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HISTORIA DEL IMPERIO ROMANO

 

AMIANO MARCELINO

LIBRO 22

LIBRO 23

LIBRO 24

 

LIBRO XXIII

Vana tentativa de Juliano para reedificar el templo de Jerusalén.—Intima a Arsaces, rey de Armenia, a que se prepare para hacer la guerra con él a los Persas, y pasa el Eufrates con un cuerpo de escitas auxiliares.—Durante la marcha del ejército por la Mesopotamia, los jefes de muchas tribus de sarracenos le ofrecen auxilio y le regalan una corona de oro.—La flota romana, formada por mil y cien naves, cubre las aguas del Eufrates.—Descripción de las máquinas de sitio y de muralla: la balista, el onagro o escorpión, el ariete, el helépolo y el maleolo.—Juliano pasa el Aboras por un puente de barcas, cerca de Circesio.—Su arenga al ejército.—Enumeración de las diez y ocho provincias principales del reino de Persia y de sus ciudades. Costumbres de los habitantes.

(Año 363 de J. C.)

Pasando en silencio cosas de poca monta, llegamos al cuarto consulado de Juliano, que tomó por colega a Salustio, prefecto de las Galias. Pareció extraño que eligiese un hombre de condición privada, siendo, efectivamente, el único ejemplo que podía citarse desde el consulado de Diocleciano y Aristóbulo. Continuaba Juliano apresurando sus armamentos, adelantándose su impaciencia a los obstáculos; y aquel genio que todo lo abarcaba, concebía al mismo tiempo la idea de una obra monumental capaz de perpetuar el recuerdo de su reInado; puesto que quería modificar sobre planos extraordinariamente suntuosos aquel magnífico templo de Jerusalén, que después de una serie de mortíferos combates librados por Vespasiano, tomó al fin Tito a viva fuerza. Encargó de este trabajo a Alipio de Antioquía, que había administrado la Bretaña como lugarteniente de los prefectos. Perfectamente secundado Alipio por el corrector de la provincia, impulsaba vigorosamente los trabajos; cuando repentinamente formidable erupción de globos de fuego, que brotaron uno tras otro de los mismos cimientos del edificio, hizo el paraje inaccesible a los trabajadores, después de haber perecido muchos de ellos; y renovándose el prodigio siempre que volvían al trabajo, fue necesario renunciar a la empresa.

Por este tiempo recibió Juliano una legación de la ciudad eterna, para la que habían elegido varones de elevado nacimiento y recomendable mérito, a todos los cuales confirió la investidura de alguna dignidad importante: hizo a Aproniano prefecto de Roma, a Octaviano procónsul del Asia, a Venusto encargó el vicariato de España, y a Aradio Rufino dio la sucesión del cargo de su tío Juliano, conde de Oriente. A estos nombramientos acompañaron dos circunstancias de funesto presagio, confirmadas después por los acontecimientos. Félix, prefecto de los donativos, murió repentinamente de una hemorragia, siguiéndole a poco el conde Juliano, lo cual daba lugar a siniestras observaciones cuando se leía esta inscripción en las efigies del príncipe: Felix, Julianus Augustusque. A este pronóstico había precedido otro igualmente funesto. El día de las calendas de Enero, en el momento en que el príncipe subía las gradas del templo, el decano de los sacerdotes cayó sin haber recibido choque ostensible, quedando muerto repentinamente. Los que presenciaron el acontecimiento, por ignorancia o adulación, aplicaban el presagio al mayor en edad de los dos cónsules, es decir, a Salustio. Pero el resultado demostró que no se refería al más avanzado en años, sino al más elevado en dignidad, la fatal advertencia. Este funesto presagio lo confirmaban otras circunstancias, aunque menos características. En el mismo momento en que se declaró la apertura de la campaña, llegó la noticia de un terremoto que se había sentido en Constantinopla; y los peritos en adivinación deducían triste augurio para el jefe del ejército que iba a entrar en país enemigo. Tratóse de persuadir a Juliano de que había elegido mal el momento, y que si se puede prescindir de los presagios, es solamente en el caso en que, ante la amenaza de una invasión extranjera, es ley suprema la salvación común, y no admite aplazamientos. Al mismo tiempo le anunciaban cartas de Roma que los libros sibilinos, consultados por orden suya, prohibían terminantemente cruzar la frontera aquel año.

Sin embargo, de todas partes recibía legaciones ofreciéndole socorros; acogíalas agradablemente Juliano; pero confiando completamente en sus propios recursos, a todos contestaba que Roma acudía en auxilio de sus amigos y aliados cuando necesitaban su intervención; pero que no cuadraba bien a su dignidad emplear su ayuda para vengar sus injurias. A pesar de esto, había exhortado a Arsaces, rey de Armenia, para que preparase un cuerpo de tropas considerable, con objeto de operar de la manera y en la dirección que después se le diría. Dispuestas ya las cosas, en los primeros días de la primavera envió la orden de marcha a todos los cuerpos, y deseando adelantarse a la noticia de su partida, mandó que cruzasen inmediatamente el Eufrates. El movimiento fue general en todos los cuarteles, y una vez atravesado el río y ocupadas las posiciones designadas, se esperó la llegada del jefe.

En el momento de salir de Antioquía, nombró Juliano para el gobierno de Siria a un tal Alejandro de Heliápolis, varón turbulento y malo. Decía el Emperador que aquel hombre no era digno de tal puesto, pero que los habitantes de Antioquía lo tenían merecido por su insolencia y avidez. En el momento de la marcha le rodeó la multitud, deseándole buen viaje y glorioso regreso, y suplicándole que se ablandase para ellos, mostrándose en lo venidero más benévolo con su ciudad. Pero Juliano, resentido todavía por sus sarcasmos, les contestó agriamente que les veía por última vez; habiendo tomado medidas, según decía, para tener en Tarso su cuartel de invierno después de la campaña, regresando por el camino más corto. Memorio, presidente de Cilicia, había recibido ya sus órdenes para las disposiciones necesarias. Las palabras del emperador se realizaron puntualmente, porque a Tarso llevaron su cadáver, sepultándole sin pompa en un arrabal, en cumplimiento de su última voluntad.

Acercábase la primavera, y el Emperador partió el día de las nonas de Marzo, no empleando más tiempo del necesario para llegar a Hierápolis. En el momento en que pasaba bajo las puertas de esta gran ciudad, derrumbóse a su izquierda un pórtico, aplastando con sus escombros cincuenta soldados que estaban debajo, e hiriendo a mayor número. Allí reunió su ejército y se dirigió a la Mesopotamia con tal celeridad (cosa que entraba en sus planes), que antes de que circulase la noticia de su marcha estaba ocupada ya la Asiria. Reforzado con un cuerpo de Escitas, pasó el Eufrates por un puente de barcas y llegó a Batnea, ciudad municipal de la Osdronea, donde funesto accidente aumentó los siniestros presentimientos. Acostumbran en este país a hacer montones de paja extraordinariamente altos. Los forrajeros del ejército se lanzaron en considerable número y sin precaución alguna a socavar uno de aquellos pajares por la base, y, cayendo toda la masa, ahogó con su peso a cincuenta de ellos.

Dominado por pensamientos sombríos, dejó Juliano a Batnea, marchando apresuradamente a Carras, ciudad antigua y famosa por el desastre de los dos Crassos y su ejército. Encuéntranse allí dos caminos para marchar a Persia: a la izquierda por Adiabena y el Tigris, a la derecha por Asiria y el Eufrates. Juliano se detuvo algunos días en aquella ciudad para tomar algunas disposiciones y para ofrecer, según el rito local, un sacrificio a la luna, objeto de culto particular en el cantón. Dícese que allí, delante de los altares y sin que hubiese testigos, entregó la clámide de púrpura a su pariente Procopio, y le recomendó empuñar atrevidamente las riendas del Imperio, en el caso de que cayese él bajo los golpes de los Persas. Siniestros ensueños perturbaron las noches de Juliano en aquella ciudad; y los intérpretes, a quienes dio cuenta de sus visiones, convinieron con él en observar lo que ocurriese al día siguiente, que era el catorce de las calendas de Abril. Ahora bien: como después se supo, aquella misma noche, siendo prefecto Aproniano, quedó reducido a cenizas el templo de Apolo Palatino en Roma; y sin los socorros que por todas partes acudieron, también habrían sido presa de las llamas los libros sibilinos.

Mientras se ocupaba Juliano en Carras de los movimientos de las tropas y de la dirección de los convoyes, llegaron mensajeros, extenuados por la carrera, para notificarle que turmas de caballería enemiga habían penetrado por un punto de la frontera y recogido botín. Aquel audaz golpe de mano le irritó extraordinariamente, poniendo en el acto en práctica un proyecto que tenía de antemano. Entregó a Procopio treinta mil hombres escogidos y le unió el conde Sebastián,anteriormente duque de Egipto, mandándoles que maniobrasen en la orilla izquierda del Tigris, y que estuviesen muy prevenidos contra las sorpresas de que los historiadores de nuestras guerras con los parthos refieren tantos ejemplos. Recomendóles además, que si les era posible se reuniesen con Arsaces para talar, de acuerdo con él, el distrito de Chilicomo, el más fértil de toda la Media, y en seguida regresar por la Corduena y la Moxoena, para ayudarle en sus operaciones ulteriores en la Asiria. Tomadas estas disposiciones, simuló un avance sobre el Tigris, habiendo enviado con este propósito provisiones hacia aquel punto; en seguida describió repentinamente un recodo hacia la derecha y mandó parar por la noche, que pasaron vigilando. En cuanto amaneció el día siguiente, pidió un caballo, llamándose Babilonio el que le trajeron; y aquel animal, atacado repentinamente de cólico, cayó agitándose, arrastrando en el polvo su gualdrapa bordada de pedrería. Juliano exclamó entonces, regocijado con el presagio: «Babilonia ha caído despojada de todos sus ornamentos»: aplaudiendo todos los que lo oyeron. Detúvose un poco tiempo en aquel paraje para ofrecer un sacrificio, con objeto de asegurar los efectos del presagio; y en seguida marchó a Davana, fortaleza situada en el nacimiento del Belias, que desagua en el Eufrates. Descansó allí el ejército, comió y se trasladó en seguida a Calinicio, plaza fuerte y centro de considerable comercio. El cinco de las calendas celebró allí, según el ceremonial acostumbrado, los misterios de la Madre de los dioses, porque este día señalaba en Roma la celebración anual de esta antigua fiesta y de la inmersión tradicional en las aguas del Almón del carro que llevó la estatua de la diosa. Cumplido este deber, pudo descansar el príncipe una noche entera, no viendo en sueños más que triunfos y regocijos. A la mañana siguiente volvió a partir, siguiendo con su escolta las orillas del río, cuya corriente en aquel punto comienza a aumentar con multitud de tributarios.

Este día descansó bajo la tienda, y allí recibió el homenaje de varios jefes de tribus sarracenas, excelentes auxiliares para los golpes de mano, que le ofrecieron de rodillas una corona de oro, y le adoraron como a soberano del mundo entero. Mientras estaba hablando con ellos, llegó la flota mandada por el tribuno Constancio y el conde Luciliano, flota que, rival de la de Jerjes, cubría el Eufrates con sus numerosas naves. Formábanla mil barcos de carga, de formas diferentes, abundantemente provistos de víveres, armas y máquinas de guerra; cincuenta naves de combate y otras destinadas a servir de base a los puentes.

Para instrucción de los lectores, me veo naturalmente obligado a describir la forma y efectos de las máquinas de guerra de que acabo de hablar. Comenzaré por la balista. Una armadura fuerte, fija entre dos montantes, una plancha de cierta longitud, cuya línea central, perfectamente lisa, se prolonga por una palanca cuadrada, formando una especie de timón. En la base de esta palanca, surcada en toda su longitud por estrecha ranura, se encuentra sujeto un cable formado con numerosas cuerdas de nervios, y que se estira por dos fuertes tornillos de madera, de los que cada cual tiene gruesa cabeza saliente, cruzada con un molinete. Al lado de uno de estos tornillos se coloca el que apunta, vigilando la maniobra, y coloca rápidamente en la ranura una flecha de madera, armada con un hierro puntiagudo de grandes dimensiones. Colocados a derecha e izquierda de la balista, hombres vigorosos hacen girar en el acto y vivamente el doble molinete, cuyo juego pone en enorme tensión el cable, que atrae la flecha hacia atrás, hasta que la parte superior de la punta de hierro toca, retrocediendo, las ataduras del cable sujeto al extremo de la palanca. En el momento preciso, la acción de los molinetes suelta el disparador, y el cable, bruscamente libre, lanza por la ranura la flecha, que algunas veces brilla por la rapidez del movimiento, y casi siempre hiere de muerte antes de ser vista.

El escorpión, llamado hoy onagro, se construye del siguiente modo. Alísanse dos tablas de roble o de haya verde, dándoles ligera curvatura y uniéndolas en seguida de manera que se toquen por los extremos, horadados de antemano por dos o tres agujeros por los que pasan fuertes cuerdas destinadas a dar solidez a los maderos que atraviesan por los dos extremos y oprimen poderosamente. Entre estas cuerdas inmóviles se alza oblicuamente una palanca de madera, que, por medio de otras cuerdas, sube o baja a voluntad, como lanza de carro, estando la base de la palanca sujeta con fuerte perno: la parte superior de la palanca, guarnecida con un gancho de hierro del que  pende sólidamente una honda, cuya cuchara es de hierro o solamente de cuerdas y que puede recorrer una semicircunferencia. Cuando la palanca baja sobre la parte anterior del aparato, hiere un fuerte cojinete relleno de paja menuda, sólidamente sujeto y colocado a su vez sobre un macizo de musgo o de ladrillos; porque si se colocase el aparato sobre pared de piedras, las dislocaría, no por el peso, sino por la violencia de las sacudidas. Cuando va a funcionar el escorpión, se carga la honda con una piedra grande; cuatro hombres, colocados en los extremos de la máquina comprimen, por medio de molinetes y cuerdas, enormes resortes, atrayendo la palanca hacia atrás hasta colocarla en posición casi horizontal, manteniéndolo todo en esta disposición una clavija. De pie, detrás del escorpión, el que apunta toma su punto de mira, y en seguida, de un martillazo bien aplicado, hace saltar la clavija; la palanca escapa con violencia que amortigua el cojinete, pero la honda ha lanzado la piedra, que lo destroza todo en el camino. Esta máquina se llama también tormentum, de torquere, retorcer, porque el efecto que produce está en razón de la torsión que forma la fuerza de las cuerdas; y escorpión, porque la palanca termina en forma de dardo. En fin, en nuestros días se le ha dado el nombre de onagro, es decir, asno salvaje, porque este animal, cuando se ve perseguido, con las patas posteriores lanza piedras con bastante fuerza para hundir el pecho o romper el cráneo a los cazadores.

Pasemos al ariete. Elígese un pino grande o un olmo, y se le guarnece por un extremo con un hierro muy duro, labrado en forma de cabeza de carnero, por lo que se da a esta máquina el nombre de este animal. Suspéndese horizontalmente el ariete con cadenas a una polea muy fuerte colocada por encima, sostenida a su vez por largas tornapuntas. Cúbrese todo el aparato con tablas revestidas con láminas de hierro. Las cadenas son bastante largas para dar mucho balance al ariete suspendido en equilibrio. Número de hombres proporcional a la longitud del ariete le imprimen el movimiento de vaivén. Esta multitud de brazos, con incesante maniobra, después de haber impulsado la máquina hacia atrás, la empujan vivamente hacia adelante. Cuando el movimiento adquiere bastante amplitud para que el ariete alcance a la muralla, la hiere con repetidos golpes, cuya violencia aumenta incesantemente, a imitación del carnero que se levanta para dar mayor fuerza a la cabezada. Por medio de estos golpes redoblados, semejantes a los del rayo, disloca las piedras y entreabre las murallas. Ante su acción., cuando alcanza toda su energía, no hay muralla que resista, defensa que no desaparezca ni fortaleza que no se derrumbe.

Habiéndose hecho demasiado común el uso del ariete, se le ha reemplazado con otra máquina, que los autores mencionan con frecuencia, y a la que damos el nombre griego de Helepolo. Al constante empleo de esta máquina, tanto en el sitio de Rodas como en el de otras plazas, debió su nombre de Poliorcetes, Demetrio, hijo de Antígono. Se construye del modo siguiente: Sobre una tortuga muy grande, formada por vigas gruesas y largas, unidas con fuertes garfios de hierro, se extienden pieles de bueyes, cubiertas con tejidos de mimbres, recientemente cortados, y de una capa de barro, para preservarlo de las saetas y del fuego. Erízase el frente de la máquina con enormes espolones de hierro de triple punta, imitando la forma que los escultores y pintores dan al rayo, disposición que hace extraordinariamente destructor el choque. Colocada esta máquina sobre ruedas, muévenla desde el interior cierto número de soldados, que la lanzan, por medio de muchos cables y poleas, contra los puntos más débiles de las murallas, en las que no tarda en abrir brecha, a menos que no consiga la guarnición, desde lo alto de los muros, neutralizar su efecto.

La saeta llamada maleolo, consiste en lo siguiente: Es una flecha de mimbre, guarnecida en derredor con láminas de hierro, abultadas en el centro, y que dejan abiertos los intersticios, teniendo, por consiguiente, la forma exterior de un huso. Llénase la concavidad de materias inflamables, a las que se prende fuego, y esta saeta, lanzada por un arco de cuerda floja, porque la vibración vigorosa la apagaría, quema tenazmente todo cuerpo a que se adhiere. El agua misma no hace más que aumentar la llama, no pudiéndose extinguir, sino echando tierra encima. Estos aparatos son poco conocidos, y por eso los he descrito. Volvamos a nuestro relato.

Recibidos los auxilios que ofrecieron complacientemente los sarracenos, el Emperador aceleró la marcha y entró en Circesio, plaza muy fuerte y admirablemente situada en la confluenciadel Aboras y el Eufrates, que la rodea casi por completo. Anteriormente tenía poca importancia y ofrecía escasa seguridad; pero Diocleciano la rodeó de altas murallas reforzadas con torres, porque entraba en sus planes que la línea de nuestras fortalezas penetrase en territorio enemigo, con objeto de contener mejor a los Persas, cuyas incursiones habían asolado en otro tiempo toda la Siria. Un día, por ejemplo, cuando la seguridad era completa, un actor que se encontraba en escena con su esposa en el teatro de Antioquía, y cuya declamación encantaba, al público, detúvose de pronto, y exclamó, como si estas palabras formasen parte del papel: «Estoy soñando, o he ahí los Persas.» Vuélvense, y en el momento mismo cae sobre el teatro una nube de flechas. Huyen apresuradamente todos, y el enemigo, después de incendiar la ciudad, de degollar a crecido número de habitantes, que se encontraban en las calles, como acontece en plena paz, de llevar a las inmediaciones la devastación y el incendio, se retiró impunemente cargado de botín. Pero antes los Persas quemaron vivo a Mareado, que, sin saberlo, les había llevado a la matanza de sus compatriotas. Este suceso ocurrió bajo el reinado de Galieno.

Juliano se detuvo algunos días en Circesio para construir sobre el Aboras un puente de barcas para el paso del ejercito y equipaje. Allí recibió una triste carta de Salustio, prefecto de las Galias, exhortándole a que suspendiese su expedición contra los parthos; diciéndole que los dioses se mostraban desfavorables, e insistir antes de calmar su enojo, era correr a su perdición. Tan prudente consejo no causó impresión alguna en Juliano, que continuó su marcha con igual resolución: tan cierto es que ni la virtud ni la prudencia pueden alterar un decreto del destino. Realizado el paso, el Emperador mandó romper el puente para quitar al ejército toda idea de retirada. Allí tuvo otro encuentro de mal agüero, el cadáver expuesto de un aparitor, muerto por mano del verdugo. Aquel infeliz había sido ejecutado por orden del prefecto Salustio, que se encontraba en el ejército, por haber faltado, en virtud de circunstancias imprevistas, la entrega de víveres que se había comprometido a presentar en día fijo. Al día siguiente del suplicio, llegó el convoy que había ofrecido.

Desde allí marchamos a Zaitha, palabra que significa olivo. Desde muy lejos vimos la magnífica tumba del emperador Gordiano, cuya vida, desde su infancia, brillantes hazañas militares y trágico fin, hemos referido en otro lugar, Con su acostumbrada piedad tributó Juliano los honores debidos a la memoria del ilustre difunto, y se encaminó hacia Dura. Al acercarse a esta ciudad desierta, vio venir hacia él un grupo de soldados, y se detuvo, ignorando de qué se trataba. Los soldados le presentaron el cadáver de un león enorme que, lanzándose contra el ejército, había caído acribillado de heridas. De este hecho dedujeron lisonjero presagio y se continuó alegremente la marcha. Sin embargo, aquel caso podía interpretarse de dos modos, y la suerte decidió en contra de las conjeturas. Un soberano iba a sucumbir; ¿pero cual? Frecuentemente los oráculos son equívocos, y solamente los explican los acontecimientos. Testigo de esto es la respuesta del oráculo de Delfos a Creso: «Que al pasar el Halys, causaría la ruina de un Imperio.» Testigo es también el mar designado con tanta obscuridad a los atenienses como único camino de salvación en la guerra contra los Persas; y en fin, este otro oráculo más reciente, pero no menos ambiguo Aiote //cicla, romanos vincere posse. Los arúspices etruscos que acompañaban al ejército, consumados peritos en la ciencia adivinatoria, viendo que no se les había dado crédito en sus anuncios contra esta guerra, exhibieron ahora los libros depositarios de su doctrina, como prueba del sentido prohibitivo de este presagio, que, según decían, era contrario al príncipe que atacaba, por justa que fuese su causa. Pero su ciencia la consideraban con desprecio los filósofos, cuyas opiniones tenían entonces la suprema autoridad, a pesar de estar sujetos a error y ser inclinados a obstinarse en los puntos que entienden menos. En este caso alegaban en favor de su opinión, que anteriormente, cuando realizó el César Maximiano su expedición contra Narses, rey de los Persas, le presentaron un león y un jabalí muertos en iguales circunstancias, y que no por ello dejó de regresar victorioso. No creían que, según el presagio, amenazase desgracia alguna al que atacaba, a pesar de que Narses había tomado la iniciativa de las hostilidades contra la Armenia, que obedecía entonces a los romanos.

Al día siguiente, que era el siete de los idus de Abril, cerca ya de ponerse el sol, una nubecilla que aparecía sobre el horizonte se condensó de pronto, extendiéndose hasta el punto de producir obscuridad completa. Los relámpagos y truenos se sucedían con espantosa rapidez; y un soldado, llamado Joviano, quedó muerto con dos caballos que llevaba a beber en el río. Consultados los intérpretes, declararon que era nuevo aviso para renunciar a la empresa; que el rayo era consiliario (consideraban signos consiliarios aquellos de que se podía deducir consecuencia positiva o negativa), y era muy especialmente digno de atención, porque el individuo herido llevaba un gran nombre y porque los caballos eran animales de combate. Añadían que los mismos libros decretaban que no pudiese mirarse ni pisarse el paraje sobre que había caído el rayo. Los filósofos sostenían por su parte que aquella combustión espontánea era efecto completamente natural; reduciéndose a una emanación del fuego celeste precipitándose sobre la tierra; y que, lo único que podía deducirse, si se le quería atribuir alguna significación acerca de las cosas futuras, era que muy pronto alcanzaría el Emperador aumento de gloria por su empresa, atendiendo a la tendencia de la llama a elevarse a pesar de todos los obstáculos.

Después de presenciar la terminación del puente y visto pasar las tropas, lo que más apremiaba a Juliano era arengar a aquel ejército, cuya intrépida actitud anunciaba su completa confianza en el jefe. Al toque de la bocina reuniéronse centurias, cohortes y manípulos, y subiendo él a un terraplén, rodeado por los jefes principales, con sereno rostro que correspondía a la confianza de la multitud, les habló de esta manera:

«Esforzados guerreros: al contemplar con orgullo vuestros vigorosos cuerpos, vuestra apostura gallarda y resuelta, no puedo menos de dirigiros algunas palabras de satisfacción. Han querido persuadiros de que, hasta ahora, ningún ejercito romano había penetrado jamás en Persia; pero hechos numerosos desmienten esas malévolas suposiciones. Sin hablar de Lúculo, sin hablar de Pompeyo, cuyas armas victoriosas de la Albania forzaron el país de los Massagetas, a los que llamamos alanos, y visitado el mar Caspio, Ventidio, lugarteniente de Antonio, derramó más adelante torrentes de sangre enemiga en todas estas comarcas. Pero dejemos la antigüedad: voy a poner ante vuestra vista hechos comprobados. Trajano, Vero y Severo consiguieron en estas regiones victorias y trofeos. Regreso igualmente brillante estaba reservado al joven Gordiano, cuyo mausoleo vemos desde aquí. Éste combatió y derrotó al rey de Persia cerca de Resaina, pero la impía traición de Filipo, prefecto del pretorio, secundado por algunos malvados, puso fin a su vida en el mismo paraje en que hoy se alza su tumba. Pero no vagaron mucho tiempo sus manes sin venganza. Como si la misma justicia interviniese para castigarles, todos los conjurados expiaron su delito en medio de las torturas. Los grandes varones que acabo de citar no tuvieron otro móvil para sus hazañas que la gloria: nosotros vamos a vengar el saqueo de nuestras ciudades, el degüello de nuestros ejércitos, la destrucción de nuestras fortalezas y el desastre de nuestras provincias. La patria entristecida nos grita que cicatricemos sus heridas, reparemos su honor y aseguremos la paz de nuestras provincias, llevando la gloria de nuestro nombre hasta la posteridad más remota. Si así place a la voluntad eterna, me veréis a vuestro frente o en vuestras filas, a caballo o a pie, compartiendo vuestros peligros, y, según espero, vuestra victoria. Si la caprichosa suerte de la guerra quiere que sucumba, moriré contento por haberme sacrificado por la patria a ejemplo de los Curcios, de Mucio y de la ilustre generación de los Decios. Borremos del número de las naciones una raza enemiga, cuyas espadas humean todavía con la sangre de nuestros conciudadanos. Nuestros antepasados emplearon también muchos años en deshacerse de adversarios demasiado peligrosos. ¡Cuánto tiempo y cuántos esfuerzos para hundir a Cartago! Y todavía temió su vencedor que renaciese de sus ruinas. Escipión no destruyó a Numancia sino después de haber pasado por todas las vicisitudes de largo sitio. Roma destruyó a Fidenas para no tener rival, y también aplastó a los veyos y faliscos, hasta el punto de ser necesario acudir a nuestros anales para creer que existieron tantas ciudades importantes con estos nombres. Estas son las lecciones que nos ofrece el pasado. Solamente me queda que haceros una advertencia. El ardor en el saqueo fue muchas veces causa de la pérdida del soldado romano: mostraos superiores a una pasión tan indigna de vosotros: que ninguno se separe de su cohorte, para que todos estén prontos a pelear en su puesto si ocurre  llegar a las manos. Tened presente que los retrasados arriesgan verse con los jarretes cortados y perecer sin socorro posible; porque nuestros enemigos son astutos, y solamente temo de ellos las sorpresas. El triunfo en esta expedición dará la paz al Imperio; y yo os prometo que entonces, deponiendo la prerrogativa y renunciando a la irresponsabilidad del poder, tendré muy en cuenta tanto lo bueno como lo malo que se haya hecho. Ánimo, pues; esperemos lo mejor, y compartamos todos los trabajos y los peligros, convencidos de que la victoria acompaña siempre a la justicia.»

Para la inteligencia del relato, necesario es hacer aquí una descripción, siquiera brevísima, de la Persia, asunto que ha ocupado especialmente a los geógrafos, pero en el que quizá muy pocos de ellos han encontrado la verdad. Si soy algo prolijo, llévame el deseo de que se forme cabal idea. Aquellos que al tratar materias desconocidas afectan excesiva brevedad, antes cuidan de lo que deben omitir que de lo que necesitan explicar.

Al principio tuvo el reino de Persia escaso territorio; cambiando frecuentemente de nombre, por causas que ya hemos referido. Cuando Alejandro el Grande murió en Babilonia, los Persas recibieron el nombre de parthos de Arsaces, hombre obscuro que, de jefe de bandidos, llegó a ser, por una serie de hazañas, glorioso fundador de una dinastía. Su valor triunfó del sucesor de Alejandro, Seleuco Nicator, llamado así por la multitud de sus victorias. Arsaces expulsó las fuerzas macedónicas, y en seguida, en pacífica posesión, supo gobernar con dulzura súbditos obedientes. En fin, después de haber subyugado los pueblos vecinos, unos por la fuerza, aquéllos por el temor que inspiraban sus armas y otros solamente con la influencia de su equidad, murió en edad madura, dejando la Persia llena de ciudades, de fortalezas y de castillos, y temida por todos los que antes la hacían temblar. Arsaces fue el primer monarca que obtuvo los honores de la apoteosis, decretándola unánimemente los grandes y el pueblo. Consagración conforme con los ritos del país le colocó en el cielo, según la creencia nacional, en el rango de los astros: de aquí el título de hermanos del Sol y de la Luna que ostentan los soberbios soberanos de aquella comarca. Con prestigio parecido al que el nombre querido y deseado de Augusto da a nuestros emperadores, el de Arsaces ha venido a ser para los reyes parthos, tan obscuros y despreciados hasta entonces, aureola de prosperidad y gloria; y no solamente los contemporáneos lo divinizaron, sino que el culto de este nombre pasó a las edades siguientes, hasta el punto que, en nuestros mismos días, si se trata de elegir rey, un Arsácides obtiene el derecho de preferencia, y hasta en las mismas contiendas civiles, muy frecuentes en este pueblo, consideraríase como sacrilegio poner mano en hombre de esta raza, aunque fuese simple particular.

Sabido es que las inmensas conquistas de este pueblo han extendido su dominación hasta la Propóntida y la Tracia; y también se conocen los fracasos que experimentaron algunas veces sus monarcas en sus orgullosos proyectos de invasión. Pasando Cyro el Bósforo con un ejército cuyo número de soldados parece fabuloso, fue exterminado por Thomyris, reina de los escitas, que vengó cruelmente en él la muerte de sus hijos. Darío, y después Jerjes, que sujetaron hasta a los elementos para lanzarse sobre la Grecia, perdieron allí flotas y ejércitos, pudiendo apenas salvar la propia vida; y omitiré las conquistas de Alejandro y aquel testamento en el que disponía de la Persia entera en favor de un solo heredero. Muchos siglos después, Roma, bajo el gobierno de los cónsules, y cuando obedecía a los Césares, tuvo con este pueblo luchas ardientes y obstinadas, en las que la fortuna quedó algunas veces indecisa; y después, pronunciándose unas veces por nuestras armas, y otras por las contrarias.

Ahora describiré aquellos parajes con la brevedad que permite el asunto. Esta comarca, tan vasta en todos sentidos, abraza por completo el mar Pérsico, surcado por millares de naves y poblado de numerosas islas. Dícese que este mar es muy estrecho en su entrada, supuesto que desde el promontorio de Harmozonta, en Carmania, se ve fácilmente el de Macés en la parte opuesta. Más allá del estrecho ensánchase notablemente y se abre a la navegación hasta la ciudad de Teredón, donde desemboca el Eufrates, sucesivamente aminorado por la división de sus aguas. El circuito del golfo tiene veinte mil estadios; y en diferentes puntos de este litoral, lleno de ciudades e innumerables caseríos, hay continuo movimiento de naves. En la misma salida del estrecho se  encuentra al Oriente el golfo de Armenia; al Mediodía el de Canticho, y a Poniente, algo más lejano, otro llamado Chaliten. Más allá se extiende el Océano Indico, que recibe los primeros rayos del sol, y en cuya superficie reina constantemente calor abrasador. Los stilos de los geógrafos han trazado la siguiente división de la Persia. Al Norte se extiende hasta las puertas Caspianas, y confina con las regiones que habitan los cadusianos, diferentes pueblos escitas, y los arimaspos, salvajes de torva mirada y crueles costumbres. Sus fronteras a Poniente son la Armenia, el monte Nifatos, la Albania, el Mar Rojo y los árabes scenitas, llamados desde hace poco sarracenos. Al Mediodía la limita la Mesopotamia, y al Oriente se extiende hasta el río Ganges, que la separa de las Indias y penetra en el Océano austral.

Solamente citaremos las provincias principales de este reino, las que están colocadas bajo la autoridad de los vitaxas, es decir, jefes de la caballería, y de los sátrapas del rey; porque enumerar los distritos secundarios sería tan fatigoso como inútil. Estas provincias son la Asiria, la Susiana, la Media, la Persia propiamente dicha, la Parthia, la Carmania mayor, la Hircania, la Margiana, la Bactriana, la Sogdiana, la Sacea, la Scitia, a este lado del monte Emodén; la Sérica, la Aria, la Paropanisada, la Drangiana, la Aracocia y la Gedrosia.

Limítrofe del Imperio es la Asiria, siendo también la más importante de todas estas provincias por su extensión, población, riqueza, abundancia y variedad de sus productos. Sus diferentes partes, llamadas distintamente en otro tiempo, se confunden hoy bajo una denominación única. El suelo de esta región, además de producir abundantemente los granos y frutos de otras regiones, tiene además betún, cerca de un lago llamado Soznigito, en el que desaparece el Tigris, para reaparecer después de un trayecto subterráneo bastante extenso. También se encuentra allí la nafta, especie de resina viscosa y parecida al betún. Si un pajarillo, por pequeño que sea, se para sobre esta materia, húndese, y perece sin poder levantar vuelo; y si se inflama esta substancia, no se la puede apagar más que con tierra.

En esta región existe un pozo del que brotan miasmas mortales para todo el que se acerca. Por fortuna la acción se reconcentra en el radio de la boca que los exhalan, sin lo cual, las comarcas inmediatas serían inhabitables. Dícese que antiguamente había otro igual cerca de Hierápolis, en Frigia, muriendo cuantos se acercaban, exceptuando los eunucos, fenómeno cuya explicación queda para los físicos. Cerca del templo de Júpiter Asbameo, en Capadocia, y también de la ciudad de Thyana, donde nació el célebre filósofo Apolonio, vese una fuente que ofrece una particularidad igualmente notable, cual es la de absorber constantemente el sobrante de un lago, sin que el agua rebase jamás el nivel de sus bordes.

En otro tiempo estaba comprendida también la Adiabena en la designación de la Asiria. El nombre actual, que ya es antiguo, lo recibió porque, encerrado entre dos ríos navegables y profundos, el Onas y el Tigris, no puede llegarse a este país por camino seco. Aia^aíveiv significa en griego atravesar; esta es, al menos, la etimología que dan los autores antiguos. Haré observar además que en aquella región existen otros dos ríos, el Diabas y el Adiabas, que atravesamos por puentes de barcas, y que es muy probable que la Adiabena deba su nombre, como el Egipto, según Homero, la India y el Eufratensis, en otro tiempo Commagena, deben los suyos a los grandes ríos que los riegan; de la misma manera que el Ebro y el célebre Betis dieron nombre a la Iberia, hoy España, y a la Bética.

La Adiabena cuenta entre sus ciudades Ninus, soberana en otro tiempo de toda la Persia, y cuyo nombre recuerda al poderoso monarca esposo de Semíramis; Ecbatana, Arbela y Gaugamela, donde Darío, después de diferentes alternativas, quedó al fin vencido por Alejandro.

Tomada en general la Asiria, cuenta numerosas ciudades, entre las que se distinguen Apamia, denominada Mesena, Teredón, Apolonia y Vologesia. Pero las tres más espléndidas y las únicas históricamente célebres, son Babilonia, cuyos muros construyó con betún Semíramis (el antiquísimo rey Belus construyó anteriormente la fortaleza) Ctesifonte, cuyos cimientos echó en otro tiempo Vardanes y cuya población aumentó; el rey Pacoro rodeóla de altas murallas, le dio un nombre griego y concluyó por hacerla una ciudad modelo. Viene en seguida Seleucia, orgullosafundación de Seleuco Nicator. Ya hemos referido que, después de apoderarse de esta ciudad los lugartenientes del césar Vero, arrancaron de su santuario la estatua de Apolo Corneo, la trasladaron a Roma y la colocaron, por gestión de los pontífices, en el templo de Apolo Palatino. Dícese también que después de aquel despojo, y en medio del incendio de la ciudad, registrando los soldados un templo, encontraron una abertura estrecha que ensancharon, creyendo haber puesto mano en el tesoro, y que de aquel escondrijo, donde lo había sabido encerrar la ciencia de los antiguos caldeos, salió el incurable germen de aquella horrible peste que, bajo los reinados de Vero y de Marco Aurelio, pasó de la Persia a las orillas del Rhin, y de aquí a toda la Galia, llevando el contagio y la muerte.

Cerca de aquí se encuentra la Caldea, cuna de la filosofía antigua, y, si ha de creerse a los habitantes, verdadero foco de la ciencia de la adivinación. Además de los grandes ríos que hemos mencionado, riegan este país el Marses, el río Real y el Eufrates, que es el más caudaloso de todos. Este último se divide en tres brazos, todos navegables, y que forman varias islas, que fertilizan sus aguas más copiosamente que toda irrigación artificial, haciéndolas muy adecuadas para el cultivo de los cereales y árboles frutales.

La Susiana linda con la Caldea: cuenta pocas ciudades grandes, pero sobresalen Susa, que frecuentemente fue residencia real, Arsiana, Sele y Aracha: las demás tienen poca fama e importancia. Muchos ríos cruzan por esta provincia, siendo los principales el Oroates, el Harax y el Meseo, que surcan el desierto de arena que separa el mar Rojo del mar Caspio.

A la izquierda de esta provincia se extiende la Media, vecina del mar Hircanio, dominadora del Asia, antes del reinado de Cyro el antiguo, y antes del engrandecimiento de Persia. Esta nación abatió a los Asirios; y, apropiándose por derecho de guerra la mayor parte de su territorio, cambió su nombre por el de Aeropatena. El ánimo guerrero subsiste en aquella población, la más temible del reino después de la de los parthos, a la que solamente cede. Ocupa inmenso territorio de figura cuadrangular y cortado por elevadas montañas, que llevan los nombres de Zarra, Oronta y Yason. También se alza allí la Corona, cuya vertiente occidental presenta un suelo regado por multitud de manantiales y arroyos y maravillosamente fértil en granos y vinos. También son allí excelentes los pastos y alimentan vigorosa raza de caballos, llamada niseena, en los que los habitantes del país voltigean en los combates con singular destreza; particularidad que mencionan todos los historiadores y que yo mismo he podido comprobar. La Aeroptana iguala a la Media por el número de sus ciudades y pueblos, tan suntuosamente construidos como aquéllas, y por su considerable población. En una palabra, esta es por excelencia la provincia destinada para morada del rey.

En esta comarca se encuentran también los fértiles campos de los magos: y ya que hemos pronunciado este nombre, fijémonos por un momento en esta corporación y el orden de estudios a que se entrega. Magia, en lengua mística machagistía, significa, según la elevada autoridad de Platón, culto de la divinidad en su forma más depurada. Esta ciencia debe mucho a Zoroastro de Bactriana, que se inició profundamente en los misterios de los caldeos; recibiendo nuevo perfeccionamiento del sabio rey Hystapes, padre de Darío. Penetrando en las regiones más apartadas de la India, aquel valeroso príncipe llegó hasta selvas solitarias, santuario silencioso de la doctrina trascendental de los bracmanes; y cuando hubo conseguido en sus comunicaciones con aquellos sabios todos los conocimientos que pudo obtener acerca de las leyes primordiales de nuestro mundo, sobre los movimientos celestes y la teología bramínica, la más pura de todas, de regreso en Persia, se dedicó a inculcar estas ideas a los magos, que las han transmitido a su posteridad con la teoría de la presciencia que les es propia.

Tal es el origen de la tradición hereditaria en una estirpe que, desde tiempo inmemorial se dedica de padres a hijos al culto religioso. Si ha de creerse a los magos, conservan en un foco, que jamás se apaga, una emanación del fuego celestial, y en otro tiempo los reyes asiáticos nunca se ponían en marcha sin que les precediese parte de este fuego sagrado, como garantía de éxito en sus empresas. Primeramente esta familia era poco numerosa y ejercía por privilegio las funciones del sacerdocio cerca del rey de los Persas. Hubiérase considerado sacrilegio acercarse a los altares o  tocar a la víctima antes de que el mago hubiese terminado las libaciones preliminares y recitado las preces rituales. Poco a poco fue aumentando la familia hasta llegar a merecer el nombre de pueblo; y, agrupándose, ha formado centros de habitación sin recinto de murallas, viviendo bajo el régimen de leyes propias y protegida solamente por el respeto que va unido a la idea religiosa. Refiere la historia que ocupó el trono de Persia, después de la muerte de Cambises, una serie de siete reyes magos, y que esta dinastía sucumbió bajo el partido de Darío, que debió el trono a un relincho de su caballo.

En este pueblo se confecciona el aceite médico. La flecha impregnada con él quema todo objeto a que se adhiere, con tal de que la disparen blandamente con arco de cuerda floja; porque el rápido vuelo anula el efecto de la composición. Si se emplea agua para extinguir este fuego, aumenta su intensidad, no pudiéndosele dominar sino ahogándolo con tierra. Este aceite lo confeccionan del siguiente modo: Cógense hojas de cierta hierba y las dejan macerar en aceite común, y cuando quedan disueltas, espesan el residuo con una substancia que parece aceite espeso; producto natural del suelo, como hemos dicho, y que en el país llaman nafta.

Encuéntranse dispersas en la Media considerable número de ciudades, entre las que debernos mencionar Zombis, Patigrán y Gazaca; pero las más ricas y fuertes son Heraclea, Arsacia, Europos, Ciropolis y Ecbatana; situadas todas al pie del monte Jasón, en la comarca de los siromedas. Multitud de ríos cruzan también este territorio, siendo los más considerables el Coaspo, el Gindo, el Amardo, el Carindo, el Cambises y el Cyro. El amor de sus súbditos al rey Cyro hizo que, en el momento de llevar la guerra al territorio de los escitas, diesen su nombre a este río, grande como él, majestuoso y que vence con igual altivez los obstáculos que encuentra para abrirse paso hasta el mar Caspio, al que lleva el tributo de sus aguas.

Por el lado meridiano de este territorio hasta las orillas del mar se extiende la Persia propiamente dicha, tierra fecunda, cubierta de palmeras y abundantemente regada. El golfo, de que ya hemos hablado, recibe considerable número de ríos, tales como el Vatrachito, el Rogomanis. el Brisoano y el Bragadas. Sus ciudades más importantes se encuentran en el interior, no existiendo ninguna notable en las costas, sin que se sepa por qué razón. Entre las primeras se distinguen Persépolis, Ardea, Obroatis y Tragónica. También hay tres islas allí, Tabiana, Fara y Alejandría.

Al aquilón ocupan los parthos una comarca cubierta casi siempre de nieves y hielos, cruzada por un río importante, el Coatres. Sus ciudades más importantes son Genonia, Mesia, Carax, Apamia, Artacana y Hecatompila. Desde esta última hasta las puertas Caspianas se extienden mil cuarenta estadios de costa. La población de toda esta comarca es belicosa, considerando como dicha suprema morir combatiendo, por tener como innoble y cobarde la muerte natural.

A la parte oriental tienen los parthos la Arabia feliz, llamada así porque abunda en granos y ganados, palmeras y perfumes de toda clase. Bañada a la derecha y en su mayor extensión por el mar Rojo, a la izquierda por el mar Pérsico, gozan sus habitantes del beneficio de doble navegación. Posee multitud de puertos y ensenadas, que ofrecen seguridad a las naves, abundantes mercados y muchas residencias reales imponentes y magníficas. También abunda en aguas termales de reconocida virtud, y en ríos y rías notables. Finalmente, tan saludable es allí el clima, que parece no faltar nada a este pueblo para ser feliz: por todas partes campos fértiles, hermosos valles, ciudades innumerables, tanto marítimas como interiores, entre las que sobresalen Geapolis, Nascón, Baraba, Mefra, Tafra y Dioscuriada. Posee además en los dos mares muchas islas cuya enumeración omito, aunque debe citarse Turgana, donde, según dicen, descuella un magnífico templo de Serapis.

Pasados los confines de estas gentes, comienza la Carmania mayor, cuyas elevadas mesetas se extienden hasta el mar de las Indias: tierra abundante en granos, frutas y ganados; pero no tan grande ni tan famosa como la Arabia, aunque tan bien regada como ella y con vegetación igualmente rica. Sus ríos más notables son el Sagareo, el Saganis y el Hidriaco. Tiene pocas ciudades, pero hermosas y muy pobladas, sobresaliendo Carmana, capital de la comarca, Portospana, Alejandría y Hermópolis.

Caminando más al Norte, encuéntrase Hircania, bañada por el mar de su nombre: su suelo es estéril y perece la semilla que se le arroja, por cuya razón no se practica la agricultura en estas regiones, alimentándose los habitantes de la caza, que abunda allí. Vénse millares de tigres y variedad infinita de otras fieras. Ya he referido en otro lugar qué medios adoptan para cazarlas. A pesar de todo, no se desconoce completamente el arado en este país, puesto que se cultivan algunas partes menos estériles; viéndose árboles frutales en algunos terrenos que les son favorables; pero los habitantes obtienen principalmente su subsistencia del comercio marítimo. Tienen dos ríos de histórico nombre, el Oxus y el Maxero. Ocurre algunas veces que los tigres, impulsados por el hambre, los pasan a nado y repentinamente causan estragos en la otra orilla. La Hircania tiene cinco ciudades relativamente importantes: dos marítimas, Socunda y Saramanna; y tres en el interior, Azmorna, Solen e Hircana, que es la principal.

Dícese que más al septentrión se encuentran los Abios, nación religiosa que desprecia las cosas de la vida mortal, y a la que Júpiter, según canta Homero en sus poéticas ficciones, se complace en contemplar desde la cumbre del Yda.

Después de la Hircania viene inmediatamente la Margiana, casi rodeada por completo de altas montañas, y, por tanto, sin comunicación con el mar. La falta de agua la convierte casi en un desierto, aunque se encuentran algunas ciudades, siendo las más conocidas Jasonia, Antioquía y Nisea.

Próxima a estos confines está la Bactriana, potente y belicosa en otro tiempo, y cuya permanente hostilidad contra los Persas no se extinguió hasta que hubo conquistado todos los pueblos vecinos suyos y les impuso su nombre. En los tiempos antiguos, los reyes bactrianos se hicieron temer hasta del mismo Arsaces. No es esta comarca más marítima que la Margiana; pero su suelo es fértil, y el ganado que mantiene en sus llanuras y montañas es corpulento y robusto; como lo acreditan los camellos que Mitrídates sacó, y que los romanos vieron por primera vez en el sitio de Cizyco. Obedecen a los bactrianos muchos pueblos, siendo el más importante el de los tocaros. Súrcanla, lo mismo que a Italia, multitud de ríos, entre los que sobresalen el Artemis, que se reúne con el Zariaspes; el Ocus, que se confunde con el Orcomanes, y todos, reunidos con sus tributarios, van a aumentar la masa formidable de las aguas del Oxus. También se encuentran varias ciudades, bañadas cada una de ellas por un río menos importante; tales son Chatra, Chane, Alicodra, Astacia, Menapila y Bactra, capital del país, y que le da su nombre.

Al pie de los montes Bactrianos comienza la comarca que lleva el nombre de Sogeliana, cruzada por el Araxates, y el Dymas, navegables los dos. Estos ríos, al salir de las regiones altas, se precipitan primeramente por valles, después pasan lentamente por las llanuras y concluyen por formar inmenso lago, que recibe el nombre de Oxia. Las ciudades más importantes del país son Alejandría, Cyreschata y Drepsa, que es la metrópoli.

Los Saceos, vecinos de los Sogdios, forman una nación feroz diseminada en suelo inculto, donde solamente pueden vivir los ganados, y por lo tanto desprovista de ciudades. Los montes Ascanimios y Comedus constituyen sus puntos culminantes. Más adelante, cuando se ha pasado de la falda de los montes y del caserío llamado Lithinos pyrgos (torre de piedra), comienza un largo camino de comunicación abierto para el comercio con los Seras.

En el punto donde termina la cadena del Imaüs y del Tapurius, habitan las tribus escitas limítrofes de los sármatas del Asia y de los alanos. Aunque comprendidos dentro de los límites del reino de Persia, permanecen aisladas y como secuestradas, llevando vida errante en medio de vastas soledades. Otros pueblos existen dispersos también en estas regiones, pero me falta tiempo para describirlos; diremos, sin embargo, que en medio de estas razas tan agrestes, que son casi intratables, se encuentran pueblos amables y religiosos, como los Jaxartes y los Galactofagos, a los que hizo Homero célebres, diciendo: «Los Galactofagos y los Abianos son los más justos de los mortales.»

Entre los numerosos ríos que riegan estas comarcas, ora sean tributarios de otros ríos o bien desagüen en el mar, los más notables son el Remnus, el Jaxartes y el Talicus. Solamente se conocen tres ciudades: Aspabota, Chauriana y Saga.

Al Oriente, y más allá de las dos Scitias, un recinto circular de altas montañas encierra la Sérica, comarca inmensa, admirablemente fértil, que toca a la Scitia por Occidente, por Oriente y Norte a helados desiertos, extendiéndose al Mediodía por la India hasta el Ganges. Llámanse estas montañas Anniva, Nazavicium, Asmira, Esnodón y Opurocarra. Por la rápida pendiente de sus mesetas corren dos ríos, el ffichardas y el Bautis, atravesando después con mayor calina inmensa extensión de terrenos. El aspecto del suelo es muy variado; nivelado en unos puntos, ligeramente deprimido en otros; así es que todo abunda allí, granos, frutos y ganados. Pueblos diferentes ocupan esta fecunda tierra: los Alitrófagos, Annibos, Sizygos y Chardos, dando frente al aquilón y a los hielos del Norte. Los Rabannos, Asmiros y Essedones, que son los más ilustres de estos pueblos, miran a Levante. Al Occidente se encuentran los Athagores y los Aspacaros, y al centro los Betos, que habitan las altas montañas.

Escasas en número son las ciudades, pero grandes, ricas y populosas; siendo las más famosas y espléndidas Asmira, Essedón, Asparata y Sera. De todas aquellas razas humanas, los Seros son los más pacíficos, no conociendo la guerra ni el uso de las armas; prefiriendo a todos el reposo, por lo cual son los vecinos mejores. La comarca es forestal, pero sin grandes bosques. Recógese allí en los árboles, humedeciendo repetidas veces las hojas una especie de borra, extraordinariamente suave y fina, que hilan y convierten en seda, tejido reservado en otro tiempo a las clases elevadas, y que hoy usan ya todos. Tan pocas necesidades tienen los Seros, tanto estiman la tranquilidad, que evitan todo contacto con los otros pueblos. Cuando pasan el río mercaderes extranjeros en demanda de hilo, de seda u otro producto del país, no se cambia ni una palabra, estimándose el precio solamente con los ojos. Tan sencillos son en sus gustos los habitantes, que al entregar sus productos; no exigen en cambio nada de fuera.

Al Norte de los Seros viven los Arianos, pueblo expuesto inmediatamente al viento boreal. Cruza su país el Arias, río navegable, que forma un lago con el mismo nombre. La Aria tiene muchas ciudades, siendo las más célebres Bitaxa, Sarmatina, Sotera, Nisiba y Alejandría, distando está última del mar Caspio mil quinientos estadios.

De esta comarca es vecina la Paraponisata, cuyo territorio toca a la India por Oriente y por Occidente al Cáucaso. Ocupa una vertiente de la cordillera, naciendo en Bactriana el Ortogordomaro, que es su río más importante. Tiene algunas ciudades, siendo las más conocidas Agazaca, Naulibus y Ortopana. Siguiendo desde aquí la costa por mar hasta el punto de la frontera meda mas inmediato a las puertas Caspianas, se recorre una distancia de dos mil doscientos estadios.

Contigua es a esta última comarca la Drangiana, situada al pie de los montes. El río Arabium, llamado así del país donde nace, riega su territorio. Los Drangianos celebran orgullosamente la opulencia y fama de sus ciudades Pofthasia y Ariaspa.

Por el opuesto lado está la Aracosia, que toca a la India por levante. Recórrela un río que nace allí, y que si bien muy inferior al Indo, del que toma su nombre esta última, es, sin embargo, bastante abundante para formar el lago Aracotosacreno. La Aracosia encierra algunas ciudades dignas de mención, tales como Alejandría, Arbaca y Choaspa.

En fin, al extremo meridional de la Persia se encuentra la Gedrosia, limítrofe también de la India, a la que fecunda con sus aguas el río Artabius, entre otros menos importantes. Allí terminan los montes Barbitanos, en donde nacen muchos afluentes del Indo. También tiene ciudades la Gedrosia, sin hablar de las islas que dependen de ella: el primer lugar lo ocupan Sedratyra y Gynecón.

Para no extenderme más, me limitaré a decir, en último lugar, que el litoral de la Persia presenta al Norte los montes Caspianos, hasta las célebres puertas una extensión de nueve mil estadios, y de catorce mil al mediodía, desde las bocas del Nilo hasta la frontera de Carmania.

Esta multitud de distintas naciones ofrece tan diferentes costumbres como divisiones de territorio, pero poseen rasgos de carácter comunes que se describen en pocas palabras. Los Persas tienen todos el cuerpo flaco, la tez curtida o aceitunada, mirada hosca y cejas juntas y arqueadas. No  carece de gracia su larga barba, pero tienen los cabellos crespos y erizados. Siempre se les ve con la espada ceñida, hasta en la mesa y en los días festivos; costumbre propia también en otro tiempo de los griegos; siendo los atenienses los primeros que tuvieron la gloria de renunciarla, por la imponente autoridad de Tucídides. Los Persas se entregan desenfrenadamente a los placeres sensuales, y nunca poseen bastantes concubinas: pero su amor se atiene al otro sexo. Cada cual se casa con tantas mujeres como puede mantener, pero por efecto de la pluralidad, las quiere a todas muy poco. Evitan cuidadosamente en la comida todo lo que es lujo y delicadeza, y muy especialmente el exceso en la bebida. No tienen hora fija para comer, como no sea en la mesa de los príncipes: el único regulador es el apetito, bastando para satisfacerlo lo primero que hallan a mano, y ninguno come más de lo necesario. En país enemigo, es verdaderamente increíble su circunspección en este punto. Atraviesan los vergeles, los viñedos, sin tocar al fruto y hasta sin desearlo; tanto temen al veneno y a los sortilegios. Rara vez va un Persa a orinar o se separa para satisfacer otra necesidad natural, cuando le ven; tan lejos llevan las delicadezas del pudor.

Por el descuido de su apostura, por la dejadez de sus miembros, creeríaseles afeminados, cuando son temibles guerreros; aunque a decir verdad, es más su astucia que su valentía y más temibles de lejos que de cerca. Son muy fanfarrones; tienen la palabra enfática, ampulosa, dura y amenazadora, tanto en buena, como en adversa fortuna. Astutos, altivos, crueles, arrogándose el derecho de vida y muerte sobre sus esclavos y sobre los plebeyos obscuros, no vacilarían en hacer desollar vivo a un hombre, en parte, o de la cabeza a los pies. Los que les sirven en la mesa no se atreven a desplegar los labios ni a respirar; todas las bocas están amordazadas. Entre ellos la ley está rodeada de terror, siendo especialmente atroz la que castiga la ingratitud y la deserción. Tienen las abominables leyes que hacen a toda una familia responsable por uno de sus miembros. Pero no elevan a las funciones judiciales más que hombres probos e instruidos, que no necesitan inspiración y se burlan implacablemente de nuestros tribunales, en los que el ignorante magistrado no puede prescindir de tener a su espalda un asesor inteligente y legista. En cuanto a cubrir con la piel del juez prevaricador el asiento del que le sucede, si no es cosa inventada, cesó hace ya mucho tiempo. Las lecciones que han recibido de nosotros en achaques de disciplina y de táctica, y la adopción de nuestras maniobras y ejercicios militares, les ha hecho temibles hasta en batallas campales. Confían especialmente en la caballería, en la que sirven todos los nobles y varones distinguidos. En cuanto a los peones, a los que arman a la manera de nuestros mirmilones, vienen a ser los criados del ejército. Tales gentes, sujetas a perpetua esclavitud, sirven sin sueldo ni retribución ninguna. Esta nación, por su valor y progresos en el arte de la guerra, hubiese llevado más lejos todavía sus victorias, a no ser por las disensiones civiles que la agitan constantemente.

En el traje de los Persas abundan generalmente los colores vivos; y este traje les cubre el cuerpo hasta los pies, aunque dejando paso al aire en el pecho y los costados. Usan collares y brazaletes de oro enriquecidos con pedrería, y especialmente perlas, costumbre adquirida después de la derrota de Creso y de la conquista de la Lidia.

Sólo me resta decir algo acerca de esta piedra (lapidis ujus), tan común en aquel país. La perla se encuentra en el interior de una concha marina, blanca y fuerte, en las costas de la India y de la Persia; debiéndose su formación al rocío que se introduce en la concha en determinadas épocas del año. La concha se abre a ]a luz de la luna como para frezar y recibe el rocío que la fecunda. Entonces engendra dos o tres perlitas. Encuéntrase también a veces, en la apertura de las conchas, una perla solitaria más gruesa, y que, por consecuencia, se la llama unión. Prueba que las perlas son de substancia etérea, y no producto marino, el hecho de que del rocío de la mañana nacen límpidas y perfectamente redondas; y que el rocío de la tarde las produce de forma irregular, rojizas o manchadas. El volumen depende también de la cantidad de rocío que recibe la concha. La tempestad perturba la fecundación, deteriora el germen y le hace abortar. La pesca es difícil y peligrosa, y lo que aumenta más y más su valor es el instinto de este animal para huir del paraje donde se le busca, para establecerse en derredor de rocas escarpadas o en cavernas que solamente visitan los perros marinos. Sabido es que también se encuentran perlas, aunque no tan hermosas, en algunos puntos lejanos del Océano Británico.

 

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