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HISTORIA DEL IMPERIO ROMANO

 

AMIANO MARCELINO

LIBRO 18

LIBRO 19

LIBRO 20

 

LIBRO 19

Intima Sapor la rendición a los habitantes de Amida, recibiéndole éstos con flechas y dardos de balista.—Renueva la intimación el rey Grumbates y cae muerto a su lado su hijo.—Sitio de Amida; doble asalto de los Persas.—Propone Ursicino un ataque nocturno a los sitiadores y se opone Sabiniano.—Declárase la peste en Amida, desapareciendo a los diez días merced a ligera lluvia.—Causas y variedades de este azote.—Nuevo asalto a la ciudad combinado con una sorpresa en el interior, por medio de un paso secreto entregado por un desertor.—Una salida de las fuerzas galas hace mucho daño a los Persas.—Construyen torres y otras obras de sitio que incendian los Romanos.—Los Persas se apoderan de la ciudad por medio de terrazas que consiguen apoyar en las murallas.—Ammiano escapa a favor de la noche y consigue llegar a Antioquía.—Los jefes romanos que mandaban en Amida son condenados a muerte o aprisionados.—Craugaso, ninivita, pasa a los Persas, arrastrado por el deseo de ver a su esposa.—El temor de escasez ocasiona sediciones en Roma.—Los Sármatas limigantos, so pretexto de pedir la paz, atacan al Emperador, siendo rechazados con grandes pérdidas.—Numerosas acusaciones y condenaciones por el delito de lesa majestad.—Latrocinios de los isauros reprimidos por el conde Lauricio.

 

Enorgullecido el rey Sapor por la captura y esperando nuevos triunfos, marchó reposadamente hacia Amida, a donde llegó el tercer día. Al amanecer el siguiente, cuanto abarcaba la vista brillaba con el resplandor de sus armas, llenando valles y colinas innumerable caballería cubierta de hierro. Delante de los caballos veíase al rey, que se destacaba por su elevada estatura y por el gorro de oro sembrado de pedrería con que se cubría en vez de diadema y que figuraba una cabeza de carnero; y además por la comitiva de príncipes de diferentes naciones, señal de su poder soberano. Persuadida estaba la guarnición de que, siguiendo el consejo de Antonino, no haría más que pasar por delante de la ciudad, limitándose a hacer una intimación. Pero el Numen celestial, queriendo sin duda circunscribir en un punto el azote que amenazaba al Imperio, inspiraba al monarca ilimitada confianza, creyendo que, solamente con su presencia, aterrados los sitiados, acudirían a pedirle de rodillas la vida. Por esta razón se le vio con su regia comitiva caracolear delante de las puertas de la ciudad y hasta acercarse lo bastante para que se pudiesen distinguir fácilmente sus facciones. Su brillante ropaje le hizo blanco en seguida de una nube de dardos y flechas, estando a punto de caer bajo un dardo de muralla; pero escapó con un rasgón en las ropas, gracias a una nube de polvo que no permitía apuntar, conservando la vida para destrucción de otras muchas.

No le hubiese parecido más sacrílega la violación de un templo: aquello era un atentado al soberano de tantos pueblos y reyes; y en el acto mismo habría intentado supremos esfuerzos contra la ciudad culpable, a no haber intervenido los jefes para reconvenirle dulcemente por aquel arrebato que comprometía el éxito de una grande empresa. Consiguieron calmarlo, pero decidió hacer una intimación a la ciudad a la mañana siguiente.

Encargóse de esta misión Grumbates, rey de los chionitas; y, en cuanto amaneció, avanzó resueltamente hacia las murallas este príncipe, acompañado por excelente escolta. Pero en cuanto estuvo a tiro, un dardo lanzado por experta mano hirió en un costado a su hijo, joven que sobresalía entre todos los de su edad en estatura y elegancia, atravesándole la coraza y el pecho de parte a parte. Al verle caer, todos se dispersaron; pero en seguida, obedeciendo al deber, volvieron junto al cadáver, para impedir que lo arrebatasen. Sus gritos de venganza llamaron entonces a las armas a aquella multitud de naciones, cambiándose furiosa nube de dardos, cayendo multitud de soldados de una y otra parte, y la matanza se prolongó hasta entrada la noche, cuya obscuridad apenas ocultó la retirada del cadáver, entre montones de muertos y arroyos de sangre. Tal fue en otro tiempo bajo las murallas de Troya aquella sangrienta lucha en que se disputaron dos ejércitos el exánime compañero del héroe de Tesalia. Toda la corte persa y todos los jefes confederados lloraron con el padre a aquel noble joven tan universalmente querido como digno de serlo; ordenándose una suspensión de  hostilidades para celebrar sus exequias según el rito de su nación. Revestido el cadáver con su armadura fue expuesto en un estrado espacioso y alto, rodeado de diez lechos funerarios, en cada uno de los cuales estaba depositada la efigie, cuidadosamente imitada, de un cadáver sepultado. Los hombres, agrupados por tiendas y manípulos, pasaron los siete días siguientes en festines alternados con danzas e himnos fúnebres en honor del joven héroe. Las mujeres, por su parte, prorrumpían en sollozos y gemidos, y se golpeaban el pecho exclamando que habían tronchado en flor la esperanza de la patria; imitando en las demostraciones de su dolor a las sacerdotisas de Venus cuando celebran las fiestas de Adonis, símbolo místico de la reproducción de los bienes de la tierra.

Cuando las llamas consumieron el cadáver, recogieron las cenizas en una urna de plata, que, por decisión del padre, se depositaría al regreso en el suelo natal. Celebróse en seguida consejo y se acordó ofrecer el incendio de la ciudad y su total destrucción en expiación a los manes del joven; negándose Grumbates a escuchar toda proposición de ponerse en marcha antes de haber vengado a su hijo único. Dedicáronse al descanso dos días; sin embargo, grupos numerosos salieron a talar los campos inmediatos, cuyo rico cultivo ofrecía por todas partes la floreciente imagen de la paz. Al amanecer el día tercero formóse alrededor de la ciudad un cinturón de cinco filas de escudos. Innumerable caballería llenó el espacio en cuanto alcanzaba la vista, acudiendo cada cuerpo, marchando despacio, a ocupar el puesto que le había designado la suerte. El ejército persa formó círculo completo alrededor de la ciudad, habiendo tocado a los chionistas la parte de Levante, punto en que, por casualidad que nos fue fatal, había muerto su joven príncipe. Los vertes se formaron por el lado del Mediodía y los albaneses al Norte: a Poniente se presentaban en batalla los segestanos, que eran los más temibles de aquellos guerreros; y en medio de ellos avanzaban lentamente los elefantes, que, como ya hemos dicho, son a propósito para inspirar terror, pareciendo movibles fortalezas aquellos monstruos de rugosa piel, cargados de hombres armados.

Al ver aquel levantamiento en masa de pueblos conjurados para la destrucción del mundo romano, y que detenía un momento su marcha para aplastarnos al paso, se extinguió en nosotros toda esperanza de salvación, no pensando cada cual sino en conseguir gloriosa muerte y en adelantar el momento todo lo posible. Desde el amanecer hasta la postura del sol permanecieron inmóviles las líneas enemigas, como clavadas en el suelo y guardando profundo silencio, sin que se oyera siquiera el relincho de un caballo. El regreso se verificó en el mismo orden que observaron al ocupar las posiciones, para tomar alimento y dormir un poco. Pero en cuanto amaneció, al sonido de trompas que parecían anunciar la última hora de la ciudad, comenzó de nuevo el terrible cerco. A la conocida señal de un dardo ensangrentado, lanzado al aire por Grumbates, que representaba en esta ocasión el papel de facial, según costumbre de su país y del nuestro, terrible ruido de armas estalló de pronto, y el ejército persa, todo entero, se lanzó como un torbellino contra las murallas, desencadenándose entonces con horrible violencia la tormenta guerrera, rivalizando en velocidad aquella espantosa masa de caballería, disputándose todos el primer puesto en la lucha; y los sitiados, por otra parte, oponiendo a todos sus esfuerzos obstinación tan ardiente como inflexible.

Muchas cabezas enemigas quedaron destrozadas a los golpes de las piedras que lanzaban nuestros escorpiones; muchos cadáveres quedaron en el suelo, atravesados por nuestras flechas y nuestros dardos. Multitud de heridos se replegaron rápidamente sobre aquellos que avanzaban para contenerles; pero las pérdidas por el lado de la ciudad también eran grandes y dolorosas, estando el cielo verdaderamente obscurecido por las flechas de los Persas. El juego de las máquinas de guerra que habían cogido en el saqueo de Singara, fue fatal a muchos de los nuestros. Solamente se dejaba por un momento la muralla por turno y para volver en cuanto se recobraban fuerzas. Aquí el herido que volvía al combate caía para no levantarse más, y, al caer, arrastraba consigo al compañero. Otro, vivo todavía, pero cubierto de flechas, buscaba por todas partes mano que se las arrancase de las heridas; siendo tan grande la sed de sangre por una y otra parte, que la matanza duraba a la caída de la tarde, calmando apenas al obscurecer. Unos y otros pasamos la noche con las armas en la mano. Los ecos de las colinas repetían los gritos de los dos ejércitos; ensalzaban los nuestros las virtudes de Constancio, saludándole como señor del mundo y dominador supremo; y los Persas dando a  Sapor los títulos de Saasan y Pirosen, palabras que equivalen en su lengua a las de rey de reyes y triunfador.

Antes de amanecer sonaron las trompas y, animados por igual furor, las innumerables huestes avanzaron como aves de paso. Por todos lados a la vez no se veía a lo lejos otra cosa que el brillo de las armaduras de los bárbaros. De pronto lanzaron fuertes gritos y corrieron confusamente hacia la ciudad; pero les recibió una nube de dardos lanzados desde las murallas, y, probablemente ninguno se perdió en medio de aquellas masas profundas y compactas. Por nuestra parte, rodeados, estrechados por aquella multitud de enemigos, lo repito, menos pensábamos en conservar la vida que en morir como valientes. Así se peleó hasta el obscurecer, sin que se inclinase a ningún lado la victoria y con más encarnizamiento que orden y prudencia; porque los gritos confundidos de los que mataban y morían comunicaban a todos esa febril exaltación que hace no se piense en preservarse. Al fin llegó la noche a poner tregua en la matanza, tregua que prolongó el cansancio de los dos bandos. Pero este intervalo, que debió dedicarse al descanso, se empleó en trabajo continuo, cuyo exceso, unido al insomnio, consumió las fuerzas que nos quedaban. También se debilitaba el valor al ver las sangrientas heridas y pálido rostro de los moribundos, a quienes, por falta de terreno, había de negárseles hasta la sepultura. En efecto; además de la presencia de siete legiones, llamadas con algunas otras fuerzas a la defensa de la ciudad, había afluido a ella del exterior confusa multitud de toda edad y sexo, encontrándose lo menos veinte mil hombres en su estrecho recinto. Cada cual, por lo tanto, cuidaba como podía sus propias heridas y con los recursos que encontraba. Más de un agonizante exhalaba el último suspiro al perder toda su sangre en el punto mismo donde le derribó el golpe. Otro, viviendo todavía, aunque traspasado de parte a parte, veía a los peritos negarle su asistencia, para ahorrarle inútiles sufrimientos; y aquél, soportando la extracción de las flechas que le habían herido, sufría mil muertes por una curación dudosa.

Mientras sostenía Amida aquella terrible lucha, desesperaba a Ursicino su posición subalterna; y Sabiniano, cuya autoridad era entonces superior a la suya, no se movía de entre las tumbas. No cesaba Ursicino de exhortarle a que reuniese todos los vélites e interviniese con marcha rápida siguiendo la falda de las montañas; pudiéndose esperar con tropas tan ligeras, apoderarse de las guardias avanzadas del enemigo, y romper por algún punto, en un ataque nocturno las líneas que formaban alrededor de las murallas, y si no, multiplicar las sorpresas para separar de los trabajos de sitio los esfuerzos de los sitiadores. Sabiniano calificó este proyecto de desobediencia y presentó una carta del Emperador en la que mandaba terminantemente que no se hiciese más que lo posible sin mover las tropas. Pero se guardó mucho de enterar a Ursicino de la recomendación expresa que había recibido de la corte de evitar, aunque padeciese el Estado, toda ocasión en que su enérgico predecesor pudiese adquirir gloria: y se iba a llegar hasta a sacrificar una provincia para quitar a aquel gran general el honor, aun compartido, de una acción brillante. Paralizado por estas maquinaciones, Ursicino, a quien preocupaba mucho nuestra situación, estaba reducido a comunicar con nosotros por medio de mensajeros, cosa que frecuentemente era muy difícil, atendido el rigor del bloqueo en que el enemigo tenía a la plaza, y a formar plan sobre plan, sin poder ejecutar ninguno; semejante a un león terrible que, privado de uñas y dientes, ve a sus cachorros en las redes y no se atreve a lanzarse a socorrerles.

Pero en la ciudad, cuyas calles estaban sembradas de cadáveres, cuando faltaron brazos para enterrarlos sobrevino la peste, aumentando las calamidades que ya existían, efecto inevitable de tantas emanaciones pútridas combinadas con el calor de la estación y el estado enfermizo de la población aglomerada. Diré algo acerca de las causas de este azote y de sus variedades. En opinión de los filósofos y de los médicos más hábiles, debe atribuirse la peste al exceso de frío o de calor, de sequía o de humedad. En los países húmedos y pantanosos, el mal se manifiesta por accesos de tos y padecimientos de los ojos; en los climas cálidos, por fiebre lenta y síntomas de inflamación. Pero tanto como el fuego supera en actividad a los demás elementos, así la sequía sobrepuja a todo principio deletéreo, como lo demuestra aquella mortandad espantosa que experimentó el ejército griego por efecto de los rayos de Apolo, es decir, por la acción de un sol ardiente durante aquella  lucha terrible que sostuvo durante diez años, para que un regio raptor no gozase en paz del precio de un adulterio; testigo el relato que hace Tucídides del desastre de los Atenienses, diezmados, al principio de la guerra del Peloponeso por este azote destructor que, naciendo bajo el cielo abrasador de la Etiopía, y acercándose poco a poco, concluyó por invadir el Ática. Atribuyen algunos esta funesta influencia a la corrupción del aire o del agua, viciada por los miasmas de la putrefacción animal o por otra causa análoga: estando por lo menos averiguado que una sencilla variación atmosférica basta para molestar, cuando es repentina. Ven otros la causa inmediata de la muerte en la supresión del sudor, que el aire, condensado por ciertas emanaciones terrestres, detiene al salir de los poros. Así es que, según Homero, y como la experiencia acredita, cuando se declara la peste alcanza a los animales lo mismo que al hombre, y como su conformación les acerca más al suelo, sucumben más pronto.

Desígnase la primera especie de peste con el nombre de pandemia, y casi constantemente se encuentra en los países donde domina la sequía, manifestándose por un ardor interno que no deja descanso a los enfermos. La segunda, conocida con el de epidemia, tiene apariciones periódicas; turba la vista y altera los humores. La tercera, llamada lemodes, reina accidentalmente, pero hiere y mata como el rayo. La peste de Amida pertenecía a esta temible especie; sin embargo, solamente arrebató corto número de personas, a quienes el excesivo calor y dificultades de la aglomeración predisponían al ataque. Al fin, en la noche siguiente al décimo día sobrevino ligera lluvia, que purificó el aire de toda influencia morbosa y nos devolvió la salud.

Entretanto nuestro vigilante enemigo construía manteletes, rodeaba las murallas de terrazas, elevaba torres cubiertas de hierro por delante y armada cada una con una balista destinada a barrer los parapetos; y todo esto mientras sus honderos y arqueros nos abrumaban sin interrupción con una nube de piedras y flechas. Como ya he dicho, en la guarnición había dos legiones recientemente sacadas de la Galia, y que habían peleado por Magnencio. Formábanlas hombres atrevidos y dispuestos, excelentes para campo abierto, pero que nada entendían de la defensa de una plaza, y hasta más a propósito para estorbar las operaciones que para secundarlas. Incapaces de manejar una maquina, de contribuir a la ejecución de ningún trabajo, no sabían otra cosa que exponerse temerariamente en. salidas intempestivas, de las que regresaban siempre numéricamente debilitados después de pelear valerosamente, pero sin contribuir más a la defensa que aquel que, para extinguir un incendio, llevase, como dice el proverbio, el agua en el hueco de las manos. Sordos a los ruegos de los tribunos, al fin se les negó la apertura de las puertas, y rugían como fieras por su forzosa inacción. Sin embargo, no pasaron muchos días sin que mostrasen brillantemente, como más adelante se verá, de lo que aquellos soldados eran capaces.

En un punto de la parte meridional de las fortificaciones que domina el Tigris, se alzaba sobre una roca cortada a pico una torre colosal, desde cuya parte superior no se podía mirar sin experimentar vértigos al abismo que se abría al pie. En el piso inferior de esta torre desembocaba un paso secreto abierto en la misma base del peñasco, por el que se subía merced a escalones hábilmente labrados, hasta el nivel de la ciudad. Este camino subterráneo lo habían abierto para poder sacar ocultamente agua del río. Según creo, existen pasos como éste en todas las fortalezas próximas a alguna corriente. Como lo escarpado de esta parte de la ciudad hacía menos activa la vigilancia, setenta arqueros de la guardia del rey de Persia, elegidos entre los más resueltos y seguros de su destreza, penetraron a media noche en aquella obscura galería, guiados por un vecino de la ciudad que había pasado al enemigo. Favorecido este grupo por la lejanía de las guardias, que no podían oírles, se deslizaron uno a uno en la torre, subiendo hasta la plataforma del tercer piso, y allí permanecieron ocultos hasta el amanecer, a cuya hora enarbolaron una túnica roja, que era la señal del asalto. En seguida, al ver su ejército que se desplegaba en derredor de la ciudad, vacían a los pies sus carcajes, lanzan fuertes gritos para animar a sus compañeros y comienzan a lanzar las saetas aquí y allá con admirable precisión. Acto continuo se pone en movimiento el ejército de los persas, y sus compactas masas se lanzan sobre la ciudad con mayor furia que antes. Se vacila, no se sabe al punto donde acudir, si al enemigo que lanza la muerte sobre nuestras cabezas, o a aquella  inmensa multitud dispuesta ya a escalar nuestras murallas. Al fin se divide la defensa; elígense cinco balistas de las más transportables; colócanlas contra la torre y las saetas parten con tal fuerza, que a veces traspasan dos arqueros a la vez. Pronto quedó limpio el puesto; unos caen heridos mortalmente, los otros se precipitan espantados ante el solo silbido de las máquinas, y se rompen los miembros en la caída. Terminada esta ejecución, tranquilos los sitiados por esta parte, se apresuran a colocar de nuevo en su puesto las balistas, y todos los esfuerzos se dirigen a la defensa de las murallas. La indignación contra el traidor redoblaba la energía de los soldados, no habiendo ninguno que no corriese animosamente a las murallas y con pie más firme que en campo raso. Sus brazos imprimían hasta a los dardos más pesados fuerza y rapidez tan extraordinarias, que los vertes que atacaban por el lado de mediodía, no pudieron resistir y tuvieron que retirarse a su campamento, con sensibles pérdidas que lamentar.

Parecía que la fortuna nos favorecía. La jornada había sido fatal para el enemigo, y casi sin pérdidas para nosotros. Empleamos la noche en descansar de nuestras fatigas, y al amanecer vimos desde las murallas confusa multitud que se dirigía al campamento enemigo: era la población entera de Ziata, cautivada después de la sorpresa de aquella plaza. La fuerza y la magnitud de su recinto, que tenía diez estadios de circuito, habían hecho que generalmente la eligieran por punto de refugio. Otras muchas ciudades habían sido sorprendidas también y entregadas a las llamas, haciendo los persas millares de esclavos. Entre la multitud de cautivos encontrábanse ancianos enfermos y mujeres de avanzadísima edad, y cuando faltaban las fuerzas a algunos de estos desgraciados, extenuados por la duración de la marcha, cortábanles los tendones o los jarretes y los dejaban en el sitio.

Conmovidos los soldados galos por aquel doloroso espectáculo, quisieron hacer una salida, amenazando a sus tribunos y a sus primipilarios con la muerte si persistían en retenerlos. El enardecimiento era general, pero el momento estaba mal elegido. Como fieras encerradas en jaulas, enfurecidas por el olor que exhala la carne sangrienta y cuya rabia se estrella impotente contra las rejas, golpeaban con las espadas las puertas, cuya clausura se había dispuesto, como antes dije. Tormento grande era para su orgullo pensar que, al sucumbir la ciudad, perecerían bajo sus ruinas, sin dejar el recuerdo de algún brillante hecho de armas; o bien que podría el enemigo levantar el sitio antes que ellos hubiesen hecho nada para sostener la fama del valor galo. Sin embargo, en sus frecuentes salidas, habían contribuido mucho a la destrucción de las obras del enemigo, habían dado muerte a considerable número de trabajadores, y, prodigando su sangre, dado al menos pruebas de su valor.

Siendo impotentes nuestros consejos, y siendo imposible contenerles por más tiempo, necesario fue consentir, con la condición de un aplazamiento, que aceptaron murmurando, para que cayesen sobre los puestos avanzados de los Persas, que solamente distaban de la plaza un tiro de flecha; y hasta se les autorizó para pasar más adelante si conseguían vencer aquel primer obstáculo; porque en este caso cabía creer que podrían hacer extraordinaria matanza. Entretanto la guarnición se defendía vigorosamente desde las murallas, trabajando o peleando de día, vigilando de noche y colocando en los parapetos máquinas para lanzar saetas o piedras. Al mismo tiempo los Persas hicieron que sus peones levantasen dos terrazas muy altas, procediendo con mucha lentitud a esta operación, que les aseguraba la captura de la ciudad. Por nuestra parte, con grandísimos esfuerzos de brazos, levantábamos andamios sobre las murallas, elevándolos al nivel de las terrazas, procurando darles la firmeza necesaria para resistir la enorme carga que habían de soportar.

Imposible contener por más tiempo la impaciencia de los galos, y aprovechando una noche obscura y sin luna, salieron armados con hachas y espadas, después de invocar el socorro del cielo para su empresa. Al principio caminaron con cautela y conteniendo la respiración; pero al acercarse al enemigo, se estrechó el grupo y aceleraron la marcha. Sorprendieron algunos centinelas y una guardia avanzada que exterminaron estando dormidos los soldados, que no podían esperar aquel atrevido ataque. Iba a penetrar la columna hasta el cuartel real, si la suerte continuaba favoreciéndola, pero al rumor de los pasos, por ligero que fuese, a los lamentos de los heridos,  despierta el campamento y por todas partes se grita «¡A las armas!» Detiénense los nuestros sin atreverse a avanzar un paso, porque hubiese sido locura aventurarse más lejos, estando descubierta la marcha, y todo el ejército persa acudió a tomar parte en la pelea. Los galos, tan bravos de corazón como robustos de cuerpo, no dejaron de resistir, derribando con las espadas a cuantos se ponían a su alcance. Pero ya habían caído muchos de ellos y los demás estaban a punto de sucumbir bajo la nube de flechas que les lanzaban por todas partes; porque los esfuerzos de toda la multitud se reconcentraba en aquel puñado de hombres y a cada momento aumentaba el número de sus adversarios; por lo que comenzaron a retirarse sin que ni uno sólo volviese el rostro, sino haciéndolo paso a paso y marcándolos como en la marcha. De esta manera repasaron el foso del campamento, resistiendo ataque sobre ataque y ensordecidos por el espantoso sonido de las trompas.

En el acto resonaron también por el lado de la ciudad y se abrieron las puertas para recoger a los nuestros si tenían la fortuna de llegar hasta ellas. Al mismo tiempo se hacían jugar sin carga las máquinas para ahuyentar con el ruido a los soldados del cerco, que ignoraban todavía la suerte de sus compañeros; desembarazar las puertas y dejar a nuestros valientes el paso libre hasta las murallas. La estratagema tuvo buen éxito; los galos pudieron entrar al amanecer, heridos gravemente unos, y otros sin haber recibido más que ligeros golpes. Pero aquella noche les había costado cuatrocientos de los suyos, porque no habían tenido que habérselas con un Rheso, durmiendo con algunos tracios bajo los muros de Troya, sino con el mismo rey de Persia, a quien hubieran degollado dentro de su tienda en medio de sus cien mil hombres, a no haberse declarado contra ellos el destino. Después de la pérdida de Amida, el Emperador, en memoria de aquel brillante hecho de armas, hizo alzar en la plaza principal de Edessa las estatuas armadas de los jefes que mandaron el destacamento; estatuas que todavía existen perfectamente conservadas.

La luz del día reveló a los Persas la extensión de su desgracia, viendo entre los cadáveres, los de varones distinguidos y hasta sátrapas; oyéndose entonces muchos lamentos, que variaban según la importancia de las pérdidas. Los reyes estaban indignados y su enojo recaía sobre la pretendida negligencia de los puestos avanzados, que habían dejado pasar a los romanos. Concertóse por ambas partes una tregua de tres días, que nos proporcionó algún tiempo de descanso.

Al asombro que produjo aquel golpe a los Persas, sucedió violentísima exasperación; pero habiendo fracasado toda tentativa a viva fuerza, solamente pensaban en apresurar con actividad los trabajos; habiendo llegado al colmo el ardor, y estando decididos a morir gloriosamente bajo los muros de la ciudad, o a ofrecer en expiación su ruina a los manes de los que habían perecido.

Con extraordinaria rapidez terminó todo lo material, y una mañana vimos al amanecer que avanzaban hacia nuestras murallas torres revestidas con planchas de hierro. Sus plataformas estaban guarnecidas de balistas, cuyos dardos, cayendo sobre los parapetos, ahuyentaban a los sitiados. La luz nos descubrió numerosas huestes, formando un cinturón de hierro en derredor de la ciudad, y que marchaban, no desordenadamente, como en los ataques anteriores, sino en filas apretadas y sin que un solo hombre saliese de ellas, bajo la protección de sus máquinas y cubiertos con zarzos de mimbre. Pero cuando se encontraron al alcance de nuestras balistas, en vano presentaban los escudos los peones persas; ni una saeta se perdía. Entonces aflojaron las filas; hasta los catafractos vacilaron y tuvieron que replegarse, cosa que aumentó por modo extraordinario el valor de los nuestros. En cambio, en todos los puntos expuestos a los dardos de sus torres, los sitiadores conservaban ventaja merced a su posición dominante, y nos ocasionaban mucho daño. La noche puso término al combate, empleando nosotros la mayor parte de ella en buscar medio para neutralizar, si era posible, los terribles efectos de aquellos aparatos de destrucción.

Después de deliberar maduramente, decidirnos adoptar un medio cuyo éxito dependía de nuestra rapidez: el de colocar cuatro escorpiones en oposición a las balistas. Es sumamente difícil la traslación de estos aparatos, y sobre todo su colocación; y mientras se procuraba hacerlo con las precauciones necesarias, apareció el día más amenazador que nunca, desarrollándose ante nuestros ojos las temibles falanges de los Persas, formadas ya en batalla y reforzadas con los grupos de  elefantes, cuyas colosales proporciones y extraños gritos tan a propósito son para poner terror hasta en los corazones más intrépidos. Todo aquel formidable aparato de elefantes armados, falanges y máquinas, nos estrechaba por todas partes, cuando enormes pedazos de piedra, lanzados sucesivamente por las férreas hondas de nuestros escorpiones, empezaron a dislocar los compartimientos, a destrozar las uniones de las torres y a precipitar desde lo alto las balistas con los hombres que las servían, quedando unos aplastados en el mismo sitio por la caída de las máquinas, y otros por los trozos de las torres, que se derrumbaban sobre ellos. Rodeados los elefantes por los fuegos que lanzaban desde las murallas por todas partes, y que ya les alcanzaban, retrocedieron a pesar de los esfuerzos de los conductores. Pero ni el incendio de las obras calmaba el combate; porque, en contra de lo que hasta entonces se había visto, el rey, a quien la costumbre dispensa de asistir personalmente a las batallas, impresionado por aquella serie de catástrofes, se lanzó como simple soldado a lo más recio de la pelea. Pero como los numerosos grupos que le escoltaban le ponían en demasiada evidencia, pronto fue blanco de multitud de dardos, que hicieron muchas víctimas en derredor suyo, obligándole a cambiar de puesto a cada instante: pero no le inmutó el número de muertos, ni la vista de la sangre y las heridas, necesitándose que acabase el día para que concediese a su ejército algún descanso.

La noche puso término al combate y pudimos dedicar algunos momentos al sueño. Pero en cuanto Sapor vio despuntar el día y con él la esperanza de apoderarse de su presa, excitado por la ira y el dolor, y desatendiendo al peligro propio, lanzó de nuevo los suyos al combate. Ya he dicho que habíamos incendiado sus obras: y ahora intentaron el ataque por medio de terrazas que había hecho levantar contra nuestras murallas, sosteniéndolo por nuestra parte con igual vigor desde los andamios, que habíamos procurado elevar a su nivel.

La pelea fue larga y mortífera, arrostrándose por ambas partes la muerte antes que ceder un paso. En una palabra: a tal punto habían llegado las cosas, que solamente una circunstancia fortuita podía decidir la suerte de uno u otro bando, cuando nuestro andamio, muy quebrantado ya, se derrumbó de pronto como por un terremoto, llenando con sus restos el espacio que mediaba entre las murallas y la terraza, tan perfectamente como si las hubiese unido un puente o una calzada. Esta desgracia abrió libre paso al enemigo e inutilizó a considerable número de los nuestros, aplastados o mutilados por la caída de los maderos. Sin embargo, acudióse por todas partes para reparar aquel imprevisto accidente, y con tal precipitación, que se estorbaban unos a otros, cosa que aumentó la audacia de los sitiadores. Acto continuo, por orden del rey, toda el ejército persa se lanzó sobre aquel punto, trabándose furiosa pelea, batiéndose cuerpo a cuerpo, corriendo la sangre por ambos lados, cayendo los hombres, llenándose el foso de cadáveres y ensanchándose el paso. Una oleada de enemigos desborda ya en la ciudad, perdiéndose la esperanza de huir o defenderse. Combatientes o no, todos son degollados sin reparar en sexo ni edad y como si fuesen viles rebaños.

Al cerrar la noche, muchos de los nuestros resistían aún, haciendo desesperados esfuerzos. Por mi parte, aprovecho la obscuridad para ocultarme con dos compañeros en punto apartado de la ciudad, y desde allí ganar una puerta que nadie pensaba en guardar. Rodeábanos la obscuridad; pero afortunadamente conocía yo los caminos y mis compañeros estaban ejercitados en la carrera. En poco tiempo nos alejamos diez millas; y después de tomar aliento, volvimos a marchar sin detenernos. Pero yo me encontraba mal preparado, por efecto de mis costumbres aristocráticas, para fatigas tan grandes, y ya me sentía desfallecer, cuando sobrevino un accidente bastante trágico en sí mismo, pero que en el estado en que me encontraba fue para mí verdadero favor del cielo. Un criado del ejército enemigo montaba en pelo un caballo muy vivo, sin freno y solamente con una correa que llevaba, según costumbre, fuertemente atada a la muñeca izquierda para que no se le escapase. Lanzado al suelo y no pudiendo deshacer el nudo, pronto quedó destrozado por el caballo, que al fin se paró, detenido por el peso del cadáver, después de haberlo arrastrado por mucho tiempo de aquí para allá. Apresuréme a aprovechar aquella montura que la casualidad me deparaba tan oportunamente, y con bastante trabajo y continuando con la misma compañía, llegué a un punto donde brotaban manantiales calientes y sulfurosos. El calor era extraordinario; nos devoraba  ardiente sed y vagábamos penosamente buscando agua potable. Al fin encontramos un pozo, pero sin cuerda, y tan profundo, que no se podía bajar a él. Inspirónos la necesidad, y rasgando todo el lienzo de nuestras ropas formamos largo cordón, a cuyo extremo atamos la cubierta que uno de nosotros llevaba sobre el casco. De este modo llegamos al agua, sacando como con una esponja para poder saciarnos todos. En seguida nos dirigimos apresuradamente hacia un punto del Eufrates, donde desde muy antiguo había una barca para el paso de hombres y ganados. De pronto vemos a lo lejos un cuerpo de caballería romana con sus enseñas, huyendo desordenadamente ante multitud de persas que parecían haber brotado no sé de dónde a su espalda. Aquel encuentro me suministró el comentario de la tradición de los terrígenas. De la instantaneidad de su aparición, debida sin duda a singular velocidad, habrá nacido la creencia de su origen maravilloso. Repentinamente se veían en diferentes puntos y todos desconocidos; y esto fue bastante, en aquella antigüedad tan aficionada a fábulas, para merecer el nombre de Spartos, como si efectivamente hubiesen brotado de la tierra. En el acto comprendimos que no teníamos más salvación que la fuga, y, deslizándonos entre los matorrales, procuramos llegar a los montes. Desde allí llegamos a Militina, en la Armenia Menor, encontrando a nuestro general en el momento en que iba a partir, regresando con él a Antioquía.

El otoño tocaba ya a su fin, y como el temible signo de Aries impedía a Sapor y a los persas penetrar más dentro en nuestras tierras, pensaban ya en regresar a las suyas con el botín y los cautivos cogidos en Amida. Para coronar dignamente las escenas de matanza y de pillaje de que aquella desgraciada ciudad había sido teatro, hicieron perecer ahorcados al conde Eliano y a los tribunos que tan valerosamente habían defendido las murallas y causado tan considerables pérdidas a los enemigos; Jacobo y Cesio, tesoreros del general de la caballería, y otros muchos protectores fueron arrastrados con las manos atadas a la espalda; y después de muchas pesquisas para descubrirlos, todos los individuos nacidos al otro lado del Tigris fueron confundidos en matanza general.

A la esposa de Craugasio la respetaron y trataron como a persona de elevada condición; pero, no obstante, aquellas muestras de consideración y de otras mayores que la hacían entrever, no dejaba de deplorar la necesidad de ir a vivir separada de su esposo como en otro mundo. Al reflexionar en su situación, lo temía todo para lo porvenir, compartiendo su corazón el dolor de la ausencia y el miedo a pasar a los brazos de otro. Por esto encargó secretamente a un criado fiel, en quien tenía completa confianza, que marchase a Nisiba para enterar a su esposo de la situación en que se encontraba, y que le instase en su nombre para que acudiese a reunirse con ella, donde a los dos les esperaba tranquila vida. Aquel hombre conocía todos los caminos de la Mesopotamia; debía atravesar el monte Izalo y pasar entre las dos fortalezas de Marida y Lorna. Partió el mensajero con las instrucciones, y a poco llegó a Nisiba, siguiendo senderos extraviados y caminos de travesía. Allí se fingió ignorante de la suerte de su ama, cuya muerte, decía, era muy probable. Habíasele presentado ocasión de evadirse, y la había aprovechado. Considerándolo sin importancia, comunicó sin dificultad con Craugasio, y recibió de éste la seguridad de que nada deseaba tanto como reunirse con su esposa, en cuanto pudiera hacerlo sin peligro. El esclavo regresó entonces furtivamente para llevar a su señora la deseada respuesta; y en cuanto la conoció ésta, suplicó al rey tomase, antes de abandonar el territorio romano, las disposiciones necesarias para asegurar, si era posible, la evasión de su esposo.

Aquel hombre que había aparecido inopinadamente y desaparecido de repente sin causa conocida, excitó en alto grado las sospechas del duque Cassiano y de los principales magistrados de la ciudad, quienes prorrumpieron en amenazas contra Craugasio, asegurando públicamente que no podía ser extraño a aquel regreso y a aquella desaparición. Temiendo éste que se le acusase de traición, y especialmente que algún desertor viniese a revelar que su esposa, no solamente vivía, sino que era objeto de grandes atenciones, fingió desear en matrimonio una joven de elevada familia. So pretexto de algunos preparativos para el banquete nupcial, marchó a su casa de campo, situada a ocho millas de Nisiba, y desde allí corrió a rienda suelta al encuentro de un grupo de merodeadores persas que sabía se habían dirigido hacia aquel lado. Recibido alegremente por éstos  en cuanto se dio a conocer, entregáronlo cinco días después en manos de Tamsapor, que lo presentó al rey, siéndole devueltos sus bienes, su familia y su esposa, a la que perdió algunos meses después. Craugasio forma pareja con Antonino: gran talento, disponiendo de inmensa experiencia y grandes recursos, todo lo había combinado y ejecutado él solo. Craugasio no fue tan hábil; sin embargo, su nombre no ha sido menos famoso. Estas cosas ocurrieron poco después del saqueo de Amida.

Sapor, aunque afectaba tranquilidad y orgullo de vencedor, experimentaba dentro de su pecho profunda agitación al considerar con qué dolorosos sacrificios había comprado aquel éxito: porque en las diferentes peripecias del sitio había perdido mucha más gente de la que nos había cogido o muerto. Como en otro tiempo delante de Nisiba y Singara, en los setenta y tres días que había durado el sitio, su innumerable ejército había disminuido en treinta mil combatientes. El recuento lo hizo después Disceno, tribuno de los notarios, que fácilmente pudo comprobar el cálculo; porque en los cadáveres romanos es tan rápida la transformación y descomposición de las carnes, que ni uno solo puede reconocerse a los cuatro días; mientras que los de los Persas parece que, adquieren la dureza de la madera, sin experimentar sensible descomposición. Esto procede de sus costumbres más sobrias y de la constitución seca que deben a la abrasadora atmósfera de su país.

Mientras se desencadenaban estas tempestades en el extremo Oriente, amenazaban a la ciudad eterna los horrores del hambre; y el populacho, para quien este mal es el peor de todos, acusaba insolentemente a Tértulo, a la sazón prefecto de Roma. Nada más falto de razón, porque no dependía de él que las naves de transporte entrasen oportunamente en el puerto de Augusto, cuando el estado del mar y la persistencia de los vientos contrarios, que les había obligado a recalar en los puertos inmediatos, hacían muy peligrosa la tentativa. Ya habían estallado muchos motines, cuando la sedición tomó un día, por la inminencia del mal, mayor carácter de ferocidad. Creyóse perdido el prefecto en medio de aquella furibunda agitación; pero conociendo la influencia de lo imprevisto sobre la multitud, tuvo serenidad bastante para presentarle sus dos tiernos hijos: «Aquí tenéis, dijo con lágrimas en los ojos, a vuestros conciudadanos sujetos a las mismas calamidades que vosotros; la fortuna no nos favorece. ¿Creéis que su muerte puede conjurar el mal? Os los entrego; tomadlos.» Esta conmovedora escena produjo efecto en el pueblo que, por naturaleza, fácilmente se enternece. Volvió, pues, al orden, y se mostró tranquilo y resignado. Pocos días después, el Numen celestial favoreció a esta Roma, cuya cuna protegió, prometiendo su duración eterna. Mientras Tertulo sacrificaba en Ostia, en el templo de Cástor y Polux, tranquilizóse el mar, y con suave viento de Mediodía entró en el puerto la flota a velas desplegadas, devolviendo la abundancia a los graneros de la ciudad.

A pesar de tantos motivos de inquietud, Constancio invernaba tranquilamente en Sirmium, cuando una noticia sumamente alarmante turbó su reposo. Los sármatas limigantos, usurpadores, como ya dijimos, de los dominios hereditarios de sus amos, y que un año antes la política romana los había relegado muy lejos para ponerles en condiciones de no perjudicar, acababan de dar nuevas pruebas de su inquieto carácter. Poco a poco se habían alejado de las regiones que les señalaron por morada, y ya aparecían en nuestras fronteras, entregándose a sus costumbres de rapiña con audacia, que era urgente reprimir.

Comprendió el Emperador que todo retraso aumentaría su insolencia, y reunió apresuradamente las mejores tropas que tenía, poniéndose en campaña en los primeros días de la primavera. Dos motivos poderosos tenía para confiar: de un lado la avidez de los soldados, exaltada por los ricos despojos conseguidos en la guerra anterior, le garantizaba sus esfuerzos en la que iba a comenzar; y de otro, el ejército, gracias a los cuidados de Anatolio, prefecto de Iliria, se encontraba provisto de antemano de todo lo necesario sin que hubiera que recurrir a ningún procedimiento vejatorio. Cosa demostrada es que ninguna administración, antes de la suya, había derramado tantos beneficios en nuestras provincias del Norte. Corrigiendo los abusos con tanta firmeza como prudencia, había emprendido con valor que le honra la iniciativa de una reducción de impuestos. Aligeró la enorme carga de los transportes públicos, que dejó tantas casas desiertas, así como los impuestos sobre las personas y los bienes, con lo que hacía desaparecer muchos gérmenes de  irritación y queja. En una palabra, todo aquel país sería hoy feliz y estaría tranquilo, si más adelante no hubiese reaparecido con los nombres más odiados, el régimen de exacciones, agravado como a porfía por los agentes del fisco y por los contribuyentes, que a la vez eran repartidores: éstos, queriendo con la exageración de sus ofrecimientos hacerse buen lado con los poderes; aquéllos, no viendo más que en la ruina medio para asegurar el fruto de sus rapiñas; sucediendo muy pronto a la prosperidad las expropiaciones y los suicidios.

Urgiendo poner coto a los males de la invasión, partió el Emperador al frente de fuerte ejército, dirigiéndose a aquella parte de la Pannonia recientemente erigida en provincia distinta bajo Diocleciano, y que, en honor de su hija, recibió el nombre de Valeria. Allí plantó su tienda, en las orillas del Ister, y se dedicó a observar los movimientos de los bárbaros. Lisonjeábanse éstos con adelantar su marcha en Pannonia, y penetrando en el país en el rigor del invierno, so pretexto de la alianza, talarlo con un golpe de mano, mientras que el hielo del río, resistiendo a las primeras influencias de la primavera, permitiría con mucha dificultad a nuestras tropas mantener la campaña.

Constancio comenzó por enviar a los limigantos dos tribunos, acompañado cada cual por un intérprete para preguntarles bondadosamente la razón de aquellas correrías y aquella violación del territorio con menosprecio de los tratados y de la paz pedida y jurada. El mensaje les impuso, alegando al principio varios pretextos y concluyendo por pedir perdón, implorando, con el olvido del nuevo atentado, permiso para pasar el río y llegar hasta el Emperador para exponerle sus desdichas. Dispuestos estaban, si lo encontraban misericordioso, a marchar a establecerse en algún distrito lejano de la circunscripción del Imperio, dedicados en adelante al culto de la paz como al de una divinidad benéfica, y aceptando el título y condición de súbditos.

Referidas estas proposiciones a Constancio por los tribunos a su regreso, le regocijaron profundamente, porque, sin combatir, se veía libre de una de sus preocupaciones más graves. El sentimiento de la avaricia, fomentado por su cohorte de aduladores, quedaba también satisfecho con este arreglo. Concluíase con la guerra exterior, decían; por todas partes iba a quedar asegurada la paz; ganábase considerable aumento de población y fecundo semillero de reclutamiento, y, en fin, se obtenía alivio para las provincias, dispuestas siempre, por una transacción frecuentemente perjudicial a la república, a rescatar con oro el impuesto de sangre. Constancio acampó cerca de Acimincum, y allí hizo levantar una terraza en forma de tribunal. Cierto número de barcas, montadas por hombres armados a la ligera, permanecieron en observación todo lo cerca posible de la orilla, con objeto de coger por la espalda a los bárbaros a la menor demostración hostil. Esto lo había aconsejado el agrimensor Inocencio, que recibió el mando de aquella fuerza. Los limigantos no dejaron de observar aquellas disposiciones, pero no por esto abandonaron la actitud de suplicantes con que ocultaban otros propósitos.

Meditaba el Emperador una alocución muy suave y se preparaba a tratarles como a hombres morigerados, cuando de pronto, uno de ellos lanzó furiosamente su calzado contra el tribunal, exclamando: «¡Marha, Marha!», que es su grito de guerra. A esta señal toda la multitud alzó las enseñas y se precipitó contra el príncipe, rugiendo como fieras. Constancio, que dominaba desde su posición, vio extenderse por la llanura aquel formidable torbellino, y volverse contra él todas aquellas espadas, todos aquellos dardos; consideró que no podía perder un momento, y, aprovechando la premura para ocultar su rango, lanzóse sobre un caballo y huyó a la carrera. El débil grupo que lo defendía quedó destrozado, derribado y pisoteado por las masas, a que quiso resistir; quedando en el acto hechos pedazos el asiento imperial y el áureo cojín que lo cubría.

Corrió en seguida la noticia de que el Emperador había estado a punto de perecer y que todavía estaba amenazada su vida; y el ardor del soldado, sabiendo que no estaba aún fuera de peligro, se exalta con la idea de salvar a su príncipe. Dando furiosos gritos, cayó sobre el enemigo, que peleó desesperadamente. Impacientes por vengar en aquellos traidores la ofensa inferida a su Emperador, los romanos no perdonaron a ninguno, quedando aplastados bajo los pies, muertos o moribundos, los que no habían recibido heridas; porque fueron necesarios montones de cadáveres para aplacar su enojo. Todos los limigantos quedaron muertos sobre el campo o dispersados a lo  lejos; y de éstos, todos los que esperaron salvación por sus ruegos, fueron acribillados de golpes. No se tocó retirada hasta su completo exterminio, y entonces se pudieron ver nuestras pérdidas, que eran poco considerables, porque solamente teníamos que lamentar la de aquéllos que sostuvieron el primer choque, o que cayeron víctimas de su precipitación al exponerse casi desnudos. El golpe más sensible para nosotros fue la muerte de Cela, tribuno de los escutarios, que desde los comienzos de la pelea se lanzó en medio de los sármatas.

Con aquella terrible represión se vengaba Constancio de un enemigo pérfido, y aseguraba la integridad de las fronteras. En seguida regresó a Sirmium, desde donde marchó a Constantinopla, después de dictar apresuradamente las disposiciones que exigía el crítico estado de los negocios. Colocado allí, casi en el dintel del Oriente, encontrábase en disposición de remediar el desastre de Amida y rehacer su ejército para oponer al fin, fuerzas iguales a las del rey de Persia; porque si el influjo celestial no intervenía en favor nuestro por alguna ocupación grave, indudablemente el rey iba a llevar la guerra a Mesopotamia y más allá.

En medio de estas alarmas, un azote que desde muy antiguo residía entre nosotros, es decir, la fatal tendencia a suponer el crimen de lesa majestad por la menor apariencia, reemplazó con sus agitaciones las de la guerra extranjera. El autor principal, o por mejor decir, la clave de todas las acusaciones, fue el famosísimo notario Paulo, cuya atroz industria explotaba en provecho propio los brazos del verdugo y los instrumentos de suplicio, como el empresario de un circo especula con la muerte de sus gladiadores, a tanto por cabeza. Buscando a toda costa víctimas, nunca vacilaba en emplear el fraude y envolver a un inocente en las redes de la acusación capital, por poco que estuviese en juego su avidez.

Una circunstancia de las más ínfimas y triviales dio ocasión para extraordinario número de acusaciones. Encuéntrase en el interior de la Tebaida la ciudad de Abydos, donde se pronuncian los oráculos del dios Besa, objeto de antiquísimo culto local. Al oráculo se le consulta directamente o por medio de mandatario. Escríbense las preguntas en cédulas de papel o pergamino, según las fórmulas consagradas, y algunas veces quedan en el templo después de obtenidas las respuestas. Recogidas con pésima intención algunas cédulas de aquéllas, las presentaron al Emperador, cuyo débil espíritu, incapaz de la menor aplicación a las cosas graves, mostraba singular lucidez en los asuntos de este género, apreciando en el acto todos los detalles. La comunicación aquella le irritó profundamente, siendo en el acto enviado Paulo al Oriente, provisto de plenos poderes para tomar informes y dirigir el proceso a su antojo. Su habilidad estaba probada, y se le unió a Modesto, conde de Oriente, a quien cuadraba perfectamente el encargo. Era entonces prefecto del pretorio Ermógenes Pontico, cuya benignidad infundiría sospecha, y prescindieron de él.

Inmediatamente marchó a. su destino Paulo, que no respiraba más que odio y destrucción, y desde aquel momento se soltó la brida a la calumnia. Nobles y plebeyos, traídos en masa de casi todos los puntos del Imperio, sucumbían en el camino bajo el peso de las cadenas, o perecían en las prisiones. Eligieron para teatro de estas ejecuciones la ciudad de Scytliópolis, en Palestina, en primer lugar a causa de su aislamiento, y, además, porque ocupaba punto intermedio en condiciones de recibir los acusados de Antioquía y Alejandría.

Simplicio compareció uno de los primeros: era hijo de Filipo, que fue prefecto y cónsul, y, según decían, consistía su crimen en haber consultado al oráculo para saber si llegaría al imperio. Una orden expresa del príncipe mandaba aplicarle el tormento, porque en estos casos ni el aturdimiento siquiera encontraba perdón a sus ojos. Pero gracias a especial protección de la suerte, Simplicio salvó sus miembros, y solamente fue deportado. En seguida compareció Parnasio, hombre de costumbres modestas, que había sido prefecto de Egipto. Puesto en el borde de una sentencia capital, quedó al fin castigado con el destierro. Acusábasele de haber referido a muchas personas que la víspera de dejar, para buscar empleo, la casa que habitaba en Patras en la Acaya, su ciudad natal, se había visto en sueños escoltado por muchas personas con vestiduras trágicas. Después de éstos se juzgó a aquel Andrónico, que más adelante adquirió tanta fama como sabio y poeta. Pero su justificación, presentada con la serenidad de conciencia tranquila, no dejó subsistir  cargo alguno contra él, y se le absolvió. Siguióles Demetrio Chytras, llamado el filósofo, varón de avanzada edad, pero muy fuerte de ánimo y de cuerpo. Acusábasele de haber ofrecido frecuentes sacrificios y convino en ello; pero, según decía, era para tener propicias a las divinidades, por seguir una costumbre de la infancia, y de ninguna manera por ambición o por tentar al cielo. No sabía que nadie hubiese consultado al oráculo con otro fin. Después de haberle tenido bastante tiempo en el potro sin que flaquease su energía, sin que pudiese notarse la más pequeña variación en sus respuestas, le concedieron la vida y permiso para retirarse a Alejandría, de donde era natural.

Suerte propicia salvó a otros pocos, amparando la manifestación de su inocencia. Pero las prevenciones se multiplicaron hasta lo infinito, y pronto envolvieron en sus inextricables redes innumerables víctimas que perecieron desgarrados sus miembros en los tormentos o sufrieron la sentencia capital con pérdida de cuanto poseían, siendo Paulo el eje de todas aquellas iniquidades. Su espíritu, fecundo en medios de dañar, era arsenal de toda clase de calumnias, pudiéndose decir que de una señal suya dependía la suerte de los acusados. Había llevado uno al cuello un amuleto como preservativo de la fiebre cuartana o de otra enfermedad cualquiera, o bien se le había visto pasar de noche junto a una tumba; esto era bastante para que fuese denunciado y condenado a muerte, como confeccionador de venenos o como violador de sepulcros, que turbaba el reposo de los manes para componer maleficios, siguiendo la ejecución inmediatamente a la sentencia. Teníase por averiguado que considerable número de personas habían interrogado al oráculo de Claro, los árboles de Dodona y la trípode de Delfos, para saber cuándo moriría el Emperador; y en el acto, la turba aduladora del palacio tomaba pie de esto para las exageraciones más monstruosas, repitiendo por todas partes en alta voz que el Emperador estaba por encima de la ley común, que su destino era inmutable y que toda oposición se estrellaría ante su grandeza.

Que en esto hubiese motivo para serias investigaciones, nadie que piense rectamente podrá dudarlo. No negaremos que a la existencia del príncipe legítimo vaya unida la idea de protección y seguridad de las personas honradas y hasta la garantía de todos, ni tampoco que todas las voluntades no deban concurrir para formar en torno de su persona barrera infranqueable. Para reforzar más y más esta barrera, las leyes Cornelias no reconocían excepción alguna en la aplicación del tormento en los delitos de lesa majestad. Pero aprovecharse de esta dura necesidad y exagerar sus rigores, solamente es propio de la tiranía, y no del poder moderado. Mejor es seguir el ejemplo de Cicerón, quien pudiendo, como él mismo dice, castigar o perdonar, según su voluntad, prefería perdonar a castigar. De esta manera procede la justicia serena e imparcial.

Por este tiempo nació en Dafnea, ameno y espléndido arrabal de Alejandría, un monstruo tan repugnante de ver como de describir. Era éste un niño con barbas, que tenía dos bocas, dos dientes, cuatro ojos y dos orejas apenas perceptibles; ser informe que pronosticaba la desorganización de la república. Es asaz frecuente la aparición de estos fenómenos, presagios de convulsiones políticas; pero de ordinario pasa sin que se tome en cuenta, porque ya no la siguen, como en los antiguos tiempos, ceremonias de expiación.

Hemos hablado en un libro anterior de una expedición de los Isaurios y de su fracasada tentativa contra Seleucia. Por esta época comenzaba a removerse este pueblo, después de larga inacción, como serpiente a quien la primavera hace salir de su agujero. Desde la cima de sus escarpadas montañas, sus numerosos grupos caían sobre las comarcas vecinas, asolándolas con sus devastaciones y rapiñas: en seguida, aprovechando su conocimiento de las montañas, burlaban a nuestras guardias, refugiándose rápidamente en sus inaccesibles guaridas. Envióse a Lauricio, revestido con la dignidad de conde, con el encargo de reducir a aquel país por la persuasión o la fuerza; y este hombre civil, hábil para gobernar, supo imponerse sin necesidad de crueldades, restableciendo tan perfectamente el orden en la provincia, que no volvió a ocurrir, bajo su mando, ningún acontecimiento digno de mención.

 

 

LIBRO 18

LIBRO 19

LIBRO 20