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CAPÍTULO 29

LIBRO IV.

LOS REYES DE TAIFAS.

PRIMERA PARTE

I.

 

Hacía muchos años que las provincias de la España musulmana se hallaban sin querer abandonadas a sí mismas. El pueblo en general lo sentía, no pensaba sino con miedo en el porvenir, y echaba de menos lo pasado. Los capitanes extranjeros eran los únicos que se habían aprovechado de la descomposición total de la península. Los generales berberiscos se dividían el Mediodía, los Eslavos reinaban en el Este, el resto tocó en suerte, ya a advenedizos, ya al pequeño número de familias nobles que por un accidente cualquiera habían resistido a los golpes que Abderramán III y Almanzor habían dado a la aristocracia. Por último, las dos ciudades más importantes, Córdoba y Sevilla se habían constituido en repúblicas.

Los Hammuditas eran, aunque solo de nombre, los jefes del partido berberisco. Pretendían tener derecho a toda la parte árabe de la península, pero en realidad no poseían más que la ciudad de Málaga y su territorio. Sus vasallos más poderosos eran los príncipes de Granada, Zawí que elevó esta ciudad al rango de la capital, y su sobrino Abbuz que le sucedió. Había además príncipes berberiscos en Carmona, en Morón y en Ronda. Los Aftasidas que reinaban en Badajoz, pertenecían a la mi­ma raza, pero completamente arabizados, se suponían de origen árabe y ocupaban una posición bastante aislada.

Los hombres más notables del partido opuesto eran Khairan, príncipe de Almería, Zohair, que le sucedió en 1028 y Modjhaid, príncipe de las Baleares y de Denia. Este último, el pirata más grande de su tiempo, se hizo famoso por las expediciones que hizo a Cerdeña, y a las costas de Italia, como también por la protección que dispensó a los literatos. Otros Eslavos reinaron al principio en Valencia, pero en el año de 1021, fue proclamado rey Abdalaziz, nieto del célebre Almanzor. En Zaragoza una noble familia árabe, la de los Beni-Hud, obtuvo el poder después de la muerte de Mondhir, acaecida en 1039.

En fin, sin contar un gran número de pequeños Estados, había aun otro reino en Toledo. Aquí reinó un tal Yaich, hasta el año de 1036, en que los Beni-Dhin-nun se apoderaron de él. Era esta una antigua familia Berberisca que había tomado parte en la conquista de España en el siglo VIII.

En Córdoba, así que fue abolido el Califato, se reunieron los vecinos principales, y resolvieron confiar el poder ejecutivo a lbn-Djahwar, cuya capacidad era universalmente reconocida. Este rehusó al principio aceptar la dignidad que le ofrecen y cuando cedió al fin a las instancias de la asamblea, fue bajo condición de que habían de darle por colegas dos miembros del Senado, pertenecientes a su familia, a saber, Mohamed-Ibn-Abbas y Abdalaziz ibn-Hasan. La asamblea consintió en ello, pero estipulando que estas dos personas solo tendrían voto consultivo.

El primer cónsul, gobernó la república de una manera prudente y equitativa. Gracias a él los Cordobeses no tuvieron que quejarse de la brutalidad de los Berberiscos. Su primer cuidado había sido licenciarlos; retuvo solo los Beni-Iforen, con cuya obediencia podía contar, y reemplazó a los otros con una milicia cívica. En apariencia dejó subsistir las instituciones republicanas. Cuando se le pedía un favor, respondía: «Eso no me toca a mí, sino al Senado; yo no soy sino que el ejecutor de sus órdenes.» Cuando recibía una comunicación oficial, que venía dirigida a él solo, rehusaba tomar conocimiento de ella, diciendo que la dirigieran a los visires. Antes de tomar cualquier decisión, consultaba siempre al Senado. Nunca se dio tono de príncipe, y en lugar de irse a vivir al palacio Califal, permaneció en la modesta casa que siempre había ocupado. En realidad, su poder era ilimitado, porque nunca al Senado se le ocurría contradecirlo. Su probidad era rígida y escrupulosa; no quiso que el Tesoro público estuviera en su casa, y confió su custodia a los hombres más respetables de la ciudad. Amaba el dinero, es verdad, pero nunca el interés le hizo hacer nada indecoroso. Económico y parsimonioso, por no decir avaro, duplicó su fortuna de modo que llegó a ser el hombre más rico de Córdoba, pero al mismo tiempo hacía laudables esfuerzos para restablecer la prosperidad pública. Se esforzaba en mantener amistosas relaciones con todos los Estados vecinos, y lo logró tan bien, que el comercio y la industria gozaron al poco tiempo de la seguridad de que tanto necesitaban. Con esto bajaron los precios de los géneros, y Córdoba recibió en su seno multitud de nuevos habitadores, que reedificaron algunos de los barrios que los Berberiscos habían demolido o quemado cuando el saco de la ciudad. Mas a pesar de esto, la antigua capital del Califato no recobró su preponderancia política. El primer papel pertenece en adelante a Sevilla, y es de la historia de esta ciudad de la que principalmente vamos a ocuparnos.

La suerte de Sevilla había estado por mucho tiempo ligada a la de Córdoba. Lo mismo que la capital, había obedecido sucesivamente a soberanos de la familia Omeya y de la de Hammud; pero la revolución de Córdoba de 1023 tuvo sus resultados en Sevilla. Habiéndose insurreccionado los Cordobeses contra Casim el Hammudita echándole de su territorio, resolvió este príncipe ir a refugiarse a Sevilla donde estaban dos hijos suyos con una guarnición berberisca, mandada por Mohamed ibn-Zirí de la tribu de Iforen y en consecuencia envió a los Sevillanos la orden de evacuar mil casas, que habían de ser ocupadas por las tropas. Esta orden produjo un descontento tanto más pronunciado, cuanto que los soldados de Casim, los más pobres de su raza, tenían la mala fama de ser muy pillos. «Córdoba acababa de mostrar a los Sevillanos la posibilidad de libertarse del yugo y estos estaban tentados de seguir el ejemplo que les había dado la capital. Les detenía aún el miedo a la guarnición berberisca, pero el Cadí de la ciudad, Abul-Casim Mohamed, de la familia de los Beni-Abbad, consiguió ganarse al jefe de la guarnición. Le dijo que le sería fácil hacerse señor de Sevilla y desde entonces Mohamed ibn-Zirí se declaró pronto a secundarlo. El Cadí se alió enseguida con el comandante berberisco de Carmona y los Sevillanos, secundados por la guarnición, tomaron las armas contra los hijos de Casim, cuyo palacio cercaron.

Cuando llegó ante las puertas de Sevilla, que encontró cerradas, Casim trató de ganarse a los habitantes con promesas, pero no lo consiguió y como sus hijos estaban en una situación muy peligrosa, se comprometió por último a evacuar el territorio sevillano, siempre que le devolvieran sus hijos y sus bienes. Los Sevillanos convinieron en ello y habiéndose retirado Casim, aprovecharon la primera ocasión que se les presentó para echar a la guarnición berberisca.

Habiendo quedado así libre la ciudad, se reunieron los patricios para constituir gobierno. Sin embargo, ellos no estaban tranquilos acerca de las consecuencias de su rebelión: temían ver volver muy pronto a los Hammuditas irritados, que no dejarían en este caso de castigar a los culpables; así, que ninguno se atrevió a tomar sobre sí la responsabilidad de lo que había pasado, estando todos de acuerdo en hacerla pesar únicamente sobre el Cadí a quien envidiaban sus riquezas, y ya preveían con secreto placer el momento en que fueran confiscadas. Ofrecióse al Cadí la autoridad soberana, pero cualquiera que fuera su ambición, era demasiado prudente para aceptarla en aquel momento. Su origen no era ilustre. Era muy rico, pues que poseía la tercera parte del término de Sevilla y gozaba de gran consideración a causa de saber y de su talento: pero su familia no pertenecía sino desde poco antes a la alta nobleza y sabía que a menos que no tuviera soldados a su disposición—y todavía no los tenía—la altiva y exclusiva aristocracia de Sevilla no tardaría en sublevarse contra un advenedizo. Y ciertamente no era otra cosa. Verdad es, que más adelante, cuando los Abbaditas estuvieron a punto de restablecer en provecho suyo el trono de los califas, pretendieron descender de los antiguos reyes lakhmitas que, antes de Mahoma habían reinado en Hira, y que los famélicos poetas de su corte, aprovechaban todas las ocasiones para celebrar tan ilustre origen; pero nada justifica semejante pretensión; los Abbaditas y sus aduladores nunca la pudieron demostrar. Todo lo que esta familia tenía de común con los antiguos reyes de Hira, es que pertenecía como ellos a la tribu yemenita de Lakhm, pero la rama de esta tribu de donde provenían los Abbaditas, no parece haber habitado nunca en Hira, sino que moraba en Arich en las fronteras del Egipto y la Siria en el distrito de Emesa, y los Abbaditas, lejos de poder enlazar su genealogía a la de los reyes de Hira, nunca pudieron hacerla remontar más allá de Noaim, padre de Itaf. Este Itaf, capitán de una división de las tropas de Emesa, había llegado a España con Baldj y habiendo recibido los soldados de Emesa tierras cerca de Sevilla, se estableció en el lugarejo de Yamin que estaba en el distrito de Tocina a orillas del Guadalquivir. Siete generaciones de gentes honradas, económicas y laboriosas hicieron salir lenta y penosamente a la familia de su oscuridad. Ismael, padre de nuestro Cadí, fue el primero que la ilustró, el que por decirlo así hizo inscribir en el «libro de oro» de la nobleza sevillana el nombre de los Beni-Abbad o Abbaditas. Al par teólogo, jurisconsulto y militar, había mandado un regimiento de la guardia de Hixem II, y luego había sido imán de la gran mezquita de Córdoba y Cadí de Sevilla. Famoso por sus luces, por su sagacidad, por la prudencia de sus consejos y su firmeza de carácter, no lo era menos por su probidad, pues a despecho de la general corrupción no había aceptado nunca ningún donativo del Sultán, ni de sus ministros. Su liberalidad era ilimitada y los Cordobeses desterrados, encontraban en él una generosa hospitalidad. Todas estas cualidades le valieron el título del hombre más noble de Occidente. Había muerto en el año 1919, poco tiempo antes del periodo de que nos ocupamos. Su hijo Abul-Casim-Mohamed, le igualó acaso en saber, pero no en virtud. Egoísta y ambicioso, su primer acto había sido un acto de ingratitud. Cuando su padre murió y esperaba sucederle como Cadi, fue preferido otro. Entonces se dirigió a Casim-ibn-Hammud y gracias a la intervención de este príncipe obtuvo el empleo que deseaba. Ya hemos visto de qué manera recompensó más tarde este favor.

Los patricios sevillanos le ofrecían ahora el poder, pero él, adivinando el motivo les respondió que no podía aceptar su oferta por honrosa que fuera, sino a condición de que se le dieran por adjuntas algunas personas que designaría. Estas personas, añadió, habían de ser sus visires y sus colegas, y no tomaría resolución sin consultarles. A pesar suyo, los Sevillanos tuvieron que aceptar esta proposición, porque el Cadí rehusaba con firmeza gobernar solo. Rogáronle entonces que designara a sus colegas, y designó a los jefes de algunas familias patricias, tales como los Hauzaníes y los Ibn-Haddjadj, y personas que se consideraban como hechuras suyas o al menos de sus partidarios, tales como Mohamed Ibn-Yarim, de la tribu de Alhan y Abu- Becr Zobaidí, aquel célebre gramático que había sido preceptor de Hixem II. Hecho esto, su primer cuidado fue procurarse tropas. Gracias a la buena paga que les ofrecía, atrajo a sus banderas muchos soldados árabes y de otras partes, y compró además muchos esclavos que hizo instruir en el ejercicio de las armas. Una expedición que hizo al Norte, probablemente con otros príncipes, le suministró el medio de engrosar este pie de ejército. Sitió en esta ocasión dos castillos al Norte de Viseo, que estaban edificados uno frente a otro, sobre dos rocas separadas por un barranco, y que llevan el nombre de «al-akhawén» o de «al-akowén, los dos hermanos», nombre que se ha conservado en la denominación actual de «Alafoenz.» Estaban habitados por Españoles cristianos, cuyos antecesores habían hecho un tratado con Muza ibn-Nozair, cuando este general conquistó Viseo, pero en la época de que nos ocupamos, no parece que estaban sometidos ni al rey de León, ni a ningún príncipe musulmán. El Cadí se hizo dueño de estos dos castillos, obligando a trescientos de sus defensores a entrar a su servicio y de este modo pudo disponer desde entonces de quinientos caballos. Tenía, pues, bastantes soldados para hacer razias en las tierras de sus vecinos pero no se hallaba aun en estado de defender Sevilla contra un ataque formal. Así lo experimentó en 1027, en que el Califa Hammudita, Yahya ibn-Alí y el señor berberisco de Carmona Mohamed ibn-Abdallah, la sitiaron. Demasiado débiles los Sevillanos para oponer una larga resistencia, entraron en negociaciones con Yahya, declaráronse prontos a reconocer su soberanía a condición de que los Berberiscos no entraran en la ciudad. Yahya consintió en ello, pero exigió que le dieran en rehenes algunos jóvenes patricios que le respondieran con su cabeza de la fidelidad de los Sevillanos. Esta demanda llenó de consternación a la ciudad, pues ningún patricio quería entregar su hijo a los Berberiscos, que podrían matarlo a la menor sospecha. Solo el Cadí no vaciló; ofreció a Yahya su hijo Abbad, y como el Califa sabía que el Cadí gozaba de gran influencia, se contentó con este solo rehén. Gracias a este sacrificio, el Cadí vio acrecentarse su popularidad, y no teniendo ya nada que temer, ni de los nobles ni del Califa, pues que reconocía su soberanía, en apariencia, creyó llegado el momento de reinar solo. Habiendo descartado del Concejo a los patricios, como Ibn-Haddadj y Hauzani, no tenía ya más que dos colegas Zobaidí ibn-Yarin. Los despidió, y Zobaidí fue desterrado. Un plebeyo de cerca de Sevilla, que se llamaba Habib, fue nombrado primer ministro. Era hombre sin principios, pero inteligente, activo y completamente adicto a los intereses de su señor.

El Cadí quiso en seguida extender su territorio, apoderándose de Béjar. En los últimos tiempos, esta ciudad que ya había sufrido mucho por la guerra entre árabes y renegados, fue saqueada y en parte destruida por los Berberiscos, que habían recorrido el país saqueando y quemando todo lo que encontraban a su paso. El Cadí tenía intención de reedificarla, pero informado de su proyecto el príncipe de Badajoz, Abdallah ibn-al-Aftas, envió tropas mandadas por su hijo Mohamed (que más tarde le sucedió con el nombre de Mudhaffar) las que ya habían tomado posesión de Bejar, cuando Ismael, hijo del Cadí se presentó ante sus puertas con el ejército de Sevilla, y el del señor de Carmona, aliado de su padre. Comenzó en seguida sitio e hizo saquear con su caballería los pueblos que había entre Évora y el mar. A pesar del refuerzo que recibió del señor de Mértola, Ibn-Taifur, Mohamed el Aftasida fue desdichadísimo. Después de perder sus mejores guerreros cayó en manos de sus enemigos, y fue enviado a Carmona.

Animados con el triunfo conseguido, el Cadí y su aliado, hicieron incursiones, no solo en el territorio de Badajoz, sino también en el de Córdoba, de modo que el gobierno de esta ciudad tuvo que tomar a su servicio Berberiscos de la provincia de Sidona. Sin embargo, algo después, hicieron la paz, o por lo menos un armisticio con el Aftasida, y entonces Mohamed salió libre de su prisión con consentimiento del Cadí (Marzo de 1030). Al anunciarle que quedaba libre, el señor de Carmona le recomendó que se pasara por Sevilla y diera las gracias al Cadí; pero Mohamed le tenía tanta aversión que respondió al Berberisco: «Prefiero quedar vuestro prisionero a tener nada que agradecer a ese hombre. Si no es a vos solo a quien soy deudor de mi libertad, si tengo que agradecerla al Cadí de Sevilla me quedaré donde estoy.» El señor de Carmona respetó sus sentimientos y sin insistir más le hizo volver a Badajoz con todos los honores debidos a su rango.

Cuatro años después, en 1034, Abdallah el Aftasida se vengó, pero de un modo poco noble de los reveses que había sufrido. Había concedido paso al Cadí para su ejército, que a las órdenes de Ismael iba a hacer una razia en el reino de León. Pero cuando llegó a un desfiladero cerca de la frontera leonesa, los atacó de improviso. Muchos de los soldados sevillanos murieron, otros fueron asesinados en su fuga por la caballería de León. El mismo Ismael escapó de la carnicería con un puñado de guerreros, pero mientras se dirigía a Lisboa, ciudad fronteriza de los Estados de su padre, al N.O, él y los suyos tuvieron que sufrir las mayores privaciones.

Desde entonces el Cadí se hizo enemigo mortal del príncipe de Badajoz; pero no poseemos detalles sobre las batallas que se dieron más adelante, y es indudable que esta guerra no tuvo para la España musulmana consecuencias tan importantes como un suceso de otro orden de que ahora vamos a ocuparnos.

Como ya hemos dicho, el Cadí había reconocido la soberanía del Califa Hammudita, Yahya ibn-Alí. Esto había sido por mucho tiempo una cosa sin importancia; el Cadí reinaba a sus anchas en Sevilla, pues Yahya era demasiado débil para podar hacer valer sus derechos. Pero poco a poco este estado de cosas cambió. Yhaya consiguió atraer sucesivamente a su causa a casi todos los jeques berberiscos, llegó a ser en realidad lo que antes no había sido más que de nombre, el jefe de todo el partido africano, y como había establecido su cuartel general en Carmona, de donde había echado a Mohamed ibn-Abdallah amenazaba a la vez a Córdoba y a Sevilla.

La gravedad del peligro inspiró entonces al Cadí un pensamiento que hubiera sido grande y patriótico, si no le hubiera sido sugerido en parte por la ambición. Para impedir a los Berberiscos, unidos ahora, reconquistar el terreno perdido, era precisa la unión de Árabes y Eslavos bajo un solo jefe; este era el único medio de preservar al país da volver a sufrir los males que había sufrido. El Cadí lo conocía, y deseaba que se formara una gran liga en que entraran todos los enemigos de los Africanos, pero al mismo tiempo quería ser su jefe. No se le ocultaban los obstáculos que tendría que vencer, sabía que los príncipes Eslavos, los señores árabes y los Senadores de Córdoba se creerían heridos en su desconfiado orgullo si trataba de dominarlos; pero no se dejó desanimar por este orden de consideraciones, y como las circunstancias le prestaban poderoso apoyo, logró hasta cierto punto realizar su proyecto. Vamos a ver de qué manera se condujo.

Hemos dicho antes que el desdichado Califa Hixem II se había evadido de palacio en el reinado de Solimán, y que según toda probabilidad había muerto en Asia, desconocido e ignorado. Sin embargo, el pueblo, muy adicto todavía a la dinastía Omeya, que le había dado prosperidad y gloria, rehusaba creer en la muerte de este monarca, y acogía ávidamente los extraños rumores que sobre él corrían. Había quien se preciaba de dar los detalles más precisos sobre su estancia en Asia. Primero, decían, había ido a la Meca, provisto de una bolsa llena de dinero y piedras preciosas, pero habiéndosela quitado los negros de la guardia del emir, pasó dos días y dos noches sin comer, hasta que compadecido un alfarero le preguntó si sabía amasar barro: a la ventura Hixem respondió que sí.

—¡Pues bien! le dijo entonces el alfarero; si quieres entrar a mi servicio, yo te daré un dirhem y un pan diario.

— Acepto con mucho gusto vuestro ofrecimiento, le respondió Hixem, pero os suplico que me deis en seguida un pan, porque hace dos días que estoy sin comer.

Por algún tiempo, Hixem, aunque era un obrero muy perezoso, ganó su vida en casa del alfarero, pero disgustado al cabo de su tarea, se escapó y se unió a una caravana que iba a salir para Palestina, y llegó a Jerusalén en la más completa desnudez. Un día que se paseaba por el mercado, se detuvo delante de la tienda en que trabajaba un esterero.

—¿Por qué me miras con tanta atención? le preguntó éste; ¿sabes acaso mi oficio?

—No, le respondió tristemente Hixem, y lo siento, porque no tengo que comer.

—Pues quédate conmigo, repuso el esterero, podrás servirme trayéndome juncos, y te lo pagaré.

Hixem aceptó con júbilo esta proposición y poco a poco aprendió a hacer esteras. Muchos años pasaron así, pero en 1033 volvió a España. Después da haberse dejado ver en Málaga, pasó a Almería, adonde llegó en 1035, pero habiéndole expulsado poco después el príncipe Zohair de sus Estados, fue a establecerse en Calatrava.

Este relato que el pueblo aceptaba con cierta credulidad no parece merecer ninguna confianza. El hecho es que en la época en que Yahya amenazaba a Sevilla y a Córdoba había en Calatrava un esterero llamado Khalaf que se parecía mucho a Hixem, pero nada prueba que este hombre fuera el ex-Califa, y clientes Omeyas, tales como los historiadores Ibn-Haiyan e Ibn-Hazm, han protestado siempre del modo más enérgico contra esto que, llamaban una grosera impostura. Khalaf, sin embargo, era ambicioso. Habiendo oído decir que se parecía mucha a Hixem II, se supuso este monarca y como no había nacido en Calatrava, sus convecinos lo creyeron y lo que es más, le reconocieron por soberano y se rebelaron contra su señor Ismael ibn-Dhin-nun, príncipe de Toledo, Este, fue entonces a sitiarlos y no fue larga la resistencia, pues habiendo hecho salir de la ciudad al pretendido Hixem, se sometieron de nuevo a su antiguo señor.

Sin embargo, el papel de Khalaf no había concluido, no hacía más que comenzar. En cuanto el Cadí de Sevilla supo la reaparición de Hixem II, comprendió inmediatamente el partido que podía sacar de este hombre si le hacía venir. Poco le importaba que fuera Hixem o no; lo esencial era que, la semejanza fuera bastante grande para poder pretender sin comprometerse mucho, que era Hixem, porque entonces podría organizarse a su nombre una liga contra los Berberiscos, liga de la que el Cadí, como primer ministro del Califa, sería el jefe y el amo. Hizo pues, invitar al pretendiente a ir a Sevilla, prometiéndole su apoyo en caso de que se probara su identidad. El esterero no se hizo de rogar y vino a Sevilla, donde el Cadí lo presentó a las mujeres del serrallo de Hixem. Sabiendo lo que tenían que decir, declararon casi todas que aquel hombre era realmente el ex-Califa y el Cadí apoyándose en su testimonio, escribió al senado de Córdoba, como también a los señores árabes y eslavos, anunciándoles que Hixem II, estaba con él, e invitándoles a tomar las armas en su favor. Este paso tuvo magnífico éxito. La soberanía de Hixem fue reconocida por Mohamed ibn-Abdallah, el príncipe destronado de Carmona, que se había refugiado en Sevilla; por Abdalaziz príncipe de Valencia; por Modjehid, príncipe de Denia y de las Baleares; y por el señor de Tortosa. En Córdoba, el pueblo supo con entusiasmo que vivía aún. Menos crédulo y más celoso de su poder, el presidente de la república Abul-Hazm ibn-Djahwar, no fue engañado con esta impostura, pero conocía que le sería imposible resistir a la voluntad del pueblo, comprendía la necesidad de la unión de Árabes y Eslavos bajo un solo jefe y temía ver a Córdoba atacada por los Berberiscos; así, que no se opuso a los deseos de sus conciudadanos, y permitió que se prestara de nuevo juramento a Hixem II (Noviembre de 1035).

En este entretanto, y mientras que el partido árabe-eslavo se armaba contra él, Yahya sitiaba Sevilla, asolaba su territorio, dispuesto a vengarse de una manera que fuera sonada del astuto Cadí. Pero estaba rodeado de traidores. Los Berberiscos de Carmona, a quienes había obligado a alistarse en sus banderas, eran muy adictos a su antiguo señor, mantenían inteligencias con él, y en Octubre de 1035 algunos de ellos fueron secretamente a Sevilla, y cuando llegaron dijeron al Cadí y a Mohamed ibn-Abdallah que les sería muy fácil sorprender a Yhaya pues que este príncipe estaba casi siempre ebrio. El Cadí y su aliado, resolvieron aprovechar inmediatamente este aviso. Ismael, hijo del Cadí, marchó a la cabeza del ejército sevillano, acompañado de Mohamed ibn-Abdallah. Cuando anocheció se emboscó con el grueso de sus fuerzas y envió un escuadrón contra Carmona esperando sacar a Yahya fuera de la plaza. Logró su objetivo. Yahya estaba entretenido en beber cuando le informaron de la aproximación de los Sevillanos. Y levantándose de su sofá exclamó: «¡Qué felicidad! ¡Ibn-Abbá viene a devolverme la visita! ¡Que se armen sin perder momento! ¡A caballo!» Sus órdenes fueron ejecutadas y poco después salió de la ciudad al frente de trescientos caballos. Caliente con el vino se precipitó sobre los enemigos sin tomarse tiempo de formar sus tropas en batalla, y aunque la oscuridad casi le impedía distinguir los objetos. Aunque algo desconcertados al principio por este brusco ataque, los Sevillanos respondieron con vigor a él y cuando al fin fueron obligados a la retirada, retrocedieron al sitio donde se encontraba Ismael. Desde entonces Yahya estaba perdido. Ismael cayó sobre los enemigos a la cabeza de sus cristianos de Alafoens y los puso en derrota. El mismo Yahya cayó muerto y acaso la mayoría de sus soldados hubieran participado de su suerte, si no lo hubiera impedido Mohamed-ibn-Abdallah, quien rogó a Ismael que perdonara a esos infelices. «Casi todos, le dijo, son Berberiscos de Carmona que han sido obligados muy contra su voluntad a servir a un usurpador a quien detestan.» Ismael cedió a sus instancias y mandó que cesara la persecución. Apenas se hubo dado esta orden, cuando Mohamed corrió a Carmona para volver a apoderarse de su principado. Los negros de Yahya, que se habían hecho dueños de las puertas de la ciudad quisieron impedirle la entrada, pero Mohamed secundado por la población, penetró por una brecha, fue al palacio de Yahya, entregó las mujeres de este príncipe a su hijo y se apropió de todos sus tesoros. (Noviembre de 1035)

La nueva de la muerte de Yahya causó una alegría indecible lo mismo en Sevilla que en Córdoba. El Cadí cuando la recibió se puso de rodillas para dar gracias a Dios y todos los que lo rodeaban lo imitaron. Por lo pronto no había ya nada que temer de los Hammuditas. Idris, hermano de Yahya, habla sido proclamado califa en Málaga, pero necesitaba tiempo para ganarse a fuerza de promesas y concesiones a los jeques berberiscos, y ni aun se hallaba en estado de reducir Algeciras, donde su primo Mohamed había sido proclamado califa por los negros. Viendo, pues, que las circunstancias le eran propicias, quiso el Cadí instalarse con el pretendido Hixem II en el palacio califal de Córdoba. Pero Ibn-Djahwar no tenía gana de abdicar del consulado. Logró convencer a sus conciudadanos de que el pretendido califa no era más que un impostor, quitóse su nombre de las oraciones públicas; y cuando el Cadi llegó ante las puertas de la ciudad se las encontró cerradas y no siendo bastante fuerte para reducir a mano armada ciudad tan considerable, se vio obligado a volverse por donde había venido.

Entonces resolvió volver sus armas contra el único príncipe eslavo que había rehusado reconocer a Hixem II, que era Zohair de Almería. Desde que el califa Casim, que quiso conciliarse la amistad de los Amiridas, le dio muchos feudos, Zohair había hecho de ordinario causa común con los Hammuditas y cuando Idris fue proclamado Califa, se había apresurado a reconocerlo. Amenazado ahora por el Cadí, se alió con Habbus de Granada y cuando se puso en marcha el ejército sevillano, le salió al encuentro con sus tropas y las de su aliado y le obligó a retirarse.

Era evidente que el Cadí había presumido demasiado de sus fuerzas y podía temer que llegara el momento en que los ejércitos de Almería y de Granada, tomando a su vez la ofensiva, invadieran el territorio sevillano. Felizmente para él, la casualidad que le servía casi siempre a pedir de boca, quiso que uno de sus enemigos lo desembarazara del otro.

II.

En la época de que hablamos, dos hombres igualmente notables, pero que se tenían odio mortal, dirigían los negocios en Granada y en Almería: el árabe Ibn-Abbas y el judío Samuel.

El Rabí Samuel ha-Leví a quien llamaban ordinariamente Bed-Naghdela, había nacido en Córdoba donde había estudiado el Talmud con el Rabí Hanokh jefe espiritual de la comunión judía. Se había aplicado también con mucho provecho al estudio de la literatura árabe y al de casi todas las ciencias que entonces se cultivaban. Por lo demás, no había sido durante mucho tiempo sino un simple droguero, primero en Córdoba, luego en Málaga, donde se había establecido después de la toma de la capital por los Berberiscos de Solimán, hasta que un feliz accidente vino a sacarlo de su humilde condición.

Estaba su tienda cerca de un castillo que pertenecía a Abul-Casim ibn-al-Arif, visir de Habbus rey de Granada. Como la gente de este castillo tenía muchas veces que escribir a su señor y eran iliteratos, hacían redactar sus cartas por Samuel. Estas cartas causaron la admiración del visir, porque estaban escritas con la mayor elegancia y artísticamente sembradas de las más hermosas flores de la retórica árabe. Así, que cuando tuvo ocasión de ir a Málaga, se apresuró a informarse de la persona que las había escrito y haciendo llamar al judío le dijo: «No es digno de tí estar en una tienda. Mereces brillar en la corte y si quieres serás mi secretario.» Acompañó pues, Samuel al visir cuando este volvió a Granada y la estimación que Ibn-al-Arif ya le tenía se acrecentó cuando en sus conversaciones sobre negocios de Estado, descubrió en él un conocimiento de los hombres y de las cosas y un golpe de vista verdaderamente maravilloso. «Todos los consejos que daba Samuel, dice un historiador judío, eran como si alguno interrogare a la palabra de Dios.» Así que el visir los siguió desde entonces, de lo que no tuvo que arrepentirse. Habiendo caído luego malo y conociendo que su fin se aproximaba, le dijo al rey que había venido a visitarlo y que no sabía como reemplazar al fiel servidor que iba a perder: «Señor, en estos últimos tiempos nada os he aconsejado por mí mismo, sino por inspiración de mi secretario el judío Samuel. Fijad en él vuestra atención, que sea para vos un padre y un ministro, haced todo lo que os aconseje y Dios os ayudará.» El rey Habbus siguió el consejo. Llevó a Samuel a palacio y el judío llegó a ser su secretario y su consejero.

Acaso en ningún otro Estado musulmán halla gobernado un judío con el título de visir y canciller. Verdad es que muchas veces ha habido judíos que han gozado de cierta consideración de los soberanos musulmanes que solían sobre todo confiarles la administración de la hacienda, pero la tolerancia musulmana no llegaba de ordinario hasta sufrir pacientemente que fuera un judío primer ministro. Pero también, si la cosa era posible en alguna parte no lo era más que en Granada. Allí los judíos eran tan numerosos que se la llamaba la «ciudad de los judíos y como eran poderosos y ricos se entrometían con bastante frecuencia en los negocios del Estado. En una palabra, allí era donde habían encontrado, si no la tierra prometida, por lo menos el maná del desierto y la roca de Horeb. También se explica de otro modo la elevación de Samuel. No le era fácil al rey de Granada encontrar un primer ministro porque, a decir verdad, no podía confiar este importante puesto ni a un Berberisco, ni a un Árabe. En este tiempo, se deseaba que un primer ministro fuera muy literato, que fuera capaz de componer las cartas que se enviaban a otros príncipes y que se escribían en prosa rimada y en un estilo sumamente rebuscado. El rey de Granada, sobre todo, gustaba de esta especie de talento. Se parecía a un advenedizo que trata de darse aire de gran señor: semi bárbaro, se tomaba un trabajo infinito para no parecerlo. Se preciaba de algo literato y hasta pretendía, que la nación de que era oriundo, la de Cinhedja, no era por su origen berberisca, sino árabe. Necesitaba pues, a toda costa, un ministro que en nada fuera inferior a los de sus vecinos. ¿Pero dónde encontrarlo? Sus Berberiscos sabían muy bien batirse, tomar ciudades, saquearlas y quemarlas, pero eran incapaces de escribir correctamente ni un renglón en la lengua del Corán. En cuanto a los Árabes, que no sufrían el yugo, sino trémulos de ira y de vergüenza, no se podía fiar de ellos; se hubieran creído felices engañándolo y vendiéndolo. En tales circunstancias, un judío como Samuel que, según el testimonio de los mismos sabios árabes, habían profundizado todas las delicadezas de su lengua y que por celoso que fuera por su religión, no tenía escrúpulo cuando escribía a musulmanes de emplear las fórmulas religiosas que eran de estilo, debía ser para él un verdadero tesoro. Y no tuvo que avergonzarse de haberlo elevado al rango de primer ministro, pues su elección fue aprobada hasta por los Árabes. Estos a pesar de su intolerancia y de sus prejuicios contra los hijos de Israel, se veían obligados a confesar que Samuel era un genio superior. Y en efecto su saber era extenso y profundo. Era matemático, lógico, astrónomo y sabia lo menos siete lenguas. Júntese a esto que era muy generoso con los poetas y los literatos en general. Así pues, aquellos a quienes había colmado de favores, no le regateaban sus elogios y el poeta Monfatil llegó a dirigirlo estos versos que los escritores musulmanes no citan sin un santo horror.

“Oh tú que has reunido en tu persona todas las buenas cualidades que los demás, solo poseen en parte, tú que has devuelto la libertad a la generosidad cautiva, tú eres tan superior a los hombres más generosos de Oriente y de Occidente, como el oro es superior al cobre. Ah, si los hombres pudieran distinguir lo verdadero de lo falso no pondrían su boca sino en tus dedos. En lugar de tratar de agradar a Dios besando en la Meca la piedra negra, besaran tus manos porque ellas son las que disponen de la felicidad. Gracias a ti yo he obtenido aquí abajo lo que deseaba, y espero gracias a tí obtener allá arriba lo que deseo. Cuando me encuentro cerca de tí y de los tuyos, profeso abiertamente la religión que prescribe observar el sábado y cuando me encuentro cerca de mi mismo pueblo la profeso en secreto”

Pero lo que los Árabes no podían estimar en su justo valor, eran los servicios que Samuel hacía a la literatura hebraica. Y eran muy considerables. Publicó un hebreo una Introducción al Talmud y veintidós obras relativas a la Gramática, de las que la más extensa y notable era el «Libro de la riqueza,» que un juez muy competente, un correligionario de Samuel que vivía en el Siglo XII, coloca por encima de todas las demás que tratan de gramática. Era también poeta: hizo imitaciones de los Salmos, de los Proverbios y del Eclesiastés. Llenas de alusiones, de proverbios árabes, de sentencias tomadas de los filósofos y de expresiones raras sacadas de los poetas sagrados, estas poesías eran muy difíciles de entender; hasta los judíos más sabios no podían comprender su sentido sin la ayuda de un comentario, pero como lo afectado y lo rebuscado fueran entonces cosas comunes, lo mismo en la literatura hebraica que en la árabe que le servía de modelo, la oscuridad se tenía entonces más bien por mérito que por defecto. Además, él velaba con solicitud paternal por los jóvenes estudiantes judíos y proveía generosamente a sus necesidades cuando eran pobres. Tenía a su servicio escribientes que copiaban la Michna y el Talmud y regalaba estas copias a los discípulos que no podían comprarlas. Ni se limitaban sus beneficios a sus correligionarios españoles. En Africa, en Sicilia, en Jerusalén, en Bagdad, en una palabra, en todas partes podrán contar los judíos con su apoyo y con su liberalidad. Por eso los judíos del principado granadino, queriendo darle una prueba de su afecto y de su gratitud, le habían discernido en el año de 1027 el título de «naghid», esto es, de jefe o príncipe de los judíos de Granada.

Como hombre de Estado juntaba a un espíritu vivo y penetrante, un carácter firme y una prudencia consumada. De ordinario, cualidad preciosa en un diplomático, hablaba poco y pensaba mucho. Aprovechaba las circunstancias con arte maravilloso, conocía el carácter y las pasiones de los hombres y los medios de dominarlos por sus vicios. Además, era hombre de mundo. En los magníficos salones de la Alhambra, se encontraba tan a sus anchas que se le hubiese creído nacido en el seno de la riqueza. Nadie hablaba con más elegancia ni destreza, ni manejaba mejor la adulación, ni con tanta arte sabia ser cariñoso o familiar en el discurso, de más vivaracho numen, ni más persuasivo por sus argumentos. Y, sin embargo, —cosa rara entre aquellos a quienes la rueda de la fortuna eleva a una súbita opulencia y a una alta dignidad— no tenía ni la altanería de su advenedizo, ni la insolente y tonta infatuación propia de los enriquecidos. Bondadoso y amable con todo el mundo, poseía aquella verdadera dignidad que resulta de la naturalidad y de la falta absoluta de pretensiones. Lejos de avergonzarse de su antigua condición y de procurar ocultarla, se gloriaba de ella y se imponía por su sencillez a sus detractores.

También Zohair, visir de Almería, era un hombre muy notable. Se decía de él que no tenía igual en cuatro cosas: el estilo epistolar, la riqueza, la avaricia y la vanidad. En efecto su riqueza era casi fabulosa: se estimaba su fortuna en más de quinientos mil ducados. Su palacio estaba amueblado con magnificencia y atestado de sirvientes; tenía quinientas cantadoras todas de extrema belleza; pero lo que admiraba sobre todo era su inmensa biblioteca, que sin contar innumerables cuadernos sueltos contaba cuatrocientos mil volúmenes. Nada parecía pues, que faltaba a la felicidad de este favorito de la fortuna. Era hermoso y joven todavía, pues que contaba apenas treinta años; su origen era muy noble pues, que pertenecía a la antigua tribu de los defensores de Mahoma, nadaba en riqueza, y como era de respuesta pronta y se expresaba con mucha elegancia y corrección gozaba de gran reputación literaria. Desgraciadamente se había apoderado de él una especie de vértigo: su presunción no tenía límites y se había creado innumerables enemigos. Los Cordobeses especialmente estaban furiosos con él; porque una vez que fue a aquella ciudad con Zoahir, trató con el mayor desdén a los hombres más distinguidos por su origen y su talento y al salir había dicho: «No he visto aquí más que «sail y djahil» (mendigos e ignorantes).» El hecho es, que su presunción rayaba casi en delirio. «Aunque todos los hombres fueren mis esclavos, decía en sus versos, mi alma no estaría satisfecha todavía. Querría subir a un lugar más elevado que las más altas estrellas y una vez llegado allí querría subir más todavía.» Había compuesto un verso, que repetía en todas ocasiones, pero especialmente cuando jugaba al ajedrez:

«Cuando se trata de mí, la desgracia duerme siempre y tiene prohibición expresa de herirme».

Este desafío hecho al destino excitó en Almería la indignación general y un atrevido poeta haciéndose intérprete de la opinión pública, sustituyó a la segunda mitad del verso estas palabras que eran una verdadera profecía:

«Mas ya llegará el tiempo en que el destino que nunca duerme te despierte (a la desgracia.)»

Árabe puro, Ibn-Abbas odiaba a los Berberiscos y despreciaba a los Judíos. Quizás no quisiera precisamente que su señor se uniera a la liga arábigo-eslava; porque entonces Zohair hubiera quedado oscurecido por su jefe el Cadí de Sevilla; pero por lo menos estaba indignado de verlo unido a un berberisco que tenía por ministro a un judío a quien detestaba y de quien sabía que era odiado. De concierto con Ibn-Bacanna, visir de los Hammuditas de Málaga, trató primero de derribar a Samuel. Para lograrlo inventó innumerables calumnias, pero no lo consiguió. Entonces trató de enfrentar a su señor con el rey de Granada, comprometiéndolo a prestar su apoyo a Mohamed de Carmona enemigo de Habbus, y este plan le salió bien.

Poco tiempo después, en Junio de 1038 murió Habbus dejando dos hijos de los que el mayor se llamaba Badís y el menor Bologguin. Los Berberiscos y algunos judíos querían dar el trono a este último, otros judíos y entre ellos Samuel se inclinaban a Badís los mismo que los árabes. Hubiera estallado una guerra civil, si Bologguin no hubiera renunciado espontáneamente a la corona y cuando prestó juramento a su hermano, sus partidarios tuvieron a su pesar que seguir su ejemplo.

El nuevo príncipe hizo todo lo que pudo por reanudar la alianza con el señor de Almería y este declaró al cabo que todo quedaría arreglado en una entrevista. Acompañado de un numeroso y magnífico cortejo se puso, pues, en camino y llegó inopinadamente a las puertas de Granada sin pedir permiso para pasar la frontera. Badís quedó grandemente lastimado por este paso inconveniente; sin embargo, recibió al príncipe de Almería con muchas consideraciones, trató suntuosamente a la gente de su séquito y la colmó de regalos. La negociación sin embargo no condujo a nada, ni los príncipes, ni sus ministros (Samuel había conservado su puesto) pudieron entenderse. Únase a esto que, Zohair, que se dejaba influir por Ibn-Abbas, tomaba respecto a Badís un tono muy ofensivo para su dignidad. Así, que el rey de Granada pensaba ya en castigar al príncipe de Almería por su insolencia, cuando uno de sus capitanes, que se llamaba Bologguin, se encargó de hacer una última tentativa, para procurar una reconciliación. Fue a ver por la noche a Ibn-Abbas y le dijo: «Temed el castigo de Dios. Vos sois quien impide llegar a un acomodamiento, porque nuestro señor se deja guiar por vos. Sin embargo, sabéis lo mismo que nosotros que, cuando obramos de concierto salíamos bien de todas nuestras empresas, de modo que todos nos envidiaban. ¡Pues bien, restablezcamos nuestra alianza! El punto en que no hemos podido entendernos hasta ahora, es el apoyo que prestáis a Mohamed de Carmona. Abandonad a este príncipe a su suerte y todo lo demás se arreglará por sí mismo.» Ibn-Abbas le respondió en un tono semi protector, semi desdeñoso, y cuando el berberisco intentó mover su corazón abrazándolo y vertiendo lágrimas, le dijo: «Guárdate esas demostraciones y esas palabrotas, que no me hacen ningún efecto. Lo que te dije ayer te digo hoy: si tú y los tuyos no hacéis lo que queremos, yo haré de modo que os arrepintáis.» Exasperado con estas palabras: «¿Es esa la respuesta que debo llevar al consejo?» preguntó Bologguin. «La misma, le respondió Ibn-Abbas y si quieres atribuirme términos todavía más fuertes también te lo permito.»

Llorando de indignación y de ira, Bologguin volvió a presencia de Badís y de su consejo, y cuando hubo contado la conferencia que había tenido con el visir exclamó: «¿Chinhedjitas, exclamó, la arrogancia de este hombre es insoportable, preparaos todos a bajársela, porque si no, no seréis dueños ni de vuestras casas!» Los Granadinos participaron de su enojo y el otro Bologguin, el hermano de Badís, fue el que se mostró más indignado que todos y requirió a su hermano para que tomara en el mismo instante las medidas necesarias para castigar a los Almerienses; Badís se lo prometió.

Para volver a sus Estados, Zohair tenía que pasar muchos desfiladeros y un puente que daba a un lugar cercano; su nombre de Alpuente. Badís mandó cortarlo y envió soldados a que ocuparan los desfiladeros. Sin embargo, como estaba menos exasperado que su hermano contra Zohair y no desesperaba todavía de traer al amigo de su padre a mejor acuerdo, resolvió advertirle secretamente del peligro que le amenazaba y se valió para esto de un oficial berberisco que servía en el ejército de Almería. Este oficial fue a buscar a Zohair durante la noche y le habló en estos términos:

—Creedme, señor, cuando os digo, que será difícil pasar mañana los desfiladeros que hay en el camino. Os aconsejo pues, que salgáis al instante y acaso de este modo podáis pasarlos antes que los granadinos los hayan ocupado y entonces, si os persiguen podréis presentarles batalla en el llano en poneros a salvo en algunas de vuestras fortalezas.

Este consejo pareció no desagradar a Zohair, pero Ibn-Abbas quo asistía a esta conversación, exclamó:

—El miedo es lo que te hace hablar así.

—¿De mí es de quien decís eso?, contestó el oficial. ¿De mí que he tomado parte en veinte batallas mientras que vos no habéis visto ni una? ¡Pues bien, ya veremos a quien el tiempo da la razón!, y salió indignado.

Los enemigos de Ibn Abbas (y ya hemos dicho que tenía muchos) pretenden que había rechazado el consejo del oficial berberisco, no porque lo creyera malo, sino porque deseaba que fuera muerto Zohair. Ibn-Abbas, dicen, tenía ambición de reinar en Almeria y quería que Zohair muriera combatiendo contra los granadinos, pues esperaba poder salvarse por la fuga y hacerse proclamar soberano en aquella ciudad. Acaso haya algo de verdad en esta acusación; hemos de ver por lo menos más adelante que Ibn-Abbas se alabó con Badís de haber metido a Zohair en un lazo.

Sea de esto lo que quiera, a la mañana siguiente (3 de Agosto de 1038), Zohair se encontró cercado por las tropas de Granada. Sus soldados quedaron consternados, pero él no perdió su presencia de ánimo. Puso en batalla su infantería negra que eran quinientos y sus Andaluces y ordenó a su teniente Hodhail que cayera sobre los enemigos al frente de la caballería eslava. Hodhail obedeció, pero apenas empeñado el combate, quedó desmontado ya sea de un lanzazo, ya sea porque tropezara su caballo, y sus jinetes huyeron en el mayor desorden. En el mismo instante, Zohair fue abandonado por los negros, en quien tenía sin embargo gran confianza. Los negros se pasaron al enemigo después de haberse apoderado del depósito de armas. No quedaban pues sino los Andaluces, pero estos que eran en general muy malos soldados, no pensaron más que en huir y quieras que no Zohair tuvo que hacer otro tanto. Como estaba cortado el puente de Alpuente y los desfiladeros ocupados por los enemigos; los fugitivos tuvieron que refugiarse en la sierra. La mayor parte fueron acuchillados por los Granadinos que no daban cuartel, y otros hallaron la muerte en horribles precipicios, entre los que se contó el mismo Zohair.

Todos los empleados civiles entre los que se contaba Ibn-Abbas, habían sido hechos prisioneros, habiendo mandado Badís que se les perdonara la vida. Ibn-Abbas creía no tener nada que temer y no se inquietaba más que por sus libros. «¡Dios mío, Dios mío!, gritaba, ¡que será de mis paquetes!» Y dirigiéndose a los soldados que lo conducían ante Badís, les dijo; «Id a decir a vuestro señor que tenga mucho cuidado de mis paquetes, para que no se rompa algo, pues que contienen libros de inestimable precio.» Y cuando hubo llegado a presencia de Badís le dijo sonriendo: «No os he servido bien, ¿puesto que os he entregado estos perros?» y señaló con la mano a los prisioneros eslavos. «Hacedme un servicio a vuestra vez, continuó, mandad que se respeten mis libros; que es lo que más me interesa.» Mientras que hablaba así, los prisioneros almerienses le echaban furiosas miradas y uno de ellos, el capitán Ibn-Chabib, dirigiéndose a Badís exclamó: «¡Señor os conjuro por aquel que os ha dado la victoria que no dejéis escapar a ese infame que ha perdido a nuestro señor! ¡Él es quien tiene la culpa de todo lo que ha sucedido y por ver su suplicio me dejaría de buena gana cortar enseguida la cabeza!» A estas palabras sonrió Badis de una manera benévola y mandó poner en libertad al capitán, que fue el único que salvó su vida, de los militares, pues todos los demás fueron entregados sucesivamente al verdugo. Por el contrario, Ibn-Abbas, fue el único de los empleados civiles que no fue puesto en libertad. El orgulloso visir conoció al fin la desgracia que con loca audacia había desafiado y veía cumplirse la predicción del poeta almeriense. Fue encerrado en un calabozo de la Alhambra y lo cargaron de cadenas, que no pesaban menos de cuarenta kilos. Sabía que Badís estaba muy irritado contra él y que Samuel deseaba su muerte. Sin embargo, conservaba todavía alguna esperanza; Badís, a quien había hecho ofrecer treinta mil ducados como precio de su libertad, mandó responderle que ya tomaría su demanda en consideración y había dejado pasar cerca de dos meses sin decidir nada. Durante este tiempo luchaban contrarias influencias en la corte granadina: por una parte, el embajador cordobés solicitaba la libertad de los prisioneros y principalmente la de Ibn-Abbas; de otra, el embajador y cuñado del Amirida, Abdalaziz de Valencia, Abul-Ahwaz, Man ibn-Zomadih insistía con Badis para que hiciera matar todos los prisioneros y sobre todo a Ibn-Abbas. Abdalaziz se había apresurado a apoderarse del principado de Almería, bajo pretexto de que le tocaba por derecho de devolución, habiendo sido Zohair cliente de su familia, y temía que si Ibn-Abbas y los otros prisioneros recobraban la libertad, le disputaran el poder. El mismo Badis, no sabía que partido tomar: la avaricia y la venganza luchaban en su corazón; pero una tarde que paseaba a caballo con su hermano Bologguin, le habló de la proposición de Ibn-Abbas y le pidió su parecer. «Si aceptáis su dinero y recobra la libertad, os suscitará una guerra que os costará doble. Soy pues, de parecer que lo mandéis matar enseguida.»

Concluido el paseo mandó que le trajeran el prisionero y le reprendió sus faltas con las palabras más duras. Ibn-Abbas esperó con resignación el fin de esta larga invectiva y cuando el rey acabó de hablar, exclamó:

—Señor, os suplico que tengáis piedad de mí; ¡libradme de mis penas!

—Hoy mismo quedareis libre, le respondió el príncipe; y como viera brillar un rayo de esperanza en la pálida y triste fisonomía de su prisionero, se calló por unos instantes. Después continuó, con una sonrisa feroz: Irás a donde sufras mucho más.

Enseguida le dijo a Bologguin algunas palabras en berberisco, lengua que Ibn-Abbas no comprendía; pero las últimas palabras que le había dirigido Badís, su terrible sonrisa, su aire feroz y amenazador, todo le decía con sobrada claridad que iba a sonar su última hora.

«¡Príncipe, príncipe, exclamó cayendo de rodillas, perdonadme la vida, os lo suplico! ¡Tened piedad de mis mujeres y de mis pequeñuelos! ¡No son treinta mil ducados, sino sesenta mil los que os ofrezco, pero dejadme la vida por el amor de Dios!»

Badís lo escuchó sin contestar palabra, y luego blandiendo su espada se la sepultó en el pecho. Su hermano Bologguin y su camarero Alí ibn-al-Carawi hicieron otro tanto, pero Ibn-Abbas, que no dejaba de implorar la clemencia de sus verdugos, no cayó, sino a la décima séptima herida. (24 de Setiembre de 1038).

No tardó en saberse en Granada que el rico y orgulloso Ibn-Abbas, había dejado de vivir. Los africanos se alegraron, pero ninguno recibió esta noticia con tanta satisfacción como Samuel. Ya no le quedaba más que un enemigo terrible, Ibn-Bacannia y un secreto presentimiento le decía que también iba pronto a perecer. Los judíos creían entonces, lo mismo que los árabes, que muchas veces se oían en sueños espíritus que predecían el porvenir en verso, y una noche oyó Samuel mientras dormía una voz que la recitaban tres versos hebraicos, cuyo sentido es este:

“¡Ya ha perecido Ibn-Abbas, así como sus amigos y confidentes; a Dios alabanza y santificación! Y el otro ministro, el que conspiraba con él, será también pronto abatido y molido como la algarroba. ¡Qué se han hecho sus murmuraciones, sus mal­dades y su poder! ¡Que sea santificado el nombre del Señor!”

Pocos años más tarde, como tendremos que referir, Samuel vio cumplirse esta predicción; tan cierto es que el odio y el amor dan una singular presciencia de lo futuro.

 

III.

 

Muy a pesar suyo, Badís había hecho a los coaligados que reconocían por Califa al pretendido Hixem, un importante servicio, cuando hizo acometer y matar a Zohair. Verdad es, que el Amirida Abdulaziz de Valencia, que como ya hemos dicho había tomado posesión del principado de Alme­ría, no estaba en estado de socorrer a su aliado el Cadí de Sevilla, porque no tardó él mismo en tener que defenderse contra Modjebid de Denia que veía con malos ojos el engrandecimiento de los Estados de su vecino; pero por lo menos, el Cadí no tenía ya que temer una guerra contra Almería y enteramente seguro por esta parte, no pensó más que en tomar la ofensiva contra los Berberiscos, comenzando por Mohamed de Carmona con quien se habla malquistado. Al mismo tiempo, mantenía inteligencias con una facción en Granada y trataba de hacer que allí estallara una revolución.

Había en Granada muchos que estaban descontentos con Badís. Al principio de su reinado daba este príncipe algunas esperanzas, pero desde entonces se había mostrado cada vez más cruel, pérfido, sanguinario y entregado a la embriaguez más vergonzosa. Primero se quejaron, luego murmuraron y al cabo conspiraron.

El alma del complot era, un aventurero que se llamaba Abul-Fotuh. Nacido muy lejos de España, de una familia árabe establecida en el Djordjan, la antigua Hircania, había estudiado Bellas Letras, Filosofía y Astronomía con los más famosos profesores de Bagdad. Pero no era solo un sabio: gran jinete e intrépido guerrero, apreciaba un noble corcel o una espada bien templada, tanto como un hermoso poema o un profundo tratado científico. Habiendo llegado a España en el año de 1015, probablemente para buscar fortuna, pasó algún tiempo en la corte de Modjehid de Denia. Allí se ocupaba ya en literatura con este sabio príncipe o trabajando en su comentario sobre el tratado gramatical que lleva el título de Djomal, ya combatiendo al lado del príncipe en Cerdeña; a veces meditaba también, sobre las cuestiones filosóficas más abstractas o trataba de adivinarlo porvenir observando el curso de los astros. Habiendo ido luego a Zaragoza, residencia de Mondhir; este príncipe le cobró amistad al principio y le confió la educación de su hijo, pero como según la observación tan justa como repetida del arábigo historiador a quien seguimos los tiempos cambian y los hombres con ellos, Mondhir le hizo saber un día que ya no tenía necesidad de sus servicios, y que le daba licencia para irse de Zaragoza y Abul-Fotuh, fue entonces a establecerse en Granada, donde abrió un curso acerca de las antiguas poesías y especialmente sobre la colección conocida con el nombre de «Hamasa»; pero además hizo otra cosa: sabiendo que Badís tenía muchos enemigos, estimuló la ambición de Yazir, primo hermano del rey, asegurándole que había leído en las estrellas que Badís perdería el trono y que su primo reinaría treinta años. Consiguió así formar una conspiración, pero habiéndola descubierto Badís antes del tiempo fijado para su realización Abul-Fotuh, Jazir y los demás apenas tuvieron tiempo de sustraerse con la fuga a su venganza. Fueron a refugiarse al lado del Cadí de Sevilla, cómplice suyo sin duda, aunque sea imposible decir hasta qué punto lo fuera.

En este entretanto, el Cadí había atacado a Mohamed de Carmona y su ejército, mandado como de ordinario por su hijo Ismael, había obtenido ya brillantes ventajas. Osuna y Écija se habían visto obligadas a rendirse y la misma Carmona estaba sitiada. Reducido a la última extremidad, Mohamed pidió socorro a Idris de Málaga y a Badís. Uno y otro respondieron a su llamamiento: Idris que estaba enfermo, envió tropas a las órdenes de su ministro Ibn-Bacanna, y Badís vino en persona con las suyas. Reunidos estos dos ejércitos, Ismael, lleno de confianza en el número y en la bravura de sus soldados, les presentó batalla, pero Badís e Ibn-Bacanna, viendo que el enemigo tenía superioridad numérica o creyéndolo al menos, no se atrevieron a aceptar y sin cuidarse del señor de Carmona, le abandonaron a su suerte y tomaron el uno el camino de Granada y el otro el de Málaga. Ismael se puso enseguida en persecución de los granadinos. Felizmente para Badís, apenas hacia una hora que Ibn-Bacanna se había separado de él, envióle a toda prisa un mensaje rogándole que viniera en su socorro, pues si no iba a ser hecho polvo por los Sevillanos. Ibn-Bacanna se le juntó enseguida y habiendo verificado esta unión los dos ejércitos en las cercanías de Écija, esperaron al enemigo.

Los Sevillanos que creían tener que habérselas con un ejército en retirada, quedaron desagradablemente sorprendidos, cuando vieron que tenían que pelear contra dos ejércitos perfectamente preparados para recibirlos, y desmoralizados por esta circunstancia imprevista, bastó el primer choque para desordenar sus filas. En vano trató Ismael de rehacerlos y de llevarlos de nuevo al combate; víctima de su bravura, cayó muerto el primero de todos. Desde entonces los Sevillanos no pensaron más que en salvarse.

Hecho dueño del campo de batalla, con tan fácil victoria, y habiendo establecido un campamento a las puertas de Écija, Badís se quedó admirado, viendo venir a Abul-Fotuh a echarse a sus pies. Lo que lo traía era el amor de familia. Con tanta precipitación había tenido que salir de Granada que tuvo que dejar abandonados a su suerte a su mujer y a sus hijos. Sabía que Badís los había hecho detener por medio del negro Codam, su gran preboste, su Tristán el Ermitaño, y que Codam los había hecho encerrar en Almuñécar. Pero él amaba apasionadamente a su mujer, joven y bella andaluza, y la ternura que profesaba a sus hijos era extremada. No pudiendo resolverse a vivir sin ellos y temiendo sobre todo que Badís se vengara de su crimen en aquellas cabezas queridas, venía a implorar ahora su perdón y aunque conocía el genio implacable y sanguinario del tirano, esperaba sin embargo que esta vez no sería inflexible, puesto que, había ya perdonado a su tío Abu-Bich que estaba igualmente complicado en el complot.

Arrodillándose pues, delante del príncipe:

—¡Señor, le dijo, tened piedad de mí! Os aseguro que soy inocente.

—¡Qué¡, exclamó Badís con los ojos inflamados de ira, ¿te atreves a presentarte delante de mí? ¿Has sembrado la discordia en mi familia y ahora vienes a decirme que no eres culpable! ¿Crees qué soy tan fácil de engañar?

—¡Señor, sed clemente por el amor de Dios! Acordaos de que un día me tomasteis bajo vuestra protección y que condenado a vivir lejos de los lugares que me vieron nacer, soy ya bastante desgraciado. No me imputéis el crimen cometido por vuestro primo, en él no he tenido parte alguna. Verdad es que lo acompañé en su huida, pero lo hice por que como vos sabíais que tenía relaciones con él, temí que me castigarais como a su cómplice. Pero heme aquí delante de vos; si absolutamente lo queréis, pronto estoy a confesarme culpable de un crimen del que soy inocente, siempre que pueda de este modo obtener vuestro perdón. Tratadme como es propio de un gran rey, de un monarca que está demasiado elevado para guardar rencor a un pobre hombre como yo y devolvedme a mi familia.

—Yo te trataré seguramente como mereces, si Dios quiere. Vuelve a Granada donde encontrarás a tu familia y cuando yo vaya arreglaré tus asuntos.

Tranquilizado con estas palabras, cuya ambigüedad no notó al principio, Abul-Fotuh, tomó el camino de Granada bajo la escolta de dos caballeros. Pero cuando llegó cerca de la ciudad, el negro Codam ejecutó las órdenes que acababa de recibir de su señor. Hizo prender a Abul-Fotuh por sus satélites, que después de haberle afeitado la cabeza lo montaron en un camello. Un negro de una fuerza hercúlea montó detrás de él y se puso a abofetearlo sin parar. De este modo fue paseado por las calles, y luego lo metieron en un calabozo muy estrecho que tuvo que dividir con uno de sus cómplices, un soldado berberisco que había sido hecho prisionero en la batalla de Écija.

Pasaron muchos días. Badís estaba ya de vuelta y sin embargo nada habla decidido aún respecto de Abul-Fotuh. Esta vez, al contrario de la anterior, cuando se trataba de Ibn-Abbas, era Bologguin, quien le impedía pronunciar la fatal sentencia. Bologguin se interesaba por el doctor, no se sabe por qué; trataba de probar su inocencia y lo defendía con tal calor que Badís temiendo descontentarlo vacilaba en tomar una resolución. Pero un día que Bologguin se achispaba en una orgía—lo que le sucedía frecuentemente, lo mismo que a su hermano—Badís se hizo traer a Abul-Fotuh y a su compañero. Desde que vio al doctor comenzó a vomitar contra él un torrente de injurias y continuó en estos términos: «¡De nada te han servido tus estrellas, embustero! ¿No le habías prometido a tu emir, a ese pobre tonto que te servía de juguete, que no tardaría en tenerme en su poder y que reinaría treinta años en mis Estados? ¿Por qué no has levantado más bien, tu propio horóscopo y hubiera podido preservarte entonces de una gran desgracia? ¡Ahora, miserable, tu vida está en mis manos!»

Abul-Fotuh no le respondió nada. Cuando esperaba volver a ver una esposa y a unos hijos adorados, se había humillado hasta el ruego y la mentira, pero ahora, plenamente convencido de que nada podría ablandar a este pérfido y feroz tirano, recobró todo su orgullo, toda la fuerza de su alma, toda la energía de su carácter. Con los ojos fijos en el suelo y la sonrisa de desprecio en los labios guardó un silencio lleno de dignidad. Esta actitud noble y serena puso el colmo a la irritación de Badís. Echando espumarajos de ira, saltó de su asiento y sacando la espada la hundió en el corazón de su víctima. Abul-Fotuh recibió el golpe fatal sin pestañear, sin que un quejido se escapara de su pecho y su valor arrancó al mismo Badís un grito involuntario de admiración. Ahora, dijo dirigiéndose a Barhun, uno de sus esclavos, «corta la cabeza a ese cadáver y clávala en un poste. En cuanto al cuerpo, entiérralo al lado del de Ibn-Abbas. Conviene que mis dos enemigos descansen el uno al lado del otro hasta el día del Juicio... Y ahora te toca a tí. ¡Acércate soldado!»

El berberisco a quien se dirigían estas palabras era presa de una indecible angustia y temblaba como un azogado. Cayendo de rodillas trató de excusarse lo mejor que pudo y suplicó al príncipe que le perdonara la vida. «Miserable, le dijo entonces Badís: ¿has perdido por completo la vergüenza? El doctor, en quien hubiera podido ser excusable un poco de miedo, ha sufrido la muerte con un valor heroico, como lo acabas de ver; no se ha dignado dirigirme ni una palabra ¿y tú viejo soldado, tú que te contabas entre los más valientes, muestras tanta cobardía? ¡Que Dios no tenga piedad de ti, miserable!» Y le cortó la cabeza— (20 de Octubre de 1039).

Como lo había ordenado Badís, Abul-Fotuh fue enterrado al lado de Ibn-Abbas. El dolor de la parte inteligente y literata de la población granadina lo siguió a la tumba y muchas veces, pasando cerca del lugar que encerraba sus restos mortales, el Árabe condenado a sufrir en silencio el yugo de un extranjero y de un bárbaro, murmuraba en voz baja: «¡Ah que incomparables sabios eran esos cuyos huesos descansan aquí!... ¡Dios solo es inmortal; glorificado y santificado sea su nombre!»

 

IV.

El sanguinario tirano de Granada iba siendo cada día más el jefe de su partido. Verdad es que reconocía aún el señorío de los Hammuditas de Málaga, pero esto no era más que pura fórmula. Estos príncipes eran muy débiles, se dejaban dominar por sus ministros, se exterminaban unos a otros con el hierro o con el veneno y lejos de poder pensar en fiscalizar a sus poderosos vasallos se creían felices, si conseguían reinar con alguna apariencia de tranquilidad en Málaga, Tánger y Ceuta.

Había, además, una gran diferencia entre las dos cortes. En la de Granada no había sino berberiscos o hombres que como el judío Samuel obraban constantemente en interés suyo; reinaba allí por consiguiente una notable unidad de planes y de aspiraciones. Por el contrario, en la corte de Málaga había también eslavos y más o menos pronto, habían de aparecer los celos, las rivalidades y los odios que tanto habían contribuido a hacer caer a los Omeyas.

El Califa Idris I, ya enfermo cuando envió sus tropas contra los Sevillanos, expiró dos días después de recibir la cabeza de Ismael, que había sido muerto en la batalla de Écija. Al punto se empeñó la lucha entre Ibn-Bacanna el ministro berberisco y Nadja el ministro eslavo. El primero quiso dar el trono a Yahya, primogénito de Idris, plenamente convencido de que en este caso le pertenecía el poder. El eslavo se opuso a ello. Primer ministro en las posesiones africanas proclamó allí por califa a Hasan ibn-Yahya, primo hermano del otro pretendiente, y lo dispuso todo para pasar el Estrecho. De carácter menos firme y audaz el ministro berberisco se dejó intimidar por la actitud amenazadora del eslavo. No sabiendo qué resolución tomar, ya quería persistir en su proyecto, ya a renunciar a él. En su indecisión se descuidó en tornar las medidas necesarias. De pronto vio fondear a la armada africana en el puerto de Málaga. Huyó a toda prisa y se retiró a Comares con su pretendiente. Hasan, dueño de la capital, le mandó a decir que lo perdonaba y que le permitía volver. El berberisco se fió en su palabra, pero le cortaron la cabeza. La predicción que el judío Samuel había creído ver en sueños se había cumplido.

Poco después el competidor de Hasan fue muerto también. Acaso Nadja fue el único culpable de este crimen, como lo dan a entender algunos historiadores, pero Hasan tuvo que sufrir el castigo, pues fue emponzoñado por su mujer, hermana del desventurado Yahya.

Entontes Nadja, creyó poder pasarse sin testaferro. Quería poseer no solo la autoridad, sino también el título de soberano. Habiendo muerto al hijo de Hasan que era todavía muy niño y puesto en prisión a su hermano Idris, se presentó atrevidamente a los Berberiscos como soberano y trató de ganarlos con las promesas más brillantes. Aunque profundamente indignados de su increíble audacia y de su ambición sacrílega—pues tenían una veneración casi supersticiosa a los descendientes del Profeta—creyeron sin embargo los Berberiscos que debían esperar un momento más favorable para castigarlo y le respondieron que le obedecerían y le prestaron juramento.

Nadja les anunció su intento de ir a quitar Algeciras al Hammudita Mohamed que reinaba allí. Púsose en campaña; pero desde los primeros encuentros con el enemigo, pudo notar el Eslavo que los Berberiscos se batían flojamente y que no podía contar con ellos. Creyó pues prudente dar la orden de retirada. Había formado el proyecto de desterrar a los Berberiscos más sospechosos en cuanto llegara a la capital, ganarse a los otros a fuerza de dinero y rodearse de todos los Eslavos que le fuera posible. Pero sus más encarnizados enemigos, supieron o adivinaron su plan y al pasar su ejército por un estrecho desfiladero cayeron sobre el usurpador y lo mataron, (5 de Febrero de 1043)

Mientras que reinaba la mayor confusión entre las tropas, dando gritos de alegría los Berberiscos y huyendo los Eslavos porque temían participar de la suerte de su jefe, corrieron a rienda suelta a Málaga dos de los asesinos y al llegar a la ciudad, gritaron: «¡Buena noticia, buena noticia, el usurpador ha muerto!»; se precipitaron sobre el lugarteniente de Nadja, y lo asesinaron. Idriz, el hermano de Hasan fue sacado de la prisión y proclamado Califa.

Desde entonces concluyó en Málaga el papel de los Eslavos, pero la tranquilidad restablecida por un momento, no fue de larga duración.

Idris II no era seguramente un espíritu superior, pero era bueno, caritativo, y se ocupaba casi exclusivamente en hacer beneficios. Si hubiera sido por él, no hubiera habido ningún desgraciado. Llamó a los desterrados de todos los partidos y les devolvió sus bienes: nunca quiso dar oídos a los delatores y hacia distribuir a los pobres quinientos ducados diarios. Su simpatía para con los hombres del pueblo, con los que gustaba conversar, contrastaban singularmente con el fausto, la ostentación y la escrupulosa etiqueta de su corte. Por su cualidad de descendiente del yerno de Profeta, los Hammuditas eran a los ojos de sus súbditos una especie de semidioses. Para mantener una ilusión tan favorable a su autoridad, se presentaban rara vez en público y se rodeaban de una especie de misterio. El mismo Idris, a pesar de la sencillez de sus aficiones, no se separó del ceremonial establecido por sus predecesores: una cortina lo ocultaba a la vista de los que le hablaban, solo que, como era la bondad misma, olvidaba algunas veces su papel. Un día, por ejemplo, un poeta de Lisboa le recitó una Oda en que alababa su caridad y glorificaba así su noble origen: «Mientras que los demás mortales han sido hechos de agua y polvo, decía en su extraño lenguaje, los descendientes del Profeta han sido hechos del agua más pura, del agua de la justicia y de la piedad. El don de profecía ha descendido sobre su abuelo y el ángel Gabriel, invisible para nosotros, se cierne sobre su cabeza. El rostro de Idris príncipe de los creyentes, se asemeja al sol naciente que deslumbra con sus rayos los ojos de los que le miran, y, sin embargo, oh príncipe, nosotros querríamos veros a fin de poder aprovechar vuestra luz, emanación de la que rodea al señor del universo.» «¡Levanta la cortina!» dijo entonces el califa a su camarero, porque nunca se negaba a una súplica. Más feliz que aquella pobre enamorada de Júpiter que pereció víctima de su fatal curiosidad, el poeta pudo contemplar a sus anchas la figura de su Júpiter, la que si no derramaba una luz flamígera tenía a lo menos el sello de la benevolencia y de la bondad. Acaso le agradó más tal como era, que si hubiera estado rodeada de aquellos rayos deslumbradores de que había hallado en sus versos. Lo que es cierto por lo menos, es que, habiendo recibido un buen regalo se fue muy contento.

Desgraciadamente para la dignidad y la seguridad del Estado, Idris juntaba a una gran bondad de corazón una extremada debilidad de carácter. No sabía o no se atrevía a negar nada. Si Badis o cualquiera otro le pedía un castillo o cualquiera otra cosa accedía siempre a su petición. Un día le requirió Badís para que le entregara a su visir, que había tenido la desgracia de desagradarlo.

—¡Ay! amigo mío, dijo entonces Idris a su ministro, aquí tienes una carta del Rey de Granada en que me pide que os entregue en sus manos. Yo estoy afligidísimo; pero a la verdad no me atrevo a negarme.

—Haced lo que quiere, le respondió este hombre excelente, antiguo servidor de su familia. Dios me dará fuerzas y ya verás como sé sufrir mi suerte con valor y resignación.

Habiendo llegado a Granada le cortaron la cabeza.

Tanta debilidad irritó a los Berberiscos; ya incómodo por las simpatías que Idris mostraba por el pueblo, por sus tendencias socialistas, como se diría hoy, pero exasperó sobre todo a los negros. Acostumbrados al régimen del castigo, del sable, y de la horca, menospreciaban a un amo que no dictaba nunca una sentencia de muerte. Había pues ya mucho descontento, cuando el gobernador del castillo de Airos, dio la señal de la rebelión. Carcelero de dos primos de Idris, los puso en libertad y proclamó califa a Mohamed, el mayor. Entonces los negros que guarnecían el castillo de Málaga, se insurreccionaron e invitaron a Mohamed a presentarse entre ellos. Sin embargo, el pueblo de Málaga lleno de amor hacia el príncipe, que había sido su bienhechor, no le abandonó en la hora del peligro. Estas honradas gentes corrieron en masa a su lado y le pidieron a gritos armas, asegurándole que en cuanto las tuvieran no estarían los negros ni una hora en el castillo. Idris les dio las gracias por su adhesión, pero reusó su oferta diciéndoles: «Volveos a vuestras casas que yo no quiero que perezca un solo hombre por mi causa.» Mohamed pudo pues, hacer su entrada en la capital e Idris, fue a reemplazarlo en la prisión de Airos. Habían cambiado sus papeles (1046-1047)

El nuevo Califa no se parecía a su predecesor sino a su madre, valiente amazona a quien gustaba vivir en los campamentos, vigilar los preparativos de una batalla o los trabajos de un sitio y estimular el valor de sus soldados con sus palabras o con su oro. Bravo hasta la temeridad, pero de una severidad inexorable, si Idris era falto de energía, Mohamed (tal fue por lo menos el parecer de los autores de la revolución) la tenía de sobra. Era la fábula de las ranas pidiendo rey. A ejemplo de la «gente pantanosa» como dice el bueno de La Fontaine, Berberiscos y negros tuvieron bien pronto que maldecir a la terrible grulla y echar de menos al pacífico leño. Se armó un complot, los conjurados entraron en negociaciones con el gobernador de Airos, que se dejó ganar fácilmente por ellos y que puso en libertad a Idris II, después de haberlo reconocido por califa. Idris no retrocedió esta vez ante la idea de la guerra civil, su monótona mansión en un calabozo había vencido sus escrúpulos; pero Mohamed sostenido por su madre combatió a sus adversarios con tanto vigor que los obligó a deponer las armas. Sin embargo, no le entregaron a Idris; antes de someterse lo hicieron pasar a África en donde mandaban dos libertos berberiscos, a saber, Sacot, que era gobernador de Ceuta y Rizc-Allah que lo era de Tánger. Sacot y Rizc-Allah lo recibieron con muchas consideraciones y mandaron que se hicieran en su nombre las oraciones públicas; pero por lo demás no le concedieron ninguna autoridad efectiva; celosos de su propio poder, lo custodiaron estrechamente, le impidieron mostrarse en público y no permitían que nadie se acercara a él. Algunos señores berberiscos, enemigos secretos de los dos gobernadores, encontraron, sin embargo, medio de hablarle y le dijeron: «Esos dos esclavos os tratan como a cautivo y os impiden gobernar por vos mismo. Dadnos vuestros plenos poderes y os libertaremos de ellos,» Pero Idris, siempre dulce y manso rehusó su oferta y en su candidez contó a los dos gobernadores todo lo que había pasado. Los señores en cuestión fueron sentenciados enseguida a destierro, pero como acaso había que temer que Idris diera oídas en otra ocasión a las insinuaciones de los descontentos, Sacot y Rizc-Allah, lo devolvieron a España sin dejar, sin embargo, de reconocerle como Califa en las oraciones públicas. Idris fue a refugiarse con el jefe berberisco de Ronda.

Entretanto los descontentos de Málaga habían implorado el socorro de Badís. Este declaró al principio la guerra a Mohamed, pero poco después se reconcilió con él. Entonces proclamaron al príncipe de Algeciras, que llevaba también el nombre de Mohamed y que a su vez tomó el título de califa. Había pues, en esta época cuatro califas desde Sevilla a Ceuta: el pretendido Hixem II, en Sevilla, Mohamed, en Málaga, otro Mohamed en Algeciras y por último Idris II. Dos de ellos, no tenían en realidad poder alguno, los otros dos eran príncipes de escasa importancia, reyezuelos, y este abuso del título de califa era tanto más ridículo cuanto que en su verdadera acepción indica al soberano de todo el mundo musulmán.

El príncipe de Algeciras salió mal de su tentativa. Abandonado por los que lo habían llamado, se volvió precipitadamente a su país donde murió pocos días después de pena y de vergüenza (1048-9).

Cuatro o cinco años después Mohamed de Málaga exhaló también el último aliento. Uno de sus sobrinos (Idris III) aspiró al trono, pero con mal éxito; esta vez restablecieron al bueno de Idris II y habiéndose en fin, cansado de perseguirlo el destino reinó pacíficamente hasta que pagó también su tributo a la naturaleza (1055). Otro Hammudita, creyó poder reinar en su lugar, pero Badís desvaneció sus esperanzas. Verdadero jefe del partido berberisco, el rey de Granada no quería más que un califa y había resuelto concluir con los Hammuditas e incorporar el principado de Málaga a sus Estados. Ejecutó su proyecto sin grandes obstáculos. Verdad es que los Árabes no se sometieron a él más que a regañadientes, pero habiéndose ganado a los influyentes entre ellos, tales como el visir-Cadí Abu-Abdallah-Djodhamí, se cuidó muy poco de las murmuraciones de los demás y en cuanto a los Berberiscos, como estaban convencidos de las debilidad de sus príncipes y de la necesidad de unirse estrechamente con sus hermanos de Granada, si querían mantenerse contra el partido árabe, que cada día ganaba terreno en el S. O., favorecieron más bien que contrariaron los proyectos de Badís. El rey de Granada se hizo pues, dueño de Málaga y todos los Hammuditas fueron desterrados. Todavía representaron papel en África, pero el que habían hecho en España había concluido.

 

 

LIBRO IV. LOS REYES DE TAIFAS, SEGUNDA PARTE