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CAPÍTULO 28LIBRO TERCERO . EL CALIFATOABDERRAMÁN
V. MOHAMED II. HIXEM III.
Cuando se
refiere la historia de un período desastroso, desgarrado por guerras civiles,
se experimenta a veces la necesidad de apartar los ojos de las luchas de los
partidos, de las convulsiones sociales, de la sangre vertida, y distraer la
imaginación hacia un ideal de calma, de inocencia y de ilusiones. Detengámonos,
pues un instante para fijar la atención en los poemas que un amor puro y
cándido inspiró al joven Abderramen V y a su visir Ibn-Hazm. Se exhala de ellos
como un perfume de juventud, de sencillez y de dicha, y tienen un atractivo
tanto más irresistible, cuanto menos se esperan oír estos acentos dulces y
tranquilos en medio del trastorno universal, este canto de ruiseñor en medio de
la borrasca.
Casi niño
todavía, Abderramán amaba perdidamente a su prima Habiba (Amada) hija del
Califa Solimán. Pero suspiraba en vano. La viuda de Solimán se oponía al
matrimonio, y le daba a entender que por nada cedería. Entonces él compuso
estos versos, donde el sentimiento de la dignidad herida, se manifiesta al lado de un amor profundo:
¡Siempre pretextos
para no concederme mi demanda, pretextos contra los cuales se rebela mi
dignidad! Su ciega familia quiere obligarla a que se me niegue, ¿pero puede la
luna negarse al sol? ¿Cómo la madre de Habiba que conoce mi mérito, puede no
quererme por yerno?
Yo amo
mucho, sin embargo, a esta joven hermosa y cándida de la familia de Abd-Chamz,
que lleva una vida tan retirada en el harén de sus padres; yo la he prometido
servirla como esclavo toda mi vida, y le he ofrecido mi corazón por dote.
Como el
gavilán cae sobre la paloma que despliega sus alas, yo me he lanzado desde que
la vi, sobre esta paloma de los Abd-Chamz; yo que soy de su misma ilustre
familia.
¡Cuán
bella es! Las pléyades la envidian la blancura de sus manos, y la Aurora está
celosa del brillo de su cuello.
Tú has
impuesto a mi amor un ayuno muy largo ¡oh amada mía! ¿qué te había de suceder
si me permitieras romperlo?
En tu
casa busco remedio a mis males: en tu casa, sobre la cual quiera Dios repartir
sus bendiciones. Allí es donde mi corazón hallaría alivio a mis penas; allí es
donde se extinguiría el fuego que me devora.
Si me
rechazas, prima mía, te juro que rechazas a un hombre que es tu igual por su
nacimiento, y que por el amor que le has inspirado, tiene un velo delante de
sus ojos.
Pero no
desespero de poseerla un día y llegar así al colmo de mi gloria, porque sé
manejar la lanza cuando los caballos negros parecen rojos a fuerza de sangre;
honro y respeto al extranjero que se ha abrigado bajo mi techo, y colmo de
beneficios al desdichado que apela a mi generosidad. Ninguno en su familia
merece poseerla más que yo, porque ninguno me iguala en reputación ni en
gloria. Tengo todo lo que es menester para agradarla: juventud, urbanidad,
dulzura y elocuencia.
Se ignora
cuáles eran los sentimientos de Habiba, respecto al joven, los escritores
árabes nos han dejado en la incertidumbre y en la vaguedad, acerca de esta
bella y fugitiva aparición, de que la fantasía desearía diseñar los rasgos.
Ella, sin embargo, no parece haber sido insensible a los homenajes de Abderramán.
Habiéndole encontrado un día, sus ojos se bajaron ante las miradas de fuego del
príncipe, se ruborizó, y en su turbación se olvidó de devolverle su saludo. Abderraman
interpretó equivocadamente esta falta aparente de urbanidad, que en realidad no
era más que púdica timidez y compuso este poema:
Salud a
la que no se ha dignado dirigirme ni una sola palabra; salud a la graciosa
gacela cuyas miradas son otras tantas flechas que me traspasan el corazón.
Jamás ¡ay! me envía ella su imagen para
calmar la agitación de mis sueños. ¿No sabes tú, cuyo nombre es tan dulce de
pronunciar, que te amo sobre todo encarecimiento, y que sería para tí el amante más fiel del mundo?
No parece
que obtuvo nunca la mano de Habiba y en general no fue feliz en sus amores.
Verdad es que otra hermosa no fue esquiva para él; pero más adelante le faltó a
la fe prometida; testigo estos versos que le dirigió:
¡Ay!
¡Cuan largas son las noches desde que prefieres a mi rival! ¡Oh hermosa gacela,
tú que has faltado a tus juramentos y que me has hecho traición, ¿has olvidado
aquellas noches que hemos pasado juntos en un lecho de rosas? El mismo chal ceñia entonces nuestras espaldas, nos entrelazábamos como
se entrelazan las perlas de un collar, nos abrazábamos como se abrazan las
ramas de los árboles, nuestros dos cuerpos no formaban más que uno, mientras
que las estrellas parecían puntos de oro que brillaban en campo azul.
El joven Abderramán
tenía un amigo que se le parecía en muchas cosas y a quien hizo su primer
ministro; Alí-ibn-Hazm. Sus abuelos que habitaron en
el término de Niebla fueron cristianos hasta que su bisabuelo (Hazm) abrazó el islamismo; pero él avergonzado de su origen
y queriendo borrar la huella, renegaba de sus abuelos. Lo mismo que su padre
(Ahmed) que había sido visir en tiempo de los Amiridas,
pretendía descender de un Persa emancipado por Yezid , hermano del primer Califa Omeya Muawiya, y para la
religión de sus padres no tenía más que un soberano desdén. «Nunca debemos
admirarnos de la superstición de los hombres, dice en algún lugar de su Tratado
sobre las Religiones. Los pueblos más numerosos y civilizados están sujetos
a ella. ¡Ved los cristianos! Son tan numerosos, que solo su Creador puede
contarlos; hay entre ellos sabios ilustres, y príncipes de rara sagacidad, y,
sin embargo, creen que uno es tres y tres son uno; que uno de los tres es el
padre, el otro el hijo, y el tercero el espíritu; que el padre es el hijo y que
no es el hijo; que un hombre es Dios y que no es Dios; que el Mesías es Dios
enteramente, y que, sin embargo, no es el mismo que Dios; que el que ha
existido de toda eternidad ha sido creado. La secta que se llama de los Jacobitas,
y que comprende centenas de millares, cree también que el Creador ha sido
azotado, abofeteado, crucificado y muerto; en fin, que el universo ha estado
privado duramente tres días de aquel que lo gobierna!....»
Estos
sarcasmos, por lo demás, no son de un escéptico, sino de un musulmán muy
celoso. Ibn-Hazm, sostenía en religión el sistema de los Dhahirítas,
secta que se atenía estrictamente a los textos, y que llamaba la decisión por
analogía, es decir, a la intervención de la inteligencia humana en las
cuestiones de derecho canónico, una invención del diablo. En política estaba
por la dinastía legítima, de la que había llegado a ser cliente, gracias a una
falsa genealogía, y los Omeyas no tenían servidor más leal, más adicto, ni más
entusiasta. Cuando su casa parecía perdida irrevocablemente, cuando
Alí-Ibn-Hammud ocupaba el trono, y hasta el mismo Khairan,
jefe del partido eslavo, lo había reconocido, fue de los pocos que no perdieron
el ánimo. Cercado de enemigos y de espías, continuó intrigando y conspirando,
porque como es propio de los espíritus entusiastas, la prudencia le parecía
cobardía. Khairan descubrió sus manejos, y haciéndole
expiar su celo intempestivo con muchos meses de prisión, lo condenó al destierro.
Ibn-Hazm se fue entonces con el gobernador del castillo de Aznalcázar,
no lejos de Sevilla, y allí estaba todavía cuando supo que el Omeya Abderramán
IV, Mortadha, había sido proclamado Califa en
Valencia. Embarcóse al punto para ir a ofrecerle sus
servicios y combatió heroicamente en la batalla que Mortadha perdió por la traición de sus pretendidos amigos; pero habiendo caído en manos
de los Berberiscos vencedores, no recobró la libertad, sino muy tarde.
Tiempo
llegará en que Ibn-Hazm llegue a ser el sabio más grande de su época, y el
escritor más fecundo que España haya producido nunca. Pero por lo pronto era
ante todo poeta, y uno de los poetas más graciosos que tuvo la España árabe.
Estaba todavía en la edad feliz de las ilusiones, pues no tenía más que ocho
años más que su joven soberano. Había tenido también su novela de amor; novela
muy sencilla por lo demás, pero que cuenta con tanto candor, delicadeza y
gracia, que no podemos resistir a la tentación de reproducirla con sus propias
palabras. Nos vemos, sin embargo, obligados a suprimir algunas metáforas
atrevidas, algunos adornos, algunas lantejuelas que en
la opinión de un árabe, dan al discurso inimitable gracia, pero que toleraría difícilmente
la sobriedad de nuestro gusto.
«En el
palacio de mi padre, dice Ibn- Hazm, había una joven que recibía allí su
educación. Tenía diez y seis años y no había mujer que la igualara en belleza,
en inteligencia, en pudor, en recato, en modestia y en amabilidad. Las chanzas
y los galanteos la enfadaban y hablaba poco. Nadie se atrevía a elevar sus
deseos hasta ella, y sin embargo su belleza conquistaba todos los corazones; porque,
aunque altiva y avara de sus favores, era más seductora que la coqueta más
refinada. Era seria y no gustaba de las diversiones frívolas, pero tocaba el
laúd de un modo admirable.
Yo era entonces
muy joven y no pensaba más que en ella. La oía hablar algunas veces, pero
siempre en presencia de otras personas, y durante dos años había buscado, en
vano, la ocasión de hablarla sin testigos. Un día, había en nuestra casa una de
esas fiestas que son frecuentes en los palacios de los grandes, y a la que
habían sido invitadas las mujeres de la casa, las de la de mi hermano, y en fin
las de nuestros clientes y servidores más considerados. Después de haber pasado
parte del día en palacio, las señoras fueron al berveder,
desde donde se disfrutaba una magnífica vista de Córdoba y de sus alrededores,
y se colocaron donde los árboles de nuestro jardín no quitaban la vista. Yo estaba
con ellas y me aproximé al alféizar donde «ella» se encontraba; pero en cuanto
me vio a su lado, corrió con graciosa rapidez hacia otro alféizar. La sigo, y
se me escapa de nuevo. Ella conocía muy bien mis sentimientos respecto a su
persona, porque las mujeres tienen más sutileza para adivinar el amor que les
profesan, que el Beduino que viaja de noche por el desierto, para reconocer las
trazas del camino; pero felizmente, las otras damas no se apercibieron de nada,
porque ocupadas en buscar el mejor punto de vista, no fijaban su atención en
mí.
Habiendo
luego bajado las damas al jardín, rogaron a la señora de mis pensamientos que
cantara alguna cosa, y yo apoyé su demanda. Ella tomó entonces su laúd y se
puso a templarlo, con un pudor que doblaba sus gracias a mis ojos, y luego
cantó estos versos de Abbas, hijo de Almaf:
Yo no
pienso más que en mi sol, en la joven ligera y flexible que he visto desaparecer
tras las sombrías murallas de palacio. ¿Es una criatura humana? ¿Es un genio?
Es más que una criatura humana, pero si tiene toda la belleza de un genio, no
tiene su malicia. Su cara es una perla, su talle es un narciso, su aliento un
perfume, y toda ella una emanación de luz. Cuando se la ve vestida con su ropa
amarilla, marchar con ligereza inconcebible, se diría que puede poner los pies
sobre las cosas más frágiles, sin romperlas.
Mientras
que ella cantaba, no eran las cuerdas del laúd las que hería con el plectro,
sino mi corazón. Jamás este delicioso día se borrará de mi memoria, y hasta en
mi lecho de muerte yo lo recordaré. Pero desde entonces yo no he escuchado su
dulce voz, ni siquiera la he visto.
No la
censuro, decía yo en mis versos, si me evita y me huye no son censuras lo que
merece. Bella es como la gacela y como la luna, pero la gacela es tímida, y no
es dado a un mortal alcanzar la luna.
Me privas
de la dicha de escuchar tu suave voz, decía yo también, y no quieres que mis
ojos contemplen tu belleza. Absorta en tus piadosas meditaciones, entregada a
Dios, no piensas en los mortales. ¡Cuán feliz Abbas, cuyos versos has cantado! Y sin embargo, si te hubiera oído, estaría triste el gran
poeta, envidia te tendría como a su vencedor, porque, cantando sus versos, les
has dado un sentimiento de que nunca tuvo idea.
Tres días
después» que Mahdi fue declarado Califa, dejamos nuestro nuevo palacio, que
estaba en el barrio oriental de Córdoba, esto es, en el arrabal llamado de Zahara,
para establecernos en nuestro antiguo palacio situado en el barrio occidental,
en el Balat-Moghith, pero por razones que es escusado
poner aquí, la joven no se vino con nosotros. Habiendo vuelto luego a subir al
trono Hixem II, los que estaban entonces en el poder nos hicieron caer en
desgracia, nos sacaron sumas enormes, nos pusieron en prisión, y cuando recobramos
la libertad tuvimos que escondernos. Vino la guerra civil. Todo el mundo tuvo
que padecer, pero nuestra familia más que ninguna otra. Mi padre murió entretanto,
el Sábado 21 de Junio de 1012
y nuestra suerte no se mejoró. Pero un día en que yo asistía a los funerales de
uno de mis parientes, conocí a la joven entre las plañideras. Yo tenía muchos
motivos de tristeza aquel día, todas las desgracias, parecían llover sobre mí, y sin embargo, cuando la volví a ver, me figuraba que el presente
con sus miserias desaparecería como por encanto: ella me recordaba lo pasado,
mi amor de joven, mis hermosos días marchitos, y por un momento me encontró joven
y feliz como otras veces. Pero ¡ay! este instante fue muy corto, y vuelto de
nuevo a la triste y sombría realidad, mi dolor agravado con el sufrimiento que
me causaba un amor sin esperanza se hizo más penetrante y agudo.
Ella
llora a un muerto, a quien todo el mundo honraba y respetaba, decía yo en unos
versos compuestos en esta ocasión, pero el que vive todavía tiene más derecho a
sus lágrimas. ¡Cosa admirable! Ella se duele del que ha muerto natural y dulcemente,
y no tiene piedad para el que hace morir de desesperación.
Poco
tiempo después, cuando las tropas berberiscas se apoderaron de la capital,
fuimos sentenciados al destierro y yo dejé Córdoba a mediados de Julio de 1013.
Pasaron cinco años, durante los que no volví a ver a la joven. En fin, cuando
volví a Córdoba en Febrero de 1018, fui a parar a casa
de una de mis parientas y la encontré allí. Pero estaba tan cambiada, que
apenas hubiera podido reconocerla, si no me hubieran dicho que era ella. Aquella
flor que antes contemplaba con enajenamiento y que todos hubieran querido coger,
si el respeto no los hubiera detenido, estaba ya marchita, apenas quedaban en
ella algunos rasgos que atestiguaran que había sido bella. Es que durante
aquellos tiempos desastrosos no había podido cuidar de sí. Educada bajo nuestro
techo, en medio del lujo, se había visto obligada repentinamente a ganarse su
vida con un trabajo continuo. ¡Ay! las mujeres son flores muy frágiles; cuando
no se las cuida, se marchitan. Su belleza no resiste, como la de los hombres, a
los ardores del sol, al simún, a la intemperie de las estaciones, a la falta de
comodidades. Sin embargo, tal como era me hubiera hecho todavía el más feliz de
los mortales si hubiera querido dirigirme una palabra tierna, pero permaneció
indiferente y fría, como lo había sido siempre para mí. Poco a poco esta frialdad
comenzó a apartarme de ella; la pérdida de su belleza acabó de hacerlo.
Nunca le
he censurado nada, ni hoy se lo censuro. No tengo derecho a ello. ¿De qué me
puedo quejar? Yo podría quejarme si ella me hubiera entretenido con alguna
esperanza engañadora, pero jamás me dio la menor esperanza, nunca me prometió
nada.»
En el
relato que acaba de leerse, se habrán notado sin duda rasgos de una sensibilidad
exquisita y poco común entre los Árabes que prefieren
generalmente las gracias que atraen, los ojos que agasajan, la sonrisa que
anima. El amor que sueña Ibn-Hazm, tiene una mezcla de atractivo físico sin
duda. El objeto deseado cuando ya no es lo que era, hace que el sentimiento sea
menos cruel, pero hay también inclinación moral, delicada galantería,
estimación, entusiasmo y lo que le encanta es una belleza tranquila, modesta,
llena de dulce dignidad. Pero conviene no olvidar que este poeta, el más casto
y estoy tentado por decir el más cristiano entre los poetas musulmanes, no era
árabe de pura sangre. Biznieto de un español cristiano, no había perdido
enteramente la manera de pensar y de sentir propia de su raza. Podían estos
españoles arabizados, renegar de su origen, invocar a Mahoma en lugar de Cristo
y perseguir con sarcasmos a sus antiguos correligionarios, pero quedaba siempre
en el fondo de su alma algo de puro, de delicado y de espiritual que no era
árabe.
XVIII
Apenas
habían pasado siete semanas desde que los Cordobeses habían elegido a Abderramán
V y que este había nombrado primer ministro a Ibn-Hazm, cuando ya el uno había
dejado de vivir y el otro despidiéndose para siempre de la política y de las
grandezas mundanas, buscaba el consuelo y el olvido de lo pasado en el estudio,
en el silencio y en la oración. Y no porque se les puede censurar de que
trajeran a los necios serios la vanidad y los caprichos que el público cree
privilegio de los poetas; por el contrario, se les reconocía de buen grado gran
aptitud para el gobierno. Educados en la ruda escuela del infortunio y del destierro
habían aprendido bien pronto a conocer a los hombres y a comprender y a juzgar
los hechos, pero estaban rodeados de todo género de peligros. Abderramán no se
apoyaba más que en la joven nobleza. Además de Alí ibn-Hazm,
un primo de este llamado Abd-al-wahhab ibn-Hazm, y Abu-Amir ibn-Chohaid
eran sus habituales consejeros. Eran hombres de ingenio y de talento, pero que
chocaban a los musulmanes rígidos por la libertad de sus opiniones religiosas.
En cuanto a los patricios de más edad, habían querido votar a Solimán y
habiendo sido desechado este candidato por la mayoría, habían intrigado tan
abiertamente en su favor que Abderramán se había visto obligado a prenderlos.
Las personas sensatas aprobaban esta medida, porque la creían necesaria, pero
la aristocracia estaba descontenta. Se le censuraba además al monarca que
retuviera prisioneros a sus dos competidores. Los trataba amigablemente, es
verdad, pero no les permitía salir de palacio. Por otra parte, como las
desgracias públicas habían agotado casi todas las fuentes del trabajo, había
una multitud de obreros sin ocupación que estaban siempre prontos a echar abajo
con su hacha todo el edificio de la antigua sociedad. Y desgraciadamente estas
cohortes de destrucción tenían un jefe. Era un Omeya que se llamaba Mohamed.
Cuando se constituyeron las juntas para elegir monarca había esperado que la
elección cayera en él. Sin embargo, su nombre no fue siquiera pronunciado, lo
que no tiene nada de extraño pues que era un hombre sin instrucción, sin
talento, sin cultura y que no conocía más placeres que los de la mesa y los del
libertinaje. Pero él no se juzgaba así y cuando supo que nadie se había acordado
de él y que se había dado el trono a un hombre muy joven, su furor no tuvo límites. Sirvióse entonces de la influencia que tenía sobre
los obreros, que tomaban su grosería por bondad y con los que vivía en una
intimidad tan estrecha que, un tejedor llamado Ahmed ibn-Khalid
era su mejor amigo. Fuerte y hábilmente secundado por este hombre, Mohamed
estimuló en los obreros la pasión del robo y de la rebeldía y lo preparó todo
para una insurrección formidable.
Una
coalición del populacho con los patricios que habían sido presos, no parecía al principio de temer, puesto que cada uno tenía un candidato
diferente; pero habiendo muerto Solimán, los patricios consintieron en aliarse
con los demagogos. Uno de aquellos, lbn-Imran, les
sirvió de intermediario. En su imprevisora bondad le había devuelto la libertad
Abderramán V, aunque uno de sus amigos se hubiera opuesto a ello diciéndole:
«Si este lbn-Imran da un paso fuera de la prisión,
acortará todo un año vuestra vida.» En efecto, era un hombre muy peligroso.
Trató de ganarse a los jefes de la guardia y lo consiguió tanto más fácilmente
cuanto que la guardia estaba descontenta del Califa. Dos días antes había
llegado a Córdoba un escuadrón berberisco para ofrecer sus servicios al monarca
y este que veía que, rodeado de peligros de toda especie, tenía necesidad de
soldados, había aceptado su oferta. Esto fue lo que excitó los celos de la
guardia que estimulada por Ibn-Imran, se dirigió entonces al pueblo. «Nosotros
somos los que hemos vencido a los Berberiscos, decían los soldados, nosotros
los que los hemos echado y ahora este hombre que nosotros hemos colocado en el
trono, trata de traerlos de nuevo a la ciudad y someternos otra vez a su
detestable yugo.» El pueblo que no esperaba más que una ocasión para
insurreccionarse se dejó fácilmente seducir con estas instigaciones y cuando Abderramán
no se había apercibido todavía de nada ya la multitud había invadido su palacio
y libertado a los nobles que había hecho prender. El infeliz monarca comprendió
al punto que era su vida lo que querían. Pidió consejo a sus visires, pero
estos que temían por su propia existencia, deliberaban aun acerca del partido
que debía tomarse, cuando les gritaron los guardias que nada tenían que temer
siempre que dejasen abandonado a Abderramán a su suerte. Entonces triunfó el
egoísmo en la mayor parte y abandonaron furtivamente al monarca uno tras otro.
Pronto conocieron que eran falaces las promesas de los guardias, porque muchos
de ellos, como el prefecto de la ciudad, fueron muertos cuando salían de
palacio por la puerta de la sala del baño.
También Abderramán,
que había montado a caballo, quiso salir por esta misma puerta, pero se lo
impidieron los guardias presentándole la punta de sus lanzas y llenándolo de
injurias. Volvió entonces pie atrás y habiéndose bajado del caballo entró en la
sala del baño, donde se quitó sus vestidos á excepción de su túnica y se ocultó
en la estufa.
Mientras tanto
el pueblo y los guardias ojeaban a los Berberiscos como si fueran fieras. Estos
infelices fueron asesinados donde quiera que buscasen refugio, en palacio, en
la sala del baño y en la mezquita. Las mujeres del serrallo de Abderramán
cayeron en suerte a los guardias que se las llevaron a sus casas.
Mohamed
triunfaba. Proclamado Califa en la sala en que el Califa destronado estaba
oculto, fue al salón y se sentó sobre el trono, rodeado de los guardias y del
populacho. Sin embargo, su posición era precaria mientras que viniera su
predecesor. Mandó pues, que lo buscaran por todas partes y cuando lo
encontraron lo hizo matar, (18 de Enero de 1024)
Mohamed,
tomó el título de Mostacfi y trató de hacerse popular
repartiendo dinero y títulos a todos los que los pedían; pero la cólera de la
clase media y de la nobleza, llegó al extremo cuando nombró primer ministro a
su amigo el tejedor. Por lo demás, su reinado no fue de larga duración. Como se
comprende gobernó mal. Sabiendo que se conspiraba contra él, hizo meter en la
cárcel a muchos individuos de su familia y hasta mandó estrangular a uno de
ellos, lo que causó gran indignación en Córdoba. Hizo también prender a los
principales consejeros de su predecesor tales, como los dos Ibn-Hazm, y a fin
de no participar de la misma suerte Abu-Abu-Amir ibn-Chohaid y muchos otros abandonaron la capital y se
fueron a Málaga con el Hammudita Yahya, a quien excitaron
a poner término a la anarquía que reinaba en Córdoba. Las tentativas que
hicieron con este fin no fueron enteramente infructuosas. Se supo por lo menos
en Córdoba que Yahya se preparaba a venir a atacar la ciudad, y estalló un motín
(Mayo de 1025). El visir de Mohamed II, el antiguo
tejedor, fue asesinado a puñaladas por el pueblo, que en su ira brutal no dejó
da herirlo hasta que su cadáver estuvo enteramente frío. En cuanto a Mohamed
II, su palacio fue cercado y los guardias vinieron a decirle: «Bien sabe Dios
que hemos hecho todo lo que podíamos por mantener vuestro poder, pero ahora
vemos que hemos intentado lo imposible. Tenemos que salir a combatir a Yahya
que nos amenaza y tememos no os pase algo malo en cuanto nos hayamos ido. Os
aconsejamos, pues, que salgáis en secreto de la ciudad.» Viendo que todo estaba
perdido para él, Mohamed resolvió seguir sus consejos, y poniéndose el traje de
una cantadora, y cubriéndose el rostro con un velo, salió de palacio y de la
ciudad, acompañado de dos mujeres, yendo a ocultar su vergüenza a un oscuro
lugar de la frontera, donde fue envenenado por un oficial demasiado
comprometido para no haberse visto obligado a seguirlo, pero a quien fastidiaba
estar encadenado a un proscripto.
Durante
seis meses, no hubo monarca en Córdoba. La ciudad fue gobernada mal que bien,
por el consejo de Estado, pero semejante situación no podía prolongarse mucho
tiempo. Un día será preciso llegar ahí, pero el momento no había llegado
todavía; lo antiguo se hundía, pero lo nuevo no estaba más que en ensayo. A los
hombres sensatos les parecía aún la monarquía la única forma de gobierno que
fuera compatible con el orden, ¿pero en quién restablecerla? ¿En un Omeya? Se
quiso, se intentó, se eligió el mejor príncipe que había en esta casa, cuando
se dio el trono a Abderramán V, y sin embargo, la empresa
se había frustrado por completo. Para mantener el orden, para contener al populacho,
siempre inquieto, siempre agitado, y pronto siempre a la sedición, al pillaje y
al asesinato, era preciso un príncipe que dispusiera de tropas extranjeras, y
los Omeyas no las tenía. Entonces se pensó en volver el trono al Hammudita Yahya, del que no tenían mucho de qué quejarse, y
esta idea no la tuvieron, a nuestro parecer algunas personas mal intencionadas,
como da a entender un autor arábigo, sino todo el partido de orden que no veía
otro medio de salvación. Entróse, pues en
negociaciones con Yahya, que residía en Málaga. Este aceptó la oferta de los
Cordobeses, sin entusiasmo, casi con indiferencia y desconfiando de la movilidad
habitual de los que la hacían, y sabiendo además que para ellos no era más que
una mala andanza, se quedó donde estaba y se limitó a
enviar a Córdoba a un general berberisco con algunas tropas. (Noviembre de 1025).
Los
sucesos mostraron que había obrado con prudencia. Los habitantes de la capital
no tardaron en disgustarse de la dominación africana, y prestaron atento oído a
los emisarios de los señores Eslavos del Este, Khairan de Almería, y Modjahid de Denia, que les decían que si querían emanciparse de ella, sus señores les
ayudarían. No fue vana esta promesa. En el mes de Mayo del año 1026, cuando los ánimos les parecieron estar suficientemente preparados,
marcharon ambos príncipes hacia la capital con numerosas tropas, y los
Cordobeses se insurreccionaron, echando al gobernador que Yahya les había
puesto, después de matarle gran número de soldados. Hecho esto, abrieron las
puertas a Khairan y Modjehid,
pero cuando se trató de constituir gobierno, los príncipes se desavinieron y
como Khairan temía que su aliado le hiciera traición,
se apresuró a volverse a Almería (12 de Junio). Modjaid se quedó todavía algún tiempo en la capital, pero
también la abandonó sin haber restablecido la monarquía. Después de su partida,
los del consejo de Estado resolvieron hacerlo, aunque una triste experiencia
debió haberles enseñado que iban a intentar un imposible. Un príncipe Omeya,
lanzado sin el apoyo de tropas extranjeras en medio de dos clases irreconciliables,
estaba condenado de antemano a sucumbir, ya por una insurrección popular, ya
por una conspiración de los patricios. Para restablecer un gobierno estable, el
llamamiento de los Omeyas no era, pues, más que un medio engañoso, pero era el
único que los más hábiles sabían imaginar. Abul-Hazm ibn-Djahwar que era entonces el más influyente en el
consejo, acariciaba sobre todo esta idea. Concertóse pues, con los jefes de las fronteras que pasaban por pertenecer al partido
Omeya o Eslavo, pero que a decir verdad no tenían entre sí de común más que un odio
profundo a los Berberiscos, y después de largas negociaciones, algunos de estos
señores dieron al fin su asentimiento al proyecto, probablemente porque estaban
convencidos de que no había ninguna probabilidad de que se lograra, y se
resolvió dar el trono a Hixem, el hermano primogénito de Abderramán IV, Mortadha. Este príncipe vivía en Alpuente,
donde se había refugiado después de la muerte de su hermano. En el mes de Abril de 1027 los habitantes de Córdoba le prestaron juramento,
pero todavía se pasaron cerca de tres años antes que se allanaran todas las
dificultades, durante cuyo tiempo Hixem III, apellidado Motadd,
andaba errante de ciudad en ciudad, porque muchos jefes se oponían a que
entrara en Córdoba. Los Cordobeses supieron al fin que iba a llegar. Los
miembros del consejo de Estado hicieron enseguida los preparativos necesarios
para recibirlo con pompa, pero antes de que se hubieran acabado se tuvo noticia
(el 18 de Diciembre de 1029) de que Hixem iba a entrar
en la ciudad.
Las
tropas salieron a su encuentro y por toda la ciudad resonaron gritos de
alegría. La multitud llenaba las calles por que el príncipe iba a pasar, y se
esperaba verle desplegar un aparato magnifico y verdaderamente regio. Esta
esperanza se desvaneció: Hixem venía montado en un mal caballo pobremente
equipado, y traía sencillos vestidos, poco en armonía con la dignidad califal.
No tuvo, pues, ningún prestigio; sin embargo, el pueblo le saludó con ardientes
aclamaciones de júbilo, porque se esperaba que ya se habían acabado los
desórdenes y que iba a renacer un gobierno equitativo y vigoroso.
Hixem III
no había sido hecho para realizar tales esperanzas. Bueno y dulce, era al mismo
tiempo débil, irresoluto, indolente, y no sabía apreciar más que los placeres
de la mesa. Desde el día siguiente, pudieron convencerse los patricios de que
no habían hecho una feliz elección. Hubo entonces una gran audiencia en la sala
del trono, y todos los empleados fueron presentados al Califa, pero no
acostumbrado a las recepciones, ni a las arengas, apenas pudo este anciano
balbucear algunas palabras y uno de los grandes dignatarios tuvo que contestar
en su nombre. Luego cuando los poetas recitaron las odas que habían compuesto
con ocasión de su advenimiento al trono, no supo dirigirles ninguna frase
gratulatoria y hasta pareció que no entendía lo que se le recitaba.
El
estreno del Califa había ya disipado toda ilusión, pero todavía fue peor cuando
poco después nombró a Haquem ibn-Said
su primer ministro. Cliente de los Amiridas, Haquem había trabajado primero en el oficio de tejedor, en
la capital, y esta fue la causa de haber hecho conocimiento con Hixem, porque
los príncipes Omeyas entablaban muchas veces relaciones con las clases bajas,
cuyo apoyo buscaban. Más tarde, durante la guerra civil, Haquem se había hecho soldado, y como no parece que carecía de bravura ni de talentos
militares, había subido rápidamente en graduación, y se había ganado el afecto
de los señores de las fronteras con quienes servía. Habiendo sido Hixem
proclamado Califa, fue a verlo y recordándole su antigua amistad, supo
insinuarse tan bien que no tardó en dominarlo enteramente. Nombrado primer
ministro, tuvo buen cuidado de que la mesa del monarca tuviera todos los días
los manjares más exquisitos y los mejores vinos; lo rodeó de cantadoras y de
bailarines; trató en una palabra de hacerle la vida lo más dulce posible, y al
débil Hixem, indiferente a todo lo demás, y hasta considerándose dichoso con no
tener que mezclarse en negocios que le fastidiaban, le abandonaba de buen grado
el gobierno del Estado.
Haquem se
encontró el tesoro vacío. Para subvenir a los gastos, era preciso hallar
ingresos más considerables y más pronto que los que la ley le otorgaba, ¿pero
de donde sacarlos? No había que pensar en pedir nuevas contribuciones, hubiera
sido el medio más seguro de hacerse impopular. El ministro tuvo que recurrir a
diversos expedientes, pocos honrosos en verdad, pero que la necesidad exigía.
Habiendo descubierto algunos objetos preciosos que los hijos de Mudhaffar el Amirita, habían depositado
en casa de sus amigos, se apoderó de ellos y obligó a los principales
negociantes a tomarlos a un precio elevadísimo. Forzóles también a comprar el plomo y el hierro que provenía de los palacios reales, demolidos
durante la guerra civil. Pero el dinero adquirido de este modo no bastaba y
concedió su confianza a un faquí odiado y desacreditado llamado Ibn-al-Djaijar que ya antes había indicado al Califa Alí ibn-Hammud medios eficaces, pero vergonzosos, para llenar
el tesoro. Todavía esta vez supo proporcionar a Haquem ingresos considerables a expensas de las mezquitas. Este hecho fraudulento no
permaneció oculto y los Cordobeses y sobre todo los faquíes murmuraron. No hacía
mucho tiempo que los faquíes que tenían asiento en el tribunal, habían dejado
que les aumentaran los sueldos, aunque no ignoraban que el dinero que se les
daba provenía de contribuciones ilegales y que por consiguiente no les era
licito aceptarlo. Así, que Haquem se indignó de la
hipocresía de los faquíes y les respondió lanzándoles un manifiesto fulminante.
Abu-Amir ibn-Chohaid que lo había compuesto lo leyó
en público primero en palacio y en seguida en la mezquita (Junio de 1030.) Vivamente ofendidos trataron los faquíes de hacer participante de su
cólera al pueblo, pero como las masas no parece que tuvieran graves motivos de
queja no lo consiguieron. Por su parte el gobierno redobló el rigor. Un visir
que había entrado en un complot fue ejecutado, e Ibn-Chohaid quería que se
tratara sin misericordia a los «grandes bonetes» como los llamaba. «No prestéis
atención a las declamaciones de esa gavilla de avaros que bien merecen que se
les robe, decía en una composición en verso dirigida al Califa, y dejad a mi
lengua de basilisco el cuidado de decirles lo que son.»
Si Haquem no hubiera tenido contra sí más que los teólogos, se
hubiera mantenido en el poder, porque en este tiempo tenían poco crédito para
perjudicarle, pero tenía enemigos mucho más poderosos: casi toda la nobleza le
era hostil. Lo bajo de su nacimiento era a los ojos de los patricios una mancha
indeleble. Ellos veían en él no un soldado de fortuna, sino un tejedor y lo colocaban
casi en la misma línea que al primer ministro de Mohamed II, aun cuando hubiera
gran diferencia entre ambos, no habiendo sido nunca el uno más que un obrero y
habiendo pasado el otro los mejores años de su vida en los campamentos o en la corte
de los príncipes de la frontera. Poco escrupulosos en los medios de llenar el
tesoro, fácilmente hubieran perdonado a un hombre de su casta, las operaciones
financieras a que el ministro se había visto obligado a recurrir, pero como era
un plebeyo quien las había hecho, las denunciaron al pueblo y las explotaron en
provecho de su odio. Este odio por lo demás dañaba a sus propios intereses. Haquem, al principio no había sentido repugnancia para
ellos y no los había excluido intencionadamente; prueba, que había hecho del
patricio Ibn-Chohaid su amigo y su confidente, pero como veía que no
correspondían a estos preliminares más que con el desdén y con el desprecio,
como no encontraba entre ellos más que mala voluntad, repulsión y hostilidad
abierta, su susceptibilidad fue herida y buscó sus empleados entre los
plebeyos. Aquellos a quienes confiaba los empleos, tenían anticipadamente la
reprobación de la nobleza que no dejaba de decir que el ministro no colocaba sino
a jóvenes tejedores sin experiencia, a libertinos sin religión, que no se ocupaban
más que de vino, de flores y de trajes, que lucían sus agudezas a expensas de
las gentes más respetables y se burlaban de los infelices que venían a pedirles
justicia.» A Haquem lo declaraban un intrigante sin
capacidad, un capitán sin valor, un buen jinete y nada más. Acaso los cegaba el
odio, pero lo cierto es, que para hacer caer al que odiaban recurrieron a los
medios más odiosos.
Trataron
primero de lanzar al pueblo a la rebelión diciéndole que la paralización del
comercio (cuya verdadera causa eran las calamidades públicas,) no debía ser imputada
más que a los derechos que el ministro había impuesto sobre muchas mercancías.
Estos discursos produjeron sus frutos y algunos hombres del pueblo prometieron a
los nobles ir a atacar la casa del ministro, pero este avisado a tiempo por uno
de sus amigos, dejó su palacio y, habiéndose instalado en el del Califa abolló
los impuestos de que se quejaban y dirigió al pueblo un largo manifiesto en el
que le decía que no había establecido estos derechos sino para satisfacer
necesidades apremiantes del tesoro, pero que adelante trataría de componerse
sin ellos. Habiendo cesado el pueblo de murmurar, recurrieron los nobles a otro
medio. Como Haquem tenía poca confianza en los
soldados andaluces, que estaban a devoción de los patricios, trató de formar
compañías berberiscas.
Los
Andaluces murmuraban y los nobles no dejaron de fomentar su descontento, pero
apercibiéndose Haquem de lo que se tramaba contra él,
tomó medidas eficaces para mantener a los soldados en la obediencia y castigó a
los cizañeros reteniéndoles la paga. Entonces intentaron los patricios hacerlo
caer en desgracia de Hixem. Tampoco lo consiguieron: Haquem tenía más influencia que ellos en el ánimo del débil monarca y les fue
prohibida la entrada en palacio. Solo el presidente del consejo de Estado,
Ibn-Djahwar, conservaba cierta influencia sobre el Califa, que le miraba con un
sentimiento de respeto mezclado de gratitud, pues, a él era a quien debía su
trono o más bien su dorada ociosidad. Todos los esfuerzos de Haquem para hacer destituir a Ibn-Djahwar fueron inútiles;
sin embargo, el ministro no se desanimaba, insistía sin cesar y se prometía
vencer al fin los escrúpulos del monarca. Ibn-Djahwar lo sabía, acaso se
apercibía de que iba perdiendo terreno y desde entonces tomó su partido: era
preciso acabar no solo con el ministro, sino también con la monarquía y entonces
el consejo de Estado reinaría solo. No necesitó trabajar mucho para convencer a
sus colegas de este proyecto. ¿Pero qué hacer para ganarse partidarios? Ahí
estaba la dificultad; había muchos dispuestos a hacer todo lo necesario para
destronar a Hixem III, pero en cuanto a sustituir una oligarquía al gobierno de
uno solo, nadie, excepto los miembros del consejo parecen haberlo imaginado
siquiera, tan monárquicas eran aun las ideas y los sentimientos. Los consejeros
creyeron, pues, prudente ocultar su juego y fingiendo querer solamente
sustituir otro monarca a Hixem, entraron en negociaciones con un pariente del
Califa, que se llamaba Omeya. Era este un joven temerario y ambicioso, pero
poco discreto. Los consejeros le dieron a entender que, si quería ponerse a la
cabeza de la insurrección, podría conquistar el trono. Sin sospechar que no era
para ellos más que un instrumento que tirarían en cuanto se hubieran servido de él, el joven príncipe acogió ávidamente sus insinuaciones y como no
economizaba el dinero, se ganó fácilmente a los soldados a quienes el ministro
había retenido la paga. En Diciembre de 1031 estos
hombres se emboscaron y cayendo sobre Haquem cuando
salía de palacio, lo tiraron al suelo y lo asesinaron antes que hubiera tenido
tiempo de sacar la espada; luego le cortaron la cabeza y habiéndola lavado en
el colador de la pescadería, porque la sangre y el barro la habían puesto
desconocida, la pasearon clavada en la punta de una pica. Omeya vino entonces a
dirigir el movimiento de los soldados y de la multitud que se había unido a
ellos, mientras que Hixem aterrorizado por los horribles gritos que oía alrededor
de su estancia, se subía a una alta torre acompañado de las mujeres de su harem
y de cuatro esclavos.
—¿Qué me
queréis? gritó a los insurrectos que se apoderaban ya de palacio; yo no os
hecho nada, si tenéis algo de que quejaros, id a mi visir y os hará justicia.
—¿Á tu
visir? respondieron de abajo, vamos a enseñártelo.
Y
entonces Hixem vio en la punta de una lanza una cabeza horriblemente mutilada.
—¡Mira la
cabeza de tu visir, le gritaron, de ese infame a quien tú has entregado el
pueblo, miserable holgazán!
Mientras
que Hixem trataba aún de apaciguar a estos hombres feroces que no le respondían
sino con injurias y ultrajes, otra banda penetró hasta los departamentos de las
mujeres, donde cogieron todo lo que valía la pena y donde se encontraron unas
cadenas acabadas de hacer que se decía que Haquem había hecho fabricar para los nobles. Omeya estimulaba a los saqueadores con el
ademán y la palabra. «Tomad, amigos míos, les decía, todas esas riquezas son
vuestras; pero tratad también de subir a la torre y matad a ese infame.» Intentóse escalarla, pero en vano, porque la torre era muy
alta. Hixem llamaba en su auxilio a los habitantes de la ciudad que no habían
tomado parte en el saqueo, pero ninguno respondió a su llamamiento.
Entretanto,
convencido Omeya de que los visires iban a reconocerlo por Califa, se había
situado en el salón. Sentado en el sofá de Hixem, y rodeado de los principales
de aquellos bribones, a quienes ya había conferido empleos, les daba sus órdenes,
como si fuera ya Califa. «Tememos que os maten, le dijo uno de los que estaban
allí, porque la fortuna parece haber abandonado a vuestra familia.
—No importa,
le respondió Omeya, que me presten hoy juramento, y que me maten mañana.
El joven
ambicioso, no sabía lo que pasaba entonces en casa de Ibn-Djahwar.
Desde el
principio de la sedición, el presidente del consejo había estado deliberando
con sus colegas, a quienes había convocado a su casa, sobre las medidas que
convenía tomar, y habiéndolo arreglado todo entre ellos, fueron a palacio, los
consejeros, acompañados de sus clientes y de sus criados, todos bien armados. “¡Que
cese el saqueo! gritaron: Hixem abdicará, nosotros os respondemos.”
Sea que
la presencia de estos altos dignatarios impusiera a la muchedumbre, sea que
temiera venir a las manos con su escolta, o sea por último que no hubiera ya
gran cosa que robar, el orden se restableció poco a poco. «Rendíos y bajad de
la torre, gritaron entonces los visires a Hixem; abdicaréis pero se os perdonará la vida.» A pesar suyo, Hixem tuvo que ponerse en sus
manos, porque en la torre carecía de víveres. Bajó pues, los visires lo
hicieron llevar con sus mujeres a una especie de pasadizo que formaba parte de
la mezquita mayor. «Mejor quisiera ser arrojado al mar que pasar por tantas
tribulaciones; exclamó durante el trayecto. Haced de mí lo que queráis, pero os
suplico que perdonéis a mis mujeres.»
A la caída
de la noche, convocaron los visires a los principales habitantes de Córdoba, y
consultaron con ellos lo que había de hacerse con Hixem. Resolvieron hacerlo
encerrar en una fortaleza que designaron y hacerlo partir sin demora. Algunos quedaron
encargados de ir a comunicar esta decisión al prisionero.
Cuando
llegaron al corredor, un triste espectáculo apareció a sus ojos. Encontraron a
Hixem sentado en las losas y rodeado de sus mujeres que lloraban con los
cabellos sueltos y casi desnudas. Con mirada triste y sombría trataba de
abrigar en su seno a su hija única a quien amaba apasionadamente hasta el
delirio. La pobre niña, demasiado joven aun para comprender la terrible
desgracia que había caído sobre su padre, tiritaba en aquel sitio mal oreado y
húmedo, que el penetrante frío de la noche hacía más glacial todavía, y se
moría de hambre, porque ya por olvido, ya por un refinamiento de crueldad,
nadie se había cuidado de traer ningún alimento á esta desdichada familia.
Uno de
los caciques tomó la palabra y dijo:
—Venimos a
comunicaros, señor, que los visires y los notables reunidos en la Mezquita han
decidido que vos...
—Bueno,
bueno, le interrumpió Hixem; yo me someto a su decisión, cualquiera que ella
sea, pero os suplico que mandéis dar un pedazo de pan a esta pobre niña, que se
está muriendo de hambre.
Profundamente
conmovidos los caciques no pudieron contener sus lágrimas. Hicieron traer pan,
y entonces el que llevaba la palabra continuó en estos términos:
—Señor,
se ha decidido que al apuntar el día seáis trasportado a una fortaleza, donde
quedareis preso.
—Sea,
respondió Hixem con aire triste, pero resignado. No tengo más que una gracia
que pediros; dadnos una luz porque la oscuridad que reina en este triste sitio
nos da miedo.
A la
mañana siguiente, en cuanto Hixem hubo salido de la ciudad, los visires anunciaron
en un manifiesto a los Cordobeses que el Califato quedaba abolido para siempre,
y que el Concejo de Estado había tomado en sus manos las riendas del gobierno,
y enseguida fueron a palacio. Allí estaba Omeya todavía, que había creído
firmemente hasta entonces en las promesas secretas de los visires, y que había
convocado ya a los empleados para que les prestaran juramento. Iba a quedar
desengañado. Los visires reprendieron a jefes y a soldados la precipitación con
que iban a reconocer a un aventurero sin haber esperado la decisión de los
notables. «Los notables, prosiguió Ibn-Djahwar, han abolido la monarquía, y
esta medida ha sido aplaudida por el pueblo. Guardaos, pues, ¡oh soldados! de
encender la guerra civil, acordaos de los beneficios que os hemos hecho, y
esperadlos mayores si os mostráis dispuestos a obedecer.» Y luego dirigiéndose a
los oficiales, les dijo: «Os mando que prendáis a Omeya, y que lo saquéis
primero de palacio, luego fuera del término de la ciudad.»
Esta orden
fue ejecutada al punto; Omeya, en el colmo de su furor pedía venganza contra
los pérfidos visires, que después de haberlo mecido con esperanzas engañosas,
lo arrojaban como un vil criminal, y trataba de interesar en su causa a los capitanes.
Pero como estos estaban acostumbrados á obedecer a
los individuos del Concejo, tan vanas fueron las promesas que les prodigó, como
sus amenazas y sus injurias. No se sabe de cierto cuál fue su suerte. Pasóse algún tiempo sin que se oyera hablar de él. Mas
tarde trató de volver a Córdoba, y hay quien dice que en esta ocasión lo
hicieron asesinar secretamente los patricios.
En cuanto
al desdichado Hixem, huyó del castillo en que lo habían encerrado, y se fue a
la ciudad de Lérida, que estaba entonces en poder de Solimán ibn-Hud. Ya sea por olvido, ya por desdén, dice un autor
contemporáneo, que el Senado, porque ya podemos dar en adelante este nombre al
Concejo de Estado, no le hizo nunca firmar un acta de abdicación; nunca le hizo
declarar en presencia de testigos que era incapaz de reinar, y que el pueblo
quedaba desligado de su juramento, como se hacía de ordinario cuando se
destronaba a un príncipe. Nadie se ocupó más de él, quedó olvidado, y cuando
murió cinco años después, (en Diciembre de 1036) su
muerte apenas fue notada en Córdoba; el resto de España se cuidó de ella menos aún.
LIBRO IV.
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