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HISTORIA DEL IMPERIO ROMANO

 

AMIANO MARCELINO

LIBRO 21

LIBRO 22

LIBRO 23

 

LIBRO XXII

Detenido en la Dacia Juliano por temor a Constancio, consulta secretamente los augures y arúspices.—A la noticia de la muerte del Emperador, atraviesa con rapidez la Tracia, entra pacíficamente en Constantinopla y se ve dueño del Imperio romano sin combatir.—Condenación más o menos justificada de los partidarios de Constancio.—Juliano arroja del palacio a los eunucos, barberos y cocineros.—Vicios de los eunucos del palacio y corrupción de la disciplina militar.—Juliano rinde públicamente el culto a los dioses, que hasta entonces había tributado en secreto, y trabaja para promover conflictos entre los obispos cristianos.—Medio que emplea para librarse de las importunas reclamaciones de algunos egipcios y para despedir a su país a los peticionarios.—Administra personalmente justicia en Constantinopla, y mientras se dedica a la administración de la Tracia, recibe diferentes legaciones extranjeras.—Ojeada sobre esta comarca, el Ponto Euxino y las poblaciones del litoral.—Juliano, después de haber agrandado y embellecido a Constantinopla, visita Antioquía.—En el camino concede a los habitantes de Nicomedia un subsidio para reedificar su arruinada ciudad.—En Ancira cuida de la administración de justicia.— Pasa el invierno en Antioquía y desempeña cargo de juez sin perseguir a nadie por motivos de religión.—Los politeístas de esta ciudad arrastran en las calles y despedazan a Jorge, obispo de Alejandría, y a otras dos personas, quedando impune el atentado.—Meditando Juliano una expedición contra los Persas, consulta los oráculos acerca del resultado de la guerra y ofrece un sacrificio de innumerables victimas.—Su respeto a los arúspices y augures.—Atribuye sin fundamento a los cristianos el incendio del templo de Apolo en Dafnea, y manda cerrar la iglesia catedral de Antioquía.—Sacrificio a Júpiter en el monte Casio.—Rencor de Juliano contra los habitantes de Antioquía.—Este es el origen del Misopogon.—Estadística del Egipto.—Del Nilo, de los cocodrilos, del ibis y de las pirámides.—De las cinco provincias del Egipto y de su ciudad más notable.

(Año 361 de J. C.)

Durante esta rápida serie de acontecimientos en diferentes puntos de la tierra, Juliano, en medio de las preocupaciones que le asediaban en la Iliria, no dejaba de registrar las entrañas de las víctimas y consultar el vuelo de las aves, para saber lo que le deparaba la suerte. Pero de la adivinación no conseguía más que ambigüedad e incertidumbre. Al fin el orador Aprúnculo, galo de nacimiento, y que más adelante fue gobernador de la Galia Narbonense, le predijo cuál sería el desenlace, por el examen, según dijo, de un hígado de doble tegumento. Pero Juliano sospechaba alguna superchería para complacerle y continuaba inquieto, cuando tuvo él mismo un presagio mucho más significativo y que era clara manifestación de la muerte de Constancio. En el momento mismo en que el Emperador fallecía en Cilicia, Juliano montaba a caballo, rodeado de numerosa comitiva. El soldado que acababa de ayudarle a montar cayó, y Juliano exclamó: «El autor de mi elevación ha caído.» Mas no por esto dejó de insistir, por muchas razones, en no pasar la frontera de la Dacia, considerando que no era prudente aventurarse por conjeturas que la realidad podía desmentir.

Cuando mayor era su incertidumbre, llegaron Theolaifo y Aligildo, encargados de anunciarle que Constancio no existía ya, y que su última voluntad había sido que le sucediese Juliano. Esta noticia, que ponía término a su ansiedad y le libertaba de los cuidados y agitaciones de una guerra inminente, regocijó su corazón, inspirándole ilimitada confianza en la ciencia adivinatoria. Recordando entonces cuánto le había servicio la celeridad de sus empresas, en seguida dio orden de marchar, franqueó rápidamente la vertiente del paso de Sucos que mira a la Tracia, y llegó a Filipópolis, la antigua Eumolpiada. Cuantos soldados se encontraban reunidos en derredor suyo corrían alegremente detrás de él, comprendiendo perfectamente todos que, en vez de desesperada lucha por el Imperio, solamente se trataba de una toma de posesión pacífica y no disputada. La  fama, que ensalza siempre todo lo nuevo, prestaba a Juliano su prestigio; pareciendo su marcha la de Triptolemo, que la fabulosa antigüedad nos presenta cruzando los aires en un carro tirado por dos dragones alados. Ejércitos, flotas, murallas, todo cede ante él, encontrándose ya en Perintho, la ciudad de Hércules. En cuanto llegó la noticia a Constantinopla, toda la población de uno y otro sexo salió de las murallas con el apresuramiento que se mostraría por ver a un hombre bajado del cielo. Entró en la ciudad el tres de los idus de Diciembre, saludándole en respetuoso homenaje el Senado y recibiendo unánimes aclamaciones del pueblo. Escoltábale prodigioso concurso de tropas y ciudadanos con el orden de marcha militar, mientras que sólo en él se fijaban las miradas y admiración de la multitud. Y en efecto; aquel príncipe tan joven (31 años), de tan escasa estatura, con tan gigantescas hazañas, con sus sangrientas lecciones dadas a tantos reyes y tantos pueblos, su repentina aparición de ciudad en ciudad, donde su presencia se adelantaba a toda previsión, atraían el afecto por todas partes, reclutando sin cesar nuevas fuerzas; su dominación, extendiéndose como el incendio y quedando al fin ocupado el trono como por intervención divina, sin que costase al país ni una lágrima; todo esto parecía la ilusión de un sueño.

El primer acto del nuevo reinado fue abrir una serie de informaciones judiciales, cuya dirección se encargó a Salustio Segundo, recientemente nombrado prefecto del pretorio, y que gozaba de la completa confianza de Juliano. Diole el príncipe por asesores a Mamertino, Arbeción, Agilón y Nevita, agregándoles Jovino, a quien acababa de crear general de la caballería, a su paso por Tilda. Reunida la comisión en Calcedonia, hizo asistir a sus actos a los príncipes y tribunos de las legiones Joviana y Herculiana, juzgando con excesivo rigor, si se exceptúan algunos grandes criminales castigados con justicia. En primer lugar desterró a Bretaña a Paladio, que había sido maestre de los oficios, sospechoso solamente de haber perjudicado con sus relatos, durante su cargo, a Galo cerca de Constancio. Tauro, que fue prefecto del pretorio, marchó relegado a Vercellum por un hecho que cualquier juez imparcial habría mirado con indulgencia; porque no es crimen, en tiempos de revolución, buscar refugio al lado de un soberano legítimo. Así es que nadie puede leer sin indignación el preámbulo de la sentencia que le condenaba: «Bajo el consulado de Tauro y de Florencio, Tauro por la voz del pregonero, etc.» Igual suerte estaba reservada a Pentadio, acusado de haber redactado, por expreso mandato de Constancio, el acta del último interrogatorio de Galo. Pero hábil defensa le libró del castigo. Con igual arbitrariedad enviaron a la isla de Boas, en Dalmacia, a Florencio, maestre de los oficios e hijo de Nigrino. El otro Florencio, prefecto del pretorio, consiguió ocultarse con su esposa y no volvió a presentarse hasta después de la muerte de Juliano. A este Florencio le condenaron a muerte por contumacia. Dictóse pena de destierro contra Evagro, tesorero del dominio privado; contra Saturnino, que había sido intendente del palacio, y contra el notario Girino. Me atrevo a decir que hasta la misma justicia ha llorado la muerte de Úrsulo, tesorero de los ahorros, y ha tachado de ingratitud al Emperador; porque en la época en que Juliano fue enviado como César al Occidente, se encontraba tan escaso de recursos, que no podía dar nada a los soldados, siendo esto intriga de la corte para que no pudiese manejar bien al ejército, y este mismo Úrsulo escribió al tesorero de las Galias que entregase al César cuanto dinero pidiese. Comprendió Juliano que aquella muerte había de provocar contra él maldiciones y odios, y procuró más adelante paliar un acto inexcusable, pretextando que se había realizado sin su consentimiento y que había sido efecto de los rencores del ejército por sus palabras ante las ruinas de Amida. También se consideró como contrasentido y acto de debilidad la elección de Arbeción, que presidía de hecho las investigaciones, apareciendo sus colegas de nombre solamente. Y en efecto; era imposible que aquel ambicioso hipócrita no hiciese sospechoso a Juliano, ni que pudiera considerarle de otra manera que como enemigo, por el activo papel que había desempeñado en las guerras civiles.

Después de estos actos, que desaprobaron hasta los amigos de Juliano, citaremos algunos ejemplos de justa severidad. Aquel Apodemio, intendente en otro tiempo, a quien vimos encarnizarse con tanta rabia en la pérdida de Galo y de Silvano; aquel notario Paulo, denominado Catena, cuyo sólo nombre hacía temblar, encontraron en la hoguera el suplicio que merecían sus  crímenes. También se dictó sentencia de muerte contra el altivo y cruel Eusebio, camarero mayor de Constancio, puesto a que había llegado desde la condición más humilde, consiguiendo casi hacer obedecer a su mismo amo, por lo que mostraba intolerable arrogancia. Adrastia, cuya vista está fija siempre en las faltas de los hombres, le había hecho más de una advertencia; pero no hizo caso, y, como de elevada roca, se vio precipitado de su grandeza.

El nuevo Emperador fijó en seguida su atención en los palatinos, expulsándoles sin distinción. No era esto lo que podía esperarse de un filósofo amigo de la verdad. La depuración habría sido laudable, si hubiese respetado a los pocos cuya conducta era notoriamente pura e integra. Verdad es que el palacio se había convertido en un semillero de vicios, cuyos gérmenes se habían propagado al exterior. El desorden no habría sido tan grave sin el contagio del ejemplo. Algunos comensales de aquella morada, enriquecidos con los despojos de los templos, se habían acostumbrado a despojar, y acechaban, por decirlo así, toda ocasión de lucro. Pasando sin transición de la extrema pobreza al supremo grado de la opulencia, saqueaban y disipaban, prodigando sin freno y sin medida. El contagio se apoderó poco a poco de las costumbres públicas: de aquí el desprecio tan común de la fe jurada y de la estimación ajena; la avidez de ganancia, que ansía satisfacerse aun a costa de cualquier mancha, y los caudales prodigiosamente devorados, sepultados en el lujo y los festines. La mesa tuvo sus triunfadores, como en otro tiempo la victoria. A esta época pertenece el inmoderado uso de los tejidos de seda; los premios concedidos a la perfección de una tela, a los refinamientos de la ciencia culinaria, y el fausto en el mobiliario y las inmensas dimensiones de las moradas. Si el campo de Cincinato hubiese igualado en extensión al suelo de una de aquellas casas, no habría conseguido, después de la dictadura, el honor de su noble pobreza.

Debemos añadir a este cuadro de disolución, el quebrantamiento de la disciplina militar, los cantos lascivos repetidos en vez de himnos de guerra; la piedra, que en otro tiempo servía de almohada al soldado, cambiada por el plumón del cojín más blando; su copa de beber pesaba más que su espada; ya no quería vasos de tierra, y necesitaba palacios de mármol. ¡Y leemos en la historia que fue severamente reprendido un soldado espartano por haber puesto el pie bajo techado en tiempo de guerra! Feroz y rapaz con sus conciudadanos, el romano se había trocado en blando y cobarde ante el enemigo. Corrompido por la ociosidad, pervertido por los donativos, era en cambio perito en el conocimiento del oro y la pedrería. Y, sin embargo, no distaba mucho el tiempo en que un simple soldado de Maximiano César, habiendo encontrado en el saqueo del campamento de los persas un saquito de piel lleno de perlas, fue bastante inocente para arrojar el contenido, contentándose con la envoltura, por lo mucho que le gustó la piel.

Quiso un día el Emperador que le cortasen el cabello, y vio entrar un personaje suntuosamente vestido. Extrañándolo, dijo Juliano: «He pedido un barbero, y no un rentista.» Preguntó, sin embargo, a aquel hombre cuánto ganaba con su empleo: «Veinte raciones de mesa por día, contestó; otras tantas de forraje, un buen sueldo anual y bastantes accesorios muy lucrativos.» Enojóse el Emperador y despidió a toda aquella chusma, así como también a los cocineros y a cuantos se encontraban en iguales condiciones, y de los que no sabía qué hacer, diciéndoles que se buscasen la vida en otra parte.

Tuvo Juliano en su infancia inclinación al culto de los dioses, que fue aumentando con la edad. Mientras necesitó guardar consideraciones, no se entregó a él sino rodeándose de profundo misterio: pero una vez libre de trabas, y pudiendo al fin obrar según su voluntad, reveló claramente el secreto de su conciencia. Por medio de edictos claros y terminantes mandó abrir de nuevo los templos y ofrecer otra vez víctimas en los abandonados altares. Para asegurar el efecto de estas disposiciones, convocó en su palacio a todos los obispos divididos entre sí por la doctrina y a los representantes de las diferentes sectas que profesaba el pueblo, haciéndoles ver, aunque suavemente, que era necesario terminasen las disputas y que cada cual profesase sin temor el culto que eligiese. Si se mostraba tan tolerante en este punto, era porque esperaba que la libertad multiplicaría los cismas, y que de esta manera no tendría en contra suya la unanimidad, sabiendo por experiencia que, divididos en el dogma los cristianos, son peores que fieras unos contra otros. 

Frecuentemente les decía: «Escuchadme; los alemanes y los francos me han consultado muchas veces.» Esto era parodiar la frase de Marco Aurelio, y Juliano no veía que las circunstancias habían cambiado. Marco Aurelio atravesaba la Palestina dirigiéndose a Egipto; y exasperado por la horrible suciedad de los judíos y su turbulento carácter, exclamó con disgusto; «¡Oh marcomanos! ¡Oh quados! ¡Oh sármatas! Al fin he encontrado otros más ineptos que vosotros!»

Por aquel mismo tiempo, una nube de egipcios, seducidos por vagas esperanzas, vino a caer sobre Constantinopla. Raza disputadora, pleitista, que no paga sino por fuerza, infatigable en sus repeticiones, siempre exageradas, y que para conseguir descargo, perdón o aplazamiento, tiene siempre dispuesta queja o concusión. Asediaban en masa las audiencias del príncipe y prefectos del pretorio, hablando todos a la vez como grajos y aturdiéndoles con peticiones, fundadas o no, cuyo origen remontaba por lo menos a setenta años; siendo imposible ocuparse de otros asuntos. Por medio de un edicto los citó Juliano a Calcedonia, prometiéndoles que iría el mismo para decidir acerca de sus pretensiones; y en cuanto marcharon, se prohibió terminantemente a los barcos de regreso que admitiesen como pasajeros a los egipcios, prohibición que se cumplió a la letra; disipándose inmediatamente todo aquel ardor de peticiones en cuanto quedó demostrada su inutilidad, y cada cual regresó a su casa. De esto se tomó ocasión para dictar un ley que parece dada por la equidad misma, en la que se declara bien adquirido todo dinero dado con el propósito de conseguir una ventaja, prohibiéndose la reclamación.

(Año 362 de J. C.)

En las calendas de Enero se abrieron los registros consulares con los nombres de Mamertino y Nevita. El príncipe se digno mezclarse a pie con las personas distinguidas que asistían a la ceremonia, cosa que aprobaron unos y tacharon otros de degradante afectación. En seguida dio Mamertino juegos en el circo, y habiendo sido introducidos los esclavos que, según costumbre, habían de recibir la libertad, el mismo Juliano pronunció la fórmula de manumisión. Pero habiéndole advertido que aquel día pertenecía a otro el derecho de manumitir, se condenó a sí mismo por aquella equivocación a una multa de diez libras de oro.

Frecuentemente acudía al Senado para dirimir las cuestiones litigiosas. Un día en que escuchaba atentamente la discusión, vinieron a decirle que acababa de llegar del Asia el filósofo Máximo. Inmediatamente se levantó y, prescindiendo de su dignidad, corrió a recibirle hasta más allá del vestíbulo, lo abrazó y lo introdujo con ciertas muestras de respeto en la sala de sesiones; demostración intempestiva y que probaba su afán por falsa gloria. Indudablemente había olvidado aquel pensamiento de Cicerón sobre tales acciones, cuando dice: «Estos mismos filósofos no dejan de poner su nombre en los tratados del desprecio de la gloria; queriendo que se les alabe y glorifique por sus mismos esfuerzos, para inspirar este desprecio.»

Pocos días después, dos intendentes comprendidos en la expulsión de los empleados palatinos, acudieron secretamente a Juliano para proponerle la revelación del retiro de Florencio, con tal de que consintiera en reponerles en sus empleos. Con desprecio rechazó el ofrecimiento, les trató de viles delatores, y añadió que sería indigno de un Emperador emplear tales medios para apoderarse de un hombre que solamente se ocultaba por temor a la muerte, y a quien la esperanza de conseguir perdón alentaría quizás a no ocultarse por más tiempo.

Tenía entonces Juliano a su lado a Pretextato, varón de excelente carácter y senador como los de la antigua Roma. La casualidad se lo presentó en Constantinopla, a donde le llevaron sus asuntos particulares, y el príncipe le nombró espontáneamente procónsul de la Acaya.

No perdía de vista Juliano los intereses militares, no obstante su atención a las reformas en la administración civil. Solamente confiaba el mando a jefes experimentados por largos servicios; reedificaba por toda la Tracia las fortificaciones arruinadas y velaba con extraordinaria solicitud para que los destacamentos distribuidos por la orilla derecha del Iter, de los que sabía velaban bien y atentamente acerca de las empresas de los bárbaros, no careciesen de armas, ropas, sueldo ni víveres. Cuando se multiplicaba para atender a tantos cuidados, y comunicaba la actividad a todos  los mecanismos del Estado, le aconsejaron una expedición contra los godos fronterizos, que nos habían dado tantas pruebas de su mala fe y de su perfidia. Pero deseaba, según decía, adversarios de otro temple, porque en cuanto a éstos, bastaba dejar hacer a los mercaderes galatas que los vendían a tanto por cabeza, sin atender a la condición de los individuos.

La fama, sin embargo, proclamaba en el extranjero su valor, su templanza y sus conocimientos militares; su nombre, despertando la idea de todas las virtudes, se extendía poco a poco por todo el mundo; comunicándose cierto sentimiento de respetuoso temor desde los pueblos más inmediatos a las naciones más apartadas. De todas partes y una tras otra, llegaban legaciones. De la Armenia y las comarcas del otro lado del Tigris, vino una para negociar paz con él. Desde los extremos de la India, hasta de Dib y Serendib, partieron diputaciones cargadas de regalos. Las regiones australes de la Mauritania solicitaron el favor de que se las considerase como dependencias del Imperio. En fin, al Norte y al Oriente, los pueblos ribereños del Bósforo y del mar que recibe las aguas del Phaso, ofrecieron como suplicantes un tributo anual para obtener permiso de continuar habitando en el suelo donde habían nacido.

El relato de dichos acontecimientos, a que va unido el nombre de este gran príncipe, nos ha llevado a hacer mención de la Tracia y del Ponto Euxino, por lo que no será inconveniente dar acerca de estas regiones algunas noticias que me son propias, o que he recogido en mis lecturas.

La elevada cima del monte Athos, en Macedonia, abierta en otro tiempo para dejar paso a la flota de Jerjes, y el escarpado promontorio de Cafarea, en la isla Eubea, adonde vino a chocar la armada de los griegos, gracias al artificio de Nauplius, padre de Palamedes, a pesar de la distancia que los separa, marcan los límites recíprocos del mar Egeo y del de Tesalia. A partir de este último punto, el Egeo va ensanchándose, sobre todo por la derecha, donde las Esporadas por una parte y por otra las Cícladas, llamadas así porque forman casi un círculo en derredor de Delos, cuna de dos divinidades, le dan aspectos de vasto archipiélago. Sus olas bañan por la izquierda Imbros y Tenedos, Lemnos y Thasos, y, cuando las levanta el viento, se agitan furiosas contra las rocas de Lesbos. Rechazadas por este obstáculo, se lanzan sobre la costa de Troada, hacia el templo de Apolo Smithiano y el heroico hijo de Troya. Más al Norte, el Egeo forma el golfo de Melana, desde cuya entrada se descubre, por un lado a Abdera, patria de Protágoras y de Demócrito, y por el otro la sangrienta guarida del cruel Diomedes de Tracia, y el estrecho valle donde la corriente del Hebro se replega sobre sí misma y sube hacia su origen; después Maronea y Aenos, playa a que abordó Eneas bajo auspicios funestos, y de la que se apresuró a huir, guiado por los dioses, hacia las orillas de la antigua Ausonia.

En seguida se estrecha el Egeo, y, obedeciendo a un impulso natural, corre a reunirse con el Ponto, del que se agrega una parte, figurando la letra griega O. Abriéndose desde aquí el Helesponto, y dejando a un lado el Rhodopo, baña sucesivamente Cynossemo, donde se cree sepultada Hécuba, Coelos, Sestos y Callipolis, y en la orilla opuesta las tumbas de Aquiles y Ajax, Dardania y Abydos, donde Jerjes echó un puente para atravesarlo. Más adelante están Lampsaco, regalo del rey de los persas a Temístocles, y Paros, fundada por Parios, hijo de Jason. Ensanchándose ahora por ambos lados en semícirculo, aparta muy lejos sus orillas, y, tomando el nombre de Propóntida, baña al Oriente Cizico y Dindimo, santuario reservado a la madre de los dioses; después Apamia, Cio y Astaco, cuyo nombre cambió un rey andando los tiempos por el de Nicomedia. Por el lado de Poniente, toca a Querronesa, Egos-Potamos, donde predijo Anaxágoras que lloverían piedras, Lysimaquia y la ciudad que fundó Hércules en memoria de su compañero Perintho. En fin, como para hacer completa la semejanza con la O, en medio de su circunferencia se prolongan las islas Preconosa y Besbica.

En cuanto sus aguas doblan la punta de esta isla, este mar se estrecha otra vez entre la Europa y la Bitinia, y baña a la derecha Calcedonia, Crisópolis y otros parajes menos conocidos. Por la izquierda forma los puertos de Athyras, Selymbria y Constantinopla, la antigua Bizancio, colonia ateniense, y el promontorio de Ceras, coronado por alto faro; lo que ha hecho dar el nombre de Ceratas al frío viento que ordinariamente sopla de estas costas.

Aquí se detiene la corriente y queda completa la comunicación de los dos mares. Retíranse ahora de nuevo las dos riberas, abrazando un manto de agua sin límites a que alcance la vista, y cuyo circuito forma navegación de veintitrés mil estadios, según Eratóstenes, Hecateo, Ptolomeo y otros autores que pretenden ser exactos en la determinación de las distancias. Según todos los geógrafos, la forma de este mar es la de un arco escita con la cuerda. A Levante lo limita la Palus Meotida, y a poniente el Imperio romano. Sus costas septentrionales las habitan pueblos que tienen diferentes costumbres y lenguaje. Su ribera del mediodía describe ligera curvatura entrante. Su inmenso litoral está sembrado de ciudades griegas, casi todas fundadas por los milesianos, colonia de Atenas, establecidos desde muy antiguo en el Asia Menor por Nileo, hijo de Codro, que, según dicen, se sacrificó por su patria en la guerra contra los Dorios. Figuran los dos extremos del arco los dos Bósforos, el Thracio y el Cimmeriano. El nombre de Bósforo viene de que la hija de Inaco, transformada en vaca, según los poetas, atravesó a nado los dos mares interiores para pasar a la Jonia.

A la derecha de la curvatura, al salir del Bósforo, se encuentra la costa de Bitynia, llamada por los antiguos Mygdonia. Este reino comprende las provincias de Thynia, Mariandena, las Bebryces, que en otro tiempo libertó Pólux de la tiranía de Amycus, y la lejana comarca donde el divino Fineo temblaba al batir de alas de las harpías. En esta sinuosa playa, frecuentemente interrumpida por profundos senos, se encuentran las embocaduras del Sangaro, el Psylles, Bizes y Rhebas. Por el opuesto lado vense surgir del seno de las aguas las Simplegadas, doble roca escarpada por todos sus lados, de las que se dice que en otro tiempo, las dos partes chocaban con horrible estrépito, retrocedían y renovaban el combate sin cesar. Por rápido que fuese el vuelo de un pájaro, no habría podido escapar de entre aquellas dos moles en el momento en que se precipitaban una sobre otra. La primera nave de Argos, cuando bogaba para la conquista del vellocino de oro, pudo, sin embargo, pasar entre ellas sin que la alcanzase el choque, y desde este día cesó el antagonismo; las dos partes se reunieron tan íntimamente, que hoy nadie creería en su antigua separación si no existiesen, para acreditarla, todas las tradiciones de la poesía antigua.

Después de la Bithynia vienen las provincias del Ponto y de Plafagonia, en las que descuellan Heraclea y Sinope, Polemonion y Amisos, ciudades importantes, creadas todas por el activo genio de los griegos; y Cerasonta, cuyos dulces frutos trajo Lúculo a nuestras. Comarcas. En el seno de altas islas se alzan las importantes ciudades de Trapezunta (Trebisonda) y Pityunta. Más lejos se encuentra la caverna de Aquerusa, que los habitantes del país llaman MuKonóvTioq (que absorbe el agua del mar); el puerto de Acón y varios ríos, el Aquerón, el Arcadio, el Iris y el Tibris, y más adelante el Parthenio, precipitándose todos con rápido curso en el mar. Cerca de aquí se encuentra el Thermodón, que baja del monte Armonio y corre entre los bosques de Therniscira, donde en otro tiempo buscaron refugio las amazonas, por los motivos que voy a referir.

Estas guerreras de la antigüedad, después de haber arruinado con sus continuas y sangrientas incursiones todos los Estados vecinos, aspiraban todavía a descargar mayores golpes. Confiando en sus fuerzas, y arrastradas por ardor de conquista, llegaron, pasando sobre los restos de multitud de pueblos, a buscar en los atenienses los adversarios más temibles. La lucha fue obstinada; pero al fin cedió su ejército, por la derrota de la caballería que guarnecía las alas, y todas las amazonas sucumbieron. A la noticia de esta derrota, las que, menos aptas para pelear, habían quedado en sus hogares, viéndose reducidas al último extremo y temiendo la venganza de vecinos irritados por los males que les habían hecho sufrir, se retiraron a las orillas más tranquilas del Thermodón. Allí se multiplicó su posteridad, volvió reforzada a su antigua patria y fue de nuevo terror de todas las naciones extranjeras.

Cerca de allí se alza en suave pendiente hacia el septentrión el monte Carambis, separado por dos mil quinientos estadios de mar del promontorio de Criumetopón, en Taurida. A partir del río Halys, todo el litoral se extiende en línea tan recta como la cuerda estirada entre los dos extremos del arco. En sus confines se encuentran los Dahas, el pueblo más belicoso de la tierra, y los Chalybos, que fueron los primeros en arrancar el hierro de las minas. Ocupan las inmensas  comarcas que se encuentran en seguida, los Byzaros, los Tybarenos, los Mosinecos, los Macronos y los Fíliros, pueblos sin comunicación con nostros hasta hoy. A corta distancia se encuentran las tumbas de tres héroes, Sthenelo, Idmón y Tiphys; el primero compañero de Hércules, herido mortalmente peleando con las amazonas; el segundo augur de los argonautas, y el tercero su hábil piloto. Al otro lado de esta comarca se hallan el antro de Aulión y el río Calicoro, llamado así porque Baco, después de haber realizado en tres años la conquista de las Indias, celebró su regreso en sus umbrosas y floridas orillas, con coros, danzas y orgías, misterios que algunos llaman Tritéricas. En seguida se llega a las famosas moradas de los camaritanos y al Faso, cuyas murmuradoras aguas bañan los pueblos de Cólquida, raza salida antiguamente del Egipto. En el número de estas ciudades debe citarse a Faso, que torna su nombre del río, y a Dioscura, importante aún en nuestros días, cuya fundación se atribuye a Amfito y Cercio, aurigas de Cástor y Pólux. Encuéntranse muy cerca los Aqueenos, que, según algunos autores, después de una guerra anterior a la de que Helena fue objeto, rechazados por una tempestad a las orillas del Ponto, encontrando enemigos por todas partes y no pudiendo establecerse en ninguna, concluyeron por ocupar las cumbres de las montañas, cubiertas por nieves eternas. La dureza del clima hizo contraer a aquellos emigrados la costumbre de vivir de la rapiña, haciéndoles muy pronto feroces bandidos. En cuanto a sus vecinos los Cercetos, no se sabe nada digno de mención.

Detrás de éstos se encuentran los Cimerianos, habitantes del Bósforo. Allí existen muchas ciudades milesianas y su metrópoli Panticapea, regada por el Hypanis, engrosado por numerosos afluentes. Al otro lado, pero a largas distancias, tribus de amazonas habitan las dos orillas del Tanais (Don) y se extienden hasta el mar Caspio. Este río nace en las montañas del Cáucaso, y va a perderse en la Palus Meotida, formando en su sinuoso curso el límite recíproco de Europa y Asia. Cerca de aquí corre el río Rha, en cuyas orillas se encuentra una raíz que tiene el mismo nombre, y que se emplea frecuentemente en medicina.

Al otro lado del Tanais se extienden indefinidamente la comarca de los Sármatas, regada por numerosos ríos, tales como el Maracco, el Rhombito, el Theofano y el Tatordano. Aunque separada de esta región por enorme distancia, otra nación torna también el nombre de Sármata: ésta habita las orillas del mar donde vierte sus aguas el Corax.

En seguida aparece el vasto contorno de la Palus Meotida, que saca de sus abundantes venas y vierte en el Ponto, por el estrecho de Datara, considerable masa de agua. A la derecha del lago están las islas de Fanagora y Hermonassa, civilizadas por los trabajos de los griegos. Más lejos, y en sus orillas más apartadas, habitan multitud de tribus, con diferentes costumbres y lenguaje: los Jaxamatos, los Meotas, los Jasygos, los Roxolanos, los Gelones y los Agathyrsos, entre los que abundan los diamantes. Todavía se encuentran pueblos más allá, pero penetrando mucho en las tierras.

A la derecha de la Palus Meotida se encuentra el Quersoneso, lleno de colonias griegas; así es que los habitantes son amables y pacíficos; se dedican a la agricultura y viven de sus productos. Corta distancia los separa de la Taurida, dividida entre las diferentes tribus de los Arincos, los Sincos y los Napeos, todos igualmente temibles por la inveterada barbarie de sus costumbres; barbarie que llega a tal punto, que el mar que los baña ha recibido el nombre de inhospitalario. Pero los griegos, por antífrasis, le han llamado Ponto Euxino; de la misma manera que llaman eúpQev al loco, eú^póvnv la noche, y eúpevíSaq a las Furias. Estos pueblos sacrifican víctimas humanas. Inmolan los extranjeros a Diana, a la que llaman Oreiloche, y cuelgan los cráneos de sus víctimas en las paredes de los templos, como gloriosos trofeos.

Leuca, isla habitada y consagrada a Aquiles, es una dependencia de la Taurida. Los viajeros que lleva allí la casualidad visitan sus templos y contemplan las ofrendas llevadas en honor de los héroes; pero al obscurecer vuelven a sus naves, porque, según se dice, se arriesga la vida pasando allí la noche. En el interior hay lagos poblados de aves blancas del género de los alciones. Más adelante hablaremos de su origen y de los combates que tienen en el Helesponto. También posee ciudades la Taurida, entre las que sobresalen Eupatoria, Dandacia y Theodosia, siendo las otras menos importantes, sin haberse manchado nunca con sacrificios humanos.

Aquí termina la parte superior del arco. Recorramos ordenadamente los parajes del resto de su curvatura, ligera por este lado, y opuesta al signo de la Osa, hasta la orilla izquierda del Bósforo de Tracia. Diremos que, a diferencia del arco que usan las otras naciones, que tiene forma de vara larga, los dos lados del de los escitas y parthos, reunidos en el centro por un puño recto y redondo, describe cada uno una curva tan pronunciada como la de la luna menguante.

A partir de la unión, en el punto donde terminan los montes Rifeos, habitan los Arimfos, pueblo conocido por su justicia y amenidad. Los ríos Cronio y Bísula riegan esta comarca. Cerca de aquí están los Messagetas, los Alanos, los Sergetas y otros pueblos obscuros, de los que no conocemos bien los nombres ni las costumbres. A cierta distancia se encuentra el golfo de Carcinita, un río del mismo nombre, y después un bosque consagrado a Hecato. En seguida aparece la corriente del Boristhenes, que, naciendo en el monte de los Nervianos, siendo poderoso en su nacimiento y aumentado con la afluencia de otros ríos, se precipita en el recipiente del Euxino. En sus frondosas orillas se alzan las ciudades de Boristhenes y de Cefalonesa, y altares consagrados a Alejandro el Grande y a César Augusto. Más lejos se encuentra la península habitada por la innoble raza de los Sindos, aquellos infieles siervos que, mientras sus amos llevaban la guerra al Asia, se apoderaron de sus mujeres y de sus bienes. La estrecha playa que se encuentra en seguida ha recibido de los indígenas el nombre de Carrera de Aquiles, el héroe de Tesalia, que hizo un estadio para entregarse a este ejercicio. En las inmediaciones está Tyros, colonia de Fenicios, bañada por el río Tyros.

El centro de la convexidad del arco, que un buen andarín puede recorrer en quince días, está habitado por los Alanos de Europa y los Costobocos, y detrás de éstos se encuentran las innumerables tribus escíticas, extendidas en ilimitados espacios. Corto número de estos pueblos se alimenta con trigo, vagando los demás indefinidamente por vastas y áridas soledades, que nunca roturó el arado ni recibieron semillas. Allí viven entre hielos y a la manera de las bestias. Carros cubiertos con cortezas les sirven para transportar por todos lados, según su capricho, habitación, muebles y familia. La playa, cuando se llega al último punto de la curvatura, está llena de multitud de puertos. Allí se eleva la isla Peuca, morada de los Trogloditas, de los Pencos y de algunas otras tribus pequeñas. También se encuentra allí Histros, ciudad muy poderosa en otro tiempo; Apolonia, Anquialos y Odissos, sin hablar de otras muchas diseminadas por la costa de la Tracia. El Danubio, que nace en los montes Rauracos, en los confines de la Rhecia, aumentado en su inmenso curso conlas aguas de más de treinta ríos navegables, viene aquí a derramar su caudal por siete bocas en el mar de la Scitia. Estas bocas tienen nombres griegos; la primera el de Peuca, de la isla del mismo nombre; llámase la segunda Naracustoma, la tercera Calonstoma, la cuarta Pseudostorna, siguiendo Boreonstoma y Sthenostoma, mucho menos importantes que las otras cuatro; la séptima ocupa vasta superficie, pero, a decir verdad, no es más que una charca.

En toda la superficie del Ponto Euxino reina atmósfera nebulosa; sus aguas son más dulces que las de los otros mares y ocultan multitud de bajos. Depende el primer efecto de la evaporación de tan extenso manto de agua; el segundo de la cantidad relativamente considerable de agua fluvial que penetra en él, que modera la sal; y el tercero por la cantidad de limo continuamente acarreado por los afluentes. Es cosa averiguada que los peces acuden a bandadas para depositar allí su freza, que se desarrolla mejor, y corre menos peligro en aquellas aguas más dulces y en cavidades más profundas, donde no tienen que temer la voracidad de los monstruos marinos; porque estas especies no aparecen jamás en aquellos parajes, como no sean algunos delfines pequeños, que no hacen daño alguno. La parte de este mar más expuesta al río se hiela hasta tal profundidad, que, a lo que se cree, no pueden los ríos encontrar salida; y entonces su superficie resbaladiza y peligrosa impide que hombre o bestia de carga se atreva a poner en ella el pie. Este fenómeno es común a todo mar interior en el que penetra agua dulce en tanta cantidad. Pero terminemos esta digresión, que nos ha llevado más lejos de lo que esperábamos.

Al fin llegó a poner colmo a las alegrías del momento una noticia impacientemente esperada y que por mucho tiempo había defraudado nuestra esperanza. Cartas de Agilón y de Jovio, que no tardó en ser nombrado cuestor, anunciaron que la guarnición de Aquilea, cansada por la duración del sitio, al tener seguridad de la muerte de Constancio, había abierto al fin las puertas, entregado a los autores de la revuelta, y que, quemados éstos, se había concedido el perdón a los demás.

Después de tantas contrariedades, una serie de éxitos felices colocaban a Juliano por encima de la condición humana. Parecía que la fortuna solamente le reservaba favores. El mundo romano, completamente sometido obedecía a él solo. Y lo que pone el sello a su gloria durante el tiempo de su reinado, es que en el interior no hubo ni una sola agitación, y en el exterior, ni un bárbaro se atrevió a pasar la frontera; y el espíritu popular, que denigra siempre el poder caído, aumentaba más y más su entusiasmo por el poder nuevo.

Después de tomar con madura deliberación todas las medidas que reclamaban las circunstancias, arengando frecuentemente a los soldados y, por medio de liberalidades, asegurado sus buenas disposiciones para cualquier evento, partió Juliano para Antioquía, acompañado por el cariño de todos, y dejando a Constantinopla colmada de beneficios. Había nacido en esta ciudad y mostraba por ella esa predilección que ordinariamente se tiene al lugar del nacimiento. Cruzó el estrecho, dejando a un lado Calcedonia y Lybissa, donde se encuentra la tumba de Aníbal, y entró en Nicomedia, ciudad magnífica en otro tiempo, de tal manera embellecida por el esplendor de sus antecesores, que se podía, al aspecto de sus edificios públicos y privados, si ofender a la ciudad eterna, creerse en un barrio suyo. Juliano lloró ante aquellas murallas, que no eran más que montones de ruinas, mientras que lentamente y en silencio se encaminaba al palacio. Mucho peor fue cuando se le presentó el Senado y la población de la ciudad. Tanta miseria después de tanto esplendor, colmó la aflicción. Reconoció a muchas personas con quienes había mantenido relaciones cuando tenía por maestro a su lejano pariente el obispo Eusebio; dio a la ciudad considerable subsidio para ayudarles a reparar su desastre, y marchó en seguida por Nicea a las fronteras de la Galo-Grecia. Desde allí, describiendo un rodeo por el estrecho, fue a visitar en Pesinunta el antiguo templo de Cibeles, de donde, durante la segunda guerra púnica, Escipión Nasica, bajo la fe de los versos sibilinos, hizo trasladar la estatua a Roma. En el reinado del emperador Cómmodo hemos relatado detalladamente la llegada de esta estatua a Italia, y algunas circunstancias relacionadas con ella. Los historiadores presentan diferentes etimologías del nombre de la ciudad: pretenden algunos que se deriva del verbo griego TÓneoeiv, caer, porque su estatua de la diosa había caído del cielo: según otros, el nombre se lo dio Ilo, hijo de Tros, rey de Dardania: por su parte afirma Theopompo, que no la fundó Ilo, sino Midas, el poderoso monarca de Frigia.

Después de venerar Juliano a la diosa y de ofrecer sacrificios en sus altares, retrocedió a Ancira. Iba a dejar esta ciudad y a continuar su viaje, cuando se vio asediado por importuna multitud de reclamantes. Éste había sido despojado de sus bienes, aquél clasificado sin razón en tal curia, y algunos exageraban la pasión hasta el punto de lanzar a todo evento contra el adversario la acusación de lesa majestad. Más impasible que los Cassios y los Licurgos, Juliano, en medio de aquellos clamores, pesaba imparcialmente cada circunstancia, y, sin equivocarse jamás, administraba justicia a cada uno. Pero se mostraba extraordinariamente severo con los calumniadores, a los que detestaba, porque había aprendido a costa suya, cuando no era más que simple particular, hasta dónde puede llegar su odio. Un ejemplo entre muchos demostrará cuán poca impresión le causaban las acusaciones de este género.

Uno que odiaba mortalmente a otro, hablaba mucho contra su adversario, de un atentado que, según decía, había cometido contra la majestad del príncipe, y continuamente instaba al Emperador, que siempre fingía no comprenderle. Juliano le preguntó al fin qué era el acusado, contestando el otro que de la clase media y muy rico. El príncipe sonrió. «¿Qué prueba, dijo, tienes contra él?» «Ha hecho teñir de púrpura un manto de seda», exclamó el acusador. Juliano se contentó con decirle que cuando un hombre que nada valía acusaba de aquel delito a otro de igual estofa, no merecían que se ocupase de ellos; y que en adelante callase y viviera tranquilo. Pero no teniéndose por vencido el querellante, insistió más y más. Irritado ya Juliano, se volvió al tesorero de los donativos, que estaba presente, y le dijo: «Haz que den a este peligroso hablador un calzado de púrpura para el hombre a quien odia, y que, según dice, se ha mandado hacer un traje de ese color; así verá lo que gana, si no es muy fuerte, con cargarse con tales adornos.»

Esto debían imitarlo siempre los que gobiernan. Pero no puede ocultarse que, en otras ocasiones, mostró repugnante parcialidad. En este reinado, difícilmente podía el reclamado por los magistrados municipales para formar parte de su corporación, escapar a sus pretensiones acerca de su persona, aunque gozase de todos, los derechos de exención posibles por sus servicios militares y hasta por su calidad de extranjero: llegando esto a tal punto, que se resignaban a comprar el descanso por medio de transacciones clandestinas, a precio de dinero.

Al llegar a la estación de Pylas, que marca el límite entre la Capadocia y la Cilicia, encontró Juliano al corrector de la provincia, llamado Celso, a quien había conocido cuando estudiaba en Atenas. Abrazóle y le hizo montar en su carroza, llevándole con él a Tarso. Desde allí marchó sin detenerse a Antioquía, maravilla del Asia, que ardía en deseos de visitar. Los habitantes le recibieron en las inmediaciones de la ciudad con una especie de culto, asombrándose él mismo ante aquel inmenso concierto de voces que le saludaban como astro nuevo que aparecía en Oriente. Era precisamente la época en que se celebraba la antigua fiesta de Adonis, aquel joven amante de Venus, muerto por un jabalí, imagen poética de la cosecha segada en su madurez; y se consideró como funesto presagio que se oyesen lamentaciones de duelo en la primera entrada del jefe del Estado en una residencia imperial.

Aunque la ocasión fue muy trivial, Juliano dio prueba de mansedumbre que le honró mucho. Un hombre llamado Thalasio, que había pertenecido a los investigadores, le era odioso como cómplice de los lazos tendidos para perder a su hermano Galo, y había mandado le advirtiesen no se presentara entre los honoratos que acudieron a saludarle. Thalasio tenía un pleito; los que litigaban contra él, aprovechando aquella mala voluntad, idearon al día siguiente de la entrada amotinar el populacho y acudir a gritar ante el Emperador: «Thalasio, ese enemigo de tu majestad, quiere apoderarse de nuestros despojos.» Confiaban haber encontrado ocasión de perderle; pero Juliano comprendió la intención: «En efecto, dijo, el hombre de quien habláis ha merecido justamente mi indignación. Suspended vuestra queja, porque conviene que obtenga yo satisfacción de él antes que vosotros.» Dicho esto, envió orden al prefecto que ocupaba el tribunal para que aplazase el asunto hasta que Thalasio vólviese a su gracia, cosa que no tardó en suceder.

Conforme había proyectado, pasó el invierno en Antioquía; pero en vez de dejarse arrastrar por las seducciones de todo género que abundan en Siria, ocupábase, como por descanso, en entender en los procesos, cosa que no exige menos trabajo de espíritu que la dirección de una guerra. Aplicando su maravillosa inteligencia, entregábase ardorosamente a reconocer a cada uno su derecho, a reprimir el fraude con toda la severidad compatible con la prudencia, y a proteger la razón contra la injusticia. Verdad es que algunas veces mostró indiscreta curiosidad en cuanto a las respectivas creencias de las partes, pero no hubo ejemplo de que esta preocupación influyese en las sentencias. Nunca se le censuró haberse desviado lo más mínimo por este motivo ni por ningún otro, de la equidad más estricta. En todo proceso, la conciencia del juez no debe atender más que a lo justo o injusto, y no se está más atento en el mar para evitar un escollo, que lo estaba él para no olvidar esta regla. Por tal razón, conociendo muchas veces que perdía la serenidad, permitía a los prefectos y a los asesores le advirtiesen sus arrebatos de vivacidad, mostrándose siempre afligido por tales arranques y agradecido a las observaciones. Un día que los abogados ensalzaban la rectitud de una sentencia suya, respondió con bastante sequedad: «Más agradecería el elogio, y más dispuesto me encontraría para gloriarme, si pudiera decirme: En el caso contrario me habrían reprendido.» Un ejemplo bastante gracioso dará a conocer la poca rudeza de sus formas jurídicas. Viendo un día una litigante que la parte contraria, empleado de palacio perteneciente al número de los eliminados, llegaba al tribunal ceñido con el cinturón, comenzó a quejarse de aquella reposición de la que auguraba mal para su pleito: «No dejes de exponer tus quejas, le dijo Juliano. Tu contrario no gana con eso más que recogerse mejor la toga para librarse del barro, y nada tendrá que sufrir tu reclamación.»

El poeta Arato ha descrito la justicia huyendo al cielo de la perversidad de los hombres. Además de los ejemplos citados (que no son los únicos), hubiera podido decirse, como el mismo Juliano se jactaba de ello, que su reinado había vuelto a traer esta diosa a la tierra. Y la frase habría sido completamente exacta, si el príncipe no hubiese colocado muchas veces su decisión propia en el lugar de la ley, y cometido por esto errores que enturbian su gloria. Y no es que algunas veces no corrigiese atinadamente el texto, esclarecido sus obscuridades y determinado con mayor precisión el sentido positivo o negativo de tal o cual texto; pero existe también de él algún rasgo de intolerancia arbitraria que quisiera sepultar en eterno olvido. Prohibió la enseñanza a los retóricos y gramáticos que profesaban el cristianismo.

Por esta misma época, aquel notario Gaudencio, a quien el difunto Emperador encargó poner el África en pie de defensa, fue llevado con su ex vicario Juliano, cargado de cadenas a Constantinopla y condenado a muerte. Aplicóse también la pena capital a Artemio, que fue duque de Egipto, al que dirigían abrumadoras acusaciones los alejandrinos; pereciendo asimismo, por mano del verdugo, el hijo de Marcelo, ex general de la caballería: y se envió al destierro a los tribunos de los escutarios Romano y Vicencio, de las primera y segunda escuela, convictos los dos de planes ambiciosos muy superiores a su condición.

No se tardó mucho en Alejandría en conocer la muerte de Artemio; no temiendo nada tanto los habitantes como su regreso y mantenimiento en el cargo, porque había amenazado mucho, y probablemente habría ejercido terribles venganzas. En seguida descargó su odio contra Jorge, obispo de la ciudad, que efectivamente había mostrado contra ellos la malicia de la víbora. Nacido, si ha de creerse al rumor público, en el taller de un batanero de Epifanía, en Cilicia, había adelantado mucho, con desprecio de todos los derechos, y desgraciadamente para su diócesis y para él mismo, había conseguido hacerse ordenar obispo de Alejandría. Conocida es, por la voz misma de los oráculos, la proverbial turbulencia del populacho de esta ciudad, y su propensión a insurreccionarse sin causa; y la conducta de Jorge fue muy a propósito para atizar el fuego de sus ánimos. Olvidando su misión de paz y de equidad para rebajarse al papel de delator, estaba siempre dispuesto a designar los alejandrinos al suspicaz Constancio, como hostiles a su gobierno. Acusábanle de haber sugerido malignamente que la renta de los edificios públicos pertenecía al tesoro, porque el emperador Alejandro los había construido a expensas públicas; pero unas palabras inconsideradas fueren la causa inmediata de su pérdida. Regresaba de la corte, y pasando, como de ordinario, su suntuosa carroza ante el magnífico templo de Serapis, exclamó mirando al edificio: «¿Hasta cuando dejarán en pie ese sepulcro?» Estas palabras produjeron el efecto del rayo en los que las escucharon, creyendo destinado aquel templo, como tantos otros, a la destrucción; y desde aquel momento no hubo tentativa que no dirigiesen contra el obispo. En medio de esta disposición de los ánimos, llegó de pronto la deseada noticia de la muerte de Artemio: arrebato embriagador se apoderó entonces del populacho, que se apoderó de Jorge, lo derribó, lo pisoteó y descuartizó.

Al mismo tiempo Draconcio, prepósito de la moneda, y un tal Diodoro, que tenía el título de conde, arrastrándoles a los dos con cuerdas atadas a los pies, sufrieron igual tratamiento; el primero por haber derribado un altar nuevo, alzado en la casa de la moneda; el segundo, porque presidiendo la construcción de una iglesia, por autoridad propia había tonsurado a muchos niños, creyendo ver en su larga cabellera homenaje votivo a los dioses. No contento con esta barbarie, el populacho cargó en camellos los mutilados cadáveres, los trasladó a la playa, y, después de quemarlos, arrojó las cenizas al mar; con objeto, según decían, de que nadie los recogiese y les alzase templos. Insultante alusión a aquellas víctimas de la constancia religiosa que, antes de abjurar su culto, sufrieron heroicamente los últimos suplicios, y que hoy se designan con el nombre de mártires.

Hubiesen podido los cristianos interponerse y proteger a aquellos desgraciados contra tan horrible muerte; pero los dos bandos aborrecían de igual manera a Jorge. Cuando llegó al Emperador la noticia de aquel atentado, se indignó y quiso al pronto castigar duramente a los autores. Pero calmaron su irritación y se limitó a protestar severamente por medio de un edictocontra aquellos actos, y amenazar con el último suplicio al que, en lo sucesivo, violase la justicia y las leyes.

Hacía mucho tiempo que meditaba Juliano una expedición contra los Persas. Su resolución era firmísima, inspirada por el legítimo deseo de vengar ruidosamente el pasado. Sesenta años hacía que aquella orgullosa nación llevaba al Oriente la devastación y la matanza, habiendo llegado sus triunfos hasta el completo exterminio de ejércitos enteros. Dos causas excitaban el ardor de Juliano: en primer lugar su aversión al descanso, soñando siempre con el clamor de las trompetas y el estrépito de las batallas; y además, gloriosos recuerdos ponían continuamente delante de su vista las luchas de su juventud contra indómitas naciones; aquellos jefes, aquellos reyes humillándose ante él hasta las súplicas más humildes, cuando podía creérseles alguna vez abatidos, pero nunca suplicantes; y también deseaba ardientemente unir el epíteto de Parthico a sus otros trofeos.

No le faltaban, sin embargo, detractores. La malevolencia y la pusilanimidad se asustaban ante sus inmensos preparativos: al oírles, aquella ostentación de fuerzas era intempestiva y peligrosa. ¿No podía realizarse la transmisión del Imperio sin una perturbación universal? No teniendo otro medio para oponerse, los descontentos no cesaban de repetir, para que sus palabras llegasen al Emperador, que si no moderaba aquella peligrosa ambición, se le vería como al trigo con demasiada savia, perecer por el exceso de su propio vigor. Pero la oposición era de todo punto inútil. Juliano no se mostraba más conmovido por las murmuraciones que Hércules por los esfuerzos de los pigmeos, o del sacerdote rodiano Thiodamas: y continuando con igual ardor en su empresa, medía con penetrante vista toda su extensión, esforzándose en acumular apropiados medios de ejecución.

Por otra parte, los altares estaban literalmente inundados con la sangre de las víctimas. Algunas veces sacrificaba hasta cien bueyes a la vez, innumerables variedades de ganado menor, así como también millares de aves blancas que hacía buscar por tierra y por mar. Así fue que diariamente se veía, por efecto de una licencia que hubiese sido mejor reprimir, dar los soldados en los templos repugnantes ejemplos de voracidad y embriaguez; y en seguida, embrutecidos por los excesos, recorrer las calles sobre los hombros de los transeúntes, obligándoles a que les llevasen a sus cuarteles. En estas orgías distinguíanse especialmente los petulantes y los celtas, que entonces se lo creían todo permitido. El gasto de las ceremonias religiosas adquiría proporciones inusitadas y sin límites. El último recién llegado, tuviese o no conocimientos en la materia, podía hacer oficios de adivino, y sin carácter, sin misión, ingerirse a pronunciar oráculos y a investigar en las entrañas de las víctimas el porvenir que algunas veces se manifiesta en ellas. La adivinación examina el vuelo, el canto de las aves, y emplea todos los medios para interrogar la suerte. En medio de esta tendencia de los ánimos, favorecida por los ocios de la paz, la curiosidad de Juliano quiso abrirse un camino más, desembarazando el obstruido orificio de la profética fuente de Castalia. Dícese que el emperador Adriano mandó cegar con gruesas piedras la salida de aquella fuente, porque allí había recibido en otro tiempo el anuncio de su exaltación futura y no quería que ningún otro pudiese recibir aviso semejante. Juliano dispuso la exhumación de los muertos enterrados en el circuito de la fuente y lo purificó, observando el ceremonial que en iguales circunstancias emplearon los atenienses en la isla de Delfos.

En este mismo año, el once de las calendas de Noviembre, fueron presa de las llamas el vasto templo de Apolo que construyó en Dafnea el violento y cruel monarca Antíoco Epifanio, y la estatua del dios, igual en magnitud a la de Júpiter Olímpico. Este desastre irritó extraordinariamente al Emperador, que dispuso severa investigación y mandó cerrar la iglesia catedral de Antioquía, sospechando que los cristianos habían sido autores del atentado, impulsados por el despecho al ver rodear al templo con magnífico peristilo. Atribuíase, sin embargo, aunque vagamente, el siniestro a causa accidental. El filósofo Asclepiades, cuyo nombre se cita en la historia de Magnencio, en un viaje que hizo para ver a Juliano, habiendo visitado el templo, colocó, según se dice, al pie de la colosal estatua una figurita de plata representando la madre de los dioses, rodeándola, según costumbre, de cirios encendidos, y no se había, retirado hasta la media noche, hora en que no había  allí nadie para prestar auxilio. Ahora bien; las pavesas de los cirios habían llegado a las paredes, cuya vejez las hacía muy a propósito para arder; y todo el edificio, no obstante su prodigiosa elevación, quedó en un instante reducido a cenizas. Aquel mismo año hubo tan espantosa sequía, que se extinguieron hasta los manantiales más abundantes; pero no tardó en restablecerse su corriente natural. El cuatro de las nonas de Diciembre, por la tarde, otro terremoto destruyó lo que quedaba de Nicomedia, experimentando igual suerte considerable parte de Nicea.

Juliano, cuyo corazón estaba entristecido con tantas calamidades, no aflojó en su actividad en completar sus armamentos para la deseada época en que debía comenzar la campaña. Pero en medio de estas graves y útiles preocupaciones, tenía una que la razón no puede aprobar, y que hasta carecía de pretexto plausible; la de abaratar arbitrariamente, y por vano deseo de popularidad, el precio de los comestibles. Esta operación es muy delicada, y si no se toca con prudencia, de ordinario acarrea la escasez y el hambre. En vano le demostraban hasta la evidencia los magistrados municipales la inoportunidad de la medida; no atendió a la objeción, y mostró en este punto igual obstinación que su hermano Galo, aunque sin sus sangrientas violencias. El disgusto de Juliano por aquella oposición, que calificó de malévola, dio origen al violento volumen que intituló el Antioqueno o Misopogón; que es una serie de invectivas, en las que no todo es verdad, y que le atrajo algunas sátiras mordaces. No lo ignoraba el Emperador, y a pesar que creyó deber callar, su rencor aumentó con la reconcentración. Divertíanse los burlones llamándole Cercops, y describiéndole de esta manera: bajito, con barba de chivo; hombros estrechos y que anda a zancadas como el Otus o el Ephialitis que celebra Homero. Llamábanle también victimario, con preferencia a sacrificador; alusión maligna a sus matanzas de víctimas. Tampoco se perdonaba su manía de mezclarse ostensiblemente a las funciones sacerdotales y de mostrarse por todas partes llevando en las manos los objetos sagrados, en medio de procesiones de devotos. Todos estos sarcasmos le irritaban profundamente, conteniéndose para no revelar nada y persistiendo en sus prácticas religiosas.

Un día quiso sacrificar a Júpiter sobre el Casio, montaña muy alta, cubierta de bosque, redonda en su base y que recibe al canto del gallo los primeros rayos del sol. Marchó allá en el día señalado y se dedicaba a las ceremonias del sacrificio, cuando vio a un hombre arrodillado a sus pies, implorando perdón con suplicante voz. Preguntó Juliano quién era, y le contestaron que Theodoto, antiguo presidente del consejo de Hierápolis, quien, acompañando a Constancio a su cámara al frente de los nobles de la ciudad, había cometido la hipócrita bajeza de suplicarle, con lágrimas en los ojos, como si lo viese ya vencedor, que le enviase la cabeza del ingrato rebelde Juliano, con objeto de repetir el espectáculo que se dio con la de Magnencio. Juliano se limitó a contestar al suplicante: «En tiempo oportuno se me repitieron por todas partes tus palabras. Pero regresa tranquilamente a tu casa y cuenta con la clemencia de tu Emperador. Por prudencia quiere disminuir el número de sus enemigos, y por inclinación prefiere hacerse amigos.» Y continuó celebrando el sacrificio, a cuya terminación recibió del corrector de Egipto una carta en la que le decía que, después de muchas investigaciones infructuosas, al fin se había encontrado al dios Apis; lo que, según las creencias del país, presagiaba abundante cosecha de todos los productos de la tierra.

Diremos algo acerca de esto. De todas las consagraciones de animales practicadas en la antigüedad, eran las más solemnes las de Mnevis y Apis: el primero dedicado al sol, y cuya tradición no dice nada notable; el segundo a la luna. El buey Apis nace señalado con varios signos, pero muy especialmente con el de una media luna en el costado derecho. Cuando llega al término de su existencia, el dios desaparece por inmersión en una fuente; porque no está permitido dejarle vivir más tiempo del señalado por la autoridad mística de los libros sagrados, ni de ofrecerle más de una vez por año la vaca, su compañera, que también está marcada con signos especiales. Búscasele entonces sucesor, con todo el ceremonial del duelo público, y en cuanto se encuentra uno dotado de las cualidades requeridas, le llevan a la gran ciudad de Memfis, célebre por la divina presencia de Esculapio. Allí cien sacerdotes introducen al animal en su santuario, y desde este momento es sagrado, interpretándose cada movimiento suyo como manifestación de lo venidero. La historia dice  que se separó cuando Germánico César le ofreció comida en la mano; señal de la desgracia que iba a ocurrir a este príncipe.

Parece que debo añadir algunos detalles a las noticias más extensas que di acerca del Egipto, en los reinados de Adriano y de Severo, noticias que di bajo la fe de mi propia vista. Es el Egipto la nación más antigua, si se exceptúa la de los Escitas, que le disputa la antigüedad. Al Mediodía tiene por límite la Sirte Mayor, los promontorios de Phycus y de Borión, y el país que habitan los Garamantos y otros pueblos; al Oriente, las ciudades etiópicas de Elefantina y Meroen, las cataratas, el mar Rojo y los árabes scenitas, a quienes llamamos sarracenos. Por el Norte toca al inmenso continente del Asia por la frontera de la provincia siria; y su límite a Poniente es el mar Issiaco, que algunos autores llaman también mar Parthenio.

Fijémonos un poco en el Nilo, el río más bienhechor de todos, al que Homero llama Egipto; después hablaremos de otras maravillas de esta comarca. Creo que la posteridad no conocerá mejor que se conoce hoy el origen del abundante caudal del Nilo. Los poetas se contradicen en sus ficciones como los sabios en sus conjeturas acerca de este misterioso fenómeno. De unos y de otros tomaré las explicaciones que me parecen más probables. Pretenden algunos físicos que las masas de nieve condensadas por los inviernos septentrionales, se ablandan después por la influencia de temperatura más suave y se evaporan bajo la forma de nubes que, arrojadas hacia el Mediodía por los vientos etesios, se resuelven en agua en clima más cálido, siendo la causa de las primeras crecidas del Nilo. Afirman otros que sus periódicas inundaciones no tienen otro origen que las abundantes lluvias que caen en la Etiopía, durante los grandes calores del verano. Ambas explicaciones deben ser erróneas; porque se asegura que no llueve nunca en Etiopía, o que solamente llueve a largos intervalos. Existe otra opinión más acreditada, la de que el aumento del río se debe a los vientos prodromos y etesios, que rechazan sus olas durante cuarenta y cinco días, en los que la corriente, violentamente contenida y luchando contra el obstáculo, eleva sus aguas a esa altura prodigiosa y hace que se extiendan como un mar bajo el que desaparecen los campos. Por su parte el rey Juba sostiene, bajo la fe de los libros púnicos, que el Nilo nace en una montaña de Mauritania inmediata al Océano, y la prueba está, según dice, en que los similares de las plantas, peces y cuadrúpedos que viven en el río o en sus orillas, se encuentran en las aguas o en el suelo de aquella comarca.

Cuando el río ha recorrido la Etiopía recibiendo diferentes nombres de las diversas regiones que atraviesa, llega, con caudal muy considerable ya, a lo que llaman las cataratas. Éstas las forman una línea de peñascos cortados a pico que cierra su curso, y desde cuya altura se precipita con tal estrépito, que los Atos, pueblos que en otro tiempo habitaban en sus inmediaciones, tuvieron que emigrar en busca de comarca menos ruidosa, porque se les embotaba el oído. En seguida es más tranquila su corriente, y, después de atravesar todo el Egipto, penetra en el mar sin recibir ningún afluente, por siete bocas distintas, de las que cada una tiene la anchura y presta la utilidad de un río. Ramificase además en muchos brazos o canales de diferente importancia, de los que siete, que son navegables, han sido designados respectivamente por los antiguos con los nombres de Heracleótico, Sebenítico, Bolbítico, Phatnítico, Mendesiano, Tanítico y Palusiaco. Estos brazos forman por encima de las cataratas diferentes islas, siendo algunas tan extensas, que el río emplea tres días en completar su circuito. Las más notables son Monroe y Delta, llamada así por la figura triangular que le es común con la letra griega de este nombre.

Desde la entrada del sol en el signo de Cáncer, hasta que sale del de Libra, el nivel del Nilo se eleva durante cinco días. En seguida decrece, y sus aguas, bajando poco a poco, dejan libres los campos a la circulación de carros, cuando antes solamente podían recorrerse en barca. La inundación puede ser perjudicial por abundancia o escasez. Cuando es excesiva, la permanencia demasiado prolongada de las aguas empapa el suelo y retrasa los trabajos de la agricultura; cuando es escasa, la cosecha resulta estéril. El labrador no desea jamás que el desbordamiento exceda de diez y seis codos de altura; y es cosa rara, si la inundación viene en justa medida, que la semilla arrojada a la tierra no dé el setenta por uno. Este es el único río cuya corriente no imprime al aire agitación alguna.

Pululan en Egipto los animales terrestres y acuáticos; y los hay que viven indiferentemente en tierra o agua, llamándoles por esta razón anfibios. En los terrenos secos hay cabras y búfalos, variedades de monos presentando reunión de extraños caracteres y deformidades, y otros monstruos cuya nomenclatura no tendría nada de interesante.

Entre las especies acuáticas abunda el cocodrilo, encontrándosele en todas las comarcas. Este es un cuadrúpedo peligroso que vive en uno y otro elemento. Carece de lengua y solamente es movible su mandíbula inferior. Sus dientes, alineados como los de un peine, muerden con furor todo lo que pueden coger. Es ovíparo, y sus huevos parecidos a los del ganso. Tiene pies armados con uñas, y si no careciesen de pulgar, su presión bastaría para hacer zozobrar una nave. A veces tiene diez codos de largo este animal. De noche duerme debajo del agua, y de día sale a tierra a buscar el alimento. Tal es la dureza de su piel, que le forma coraza en el dorso, pudiendo apenas atravesarla una saeta lanzada por balista. La ferocidad del cocodrilo se dulcifica como por una manera de tregua, y queda en suspenso durante los siete días de las ceremonias que consagran los sacerdotes de Menfis a celebrar el nacimiento del buey Apis. Tiene muchos enemigos, y frecuentemente muere con el vientre abierto por cierto pez crustáceo que tiene la figura del delfín, y que le ataca por este lado débil. También perecen cocodrilos de la siguiente manera: Un pajarillo, llamado troquila, tiene el instinto, cuando encuentra alguno descansando, de picotear revoloteando en derredor de sus mandíbulas, cosa que le produce tal cosquilleo, que tiene que abrirlas, y entonces el pájaro se le introduce hasta la garganta. En el momento en que abre la boca, el ichneumón, especie de hidra, penetra por la abertura que le ha ofrecido el pájaro hasta las entrañas del cocodrilo, las tortura y las destruye, y se abre paso de esta manera horadándole el vientre. Atrevido con los que huyen, el cocodrilo carece de valor cuando se le afronta. Ve mejor en tierra que en el agua, y, según dicen, pasa los cuatro meses de invierno sin tomar alimento.

También vive en este país el hipopótamo, el ser más inteligente entre los que carecen de razón. Este anfibio tiene forma de caballo, pero la pata hendida y la cola corta. Dos rasgos bastarán para que se comprenda su sagacidad. Generalmente establece su guarida en un matorral espeso, y allí permanece escondido, pero constantemente en acecho, hasta que considera propicio el momento para ir a pastar en algún campo de trigo. Cuando se encuentra repleto, cuida de señalar varios rastros andando hacia atrás, para confundir las pistas y desorientar a los cazadores que le persiguen. Otro ejemplo: El hipopótamo come con voracidad; y cuando abultado su vientre por el exceso de comida le entorpece los movimientos, se abre las venas de los muslos y de las piernas, frotándolas contra jaras recientemente cortadas, con objeto de aligerarse con la sangría; en seguida se cubre las heridas con barro hasta que quedan cicatrizadas. Este raro y monstruoso cuadrúpedo apareció por primera vez en un anfiteatro romano, bajo la edilidad de Scauro, padre de aquel que defendió Cicerón, y a propósito del cual intimó a los habitantes de Sarda que mostrasen a aquella noble familia el mismo respeto que todo el género humano. En los siglos siguientes viéronse en Roma muchos hipopótamos; pero hoy no se encuentran ya en Egipto, porque, según dicen los habitantes, viéndose perseguidos estos animales, han emigrado al país de los Blemyas.

Entre las aves de Egipto, cuyas variedades son innumerables, descuella el ibis, ave sagrada, de agradable forma, y cuyas costumbres son muy provechosas, porque alimenta a sus polluelos con huevos de serpientes, disminuyendo de esta manera la reproducción de estos reptiles de venenosa mordedura. Los ibis vuelan también en bandadas al encuentro de los ponzoñosos dragones alados que envían al Egipto las charcas de la Arabia, los combaten en el aire y los devoran, sin permitir a sus perniciosas falanges que crucen la frontera. Preténdese que el ibis da a luz sus polluelos por el pico.

También produce el Egipto infinidad de serpientes de las especies más dañosas, basiliscos, antisbenas, scytalas, aconcios, dipsadas, víboras y otras. La más notable por su tamaño y belleza de colores es el áspid, que nunca abandona el Nilo, a menos que no se vea obligada a ello.

Bajo otros muchos aspectos merece el Egipto la atención del observador: no podemos dejar de mencionar la colosal estructura de sus templos y pirámides, enumeradas entre las siete maravillas del mundo. Herodoto nos dice cuánto tiempo emplearon en su construcción y cuántos obstáculos tuvieron que vencer. Anchas en la base, agudas en la cúspide, se elevan a una altura que jamás alcanzó obra alguna del hombre. Esta figura se llama en geometría pirámide, porque tiene parecido con la llama, toü nupóq, y va estrechándose en cono. Por consecuencia física de esta disminución de bajo a alto, las pirámides no dan sombra.

También se encuentran en muchos puntos de aquella comarca galerías subterráneas con muchas revueltas, laboriosamente construidas, según se dice, por los depositarios de los ritos antiguos, que, temiendo un diluvio, quisieron conservar la tradición de las ceremonias, y con este objeto hicieron esculpir en las paredes de las bóvedas innumerables figuras de pájaros y animales, a lo que llaman escritura jeroglífica.

Allí se encuentra la ciudad de Syena, en la que, durante el solsticio de estío, caen a plomo los rayos del sol; lo que hace que todo objeto colocado en línea vertical se encuentra iluminado a la vez por todos lados y no proyecta sombra. De manera que si se mira un palo clavado verticalmente en tierra, un árbol, un hombre de pie, no se ve sombra alguna en el suelo, en el extremo inferior de la línea que el objeto describe en el espacio. Dícese también que en Meroe, ciudad etiópica inmediata al ecuador, durante noventa días se proyecta la sombra en sentido inverso que entre nosotros, lo que ha hecho se dé a aquellos habitantes el nombre de Antiscios. Pero de tal manera abundan las maravillas en aquella comarca, que su enumeración sola excede a los límites de este trabajo; por lo que dejaremos el cuidado de relatarlas a otros más inteligentes, limitándonos a dar a conocer brevemente sus provincias.

Dícese que antiguamente formaban el reino de Egipto sólo tres provincias: Egipto, Tebaida y Libia: en las edades siguientes aumentó este número con otras dos, Augustamnica y Pentápolis, que no son más que desmembramientos, una del verdadero Egipto y la otra de la Libia árida.

Cuenta la Tebaida, entre sus ciudades más célebres, Hermópolis, Coptos y Antinoi, construida por Adriano en honor de su querido Antinoo: y todos han oído hablar de Tebas hecatónfila.

Citase entre las ciudades de la Augustamnica la célebre Pelusa, que, según se dice, fundó Pelea, padre de Aquiles, que habiendo dado muerte a su hermano Foco, y viéndose perseguido por las furias, fue a purificarse por mandato de los dioses en el lago que baña las murallas de esta ciudad. También son notables Cassio, donde se encuentra la tumba del gran Pompeyo, Ostracina y Rhinocolura.

En la Pentápolis de Libia se hallan Cyrene, ciudad antigua, desierta hoy, construida por el espartano Batto. Vienen en seguida Ptolemais, Arsinoe o Teuchira, Darnis y Berenice, llamada también Hespérida. La Libia árida tiene pocas ciudades municipales; encontrándose en este número Paretonión, Cherecla y Neápolis.

En cuanto al Egipto, propiamente dicho, que desde su reunión al Imperio está gobernado por un prefecto, exceptuando algunas poblaciones inferiores, no se ven más que nobles ciudades como Athribis, Oxyrynca, Thumis y Memfis.

Pero entre todas estas ciudades, la preeminencia pertenece a Alejandría; honor que debe a la munificencia de su fundador y a la habilidad de su arquitecto Dinocrates. Dícese que, careciendo de cal en el momento en que construía los cimientos, el arquitecto trazó el perímetro con harina; presagio de la abundancia de que había de gozar un día la nueva ciudad. Reina en ella temperatura que siempre es igual, respirándose aire suave y saludable. También consta por continua serie de observaciones, que no pasa un solo día sin que los habitantes vean el cielo sereno.

En otro tiempo esta costa era pérfida para los navegantes por sus numerosos bajos y escollos. Cleopatra imaginó construir cerca del puerto una torre muy alta, que ha tornado el nombre de Pharos, del suelo de la isla sobre que se alza, y que por la noche sirve de fanal; de manera que las naves que vienen del mar Prathenio, o del de Libia, no corren peligro de perderse en las arenas de aquel vasto litoral, en el que no hay colina alguna que pueda guiarlas en su dirección. También fue esta reina quien, en un caso de necesidad urgente, cuyas circunstancias son muy conocidas, manda  construir el magnífico dique de siete estadios con increíble celeridad. La isla de Pharos, en la que Homero ha colocado poéticamente a Proteo con su rebaño marino, y que solamente dista mil pasos de las playas de Alejandría, pagaba en otro tiempo tributo a los Rodios. Un día llegaron éstos para cobrarlo, exagerando mucho la cantidad debida. La astuta princesa, so pretexto de festejar a los agentes Rodios, los ocupó en los barrios de Alejandría, y dio órdenes para construir la calzada en aquel espacio de tiempo, sin abandonar un punto los trabajos. En siete días quedó terminada la obra, a razón de un estadio por día, y la isla se encontró unida a tierra firme. En seguida entró Cleopatra por aquel camino, y dijo: «que estaban equivocados los Rodios, porque el tributo se debía por una isla y no por un continente.»

Adornan a Alejandría templos magníficos, entre los que descuella el de Sérapis, del que no podría dar idea ninguna descripción. Los pórticos, columnatas y obras maestras de arte acumuladas en este templo forman un conjunto que, exceptuando el Capitolio, orgullo eterno de la venerable Roma, nada hay en el mundo que se le pueda comparar. Encontrábase allí en otro tiempo riquísima biblioteca, formada, según documentos antiguos, por setecientos mil volúmenes, que la liberal solicitud de los Ptolomeos había reunido. Pero en la guerra de Alejandría, en el momento del saqueo de la ciudad por el dictador César, quedó reducida a cenizas.

A doce millas de Alejandría se encuentra Cenopa, cuyo nombre, según antigua tradición, es el del piloto de Menelao, enterrado en aquel paraje. Abundan en esta ciudad buenas posadas; y el aire es tan puro y templado, que el extranjero, no oyendo más que el dulce murmullo del céfiro, se cree trasladado a otro mundo diferente del de los hombres.

Alejandría, a diferencia de otras ciudades, no ha progresado, sino que de un solo golpe llegó al apogeo de su desarrollo. Pero desde su origen la desgarraron disensiones intestinas, que, después de muchos años, bajo el reinado de Aureliano, tomaron el carácter de guerra civil y de exterminio. Este príncipe derribó sus murallas, y la ciudad perdió la parte más importante de su territorio, llamado Bruchión, cuna de muchos varones insignes, como el célebre gramático Aristarco; Herodiano, tan ingenioso en sus investigaciones sobre las bellas artes; Ammonio Saccas, que fue maestro de Plotino, y otros muchos que fueron ilustres en las letras, entre los que debemos mencionar a Didimo Calcentero, autor de muchos libros muy eruditos, pero a quien las personas delicadas censuran haber desempeñado con Cicerón, en seis libros de crítica, muchas veces desatentada, el papel de un gozquecillo ladrando desde lejos a un león. A estos nombres podían añadirse otros muchos. Lejos de haberse extinguido en Alejandría el gusto científico, florece todavía en considerable número de profesores distinguidos. La Geometría continúa allí haciendo útiles descubrimientos; la música tiene aficionados, e intérpretes la armonía. Todavía se encuentran astrónomos, aunque son bastante más raros. Cultívase generalmente la ciencia de los números, así como también el arte de adivinar lo porvenir.

En cuanto a la medicina, cuyos socorros hace frecuentemente indispensables nuestra intemperancia, ha realizado notoriamente tales adelantos, que basta a un médico decir que ha estudiado en Alejandría para que no se le pida otra prueba de su saber. Pero ya hemos hablado demasiado de esto. Quien quiera profundizar en la ardua noción de la esencia divina, investigar la causa de nuestras sensaciones, reconocerá que los fundamentos de estas elevadas teorías fueron importados de Egipto. Los egipcios fueron los primeros hombres que remontaron al manantial de toda idea religiosa, cuyos misteriosos orígenes conservan en sus libros sagrados. Entre ellos imaginó Pitágoras su doctrina y los elementos de aquella institución fundada en la autoridad de una comunicación divina, lo que confirmaba con la exhibición de su fémur de oro en Olimpia, y después con sus conversaciones con el águila. De allí trajo Anaxágoras aquella facultad de intuición que le hizo prever que lloverían piedras y predecir un terremoto con sólo tocar el barro del fondo de un pozo. A la sabiduría de los sacerdotes de Egipto deben hacerse remontar también las admirables leyes de Solón, y, por consiguiente, mucha parte de los rudimentos de la jurisprudencia romana. También había visitado el Egipto Platón, y allí adquirió aquella inmensa sabiduría que le iguala al mismo Júpiter.

Generalmente los egipcios tienen la tez obscura y hasta curtida. Su semblante es sombrío y su cuerpo delgado y seco. Por cualquier cosa se inflaman, y son litigantes y porfiados. El egipcio que ha pagado el impuesto, se avergonzaría si no mostrase las señales del látigo empleado contra él como medio de obligarle. La tortura ha sido siempre impotente para arrancar su nombre a un ladrón de este país.

Sabido es, y nuestros anales lo acreditan, que en otro tiempo el Egipto era un reino cuyos soberanos tenían alianza con nosotros; y que Octaviano Augusto tomó posesión de él a nombre de provincia romana, después de haber vencido a Antonio y Cleopatra en el combate naval de Accio. La Libia árida la recibimos por testamento de su rey Apión; y Cirena, así como las demás ciudades de la Pentápolis, son donativo del último Ptolomeo. Pero ya es tiempo de terminar esta digresión, excesivamente larga, y de volver a nuestro asunto.

 

 

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