V.
A fin de
no interrumpir nuestro rápido bosquejo de la historia del principado de Málaga,
hemos acaso anticipado un poco los sucesos y como ahora tenemos que echar una
ojeada sobre los progresos que en este intervalo habían hecho el partido árabe,
tenemos que volver algunos años atrás.
Habiendo
muerto el Cadí de Sevilla, Abul-Casim Mohamed, a fines de Enero de 1042, le
sucedió su hijo Abbad, que tenía entonces veintiséis años, con el título de hadjib
o primer ministro del supuesto Hixem II. Es conocido en la historia con el
nombre de Motadhid y aun cuando no tomo este título sino más adelante, lo
llamaremos así desde ahora para evitar la confusión que puede producir el
cambio de nombre.
El nuevo
jefe del partido árabe en el S.O., tenía una de las fisonomías más acentuadas
que haya producido la verde vez de una sociedad. Era en todo el digno rival de
Badís jefe de la facción opuesta. Suspicaz, vengativo, pérfido, tiránico, cruel
y sanguinario como él, y como él dado a la embriaguez, le excedía en lujuria.
Naturaleza móvil y voluptuosa, si las hubo, sus apetitos eran insaciables e
incesantes. Ningún príncipe de entonces tuvo un serrallo tan numeroso como el
suyo: se asegura que entraron sucesivamente en él, ochocientas jóvenes.
Pero a
pesar de esta semejanza general, los dos príncipes no tenían el mismo carácter;
sus gustos y sus costumbres diferían en mucho. Badís era un bárbaro o poco
menos, desdeñaba los buenos modales, la cultura, la civilización. No había
poetas en los salones de la Alhambra; Badís que hablaba de ordinario
berberisco, apenas hubiera podido entender sus cantos. Por el contrario
Motadhid había recibido una esmerada educación y, si no podía pretender, en
verdad, el título de sabio pues no había hecho extensos estudios, como estaba
dotado de un gusto delicado y penetrante y de una gran memoria, sabía más de lo
que sabe de ordinario un hombre culto. Los poemas que compuso y que, aparte de
su valor literario, no dejan de tener interés para conocerle a fondo, le
valieron de sus contemporáneos la reputación de buen poeta. Era amigo de las
letras y de las artes. Por un poco de incienso colmaba de regalos a los poetas,
gustaba de edificar magníficos palacios y hasta su tiranía tenía cierta especie
de erudición, pues había tomado por modelo al Califa de Bagdad, cuyo título
había adoptado, mientras que Badís ignoraba probablemente hasta en que época
había vivido aquel Califa. Bebedores ambos, Badís se emborrachaba brutal,
groseramente, sin vergüenza y sin recato, como un patán o como un pastor.
Motadhid siempre hombre de mundo, siempre gran señor, no hacía nada sin gracia,
tenía hasta en sus orgías cierto buen gusto y cierta distinción y, aun cuando
bebían de una manera inmoderada él y sus compañeros de libertinaje improvisaban
báquicas canciones que se distinguían por un gusto maravilloso y una gran
delicadeza de expresión. Su organización poderosa se prestaba igualmente al
placer y al trabajo; bebedor desenfrenado y trabajador prodigioso, pasaba de la
fiebre de las pasiones a la de los negocios. Gustaba de entregarse todo entero
a sus ocupaciones de príncipe, pero después de los esfuerzos sobrehumanos que
hacía para recobrar el tiempo dado a los placeres, necesitaba la embriaguez de
nuevo desórdenes para restaurar sus fuerzas. Y ¡cosa extraña¡, este tirano cuya
terrible mirada hacía temblar a las numerosas bellezas de su serrallo, compuso
para algunas de ellas, versos de una exquisita galantería y de una encantadora
dulzura.
Había
pues, entre Badís y Motadhid, la distancia que separa al malvado bárbaro del
malvado culto; pero, en suma, el bárbaro era el menos profundamente depravado
de los dos. Badís tenía cierta franqueza brutal hasta en el crimen, Motadhid
era impenetrable hasta para sus confidentes. Mientras que su escrutadora mirada
espiaba de continuo los pensamientos más secretos de los demás y los adivinaba,
nadie sorprendía nunca un movimiento en su fisonomía, ni un acento de su
palabra. El príncipe granadino exponía su persona en los campos de batalla, el
de Sevilla aunque estuvo casi constantemente en guerra y no estaba falto de
valor, no mandó sus tropas más que una o dos veces en toda su vida, y de
ordinario, trazaba desde el fondo de su cubil, como dice un historiador
arábigo, los planes de campaña a sus generales. Las astucias de Badís eran
groseras y fáciles de desbaratar, las de Motadhid bien calculadas y sutiles
fallaban rara vez. Ese era su fuerte; y se cuenta a este propósito una historia
que merece ser referida.
Estando
en guerra contra Carmona, Motadhid mantuvo correspondencia secreta con un
vecino árabe de esta ciudad que le informaba de los movimientos y de los
designios de los Berberiscos. Necesitaban naturalmente gran circunspección para
que sus cartas no fueran interceptadas y para que nadie sospechara sus
intrigas. Así, que Motadhid, según un plan que había concertado con su espía,
hizo venir a su palacio a un palurdo de las cercanías, hombre sencillo y sin
malicia, si los hubo, y le dijo:
—Quítate
esa casaca que no vale nada y ponte esta djobba (chilaba). Es muy hermosa como
ves y te la regalo, si haces lo que te voy a decir.» Lleno de alegría, el
palurdo se puso la djobba, sin sospechar que en sus costuras se ocultaba
una carta que Motadhid quería enviar a su espía, y prometió ejecutar fielmente
lo que el príncipe le mandara. «Pues bien, le dijo Motadhid, toma el camino de
Carmona y cuando llegues cerca de la ciudad, coge leña y haces un haz: entra en
la ciudad y ponte donde se ponen de ordinario los leñadores pero no vendas tu
haz, sino al que te ofrezca cinco dirhemes.
Aunque el
palurdo no adivinaba en manera alguna el motivo de estas órdenes tan singulares
se apresuró a obedecer. Salió, pues, de Sevilla y cuando llegó cerca de Carmona
se puso a hacer haces, pero como no tenía costumbre y hay haces y haces, según
dice el proverbio, entró en la ciudad con un hacecillo de ramas muy chico y muy
ruin y fue a situarse en el mercado.
—¿Cuánto
vale ese haz?, le preguntó uno.
—Cinco
dirhemes; si lo quiere lo toma y si no lo deja, respondió el palurdo.
El otro
se echó a reír en sus barbas.
—¡Dios
mío! ¿Es ébano?
—No, dijo
otro, es bambú.
Y cada
uno dijo su chiste, burlándose del palurdo.
Ya
declinaba el día, cuando un hombre, que no era otro que el espía de Motadhid,
se acercó al palurdo y habiéndole preguntado el precio de su haz, se lo compró
y le dijo:
— Cárgate
esa leña y llévala a mi casa. Voy a enseñarte el camino.
Cuando
llegaron a la casa, el palurdo dejó la leña y habiendo recibido sus cinco
dirhemes, iba a irse.
—¿Dónde
vas tan tarde?, le preguntó el amo de la casa.
—Voy a
salir de la ciudad, le respondió el palurdo.
—¿Piensas
en eso? ¿No sabes que hay ladrones en el camino? Quédate ahí, te daré de cenar
y una cama, y mañana temprano podrás ponerte en camino.
El
palurdo aceptó esta oferta con reconocimiento; pronto una buena cena le hizo
olvidar las burletas de que había sido objeto, y cuando hubo comido con
excelente apetito, le dijo su huésped:
—Ahora
dime de dónde vienes.
—De los
alrededores de Sevilla donde vivo.
—Entonces,
hermano, debes ser muy valiente y muy temerario para haberte atrevido a venir
aquí, pues debes conocer la crueldad y la ferocidad de los Berberiscos y saber,
que matan a un hombre en menos que canta un gallo. Sin duda que te trae alguna
cosa importante.
—Nada;
pero es preciso ganarse la vida y a nadie se le ha de ocurrir maltratar a un
pobre palurdo, inofensivo, como yo.
Hablaron
hasta que el palurdo empezó a dormirse. Entonces su huésped lo condujo al
aposento que le destinaba. El otro quiso acostarse sin desnudarse, pero el de
Carmona le dijo:
—Quítate
tu «djobba», dormirás mejor y te levantarás más fresco, porque esta noche hace
calor.
Hízolo el
palurdo y al poco dormía profundamente. Entonces el espía cogió la djobba,
descosió la costura, cogió la carta de Moladhid, la leyó, la contestó
enseguida, puso su carta en lugar de la del príncipe, recosió la costura sin
que se conociera, y volvió a poner la djobba en el sitio donde el palurdo la
tenía. Éste, habiéndose levantado temprano al día siguiente, se la puso y
después de haber dado las gracias al de Carmona por su hospitalidad, volvió a
tomar el camino de Sevilla.
Cuando
estuvo de vuelta, se presentó a Motadhid y le contó sus aventuras.
—Estoy
satisfecho de tí, le dijo el príncipe con aire bondadoso y mereces una recompensa:
Quítate la djobba, déjala ahí y toma un vestido completo que te regalo.
Loco de
alegría, el palurdo cogió los hermosos vestidos que el príncipe le ofrecía y
fue a contar con cierta vanidad a sus amigos, a sus vecinos y a sus conocidos
todos, que el príncipe le había dado vestidos de honor, como si hubiera sido un
hombre importante, un alto funcionario o una alteza. Pero que había servido de
correo extraordinario, de conductor de despachos tan importantes que le
hubieran costado la vida, si los Berberiscos se los hubieran encontrado; de eso
no tuvo nunca ni la menor sospecha.
El
príncipe de Sevilla era astutísimo, fertilísimo en expedientes, en
estratagemas, en artificios de todo género; tenía a su disposición todo un
arsenal de trampas y ¡desgraciado de aquel que provocara su cólera! Aunque se
fuera a otro país, aunque se fuera a ocultar al fin del mundo, la venganza del
príncipe lo alcanzaba infaliblemente. Cuéntase, que un ciego había sido privado
por Motadhid de la mayor parte de sus bienes, que había derrochado el resto y
completamente arruinado se había ido como peregrino mendicante a la Meca donde
maldecía sin cesar y públicamente al tirano que lo había reducido a la
mendicidad. Súpolo Motadhid y llamando a uno do sus súbditos que iba a hacer la
peregrinación a la Meca, le entregó una cajita con monedas de oro bañadas con
un veneno mortal.
—Cuando
llegues a la Meca, le dijo, entrega esta cajita a nuestro conciudadano ciego, y
le dirás que es un regalo que yo le hago, saludándolo de mi parte; pero ten
cuidado de no abrir la cajita.
Prometióle
el otro ejecutar sus órdenes, se puso en camino y cuando llegó a la Meca encontró
al ciego:
—He aquí
una cajita que Motadhid te envía, le dijo,
—¡Dios
mío! ¡Aquí suena a metal, exclamó él; aquí dentro hay oro! ¿Pero cómo es posible
que Motadhid que está en Sevilla y me redujo a la miseria me enriquezca en la
Arabia?
—Los
príncipes tienen caprichos muy raros, replicó el otro. Puede ser también que a
Motadhid, convencido a estas horas de la injusticia que te ha hecho, le
remuerda la conciencia. En fin, yo no sé nada de esto y nada me importa; no
hago más que cumplir mi comisión. Toma este regalo que es para tí una fortuna
inesperada.
— Ya lo
creo, respondió el ciego; muchas gracias por tú trabajo y manifiéstale al príncipe
mi agradecimiento.
Con su
tesoro bajo el brazo, corrió el pobre hombre a su miserable cuchitril con toda
la ligereza que su ceguera le permitía, y después de haber cerrado la puerta
con cuidado se apresuró a abrir la cajita.
Dicen que
no hay nada más embriagador para un desgraciado que ha luchado mucho tiempo
contra la miseria y que la casualidad enriquece de pronto, que clavar los ojos
en un montón de oro y dejarse deslumbrar por el brillo de relucientes monedas.
Ciego, el Sevillano no podría proporcionarse tal placer, en el tacto y el oído
debían remplazar a la vista, y fuera de sí, sumido en un delicioso éxtasis,
tocaba, palpaba, manoseaba sus queridas monedas, las hacía sonar, las contaba,
se las metía en la boca, se las comía por decirlo así. El veneno produjo su
efecto; antes que llegara la noche el infeliz era cadáver.
Badís y
Motadhid eran ambos crueles, pero con diferencias muy visibles. Mientras que el
primero en sus accesos de ciego furor mataba él mismo a sus víctimas con sus
propias manos, Motadhid usurpaba raras veces las atribuciones del verdugo; pero
aunque no gustara mancharse de sangre sus manos aristocráticas, el odio era en
él más implacable y tenaz que en su rival. Muerto su enemigo, la venganza de
Badís estaba satisfecha y saciado su coraje; mandaba clavar la cabeza del
cadáver a un poste porque esa era la costumbre, pero no iba más allá. Por el
contrario, el odio del príncipe de Sevilla no se saciaba nunca; perseguía a sus
víctimas más allá de la tumba, quería que el aspecto de sus restos mutilados
estimulase de continuo sus pasiones feroces. A ejemplo del Califa Mahdi, hizo
plantar flores en los cráneos de sus enemigos y los colocó en el patio de su palacio.
Un pedazo de papel atado a la oreja de cada cráneo llevaba el nombre de aquel a
quien había pertenecido. Muchas veces se extasiaba delante de este «jardín»
como él lo llamaba. Y sin embargo no contenía las cabezas más preciosas a sus
ojos, las de los príncipes que había vencido. Estas las guardaba con el mayor
cuidado dentro de su palacio en una cajita.
Añadamos,
que este monstruo de crueldad era a sus propios ojos el mejor de los príncipes,
un Tito, hecho expresamente para la felicidad del género humano. «Si deseas,
Dios mío, decía en sus versos, que los mortales sean felices, hazme reinar
sobre todos los Árabes y sobre todos los bárbaros; porque yo nunca me he
desviado del buen camino, nunca he tratado a mis súbditos, sino como es propio
de un hombre generoso y magnánimo; siempre los protejo contra sus agresores,
siempre aparto las calamidades de su cabeza»
VI.
Habiendo
hecho primero matar a Habib, visir confidente de su padre, volvió Motadhid sus
armas contra los Berberiscos y principalmente contra sus vecinos los de
Carmona. Tenía un motivo especialísimo para odiar a los Berberiscos, pues creía
que si no lo evitaba, le habían de quitar el trono a él o a sus descendientes,
habiéndole predicho sus astrólogos que su dinastía sería derribada por hombres
nacidos fuera de la Península. Todo lo puso pues, en obra para extirparlos. La
guerra fue de larga duración. Mohamed, príncipe de Carmona, habiendo caído en
una emboscada fue muerto (1042-3); pero sucedido por su hijo Ishac continuaron
las hostilidades.
Al mismo
tiempo, Motadhid ensanchaba sus límites por el Poniente. En 1044 quitó Mértola
a Ibn-Taifur, después atacó a Ibn-Yahya, señor de Niebla. Este no era un
Berberisco, sino un árabe, pero cuando se trataba de redondear su territorio,
Motadhid no reparaba tanto. Reducido al último extremo, Ibn-Yahya se echó en
brazos de los Berberiscos. Mudhaffar de Badajoz, vino en su ayuda, rechazó a
Motadhid quien trató de formar contra él una liga formidable en que entraron
Badís, Mohamed de Málaga y Mohamed de Algeciras. Abul-Walid ibn-Djahwar que, en
el año 1043, había sucedido a su padre, como presidente de la república de
Córdoba, hizo todo lo que pudo para reconciliar a ambos partidos, pero en vano:
nadie dio oídos a sus embajadores.
Los
Berberiscos habían formado el proyecto de marchar contra Sevilla, luego que
hubieran dispuesto sus tropas y verificado su unión. Motadhid se les adelantó.
Aprovechándose de la ausencia de Mudhaffar, que no había provisto
suficientemente a la defensa de sus propios Estados, hizo primero asolar el
territorio de Badajoz y luego, poniéndose, contra su costumbre, en persona al
frente de su ejército, marchó contra Niebla, atacó a los enemigos en una
especie de desfiladero cerca de las puertas de la ciudad y los precipitó en
parte en el Tinto. Pero Mudhaffar consiguió rehacer sus tropas, las llevó de
nuevo a la carga y obligó a Motadhid a retirarse.
Reunióse
en seguida Mudhaffar con sus aliados, pero mientras que devastaba con ellos el
territorio sevillano, Ibu-Yahya se apartó de su partido, habiéndole obligado
Motadhid a hacer alianza con él. Mudhaffar lo castigó apropiándose el dinero
que le había confiado y haciendo saquear la campiña de Niebla. Entonces
Ibn-Yahya imploró el socorro de Motadhid que hizo atacar las tropas de Badajoz,
las llevó a una emboscada y las puso en derrota, y no contento con este
triunfo, hizo devastar los alrededores de Evora por su hijo Ismael. A fin de
rechazar este ataque, el rey de Badajoz hizo tomar las armas a todos los que
estaban en estado de llevarlas y habiendo recibido un refuerzo de su aliado
Ishac de Carmona, salió al encuentro del enemigo. En vano los Berberiscos de
Carmona le exhortaban a que no lo hiciera. «Ignoráis, le decían, que el
ejército sevillano es numerosísimo; pero nosotros lo sabemos porque tenemos
noticias de Sevilla y lo que es más, porque hemos visto las tropas de
Motadhid.» El ardiente Mudhaffar no quiso creerlos, pero su audacia le costó
cara, pues sufrió una terrible derrota en la que perdió tres mil hombres. Entre
los muertos estaba el príncipe de Carmona, que mandaba las tropas de su padre.
Su cabeza fue llevada a Motadhid, que la colocó en una cajita al lado de la del
abuelo del joven príncipe.
Badajoz
presentó por mucho tiempo un triste espectáculo. Las tiendas estaban cerradas,
los mercados desiertos habiendo perecido la flor de la población en esta
batalla fatal. Para colmo de males, los Sevillanos continuaban destruyendo las
cosechas, de modo que el hambre asolaba el reino. Mudhaffar nada podía hacer.
Abandonado por sus aliados, en vano los llamaba en su ayuda, se hallaba
condenado a permanecer inmóvil e Inactivo en Badajoz, donde la ira le abrazaba
las entrañas. Sin embargo, no se doblegó su orgullo. No quería ni oír hablar de
acomodos, aunque su victorioso enemigo, no rehusara positivamente la mediación
de Ibn-Djahwar. Fingía no cuidarse de sus pérdidas, hasta el punto de que envió
a comprar cantadoras a Córdoba. Entonces había pocas, y no sin trabajo se
encontraron dos que no eran una gran cosa. Al principio causó admiración el capricho
del rey de Badajoz. Se le tenía por hombre grave, estudioso y que no hacía caso
de cantarinas. No se comprendió que hubiera elegido para mandar comprarlas, el
momento en que sus Estados presentaban el espectáculo de una horrible
devastación. Pero cesó el asombro cuando se descubrió el móvil de su conducta.
Mudhaffar había sabido que en la testamentaria de un visir cordobés que acababa
de morir, Motadhid se había procurado una famosa cantadora y para manifestar
que él podía también ocuparse de cantadoras con tanta tranquilidad como su
adversario, las había mandado comprar.
Entre
tanto Ibn-Djahwar, continuaba esforzándose en reconciliarlos y en el mes de
Junio de 1051 lo consiguió al fin, pues en esta época por su intercesión,
Mudhaffar y Motadhid hicieron la paz, después de largas negociaciones.
Motadhid
volvió entonces todas sus fuerzas contra Ibn-Yahya de Niebla, reducido ya a sus
propios recursos. Esta expedición no fue más que un paseo militar. Convencido
de su debilidad, Ibn-Yahya, no intentó siquiera defenderse. Tomó el camino de
Córdoba con intención de pasar allí el resto de sus días y Motadhid tuvo la
cortesía de enviarle un escuadrón a guisa de escolta.
El
príncipe que reinaba en Huelva y en la pequeña isla de Saltes, Abdalaziz el
Becrita, comprendió entonces que le había llegado su vez; sin embargo, esperaba
todavía salvar alguna cosa del naufragio. Apresuróse pues, a escribir a
Motadhid, le felicitó por su reciente conquista, le recordó las relaciones
amistosas que había habido siempre entre su familia y la de los Abbaditas, se
declaró su vasallo y le ofreció Huelva a condición de que le dejara en Saltes.
Motadhid aceptó la oferta y fingiendo querer abocarse con él, tomó el camino de
Huelva. Abdalaziz, juzgó prudente no esperarlo y se fue con sus tesoros a
Saltes. Habiendo tomado posesión de Huelva, Motadhid se volvió a Sevilla: pero
dejando en Huelva uno de sus capitanes encargado de Impedir que Abdalaziz
saliera de su isla y de que nadie se fuera con él. Informado de estas medidas,
Abdalaziz tomó el partido más prudente: entró en negociaciones con el capitán
de Motadhid, vendió al príncipe de Sevilla sus bajeles y sus municiones de
guerra en precio de diez mil ducados y obtuvo permiso para irse a Córdoba.
Durante el viaje, el pérfido Motadhid quiso hacerlo caer en un lazo y
apoderarse de sus riquezas, pero Abdalaziz penetró sus designios y gracias a
una escolta que pidió al príncipe de Carmona, llegó a Córdoba sin tropiezo.
Enseguida
atacó Motadhid al pequeño principado de Silves, donde también reinaban árabes,
los Beni-Mozaín cuyos abuelos poseían extensas propiedades en esta parte de la
península y habían ocupados con frecuencia desde el tiempo de los Omeyas puestos
importantes.
Resuelto
a morir antes que a rendirse el príncipe de Silves se defendió con el valor de
la desesperación. Pero el ejército sevillano, cuyo general era Mohamed
(Motamid) hijo de Motadhid, aunque solo de nombre pues en esta época tenía
apenas trece años, llevó el sitio con no menos vigor y al fin Silves fue tomado
por asalto. Ibn-Mozain, en vano buscó la muerte en lo más recio de la pelea; se
le perdonó la vida y Motadhid se contentó con desterrarlo. Luego, habiendo dado
el gobierno de Silves a su hijo Mohamed, hizo marchar su ejército contra la
ciudad de Santa María, situada cerca del cabo que lleva todavía este nombre. El
Califa Solimán, la había dado en feudo a un tal Said ibn-Harut de Mérida, cuya
genealogía no se conoce y que acaso no era ni Árabe ni Berberisco, pues los
hombres cuyo origen desconocían los cronistas árabes, eran generalmente
Españoles. Después de la muerte de Solimán se había declarado independiente y a
su muerte le sucedió su hijo Mohamed. Atacado este por los Sevillanos no opuso
más que una corta resistencia. Motadhid reunió el distrito de Santa María al de
Silves y quiso que su hijo Mohamed los gobernara juntamente.
Gracias a
estas rápidas conquistas, el principado de Sevilla se había extendido mucho
hacia Poniente; pero se extendía todavía muy poco por el Mediodía donde
dominaban los príncipes berberiscos. La mayor parte de ellos estaban entonces
en paz con Motadhid y hasta habían reconocido su soberanía, o más bien, la del
pretendido Hixem II. Motadhid, sin embargo, no se contentaba con tan poco: su
intención era matar estos príncipes y apoderarse de sus Estados, pero
procediendo con moderación y prudencia no quería aventurarse a tan atrevida
tentativa, antes que sus maniobras subterráneas no le hubieran asegurado el
triunfo.
Después
da la conquista de Silves, fue pues, a devolver la visita, acompañado solo de
dos sirvientes, a dos de sus vasallos, Ibn-Nuh señor de Morón e Ibn-abí-Corra,
señor de Ronda, sin haberlos prevenido de su intento. Cuando se piensa en el
odio que estos Berberiscos le tenían, se admira con razón, que tuviera la
imprudencia de ponerse así en sus manos, pero el hecho es, que no carecía de
audacia, y que, a pesar de su perfidia con todo el mundo, se fiaba de la buena
fe de los demás. En Morón fue acogido de la manera más espléndida. Ibn-Nuh le
manifestó su alegría por esta visita inesperada, le festejó con una suntuosa
hospitalidad y le aseguró de nuevo que le seria siempre vasallo fiel. Pero
Motadhid no había venido a oír cumplimientos, ni a recibir testimonios de afecto,
su objeto era enteramente otro. Quería sondear el terreno y ganarse, si le era
posible, algunos personajes influyentes. Conoció fácilmente que la población
árabe ardía en deseos de sacudir el yugo berberisco y que, llegada la ocasión,
podría contar con un apoyo. Gracias a las piedras preciosas y al dinero que
llevaban sus dos acompañantes, corrompió hasta a algunos oficiales berberiscos
sin que Ibn-Nuh tuviera la menor sospecha de estas intrigas.
Muy
contento del resultado de su visita, Motadhid continuó su viaje, tomando el
camino de Ronda. Allí fue recibido con la misma benevolencia y sus trabajos
secretos le salieron tan bien o acaso mejor, porque los árabes de Ronda estaban
todavía más impacientes que los de Moron de la dominación berberisca, pues, a
lo que parece los Beni-abí-Corras eran señores más duros que los Ibn-Nuh.
Motadhid llegó pues, a urdir una terrible conspiración que había de estallar a
la primera señal.
En poco
estuvo, sin embargo, que no pagara con su vida su audaz empresa. En una
ocasión, hacia el fin de una comida en que no se había escaseado el vino, se
sintió acometido de sueño.
—Me
siento cansado y tengo ganas de dormir, le dijo a su huésped; pero no dejéis
por eso la conversación ni las copas; un sueñecito me repondrá dentro de poco y
entonces volveré a ocupar mi lugar en la mesa.
—Haced lo
que queráis, señor, le respondió Ibn-abí-Corras, llevándolo a un sofá.
Al cabo
de cerca de media hora, cuando Motadhid parecía dormir con profundo sueño, un
oficial berberisco rogó a los otros que le escucharan un momento, pues tenía
una cosa importante que decirles. Habiendo conseguido el silencio, les dijo en
voz baja: «Me parece que tenemos aquí un carnero cebón que ha venido a
ofrecerse espontáneamente al cuchillo. Esta es una fortuna que estábamos lejos
de esperar. De nada nos hubiera servido dar todo el oro de Andalucía por tener
aquí a este hombre y he aquí que él mismo viene.... Todos sabéis que es el
mismo demonio y cuando haya dejado de existir, nadie nos disputará ya la
posesión de esta tierra......
Todos
quedaron en silencio, pero se miraron y la idea de asesinar al que todos odiaban
y termina y cuyos caminos tortuosos les eran conocidos, sonreía a aquellos
hombres endurecidos desde su infancia en toda especie de crímenes, sus atezados
rostros no expresaron sorpresa ni repugnancia. Solo uno, más leal que los
demás, sintió encendérsele la sangre a la idea de tan infame traición. Era un
pariente del señor de Ronda, llamado Moadh-ibn-abí-Corras. Con los ojos
encendidos en generosa indignación, se levantó y tomando la palabra: «¡Por
Dios, no hagamos eso! dijo a media voz, pero con tono firme. Este hombre al
venir aquí ha contado con nuestra lealtad, su conducta prueba que nos cree
incapaces de hacerle traición, y nuestro honor exige que justifiquemos su
confianza. ¿Qué dirían nuestros hermanos de las otras tribus si supieran que
hemos violado los sagrados derechos de la hospitalidad y que hemos asesinado a
nuestro huésped? ¡Maldiga Dios al que se atreva a cometer semejante crimen!»
Los Berberiscos se conmovieron con estas nobles palabras. Recordándoles de un
modo tan enérgico los deberes de la hospitalidad, Moadh había hecho vibrar en
sus corazones una cuerda que rara vez se toca en vano en los pueblos africanos
y asiáticos.
Entre
tanto Motadhid, aunque se hacia el dormido, estaba completamente despierto.
Presa de una angustia inexplicable, había escuchado todo lo que decían.
Tranquilizado por el efecto que habían producido las palabras de Moadh, fingió
despertarse y volvió a la mesa; todos los convidados se levantaron al punto, lo
abrazaron y lo besaron respetuosamente en la frente. Le acariciaron con tanta
más efusión, cuanto que su conciencia no estaba del todo tranquila y se
reprochaban en secreto de haber tenido por un momento la idea de enviar a su
huésped al otro mundo.
—Amigos
míos, les dijo entonces el príncipe, tengo que volverme inmediatamente a
Sevilla, pero en vísperas de dejaros no os puedo explicar cuán satisfecho estoy
de vuestra acogida. Quisiera daros alguna pequeña muestra de mi reconocimiento,
pero por desgracia la provisión de regalillos que traían mis servidores está ya
casi agotada. Dadme, pues, papel y tinta, que cada uno me dicte su nombre y que
me diga lo que quiere mejor, vestidos de honor, dinero, muchachas, esclavos o
cualquiera otra cosa y que envíe a la capital cuando yo esté de vuelta uno
encargado de recibir el regalo de destino.
Todos se
apresuraron a obedecer al príncipe, y cuando este volvió a Sevilla, se presentó
una multitud de criados de los Berberiscos que se llevaron a Ronda magníficos
regalos.
Parecían,
pues, existir las mejores relaciones entre Motadhid y los Berberiscos, los
antiguos odios olvidados para dejar lugar a las mejores relaciones, a la
amistad más íntima y cordial, cuando seis meses después de su visita, Motadhid
invitó a los señores de Ronda y de Moron a un gran festín que quería ofrecerles
según decía, para manifestarles su reconocimiento por su buena acogida. Invitó
también a Ibn-Khazrun señor de Arcos y de Jerez y no tardaron los tres en
llegar a Sevilla (1053). Motadhid les hizo una recepción magnífica y según
costumbre les ofreció un baño como también a los principales personajes de su
comitiva, pero bajo un pretexto cualquiera, detuvo a su lado al joven Moadh.
Cerca de
sesenta Berberiscos fueron al edificio que el príncipe les había indicado.
Después de desnudarse en la primera sala, entraron en la segunda la verdadera
sala del baño. Como se ve hoy todavía en los países musulmanes, este era de
piedra, revestido de mármol y coronado por una cúpula llena de agujeros en
forma de estrellas, cubiertos por vidrios raspados. De techo en techo había
tinas de mármol y tubos colocados en el espesor de los muros que partían de una
caldera y mantenían un grado de calor muy elevado.
Saboreando
las delicias y placeres que procura el baño, si bien los Berberiscos oyeron un
ruido ligero, como si estuvieran trabajando albañiles, al principio no hicieron
caso; sin embargo, al cabo de algún tiempo como el calor iba siendo cada vez
más sofocante, quisieron abrir la puerta ¡pero cual no sería su espanto! La
puerta estaba tapiada y todos los ventiladores tapados.... Todos se ahogaron.
Entre
tanto el joven Moadh, después de esperar mucho tiempo el regreso de sus
compañeros, acabó por ponerse en cuidado y se atrevió a preguntar a Motadhid
porqué tardaban tanto en volver. El príncipe no vaciló en decírselo y como
viera en su semblante un profundo terror, le dijo:
—Tú no
tienes nada que temer, tus parientes y tus amigos merecían la muerte, pues que
tuvieron por un momento la idea de asesinarme. Sabe que no dormía cuando se
hizo esta propuesta, pero también oí las nobles palabras que pronunciaste en
aquella ocasión y no olvidaré nunca que si vivo es a tí a quien se lo debo.
Ahora tú puedes elegir, si quieres quedarte aquí, pronto estoy a partir contigo
todas mis riquezas, pero si prefieres volver a Ronda, yo te haré volver lleno
de regalos.
—¡Ay
señor!, le respondió Moadh, (con profunda tristeza) ¿Cómo he de volver a Ronda,
donde todo me ha de recordar a los que he perdido?
—Pues
bien, quédate en Sevilla y no tendrás por qué quejarte de mí.
Y
dirigiéndose a uno de sus servidores:
—Cuida,
le dijo, de que se habilite inmediatamente un hermoso palacio a fin de que
Moadh vaya a vivirlo. Lleva allí mil monedas de oro, treinta muchachas y diez
esclavos.
—Te
señalo además continuó, dirigiéndose a Moadh, un sueldo anual de doce mil
ducados.
Moadh,
permaneció pues, en Sevilla, donde vivió con regia opulencia. Diariamente le
enviaba Motadhid regalos de mucho valor o de singular elegancia; le dio un
mando en el ejército y siempre que consultaba a sus visires sobre los negocios
de Estado, reservaba el asiento de honor al que le había salvado la vida.
Habiendo
depositado las cabezas de los señores berberiscos en aquella horrible cajita
que tanto gustaba de contemplar, Motadhid envió tropas que se posesionaran de
Morón, de Arcos, de Jerez, de Ronda y de otras plazas. Ayudadas por la
población árabe y por los traidores que se habían vendido a Motadhid, lo
consiguieron sin gran trabajo. La toma de Ronda, donde Abu-Nazr había sucedido
a su padre, parecía que debía costarles más, porque edificada sobre una montaña
muy elevada y rodeada de precipicios, pasaba por inexpugnable. Pero los árabes
se levantaron en masa contra los Berberiscos y se pusieron a asesinarlos con
ciego furor. El mismo Abu-Nazr trató inútilmente de salvarse por la fuga;
cuando trataba de escalar la muralla se resbaló y su cadáver cayó en el precipicio.
Sobre
todo, la toma de Ronda causó al príncipe de Sevilla un gozo inexplicable.
Apresuróse a fortificar todavía más esta ciudad y cuando se concluyeron los trabajos
fue a inspeccionarlos y loco de contento compuso estos versos:
“Mejor
fortificada que nunca, eres ahora la mejor alhaja de mi corona ¡oh Ronda! Las
lanzas y las cortadoras espadas de mis valientes guerreros, me han procurado la
ventaja de poseerte; tus habitantes ahora me llaman su señor y serán el más
firme apoyo para mí. ¡Ah, que dure mi vida y yo sabré abreviar la de mis
enemigos! ¡Mientras me quede aliento no he de cesar nunca de combatirlos! He
pasado a cuchillo batallones y batallones y las cabezas de mis enemigos
ensartadas como perlas, forman un collar en la puerta de mi palacio.”
VII
Mientras
que Motadhid, infatuado con sus triunfos se entregaba a los transportes de un
gozo inmoderado, Badís era presa de una creciente ansiedad. Cuando recibió la
noticia de la terrible suerte que había cabido a los señores berberiscos,
desgarró sus vestidos, dando alaridos de dolor y de ira; y cuando luego supo
que por un movimiento de patriótica indignación toda la población árabe de
Ronda se había levantado como un solo hombre para aniquilar a sus opresores,
presentimientos negros vinieron a apoderarse y a atormentar su espíritu
desconfiado. ¿Quién le respondía de que sus súbditos árabes no se hubieren
concertado también con el Abbadita y de que no conspiraran contra su trono y su
vida? Esta idea le perseguía sin descanso noche y día; se hubiera dicho que
tenía raptos de locura. Ya enajenado de furia gritaba, juraba y se enfadaba con
todo el mundo, ya turbado por el miedo y llena su alma de negra melancolía
guardaba triste silencio y se consumía como árbol herido por el rayo. Cosa
extraña y de mal agüero: Badís no bebía ya.
Maduraba
en secreto un proyecto terrible. Mientras que hubiera árabes en sus Estados no
estaba tranquilo; la prudencia le mandaba exterminarlos o iba a hacerlo el
viernes próximo cuando estuvieran reunidos todos en la mezquita. Sin embargo
como no hacía nada sin consultar a su visir, el judío Samuel, lo informó de su
plan, pero añadiendo que estaba firmemente resuelto a ejecutarlo lo aprobara o
no. El judío creyó malo este plan y trató de apartar al príncipe de él.
«Supongamos le dijo, que todo suceda a medida de vuestro deseo, supongamos que
conseguís exterminar a los Árabes, y no contemos para nada el peligro de
semejante empresa, ¿creéis que los Árabes de los otros Estados olvidarán la
desgracia de sus compatriotas?, ¿creéis qué permanecerán tranquilos en sus
casas? No, por cierto; ya me parece verlos correr furiosos, ya veo a enemigos
tan innumerables como las olas del mar, caer sobre nosotros blandiendo sus
cimitarras sobre nuestras cabezas» .... Por sensatas que fueran estas palabras
no produjeron ningún efecto sobre Badís. Hizo prometer a Samuel guardar secreto
y dio las órdenes necesarias para que todo estuviese dispuesto para el viernes.
En aquel día deben reunirse los soldados, armados de todas armas, bajo pretexto
de una revista.
Samuel,
sin embargo, no estuvo ocioso: envió secretamente a los árabes principales
algunas mujeres conocidas, que les aconsejaran no ir a la Mezquita el viernes
inmediato sino por el contrario que se escondieran. Avisados así, los árabes se
mantuvieron alerta y en el día prefijado no fueron a la mezquita sino algunos
hombres del pueblo bajo. Furioso de ver frustrado su plan, Badís hizo ir a
Samuel y le reprendió por haber divulgado el secreto. El visir lo negó, y luego
añadió: «Se explica fácilmente que los árabes no hayan ido a la mezquita.
Viendo que habíais reunido las tropas sin motivo alguno, puesto que estáis en
paz con nuestros vecinos, han sospechado naturalmente que era contra ellos. En
lugar de enfadaros debéis dar gracias a Dios, porque, adivinando vuestras
intenciones, hubieran podido sublevarse, y ni han chistado. Considerad, señor,
el asunto a sangre fría y día llegará en que veáis que tengo razón.» Acaso
Badís en su ceguedad se hubiera negado a convencerse, pero habiendo asentido un
jeque berberisco a lo que decía Samuel, acabó por confesar que se había
equivocado. Ya no pensó más en exterminar a los súbditos árabes Pero instado
por los fugitivos de Morón, de Arcos, de Jerez y de Ronda que habían venido a
refugiarse en Granada, resolvió castigar al pérfido enemigo de su raza e
invadió el territorio sevillano al frente de los emigrados y de tropas propias.
No tenemos detalles de esta guerra, pero todo inclina a creer que debió ser
sangrienta, porque, de una parte, los Berberiscos iban inflamados con el deseo
de vengar a sus compatriotas, y, por otra, los árabes odiaban a los Granadinos
mucho más que a los otros Berberiscos, pues los miraban como infieles,
incrédulos y enemigos de la religión musulmana pues, tenían por visir un judío.
«Tu espada ha castigado un pueblo que no ha creído nunca más que en el judaísmo
aun cuando se da el nombre de Berberisco: decían los poetas sevillanos cuando
contaban las victorias de Motadhid. A los ojos de los Sevillanos la guerra
contra los granadinos era una guerra santa; así que los combatieron con tanto
vigor que los obligaron a retirarse. Los emigrados tuvieron entonces mucho que
sentir. No permitiéndoles Motadhid volver a sus casas y no queriendo Badís que
permanecieran en Granada, pues tenía que proveer a su subsistencia, tuvieron
que pasar el Estrecho. Desembarcaron cerca de Ceuta, pero Sacot, señor de esta
plaza, no los querían tampoco. Rechazados así por todo el mundo, cuando la
miseria asolaba el África, casi todos murieron de hambre.
Motadhid
dirigió enseguida sus armas contra el Hammudita Casim, señor de Algeciras. Era
el más débil de los príncipes Berberiscos, así que pronto tuvo que pedir
merced. Motadhid le permitió irse a vivir a Córdoba 1058.
Terminada
esta nueva conquista creyó Motadhid que ya era tiempo de concluir la comedia
que a ejemplo de su padre venía representando y declarar que el pretendido
Hixem II había muerto. Las razones que había tenido su padre para guarecerse
con el nombre de este monarca ya no existían. Todo el mundo estaba convencido
además de que era imposible volver al pasado, de que el Califato había caído
para no volver a levantarse; la experiencia había disipado en este punto todas
las ilusiones. El esterero de Calatrava había llegado a ser un personaje
inútil. Puede que este hombre, que nunca se mostraba ni al pueblo, ni a los
cortesanos, hubiera muerto hacía muchos años, puede también que Motadhid harto
de él lo hiciera matar, como algunos cronistas aseguran. No nos atreveríamos a
afirmar nada en este punto, porque el príncipe de Sevilla sabía, cuando quería,
rodear sus hechos de un misterio impenetrable. Ello es que en el año de 1059
reunió a los principales habitantes de la capital para decirles que el Califa
Hixem había sucumbido algún tiempo antes de un ataque de perlesía. Mientras que
había habido guerra que mantener, añadió, la prudencia le había impedido dar
publicidad a este suceso, pero ya que estaba en paz con todos sus vecinos podrá
hacerlo sin peligro. Luego, hizo enterrar los restos mortales del esterero de
Calatrava con todos los honores regios y en su cualidad de «hadjib» o primer
ministro, acompañó al cortejo a pie y sin «tailesan» (una especie de velo que
se lleva sobre la cabeza y sobre las espaldas). Participó también la muerte del
Califa a sus aliados del Este, exhortándolos a hacer nueva elección. Naturalmente
nadie pensó en ello. Entonces se dice que pretendió que el Califa lo había
nombrado en su testamento emir de toda España. Lo que por lo menos es cierto es
que trataba de serlo; todos sus esfuerzos tendían a ese fin y ahora quería
apoderarse de la capital de la monarquía. El destino sin embargo le preparaba
un terrible desengaño.
Ya habían
hecho sus tropas muchas razias en el territorio de Córdoba, cuando en el año de
1063 dio orden a Ismael, su hijo mayor y general de su ejército, de ir a tomar
la ciudad medio arruinada de Zahara. Ismael puso dificultades, hizo objeciones.
Ya había algún tiempo que estaba descontento de su padre. Quejábase de su
dureza, de su genio tiránico y le acusaba de exponerlo con frecuencia a graves
peligros, rehusando darle suficientes soldados cuando había que dar una batalla
o que tomar una plaza. Un ambicioso aventurero fomentaba su descontento,
Abu-Abdallah-Bizilyani que había emigrado de Málaga durante la toma de esta
ciudad por Badís. Queriendo a toda costa llegar a ser primer ministro, sin
importarle de quien, ni de donde, había tratado este intrigante de hacer nacer
en el ánimo de Ismael el pensamiento de revelarse contra su padre y de fundar
en cualquier parte, en Algeciras por ejemplo, un principado independiente, y
había logrado demasiado su propósito, pues, cuando Ismael recibió la orden de
marchar contra Zahara faltaba poco para poner el colmo a su irritación, y
desgraciadamente su padre rehusó de nuevo darles todas las fuerzas que le
pedía. En vano le manifestó Ismael que con los pocos soldados con que contaba,
le sería imposible atacar a un Estado como Córdoba y que si venia Badís en
ayuda de los Cordobeses como lo haría de fijo, pues era su aliado, se encontraría
entre dos fuegos. Motadhid no quiso escuchar nada, se enfadó y en su ira,
llamó a su hijo cobarde, lo llenó de amenazas y faltó poco para que de las
palabras no se pasara a los hechos. «¡Si tardas en obedecernos le escribió, te
hago cortar la cabeza!»
Herido en
su dignidad y lleno de cólera, Ismael se puso en camino, pero consultó a
Bizilyaní y este tuvo poco que trabajar para persuadirlo de que había llegado
el momento de ejecutar el proyecto de que habían hablado. A dos jornadas de
Sevilla, Ismael dijo a sus capitanes que había recibido una carta de su padre
en la que le mandaba volver a su lado, porque tenía que comunicarle cosas de
importancia. Luego, acompañado de Bizilyani y unos treinta guardias de
caballería volvió a Sevilla a toda prisa. Motadhid no estaba allí, pues residía
en el castillo de Zahir al otro lado del rio. Ismael halló la ciudadela de Sevilla
mal custodiada. Apoderóse de ella durante la noche, cargó les tesoros de su padre
en mulas, y para que nadie pudiese atravesar el rio y llevar a Zahir la noticia
de lo que acababa de pasar, hizo echar a pique los barcos anclados delante de
la ciudadela. Y llevándose a su madre y a las otras mujeres del serrallo tomó
el camino de Algeciras.
Paro a
pesar del cuidado que se había tomado para que su empresa no llegara a oídos de
su padre, este fue informado por un caballero de la escolta de su hijo que
desaprobando su culpable conducta pasó a nado el Guadalquivir. En el mismo
instante Motadhid mandó dar una batida en toda la campiña a secciones de
Caballería y envió mensajes a los gobernadores de las fortalezas. Llegaron a
tiempo, e Ismael encontró cerradas todas las puertas de los castillos que
encontró en su tránsito. Temiendo entonces que los castellanos se reunieran para
atacarlo, imploró la protección de Hazzadí, gobernador de un castillo situado
en la cima de una colina en los confines del distrito de Sidona. Hazzadí
accedió a su petición, pero estipulando que había de quedarse al pie de la
colina. Luego, fue a verle, acompañado de sus soldados: le aconsejó que se
reconciliara con su padre y le ofreció su mediación. Viendo que su plan se había
frustrado por completo, Ismael consintió en todo lo que se le propuso. Entonces
Hazzadí le permitió entrar en el castillo donde lo trató con todas las
consideraciones debidas a su rango y se apresuró a escribir a Motadhid. Le
decía en su carta que Ismael se arrepentía de su calaverada y suplicaba al
príncipe que lo perdonara. No se hizo esperar la respuesta de Motadhid. Esta
respuesta era consoladora, pues el príncipe declaraba que perdonaba a su hijo.
Ismael
volvió a Sevilla. Su padre le dejó todos sus bienes, pero al mismo tiempo lo
hizo vigilar estrechamente y mandó que cortaran la cabeza a Bizilyaní y a sus
cómplices. Súpolo Ismael y, como conocía demasiado bien la doblez de su padre,
no vio más que un lazo en el perdón que había obtenido. Desde entonces su
partido estaba tomado. Habiendo ganado a fuerza de oro a sus guardas y a
algunos esclavos, los reunió de noche, los armó, les dio de beber para
animarles y escaló con ellos un sitio de palacio que creía fácil de sorprender.
Esperaba encontrar a su padre dormido y esta vez estaba resuelto a quitarle la
vida. Pero de pronto se presenta Motadhid a la cabeza de sus soldados. Al verlo
los conspiradores huyen precipitadamente. Ismael consigue pasar las murallas de
la ciudad, pero, soldados enviados en su persecución, lo alcanzan y se lo
llevan prisionero.
Su padre
en el colmo de su furor le hace arrastrar al interior de palacio y habiendo
alejado a todos los testigos lo mata con sus propias manos. Castiga también
cruelmente a sus cómplices, sus amigos, sus servidores y hasta a las mujeres de
su serrallo. Hubo manos, narices y pies cortados, ejecuciones públicas y
secretas.
Apaciguada
su cólera, el tirano quedó presa de una tristeza sombría y de desgarradores
remordimientos. Aquel hijo que se había revelado contra él, que había atentado
contra su vida, que le había quitado sus tesoros y hasta sus mujeres, era sin
duda muy culpable, pero si este podía decírselo y repetírselo a cada momento,
tampoco podía olvidar que lo había amado de veras, porque a pesar da la dureza
de su carácter, tenía una tierna afección a su familia. En este hijo prudente y
sabio en el consejo, intrépido y valiente en el campo de batalla, había visto
el apoyo de su prematura vejez y el continuador de su obra, ¡Y él había
destruido con sus propias manos sus esperanzas más queridas!
«Al
tercer día después de esta sangrienta catástrofe, cuenta un visir sevillano,
entré con mis colegas en la sala del consejo. La cara de Motadhid era terrible;
nosotros temblábamos de miedo y al saludarle apenas pudimos balbucear algunas
palabras. El príncipe nos echó una mirada escrutadora desde los pies a la
cabeza y luego rugiendo como un león: «¡Miserables, exclamó, a que viene ese
silencio! Vosotros os regocijáis en secreto de mi infortunio; ¡salid de aquí!»
Acaso por
primera vez, aquella salvaje energía, aquella voluntad de hierro, se sintió
doblegada; aquel corazón en apariencia invulnerable había recibido una herida
que el tiempo podría curar poco a poco, pero que le dejaría siempre una
profunda cicatriz. Por lo pronto dejando en paz a la república de Córdoba, tan
gozosa como admirada de este respiro, no pensó ya en sus vastos proyectos; pero
insensiblemente volvió a ellos y fue Málaga la que despertó su ambición.
Agobiados
hacía muchos años bajo el yugo de Badís, los árabes de Málaga maldecían a cada
instante su tiranía y esperaban su libertad del príncipe de Sevilla. Bien sabían
que también era un tirano, pero tirano por tirano preferían al que pertenecía a
su misma raza. Entendiéronse, pues, con Motadhid y tramaron una conspiración.
Badís mismo favoreció sus proyectos con su negligencia, porque sumido en una
embriaguez casi continua, no se ocupaba de negocios sino a raros intervalos. En
el día prefijado un levantamiento general e irresistible estalló en la capital
y en veinte y cinco fortalezas; al mismo tiempo que tropas sevillanas mandadas
por Motamid hijo de Motadhid, pasaron la frontera para venir en socorro de los
insurrectos. Cogidos de improviso los Berberiscos fueron pasado a cuchillo y
los que consiguieron escaparse no debieron su salvación más que a una pronta
huida, de modo que en menos de una semana estuvo todo el principado en poder
del príncipe de Sevilla. El castillo de Málaga, donde había una guarnición de
negros, era el único que no se había rendido. Bien fortificado y situado en la
cúspide de una montaña, podía sostenerse mucho tiempo y era de temer que Badís
se aprovechara de este intervalo para venir en socorro de los sitiados. Tal era
por lo menos la opinión de los jefes de la insurrección que aconsejaron a
Motamid que estrechara el sitio del castillo, se mantuviera alerta y no se
fiara mucho de los Berberiscos que en gran número servían en su ejército. Eran
estos prudentes consejos, pero Motamid no los escuchó. Indolente por naturaleza
y poco desconfiado se dejaba festejar por la población, que estaba encantada
con sus amables maneras y daba demasiado oído a los oficiales berberiscos que,
impulsados por una secreta simpatía hacia Badís, lo vendían y le aseguraban que
el castillo no tardaría en rendirse espontáneamente. En cuanto a sus otros
soldados, creyendo también que nada tenían que temer, vivían descuidados y se
entregaban a los placeres.
Esta
indolencia fue fatal para todos. Habiendo encontrado medios los negros del
castillo de informar a Badís de que le sería fácil sorprender al ejército
sevillano, se pusieron en camino las tropas granadinas y atravesaron la sierra
con tanta presteza y precaución que entraron en Málaga sin que Motamid tuviera
un momento antes la menor sospecha de que llegaban. No tuvieron pues, que
combatir, todo lo que tuvieron que hacer era degollar soldados inermes y semi
ebrios la mayor parte. Motamid se escapó retirándose a Ronda, pero todo el principado
tuvo que someterse de nuevo a la dominación de Badis.
Imagínese
la rabia de Motadhid cuando supo que por la culpable negligencia de su hijo
había perdido un ejército y un soberbio principado. Comenzó por mandar que
Motamid quedara preso en Ronda, luego olvidando los remordimientos que le había
causado la muerte de su primogénito, quiso que el segundo pagara con su cabeza
la falta que había cometido.
Ignorando
hasta qué punto estaba irritado su padre Motamid le envió poemas llenos de
hábiles adulaciones. En ellos hacia el elogio de su generosidad y de su
clemencia y trataba de consolarlo recordándole sus antiguos tiempos. «¡Qué de
brillantes victorias no habéis conseguido! decía, victorias de que siempre se
hablará en los siglos futuros; las caravanas han llevado su fama a los países
más lejanos y cuando los árabes del Desierto se reúnen a la claridad de la
luna, para contar las hazañas de los héroes, no hablan más que de las
vuestras». Intentaban excusarse echando toda la culpa a los pérfidos
Berberiscos y pintaban con los más vivos colores la tristeza que le causaba su
desgracia. «Mi alma tiembla, decía, mi voz y mis ojos están apagados. Las rosas
han desaparecido de mis mejillas y sin embargo no estoy enfermo; mis cabellos
han blanqueado y soy joven todavía. Nada me agrada ya; la copa y la guitarra
han perdido sus atractivos para mí; las muchachas, ya sean provocativas ya
tímidas han perdido el imperio que tenían sobre mí alma. Y no es porque yo me
haya entregado a la devoción, ni a la santurronería, ¡no por Dios!, yo siento
todavía hervir en mis venas la sangre fogosa de la juventud, pero lo único que
ahora me agradaría seria obtener vuestro perdón y atravesar con mi lanza los
cuerpos de vuestros enemigos.»
Motadhid
se dejó ablandar poco a poco, parte por los poemas de su hijo, pues era muy
sensible a los hermosos versos, parte por las súplicas de un piadoso ermitaño
de Ronda. Permitió pues, a Motadhid volver a Sevilla y se reconcilió con él,
pero el principado de Málaga estaba irrevocablemente perdido; Badís estaba ya
demasiado alerta para que Motadhid pudiera intentar segunda vez parecido golpe
de mano. Es tabién de presumir que el rey de Granada siempre inexorable en sus
venganzas y que siempre iba rodeado de verdugos, castigara con el fuego, con
el hierro y con el hoyo a los infelices que habían tenido la insolencia de
rebelarse contra él y que de este modo quitara a los descontentos las ganas de
reincidir.
En medio
de sus males tuvieron sin embargo el consuelo—y lo era porque a su odio a la
opresión se juntaba un tanto de fanatismo religioso —tuvieron, repetimos, el
consuelo de saber que había concluido la influencia de los judíos en la corte
granadina.
Samuel
había muerto, pero le había sucedido su hijo José. Este era también un hombre
hábil o instruido, pero no sabía como su padre hacerse perdonar a fuerza de
modestia la alta dignidad que ocupaba. Ostentaba el fausto de un príncipe, y
cuando iba a caballo al lado de Badís, no se notaba diferencia alguna entre el
traje del príncipe y el del ministro. Y en verdad era más monarca que el
monarca. Dominaba completamente a Badís que estaba sumido en una embriaguez
casi continua y, a fin de que el príncipe no intentara sustraerse a su dominio,
le había rodeado de espías que le referían hasta sus menores palabras. Por lo
demás, no era judío más que nombre. Se decía al menos que no creía más en la
religión de sus antepasados que en las otras y que las despreciaba todas. No
parece haber atacado abiertamente la de Moisés, pero en cuanto a la de Mahoma
manifestó en público que sus dogmas eran absurdos y puso en ridículo muchos
versículos del Corán.
Por su
altanería, su orgullo y su poco respeto a la justicia, José había ofendido a
los árabes, a los Berberiscos y hasta a los judíos. Muchos delitos le fueron
imputados y se acarreó una multitud de enemigos entre los que ocupaba el primer
lugar un faquí árabe Abu-Ishac de Elvira. La juventud de este había sido
borrascosa; más tarde habla pretendido en la corte un cargo al que parecía
darle derechos su nacimiento, pero no lo había conseguido; José había frustrado
sus esperanzas y lo había enviado al destierro. Entonces se hizo devoto; paro
llano de odio contra José, compuso contra él y sus correligionarios el violento
poema que va a leerse:
“Ve,
mensajero mío, ve a llevar a todos los Chinhedjitas, las lunas llenas y los
leones de nuestro tiempo, estas palabras de un hombre que los ama que los
compadece y que creería faltar a sus deberes religiosos sí no les diera
consejos saludables:
Vuestro
señor ha cometido una falta de que sus enemigos se regocijan: pudiendo elegir
su secretario entre los creyentes, lo ha tomado entre los infieles. Gracias a
este secretario los judíos antes despreciados se han hecho grandes señores y ya
no tienen límites su orgullo y su arrogancia. De pronto y sin esperarlo han
llegado a todo lo que podían desear, a la cúspide de los honres de modo que el
mico más vil de los infieles, cuenta hoy entre sus criados multitud de piadosos
y devotos musulmanes. ¡Y todo esto no lo deben a sus propios esfuerzos, quien
tan alto los ha elevado es un hombre de nuestra religión! ¡Ah! ¿por qué este
hombre no sigue para con ellos el ejemplo que le han dejado los príncipes
buenos y devotos de otros tiempos? ¿Por qué no los deja en su sitio, por qué no
los hace los más viles de los mortales? Entonces, marchando en cuadrillas,
llevarían en medio de nosotros una vida errante, blanco de nuestro desde y de
nuestro menosprecio; entonces no tratarían a nuestros nobles con altivez y a
nuestros santos con arrogancia; no se sentarían a nuestro lado esos hombres de
raza impura y no cabalgarían al par de los grandes señores de la corte.
¡Oh
Badís! Vos sois un hombre de gran sagacidad; vuestras conjeturas equivalen a la
certeza: ¿cómo no veis, pues, el daño que hacen esos diablos cuyos cuernos se
muestran en vuestros dominios? ¿Cómo podéis tener afecto a esos bastardos que
os han hecho odioso al género humano? ¿Con qué derecho esperáis afirmar vuestro
poder, cuando esas gentes destruyen lo que vos edificáis? ¿Cómo podéis conceder
a un malvado tan ciega confianza haciendo de él vuestro amigo íntimo? ¿Habéis
olvidado que el Omnipotente dice en la Escritura que es preciso no tratarse con
malvados? ¡No tomes esos hombres por ministros, abandónalos a las maldiciones,
porque toda la tierra grita contra ellos; pronto temblará y entonces
pereceremos todos! Dirigid vuestras miradas a otros países y veréis que donde
quiera se trata a los judíos como a perros y que se les tiene apartados. ¿Por
qué vos solo habéis de obrar de otra manera, vos que sois un príncipe querido
de vuestros pueblos, vos que procedéis de una ilustre familia de reyes, vos que
sobresalís sobre nuestros contemporáneos como vuestros abuelos sobresalieron
entre los suyos?
Cuando
llegué a Granada, vi que los judíos reinaban allí. Se habían dividido entre
ellos la capital y las provincias; donde quiera mandaba uno de esos malditos.
Percibían las contribuciones, tenían buena mesa y estaban magníficamente
vestidos, mientras que nuestras ropas estaban viejas y destrozadas. Todos los
secretos del Estado les eran conocidos ¡qué imprudencia confiarlos a traidores!
Los creyentes hacían una mala comida a «dirhem» por cabeza, pero ellos comían
suntuosamente en palacio. Ellos os han suplantado en el favor de vuestro señor,
oh musulmanes, ¡y vosotros no se lo impedís y los dejáis! Sus oraciones
resuenan como las vuestras, ¿no lo oís, no lo veis? Matan bueyes y carneros en
nuestros mercados ¡y coméis sin escrúpulo la carne de los animales muertos por
ellos! El jefe de esos micos ha enriquecido su Alcázar con incrustaciones de
mármol; ha hecho construir fuentes por donde corre el agua más pura, y mientras
que nos hace esperar a su puerta, se burla de nosotros y de nuestra religión.
¡Qué desgracia, Dios mío! Si yo dijera que es tan rico como vos, monarca mío,
diría la verdad. ¡Ah! ¡degolladlo pronto y ofrecedlo en holocausto;
sacrificadlo que es un carnero cebón! No perdonéis tampoco a sus parientes, ni
a sus amigos; ellos han acumulado también inmensos tesoros. Tomad su dinero,
vosotros tenéis a él más derecho que ellos. No creáis que sea una perfidia
matarlos; no, la verdadera perfidia sería dejarlos reinar. Ellos han roto el
pacto que habían hecho con nosotros ¿quién se atrevería a condenaros si
castigáis a los perjuros? ¿Cómo hemos de aspirar a señalarnos cuando vivimos en
la oscuridad y los judíos nos deslumbran con el brillo de sus grandezas?
¡Comparados con ellos, nosotros somos despreciables y se diría en verdad, que
nosotros somos los malvados y que ellos son los buenos! No permitáis más que
nos traten, como lo han hecho hasta ahora, porque vos nos respondéis de su
conducta. ¡Acordaos también de que ha de llegar un día en que tengáis que dar
cuenta al Eterno de la manera con la que habéis tratado al pueblo por él
elegido para gozar de la felicidad eterna!”
Este
poema hizo poco efecto en Badís que tenía a José una confianza ilimitada, pero
produjo una sensación profunda entre los Berberiscos que, juraron la pérdida
del judío y los jefes del complot esparcieron el rumor de que José se había
vendido al rey de Almería, Motacim, con quien estaban entonces en guerra. Y
como los menos crédulos y los que estaban menos cegados por la pasión les
preguntaran qué interés podía tener José en hacer traición a un príncipe a
quien manejaba a su arbitrio, le respondían que cuando el judío hubiera hecho
perecer a Badís y hubiera entregado sus Estados a Motacim, haría también morir
a este último y entonces se sentaría en el trono. Es casi excusado decir que
todo esto no era más que pura calumnia. El hecho es, que los Berberiscos
buscaban un pretexto para derribar a José y para robar a los judíos cuyas
riquezas envidiaban. Creyendo al fin, haberlo encontrado, se amotinaron y
asaltaron el palacio real, donde José se había refugiado. Para escapar a su
ciego furor, el judío se metió en una carbonera, donde se tiznó la cara a fin
de que no lo conocieran, pero fue descubierto, reconocido, muerto y atado a una
cruz. Los granadinos enseguida comenzaron a asesinar a los otros judíos y a
saquear sus casas; cerca de cuatro mil personas fueron víctimas de su odio
fanático (30 de Diciembre de 1066).
VIII.
No estaba
más tranquilo que el Mediodía el resto de la España musulmana; en todas partes
se disputaban con encarnizamiento los restos del califato, y entretanto, se
veía engrosar en el Norte un torrente que amenazaba tragarse todos los Estados
musulmanes de la Península.
Durante
medio siglo, los reyes cristianos habían tenido bastante que hacer en su casa,
para meterse a conquistadores; pero en el año de 1055 cambiaron las cosas. En
esta época Fernando I, rey de Castilla y de León, se halló al cabo en
disposición de dirigir todas sus fuerzas contra los Sarracenos. Era de prever
que estos últimos no se hallaban en estado de resistirlo. En efecto, todas las
ventajas estaban departe de los cristianos; tenían lo que sus enemigos no
tenían, espíritu marcial y entusiasmo religioso. Así que las conquistas de
Fernando fueron rápidas y brillantes. Quitó a Mudhaffar de Badajoz, Viseo y
Lamego (1057), al rey de Zaragoza, las fortalezas al Sur del Duero; hizo una
terrible razzia en los Estados de Mamun de Toledo y avanzó hasta Alcalá de
Henares. Los vecinos de esta ciudad mandaron a decir a su soberano que, si no
se apresuraba a socorrerlos, tendrían que rendirse enseguida. Mamun, demasiado
débil para rechazar al enemigo, tomó el partido más prudente; vino en persona a
ofrecer a Fernando una inmensa cantidad de oro, plata y piedras preciosas y se
declaró su vasallo y tributario, como ya lo habían hecho los reyes de Badajoz y
Zaragoza.
Le tocó
el turno a Motadhid. En el año de 1063 vino Fernando a quemar los pueblos del
territorio sevillano y era tal la debilidad de los Estados musulmanes que
Motadhid, aunque era sin disputa el monarca más poderoso de Andalucía, creyó
prudente imitar el ejemplo que le habla dado Mamun. Se presentó en el
campamento cristiano, ofreció ricos presentes a Fernando y le suplicó que
perdonara a su reino. Fernando no parece que conoció la bellaquería, ni la
crueldad de este hombre, a quien las canas y una frente surcada de arrugas,
daban la apariencia imponente y venerable de un anciano; pues, aunque no
contaba aún más que cuarenta y siete años los cuidados de la ambición, el
trabajo, los excesos y acaso los remordimientos lo habían envejecido ante de
tiempo. No es pues, de admirar que el rey de Castilla se conmoviera con sus
súplicas; pero creyendo que debía consultar a los grandes y a los obispos de su
reino, los convocó para preguntarles qué condiciones había de imponer a
Motadhid. La asamblea decidió que el rey de Sevilla quedaría obligado a pagar
un tributo anual y a entregar a los embajadores que Fernando le enviara el
cuerpo de Santa Justa virgen y mártir del tiempo de la persecución romana. Y
habiendo aceptado Motadhid estas condiciones, Fernando se volvió con su ejército
y, cuando llegó a León, envió a Sevilla a Alvito, obispo de la capital y a
Ordoño obispo de Astorga.
Los dos
prelados tenían que cumplir una doble tarea: tenían que transportar a León el
cuerpo de la santa y arreglar el asunto del tributo. Desgraciadamente, las
pesquisas que se hicieron para descubrir las reliquias de Santa Justa fueron
inútiles. «Ya lo veis, hermanos míos, dijo Alvito a sus compañeros; a menos que
nos preste su ayuda la misericordia divina, nos volveremos engañados en las
esperanzas que nos han hecho hacer este penoso viaje. Creo pues, necesario que
pidamos a Dios con tres días de ayunos y oraciones que se digne descubrirnos el
oculto tesoro que buscamos.» En consecuencia, les cristianos oraron y ayunaron
durante tres días, de lo que la salud de Alvito ya quebrantada cuando llegó a
Sevilla sufrió mucho. En la mañana del cuarto día reunió de nuevo este obispo a
sus compañeros y le dijo: «Debemos, queridos hermanos, dar gracias a Dios de
todo corazón pues, en su misericordia, se ha dignado disponer que no quede nuestro
viaje sin recompensa. Verdad es que un mandato del cielo nos prohíbe sacar de
aquí las reliquias la bienaventurada Justa, pero llevareis a nuestra patria un
don no menos precioso, a saber, el cuerpo del bienaventurado Isidoro que tuvo
en esta ciudad la mitra episcopal y que por sus obras y su palabra fue
ornamento de la España entera. Yo había querido, hermanos míos, orar y velar
toda la noche, pero habiéndome sentado un momento abrumado de cansancio, fui
vencido por el sueño. Entonces se nos apareció un anciano vestido con hábitos
episcopales.
—Ya sé,
nos dijo, a lo que habéis venido tú y tus compañeros, pero como no es la
voluntad divina que esta ciudad quede apenada con la salida de Santa Justa y
Dios en su inagotable misericordia no quiere tampoco que tú y tus compañeros os
marchéis con las manos vacías, os da mi cuerpo.
—¿Y quién
sois vos que me dais estas órdenes?, le pregunté yo.
—Soy, me
respondió, el doctor de las Españas y antes fui el jefe de los sacerdotes de
esta ciudad; soy Isidoro.
Habiendo
dicho esto desapareció y habiendo yo despertado supliqué a Dios que si esta
visión provenía de él, se dignara repetirla por segunda y tercera vez.
Repitióse
en efecto otras dos veces y en cada una el anciano me dirigió las mismas
palabras, más a la tercera añadió mostrándome el lugar en que su cuerpo estaba
enterrado y tocándolo tres veces con una varilla que tenía en la mano:
—Aquí,
aquí, aquí, hallarás mi cuerpo y a fin de que no imagines que soy un fantasma
que te engaña, reconocerás la verdad de lo que te digo por esta señal: en
cuanto mi cuerpo sea desenterrado te entrará una enfermedad incurable y dejando
ese cuerpo mortal vendrás a nosotros con la corona de los justos.
Dicho esto,
la visión desapareció.
Alvito se
presentó enseguida con sus compañeros en el palacio de Motadhid, le repitió su
visión y le pidió permiso para llevarse el cuerpo de Isidoro en lugar del de
Santa Justa.
El relato
del obispo debió producir sobre Motadhid una impresión singular. Escéptico y
burlón menospreciaba igualmente todas las religiones y no creía sino en la
astrología y en el vino. Escuchó al obispo con imperturbable seriedad y cuando
hubo concluido su larga arenga: «¡Ay!, exclamó con un tono de profunda
tristeza, ¿si os doy a Isidoro qué me resta? Mas si tal es la voluntad de Dios,
¡que se cumpla! Vos sois un hombre demasiado venerable para que os pueda negar
nada. Buscad el cuerpo de Isidoro y llevároslo aun cuando sea a pesar mío.» El
árabe como verdadero zorro que era, comprendió el partido que podía sacar de la
piedad de los cristianos, piedad de la que se reía bajo capa. Teniendo que
pagar un tributo calculaba que, si fingía atribuir gran precio a las reliquias,
si, por decirlo así, no se las dejaba arrancar sino defendiéndolas cuerpo a
cuerpo, podrían llegar a serle muy útiles. Pensaba hacer como el deudor que,
apremiado a pagar su deuda, hace entrar en la cuenta alguna antigualla que hace
aceptar a su acreedor como un objeto de una antigüedad, de una rareza y de un
precio extremados. Así, que representó su papel hasta el fin, pues, en el
momento en que el obispo de Astorga (su colega Alvito acababa de morir) iba a
salir de Sevilla con los restos de Isidoro, fue al encuentro del cortejo, echó
sobre el féretro un manto de brocado lleno de arabescos de maravilloso trabajo
y dando un gran suspiro: «¡Ya te vas de aquí Isidro, hombre venerable!, exclamó;
¡tú sabes cuán estrecha amistad nos une!»
El año
siguiente (1064) fue extremadamente desastroso para los musulmanes. Coimbra
tuvo que rendirse a Fernando, después de haber sostenido un sitio de seis
meses. En virtud de la capitulación, más de cinco mil de los defensores de la
plaza fueron entregados al vencedor y los demás abandonaron sus moradas sin
llevar consigo más que el dinero necesario para el viaje. Más aún, todos los
musulmanes que habitaban el Duero y el Mondego recibieron orden de salir del país.
Fernando volvió sus armas contra el reino de Valencia, donde reinaba el débil e
insolente Abdelmelic-Mudhaffar que había sucedido a su padre Abdalaziz en 1061.
Sitiaron la capital, pero, viendo que era difícil de tomar, recurrieron los
Castellanos a una estratagema para privarla de sus defensores. Fingieron
retirarse y los Valencianos salieron entonces para perseguirlos vestidos de
gala, tan fácil suponían el triunfo. Pero su audacia le costó cara. Cerca de
Paterna, a la izquierda del camino que va de Valencia a Murcia, fueron atacados
de improviso por los Castellanos. La mayor parle fueron muertos y su rey debió
su salvación a la ligereza de su caballo. La toma de la fortaleza de Barbastro,
una de las más importantes del N. E., fue también una gran calamidad. Cayó en
poder de un ejército de Normandos mandados por Guillermo de Montreuil, entonces
general en jefe de las tropas pontificias y que en los romances caballerescos
es conocido con el nombre de Guillermo el Chato. Horrible fue la suerte de los
vencidos. Habíanse rendido los soldados de la guarnición bajo condición de que
se les perdonase la vida; pero en cuanto salieron de la ciudad fueron casi
todos asesinados. No fueron mejor tratados los vecinos. También ellos habían
obtenido el «aman» y se preparaban a abandonar la ciudad, cuando Guillermo de
Montreuil a quien su número causaban inquietud, ordenó a sus soldados que
aclararan sus filas, y no cesó la carnicería sino después que perdieron la vida
seis mil personas, después se ordenó a todos los que tenían casa que entraran
en la ciudad con sus mujeres, y con sus hijos. Obedecieron y los Normandos lo
dividieron todo entre sí. «Cada caballero que recibía en suerte una casa, dice
un autor árabe de esta época, recibía además todo lo que había dentro, mujeres,
hijos, dinero etc. y podía hacer del amo de la casa todo lo que quisiera: así;
que tomaba todo lo que el amo le enseñaba y le obligaba con todo género de
torturas a entregarle lo que pretendía ocultar. A veces, el musulmán entregaba
el alma en medio de estos tormentos, lo que era realmente una suerte para él,
porque si sobrevivía tenía que experimentar dolores más amargos, pues los
infelices, por un refinamiento de crueldad, tenían el placer de violar las
mujeres y las hijas de sus prisioneros ante los ojos de estos. Cargados de cadenas
tenían estos infieles que asistir a estas escenas horribles, partido el corazón
y llenos de lágrimas los ojos.» Felizmente para los musulmanes, Guillermo y sus
compañeros no tardaron en abandonar España, para ir a gozar en su patria de las
riquezas que habían adquirido. No quedó en Barbastro más que una guarnición muy
escasa y Moctadir de Zaragoza que había recibido de Motadhid un refuerzo de
quinientos caballeros, aprovechó esta circunstancia para recobrar la ciudad en
la Primavera del año siguiente (1065).
Fernando
entretanto continuaba sus trabajos para apoderarse de Valencia y aunque el rey
de esta ciudad había recibido refuerzos da su suegro Mamun de Toledo, se
encontraba en una posición muy peligrosa cuando Fernando cayó enfermo, lo que
le obligó a volver a León. Sin embargo Abdelmelic no tuvo mucho tiempo de
felicitarse por ello, pues en noviembre fue destronado y encerrado en la
fortaleza de Cuenca por su suegro que incorporó el reino de Valencia a sus
Estados.
Al poco
vino la muerte a librar a los musulmanes de su más terrible adversario. Por su
bravura, por su piedad y la pureza de sus costumbres Fernando había sido modelo
de reyes: una muerte hermosa y santa coronó dignamente una vida hermosa y santa
también. En cuanto llegó a León, el sábado 24 de Diciembre, se apresuró a ir a
orar a la iglesia que había dedicado a San Isidoro, convencido de que se
aproximaba el momento en que su cuerpo iba a descansar para siempre. Luego
descansó algunas horas en su palacio, pero por la noche volvió a la iglesia,
donde los sacerdotes celebraban con solemnes cánticos la fiesta de la Natividad
del Señor, y cuando entonaron, según el rito toledano entonces en uso, el
último nocturno de los maitines, el «Advenit nobis», mezcló a las suyas su voz
debilitada. Al clarear el alba les suplicó que dijeran misa, y habiendo
recibido la Eucaristía, se hizo volver a su lecho caminando trabajosamente
apoyado en los servidores de su casa. A la mañana del día siguiente, se hizo
poner sus vestidos reales y volver a llevar a la iglesia, donde arrodillándose
delante del altar y quitándose el regio manto y la corona, dijo con una voz
clara todavía: «Tuyo es el poder y tuyo el reino, Señor, tú estás sobre todos
los reyes, a tu imperio están sometidos todos los reinos celestes y terrestres;
recibe pues, el reino que de tí he recibido y que he regido mientras plugo a tu
divina voluntad: ruégote solamente que recibas en tu misericordia mi alma,
arrancada al remolino de este mundo.» Después prosternado en el suelo e
implorando el perdón de sus pecados, recibió la Extremaunción de manos de un
obispo y vestido con un silicio y con la cabeza cubierta de ceniza esperó la
muerte con los ojos llenos de fe y resignación. El martes siguiente, a la hora
sexta, entregó su alma a Dios, o más bien, se quedó dormido, tan tranquilo y
sonriente estaba su rostro.
Otra
muerte, de fijo menos santa, siguió a esta muy de cerca; Motadhid de Sevilla
espiró el sábado 20 de Febrero del año 1069. Dos años antes había incorporado
Carmona a su reino, y poco más tarde se había manchado con un nuevo asesinato,
dando de puñaladas con su misma mano al patricio de Sevilla Abu-Hafz-Mauzaní.
Por lo demás, su ánimo estaba asediado en los últimos años de su vida por
negros presentimientos. No temía ver sucumbir a los ataques de los Castellanos
el trono que había fundado a fuerza de astucia, de traiciones y de perfidias;
la predicción de sus astrólogos de que ya hemos hablado, y que decía que su
dinastía seria derrocada por hombres nacidos fuera de la Península daba otra
dirección a sus temores. Había pensado, durante mucho tiempo, que esos
extranjeros eran los Berberiscos que habitaban a su lado; pero cuando ya los
había exterminado y creía haber vencido el decreto de los cielos comenzó a
pensar que se había engañado. Al otro lado del Estrecho una nube de bárbaros
que una especie de profeta había arrancado de sus desiertos, caminaban a la
conquista del Africa, con la rapidez y el entusiasmo de los primeros
musulmanes. En estos sectarios que se daban el nombra de Almorávides, veía
Motadhid los futuros conquistadores de España y ningún argumento podía disipar
el temor que le inspiraban. Un día que leía y releía una carta que había
recibido de Sacot, príncipe de Ceuta, en que decía que los Almorávides acababan
de establecer un campamento en el llano de Marruecos, uno de sus visires
exclamó:
—¿Cómo es
posible señor, que os dé cuidado esa noticia? ¡Por cierto que es una hermosa
residencia ese pobre llano de Marruecos, sobre todo cuando se le compara a la
hermosa, a la magnífica Sevilla! ¿Qué os importa que esos bárbaros hallan
llegado allí? Entre ellos y nosotros hay desiertos, ejércitos numerosos y las
olas del Océano.
—Estoy
convencido de que un día llegarán aquí, le contestó Motadhid, acaso lo verás tú
mismo. Escribe enseguida al gobernador de Algeciras; mándale que fortifique
todavía más Gibraltar, díle que esté alerta y que espíe con la mayor atención
todo lo que pase más allá del Estrecho.
Luego
fijando la mirada sobre sus hijos:
—¡Ojalá
pudiera yo saber, dijo, sobre cuál de vosotros ha de descargar la desgracia que
nos amenaza! ¿Será sobre vosotros o sobre mí?
—¡Que
Dios os perdone a mi costa, padre mío, exclamó Motamid y que me envíe todas las
desgracias que os destinaba, cualquiera que ellas sean!
Cinco
días antes de su muerte, sintiendo ya cierto malestar, cierta pesadez de cuerpo
y de espíritu, Motadhid hizo venir a uno de sus cantores, a un siciliano, y le
mandó que le cantara cualquier cosa. Estaba resuelto a mirar como presagio las
palabras de la canción que el cantador eligiera. Éste se puso a cantar una de
esas canciones a la vez dulces y tristes que tanto abundan en la literatura
árabe que comenzaba así:
¡Gocemos
de la vida, pues sabemos que bien pronto ha de concluir! ¡Mezcla, pues, vino
con el agua de las nubes, oh amada mía, y dánoslo!
Cantó
cinco versos de esta canción de modo que por una coincidencia singular, pero
que parece bien averiguada, el número de los versos correspondía justamente al
de los diez que a Motadhid le quedaban de vida. Dos días después, el Jueves 26
de Febrero, su amor paternal—porque ya hemos dicho que a pesar da su crueldad
tenía realmente un gran cariño a sus hijos—recibió un golpe extremadamente
doloroso con la muerte de una hija que adoraba. En la tarde del viernes asistió
a los funerales con el corazón lleno de tristeza, y acabada la ceremonia se
quejó de un fuerte dolor de cabeza. Cuando vino el médico tuvo una hemorragia
que faltó poco para que lo ahogara. El médico quiso sangrarlo, pero Motadhid
que era un enfermo poco sumiso, mandó esperar hasta el día siguiente y esto fue
lo que aseguró su muerte, porque al día siguiente, sábado volvió a comenzar la
hemorragia. Esta fue más violenta todavía que la primera vez y habiendo perdido
Motadhid el uso de la palabra exhaló el último suspiro.
Su hijo
Motamid a quien trataremos de dar a conocer, le sucedió.
IX
Nacido en
1040, Motamid, cuando solo tenía once o doce años, había sido nombrado por su
padre para el gobierno de Huelva y poco tiempo después había mandado el
ejército sevillano que asediaba a Silves. En esta ocasión fue cuando hizo
conocimiento con un aventurero que no contaba más que nueve años más que él y
que estaba llamado a jugar gran papel en su destino.
Llamábase
Ibn-Ammar. Nacido en un lugarejo de las cercanías de Silves de padres árabes,
pero pobres y oscuros había comenzado a estudiar bellas letras en Silves y en
Córdoba y luego se había dedicado a recorrer España a fin de ganar el pan
cotidiano componiendo panegíricos a todos los que podían pagárselos, porque
mientras los poetas de fama hubieran creído rebajarse, si hubieran compuesto
poemas para otros que no fueran príncipes o visires, este pobre joven, oscuro y
mal vestido que excitaba la risa de los unos y la piedad de los otros con su
larga pelliza y su pequeña gorra, se creía dichoso cuando algún advenedizo
enriquecido se dignaba arrojarle las migajas de su mesa en cambio de sus versos
que, sin embargo, no carecían de mérito. Un día llegó a Silves apurado en
extremo, no teniendo más que su mula y no sabiendo qué hacer para alimentar a
la pobre compañera de sus miserias. Felizmente se acordó de un hombre muy
apropósito para ayudarlo, si quería, de un rico negociante de la ciudad que, a
falta de conocimientos literarios tenía a lo menos bastante vanidad para que le
agradara tener una vida compuesto en su alabanza. El pobre poeta le escribió
una, haciéndole conocer su miseria. Alagado en su amor propio, el negociante le
envió un saco de cebada. Al recibir este presente bastante mezquino, Ibn-Ammar,
se decía con razón que bien podía el mercader haberle enviado también un saco
de trigo, paro no por eso se puso menos alegre, y ya veremos cómo más adelante
supo mostrarse reconocido a su bienhechor.
El
talento poético de Ibn-Ammar no tardó en darse a conocer y le valió la honra de
ser presentado a Motamid. Agradóle en extremo y como ambos amaban los placeres,
toda clase de aventuras y sobre todo los buenos versos no tardó en haber entre
ellos una íntima amistad. Por eso en cuanto se tomó Silves Motamid fue nombrado
su gobernador, este se apresuró a crear un visirato para su amigo y le abandonó
el gobierno de la provincia.
Los
felices días pasados en Silves, mansión encantadora donde todo el mundo era entonces
poeta y que todavía se llama hoy el paraíso de Portugal, no se borraron nunca
de la memoria de Motamid. Su corazón no se había abierto todavía al amor,
algunos ligeros caprichos se hablan apoderado de su imaginación, pero se habían
desvanecido sin dejar huellas. Estaba en la época de la amistad entusiasta y se
abandonaba a este sentimiento sin segunda intención con todo el fuego de su
edad. En cuanto a Ibn-Ammar que no había sido criado como el príncipe en el
seno de la opulencia, del lujo y del regalo, que, por el contrario, había
conocido desde la alborada de su vida las luchas, los desalientos y las crueles
decepciones de la indigencia, tenía una imaginación menos fresca, menos
risueña, menos joven; no podía librarse de una cierta ironía, era ya escéptico
en muchas cosas... Un viernes iban los dos amigos a la mezquita, cuando oyendo
Molamid anunciar al muecín la hora de la oración, improvisó este verso,
suplicando a Ibn-Ammar que le añadiese otro con el mismo metro y con la misma
rima:
—He aquí
el muecín que anuncia la hora de la plegaria
—Al
hacerlo espera que Dios le ha de perdonar sus numerosos pecados, repitió
Ibn-Ammar.
—Que sea
feliz puesto que da testimonio de la verdad, continuó el príncipe.
—Siempre
que crea en su interior lo que dice su lengua, replicó sonriendo el visir.
Cosa
extraña, pero que se explica sin embargo, cuando se piensa que había aprendido
muy pronto a conocer a los hombres y a desconfiar de ellos: Ibn-Ammar dudaba
hasta de la amistad tan tierna y tan ilimitada que le profesaba el joven
príncipe; por más que hacía no podía apartar los negros presentimientos que a
veces venían a asediar su espíritu sobre todo durante los festines, porque
tenía el vino triste. Refiérese sobre esto una aventura ciertamente singular y
rara, paro que sin embargo parece verdadera, pues que descansa sobre los
testimonios de las personas más abonadas en este caso, de Motamid y de
Ibn-Ammar. Dicen, que una tarde Motamid había invitado a Ibn-Ammar a una cena.
Lo había distinguido aún más que de costumbre y, cuando se retiraron los otros
convidados, le rogó que se quedara y que se acostara con él. El visir cedió a
sus instancias, pero apenas se hubo dormido, oyó una voz que le decía:
«¡Desdichado, ese te ha de matar!» Lleno de susto, Ibn-Ammar se despertó
sobresaltado, pero tratando de alejar de su imaginación estas negras ideas que
atribuía a los vapores del vino, consiguió por fin volverse a dormir. Escuchó
estas siniestras palabras por segunda y por tercera vez. No resistiéndose más y
convencido de que era un aviso del cielo, se levantó sin hacer ruido y liándose
al cuerpo una estera, fue a agazaparse en un rincón del pórtico, resuelto a
escapar en cuanto se abrieran las puertas de palacio, pues quería ganar un
puerto de mar y embarcarse para África.
Entre
tanto Motamid, habiéndose despertado a su vez y no hallando a su amigo a su
lado, dio un grito de alarma que despertó a todos sus servidores. Empezóse a
registrar y a escudriñar el palacio en todos sentidos, y el mismo Motamid
dirigía las pesquisas. Queriendo ver si habían abierto la puerta, llegó al
pórtico donde Ibn-Ammar estaba escondido. Este se descubrió por un movimiento
involuntario, a punto que las miradas del príncipe se fijaban en la estera
donde estaba envuelto. «¿Qué es lo que se mueve dentro de esa estera?» exclamó
Motamid, y, corriendo los servidores a registrarla, apareció Ibn-Ammar en el
más lamentable estado del mundo, en ropas menores, temblando como un azogado y
tan avergonzado que no se atrevió a levantar los ojos. A su vista Motamid se
echó a llorar. «Oh Abu-Becr, exclamó, ¿qué te ha dado para hacer eso?» Y,
viendo que su amigo continuaba temblando lo llevó suavemente a su cuarto y
trató de arrancarle el secreto de su extraña conducta. Mucho tiempo estuvo sin
conseguirlo. Presa de un violento paroxismo nervioso, oscilando entre el miedo
y lo ridículo de su posición Ibn-Ammar lloraba y reía a la vez. Al cabo
habiéndose serenado, lo confesó todo. Motamid, se echó a reír de su confesión y
estrechándole afectuosamente la mano le dijo:
—Querido
amigo, los vapores del vino te han trastornado la cabeza y tienes una
pesadilla. ¿Crees que te podré yo matar nunca a ti, que eres mi alma, a ti, qué
eres mi vida? ¡Esto sería cometer un suicidio! Trata de olvidar esos malditos
sueños y no se hable de eso más.»
Ibn-Ammar,
dice un historiador árabe, trató en efecto de olvidar esta aventura, pero al
cabo de cierto número de días le sucedió lo que referiremos más adelante.
Cuando
los dos amigos no estaban en Silves, iban a Sevilla, donde se entregaban a
todos los placeres que ofrecía esta brillante y deliciosa capital. Muchas veces
se presentaban con cualquier disfraz en la «Pradera de plata», orillas del
Guadalquivir, donde todo el pueblo, hombres y mujeres, iban a divertirse. Allí
fue donde Motamid tropezó por primera vez con la que estaba destinaba a ser la
compañera de su vida. Paseándose una tarde con su amigo por esta pradera,
aconteció que la brisa rizó el agua del río y habiendo Motamid improvisado este
verso, rogando a Ibn-Ammar le añadiera otro:
“La brisa
ha convertido el agua en coraza”
Y no
encontrándolo pronto Ibn-Ammar, una muchacha del pueblo que había cerca lo hizo
de este modo:
“Coraza
magnifica en efecto para un día de combate, siempre que el agua estuviera helada.”
Admirado
de oír a una muchacha improvisar con más prontitud que a Ibn-Ammar, que era sin
embargo en esto famosísimo, Motamid la miró con atención. Quedó encantado de su
belleza y llamando enseguida a un eunuco que lo seguía a alguna distancia, le
mandó llevar la improvisadora a su palacio al que se apresuró a volver.
Cuando le
presentaron a la joven le preguntó quién era y en que se ocupaba.
—Me llamo
Itmad, le contestó ella, pero comúnmente me llaman Romaiquia, porque soy
esclava de Romaic y mi profesión es muletera.
—Dime,
¿estás casada?
—No,
señor.
—Tanto
mejor, porque voy a comprarte a tu amo y a casarme contigo.
Motamid
amó a Romaiquia durante toda su vida con un amor inalterable. Ella tenía todo
lo que era preciso para agradarle. Se la comparó alguna vez a Wallada de
Córdoba, la Sifo de esta época. Esta comparación, exacta bajo algunos aspectos,
no lo era bajo otros. No habiendo recibido una educación esmerada, no podía
rivalizar en saber con Wallada, pero no le era inferior en las gracias de la
conversación, en los buenos dichos, en las salidas felices y naturales y en las
réplicas vivas e ingeniosas, excediéndola acaso por sus gracias naturales y
casi de niña, su jovialidad y su travesura. Sus caprichos y sus antojos hacían
la dicha y la desesperación de su esposo, obligado a satisfacérselos a toda
costa, porque una vez que se le metía una idea en la cabeza nadie se la podía
sacar. Un día, en el mes de Febrero, vio desde una ventana del palacio de Córdoba
caer copos de nieve, espectáculo muy raro en un país donde apenas se conoce el
invierno. De pronto sus echó a llorar,
—¿Qué
tienes querida amiga? le preguntó su marido.
—¿Qué
tengo? le respondió ella sollozando; ¡lo que tengo es que tú eres un bárbaro,
un tirano un monstruo! Mira qué linda es la nieve, qué hermosa, qué magnífica;
que graciosamente se pegan a las ramas de los árboles esos blandos copos; y tú
ingrato no piensas siquiera en proporcionarme este soberbio espectáculo todos
los inviernos, ni te se ha ocurrido nunca llevarme a algún país donde nieve
siempre.
—No te
desesperes así, vida mía, bien mío, le respondió el príncipe, enjugando las lágrimas
que corrían por sus mejillas; tendrás nieve todos los inviernos y aquí mismo,
te lo prometo.
Y mandó
plantar almendros en toda la sierra de Córdoba, a fin de que las blancas flores
de estos hermosos árboles que florecen en cuanto han pasado las heladas,
reemplazaran para Romaiquia a los copos de nieve que tanto le habían gustado.
Otra vez
vio unas mujeres del pueblo que amasaban con los pies desnudos barro para hacer
ladrillos, y se echó a llorar y habiéndole preguntado su marido la causa de su
pena:
—¡Ay! ¡yo
soy desgraciadísima desde el día en que arrancándome a la vida alegre y libre
que tenía en mi casuca me has encerrado en este triste palacio atándome con las
pesadas cadenas de la etiqueta! Mira esas mujeres, ahí bajo, a orillas del rio,
yo quisiera amasar barro como ellas con los pies desnudos, mas ¡ay! condenada
por ti a ser rica y sultana no lo puedo hacer!
—Sí, que
lo podrás, le respondió el príncipe riendo.
Y en el
mismo instante bajó al corral de palacio, hizo traer una enorme cantidad de
azúcar, de canela, de jengibre y de perfumes de toda especie y habiendo
cubierto luego todo el suelo del corral de estos preciosos ingredientes, los
hizo mojar en agua de rosa y amasar a brazo tan bien que formaban una especie
de barro.
Hecho
esto:
—Baja al
corral con tus criadas, le dijo el príncipe a Romaiquia, el barro te espera.
La
sultana fue y descalzándose lo mismo que sus criadas, se pusieron todas a
hundir sus pies con loca alegría en aquel barro aromático.
Era un
antojo muy caro, así, que Motadhid sabía recordárselo cuando era preciso a su
caprichosa esposa, cuyos deseos no tenían limite. Habiéndole pedido un día una
cosa que el príncipe no le podía dar:
—¡Cuán
digna soy de compasión!, dijo. Seguramente que soy la más desgraciada de las
mujeres, porque, juro a Dios, que nunca has hecho nada por agradarme.
—¿Ni
tampoco el día del barro? le preguntó Motadhid, con tierna y dulce voz
Romaiquia
se ruborizó y no insistió más.
Fuerza
nos es añadir, que los ministros de la religión no pronunciaban nunca, sino con
un santo horror el nombre de esta traviesa sultana. La consideraban como el
mayor obstáculo para la conversión de su marido, a quien decían arrastraba sin
cesar en un torbellino de placeres y de goces, y cuando las mezquitas estaban
desiertas los viernes, a ella le echaban la culpa. Romaiquia se reía de sus
clamaros; descuidada y aturdida no sospechaba la pobrecilla que un día esos
hombres llegarían a ser terribles.
Por lo
demás, a pesar de su amor, Motadhid, dejaba a Ibn-Ammar un gran lugar en su
corazón. Una vez estando lejos de Romaiquia con su amigo, le escribió una carta
en la que puso estos seis versos acrósticos:
“… invisible
a mis ojos, siempre estás presente a mi corazón.
Tu
felicidad sea infinita, como lo son mis cuidados, mis lágrimas y mis desvelos.
impaciente
al yugo cuando otras mujeres quieran imponérmelo, me someto dócilmente a tus
deseos.
Mi anhelo
en cada instante es estar a tu lado. Ojalá pueda cumplirlo pronto
Amiga de
mi corazón, piensa en mí y no me olvides por larga que sea la ausencia.
¡Dulce
nombre es el tuyo! Acabo de escribirlo, acabo de trazar estas amadas letras:
«Itimad».”
Y terminó
su carta con estas palabras: «Pronto irá a verte, siempre que quieran Allah e
Ib-Anmmar.»
Habiendo
tenido conocimiento de esta frase, Ibn-Ammar dirigió a su amigo estos versos:
“¡Ay!
príncipe mío, nunca he tenido otro deseo que hacer vuestra voluntad, me dejo
guiar por vos como el viajero nocturno por los relámpagos deslumbradores. Si
queréis volver cerca de la que amáis embarcaos en un velero bajel y yo os
seguiré, o montad a caballo y os seguiré también. Luego, cuando gracias a Dios,
hayamos llegado a la puerta de vuestro palacio, me dejareis volver solo a mi
casa y sin dejar siquiera la espada iréis a echaros a los pies de la hermosa de
la cintura de oro y recobrando el tiempo perdido la abrazareis, la
estrechareis contra vuestro corazón, mientras que vuestra boca y las suya
murmuran dulces palabras como los pájaros se responden con cantos melodiosos al
rayar la aurora.”
Dividiendo
así su corazón entre la amistad y el amor, llevaba el joven príncipe una vida
deliciosa, pero fue aguada de pronto; su padre desterró a Ibu-Ammar. Esto fue
como un rayo para los dos amigos, pero ¿qué hacer? Las resoluciones de Motadhid
eran inquebrantables. Ibu-Ammar pasó pues en el Norte los tristes años de su
destierro, hasta que Motamid que contaba entonces veinte y nueve años, sucedió
a su padre. El príncipe se apresuró a traer a su lado al amigo de su
adolescencia y le dejó que eligiera el empleo que quisiese. Ibu-Ammar se decidió
por el gobierno de la provincia en que había nacido. Aunque lo vio con disgusto
apartarse de su lado, Motamid acudió sin embargo a su demanda, pero en el
momento en que su amigo se despedía, los encantados recuerdos de su estancia en
Silves y todas aquellas primeras emociones que no dejen ninguna amargura en el
corazón revivieron en él e improvisó estos versos:
“Saluda
en Silves los lugares queridos que ya sabes, oh Abu-Ber, y pregúntales si se
acuerdan de mí. Saluda sobre todo al Charadjib, a aquel soberbio palacio cuyas
salas están llenas de leones y de blancas bellezas, de modo que ya se creería
estar en una cueva, ya en un serrallo, y diles que hay aquí un joven caballero
que arde en deseos de volverlo a ver. ¡Cuántas noches no he pasado allí al lado
de una hermosa joven de anchas caderas y de delgada cintura! ¡Cuántas veces,
hermosas jóvenes blancas y morenas no me han herido en el corazón con sus
dulces miradas, como si sus ojos fueran espadas o lanzas! ¡Cuántas noches no he
pasado también en el valle al lado del rio, con una bella cantadora, cuyo
brazalete se parecía a la luna creciente! Ella me embriagaba de todos modos,
con sus miradas, con el vino que me ofrecía y con sus besos. Y cuando tocaba en
su guitarra una canción guerrera creía oír el choque de las espadas y me sentía
lleno de ardor marcial. ¡Delicioso momento, sobre todo, aquel en que quitándose
la túnica me aparecía esbelta y flexible como una rama de sauce! «La flor, me
decía yo entonces, ha salido de su capullo.”
Ibn-Ammar
hizo su entrada en Silves rodeado de una soberbia comitiva y con tal
ostentación que el mismo Motamid cuando era gobernador de la provincia, nunca
la había desplegado semejante, pero se hizo perdonar esta bocanada de orgullo
con mi noble acto de reconocimiento, pues habiendo sabido que el negociante que
le socorrió en su miseria, cuando él no era más que un pobre poeta ambulante,
vivía todavía, le envió un saco lleno de monedas de plata. Este saco era el
mismo que el negociante le había dado lleno de cebada y que Ibn-Ammar había
conservado cuidadosamente. No disimuló, sin embargo, a su antiguo bienhechor
que le había parecido su regalo algo mezquino, pues le mandó decir estas
palabras: «Si antes me hubiera enviado ese saco lleno de trigo, te lo
hubiéramos devuelto lleno de oro.»
No estuvo
mucho tiempo en Silves. No pudiendo vivir sin él, Motamid lo llamó a la corte
después de haberlo nombrado su primer ministro.
X.
Como
Motamid y su ministro amaban sobre todo la poesía, la corte de Sevilla llegó a
ser la cita de los mejores poetas de la época. Los poetastros no tenían ninguna
probabilidad de hacer fortuna, por que Motamid era un crítico severo que
examinaba con gran cuidado todos los poemas que se le presentaban y pesaba cda
palabra y cada sílaba, pero cuando se trataba de poetas de talento su
generosidad no tenía límites. Un día oyó recitar estos dos versos:
La
fidelidad en cumplir sus promesas es hoy cosa rarísima. No encontrareis a nadie
que practique esta virtud, ni aún siquiera que piense en ello. Es algo de
fabuloso, como el grifo, o como ese cuento que dice, que un poeta recibió un
día un presente de mil ducados.
—¿De
quién son esos versos? preguntó.
—De
Abd-al-djalíl, le respondieron.
—¡Y qué!
exclamó entonces, ¿uno de mis servidores, un buen poeta, mira un presente de
mil ducados como cosa fabulosa?
Y mandó
enviar enseguida mil ducados a Abd-al-djalil.
Mientras
conversaba con unos de los poetas sicilianos que habían venido a su corte,
cuando su patria fue conquistada por Rogerio el Normando, le trajeron unas
monedas de oro que acababan de acuñar. Dió dos bolsas de ellas al Siciliano,
pero este no contento con el regalo, por magnífico que fuera, miraba con ojos
ansiosos una figurita de ámbar incrustada de perlas que había en la sala y que
representaba un camello. «Señor, dijo al fin, vuestro presente es magnífico,
pero es muy pesado y creo que me hace falta un camello para trasportarlo a
casa.
— Toma el
camello, le respondió sonriendo Motamid.
En
general, todo el que tenía talento estaba seguro de agradar a Motamid, fuera
poeta o cualquiera otra cosa y aun cuando fuese salteador de caminos, testigo
la historia del «Halcón gris.» El Halcón gris—no se le designaba más que por
este apodo— había sido por mucho tiempo el ladrón más famoso de la época,
espanto y azote de los habitantes de las campiñas; pero habiendo caído al fin
en manos de la justicia, fue condenado a ser crucificado en la carretera a fin
de que los labriegos pudieran ser testigos de su suplicio. Sin embargo, como hacía
un calor sofocante el día en que fue ejecutada la sentencia, la carretera
estaba poco frecuentada. Al pie de la cruz, en que habían clavado al ladrón,
estaban su mujer y sus hijas que lloraban sin consuelo. «Ay! decían ellas,
¡cuando tú mueras nos moriremos de hambre!» El Halcón gris era un hombre muy
compasivo, un corazón de oro y el pensamiento de que su familia iba a quedar
sumida en la miseria le partía el alma. Justamente vio llegar a un trajinante,
montado en una mula cargada de piezas de tela y otras mercancías que iba a
vender en los pueblos comarcanos.
—Señor,
le gritó, me encuentro aquí como lo veis en una posición bastante desagradable,
pero podéis hacerme un gran servicio de que sacareis gran utilidad.
—¿Cómo?,
preguntó el otro.
— ¿Veis
ese pozo ahí abajo?
— Sí, que
lo veo.
—¡Muy
bien! Pues sabed que, cuando hice la tontería de dejarme prender por esos
malditos civiles, eché diez ducados a ese pozo que está seco. Si quisierais
hacerme el favor de sacarlos, os daría la mitad. Mi mujer y mis hijas que veis
aquí os guardarán vuestra mula hasta que acabéis.
Seducido
con la esperanza del lucro, el trajinante cogió enseguida una cuerda, ató un
cabo a la orilla del pozo y se dejó ir á fondo.
—¡Ahora
alerta! dijo entonces el Halcón gris a su mujer, ¡corta la cuerda, coge la mula
y echa a escape con esos niños!
Todo esto
se hizo en un cerrar de ojos, el trajinante bramaba como un toro, pero como la
campiña estaba casi desierta, pasó mucho tiempo antes que viniera un pasajero
en su socorro y no teniendo este bastantes fuerzas para sacarlo, tuvo que esperar
a que viniera otro que le ayudase.
Arrancado
en fin a su prisión subterránea, el trajinante tuvo que responder a sus
libertadores que le preguntaban qué era lo que había ido a hacer a aquel pozo.
Contóles, pues, su desventura con grandes imprecaciones contra el ladrón que
tan indignamente lo había engañado. Pronto fue conocida en toda la ciudad y
hasta llegó a oídos de Motamid que mandó desenclavar al Halcón gris de la cruz
y traérselo. Cuando estuvo en su presencia le dijo:
—Seguramente
tú eres el mayor bribón que hay en el mundo, pues que ni la perspectiva de la
muerte ha bastado para hacerte renunciar a tus truhanerías.
—¡Ay!
señor príncipe, le respondió el ladrón, si supierais, como yo, lo apetitoso que
es robar, tiraríais al infierno vuestro manto real y no haríais otra cosa.
—Bribón
maldito; exclamó el príncipe riéndose a carcajadas. ¡Pero vamos, hablemos
seriamente! Si yo te perdonara la vida, te devolviera la libertad, te pusiera
en estado de ganarte honrosamente la vida y te señalara un sueldo que bastara
para satisfacer tus necesidades ¿te enmendarías y abandonarías tu maldito
oficio?
—Mucho se
hace por salvar la vida, señor, hasta se enmienda uno. Confiad, quedareis
contento de mí.
El Halcón
gris cumplió su palabra. Nombrado brigadier de civiles, inspiró tanto terror a
sus antiguos cofrades como había inspirada antes a los pasajeros.
Por lo
demás, Motamid llevaba una alegre vida sin ocuparse mucho de los negocios del
Estado. «En mi opinión, decía en uno de sus poemas, ser prudente es no serlo.»
Los festines absorbían gran parte de su tiempo y puesto que él quería mostrarse
galante, fuerza es que consagrara todo lo demás a las hermosas jóvenes de su
serrallo. No había dejado de amar a Romaiquia, por el contrario, la continuaba
amando con pasión, pero como según el código singular que gobierna el amor en
los países musulmanes, se pueden permitir algunos caprichos sin ser infiel por
eso, dirigía de tiempo en tiempo sus homenajes a otras damas sin que Romaiquia,
segura de reinar como soberana en el corazón de su esposo, tuviera nada que
decir. La hermosa Amada, era encantadora y cuando bebía a su salud, el príncipe
encontraba más aroma al vino que de ordinario. La Luna le hacía compañía cuando
estudiaba los versos de los antiguos poetas o escribía los suyos, y si al sol
se le ocurría lanzar una mirada indiscreta en el gabinete de estudio, allí
estaba Luna para interceptarlo, porque ella sabía, decía el príncipe, que solo
la luna puede edificar al sol.» Mas gazmoña y más áspera, La Perla tenía
algunas veces caprichos y montaba en cólera: entonces era preciso que Motamid
trabajarse mucho para apaciguarla. Una vez que había provocado su enojo; le
escribió para disculparse. Ella le respondió bien, pero sin poner su nombre al
principio de la carta, como era costumbre.
—¡Ay!
ella no me ha perdonado todavía, dijo entonces el príncipe, por eso no ha puesto
su nombre al frente de su carta. Sabe que yo adoro su nombre, pero está tan
enfadada conmigo que no quiere escribirlo. «Cuando lo vea, se habrá dicho, va a
besarlo, pues por Dios que no lo ha de ver.»
¡Qué
linda enfermera La Hada! El príncipe pedía a Alá que le concediere como favor
el estar enfermo, a condición de que no dejara de ver constantemente a su
cabecera a aquella graciosa gacela de purpurinos labios.
Se
engañaría, sin embargo, el que se imaginara que Motamid descuidaba por completo
continuar la obra de su padre y de su abuelo. Aunque menos ambicioso que ellos,
hizo sin embargo lo que estos habían intentado en vano; desde el segundo año de
su reinado unió Córdoba a su reino.
Verdad
es, que su padre le había abierto el camino y las circunstancias lo secundaron
admirablemente. Dos años antes, en 1046, el anciano presidente de la república
Abu-Wahid Ibn-Djahwar, hizo dimisión de sus funciones en favor de sus dos hijos
Abderramán y Abdelmelic. Confió al mayor todo lo concerniente a la hacienda y a
la administración, y al menor, a quien prefería mucho, el mando militar. El
menor eclipsó bien pronto al primogénito; pero, sin embargo, todo iba bien,
mientras que duró la influencia del hábil visir Ibn-as-Sacca. Este hombre de
Estado inspiraba respeto a todos los enemigos declarados o encubiertos de la
república y hasta al mismo Motamid. Así que este último comprendió que para
lograr sus fines debía comenzar por derribarlo. Trató pues, de hacerlo
sospechoso a Abdelmelic ibn-Djahwar y lo consiguió. Ibn-as-Sacca fue condenado
a muerte y este acontecimiento tuvo para la república las más desastrosas
consecuencias. Los oficiales y los soldados que eran muy adictos al visir
presentaron su dimisión en su mayoría, mientras que Abdelmelic se hacía odioso
a sus conciudadanos por su dureza y su indolencia. Parece además haber ido
cercenando, poco a poco todo lo que quedaba en pie de las instituciones
republicanas.
Ya
vacilaba, pues, el poder de Abdelmelic cuando Manum de Toledo vino a sitiar
Córdoba en el otoño de 1070. Casi sin ejército (pues su caballería estaba
reducida a doscientos hombres y estos muy mal) tuvo que retirarse; pero
Abdelmelic no ganó nada en ello, por el contrario, los jefes del ejército sevillano,
obrando según las órdenes secretas de su señor, se entendieron con los Cordobeses
para quitarle el poder a Abdelmelic y dárselo al rey de Sevilla. Este complot
fue tramado con el mayor misterio de modo que Abdelmelic no se apercibió de
nada. En la madrugada del séptimo día después de la partida de Manum y a punto
de salir para despedir a los Sevillanos que habían anunciado que este día se
iban a volver, llegaron a su oído gritos sediciosos. Mira y ve su palacio
cercado por sus pretendidos auxiliares y por el pueblo. Casi en el mismo instante
los prenden lo mismo que a su padre y al resto de su familia.
Motamid
fue proclamado señor de Córdoba y los Beni-Djahwar elevados presto a la isla de
Saltes, pero el anciano, Abul-Wahid no sobrevivió más que cuarenta días a su
infortunio.
El rey
poeta habla de esta conquista como si hubiera sido la de una hermosa algo
altanera.
He
obtenido de rondón, decía, la mano de la hermosa Córdoba, de esa valiente
amazona que, con la espada y la lanza en la mano, rechazaba a todos los que la
pretendían en matrimonio. Ahora celebramos los dos nuestras bodas en su
palacio, mientras que los otros reyes, mis rivales, desanimados, lloran de
rabia y tiemblan de miedo. ¡Temblad y con razón, viles enemigos! porque bien
pronto el león caerá sobre vosotros.
Sin
embargo, Mamun no se daba por vencido, al contrario, estaba dispuesto a hacerse
dueño de Córdoba, costara lo que costara. Acompañado de su aliado Alfonso VI,
vino a devastar los alrededores de la ciudad, pero fue rechazado por su joven
gobernador Abbad, hijo de Motamid y de Romaiquia. Mas entonces Ibn-Ocacha se
comprometió a ponerlo en posesión de la ciudad que ambicionaba. Era este un
hombre feroz y sanguinario, un antiguo salteador de la sierra, pero que no carecía
de talento y que conocía bien Córdoba, donde había representado algún papel.
Nombrado gobernador de una fortaleza se puso a formar intrigas y cábalas en
Córdoba, lo que no le era difícil porque había muchos ciudadanos descontentos
de la dirección de los negocios. Verdad es, que el príncipe Abbad daba buenas
esperanzas, pero como era aún demasiado joven para gobernar por sí mismo, el
poder estaba en manos del jefe de la guarnición, Mohamed, hijo de Martin, de
origen cristiano, a lo que parece. Pero este hombre, bastante buen soldado, por
otra parte, era cruel, sanguinario y libertino. Así, que los Cordobeses lo
detestaban, y muchos de ellos no tuvieron escrúpulo en entrar en relaciones con
Ibn-Ocacha. Este último, sin embargo, no logró tener enteramente secretos sus
manejos. Un oficial se apercibió de que el ex salteador venia muchas noches a
las puertas de la ciudad y tenía conversaciones muy sospechosas con los
soldados de la guarnición. Refirióle esto a Abbad, pero éste no hizo gran caso
del aviso y envió al que se lo daba a Mohamed hijo de Martin, quien lo envió a
su vez a oficiales subalternos. En una palabra, cada uno descargó en otro el
cuidado de las medidas que habían de tomarse y ninguno cumplió con su deber.
Entretanto,
Ibn-Ocacha estaba de continuo en acecho y en Enero de 1075, aprovechó para
introducirse con los suyos en la ciudad una noche tempestuosa y oscurísima,
marchando derechamente al palacio Abbad. No había allí guardia, y ya estaba a
punto de forzar las puertas, cuando el príncipe, despertado por el portero vino
a cerrarles el paso con un puñado de esclavos y de soldados. A pesar de su
extrema juventud se defendió como un león y ya había obligado a los asaltantes
a evacuar el vestíbulo, cuando resbaló. Uno de los hombres de la partida cayó
sobre él y le dio la muerte. Quedó su cadáver en la calle, casi desnudo, porque
despertado de pronto Abbad no había tenido tiempo de vestirse.
Enseguida
llevó Ibn-Ocacha a los suyos a casa del gobernador. Tan lejos estaba éste de
esperar ser atacado, que en el mismo instante en que entraban en su casa,
estaba viendo bailar a sus concubinas. Menos valiente que Abbad, se ocultó
cuando oyó el ruido de las espadas en el patio, pero habiendo sido descubierto
su escondite, fue preso y luego muerto.
Al
apuntar del alba, mientras que Ibn-Ocacha iba de casa en casa a persuadir a los
nobles que hicieran causa común con él, un imán que iba a la mezquita, pasó por
delante del palacio da Abbad. Llamóle la atención un cuerpo que yacía allí
desnudo y sin vida. Reconociendo, no sin trabajo, en este cadáver manchado de
lodo, el del joven príncipe, le hizo un piadoso y último honor cubriéndolo con
su capa, poro apenas se había marchado cuando llegó Ibn-Ocacha, rodeado de esa
turba que en las grandes ciudades lanza gritos de alegría en toda revolución.
Por su orden la cabeza de Abbad fue separada del cadáver y paseada per las
calles en la punta de una pica. Al verla los soldados de la guarnición tiraron
las armas y trataron de salvarse por una precipitada fuga. Entonces Ibn-Ocacha
reunió a los Cordobeses en la gran mezquita y los intimó a que prestaran
juramento a Mamun. Aunque había muchos que eran sinceramente adictos a
Motamid, el miedo fue tan grande y general que todos se apresuraron a obedecer.
A los pocos días llegó Mamun en persona. En apariencia estaba reconocidísimo
hacia Ibn-Ocacha, le colmó de honores y le dijo que le concedía una confianza
ilimitada; en realidad odiaba y temía a este antiguo bandido endurecido en el
crimen, que era hombre capaz de asesinarlo, si fuera preciso, con la misma
sangre fría conque había hecho degollar al joven Abbad. Así que buscaba
ávidamente un pretexto, una ocasión cualquiera para alejarlo sin ruido y sin
escándalo de su reino. No ocultó siempre este designio a sus cortesanos y un
día que Ibn-Ocacha acaba de dejarlo dio un profundo suspiro y con los ojos
inflamados de cólera murmuró algunas palabras en su favor: «¡Déjate de
tonterías! le contestó Mamun, el que no respeta la vida de los príncipes, no
está hecho para servirlos.»
Un mes
después (Junio de 1075) y el sexto de su estancia en Córdoba, murió Mamun
envenenado... Uno de sus cortesanos fue acusado de haber cometido este crimen,
pero ¿qué extraño a él Ibn-Ocacha? Trabajo cuesta el creerlo.
Trasladémosnos
ahora a la carta de Sevilla y figurémosnos la pena de Motamid, cuando recibió
la noticia, doblemente fatal, de la pérdida de Córdoba y de la muerte de su
hijo primogénito que amaba con idolatría. Y, sin embargo, hubo en aquel, noble
corazón un sentimiento que habló más alto que la pena y que el deseo de
venganza: el da profunda gratitud hacia aquel imán que había tenido la
delicadeza de cubrir con su capa el cadáver de Abbad. Dolíase de no poder
recompensarlo, porque ni siquiera sabía su nombre, pero, apropiándose un verso
que un antiguo poeta había compuesto en ocasión semejante exclamaba: «¡Ay!
ignoro quien es el que ha cubierto a mi hijo con su capa, pero sé que es un hombre
noble y generoso.»
Durante
tres años fueron inútiles los esfuerzos que hizo para reconquistar Córdoba y
vengar en Ibn-Ocacha la muerte de su hijo, hasta que al fin la tomó por asalto
el martes 4 de Setiembre de 1078. Mientras que entraba por una puerta,
Ibn-Ocacha salía por otra, pero Motamid lanzó en su persecución algunos
caballeros que lograron alcanzarlo. Sabiendo que no tenía que esperar perdón de
un padre a cuyo hijo había hecho degollar, el antiguo bandido quiso a lo menos
vender cara su vida y se lanzó sobre sus enemigos como un toro furioso; pero
sucumbió al número. Motamid hizo clavar su cadáver en una cruz con un perro al
lado, y la conquista da Córdoba fue seguida de la de todo el país toledano que
se extendía entre el Guadalquivir y el Guadiana.
Felices
sucesos eran estos, pero la medalla tenía su reverso. En comparación de los
otros reyes andaluces, Motamid era un príncipe poderoso, pero no era más
independiente, también era tributario. Primero lo había sido de García, tercer
hijo de Fernando y rey de Galicia, y ahora lo era de Alfonso VI, desde que este
se había apoderado de los reinos de sus dos hermanos, Sancho y García. Pero
Alfonso era un soberano muy molesto: no contentándose con un tributo anual,
amenazaba de cuando en cuando apropiarse los Estados de sus vasallos árabes.
Una vez, entre otras, vino a invadir, al frente de un numeroso ejército, el
territorio sevillano. Una inexplicable consternación reinaba entre los
musulmanes, demasiados débiles para poderse defender. Solo Ibn-Ammar, el primer
ministro, no desesperaba. No contaba con el ejército sevillano: tratar de vencer
con él a las huestes cristianas era una quimera, pero conocía a Alfonso, porque
había estado muchas veces en su corte; sabía que era ambicioso, pero también
que estaba medio arabizado, es decir, que era fácil de conquistar siempre que
se conocieran sus gustos, sus caprichos, sus antojos. Con esto era con lo que
contaba y sin perder tiempo en organizar una resistencia armada, mandó fabricar
un juego de ajedrez tan magnífico que ningún rey tenía otro semejante. Las
piezas eran de ébano y de sándalo incrustados en oro. Provisto de este ajedrez
se presentó, bajo un pretexto cualquiera, en el campo de Alfonso, quien lo recibió
muy honoríficamente, porque Ibn-Ammar era del escaso número de musulmanes a
quienes estimaba.
Un día,
Ibn-Ammar enseñó su ajedrez a un noble castellano que gozaba gran favor con
Alfonso. Este noble, habló de él al rey, quien dijo a Ibn-Ammar:
—¿Qué tal
jugáis al ajedrez?
—Mis
amigos opinan que juego bastante bien, respondió Ibn-Ammar.
—Me han
dicho que poseéis un juego soberbio.
—Es
verdad, señor.
—¿Podría
yo verlo?
— Sin
duda, pero con una condición: jugaremos juntos, si pierdo, el ajedrez será
vuestro, pero si gano yo podré pedir lo que quiera.
—Acepto.
Se trajo
el ajedrez y Alfonso estupefacto de la hermosura y de la delicadeza del trabajo,
exclamó santiguándose:
—¡Dios
mío! nunca hubiera creído que se hubiera podido hacer un ajedrez con tanto
arte!
Y, cuando
acabó de admirarlo, replicó:
—¿Qué es
lo que decíais antes: cuáles eran vuestras condiciones?
Y
habiéndoselas repetido Ibn-Ammar.
— ¡No por
Dios! yo no juego cuando la puesta me es desconocida, podríais pedirme una cosa
que yo no os pudiera dar.
—Como
queráis, señor, respondió fríamente Ibn-Ammar, y mandó a sus criados que se
llevaran el ajedrez a su tienda.
Se
separaron, pero Ibn-Ammar no era hombre que se desanimara tan fácilmente.
Confió a algunos nobles castellanos, bajo palabra de guardar secreto, lo que
había de exigir de Alfonso en el caso en que le ganara la partida y les
prometió sumas considerables si querían ayudarlo. Seducidos con el cebo del oro
y bastante tranquilos acerca de las intenciones del Árabe; se comprometieron
estos nobles a servirlo, y cuando Alfonso, que, por su parte, ardía en deseos
de poseer el magnífico ajedrez, les consultó sobre lo que debía hacer le
dijeron: «Si ganáis, señor, poseeréis el magnífico ajedrez, que todos los reyes
os envidiarán y si perdéis ¿qué podrá pediros ese árabe? Si hace una petición
indirecta, ¿no estamos aquí nosotros que sabremos traerlo a la razón?
Tan bien
hablaron que Alfonso se dejó vencer. Mandó pues avisar a Ibn-Ammar de que lo
esperaba con su ajedrez y cuando llegó el visir le dijo.
—Acepto
vuestras condiciones ¡vamos a jugar!
—Con
mucho gusto! respondió Ibn-Ammar, pero hagamos la cosa en regla; permitid que
tal y tal—y nombró a muchos nobles castellanos—nos sirvan de testigos.
El rey
consistió y, cuando llegaron los nobles que Ibn-Ammar había designado, comenzó
el juego.
Alfonso
perdió la partida.
—¿Puedo
yo pedir ahora, lo que quiera, según hemos convenido?, preguntó entonces
Ibn-Ammar.
—Sin
duda, replicó el rey, veamos ¿qué es lo que exigís?
—Que os
volváis a vuestros Estados con vuestro ejército.
Alfonso
se puso pálido. Presa de una febril exaltación, recorría la sala a largos pasos,
se sentaba y se ponía de nuevo a pasear.
—Me han
cogido, dijo en fin a sus nobles y vosotros tenéis la culpa. Ya me temía yo una
petición de esta especie de parte de ese hombre, pero vosotros me
tranquilizaseis, me dijisteis que podía confiar y ahora recojo el fruto de
vuestros malditos consejos,
Y después
de algunos momentos de silencio, exclamó:
—¿Qué me
importa su condición después de todo?, no hago caso de ella para nada y voy a
continuar mi camino.
—Señor,
le dijeron entonces los Castellanos, eso sería delinquir contra el honor, sería
faltar a la palabra y vos, el más grande de los reyes de la cristiandad, sois
incapaz de hacer semejante cosa.
Al fin,
cuando Alfonso se hubo calmado un poco:
—Pues
bien, replicó, pero en compensación de esta expedición frustrada necesito a lo
menos doble tributo este año.
—Lo
tendréis, señor, dijo entonces Ibn-Ammar, y se apresuró a que remitieran a
Alfonso el dinero que pedía, de modo que por esta vez, el reino de Sevilla,
amenazado de una terrible invasión, se libró del susto gracias a la habilidad
del primer ministro.
XI.
No
contento con haber salvado el reino de Sevilla, quiso también Ibn-Ammar
extender sus limites. Lo que principalmente tentaba su ambición era el
principado de Murcia. Primero, había formado parte de los Estados de Zohair,
luego, del reino de Valencia, pero en la época que nos ocupa era independiente.
El príncipe que reinaba allí Abu-Abderramán Ibn-Tahir, era un árabe de la tribu
Cais. Inmensamente rico, pues poseía la mitad del territorio, era al propio
tiempo un espíritu muy culto, pero tenía pocas tropas, de modo que su
principado era fácil de conquistar. Ibn-Ammar, lo conoció cuando en el año de
1078 pasó por Murcia para ir a ver, no se sabe con qué motivo, al conde de
Barcelona Ramon Berenguer II, apellidado Cabeza de estopa a causa de su
abundante cabellera, y aprovechó la ocasión para trabar amistad con algunos
nobles murcianos que estaban descontentos, de Ibn-Tahir, o que por lo menos
estaban dispuestos a venderlo por dinero. Y cuando se presentó a Ramón, le
ofreció diez mil ducados, si quería ayudarlo a conquistar Murcia. El conde
aceptó esta proposición y en garantía de la ejecución del tratado envió a su
sobrino a Ibn-Ammicar quien por su parte le prometió que si el dinero no iba en
el tiempo prefijado, Rachid, hijo de Motamid, que había de mandar el ejército
sevillano, serviría de rehén; pero Motamid ignoraba esta cláusula de tratado y
como Ibn-Ammar estaba convenido de que el dinero había de llegar a tiempo,
creía que no había de llegar el caso de aplicarla:
Salieron
a campaña las tropas de Sevilla, unidas con las de Ramón y atacaron el
principado de Murcia; pero como Motamid con su indolencia ordinaria dejara
pasar el término estipulado, el conde se creyó engañado por Ibn-Ammar y, colérico,
lo hizo prender lo mismo que a Rachid. Los soldados sevillanos bien trataron de
libertarlos, pero fueron batidos y obligados a retirarse. Motamid se hallaba en
esta época de camino para Murcia, llevando consigo al sobrino del conde, pero
como caminaba despacio, no estaba todavía más que a orillas del Guadiana menor,
que no podía pasar a causa de la crecida, cuando los fugitivos de su ejército
aparecieron en la otra orilla. Venían entre ellos dos caballeros a quienes
Ibn-Ammar había dado sus instrucciones. Echáronse con sus caballos al rio y,
habiéndolo atravesado, contaron a Motamid los deplorables sucesos que habían
ocurrido, añadiendo, sin embargo, que Ibn-Ammar esperaba recobrar enseguida la
libertad y suplicando al príncipe en su nombre que permanecería donde estaba.
No lo hizo Motamid. Consternado con la noticia que acababa de recibir y muy
inquieto por la suerte de su hijo, retrocedió hasta Jaén, después de haber
hecho encadenar al sobrino del conde. Diez días después Ibn-Ammar que había
sido soltado, llegó cerca de Jaén, pero no atreviéndose a presentarse a la
vista de Motamid, cuya cólera temía, le envió estos versos:
¿Debo yo
creer a mis presentimientos o dar oído a les consejos de mis compañeros?
¿Ejecutaré mi designio o permaneceré aquí con mi escolta? Cuando obedezco los
impulsos de mi corazón avanzo seguro de ver los brazos del amigo abiertos para
recibirme: pero cuando reflexiono me vuelvo atrás. ¡La amistad me arrastra
hacia adelante, pero el recuerdo de la falta que he cometido me hace
retroceder! ¡Cuán extraños son los decretos del destino! ¿Quién me hubiera
predicho que había de llegar un día en que me fuera más grato estar lejos que
cerca de vos? Os temo, porque tenéis el derecho de quitarme la vida; espero,
porque os amo con todo mi corazón. Tened piedad de aquél cuya adhesión inquebrantable
conocéis, del que no tiene más mérito que amaros sinceramente. Nada he hecho
que pueda suministrar armas contra mí a los envidiosos, nada que pruebe de mi
parte negligencia ni presunción, pero vos mismo me habéis expuesto a una terrible
calamidad, habéis enmohecido mi espada. Es verdad que si me acordara de
vuestros numerosos beneficies que han sido para mí lo que la lluvia para las
ramas de los árboles, no me dejaría consumir así por horribles tormentos y no
diría que lo que ha sucedido, ha sucedido por mi culpa. De rodillas imploro
vuestra clemencia, os suplico que me perdonéis, pero aunque tuviera que
experimentar cerca de vos el áspero viento del Norte, exclamaría, sin embargo:
¡Oh brisa dulce a mi corazón!
Motamid,
que debía conocer que también él era culpable, no resistió al llamamiento que
Ibn-Ammar hacia a su amistad y le respondió con estos versos:
¡Ven a
ocupar tu lugar a mi lado! Ven sin temor, porque te esperan bondades y no
reprensiones. Estáte convencido de que te amo demasiado para poder afligirte;
bien sabes que nada me es más grato que verte alegre y contento. Cuando vengas
aquí, me encontrarás como siempre, pronto a perdonar al pecador, clemente con
mis amigos. Te trataré con bondad como antes y te perdonaré tu falta, si ha
habido falta; porque el Eterno no me ha dado un corazón duro y no acostumbro a
olvidar una amistad antigua y sagrada.
Tranquilo
con esta respuesta, Ibn-Ammar voló a los pies de su soberano. Convinieron entre
sí, en ofrecer al conde la libertad de su sobrino y los diez mil ducados a que
tenía derecho siempre que soltara a Rachid. Pero Ramón no se contentó con la
suma estipulada, en lugar de los diez mil ducados, pidió treinta mil y como
Motamid no los tenía hizo acuñarlos con una liga muy considerable. Felizmente
para él, el conde no se apercibió del fraude hasta después de haber devuelto la
libertad a Rachid.
A pesar
del mal éxito de la primera tentativa, Ibn-Ammar no dejaba de codiciar a
Murcia. Pretendía haber recibido de algunos nobles murcianos, cartas que le daban
grandes esperanzas y trabajó tan bien, que Motamid le permitió al cabo ir a sitiar
Murcia con el ejército sevillano.
Habiendo
llegado a Córdoba, se detuvo allí veinticuatro horas para reunir a sus tropas
la caballería que había en la ciudad. Pasó toda la noche en compañía del gobernador
Fath y quedó tan encantado de su conversación ingeniosa y picante, que cuando
vino un eunuco a anunciarle que comenzaba a rayar la aurora, improvisó este
verso:
“¡Vete
imbécil! toda esta noche ha sido una aurora para mí. ¿Ni cómo podría ser de
otro modo, si Fath me ha hecho compañía?”
Continuando
sus jornadas, llegó cerca de un castillo que llevaba todavía el nombre de
Baldj, jefe de los Árabes sirios en el siglo octavo, y del que era gobernador
otro árabe que pertenecía a la tribu de Baldj, es decir, a la de Cochair. Este
árabe que se llamaba Ibn-Rachic, salió a su encuentro suplicándole que
descansara en el castillo. Ibn-Ammar aceptó la invitación. El castellano le
trató magníficamente no descuidando nada para insinuarse en su gracia y lo
consiguió demasiado bien. Ibn Ammar no tardó en concederle su confianza, pero
nunca le había colocado tan mal.
Acompañado
de su nuevo amigo, fue a poner sitio a Murcia y poco después se le rindió Mula.
Esta era para los Murcianos una gravísima pérdida, porque los víveres les iban
por aquel lado, por lo que Ibn-Ammar no dudó de que la ciudad no tardaría en
rendirse, y habiendo confiado Mula a la custodia de Ibn-Rachic a quien dejó una
parte de su caballería, se volvió a Sevilla con el resto del ejército. Cuando
llegó, recibió carta de su teniente en que le decía que Murcia estaba acosada
por el hambre y que algunos ciudadanos influyentes a quienes había prometido
puestos lucrativos, se habían comprometido a secundar a los sitiadores. «Mañana
o pasado, dijo entonces Ibn-Ammar, sabremos que se ha tomado Murcia.» Cumplióse
su predicción. Algunos traidores abrieron a Ibn-Rachic las puertas de la
ciudad, Ibn-Tahir fue preso y todos los habitantes prestaron juramento a
Motamid.
Luego que
Ibn-Ammar, ebrio de gozo recibió estas noticias, pidió permiso a Motamid, para
ir a la ciudad conquistada. Este se la concedió sin vacilar. Entonces el visir
que quería recompensar noblemente a los Murcianos, se hizo dar gran cantidad de
caballos y de mulos pertenecientes a las caballerizas reales, pidió prestados
otros a sus amigos y cuando tuvo cerca de doscientos los hizo cargar de telas
preciosas y se puso en marcha a tambor batiente y con banderas desplegadas. En
todas las ciudades porque pasaba, se hacía entregar las cajas del Estado. Su
entrada en Murcia fue un verdadero triunfo. Al día siguiente de audiencia, pero
afectando aires de soberano, porque se había cubierto con un gorro muy alto,
tal como su señor tenía costumbre de llevarlo en ocasiones solemnes, y cuando
se le presentaban peticiones, escribía al pie: «Que así sea si Dios quiere» sin
nombrar a Motamid.
Esta
conducta presuntuosa se parecía mucho a una rebelión. Motamid, al menos, lo
juzgaba así. Sin embargo, no se encolerizó: un sentimiento de tristeza y de
desaliento se apoderó de él; veía desvanecerse de pronto el sueño que había
acariciado durante veinticinco años. ¿Le habría engañado el instinto de su
corazón? ¿La amistad de Ibn-Ammar, sus protestas de desinterés y de adhesión
inquebrantable, no habría sido más que hipocresía y mentira? Sin embargo, acaso
era menos culpable de lo que parecía a los ojos de su soberano. Tenía, cierto
es, una vanidad excesiva y absurda, pero no es seguro que hubiera tenido el
culpable pensamiento de rebelarse contra su bienhechor. De carácter menos
ardiente e impresionable, acaso no tuvo nunca a Motamid la amistad entusiasta y
apasionada que este le profesó; pero tenía, sin embargo un afecto verdadero a
su rey, testigos estos versos, que dirigió en respuesta a las reprensiones de
Motamid:
“No, vos
os engañáis cuando decís, ¡que me han cambiado las vicisitudes de la fortuna!
El amor que tengo a Chams, mi anciana madre, es menos fuerte que el que siento
por vos. ¡Querido amigo! ¿cómo es posible que vuestra bondad no me alumbre con
sus rayos, como el relámpago alumbra las tinieblas de la noche? ¿Cómo es
posible que ni una tierna palabra venga a consolarme, como dulce brisa? ¡Oh! yo
sospecho que algunos infames que conozco han querido destruir nuestra tierna
amistad! Así me retiráis vuestra mano, después de una amistad de veinticinco
años de cumplida felicidad, pasados sin que hayáis tenido la menor queja de mí,
sin que me haya hecho culpable de ninguna mala acción, ¿me retiráis así vuestra
mano dejándome presa de las garras del destino? ¿Soy yo otra cosa para vos que
un esclavo obediente y sumiso? Reflexionad un momento, no os precipitéis, el
que se precipita demasiado, cae; mientras que el que camina con circunspección,
llega al término de su viaje. ¡Ah! ya os acordareis de mí cuando se rompan los
lazos de amistad que nos unían y no os queden más que amigos interesados y
falsos. Ya me buscareis cuando ninguno de los que os rodean pueda daros un
buen consejo y yo no estaré allí, yo que sabía aguzar el ingenio de los demás.”
¿Quién
sabe si una hora de conversación y de expansión no hubiera disipado las prevenciones
de Motamid y reconciliado aquellas dos almas tan bien forjadas para entenderse?
Mas ¡ay! el príncipe y el visir se hallaban lejos uno de otro y este tenía en
Sevilla una multitud de envidiosos y de enemigos que se gozaban en calumniarlo
y en denigrarlo a los ojos del monarca; en interpretar malignamente sus menores
hechos y sus palabras más sencillas. Estaban tan apoderados del ánimo del
príncipe aquellos «infames» de que Ibn-Ammar habla en su poema y entre los que
se distinguía el visir Abu-Ber ibn-Zaidun, el hombre más influyente entonces en
la corte, que Motamid había concebido ya sospechas de la fidelidad de
Ibn-Ammar, cuando este le pidió licencia para ir a Murcia. Únase a esto que
Ibn-Ammar encontró un enemigo no menos peligroso en Ibn-Abdalaziz, príncipe de
Valencia y amigo de Ibn-Tahir.
Al llegar
a Murcia, Ibn-Ammar tenía intenciones de tratar a Ibn-Tahir de una manera
honorífica; así que le hizo presentar muchos vestidos de honor para que eligiera
uno de su gusto, pero Ibn-Tahir cuyo genio naturalmente cáustico se había agriado
con la pérdida de su principado, respondió al mensajero de Ibn-Ammar: «Ve a
decir a tu señor que no quiero otra cosa suya más que su larga pelliza y su
pequeña cachucha.» Al recibir esta respuesta, en medio de sus cortesanos,
Ibn-Ammar se mordió los labios de despecho. «Comprendo el sentido de sus
palabras, dijo al fin; sí, ese era el traje que yo llevaba cuando pobre y
oscuro vine a recitarle mis versos.» Pero no perdonó a Ibn-Tahir este rudo
golpe asestado a su vanidad. Cambiando de intenciones respecto a él, lo hizo
encerrar en la fortaleza de Monteagudo. Cediendo a las instancias de
Ibn-Abdalaziz, Motamid envió a su visir la orden de poner en libertad a
Ibn-Tahir, pero Ibn-Ammar no lo hizo. Entretanto Ibn-Tahir consiguió evadirse,
gracias a la ayuda que le prestó Ibn-Abdalaziz, y fue a establecerse en
Valencia. Ibn-Ammar se puso furioso y compuso con esta ocasión un poema en el
que excitaba a los Valencianos a rebelarse contra su señor. He aquí algunos
versos:
“Habitantes
de Valencia, sublevaos todos contra los Beni-Abdalaziz, proclamad vuestras
justas quejas y elegid otro rey, un rey que sepa defenderos contra vuestros
enemigos. Ya sea Mohamed o Ahamed, siempre será mejor que ese visir que ha
entregado vuestra ciudad al oprobio, como un marido sin vergüenza que
prostituye a su propia mujer. Ha ofrecido asilo al que había sido abandonado
por sus propios súbditos. Haciéndolo, os ha llevado un pájaro de mal agüero, os
ha dado por conciudadano un hombre vil e infame. ¡Ay! es preciso lavarme la
cara en la que una muchacha sin brazalete, una vil esclava me ha dado un
bofetón. ¿Crees escapar Ibn-Abdalaziz a la continua venganza de un hombre que
marcha siempre en persecución de su enemigo y que continua su ruta, aunque no
le alumbra ninguna estrella? ¿Con qué astucia puede sustraerte a las manos
vengadoras de un bravo guerrero de los Beni-Ammar que lleva tras sí un bosque
de lanzas? ¡Esperad verlo llegar enseguida, rodeado de un innumerable ejército!
¡Valencianos, os doy un buen consejo; marchad como un solo hombre contra ese
palacio que encubre tantas infamias tras de sus muros, ¡apoderaos do los
tesoros que encierran sus cuevas, derribadlo hasta los cimientos de modo que
solo las ruinas atestigüen que existió un día!”
Cuando
Motamid tuvo conocimiento de esta composición, estaba ya tan irritado contra
Ibn-Ammar, que la parodió de este modo:
«Con qué
astucia podrá sustraerse a las manos vengadoras de un bravo guerrero de los
Beni-Ammar; de esos hombres que se prosternaban antes con inaudita bajeza a los
pies de todos los señores, de todos los príncipes, de todas las testas
coronadas, que se creían dichosos cuando recibían de sus amos una parte algo
mayor que los demás criados, que, despreciables verdugos, cortaban las cabezas
a los criminales y que se han elevado de la condición más ínfima a las
dignidades más altas.”
Estos
versos causaron a Ibn-Abdalaziz un gozo inexplicable, pero Ibn-Ammar se ahogaba
de cólera y en su furia compuso contra Motamid, contra Romaiquia y contra los
Abbaditas en general una sátira mucho más sangrienta todavía. Él, aventurero nacido
bajo la paja, él, a quien la bondad de Motamid había sacado de la nada, se atrevió
a echar en cara a los Abbaditas, no ser, después de todo, más que oscuros
labriegos de la aldea de Jaumin, «esa capital del universo», como decía con
amarga ironía. «Tú has elegido entre las hijas del populacho, proseguía, esa
esclava que Romaic, su amo hubiera cambiado de buena gana por un camello de un
año. Ella ha echado al mundo hijos libertinos, hombrecillos rechonchos que la
avergüenzan. Motamid, yo mancillaré tu honor, yo desgarraré los velos que
cubren tus torpezas, yo los haré caer a pedazos. Si, émulo de los antiguos
héroes, sí, tú has defendido tus aldeas, pero sabías que tus mujeres te
engañaban y se lo consentías»
Por un
resto de pudor, Ibn-Ammar no enseñó estos versos, escritos en un acceso atroz
de rabia más que a sus amigos más íntimos; pero había entra ellos un rico judío
de Oriente a quien había concedido su confianza sin sospechar que era un
emisario de Ibn-Abdalaziz. Este judío consiguió sin gran trabajo procurarse una
copia de la sátira escrita por mano de Ibn-Ammar y la envió al príncipe de
Valencia. Este escribió enseguida a Motamid y por medio de una paloma le envió
su carta y la sátira en un mismo pliego.
Desde
entonces toda reconciliación se hizo imposible. Ni Motamid, ni Romaiquia, ni
sus hijos, podían perdonar a Ibn-Ammar sus innobles injurias. Pero el rey de
Sevilla no tuvo necesidad de castigar a su visir, otros se tomaron ese cuidado.
Abandonándose a los placeres con una completa indolencia, no se apercibió
Ibn-Ammar de que Ibn-Rachic, secundado por el pueblo de Valencia le hacía
traición, y cuando llegó a abrir los ojos ya era tarde: excitados por
Ibn-Rachic los soldados pidieron a gritos sus pagas atrasadas y, como Ibn-Ammar
no podía satisfacerlos, lo amenazaron con entregarlo a Motamid. Esta amenaza lo
hizo temblar y se salvó huyendo precipitadamente.
Fue a
buscar asilo cerca de Alfonso, lisonjeándose con la esperanza de que este
monarca lo ayudaría a reconquistar Murcia; pero se engañaba: Alfonso había sido
ganado por los magníficos presentes que le había hecho Ibn-Rachic y dijo a
Ibn-Ammar: «Todo eso no es más que una historia de ladrones: el primer ladrón
ha sido robado por otro y este lo ha sido por un tercero.» Viendo pues que no
tenía nada que esperar en León, Ibn- Ammar fue a Zaragoza donde entró al
servicio de Moctadir. Pero esta corte, mucho menos brillante que la de Sevilla,
le desagradó mucho. Fue pues a Lérida, donde reinaba Mudhaffar, hermano de
Moctadir. Allí encontró excelente acogida, pero, como Lérida le parecía más
monótona aún que Zaragoza, se volvió a esta última ciudad, donde Mutamin había
sucedido a su padre Moctadir. El fastidio, ese mal horrible, se había apoderado
de él y se extendía como negra nube sobre su presente y su porvenir; así que se
felicitaba de encontrar ocasión de salir de su ociosidad. Un castellano a quien
conocía se había revelado; él dio palabra a Mutamin de reducirlo y se puso en
camino con una pequeña escolta. Habiendo llegado al pie de la montaña en que se
encontraba el castillo, pidió permiso al rebelde para ir a hacerle una visita
acompañado solo de dos hombres. El castellano, que desconfiaba de él, no vaciló
en acceder a su demanda. «Cuando me veáis ir al lado del gobernador y estrecharle
la mano, dijo Ibn-Ammar a sus dos servidores Djabir y Hadi, le hundiréis vuestras
espadas en el pecho.» El castellano fue muerto, sus soldados pidieron y obtuvieron
el perdón y Mutamin quedó muy contento del servicio que Ibn-Ammar le había
prestado. Poco después creyó éste hallar nueva ocasión para satisfacer la
necesidad de actividad febril que le devoraba. Quiso procurar a Mutamin la
posesión de Segura. Encaramada en la última cresta de un pico casi inaccesible,
había logrado esta fortaleza conservarse independiente cuando Moctadir se
apoderó de los Estados de Alí, príncipe de Denia, y un hijo de este llamado
Sirad-al-daula, la había poseído por algún tiempo; pero como acababa de morir
los Beni-Sohail que eran tutores de sus hijos, querían vender Segura a
cualquier príncipe vecino, e Ibn-Ammar prometió a Mutamin entregársela del
mismo modo que le había entregado el otro castillo. Partió pues, con algunas
tropas y mandó a pedir a los Beni-Sohail que le concedieran una conferencia.
Consintieron, pero en lugar de caer en sus redes, Ibn-Ammar que los había
ofendido, cuando reinaba en Murcia, fue el que cayó en el lazo. Las entradas de
la fortaleza estaban defendidas por una pendiente tan escarpada que para entrar
en ella era preciso dejarse izar a fuerza de brazos. Cuando llegó a este lugar
peligroso, acompañado de Djabir y Hadí, compañeros obligados en toda empresa
aventurera, Ibn-Ammar se hizo subir el primero; pero en cuanto puso los pies en
el suelo, lo cogieron los soldados de la guarnición que gritaron a sus
acólitos, que echaran a correr si no querían ser muertos a flechazos. No
tuvieron necesidad de repetirles el aviso y ellos corriendo cuesta abajo fueron
a anunciar a los soldados de Zaragoza que Ibn-Ammar había sido hecho
prisionero. Estos, persuadidos de que era inútil toda tentativa para salvarlo,
se volvieron por donde habían venido.
Después
de haber metido a Ibn-Ammar en un calabozo, los Beni-Sohail resolvieron
venderlo al mejor postor. El que lo compró fue Motamid, lo mismo que el castillo
de Segura, y encargó a su hijo Radhí que condujera el prisionero a Córdoba. El
infortunado visir entró en esta ciudad cargado de cadenas y montado en una mula
de carga entre dos sacos de paja. Motamid lo abrumó de reprensiones y le mostró
la terrible sátira, preguntándole si conocía la letra. El prisionero que apenas
podía tenerse en pie, tan pesadas eran sus cadenas, le escuchó en silencio con
los ojos clavados en el suelo y cuando el príncipe hubo terminado su larga
invectiva, le dijo:
—Nada
niego señor de lo que acabáis de decirme. ¿De qué me serviría negarlo si hasta
las piedras hablarían para atestiguar la verdad de vuestras palabras? He faltado,
os he ofendido gravemente, ¡pero perdonadme!
— Lo que
tú has hecho no se perdona, le respondió Motamid.
Las damas
a quienes había ultrajado en su sátira se vengaron encarneciéndolo con burlas
mordaces. En Sevilla tuvo que sufrir de nuevo los insultos de la multitud. Sin
embargo, su cautividad se prolongaba y esto le daba alguna esperanza. Sabía que
muchos personajes elevados, entre otros el príncipe Rachid hablaban o escribían
en su favor. Así, que no cesaba de estimular su celo con sus versos, pero
Motamid estaba ya tan fatigado de las multiplicadas súplicas que le dirigían
que había prohibido dar al prisionero avíos de escribir cuando este le suplicó
que le dieran por última vez papel, tinta y un «cálamo.» Habiendo obtenido su
demanda dirigió a Motamid un largo poema que se entregó al sultán por la noche
en un festín. Cuando se marcharon los convidados, Motamid lo leyó, se conmovió
e hizo venir a Ibn-Ammar a su cámara donde le reprendió de nuevo su ingratitud.
Al principio Ibn-Ammar, sofocado por las lágrimas, no pudo responderle nada,
pero serenándose poco a poco, supo recordarle con tal elocuencia la dicha que
antes habían gozado juntos que Motamid conmovido, enternecido, medio vencido
acaso, le dirigió algunas palabras animadoras, aunque sin concederle
formalmente el perdón. Desgraciadamente—porque el peor de los males es el que
nos viene cercado de esperanzas—desgraciadamente Ibn-Ammar, se engañó mucho
sobre los sentimientos de Motamid respecto de él. A las alternativas de cólera
y de enternecimiento de que había sido testigo, les dio un sentido que no
tenían. Motamid le había conservado un resto de cariño, pero de eso al perdón,
había todavía mucho que hablar, y esto fue lo que Ibn-Ammar no comprendió.
Habiendo vuelto a su prisión creyó en un próximo cambio de fortuna y no
pudiendo contener el gozo en que desbordaba su corazón, escribió a Rachid una
carta anunciándole el feliz éxito de su conversación con el monarca. Rachid
estaba con otros cuando le fue entregada y mientras que la leía, su visir Isa
echó una mirada furtiva y rápida, pero que le bastó para convencerlo que era.
Sea charlatanería, sea que no me quiera Ibn-Ammar, no divulgó la cosa y pronto
llegó a oídos de Abu-Berc ibn-Zaidun llena de exageraciones que nos son
desconocidas, pero que debían haber sido muy infames, porque un historiador
árabe dice que las pasa en silencio porque no quiere con ellos manchar un
libro. Ibn-Zaidun pasó la noche en una terrible ansiedad: la rehabilitación de
Ibn-Ammar era su desgracia, acaso su sentencia de muerte. A la mañana siguiente
no sabiendo aun a qué atenerse se quedó en casa a la hora en que de ordinario
iba a palacio. Motamid le mandó a buscar y lo recibió tan afectuosamente como
da costumbre, de modo que Ibn-Zaidum adquirió la seguridad de que su situación
era menos peligrosa de lo que había temido. Así, cuando el sultán le preguntó
que porqué se había hecho esperar tanto, le respondió, que creía haber caído en
desgracia y le hizo saber al mismo tiempo que su conversación con Ibn-Ammar era
conocida de toda la carta que se esperaba ver de nuevo en el poder al ex-visir,
que su amigo y compatriota Ibn-Salam le tenía ya prefecto de la ciudad,
preparadas las mejores habitaciones de su casa para alojarlo mientras que le
devolvieran sus palacios y no hay que decir que no dejó de contar las calumnias
que se habían divulgado.
Motamid
no sentía ya más que ira. Aun cuando lo que hubiera pasado entre él y su
prisionero no hubiera sido desnaturalizado por el odio, le hubiera indignado la
loca presunción de Ibn-Ammar que, de algunas buenas palabras, había deducido al
punto que iban a ponerlo en libertad y a volver al poder. «Ve a preguntar a
Ibn-Ammar, dijo Motamid dirigiéndose a un eunuco esclavo, como ha podido
divulgar la conversación que tuve con él ayer noche.»
El eunuco
volvió enseguida diciendo:
—Ibn-Ammar
niega haber dicho nada a nadie.
—Pero
puede haber escrito, replicó Motamid. Yo le hice dardos hojas de papel: sobre
la una ha escrito el poema que me ha enviado, pero ¿qué ha hecho de la otra? Ve
y pregúntaselo.
El eunuco
volvió y dijo:
—Ibn-Ammar
pretende que la otra hoja le ha servido para escribir el borrador del poema.
—Entonces
que te dé el borrador, replicó Motamid.
Ibn-Ammar
no pudo negar la verdad por más tiempo.
—He
escrito a Rachid, dijo tristemente, para anunciarle lo que el príncipe me había
prometido.
A esta
confesión la sangre de su terrible padre, de aquel buitre pronto siempre a caer
sobre su presa para despedazarla y saciar su ira en sus entrañas, se despertó
en las venas de Motamid y se las abrazó. Cogiendo la primera arma que encontró
a mano, que era una magnífica hacha que había recibido de Alfonso, bajó en dos
saltos los tramos de escalera que iban a la habitación donde Ibn-Ammar estaba
encerrado. Al encontrar la mirada de fuego del monarca, Ibn-Ammar se quedó
muerto. Presentía que iba a sonar su última hora... Arrastrando sus cadenas fue
a echarse a los pies de Motamid que humedeció con sus besos y sus lágrimas;
pero el sultán inexorable levantó el hacha y lo hirió diferentes veces hasta
que quedó muerto, hasta que su cadáver estuvo frío...
Tal fue
el fin trágico de Ibn-Ammar que excitó en la España árabe una vivísima emoción
aunque no muy larga, porque los graves sucesos que ocurrieron en Toledo y los
progresos de las armas castellanas no tardaron en dar otra dirección a las
ideas.
LIBRO IV.
LOS REYES
DE TAIFAS. TERCERA PARTE