y a la medida del orgullo del alemán de la Reforma imposible el título.

El abuelo de este Clodoveo participó -se dice- en la guerra contra los Hunos. Coronado en el 481 la primera guerra de verdad de Clodoveo fue contra el último romano que gobernaba la actual Francia, un tal Siagro. Este Siagro intentó enemistar al rey de los Visigodos, Alarico II, rey del sur de Francia y del norte de España, con Clodoveo, pero Alarico le cortó la cabeza al romano y se la mandó a Clodoveo en prueba de amistad. Gesto que no le valió de mucho al rey de los Visigodos; ya que al poco se vieron en el campo de batalla y Clodoveo le cortó a él la suya.

De este forma de devolver la amistad cualquiera diría que los Francos eran peores que las bestias. La investigación sobre la causa de la enemistad súbita entre ambos reyes vecinos nos aclara las cosas.

La razón de la guerra entre Clodoveo I y Alarico II fue la siguiente. Apoyado en el episcopado galo-romano de toda la vida Clodoveo abolió los prejuicios de raza entre Galos, Romanos y Francos. La sujeción de su reino a la ley de la igualdad debida al cristianismo, aunque Clodoveo mismo no era católico, le valió a su política muchos puntos entre todos los pueblos que formaban las torres de su corona.

Como hubiera sido de esperar, de la conversión de Clodoveo no tuvo la culpa ningún obispo, santos como eran los de aquéllos días, sino una mujer, su mujer, Clotilde. A nadie debe extrañarle que la Historia le diera el título de Santa. La leyenda ha querido que el momento decisivo de la conversión de aquel guerrero se emparejase con el otro a raíz del cual el Cristianismo conquistó su libertad. Lo mismo que la victoria decisiva de Constantino el Grande decidió la suerte de pueblos numerosos, la invocación al Dios de santa Clotilde en el prólogo de la batalla decisiva por su reino y la consecuente victoria barrió del guerrero franco la duda y se hizo bautizar en el 496 por el famoso obispo de Reims, san Remigio.

Para la Historia ha quedado la frase con la que este célebre obispo bautizó a su hijo en Cristo. “Adora lo que quemaste, quema lo que adoraste”. Como si estas palabras hubieran determinado el futuro de Francia el pueblo francés hubo de esperar el nacimiento de la Revolución para quemar lo que durante tantos siglos adoró.

La verdad es que la guerra con los Visigodos de Alarico II la inició Clodoveo por culpa del primero. Alarico era arriano. La conversión de Clodoveo y la reacción en cadena de conversiones al estilo bárbaro provocó que el pueblo galo-romano, católico desde antes de la conquista de su territorio por los Visigodos, encontrara un defensor de su causa en el rey de los Francos. Ante la esperanza de liberación que desató la conversión de Clodoveo, Alarico II decidió acallar aquél grito al estilo anticristiano más depurado. Y la persecución se hizo. Con esta medida criminal Alarico II demostró ser más terco que un burro. Que esperase triunfar donde fracasaron generales de la talla de un Diocleciano, por ejemplo, le mostró a Clodoveo la clase de orejas de asno que el rey de los Visigodos tenía. Y creyendo que a semejante asno la cabeza de hombre no le convenía fue y se la cortó.

¿Pero quiénes eran estos Visigodos en definitiva?

Lo mismo que los Francos, los Godos fueron en su origen un único pueblo. Su origen estaba en el Norte, Escandinavia. Como el resto del mundo los Godos se multiplicaron y se dividieron en dos ramas principales, los visigodos y los ostrogodos. Durante los primeros siglos del cristianismo los Godos se movieron del Norte al Este y se instalaron en las costas del mar Negro, de donde fueron expulsados por la marea de los Hunos. Ante el ultimátum, unirse a los Hunos o perecer, los ostrogodos se unieron a Atila, y se les encontró luego combatiendo a su lado en la famosa Batalla de Paris.

La rama occidental de los Godos, los visigodos, prefirieron abandonar sus territorios y enfrentarse al imperio romano antes que unirse a aquella manada de monstruos. Posiblemente de aquí que los historiadores les dieran a los visigodos la fama de los buenos y a sus hermanos ostrogodos la de los malos.

El emperador Valente les permitió a los Visigodos el acceso el Imperio pero parece que los trató peor que a los perros. Cuando dos de sus jefes más amados fueron asesinados por los Novios de la Muerte, los Visigodos se pusieron en pie de guerra. Se cuenta que el 19 de agosto del 378, 18.000 visigodos se enfrentaron a 70.000 romanos y pasaron sobre las legiones como un tornado por un pueblo de madera. La llamaron la Batalla de Adrianópolis. El emperador Valente murió en ella con las botas puestas.

Encendidos sus corazones como carbones en llamas por la victoria, los Visigodos se dirigieron hacia Constantinopla, ciudad que no pudieron conquistar. Con el fuego de la rabia todavía quemándoles las entrañas -algo que se les quedaría a sus futuros descendientes, los españoles- los Visigodos se dedicaron a saquear pueblos y regiones enteras, viviendo por un tiempo del cuento, como en el futuro lo harían los Vikingos, sus parientes lejanos.

Así que un día los Visigodos se cansaron de hacer el pillo y pactaron con el emperador Teodosio tierra a cambio de paz. Teodosio el Grande aceptó. Al poco a Teodosio le salió un rival reclamando el Imperium. El recuerdo de los 18.000 contra los 70.000 en mente, Teodosio contrató a Alarico I, el flamante rey de los Visigodos, prometiéndolo mucho oro a cambio de ayuda militar. Alarico I, del que se dice que le gustaba el dinero más que a un niño una piruleta, chocó esos cinco. Y juntos aplastaron al aspirante al título de máster del universo romano. Pero en la batalla -del río Frígido la llamaron- los visigodos de Alarico soportaron todo el peso de la victoria. A la hora del recuento de muertos, en proporción a los de los romanos los muertos de los visigodos superaron un número bestial la diferencia. Alarico I -de Tonto más que de inocente lo trató Teodosio el Listo- no tardó en darse cuenta de la jugada maestra del Imperator Romano. Sus hombres habían sido sencillamente sacrificados al dios de la guerra. El escándalo convirtió otra vez la sangre visigoda en fuego. Con aquel río de furia quemándoles las venas, Alarico I el Tonto y sus supervivientes se lanzaron contra el país de Grecia, Macedonia y Tracia, saqueándolo y destruyéndolo todo. ¡Una tontería como otra cualquiera!

Al poco murió Teodosio el Listo. Su general Estilicón fue nombrado regente del imperio de Occidente. El deber le imponía plantarle cara a Alarico. Lo hizo. Estilicón lo acorraló y estuvo a punto de cortarle las agallas, pero el Alarico logró salir vivo.

Arrianos que eran los Visigodos el enfrentamiento contra el Imperio fue derivando hacia el terreno religioso. Lenta pero sin pausa el odio hacia el Romano se transformó en odio hacia el catolicismo. Una vez que este odio hacia el catolicismo se instaló en sus venas, aunque Estilicón le ofreciera a Alarico Yugoslavia entera por reino, Alarico sólo aceptaría como satisfacción por los crímenes contra su pueblo el Imperium.

Después de devastar Grecia y Yugoslavia Alarico irrumpió en Italia, cual Aníbal en sus mejores tiempos, dispuesto a saquear Roma. Estilicón movilizó en su contra a todas las naciones bárbaras aliadas: Suevos, Vándalos, Alanos.

En la Pascua del 402 Alarico mordió el polvo, por fin. Pero como cualquier otro “elegido” -todos con más vidas que un gato- otra vez logró salir vivo. Italia se había salvado, que era lo importante.

Roma a salvo, el conglomerado de naciones aliadas regresó a sus cuarteles, pero por el camino, charlando, se les ocurrió una idea mejor, conquistar las Galias. De la idea pasaron a los hechos y lo hicieron.

Estilicón, más preocupado con las cosas de la alta política imperial que por la suerte de cuatro galos y medio, pasó de la Imitación de Julio César. Constantino, general de las Islas Británicas, no. A la distancia de un túnel bajo las aguas, Constantino -no el Grande- respondió a la conquista de las Galias declarándose César Imperator. Cruzó el Canal y su Rubicón, cargó con la cruz de los césares: Alea jacta est, y se fue a buscar al cobarde de Estilicón. Pero Alarico I el Tonto estaba allí para sacarle las castañas del fuego a los Romanos -actitud que sus descendientes heredarían y le daría al Español el carácter quijotesco que mostrara en el siglo XVI, soportando solo el peso de la lucha a vida o muerte de Europa contra el Turco-. Alarico aceptó la oferta de Estilicón de rechazar juntos el peligro; los dineros por delante, siempre. Cerrado el trato Estilicón dejó en manos del Visigodo detener al aspirante al título de Máster mientras él se dirigía hacia Constantinopla. Adonde nunca llegó porque fue asesinado por el Senado.

Roto de esta manera el contrato, Alarico volvió grupas contra Roma. Era el 408. Hacía 800 años que la Ciudad Eterna no había conocido el asedio y el saqueo. Alarico devastó, saqueó a placer y se llevó como rehén a Gala Placidia, la hermana del emperador.

Alarico I murió al poco, y Gala Placidia se casó con Ataúlfo, su sucesor. Este Ataúlfo fue el líder que dirigió a los visigodos hasta España, y la conquistó. Su sucesor, Valia, extendió la conquista hasta el sur de Francia, haciendo de Toulouse su capital. El siguiente rey de la lista, Teodorico I, hijo de Alarico I, se unió a los ejércitos europeos para defender al mundo civilizado de la invasión de los hunos de Atila. Caído Teodorico en el campo de batalla, su hijo Eurico se declaró independiente de Roma.

De estos reyes descendía el Alarico al que Clodoveo, rey de Paris, se enfrentó en el 506 y destruyó. Expulsados los Visigodos de Francia, se retiraron al sur de los Pirineos y desde Toledo reinaron sobre toda la península ibérica hasta que en el 711 fueron barridos por la marea islámica.

Como dije, el enfrentamiento entre Clodoveo el Católico y Alarico II el Arriano vino a cuento de la conversión del rey de Paris. El rey de Tolosa, arriano hasta la médula, se lanzó a la persecución de todos los católicos de su reino. Estos, sacrificados al odio de quienes decían ser cristianos pero con sus obras demostraban todo lo contrario, llamaron en su socorro al rey Católico. Clodoveo respondió como un hermano y destrozó las fuerzas anticristianas que bajo el signo de la Cruz se habían refugiado a la espera del momento para abrir las puertas del infierno de las persecuciones. De esta manera fue casi todo el reino de Francia conquistado para los futuros franceses. Sus hermanos francos ripuarios, los futuros alemanes, seguían sin embargo sin tener su territorio nacional. Cosa que tras la muerte de Clodoveo (511) arreglaría su hijo Thierry, el conquistador de las tierras al este del Rin, padre del núcleo desde el que había de formarse la futura Alemania.

Desde esta plataforma Clotario I siguió combatiendo a los Sajones y a los Bávaros, a los que sometió. Pero a su muerte el reino se arrojó en los brazos de la guerra civil fratricida, el resultado de la cual fue la formación de dos grandes bloques, el Este y el Oeste, sobre cuyas fronteras se forjarían las dos naciones actuales: Francia y Alemania, de la que se desgajarían Holanda, Bélgica, Austria y Suiza.

Sigeberto y Childerico, hijos de Clotario I, se casaron con las dos hermanas visigodas Brunilda y Galesvinda, hijas del rey español Atanarico, y nietas de Alarico II. Cómo llegaron a casarse las nietas del rey muerto con los nietos del rey que lo mató es uno de esos enigmas sin solución. La cosa es que Fredegunda, la amante de Childerico, celosa de la reina Galesvinda la asesinó, troceó su cuerpo y se lo arrojó a los perros. Childerico se rió ante aquel ataque de celos latinos y la hizo su reina. Brunilda, hermana de la reina asesinada, sobre la memoria de todos sus muertos juró venganza. Y no paró de envenenarle la vida a su marido hasta que lo condujo al campo de Caín y Abel.

Los hermanos se enfrentaron a muerte. Sigeberto obligó a Childerico a huir. Childerico logró refugiarse detrás de los muros de un castillo inexpugnable. Como no podían entrar a buscarlos para matarlos ni ellos salir para morir Brunilda cercó el castillo donde la asesina de su hermana se escondió y se juró dejarla morirse de hambre.

Habiendo el Cielo concedido justicia Sigeberto y Brunilda reclamaron esta señal de los dioses como signo inequívoco de su derecho a la corona de todo el reino de los Francos. La coronación estaba ya en marcha cuando unos asesinos a sueldo contratados por Fredegunda enviaron a Sigeberto con viento fresco al Cielo.

Brunilda logró huir, se alzó como regente del reino del Este, Alemania, y mantuvo la guerra contra el reino del Oeste, Francia, hasta que pudo pagarle al asesino de su hermana y de su esposo con la misma moneda. Un día un asesino a sueldo le hizo el favor a Childerico de mandarlo cuanto antes al infierno al que él antes enviara a su hermano.

Entretanto Gontran, el otro hermano de Childerico y Sigeberto, después de vencer a un aspirante a su corona, murió legando a Brunilda y a su hijo su reino. A su muerte el hijo de Brunilda volvió a hacer lo que sus padres, dividir el reino entre sus hijos Teodoberto y Thierry.

En un principio los dos hermanos se unieron contra Clotario II, el hijo de Fredegunda. Pero al final acabaron matándose entre ellos. Thierry mató a Teodoberto y finalmente, durante los preparativos de guerra contra el hijo de Fredegunda, él se mató a sí mismo entre borracheras y orgías, en esto siguiendo a rajatabla las buenas costumbres bárbaras.

Así las cosas, Brunilda fue a tomar las riendas del poder supremo. Entonces los nobles alemanes, a los que no les cabía en la cabeza que una mujer fuera a mandarlos, se pasaron al bando enemigo. Brunilda Atrapada, después de matarle los nietos que le quedaban, la ataron a la cola de un caballo, fustigaron al animal y este corrió hasta destrozar a la pobre mujer. Así fue cómo Clotario II volvió a reunir los reinos de Francia y Alemania (año 614) en una mano.

El precio que pagó el rey de Francia por la corona de Alemania fue muy alto. La elección de su Primer Ministro, o mayordomo de palacio, sería Privilegium de los Príncipes Alemanes, consejo de electores del que derivaría su homólogo imperial sacro germano. También tuvo que firmar la promesa de no intervenir en la elección de los obispos. Y sobre todo y ante todo firmar la autonomía de gobierno de Alemania. El rey no tuvo más remedio que aceptar, aunque a su manera, sentando en el trono alemán a su propio hijo Dagoberto.

Muerto su padre este Dagoberto reunió de nuevo las dos coronas. El destino de su dinastía estaba ya, a pesar de la aparente fuerza de su reino, en las manos de Pipino Landen, el mayordomo de palacio, cuyos descendientes dividirían la Unión y darían luz verde a las historias independientes de Francia y Alemania.

De todos modos Dagoberto I, presintiendo inconscientemente la fuerza de Pipino Landen lo retiró del gobierno. Creyó que dándole el puesto de primer ministro de Alemania al hijo del obispo de Metz, de la sangre de Pipino, lograría exorcizar el peligro.

Apenas muerto Dagoberto su hijo Sigeberto sacó de las sombras al antiguo mayordomo de palacio. A la muerte de éste un advenedizo, llamado Otto, desplazó al hijo del difunto Pipino, quien a su vez dio el correspondiente golpe de estado y recogió lo que le pertenecía por herencia. Este quiso llevar tan lejos su ambición que acabó quitando y poniendo rey. Desgraciadamente los Príncipes Electores Alemanes no pudieron soportar aquella abolición de sus derechos y volvieron a entregar, como ya hicieran con Brunilda, el golpista al rey de Francia. De esta nueva manera el rey de Paris volvió a tener las dos coronas en sus manos. Murió al año siguiente, 657 de nuestro Señor, de la enfermedad de los merovingios, enviciado hasta los ojos.

Clotario III le sucedió. Debía ser un chiquillo cuando le coronaron porque su madre actuó de regente. Cuando por fin tuvo uso de razón Clotario coronó rey de Alemania a su hermano Childerico. Su primer ministro murió y le sucedió un tal Ebroín, una especie de Rasputín que se jugó el cuello contra los derechos de los Príncipes Electores ignorando cómo se las jugaban sus altezas alemanes. Estos, bajo la bandera sacra del obispo de Autun, derrocaron al primer ministro de París, lo encadenaron, y a su rey lo obligaron a retirarse a un convento. Y así fue cómo Childerico II, el rey de Alemania, se sentó en Paris como rey.

Por poco tiempo. Lo mataron al pobre cuando ya empezaba a cogerle gusto al asiento. Se sospechó que lo mataron por haber desterrado al primer ministro alemán y al obispo, los dos hombres que lo llevaron en hombros a la catedral de Reims. Y la anarquía se hizo. El primer ministro alemán regresó del exilio, y proclamó rey de Alemania a Dagoberto II; mientras el obispo hacía lo mismo y consagraba rey de Francia a Thierry III.

Todos contentos estaban cuando Rasputín Encadenado rompió las argollas, reunió a todos los descontentos, que debían haber sido muchos, reconquistó Francia y condenó a muerte al obispo quita y pon reyes. Enseguida le declaró la guerra al rey de Alemania. Este le reconoció su rango de primer ministro de los dos reinos, y como Pipino de Heristal, nieto de Pipino Landen, y su socio Martín le plantaran cara, los hizo morder el polvo, resultando muerto de la indigestión el segundo.

El primero, Pipino de Heristal era el hijo de una santa, hija de Pipino Landen. Desde su puesto de primer ministro a la sombra del verdadero primer ministro de Francia y Alemania, el hijo de la santa esperó su turno para vengar su honor alemán humillado. La ocasión vino a la muerte del Rasputín de Paris.

Su sucesor Waratón y su hijo, no pudiendo compartir la misma tarta, comenzaron a guerrear entre ellos, lucha a la que se unió el yerno del primero, escándalo total que aprovechó el primer ministro alemán para imponer orden y salir de la contienda como el único Bismarck del mundo de los Francos.

Thierry III, Clodoveo III, Childeberto III y Dagoberto III fueron meros títeres en sus manos. Los Príncipes Electores Alemanes fueron quienes de verdad gobernaron durante esos años el Reino Merovingio. A la muerte de Pipino su viuda Plectrude quiso regentar el reino, pero los machos alemanes, no pudiendo soportar ser mandados por una hembra, la mandaron de vuelta adonde pertenecía, a la cocina. Subió al poder el legendario Carlos Martel.

Al contrario que los grandes héroes nacidos bajo la estrella de las armas, todos hijos de muy santas madres, este Carlos era el hijo de una querida de su padre. Fue él, sin embargo, quien en Poitiers, en el 732, les paró los pies a los ejércitos islámicos que, después de haber destruido el reino de los Visigodos, querían hacer otro tanto con el de los Francos.

Gloria a él, aunque pecase de exceso al expropiar a la Iglesia para pagarle a sus soldados con qué. Amante de su pueblo, al Apóstol San Bonifacio no sólo no le cortó el paso sino que puso a su alcance de toda la ayuda que necesitase. En lo demás Carlos Martel, el Martillo de Dios, siguió siendo un Franco, o sea, un bárbaro que siguió creyendo que su padre original fue un dios, y la sangre azul de aquel dios se transmitía de papás a hijos y por tanto siendo todos sus hijos divinos, todos tenían derecho a una parte de su imperio.

A su muerte Carlos Martel volvió a dividir el reino entre sus dos hijos, aunque, al contrario que sus predecesores, Carlomán y Pipino mantuvieron buenas relaciones, como de hermanos. Tal vez fuera la influencia del Apóstol Bonifacio. Movidos por la piedad y la caridad reinstauraron la obsoleta dinastía merovingia en la persona de Childerico III.

No por mucho tiempo. Carlomán sufrió un ataque místico y se encerró en un convento. Dejado solo y después de consultarlo con el papa Zacarías el primer ministro fue coronado rey de Francia y Alemania. Los tiempos de los francos franceses habían pasado, ahora les tocaba a los francos alemanes mostrar de lo que eran capaces. Se dice que de haberle aconsejado el papa lo contrario Pipino el Breve no hubiera elevado la cabeza de Alemania sobre el resto de las naciones cristianas.

En líneas generales este es el origen de la Alemania de Lutero, sin perder de vista que su trayectoria aún estaba unida a la de Francia, de cuya Historia se desligaría en breve. Y en definitiva, volviendo a la tesis en curso: ¿si las almas de las naciones que duermen a la espera del Juicio Final no pueden saber qué les espera cómo podremos saberlo nosotros? ¿A qué estaba jugando el autor de estas Tesis? ¿A salvar a Dios para condenar al resto del mundo?

 

 

QUINTA PARTE   Sobre la Rebelión de Lutero