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HISTORIA DEL IMPERIO ROMANO

 

AMIANO MARCELINO

LIBRO 28

LIBRO 29

LIBRO 30

 

LIBRO XXIX

Secretas pretensiones del notario Teodosio al Imperio.—Acusado en Antioquía ante Valente del crimen de lesa majestad, es condenado a muerte con sus numerosos partidarios.—Múltiples ejecuciones en Oriente por maleficios y otros crímenes verdaderos o supuestos.—Rasgos de crueldad y de salvaje barbarie de Valentiniano en Occidente.—Pasa el Rhin por un puente de barcas para sorprender al rey Macriano, pero fracasa el golpe por falta de soldados.—Teodosio, general de caballería en las Galias, marcha al África en contra del rebelde Firmo, hijo del rey moro Nabal; le derrota en muchos combates, le reduce a matarse y devuelve por este medio la tranquilidad a la comarca.—Irritados los quados por el inicuo asesinato de su rey Gabinio, se coligan con los sármatas, entran a sangre y fuego en la Valeria y la Pannonia y destruyen casi por completo dos legiones. Prefectura urbana de Claudio.

(Año 371 de J. C.)

Había terminado el invierno, y Sapor, rey de los persas, enorgullecido con sus anteriores triunfos, después de llenar los huecos de su ejército y provisto abundantemente a su equipo y subsistencia, entró en campaña al frente de sus catafractos, arqueros y otras tropas a sueldo. El conde Trajano y Vadomario, ex rey de los alemanes, llevaron contra él fuerzas respetables, pero con órdenes que les recomendaban especialmente mantenerse a la defensiva. En cumplimiento de estas órdenes, al llegar a Vagabanta, donde les hostilizaron vivamente, tuvieron que rehusar la batalla y retirarse, evitando cuidadosamente derramar sangre enemiga, para que no se les pudiese atribuir la violación del tratado. Pero obligados al fin a aceptar el combate, causaron mucho daño a los Persas, alcanzando la victoria. El resto de la estación pasó para ambas partes librando ligeras escaramuzas con suerte diferente; acordándose al fin, de común consentimiento, una tregua, y los dos reyes, sin dejar de considerarse en guerra, dejaron sus respectivos ejércitos. Sapor pasó a invernar en Ctesifonte, y Valente regresó a Antioquía, donde, mientras descansaba sin temores en cuanto al exterior, estuvo a punto, como se verá, de sucumbir bajo los ataques de los enemigos interiores.

Dirigía reclamaciones muy fundadas contra los intendentes Anatolio y Spudasio, Fortunaciano, tesorero del dominio privado. Un tal Procopio, carácter díscolo y turbulento, les sugirió la idea de deshacerse de aquel incómodo vigilante, y Fortunaciano, cuyo carácter era impetuoso y que llevaba las cosas hasta el extremo, se enteró de sus manejos. En vez de contenerse en los límites de su autoridad, entregó en seguida a la jurisdicción del prefecto del pretorio a un tal Paladio, hombre de baja estofa, considerándole como envenenador asalariado por sus enemigos, y al intérprete del horóscopo de Heliodoro; suponiendo que conseguiría de aquellos hombres, por medio de la tortura, la confesión de alguna tentativa contra su vida. Aplicóseles rigurosamente el tormento; pero en medio de las torturas, exclama de pronto Paladio, que no se trata de nimiedades; que si le dejan hablar, revelará una trama de mayor alcance; trama urdida desde mucho antes, y que, si no se acude pronto, producirá un trastorno general. Invitado a explicarse libremente, aquel hombre comienza una declaración extensísima; asegurando en primer lugar que el ex presidente Fidusto, de acuerdo con Pergamio e Ireneo, había conseguido, por medio de conjuros, conocer el nombre del sucesor de Valente. Quiso la casualidad que se encontrase cerca Fidusto: detuviéronle y le introdujeron secretamente. Careado con su acusador, ni siquiera intentó negar los hechos citados y reveló por completo una trama deplorable. Sin vacilar confesó sus conversaciones referentes al heredero inmediato del trono con Hilario y Patricio, versados en la adivinación, y habiendo servido el primero en las milicias del palacio. La suerte, interrogada por la. magia, les había revelado un príncipe excelente, anunciándoles al mismo tiempo que les amenazaba una muerte trágica. Entonces se habían preguntado quién era entre los contemporáneos el hombre superior a quien pertenecía aquel nombre predestinado, y habían creído encontrar en Teodoro, que a la sazón había ascendido al segundo grado del notariado, la personificación de su idea.

En efecto; Teodoro era como lo habían juzgado. Oriundo de antigua e ilustre familia de las Galias, desde la niñez había recibido brillante educación. Amable, prudente y modesto, eminentemente dotado de atractivos personales y de claridad de entendimiento, siempre se había mostrado superior a cada nuevo empleo que se le confiaba, haciéndose estimar igualmente de sus superiores y de sus subordinados; siendo tal vez el único hombre de quien pudiera decirse que no trababa su lengua temor ninguno, porque la dirigía siempre la razón. Fidusto, torturado casi hasta la muerte, añadió a esta declaración, que había dado cuenta del vaticinio a Teodoro por medio de Eucerio, varón de ciencia y elevada posición, que recientemente había administrado el Asia como viceprefecto. Preso inmediatamente, habiendo dado cuenta al Emperador, como de costumbre, su ferocidad natural, sobrexcitada por las bajas adulaciones de sus cortesanos, se inflamó repentinamente, a modo de antorcha destructora. El adulador más sobresaliente de todos era Modesto, prefecto del pretorio, a quien atormentaba día y noche el temor de que le reemplazasen. Sus rebuscadas felicitaciones, cuya exageración frisaba en ironía, acariciaban agradablemente el oído poco delicado del Emperador. Modesto calificaba su informe facundia de elocuencia ciceroniana, exagerando un día la adulación hasta el punto de decir que bastaba al Emperador quererlo para que compareciesen ante él hasta las estrellas.

Inmediatamente fue arrebatado Teodoro de Constantinopla, a donde había ido para asuntos particulares. Entretanto continuaba el proceso sin levantar mano, y diariamente se traía desde los puntos más lejanos del Imperio a los acusados más distinguidos por su posición o nacimiento. No bastaban las cárceles ni las casas particulares, convertidas en prisiones, para contener la multitud que aglomeraban en ellas; y no había nadie que no estuviese preso o temiese ver a alguno de los suyos arrojado a un calabozo. Teodoro llegó al fin, vestido de luto y medio muerto ya, encerrándole solo en un punto retirado de la ciudad; y preparados ya todos los elementos del proceso, diose al fin la señal de aquel sangriento juicio.

Igualmente engaña el que oculta lo verdadero como el que supone lo falso: así es que no trataré de negar (cosa, por otra parte, averiguada) que la vida de Valente no hubiese estado amenazada ya, y que en aquel momento mismo no corriese graves peligros. Una vez vio a sus propios soldados volver sus armas contra él; pero le protegió la fortuna, que le reservaba para la catástrofe de 'Tracia. El atentado del escutario Salustio, que estuvo a punto de matarle en un bosque, donde dormía la siesta, entre Seleucia y Antioquía, fracasó como los otros contra una vida que, desde su primera hora, había marcado con su sello la fatalidad. En tiempos de Cómmodo y de Severo habíase visto más de un ejemplo de tentativas semejantes y gravemente comprometida la vida del príncipe. Una vez, entre otras, al entrar Cómmodo en su palco del teatro, recibió una puñalada casi mortal del ambicioso senador Quinciano. Sin el auxilio de su hijo, adolescente aún, Severo habría sido acribillado de heridas en su propia cámara imperial, impulsado a este crimen por Planciano el centurión Saturnino. Esto justifica en algún modo a Valente, por haberse defendido, en cierta medida, contra la traición que amenazaba su vida; pero no excusa aquella intratable soberbia del poder, aquel inmoderado deseo de venganza, que le hizo confundir en ciego procedimiento y afligir con la misma pena a inocentes y culpados. Hasta tal punto se llevó la precipitación, que muchas veces se deliberaba acerca de la culpabilidad, cuando el príncipe había pronunciado ya la sentencia; y alguno se enteraba de que estaba condenado, cuando ni siquiera sabía que era sospechoso. La crueldad de Valente se encontraba excitada más y más por su insaciable codicia y por la de sus cortesanos, siempre al acecho de la nueva presa que se presentaba y dispuestos a tachar de debilidad a quien por casualidad alzaba la voz en favor de los sentimientos humanitarios. Su ponzoñosa adulación no hacía más que endurecer a aquel hombre, que con una palabra daba la muerte, con el propósito de llegar, aunque fuese a costa del desquiciamiento del Estado, a la ruina de las fortunas más elevadas. Dos defectos de este Emperador daban amplio espacio a estas perniciosas influencias. En primer lugar, su cólera se irritaba por el sentimiento de vergüenza que le hacía experimentar; y además, accesible como cualquier particular a toda confidencia, se hubiese sonrojado como príncipe, al descender a examinar algo. De aquí aquella multitud de inocentes  arrancados a sus hogares, pereciendo en el destierro y cuyos caudales iban a aumentar el tesoro del Estado o el particular del Emperador. Y aun se consideraba clemente el monarca al no condenarles más que a mendigar el pan y a vivir en la miseria; extremidad de tal naturaleza, que mejor es arrojarse al mar que sufrirla, si ha de creerse al antiguo y prudente poeta Theognis. Su severidad, aunque hubiese sido justa al principio, se hacía excesiva en la aplicación: habiéndose dicho, con razón, que el rigor es mucho más amargo cuando castiga aparentando perdonar.

Habiéndose reunido los comisarios bajo la presidencia del prefecto del pretorio, hízose provisión de potros, pesos de plomo y cordeles. Dominando el ruido de las cadenas, resonaba la voz de los ministros del tormento, repitiendo continuamente las palabras aprieta, cierra, comprime a otro. Vimos a muchos de aquellos desgraciados pasar del tormento al último suplicio. Pero se confunden los hechos, olvido los detalles y solamente puedo resumir rápidamente mis recuerdos.

El primero a quien se oyó fue Pergamio, quien, como antes dijimos, acusaba a Paladio de haber leído en lo porvenir con auxilio de la magia. Pergamio hablaba bien, y con gusto cedía a la intemperancia de su lengua. Viendo, después de algunas preguntas insignificantes, que vacilaban sus jueces acerca del orden que debían seguir en su interrogatorio, tomó atrevidamente la iniciativa y comenzó a citar innumerable serie de pretendidos cómplices, a quienes hacía gravísimos cargos, y que era necesario ir a buscar hasta en el Atlas. Como su declaración complicaba extraordinariamente el asunto, para terminar, le condenaron a muerte; haciéndose lo mismo con algunos otros en aquel día. Obrábase de esta manera para llegar más pronto a Teodosio, meta olímpica de toda investigación. Siniestro incidente había señalado ya aquel día. Salia, ex tesorero de Tracia, a quien fueron a buscar en su prisión para someterlo a un interrogatorio, había caído muerto en brazos de sus carceleros, en el momento en que metía el pie en el calzado. Sin duda sucumbió bajo la influencia del terror, porque, si bien se había constituido un tribunal, apareciendo jueces para conservar un simulacro de formas jurídicas, las decisiones emanaban de la voluntad del amo, y todos los corazones temblaban de miedo. Valente, avezado ya al crimen, había abandonado por completo la equidad; y si se le hubiese escapado una sola víctima, su rabia habría sido la de una fiera del circo que ve desaparecer al guardián que acaba de abrirle la jaula, en el momento en que cree coger ya aquella presa para desgarrarla.

Introdujeron en seguida a Patricio e Hilario, intimándoles respondiesen acerca de los hechos de que se les acusaba: y como vacilasen desde el principio, les destrozaron los costados con tenazas. Al fin les presentaron la misma trípode de que se habían servido para sus operaciones mágicas, y confundidos entonces, prometieron completa confesión. El primero que habló fue Hilario, diciendo:

«Cierto es, magníficos jueces, que, bajo funesta inspiración, construimos con varillas de laurel la trípode presente, para figurar la de Delfos, y que, después de haber recitado sobre ella palabras místicas y haber realizado con mucho aparato los ritos del ceremonial de consagraciones, la hemos empleado muchas veces para descubrir las cosas secretas. En esta especie de adivinación se procede de la siguiente manera: comiénzase por purificar la casa con emanaciones de perfumes de Arabia; en seguida se coloca la trípode en la parte central, y sobre ella se pone un plato redondo, de metal compuesto, en cuyo borde están grabadas circularmente, a distancias iguales y en caracteres legibles, las veinticuatro letras del alfabeto. Una persona vestida y calzada de lino, ceñida la frente con una cinta, y teniendo en la mano un propicio ramo de verbena, permanece de pie, invocando con las fórmulas consagradas, al dios que preside la ciencia adivinatoria. Esta persona tiene suspendido sobre el plato un anillo de hilo de lino, lo más delgado posible y consagrado según los ritos misteriosos, el cual, balanceándose, se detiene alternativa: mente sobre algunas letras. La reunión de estas letras forman las respuestas a las preguntas que se hacen, respuestas en versos regulares de ritmo y medida, como las que da el oráculo pitónico o el de Branchis. A la pregunta «¿Quién es el sucesor inmediato al Imperio, que goce de todas las virtudes?», el anillo forma el disílabo Oso, con la adición de otra letra. En el acto exclama uno de nosotros: «El destino designa a Teodoro»; y no continuamos, seguros ya de que éste era aquel por quien se preguntaba.»

A esta detallada declaración, añadió Hilario, en descargo de Teodoro, que todo se había hecho sin su conocimiento. Preguntaron en seguida a los presos si les había revelado el oráculo la desgracia que les amenazaba a ellos mismos. A lo que contestaron con versos muy conocidos, cuyo sentido era que pagarían la curiosidad con la vida; pero que las furias vengadoras anunciaban también muerte e incendio al príncipe y a sus informadores. Bastará citar los tres últimos:

No correrá tu sangre sin venganza. El enojo de Tisiphon prepara en las llanuras de Mimas terrible retribución a aquellos cuyos corazones arden en el deseo del mal.

Dejáronles declamar hasta el fin, y en seguida comenzaron a funcionar las uñas de hierro. Acto continuo, y para apresurar la conclusión, hicieron entrar en masa a multitud de acusados, todos del grado de los honorati, que formaban el núcleo de la conjuración. Pensando cada cual en salvar su vida, se esforzaba en dirigir el golpe sobre la de su compañero, permitiéndose al fin a Teodoro que hablase a su vez. Empezó éste por arrodillarse y pedir gracia. Intimado para que contestase a las preguntas, confesó las confidencias de Eucerio, añadiendo que muchas veces había estado a punto de revelarlo todo al Emperador; pero que siempre le había disuadido Eucerio, asegurándole que la revolución esperada se realizaría naturalmente, por el inflexible decreto del destino y sin usurpación violenta del trono. Eucerio, cruelmente desgarrado por los verdugos, confirmó aquellas palabras; pero presentaron cartas escritas por Teodoro a Hilario, que deponían en contra del primero; demostrando claramente, a pesar de la ambigüedad de los términos, que existía completa confianza en la predicción, y que, lejos de detenerse por algún escrúpulo, estaba impaciente por la realización. Conocido esto, pasaron a interrogar a otros, compareciendo Eutropio, a la sazón procónsul de Asia, imputándosele haber tenido conocimiento de la trama, y no debiendo su salvación más que a la firmeza del filósofo Pasifilo, que, torturado hasta la muerte para arrancarle una mentira, persistió en su heroica negativa. Presentaron en seguida otro filósofo, Simónides, muy joven todavía, pero con principios muy austeros. Acusábanle de haber recibido confidencias de Fidustio: vio que la pasión, y no el deseo de verdad, inspiraba el debate; y desde aquel momento declaró que, efectivamente, se lo habían revelado todo, pero confiando en su discreción, y que había callado.

Enterado de todo el Emperador, que había seguido atentamente el proceso, confirmó el acuerdo de los jueces y condenó a muerte a todos los acusados, que fueron decapitados en presencia de inmensa multitud, la cual mostró horror ante tal espectáculo, sin poder reprimir sus gemidos. ¡Hasta tal punto se consideraba desgracia pública la de cada uno de los condenados! Solamente se exceptuó a Simónides, porque su intrépida firmeza exasperó la crueldad de su juez, que le condenó al fuego. Simónides abandonó la vida como se abandona una amante tiránica, impasible y sonriendo en medio de las llamas. Su fin se pareció al del célebre filósofo Peregrino, llamado Proteo, que, decidido a abandonar la vida, se arrojó en presencia de toda la Grecia, reunida en los juegos olímpicos, a una pira construida por él mismo.

En los días siguientes, multitud de personas de todo rango, cuyo número y nombres no recuerdo, envueltas en las redes de la acusación, fatigaron los brazos del verdugo, quedándoles muy escasa vida después de los azotes y los tormentos. Algunos fueron ejecutados mientras se discutía si irían o no al suplicio; aquello fue verdadera carnicería. Para dar aspecto menos repugnante a la matanza, idearon después reunir en montón libros y cuadernos encontrados en diferentes casas y quemarlos en presencia de los jueces, suponiendo que trataban de cosas ilícitas, cuando la casi totalidad eran obras de Derecho o de artes liberales.

Poco después el insigne filósofo Máximo, cuyas lecciones tanto habían contribuido a la vasta instrucción del Emperador Juliano, fue acusado de haber tenido conocimiento del vaticinio; conviniendo en ello y excusando con su carácter de filósofo el haber guardado silencio. También aseguró haber dicho que todos los que habían interrogado las suertes perecerían en el último suplicio. No por esto dejó de ser trasladado a Éfeso, su patria, para decapitarle allí, mostrando así que la suerte del acusado no depende tanto de la gravedad de los cargos como de la disposición del juez. Otra acusación igualmente falsa recayó sobre Diógenes, miembro de ilustre familia y personalmente distinguido por su ingenio, elocuencia y ameno trato. Había sido mucho tiempo corrector de Bitinia, y le hicieron morir para apoderarse de su rico patrimonio. La odiosa tiranía  buscó a Alipio, vicario honorario de Bretaña, el hombre más inofensivo, trocando en día de luto sus tranquilos ocios. Acusáronle de magia, por testimonio de un tal Diógenes, canalla de la peor ralea, a quien la tortura hizo hablar a gusto del acusador, es decir, del príncipe, y a quien quemaron vivo, cuando los tormentos no pudieron conseguir más de él. Alipio, despojado de sus bienes, fue desterrado, y condenado a muerte su hijo, sin razón alguna, salvándose por feliz casualidad.

Así, pues, un hombre entregado por Fortunaciano al rigor de las leyes, aquel Paladio, coágulo de todas las miserias, iba acumulando ruinas sobre ruinas, y sembrando por todas partes luto y lágrimas. Explotando a su gusto, sin distinción de fortuna y de rango, una acusación de extraordinario alcance, como hábil cazador, sabía tender mortales redes sobre muchas cabezas a la vez; acusando a unos por hechos de sortilegio y a otros como cómplices de atentado a la majestad del trono. Las esposas no tenían tiempo para llorar a los esposos. En cuanto se lanzaba alguna acusación, llegaban en seguida los agentes, que, so pretexto de poner los sellos, deslizaban entre los efectos del acusado algún oráculo, algún amuleto de vieja o receta para componer filtros, constituyendo otros tantos cuerpos de delito ante tribunales en que jamás se aplicaban las leyes, la conciencia ni la equidad para distinguir la verdad de la calumnia. Sin escuchar la defensa, sin que se formulasen acusaciones concretas, pronunciábase la confiscación y la muerte, y entonces jóvenes y viejos, ágiles o tullidos, marchaban o eran llevados al suplicio. Para eludir las pesquisas por todas partes, en las provincias de Oriente, se arrojaban al fuego los libros: ¡tan grande era el terror que se había apoderado de los ánimos! En una palabra, nos encontrábamos entonces como vagando a tientas en medio de densas tinieblas y temblando todos con aquel miedo que experimentaba el convidado de Dionisio, cuando, sentado ante un banquete, más temible que el hambre misma, veía incesantemente la espada suspendida por un hilo sobre su cabeza.

Por entonces Bassiano, varón de preclaro origen y notario que se distinguía entre los primeros, fue acusado de haber empleado la magia para servir a sus ambiciosas miras. En vano demostró que no había consultado las suertes sino para conocer el sexo del hijo que su esposa llevaba en el seno; confiscáronle su rico patrimonio, y gracias a la influencia e intercesión de su familia se libró de la muerte.

En medio del estruendo de tantas nobles casas que se derrumbaban, el infernal asociado de Paladio y émulo suyo en maldad, Heliodoro el Matemático, como vulgarmente se le llamaba, iniciado ya en las misteriosas intrigas del palacio, dirigía con seguridad sus mortales dardos; no omitiendo caricias ni seducciones para que tal individuo dijera lo que sabía, o más bien lo que le sugería su imaginación. No había mesa servida con más delicadeza que la suya, y se le prodigaba el dinero para sus mercenarias voluptuosidades. Cuando se le veía pasar por las calles con torvo semblante, todos procuraban evitar su mirada. Su descaro aumentó cuando el título de prepósito de los oficios cubicularios le dio entrada en el gimnasio. En alta voz decía que las sentencias del Emperador harían derramar muchas lágrimas. En su calidad de abogado enseñaba a Valente a redondear sus frases, a emplear figuras y a intercalar en sus discursos palabras de efecto.

Demasiado largo sería referir todo el daño que causó aquel malvado; solamente citaré la insolencia con que se atrevió a poner mano en las dos columnas del patriciado. Aquella increíble audacia que, como ya he dicho, le daban las confidencias de palacio y su vanidad, que no retrocedía ante ninguna infamia, le llevaron hasta intentar a los dos respetables hermanos Eusebio e Hipacio, deudos en otro tiempo del Emperador Constancio, la acusación de aspirar al Imperio y de emplear ocultas maniobras para conseguirlo. Añadía Heliodoro, para dar verosimilitud a la acusación, que Eusebio se había mandado hacer ya el traje imperial. Escuchado con avidez, aquella denuncia excitó una especie de rabia en un déspota tan poco a propósito para mandar, puesto que se lo creía permitido todo, hasta ser injusto. Acto continuo se llama de los puntos más lejanos a cuantos designa el capricho de un acusador superior a las mismas leyes y a quienes la citación turba en su profunda seguridad. Comenzóse en seguida el proceso criminal, y cuando después de haber faltado de mil maneras a la equidad y reglas de procedimiento, los obstinados esfuerzos de la acusación solamente alcanzaron poner de manifiesto la inocencia de los ilustres acusados, no por eso dejó de  ser honrosamente tratado el calumniador por la corte. En cuanto a sus víctimas, tuvieron que sufrir al pronto el destierro y el secuestro; pero a poco se les llamó y reintegró en sus honores y bienes.

El fracaso de este desenlace no despertó el menor sentimiento de circunspección o de pudor. En el deslumbramiento de la omnipotencia, el Emperador ni siquiera sospechaba que un carácter elevado se rebaja al hacer daño, aunque sea por perjudicar a sus enemigos; y que no hay nada más odioso que la dureza de corazón, aumentando los rigores necesarios del poder. Cuando murió Heliodoro, bien de enfermedad, bien porque la venganza apresuraba su fin (¡ojalá no hubiese dado tantos motivos para creerlo!), multitud de honorati, vestidos de luto, entre los que se encontraban los consulares Eusebio e Hipacio, marcharon, por orden terminante, al frente del duelo. La absurda ceguedad del príncipe en aquella ocasión se manifestó hasta el escándalo. Primeramente se le rogó por mucho tiempo en vano que no asistiera personalmente a la lúgubre ceremonia; permaneciendo inflexible y sordo como si se hubiese tapado los oídos con cera para pasar ante el escollo de las sirenas. Cediendo al fin a reiteradas súplicas, exigió al menos que fuesen con la cabeza descubierta, unos descalzos, otros con las manos cruzadas, acompañando hasta el lugar de la sepultura el féretro de aquel miserable. Hoy mismo nos estremecemos de ira solamente al recordar la humillación de tantos senadores y hombres ilustres marchando de aquella manera, precedidos por el bastón de marfil, los ornamentos y el registro de los fastos consulares. En aquella comitiva se encontraba el joven Hipacio, tan notable en aquella edad por sus virtudes; carácter dulce y tranquilo, que sometía su conducta a la regla de honestidad más severa. Éste sostuvo dignamente la ilustración de su familia, y sus actos en su doble prefectura serán gloriosos títulos para sus descendientes.

Citaremos, finalmente, otro rasgo para acabar de dar idea del carácter de Valente. En el momento en que llevaba la crueldad contra sus víctimas hasta deplorar que la muerte la pusiera límites, un hombre atrozmente bárbaro, el tribuno Polenciano, quedó convicto, confesándolo él mismo de haber abierto el vientre, viva, a una mujer en cinta, y de haberla arrancado el feto de las entrañas, con objeto de evocar los manes del infierno y sorprender, por medio de conjuros, el secreto de la sucesión al Imperio. Pues bien; el Emperador le trató con benevolencia; y aquel monstruo, en medio de los murmullos del Senado, se retiró absuelto y en tranquila posesión de su empleo y fortuna, que era bastante considerable, sin embargo, para despertar la codicia.

¡Oh sublimes luces de la filosofía, don celestial concedido a algunos espíritus privilegiados y que puede transformar los caracteres más ingratos! ¡Cuántos males se hubieran economizado en aquella época de tinieblas, si Valente hubiese sabido que ocupar el poder es tener a cargo la felicidad de todos, que el soberano debe restringir su autoridad, combatir sus deseos y dominar sus iras; que debe tener presente siempre en la memoria aquella frase del dictador César: «El recuerdo de la crueldad es mal compañero para la vejez.» Que la vida del hombre es algo en el mundo, y formando parte integrante de la suma de la existencia humana, nunca es excesiva la lentitud y circunspección para deliberar acerca de su extinción, ni inconsiderada tampoco la prudencia para no apresurar la consumación de un acto irrevocable, como lo atestigua este hecho tan conocido de la antigüedad: Una mujer de Smirna confesó a Dolabela, procónsul de Asia, que había envenenado a su esposo y a los hijos que había tenido de él, porque descubrió que de común acuerdo habían hecho perecer a un niño que había tenido de otro matrimonio anterior. El procónsul declinó el juicio y entendió del asunto otro tribunal. Igual vacilación mostraron los nuevos jueces. ¿Era criminal el acto o simplemente justa represalia? Llevóse por fin el juicio a la jurisdicción del areópago, elegido algunas veces, según se dice, por árbitro entre los dioses. Oída la causa, el areópago citó a la acusadora y acusada para dentro de cien años, no queriendo absolver a una envenenadora ni condenar a una madre que había vengado a su hijo. Nunca es demasiado tarde para hacer lo que, por su propia naturaleza, no tiene remedio.

Pero la justicia no había cerrado los ojos ante los atentados que acabamos de referir, ante aquella violación de personas libres, cuyos cuerpos llevarían de por vida las señales de los tormentos. Elevándose hasta el cielo el grito de la sangre derramada, lo oyó el dios de la venganza y ya se encendía la antorcha de la guerra; iba a cumplirse el oráculo; ninguno de aquellos actos había de quedar impune.

Mientras calmadas las hostilidades por el lado de Persia, dejaban el campo libre a las atrocidades de que Antioquía era teatro, el horrible enjambre de las furias remontaba el vuelo sobre las murallas de esta ciudad y marchaba a posarse sobre el Asia. La fatalidad llevó a Oriente a un tal Festo Tridentino, de obscuro y bajo nacimiento, compañero de abogacía en otro tiempo de Maximino y a quien éste quería como hermano. Este hombre fue primeramente administrador en Siria, después secretario de mandos, adquiriendo en estos dos empleos fama de dulzura y respeto a las leyes. Más adelante llegó a ser procónsul de Asia, y hasta entonces parecía destinado a no unir a su nombre más que honrosos recuerdos. Había llegado hasta sus oídos el rumor de las persecuciones que llevaba a cabo Maximino, y censuraba abiertamente aquella conducta como odiosa y funesta; pero vio que por el derramamiento de sangre aquel monstruo había adquirido títulos para el cargo de prefecto del pretorio y, desde aquel instante, no tuvo Festo más que un deseo, el de obtener el mismo adelanto por los mismos medios: un cómico no cambia con más rapidez de papel. En el acto comenzó a mirar ávidamente a todos lados buscando ocasiones de hacer daño, teniendo por seguro que la prefectura vendría a sus manos en cuanto estuviesen teñidas de sangre inocente. Su maldad, usando la palabra menos enérgica, se mostró de diferente manera. Bastará citar algunos hechos muy conocidos y notables, especialmente por su manifiesta intención de imitar lo que acontecía al mismo tiempo en Roma. En proporciones más restringidas, causó relativamente igual daño. Condenó cruelmente a morir en el suplicio más atroz a un filósofo llamado Ceranio, que no carecía de mérito; siendo el único crimen de este hombre haber escrito a su esposa una carta que terminaba con estas palabras: Sú Sé vóei, Kaí olé^e iqv nÚAqv (cuida de coronar la puerta); frase proverbial con que se da a entender que va a ocurrir algo importante a alguno. Hizo perecer como maga a una pobre anciana que pretendía poseer el secreto de curar, por medio del canto, la fiebre intermitente, y a la que él mismo había llamado para que cuidase a su hija. Por medio de un registro se había descubierto entre los documentos de un ciudadano notable de la población un horóscopo de Valente. Preguntósele al interesado con qué objeto tenía en su casa la constelación del nacimiento del príncipe; y aunque el desgraciado hizo mil protestas de que era de un hermano suyo que hacía mucho tiempo había perdido, y que se llamaba también Valente, como prometió demostrar, Festo mandó que le desgarrasen los verdugos y le condenó a muerte sin esperar pruebas. A un joven, a quien se vio en un baño llevar alternativamente los dedos de las dos manos a los escalones de piedra y al pecho, recitando las siete vocales griegas, creyendo encontrar en esta práctica remedio para las enfermedades de estómago, se le sujetó a procedimiento y murió de mano del verdugo, después de sufrir el tormento.

Debemos interrumpir aquí la serie de los acontecimientos de Oriente, para atender a los que tenían lugar en la Galia. Entre otras calamidades encontramos aquí a Maximino desempeñando la prefectura del pretorio, con la inmensa autoridad que lleva consigo este cargo; auxiliar terrible de las pasiones de un soberano demasiado dispuesto ya al abuso del poder. Lo poco que diremos de los hechos bastará, a poco que se medite, para dar la medida de lo que pasaremos en silencio, omitiendo el cuadro completo de los furores del despotismo extraviados por depravados consejos.

La presencia de Maximino hizo que Valentiniano diese vuelo a su ferocidad natural, impaciente ya ante todo freno y rechazando toda regla y contrapeso. Viose desde entonces a este príncipe abandonarse a su instinto como nave entregada al furor de las olas y de las tempestades. A cada momento el cambio de color, pasos precipitados o alteración de la voz, denotaban en él alguna emoción violenta. No se conoce bastante el exceso de sus arrebatos, por lo que citaremos algunos ejemplos.

En un día de caza, un criado que tenía sujeto a un perro de Laconia para lanzarlo sobre la pieza al pasar, lo soltó demasiado pronto, porque se lanzó sobre él, mordiéndole para escapar. Valentiniano hizo matar a palos al criado y mandó enterrarle inmediatamente. A un operario de la manufactura que le había llevado una coraza primorosamente trabajada y que esperaba generosa retribución, le hizo matar porque la coraza pesaba poco en opinión suya. También envió al suplicio a un sacerdote cristiano, natural de Epiro, por haber ocultado al próconsul Octavio, sobre quien pesaba una acusación. Hizo apedrear a Constanciano, prepósito de los caballos para el ejército, a quien envió a Cerdeña para recibir los destinados al servicio militar, porque había reemplazado algunos por autoridad propia. Acusábase al auriga Atanasio, muy considerado a la sazón, de haber pronunciado frases indiscretas: el Emperador mandó que le quemasen en cuanto se permitiese tales licencias, y poco después se le entregó a este suplicio so pretexto de una imputación de sortilegio, sin tener en cuenta su habilidad, que encantaba al pueblo. Africano, célebre abogado de Roma, pedía su traslado, habiendo terminado su administración en una provincia. Teodosio apoyaba su petición; y el Emperador contestó con este terrible juego de palabras: «Quiere que se le traslade, trasládale la cabeza;» siendo ésta la sentencia de muerte de un hombre distinguido por su elocuencia, que no había cometido otro delito que pedir, como tantos otros, su ascenso. Dos jefes de los Jovianos, Claudio y Salustio, quienes, por su mérito, de simples soldados habían llegado al puesto de tribunos, fueron acusados de haber hablado bien de Procopio cuando éste ambicionaba el Imperio. La condición del delator era bastante vil para despojar de toda autoridad la delación. El tormento, aplicado varias veces, no revelaba cargo alguno contra los acusados: el Emperador mandó decir a los jefes de la caballería, que eran los jueces, que condenasen a Claudio al destierro y a Salustio a la pena capital, prometiendo que éste recibiría el indulto en el momento del suplicio. Pero Salustio fue ejecutado, y solamente después de la muerte de Valentiniano se levantó a Claudio el destierro... Empleábase la tortura con nuevo furor, sucumbiendo en ella muchos desgraciados en los que ni siquiera indicio de culpabilidad pudo descubrirse; y, contra la costumbre, fueron azotados con varas los protectores encargados de representar a los personajes.

Repugna al ánimo referir tales horrores y hasta temo que se me acuse de calumniar a un príncipe tan apreciable bajo otros conceptos. Sin embargo, no puedo pasar en silencio que alimentaba con carne humana dos osas voraces cuyas jaulas estaban colocadas cerca de su dormitorio. Llamábase la una Mica aurea y la otra Inocencia; que había dado a cada una de ellas guardas especiales encargados de mantener su feroz instinto. A Inocencia cuando hubo desgarrado y sepultado en su vientre bastantes cuerpos humanos, le fue devuelta en recompensa la libertad de los bosques...

Estos ejemplos demuestran claramente que Valentiniano era sanguinario por inclinación y por principio; pero la crítica más adversa no podría poner en duda su talento. Necesario es reconocer que habría hecho menos quizá por la seguridad del Estado ganando muchas batallas que con aquella muralla armada que opuso a las empresas de los bárbaros... El enemigo no podía moverse sin que le descubrieran desde alguno de los fuertes, siendo rechazado en el acto.

La preocupación más constante de Valentiniano en medio de los cuidados del gobierno, era, imitando lo que hizo Juliano con Vadomario, apoderarse por fuerza o por astucia de la persona del rey Macriano. El poder de este rey alemán había aumentado por nuestras prolongadas vacilaciones, encontrándose ya bastante fuerte para presentarse francamente como enemigo. Valentiniano comenzó por tomar a tiempo sus disposiciones, adquiriendo por medio de desertores los datos necesarios para el éxito de una sorpresa. En seguida, con todas las precauciones posibles para mantener secreto su proyecto y evitar todo fracaso, echó un puente de barcas sobre el Rhin. Severo, que mandaba la infantería, avanzó hasta las aguas de Mattias, donde se detuvo, asustado de su aislamiento y ante la posibilidad de verse envuelto con tan pocas tropas. Encontrábanse allí mercaderes de los que trafican en botín y esclavos con los ejércitos, y para que no revelasen la marcha, mandó matarles, apoderándose de sus despojos. La llegada del resto de las fuerzas tranquilizó a la vanguardia. Acamparon apresuradamente como pudieron, para pasar la noche, no teniendo ninguno ni una sola bestia de carga; prescindiendo todos de tienda, exceptuando el Emperador, para quien improvisaron un techo formado con tapetes. En cuanto amaneció, continuaron la marcha, saliendo Teodosio con la caballería para explorar el camino... (laguna). Los contratiempos partieron de los soldados, quienes, a pesar de la prohibición del Emperador, no dejaron de saquear e incendiar.

Alarmados los guardias de Macriano por los clamores y ruido de las llamas, sospecharon el proyectado ataque, hicieron subir a su rey en un carro muy rápido y desaparecieron con él en las escabrosidades de la montaña, perdiendo da esta manera Valentiniano el honor que esperaba conseguir de aquella empresa; y esto no por culpa suya o de sus generales, sino por efecto de la indisciplina, que muchas veces comprometió el triunfo de los ejércitos romanos. Para vengarse, taló el territorio enemigo en cincuenta millas de extensión, y volvió a Tréveris profundamente disgustado. Allí, estremeciéndose como el león a quien acaba de escapar el ciervo o el cabritillo de que creía apoderarse, aprovechó el espanto bajo cuyas influencia se habían dispersado las fuerzas bárbaras para reemplazar a Macriano por Fraomario como rey de los Bucinobantos, tribu alemana vecina de Mogontiaco. Más adelante, habiendo devastado las posesiones de este príncipe una incursión, le envió a Bretaña con el empleo de tribuno y le puso al frente de un cuerpo de compatriotas suyos, que se distinguían en nuestro ejército por su bravura. También confirió mandos a otros dos jefes de esta nación, Bitherido y Hortario. Pero más adelante sorprendió Florencio, duque de Germania, una correspondencia de Hortario con Macriano y otros jefes alemanes, y el tormento hizo confesar la traición al culpable, que fue condenado a las llamas.

... (Laguna.) La mezcla de los hechos contemporáneos produciría aquí inevitable confusión, por lo que me propongo continuar seguidamente el relato.

Nabal, el más poderoso de los reyezuelos de Mauritania, acababa de morir, dejando muchos hijos tanto de su esposa como de sus concubinas. Zama, uno de estos últimos, que gozaba del favor del conde Romano, fue muerto a traición por su hermano Firmo, lo que dio lugar a ruptura y guerra, a consecuencia de intrigas del conde para vengar el asesinato de su protegido. Parece ser que en la corte del Emperador se trabajaba mucho para hacer llegar al príncipe, apoyadas en comentarios en el mismo sentido, las envenenadas comunicaciones que Romano le dirigía contra Firmo, mientras que se cuidaba mucho de que ignorase todo lo que alegaba éste para su justificación. «El Emperador tiene otros cuidados más graves», decía Remigio, maestre de oficios, pariente y auxiliar de Romano: «es necesario elegir mejor momento para llamar su atención sobre documentos tan insignificantes.»

Descubrió al fin el moro las intrigas que impedían se tomase en consideración su defensa; y temiendo que, a pesar de sus buenas razones, se le tratase como rebelde, decidió provocar espontáneamente la insurrección. Habíanse suscitado un enemigo irreconciliable, que era necesario abatir antes que pudiese extender sus medios de perjudicar, para lo cual enviaron inmediatamente al África, con débil destacamento de la casa militar, al jefe de la caballería Teodosio, a quien sus eminentes cualidades hacían acreedor a esta preferencia. Su carácter era parecido al de Domicio Corbulón y de Lusio, que tanta fama alcanzaron por sus hazañas militares bajo los reinados de Nerón y de Trajano. Teodosio partió de Arles bajo favorables auspicios, pasó el mar con la flota cuyo mando había tomado, y desembarcó en Igilgitana, en la Mauritania Sitifense, antes de que se tuviese noticia de su partida. La casualidad le hizo encontrar al conde Romano, con quien conversó afectuosamente, indicando a la ligera las reconvenciones que esperaba este último, y hasta le encargó la organización de un servicio de postas y de guardias avanzadas en la Mauritania Cesariense. Pero en cuanto marchó Romano, dio orden Teodosio a Gildón, hermano de Firmo y a Máximo para que prendiesen a su vicario Vicente, cómplice notorio de sus despojos y crímenes. Obstáculos de navegación habían retrasado la llegada de parte del ejército expedicionario; pero en cuanto se reunió, marchó Teodosio a Sitifis, donde intimó a los protectores que responderían de la persona de Romano y de sus criados. Graves preocupaciones le agitaron durante su permanencia en aquella ciudad, meditando acerca del medio de hacer maniobrar en aquel suelo abrasador a soldados acostumbrados a las regiones boreales; y cómo alcanzaría a un enemigo tan rápido, cuya única táctica es sorprender, sin aceptar nunca batalla campal.

Vago rumor había llegado a Firmo, antes que el anuncio seguro de la llegada de Teodosio. Asustado por la extraordinaria fama de aquel adversario, se apresuró a escribirle y a solicitar, por la mediación de emisarios, el olvido de lo pasado. Reconocía como culpable su resolución, pero no había sido espontánea, habiéndole impulsado a la rebelión la injusticia, como prometía probar. Teodosio aceptó la defensa; ofreció tratar con Firmo en cuanto éste diese rehenes, y marchó en seguida a la estación de Pancharia, donde había citado a las legiones de África para revistarlas. Algunas palabras pronunciadas con noble y modesta firmeza bastaron para reavivar su valor. En seguida volvió Teodosio a Sítifis, donde reunió con el cuerpo expedicionario todas las fuerzas militares del país; e impaciente ya por los aplazamientos de Firmo, se puso en campaña, adoptando, entre otras acertadas medidas, una que le conciliaba ilimitado afecto. Había suprimido el suministro de víveres a sus tropas por parte de la provincia, declarando, con generosa confianza, que sus soldados no contaban para mantenerse más que con las cosechas y almacenes del enemigo: y, con profunda satisfacción de los propietarios del suelo, cumplió su palabra.

Teodosio partió en seguida para Tubusumpto, ciudad al pie del monte Ferrato, donde se negó a recibir otra diputación de Firmo, que se presentaba sin los rehenes convenidos. Habiéndose hecho dar cuenta allí, con la premura que exigía el tiempo, de la disposición del país, marchó rápidamente contra las tribus de los Tendenses y Massissenses, que estaban ligeramente armadas y mandadas por Maciszel y Dius, hermanos de Firmo. En cuanto se tuvo a la vista estos enemigos tan difíciles de alcanzar, cambiáronse nubes de saetas y en seguida trabóse furiosa pelea. En medio de los gritos de dolor que brotan de un campo de batalla, dominaban los alaridos de los bárbaros heridos o hechos prisioneros. La devastación e incendio de la comarca fueron las consecuencias de nuestra victoria; quedando destruida totalmente la granja de Petra, a la que su propietario Salmaces, hermano de Firmo, había dado casi las proporciones de una ciudad. Animado el vencedor con esta primera victoria, apoderóse con maravillosa rapidez de la ciudad de Lamfoctense, en el centro mismo de los pueblos que acababan de ser derrotados, acumulándose allí en seguida considerables provisiones; porque el jefe romano quería, antes de penetrar en el interior, disponer de almacenes a su alcance para el caso en que no encontrase ante él más que un país devastado. Durante estas operaciones, Maciszel que había conseguido levantar fuerzas en las tribus vecinas, cayó de nuevo sobre nosotros y fue rechazado con grandes pérdidas, debiendo él mismo la vida a la ligereza de su caballo.

Tan sobrecogido como debilitado Firmo por este doble descalabro, recurrió otra vez a las negociaciones como última esperanza, viniendo de su parte obispos a implorar la paz y ofrecer rehenes; prometiendo en recompensa del buen recibimiento que tuvieron, cuantos víveres se necesitasen y llevando favorable respuesta. Algo más tranquilo entonces el príncipe moro, presentóse personalmente para hablar con el general, enviando antes regalos, y montando además un caballo que podía sacarlo de apuros en caso necesario. Impresionado al acercarse por la vista de nuestros estandartes, y especialmente por el marcial aspecto de Teodosio, arrojóse del caballo, y, prosternándose casi hasta el suelo, confesó sus delitos con lágrimas en los ojos e imploró perdón y paz, Teodosio, a quien sólo movía el interés del Imperio, le levantó, le abrazó, le inspiró de esta manera confianza y obtuvo víveres. Firmo entregó como rehenes algunos parientes suyos y se retiró confiado, prometiendo devolver todos los prisioneros que habían caído en sus manos en los primeros momentos de la sublevación. Dos días después, conforme estaba convenido, entregó a la primera intimación la ciudad de Icosium, de cuyos fundadores hablamos antes, y restituyó al mismo tiempo las enseñas, la corona sacerdotal y todo el botín que había recogido.

Después de larga marcha entró Teodosio en la ciudad de Tiposa, donde dio esta altiva respuesta a los enviados de Mazices, que habiéndose coligado con Firmo, pedía suplicando perdón: «En breve iré a pediros razón de vuestra pérfida conducta», despidiéndoles temblando bajo la impresión de aquella amenaza. Desde allí marchó a Cesarea, noble y opulenta ciudad en otro tiempo, cuyo origen hemos referido también en nuestra descripción de África, casi reducida a cenizas a la sazón, y que solamente presentaba escombros cubiertos ya de musgo. Allí estableció las legiones primera y segunda, con orden de limpiar de ruinas la ciudad y protegerla contra cualquier insulto de los bárbaros.

Al tener noticia de estos triunfos, los principales funcionarios provinciales y el tribuno Vincencio abandonaron apresuradamente las guaridas donde se habían refugiado y marcharon a Cesarea a reunirse con el general, que les recibió afectuosamente. Antes de alejarse de esta ciudad, adquirió Teodosio el convencimiento de la hipocresía de Firmo, quien, bajo capa de sumisión y humildad, ocultaba el proyecto de caer sobre el ejército como el rayo, en el momento en que estuviese menos preparado para esta agresión. Al enterarse de esto, abandonó Teodosio Cesarea y marchó a situarse en el pueblo de Sugabaris, situado a mitad de la vertiente del monte Transcelense. Allí había arqueros de la cuarta cohorte que habían peleado en las filas del rebelde. El general demostró indulgencia, limitándose a,degradarles y enviarles a Tingaria, a donde relegó también parte de la infantería constanciana con sus tribunos, uno de los cuales había colocado su collar a modo de diadema en la frente de Firmo.

Entretanto llegaron Gildon y Máximo, llevando consigo a Bellenes, uno de los principales mazicos, y al prefecto Fericio, que habían hecho causa común con el autor de las turbulencias (laguna)... Cumplióse la orden, y al levantarse Teodosio al amanecer, vio a los culpables guardados en medio de las filas. Dirigiéndose entonces al ejército, dijo: «Compañeros: ¿qué debe hacerse con los traidores que estáis viendo?» Y accediendo en seguida al grito general, que pedía su muerte, entregó, según la costumbre antigua, los desertores constancianos a la espada de los soldados. A los jefes de los arqueros les cortaron las manos, y los demás fueron condenados a muerte. Igual severidad había ejercido en otro tiempo Curión con los habitantes de Dardania, habiendo creído aquel enérgico jefe que éste era el medio de concluir con el espíritu de sublevación que renacía en ellos como la cabeza de la hidra de Lerna. Los detractores de Teodosio han aprovechado este acto de rigor para censurarle acerbamente, aunque aprueban el de la antigüedad. «Los dardanios, dicen, eran nuestros mortales enemigos; contra ellos fue legítima toda energía; pero soldados que habían peleado bajo nuestras enseñas, no debieron haber sufrido aquel tratamiento por su primera falta.» Contestaré a esto lo que ellos saben quizá tan bien como yo, que no se trataba tanto de castigar esta cohorte como de hacer un escarmiento. También mandó matar Teodosio a Bellenes y Fericio, teniendo igual suerte Curandio, tribuno de los arqueros, por haberse negado a combatir, apartando a sus soldados de la pelea. En aquel momento recordaba el general la frase de Cicerón: «Prefiero saludable rigor a vana ostentación de clemencia.»

Al abandonar Teodosio a Sugabaris, marchó a derribar con el ariete el fuerte de Galonata, que, por sus robustas murallas, formaba la principal guarida de los moros. Arrasó aquellas murallas y pasó a cuchillo a cuantos encontró detrás de ellas. Desde allí marchó a Tigitanum, por el monte Ancorado, y cayó sobre los mazicos, reunidos en aquel punto. Nos recibieron a flechazos; pero aunque son belicosos y enérgicos, tuvieron que ceder a la superioridad de nuestra disciplina y de nuestras armas. Pronto quedó el campo sembrado de cadáveres; los demás volvieron la espalda, siendo destrozados en la fuga. Sin embargo, algunos consiguieron escapar, y más adelante obtuvieron el perdón que la buena política exigía se les concediese. Su jefe Sugen... (laguna) había sucedido a Romano. Teodosio le envió a poner guarniciones en las ciudades de la Mauritania Stifense, con objeto de asegurar la provincia contra la eventualidad de una invasión. En seguida, con la confianza que le inspiraban sus anteriores triunfos, marchó contra los musones, tribu de bandidos y asesinos, a quienes el convencimiento de sus crímenes había llevado al partido de Firmo, en el momento en que parecía ofrecerle el porvenir probabilidad segura de engrandecimiento.

A corta distancia de la ciudad de Addensa enteraron a Teodosio de que se formaba contra él terrible coalición de pueblos diferentes en costumbres y lenguaje; tempestad que le suscitaban las instigaciones y brillantes promesas de Cyria, hermana de Firmo. Disponía esta princesa de inmensos tesoros, y mostraba toda la obstinación de su sexo en sus esfuerzos por sostener a su hermano. Teodosio reflexionó entonces sobre la extraordinaria desigualdad de sus fuerzas, puesto que solamente tenía tres mil quinientos hombres, y oponerlos a tan inmensa multitud era arriesgar su pérdida y la de los soldados. Deseando ardientemente pelear y avergonzándose de ceder, realizó lentamente un movimiento hacia atrás, que muy pronto cambió en franca retirada la impetuosidad de la muchedumbre que tenía delante. Alentados por esta ventaja, los bárbaros le persiguieron con  furor... (laguna). Al fin se vio obligado a aceptar el combate, y él y los suyos estaban a punto de sucumbir, cuando de pronto la densa nube de enemigos que le envolvía se abrió al acercarse un cuerpo de auxiliares mazicos precedidos por algunos soldados romanos, dejando pasar a nuestras encerradas fuerzas. De esta manera pudo llegar Teodosio sin pérdidas al poblado de Mazucana donde hizo otro ejemplar con algunos desertores, quemando a unos y cortando las manos a otros, como a los arqueros. Al mes de Febrero siguiente encontrábase bajo las murallas de Tipata. Por mucho tiempo ocupó aquella posición, poniendo por obra una táctica que recuerda la de Fabio el Contemporizador, eludiendo constantemente todo empeño grave con un enemigo terrible por su encarnizamiento y destreza en las armas arrojadizas, y esperando el momento de atacarle con ventaja. Entretanto recorrían en su nombre hábiles emisarios el país de los bajuras, cantaurianos, avastomates, cafaves, davares y otras tribus inmediatas, empleando, para conseguir su auxilio, en tanto dinero, en tanto amenazas y también promesas de perdón, por excesos cometidos anteriormente... (laguna), procedimiento útilmente empleado por Pompeyo contra Mitrídates.

Firmo vio entonces inminente su pérdida; y, no confiando ya en la protección de sus numerosas fortalezas, abandonó a los mercenarios, que había reunido a fuerza de dinero, para buscar refugio, a favor de la noche, en las inaccesibles gargantas de los montes Caprarienses. Su desaparición produjo la dispersión de los suyos y la toma de su campamento por los nuestros, que lo saquearon. Cuantos opusieron resistencia fueron degollados o hechos prisioneros y talado el país en considerable extensión. El prudente vencedor, a medida que atravesaba el territorio de una tribu, cuidaba de dejar a la espalda la autoridad en manos seguras. Aquella obstinada persecución, que estaba muy lejos de haber previsto, colmó los terrores del rebelde, que huyó de nuevo con escaso acompañamiento, sacrificando a su seguridad sus preciosos bagajes. Extenuada su esposa por el cansancio de aquella vida errante... (laguna).

Teodosio no perdonó a ninguno de los que cayeron en sus manos. Encontrándose reanimados sus soldados por el pago del estipendio y por mejor alimentación, derrotó con facilidad a los caprarienses y a sus vecinos los abannos, llegando rápidamente a la ciudad de... (laguna). Allí supo por seguro aviso que el enemigo se había situado en alturas rodeadas de precipicios, posición a que no podía llegarse sin mucho conocimiento del terreno. Viose, pues, obligado a retroceder, y los bárbaros aprovecharon aquel breve descanso para sacar considerables refuerzos de los pueblos etiópicos limítrofes. En seguida se lanzaron ciegamente sobre los nuestros, imponiendo por un momento a Teodosio el aspecto de aquellas formidables masas, con las que al principio peleó en retirada. Pero no tardó en recobrar la ofensiva, y después de haber asegurado la subsistencia de sus tropas, las llevó de nuevo al combate, blandiendo las armas con terribles ademanes. Ya se lanzaban con furor algunos manípulos, desafiando el formidable ruido de la marcha de las masas enemigas y golpeando con las rodillas los escudos para responderle; pero su jefe era demasiado circunspecto para aceptar el combate en condiciones tan desiguales. Limitóse, pues, a inclinarse a un lado en buen orden, y, por medio de una maniobra atrevida, ocupó la ciudad llamada Contense, que Firmo, por su posición apartada y difícil acceso, había elegido para depósito de prisioneros. Teodosio devolvió la libertad a todos los cautivos y castigó, con su acostumbrado rigor, a los traidores y partidarios de Firmo.

Los dioses continuaban favoreciendo los planes de Teodosio. Enterado por seguras comunicaciones de que Firmo se había refugiado entre los isaflenses, penetró en su territorio, y ante su negativa de entregarle su adversario, su hermano Mazuca y los demás de su familia, declaró la guerra a la tribu. Libróse sangriento combate, demostrando los bárbaros tal furia, que para resistirles tuvo que apelar Teodosio al orden de batalla circular, quedando al fin derrotados los isaflenses y sufriendo considerables pérdidas. Firmo, que se había presentado en los puntos de mayor peligro, debió su salvación a la velocidad de su caballo, educado para correr entre peñascos y precipicios. Mazuca, mortalmente herido, cayó prisionero. Querían enviarlo a Cesarea, donde había dejado sangrientos recuerdos; pero consiguió darse la muerte, desgarrando la herida con sus propias manos; enviaron sin embargo su cabeza a los habitantes de aquella ciudad, que la recibieron con alborozo. 

Con justas severidades hizo pagar el vencedor a la nación su obstinada resistencia; pereciendo en la hoguera Evasio, rico ciudadano, su hijo Floro y algunos otros, convictos de haber favorecido ocultamente al agitador.

Penetrando desde allí en el interior del país, Teodosio atacó resueltamente a la tribu jubalena, cuna, según se dice, del rey Nabal, padre de Firmo. Pero encontró en su camino una barrera de altas montañas, en las que se penetraba por tortuosos desfiladeros; y aunque había arrollado al enemigo, matándole mucha gente, temiendo aventurarse en una región tan favorable a las sorpresas, se retiró sin pérdidas a la fortificación de Audiense, donde se le sometió la feroz tribu de los jesalenses, ofreciéndole socorros en hombres y víveres.

Con justificada confianza por sus anteriores éxitos, quiso al fin Teodosio intentar el último esfuerzo para apoderarse de la persona misma del autor de la guerra. Durante larga estación que hizo en el fuerte Mediano, esperando con ansiedad el resultado de diversos planes concertados para hacerse entregar a Firmo, supo de pronto que el enemigo había vuelto entre los isaflenses. Entonces, sin dejarse dominar por los primeros temores, marchó rápidamente contra ellos. Un rey, llamado Igmacen, poderoso y considerado en aquellas comarcas, se presentó audazmente ante el general, y con acento amenazador le dijo: «¿De dónde vienes? ¿Qué vas a hacer en este país?» Teodosio le contestó tranquilamente: «Soy uno de los condes de Valentiniano, soberano del universo. Me envía aquí para libertarle de un bandido; y tú me lo vas a entregar en seguida, porque así lo manda mi invencible Emperador, o perecerás con todo tu pueblo.» Al escuchar estas palabras Igmacen prorrumpió en injurias y se retiró profundamente irritado. Al amanecer el día siguiente, los dos ejércitos, provocándose recíprocamente, se pusieron en movimiento para venir a las manos. Los bárbaros presentaban en línea cerca de veinte mil hombres, teniendo en reserva fuerzas escondidas, con el propósito de envolver las nuestras. Los romanos solamente podían oponerles un puñado de hombres, pero convencidos de su fuerza y confiados por sus recientes victorias, estrecharon las filas, unieron los escudos formando tortuga y presentaron un frente inquebrantable. Durante el combate, que se prolongó desde el amanecer hasta la entrada de la noche, no se dejó de ver a Firmo sobre un caballo muy alto, agitando su gran manto de púrpura, al mismo tiempo que gritaba a nuestros soldados que le entregasen sin demora al tirano Teodosio, inventor de suplicios, y que se libertasen al fin de tantos males como les hacía sufrir. Estas palabras influyeron de distinta manera en el ánimo de los nuestros; animándose unos más y más a pelear, pero otros retrocedieron: así fue que, en cuanto obscureció, Teodosio aprovechó las sombras para retirarse hacia el fuerte Duodiense. Allí revistó sus fuerzas, e hizo perecer en diferentes suplicios a los soldados que se habían dejado llevar de las palabras de Firmo, cortando a unos las manos y quemando vivos a otros. Pasó en pie toda la noche, rechazando los ataques que intentaron los bárbaros en la obscuridad en cuanto se ocultó la luna, matando muchos y haciendo prisioneros a los más audaces. Desde allí marchó rápidamente, por el lado que menos lo esperaban, contra los pérfidos jesalenses, taló y arruinó su territorio, y en seguida regresó a Sitifis por la Mauritania Cesariense, donde hizo quemar, después de romperles los huesos en el tormento, a Castor y Martiniano, cómplices de los atentados de Romano.

En seguida renovó la guerra con los isaflenses, quienes fueron muy maltratados en el primer empeño, perdiendo considerable número. Su rey Igmacen, victorioso hasta entonces, se conmovió mucho ante el desastre; y mirando en derredor, se vio aislado y perdido si persistía en su actitud hostil. En el acto tomó su partido; huyó furtivamente de su campamento y acudió a presentarse como suplicante delante de Teodosio, a quien rogó le enviase al jefe mazico Masila para tratar con él. Teodosio consintió en ello; comenzaron las negociaciones, y Masila le hizo saber, de parte de Igmacen, que solamente había un medio para conseguir el resultado que se quería de él; el de impulsar vigorosamente las hostilidades y reducir por el temor a su nación, que estaba muy inclinada a favorecer al rebelde, pero que se encontraba bastante debilitada por sus anteriores descalabros. El consejo era a propósito para el carácter de Teodosio, que no desistía fácilmente de sus resoluciones, para que dejase de aprovecharlo: descargando tales golpes y tan repetidos a los  isaflenses, que la nación entera llegó a huir ante él como un rebaño. En este desorden habría encontrado Firmo medio de escapar y tal vez de hallar retiro desconocido en medio de las montañas, si Igmacen no le hubiese hecho prender cuando iba a huir. Entonces Firmo, a quien Masila había hecho saber que Igmacen se entendía con Teodosio, comprendió que no le quedaba otro recurso que la muerte. Y una noche en que la ansiedad no le permitía dormir, después de haberse embriagado de intento, aprovechó el momento en que sus guardias estaban profundamente dormidos, se escapó sin ruido de su lecho, y ayudándose con pies y manos, la casualidad le hizo encontrar a tientas una cuerda, de la que se sirvió para ahorcarse de un clavo que había en la pared, muriendo de esta manera sin grandes sufrimientos.

Esta muerte contrarió mucho a Igmacen, que quería llevar vivo a Firmo al campamento romano. Sin embargo, mandó cargar el cadáver en un camello, y provisto de un salvoconducto por mediación de Masila, se dirigió personalmente hacia las tiendas romanas, cerca del fuerte de Subicara. Allí colocaron el cadáver sobre un caballo y lo presentaron a Teodosio, que recibió el homenaje con profundo regocijo. Llamóse a los soldados y al pueblo para que declarasen si reconocían las facciones de Firmo, y todos contestaron afirmativamente. Después de este acontecimiento, Teodosio permaneció poco tiempo en Subicara, regresando a Sitifis como en triunfo, siendo recibido con aclamaciones por los diferentes órdenes de la población.

Mientras continuaba Teodosio su laboriosa campaña por las arenas de Mauritania y el África, ocurrió inesperada sublevación de los quados, nación que, atendida su actual debilidad, apenas puede comprenderse cuán grande fue en otro tiempo su ánimo belicoso y su poder, como lo atestiguan el atrevimiento y rapidez de sus triunfos y su audaz asedio de Aquilea con los marcomanos; como lo atestigua también el saqueo de Opitergio, y la sangrienta invasión que rompió la barrera de los Alpes Julianos, y que apenas pudo contener el genio de Marco Aurelio. Ahora tenía legítima causa su levantamiento. En cuanto se encontró en el trono Valentiniano, dominado por la grande idea, pero que llevó hasta la exageración, de dar al Imperio una frontera fortificada, extendió la línea de sus trabajos más allá del Danubio, mandando se levantasen fortificaciones hasta sobre el territorio quado, como si perteneciese a los romanos. Herido quedó el sentimiento nacional de este pueblo, pero sin manifestarse más que por murmullos contenidos o por medio de legaciones. Maximino, que solamente pensaba en hacer daño, y cuya arrogancia había aumentado con los honores de la prefectura, censuró de blandura y desobediencia a Equicio, que mandaba entonces en Iliria, porque no estaban terminados todavía los trabajos. Era necesario no pensar más que en el bien del Estado, decía, y dar al joven Marceliano el título y autoridad de duque de Valeria, para que el plan del Emperador quedase realizado inmediatamente. Este doble deseo fue satisfecho: recibió su hijo el nombramiento, marchó al paraje designado, y este digno heredero de la insolencia paternal, sin emplear ni la más leve dulzura de lenguaje con aquellos a quienes se despojaba con tan exorbitante e insólita pretensión, hizo reanudar inmediatamente los trabajos, suspendidos un momento para dar tiempo a que las reclamaciones llegasen al Emperador. Últimamente Gabino, rey de los quados, vino en persona a rogar a Marceliano con las palabras más humildes, que no llevase las cosas más lejos. Fingió éste entonces ablandarse, e invitó al rey y a su comitiva a un festín, y despreciando los derechos más sagrados, hizo asesinar a su confiado huésped, en el momento que se retiraba después de la comida.

Inmediatamente se extendió entre los quados la noticia de aquella infame celada, exasperándoles tanto como a las naciones vecinas. Común dolor reunió a aquellos pueblos, y sus devastadoras bandas, cruzando en seguida el Danubio, cayeron de improviso sobre la población agrícola de la otra orilla, ocupada entonces en la recolección; mataron a muchos habitantes y se llevaron a los demás con muchos ganados de todas clases. Poco faltó para que hubiese que deplorar una desgracia irreparable y una grande afrenta para el honor romano. La hija del emperador Constancio, desposada con Graciano y a la que llevaban a su esposo, estuvo a punto de que la arrebatasen en la posada pública de Pistrense, donde estaba comiendo. Pero por favor de la Providencia, Messala, corrector de la provincia, que estaba presente, la hizo montar en su carro, y  recorrió con ella a toda brida la distancia de veintiséis millas que les separaba de Sirmio. Este feliz encuentro salvó a la joven princesa de un cautiverio que se habría convertido en calamidad pública, en el caso de que los bárbaros no hubieran aceptado rescate.

Los sármatas y los quados, rematados bandidos y ladrones, extendieron más y más sus estragos, arrebatando en tanto hombres, mujeres y ganados, en tanto incendiando las mieses, degollando sin piedad a los habitantes sorprendidos y gozando con salvaje alegría en las ruinas y estragos que causaban. Propagándose el terror, llegó a Sirmio, donde residía entonces Probo en calidad de prefecto del pretorio, hombre que no estaba acostumbrado a emociones de este género; representándose el peligro con los colores más sombríos, sin atreverse a levantar los ojos en su turbación, y sin saber qué partido tomar, ocurriósele procurarse buenos relevos de posta y huir a favor de la noche; pero reflexionándolo mejor, no hizo nada, porque le hicieron comprender que imitándole, huiría toda la población de Sirmio y que la ciudad, privada de defensores, caería en poder del enemigo. Reponiéndose poco a poco del terror, Probo empleó toda la actividad de su espíritu en atender a las exigencias de la situación; mandó limpiar los fosos obstruidos por los escombros, reparar lienzos enteros de las murallas, que habían dejado arruinarse durante la paz, y hasta los elevó a la altura de las torres. Su afición le llevaba a las obras, y una cantidad destinada a la construcción de un teatro le proporcionó, en aquellas circunstancias, recurso suficiente para impulsar con rapidez los trabajos y terminarlos. Últimamente completó estas disposiciones con una medida muy útil, mandando venir de un cantón inmediato una cohorte de arqueros para defender la ciudad en caso necesario.

Esto era bastante para quitar a los bárbaros hasta la idea de intentar el asedio. Ignorando este género de táctica, y embarazados con el botín, prefirieron ponerse en persecución de Equicio, que, según los desertores, había huido al interior de la Valeria. Dirigieron, pues, su marcha hacia aquel lado, estremecidos de furor e impacientes por arrancar la vida a un hombre a quien creían autor de la traición de que había sido víctima su rey. Enviaron contra ellos dos legiones, la Pannoniana y la Mesiaca, tropas excelentes, que indudablemente les habrían derrotado si hubiesen obrado de acuerdo; pero durante la marcha una discusión sobre precedencia y mando sembró la discordia entre ellas y maniobraron sin concertarse. Observáronlo los sármatas, y sin esperar siquiera la señal de sus jefes, cayeron bruscamente sobre la legión Mesiaca, matándole considerable número de soldados, que ni siquiera tuvieron tiempo para armarse; enardecidos con el éxito, cayeron sobre la Pannoniana, que cedió ante el choque, habiendo sido segura su destrucción si parte de sus soldados no hubiesen buscado salvación en la fuga.

Mientras se nos presentaba tan contraria la fortuna en este punto, Teodosio el joven, duque de Mesia, que tanto se distinguió después sobre el trono, libraba por otro lado una serie de combates afortunados con los sármatas libres, designados así para distinguirlos de sus esclavos rebeldes, y los rechazaba de nuestras fronteras. Tan duros golpes descargó sobre ellos, que el mayor número de aquellos bárbaros sirvió de pasto a las aves de rapiña y a las fieras. Abatidos y desanimados los supervivientes, temieron que el activo general atravesase sus fronteras o exterminase las fuerzas que les quedaban, sorprendiéndolas en las inmensas selvas que tenían que atravesar. Todos sus esfuerzos para abrirse paso habían fracasado, y por tanto renunciaron a pelear, implorando la paz y el olvido de lo pasado. Concedióseles una tregua y la presencia de un temible cuerpo de galos, enviados para reforzar el ejército de Iliria, contribuyó sin duda a hacérsela respetar.

En medio de estas turbulencias, siendo Claudio prefecto de Roma, el Tiber, que desemboca en el mar Tirreno después de recibir las aguas de multitud de afluentes naturales o artificiales, extraordinariamente aumentado de pronto por las lluvias, se salió de madre e inundó casi toda la ciudad, que divide en dos partes. El suelo en todos los puntos llanos y deprimidos desapareció bajo las aguas, destacándose solamente de la inundación las colinas y parte elevada de los barrios, ofreciendo algún refugio. Interrumpidas las comunicaciones, multitud de personas habrían muerto de hambre, de no haber organizado un servicio de barcas para llevarles provisiones. Al fin calmó la crecida, las aguas se abrieron paso por todas partes hacia el mar y renació la confianza. La administración de Claudio fue muy tranquila, no dejando a la malevolencia pretexto legítimo para promover disturbios, distinguiéndose por numerosas restauraciones de edificios, entre los que debe citarse el gran pórtico contiguo a los baños de Agripa, llamado de la Buena Ventura, por su proximidad al templo de este nombre (Bonus eventus).

 

 

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