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CAPÍTULO 30

LIBRO IV. LOS REYES DE TAIFAS.

SEGUNDA PARTE

V.

A fin de no interrumpir nuestro rápido bosquejo de la historia del principado de Málaga, hemos acaso anticipado un poco los sucesos y como ahora tenemos que echar una ojeada sobre los progresos que en este intervalo habían hecho el partido árabe, tenemos que volver algunos años atrás.

Habiendo muerto el Cadí de Sevilla, Abul-Casim Mohamed, a fines de Enero de 1042, le sucedió su hijo Abbad, que tenía entonces veintiséis años, con el título de hadjib o primer ministro del supuesto Hixem II. Es conocido en la historia con el nombre de Motadhid y aun cuando no tomo este título sino más adelante, lo llamaremos así desde ahora para evitar la confusión que puede producir el cambio de nombre.

El nuevo jefe del partido árabe en el S.O., tenía una de las fisonomías más acentuadas que haya producido la verde vez de una sociedad. Era en todo el digno rival de Badís jefe de la facción opuesta. Suspicaz, vengativo, pérfido, tiránico, cruel y sanguinario como él, y como él dado a la embriaguez, le excedía en lujuria. Naturaleza móvil y voluptuosa, si las hubo, sus apetitos eran insaciables e incesantes. Ningún príncipe de entonces tuvo un serrallo tan numeroso como el suyo: se asegura que entraron sucesivamente en él, ochocientas jóvenes.

Pero a pesar de esta semejanza general, los dos príncipes no tenían el mismo carácter; sus gustos y sus costumbres diferían en mucho. Badís era un bárbaro o poco menos, desdeñaba los buenos modales, la cultura, la civilización. No había poetas en los salones de la Alhambra; Badís que hablaba de ordinario berberisco, apenas hubiera podido entender sus cantos. Por el contrario Motadhid había recibido una esmerada educación y, si no podía pretender, en verdad, el título de sabio pues no había hecho extensos estudios, como estaba dotado de un gusto delicado y penetrante y de una gran memoria, sabía más de lo que sabe de ordinario un hombre culto. Los poemas que compuso y que, aparte de su valor literario, no dejan de tener interés para conocerle a fondo, le valieron de sus contemporáneos la reputación de buen poeta. Era amigo de las letras y de las artes. Por un poco de incienso colmaba de regalos a los poetas, gustaba de edificar magníficos palacios y hasta su tiranía tenía cierta especie de erudición, pues había tomado por modelo al Califa de Bagdad, cuyo título había adoptado, mientras que Badís ignoraba probablemente hasta en que época había vivido aquel Califa. Bebedores ambos, Badís se emborrachaba brutal, groseramente, sin vergüenza y sin recato, como un patán o como un pastor. Motadhid siempre hombre de mundo, siempre gran señor, no hacía nada sin gracia, tenía hasta en sus orgías cierto buen gusto y cierta distinción y, aun cuando bebían de una manera inmoderada él y sus compañeros de libertinaje improvisaban báquicas canciones que se distinguían por un gusto maravilloso y una gran delicadeza de expresión. Su organización poderosa se prestaba igualmente al placer y al trabajo; bebedor desenfrenado y trabajador prodigioso, pasaba de la fiebre de las pasiones a la de los negocios. Gustaba de entregarse todo entero a sus ocupaciones de príncipe, pero después de los esfuerzos sobrehumanos que hacía para recobrar el tiempo dado a los placeres, necesitaba la embriaguez de nuevo desórdenes para restaurar sus fuerzas. Y ¡cosa extraña¡, este tirano cuya terrible mirada hacía temblar a las numerosas bellezas de su serrallo, compuso para algunas de ellas, versos de una exquisita galantería y de una encantadora dulzura.

Había pues, entre Badís y Motadhid, la distancia que separa al malvado bárbaro del malvado culto; pero, en suma, el bárbaro era el menos profundamente depravado de los dos. Badís tenía cierta franqueza brutal hasta en el crimen, Motadhid era impenetrable hasta para sus confidentes. Mientras que su escrutadora mirada espiaba de continuo los pensamientos más secretos de los demás y los adivinaba, nadie sorprendía nunca un movimiento en su fisonomía, ni un acento de su palabra. El príncipe granadino exponía su persona en los campos de batalla, el de Sevilla aunque estuvo casi constantemente en guerra y no estaba falto de valor, no mandó sus tropas más que una o dos veces en toda su vida, y de ordinario, trazaba desde el fondo de su cubil, como dice un historiador arábigo, los planes de campaña a sus generales. Las astucias de Badís eran groseras y fáciles de desbaratar, las de Motadhid bien calculadas y sutiles fallaban rara vez. Ese era su fuerte; y se cuenta a este propósito una historia que merece ser referida.

Estando en guerra contra Carmona, Motadhid mantuvo correspondencia secreta con un vecino árabe de esta ciudad que le informaba de los movimientos y de los designios de los Berberiscos. Necesitaban naturalmente gran circunspección para que sus cartas no fueran interceptadas y para que nadie sospechara sus intrigas. Así, que Motadhid, según un plan que había concertado con su espía, hizo venir a su palacio a un palurdo de las cercanías, hombre sencillo y sin malicia, si los hubo, y le dijo:

—Quítate esa casaca que no vale nada y ponte esta djobba (chilaba). Es muy hermosa como ves y te la regalo, si haces lo que te voy a decir.» Lleno de alegría, el palurdo se puso la djobba, sin sospechar que en sus costuras se ocultaba una carta que Motadhid quería enviar a su espía, y prometió ejecutar fielmente lo que el príncipe le mandara. «Pues bien, le dijo Motadhid, toma el camino de Carmona y cuando llegues cerca de la ciudad, coge leña y haces un haz: entra en la ciudad y ponte donde se ponen de ordinario los leñadores pero no vendas tu haz, sino al que te ofrezca cinco dirhemes.

Aunque el palurdo no adivinaba en manera alguna el motivo de estas órdenes tan singulares se apresuró a obedecer. Salió, pues, de Sevilla y cuando llegó cerca de Carmona se puso a hacer haces, pero co­mo no tenía costumbre y hay haces y haces, según dice el proverbio, entró en la ciudad con un hacecillo de ramas muy chico y muy ruin y fue a situarse en el mercado.

—¿Cuánto vale ese haz?, le preguntó uno.

—Cinco dirhemes; si lo quiere lo toma y si no lo deja, respondió el palurdo.

El otro se echó a reír en sus barbas.

—¡Dios mío! ¿Es ébano?

—No, dijo otro, es bambú.

Y cada uno dijo su chiste, burlándose del palurdo.

Ya declinaba el día, cuando un hombre, que no era otro que el espía de Motadhid, se acercó al palurdo y habiéndole preguntado el precio de su haz, se lo compró y le dijo:

— Cárgate esa leña y llévala a mi casa. Voy a enseñarte el camino.

Cuando llegaron a la casa, el palurdo dejó la leña y habiendo recibido sus cinco dirhemes, iba a irse.

—¿Dónde vas tan tarde?, le preguntó el amo de la casa.

—Voy a salir de la ciudad, le respondió el palurdo.

—¿Piensas en eso? ¿No sabes que hay ladrones en el camino? Quédate ahí, te daré de cenar y una cama, y mañana temprano podrás ponerte en camino.

El palurdo aceptó esta oferta con reconocimiento; pronto una buena cena le hizo olvidar las burletas de que había sido objeto, y cuando hubo comido con excelente apetito, le dijo su huésped:

—Ahora dime de dónde vienes.

—De los alrededores de Sevilla donde vivo.

—Entonces, hermano, debes ser muy valiente y muy temerario para haberte atrevido a venir aquí, pues debes conocer la crueldad y la ferocidad de los Berberiscos y saber, que matan a un hombre en menos que canta un gallo. Sin duda que te trae alguna cosa importante.

—Nada; pero es preciso ganarse la vida y a nadie se le ha de ocurrir maltratar a un pobre palurdo, inofensivo, como yo.

Hablaron hasta que el palurdo empezó a dormirse. Entonces su huésped lo condujo al aposento que le destinaba. El otro quiso acostarse sin desnudarse, pero el de Carmona le dijo:

—Quítate tu «djobba», dormirás mejor y te levantarás más fresco, porque esta noche hace calor.

Hízolo el palurdo y al poco dormía profundamente. Entonces el espía cogió la djobba, descosió la costura, cogió la carta de Moladhid, la leyó, la contestó enseguida, puso su carta en lugar de la del príncipe, recosió la costura sin que se conociera, y volvió a poner la djobba en el sitio donde el palurdo la tenía. Éste, habiéndose levantado temprano al día siguiente, se la puso y después de haber dado las gracias al de Carmona por su hospitalidad, volvió a tomar el camino de Sevilla.

Cuando estuvo de vuelta, se presentó a Motadhid y le contó sus aventuras.

—Estoy satisfecho de tí, le dijo el príncipe con aire bondadoso y mereces una recompensa: Quítate la djobba, déjala ahí y toma un vestido completo que te regalo.

Loco de alegría, el palurdo cogió los hermosos vestidos que el príncipe le ofrecía y fue a contar con cierta vanidad a sus amigos, a sus vecinos y a sus conocidos todos, que el príncipe le había dado vestidos de honor, como si hubiera sido un hombre importante, un alto funcionario o una alteza. Pero que había servido de correo extraordinario, de conductor de despachos tan importantes que le hubieran costado la vida, si los Berberiscos se los hubieran encontrado; de eso no tuvo nunca ni la menor sospecha.

El príncipe de Sevilla era astutísimo, fertilísimo en expedientes, en estratagemas, en artificios de todo género; tenía a su disposición todo un arsenal de trampas y ¡desgraciado de aquel que provocara su cólera! Aunque se fuera a otro país, aunque se fuera a ocultar al fin del mundo, la venganza del príncipe lo alcanzaba infaliblemente. Cuéntase, que un ciego había sido privado por Motadhid de la mayor parte de sus bienes, que había derrochado el resto y completamente arruinado se había ido como peregrino mendicante a la Meca donde maldecía sin cesar y públicamente al tirano que lo había reducido a la mendicidad. Súpolo Motadhid y llamando a uno do sus súbditos que iba a hacer la peregrinación a la Meca, le entregó una cajita con monedas de oro bañadas con un veneno mortal.

—Cuando llegues a la Meca, le dijo, entrega esta cajita a nuestro conciudadano ciego, y le dirás que es un regalo que yo le hago, saludándolo de mi parte; pero ten cuidado de no abrir la cajita.

Prometióle el otro ejecutar sus órdenes, se puso en camino y cuando llegó a la Meca encontró al ciego:

—He aquí una cajita que Motadhid te envía, le dijo,

—¡Dios mío! ¡Aquí suena a metal, exclamó él; aquí dentro hay oro! ¿Pero cómo es posible que Motadhid que está en Sevilla y me redujo a la miseria me enriquezca en la Arabia?

—Los príncipes tienen caprichos muy raros, replicó el otro. Puede ser también que a Motadhid, convencido a estas horas de la injusticia que te ha hecho, le remuerda la conciencia. En fin, yo no sé nada de esto y nada me importa; no hago más que cumplir mi comisión. Toma este regalo que es para tí una fortuna inesperada.

— Ya lo creo, respondió el ciego; muchas gracias por tú trabajo y manifiéstale al príncipe mi agradecimiento.

Con su tesoro bajo el brazo, corrió el pobre hombre a su miserable cuchitril con toda la ligereza que su ceguera le permitía, y después de haber cerrado la puerta con cuidado se apresuró a abrir la cajita.

Dicen que no hay nada más embriagador para un desgraciado que ha luchado mucho tiempo contra la miseria y que la casualidad enriquece de pronto, que clavar los ojos en un montón de oro y dejarse deslumbrar por el brillo de relucientes monedas. Ciego, el Sevillano no podría proporcionarse tal placer, en el tacto y el oído debían remplazar a la vista, y fuera de sí, sumido en un delicioso éxtasis, tocaba, palpaba, manoseaba sus queridas monedas, las hacía sonar, las contaba, se las metía en la boca, se las comía por decirlo así. El veneno produjo su efecto; antes que llegara la noche el infeliz era cadáver.

Badís y Motadhid eran ambos crueles, pero con diferencias muy visibles. Mientras que el primero en sus accesos de ciego furor mataba él mismo a sus víctimas con sus propias manos, Motadhid usurpaba raras veces las atribuciones del verdugo; pero aunque no gustara mancharse de sangre sus manos aristocráticas, el odio era en él más implacable y tenaz que en su rival. Muerto su enemigo, la venganza de Badís estaba satisfecha y saciado su coraje; mandaba clavar la cabeza del cadáver a un poste porque esa era la costumbre, pero no iba más allá. Por el contrario, el odio del príncipe de Sevilla no se saciaba nunca; perseguía a sus víctimas más allá de la tumba, quería que el aspecto de sus restos mutilados estimulase de continuo sus pasiones feroces. A ejemplo del Califa Mahdi, hizo plantar flores en los cráneos de sus enemigos y los colocó en el patio de su palacio. Un pedazo de papel atado a la oreja de cada cráneo llevaba el nombre de aquel a quien había pertenecido. Muchas veces se extasiaba delante de este «jardín» como él lo llamaba. Y sin embargo no contenía las cabezas más preciosas a sus ojos, las de los príncipes que había vencido. Estas las guardaba con el mayor cuidado dentro de su palacio en una cajita.

Añadamos, que este monstruo de crueldad era a sus propios ojos el mejor de los príncipes, un Tito, hecho expresamente para la felicidad del género humano. «Si deseas, Dios mío, decía en sus versos, que los mortales sean felices, hazme reinar sobre todos los Árabes y sobre todos los bárbaros; porque yo nunca me he desviado del buen camino, nunca he tratado a mis súbditos, sino como es propio de un hombre generoso y magnánimo; siempre los protejo contra sus agresores, siempre aparto las calamidades de su cabeza»

VI.

Habiendo hecho primero matar a Habib, visir confidente de su padre, volvió Motadhid sus armas contra los Berberiscos y principalmente contra sus vecinos los de Carmona. Tenía un motivo especialísimo para odiar a los Berberiscos, pues creía que si no lo evitaba, le habían de quitar el trono a él o a sus descendientes, habiéndole predicho sus astrólogos que su dinastía sería derribada por hombres nacidos fuera de la Península. Todo lo puso pues, en obra para extirparlos. La guerra fue de larga duración. Mohamed, príncipe de Carmona, habiendo caído en una emboscada fue muerto (1042-3); pero sucedido por su hijo Ishac continuaron las hostilidades.

Al mismo tiempo, Motadhid ensanchaba sus límites por el Poniente. En 1044 quitó Mértola a Ibn-Taifur, después atacó a Ibn-Yahya, señor de Niebla. Este no era un Berberisco, sino un árabe, pero cuando se trataba de redondear su territorio, Motadhid no reparaba tanto. Reducido al último extremo, Ibn-Yahya se echó en brazos de los Berberiscos. Mudhaffar de Badajoz, vino en su ayuda, rechazó a Motadhid quien trató de formar contra él una liga formidable en que entraron Badís, Mohamed de Málaga y Mohamed de Algeciras. Abul-Walid ibn-Djahwar que, en el año 1043, había sucedido a su padre, como presidente de la república de Córdoba, hizo todo lo que pudo para reconciliar a ambos partidos, pero en vano: nadie dio oídos a sus embajadores.

Los Berberiscos habían formado el proyecto de marchar contra Sevilla, luego que hubieran dispuesto sus tropas y verificado su unión. Motadhid se les adelantó. Aprovechándose de la ausencia de Mudhaffar, que no había provisto suficientemente a la defensa de sus propios Estados, hizo primero asolar el territorio de Badajoz y luego, poniéndose, contra su costumbre, en persona al frente de su ejército, marchó contra Niebla, atacó a los enemigos en una especie de desfiladero cerca de las puertas de la ciudad y los precipitó en parte en el Tinto. Pero Mudhaffar consiguió rehacer sus tropas, las llevó de nuevo a la carga y obligó a Motadhid a retirarse.

Reunióse en seguida Mudhaffar con sus aliados, pero mientras que devastaba con ellos el territorio sevillano, Ibu-Yahya se apartó de su partido, habiéndole obligado Motadhid a hacer alianza con él. Mudhaffar lo castigó apropiándose el dinero que le había confiado y haciendo saquear la campiña de Niebla. Entonces Ibn-Yahya imploró el socorro de Motadhid que hizo atacar las tropas de Badajoz, las llevó a una emboscada y las puso en derrota, y no contento con este triunfo, hizo devastar los alrededores de Evora por su hijo Ismael. A fin de rechazar este ataque, el rey de Badajoz hizo tomar las armas a todos los que estaban en estado de llevarlas y habiendo recibido un refuerzo de su aliado Ishac de Carmona, salió al encuentro del enemigo. En vano los Berberiscos de Carmona le exhortaban a que no lo hiciera. «Ignoráis, le decían, que el ejército sevillano es numerosísimo; pero nosotros lo sabemos porque tenemos noticias de Sevilla y lo que es más, porque hemos visto las tropas de Motadhid.» El ardiente Mudhaffar no quiso creerlos, pero su audacia le costó cara, pues sufrió una terrible derrota en la que perdió tres mil hombres. Entre los muertos estaba el príncipe de Carmona, que mandaba las tropas de su padre. Su cabeza fue llevada a Motadhid, que la colocó en una cajita al lado de la del abuelo del joven príncipe.

Badajoz presentó por mucho tiempo un triste espectáculo. Las tiendas estaban cerradas, los mercados desiertos habiendo perecido la flor de la población en esta batalla fatal. Para colmo de males, los Sevillanos continuaban destruyendo las cosechas, de modo que el hambre asolaba el reino. Mudhaffar nada podía hacer. Abandonado por sus aliados, en vano los llamaba en su ayuda, se hallaba condenado a permanecer inmóvil e Inactivo en Badajoz, donde la ira le abrazaba las entrañas. Sin embargo, no se doblegó su orgullo. No quería ni oír hablar de acomodos, aunque su victorioso enemigo, no rehusara positivamente la mediación de Ibn-Djahwar. Fingía no cuidarse de sus pérdidas, hasta el punto de que envió a comprar cantadoras a Córdoba. Entonces había pocas, y no sin trabajo se encontraron dos que no eran una gran cosa. Al principio causó admiración el capricho del rey de Badajoz. Se le tenía por hombre grave, estudioso y que no hacía caso de cantarinas. No se comprendió que hubiera elegido para mandar comprarlas, el momento en que sus Estados presentaban el espectáculo de una horrible devastación. Pero cesó el asombro cuando se descubrió el móvil de su conducta. Mudhaffar había sabido que en la testamentaria de un visir cordobés que acababa de morir, Motadhid se había procurado una famosa cantadora y para manifestar que él podía también ocuparse de cantadoras con tanta tranquilidad como su adversario, las había mandado comprar.

Entre tanto Ibn-Djahwar, continuaba esforzándose en reconciliarlos y en el mes de Junio de 1051 lo consiguió al fin, pues en esta época por su intercesión, Mudhaffar y Motadhid hicieron la paz, después de largas negociaciones.

Motadhid volvió entonces todas sus fuerzas contra Ibn-Yahya de Niebla, reducido ya a sus propios recursos. Esta expedición no fue más que un paseo militar. Convencido de su debilidad, Ibn-Yahya, no intentó siquiera defenderse. Tomó el camino de Córdoba con intención de pasar allí el resto de sus días y Motadhid tuvo la cortesía de enviarle un escuadrón a guisa de escolta.

El príncipe que reinaba en Huelva y en la pequeña isla de Saltes, Abdalaziz el Becrita, comprendió entonces que le había llegado su vez; sin embargo, esperaba todavía salvar alguna cosa del naufragio. Apresuróse pues, a escribir a Motadhid, le felicitó por su reciente conquista, le recordó las relaciones amistosas que había habido siempre entre su familia y la de los Abbaditas, se declaró su vasallo y le ofreció Huelva a condición de que le dejara en Saltes. Motadhid aceptó la oferta y fingiendo querer abocarse con él, tomó el camino de Huelva. Abdalaziz, juzgó prudente no esperarlo y se fue con sus tesoros a Saltes. Habiendo tomado posesión de Huelva, Motadhid se volvió a Sevilla: pero dejando en Huelva uno de sus capitanes encargado de Impedir que Abdalaziz saliera de su isla y de que nadie se fuera con él. Informado de estas medidas, Abdalaziz tomó el partido más prudente: entró en negociaciones con el capitán de Motadhid, vendió al príncipe de Sevilla sus bajeles y sus municiones de guerra en precio de diez mil ducados y obtuvo permiso para irse a Córdoba. Durante el viaje, el pérfido Motadhid quiso hacerlo caer en un lazo y apoderarse de sus riquezas, pero Abdalaziz penetró sus designios y gracias a una escolta que pidió al príncipe de Carmona, llegó a Córdoba sin tropiezo.

Enseguida atacó Motadhid al pequeño principado de Silves, donde también reinaban árabes, los Beni-Mozaín cuyos abuelos poseían extensas propiedades en esta parte de la península y habían ocupados con frecuencia desde el tiempo de los Omeyas puestos importantes.

Resuelto a morir antes que a rendirse el príncipe de Silves se defendió con el valor de la desesperación. Pero el ejército sevillano, cuyo general era Mohamed (Motamid) hijo de Motadhid, aunque solo de nombre pues en esta época tenía apenas trece años, llevó el sitio con no menos vigor y al fin Silves fue tomado por asalto. Ibn-Mozain, en vano buscó la muerte en lo más recio de la pelea; se le perdonó la vida y Motadhid se contentó con desterrarlo. Luego, habiendo dado el gobierno de Silves a su hijo Mohamed, hizo marchar su ejército contra la ciudad de Santa María, situada cerca del cabo que lleva todavía este nombre. El Califa Solimán, la había dado en feudo a un tal Said ibn-Harut de Mérida, cuya genealogía no se conoce y que acaso no era ni Árabe ni Berberisco, pues los hombres cuyo origen desconocían los cronistas árabes, eran generalmente Españoles. Después de la muerte de Solimán se había declarado independiente y a su muerte le sucedió su hijo Mohamed. Atacado este por los Sevillanos no opuso más que una corta resistencia. Motadhid reunió el distrito de Santa María al de Silves y quiso que su hijo Mohamed los gobernara juntamente.

Gracias a estas rápidas conquistas, el principado de Sevilla se había extendido mucho hacia Poniente; pero se extendía todavía muy poco por el Mediodía donde dominaban los príncipes berberiscos. La mayor parte de ellos estaban entonces en paz con Motadhid y hasta habían reconocido su soberanía, o más bien, la del pretendido Hixem II. Motadhid, sin embargo, no se contentaba con tan poco: su intención era matar estos príncipes y apoderarse de sus Estados, pero procediendo con moderación y prudencia no quería aventurarse a tan atrevida tentativa, antes que sus maniobras subterráneas no le hubieran asegurado el triunfo.

Después da la conquista de Silves, fue pues, a devolver la visita, acompañado solo de dos sirvientes, a dos de sus vasallos, Ibn-Nuh señor de Morón e Ibn-abí-Corra, señor de Ronda, sin haberlos prevenido de su intento. Cuando se piensa en el odio que estos Berberiscos le tenían, se admira con razón, que tuviera la imprudencia de ponerse así en sus manos, pero el hecho es, que no carecía de audacia, y que, a pesar de su perfidia con todo el mundo, se fiaba de la buena fe de los demás. En Morón fue acogido de la manera más espléndida. Ibn-Nuh le manifestó su alegría por esta visita inesperada, le festejó con una suntuosa hospitalidad y le aseguró de nuevo que le seria siempre vasallo fiel. Pero Motadhid no había venido a oír cumplimientos, ni a recibir testimonios de afecto, su objeto era enteramente otro. Quería sondear el terreno y ganarse, si le era posible, algunos personajes influyentes. Conoció fácilmente que la población árabe ardía en deseos de sacudir el yugo berberisco y que, llegada la ocasión, podría contar con un apoyo. Gracias a las piedras preciosas y al dinero que llevaban sus dos acompañantes, corrompió hasta a algunos oficiales berberiscos sin que Ibn-Nuh tuviera la menor sospecha de estas intrigas.

Muy contento del resultado de su visita, Motadhid continuó su viaje, tomando el camino de Ronda. Allí fue recibido con la misma benevolencia y sus trabajos secretos le salieron tan bien o acaso mejor, porque los árabes de Ronda estaban todavía más impacientes que los de Moron de la dominación berberisca, pues, a lo que parece los Beni-abí-Corras eran señores más duros que los Ibn-Nuh. Motadhid llegó pues, a urdir una terrible conspiración que había de estallar a la primera señal.

En poco estuvo, sin embargo, que no pagara con su vida su audaz empresa. En una ocasión, hacia el fin de una comida en que no se había escaseado el vino, se sintió acometido de sueño.

—Me siento cansado y tengo ganas de dormir, le dijo a su huésped; pero no dejéis por eso la conversación ni las copas; un sueñecito me repondrá dentro de poco y entonces volveré a ocupar mi lugar en la mesa.

—Haced lo que queráis, señor, le respondió Ibn-abí-Corras, llevándolo a un sofá.

Al cabo de cerca de media hora, cuando Motadhid parecía dormir con profundo sueño, un oficial berberisco rogó a los otros que le escucharan un momento, pues tenía una cosa importante que decirles. Habiendo conseguido el silencio, les dijo en voz baja: «Me parece que tenemos aquí un carnero cebón que ha venido a ofrecerse espontáneamente al cuchillo. Esta es una fortuna que estábamos lejos de esperar. De nada nos hubiera servido dar todo el oro de Andalucía por tener aquí a este hombre y he aquí que él mismo viene.... Todos sabéis que es el mismo demonio y cuando haya dejado de existir, nadie nos disputará ya la posesión de esta tierra......

Todos quedaron en silencio, pero se miraron y la idea de asesinar al que todos odiaban y termina y cuyos caminos tortuosos les eran conocidos, sonreía a aquellos hombres endurecidos desde su infancia en toda especie de crímenes, sus atezados rostros no expresaron sorpresa ni repugnancia. Solo uno, más leal que los demás, sintió encendérsele la sangre a la idea de tan infame traición. Era un pariente del señor de Ronda, llamado Moadh-ibn-abí-Corras. Con los ojos encendidos en generosa indignación, se levantó y tomando la palabra: «¡Por Dios, no hagamos eso! dijo a media voz, pero con tono firme. Este hombre al venir aquí ha contado con nuestra lealtad, su conducta prueba que nos cree incapaces de hacerle traición, y nuestro honor exige que justifiquemos su confianza. ¿Qué dirían nuestros hermanos de las otras tribus si supieran que hemos violado los sagrados derechos de la hospitalidad y que hemos asesinado a nuestro huésped? ¡Maldiga Dios al que se atreva a cometer semejante crimen!» Los Berberiscos se conmovieron con estas nobles palabras. Recordándoles de un modo tan enérgico los deberes de la hospitalidad, Moadh había hecho vibrar en sus corazones una cuerda que rara vez se toca en vano en los pueblos africanos y asiáticos.

Entre tanto Motadhid, aunque se hacia el dormido, estaba completamente despierto. Presa de una angustia inexplicable, había escuchado todo lo que decían. Tranquilizado por el efecto que habían producido las palabras de Moadh, fingió despertarse y volvió a la mesa; todos los convidados se levantaron al punto, lo abrazaron y lo besaron respetuosamente en la frente. Le acariciaron con tanta más efusión, cuanto que su conciencia no estaba del todo tranquila y se reprochaban en secreto de haber tenido por un momento la idea de enviar a su huésped al otro mundo.

—Amigos míos, les dijo entonces el príncipe, tengo que volverme inmediatamente a Sevilla, pero en vísperas de dejaros no os puedo explicar cuán satisfecho estoy de vuestra acogida. Quisiera daros alguna pequeña muestra de mi reconocimiento, pero por desgracia la provisión de regalillos que traían mis servidores está ya casi agotada. Dadme, pues, papel y tinta, que cada uno me dicte su nombre y que me diga lo que quiere mejor, vestidos de honor, dinero, muchachas, esclavos o cualquiera otra cosa y que envíe a la capital cuando yo esté de vuelta uno encargado de recibir el regalo de destino.

Todos se apresuraron a obedecer al príncipe, y cuando este volvió a Sevilla, se presentó una multitud de criados de los Berberiscos que se llevaron a Ronda magníficos regalos.

Parecían, pues, existir las mejores relaciones entre Motadhid y los Berberiscos, los antiguos odios olvidados para dejar lugar a las mejores relaciones, a la amistad más íntima y cordial, cuando seis meses después de su visita, Motadhid invitó a los señores de Ronda y de Moron a un gran festín que quería ofrecerles según decía, para manifestarles su reconocimiento por su buena acogida. Invitó también a Ibn-Khazrun señor de Arcos y de Jerez y no tardaron los tres en llegar a Sevilla (1053). Motadhid les hizo una recepción magnífica y según costumbre les ofreció un baño como también a los principales personajes de su comitiva, pero bajo un pretexto cualquiera, detuvo a su lado al joven Moadh.

Cerca de sesenta Berberiscos fueron al edificio que el príncipe les había indicado. Después de desnudarse en la primera sala, entraron en la segunda la verdadera sala del baño. Como se ve hoy todavía en los países musulmanes, este era de piedra, revestido de mármol y coronado por una cúpula llena de agujeros en forma de estrellas, cubiertos por vidrios raspados. De techo en techo había tinas de mármol y tubos colocados en el espesor de los muros que partían de una caldera y mantenían un grado de calor muy elevado.

Saboreando las delicias y placeres que procura el baño, si bien los Berberiscos oyeron un ruido ligero, como si estuvieran trabajando albañiles, al principio no hicieron caso; sin embargo, al cabo de algún tiempo como el calor iba siendo cada vez más sofocante, quisieron abrir la puerta ¡pero cual no sería su espanto! La puerta estaba tapiada y todos los ventiladores tapados.... Todos se ahogaron.

Entre tanto el joven Moadh, después de esperar mucho tiempo el regreso de sus compañeros, acabó por ponerse en cuidado y se atrevió a preguntar a Motadhid porqué tardaban tanto en volver. El príncipe no vaciló en decírselo y como viera en su semblante un profundo terror, le dijo:

—Tú no tienes nada que temer, tus parientes y tus amigos merecían la muerte, pues que tuvieron por un momento la idea de asesinarme. Sabe que no dormía cuando se hizo esta propuesta, pero también oí las nobles palabras que pronunciaste en aquella ocasión y no olvidaré nunca que si vivo es a tí a quien se lo debo. Ahora tú puedes elegir, si quieres quedarte aquí, pronto estoy a partir contigo todas mis riquezas, pero si prefieres volver a Ronda, yo te haré volver lleno de regalos.

—¡Ay señor!, le respondió Moadh, (con profunda tristeza) ¿Cómo he de volver a Ronda, donde todo me ha de recordar a los que he perdido?

—Pues bien, quédate en Sevilla y no tendrás por qué quejarte de mí.

Y dirigiéndose a uno de sus servidores:

—Cuida, le dijo, de que se habilite inmediatamente un hermoso palacio a fin de que Moadh vaya a vivirlo. Lleva allí mil monedas de oro, treinta muchachas y diez esclavos.

—Te señalo además continuó, dirigiéndose a Moadh, un sueldo anual de doce mil ducados.

Moadh, permaneció pues, en Sevilla, donde vivió con regia opulencia. Diariamente le enviaba Motadhid regalos de mucho valor o de singular elegancia; le dio un mando en el ejército y siempre que consultaba a sus visires sobre los negocios de Estado, reservaba el asiento de honor al que le había salvado la vida.

Habiendo depositado las cabezas de los señores berberiscos en aquella horrible cajita que tanto gustaba de contemplar, Motadhid envió tropas que se posesionaran de Morón, de Arcos, de Jerez, de Ronda y de otras plazas. Ayudadas por la población árabe y por los traidores que se habían vendido a Motadhid, lo consiguieron sin gran trabajo. La toma de Ronda, donde Abu-Nazr había sucedido a su padre, parecía que debía costarles más, porque edificada sobre una montaña muy elevada y rodeada de precipicios, pasaba por inexpugnable. Pero los árabes se levantaron en masa contra los Berberiscos y se pusieron a asesinarlos con ciego furor. El mismo Abu-Nazr trató inútilmente de salvarse por la fuga; cuando trataba de escalar la muralla se resbaló y su cadáver cayó en el precipicio.

Sobre todo, la toma de Ronda causó al príncipe de Sevilla un gozo inexplicable. Apresuróse a fortificar todavía más esta ciudad y cuando se concluyeron los trabajos fue a inspeccionarlos y loco de contento compuso estos versos:

“Mejor fortificada que nunca, eres ahora la mejor alhaja de mi corona ¡oh Ronda! Las lanzas y las cortadoras espadas de mis valientes guerreros, me han procurado la ventaja de poseerte; tus habitantes ahora me llaman su señor y serán el más firme apoyo para mí. ¡Ah, que dure mi vida y yo sabré abreviar la de mis enemigos! ¡Mientras me quede aliento no he de cesar nunca de combatirlos! He pasado a cuchillo batallones y batallones y las cabezas de mis enemigos ensartadas como perlas, forman un collar en la puerta de mi palacio.”

VII

Mientras que Motadhid, infatuado con sus triunfos se entregaba a los transportes de un gozo inmoderado, Badís era presa de una creciente ansiedad. Cuando recibió la noticia de la terrible suerte que había cabido a los señores berberiscos, desgarró sus vestidos, dando alaridos de dolor y de ira; y cuando luego supo que por un movimiento de patriótica indignación toda la población árabe de Ronda se había levantado como un solo hombre para aniquilar a sus opresores, presentimientos negros vinieron a apoderarse y a atormentar su espíritu desconfiado. ¿Quién le respondía de que sus súbditos árabes no se hubieren concertado también con el Abbadita y de que no conspiraran contra su trono y su vida? Esta idea le perseguía sin descanso noche y día; se hubiera dicho que tenía raptos de locura. Ya enajenado de furia gritaba, juraba y se enfadaba con todo el mundo, ya turbado por el miedo y llena su alma de negra melancolía guardaba triste silencio y se consumía como árbol herido por el rayo. Cosa extraña y de mal agüero: Badís no bebía ya. 

Maduraba en secreto un proyecto terrible. Mientras que hubiera árabes en sus Estados no estaba tranquilo; la prudencia le mandaba exterminarlos o iba a hacerlo el viernes próximo cuando estuvieran reunidos todos en la mezquita. Sin embargo como no hacía nada sin consultar a su visir, el judío Samuel, lo informó de su plan, pero añadiendo que estaba firmemente resuelto a ejecutarlo lo aprobara o no. El judío creyó malo este plan y trató de apartar al príncipe de él. «Supongamos le dijo, que todo suceda a medida de vuestro deseo, supongamos que conseguís exterminar a los Árabes, y no contemos para nada el peligro de semejante empresa, ¿creéis que los Árabes de los otros Estados olvidarán la desgracia de sus compatriotas?, ¿creéis qué permanecerán tranquilos en sus casas? No, por cierto; ya me parece verlos correr furiosos, ya veo a enemigos tan innumerables como las olas del mar, caer sobre nosotros blandiendo sus cimitarras sobre nuestras cabezas» .... Por sensatas que fueran estas palabras no produjeron ningún efecto sobre Badís. Hizo prometer a Samuel guardar secreto y dio las órdenes necesarias para que todo estuviese dispuesto para el viernes. En aquel día deben reunirse los soldados, armados de todas armas, bajo pretexto de una revista.

Samuel, sin embargo, no estuvo ocioso: envió secretamente a los árabes principales algunas mujeres conocidas, que les aconsejaran no ir a la Mezquita el viernes inmediato sino por el contrario que se escondieran. Avisados así, los árabes se mantuvieron alerta y en el día prefijado no fueron a la mezquita sino algunos hombres del pueblo bajo. Furioso de ver frustrado su plan, Badís hizo ir a Samuel y le reprendió por haber divulgado el secreto. El visir lo negó, y luego añadió: «Se explica fácilmente que los árabes no hayan ido a la mezquita. Viendo que habíais reunido las tropas sin motivo alguno, puesto que estáis en paz con nuestros vecinos, han sospechado naturalmente que era contra ellos. En lugar de enfadaros debéis dar gracias a Dios, porque, adivinando vuestras intenciones, hubieran podido sublevarse, y ni han chistado. Considerad, señor, el asunto a sangre fría y día llegará en que veáis que tengo razón.» Acaso Badís en su ceguedad se hubiera negado a convencerse, pero habiendo asentido un jeque berberisco a lo que decía Samuel, acabó por confesar que se había equivocado. Ya no pensó más en exterminar a los súbditos árabes Pero instado por los fugitivos de Morón, de Arcos, de Jerez y de Ronda que habían venido a refugiarse en Granada, resolvió castigar al pérfido enemigo de su raza e invadió el territorio sevillano al frente de los emigrados y de tropas propias. No tenemos detalles de esta guerra, pero todo inclina a creer que debió ser sangrienta, porque, de una parte, los Berberiscos iban inflamados con el deseo de vengar a sus compatriotas, y, por otra, los árabes odiaban a los Granadinos mucho más que a los otros Berberiscos, pues los miraban como infieles, incrédulos y enemigos de la religión musulmana pues, tenían por visir un judío. «Tu espada ha castigado un pueblo que no ha creído nunca más que en el judaísmo aun cuando se da el nombre de Berberisco: decían los poetas sevillanos cuando contaban las victorias de Motadhid. A los ojos de los Sevillanos la guerra contra los granadinos era una guerra santa; así que los combatieron con tanto vigor que los obligaron a retirarse. Los emigrados tuvieron entonces mucho que sentir. No permitién­doles Motadhid volver a sus casas y no queriendo Badís que permanecieran en Granada, pues tenía que proveer a su subsistencia, tuvieron que pasar el Estrecho. Desembarcaron cerca de Ceuta, pero Sacot, señor de esta plaza, no los querían tampoco. Rechazados así por todo el mundo, cuando la miseria asolaba el África, casi todos murieron de hambre.

Motadhid dirigió enseguida sus armas contra el Hammudita Casim, señor de Algeciras. Era el más débil de los príncipes Berberiscos, así que pronto tuvo que pedir merced. Motadhid le permitió irse a vivir a Córdoba 1058.

Terminada esta nueva conquista creyó Motadhid que ya era tiempo de concluir la comedia que a ejemplo de su padre venía representando y declarar que el pretendido Hixem II había muerto. Las razones que había tenido su padre para guarecerse con el nombre de este monarca ya no existían. Todo el mundo estaba convencido además de que era imposible volver al pasado, de que el Califato había caído para no volver a levantarse; la experiencia había disipado en este punto todas las ilusiones. El esterero de Calatrava había llegado a ser un personaje inútil. Puede que este hombre, que nunca se mostraba ni al pueblo, ni a los cortesanos, hubiera muerto hacía muchos años, puede también que Motadhid harto de él lo hiciera matar, como algunos cronistas aseguran. No nos atreveríamos a afirmar nada en este punto, porque el príncipe de Sevilla sabía, cuando quería, rodear sus hechos de un misterio impenetrable. Ello es que en el año de 1059 reunió a los principales habitantes de la capital para decirles que el Califa Hixem había sucumbido algún tiempo antes de un ataque de perlesía. Mientras que había habido guerra que mantener, añadió, la prudencia le había impedido dar publicidad a este suceso, pero ya que estaba en paz con todos sus vecinos podrá hacerlo sin peligro. Luego, hizo enterrar los restos mortales del esterero de Calatrava con todos los honores regios y en su cualidad de «hadjib» o primer ministro, acompañó al cortejo a pie y sin «tailesan» (una especie de velo que se lleva sobre la cabeza y sobre las espaldas). Participó también la muerte del Califa a sus aliados del Este, exhortándolos a hacer nueva elección. Naturalmente nadie pensó en ello. Entonces se dice que pretendió que el Califa lo había nombrado en su testamento emir de toda España. Lo que por lo menos es cierto es que trataba de serlo; todos sus esfuerzos tendían a ese fin y ahora quería apoderarse de la capital de la monarquía. El destino sin embargo le preparaba un terrible desengaño.

Ya habían hecho sus tropas muchas razias en el territorio de Córdoba, cuando en el año de 1063 dio orden a Ismael, su hijo mayor y general de su ejército, de ir a tomar la ciudad medio arruinada de Zahara. Ismael puso dificultades, hizo objeciones. Ya había algún tiempo que estaba descontento de su padre. Quejábase de su dureza, de su genio tiránico y le acusaba de exponerlo con frecuencia a graves peligros, rehusando darle suficientes soldados cuando había que dar una batalla o que tomar una plaza. Un ambicioso aventurero fomentaba su descontento, Abu-Abdallah-Bizilyani que había emigrado de Málaga durante la toma de esta ciudad por Badís. Queriendo a toda costa llegar a ser primer ministro, sin importarle de quien, ni de donde, había tratado este intrigante de hacer nacer en el ánimo de Ismael el pensamiento de revelarse contra su padre y de fundar en cualquier parte, en Algeciras por ejemplo, un principado independiente, y había logrado demasiado su propósito, pues, cuando Ismael recibió la orden de marchar contra Zahara faltaba poco para poner el colmo a su irritación, y desgraciadamente su padre rehusó de nuevo darles todas las fuerzas que le pedía. En vano le manifestó Ismael que con los pocos soldados con que contaba, le sería imposible atacar a un Estado como Córdoba y que si venia Badís en ayuda de los Cordobeses como lo haría de fijo, pues era su aliado, se encontraría entre dos fuegos. Motadhid no qui­so escuchar nada, se enfadó y en su ira, llamó a su hijo cobarde, lo llenó de amenazas y faltó poco para que de las palabras no se pasara a los hechos. «¡Si tardas en obedecernos le escribió, te hago cortar la cabeza!»

Herido en su dignidad y lleno de cólera, Ismael se puso en camino, pero consultó a Bizilyaní y este tuvo poco que trabajar para persuadirlo de que había llegado el momento de ejecutar el proyecto de que habían hablado. A dos jornadas de Sevilla, Ismael dijo a sus capitanes que había recibido una carta de su padre en la que le mandaba volver a su lado, porque tenía que comunicarle cosas de importancia. Luego, acompañado de Bizilyani y unos treinta guardias de caballería volvió a Sevilla a toda prisa. Motadhid no estaba allí, pues residía en el castillo de Zahir al otro lado del rio. Ismael halló la ciudadela de Sevilla mal custodiada. Apoderóse de ella durante la noche, cargó les tesoros de su padre en mulas, y para que nadie pudiese atravesar el rio y llevar a Zahir la noticia de lo que acababa de pasar, hizo echar a pique los barcos anclados delante de la ciudadela. Y llevándose a su madre y a las otras mujeres del serrallo tomó el camino de Algeciras.

Paro a pesar del cuidado que se había tomado para que su empresa no llegara a oídos de su padre, este fue informado por un caballero de la escolta de su hijo que desaprobando su culpable conducta pasó a nado el Guadalquivir. En el mismo instante Motadhid mandó dar una batida en toda la campiña a secciones de Caballería y envió mensajes a los gobernadores de las fortalezas. Llegaron a tiempo, e Ismael encontró cerradas todas las puertas de los castillos que encontró en su tránsito. Temiendo entonces que los castellanos se reunieran para atacarlo, imploró la protección de Hazzadí, gobernador de un castillo situado en la cima de una colina en los confines del distrito de Sidona. Hazzadí accedió a su petición, pero estipulando que había de quedarse al pie de la colina. Luego, fue a verle, acompañado de sus soldados: le aconsejó que se reconciliara con su padre y le ofreció su mediación. Viendo que su plan se había frustrado por completo, Ismael consintió en todo lo que se le propuso. Entonces Hazzadí le permitió entrar en el castillo donde lo trató con todas las consideraciones debidas a su rango y se apresuró a escribir a Motadhid. Le decía en su carta que Ismael se arrepentía de su calaverada y suplicaba al príncipe que lo perdonara. No se hizo esperar la respuesta de Motadhid. Esta respuesta era consoladora, pues el príncipe declaraba que perdonaba a su hijo.

Ismael volvió a Sevilla. Su padre le dejó todos sus bienes, pero al mismo tiempo lo hizo vigilar estrechamente y mandó que cortaran la cabeza a Bizilyaní y a sus cómplices. Súpolo Ismael y, como conocía demasiado bien la doblez de su padre, no vio más que un lazo en el perdón que había obtenido. Desde entonces su partido estaba tomado. Habiendo ganado a fuerza de oro a sus guardas y a algunos esclavos, los reunió de noche, los armó, les dio de beber para animarles y escaló con ellos un sitio de palacio que creía fácil de sorprender. Esperaba encontrar a su padre dormido y esta vez estaba resuelto a quitarle la vida. Pero de pronto se presenta Motadhid a la cabeza de sus soldados. Al verlo los conspiradores huyen precipitadamente. Ismael consigue pasar las murallas de la ciudad, pero, soldados enviados en su persecución, lo alcanzan y se lo llevan prisionero.

Su padre en el colmo de su furor le hace arrastrar al interior de palacio y habiendo alejado a todos los testigos lo mata con sus propias manos. Castiga también cruelmente a sus cómplices, sus amigos, sus servidores y hasta a las mujeres de su serrallo. Hubo manos, narices y pies cortados, ejecuciones públicas y secretas.

Apaciguada su cólera, el tirano quedó presa de una tristeza sombría y de desgarradores remordimientos. Aquel hijo que se había revelado contra él, que había atentado contra su vida, que le había quitado sus tesoros y hasta sus mujeres, era sin duda muy culpable, pero si este podía decírselo y repetírselo a cada momento, tampoco podía olvidar que lo había amado de veras, porque a pesar da la dureza de su carácter, tenía una tierna afección a su familia. En este hijo prudente y sabio en el consejo, intrépido y valiente en el campo de batalla, había visto el apoyo de su prematura vejez y el continuador de su obra, ¡Y él había destruido con sus propias manos sus esperanzas más queridas!

«Al tercer día después de esta sangrienta catástrofe, cuenta un visir sevillano, entré con mis colegas en la sala del consejo. La cara de Motadhid era terrible; nosotros temblábamos de miedo y al saludarle apenas pudimos balbucear algunas palabras. El príncipe nos echó una mirada escrutadora desde los pies a la cabeza y luego rugiendo como un león: «¡Miserables, exclamó, a que viene ese silencio! Vosotros os regocijáis en secreto de mi infortunio; ¡salid de aquí!»

Acaso por primera vez, aquella salvaje energía, aquella voluntad de hierro, se sintió doblegada; aquel corazón en apariencia invulnerable había recibido una herida que el tiempo podría curar poco a poco, pero que le dejaría siempre una profunda cicatriz. Por lo pronto dejando en paz a la república de Córdoba, tan gozosa como admirada de este respiro, no pensó ya en sus vastos proyectos; pero insensiblemente volvió a ellos y fue Málaga la que despertó su ambición.

Agobiados hacía muchos años bajo el yugo de Badís, los árabes de Málaga maldecían a cada instante su tiranía y esperaban su libertad del príncipe de Sevilla. Bien sabían que también era un tirano, pero tirano por tirano preferían al que pertenecía a su misma raza. Entendiéronse, pues, con Motadhid y tramaron una conspiración. Badís mismo favoreció sus proyectos con su negligencia, porque sumido en una embriaguez casi continua, no se ocupaba de negocios sino a raros intervalos. En el día prefijado un levantamiento general e irresistible estalló en la capital y en veinte y cinco fortalezas; al mismo tiempo que tropas sevillanas mandadas por Motamid hijo de Motadhid, pasaron la frontera para venir en socorro de los insurrectos. Cogidos de improviso los Berberiscos fueron pasado a cuchillo y los que consiguieron escaparse no debieron su salvación más que a una pronta huida, de modo que en menos de una semana estuvo todo el principado en poder del príncipe de Sevilla. El castillo de Málaga, donde había una guarnición de negros, era el único que no se había rendido. Bien fortificado y situado en la cúspide de una montaña, podía sostenerse mucho tiempo y era de temer que Badís se aprovechara de este intervalo para venir en socorro de los sitiados. Tal era por lo menos la opinión de los jefes de la insurrección que aconsejaron a Motamid que estrechara el sitio del castillo, se mantuviera alerta y no se fiara mucho de los Berberiscos que en gran número servían en su ejército. Eran estos prudentes consejos, pero Motamid no los escuchó. Indolente por naturaleza y poco desconfiado se dejaba festejar por la población, que estaba encantada con sus amables maneras y daba demasiado oído a los oficiales berberiscos que, impulsados por una secreta simpatía hacia Badís, lo vendían y le aseguraban que el castillo no tardaría en rendirse espontáneamente. En cuanto a sus otros soldados, creyendo tam­bién que nada tenían que temer, vivían descuidados y se entregaban a los placeres.

Esta indolencia fue fatal para todos. Habiendo encontrado medios los negros del castillo de informar a Badís de que le sería fácil sorprender al ejército sevillano, se pusieron en camino las tropas granadinas y atravesaron la sierra con tanta presteza y precaución que entraron en Málaga sin que Motamid tuviera un momento antes la menor sospecha de que llegaban. No tuvieron pues, que combatir, todo lo que tuvieron que hacer era degollar soldados inermes y semi ebrios la mayor parte. Motamid se escapó retirándose a Ronda, pero todo el principado tuvo que someterse de nuevo a la dominación de Badis.

Imagínese la rabia de Motadhid cuando supo que por la culpable negligencia de su hijo había perdido un ejército y un soberbio principado. Comenzó por mandar que Motamid quedara preso en Ronda, luego olvidando los remordimientos que le había causado la muerte de su primogénito, quiso que el segundo pagara con su cabeza la falta que había cometido.

Ignorando hasta qué punto estaba irritado su padre Motamid le envió poemas llenos de hábiles adulaciones. En ellos hacia el elogio de su generosidad y de su clemencia y trataba de consolarlo recordándole sus antiguos tiempos. «¡Qué de brillantes victorias no habéis conseguido! decía, victorias de que siempre se hablará en los siglos futuros; las caravanas han llevado su fama a los países más lejanos y cuando los árabes del Desierto se reúnen a la claridad de la luna, para contar las hazañas de los héroes, no hablan más que de las vuestras». Intentaban excusarse echando toda la culpa a los pérfidos Berberiscos y pintaban con los más vivos colores la tristeza que le causaba su desgracia. «Mi alma tiembla, decía, mi voz y mis ojos están apagados. Las rosas han desaparecido de mis mejillas y sin embargo no estoy enfermo; mis cabellos han blanqueado y soy joven todavía. Nada me agrada ya; la copa y la guitarra han perdido sus atractivos para mí; las muchachas, ya sean provocativas ya tímidas han perdido el imperio que tenían sobre mí alma. Y no es porque yo me haya entregado a la devoción, ni a la santurronería, ¡no por Dios!, yo siento todavía hervir en mis venas la sangre fogosa de la juventud, pero lo único que ahora me agradaría seria obtener vuestro perdón y atravesar con mi lanza los cuerpos de vuestros enemigos.»

Motadhid se dejó ablandar poco a poco, parte por los poemas de su hijo, pues era muy sensible a los hermosos versos, parte por las súplicas de un piadoso ermitaño de Ronda. Permitió pues, a Motadhid volver a Sevilla y se reconcilió con él, pero el principado de Málaga estaba irrevocablemente perdido; Badís estaba ya demasiado alerta para que Motadhid pudiera intentar segunda vez parecido golpe de mano. Es tabién de presumir que el rey de Granada siempre inexorable en sus venganzas y que siempre iba rodeado de ver­dugos, castigara con el fuego, con el hierro y con el hoyo a los infelices que habían tenido la insolencia de rebelarse contra él y que de este modo quitara a los descontentos las ganas de reincidir.

En medio de sus males tuvieron sin embargo el consuelo—y lo era porque a su odio a la opresión se juntaba un tanto de fanatismo religioso —tuvieron, repetimos, el consuelo de saber que había concluido la influencia de los judíos en la corte granadina.

Samuel había muerto, pero le había sucedido su hijo José. Este era también un hombre hábil o instruido, pero no sabía como su padre hacerse perdonar a fuerza de modestia la alta dignidad que ocupaba. Ostentaba el fausto de un príncipe, y cuando iba a caballo al lado de Badís, no se notaba diferencia alguna entre el traje del príncipe y el del ministro. Y en verdad era más monarca que el monarca. Dominaba completamente a Badís que estaba sumido en una embriaguez casi continua y, a fin de que el príncipe no intentara sustraerse a su dominio, le había rodeado de espías que le referían hasta sus menores palabras. Por lo demás, no era judío más que nombre. Se decía al menos que no creía más en la religión de sus antepasados que en las otras y que las despreciaba todas. No parece haber atacado abiertamente la de Moisés, pero en cuanto a la de Mahoma manifestó en público que sus dogmas eran absurdos y puso en ridículo muchos versículos del Corán.

Por su altanería, su orgullo y su poco respeto a la justicia, José había ofendido a los árabes, a los Berberiscos y hasta a los judíos. Muchos delitos le fueron imputados y se acarreó una multitud de enemigos entre los que ocupaba el primer lugar un faquí árabe Abu-Ishac de Elvira. La juventud de este había sido borrascosa; más tarde habla pretendido en la corte un cargo al que parecía darle derechos su nacimiento, pero no lo había conseguido; José había frustrado sus esperanzas y lo había enviado al destierro. Entonces se hizo devoto; paro llano de odio contra José, compuso contra él y sus correligionarios el violento poema que va a leerse:

“Ve, mensajero mío, ve a llevar a todos los Chinhedjitas, las lunas llenas y los leones de nuestro tiempo, estas palabras de un hombre que los ama que los compadece y que creería faltar a sus deberes religiosos sí no les diera consejos saludables:

Vuestro señor ha cometido una falta de que sus enemigos se regocijan: pudiendo elegir su secretario entre los creyentes, lo ha tomado entre los infieles. Gracias a este secretario los judíos antes despreciados se han hecho grandes señores y ya no tienen límites su orgullo y su arrogancia. De pronto y sin esperarlo han llegado a todo lo que podían desear, a la cúspide de los hon­res de modo que el mico más vil de los infieles, cuenta hoy entre sus criados multitud de piadosos y devotos musulmanes. ¡Y todo esto no lo deben a sus propios esfuerzos, quien tan alto los ha elevado es un hombre de nuestra religión! ¡Ah! ¿por qué este hombre no sigue para con ellos el ejemplo que le han dejado los príncipes buenos y devotos de otros tiempos? ¿Por qué no los deja en su sitio, por qué no los hace los más viles de los mortales? Entonces, marchando en cuadrillas, llevarían en medio de nosotros una vida errante, blanco de nuestro desde y de nuestro menosprecio; entonces no tratarían a nuestros nobles con altivez y a nuestros santos con arrogancia; no se sentarían a nuestro lado esos hombres de raza impura y no cabalgarían al par de los grandes señores de la corte.

¡Oh Badís! Vos sois un hombre de gran sagacidad; vuestras conjeturas equivalen a la certeza: ¿cómo no veis, pues, el daño que hacen esos diablos cuyos cuernos se muestran en vuestros dominios? ¿Cómo podéis tener afecto a esos bastardos que os han hecho odioso al género humano? ¿Con qué derecho esperáis afirmar vuestro poder, cuando esas gentes destruyen lo que vos edificáis? ¿Cómo podéis conceder a un malvado tan ciega confianza haciendo de él vuestro amigo íntimo? ¿Habéis olvidado que el Omnipotente dice en la Escritura que es preciso no tratarse con malvados? ¡No tomes esos hombres por ministros, abandónalos a las maldiciones, porque toda la tierra grita contra ellos; pronto temblará y entonces pereceremos todos! Dirigid vuestras miradas a otros países y veréis que donde quiera se trata a los judíos como a perros y que se les tiene apartados. ¿Por qué vos solo habéis de obrar de otra manera, vos que sois un príncipe querido de vuestros pueblos, vos que procedéis de una ilustre familia de reyes, vos que sobresalís sobre nuestros contemporáneos como vuestros abuelos sobresalieron entre los suyos?

Cuando llegué a Granada, vi que los judíos reinaban allí. Se habían dividido entre ellos la capital y las provincias; donde quiera mandaba uno de esos malditos. Percibían las contribuciones, tenían buena mesa y estaban magníficamente vestidos, mientras que nuestras ropas estaban viejas y destrozadas. Todos los secretos del Estado les eran conocidos ¡qué imprudencia confiarlos a traidores! Los creyentes hacían una mala comida a «dirhem» por cabeza, pero ellos comían suntuosamente en palacio. Ellos os han suplantado en el favor de vuestro señor, oh musulmanes, ¡y vosotros no se lo impedís y los dejáis! Sus oraciones resuenan como las vuestras, ¿no lo oís, no lo veis? Matan bueyes y carneros en nuestros mercados ¡y coméis sin escrúpulo la carne de los animales muertos por ellos! El jefe de esos micos ha enriquecido su Alcázar con incrustaciones de mármol; ha hecho construir fuentes por donde corre el agua más pura, y mientras que nos hace esperar a su puerta, se burla de nosotros y de nuestra religión. ¡Qué desgracia, Dios mío! Si yo dijera que es tan rico como vos, monarca mío, diría la verdad. ¡Ah! ¡degolladlo pronto y ofrecedlo en holocausto; sacrificadlo que es un carnero cebón! No perdonéis tampoco a sus parientes, ni a sus amigos; ellos han acumulado también inmensos tesoros. Tomad su dinero, vosotros tenéis a él más derecho que ellos. No creáis que sea una perfidia matarlos; no, la verdadera perfidia sería dejarlos reinar. Ellos han roto el pacto que habían hecho con nosotros ¿quién se atrevería a condenaros si castigáis a los perjuros? ¿Cómo hemos de aspirar a señalarnos cuando vivimos en la oscuridad y los judíos nos deslumbran con el brillo de sus grandezas? ¡Comparados con ellos, nosotros somos despreciables y se diría en verdad, que nos­otros somos los malvados y que ellos son los buenos! No permitáis más que nos traten, como lo han hecho hasta ahora, porque vos nos respondéis de su conducta. ¡Acordaos también de que ha de llegar un día en que tengáis que dar cuenta al Eterno de la manera con la que habéis tratado al pueblo por él elegido para gozar de la felicidad eterna!”

Este poema hizo poco efecto en Badís que tenía a José una confianza ilimitada, pero produjo una sensación profunda entre los Berberiscos que, juraron la pérdida del judío y los jefes del complot esparcieron el rumor de que José se había vendido al rey de Almería, Motacim, con quien estaban entonces en guerra. Y como los menos crédulos y los que estaban menos cegados por la pasión les preguntaran qué interés podía tener José en hacer traición a un príncipe a quien manejaba a su arbitrio, le respondían que cuando el judío hubiera hecho perecer a Badís y hubiera entregado sus Estados a Motacim, haría también morir a este último y entonces se sentaría en el trono. Es casi excusado decir que todo esto no era más que pura calumnia. El hecho es, que los Berberiscos buscaban un pretexto para derribar a José y para robar a los judíos cuyas riquezas envidiaban. Creyendo al fin, haberlo encontrado, se amotinaron y asaltaron el palacio real, donde José se había refugiado. Para escapar a su ciego furor, el judío se metió en una carbonera, donde se tiznó la cara a fin de que no lo conocieran, pero fue descubierto, reconocido, muerto y atado a una cruz. Los granadinos enseguida comenzaron a asesinar a los otros judíos y a saquear sus casas; cerca de cuatro mil personas fueron víctimas de su odio fanático (30 de Diciembre de 1066).

VIII.

No estaba más tranquilo que el Mediodía el resto de la España musulmana; en todas partes se disputaban con encarnizamiento los restos del califato, y entretanto, se veía engrosar en el Norte un torrente que ame­nazaba tragarse todos los Estados musulmanes de la Península.

Durante medio siglo, los reyes cristianos habían tenido bastante que hacer en su casa, para meterse a conquistadores; pero en el año de 1055 cambiaron las cosas. En esta época Fernando I, rey de Castilla y de León, se halló al cabo en disposición de dirigir todas sus fuerzas contra los Sarracenos. Era de prever que estos últimos no se hallaban en estado de resistirlo. En efecto, todas las ventajas estaban departe de los cristianos; tenían lo que sus enemigos no tenían, espíritu marcial y entusiasmo religioso. Así que las conquistas de Fernando fueron rápidas y brillantes. Quitó a Mudhaffar de Badajoz, Viseo y Lamego (1057), al rey de Zaragoza, las fortalezas al Sur del Duero; hizo una terrible razzia en los Estados de Mamun de Toledo y avanzó hasta Alcalá de Henares. Los vecinos de esta ciudad mandaron a decir a su soberano que, si no se apresuraba a socorrerlos, tendrían que rendirse enseguida. Mamun, demasiado débil para rechazar al enemigo, tomó el partido más prudente; vino en persona a ofrecer a Fernando una inmensa cantidad de oro, plata y piedras preciosas y se declaró su vasallo y tributario, como ya lo habían hecho los reyes de Badajoz y Zaragoza.

Le tocó el turno a Motadhid. En el año de 1063 vino Fernando a quemar los pueblos del territorio sevillano y era tal la debilidad de los Estados musulmanes que Motadhid, aunque era sin disputa el monarca más poderoso de Andalucía, creyó prudente imitar el ejemplo que le habla dado Mamun. Se presentó en el cam­pamento cristiano, ofreció ricos presentes a Fernando y le suplicó que perdonara a su reino. Fernando no parece que conoció la bellaquería, ni la crueldad de este hombre, a quien las canas y una frente surcada de arrugas, daban la apariencia imponente y venerable de un anciano; pues, aunque no contaba aún más que cuarenta y siete años los cuidados de la ambición, el trabajo, los excesos y acaso los remordimientos lo habían envejecido ante de tiempo. No es pues, de admirar que el rey de Castilla se conmoviera con sus súplicas; pero creyendo que debía consultar a los grandes y a los obispos de su reino, los convocó para preguntarles qué condiciones había de imponer a Motadhid. La asamblea decidió que el rey de Sevilla quedaría obligado a pagar un tributo anual y a entregar a los embajadores que Fernando le enviara el cuerpo de Santa Justa virgen y mártir del tiempo de la persecución romana. Y habiendo aceptado Motadhid estas condiciones, Fernando se volvió con su ejército y, cuando llegó a León, envió a Sevilla a Alvito, obispo de la capital y a Ordoño obispo de Astorga.

Los dos prelados tenían que cumplir una doble tarea: tenían que transportar a León el cuerpo de la santa y arreglar el asunto del tributo. Desgraciadamente, las pesquisas que se hicieron para descubrir las reliquias de Santa Justa fueron inútiles. «Ya lo veis, hermanos míos, dijo Alvito a sus compañeros; a menos que nos preste su ayuda la misericordia divina, nos volveremos engañados en las esperanzas que nos han hecho hacer este penoso viaje. Creo pues, necesario que pidamos a Dios con tres días de ayunos y oraciones que se digne descubrirnos el oculto tesoro que buscamos.» En consecuencia, les cristianos oraron y ayunaron durante tres días, de lo que la salud de Alvito ya quebrantada cuando llegó a Sevilla sufrió mucho. En la mañana del cuarto día reunió de nuevo este obispo a sus compañeros y le dijo: «Debemos, queridos hermanos, dar gracias a Dios de todo corazón pues, en su misericordia, se ha dignado disponer que no quede nuestro viaje sin recompensa. Verdad es que un mandato del cielo nos prohíbe sacar de aquí las reliquias la bienaventurada Justa, pero llevareis a nuestra patria un don no menos precioso, a saber, el cuerpo del bienaventurado Isidoro que tuvo en esta ciudad la mitra episcopal y que por sus obras y su palabra fue ornamento de la España entera. Yo había querido, hermanos míos, orar y velar toda la noche, pero habiéndome sentado un momento abrumado de cansancio, fui vencido por el sueño. Entonces se nos apareció un anciano vestido con hábitos episcopales.

—Ya sé, nos dijo, a lo que habéis venido tú y tus compañeros, pero como no es la voluntad divina que esta ciudad quede apenada con la salida de Santa Justa y Dios en su inagotable misericordia no quiere tampoco que tú y tus compañeros os marchéis con las manos vacías, os da mi cuerpo.

—¿Y quién sois vos que me dais estas órdenes?, le pregunté yo.

—Soy, me respondió, el doctor de las Españas y antes fui el jefe de los sacerdotes de esta ciudad; soy Isidoro.

Habiendo dicho esto desapareció y habiendo yo despertado supliqué a Dios que si esta visión provenía de él, se dignara repetirla por segunda y tercera vez.

Repitióse en efecto otras dos veces y en cada una el anciano me dirigió las mismas palabras, más a la tercera añadió mostrándome el lugar en que su cuerpo estaba enterrado y tocándolo tres veces con una varilla que tenía en la mano:

—Aquí, aquí, aquí, hallarás mi cuerpo y a fin de que no imagines que soy un fantasma que te engaña, reconocerás la verdad de lo que te digo por esta señal: en cuanto mi cuerpo sea desenterrado te entrará una enfermedad incurable y dejando ese cuerpo mortal vendrás a nosotros con la corona de los justos.

Dicho esto, la visión desapareció.

Alvito se presentó enseguida con sus compañeros en el palacio de Motadhid, le repitió su visión y le pidió permiso para llevarse el cuerpo de Isidoro en lugar del de Santa Justa.

El relato del obispo debió producir sobre Motadhid una impresión singular. Escéptico y burlón menospreciaba igualmente todas las religiones y no creía sino en la astrología y en el vino. Escuchó al obispo con imperturbable seriedad y cuando hubo concluido su larga arenga: «¡Ay!, exclamó con un tono de profunda tristeza, ¿si os doy a Isidoro qué me resta? Mas si tal es la voluntad de Dios, ¡que se cumpla! Vos sois un hombre demasiado venerable para que os pueda negar nada. Buscad el cuerpo de Isidoro y llevároslo aun cuando sea a pesar mío.» El árabe como verdadero zorro que era, comprendió el partido que podía sacar de la piedad de los cristianos, piedad de la que se reía bajo capa. Teniendo que pagar un tributo calculaba que, si fingía atribuir gran precio a las reliquias, si, por decirlo así, no se las dejaba arrancar sino defendiéndolas cuerpo a cuerpo, podrían llegar a serle muy útiles. Pensaba hacer como el deudor que, apremiado a pagar su deuda, hace entrar en la cuenta alguna antigualla que hace aceptar a su acreedor como un objeto de una antigüedad, de una rareza y de un precio extremados. Así, que representó su papel hasta el fin, pues, en el momento en que el obispo de Astorga (su colega Alvito acababa de morir) iba a salir de Sevilla con los restos de Isidoro, fue al encuentro del cortejo, echó sobre el féretro un manto de brocado lleno de arabescos de maravilloso trabajo y dando un gran suspiro: «¡Ya te vas de aquí Isidro, hombre venerable!, exclamó; ¡tú sabes cuán estrecha amistad nos une!»

El año siguiente (1064) fue extremadamente desastroso para los musulmanes. Coimbra tuvo que rendirse a Fernando, después de haber sostenido un sitio de seis meses. En virtud de la capitulación, más de cinco mil de los defensores de la plaza fueron entregados al vencedor y los demás abandonaron sus moradas sin llevar consigo más que el dinero necesario para el viaje. Más aún, todos los musulmanes que habitaban el Duero y el Mondego recibieron orden de salir del país. Fernando volvió sus armas contra el reino de Valencia, donde reinaba el débil e insolente Abdelmelic-Mudhaffar que había sucedido a su padre Abdalaziz en 1061. Sitiaron la capital, pero, viendo que era difícil de tomar, recurrieron los Castellanos a una estratagema para privarla de sus defensores. Fingieron retirarse y los Valencianos salieron entonces para perseguirlos vestidos de gala, tan fácil suponían el triunfo. Pero su audacia le costó cara. Cerca de Paterna, a la izquierda del camino que va de Valencia a Murcia, fueron atacados de improviso por los Castellanos. La mayor parle fueron muertos y su rey debió su salvación a la ligereza de su caballo. La toma de la fortaleza de Barbastro, una de las más importantes del N. E., fue también una gran calamidad. Cayó en poder de un ejército de Normandos mandados por Guillermo de Montreuil, entonces general en jefe de las tropas pontificias y que en los romances caballerescos es conocido con el nombre de Guillermo el Chato. Horrible fue la suerte de los vencidos. Habíanse rendido los soldados de la guarnición bajo condición de que se les perdonase la vida; pero en cuanto salieron de la ciudad fueron casi todos asesinados. No fueron mejor tratados los vecinos. También ellos habían obtenido el «aman» y se preparaban a abandonar la ciudad, cuando Guillermo de Montreuil a quien su número causaban inquietud, ordenó a sus soldados que aclararan sus filas, y no cesó la carnicería sino después que perdieron la vida seis mil personas, después se ordenó a todos los que tenían casa que entraran en la ciudad con sus mujeres, y con sus hijos. Obedecieron y los Normandos lo dividieron todo entre sí. «Cada caballero que recibía en suerte una casa, dice un autor árabe de esta época, recibía además todo lo que había dentro, mujeres, hijos, dinero etc. y podía hacer del amo de la casa todo lo que quisiera: así; que tomaba todo lo que el amo le enseñaba y le obligaba con todo género de torturas a entregarle lo que pretendía ocultar. A veces, el musulmán entregaba el alma en medio de estos tormentos, lo que era realmente una suerte para él, porque si sobrevivía tenía que experimentar dolores más amargos, pues los infelices, por un refinamiento de crueldad, tenían el placer de violar las mujeres y las hijas de sus prisioneros ante los ojos de estos. Cargados de cadenas tenían estos infieles que asistir a estas escenas horribles, partido el corazón y llenos de lágrimas los ojos.» Felizmente para los musulmanes, Guillermo y sus compañeros no tardaron en abandonar España, para ir a gozar en su patria de las riquezas que habían adquirido. No quedó en Barbastro más que una guarnición muy escasa y Moctadir de Zaragoza que había recibido de Motadhid un refuerzo de quinientos caballeros, aprovechó esta circunstancia para recobrar la ciudad en la Primavera del año siguiente (1065).

Fernando entretanto continuaba sus trabajos para apoderarse de Valencia y aunque el rey de esta ciudad había recibido refuerzos da su suegro Mamun de Toledo, se encontraba en una posición muy peligrosa cuando Fernando cayó enfermo, lo que le obligó a volver a León. Sin embargo Abdelmelic no tuvo mucho tiempo de felicitarse por ello, pues en noviembre fue destronado y encerrado en la fortaleza de Cuenca por su suegro que incorporó el reino de Valencia a sus Estados.

Al poco vino la muerte a librar a los musulmanes de su más terrible adversario. Por su bravura, por su piedad y la pureza de sus costumbres Fernando había sido modelo de reyes: una muerte hermosa y santa coronó dignamente una vida hermosa y santa también. En cuanto llegó a León, el sábado 24 de Diciembre, se apresuró a ir a orar a la iglesia que había dedicado a San Isidoro, convencido de que se aproximaba el momento en que su cuerpo iba a descansar para siempre. Luego descansó algunas horas en su palacio, pero por la noche volvió a la iglesia, donde los sacerdotes celebraban con solemnes cánticos la fiesta de la Natividad del Señor, y cuando entonaron, según el rito toledano entonces en uso, el último nocturno de los maitines, el «Advenit nobis», mezcló a las suyas su voz debilitada. Al clarear el alba les suplicó que dijeran misa, y habiendo recibido la Eucaristía, se hizo volver a su lecho caminando trabajosamente apoyado en los servidores de su casa. A la mañana del día siguiente, se hizo poner sus vestidos reales y volver a llevar a la iglesia, donde arrodillándose delante del altar y quitándose el regio manto y la corona, dijo con una voz clara todavía: «Tuyo es el poder y tuyo el reino, Señor, tú estás sobre todos los reyes, a tu imperio están sometidos todos los reinos celestes y terrestres; recibe pues, el reino que de tí he recibido y que he regido mientras plugo a tu divina voluntad: ruégote solamente que recibas en tu misericordia mi alma, arrancada al remolino de este mundo.» Después prosternado en el suelo e implorando el perdón de sus pecados, recibió la Extremaunción de manos de un obispo y vestido con un silicio y con la cabeza cubierta de ceniza esperó la muerte con los ojos llenos de fe y resignación. El martes siguiente, a la hora sexta, entregó su alma a Dios, o más bien, se quedó dormido, tan tranquilo y sonriente estaba su rostro.

Otra muerte, de fijo menos santa, siguió a esta muy de cerca; Motadhid de Sevilla espiró el sábado 20 de Febrero del año 1069. Dos años antes había incorporado Carmona a su reino, y poco más tarde se había manchado con un nuevo asesinato, dando de puñaladas con su misma mano al patricio de Sevilla Abu-Hafz-Mauzaní. Por lo demás, su ánimo estaba asediado en los últimos años de su vida por negros presentimientos. No temía ver sucumbir a los ataques de los Castellanos el trono que había fundado a fuerza de astucia, de traiciones y de perfidias; la predicción de sus astrólogos de que ya hemos hablado, y que decía que su dinastía seria derrocada por hombres nacidos fuera de la Península daba otra dirección a sus temores. Había pensado, durante mucho tiempo, que esos extranjeros eran los Berberiscos que habitaban a su lado; pero cuando ya los había exterminado y creía haber vencido el decreto de los cielos comenzó a pensar que se había engañado. Al otro lado del Estrecho una nube de bárbaros que una especie de profeta había arrancado de sus desiertos, caminaban a la conquista del Africa, con la rapidez y el entusiasmo de los primeros musulmanes. En estos sectarios que se daban el nombra de Almorávides, veía Motadhid los futuros conquistadores de España y ningún argumento podía disipar el temor que le inspiraban. Un día que leía y releía una carta que había recibido de Sacot, príncipe de Ceuta, en que decía que los Almorávides acababan de establecer un campamento en el llano de Marruecos, uno de sus visires exclamó:

—¿Cómo es posible señor, que os dé cuidado esa noticia? ¡Por cierto que es una hermosa residencia ese pobre llano de Marruecos, sobre todo cuando se le compara a la hermosa, a la magnífica Sevilla! ¿Qué os importa que esos bárbaros hallan llegado allí? Entre ellos y nosotros hay desiertos, ejércitos numerosos y las olas del Océano.

—Estoy convencido de que un día llegarán aquí, le contestó Motadhid, acaso lo verás tú mismo. Escribe enseguida al gobernador de Algeciras; mándale que fortifique todavía más Gibraltar, díle que esté alerta y que espíe con la mayor atención todo lo que pase más allá del Estrecho.

Luego fijando la mirada sobre sus hijos:

—¡Ojalá pudiera yo saber, dijo, sobre cuál de vosotros ha de descargar la desgracia que nos amenaza! ¿Será sobre vosotros o sobre mí?

—¡Que Dios os perdone a mi costa, padre mío, exclamó Motamid y que me envíe todas las desgracias que os destinaba, cualquiera que ellas sean!

Cinco días antes de su muerte, sintiendo ya cierto malestar, cierta pesadez de cuerpo y de espíritu, Motadhid hizo venir a uno de sus cantores, a un siciliano, y le mandó que le cantara cualquier cosa. Estaba resuelto a mirar como presagio las palabras de la canción que el cantador eligiera. Éste se puso a cantar una de esas canciones a la vez dulces y tristes que tanto abundan en la literatura árabe que comenzaba así:

¡Gocemos de la vida, pues sabemos que bien pronto ha de concluir! ¡Mezcla, pues, vino con el agua de las nubes, oh amada mía, y dánoslo!

Cantó cinco versos de esta canción de modo que por una coincidencia singular, pero que parece bien averiguada, el número de los versos correspondía justamente al de los diez que a Motadhid le quedaban de vida. Dos días después, el Jueves 26 de Febrero, su amor paternal—porque ya hemos dicho que a pesar da su crueldad tenía realmente un gran cariño a sus hijos—recibió un golpe extremadamente doloroso con la muerte de una hija que adoraba. En la tarde del viernes asistió a los funerales con el corazón lleno de tristeza, y acabada la ceremonia se quejó de un fuerte dolor de cabeza. Cuando vino el médico tuvo una hemorragia que faltó poco para que lo ahogara. El médico quiso sangrarlo, pero Motadhid que era un enfermo poco sumiso, mandó esperar hasta el día siguiente y esto fue lo que aseguró su muerte, porque al día siguiente, sábado volvió a comenzar la hemorragia. Esta fue más violenta todavía que la primera vez y habiendo perdido Motadhid el uso de la palabra exhaló el último suspiro.

Su hijo Motamid a quien trataremos de dar a conocer, le sucedió.

IX

Nacido en 1040, Motamid, cuando solo tenía once o doce años, había sido nombrado por su padre para el gobierno de Huelva y poco tiempo después había mandado el ejército sevillano que asediaba a Silves. En esta ocasión fue cuando hizo conocimiento con un aventurero que no contaba más que nueve años más que él y que estaba llamado a jugar gran papel en su destino.

Llamábase Ibn-Ammar. Nacido en un lugarejo de las cercanías de Silves de padres árabes, pero pobres y oscuros había comenzado a estudiar bellas letras en Silves y en Córdoba y luego se había dedicado a recorrer España a fin de ganar el pan cotidiano componiendo panegíricos a todos los que podían pagárselos, porque mientras los poetas de fama hubieran creído rebajarse, si hubieran compuesto poemas para otros que no fueran príncipes o visires, este pobre joven, oscuro y mal vestido que excitaba la risa de los unos y la piedad de los otros con su larga pelliza y su pequeña gorra, se creía dichoso cuando algún advenedizo enriquecido se dignaba arrojarle las migajas de su mesa en cambio de sus versos que, sin embargo, no carecían de mérito. Un día llegó a Silves apurado en extremo, no teniendo más que su mula y no sabiendo qué hacer para alimentar a la pobre compañera de sus miserias. Felizmente se acordó de un hombre muy apropósito para ayudarlo, si quería, de un rico negociante de la ciudad que, a falta de conocimientos literarios tenía a lo menos bastante vanidad para que le agradara tener una vida compuesto en su alabanza. El pobre poeta le escribió una, haciéndole conocer su miseria. Alagado en su amor propio, el negociante le envió un saco de cebada. Al recibir este presente bastante mezquino, Ibn-Ammar, se decía con razón que bien podía el mercader haberle enviado también un saco de trigo, paro no por eso se puso menos alegre, y ya veremos cómo más adelante supo mostrarse reconocido a su bienhechor.

El talento poético de Ibn-Ammar no tardó en darse a conocer y le valió la honra de ser presentado a Motamid. Agradóle en extremo y como ambos amaban los placeres, toda clase de aventuras y sobre todo los buenos versos no tardó en haber entre ellos una íntima amistad. Por eso en cuanto se tomó Silves Motamid fue nombrado su gobernador, este se apresuró a crear un visirato para su amigo y le abandonó el gobierno de la provincia.

Los felices días pasados en Silves, mansión encantadora donde todo el mundo era entonces poeta y que todavía se llama hoy el paraíso de Portugal, no se borraron nunca de la memoria de Motamid. Su corazón no se había abierto todavía al amor, algunos ligeros caprichos se hablan apoderado de su imaginación, pero se habían desvanecido sin dejar huellas. Estaba en la época de la amistad entusiasta y se abandonaba a este sentimiento sin segunda intención con todo el fuego de su edad. En cuanto a Ibn-Ammar que no había sido criado como el príncipe en el seno de la opulencia, del lujo y del regalo, que, por el contrario, había conocido desde la alborada de su vida las luchas, los desalientos y las crueles decepciones de la indigencia, tenía una imaginación menos fresca, menos risueña, menos joven; no podía librarse de una cierta ironía, era ya escéptico en muchas cosas... Un viernes iban los dos amigos a la mezquita, cuando oyendo Molamid anunciar al muecín la hora de la oración, improvisó este verso, suplicando a Ibn-Ammar que le añadiese otro con el mismo metro y con la misma rima:

—He aquí el muecín que anuncia la hora de la plegaria

—Al hacerlo espera que Dios le ha de perdonar sus numerosos pecados, repitió Ibn-Ammar.

—Que sea feliz puesto que da testimonio de la verdad, continuó el príncipe.

—Siempre que crea en su interior lo que dice su lengua, replicó sonriendo el visir.

Cosa extraña, pero que se explica sin embargo, cuando se piensa que había aprendido muy pronto a conocer a los hombres y a desconfiar de ellos: Ibn-Ammar dudaba hasta de la amistad tan tierna y tan ilimitada que le profesaba el joven príncipe; por más que hacía no podía apartar los negros presentimientos que a veces venían a asediar su espíritu sobre todo durante los festines, porque tenía el vino triste. Refiérese sobre esto una aventura ciertamente singular y rara, paro que sin embargo parece verdadera, pues que descansa sobre los testimonios de las personas más abonadas en este caso, de Motamid y de Ibn-Ammar. Dicen, que una tarde Motamid había invitado a Ibn-Ammar a una cena. Lo había distinguido aún más que de costumbre y, cuando se retiraron los otros convidados, le rogó que se quedara y que se acostara con él. El visir cedió a sus instancias, pero apenas se hubo dormido, oyó una voz que le decía: «¡Desdichado, ese te ha de matar!» Lleno de susto, Ibn-Ammar se despertó sobresaltado, pero tratando de alejar de su imaginación estas negras ideas que atribuía a los vapores del vino, consiguió por fin volverse a dormir. Escuchó estas siniestras palabras por segunda y por tercera vez. No resistiéndose más y convencido de que era un aviso del cielo, se levantó sin hacer ruido y liándose al cuerpo una estera, fue a agazaparse en un rincón del pórtico, resuelto a escapar en cuanto se abrieran las puertas de palacio, pues quería ganar un puerto de mar y embarcarse para África.

Entre tanto Motamid, habiéndose despertado a su vez y no hallando a su amigo a su lado, dio un grito de alarma que despertó a todos sus servidores. Empezóse a registrar y a escudriñar el palacio en todos sentidos, y el mismo Motamid dirigía las pesquisas. Queriendo ver si habían abierto la puerta, llegó al pórtico donde Ibn-Ammar estaba escondido. Este se descubrió por un movimiento involuntario, a punto que las miradas del príncipe se fijaban en la estera donde estaba envuelto. «¿Qué es lo que se mueve dentro de esa estera?» exclamó Motamid, y, corriendo los servidores a registrarla, apareció Ibn-Ammar en el más lamentable estado del mundo, en ropas menores, temblando como un azogado y tan avergonzado que no se atrevió a levantar los ojos. A su vista Motamid se echó a llorar. «Oh Abu-Becr, exclamó, ¿qué te ha dado para hacer eso?» Y, viendo que su amigo continuaba temblando lo llevó suavemente a su cuarto y trató de arrancarle el secreto de su extraña conducta. Mucho tiempo estuvo sin conseguirlo. Presa de un violento paroxismo nervioso, oscilando entre el miedo y lo ridículo de su posición Ibn-Ammar lloraba y reía a la vez. Al cabo habiéndose serenado, lo confesó todo. Motamid, se echó a reír de su confesión y estrechándole afectuosamente la mano le dijo:

—Querido amigo, los vapores del vino te han trastornado la cabeza y tienes una pesadilla. ¿Crees que te podré yo matar nunca a ti, que eres mi alma, a ti, qué eres mi vida? ¡Esto sería cometer un suicidio! Trata de olvidar esos malditos sueños y no se hable de eso más.»

Ibn-Ammar, dice un historiador árabe, trató en efecto de olvidar esta aventura, pero al cabo de cierto número de días le sucedió lo que referiremos más adelante.

Cuando los dos amigos no estaban en Silves, iban a Sevilla, donde se entregaban a todos los placeres que ofrecía esta brillante y deliciosa capital. Muchas veces se presentaban con cualquier disfraz en la «Pradera de plata», orillas del Guadalquivir, donde todo el pueblo, hombres y mujeres, iban a divertirse. Allí fue donde Motamid tropezó por primera vez con la que estaba destinaba a ser la compañera de su vida. Paseándose una tarde con su amigo por esta pradera, aconteció que la brisa rizó el agua del río y habiendo Motamid improvisado este verso, rogando a Ibn-Ammar le añadiera otro:

“La brisa ha convertido el agua en coraza” 

Y no encontrándolo pronto Ibn-Ammar, una muchacha del pueblo que había cerca lo hizo de este modo:

“Coraza magnifica en efecto para un día de combate, siempre que el agua estuviera helada.”

Admirado de oír a una muchacha improvisar con más prontitud que a Ibn-Ammar, que era sin embargo en esto famosísimo, Motamid la miró con atención. Quedó encantado de su belleza y llamando enseguida a un eunuco que lo seguía a alguna distancia, le mandó llevar la improvisadora a su palacio al que se apresuró a volver.

Cuando le presentaron a la joven le preguntó quién era y en que se ocupaba.

—Me llamo Itmad, le contestó ella, pero comúnmente me llaman Romaiquia, porque soy esclava de Romaic y mi profesión es muletera.

—Dime, ¿estás casada?

—No, señor.

—Tanto mejor, porque voy a comprarte a tu amo y a casarme contigo.

Motamid amó a Romaiquia durante toda su vida con un amor inalterable. Ella tenía todo lo que era preciso para agradarle. Se la comparó alguna vez a Wallada de Córdoba, la Sifo de esta época. Esta comparación, exacta bajo algunos aspectos, no lo era bajo otros. No habiendo recibido una educación esmerada, no podía rivalizar en saber con Wallada, pero no le era inferior en las gracias de la conversación, en los buenos dichos, en las salidas felices y naturales y en las réplicas vivas e ingeniosas, excediéndola acaso por sus gracias naturales y casi de niña, su jovialidad y su travesura. Sus caprichos y sus antojos hacían la dicha y la desesperación de su esposo, obligado a satisfacérselos a toda costa, porque una vez que se le metía una idea en la cabeza nadie se la podía sacar. Un día, en el mes de Febrero, vio desde una ventana del palacio de Córdoba caer copos de nieve, espectáculo muy raro en un país donde apenas se conoce el invierno. De pronto sus echó a llorar,

—¿Qué tienes querida amiga? le preguntó su marido.

—¿Qué tengo? le respondió ella sollozando; ¡lo que tengo es que tú eres un bárbaro, un tirano un monstruo! Mira qué linda es la nieve, qué hermosa, qué magnífica; que graciosamente se pegan a las ramas de los árboles esos blandos copos; y tú ingrato no piensas siquiera en proporcionarme este soberbio espectáculo todos los inviernos, ni te se ha ocurrido nunca llevarme a algún país donde nieve siempre.

—No te desesperes así, vida mía, bien mío, le respondió el príncipe, enjugando las lágrimas que corrían por sus mejillas; tendrás nieve todos los inviernos y aquí mismo, te lo prometo.

Y mandó plantar almendros en toda la sierra de Córdoba, a fin de que las blancas flores de estos hermosos árboles que florecen en cuanto han pasado las heladas, reemplazaran para Romaiquia a los copos de nieve que tanto le habían gustado.

Otra vez vio unas mujeres del pueblo que amasaban con los pies desnudos barro para hacer ladrillos, y se echó a llorar y habiéndole preguntado su marido la causa de su pena:

—¡Ay! ¡yo soy desgraciadísima desde el día en que arrancándome a la vida alegre y libre que tenía en mi casuca me has encerrado en este triste palacio atándome con las pesadas cadenas de la etiqueta! Mira esas mujeres, ahí bajo, a orillas del rio, yo quisiera amasar barro como ellas con los pies desnudos, mas ¡ay! condenada por ti a ser rica y sultana no lo puedo hacer!

—Sí, que lo podrás, le respondió el príncipe riendo.

Y en el mismo instante bajó al corral de palacio, hizo traer una enorme cantidad de azúcar, de canela, de jengibre y de perfumes de toda especie y habiendo cubierto luego todo el suelo del corral de estos preciosos ingredientes, los hizo mojar en agua de rosa y amasar a brazo tan bien que formaban una especie de barro.

Hecho esto:

—Baja al corral con tus criadas, le dijo el príncipe a Romaiquia, el barro te espera.

La sultana fue y descalzándose lo mismo que sus criadas, se pusieron todas a hundir sus pies con loca alegría en aquel barro aromático.

Era un antojo muy caro, así, que Motadhid sabía recordárselo cuando era preciso a su caprichosa esposa, cuyos deseos no tenían limite. Habiéndole pedido un día una cosa que el príncipe no le podía dar:

—¡Cuán digna soy de compasión!, dijo. Seguramente que soy la más desgraciada de las mujeres, porque, juro a Dios, que nunca has hecho nada por agradarme.

—¿Ni tampoco el día del barro? le preguntó Motadhid, con tierna y dulce voz

Romaiquia se ruborizó y no insistió más.

Fuerza nos es añadir, que los ministros de la religión no pronunciaban nunca, sino con un santo horror el nombre de esta traviesa sultana. La consideraban como el mayor obstáculo para la conversión de su marido, a quien decían arrastraba sin cesar en un torbellino de placeres y de goces, y cuando las mezquitas estaban desiertas los viernes, a ella le echaban la culpa. Romaiquia se reía de sus clamaros; descuidada y aturdida no sospechaba la pobrecilla que un día esos hombres llegarían a ser terribles.

Por lo demás, a pesar de su amor, Motadhid, dejaba a Ibn-Ammar un gran lugar en su corazón. Una vez estando lejos de Romaiquia con su amigo, le escribió una carta en la que puso estos seis versos acrósticos:

“… invisible a mis ojos, siempre estás presente a mi corazón.

Tu felicidad sea infinita, como lo son mis cuidados, mis lágrimas y mis desvelos.

impaciente al yugo cuando otras mujeres quieran imponérmelo, me someto dócilmente a tus deseos.

Mi anhelo en cada instante es estar a tu lado. Ojalá pueda cumplirlo pronto

Amiga de mi corazón, piensa en mí y no me olvides por larga que sea la ausencia.

¡Dulce nombre es el tuyo! Acabo de escribirlo, acabo de trazar estas amadas letras: «Itimad».”

Y terminó su carta con estas palabras: «Pronto irá a verte, siempre que quieran Allah e Ib-Anmmar.»

Habiendo tenido conocimiento de esta frase, Ibn-Ammar dirigió a su amigo estos versos:

“¡Ay! príncipe mío, nunca he tenido otro deseo que hacer vuestra voluntad, me dejo guiar por vos como el viajero nocturno por los relámpagos deslumbradores. Si queréis volver cerca de la que amáis embarcaos en un velero bajel y yo os seguiré, o montad a caballo y os seguiré también. Luego, cuando gracias a Dios, hayamos llegado a la puerta de vuestro palacio, me dejareis volver solo a mi casa y sin dejar siquiera la espada iréis a echaros a los pies de la hermosa de la cintura de oro y recobrando el tiempo perdido la abrazareis, la estrecha­reis contra vuestro corazón, mientras que vuestra boca y las suya murmuran dulces palabras como los pájaros se responden con cantos melodiosos al rayar la aurora.”

Dividiendo así su corazón entre la amistad y el amor, llevaba el joven príncipe una vida deliciosa, pero fue aguada de pronto; su padre desterró a Ibu-Ammar. Esto fue como un rayo para los dos amigos, pero ¿qué hacer? Las resoluciones de Motadhid eran inquebrantables. Ibu-Ammar pasó pues en el Norte los tristes años de su destierro, hasta que Motamid que contaba entonces veinte y nueve años, sucedió a su padre. El príncipe se apresuró a traer a su lado al amigo de su adolescencia y le dejó que eligiera el empleo que quisiese. Ibu-Ammar se decidió por el gobierno de la provincia en que había nacido. Aunque lo vio con disgusto apartarse de su lado, Motamid acudió sin embargo a su demanda, pero en el momento en que su amigo se despedía, los encantados recuerdos de su estancia en Silves y todas aquellas primeras emociones que no dejen ninguna amargura en el corazón revivieron en él e improvisó estos versos:

“Saluda en Silves los lugares queridos que ya sabes, oh Abu-Ber, y pregúntales si se acuerdan de mí. Saluda sobre todo al Charadjib, a aquel soberbio palacio cuyas salas están llenas de leones y de blancas bellezas, de modo que ya se creería estar en una cueva, ya en un serrallo, y diles que hay aquí un joven caballero que arde en deseos de volverlo a ver. ¡Cuántas noches no he pasado allí al lado de una hermosa joven de anchas caderas y de delgada cintura! ¡Cuántas veces, hermosas jóvenes blancas y morenas no me han herido en el corazón con sus dulces miradas, como si sus ojos fueran espadas o lanzas! ¡Cuántas noches no he pasado también en el valle al lado del rio, con una bella cantadora, cuyo brazalete se parecía a la luna creciente! Ella me embriagaba de todos modos, con sus miradas, con el vino que me ofrecía y con sus besos. Y cuando tocaba en su guitarra una canción guerrera creía oír el choque de las espadas y me sentía lleno de ardor marcial. ¡Delicioso momento, sobre todo, aquel en que quitándose la túnica me aparecía esbelta y flexible como una rama de sauce! «La flor, me decía yo entonces, ha salido de su capullo.”

Ibn-Ammar hizo su entrada en Silves rodeado de una soberbia comitiva y con tal ostentación que el mismo Motamid cuando era gobernador de la provincia, nunca la había desplegado semejante, pero se hizo perdonar esta bocanada de orgullo con mi noble acto de reconocimiento, pues habiendo sabido que el negociante que le socorrió en su miseria, cuando él no era más que un pobre poeta ambulante, vivía todavía, le envió un saco lleno de monedas de plata. Este saco era el mismo que el negociante le había dado lleno de cebada y que Ibn-Ammar había conservado cuidadosamente. No disimuló, sin embargo, a su antiguo bienhechor que le había parecido su regalo algo mezquino, pues le mandó decir estas palabras: «Si antes me hubiera enviado ese saco lleno de trigo, te lo hubiéramos devuelto lleno de oro.»

No estuvo mucho tiempo en Silves. No pudiendo vivir sin él, Motamid lo llamó a la corte después de haberlo nombrado su primer ministro.

X.

Como Motamid y su ministro amaban sobre todo la poesía, la corte de Sevilla llegó a ser la cita de los mejores poetas de la época. Los poetastros no tenían ninguna probabilidad de hacer fortuna, por que Motamid era un crítico severo que examinaba con gran cuidado todos los poemas que se le presentaban y pesaba c­da palabra y cada sílaba, pero cuando se trataba de poetas de talento su generosidad no tenía límites. Un día oyó recitar estos dos versos:

La fidelidad en cumplir sus promesas es hoy cosa rarísima. No encontrareis a nadie que practique esta virtud, ni aún siquiera que piense en ello. Es algo de fabuloso, como el grifo, o como ese cuento que dice, que un poeta recibió un día un presente de mil ducados.

—¿De quién son esos versos? preguntó.

—De Abd-al-djalíl, le respondieron.

—¡Y qué! exclamó entonces, ¿uno de mis servidores, un buen poeta, mira un presente de mil ducados como cosa fabulosa?

Y mandó enviar enseguida mil ducados a Abd-al-djalil.

Mientras conversaba con unos de los poetas sicilianos que habían venido a su corte, cuando su patria fue conquistada por Rogerio el Normando, le trajeron unas monedas de oro que acababan de acuñar. Dió dos bolsas de ellas al Siciliano, pero este no contento con el regalo, por magnífico que fuera, miraba con ojos ansiosos una figurita de ámbar incrustada de perlas que había en la sala y que representaba un camello. «Señor, dijo al fin, vuestro presente es magnífico, pero es muy pesado y creo que me hace falta un camello para trasportarlo a casa.

— Toma el camello, le respondió sonriendo Motamid.

En general, todo el que tenía talento estaba seguro de agradar a Motamid, fuera poeta o cualquiera otra cosa y aun cuando fuese salteador de caminos, testigo la historia del «Halcón gris.» El Halcón gris—no se le designaba más que por este apodo— había sido por mucho tiempo el ladrón más famoso de la época, espanto y azote de los habitantes de las campiñas; pero habiendo caído al fin en manos de la justicia, fue condenado a ser crucificado en la carretera a fin de que los labriegos pudieran ser testigos de su suplicio. Sin embargo, como hacía un calor sofocante el día en que fue ejecutada la sentencia, la carretera estaba poco frecuentada. Al pie de la cruz, en que habían clavado al ladrón, estaban su mujer y sus hijas que lloraban sin consuelo. «Ay! decían ellas, ¡cuando tú mueras nos moriremos de hambre!» El Halcón gris era un hombre muy compasivo, un corazón de oro y el pensamiento de que su familia iba a quedar sumida en la miseria le partía el alma. Justamente vio llegar a un trajinante, montado en una mula cargada de piezas de tela y otras mercancías que iba a vender en los pueblos comarcanos.

—Señor, le gritó, me encuentro aquí como lo veis en una posición bastante desagradable, pero podéis hacerme un gran servicio de que sacareis gran utilidad.

—¿Cómo?, preguntó el otro.

— ¿Veis ese pozo ahí abajo?

— Sí, que lo veo.

—¡Muy bien! Pues sabed que, cuando hice la tontería de dejarme prender por esos malditos civiles, eché diez ducados a ese pozo que está seco. Si quisierais hacerme el favor de sacarlos, os daría la mitad. Mi mujer y mis hijas que veis aquí os guardarán vuestra mula hasta que acabéis.

Seducido con la esperanza del lucro, el trajinante cogió enseguida una cuerda, ató un cabo a la orilla del pozo y se dejó ir á fondo.

—¡Ahora alerta! dijo entonces el Halcón gris a su mujer, ¡corta la cuerda, coge la mula y echa a escape con esos niños!

Todo esto se hizo en un cerrar de ojos, el trajinante bramaba como un toro, pero como la campiña estaba casi desierta, pasó mucho tiempo antes que viniera un pasajero en su socorro y no teniendo este bas­tantes fuerzas para sacarlo, tuvo que esperar a que viniera otro que le ayudase.

Arrancado en fin a su prisión subterránea, el trajinante tuvo que responder a sus libertadores que le preguntaban qué era lo que había ido a hacer a aquel pozo. Contóles, pues, su desventura con grandes imprecaciones contra el ladrón que tan indignamente lo había engañado. Pronto fue conocida en toda la ciudad y hasta llegó a oídos de Motamid que mandó desenclavar al Halcón gris de la cruz y traérselo. Cuando estuvo en su presencia le dijo:

—Seguramente tú eres el mayor bribón que hay en el mundo, pues que ni la perspectiva de la muerte ha bastado para hacerte renunciar a tus truhanerías.

—¡Ay! señor príncipe, le respondió el ladrón, si supierais, como yo, lo apetitoso que es robar, tiraríais al infierno vuestro manto real y no haríais otra cosa.

—Bribón maldito; exclamó el príncipe riéndose a carcajadas. ¡Pero vamos, hablemos seriamente! Si yo te perdonara la vida, te devolviera la libertad, te pusiera en estado de ganarte honrosamente la vida y te señalara un sueldo que bastara para satisfacer tus necesidades ¿te enmendarías y abandonarías tu maldito oficio?

—Mucho se hace por salvar la vida, señor, hasta se enmienda uno. Confiad, quedareis contento de mí.

El Halcón gris cumplió su palabra. Nombrado brigadier de civiles, inspiró tanto terror a sus antiguos cofrades como había inspirada antes a los pasajeros.

Por lo demás, Motamid llevaba una alegre vida sin ocuparse mucho de los negocios del Estado. «En mi opinión, decía en uno de sus poemas, ser prudente es no serlo.» Los festines absorbían gran parte de su tiempo y puesto que él quería mostrarse galante, fuerza es que consagrara todo lo demás a las hermosas jóvenes de su serrallo. No había dejado de amar a Romaiquia, por el contrario, la continuaba amando con pasión, pero como según el código singular que gobierna el amor en los países musulmanes, se pueden permitir algunos caprichos sin ser infiel por eso, dirigía de tiempo en tiempo sus homenajes a otras damas sin que Romaiquia, segura de reinar como soberana en el corazón de su esposo, tuviera nada que decir. La hermosa Amada, era encantadora y cuando bebía a su salud, el príncipe encontraba más aroma al vino que de ordinario. La Luna le hacía compañía cuando estudiaba los versos de los antiguos poetas o escribía los suyos, y si al sol se le ocurría lanzar una mirada indiscreta en el gabinete de estudio, allí estaba Luna para interceptarlo, porque ella sabía, decía el príncipe, que solo la luna puede edificar al sol.» Mas gazmoña y más áspera, La Perla tenía algunas veces caprichos y montaba en cólera: entonces era preciso que Motamid trabajarse mucho para apaciguarla. Una vez que había provocado su enojo; le escribió para disculparse. Ella le respondió bien, pero sin poner su nombre al principio de la carta, como era costumbre.

—¡Ay! ella no me ha perdonado todavía, dijo entonces el príncipe, por eso no ha puesto su nombre al frente de su carta. Sabe que yo adoro su nombre, pero está tan enfadada conmigo que no quiere escribirlo. «Cuando lo vea, se habrá dicho, va a besarlo, pues por Dios que no lo ha de ver.»

¡Qué linda enfermera La Hada! El príncipe pedía a Alá que le concediere como favor el estar enfermo, a condición de que no dejara de ver constantemente a su cabecera a aquella graciosa gacela de purpurinos labios.

Se engañaría, sin embargo, el que se imaginara que Motamid descuidaba por completo continuar la obra de su padre y de su abuelo. Aunque menos ambicioso que ellos, hizo sin embargo lo que estos habían intentado en vano; desde el segundo año de su reinado unió Córdoba a su reino.

Verdad es, que su padre le había abierto el camino y las circunstancias lo secundaron admirablemente. Dos años antes, en 1046, el anciano presidente de la república Abu-Wahid Ibn-Djahwar, hizo dimisión de sus funciones en favor de sus dos hijos Abderramán y Abdelmelic. Confió al mayor todo lo concerniente a la hacienda y a la administración, y al menor, a quien prefería mucho, el mando militar. El menor eclipsó bien pronto al primogénito; pero, sin embargo, todo iba bien, mientras que duró la influencia del hábil visir Ibn-as-Sacca. Este hombre de Estado inspiraba respeto a todos los enemigos declarados o encubiertos de la república y hasta al mismo Motamid. Así que este último comprendió que para lograr sus fines debía comenzar por derribarlo. Trató pues, de hacerlo sospechoso a Abdelmelic ibn-Djahwar y lo consiguió. Ibn-as-Sacca fue condenado a muerte y este acontecimiento tuvo para la república las más desastrosas consecuencias. Los oficiales y los soldados que eran muy adictos al visir presentaron su dimisión en su mayoría, mientras que Abdelmelic se hacía odioso a sus conciudadanos por su dureza y su indolencia. Parece además haber ido cercenando, poco a poco todo lo que quedaba en pie de las instituciones republicanas.

Ya vacilaba, pues, el poder de Abdelmelic cuando Manum de Toledo vino a sitiar Córdoba en el otoño de 1070. Casi sin ejército (pues su caballería estaba reducida a doscientos hombres y estos muy mal) tuvo que retirarse; pero Abdelmelic no ganó nada en ello, por el contrario, los jefes del ejército sevillano, obrando según las órdenes secretas de su señor, se entendieron con los Cordobeses para quitarle el poder a Abdelmelic y dárselo al rey de Sevilla. Este complot fue tramado con el mayor misterio de modo que Abdelmelic no se apercibió de nada. En la madrugada del séptimo día después de la partida de Manum y a punto de salir para despedir a los Sevillanos que habían anunciado que este día se iban a volver, llegaron a su oído gritos sediciosos. Mira y ve su palacio cercado por sus pretendidos auxiliares y por el pueblo. Casi en el mismo instante los prenden lo mismo que a su padre y al resto de su familia.

Motamid fue proclamado señor de Córdoba y los Beni-Djahwar elevados presto a la isla de Saltes, pero el anciano, Abul-Wahid no sobrevivió más que cuarenta días a su infortunio.

El rey poeta habla de esta conquista como si hubiera sido la de una hermosa algo altanera.

He obtenido de rondón, decía, la mano de la hermosa Córdoba, de esa valiente amazona que, con la espada y la lanza en la mano, rechazaba a todos los que la pretendían en matrimonio. Ahora celebramos los dos nuestras bodas en su palacio, mientras que los otros reyes, mis rivales, desanimados, lloran de rabia y tiemblan de miedo. ¡Temblad y con razón, viles enemigos! porque bien pronto el león caerá sobre vosotros.

Sin embargo, Mamun no se daba por vencido, al contrario, estaba dispuesto a hacerse dueño de Córdoba, costara lo que costara. Acompañado de su aliado Alfonso VI, vino a devastar los alrededores de la ciudad, pero fue rechazado por su joven gobernador Abbad, hijo de Motamid y de Romaiquia. Mas entonces Ibn-Ocacha se comprometió a ponerlo en posesión de la ciudad que ambicionaba. Era este un hombre feroz y sanguinario, un antiguo salteador de la sierra, pero que no carecía de talento y que conocía bien Córdoba, donde había representado algún papel. Nombrado gobernador de una fortaleza se puso a formar intrigas y cábalas en Córdoba, lo que no le era difícil porque había muchos ciudadanos descontentos de la dirección de los negocios. Verdad es, que el príncipe Abbad daba buenas esperanzas, pero como era aún demasiado joven para gobernar por sí mismo, el poder estaba en manos del jefe de la guarnición, Mohamed, hijo de Martin, de origen cristiano, a lo que parece. Pero este hombre, bastante buen soldado, por otra parte, era cruel, sanguinario y libertino. Así, que los Cordobeses lo detestaban, y muchos de ellos no tuvieron escrúpulo en entrar en relaciones con Ibn-Ocacha. Este último, sin embargo, no logró tener enteramente secretos sus manejos. Un oficial se apercibió de que el ex salteador venia muchas noches a las puertas de la ciudad y tenía conversaciones muy sospechosas con los soldados de la guarnición. Refirióle esto a Abbad, pero éste no hizo gran caso del aviso y envió al que se lo daba a Mohamed hijo de Martin, quien lo envió a su vez a oficiales subalternos. En una palabra, cada uno descargó en otro el cuidado de las medidas que habían de tomarse y ninguno cumplió con su deber.

Entretanto, Ibn-Ocacha estaba de continuo en acecho y en Enero de 1075, aprovechó para introducirse con los suyos en la ciudad una noche tempestuosa y oscurísima, marchando derechamente al palacio Abbad. No había allí guardia, y ya estaba a punto de forzar las puertas, cuando el príncipe, despertado por el portero vino a cerrarles el paso con un puñado de esclavos y de soldados. A pesar de su extrema juventud se defendió como un león y ya había obligado a los asaltantes a evacuar el vestíbulo, cuando resbaló. Uno de los hombres de la partida cayó sobre él y le dio la muerte. Quedó su cadáver en la calle, casi desnudo, porque despertado de pronto Abbad no había tenido tiempo de vestirse.

Enseguida llevó Ibn-Ocacha a los suyos a casa del gobernador. Tan lejos estaba éste de esperar ser atacado, que en el mismo instante en que entraban en su casa, estaba viendo bailar a sus concubinas. Menos valiente que Abbad, se ocultó cuando oyó el ruido de las espadas en el patio, pero habiendo sido descubierto su escondite, fue preso y luego muerto.

Al apuntar del alba, mientras que Ibn-Ocacha iba de casa en casa a persuadir a los nobles que hicieran causa común con él, un imán que iba a la mezquita, pasó por delante del palacio da Abbad. Llamóle la atención un cuerpo que yacía allí desnudo y sin vida. Reconociendo, no sin trabajo, en este cadáver manchado de lodo, el del joven príncipe, le hizo un piadoso y último honor cubriéndolo con su capa, poro apenas se había marchado cuando llegó Ibn-Ocacha, rodeado de esa turba que en las grandes ciudades lanza gritos de alegría en toda revolución. Por su orden la cabeza de Abbad fue separada del cadáver y paseada per las calles en la punta de una pica. Al verla los soldados de la guarnición tiraron las armas y trataron de salvarse por una precipitada fuga. Entonces Ibn-Ocacha reunió a los Cordobeses en la gran mezquita y los intimó a que prestaran juramento a Mamun. Aunque había muchos que eran sinceramente adic­tos a Motamid, el miedo fue tan grande y general que todos se apresuraron a obedecer. A los pocos días llegó Mamun en persona. En apariencia estaba reconocidísimo hacia Ibn-Ocacha, le colmó de honores y le dijo que le concedía una confianza ilimitada; en realidad odiaba y temía a este antiguo bandido endurecido en el crimen, que era hombre capaz de asesinarlo, si fuera preciso, con la misma sangre fría conque había hecho degollar al joven Abbad. Así que buscaba ávidamente un pretexto, una ocasión cualquiera para alejarlo sin ruido y sin escándalo de su reino. No ocultó siempre este designio a sus cortesanos y un día que Ibn-Ocacha acaba de dejarlo dio un profundo suspiro y con los ojos inflamados de cólera murmuró algunas palabras en su favor: «¡Déjate de tonterías! le contestó Mamun, el que no respeta la vida de los príncipes, no está hecho para servirlos.»

Un mes después (Junio de 1075) y el sexto de su estancia en Córdoba, murió Mamun envenenado... Uno de sus cortesanos fue acusado de haber cometido este crimen, pero ¿qué extraño a él Ibn-Ocacha? Trabajo cuesta el creerlo.

Trasladémosnos ahora a la carta de Sevilla y figurémosnos la pena de Motamid, cuando recibió la noticia, doblemente fatal, de la pérdida de Córdoba y de la muerte de su hijo primogénito que amaba con idolatría. Y, sin embargo, hubo en aquel, noble corazón un sentimiento que habló más alto que la pena y que el deseo de venganza: el da profunda gratitud hacia aquel imán que había tenido la delicadeza de cubrir con su capa el cadáver de Abbad. Dolíase de no poder recompensarlo, porque ni siquiera sabía su nombre, pero, apropiándose un verso que un antiguo poeta había compuesto en ocasión semejante exclamaba: «¡Ay! ignoro quien es el que ha cubierto a mi hijo con su capa, pero sé que es un hombre noble y generoso.»

Durante tres años fueron inútiles los esfuerzos que hizo para reconquistar Córdoba y vengar en Ibn-Ocacha la muerte de su hijo, hasta que al fin la tomó por asalto el martes 4 de Setiembre de 1078. Mientras que entraba por una puerta, Ibn-Ocacha salía por otra, pero Motamid lanzó en su persecución algunos caballeros que lograron alcanzarlo. Sabiendo que no tenía que esperar perdón de un padre a cuyo hijo había hecho degollar, el antiguo bandido quiso a lo menos vender cara su vida y se lanzó sobre sus enemigos como un toro furioso; pero sucumbió al número. Motamid hizo clavar su cadáver en una cruz con un perro al lado, y la conquista da Córdoba fue seguida de la de todo el país toledano que se extendía entre el Guadalquivir y el Guadiana.

Felices sucesos eran estos, pero la medalla tenía su reverso. En comparación de los otros reyes andaluces, Motamid era un príncipe poderoso, pero no era más independiente, también era tributario. Primero lo había sido de García, tercer hijo de Fernando y rey de Galicia, y ahora lo era de Alfonso VI, desde que este se había apoderado de los reinos de sus dos hermanos, Sancho y García. Pero Alfonso era un soberano muy molesto: no contentándose con un tributo anual, amenazaba de cuando en cuando apropiarse los Estados de sus vasallos árabes. Una vez, entre otras, vino a invadir, al frente de un numeroso ejército, el territorio sevillano. Una inexplicable consternación reinaba entre los musulmanes, demasiados débiles para poderse defender. Solo Ibn-Ammar, el primer ministro, no desesperaba. No contaba con el ejército sevillano: tratar de vencer con él a las huestes cristianas era una quimera, pero conocía a Alfonso, porque había estado muchas veces en su corte; sabía que era ambicioso, pero también que estaba medio arabizado, es decir, que era fácil de conquistar siempre que se conocieran sus gustos, sus caprichos, sus antojos. Con esto era con lo que contaba y sin perder tiempo en organizar una resistencia armada, mandó fabricar un juego de ajedrez tan magnífico que ningún rey tenía otro semejante. Las piezas eran de ébano y de sándalo incrustados en oro. Provisto de este ajedrez se presentó, bajo un pretexto cualquiera, en el campo de Alfonso, quien lo recibió muy honoríficamente, porque Ibn-Ammar era del escaso número de musulmanes a quienes estimaba.

Un día, Ibn-Ammar enseñó su ajedrez a un noble castellano que gozaba gran favor con Alfonso. Este noble, habló de él al rey, quien dijo a Ibn-Ammar:

—¿Qué tal jugáis al ajedrez?

—Mis amigos opinan que juego bastante bien, respondió Ibn-Ammar.

—Me han dicho que poseéis un juego soberbio.

—Es verdad, señor.

—¿Podría yo verlo?

— Sin duda, pero con una condición: jugaremos juntos, si pierdo, el ajedrez será vuestro, pero si gano yo podré pedir lo que quiera.

—Acepto.

Se trajo el ajedrez y Alfonso estupefacto de la hermosura y de la delicadeza del trabajo, exclamó santiguándose:

—¡Dios mío! nunca hubiera creído que se hubiera podido hacer un ajedrez con tanto arte!

Y, cuando acabó de admirarlo, replicó:

—¿Qué es lo que decíais antes: cuáles eran vuestras condiciones?

Y habiéndoselas repetido Ibn-Ammar.

— ¡No por Dios! yo no juego cuando la puesta me es desconocida, podríais pedirme una cosa que yo no os pudiera dar.

—Como queráis, señor, respondió fríamente Ibn-Ammar, y mandó a sus criados que se llevaran el ajedrez a su tienda.

Se separaron, pero Ibn-Ammar no era hombre que se desanimara tan fácilmente. Confió a algunos nobles castellanos, bajo palabra de guardar secreto, lo que había de exigir de Alfonso en el caso en que le ganara la partida y les prometió sumas considerables si querían ayudarlo. Seducidos con el cebo del oro y bastante tranquilos acerca de las intenciones del Árabe; se comprometieron estos nobles a servirlo, y cuando Alfonso, que, por su parte, ardía en deseos de poseer el magnífico ajedrez, les consultó sobre lo que debía hacer le dijeron: «Si ganáis, señor, poseeréis el magnífico ajedrez, que todos los reyes os envidiarán y si perdéis ¿qué podrá pediros ese árabe? Si hace una petición indirecta, ¿no estamos aquí nosotros que sabremos traerlo a la razón?

Tan bien hablaron que Alfonso se dejó vencer. Mandó pues avisar a Ibn-Ammar de que lo esperaba con su ajedrez y cuando llegó el visir le dijo.

—Acepto vuestras condiciones ¡vamos a jugar!

—Con mucho gusto! respondió Ibn-Ammar, pero hagamos la cosa en regla; permitid que tal y tal—y nombró a muchos nobles castellanos—nos sirvan de testigos.

El rey consistió y, cuando llegaron los nobles que Ibn-Ammar había designado, comenzó el juego.

Alfonso perdió la partida.

—¿Puedo yo pedir ahora, lo que quiera, según hemos convenido?, preguntó entonces Ibn-Ammar.

—Sin duda, replicó el rey, veamos ¿qué es lo que exigís?

—Que os volváis a vuestros Estados con vuestro ejército.

Alfonso se puso pálido. Presa de una febril exaltación, recorría la sala a largos pasos, se sentaba y se ponía de nuevo a pasear.

—Me han cogido, dijo en fin a sus nobles y vosotros tenéis la culpa. Ya me temía yo una petición de esta especie de parte de ese hombre, pero vosotros me tranquilizaseis, me dijisteis que podía confiar y ahora recojo el fruto de vuestros malditos consejos,

Y después de algunos momentos de silencio, exclamó:

—¿Qué me importa su condición después de todo?, no hago caso de ella para nada y voy a continuar mi camino.

—Señor, le dijeron entonces los Castellanos, eso sería delinquir contra el honor, sería faltar a la palabra y vos, el más grande de los reyes de la cristiandad, sois incapaz de hacer semejante cosa.

Al fin, cuando Alfonso se hubo calmado un poco:

—Pues bien, replicó, pero en compensación de esta expedición frustrada necesito a lo menos doble tributo este año.

—Lo tendréis, señor, dijo entonces Ibn-Ammar, y se apresuró a que remitieran a Alfonso el dinero que pedía, de modo que por esta vez, el reino de Sevilla, amenazado de una terrible invasión, se libró del susto gracias a la habilidad del primer ministro.

XI.

No contento con haber salvado el reino de Sevilla, quiso también Ibn-Ammar extender sus limites. Lo que principalmente tentaba su ambición era el principado de Murcia. Primero, había formado parte de los Estados de Zohair, luego, del reino de Valencia, pero en la época que nos ocupa era independiente. El príncipe que reinaba allí Abu-Abderramán Ibn-Tahir, era un árabe de la tribu Cais. Inmensamente rico, pues poseía la mitad del territorio, era al propio tiempo un espíritu muy culto, pero tenía pocas tropas, de modo que su principado era fácil de conquistar. Ibn-Ammar, lo conoció cuando en el año de 1078 pasó por Murcia para ir a ver, no se sabe con qué motivo, al conde de Barcelona Ramon Berenguer II, apellidado Cabeza de estopa a causa de su abundante cabellera, y aprovechó la ocasión para trabar amistad con algunos nobles murcianos que estaban descontentos, de Ibn-Tahir, o que por lo menos estaban dispuestos a venderlo por dinero. Y cuan­do se presentó a Ramón, le ofreció diez mil ducados, si quería ayudarlo a conquistar Murcia. El conde aceptó esta proposición y en garantía de la ejecución del tratado en­vió a su sobrino a Ibn-Ammicar quien por su parte le prometió que si el dinero no iba en el tiempo prefijado, Rachid, hijo de Motamid, que había de mandar el ejército sevillano, serviría de rehén; pero Motamid ignoraba esta cláusula de tratado y como Ibn-Ammar estaba convenido de que el dinero había de llegar a tiempo, creía que no había de llegar el caso de aplicarla:

Salieron a campaña las tropas de Sevilla, unidas con las de Ramón y atacaron el principado de Murcia; pero como Motamid con su indolencia ordinaria dejara pasar el término estipulado, el conde se creyó engañado por Ibn-Ammar y, colérico, lo hizo prender lo mismo que a Rachid. Los soldados sevillanos bien trataron de libertarlos, pero fueron batidos y obligados a retirarse. Motamid se hallaba en esta época de camino para Murcia, llevando con­sigo al sobrino del conde, pero como caminaba despacio, no estaba todavía más que a orillas del Guadiana menor, que no podía pasar a causa de la crecida, cuando los fugitivos de su ejército aparecieron en la otra orilla. Venían entre ellos dos caballeros a quienes Ibn-Ammar había dado sus instrucciones. Echáronse con sus caballos al rio y, habiéndolo atravesado, contaron a Motamid los deplorables sucesos que habían ocurrido, añadiendo, sin embargo, que Ibn-Ammar esperaba recobrar enseguida la libertad y suplicando al príncipe en su nombre que permanecería donde estaba. No lo hizo Motamid. Consternado con la noticia que acababa de recibir y muy inquieto por la suerte de su hijo, retrocedió hasta Jaén, después de haber hecho encadenar al sobrino del conde. Diez días después Ibn-Ammar que había sido soltado, llegó cerca de Jaén, pero no atreviéndose a presentarse a la vista de Motamid, cuya cólera temía, le envió estos versos:

¿Debo yo creer a mis presentimientos o dar oído a les consejos de mis compañe­ros? ¿Ejecutaré mi designio o permaneceré aquí con mi escolta? Cuando obedezco los impulsos de mi corazón avanzo seguro de ver los brazos del amigo abiertos para recibirme: pero cuando reflexiono me vuelvo atrás. ¡La amistad me arrastra hacia adelante, pero el recuerdo de la falta que he cometido me hace retroceder! ¡Cuán extraños son los decretos del destino! ¿Quién me hubiera predicho que había de llegar un día en que me fuera más grato estar lejos que cerca de vos? Os temo, porque tenéis el derecho de quitarme la vida; espero, porque os amo con todo mi corazón. Tened piedad de aquél cuya adhesión inquebrantable conocéis, del que no tiene más mérito que amaros sinceramente. Nada he hecho que pueda suministrar armas contra mí a los envidiosos, nada que pruebe de mi parte negligencia ni presunción, pero vos mismo me habéis expuesto a una terrible calamidad, habéis enmohecido mi espada. Es verdad que si me acordara de vuestros numerosos beneficies que han sido para mí lo que la lluvia para las ramas de los árboles, no me dejaría consumir así por horribles tormentos y no diría que lo que ha sucedido, ha sucedido por mi culpa. De rodillas imploro vuestra clemencia, os suplico que me perdonéis, pero aunque tuviera que experimentar cerca de vos el áspero viento del Norte, exclamaría, sin embargo: ¡Oh brisa dulce a mi corazón!

Motamid, que debía conocer que también él era culpable, no resistió al llamamiento que Ibn-Ammar hacia a su amistad y le respondió con estos versos:

¡Ven a ocupar tu lugar a mi lado! Ven sin temor, porque te esperan bondades y no reprensiones. Estáte convencido de que te amo demasiado para poder afligirte; bien sabes que nada me es más grato que verte alegre y contento. Cuando vengas aquí, me encontrarás como siempre, pronto a perdonar al pecador, clemente con mis amigos. Te trataré con bondad como antes y te perdonaré tu falta, si ha habido falta; porque el Eterno no me ha dado un corazón duro y no acostumbro a olvidar una amistad antigua y sagrada.

Tranquilo con esta respuesta, Ibn-Ammar voló a los pies de su soberano. Convinieron entre sí, en ofrecer al conde la libertad de su sobrino y los diez mil ducados a que tenía derecho siempre que soltara a Rachid. Pero Ramón no se contentó con la suma estipulada, en lugar de los diez mil ducados, pidió treinta mil y como Motamid no los tenía hizo acuñarlos con una liga muy considerable. Feliz­mente para él, el conde no se apercibió del fraude hasta después de haber devuelto la libertad a Rachid.

A pesar del mal éxito de la primera tentativa, Ibn-Ammar no dejaba de codiciar a Murcia. Pretendía haber recibido de algunos nobles murcianos, cartas que le daban grandes esperanzas y trabajó tan bien, que Motamid le permitió al cabo ir a sitiar Murcia con el ejército sevillano.

Habiendo llegado a Córdoba, se detuvo allí veinticuatro horas para reunir a sus tropas la caballería que había en la ciudad. Pasó toda la noche en compañía del gobernador Fath y quedó tan encantado de su conversación ingeniosa y picante, que cuando vino un eunuco a anunciarle que comenzaba a rayar la aurora, improvisó este verso:

“¡Vete imbécil! toda esta noche ha sido una aurora para mí. ¿Ni cómo podría ser de otro modo, si Fath me ha hecho compañía?”

Continuando sus jornadas, llegó cerca de un castillo que llevaba todavía el nombre de Baldj, jefe de los Árabes sirios en el siglo octavo, y del que era gobernador otro árabe que pertenecía a la tribu de Baldj, es decir, a la de Cochair. Este árabe que se llamaba Ibn-Rachic, salió a su encuentro suplicándole que descansara en el castillo. Ibn-Ammar aceptó la invitación. El castellano le trató magníficamente no descuidando nada para insinuarse en su gracia y lo consiguió demasiado bien. Ibn Ammar no tardó en concederle su confianza, pero nunca le había colocado tan mal.

Acompañado de su nuevo amigo, fue a poner sitio a Murcia y poco después se le rindió Mula. Esta era para los Murcianos una gravísima pérdida, porque los víveres les iban por aquel lado, por lo que Ibn-Ammar no dudó de que la ciudad no tardaría en rendirse, y habiendo confiado Mula a la custodia de Ibn-Rachic a quien dejó una parte de su caballería, se volvió a Sevilla con el resto del ejército. Cuando llegó, recibió carta de su teniente en que le decía que Murcia estaba acosada por el hambre y que algunos ciudadanos influyentes a quienes había prometido puestos lucrativos, se habían comprometido a secundar a los sitiadores. «Mañana o pasado, dijo entonces Ibn-Ammar, sabremos que se ha tomado Murcia.» Cumplióse su predicción. Algunos traidores abrieron a Ibn-Rachic las puertas de la ciudad, Ibn-Tahir fue preso y todos los habitantes prestaron juramento a Motamid.

Luego que Ibn-Ammar, ebrio de gozo recibió estas noticias, pidió permiso a Motamid, para ir a la ciudad conquistada. Este se la concedió sin vacilar. Entonces el visir que quería recompensar noblemente a los Murcianos, se hizo dar gran cantidad de caballos y de mulos pertenecientes a las caballerizas reales, pidió prestados otros a sus amigos y cuando tuvo cerca de doscientos los hizo cargar de telas preciosas y se puso en marcha a tambor batiente y con banderas desplegadas. En todas las ciudades porque pasaba, se hacía entregar las cajas del Estado. Su entrada en Murcia fue un verdadero triunfo. Al día siguiente de audiencia, pero afectando aires de soberano, porque se había cubierto con un gorro muy alto, tal como su señor tenía costumbre de llevarlo en ocasiones solemnes, y cuando se le presentaban peticiones, escribía al pie: «Que así sea si Dios quiere» sin nombrar a Motamid.

Esta conducta presuntuosa se parecía mucho a una rebelión. Motamid, al menos, lo juzgaba así. Sin embargo, no se encolerizó: un sentimiento de tristeza y de desaliento se apoderó de él; veía desvanecerse de pron­to el sueño que había acariciado durante veinticinco años. ¿Le habría engañado el instinto de su corazón? ¿La amistad de Ibn-Ammar, sus protestas de desinterés y de adhesión inquebrantable, no habría sido más que hipocresía y mentira? Sin embargo, acaso era menos culpable de lo que parecía a los ojos de su soberano. Tenía, cierto es, una vanidad excesiva y absurda, pero no es seguro que hubiera tenido el culpable pensamiento de rebelarse contra su bienhechor. De carácter menos ardiente e impresionable, acaso no tuvo nunca a Motamid la amistad entusiasta y apasionada que este le profesó; pero tenía, sin embargo un afecto verdadero a su rey, testigos estos versos, que dirigió en respuesta a las reprensiones de Motamid:

“No, vos os engañáis cuando decís, ¡que me han cambiado las vicisitudes de la fortuna! El amor que tengo a Chams, mi anciana madre, es menos fuerte que el que siento por vos. ¡Querido amigo! ¿cómo es posible que vuestra bondad no me alumbre con sus rayos, como el relámpago alumbra las tinieblas de la noche? ¿Cómo es posible que ni una tierna palabra venga a consolarme, como dulce brisa? ¡Oh! yo sospecho que algunos infames que conozco han querido destruir nuestra tierna amistad! Así me retiráis vuestra mano, después de una amistad de veinticinco años de cumplida felicidad, pasados sin que hayáis tenido la menor queja de mí, sin que me haya hecho culpable de ninguna mala acción, ¿me retiráis así vuestra mano dejándome presa de las garras del destino? ¿Soy yo otra cosa para vos que un esclavo obediente y sumiso? Reflexionad un momento, no os precipitéis, el que se precipita demasiado, cae; mientras que el que camina con circunspección, llega al término de su viaje. ¡Ah! ya os acordareis de mí cuando se rompan los lazos de amistad que nos unían y no os queden más que amigos interesados y falsos. Ya me bus­careis cuando ninguno de los que os rodean pueda daros un buen consejo y yo no estaré allí, yo que sabía aguzar el ingenio de los demás.”

¿Quién sabe si una hora de conversación y de expansión no hubiera disipado las prevenciones de Motamid y reconciliado aquellas dos almas tan bien forjadas para entenderse? Mas ¡ay! el príncipe y el visir se hallaban lejos uno de otro y este tenía en Sevilla una multitud de envidiosos y de enemigos que se gozaban en calumniarlo y en denigrarlo a los ojos del monarca; en interpretar malignamente sus menores hechos y sus palabras más sencillas. Estaban tan apoderados del ánimo del príncipe aquellos «infames» de que Ibn-Ammar habla en su poema y entre los que se distinguía el visir Abu-Ber ibn-Zaidun, el hombre más influyente entonces en la corte, que Motamid había concebido ya sospechas de la fidelidad de Ibn-Ammar, cuando este le pidió licencia para ir a Murcia. Únase a esto que Ibn-Ammar encontró un enemigo no menos peligroso en Ibn-Abdalaziz, príncipe de Valencia y amigo de Ibn-Tahir.

Al llegar a Murcia, Ibn-Ammar tenía intenciones de tratar a Ibn-Tahir de una manera honorífica; así que le hizo presentar muchos vestidos de honor para que eligiera uno de su gusto, pero Ibn-Tahir cuyo genio naturalmente cáustico se había agriado con la pérdida de su principado, respondió al mensajero de Ibn-Ammar: «Ve a decir a tu señor que no quiero otra cosa suya más que su larga pelliza y su pequeña cachucha.» Al recibir esta respuesta, en medio de sus cortesanos, Ibn-Ammar se mordió los labios de despecho. «Comprendo el sentido de sus palabras, dijo al fin; sí, ese era el traje que yo llevaba cuando pobre y oscuro vine a recitarle mis versos.» Pero no perdonó a Ibn-Tahir este rudo golpe asestado a su vanidad. Cambiando de intenciones respecto a él, lo hizo encerrar en la fortaleza de Monteagudo. Cediendo a las instancias de Ibn-Abdalaziz, Motamid envió a su visir la orden de poner en libertad a Ibn-Tahir, pero Ibn-Ammar no lo hizo. Entretanto Ibn-Tahir consiguió evadirse, gracias a la ayuda que le prestó Ibn-Abdalaziz, y fue a establecerse en Valencia. Ibn-Ammar se puso furioso y compuso con esta ocasión un poema en el que excitaba a los Valencianos a rebelarse contra su señor. He aquí algunos versos:

“Habitantes de Valencia, sublevaos todos contra los Beni-Abdalaziz, proclamad vuestras justas quejas y elegid otro rey, un rey que sepa defenderos contra vuestros enemigos. Ya sea Mohamed o Ahamed, siempre será mejor que ese visir que ha entregado vuestra ciudad al oprobio, como un marido sin vergüenza que prostituye a su propia mujer. Ha ofrecido asilo al que había sido abandonado por sus propios súbditos. Haciéndolo, os ha llevado un pájaro de mal agüero, os ha dado por conciudadano un hombre vil e infame. ¡Ay! es preciso lavarme la cara en la que una muchacha sin brazalete, una vil esclava me ha dado un bofetón. ¿Crees escapar Ibn-Abdalaziz a la continua venganza de un hombre que marcha siempre en persecución de su enemigo y que continua su ruta, aunque no le alumbra ninguna estrella? ¿Con qué astucia puede sustraerte a las manos vengadoras de un bravo guerrero de los Beni-Ammar que lleva tras sí un bosque de lanzas? ¡Esperad verlo llegar enseguida, rodeado de un innumerable ejército! ¡Valencianos, os doy un buen consejo; marchad como un solo hombre contra ese palacio que encubre tantas infamias tras de sus muros, ¡apoderaos do los tesoros que encierran sus cuevas, derribadlo hasta los cimientos de modo que solo las ruinas atestigüen que existió un día!”

Cuando Motamid tuvo conocimiento de esta composición, estaba ya tan irritado contra Ibn-Ammar, que la parodió de este modo:

«Con qué astucia podrá sustraerse a las manos vengadoras de un bravo guerrero de los Beni-Ammar; de esos hombres que se prosternaban antes con inaudita bajeza a los pies de todos los señores, de todos los príncipes, de todas las testas coronadas, que se creían dichosos cuando recibían de sus amos una parte algo mayor que los demás criados, que, despreciables verdugos, cortaban las cabezas a los criminales y que se han elevado de la condición más ínfima a las dignidades más altas.”

Estos versos causaron a Ibn-Abdalaziz un gozo inexplicable, pero Ibn-Ammar se ahogaba de cólera y en su furia compuso contra Motamid, contra Romaiquia y contra los Abbaditas en general una sátira mucho más sangrienta todavía. Él, aventurero nacido bajo la paja, él, a quien la bondad de Motamid había sacado de la nada, se atrevió a echar en cara a los Abbaditas, no ser, después de todo, más que oscuros labriegos de la aldea de Jaumin, «esa capital del universo», como decía con amarga ironía. «Tú has elegido entre las hijas del populacho, proseguía, esa esclava que Romaic, su amo hubiera cambiado de buena gana por un camello de un año. Ella ha echado al mundo hijos libertinos, hombrecillos rechonchos que la avergüenzan. Motamid, yo mancillaré tu honor, yo desgarraré los velos que cubren tus torpezas, yo los haré caer a pedazos. Si, émulo de los antiguos héroes, sí, tú has defendido tus aldeas, pero sabías que tus mujeres te engañaban y se lo consentías» 

Por un resto de pudor, Ibn-Ammar no enseñó estos versos, escritos en un acceso atroz de rabia más que a sus amigos más íntimos; pero había entra ellos un rico judío de Oriente a quien había concedido su confianza sin sospechar que era un emisario de Ibn-Abdalaziz. Este judío consiguió sin gran trabajo procurarse una copia de la sátira escrita por mano de Ibn-Ammar y la envió al príncipe de Valencia. Este escribió enseguida a Motamid y por medio de una paloma le envió su carta y la sátira en un mismo pliego.

Desde entonces toda reconciliación se hizo imposible. Ni Motamid, ni Romaiquia, ni sus hijos, podían perdonar a Ibn-Ammar sus innobles injurias. Pero el rey de Sevilla no tuvo necesidad de castigar a su visir, otros se tomaron ese cuidado. Abandonándose a los placeres con una completa indolencia, no se apercibió Ibn-Ammar de que Ibn-Rachic, secundado por el pueblo de Valencia le hacía traición, y cuando llegó a abrir los ojos ya era tarde: excitados por Ibn-Rachic los soldados pidieron a gritos sus pagas atrasadas y, como Ibn-Ammar no podía satisfacerlos, lo amenazaron con entregarlo a Motamid. Esta amenaza lo hizo temblar y se salvó huyendo precipitadamente.

Fue a buscar asilo cerca de Alfonso, lisonjeándose con la esperanza de que este monarca lo ayudaría a reconquistar Murcia; pero se engañaba: Alfonso había sido ganado por los magníficos presentes que le había hecho Ibn-Rachic y dijo a Ibn-Ammar: «Todo eso no es más que una historia de ladrones: el primer ladrón ha sido robado por otro y este lo ha sido por un tercero.» Viendo pues que no tenía nada que esperar en León, Ibn- Ammar fue a Zaragoza donde entró al servicio de Moctadir. Pero esta corte, mucho menos brillante que la de Sevilla, le desagradó mucho. Fue pues a Lérida, donde reinaba Mudhaffar, hermano de Moctadir. Allí encontró excelente acogida, pero, como Lérida le parecía más monótona aún que Zaragoza, se volvió a esta última ciudad, donde Mutamin había sucedido a su padre Moctadir. El fastidio, ese mal horrible, se había apoderado de él y se extendía como negra nube sobre su presente y su porvenir; así que se felicitaba de encontrar ocasión de salir de su ociosidad. Un castellano a quien conocía se había revelado; él dio palabra a Mutamin de reducirlo y se puso en camino con una pequeña escolta. Habiendo llegado al pie de la montaña en que se encontraba el castillo, pidió permiso al rebelde para ir a hacerle una visita acompañado solo de dos hombres. El castellano, que desconfiaba de él, no vaciló en acceder a su demanda. «Cuando me veáis ir al lado del gobernador y estrecharle la mano, dijo Ibn-Ammar a sus dos servidores Djabir y Hadi, le hundiréis vuestras espadas en el pecho.» El castellano fue muerto, sus soldados pidieron y obtuvieron el perdón y Mutamin quedó muy contento del servicio que Ibn-Ammar le había prestado. Poco después creyó éste hallar nueva ocasión para satisfacer la necesidad de actividad febril que le devoraba. Quiso procurar a Mutamin la posesión de Segura. Encaramada en la última cresta de un pico casi inaccesible, había logrado esta fortaleza conservarse independiente cuando Moctadir se apoderó de los Estados de Alí, príncipe de Denia, y un hijo de este llamado Sirad-al-daula, la había poseído por algún tiempo; pero como acababa de morir los Beni-Sohail que eran tutores de sus hijos, querían vender Segura a cualquier príncipe vecino, e Ibn-Ammar prometió a Mutamin entregársela del mismo modo que le había entregado el otro castillo. Partió pues, con algunas tropas y mandó a pedir a los Beni-Sohail que le concedieran una conferencia. Consintieron, pero en lugar de caer en sus redes, Ibn-Ammar que los había ofendido, cuando reinaba en Murcia, fue el que cayó en el lazo. Las entradas de la fortaleza estaban defendidas por una pendiente tan escarpada que para entrar en ella era preciso dejarse izar a fuerza de brazos. Cuando llegó a este lugar peligroso, acompañado de Djabir y Hadí, compañeros obligados en toda empresa aventurera, Ibn-Ammar se hizo subir el primero; pero en cuanto puso los pies en el suelo, lo cogieron los soldados de la guarnición que gritaron a sus acólitos, que echaran a correr si no querían ser muertos a flechazos. No tuvieron necesidad de repetirles el aviso y ellos corriendo cuesta abajo fueron a anunciar a los soldados de Zaragoza que Ibn-Ammar había sido hecho prisionero. Estos, persuadidos de que era inútil toda tentativa para salvarlo, se volvieron por donde habían venido.

Después de haber metido a Ibn-Ammar en un calabozo, los Beni-Sohail resolvieron venderlo al mejor postor. El que lo compró fue Motamid, lo mismo que el castillo de Segura, y encargó a su hijo Radhí que condujera el prisionero a Córdoba. El infortunado visir entró en esta ciudad cargado de cadenas y montado en una mula de carga entre dos sacos de paja. Motamid lo abrumó de reprensiones y le mostró la terrible sátira, preguntándole si conocía la letra. El prisionero que apenas podía tenerse en pie, tan pesadas eran sus cadenas, le escuchó en silencio con los ojos clavados en el suelo y cuando el príncipe hubo terminado su larga invectiva, le dijo:

—Nada niego señor de lo que acabáis de decirme. ¿De qué me serviría negarlo si hasta las piedras hablarían para atestiguar la verdad de vuestras palabras? He faltado, os he ofendido gravemente, ¡pero perdonadme!

— Lo que tú has hecho no se perdona, le respondió Motamid.

Las damas a quienes había ultrajado en su sátira se vengaron encarneciéndolo con burlas mordaces. En Sevilla tuvo que sufrir de nuevo los insultos de la multitud. Sin embargo, su cautividad se prolongaba y esto le daba alguna esperanza. Sabía que muchos personajes elevados, entre otros el príncipe Rachid hablaban o escribían en su favor. Así, que no cesaba de estimular su celo con sus versos, pero Motamid estaba ya tan fatigado de las multiplicadas súplicas que le dirigían que había prohibido dar al prisionero avíos de escribir cuando este le suplicó que le dieran por última vez papel, tinta y un «cálamo.» Habiendo obtenido su demanda dirigió a Motamid un largo poema que se entregó al sultán por la noche en un festín. Cuando se marcharon los convidados, Motamid lo leyó, se conmovió e hizo venir a Ibn-Ammar a su cámara donde le reprendió de nuevo su ingratitud. Al principio Ibn-Ammar, sofocado por las lágrimas, no pudo responderle nada, pero serenándose poco a poco, supo recordarle con tal elocuencia la dicha que antes habían gozado juntos que Motamid conmovido, enternecido, medio vencido acaso, le dirigió algunas palabras animadoras, aunque sin concederle formalmente el perdón. Desgraciadamente—porque el peor de los males es el que nos viene cercado de esperanzas—desgraciadamente Ibn-Ammar, se engañó mucho sobre los sentimientos de Motamid respecto de él. A las alternativas de cólera y de enternecimiento de que había sido testigo, les dio un sentido que no tenían. Motamid le había conservado un resto de cariño, pero de eso al perdón, había todavía mucho que hablar, y esto fue lo que Ibn-Ammar no comprendió. Habiendo vuelto a su prisión creyó en un próximo cambio de fortuna y no pudiendo contener el gozo en que desbordaba su corazón, escribió a Rachid una carta anunciándole el feliz éxito de su conversación con el monarca. Rachid estaba con otros cuando le fue entregada y mientras que la leía, su visir Isa echó una mirada furtiva y rápida, pero que le bastó para convencerlo que era. Sea charlatanería, sea que no me quiera Ibn-Ammar, no divulgó la cosa y pronto llegó a oídos de Abu-Berc ibn-Zaidun llena de exageraciones que nos son desconocidas, pero que debían haber sido muy infames, porque un historiador árabe dice que las pasa en silencio porque no quiere con ellos manchar un libro. Ibn-Zaidun pasó la noche en una terrible ansiedad: la rehabilitación de Ibn-Ammar era su desgracia, acaso su sentencia de muerte. A la mañana siguiente no sabiendo aun a qué atenerse se quedó en casa a la hora en que de ordinario iba a palacio. Motamid le mandó a buscar y lo recibió tan afectuosamente como da costumbre, de modo que Ibn-Zaidum adquirió la seguridad de que su situación era menos peligrosa de lo que había temido. Así, cuando el sultán le preguntó que porqué se había hecho esperar tanto, le respondió, que creía haber caído en desgracia y le hizo saber al mismo tiempo que su conversación con Ibn-Ammar era conocida de toda la carta que se esperaba ver de nuevo en el poder al ex-visir, que su amigo y compatriota Ibn-Salam le tenía ya prefecto de la ciudad, preparadas las mejores habitaciones de su casa para alojarlo mientras que le devolvieran sus palacios y no hay que decir que no dejó de contar las calumnias que se habían divulgado.

Motamid no sentía ya más que ira. Aun cuando lo que hubiera pasado entre él y su prisionero no hubiera sido desnaturalizado por el odio, le hubiera indignado la loca presunción de Ibn-Ammar que, de algunas buenas palabras, había deducido al punto que iban a ponerlo en libertad y a volver al poder. «Ve a preguntar a Ibn-Ammar, dijo Motamid dirigiéndose a un eunuco esclavo, como ha podido divulgar la conver­sación que tuve con él ayer noche.»

El eunuco volvió enseguida diciendo:

—Ibn-Ammar niega haber dicho nada a nadie.

—Pero puede haber escrito, replicó Motamid. Yo le hice dardos hojas de papel: sobre la una ha escrito el poema que me ha enviado, pero ¿qué ha hecho de la otra? Ve y pregúntaselo.

El eunuco volvió y dijo:

—Ibn-Ammar pretende que la otra hoja le ha servido para escribir el borrador del poema.

—Entonces que te dé el borrador, replicó Motamid.

Ibn-Ammar no pudo negar la verdad por más tiempo.

—He escrito a Rachid, dijo tristemente, para anunciarle lo que el príncipe me había prometido.

A esta confesión la sangre de su terrible padre, de aquel buitre pronto siempre a caer sobre su presa para despedazarla y saciar su ira en sus entrañas, se despertó en las venas de Motamid y se las abrazó. Cogiendo la primera arma que encontró a mano, que era una magnífica hacha que había recibido de Alfonso, bajó en dos saltos los tramos de escalera que iban a la habitación donde Ibn-Ammar estaba encerrado. Al encontrar la mirada de fuego del monarca, Ibn-Ammar se quedó muerto. Presentía que iba a sonar su última hora... Arrastrando sus cadenas fue a echarse a los pies de Motamid que humedeció con sus besos y sus lágrimas; pero el sultán inexorable levantó el hacha y lo hirió diferentes veces hasta que quedó muerto, hasta que su cadáver estuvo frío...

Tal fue el fin trágico de Ibn-Ammar que excitó en la España árabe una vivísima emoción aunque no muy larga, porque los graves sucesos que ocurrieron en Toledo y los progresos de las armas castellanas no tardaron en dar otra dirección a las ideas.

 

 

LIBRO IV. LOS REYES DE TAIFAS. TERCERA PARTE