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RÁPIDA OJEADA SOBRE ESPAÑA HASTA EL FIN DEL REINADO
DE CARLOS III
I.
La historia
de Inglaterra ofrece el testimonio más evidente de lo que puede ser un país
cuando a sus favorables circunstancias topográficas se añade la de tener un
buen gobierno, que ocupado incesantemente en fomentar el desarrollo de las
facultades inherentes a un pueblo, se pone de acuerdo con la libertad de sus
instituciones para hacerle poderoso y feliz, influyente y preponderante. En
contraposición a ese cuadro, España nos presenta una prueba de lo inútiles que
son las ventajas naturales, cuando instituciones viciosas o gobiernos
corrompidos parecen haberse arruinado con el objeto de desairar a la
naturaleza, haciendo marchar un gran pueblo a retaguardia de la civilización,
exponiéndole a terribles calamidades, y condenando a la que debía ser la
primera entre todas las naciones de Europa al triste y desairado papel que
corresponde a las últimas.
Si hay
algún país en el mundo, favorecido por la naturaleza, ese país es España. La
belleza de su cielo, la fertilidad de sus tierras, la salubridad y clemencia
del clima, el Océano y el Mediterráneo que la ciñen, y cuyos puertos están
convidando a la navegación y al comercio, el corto espacio que la separa del
continente, y la valla que la naturaleza ha puesto a ese espacio por medio de
los Pirineos... todo manifiesta que nada le falta a la Península para su
prosperidad y defensa. Los antiguos colocaron en ella el paraíso terrenal. Este
país de los dioses, para servirnos de la expresión del escritor cuyas ideas
transcribimos, está habitado por un pueblo sincero, leal, generoso, moderado,
valiente, susceptible de una grande exaltación moral, capaz de recibir la mejor
dirección, sin más defectos que los que son irremediable consecuencia del
despotismo y de la superstición que han pesado sobre el país, defectos empero
que no han podido oscurecer las virtudes que le distinguen, y de las cuales no
ha sido dado despojarle a los estudiados esfuerzos del fanatismo y de la
tiranía.
Este
bello país, que por su posición parecía deber estar al abrigo de toda clase de
invasiones, ha sido cabalmente el que más que otro alguno las ha sufrido,
obedeciendo más de una vez a influencias extrañas y a gobiernos para él
extranjeros. Absorbido con el resto del continente europeo, primeramente por la
dominación romana y luego por los invasores del Norte, cedió después al embate
del huracán del mediodía, cuando los árabes del Asia, unidos a los moros de
África, precipitándose sobre España a la manera de un torrente, fundaron en
ella un imperio universal, cuyas provincias no desampararon del lodo basta
después de siete siglos.
Estos
siete siglos fueron otras tantas épocas de combates, de caballerosidad y de
gloria: las proezas de Pelayo, las insignes hazañas del Cid, los heroicos
hechos de Fernán-González, los Almanzores, Fernandos, Alfonsos,
Guzmanes, Gonzalos y Jaimes llenan
constantemente su historia. ¿Qué era entretanto de los pueblos en lo relativo a
su felicidad? Poco o nada se sabe de ellos en los primeros siglos que siguieron
a aquella devastación: sábese empero que la
población era numerosa, y esto prueba que si los españoles no eran felices en
su estado de guerra perpetua, tenían por lo menos subsistencias y recursos, y
un principio activo de reproducción, de movimiento y de vida.
Los
árabes invasores habían proclamado el reinado de la devastación y del
exterminio en los primeros días del combate; pero bien pronto, comenzando a
desarrollarse entre ellos el germen de la cultura que sin saberlo llevaban
consigo, proclamaron el imperio civilizador de las artes, el de la tolerancia
que aumenta la población, y el del trabajo que la enriquece. Los cristianos por
su parte no fueron insensibles a este movimiento, y en el pequeño espacio a que
se vieron reducidos, llegaron a cultivar sus campos con éxito todavía mejor.
¿No será permitido creer en la ventura de aquellos tiempos? Lejos de nosotros
el sentar como cosa evidente lo que solo parece probable; pero no es un delirio
creer que los siglos X y XI, llamados de hierro por todos, en razón de la
barbarie que les fue característica, han sido por ventura la época en que
España se mostró más poblada y más floreciente entre todos los países de
Europa.
La
reconquista de la Península, verificada por sus antiguos dueños, que por fin
consiguieron arrancar su presa a los árabes, le fue sin duda alguna más funesta
que la conquista misma, porque el pueblo vencedor estaba menos civilizado que
el pueblo vencido. Los discípulos del Corán habían respetado las iglesias,
mientras el terrible cristiano, llevado del fervor de su fe, echó por tierra
las mezquitas, lanzando al infiel de su templo. Los campos fueron arrebatados a
los que les hacían producir treinta por uno, a aquellos árabes que habían
enseñado el arle de cultivarlos a los mismos que se los quitaban. La gente
vencida, lanzada sucesivamente y palmo a palmo del terreno que ocupaba, quedó
arrinconada por fin en el mediodía de la Península, y las campiñas se vieron
desiertas, no quedando en las poblaciones más moros que los que en algunas de
ellas estaban identificados con su industria, en cuya explotación no les podía
reemplazar ningún otro, o aquellos cuya existencia había podido ser protegida
por el gobierno contra la persecución y la intolerancia.
Las
calamidades de la guerra son susceptibles de pronta reparación, y los vacíos
causados por las emigraciones o por las mortandades, pueden llenarse también.
¿Es acaso la pérdida material de los hombres lo único que causa la despoblación
en los estados, o se debe atribuir mejor a las malas leyes y a las
instituciones perniciosas? Estas son las que contribuyen a ello de una manera
más directa, y las que ejerciendo su funesta influencia en los hábitos y
costumbres del pueblo, hacen desaparecer en él el amor al trabajo, y le privan
de los medios de subsistir. ¡Calamidad funesta que ha pesado sobre España, y
que siendo la causa principal de su despoblación, ha sido también un elemento
fecundo en desgracias, elemento cuyas consecuencias aun duran, después de tantos
años de filosofía y de mejoras sociales!
Los
ejércitos que reconquistaron España se componían de gente del pueblo, conducida
a las batallas por sus señores, y de compañías aventureras, guiadas por
caballeros de hombradía, cuya ambición guerrera los traía de otros estados a
combatir contra los infieles. Las más de las ilustres familias de España
descienden de estos caudillos. Los reyes de Asturias, de León, de Aragón y
Castilla marchaban al frente de todos, siendo más bien que soberanos de los
pueblos conquistados, jefes del ejército conquistador. Los premios de la guerra
consistían en las distribuciones del territorio conquistado, repartido por los
mismos reyes a sus compañeros en los peligros: muchas veces también, animados
los monarcas de su inspiración religiosa, fundaban monasterios en cualquiera de
los sitios santificados por las cenizas de este o del otro mártir de la
primitiva iglesia, y la dotación de aquellos monasterios consistía en el
territorio que desde ellos abarcaba la vista, con los campos, casas y aun
habitantes comprendidos en él. El terreno constitutivo de estas dotaciones era
tanto más vasto cuanto más pobre era su valor, en razón de la falta de brazos
necesarios para cultivarlo. De aquí los mayorazgos y bienes indivisibles; de
aquí la acumulación de la propiedad en las llamadas manos muertas; de aquí en
fin la amortización civil y eclesiástica de origen recomendable en verdad, pero
que por no haberle puesto coto las leyes cuando las circunstancias no la
legitimaban, llegó a ocupar las tres cuartes partes del territorio español, matando
la industria y los capitales por falta de tierras libres en que ejercerse y
emplearse. Nuestros propietarios han sido precisamente los que menos han
cultivado la propiedad.
Estos
grandes espacios de tierra, despoblados enteramente y poseídos por uno solo,
han producido por una consecuencia inmediata el olvido de la agricultura y el
establecimiento de la ganadería. El ganadero para prosperar ha sentido la
necesidad de impetrar privilegios, y los privilegios concedidos al ganadero,
consecuencia, como lo eran, de la despoblación, no hicieron sino perpetuarla,
impidiendo a la agricultura recobrar sus derechos, consagrando la ociosidad, y
propagando el hábito de la vida contemplativa, cuyo menor inconveniente es el
hambre.
En los
siglos de ignorancia, la ley impedía la división de aquellas inmensas
propiedades, cuyo valor estaba en razón directa del cultivo que les hubieran
dado colonos interesados en hacerlas producir; y la costumbre entretanto por
una especie de contradicción consagraba la división de los reinos entre los
hijos del soberano. España quedó subdividida en una porción de estados, que
haciéndose mutuamente la guerra, eran un obstáculo permanente a la prosperidad
de los pueblos. Lo que más influyó en retardar sus progresos fueron las pugnas
intestinas que tan frecuentemente tuvieron lugar entre los soberanos y grandes
de su corona, siendo la historia de la edad media en el siglo decimoquinto la
historia a la vez de una lucha prolongada entre el feudalismo y el poder real.
Los reyes de España, lo mismo que todos los demás, deseosos de abatir el
orgullo y la resistencia de sus magnates, se acordaron de que los pueblos
valían alguna cosa, y de aquí la emancipación popular verificada con el objeto
de tener soldados aparte de los que los señores conducían. Estos en
consecuencia hubieron de resignarse a la pérdida de todos sus derechos de
soberanía, tales como la leva de hombres y la imposición de contribuciones,
derechos que ejercían en aquellos vastos dominios que aun ahora llaman sus
estados.
Pero los
que más contribuyeron al aniquilamiento del poderío de los grandes, y los que
le hicieron por último desaparecer en nuestra España, fueron los reyes
católicos Fernando e Isabel. La felicísima unión conyugal de estos dos esposos
reunió bajo un solo cetro lodos los pueblos de la Península, con la sola
excepción de Portugal, cuya preponderancia colonial elevaba entonces a este
reino al rango de potencia capaz de rivalizar con España. El descubrimiento de
América y el resto de industria que había quedado en las ciudades, dieron lugar
al establecimiento de cierta especie de comerciantes, clase de ciudadanos
distinta de los propietarios del terreno y de los labradores o colonos que
cultivaban. Fernando e Isabel dieron leyes municipales, y con tropas levantadas
por las mismas municipalidades comenzaron la guerra de Granada. A ellos se
debió la institución de la Santa Hermandad, mantenedora del reposo público, y
la cual dirigida en apariencia contra los malhechores, era contraria más bien a
los intereses de los magnates. Organizadas estas cuadrillas, cuyo espíritu y el
de las maestranzas de las ciudades no se descuidaron los reyes católicos en
fomentar del modo más decidido, acabaron por reunir a la corona,
arrancándoselos para siempre a los nobles, los grandes maestrazgos de las
órdenes militares. La unidad de la nación española, destruida desde la ruina
del imperio godo, volvió a comenzar de nuevo. ¿Cuánto no podía esperarse y qué
no debía hacerse en una nación ya homogénea?
El rey,
el clero y el pueblo han hecho siempre causa común en España. Los reyes se
ayudaban del clero contra los grandes; pero si esto contribuía a dar algún paso
en la carrera de la libertad civil, los que se daban en la del error vía
superstición no eran ciertamente menores. La intolerancia produjo el deseo de
la unidad en la creencia y la incansable acción de los frailes unida a los
exagerados temores de revueltas por parle de los reyes católicos, decidieron a
estos a decretar la expulsión de los judíos y mahometanos. La inquisición
creada en aquel reinado, fue entonces el instrumento de la autoridad real, y
auxiliar de la misma, más bien que móvil. Los vicios de que se acusaba a los
judíos y a los moros eran efecto necesario del estado de persecución en que se
les tenia, y de las preocupaciones del tiempo. La expulsión de los judíos se
verificó de un modo completo: en cuanto a la de los moros, Fernando no hizo
más que empezarla, dejando a uno de sus sucesores el cuidado de concluirla un
siglo más tarde.
Esta
medida dictada por el fanatismo, y que sin embargo ha sido elogiada por los
historiadores, fue para España un manantial de males sin cuento; pero aun lo
fue más el enlace de la heredera de las coronas de Castilla y Aragón con Felipe
el Hermoso, heredero de los estados de Austria y Borgoña. España quedó entonces
sujeta a monarcas extranjeros, no siendo más, en medio de su poderío, que uno
de los florones de su corona. El sacrificio de su sangre y de sus tesoros
cedidos al interés y a la vanidad extranjera, fue seguido del sacrificio de la
industria castellanas la industria de Italia y de los Países Bajos. Los
monarcas austriacos continuaron luchando con los grandes; pero demasiado
poderosos por sí, en razón a las fuerzas que en la vasta extensión de sus
dominios contaban, dejaron por entonces de llamar al pueblo en su auxilio,
empleando por el contrario aquellas fuerzas en oprimirá la nación. Los buenos
españoles presintieron desde luego los funestos efectos que en último resultado
traería la omnipotencia de los reyes; y la guerra de los comuneros, una de las
insurrecciones más justas y más legítimas en que ha podido naufragar un pueblo,
efecto fue del amor a la patria y del odio a la dominación extranjera. Carlos V
había nacido en Flandes, y en Flandes había recibido su educación: obligado por
la política de su casa y por motivos de ambición personal a vivir separado de
España, confió la regencia de sus reinos, poco después de su elevación al
trono, al flamenco Adriano de Utrecht; y el arzobispado de Toledo, la primera
dignidad eclesiástica de Castilla y el más pingüe de todos los beneficios de
España, fue dado a Guillelmo de Croy.
Empleos, honores, tesoros... todo se convirtió en pasto de la avidez y de la
codicia de los extranjeros, pudiendo servir como muestra de un tráfico tan
escandaloso fo que los historiadores cuentan de los flamencos, que en el
espacio de un año no completo extrajeron de Castilla, con destino a los Países
Bajos, no menos que 24 millones de reales; suma enorme sobre todo
encarecimiento, si se considera el valor de la moneda en aquella época.
Las
cortes de Aragón y Cataluña respondieron a las injusticias y exacciones
cometidas por los delegados del monarca con una oposición vigorosa y enérgica;
pero habiéndose mostrado más sufridas las de Castilla, dieron lugar al
pronunciamiento de Segovia, Toledo, Sevilla y otras ciudades, confederándose
todas entre sí para vengar el insulto hecho a la nación. Los habitantes de
Toledo, a cuyo frente se puso el ilustre Juan de Padilla, se hicieron fuertes
en ella y organizaron un gobierno popular. El odio a los extranjeros fue tal,
que los tachados como partidarios de su predominio fueron inmolados a la
venganza de los insurgentes en Segovia, en Burgos y en Zamora; y los que
salvaron su existencia, la debieron a la fuga. Sus casas fueron arrasadas hasta
los cimientos. El regente hizo marchar contra los sublevados varios cuerpos de
tropa, que fueron balidos, quedando la campaña por los comuneros, los cuales
durante algún tiempo dictaron la ley en ambas Castillas.
La
confederación de las comunidades tomó el nombre de liga santa, título cuya
justicia ha confirmado el tiempo, no habiendo existido jamás una causa más
santamente patriótica. El pueblo había tomado las armas para restablecer sus
libertades, y después de la victoria no se contentó con menos que con la
reforma total del gobierno. La liga se escudaba con el nombre y autoridad de la
reina Juana, encerrada entonces, a consecuencia de su enajenación mental, en el
palacio de Tordesillas; pero eso no obstante, las miras y opiniones de los
coaligados eran esencialmente democráticas. Para convencerse de esta verdad,
basta leer las enérgicas peticiones dirigidas a Carlos V, con objeto de obtener
una representación nacional independiente. Iguales exigencias se habían
mostrado antes de esto en la corona de Aragón. Las representaciones de la liga
contenían también algunos artículos restrictivos de la exagerada supremacía que
la carta de Roma se abrogaba, y otros que decían relación a los desórdenes del
clero y al abuso de la jurisdicción eclesiástica: de aquí que ni el clero
secular ni el regular prestase su apoyo a una causa contraria a sus intereses.
La nobleza que había participado de la misma indignación que las comunidades,
comenzó después a asustarse del movimiento democrático; y como quiera que
aquellas usurpaciones estuviesen fundadas en antiguas violencias, pudo menos en
ella el orgullo ultrajado que el susto que por fin le causó oír a la plebe
pedir la revocación de los privilegios onerosos al mayor número y el repartimiento
igual de las cargas públicas, sin excepción de categorías. Los nobles en
consecuencia se reunieron a las tropas mercenarias del emperador, y marcharon
contra los rebeldes. La milicia de estos, compuesta de inexpertos artesanos y
de ciudadanos tímidos, no pudo sostener el choque de la infantería reglada y de
una caballería compuesta de hidalgos animados de espíritu belicoso. El ejército
de los comuneros fue batido el 23 de abril de 1522 en las llanuras de Villalar,
entre Tordesillas y Toro, pereciendo en un cadalso Padilla y los más valientes
de su partido, mártires de la libertad. La venganza arrasó hasta los cimientos
la casa de aquel ciudadano eminente, habiendo sido sembrado de sal el sitio que
el edificio ocupaba, y colocándose en su lugar una columna con una inscripción
infamante. El nombre de Padilla existe hoy inscripto en el salón del congreso
de diputados, y si como fue vencido en Villalar, hubiera salido triunfante, la
veneración y el respeto a su memoria hubieran sido entre los españoles los
mismos que se tributan en Suiza a la memoria de Guillermo Tell y de Arnoldo Winckelried.
¡Honor a los manes de Padilla!
Los
príncipes de la casa de Austria reinaron en España por espacio de dos siglos, y
habiendo sido esta la época en que los españoles llegaron a su más alto grado
de esplendor, en que sus guerreros hicieron mayores proezas, en que sus hombres
de Estado adquirieron mayor nombradla, y en que su literatura llegó al apogeo
de sus adelantos, lo fue también del principio de su decadencia, decadencia
cuyos rápidos progresos patentizaron bien a las claras los vicios radicales del
gobierno español. Y no es en los nuevos errores, sino en los antiguos, donde
debemos buscar el origen de aquel estado deplorable; ni son tampoco las
emigraciones anuales, ocasionadas por las guerras de Flandes o por la
colonización americana, las causas de la despoblación española. Los ejércitos
de aquellos tiempos eran poco numerosos, y la guerra era también menos
mortífera entonces que lo ha sido después, inventada la artillería. Si América
ha producido perjuicios a España, no tanto ha sido por los habitantes que le ha
quitado, cuanto por el oro que le enviara, condenando a la ociosidad y a la
inacción a sus felices poseedores.
La causa
de la decadencia de España está en el desarrollo de los antiguos vicios
inherentes al repartimiento de la propiedad. Acumulados los terrenos en las
manos de un pequeño número, ninguna mejora han podido recibir: los conventos
han absorbido sin cesar la parle laboriosa de la población, y el abismo
insaciable de las manos muertas no ha quedado cerrado jamás. Aguijón y
movimiento; eso es lo que necesitaba esta nación activa. Las ciudades, en que a
la sombra de sus privilegios democráticos y a favor de leyes protectoras del
comercio se había conservado aun un resto de esplendor, era imposible que
continuasen pobladas en medio de campos desiertos y sin población. La pereza,
puesta de acuerdo con el clima, estableció en España su imperio; y al
expresarnos así, no hablamos de esa pereza de lujo cuyo remedio existe en el
mismo mal, sino de la indolencia que naciendo de la sobriedad y del orgullo, es
por lo mismo más rebelde a la curación. Poblaciones levantadas por los godos,
por los moros y por los españoles de los siglos XIV y XV, quedaron en gran
parte arruinadas, sirviendo sus muros de cercas a otros tantos eriales y
despoblados, mientras la victoria del despotismo, unida a príncipes incapaces o
a favoritos sin honra, aceleraba los progresos del mal. Estos eran ya tales en
el reinado del inepto y doliente Carlos II, que la nación que antes había
llegado a tener hasta treinta millones de habitantes, no contaba ya más que
diez a fines del siglo XVII. Los motines populares quedaban impunes; los muros
de las fortalezas venían abajo, sin que nadie cuidase de repararlos; el oro que
circulaba en Europa pasaba por la España para no volver más a ella; los
arsenales estaban vacíos; los puertos desiertos; el arte de fundir cañones y de
construir bajeles se había olvidado; la marina, en fin, se hallaba perdida.
Tiempo hubo en que los soberanos de América y de las Indias no contaron más
cortejo naval que diez galeras, y estas pudriéndose en el puerto de Cartagena:
tiempo hubo también en que el biznieto de Felipe II miró reducidos los
ejércitos de aquella inmensa monarquía en que nunca se ponía el sol, a no más
que la suma de 20,000 hombres.
¿Fue más
útil a los españoles el reinado de la casa de Borbón? Trece años de guerra
fueron necesarios para que Felipe V pudiera reinar tranquilamente, y España en
todo ese tiempo no hizo más que sufrir la devastación de ejércitos extranjeros.
La gran mayoría de la nación miraba como legítimo el derecho de Felipe al
trono, ya por verle fundado en los derechos del nacimiento, ya por el apoyo que
la voluntad del último rey austríaco le daba. Eso no obstante, hubo cooperación
a su favor, no entusiasmo. La nación reconocía la justicia que asistía a la
causa de Felipe; pero sentía que esa justicia le obligase a combatir al lado de
unos soldados a quienes siempre había mirado como enemigos; y no pocos de los
adictos al monarca hubieran deseado la retirada de los franceses para defender
al rey sin su auxilio. Entre los dos ejércitos aliados se suscitaban todos los
días quejas renacientes sin fin, vituperando los españoles a los franceses su
vanidad, sus pretensiones y sus rapiñas: Felipe no podía proseguir la campaña
con ellos ni sin ellos.
En las
filas opuestas había por el contrario energía. Los catalanes combatieron en
favor de la casa de Austria con más vigor y tenacidad que los castellanos por
la casa de Borbón. Por lo que respecta a Aragón, los franceses tuvieron que
sostener en este país una guerra verdaderamente nacional, sin poder contar en
él más terreno que el que sus soldados pisaban. Las gentes a su aproximación
abandonaban las poblaciones, y luego volvían a hostilizar los flancos y la
retaguardia del enemigo, con encono cada vez más terrible. Barcelona dio en
aquella época ejemplos de valor que Zaragoza había de reproducir un siglo
después: vencida sin haberse rendido, y cuando el monarca por quien se había
sacrificado abandonó su empresa por otras consideraciones políticas, Barcelona
prefirió someterse al gran turco más bien que a Felipe, esperando tener más
libertad bajo la protección del sultán, que no bajo la dominación del nielo de
Luis XIV.
Esta
conducta era en los catalanes hija del cálculo más bien que de la ceguedad:
ellos veían que Felipe V había arrebatado a los aragoneses sus fueros y
privilegios, y al recordar el nombre de este país, no podían menos de llamar a
su memoria aquel Cerdán que se había atrevido a luchar frente a frente contra
el más déspota de sus predecesores, y aquella protesta solemne, aquel juramento
condicional, terror de los reyes absolutos, con que el Justicia mayor de aquel
reino prestaba obediencia al monarca. Felipe entretanto no había mostrado su
ira y enojo a los pueblos de la corona de Aragón, sino con el designio de
someterlo todo al poder real. La ocasión era favorable para acabar de aniquilar
los últimos elementos de libertad que habían quedado en España, y Felipe la
aprovechó. La victoria alcanzada por los Borbones, por más que la mayoría de la
nación los secundase, no fue nacional: España recogió en esa guerra larga
cosecha de devastaciones, no empero las mejoras morales, que suelen ser
consecuencia de los grandes sacudimientos que reciben los pueblos.
La
abolición de los privilegios de Aragón trajo consigo el establecimiento de la
ley común, no habiendo sido exceptuadas de esta igualdad sino las provincias
Vascongadas y Navarra, cuyos fueros quedaron intactos, merced a los moldes que
los defendían y al patriotismo de sus naturales. Uniformidad en la legislación
y nivelación absoluta en el estado, sin que ninguna corporación, ningún
individuo sea llamado por su solo interés particular a reclamar el interés
general: tales son el fin y los medios del despotismo. El régimen municipal
perdió todo su esplendor y prestigio: los oficios llamados de república por contraposición
a los que emanaban del gobierno, y que por lo mismo se llamaban oficiales del
rey, fueron absorbidos por este, quedando invadidos, sujetos a restricciones, y
privados de consideración, y pasando al fisco las propiedades de menor cuantía
que habían pertenecido a los comunes. La grandeza fue alejada del poder, y no
se la vio ya ni en las sillas de los ministros ni al frente de los ejércitos. Aumentado
el número de los grandes y títulos, con el objeto de hacerles perder en
concepto, no fueron otra cosa que consumidores en grande, retenidos en la
capital por una política recelosa, e inhabilitados de ser ciudadanos útiles en
calidad de habitantes o cultivadores, por el temor de que pudieran convertirse
en súbditos peligrosos. La nobleza en fin, sin perder ninguno de los
privilegios que la hacen onerosa a los ciudadanos, perdió los que la hacían
enfadosa al príncipe y útil al país. Las grandes corporaciones del Estado
bambalearon también : el consejo de Castilla, ese antiguo tribunal que más de
una vez había servido de tutela a los reyes, vio amortiguado su brillo ante
instituciones emanadas de Francia. No hubo espíritu de corporación, ni medio alguno
de resistencia. Las cortes, heridas ya de muerte desde el reinado de Carlos V,
aquellas cortes, tan antiguas casi como la monarquía, desaparecieron también,
no habiendo sido ya convocadas para deliberar sobre los vicios de la
legislación o sobre la prosperidad del Estado, sino con el solo y exclusivo
objeto de prestar juramento a los herederos de la corona.
El rey
era francés, y francesas fueron su etiqueta y las costumbres que introdujo en
su corle: los secretarios de Estado, las guardias, las academias, el sistema
administrativo y financiero, todo fue instituido á imitación y remedo de los
modelos existentes en Francia. San Ildefonso fue Versalles; y en breve no
hubiera sido Madrid sino la pálida copia de París, perdiendo la España toda su
nacionalidad, si el cambio de los hábitos y costumbres de un pueblo hubiera
podido depender del arbitrio de los reyes y de los cortesanos.
El
orgullo español se sintió herido ante la vista de tantas y tan serviles
imitaciones, estando las mejoras muy lejos de compensar la pérdida de aquellos
hábitos consagrados por el tiempo, y resintióse sobre
lodo al ver la administración, las rentas y la conciencia misma del rey en
manos extranjeras. Todo fue mezquino y raquítico: las fundaciones antiguas,
sobre cuya planta hubieran podido levantarse grandes edificios, desaparecieron
enteramente: ese extinguió el espíritu público: la literatura que es su
expresión, perdió su colorido local: no hubo en fin vigor ni vida propia en
cosa alguna.
¡Pero a
lo menos, ya que se perdía en entusiasmo, ganárase en
ilustración! ¡Perdiera en buena hora el ingenio, si el entendimiento a lo menos
hubiera ganado en precisión y en altura de miras! Pero la inquisición llegó a
ser bajo el reinado de los Borbones más perjudicial y más funesta que antes. En
la persecución de los judíos y moros había sido agente o instrumento más bien
que causa, según hemos observado arriba, y al conservar la unidad católica bajo
los príncipes austríacos, impidió a lo menos que los españoles vertiesen su
sangre en las guerras de religión. ¿Podremos poner en duda ese beneficio visto
lo que pasaba entonces en Alemania y en Francia? Bajo los Borbones empero, la
inquisición, envejecida ya, volvió a recobrar la primitiva energía de su
juventud, y esa energía la empleó en combatir las buenas doctrinas, en la
extinción de las luces y en paralizar la marcha del espíritu del siglo. ¿Cuándo
ha sido el aislamiento de España respecto a Europa tan lastimoso y notable como
lo fue bajo la casa de Borbón? Antes, por lo menos su gabinete había tenido
intervención en lodos los negocios europeos, y sus embajadores y sus guerreros
cuando vienen de Italia, de Alemania y de Francia, traían consigo la
ilustración inherente a su roce con otros países, y a la modificación y
extensión que habían adquirido sus ideas.
La España
del siglo XVIII podría considerarse como un vasto convento, en cuyo locutorio
estaba colocada la inquisición para impedir la entrada a la verdad. Personas ha
habido que han llegado a dudar si sería mejor que el mundo todo estuviese
sujeto a la ignorancia o iluminado todo él por las luces de la sabiduría,
preguntándose formalmente en cuál de estos dos órdenes de cosas sería mayor la
suma de bienes individuales que podría contar la especie humana; mas nadie que tenga dos dedos de razón ha podido jamás
concebir que mientras una parte del continente europeo se encaminaba a pasos
agigantados hacia la ilustración y perfectibilidad, pudiese resultar utilidad a
la otra de continuar en la ignorancia, en las preocupaciones y en el error.
Al
reseñar, como lo hemos hecho, los males de que la entronización de los Borbones
ha sido causa en nuestra patria, nada está más lejos de nuestro propósito que
el designio de atacar individualmente el carácter personal de aquellos
príncipes. El despotismo puede instituirse y cimentarse en una nación, lo mismo
por debilidad que por energía. El talento de Felipe V no era gran cosa a la
verdad; pero ni la rectitud de su juicio, ni la moderación de su carácter
pueden ponerse en duda. Luis XIV le había dicho que el poder de los reyes era
de derecho divino, que el estado era el rey, y que cuando Dios encargaba a los
reyes la misión de gobernar a los hombres, los había dotado al efecto de una
inteligencia superior: Felipe en consecuencia trajo a España consigo las
convicciones que su abuelo le había inspirado, lo que no impidió que se hiciese
amar de los españoles por la pureza de sus costumbres y por la seria gravedad
de su continente. La melancolía que años adelante llegó a apoderarse de él,
concluyó por hacerle sombrío, desgastando su cuerpo por decirlo así, atacando
los órganos de su cerebro, inhabilitándole de fijar su atención en las cosas de
gobierno, y quitándole desgraciadamente la aptitud que hubiera podido tener
para el desempeño de los negocios. Sus dos hijos ocuparon el trono
sucesivamente, y fueron príncipes de conocida bondad, religiosos y moderados.
Fernando VI, fiel a las máximas de su casa en lo relativo al gobierno interior,
se apartó de ellas en cuanto a sus relaciones con el extranjero, ganando mucho
España en haber evitado una porción de guerras que no le prometían honra ni
provecho de ninguna especie. Carlos III adoptó un sistema de política
diametralmente opuesto, y al firmar el pacto llamado de familia no hizo más que
consumar la obra comenzada por Luis XIV.
El
reinado de este príncipe fue notable por el gran número de reformas que en él
tuvieron lugar, continuadas y aumentadas después por Carlos IV, su hijo y
sucesor. Bien mirado lodo, esas mejoras fueron, más bien que efecto de la sola
voluntad del gobierno, efecto obligado de la ilustración y de las ideas, que a
pesar de los mares y de los Pirineos, habían conseguido penetrar poco a poco en
España. La construcción de los caminos, la apertura de los canales y el
establecimiento de las fábricas fueron de moda, por decirlo así, en el siglo
XVIII, así como lo era en el XII erigir iglesias y fundar conventos. Cultiváronse en España las artes y oficios; dióse impulso y aliento a las ciencias; creáronse asociaciones con el designio de fomentar la
industria y de inspirar inclinación al trabajo; compusiéronse varias
obras útiles, y se hicieron esfuerzos para propagar la instrucción. Las trabas,
en fin, que tanto los adelantos industriales como los comerciantes sufrían,
comenzaron dichosamente a desaparecer; y América misma, aunque en mezquina
proporción, participó también de los beneficios que en aquella época tuvieron
lugar en España.
Setenta y
cinco años habían transcurrido desde el tratado de Utrecht hasta la revolución
francesa, y España en todo ese tiempo aprovechó una de las más benéficas
consecuencias de la paz, puesto que, no desparramándose su población de puertas
afuera, hubo de acrecer en el interior por una consecuencia precisa. Este
aumento que se ha exagerado en la misma proporción que lo ha sido su diminución
en tiempo de los reyes austríacos, en ninguna parte se hizo tanto de notar como
en las costas marítimas; y hubiera llegado a ser inmenso, si el comercio
colonial hubiera sido libre en toda España, sabido como lo es que el siglo
XVIII fue la época de las colonias y del comercio. Pero mientras las costas se
poblaban y enriquecían, y cuando las poblaciones marítimas recibían un
incremento tan notable, el resto de las ciudades españolas continuaba
ofreciendo el aspecto del empobrecimiento sucesivo y de la falla de población.
Las llanuras de Castilla la Vieja y las de la Mancha, juntamente con los valles
inmediatos al Tajo, quedaron cada vez más desiertos. ¿Qué pueblo fue reparado
entre tantos como en la frontera de Portugal la guerra de sucesión había
destruido? ¿Cuál fue el remedio que formal y decididamente se trató de poner a
las leyes que mataban la agricultura, o a la acumulación de la propiedad en
manos muertas? Comenzáronse a abrir
canales, sin quedar concluido ninguno: abriéronse también
carreteras; pero se descuidaron los caminos de travesía; y frecuentadas
aquellas por arrieros tan solo, han venido a ser hasta el presente un lujo poco
menos que inútil. Las fábricas por su parle no pudieron sostenerse por sí y sin
los auxilios del gobierno, porque siendo los productos imperfectos, era
imposible que pudieran cubrir los gastos de la elaboración. Quísose por último el fin, y causaban espanto los
medios. ¿Pero qué ilustración había de ser posible donde la inquisición
existía? ¿Cómo renacer la emulación donde el despotismo era una condición
social? ¿Cómo obtener los resultados de la razón moderna existiendo todavía la
planta y las preocupaciones del siglo décimo?
La
pérdida de los estados de Flandes y la de Italia había sido por ventura un
acontecimiento feliz, atendidas las guerras, los trastornos y los inmensos
gastos que su posesión había ocasionado, y bastando en España para ejercitar
los talentos de sus gobernantes el cuidado de regir los destinos de la
Península y los del inmenso imperio de América. No diremos lo mismo de la
utilidad producida por nuestra fraternidad con Francia, fraternidad funesta y
mal entendida con nuestra antigua rival, y que tarde o temprano tenía que
producir sus efectos. Creyóse en el
gabinete de Madrid que siendo el Pirineo el único eslabón que enlaza a la
Península con el resto de Europa, la alianza con nuestros vecinos garantizaría
perpetuamente el reposo interior, pudiendo los españoles a la sombra de aquella
égida descuidar enteramente las armas y entregarse a su sabor al comercio de
las Indias, no menos que al de las costas y a las demás ventajas inherentes a
su feliz posición topográfica: creyóse también,
y hasta llegó a sostenerse poco menos que como axioma inconcuso, que era
imposible atender a la vez a la conservación de las colonias, al mantenimiento
de la marina necesaria para protegerlas y a la existencia de ejércitos
numerosos, dispuestos a obrar en cualquiera evento. Con semejantes
convicciones, ¿qué podía ser ya España en el porvenir del mundo político, sino
un satélite de Francia, o un mero y pasivo esquife, obediente y sumiso al bajel
que le lleva a remolque?
Esta
dependencia en un pueblo acostumbrado tantos años a reinar sobre los demás,
nunca fue tan visible como en la organización de las fuerzas de mar y tierra, y
en el uso que de ellas se hizo. La marina militar no pareció haber adquirido
preponderancia, sino para sufrir descalabros; ni se construyeron bajeles, cuyo
destino, tarde o temprano, no parecería ser el de venir a parar en los puertos
de Inglaterra; pudiéndose prever con bastante anticipación que la constante
enemistad de esta potencia acabaría por completar, cuando le llegase su vez, la
pérdida de nuestras colonias. El ejército español fue poco numeroso, y sus
instituciones lomadas de los franceses, nada tenían de su propia cosecha, nada
que revelase el carácter o el espíritu nacional: ni un recuerdo, ni una
tradición que sirviese como de transición y de enlace entre aquellos famosos
tercios españoles que sucumbieron en Rocroy y
los regimientos que un siglo después habían de combatir en Italia para
reivindicar los derechos de Felipe V. La guerra en grande había dejado de tener
lugar en las tropas españolas desde la paz de 1748; y la campaña de Portugal,
verificada en 1762, manifestó bastante hasta qué punto se había descuidado
entre nosotros el arle de conducir las operaciones, no habiéndose sabido
someter a España un reino que según todas las leyes de la topografía, debía de
ser una de nuestras provincias. Nada decimos de la expedición de Argel en 1774,
cuyo éxito es un nuevo testimonio de la justicia de nuestro modo de ver en esta
parle.
La guerra
de América no nos fue gloriosa tampoco; y si unidas nuestras tropas a las
francesas pudieron verificar la fácil conquista de Menorca, hubieron de
estrellarse ante el Peñón de Gibraltar unidas a ellas también. Objeto de
admiración a los franceses por nuestro valor, no lo fuimos por la disciplina.
España que por la naturaleza de su posición local y por el brío indomable de
sus habitantes, no menos que por la inmensa extensión de su imperio colonial,
debía ser una potencia de primer orden, no tuvo en la diplomacia sino el
segundo, y acaso el tercero. ¿Cómo era posible que pudiera hacer pesar su
influencia en Europa, cuando el único medio de conseguirlo consistía en
gravitar primero sobre Francia, y el gabinete español iba perdiendo de día en
día, no ya el poder, sino el deseo mismo de perjudicar sus vecinos?
La
imprevisión había hecho abrir caminos en el Pirineo, con el objeto de hacerle
transitable en todas las estaciones, lo cual equivalía a facilitar a los
ejércitos su marcha a Madrid. A excepción del castillo de Figueras, levantado
por Fernando VI al adoptar su política con independencia total de la del jefe
de su casa, ninguna otra fortificación sabemos que tuviera lugar en un
antemural de tan fácil defensa; en ese Pirineo, cuya demarcación de fronteras
era conocida desventaja de la Francia, indica todavía el poder de la antigua
nación española. ¿Pero qué fortalezas habían de levantarse, cuando las antiguas
se dejaban arruinar? En vez de alentar el patriotismo de los habitantes
limítrofes, hacías por el contrario una especie de estudio para extinguirle o debilitarle;
y empeñados los Borbones en infundir a los catalanes el sosiego y la calma
inherentes al carácter castellano, hubiérase dicho
que lodo su conato se cifraba en hacerlos sumisos al poder, más bien que
terribles al enemigo. Nada se hizo, nada se pensó para prevenir con tiempo la
defensa de la nación en un evento cualquiera. Tal era el estado inofensivo de
España, cuando estallando la revolución francesa al año siguiente de la muerte
de Carlos III, hizo en breve bambalear en sus tronos a todos los monarcas de
Europa.
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CARLOS III
Era el
Rey Carlos de una estatura de cinco pies y dos pulgadas, poco más; bien hecho,
sumamente robusto, seco, curtido, nariz larga y aguileña, como lo demuestra su
retrato, muy semejante, que está al principio de esta obra, y que hice
grabar de uno muy parecido, añadiéndole las inscripciones al pie. Había sido en
su niñez muy rubio, hermoso y blanco; pero el ejercicio de la caza le había
desfigurado enteramente, de modo que cuando estaba sin camisa, como le vi
muchas veces cuando le servía como su gentil hombre de cámara, parecía que
sobre un cuerpo de marfil se había colocado una cabeza y unas manos de pórfido,
pues la mucha blancura de la parte del cuerpo que estaba cubierta, obscurecía
aún más el color obscuro de la que estaba expuesta continuamente a la
intemperie. Su fisonomía ofrecía casi en un momento dos efectos, y aun dos
sorpresas opuestas. La magnitud de su nariz ofrecía a la primera vista un
rostro muy feo; pero pasada esta impresión, sucedía a la primera sorpresa otra
aún mayor, que era la de hallar en el mismo semblante que quiso espantarnos una
bondad, un atractivo y una gracia que inspiraba amor y confianza.
Era
naturalmente bueno, humano, virtuoso, familiar y sencillo en su trato, como en
su vestido y en todo, y nada le era más contrario que la afectación, la ficción
y la vanidad, llevando en algún modo al exceso su aborrecimiento a estos
defectos, pues alguna vez no buscaba, ni se persuadía pudiese haber en los que
tenían la desgracia de dejarlos de conocer otras calidades que pudiesen
compensarlos.
Nada
ofendía más al Rey que la mentira y el engaño, y así como todo lo perdonaría al
que con verdad y franqueza le confesase su delito, así también el más leve era
para él grave cuando le hallaba inculcado con la falsedad, la ficción o la
mentira. De aquí se seguía que hacía más vanidad de ser fiel a su palabra que
pudiera el más honrado particular, sin limitar esta calidad a los asuntos
políticos y a la fe de sus inalterables Tratados. Así es que toda la Europa dio
siempre una fe ciega a lo que dijo, y que su palabra era creída y respetada por
todos los Monarcas, que jamás dudaron de ella. La misma nación portuguesa, que
aborrece en general a la española y su dominio, por la vecindad y por los
justos motivos de desconfianza y enemistad que debe inspirar siempre a una
potencia menor otra superior, bajo cuyo dominio ha estado, luego que se hablaba
del Rey que decir: ¡Ah! El Rey Carlos lo ha dicho; no hay que dudar. Si
los tres Felipes reinaron por la fuerza sobre el reino de Portugal, el Rey
Carlos III puede decirse ha sido el primer Rey español que ha podido reinar
sobre sus corazones. Yo he tenido la gran satisfacción de haberle levantado
un arco de triunfo en medio de la plaza del Rocío de Lisboa, con las
inscripciones que se hallan en la nota 14, y de ver que, lejos de excitar el
enojo de los portugueses, leían y releían con gusto su nombre y alabanzas,
aumentándolas con las propias.
Era
naturalmente de genio alegre y gracioso, y si su dignidad se lo hubiera
permitido, hubiera tenido particular talento para remedar, pues a veces lo
hacía en su interior con gracia, aunque muy de paso, y se conocía trabajaba
para no dejarse llevar en esta parte de su genio. Como había sido siempre muy
popular, y vivido con la gente del campo, y en Nápoles había conocido a fondo a
los lazaronis, que son unos truhanes muy
originales y graciosos, tenía mucho de que echar mano para hacer valer su
natural disposición, pues nada se le escapaba, y con su modo de mirar, que
manifestaba su viveza y penetración, volviendo los ojos sin que se conociese,
veía cuanto se hacía a, todos lados.
Su
afabilidad con las gentes más humildes que le servían era tal, que en La
Granja, viendo un día el Duque de Arcos, Capitán de guardias, que una mujer del
campo se le arrimaba a hablarle con demasiada familiaridad, la quería hacer
apartar, y el Rey le dijo: Déjala, Antonio; es mi conocida; es la mujer
de Fulano, que era uno de los monteros. Cuando iba con el sombrero
puesto, fuese a pie o a caballo, o en birlocho, gobernándolo él
mismo, como solía hacerlo en Aranjuez, se le quitaba a las personas que
conocía, y generalmente a las de modo que encontraba, y siempre a todos los
eclesiásticos o religiosos, y a las personas inferiores que conocía, aunque
fuesen sus criados menores, los miraba con agrado o hacía alguna insinuación
con la cabeza o con los ojos, que eran muy expresivos, de modo que los
acreditase que los veía con gusto y no con indiferencia.
Su
vestido era siempre el más sencillo y modesto. Pasaba en el Sitio de El Pardo
desde el 7 de Enero hasta el sábado de Ramos, que volvía a Madrid. Allí estaba
diez días, y el miércoles, después de Pascua, por la mañana, a las siete, salía
para Aranjuez, donde permanecía hasta últimos de Junio, día más o menos. Pasaba
en Madrid desde este día hasta el 17 o el 18 de julio, que marchaba a comer,
cazar y dormir a El Escorial, y de allí, al día siguiente, al Sitio de San
Ildefonso. Allí se detenía hasta el 7 o el 8 de Octubre, que bajaba a El
Escorial, de donde se restituía a Madrid entre el 30 de Noviembre y el 2 de
Diciembre, y permanecía allí hasta el 7 de Enero siguiente, de modo que pasaba
en Madrid unos setenta días y el resto del año en el campo. La libertad que en
él gozaba era más conforme a su genio, pues podía salir fácilmente y
sin séquito a caza por la mañana a los jardines, lo cual no le era posible
en Madrid. A más de que en el campo
estaba siempre con vestido de caza, que era, en invierno, casaca de paño liso de color de corteza de árbol claro, chupa de ante, con un galón de oro estrecho al borde, y calzón de ante negro, de la fábrica excelente que estableció en el lugar de Aravaca, inmediato a Madrid.
En verano la casaca era de camelote ceniciento; la chupa, de seda azul con galón de plata, y el calzón el mismo.
Cuando
tenía que vestirse de gala se ponía, de muy mala gana, sobre la chupa de campo,
un vestido rico de tela, guarnecido a veces con una muy rica botonadura de
diamantes, y, abotonándose la casaca hasta abajo, cubría la chupa de ante, de
que no dejaba a veces de descubrirse alguna punta. De este modo se presentaba a
la Corte, a la capilla y al besamanos, y luego que pasaban las dos o tres horas
de la ceremonia, apenas había entrado en su cámara, que se quitaba la casaca,
echando un gran suspiro, y diciendo: ¡Gracias a Dios!, como quien
se había libertado de un gran peso; y si era verano, se quitaba el corbatín y
la peluca para retirarse a dormir por una hora la siesta. Cuando tenía zapatos,
vestido o sombrero nuevo, era para S. M. un martirio, y antes de que se
determinase a tomar el sombrero nuevo, estaba éste a veces ocho días
sobre la mesa al lado del viejo, de que poco a poco se iba desprendiendo, y
que, dejado un día, no se le volvía a poner allí porque no volviese a él. Con
todo, era sumamente limpio en su interior y exterior, y no podía sufrir una
mancha, ni que, al quitarle la camisa, le rompiesen los encajes, de que usaba
siempre. Entonces solía decir, aunque sin un enfado formal: Poca maña,
poca maña, amigo.
El Duque
de Medinaceli, que sucedió a Montealegre en el empleo de Mayordomo mayor,
creyendo hacer una gran cosa, le puso un día al Rey una comida que creyó mejor,
porque no era la que acostumbraba. S. M. se quedó casi sin comer, y al
levantarse sólo le dijo con gran paz: Medinaceli, ya lo has visto, no
he comido nada. No era posible estar a su lado sin ver ejemplos
continuos de la mayor moderación y virtud.
En su
interior era el hombre más suave, humano y afable con todas las personas de su
servidumbre, entrando en los intereses y asuntos familiares de cada uno, sobre
todo con los que más lo necesitaban. Jamás se le vio proferir una mala palabra,
y su enojo nunca pasó a ser cólera, porque como siempre era pacífico y dulce en
su trato, su seriedad bastaba para hacer aún más impresión que la furia de otro
cualquiera, a los que tenían la desgracia de merecer su indignación. Un día le
servía la copa un criado anciano, que no sé por qué acaso le tuvo esperando gran rato sin
traerle de beber. El Marqués de
Montealegre, enfadado de ver a S. M. esperarle tanto tiempo con las manos
cruzadas, luego que le vio aparecer, aunque venía a su
modo a carrera abierta, le hizo señas de
enojo. El Rey, que lo presumía, y le
vio, de reojo, como solía, le
dijo: Montealegre, déjale al pobre. ¿Te
parece no lo habrá sentido él más que yo? El interesado y
todos los que lo oímos quedamos edificados y llenos de ternura y amor a un tan
digno Soberano. Reflexiónese cuán diferente hubiera sido en nosotros el efecto
de un enfado del Rey, con el cual no hubiera enmendado ciertamente lo pasado.
Gustaba
de chancearse, y aun a veces entraba en chanzas que, no limitándose al
matrimonio, parecerían singulares, y no se las permitiría su ejemplar modestia
ciertamente; pero que, no saliendo nunca de estos límites, ni teniéndolas sino
con las personas casadas, hablándoles de sus propias mujeres, y de si tenían o
no sucesión de ellas, hallaba su naturalidad y pureza de alma no poder
interpretarse de otro modo.
Conocía
que la regularidad en la vida y la distribución inalterable de las horas de un
Monarca es tan necesaria para la seguridad y tranquilidad de los que le rodean,
como la invariabilidad del curso del sol y de los planetas para reglar sobre
ella las estaciones y acciones de la vida, y así, a más de tener una
distribución tan reglada como lo veremos en adelante, nunca adelantaba ni
atrasaba un minuto la hora que daba para cada cosa, y le he visto estar con la
mano sobre el picaporte para no salir de su interior hasta dar la hora que
había indicado a los que le esperaban fuera. La única ocasión en que solía
permitirse el salir tres o cuatro minutos, y no más, antes de la hora, era por
la mañana cuando salía a vestirse, porque sabía que los más de los gentiles
hombres estaban allí antes. Pero si por casualidad venía alguno cuando estaba
ya fuera, si no había dado aún la hora señalada de las siete, luego que entraba
le decía: Amigo, yo he faltado y no usted, porque la hora indicada no
ha dado aún. Si se venía después de ella por acaso, y el que faltaba
era de los exactos, decía, riéndose: Amigo, habrá usted encontrado al
Santísimo, a quien habrá acompañado, o las carretas le habrán detenido en el
camino. Si el que faltaba era de los que tenían costumbre de
descuidarse, no les hablaba una palabra, y su silencio e indiferencia era una
muy sensible reprensión para cualquiera.
Servíale un día
como Mayordomo de semana el Marqués de N..., mozo joven y alegre, y faltó a la
hora precisa de la mesa. Otro imprudente y tonto de los que servían a ella dijo
a S. M. para congratularse y hacerse el gracioso: Ha estado
bailando anoche hasta tarde. El Rey le respondió en términos de no dar
crédito a lo que le decía. Llegó, pues, el Mayordomo, que, como muchacho, se
había frotado un carrillo para hacer parecer tenía alguna cosa. S. M., sin
dejar de conocer el ardid, le dijo: ¿Qué tienes? Y él
respondió: Señor, las muelas. (Y no mintió.) Entonces replicó
el Monarca, advertido: ¿Ves, N., como no era capaz de, faltar a su
obligación sin un justo motivo? Así enseñó al Marqués para otra vez, y
reprendió discretamente al imprudente y necio adulador que había querido
divertirse a su costa. S. M. gustaba mucho de las travesuras y vivezas de los
muchachos cuando eran inocentes.
Era
susceptible de amistad y confianza, y reconocido a los que veía le servían con
gusto y cariño. Nombraba para cada jornada cuatro gentiles hombres de cámara,
entre los cuales había dos o tres que, el uno por su torpeza natural, el otro
por su continua tos y gargajeo, y el otro por lo que le olía la boca, eran
sumamente desagradables para tenerlos a su lado en una servidumbre íntima.
Parece que la desgracia quería que estos hombres rabiaban por servir al Rey,
que, por reconocimiento, los nombraba muy a menudo, no obstante las
representaciones que le hacía el Sumiller, Duque de Losada, al cual respondía: ¡Dejalos, hombre, los pobres tienen tanto gusto en ello! Su
amor a todo lo que le servía llegaba
a tal extremo, que se aficionaba, y le costaba separarse de las cosas de su
uso, de modo que llevaba en su faltriquera varias cosas que le habían servido desde su infancia; y cuando, después de treinta años de
uso, le rompieron en Madrid la taza de china en que tomaba el chocolate, y que
le servía desde que salió de Sevilla, tuvo sentimiento de verse
privado de ella.
Aunque
comía bien, porque lo exigía el continuo ejercicio que hacía, era siempre cosas
sanas y las mismas. Bebía dos vasos de agua templada, mezclada con vino de
Borgoña, a cada comida, y su costumbre era tal en todo, que observé mil veces
que bebía el vaso (que era grande) en dos veces, y la una llegaba siempre al
fin de las armas que había grabadas en él. Al desert mojaba dos pedazos de pan tostado en vino de Canarias, y sólo a la cena, y no a
la comida, bebía lo que quedaba en la copa. Después del chocolate bebía un gran
vaso de agua; pero no el día que salía por la mañana, por no verse precisado a
bajar del coche.
Amaba la
agricultura, las artes, y, sobre todo, las fábricas, y con exceso el edificar,
por lo cual el Marqués de Esquilache le decía que el mal de piedra le
arruinaba. Trajo de Nápoles una porción de artistas que trabajaban en
mosaico de piedra dura, de la que se trabaja en Toscana, donde la usan, con la
mayor perfección, y una fábrica de porcelana, que estableció en el Retiro, y
que sirvió más para su propia diversión que para utilidad pública, pues la
pasta no era buena. Este mosaico de piedra dura, que son lo que se llaman
chinarros pelados, es sumamente difícil y costosa, de modo que una media mesa
de un tamaño regular, de las que se ponen en las entreventanas, debajo de los
espejos, no baja de 20.000 pesos, y no se aturdirá el que sepa el modo cómo se
hace este mosaico. Los chinarros se sierran en hojas del grueso de un medio
duro, para que descubran las vetas. Después, según lo exige el dibujo, se van
sacando de ellos los colores necesarios para formarle. A este fin, se hace un
agujerito junto al pedazo que acomoda; por él se pasa un alambre delgado, de
que, por medio de un arco, se forma una sierra, que, con agua y unos polvos, se
corta, sólo aquel pedacito que se necesita, según el dibujo, y así se va
formando poco a poco todo él. Véase cuánto trabajo y prolijidad se exige para
completarlo, y se reconocerá que es una fábrica de lujo más que de otra cosa.
Este género es mejor para frutas y paisajes que para la figura; no obstante que
ésta se trabaja; y es mucho más hermoso, acabado y sólido que el de la
composición de Roma.
Su alma
era tan grande, que en todo quería lo mayor, y así logró que en San
Ildefonso se hiciesen espejos de 160 pulgadas, que son los primeros que se han
hecho de ese tamaño. En su fábrica de porcelana hizo dos gabinetes enteros de
ella: paredes, techo, suelo y mesas. El uno está en Madrid y el otro en
Aranjuez. También se está trabajando un friso soberbio de mosaico para otro
gabinete, que será igualmente único en Europa. Y así era en todo. Por
consiguiente, lo que era destrucción se oponía diametralmente a su genio, y no
podía sufrir se cortase ni un árbol sin gran necesidad. Esta fue la causa de
que, habiendo mandado hacer el camino de El Pardo a Madrid atravesando el
bosque de encinas, se hizo menos derecho de lo que pudiera haber sido, por
evitar la corta de árboles, y, junto a El Pardo, se dejó uno en medio de una
plaza, para acreditar a S. M. se habían libertado todos los posibles.
Su
castidad era extrema, y, no obstante que su temperamento robusto y la costumbre
contraída en su matrimonio exigía aún su continuación en la edad de cuarenta y
cuatro años, en que perdió su mujer, jamás quiso volverse a casar, y para
minorar y resistir las tentaciones de la carne, dormía siempre sobre una cama
dura como una piedra, y si de noche se hallaba agitado, salía fuera de ella y
se paseaba descalzo por el cuarto.
Era
prudente, religioso sin afectación ni superstición alguna, y el verle asistir a
la misa, capilla y demás actos de religión, edificaba a todos y daba una idea
de su fe y de la verdad de su religión. Si la fe pudiera verse con los ojos
materiales en ninguna ocasión se hacía más visible, y aún palpable, que cuando
este respetable anciano tenía a sus nietos en sus brazos para que los
bautizasen, pues era una representación viva de la bondad y convicción de las
verdades religiosas que vemos representadas en la cara de los antiguos
Patriarcas.
Confesaba
y comulgaba en todas las Pascuas y principales fiestas de los Misterios y de la
Virgen, y el día de algún otro Santo de su particular devoción, como San Jenaro
y pocos más.
Era muy
mañoso, y se había ocupado cuando joven en trabajar al torno, y el puño de su
bastón y otras cosas eran hechas por él.
Conociendo
por experiencia que su familia era expuesta a caer en la melancolía, y temiendo
sus malas resultas, de que había visto que sus padres y hermanos habían sido
las víctimas, procuró siempre evitarla con gran cuidado, como lo consiguió.
Sabía que el mejor medio, o, por mejor decir, el único para conseguirlo, era el
huir la ociosidad y estar siempre empleado, y en acción violenta en lo posible.
De aquí resultaba que jamás estaba un momento en inacción, y acabada una cosa, pasaba luego a otra. Este
principio de conservación era uno de los motivos principales de su ejercicio de
la caza, que algunos le vituperaban amaba con exceso. Yo le he oído decir en El
Pardo, estándole sirviendo a la mesa: Si muchos supieran lo poco que me
divierto a veces en la caza, me compadecerían más de lo que podrían envidiarme
esta inocente diversión. Me dirán muchos: podría ocuparse en otras
cosas más que en la caza. A lo que responderé: lo uno, que ninguna otra
ocupación reunía la ventaja del ejercicio; y lo otro, que no amando la música,
y poco el juego, el demasiado estudio y lectura no era tan conveniente para el
fin que se proponía como dicho ejercicio.
Su
distribución diaria era ésta todo el año. A las seis entraba a despertarle su
ayuda de cámara favorito, D. Almerico Pini, hombre honrado, que dormía en la
pieza inmediata a la suya. Se vestía, rezaba un cuarto de hora, y estaba solo,
ocupado en su cuarto interior, hasta las siete menos diez minutos, que entraba
el Sumiller, Duque de Losada. A las siete en punto, que era la hora que daba
para vestirse, salía a la cámara, donde le esperaban los dos gentiles hombres
de cámara de guardia y los ayudas de cámara. Se vestía, lavaba y tomaba
chocolate, y cuando había acabado la espuma, entraba en puntillas con la
chocolatera un repostero antiguo, llamado Silvestre, que había traído de
Nápoles, y, como si viniera a hacer algún contrabando, le llenaba de nuevo la
jícara, y siempre hablaba S. M. algo con este criado antiguo. Al tiempo de
vestirse y del chocolate asistían los médicos, cirujanos y boticario, según
costumbre, y con ellos tenía conversación. Oía la misa, pasaba a ver a sus
hijos, y a las ocho estaba ya de vuelta, y se encerraba a trabajar solo hasta
las once, el día que no había despacho. A esta hora venían a su cuarto sus hijos,
pasaba con ellos un rato, y luego otro con su confesor y el presidente, Conde
de Aranda, mientras lo fue, y a veces con algún Ministro.
Salía
después a la cámara, donde estaban esperando los Embajadores de Francia y
Nápoles, y, después de hablarles un rato, hacía una seña al gentilhombre de
cámara para que mandase al ujier llamase a los Cardenales y Embajadores;
entraban donde estaban los de familia, y quedaba con todos un rato. Pasaba a
comer en público, hablando a unos y otros durante la mesa. Concluida ésta, se
hacían las presentaciones de los extranjeros, y besaban la mano los del país
que tenían motivo de hacerlo por gracia, llegada o despedida. Volvía a entrar
en la cámara, donde estaban los Embajadores y Cardenales que antes, y además de
éstos los Ministros residentes y demás miembros del Cuerpo diplomático, con quienes pasaba a veces media hora
en cerco, y también tenían entrada a esta conversación de la cámara los
Grandes, primogénitos y
Generales, que, concluida, salían de
ella, igualmente que el Cuerpo diplomático.
He oído
decir a todos, y lo he confirmado yo mismo en mis viajes, que ningún Soberano
de la Europa tenía mejor el cerco, con más amenidad, majestad y agrado, lo cual
era tanto más difícil, que siendo diario, parece no tendría qué decirles. Otra
cosa hay aún más particular, y es que no he oído ni sabido que ningún Ministro
haya vuelto de España que no se haga lenguas del Rey, y no crea le quería y
distinguía personalmente. Prueba bien positiva de su gran bondad, tino y
conocimiento del corazón humano, sin el cual nadie puede gobernar bien los
hombres.
Después
de comer, dormía la siesta en verano, pero no en invierno, y salía luego a caza
hasta la noche, primero con su hermano el Infante D. Luis, y después con el
Príncipe de Asturias, su hijo. Cuando se le separó aquél, varias veces solía, a
los principios, llamar hermano al Príncipe, que le reconvenía, y S. M. le decía
con ternura, y echándole menos: Hijo no lo extrañes después de tanto
tiempo; es mi hermano. Otro día que el Príncipe dijo había recibido
una carta suya, añadiendo: Aún no la he respondido,
pareciéndole a S. M. que había habido en ello algo de desprecio, replicó: Yo
sí; al instante; es mi hermano. No había palabra que holgase y que no
fuese un ejemplo de virtud en este buen Monarca. Al volver del campo le
esperaba la Princesa y toda la familia real. Se contaba y repartía la caza,
hablaba de la que cada Infante había hecho por su lado, y, despedidos los
hijos, daba el Santo y la orden para el otro día, y pasaba al cuarto de sus
nietos. Después tenía el despacho, y si entre éste y la cena, que era a las
nueve y media, quedaba algún rato, jugaba al revesino para ocuparle. Cenaba
siempre la misma cosa: su sopa; un pedazo de asado, que regularmente era de
ternera; un huevo fresco; ensalada con agua, azúcar y vinagre, y una copa de
vino de Canarias dulce, en que mojaba dos pedazos de miga de pan tostado y
bebía el resto. Se ponían siempre un gran plato de rosquillas cubiertas de
azúcar, y un plato de fricasé, alrededor del cual había pan. A la mitad de la
cena (que era en privado en la cámara), venían los perros de caza como tantas
furias, y era preciso estar en guardia para que no se metiesen entre las piernas
o hiciesen dar a uno la vuelta redonda, como le sucedió al Marqués de
Torrecilla, padre, Mayordomo de semana, hombre flaco y débil, que quedó montado
en uno de los perros grandes, llamado Melampo que, si no le tienen, le
vuelca. Se abalanzaban a la mesa, y el Rey les daba el pan que había alrededor
del fricasé, y después entregaba el gran plato de rosquillas al Marqués de Villadarias, Capitán supernumerario de guardias de Corps,
que, apoyado contra otra mesa, lo repartía a la turba, la cual contenía D.
Francisco Chauro, jefe de la Guardarropa, antiguo criado del Rey, con un látigo
que tenía a este fin. Este Chauro sucedió luego a Villadarias en este ejercicio. Al almuerzo venían también
los perros, y el Rey y el Sumiller les daban del pan que quedaba. Otra cosa muy
singular había en la cena, y era que después que el Rey comía el huevo, que
ponía en una huevera alta de las antiguas, en forma de cáliz, le volvía, le
daba un golpe con la cucharita, y tenía tomado de tal modo el tino, que quedaba
derecha la cuchara, y el huevo sin más lesión que la precisa para introducirla.
El sacar luego esta pirámide de una tercia, entre cuchara, huevo y huevera con
su plato, era empresa en que el Gentil hombre de cámara que servía la cena
tenía con que hacer brillar su pulso. Yo tuve la dicha de no dejarla caer
nunca. Es difícil saber si esta constante costumbre, que no faltó ni un día,
era un mero hábito, nacido de diversión en la juventud, o si provenía de alguna
de las preocupaciones que no desarraigan como debieran en ella;
pero el Rey tenía
demasiado talento para no haberla vencido por sí, aunque
conservase el hábito de
la acción.
Rezaba
otro cuarto de hora o veinte minutos antes de recogerse, y después salía a la
cámara, se desnudaba, daba la hora al Gentil hombre para las siete del día
siguiente, se retiraba con el Sumiller y Pini, y se metía en la cama.
Esta era
constantemente la vida de este santo Monarca. Algunos días alteraba la hora de
su salida, según la estación o el paraje donde iba. Algunos salía a pie a los
jardines por la mañana, a caza de becafigos en San Ildefonso, o de buitres en
El Pardo, y a pescar en Aranjuez. Era cosa maravillosa el ver que se estaba
desde las diez a las doce, en junio, pescando a manteniente, entre dos soles,
el uno sobre la cabeza y el otro el de su reverbero que venía del agua, sin que
le hiciese la menor impresión. Es verdad que podía mirar fijamente el sol sin
resentirse de la vista.
En
Carnaval hacía varios días de campo entero, yendo a comer al campo, y decía
eran sus bailes, y en Diciembre tenía ocho días de caza en Aranjuez
para las chochas. También tenía por Abril otros cuatro días de caza de gatos
monteses en Cuerva y en los montes de Toledo, y de esta distribución no
alteraba nada. Así es que, en cualquiera parte del mundo en que se estuviese,
podía decirse casi sin errar dónde estaba el Rey, y lo que hacía en aquel día y hora,
según la estación del año.
Tal fue
la constancia y la virtud de este amable Monarca, de quien el mayor elogio que
puede hacerse es el que yo decía a menudo, y es que el que tuviese un amigo
como él en quien depositar su corazón y a quien pedir consejo, se creería muy
dichoso, y le iría a buscar continuamente para estar con él.
Yo me
reprimí muchas veces durante su vida para no parecer adulador cuando decía de
él lo que sentía mi corazón; pero ahora que la lisonja no puede confundirse con
mi cariño, he creído deber dar a éste toda la extensión que exigen mi amor y
reconocimiento, contenidos hasta ahora.
Siempre
he pensado no debieran erigirse estatuas ni monumentos públicos a los Príncipes
hasta después de sus días, y sobre esto se hallará entre mis papeles una carta
escrita a mi amigo el Conde de Revillagigedo, en que extiendo mi pensamiento.
Consiguiente a él, deseé siempre ser bastante rico para poder erigir una estatua al Rey Carlos, que estaba cierto merecería inmortalizar su memoria. Aunque la Providencia no quiso darme suficientes haberes para verificar mis deseos, me proporcionó impensadamente la adquisición de un busto suyo de bronce, parecidísimo, hecho en Roma, de que tuve noticia a las doce del día, y a, las tres estaba ya pagado y colocado en mi cuarto. Le he hecho hacer un pedestal de mármol blanco, con cuatro inscripciones doradas sobre mármol negro, y he formado de este modo un monumento, aunque muy débil, a la memoria de aquel gran Príncipe, el cual se representa en la estampa siguiente4. El genio de la inmortalidad le arrebata el manto y las demás insignias reales que le distinguieron durante su vida, y sólo le deja la corona de la inmortalidad, que supo adquirirse durante ella
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