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HISTORIA DEL IMPERIO ROMANO

 

AMIANO MARCELINO

LIBRO 24

LIBRO 25

LIBRO 26

 

LIBRO XXV

Los Persas atacan al ejército romano en marcha y son vigorosamente rechazados.—Faltan a los romanos pan y forrajes.—Asústase el Emperador por los prodigios.—Estrechado por los Persas, Juliano no reviste la coraza y se lanza imprudentemente en la pelea.—Hiérele una lanza.— Llevado a su tienda, exhorta a los presentes y muere después de haber bebido agua fría.— Cualidades y defectos de Juliano.—Su retrato.—Elección tumultuosa de Joviano, primicerio de los guardias.—Apresúranse los romanos a abandonar la Persia, y, en su precipitada retirada, son inquietados por los Persas y Sarracenos, a los que rechazan causándoles grandes pérdidas.— Tratado ignominioso, pero necesario con Sapor.—Impulsado Joviano por la escasez y murmuraciones del ejército, compra la paz con la entrega de cinco provincias y las ciudades de Nisiba y Singara.—Los romanos repasan el Tigris, y después de resistir largo tiempo y heroicamente los horrores del hambre, entran en Mesopotamia.—Joviano arregla como puede los asuntos de la Birla y las Galias.—El noble persa Fineses recibe de Joviano la inexpugnable plaza de Nisiba.—Expulsados los habitantes, se retiran a Amida.—Entregan también a los Persas, en conformidad con el tratado, cinco provincias, con la ciudad de Singara y diez y seis fuertes.— Temiendo Joviano sublevaciones, recorre apresuradamente la Siria, la Cilicia, la Capadocia y la Galacia.—Toma en Ancira el consulado con su hijo Verroniano, que todavía era niño.—Repentina muerte le arrebata poco después en Dadastena.

 

Ni una estrella brillaba en el cielo aquella noche, que, como acontece en circunstancias graves, pasamos en pie. Al amanecer, el reflejo de armas y armaduras nos anunció la presencia del ejército real. Al verle, ardían nuestros soldados en deseos de venir a las manos con él; pero el Emperador prohibió cruzar el arroyo que corría entre nosotros y el enemigo. Sin embargo, al otro lado de esta barrera se trabó empeñada pelea entre nuestros exploradores y los de los Persas, pereciendo en ella Machameo, jefe de un cuerpo nuestro. Su hermano Mauro, que después fue duque de Fenicia, se lanzó ante su cuerpo, mató al que le había herido, y, derribando cuanto se encontraba a su paso, tuvo bastante fuerza, aunque herido por una flecha en el hombro, para sacar de en medio de los combatientes a aquel hermano querido, cubierto ya con la palidez de la muerte.

Sucumbiendo al fin bajo el calor y la fatiga del combate, las turmas enemigas quedaron derrotadas: y en un movimiento de retirada que hicimos entonces, los Sarracenos, que se habían dispersado ante nuestra infantería, intentaron, mezclándose con los Persas, arrebatar nuestros bagajes; pero a la vista del Emperador, se replegaron sobre la caballería que había de sostenerles. Después de este combate llegamos a un pueblo llamado Hucumbra, donde encontramos víveres de toda especie en mayor cantidad que deseábamos; y después de pasar dos días reponiéndonos, quemarnos todo lo que no pudimos llevar.

A la mañana siguiente continuaba el ejército con más tranquilidad su marcha, cuando los Persas cayeron de improviso sobre nuestra retaguardia, y fácilmente la hubiesen derrotado, a no ser porque, desembocando muy oportunamente de un valle fuerza de caballería nuestra, rechazó la acometida, poniendo a muchos fuera de combate. En esta escaramuza pereció un noble sátrapa, llamado Adaces, encargado anteriormente de una misión cerca del emperador Constancio y recibido por este príncipe con mucho agasajo. El que le mató presentó su despojo a Juliano, que le recompensó honrosamente. En este mismo día las legiones presentaron acusación contra el cuerpo de caballería unido a la tercera, por haberse separado insensiblemente en el momento en que se lanzaban contra el enemigo, lo que debilitó el efecto del ataque. Justamente indignado el Emperador, quitó a aquel cuerpo las enseñas, mandó romper las lanzas de los jinetes y les condenó a marchar con los bagajes y prisioneros. Su jefe, único que se portó bien, recibió el mando de otra turma, en el puesto de un tribuno convicto de haber vuelto vergonzosamente la espalda. A cuatro tribunos de los auxiliares, culpables de igual cobardía, se les degradó; perdonándoles Juliano pena más severa, en consideración a las circunstancias en que se encontraban.

Cuando avanzó el ejército setenta estadios más, se encontraba al final de sus recursos, y todos los pastos y mieses estaban ardiendo. Apresuróse cada cual a disputar la presa a las llamas y a llevarse lo que podía cargar. Al dejar estos parajes, llegarnos a una comarca llamada Maranga, donde desde el amanecer tuvimos a la vista los Persas, que venían hacia nosotros en número formidable, bajo el mando del Marena o jefe supremo de la caballería, acompañado por dos hijos del rey y muchos magnates. Todo aquel ejército era una mole de hierro. Desde la cabeza a los pies estaban cubiertos los soldados por láminas de este metal, ingeniosamente ajustadas para permitir la libertad de movimientos y el juego de las articulaciones. Añadid a estas armaduras cascos que simulaban por delante caras humanas y que no tenían aberturas más que para ver y respirar; únicos puntos vulnerables en aquellos cuerpos completamente cubiertos. Sus lanceros permanecían inmóviles y como unidos entre sí por anillos de bronce. Cerca de ellos, los arqueros tendían con una mano el arco nacional y aseguraban la dirección de la flecha, que en todo tiempo formó la fuerza de sus ejércitos, y con la otra, atrayendo fuertemente la cuerda al nivel de la tetilla derecha, disparaban ruidosamente aquellos dardos silbantes que llevaban a lo lejos la muerte. Detrás de éstos venían los elefantes con la trompa levantada, enseñando sus horribles bocas abiertas. Su presencia solamente helaba los corazones y los caballos se espantaban de sus gritos y del olor que exhalan. Desde la derrota de Nisiba, donde los elefantes se volvieron contra sus propias falanges, aplastándolas en su fuga, para evitar se reprodujese aquel desastre, todos los conductores llevaban, atados a la muñeca derecha, largos cuchillos con mango, dispuestos, si el animal se enfurecía hasta el punto de no poder dominarlo, a clavarlo con toda su fuerza en la articulación de la última vértebra, siguiendo el ejemplo de Asdrúbal, hermano de Aníbal, que demostró no necesitarse más para dar muerte a estos monstruos.

Juliano contempló un momento aquel formidable aparato; y en seguida, con intrépido corazón, corrió, rodeado de los magnates y seguido por su escolta, a ordenar su ejército en batalla. Para compensar la desproporción del número, adoptó la disposición en media luna, alargando en parte las alas; y, temiendo que los arqueros persas introdujesen el desorden en sus filas si les dejaba la iniciativa del ataque, avanzó con rapidez que neutralizó el efecto de sus armas. Dada la señal, los peones romanos cayeron en apretadas filas sobre las compactas masas de los Persas y rompieron sus primeras líneas. Activóse la pelea, oyéndose sin interrupción el choque de los escudos, mezclado con el siniestro silbido de las flechas y los gritos de los combatientes. Cúbrese el suelo de sangre y cadáveres, principalmente por el lado de los Persas, que de cerca pelean débilmente, defendiéndose mal cuerpo a cuerpo; porque su táctica es mantenerse a distancia, ceder terreno a la menor desventaja, y lanzar en la fuga nubes de flechas que matan a los que los persiguen. Los Persas fueron, pues, vigorosamente rechazados, y los nuestros regresaron a sus tiendas al toque de retirada, fatigados por haber peleado todo el día bajo un sol ardiente, pero animados por el éxito y preparados para los mayores esfuerzos.

Hemos dicho que en este combate experimentaron los Persas grandes pérdidas: las nuestras fueron muy cortas, aunque tuvimos que deplorar en la primera línea al intrépido Vetranión, que mandaba la legión Zianiana.

En seguida hubo tres días de descanso, que se aprovecharon para curar las heridas; pero había cesado la distribución de víveres y experimentábamos ya los apuros de la escasez. Hombres y bestias estaban reducidos a la inanición por el incendio de los pastos y de las mieses. La mayor parte de las provisiones destinadas al uso particular de los tribunos y de los condes, que se hacían llevar en bestias de carga, fueron distribuidas a los pobres soldados, que carecían de tales reservas. En cuanto al Emperador, que no tenía comida real, y que bajo el débil abrigo de su tienda cenaba un plato de polenta que habría rechazado un criado del ejército, olvidaba sus propias necesidades y dejaba para los más pobres lo que se conseguía recoger para su mesa.

Una noche en que, después de algunas horas de sueño inquieto e interrumpido, a ejemplo de Julio César, había dado treguas al descanso para escribir en la tienda, y se ocupaba en meditar sobre  algún punto filosófico, vio, según dijo después a sus amigos, el genio del Imperio, pero muy diferente de como era cuando apareció a Julio César en la época de su advenimiento en las Galias. Su aspecto era triste; un velo cubría su cabeza y su cuerno de la abundancia, y no hizo más que cruzar silenciosamente la tienda. El Emperador quedó turbado por un momento; pero su ánimo, inaccesible al temor, se entregó en seguida a los decretos del destino. Aunque todavía era de noche, abandonó el lecho para conjurar con un sacrificio las desgracias que parecían amenazarle, cuando un rastro de luz, parecido a la caída de una antorcha encendida, surcó el aire y desapareció en seguida. Esto estremeció a Juliano, pensando que era la estrella de Marte que se mostraba bajo aquel aspecto siniestro.

No era sin embargo otra cosa que el meteoro llamado en griego SiaíooovTa (que pasa pronto), que en realidad no cae ni toca jamás a la tierra: porque es locura e impiedad creer posible la caída de un cuerpo celeste. Diferentes causas producen este fenómeno; bastará exponer algunas. En tanto es alguna chispa escapada al fuego del éter y que se extingue cuando le falta fuerza para avanzar más; en tanto es el efecto de la radiación de la luz sobre la densidad de la nube, o de su adherencia casual a sus costados: esta luz toma la forma de una estrella, cuya carrera dura tanto cuanto la alimenta la materia ígnea, y que, perdida muy pronto en el espacio, se disuelve y absorbe en la misma substancia cuyo frotamiento la hizo inflamarse.

Antes de amanecer llamó Juliano a los arúspices etruscos y les consultó acerca de la significación de aquel fenómeno, contestándole éstos que debía aplazarse todo proyecto. Apoyábanse en la autoridad del libro de Tarquicio, en el capítulo De rebus divinis, que recomienda, en caso de aparición de un meteoro en el cielo, abstenerse de librar combate o de realizar cualquier acto de guerra. Y como Juliano, escéptico en muchas ocasiones, no hacía caso alguno de sus opiniones, le suplicaron que al menos suspendiese la marcha por algunas horas. Pero tampoco accedió el Emperador a esto, haciéndose de pronto refractario al arte de la adivinación; así fue que se levantó el campo al amanecer.

Desde este momento los Persas, a quienes sus precedentes descalabros habían enseñado a temer a la infantería romana formada en batalla, no hicieron más que observar nuestra marcha, acechando desde las alturas el momento de sorprendernos. Esta maniobra inquietó a los soldados, impidiéndoles atrincherarse en todo el día, y no haciéndose otra cosa que reforzar los flancos, y marchar por cuadros; orden que, según los accidentes del terreno, solía dejar huecos entre ellos. De pronto anuncian a Juliano, que, sin haber tenido tiempo de armarse, practicaba un reconocimiento por la vanguardia, que atacaban a la retaguardia. En el apresuramiento coge el primer escudo a mano, olvidando ceñirse la coraza, y acude al punto del combate. Pero en el camino sabe que la vanguardia, de la que acababa de separarse, está igualmente comprometida: acude en seguida, despreciando su propio peligro, para ordenar las cosas, cuando una nube de catafractos Persas cae sobre el flanco del ejército, rebasa nuestra ala derecha, que cede y se encarniza a lanzazos y flechazos sobre los nuestros, quebrantados ya por los gritos y el olor de los elefantes.

Sin embargo, la presencia del príncipe, que se esfuerza en hacer frente al peligro en todas partes, provoca el ardimiento en nuestra infantería ligera, que, cogiendo a los Persas por la espalda, destroza a los hombres y corta los jarretes a los elefantes. Los gritos y ademanes de Juliano, que señala a los suyos aquella ventaja, les animan a continuarla; él mismo da ejemplo con un ardor que le hace olvidar que pelea desarmado. Acuden sus guardias, que también habían cedido al principio, le gritan que desconfíe de aquella masa de fugitivos como de un edificio que se derrumba, cuando una pica de jinete, lanzada por mano desconocida, rozándole ligeramente un brazo, se le clava en el costado penetrando en el hígado. Juliano no puede arrancarse el dardo, cuyo hierro de doble filo le corta los dedos, y cae del caballo. Rodéanle, le levantan, le trasladan al campamento y se le aplican en el acto los socorros del arte.

En cuanto calmó algo el dolor, vuelto Juliano en sí, pidió un caballo y sus armas: su ánimo valeroso lucha todavía con la muerte. Quiere volver al combate y devolver a los suyos la confianza, o al menos demostrar, con un acto de abnegación personal, su profundo interés por el soldado. Con  igual valor, pero con preocupación muy diferente, el famoso Epaminondas, herido mortalmente en Mantinea, preguntaba con inquietud por la suerte de su escudo. La muerte le pareció dulce desde que le presentaron aquella arma, porque solamente la idea de haberla perdido perturbaba aquel ánimo, al que no podía conmover la proximidad de la muerte. Pero las fuerzas de Juliano no correspondían a su ardor; corría abundantemente su sangre, y tuvo que permanecer allí: hasta la misma esperanza de vivir se extinguió en él, cuando, a petición suya, le dijeron que el punto en que había caído se llamaba Frigia: porque, según una predicción, Frigia se llamaba el punto donde le esperaba la muerte.

Imposible describir el dolor y deseo de venganza que se apoderó de los soldados a la vista de su príncipe que llevaban al campamento. Corrían al enemigo, clavando las picas en sus escudos como decididos a morir. Ciegos por el polvo, extenuados por el calor, sin jefe para guiarles, todos se lanzaban como por instinto ante el hierro de los Persas; quienes, por su parte, multiplicaban el disparo de flechas hasta formar una nube entre ellos y los romanos. Delante de sus líneas avanzaban lentamente los monstruosos elefantes con la cabeza empenachada, aterrando con su solo aspecto a los caballos y hasta a los hombres. Solamente se oía a lo lejos el confuso ruido de combatientes que chocaban entre sí, de moribundos que gemían, de caballos que relinchaban; este espantoso rumor no cesó hasta que estuvieron cansados de matar, y llegó la noche tendiendo su velo entre los dos bandos. En este combate perecieron cincuenta sátrapas o grandes dignatarios y multitud de soldados, quedando entre los muertos los famosos generales el Merena y Nohodares. Que la antigüedad celebre con grandilocuencia los veinte combates de Marcelo, añada las numerosas coronas militares de Sicinio Dentato y prodigue, en fin, su admiración a aquel Sergio que, según se dice, recibió en diferentes combates veintitrés heridas; gloria manchada y hollada para siempre por Catilina, último heredero de este nombre. Pero nuestra ventaja estaba contrabalanceada por sensibles pérdidas. Después de la retirada del Emperador, cayó muerto en el ala derecha, que retrocedía, Anatolio, maestre de los oficios. Al lado del prefecto Salustio pereció su consejero Soforo, y él mismo se libró de la muerte por el auxilio de su aparitor, que le sacó del combate. Parte de los nuestros, reducidos al último extremo, consiguieron refugiarse en un fuertecillo inmediato, y pudieron reunirse al ejército tres días después.

Mientras ocurrían estas cosas, Juliano, acostado en su tienda, hablaba de esta manera a los que, entristecidos, le rodeaban: «Ha llegado el momento, amigos míos; la naturaleza exige el tributo, aunque demasiado pronto tal vez; pero como deudor leal, me apresuro a pagar, sin experimentar, como podría creerse, abatimiento ni tristeza. La filosofía me ha enseñado a reconocer la superioridad del alma sobre el cuerpo; y, cambiando mi condición por otra mejor, antes debo regocijarme que entristecerme. Morir joven es favor que algunas veces conceden los dioses en recompensa de elevadas virtudes. Tampoco olvido la misión que me fue confiada, misión de lucha y de enérgica perseverancia, en la que jamás flaqueará mi valor; porque sé por experiencia que el mal solamente abruma al débil. El fuerte sabe triunfar. Mi conciencia recuerda con igual serenidad, la humillación y el destierro, la grandeza y el poder. He recibido el principado como herencia a que me llamaba el cielo, y creo no haber abusado de él. Moderado en el interior, jamás mi gobierno declaró o aceptó la guerra sin maduras reflexiones. Pero los resultados no corresponden siempre a los planes mejor concebidos, perteneciendo su ordenación a las potencias del cielo solamente. Convencido de que el bienestar de los que obedecen es el único fin legítimo del poder, he procurado, como sabéis, dulcificar su ejercicio, y he rechazado lejos de mí esa licencia corruptora de las costumbres del príncipe y atentatorias a la fortuna pública. Siempre que ha reclamado mi concurso la salud del Estado, dispuesto me ha encontrado su imperioso llamamiento. He arrostrado los peligros más evidentes, y hollado el temor, como aquel para quien el peligro es una costumbre. Confieso, sin avergonzarme, que hace mucho tiempo se me había anunciado que terminaría mi vida por el hierro; y doy gracias a la suprema divinidad de que no me coja la muerte por traición, o por largos padecimientos de enfermedad, o por mano del verdugo, sino bajo la forma de gloriosa liberación después de noble carrera. Con razón se dice que se muestra igual debilidad de ánimo  provocando la muerte antes de tiempo, como evitándola cuando llegá, el momento. Me falta fuerza para continuar. De intento callo acerca de la elección de mi sucesor: temo que mi designación no recayese en el más digno; a que, no siendo ratificada mi preferencia, llegase a ser perjudicial a quien la mereciera. Pero como verdadero hijo de la patria deseo ardientemente que el ejército encuentre un buen jefe después de mí.»

Dicho esto, con igual serenidad dividió por testamento su fortuna privada entre sus amigos más íntimos, y en seguida preguntó por Anatolio, maestre de los oficios. Habiéndole contestado el prefecto Salustio que era feliz, comprendió que no existía y deploró con amargura aquella muerte, cuando contemplaba la suya con tanta indiferencia. Todos los presentes lloraban; pero Juliano les dijo que no debía llorarse al que marchaba al cielo a tomar puesto entre los astros; y esta reprensión, hecha con acento de amo, les impuso silencio. Entonces tuvo grave conversación con los filósofos Máximo y Prisco acerca de la sublimidad del alma; pero abrióse de nuevo su herida, y haciéndosele difícil la respiración por efecto de la hinchazón de las arterias, pidió agua fresca, que bebió: hecho esto, expiró sin agonía, cerca de la media noche, a los treinta y un años de edad. Había nacido en Constantinopla: huérfano desde la infancia, había perdido a su padre en medio de aquella proscripción general que atrajo la muerte de Constantino sobre todos aquellos que tenían derecho a la sucesión: y mucho tiempo antes había perdido a su madre Basilina, nacida de antigua e ilustre familia.

Merece Juliano que se le cuente entre los varones más grandes por sus elevadas cualidades y hazañas que realizó. Los moralistas admiten cuatro virtudes principales: la castidad, la prudencia, la justicia y el valor; y cuatro accesorias, en cierta manera exteriores al alma: el talento militar, la autoridad, la fortuna y la liberalidad. Juliano dedicó su vida a adquirirlas todas.

En primer lugar era casto hasta el punto de que, desde el momento en que perdió a su esposa, prescindió por completo de mujer. Incesantemente recordaba las palabras que Platón pone en boca de Sófocles el trágico. Preguntado en su ancianidad si existía todavía en él la pasión por las mujeres, el poeta respondió que no, añadiendo que se felicitaba por haber sacudido el yugo de la tiranía más violenta e inexorable. Para confirmarse más en esta regla de conducta, complacíase Juliano en repetir este pasaje del poeta lírico Bacchilides, al que leía con sumo agrado: «La castidad en las personas elevadas es un barniz tan agradable como aquel con que el pintor embellece los rasgos de sus figuras.» Hasta en el vigor de la edad supo precaverse tan bien de toda tentación de este género, que los criados más inmediatos a su persona, jamás sospecharon, como muchas veces sucede, que sucumbiese alguna vez.

Favorecía mucho esta continencia la restricción que se imponía en la alimentación y el sueño, y que observaba en su palacio lo mismo que en el campamento. Asombraba ver a lo que se reducía la comida del Emperador, tanto en calidad como en cantidad. Con fundamento podía temerse que se le vería tomar de nuevo el manto de filósofo. No era cosa rara que en campaña comiese de pie como los soldados, no siendo su comida menos sencilla ni frugal. En cuanto corto sueño había reparado las fuerzas de su cuerpo endurecido en la fatiga, levantábase e iba a vigilar personalmente guardias y centinelas, regresando en seguida para entregarse a profundas y sabias meditaciones. Y si las antorchas nocturnas, testigos de sus vigilias, hubiesen podido hablar, sabríase hasta qué punto se diferenciaba de otros príncipes el que ni siquiera obedecía a las exigencias de la naturaleza.

Algunos rasgos bastarán para dar idea de la extensión de su inteligencia, Poseía en alto grado el arte de gobernar y hacer la guerra. Gustaba de mostrarse afable, no guardando más reserva que la necesaria para ser respetado. Joven por la edad, era ya viejo por las virtudes. Era apasionado por las ciencias y juez irrecusable en casi todas. Censor rígido de las costumbres, aunque dulce por carácter, despreciador de las riquezas y de todo lo perecedero, su máxima favorita era que el sabio debe ocuparse del alma sin cuidarse del cuerpo.

Brilló por sus elevadas cualidades en la administración de justicia, y, según las circunstancias y las personas, supo hacerla aparecer terrible sin crueldad. Algunos ejemplos bastaron para reprimir los desórdenes. Más bien enseñaba la espada que hería. Conocida es la moderación con que castigó  a sus enemigos personales que habían conspirado abiertamente contra él, y cómo mitigó con su natural bondad los castigos que merecían.

Numerosas campañas y multitud de combates atestiguan su valor en la guerra, así como su aptitud para soportar los rigores del frío y del calor. El soldado vale por el cuerpo y el general por la cabeza. Pero a Juliano se le vio pelear cuerpo a cuerpo, derribar con sus golpes adversarios formidables, y formar a los suyos que retrocedían, muralla con su pecho. En el dominado suelo de Germania, bajo el sol abrasador de la Persia, su presencia entre los primeros daba brío a su ejército. De sus conocimientos militares existen notorias y multiplicadas pruebas: ciudades y fortalezas tomadas en las condiciones más difíciles y peligrosas, disposición de batallas tan sabia como variada, atinada elección de campamentos como seguridad y salubridad, inteligente disposición de avanzadas y líneas de defensa. Tanta influencia tenía sobre los soldados, que, si bien intimidados por su rigor en achaques de disciplina, le querían como a un compañero. Le hemos visto, no siendo más que César, hacerles afrontar, sin sueldo, la ferocidad de los bárbaros, y, con la sola amenaza de su renuncia, reducir al orden una multitud descontenta y armada. Y por decirlo todo de una vez, bastóle una sencilla exhortación a los soldados de las Galias, acostumbrados a las nieblas y al cielo de las orillas del Rhin, para llevarles por tantas comarcas lejanas hasta el suelo abrasador de la Asiria y las fronteras de los Medos.

Por mucho tiempo fue dichoso, como lo demuestran las inmensas dificultades que venció, guiándole la misma fortuna, por decirlo así, favorable entonces a sus empresas: y como lo demuestra también, después que abandonó el Occidente, aquella inmovilidad en que, como por efecto de un sortilegio, permanecieron hasta su muerte las naciones bárbaras.

Multitud de hechos acreditan su liberalidad. En achaque de impuestos, ningún príncipe fue tan generoso. Moderó las ofrendas de coronas de oro; perdonó los atrasos acumulados; fue imparcial en las cuestiones entre el fisco y el contribuyente; restituyó a las ciudades la percepción de las rentas municipales y también sus propiedades rústicas, exceptuando las enajenaciones realizadas en los reinados anteriores. En fin, jamás se le vio cuidadoso por acumular en su tesoro dinero que creía mejor colocado en los bolsillos particulares, diciendo algunas veces: «Alejandro el Grande contestaba cuando querían saber dónde estaba su tesoro: En casa de mis amigos.»

Después de haber hablado de sus buenas cualidades, pasemos a sus defectos, a pesar de que ya hemos dicho algo de ellos. No estaba exento de ligereza, pero en cambio permitía que le reconviniesen cuando no tenía razón. Hablaba demasiado y no conocía el valor del silencio. Abusaba de la adivinación, yendo tan lejos como el emperador Adriano en esta materia. En su culto había más superstición que religión verdadera. Era tan grande el consumo de bueyes que ocasionaban sus sacrificios, que se decía llegarían a faltar si regresaba de su expedición a Persia, pudiéndosele aplicar el chiste que se hizo acerca de Marco Aurelio, siendo César: «A Marco César los bueyes blancos: “Concluimos si vuelves vencedor”.» Era excesivamente aficionado a la lisonja; por la menor ventaja se exaltaba su vanidad, y no resistía entablar conversación con cualquiera por simple deseo de popularidad.

A pesar de estos defectos, podría repetirse con él que su reinado iba a traer de nuevo la justicia a la tierra, alejada, según la ficción de Arato, por los vicios de los hombres; y el elogio sería completamente verdadero, si algunas arbitrariedades no contradijesen la estricta equidad, regla ordinaria de su conducta. Por punto general sus leyes están exentas del estrecho despotismo que viola la libertad natural. Pero en este elogio hay que hacer excepciones, siendo una de ellas la tiránica prohibición de enseñar, impuesta a los retóricos y gramáticos que profesaban el cristianismo, a menos que abjurasen su culto. También constituye intolerable abuso de poder la obligación de pertenecer al orden municipal, impuesta a muchas personas que gozaban del beneficio de exención por su cualidad de extranjeros, por privilegio o por nacimiento.

En cuanto a su exterior, tenía mediana estatura, el cabello liso como si acabase de peinarlo, la barba espesa, áspera y puntiaguda. Sus ojos eran hermosos, y el fuego con que brillaban revelaba un espíritu que se sentía encerrado en paraje estrecho. Tenía bien dibujadas las cejas, la nariz recta, la  boca algo grande, prominente el labio inferior, el cuello grueso e inclinado, anchos los hombros y desarrollado el pecho. Todo su cuerpo, de la cabeza a los pies, presentaba proporciones exactas, por cuya razón era vigoroso y ágil en la carrera.

Sus detractores le acusan de haber atraído sobre su país los apuros de la guerra; pero en realidad no se le debe atribuir el origen de la guerra con los Persas, sino a Constancio, que, por avidez, como antes demostramos, creyó demasiado en las mentiras de Metrodoro. Este príncipe es, pues, el responsable de la destrucción de nuestros ejércitos, de los que cuerpos enteros rindieron las armas, del saqueo de nuestras ciudades, de la demolición de nuestras fortalezas, de la extenuación de nuestras provincias, y, en fin, de la realización muy probable de aquella amenaza del enemigo de llevar la guerra hasta Bitinia y las playas de la Propóntida. La Galia la encontró Juliano con una guerra, antigua ya, encarnizándose cada día más: nuestras provincias eran presa de los germanos; los Alpes, muy pronto atravesados, iban a abrir la Italia a sus estragos; por todas partes desolación y ruina, heridas sangrientas y en perspectiva, males más terribles aún. En socorro del Occidente se envía a un joven adornado con vano título. Llega, y todo queda reparado, y los reyes enemigos le obedecen como esclavos. La idea de levantar de igual manera al Oriente le llevó a hacer la guerra a los Persas, y sin duda hubiese alcanzado un nombre y trofeos si el favor del cielo hubiese acompañado a su valor y excelentes planes. Y cuando se ve a tantos náufragos volver a arriesgarse en el mar, a tantos vencidos tentar de nuevo la fortuna en los combates y exponerse de buena voluntad a pruebas que ya les han sido fatales, no es posible censurar a un príncipe victorioso siempre por acudir una vez más en busca de la victoria.

No había tiempo para llantos y lamentos. El cadáver recibió solamente, por razón de las circunstancias, los cuidados que reclamaba su traslación al punto donde había de ser enterrado, elegido por el mismo príncipe difunto. Y al siguiente día, cinco de las calendas de Julio, mientras los Persas rodeaban al ejército por todos lados, los jefes, después de convocar a los tribunos de las legiones y de la caballería, se reunieron para deliberar acerca de la elección de emperador. En el primer momento verificóse violenta excisión. Arintheo, Víctor y otros capitanes del antiguo ejército de Constancio, querían que se eligiese en sus filas; mientras que Nevita, Degalaifo, con los demás capitanes galos, insistían en que la elección recayese en uno de ellos. Prolongábase el debate, porque ninguno de los dos bandos quería ceder, cuando se pusieron de acuerdo para dar todos los votos a Salustio, quien se excusó con su edad y achaques; y como persistía inquebrantable en su negativa, un capitán distinguido dijo: «¿Qué habría hecho cada uno de vosotros si el Emperador, como muchas veces ha ocurrido, le hubiese encargado en su ausencia la dirección de la guerra? ¿No pensaría, prescindiendo de toda consideración extraña, en sacar a nuestros soldados de la crítica posición en que se encuentran? Esto es lo que hay que conseguir: y si logramos volver a la Mesopotamia, entonces los votos reunidos de los dos ejércitos elegirán al Emperador legítimo.»

Durante estos cortos momentos de natural vacilación, ocurrió que algunos impacientes, mientras se deliberaba, eligieron tumultuosamente a Joviano, jefe de los guardias, cuyos únicos títulos eran los servicios de su padre, siendo muy mediana la recomendación. Joviano era hijo del conde Versoniano, que hacía poca tiempo había dejado la carrera militar para entregarse a tranquila vida. Revestido ya Joviano con los ornamentos imperiales, había salido de su tienda y recorría las filas del ejército, dispuesto a ponerse en marcha. Las líneas se extendían en el espacio de cuatro millas; y por esta razón los soldados, colocados delante de las enseñas, oyendo saludar a Joviano Augusto, repitieron el grito con todas sus fuerzas, porque, engañados con la semejanza de los nombres, que solamente se diferencian en una letra, creyeron que se les devolvía a Juliano y que era él a quien se le recibía con el acostumbrado entusiasmo. Pero al ver avanzar la larga figura inclinada de Joviano, comprendióse la triste verdad y hubo una explosión de lágrimas y sollozos. Una elección hecha en tales circunstancias, no podía juzgarse con mucha escrupulosidad; porque esto valdría tanto como censurar a marineros que, habiendo perdido un hábil piloto zumbando la tempestad, entregasen el timón a aquel de entre ellos que aceptase la responsabilidad de la salvación común. Apenas había hecho esta elección el capricho de la fortuna, cuando el signífero de los  Jovianos, que por mucho tiempo había mandado Verroniano, huyó al campamento de los Persas. Este hombre había tenido altercados con Joviano, entonces igual suyo, que estaba muy ofendido por sus inconvenientes palabras contra su padre, y tuvo miedo al resentimiento de un enemigo que había llegado al rango supremo. Admitido a la presencia de Sapor, que se encontraba a corta distancia, le dijo que aquel a quien tanto temía no existía ya, y que un tumulto de criados del ejército había elegido a Joviano, simple protector, hombre sin alcances ni energía, un fantasma de Emperador. Al enterarse Sapor de la noticia, que colmaba su deseo más ardiente, se apresuró a reforzar con respetable cuerpo de caballería de sus fuerzas de reserva las tropas que habían combatido contra nosotros, y mandó atacar con viveza a nuestra retaguardia.

Tal era el estado de las cosas por ambas partes. Consultóse en interés de Joviano las entrañas de las víctimas, siendo la respuesta que se perdería infaliblemente si, como había dicho, esperaba al enemigo detrás de una empalizada, pero que conseguiría ventaja en campo raso. Comenzaron, pues, a ponerse en marcha. En seguida atacaron los Persas con los elefantes, que iban al frente. Al pronto los gritos y el aspecto de estos animales espantan nuestros caballos y hasta los jinetes. Sin embargo, los Jovianos y Herculianos mataron algunos y resistieron a los catafractos. Al ver el peligro de sus compañeros, acudieron los Jovios y Victorios, que mataron dos elefantes e hicieron terrible carnicería en los Persas. Por nuestra parte perdimos en el ala izquierda tres varones de gran valía, Juliano, Macrobio y Máximo, tribunos de las mejores legiones del ejército. A éstos se les tributaron los últimos honores lo mejor que permitieron las circunstancias. Como se acercaba la noche, apresuramos el paso para llegar a un fuerte llamado Sumera; y en el camino reconocimos el cadáver de Anatolio, enterrándole apresuradamente. Allí se nos reunieron sesenta soldados y algunos guardias que, como dijimos antes, se habían refugiado en el fuerte Vaccatum.

A la mañana siguiente acampamos en un valle en forma de embudo, que no tenía más que una salida, formando en derredor las montañas como una muralla natural, a la que añadimos un refuerzo de estacas aguzadas como puntas de espadas. Viéndonos tan bien atrincherados, el enemigo, que ocupaba los desfiladeros, se contentó con enviarnos desde allí nubes de saetas de todas clases, al mismo tiempo que nos colmaba de improperios, llamándonos traidores y asesinos del príncipe más digno de estimación; porque algunos desertores les habían repetido el vago rumor que había corrido de que el arma que hirió a Juliano la lanzó mano romana. Dos turmas enemigas se atrevieron a forzar la puerta pretoriana y a penetrar hasta la tienda de Joviano; pero las rechazaron vigorosamente, matando o hiriendo a muchos.

Al salir de este campamento ocupamos a la noche siguiente a Charcha, donde, gracias a la destrucción de las fortificaciones de que en otro tiempo estaba guarnecida la orilla del río para cerrar la Asiria a los sarracenos, no tuvimos que soportar ningún insulto. El día de las calendas de Julio, después de recorrer treinta estadios, nos acercábamos a una ciudad llamada Dura, cuando los conductores de nuestros bagajes, que naturalmente se encontraban a retaguardia, y a quienes el cansancio de las bestias obligaba a caminar a pie, se vieron repentinamente envueltos por una nube de sarracenos, que habrían dado cuenta de ellos, si algunas turmas ligeras de los nuestros no hubiesen acudido rápidamente a libertarlos. Los sarracenos se habían vuelto contra nosotros desde la retirada de subsidios y tributos a que antes estaban acostumbrados. Cuando se quejaron a Juliano, no obtuvieron más que esta respuesta. «Un príncipe guerrero y vigilante no tiene en la mano oro, sino hierro.»

Con interminables escaramuzas nos retuvieron los Persas en aquella comarca cuatro días, obligándonos continuamente a regresos ofensivos en cuanto nos veían en marcha, y replegándose en cuanto presentábamos batalla. En las circunstancias desesperadas fácilmente se aceptan las ilusiones. Había corrido el rumor de que estábamos cerca de nuestras fronteras, y el ejército pedía a gritos repasar el Tigris. El Emperador lo negó terminantemente, apoyado en la opinión de todos los jefes; y mostrando a los soldados el río hinchado con la crecida de la canícula, les exhortó para que no se arriesgasen en aquella peligrosa tentativa. Considerable número, decía, no sabían nadar, y además, el enemigo ocupaba con muchas fuerzas las dos orillas. Pero en vano multiplicaba las  observaciones; no por esto cedían en su obstinación, mostrándose la impaciencia del ejército con gritos furiosos y amenazando llegar a los últimos extremos. Concluyóse por ceder, y se mandó a los galos y germanos del Norte que entrasen los primeros en el río, calculando que, si les arrastraba, la corriente, su desastre serviría de lección a la tenacidad de los otros, y que sería presagio favorable al paso si llegaban sanos y salvos a la otra orilla. Eligióse, pues, a los más hábiles en este género de ejercicio, aquellos para quienes era costumbre desde la infancia atravesar los inmensos ríos de su país natal, formando esto parte de su educación. A favor de la obscuridad de la noche se lanzaron todos, a una señal dada, en medio de las aguas, y llegaron a la otra orilla más pronto de lo que se esperaba. Desde allí, arrastrándose sobre el vientre hacia algunas guardias enemigas que se habían dormido en vez de vigilar, hicieron estragos en ellas, apresurándose en seguida a alzar las manos agitando paños enrollados de sus vestidos en señal de su audaz empresa. Viose desde lejos la señal, y el ejército ardió en deseos de reunírseles; pero fue necesario esperar, porque los arquitectos habían ofrecido establecer un puente con odres y cueros de bueyes, y la construcción experimentaba retrasos.

En medio de tantos esfuerzos vanos, el rey Sapor, que, de lejos o de cerca, constantemente se encontraba bien informado por sus exploradores o los desertores, no ignoraba ninguna hazaña de nuestros soldados, la espantosa matanza de sus tropas ni la destrucción de sus elefantes, destrucción tal, que no recordaba haber experimentado otra parecida. Comenzaba a convencerse de que el ejército romano no había hecho más que aguerrirse con tantos combates y fatigas; que desde la muerte de su glorioso jefe no pensaba en la salvación, sino en la venganza y en concluir con las dificultades que le rodeaban con una victoria decisiva o con una catástrofe sublime. También hacía una reflexión alarmante: numerosas fuerzas estaban diseminadas en nuestras provincias, bastando una señal para reunirlas. Por experiencia sabía el efecto que producían en Persia tamaños desastres en el espíritu de las poblaciones. Teníamos además en Mesopotamia una reserva casi tan importante como nuestro ejército principal: pero le impresionaba especialmente aquel paso del río, impunemente realizado a pesar de la crecida de las aguas, por quinientos nadadores que, después de degollar las guardias encargadas de impedirlo, invitaban desde la otra orilla a sus compañeros a que imitasen su audaz empresa.

Por nuestra parte, perdimos lamentablemente dos días luchando contra la violencia de las aguas para establecer el puente, consumiendo los escasos víveres que nos quedaban. Exasperado por el hambre, el soldado solamente pedía morir por el hierro, para escapar a este innoble suplicio.

Pero el numen eterno del Dios celestial estaba por nosotros. Los Persas, tomando contra toda esperanza la iniciativa de las proposiciones pacíficas, nos enviaron por negociador al Surena y a otro magnate del reino. Ellos también perdían valor al considerar la superioridad de las armas romanas, que se señalaban diariamente con alguna ventaja notable. Pero sus condiciones eran duras y sus palabras capciosas: «Su clementísimo rey, decían, permitiría por humanidad al resto del ejército retirarse, si el César, de acuerdo con sus capitanes, aceptaba sus condiciones.» Por nuestra parte enviarnos al prefecto Salustio y a Arintheo: y en estas interminables conferencias transcurrieron cuatro días de inacción y de tormentos. No se hubiese necesitado más, si el príncipe hubiese sabido aprovecharlos antes de enviar los negociadores, para salir del territorio enemigo y llegar a los puntos fortificados de la Corduena, país nuestro, lleno de recursos, y que solamente distaba cien millas.

El rey reclamaba obstinadamente todo lo que Maximiano le había tomado. El precio de nuestro rescate, según decía el documento, debía ser la restitución de las cinco provincias transtigritanas, a saber: Arzanena, Moxoena, Zebdicena, Rehimena y Corduena, con quince plazas fuertes: además, Nisiba, Singara y el fuerte de los Morales, uno de los baluartes más importantes de nuestra frontera. Cien veces más valía combatir que aceptar una sola de estas condiciones. Pero el tímido príncipe se encontraba rodeado de aduladores, y, para asustar, se pronunciaba ante todo el nombre de Procopio. Decían que era indispensable regresar rápidamente; de no hacerlo, este general, que conservaba un ejército intacto, podía, a la noticia de la muerte de Juliano, promover  una revolución sin encontrar resistencia. Tan perniciosas insinuaciones obraban incesantemente en el ánimo de Joviano, que concluyó por dejarse convencer y aceptarlo todo sin discutir. Consiguió, sin embargo, pero con mucho trabajo, que Nisiba y Singara no pasasen sino evacuadas por sus habitantes bajo la obediencia de la Persia, y que cuando se entregasen las otras plazas, los súbditos romanos tuviesen libertad para trasladarse a algunas de las nuestras. Por una cláusula adicional, condición tan desleal como funesta, se estipuló que en lo sucesivo no podríamos auxiliar contra Persia a Arsaces, nuestro antiguo y fiel aliado. Por este medio quería el enemigo castigar personalmente a este príncipe por el estrago de la provincia de Chilicoma, llevado a cabo por orden de Juliano, y además procurarse facilidades para invadir más adelante la Armenia. El tratado tuvo realmente por consecuencia el cautiverio de Arsaces, y, con ocasión de esto, disensiones intestinas que aprovecharon los Persas para apoderarse de Artaxata y de casi toda la frontera de la Armenia por el lado de los Medos.

En cuanto quedó convenido este innoble tratado, entregáronse rehenes como garantía de su ejecución: siéndolo por nuestra parte Remora, Víctor y Belovedio, tribunos de los primeros cuerpos del ejército; y por los persas Bineses, uno de sus sátrapas mis distinguidos, y otros tres varones notables. Ajustóse la paz por treinta años, y se sancionó con las acostumbradas ceremonias religiosas. Emprendimos para regresar camino diferente, con objeto de evitar los malos pasos y las asperezas que se encuentran siguiendo las sinuosidades del río; pero los horrores de la sed se unieron entonces a los del hambre.

Esta paz, de la que habían sido pretexto los sentimientos humanitarios, fue funesta para muchos de los nuestros. Unos, extenuados por el hambre y no pudiendo continuar la marcha, quedaban a la espalda y no se les veía más. Otros se lanzaban al río y se ahogaban al querer atravesarlo. Algunos, bastante afortunados para llegar a la otra orilla, caían aisladamente en manos de los sarracenos y hasta de las mismas partidas persas, desalojadas anteriormente por el brusco paso de los germanos, y eran degollados como corderos o llevados lejos para venderlos. Pero cuando la bocina dio oficialmente la señal del paso, tuvo lugar un apresuramiento, una confusión imposible de describir, para asegurarse medios de salvación, cada cual por cuenta propia: unos sobre zarzos reunidos al azar, o cogiéndose a las bestias de carga que nadaban aquí y allá; otros sosteniéndose en odres; algunos nadando al sesgo para vencer la violencia de la corriente. El Emperador pasó primeramente con corto acompañamiento en las barquillas que pudieron salvarse del incendio de la flota, y en seguida, haciendo que repasaran, llevaron al resto. De esta manera, gracias al favor divino, todos los que no habían sido víctimas de la impaciencia, pudieron llegar bien o mal a la otra orilla.

Cuando todavía nos abrumaba el temor de otras angustias, supimos por exploradores que los Persas echaban un puente en un punto lejano, con la intención, sin duda, de interceptar a los enfermos y aspeados, que se retrasarían confiando en el tratado, y también algunas bestias de carga cansadas. Pero en cuanto vieron descubierto aquel traidor propósito, lo abandonaron. Esta alarma nos hizo forzar la marcha y llegamos cerca de Hatra, ciudad antigua, rodeada de inmensa soledad, desierta desde mucho tiempo. Los belicosos emperadores Trajano y Severo intentaron muchas veces su destrucción y estuvieron a punto, como se dijo en la vida de uno y otro, de perecer con todo su ejército. Como allí teníamos delante setenta millas de llanura árida, donde solamente se encuentra agua amargosa y fétida, y por toda alimentación plantas de abrótano, ajenjo, dracontea y otras hierbas igualmente despreciables, llenamos de agua dulce cuantos utensilios nos quedaban, y nos procurarnos víveres, muy poco sanos, a la verdad, matando nuestros camellos y demás bestias de carga.

Después de seis días de marcha, faltó hasta la hierba, último recurso en los casos extremos. Entonces nos alcanzó cerca de la fortaleza de Ur, Cassiano, duque de Mesopotamia, y el tribuno Mauricio, trayéndonos un convoy de víveres, sacados por Procopio y Sebastián de los almacenes mejor conservados de los cuerpos de reserva que mandaban. El otro Procopio, notario, y Memórides, tribuno militar, partieron en seguida para notificar a la Iliria y las Galias la muerte de Juliano y el advenimiento de Joviano al poder supremo; entregándoles el príncipe, para que se los ofreciesen a su suegro Luciliano, retirado del servicio y entregado al descanso en Sirmium, los nombramientos de jefe de la infantería y caballería. Debían ir a buscarle a su retiro y excitarle para que marchase a Milán a fin de asegurar el orden y para. organizar la represión si, lo que más temía Joviano, estallaba alguna rebelión. En carta particular aconsejaba a Luciliano que se rodease de hombres hábiles y seguros, cuyo concurso pudiera aprovecharse según los casos.

Acertada elección le hizo fijarse en Malarico, que se encontraba a la sazón en Italia ocupado exclusivamente en asuntos particulares, para reemplazar a Jovino en el mando militar de las Galias, y le envió las insignias. En esta preferencia llevaba doble intención: por un lado apartaba un hombre de mucho mérito y, por tanto, peligroso; y por otro, satisfacía con exceso los deseos que su ambición hubiese podido formar, y le interesaba decididamente en el mantenimiento del régimen, débil todavía, al que era deudor de su encumbramiento. Los dos emisarios llevaban instrucciones para ponerse de acuerdo, con objeto de presentar bajo el mejor aspecto los últimos actos, y especialmente el convenio que ponía afortunadamente fin a la guerra con los Persas; de caminar día y noche para mayor rapidez, y en cuanto hubiesen entregado las cartas del príncipe a las autoridades militares y provinciales, y sondeado prudentemente la opinión respecto al nuevo reinado, regresar prontamente a dar cuenta, con objeto de que, según el estado en que se encontrasen las cosas en los puntos lejanos, el Gobierno pudiese tomar sus medidas con mayor seguridad y conocimiento de causa.

Pero la fama, tan veloz mensajera de las malas nuevas, se adelantó por todas partes a los enviados, hiriendo con terrible dolor a los habitantes de Nisiba la noticia de que su ciudad iba a ser entregada a Sapor. Con terror pensaban en los rencores que debían haber aglomerado en el ánimo de este rey las numerosas vejaciones que había experimentado delante de sus murallas y los mares de sangre que le habían costado. Indudable es, en efecto, que, sin la inexpugnable fortaleza de las defensas de esta ciudad y su excelente emplazamiento, la dominación de los Persas se habría extendido por todo el territorio del Imperio. En medio de sus vivas alarmas, conservaban, sin embargo, los desgraciados un destello de esperanza; creyendo que el Emperador espontáneamente o vencido por los ruegos retrocedería ante el fatal abandono del baluarte más firme del Oriente.

Mientras que por todas partes se propagaba el relato de nuestras desgracias, diferentemente referidas, agotamos muy pronto el pobre recurso del convoy de víveres que habíamos recibido; y, de faltarnos la carne de las bestias de carga que habíamos matado, hubiésemos quedado reducidos a devorarnos unos a otros. De esto resultó el abandono de la mayor parte del bagaje y hasta de las armas: y al fin llegó a ser tan extraordinaria la escasez, que el modio de cebada, cuando por casualidad se veía en el campamento, costaba por lo menos diez monedas de oro.

Desde Ur llegamos a Thilsafata, donde, según exigían las circunstancias, Sebastián y Procopio vinieron a nuestro encuentro con los tribunos y los jefes principales de las fuerzas que se les habían confiado para guardar la Mesopotamia, recibiéndoseles con agasajo. Desde allí apresurarnos la marcha y al fin vimos la deseada Nisiba. Pero Joviano se contentó con acampar alrededor de la ciudad y se negó terminantemente a las reiteradas instancias del pueblo para que se aposentase en el palacio, según acostumbraban los emperadores; porque se habría avergonzado de consagrar con su presencia dentro de sus murallas la cesión de una ciudad inexpugnable a un irreconciliable enemigo.

En la noche de este día, Joviano, el primer notario, el mismo que se introdujo por una mina en Maiozamalca, fue arrebatado de la mesa donde cenaba, llevado sigilosamente y arrojado en un pozo seco, que llenaron de piedras. Después de la muerte de Juliano, le habían designado algunos votos como digno del Imperio. Habiendo sido nombrado el otro Joviano, éste se mostró poco prudente, habló de la elección y dio comidas a los jefes militares.

Al siguiente día, Bineses, que, como ya hemos dicho, era uno de los jefes principales del ejército persa, se presentó, como obediente servidor del rey, a reclamar la inmediata ejecución del tratado. Con autorización de Joviano entró en la ciudad y enarboló en la fortaleza el estandarte de su nación, señal funesta de la expulsión de los ciudadanos. Intimados aquellos desgraciados para que  buscasen otra patria, protestaban con las manos juntas de aquella orden fatal; comprometiéndose, decían, sin que el Estado les suministrase tropas ni víveres, a defender por sí mismos la plaza, como lo habían hecho muchas veces con éxito: porque peleando por el suelo natal, tendrían de su parte la justicia. En estos ruegos, se unían al pueblo las clases elevadas; pero sus palabras se perdían en el viento. El Emperador, a quien en realidad preocupaba otro temor, alegaba el de ser perjuro; por lo que Salino, varón distinguido entre todos los magistrados municipales por su nacimiento y fortuna, observó que Constancio, en medio de una guerra terrible y en muchas ocasiones desgraciada contra los Persas, obligado a huir y refugiarse con corto número de los suyos tras de las inseguras fortificaciones de Hibita, y al fin a vivir del pan que le daba una campesina vieja, murió sin haber cedido ni una pulgada del territorio del Imperio, mientras que Joviano, por preludio de su reinado, abandonaba la llave de sus provincias, una ciudad que desde tiempo inmemorial había sido la salvaguardia del Oriente. Joviano, obstinándose en la religión del juramento, no se conmovió. Pero en el instante en que, cediendo a las instancias que le habían hecho, aceptaba el acostumbrado homenaje de una corona, después de haberla rehusado mucho tiempo, un abogado llamado Silvano, pronunció estas palabras: «¡Ojalá te coronen lo mismo ¡oh Príncipe! las demás ciudades que te quedan!» Estas palabras le molestaron mucho y dio orden, en medio de las maldiciones lanzadas contra su reinado, para que evacuasen la ciudad en tres días.

La fuerza armada apoyó esta orden, amenazando con la muerte a los que se retrasasen. Entonces resonaron lamentos en toda la ciudad: aquí una matrona de elevado rango lanzada de sus penates, se arrancaba los cabellos al abandonar la casa en que nació y se educó; allí una madre, una viuda se despedía para siempre de las cenizas de su esposo y de sus hijos. Veíase multitud de desgraciados besando o inundando de lágrimas las puertas o los umbrales de sus casas: todos los caminos estaban llenos; cada ciudadano cogía apresuradamente lo que creía poder llevar y abandonaba el resto, precioso o no, por falta de medios de transporte.

A ti ¡oh fortuna del pueblo romano! hay que acusar. Cuando una tempestad quebranta el Imperio, tú le arrebatas una dirección hábil y firme, para confiar las riendas a manos débiles e inexpertas en el ejercicio del poder. Ni alabanza ni censura merece el príncipe sometido a tal prueba y al que nada de su vida anterior llamaba a sostenerla. Pero lo que no perdonará jamás ningún hombre honrado a quien no experimentaba más que una inquietud, la de ver surgir un rival; una preocupación, la de que algún ambicioso removiese la Italia o las Galias; un deseo, en fin, el de su regreso, es la hipocresía de respeto a la fe jurada con que quiso cubrir la deshonrosa entrega de Nisiba, de aquella ciudad que desde el tiempo de Mitrídates, servía al Oriente de barrera contra la invasión de los Persas. Creo que, desde el origen de Roma, no se encontrará en nuestros anales el ejemplo de una cesión cualquiera de territorio, hecha al enemigo por un Emperador o un cónsul. Entonces, recobrar una provincia no llevaba consigo los honores del triunfo; necesitándose para merecerlo, haber ensanchado los límites. Esta gloria se negó a Escipión, que había devuelto la España a la dominación romana; a Fulvio, que recobró Capua después de tan prolongada guerra; a Opimio, vencedor en aquella encarnizada lucha que trajo Fregelas a nuestro poder. En nuestra historia hay ejemplos de que tratados deshonrosos, arrancados por la necesidad y solemnemente jurados, han sido rotos e inmediatamente continuadas las hostilidades; testigos de ello nuestras legiones pasando en otro tiempo bajo el yugo samnita en las Horcas Caudinas; el indigno convenio de Albino en Numidia y aquella paz rota por Mancino, que entregó su autor a los numantinos.

Después de la entrega de Nísiba, consumada con la expulsión de sus habitantes, quedó encargado el tribuno Constancio de entregar a los Persas las otras plazas y pedazos del territorio. En seguida se comisionó a Procopio para que acompañase los restos de Juliano al suburbio Tarsense, y depositarlos allí, según la voluntad de aquel príncipe. Así lo hizo Procopio, pero inmediatamente después de la inhumación, desapareció, sabiendo ocultar su retiro a todas las investigaciones, hasta el momento en que, mucho tiempo después, reapareció de pronto revestido con la púrpura en Constantinopla.

Terminadas estas cosas, marchamos apresuradamente a Antioquía, donde durante muchos días mostróse la cólera divina por una serie de señales, que los expertos en la ciencia adivinatoria interpretaron como siniestras. La esfera de bronce que tenía la estatua de Maximiano César, colocada en el vestíbulo del palacio, desapareció repentinamente de su mano. Los maderos de la sala del consejo crujieron con espantoso ruido. Aparecieron cometas en pleno día. Acerca de éstos varían las opiniones de los físicos. Según unos, deben su existencia y nombre a reuniones fortuitas de estrellas, cuyo centelleo produce esa cabellera luminosa de que los vemos provistos; según otros, son secas emanaciones del suelo que se inflaman cuando se elevan por encima de la atmósfera. Dice otra opinión que los forman los rayos del sol interceptados por densa nube, y cuya luz, al filtrarse por este cuerpo opaco, llega a nosotros con el aspecto de un conjunto de estrellas. Otros atribuyen el fenómeno a una elevación insólita de nubes, que, más inmediatas a los fuegos celestes, reflejan su luz. En fin, siguiendo otra opinión, son estrellas como las demás, si bien se ignora el tiempo marcado para que aparezcan y desaparezcan. Otras teorías tienen los astrónomos acerca de los cometas, que no podemos exponer por continuar nuestra narración.

Joviano, devorado por la inquietud, apenas llegado a Antioquía, pensaba ya en salir. A pesar de todas las observaciones, partió en lo más riguroso del invierno, y, no cuidando de hombres ni caballos, pasó a Tarso, famosa metrópoli de la Cilicia, de cuyo origen hablé antes. Igual prisa tenía por alejarse de allí; sin embargo, quiso ocuparse algo del embellecimiento de la tumba de Juliano, que estaba fuera de las murallas, en el camino que lleva a las gargantas del monte Tauro. En buena justicia, no era el Cydno, por riente y limpio que sea, el río a que corresponde el honor de correr cerca de aquellas cenizas: puesto más digno y propio para perpetuar la memoria de tal nombre, se le debía en las orillas del Tiber, que baña la ciudad eterna y los monumentos de los héroes y de los dioses.

Desde Tarso, marchando a largas jornadas, llegó a Tyana, en Capadocia, donde encontró al notario Procopio y al tribuno Memórido, que le dieron cuenta de su misión. Siguiendo el orden de los hechos, Luciliano había marchado primeramente a Milán, con los tribunos Seniauco y Valentiniano; y, enterado de que Malarico rehusaba el mando que se le había ofrecido, había marchado apresuradamente a Remos (Reims). Allí el celo le hizo olvidar la prudencia; y, obrando como en tiempos de completa seguridad, entabló intempestiva discusión de cuentas con el intendente. Éste, que tenía que ocultar infidelidades y fraudes, había huido a un puesto militar, donde propagaba el rumor de que Juliano no había muerto y que un hombre preparaba una sublevación contra él. Esta fábula produjo entre los soldados violenta excitación, de la que fueron víctimas Luciliano y Seniauco, Valentiniano, futuro Emperador, temiendo por su vida, no había sabido al principio dónde refugiarse; pero gracias a su huésped Primitivo, pudo desaparecer. En compensación de estas malas noticias, añadieron que una comisión de jefes de escuelas, según se les llama en el orden militar, iba a llegar de parte de Jovino, para anunciarle que el ejército de las Galias reconocía su autoridad.

Valentiniano había regresado con los dos comisarios, y Joviano le dio el mando de los escutarios de la segunda escuela. También hizo ingresar en los guardias del palacio a Viteliano, que servía en los hérulos, y más adelante le hizo conde, recibiendo una misión en que desempeñó mal. En seguida se apresuró Joviano a enviar a Armitheo a las Galias, con una carta para Jovino, confirmándole en su puesto y exhortándole a permanecer fiel. Encargábale que castigase al autor de la sedición, y que enviase presos a la corte a todos los que habían figurado en primera fila. Después de estas disposiciones, consideradas necesarias, marchó a Aspuna, municipio pequeño de la Galacia, para recibir a la comisión del ejército de las Galias. Allí dio audiencia en Consejo a los comisionados, recibió con agrado las nuevas que traían y les envió a sus puestos cargados de regalos.

(Ao 3ñ64 de J. C.)

Cuando el Emperador pasó a Ancira, con la ostentación que permitían las circunstancias, tomó el consulado con su hijo Verroniano, que casi estaba en la cuna. Los gritos que lanzó este niño para  que no le colocasen en la silla curul, según se acostumbra, parecían presagiar el acontecimiento qué no tardó en sobrevenir.

Acercábase a grandes pasos Joviano al término de su vida. La noche de su llegada a la ciudad de Dadastana, que señala el límite entre la Galacia y la Bitinia, se le encontró muerto, dando esto origen a multitud de conjeturas. Suponíase que había perecido por asfixia a consecuencia de haber enlucido recientemente con cal las paredes de su habitación, o bien por las emanaciones del carbón que habían encendido en cantidad excesiva, o quizá por efecto de una indigestión, resultado de intemperancia en la mesa. Tenía entonces treinta y tres años. Este fin se parece al de Escipión Emiliano, no dando lugar uno ni otro a ninguna investigación.

Joviano era digno en la apostura, tenía semblante alegre y los ojos azules. Su estatura y corpulencia eran tales, que costó trabajo encontrar adornos imperiales para él. A ejemplo de Constancio, que prefería como modelo a Juliano, veíasele dejar para la tarde los asuntos graves, y holgar en público con sus cortesanos. Adepto a la religión cristiana, en ocasiones se mostró liberal con ella, pero esto más por sentimiento que por convicción ilustrada. Por el corto número de jueces que nombró, puede formarse idea de la atención que prestaba a su elección. Era aficionado a las mujeres y a la mesa, debilidades que hubiese podido corregir la circunspección imperial. Dícese que su padre Verroniano recibió en sueños una advertencia acerca de la alta fortuna reservada a su hijo, y que lo había comunicado a dos hijos suyos, añadiendo que él mismo había de revestir la toga consular; pero si se realizó una predicción, no sucedió lo mismo con la otra, porque el anciano solamente se enteró del advenimiento de Joviano, impidiéndole la muerte ver a su hijo en el trono. Sin embargo, su nombre recibió el honor que se le prometió en sueños, en la persona de su nieto, que, como ya hemos dicho, fue declarado cónsul con su padre Joviano.

 

 

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