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EL MUNDO MEDITERRÁNEO EN LA EDAD ANTIGUA. LIBRO TERCERO. LA FORMACIÓN DEL IMPERIO ROMANO

 

SEGUNDA PARTE . 

LA AGONÍA DE LA REPÚBLICA (133-49 a. de G.)

 

I. LOS FACTORES DE LA CRISIS

 

Cuando Cicerón escriba su libro Sobre la República, a mediados del siglo I a. C., evocará con nostalgia el tiempo en que Escipión Emiliano, vencedor de Cartago y de Numancia, era el primer ciudadano de Roma. Para él, aquel período, ya lejano, aunque sólo separado por la duración de una vida humana, era como la edad de oro de la República, un estado de equilibrio que había que esforzarse en recuperar, dándole nueva vida. Los historiadores modernos son menos optimistas: a sus ojos, los nuevos trastornos que surgieron con el tribunado de los Gracos no fueron el resultado de una acción subversiva emprendida gratuitamente por algunos ciudadanos facciosos, sino el efecto ineluctable de causas profundas, de un malestar social y espiritual, que, a su vez, brotaba de las «contradicciones» políticas de la ciudad.

Así como las horas dramáticas de la segunda guerra púnica habían estrechado la solidaridad de los romanos, agrupados en tomo al Senado, así las conquistas incesantes de Roma en el curso de los setenta primeros años del siglo habían tenido como consecuencia la aparición, en el seno de la sociedad, de ciertas fuerzas que tendían a disociarla. Ya hemos dicho que la influencia del helenismo daba más importancia al papel de la personalidad, en detrimento de la colectividad. Escipión Emiliano, ante Cartago, tuvo que desempeñar un papel en el que nadie habría podido reemplazarle. El propio Catón, en sus últimos días, se ve obligado a rendir homenaje al «carisma» del joven jefe. Pero no se detiene ahí la transformación del espíritu romano, una transformación irresistible, pues ni el propio Catón fue indemne a ella, cuando tanto había combatido las mismas tendencias en el primer Africano.

Importancia del dinero en la sociedad romana.

Los romanos tendían a hacer responsable del cambio de sus costumbres al desarrollo de la riqueza, y los historiadores modernos, aunque suelen considerar como un simple lugar común las diatribas de los moralistas antiguos acerca de este tema, se ven obligados a registrar, a pesar de todo, que la evolución de Roma está determinada, en buena parte, por las transformaciones de su economía. Roma, durante el siglo II, se enriqueció prodigiosamente, y este enriquecimiento, al estar desigualmente repartido y también al no poder menos que modificar las formas de vida tradicional, tenía que ejercer una acción profunda, provocando la discordia y revelando la caducidad de las antiguas disciplinas. Nosotros no nos sentimos inclinados a atribuir a la riqueza directamente un poder deletéreo sobre los espíritus. Acaso veamos mejor el mecanismo que ella viene a trastornar. Pero, en resumen, y con una mayor claridad en el análisis, las conclusiones a las que hoy podemos llegar no desmienten, en absoluto, la opinión de los antiguos.

Roma es una colectividad: sus asuntos constituyen una res publica, y, en derecho, cada ciudadano participa igualmente de las cargas y de los beneficios del Estado. Así, el beneficio de las conquistas debe, en teoría, ser compartido de un modo igual por todos. Las ganancias procedentes de los países conquistados pertenecen a la colectividad, al populus. Mientras Roma no poseyó más que territorios mediocres, estas ganancias no llegaban para cubrir los gastos del Estado, que se completaban por medio de impuestos, de los que los más importantes eran: un impuesto indirecto sobre las manumisiones (5% del valor atribuido por estimación al esclavo manumiso), y un impuesto directo, el tributo (tributum), calculado según la renta de cada uno. El tributum estaba considerado como una contribución extraordinaria, aun cuando se recaudaba regularmente. Fue suprimido, cuando, en el 167, el producto de la victoria en Macedonia aseguró al tesoro los recursos suficientes. En las provincias, el tributo continuó siendo percibido: según una doctrina que tenía su origen en el Oriente helenístico, era la señal de la «servidumbre» o, si se prefiere, el estigma de la conquistada, pero significaba también el precio con que los habitantes de las provincias, exentos de servicio militar, pagaban la protección armada de su vencedor. Además, el Estado conservaba, en el momento de la conquista, una parte (a menudo, importante) de las tierras pertenecientes al vencido, y las integraba en el «campo del pueblo» (ager publicus). Este campo se administraba a la manera del «buen padre de familia». Por ejemplo (parece que ésta fue la más antigua forma de explotación), se arrendaba a unos particulares el derecho de pastos (scriptura); cuando la tierra era cultivada, el arrendatario debía un diezmo. Además, los bosques, las minas, las pesquerías, las salinas eran objeto de una explotación sistemática en nombre del Estado. Su producto se arrendaba a unos «publicanos», de acuerdo con un sistema semejante al que había funcionado en Oriente, y, más cerca de Roma, en Sicilia, desde la terminación de la primera guerra púnica. A partir del comienzo del siglo II por lo menos, se habían establecido unos derechos sobre la circulación de las mercancías (portoria) —tal vez se tratase, al principio, de derechos de arbitrios propios de las ciudades (que tenían también necesidad de recursos fiscales) y, en ciertos casos, confiscados o generalizados por Roma. La censura del 179 los multiplicó.

En el cuadro del Estado romano que Polibio traza a mediados del siglo II, escribe que «los censores habían establecido un gran número de contratos en toda Italia para la ejecución de trabajos, mantenimiento, restauración y equipo de edificios públicos; muchos ríos, puertos, jardines, minas, tierras cultivables, en resumen, todo lo que cae bajo el poder de los romanos es administrado por cuenta del pueblo, y todo el mundo, o poco menos, está interesado en esos contratos y en los beneficios que producen; porque unas personas firman los contratos con los censores, otras forman sociedad con ellos para su ejecución, otras facilitan las fianzas, y otras confían su fortuna al Estado para aquellos negocios». Se ve que el sistema de los publicanos no se refiere más que a la percepción de impuestos, pero recuerda, en ciertos aspectos, los arrendamientos de explotación característicos del Estado lágida.

En el tiempo de la guerra de Aníbal, este género de actividad se hallaba tan extendido que se sintió la necesidad de prohibírselo a los senadores mediante una ley. Aproximadamente hacia la misma época, encontramos por primera vez la mención de sociedades formadas para la ejecución de contratos con el Estado. A medida que el Imperio se extendía, aumentaba también el volumen de los negocios contratados, así como el beneficio de los arrendatarios. Una parte cada vez mayor de las ganancias del pueblo romano dejaba de llegar al Estado y era interceptada por una categoría de particulares, que no eran aristócratas ni pertenecían al Senado, pero que, por sus riquezas, se distinguían del resto de la comunidad. Desde el 178 aproximadamente, las minas de España estaban arrendadas a los publicanos. Después del 148, cuando Macedonia fue transformada en provincia, se arrendaron las antiguas rentas reales. En las nuevas provincias, el Senado, sin duda, sustraía a los publicanos una parte notable de los ingresos fiscales, pero lo que quedaba era suficiente, con mucho, para enriquecer a todos los romanos que tenían legalmente el derecho de participar en las sociedades de arriendos.

Los contratos públicos no eran las únicas fuentes de enriquecimiento. El comercio italiano se había desarrollado considerablemente a lo largo del siglo. La desaparición sucesiva de Corinto y de Cartago lo había favorecido. El gran depósito, el centro de las líneas mediterráneas está entonces en Delos, donde millares de negociadores italianos (a menudo, de la Campania) trabajan para canalizar las riquezas del Oriente. Roma percibe una parte importante de los beneficios producidos en sus provincias, y la deja ya en pago de sus importaciones. Porque los romanos, y, más generalmente, los italianos (sobre todo, los de la Campania) andan ávidos de lujo. Y los objetos de lujo vienen del Oriente: muebles preciosos, telas ligeras, de lino, y en seguida de seda, teñidas de púrpura o fabricadas en los talleres sirios, joyas, perfumes, esclavos en número cada vez mayor. En Pompeya encontramos los vestigios de aquel tiempo, en las casas más antiguas, algunas de las cuales figuran entre las de mayor magnificencia de la ciudad, como la Casa del Fauno y la de Pansa. Es el gran período «helenístico» de la ciudad. El estilo decorativo para nosotros típico de Déeos, con las pinturas representando incrustaciones de mármol, aparece en aquellas mansiones de mercaderes enriquecidos, que tienen allí una lujosa residencia, mientras sus agentes recorren los mares.

Las transformaciones materiales de la Urbs

Al hacer de Roma la capital efectiva del mundo mediterráneo, la conquista había tenido como efecto el de otorgar a una ciudad que, en muchos sentidos, se había hecho arcaica, un prestigio político no respaldado por su aspecto material. El retraso sufrido por el urbanismo romano durante la segunda guerra púnica había sido cubierto, sólo en parte, por la febril actividad que los censores desplegaron en el 179. No se trataba tanto de rivalizar con las grandes ciudades helenísticas como de dar a Roma unas comodidades de las que no carecían en Pompeya ni en las ciudades de la Campania. Roma no tenía teatro. El censor Lépido hizo construir uno, cerca del templo de Apolo, en el Campo, de Marte. Como el viejo templo de Júpiter Capitalino parecía muy anticuado y sobrecargado, con sus exvotos colgados de las columnas, Lépido lo hizo limpiar, pulir y blanquear las columnas, quitar las estatuas superfluas, las armas y las insignias militares que, en el pasado, se habían ofrecido di dios protector de los imperatores. Fulvio, por su parte, se consagraba a grandes obras de utilidad pública: él fue quien empezó la basílica llamada después Aemilia, en el Foro, en la parte nordeste de la plaza. No era el primer edificio de aquella clase, pues Catón, durante su censura, había hecho construir la basílica Porcia, de la que nada queda hoy, mientras que la basílica Aemilia, gracias a varias restauraciones (especialmente, en la época de Augusto), ha dejado, por lo menos, unas ruinas. Las basílicas, cuyo nombre significa «pórtico real», vienen de Oriente; son grandes salas hipóstilas de pórticos cubiertos, destinados a acoger a los grupos de mercaderes, de armadores, de hombres de negocios que, tradicionalmente, frecuentaban las agorai. Ahora que en Roma se imponían las mismas costumbres, había que importar los mismos edificios. Y se puede seguir el aumenta del volumen de los negocios, observando que, nueve años después de la basílica Aemilia, se construyó la basílica Sempronia (a la que se superpuso, en el tiempo de César, la basílica Julia, en la parte suroeste del Foro). La cronología de las basílicas confirma la que las fuentes escritas sugieren con relación al desarrollo del comercio, de la banca, y, en general, a la creciente importancia de la riqueza mobiliaria.

Sin embargo, lo que ofrece más interés todavía es la aparición, tímida aún, pero evidente, de un plan de urbanismo. No se construye ya donde se quiere ni cuando se quiere, según la voluntad de los censores que se suceden a intervalos regulares y que no se preocupan de continuar la obra de sus predecesores. El Foro, a comienzos del siglo II, es todavía un espacio irregular, cuya arbitraria forma está dictada por el propio terreno. Con las dos grandes basílicas (Aemilia y Sempronia), es evidente que se trata de imponer una alineación, una «fachada» a los dos lados largos de la plaza. Y para ello se tenía en cuenta el más monumental de los templos levantados en las inmediaciones, el de Cástor. Los censores imitaban, visiblemente, las grandes agorai helenísticas, o, más bien, adaptan su principio a las necesidades y a la historia de Roma. Las excavaciones recientemente llevadas a cabo alrededor del Foro confirman lo que los textos nos dicen: para implantar las basílicas, fue necesario comprar casas particulares, cuyos vestigios se encuentran bajo los cimientos. Y aquellas casas tenían distintas orientaciones; crear un espacio más amplio, modelarlo, tratar de dar a la vida pública un marco majestuoso, o, por lo menos, más digno que el de las filas de tiendas que hasta entonces bordeaban la plaza; éstas son las preocupaciones de los romanos en el momento en que los reyes y las ciudades de Oriente envían a las orillas del Tíber frecuentísimas embajadas.

La actividad de los censores del 179 es también instructiva en otro aspecto. Para sustituir el terreno utilizado para la ampliación del nuevo Foro, crearon, más al Norte, un nuevo mercado de pescado y, en el resto de la ciudad, multiplicaron las plazas públicas, especialmente alrededor de los templos. Con el pretexto de despejar los accesos de los santuarios y de protegerlos contra las usurpaciones de los particulares, se señalan unos temene semejantes a los de las ciudades helenísticas. Pero esto implica que el cuadro de la vida social ya no es sólo el Foro, y que una especie de ocio (todo lo que no es el negotium) puede integrarse ya, legítimamente, a la vida urbana.

Lépido y Fulvio habían comenzado también la realización de un nuevo acueducto. La ciudad aún no tenía más que dos conducciones de agua: la Appia, obra del censor del 312, Apio Claudio, y la Anio Vetus, construida en el 272 por Manio Curio Dentatu y L. Papirio Cursor, con el botín tomado a Pirro. Los censores del 179 quisieron establecer una tercera, pero su proyecto fue obstaculizado por la oposición de M. Licinio Craso, que no dejó atravesar sus posesiones. Hubo que esperar al año 144 para que la Mareta, el primer acueducto «moderno» de Roma, suministrase a la ciudad un agua menos escasa y más sana.

La modernización de Roma se manifiesta, a todo lo largo del siglo, en la multiplicación de los pórticos —una forma arquitectónica tomada de Oriente, que encuentra en Italia terreno propicio. Durante la censura del 179, se habían edificado tres simultáneamente: uno detrás de los navalia (el astillero de construcción naval instalado a orillas del Tíber), y dos en la parte sur del Campo de Marte (uno, cerca del mercado de legumbres, el Forum Olitorium, y otro no lejos del teatro nuevo, y situado post Spei, detrás del templo de la Esperanza). De estos arreglos, se benefician entonces los barrios cosmopolitas próximos al río. A lo largo de los años siguientes, encontramos, por orden cronológico, la mención del Pórtico de Octavio, que conmemoraba una victoria naval sobre Perseo, en el 168, y, después, un pórtico alrededor del Area Capitolina, el espacio sagrado que se extendía ante el templo de Júpiter Optimo Máximo. Por último, en el 147, Q. Cecilio Macedónico rodeó con un pórtico los templos de Júpiter Stator y de Juno, para conmemorar su triunfo. Estos dos templos y el pórtico de sus temene, próximos al Circo Flaminio, eran célebres por las obras de arte que encerraban. Metelo, que acababa de reducir a provincia a Macedonia, había reunido en su pórtico las estatuas ecuestres, obras de Lisipo, que representaban a los generales de Alejandro. La antigua gloria del conquistador se encontraba así como cautiva al pie del Capitolio. Aquellos templos eran totalmente de mármol, lo que jamás se había visto en Roma. Un arquitecto griego, Hermodoro de Salamina, había dirigido, según se dice, la construcción del templo de Júpiter. Vittuvio nos informa de que este templo era períptero (totalmente rodeado de columnas) y tenía seis columnas de fachada y once en los lados largos. ¿Estaba, como los templos itálicos, soportado por un podium? Lo ignoramos, pero es probable, si se considera que esta forma arquitectónica responde a una concepción religiosa típicamente itálica: la super elevación del santuario estaba ligada a la idea del poder y de la eficacia divinos. De todos modos, en el curso del siglo II a. C. es cuando se forma el estilo «republicano» de edificios religiosos, un estilo que nosotros conocemos bastante mal y en el que se funden (hasta donde podemos vislumbrar) las tradiciones italianas y las formas helenísticas, a su vez evolucionadas a partir del helenismo clásico.

La mayoría de los monumentos construidos por aquel tiempo templos y pórticos se sitúa al sur del Campo de Marte. Esto se explica por el hecho de que los arquitectos disponían allí de terrenos pertenecientes al Estado, generalmente desocupados, mientras que el espacio comprendido en el interior del recinto serviano empieza a resultar demasiado estrecho para la población urbana. Acerca de la cifra de ésta no poseemos datos directos, y tenemos que limitarnos a las hipótesis y a las posibilidades . Lo cierto es que las condiciones generales a lo largo del siglo favorecieron el crecimiento de la población, pero, lo que es más importante, las incesantes guerras (poco costosas en hombres, y cuya carga soportaban, en gran parte, los aliados) tenían como consecuencia la canalización hacia la ciudad de una inmensa población servil. Los textos mencionan cifras extremadamente elevadas: 150.000 esclavos vendidos por Emilio Paulo, en el 167; 50.000 por Escipión Emiliano después de la toma de Cartago. Cada campaña, incluso las apenas mencionadas por nuestras fuentes, aumentaba el número de esclavos vendidos en Italia. Naturalmente, no toda aquella muchedumbre se quedaba en Roma; un gran número se repartía en los municipios y vivía en los dominios rurales, pero cada ciudadano, cada familia, adquiría la costumbre de reunir en su servicio a un número de personas cada vez mayor, lo que tenía como consecuencia la de multiplicar sensiblemente el crecimiento natural del número de ciudadanos. Evidentemente, Roma no es todavía la ciudad superpoblada que llegará a ser a comienzos del siglo I a. C., pero empieza a sentir la necesidad de saltar un cinturón de murallas que cien o ciento cincuenta años antes era todavía demasiado amplio.

Además de los ciudadanos y de los esclavos, afluían a Roma viajeros procedentes de todas las partes del mundo. El desarrollo del comercio y, en general, de la circulación marítima, el número cada vez mayor de asuntos políticos relativos a ciudades lejanas dan origen a la presencia en la ciudad de una población flotante cuyo número importa quizá menos que su naturaleza. Todos aquéllos son los «extranjeros», a cuyo contacto las costumbres antiguas parecen más caducas que nunca. Hay las embajadas de los reyes, que llegan con un fausto calculado y, al estrechar lazos personales con los ciudadanos principales, difunden ampliamente regalos de los que no se puede decir si no son más que testimonios de amistad y de gratitud personal o medios de corrupción. Igualmente desmoralizadora es la multiplicación de mercaderes de esclavos que importan cada vez más muchachas, músicos y bailarinas, sin otro mérito que su docilidad. Estas muchachas son, para los jóvenes, una tentación incesante, en la que a veces derrochan sus patrimonios. La «vida griega» tan temida por los Padres en los tiempos de Plauto, una vida de placeres y de facilidad, está a punto de sustituir, para muchos, a las severas costumbres de antaño. Pero no aporta sólo placeres vulgares. La llegada de artistas griegos y, más aún, la incesante afluencia de obras de arte, que constituyen gran parte del botín, después de la conquista, transforman profundamente el aspecto de la vida cotidiana. La belleza aparece corno la consecuencia y el complemento necesario de la gloria. Los dioses ya no son los únicos beneficiarios del arte. Al principio, las estatuas y los valiosos cuadros procedentes de los países orientales habían sido exvotos que decoraban los templos —como los juegos escénicos, en el siglo anterior, tenían como espectadores a las estatuas divinas instaladas en el pulvinar. Después, toda aquella belleza se hace «laica», se integra en la existencia de cada uno y, durante mucho tiempo, por un fenómeno cuya importancia no podría ser exagerada, los grandes personajes, los conquistadores, los triunfadores, no tuvieron el monopolio de los botines de guerra que sus victorias habían arrancado a los países griegos. El principal beneficiario de aquellos tesoros que se acumulan en los santuarios, en las plazas, ante los templos, bajo los pórticos, es el pueblo en su conjunto. La época de los grandes coleccionistas no ha llegado aún.

La vida intelectual

A medida que las costumbres antiguas se degradan y que nuevas aspiraciones surgen en la misma masa del pueblo, que fue siempre la más inmediatamente helenizada, era inevitable que la «élite», al menos, sin contentarse con ceder a las fáciles tentaciones llegadas de Oriente, se preocupase de justificar acuellas transformaciones que ella sabía fatales. Así, el siglo II antes de Cristo es, por excelencia, el tiempo de los filósofos.

Sería demasiado simple creer que Roma tardó tanto en conocer la filosofía a causa del relativo aislamiento en que había permanecido, al margen del mundo helenístico, y que debió su inclinación a algunos «misioneros», especialmente a los tres embajadores de Atenas llegados en el 155 para defender ante el Senado la causa de su ciudad. Sin duda, aquellos tres filósofos, que representaban a las tres escudas principales —Diógenes a los estoicos, Critolao a los peripatéticos, Carneades a la Academia— hicieron (sobre todo, Carneades) una exhibición de sus talentos ante los romanos, jugando con las ideas, invocando, en favor de los contrarios, los argumentos más seductores y más convincentes; pero no eran los primeros en llevar a la ciudad los ecos de los debates que se prolongaban en Grecia desde hacía más de cuatro siglos. El pensamiento de los filósofos había entrado con el teatro. Había seguido también su camino hasta Roma desde la pitagórica Tarento. Parece evidente que, en un pasado menos lejano, filósofos profesionales llegaron a probar fortuna entre el público de Roma, hasta el punto de que se había considerado necesario expulsarles. Así fue como, en el 161, un senatus-consultum prohibía la residencia en la ciudad a los retóricos y a los filósofos de lengua latina. Si ya en aquella fecha se encontraban filósofos para enseñar en latín, parece evidente que existía un público capaz de entenderles, y se creerá más fácilmente que los dos epicúreos, Alcio y Filisco, de los que Ateneo nos dice que fueron expulsados de Roma «bajo el consulado de L. Postumio» habían ido a difundir la doctrina de su maestro una generación antes. Pero no era indispensable la presencia de filósofos en Roma para que el pensamiento filosófico fuese conocido allí. Ciertamente, las ciudades griegas o profundamente helenizadas de la Campania, y desde luego Nápoles, no dejaban de estar informadas, desde hacía mucho tiempo, de una actividad que ocupaba un lugar tan importante en la vida intelectual de los helenos. La embajada del 155, por el escándalo que causó, y la reacción de Catón (que consiguió la rápida salida de los tres filósofos, culpables de haber dado pruebas de una excesiva desenvoltura en relación con los valores morales tradicionales; de haber demostrado, por ejemplo, que la justicia era, sin duda, la mayor de las virtudes, pero podía ser considerada también, especialmente por los conquistadores, como la mayor de las tonterías) son significativas, sobre todo porque obligaron al Senado a adoptar una posición oficial respecto a un problema que es, por excelencia, el del siglo.

Se puede considerar que las dificultades espirituales en que se debatió la adolescencia de Escipión Emiliano, entre las costumbres tradicionales y el ideal nuevo que él vislumbra gracias a su compañero y a su maestro, el griego Polibio, fueron las de todo aquel período. El problema de su conciliación no se resolvería hasta dos o tres generaciones después, en virtud del esfuerzo de un Cicerón.

Sin embargo, tal conciliación comienza a entreverse en aquella época gracias al estoicismo, que aparece como susceptible de responder a los imperativos más esenciales de la conciencia romana. El estoicismo insistía, por ejemplo, sobre la necesidad de la ascesis para resistir a las tendencias que llevan a todos los seres hacia el placer; entre las virtudes cardinales, situaba el valor (especialmente honrado por los romanos, para quienes el servicio del soldado es el más alto en dignidad, dentro del Estado), la justicia (todo magistrado romano es, desde luego, un juez) y el dominio de sí mismo. Sin duda, en esta relación figuraba también la «sabiduría», que era conocimiento del bien y, por consiguiente, suponía la conquista previa de un método susceptible de conducir a la verdad. Pero los primeros estoicos que se dirigieron a un público romano y, sobre todo, el más grande de ellos, Panecio, un rodio, tuvieron buen cuidado de subrayar la interdependencia de las cuatro virtudes fundamentales: quien poseyese —decía— una de ellas, las poseía todas. Y mientras en el espíritu del antiguo Pórtico la ciencia de la verdad constituía una condición primera de toda virtud, desde entonces se admitió que la práctica podía bastar para elevarse hasta la perfección moral, es decir, que una acción recta posee, en sí misma, un valor semejante, al de un pensamiento verdadero. Al mismo tiempo, Panecio quitaba al estoicismo algunas de sus más sorprendentes paradojas, las que repugnaban al buen sentido romano. Enseñaba que el sabio debe disponer de un mínimo de ventajas materiales, que su virtud es compatible con la salud y con unos recursos razonables, y que tal virtud tiene necesidad, incluso, de un cierto vigor físico para no debilitarse. Más aún: el antiguo Pórtico reservaba al sabio perfecto la posesión de la virtud, añadiendo que nadie, excepto el Sabio, podía ser considerado como poseedor del menor valor —el resto de los hombres no constituía, a sus ojos, más que un vil rebaño. Panecio explicó a sus oyentes romanos que aquella doctrina no debía ser tomada al pie de la letra. Sin duda, la acción perfecta supone una virtud total, pero sería absurdo negar que, en la conquista de ésta, podía haber grados. A la acción perfecta se opondrá el cumplimiento de los «deberes medios», aquéllos cuya práctica, si no hace al hombre sabio, lo hace honesto.

Se comprende que tales proposiciones pudieran ser ávidamente recogidas por unos hombres que, si bien no se preocupaban de alcanzar toda la ciencia de los filósofos tradicionales y de plegarse a todas las sutilezas de la dialéctica, no por eso dejaban de tener el vivo deseo de que su vida y sus actos, tanto públicos como privados, estuvieran conformes con unas reglas justificadas por la razón. No podían aceptar doctrinas como la de los cínicos, que rechazaba en bloque todo lo que un romano consideraba sagrado (la vida familiar y cívica, la dignidad personal, el honor), y como el epicureísmo, para el que el origen de toda moral era la búsqueda del placer (un valor del que los romanos sabían muy bien que, en la práctica, es destructor del ser). Circunstancias accidentales —al menos, en parte— acabaron de aumentar el prestigio del estoicismo en Roma: el hecho de que su principal representante fuese rodio, que perteneciese a la República que —caso único entre todas las ciudades griegas— jamás había sido integrada en un reino y había salvaguardado hasta el fin su libertad. Los rodios, por los que Catón sentía una simpatía evidente, a pesar de los errores que podían sufrir respecto a Roma, sirvieron, en cierto modo, como valedores de los filósofos estoicos que tenían escuela en la ciudad. Así vemos cómo dos generaciones de estoicos, por lo menos, llegaron y encontraron en Roma un público favorable. Después de Panecio, que fue el compañero favorito de Escipión Emiliano, estuvo Posidonio, cuyo pensamiento y, quizá más aún, su poderosa personalidad ejercieron tan considerable influencia sobre Cicerón y sus contemporáneos.

La larga serie de pensadores estoicos, desde Crates, el maestro de Panecio, hasta el discípulo de éste, Atenodoro, hijo de Sandón, maestro, a su vez, de Octavio y consejero suyo después de la toma de poder, domina ininterrumpidamente la evolución espiritual de Roma, desde la juventud de Escipión Emiliano hasta la edad madura del primer Emperador. Cada uno de ellos matiza su enseñanza según sus propias tendencias, y la huella de su acción se encuentra en todos los campos del pensamiento romano. A Crates corresponde, sin duda (principalmente), el mérito de haber llamado la atención de sus oyentes acerca de los problemas de la crítica literaria y los del lenguaje. Porque este filósofo era también un teórico de la expresión y, más especialmente, de la poesía. Se interesaba por Homero, al que dedicaba sabios comentarios. Y era también como filósofo como estudiaba el lenguaje. Buen estoico, consideraba que la expresión humana brota del instinto natural de sociabilidad, y se interesaba, sobre todo, por su eficacia, por todo lo que le asegurase claridad y concisión. Los ecos de esta enseñanza se encuentran en la estética literaria de los romanos de aquel tiempo, entre los amigos de Escipión Emiliano, que gustan de ser puristas de estilo «ático».

Ya hemos dicho cuál había sido la aportación de Panecio a la formación del pensamiento filosófico romano. Parece que Posidonio actuó, sobre todo, insistiendo sobre la significación de la historia y esforzándose por descubrir las leyes que rigen las sociedades. Profundizó en las especulaciones a que el pensamiento griego se había entregado siempre desde Herodoto; trató, como antes Polibio, pero de una manera más sistemática, de discernir las líneas de la acción providencial, de la «realización de Dios» en el universo. Y éste era un punto singularmente importante para un público de romanos que sentían pesar sobre sus hombros la responsabilidad de su Imperio. Parece que algunos espíritus sufrían la obsesión del desafío que Carneades les había lanzado: ¿cómo pueden los conquistadores llamarse «justos»? Posidonio, presentando el cuadro del mundo, sugiere los elementos de una respuesta: unas formas sociales son superiores a otras, y la violencia, opuesta a la violencia, se hace legítima si tiene como fin el de elevar a un estado mejor a aquéllos a quienes obliga.

La evolución del Derecho.

Era inevitable que aquel siglo de filósofos, o, al menos, seducido por el pensamiento especulativo, tratase de actuar sobre la expresión por excelencia de la justicia en el seno de la ciudad. El viejo derecho romano no responde ya a las nuevas condiciones, ni materiales ni espirituales. Es preciso adaptarlo a una sociedad en que los conflictos no surgen ya sólo entre ciudadanos, sino entre ciudadanos y «peregrinos» (extranjeros llegados a Roma). Como podía esperarse, la designación de un magistrado especial, encargado de los procesos de esta clase, es contemporánea de la gran apertura comercial de Roma que siguió a la primera victoria sobre Cartago: data del 242. Pero aquella innovación tuvo consecuencias incalculables, que repercutieron sobre toda la práctica del derecho y contribuyeron a romper los marcos, demasiado estrechos y formales, de la costumbre y de la legislación nacional.

Tradicionalmente, el pretor, en su aspecto judicial, tenía como función la de «decir el derecho», es decir, autorizar el comienzo de una acción entre dos litigantes. Lo hacía refiriéndose a las leyes existentes: el caso que se le sometía, ¿estaba previsto en ellas? En caso afirmativo, podía designar a un árbitro (iudex) que decidiría sobre el fondo. Si no, desestimaba la demanda. Las fórmulas rituales a que debía recurrirse para obtener una acción tenían un número limitado, y sus términos eran inmutables. A veces, eran conservadas en secreto por los pontífices, a quienes, en cierto modo, correspondía su custodia. Se sabe que, desde finales del siglo IV, aquellas fórmulas habían sido publicadas, pero seguían siendo obligatorias, y se citan casos (extremos, sin duda) como el del campesino que, al presentar una demanda porque un vecino le había cortado, indebidamente, unos pies de vides, perdió su proceso por haber utilizado, en la fórmula, la palabra «vides» en lugar de la palabra «árboles», prevista en la ley. Hacia mediados de siglo II a. C. se autorizó al pretor a aceptar fórmulas no tradicionales. Desde entonces, el demandante presenta una fórmula escrita, redactada con la ayuda de un jurisconsulto y que resume el motivo de su queja. Esta fórmula diferirá, en algún detalle, de la fórmula oral tradicional, obligatoria antes de la reforma, pero, en la mayoría de los casos, se inspirará en ella. Los cuadros de la vieja práctica jurídica se han ampliado, no suprimido.

Esta innovación comportó una grave consecuencia: en el antiguo derecho, la ley fijaba la pena, lo que era comprensible porque preveía las circunstancias de la causa. Ahora era necesario adaptar la pena o la reparación a la naturaleza del daño o del perjuicio. El juez recibirá del pretor la misión de evaluarles o de hacerlos estimar «en buena fe», por un árbitro. Además, se presentan casos nuevos, y es el pretor el que decidirá si deben ser objeto de una acción o si no merecen la atención de un juez. La persona del magistrado, pues, interviene, mientras que, en la antigua Roma, la tradición, la costumbre, las fórmulas rituales no le dejaban ningún margen.

Sin embargo, no creamos que el derecho fue abandonado a la arbitrariedad de un magistrado anual, que haría o desharía las leyes según su simple voluntad. Los costumbres políticas romanas excluían por sí solas tal riesgo. Los magistrados son conscientes de sus deberes. Están asistidos por un «consejo» de amigos, de parientes, de aliados, sin cuyo parecer no adoptan decisión alguna. En ese consejo figuran jurisconsultos profesionales —el conocimiento profundo del derecho está considerado como necesario a un miembro de la aristocracia. Un pretor demasiado revolucionario corría el peligro de perder su crédito en el Senado y de comprometer definitivamente su carrera. Por todas estas razones, el derecho, incluso en las condiciones a que nos hemos referido, evoluciona lentamente, y con la máxima prudencia.

Él crecimiento del Imperio tenía, por último, otra consecuencia: el derecho romano se confrontaba con el de los pueblos conquistados o aliados. No era ya un conjunto de costumbres, vigentes sólo para los miembros de una ciudad de usos arcaicos. Un número cada vez mayor de hombres de todos los orígenes aspiraban a beneficiarse de aquel derecho, que parecía más justo y, sobre todo, más sólidamente garantizado (por el poderío mismo de Roma) que los derechos locales. Esto daba a las leyes romanas un carácter de universalidad que las preparaba para regir, un día, la totalidad del mundo. En resumen, ocurría con el derecho aproximadamente lo mismo que había ocurrido en Oriente tras la conquista de Alejandro con la «cultura» intelectual helénica. La ciudad, poco a poco, atraía hacia sí al resto de los hombres, se extendía a medida que la cualidad de «ciudadano romano» se convertía en el símbolo de la más alta condición humana. La noción de derecho era progresivamente sustituida por la de equidad, y, en nombre de la equidad, los pretores y sus consejeros se ingeniaban para encontrar subterfugios en los casos en que las reglas antiguas conducían a soluciones escandalosas. Pero, mientras el derecho o la ley son propios de una ciudad, la equidad es un valor reconocido por todos y aplicable a todos. La evolución del derecho revela así un doble movimiento, una «dialéctica de intercambio» entre Roma y el mundo.

Uno de los caracteres más importantes del derecho romano es que existe y se ejerce, prácticamente, sin referencia al poder político: el magistrado no hace más que controlar la introducción de las instancias, y no juzga. Esta es una segura garantía de libertad para el ciudadano. Los particulares son, a la vez, litigantes y árbitros, y el debate se mantiene próximo a lo humano. El Estado no hace más que garantizar la ejecución del juicio, y no se ha montado ninguna maquinaria legal para sustituir la conciencia del hombre honrado (vir bonus) que juzga. De ello resulta que lo esencial del derecho concierne a las relaciones individuales de los ciudadanos entre sí. El derecho romano es, esencialmente, un derecho «civil» (es decir, el ius civile, el que concierne a los cives, a los ciudadanos). El derecho penal, represivo, difícilmente se desliga de él, por motivos propios de la historia de la sociedad romana, nunca totalmente apartada de sus orígenes patriarcales: el grupo fundamental (la familia) funciona de un modo autónomo, con sus propias represiones contra aquéllos de sus miembros que están bajo la total autoridad del padre. El derecho no interviene contra el tribunal de familia, para castigar al hijo o a la esposa culpables. En cuanto a los esclavos, al no tener existencia legal alguna, no podrían ser considerados como responsables: las consecuencias civiles de sus delitos son sufridas por el dueño, que actúa sobre ellos según su voluntad. En este caso, la ley no podría intervenir más que para limitar la omnipotencia del señor de la familia, y acabará haciéndolo, pero con mil precauciones, y precedida, en mucho tiempo, por la opinión pública, enemiga de las crueldades gratuitas.

Queda el caso en que el culpable de algún crimen contra la ciudad es un «padre». En derecho —y, sin duda, también de hecho, durante mucho tiempo—, los magistrados tienen todo el poder para decidir su pena. El censor, por ejemplo, impondrá la multa que considere justa, y cada magistrado tendrá las mismas facultades en los asuntos de su competencia. No habrá juicio propiamente dicho, sino decreto (dictado de acuerdo con el consilium del magistrado, consejero a título privado). Este poder de los magistrados no está limitado, como hemos visto, más que por el derecho de apelación al pueblo (ius provocationis). Entonces, es la asamblea popular la que juzga, decidiendo contra el magistrado y el presunto culpable. El pueblo se pronuncia sobre la sentencia, mediante una votación regular, a menos que un tribuno detenga el procedimiento en virtud de su derecho de veto (ius intercessionis), Y, en cualquier caso, el acusado siempre tiene la facultad, si ve que los debates le son desfavorables, de prevenir la sentencia exilándose voluntariamente. No será perseguido, y los magistrados no pedirán a la ciudad aliada en la que haya buscado refugio que se lo entregue: al que se ha apartado así de la comunidad de los ciudadanos se le considera como suficientemente castigado. Ir más allá parecería una crueldad intolerable.

El procedimiento del iudicium populi (juicio pronunciado por el pueblo) era muy incómodo; recargaba el orden del día de las asambleas y daba origen a debates en los que la razón y la justicia eran difíciles de reconocer. Esto sucedía, especialmente, en las cuestiones de pecuniis repetundis, entabladas contra un gobernador a quien se acusaba, a su regreso, de haber oprimido a sus administrados. Tales procesos exigían la intervención de demasiados elementos técnicos, y existía el peligro de que la decisión se adoptase en virtud de consideraciones de popularidad o de impopularidad y no por la sola verdad de los hechos. Así en el 149, un tal L. Calpurnio Pisón, tribuno de la plebe, hizo votar una ley (plebiscito) diciendo que los procesos de repetundis serían, en el futuro, llevados ante una comisión permanente (quaestio perpetua), formada por senadores. Como los gobernadores eran senadores siempre, podría sospecharse que el tribuno (senador él también) había actuado al servicio de los intereses de su corporación. Sin embargo, sería injusto atribuir móviles interesados a aquella ley. El Senado podía considerarse el guardián legítimo (más que el pueblo en su conjunto) de los compromisos contraídos con los aliados, puesto que, en la práctica, según hemos visto, los Padres eran los principales, los únicos responsables de la política «exterior»

El procedimiento de la quaestiones perpetuas se generalizó de un modo bastante rápido. Demostró que era cómodo, pero se descubrió también que planteaba enormes problemas políticos. La composición de aquellos tribunales revistió muy pronto una extremada importancia, y en torno a ellos se entablaron luchas enconadísimas que contribuyeron a quebrantar todo el sistema.

 

II.—LA CRISIS DE LOS GRACOS

 

En aquella Roma en evolución, donde los espíritus se transformaban más de prisa que las instituciones, donde las costumbres se quedan retrasadas en relación con las realidades económicas, era inevitable que, en cualquier momento, se produjese una crisis grave, que pondría en evidencia algunas de las contradicciones que sufría la ciudad. Es significativo que esta crisis fuese provocada, no por un demagogo surgido de la multitud anónima, ni por un representante de los aliados, de los pueblos conquistados, sino por dos hermanos, Tiberio y Cayo Graco, que contaban entre sus antepasados a Escipión, el primer Africano. Su padre, Ti. Sempronio Graco, había ejercido dos veces el consulado, había sido censor y había triunfado en varias ocasiones. Su madre, Cornelia, era hija del Africano. Su hermana, Sempronia, será la mujer de Escipión Emiliano. Aunque la gens Sempronta fuese plebeya, hacía mucho tiempo, que había conquistado un puesto de primer rango en la nobilitas. Tiberio y Cayo Graco habrían podido contentarse con los beneficios que sus nacimientos les conferían, añadiéndoles los que ellos alcanzasen por sus méritos, pero prefirieron introducir la inquietud en la vida política y desencadenar una crisis de incalculables consecuencias.

Tiberio Graco. El hombre y la doctrina política

Tiberio era el mayor de los dos hermanos (de una familia que contó con doce hijos, de los que tres llegaron a la edad adulta). En efecto, había nacido hacia el 163. Cayo era nueve años más joven que él (nacido en el 154; al parecer, poco tiempo después de la muerte de su padre). Su carrera fue la de todo noble romano; sirvió en África, a las órdenes de su cuñado, Escipión Emiliano, y se destacó por su valor y por el ascendiente. que alcanzó sobre los soldados, así como por la lealtad a su jefe. En España, donde era cuestor, salvó, gracias al prestigio que su nombre le confería entre los numantinos, a un ejército romano que un comandante inhábil había colocado en una situación difícil. Totalmente decidido a mantener el honor de su casa, era estimulado por las palabras de su madre, que se quejaba ante él de no ser «todavía conocida más que como la suegra de Escipión Emiliano, pero no como la madre de los Gracos». El ardor que impulsa a Tiberio y que acabará causando su pérdida parece no haber sido, al principio, más que la ambición corriente de un romano deseoso de servir a su patria y de conquistarse el prestigio y el honor que recompensan al hombre de Estado en la ciudad.

Algunos testimonios antiguos, aportados por Plutarco, permiten sospechar que sobre el joven se ejercieron otras influencias: la del retórico Diófanes de Mitilene y la del filósofo estoico Blosio de Cumas, discípulo, a su vez, de Antípatro de Tarso. Podría pensarse que la política de Tiberio le fue inspirada por sus amigos, que le habrían facilitado argumentaciones —sobre todo Blosio, pues también nos es presentado como filósofo. Pero, tal como se ha hecho observar muy justamente, el estoicismo no parece haber sido sistemáticamente favorable al gobierno democrático. Lejos de eso, en el tiempo de Gonatas, se adaptaba muy bien a la monarquía. Panecio y luego Posidonio se convertirían en los teóricos de la moral aristocrática. Posidonio parecerá partidario de la oligarquía contra los demagogos. En todo caso, el estoicismo podía apoyar a una monarquía «ilustrada», en la que el soberano desempeñase el papel que en el espíritu humano desempeña la razón «directora». ¿Cómo podría imaginar que se entregase el poder a aquellos «locos» que son, a los ojos del sabio, los hombres a los que no ilumina la filosofía?

El problema es muy distinto si se considera el pensamiento estoico en las exigencias fundamentales de su moral y no ya en sus aplicaciones políticas. Una de las virtudes del sabio es su «justicia», que la Escuela define: «la ciencia que da a cada uno lo que le pertenece». Y el criterio para determinar lo «debido» es, evidentemente, el mismo que sirve para descubrir el supremo bien, el fin último de toda acción humana: la conformidad con la naturaleza. Se comprende que, en tales condiciones, podía nacer la idea de una política de la justicia —que no consistía en llamar al poder a las masas populares, sino, por el contrario, en dirigirlas, en aportarles lo que es indispensable para una vida «según la naturaleza». Una política que se fijaría como finalidad la de enderezar las «perversiones» que desfiguraban la «naturaleza».

Así es, probablemente, como hay que interpretar el célebre relato de Cayo Graco en que cuenta que su hermano, al atravesar el país etrusco (la Toscana) para dirigirse hacia España, había advertido la pobreza de aquella tierra en otro tiempo tan fértil, y notado que en los campos no se veían más que esclavos de origen bárbaro en lugar de los campesinos italianos de antaño. Y ante aquel espectáculo se habría formado Tiberio la primera idea de su política. De ser así, aquel viaje, que data del 137 y es anterior en cuatro años a su tribunado, cristalizó, de pronto, si no en una doctrina precisa, al menos en una actitud en parte instintiva, en una reacción del corazón tanto como de la inteligencia.

Lejos de ser un idealista apasionado de un «socialismo» teórico, Tiberio parece haber sido un reformador realista, consciente, de pronto, del peligro mortal que a la ciudad romana hace correr la política desastrosa y «perversa» (contra la naturaleza de las cosas) del Senado, o, por lo menos, de una fracción importante de la institución. Una política cuyo resultado es el de quitar al poderío romano lo que hasta entonces ha constituido su esencial apoyo: el campesinado italiano. El recuerdo de la segunda guerra púnica (un recuerdo de familia para los nietos del gran Escipión) está vivo aún: ¿no fue la ayuda, la fidelidad inquebrantable de las ciudades aliadas, muy especialmente de las ciudades de Etruria, cuyo ocaso es tan cruel, lo que impidió que Aníbal tomase Roma? Ahora, cuando la tierra está en poder de los grandes propietarios romanos, que indebidamente ocupan los mejores campos del ager publicus, Roma está como aislada en medio de un pueblo de esclavos. Pero, precisamente en el curso de aquellos mismos años, en Sicilia, donde son una realidad desde hace mucho tiempo las mismas condiciones que Tiberio lamenta en Italia, se revelan las terribles consecuencias del sistema.

El conflicto había estallado en el 135, en Enna, cuando los servidores de dos dueños crueles, Damófilo y su mujer, se habían rebelado y tomado posesión de la ciudad. Los otros esclavos de la isla no habían tardado en tomar también las armas, y, bajo la dirección de un sirio, un pastor llamado Euno, se constituyeron en ejército. Euno se hizo proclamar rey, con el nombre de Antíoco; otro jefe, procedente de la región de Agrigento, un ciliciano llamado Cleón, fue a integrarse bajo la autoridad de Euno.. Los habitantes tenían que encerrarse en las ciudades, y el campo era arrasado a sangre y fuego, pero llegó un momento en que ni las murallas podían ya detener a los rebeldes. Un ejército romano, enviado para restablecer el orden en el 134, no obtuvo resultado alguno. Fueron necesarias tres campañas sucesivas para poner fin a la sublevación.

La rebelión de Euno estimuló a los esclavos a sublevarse, un poco en todas partes, en Grecia y en Italia. Los movimientos que se produjeron, por ejemplo, en Delos, el gran puerto por donde pasaban cada año inmensas multitudes de esclavos, no alcanzaron las dimensiones de la verdadera guerra que Roma tuvo que mantener en Sicilia, pero constituían una seria advertencia: en la economía que se organizaba, una economía «a la oriental», el papel esencial que correspondía al trabajo de los esclavos no podía menos de inquietar a los espíritus clarividentes. De un modo más general  aún, el gran cambio que Roma experimentaba y que le daba como una nueva forma, al hacer que su economía y su estructura social fuesen cada vez más semejantes a las de los reinos helenísticos, se parecía demasiado a una repulsa de la tradición nacional para que una gran parte de la nobleza romana no tratase de ponerle un dique.

El tribunado de Tiberio

La legislación propuesta por Tiberio durante su tribunado (que se inició el 10 de diciembre del 134) no tenía nada de revolucionaria. Había sido preparada de acuerdo con varios personajes que no eran, ciertamente, demagogos: el gran pontífice Licinio Craso, el jurisconsulto Mucio Escévola y Apio Claudio Pulcro, el propio suegro de Tiberio. Recogía lo esencial de otras leyes anteriores que habían sido abandonadas por sus propios autores o que no habían sido aplicadas. La ley Sempronia tenía presente el principio jurídico en que se fundaba el estatuto del ager publicus, denunciaba las usurpaciones, decidía que todos los ocupantes sin títulos fuesen expulsados de las parcelas de que se habían adueñado indebidamente, pero reconocía a los ocupantes «de buena fe» el derecho a explotar una extensión de 500 jugera (es decir, 125 hectáreas), a los que se añadían 250 jugera suplementarios por hijo. Por último, el derecho de ocupación reconocido según la ley se transformaría en derecho de propiedad pura y simple, exento de todo impuesto.

Por otra parte, las tierras recuperadas serían repartidas entre los ciudadanos pobres, de lo que se encargarían tres comisarios, verdaderos magistrados elegidos por el pueblo, los triumviri iudicandis adsignandis agris. Los lotes serían de 30 jugera (7,50 hectáreas) y los beneficiarios no tendrían derecho a venderlas. Los objetivos de aquella ley estaban claros. Tiberio los expuso en un gran discurso que precedió a la rogatio, y subrayó de un modo muy especial la injusticia del régimen vigente, que privaba de sus tradicionales medios de existencia a las poblaciones italianas, emparentadas (decía expresamente Tiberio) con los romanos. En realidad, no se comprende muy bien cómo la ley, que preveía la distribución del ager publicus entre los ciudadanos pobres, ayudaba directamente a los italianos; sólo cabe pensar que Tiberio pretendía dar nueva vida a la agricultura en su conjunto, aumentando la población rural, devolver a las pequeñas ciudades su prosperidad de otro tiempo, y también, sin duda, crear colonias nuevas.

Ante la votación de la ley, la mayor parte de los senadores se asustó. Las leyes anteriores sobre el ager publicus habían podido ser fácilmente ahogadas. La institución de los triumviri impedía que sucediese lo mismo con la rogatio Sempronia, una vez adoptada. Prácticamente, la gestión del ager publicus, confiada desde tiempo inmemorial a los Padres, dejaría de pertenecerles y pasaría a aquellos tres «dictadores» cuya autoridad era inapelable. Los senadores iniciaron una violenta campaña contra la ley, repitiendo a quien quería escucharles que las medidas previstas eran inicuas, que se trataba de arrancarles el producto de su trabajo, las vides que habían plantado, el techo que ellos mismos habían construido; decían que en aquellas tierras que les iban a quitar estaban las tumbas de sus antepasados, que aquellos campos les habían sido transmitidos, en la mayoría de los casos, por herencia, o que ellos los habían comprado a otros, y que aquella redistribución sería la ruina de todo el Estado. La ciudad se dividió en dos bandos, y, con la ciudad, toda Italia, porque el problema se planteaba en los mismos términos en las pequeñas ciudades del Lacio o de Etruria, hasta el punto de que, de una ley que, en su principio, debía devolver al Estado romano su equilibrio de otro tiempo, surgía una situación casi revolucionaria, en la medida en que, entre la masa del pueblo y el Senado, se perfilaba una total oposición de puntos de vista. Muchedumbre de campesinos privados de sus tierras por las usurpaciones de los nobles y todo el proletariado rural acudieron a Roma para apoyar la ley, y el día en que se reunieron los comitia tributa (con toda seguridad, hacia finales de abril) no hubo duda de que la rogatio sería adoptada.

Los senadores opuestos a la ley recurrieron entonces a una maniobra desesperada: provocaron contra ella el veto de un tribuno, Octavio, colega de Tiberio. La sesión de los comicios fue dramática. Apenas el actuario había comenzado a leer el texto de la rogatio, Octavio, en uso de sus derechos de tribuno, le prohibió continuar. Tiberio se indignó, pero Octavio persistió en su prohibición. El Senado, al que se trató de tomar como árbitro, se limitó a insultar a Tiberio, que se retiró sin haber conseguido nada. Si Tiberio, con un poco de paciencia, se hubiera resignado a esperar hasta la elección de nuevos tribunos, la dificultad habría podido ser superada, sin duda alguna. Pero entonces tampoco sería tribuno ya el propio Tiberio, que tendría que dejar a otro la misión de hacer triunfar la rogatio, con lo que su dignitas sufriría. Intentó lograr la decisión por otro medio. Pidió a los comitia tributa que votasen la destitución de Octavio. La medida no tenía precedente, pero Tiberio, a pesar de eso, lo consiguió. Octavio fue destituido de su magistratura y se retiró. Inmediatamente se designó un nuevo tribuno, y el colegio, ya unánime, permitió el paso de la ley, que al fin fue votada.

La «constitución» romana no estaba entonces, ni lo estuvo nunca, a pesar de algunas tentativas, codificada en un texto. Cualquier innovación adquiría el carácter de precedente, y, por esa razón, producía inquietud. El equilibrio laboriosamente obtenido entre el poder del pueblo y la administración de los senadores (cuyos magistrados eran, en la mayoría de los casos, mandatarios investidos por un año) quedaba comprometido por la deposición de Octavio, tanto como por la designación de los triunviros encargados de la ejecución de la ley, y que eran el propio Tiberio, su suegro, Apio Claudio, y el hermano de Tiberio, el joven Cayo. Pero tal vez los Padres se habrían inquietado menos sólo con que hubieran pensado que se había dado al pueblo una parte mayor del poder efectivo, y si no tuviesen la impresión de que el principal beneficiario de la nueva situación era, no el pueblo, sino su líder, el tribuno aristócrata. En resumen, se empezó a asegurar (unas veces, sinceramente, pero, en la mayoría de los casos, tal vez, hipócritamente) que Tiberio tenía la intención de hacerse proclamar rey. No faltaban los paralelismos con los tiranos de la Grecia arcaica, o, más recientemente, con los de Sicilia, e incluso —comparación más temible— con los demagogos subversivos que habían conducido a su ruina a Corinto y a Esparta unos años a­tes. Así, uno tras otro, los senadores que hasta entonces habían sido amigos de Tiberio se apartan de él. Y se espera al mes de diciembre, que devolverá al tribuno su condición de simple particular, para poder entonces acusarle y arruinar su carrera.

Ante aquella amenaza, Tiberio decide pedir al pueblo un segundo tribunado. Aquello era inaudito: las leyes no lo prohíben, pero tampoco lo prevén. Es una flagrante violación del sistema tradicional: el poder popular no podía ponerse así en manos de un tribuno que se perpetuaría en su magistratura y que tendría la facultad de obligar al Senado a aceptar las medidas más absurdas. Roma, al emprender aquel camino, renegaría de toda su tradición. Los Padres no podían consentirlo. Por otra parte, el pueblo mismo, reducido, el día de la elección (en julio), sólo a la plebe urbana, ya no estaba animado por el entusiasmo que, unos meses antes, había impuesto la votación de la ley. Cuando se abre el escrutinio, Tiberio comprende que está casi solo. Incluso los otros tribunos le abandonan. El gran pontífice, Escipión Nasica, considera llegado el momento de satisfacer su odio personal contra Tiberio, y, abandonando precipitadamente la sala en que se, reunía el Senado, arrastra consigo a todos los enemigos del tribuno, con lo que forma una pequeña tropa de senadores y caballeros que acomete a Tiberio y a los suyos en medio de una asamblea popular esquelética. Los asaltantes rompen los bancos, se apoderan de garrotes y persiguen a los partidarios del tribuno, que ni siquiera tiene tiempo ni sangre fría para reagruparse y resistir. Nasica y sus gentes matan a golpes a todos los que pueden alcanzar. Tiberio, que ha tropezado al huir, es muerto por el propio Nasica

De Tiberio a Cayo

La muerte de un tributo era cosa grave. En el Senado, una vez restablecida la calma, hasta los «ultras» parecen estupefactos ante el crimen que habían cometido con la excusa de haber restablecido así la legalidad. No se habló de abolir la ley Sempronia, ni se intentó siquiera entorpecer su funcionamiento. Por un acuerdo tácito, se convino que la desaparición de Tiberio bastaría para devolver la concordia a la ciudad, y fue al partido «moderado» —el que había apoyado los proyectos de Tiberio, al principio, antes de los excesos cometidos por el tribuno— al que correspondió la tarea de borrar el recuerdo del motín. Las circunstancias se prestaban a aquella política de apaciguamiento. Atalo III acababa de morir, y su testamento abría a los romanos las puertas del Asia y de sus tesoros. Numancia caía bajo el asedio de Escipión Emiliano, y las revueltas de los esclavos eran aplastadas. La opinión pública no podía menos de felicitar al Senado por las felices consecuencias de su política y devolverle su confianza. Para «expiar» el monstruoso homicidio del tribuno, se decidió, después de consultar los Libros Sibilinos, rendir excepcionales honores a Ceres, lo que estaba conforme con la tradición, pues Ceres, patrona de la plebe, garantizaba la inviolabilidad de los tribunos, pero era también un homenaje de los Padres a la pleble entera. Nasica, el homicida, fue alejado de Roma, para lo cual se le incluyó en la comisión encargada de concertar en Asia la sucesión de Atalo.

Mientras tanto, la ejecución de la ley agraria proseguía. En el colegio de los triunviros, el lugar de Tiberio fue ocupado por P. Licinio Craso, el suegro de Cayo. El propio Cayo volvió de España al mismo tiempo que Emiliano, pero enemistado con él, porque Emiliano se había declarado públicamente contra Tiberio y había justificado su asesinato. Cayo, por su parte, no tiene más que un propósito: continuar la obra de su hermano y vengarle. Durante los años que le separan de su tribunado (iniciado el 1 de diciembre de 124) se prepara a actuar y trabaja por asegurar su influencia en el Senado y ante el pueblo. Deberá esta influencia, en primer lugar, a su elocuencia, a la que el propio Cicerón rendirá homenaje a pesar de la total divergencia de sus políticas, y también a las amistades de que se rodea. Convencido de que Tiberio había fracasado porque se había lanzado, a la ligera, a una aventura cuya dirección no había podido controlar nunca, Cayo no libró sus luchas más que después de una larga preparación. Finalmente, cuando sea tribuno, propondrá, no una sola ley, sino un coherente sistema de reformas, de las que, si hubieran sido aplicadas, la República tendría que salir transformada y como renovada. Las consecuencias de su rogatio se habían impuesto a Tiberio. Cayo ha meditado el tiempo suficiente para haber previsto las condiciones necesarias para su triunfo: su fracaso final no es el de un demagogo abandonado por sus seguidores, sino el de un político batido en su propio terreno por unos adversarios más afortunados.

Cayo Graco

Cayo, al aceptar sin reservas la herencia de su hermano, emprende la enérgica aplicación de la ley agraria. Pero a medida que se ampliaba la acción de los triunviros, aumentaba el número de los descontentos: la ley de Tiberio excluía del reparto a los italianos y, más aún, recuperaba tierras concedidas a las ciudades aliadas y perjudicaba tanto a los propietarios locales como a los grandes possessores romanos. Poco a poco resultó evidente que la ley agraria levantaba contra Roma a todo el conjunto de sus aliados. Era el principio mismo de la Confederación el que se encontraba en entredicho. Lógicamente, los italianos se dirigieron al hombre que, en el Estado romano, gozaba del mayor prestigio, y cuya autoridad era la única que podía protegerles, el hombre también cuyo abuelo había sido, en otro tiempo, el campeón de aquellas mismas poblaciones durante la segunda guerra púnica. Se dirigieron, pues, a Escipión Emiliano, y éste consiguió una importante modificación de la ley: en adelante, los procesos originados por su aplicación no serían planteados ante los triunviros, sino ante los cónsules. Y, yendo aún más lejos, propuso que los efectos de la ley no pudiesen prevalecer contra el foedus de cada ciudad italiana. Iba a iniciarse el debate. Se esperaba el gran discurso que Emiliano debía pronunciar al día siguiente, y él se había retirado a su habitación, por la noche, con sus tablillas, para prepararlo. Pero, al día siguiente por la mañana, se le encontró muerto. Había sucumbido probablemente, a una crisis cardíaca repentina, pero, por un momento, corrió el rumor de que había sido asesinado. Sin embargo, ni siquiera sus amigos hicieron nada por desautorizar aquella calumnia, y cuando, después, algunos adversarios políticos de los Gracos se atrevieron a acusar a la propia mujer de Escipión, Sempronia, y a su madre, Cornelia, de haber asesinado a Emiliano, no se trataba más que de infames designios desprovistos de todo fundamento

La muerte de Emiliano paralizó la ejecución de la ley agraria. Cayo fue enviado a Cerdeña como cuestor, y permaneció allí durante dos años (127-126), lo que interrumpió su acción. Aquel tiempo de reflexión le fue útil. Las circunstancias habían cambiado desde la primera rogatio de Tiberio. Los hombres de negocios, los que muy pronto llevarán el nombre de «caballeros romanos», toman cada vez más conciencia de su fuerza. Un plebiscito, fechado en el 129, les distingue explícitamente de los senadores, retirando a éstos la condición de «caballeros» (equo publico, según la vieja fórmula). En adelante, los senadores no figurarían ya en las centurias ecuestres, y la mayor fuerza de votación en los comida centuriata pasa a los nuevos «caballeros». Al mismo tiempo, el ajuste de los asuntos de Asia subraya la oposición larvada que separa ya a caballeros y senadores.

Los asuntos de Asia

Tras la muerte de Atalo III, un hijo de Eumenes, el rey precedente, y de una concubina de Éfeso, se había negado a aceptar el testamento que legaba el Reino al pueblo romano, reclamando la sucesión para sí mismo. Este pretendiente, llamado Aristónico, se apoyó en la masa popular y, especialmente, en los esclavos. Se atrajo también a un buen número de mercenarios y una parte de la flota. Para Roma, no era un enemigo despreciable, y menos aún, porque el movimiento de Aristónico, por su carácter popular, parecía un eco de la revuelta de esclavos de Enna y de los diversos movimientos que entonces se producen. Aristónico había dado a sus partidarios el nombre de Heliopolitanos, o «Ciudadanos del Sol», y este nombre dio origen a muchas especulaciones, sin que a nosotros nos resulte muy claro. ¿Quería Aristónico crear una ciudad universal, cuyos miembros serían todos iguales «bajo el Sol», o se hallaba a la cabeza de un movimiento esencialmente asiático, colocado bajo la invocación de la «colega» de la Diosa Siria, la Señora de Baalbeck a la que rendía culto Euno, el jefe de la rebelión siciliana? Tal vez un poco de todo esto. Que Blosio de Cumas, tras la muerte de Ti. Graco, buscase asilo cerca de Aristónico no demuestra que éste fuese un adepto de aquel estoicismo «social» cuya realidad se comprende mal. Un enemigo de Roma no tenía ya muchos asilos posibles en el mundo. En cualquier caso, los reyes vecinos de Pérgamo prestaron su ayuda a los romanos contra Aristónico, lo que no impidió que Licinio Craso, el aliado de los Gracos, que había sido enviado al Asia con un ejército consular, fuese vencido y muerto. M. Perpenna, el cónsul del 130, le sucedió y alcanzó una victoria decisiva. Entonces, se planteó el problema de la organización que recibiría la nueva provincia. M. Aquilio, el cónsul que había sucedido a Perpenna (muerto antes de regresar a Roma), decidió no cambiar nada en las instituciones fiscales de los Atálidas, lo que causó gran disgusto entre los caballeros, decepcionados al no ver las riquezas del reino canalizadas por los publicanos. Pero, además, Aquilio redujo la extensión de la nueva provincia, al ceder a los reyes aliados partes importantes del dominio legado por Atalo. Se pretendió que el cónsul había sido comprado por los beneficiarios de aquellas generosidades, y, aunque una acusación de repetundis, ante el jurado senatorial, terminó en absolución, la opinión creyó firme­mente en su culpabilidad.

La política de Cayo

En tales circunstancias, C. Graco volvió de Cerdeña, donde los Padres habrían preferido verle permanecer más tiempo aún, como simple cuestor. Pero volvió, y nadie se atrevió a reprocharle un regreso para el que no se había apresurado mucho. Inmediatamente, encaró, con su amigo M. Fulvio Flaco, triumvir agris iudicandis desde 130 y cónsul para el 125, la mayor dificultad que había bloqueado la aplicación de la ley agraria. Flaco presentó un proyecto que preveía para los italianos que lo deseasen la obtención del derecho de ciudadanía romana. El Senado, unánime, se opuso a la rogatio, que no fue llevada ante el pueblo. Se sospecha, sin embargo, que los censores del 125 aumentaron notablemente, por su propia autoridad, el número de los ciudadanos, dando así oficialmente a los aliados la satisfacción que oficialmente les había sido negada. Una segunda precaución fue el depósito (y la votación) de una ley autorizando la elección de un tribuno para un segundo año de magistratura. Después de esto, Flaco, terminado su consulado, partió para la Galia Transalpina a la cabeza de un ejército y comenzó una campaña contra las poblaciones indígenas. En el mes de julio del 124 Cayo era elegido tribuno en medio de una gran asistencia del pueblo, que ponía su esperanza en él.

Cayo se presenta entonces, al comienzo de su tribunado, con todo un programa de leyes. En su primer discurso enumera sus artículos: una ley agraria, otra relativa al ejército, destinada a aliviar las cargas del servicio para la tropa, una tercera concediendo el derecho de ciudadanía a los aliados, la cuarta sobre la annona, asegurando trigo a los pobres a bajo precio, y, en fin, la última modificando la composición de las quaestiones perpetuae y previendo la presencia de 300 caballeros en los jurados al lado de 300 senadores. Más que el pueblo bajo, de aquellas leyes debía beneficiarse, sobre todo, la burguesía. Por ejemplo, las asignaciones previstas por las nuevas disposiciones serán de 200 jugera, y no de 30 como en la primera ley Sempronia. Y, al mismo tiempo quedan explícitamente exentas de la recuperación las partes más ricas del ager publicus: el territorio de Capua, el de Tarento y algunas partes del Lacio, que eran los feudos por excelencia de los Padres. Todo se reduciría a instalar una colonia de ciudadanos romanos en Tarento y otra en Capua, tocando lo menos posible a los intereses adquiridos.

Este programa fue realizado, punto por punto, con algunas adiciones, como la lex Sempronia acerca de las provincias, que obligó al Senado, en adelante, a proceder a la designación de las provincias antes de las elecciones consulares, lo que, a la vez, impedía a los senadores elegir las provincias en función de los que tendrían que administrarlas y confería a la asamblea popular la facultad de dar sus votos a los hombres que ella deseaba enviar a tal gobierno. Esta ley presentaba, además, otra ventaja, le la que eran beneficiarios los caballeros: los senadores ya no dispondrían de una arma temible contra ellos, puesto que ya no podrían enviar a donde quisieran, y según las necesidades momentáneas de su política, un gobierno encargado de oponerse a los intereses de los publicanos. Para demostrar toda la importancia que daba a los caballeros, Cayo hace revisar el estatuto de la provincia de Asia, establecido por Aquilio, y, suprimiendo la fiscalización de los Atálidas, instituye un sistema análogo al que regía en Sicilia desde hacía un siglo. Los habitantes pagarán un diezmo, que sería arrendado, y las adjudicaciones tendrán lugar en Roma bajo la supervisión de los censores. Los adjudicatarios no podrán ser más que caballeros romanos. Así, éstos se encuentran constituyendo una verdadera clase, oficialmente reconocida. En el teatro, Cayo hace que se les reserven, mediante una ley, sitios separados, al lado de los ocupados por los senadores.

A finales del 123 podía parecer que Graco había ganado la partida. Reelegido tribuno, tenía a su lado a su amigo Flaco, que había regresado de la Galia como triunfador. El movimiento de colonización se extendía. Una ley presentada por otro tribuno, Rubrio, encargó incluso a los triunviros la fundación de una colonia en África, al lado del sitio maldito de Cartago. Cayo y Flaco aceptaron, felices, sin duda, por la posibilidad que se les ofrecía de dar tierras a millares de ciudadanos romanos y también a italianos. Pero aquél fue el comienzo de su caída. Aprovechándose de su ausencia (Flaco y después Cayo tuvieron que trasladarse a África para organizar su colonia de Cartago), sus adversarios levantaron contra ellos a uno de sus colegas, Livio Druso, a quien confiaron la misión de poner en práctica una política de mayores ofertas, destinada a quitar a unos tribunos demasiado populares el afecto y el apoyo de sus partidarios. Así, cuando en mayo del 122 (aproximadamente), Cayo propuso medidas que tendrían como efecto el de conceder a los italianos al derecho de ciudadanía romana, fracasó. El egoísmo de la plebe urbana se negó a acoger a los aliados y compartir con ellos el premio de la conquista común. Y, en las elecciones siguientes, ni Flaco ni Cayo fueron reelegidos tribunos.

Los oligarcas apuraron su ventaja, desencadenando contra la ley agraria una campaña de calumnias, con la ayuda de Papirio Carbón, el tercero de los triunviros, que había partido para Cartago y que desde allí enviaba las noticias más alarmantes, especialmente, la de que los lobos habían arrancado las columnas que delimitaban las parcelas. Cuando se consideró suficiente la preocupación popular, un tribuno, Minucio Rufo, propuso anular todas las fundaciones de Cayo. La rogatio fue llevada ante el pueblo. Cayo se defendió y pronunció un discurso patético, cuyos ecos nos han sido conservados por Cicerón. La votación se aplazó hasta el día siguiente. Por la mañana, Cayo fue al Capitolio, acompañado de sus amigos. Un hombre parece amenazar a Graco, y cae inmediatamente muerto por los asistentes. L. Opimio, el cónsul, que se había jurado acabar con Graco, tiene ya su pretexto. El cadáver es llevado a la curia, y los Padres votan una moción pidiendo al cónsul «que tome las medidas necesarias para salvar al Estado». Era la declaración de guerra entre los oligarcas y el partido de Cayo.

Toda la jornada se hicieron preparativos propios de una ciudad en estado de sitio. Graco pensaba que podría contar con los caballeros, pero éstos le abandonaron y siguieron al cónsul que los había movilizado. Cayo y Flaco se habían refugiado en el Aventino, atrincherándose en el templo de Diana. Las columnas de Opimio se lanzan al asalto y se apoderan del templo. Sólo Cayo consigue huir, y alcanza la orilla derecha del Tíber, en el bosque sagrado de la ninfa Purina, con un solo esclavo. Y allí sucumbió, muerto, sin duda, a petición propia, por su esclavo, que se suicidó sobre su cuerpo. Opimio prosiguió la represión. La matanza alcanzó a más de tres mil ciudadanos, de los que fueron profanados hasta los cadáveres. La casa del tribuno fue arrasada, y toda su fortuna fue confiscada, incluida la dote de su mujer.

La victoria de la facción irreductible del Senado marca una etapa en el declinar de la República. Por primera vez, se hace evidente que unos intereses de clase han prevalecido sobre el bien del Estado. El Senado ya no es el consejo moderador de la ciudad que su vocación le llamaba a ser en la República equilibrada que había salido de la segunda guerra púnica. Ya no es más que el instrumento de que se sirven algunos hombres, algunas familias ávidas de sacar del poder todos los beneficios posibles, y totalmente decididas a hacer las mínimas concesiones inevitables pata apaciguar a la plebe, pero también a impedir que ésta pudiera recuperar, gracias a nuevos jefes, la fuerza irresistible que había puesto al servicio de los Gracos. Así, los oligarcas levantaron, en el curso de los años siguientes, falsos «leaders» populares, cuyas concesiones y audacias dosificarán y calcularán. Pero saben también que no pueden gobernar solos: tienen que contar con los caballeros. Así, mientras un cierto número de medidas minimizan el alcance de las reformas y de las leyes de Cayo Graco, el de las leyes que habían beneficiado a los caballeros se mantiene intacto. Cada vez es más evidente que la ciudad romana está dividida en dos grupos: el de los que concentran la riqueza en sus manos, y el de los que no poseen nada. Era fatal que en estas condiciones se produjese un incesante enfrentamiento, una discordia latente, cuya realidad desmentía el cínico optimismo de Opimio que, inmediatamente después de la sangrienta represión en que se había complacido su crueldad, hizo edificar en el Foro, al pie del Capitolio, un templo a la Concordia.

 

III. DE LOS GRACOS A SILA

 

La guerra era tradicionalmente la justificación y la coartada de la nobleza: su primacía se había instaurado en medio de las angustias de la segunda guerra púnica. Y fue por medio de la guerra, esta vez abiertamente imperialista, como trató de distraer la atención de la plebe y, al mismo tiempo, de despertar sus esperanzas. Flaco había comenzado la conquista de una banda de territorio en el límite de la Galia Cisalpina. Su sucesor, C. Sextio Calvino, completó su victoria, expulsó de su oppidum de Entremont a los salios, vecinos turbulentos de Marsella, y fundó, en la llanura, la ciudad de Aquae Sextiae (hoy, Aix-en-Provence). Esta fundación no era más que una etapa en el avance romano. En el 122, el cónsul Cn. Domicio Ahenobarbo lo reanudaba con mayores medios. Al año siguiente, en plena reacción contra el partido de los Gracos, un segundo ejército consular, mandado por Fabio Máximo, unía sus fuerzas al de Domicio. Los dos juntos alcanzaron, el 8 de agosto del 121, una gran victoria sobre los arvernos y los alóbroges, que se habían unido contra el invasor. Y, mientras Fabio regresaba a Roma, Domicio proseguía su marcha, bordeando el pie de Las Cevenas, manteniendo a raya a las poblaciones celtas, que se retiraron a las montañas, y jalonando así la frontera de una nueva provincia.

Esta nueva provincia, en el 118, iba a tener una capital en el marco de lo que aún subsistía de la ley agraria. La colonia de Narbón Marcio se estableció en el lugar de la actual Narbona. Allí se instalaron, especialmente, veteranos de Domicio, pero es evidente que toda la plebe podía encontrar en aquella extensión del dominio romano como una compensación a la pérdida de las porciones del ager publiuas divididas en lotes en Italia por Cayo Graco, y que los grandes propietarios se dedicaban activamente a recuperar por todos los medios, legales e ilegales. Si la primera idea de una intervención romana en la Galia había partido —como es probable— de los griegos de Marsella, a quienes hostigaban los salios del interior, la instalación de la colonia de Narbona constituía para la vieja ciudad focense una amenaza mucho más grave. Roma era ya dueña de la ruta terrestre que unía a Italia con España; sus colonos cultivarían las ricas llanuras del interior del país, y sus comerciantes asegurarían el tráfico comercial con las poblaciones indígenas. A la Galia en vías de helenización (por otra parte, bastante lenta) sucedía el comienzo de una Galia romanizada.

La primera empresa del imperialismo senatorial, apoyado por el imperialismo económico de los caballeros, termina de un modo totalmente favorable a la nobleza. Pero, muy pronto, de la guerra misma iba a surgir la crisis en que se hundiría el prestigio de los grandes.

La guerra de Yugurta

En el momento de escribir el relato de la guerra que enfrentó a los romanos y al rey númida Yugurta, Salustio daba las razones que le habían inducido a elegir aquel tema: «en primer lugar —decía—, porque esta guerra fue larga y encarnizada, con alternativas de triunfos y de reveses, y también porque entonces se tuvo, por primera vez, la audacia de oponerse directamente al orgullo de los nobles». Por primera vez, en efecto, el derecho de los senadores a dirigir una guerra fue negado por el pueblo, y, con razón o sin ella, resultó que un hombre «nuevo», el rudo C. Mario, cuya carrera había sido enteramente militar, salido de una pequeña ciudad del Lacio, se imponía contra un enemigo del que no habían podido dar cuenta los imperatores precedentes, nobles.

El conflicto se desencadenó por la muerte del rey Micipsa, el último de los hijos de Masinisa y uno de aquellos a quienes Escipión Emiliano había atribuido la sucesión en Numidia. Micipsa había sido un aliado fiel para Roma, suministrándole, según los casos, trigo, elefantes o contingentes de tropas. Pacífico, había intentado atraer a su Reino, y especialmente a su capital, Cirta (Constantina), una colonia griega que pudiera civilizar un poco a sus rudos súbditos. Pero, a su muerte, comenzaron las dificultades, cuando se trató de disponer su sucesión. El rey dejaba dos hijos legítimos, todavía muy jóvenes, Aderbal y Hiempsal; mas, junto a ellos, había que tener en cuenta a los sobrinos del rey, Masiva, hijo de Gulusa, Gauda y Yugurta, hijos de Mastanabal. Todos tenían algunos derechos a la corona, porque la realeza había sido declarada indivisa anteriormente por Escipión. El más brillante de todos aquellos posibles pretendientes era, con gran diferencia, Yugurta, pero era hijo de una concubina, no de una esposa, lo que hacía insegura su posición. Enviado por Micipsa con el contingente númida ante Numancia, se ganó la estimación de Escipión Emiliano, y éste recomendó a Micipsa que no dejase de utilizar las cualidades del joven, no sin dar a entender a Yugurta que, con el apoyo de Roma, podría ceñir la corona algún día. Fiel a las promesas de Emiliano, el cónsul M. Porcio Catón, llegado, a la muerte de Micipsa, a disponer la sucesión real, que éste había dejado indivisa entre Aderbal, Hiempsal y Yugurta, legitimado desde hacía algunos años, dividió la Numidia en tres reinos distintos, dando uno a cada heredero.

La ambición de Yugurta y su hipócrita crueldad iban a desbaratar muy pronto aquella combinación. Empezó por hacer asesinar a Hiempsal. Aderbal, atemorizado, busca refugio en la provincia romana, tras un vano intento de invadir por las armas el Reino de Yugurta. Desde la provincia, se traslada a Roma, para pedir justicia al Senado. Al mismo tiempo que él, se presentan ante los Padres unos embajadores de Yugurta. El Senado está dividido. El crédito de Yugurta es grande, y el recuerdo de Emiliano crea a su alrededor un prejuicio favorable. Algunos senadores, siguiendo al cónsul designado, Emilio Escauro, sospechan, sin embargo, de su crimen y, deseosos de extender el dominio romano en África, proponen intervenir contra él. Pero son los oligarcas, con L. Opimio, los que hacen triunfar otra solución. Una comisión senatorial se trasladaría al escenario del conflicto para un nuevo reparto entre los dos príncipes supervivientes. La comisión, presidida por L. Opimio, llevó a cabo su tarea en el año 116. Aderbal obtuvo la parte oriental de la Numidia, entre la provincia y la región de Cirta. Yugurta recibió todo el resto, hasta el río Muluca (confines argelino-marroquíes).

Pero el rey, considerando insatisfactorio aquel resultado, se lanza a comienzos del año 113 sobre el Reino de Aderbal y pone sitio a Cirta. Aderbal se apresura a llamar en su ayuda al Senado. El momento es malo: un ejército romano acaba de ser aniquilado en los Alpes de Estiria por unos invasores teutones. Felizmente para Roma, los bárbaros, tras sus victorias, desviaron su marcha hacia la Galia, pero la alarma había sido grande, e incluso Emilio Escauro consideró que habría sido inoportuno inmovilizar fuerzas importantes en África. Todo se redujo a enviar una nueva comisión (primavera del 112), que exigió que el rey levantase el sitio de Cirta. Yugurta no lo hizo, y, como Aderbal ofreciese la rendición, él fingió que le perdonaría la vida, pero, cuando hubo entrado en la ciudad, le dio muerte e hizo víctima de una matanza a la población, así como a los comerciantes italianos que en gran número se encontraban establecidos allí.

En contra de su voluntad, los Padres, cediendo a la presión popular, declararon la guerra al rey traidor. Las operaciones comenzaron bajo a dirección del cónsul Calpurnio Bestia, a principios del año 111. La campaña, dirigida hacia la parte oriental del Reino númida (en el sur de Tunicia), fue afortunada. Yugurta pidió condiciones de paz, que el cónsul hizo leves, en contra de los evidentes deseos de la opinión romana. El tribuno C. Memmio, que había sido uno de los primeros en reclamar una guerra de castigo contra el rey, protestó violentamente, y consiguió que Yugurta tuviese que ir a Roma a justificarse, si quería que la paz acordada con Bestia fuese ratificada. Esta vez, Yugurta fue personalmente, y compareció, no ante el Senado, sino ante la asamblea de la plebe, presidida por Memmio. Este le atacó, y le apremió a declarar, por último, la verdad acerca de sus acuerdos con Bestia. Pero otro tribuno, a las órdenes de los Padres, impuso silencio al rey, antes de que hubiera podido abrir la boca. Yugurta no había dejado de comprender que, ante una Roma dividida, era posible, e incluso fácil, no hacer más que su voluntad. Sin embargo, demasiado convencido de esta verdad, no dudó en ordenar el asesinato, en la propia Roma, del joven Masiva, a quien se guardaba como rehén a todo evento. No obstante, aquel asesinato fue mal organizado. Masiva fue degollado, ciertamente, pero uno de los asesinos fue preso, y la complicidad de Yugurta quedó demostrada. El Senado tuvo que expulsar de Italia al rey númida.

El cónsul Sp. Albino fue el encargado de reanudar la guerra. Pero, aplazada por Yugurta, que fingía negociar, la verdadera campaña no pudo entablarse antes de fin de año. Sp. Albino, a quien empujaba hacia Roma su deseo de presidir los comicios, había dejado en aquel momento su provincia. Le reemplazaba en el mando su hermano Aulo Postumio Albino, de quien había hecho su legatus. Y Aulo, general incapaz, se dejó llevar lejos de sus bases por Yugurta, y tuvo que capitular en campo abierto. Esta vez, ante tal deshonor, la opinión popular reclama el castigo de los culpables, que son, precisamente, los nobles de la facción de los oligarcas. Una comisión investigadora acusa y condena a Calpurnio Bestia, a Sp. Postumio Albino y a L. Opimio. Se elige para dirigir la guerra a un aristócrata «moderado», Q. Cecilio Metelo, «que siempre había gozado —dice Salustio— de una reputación sin tacha».

Metelo se puso seriamente a la obra, totalmente decidido a ponerle fin. La campaña duraría aún cinco años, y, en ese tiempo, se le quitaría el mando a Metelo. Este obtuvo, desde luego, sobre Yugurta, en batalla en regla, un triunfo bastante evidente para que el rey cambiase de táctica y recurriese a la guerrilla. Una ciudad númida, Vaga, a la que se creía sumisa, aniquiló, en el curso de la fiesta de las Cerealia, a la guarnición romana que la ocupaba. Esta catástrofe, aunque muy pronto fue vengada con sangre, hizo murmurar al pueblo, tanto más cuanto que, por aquel mismo tiempo, el otro cónsul, M. Junio Silano, sufría en la Galia una dura derrota de parte de los cimbrios, a los que había atacado sin provocación. Plebe y caballeros se unieron entonces para reprochar al Senado aquellos reveses. Se impuso una reforma de las quaestiones, mediante una rogatio de un tribuno, C. Servilio Glaucia. En adelante, los jurados para los procesos seguidos contra gobernadores deshonestos o incapaces estarían compuestos sólo de caballeros.

La situación de Metelo, por otra parte, se había hecho más difícil a causa de la campaña que contra él mantenía su propio legatus, C. Mario, a quien había tratado de negar el derecho de presentarse a los comicios consulares del 108 (para el año 107). Mario fue elegido, de todos modos, y, al mismo tiempo, un plebiscito retiró su mando a Metelo y confió la dirección de la guerra a Mario para una duración ilimitada. La admiración del pueblo por Mario se tradujo inmediatamente en una gran afluencia de alistamientos voluntarios, y Mario, en lugar de proceder como los imperatores anteriores y tomar como soldados a los reclutas pertenecientes a las primeras clases (las más ricas), aceptó preferentemente a los ciudadanos sin fortuna que encontraban en la guerra una posibilidad de enriquecimiento. Era, pues, un ejército popular el que Mario llevó consigo al África. Todos aquellos soldados, que no tenían los medios necesarios para armarse a expensas propias, recibieron el mismo armamento, que comprendía, especialmente, el largo escudo cilindro y el pilum. Se les entrenó en una táctica nueva, que daba a la legión mayor flexibilidad y, al mismo tiempo, más cohesión, gracias a la articulación en cohortes. Mario acabó de forjar el instrumento de la conquista con la ayuda de unos hombres que de ella lo esperaban todo y no vivían más que para el día en que, reintegrados a la vida civil, llevarían, en el pequeño terreno que les habría asignado el general, o, más frecuentemente, en la ciudad más próxima, una existencia sin preocupaciones. Los legionarios no son ya los defensores de Roma y de sus propios bienes, sino los servidores de un general, con cuya generosidad cuentan de antemano.

Mario, en África, reanudó vigorosamente la ofensiva. Como Metelo al comienzo de la guerra, alcanzó, desde luego, grandes éxitos, y, después, las operaciones se atascaron nuevamente. Fue necesario recorrer en todos los sentidos el inmenso Reino de Yugurta, tomar sus ciudadelas, una tras otra, obligar, en fin, al rey a refugiarse en Mauritania cerca del rey Boco, hasta el día en que el cuestor de Mario, Cornelio Sila, consiguió de éste que le entregase a Yugurta.

Mario triunfó, el 1 de enero del 104, llevando tras su carro al jefe enemigo encadenado, antes de hacerle ejecutar en el Tullianum.

Primacía y fracaso de C. Mario

Aún no había celebrado Mario su triunfo, cuando, en ausencia suya, había sido ya reelegido cónsul por el pueblo, que le había asignado por anticipado la provincia de la Galia, y —añade Salustio—, en aquel momento, en él se encontraban todas las esperanzas y todos los recursos de Roma. Las amenazas de los bárbaros en la Galia se concretaban; dos ejércitos romanos acababan de ser aniquilados cerca de Arausio (Orange), el 6 de octubre precedente; el Senado, que había tenido miedo de Ti. Graco, unos años antes, tenía que aceptar ahora que el pueblo le impusiese la autoridad de un hombre que no se limitaba a hablar como tribuno, sino que disponía, como dueño y señor, de un ejército victorioso, que no era ya el de la República, sino el suyo propio.

Mario se trasladó a la Galia Narbonense para esperar allí a los cimbrios y a los teutones, cuyo regreso se preveía. Cuando los teutones se presentaron en la Alta Provenza, en el otoño del 102, Mario los aniquiló ante Aix. Después fue a Italia, para enfrentarse, junto a su colega Q. Lutacio Catulo, con los cimbrios, a los que derrotó en Verceil el 30 de julio del 101. Como consecuencia de estas victorias, 150.000 esclavos fueron vendidos en Roma y en Italia. Y, durante todos aquellos años, Mario había sido elegido cónsul sin interrupción, lo que no sólo era contrario a las leyes, sino que tampoco tenía precedentes.

Es cierto que otros generales, en aquel tiempo, alcanzaron otras victorias sobre otros enemigos (contra los esclavos de Sicilia, de nuevo sublevados, contra los piratas de Cilicia, a los que la desaparición de las grandes potencias navales helenísticas habían librado de todo temor, contra los escórdiscos, siempre al acecho sobre las fronteras de Macedonia), pero aquellas victorias no podían compararse con la que adornaba el orgullo de Mario. Sin embargo, y a pesar de su inmenso prestigio, éste no fue, tras su regreso a Roma, más que un instrumento en manos de dos «leaders» populares, C. Servilio Glaucia y L. Apuleyo Saturnino; halagando su vanidad, facilitándole mediante una ley agraria tierras para sus veteranos, consiguiendo para él ininterrumpidamente el consulado durante diez años, se aseguraron el apoyo de Mario en su lucha contra los oligarcas. A lo largo de dos años, Saturnino y Glaucia hicieron reinar el terror en Roma; hasta el día en que, imprudentemente, creyeron que podían prescindir de Mario. Este, a invitación del Senado, que había puesto fuera de la ley a los dos agitadores a consecuencia de una tropelía de la que ellos se habían declarado culpables en el curso de una elección, se apoderó de ellos y permitió a sus adversarios que les dieran muerte. Un soldado había sido el árbitro de la interminable querella entre «populares» y nobles. Pero al saber que aquel cambio de última hora le había enajenado la opinión de todos, Mario se volvió al Asia, a donde le llamaba —dijo— un voto hecho en otro tiempo a la Gran Madre.

La guerra de los aliados

El terrible fin de los dos agitadores, Saturnino y Glaucia, y la partida de Mario habían devuelto al Senado la apariencia del poder. Pero el juego de la constitución equilibrada, que antes había causado la admiración de Polibio, estaba irremediablemente quebrantado. Pudo comprobarse cuando dos senadores idealistas, el jurista Q. Mucio Escévola y su amigo P. Rutilio Rufo, pretendieron oponerse a los abusos cometidos por los publicanos en Asia. Escévola gobernaba la provincia y Rutilio Rufo era su legatus. Juntos, llevaron a cabo una excelente labor, pero a su regreso los caballeros, no atreviéndose a atacar a Escévola, acusaron a Rufo, y, aunque era inocente, el jurado ecuestre le condenó. Rufo se desterró y buscó refugio en la misma provincia de cuyo saqueo se le acusaba y en la que fue acogido con entusiasmo. Los problemas que los Gracos habían intentado resolver seguían sin solución; los remedios contradictorios aplicados hasta entonces, en lugar de mejorar el es­tado del enfermo, lo habían envenenado.

La experiencia de los treinta años pasados había demostrado que toda acción, para ser eficaz, debía ser emprendida, si no contra las leyes, por lo menos al margen de ellas, y que en la plebe existía una fuerza irresistible, a condición de liberarla y, sobre todo, de controlarla. M. Livio Druso, que pertenecía, como los Gracos (cuya caída había provocado su padre), a las más nobles familias de Roma y que, como ellos, poseía todos los dones del espíritu y de la cultura, trató de utilizar aquella fuerza popular para devolver al Senado su puesto y su función en la ciudad. Animado por una energía indomable (sus enemigos hablaban de una ambición solapada), confiaba en vencer él solo todas las dificultades. Finalmente, sus combinaciones políticas, sus audacias y, muy pronto, sus violencias reavivaron todos los males de que adolecía el Estado, exacerbándolos y provocando no sólo su propia pérdida, sino una crisis que amenazó con hundir a la misma Roma.

Druso centró su atención, en primer lugar, en los caballeros; su principal objetivo era el de  arrancarles el monopolio de las quaestiones. Para ello, necesitaba atraerse el reconocimiento de la plebe. Elegido tribuno en el 92, hizo votar una ley frumentaria más demagógica que las precedentes, y después, muy hábilmente, proceder a una devaluación de la moneda (introduciendo en el sestercio, hasta entonces de plata fina, un octavo de su peso en cobre), lo que enriqueció el tesoro y alivió las deudas. Sólo los caballeros, acreedores universales, soportaron los gastos de aquella inmensa largitio, que aumentó la popularidad del tribuno. Por último, una nueva ley agraria, más radical todavía que las de los Gracos, cuya ejecución habían paralizado los oligarcas, replanteó el problema del ager publicus italiano. Los senadores, sin embargo, permitieron su votación, porque deseaban la de la ley judicial que acabaría para mucho tiempo con la institución ecuestre. Ya habría tiempo, después, de reconsiderar las concesiones que la necesidad les arrancaba ahora.

Druso obtuvo, no sin dificultades, la votación de su ley judicial. Y, fingiendo dar una compensación a los que él así despojaba, hizo incluir entre los senadores a un número de caballeros igual al de los Padres (que ascendía a 300), lo que dio como resultado el descontento de todos: los «ultras» entre los senadores, heridos en su orgullo de clase, los caballeros, que veían con dolor su institución decapitada, y, más aún, entre éstos, los que no tenían la esperanza de verse incluidos en la promoción. La ley no pudo ser votada más que gracias a la intervención masiva de los ciudadanos llegados del campo, que todo lo esperaban de la ley agraria.

Entonces fue cuando se reveló la contradicción profunda que viciaba el sistema político. Como en los tiempos de Ti. Graco, la amenaza de una nueva distribución de tierras, cuyos gastos pagarían los aliados, planteó también ahora la cuestión italiana. Druso, naturalmente, lo había comprendido. Había concertado con los aliados un acuerdo secreto, prometiéndoles el derecho de ciudadanía: para obtener las reformas que él consideraba indispensables, no vacilaba en recurrir a una verdadera revolución. Desde hacía mucho tiempo, a la casa del tribuno, en el Palatino, acudían los notables llegados de la montaña, del país de los marsos, que mantenían con él largas conversaciones. El pacto entre Druso y el jefe marso, Pompedio Silo, preveía que los marsos prestarían su ayuda al tribuno y contribuirían —en caso necesario, incluso mediante la fuerza— a hacer votar la rogatio de Druso extendiendo el derecho de ciudadanía romana a todos los italianos. Tales alianzas comprometían a Druso a los ojos de todos. Y esto fue más evidente aún cuando los marsos proyectaron asesinar al cónsul Filipo, principal adversario de la rogatio. Además, la entrada de los hombres de la montaña en el escenario político despertaba antiguas rivalidades. A los marsos se opusieron los grandes propietarios etruscos, que temían ver a sus campesinos convertirse en ciudadanos romanos y, por consiguiente, en iguales suyos. En aquella atmósfera de guerra civil, Druso, desaprobado oficialmente por el Senado, fue asesinado por un desconocido que se introdujo en su casa, le apuñaló con una cuchilla de zapatero y desapareció.

La muerte de Druso desencadenó la guerra. Las hostilidades comenzaron en el Picenum, en Asculum (Ascoli Piceno), en el otoño del 91. En unos días, las colonias romanas quedaron aisladas en todas partes, al ser cortadas las comunicaciones por los insurgentes. Después del Piceno, se unen a los rebeldes los marsos, y luego el Samnio, Apulia y Lucania. La finalidad de la guerra no era tanto la conquista del derecho de ciudadanía como el deseo de alcanzar una total independencia, la posibilidad de mantener la vida tradicional de los pueblos de la montaña, basada en el pastoreo de los rebaños trashumantes. La instalación de colonos romanos en las tierras del recorrido era, para aquellos pueblos, una catástrofe, que ellos trataban de evitar a toda costa

Como en los tiempos de Aníbal, el Senado, en torno al cual se congregan todos, va a dar muestras de una energía sin concesiones. Podía contar con las partes más ricas y más pobladas de Italia, Etruria y el país galo. Se recurrió a los jefes más prestigiosos, especialmente C. Mario, pero subordinándoles a cónsules oscuros. Así, apareció, entre los generales encargados de las operaciones, un antiguo pretor, Cn. Pompeyo Estrabón, a quien señalaba para aquella misión su autoridad personal en el Piceno, donde poseía inmensos terrenos. Bastaron diez meses para que las armas romanas afirmasen su poderío sobre un enemigo decidido, bien organizado, pero que no disponía de los inagotables recursos que el imperio facilitaba a Roma. Y, con la esperanza de una victoria próxima, volvió Roma a dar muestras de una generosidad que parecía haber olvidado en la paz. Una lex lidia, presentada por L. Julio César, uno de los vencedores de la guerra, concedió el derecho de ciudadanía romana a los soldados (incluso a los de origen bárbaro, como los de los contingentes españoles) que se habían distinguido en la lucha y en las poblaciones que habían permanecido fieles a Roma. Era abrir el camino hacia la reconciliación. Sin embargo, la lucha prosiguió durante un año todavía. Uno tras otro, los pueblos sublevados tuvieron que rendirse, aplastados por el número. Y, cuando todo estuvo ya a punto de acabar, a finales del año 89, dos leyes sucesivas vinieron a conceder la asimilación total a los insurgentes que se sometiesen al pretor en un plazo de 60 días. Algunos días después caía Asculo y la rebelión quedaba definitivamente sofocada.

La guerra civil.

La guerra de los aliados había demostrado que Roma conservaba intactos sus reflejos frente al peligro exterior, y que las virtudes militares, tanto de sus soldados como de su generales, no eran indignas del pasado nacional. Pero, con la vuelta de la paz, también resultó evidente que las instituciones no podían servir ya para administrar un Estado en el que el juego de fuerzas contradictorias sólo permitía elegir entre la parálisis y la revolución. No se puede acusar a una «decadencia de los espíritus», sino, más bien, a la insuficiencia de los valores tradicionales, e incluso al peligro que representaban frente a los nuevos problemas. La cuestión italiana estaba resuelta y, hasta cierto punto, también la cuestión agraria, en la medida en que su solución no era imposibilitada por las dificultades que, en otro tiempo, provocaba la primera. Pero se mantenía en toda su integridad un problema más profundo, más grave: ¿cómo conciliar, dentro del Estado, el papel de la nobilitas y la función de los caballeros? ¿Cómo lograr que los intereses contradictorios de los gobernadores provinciales y de los publicanos no diesen origen a perpetuos conflictos en los que se debilitaba el prestigio de Roma y en los que, finalmente, se malgastaban las riquezas del Imperio?

Los senadores tenían como móviles, de acuerdo con la tradición, el deseo de gloria, el orgullo de alcanzar en la ciudad una dignitas, una auctoritas eminentes. Esto se obtenía mediante los cargos (honores), los triunfos militares, las misiones de todas clases, y también mediante la elocuencia, en el Senado y ante el pueblo, el conocimiento del derecho civil, que permite ayudar a quienes piden ayuda y que luego se convierten en adictos, en electores, en clientes. Esta concepción arcaica de la influencia suponía unas relaciones personales entre los ciudadanos; eficaz en una pequeña ciudad (se prolongará, durante mucho tiempo, en las ciudades provinciales, bajo el Imperio), resulta peligrosa en una Roma a la que afluyen masas cada vez más numerosas (especialmente, durante la guerra de los aliados) y en la que el cuerpo de ciudadanos se ha ampliado desmesuradamente, dispersándose en colonias cada vez más lejanas. Es difícil conquistar la dignitas por la estimación personal que se inspira; a pesar de las leyes que lo prohíben, va haciéndose habitual el logro de la popularidad mediante unas generosidades que agotan hasta las fortunas más sólidas. Se tolera la magnificencia de los juegos, y las distribuciones de dinero a los electores sólo se permiten, en principio, cuando tienen por beneficiarios a los miembros de la tribu a que pertenece el candidato. En realidad, el dinero lo domina todo, y la corrupción es, el medio más frecuente de alcanzar los cargos.

En varias ocasiones había parecido que los conflictos surgidos entre el Senado, los caballeros y la plebe habían sido provocados por personajes que trataban de conseguir, por todos los medios, aquella influencia, aquella potentia, que constituía el fin supremo. Los intereses materiales ocupaban sólo un segundo término; para los senadores, el dinero no era más que un medio de consolidar su dignitas, y por ello sería demasiado simple interpretar la larga sucesión de conflictos que agitaron la República como los episodios de una rivalidad en torno a los beneficios de la conquista. Sin duda, el lujo es cada vez más codiciado, y el nivel de vida se eleva en Roma y en el Lacio o en la Campania; pero este lujo —de la vida cotidiana, del vestido (los tejidos más delicados y los más costosos sustituyen a las telas de lana hiladas en el hogar), de la vivienda, de la mesa, y también el lujo femenino, que se desarrolla notablemente— no se persigue, en la realidad, más que en la medida en que constituye la manifestación de un triunfo social.

La revolución sangrienta. que siguió, casi inmediatamente, a la vuelta de la paz a Italia es una de las más próximas consecuencias de este espíritu de ambición. Surgió a propósito de la guerra que provocaron las usurpaciones del rey del Ponto, Mitrídates VI Eupátor, y Roma acabará siendo asediada y tomada por sus propios ejércitos, a las órdenes de un general a quien un rival quitaba el honor de ser el comandante en jefe de las operaciones de Oriente.

Mitrídates y la crisis de Oriente

La caída del Reino de Pérgamo había roto, en Asia Menor, el equilibrio que acabara por establecerse entre las potencias principales que se repartían la península, es decir, entre Pérgamo, el Reino de Bitinia y el del Ponto. Con motivo del arreglo de la sucesión de Pérgamo por M. Aquilio , Nicomedes II de Bitinia y Mitrídates V Evérgetes, rey del Ponto, habían obtenido una parte de las provincias pertenecientes a los Atálidas. Pero la reacción popular, bajo la influencia de C. Graco, había impedido que aquellas adquisiciones fuesen ratificadas por Roma. En tales circunstancias, uno de los hijos de Mitrídates V, el que iba a convertirse en Mitrídates VI Eupátor, obtuvo la herencia de su padre, a la edad de 12 años aproximadamente (en el 120). De todos modos, hubo de conquistar el poder contra la oposición de su madre, coheredera del Reino, y, por esta causa, llevó durante unos siete años una vida errante en la montaña, que endureció su cuerpo. Se dice que fue también en este período cuando se habituó a soportar dosis cada vez más fuertes de veneno, sabia precaución contra los complots, muy numerosos en las cortes orientales. Finalmente, hacia la época en que comenzaba la lucha de Roma contra Yugurta, Mitrídates se propuso ampliar las fronteras de su Reino y construir un verdadero imperio a orillas del mar Negro. Para ello, ataca al reino de Crimea y establece una especie de protectorado sobre las ciudades griegas del litoral. Al mismo tiempo, Mitrídates restablecía su soberanía efectiva sobre la Armenia Menor y se apoderaba de Trebisonda, así como del Reino de Cólquide. El Ponto Euxino estaba como cercado por los dominios de Mitrídates, pero esto no era bastante todavía para el rey, que aspiraba a dominar toda el Asia Menor. Con la ayuda de Nicomedes, y luego contra él, trata de anexionarse todos los territorios de los que podía adueñarse. Centra su interés especialmente en la Capadocia, lo que, en el 101, provoca la reacción de Roma. Los «populares», que entonces se hallan en el poder, hacen aprobar una ley previendo una intervención armada en Asia, pero la caída de Saturnino y Glaucia impidió su realización, y Mitrídates pudo establecer su protectorado sobre el codiciado territorio. Sin embargo, cuando volvió la calma, el Senado ordenó al rey que evacuase la Capadocia, y, al mismo tiempo, a Nicomedes que abandonase la Paflagonia de la que se había apoderado. Cuando los armenios intentaron, instigados por Mitrídates y por cuenta de él, invadir a su vez la Capadocia, L. Sila, que gobernaba la Cilicia, fue encargado (en el 92) de reintegrar el país al rey aliado de los romanos, expulsado por el invasor. Sila estableció con el rey parto, Mitrídates II el Grande (homónimo de Mitrídates Eupátor), un convenio que fijaba el Eufrates como frontera entre los partos y Roma. Esta pretendía establecer su influencia, de un modo indiscutible, sobre toda el Asia Menor e incluso más allá de las estrechas fronteras de su provincia.

Durante la guerra de los aliados, Mitrídates continuó fomentando conflictos, especialmente en Bitinia, donde a Nicomedes II había sucedido su hijo Nicomedes III, cuya autoridad no era unánimemente reconocida. Se envió un ejército romano, al mando de M. Aquilio. Mitrídates, tal vez considerando a los rebeldes italianos más fuertes de lo que eran, inició las hostilidades en el momento mismo en que terminaban en Italia (comienzos del 88). Roma tenía por aliado contra él al rey de Bitinia, pero Mitrídates supo maniobrar de un modo bastante hábil para derrotar, sucesiva y separadamente, a Nicomedes III y a M. Aquilio. Al mismo tiempo, las flotas del rey conseguían sin lucha el dominio del mar. En unos días, todas las fuerzas romanas en Asia, en Cilicia y en el mar fueron aisladas y reducidas a la impotencia. Las ciudades griegas acogían al rey con manifestaciones de alegría, afectando ver en él al nuevo Dioniso, triunfador y tutelar que las liberaba de la tiranía romana. Además, a una orden de Mitrídates, todos los «italianos» residentes en Asia, en todas las ciudades, en todos los pueblos, fueron simultáneamente ejecutados, tanto esclavos como ciudadanos o aliados, niños, hombres y mujeres. Sus fortunas fueron confiscadas y repartidas por mitad entre los asesinos y el tesoro real. En aquella matanza perecieron, quizás, unas 80.000 personas. Los agentes de Mitrídates extendieron más allá del Asia y de las islas la revuelta antirromana y, una vez más, el pueblo de Atenas, aunque favorecido de mil maneras por Roma, se sublevó, incitado por un curioso personaje, llamado, quizás Aristión, y quizás Atenión, filósofo y demagogo, que restableció la democracia, se hizo elegir estratego e, inmediatamente, amenazó a Delos. Gracias a la flota de Mitrídates, la isla fue tomada y muertos todos sus habitantes «italianos». Atenas recuperaba la soberanía de la isla, que ahora ya no era más que una roca desierta.

Aquel año, en Roma eran cónsules Q. Pompeyo (un pariente de Pompeyo Estrabón) y L. Cornelio Sila. El Senado había otorgado su confianza a Sila, entonces de cincuenta años de edad, aristócrata desdeñoso y que hasta entonces parecía haber tenido siempre ambiciones legítimas. Con el fin de paralizar la oposición popular, Sila había hecho entrar en el colegio de los tribunos a P. Sulpicio Rufo, a quien él creía adicto a la nobleza. En realidad, Sulpicio Rufo esperaba su momento, y, pagado por los caballeros, preparaba el retorno político de Mario. El año anterior, de acuerdo con la lex Sempronia, el Senado había declarado consular la provincia de Asia, donde se preveía que, una vez más, sería necesario hacer entrar en razón a Mitrídates. Y uno de los motivos de la elección de Sila como cónsul había sido, precisamente, el deseo de los Padres de confiarle la dirección de las operaciones en un país que él conocía bien tras su gobierno de Cilicia y su campaña diplomática con los partos. Sulpicio, empujado por los caballeros, pretendía dar a Mario la posibilidad de llevar a cabo una guerra imperialista fructuosa, una guerra que ampliaría la ocupación romana en Oriente y, en consecuencia, los beneficios de los publicanos.

Así, mientras Sila, a finales de afio, se encontraba en Capua, donde presidía la concentración de su ejército, Sulpicio presentó, de pronto, tres proyectos revolucionarios, que, si se aprobaban, transformarían la composición del Senado y, entre otras cosas, excluirían de él a Sila, con el pretexto de sus fuertes deudas. Sila corre a la ciudad y trata de impedir que se pangan a votación los proyectos de Sulpicio, pero el motín se adueña del Foro. Sila busca refugio en casa de Mario, y los dos celebran entonces una entrevista secreta, en la que trataron de engañarse mutuamente. Sila prometió a Mario que le dejaría el campo libre en Roma a condición de que él siguiera siendo el jefe de la expedición de Oriente. Mario aceptó, y los dos tenían la firme decisión de volver sobre aquel acuerdo en cuanto pudiesen. Sila volvió sin dificultades a Capua, mientras Sulpicio, en Roma, hacía que el pueblo votase la destitución de Sila como comandante del ejército de Oriente y nombraba a Mario en su lugar. Sila había previsto esta maniobra. Cuando le llega un mensaje oficial, reúne a sus soldados, les comunica la decisión popular y les habla de tal modo que los hambres, pensando que iban a perder los tesoros de Oriente, lapidan a los enviados de Sulpicio y apremian a Sila a marchar sobre Roma para aplastar a los «facciosos». Habiendo conseguido lo que deseaba, Sila levanta el campo y se dirige hacia la ciudad, en la que entra en seguida, por la Puerta Colina, y, como algunos elementos populares trataban de oponerse a su avance a través de Suburra, él mismo arroja la primera antorcha e incendia Roma.

Sila, dueño de la ciudad, impone por la fuerza la abolición de todas las medidas propuestas por Sulpicio y declara fuera de la ley al tribuno y sus amigos más próximos. A continuación, una vez confirmado en su mando y designados para el 87 los cónsules de su elección, L. Cornelio Cinna y Cn. Octavio, parte hacia Oriente.

La situación política era extraña: Sila estaba comprometido en una guerra que él tenía la misión de dirigir según sus deseos durante todo el tiempo que pudiese. Pero el poder legal pertenecía a dos cónsules cuya fidelidad a Sila era dudosa, y el pueblo, insuficientemente dominado, podía reanudar, de un día a otro, las sediciones y la promulgación de leyes facciosas. Los únicos que habían sido verdaderamente humillados y reducidos a la impotencia eran los Padres, a pesar de que, aparentemente, Sila había actuado en su nombre. Mario había formado parte de los desterrados y, con su hijo, había buscado refugio en África, de donde le expulsó el gobernador. De todos modos, pudo reunir algunas tropas, entre las que había conservado su prestigio, y, cuando la guerra estalló en Roma entre los dos cónsules —por deseo del Senado, Octavio había intentado eliminar a Cinna, que, por un súbito cambio de opinión, proponía el regreso de los desterrados—, volvió a Italia, llamado por el cónsul faccioso. Recurriendo a sus veteranos y a todos los miserables, muy pronto reunió, con la ayuda de Cinna, un ejército en toda Italia. La ciudad es incomunicada, cercada. Una primera batalla, en el Janículo, da la ventaja a Mario. Algunos días después, el Senado se rendía a Cinna y a Mario. Y, una vez más, la sangre corrió en Roma. Cinna y Mario se repartieron el consulado para el año 86. La intención del segundo era la de partir, lo más pronto posible para Oriente a desposeer de su mando a Sila, pero murió el 17 de enero, de una pleuresía, dejando el poder a Cinna solo.

La vuelta de Sila y la dictadura; las reformas

La posición de Sila no tenía precedente: declarado fuera de la ley por el gobierno de Cinna —que representaba la legalidad desde que el Senado se había sometido al cónsul y a Mario y desde que los dos habían sido elegidos cónsules—, defendía la autoridad de Roma en Oriente y obligaba a Grecia a volver al buen camino. Mediante una rápida campaña, se apoderaba de Atenas (el 1 de marzo del 86) tras un sitio cruel, y, después, del Pireo, antes de que Mitrídates hubiera podido reaccionar eficazmente. El encuentro con el ejército del rey se produjo en Beocia, y Sila alcanzó una victoria total a finales de la primavera. Era dueño de la situación, cuando, a su espalda, desembarcaron en el Epiro las dos legiones enviadas por el «gobierno legal» y mandadas por L. Valerio Flaco (su segundo cónsul, en sustitución de Mario) y por C. Flavio Fimbria. Pero estas tropas se negaron a entablar la lucha con Sila, y los generales partidarios de Mario tuvieron que retirarse hacia el Helesponto. Algunos meses después, Sila alcanzaba, en Orcómenos, en Beocia, una nueva victoria sobre el cuerpo expedicionario enviado por Mitrídates. Las armas romanas recobraban su superioridad en todas partes. En Asia, no sólo el partido aristocrático, generalmente favorable a Roma, lamentaba el entusiasmo que había arrojado a las ciudades en brazos de Mitrídates, sino que el ejército de los seguidores de Mario, para ganar a Sila por velocidad, había comenzado a invadir el Asia. Fimbria, convertido en comandante único (había asesinado a Flaco), llega hasta Pérgamo y la ocupa, pero con sus solas fuerzas no podía imponer una decisión final. Fue Sila, a quien Mitrídates se rindió en el mes de agosto del 85, el que provocó el fin de Fimbria: éste, sin esperanzas de escapar al castigo de Sila hecho dueño de la situación, se suicidó, y su ejército se rindió al vencedor. A Sila ya no le quedaba más que emprender la conquista del poder en Roma, utilizando para ello aquel ejército cuya adhesión se había ganado por su prestigio y por el rico botín que había acertado a procurarle.

Sila desembarcó en Bríndisi en la primavera del 83. Desde el momento de su victoria, dos años antes, había manifestado su intención de poner fin al régimen de violencia y de crueldad implantado por Cinna, régimen que para él ni siquiera tenía la apariencia de la legalidad, puesto que su jefe se mantenía en el consulado, año tras año, sin proceder ni a un simulacro de elección. Cuando supo que Sila se acercaba y que tendría que rendir cuentas, Cinna trató de hacer una movilización. Los hombres que él quiere reunir no le siguen y le lapidan. El Senado negocia abiertamente con Sila y, con grandes dificultades, el partido popular pone en pie una organización política y militar para enfrentarse con el peligro inminente. Pero todo se hunde a su alrededor. Las tropas desertan y los grandes señores arrastran a sus vasallos al partido de Sila, como hizo Cn. Pompeyo, el hijo de Pompeyo Estrabón, que entregó a Sila, como un regalo, todo el Piceno. Tienen que resignarse a pedir ayuda a lo que aún quedaba de los rebeldes en las montañas, reanudando así la guerra de los aliados. Sila avanzaba, lentamente, pero de un modo inexorable. La batalla decisiva tuvo lugar junto a las murallas de Roma, en la Puerta Colina, el 1 de noviembre del 82.

Con la victoria de Sila, de la constitución republicana ya sólo quedaba el nombre de las magistraturas y el recuerdo de los años de anarquía y de impotencia que acababan de desembocar en la sangrienta catástrofe en que se había hundido el régimen. Sila empezó por resucitar un título casi olvidado, el de dictador, que le fue conferido por el pueblo: un pueblo que se mostraba ahora dócil, a consecuencia de las terribles ejecuciones y, sobre todo, de las «proscripciones» que habían puesto fuera de la ley, de un solo golpe, a cuarenta senadores culpables de haber pactado con Cinna y a 1.600 caballeros. Por todas partes, los delatores disponían de la vida y de la fortuna de los ciudadanos: la libertad de que Roma había estado tan orgullosa en otro tiempo no existía ya.

Sila había tomado las armas contra los «populares», y podía presentarse como el defensor del Senado. En realidad, no trabajaba para ningún partido, ni parecía animado por otro deseo que no fuese el de dar al Estado una organización que no acarrease como consecuencias la impotencia y la anarquía. Incluso es dudoso que su fin último fuese el de instalarse duraderamente en el poder personal, pues lo cierto es que dimitió voluntariamente de todas sus funciones y terminó su vida en el retiro. Lanzado a su extraordinaria aventura por el deseo de mantener su dignitas y, en consecuencia, la de toda la institución senatorial, impuso las reformas susceptibles de devolver toda su autonomía a los responsables de la política general, quienesquiera que fuesen en el futuro. Indudablemente, fue por esto, más que por concentrar las atribuciones sólo en sus manos, por lo que quitó toda posibilidad de intervenir tanto a los caballeros como a las masas populares.

Entre las leyes Corneliae figuran, en efecto, medidas adoptadas contra el orden ecuestre (supresión de las plazas reservadas en el teatro, transferencia a los senadores de las funciones judiciales) y también contra el papel político de la plebe. Aleccionado por los pasados trastornos, Sila desmembró el tribunado; les dejó el derecho de veto, pero sólo para socorrer a los ciudadanos individualmente, no para oponerse a una ley o a la autoridad de un magistrado que actuase dentro de sus atribuciones legítimas; les prohibió también presentar proyectos de ley, a menos que antes hubieran obtenido la autorización del Senado. Y, lo que era más grave aún, prohibió a los antiguos tribunos pretender, en el porvenir, ninguna otra magistratura. El tribunado, en la medida en que así cerraba la carrera de los honores, no dejaría de caer en desuso.

La institución senatorial no fue menos profundamente transformada. En principio, el Senado se elevó de 300 a 600 miembros, por la adlectio de caballeros, elegidos por el propio Sila. Para el futuro, aseguró su reclutamiento aumentando el número de los magistrados anuales (ocho pretores en lugar de seis, veinte cuestores en lugar de ocho) y dando a los cuestores el derecho (que hasta entonces no tenían) de tomar parte en las deliberaciones de la curia. Así se eliminaban las banderías de los oligarcas que habían contribuido a envenenar las dificultades del Estado. Por otra parte, las magistraturas mismas se articularon de acuerdo con un sistema diferente. Tal vez la censura no fue explícitamente suprimida, pero no recibió a ningún titular durante todo el tiempo que Sila permaneció en el poder. El ejercía las funciones sin ostentar su título. Pero, sobre todo, el dictador modificó los límites de las edades para la obtención de las magistraturas: a partir de entonces, había que tener 29 años para ser cuestor, 39 para ser pretor, 42 para ser cónsul. Por último, la reelección para el consulado no se permitía más que una sola vez, y diez años después de la primera.

También se decidió que los gobiernos provinciales ya no se confiarían a los magistrados en ejercicio, sino a los antiguos magistrados, después de su año de cargo, y para un año solamente.

De igual modo, Sila previó leyes represivas para poner fin a los abusos inveterados, especialmente a la intriga y a la corrupción electoral. Su lex Cornelia de ambitu condenaba a la incapacidad política a cualquier convicto de maniobras electorales fraudulentas. Con la lex de repetundis, concerniente a los delitos de los gobernantes provinciales, la lex de maiestate reafirmó la supremacía absoluta (la maiestas) del Estado, defendiéndolo contra las tentativas sediciosas, de hecho e incluso de palabra, impidiendo a los magistrados y a los gobernadores excederse en sus atribuciones —por ejemplo, franquear los límites de sus provincias, emprender operaciones militares sin autorización—, así como a los oradores, en la asamblea o en el Senado, lanzar contra cualquiera acusaciones injuriosas. Todas las infracciones eran perseguidas ante los tribunales permanentes (quaestiones perpetuae), que fueron elevados a seis. Los delitos sin carácter político —asesinatos, envenenamientos, falsificaciones, incendio intencionado, agresión contra las personas o los domicilios— entraron en la jurisdicción de los mismos tribunales, y, por primera vez, se esbozó en Roma un derecho penal independiente del derecho civil.

Tal como nosotros la vemos, la obra política de Sila desconcierta: todas las clases, todas las instituciones salieron de la crisis disminuidas, con su fuerza mermada. Exceptuando el propio Sila, la realidad del poder ya no pertenecía a nadie: magistrados, senadores, caballeros, simples ciudadanos no eran más que los engranajes de una máquina que tenía que recibir su impulso de fuerzas exteriores a ella. El cuidado puesto por el dictador en impedir que cualquiera adquiriese preeminencia en el Estado —salvo él mismo— estaba de acuerdo con el viejo espíritu republicano, pero en contra de la situación de hecho que se había desarrollado desde hacía más de un siglo y que tendía a coronar el edificio, en cada generación, con una personalidad eminente en torno a la cual se agrupaba la aristocracia y a la que el pueblo respetaba. La contradicción se resolvía si se aceptaba considerar la magistratura extraordinaria de Sila no como un expediente destinado a solucionar una crisis momentánea, sino como un órgano indispensable y clave del sistema. En otros términos, Roma, convertida en una monarquía de hecho, ¿iba a serlo de derecho? Todo el futuro está, como en suspenso, en manos de Sila. Dos soluciones siguen siendo igualmente posibles, o, por lo menos, concebibles: una realeza apoyada por la fuerza (y ésta es la de Sila) o una preeminencia basada en el prestigio, en la gloria, en la sabiduría —ese «principado» esbozado en tiempos de Escipión Emiliano y cuya concepción irá precisándose en el curso del período siguiente.

En este aspecto, la obra de Sila fue, a la vez —y sobre todo—, represiva (impedir la vuelta de los desórdenes) y, en menor medida, constructiva. Preludio o ensayo del drama que muy pronto va a desarrollarse, no sólo no logró prevenirlo, sino que lo preparó.

El final de la dictadura

A pesar de las precauciones del dictador, una fracción de los oligarcas —la dominada por los Metelos, y cuya influencia había sobrevivido a todas las crisis desde hacía dos generaciones— comenzó a organizar una maniobra contra aquél que, después de haber sido el salvador, se convertía en un tirano. Un desgraciado asunto —el proceso intentado contra Sex. Roscio de Ameria a instigación de un liberto de Sila, Cornelio Crisógono, que era su secretario de confianza— reveló los escándalos de un régimen basado en la violencia y en la arbitrariedad. Cicerón —que en esta ocasión aparece, por primera vez, a la luz de la historia— aceptó la defensa de Roscio, a quien se acusaba de haber matado a su padre, cuando éste, en realidad, había sido asesinado por dos primos que pretendían heredarle. Crisógono había intervenido, mediante una buena parte de la fortuna codiciada, para disimular el crimen y proteger a los asesinos. La última maniobra, la más descarada, sirvió de pretexto a los enemigos de Sila para hacer estallar el escándalo. Además, otro personaje comenzaba a presentarse en el escenario político, hasta el punto de provocar la inquietud del dictador.

El joven Pompeyo había ayudado a Sila en el momento de la revolución contra los seguidores de Mario. Después, sin haber sido todavía magistrado, se le había confiado la misión de proseguir las operaciones contra los ejércitos y los jefes «populares» instalados aún en las provincias. Así había pacificado Sicilia y luego África, y merecido de sus soldados el sobrenombre de Magnus (el Grande), que llevará hasta el fin de su vida. La adhesión de aquellos hombres, que estaban enteramente entregados a su joven general, pareció peligrosa a Sila. Y si Pompeyo no fue obligado a licenciarlos en África ya, como Sila habría querido, tampoco obtuvo el triunfo, ni —lo que deseaba más aún— la misión de reducir, en España, la sublevación del seguidor de Mario, Sertorio.

Pero el regreso de Pompeyo con sus soldados constituía un elemento nuevo en la situación política: aquel ejército, incluso desmovilizado, no por eso dejaba de ser una posible garantía contra las fuerzas de que disponía el dictador. Y esto explica por qué los nobles «adoptaron» a Pompeyo, que, sin embargo, en otro tiempo se había rebelado contra la autoridad del Senado para unirse a Sila, y le otorgaron el triunfo a pesar de éste (12 de marzo del 79). Al mismo tiempo, los Metelos (a los que Pompeyo se hallaba más estrechamente unido, a causa de su reciente matrimonio con Mucia) patrocinaban la candidatura al consulado, para el 78, de un partidario de Sila, M. Emilio Lépido, que, en cuanto estuvo seguro de su apoyo, se declaró violentamente hostil a su antiguo amigo y trató de cristalizar a su alrededor todas las oposiciones al régimen. Sorprendentemente, Sila no reaccionó, y no recurrió a su acostumbrada brutalidad. Y, cuando el Senado le ofreció el gobierno de la Cisalpina —lo que le colocaba en la obligación, para respetar sus propias leyes, de abdicar la dictadura—, prefirió retirarse totalmente, el mismo día en que fue elegido Lépido (probablemente, en julio del 79).

Retirado a la Campania, a su villa de Cumas, entre las colonias que él había poblado con sus veteranos, llevó durante un año una vida de inactividad, tal vez esperando que fuesen a buscarle cuando la situación política de Roma hubiera empeorado lo suficiente. Pero la muerte le sorprendió, en la primavera del 78, sin que aquella esperanza (si la tenía) se hubiera realizado.

 

IV.

LA REPUBLICA, EMPLAZADA

 

Lépido y Sertorio

La dictadura de Sila no había resuelto ninguno de los problemas esenciales, ni en el interior —pues dejaba una ciudad abierta a todas las ambiciones, personales o colectivas—, ni en el exterior —donde las victorias del dictador no habían supuesto más que un respiro.

Los que habían provocado su retirada, los oligarcas irreductibles, tuvieron que luchar con dificultades en todos los frentes. En primer lugar, les fue necesario «liquidar» a su inquietante aliado, Lépido, que, una vez en posesión de su cargo y mediante un nuevo cambio, se alineó del lado de los «populares» contra el otro cónsul, Q. Lutacio Catulo. Una revolución de las gentes de Fiésole (Faesulae) contra los antiguos soldados de Sila que habían recibido tierras en el valle del Arno le dio ocasión de conseguir un ejército, que él utilizó para desafiar abiertamente al Senado. Por último, éste tuvo que armar contra él al joven Pompeyo, que reunió a sus propios veteranos y, atacando a Lépido por la espalda, con ayuda de Catulo, le obligó a abandonar Italia y a refugiarse en Cerdeña, donde murió muy pronto (otoño del 77).

Los pocos partidarios de Lépido que no habían perecido abandonaron Cerdeña y se fueron a España, donde, desde el año 83 y desde la toma del poder por Sila, un seguidor de Mario, Sertorio, vivía la aventura más novelesca del mundo. Aquel caballero de la Umbría, a quien Plutarco no dudó en consagrarle una Vida, había hecho su aprendizaje de armas durante la guerra de los aliados, y, en el 83, los gobernantes del partido de Mario le habían confiado la provincia de España Citerior, mientras Sila nombraba, por su parte, para la misma provincia, a un gobernador que no pudo ocupar su puesto. En el 81, sin embargo, Sertorio abandonó España y, con unos compañeros fieles (tres mil, aproximadamente), se embarcó en busca de asilo. Tras diversas peripecias, llegaron a la región de Gades, donde unos piratas cilicianos, errantes por aquellos lejanos parajes, les hablaron de un país misterioso, situado a diez días de navegación (sin duda, las Canarias), y cuyo clima siempre igual así como la fertilidad del suelo justificaban su nombre de Islas Afortunadas. Sertorio se sintió tentado por la aventura, pero, tras reflexionar, renunció a ella, y, dirigiendo sus barcos no hacia el Sur-Oeste sino hacia el Sur, llegó a la Mauritania Tingitana. Allí, durante un año aproximadamente, Sertorio se crea un Reino, alrededor de Tánger. Después, considerando favorable la situación en España, partió para la Lusitania, desde donde le llamaban los indígenas sublevados contra Roma. Durante siete años mantendrá a raya a los ejércitos enviados contra él, primero por Sila y luego por el Senado, mandado aquél por Metelo Pío y este por Pompeyo.

Sertorio acertó a organizar entre las poblaciones indígenas un Imperio hispano-romano que contribuyó poderosamente a la romanización de la península. Poco a poco, en el Occidente mediterráneo crecía una nueva potencia. No era ya simplemente la disidencia de un gobernador, sino un verdadero Estado independiente, que comenzaba a tener una política exterior autónoma y amenazadora para Roma. Sertorio contaba, como aliados, con los piratas —que habían llegado a ser numerosos en el Mediterráneo, a pesar de las repetidas expediciones que contra ellos organizaron, primero, P. Servilio Vatia (entre el 77 y el 75), y luego, M. Antonio, que fracasó en una operación contra los cretenses (en el 71)— y muy pronto con el propio Mitrídates, cuando decidió volver a tomar las armas contra Roma.

Las guerras contra Mitrídates

Sila, en su prisa por volver a Roma para «restablecer el orden», había concertado con Mitrídates, en Dardania, en agosto del 85, una paz prematura. Había dejado en Italia a L. Licinio Murena con la misión de mantener la paz. Pero Murena, en el 83, había iniciado las hostilidades contra el rey e invadido el Ponto, comenzando así la segunda guerra contra Mitrídates. Sila había cortado rápidamente aquellas ambiciones y enviado a Oriente a A. Gabinio para restablecer la paz, y Murena, de regreso en Roma, había tenido que contentarse (en el 81) con un triunfo que enmascaraba una desgracia.

Mientras tanto, las intrigas de Mitrídates continuaban sosteniendo la agitación en Asia. Instigado por él, su yerno, Tigranes, rey de Armenia había extendido sus estados a expensas del Imperio parto y de algunos territorios en que se mantenían, mal que bien, los últimos Seleúcidas. Después, a la manera de los soberanos helenísticos, había trasladado su capital a una ciudad nueva, que él fundó con el nombre de Tigranocerta. A continuación, había invadido la Capadocia, a pesar de ser protegida de Roma.

Además, Mitrídates se dedicaba a estimular a los enemigos de Roma en todos los sitios en que le era posible: en Cilicia, en las fronteras de Macedonia y también en España, donde entró en relación con Sertorio. La guerra tenía que estallar. La ocasión se presentó con motivo de la sucesión de Bitinia: el rey Nicomedes III, a su muerte, había legado aquel Reino al pueblo romano (finales de! 75 o comienzos del 74), y el Senado señaló al gobernador de Asia, M. Junio, la misión de recoger la herencia. Mitrídates decidió entonces adelantársele y ocupó efectivamente el país, salvo la península de Calcedonia, que se convirtió en el refugio de todos los «italianos» que huían ante el ejército real.

Dos ejércitos romanos se encargaron de resolver una situación tan comprometida: uno de los cónsules, L. Licinio Lúculo, recibió la provincia de Cilicia; el otro, M. Aurelio Cota, la de Bitinia. Peto, en el primer choque, Cota fue derrotado y obligado a refugiarse en Calcedonia, lo que tuvo, por lo menos, como consecuencia, la inmovilización de Mitrídates por algún tiempo en el asedio de la ciudad. Así, Lúculo pudo llevar a cabo la reunión de las tropas estacionadas en Asia (entre ellas, las dos legiones del seguidor de Mario, Fimbria, que esperaban que se decidiera su suerte), y, mediante su rápido avance en dirección a Cícico, obligó al rey a levantar el sitio de Calcedonia. Mitrídates, cogido entre Cícico, cuya inquebrantable resistencia valió a sus habitantes el reconocimiento de Roma, y el ejército de Lúculo, tuvo que acabar retirándose, perseguido por el romano, que le mató, según se dice, 10.000 hombres. Durante el verano del 73, Lúculo ocupó Bitinia y emprendió, a través de Galacia, una marcha que le llevó hasta las fronteras del Ponto, mientras que, en el mar, la flota de Mitrídates era aniquilada ante Tenedo. La ofensiva, paralizada algún tiempo por el invierno, se reanuda en la primavera del 72, y Mitrídates, impotente para detener al romano, se ve obligado, finalmente, a abandonar sus estados y a refugiarse en Armenia, junto a Tigranes. Durante dos años, Lúculo se ocupa de organizar sus conquistas, refrena enérgicamente la codicia de los publicanos, lo que le vale la profunda enemistad de todos los caballeros. Después, a comienzos del 69, quiere llevar aún más allá la conquista romana. ¿Mitrídates está en Armenia? ¿Tirídates se niega a entregarlo? Lúculo se apoderará de Mitrídates y del Reino. Al principio, las operaciones se desarrollan con ventaja de los romanos. En el otoño, cae la ciudad de Tigranocerta, pero esto no es aún suficiente para el general, que se señala como próximo objetivo la ciudad de Artaxata, en la montaña, sobre el Araxes, en la Gran Armenia. Esta audacia insensata marcó para Lúculo el comienzo de los fracasos. Las tropas romanas, sometidas a un avance sin fin, sufrieron un invierno precoz y acabaron negándose a ir más allá. Mientras tanto, se le comunicó a Lúculo que ya no es gobernador de Cicilia: Q. Marcio Rege le sucede por orden del Senado. Por último, recibe otra noticia: Mitrídates ha atacado de nuevo, está a punto de recuperar el Reino del Ponto, y Tigranes, por su parte, invade Capadocia. Abandonado por sus soldados, que ya no reconocen como jefe a aquel imperator caído, Lúculo tiene que retirarse. Muy pronto se verá obligado a transmitir sus poderes a Pompeyo, a quien la ley Manilia, del 66, tras sus victorias decisivas sobre los piratas obtenidas el año anterior, investirá con el mando supremo y el único de las operaciones contra Mitrídates.

En la dirección de la guerra, Pompeyo desplegó unas cualidades que le habían faltado a Lúculo. Empezó por renovar con Fraates III, que reinaba ahora sobre los partos, la alianza concertada anteriormente por Sila. Después, sabiéndose protegido por su flanco derecho, invade la Pequeña Armenia, mientras Mitrídates, incapaz de obstaculizar su avance, empleaba sus tropas en una guerrilla estéril y, finalmente, se dejaba encerrar en un desfiladero en el que perdió 10.000 hombres y él mismo estuvo en peligro de ser capturado. Por segunda vez, el Reino del Ponto era ocupado por los romanos. Pero Mitrídates ya no podía buscar refugio en una Armenia donde Tigranes se hallaba en la necesidad de ganarse el apoyo de los romanos para acabar con las dificultades que le producía la rebelión de su propio hijo. Mitrídates huyó a Cólquide.

Pompeyo, siguiendo los planes de Lúculo, pero con mayor prudencia, invadió entonces Armenia, desde donde le llamaba el hijo rebelde de Tigranes. Este se sometió a Pompeyo antes de la batalla decisiva, y, a ese precio, pudo conservar su trono, pero como rey vasallo (otoño del 66).

Mas Mitrídates no se declaraba vencido. Desde Cólquide había logrado, forzando el bloqueo naval romano, llegar hasta Crimea y poner en pie un nuevo ejército, al que equipó a la romana. Acariciaba el proyecto de remontar el valle del Danubio e invadir Italia por el Norte. A comienzos del año 63 estalló una revuelta en el ejército del rey, y Farnaces, el hijo de Mitrídates, obligó a éste a suicidarse, en Panticapeón. Pero, en aquel momento, Pompeyo, vencedor de todo el Oriente, no se preocupaba ya del viejo enemigo abatido.

Sertorio

Antes de vencer a Mitrídates y de emprender la liquidación definitiva de los reinos de Oriente, Pompeyo había sido encargado de pacificar España. Designado para aquel mando por un Senado inquieto ante los progresos de Sertorio había cumplido aquella tarea, a partir del 77, a pesar de que no ejercía ninguna magistratura. El nombramiento era ilegal, pero venía impuesto por la lógica de las instituciones de Sila y por el peso, cada vez mayor, de los precedentes. Pompeyo, de todos modos, consiguió triunfar allí donde Metelo no llegaba a obtener un resultado decisivo. Y, en el 74, puede considerarse que el poderío de Sertorio está abatido definitivamente. La liquidación no era ya más que cuestión de tiempo. En el 72, Sertorio, durante una orgía, es asesinado por su lugarteniente Perpenna. Este, derrotado en una batalla formal poco tiempo después, muere, y los archivos del «gobierno» de Sertorio, seguidor de Mario, son inmediatamente quemados por Pompeyo, que, mediante aquel gesto de apaciguamiento, pretende hacer olvidar definitivamente el pasado y las intrigas subversivas cuyas pruebas constaban en ellos. Este gesto contrastaba con el encarnizamiento de Sila en la persecución y desenmascaramiento de sus adversarios, y sus consecuencias serán importantes: a partir de entonces, la guerra civil irá acompañada, bastante extrañamente, de clemencia. César llorará (sin demasiada hipocresía) por el desgraciado fin de su rival. La clementia de César estará de acuerdo con aquel clima nuevo, iniciado por Pompeyo en España. El princeps sustituye al tirano.

La victoria de Pompeyo le dio, en la propia España, un gran ascendiente personal sobre unas poblaciones profundamente disgustadas por la política brutal y cruel seguida por Sertorio en sus últimos tiempos. Como los grandes pacificadores del pasado, dispone la suerte de los pueblos y funda nuevas ciudades: Pompaelo (Pamplona), y, en la vertiente norte de los Pirineos, Lugdunum Convenarum (Saint-Bertrand de Comminges).

Espartaco

Pompeyo volvía de España, en el 71, cuando le fue dado alcanzar otra victoria, o, mejor, terminar una guerra a la que otro había estado a punto de poner, felizmente, fin. En el 73 se había producido en la Campania una sublevación de esclavos, acaudillada por un antiguo pastor tracio, que se había convertido en gladiador, llamado Espartaco. La sublevación, iniciada por unos cuantos hombres en una escuela de gladiadores de Capua, tomó en seguida una amplitud extraordinaria. Las tropas enviadas contra los rebeldes fueron derrotadas, unas tras otras, a medida que otros esclavos, rompiendo sus cadenas, se unían a Espartaco. Este, a la cabeza de un enorme ejército, al que no podía abastecer ni siquiera armar enteramente, había hecho el proyecto de subir hacia el Norte, abandonar Italia e ir a establecerse en los países bárbaros, donde ya no tendría dueños. Al final de verano del 72 había llegado hasta Módena, donde venció a un ejército romano. Pero, interrumpiendo su marcha, había vuelto a bajar, a lo largo del Adriático, tal vez para asegurar a sus hombres un abastecimiento que no habría encontrado tan fácilmente en la Cisalpina. Roma, ante aquella vuelta ofensiva, tomó medidas excepcionales, y el Senado designó como único jefe contra los esclavos a M. Licinio Craso, el más rico de los romanos, uno de los que no podían consolarse de los éxitos de Pompeyo, cuyos talento y cualidades personales no igualaba. Por un momento, Espartaco, ante la amenaza, quiso pasar a Sicilia, que era por excelencia el país de las sublevaciones de esclavos. Pero los piratas con quienes había contado para el transporte no cumplieron su palabra, y, además, el gobernador de la isla, Verres, se hallaba vigilante. Espartaco tuvo que permanecer en Lucania. Entre él y Craso se libró una guerra sin cuartel. Craso trató de encerrarle en la península de Aspromonte, pero Espartaco se le escapó, y Craso, dudando de su propia capacidad militar (que no era grande), llamó a Pompeyo. Sin embargo, un súbito cambio de la situación, debido a la llegada del procónsul de Macedonia, Terencio Varrón Lúculo, permitió a las legiones aplastar definitivamente a las fuerzas de Espartaco, antes de que Pompeyo hubiera vuelto de España. Por desgracia para Craso, una de las bandas de Espartaco había logrado escapar, y fue Pompeyo el que en Etruria alcanzó sobre ella la última victoria, la que ponía fin a la guerra. La gloria de haber acabado con la pesadilla correspondió a Pompeyo. Para recompensar a uno y a otro, el Senado les ofreció compartir el consulado para el año 70 —magistratura que ni el uno ni el otro tenían derecho a pretender, legalmente, pero que los dos aceptaron. Y aquellos dos hombres, a los que la Fortuna había heoho rivales y que se odiaban, fueron llevados juntos al poder por un Senado que esperaba así neutralizar al uno con el otro, y que no consiguió más que hacerlos cómplices.

Poco a poco, las leyes de Sila iban siendo derogadas, bajo la presión popular y también ante la fuerza, de los hechos. La agitación tribunicia se había reanudado, y se dibujaba un movimiento cada vez más fuerte en favor de la restauración del tribunado. Se comenzó por devolverle su lugar en la carrera de los honores, y luego se le arrancó a Pompeyo, unos días antes de su elección al consulado, la promesa de restablecer el derecho de veto, tal como existía antes de Sila, lo que Pompeyo hizo en cuanto ocupó el cargo. El mismo Pompeyo y su colega Craso restablecieron la censura: esto era una gran satisfacción dada a los caballeros, porque, al no existir censores para determinar la lista de los ciudadanos y su distribución en las clases censitarias, el orden ecuestre no tenía ya base legal, y, sobre todo, aquel restablecimiento facilitaba el medio de devolver a los publicanos la percepción de los impuestos abolidos por Sila y que los censores resucitaban: como el diezmo de Asia, de donde procedían, en gran parte, los beneficios de la institución ecuestre.

El proceso de Verres.

Durante aquel mismo consulado de Pompeyo y de Craso se llevó a cabo una reforma judicial, impuesta por el escándalo de Verres, pero tan de acuerdo con la política de los cónsules que no puede dudarse que se trata de un artículo de un programa sabiamente calculado. El asunto de Verres sigue siendo célebre gracias a los libelos (no se puede decir alegatos) de Cicerón. Verres, antiguo propretor de Sicilia, seguidor arrepentido de Mario y partidario de Sila, había gobernado su provincia desde el 73 al 71 y, allí, con la complicidad de la gran burguesía local y de innumerables agentes, siempre al acecho de una operación turbia, había acumulado no solamente grandes sumas de dinero sino colecciones de obras de arte, estatuas, plata labrada, que le facilitaban ojeadores sin escrúpulos. Había especulado con todo, pero, especialmente, con el trigo —en lo que no hacía más que atenerse a una tradición que no murió con él. Cicerón le acusa también de crueldades contra las personas, de sicilianos notables y de ciudadanos romanos. Pero, en este punto, las pruebas de la acusación tal vez no sean tan sólidas como pretende hacerlo creer la elocuencia de Cicerón. Las circunstancias que acompañaron la pretura de Verres (la guerra de los esclavos, la amenaza constituida por los piratas, que encontraban simpatías y alianzas un poco en todas partes, la actividad antirromana de los agentes de Mitrídates en los países griegos) acaso expliquen la severidad de que dio muestras el gobernador y también la tranquilidad de la isla durante aquel período turbulento.

Como quiera que sea, C. Verres había sido un gobernador de indudable falta de honestidad, y la opinión pública de Sicilia le maldecía (aunque los siracusanos le hubieran levantado una estatua). Los sicilianos rogaron que los defendiese a Cicerón, que había sido cuestor en Lilibeo algunos años antes (en el 75) y había dejado un excelente recuerdo entre sus administrados. La defensa de Verres corría a cargo de Hortensio Hortalo, el más grande orador de la nobleza. En aquel asunto, Cicerón era menos el abogado de los sicilianos que el de los publicanos, que facilitaron su información en el lugar de los hechos, y, naturalmente, daban por descontada una condena de Verres que desacreditaría a la nobleza y permitiría dar paso a la ley de reforma de los tribunales, abriendo, de nuevo, las quaestiones a los caballeros. Su cálculo resultó exacto. Verres, abrumado desde el primer día del proceso por los testimonios reunidos por Cicerón, no esperó la continuación de los debates y se desterró voluntariamente. Cicerón no había pronunciado más que el primero y menos importante de los discursos que había preparado. Publicó los otros, y la impresión producida sobre la opinión fue tan fuerte que dio lugar, a finales del mismo año 70, al voto de la lex Aurelia que prescribía, en adelante, el reclutamiento de los jurados de la siguiente forma: un tercio entre los senadores, otro tercio entre las centurias ecuestres y el otro entre los «tribunos del tesoro», categoría de ciudadanos que poseían el censo ecuestre sin tener el título de caballeros. Así, el poder judicial volvía, casi exclusivamente, a los ciudadanos que detentaban la mayor parte de la fortuna pública, y no ya a los que tenían el poder político, lo que equivalía a volver al Estado tripartito anterior a las leyes Cornelias. La consecuencia fue extraída, tres años después, por L. Roscio Otón, que devolvió a los caballeros el privilegio, anulado por Sila, de disponer de asientos especiales en el teatro.

La «rogatio» de Gabinio.

En el mismo año, una rogatio presentada por el tribuno A. Gabinio pedía la institución de un mando único contra los piratas —aquel azote que paralizaba completamente la vida comercial en todo el Mediterráneo. Gabinio no había pronunciado nombre alguno, pero todos pensaban en Pompeyo. Los poderes extraordinarios que se otorgarían al general encargado de aquella misión le convertirían en el verdadero dueño del Estado: era la consecuencia lógica de aquella evolución cuyo carácter fatal no puede menos de señalarse. Esta vez, el Senado se mostró hostil a la rogatio, y Gabinio tuvo que hacerla votar por una asamblea popular (enero del 67).

Es muy probable que la ley de Gabinio hubiera sido preparada no sólo con la conformidad de Pompeyo, sino con la de los caballeros, que necesitaban restablecer la seguridad para las exigencias del comercio. No puede, por tanto, sorprender que la cotización del trigo, que había subido antes de la entrega de la moción, disminuyese bruscamente después de haber sido votada.

Las operaciones de Pompeyo contra los piratas se desarrollaron con la mayor rapidez, y el éxito fue total. En tres meses se apoderó de 846 barcos, hizo 20.000 prisioneros, mató a 10.000 hombres y ocupó 12o plazas fuertes. La paz había vuelto al mar.

También la ley propuesta por Manilio, uno de los tribunos que ocuparon el cargo el 10 de diciembre del 67, y que confería a Pompeyo el mando de la guerra contra Mitrídates y el gobierno de todas las provincias asiáticas, planteó, con más urgencia que nunca, el problema constitucional. Pompeyo era, para todos, el «salvador» del Imperio. Cicerón, en el discurso que pronunció «Sobre el imperium de Cn. Pompeyo, en favor de la rogado de Manilio», se atrevió a decir lo que todos pensaban: que los intereses económicos vitales de Roma dependían de la pronta conclusión de la guerra contra Mitrídates. Si, en los años precedentes, el Senado había puesto fin al mando de Lúculo, los generales que le habían sucedido, Q. Marcio Rege y M. Acilio Glabrión, no parecían capaces de forzar la victoria. El tiempo apremiaba. La solución que el Senado no había sabido encontrar dentro dejas formas constitucionales tenía que ser impuesta desde fuera, mediante un plebiscito. No dejaba de haber Padres que comprendiesen aquel lenguaje. Muchos de ellos estaban interesados indirectamente en las sociedades de publicanos, y si, como oligarcas, protestaban contra la rogatio, como hombres de negocios no podían menos de aprobarla. Por otra parte, Pompeyo había demostrado que no sería un nuevo Sila, y ya las palabras de Cicerón permitían adivinar la alianza que se establecía entre los caballeros y una parte, por lo menos, de los senadores en torno a aquel princeps benévolo que la Fortuna enviaba a Roma. Por su parte, César defendió también la moción de Manilio, ganándose el reconocimiento de Pompeyo, nueve años mayor que él. Se votó la ley, y Pompeyo partió para el Asia, donde, como hemos visto, consumó la derrota de Mitrídates antes de resolver la suerte de los países asiáticos. No volvería hasta enero del 61, y, durante aquel tiempo, dos hombres se habían impuesto a la atención de Roma: uno, Cicerón, que ocupaba el primer plano, y el otro, César, haciendo ya que se hablase de él, pero, sobre todo, preparándose para desempeñar, en un próximo futuro, el papel de protagonista.

La conjuración de Cadlina.

Cicerón, un pequeño burgués de Arpinio (la patria de C. Mario), fue el primero de su linaje que entró en el Senado. No pertenecía, pues, a la nobilitas, sino a la institución ecuestre, lo que es significativo si se piensa que uno de los más graves problemas de aquel tiempo fue, precisamente, el reparto del poder entre los «nobles» y los caballeros. Formado desde su juventud en las disciplinas que conducían a la vida pública, había frecuentado a los supervivientes del siglo pasado, del tiempo anterior a los Gracos, que fue siempre, a sus ojos, el «siglo de oro» de la República. Pero, sobre todo, se había dedicado a la elocuencia con una pasión casi exclusiva. Sin duda, llega a considerar el arte oratoria como un medio de acción que permite ayudar a sus amigos y, de un modo más general, a los ciudadanos en peligro ante los jueces, y que asegura autoridad y prestigio ante el pueblo y en el Senado. Pero la elocuencia, para él, es más aún: es un medio de expresión personal. Su temperamento es el de un artista para quien los valores más altos son los de la belleza. Cicerón, será poeta tanto como orador, y se esforzará por formular, en los tratados que compondrá sobre el arte oratoria (especialmente, el De Oratore), las condiciones necesarias para alcanzar esa emoción de la belleza que, mediante la palabra, arrastra a los espíritus: «ser útil» está bien, pero el verdadero fin (la condición misma de la utilidad) es el de «agradar» (delectare) en el sentido más amplio, hacer que el discurso sea no ya sólo grato sino delicioso.

Cicerón aporta otra cosa más a aquella Roma cuyos valores tradicionales están como pervertidos, donde el deseo de gloria se ha convertido en vulgar ambición, donde el prestigio pertenece al que ha matado, en batalla formal, el mayor número posible de enemigos y arrastra, detrás del carro de su triunfo, el botín del mayor número de saqueos. Un verso del poema que consagró a su consulado resume, torpemente, aquella transposición ideal: «que las armas desaparezcan ante la toga, y el laurel ante la estimación». Quiere decir que el mérito supremo no es el del conquistador, sino el del prudente magistrado, previsor, preocupado por salvar la paz, por mantener el equilibrio de la ciudad, y que lo consigue por la fuerza de la palabra, por su poder persuasivo. Se comprenderá mejor la importancia de esta máxima, si se recuerda la experiencia, muy cercana, de Sila, las proscripciones y las matanzas, y también todas las cobardías y las intrigas cometidas en torno al poder y al dinero. Es un ideal nuevo que ilumina el final de la República. La figura del orador —es decir, del verdadero hombre de Estado, en oposición al imperator, que no tiene más armas que las de sus tropas— se levanta como la imagen de la esperanza. Se comprende también por qué Cierón se sentía tan próximo a Pompeyo —que no era un orador, ciertamente, sino un hombre de guerra—: porque, en sus conquistas y en las expediciones que dirigía, se mostraba infinitamente más humano y más respetuoso de los seres que los otros generales. La forma en que había establecido a los piratas en territorios en los que no se verían reducidos a la miseria, así como la reputación de clemencia que se había conquistado, atraían la simpatía de Cicerón y correspondían al nuevo ideal que éste proponía a los romanos.

Por una ironía de la Fortuna, Cicerón iba a tener que hacer el experimento de su propio ideal en el curso de una crisis bastante grave, la conjuración de Catilina. En ausencia de Pompeyo, la vida política proseguía con sus habituales peripecias. Todos los años, con las elecciones, se renovaban las maniobras y la intriga. La elección de los cónsules para el 65 había sido anulada, con gran indignación por parte de Craso, entonces censor, que decidió imponerla mediante un golpe de fuerza y organizó en torno a él una conjuración en la que participaban C. Antonio Híbrida (futuro colega de Cicerón en el consulado, en el 63), C. Julio César, a quien sus deudas ponían a merced de Craso, acreedor suyo por enormes sumas, P. Sitio, un caballero de la Campania que, más adelante, gracias al favor de César, haría una extraordinaria carrera en África, un joven atolondrado, Cn. Calpurnio Pisón, y, por último, un noble arruinado, L. Sergio Catilina, figura siniestra, que había torturado personalmente, en condiciones abominables, a Mario Gratidiano, seguidor de C. Mario, en el tiempo de las proscripciones, y cuya vida privada estaba manchada por los más graves crímenes. Craso proyectó con aquellos amigos el plan de asesinar, el 1.° de enero del 65, a los nuevos cónsules; después, él sería proclamado dictador, y la aventura de Sila volvería a empezar, esta vez con César como señor de la caballería. Craso no había tenido en cuenta a Pompeyo en su plan, de estrechos horizontes. Pero Pompeyo ni siquiera tuvo que intervenir, porque el complot fue descubierto incluso antes de haber tenido un comienzo de ejecución. Los cónsules tomaron precauciones y no pasó nada. Y tampoco pasó nada el 5 de febrero, que era el segundo día elegido por los conjurados, tras el fracaso del 1.° de enero. Catilina, decepcionado, preparó, por su parte, la toma del poder, y, para empezar, se presentó como candidato a las elecciones del 64 para el 63, en las que fracasó; candidato de nuevo en el 64, esta vez tenía como competidor a M. Tulio Cicerón. Este, que había comenzado su carrera prestando a los Metelos el servicio de defender a Sex. Roscio de Ameria, se había separado de la nobilitas al tomar partido por Pompeyo. Era considerado como el portavoz de los caballeros, a favor de los cuales había sido elaborada la lev Manilia. Los «populares», por su parte, recordaban que Cicerón se había atrevido a desafiar a Sila en la época de su omnipotencia, y algunos seguían profesándole sus simpatías. Tenía en contra la facción de Craso, que apoyaba, un poco obligadamente, a César. Craso bacía campaña en favor de Antonio Hibrida y de Catilina, sus «amigos» de la conjuración precedente. Cicerón, en un discurso que pronunció «in toga candida» (con la toga blanqueada de tiza que el candidato vestía durante el período electoral), denunció las intrigas ilegales de los dos hombres, y aquel discurso le valió, sin duda, el apoyo de algunos optimates, hasta el punto de que Cicerón y C. Antonio fueron elegidos, el primero con una mayoría muy amplia, y el segundo obteniendo sólo una ventaja de algunos votos sobre Catilina.

Este no se declaraba vencido. En los comicios de julio del 63 era, de nuevo, candidato. Tenía en contra al jurisconsulto Servio Sulpicio Rufo, así como a un noble sin gran relieve personal, D. Junio Silano, y, sobre todo, a L. Licinio Murena, antiguo legado de Lúculo en Oriente. Entre ellos, Catilina se presentaba como el defensor de los humildes, a los que Cicerón acababa de defraudar al obtener mediante la fuerza de su elocuencia que fuese rechazada la ley agraria propuesta por el tribuno Rufo. Prometía la revisión de las deudas, una nueva ley agraria, en resumen, una revolución social, tanto como política. Pero, en el curso de las elecciones, que aquel año tuvieron lugar en septiembre, Catilina fue derrotado otra vez. Los dos cónsules del 62 serían Silano y Murena. La perspectiva de un proceso de ambitu (que fue, efectivamente, intentado contra Murena, pero en el que Cicerón, defendiendo a éste, obtuvo la absolución —finales de noviembre del 63) no bastaba pata consolar a Catilina, que decidió ya alcanzar la satisfacción mediante la violencia, puesto que el acceso legal al poder le estaba cerrado.

Empezó por reunir a su alrededor a un cierto número de cómplices: todos los nobles defraudados en sus ambiciones por cualquier motivo, algunos que se habían arruinado, inútilmente, por satisfacerlas o por su incapacidad para administrar sus fortunas, y muchos otros, entre los caballeros y la burguesía de las pequeñas ciudades italianas, que padecían dificultades económicas. Las condiciones de la economía y, especialmente, de la agricultura italiana habían multiplicado el número de los deudores insolventes. La concurrencia del trabajo servil, la concentración de la producción en unas pocas manos hacían difícil la vida de los pequeños propietarios. Aquellas dificultades pesaban fuertemente sobre los colonos establecidos por Sila en tierras que no alcanzaban a cultivar. Tales colonos, antiguos soldados, se acostumbraban mal a la escasez. Entre ellos reclutará Catilina, especialmente en Etruria, la gran masa de su ejército.

La conjuración se organizó en septiembre. En aquel mismo mes, Cicerón había sido informado de ella, gracias a la indiscreción de un cómplice, el cual, para calmar a su amante que se mostraba impaciente por recibir el dinero, le descubrió todo el asunto y le dijo que, gracias a Catilina, ella y él serían ricos muy pronto. La dama, inquieta y deseando hacerse pagar el secreto que le había sido revelado, fue a reunirse con el cónsul y, durante toda la crisis, ella le venderá así valiosas informaciones. Pero Cicerón no tenía las pruebas necesarias para justificar una acción, por lo cual se limitó, el 23 de septiembre (el mismo día en que nacía el futuro Augusto), a informar al Senado acerca de lo que él sabía, pero nadie tomó la cosa en serio. Sólo un mes después, en la noche del 20 al 21 de octubre, se produjo un hecho nuevo: Craso, M. Marcelo y Metelo Escipión se presentaron en casa de Cicerón y le entregaron unas cartas que habían sido depositadas en sus domicilios por un desconocido. Aquellas cartas, sin firma, les invitaban, a ellos y a algunos otros, a abandonar la ciudad lo más pronto posible y a ponerse a salvo. Al día siguiente por la mañana, Cicerón reunió al Senado e hizo dar lectura a aquellas cartas. Añadió algunas precisiones, diciendo que, según sus informaciones, Manlio, un lugarteniente de Catilina, se rebelaría el 27 de octubre; el propio Cicerón sería asesinado el 28, y Preneste ocupada el 1.° de noviembre. Tras una noche de reflexión, los senadores votaron el senatus-consultum ultimum.

De todos modos, Cicerón prefería prevenir que curar y confió en intimidar a los conjurados con la amplitud de las medidas que hizo adoptar inmediatamente: levas de soldados, ocupación militar de la Campania, donde los conjurados pensaban provocar la rebelión de los gladiadores de Capua. Pero Catilina no se deja intimidar. El 8 de noviembre, intenta matar a Cicerón. Unos asesinos se presentan en casa de éste, al alba, con el pretexto de saludarle, como la costumbre ordenaba. Cicerón había sido avisado del peligro, y los enviados de Catilina no pudieron entrar. Algunas horas después, el cónsul pronunciaba en el senado la primera Catilinaria. Quería obligar a Catilina a descubrir su juego, a declararse por sí mismo enemigo de Roma. Aquella misma noche, Catilina abandonaba la ciudad y se reunía, en Etruria, con el ejército de Manlio. Y, al día siguiente, Cicerón explicaba al pueblo la verdadera situación. El sabía que la mayoría de los conjurados había quedado en Roma, y que éstos intentarían provocar un movimiento popular. Cicerón pronunciaba aquel discurso para impedirlo, y también porque, respetuoso de las leyes y del espíritu de las instituciones, no ignoraba que el pueblo era el juez supremo y el último depositario del poder. Aquel pueblo debía integrarse, a toda costa, en el «partido del orden». Catilina y los suyos pretendían que su acción no tenía otro objetivo que el de defender a los humildes y a los desgraciados.

Cuando Catilina hubo alcanzado el campamento de Manlio, el Senado le declaró enemigo público. El otro cónsul, Antonio, fue invitado a emprender operaciones contra él. Pero la conjuración no había sido destruida. La víspera de las Saturnales, uno de los nuevos tribunos, M. Calpurnio Bestia, que era también uno de los conjurados, debía acusar a Cicerón ante la asamblea de la plebe y, a la noche siguiente, comenzaría el incendio de la ciudad y la matanza de senadores. Catilina entraría a la cabeza de su ejército en una ciudad tomada ya por sus agentes del interior. Mientras tanto, el principal agente de Catilina, Léntulo, consideraba útil concertar con unos diputados alóbroges, que se encontraban en la ciudad, una alianza en buena y debida forma. Pero los alóbroges, en principio dispuestos, hablan del asunto con su «patrono» romano, Q. Fabio Sanga. Cicerón fue informado, de modo que, en la noche del 2 al 3 de diciembre, una operación de policía permitió detener, en el puente Milvio, a los alóbroges, debidamente advertidos, y encontrar en sus equipajes el propio texto del contrato firmado por los conjurados. Inmediatamente, los culpables son detenidos y, por la tarde, Cicerón informa de la situación al pueblo en la tercera Catilinaria. Quedaba por decidir qué conducta seguir con los conjurados. Los que estaban en Etruria, con las armas en la mano, eran enemigos del Estado, «extranjeros» con los que se estaba en guerra. Pero, ¿y los otros, los que habían sido confiados a la custodia de particulares? Cicerón plantea la cuestión en el Senado el día 5. Es el tema de la cuarta y última Catilinaria.

La sesión del Senado fue larga, y las opiniones, encontradas. Los «aristócratas» pidieron la muerte. César, a quien se consideraba desde hacía mucho tiempo como el jefe de los «populares», se inclinó por la clemencia. Bastaría con relegar a los culpables a los municipios o a las colonias. La decisión fue provocada por el discurso de Catón (el futuro «Catón de Utica»), el mismo que acababa de ser el acusador de Murena y se mostraba como el más intransigente de los doctrinarios: el Senado votó la pena de muerte. Y Cicerón, unas horas después, la hizo ejecutar. Los cinco conjurados más notables —Léntulo. Cetego, Estatilio, Gabinio y Cepario— fueron estrangulados en el calabozo del Tullianum. Un poco más de un mes después, a finales de enero, Catilina, que se había puesto a la cabeza de su ejército, se veía obligado a entablar una batalla formal contra las fuerzas del Senado. El choque tuvo lugar en Pistoia. Los rebeldes fueron aplastados. Manlio y Catilina perecieron combatiendo. El consulado de Cicerón había terminado el 29 de diciembre. Era Antonio, su colega, el que, con una prórroga como procónsul, mandaba el ejército que venció a Catilina. Antonio, ciertamente, no asistió al combate, y se evitó la violencia de tener que enviar directamente a la muerte al que había sido su amigo.

De aquella aventura, que la elocuencia de Cicerón y también el genio de Salustio han magnificado para nosotros hasta convertirla en un acontecimiento mayor de aquel tiempo, el régimen oligárquico salía, aparentemente, fortalecido, puesto que, esta vez, no había sido necesario recurrir a un «salvador», y el Senado se negó a llamar a Pompeyo, a pesar de que así lo había propuesto una rogado del tribuno Q. Metelo Nepote, antiguo legado de Pompeyo, vuelto de Oriente para hacerse elegir tribuno y totalmente decidido a trastornar el juego de las instituciones aristocráticas. Pero Nepote, que había apoyado su rogado con una demostración de violencia en el Foro, tuvo que huir sin haber obtenido nada. Ya el 29 de diciembre, cuando Cicerón se proponía pronunciar un discurso celebrando su acción contra Catilina, Nepote se había opuesto, y Cicerón había tenido que conformarse con el breve juramento habitual cuando un cónsul cesaba en su cargo.

La vuelta de Pompeyo.

Antes de su partida para Oriente, Pompeyo era el personaje más prestigioso del Estado, pero los inmensos servicios que había prestado después tal vez no habían aumentado aquel prestigio tanto como habría merecido la importancia de las conquistas y de las anexiones llevadas a cabo por él en Asia: Siria (en el 64), pacificación de Palestina y toma de Jerusalén (durante el verano del 63), creación de las provincias de Bitinia y de Siria, influencia romana extendida sobre Armenia, y consolidada en la Capadocia y en la Comagene. Cicerón, a pesar de los títulos de Pompeyo para merecer el reconocimiento de Roma, había conquistado, por otros métodos, el derecho de oírse proclamar «padre de la patria» y devuelto alguna esperanza a los que, entre los Padres, no creían que el establecimiento de una dictadura militar fuese una fatalidad ineluctable. A esto se debía, probablemente, la maniobra de Nepote, y también el despecho manifestado por Pompeyo respecto a Cicerón, quien, en cierto modo, si no le había arrebatado su victoria, se la había, por lo menos, disminuido. Catilina no era más que un aventurero sin relieve, desde luego, pero la importancia real de su intentona no es tan digna de ser tenida en cuenta como la forma en que reaccionaron ante ella las diferentes clases de la ciudad. Las campañas de Pompeyo se habían desarrollado lejos; el combate, secreto o manifiesto, entre Catilina y Cicerón se había desarrollado a los ojos de todos. No es sorprendente que los Padres exagerasen (desmedidamente, dicen algunos) el mérito de Cicerón, en atención a que el orador les había restituido la República y a muchos incluso les había salvado la vida. Así, cuando Pompeyo, a comienzos del año 61, regresó a Roma, ni siquiera intentó conservar su ejército y lo desmovilizó, de acuerdo con la ley, en espera del día del triunfo. La aventura de Sila no volvería a empezar. Y a Pompeyo cupo el honor de haber comprendido que la situación era, tras el consulado de Cicerón, muy diferente de lo que había sido bajo la «tiranía» popular de Cinna.

El primer triunvirato.

En realidad, ni la derrota de Catilina ni las victorias de Pompeyo habían resuelto los problemas romanos. Parecía haberse alcanzado un equilibrio momentáneo, pero sin reformas profundas no podía resolverse nada: «enjambrazón» de la plebe en unas colonias que, esta vez, se fundarían efectivamente, y reorganización de los gobiernos provinciales, a fin de poner término a la descarada explotación de los territorios del Imperio por algunos senadores y por el conjunto de los publicanos. Estas reformas no podían abordarse realmente sin comprometer aquel precario equilibrio que Cicerón llamaba, con un nombre tradicional pero renovado por él, concordia ordinum (el acuerdo o la concordia de los órdenes). Concordia que sería muy difícil mantener cuando los intereses vitales de esta o de la otra clase se viesen amenazados. Cicerón estaba persuadido de que la fuerza de la palabra y la claridad de las razones bastarían para mostrar la Verdad —opinión de filósofo, dependiente, en último análisis, del optimismo «socrático» (aunque las reservas de Cicerón respecto a Sócrates no le permitían aceptar dócilmente las lecciones del socratismo), reconsiderado según las necesidades de la acción.

Pero en torno a Cicerón, la acción imponía necesidades cada vez más urgentes. No sólo persistían los problemas profundos, sino que se planteaban otros nuevos, que se referían más a las personas que a los principios y que era preciso resolver lo más rápidamente posible. Pompeyo, a su regreso de Oriente, había tenido que repudiar a su mujer, Mucia, que era medio hermana de los Metelos, lo que había alejado a Pompeyo del clan de los oligarcas, obligándole a buscar en otra parte los apoyos que le permitiesen alcanzar lo que para él era absolutamente indispensable: hacer ratificar sus actos por el Senado y obtener tierras para dotar a sus veteranos. Por otro lado, el jefe, por lo menos nominal, de los «populares», Craso, después de su consulado común, estaba tan indispuesto con él que no había dudado en huir a Macedonia cuando Pompeyo desembarcó en Italia. Cuando regresó, seguro ya de que Pompeyo no sería un nuevo Sila, se dedicó a entorpecerle en todo lo que hacía. Quedaba un hombre que no estaba irremediablemente comprometido con nadie, pero que pasaba por ser un «demócrata» convencido a causa de sus lazos familiares y de la resistencia que en otro tiempo había opuesto a Sila, así como a juzgar por su actitud en el momento de la conjuración de Catilina. César aún no se había hecho tan notable que pudiera ser considerado como un rival para Pompeyo. En relación con aquel hombre prestigioso, de más edad que él, César se había mostrado siempre respetuoso, y su propia carrera se desenvolvía en unas condiciones que le permitían conservar, en el juego de las ambiciones, una total independencia —si se exceptúa la aparente dependencia en que sus deudas le colocaban respecto a Craso, y si se admite, desde luego, que éste, con la esperanza de cobrar lo que había adelantado, no podía menos de servir a César en lugar de ser servido por él.

César ejerció la pretura en el 62. Desde el 63 era pontífice máximo, y había obtenido aquella distinción, generalmente concedida a un anciano, cuando aún no había cumplido los cuarenta años. Como pretor, se había comprometido, desde luego, en el asunto de la rogatio de Metelo Nepote, pero mientras éste huía cerca de Pompeyo, César permanecía en Roma y obedecía las órdenes del Senado, hasta el punto de merecer, unos días después, elogios oficiales. Y sabía ganarse amigos en todas partes. Así, al final de su pretura, había contribuido a sacar de un mal paso a P. Clodio Pulcro —un cuñado de Metelo Célor—, mientras Cicerón, que hasta entonces había tenido en Clodio a un amigo, había hecho de él un enemigo mortal. Clodio, que era, según se cree, el amante de Pompeya, la mujer de César, había aprovechado la fiesta de la Buena Diosa, que se celebraba aquel año (en los primeros días de diciembre) en la casa de César, para introducirse clandestinamente junto a su amante. Pero había sido sorprendido, y el escándalo había sido tanto mayor cuanto que, durante la ceremonia, no había sido admitido ningún hombre. Era un sacrilegio. Los oligarcas ordenaron una investigación. Clodio: fue llevado a juicio. César se limitó a repudiar a Pompeya, pero no declaró en el proceso contra el culpable. Cicerón, por el contrario, destruyó, mediante un testimonio del que habría podido prescindir, la coartada presentada por Clodio. Este no fue condenado porque compró a los jueces, pero no perdonó a Cicerón aquel acto inamistoso. Desde entonces, se ensañó contra el orador, lanzándole en el Senado frases hirientes, a las que Cicerón no dejaba de responder. Clodio preparaba su venganza. Y César, que lo sabía, mantenía en reserva aquella arma contra el vencedor de Catilina.

Mientras tanto, César, después de su pretura, se fue a gobernar la España Ulterior como propretor y, en el momento en que Pompeyo celebraba en Roma un triunfo que duró dos días (28-29 de septiembre del 61), él se iniciaba en la administración de una provincia, se ganaba el afecto y el reconocimiento de la burguesía y de la nobleza indígenas, y también hacía el aprendizaje de la guerra «colonial» contra los hombres de las montañas de Lusitania, llevando a cabo incluso operaciones «anfibias», de las que se acordará durante su conquista de las Galias. Al volver de su provincia en el mes de julio del 60, tras haber rehecho sus finanzas mediante el botín arrebatado a los «bandidos» lusitanos, presentó su candidatura al consulado. Pero es lícito pensar que no lo hizo sin antes haber concertado con Pompeyo y Craso aquel acuerdo secreto qué en la historia se conoce con el nombre de «triunvirato», y cuya finalidad era la de poner a disposición de cada uno de los tres partícipes, para los designios que él pudiera proponerse, los medios de todos. A partir de entonces, intervendrán en la vida pública no ya tres «órdenes», como antes, sino una facción, la de los triunviros, y los pocos aristócratas que permanecen agrupados en torno a Catón. Los publicanos, la gran masa de los caballeros, seguirán las consignas de Craso. La muchedumbre romana obedecerá a César o a su agente, el demagogo Clodio. Pompeyo, por algún tiempo aún, dispone de los veteranos de su ejército y de su prestigio en toda Italia, así como de su «clientela» provincial. Pero en el seno del triunvirato, los tres cómplices no son iguales. Pompeyo y Craso desconfían el uno del otro; su reconciliación ha sido obra de César y sólo gracias a él subsiste. César es realmente el centro de la combinación, y también el que más espera de ella, por ser el que menos aporta. Para empezar, aquello le valió el consulado, una elección triunfal, obtenida a una edad mínima, y también —pero esto Roma no lo comprendió más que poco a poco— la seguridad de poder realizar sin obstáculos las reformas indispensables.

El consulado de César (59 a. de C ) se caracterizó por una intensa actividad legislativa, sólo comparable a la de Sila. En primer lugar, hizo votar una ley de repetundis, que regulaba el funcionamiento general de la administración pública, tanto en Roma como en las provincias, ponía a los provinciales a salvo de la arbitrariedad de los gobernadores y preveía fuertes multas contra los culpables. Después presentó una ley agraria que, votada en dos tiempos, a pesar de la oposición de Catón y del segundo cónsul, Bíbulo, obligaba a los senadores a prestar el juramento de aplicarla e incluyó (en su segunda versión) el reparto del ager Campanas, que los aristócratas habían conseguido evitar hasta entonces. Pero César no se hacía ilusiones: una vez que su consulado terminase, los senadores se ingeniarían para anular aquellas saludables leyes, y todo volvería a empezar. Así, como medida de precaución y para evitar una posible coalición contra él, yugulándola, obtuvo dos decisiones: de una parte, tras un plebiscito depositado por el tribuno Vatinio, amigo suyo, César consiguió que se le confiase, para cinco años, el gobierno de la Galia Cisalpina y del Ilírico, con tres legiones —el Senado no se atreve a oponerse a aquella designación, sino que, por el contrario, a las dos provincias se añade la Galia Narbonense, y una cuarta legión, a las tres primeras. De otra parte, permite la adopción de P. Clodio por un plebeyo —adopción totalmente ficticia, que no tenía otra finalidad que la de abrir a Clodio, nacido en la gens patricia de los Claudii, el acceso al tribunado de la plebe. Así, cubierto personalmente por su imperium proconsular, dejaría en Roma un aliado turbulento, capaz de inquietar a cualquiera que proyectase alguna maquinación contra él, y, en especial, a Cicerón y a Catón. Por último, para establecer entre Pompeyo y él unos lazos más personales, da a éste la mano de su hija Julia. Así, mientras él estuviese ausente de Roma, tendría en la ciudad un aliado fiel.

Antes de partir, César hizo eliminar o reducir al silencio a los dos únicos adversarios a los que aún podía temer. P. Clodio, elegido tribuno el año anterior y que entró en posesión de su cargo el 10 de diciembre del 59, fue el instrumento de que se sirvió. En aquel momento, la isla de Chipre estaba ocupada por un hermano del rey de Egipto, Ptolomeo Auletes. Después de muchas peripecias, este último acababa de ser reconocido por los romanos, oficialmente, como rey de Egipto. La anexión de Chipre sería como el precio que pagaría por aquel servicio. Clodio hizo que la anexión se decidiese mediante un plebiscito, y Catón, en contra de su voluntad, fue el encargado de hacerla efectiva. Al mismo tiempo, tenía que restablecer la concordia y la paz interior en la ciudad de Bizancio.

En cuanto a Cicerón, sería eliminado por otro procedimiento. César, que sentía por él estimación e incluso amistad, habría querido atraérselo. Hasta trató de incluirle en el pacto con Pompeyo y Craso; después, le ofreció ser su legatus. Pero Cicerón se negó obstinadamente, pues no quería hacer nada que pudiese desmentir su pasada política y contribuir a comprome­ter el equilibrio de las instituciones. César tuvo que resignarse, entonces, a lanzar contra él al tribuno que había jurado su ruina. En el mes de febrero, Clodio presentó dos leyes, una decretando que se persiguiese a todo magistrado que hubiera hecho ejecutar sin juicio a un ciudadano romano, y otra atribuyendo a los cónsules del año, a la salida de su cargo, las provincias de Cilicia y de Macedonia. Aquellas dos medidas, aparentemente sin relación, eran, sin embargo, complementarias. Los dos cónsules del 58 —uno, A. Gabinio, fiel lugarteniente de César, y otro, L. Calpurnio Pisón Cesonino, suegro de César desde el año anterior— deseaban vivamente aquellas importantes provincias, de las que pensaban sacar gloria y provecho. Era el precio que Clodio pagaba por la ayuda que ellos podrían prestarle contra Cicerón. Efectivamente, la lex de capite civis romani fue votada por el pueblo a principios del mes de marzo del 58, a pesar de los esfuerzos de algunos senadores amigos de Cicerón y de los caballeros que, en su conjunto, le permanecieron fieles. Pero toda veleidad de resistencia fue destruida por los cónsules, y especialmente por Gabinio, y, la víspera del día en que la ley debía ser adoptada de un modo definitivo, Cicerón se desterró voluntariamente. César se había quedado en Roma, con algunos elementos de su ejército, hasta la celebración de los comicios, para prestar ayuda a Clodio en caso necesario. Una vez conseguido el resultado, partió para la Galia, aquel inmenso territorio, todavía en gran parte misterioso, en el que iba a buscar una gloria que pudiese igualar a la que Pompeyo había alcanzado en Oriente.

La conquista de la Galia

Es indudable que, desde comienzos del siglo VI, los países a los que los romanos darían después el nombre de Galias habían sido inundados por sucesivas oleadas de poblaciones célticas. Pero los celtas no habían expulsado a los antiguos habitantes, sino que habían formado con ellos verdaderas naciones, e incluso es lícito pensar que aquel «substrato» humano había contribuido en gran medida a fijar a aquellos nómadas que recorrían Europa desde la Bohemia hasta los extremos límites de España. Las naciones surgidas de aquellos mestizajes eran muy diversas, en primer lugar, a causa de la misma diversidad del substrato que las había originado, y también de su mayor o menor grado de «celtización». Se añadía, asimismo, su nivel de helenización, porque, como hemos visto, la difusión del mundo griego se había dado sobre la civilización céltica en una fecha muy antigua, penetrando en ella por varios caminos: las rutas de los Balcanes, y, en especial, el valle del Danubio, las de los Alpes, a partir de Spina, y, en fin, las rutas del Ródano. Aquella influencia del helenismo había actuado más o menos profundamente, según las condiciones locales, según que las rutas comerciales que la transmitían pasasen más o menos lejos de la región considerada.

César, al comienzo de sus Comentarios sobre la guerra de las Galias, distingue tres grandes partes en el conjunto del territorio galo: la Aquitania, la Céltica y la Bélgica. Cada una de ellas comprende un gran número de naciones (civitates), que forman la Galia libre (lo que después se llamará la Galia «melenuda»). A aquellas tres partes se añade una cuarta, la Narbonense, de la que César no habla porque es provincia romana desde hace mucho tiempo. De allí es donde partirá la conquista, y también la romanización.

La Narbonense había sido preparada, en cierta medida, para acoger la civilización romana por la influencia de Marsella. Es indudable, por ejemplo, y las excavaciones de Saint-Rémy de Provence (antigua Glanon) y de Cavaillon lo demuestran, que el valle del río Durance estaba en vías de helenización a finales del siglo III a. C. Pero tal helenización es bastante limitada. Marsella no se preocupa mucho del interior del país; prefiere establecer factorías costeras que canalicen las mercancías hacia sus barcos. La influencia del helenismo es, sobre todo, indirecta, y el ejemplo de las ciudades griegas origina la modificación de los «habitats» indígenas, tal como se ve en Ensérune.

Uno de los vehículos de la civilización helénica fue la moneda, que circuló hasta en los cantones más remotos en el siglo III. Monedas de Marsella, derivadas de tipos siracusanos o de otros, pero también monedas macedónicas, los célebres «filipos» de oro, cuya acuñación se prosiguió, durante mucho tiempo, a la muerte de Filipo II. Es posible que las monedas de oro de esta clase, que han sido encontradas en gran abundancia, llegasen al mundo céltico durante el siglo III, a consecuencia de las relaciones constantemente establecidas, pacíficas o violentas, con los reinos helenísticos: botín de pillaje, tributo impuesto a los reyes para comprar la paz, sueldo de los mercenarios, todo esto iba a acumularse en el interior del país celta y en los tesoros de sus reyes. Después, a medida que se desarrollaban recursos propios en la ciudades galas que se habían hecho más decididamente sedentarias, nacieron monedas locales que imitaron los tipos griegos y dieron lugar a representaciones en las que se percibe la libre imaginación de los grabadores indígenas. Los intercambios comerciales se convertían así en la base de la que surgía una expresión plástica nacional (en el sentido más vago).

Es también a los griegos a quienes los galos debían el uso de la escritura, puesto que, según César nos dice, los registros públicos de los helvecios estaban redactados en caracteres griegos; pero, al lado de las inscripciones grabadas en aquel alfabeto, se han encontrado otras, anteriores a la conquista romana, que utilizaban el alfabeto latino, lo que parece indicar que el empleo de la escritura era, si no reciente, por lo menos bastante excepcional y adaptado a las condiciones locales.

La Galia Narbonense, en el tiempo de César, se extendía desde la región de Toulouse, ocupada por los volcas, hasta los Alpes, a lo largo de territorio de los helvios, subiendo hacia el norte hasta la confluencia del Saona y del Ródano, y, desde allí, hasta Ginebra. Las principales ciudades galas englobadas en aquel vasto territorio eran las alóbrogas (valle del Isére), las voconcias (entre Valence y Briangon), las tricastinas (entre Orange, Vaison y Carpentras), las cavaras (región de Aviñón) y las salías (Aix-en-Provence). Las más indóciles habían sido las alóbrogas, revueltas aún en el 61, y sometidas no sin dificultad por el gobernador C. Pomptino.

La Galia Aquitania se extiende al oeste de la Narbonense, entre los Pirineos, el Garona y el Océano. Está relacionada, sobre todo, con los países «celtizados» de España, y Estrabón, al describir la Galia, insiste sobre la diferencia existente entre los aquitanos y los demás pueblos galos. Según él, los aquitanos no hablan la misma lengua y, físicamente, se parecen más a los íberos que a los galos. Hoy es difícil comprobar las afirmaciones de Estrabón. La toponimia demuestra, sin embargo, que la lengua «íbera» se habló en algún momento en las dos vertientes de los Pirineos. La extensión de la nación vasca, cuyas relaciones con la civilización de los íberos siguen siendo muy oscuras, da una idea del estado de la Aquitania antes de la llegada de los romanos. La cadena pirenaica no constituye una frontera, sino que implica, más bien, una división política, valle por valle, sin impedir —mejor, favoreciendo— las comunicaciones de una vertiente con la otra. Pero, por grande que haya podido ser el particularismo de los pueblos aquitanos (sotiates, en el valle del Garona, en la confluencia de Lot; vocales y vasates, sus vecinos hacia el Sudoeste; tarusates, cocosates y tarbelos, que ocupaban la cuenca del Adour y las llanuras de las Landas; elusates y auscos, en el país de Armagnac; bigerriones, de Bigorre; bituriges-vibiscos, en la región de Burdeos; boyos en las orillas de la cuenca de Arcachón), habían experimentado, sin embargo, la influencia de los celtas. Algunos de ellos, como los boyanos y los bituriges-vibiscos, son naciones celtas instaladas en una fecha próxima a la llegada de César. Pero oleadas mucho más antiguas han dejado huellas de su paso (los tumuli característicos de la civilización de Hallstatt) en toda la región.

Según César, la Galia Céltica es la más extensa puesto que va desde el Garona hasta el Sena y el Marne. Difiere de la Galia Bélgica, porque sus habitantes de origen celta han llegado al país hace mucho tiempo. La Galia Bélgica, por el contrario, es la que ha sido recubierta por la más reciente ola de invasores celtas. Esta diferencia, que puede considerarse como enteramente accidental, no por eso deja de ser importante, puesto que da origen a la creación, entre las dos regiones, de un contraste cultural muy claro, que el propio César subraya cuando nos dice que los belgas son los «más valientes» y los más belicosos de los galos. En la Céltica, aparentemente, a lo largo de los dos siglos, aproximadamente, que separan las dos oleadas, la influencia del clima, del género de vida y también del ejemplo de los habitantes ha dulcificado la rudeza de los celtas, es decir, ha comenzado a civilizarles.

Nosotros no podríamos medir la importancia de las aportaciones célticas según las diferentes regiones. Sin duda, cabe suponer (pero esto no es más que una hipótesis) que hayan sido más considerables en los países fértiles., que eran más deseables, y más escasas en los países más áridos y también en aquellos en los que el género de vida tradicional de los habitantes era menos fácilmente imitable. Así ocurre, al parecer, en las costas del Océano y, sobre todo, en la península armoricana, donde la explotación del mar constituía, según se cree, el recurso principal, mucho más que la agricultura. Aquellas poblaciones armoricanas no habían conocido la primera invasión celta, la de la época de Hallstatt; puede pensarse que las invasiones ulteriores fueron, en aquella región, menos intensas que en el resto de la Galia Céltica. En el tiempo de César, se distinguen en la Armórica algunas naciones ciertamente celtas o claramente «celtizadas», como los namnetes, los redones, los vénetos y los osismianos.

El mismo argumento permite creer que la «celtización» ha debido de ser menos fuerte en las regiones más difíciles del Macizo Central, y que los arvernos, por ejemplo, o los velavios, de la cadena de los «Puys» y del Velay, son, esencialmente, «viejos» habitantes y bastante poco celtas. La toponimia nos demuestra allí, en efecto, la escasez de los nombres de lugar y de ciudad entroncados en una etimología céltica. Ni Gergovia, ni la ciudad santa de Alesia, en los confines del Morván y de la Borgoña, tienen nombres celtas. Pero, de todos modos, la estructura social de aquellas poblaciones, en la medida en que nosotros podemos conocerla, es impuesta por el elemento celta, aunque éste fuese poco numeroso en la masa. Los nombres de los aristócratas arvernos que conocemos —los que han contado en la historia— son nombres celtas, y puede decirse que en la Galia Céltica (y, más aún, en la Galia Bélgica) una minoría céltica domina, social y políticamente, a una población cuya mayoría pertenece al substrato local.

En el momento en que va a producirse la conquista romana, aquellas poblaciones han alcanzado una especie de equilibrio; las migraciones son ya excepcionales, se hacen cada vez más difíciles y no se realizan al azar, sino en virtud de acuerdos previos: una nación que dispone de un territorio demasiado vasto para ella, puede llamar a un pueblo menos favorecido para que vaya a trabajar el suelo que, sin eso, quedaría yermo. El territorio ocupado por cada «nación» suele estar determinado por las condiciones naturales, es decir, en último término, por un género de vida, un estilo de explotación agrícola. No podría decirse si el accidente humano ha representado, en la partición del suelo galo, un papel más importante que la infraestructura geológica o las formaciones vegetales. Las dos series de factores han influido la una sobre la otra. La superestructura social se ha apoyado en las condiciones naturales. Es probable que esto haya sido más fácil, porque las poblaciones precélticas eran bastante poco numerosas y formaban núcleos separados entre sí por grandes distancias. Los invasores no encuentran dificultad alguna en llenar los vacíos. Con el aumento de la población, a que ellos dan origen, los lazos económicos entre los distintos asentamientos se complican, las «células» autárquicas crecen y diversifican sus elementos; así nacen verdaderos estados ligados al suelo. En la terminología romana, aquellas células llevan el nombre de pagi, palabra que nosotros traducimos por cantón y que significa menos una subdivisión política de toda la sociedad céltica que el resultado territorial de la «celtización».

Los factores de unidad

La Galia se había convertido así en un mosaico de naciones cuyos nombres nos son conocidos, sobre todo, por César. Entre estas naciones, algunas ocupaban vastos territorios, y otras eran muy reducidas y dependían, económicamente y a menudo políticamente, de las primeras. Pero no existía ninguna organización común a todas las poblaciones galas. Por eso, se dirá durante mucho tiempo «las Galias» y no «la Galia». Sólo en el seno del Imperio romano se llevará a cabo la unidad del país, pero esta unidad jamás hubiera podido formarse si sus condiciones no hubieran existido con anterioridad a la conquista. 

Los primeros perfiles de la unidad gala son de carácter esencialmente espiritual: en primer lugar, el hecho de que todas las poblaciones hablan una misma lengua (con dialectos, sin duda, numerosos y diversos, pero no parece que los galos de los diferentes pueblos hayan tenido necesidad de intérpretes para entenderse), de modo que tienen en común una misma literatura, oral, que comprendía, según se cree, largas epopeyas que narraban las aventuras de los dioses y de pueblos legendarios. Aquellas epopeyas, al no haber sido jamás escritas todavía en el período prerromano, no nos son asequibles más que de un modo muy indirecto, por los vestigios que de ellas pueden subsistir en la literatura de Irlanda, del País de Gales, de Cornualles, de Escocia, es decir, en los dominios de los celtas insulares. Pero esta literatura insular no ha sido recogida hasta muchos siglos después del tiempo de César y, mientras tanto, ha experimentado numerosas influencias, incorporando, en ocasiones, recuerdos históricos muy posteriores, relacionados, por ejemplo, con las invasiones sajonas. De todos modos, existía una mitología céltica «común», cuyos restos son a veces perceptibles, sobre todo mediante la comparación con los otros dominios indoeuropeos.

Cualquiera que fuese el carácter de la literatura sagrada, la unidad espiritual del mundo galo tendía a afirmarse en el «druidismo», que parece haber sido, en la época de César, una institución reciente. Entonces, tenía su centro en la Bretaña insular; tal vez, incluso, tuviera su origen allí, si es verdad, como se ha supuesto, que procede de un antiguo sacerdocio precéltico existente en Bretaña. Es difícil creer que los druidas fuesen los representantes en el mundo celta de la clase sacerdotal, bien comprobada en otras civilizaciones indoeuropeas. Lo que nosotros sabemos de ellos es demasiado inconsistente para que nos resulte posible alcanzar ninguna certidumbre. Por lo que puede conjeturarse, los druidas son los depositarios de una doctrina relativa a los dioses, pero también a la naturaleza del mundo. Creen en la inmortalidad del alma, admiten que ésta, después de la muerte individual, no sólo no vuelve a la nada, sino que va a animar otro cuerpo. Según César, esto contribuía a fortalecer el valor: los soldados, en la batalla, no temían la muerte, puesto, que para ellos no era más que una transición.

Los druidas presentan, por lo menos, un carácter que impide considerarles como los representantes de una clase sacerdotal propia de cada nación: constituyen una casta exterior a los diferentes pueblos, y por ello son los artífices de la unidad gala. Formados, en la época de César, en «colegios» situados en Bretaña, consagran muchos años a estudiar las tradiciones de que son depositarios sus maestros, aprenden de memoria poemas interminables, sin que les esté permitido utilizar la escritura para ayudar a la memoria; después, cada uno vuelve a la ciudad de donde ha salido; así se llega a ser druida sin que se necesite ninguna condición de nacimiento. Es muy probable que el druida haya acabado por asumir ciertas funciones de la sociedad céltica y que, en cierta medida, sustituyese al «sacerdote» primitivo. Pero la vida espiritual de la Galia obedece a consignas exteriores a cada ciudad. Los druidas celebran asambleas «internacionales», y la creación, en Lyon, a comienzos del Imperio, de un culto celebrado por sacerdotes llegados de todas las ciudades respondía a una costumbre y a una exigencia de la Galia libre, transferidas a la nueva organización.

Había también en la Galia una asamblea de «jefes» de los diferentes pueblos, que se reunía para tomar las decisiones que interesaban al conjunto de la «comunidad» gala. Ignoramos en qué medida aquel embrión de consejo federal fuese desarrollado, o tal vez incluso creado por el druidismo. Sólo adivinamos que existe una relación entre los dos hechos. Es posible que la idea misma de tales asambleas fuese reciente en el tiempo de César y que se viese reforzada por la amenaza exterior. Percibimos algunas tentativas más antiguas de constituir un «imperio» y someter por la fuerza a las ciudades, en beneficio de una de ellas. Así, había existido, en el curso del siglo II antes de nuestra era, un «Imperio arverno», quizá formado en los últimos años del siglo III y del que Estrabón nos dice había comprendido a todas las naciones galas hasta los alrededores de Marsella, hasta Narbona y los Pirineos. La tradición nos ha transmitido los nombres de algunos reyes: el primero de ellos, Luemio, aparece como un rey de leyenda, acompañado de sus bardos, a los que mantiene para que canten sus alabanzas, y viviendo con un fausto bárbaro. El rey Bituito, su hijo y sucesor, había sido el primero en establecer contacto con los romanos y, arrastrado por los alóbroges a un conflicto en el que los arvernos sólo intervenían como «soberanos» y protectores de los pueblos que eran atacados por Roma, fue víctima de su confianza en éstos, que le hicieron prisionero y le llevaron a Roma, donde figuró en el triunfo de Domicio Ahenobarbo y de Fabio. De todos modos, la constitución de la provincia romana Narbonense no podía menos que poner fin al Imperio arverno. El hijo de Bituito, Congenato, fue reclamado por los romanos, que le enviaron a vivir al lado de su padre porque, como dice el compilador de Tito Livio, «esto parecía importar a la paz».

Hasta aquella época, la realeza parece haber sido el régimen político más habitual en las ciudades galas. Pero, poco a poco, la monarquía va siendo sustituida por el gobierno de los «nobles». Los reyes no subsisten más que en ciertas naciones, cada vez más raras, y, a juzgar por el caso de los nitiobriges de Agen, que conservaron el suyo, sólo donde aceptaban ser el instrumento de la política romana. A pesar de lo que asegure C. Jullian, no es cierto, en absoluto, que Roma haya sido sistemáticamente hostil a los reyes en la Galia, cuando los toleraba e incluso se servía de ellos en el resto del mundo. El hijo de Bituito fue alejado de su país, como lo fue, unas decenas de años después, Tigranes el Joven, cuando Pompeyo consideró que no era prudente dejarle en Asia, y también como los hijos de los proscritos por Sila fueron privados de sus derechos políticos, a causa del resentimiento que se sospechaba que tendrían que abrigar contra el régimen nacido en la dictadura. La evolución de la monarquía a la aristocracia es —como se ha repetido tan frecuentemente— un fenómeno general en el mundo antiguo. Responde a una verdadera ley política, y la diplomacia romana no es responsable de tal evolución en modo alguno —aunque se advierta una evidente simpatía de los romanos (de los que tenían a su cargo la política exterior) por las clases ricas, y aunque desconfíen menos de los reyes que de los demócratas.

Estado político y social

De todos modos, en el momento de la conquista, el Imperio arverno, decapitado, ya no es más que un recuerdo, cuya nostalgia conservaba, sobre todo, el pueblo. Esto explicará, sin duda, tanto la tentativa de restauración monárquica llevada a cabo, entre los mismos arvernos, por Celtilo, el padre de Vercingétorix, como el éxito alcanzado por éste entre el pueblo cuando se propuso organizar la resistencia contra Roma.

La transición de la monarquía a la aristocracia se había visto favorecida por la designación anual, en cada ciudad, de un magistrado supremo único, que era como el rey del año. Al menos en algunas ciudades, llevaba el nombre de «vergobret» (entre los santónicos, los eduos, etc.). Y se adivina la existencia de magistrados secundarios que le asistían. En otro tiempo, el rey era el más poderoso de los jefes de clan. La revolución ha consistido en hacer de modo que los jefes de clan se repartan el poder por turno. Porque la nación se compone de «clanes» yuxtapuestos, comprendiendo cada uno de ellos un gran número de «clientes», que cuentan con el jefe para subsistir. Entre aquellos innumerables clientes, es fácil reclutar un verdadero ejército; así se ve en el relato de César que tal o tal noble realiza política particular, concertando alianzas familiares (e, indirectamente, políticas) con otras grandes familias, tanto en el interior de la nación como fuera de ella. El prototipo de aquellos grandes señores es el eduo Dumnórix, que, muy rico, verdadero tirano, situado por encima de las leyes, tenía parientes entre los bituriges, entre los helvecios y en algunos otros pueblos Es, por lo tanto, como si en la Galia se superpusiesen dos organizaciones políticas diferentes: una aristocracia «sin fronteras», evidentemente de origen céltico, que continuaba en lo posible las tradiciones de magnificencia tan caras a su casta, y, por otra parte, el cuadro de la «ciudad», con sus magistrados, la justicia (en principio) igual para todos, y una administración que tenía por objeto limitar las usurpaciones de los nobles. Pero no es cierto que el corazón de la masa popular haya sido siempre adicto a las instituciones de la ciudad. La conquista romana las desarrolló y las hizo triunfar, eliminando todo lo que procedía de los tiempos anteriores.

En la organización familiar se advierten transformaciones recientes y profundas. Según el testimonio de César, el padre es dueño absoluto, tiene derecho de vida y de muerte sobre sus hijos e incluso sobre su mujer. Pero no siempre había sido igual. Algunos indicios permiten suponer que, antes de aquella época, las mujeres habían desempeñado un papel más importante en la ciudad y que incluso habían decidido, en asamblea, las más graves cuestiones: por ejemplo, los tratados y las relaciones con el exterior. Lo que Plutarco nos dice de las mujeres de la Galia Cisalpina en tiempos de Aníbal fue probablemente cierto en fecha más reciente respecto a las mujeres de la Galia libre; así se comprenderían las palabras de Estrabón, tan misteriosas, de que las «tareas de los hombres y de las mujeres son, entre ellos, intercambiables en relación a lo que ocurre entre nosotros» y Estrabón añade que esto se halla de acuerdo con una costumbre frecuente entre los bárbaros. Estrabón no quiere decir, sin duda, que las mujeres aren y siembren, sino que, en la ciudad, participan en la vida pública. Desgraciadamente, no podemos saber de qué modo ni en qué medida se conservó esta costumbre antigua hasta el siglo I a. C. En todo caso, la suerte «económica» de las mujeres está protegida por un uso del que César nos informa: en el momento de la boda, se constituye una «masa» común, compuesta por la dote y por una suma igual aportada por el marido. A la muerte de uno de los cónyuges, el superviviente hereda el capital y los intereses.

La mayor parte de la población está diseminada en los campos y vive de la agricultura. Las ciudades son raras, por lo general, y constituyen, sobre todo, lugares de refugio. César las llama oppida, con un nombre que las asimila a las aldeas asentadas sobre las colinas de la Italia central. Se supone que, antes de la invasión de los teutones y de los cimbrios, que habían causado enormes devastaciones en la Galia en los últimos años del siglo II a. C., las oppida no servían de «habitat» permanente. Las invasiones habían obligado a la población a refugiarse tras sus murallas. Pero, en aquella época, el desarrollo del comercio y de la riqueza mobiliaria, así como el ejemplo llegado del Mediterráneo, incitaron a los galos a permanecer en sus oppida más tiempo del que habría sido necesario. El nacimiento de verdaderas ciudades está relacionado, sin duda, con los progresos de la industria artesanal, a cuyo desarrolló asistirá el comienzo del Imperio: tejidos entre los remenses y los cadurcos, fabricación de instrumentos agrícolas, de vehículos (eran famosos los carreteros galos), establecimientos metalúrgicos (armas y cuchillería). Aquellas ciudades parecían, sobre todo, etapas en las rutas del comercio: están al lado de los ríos (Genabum, Lutecia, etc.), y en los sitios de paso importantes de las pistas prehistóricas (Alesia, Bibracte, etc.).

Pero él verdadero «paisaje» galo es el de los campos, con sus granjas diseminadas o agrupadas en pequeñas aldeas donde se practicaban diversas actividades: naturalmente, el cultivo de los cereales, pero también la ganadería, mayor o menor, caballos, bovinos, ovejas, cuya lana abastecía a la industria de los tejedores, y la cría de aves que, al parecer, suministraba lo esencial de la alimentación doméstica. Los gansos, especialmente, se estimaban por su hígado. Todas las técnicas, muy evolucionadas, que caracterizan la industria y la agricultura de la Galia bajo el Imperio se habían formado en la Galia libre; su existencia es para nosotros una prueba de la prosperidad y de la estabilidad de aquel país, en el que las numerosas rivalidades entre las naciones y las guerras, por las que, en otro tiempo, los galos habían experimentado un placer tan vivo, no habían logrado quebrantar gravemente el desarrollo de la vida cotidiana. Sin duda alguna, en aquella confrontación entre los invasores celtas y las poblaciones indígenas, la placidez de los agricultores sedentarios se había impuesto al ardor guerrero que animaba a los conquistadores.

La complejidad que descubrimos en la Galia es particularmente notable en el campo de la religión. En realidad, la conocemos muy mal, a pesar del gran número de documentos ilustrados de que disponemos. ¿Es seguro que las innumerables «diosas-madres», cuyas imágenes se encuentran un poco en todas partes y que han recibido tantas dedicaciones en la época galorromana, son variantes de la Tierra-Madre, esa divinidad que los historiadores encuentran en todas las civilizaciones y a la que consideran una de las más primitivas de la humanidad? Al lado de aquella Madre universal (y un poco hipotética) había un Padre, cuya existencia está bien demostrada por César (que nos ha dejado de la religión gala una exposición que, sin duda, la deforma al imponerle categorías tomadas del paganismo grecorromano). Dios de los Muertos (César le llama Dios Pater) sería el antepasado de la humanidad entera. Todo sale de la noche y de la muerte: la vida y el día han salido de ellas. Concepción optimista, que suprime del universo todo lo que es «negativo», y que se halla bastante de acuerdo con lo que se nos dice de la doctrina de los druidas, fundada en la metempsícosis.

El Júpiter galo —el que los romanos llamaron así— era, naturalmente, el dios del cielo. Se le adoraba en las montañas, los puntos más próximos a él. ¿Era idéntico al Sol? En ese caso, sería más semejante a Apolo, a no ser que se prefiera reservar este nombre para los dioses bienhechores que se manifestaban favoreciendo a las regiones. Y, entre esas personalidades inconcretas, ¿cuál es la parte de la religión más antigua, y cuál la de la interpretación céltica? Acaso sean los dioses de los celtas los que han valido a la religión gala su reputación de ferocidad: sacrificios humanos ofrecidos a Júpiter (con el nombre de Taranis, dios de la tormenta), a Esus-Marte, a Mercurio-Teutates, y que eran consumados de distintos modos, según el dios a que estaban dedicados (mediante el fuego, o el ahogamiento, o la degollación).

Estos eran los pueblos a cuya conquista partía César en los primeros días de marzo del 58, tras haber confiado a Pompeyo y a P. Clodio el cuidado de velar por que sus actos del año anterior no fuesen revisados por los oligarcas.

Las campañas de César

¿Qué finalidad perseguía César al emprender la primera de las guerras que iban a entregar la Galia a Roma y, por último, a desembocar en la romanización de todo el Occidente? Si es cierto que al principio su proyecto había sido el de guerrear en el Ilírico y llevar las fronteras del Imperio hasta el Danubio, se pensará que buscaba una guerra de objetivos limitados, tal vez sólo una ocasión de rehacer su fortuna y de servir los intereses de los caballeros, siempre deseosos de nuevo mercado. Pero no es seguro que César, ya desde el comienzo, no hubiera puesto sus ojos en la Galia y que la primera redacción del plebiscito de Vatinio, que le confiaba el Ilírico, no fuese una maniobra cuyo objetivo final era el de obtener la provincia de la Galia Transalpina. Toda su carrera pasada le predestinaba a mirar hacia el Occidente y a alcanzar las orillas del Océano. Sólo allí podría emular a Alejandro y encontrar una gloria capaz de equilibrar la que Pompeyo había conquistado en Asia Menor y en Siria.

1. La guerra de los helvecios. El motivo fue la migración emprendida por los helvecios, a quienes la presión del rey suevo Ariovisto obligaba a abandonar su país. Los helvecios ocupaban, aproximadamente, la Suiza actual. Su intención era la de llegar al oeste galo, donde los santónicos les acogerían. Para ello, lo más cómodo era reunirse en Ginebra y remontar el Ródano por la orilla izquierda. Pero este itinerario pasaba por el país de los alóbroges, que estaba incluido en la Provincia romana. César tenía así un pretexto para su intervención. Engañando a los helvecios mediante un simulacro de negociaciones, prepara a la Provincia para la defensa, y acaba prohibiéndoles formalmente el paso. Y como los helvecios, dóciles, cambian su itinerario por la incómoda ruta de la orilla derecha, no por eso deja de perseguirlos y los aplasta en el mes de junio, en la batalla de Montmort, en el territorio de los eduos. César debía a los eduos, declarados desde finales del siglo anterior «hermanos del pueblo romano», el haber podido intervenir en su territorio. Había sido llamado por el nuevo «vergobret», el druida Diviciaco, en otro tiempo refugiado en Roma, donde había frecuentado a César y a Cicerón. Uno de los principales instrumentos que César utilizará para conquistar las Galias será siempre la política interna de las mismas ciudades. En esta primera campaña, César aparece como un árbitro inevitable en los asuntos galos. Dispone la suerte de los helvecios, establece tal tributo aquí y tal otro allá. Los galos, reunidos en Bibracte, le piden que intervenga contra Ariovisto, que amenaza a los países situados en la orilla izquierda del Rhin. La suerte de Ariovisto se decidió tras una breve campaña (victoria de César en la Alta Alsacia, en septiembre del 53). Y las tropas de César, al mando de Labieno, pasaron el invierno entre los secuanos.

Los grandes beneficiarios de aquella guerra eran los eduos, y es lícito pensar, con un historiador moderno que César esperaría establecer alrededor de la Narbonense un «glacis de Estados vasallos», como Pompeyo había hecho en Armenia. Pero quizá también se tratase sólo de una satisfacción provisional dada a la opinión de la mayoría senatorial, que condenaba una guerra de conquista y conservaba el respeto de la palabra dada. ¿No eran los eduos los «hermanos» del pueblo romano?

2. Las campañas del 57 al 52. César no podía ignorar que la hegemonía de los eduos no sería fácilmente aceptada por los otros pueblos. Quizás hubiera contado, incluso, con esta reacción, que le forzaría la mano. Como podía esperarse, las naciones de la Galia Bélgica se agruparon pata declarar la guerra a César. Este, en la primavera del 57, tras haber recibido la seguridad de que los remenses le serían favorables y de que le abastecerían y le ayudarían los eduos, los carnutes y los lingones (todos pueblos de la Galia Céltica), invade el país de los belovaros, franquea el Aisne y, en una rápida campaña, llega hasta situarse ante la capital de los suesiones, que eran el alma de la coalición, y la toma por la fuerza. Algunas semanas después, la coalición se hundía. No le quedaba más que proseguir la ofensiva contra algunas naciones aisladas, que persistían en la guerra: los nervianos, los atrebates, los viromanduos y, por último, los aduatucos y los eburones. La campaña terminó en la toma de Namur (septiembre del 57). «Al mismo tiempo —dice César—, P. Craso, enviado con una legión solo contra los vénetos, los únelos, los osismianos, los coriosolites, los esubios, los aulercios, los redones, que son ciudades marítimas a orillas del Océano, anuncia a César que todas aquellas naciones han sido sometidas al pueblo romano». Las consecuencias del hundimiento de los belgas llegaban hasta los confines de la Armórica, y —¿por azar o ex profeso?— era el hijo más joven del triunvirato que representaba los intereses económicos de la República el encargado de aquel paseo militar al extremo del mundo.

En realidad, todos aquellos éxitos, que valieron a César reconocimientos oficiales en el Senado, no eran duraderos. El año 56 estuvo caracterizado por combates contra los mismos pueblos que se habían «sometido» el año anterior. Hubo que reducir a los eburovices (de Evreux), a los lexovios y a los únelos. Mientras tanto, P. Craso penetraba profundamente en Aquitania, ayudado por ciudades adictas a Roma, como los santónicos, los pictavos (Poitiers) y los nitiobroges, que desde hacía mucho tiempo formaban un Estado vasallo. Craso sometió el país de Bazas, el de Sos y la región de Tartas. El esfuerzo personal de César se centró contra los vénetos, y el imperator, para luchar contra aquel pueblo de marinos, tuvo que improvisar una táctica nueva, recurriendo a las experiencias que había hecho en otro tiempo, durante su gobierno de la España Ulterior, al combatir a los insulares de Lusitania.

Fue en la primavera de aquel año 56 cuando César comprendió la necesidad de fortalecer el triunvirato, convocando a Luca (en la frontera de su provincia) a Pompeyo, a Craso y a muchos magistrados y antiguos magistrados. Allí, los tres cómplices dieron nuevo impulso a su política común, procediendo a un verdadero reparto del mundo: Pompeyo y Craso serían cónsules, los dos, en el 55, y luego Pompeyo obtendría las dos provincias de España, y Craso recibiría Siria, lo que le permitiría emprender la conquista del Imperio parto, apoderarse de las grandes rutas de las caravanas del Oriente e igualar en prestigio a Pompeyo. César, por su parte, vería prorrogado su mando en las Galias. Es difícil creer que en aquel momento el móvil principal de César no fuese la idea de una anexión total de la Galia. Pero todas aquellas combinaciones no tenían fuerza de ley. Sólo eran acuerdos privados. Mas en Roma la situación no era ya la que César había dejado a su marcha, en el 58. Catón había vuelto de Oriente. Cicerón había sido llamado del destierro, en el verano del 57 (con el consentimiento de César y no sin dar garantías de moderación). P. Clodio se había mostrado intratable, había ofendido gravemente a Pompeyo, molestándole de mil maneras, y en la ciudad había una permanente atmósfera de revueltas. El Senado, respondiendo con la misma táctica a los excesos de las bandas de Clodio, lanzaba contra ellas a los gladiadores de Milón. Por este motivo, César había considerado necesario estrechar la alianza con sus colegas. En realidad, a Pompeyo no le resultó difícil, en absoluto, sofocar las veleidades de oposición que se manifestaron en el Senado. Cicerón pronunció un discurso en el que elogió la acción de César en la Galia (Discurso sobre las provincias consulares), las elecciones consulares para el 55 dieron el poder a Pompeyo y a Craso, y un plebiscito presentado por el tribuno Trebonio atribuyó un imperium proconsular de cinco años a Pompeyo en las dos Españas, y a Craso en Siria (marzo del 55). Una ley, presentada por Craso y Pompeyo (lex Licinia Pompeia), prorrogó por una duración igual el mando de César en la Galia.

Mientras estas combinaciones políticas se desarrollaban en la ciudad, César continuaba en la Cisalpina. Las operaciones se reanudaron cuando ya la primavera estaba avanzada. Empezaron por una campaña contra unos emigrantes germanos, los usípetos y los tencteros, que trataban de cruzar el Rhin no lejos de su desembocadura, obligados a emigrar a causa del continuo hostigamiento a que los sometían los suevos. Usípetos y tencteros fueron salvajemente exterminados sin que pueda encontrarse para aquella matanza otra excusa que el trastorno causado (tal vez) por aquellos infortunados en la ejecución de los planes formados por el imperator, que preveía un desembarco en Bretaña. Antes de emprender este desembarco, César tuvo que llevar a cabo un paseo militar, como demostración de fuerza, sobre la orilla derecha del Rhin, después de haber hecho cruzar el río con un puente gigantesco, monumento de la técnica romana. La estación se hallaba ya muy avanzada, cuando la flota que César había reunido en el puerto de Morins (Boulogne o los alrededores) se hizo a la mar. César no pudo permanecer más que algunos días en Bretaña, pero había comenzado el reconocimiento que le permitiría, al año siguiente, una operación de mayor envergadura.

La primera parte del año 54 estuvo, en efecto, consagrada a una expedición a Bretaña. ¿Qué iba a buscar César en el extremo del mundo? Unos dicen que pensaba encontrar allí perlas de un tamaño increíble; otros, metales preciosos; se habla también de minas de estaño; César, por su parte, sugiere que la isla era, para los galos, rebeldes al yugo romano, un refugio siempre abierto. Acaso él comprendía ya que la Bretaña era como el reducto espiritual de la independencia céltica, una reserva de la que los nobles y los druidas sacaban la idea de la unidad celta, rival de la otra unidad que César proponía. César, a su vez, podría aparecer como el héroe conquistador, susceptible de reunir a su alrededor la gloria e incluso la leyenda: protector contra los germanos, invencible, audaz, ya casi divino.

Pero aquella esperanza se frustró. César no pudo afrontar una ocupación permanente de la isla, y tuvo que retirarse después de haber sometido los reinos de la Bretaña meridional (aunque, ¿sería duradera una sumisión sin contar con las. fuer­zas militares que la garantizasen?). Además, cuando regresó a la Galia, en el otoño del 54, comenzaban a producirse numerosas y graves sublevaciones: entre los carnutes, entre los eburones, sobre todo, donde quince cohortes fueron destruidas, y en otras partes más, a donde habían llegado las noticias de los reveses romanos. César tuvo que decidirse a operaciones inmediatas. Algunas acciones locales bien organizadas contuvieron, por cierto tiempo, las defecciones, pero el invierno transcurre en armas, y, en la primavera, César prosigue en el conjunto del país una política de terror muy distinta de la que él había confiado en poder aplicar. A finales del verano obliga a una asamblea general de la nobleza gala a condenar a muerte a los principales promotores de las rebeliones, los cuales siguen siendo hostiles a Roma. La calma que reina ha sido impuesta por el terror. Y basta la noticia, que se extiende por la Galia a comienzos de enero del 52, de que en Roma acaban de producirse disturbios y César es retenido allí, para que la revuelta estalle. Una asamblea secreta de las ciudades, celebrada en el bosque de los carnutes, ha decidido la guerra. Los conjurados son casi todos los pueblos de la Céltica: aulercios, andecavos, turones, parisienses, senones, arvernos, rutenos, cadurcos y lemóvicos. El conflicto empezó por la matanza de ciudadanos romanos en Orléans (Genabum). Un joven noble arverno, Vercingétorix, fue encargado del mando supremo, después de que él se había hecho proclamar rey por el pueblo de su nación contra la voluntad de los otros nobles.

3. La rebelión del 52. César, al comienzo de la sublevación, se encontraba en la Cisalpina, donde vigilaba la evolución de la situación creada por el asesinato de P. Clodio. Vercingétorix había confiado en bloquear los diversos cuerpos del ejército romano en los acantonamientos donde pasaban el invierno e impedir a César que se reuniese con ellos. Al mismo tiempo, un ataque dirigido por el cadurco Lucterio amenazaría directamente a Narbona, por el valle del Hérault. César desbarató aquel plan, poniendo la Provincia romana en estado de defensa, y, sin detenerse, llegando a través de las Cevenas nevadas al territorio de los arvernos, que él comienza a devastar. Vercingétorix, bajo la presión de los suyos, le sale al encuentro, pero César vuelve al valle del Ródano y, gracias a una escolta de caballeros que había reunido en la región de Viena, puede atravesar el país de los eduos antes de que éstos hayan podido unirse a la rebelión. Concentrando sus esparcidas legiones, ataca Agedincum (Sens) y se apodera de ella. Después toma Genabtim (Orléans), donde había comenzado la rebelión, y lleva a cabo una acción de escarmiento. Vercingétorix tiene que recurrir a otra estrategia: hacer el vacío ante César, acosar por el hambre a sus legiones, hostigar a sus forrajeadores, a sus convoyes, y hacer imposible toda acción masiva. Pero esta estrategia no fue aplicada en todo su rigor. Se decidió conservar Avárico, en lugar de abandonarla y destruirla. Este fue un primer error. César, tras un largo y penoso asedio, se apoderó de la ciudad, sin que Vercingétorix hubiese podido intentar nada por salvarla.

César, creyendo que había recuperado una ventaja definitiva, divide sus tropas y, para ganar tiempo (calcula que su mando va a terminar y busca una victoria rápida), encarga a Labieno que reduzca a los rebeldes del valle del Sena, mientras él ataca el país arverno. Labieno logra muy pronto éxitos decisivos contra los aulercios eburovices, lo que le permite apoyar la retirada de César cuando éste tiene que replegarse sobre Agedinco tras su derrota ante Gergovia. El de Gergovia fue para César el episodio más sombrío de todas las campañas de la Galia. Allí, en el curso de un enfrentamiento parcial, pero mal dirigido, César, algunos de cuyos elementos aislados habían puesto ya pie en la muralla de la ciudad, no pudo evitar un contraataque masivo de Vercingétorix, y perdió en unos instantes 700 hombres y 46 centuriones. Para evitar un desastre, tuvo que retirarse hacia el Norte. La resonancia de aquella derrota fue considerable en toda la Galia y decidió a casi todos los pueblos a abandonar el partido de los romanos. En la asamblea general celebrada en Bibracte y convocada por los eduos, que traicionaban a Roma, se niegan a entregarse los trevirenses, los remenses y los lingones.

César se encuentra entonces entre Agedinco (donde se ha reunido con Labieno) y la llanura de Langres, el país de los lingones, aliados suyos. Inmediatamente, inicia la marcha hacia el Sur con sus diez (u once) legiones. ¿Tiene el propósito de volver a la Provincia, de abandonar su conquista? Es poco probable. Maniobra y, sin duda intencionadamente, atrae a Vercingétorix a una celada:. a tentación es fuerte para el galo, que no sabe renunciar a la ocasión que pérfidamente le ofrece César, y lanza a su caballería contra el ejército romano, aparentemente en retirada, en la llanura de Dijon. Pero César dispone de muchos caballeros germanos y, como el empeño es largo y difícil, los galos acaban por abandonar el campo con grandes pérdidas. Vercingétorix, entonces, por razones bastante oscuras, se encierra en la fortaleza de Alesia. Quizá se acuerde de Gergovia y espere repetir la hazaña. Pero Alesia se cierra como una trampa sobre las fuerzas galas. Muy rápidamente, César, sabiendo que el grueso del ejército rebelde estaba concentrándose y no tardaría en acudir, ordena que sus legiones realicen trabajos inmensos: una línea compleja de fortificaciones impide a Vercingétorix abandonar la ciudad; otra, concéntrica, envuelve las posiciones romanas y las protege contra un ataque procedente del exterior. Estas disposiciones surten el efecto que César deseaba. Con ocasión del ataque lanzado por el ejército de socorro, ni los sitiados ni las tropas exteriores consiguen destruir las defensas romanas. Las pérdidas experimentadas por los contingentes venidos en ayuda de Alesia fueron tales que los sublevados abandonaron el campo inmediatamente y huyeron en derrota. A Vercingétorix ya no le quedaba más que entregarse, lo que hizo en los últimos días de septiembre del 52.

 

V. HACIA LA GUERRA CIVIL

 

La victoria de Alesia llegaba muy oportunamente para César. El triunvirato estaba a punto de deshacerse. Craso había perecido, hacía más de un año, en el campo de batalla de Carres, en Siria, víctima de la imprevisión y de su incapacidad militar. Con él había sido anulado un gran ejército romano, cuyos supervivientes cultivaban ahora los campos de los partos y cuyas banderas estaban cautivas en las orillas del Eufrates. Quedaban, pues, solos en escena Pompeyo y César. El lazo que durante mucho tiempo les había unido, la persona de Julia, tan querida a su padre como a su marido —hasta el punto de que éste había descuidado por ella, a veces, la atención a los asuntos políticos—, se había deshecho, dos años antes, en el mes de septiembre del 54, con la muerte de la joven.

Desde entonces, Pompeyo permanecía en Roma —negándose a abandonarla, como habría sido su deber, para ir a gobernar sus provincias de España—, entregado a las tentaciones que los oligarcas no le escatimaban. La muerte de P. Clodio le dio ocasión para alardear de una aparente imparcialidad: cónsul único, aseguró la condena de Milón y la disolución de las bandas facciosas (que estaban, en realidad, al servicio de los oligarcas); pero, aunque fingía vengar al agente de César, no le sustituía con otro y, de hecho, fue él quien siguió siendo el dueño de la situación.

El problema que ahora se planteaba era el de la liquidación del triunvirato y, en especial, de los poderes de César. Mientras éste proseguía a toda prisa la pacificación de la Galia, demostrando con su brutalidad (especialmente, con los compañeros del cadurco Lucterio, defensores de Uxeloduno, a quienes hizo cortar la mano derecha) la impaciencia que le producía todo lo que retardaba el momento de la victoria definitiva, las maniobras se sucedían en Roma para saber si se permitiría o no a César pasar, sin interrupción, de su gobierno provincial a un segundo consulado. Era indispensable qué no hubiera ningún intervalo entre las dos magistraturas, para que los enemigos del procónsul no pudiesen intentar contra él un proceso de repetundis, que oscurecería su carrera y su gloria. Una ley tribunicia decidió que César, por un privilegio especial, podría optar al consulado in absentia. Algún tiempo después, los oligarcas reconsideraron esta decisión y, mediante varias propuestas insidiosas, trataron de poner un sucesor a César, ofreciendo a éste la posibilidad de ser elegido cónsul en los comicios del 50. Pero César aún necesitaba tiempo para acabar la pacificación, y se negó. Cuando el Senado quiso ir más allá, uno de los tribunos, Curión, que secretamente estaba a sueldo de César, opuso su intercessio. El conflicto se agudizó en el curso del mes de diciembre, y los oligarcas difundieron el rumor de que César iba a intervenir en Italia con su ejército. Pidieron a Pompeyo que les protegiese y se colocase a la cabeza de las fuerzas gubernamentales. En aquel momento aún era posible, sin duda, un arreglo, y Pompeyo, probablemente, así lo creía. Pero Hircio, lugarteniente y amigo de César, llegó a Roma mientras tanto y volvió a marchar, dos días después, sin haber tratado de ver a Pompeyo. Era una última esperanza que se desvanecía (7 de diciembre).

César está entonces en Rávena, rodeado de un ejército del que es dueño absoluto y al que va a pedir que defienda su «honor», su dignitas, amenazada por los oligarcas. Multiplica las proposiciones de paz; quiere conservar una parte, al menos, de su poder preconsular antes de ser reelegido cónsul para el año 50. Dirige al Senado una carta oficial, una protesta contra la sospecha de que es objeto. La carta es leída el 1 de enero del 49, pero los senadores, pasando a la votación, decretan la llamada de César, que sea sustituido por su peor enemigo, L. Domicio Ahenobarbo, y ordenan, además, que César deberá presentar por sí mismo su candidatura al consulado. Como los tribunos adictos a César, Antonio y Q. Casio, oponían su veto, los Padres votaron el senatus-consultum ultimum —el que en otro tiempo había esgrimido Cicerón contra Catilina—, y los dos tribunos corrieron cerca de César, asegurando que se violaba el carácter sacrosanto de su magistratura y los derechos del pueblo. Ya no había más salida que la guerra civil, para la que los dos partidos —tanto el de César como el de Pompeyo, éste por cuenta de los aristócratas— habían comenzado a prepararse espiritual y materialmente.

De la dictadura al principado (49 a. de C. - 14 d. de C.)

En el mes de enero del 49, no era la primera vez que un jefe militar volvía contra el gobierno legal el ejército que se le había confiado, ni la primera tampoco que las instituciones se mostraban incapaces de enfrentarse con aquel problema. ¿Nunca podría, pues, el régimen republicano mantener dentro de los límites de la legalidad a aquellos conquistadores a quienes su victoria, desmesurada, parecía colocar por encima de la condición mortal? Pompeyo había tratado de aceptar la ley y de regresar pacíficamente a su patria, después de haber sometido el Oriente. Sin embargo, no había podido evitar tras aquella demostración pública la reanudación de su lucha por el poder, que él no había querido por la fuerza, pero que tuvo que asegurarse mediante la alianza clandestina del triunvirato. Desde Sila, era evidente que la ciudad romana no podía prescindir de un «protector». ¿Podía tener varios? Cicerón —que, como hemos dicho, había imaginado una especie de protectorado moral, basado en la persuasión— no había tardado en tropezar con la rivalidad de Pompeyo. Entre los dos, era fácil saber quién vencería en la práctica. ¿Qué sucedería cuando los dos rivales fuesen Pompeyo y César, dos jefes igualmente gloriosos, pero uno de los cuales ya no estaba cargado más que de laureles un poco ajados por el tiempo, mientras el otro volvía con una victoria muy reciente? Los oligarcas, desde luego, habían elegido como protector al menos temible de los dos, al que sería más fácil eliminar después, y también al que tenía un pensamiento político menos original, en caso de que tuviese alguno. Así era como, en otro tiempo, el Senado había recurrido a C. Mario contra Saturnino y Glauciala gloria de Pompeyo no sería, como la de Mario, más que un instrumento al servicio de la nobleza.

César era más comparable a Sila, porque había dado pruebas de su energía y de su clarividencia política, y su consulado permitía prever lo que sería su acción si llegaba a tener el poder en su mano. Pero, mientras Sila había alcanzado el poder en contra de los «populares», César contó con éstos a lo largo de toda su carrera. El orden nuevo que surgiría de sus reformas,  haber tratado de ver a Pompeyo. Era una última esperanza que se desvanecía (7 de diciembre).

César está entonces en Rávena, rodeado de un ejército del que es dueño absoluto y al que va a pedir que defienda su «honor», su dignitas, amenazada por los oligarcas. Multiplica las proposiciones de paz; quiere conservar una parte, al menos, de su poder preconsular antes de ser reelegido cónsul para el año 50. Dirige al Senado una carta oficial, una protesta contra la sospecha de que es objeto. La carta es leída el 1° de enero del 49, pero los senadores, pasando a la votación, decretan la llamada de César, que sea sustituido por su peor enemigo, L. Domicio Ahenobarbo, y ordenan, además, que César deberá presentar por sí mismo su candidatura al consulado. Como los tribunos adictos a César, Antonio y Q. Casio, oponían su veto, los Pa­dres votaron el senatus-consultum ultimum —el que en otro tiempo había esgrimido Cicerón contra Catilina—, y los dos tribunos corrieron cerca de César, asegurando que se violaba el carácter sacrosanto de su magistratura y los derechos del pueblo. Ya no había más salida que la guerra civil, para la que los dos partidos —tanto el de César como el de Pompeyo, éste por cuenta de los aristócratas— habían comenzado a prepararse espiritual y materialmente.