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LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

DÉCIMA PARTE

 

Sobre la Esperanza Cristiana

 

 

De la disputa en curso y su necesidad de profundizar en el mar de los siglos a la búsqueda de las raíces del conflicto emerge una verdad, que puede ser escandalosa desde el punto de vista de la teoría del cristianismo, pero que es tan cierta desde la óptica de la inteligencia como lo son los hechos históricos protagonizados por sus fuerzas. Me refiero a la paridad entre el animal político, de la extracción regional que sea, y el animal cristiano que durante las edades medievales hemos visto cometer tantos crímenes contra cristiana natura. ¿Qué diferencia podemos encontrar entre aquéllos actores de la serie porno-pontificia del siglo IX y cualquier serie de cualquiera de las religiones paganas contra cuyos crímenes se levantó la religión de los cristianos? ¿Qué diferencia podemos encontrar entre las matanzas fratricidas cometidas por los hijos de Constantino el Grande, las matanzas familiares de los dinastas orientales y las casas aristocráticas de los Francos?

La respuesta es: Ninguna. Tan bestia fue aquel Clodoveo I, marido de Santa Clotilde, que impuso su corona eliminando de su familia a quien se le puso por medio como cualquiera de los reyes persas que al otro lado del mundo hacían exactamente lo mismo. Tan bestia fue aquel papa Sergio III que asesinó a sus predecesores como cualquiera de los pontífices paganos que en la Antigüedad mataban a sus padres y hermanos por hacerse con el puesto. ¿Qué es lo que diferenciaba entonces al cristiano de los demás hombres?

La respuesta no es la Fe. Pero sí estaba en la Fe. Es la Esperanza.

La diferencia entre la religión cristiana y las demás está en su proyección de futuro. En las demás religiones el hombre es eternizado y su relación con el Cielo queda sujeto a una parsimonia ritual, cumplida la cual lo demás queda a su arbitrio. Jesucristo rompió este sistema antiguo al quitar entre Dios y el Hombre la Ley, de manera que la Sociedad sólo pueda llegar a su perfección mediante el juicio y la crítica de sus propios actos. Si en el mundo antiguo el comportamiento de los pueblos frente a las situaciones nuevas venía dictado o impuesto por las tradiciones, en el mundo cristiano, al no haber leyes a las cuales ajustar la respuesta, el horizonte que se le abre a la iniciativa y la libertad del ser humano viene a ser tan grande como los valores personales del individuo y de la sociedad. En esta novedad -la Libertad para responder a los estímulos del tiempo de acuerdo a la naturaleza del hombre y su tiempo- es donde está la diferencia.

Mientras en una sociedad regulada por leyes sacerdotales la sociedad se estanca y le da la espalda a cualquier tipo de progreso material, porque amenaza la propia estructura del cuerpo legislativo sacro, como se ve al presente en las religiones que aún subsisten sujetas a este modelo, en la sociedad según la concibió Jesucristo la respuesta que los cambios de los tiempos exigen es dejada a la iniciativa de la libertad de los hijos de Dios.

Abierta esta Libertad a la Esperanza de Victoria frente a esos cambios su naturaleza permanece invicta y siempre dispuesta a contemplar el futuro con el optimismo y la alegría en el cuerpo del que sabe que la confusión puede reinar un tiempo pero no eternizarse.

Nuestro Creador, conociendo como si nos hubiera parido, quiso enviarnos su particular mensaje en el relato de la Creación de la Tierra cuando después de decirnos que estuvo confusa, inmediatamente dijo que no tardó en venir la Luz. Y aprovechar para, a la vez que descubrirnos el origen de toda respuesta humana a los problemas del Futuro en su Palabra, recordarnos que hemos sido creados a su imagen y semejanza. Y, por tanto, nuestra inteligencia es el reflejo de la suya, y como la suya lo vence todo asimismo la nuestra, así que alegría en el cuerpo y adelante.

Esta Esperanza, no la Fe sola, es la que hace del hombre algo más que un animal y mantiene la antorcha de la Verdad encendida a pesar del bestialismo de quienes, desde el Poder, siguen sujetando su conducta a los modelos antiguos.

No estuvo el futuro y la grandeza revolucionaria del cristianismo en el Poder, ni en los reyes ni en los obispos romanos. La grandeza de la revolución jesucristiana estuvo siempre en el Pueblo, y sigue estando en el Pueblo, de cuyos hijos toma Dios para sí Hijos y se glorifica en ellos derramando sobre todos su genio y su gracia.

Desde el principio, en efecto, fue en el corazón del pueblo cristiano donde latió la Esperanza de la construcción del Reino de la Justicia en la Tierra; Esperanza que desde siempre fue manipulada en su propio beneficio por antiguos y modernos doctores de la ley.

En el caso de la esperanza de los alemanes sencillos, aunque violenta en su expresión la revolución de los campesinos era legítima. Cuando Lutero dejó oír su voz asesina contra la Revolución del Pueblo se oyó una voz homicida, que a un siervo del Diablo le era natural pero nunca a un discípulo de Cristo. Recordemos su gutural bestialismo: “Por ello deben arrojarlos, estrangularlos, degollarlos secreta o públicamente, a todos los que puedan, y recordar que nada puede haber más venenoso, dañino y diabólico que un hombre rebelde. Lo mismo que cuando se tiene que matar a un perro rabioso, si tú no le matas, él matará a ti y a todo el país contigo. Acuchíllenlos, mátenlos, estrangúlenlos, a todo el que pueda. Y si en ello pierdes la vida, dichoso tú; jamás podrás encontrar una muerte más feliz. Pues mueres obedeciendo la palabra de Dios y sirviendo a la caridad”.

Ah, la Caridad. Veamos qué dijo Jesucristo sobre la Caridad: (Lo que cito a continuación está escrito en la Biblia; si la iglesia romana ha manipulado el texto yo no me hago responsable, si es lo más parecido a la fantasía tampoco soy culpable, si lo es a la realidad tampoco me culpe nadie. Cito):

“Por eso, cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres hacédselo vosotros a ellos, porque ésta es la Ley y los profetas” (La ley de la Caridad. San Mateo, capítulo siete, versículo 12). Siempre queda la duda de si de verdad Jesucristo pudo decir algo que contradice la palabra divina de Lutero. Es decir, pensando en ridiculizar a Lutero la iglesia romana pudo haber implantado esta Ley de la Caridad en el Evangelio a sabiendas que la comparación entre las obras de Lutero y las palabras de Jesucristo negarían el origen divino de la Palabra de Lutero. Es una buena opción. El problema es que otra vez, esta vez san Lucas pide la palabra para decir lo mismo, aunque desde otra posición. Cito:

“Levantóse un doctor de la ley para tentarle y le dijo: Maestro, ¿qué haré para alcanzar la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? Le contestó diciendo: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y al prójimo como a tí mismo. Y le dijo: Bien has respondido. Haz esto y vivirás. El, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?” -una buena pregunta, pero más agudo fue Jesús, que le preguntó no qué lees sino cómo lees.

¿Quién es nuestro prójimo?

¿Ése a quien no le debemos desear lo que no nos deseamos a nosotros y al que debemos amar como nos amamos a nosotros mismos? ¿Ése quién es?

En el caso de Lutero los campesinos no parece que fueran su prójimo: Matadlos, acuchilladlos, estranguladlos, son perros diabólicos. Y en nombre de la Caridad Luterana. Qué bueno. Qué santo. Qué cristiano.

Jesucristo dijo: “Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos. Pues si amáis a los que os aman ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen eso también los publicanos? ¿Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los gentiles? Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial”. (El amor a los enemigos. San Mateo, capítulo 5, versículos 43-47).

Lutero dijo: Los papistas diabólicos han cambiado su doctrina y donde El no dijo nada ellos pusieron amarás a tus enemigos para que nadie les pagara sus crímenes según sus delitos se merecían. Y todos los príncipes alemanes respondieron: Amén. Amén. Lutero tiene palabra de Dios. Muerte a los campesinos.

Allí, en aquellos campos donde aquellos miles de hambrientos y sedientos de justicia fueron degollados, estrangulados, acuchillados y tratados como perros diabólicos por los santísimos fieles del reformador; allí, donde demostraron los reformadores que era una manada de lobos no un rebaño de mansas ovejas la que venían triscando por los collados cantando poemas al sonido de las arpas davídicas de su profeta; allí, sobre las decenas de miles de inocentes degollados a la divinidad de la palabra de Lutero; allí se levantó un monumento a la muerte del Protestantismo como Revolución.

Muchas veces el Pueblo se había alzado pidiendo Libertad e Igualdad en la Fraternidad Cristiana, y muchas veces el Poder, lo mismo reyes que papas, reaccionaron sacando de su funda la espada de hierro, espada homicida. Nunca, jamás en ningún Pueblo de la Tierra esa Esperanza de Justicia y prosperidad se mantuvo viva tanto tiempo y contra tantos obstáculos. Era parte de la Herencia de Cristo. Iba implícita en la naturaleza de los hijos de Dios.

La Fe sola, mucho antes de que Lutero la hiciese suya, desligada de esta Esperanza, fue la que condujo a la iglesia de los romanos a abandonar la Caridad debida a la santidad del Oficio de San Pedro; la Fe, desprovista de Esperanza y Caridad, de la que Lutero no tenía ni la una ni la otra, como se demostró al matar la Revolución de los Campesinos, esa fe sola fue la que empujó y arrastró al obispado romano a convertir su oficio en cosa de criminales, primero, y en cueva de ladrones, después. Pocos siglos tardaron los obispos romanos en renunciar a la Esperanza. Muchas cosas pasaron en pocos siglos para que aquella Iglesia revolucionaria que se levantara contra el Imperio y viera en el día después un mundo nuevo, al nacer el nuevo Día se encontrara atrapada en una corrupción tan dolorosa que clamaba al Cielo. Pero menos tiempo todavía le hizo falta a Lutero para coger esa Esperanza y entregársela a los matarifes de sangre azul de su nación.

La Fe sola no vale nada. Ya lo dijo uno de los Apóstoles, el primero de todos los apóstoles mártires, el hermano de Juan. Cito y vuelvo a insistir en lo mismo, si esta epístola es un invento anti-protestante o existe antes que Lutero fuera parido por un rayo en una noche de tormenta yo no soy el culpable. Antes de ser asesinado por ser cristiano el hermano de Juan, Santiago, el mayor de los hijos del Trueno, y por lógica su palabra debe sonar a tal en las orejas de quienes como su maestro se asustan de una tormenta, escribió:

“¿Qué le aprovecha, hermanos, a uno decir: Yo tengo fe, si no tiene obras? ¿Podrá salvarle la fe? Si el hermano o la hermana están desnudos y carecen de alimento cotidiano, y alguno de vosotros le dijere: Id en paz, que podáis calentaros y hartaros, pero no le diereis con qué satisfacer la necesidad de su cuerpo, ¿qué provecho le vendría? Así también la fe, si no tiene obras, es de suya muerta. Mas dirá alguno: Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame sin las obras tu fe, que yo por mis obras te mostraré mi fe. ¿Tú crees que Dios es uno? Haces bien. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Quieres saber, hombre vano, que es estéril la fe sin las obras? Abraham, nuestro padre, ¿no fue justificado por las obras cuando ofreció sobre el altar a Isaac, su hijo? ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras, y por las obras se hizo perfecta la fe? Y cumplióse la Escritura que dice: Pero Abraham creyó a Dios, y le fue imputado a justicia, y fue llamado amigo de Dios. Ved, pues, cómo por las obras y no por la fe solamente se justifica el hombre. Y asimismo Rahab la meretriz, ¿no se justificó por las obras, recibiendo a los mensajeros y despidiéndolos por otro camino? Pues como el cuerpo sin el espíritu es muerto, así también la fe sin las obras”.

“Por las obras y no por la fe sola...”.

La Fe sola no hizo mejor a los poderosos, como hemos visto de los relatos históricos rescatados para la ocasión, y cualquiera puede verlo por sí mismo investigando por cuenta propia la relación entre el Poder y la Fe. Pero era lo que querían los poderosos, la Fe sola. Y Lutero se la dio, aunque para ello tuvo que vender al Pueblo, es decir, tuvo que vender la Esperanza.

 

 

 

CAPÍTULO 69.

Los comisarios de las indulgencias

 

-Los obispos y curas están obligados a admitir con toda reverencia a los comisarios de las indulgencias apostólicas.

 

Evidentemente el firmante estaba pensando en sí mismo el día que fuera nombrado alto comisario para la venta y negocio de las indulgencias apostólicas. Tanto había acariciado la idea que se sabía de carretilla el deber que como alto comisario, comisario de comisarios, ejercería, la cantidad de celo debido al servicio del gran pastor romano que pondría en el asador. La misma espada asesina que no dudara en levantar contra los apestosos campesinos, aquella chusma diabólica, demostrando que si Jesucristo tenía en su boca una espada de doble filo: en la suya tenía él otra con cuatro, esa misma espada la alzaría él, Lutero, comisario de comisarios, contra cualquiera que osare pronunciar en vano el nombre de su amo, el gran pastor romano.

Notemos que no sólo los párrocos y curillas de pueblo deberían doblar sus rodillas, besarle las manos y lavarle las orejas con veneraciones miles al futuro comisario de comisarios, el eminentísimo Lutero, el nuevo comisario papal para reflotar el negocio en decadencia de las indulgencias. No.

También los mismos obispos deberían venerar al comisario apostólico Lutero cuando pegase en sus puertas en nombre del sumo pontífice romano para, como dijera un dictador asesino: Hemos venido para vigilar y nos quedaremos para extirpar. Escuchen.

 

 

 

CAPÍTULO 70.

El Deber de vigilar

 

-Pero tienen el deber aún más de vigilar con todos sus ojos y escuchar con todos sus oídos, para que esos hombres no prediquen sus propios ensueños en lugar de lo que el Papa les ha encomendado.

 

El fidelísimo futuro perro de su señor el papa, cuando fuera nombrado comisario de comisarios tendría las orejas superafinadas y los ojos superabiertos para vigilar con todos sus ojos y escuchar con todos sus oídos... ¿tenía el hombre complejo de Gestapo?...para que las indulgencias fueran predicadas dentro de un orden. El, Lutero, el criado del gran pastor romano, se comprometía a vigilar para que nadie predicara ensueños. Era precisamente por culpa de esos malos predicadores que no le funcionaba bien el negocio al señor arzobispo. Él se encargaría en persona de vigilar que predicasen acorde a una doctrina santa y él se molestaría en estar atento para que se atuviesen a la nueva doctrina del R. P. Martín Lutero. ¿No era él filósofo experto capaz de retorcer las palabras y hasta de poner la mismísima sabiduría del Diablo al servicio de Cristo?

La creación de una Gestapo para el control del negocio de las indulgencias, la ausencia de cuyo organismo estaba en la causa del fracaso hacia el que caminaba el tema, no era mala. La idea era incluso excelente. Pero con esto sólo no se negocia un buen Pacto con el Diablo. Lo que pedía Lutero a cambio, ser el todopoderoso jefe de esa oficina de control de los predicadores, era mucho. Tenía que ofrecer algo más, algo que se mereciera el premio de ser nombrado comisario de comisarios y ante su presencia se bajaran los pantalones hasta los mismos obispos. Aparte de esa oficina de santos chivatos ¿qué tenía más que ofrecerles Lutero?

Bueno, él les enseñaría a creer a los cristianos: que el Papa estaría dispuesto, como es su deber, a dar de su peculio a muchísimos de aquellos a los cuales los pregoneros de indulgencias sonsacaron el dinero aun cuando para ello tuviera que vender la basílica de San Pedro, si fuera menester. Y mucho más.

También: que si el Papa conociera las exacciones de los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de San Pedro se redujese a cenizas antes que construirla con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas. Esto ya lo sabían. ¿Qué más?

Lutero era un Maestro en Artes filosóficas y teológicas. Y sin embargo lo que había aprendido sobre cómo retorcer argumentos era menos que lo que sabía sobre la ignorancia de su pueblo. La Universidad de la Vida le había enseñado cosas que no se aprenden en los libros. ¿No veían cómo sabía él dirigirse a ellos sin que los que leían el mensaje captasen de qué iba la cosa? ¿Era o no era bueno? Podía ser un aliado magnífico, genial.

Por su propio honor juraba por el cielo, por la tierra y por su cabeza que si le nombraban comisario de comisarios para las indulgencias apostólicas sus ojos y sus orejas estarían en todos sitios para detectar dónde se cocía el descontento y la crítica antipapal virulenta.

-Demasiado fanático -fue la respuesta de los obispos a los que dirigió su carta sobre el tema-. Este no está bien de la cabeza.

 

 

 

CAPÍTULO 71.

La verdad de las indulgencias

 

-Quien habla contra la verdad de las indulgencias apostólicas sea anatema y maldito.

 

Aquí los cardenales encargados de leer estas tesis y valorar el Pacto con el fraile alemán se echaron a ladrar riéndose del perro fiel que a sus pies ponía sus ojos y sus orejas. Lo que ellos no habían hecho aún, maldecir y anatematizar a los críticos, el fraile alemán se ofrecía para hacerlo sin ningún complejo.

-¿Seguro que es un teólogo y no un loco escapado de alguna institución mental benéfica? -intrigado, quiso saber el santo padre-. Encima que les robamos éste quiere que los maldigamos y los mandemos al Infierno. ¿De verdad que es profesor de universidad?

 

 

 

CAPÍTULO 72.

Contra la verdad de las indulgencias

 

-(Quien hable contra la verdad de las indulgencias apostólicas, sea anatema y maldito.) Mas quien se preocupa por los excesos y demasías verbales de los predicadores de indulgencias, sea bendito.

 

Lutero el Bendito. El bendito Lutero. ¿Quién si no iba a preocuparse por los excesos y demasías verbales de los predicadores de indulgencias, bendito sea? ¿A quién iba a recomendar para el cargo de comisario de comisarios de las indulgencias apostólicas sino a él mismo, Lutero el Bendito? ¿O acaso estaba tonto? Vamos a ver, la cuestión de fondo era el negocio. ¿Iban los Fugger a renunciar a sus intereses en nombre de los escrúpulos de humanistas y beatos de turno? Por suerte él, Lutero, se había enterado a tiempo. ¿Qué pasaría si la chispa llegara al reguero, corriese y saltara por los aires el polvorín del escándalo creado por las indulgencias?

Lutero sabía cómo darle la vuelta a la tortilla y transformar un escándalo en una obra pía. Podía y quería hacerlo. ¿Por qué se creían que había hecho aquel gesto heroico de clavar las Tesis en la puerta de la Iglesia, o sea, de publicarlas? Para llamar la atención sobre su persona. En cuanto se enteró de toda la trama había comprendido y había venido corriendo a salvar a su señor el arzobispo de Magdeburgo de la quiebra. Lo de las Tesis en la puerta fue el último recurso. No le dejaron otro recurso. ¿Quién era él? Un pobre profesor de teología en una ciudad de categoría mediocre, Wittenberg. Y, con todo, había dado con el medio de llevar a su señor la salvación. Para él, Lutero, las maldiciones; y también las bendiciones. Ya se las arreglaría él para capear el temporal y abrirle paso a los intereses de sus señores.

Resumiendo la cuestión para los que ignoran la trama en el fondo del problema. En el 1513 el príncipe Alberto de Brandeburgo compró o le fue adjudicado por su hermano, uno de los príncipes electores del Sacro Imperio Romano Germánico, el arzobispado de Magdeburgo. No satisfecho con el puesto al año siguiente Alberto compró también el de Maguncia. Al parecer el derecho canónico prohibía esta multicefalía arzobispal. Un problema menor en aquéllos días cuando todo se compraba y vendía. De hecho el Papa la única pega que le puso a Alberto para pisar el derecho canónico fue que le pagara unos diez mil ducados. Los millones en euros actuales lo ignoro. La cosa es que la compra del arzobispado de Maguncia le costaba ya unos catorce mil. La suma se hizo una montaña. Y ahí es donde entraba la madre del cordero. ¿O no mueve la fe montañas? Los Fugger, los banqueros del momento, bueno, sabían cómo arreglar el problema. Si la montaña no se apartaba se daba un rodeo. El Papa quería dinero para su Choza. Bien, el arzobispo adquiría del Papa el derecho a predicar las indulgencias en su provincia durante equis tiempo. Y se repartían los beneficios. Una parte para el santo padre, otra para el arzobispo y otra para los Fugger. Los Fugger le adelantaban los dineros y así Alberto tenía lo que le hacían falta para comprar el arzobispado de Maguncia. Un negocio simple, redondo y que no tenía por qué fracasar.

Algo parecido fue lo que intentó un mago de los tiempos de los Apóstoles. Los milagros de Pedro y sus Hermanos en boca de todo el mundo la noticia llegó a las orejas de dicho mago. Este se volvió loco cuando se enteró de que los Apóstoles no cobraban dinero por ir de milagreros. ¿Estaban locos? Aquel poder era una mina de oro. Más, de diamantes. Sin saber si lo podría comprar pero soñando con lo que haría si lo tuviera, el mago se perdió en el sueño del cuento de la lechera, y ya se veía nadando entre cofres de oro, perlas, coronas y cetros que los reyes de todos los sitios le pagarían por curarles sus lepras, sus sífilis, sus hernias, sus tuberculosis y sus demencias. La fiebre del oro navegándole incontrolable por sus venas el mago cogió al Apóstol y le ofreció lo que quisiera por ese Poder. El Apóstol lo miró, se rió y lo mandó al infierno.

Qué lejos y qué pronto quedaron atrás los buenos tiempos. Apenas se murió el último de los hermanos de Cristo los romanos pusieron en el mercado de segunda mano los patriarcados, los obispados, el diaconado. Más grande se fue haciendo la distancia entre los Apóstoles y sus sucesores más de locura fue pareciéndole a sus sucesores romanos lo que hicieran sus predecesores: no vender el poder para hacer milagros.

Entre los sucesores romanos hubo uno que estuvo a punto de venderle el primado al obispo de Constantinopla. A la altura del siglo XVI de uno de los últimos papas se decía que había vendido su culo; vamos, que en Roma se compraba y se vendía todo.

Lutero era una persona culta. Y lo sabía. En realidad todo el mundo lo sabía. Era el pan de cada día. Un pan amargo, pero que se comía porque el pan del Cielo se fue cuando se murieron los Apóstoles, y era el pan que había. El Papa no era más que un comerciante de obispados, arzobispados, el gran recaudador del Diezmo Universal. Y como últimamente el Diezmo ya estaba pasado de moda, privado de su gallina de los huevos de oro el emperador de Roma recurrió al invento de las indulgencias. Que, por cierto, no le había ido tan mal. La Choza del Vaticano iba progresando. ¿Por qué no iba el actual Papa a firmar la bula de predicación de las indulgencias que le compraba el arzobispo alemán? Lo contrario hubiera sido...mejor, no hubiera sido de Papa.

Y así fue. El Papa firmó la bula de las indulgencias en marzo del 1515. Los Fugger adelantaron el dinero y el negocio se puso en marcha. Hubo conversaciones, se contrataron los predicadores y, por fin, el pistoletazo de salida, año 1517. En enero de ese año los comisarios de las indulgencias apostólicas abrieron la carrera. En octubre de ese año Martín Lutero entró en la pista llamando la atención del gran arzobispo Alberto con aquel gesto teatral suyo de clavar sus 95 Tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg.

De puertas para afuera aquello era una crítica, pero de puertas de la iglesia para adentro aquello era una oferta mediante la cual un maestro en artes marciales retóricas podía contribuir a mantener el orden en una población que empezaba a escandalizarse y hablaba de revuelta. Si en la tesis que viene no se descubre esta intención en toda su fuerza, en la que le sigue es tan evidente que sobran las palabras.

 

 

 

CAPÍTULO 73.

El Papa de las indulgencias

 

-Así como el Papa justamente fulmina excomunión contra los que maquinan algo, mismamente contra cualquier artimaña de venta en perjuicio de las indulgencias.

 

Cosa que ya estaba sucediendo, y de la que él quería dejar constancia a su señor el arzobispo. No que el Papa estuviera fulminando a nadie todavía, sino que el escándalo comenzaba a levantar viento y amenazaba tormenta si no se hacía brillar el sol de un orador bendito sobre la voz de revuelta que soplaba de oreja en oreja, y de cuyos ecos las suyas eran testigos. Entre hombres que están hablando de negocio y pueden llegar a un acuerdo si se le concedía esos poderes de fulminación a él, Lutero, donde no bastara su maestría retórica no dudaría en aplicar los poderes debidos, a riesgo incluso de cargar él con la mala fama y su señor con el dinero y la gloria. En la siguiente tesis Lutero se suelta la primera hebilla de la máscara.

 

 

CAPÍTULO 74.

El pretexto de las indulgencias

 

-Tanto más trata de condenar a los que bajo el pretexto de las indulgencias, intrigan en perjuicio de la caridad y la verdad.

 

No, Lutero no está hablando de los comisarios, sino de la oposición contra la que los actuales comisarios no habían logrado nada. Los que usaban las indulgencias para hablar contra la verdad y la caridad eran los enemigos de las indulgencias, que, con motivo de las mismas, alzaban sus críticas contra la iglesia que permitía este escándalo. Contra éstos pedía el firmante los debidos poderes de fulminación. Que se callaban por las buenas, perfecto; que no se callaban por las buenas, entonces él, el bendito Lutero, les aplicaría el correctivo de la excomunión que en tantas ocasiones había demostrado su eficacia, incluso contra emperadores, recuérdese el caso de Teodosio el Grande, emperador romano, y de Enrique IV, emperador germánico.

   

UNDÉCIMA PARTE   Sobre el Cisma de Oriente