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HISTORIA DEL IMPERIO ROMANO

 

AMIANO MARCELINO

LIBRO 16

LIBRO 17

LIBRO 18

 

LIBRO XVII

Después de la derrota de los alemanes, Juliano pasa el Rhin y destruye por el hierro y el fuego los establecimientos de este pueblo.—Repara la fortificación de Trajano y concede a los bárbaros diez meses de tregua.—Reduce por hambre una banda de francos que hacía correrías en la Germania.—Sus esfuerzos por aliviar a la Galia del peso de los impuestos.—Constancio hace elevar un obelisco en Roma en el circo máximo.—Correspondencia y negociaciones inútiles para la paz, entre Constancio y Sapor, rey de Persia.—Los Juthungos, pueblo alemán, devastan la Rhecia. —Los romanos los derrotan y ahuyentan.—Un terremoto destruye a Nicomedia.—Juliano recibe la sumisión de los Salios, pueblo franco.—Derrota o hace prisioneros a parte de los Chamavos, y concede la paz a los demás.—Juliano repara tres fortificaciones en el Mosa y es objeto de reconvenciones y amenazas por parte de los soldados, irritados por la escasez.—Los reyes alemanes Soumario y Hortario consiguen la paz devolviendo los prisioneros.—Burlas de los envidiosos contra las victorias de Juliano.—En la corte le acusan de indolencia y pusilanimidad.— Constancio obliga a los Sármatas y a los Quados, que devastaban la Mesia y las dos Pannonias, a devolver los prisioneros y entregar rehenes.—Restituye a los Sármatas expulsados la posesión de sus tierras y les da un rey.—Constancio hace terrible matanza de Limigantos y les obliga a expatriarse.—Los legados romanos abandonan la Persia sin ha ber ajustado la paz.—Sapor invade de nuevo la Mesopotamia y la Armenia.

(Año de J. C. 357.)

Terminadas las cosas de la manera satisfactoria que acabo de referir, y viendo libre el curso del Rhin por la victoria de Argentoratum, Juliano mostró su piedad con los muertos mandando enterrarlos a todos indistintamente, porque le repugnaba que sirviesen de pasto a las aves de rapiña. En seguida despidió sencillamente a los que le trajeron el insolente mensaje la víspera de la batalla, y regresó a Tres Tabernas, desde donde partió para Moguntiacum, encargando hasta su regreso a la custodia de los Mediomatricos el botín y los prisioneros. Proponíase establecer un puente en el Rhin y buscar en su territorio a los bárbaros, de los que ya no quedaba ninguno en las Galias. El ejército se mostró mal dispuesto al principio; pero le atrajo en seguida por medio de la seducción y encanto de su palabra. Robustecida con nuevos títulos la adhesión del soldado, le encadenaba en cierto modo a los pasos del glorioso jefe que compartía todas sus fatigas, no usando de su prerrogativa sino para tomar mayor parte en el peligro y el trabajo. Llegaron a Moguntiacum; establecieron el puente, y el ejército pasó al territorio enemigo. Al pronto, el atrevimiento de los romanos dejó estupefactos a los bárbaros, completamente seguros entonces, y que nada esperaban menos que verse atacados en su propio territorio. Justamente alarmados por lo que les amenazaba, pensando en el reciente desastre de sus compatriotas, fingieron vehemente deseo de paz, con el único objeto de que se disipase el primer furor de la invasión y enviaron una legación para que hablase de amistad. Mas por repentino cambio, del que no puede explicarse la razón, a estos legados siguieron inmediatamente otros, mandándonos con terribles amenazas que abandonásemos en el acto el territorio.

El César, que comprendía bien lo que se proponían, se procuró algunas barcas pequeñas, pero de rápida marcha, hizo embarcar al obscurecer ochocientos hombres y les mandó remontar el Rhin hasta cierta distancia, y llevarlo todo a sangre y fuego en cuanto saltasen a tierra. La maniobra se ejecutó; y viendo al amanecer a los bárbaros situados en una altura, los romanos se lanzaron a la carrera y no encontraron a nadie, porque el enemigo les vio llegar y tuvo tiempo para huir. Pero densas nubes de humo les anunciaron desde lejos el desembarco de los nuestros y la devastación de sus tierras. Este espectáculo aterró a los germanos, que se habían emboscado para atacarnos en un desfiladero estrecho y cubierto de bosque, y tuvieron que abandonarlo para repasar el río llamado Mcunum, y acudir al socorro de sus familias; pero estrechándoles por dos lados los soldados de las  barcas y un movimiento simultáneo de la caballería romana, gracias a su especial conocimiento del terreno consiguieron retirarse; si bien los nuestros aprovecharon su fuga, atravesando sin obstáculos el desfiladero, cayendo sobre ricos pueblos, y apoderándose de cuanto trigo y ganados poseían. Al mismo tiempo pusieron en libertad a los prisioneros que guardaban en ellos y destruyeron por medio del fuego cuantas moradas encontraron construidas por el progresivo gusto de los bárbaros, según la arquitectura romana. A unas diez millas de allí encontraron los romanos una selva obscura de aspecto espantoso, que detuvo la marcha por bastante tiempo; porque un desertor reveló la presencia de numerosas bandas que permanecían ocultas en las cavernas, subterráneos inmensos con muchas salidas, desde donde acechaban el momento de caer sobre nosotros. Los soldados se mostraron animosos; pero al avanzar, encontraron de tal manera obstruidos los senderos por la corta de árboles de toda especie, que tuvieron que retroceder, convencidos, con amarga mortificación que expresaban en voz alta, de la imposibilidad de adelantar más, a menos de describir largo rodeo por caminos menos practicables. Hacer esto en aquella estación era exponerse inútilmente a mil peligros, porque había pasado el equinoccio de otoño, y todo el país, montes y valles, estaba cubierto ya de densa capa de nieve. Juliano renunció, por tanto, a continuar la marcha; pero aprovechando la circunstancia de no tener enemigos al frente, quiso que atestiguase sus progresos un monumento; por lo que mandó reconstruir apresuradamente en aquel punto un fuerte, que en otro tiempo levantó Trajano, dándole su nombre, y que después fue tomado a viva fuerza. Colocóse allí guarnición temporal y se puso en requisa a todo el país para proporcionarle víveres.

Viendo los germanos alzarse aquel edificio amenazador, y aterrados ya por el triunfo de las armas romanas, se apresuraron a pedir la paz en humildísimo mensaje; y el César, después de deliberar largo tiempo y calcular maduramente las consecuencias, les concedió diez meses de tregua; porque la prudencia le decía que no estribaba todo en haber ocupado aquel fuerte con inesperada rapidez, sino que, para conservarlo, era necesario proveerlo de máquinas, de muralla y de material completo de defensa. Confiados en las promesas de Juliano, tres de los reyes más violentos que habían suministrado fuerzas a la liga vencida en Argentoratum, acudieron temblando ahora a asegurar ante él, con las formas habituales de su patria, su tranquilidad futura y el estricto cumplimiento del tratado hasta el término establecido; prometiendo respetar aquel fuerte al que dábamos tanta importancia, y llevar, aunque fuese a hombro, los víveres necesarios a la guarnición en cuanto hiciese señal de que le faltaban. En esta ocasión el miedo venció a la falsedad, porque cumplieron fielmente las condiciones. Juliano pudo gloriarse con justa razón por el feliz resultado de aquella campaña, cuyo éxito podía compararse al de las guerras púnicas y de los teutones, aunque conseguido a menor costa. Sostienen, sin embargo, sus detractores que el valor de que acababa de dar tantas pruebas, no era en él más que cálculo, y que buscaba gloriosa muerte en el campo de batalla, por el temor que tenía de perecer como su hermano Galo, por mano del verdugo. Esto era efectivamente lo que le reservaban culpables esperanzas; y podría creerse que la malignidad había acertado, si tantas acciones brillantes, después de la muerte de Constancio, no desmintiesen terminantemente tales suposiciones.

Habiendo obtenido de su expedición todo el partido posible, volvió Juliano a tomar cuarteles de invierno, pero otros trabajos le esperaban a su regreso. Severo, general de caballería, marchando a Remos por Agripina y Juliacum, encontró una banda ágil y determinada de francos, en número de unos seiscientos, según se supo después, que aprovechaba la ausencia de los romanos para devastar el país. Sabiendo que el César se ocupaba en perseguir a los alemanes hasta en el fondo de sus guaridas, se habían lisonjeado, en su audacia, de recoger rico botín sin pelear. Al aproximarse el ejército, se refugiaron en dos fuertes que habían quedado sin guarnición y se defendieron cuanto les fue posible.

Asombrado al pronto el César por aquel atrevido golpe de mano, comprendió en seguida las consecuencias. Detuvo, pues, el ejército ante aquellos dos fuertes, bañados por las aguas del Mosa, y los puso sitio en toda forma. La increíble obstinación de los bárbaros le retuvo cincuenta y cuatro días, es decir, casi la totalidad de los meses de Diciembre y Enero. Las noches eran obscuras, el río  estaba helado, y como el previsor Juliano temía que el enemigo aprovechase estas circunstancias para huir, desde el obscurecer hasta el amanecer, por orden suya, soldados montando ligeras barcas recorrían de alto abajo el río para romper el hielo y quitar esta esperanza a los sitiados que, privados de aquel medio, no podían huir. Viendo que les faltaba este recurso, y reducidos al último extremo por el cansancio y el hambre, se entregaron prisioneros, y en seguida fueron enviados a la corte del Emperador. Una multitud de francos intentaba distraer a los romanos para libertar a los sitiados; pero la noticia de su captura y traslación les hizo retroceder, sin llevar más lejos la tentativa. Terminada la campaña, el César marchó a pasar el resto del invierno entre los Parisios.

Amenazaba ahora una coalición más formidable que la anterior, siendo esto grave motivo de preocupaciones para quien sabía cuán variable es la suerte de las armas. Sin embargo, como la tregua le dejaba algún descanso, aunque escaso, reclamado por multitud de negocios, ocupóse en aliviar la propiedad de los galos distribuyendo más equitativamente las cargas que la gravaban. Florencio, prefecto del pretorio, que, según decía, se había dado cuenta exacta de las cosas, aseguraba que la capitación daría lugar a disminución de rentas, que no podría resarcirse sino acudiendo a impuestos extraordinarios. Pero convencido el César del mal resultado de este sistema, afirmaba que prefería la muerte a permitir su aplicación; porque conocía qué clase de heridas se infieren a las provincias por esta especie de subsidios, o mejor dicho, despojos, y cuántas miserias arrastran necesariamente en pos. Más adelante veremos que la ruina de la Iliria no tuvo otra causa.

Mucho clamó el prefecto del pretorio porque se negaban de pronto a obedecer al hombre a quien el Emperador había concedido la alta dirección de aquella parte de los negocios administrativos. Juliano procuró ante todo calmarle, y después le demostró con cálculos exactos que la capitación, no solamente bastaba para las necesidades de la provincia y del ejército, sino que produciría sobrantes. No por esto dejaron de presentarle después un proyecto de edicto para un impuesto suplementario; pero el César se negó terminantemente a firmarlo, y arrojó al suelo el documento sin permitir siquiera su lectura. Enterado el Emperador por las quejas del prefecto, escribió a Juliano aconsejándole más suavidad y confianza en sus relaciones con aquel funcionario; a lo que contestó sencillamente el César, que era necesario agradecer a una provincia devastada, como lo estaba aquélla, que pagase puntualmente el impuesto ordinario; pero que no habría rigor que bastase para obtener de una población reducida a tanta miseria, un aumento cualquiera. Solamente a esta firmeza debió la Galia verse libre de una vez para siempre de exacciones vejatorias.

El César dio entonces un ejemplo inusitado. La Bélgica segunda estaba abrumada por toda clase de cargas, y Juliano pidió y obtuvo del prefecto que difiriese a él en aquella parte de su administración; pero con la condición expresa de que no intervendría ningún aparitor ni agente del fisco, ni se ejercería presión alguna para el pago de lo debido. Esta suave conducta tuvo por efecto que todos se apresurasen a pagar anticipadamente sin esperar la citación.

Mientras comenzaba a renacer la Galia, mediante estos procedimientos, alzaban en Roma un obelisco en el circo máximo, bajo la segunda prefectura de Orfito. Siendo ahora momento oportuno, diremos algo acerca de este monumento. Existe una inmensa y soberbia ciudad de antiguo origen, célebre desde hace muchos siglos por las cien puertas que le dan entrada, por cuya razón se la llamó Tebas hecatomphylos; nombre del que se deriva Tebaida, que hasta nuestros días ha conservado la provincia. En la primera época del engrandecimiento de Cartago, uno de sus generales emprendió rápida expedición que hizo caer a Tebas en su poder. Libre de esta primera opresión, tuvo que soportar la de Cambises, rey de Persia, déspota el más ávido y tirano que invadió el Egipto, atraído por el cebo de sus riquezas, y que ni siquiera respetó los santuarios. En dicha ocasión fue cuando este príncipe, que tanto se movía entre los bandidos de su comitiva, se enredó un pie en los pliegues del manto, y cayendo, se hirió casi mortalmente con el puñal que llevaba sujeto al muslo derecho, y que, a la caída, saltó de la vaina. Mucho tiempo después Cornelio Galo, procurador del Egipto bajo el emperador Octaviano, arruinó a Tebas con sus exacciones. Acusado a su regreso del saqueo de aquella provincia, y perseguido por la indignación de los caballeros, a cuyo orden había encargado  el Emperador informar en aquel asunto, se dio la muerte con su propia mano. Si no me engaño, este Galo es el poeta del mismo nombre a quien dedica Virgilio tan sentidos versos en la última parte de las Bucólicas.

Entre las importantes obras de esta ciudad, como grandes cisternas y simulacros gigantescos de los dioses de Egipto, he visto yo mismo numerosos obeliscos, tanto en pie como caídos y mutilados; monumentos de los pasados siglos consagrados por los antiguos reyes del país a los dioses inmortales, en agradecimiento por victorias militares o por el beneficio de extraordinaria prosperidad interior; obeliscos de piedra, traída muchas veces de lejanos parajes y que vino tallada ya desde la cantera al punto de la erección. Estos monumentos, en figura de meta más o menos alta, están formados de una sola piedra de grano muy duro, pulida con el mayor cuidado, y que por imitación a los rayos del sol, tiene forma cuadrangular, tendiendo insensiblemente las cuatro aristas a reunirse en la parte superior. Vense grabadas en ellos innumerables figuras o símbolos, que llamamos jeroglíficos, y que son los misteriosos archivos de la sabiduría de otros tiempos; figuras de aves, de cuadrúpedos, productos de la naturaleza o de la fantasía, destinados a transmitir a las edades siguientes la tradición de los hechos contemporáneos, o los votos que los soberanos de aquellas épocas formulaban y cumplían. El idioma de los antiguos egipcios no tenía, como las lenguas modernas, determinado número de caracteres que respondiesen a todas las necesidades del pensamiento; sino que cada letra tenía el valor de un nombre o de un verbo, y muchas veces encerraba un sentido completo. Dos ejemplos bastarán para dar idea de ello. El buitre designa en esta lengua la palabra naturaleza, porque esta especie no tiene machos, según la enseñanza de la física. La abeja, ocupada en elaborar la miel, expresa la palabra rey, para dar a conocer que si la dulzura es la esencia del gobierno, debe, sin embargo, hacerse sentir la presencia del aguijón, y así en todo lo demás.

La llegada de un obelisco a Roma bajo el reinado de Constancio puso en movimiento a los aduladores, diciendo que si Octaviano Augusto trajo dos de Heliópolis, colocando uno en el circo máximo y el otro en el campo de Marte, la enorme mole del traído ahora asustó a aquel príncipe, que ni siquiera trató de moverla. Pero bueno es advertir, para aquellos que lo ignoren, que Augusto se abstuvo de tocar a éste cuando mandó trasladar los otros dos, solamente por respeto al sentimiento religioso del país; porque este monumento era una consagración especial a la divinidad del Sol. Este destino lo respetó como irrevocable, y protegido por la inviolabilidad del magnífico templo en cuyo centro se alzaba como un gigante. Pero el emperador Constantino, que no experimentaba tales escrúpulos, o pensaba, con razón, que no atacaba a las ideas religiosas tomando aquella maravilla de un templo particular para consagrarla en Roma, templo de todo el universo, comenzó por remover el monumento, que dejó tendido esperando a que terminasen los preparativos de transporte. Conducido en seguida por el Nilo, dejáronle en la orilla en Alejandría, donde construían expresamente una nave de dimensiones extraordinarias, que debían poner en movimiento trescientos remeros. Pero el príncipe murió entretanto, y las operaciones aflojaron. Hasta mucho tiempo después no embarcaron aquella mole, que cruzó el mar y remontó el Tíber, que parecía temer no fuesen sus aguas bastantes para elevar a la ciudad que riega aquel regalo del casi desconocido Nilo. Cuando llegó al pueblo de Alexandri, a tres millas de Roma, colocaron el obelisco en un carromato (chamulcis impositus), y arrastrándolo lentamente lo introdujeron por la puerta Ostiense y la antigua piscina pública, hasta la explanada del circo máximo. Tratábase ahora de erigirlo, cosa que se consideraba muy difícil, si no imposible. Con este objeto alzaron, no sin peligro, un bosque de mástiles muy altos, en cuya parte superior quedaban sujetos multitud de largos y fuertes cables, tan espesos como los hilos de la trama de un tejedor, formando red tan densa que quitaba la vista del cielo. Con el auxilio de este aparato y de los esfuerzos de muchos millares de brazos que imprimían simultáneamente a la máquina movimiento análogo al de la muela superior de un molino, aquella especie de montaña, depositaria de los primeros rudimentos de la escritura, se levanta insensiblemente, y suspendida por algún tiempo en el espacio, ocupa al fin su asiento en medio del suelo. Al principio se adornó la cúspide del obelisco con un globo de bronce, revestido  con láminas de oro. Pero habiendo caído un rayo sobre él, lo sustituyeron con una antorcha del mismo metal, cuya llama, figurada también con oro, producía desde abajo el efecto de un haz de fuego. En los siglos siguientes trajeron otros obeliscos a Roma, de los que se alza uno en el Vaticano, otro en los jardines de Salustio, y dos en el mausoleo de Augusto. En cuanto al antiguo obelisco, el del circo máximo, Hermapión tradujo al griego sus inscripciones emblemáticas, siendo la siguiente su interpretación:

CARA DE MEDIODÍA

Primera columna de escritura.

El Sol al rey Ramestes. Te he concedido reinar con regocijo en la tierra, favorito del Sol y de Apolo; poderoso amigo de la verdad, hijo de Herón, nacido de un dios creador del globo terrestre; tú, preferido del Sol, Ramestes, hijo de Marte, en cuya obediencia se siente feliz y orgullosa la tierra; rey Ramestes, hijo del Sol, cuya vida es eterna.

Segunda columna.

Poderoso Apolo, verdadero dispensador de la diadema, glorioso dominador del Egipto, que has formado el esplendor de Heliópolis, y creado el resto del globo; fundador del culto de Hiólopolis, querida del Sol.

Tercera columna.

Poderoso Apolo, hijo del Sol, esplendor universal; tú, a quien el Sol quiere con preferencia a todos y a quien el intrépido Marte ha colmado con sus dones; tú, cuyos beneficios serán eternos; tú, a quien quiere Ammón; que has llenado de ofrendas el templo del Fénix, a quienes los dioses han ofrecido vida inmortal. Poderoso Apolo, hijo de Herón; Ramestes, rey de la tierra, que has salvado el Egipto triunfando del extranjero; a quien el Sol ama, a quien los dioses han concedido largos días; Ramestes, señor del universo, que vivirás eternamente.

Otra segunda columna.

Yo el Sol, supremo dominador de los cielos, te doy una vida que no conocerá la saciedad, árbitro de la diadema; a quien nadie es comparable; a quien el soberano del Egipto ha elevado estatuas en este reino, por quien Heliópolis es honrada al igual del Sol, soberano de los cielos. El hijo del Sol, que vivirá eternamente, ha terminado una hermosa obra.

Tercera columna.

Yo el Sol, soberano señor de los cielos, he dado el imperio, con autoridad sobre todo, al rey Ramestes, a quien Apolo, amigo de la verdad, y Hephestus, padre de los dioses, aman tanto como Marte. Rey afortunado, hijo del Sol y amado del Sol.

CARA DE LEVANTE

Primera columna.

Gran dios de Heliópolis, poderoso y celeste Apolo, hijo del Sol; a quien los dioses han honrado, a quien el Sol, que manda en todos, cuyo poder que iguala al de Marte, ha amado tiernamente; a quien el brillante Ammón ama también y a quien ha hecho rey por la eternidad. (Falta la continuación.)

(Año 358 de J. C.)

Siendo cónsules Daciano y Cerealis, en el momento en que renacía el orden en las Galias, donde la experiencia había calmado el ardor de invasión de los bárbaros; el rey de Persia, en guerra por mucho tiempo en su frontera con los pueblos limítrofes, acababa de ajustar alianza con las dos tribus más temibles, la de los Chionitas y Gelanos, y se disponía a retroceder, cuando recibió la  carta en que le anunciaba Tamsapor la pacífica iniciativa tomada por el Emperador romano. No dejó Sapor de sospechar que había recibido algún descalabro el poder del imperio; creció con esto su natural orgullo, y aceptando la paz, quiso imponer duras condiciones; para lo cual envió como legado cerca de Constancio a un tal Narses, encargándole una carta, escrita en el enfático estilo de aquella corte soberbia y cuyo sentido era el siguiente: «Sapor, rey de reyes, comensal de los astros, hermano del Sol y de la Luna, a su hermano Constancio César, salud. Me regocija que al fin entres en el buen camino, y consientas en escuchar la incorruptible voz de la equidad, instruido por propia experiencia de lo que cuesta llevar demasiado lejos la avidez del bien ajeno. La verdad no tiene más que un lenguaje claro y libre, y privilegio es de la grandeza decir lo que se piensa. He aquí, pues, en pocas palabras, mi resolución, tal como frecuentemente la he formulado, según se recordará.. Los estados de mis mayores se extendían hasta el curso del Stryinon y las fronteras de la Macedonia; vuestros anales me dan la razón. Tengo derecho para reivindicar esto, yo que, dicho sea sin orgullo, soy superior en brillo y virtudes a mis predecesores. Nada olvido, y desde que tengo edad de hombre, no me he arrepentido de ningún acto mío. Tengo, pues, el deber de recobrar la Armenia así como la Mesopotamia, arrebatadas a mi abuelo por manifiesto engaño. Ahora bien: nunca hemos admitido vuestra máxima, proclamada tan enfáticamente: Astucia o valor, todo está justificado en la guerra. ¿Quieres seguir un buen consejo? Sacrifica, para asegurar el resto, una pobre posesión, que para ti es sangrienta y desastrosa. Imita en esto la prudencia del médico que aplica el hierro y el fuego a las partes enfermas con objeto de conservar las sanas. Hasta a los animales enseña el instinto, por interés de su propia tranquilidad, a separar de sí mismos lo que atrae la codicia del cazador. Por mi parte declaro, que si mi legado regresa sin haber concluído, en cuanto termine el invierno me pondré al frente de todas mis tropas, y apoyado en la justicia de mi causa y en la equidad de mis proposiciones, llevaré las hostilidades todo lo lejos que puedan ir.»

Meditada por mucho tiempo esta carta, después de madura reflexión, contestó Constancio tranquilamente lo siguiente: «Constancio, vencedor en tierra y mar, siempre Augusto, a mi hermano el rey Sapor, salud. Te felicito por tu afortunado regreso como hombre que será amigo tuyo si así lo quieres; pero nunca reclamaré demasiado contra esa insaciable e ilimitada ambición. Dices que necesitas la Armenia y la Mesopotamia, y me aconsejas que mutile un cuerpo sano para que tenga más salud. Consejo es éste más fácil de rechazar que de seguir. He aquí la verdad desnuda, manifiesta, que no puede quedar disfrazada por vanas baladronadas. Un prefecto de mi pretorio ha creído obrar bien entablando, sin conocimiento mío, negociaciones de paz con un general tuyo. Ni censuro ni apruebo este paso, suponiendo que no se ha dicho nada que no sea digno y conveniente, nada que ataque a la majestad imperial. Pero es absurdo, sería deshonroso, cuando a todos los oídos llegan los triunfos de mi reinado, cuando la derrota de los tiranos pone a todo el mundo romano bajo mis leyes, sufrir el desmembramiento de lo que he sabido conservar intacto hasta en el tiempo en que los mismos límites del Oriente marcaban los de mi poder. Renuncia, pues, a esa vana ostentación de amenazas convencionales. Sabido es que por moderación, y no por cobardía, preferimos esperar a ir en busca de la guerra; pero todo ataque a nuestro territorio nos encontrará dispuestos siempre a rechazarlo con energía. Además, la historia demuestra, así como nuestra propia experiencia, que si la fortuna de Roma (y de esto hay pocos ejemplos), ha podido vacilar en algún combate, al fin ha conseguido siempre la victoria.»

Despidióse sencillamente a la legación persa, porque no merecían otra cosa las soberbias pretensiones de su soberano. Pero casi inmediatamente hizo partir Constancio, con su carta y regalos, a Próspero, acompañado por Spectato, tribuno y notario; y por consejo de Musopiano, les unió el filósofo Eustathio, que tenía fama de poseer palabra persuasiva, llevando los legados el encargo de intentarlo todo para detener los preparativos de Sapor, mientras se realizaban los últimos esfuerzos. a fin de poner en buen estado de defensa la frontera del Norte.

En tanto se verificaba este cambio de cartas ambiguas, los Juthungos, pueblo alemán, vecino de Italia, despreciando los tratados y el pacto implorado con tantas instancias en otro tiempo, emprendieron una irrupción grave en la Rhecia, llevando las hostilidades, contra la costumbre de  esta nación, hasta poner sitio a las ciudades. Barbación, que había reemplazado a Silvano, en el mando de la infantería, fue enviado contra ellos con fuerzas considerables. Este general, careciendo de valor para la acción, sabía encontrar palabras; y sus arengas imprimieron tal brío a los soldados, que exterminaron a los bárbaros, escapando muy pocos para llevar a sus hogares aquella noticia desoladora. Nevita, que fue cónsul después, mandaba una turma de caballería en aquella campaña, y, según se dice, contribuyó gloriosamente al éxito.

En esta época ocurrió un terremoto en la Macedonia, el Asia Menor y el Ponto, conmoviendo los montes y los valles: debiéndose citar, entre los desastres de toda, clase que produjo esta calamidad, la completa destrucción de Nicomedia, en la Bitinia. Diremos algo perfectamente averiguado acerca de esta catástrofe.

El nueve de las calendas de Septiembre (24 de agosto) al amanecer, turbó de pronto el sereno aspecto del cielo aglomeración de negras nubes, desapareciendo la claridad. Imposible era ver los objetos, por cercanos que estuviesen, tan cegados estaban los ojos por el denso vapor que acababa de invadir la atmósfera. En seguida, como si el supremo numen hubiese lanzado por sí mismo sus fatales rayos y desencadenado los vientos de los cuatro puntos cardinales, espantoso hucarán hizo rugir a las montañas y retemblar las playas con el espantoso fragor de las olas que rompían sobre ellas. Estremecióse el suelo, y con sacudidas espantosas, acompañadas de trombas y tifones (typhones, prestares) derrumbó por completo la ciudad y sus arrabales. La mayor parte de la ciudad estaba construida en la ladera de la montaña, y los edificios cayeron unos sobre otros con espantoso ruido. El eco de las montañas repetía los desesperados gritos de los que llamaban a su esposa, a su hijo, a alguna persona querida; hasta que al fin, cerca de la hora segunda y mucho antes de la tercera, serenándose el cielo, dejó ver todo el horror de la catástrofe. Unos habían muerto aplastados por las ruinas; otros sepultados hasta los hombros, y a los que un poco auxilio podía salvar, perecían por falta de socorro. Veíase a algunos suspendidos en el aire en el extremo de maderos en que habían quedado clavados. Aquí y allá yacían grupos antes llenos de vida, y que, por suerte común en la destrucción, habían quedado convertidos en montones de cadáveres. Aprisionados otros, sanos y salvos, bajo los escombros de sus casas, veíanse condenados a morir de angustia y de hambre. En este caso se encontraba Aristeneto, que acababa de obtener el título, que ambicionó durante mucho tiempo, de vicario de aquella provincia, a la que Constancio había dado el nombre de Piedad, en honor de su esposa Eusebia. Aquel desgraciado murió después de larga y cruel agonía. Muchos quedan sepultados todavía bajo las ruinas, en el punto donde les sorprendió el derrumbamiento. En una palabra, por todas partes oíanse desgarradores gritos de los heridos que, con la cabeza abierta, mutilados de un brazo o de una pierna, en vano imploraban socorro de aquellos a quienes la suerte había maltratado del mismo modo.

A pesar de todo, cierto número de templos y de casas particulares y hasta una parte de la población habrían podido librarse del desastre, a no sobrevenir un incendio que, paseando sus estragos durante cincuenta días y cincuenta noches, devoró todo lo que podía alimentarle.

Creo llegado el caso de decir algo de las conjeturas de los antiguos acerca de los terremotos. Digo conjeturas, porque en este particular, las infatigables lucubraciones de los sabios y sus discusiones, que todavía duran, no están más cerca de la demostración que la ignorancia del vulgo. Así es que, para evitar una equivocación que sería un sacrilegio, los rituales y los libros de los pontífices mandan prudentemente, y así lo observan con rigor los sacerdotes, que se abstengan de invocar en estas ocasiones a un dios con preferencia a otro, puesto que todavía se ignora qué divinidad preside en efecto a estos grandes trastornos de la tierra.

Abundan las conjeturas acerca de la causa de los terremotos y se contradicen hasta el punto de poner en duda a Aristóteles. En tanto se atribuyen a la acción violenta de las corrientes de aguas subterráneas, contra las paredes de los anchos canales que las contienen, y que llamamos en griego syringas. En tanto, como asegura Anaxágoras, es el aire que circula en profundas cavernas y que encontrando obstáculo en algún cuerpo sólido, conmueve, para encontrar salida, el terreno bajo el cual se encuentra comprimido. Comprobada está, en efecto, la tranquilidad de la atmósfera mientras  duran las sacudidas, sin duda porque entonces queda absorbido todo el aire en las profundidades de la tierra. Por su parte Anaximandro pretende que, penetrando el viento en las hendiduras o grietas que se abren en el suelo a consecuencia de excesivo calor o de lluvias persistentes, lo remueven en seguida hasta en sus fundamentos; lo cual podría explicar la ordinaria coincidencia de estos terribles fenómenos con un período de sequía o de excesiva humedad. Por esta razón los poetas y los theogonistas han dado a Neptuno divinidad, que domina en el elemento húmedo, los nombres de Ennosigreon (Que conmueve la tierra) y de Sisichthon (Que remueve la tierra).

Los terremotos son de cuatro clases: los brasmacios, fermentación violenta de las entrañas de la tierra, que la hacen levantar con esfuerzo considerables masas en su superficie: así surgieron en Asia Delos, Hiera, Anapla y Rodas, conocida esta última sucesivamente por los antiguos con los nombres de Ophiusa y Pelagia, de la que se dice fue regada por una lluvia de oro; de esta manera nacieron Eleusis en Beocia, Vulcania en el mar Tirreno y otras muchas islas. Los climacios, que arrojan de costado a las ciudades, monumentos y montañas, dejando arrasado el suelo; los casmacios, en los que la fuerza de la conmoción abre abismos que absorben comarcas enteras. De esta manera quedaron sepultadas en la profunda noche del Erebo una isla en el mar Atlántico, la más grande de todas las de Europa; Helice y Bura, en el golfo de Crissa; y cerca del monte Cimino, en Italia, la fuerte ciudad de Saccumum. En fin, los micemacios, variedad de los otros tres, que se anuncian con terrible ruido subterráneo. En estas intestinas convulsiones del globo parece que va a quedar disuelto, pero sus elementos no tardan en recobrar su asiento. Caracteriza especialmente a este fenómeno el sordo rugido que le precede, parecido al de los toros; pero volvamos a nuestro relato.

Al invernar el César entre los Parisios hacía sus preparativos para adelantarse a los alemanes, que todavía no habían formado la nueva liga, pero cuya audacia y ferocidad no dejaba de fermentar hasta el delirio, a pesar del desastre de Argentoratum. Costumbre es de los galos no entrar en campaña hasta el mes de Julio, y hasta entonces había de refrenar su impaciencia. Además, no podían comenzar las operaciones hasta que la licuación de las nieves y los hielos permitiese la llegada de los convoyes que venían de Aquitania. Pero ante la actividad del genio resisten pocos obstáculos. Juliano estudió su plan bajo todos aspectos y se fijó en la idea de adelantarse a la estación y caer sobre los bárbaros de improviso. Mandó abrir los almacenes y repartir a los soldados, que no deseaban otra cosa, provisiones para veinte días de ese pan cocido para las guardias, que vulgarmente llaman galleta. Cuando estuvo cocido partió, bajo auspicios igualmente felices que en su primera campaña, esperando poner fin en cinco o seis meses a otras dos de urgente necesidad: dirigiéndose primeramente contra los francos llamados salios, que se habían establecido por autoridad propia en territorio romano, en Toxiandria. En Tungros encontró una legación de este pueblo que, suponiéndole todavía invernando, le hacía ofrecer la paz. Según aseguraban, permanecían aún en sus hogares, y prometían continuar tranquilos, con tal que no fuesen a perturbarlos. Juliano distrajo por algún tiempo a los legados con palabras ambiguas, y al fin les despidió con regalos, dejándoles creer que esperaría su regreso. Pero en cuanto volvieron la espalda se puso en marcha, y, haciendo seguir a Severo la orilla del río para dar extensión a su línea de ataque, cayó como el rayo sobre el grueso de la nación, encontrándola más dispuesta a humillarse que a defenderse. Como el éxito le predisponía a la clemencia, les recibió en su gracia cuando se presentaron a entregarse con sus bienes y sus hijos. Desde allí, cayendo sobre los Chamavos, a los que tenía que castigar por una agresión semejante, los deshizo con igual prontitud. Parte de la nación le opuso viva resistencia y quedó prisionera; el resto ganó rápidamente sus guaridas, absteniéndose el César de perseguirles en ellas, para no malgastar las fuerzas de sus soldados. Sin embargo, para asegurar los vencidos sus esperanzas de salvación, no tardaron en enviarle una legación que imploró de rodillas la paz, siéndoles concedida con la única condición de que regresasen a su antiguo país.

Afortunado hasta entonces en sus empresas y meditando constantemente algún proyecto útil para las provincias, decidió reparar, si tenía tiempo para ello, tres fuertes construidos en la misma  línea para defender el paso del Mosa, y que desde antiguo habían sucumbido ante los esfuerzos de los bárbaros. La reparación fue bastante rápida para no suspender sensiblemente las operaciones militares; y, con objeto de aprovechar su celeridad, dejó para aprovisionar los fuertes parte de los víveres que llevaba a hombros de soldados desde el principio de la campaña, y que representaban aún la subsistencia por diez y siete días. Para reponer esta pérdida contaba con la cosecha de los Chamavos, pero muy pronto perdió la esperanza. El soldado consumió lo que llevaba antes de que el grano en pie hubiese madurado, y no teniendo con qué vivir, prorrumpió en reconvenciones y amenazas, prodigando al César los epítetos de asiático, griego afeminado, embaucador y sabio imbécil. Los soldados tienen siempre sus oradores propios, y éstos peroraban y gritaban muy alto, diciendo: «¿Nos han economizado la marcha entre nieves y hielos? Y para colmo, cuando tenemos en las manos la suerte del enemigo, vamos a perecer con la muerte más innoble, de hambre. ¡Qué no nos traten de sediciosos! Lo único que pedimos es vivir. En cuanto al oro y la plata, hace mucho tiempo que nos tienen acostumbrados a no tocarlo ni verlo. No nos tratarían peor si hubiésemos soportado tantas fatigas y peligros peleando contra el Estado.» En estas quejas había algo de verdad. Después de tantas hazañas, de tantos sufrimientos de todo género, el soldado, extenuado por su campaña de las Galias, se encontraba, desde que Juliano tomó el mando, sin recibir gratificación ni estipendio alguno; porque Constancio se negaba a abrir el tesoro público y Juliano era demasiado pobre para suplir de su propio caudal. Más adelante quedó demostrado que el Emperador obraba con más malevolencia que economía; porque un día, habiendo un simple soldado pedido a Juliano, según costumbre, para afeitarse, y habiéndole dado el César algunas monedas de poco valor, Gaudencio, que entonces era notario, y que hacía mucho tiempo se encontraba en las Galias para espiar la conducta de Juliano, tomó pie de este hecho para propalar contra él las calumnias más injuriosas. Como más adelante se verá, este mismo Gaudencio recibió la muerte por orden de Juliano.

A fuerza de arte y lisonjas, el César consiguió al fin dominar la sedición. Cruzaron el Rhin por un puente de barcas, y pusieron pie en territorio alemán. Entonces Severo, general de la caballería, que hasta entonces había demostrado talento y valor, flaqueó de pronto; y cuando antes se le había visto dar a todos, juntos y en particular, lecciones de bizarría, no sabía ahora qué cobarde consejo dar para evitar el combate, como si presintiese su próxima muerte; así como, según los libros de Tegetes, los destinados a ser heridos por el rayo adquieren tal susceptibilidad, que no pueden oír el trueno ni ninguna clase de estrépito. Lejos de impulsar hacia adelante con su acostumbrado vigor, este general llegó hasta las amenazas más terribles contra los guías, que marchaban alegremente a la cabeza del ejército, para hacerles declarar unánimemente que no conocían el camino; y aquellos hombres, intimidados, no se atrevieron a dar un paso más.

Durante la forzosa inacción que siguió a esto, llegó de pronto Suomario, rey de los alemanes, con su comitiva. Enemigo feroz y encarnizado hasta entonces del nombre romano, había llegado a considerar en aquel momento como concesión inesperada la conservación de su propio territorio. El paso que daba y su actitud eran de suplicante, recibiéndole con amabilidad Juliano y tranquilizándole. Suomario se entregó entonces a merced suya, y pidió de rodillas la paz; obteniéndola a condición de devolver todos los prisioneros, y de proporcionar, en caso necesario, víveres a los soldados; obligándose, como proveedor ordinario, a recibir cada vez relación de lo que había entregado y a presentarla a cada requisa, so pena de doble entrega.

Terminado este convenio, se ejecutó en seguida. Tratábase ahora de llegar a la residencia de otro rey, llamado Hortario, y para esto se necesitaba un guía; dándose orden a Nestica, tribuno de los escutarios, y a Charietonio, varón de esclarecido valor, para que a toda costa cogiesen un prisionero. Éstos no tardaron en apoderarse de un joven alemán a quien Juliano ofreció la vida a condición de que mostraría el camino. Siguiendo a este guía, el ejército encontró primeramente una gran corta de árboles que le cerraba el camino; pero después de largo circuito, llegó al fin a su destino. El soldado mostró su ira con el incendio de las mieses, el pillaje de los ganados y por el implacable exterminio de cuanto oponía resistencia. El rey quedó aterrado ante aquel desastre, creyendo que había terminado su poder, cuando vio el número de legiones y los estragos del fuego. Acudió, pues, como el otro, a implorar su perdón, sometiéndose a todas las condiciones, y juró por su cabeza entregar todos los prisioneros, punto sobre que insistían más; a pesar de lo cual devolvió muy pocos al principio, conservando los restantes. Esta falta de fidelidad indignó a Juliano, cuando se presentó el rey a recibir los acostumbrados regalos, quedaron como rehenes cuatro de sus mejores y más queridos capitanes, no dándoles libertad hasta la completa entrega de los cautivos. Llamado entonces a la presencia del César, Hortario se prosternó, expresando terror sus ojos y dominado por la presencia de su vencedor, oyó que le imponía la condición más dura para él, pero que sin embargo no era más que el ejercicio de un derecho adquirido por tantas victorias; el de suministrar a su costa los carros y materiales necesarios para la reconstrucción de las ciudades que habían destruido los bárbaros. Accedió a ello, y cuando empeñó toda su sangre como garantía de su palabra, se le permitió retirarse. No le exigieron provisiones, como a Suomario, porque la completa devastación de su país hubiese hecho ilusorio este tributo.

De esta manera el extraordinario orgullo de aquellos reyes, acostumbrados a enriquecerse con el pillaje de nuestras provincias, se doblegaba bajo la dominación romana y aceptaban la obediencia como si hubiesen sido tributarios nacidos y acostumbrados por educación a la servidumbre. Terminadas todas estas disposiciones, el César distribuyó las tropas en sus diferentes cantones y regresó a invernar.

Cuando llegó a la corte de Constancio la noticia de estos acontecimientos (estando obligado el César, como un simple aparitor, a darle cuenta de todos sus actos), cuantos gozaban de algún ascendiente en el palacio, en calidad de aduladores, se esforzaron en ridiculizar aquellas empresas tan hábilmente meditadas y con tanta felicidad llevadas a cabo. Frecuentemente repetían: «Ya estamos hartos de la cabra y sus victorias», alusión a la larga barba de Juliano. Llamábanle también «topo hablador, mono purpurado, griego frustrado», chistes que resonaban bien en los oídos del príncipe y que tenía mucho gusto en provocar. Por esta razón trabajaban a porfía para desnaturalizar las virtudes de Juliano y calificarle de indolente, pusilánime, afeminado y hablador hábil para dar a los acontecimientos importancia que no tenían en realidad. Cuanto más alto está el mérito, mejor blanco es para la envidia, y en la historia leemos los efectos de la malevolencia contra los varones más eminentes, atribuyéndoles faltas e imperfecciones, en la imposibilidad de encontrárselas. Así es que se acusó de intemperancia a Cimón, hijo de Milcíades, cuyo brazo destruyó cerca de Eurymedon, en Pamfilia, innumerable ejército de persas y que obligó a aquella arrogante nación a humillarse para obtener la paz: así la envidia trató de manchar con el epíteto de soñoliento a aquel Escipión Emiliano, cuya enérgica actividad valió a Roma la destrucción de sus dos enemigos más encarnizados. Y se ha visto, en fin, a los detractores de Pompeyo esforzándose para descubrir su lado débil, fijarse en las dos particularidades más fútiles e insignificantes: en su costumbre de rascarse la cabeza con el dedo y en la venda blanca con que envolvía la lesión que tenía en una pierna. En lo uno creían ver indicio de costumbres disolutas, y en lo otro inclinación a cambiar la forma de gobierno. Esa, es, decían, la insignia de la realeza; no importa el punto en que la coloca: despreciable juicio que servía de pretexto a tantos clamores que se dirigían al hombre que, según los testimonios más respetables, mostró más templanza en su vida privada y más moderación en la pública.

Mientras ocurrían estas cosas, Artemio, que ya era vicario de Roma, reemplazó a Basso, titular recientemente investido del cargo, que acababa de morir. La administración de Artemio, aunque frecuentemente turbada por sediciones, no ofrece nada extraordinario digno de mención.

Augusto pasaba entonces el invierno en Sirmium, interrumpiendo su tranquilidad mensajeros que le trajeron la desagradable noticia de la unión de los Quados y Sármatas. Estos dos pueblos, entre quienes mantiene cierta inteligencia la proximidad de territorio y la semejanza de sus costumbres y manera de pelear, saqueaban de común acuerdo y por pequeños grupos las dos Pannonias y la Mesia Superior. Los dos pueblos son más aptos para los saqueos que para batallas campales: llevan largas lanzas y corazas de tela guarnecidas de escamas de cuerno pulido colocadas  como las plumas en el cuerpo de las aves: no usan más que caballos castrados, porque así permanecen tranquilos a la vista de las yeguas, y menos ardientes que los enteros; no relinchan tanto y no descubren el secreto de las emboscadas. Los Sármatas, con ayuda de estos corceles tan rápidos como dóciles, pueden recorrer grandes distancias huyendo o persiguiendo. El jinete lleva ordinariamente uno, algunas veces dos apareados, montándolos sucesivamente para economizar sus fuerzas con la alternativa de carga y libertad.

En cuanto pasó el equinoccio de primavera, se puso en campaña Constancio al frente de considerable ejército y bajo los auspicios más favorables. Llegado a las orillas del Inster (Danubio), crecido entonces por la licuación de las nieves, eligió el punto más a propósito para establecer un puente de barcas, cruzó el río y propagó el estrago por el territorio enemigo. Sorprendidos por aquel ataque, y viéndose encima un ejército completo cuya reunión les había parecido imposible en aquella época del año, los bárbaros no pudieron resistir, huyendo sin tomar aliento para escapar de aquel peligro imprevisto, pereciendo muchos de aquellos a quienes el terror encadenaba los pasos. Los que debieron la salvación a la rapidez de la carrera y pudieron refugiarse en las gargantas de sus montañas, desde aquellas guaridas contemplaron el desastre de su patria; desastre que sin duda habrían evitado si hubiesen desplegado tanto vigor para defenderse como para huir.

Estas cosas ocurrían en la parte del país de los Sármatas que da frente a la Pannonia inferior. Otro ejército, recorriendo como huracán la Valeria, devastaba allí con igual furor las propiedades de los bárbaros, saqueando o incendiando cuanto encontraba a su paso. Esta inmensa desolación conmovió al fin a los Sármatas, que renunciaron a esconderse y simularon proposiciones de paz, siendo su plan aprovechar la seguridad que a todos daría aquel paso y, dividiendo sus fuerzas realizar contra nosotros triple ataque bastante brusco para que no pudiésemos parar sus golpes, ni usar nuestros dardos, ni tampoco apelar al supremo recurso de la fuga. Los Quados, que habían sufrido igualmente en nuestras excursiones, se les unieron; pero era necesario pelear de frente, y su tentativa fracasó a pesar de la audacia y rapidez de sus medidas. Inmensa carnicería se hizo en ellos, y los que pudieron escapar solamente lo consiguieron refugiándose en parajes de sus montañas que ellos solos conocían.

Este triunfo alentó a los romanos, que marcharon entonces en masas compactas contra los Quados; quienes, juzgando por lo que acababa de acontecer la suerte que les esperaba, se presentaron como suplicantes al Emperador, atreviéndose a dar este paso por la mansedumbre de que frecuentemente habían dado pruebas en iguales ocasiones.

En el día fijado para convenir las condiciones, un joven sármata de gigantesca estatura, llamado Zizais, nacido de sangre real, llegó con los suyos, a quienes hizo formar para presentar su súplica en igual forma que si se tratase de dar una batalla. Al presentarse el Emperador, arrojó las armas y se tendió boca abajo. Dijéronle que presentase su petición, y, cuando quiso hablar, el miedo ahogó su voz; pero sus visibles esfuerzos para sofocar los sollozos conmovían los corazones con más elocuencia que las palabras. Tranquilizáronle, le invitaron a que se levantase, pero continuó de rodillas, y pudiendo hablar al fin, suplicó con instancias perdón y olvido de todas las ofensas que nos habían hecho. Entonces la comitiva que, con mudo terror, esperaba qué se decidiría de su jefe, fue admitida para que expusiese también sus súplicas; y el mismo jefe, al levantarse, dio la señal, tardía para su impaciencia. Con simultáneo movimiento, todos arrojaron los escudos, las lanzas, y alzando las manos cruzadas, se esforzaron en sobrepujar a su príncipe en demostraciones de humildad. Entre los Sármatas que había traido Zizais se encontraban tres reyezuelos sin vasallos, Rumón, Zinafro y Fragiledo, habiéndoles seguido otros muchos jefes, esperando conseguir igual favor. Sintiéndose todos reanimados por el buen resultado de las primeras instancias, pedían solamente rescatar por medio de las condiciones más duras el daño que habían causado sus hostilidades, y se sometían gustosos, con sus esposas y territorio, a merced del gobierno romano. Pero la clemencia y equidad hablaron más alto; mandándoseles que regresaran sin temor a sus hogares, y que nos devolviesen los cautivos. Entregaron también todos los rehenes que se les pidieron y se obligaron a cumplir la primera condición en breve plazo.

Esta clemencia produjo efecto, viéndose acudir con todos los suyos a Arehario y Usafro, ambos de sangre real, guerreros distinguidos y los primeros entre los notables de su país. Uno de ellos era jefe de una parte de los Transyugitanos y de los Quados; el otro de parte de los Sármatas, estrechamente unidos con los primeros por lazos de vecindad y salvaje conformidad de costumbres. Al verles tan numerosos, temió el Emperador que, so pretexto de tratar, intentasen apelar a las armas; por lo que consideró prudente separarles, y mantener a cierta distancia los que tenían que hablar por los Sármatas, hasta que terminase la negociación con Arahario y los Quados.

Éstos se presentaron inclinados profundamente, según la costumbre de su país, no pudiendo alegar excusa alguna por las atrocidades que habían cometido. Sometiéronse, pues, para evitar terribles represalias, a entregar los rehenes que les pidieron, cuando hasta entonces no se había podido conseguir de ellos ni la garantía más pequeña para un tratado. Terminado este arreglo, admitióse a su vez a Usafro para que solicitase separadamente su perdón. Pero Arahario reclamó, sosteniendo obstinadamente que el pacto ajustado con él alcanzaba implícitamente a aquel príncipe, aliado suyo, aunque inferior en categoría, y vasallo. Examinóse la cuestión y quedó decidido que los Sármatas, en todo tiempo clientes de los romanos, no estaban sujetos a ninguna otra dependencia, y que todos habían de entregar separadamente rehenes como garantía de su conducta venidera, aceptando ellos con agradecimiento.

Entonces acudió extraordinario número de pueblos y de reyes, quienes enterados de que Arahario había conseguido perdón, venían también a suplicar apartásemos la espada suspendida sobre sus cabezas. Concedióseles igual favor y ofrecieron en rehenes los hijos de las familias principales, que trajeron desde el fondo de su país. También devolvieron todos sus prisioneros, y mostraban tanto pesar al separarse de ellos como de sus compatriotas.

Hecho esto, se tomó en consideración el caso especial del pueblo sármata, que pareció más digno de compasión que de rencor. Increíble beneficio fue para ellos nuestra intervención en sus asuntos, y esta circunstancia parece comprobar la opinión de que la autoridad del príncipe encadena los acontecimientos y dispone de la suerte. Una raza indígena, fuerte y poderosa, había dominado en otro tiempo en aquel país; pero estalló contra ella una conspiración de sus esclavos, y como entre los bárbaros la fuerza es el derecho, los amos tuvieron que sucumbir ante sus adversarios, igualmente enérgicos y más numerosos. El miedo perturbó su consejo y huyeron al lejano país de los Victohalos, prefiriendo, al elegir entre dos males, el yugo de sus defensores al de sus propios esclavos. Cuando dispensaron los romanos su gracia a éstos, los Sármatas se quejaron de la sujeción que la desgracia les había hecho aceptar, y reclamaron nuestra protección directa. Conmovido el Emperador por sus quejas, les dirigió delante de todo el ejército benévolas palabras, excitándoles a obedecerle a él solo y a los generales romanos; y para sancionar su rehabilitación como pueblo por un acto solemne, les dio por rey a Zizais; quien en lo sucesivo se mostró digno de su elevación y de la insigne confianza depositada en él. Así terminó aquella serie de gloriosas transacciones; pero ninguno de los pretendientes recibió permiso para retirarse antes del regreso convenido de todos nuestros compatriotas prisioneros.

En seguida marcharon a Bregetium, en cuyo territorio sostenían los Quados un resto de hostilidad, que se quería ahogar en sangre o en lágrimas. Al ver nuestro ejército, que ya había llegado al centro del país y cuyo pie hollaba su suelo natal, Vitrodoro, hijo del rey Viduario y Agilimundo, vasallo suyo, acompañados por los jefes o jueces de muchas tribus, acudieron a prosternarse delante de nuestros soldados, y juraron sobre su espada desnuda, única divinidad que reconoce aquel pueblo, sernos fieles.

No bastaban los brillantes resultados obtenidos: la utilidad y la moral exigían que se marchase inmediatamente contra los Limigantos, los esclavos sublevados de los Sármatas, y que se hiciese justicia a las quejas que se tenían de ellos. En efecto; dejando dormir su antigua cuestión, en el momento en que sus anteriores amos invadían nuestro territorio, se habían apresurado a hacer lo mismo por su parte: no existiendo entre ellos otro punto en que estuviesen conformes más que el de la violación de nuestras fronteras. Sin embargo, el castigo que se proponían aplicarles sólo era  proporcionado a la magnitud de las ofensas; porque sólo se trataba de desterrarles, llevándoles a bastante distancia para que no pudiesen hacernos daño. Advertidos por el propio convencimiento de sus crímenes, comprendían que, después de larga impunidad, iba a caer con todo su peso la guerra sobre ellos, y se prepararon a conjurar el peligro, empleando, según las circunstancias, astucia, fuerza o ruegos. Pero al ver el ejército, quedaron como heridos por el rayo; y creyendo llegado su último momento, pidieron la vida, ofreciendo un tributo anual en dinero y hombres útiles, y últimamente su completa sumisión. Pero estaban decididos a negarse a la emigración, y en su actitud y semblante podía leerse su completa confianza en las defensas naturales del suelo que habían conquistado con la expulsión de sus amos. En efecto; de un lado tienen por frontera los Limigantos al rápido Parthisco que, corriendo oblicuamente para arrojarse en el Danubio, forma del país una especie de cuña prolongada y terminada en punta, protegida contra los romanos por el río principal y oponiendo su afluente robusta barrera a las incursiones de los bárbaros. El suelo de esta península, frecuentemente empapado por los desbordamientos de los dos ríos, es húmedo, pantanoso, y se necesita completo conocimiento del terreno para guiarse con seguridad entre los bosques de sauces que lo cubren. Una isla destacada del continente por las violentas aguas del Danubio forma como un anejo poco más arriba de la confluencia.

Llamados por Constancio los Limigantos, pasaron con arrogancia a nuestra orilla; no siendo aquéllo, como veremos más adelante, acto de deferencia, sino que deseaban mostrar que no les imponía el aspecto de nuestro ejército; retándonos con su actitud, como si desearan decirnos que habían querido negarse más de cerca. Presintiendo Constancio lo que podía acontecer, dividió el ejército en muchos cuerpos, y mientras avanzaban los bárbaros con audaz aspecto, les hizo envolver antes de que lo notasen. Colocado él mismo con escasa comitiva sobre un cerro, rodeado por su guardia, trató de persuadirles con palabras suaves a que se mostrasen menos obstinados; los bárbaros deliberaban y parecía que fluctuaban entre dos opiniones; pero de pronto, ocultando la violencia con la astucia, y creyendo que fingida humildad sería medio ventajoso para venir a las manos, arrojaron hacia adelante los escudos, avanzando insensiblemente en seguida para recogerlos, esperando por este medio ganar terreno sobre nosotros sin que se conociese. Entretanto pasaba el tiempo, y el día, declinando ya, aconsejaba poner término a aquella indecisión. Levantáronse, pues, las enseñas, y nuestros soldados cayeron sobre los bárbaros con el furor de un incendio. Por su parte los Limigantos estrechan sus filas, y se precipitan en compacta masa sobre el cerro en que, como ya se ha dicho, se encontraba el Emperador, amenazándole con el gesto y la voz. La indignación del ejército estalló ante aquella excesiva audacia; y en un momento se formó en el orden de batalla triangular, llamado, en el lenguaje de los soldados, cabeza de puerco, cae sobre el enemigo y lo derriba. Nuestros peones hacen a la derecha terrible carnicería en sus gentes de a pie, mientras que a. la izquierda nuestras turmas deshacen su caballería. La cohorte pretoriana destinada a la guardia del príncipe había sostenido al principio valientemente el ataque; no teniendo en seguida otra cosa que hacer sino herir por la espalda a los fugitivos. Los bárbaros demostraban hasta al morir terrible encarnizamiento, diciendo claramente sus gritos de rabia que no era para ellos lo más penoso morir, sino ver la alegría de sus vencedores. Además de los muertos, el campo de batalla estaba sembrado de desgraciados que, teniendo los jarretes cortados, no podían huir, o que habían perdido algún miembro, o que, libres del hierro, estaban sofocados bajo montones de cadáveres. Todos sufrían en silencio; ni uno solo de los afligidos con aquellas torturas pedía perdón, ni rendía las armas, ni siquiera imploraba el beneficio de muerte más rápida. Apretando todavía el hierro en. la moribunda mano, creían menos deshonroso morir que declararse vencidos. La suerte, murmuraban, y no el valor, había decidido de todo. La matanza de tantos enemigos apenas ocupó media hora, y solamente por la victoria se comprendió que había habido combate.

Inmediatamente después de este terrible castigo de la gente armada, sacaron de las cabañas, sin distinción de sexo ni edad, las familias de los que habían sucumbido. Ya no mostraban la anterior soberbia, sino que descendían a las sumisiones más humillantes. En un momento, solamente se vieron montones de cadáveres y bandas de cautivos. Entonces despertaron en los soldados el ardor por combatir y la avidez de pillaje, y quieren exterminar a cuantos han escapado del campo de batalla, o habían permanecido escondidos dentro de las chozas. Sedientos de la sangre de los bárbaros, corren a las habitaciones, derriban sus endebles techos y pasan a cuchillo a cuantos encuentran. Nadie halla abrigo en su casa, por buena construcción que tuviese; y para terminar, recurren al fuego, ante el que es imposible todo refugio. Entonces los bárbaros no tuvieron otra alternativa que morir abrasados o perecer bajo el hierro del enemigo al huir de aquel suplicio. Sin embargo, escapando algunos a la espada y a las llamas, se lanzaron al río inmediato, confiando en su destreza en la natación para llegar a la otra orilla; pero la mayor parte se ahogaron y las flechas hirieron a otros muchos. Las aguas del caudaloso río se tiñeron en seguida con la sangre de aquel pueblo, para cuya destrucción parecía que se habían conjurado dos elementos con el hierro de los vencedores.

Pero no se limitaron a esto, sino que, para quitar a los bárbaros hasta la esperanza de salvar la vida después del incendio de sus moradas y de arrebatarles sus familias, reunieron cuantas barcas poseían para ir en busca de los que estaban separados de nosotros por el río. Guiado cautelosamente un grupo de vélites, se colocó en ellas, penetrando por este medio en el refugio de los Sármatas. Creyeron éstos al pronto, al ver sus barcas movidas por remeros de su país, que se trataba de compatriotas; pero el hierro de las lanzas, que brillaba a lo lejos, les reveló la proximidad de lo que más temían, huyendo entonces a los pantanos, a donde les siguieron los romanos, que mataron considerable número, y que en. aquella ocasión supieron pelear y vencer en un suelo donde parecía que no se podía fijar el pie. Completamente destruidos o dispersos los Amicenses (así se llamaba aquella tribu), marcharon en seguida contra los Picenses, nombrados así por la comarca de que eran vecinos. No ignoraban éstos el desastre de sus compatriotas, pero la noticia había contribuido a aumentar su seguridad. Esta gente estaba dispersa por vasta comarca donde era difícil marchar a buscarla, ignorando nosotros los caminos; y para dominarla, se acudió al auxilio de los Taifales y de los Sármatas libres; ordenándose la operación según las respectivas posiciones, atacando al enemigo los romanos por la Mesia y ocupando los aliados las comarcas que tenían enfrente.

Aunque consternados los Limigantos por la terrible derrota de sus compatriotas, vacilaban todavía entre acudir a las armas o a las súplicas; si bien, después de lo que había pasado, debían saber ya a qué atenerse. En fin, en un consejo de ancianos prevaleció la resolución de rendirse, y a la gloria de las anteriores victorias se añadió la sumisión de enemigos que debían la libertad a su valor. Los pocos que quedaban, no queriendo entregarse a sus antiguos amos, que consideraban inferiores a ellos, acudieron como suplicantes a doblar la cerviz antes hombres que reconocían como superiores. Casi todos, confiando en nuestra fe, dejaron el inexpugnable asilo de sus montañas, y marcharon al campamento romano, desde donde se les dispersó en vasta comarca lejana, llevando consigo sus ancianos, sus esposas, hijos y lo poco que poseían, y que tan repentina marcha les permitía llevar. Aquellos mismos hombres que parecía no habían de abandonar su país sino con vida, en el tiempo que llamaban libertad a lo que solamente era desenfrenada demencia, se resignaban de esta manera a obedecer y aceptaban un establecimiento pacífico, seguros en adelante contra los males de la guerra y de la emigración. En esta condición vivieron algún tiempo en paz, aparentando estar satisfechos; pero sobreponiéndose muy pronto su ferocidad natural, les llevó, con nuevos crímenes, a merecer completa destrucción.

El Emperador coronó esta serie de triunfos dando a la Iliria doble prenda de seguridad. La idea era suya y tuvo la fortuna de realizarla: consistiendo en la vuelta a la posesión de su país de un pueblo de desterrados, cuyo carácter versátil podía sin duda inspirar algunos temores, pero del que podía esperar más circunspección en lo venidero. Y para dar mayor realce a este beneficio, le dio un rey, no desconocido, sino el que eligió el mismo pueblo, un príncipe de estirpe real, tan notable por sus prendas exteriores como por las cualidades de su espíritu. Esta conducta, tan sabia como afortunada, reveló el carácter de Constancio a los ojos del ejército, que unánimemente le otorgó otra vez el título de Sarmático, por el nombre de los pueblos que acababa de subyugar. El príncipe, en el momento de partir, mandó reunir las cohortes, las centurias y manípulos; y subiendo en seguida al  tribunal rodeado de los principales jefes del ejército, les dirigió estas palabras, muy adecuadas para producir favorable impresión:

«Varones esforzados, firmísimos sostenedores del poder de Roma; bien sé que los recuerdos gloriosos son el mayor goce para los corazones valientes, y por eso quiero, ya que el favor de lo alto nos ha concedido la victoria, enumerar con vosotros, sin lesión de la modestia, lo que cada cual ha hecho antes de la batalla y durante la pelea. En efecto; ¿qué puede haber más legítimo y menos sospechoso ante los ojos de la posteridad que este leal testimonio que se dan a sí mismos, después del triunfo, el soldado de su valor y el jefe de su acertada dirección? El enemigo desenfrenado desolaba la Iliria, y en su soberbia jactancia, insultándonos en nuestra ausencia, impuesta por las necesidades de Italia y de la Galia, extendió muy pronto los estragos hasta más allá de nuestras fronteras. Empleando troncos ahuecados cruzaba los ríos o los atravesaba por vados. Mal armado, sin fuerza verdadera e incapaz de luchar con un ejército regular, en todo tiempo se había hecho temer por la audacia, de sus inesperados latrocinios y su extraordinaria destreza para escapar. Demasiado alejados del teatro del daño, hemos tenido que confiar por mucho tiempo a nuestros generales el encargo de reprimir estos excesos; pero, con la impunidad, aumentaron hasta convertirse en una especie de devastación organizada de nuestras provincias. En esta situación ya, después de fortificar los caminos de la Rhecia, atendido de un modo eficaz a la seguridad de la Galia, tranquilos en cuanto a nuestra retaguardia, hemos venido, con el auxilio del Sempiterno Numen, a restablecer el orden en las Pannonias. Como sabéis, todo estaba dispuesto desde antes de terminar la primavera para atacar de frente las dificultades de esta campaña. En primer lugar hemos tenido que proteger contra una nube de dardos la construcción de los puentes que necesitábamos. Vencido en seguida este obstáculo, hollamos el suelo enemigo. Una parte de los Sármatas se obstina en pelear, costándonos poco trabajo su derrota. Los Quados, que pretenden socorrerlos, caen con igual furor sobre nuestras valientes legiones, y quedan igualmente destrozados. En fin, pérdidas enormes experimentadas, ora huyendo de nuestros golpes, ora empeñándose en resistirnos, les dieron la medida del valor romano, comprendiendo que no tenían más camino de salvación que la súplica. Han depuesto las armas, presentado a las ligaduras de la esclavitud las manos que habían empuñado el hierro, y han venido a arrojarse a los pies de vuestro Emperador, implorando la clemencia de aquel cuya fortuna habían experimentado en las batallas. Libres de estos enemigos, con igual gloria hemos derrotado a los Limigantos, cayendo bajo nuestros golpes considerable número de sus guerreros y buscando los demás refugio contra la muerte en sus pantanos. Completo nuestro triunfo, había llegado la vez a la clemencia. Los Limigantos se han visto obligados a emigrar bastante lejos para no poder emprender en adelante nada contra nosotros, y con esta condición. Hemos perdonado al mayor número. Zizais, nuestro fiel y agradecido aliado, va a reinar sobre los Sármatas libres, que tendrán un rey dado por nosotros, siendo esto mejor que quitarles uno, y aumentando el brillo de su advenimiento la circunstancia de ser el elegido por los pueblos, el jefe que ellos mismos querían. Esta campaña ha producido cuatro resultados afortunados para vosotros, para mí y para la república: se ha hecho justicia a los bandidos más peligrosos de todos: esto para el Estado: tenéis que repartiros multitud de cautivos; y para valientes, ya es bastante la recompensa conseguida con sus sudores y hazañas. Pero aun me quedan en mi tesoro abundantes medios para recompensaros. En cuanto a mí, he conseguido con mis desvelos y esfuerzos asegurar a todos mis súbditos la integridad de mi patrimonio, que es lo que ambiciona, lo que constantemente desea un buen príncipe. En fin, he recibido personalmente mi parte de despojos en esta gloriosa reiteración del título de Sarmático, que por unanimidad, me atrevo a decirlo, me habéis otorgado con justicia.»

Extraordinarias aclamaciones recibió el final de la arenga; y los soldados, cuyo entusiasmo se inflamaba con la promesa de ulteriores recompensas, volvieron a sus tiendas tomando, según la fórmula consagrada, al cielo por testigo, de que Constancio era invencible. De regreso al cuartel imperial, el príncipe descansó dos días y volvió a Sirmium con todo el aparato de la pompa triunfal. El ejército regresó en seguida a sus cantones.

Por este mismo tiempo llegaron a Ctesifonte, donde encontraron de regreso al monarca los tres legados enviados al rey de Persia, Próspero, Spectato y Eustato, quienes le entregaron la carta y los regalos que llevaban, y, fieles a su mandato, propusieron tomar lo existente como base del tratado, no aflojando ni un punto en lo que exigían los intereses y dignidad del Imperio, e insistiendo principalmente en que no se hiciese cambio alguno en el estado de las cosas relativamente a la Armenia y Mesopotamia. Después de largos esfuerzos para vencer la obstinación del rey, y viendo que se obstinaba más y más sobre la previa cesión de estas provincia, regresaron sin haber decidido nada. A esta misión siguió, en iguales condiciones, la del conde Luciliano y de Procopio, que entonces no era más que notario y que más adelante se vio arrastrado, por la fuerza de las circunstancias, a la sublevación.

 

 

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