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HISTORIA DEL IMPERIO ROMANO

 

AMIANO MARCELINO

LIBRO 27

LIBRO 28

LIBRO 29

 

LIBRO XXVIII

Considerable número de senadores y mujeres patricias son acusados y condenados a muerte por magia, envenenamiento y adulterio.—El emperador Valentiniano guarnece con fortificaciones y castillos toda la orilla del Rhin por el lado de las Galias.—Los alemanes matan algunos soldados romanos empleados en una obra de éstas.—Los bandidos de Marathocypra, en Siria, exterminados por orden de Valente y arrasado su pueblo.—Teodoro restaura las ciudades saqueadas por los bárbaros en Bretaña, repara las fortificaciones de esta isla y reconstituye la provincia, a la que da el nombre de Valentia.—Olibrio y Ampelio son prefectos de Roma sucesivamente.—Vicios del Senado y del pueblo romano.—Los sajones en la Galia.—Los romanos aprovechan una tregua para sorprenderles y exterminarles.—Valentiniano compromete a los borgoñones, con la falsa promesa de obrar de acuerdo, a lanzarse sobre el territorio alemán. Conocen el engaño y regresan a su país, después de matar a los prisioneros.—Desastres causados por los austurianos en la provincia de Trípoli y en las ciudades de Leptis y (T.ci, quedando impunes a consecuencia de los fraudulentos manejos del conde Romano, que engaña al Emperador.

 

Mientras que, como ya hemos dicho, la perfidia del rey de Persia lo removía todo en Oriente, resucitando la guerra con sus intrigas, comenzaban de nuevo las matanzas del tiempo de Nepociano, más de diez y seis años después de su trágica muerte, a ensangrentar la ciudad eterna. Una chispa bastó para producir aquel incendio; y tal vez fuera mejor sepultarlo en eterno olvido para impedir que volviesen tales atrocidades; porque el contagio del ejemplo es más temible que el mismo mal. Pero a pesar de que veo más de un peligro en detenerme mucho en estas escenas de horror, me tranquiliza por otra parte la quietud de la época actual: considerándome autorizado para entresacar de la masa de los hechos, los que merecen quedar consignados en la historia; si bien mostraré a lo que se exponía u. autor en los tiempos antiguos al trazar pinturas de este género. En el primer período de su gran guerra con los griegos, los Persas habían reunido todas sus fuerzas para acabar con la ciudad de Mileto. Reducidos a la desesperación los habitantes, y no teniendo más perspectiva que la muerte entre suplicios, reunieron en montón sus muebles, les prendieron fuego, después de haber degollado a todas las personas queridas, y todos a porfía se precipitaron en la hoguera de la patria agonizante. El poeta Phrinyicus compuso sobre este asunto una tragedia que fue representada en el teatro de Atenas y escuchada al principio con agrado. Pero haciéndose cada vez más triste la acción, creyóse que la exposición de tales dolores traspasaba lo conveniente en la escena; y en vez de un homenaje a la memoria de aquella hermosa ciudad, solamente se vio insultante sátira al abandono en que la dejó la metrópoli; porque Mileto era una colonia de Atenas, que había fundado en la Jonia Nileo, hijo de Codro, que se sacrificó por su patria en la guerra dórica. Pero volvamos al asunto.

Maximiano, a quien habían otorgado la viceprefectura de Roma, nació de obscura familia en Sopianas, en la Valeria. Su padre era allí escribano del oficio presidial, siendo su origen de la nación de los carpos, a quienes Diocleciano arrebató el suelo patrio para trasladarlos a la Pannonia. Maximino, después de recibir mediana educación y haber ensayado sin éxito la abogacía, fue sucesivamente administrador de la Córcega y de Cerdeña, y últimamente corrector de Toscana. Desde este punto pasó al de prefecto de subsistencias en Roma, y durante una interinidad desempeñó a la vez la prefectura de la ciudad y la de la provincia. Tres motivos contribuyeron a contenerle al principio. En primer lugar recordaba a su padre, hombre muy versado en la ciencia de los augures y de los arúspices, que en otro tiempo le predijo que llegaría a puesto muy elevado, pero que moriría por mano del verdugo. En segundo lugar, había contraído estrechas relaciones con un mago sardo, que sabía evocar los manes de los ajusticiados, conjurar las larvas y obtener la revelación de lo venidero: y el temor de alguna indiscreción de aquel hombre, del que se le acusó más adelante de haberse deshecho a traición, le obligó, mientras vivió, a mostrarse humano y  tratable. En fin, tenía algo de la serpiente, y, como ésta, sabía arrastrarse hasta el momento de enroscarse a su víctima.

Pero llegó la ocasión de descubrirse como era. Habíase presentado ante Olybrio, prefecto entonces de Roma, una acusación de envenenamiento, por Chilón, ex vicario de África, y su esposa Máxima contra el organero Serico Absolio, maestro de luchadores y el arúspice Campensis, siguiendo inmediatamente el encarcelamiento de los acusados. Pero la enfermedad que padecía el pretor hacía que se demorase el asunto, y los impacientes querellantes consiguieron, por reclamación, que se encargase el conocimiento al prefecto de subsistencias. Maximino iba a poder hacer daño al fin, y, como las bestias del circo cuando se les abre la jaula, su furor, contenido hasta entonces, tomó vuelo de pronto.

Desde el principio se complicó el asunto. En las revelaciones arrancadas por la tortura quedaron comprometidos algunos nombres ilustres, como habiendo empleado a sus clientes en hechos criminales; pero, en general, solamente se trataba de gentes de ínfima clase, delincuentes o delatores habituales. El infernal juez aprovechó este pretexto para ensanchar su misión. Inmediatamente presentó al príncipe un malévolo informe sobre aquel asunto, exponiendo que el desbordamiento de crímenes en Roma reclamaba aumento de rigor en las investigaciones y en las penas, por interés de la moral y de la vindicta pública. Valentiniano, cuyo carácter era más impetuoso que amante de la justicia, se enfureció a la lectura del informe, y se apresuró a decretar, por asimilación completamente arbitraria al crimen de lesa majestad, que por excepción y en caso necesario se aplicaría la tortura a toda clase de personas que tenían en cuanto a ella privilegio de excepción, según el derecho antiguo y las decisiones imperiales. Al mismo tiempo, para engrandecer a Maximino y duplicar en él la potencia del mal, le dieron interinamente la prefectura, y, lo que es más, le unieron para aquellos informes, que habían de ser fatales para tantos, al notario León, que más adelante fue maestre de oficios; un bandido pannonio, despojador de sepulcros, que llevaba retratada la crueldad en su felino rostro. La llegada de aquel digno auxiliar, y los halagüeños términos en que se notificaba a Maximino el aumento de autoridad, exaltaron más y más su maléfico carácter. En la embriaguez de su alegría, saltaba más bien que andaba, queriendo sin duda ensayar la facultad que algunos atribuyen a los brachmanes cuando dan vueltas alrededor de los altares.

Habíase dado la señal de los asesinatos judiciales, y profundo terror helaba todos los ánimos. Entre las condenaciones, cuyo número y variedad son infinitos, las hubo crueles y atroces: la del abogado Marino en primer lugar, contra el que se dictó pena de muerte, casi sin debate, por haber usado prácticas ilícitas con objeto de obtener por esposa a una mujer llamada Hispanila. Ocurrir puede que testigos oculares o anotadores escrupulosos me acusen aquí de omisión o confusión de hechos y de fechas. No blasono en cuanto a esto de rigurosa exactitud, y no veo interés alguno en consignar ordenadamente los sufrimientos y los desconocidos nombres de todas las víctimas. Además, carecería de documentos hasta el que registrase los archivos públicos: tan lejos se llevaron el furor de los verdugos, la perturbación de los principios de justicia y de las formas legales. Lo que más podía temerse, en efecto, no era ser sometido a juicio, sino no ser juzgado. Cortóse la cabeza al senador Cettugo por simple sospecha de adulterio. Por no sé qué leve falta fue desterrado Alypio, joven de noble familia. Otros menos distinguidos cayeron en montón bajo la mano del verdugo; y cada cual creía ver en la suerte de aquéllos la que le estaba reservada, soñando solamente con cadenas, calabozos y suplicios.

Por este mismo tiempo tuvo lugar el proceso del honrado Hymecio; siendo lo siguiente lo que he podido averiguar acerca de este asunto, en el que no se economizaron las formas jurídicas. Durante su proconsulado en África había sobrevenido una escasez de subsistencias en Cartago: Hymecio había hecho abrir a los habitantes los graneros reservados para el abastecimiento de Roma, aprovechando la buena recolección siguiente para restituir al depósito igual cantidad de granos a la que dio salida. Como el trigo había sido entregado al consumo local, a razón de un escudo de oro cada diez modios y recobrado a la tasa de un escudo de oro cada treinta, la operación  produjo una ganancia que hizo entregar al tesoro. Sin embargo, Valentiniano sospechó que Hymecio había defraudado algo de aquel beneficio, y se dictó confiscación de parte de sus bienes. Funesta coincidencia agravó más su posición. Al mismo tiempo que él, Amancio, el arúspice más reputado en su época, era llevado ante el tribunal por delación anónima, como habiendo sido llamado al África por Hymecio, para hacer un sacrificio con propósitos criminales. Un registro de sus papeles hizo encontrar un escrito de mano de Hymecio, rogándole que emplease la forma religiosa de las súplicas para suavizar con él a los dos Emperadores; escrito que terminaba con amargas recriminaciones acerca de la avaricia y dureza de Valentiniano. Los jueces lo pusieron en conocimiento del príncipe, exagerando la importancia del descubrimiento, y en seguida recibieron orden de activar vigorosamente el proceso. En consecuencia de esto, Fontino, consejero de Hymecio, convicto por confesión propia de haber prestado su ministerio para la redacción del documento, por este hecho solo fue azotado y relegado a Bretaña. Los cargos contra Amancio parecieron motivar una sentencia capital, y pereció. Desde este momento, el viceprefecto Maximino dejó de conocer en el negocio, pasando al prefecto Ampelio, y el acusado principal, trasladado a Ocricula, tuvo que responder ante la jurisdicción superior. Considerábasele como hombre perdido; pero debió su salvación al derecho que hizo valer para que le juzgase el Emperador mismo. Valentiniano le envió ante el Senado, que examinó fríamente el asunto, dictando contra él sencillo destierro a Boas, en Dalmacia. Esta dulcificación de sentencia en favor de un hombre cuya muerte había jurado, produjo al príncipe un acceso de furor.

Al ver estas cosas, cada cual pudo comprender la suerte que le esperaba, siendo general la alarma. El mal estaba oculto todavía; pero protegido por el silencio público, iba a extenderse y amenazaba una calamidad universal. El Senado decretó que una comisión compuesta de Pretextato, ex prefecto de Roma, Venusto, ex vicario, y Minervio, ex consular, fuese a suplicar al Emperador que restableciese la justa proporción entre los delitos y las penas y que revocase la ilegal e inaudita facultad de aplicar la tortura a los senadores. Cuando se le expusieron estas quejas en pleno consejo, el primer impulso de Valentiniano fue decir que eran calumnias y que nunca había autorizado tales medidas; en lo que le contradijo respetuosamente el cuestor Eupraxio, cuya valerosa libertad hizo retroceder al príncipe en aquella enormidad sin ejemplo.

Entretanto seguía un proceso Maximino al joven Loliano, un niño todavía, hijo del ex prefecto Lampadio, cuyo delito consistía en haber copiado, sin discernimiento alguno, un compendio de fórmulas mágicas. Nadie dudaba que a Loliano se aplicaría solamente el destierro; pero cometió la falta, por consejo de su padre, de apelar al Emperador, y le trasladaron a la corte. Esto fue arrojarse al fuego, como suele decirse, huyendo del humo; porque fue entregado al juicio del consular Falangio, y murió a mano del verdugo.

Tarracio Basso, que más adelante fue prefecto de Roma, su hermano Camenio, Marciano y Eusafio, los cuatro varones clarísimos, quedaron envueltos en la misma acusación, la de haber favorecido al auriga Anquenio por medio de sortilegios. Pero la falta de pruebas y, si hemos de creer la voz pública, la influencia de Victorino, amigo íntimo de Maximino, consiguieron la absolución.

En esta calamidad no fueron perdonadas las mujeres, pereciendo muchas de elevada alcurnia bajo la acusación de adulterio y de incesto. Las más distinguidas fueron Claritas y Flaviana, siendo llevada al suplicio la primera despojada de sus ropas, en completa desnudez; pero el verdugo, culpable de esta indignidad, fue más adelante quemado vivo.

Por orden de Maximino solamente fueron ejecutados los senadores Pafio y Cornelio, que confesaron haber intervenido en maleficios. Igual suerte tuvo el procurador de la moneda. Sérico y Asbolio, anteriormente citados, perecieron bajo los golpes de bolas de plomo atadas a correas; habiéndoles asegurado Maximino, para conseguir revelaciones, que no emplearía con ellos el hierro ni el fuego; pero entregó a las llamas al arúspice Campense, a quien nada había prometido.

Creo oportuno referir aquí lo que produjo la precipitada ejecución de Aginacio, de quien la opinión se ha empeñado en hacer un noble, sin que nunca se hayan publicado las pruebas de su origen. Desde muy temprano se había revelado la desenfrenada ambición de Maximino. No eratodavía más que prefecto de las subsistencias, y su audacia, completamente segura de elevada protección, llegaba hasta desafiar la autoridad de Probo, a quien su posición de prefecto del pretorio confería la alta inspección sobre las provincias. Había ofendido a Aginacio que, siendo él vicario de Roma, prefiriese Olybrio a Maximino para la dirección de las investigaciones; y con esta ocasión dijo secretamente a Probo por carta, que para reprimir a un subalterno insolente, bastaba querer hacerlo. Probo, sin embargo, temió comprometerse con aquel malvado a quien sostenía el favor del príncipe; y dícese que envió ocultamente, por medio de un mensajero, aquella carta a Maximino. La rabia de éste fue extraordinaria; y desde entonces, pareciéndose a la serpiente que conoce la mano que la ha herido, desplegó su astucia contra Aginacio. Presentábase una ocasión excelente para perderle, y la aprovechó. Después de la muerte de Victorino, Aginacio, a quien había favorecido mucho en su testamento, no dejaba de atacar su memoria, pretendiendo que había traficado con las sentencias de Maximino, siendo bastante inconsiderado para amenazar con un proceso a su viuda Anepsia. Ésta, para asegurarse la protección de Maximino, le hizo creer que su marido, en un codicilo, le había legado tres mil libras de plata. Despierta la codicia de Maximino, que también tenía este vicio, reclama en seguida la mitad de la herencia. Pero esto era muy poco para satisfacerle, por lo que imaginó un medio, tan honrado a su parecer como seguro, para apropiarse la mayor parte de aquel rico patrimonio: el de pedir en matrimonio para su hijo una hija que Anepsia había tenido de su primer marido; quedando en seguida convenido el asunto por consentimiento de la madre.

Este espectáculo daba a la ciudad eterna aquel hombre cuyo nombre solamente hacía temblar, y que por tales medios procedía a la destrucción de todas las fortunas. Como juez, nunca se atenía Maximino a los procedimientos legales. De cierta ventana apartada del pretorio pendía a todas horas una cuerdecilla que servía para recoger de todas las manos las delaciones, y, por desprovistas de pruebas que estuviesen, siempre servían para perder a alguno. Un día imaginó despedir ostensiblemente a sus aparitores Muciano y Bárbaro, dos bribones consumados, quienes, vociferando la dureza e injusticia de su amo, decían y repetían por todas partes que los acusados solamente podrían salvar la cabeza comprometiendo a muchos nombres esclarecidos. Multiplicar las delaciones era, según ellos, el medio de que los acusados tuviesen probabilidades de absolución.

Continuaba el régimen del terror, y ya no se contaban las detenciones. Todos los nobles mostraban en el aspecto exterior su profunda ansiedad, o se inclinaban hasta el suelo ante su opresor. Y sería verdaderamente duro tachar por esto de bajeza a las personas que incesantemente oían gritar a sus oídos a aquel bandido feroz, que no había más inocentes que los que él permitiese. Numa Pompilio y Catón habrían temblado. En aquel tiempo no había ojos secos, aunque no tuviesen que llorar más que las propias penas. Aquel ánimo feroz tenía, sin embargo, un lado bueno, ocurriendo algunas veces dejarse conmover por los ruegos. Según Cicerón, puede ser también censurable esta propensión a enternecerse, puesto que ha dicho: «Cólera implacable, esdureza; si se deja enternecer, es debilidad; pero es mejor ser débil que inflexible.»

Había llegado un sucesor a Maximino, llamado a la corte, donde ya le había precedido León, y donde le esperaba el nombramiento de prefecto del pretorio. Nada ganaban con esto sus víctimas, porque mataba desde lejos, como la serpiente basilisco. Por este tiempo, o poco antes, vióse florecer las escobas que servían para barrer la sala del Senado, siendo esto presagio del encumbramiento de gentes ínfimas a los honores.

Convendría terminar esta digresión; pero creo deber continuarla un poco, para completar el relato de esta serie de iniquidades, con los actos del mismo género que, hasta después de la marcha de Maximino, y bajo su influencia, señalaron la gestión de sus ministros, que obraban como aparitores suyos. Ursicino, su inmediato sucesor, se inclinaba a la dulzura. Escrupuloso observador de las formas legales, había querido enviar al Emperador el asunto de Esaia y de otros muchos, acusados de adulterio con Rufina, y que, por su parte, intentaban contra Marcelo, ex intendente y marido de esta última, una acusación de lesa majestad. La circunspección de Ursicino fue calificada de pusilanimidad, y se le privó del cargo como falto de energía para desempeñarlo. Colocóse en su  lugar a Simplicio Emonense, que de profesor de gramática había pasado a ser consejero de Maximino. La elevación no cambió en nada sus maneras; no era orgulloso ni insolente; pero su mirada oblicua causaba temible impresión, y la moderación afectada de su lenguaje ocultaba homicidas intenciones. Comenzó por hacer morir a Rufina y a todos los que alcanzaba la acusación de adulterio con ella, o bien la de complicidad, acerca de cuya culpabilidad se había abstenido Ursicino. En seguida procedió del mismo modo sumario contra multitud de acusados, sin distinguir inocentes de culpables: teniendo como sangriento punto de honra exceder a su jefe Maximino en la destrucción de las familias patricias. Émulo, en una palabra, de Busilis y de Anteo, era, exceptuando el toro, un Falaris de Agrigento.

De tal manera aterraba la repetición de estos casos, que una matrona llamada Hesychia, por librarse de las consecuencias de una acusación, se asfixió comprimiendo la respiración sobre un lecho de plumas, en casa de un aparitor donde se encontraba detenida provisionalmente. El hecho siguiente no es menos repugnante.

En el tiempo en que Maximino desempeñaba todavía la prefectura, la opinión designaba ya a dos hombres de posición muy distinguida, Eumenio y Abieno, como habiendo tenido ilícito comercio con Fausiana, mujer de elevada condición. Sin embargo, protegidos los dos por Victorino, vivían en completa seguridad. Pero muerto Victorino, comenzaron a temer al ver llegar a Simplicio, que públicamente decía ser continuador de su antecesor. En primer lugar buscaron donde ocultarse, y después sitio más recóndito, al enterarse de que habían condenado a Fausiana y que se habían dictado citaciones contra ellos. Abieno estuvo oculto algún tiempo en casa de Anepsia; pero a consecuencia de uno de esos incidentes que empeoran las situaciones más apuradas, un esclavo de Anepsia, llamado Apaudulo, irritado por un castigo corporal impuesto a su esposa, marchó una noche a revelarlo todo a Simplicio. En seguida acudieron aparitores a sacar a aquellos desgraciados de su retiro, y, Abieno, con la agravante acusación de nuevo adulterio con Anepsia, fue condenado a muerte. Ésta, que esperaba salvar la vida haciendo aplazar el suplicio, declaró que había sucumbido merced a sortilegios y en casa de Aginacio. En seguida dio cuenta de esto Simplicio al Emperador. Encontrábase a su lado Maximino, cuyo odio al desgraciado Aginacio había aumentado al ascender en posición; y al poderoso favorito no fue difícil conseguir del príncipe una respuesta, que era una orden de muerte.

Pero como Simplicio había sido consejero de Maximino y amigo íntimo suyo, el temor de que la opinión pública hiciese remontar hasta su patrono la responsabilidad de una sentencia pronunciada por su protegido contra persona patricia, impidió por algún tiempo a Maximino desprenderse del rescripto imperial; porque quería encargar la ejecución solamente a manos seguras y que no se detuviesen ante nada. Rara vez deja un perverso de encontrar otro que se le parezca; y así fue que encontró un tal Doriforiano, galo de nación, atrevido hasta la demencia, que lo tomó todo a su cargo por comisión especial. Maximino confió el rescripto a este intermediario, tan ignorante como cruel, y le ordenó marchar directamente al asunto a pesar de cualquier oposición dilatoria, atendiendo a que Aginacio era capaz, si se le daba tiempo, de escapársele de entre las manos. Doriforiano marchó apresuradamente a Roma para ejecutar su mandato, y comenzó a meditar cómo quitaría la vida a un senador eminente, sin recurrir a ninguna autoridad. Aginacio había sido detenido en su casa de campo y en ella le guardaban; y Doriforiano decide bruscamente que el acusado principal y Anepsia comparecerán a su presencia de noche, cuando el ánimo se turba con más facilidad bajo la impresión del terror, como lo demuestra el Ajax de Homero, que desea la muerte a la luz del día y sin el aumento de horror que añaden las tinieblas. Preocupado únicamente de cumplir su encargo, el juez, o mejor dicho, aquel detestable bandido, en cuanto compareció Aginacio, mandó entrar un grupo de verdugos; y la tortura, en medio del lúgubre ruido de las cadenas, desgarra a los esclavos del acusado, extenuados ya por larga prisión, solamente para obtener de su boca la condenación de su señor. Vencida por el dolor de los tormentos, una esclava pronuncia algunas palabras ambiguas, y esto fue bastante para llevar, sin más investigaciones, a Aginacio al suplicio, a pesar de sus repetidos gritos: «Apelo al juicio de los Emperadores.» Anepsia  tuvo la misma suerte. De esta manera envolvía en luto a la ciudad eterna Maximino, presente o ausente, por sí mismo o por sus emisarios.

Pero muy pronto quedaron vengados los manes de sus víctimas. Como en ocasión oportuna diremos, aquel mismo Maximino pagó con su cabeza, bajo el reinado de Graciano, su insolente conducta. Simplicio fue asesinado en Iliria; y en cuanto a Doriforiano, condenado a muerte y encerrado en la cárcel Juliana, a ruegos de la madre del Emperador, fue sacado y devuelto a su casa; pero el príncipe no tardó en hacerle perecer en espantoso suplicio.

(Año 369 de J. C.)

Valentiniano, que meditaba planes tan vastos como útiles, fortificó con una trinchera todo el curso del Rhin, desde la frontera de la Recia hasta el Océano Germánico; reforzó las fortificaciones y castillos por el lado de la Galia, y añadió, en los puntos convenientes, una serie de torres unidas entre sí, construyendo también en algunos parajes de la otra orilla puestos avanzados que tocaban al territorio de los bárbaros. Creyendo que los bárbaros podrían apoderarse algún día de uno de estos fuertes, construido en las orillas del Nícer, quiso separar el curso del río; y en seguida llamó a los artífices más expertos en obras hidráulicas, empleando en tan ruda tarea parte de los soldados del ejército. En vano intentaron durante muchos días construir una presa por medio de estacas muy juntas y rellenando los intersticios con madera de encina: la fuerza de la corriente separaba los materiales y destruía la obra. Sin embargo, la tenaz voluntad del Emperador, secundada por la abnegación y obediencia pasiva de los soldados, que frecuentemente trabajaban con agua hasta la barba, concluyó por triunfar de los obstáculos. Algunos hombres perecieron; pero el fuerte se encuentra en pie y preserva de toda inquietud por la parte del río.

Satisfecho del éxito, Valentinia,no distribuyó el ejército en cantones de invierno, y volvió a ocuparse de los asuntos interiores del gobierno. Convencido, sin embargo, de que para que su sistema de defensa fuese completo debía comprender en su desarrollo el monte Piri, situado en territorio de los bárbaros, decidió construir allí también un fuerte. Y como la rapidez era muy esencial para el resultado, hizo que el notario Syagrio, más adelante prefecto y cónsul, ordenase al duque Arator que se apoderase de aquel punto antes de que se divulgase el proyecto. Marchó inmediatamente el duque al terreno, acompañándole Syagrio; pero en el momento en que comenzaba la explanación con los soldados que había llevado, llegó Hermógenes para reemplazarle. Al mismo tiempo se presentaron algunos alemanes importantes, padres de los rehenes que habíamos recibido como prendas seguras de la duración de la paz. Estos invocaron de rodillas ante los nuestros el respeto de los tratados, gloria inmortal del nombre romano, rogando no se dejasen arrastrar tan imprudentemente a la violación de la fe jurada; pero fueron vanos sus ruegos; y viendo que no se les escuchaba, y desesperando de conseguir respuesta favorable, se retiraron, llorando de antemano la muerte de sus hijos. Apenas habían desaparecido, presentóse un cuerpo de bárbaros, que indudablemente esperaban el resultado de la conferencia; lanzóse de un oculto repliegue de la montaña, cayó sobre nuestros soldados, que se habían despojado de las armas para trabajar con más holgura, y los exterminó hasta el último, comprendiendo a los jefes, quedando solamente Syagrio para llevar la noticia. Enfurecido el Emperador al verle volver solo a la corte, le destituyó de su cargo y le despidió a su casa, sin duda para castigarle por haber sobrevivido al desastre común.

Por este tiempo pululaban bandidos en la Galia, causando espantosos males. Acudían a los caminos más frecuentados, atacando atrevidamente a los que podían dejar rico despojo. Entre sus numerosas víctimas citaremos a Constanciano, tribuno de las caballerizas, a quien hicieron caer en una emboscada, en la que fue asesinado. Este era pariente del Emperador y primo de Cerealis y de Justina.

Muy lejos de las Galias, y como si las furias hubiesen organizado iguales cosas en todas partes, los habitantes de Maratocrupeno, cerca de Apamea, los ladrones más activos y temibles, tanto por su número como por la habilidad con que dirigían sus empresas, asolaban la Siria con sus depredaciones. Con traje de mercaderes o de jefes del ejército, penetraban uno a uno sin ruido en las  casas de la ciudad y del campo y hasta en los palacios; no habiendo medio de defensa contra sus expediciones, que nunca tenían objeto fijo ni determinado con anticipación, sino que caminaban al azar y caían a lo lejos como enjambre llevado por el viento. Esto mismo es lo que hace tan peligrosas las expediciones de los sajones. Estas bandas talaban sin piedad y degollaban sin compasión, mostrándose tan sedientas de sangre como de botín. No me detendré en referir sus numerosas estratagemas, bastando un ejemplo para juzgar de ellas.

Una banda de aquellos malvados, disfrazados de agentes del fisco, con un fingido magistrado al frente, haciéndose anunciar por la lúgubre voz del pregonero, entró una noche en la magnífica morada de un ciudadano notable, y se lanzó, espada en mano, sobre el propietario, como si estuviese proscripto y sentenciado a muerte. Sorprendidos y aterrados los criados, ni siquiera pensaron en ponerse en defensa, y los bandidos, aprovechando el estupor, matan algunos de ellos, y desaparecen al amanecer, llevándose lo más precioso que había en la casa. Repletos de despojos, habían llegado robar sin perdonar nada, y solamente por espíritu de rapiña, cuando, por orden del Emperador, les envolvieron tropas y les destruyeron hasta el último, no perdonando ni a los niños en lactancia, por temor de que algún día siguiesen los ejemplos de sus padres, y arrasaron sus casas, todas construidas suntuosamente a expensas de los desgraciados a quienes habían despojado. Y dicho esto, volvamos a nuestro objeto.

El ínclito Teodosio, después de permanecer algún tiempo en Augusta, llamada por los antiguos Lundinium (Londres), partió animado de nuevo vigor, al frente de un cuerpo escogido. Su presencia robustecía en todas partes nuestra vacilante fortuna en Bretaña. Sabía aprovechar siempre las ventajas del terreno, adelantarse a los bárbaros o sorprenderlos; y dando constantemente ejemplo, mostrábase intrépido soldado y hábil capitán. En todas partes derrotó o dispersó a los bárbaros, cuya insolencia, aumentada con la impunidad, amenazó momentáneamente la dominación romana; y muy pronto reedificó o reparó las plazas y los fuertes construidos en otro tiempo para asegurar la tranquilidad de la isla; pero que, por efecto de multiplicados asaltos, no se encontraban ya en estado de contribuir a ella.

Por este tiempo se tramaba contra Teodosio una conspiración cuya explosión habría sido funesta, de no haber conseguido ahogarla en su origen. Un tal Valentín, nacido en la Pannonia Valeriana, cuñado del cruel Maximino, y más adelante prefecto del pretorio, había sido desterrado a Bretaña por un crimen grave. Aquella bestia dañina, a quien era insoportable el ocio del destierro, procuraba promover una sublevación contra la autoridad de Teodosio, a quien, con razón, consideraba como el único obstáculo para sus desastrosos proyectos. Al principio obró con cierta circunspección; y en seguida, cediendo a la violencia de su ambición, trató, tanto oculta como públicamente, de seducir a los desterrados y a los soldados con promesas proporcionadas a los peligros de la tentativa. Pero en el momento en que la conspiración iba a estallar, el activo Teodosio, secretamente enterado de aquellos trabajos, decidió destruirlos de un solo golpe, mandando al duque Dulcicio que diese muerte a Valentín y a algunos de sus cómplices más íntimos; pero con aquel conocimiento militar que tan superior le hacía a todos los capitanes de su tiempo, comprendió que llevar más adelante las investigaciones sería alarmar las provincias y despertar las adormecidas turbulencias, por lo que prohibió todo procedimiento en averiguación de las ramificaciones de aquella trama.

Una vez desvanecido este peligro con la fortuna que le acompañaba en todo, Teodosio se entregó sin descanso a las reformas que exigía imperiosamente el estado del país. Reedificó ciudades, estableció campamentos fortificados y protegió las fronteras con puestos y guardias avanzadas: en una palabra, como él mismo dice, la provincia, arrancada de manos del enemigo, había vuelto a su primitivo estado, a su dominación legítima, y en adelante llevaría el nombre de Valentia, para atribuir al príncipe todo honor...

Teodosio expulsó a los areanos, cuya institución remonta a nuestros antepasados, de la que ya dijimos algo en la historia del Emperador Constante. Insensiblemente había penetrado entre ellos la corrupción; quedando convictos de haber revelado más de una vez el secreto de nuestras medidas,  cediendo al cebo de promesas y a la esperanza de participar del botín; cuando su misión y el objeto de sus lejanas expediciones, era, por el contrario, prevenir a nuestros capitanes de los movimientos de nuestros vecinos.

Después de los gloriosos resultados que hemos referido, una orden de la corte llamó a Teodosio de la provincia que con tanta habilidad había administrado; partiendo, como Camilo y Papirio Cursor, cubierto con laureles tan brillantes como sólidos, dejando al país la felicidad por despedida y acompañado hasta el puerto por universales testimonios de cariño y gratitud. Impulsado por viento favorable, pronto estuvo al lado del Emperador, que después de recibirle con regocijo y colmado de elogios, le hizo general de la caballería, en reemplazo de Valente Jovino.

Por mucho tiempo ha exigido la multitud de acontecimientos que atendamos exclusivamente a las cosas del exterior. Vuelvo al relato de los sucesos interiores de Roma, comenzando por la prefectura de Olybrio. La administración de este magistrado fue moderada y tranquila: carácter naturalmente benévolo, ponía el mayor cuidado en no ofender a nadie con sus actos o palabras. Nunca dispensó gracia a los calumniadores; cortó cuanto pudo las exacciones del fisco; fue tan hábil como recto dispensador de la justicia, y dulcificó con su amabilidad la condición de los subordinados. Un solo defecto perjudicó a tantas virtudes, defecto que a la verdad no dañaba gran cosa a los asuntos públicos, pero que mancha la reputación de un juez elevado: Olybrio era disipado en su interior, demasiado amante de los espectáculos y de los placeres de los sentidos, sin llegar a buscarlos, sin embargo, en goces monstruosos o ilícitos.

Después de éste administró la ciudad Ampelio, que era igualmente voluptuoso. Nacido en Antioquía, había sido maestre de los oficios, procónsul dos veces seguidas, y, después de largo intervalo, llamado al fin a la prefectura: hombre esclarecido, por otra parte, poseyendo todo lo que hace popular el poder, solía ser en ocasiones bastante rígido, y ojalá hubiese sido perseverante. Algo más de firmeza le hubiese valido la gloria imperecedera de haber reformado la intemperancia pública y la crapulosa inclinación del pueblo a la gula. Hizo publicar la prohibición de abrir las tabernas y vender agua caliente y carne cocida antes de la hora cuarta. Invitábase a todo aquel que se respetase, que se abstuviese de comer en la calle, costumbre innoble que, sin hablar de otras prácticas más repugnantes todavía, ha llegado, por el consentimiento de la autoridad, al último grado de cinismo. El mismo Epiménides Cretense, realizando de nuevo su famosa vuelta a la vida, no conseguiría limpiar a Roma de sus manchas: de tal manera la ha inficionado el vicio con sus incurables llagas.

Hablaré de paso, y como ya he hecho en otras ocasiones, de la corrupción de la época, llamando la atención sobre las clases superiores, descendiendo en seguida a las costumbres del pueblo. Deslumbrados algunos por el prestigio de lo que se llama grandes nombres, tienen la inmensa honra de llevar los de Reburros, Fabunianos, Pagonianos, Geriones, Dalianos, Tarracianos, Farrasianos y otros igualmente sonoros y que indican elevada alcurnia. Uno, radiante bajo la seda, lleva en pos ruidosa caterva de criados; creyéndose, al ver aquella multitud que le oprime, que es un sentenciado que llevan al suplicio, o, empleando imagen menos siniestra, un general cerrando la marcha de su ejército. Vedle, bajo la cúpula de un baño, con cincuenta criados a sus órdenes, exclamar encolerizado: «¿Dónde están mis servidores?» Pero si ve de lejos un esclavo que no conoce, alguna vieja loba de callejuela, maestra en prostitución, ¡con cuánta premura acude a ella y la colma de inmundas caricias! Semíramis en Persia, Cleopatra en Egipto, Artemisa en la Caria, Zenobia entre sus súbditos de Palmira, no eran dignas de rivalizar con esta extraordinaria hermosura. Estas son las costumbres que ostentan hombres cuyos antecesores vieron a un miembro del Senado tachado por el censor por haberse atrevido a dar un beso a su esposa delante de su hija.

Los hay que, cuando se les va a saludar con los brazos abiertos, retiran la cabeza con movimiento de toro que amenaza con los cuernos, y no entregan al abrazo de sus clientes más que las manos o las rodillas y creen hacerles demasiado felices; otros, al recibir un extraño, un hombre que tal vez les ha prestado servicios, creen honrarle bastante preguntándoles qué baños frecuenta, qué agua usa, dónde vive, y se exhiben como hombres graves y amigos de la virtud. Pero si se les  anuncia la llegada de un tiro nuevo, de un auriga que no ha corrido todavía, en seguida se ponen en movimiento y no paran hasta que han visto con sus propios ojos esta maravilla del día. El regreso de los hermanos Tyndárides, después de nuevo triunfo, no produciría en otro tiempo mayor entusiasmo.

Sus casas están llenas de ociosos habladores, dispuestos a aplaudir de todas maneras, todas las palabras de un rico. Verdaderos parásitos de comedia, que se tuercen la nuca admirando el atrevimiento de una columnata; que quedan pasmados ante las incrustaciones de una pared y ensalzan hasta las nubes al poseedor de tales maravillas, sobre poco más o menos como los compañeros del teatro celebran al anfitrión hinchado con sus proezas militares, ciudades tomadas, batallas ganadas por el esfuerzo de su brazo y prisioneros que ha hecho por centenares. Óyese en medio de un festín pedir balanzas, y es que el dueño de la casa quiere saber con precisión lo que pesa un pescado, un ave rara o un lirón servido en su mesa. ¡Qué exclamaciones entonces! Todos ponderan sin término, pero no sin fastidio, las dimensiones de la pieza: jamás se vio cosa igual. Y no es esto todo. Allí hay lo menos treinta secretarios, estilo y tablillas en mano, tomando nota exacta de la composición de los servicios y número de los manjares; pareciendo aquello el interior de una escuela, pero sin maestro.

Algunos, que tienen tanto horror al estudio como al veneno, leen con interés a Juvenal y a Mario Máximo; pero no obstante su ociosidad, no se les pida que dediquen ni un solo instante a ningún otro libro, sin que yo pueda adivinar por qué. Sin embargo, por honra suya y por la de sus familias, no harían mal en extender sus lecturas. Pudiéraseles citar el ejemplo de Sócrates, quien, condenado a muerte, ya en la prisión, rogaba a un músico que cantaba con gracia un himno de Stesichoro, que le enseñase a dar el tono a aquellos versos; y preguntándole el otro para qué, puesto que solamente le quedaba un día de vida, le contestó que para saberlo antes de morir.

Entre estos de quienes hablo hay muy pocos que sepan castigar con discernimiento; si tarda algo un esclavo en llevarles agua caliente, en el acto mandan que les apliquen trescientos azotes. Pero si el malvado ha matado a un hombre intencionalmente, no dejará el dueño de contestar a los que pidan la vida del asesino: «¿Qué queréis? Es un malvado. Pero en adelante corregiré a cualquiera de los míos que se atreva a hacer cosa igual.»

En esta clase de sociedad es cosa corriente que se ofende menos a un hombre matando a un hermano suyo, que negándose a ir a comer a su casa. No encontraréis un senador que no prefiera perder su patrimonio a la vergüenza de que falten a una invitación que maduramente haya meditado.

Si alguno de estos grandes personajes tiene que hacer una excursión fuera de sus costumbres, para visitar sus tierras, por ejemplo, o para darse el placer de la caza, aunque no tomando parte activa en ella, por supuesto, imagina que ha igualado los viajes de César y Alejandro, aunque no haya tenido más que hacerse llevar, en las pintadas barcas del lago Averno, hasta Puteolis o a Cayeta, sobre todo si el día es cálido. Si se para una mosca en la franja de seda de su dorado' abanico; si sutil rayo de sol penetra por algún intersticio de su sombrilla, deplora ya no haber nacido entre los cimmerianos. Vedle salir de las estufas de Silvano o de las saludables aguas de Mammea, todo el cuerpo cuidadosamente secado con el lienzo más fino. Con la ropa que ponen a su disposición podrían vestirse diez hombres. Cada prenda acaba de salir de la prensa, pero tiene todavía que examinar su brillo en plena luz. Elige al fin, vuelve a su casa con los dedos llenos de sortijas, que al bañarse cuidó de entregar a su criado por temor de que las empañase el agua...

(Las frases que siguen no forman sentido por efecto de las lagunas y alteración de palabras.)

Algunos de éstos, aunque muy pocos, se disgustan si se les llama jugadores de dados: jugadores de tesseras, pase: la diferencia es casi la misma que la de ratero y ladrón. Debemos confesar, sin embargo, que hoy son muy tibias en Roma las amistades, exceptuando la honrosa comunidad en el juego, que es constante y se toma con calor. Solamente en esto encontraréis afectos intensos, parejas que os recuerden a los hermanos Quintilios. Así es que se tiene elevadísima idea de sí mismo cuando se está en el número de los iniciados en esta ciencia. Si el más ínfimo de éstos tiene que ceder en un festín ante la presencia de un procónsul, muestra majestuoso desagrado. 

Catón, rechazado de la pretura contra toda verosimilitud, no se encerraría de otro modo en su dignidad herida.

Otros se dedican a explotar a los ricos. Joven, viejo, célibe o sin familia, poco importa: si tiene esposa e hijos, lo mismo da. No hay influencia que no se ponga en obra para conseguir un testamento favorable. Al fin el asediado cede; les hace legatarios de su caudal, y en seguida muere, como si no hubiese esperado otra cosa...

Éste acaba de obtener un cargo muy modesto: ¡Cómo levanta la cabeza! ¡Qué gallardía en su marcha! Ya no ve a sus conocidos más que de alto abajo: creeríase que es Marcelo, regresando vencedor después de la caída de Siracusa.

Muchos de éstos que niegan la existencia de las potestades del cielo, no se atreverían a salir de su casa, ni a sentarse a la mesa, ni a tomar un baño, sin consultar detenidamente el calendario; porque es necesario determinar previamente la exacta posición del planeta Mercurio; saber en qué grado se encuentra en aquel momento la luna en el signo de Cáncer.

Otro, cansado de un acreedor que le oprime, busca a un auriga, que se atreve a todas las desvergüenzas, y le adiestra para que intente al importuno una acusación de maleficio; y he aquí un hombre que se encuentra en el caso de prestar caución cuantiosa con grave perjuicio de sus intereses. Y no es esto todo: convertido de acreedor en deudor ficticio, se le encierra como deudor verdadero y no se libra sin pagar.

Allí hay una esposa que, golpeando en el yunque día y noche, como dice un proverbio antiguo, convence al fin a su esposo para que haga testamento. El esposo, por su parte, tiene igual premura porque teste su mujer: llámase por ambas partes a los peritos en derecho; y los dos se ponen a la obra, uno en el dormitorio, otro en el comedor; y no dejan tampoco de recurrir secretamente a la adivinación por medio del examen de las entrañas de los animales. El oráculo no contesta de la misma manera: al esposo habla de prefecturas a elegir, de defunción de mujeres nobles y ricas; a la esposa, de medidas urgentes para los funerales de un marido...

Bien dice Cicerón: «Solamente se aprecian las cosas humanas por lo que producen. Se prefiere aquel amigo de quien más se puede obtener.»

Noble que pide prestado calza el zueco; es la honradez y humildad personificadas: no hablarían de otro modo Micón y Lachetas; pero si se trata de devolver, recobra el coturno y alza la voz al tono de los Heráclidas, parecen Cresfontes y Tenunos. Basta de nobles.

Pasemos al pueblo, a ese conjunto de holgazanes y desocupados. En esa turba, en la que no tienen todos zapatos, se glorifica los eméritos nombres de Cimessores, Statario, Semicupa y Serapino; o bien los de Cicimbrico, Gluturino, Trula, Lucánico, Pordaca y Salsula. Beber y jugar, frecuentar los espectáculos y las tabernas, los antros de la embriaguez y de la prostitución: tal es la vida de estas gentes. Para ellos el circo máximo es el templo; el hogar, el punto donde se reúnen, el conjunto de sus esperanzas y deseos. En las calles, en los foros, en las encrucijadas vense grupos en que se disputa y se injurian por cualquier disidencia: y es de ver a los ancianos, a los que ya han vivido mucho, proclamar con la autoridad de la experiencia, tornando por testigos sus arrugas y canas, que la república está perdida si, en la carrera que va a celebrarse, su auriga favorito no toma desde el principio la cabeza y no enrasa bastante cerca la meta. Todo este populacho vegeta en incurable pereza. Pero que comience a titilar el día deseado, el día de los juegos ecuestres, y todos mostrarán a la vez apresuramiento, agitación y competencia en rapidez con los carros que van a correr. Muchos pasan la noche en el circo, colocados en cierta manera por partidos, esperando con febril ansiedad la gran obra de que van a ser testigos.

También diremos algo del envilecimiento del teatro. Expúlsase a los actores con gritos y silbidos, a menos que hayan tenido la precaución de pagar a la canalla su recibimiento. En este caso se alborota de otro modo: con las vociferaciones más repugnantes y salvajes, se pide la expulsión de los extranjeros, con cuyos subsidios viven. Parece que se está en Taurida ¡Qué contraste con el pueblo de otro tiempo, cuyos ingeniosos chistes y graciosas agudezas se citan todavía! También se ha inventado esa forma de aplauso que en cada representación algún interruptor de oficio lanza al  rostro de cualquier actor que entra en escena, exodiario (mímico), cazador o auriga: que igualmente se dirige entre los espectadores a los funcionarios altos o bajos y hasta a las matronas romanas. «¡Que aprenda de ti!» aunque nadie pueda explicar qué hayan de aprender.

¡Cuántos hambrientos de éstos olfatean desde lejos el vaho de las cocinas, o guiados por las agudas notas de esas mujeres que cacarean en las calles, como pavos reales desde que amanece, van deslizándose a los comedores, y desde allí, alzándose sobre las puntas de los pies, esperan, royéndose los dedos, a que se enfríen los manjares! Otros contemplan ávidamente cocer las carnes, sin que les haga retirar su desagradable olor: creeríais ver a Demócrito rodeado de anatómicos, paseando el escalpelo por las entrañas de un animal, con objeto de legar a la posteridad remedios para nuestros males interiores. Pero ya hemos hablado bastante de las cosas de Roma; volvamos ahora a los acontecimientos ocurridos en las provincias.

(Año 370 de J. C.)

Bajo el tercer consulado de los Augustos, saliendo de sus bosques los sajones, vencieron el obstáculo del Océano, y, caminando en línea recta a la frontera, degollaron a muchos súbditos romanos. El conde Nanneno, capitán muy experimentado que mandaba en aquella costa, resistió el primer empuje de la invasión; pero como estos bárbaros pelean como desesperados, perdió en la lucha muchas fuerzas. Herido él mismo, y sintiéndose muy débil ya para resistir solo la campaña, informó de la situación al Emperador, quien, a petición suya, envió para que le socorriese a Severo, general de la infantería. La llegada de este general con fuerzas suficientes infundió espanto al enemigo y confusión en sus filas, faltándole el valor antes de llegar a las manos, al ver solamente las águilas y enseñas romanas, y pidiendo perdón y paz. Mucho vacilaron antes de aceptar la proposición, pero al fin se reconoció que nos era muy ventajosa. Ajustóse una tregua; y los sajones, después de entregarnos, según los términos del tratado, notable parte de su juventud útil, pudieron regresar ostensiblemente sin obstáculo al punto de donde habían salido.

Pero mientras realizaban sin inquietud su movimiento de retirada, adelantóseles un destacamento de infantería, y marchó a situarse en un valle estrecho donde podía exterminarles fácilmente. Esta operación no produjo los resultados que se esperaban: al ruido de los bárbaros que se acercaban, parte de la emboscada se presentó demasiado pronto, y, asustados por los furiosos alaridos que lanzaron al verles, huyeron sin poder ordenarse, si bien consiguieron rehacerse y resistir a pie firme. Pero era necesario sostener el choque de fuerzas superiores; y los nuestros hubieran sucumbido hasta el último, si sus gritos de angustia no hubiesen llevado hacia aquel punto una turma de catafractos que estaba situada, según el plan de ataque, en la bifurcación de un camino, para coger de flanco al enemigo. El combate se hizo furioso; pero los romanos habían recobrado valor, y los bárbaros, rodeados por todas partes, fueron degollados, sin que ni uno de ellos pudiese volver al suelo de la patria. En estricta justicia, aquel acto era de perfidia y deslealtad; pero no se debe acusar seriamente de crimen a la política romana por haber aprovechado ocasión tan excelente para destruir aquellas hordas de bandidos.

Después de este importante resultado, continuaba entregado Valentiniano a profunda agitación de ánimo, formando incesantemente proyectos para humillar el orgullo de los alemanes y de su rey Macriano, cuyas constantes incursiones mantenían la alarma en el Imperio. A pesar de los reveses que había experimentado esta feroz nación en el origen de su poder, de tal manera había aumentado su población, que parecía haber gozado de muchos siglos de paz. Después de una serie de planes concebidos y desechados, el Emperador se fijó al fin en la idea de enemistarlos con la belicosa raza de los burgundios, cuya valerosa e inagotable juventud era el terror de todos sus vecinos Por medio de agentes discretos y seguros establecióse correspondencia con los reyes del país, excitándoles a que se concertasen para un ataque continuado. Valentiniano prometía por su parte pasar el Rhin con un ejército romano y coger por la espalda a los alemanes en medio de la turbación que necesariamente habría de producirles aquel ataque inesperado.

Dos razones tenía el Emperador para que se adoptasen sus planes. En primer lugar, los burgundios no han olvidado su origen romano, y además tenían cuestiones con los alemanes acerca de las fronteras y la propiedad de unas salinas. Armaron, pues, sus mejores tropas, y antes de que se reconcentrasen los nuestros, avanzaron hasta la orilla del Rhin, donde ocasionaron espanto con su imprevista llegada. Allí se detuvieron un momento. El Emperador, ocupado completamente en su línea de defensa, no había llegado aún y nada indicaba siquiera que hubiese empezado a cumplir su promesa. Los burgundios le enviaron una legación pidiéndole que al menos defendiese su retirada en el caso de ataque de los alemanes; y emplearon para contestarles rodeos y aplazamientos equivalentes a una negativa, comprendiéndolo así los legados, que se retiraron disgustados: y sus reyes, furiosos al verse engañados, regresaron a su país, después de hacer degollar a todos sus cautivos.

En estos pueblos se da al rey el nombre genérico de Hendinos; y la costumbre nacional exige que se le deponga si no es afortunado en la guerra o si falta la cosecha. Los egipcios hacen también responsables a sus gobiernos en las mismas circunstancias. Entre los burgundios, el gran sacerdote se llama Sinistus. Éste es vitalicio y no está sujeto a las vicisitudes impuestas al rey.

Esta agresión había causado a los alemanes impresión de terror, que supo aprovechar hábilmente Teodosio, general de la caballería. Atacóles por el lado de la Recia, les mató mucha gente e hizo prisioneros, que, por orden del Emperador, fueron en seguida enviados a Italia, y constituidos en colonia tributaria en las fértiles campiñas que riega el Po.

Ahora vamos a pasar, por decirlo así, a otro mundo y a describir los dolores de la provincia de Trípoli, en África, sufrimientos que la misma justicia lloró, demostrando qué centella produjo el incendio. Los austurianos, tribu bárbara de las cercanías, que solamente vivían de asesinatos y rapiñas, y terrible por la rapidez de sus movimientos, después de permanecer tranquilos durante algún tiempo, volvieron a sus costumbres de saqueo y violencia. La razón que seriamente daban de sus agresiones era que uno de ellos, llamado Stachaon, recorría libremente nuestro territorio a favor de la paz. Cometió muchas infracciones de orden público y de las leyes, siendo una mucho más grave y teniéndose pruebas de ella. Convicto de manejos para entregar la provincia a sus compatriotas, fue condenado a las llamas.

So pretexto de obtener venganzas de la injusticia de que uno de ellos había sido víctima, los bárbaros se extendieron fuera de sus límites como bestias feroces, reinando todavía Joviano. La invasión respetó la ciudad de Leptis, temible por su población y sus defensas, pero sus ricas inmediaciones fueron saqueadas durante tres días. Los austurianos degollaron a los campesinos que quedaron en sus casas sobrecogidos de terror, o que se refugiaron en las cavernas, quemaron lo que no pudieron transportar, y regresaron cargados de botín, llevando prisionero a Silva, uno de los magistrados principales de la ciudad, a quien habían sorprendido en su quinta con su familia.

Bajo la impresión del desastre, y antes de que el orgullo del éxito llevase a los bárbaros a nuevas hostilidades, los lepitanos se apresuraron a pedir socorro al conde Romano, recientemente nombrado para el gobierno del África. Éste acudió, en efecto, llevando consigo tropas; pero cuando se trató de llegar al teatro de los estragos, se negó a entrar en campaña, si antes no se ponía a su disposición inmensa cantidad de víveres y cuatro mil camellos. Los desgraciados lepitanos quedaron al pronto aturdidos, y en seguida alegaron la imposibilidad en que estaban, encontrándose arruinados por el fuego y el hierro, de cumplir la exorbitante condición que se les imponía para remediar tan grandes males. En vista de esto, el conde permaneció cuarenta días entre ellos en pretendida inacción forzosa, y en seguida se marchó sin hacer nada.

Viendo desvanecerse de esta manera la esperanza que habían tenido por este lado, los tripolitanos temieron mayores desgracias. Era la época de la reunión anual de su Consejo provincial, y designaron dos diputados, Severo y Flacciano, con el encargo de ofrecer a Valentiniano estatuitas de la Victoria en oro, y exponer claramente en su presencia el estado de la provincia. Informado de esta resolución el conde, envió en seguida un mensajero a Remigio, maestre de oficios, pariente suyo y cómplice de sus rapiñas, diciéndole que obrase de modo que se atribuyese al mismo Romano el conocimiento del asunto. Llegaron los diputados a la corte, obtuvieron audiencia, y en apoyo de  sus quejas verbales, entregaron al príncipe un relato de los hechos; y como el contenido del documento no estaba de acuerdo con los datos del maestre de oficios, que se entendía con Romano, consideráronse sospechosas las declaraciones contradictorias. Aplazóse, pues, para información más amplia la resolución del asunto, que tuvo que pasar por todas las dilaciones con que los intermediarios del poder acostumbran a adormecer la justicia.

Entretanto esperaban ansiosamente los tripolitanos que, por mandato del príncipe, se acudiese a socorrerlos. En medio de estas angustias, caen sobre ellos nuevas bandas, que talan en todas direcciones las campiñas de Leptis y ffia, y los bárbaros no se retiran hasta que se ven cargados de botín, y después de haber dado muerte a muchos decuriones, entre ellos a Rusticiano y Nicasio, investido el uno con las atribuciones del culto y el otro con las de la edilidad. La invasión ni siquiera encontró obstáculo, porque las facultades militares que, a instancias de los diputados, se confirieron primeramente al presidente Ruricio, acababan de ser devueltas a Romano. Nuevo relato de estos males llegó al príncipe en las Galias, causándole profunda impresión, enviando en seguida a Paladio, tribuno y notario, con la doble misión de pagar el sueldo que se debía a las tropas de África y de investigar imparcialmente lo que había ocurrido en la provincia de Trípoli.

Mientras pasaba el tiempo en tomar datos y esperar respuestas, enorgullecidos los austurianos con su doble éxito, volvieron como aves de rapiña que olfatean matanza, degüellan a cuantos no huyen con bastante rapidez, arrebatan el botín que no habían podido llevar en las dos expediciones anteriores y talan los árboles y los viñedos. Un ciudadano muy rico y muy influyente, llamado Mychón, sorprendido en su casa de campo, consiguió escapar de sus manos antes de que le atasen; pero una enfermedad que padecía en las piernas le impidió huir, por lo que se arrojó en un pozo seco, de donde le sacaron los bárbaros con una costilla rota. En seguida le llevaron al pie de las murallas de la ciudad, donde la presencia de aquel desgraciado conmovió a su esposa, que pagó el rescate. Entonces le subieron a las murallas con una cuerda, muriendo dos días después. En fin, cada, vez más atrevidos los bárbaros, llevaron la insolencia hasta atacar las fortificaciones de Leptis; resonando en seguida en la ciudad los lamentos desesperados de las mujeres, que, por primera vez, se veían encerradas para sufrir el asedio. Este, sin embargo, solamente duró ocho días; porque viendo los sitiadores que perdían inútilmente hombres, se retiraron humillados por aquel fracaso.

Pero no era menos crítica la situación de los habitantes. Como no tenían noticia de sus diputados, intentaron el último esfuerzo, encargando a Jovino y a Pancracio que expusieran otra vez ante los ojos del príncipe el cuadro de los sufrimientos que habían visto y compartido. Éstos encontraron en Cartago a sus predecesores Severo y Flacciano, que no pudieron responder a sus ansiosas preguntas, sino que les enviaban ante el conde y su vicario. Entretanto Severo enfermó y murió; y los dos nuevos diputados continuaron rápidamente su viaje.

Después de esto llegó Paladio a África; y enterado Romano de su misión, comprendiendo el peligro que podía resultar para él, envió en seguida agentes fieles a los jefes de cuerpo, aconsejándoles que hiciesen secretamente ricos regalos, de los fondos del sueldo, al hombre influyente y muy considerado en la corte a quien se había encargado aquella importante misión. El ardid obtuvo excelente resultado. Paladio se guardó el dinero, marchó hacia Leptis y allí, para comprobar con certeza los hechos, hizo que le acompañasen Erechthius y Aristomeno, magistrados distinguidos de la ciudad, al teatro de las devastaciones. Excelentes oradores los dos, no economizaron quejas acerca de los daños que habían experimentado ellos mismos, sus conciudadanos y los habitantes de los campos inmediatos; viendo Paladio por sus propios ojos todas las miserias de la provincia; regresando irritado por la culpable negligencia del gobernador y declarando públicamente que diría al príncipe toda la verdad. Disgustado entonces Romano, le amenazó con dirigir otro informe denunciando al Emperador las sustracciones que se habían hecho al sueldo en provecho del incorruptible agente que había elegido; y como la infamia era recíproca, aquellos dos hombres se pusieron de acuerdo.

De regreso Paladio ante el príncipe, con mentiroso relato le convenció de que los tripolitanos se quejaban sin razón; y en vista de esto, le enviaron de nuevo al África con Jovino, único que quedaba de la segunda diputación, porque Pancracio había muerto en Tréveris, para que, de acuerdo con el vicario, informase acerca de esta nueva súplica. Valentiniano dispuso además que se cortase la lengua a Erechthio y Aristomeno, por las palabras malévolas que habían pronunciado delante de Paladio. Marchó éste como adjunto del vicario a Trípoli, a donde Romano, bien informado siempre, envió apresuradamente un comisario con su consejero Cecilio, hijo de la provincia. Por ardid o corrupción, estos dos intermediarios supieron disponer tan perfectamente a los miembros de la comisión, que todos se declararon contra Jovino, pretendiendo que no había recibido de ellos misión para decir delante del príncipe lo que había dicho: siendo el colmo de esta amarga irrisión, que el desgraciado Jovino tuvo que confesar, creyendo salvar la vida por este medio, que había mentido al Emperador.

Al regreso de Paladio, el Emperador, inclinado siempre a las medidas violentas, dictó pena capital contra Jovino como autor, Celestino y Concordio como cómplices, de falsas declaraciones. El presidente Ruricio perdió la vida a manos del verdugo como impostor, y además por haber usado de palabras inconvenientes en su informe. Ruricio sufrió la pena en Sitifis, y los otros en Utica, por orden del vicario Crescente.

Poco antes de la muerte de sus compañeros, por la energía con que apoyaba su derecho ante el conde y el vicario, sublevó Flacciano contra él a los soldados, que le colmaron de injurias y estuvieron a punto de matarle; diciéndole que si los tripolitanos habían quedado sin defensa, culpa era de ellos mismos, por haberse negado a atender a las necesidades de los expedicionarios. Aquel desgraciado fue preso; pero mientras el Emperador vacilaba acerca de lo que había de hacerse con él, pudo fugarse, probablemente sobornando a los guardias, refugiándose secretamente en Roma, donde permaneció oculto hasta su muerte.

En presencia de tal desenlace, la desgraciada provincia de Trípoli, oprimida en el exterior y objeto de traiciones en el interior, no pudo hacer otra cosa que resignarse y callar. Pero al fin llegó el día de la venganza. El ojo eterno de la Justicia se abrió ante los gritos de la sangre de los diputados. Pero, como se verá, necesitóse tiempo para que la expiación fuese completa.

Herido por la desgracia y despojado de todas las ventajas de su posición, de que tan orgulloso se mostraba, Paladio había vuelto a la obscuridad, cuando el ilustre Teodosio fue enviado al África para reprimir la sublevación de los firmos. Una investigación dispuesta por el general, en cumplimiento de sus instrucciones, en los papeles de Romano, hizo descubrir una carta de un tal Meterio, con esta dirección: «Meterio a su señor y patrono Romano», la cual, después de algunos detalles sin importancia, terminaba así: «Te saluda el desgraciado Paladio. Dice que su destitución es justo castigo por las mentiras que pronunció ante sagrados oídos por los asuntos de Trípoli.» Envióse la carta a la corte, y, por su contenido, mandó Valentiniano prender a Meterio, que la reconoció como suya. En seguida se mandó comparecer a Paladio, quien, reflexionando por el camino cuántos cargos había acumulado sobre su cabeza, se ahorcó en el primer descanso, aprovechando la ausencia de los guardias, que habían marchado a pasar la noche en la iglesia, en observancia de la gran solemnidad del cristianismo. Erechthio y Aristorneno, que, por este juicio de la fortuna, nada tenían que temer de su cruel perseguidor, salieron de los asilos donde se habían ocultado al saber que iban a perder la lengua por haberse servido demasiado de ella. Valentiniano no existía ya; y entonces revelaron al Emperador Graciano todo aquel misterio de iniquidad, siendo enviados ante el procónsul Hesperio y el vicario Flaviano, donde ahora encontraron justicia. Cecilio confesó en la tortura que él mismo había puesto en boca de los miembros del consejo de Trípoli la acusación de fraude contra los diputados: y, al fin, una investigación pública puso todos los hechos a la luz, sin que se alzase una sola voz negativa.

Un solo acto faltaba a esta horrible tragedia. El mismo Romano marchó a la corte, acompañado de Cecilio, con el propósito de acusar de parcialidad a los que habían informado en este asunto. Alentado por el recibimiento que le dispensó Merobaudo, pidió el examen de varios testigos, partidarios suyos. Pero cuando llegaron a Milán, tuvieron habilidad para declarar de manera que aparecieron extraños a los sucesos y fueron despedidos a sus casas. En cuanto a Remigia, viviendo todavía Valentiniano, se retiró, y oportunamente diremos cuándo y cómo se estranguló.

 

 

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