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CAPÍTULO 28LIBRO IV.
LOS REYES DE TAIFAS.PRIMERA PARTE
I.
Hacía muchos años que las provincias de la España
musulmana se hallaban sin querer abandonadas a sí mismas. El pueblo en general
lo sentía, no pensaba sino con miedo en el porvenir, y echaba de menos lo
pasado. Los capitanes extranjeros eran los únicos que se habían aprovechado de
la descomposición total de la península. Los generales berberiscos se dividían
el Mediodía, los Eslavos reinaban en el Este, el resto tocó en suerte, ya a
advenedizos, ya al pequeño número de familias nobles que por un accidente
cualquiera habían resistido a los golpes que Abderramán III y Almanzor habían
dado a la aristocracia. Por último, las dos ciudades más importantes, Córdoba y
Sevilla se habían constituido en repúblicas.
Los Hammuditas eran, aunque solo de nombre,
los jefes del partido berberisco. Pretendían tener derecho a toda la parte
árabe de la península, pero en realidad no poseían más que la ciudad de Málaga
y su territorio. Sus vasallos más poderosos eran los príncipes de Granada, Zawí
que elevó esta ciudad al rango de la capital, y su sobrino Abbuz que le
sucedió. Había además príncipes berberiscos en Carmona, en Morón y en Ronda.
Los Aftasidas que reinaban en Badajoz, pertenecían a la mima raza, pero
completamente arabizados, se suponían de origen árabe y ocupaban una posición
bastante aislada.
Los hombres más notables del partido opuesto
eran Khairan, príncipe de Almería, Zohair, que le sucedió en 1028 y Modjehid,
príncipe de las Baleares y de Denia. Este último, el pirata más grande de su
tiempo, se hizo famoso por las expediciones que hizo a Cerdeña, y a las costas
de Italia, como también por la protección que dispensó a los literatos. Otros
Eslavos reinaron al principio en Valencia, pero en el año de 1021, fue
proclamado rey Abdalaziz, nieto del célebre Almanzor. En Zaragoza una noble
familia árabe, la de los Beni-Hud, obtuvo el poder después de la muerte de
Mondhir, acaecida en 1039.
En fin, sin contar un gran número de pequeños
Estados, había aun otro reino en Toledo. Aquí reinó un tal Yaich, hasta el año
de 1036, en que los Beni-Dhinnun se apoderaron de él. Era esta una antigua
familia Berberisca que había tomado parte en la conquista de España en el siglo
VIII.
En Córdoba, así que fue abolido el Califato,
se reunieron los vecinos principales, y resolvieron confiar el poder ejecutivo
a lbn-Djahwar, cuya capacidad era universalmente reconocida. Este rehusó al
principio aceptar la dignidad que le ofrecen y cuando cedió al fin a las
instancias de la asamblea, fue bajo condición de que habían de darle por
colegas dos miembros del Senado, pertenecientes a su familia, a saber,
Mohamed-Ibn-Abbas y Abdalaziz ibn-Hasan. La asamblea consintió en ello, pero
estipulando que estas dos personas solo tendrían voto consultivo.
El primer cónsul, gobernó la república de una
manera prudente y equitativa. Gracias a él los Cordobeses no tuvieron que
quejarse de la brutalidad de los Berberiscos. Su primer cuidado había sido
licenciarlos; retuvo solo los Beni-Iforen, con cuya obediencia podía contar, y
reemplazó a los otros con una milicia cívica. En apariencia dejó subsistir las
instituciones republicanas. Cuando se le pedía un favor, respondía: «Eso no me
toca a mí, sino al Senado; yo no soy sino que el ejecutor de sus órdenes.» Cuando
recibía una comunicación oficial, que venía dirigida a él solo, rehusaba tomar
conocimiento de ella, diciendo que la dirigieran a los visires. Antes de tomar
cualquier decisión, consultaba siempre al Senado. Nunca se dio tono de
príncipe, y en lugar de irse a vivir al palacio Califal, permaneció en la
modesta casa que siempre había ocupado. En realidad, su poder era ilimitado,
porque nunca al Senado se le ocurría contradecirlo. Su probidad era rígida y
escrupulosa; no quiso que el Tesoro público estuviera en su casa, y confió su
custodia a los hombres más respetables de la ciudad. Amaba el dinero, es
verdad, pero nunca el interés le hizo hacer nada indecoroso. Económico y
parsimonioso, por no decir avaro, duplicó su fortuna de modo que llegó a ser el
hombre más rico de Córdoba, pero al mismo tiempo hacía laudables esfuerzos para
restablecer la prosperidad pública. Se esforzaba en mantener amistosas
relaciones con todos los Estados vecinos, y lo logró tan bien, que el comercio
y la industria gozaron al poco tiempo de la seguridad de que tanto necesitaban.
Con esto bajaron los precios de los géneros, y Córdoba recibió en su seno
multitud de nuevos habitadores, que reedificaron algunos de los barrios que los
Berberiscos habían demolido o quemado cuando el saco de la ciudad. Mas a pesar
de esto, la antigua capital del Califato no recobró su preponderancia política.
El primer papel pertenece en adelante a Sevilla, y es de la historia de esta
ciudad de la que principalmente vamos a ocuparnos.
La suerte de Sevilla había estado por mucho
tiempo ligada a la de Córdoba. Lo mismo que la capital, había obedecido
sucesivamente a soberanos de la familia Omeya y de la de Hammud; pero la
revolución de Córdoba de 1023 tuvo sus resultados en Sevilla. Habiéndose
insurreccionado los Cordobeses contra Casim el Hammudita echándole de su
territorio, resolvió este príncipe ir a refugiarse a Sevilla donde estaban dos
hijos suyos con una guarnición berberisca, mandada por Mohamed ibn-Zirí de la
tribu de Iforen y en consecuencia envió a los Sevillanos la orden de evacuar
mil casas, que habían de ser ocupadas por las tropas. Esta orden produjo un
descontento tanto más pronunciado, cuanto que los soldados de Casim, los más
pobres de su raza, tenían la mala fama de ser muy pillos. «Córdoba acababa de
mostrar a los Sevillanos la posibilidad de libertarse del yugo y estos estaban
tentados de seguir el ejemplo que les había dado la capital. Les detenía aún el
miedo a la guarnición berberisca, pero el Cadí de la ciudad, Abul-Casim
Mohamed, de la familia de los Beni-Abbad, consiguió ganarse al jefe de la
guarnición. Le dijo que le sería fácil hacerse señor de Sevilla y desde
entonces Mohamed ibn-Zirí se declaró pronto a secundarlo. El Cadí se alió
enseguida con el comandante berberisco de Carmona y los Sevillanos, secundados
por la guarnición, tomaron las armas contra los hijos de Casim, cuyo palacio
cercaron.
Cuando llegó ante las puertas de Sevilla, que
encontró cerradas, Casim trató de ganarse a los habitantes con promesas, pero
no lo consiguió y como sus hijos estaban en una situación muy peligrosa, se
comprometió por último a evacuar el territorio sevillano, siempre que le
devolvieran sus hijos y sus bienes. Los Sevillanos convinieron en ello y
habiéndose retirado Casim, aprovecharon la primera ocasión que se les presentó
para echar a la guarnición berberisca.
Habiendo quedado así libre la ciudad, se
reunieron los patricios para constituir gobierno. Sin embargo, ellos no estaban
tranquilos acerca de las consecuencias de su rebelión: temían ver volver muy
pronto a los Hammuditas irritados, que no dejarían en este caso de castigar a
los culpables; así, que ninguno se atrevió a tomar sobre sí la responsabilidad
de lo que había pasado, estando todos de acuerdo en hacerla pesar únicamente
sobre el Cadí a quien envidiaban sus riquezas, y ya preveían con secreto placer
el momento en que fueran confiscadas. Se le ofreció al Cadí la autoridad
soberana, pero cualquiera que fuera su ambición, era demasiado prudente para
aceptarla en aquel momento. Su origen no era ilustre. Era muy rico, pues que
poseía la tercera parte del término de Sevilla y gozaba de gran consideración a
causa de saber y de su talento: pero su familia no pertenecía sino desde poco
antes a la alta nobleza y sabía que a menos que no tuviera soldados a su
disposición—y todavía no los tenía—la altiva y exclusiva aristocracia de
Sevilla no tardaría en sublevarse contra un advenedizo. Y ciertamente no era
otra cosa. Verdad es, que más adelante, cuando los Abbaditas estuvieron a punto
de restablecer en provecho suyo el trono de los califas, pretendieron descender
de los antiguos reyes lakhmitas que, antes de Mahoma habían reinado en Hira, y
que los famélicos poetas de su corte, aprovechaban todas las ocasiones para
celebrar tan ilustre origen; pero nada justifica semejante pretensión; los
Abbaditas y sus aduladores nunca la pudieron demostrar. Todo lo que esta
familia tenía de común con los antiguos reyes de Hira, es que pertenecía como
ellos a la tribu yemenita de Lakhm, pero la rama de esta tribu de donde
provenían los Abbaditas, no parece haber habitado nunca en Hira, sino que
moraba en Arich en las fronteras del Egipto y la Siria en el distrito de Emesa,
y los Abbaditas, lejos de poder enlazar su genealogía a la de los reyes de
Hira, nunca pudieron hacerla remontar más allá de Noaim, padre de Itaf. Este
Itaf, capitán de una división de las tropas de Emesa, había llegado a España
con Baldj y habiendo recibido los soldados de Emesa tierras cerca de Sevilla,
se estableció en el lugarejo de Yamin que estaba en el distrito de Tocina a
orillas del Guadalquivir. Siete generaciones de gentes honradas, económicas y
laboriosas hicieron salir lenta y penosamente a la familia de su oscuridad.
Ismael, padre de nuestro Cadí, fue el primero que la ilustró, el que por
decirlo así hizo inscribir en el «libro de oro» de la nobleza sevillana el
nombre de los Beni-Abbad o Abbaditas. Al par teólogo, jurisconsulto y militar,
había mandado un regimiento de la guardia de Hixem II, y luego había sido imán
de la gran mezquita de Córdoba y Cadí de Sevilla. Famoso por sus luces, por su
sagacidad, por la prudencia de sus consejos y su firmeza de carácter, no lo era
menos por su probidad, pues a despecho de la general corrupción no había
aceptado nunca ningún donativo del Sultán, ni de sus ministros. Su liberalidad
era ilimitada y los Cordobeses desterrados, encontraban en él una generosa
hospitalidad. Todas estas cualidades le valieron el título del hombre más noble
de Occidente. Había muerto en el año 1919, poco tiempo antes del periodo de que
nos ocupamos. Su hijo Abul-Casim-Mohamed, le igualó acaso en saber, pero no en
virtud. Egoísta y ambicioso, su primer acto había sido un acto de ingratitud.
Cuando su padre murió y esperaba sucederle como Cadi, fue preferido otro.
Entonces se dirigió a Casim-ibn-Hammud y gracias a la intervención de este príncipe
obtuvo el empleo que deseaba. Ya hemos visto de qué manera recompensó más
tarde este favor.
Los patricios sevillanos le ofrecían ahora el
poder, pero él, adivinando el motivo les respondió que no podía aceptar su
oferta por honrosa que fuera, sino a condición de que se le dieran por adjuntas
algunas personas que designaría. Estas personas, añadió, habían de ser sus
visires y sus colegas, y no tomaría resolución sin consultarles. A pesar suyo,
los Sevillanos tuvieron que aceptar esta proposición, porque el Cadí rehusaba
con firmeza gobernar solo. Rogáronle entonces que designara a sus colegas, y designó
a los jefes de algunas familias patricias, tales como los Hauzaníes y los
Ibn-Haddjadj, y personas que se consideraban como hechuras suyas o al menos de
sus partidarios, tales como Mohamed Ibn-Yarim, de la tribu de Alhan y Abu- Becr
Zobaidí, aquel célebre gramático que había sido preceptor de Hixem II. Hecho
esto, su primer cuidado fue procurarse tropas. Gracias a la buena paga que les
ofrecía, atrajo a sus banderas muchos soldados árabes y de otras partes, y
compró además muchos esclavos que hizo instruir en el ejercicio de las
armas. Una expedición que hizo al Norte, probablemente con otros
príncipes, le suministró el medio de engrosar este pie de ejército. Sitió en
esta ocasión dos castillos al Norte de Viseo, que estaban edificados uno frente
a otro, sobre dos rocas separadas por un barranco, y que llevan el nombre de
«al-akhawén» o de «al-akowén, los dos hermanos», nombre que se ha conservado en
la denominación actual de «Alafoenz.» Estaban habitados por Españoles
cristianos, cuyos antecesores habían hecho un tratado con Muza ibn-Nozair,
cuando este general conquistó Viseo, pero en la época de que nos ocupamos, no
parece que estaban sometidos ni al rey de León, ni a ningún príncipe musulmán.
El Cadí se hizo dueño de estos dos castillos, obligando a trescientos de sus
defensores a entrar a su servicio y de este modo pudo disponer desde entonces
de quinientos caballos. Tenía, pues, bastantes soldados para hacer razias en
las tierras de sus vecinos pero no se hallaba aun en estado de defender Sevilla
contra un ataque formal. Así lo experimentó en 1027, en que el Califa
Hammudita, Yahya ibn-Alí y el señor berberisco de Carmona Mohamed ibn-Abdallah,
la sitiaron. Demasiado débiles los Sevillanos para oponer una larga
resistencia, entraron en negociaciones con Yahya, se declararon prontos a
reconocer su soberanía a condición de que los Berberiscos no entraran en la
ciudad. Yahya consintió en ello, pero exigió que le dieran en rehenes algunos
jóvenes patricios que le respondieran con su cabeza de la fidelidad de los
Sevillanos. Esta demanda llenó de consternación a la ciudad, pues ningún
patricio quería entregar su hijo a los Berberiscos, que podrían matarlo a la
menor sospecha. Solo el Cadí no vaciló; ofreció a Yahya su hijo Abbad, y como
el Califa sabía que el Cadí gozaba de gran influencia, se contentó con este
solo rehén. Gracias a este sacrificio, el Cadí vio acrecentarse su popularidad,
y no teniendo ya nada que temer, ni de los nobles ni del Califa, pues que
reconocía su soberanía, en apariencia, creyó llegado el momento de reinar solo.
Habiendo descartado del Concejo a los patricios, como Ibn-Haddadj y Hauzani, no
tenía ya más que dos colegas Zobaidí ibn-Yarin. Los despidió, y Zobaidí fue
desterrado. Un plebeyo de cerca de Sevilla, que se llamaba Habib, fue
nombrado primer ministro. Era hombre sin principios, pero inteligente, activo y
completamente adicto a los intereses de su señor.
El Cadí quiso en seguida extender su
territorio, apoderándose de Béjar. En los últimos tiempos, esta ciudad que ya
había sufrido mucho por la guerra entre árabes y renegados, fue saqueada y en
parte destruida por los Berberiscos, que habían recorrido el país saqueando y
quemando todo lo que encontraban a su paso. El Cadí tenía intención de
reedificarla, pero informado de su proyecto el príncipe de Badajoz, Abdallah
ibn-al-Aftas, envió tropas mandadas por su hijo Mohamed (que más tarde le
sucedió con el nombre de Mudhaffar) las que ya habían tomado posesión de Bejar,
cuando Ismael, hijo del Cadí se presentó ante sus puertas con el ejército de
Sevilla, y el del señor de Carmona, aliado de su padre. Comenzó en seguida
sitio e hizo saquear con su caballería los pueblos que había entre Évora y el
mar. A pesar del refuerzo que recibió del señor de Mertola, Ibn-Taifur, Mohamed
el Aftasida fue desdichadísimo. Después de perder sus mejores guerreros cayó en
manos de sus enemigos, y fue enviado a Carmona.
Animados con el triunfo conseguido, el Cadí y
su aliado, hicieron incursiones, no solo en el territorio de Badajoz, sino
también en el de Córdoba, de modo que el gobierno de esta ciudad tuvo que tomar
a su servicio Berberiscos de la provincia de Sidona. Sin embargo, algo después,
hicieron la paz, o por lo menos un armisticio con el Aftasida, y entonces
Mohamed salió libre de su prisión con consentimiento del Cadí (marzo, 1030). Al
anunciarle que quedaba libre, el señor de Carmona le recomendó que se pasara por
Sevilla y diera las gracias al Cadí; pero Mohamed le tenía tanta aversión que
respondió al Berberisco: «Prefiero quedar vuestro prisionero a tener nada que
agradecer a ese hombre. Si no es a vos solo a quien soy deudor de mi libertad,
si tengo que agradecerla al Cadí de Sevilla me quedaré donde estoy.» El señor
de Carmona respetó sus sentimientos y sin insistir más le hizo volver a Badajoz
con todos los honores debidos a su rango.
Cuatro años después, en 1034, Abdallah el
Aftasida se vengó, pero de un modo poco noble de los reveses que había sufrido.
Había concedido paso al Cadí para su ejército, que a las órdenes de Ismael iba
a hacer una razia en el reino de León. Pero cuando llegó a un desfiladero cerca
de la frontera leonesa, los atacó de improviso. Muchos de los soldados
sevillanos murieron, otros fueron asesinados en su fuga por la caballería de
León. El mismo Ismael escapó de la carnicería con un puñado de guerreros, pero mientras
se dirigía a Lisboa, ciudad fronteriza de los Estados de su padre, al N.O, él y
los suyos tuvieron que sufrir las mayores privaciones.
Desde entonces el Cadí se hizo enemigo mortal
del príncipe de Badajoz; pero no poseemos detalles sobre las batallas que se
dieron más adelante, y es indudable que esta guerra no tuvo para la España
musulmana consecuencias tan importantes como un suceso de otro orden de que
ahora vamos a ocuparnos.
Como ya hemos dicho, el Cadí había reconocido
la soberanía del Califa Hammudita, Yahya ibn-Alí. Esto había sido por mucho
tiempo una cosa sin importancia; el Cadí reinaba a sus anchas en Sevilla, pues
Yahya era demasiado débil para poder hacer valer sus derechos. Pero poco a poco
este estado de cosas cambió. Yhaya consiguió atraer sucesivamente a su causa a
casi todos los jeques berberiscos, llegó a ser en realidad lo que antes no
había sido más que de nombre, el jefe de todo el partido africano, y como había
establecido su cuartel general en Carmona, de donde había echado a Mohamed
ibn-Abdallah amenazaba a la vez a Córdoba y a Sevilla.
La gravedad del peligro inspiró entonces al
Cadí un pensamiento que hubiera sido grande y patriótico, si no le hubiera sido
sugerido en parte por la ambición. Para impedir a los Berberiscos, unidos
ahora, reconquistar el terreno perdido, era precisa la unión de árabes y
eslavos bajo un solo jefe; este era el único medio de preservar al país da
volver a sufrir los males que había sufrido. El Cadí lo conocía, y deseaba que
se formara una gran liga en que entraran todos los enemigos de los africanos,
pero al mismo tiempo quería ser su jefe. No se le ocultaban los obstáculos que
tendría que vencer, sabía que los príncipes Eslavos, los señores árabes y los
Senadores de Córdoba se creerían heridos en su desconfiado orgullo si trataba
de dominarlos; pero no se dejó desanimar por este orden de consideraciones, y
como las circunstancias le prestaban poderoso apoyo, logró hasta cierto punto
realizar su proyecto. Vamos a ver de qué manera se condujo.
Hemos dicho antes que el desdichado Califa
Hixem II se había evadido de palacio en el reinado de Solimán, y que según toda
probabilidad había muerto en Asia, desconocido e ignorado. Sin embargo, el
pueblo, muy adicto todavía a la dinastía Omeya, que le había dado prosperidad y
gloria, rehusaba creer en la muerte de este monarca, y acogía ávidamente los
extraños rumores que sobre él corrían. Había quien se preciaba de dar los
detalles más precisos sobre su estancia en Asia. Primero, decían, había ido a la
Meca, provisto de una bolsa llena de dinero y piedras preciosas, pero
habiéndosela quitado los negros de la guardia del emir, pasó dos días y dos
noches sin comer, hasta que compadecido un alfarero le preguntó si sabía amasar
barro: a la ventura Hixem respondió que sí.
—¡Pues bien!, le dijo entonces el alfarero;
si quieres entrar a mi servicio, yo te daré un dirhem y un pan diario.
—Acepto con mucho gusto vuestro ofrecimiento,
le respondió Hixem, pero os suplico que me deis en seguida un pan, porque hace
dos días que estoy sin comer.
Por algún tiempo, Hixem, aunque era un obrero
muy perezoso, ganó su vida en casa del alfarero, pero disgustado al cabo de su
tarea, se escapó y se unió a una caravana que iba a salir para Palestina, y
llegó a Jerusalén en la más completa desnudez. Un día que se paseaba por el
mercado, se detuvo delante de la tienda en que trabajaba un esterero.
—¿Por qué me miras con tanta atención?, le
preguntó éste; ¿sabes acaso mi oficio?
—No, le respondió tristemente Hixem, y lo
siento, porque no tengo que comer.
—Pues quédate conmigo, repuso el esterero,
podrás servirme trayéndome juncos, y te lo pagaré.
Hixem aceptó con júbilo esta proposición y
poco a poco aprendió a hacer esteras. Muchos años pasaron así, pero en 1033
volvió a España. Después da haberse dejado ver en Málaga, pasó a Almería,
adonde llegó en 1035, pero habiéndole expulsado poco después el príncipe Zohair
de sus Estados, fue a establecerse en Calatrava.
Este relato que el pueblo aceptaba con cierta
credulidad no parece merecer ninguna confianza. El hecho es que en la época en
que Yahya amenazaba a Sevilla y a Córdoba había en Calatrava un esterero
llamado Khalaf que se parecía mucho a Hixem, pero nada prueba que este hombre
fuera el ex-Califa, y clientes Omeyas, tales como los historiadores Ibn-Haiyan
e Ibn-Hazm, han protestado siempre del modo más enérgico contra esto que,
llamaban una grosera impostura. Khalaf, sin embargo, era ambicioso. Habiendo oído
decir que se parecía mucha a Hixem II, se supuso este monarca y como no había
nacido en Calatrava, sus convecinos lo creyeron y lo que es más, le
reconocieron por soberano y se rebelaron contra su señor Ismael ibn-Dhinnun,
príncipe de Toledo, Este, fue entonces a sitiarlos y no fue larga la
resistencia, pues habiendo hecho salir de la ciudad al pretendido Hixem, se
sometieron de nuevo a su antiguo señor.
Sin embargo, el papel de Khalaf no había
concluido, no hacía más que comenzar. En cuanto el Cadí de Sevilla supo la
reaparición de Hixem II, comprendió inmediatamente el partido que podía sacar
de este hombre si le hacía venir. Poco le importaba que fuera Hixem o no; lo
esencial era que, la semejanza fuera bastante grande para poder pretender sin
comprometerse mucho, que era Hixem, porque entonces podría organizarse a su
nombre una liga contra los Berberiscos, liga de la que el Cadí, como primer
ministro del Califa, sería el jefe y el amo. Hizo pues, invitar al pretendiente
a ir a Sevilla, prometiéndole su apoyo en caso de que se probara su identidad.
El esterero no se hizo de rogar y vino a Sevilla, donde el Cadí lo presentó a
las mujeres del serrallo de Hixem. Sabiendo lo que tenían que decir, declararon
casi todas que aquel hombre era realmente el ex-Califa y el Cadí apoyándose en
su testimonio, escribió al senado de Córdoba, como también a los señores árabes
y eslavos, anunciándoles que Hixem II, estaba con él, e invitándoles a tomar
las armas en su favor. Este paso tuvo magnífico éxito. La soberanía de Hixem
fue reconocida por Mohamed ibn-Abdallah, el príncipe destronado de Carmona, que
se había refugiado en Sevilla; por Abdalaziz príncipe de Valencia; por
Modjehid, príncipe de Denia y de las Baleares; y por el señor de Tortosa. En
Córdoba, el pueblo supo con entusiasmo que vivía aún. Menos crédulo y más
celoso de su poder, el presidente de la república Abul-Hazm ibn-Djahwar, no fue
engañado con esta impostura, pero conocía que le sería imposible resistir a la
voluntad del pueblo, comprendía la necesidad de la unión de árabes y eslavos
bajo un solo jefe y temía ver a Córdoba atacada por los Berberiscos; así, que
no se opuso a los deseos de sus conciudadanos, y permitió que se prestara de
nuevo juramento a Hixem II (noviembre de 1035).
En este entretanto, y mientras que el partido
árabe-eslavo se armaba contra él, Yahya sitiaba Sevilla, asolaba su territorio,
dispuesto a vengarse de una manera que fuera sonada del astuto Cadí. Pero
estaba rodeado de traidores. Los Berberiscos de Carmona, a quienes había
obligado a alistarse en sus banderas, eran muy adictos a su antiguo señor,
mantenían inteligencias con él, y en octubre de 1035 algunos de ellos fueron
secretamente a Sevilla, y cuando llegaron dijeron al Cadí y a Mohamed
ibn-Abdallah que les sería muy fácil sorprender a Yhaya pues que este príncipe
estaba casi siempre ebrio. El Cadí y su aliado, resolvieron aprovechar
inmediatamente este aviso. Ismael, hijo del Cadí, marchó a la cabeza del
ejército sevillano, acompañado de Mohamed ibn-Abdalah. Cuando anocheció se
emboscó con el grueso de sus fuerzas y envió un escuadrón contra Carmona
esperando sacar a Yahya fuera de la plaza. Logró su objetivo. Yahya estaba
entretenido en beber cuando le informaron de la aproximación de los Sevillanos.
Y levantándose de su sofá exclamó: «¡Qué felicidad! ¡Ibn-Abbá viene a
devolverme la visita! ¡Que se armen sin perder momento! ¡A caballo!» Sus
órdenes fueron ejecutadas y poco después salió de la ciudad al frente de
trescientos caballos. Caliente con el vino se precipitó sobre los enemigos sin
tomarse tiempo de formar sus tropas en batalla, y aunque la oscuridad casi le
impedía distinguir los objetos. Aunque algo desconcertados al principio por
este brusco ataque, los Sevillanos respondieron con vigor a él y cuando al fin
fueron obligados a la retirada, retrocedieron al sitio donde se encontraba
Ismael. Desde entonces Yahya estaba perdido. Ismael cayó sobre los enemigos a
la cabeza de sus cristianos de Alafoens y los puso en derrota. El mismo Yahya
cayó muerto y acaso la mayoría de sus soldados hubieran participado de su
suerte, si no lo hubiera impedido Mohamed-ibn-Abdalah, quien rogó a Ismael que
perdonara a esos infelices. «Casi todos, le dijo, son Berberiscos de Carmona
que han sido obligados muy contra su voluntad a servir a un usurpador a quien
detestan.» Ismael cedió a sus instancias y mandó que cesara la persecución.
Apenas se hubo dado esta orden, cuando Mohamed corrió a Carmona para volver a
apoderarse de su principado. Los negros de Yahya, que se habían hecho dueños de
las puertas de la ciudad quisieron impedirle la entrada, pero Mohamed secundado
por la población, penetró por una brecha, fue al palacio de Yahya, entregó las
mujeres de este príncipe a su hijo y se apropió de todos sus tesoros. (noviembre
de 1035)
La nueva de la muerte de Yahya causó una
alegría indecible lo mismo en Sevilla que en Córdoba. El Cadí cuando la recibió
se puso de rodillas para dar gracias a Dios y todos los que lo rodeaban lo
imitaron. Por lo pronto no había ya nada que temer de los Hammuditas. Idris,
hermano de Yahya, habla sido proclamado califa en Málaga, pero necesitaba
tiempo para ganarse a fuerza de promesas y concesiones a los jeques
berberiscos, y ni aun se hallaba en estado de reducir Algeciras, donde su primo
Mohamed había sido proclamado califa por los negros. Viendo, pues, que las
circunstancias le eran propicias, quiso el Cadí instalarse con el pretendido
Hixem II en el palacio califal de Córdoba. Pero Ibn-Djahwar no tenía gana de
abdicar del consulado. Logró convencer a sus conciudadanos de que el pretendido
califa no era más que un impostor, se quitó su nombre de las oraciones
públicas; y cuando el Cadi llegó ante las puertas de la ciudad se las encontró
cerradas y no siendo bastante fuerte para reducir a mano armada ciudad tan
considerable, se vio obligado a volverse por donde había venido.
Entonces resolvió volver sus armas contra el
único príncipe eslavo que había rehusado reconocer a Hixem II, que era Zohair
de Almería. Desde que el califa Casim, que quiso conciliarse la amistad de los
Amiridas, le dio muchos feudos, Zohair había hecho de ordinario causa común con
los Hammuditas y cuando Idris fue proclamado Califa, se había apresurado a
reconocerlo. Amenazado ahora por el Cadí, se alió con Habbus de Granada y
cuando se puso en marcha el ejército sevillano, le salió al encuentro con sus
tropas y las de su aliado y le obligó a retirarse.
Era evidente que el Cadí había presumido
demasiado de sus fuerzas y podía temer que llegara el momento en que los
ejércitos de Almería y de Granada, tomando a su vez la ofensiva, invadieran el
territorio sevillano. Felizmente para él, la casualidad que le servía casi
siempre a pedir de boca, quiso que uno de sus enemigos lo desembarazara del
otro.
II.
En la época de que hablamos, dos hombres
igualmente notables, pero que se tenían odio mortal, dirigían los negocios en
Granada y en Almería: el árabe Ibn-Abbas y el judío Samuel.
El Rabí Samuel ha-Leví a quien llamaban
ordinariamente Bed-Naghdela, había nacido en Córdoba donde había estudiado el
Talmud con el Rabí Hanokh jefe espiritual de la comunión judía. Se había
aplicado también con mucho provecho al estudio de la literatura árabe y al de
casi todas las ciencias que entonces se cultivaban. Por lo demás, no había sido
durante mucho tiempo sino un simple droguero, primero en Córdoba, luego en
Málaga, donde se había establecido después de la toma de la capital por los
Berberiscos de Solimán, hasta que un feliz accidente vino a sacarlo de su
humilde condición.
Estaba su tienda cerca de un castillo que
pertenecía a Abul-Casim ibn-al-Arif, visir de Habbus rey de Granada. Como la
gente de este castillo tenía muchas veces que escribir a su señor y eran
iliteratos, hacían redactar sus cartas por Samuel. Estas cartas causaron la
admiración del visir, porque estaban escritas con la mayor elegancia y
artísticamente sembradas de las más hermosas flores de la retórica árabe. Así,
que cuando tuvo ocasión de ir a Málaga, se apresuró a informarse de la persona
que las había escrito y haciendo llamar al judío le dijo: «No es digno de tí
estar en una tienda. Mereces brillar en la corte y si quieres serás mi
secretario.» Acompañó pues, Samuel al visir cuando este volvió a Granada y la
estimación que Ibn-al-Arif ya le tenía se acrecentó cuando en sus
conversaciones sobre negocios de Estado, descubrió en él un conocimiento de los
hombres y de las cosas y un golpe de vista verdaderamente maravilloso. «Todos
los consejos que daba Samuel, dice un historiador judío, eran como si alguno interrogare
a la palabra de Dios.» Así que el visir los siguió desde entonces, de lo que no
tuvo que arrepentirse. Habiendo caído luego malo y conociendo que su fin se
aproximaba, le dijo al rey que había venido a visitarlo y que no sabía cómo
reemplazar al fiel servidor que iba a perder: «Señor, en estos últimos tiempos
nada os he aconsejado por mí mismo, sino por inspiración de mi secretario el
judío Samuel. Fijad en él vuestra atención, que sea para vos un padre y un
ministro, haced todo lo que os aconseje y Dios os ayudará.» El rey Habbus
siguió el consejo. Llevó a Samuel a palacio y el judío llegó a ser su
secretario y su consejero.
Acaso en ningún otro Estado musulmán halla
gobernado un judío con el título de visir y canciller. Verdad es que muchas
veces ha habido judíos que han gozado de cierta consideración de los soberanos
musulmanes que solían sobre todo confiarles la administración de la hacienda,
pero la tolerancia musulmana no llegaba de ordinario hasta sufrir pacientemente
que fuera un judío primer ministro. Pero también, si la cosa era posible en
alguna parte no lo era más que en Granada. Allí los judíos eran tan numerosos
que se la llamaba la «ciudad de los judíos y como eran poderosos y ricos se
entrometían con bastante frecuencia en los negocios del Estado. En una palabra,
allí era donde habían encontrado, si no la tierra prometida, por lo menos el
maná del desierto y la roca de Horeb. También se explica de otro modo la
elevación de Samuel. No le era fácil al rey de Granada encontrar un primer
ministro porque, a decir verdad, no podía confiar este importante puesto ni a
un Berberisco, ni a un árabe. En este tiempo, se deseaba que un primer ministro
fuera muy literato, que fuera capaz de componer las cartas que se enviaban a
otros príncipes y que se escribían en prosa rimada y en un estilo sumamente
rebuscado. El rey de Granada, sobre todo, gustaba de esta especie de talento.
Se parecía a un advenedizo que trata de darse aire de gran señor: semi bárbaro,
se tomaba un trabajo infinito para no parecerlo. Se preciaba de algo literato y
hasta pretendía, que la nación de que era oriundo, la de Cinhedja, no era por
su origen berberisca, sino árabe. Necesitaba pues, a toda costa, un ministro
que en nada fuera inferior a los de sus vecinos. ¿Pero dónde encontrarlo? Sus
Berberiscos sabían muy bien batirse, tomar ciudades, saquearlas y quemarlas,
pero eran incapaces de escribir correctamente ni un renglón en la lengua del
Corán. En cuanto a los árabes, que no sufrían el yugo, sino trémulos de ira y
de vergüenza, no se podía fiar de ellos; se hubieran creído felices engañándolo
y vendiéndolo. En tales circunstancias, un judío como Samuel que, según el
testimonio de los mismos sabios árabes, habían profundizado todas las
delicadezas de su lengua y que por celoso que fuera por su religión, no tenía
escrúpulo cuando escribía a musulmanes de emplear las fórmulas religiosas que
eran de estilo, debía ser para él un verdadero tesoro. Y no tuvo que
avergonzarse de haberlo elevado al rango de primer ministro, pues su elección
fue aprobada hasta por los árabes. Estos a pesar de su intolerancia y de sus
prejuicios contra los hijos de Israel, se veían obligados a confesar que Samuel
era un genio superior. Y en efecto su saber era extenso y profundo. Era
matemático, lógico, astrónomo y sabia lo menos siete lenguas. Júntese a esto
que era muy generoso con los poetas y los literatos en general. Así pues, aquellos
a quienes había colmado de favores, no le regateaban sus elogios y el poeta
Monfatil llegó a dirigirlo estos versos que los escritores musulmanes no citan
sin un santo horror.
“Oh tú que has reunido en tu persona todas
las buenas cualidades que los demás, solo poseen en parte, tú que has devuelto
la libertad a la generosidad cautiva, tú eres tan superior a los hombres más
generosos de Oriente y de Occidente, como el oro es superior al cobre. Ah, si
los hombres pudieran distinguir lo verdadero de lo falso no pondrían su boca
sino en tus dedos. En lugar de tratar de agradar a Dios besando en la Meca la
piedra negra, besaran tus manos porque ellas son las que disponen de la felicidad.
Gracias a ti yo he obtenido aquí abajo lo que deseaba, y espero gracias a tí
obtener allá arriba lo que deseo. Cuando me encuentro cerca de tí y de los
tuyos, profeso abiertamente la religión que prescribe observar el sábado y
cuando me encuentro cerca de mi mismo pueblo la profeso en secreto”
Pero lo que los árabes no podían estimar en
su justo valor, eran los servicios que Samuel hacía a la literatura hebraica. Y
eran muy considerables. Publicó un hebreo una Introducción al Talmud y
veintidós obras relativas a la Gramática, de las que la más extensa y notable
era el «Libro de la riqueza,» que un juez muy competente, un correligionario de
Samuel que vivía en el Siglo XII, coloca por encima de todas las demás que
tratan de gramática. Era también poeta: hizo imitaciones de los Salmos, de los
Proverbios y del Eclesiastés. Llenas de alusiones, de proverbios árabes, de
sentencias tomadas de los filósofos y de expresiones raras sacadas de los
poetas sagrados, estas poesías eran muy difíciles de entender; hasta los judíos
más sabios no podían comprender su sentido sin la ayuda de un comentario, pero
como lo afectado y lo rebuscado fueran entonces cosas comunes, lo mismo en la
literatura hebraica que en la árabe que le servía de modelo, la oscuridad se
tenía entonces más bien por mérito que por defecto. Además, él velaba con
solicitud paternal por los jóvenes estudiantes judíos y proveía generosamente a
sus necesidades cuando eran pobres. Tenía a su servicio escribientes que
copiaban la Michná y el Talmud y regalaba estas copias a los discípulos que no
podían comprarlas. Ni se limitaban sus beneficios a sus correligionarios
españoles. En Africa, en Sicilia, en Jerusalén, en Bagdad, en una palabra, en
todas partes podrán contar los judíos con su apoyo y con su liberalidad. Por
eso los judíos del principado granadino, queriendo darle una prueba de su
afecto y de su gratitud, le habían discernido en el año de 1027 el título de
«naghid», esto es, de jefe o príncipe de los judíos de Granada.
Como hombre de Estado juntaba a un espíritu
vivo y penetrante, un carácter firme y una prudencia consumada. De ordinario,
cualidad preciosa en un diplomático, hablaba poco y pensaba mucho. Aprovechaba
las circunstancias con arte maravilloso, conocía el carácter y las pasiones de
los hombres y los medios de dominarlos por sus vicios. Además, era hombre de
mundo. En los magníficos salones de la Alhambra, se encontraba tan a sus anchas
que se le hubiese creído nacido en el seno de la riqueza. Nadie hablaba con más
elegancia ni destreza, ni manejaba mejor la adulación, ni con tanta arte sabia
ser cariñoso o familiar en el discurso, de más vivaracho numen, ni más
persuasivo por sus argumentos. Y, sin embargo, —cosa rara entre aquellos a
quienes la rueda de la fortuna eleva a una súbita opulencia y a una alta
dignidad— no tenía ni la altanería de su advenedizo, ni la insolente y tonta
infatuación propia de los enriquecidos. Bondadoso y amable con todo el mundo,
poseía aquella verdadera dignidad que resulta de la naturalidad y de la falta
absoluta de pretensiones. Lejos de avergonzarse de su antigua condición y de
procurar ocultarla, se gloriaba de ella y se imponía por su sencillez a sus
detractores.
También Zohair, visir de Almería, era un
hombre muy notable. Se decía de él que no tenía igual en cuatro cosas: el
estilo epistolar, la riqueza, la avaricia y la vanidad. En efecto su riqueza
era casi fabulosa: se estimaba su fortuna en más de quinientos mil ducados. Su
palacio estaba amueblado con magnificencia y atestado de sirvientes; tenía
quinientas cantadoras todas de extrema belleza; pero lo que admiraba sobre todo
era su inmensa biblioteca, que sin contar innumerables cuadernos sueltos
contaba cuatrocientos mil volúmenes. Nada parecía pues, que faltaba a la
felicidad de este favorito de la fortuna. Era hermoso y joven todavía, pues que
contaba apenas treinta años; su origen era muy noble pues, que pertenecía a la
antigua tribu de los defensores de Mahoma, nadaba en riqueza, y como era de
respuesta pronta y se expresaba con mucha elegancia y corrección gozaba de gran
reputación literaria. Desgraciadamente se había apoderado de él una especie de
vértigo: su presunción no tenía límites y se había creado innumerables
enemigos. Los Cordobeses especialmente estaban furiosos con él; porque una vez
que fue a aquella ciudad con Zoahir, trató con el mayor desdén a los hombres
más distinguidos por su origen y su talento y al salir había dicho: «No he
visto aquí más que «sail y djahil» (mendigos e ignorantes).» El hecho es, que
su presunción rayaba casi en delirio. «Aunque todos los hombres fueren mis
esclavos, decía en sus versos, mi alma no estaría satisfecha todavía. Querría
subir a un lugar más elevado que las más altas estrellas y una vez llegado allí
querría subir más todavía.» Había compuesto un verso, que repetía en todas
ocasiones, pero especialmente cuando jugaba al ajedrez:
«Cuando se trata de mí, la desgracia duerme
siempre y tiene prohibición expresa de herirme».
Este desafío hecho al destino excitó en
Almería la indignación general y un atrevido poeta haciéndose intérprete de la
opinión pública, sustituyó a la segunda mitad del verso estas palabras que eran
una verdadera profecía:
«Mas ya llegará el tiempo en que el destino
que nunca duerme te despierte (a la desgracia.)»
Árabe puro, Ibn-Abbas odiaba a los
Berberiscos y despreciaba a los judíos. Quizás no quisiera precisamente que su
señor se uniera a la liga arábigo-eslava; porque entonces Zohair hubiera
quedado oscurecido por su jefe el Cadí de Sevilla; pero por lo menos estaba
indignado de verlo unido a un berberisco que tenía por ministro a un judío a
quien detestaba y de quien sabía que era odiado. De concierto con Ibn-Bacanna,
visir de los Hammuditas de Málaga, trató primero de derribar a Samuel. Para
lograrlo inventó innumerables calumnias, pero no lo consiguió. Entonces trató
de enfrentar a su señor con el rey de Granada, comprometiéndolo a prestar su
apoyo a Mohamed de Carmona enemigo de Habbus, y este plan le salió bien.
Poco tiempo después, en junio de 1038 murió
Habbus dejando dos hijos de los que el mayor se llamaba Badís y el menor
Bologguin. Los Berberiscos y algunos judíos querían dar el trono a este último,
otros judíos y entre ellos Samuel se inclinaban a Badís los mismo que los
árabes. Hubiera estallado una guerra civil, si Bologguin no hubiera renunciado
espontáneamente a la corona y cuando prestó juramento a su hermano, sus
partidarios tuvieron a su pesar que seguir su ejemplo.
El nuevo príncipe hizo todo lo que pudo por
reanudar la alianza con el señor de Almería y este declaró al cabo que todo
quedaría arreglado en una entrevista. Acompañado de un numeroso y magnífico
cortejo se puso, pues, en camino y llegó inopinadamente a las puertas de
Granada sin pedir permiso para pasar la frontera. Badís quedó grandemente
lastimado por este paso inconveniente; sin embargo, recibió al príncipe de
Almería con muchas consideraciones, trató suntuosamente a la gente de su
séquito y la colmó de regalos. La negociación sin embargo no condujo a nada, ni
los príncipes, ni sus ministros (Samuel había conservado su puesto) pudieron
entenderse. Únase a esto que, Zohair, que se dejaba influir por Ibn-Abbas,
tomaba respecto a Badís un tono muy ofensivo para su dignidad. Así, que el rey
de Granada pensaba ya en castigar al príncipe de Almería por su insolencia,
cuando uno de sus capitanes, que se llamaba Bologguin, se encargó de hacer una
última tentativa, para procurar una reconciliación. Fue a ver por la noche a
Ibn-Abbas y le dijo: «Temed el castigo de Dios. Vos sois quien impide llegar a
un acomodamiento, porque nuestro señor se deja guiar por vos. Sin embargo,
sabéis lo mismo que nosotros que, cuando obramos de concierto salíamos bien de
todas nuestras empresas, de modo que todos nos envidiaban. ¡Pues bien,
restablezcamos nuestra alianza! El punto en que no hemos podido entendernos
hasta ahora, es el apoyo que prestáis a Mohamed de Carmona. Abandonad a este
príncipe a su suerte y todo lo demás se arreglará por sí mismo.» Ibn-Abbas le
respondió en un tono semi protector, semi desdeñoso, y cuando el berberisco
intentó mover su corazón abrazándolo y vertiendo lágrimas, le dijo: «Guárdate
esas demostraciones y esas palabrotas, que no me hacen ningún efecto. Lo que te
dije ayer te digo hoy: si tú y los tuyos no hacéis lo que queremos, yo haré de
modo que os arrepintáis.» Exasperado con estas palabras: «¿Es esa la respuesta
que debo llevar al consejo?» preguntó Bologguin. «La misma, le respondió
Ibn-Abbas y si quieres atribuirme términos todavía más fuertes también te lo
permito.»
Llorando de indignación y de ira, Bologguin
volvió a presencia de Badís y de su consejo, y cuando hubo contado la
conferencia que había tenido con el visir exclamó: «¿Chinhedjitas, exclamó, la
arrogancia de este hombre es insoportable, preparaos todos a bajársela, porque
si no, no seréis dueños ni de vuestras casas!» Los granadinos participaron de
su enojo y el otro Bologguin, el hermano de Badís, fue el que se mostró más
indignado que todos y requirió a su hermano para que tomara en el mismo
instante las medidas necesarias para castigar a los Almerienses; Badís se lo
prometió.
Para volver a sus Estados, Zohair tenía que
pasar muchos desfiladeros y un puente que daba a un lugar cercano; su nombre de
Alpuente. Badís mandó cortarlo y envió soldados a que ocuparan los
desfiladeros. Sin embargo, como estaba menos exasperado que su hermano contra
Zohair y no desesperaba todavía de traer al amigo de su padre a mejor acuerdo,
resolvió advertirle secretamente del peligro que le amenazaba y se valió para
esto de un oficial berberisco que servía en el ejército de Almería. Este
oficial fue a buscar a Zohair durante la noche y le habló en estos términos:
—Creedme, señor, cuando os digo, que será
difícil pasar mañana los desfiladeros que hay en el camino. Os aconsejo pues,
que salgáis al instante y acaso de este modo podáis pasarlos antes que los
granadinos los hayan ocupado y entonces, si os persiguen podréis presentarles
batalla en el llano en poneros a salvo en algunas de vuestras fortalezas.
Este consejo pareció no desagradar a Zohair,
pero Ibn-Abbas que asistía a esta conversación, exclamó:
—El miedo es lo que te hace hablar así.
—¿De mí es de quien decís eso?, contestó el
oficial. ¿De mí que he tomado parte en veinte batallas mientras que vos no
habéis visto ni una? ¡Pues bien, ya veremos a quien el tiempo da la razón!, y
salió indignado.
Los enemigos de Ibn Abbas (y ya hemos dicho
que tenía muchos) pretenden que había rechazado el consejo del oficial
berberisco, no porque lo creyera malo, sino porque deseaba que fuera muerto
Zohair. Ibn-Abbas, dicen, tenía ambición de reinar en Almeria y quería que
Zohair muriera combatiendo contra los granadinos, pues esperaba poder salvarse
por la fuga y hacerse proclamar soberano en aquella ciudad. Acaso haya algo de
verdad en esta acusación; hemos de ver por lo menos más adelante que Ibn-Abbas
se alabó con Badís de haber metido a Zohair en un lazo.
Sea de esto lo que quiera, a la mañana
siguiente (3 de agosto de 1038), Zohair se encontró cercado por las tropas de
Granada. Sus soldados quedaron consternados, pero él no perdió su presencia de
ánimo. Puso en batalla su infantería negra que eran quinientos y sus Andaluces
y ordenó a su teniente Hodhail que cayera sobre los enemigos al frente de la
caballería eslava. Hodhail obedeció, pero apenas empeñado el combate, quedó
desmontado ya sea de un lanzazo, ya sea porque tropezara su caballo, y sus
jinetes huyeron en el mayor desorden. En el mismo instante, Zohair fue
abandonado por los negros, en quien tenía sin embargo gran confianza. Los
negros se pasaron al enemigo después de haberse apoderado del depósito de
armas. No quedaban pues sino los Andaluces, pero estos que eran en general muy
malos soldados, no pensaron más que en huir y quieras que no Zohair tuvo que
hacer otro tanto. Como estaba cortado el puente de Alpuente y los desfiladeros
ocupados por los enemigos; los fugitivos tuvieron que refugiarse en la sierra.
La mayor parte fueron acuchillados por los granadinos que no daban cuartel, y
otros hallaron la muerte en horribles precipicios, entre los que se contó el
mismo Zohair.
Todos los empleados civiles entre los que se
contaba Ibn-Abbas, habían sido hechos prisioneros, habiendo mandado Badís que
se les perdonara la vida. Ibn-Abbas creía no tener nada que temer y no se
inquietaba más que por sus libros. «¡Dios mío, Dios mío!, gritaba, ¡que será de
mis paquetes!» Y dirigiéndose a los soldados que lo conducían ante Badís, les
dijo; «Id a decir a vuestro señor que tenga mucho cuidado de mis paquetes, para
que no se rompa algo, pues que contienen libros de inestimable precio.» Y cuando
hubo llegado a presencia de Badís le dijo sonriendo: «No os he servido bien,
¿puesto que os he entregado estos perros?» y señaló con la mano a los
prisioneros eslavos. «Hacedme un servicio a vuestra vez, continuó, mandad que
se respeten mis libros; que es lo que más me interesa.» Mientras que hablaba
así, los prisioneros almerienses le echaban furiosas miradas y uno de ellos, el
capitán Ibn-Chabib, dirigiéndose a Badís exclamó: «¡Señor os conjuro por aquel
que os ha dado la victoria que no dejéis escapar a ese infame que ha perdido a
nuestro señor! ¡Él es quien tiene la culpa de todo lo que ha sucedido y por ver
su suplicio me dejaría de buena gana cortar enseguida la cabeza!» A estas
palabras sonrió Badis de una manera benévola y mandó poner en libertad al
capitán, que fue el único que salvó su vida, de los militares, pues todos los
demás fueron entregados sucesivamente al verdugo. Por el contrario, Ibn-Abbas,
fue el único de los empleados civiles que no fue puesto en libertad. El
orgulloso visir conoció al fin la desgracia que con loca audacia había
desafiado y veía cumplirse la predicción del poeta almeriense. Fue encerrado en
un calabozo de la Alhambra y lo cargaron de cadenas, que no pesaban menos de
cuarenta kilos. Sabía que Badís estaba muy irritado contra él y que Samuel
deseaba su muerte. Sin embargo, conservaba todavía alguna esperanza; Badís, a
quien había hecho ofrecer treinta mil ducados como precio de su libertad, mandó
responderle que ya tomaría su demanda en consideración y había dejado pasar
cerca de dos meses sin decidir nada. Durante este tiempo luchaban contrarias
influencias en la corte granadina: por una parte, el embajador cordobés
solicitaba la libertad de los prisioneros y principalmente la de Ibn-Abbas; de
otra, el embajador y cuñado del Amirida, Abdalaziz de Valencia, Abul-Ahwaz, Man
ibn-Zomadih insistía con Badis para que hiciera matar todos los prisioneros y
sobre todo a Ibn-Abbas. Abdalaziz se había apresurado a apoderarse del
principado de Almería, bajo pretexto de que le tocaba por derecho de
devolución, habiendo sido Zohair cliente de su familia, y temía que si
Ibn-Abbas y los otros prisioneros recobraban la libertad, le disputaran el
poder. El mismo Badis, no sabía que partido tomar: la avaricia y la venganza
luchaban en su corazón; pero una tarde que paseaba a caballo con su hermano
Bologguin, le habló de la proposición de Ibn-Abbas y le pidió su parecer. «Si
aceptáis su dinero y recobra la libertad, os suscitará una guerra que os
costará doble. Soy pues, de parecer que lo mandéis matar enseguida.»
Concluido el paseo mandó que le trajeran el
prisionero y le reprendió sus faltas con las palabras más duras. Ibn-Abbas
esperó con resignación el fin de esta larga invectiva y cuando el rey acabó de
hablar, exclamó:
—Señor, os suplico que tengáis piedad de mí;
¡libradme de mis penas!
—Hoy mismo quedareis libre, le respondió el
príncipe; y como viera brillar un rayo de esperanza en la pálida y triste
fisonomía de su prisionero, se calló por unos instantes. Después continuó, con
una sonrisa feroz: Irás a donde sufras mucho más.
Enseguida le dijo a Bologguin algunas
palabras en berberisco, lengua que Ibn-Abbas no comprendía; pero las últimas
palabras que le había dirigido Badís, su terrible sonrisa, su aire feroz y
amenazador, todo le decía con sobrada claridad que iba a sonar su última hora.
«¡Príncipe, príncipe, exclamó cayendo de
rodillas, perdonadme la vida, os lo suplico! ¡Tened piedad de mis mujeres y de
mis pequeñuelos! ¡No son treinta mil ducados, sino sesenta mil los que os
ofrezco, pero dejadme la vida por el amor de Dios!»
Badís lo escuchó sin contestar palabra, y
luego blandiendo su espada se la sepultó en el pecho. Su hermano Bologguin y su
camarero Alí ibn-al-Carawi hicieron otro tanto, pero Ibn-Abbas, que no dejaba
de implorar la clemencia de sus verdugos, no cayó, sino a la décima séptima
herida. (24 de setiembre de 1038).
No tardó en saberse en Granada que el rico y
orgulloso Ibn-Abbas, había dejado de vivir. Los africanos se alegraron, pero
ninguno recibió esta noticia con tanta satisfacción como Samuel. Ya no le
quedaba más que un enemigo terrible, Ibn-Bacannia y un secreto presentimiento
le decía que también iba pronto a perecer. Los judíos creían entonces, lo mismo
que los árabes, que muchas veces se oían en sueños espíritus que predecían el
porvenir en verso, y una noche oyó Samuel mientras dormía una voz que la recitaban
tres versos hebraicos, cuyo sentido es este:
“¡Ya ha perecido Ibn-Abbas, así como sus
amigos y confidentes; a Dios alabanza y santificación! Y el otro ministro, el
que conspiraba con él, será también pronto abatido y molido como la algarroba.
¡Qué se han hecho sus murmuraciones, sus maldades y su poder! ¡Que sea
santificado el nombre del Señor!”
Pocos años más tarde, como tendremos que
referir, Samuel vio cumplirse esta predicción; tan cierto es que el odio y el
amor dan una singular presciencia de lo futuro.
III.
Muy a pesar suyo, Badís había hecho a los
coaligados que reconocían por Califa al pretendido Hixem, un importante
servicio, cuando hizo acometer y matar a Zohair. Verdad es, que el Amirida
Abdulaziz de Valencia, que como ya hemos dicho había tomado posesión del
principado de Almería, no estaba en estado de socorrer a su aliado el Cadí de
Sevilla, porque no tardó él mismo en tener que defenderse contra Modjebid de
Denia que veía con malos ojos el engrandecimiento de los Estados de su vecino;
pero por lo menos, el Cadí no tenía ya que temer una guerra contra Almería y
enteramente seguro por esta parte, no pensó más que en tomar la ofensiva contra
los Berberiscos, comenzando por Mohamed de Carmona con quien se habla
malquistado. Al mismo tiempo, mantenía inteligencias con una facción en Granada
y trataba de hacer que allí estallara una revolución.
Había en Granada muchos que estaban
descontentos con Badís. Al principio de su reinado daba este príncipe algunas
esperanzas, pero desde entonces se había mostrado cada vez más cruel, pérfido,
sanguinario y entregado a la embriaguez más vergonzosa. Primero se quejaron,
luego murmuraron y al cabo conspiraron.
El alma del complot era, un aventurero que se
llamaba Abul-Fotuh. Nacido muy lejos de España, de una familia árabe
establecida en el Djordjan, la antigua Hircania, había estudiado Bellas Letras,
Filosofía y Astronomía con los más famosos profesores de Bagdad. Pero no era
solo un sabio: gran jinete e intrépido guerrero, apreciaba un noble corcel o
una espada bien templada, tanto como un hermoso poema o un profundo tratado
científico. Habiendo llegado a España en el año de 1015, probablemente para
buscar fortuna, pasó algún tiempo en la corte de Modjehid de Denia. Allí se
ocupaba ya en literatura con este sabio príncipe o trabajando en su comentario
sobre el tratado gramatical que lleva el título de Djomal, ya combatiendo al
lado del príncipe en Cerdeña; a veces meditaba también, sobre las cuestiones
filosóficas más abstractas o trataba de adivinarlo porvenir observando el curso
de los astros. Habiendo ido luego a Zaragoza, residencia de Mondhir; este
príncipe le cobró amistad al principio y le confió la educación de su hijo,
pero como según la observación tan justa como repetida del arábigo historiador
a quien seguimos los tiempos cambian y los hombres con ellos, Mondhir le hizo
saber un día que ya no tenía necesidad de sus servicios, y que le daba licencia
para irse de Zaragoza y Abul-Fotuh, fue entonces a establecerse en Granada,
donde abrió un curso acerca de las antiguas poesías y especialmente sobre la
colección conocida con el nombre de «Hamasa»; pero además hizo otra cosa:
sabiendo que Badís tenía muchos enemigos, estimuló la ambición de Yazir, primo
hermano del rey, asegurándole que había leído en las estrellas que Badís
perdería el trono y que su primo reinaría treinta años. Consiguió así formar
una conspiración, pero habiéndola descubierto Badís antes del tiempo fijado
para su realización Abul-Fotuh, Jazir y los demás apenas tuvieron tiempo de
sustraerse con la fuga a su venganza. Fueron a refugiarse al lado del Cadí de
Sevilla, cómplice suyo sin duda, aunque sea imposible decir hasta qué punto lo
fuera.
En este entretanto, el Cadí había atacado a
Mohamed de Carmona y su ejército, mandado como de ordinario por su hijo Ismael,
había obtenido ya brillantes ventajas. Osuna y Écija se habían visto obligadas
a rendirse y la misma Carmona estaba sitiada. Reducido a la última extremidad,
Mohamed pidió socorro a Idris de Málaga y a Badís. Uno y otro respondieron a su
llamamiento: Idris que estaba enfermo, envió tropas a las órdenes de su
ministro Ibn-Bacanna, y Badís vino en persona con las suyas. Reunidos estos dos
ejércitos, Ismael, lleno de confianza en el número y en la bravura de sus
soldados, les presentó batalla, pero Badís e Ibn-Bacanna, viendo que el enemigo
tenía superioridad numérica o creyéndolo al menos, no se atrevieron a aceptar y
sin cuidarse del señor de Carmona, le abandonaron a su suerte y tomaron el uno
el camino de Granada y el otro el de Málaga. Ismael se puso enseguida en
persecución de los granadinos. Felizmente para Badís, apenas hacia una hora que
Ibn-Bacanna se había separado de él, le envió a toda prisa un mensaje rogándole
que viniera en su socorro, pues si no iba a ser hecho polvo por los Sevillanos.
Ibn-Bacanna se le juntó enseguida y habiendo verificado esta unión los dos
ejércitos en las cercanías de Écija, esperaron al enemigo.
Los sevillanos que creían tener que
habérselas con un ejército en retirada, quedaron desagradablemente
sorprendidos, cuando vieron que tenían que pelear contra dos ejércitos
perfectamente preparados para recibirlos, y desmoralizados por esta
circunstancia imprevista, bastó el primer choque para desordenar sus filas. En
vano trató Ismael de rehacerlos y de llevarlos de nuevo al combate; víctima de
su bravura, cayó muerto el primero de todos. Desde entonces los Sevillanos no
pensaron más que en salvarse.
Hecho dueño del campo de batalla, con tan
fácil victoria, y habiendo establecido un campamento a las puertas de Écija,
Badís se quedó admirado, viendo venir a Abul-Fotuh a echarse a sus pies. Lo que
lo traía era el amor de familia. Con tanta precipitación había tenido que salir
de Granada que tuvo que dejar abandonados a su suerte a su mujer y a sus hijos.
Sabía que Badís los había hecho detener por medio del negro Codam, su gran
preboste, su Tristán el Ermitaño, y que Codam los había hecho encerrar en Almuñécar.
Pero él amaba apasionadamente a su mujer, joven y bella andaluza, y la ternura
que profesaba a sus hijos era extremada. No pudiendo resolverse a vivir sin
ellos y temiendo sobre todo que Badís se vengara de su crimen en aquellas
cabezas queridas, venía a implorar ahora su perdón y aunque conocía el genio
implacable y sanguinario del tirano, esperaba sin embargo que esta vez no sería
inflexible, puesto que, había ya perdonado a su tío Abu-Bich que estaba
igualmente complicado en el complot.
Arrodillándose pues, delante del príncipe:
—¡Señor, le dijo, tened piedad de mí! Os
aseguro que soy inocente.
—¡Qué¡, exclamó Badís con los ojos inflamados
de ira, ¿te atreves a presentarte delante de mí? ¿Has sembrado la discordia en
mi familia y ahora vienes a decirme que no eres culpable! ¿Crees qué soy tan
fácil de engañar?
—¡Señor, sed clemente por el amor de Dios!
Acordaos de que un día me tomasteis bajo vuestra protección y que condenado a
vivir lejos de los lugares que me vieron nacer, soy ya bastante desgraciado. No
me imputéis el crimen cometido por vuestro primo, en él no he tenido parte
alguna. Verdad es que lo acompañé en su huida, pero lo hice por que como vos
sabíais que tenía relaciones con él, temí que me castigarais como a su
cómplice. Pero heme aquí delante de vos; si absolutamente lo queréis, pronto
estoy a confesarme culpable de un crimen del que soy inocente, siempre que
pueda de este modo obtener vuestro perdón. Tratadme como es propio de un gran
rey, de un monarca que está demasiado elevado para guardar rencor a un pobre
hombre como yo y devolvedme a mi familia.
—Yo te trataré seguramente como mereces, si
Dios quiere. Vuelve a Granada donde encontrarás a tu familia y cuando yo vaya
arreglaré tus asuntos.
Tranquilizado con estas palabras, cuya
ambigüedad no notó al principio, Abul-Fotuh, tomó el camino de Granada bajo la
escolta de dos caballeros. Pero cuando llegó cerca de la ciudad, el negro Codam
ejecutó las órdenes que acababa de recibir de su señor. Hizo prender a
Abul-Fotuh por sus satélites, que después de haberle afeitado la cabeza lo
montaron en un camello. Un negro de una fuerza hercúlea montó detrás de él y se
puso a abofetearlo sin parar. De este modo fue paseado por las calles, y luego
lo metieron en un calabozo muy estrecho que tuvo que dividir con uno de sus
cómplices, un soldado berberisco que había sido hecho prisionero en la batalla
de Écija.
Pasaron muchos días. Badís estaba ya de
vuelta y sin embargo nada habla decidido aún respecto de Abul-Fotuh. Esta vez,
al contrario de la anterior, cuando se trataba de Ibn-Abbas, era Bologguin,
quien le impedía pronunciar la fatal sentencia. Bologguin se interesaba por el
doctor, no se sabe por qué; trataba de probar su inocencia y lo defendía con
tal calor que Badís temiendo descontentarlo vacilaba en tomar una resolución.
Pero un día que Bologguin se achispaba en una orgía—lo que le sucedía frecuentemente,
lo mismo que a su hermano—Badís se hizo traer a Abul-Fotuh y a su compañero.
Desde que vio al doctor comenzó a vomitar contra él un torrente de injurias y
continuó en estos términos: «¡De nada te han servido tus estrellas, embustero!
¿No le habías prometido a tu emir, a ese pobre tonto que te servía de juguete,
que no tardaría en tenerme en su poder y que reinaría treinta años en mis
Estados? ¿Por qué no has levantado más bien, tu propio horóscopo y hubiera
podido preservarte entonces de una gran desgracia? ¡Ahora, miserable, tu vida
está en mis manos!»
Abul-Fotuh no le respondió nada. Cuando
esperaba volver a ver una esposa y a unos hijos adorados, se había humillado
hasta el ruego y la mentira, pero ahora, plenamente convencido de que nada
podría ablandar a este pérfido y feroz tirano, recobró todo su orgullo, toda la
fuerza de su alma, toda la energía de su carácter. Con los ojos fijos en el
suelo y la sonrisa de desprecio en los labios guardó un silencio lleno de
dignidad. Esta actitud noble y serena puso el colmo a la irritación de Badís.
Echando espumarajos de ira, saltó de su asiento y sacando la espada la hundió
en el corazón de su víctima. Abul-Fotuh recibió el golpe fatal sin pestañear,
sin que un quejido se escapara de su pecho y su valor arrancó al mismo Badís un
grito involuntario de admiración. Ahora, dijo dirigiéndose a Barhun, uno de sus
esclavos, «corta la cabeza a ese cadáver y clávala en un poste. En cuanto al
cuerpo, entiérralo al lado del de Ibn-Abbas. Conviene que mis dos enemigos
descansen el uno al lado del otro hasta el día del Juicio... Y ahora te toca a
tí. ¡Acércate soldado!»
El berberisco a quien se dirigían estas
palabras era presa de una indecible angustia y temblaba como un azogado.
Cayendo de rodillas trató de excusarse lo mejor que pudo y suplicó al príncipe
que le perdonara la vida. «Miserable, le dijo entonces Badís: ¿has perdido por
completo la vergüenza? El doctor, en quien hubiera podido ser excusable un poco
de miedo, ha sufrido la muerte con un valor heroico, como lo acabas de ver; no
se ha dignado dirigirme ni una palabra ¿y tú viejo soldado, tú que te contabas
entre los más valientes, muestras tanta cobardía? ¡Que Dios no tenga piedad de
ti, miserable!» Y le cortó la cabeza— (20 de Octubre de 1039).
Como lo había ordenado Badís, Abul-Fotuh fue
enterrado al lado de Ibn-Abbas. El dolor de la parte inteligente y literata de
la población granadina lo siguió a la tumba y muchas veces, pasando cerca del
lugar que encerraba sus restos mortales, el árabe condenado a sufrir en
silencio el yugo de un extranjero y de un bárbaro, murmuraba en voz baja: «¡Ah
que incomparables sabios eran esos cuyos huesos descansan aquí!... ¡Dios solo
es inmortal; glorificado y santificado sea su nombre!»
IV.
El sanguinario tirano de Granada iba siendo
cada día más el jefe de su partido. Verdad es que reconocía aún el señorío de
los Hammuditas de Málaga, pero esto no era más que pura fórmula. Estos
príncipes eran muy débiles, se dejaban dominar por sus ministros, se
exterminaban unos a otros con el hierro o con el veneno y lejos de poder pensar
en fiscalizar a sus poderosos vasallos se creían felices, si conseguían reinar
con alguna apariencia de tranquilidad en Málaga, Tánger y Ceuta.
Había, además, una gran diferencia entre las
dos cortes. En la de Granada no había sino berberiscos o hombres que como el
judío Samuel obraban constantemente en interés suyo; reinaba allí por
consiguiente una notable unidad de planes y de aspiraciones. Por el contrario,
en la corte de Málaga había también eslavos y más o menos pronto, habían de
aparecer los celos, las rivalidades y los odios que tanto habían contribuido a
hacer caer a los Omeyas.
El Califa Idris I, ya enfermo cuando envió
sus tropas contra los Sevillanos, expiró dos días después de recibir la cabeza
de Ismael, que había sido muerto en la batalla de Écija. Al punto se empeñó la
lucha entre Ibn-Bacanna el ministro berberisco y Nadja el ministro eslavo. El
primero quiso dar el trono a Yahya, primogénito de Idris, plenamente convencido
de que en este caso le pertenecía el poder. El eslavo se opuso a ello. Primer
ministro en las posesiones africanas proclamó allí por califa a Hasan ibn-Yahya,
primo hermano del otro pretendiente, y lo dispuso todo para pasar el Estrecho.
De carácter menos firme y audaz el ministro berberisco se dejó intimidar por la
actitud amenazadora del eslavo. No sabiendo qué resolución tomar, ya quería
persistir en su proyecto, ya a renunciar a él. En su indecisión se descuidó en
tornar las medidas necesarias. De pronto vio fondear a la armada africana en el
puerto de Málaga. Huyó a toda prisa y se retiró a Comares con su pretendiente.
Hasan, dueño de la capital, le mandó a decir que lo perdonaba y que le permitía
volver. El berberisco confió en su palabra, pero le cortaron la cabeza. La
predicción que el judío Samuel había creído ver en sueños se había cumplido.
Poco después el competidor de Hasan fue
muerto también. Acaso Nadja fue el único culpable de este crimen, como lo dan a
entender algunos historiadores, pero Hasan tuvo que sufrir el castigo, pues fue
emponzoñado por su mujer, hermana del desventurado Yahya.
Entontes Nadja, creyó poder pasarse sin
testaferro. Quería poseer no solo la autoridad, sino también el título de
soberano. Habiendo muerto al hijo de Hasan que era todavía muy niño y puesto en
prisión a su hermano Idris, se presentó atrevidamente a los Berberiscos como
soberano y trató de ganarlos con las promesas más brillantes. Aunque
profundamente indignados de su increíble audacia y de su ambición
sacrílega—pues tenían una veneración casi supersticiosa a los descendientes del
Profeta—creyeron sin embargo los Berberiscos que debían esperar un momento más
favorable para castigarlo y le respondieron que le obedecerían y le prestaron
juramento.
Nadja les anunció su intento de ir a quitar
Algeciras al Hammudita Mohamed que reinaba allí. Salió de campaña; pero desde
los primeros encuentros con el enemigo, pudo notar el Eslavo que los
Berberiscos se batían flojamente y que no podía contar con ellos. Creyó pues
prudente dar la orden de retirada. Había formado el proyecto de desterrar a los
Berberiscos más sospechosos en cuanto llegara a la capital, ganarse a los otros
a fuerza de dinero y rodearse de todos los Eslavos que le fuera posible. Pero
sus más encarnizados enemigos, supieron o adivinaron su plan y al pasar su
ejército por un estrecho desfiladero cayeron sobre el usurpador y lo mataron,
(5 de febrero de 1043)
Mientras que reinaba la mayor confusión entre
las tropas, dando gritos de alegría los Berberiscos y huyendo los Eslavos
porque temían participar de la suerte de su jefe, corrieron a rienda suelta a
Málaga dos de los asesinos y al llegar a la ciudad, gritaron: «¡Buena noticia,
buena noticia, el usurpador ha muerto!»; se precipitaron sobre el lugarteniente
de Nadja, y lo asesinaron. Idriz, el hermano de Hasan fue sacado de la prisión
y proclamado Califa.
Desde entonces concluyó en Málaga el papel de
los Eslavos, pero la tranquilidad restablecida por un momento, no fue de larga
duración.
Idris II no era seguramente un espíritu
superior, pero era bueno, caritativo, y se ocupaba casi exclusivamente en hacer
beneficios. Si hubiera sido por él, no hubiera habido ningún desgraciado. Llamó
a los desterrados de todos los partidos y les devolvió sus bienes: nunca quiso
dar oídos a los delatores y hacia distribuir a los pobres quinientos ducados
diarios. Su simpatía para con los hombres del pueblo, con los que gustaba
conversar, contrastaban singularmente con el fausto, la ostentación y la escrupulosa
etiqueta de su corte. Por su cualidad de descendiente del yerno de Profeta, los
Hammuditas eran a los ojos de sus súbditos una especie de semidioses. Para
mantener una ilusión tan favorable a su autoridad, se presentaban rara vez en
público y se rodeaban de una especie de misterio. El mismo Idris, a pesar de la
sencillez de sus aficiones, no se separó del ceremonial establecido por sus
predecesores: una cortina lo ocultaba a la vista de los que le hablaban, solo
que, como era la bondad misma, olvidaba algunas veces su papel. Un día, por
ejemplo, un poeta de Lisboa le recitó una Oda en que alababa su caridad y
glorificaba así su noble origen: «Mientras que los demás mortales han sido
hechos de agua y polvo, decía en su extraño lenguaje, los descendientes del
Profeta han sido hechos del agua más pura, del agua de la justicia y de la
piedad. El don de profecía ha descendido sobre su abuelo y el ángel Gabriel,
invisible para nosotros, se cierne sobre su cabeza. El rostro de Idris príncipe
de los creyentes, se asemeja al sol naciente que deslumbra con sus rayos los
ojos de los que le miran, y, sin embargo, oh príncipe, nosotros querríamos
veros a fin de poder aprovechar vuestra luz, emanación de la que rodea al señor
del universo.» «¡Levanta la cortina!» dijo entonces el califa a su camarero,
porque nunca se negaba a una súplica. Más feliz que aquella pobre enamorada de
Júpiter que pereció víctima de su fatal curiosidad, el poeta pudo contemplar a
sus anchas la figura de su Júpiter, la que si no derramaba una luz flamígera
tenía a lo menos el sello de la benevolencia y de la bondad. Acaso le agradó
más tal como era, que si hubiera estado rodeada de aquellos rayos
deslumbradores de que había hallado en sus versos. Lo que es cierto por lo
menos, es que, habiendo recibido un buen regalo se fue muy contento.
Desgraciadamente para la dignidad y la
seguridad del Estado, Idris juntaba a una gran bondad de corazón una extremada
debilidad de carácter. No sabía o no se atrevía a negar nada. Si Badis o
cualquiera otro le pedía un castillo o cualquiera otra cosa accedía siempre a
su petición. Un día le requirió Badís para que le entregara a su visir, que
había tenido la desgracia de desagradarlo.
—¡Ay! amigo mío, dijo entonces Idris a su
ministro, aquí tienes una carta del Rey de Granada en que me pide que os
entregue en sus manos. Yo estoy afligidísimo; pero a la verdad no me atrevo a
negarme.
—Haced lo que quiere, le respondió este
hombre excelente, antiguo servidor de su familia. Dios me dará fuerzas y ya
verás como sé sufrir mi suerte con valor y resignación.
Habiendo llegado a Granada le cortaron la
cabeza.
Tanta debilidad irritó a los Berberiscos; ya
incómodo por las simpatías que Idris mostraba por el pueblo, por sus tendencias
socialistas, como se diría hoy, pero exasperó sobre todo a los negros.
Acostumbrados al régimen del castigo, del sable, y de la horca, menospreciaban
a un amo que no dictaba nunca una sentencia de muerte. Había pues ya mucho
descontento, cuando el gobernador del castillo de Airos, dio la señal de la
rebelión. Carcelero de dos primos de Idris, los puso en libertad y proclamó
califa a Mohamed, el mayor. Entonces los negros que guarnecían el castillo de
Málaga, se insurreccionaron e invitaron a Mohamed a presentarse entre ellos.
Sin embargo, el pueblo de Málaga lleno de amor hacia el príncipe, que había
sido su bienhechor, no le abandonó en la hora del peligro. Estas honradas
gentes corrieron en masa a su lado y le pidieron a gritos armas, asegurándole
que en cuanto las tuvieran no estarían los negros ni una hora en el castillo.
Idris les dio las gracias por su adhesión, pero reusó su oferta diciéndoles:
«Volveos a vuestras casas que yo no quiero que perezca un solo hombre por mi
causa.» Mohamed pudo pues, hacer su entrada en la capital e Idris, fue a
reemplazarlo en la prisión de Airos. Habían cambiado sus papeles (1046-1047)
El nuevo Califa no se parecía a su predecesor
sino a su madre, valiente amazona a quien gustaba vivir en los campamentos,
vigilar los preparativos de una batalla o los trabajos de un sitio y estimular
el valor de sus soldados con sus palabras o con su oro. Bravo hasta la
temeridad, pero de una severidad inexorable, si Idris era falto de energía,
Mohamed (tal fue por lo menos el parecer de los autores de la revolución) la
tenía de sobra. Era la fábula de las ranas pidiendo rey. A ejemplo de la «gente
pantanosa» como dice el bueno de La Fontaine, Berberiscos y negros tuvieron
bien pronto que maldecir a la terrible grulla y echar de menos al pacífico
leño. Se armó un complot, los conjurados entraron en negociaciones con el
gobernador de Airos, que se dejó ganar fácilmente por ellos y que puso en
libertad a Idris II, después de haberlo reconocido por califa. Idris no
retrocedió esta vez ante la idea de la guerra civil, su monótona mansión en un
calabozo había vencido sus escrúpulos; pero Mohamed sostenido por su madre
combatió a sus adversarios con tanto vigor que los obligó a deponer las armas.
Sin embargo, no le entregaron a Idris; antes de someterse lo hicieron pasar a
África en donde mandaban dos libertos berberiscos, a saber, Sacot, que era
gobernador de Ceuta y Rizc-Alah que lo era de Tánger. Sacot y Rizc-Allah lo
recibieron con muchas consideraciones y mandaron que se hicieran en su nombre
las oraciones públicas; pero por lo demás no le concedieron ninguna autoridad
efectiva; celosos de su propio poder, lo custodiaron estrechamente, le
impidieron mostrarse en público y no permitían que nadie se acercara a él.
Algunos señores berberiscos, enemigos secretos de los dos gobernadores,
encontraron, sin embargo, medio de hablarle y le dijeron: «Esos dos esclavos os
tratan como a cautivo y os impiden gobernar por vos mismo. Dadnos vuestros
plenos poderes y os libertaremos de ellos,» Pero Idris, siempre dulce y manso
rehusó su oferta y en su candidez contó a los dos gobernadores todo lo que
había pasado. Los señores en cuestión fueron sentenciados enseguida a
destierro, pero como acaso había que temer que Idris diera oídas en otra
ocasión a las insinuaciones de los descontentos, Sacot y Rizc-Alah, lo
devolvieron a España sin dejar, sin embargo, de reconocerle como Califa en las
oraciones públicas. Idris fue a refugiarse con el jefe berberisco de Ronda.
Entretanto los descontentos de Málaga habían
implorado el socorro de Badís. Este declaró al principio la guerra a Mohamed,
pero poco después se reconcilió con él. Entonces proclamaron al príncipe de
Algeciras, que llevaba también el nombre de Mohamed y que a su vez tomó el
título de califa. Había pues, en esta época cuatro califas desde Sevilla a
Ceuta: el pretendido Hixem II, en Sevilla, Mohamed, en Málaga, otro Mohamed en
Algeciras y por último Idris II. Dos de ellos, no tenían en realidad poder
alguno, los otros dos eran príncipes de escasa importancia, reyezuelos, y este
abuso del título de califa era tanto más ridículo cuanto que en su verdadera
acepción indica al soberano de todo el mundo musulmán.
El príncipe de Algeciras salió mal de su
tentativa. Abandonado por los que lo habían llamado, se volvió precipitadamente
a su país donde murió pocos días después de pena y de vergüenza (1048-9).
Cuatro o cinco años después Mohamed de Málaga
exhaló también el último aliento. Uno de sus sobrinos (Idris III) aspiró al
trono, pero con mal éxito; esta vez restablecieron al bueno de Idris II y
habiéndose, en fin, cansado de perseguirlo el destino reinó pacíficamente hasta
que pagó también su tributo a la naturaleza (1055). Otro Hammudita, creyó poder
reinar en su lugar, pero Badís desvaneció sus esperanzas. Verdadero jefe del
partido berberisco, el rey de Granada no quería más que un califa y había resuelto
concluir con los Hammuditas e incorporar el principado de Málaga a sus Estados.
Ejecutó su proyecto sin grandes obstáculos. Verdad es que los árabes no se
sometieron a él más que a regañadientes, pero habiéndose ganado a los
influyentes entre ellos, tales como el visir-Cadí Abu-Abdallah-Djodhamí, se
cuidó muy poco de las murmuraciones de los demás y en cuanto a los Berberiscos,
como estaban convencidos de las debilidad de sus príncipes y de la necesidad de
unirse estrechamente con sus hermanos de Granada, si querían mantenerse contra
el partido árabe, que cada día ganaba terreno en el S. O., favorecieron más
bien que contrariaron los proyectos de Badís. El rey de Granada se hizo pues,
dueño de Málaga y todos los Hammuditas fueron desterrados. Todavía representaron
papel en África, pero el que habían hecho en España había concluido.
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