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LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

TERCERA PARTE

 

Sobre el Juicio de Dios

 

 

La Opción del Diablo -la transformación del universo en un campo de batalla donde jugar a la Guerra- no tenía ninguna vía de prosperar. Cuando Dios, el Infinito y la Eternidad se hicieron una sola cosa y provocaron la revolución cósmica que conocemos como Creación esa opción fue desterrada del Futuro de su Reino. Y puesto que no estaba dispuesto a renunciar a la Guerra el Diablo se puso a buscar mediante una política de hechos consumado la forma de obligar a Dios a aceptar la coexistencia del Bien y del Mal -del pecado y de la fe. Pensando, el Diablo encontró en la Persona del Hijo el as que le daría la victoria. En líneas generales tal fue la estructura del pensamiento del Diablo. Por contra la decisión de Dios: “de todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del Árbol de la Ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”, era y es la expresión visible de una decisión irreversible. Desde aquel Día y para siempre Dios desterraba de su Creación el fruto del Árbol prohibido: la Guerra. Lo que Dios le decía a Adán se lo decía a todos sus hijos. La cuestión estaba en “qué tenía que decir el Hijo sobre esta decisión del Padre”. Pero antes de meternos en la respuesta resolvamos la asociación del fruto del árbol prohibido con el Sexo, cuando ese fruto era y es la Guerra.

La ignorancia judía sobre la naturaleza del fruto del Árbol de la Ciencia del bien y del mal, a la que se relacionó con el Sexo, se transmitió por inercia a las comunidades cristianas. Algo natural si se tiene en cuenta que el sustrato desde el que naciera el Cristianismo fue hebreo. Desde allí se transmitió a la Iglesia y bajo esa forma las iglesias han mantenido en su doctrina hasta nuestros días dicha asociación. Que esa conclusión era y es absurda se desprende del mismo relato de la Creación. Al Sexto Día bendijo Dios la unión sexual entre el macho y la hembra humana: “Procread y multiplicaos y henchid la tierra” -fueron sus palabras. El domingo descansó y el lunes volvió al trabajo. Fue entonces cuando antes de meter mano le dijo a Adán: “De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”. La sucesión de acontecimientos marca el ritmo y aclara las cosas. Dios no podía irse a la cama bendiciendo la procreación de la especie humana y levantarse dispuesto a maldecir lo que bendijera ayer mismo.

Vamos a ver, poder lo que se dice poder, Dios lo puede todo, pero hay algo que Dios no puede, y es ser a la misma vez Cristo y el Diablo. Así que donde hoy dice gloria mañana no dice infierno. Si ayer le dijo a los hombres que se reprodujeran y se multiplicaran no se iba a levantar al siguiente por la mañana con la maldad del que ha hecho a todo el mundo caer en la trampa y ahora les va a dar el palo, porque sí, porque puede. Sobre este respecto, sobre la unión entre el Padre y el Espíritu Santo, el Hijo lo dejó claro con sus palabras, siempre tan breves, siempre tan intensas:

“También habéis oído que se dijo a los antiguos: No perjurarás, antes cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo que no juréis de ninguna manera; ni por el Cielo, pues es el Trono de Dios; ni por la Tierra, pues es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, pues es la Ciudad del Gran Rey. Ni por tu cabeza jures tampoco, porque no está en tí volver uno de tus cabellos blanco o negro. Sea vuestra palabra: Sí, sí. No, no; todo lo que pasa de esto, de mal procede”.

Habiendo creado Dios al Hombre a su Imagen y semejanza es natural que primero nos muestre las leyes sobre las que se rige su Espíritu. “Sí, sí. No, no”. O sea, lo que bendice un día no lo maldice el siguiente. Lo contrario, creer que primero bendijo la procreación y luego maldijo la unión sexual es negar la Veracidad de Dios. De hecho, que Dios no se había levantado al Octavo Día con la piel de la Serpiente lo prueba que antes de meterle mano a su trabajo le diera una compañera a su hijo Adán para que la soledad le fuese leve.

El argumento del Diablo -recogido luego por la Reforma en su versión calvinista- dice que precisamente para eso le dio Dios a Adán una compañera, para verlo donde lo quería ver, temblando muerto de miedo a la espera del juicio. La teología protestante-calvinista recogió este argumento del Diablo sobre la predestinación maniquea del mundo y lo hizo suyo. Cosa que parecerá bastante fuerte de leer, pero no tanto si cortamos tajo y analizamos sus presupuestos.

Claro que sí; si según Calvino y sus hermanos en el espíritu del protestantismo toda criatura está predestinada al infierno o a la gloria: Dios le dio Eva a Adán para ponerle la zancadilla. Pues que en su presciencia Dios sabía que Adán no podría resistir la tentación de aquella hembra desnuda como su madre la trajo al mundo…pues eso, que según la teología de la Reforma Dios juega hoy a Cristo y mañana al Diablo. De donde se ve que la Duda de Descartes no es más que la expresión científica del pensamiento calvinista más exacto. Y es que querer ser más listo que nadie fue lo que perdió a Calvino y a sus hermanos en la Reforma. Fue para no llegar a semejante conclusión diabólica que el Judaísmo y el Catolicismo prefirieron agarrarse a la postura dogmática del Sócrates que sólo sabía que no sabía nada. Dios dijo, Dios hizo, y lo demás escapaba a su comprensión. Mejor pecar de infantil que por genio. El porrazo que se da un niño es lágrima de cocodrilo, pero la altura desde la que caen los ídolos...

Llegando a algún sitio, que ya empiezo a marear la perdiz demasiado, el fruto del Árbol prohibido no eran los besos con los que Adán se comía a Eva. El fruto prohibido era la unión entre el puño de Caín y la quijada del asno muerto. Otros lo llaman la Guerra. ¿No fue esa la prohibición contra la que se estrelló el Diablo cuando suscitó la enemistad de todo el mundo contra Cristo? ¿Cómo iba a darle Satán a Jesús todos los reinos del mundo si no los conquistaba a fuego y espada? ¿O acaso alguien se cree que los romanos iban a poner su imperio a los pies del hijo de María por su cara bonita? Deduciendo y transfiriendo de Cristo a Adán, “que era el prototipo del que había de venir”, el Diablo tentó a Adán, rey electo del mundo, a conquistar la Tierra empleando la fuerza, la bandera de la Guerra por delante ordenándole a todos los pueblos someterse a su Imperio.

La Idea Original Divina era que el reino de Adán se abriera como un Árbol que a todos les ofrecería la Vida, por Bandera la Sabiduría. Al levantar entre la Guerra y su Reino su Palabra, es decir, el Verbo, Dios le mostraba a toda su Creación, del Cielo como de la Tierra, cuál era su elección y cuál su decisión si se le ocurría a alguien ponerle delante del Dilema.

Entonces, volviendo a poner los pies en el suelo, al darle un cuerpo a la Ciencia de la ciencia del bien y del mal y hacerlo en el de un árbol, cuya naturaleza es su regreso natural al polvo, Dios dio conocer mediante una metáfora su Voluntad, de un sitio, y del otro levantaba entre esa Ciencia, cuyo fruto era la Guerra, y sus hijos: su Ley. Nadie debe olvidar que todos sus hijos fueron testigos de la Creación de los Cielos y de la Tierra, según el testimonio del propio Dios:

“¿Quién es este que empaña mi providencia con insensatos discursos? Cíñete, pues, como varón los lomos, voy a preguntarte para que me instruyas. ¿Dónde estabas al fundar yo la Tierra? Indícamelo si tanto sabes. ¿Quién determinó, si lo sabes, sus dimensiones? ¿Quién tendió sobre ella la regla? ¿Sobre qué descansan sus cimientos o quién asentó su piedra angular entre las aclamaciones de los astros matutinos y los aplausos de los hijos de Dios?”(Job-Intervención de Yavé).

En suma, todos los hijos de Dios habían visto con sus ojos que el Verbo es Dios. Es decir, Dios decía y así se hacía; Dios volvía a decir y así volvía a hacerse. Con sus ojos vieron todos los hijos de Dios que el Verbo es Dios y que el Verbo estaba en el Padre y en el Hijo. Todos menos Adán, lógicamente. A no ser que quien es creado pueda asistir a su propia creación. Pero el punto hacia el que quería yo llamar la atención es otro. El siguiente: Muy bien, el Padre había tomado la decisión irrevocable de desterrar de su Reino la Guerra, ¿pero y el Hijo? ¿El Hijo no tenía nada que decir? A salvo de toda tentación entre los brazos de su Padre ¿por qué no le dejaba Dios que decidiera por sí mismo y se pronunciara libre y voluntariamente sobre esa Ciencia?

¿Y si el Hijo encontraba en la Guerra el placer que habían encontrado esos hijos contra los que se levantó la Ley: “El día que de él comieres, ciertamente morirás”? ¡Cómo podía decir nadie de qué parte se pondría el Hijo si el Padre no le daba la oportunidad de conocer esa Ciencia! Que decidiera por sí mismo sobre la necesidad de desterrarla de su Imperio o la conveniencia de abogar delante del Padre a favor de la coexistencia en su Paraíso de ambos árboles, el de la Vida y el de la Muerte- con estos argumentos del Diablo y otros parecidos se decidió la suerte de nuestro Mundo.

A estas alturas de la Historia la Creación entera está al corriente de la decisión del Hijo. A su forma, pocas palabras y un Hecho que habla mejor y más rotunda y contundentemente que un millón de libros, el Hijo dio su respuesta: “Apártate, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto”. En otras palabras, antes muerto que permitir semejante transformación del Paraíso en un Infierno gobernado por demonios adoradores de la Guerra. Y para demostrar que estaba hablando en serio subió a la Cruz. Su Respuesta -hacerse una cosa con el Padre al que adoraba- dio por finalizada la Guerra Civil entre los hijos de Dios, y abrió una Nueva Era, en el Cielo como en la Tierra.

Respecto al Cielo, de donde bajara, al volver todo había cambiado. Dios le había dado a su Reino una forma Nueva. Respecto a la Tierra, de donde se iba, dejaba en marcha una Revolución Teológica cuya Meta era y es la Salvación del Género Humano. Incapaces judíos y romanos para comprender lo que estaba pasando, la Guerra contra el Cristianismo se hizo. Para defenderse y triunfar de la Ignorancia de sus enemigos, Dios le dejó al pueblo cristiano sólo un arma: el Ejemplo de Cristo. ¿O acaso no creó al Principio Dios al Hombre a su imagen y semejanza?

En efecto, la Caída no borró de la Mente Creadora el Proyecto de Formación del Hombre a su imagen y semejanza. La Caída lo que hizo fue borrar las circunstancias ideales sobre las que ese Proyecto comenzó a realizarse. Otro de los argumentos originales de aquéllos que se conjuraron para abrir la Caja de Pandora y desatar todos los males sobre el Género Humano fue éste: ¿Bajo condiciones infernales podría demostrarse que el Verbo es Dios?

La maldad pérfida en los argumentos del Diablo no acababa ahí. Una vez que la Guerra contra el Espíritu Santo se desatara los asesinos de Adán tenían que sopesar la posibilidad de la derrota a manos del hombre por cuya mano Dios les reclamaría su sangre. Cuando Dios decretó su Juicio contra Satanás, aún con el corazón desgarrado por nuestra suerte, le juró:

“Por haber hecho esto, maldito serás entre todos los ganados y entre todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu pecho y comerás el polvo todo el tiempo de tu vida. Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo; este te aplastará la cabeza y tú le acecharás el calcañal”.

Pero no parece que el asesino se inmutara. Ni tampoco más tarde cuando volvió a ratificar su sentencia, esta vez bajo juramento, con aquéllas palabras tan suyas:

“Ciertamente yo alzo mi mano al Cielo y juro por mi eterna vida; cuando yo afile el rayo de mi espada y tome en mis manos el juicio, yo retribuiré con venganza a mis enemigos y daré su merecido a los que me aborrecen, emborracharé de sangre mis saetas y mi espada se hartará de carne, de la sangre de los muertos y los cautivos, de las cabezas de los jefes enemigos” (Deuteronomio-Cántico de Moisés).

Dura como era la sentencia el Diablo siguió sin inmutarse. Al poco de matar a Adán lo vemos luego junto a sus hermanos rebeldes eligiendo entre nuestras mujeres las más guapas y procreando de ellas a los héroes de muy antiguo. Y más tarde presentándose ante Dios en calidad de hijo todavía. O sea, que antes de declararle Dios a Noé la ley que regiría el duelo a muerte entre el Hijo de Eva y la Serpiente ésta ya era consciente de sus términos. Recordemos esa ley:

“Ciertamente os demandaré vuestra sangre, que es vuestra vida; de mano de cualquier viviente la reclamaré, como la reclamaré de la mano del hombre, extraño o deudo, pidiendo cuentas de la vida humana. El que derramare la sangre humana, por mano de hombre será derramada la suya; porque el hombre ha sido hecho a imagen de Dios” (Génesis- Alianza de Dios con Noé).

No hay que ser astuto como una serpiente para ver que la esperanza del Diablo y sus ángeles rebeldes tuvo en estos términos su nido. Vamos a ver, si mataron con la facilidad que un gigante aplasta a un chiquillo al hombre más grande que existió nunca, el hombre al que Dios había formado con sus propias manos, ¡¿por qué iban a tenerle susto a un hijo del muerto?

¡Absurdo! -se dijeron-. Si bajo condiciones paradisíacas el Hombre que Dios criara como a un hijo no pudo evitar ser un juguete en sus manos ¿qué harían con su Heredero, formado en condiciones adversas, esos mismos Másteres del Infierno? Locos, con la locura del que siendo una criatura de barro se atreve a declararle la Guerra a su Creador, y cegados por el infinito valor y astucia del que mata a un niño los Rebeldes no comprendieron en qué descansaba Dios su Victoria. ¿No habían retado a Dios a dejar que su Hijo Amado decidiera por sí mismo el futuro de la Ciencia del bien y del mal, y no estaban en que un hombre sería el Elegido para el Día de la Venganza, el Día de Yavé? Muy bien, Dios les iba a dar las dos cosas en un mismo Acontecimiento: Encarnación y Resurrección de su Unigénito.

Ah, el Día de Yavé. Cómo olvidar el Día de Yavé contra el Diablo y sus ángeles malditos:

“Porque llegará el día de Yavé de los ejércitos sobre todos los altivos y engreídos, sobre todo lo que se yergue, para humillarlo; sobre todos los altos y erguidos cedros del Líbano, sobre las robustas encinas de Basán, sobre todos los montes altos y sobre todos los altos collados, sobre las altas torres y sobre toda muralla fortificada, sobre todas las naves de Tarsis y sobre todos los monumentos preciosos, y será abatida la altivez del hombre y la soberbia humana será humillada, y sólo Yavé será exaltado aquél Día, y desaparecerán todos los ídolos” (Isaías-Prosigue el castigo de los pecadores).

¡Bendito sea Dios que nos eligió para defender nuestra Causa al Hijo de sus entrañas! Los profetas se deshicieron en alabanzas por esa Elección que nos trajo la Gracia. De entre todos esos cantos espontáneos en memoria del Campeón que Dios nos había elegido, en honor al Héroe en cuyas manos había depositado Dios nuestra suerte eterna, de entre todos esos cantos imposibles de retener en la sangre hay uno que sigue soplando en el viento, dándole voz al que no tiene o no sabe expresarse con la misma fuerza y lo hace suyo. Yo lo hago mío. Se llama Canto de Amor. Y dice:

“Bulle en mi corazón un bello discurso, al Rey dedico mi poema. Es mi lengua como cálamo de veloz escriba. Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; en tus labios la Gracia se ha derramado; por eso te bendijo Dios para siempre. Cíñete tu espada sobre el muslo, ¡Oh Héroe!; tus galas y tus preseas. Y marcha, cabalga por la Verdad y la Justicia; enséñete tu diestra portentosas hazañas. Agudas son tus saetas; ante tí caerán los pueblos; desfallecen los corazones de los enemigos del Rey. Tu Trono subsistirá por siempre, Cetro de Equidad es el Cetro de tu Reino. Amas la Justicia y aborreces la Iniquidad; por eso Yavé, tu Dios, te ha ungido con el óleo de la alegría más que a tus compañeros. Mirra, áloe, casia exhalan tus vestidos; desde los palacios de marfil los instrumentos de cuerda te alegran. Hijas de reyes vienen a tu encuentro, y a tu diestra está la reina con oro de Ofir. Oye, hija, y mira; inclina tu oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre. Prendado está el rey de tu hermosura; pues que Él es tu Señor, póstrate ante El. La hija de Tiro viene con dones, los ricos del pueblo te halagarán. Toda radiante entra la hija del Rey; su vestido está tejido de oro. Entre brocados es llevada al Rey. Detrás de ella, las vírgenes, sus compañeras, son introducidas a tí. Con alegría y algazara son conducidas, entran en el palacio del Rey. A tu padre sucederán tus hijos, los constituirás por príncipes de la Tierra. Yo quisiera recordar tu nombre de generación en generación. Por eso los pueblos te alabarán por siempre jamás”. (Canto Nupcial, de los hijos de Coré- Salmo 45).

En fin, que aquí el asunto que nos concierne es otro. Porque Dios, mirando a abrir entre los príncipes del Infierno y su Omnisciencia un Abismo insalvable, no sólo anunció, paso por paso, la Victoria de Cristo Jesús sino que puso a disposición del Enemigo todos los medios necesarios para darle a esas circunstancias adversas, sobre las que había basado su enemigo su seguridad, las notas contrarias más inimaginables. Mas como revela el Canto Nupcial todo lo que hiciera el Diablo sería para nada. El Hacha estaba afilada y la Maza en el Puño de su Dueño pedía la cabeza contra la que debía caer y aplastar cráneo y cola. La alegría de los montes, el júbilo de los océanos, hasta las mismas fieras de los desiertos fueron a besarle los pies y a sentir de las manos del Héroe la caricia de su Dios el Día que el Rey le dijo a nuestro Enemigo: “Apártate Satanás”.

El grito de victoria de las estrellas que escucharon aquellas palabras se corrió por los Cielos, desbordó las constelaciones y ondeó su bandera sobre la superficie del mar de las galaxias. El primer Hombre fue maravilloso como un Niño grande e inocente que no ha conocido lágrimas, penas, dolores, ni derramado sudores, ni sufrido vientos solanos, ni el ardor del jornalero bajo el sol del estío seco y duro como el acero. Se crió en los brazos de Madre Naturaleza. Aquél era su primer niño; los pechos de Madre Naturaleza estaban llenos de leche, con sus labios verdes se lo comía a besos, entre sus brazos lo dormía bajo las estrellas como si sus vellos fuesen mantas de algodón virgen. Y su Padre, Yavé su Dios lo quería con ternura exquisita, lo quería tanto que a la primavera le ordenó detenerse y transformarse en una tienda de campaña llamada el Edén. ¡Qué dura fue la Caída! Si al menos el Asesino se hubiera cebado en las carnes de un anciano doblado por el peso de los años. O el Ladrón hubiera luchado por la Corona de la Tierra contra un guerrero curtido en batallas, hasta fea su piel de tantas cicatrices tatuadas en combates a muerte. No, el Asesino fue a meterse con un Niño. El príncipe y héroe de los Infiernos fue a pavonearse sobre el cadáver de un inocente.

Ay ay ay, que se me parte el alma- lloró Madre Naturaleza el día que su hijo Adán cayó bajo el grito de guerra sin cuartel que los dioses rebeldes le declararon al Reino del Cielo. Calma tu pena, Mujer -le juró Dios - yo te suscitaré un hijo que cogerá bajo sus pies al Rebelde y le aplastará la cabeza de un mazazo, luego cogerá su tronco y lo partirá a hachazos, y esparcirá sus restos a los cuatro vientos, y mi reino entero verá que si dura es la Caída más dura será la Venganza. Y para consolarla puso su Palabra en sus faldas:

“Ciertamente yo alzo mi mano al cielo y juro por mi eterna vida: Cuando yo afile el rayo de mi espada y tome en mis manos el juicio, yo retribuiré con mi venganza a mis enemigos y daré su merecido a los que me aborrecen, emborracharé de sangre mis saetas y mi espada se hartará de carne, de la sangre de los muertos y de los cautivos, de las cabezas de los jefes enemigos”.

Para el enemigo la perdición, para nosotros la salvación. Por eso acaba su Cántico el Profeta diciendo:

“Regocijaos, gentes, por su pueblo, porque ha sido vengada la sangre de sus siervos, y hará la expiación de la Tierra y su pueblo”.

Esperaban los asesinos de Adán un Campeón de la estirpe y linaje de David, por toda arma de combate el hierro.

Necios, si el primer Hombre nació y vivió desnudo porque no conoció la Guerra, su Heredero nacería vestido de guerra hasta los dientes. Hasta una Espada tenía en la boca. Y de sus ojos salía un fuego salvaje que no se consumía nunca. (Leed la Visión Introductoria de Juan a su Apocalipsis).

Largo y sonoro, sí, fue el baile en honor del hijo del Hombre que a una bailaron los ejércitos celestes, el Día de su Victoria, el Día de Yavé. Triste y duro fue el Día Después, el día de las persecuciones interminables contra el Cristianismo. Y ya puestos, volviendo al Debate, que me responda el que pueda: Mientras los obispos de Roma, empezando por Pedro, eran echados a las fieras y sus colegas eran quemados en cruces para que sirvieran de hogueras en la Noche de los Césares, ¿dónde estaban Lutero, Calvino y sus colegas? Sí, con la boca llena de verdad lo digo y le doy toda la razón del mundo a Lutero: la Cizaña de las Indulgencias fue sembrada durante la Noche de los Obispos. Y con el corazón rebosante de justicia lanzo a los cuatro vientos la pregunta: ¿Pero acaso no se habían merecido los obispos un Descanso después de aquéllos Mil años de trabajo sin tregua? ¿Y por una Noche de sueño profundo iba a quitarle el Señor la gloria a su Esposa y dársela a una advenediza? ¿Acaso rompió con sus Apóstoles y los echó fuera cuando se durmieron una hora antes de su Pasión?

La Gloria es del Rey y El se la da a quien quiere. Que su Padre eligió para la Jefatura al único que le negaría tres veces, pues sí. Que tanto el uno como los otros se durmieron mientras sus enemigos ajustaban precio, lugar y hora, pues también. Pero a ninguno le quitó lo que le diera, y ninguno defraudó su esperanza cuando la hora de la verdad llegó también para ellos. ¿No se olvidó Dios en cuatro mil años del amor que le tuvo a su hijo pequeño, que nada hizo para ganarse su corazón excepto estar vivo, y en un milenio iba a olvidarse de aquéllos hijos que conquistaron su ser entero con aquella declaración de amor eterno que firmaron con su sangre los obispos de Roma y la iglesia Católica entera?

 

  

CAPÍTULO 8.

Los cánones penitenciales

 

-Los cánones penitenciales han sido impuestos únicamente a los vivientes y nada debe ser impuesto a los moribundos basándose en los cánones.

 

Entramos de lleno en el mundo de la relación entre el cristiano y el pecado. La razón es evidente. Donde no hay pecado no hay necesidad de penitencia. La penitencia sólo existe unida a un delito, que puede ser religioso o social. Al delito religioso lo llamamos pecado, aunque en la teoría del origen de los males del mundo figure el pecado en la raíz del delito social. Es con esta raíz interna y no con su fruto externo que la Iglesia tiene su misión. Pues contra el pecado no puede hacer nada ningún juez, a no ser que alguien pretenda elevar al código penal mirar a la mujer ajena con ojos de deseo. Teológicamente hablando, el pecado es la semilla y el delito es su consumación. De donde se debe entender que los cánones penitenciales de los que se habla en esta tesis tratan de las penas debidas a un pecado y no a un delito. Lo que a los hijos de Dios nos debe preocupar no es cómo ni a quién se aplica la penitencia canónica, preocupación específica relativa a los siervos. Nuestra preocupación está en saber por qué se aplicaban penitencias, canónicas o del tipo que fuesen, cuando el objeto de la Fe es la inmunidad del cristiano frente al virus del pecado. La explicación del R. P. Martín Lutero va directa al grano. Porque donde había pecado había indulgencia y donde había indulgencia había dinero. La explicación de la Historia es otra muy diferente. Y tiene que ver con la manera de vivir su Fe las primeras generaciones de cristianos. Inútil decir que las siguientes palabras de Lutero:

“Sé pecador y peca fuertemente, pero confíate y gózate con mayor fuerza en Cristo, que es vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Mientras estemos aquí abajo, será necesario pecar; esta vida no es la morada de la justicia, pero esperamos, como dice Pedro, unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habita la justicia”.

Estas palabras en las orejas de los Apóstoles y los Primeros Cristianos, hubieran, sin duda, sonado a doctrina del mismísimo Diablo. La pregunta para nosotros es cómo el alma cristiana pudo cambiar de una forma tan radical para creer de Cristo lo que un día antes hubiera creído del Diablo. ¡Otro de esos misterios sobre los que pende la espada de Damocles!

En suma, el amor al hermano en la Fe estaba tan desarrollado en aquéllas comunidades cristianas que en su misericordia los sacerdotes, ante el hecho de la existencia de fuertes y débiles en la fe, tuvieron que levantarse entre ambos pidiéndoles a los fuertes que fueran indulgentes con los más débiles. ¿Los que tenían más dinero no tenían piedad de los que tenían menos? Pues lo mismo. Estaban a las persecuciones del emperador de turno, los fuertes tenían que comprender y admitir la indulgencia de sus sacerdotes para con los hermanos más débiles. Para reforzar sus argumentos los sacerdotes recordaban la promesa de Jesús a sus Apóstoles:

“Acordaos de la palabra que yo os dije: No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán; si guardaron mi palabra, también guardarán la vuestra”.

Y acto seguido les leían a los fuertes, que eran los más, las palabras de Pablo sobre los fuertes y los débiles en la fe:

“Acoged al flaco en la fe, sin entrar en disputas sobre opiniones. Hay quien cree poder comer de todo; otro, flaco, tiene que contentarse con verduras. El que come no desprecie al que no come, y el que no come no juzgue al que come, porque Dios le acogió” etcétera.

Desgraciadamente siempre hay quien ni come ni deja de comer. De donde se ve que la debilidad tenía que ser fortalecida, pero no mediante excomuniones y anatemas, sino por la fuerza invencible del Amor. De cuyas entrañas sacerdotales nació la Penitencia, que podía ser más o menos pesada pero que nunca solía ser más pesada de lo que podían soportar los cristianos más flojos. Tampoco se les podía hacer tan leve que a la próxima ocasión volvieran a caer en la tentación. Lo mismo que el niño aprende a andar tropezando y finalmente aprende a correr como una gacela, de la misma manera hay que enseñarle al cristiano a luchar “contra el último enemigo: la Muerte”. Con esta Filosofía del Amor por estrella polar los fuertes llevaron a hombros a los débiles a la Cruz y juntos conquistaron aquella Europa a la que la Reforma predestinó a ser el campo de batalla de Gog y Magog.

De manera que el Reverendo Padre Martín Lutero volvía a mentir cuando decía que la Indulgencia existía por el dinero y el pecado existía por la Indulgencia. Mintió cuando dijo que la vida del cristiano es penitencia perpetua. La penitencia, como hemos visto, fue el muro que los sacerdotes levantaron entre el cristiano y la Muerte. Su cuna fue el amor entre hermanos en la misma Fe. Nada entonces tuvo que ver el dinero en el nacimiento de la indulgencia eclesiástica. El misterio para nosotros es descubrir cómo lo que naciera del Amor llegó a degenerar en un comercio tan monstruoso. ¡Otro enigma sobre el que la espada de Damocles hace brillar su hoja!

 

 

 

CAPÍTULO 9.

El Espíritu Santo y el Papa

 

-Por ello, nos beneficia en la persona del Papa, quien en sus decretos siempre hace una excepción en caso de muerte y de necesidad.

 

El argumento y recurso al Espíritu Santo ha sido uno de esos instrumentos, ora de terciopelo, ora de tortura, que durante siglos y siglos los maestros en artes y en sagrada escritura -independientemente de su credo- han esgrimido sin descanso alguno. Al final, después del uso y desgaste del término, uno ya no sabe qué es lo que entiende cada cual por él, el Espíritu Santo.

Uno, que no tiene títulos con los que lavarse las barbas ni cátedras con las que hacer sonar a su paso los flecos, sólo sabe lo que lee. Y lo que uno lee es que Dios es Espíritu y Dios es santo. O sea, Dios es Espíritu Santo.

Deducción más natural imposible -me dirá alguno. Ay, amigo, qué más quisiéramos nosotros que todo fuera tan simple y sencillo como coser y cantar. Entre unos que lo niegan y otros que lo afirman el fenómeno de la tercera persona de la Trinidad sigue siendo ese Misterio que nadie quiere resolver del todo, porque si se resolviera ya no habría argumento ni recurso del que echar mano para vestir de divinidad la inspiración del pastor o sacerdote de turno.

Yo sigo diciendo erre que erre: Dios es Espíritu, y Dios es Santo, luego Dios es el Espíritu Santo. Y también esto otro, que Dios no puede dejar de ser Espíritu, pero sí podría dejar de ser Santo. No es tan raro.

Por ejemplo yo, yo no puedo dejar de ser lo que soy, un hombre; pero sí podría dejar de ser cristiano. Por supuesto es una forma de hablar. El punto es que la Santidad es una elección personal divina. Elección personal que Dios tomó el día que conoció la existencia del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Aquel día hizo su elección personal entre la Paz y la Guerra, entre la Justicia y la Corrupción, entre la Verdad y la Mentira.

Que eligiera la Verdad, la Justicia y la Paz es la decisión que determinó la definición de la Santidad y le dio a su Espíritu esa propiedad Eterna, ser Santo. Por consiguiente, cuando alguien recibe un beneficio de su Espíritu se comprende que tiene su origen en las tres Palabras que definen la Santidad: Verdad, Justicia y Paz. Si después resulta que el fruto de ese beneficio no tiene que ver nada con esas tres palabras no hay que ser muy listo para comprender que no fue Dios la fuente del supuesto beneficio.

Pienso yo que si en este mundo todavía queda vivo algún maestro en artes y en sagrada escritura que pueda enmendarme la plana a este respecto, bueno, que lo haga. Ahora miremos al obispo de Roma.

Ahí está el hombre, más viejo que hace cinco siglos. ¿Beneficios que Dios le ha concedido a los cristianos a través del obispo de Roma desde Pedro a Juan Pablo II? Puede que anular la penitencia canónica en caso de necesidad, de entre los muchos, sea uno. Los perjuicios que sus errores infalibles han causado a la cristiandad también están delante de todos.

¿Qué es el Espíritu Santo entonces, una cosa que sólo se manifiesta en los siervos y no quiere nada con los hijos? ¿Una fuente privada de acceso reservado a siervos y respecto a cuyas aguas no tienen derecho de satisfacción los hijos del Señor al que sirven?

Me parece muy bien que el obispo de Roma en sus decretos acuerde remisión de penas en caso de necesidad y de estado extremo, ¿pero no sería mejor que la lucha contra el pecado hiciera innecesario el uso de tales decretos y cánones?

¿Qué es en definitiva el pecado? Robar es un delito. Envidiar, un defecto. Matar, un crimen. El adulterio, un vicio. ¿Qué es el pecado pues? ¿Odiar al prójimo como se odia al Yo propio, tal vez? ¿Acusar al colega de crímenes que nunca se han cometido, quizá? ¿Mentir a bocajarro con tal de imponer la verdad propia, pudiera ser?

¿Qué es el pecado? ¿Confesar que aquél mismo por el que el Espíritu Santo se manifiesta hoy es al día siguiente el mismísimo Anticristo? Para ser inventor de falacias hay que ser un hombre falaz, pero para tragárselas hay que ser un ignorante. Que la iglesia alemana se aplique pues el cuento. O el Espíritu Santo es Dios y no puede tener durante mil quinientos años al Anticristo a su servicio, o no lo es y, sujeto a la infinita capacidad de cometer errores de la que los hombres hemos hecho gala durante toda nuestra existencia, el Espíritu Santo no es más que un argumento, un recurso al servicio de quien quiera y pueda hacer uso de él.

 

 

 

CAPÍTULO 10.

Los sacerdotes, los moribundos y el purgatorio

 

-Mal y torpemente proceden los sacerdotes que a los moribundos les reservan penas canónicas en el purgatorio.

 

¿Por qué mejor no decir: Torpe y malamente procede todo sacerdote, del rango que sea, que socorre su fracaso para mantener al cristiano lejos del pecado culpando sólo al cristiano y sólo a él de sus pecados? ¿En el sentido que le da el R. P. Martín Lutero qué son las penas canónicas sino las aguas sobre las que Pilatos con sotanas se lavan las manos sobre la suerte del Rebaño?

Indudablemente en toda crítica hay un fondo de verdad, y en toda acusación un reflejo de la realidad. Si sacerdotes y cristianos hubieran seguido siendo perfectos jamás se hubiera llegado a la situación de ruptura que liderara Lutero. De todos modos echarle leña al fuego que arde no ha sido nunca la mejor forma de apagar un incendio y, en consecuencia, de dar a luz palabras de sabiduría. Antes de criticar al vecino Lutero hubiera debido hacer examen de conciencia; a la iglesia alemana más que a ninguna le convenía aplicarse la doctrina divina sobre el juicio contra el hermano:

“No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados y con la medida con que midiereis se os medirá. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo? Hipócrita: quita primero la viga de tu ojo, y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano. No deis las cosas santas a perros ni arrojéis vuestras perlas a puercos, no sea que las pisoteen con sus pies y revolviéndose os destrocen”.

La historia de la iglesia alemana antes de la Reforma lo que menos pinta en el horizonte es un paisaje de santos, todos perfectos, todos buenos. Lo mismo el pueblo que los sacerdotes. ¿Quién no recuerda la primera protesta que el clero alemán elevó contra el Cielo el día que sus obispos en pleno doblaron sus rodillas ante el Infierno, el 12 de febrero del 1112 exactamente?

El último Capítulo del Conflicto de las Investiduras entre los Enriques y el papa de Roma se estaba celebrando. En el fondo del Conflicto latía el problema nunca resuelto de la separación entre el Estado y la Iglesia, separación que los príncipes alemanes se negaban a firmar. Recordemos los hechos.

El Tercero de los Enriques había muerto. Gregorio VII, la causa en el origen del Conflicto, murió también. Víctor III, el papa marioneta, murió al año de besarle los pies al Cuarto de los Enriques. Su sucesor Urbano II volvió a recoger el testigo del Conflicto y volvió a excomulgar a aquel Enrique IV de la leyenda que en su día llorara su corona a las puertas del castillo de Canosa, los piececitos desnudos se dice, al raso del frío invierno durante tres días y tres noches. Era la segunda excomunión que recibía el angelito.

Urbano II murió al poco y con él su antipapa, Clemente III. El siguiente sucesor de Pedro, Pascual II, fue reconocido por el propio rey y pareció que las aguas volverían a su cauce, el emperador alemán seguiría poniendo y quitando obispos y el papa recaudando fondos por el servicio prestado al imperio. Pero no. El nuevo obispo de Roma tenía otra idea de la relación que debían mantener Estado e Iglesia.

Así que Pascual II desató la ira de Dios contra los intereses del emperador y lo excomulgó. Era la tercera vez que desafiaba al Espíritu Santo el Canciller del I Reich. El anatema levantó los vientos de la guerra civil. Esta vez bajo el signo del parricidio, padre contra hijo. La providencia no quiso ver el espectáculo de un hijo matando a su padre y se llevó de este mundo al padre. Ahí parecía haberse quedado todo.

El nuevo Enrique hizo con todo el mundo las paces. Pero enseguida, cual perro que vuelve a su vómito, el Canciller regresó a la vieja y querida costumbre teutona de ser más que nadie, más que Pedro, más que Jesucristo y menos sólo que Dios.

Como si nada hubiera pasado y el bárbaro teutón de las leyendas tuviera menos cerebro que un mosquito, en cuanto Pascual II se dedicó a apacentar las ovejas de su Señor el Canciller se dedicó a lo que su padre y su abuelo se dedicaron, a poner su orgullo de macho sobre el altar de Cristo y allí mandaba él y nadie más que él. Y comenzó a poner y quitar obispos.

En el 1108, viendo Pascual II que el Quinto era peor que el Cuarto excomulgó a todos los reyes y príncipes que pusiesen y quitasen obispo. Enrique V el Aludido avanzó entonces contra Roma dispuesto a quitar al propio papa y elegirse su propio Pedro.

Rodeándole iban todos los obispos alemanes aquéllos a los que les convenía como anillo de hierro al hocico del cerdo aquello de:

“Nadie puede servir a dos señores, pues o bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien, adhiriéndose al uno, menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”.

Eran todos obispos, eran todos renegados de su Señor, como no tardará en verse en lo poco que se lee estas líneas. Pascual II, vista la imposible negociación sobre las bases antiguas, pensó y encontró la respuesta. Fue y la puso sobre la mesa de la Historia: el Estado y la Iglesia convivirían pero no se interferirían ni se molestarían. La Iglesia restituía todos sus títulos y sus beneficios feudales al poder civil y el Estado abandonaría cualquier interferencia en la vida de la Iglesia.

Era el 12 de febrero del 1112. Una fecha histórica de haber aprobado Alemania aquella propuesta. Su entrada en vigor hubiera revolucionado la evolución de la sociedad europea y la hubiera hecho avanzar al encuentro del futuro a una velocidad extraordinaria. Aquél era el futuro en el horizonte del pensamiento de Cristo. Aquí Estado, aquí Iglesia.

De haber servido el clero alemán a Cristo y no al emperador las cosas nunca hubieran llegado al estado que se encontraron en los días de la Reforma. Contra el Espíritu Santo el clero alemán se rebeló, hizo causa con el rey y en pleno se alzó contra el Cielo, eligiendo la gloria mundana a la natural a su condición sacerdotal.

Aquél día y en aquella hora el clero alemán rompió el contrato con el Espíritu Santo. Roto el contrato con el Señor Jesús, la iglesia alemana al servicio de su rey raptó al obispo de Roma y demolió sus convicciones al estilo de la raza aria, ese estilo al que esa nación tan maravillosa nos ha acostumbrado al resto de la Humanidad desde los días de Lutero hasta mediados del siglo XX.

¿De qué y contra quién se quejaban entonces Lutero y su santa nación alemana? Siendo alemanes como él mismo los verdaderos artífices del escándalo de las Indulgencias contra las que se escribieron estas Tesis ¿de qué se quejaba el Maestro en Sagradas Escrituras contra la iglesia católica? De haber tenido la iglesia católica la misma dureza de corazón que la alemana ¿no se hubiera debido en concilio católico y ad eternum desgajar aquella rama del cuerpo de Cristo?

Oigamos el juicio de Cristo contra las iglesias adúlteras:

“Habéis oído que fue dicho: No adulterarás, pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti, porque mejor te es que perezca uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtatela y arrójala de ti, porque mejor te es que uno de tus miembros perezca que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna”.

¿De manera que si la cabeza de la Iglesia es Cristo, con quiénes adulteraron las iglesias de la Reforma cuando se dieron por cabezas a los príncipes del mundo?

Resumiendo: se levantó Judas a imponer orden entre los Apóstoles. No habíamos visto nada y teníamos que ver semejante espectáculo, lo peor declarándose lo mejor, lo más bajo reclamando para sí lo más alto. La iglesia adúltera que despreció a su Señor, su Cabeza, “como la cabeza de la mujer es su marido”, y se declaró sierva del emperador de Alemania, con el que se acostó por sus riquezas, esa iglesia sobre la que pendía el Juicio de su Señor se alzó, en la persona de un monje sin vocación, de tendencia psicopática esquizoide, para acusar a la Iglesia Católica de ser el Anticristo, la Gran Ramera.

“No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados y con la medida con que midiereis se os medirá”.

¿Quién dijo esto Reverendo Padre Martín Lutero? La iglesia española se negó en rotundo a aceptar el tráfico de las indulgencias para la construcción de la Basílica de San Pedro en su territorio. ¿Por qué no hizo otro tanto la iglesia alemana? ¿Qué o quiénes se lo impidieron?

Mas en lugar de sentarnos a discutir quién era más malo quién era más bueno en la Europa de entonces, pues que entre patas de gatos corría el ratón, vamos a abrir este Debate a la existencia del Purgatorio, qué sea ese lugar, cómo entró en la mitología cristiana, y, en fin, si fuera ficción plantearnos la liberación de nuestra conciencia respecto a la posibilidad de una estación entre el Cielo y el Infierno llamada el Purgatorio.

Al parecer -según se desprende de la tesis en curso- en aquéllos días la gente, iglesia y pueblo a una, creían en la existencia de una sala de espera donde las almas se sentaban a esperar el Día del Juicio Final, y mientras esperaban penaban los pecados y delitos que en vida escondieron debajo de la manta. ¿Realidad, ficción? ¿En qué tipo de sustrato bíblico se apoyaban aquéllos hombres para mantener a ciencia cierta la existencia de ese lugar entre el Infierno y el Cielo?

Mi misión como hijo de Dios es comprender, no juzgar. Porque no soy juez y me atengo a la doctrina del “no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados” pienso. Y pensando lo primero que se me viene a la cabeza es aquello otro de “el que cree en mí no será juzgado; el que cree en mí no morirá, sino que vivirá para siempre”. Y esto otro:

(Juan, 5,24-) “En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene la vida eterna y no es juzgado, porque pasó de la muerte a la vida”.

Más claro, imposible. Es el Misterio de la Fe, y en este Misterio está su Poder. ¿Así que si por la Fe pasamos directamente de esta vida a la vida eterna: para quién es ese Purgatorio?, ¿quién va allí y a cuento de qué?

La Declaración de Ciudadanía eterna que la Fe concede no precisa entre más buenos y menos buenos, entre menos fuertes y más débiles. Crees en el Hijo y crees en el Padre, ya está, ya eres Ciudadano del Reino de los cielos. Ahora a vivir como tal.

Que las condiciones de este mundo no son las ideales para desarrollar los presupuestos de esta Ciudadanía, de acuerdo. Ahí está el reto.

Si entretanto alguno quiere perder el tiempo divagando en lo que les pasa a los muertos, allá él. La Escritura siempre ha estado ahí. ¿De dónde entonces viene eso de suponer que unos cristianos van directamente al Paraíso y otros se quedan en el camino? ¡¿Mal y torpemente hacen los sacerdotes que les administran penas a esos desdichados que están a la espera del Juicio Final?! Hay que ser muy blandos para levantar crítica tan tierna contra semejantes jueces de su prójimo. Con todo no parece que hayamos resuelto el tema: ¿Existe el Purgatorio?

  

 

CAPÍTULO 11.

El sueño de los obispos

 

-Esta cizaña, cual la de transformar la pena canónica en pena para el purgatorio, parece por cierto haber sido sembrada mientras los obispos dormían.

 

“La muerte es el fruto del pecado”. De donde invirtiendo se deduce que antes de que la Muerte sembrara su cizaña en nuestro mundo el Hombre no sufría enfermedades de ninguna clase. La entrada en tromba de la envidia, la ambición, el robo, el crimen, el adulterio y demás delitos contra la Naturaleza de la Creación condujo a los hombres a la Guerra, y la Guerra desencadenó sus propios males: la esclavitud, la prostitución, la sodomización de la infancia, el hambre, la tortura, etc. En este caldo de cultivo aparecieron las primeras enfermedades de la civilización. De donde se ve que primero fue la enfermedad del alma y enseguida vino la enfermedad del cuerpo. Y que si la gloria de las ciencias médicas está en la victoria total sobre las enfermedades, la victoria de las ciencias de la salvación tiene en la salud del alma su gloria.

Cuando se dice que el pecado y la enfermedad están en relación causa efecto no se pretende afirmar que la enfermedad y el pecado estén en relación directa en el individuo. Al igual que otro cualquier fenómeno natural, entre los que la enfermedad ha encontrado hueco gracias a la relación parasitaria entre el pecado y el género humano, la enfermedad es un fenómeno que golpea ciego, como un maremoto, un terremoto, un diluvio o un volcán.

El origen de este fenómeno que llamamos pecado está en la oposición a la estructura de la Realidad que Dios le ha dado a su Creación. Y, consecuentemente, en la guerra contra la arquitectura que su relación con el Infinito y la Eternidad adquirió tras el Nacimiento del Padre y del Hijo.

Como Creador, contra la posibilidad de la existencia de un universo abierto a tantas realidades como la fantasía de sus habitantes pusiese sobre la mesa, Dios estableció el Futuro de su Universo en una Verdad universal. Esta Verdad engendraría la Justicia, y la Justicia traería la Paz, cuya bandera ondearía al viento los colores del espíritu de Igualdad, Libertad y Fraternidad.

Como Padre, Dios tiene que hacer todo lo posible para que la elección de sus criaturas se le escape de los labios y todos sus hijos se tiren en sus brazos, abiertos a todo lo bueno, a todo lo hermoso, a todo lo noble, a todo lo pacífico, creativo, imaginativo, dinámico, aventurero, artístico, sabio, inteligente, gracioso, amable, puro, sutil, ingrávido, brillante, generoso.

Pero aquí estamos investigando si el amor a la verdad que el héroe de la Reforma declaró en público es el amor a esta Verdad, que se encarnó en Cristo Jesús para que la viéramos cara a cara y por nosotros mismos juzgásemos su Belleza. No podemos olvidar que hay otra verdad cuyo origen se remonta a los días de Adán, y que, según los milenios han pasado, la hemos visto cambiarse de chaqueta más veces de las que podamos recordar.

Hitler tuvo su verdad. También Stalin tuvo la suya. Ejemplo cercano y apocalíptico del fin de un universo abierto a tantas verdades como mentes quieran fabricarse, esas dos verdades no fueron más que las transformaciones finales de aquella verdad maligna que un día un hijo de Dios sembró en nuestro mundo: “Seréis como los dioses, conocedores del bien y del mal”.

Si alguien cree que el conocimiento de la Ciencia del bien y del mal nos ha acercado más a la condición divina que levante la mano. De todos modos la cuestión que ahora nos ocupa es descubrir si la verdad que la Reforma puso sobre la mesa y la Verdad Universal sobre la que Dios fundó su Creación es astilla de tal palo, o si la verdad luterana fue una transformación de esa otra verdad cuyo fruto final es la guerra civil en el origen de todos los males del cuerpo y del alma humana.

Que el fruto de la doctrina luterana fue la guerra civil a corto plazo y la guerra mundial a largo plazo es evidente. El Odio que, como condición de salvación, contra el resto del mundo cristiano sembró Lutero permaneció latente en la nación alemana. Sólo era necesario arrimarle una chispa para que el fuego volviera a prenderse y arrasara con su infierno.

Si en aquella ocasión el fuego encontró en el odio hacia el catolicismo la fuerza primaria, en esta otra ocasión encontró el enemigo en el comunismo. ¿Cómo puede una nación amar a Dios sobre todas las cosas y odiar a su prójimo con todas las fuerzas de su alma?

Sin embargo no estamos juzgando a Alemania, sino buscando una respuesta a si la verdad luterana fue una transformación de aquella verdad a la que Dios le cerrara las puertas de su Creación.

Ningún hombre es quien para juzgar a su prójimo. Ni nadie puede tampoco excusar lo inexcusable. La trasformación del Nuevo Templo en un mercado de indulgencias, al estilo del Antiguo, por ejemplo.

Que esta Negación creó la necesidad de alguien que cogiera el látigo y expulsara del Nuevo Templo a aquellos mercaderes de penitencias, pues sí.

Que sin látigo fueron expulsados de España, adonde se les prohibió el acceso, pues también.

Que Lutero era el Nuevo Jesucristo y el Nuevo Templo el Antiguo, pues no.

Que en razón de esa Negación el juicio universal contra la Iglesia Católica debía ser “anticristo, anticristo”, pues tampoco.

Que se descubrió en el escándalo que el obispo de Roma ni era Padre y menos aún Santo, pues sí.

Que la declaración de Lutero sobre el valor de las indulgencias y su rechazo al universo de penitencias canónicas era una necesidad, pues también.

Que el escándalo del obispo de Roma y del obispado italiano, espectáculo vergonzoso que llevaba durando ya demasiado tiempo, estuvo en el origen de la violencia de la reacción protestante, de acuerdo.

Que la Negación del Sucesor de Pedro justificaba la Desobediencia a la Unidad pedida por el Verbo, jamás.

Lo demás, que durante el Sueño de los obispos el Diablo hubiera sembrado doctrinas perniciosas contra la salud del alma, esto se entiende como colateral y preámbulo, si se quiere, del objetivo tras el que andaba el Maligno: La división del Reino de Dios y de su Casa como medio de destrucción del Cristianismo.

No olvidemos que lo que Dios ha creado sólo Dios puede destruirlo. Imposibilitado por sus propias fuerzas para destruir lo que Dios creara al Diablo sólo le quedaba el recurso, como al principio, de lanzar al Hombre contra el Verbo. El Verbo, por su Divinidad, se encargaría del resto.

 

 

 

CAPÍTULO 12.

La verdadera contrición

 

-Antiguamente las penas canónicas no se imponían después sino antes de la absolución, como prueba de la verdadera contrición.

 

Puede o puede que no antiguamente -volviendo a las tesis- las penas canónicas se impusieran antes de la absolución buscando el arrepentimiento verdadero del cristiano y no volviera a caer en la misma piedra; pudiera o pudiese ser que no se necesitaran absoluciones ni penitenciales si el cristiano del que se habla hubiese desterrado de su carne la coexistencia del pecado con su Fe; pudiera o no pudiese ser que de vivir bajo circunstancias menos adversas no se haya de hablar de pecados ni de penas canónicas antes o después de la absolución. Lo que no puede ser ni será jamás es que un corredor se parta la cara, venza, caiga rendido un metro más allá de la meta y mientras está recuperándose el que entrara segundo contra derecho se alce exigiendo para sí la victoria que no consiguiera.

De la Madre son sus hijos, y del Señor su Esposa; nacida para servir, si Sierva no es libre, y siendo verdad que la libertad está en el Conocimiento: de la Ignorancia de la Madre responde su Señor. De manera que quien a Ella injuria, injuria al Dios que la engendró para ser Sierva en la Casa de su Hijo. Lo demás, atacar la Casa mientras duermen sus habitantes, pues que Lutero reconoce que hubo Noche de los Obispos, es de ladrones, no de consiervos ni de hijos. Pero en esto cada cual se atendrá al criterio de su Conocimiento, si en verdad se es libre.

 

 

CUARTA PARTE   Sobre la Interpretación de la Historia