I.
El emperador Alfonso VI, rey de León, de
Castilla, de Galicia y de Navarra, tenía decidida intención de conquistar toda
la Península y era lo bastante poderoso para hacerlo. Sin embargo, no quería
realizarlo de pronto. Nada le obligaba a apresurarse, tenía tiempo de esperar.
Ante todo, reunir dinero, nervio de la guerra y el medio más seguro de lograr
el objeto que se proponía su ambición. En consecuencia, ponía en
prensa a los príncipes musulmanes y como de una prensa manan la sidra y el vino,
de estos reyezuelos estrujados manaba el oro.
El más débil de sus tributarios era acaso
Cadir, rey de Toledo. Educado en la molicie del serrallo, era esto príncipe el
juguete de sus eunucos y la burla de sus vecinos que lo despojaban a porfía.
Solo Alfonso parecía protegerlo. Así, que se dirigió a él cuando ya no pudo
contener a sus súbditos hartos de su tiranía. Alfonso prometió enviarle tropas,
pero exigió en recompensa una suma enorme. Cadir se la pidió a los principales
ciudadanos a quienes había hecho ir a su presencia. Ellos se negaron a dársela.
«Os juro exclamó entonces que si no me la dais al momento, entrego a
vuestros hijos en manos de Alfonso.
—Antes te echaremos, le respondieron.
En efecto, los Toledanos se entregaron a
Motawakkil de Badajoz y Cadir tuvo que escaparse durante la noche. Entonces
imploró de nuevo el socorro de Alfonso. «Iremos a sitiar Toledo, le dijo el
emperador, y serás restablecido en tu trono; pero para eso es preciso que me
des todo el dinero que has traído de Toledo, todavía me hará falta más en
adelante y me dejarás algunas fortalezas en prenda.» Cadir consintió en todo y
comenzaron las hostilidades contra Toledo (1030).
Ya habían durado dos años, cuando el
emperador envió según costumbre una embajada a Motamid para pedirle el tributo
anual. Esta embajada se componía de muchos caballeros, pero el encargado de
recibir el dinero era un judío, llamado Ben-Chalib, porque en esta época los
judíos servían por lo común de intermediarios entre cristianos y musulmanes.
Habiendo levantado los embajadores sus
tiendas fuera de la ciudad, Motamid mandó algunos de sus grandes, entre los que
se encontraba el primer ministro Abu-Ber ibn-Zaidun, a que llevaran lo que
tenía que pagar. Pero parte de la moneda era de baja ley, no habiendo podido
reunir Motamid lo bastante, aunque había impuesto a sus súbditos una
contribución extraordinaria. Así, que el judío exclamó al verla: «¿Me creéis lo
bastante tonto para tomar esta moneda falsa? Yo no tomo más que oro puro y el
año que viene necesitaré ciudades.»
Cuando refirieron estas palabras a Motamid,
se encolerizó en gran manera. «¡Que me traigan a ese judío y a sus compañeros!»
gritó a sus soldados. Ejecutóse la orden y cuando llegaron los
embajadores a palacio, dijo Motamid:
—Que metan a esos cristianos en la cárcel y
que se crucifique a ese maldito judío.
—Perdón, perdón gritó el judío que, antes tan
orgulloso, temblaba ahora como un azogado; y os daré de oro lo que peso.
—¡Por Dios! Aunque me dieras la Mauritania y
la España por tu rescate, no te las tomaría.
El judío fue crucificado.
Al saber lo que había ocurrido, Alfonso juró
por la Trinidad y por todos los santos del paraíso que había de tomar una
venganza sonada, terrible. «Iré, dijo, a devastar el reino de ese infiel con
guerreros tan innumerables como los cabellos de mi cabeza y no he de detenerme
hasta llegar al estrecho de Gibraltar.» Pero no pudiendo abandonar a su suerte
a los caballeros cristianos que gemían en los calabozos de Sevilla, mandó a
preguntar a Motamid con qué condiciones consentiría en soltarlos. El sultán exigió
la restitución de Almodovar, y habiéndole sido entregada esta ciudad, puso en
libertad a los caballeros, pero apenas estuvieron en su patria de vuelta,
Alfonso ejecutó sus amenazas. Saqueó y quemó los pueblos del Axarafe, mató
o se llevó como esclavos a todos los musulmanes que no tuvieron tiempo de meterse
en una plaza fuerte, asedió Sevilla durante tres días y habiendo llegado a las
playas de Tarifa metió su caballo en las olas exclamando: «¡Esta tierra es la
última da España y la he pisado!» Cumplido su juramento y satisfecha su
vanidad, llevó su ejército al reino de Toledo.
Aqui también sus armas fueron victoriosas y
habiendo tenido Motawakkil que evacuar el país, los habitantes de la capital
abrieron las puertas a Cadir a pesar suyo (1084). Cadir les sacó enormes sumas,
que ofreció a Alfonso. «Eso no es bastante», le dijo fríamente el Emperador.
Entonces Cadir le ofreció además los tesoros de su padre y de su abuelo.
—Todavía eso no es suficiente, dijo Alfonso.
—Os daré más, pero concededme un plazo.
—Te lo concedo, siempre que me des de nuevo
fortalezas en prenda.
Cadir consintió.... Su herencia se caía a
pedazos, todos sus recursos se agotaban, pero ¿qué podía hacer? Sabía que la
espada del terrible Alfonso estaba suspendida sobre su cabeza y que a la menor
señal de desobediencia caería sobre ella. Daba, pues, oro y más oro, fortalezas
y más fortalezas; para contentar al emperador estrujaba a sus súbditos y
despoblaba su reino; porque no pudiendo hacer otra cosa los Toledanos emigraban
en masa para establecerse en los Estados del rey de Zaragoza. Y, sin
embargo, todo esto no le servía de nada; cuanto más daba, más exigente se hacía
Alfonso, y cuando juraba que ya nada tenía que dar, el emperador venía a asolar
los alrededores de Toledo. Por algún tiempo se asió todavía a su trono
apolillado, pero al fin tuvo que tomar soleta. Fue pues, adonde Alfonso lo
esperaba y se declaró pronto a cederle a Toledo, pero puso ciertas condiciones,
de las que las principales eran estas:
Alfonso tomaría bajo su salvaguardia la vida
y los bienes de los Toledanos y estos podrían irse o quedarse a su voluntad.
No les exigiría más que una capitación
señalada de antemano.
Les dejaría la mezquita mayor, y se comprometería
a poner a Cadir en posesión de Valencia.
El emperador aceptó estas condiciones y el 25
de mayo de 1085 hizo su entrada en la antigua capital del reino
visigodo.
Desde entonces nada igualó a su orgullo, si
no es la bajeza de los príncipes musulmanes. Casi todos se apresuraron a
enviarle embajadores para cumplimentarlo, le ofrecieron presentes y le
declararon que se consideraban como sus recaudadores de contribuciones.
Alfonso, «el soberano de los hombres de las dos religiones», como se intitulaba
en sus cartas, no se tomaba siquiera el trabajo de disimular el desprecio que
le inspiraban. Hosam-addaula, señor de Albarracin, había venido en persona a
ofrecerle un soberbio regalo. Justamente un mono divertía con sus saltos al
emperador. «Toma ese animal en cambio de tu presente» le dijo Alfonso con
acento de supremo desdén. Y el musulmán lejos de resentirse de la injuria, vio
en este mono una prenda de amistad, una prueba de que Alfonso no tenía
intención de quitarle sus Estados.
Después de la toma de Toledo, le
tocó el turno a Valencia. Dos hijos de Ibn-Abdalaziz se disputaban allí el
poder, otro partido quería entregar Valencia al rey de Zaragoza y otro todavía
a Cadir. Este último triunfó, Cadir tenía en efecto los mejores títulos que
hacer valer; llevaba tras sí un ejército castellano mandado por el gran capitán
Alvar Fañez. Solo que los valencianos tenían que costear la
mantención de estas tropas y ellas les habían de costar seiscientas monedas de
oro cada día. Por más que le dijeron a Cadir, que no tenía necesidad de este
ejército, pues que ellos le habían de servir lealmente, este no hizo la
simpleza de creer en sus promesas y sabiendo que lo detestaban y que los
antiguos partidos no habían perdido la esperanza, retuvo a los Castellanos. A
fin de poder pagarlos gravó a la ciudad y a su territorio con un impuesto
extraordinario y sacó a la nobleza sumas enormes. Pero a pesar de los actos más
despóticos, apremiado por Alvar Fañez para que pagara los alcances de su
sueldo, se halló, al fin, un día sin recursos. Entonces propuso a los
Castellanos que se fijaran en su reino, ofreciéndoles extensas posesiones.
Ellos consintieron, pero, haciendo cultivar sus vastos dominios por siervos,
continuaban enriqueciéndose, haciéndose razias en las cercanías. Su tropa se
había aumentado con la hez de la población arábiga. Una multitud de esclavos,
de viciosos y de presidarios se habían alistado en sus banderas y pronto
adquirieron estas bandas por sus crueldades inauditas una triste celebridad.
Asesinaban a los hombres, violaban a las mujeres y cambiaban muchas veces un
prisionero musulmán por un pan, por un jarro de vino o por una libra de
pescado. Cuando un prisionero no quería o no podía pagar rescate, le cortaban
la lengua, le sacaban los ojos y hacían que sus perros lo despedazaran.
Valencia estaba, pues, en realidad en poder
de Alfonso. Cadir llevaba todavía el título de rey, pero gran parte del
territorio pertenecía a los Castellanos y para incorporar esta ciudad a sus
Estados no tenía Alfonso más que pronunciar una palabra. Zaragoza también
parecía perdida. El emperador la sitiaba y había jurado que la había de tomar.
Al otro extremo de España un capitán de Alfonso, García Giménez, que se había
metido con una tropa de caballeros en el castillo de Aledo, no lejos de Lorca,
hacía sin cesar excursiones contra reino de Almería. Ni estaba más libre el de
Granada, la prueba es que en la primavera de 1085 los Castellanos avanzaron
hasta el pueblo de Nibar a una legua E. de Granada y allí dieron una
batalla a los musulmanes. Doquiera en fin el peligro era extremo y el desánimo
también. No se atrevían a luchar con los cristianos, ni aun siendo cinco contra
uno. Recientemente un cuerpo de cuatrocientos Almerienses (y era un cuerpo
escogido) había huido delante de ochenta Castellanos. Era pues evidente que, si
los árabes españoles seguían abandonados a sí mismos, tendrían que elegir entre
someterse al emperador o emigrar en masa. Muchos de ellos, en efecto, opinaban
que era preciso abandonar el país. «Poneos en camino, oh Andaluces, cantaba un poeta,
porque quedarse aquí sería una locura.» La emigración, sin embargo, era un
partido extremo y difícilmente se resolvían a tomarlo. Además, no estaba todo
enteramente perdido, podían recibirse socorros de Africa. De allí era, en
efecto, de donde los menos desalentados esperaban su salvación. Se había hecho
la proposición de dirigirse a Beduinos de Ifrikia, pero se había objetado
que aquella gente era tan famosa por su ferocidad como por su valor y que era
de temer que, cuando vinieran a España se entretuvieran en saquear a los
musulmanes en lugar de combatir a los cristianos. Entonces se pensó en los
Almorávides. Eran estos los Berberiscos del Sahara que representaban por
primera vez un papel en la escena del mundo. Convertidos recientemente al islamismo
por un misionero de Sidgilmesa, habían hecho rápidas conquistas y, en la
época de que nos ocupamos se extendía su vasto imperio desde el Senegal hasta
Argel. La idea de llamarlos a España agradaba principalmente a los ministros de
la religión. Los príncipes vacilaron por mucho tiempo. Algunos de ellos, tales
como Motamid y Motawakkil, mantenían relaciones con Ynsuf ibn-Techufin, rey de
los Almorávides y hasta le habían pedido en diferentes ocasiones que los
ayudara contra los cristianos; pero en general los príncipes andaluces sin
exceptuar a Motamid y a Motawakkil, tenían pocas simpatías por el jefe de los
rudos y fanáticos guerreros del Sahara y veían en él un rival peligroso, más
que un auxiliar. Sin embargo, como el peligro se acrecentaba de día en día, era
preciso acogerse al único medio de salvación que quedaba. Motamid por lo menos
así lo creía y cuando su primogénito Rachid le representó el peligro a que
estaba expuesto si traía a los Almorávides a España:
—Todo eso es verdad, le respondió, pero no
quiero que pueda censurarme la posteridad de haber sido causa de que Andalucía
sea presa de los infieles, no quiero que mi nombre sea maldecido en todas las
cátedras musulmanas y si tengo que elegir, prefiero mejor ser camellero en
Africa que porquero en Castilla.
Habiendo decidido su plan, lo comunicó a sus
vecinos Motawakkil de Badajoz y Abdallah de Granada, (rogándoles que se
asociaran a él y enviaran sus cadíes a Sevilla. Así lo hicieron; Motawakkil
envió a Sevilla al cadí de Badajoz, Abu-Ishac ibn-Mocana y Abdallah al cadí de
Granada Abu-Djafar Colaíí. Juntóse a ellos el cadí de Córdoba
Ibn-Hadam y el visir Abu-Becr ibn-Zildun. Estos cuatro personajes se embarcaron
en Algeciras y fueron a presentarse a Yusuf. Estaban encargados de invitarle,
en nombre de sus soberanos, a venir a España con un ejército, pero debían
ponerle ciertas condiciones, que por lo demás nos son desconocidas, sabiendo
solamente que Yusuf debía jurar no quitar sus Estados a los príncipes andaluces
y que prestó este juramento. Entonces hubo que fijar el lugar del desembarco de
Yusuf; Ibn-Zaidun propuso Gibraltar, pero Yusuf dio a entender que prefería
Algeciras y hasta que debían cederle esta plaza. El visir de Motamid le
respondió, que no estaba autorizado para concedérselo y desde entonces Yusuf
trató a los embajadores con bastante frialdad, no dándoles más que respuestas
ambiguas y evasivas, de modo que al dejarlo no sabían por qué partido se iba a
decidir; no les había prometido venir, pero tampoco les había dicho que no
vendría.
Los príncipes andaluces estaban, pues, en la
incertidumbre, pero fueron sacados de ella de un modo bastante desagradable y
que probaba que no eran infundadas sus sospechas. Yusuf que no hacía nada de
ordinario sin haber consultado a sus faquíes, les preguntó lo que debía hacer,
y los faquíes declararon, primero, que estaba obligado a combatir a los
castellanos y luego que si tenía necesidad de Algeciras y que si no se la
querían ceder tenía el derecho de tomarla. Provisto de este fetva, Yusuf había
dado a muchos cuerpos de ejército la orden de embarcarse en Ceuta en un
centenar de naves y de hacer vela a Algeciras, de modo, que esta ciudad se vio
de pronto rodeada de un gran ejército que exigía que se le entregaran víveres y
la plaza misma. Rachid que la gobernaba, se encontró en una gran
perplejidad, no estando el caso previsto. No se negó a suministrar víveres a
los Almorávides, paro al mismo tiempo, se puso en estado de rechazar, si era
preciso, la fuerza con la fuerza. Escribió además a su padre, pidiéndole
órdenes, y atando su carta al ala de una paloma, la dejó ir a Sevilla. No se
hizo esperar la respuesta de Motamid. Se decidió pronto, porque, por chocante
que le pareciera la conducta de Yusuf, conocía que había ido demasiado lejos
para retroceder y que le era preciso poner buena cara al mal tiempo. Mandó pues
a su hijo evacuar Algeciras y retirarse a
Ronda. Embarcáronse entonces para Algeciras nuevas tropas y al fin
llegó el mismo Yusuf. Su primer cuidado fue poner en buen estado las fortificaciones
de la ciudad, proveerla de municiones de y guerra y dotarla de una guarnición
suficiente. Enseguida se dirigió a Sevilla con el grueso de sus
fuerzas. Salióle al encuentro Motamid rodeado de los principales
dignatarios de su reino, y cuando llegó a su presencia quiso besarle la mano,
pero Yusuf se lo impidió abrazándolo de la manera más afectuosa. No se
olvidaron los presentes acostumbrados: Motamid ofreció tantos al Almorávide que
este pudo dar alguna cosa a cada uno de los soldados de su ejército, lo que le hizo
concebir una elevada idea de las riquezas que España atesoraba. Cerca de
Sevilla se detuvo y allí vinieron a unírsele los dos nietos de Badís, Abdallah
de Granada y Temim de Málaga con trescientos caballos el primero, y el segundo
con doscientos. Motacim de Almería, le envió un regimiento de caballería
mandado por uno de sus hijos, manifestándole su sentimiento porque la
amenazadora vecindad de los cristianos de Aledo no le dejara venir en persona.
Ocho días después tomó el ejército el camino de Badajoz donde se unió con
Motawakkil y sus tropas. Luego marcharon sobre Toledo, pero no habían andado
mucho, cuando encontraron al enemigo.
Cuando supo que los Almorávides habían
desembarcado en España, Alfonso estaba sitiando todavía Zaragoza y, creyendo
que su rey ignoraba la llegada de los africanos, mandó a decir a su rey
que si le daba mucho dinero levantaría el sitio; pero Mostain que
había recibido la gran noticia lo mismo que él, le mandó contestar que no le
daría ni un dirhem. Alfonso se volvió entonces a Toledo, después de haber
enviado a Alvar Fañez, así como a sus otros lugartenientes, la orden de venir a
unírsele con sus tropas. Cuando su ejército, en el que iban muchos caballeros
franceses, se reunió, se puso en marcha porque quería llevar la guerra a
territorio enemigo. Encontró a los Almorávides y a sus aliados no lejos de
Badajoz en un lugar que los musulmanes llamaban Zallaca y los
cristianos Sacralias, y no había acabado aún de fijar sus tiendas cuando
recibió una carta de Yusuf, en la que este monarca le invitaba a abrazar el
islamismo o a pagar un tributo, amenazándole con la guerra, si no quería hacer
una cosa ni otra. Alfonso se indignó mucho con este mensaje y encargó a uno de
sus empleados árabes de responderle, que habiendo sido sus tributarios los
musulmanes durante muchos años, no esperaba proposiciones tan ofensivas, pero
que tenía un gran ejército con el que sabría castigar la jactancia de sus
enemigos. Habiendo llegado esta carta a la cancillería musulmana, un andaluz la
contestó enseguida, pero cuando enseñó su composición a Yusuf, este la encontró
demasiado larga y se limitó a escribir al reverso estas sencillas palabras: «Lo
que sucederá ya lo verás» y se la devolvió.
Tratóse entonces de señalar el día de la
batalla, como en esta época lo exigía la costumbre. Erase el jueves 22
de octubre de 1086, y Alfonso envió este mensaje a los musulmanes:
«Mañana viernes es vuestra fiesta y el domingo es la nuestra, propongo pues,
que la batalla se dé pasado mañana sábado.» Plació a Yusuf esta proposición,
paro Motamid no vio en ella más que una estratagema y, como en el caso de
ataque, él tenía que sostener el primer choque del enemigo (pues las tropas
andaluzas formaban la vanguardia, mientras que los Almorávides se mantenían a
retaguardia, ocultos por la sierra) tomó precauciones para no ser sorprendido e
hizo observar los movimientos del enemigo por tropas ligeras. Su ánimo no
estaba tranquilo y consultaba sin cesar a su astrólogo. Se estaba en efecto, en
un momento crítico y decisivo. La suerte de España dependía del éxito de esta
batalla y los Castellanos tenían la superioridad numérica, pues sus fuerzas,
por lo menos así lo creían los musulmanes, se elevaban a cincuenta o sesenta
mil hombres, mientras que sus adversarios no tenían más que veinte mil.
Al rayar la aurora, Motamid vio realizados
sus temores, avisado por sus centinelas de que se aproximaba el ejército
cristiano. Su posición era muy crítica, pues corría el peligro de ser
aniquilado antes que los Almorávides llegasen al campo de batalla, por loque
envió a decir a Yusuf que viniera prontamente en su auxilio con todas sus
tropas o que le enviara por lo menos un refuerzo considerable; pero Yusuf no se
apresuró a satisfacer esta demanda. Tenía formado un plan del que no quería
apartarse y le inquietaba tan poco la suerte de los andaluces que exclamó:
«¿Qué tengo yo con que esas gentes sean degolladas? Todos son enemigos.»
Abandonados así a sus propias fuerzas, los Andaluces emprendieron la fuga; solo
los Sevillanos estimulados por el ejemplo de su rey que, aunque herido en la
cara y en la mano, daba pruebas de extraordinario valor, resistieron
vigorosamente el choque del enemigo, hasta que al fin vino en su ayuda una
división almorávide. Desde entonces el combate fue menos desigual, pero, sin embargo,
los Sevillanos se quedaron admirados, cuando vieron que de pronto los enemigos
se batían en retirada, pues el refuerzo que habían recibido no era bastante
considerable para que pudieran lisonjearse de haber obtenido la victoria. No
era por eso, porque he aquí lo que había sucedido. Viendo al ejército
castellano empeñado contra los Andaluces, Yusuf se había propuesto tomarle la
retaguardia. Envió pues, a Motamid el refuerzo que necesitaba para impedir que
lo anonadaran los enemigos, y dando un rodeo cayó con el grueso de sus fuerzas
sobre el campamento de Alfonso. Allí había hecho una horrible carnicería en los
soldados encargados de custodiarle y, habiéndolo incendiado, venia sobre la
espalda de los Castellanos, llevando ante sí una multitud de fugitivos. Alfonso
se hallaba pues, entre dos fuegos y como el ejército que acababa de tomar la
retaguardia era más numeroso que el que tenía enfrente, tuvo que volver contra
él su fuerza principal. El combate fue muy encarnizado, el campamento fue
tomado y vuelto a tomar muchas veces, mientras que Yusuf recorría las filas de
sus soldados gritando: «¡Valor musulmanes! ¡Tenéis enfrente a los enemigos de
Dios! ¡El paraíso espera a los que sucumban de vosotros!»
Entre tanto, los Andaluces que habían tomado
la fuga, habían llegado a rehacerse y volvieron al campo de batalla para
sostener a Motamid y, por otra parte, Yusuf lanzó sobre los Castellanos su
guardia negra que tenia de reserva y que hizo maravillas. Un negro llegó hasta
a aproximarse a Alfonso y darle una puñalada en un muslo. Al caer la noche, la
victoria, calurosamente disputada, se declaró por los musulmanes; la mayor
parte de los cristianos yacían muertos o heridos en el campo, otros habían
tomado la fuga, y el mismo Alfonso, rodeado solamente de quinientos caballeros,
logró salvarse con mucho trabajo (23 Octubre de 1086.)
No se recogió, sin embargo, de esta gran
victoria todo el fruto que podía esperarse, pues, aunque Yusuf tenía
intención de penetrar en el territorio enemigo, renunció a ello cuando tuvo
noticia de la muerte de su primogénito que había dejado malo en Ceuta. Se
contentó con dejar una división de tres mil hombres a las órdenes de
Motamid y se volvió a África con el resto de sus tropas.
II.
A consecuencia de la llegada de los
Almorávides, los Castellanos habían tenido que evacuar al reino de Valencia y
levantar el sitio de Zaragoza. La derrota que habían experimentado
en Zallaca los había privado de muchos de sus mejores guerreros, pues
dicen los musulmanes que perdieron en esta ocasión diez mil y hasta
veinticuatro mil hombres. Además, los príncipes andaluces se habían libertado
de la vergonzosa obligación de pagar a Alfonso un tributo anual y el Oeste,
cuyas fortalezas estaban ahora defendidas por los soldados que Yusuf había
dejado a Motamid, no tenía nada que temer de los ataques del emperador. Eran en
efecto buenos resultados de que se regocijaban con razón los Andaluces. Así,
que en todo el país resonaban gritos de júbilo, el nombre de Yusuf estaba en
todas las bocas, se alababan su piedad, su bravura y sus talentos militares, se
le proclamaba el salvador de Andalucía y de la religión musulmana, y se le
llamaba el primer capitán del siglo. El clero sobre todo no le regateaba sus
elogios. Para ellos, Yusuf era más que un gran hombre, era el hombre bendecido
por Dios, el elegido del Señor.
Sin embargo, los triunfos obtenidos, por
grandes y gloriosos que fueran, no eran decisivos en manera alguna. Los
Castellanos, por lo menos, lo creían así. A pesar de las pérdidas que habían
experimentado no desesperaban de restablecer sus negocios. Sabían demasiado
bien que se arriesgarían mucho si dirigían sus ataques hacia Badajoz y Sevilla,
pero no ignoraban tampoco que el Este de Andalucía les ofrecía aun algunas
probabilidades de éxito y que le sería fácil devastarlo y acaso conquistarlo.
En efecto, los pequeños principados del Este, Valencia, Murcia, Lorca y Almería
eran los más débiles, de toda la Península, y los Castellanos ocupaban en medio
de ellos una posición muy fuerte que dejaba a su merced todo el país. Era esta
la fortaleza de Aledo, cuyas ruinas subsisten todavía y que se hallaba entre
Murcia y Lorca. Situada en una montaña escarpadísima y capaz de doce o trece
mil hombres de guarnición podía pasar por inexpugnable. De ellas salían los
Castellanos para hacer razias en los alrededores, llegando hasta sitiar a
Almería. Lorca y Murcia, y pareciendo todo presagiar que si no se tomaba alguna
providencia acabarían estas ciudades por caer en sus manos.
Conocía Motamid la gravedad del peligro que
amenazaba por esta parte a Andalucía, y además se trataba de sus propios
intereses. Suyas eran las dos ciudades más expuestas a los ataques del enemigo,
Murcia y Lorca; la primera de derecho, la segunda de hecho, porque su señor
Ibn-al-Yasa que se conocía demasiado débil para resistir a los Castellanos de
Aledo, lo había reconocido por soberano, con la esperanza de que lo ayudara. En
cuanto a Murcia, Rachid reinaba allí todavía y Motamid ardía en deseos
de castigar a este rebelde. Habiendo resuelto pues, hacer una expedición a
Levante, con la doble intención de poner término a las invasiones de los
cristianos y de reducir a Ibn-Rachid a la obediencia, reunió sus tropas a las
que Yusuf le había confiado y tomó el camino de Lorca.
Cuando llegó a esta ciudad, lo informaron de
que había en las cercanías un escuadrón de trescientos Castellanos. Así que
ordenó a su hijo Radhí que fuera a atacarlo con tres mil jinetes de
Sevilla. Rhadí que amaba las letras mucho más que la guerra, se
excusó, protestando una indisposición. Irritadísimo con esta negativa confió
entonces el mando a otro de sus hijos que se llamaba Motamid. Pero la
superioridad de los Castellanos sobre los Andaluces debía mostrarse una vez
más. Aunque eran diez contra uno, los Sevillanos sufrieron la más vergonzosa
derrota.
No fueron más felices las tentativas de
Motamid para reducir a Murcia. Ibn-Rachic supo interesar en su favor a los
Almorávides que iban en el ejército sevillano y Motamid tuvo que volverse a su
capital sin haber conseguido nada.
Se había hecho pues, evidente que, lo mismo
después que antes de la batalla de Zallaca los Andaluces no se
hallaban en estado de defenderse y que a menos de que Yusuf no viniera segunda
vez en su auxilio, acabarían por sucumbir. Así, que el palacio de Yusuf estaba
asediado de continuo por los faquíes y los notables de Valencia, de Murcia, de
Lorca y de Baza. Los Valencianos se quejaban de Rodrigo el Campeador (el Cid)
que se había erigido en protector de Cadir, después de haberle obligado a pagar
un tributo mensual de diez mil ducados y que devastaba el reino bajo pretexto
de someter a los rebeldes a la autoridad del rey; los habitantes de los otros
distritos no se mordían tampoco la lengua acerca de las vejaciones con que los
abrumaban los Castellanos de Aledo y todos estaban unánimes en declarar que si
Yusuf no venía en su ayuda Andalucía caería inevitablemente en poder de los
cristianos. Sus súplicas, sin embargo, parecían producir poco efecto en el
ánimo del monarca. Yusuf prometía, es verdad, pasar el Estrecho cuando la
estación lo permitiera, pero no hacia preparativos muy formales, y si no lo
decía, dejaba por lo menos adivinar que esperaba una petición directa de parte
de los príncipes. Motamid se decidió entonces a hacérsela. Las sospechas que
había tenido sobre las intenciones secretas de Yusuf, se habían disipado o por
lo menos debilitado poco a poco. Salvo la ocupación de Algeciras, el monarca
africano no había hecho nada que pudiera herir la susceptibilidad de los
príncipes andaluces, o justificar sus aprensiones, antes por
el contrario, había dicho algunas veces que antes de haber visto a
Andalucía tenía una gran idea de la belleza y de la riqueza del país, pero que
había sufrido un desengaño. Motamid estaba pues casi tranquilo y como el
peligro que avanzaba a su patria era efectivamente muy grande, tomó la
resolución de ir en persona a ver a Yusuf.
El Almorávide le hizo la acogida más
honorífica y cordial. «No teníais necesidad, le dijo, de haber venido en
persona, bastaba que me hubierais escrito y yo me hubiera apresurado a
satisfacer vuestros deseos.
—He venido, le respondió Motamid, para
deciros que nos encontramos en un peligro espantoso. Aledo se halla en el
corazón de nuestro país y no podemos quitárselo a los cristianos; si vos
pudierais hacerlo haríais a la religión un inmenso servicio. Ya que nos habéis
salvado una vez, salvadnos otra.
—Sorprenderé al menos, le respondió Yusuf, y
cuando Motamid se volvió a Sevilla, activó mucho sus armamentos y acabados sus
preparativos, pasó el Estrecho con sus tropas, desembarcó en Algeciras en la
primavera de 1090 y habiéndose reunido con Motamid, invitó a los príncipes
andaluces a que se le juntaran para sitiar Aledo. Temim de Málaga, Abdalah de
Granada, Motacim de Almería, Ibn-Rachic de Murcia y algunos otros señores de
menos importancia, respondieron a su llamamiento y comenzó el sitio. Las máquinas
de guerra fueron construidas por carpinteros y albañiles de Murcia y se convino
en que los emires atacaran la fortaleza alternativamente un día cada uno. Sin
embargo, no se adelantaba mucho; los defensores de Aledo que eran en número de
tres mil, de ellos mil de caballería, rechazaron vigorosamente los asaltos que
les daban, y la plaza era tan fuerte, que los musulmanes, después de haber
intentado en vano apoderarse de ella por fuerza, tuvieron que resolverse a
tomarla por hambre.
Los sitiadores, por la demás, se ocupaban
mucho menos del sitio que de sus intereses personales. El campamento era un
foco de intrigas. Por muchas partes se estimulaba la ambición de Yusuf. Cuando
dijo que España no había correspondido a sus esperanzas, no había sido sincero.
La verdad es, que el país le había agradado a no poder más, y ya por amor a las
conquistas, ya por motivos más nobles (porque los intereses de la religión
estaban muy asidos a su corazón) deseaba enseñorearse de él. Y este deseo no
era difícil de realizar. En Andalucía mucha gente era de opinión de que su
patria no podía salvarse sino reuniéndose al imperio de los Almorávides. No era
esta, en verdad, la idea de las altas clases sociales. Para la gente bien
educada, Yusuf que sabía muy poco árabe, era un rústico, un bárbaro y él había
dado, por cierto, bastantes pruebas de su ignorancia y de su falta de
educación. Así, cuando Motamid le preguntó si comprendía los versos que
acababan de recitarle los poetas de Sevilla: «Todo lo que comprendo de esto,
respondió, es que piden pan.» Y cuando, después de su vuelta al Africa, recibió
una carta de Motamid en que iban estos dos versos, tomados de un célebre poema
que Abul-Walid ibn-Zaidum, el Título de Andalucía, había dirigido a su
amada Walada:—«Desde que estás lejos de mí el deseo de verte consume mi
corazón y me hace lanzar torrentes de lágrimas. Mis días son ahora negros y
antes gracias a tí mis noches eran blancas,»—él dijo: «Parece que me
pide muchachas blancas y negras.» Y después que le explicaron que en el
lenguaje poético «negro» significa «oscuro» y «blanco, apacible»: «Es muy
bello, dijo, pues bien, respondedle que a mí me duele la cabeza desde que no le
veo.» En un país tan literato como Andalucía no se perdonaban semejantes cosas.
Júntese a esto que los hombres de letras estaban muy contentos con su posición
y no tenían el menor deseo de que cambiara. Las pequeñas cortes eran otras
tantas academias y los literatos los niños mimados de los príncipes que les
daban magníficos sueldos. Los representantes del libre pensamiento no tenían
más razón para quejarse. Gracias a la protección de la mayor parte de los
príncipes, podían, por primera vez, decir y escribir lo que pensaban, sin temor
de ser quemados ni apedreados. Deseaban pues, menos que nadie, la dominación de
los Almorávides, que había de traer infaliblemente la del clero.
Pero si Yusuf contaba pocos partidarios en
las clases superiores e ilustradas, tenía muchos en el pueblo. Este, por lo
general, estaba muy descontento y tenía razón. Cada ciudad un poco considerable
tenía su corte propia, corte que era preciso mantener y que costaba mucho,
porque la mayor parte de los príncipes eran excesivamente pródigos. ¡Y si a
fuerza de pagar hubiera podido comprar siquiera la seguridad y la tranquilidad!
Pero no era así, los príncipes eran por lo común demasiado débiles para proteger
a sus súbditos contra sus vecinos musulmanes y mucho menos contra los
cristianos. No había un momento de tranquilidad, ninguno estaba seguro ni de su
vida, ni de su hacienda. Esta era, preciso es convenir en ello, una situación
insoportable y era natural que las clases laboriosas ansiaran que tuviera
termino. Antes, no había ningún medio de salir de ella, cierto es que había
habido conatos de rebelión y se habían escuchado con gusto estos versos de un
poeta de Granada, Somaisir:
“Reyes, ¿qué es lo que hacéis? Entregáis el
islamismo a sus enemigos y no hacéis nada para salvarlo. Revelarse contra
vosotros es un deber, puesto que hacéis causa común con los cristianos.
Sustraerse a vuestro cetro no es un crimen, puesto que vosotros os habéis
sustraído al cetro del Profeta.”
Pero como una rebelión no hubiera servido más
que para empeorar la situación, era preciso esperar y armarse de paciencia,
como el mismo poeta dice en estos versos:
“Esperábamos en vosotros, oh reyes, pero
habéis frustrado nuestras esperanzas. Esperamos de vosotros nuestra libertad,
pero hemos sufrido un desengaño. Pues bien, tengamos paciencia que el tiempo
trae muchas mudanzas. ¡Al buen entendedor con media palabra basta!”
Por el contrario, ahora ya era posible la
insurrección, puesto que había en España un monarca justo, potente, glorioso,
que había obtenido ya sobre los cristianos una gran victoria, que conseguiría
otras sin duda y que parecía enviado por la Providencia para devolver a
Andalucía su grandeza y su prosperidad. Por consiguiente, lo mejor era
someterse a su dominio y haciéndolo se libertarían al mismo tiempo de una
multitud de impuestos vejatorios, porque Yusuf había abolido en sus Estados
todos los que no estaban prescritos por el Corán y se tenía la convicción de
que había de obrar en España del mismo modo.
Esto era lo que pensaba el pueblo y bajo
muchos aspectos tenía razón; olvidaba tan solo que el gobierno no podría
pasarse a la larga sin los impuestos que aboliera; que ligando Andalucía su
suerte a la de Marruecos se expondría a sentir de rechazo las revoluciones que
podrían estallar en aquel reino, que el dominio almorávide sería un dominio
extranjero, el dominio de un pueblo sobre otro, y que, en fin, los soldados de
Yusuf pertenecían a una raza que España había detestado siempre y que, como
eran bastante indisciplinados, podrían llegar a hacerse huéspedes muy molestos.
Por lo demás, el deseo de un cambio era mucho más acentuado en unos Estados que
en otros. En Granada era el voto unánime de toda la población arábiga y
andaluza que no había cesado de maldecir a sus tiranos berberiscos. En los
Estados de Motamid también había muchos descontentos, pero no los había en
Almería, porque el príncipe que allí reinaba era muy popular; piadoso, justo,
clemente, trataba a su pueblo con una bondad enteramente paternal, era en una
palabra el modelo más cumplido de las más atractivas virtudes.
Yusuf tenía sin embargo en su favor, casi en
todas partes, los doctores, los faquíes, los cadíes, los ministros de la
religión y de la ley. Estos eran sus auxiliares más adictos y diligentes,
porque eran los que tenían más que perder, si triunfaban los cristianos y por
otra parte no podían estar satisfecho de príncipes que, ocupados en estudios
profanos o entregados a los placeres, apenas escuchaban sus sermones, no hacían
ningún caso de ellos y protegían decididamente a los filósofos. Por el contrario,
Yusuf, que era un modelo de devoción, que no dejaba nunca de consultar al clero
en los negocios del Estado y que seguía los consejos que de ellos recibía,
tenía todas sus simpatías y todo su cariño. Sabían o al menos adivinaban que
tenía una gran tentación de destronar a los príncipes andaluces en provecho
suyo y desde entonces no pensaron más que en estimular sus deseos, haciéndole
creer que la misma religión lo sancionaba.
Uno de los más activos era el cadí de
Granada, Abu-Djafar Colaií. Era de origen árabe, lo que equivale a decir que
detestaba a los berberiscos opresores de su patria. Trataba, es verdad, de
disimular sus sentimientos, pero no lo conseguía. Por un instinto secreto,
Badís lo había entrevisto como el autor probable de la caída de su dinastía y
algunas veces tuvo la intención de hacerlo matar: «pero Dios, para servirme de
las mismas expresiones de un historiador arábigo, había encadenado las manos
del tirano a fin de que se cumplieran los decretos del destino.» Este cadí
formaba parte del ejército que sitiaba a Aledo y tuvo muchas conferencias
secretas con Yusuf, a quien ya conocía, pues, se recordará que había sido uno
de los embajadores que habían sido encargados cuatro años antes de invitar a
los Almorávides a socorrer a los Andaluces. El objeto que se proponía en estas
entrevistas, fácilmente se deja adivinar: Yusuf tenía escrúpulos de conciencia
y el cadí procuraba vencerlos. Le hizo presente que los faquires andaluces
podían desligarlo de su juramento, que le sería fácil obtener de ellos un fetva
donde se enumeran todas las faltas y todos los atentados de los príncipes y que
de aquí se deduciría la conclusión de que habían perdido el derecho al trono
que ocupaba.
Los razonamientos de este cadí uno de los más
famosos por su saber y su piedad, hicieron gran impresión en el ánimo de
Yusuf y por otra parte, los discursos de Motacim, rey de Almería, le
inspiraron profunda aversión al más poderoso de los príncipes andaluces.
Motacim, ya lo hemos dicho, era un príncipe
excelente, pero por, bueno y bondadoso que fuera de ordinario, odiaba, sin
embargo, a alguien y esto alguien era Motamid. Este odio parece que tuvo origen
en unos mezquinos celos, más que en verdaderos y serios agravios, pero era muy
fuerte, y aunque, en apariencia, Motacim se había reconciliado con el rey de
Sevilla, se dedicaba a perderlo en el ánimo del monarca africano, cuyo favor se
había ganado por medios que frisaban en bajezas. Motamid no se apercibía de nada:
cuando se hallaba solo con Motacim le hablaba con franqueza y un día que el
príncipe de Almería le manifestó sus temores por la estancia prolongada de
Yusuf en Andalucía:
“Sin duda, le respondió él, con un tono de
fanfarronería, enteramente meridional, sin duda que ese hombre se está
demasiado en nuestro país, pero en cuanto me harte, no tengo más que levantar
mano y al día siguiente se marcharán él y sus soldados. Parecéis temer que nos
jueguen alguna mala partida, pero ¿qué es ese príncipe miserable y qué son sus
soldados? En su patria eran mendigos que se morían de hambre; queriendo hacer
una buena obra los hemos llamado a España para darles de comer un sueldo, pero
cuando se hayan saciado, los enviaron de nuevo al sitio de donde vinieron.”
Estos discursos llegaron a ser en manos de
Motacim, armas terribles. Cuando se los refirió a Yusuf le entró a este una
violenta cólera y lo que hasta entonces no había sido más que un proyecto vago,
llegó a ser en él una resolución decidida, irrevocable. Motacim triunfaba, pero
no había previsto lo que iba a suceder; «no había previsto, dice muy apropósito
un historiador árabe, que él también caería en el pozo que había abierto para
el que odiaba y que sería herido a su vez por la espada que había hecho desenvainar.»
La situación de los sitiadores se había hecho
pues, muy penosa y amenaza serlo más todavía, puesto que estaba cerca el
invierno, cuando se supo que Alfonso venia en socorro de la plaza con un
ejército de diez y ocho mil hombres. Yusuf tuvo al principio la intención de
esperarlo en la sierra de Tiriza (al O. de Totana) y de presentarle
batalla; pero pronto renunció a este proyecto y se retiró a Lorca. Temía,
decía, que los Andaluces no huyeran de nuevo como lo habían hecho en la batalla
de Zallaca, además estaba convencido de que Aledo no se hallaba en estado
de defenderse, de modo que los Castellanos se verían obligados a evacuarlo.
Este juicio era exacto como lo probó el tiempo. Hallando las fortificaciones
casi enteramente demolidas y la guarnición reducida a un centenar de hombres.
Alfonso incendió la fortaleza y se llevó a sus defensoras a Castilla.
El objeto de la campaña se había alcanzado,
aunque a la verdad de un modo poco brillante, porque Yusuf había sitiado Aledo
durante cuatro meses sin conseguir tomarlo y su retirada, a la aproximación de
Alfonso, se parecía bastante a una fuga. Los faquíes tuvieron buen cuidado de
que su reputación no padeciera. Decían que, si esta vez no había obtenido el
Almorávide tan feliz resultado como cuatro años antes, la culpa la tenían los
príncipes andaluces que, con sus intrigas, sus celos y sus eternas discordias,
impedían al gran monarca hacer todo el bien que pudiera si el solo fuera el
amo. En general los faquíes trabajaban más que nunca y debían hacerlo, porque,
habiéndose apercibido los príncipes de sus manejos, comenzaban a correr grandes
peligros. Bien lo experimentó a expensas suyas el Cadí de Granada Abu-Djafar
Colaií. Ya en el campamento, su soberano cuya tienda estaba pegada a la suya,
se había olido sus entrevistas secretas con Yusuf y había adivinado el objeto.
Sin embargo, como la presencia de este último le intimidaba, no se había
atrevido a tomar contra el conspirador medidas rigorosas; pero apenas estuvo
de vuelta en Granada, lo hizo venir a su presencia, le echó en cara el haberlo
vendido y el haber tramado su pérdida, y en su cólera llegó a dar orden a sus
guardias de darle muerte. Felizmente para Abu-Djafar la madre de Abdallah se
abrazó a las rodillas de su hijo suplicándole que perdonara a un hombre tan
piadoso y como Abdallah se dejaba ordinariamente dominar por ella, revocó la
orden que había dado, contentándose con poner preso al Cadí en una de las
habitaciones del Castillo. En ella el Cadí que sabía que estaba rodeado de
personas muy supersticiosas, se puso a recitar oraciones y versículos del
Corán. Su voz clara, sonora y muy fuerte resonaba de un extremo al otro de
palacio. Todo el mundo prestaba oídos a sus piadosas jaculatorias, se callaban
para no distraerlo, temían hacer ruido y al mismo tiempo no cesaban de repetir
al príncipe que Dios lo castigaría de un nodo espantoso si no se apresuraba a
soltar a aquel modelo de piedad y devoción. La madre de Abdallah se mostraba
todavía más celosa que los demás y entre súplicas y amenazas persuadió al fin a
su hijo a poner en libertad al prisionero. Pero después de haber recibido
semejante lección, el Cadí se guardó muy bien de quedarse en Granada. Aprovechó
la oscuridad de la noche para ganar Alcalá, y de allí se fue a Córdoba. Ya no
tenía nada que temer. Pero ardía en deseos devengarse. Escribió pues, a Yusuf,
le pintó con los más vivos colores el mal trato que había sufrido, y le suplicó
que no difiriera por más tiempo la ejecución del proyecto que tanto habían
discutido. Al mismo tiempo se dirigió a los otros cadíes y faquíes andaluces,
pidiéndoles un fetva contra los príncipes en general y contra los dos nietos
de Badís en particular. Los cadíes y los faquíes no vacilaron en decretar que
los príncipes de Granada y de Málaga habían perdido sus derechos por sus muchos
atentados y especialmente por la manera brutal con que el mayor de ellos había tratado
a su cadí; pero, no atreviéndose todavía a declarar que los otros príncipes
habían perdido también los suyos, se contentaron con presentar a Yusuf una
súplica en que le decían que era obligación suya intimar a todos los príncipes
andaluces a volver a la legalidad, y no exigir más contribuciones que las que
el Corán había establecido.
En virtud de estos dos fetvas, Yusuf
ordenó a los príncipes Andaluces abolir los impuestos, corvés etc.
con que vejaban a sus súbditos y marchó sobre Granada con una división de su
ejército después de haber ordenado a otras tres hacer lo mismo. Sin embargo, no
declaró la guerra a Abdallah, de modo que este príncipe adivinaba más bien que
conocía sus intenciones. Su terror era extremado. No se parecía en nada a su
abuelo, el ignorante, pero enérgico Badís. Tenía alguna tintura literaria, se
expresaba bastante bien en árabe, hacia hasta versos y tenía tan buena mano que
se conservó por mucho tiempo en Granada un Corán de su letra, pero era al mismo
tiempo un hombre pusilánime, enervado, indolente, incapaz, uno de esos hombres
para los que las mujeres no tienen atractivos, que tiemblan a la vista de una
espada y que no sabiendo nunca que partido tomar, piden consejo a todo el
mundo. Esta vez, habiendo reunido su consejo, pidió primero su opinión al viejo
Moammil que había hecho muy buenos servicios a su abuelo. Moammil trató de
tranquilizarlo, diciéndole que Yusuf no traía intenciones hostiles y le
aconsejó que diera a este monarca una prueba de confianza, saliéndole al
encuentro. Y viendo que este consejo no agradaba a Abdallah y que pensaba más
bien ponerse en estado de defensa, se esforzó en demostrarle que le era
imposible resistir a los Almorávides. En este punto tenía razón, porque
Abdallah tenía muy pocas tropas y como desconfiaba de su mejor
general Mocatil, el Royo (el Rojo) lo había alegado. También todos los
antiguos consejeros de la corte se adhirieron a la opinión de Moammil, pero
Abdallah tenía sospechas sobre su lealtad, y faltaba poco para que lo
considerara como cómplice de Abu-Djafar, el pérfido cadí queso arrepentía de
haber dejado escapar. Sus sospechas por lo demás no eran enteramente
infundadas. Ignoramos, si Moammil se había comprometido en efecto a sostener
los intereses de los Yusuf, pero lo cierto es, que este monarca cuyo favor se
había ganado, y que apreciaba sus talentos, contaba con su apoyo. Abdallah no
vio, pues, más que un lazo en los consejos de Moammil, y como sus jóvenes
favoritos le aseguraran que Yusuf tenía seguramente malas intenciones, anunció
que estaba decidido a rechazar la fuerza con la fuerza y abrumó a Moammil y a
sus enemigos con sus reprensiones y amenazas. Esto era una imprudencia, porque
de este modo se los enajenaba de fijo, y casi los obligaba a declararse por
Yusuf. Fue lo que hicieron en efecto. Habiendo salido de Granada durante la
noche, se fueron a Loja y, habiéndose apoderado de esta ciudad, proclamaron la
soberanía del rey de los Almorávides. Tropas que Abdallah envió contra ellos
los obligaron a entregarse, y los trajeron a Granada, donde fueron paseados por
las calles como viles malhechores. Gracias a la intervención de Yusuf recobraron
su libertad. El monarca africano ordenó perentoriamente al príncipe de Granada,
que los soltara, y como este último no sabía positivamente las intenciones que
tenía Yusuf respecto a él, no se atrevió a desobedecerlo. Pero mientras que
todavía trataba de prevenir una ruptura abierta, se preparaba activamente a la
guerra. Despachó correo tras correo a Alfonso suplicándole que viniera en su
ayuda, y derramando el oro a manos llenas, alistó gran número de tenderos, de
tejedores y de obreros de toda especie. Todo esto no le sirvió de nada. Alfonso
no respondió a su llamamiento y los granadinos, indispuestos con él
esperaban con impaciencia la llegada de los Almorávides, y una multitud salía
todos los días de la ciudad para juntarse con ellos. En este estado de cosas la
resistencia era imposible. Abdallah lo conoció y el domingo 10
de noviembre de 1090, cuando Yusuf había llegado a dos parasangas de
Granada, reunió de nuevo el consejo para preguntarle lo que debía hacer.
Habiendo declarado este que no podía pensarse en la defensa, la madre de
Abdallah que asistía a las deliberaciones y que, a lo que se asegura, había
concebido la loca esperanza de casarse con Yusuf, tomó la palabra y dijo: «Hijo
mío, no te queda más que un partido que tomar. Ve a saludar al Almorávide, él
es tu primo y te tratará honoríficamente.» Abdalah se puso pues en camino,
acompañado de su madre y de un magnífico cortejo. Abría la marcha la guardia
eslava y la cristiana rodeaba la persona del príncipe. Todos los soldados
llevaban turbantes de tela de algodón muy fina e iban montados en soberbios
caballos cubiertos con mantillas de brocado. Luego que hubo llegado en
presencia de Yusuf, Abdallah se bajó del caballo y le dijo que si
había tenido la desgracia de desagradarlo, le suplicaba que le perdonase. Yusuf
le aseguró con mucha afabilidad, que si había tenido quejas de él, ya
las había olvidado, y le rogó que fuera a una tienda que le indicó, donde sería
tratado con todos los honores debidos a su rango. Abdallah lo hizo así, pero
apenas puso el pie dentro de la tienda lo cargaron de cadenas.
Poco después llegaron al campamento los
principales habitantes de la ciudad. Yusuf les hizo una excelente acogida,
asegurándoles que, por su parte, nada tenían que temer y que solo podían ganar
con el cambio de dinastía que iba ocurrir. Y en efecto, en cuanto hubo recibido
su juramento, publicó un edicto en que se declaraban abolidos todos los
impuestos no prescritos por el Corán. Hizo enseguida su entrada en la ciudad en
medio de las ardientes aclamaciones del pueblo y fue a palacio a fin de ver las
riquezas que encerraba, acumuladas por Badís, Estas eran inmensas, prodigiosas,
innumerables; las cámaras estaban adornadas con esteras, tapices y cortinajes
de un inmenso valor; por doquiera, esmeraldas, rubíes, diamantes, perlas,
vasos de cristal, de plata y de oro deslumbraban la vista. Había especialmente
una capillita compuesta de cuatrocientas perlas, cada una de las cuales fue
valuada en cien ducados. El Almorávide quedó maravillado de todos estos
tesoros; antes de entrar en Granada había declarado que le pertenecían, pero
como tenía más ambición que avaricia quiso echarla de generoso y los repartió
entre sus oficiales, sin guardar nada para sí. Sin embargo, se sabía que lo que
estaba expuesto a la vista no era todo, y que la madre de Abdallah había escondido
muchos objetos preciosos. Se la obligó a indicar los sitios que la habían
servido de escondite, pero como se suponía que no había dicho la verdad en sus
declaraciones, Yusuf ordenó a Moammil, a quien nombró intendente de palacio y
de los dominios de la corona, hacer registrar hasta los cimientos, y los
albañales del edificio.
Bien excusable hubiera sido después de lo que
acababa de pasar que los príncipes andaluces hubieran roto en el acto con
Yusuf. Sin embargo, no lo hicieron y antes por el contrario Motamid y
Motawakkil, fueron a Granada a felicitar al Almorávide y Motacim envió en su
lugar a su hijo Obaidallah. ¡Cosa extraña! Tal era la ceguedad de Motamid que
se lisonjeaba con la esperanza de que Yusuf cedería Granada a su hijo Radhí en
compensación de Algeciras que le había quitado. ¡Poco conocía al africano,
cuando le suponía capaz de ceder un reino! Por lo demás Yusuf le sacó bien
pronto de su error. Trató a los emires con una frialdad glacial, no respondió
nada a la insinuación de Motamid a propósito de Granada y puso preso al hijo de
Motacim. Semejante conducta debía abrir los ojos a los príncipes. Así que
Motamid concibió vivísimas inquietudes. «Hemos cometido una falta gravísima
llamando a ese hombre a nuestro país, dijo a Motawakkil, él nos dará a beber
el cáliz que Abdallah se ha tenido que tragar.» Luego, pretextando haber
recibido aviso de que los Castellanos amenazaban de nuevo las fronteras,
pidieron ambos príncipes a Yusuf licencia para dejarlo y, habiéndola obtenido,
se apresuraron a volverse a sus Estados; después de lo cual propusieron a los
otros emires que reinaban en España, tomar de concierto las medidas necesarias
para poder defenderse del Almorávide, cuyos proyectos no eran ya un secreto
para nadie. Este paso obtuvo el mejor resultado. Los emires se comprometieron a
porfía a no suministrar a los Almorávides tropas, ni provisiones, resolviendo
hacer alianza con Alfonso.
Yusuf por su parte se fue a Algeciras, porque
tenía intenciones de reembarcarse y de dejar a sus generales la odiosa tarea de
destronar a los príncipes andaluces. De camino quitó el pequeño principado de
Málaga a Temim, hermano de Abdallah, príncipe completamente insignificante, e
hizo avisar a los faquíes de que ya había llegado el momento decisivo y que
necesitaba un fetva muy explícito. Estos se apresuraron a satisfacer su deseo.
Declararon pues, que los príncipes andaluces eran unos libertinos viciosos e
impíos, que con su mal ejemplo habían corrompido a los pueblos, haciéndoles
indiferentes a las cosas sagradas, como lo atestiguaba el poco interés que se
ponía en asistir al servicio divino, que habían echado contribuciones ilegales
y que las habían mantenido a pesar de que Yusuf les había exigido abolirlas;
que para poner el colmo a sus atentados acababan de hacer una alianza con el
rey de Castilla, es decir, con el enemigo más implacable de la verdadera
religión y que por consiguiente, se habían hecho indignos de reinar por más
tiempo sobre los musulmanes; que Yusuf quedaba desligado de todos los pactos
que pudiera haber hecho con ellos y que tenía no solo el derecho, sino la
Obligación de destronarlos, sin tardanza. «Nosotros tomamos sobre nuestra conciencia,
decían, para concluir, responder ante Dios de este hecho. Si nos equivocamos,
consentimos en sufrir en la vida futura la pena debida por nuestra conducta y
declaramos que vos, emir de los musulmanes, no sois responsable de ella, pero
creemos firmemente que si dejáis en paz a los príncipes andaluces,
entregaran nuestro país a los infieles y en este caso tendréis que dar cuenta a
Dios por vuestra inacción.»
Tal era el sentido general de este memorable
fetva que contenía además acusaciones dirigidas contra algunos príncipes en
particular. Todos, hasta Romaiquia, tenían allí supuesto; a ésta se le acusaba
de haber arrastrado a su esposo en un torbellino de placeres, y de ser la causa
principal de la decadencia del culto.
Este fetva era precioso para Yusuf, pero
creyendo darle todavía mayor autoridad, lo hizo aprobar por sus faquíes
africanos, y lo envió enseguida a los más célebres doctores de Egipto y de
Asia, para que confirmasen la opinión de los doctores de Occidente con la suya.
Parecía natural que se hubiesen declarado incompetentes, puesto que se trataba
de asuntos que no conocían, pero se guardaron muy bien de hacerlo; la idea de
que había en alguna parte un país en que los hombres de su profesión disponían
de los tronos, halagaba grandemente a su orgullo y los más famosos de ellos y a
su frente el gran Ghazzalí, no vacilaron en declarar que, aprobaban en
todos sus puntos el decreto de los faquíes andaluces. Dirigieron además a Yusuf
cartas llenas de consejos, comprometiéndolo estrechamente a gobernar con
justicia y a no desviarse nunca de la buena vía, lo que quería decir, que debía
atenerse constantemente a la opinión del clero.
III
Podía preverse el carácter de la guerra que
iba a comenzar; iba a ser una guerra de sitio y no de batallas. Así, que
entrambas partes se prepararon una a atacar las plazas fuertes, otra a
defenderlas; y el ejército almorávide, cuyo general en jefe era Sir
ibn-abi-Becr, pariente de Yusuf, se dividió en muchos cuerpos, de los que uno
fue á sitiar a Almería, mientras que los otros se dirigieron contra
las fortalezas de Motamid. De estas últimas, Tarifa sucumbió en el mes
de diciembre de 1070. Poco después, tan rápidos fueron sus progresos,
los soldados de Yusuf había comenzado ya el sitio de Córdoba, donde gobernaba
un hijo de Motamid, Fath, por sobrenombre Mamun. La antigua capital del
califato no opuso larga resistencia, sus mismos habitantes la entregaron a los
Almorávides. Fath intentó entonces abrirse camino con su espada a través de los
enemigos y de los traidores, pero sucumbió al número. Se le cortó la cabeza,
que pusieron en la punta de una pica y pasearon en triunfo (26
de marzo de 1091). Carmona fue tomada el 10 de mayo, y entonces
pudo comenzar el sitio de Sevilla. Dos ejércitos marcharon contra ella, uno se
estableció a Levante, otro a Poniente. El Guadalquivir separaba a este último
de la ciudad que por este lado estaba defendida por la armada.
La posición de Motamid había llegado, pues, a
ser muy crítica. Tan solo le quedaba una esperanza: contaba con el socorro de
Alfonso, a quien había hecho las más brillantes promesas, si quería ayudarlo.
Alfonso se había comprometido a hacerlo y cumplió su palabra: envió a Alvar
Fañez a Andalucía con un gran ejército. Desgraciadamente para Motamid, Alvar
Fañez fue batido cerca de Almodovar por las tropas que Sir había enviado a su
encuentro. Sin embargo, no desesperaba aún, lo que le sostenía, lo que le prestaba
fuerzas eran las predicciones, los sueños de su astrólogo. Mientras que los
pronósticos fueron favorables creía salvarse por no sé qué milagro; pero cuando
fueron malos, cuando hablaron de un fin que se aproximaban de un león que cogía
su presa cayó en un sombrío abatimiento y abandonó el cuidado de la defensa a
su hijo Rachid.
Entretanto los descontentos que querían
entregar la plaza al enemigo se agitaban, conspiraban y se esforzaban por hacer
estallar una sedición. Motamid los conocía y si hubiera querido, hubiera podido
hacerlos matar, como le aconsejaban, pero repugnándole la idea de terminar su
reinado con un acto tan rigoroso, se contentó con hacerlo espiar. Parece, sin
embargo, que la vigilancia que se ejercía sobre ellos, no era lo
bastante eficaz, pues hallaron medios de comunicar con los sitiadores, los ayudaron
a hacer una brecha, por la que el martes 2 de Setiembre penetraron algunos
Almorávides en la ciudad. Apenas tuvo noticia de lo que pasaba, cogió Motamid
un sable y sin detenerse a tomar un escudo ni una coraza, montó a caballo y se
precipitó sobre los agresores rodeado de algunos soldados adictos. Un capitán
almorávide le tiró un dardo. Pasó el arma bajo el brazo y le rozó la túnica.
Cogiendo entonces el sable con las dos manos parte al caballero en dos pedazos,
rechaza a los otros enemigos y los obliga a buscar su salvación en una fuga
precipitada. La brecha fue compuesta al momento, pero el peligro desviado por
un instante no tardó en reaparecer. Después de medio día, los Almorávides
consiguieron quemar la flota, lo que causó gran consternación entre los
sitiados, porque sabían que destruidos los buques la ciudad no podía mantenerse
ni tampoco ignoraban que para asaltarla no esperaban los sitiadores más que la
llegada de Sir que había ido a traer refuerzos. Así es que el terror qué tal,
que los habitantes no pensaron más que en salvar sus vidas. Algunos se echaron
al rio, tratando de pasarlo a nado, otros se tiraron desde lo alto de las
murallas y hasta hubo algunos que se deslizaron por las cloacas. Entretanto,
llegó Sir y el domingo 7 de Setiembre mandó dar el asalto. Los soldados que
estaban en las murallas se defendieron con bravura, pero fueron abrumados por
el número, y entonces los Almorávides penetraron en la ciudad saqueándola y
cometiendo todo género de excesos. Su rapacidad fue tal que quitaron a los sevillanos
hasta su último vestido.
Motamid estaba todavía en el castillo. Las
mujeres lloraban, sus amigos le suplicaban que se rindiera. Él no quiso, porque
entreveía con horror, no la muerte, estaba demasiado habituado a desafiarla
para que la temiera, sino el suplicio infame, y lo que pensaba en esta ocasión,
lo ha expresado en estos versos:
“Cuando mis lágrimas dejaron al fin de
correr, y se calmó un poco mi corazón desgarrado: Rendíos, me dijeron, es el
partido más prudente. ¡Ay!, respondí, ¡un veneno me parecería más dulce de
tragar que vergüenza semejante! Que los bárbaros me quiten mi reino y que mis
soldados me abandonaran: mi valor y mi dignidad no me abandonan. El día en que
caí sobre los enemigos no quise coraza, salí a su encuentro sin más vestidos
que una túnica y esperando encontrar la muerte me lancé en lo más fuerte de la
pelea, mas ¡ay! no había llegado mi hora.”
Resuelto a buscar una vez más la muerte que
parecía huirle, se lanzó como un desesperado sobre un batallón almorávide que
había penetrado en el patio del castillo, lo rechazó y lo precipitó en el rio.
Su hijo Malic perdió la vida en esta ocasión, pero él ni siquiera recibió una
herida. Vuelto al castillo, tuvo por un momento la idea de darse la muerte,
pero creyendo que esto era ofender a Dios, renunció a su proyecto y se decidió
al fin a rendirse. Cuando llegó la noche envió pues a su hijo Rachid cerca de Sir
porque esperaba todavía obtener condiciones. Esta esperanza se desvaneció.
Rachid pidió en vano una audiencia y se le dio a entender que su padre tenía
que entregarse a discreción. No pudiendo tomar otro partido, Motamid se resignó
a tomar el último que le quedaba. Se despidió de su familia y de sus compañeros
de armas, que lloraban y gemían y se puso con Rachid en manos de los
Almorávides. El castillo fue saqueado como lo había sido la ciudad y le dijo a
Motamid que no le perdonaría la vida a él ni a su familia, sino a
condición de enviar a sus dos hijos Radhi y Motamid, que mandaban el
uno en Mertola y el otro en Ronda, la orden de rendirse
inmediatamente a los cuerpos almorávides que lo sitiaban. Motamid consistió en
hacerlo y, como sabía que sus hijos tenían el alma tan altiva como él, les
suplicó en los términos más sentidos que obedecieran a su voluntad, pues solo a
ese precio podían salvarse las vidas de su madre, de sus hermanos y de sus
hermanas. Romaiquia unió también sus súplicas a las suyas, pues también temía
que sus hijos rehusaran someterse y este temor era fundado.
Sobre todo a Radhi, por mucho que sintiera la suerte que
esperaba a su familia en el caso de continuar defendiéndosele costó mucho
trabajo resolverse a obedecer, porque Ronda podía sostenerse todavía mucho
tiempo. El general Guerur encargado de sitiarla se mantenía a
distancia, no se atrevía a aproximarse a aquel nido de águilas,
colgado en la cima de una montaña escarpada y no tenía esperanza alguna de
apoderarse de ella por la fuerza de las armas. Sin embargo, al fin triunfó en
su corazón el sentimiento filial, consintió en entrar en tratos y habiendo
obtenido una capitulación honrosa, abrió a los Almorávides las puertas de su
fortaleza.
Pero Guerur tuvo la infamia de
faltar a su palabra y para castigar a Radhí de haber dudado tanto tiempo lo
hizo asesinar. Motadid que se había decidido más pronto tuvo menos
dura suerte; sin embargo también la capitulación que hizo fue
violada, pues le quitaron todos sus bienes, aunque se habían comprometido a
dejárselos.
La toma de Sevilla apresuró la rendición de
Almería. En su lecho de muerte, Motacim había aconsejado a su
primogénito Izzad-daula que se fuera a refugiar a la corte de los
señores de Bugía, en cuanto supiera que Sevilla había tenido que rendirse.
Habiendo sucedido esto, Izzad-daula obedeció la última voluntad de su
padre y los Almorávides entraron en Almería a tambor batiente y banderas
desplegadas. Poco después tomaron Murcia, Denia y Játiva, y luego volvieron sus
armas contra Badajoz. Durante el sitio de Sevilla, Motawakkil creyó poder
escapar a su reino aliándose con los Almorávides y hasta se dice que los había
ayudado a apoderarse de la capital de Motamid; pero más adelante, cuando sus
pretendidos aliados comenzaron a devastar sus fronteras, se había echado en
brazos de Alfonso, cuya protección había comprado cediéndole Lisboa, Ceuta y
Santander. Este paso descontentó a sus súbditos y ellos fueron los que llamaron
a los Almorávides. En consecuencia, Sir, que había sido nombrado gobernador de
Sevilla, envió un ejército contra Motawakkil a principios del año 1094 que
conquistó el país sin exceptuar la capital, con tanta facilidad y rapidez que
Alfonso no tuvo tiempo de socorrer a su aliado. Habiendo sido tomada por asalto
la ciudadela de Badajoz, donde Motawakkil se había refugiado con su familia,
este cayó en poder de sus enemigos. A fuerza de torturas, Sir le obligó a
declarar los sitios en que había ocultado sus tesoros y le dijo que lo iba a
mandar a Sevilla con sus dos hijos Fadhl y Abbás. No era esta su intención, por
el contrario, había resuelto concluir con estos príncipes, pero como
temía que su ejecución en la capital produjera mal efecto, dio orden al capitán
que mandaba la escolta de matarlos en cuanto la perdieran de vista. En cuanto estuvieron
a alguna distancia de Badajoz, el capitán anunció a Motawakkil que él y sus
hijos debían prepararse a morir. El desdichado príncipe no trató de ablandar a
sus verdugos, pues sabía que esto sería inútil; sólo les rogó que comenzaran
por sus hijos, porque según las ideas musulmanas se pueden rescatar con
sufrimientos los pecados cometidos. Se accedió a su ruego y cuando vio caer
las cabezas de sus dos hijos, se arrodilló para hacer la última plegaria. Los
soldados no se la dejaron concluir. Lo mataron a lanzazos.
En 1102, los Almorávides ganaron Valencia,
ciudad de que el Cid se había apoderado ocho años antes. Mientras que vivió los
Almorávides trataron en vano de quitársela y después de su muerte (1099) su
viuda Jimena se mantuvo allí más de dos años, pero Alfonso, a quien ella había
llamado en su auxilio y que creía a Valencia demasiado apartada de sus Estados
para poder disputársela por mucho tiempo a los Sarracenos la indujo a
abandonarla. Así se hizo, pero no queriendo dejar a los Almorávides más que
escombros, los Castellanos incendiaron la ciudad a su partida.
No quedaban pues, en la España musulmana, más
que dos Estados que no hubiesen sido incorporadas todavía al imperio de los
Almorávides; Zaragoza donde reinaba Mostain, de la familia de los Beni-Hud
y la Sahla que pertenecía a los Beni-Razin. Estos últimos, habían reconocido la
soberanía de Yusuf, pero fueron depuestos. Más feliz Mostain, que había
sabido ganarse el favor de los Almorávides con los ricos presentes que les
enviaba, conservó el trono durante su vida, pero a su muerte cambiaron de faz
las cosas. Le sucedió su hijo Imad-addaula, pero los habitantes de Zaragoza no
quisieron reconocerle sino a condición de que se comprometiera a licenciar los
soldados cristianos que servían en el ejército. Condición
era esta muy dura de cumplir, pues hacia un siglo que eran los
cristianos los mejores soldados del ejército de Zaragoza y el más seguro apoyo
del trono, y si Imad-addaula los licenciaba, era evidente que no tardaría
en sucumbir, pues sus súbditos no deseaban más que entregarse a los Almorávides.
A pesar de esto, el príncipe consintió en hacer la promesa que se le exigía,
pero apenas la hubo cumplido se apresuraron sus súbditos a ponerse en
relaciones con Alí, hijo de Yusuf que reinaba entonces, pues su padre había
muerto tres años antes, y a decirle que habiendo sido echados los cristianos,
le sería fácil apoderarse del reino. Informado Imad-addaula de sus tramas,
alistó cristianos de nuevo. Esta medida puso el colmo al descontento de sus
súbditos, que informaron a Alí de lo que había pasado, suplicándole que los
socorriera. Alí preguntó a los faquíes de Marruecos, si tenía derecho a acceder
a sus súplicas y habiendo recibido una respuesta afirmativa, envió al
gobernador de Valencia la orden de tomar posesión de Zaragoza. Esta orden se
ejecutó sin obstáculo, porque Imad-addaula, que no se creía seguro en su
capital, la había evacuado para meterse en la fortaleza de Rueda. Antes de su
partida había escrito, sin embargo, a Alí, una carta muy sentida, en que le
rogaba por la amistad que había habido entre sus padres que le dejase sus
Estados, puesto que no había hecho nada que pudiera motivar pasos hostiles de
parte de Alí. La carta hizo mucha impresión sobre este y tanto más cuanto que
su padre le había recomendado en su lecho de muerte que viviera en paz con los
Beni-Hud; así que envió contraorden al gobernador de Valencia, pero la
contraorden llegó demasiado tarde, pues los Almorávides habían ya entrado en
Zaragoza.
Toda la España musulmana estaba ya reunida
bajo el cetro del rey de Marruecos; lo que el pueblo y los faquíes deseaban se
había efectuado, y los faquíes por lo menos no tuvieron por qué arrepentirse de
haber cooperado del modo más eficaz al éxito de la revolución. Sería preciso
remontarse hasta el tiempo de los Visigodos para hallar otro ejemplo de un
clero tan poderoso como lo fue el musulmán en el reinado de los Almorávides.
Los tres príncipes de esta casa que reinaron sucesivamente en Andalucía, Yusuf,
Alí (1106-1143) y Techufin (1143-1145) fueron todos extremadamente
devotos, dispensaron a todos los faquíes respetos y homenajes y no hacían nada
sin su aprobación. Sin embargo, es a Alí a quien es preciso conceder la palma.
La casualidad se había equivocado haciéndolo nacer en las gradas de su trono;
la naturaleza lo había destinado para una vida de sosiego y de piadosa
meditación, para el claustro, para una ermita en el desierto. Durante su vida
no hizo más que rezar y ayunar. Naturalmente los faquíes no tuvieron de que
quejarse, manejaban al monarca como querían, gobernaban el Estado, disponían de
todos los emplees y de todos los favores, acumulaban inmensas riquezas, en una
palabra, recogían el fruto que se habían prometido de la dominación almorávide y
acaso la cosecha excedía a sus esperanzas. Pero si los sucesos las habían
justificado, también justificaron los temores de los que no querían ni el
dominio del clero, ni el de los soldados del Sahara y de Marruecos.
Los
literatos, los poetas y los filósofos tenían muchos motivos de queja. Verdad
es que muchos literatos que habían servido en las cancillerías de los
príncipes andaluces, habían obtenido empleos en las del nuevo dueño,
pero se hallaban fuera de su sitio y poco a sus anchas en medio de sacerdotes
fanáticos y rudos capitanes; la comitiva de los príncipes andaluces era muy
diferente. Aun en aquellos que para ganar el pan cuotidiano adulaban a los
señores almorávides, y les dedicaban libros, se nota cierta tristeza mezclada a
gran admiración hacia los príncipes literatos que antes habían reinado en
Andalucía. Hubo también quien experimentó a veces la necesidad imperiosa de
desahogar su bilis, como aquel secretario que habiendo recibido orden de
dirigir en del monarca una reprimenda al ejército valenciano que se había
dejado batir por el rey de Aragón, cedió a su antipatía hasta el extremo
deponer en su carta frases como esta: «Cobardes, infames, ¿huis todos a la
vista de un solo caballero? En lugar de caballos que montar, debíamos daros
ovejas que ordeñar. Ya es tiempo de que os castiguemos severamente, que purguemos
de vosotros a la Península y que volvamos al Sahara.» Semejante lenguaje, no
hay para que decirlo, no agradó al monarca y el secretario fue destituido. En
cuanto a los poetas, no hallando ya Mecenas, deploraban la decadencia del gusto
y maldecía la barbarie que habla invadido su país. Algunos de ellos
subsistían trabajosamente, componiendo odas en honor de los faquíes, porque por
devotos que fueran, no estaban exactos de vanidad y su jefe Ibn-Hamdin tenía
mucha. Pretendía pertenecer a la nobleza árabe, se la daba de príncipe y entre
otros versos se hizo componer los siguientes; «Que no se hable del esplendor de
Bagdad, ni de la hermosura de la China y de la Persia: —no hay en toda la
tierra ciudad como Córdoba, ni hombre que pueda compararse con Ibn-Hamdin.»
Pero los faquíes sin exceptuar a Ibn-Hamdin que era el hombre más rico de
Córdoba, pagaban muy mal y además los poetas que se respetaban a sí y a su
arte, no querían cantarlos. La pobreza era pues su destino. Ibn-Baki, gracioso
poeta, uno de los mejores que ha tenido Andalucía, erraba como un vagabundo
falto de pan. «A vuestro lado, compatriotas, decía en uno de sus poemas, me
encuentro en la pobreza y en la miseria y si mereciera el nombre de hombre
libre y digno, ya no estaría aquí. Vuestro jardín no produce frutos, vuestro
cielo no da ni una gota de agua. Yo tengo sin embargo mérito y, si Andalucía no
me quiere, el Iraq me recibirá con los brazos abiertos. Aquí sería una locura
querer subsistir con el talento, pues aquí no hay más que estúpidos y avaros
advenedizos.» Un solo consuelo quedaba á los poetas, podían silbar a
los poderosos del día, escribir sátiras llenas de hiel contra los faquíes,
«esos lobos que se arrastran en las tinieblas y que devoran piadosamente todos
los bienes de aquí abajo;» pero era, peligroso exhalar su cólera de este modo,
porque los faquíes sabían castigar a los audaces que se burlaban de ellos. La
Filosofía, apenas hay que decirlo, era ciencia prohibida. Malic ibn-Wohaib de
Sevilla, tuvo la imprudencia de ocuparse de ella, pero viendo que exponía su
vida, la abandonó para entregarse enteramente al estudio de la Teología y al
derecho canónico. No tuvo por qué arrepentirse, pues llegó a ser el amigo y el
confidente del monarca, sin embargo nunca se le perdonó enteramente
la falta que había cometido en su juventud, y uno de sus enemigos compuso
contra él estos versos: «La corte de Alí estaría libre de toda mancha, si el
demonio no hubiera hallado medio de meter en ella a Malic Ibn-Wohaib». La
intolerancia de los faquíes no tenía límites y sus conocimientos eran muy
limitados. Poco versados en el estudio del Corán y de las tradiciones relativas
al Profeta, no conocían más que los escritos de los discípulos de Malic que
miraban como autoridades infalibles de las qua no era permitido apartarse. Su
teología, a decir verdad, no era más que un conocimiento minucioso del derecho
canónico. En vano, teólogos un poco más ilustrados, se oponían a su gusto
exclusivo para cuestiones y libros en realidad secundarios, se les respondía
con persecuciones y se les trataba de heterodoxos, cismáticos e impíos. El
libro que el célebre Ghazzalí había publicado en Oriente con el título
de «Vivificación de las ciencias religiosas», causó en Andalucía gran
escándalo. No era, sin embargo, un libro heterodoxo. Ghazzalí, a quien no
había satisfecho ningún sistema filosófico, había caído primero en el
escepticismo y no habiendo podido seguir en él, se había precipitado en el
ascetismo y se había hecho enemigo declarado de la filosofía. Así, que afirma,
en la Vivificación de las ciencias religiosas, que la metafísica no debe servir
más que para defender la religión revelada contra los novadores y la declara
superflua en tiempos de fe verdadera y viva; y en cuanto al estudio de la
naturaleza, quiere que se abstengan absolutamente de él, si se aperciben que
pueda quebrantarla fe. Pero predicaba una religión intima, ferviente,
apasionada, una religión del corazón y censuraba enérgicamente a los teólogos
de su tiempo que se detenían en la corteza, no ocupándose más que de cuestiones
de derecho, útiles solamente para terminar las insignificantes querellas del
vil populacho. Esto era atacar a los faquíes andaluces en su flaco, así que se
llenaron de indignación. El cadí de Córdoba Ibn-Hamdin, declaró que todos los
que habían leído el libro de Ghazzalí eran impíos y condenados, y
redactó un fetva en que se decía que todos los ejemplares debían ser entregados
al fuego. Este fetva firmada por los faquíes de Córdoba, fue presentado al rey
Alí que lo aprobó. Por consiguiente, el libro de Ghazzalí fue quemado
en Córdoba y en las demás ciudades del imperio y se prohibió a todos bajo pena
de muerte y de confiscación de bienes tener un ejemplar.
Se comprende que baje semejante régimen la
suerte da los que vivían fuera de la religión musulmana debía ser intolerable.
He aquí, por ejemplo, lo que aconteció a los judíos. Un faquí de Córdoba creyó
haber hallado un medio excelente para obligarlos a abrazar el islamismo.
Pretendió haber encontrado entre los papeles de Ibn-Masarra una tradición, que
decía que los judíos se habían comprometido con Mahoma a hacerse musulmanes al
fin del siglo V de la Hegira, si el Mesías que esperaban no había parecido
en este intervalo. Evidentemente este faquí no era muy fuerte en la historia
literaria, si lo hubiera sido, se hubiera guardado muy bien de decir que había
hallado esta tradición en los papeles de Ibn-Masarra, puesto que se sabe que
la ortodoxia de este sabio era más que sospechosa. Pero no se miraba tanto y el
rey Yusuf que estaba entonces en España, fue á Lucena (ciudad
exclusivamente judía, porque ningún musulmán podía habitar allí) a fin de
obligar a los hebreos a cumplir la promesa hecha por sus antepasados. Gran
consternación entre los judíos de Lucena, pero afortunadamente les quedaba
todavía un medio para salir del apuro. En realidad, no eran ni su conciencia,
ni su fe lo que se quería, sino su dinero. Pasaban por los judíos más ricos del
mundo musulmán y el gobierno contaba con ellos para salvar el déficit, creado
en el tesoro por la abolición de las contribuciones ilegales. Ellos no lo
ignoraban y, en su consecuencia, se dirigieron al cadí de Córdoba Ibn-Hamdin,
suplicándole que intercediera por ellos con su soberano. El cadí no se mostró
inexorable, les prometió hablar en su favor y lo hizo. No nos atreveríamos a
afirmar que lo hiciera de valde, pero el caso es, que persuadió al rey a
contentarse con una suma de dinero. Cierto es que esta suma era enorme, pero en
aquellas circunstancias los judíos debieron felicitarse de verse libres por un
sacrificio pecuniario.
Los cristianos, los mozárabes como los
llamaban, tuvieron que sufrir mucho más; el odio que los faquíes y el populacho
alimentaban contra ellos, era más fuerte y envenenado. En muchos lugares no
forma más que una pequeña comunidad, pero todavía eran muy numerosos en la
provincia de Granada y, muy cerca de la capital, poseían una hermosa iglesia,
que había sido edificada en el año 600 por un señor godo, llamado Gudila. Esta
iglesia hacía sombra a los faquíes. Fundándose probablemente en la autoridad
del califa Omar II, que quiso que no se dejaran en pie en ninguna parte
iglesias, ni capillas nuevas ni viejas, dieron un fetva que mandaba destruirla;
y habiendo recibido este fetva la aprobación de Yusuf, el sagrado edificio fue
demolido hasta los cimientos (1099). Según toda apariencia, otras iglesias
tuvieron la misma suerte; lo cierto es que los faquíes vejaron de tal manera a
los mozárabes que estos suplicaron, al fin, al rey de Aragón, Alfonso el
Batallador que viniera a librarlos del yugo intolerable que sobre ellos pesaba.
En Setiembre de 1125 se puso en camino con cuatro mil caballeros, seguidos de
sus gentes de armas, que habían jurado todos sobre el Evangelio no abandonarse
unos a otros. Su expedición no tuvo, sin embargo, el resultado que se habían prometido.
Verdad es que devastó la Andalucía durante más de un año, que llegó hasta las
puertas de Córdoba y que consiguió una gran victoria en Arnisol, cerca de
Lucena; pero había venido a tomar Granada y no lo consiguió. En cuanto se
marchó el ejército aragonés los musulmanes castigaron del modo más cruel a los
mozárabes. Diez mil de ellos se habían sustraído ya a su furor; conociendo la
suerte que le esperaba habían obtenido, de Alfonso, permiso para establecerse
en sus Estados, pero todavía quedaban muchos y estos fueron privados de sus
bienes, maltratados de todas suertes, presos o muertos. Sin embargo, la mayor
parte fueron trasladados al Africa, expuestos a insoportables sufrimientos y
se los estableció en las cercanías de Salé y de Mequinés (1126). Todo esto se
hizo en virtud de un decreto de Alí que el cadi Ibn-Rochd (abuelo del célebre
filósofo Averroes) había provocado. Once años más tarde tuvo lugar una segunda
deportación de Mozárabes, de mod que en Andalucía quedaron muy pocos.
Para muchas gentes, este gobierno era pues,
muy duro y tiránico. Sin embargo, los cristianos, los judíos, los teólogos
musulmanes de la escuela liberal, los filósofos, los poetas y los literatos no
formaban todos juntos más que una minoría. Era, sin contradicción, una minoría
muy considerable y de la que era imposible desentenderse, pues formaban parte
de ella casi todos los hombres de talento, pero al fin, no era la masa de la
población. Lo que esta esperaba del nuevo gobierno, podía formularse de este
modo: orden en el interior, protección contra el enemigo fuera, disminución de
impuestos y acrecentamiento de la prosperidad pública. ¿Se realizaron estos
deseos? Puede decirse que lo fueron durante el reinado de Yusuf y en los
primeros años del de su sucesor. Durante este tiempo no se rompió el orden, los
caminos estaban seguros, los Castellanos fueron tan tenidos a raya que no
pensaron ya en venir a devastar el interior de Andalucía y, por lo menos al
principio, no se echaron contribuciones ilícitas; eran los judíos, como hemos
visto, los que debían pagar por los musulmanes, cuando el tesoro se encontraba
exhausto. Sin embargo, no nos atreveríamos a afirmar, como lo hace un cronista,
que no hubiera habido ninguna contribución extraordinaria, pues se sabe que,
una vez al menos Yusuf trató de echar una contribución de guerra, una «mauna»
(ayuda) como se la llamaba. Los Almerienses que no habían mostrado nunca gran
parcialidad para los Almorávides, reusaron pagarla y el cadí de esta ciudad
Abu-Abdallah ibn al-Farra, respondió en estos términos a las reprimendas de
Yusuf. «Vos me reprendéis, señor, porque no he querido obligar a mis
conciudadanos a pagar la «manua» y decís que debe pagarse, puesto que todos los
faquíes y cadíes de Marruecos y de Andalucía lo han decretado así, fundándose
en el ejemplo de Omar, el compañero del Profeta, que han sido enterrado a su
lado y cuya justicia jamás se ha puesto en duda. He aquí mi respuesta, oh emir
de los musulmanes: Vos no sois compañero del Profeta, ni seréis enterrado en su
lado, ni yo sé que vuestra justicia haya dejado de ponerse en duda y si los
cadíes y faquíes os ponen en la misma línea que a Omar, ellos tendrán que
responder a Dios de esa opinión temeraria. Omar, por otra parte, no pidió la
contribución de que se trata, sino después de haber jurado en la mezquita, que
no le quedaba ni un solo dirhem en el tesoro; si vos podéis hacer lo
mismo, tendréis derecho de pedir una contribución extraordinaria; si no, no,
Salud.» ¿Este altivo lenguaje, dio por resultado que Yusuf renunciara a su
designio o bien persistió en él? No podríamos decirlo, pero nos sentimos
inclinados a creer que en el reinado de Alí fueron restablecidas, al menos en
parte, las contribuciones ilegales, pues hablando de los Rum (cristianos) a
quienes este príncipe dio empleos, dice un cronista, que fueron también
encargados de percibir los «magharam» y ordinariamente se designan con esta
palabra los impuestos que no han sido prescritos por el Corán. Sin embargo, la
población contribuyó menos que bajo los príncipes andaluces y es natural que,
gracias a esta circunstancia y al sosiego de que se gozaba, se acrecentase la
prosperidad. Esta fue en efecto muy grande, la prueba es que el pan se vendía
muy barato y que podían comprarse legumbres casi de balde.
En general, el pueblo no se engañó, solo se
equivocó, si había creído que los Almorávides obtendrían victorias decisivas
sobre los cristianos y devolverían a la España musulmana la grandeza y el poder
que había tenido en los tiempos de Abderramán III, de Haquem II y de
Almanzor. Las circunstancias eran sin embargo favorables, porque después de la
muerte de Alfonso VI (1109), la España cristiana fue por mucho tiempo presa de
la discordia y de la guerra civil, pero los Almorávides no supieron aprovecharlas.
Todos sus esfuerzos para reconquistar Toledo fueron inútiles, y si bien es
cierto que se apoderaron de algunas ciudades menos importantes, los triunfos
que obtuvieron quedaron contrabalanceados con la pérdida de Zaragoza (1118).
El pueblo por lo demás no tuvo mucho tiempo
de felicitarse por la revolución efectuada: gobierno, generales y soldados todo
se corrompió con una asombrosa rapidez.
Los generales de Yusuf, cuando llegaron a
España, eran iliteratos, es verdad, pero también piadosos, bravos, probos y
acostumbrados a la vida sencilla y frugal del desierto. Enriquecidos con los
tesoros de los príncipes andaluces que Yusuf les había prodigado, perdieron
bien pronto sus virtudes y no pensaron en adelante más que en gozar
tranquilamente de los bienes que habían adquirido. La civilización de Andalucía
fue para ellos un espectáculo enteramente nuevo; avergonzados de su barbarie,
quisieron iniciarse en ella, tomando por modelos a los príncipes destronado.
Desgraciadamente tenían la piel demasiado dura para poder apropiarse la
delicadeza, el tacto y el primor de los Andaluces. Todo llevaba en ellos el
sello de una imitación servil y mal hecha. Protegieron a los literatos, se
hicieron recitar poemas y dedicar libros, pero todo esto lo hacían torpemente,
sin gracia y sin gusto, hicieran lo que hicieran, siempre quedaron semisalvajes
y no tomaron de la civilización andaluza más que su lado malo. El cuñado del
rey Alí, Abu-Becr ibn-Ibrahim, que fue por algún tiempo gobernador de Zaragoza
después de haberlo sido de Granada, fue por decirlo así, el tipo de esos
generales que ensayaron sin gran éxito «andaluzizarse», si nos es lícito
expresarnos así. Nacido en el Sahara, había sido criado en los principios
rígidos y austeros de su nación, pero en Zaragoza los olvidó para tomar en todo
por modelos a los Beni-Hud, antiguos reyes del país. Estos habían sido gente
alegre y él quiso serlo también; en consecuencia se rodeó de vividores y
cuando bebía con ellos se ponía una corona y un manto real; luego como los
Beni-Hud habían sido los protectores de la filosofía y hasta dos de ellos
Moctadir y Mutamin habían escrito sobre esta ciencia, quiso al serlo a su vez,
y sin cuidarse de lo que dijeran su cuñado y los faquíes, eligió por amigo, por
confidente y por primer ministro a un hombre cuyo nombre no pronunciaban los
fieles sino con horror, que no creía en el Corán y que negaba toda revelación,
al célebre filósofo Avempace en una palabra. Sus soldados se
indignaron tanto que gran número de ellos lo abandonó. Sin embargo,
los soldados aunque más ortodoxos, no valían más que sus jefes. Los
que los caracterizaba era su insolencia con los andaluces y su cobardía ante el
enemigo. En efecto, su cobardía era tan grande que el rey Alí se vio obligado a
vencer su aversión hacia los cristianos y alistar los que su almirante
Ibn-Maimun que hacía una verdadera caza de hombres, le traía de las costas da Galicia,
de Cataluña, de Italia y del imperio bizantino; y en cuanto a la insolencia no
conocían límites. Trataban a Andalucía como país conquistado y tomaban todo lo
que se les antojaba: dinero, bienes y mujeres. El gobierno lo toleraba, porque
no podía hacer nada. Su debilidad daba lástima. Los faquíes habían tenido que
ceder el poder a las mujeres o por lo menos dividirlo con ellas. El rey Alí se
dejaba gobernar por su esposa Camar, otras damas gobernaban a su antojo a los
altos dignatarios, y por poco que se satisficiera su codicia, podía hacerse
todo lo que se quisiera. Hasta los bandidos tenían derecho de contar con la
impunidad, si tenían medios de comprar la protección de estas damas. Ellas eran
las que daban los empleos y por lo común los concedían a hombres completamente
incapaces. En una palabra, el gobierno llegó a ser despreciable y ridículo.
Ejército y pueblo se burlaban de él, porque revocaba al día siguiente las
órdenes que había dado la víspera; los grandes señores aspiraban al trono y se
les oía decir que ellos gobernarían mucho mejor que el débil Alí que no sabía
más que rezar y ayunar.
Para colmo de desdichas, estalló en África
una terrible rebelión (1121). Fanatizados por un pretendido reformador, que se
supone el Mahdi anunciado por Mahoma, los salvajes habitantes de la
cadena del Atlas marroquí, los Almohades (unitarios), como ellos se llamaban,
tomaron las armas contra los Almorávides. Para una dinastía ya tan débil y
vacilante, semejante golpe debía ser mortal. A excepción de los cristianos, los
soldados de que disponía eran tan malos que, por lo común, la vista de un solo
enemigo bastaba para ponerlos en derrota. Así que el gobierno en su último
apuro no sabía que hacer; para prolongar algunos minutos su triste existencia
desguarnecía a Andalucía, retirando de ella soldados, armas municiones y
víveres. Los cristianos no tardaron en apercibirse de ello y en aprovecharlo.
En 1125, cuatro años después del comienzo de la rebelión de los Almohades,
Alfonso el Batallador, rey de Aragón, devastó la Andalucía, como ya hemos
visto, durante más de un año. En 1133, Alfonso VII de Castilla que llevaba el
título de emperador lo mismo que su abuelo Alfonso VI, llevó a sangre y fuego
los alrededores de Córdoba, de Sevilla y de Carmona, tomó Jerez, que saqueó y
quemó y penetró hasta lo que se llamaba entonces la vuelta de Cádiz, es decir,
hasta las columnas de Hércules. No había hecho más su abuelo en tiempo de
Motamid. Cinco años más tarde volvió para devastar los alrededores de Jaén, de
Baeza, de Úbeda y de Andujar. En 1143, hizo de nuevo la vuelta de Sevilla y de
Carmona. Al año siguiente toda Andalucía fue saqueada y quemada desde Calatrava
hasta Almería.
Después de haber gozado de algunos años
prósperos, el pueblo andaluz había ganado en la revolución que saludó con tanto
entusiasmo: un gobierno impotente y corrompido, una soldadesca cobarde,
indisciplinada y brutal, una pésima policía, porque en las ciudades pululaban
los rateros y las campiñas estaban infestadas de ladrones, la paralización casi
completa del comercio y de la industria, la carestía de los víveres, por no
decir el hambre, en fin, invasiones más frecuentes que lo habían sido nunca y
que tendían desgraciadamente a multiplicarse aun. Todas las esperanzas habían
salido fallidas y ahora maldecían a aquellos Almorávides en quienes habían
visto antes los salvadores del país y de la religión. En el año 1121 se
sublevaron los Cordobeses contra la soldadesca que estaba de guarnición en la
ciudad y que se entregaba a todo género de excesos sin que el gobierno lo
impidiera. Estos bárbaros fueron expulsados y sus casas saqueadas. Entonces el
rey Alí llegó a Andalucía con una nube de africanos; jamás ejército tan
considerable había desembarcado en España. Pero los Cordobeses, puestos contra
la espada y la pared, resolvieron defenderse con el valor que da la
desesperación. Cerraron las puertas, hicieron barricadas en las calles. El
combate hubiera sido demasiado desigual, y los faquíes se interpusieron para
evitar la efusión de sangre. Esta vez, a pesar de su habitual servilismo,
tomaron partido por sus conciudadanos contra el poder. Declararon en un fetva
que la rebeldía de los Cordobeses era justa y legítima, puesto que no habían
tomado las armas más que para defender sus bienes, sus mujeres y su vida. Alí
cedió como de costumbre a los faquíes y, después de algunos parlamentos los
Cordobeses se comprometieron a pagar una multa en indemnización de lo que
habían saqueado y destruido. En otras ciudades el descontento crecía de
continuo y aunque el pasado no hubiera sido brillante, se le echaba de menos y
se deseaba volver a él, tan sombrío e insoportable era el presente. Podemos
convencernos de esto, leyendo el mensaje que los Sevillanos enviaron en 1133 a
Saif-addaula hijo del último rey de Zaragoza que se encontraba en el
ejército de Alfonso VI cuando este estaba antes las puertas de la ciudad.
«Dirigíos al rey de los cristianos, le mandaron a decir, arreglaos con él y
haced de modo que quedemos libres del yugo de los Almorávides. Una vez que lo
seamos, pagaremos al rey de Castilla un tributo más considerable que el que
nuestros padres pagaban a los suyos y vos y vuestros hijos reinarais sobre
nosotros.» Once años después la medida se había colmado y desplomándose el
imperio por todas partes se decía en las calles y en las mezquitas: «Los
Almorávides nos sacan hasta la médula de los huesos; nos quitan nuestros
bienes, nuestro dinero, nuestras mujeres y nuestros hijos, ¡sublevémonos contra
ellos, echémoslos, matémoslos!
Y
otros decían:
—Primero debemos hacer alianza con el
emperador de León, le pagaremos un tributo como hacían nuestros padres.
—Sí, sí, gritaban por todas partes, todos los
medios son buenos siempre que quedemos libres de los Almorávides.
Y se pedía la bendición de Dios sobre los
proyectos que se habían formado y toda Andalucía se levantaba como un solo
hombre para aniquilar a sus opresores, con los cadíes y los
faquíes a la cabeza, pues es sabido que el clero ha contado rara vez
el reconocimiento en el número de sus virtudes.
No vamos a referir ni la historia de esta
revolución, ni la conquista de España por los Almohades que habían derrotado a
los Almorávides en Marruecos. La tarea que nos hablamos impuesto era diseñar la
Historia de la Andalucía independiente y si, al echar una rápida ojeada sobre
el período en que este país no fue más que una provincia de otro imperio,
hemos excedido los límites de nuestro asunto, es porque hemos creído de nuestro
deber mostrar que Andalucía cuando se entregó a los Almorávides estuvo muy lejos
de ser dichosa y que llegó hasta echar de menos a sus príncipes indígenas a
quien ella había calumniado tanto y a quien había abandonado y vendido en la
hora del peligro.
Un solo deber nos resta para concluir, contar
la historia de Motamid durante su cautividad.
IV.
Sean las que quieran las virtudes de
Yusuf—los faquíes afirmaban que había tenido muchas—no se contaba entre ellas
la magnanimidad hacia los vencidos. Su conducta con los príncipes andaluces que
había hecho prisionero fue odiosa y cruel. Verdad es, que los dos nietos de
Badís fueron tratados de una manera conveniente: recobraron la libertad a
condición de no salir de Marruecos y recibieron un sueldo bastante considerable
de modo que Abdalad pudo dejar una buena fortuna a sus hijos. Es que Yusuf
tenía para estos príncipes que eran de su nación, una debilidad, y eran además
hombres incapaces, de los que no tenía nada que temer y que lo adulaban. En
cuanto a los otros príncipes ya hemos visto cual fue la suerte de Motawakkil,
de Fadhl y de Abbas; la de Motamid aunque no le quitaron la vida, no
fue menos deplorable.
Después de la toma de Sevilla, se dio orden
de llevarlo a Tánger. En el momento de embarcarse con sus mujeres y con sus
hijos, una multitud inmensa cubría las riberas del Guadalquivir para darles el
último adiós. El poeta Ibn-al-labbana en una de su elegía ha descrito esta
escena en estos términos:
“Vencidos después de una valerosa
resistencia, los príncipes fueron metidos en un navío. La multitud llenaba las riberas
del rio, las mujeres estaban sin velos, y en su dolor se arañaban el rostro.
¡Qué de gritos, qué de lágrimas! ¿Qué nos queda ya? ¡Vete de aquí extranjero!
recoge tus bagajes y haz tus provisiones, porque la casa de la generosidad ya
se ha quedado desierta. Tú que tenías intención de establecerte en este valle,
sabe que la familia que tú buscabas ya no está allí, y que la sequía ha
destruido nuestra cosecha. Y tú caballero del soberbio séquito, depón tus armas
que no te servirían de nada, porque el león ha abierto ya su boca para
devorarte.”
Cuando Motamid llegó a Tánger, donde
permaneció algunos días, el poeta Hozri que habitaba allí y que había pasado
algún tiempo en la corte de Sevilla, le envió poemas compuestos en su honor; de
ellos uno solo era nuevo, y en este Hozri pedía un regalo, aunque
debía saber que no estaba en estado de hacerlo. En efecto,
el ex-rey de Sevilla no había conservado de todas sus riquezas más
que treinta y seis ducados que había escondido en su bota y que sus pies habían
manchado de sangre: pero tal era su generosidad que no vaciló en sacrificar
este último recurso; enrolló los ducados en un pedazo de papel y
añadiéndoles una poesía en la que se escusaba por la exigüidad del regalo los
envió a Hozri. Este mendigo sin vergüenza no tuvo siquiera la atención de darle
las gracias, y cuando los otros poetastros de Tánger y de sus cercanías
supieron que Motamid hacia todavía regalos, acudieron en gran número a
presentarle sus versos. Pero ¡ay! ya no tenía nada que dar, y con esta ocasión
dijo:
“Los poetas de Tánger, los de la Mauritania
entera, se esfuerzan en hacer versos y quisieran recibir alguna cosa del
cautivo. Mas bien seria él quien debiera pedirles una limosna; ¡qué maravilla,
qué maravilla! Si el pudor que hay en el fondo de su alma, si la altivez que le
legaron sus abuelos no se lo impidiera, él rivalizaría con ellos, él mendigaría
también, él, que antes, cuando se acudía a su generosidad, repartía el oro a
manos llenas.”
De Tánger se le condujo a Mequinez. En el
camino se encontró una procesión que hacía rogativa por la lluvia y con esta
ocasión compuso estos versos:
Viendo a esas gentes que iban a implorar la
lluvia:
—Mis lágrimas, les dijo, la sustituirán.
—Tienes razón, le respondieron, tus lágrimas
son bastante abundantes para ello; pero están mezcladas de sangre.
En Mequinez permaneció muchos meses, hasta
que Yusuf mandó trasladarlo a la ciudad de Aghmat, no lejos de Marruecos.
Mientras que se le hacía andar este trayecto, su hijo Rachid a quien se había
negado a ver, porque, por un motivo que ignoramos, estaba enfadado con él, le
dirigió para apaciguarlo estos versos:
“Escudo de la lluvia protectora, señor de la
generosidad, protector de los hombres, el mayor favor que pudierais concederme
sería permitirme contemplar un instante tu noble rostro que alegre y brillante
podría servirnos, la noche de antorcha, el día de sol.”
Motamid le respondió con estos:
“Yo era el émulo de la lluvia bienhechora, el
señor de la generosidad, el protector de los hombres cuando mi mano derecha
prodigaba los dones en el día de la distribución de los regalos, o quitaba la
vida a los enemigos en el día del combate, y cuando mi izquierda tenía la brida
que sujetaba el corcel, asustado con el ruido de las lanzas. Pero ahora yo me
hallo en poder de la cautividad y de la miseria, me asemejo a una cosa sagrada
que ha sido profanada, a un ave a quien se han cortado las alas. Ya no puedo
responder al ruego del oprimido, ni del pobre. La alegría de mi rostro a que
estabas acostumbrado se ha cambiado en sombría tristeza; los pesares no me
permiten pensar en alegrías; hoy todas las miradas se apartan de mí, cuando
antes todas me buscaban.”
En Aghmat llevó en la prisión una
existencia triste y dolorosa. El gobierno se ocupaba de él para mandar, ya que
se le pusieran cadenas, ya que se las quitaran, pero no se tomaba el mismo
cuidado de su subsistencia. Así, que vivía con su familia en la última miseria.
Para subvenir a sus necesidades su mujer y sus hijas se vieron obligadas a
hilar. Él buscaba consuelo en la poesía. Así que cuando vio, desde la estrecha
ventana de su calabozo, una bandada de esas ligeras aves a quienes los árabes
dan el nombre de «catá» y que son una especie de perdices, dijo:
“Yo lloraba viendo pasar cerca de mí una
turbada «catás,» ellos eran libres, ellos no conocían ni la prisión, ni la
cadena. No era por envidia por lo que lloraba, sino porque yo hubiera querido
hacer lo que ellos, porque entonces yo hubiera podido ir a donde quisiera; mi
dicha no se hubiera desvanecido, mi corazón no estaría lleno de dolor, yo no
lloraría por la pérdida de mis hijos. ¡Cuán felices son! no están separados uno
de otro, ninguno experimenta el dolor de estar lejos de su familia, no pasan
como yo la noche en horribles angustias, cuando oigo rechinar en la puerta de
la prisión los cerrojos o la cerradura. ¡Ay! ¡Dios les conserve a sus hijuelos,
los míos carecen de agua y de sombra!”
Ya eran versos acerca de su pasada grandeza,
sobre los magníficos palacios, testigos antes de su felicidad, sobre los hijos
que le habían muerto y con ocasión de la fiesta de la ruptura del ayuno, esto:
“Otras veces las fiestas te ponen alegre,
pero la fiesta que te halla cautivo en Aghmat te pone triste. Tú ves
a tus hijas cubiertas de harapos y muertas de hambre; hilan para los que las
pagan, porque no poseen ya nada en el mundo. Vienen a abrazarte fatigadas,
destrozadas por el trabajo y con los ojos bajos. Caminan descalzas por el lodo
de las calles, como si no hubieran marchado otras veces sobre almizcle y
alcanfor. Sus hundidas mejillas atestiguan la miseria y las lágrimas las han
surcado... Lo mismo que con ocasión de esta triste fiesta ¡Dios quiera que no
vuelva para tí! Tú has roto el ayuno, tu corazón también ha roto el suyo;
tu dolor mucho tiempo contenido ha estallado al fin. Antes cuando tú mandabas,
todos te obedecían; ahora tú mismo estás reducido a recibir órdenes. Los reyes
que se complacen en su poder se dejan engañar por un sueño.”
La infeliz Romaiquia no estaba hecha para una
vida tan dura y cayó peligrosamente enferma. Motamid se entristeció mucho y
tanto más, cuanto que no había en Aghmat nadie a quien se atreviera a
confiar el cuidado de curarla. Felizmente el célebre Abul-Alá Avenzoar que en
los últimos años de su reinado habla sido médico de su corte y a quien había
devuelto los bienes de su abuelo, que Motadhid había confiscado, se hallaba
entonces en Marruecos. Escribióle suplicándole que se encargara de
la curación de la enfermedad de Romaiquia. Avenzoar le prometió
venir, pero como en su carta habla deseado a Motamid una larga vida, le envió
estos versos dándoles las gracias:
“Me deseas una larga vida, pero ¿cómo puede
desearla un preso? ¿No es preferible la muerte a una vida que trae sin cesar
nuevos tormentos? Otros pueden tener este deseo, porque tienen esperanza de
encontrar la dicha, el único deseo que yo puedo tener es encontrar la
muerte. ¿He de querer vivir para ver a mis hijas sin vestidos y sin zapatos?
Ellas son ahora las siervas de la hija de un hombre cuyo empleo era anunciar mi
venida cuando me presentaba en público, apartar las gentes que se oprimían a mi
paso, contenerlas cuando atestaban el patio de mi palacio, galopar a derecha y
a izquierda cuando pasaba revista a mis tropas y tener cuidado de que ningún
soldado saliese de sus filas. Sin embargo, la súplica que has hecho tiene una
buena intención y me ha hecho mucho bien. ¡Dios te lo pague Abul-Alá, tú eres
un hombre de corazón! Ignoro cuando será cumplido el voto que yo hago; pero me
consuelo con la idea que, todo tiene término en este mundo.”
Lo que algunas veces le proporcionaba un
consuelo momentáneo eran las cartas y las visitas de los poetas a quienes en
otro tiempo había colmado de beneficios. Muchos de ellos hicieron el viaje
a Aghmat; entre otros Abu-Mohamed Hidjarí, que por un solo poema habían
recibido de él tanto dinero que pudo abrir una casa de comercio y gozar de un
honrado bienestar mientras vivió. Motamid le confesó que se había equivocado en
llamar a Yusuf a Andalucía. «Al hacerlo, dijo, cavé mi propia fosa.» Cuando el
poeta vino a despedirse para volverse a Almería donde habitaba, Motamid quiso
todavía hacerle un regalo a pesar de la exigüidad de sus medios,
pero Hidjarí tuvo la delicadeza de rehusarlo e improvisó estos dos
versos:
“Os juro que no aceptaré nada de vos, ahora
que el destino os ha herido de un modo tan cruel e injusto. Lo que me
disteis otras veces es muy suficiente, aunque vos misma lo hayáis olvidado.”
Pero el más leal y el más asiduo de estos
amigos era Ibn-al-labbana, y una vez que fue a Aghmat trajo buenas
noticias de Andalucía. Los ánimos, decía, están conmovidos. Los patricios, que
nunca quisieran la dominación de Yusuf se agitaban y conspiraban para volver a
poner a Motamid en el trono. Decía bien, el descontento era muy grande en las
clases ilustradas y el gobierno no tardó en tener las pruebas. Así que tomó
medidas de precauciones hizo prender a muchas personas sospechas, especialmente
en Málaga pero los conjurados de esta ciudad, cuyo gafe era
Ibn-Khalaf, patricio muy considerado, se aprovecharon de la oscuridad de la
noche para escaparse de la cárcel y se hicieron dueños de Montemayor. No tardó
Abd-al-djabbar, hijo de Motamid que se había quedado en Andalucía con su madre
y a quien el pueblo tomaba por Radhí, (el que había sido asesinado en Ronda) en
presentarse a ellos que lo hicieron su jefe, y todo parecía marchar a medida de
sus deseos. Un navío de guerra que se perdió en las cercanías del castillo les
suministró víveres, municiones y armas. Algeciras se declaró por ellos lo mismo
que Arcos y habiendo ido a esta última ciudad, en 1095, Abd-al-djabbar,
comenzó a hacer razias que llegaban hasta las mismas puertas de la antigua
capital del reino de sus abuelos.
La primera noticia de la rebelión de su hijo
causó a Motamid profundo dolor. Le asustaba la temeridad de la empresa y temía
para Abd-al-djabbar un destino tan cruel como había sido el de mucho de
sus hijos; pero no tardaron estos sentimientos en dejar lugar a la esperanza;
entreveía la posibilidad de volver a su país y de reconquistar su trono y no lo
ocultaba a sus amigos. Escribiendo, por ejemplo, al poeta Ibn-Hamdis que se
habla vuelto a Mahdia después de haberlo visitado, le envió un poema, que
comenzaba de este modo:
«La cátedra en la mezquita y el trono en el
palacio, lloran al cautivo que el destino ha arrojado a las playas africanas»
y en la cual decía:
«¡Oh! yo quisiera saber, si volveré a ver mi
jardín y mi lago en aquel noble país donde crecen los olivos, donde arrullan
las palomas, donde los pájaros hacen oír sus dulces gorjeos.»
Ibn-al-labbana alimentaba sus
esperanzas. La víspera de volverse a Andalucía había recibido de Motamid veinte
ducados y dos piezas de tela: le devolvió este regalo y entre los versos que le
envió con esta ocasión se encuentran estos:
¡Todavía un poco de paciencia! Pronto me
llenarás de felicidad, porque volverás a subir al trono. El día en que vuelvas
a tu palacio me elevarás a las más altas dignidades. Tú superarás entonces al
hijo de Merwan en generosidad y yo superaré a Djarir en talento.
Prepárate a lucir de nuevo: un eclipse de luna no es nunca de mucha duración.
Cargado de cadenas — porque Yusuf había
ordenado volvérselas a poner, «había rugido el leoncillo y se temía el bote del
león»—Motamid vivía así de esperanzas, no enteramente infundadas: el partido de
Abd-al-djabbar era numeroso e inspiraba al gobierno graves inquietudes;
supo mantenerse durante más de dos años y no estaba domado aun, cuando Motamid
murió después de una larga enfermedad (1095) a la edad de cincuenta y cuatro
años.
El ex-rey de Sevilla fue enterrado
en el cementerio de Aghmat. Algún tiempo después con ocasión de la fiesta
de la cesación del ayuno, el poeta andaluz Ibn-Abd-azzamad dió siete
veces la vuelta alrededor de su tumba a ejemplo de los peregrinos quedan la
vuelta a la Caba; luego se arrodilló, besó la tierra que cubría los restos
mortales da su bienhechor y recitó una elegía. Conmovida por su ejemplo, la
multitud dio también la vuelta a la tumba a la manera de los peregrinos,
lanzando gemidos prolongados.
«Todo el mundo ama a Motamid, dice un
historiador del siglo XIII, todo el mundo tiene piedad de él y hoy se le llora
todavía». En efecto, llegó a ser el más popular de todos los príncipes
andaluces. Su generosidad, su bravura, su espíritu caballeresco le hicieron
amar de los hombres cultos de las generaciones subsiguientes; las almas
sensibles se sentían interesadas por su inmenso infortunio; al vulgo le
entretenían sus aventuras romancescas y, como poeta, fue admirado hasta por los
Beduinos que, respeto al lenguaje y a la poesía, pasaban por jueces más severos
y competentes que los habitantes de las ciudades. He aquí por ejemplo lo que se
refiere sobre este asunto:
En uno de los primeros años del siglo XII, un
sevillano que viajaba por el desierto llegó a un campamento de Beduinos
Lakhmitas. Habiéndose aproximado a una tienda y pedido hospitalidad a su dueño,
éste, gozoso de poder practicar una virtud que su nación aprecia infinito, le
acogió con gran cordialidad. Ya había pasado el viajero dos o tres días con su
huésped, cuando una noche después de haber intentado en vano conciliar el
sueño, salió de la tienda a respirar el aliento de los céfiros. Hacía una noche
serena y admirable, dulces y regaladas brisas templaban el calor. En un cielo
sembrado de estrellas, se adelantaba la luna, lenta, majestuosa, iluminando con
su luz al desierto augusto que hacía resplandecer como un espejo y que ofrecía
la imagen más acabada del silencio y del reposo. Este espectáculo recordó al
sevillano un poema que su antiguo soberano había compuesto y comenzó a
recitarlo. El poema era este:
“Habiendo es tendido la noche las tinieblas a
guisa de un inmenso velo, yo bebía a la luz de las antorchas el vino que
centelleaba en la copa, cuando de pronto se mostró la luna acompañada de Orión.
Se la hubiera creído una reina soberbia y magnifica que quería gozar de las
bellezas de la naturaleza y que se servía de Orion como de un dosel. Poco a
poco venían a rodearla a porfía otras brillantes estrellas; la luz aumentaba
al instante y en la comitiva las Pléyades parecía el estandarte de la reina. Lo
que ella es allá arriba, yo lo soy aquí abajo, rodeado de mis nobles caballeros
y de las hermosas jóvenes de mi serrallo cuya negra cabellera se parece a la
oscuridad de la noche, mientras que sus copas resplandecientes son estrellas
para mí. Bebamos amigos míos, bebamos el jugo de la viña, mientras que estas
hermosas acompañándose con la guitarra, van a cantarnos sus melodiosas coplas.”
Luego recitó el Sevillano un largo poema que
Motamid había compuesto para apaciguar el enojo de su padre irritado por el
desastre que había sufrido en Málaga su ejército a consecuencia de la
negligencia de su hijo que lo mandaba.
Apenas hubo concluido, cuando la tela de la
tienda, ante que se hallaba por casualidad, se levantó, y un hombre que se
hubiera reconocido desde luego por el jeque de la tribu, nada más que en su
aspecto venerable, apareció a su vista y le dijo con esa elegancia de dicción y
esa pureza de acento, porque siempre han sido famosos los Beduinos y de las que
están orgullosos en extremo:
—Dime, ciudadano, a quien Dios bendiga, ¿de
quién son esos poemas límpidos como un arroyo, frescos como
la yerbecilla que la lluvia acaba de regar, ya tiernos y suave
como la voz de una joven de collar de oro, ya vigorosos y sonoros como el grito
de un joven camello?
—Son de un rey que ha reinado en Andalucia y
se llamaba Ibn-Abbad, respondió el extranjero.
—Supongo, replicó el jeque, que ese rey
reinaría en un pequeño rincón de tierra y podría por consiguiente consagrar
todo su tiempo a la poesía; porque cuando se tiene otras ocupaciones no se
tiene tiempo para componer versos como esos.
—Perdonadme, este rey reinaba sobre un gran
país.
—¿Y podríais decirme a que tribu pertenecía?
—Seguramente; era de la tribu de Lakhm.
—¿Qué decís, era de Lakhm? ¡Entonces era de
mi tribu!
Y entusiasmado con haber encontrado una
nueva ilustración para su tribu, el jeque, en un rapto de entusiasmo, comenzó a
gritar con voz de trueno:
—Arriba, arriba; gentes de mi tribu. ¡Alerta,
alerta!
Y en un abrir y cerrar de ojos todos
estuvieron en pie y vinieron a rodear a su jeque, que, viéndolos reunidos, les
dijo:
—Escuchad lo que acabo de oír y retened bien
lo que acabo de grabar en mi memoria; porque es un título de gloria que se os
ofrece a todos vosotros, un honor de que tenéis el derecho de estar orgullosos.
Ciudadano, recitadnos una vez más, yo os suplico, los poemas de nuestro primo.
Cuando el Sevillano hubo satisfecho este
deseo y todos los Beduinos admirado los versos con el mismo entusiasmo que su
jeque, éste les refirió lo que había oído decir al extranjero, respecto al
origen de los Beni-Abbad, sus aliados y sus parientes, puesto que descendían
también de una tribu lakhmita que recorría en otro tiempo el
Desierto con sus camellos y levantaba sus tiendas donde las arenas separan el
Egipto de la Siria, y luego les habló de Motamid, poeta unas veces gracioso,
otras sublime, el heroico caballero, el poderoso monarca de Sevilla. Cuando
hubo concluido, todos los Beduinos ebrios de gozo y de orgullo, montaron a
caballo para entregarse a una brillante «fantasía» que duró hasta los primeros
albores de la aurora. Enseguida el jeque eligió veinte de sus mejores camellos
y se los dio de regalo al extranjero. Todos siguieron su ejemplo en la medida
de sus facultades y antes que el sol hubiera aparecido del todo, el Sevillano
se encontró dueño de un centenar de camellos. Después de haberlo acariciado,
cuidado, festejado y honrado de todos modos, apenas consentían en dejarle
marchar aquellos generosos hijos del Desierto, cuando llegó el momento de
ponerse en camino, tan querido se había hecho para ellos el que sabía recitar
los versos del rey poeta a quien llamaban primo suyo.
Cerca de dos siglos y medio después, cuando
la España musulmana antes tan escéptica, hacía mucho tiempo que se había hecho
devota, un peregrino con su bordón y su rosario recorría el territorio de
Marruecos a fin de conversar con los piadosos cronistas y visitar los santos
lugares. Este peregrino era el célebre Ibn-al-Khatib, primer ministro del rey
de Granada. Habiendo llegado a la pequeña ciudad de Aghmat, se dirigió al
cementerio donde reposaban Motamid y su esposa bajo un otero cubierto de loto.
A la vista de estas dos tumbas destrozadas por la vejez y el abandono, el visir
granadino no pudo contener sus lágrimas e improvisó estos versos:
“He venido a Agamat para cumplir un
piadoso deber, para arrodillarme sobre tu tumba, ¡Ah! ¿por qué no me ha sido
dado conocerte vivo y cantar tu gloria, a tí, que excedías a todos los
reyes en generosidad, a tí, que brillabas como una antorcha en las
tinieblas de la noche? Séame lícito al menos saludar respetuosamente tu tumba.
La elevación del terreno la distingue de las del vulgo: habiendo sobresalido
entre los demás durante tu vida, sobresales también entre los que duermen a tus
pies el sueño eterno. ¡Oh sultán entre los vivos y sultán entre los muertos!
nunca vieron los siglos pasados otro igual a tí, ni creo que han de ver
los siglos futuros rey que te se parezca.”
Motamid no fue ciertamente un gran monarca.
Reinando sobre un pueblo enervado por el lujo y que no vivía más que para el
placer, lo hubiera sido difícilmente, aun cuando su natural indolencia y ese
amor a las cosas exteriores que son la dicha y la enfermedad de los artistas no
se lo hubiesen impedido. Pero ninguno atesoró en su alma tanta sensibilidad,
tanta poesía. El menor suceso de su vida, la menor alegría o el menor pesar
tomaban al punto en él formas poéticas y se podría escribir su biografía o al
menos su vida íntima nada más que con sus versos, revelaciones del corazón en
que se reflejan esas alegrías y esas tristezas que el sol o las nubes de cada
día traen o se llevan consigo. Luego tuvo la fortuna de ser el último rey
indígena que representara digna, brillantemente, una nacionalidad y una cultura
intelectual que sucumbieron o poco menos bajo la dominación de los bárbaros que
habían invadido el país. Túvose por él una especie de predilección
como por el más joven, como por el Benjamín de esa numerosa familia de
príncipes poetas que habían reinado en Andalucía. Se le echaban de menos más
que a todos los demás, casi con exclusión de todos los demás, lo mismo que la
última rosa de la primavera, los últimos días hermosos del otoño, los últimos
rayos del sol que se pone, son los que inspiran el más vivo sentimiento.