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CAPÍTULO 26LIBRO TERCERO . EL CALIFATOEL MADHI
Cuando Mudhaffar estuvo de vuelta en Córdoba,
después de la muerte de su padre, hubo un motín. El pueblo exigía a gritos que
se presentara el soberano y que gobernara por sí mismo. En vano Hixem II mandó
a decir a la multitud que quería continuar llevando una vida libre de cuidados:
ella persistió en su demanda y Mudhaffar se vio obligado a dispersarla a mano
armada. Sin embargo, el orden desde entonces no volvió a turbarse. Verdad es
que un nieto de Abderramán III, llamado Hixem, conspiró contra Mudhaffar, pero
este advertido a tiempo, lo previno, haciéndolo matar (diciembre del 1006).
Este gobernó el Estado como su padre. Consiguió muchas victorias contra los
Cristianos, y durante su reinado la prosperidad fue siempre creciendo. Fue una
edad de oro, se dijo más adelante.
Sin embargo, un cambio muy importante se
había verificado. La antigua sociedad árabe, con sus virtudes y sus prejuicios,
había desaparecido. Abderramán III y Almanzor se habían propuesto conseguir la
unidad nacional y lo habían logrado. La antigua nobleza árabe había quedado
anonadada en la lucha que había sostenido contra el poder real; vencida y
destrozada, estaba ya empobrecida y arruinada y los antiguos nombres se
extinguían de día en día. La nobleza cortesana, que estaba ligada a los Omeyas
por los lazos de la clientela, se había sostenido mejor. Los Abu-Abda, los
Chohaid, los Djahwar y los Fotais, eran todavía casas ricas y envidiadas. Pero
los hombres más poderosos de entonces eran los generales berberiscos y eslavos
que debían su fortuna a Almanzor. Como eran advenedizos y extranjeros,
inspiraban poco respeto. Considerábanlos además como bárbaros, y se quejaban de
sus vejaciones. Por otra parte, los hombres de la clase media se habían
enriquecido con el comercio y la industria. Ya bajo el reinado tan turbado, sin
embargo, del Sultán Abdallah, se habían visto negociantes e industriales que
habían reunido rápidamente grandes fortunas, sin más capital que el que le
habían prestado sus amigos, y ahora que el país gozaba de una completa
tranquilidad, se hacían tan fácil y tan frecuentemente estas fortunas, que ya
nadie se admiraba. Sin embargo, esta sociedad tan floreciente en apariencia,
llevaba en sí misma el germen de su destrucción. Si la lucha de razas había
cesado, iba a aparecer bajo la forma de lucha de clases. El obrero, detestaba a
su patrón; el ciudadano envidiaba al noble, y todos convenían en maldecir a los
generales, a los berberiscos, sobre todo. En el seno de una inexperiencia
universal, había una vana aspiración a novedades. La religión estaba expuesta a
rudos ataques. Las medidas que había tomado Almanzor contra los filósofos, no
habían dado los frutos que el clero se había prometido. Multiplicábanse por el
contrario los «espíritus fuertes» y el escepticismo, que constituye el fondo
del espíritu árabe, revestía cada día formas más científicas. Los discípulos de
Ibn-Masarra, los Masarria como se los llamaba, formaban una secta numerosa.
Otras sectas propagaban también doctrinas muy atrevidas. Una de ellas, parece
haber salido del seno del mismo clero. Sus partidarios, habían estudiado por lo
menos, las tradiciones relativas al Profeta pero sus estudios, si hemos de
creer a un teólogo ortodoxo, habían sido superficiales y se habían dirigido con
preferencia sobre libros apócrifos, compuestos por materialistas que tenían
intención de minar los fundamentos del islamismo. De ahí la singular idea que
se formaban del universo. La tierra, decían, descansa sobre un pescado, este
pascado está sostenido en el cuerno de un toro, este toro se halla en una roca
que un ángel lleva sobre su cuello, debajo de este ángel están las tinieblas y
por bajo de las tinieblas, hay un agua que no tiene fin. Bajo estas extrañas y
oscuras fórmulas, que acaso no eran más que símbolos, los teólogos encontraban
una herejía gravísima; la secta creía que el universo era ilimitado. Enseñaba
además, que bien se podía imponer una religión por fraude o por violencia, pero
que no puede probársela con argumentos racionales. Sin embargo, al mismo
tiempo, era hostil a las obras filosóficas de Grecia, en las que por el
contrario, otra secta se apoyaba.
El estudio de las Matemáticas los había
llevado al de la Astronomía. Para creer en la religión pedían pruebas
matemáticas y no encontrándolas la declaraban absurda. Menospreciaban todos los
mandamientos, la oración, el ayuno, la limosna, la peregrinación, todo esto no
era a sus ojos más que un delirio. Los faquíes no dejaban de dirigirles las
censuras que los teólogos de todos tiempos han solido dirigir a los que se han
separado de las doctrinas recibidas; los acusaban de no proponerse a otro fin
en su vida más que el de enriquecerse a fin de poder entregarse a placeres de
toda especie, sin respeto a las leyes de la moral.
Sin embargo, las sectas que atacaban
abiertamente al islamismo, no eran las más peligrosas; otras que querían vivir
en paz con él y que se reclutaban no solo entre los musulmanes, sino también
entre Cristianos y Judíos, lo eran mucho más, porque bajo el nombre de religión
universal predicaban el indiferentismo, y los teólogos musulmanes no ignoraban
que si las religiones perecen, no es nunca por los ataques directos, sino
siempre por la indiferencia. Los que habían adoptado estas doctrinas, diferían
en algunos puntos y unos iban más lejos que otros, pero todos profesaban un
supremo desdén a la dialéctica. «El mundo, dicen, está lleno de religiones, de
sectas y de escuelas filosóficas que mutuamente se odian y se execran. ¡Ved a
los Cristianos! El Melquita, no puede sufrir al Nestoriano, el Nestoriano
detesta al Jacobita, y cada uno condena al otro. Entre los musulmanes el
Motazelita declara que todos los que no piensan como él son incrédulos, el
No-conformista, se cree obligado a matar a todos los que pertenecen a otra
secta, y el Sunnita no quiere tener nada de común, ni con el uno ni con el
otro. Entre los judíos sucede lo mismo. Los filósofos se condenan un poco menos
pero no se encuentran más de acuerdo. Y cuando uno se pregunta, cuál entre esta
infinidad de sistemas filosóficos y teológicos es el verdadero, es preciso
decir que tanto vale uno como otro. Los argumentos de cada campeón tienen la
misma fuerza, o si se quiere la misma debilidad, solo que uno sabe mejor que
otro manejar las armas de la dialéctica. ¿Queréis la prueba? Id a esas
reuniones en que disputan hombres de opiniones diferentes. ¿Qué veréis allí?
Que el vencedor de ayer es el vencido de mañana, y que en estas doctas
asambleas la fortuna de las armas es tan variable, como en los verdaderos
campos de batalla. El hecho es que allí cada uno habla de cosas de que nada
sabe, y de que nada puede saber.»
Algunos de estos escépticos aceptaban un
pequeño número de pruebas. Había quienes creían en la existencia de Dios,
creador de todas las cosas y en la misión de Mahoma; todo lo demás, decían,
puede ser verdadero o no; no lo afirmamos ni lo negamos, lo ignoramos; pero
nuestra conciencia no nos permite aceptar doctrinas cuya verdad no nos ha sido
demostrada. Estos eran los moderados. Otros aceptaban solamente la existencia
de un creador, y los más avanzados no profesaban creencia alguna. Decían que la
existencia de Dios, la creación del mundo, etc., no habían sido probadas, pero
que tampoco lo había sido, que Dios no existiera, o que el mundo hubiera
existido de toda eternidad. Algunos enseñaban que es preciso conservar por lo
menos en apariencia la religión en que se ha nacido; otros sostenían que la
religión universal es la única cosa necesaria, y entendían bajo este nombre los
principios morales que toda religión predica, y que la razón aprueba.
Los innovadores en materias religiosas tenían
una gran ventaja sobre los innovadores en materias de gobierno: sabían lo que
querían. En política, por el contrario, nadie tenía ideas bastante fijas.
Estaban descontentos de lo que había y se figuraban que por la marcha
progresiva de la situación, la sociedad iba derecha a una revolución. Almanzor
había previsto esta revolución. Un día que contemplaba su soberbio palacio de
Zahara, y los magníficos jardines que lo rodeaban, se echó a llorar de pronto,
exclamando: «¡Desdichada Zahara! ¡Quisiera conocer al que dentro de poco te ha
de destruir!» Y cuando el amigo que le acompañaba le manifestó su sorpresa por
esta exclamación, le dijo: «Tú mismo has de ser testigo de esta catástrofe. ¡Ya
veo saqueado y arruinado este hermoso palacio, ya veo a mi patria devorada por
el fuego de la guerra civil!» Pero si esta revolución se verificaba ¿cuál sería
su fin y por qué medios se realizaría? Esto es de lo que nadie se daba cuenta;
había al menos una cosa en que todo el mundo estaba de acuerdo, en que se
quitara el poder a la familia de Almanzor. Este deseo no tiene nada de extraño.
Los pueblos monárquicos no quieren que el poder sea ejercido por nadie más que
por el monarca. Así que todos los ministros que, por decirlo así, han
sustituido al soberano, han sido siempre objeto de un odio violento e
implacable, cualesquiera que hayan sido sus aptitudes y sus merecimientos. Esta
consideración bastaría en rigor para explicar la aversión que inspiraban los
Amiridas, pero conviene no olvidar tampoco, que habían lastimado legítimos
sentimientos y afecciones. Si se habían contentado hasta aquí con ejercer el
poder en nombre de un príncipe onmiada, había dejado sin embargo conocer, que
ponían más alta la mira, que ambicionaban el trono. Esta ambición había
exasperado contra ellos, no solo a los príncipes de la dinastía, que eran
muchos, sino también al clero que era muy adicto al principio de legitimidad y
a la nación en masa que era muy afecta a la dinastía o que por lo menos creía serlo.
Únase a esto, que la nobleza cortesana deseaba la caída de los Amiridas, porque
se prometía de cualquier cambio un aumento de poder y que el pueblo bajo de la
capital aplaudía anticipadamente toda revolución que le permitiera saquear a
los ricos y saciar el odio que les tenían.
Esta última circunstancia, parece que hubiera
debido servir para hacer a las clases acomodadas más prudentes. Córdoba había
llegado a ser una ciudad manufacturera, que encerraba millares de obreros; el
más pequeño motín podía tomar en un instante un carácter sumamente alarmante;
de él podía resultar una guerra terrible entre pobres y ricos. Mas tal era la
inexperiencia que nadie parecía haber notado la inminencia de este peligro.
Las clases acomodadas, no veían todavía en
los obreros, más que auxiliares y creían que todo entraría en caja desde el
momento en que se librasen de los Amiridas.
La caída de los Amiridas era pues, un deseo
casi universal, cuando Modhaffar murió en la flor de sus años (Octubre del
1008). Sucedióle su hermano Abderramán. Los sacerdotes odiaban a este joven. A
sus ojos su origen era ya una mancha imborrable, porque su madre era hija de un
Sancho, ya sea del conde de Castilla, ya sea del rey de Navarra. Así, que no se
le llamaba más que Sanchol, «Sanchuelo», y con este apodo es conocido en la
historia. Su conducta era poco apropósito para hacer olvidar su nacimiento. Amando
los placeres con pasión no tenía escrúpulo de beber vino públicamente, y se
refería con profunda indignación que, un día que odia al muecín gritar desde lo
alto de un minarete: «¡Corred a la oración!» había dicho: «Mejor haría en
decir, corred a la copa.» Se le acusaba, además, de haber envenenado a su
hermano Mudhaffar, y se refería a este propósito, que, habiendo cortado una
manzana con un cuchillo untado por un lado de veneno, se había comido la mitad,
después de haberle dado la otra a su hermano.
Estas inculpaciones eran acaso aventuradas,
pero lo que es cierto es que Sanchol no tenía el talento ni la habilidad de
Almanzor ni de Mudhaffar. Y, sin embargo, se atrevió a hacer lo que ni uno ni
otro se habían atrevido. Reyes de hecho, habían dejado, sin embargo, a un Omeya
el título de monarca, y no habían sido Califas a pesar de la mucha gana que
tenían de serlo. Sanchol concibió el temerario proyecto de conseguirlo
haciéndose declarar presunto heredero de la corona. Habló de este designio a
algunos hombres influyentes, entre los cuales los principales eran el Cadí
Ibn-Dhacwan y el secretario de Estado Ibn-Bord, y cuando estuvo seguro de su
concurso, dirigió su petición a Hixem II. A pesar de su nulidad, parece que el
Califa retrocedió un instante ante tan grave demanda, tanto más cuanto que
según la común opinión Mahoma había dicho que el poder no pertenecía más que a
la raza Maadita. Consultó a algunos teólogos, pero aquellos a quienes se
dirigió, obedecían a las inspiraciones de Ibn-Dhacwan. Así, que le aconsejaron
consentir en la demanda de Sanchol, y para vencer sus escrúpulos le citaron las
palabras del Profeta, que había dicho: «No llegará el último día hasta que
tenga el cetro un hombre de la raza de Cahtan.» El Califa se dejó persuadir, y
un mes después de la muerte de su hermano, Sanchol fue declarado heredero del
trono, en virtud de una ordenanza redactada por Ibn-Bord.
Esta ordenanza puso el colmo al descontento
de los Cordobeses. Todo el mundo repetía estos versos, que un poeta acababa de
componer: «Ibn-Dhacwan e Ibn-Bord han ofendido la religión de una manera
inaudita. Se han rebelado contra el Dios de verdad, pues han declarado al nieto
de Sancho heredero del trono.» Se refería con gran satisfacción que, pasando
por delante del palacio de Zahara, un santo varón había exclamado: «¡Palacio
que te has enriquecido con los despojos de tantas casas, quiera Dios que pronto
todas las casas se enriquezcan con los tuyos!» En una palabra, el odio y la
mala voluntad, se manifestaban donde quiera. Sin embargo, la rebelión a mano
armada no se manifestaba todavía; el pueblo se dejaba aun intimidar y contener
por la presencia del ejército. Pero este se iba a marchar. Engañado por la
aparente tranquilidad que en la ciudad reinaba, Sanchol había anunciado que iba
a hacer una campaña contra el reino de León, y el viernes 14 de enero de 1009,
salió de la capital al frente de sus tropas. Había tenido la idea de ponerse un
turbante, que en España no era llevado sino por los legistas y los teólogos, y
mandó que sus soldados hicieran otro tanto. Los Cordobeses vieron en este
capricho un nuevo ultraje a la religión y a sus ministros.
Habiendo pasado la frontera, en vano Intentó
Sanchol obligar a Alfonso V a bajar de las montañas en que se había hecho
fuerte, y habiendo puesto la nieve impracticable los caminos, se vio forzado a
emprender la retirada; apenas hubo llegado a Toledo, supo que había estallado
una revolución en la capital.
Un príncipe de la casa de Omeya, llamado
Mohamed, se había puesto al frente del movimiento. Hijo de aquel Hixem que
Mudhaffar había hecho decapitar, y por consiguiente biznieto de Abderramán III,
se había mantenido oculto en Córdoba para escapar a la suerte de su padre, y en
este período había hecho conocimiento con muchos hombres del pueblo. Gracias al
oro que no economizaba, gracias también al apoyo de un faquí fanático, llamado
Hasan-Ibn-Yahya, y el concurso de muchos Omeyas, reunió bien pronto una partida
de cuatrocientos hombres intrépidos y resueltos. El rumor de una conspiración
llegó a oídos del Amirida Ibn-Ascaledja, a quien Sanchol había confiado durante
su ausencia el gobierno de Córdoba; este rumor era tan vago, que Ibn-Ascaledja,
aunque hizo registrar muchas casas sospechosas, nada descubrió. Habiendo fijado
para el martes 15 de febrero la ejecución de su proyecto, Mohamed eligió entre
los suyos treinta de los más determinados, a quienes ordenó que fueran por la
tarde al terraplén que había cerca de palacio, llevándose armas ocultas bajo
los vestidos. «Yo iré a reunirme con vosotros una hora antes de ponerse el sol,
les dijo; pero cuidado con que hagáis nada antes de que os dé la señal.»
Los treinta hombres fueron a su puesto y no
despertaron sospecha alguna, porque el terraplén de palacio, que daba vista al
arrecife y al rio, era un paseo muy frecuentado. Mohamed hizo tomar las armas a
los demás partidarios, mandándoles que estuvieran listos. Luego se montó en su
mula, y habiendo llegado al terraplén, dio a sus treinta hombres la señal de
precipitarse sobre la guardia de la puerta de palacio. Atacados los soldados de
improviso, fueron fácilmente desarmados, y Mohamed fue corriendo al departamento
de Ibn-Ascaledja, que en aquel momento charlaba y bebía con dos muchachas de su
harem. Antes que hubiera tenido tiempo de defenderse, había dejado de existir.
A los pocos instantes los demás conjurados, a
quienes su jefe había hecho avisar, empezaron a recorrer las calles gritando:
¡A las armas! El éxito excedió a sus esperanzas. El pueblo, que no esperaba más
que una ocasión, una señal, para sublevarse, los siguió dando gritos de
alegría, y atraídos por el ruido, los campesinos de los alrededores vinieron a
reunirse a la multitud. Fueron a la prisión dorada de Hixem II, e hicieron dos
brechas en la muralla. El desdichado monarca esperaba que alguien viniera a socorrerlo.
Los altos dignatarios estaban en Zahara, donde podían disponer de algunos
regimientos de eslavos y de otras procedencias, pero al recibir la noticia de
que había estallado un motín, creyeron al principio que Ibn-Ascaledja lo
sujetaría fácilmente, y cuando luego supieron que la cosa era más seria de lo
que se habían figurado, se quedaron helados de miedo. Parecía que todo el mundo
había perdido la cabeza y nada se hizo para liberar al monarca. Este que temía
a cada momento ver el palacio invadido por la multitud, tomó al fin el partido
de enviar un emisario a Mohamed, para que le dijera que si le perdonaba la vida
abdicaría en su favor. «¡Pues qué! respondió Mohamed, ¿piensa el Califa que he
tomado las armas para matarlo? No, las he tomado porque he visto con dolor que
quería quitar el poder a nuestra familia. Es libre de hacer lo que quiera, pero
si es su voluntad cederme la corona, se lo agradeceré mucho y podrá pedirme lo
que guste.» Luego mandó venir teólogos y algunos notables a quienes ordenó que
redactaran un acta de abdicación, y habiendo sido firmada por Hixem, él pasó en
palacio el resto de la noche. A la mañana siguiente, nombró a uno de sus
parientes primer ministro, confirió a otro Omeya el gobierno de la capital y
los encargó de alistar en el ejército a los que quisieran. Fue tan grande y
general el entusiasmo, que todo el mundo corría a hacerse soldado; hombres del
pueblo, ricos negociantes, labradores de las cercanías, imanes de las mezquitas
y piadosos ermitaños todos querían adelantarse a los demás, todos querían
derramar su sangre en pro de la dinastía legítima y en contra del libertino que
había querido usurpar el trono.
Mohamed ordenó enseguida a su primer
ministro, que fuera a apoderarse de Zahara. Los dignatarios que allí había, no
pensaron siquiera en defenderse, sino que se apresuraron a someterse y a pedir
perdón al nuevo Califa. Este se lo concedió, no sin haberles censurado
duramente su connivencia en los proyectos ambiciosos de Sanchol.
Así se hundió en menos de veinticuatro horas
el poder de los Amiridas; nadie se hubiera figurado tan buena y tan rápida fortuna.
En Córdoba era universal el contento, pero en nadie era más vivo que en las
clases inferiores. El pueblo, que camina siempre de prisa, tanto en su alegría
como en su cólera, veía abrirse ante sus ojos un feliz porvenir; pero si la
clase media hubiera presentido las grandes y dolorosas consecuencias de esta
revolución, se hubiera guardado mucho de tomar parte en ella y hubiera pensado
probablemente que el despotismo ilustrado de los Amiridas, que había dado al
país prosperidad envidiable y gloria militar, valía más que la anarquía y el
régimen arbitrario de la soldadesca que iban a pesar sobre ella.
No faltaron desde el primer momento los
excesos que de ordinario acompañan a toda revolución hecha por el pueblo.
Mohamed, que podía mandar que saquearan, no tenía bastante autoridad para
prohibirlo. Previendo lo que iba a suceder, había dado orden de trasportar a
Córdoba los objetos preciosos que se encontraban en Zahara, pero los pillos
habían puesto ya manos a la obra. Se llevaron de palacio hasta las puertas y
las ensambladuras y muchas casas que pertenecían a las hechuras de Almanzor,
fueron también saqueadas. Durante cuatro días, Mohamed no pudo o no se atrevió
a hacer nada contra estos ladrones. Consiguió al fin reprimir su audacia y eran
tantas las riquezas amontonadas en Zahara, que sin contar lo que el pueblo se
había llevado, se encontraron allí millón y medio de monedas de oro y dos
millones y cien mil monedas de plata. Algún tiempo después se descubrieron
además cajitas en que había doscientas mil monedas de oro. Cuando el palacio
quedó enteramente vacío, le pegaron fuego y pronto esta magnífica residencia no
fue más que un montón de ruinas.
Mientras tanto dos actas oficiales habían
sido comunicadas después de los oficios del viernes (18 de febrero) al pueblo
reunido en la mezquita. La primera contenía la enumeración de los delitos de
Sanchol y la orden de maldecirlo en las oraciones públicas, y en virtud de la
segunda, muchos nuevos impuestos fueron abolidos. Ocho días después, Mohamed
anunció al pueblo que había tomado el sobrenombre de Madhi, con que lo
designaremos en adelante, y cuando se bajó de la cátedra, se leyó un
llamamiento a la guerra contra Sanchol. Esta última proclama tuvo un éxito
prodigioso. El entusiasmo de la capital se había comunicado a las provincias,
de modo, que al poco tiempo se vio Madhi al frente de un ejército numeroso.
Pero como el pueblo que había hecho la revolución no quería dejarse mandar por
los antiguos generales que todos habían sido del partido de Almanzor, este
ejército tuvo por jefes hombres del pueblo o de la clase media, médicos,
tejedores, carniceros y guarnicioneros. Por primera vez se había democratizado
la España musulmana; el poder se había escapado, no solo a los Amiridas, sino a
los nobles en general.
Entretanto, Sanchol, cuando recibió en Toledo
la noticia de la insurrección de la capital, se dirigió a Calatrava. Tenía
intención de reprimir la rebelión con la fuerza, pero durante su marcha muchos
soldados le abandonaron, y cuando quiso que los que quedaban le prestasen
juramento de fidelidad, estos rehusaron diciendo que ya habían jurado una vez.
Lo mismo respondieron los Berberiscos a quien los Amiridas habían enriquecido,
y con quienes Sanchol creía que podía contar. Ignoraba que el reconocimiento y
la adhesión no entraban en el número de sus virtudes. Considerando perdida la
causa de sus bienhechores, no pensaban más que en conservar sus riquezas con
una pronta sumisión al nuevo Califa, y ni siquiera se tomaban el trabajo de
ocultar sus intenciones, porque cuando Sanchol llamó a Mohamed ibn-Yila, uno de
sus generales, y le preguntó su parecer acerca de las disposiciones de sus
soldados respecto a él, le respondió:
—No quiero engañaros, ni sobre mis propias
opiniones, ni sobre las del ejército, así que os diré francamente que nadie se
batirá por vos.
—¿Cómo nadie?, le preguntó Sanchol, aunque ya
desengañado de la fidelidad de una parte de sus tropas no esperaba confesión
semejante; ¿y de qué modo podría convencerme de que es fundada vuestra opinión?
—Haced que tomen vuestras gentes el camino de
Toledo, y decidles que vais a seguirles y veréis entonces si hay soldados que
os acompañen.
—Acaso tengáis razón, dijo Sanchol
tristemente, y no se atrevió a arriesgarse a hacer la prueba que el berberisco
le proponía.
En medio de la defección general, solo le
quedó un amigo sincero y adicto, era uno de sus aliados leoneses, un conde de
Carrión de la familia de los Gómez.
—Veníos conmigo, le dijo este caballero; mi
castillo os dará asilo, y yo verteré hasta la última gota de sangre, si es
preciso, para defenderos.
—Gracias por vuestra oferta, mi buen amigo,
le replicó Sanchol, pero no puedo aceptarla. Es preciso que vaya a Córdoba,
donde me esperan mis amigos, que se levantarán como un solo hombre en mi favor,
desde que sepan que estoy en los alrededores. Espero además, estoy seguro de
ello, que en cuanto llegue, muchos de los que parecen estar ahora por Mohamed,
abandonarán a ese hombre para venirse conmigo.
—Príncipe, replicó el conde, no os entreguéis
a vanas y quiméricas esperanzas; creedme, todo está perdido, y así como el
ejército se ha declarado en contra vuestra, tampoco encontraréis en Córdoba
quien os ayude.
—Lo veremos, replicó el Amirida, pero he
resuelto ir a Córdoba, e iré.
—No apruebo vuestro designio, le dijo
entonces el conde; y estoy persuadido de que os dejáis guiar por una ilusión
que ha de seros fatal, pero suceda lo que quiera no os abandonaré.
Habiendo dado la orden de continuar la marcha
a la capital, llegó Sanchol a una posada que se llamaba Manzil-Hani. Allí se
detuvo, pero los Berberiscos aprovechándose de la oscuridad de la noche,
desertaron en masa, y a la mañana siguiente, no tenía a su lado más que los
criados de su casa y a los soldados del conde. Este le suplicó por última vez
que aceptara la oferta que le habían hecho, pero fue inútil; el joven corría
desatentadamente a su pérdida. «He enviado ya a Córdoba al cadí, dijo; pedirá
mi perdón, y estoy seguro de obtenerlo.»
La tarde del jueves 4 de marzo, llegó al
convento de Chauch. Algunos jinetes que Mahdi había enviado a su encuentro, lo
hallaron allí al día siguiente.
—¿Qué me queréis?, le dijo Sanchol, dejadme
en paz, pues que ya me he sometido al nuevo gobierno.
—En este caso, le respondió el jefe del
escuadrón, venid a Córdoba conmigo.
Sanchol tuvo que obedecer esta orden a pesar
suyo, y habiéndose puesto en camino, encontró después de medio día al primer
ministro de Mahdi, acompañado de un destacamento más considerable. Se hizo alto
y mientras enviaban a Córdoba el harem de Sanchol, que se componía de setenta
mujeres, se le llevó ante él ministro. Sanchol besó muchas veces el suelo
delante de este Omeya, pero se le gritó: «Besa también el casco de su caballo!»
Lo hizo así, mientras el conde de Carrión miraba en silencio la profunda humillación
de aquel ante quien había temblado un imperio poderoso. Luego, cuando lo
montaron en un caballo distinto del suyo, gritó el ministro: «¡Que le quiten el
gorro!» y ejecutada esta orden se pusieron en camino.
Al oscurecer, cuando llegaron a la posada,
los soldados recibieron orden de atar a Sanchol las manos y los pies. Mientras
que cumplían brutalmente esta orden, «Me estáis lastimando, les dijo: dadme un
momento de respiro y dejadme una mano libre.» Habiendo conseguido su demanda,
sacó en un abrir y cerrar de ojos un puñal de su botina, pero los soldados se
lo quitaron antes de que tuviera tiempo de herirse. «Yo te ahorraré ese
trabajo,» gritó el ministro, y tirándolo al suelo, lo mató y luego le cortó la cabeza.
El conde fue muerto también.
Al día siguiente, cuando los jinetes entraron
en Córdoba, presentaron al Califa los restos de Sanchol. Habiendo hecho
embalsamar su cadáver, Mahdí lo pisoteó con su caballo, y luego lo hizo clavar,
vestido con una túnica y un pantalón, en una cruz colocada cerca de la puerta
de palacio, y al lado de la cabeza que estaba en la punta de una pica. Al lado
de estos horribles restos, había un hombre que gritaba sin cesar: «¡He aquí el
felicísimo Sanchol! ¡Que Dios lo maldiga y a mí también» Era el comandante de la
guardia de Sanchol, que no había obtenido su perdón sino a condición de expiar
de esta manera la fidelidad que había mostrado a su amo
XIV
Todo parecía ir, al principio, a medida del
deseo de Mahdi. El pueblo de Córdoba lo había elevado al trono, los Berberiscos
lo habían reconocido y no habían pasado cinco días desde la muerte del Amirida,
cuando recibió una carta en que Wadhid el más poderoso de los Eslavos y
gobernador de la Frontera inferior, le aseguraba su obediencia, diciéndole que
la noticia de la ejecución del usurpador, le había causado gran alegría. Como
Wadhih debía su fortuna a Almanzor, Mahdi no esperaba de su parte una sumisión tan
pronta, así, que se apresuró a darle pruebas de su reconocimiento; le envió
mucho dinero, un vestido de honor, un caballo ricamente enjaezado y el diploma
de gobernador de todas las fronteras.
Todos los partidos se habían pues, agrupado
al rededor del gobierno. Esta era por lo menos la apariencia, el movimiento
espontáneo de primera hora, pero esta unanimidad era menos real y estaba menos
arraigada de lo que parecía. La revolución se había verificado bajo el imperio
de una especie de fiebre general que no había dado tiempo a que se manifestara
el buen sentido, pero cuando vino la reflexión, se comenzó a conocer que con la
caída de los Amiridas no estaba todo terminado, todo restablecido, ni todo reparado;
que podía haber aun, algo que condenar y de que quejarse bajo otro régimen.
Madhi, no tenía ni talento, ni virtud. Era un hombre disoluto, cruel,
sanguinario y tan torpe que se enajenó sucesivamente todos los partidos.
Comenzó por licenciar siete mil obreros que se habían alistado. Como no podían
dejar a Córdoba a merced de las clases bajas, esta medida era sin duda
necesaria, pero descontentó al pueblo, que orgulloso con haber hecho la
revolución, se encontraba muy bien recibiendo un gran sueldo sin hacer nada. En
seguida, desterró de la capital a gran número de eslavos Amiridas y quitó el
empleo a otros eslavos que servían en palacio. Esto era lanzarlos al partido de
la oposición, mientras que con un poco de tacto acaso se los pudiera haber ganado.
Al mismo tiempo irritó a los devotos. Como no salía de palacio, no pensaba más
que en distraerse, y los piadosos musulmanes referían con horror, que daba
festines en que tocaban un centenar de laudes y otro de flautas. «Hace lo mismo
que Sanchol» decían. Se le llamaba el «bebedor,» se le acusaba de turbar la paz
de muchas familias y le sacaban coplas como antes se las habían sacado a su
rival. Su crueldad, acabó de perderlo en la opinión pública. Wahih le había
enviado las cabezas de muchos habitantes de las fronteras que se habían negado
a reconocerlo, y él mandó plantar en ellas flores y colocarlas a la orilla del
rio, frente a palacio. Gustaba de contemplar este estrado «jardín» e inducía a
sus poetas entre los cuales se distinguía Zaid, que, después de haber adulado a
los Amiridas, adulaba ahora a su enemigo, a componer versos sobre este asunto.
Ya, malquistado con el pueblo, con los
Eslavos, con los devotos y en general con todas las gentes honradas, Mahdi, no
hizo nada para atraerse a los Berberiscos, que sin embargo, se habían entregado
a él por su propia voluntad. Verdad es, que estos rudos pastores eran muy
odiados en la capital. El pueblo no les perdonaba haber sido los autores y el
apoyo del despotismo de los Amiridas y si Mahdi los hubiera tomado abiertamente
bajo su protección, hubiera perdido la poca popularidad que le quedaba. Sin embargo,
como no podía volverlos a África, hubiera debido contemplarlos. No lo hizo. A
cada instante les manifestaba su odio y su menosprecio. Les prohibió hasta
montar a caballo, llevar armas y entrar en palacio. Esto era una gran
imprudencia. Acostumbrados a ser respetados honrados y mimados por la corte,
los Berberiscos tenían el sentimiento de su dignidad y de su fuerza. Así, que,
no se resignaron a no ser nada en el Estado y un día en que muchos de sus
palacios habían sido saqueados por el populacho sin que se hubiera opuesto la
policía, Zawi y otros dos jefes suyos, se fueron a buscar al Califa y exigieron
imperiosamente el castigo de los culpables. Intimado por su actitud firme y
resuelta, Mahdi se escusó lo mejor que pudo y para apaciguarlos mandó cortar la
cabeza a los instigadores del desorden. Pero pronto se repuso de su terror y
comenzó a vejar de nuevo a los Berberiscos.
Sin embargo, por aturdido que fuera no se le
ocultaba enteramente el peligro de su posición, y lo que temía, sobre todo, era
que el nombre de Hixem II, no llegara a ser un día la enseña de unión de todos
los partidos a quienes había ofendido. Resolvió, pues, no matar a su augusto
prisionero, sino hacerlo pasar por muerto. Justamente acababa de morir (Abril
de 1009) un cristiano que se parecía mucho a Hixem.
Madhi, hizo llevar a palacio secretamente su
cadáver, y lo enseñó a algunas personas que habían conocido a Hixem. Sea que
realmente fuera muy parecido, sea que las personas en cuestión estuvieran
ganadas, ello es que declararon que este cadáver era el del último califa.
Mahdi hizo venir entonces ministros de la religión, notables y hombres del
pueblo y habiendo sido recitadas las oraciones mortuorias, el cristiano fue
enterrado en el cementerio musulmán con todos los honores reales. Al verdadero
Hixem, Mahdi lo hizo encerrar en el palacio de uno de sus visires.
Asegurado por esta parte, el imprudente
Califa creyó que ya todo se lo podía permitir. En el mes de mayo hizo poner en
prisión, no se sabe por qué, a un hijo de Abderramán III que se llamaba Solimán
y a quien poco antes había nombrado heredero del trono. Además dejó penetrar su
intención de hacer morir a diez jefes berberiscos. No era preciso tanto para
hacer que los africanos tomasen las armas y por su parte Hixem hijo de Solimán,
trabajó activamente para formarse un partido. Lo consiguió sin dificultad; los
siete mil obreros licenciados por Mahdi, eran un ejército siempre dispuesto a
toda sedición. El 2 de junio se reunieron estos hombres ante el palacio de
Hixem, lo proclamaron Califa, este los llevó entonces a llano fuera de la
ciudad y habiéndose reunido a él los Berberiscos marchó contra el palacio de
Mahdi. Arrancado bruscamente a sus placeres, el Califa mandó preguntar a la
multitud lo que quería. «Tú has puesto a mi padre en prisión, le mandó
responder Hixem, e ignoro lo que ha sido de él.» Mahdi puso entonces en
libertad a Solimán, pero, si creyó que con esto bastaba para hacer que la
multitud se dispersara, se engañó, pues Hixem, le envió a decir que debía
también cederle la corona. Queriendo ganar tiempo, fingió Mahdi entrar en
pláticas con él, pero como la negociación iba larga, los obreros y los
Berberiscos que se fastidiaban con su inacción fueron a saquear e incendiar las
tiendas del mercado de los guarnicioneros. Entonces los Cordobeses tomaron las
armas, no para sostener a Mahdi, sino para preservar sus casas del saqueo y
pronto vinieron en su ayuda, los soldados que el Califa había tenido tiempo de
reunir. El combate duró todo un día y una noche, pero en la mañana del viernes
3 de junio, los Berberiscos se vieron obligados a tomar la fuga en el mayor
desorden. Parte de los Cordobeses los persiguió hasta las orillas del
Guadalmeyalo; otros saquearon sus casas y se apoderaron de sus mujeres y se
prometió una prima a todo el que trajera la cabeza de un berberisco. El
anti-Califa Hixem, y su padre fueron hechos prisioneros y Mahdi los mandó
decapitar.
En cuanto los Berberiscos se rehicieron,
juraron vengarse de una manera ruidosa, pero tenían poca habilidad y no sabían
cómo componérselas. Felizmente para ellos tenían a Zawi. Oriundo de la dinastía
cinhedjita, que reinaba en la parte de Africa de que era capital Cairawan, era
más civilizado e inteligente que la mayor parte de sus hermanos de armas y
comprendió que ante todo era preciso oponer un competidor a Mahdi. Tenía en la
mano un Omeya, Solimán, sobrino de Hixem, que después de haber tomado parte en la
barrabasada de su tío, había seguido a los Berberiscos en su fuga. Zawi propuso
a sus camaradas que lo reconociesen por Califa. Algunos se negaron diciendo,
que Solimán era un buen hombre, pero que no tenía ni bastante energía para ser
jefe de un partido, ni bastante experiencia para mandar un ejército. Otros no
querían ningún jefe árabe. Para hacer adoptar su resolución, recurrió entonces
Zawí a un medio que nuevo sin duda para los Berberiscos, no lo hubiera sido sin
embargo para nosotros. Tomó cinco lanzas y habiendo hecho con ellas un haz, se
las dio al soldado que pasaba por tener más fuerza, diciéndole: «Procura
romperlo!» No habiendo podido hacerlo el soldado continuó diciendo: «Desata
ahora la cuerda y rómpelas una a una.» En un instante el berberisco las rompió
todas.
—Que esto os sirva de ejemplo, Berberiscos,
dijo entonces Zawí, unidos sois invencibles, desunidos vais a perecer, porque
estáis rodeados de enemigos implacables. Pensad pues en el peligro y decidme
pronto lo que pensáis.
—Prontos estamos a seguir tus prudentes
consejos, gritaron por todas partes y si hemos de sucumbir, que no sea al menos
por culpa nuestra.
—¡Pues bien! continuó Zawí tomando a Solimán
de la mano, jurad pues, ser fieles a este Coraichita. Nadie podrá acusaros de
aspirar al gobierno del país y como es árabe, muchos de su nación se declararán
por él y por vosotros.
Cuando se hubo prestado juramento a Solimán,
y este príncipe declaró que tomaba el sobrenombre de Mostain, Zawí habló de
nuevo: «Las circunstancias, dijo, son graves, y ante todo es preciso que
ninguno trate de satisfacer su ambición, arrogándose un poder a que no tenga
derecho. Que cada tribu elija pues un jeque, y que este responda con su cabeza
al Califa de la fidelidad de su regimiento.»
Así se hizo y, naturalmente Zawi fue elegido
por su tribu de Cinhedja. Desde el principio, pues, Solimán no tuvo autoridad
alguna sobre los Berberiscos que habían elegido sus capitanes sin consultarlo;
no era más que un testaferro, y nunca fue otra cosa.
Los africanos marcharon a Guadalajara, y
habiéndose apoderado de la ciudad, propusieron a Wadhih que hiciera causa común
con ellos, pidiéndole les abriera las puertas de Medinaceli. Pero Wadhih, no
escuchó sus proposiciones y habiendo recibido refuerzos de Mahdi, los atacó.
Fue batido, pero los Berberiscos no tuvieron porqué felicitarse de su victoria,
pues Wadhih les cortó los víveres, de modo, que durante quince días, no
tuvieron más que yerbas por alimento. Para salir de este apuro enviaron algunos
de los suyos a Sancho, conde de Castilla, para que solicitasen su intervención,
y le propusieran una alianza, en el caso en que Madhi y Wadhih, no quisieran
hacer la paz.
Cuando llegaron a la residencia del conde,
los africanos se encontraron con una embajada de Madhi, que había traído a
Sancho, caballos, mulas y otros presentes, y le había prometido muchas ciudades
y fortalezas, si quería socorrer al Califa de Córdoba. ¡Cuánto había cambiado
todo en pocos meses! Ya no eran los musulmanes los que dictaban la ley a los
príncipes cristianos, era, por el contrario, el conde de Castilla el que iba a
decidir de la suerte de la España árabe.
Bien informado del estado de los negocios de
sus vecinos, y sabiendo que el poder de Mahdi pendía de un hilo, el Conde
prometió a los Berberiscos declararse en su favor si se comprometían a cederle
las fortalezas que le habían prometido los mensajeros de Madhi, y cuando
convinieron despidió a los otros embajadores, y envió al campo Berberisco mil
bueyes, cinco mil carneros, y mil carros cargados de víveres. Los berberiscos
se encontraron pronto en disposición de ponerse en campaña, y habiéndoseles
reunido el conde con sus tropas, tomaron el camino de Medinaceli.
Cuando llegaron cerca de esta ciudad,
hicieron nuevas tentativas para ganarse a Wadhih a su partido. No lo
consiguieron más que antes, y creyendo con razón que no debían perder tiempo,
marcharon directamente sobre Córdoba (julio de 1009). Siguiólos Wadhih con su
caballería y los atacó, pero después de haber perdido muchos de los suyos, se
vio obligado a tomar la fuga, y llegó a Córdoba con cuatrocientos caballos,
donde se le reunió uno de sus tenientes con otros doscientos que habían tenido
también la fortuna de escapar a la matanza.
Noticioso de que los Berberiscos marchaban
contra la capital, Madhi, después de haber puesto sobre las armas a todos los
que se hallaban en estado de llevarlas, se había atrincherado en una llanada al
E. de Córdoba. Pero en vez de esperar al enemigo, tuvo la imprudencia de salir
en su busca. Los dos ejércitos se encontraron en Cantich (5 de noviembre de
1009) y un escuadrón de treinta berberiscos bastó para introducir el desorden
en las filas de la indisciplinada masa de sus contrarios. En su fuga precipitada
ciudadanos, burgueses, obreros y faquíes se derribaban unos a otros. Los
Berberiscos y los Castellanos los acuchillaban a centenares y hubo muchos que
hallaron la muerte en las aguas del Guadalquivir. Se calculan en diez mil los
que perecieron en esta horrible matanza. Wadhih conoció bien pronto que todo
estaba perdido y acompañado de sus seiscientos caballos, tomó a escape el
camino del Norte. Mahdi por su parte, se refugió en su palacio, donde no tardó
en verse sitiado por les Berberiscos. Creyó salvarse devolviendo el trono a
Hixem II, y haciéndolo sacar de la prisión, lo situó de modo que lo pudieran
ver los Berberiscos a quienes envió al Cadí Ibn-Dhacwan, para decirles que
Hixem vivía todavía, que lo miraba como su señor y que él no era más que su primer
ministro. Los Berberiscos se rieron de este mensaje. «Ayer, le respondieron al
Cadí, Hixem estaba muerto y tú y tu emir recitabais sobre su cadáver las
oraciones fúnebres, ¿cómo ha de vivir hoy? Por lo demás, si es verdad lo que
dices, nos alegramos de que viva Hixem, pero no lo necesitamos para nada,
porque no queremos más Califa que Solimán.» En vano trató el Cadí de excusar a
su señor y todavía estaba hablando, cuando los Cordobeses que temblaban al
aspecto del príncipe que amenazaba sus muros, salieron a su encuentro y lo
reconocieron por soberano.
Mientras que Solimán verificaba su entrada en
la capital, donde Berberiscos y Castellanos cometieron todo género de escudos,
Mahdi se ocultó en la casa de un cierto Mohamed de Toledo, que le suministró
los medios de ganar esta ciudad, porque todas las fronteras desde Tortosa hasta
Lisboa, estaban todavía por él. Así, que cuando Sancho recordó a Solimán su
promesa, éste se vio obligado a responderle que no podía satisfacerle por de
pronto, pues que no poseía todavía las ciudades de que se trataba, pero se comprometió
por segunda vez a entregarle, en cuanto estuvieran en su poder y entonces
Sancho abandonó Córdoba con sus tropas que se habían enriquecido a expensas de
los habitantes de la ciudad (14 de noviembre de 1009.)
La suerte de Hixem no cambió. Solimán después
de haberlo obligado a abdicar en favor suyo, lo hizo encerrar de nuevo, pero
cediendo al deseo de los antiguos servidores de los Amiridas, hizo enterrar con
las ceremonias acostumbradas el cuerpo de Sanchol.
Entretanto, Mahdi había llegado a Toledo,
cuyos habitantes le hicieron excelente acogida. Solimán marchó a atacarlo y
envió sacerdotes a los Toledanos, para que los amenazaran con su cólera, si
continuaban en su rebelión. Pero estas amenazas no produjeron efecto y no
queriendo emprender el sitio de una plaza tan fuerte como Toledo y esperando,
por otra parte, que se había de someter espontáneamente en cuanto lo hiciera el
resto de España, se a Medinaceli. Durante su marcha, muchos eslavos vinieron a
engrosar su ejército y se apoderó de Medinaceli sin combate porque Wadhih había
evacuado esta ciudad, retirándose a Tortosa. Desde allí escribió a Solimán,
diciéndole que lo reconocía siempre que le permitiera quedarse donde estaba.
Él no obraba de este modo sino para escapar a
la persecución de Solimán y ganar tiempo. Aprovechóle su astucia, Solimán cayó
en el lazo y dejó a Wadhih el gobierno de todas las fronteras.
Teniendo ya las manos libres, Wadhih se
apresuró a hacer alianza con dos condes catalanes, Raimundo de Barcelona y
Armengol de Urgel, a quienes prometió todo lo que quisieron y marchó a Toledo,
acompañado de un ejército Catalan y del suyo, donde se unió con las tropas de
Mahdi. Solimán intimó entonces a los Cordobeses que tomasen las armas, pero
como no obedecían a los africanos más que a regañadientes, se excusaron
diciendo que no estaban en estado de combatir. Por lo demás en Cantich lo
habían demostrado y los Berberiscos que preferían no tener en el ejército
soldados de aquel temple, le rogaron a Solimán, que les dejara a ellos solos el
cuidado de la victoria. Solimán se dejó persuadir y habiéndose adelantado hasta
Aca-ba-al-bacar, lugar que se hallaba cerca de cuatro leguas de
Córdoba, encontró al ejército de su adversario, que se componía de treinta
mil musulmanes y nueve mil cristianos (en la primera mitad de junio de 1010.)
Sus generales lo colocaron a retaguardia, aconsejándole que no abandonara su puesto,
aunque los enemigos le pisaran los pies y atacaron a las tropas catalanas, pero
conforme a las reglas de la estrategia oriental, volvieron enseguida la espalda
al enemigo, para volver impetuosamente a la carga. Desgraciadamente, Solimán
que recibía órdenes de sus capitanes, no comprendía su táctica y viendo la
vanguardia volverse atrás, no dudó que había sido batida y creyendo que todo
estaba perdido, echó a huir a todo escape, siguiendo su ejemplo los caballeros
que lo acompañaban. Los Berberiscos, sin embargo, volvían a la carga y atacaron
al enemigo con tanta furia que mataron sesenta jefes catalanes, entre los que
se encontraba el conde Armengol de Urgel; pero cuando vieron que Solimán había
abandonado su puesto, se retiraron a Azahara, de modo, que los catalanes
quedaron dueños del campo. Así es como Solimán perdió, por su ignorancia y su
cobardía, la batalla de Acaba-al-Bacar de que acaso hubiera salido vencedor, si
hubiera comprendido la táctica de sus capitanes o se hubiera prestado a obedecer
sus órdenes. Por lo demás, el triunfo fue obtenido por los catalanes, porque
las tropas de Mahdi y de Wadhih no parecen haber tomado parte muy activa en el
combate.
Mahdi entró en Córdoba, y esta desdichada
ciudad que había sido saqueada seis meses antes por los Castellanos y los
Berberiscos, ahora lo fue de nuevo por los catalanes. Madhi salió en
persecución de los Bereberes que marchaban hacia Algeciras, matando a todos los
que encontraban, y saqueando las aldeas, pero que volvieron sobre sus pasos en
cuanto supieron que sus adversarios los buscaban. El 21 de junio vinieron a las
manos los dos ejércitos, donde el Guadaira desemboca en el Guadalquivir. Esta
vez los africanos obtuvieron una completa venganza del descalabro que hablan
sufrido en Acaba-al-basar. El ejército de Madhi fue derrotado; muchos capitanes
de eslavos, y más de tres mil catalanes quedaron en el campo de batalla, además
del gran número de soldados que hallaron la muerte en las aguas del
Guadalquivir.
Dos días después entraron los vencidos en
Córdoba, y los catalanes, furiosos con su derrota, se condujeron con una
crueldad inaudita. Mataron especialmente a todos los que tenían algún parecido
con los Berberiscos, pero cuando Madhi les rogó que marcharan de nuevo contra
el enemigo, se negaron, diciendo que las pérdidas que habían sufrido no se lo
permitían. Dejaron, pues, a Córdoba (8 de julio,) y a pesar de todo el mal que
habían hecho, los habitantes los vieron partir con sentimiento, porque las hordas
berberiscas, contra las que hubieran podido defenderlos, les inspiraban más
miedo todavía. «Después de la partida de los catalanes, dice un autor arábigo;
cuando los Cordobeses se encontraban en la calle, se daban el pésame, como se
da a los que han perdido su fortuna y su familia.»
Entretanto Madhi, que había impuesto a la
ciudad una contribución extraordinaria para poder pagar sus tropas, se puso en
marcha contra el enemigo. Pero después de la partida de los catalanes, su
ejército había perdido el valor, y apenas había andado siete leguas, cuando un
terror pánico, la idea sola de que dentro de poco tendrían que combatir contra
los terribles Berberiscos, le hizo volver a Córdoba. Madhi, tuvo pues que
resignarse a esperar los enemigos en la capital, que hizo cercar con un foso y
una muralla; pero quería el destino que en lugar de caer por los Berberiscos,
cayera por los Eslavos.
Algunos de estos, entre los que Wadhih
ocupaba el primer lugar, servían bajo las banderas de Madhi, pero otros, como
Khairan y Anbar, seguían el partido opuesto. Todos conocieron al fin que para
alcanzar el objeto de su ambición, es decir, el poder, su unión era necesaria,
y resolvieron volver a colocar en el trono a Hixem II. Decidido este plan,
Wadhih tuvo buen cuidado de fomentar el descontento de los habitantes de
Córdoba. Hizo extender los rumores más exagerados sobre la vida desarreglada
del «bebedor,» y aunque reprobaba en público los desórdenes que sus soldados se
permitían, los favorecía en secreto. Y cuando estos manejos acabaron de quitar
al Califa la poca popularidad que le quedaba, Khairam, Anbar y otros generales
eslavos del ejército de Solimán ofrecieron sus servicios a Mahdi. Apresuróse
este a aceptar su oferta, pero apenas entraron en Córdoba estos pretendidos
auxiliares, no tardó en apercibirse de que maquinaban su pérdida, y como no se
encontraba en estado de resistirles, resolvió por segunda vez refugiarse en
Toledo. Los Eslavos se le adelantaron. El Domingo 23 de Julio de 1010,
recorrieron a caballo las calles gritando: «¡Viva Hixem II!» y habiendo sacado
a este príncipe de su prisión, lo colocaron en el trono adornado con regias
vestiduras.
En este momento Madhi se encontraba en el
baño. Informado de lo que pasaba, vuela al salón y va a sentarse al lado de
Hixem, pero Anbar lo coje violentamente del brazo, y lo obliga a sentarse
enfrente de Hixem, que le reprende en los términos más amargos, los males que
le ha hecho sufrir. En seguida Anbar lo coje de nuevo del brazo, lo arrastra a
la plataforma y saca la espada para cortarle la cabeza. Madhi lo coje a brazo
partido, pero al punto caen sobre él las espadas de los otros Eslavos. Poco
tiempo después, su cadáver yacía en el mismo sitio donde había hecho caer diez
y siete meses antes, el de Ibn-Ascaledja. Elevado al trono por una
conspiración, otra conspiración le había privado del trono y de la vida.
XV
Con un soberano tan débil como era Hixem II,
los Eslavos eran omnipotentes. Así Wadhid que quedó de primer ministro, pretendió
gobernar España como su patrono Almanzor, pero desgraciadamente para él, las
circunstancias habían cambiado mucho, y Wadhih no era Almanzor. Verdad es, que
al principio no encontró oposición en la capital. La cabeza de Mahdi fue
paseada por las calles, sin que se oyera un solo murmullo, porque nadie echaba
de menos a aquel tirano; pero Wadhih se había lisonjeado con la esperanza de
que los Berberiscos reconocieran también al monarca, a quien había devuelto la
corona, y pronto pudo convencerse de cuán quimérica era esta esperanza, pues,
cuando les envió la cabeza de Madhi, rogándoles que se sometieran a Hixem, fue
tan grande su indignación, que si no se hubiera interpuesto Solimán para salvar
la vida de los que llevaban este mensaje, los hubieran muerto. El mismo Solimán
derramó lágrimas al ver la cabeza de su pariente, la hizo limpiar y la envió a
Obaidallah, hijo de Madhi, que se encontraba en Toledo.
Desengañado por lo que toca a los
Berberiscos, Wadhih, vio poco después que tenía enemigos en la misma ciudad.
Algunos Omeyas, que no querían la dominación eslava y creían trabajar en su
propio interés, sirviendo el de Solimán, le avisaron secretamente que viniera
el 12 de agosto hasta las puertas de la capital, y que ellos se la entregarían.
Solimán prometió venir, pero Wadhih informado del complot, por Khairan y Anbar,
hizo prender á los conspiradores, y cuando Solimán se presentó bajo los muros
de la ciudad el día prefijado, fue atacado bruscamente, y obligado a una
precipitada retirada.
Esperando que este descalabro había hecho más
tratables a los Berberiscos. Wadhih entabló nuevas negociaciones con ellos,
pero sin resultado, y entre tanto Solimán, pidió ayuda a su antiguo aliado
Sancho de Castilla, ofreciendo cederle las fortalezas que Almanzor había
conquistado. No sé si eran las mismas que le había prometido antes, pero lo
cierto es que el Conde encontró ahora el modo de extender su territorio, sin
tomarse el trabajo de hacer una expedición a Andalucía. Como las fortalezas en
cuestión no se hallaban en poder de Solimán, sino en el de Wadhih, mandó a
decir a este último que, si no se las cedía, marcharía con sus Castellanos en
socorro de los Berberiscos. El asunto pareció tan importante a Wadhih, que no
se atrevió a tomar sobre sí la responsabilidad de su resolución. Convocó pues a
los notables, y habiéndoles comunicado el mensaje de Sancho, les preguntó su
parecer. El temor de ver a los Berberiscos reforzados por los Castellanos, hizo
callar en los notables el sentimiento del honor nacional y respondieron que, en
su opinión debía ser otorgada la demanda. En el mes de agosto o de setiembre de
1010, Wadhih concluyó, pues, un tratado con Sancho, y le entregó, al decir de
los escritores árabes, más de doscientas fortalezas, entre las que los
cronistas cristianos citan San Esteban, Coruña del Conde, Gormaz y Osma.
Semejante ejemplo era contagioso. Viendo que para obtener plazas fuertes
bastaba con algunas amenazas y palabras mayores, otro conde mandó a pedirlas a
su vez, diciendo que si no se las daban iría al punto a reunirse con Solimán.
No se atrevieron a negárselas. Así el imperio musulmán, presa de la guerra
civil, y reducido a la más completa impotencia, se caía a pedazos. ¿Se
felicitarían todavía los Cordobeses de la caída de los Amiridas como en el día
fatal en que con irreflexivo entusiasmo saludaron el rápido triunfo de la
revolución? Lícito es dudarlo, pero pensaran lo que quisieran en este período,
ya no podían volver atrás. En aquellas circunstancias, tenían que resignarse a
bajar la cabeza ante los enemigos de su religión, a sufrir el amo que los
Eslavos o los Berberiscos quisieran imponerles, a ser maltratados y saqueados
ya por unos, ya por otros, a aceptar, en una palabra, todas las consecuencias a
que se exponen los pueblos que, sin ir a un objeto claramente definido, sin
tener una grande y sana idea política o religiosa que realizar, se lanzan
aturdidamente en el torbellino de las revoluciones.
Por lo pronto no fueron ellos los que más
sufrieron la ferocidad de los Berberiscos. Después de haber asediado Córdoba,
durante mes y medio, se había dirigido contra Zahara, de que se hicieron dueños
después de un sitio de solo tres días gracias a la traición de un oficial que
le entregó una de las puertas de la ciudad (4 de noviembre de 1010.) Enseguida
comenzó la carnicería, y si los Cordobeses hubieran tenido duda sobre la suerte
que los Berberiscos les reservaban, las cosas que pasaron en Zahara, les hubieran
dado bastante luz sobre este asunto. Casi todos los soldados de la guarnición
fueron degollados. Los habitantes se refugiaron en la Mezquita, pero la
santidad del lugar no impuso a los Berberiscos. Hombres, mujeres y niños, todos
fueron degollados, sin distinción. Después de haber saqueado la ciudad, la
incendiaron, y desde entonces esta residencia, una de las más magníficas de
Europa, se convirtió en lo que Zahara, antes su rival en hermosura, en un
montón de escombros.
Durante todo el Invierno parte del ejército
africano saqueó los alrededores de Córdoba, e impidió que entraran víveres en
la capital. Despojados de todo lo que poseían, los habitantes de las campiñas
afluían a ella en masa, y su número excedió bien pronto al de los vecinos; pero
como todos los géneros estaban carísimos, era imposible mantenerlos, y la mayor
parte morían de hambre. El gobierno mismo estaba en la última extremidad, y
para procurarse un poco de dinero, Wadhih tuvo que vender la mayor parte de la
biblioteca de Haquem II. Otras bandas recorrían al mismo tiempo las provincias.
Las ciudades más importantes cayeron en sus manos, y por lo común sufrieron sus
habitantes la misma suerte que los de Zahara. España presentaba el espectáculo
más aflictivo. Los pueblos estaban desiertos y se podían recorrer durante días
enteros los caminos antes más frecuentados, sin encontrar alma viviente.
En el verano de 1011 la miseria de España en
general, y especialmente la de Córdoba, no hizo más que aumentarse. Esta
desventurada ciudad, asolada por la peste, parecía complacerse en agravar sus
males con la discordia. Los soldados atribuían a Wadhid las calamidades que
sufrían, y el general eslavo Ibn-Abi-Wadaa, enemigo personal del ministro
fomentaba su descontento. Ultrajado en público, y conociendo que era
insostenible su posición, Wadhih encargó a un tal Ibn-Becr de que fuera a hacer
proposiciones de paz a Solimán. Este paso excitó la más viva indignación.
Cuando Ibn-Becr, que había tenido una conferencia con el anti-Califa, estuvo de
vuelta y se presentó en la sala del Concejo, los soldados se precipitaron sobre
él, y sin darle tiempo a comunicar la respuesta que había recibido, lo
asesinaron en presencia del Califa y de Wadhih. Este resolvió entonces
refugiarse entre los Berberiscos, pero Ibn-abí-Wadaa que se había apercibido de
este proyecto, le impidió ejecutarlo. Reuniendo a sus soldados, penetró con
ellos en el palacio del ministro, y le gritó: ¡Miserable, tú has derrochado el
dinero de que tenemos tanta necesidad, y has querido vendernos y entregarnos a
los Berberiscos!, y le hirió con su espada; sus soldados hicieron otro tanto, y
a los pocos momentos paseaban su cabeza por las calles, y saqueaban las casas
de sus partidarios, mientras que su cadáver yacía donde yacieron los de Madhi e
Inb-Ascaledja, (16 de Octubre de 1011.)
Todavía pasaron año y medio antes que los
enemigos vinieran a quitar a los Eslavos y a los Cordobeses el trabajo de
asesinarse mutuamente. En este intervalo Ibn-abí-Wadaa gobernó la ciudad con
firme mano y severidad inexorable. Secundábale activamente el clero, que
proclamó guerra santa, la guerra contra los Berberiscos. Alguna vez, los de
dentro conseguían ventajas. En el mes de Mayo de 1012 cayó en sus manos un
ilustre guerrero berberisco. Era Hobasa, sobrino de Zawí. Hiriendo a diestro y
siniestro, se había metido en lo más recio de la pelea, cuando se aflojó la
cincha de su caballo, y cuando se bajaba para apretársela, un eslavo cristiano
lo desmontó de un lanzazo vigoroso. Otros eslavos lo remataron. Su hermano
Habbuz, trató entonces de disputar su cadáver a los enemigos, pero estos lo
rechazaron después de un combate encarnizado. Los Eslavos llevaron en triunfo a
palacio la cabeza de Hobasa, y abandonaron su cuerpo a los insultos del
populacho, que después de haberle mutilado y arrastrado por las calles, lo
entregó a las llamas. Los Berberiscos se pusieron furiosos. «Vengaremos a
nuestro capitán, gritaron, y no tendremos bastante con derramar la sangre de
todos los Cordobeses. Redoblaron, pues, sus esfuerzos, pero la desesperación
había prestado a los Cordobeses fuerzas sobre humanas, e Ibn-abí-Wadaa, hizo
una salida tan vigorosa, que obligó a los enemigos a levantar el sitio. Supo
también rechazarlos de Sevilla, pero no pudo evitar que tomaran Calatrava, y no
tardaron en volver ante los muros de la capital. A pesar de la resistencia
desesperada de los Cordobeses, lograron cegar el foso, lo que los puso en
estado de apoderarse de la parte oriental de la ciudad. Una vez más pareció que
la fortuna quería favorecer a los Cordobeses, pues que obligaron a sus enemigos
a evacuar el barrio de que se habían hecho dueños. Pero este fue su último
triunfo. Et Domingo 19 de Abril de 1013, los Bereberes entraron en la ciudad
por la puerta del arrabal de Secunda, que un oficial que se había vendido, les
entregó.
Córdoba pagó su larga resistencia con
torrentes de sangre. Habiéndose retirado los Eslavos cuando se perdió toda
esperanza, los Berberiscos se pusieron a recorrer las calles lanzando gritos
feroces. Aquí saqueaban, allá violaban, asesinaban en todas partes. Los hombres
más inofensivos eran víctimas de su ciega furia. Aquí, el anciano Said
ibn-Mondhir, que había sido prior de la mezquita principal desde los tiempos de
Haquem II, famoso por su religiosidad y su virtud; allí, el desdichado Merwan,
de la noble familia de los Beni-Hodair, que había perdido la razón a
consecuencia de un amor desgraciado. Mas allá, yacía el cuerpo del sabio
Ibn-al-Faradhi, autor de un precioso diccionario biográfico y que había sido
Cadí de Valencia en el reinado de Mahdi. El voto que había hecho en un momento
de entusiasmo religioso se había cumplido, había obtenido la palma del
martirio. Las víctimas, fueron tan numerosas que ni siquiera se trató de
contarlas. Pronto el incendio vino a alumbrar con su luz siniestra estas escenas
horribles. Los más hermosos palacios, fueron presa de las llamas. «Al fin he
sabido, escribía más adelante Ibn-Hazm, lo que se ha hecho de mi soberbio
palacio de Bilat-Moghit. Un hombre que vino de Córdoba me lo ha contado: me ha
dicho que no quedan de él sino ruinas. También ¡ay! sé lo que ha sido de mis
mujeres, unas están enterradas, otras llevan una vida errante en lejanos
países.»
Dos días después de la toma de la ciudad,
Solimán fue a tomar posesión del palacio del Califa. Todos los Cordobeses que
por una casualidad cualquiera habían escapado a la espada de los Berberiscos,
vinieron a colocarse a su paso. Asustados y malheridos hasta el fondo del
corazón, por los horribles espectáculos que habían pasado a su vista, se
forzaban sin embargo en gritar: ¡viva el Califa! Solimán supo apreciar en su
justo valor este entusiasmo fingido. «Me desean larga vida, dijo, valiéndose de
las palabras de un antiguo poeta, paro me matarían si me tuvieran en su poder.»
Cuando llegó a palacio mandó venir a Hixem
II.
—Traidor, le dijo, ¿no habías abdicado en mi
favor y me habías prometido no pretender el trono? ¿Por qué has faltado a tu
palabra?
—¡Ay! le respondió el pobre hombre juntando
las manos; bien sabéis que no tengo voluntad y que no hago más que lo que me
mandan. Pero perdonadme, os lo suplico, porque os declaro de nuevo que abdico y
que os nombro mi sucesor.
Los Berberiscos se establecieron al principio
en Secunda, pero tres meses después, todos los habitantes de Córdoba a
excepción de los que vivían en arrabal oriental y en el barrio que se llamaba
de la Ciudad, fueron sentenciados a destierro y confiscados sus bienes en
provecho de los vencedores que ocuparon entonces las casas que habían escapado
del incendio.
XVI
Desde el principio de la guerra civil, muchos
gobernadores se habían declarado independientes; la toma de Córdoba por los
Berberiscos, dio el último golpe a la unidad del imperio. Los generales eslavos
se apoderaron de las grandes ciudades del Este; los jeques Berberiscos, a
quienes los Amiridas habían dado feudos o provincias que gobernar, gozaban
también de una completa independencia, y las pocas familias árabes que eran
todavía bastante poderosas para hacerse valer, no obedecían tampoco al nuevo
Califa, de modo que la autoridad de este no se extendía más que a cinco
ciudades considerables, Córdoba, Sevilla, Niebla, Oczonoba y Béjar.
Y había pocas esperanzas de que cambiara este
estado de cosas. Los Berberiscos se habían apresurado a gozar las riquezas
adquiridas en el saqueo de la capital y de muchas otras ciudades, y el mismo
Solimán, aunque forzado a hacer la guerra durante cuatro años, no era belicoso
en manera alguna. Por un raro contraste, este jefe de las hordas feroces que
habitan devastado todo el imperio, era un hombre recto, dulce y generoso. Amaba
las letras, hacía buenos versos, y tenía en el amor una ternura, una sumisión y
una galantería enteramente caballerescas. Todo lo que deseaba era contribuir en
todo lo que estuviera de su parte, a que siguiera un poco de calma a la
tempestad. Pero desgraciadamente para él, las crueldades de sus tropas, de que
había sido testigo sin poderlas impedir, (pues que no las mandaba sino a
condición de ejecutar lo que ellas querían) lo habían hecho sumamente
impopular. Para los Andaluces era un hombre sin fe ni ley; un impío, un
descreído, un usurpador que había sido colocado en el trono por los
Berberiscos, y los cristianos del Norte, es decir, por dos pueblos a quienes
odiaban; y cuando tuvo la imprudencia de enviar a las diferentes ciudades
cartas en que les decía que las trataría como había tratado a Córdoba si se
negaban a reconocerlo, se elevó contra él un concierto de maldiciones. «Que
Dios no tenga piedad de vuestro Solimán, pues que ha hecho todo lo contrario de
aquel de que habla la Escritura. El uno encadenaba a los demonios, el otro los
ha soltado, y se han repartido en su nombre por nuestro país, para saquear
nuestras casas y para asesinarnos.» «He jurado, añadía, hundir mi espada en el
pecho de los tiranos, y devolver a la religión el esplendor perdido. ¡Qué
extraño espectáculo! ¡He aquí a un descendiente de Abd-Chams que se ha hecho
Berberisco, y que ha sido coronado a despecho de la nobleza! ¡Pues bien! puesto
que puedo elegir, no quiero obedecer a monstruos. Me entrego a la decisión de
la espada: si sucumben, la vida tendrá nuevos encantos para mí, y si quiere el
destino que yo sea el que perezca, tendré al menos la satisfacción de no ser
testigo de sus maldades»
Tal era la opinión de los Andaluces, y
también la de los Eslavos, que en las oraciones públicas continuaban nombrando
a Hixem II, aunque Solimán les hubiere suplicado alguna vez que le sustituyeran
el suyo, asegurándoles que se contentaría con esta especie de homenaje, sin
exigirles más. Y, sin embargo, no estaban seguros de que Hixem viniera todavía.
Acerca de la suerte de este monarca corrían los rumores más contradictorios.
Unos decían que Solimán lo había hecho matar, otros que lo habían encerrado en
un calabozo de palacio. Esta última aserción era la que tenía más crédito,
porque cuando un usurpador hacía morir a aquel a quien arrebataba el trono,
acostumbraba de ordinario a enseñar su cadáver al pueblo y Solimán no había
enseñado el de Hixem a nadie. Los Eslavos continuaban pues combatiendo en
nombre de este soberano. El más poderoso de ellos, era Khairan. Cliente de
Almanzor que lo había nombrado gobernador de Almería, emprendió la fuga cuando
los Berberiscos entraron en Córdoba, pero perseguido por ellos, tuvo que
aceptar el combate. Abandonado de sus tropas que huyeron y acribillado de
heridas, quedó por muerto en el campo de batalla; pero habiendo recobrado
bastantes fuerzas para poder andar, volvió a Córdoba donde un amigo que tenía
entre los vencedores le dio hospitalidad y lo proveyó de dinero después de su
curación, de modo que Khairan pudo volverse al Este. Entonces muchos Eslavos
andaluces vinieron a alistarse en sus banderas y después de un sitio de veinte
días se apoderó de Almería. Encontró además un poderoso aliado en uno de los
generales de Solimán.
Este general se llamaba Alí-ibn-Hammud,
Descendía del yerno del Profeta, pero como su familia bacía dos siglos que se
había establecido en África, se había berberizado, de modo que, él mismo
hablaba el árabe bastante mal. Gobernador de Ceuta y de Tánger, mientras que
Casim, su hermano mayor, lo era de Algeciras, era casi independiente en su
provincia; su ambición no estaba satisfecha, pues era tal que solo podía
contentarse con el trono. Para alcanzarlo no había más medio que aliarse con
los Eslavos y para esto se dirigió a Khairan. Para ganárselo inventó un cuento
muy singular. Pretendía que Hixem II había leído en un libro de profecías que
después de la caída de los Omeyas, reinaría en España un Alida, cuyo nombre
había de comenzar con la letra «ain» y añadía: «Hixem oyó pues, hablar de mí
después de la toma de Córdoba y desde su prisión me envió uno que me
dijera:—“Tengo el presentimiento de que el usurpador ha de quitarme la vida, os
nombro mi sucesor y os dejo el encargo de vengarme”. Muy contento por tener tal
auxiliar y persuadido de que Hixem vivía todavía, aceptó Khairan esta versión
sin discutirla y como le prometía Alí, que si volvía a encontrarse a Hixem
sería puesto de nuevo en el trono, se comprometió por su parte a reconocer a
Alí en el caso en que se probara que Hixem había muerto.
Convenidas estas condiciones, Alí atravesó el
Estrecho y rogó a Amir-ibn-Fotuh, gobernador de Málaga que le entregara la
ciudad. Cliente de un cliente Omeya y por consiguiente muy inclinado a hacer
causa común con los Eslavos, Amir tenía, además, agravios personales que vengar
contra los Berberiscos porque uno de sus jeques le había quitado la ciudad de
Ronda. Consintió pues en la demanda de Alí, el cual se dirigió enseguida a
Almuñécar, donde se unió con Khairan y juntos marcharon a Córdoba.
Alí, no contaba solo con los Eslavos, sino
también con gran parte de los Berberiscos. En general estos hacían poco caso de
Solimán. Lo habían proclamado Califa porque por de pronto necesitaban de un
pretendiente y habían encontrado a este por casualidad, pero como á su entender
era demasiado blando y no poseía talentos militares, únicos que ellos podían
apreciar, lo despreciaban. Alí por el contrario les inspiraba respeto por su
bravura y lo miraban como su compatriota. Juntóse a esto que Zawi, el más poderoso
de sus jeques que era entonces gobernador de Granada y el que había colocado a
Solimán en el trono, profesaba a los Omeyas un odio inveterado, porque la
cabeza de su padre Zirí que había perecido en África en un combate que dio a
los partidarios de aquella dinastía, había sido clavada en los muros del
alcázar de Córdoba, donde estuvo hasta que él y los suyos tomaron y saquearon
la capital. Este era un insulto que jamás había perdonado a los Omeyas. Así que
se declaró por Alí desde que este hubo levantado el estandarte de la rebelión.
Su ejemplo influyó mucho en la conducta de los demás Berberiscos. Los que
Solimán envió contra su competidor se dejaron vencer. «Emir, le dijo entonces
un general berberisco, si queréis conseguir la victoria es preciso que os
pongáis a nuestra cabeza.» Consintió, pero cuando llegaron cerca del campo
enemigo cogieron su mula de la brida y lo entregaron a sus adversarios.
El Domingo 1° de Julio del año 1016, Alí y
sus aliados, hicieron su entrada en la capital. El primer cuidado de Khairan y
de los otros eslavos, fue el de encontrar a Hixem II, pero con gran
satisfacción de Alí, sus pesquisas fueron inútiles. Alí preguntó entonces a
Solimán, en presencia de los visires y de los ministros de la religión, qué
había sido de Hixem. «Ha muerto,» respondió Solimán sin dar a lo que parece más
detalles. «En este caso, replicó Alí, dime donde está su sepulcro.» Solimán le
indicó uno, y cuando lo abrieron desenterraron un cadáver que Alí enseñó á un
criado de Hixem, preguntándole si era el de su amo. Este criado, que, a lo que
se asegura, sabía que Hixem vivía aun, pero que había sido intimidado por Alí,
hizo notar como prueba, un cliente negro, asegurando que Hixem había tenido uno
igual. Su testimonio fue confirmado por otras personas que, o querían
insinuarse en el favor de Alí, o que temían desagradarle, de modo que los
Eslavos se vieron obligados á admitir que el soberano legitimo había muerto, y
s reconocer a Alí por sucesor. Por lo que toca s Solimán, Alí dio la orden de
matarlo, lo mismo que a su hermano y a su padre; pero cuando llevaban a este
último al suplicio, le dijo Alí:
—Vosotros habéis dado muerte a Hixem, ¿no es
así?
—No, le respondió este piadoso septuagenario,
que absorto en sus ejercicios espirituales no había tomado ninguna parte en los
acontecimientos políticos; tan cierto como Dios me oye, no hemos matado a
Hixem. Vive todavía.
Sin dejarle tiempo de decir más, Alí que
temía que hiciera acaso revelaciones peligrosas, hizo señal al verdugo de
cortarle la cabeza. Después hizo enterrar de nuevo y con todos los honores
reales, el cadáver que pasaba por ser el de Hixem II.
¿Había muerto en efecto este monarca? El
espíritu de partido ha echado un velo espeso y casi impenetrable sobre esta
cuestión. Cierto es que Hixem no volvió a aparecer, y que el personaje que más
adelante se presentó como tal, era un impostor. Por otra parte, nunca se ha
probado suficientemente ni que Hixem fuera muerto por Solimán, ni de muerte
natural en el reinado de este príncipe, y los clientes omeyas que le habían
conocido afirman que el cadáver desenterrado por orden de Alí no era el suyo.
Verdad es, que el mismo Solimán declaró en presencia de los hombres más
considerados de Córdoba, que Hixem había cesado de existir, pero su testimonio
nos parece sospechoso, y puede que Alí le hubiera prometido que si hacía esta
declaración le dejaría la vida. Además, Solimán no era sanguinario, y no es de
presumir que hubiera cometido un crimen ante el que había retrocedido hasta el
feroz Mahdi. Debe notarse también que, si Hixem hubiera muerto en su reinado,
hubiera enseñado a los Cordobeses el cadáver de este monarca, como lo exigía la
costumbre y su propio interés. Pretenden los clientes omeyas que menospreciaba
demasiado a los Cordobeses para hacerlo, pero olvidan que no menospreciaba a
los Eslavos, que hacía todos los esfuerzos posibles para que lo reconocieran, y
el mejor medio para conseguirlos hubiera sido convencerlos de la muerte de
Hixem. Tenemos, en fin, el testimonio del anciano padre de Solimán, que, a
pesar de la afirmación contraria de su hijo, tomaba a Dios por testigo de que
Hixem vivía todavía. ¿Mentiría este piadoso anciano en el momento de ir a
comparecer ante el tribunal supremo? No lo creemos.
Todas estas razones nos inclinan a que hay algo
de verdad en los relatos de las mujeres y de los eunucos del serrallo. Estos
decían que Hixem había conseguido evadirse de palacio en el reinado de Solimán,
y que después de haber estado escondido en Córdoba, donde se había ganado la
vida como un jornalero, se había ido al Asia. ¿Había favorecido Solimán su
evasión, después de haberle hecho jurar que no le inquietaría? ¿Quedó en
relaciones con él, y sabía dónde estaba? Cuestiones son estas que sugieren las
palabras del padre de Solimán, a las que no podemos dar respuesta positiva. Sin
embargo, no nos parece improbable que Hixem, cansado de ver servir su nombre de
grito de guerra a ambiciosos que no lo dejaban ni una sombra de poder, fuera a
ocultarse en un oscuro rincón de Asia, y que terminara allí desconocido y
sosegado, una vida llena de tormentos y de dolores.
Sea de esto lo que quiera, Alí reinaba ahora,
y parecía que una era más feliz iba a comenzar. Aunque medio berberisco, el
fundador de la dinastía Hammudita, se declaró desde luego por los Andaluces.
Prestaba atento oído a los cantos de sus poetas que apenas comprendía, daba
audiencia a todos los que querían hablarle, y se oponía con la mayor firmeza a
las extorsiones de los Berberiscos. Castigaba con inexorable rigor los menores
delitos contra la propiedad. Un día, por ejemplo, encontró a uno que llevaba una
cesta llena de racimos sobre la silla. Le detuvo y le preguntó quién le había
dado aquella fruta. Un poco aturdido con la pregunta, el jinete le respondió de
buenas a primeras: «La encontré a mi disposición y la he cogido.» Pagó su
latrocinio con la cabeza. Alí meditaba una gran medida: quería devolver a los
Cordobeses lo que los Berberiscos le habían quitado durante la guerra civil.
Desgraciadamente para los habitantes de la capital, la ambición de Khairan lo
obligó a cambiar de repente de conducta.
Al principio Khairan le sirvió con celo. En
su provincia hizo detener y castigar a los que intrigaban en favor de los
Omeyas y si hubiera persistido en sostener la causa de Alí, no hubiera
tardado en renacer la calma. Pero aspiraba a representar el papel de Almanzor y
como conocía que Alí no era hombre para contenerse con el de Hixem II, concibió
el proyecto de restablecer la antigua dinastía, salvo sin embargo reinar en su
nombre. Buscó pues, un pretendiente y por el mes de marzo de 1017 lo encontró
en la persona de un biznieto de Abderramán II que tenía el mismo nombre que su
bisabuelo y que habitaba en Valencia. Muchos Andaluces le prometieron su apoyo,
de cuyo número fue Mondhir, gobernador de Zaragoza, de la familia de los
Beni-Hachim, que marchó en efecto al Mediodía acompañado de su aliado Raimundo,
conde de Barcelona. Vendido así, por el partido que favorecía y conociendo que
el pueblo de la capital deseaba también el restablecimiento de los Omeyas, Alí
se creyó obligado a tratar con rigor a los que había protegido hasta entonces y
a echarse en brazos de los Berberiscos a quienes había perseguido. Les dejó,
pues, de nuevo en libertad de tratar Córdoba como país conquistado y él mismo
les dio ejemplo. Para procurarse dinero, impuso contribuciones extraordinarias
y haciendo detener a gran número de notables, entre los que se contaba
Ibn-Djahwar, uno de los miembros más considerados del consejo de Estado, no los
puso en libertad hasta que les sacó sumas enormes. A la injusticia juntó el
ultraje, porque cuando estos notables salieron de la prisión y sus criados les
trajeron sus cabalgaduras, dijo: «Ellos pueden muy bien volver a su casa a pie,
que se lleven esas bestias a mis caballerizas.» Ni siquiera fueron respetados
los bienes de las mezquitas que provenían de legados piadosos. Valiéndose para
ello de la mediación de un faquí de alma vil, que se llamaba Ibn-al-Djauhar,
Alí obligó a los guardadores a entregárselos. Un terror sombrío reinaba en
Córdoba. La ciudad era un hormiguero de agentes de policía, de espías y de
delatores. No había justicia. Mientras que Alí había protegido a los Andaluces,
los jueces habían mostrado por ellos gran parcialidad, pero era tanta su
complacencia para con el poder que ahora no hacían ningún caso de las quejas
que se les dirigían contra los Berberiscos por justas que fueran. Muchas otras
personas se habían vendido igualmente al monarca. «La mitad de los vecinos,
dice un historiador contemporáneo, vigilaba a la otra mitad.» Las calles
estaban desiertas, apenas pasaban por ellas más que infelices tenidos por
sospechosos que llevaban a la cárcel; los que no habían sido presos, se
ocultaban en subterráneos y esperaban la noche, para comprar la despensa. En su
odio contra los Andaluces, Alí llegó a jurar destruir Córdoba después de echar
o de exterminar a sus habitantes. La muerte le dispensó de cumplir su
juramento. Por el mes de Noviembre de 1017, había Ido hasta Guadix a combatir a
los insurrectos, pero las lluvias le habían obligado a volverse atrás. Se
estaba ya en abril de 1018 y como había sabido que los aliados habían avanzado
hasta Jaén, anunció una gran revista para el 17, terminada la cual saldría de
campaña, pero en vano lo esperaron los soldados el día prefijado y cuando los
oficiales fueron a palacio, para informarse de la causa de su ausencia, se lo
encontraron asesinado en el baño.
Este crimen había sido cometido por tres
eslavos de palacio que habían estado antes al servicio de los Omeyas. No tenían
ninguna queja personal contra el monarca, pues gozaban de su favor y confianza,
y no parece tampoco que fueran seducidos por Khairan o por los Cordobeses. Por
lo menos, cuando más adelante fueron presos y condenados al último suplicio,
ellos negaron constantemente que su proyecto les hubiera sido sugerido por
nadie. Todo inclina, pues a creer que cuando resolvieron matar a su amo, querían
librar al país de un déspota cuya tiranía se había hecho insoportable.
Sea de ello lo que quiera, la muerte de Alí
causó gran alegría en la capital. Sin embargo, no tuvo por consecuencia la
caída de los Hammuditas. Alí había dejado dos hijos, de los que el mayor que se
llamaba Yahya, era gobernador de Ceuta y también un hermano, Casim, que era
gobernador de Sevilla. Algunos Berberiscos querían dar el trono a Yahya, pero
otros les hicieron observar que era mejor dárselo a Casim, que estaba más
cerca. Prevaleció su opinión y seis días después de la muerte de su hermano,
Casim hizo su entrada en la capital, donde se le prestó juramento.
Por su parte Khairan y Mondhir habían
convocado para el 30 de abril a todos los jeques con quienes creían poder
contar. La reunión, que fue numerosa, y de la que formaban parte muchos
eclesiásticos, resolvió que el califato fuera electivo y ratificó la elección
de Abderramán IV, que tomó el título de Mortadha. Hecho esto, marcharon contra
Granada. Cuando llegó frente a esta ciudad, Mortadha
escribió a Zawí en términos muy políticos intimándole que
lo reconociera por Califa. Pero Zawí, habiendo escuchado la lectura de esta
carta, mandó a su secretario que escribiera sobre el reverso la sura 109 del
Corán, concebida en estos términos:
«¡Oh infieles! Yo no adoraré lo que adoráis y
vosotros no adorareis lo que yo adoro; yo no adoro lo que vosotros adoráis y
vosotros no adoráis lo que yo adoro. Vosotros tenéis vuestra religión y yo la
mía.»
Cuando hubo recibido esta respuesta Mortadha,
dirigió a Zawí una segunda carta llena de amenazas en que decía entre otras
cosas: «Marcho contra tí, acompañado de una multitud de cristianos y de lodos
los bravos de Andalucía. ¿Qué has de hacer?» Y terminaba con estos versos:
Si estáis con nosotros vuestra suerte será
feliz, pero si estáis contra nosotros será deplorable.
Zawí respondió citando la sura 102, concebida
así:
«El deseo de aumentar el número de los
vuestros os preocupa y visitáis hasta los cementerios para contar los muertos;
dejad de hacerlo, más tarde conoceréis vuestra locura. Por última vez dejad de
hacerlo, más tarde conoceréis vuestra locura. Dejad de hacerlo, si tuvieras la
verdadera sabiduría no obraríais así. Ciertamente que habéis de ver el
infierno; por última vez, lo habéis de ver con vuestros propios ojos. Entonces
se os pedirá cuenta de los placeres de este mundo.»
Exasperado con esta respuesta Mortadha,
resolvió tentar la suerte de las armas.
Sin embargo, Khairan y Mondhir se habían
apercibido de que este Califa no era el que les hacía falta, ellos se
preocupaban muy poco de los derechos de la familia Onmiada y si combatían por
un Omeya era a condición de que se dejara gobernar por ellos. Mortadha era
demasiado altivo para resignarse a semejante papel, no se contentaba con una
sombra de autoridad y en lugar de conformarse a la voluntad de sus generales
quería imponerles la suya. Estos resolvieron hacerle traición y habían
prometido a Zawí que lo abandonarían una vez empeñado el combate.
No lo hicieron, y se batieron durante muchos
días consecutivos. Al fin Zawí pidió a Khairan que cumpliera su promesa. «Hemos
tardado en hacerlo, le respondió éste, a fin de daros idea de nuestra fuerza y
de nuestro valor, y si Mortadha hubiera sabido conquistarnos ya la victoria
estaría declarada por él. Pero mañana, cuando presentéis vuestras tropas en
batalla, le abandonaremos.»
Á la mañana siguiente, Khairan y Mondhir
volvieron, en efecto la espalda al enemigo. No todos sus oficiales aprobaron su
conducta, antes, por el contrario, muchos estaban grandemente indignados. De
estos eran Soloman-Ibn-Hud, que mandaba las tropas cristianas en el ejército de
Mondhir, y que, sin dejarse arrastrar por los fugitivos, presentó sus tropas en
batalla. Pasando cerca de él, le gritó Mondhir: «¡Sálvate miserable! ¿Crees que
tengo tiempo de esperarte?»
—¡Ah!, exclamó entonces Solimán, tú nos has
traído una horrible desgracia y cubres a tu partido de ignominia.
Pero convencido, sin embargo, de la
imposibilidad de resistir, siguió a su señor.
Abandonado por la mayor parte de los
soldados, Mortadha se defendió con el valor de la desesperación, y poco faltó
para que cayera en manos de sus enemigos. Escapó, sin embargo, y ya había
llegado a Guadix, fuera de los límites del territorio granadino, cuando fue
asesinado por emisarios de Khairan.
Khairan expió con la ruina de su propio
partido su cobarde e infame traición: los Eslavos no volvieron a encontrarse en
estado de reunir un ejército, y sus enemigos los Berberiscos fueron desde
entonces los dueños de Andalucía. Córdoba, sin embargo, hubiera podido ser
todavía feliz tanto por lo menos como puede serlo un pueblo que es dominado por
otro pueblo. El régimen militar había casi concluido, y un gobierno menos
arbitrario y duro, tendía a consolidarse. Casim amaba la paz y el reposo, y no
agravaba las desdichas de los Cordobeses con nuevas opresiones. Queriendo hacer
olvidar las antiguas diferencias, hizo venir a Khairan, se reconcilió con él y
dio a Zohair, señor de Murcia, otro eslavo, los feudos de Jaén de Calatrava y
de Baeza. Su ortodoxia era un poco sospechosa; se le creía afiliado a las
doctrinas chiitas; sin embargo, cualesquiera que fueran sus opiniones, no solo
no se las impuso a nadie, sino que ni siquiera hablaba de ellas, y nada cambió
en lo respectivo a la Iglesia. Gracias a su moderación, la dinastía Hammudita
tenía esperanzas de estabilidad. Verdad es que el pueblo de la capital no la
quería, pero a la larga se hubiera probablemente consolado de la pérdida de sus
antiguos señores, si circunstancias independientes de su voluntad no hubieran
hecho renacer casi ya muertas esperanzas.
Desconfiando de los Berberiscos, Casim buscó
su apoyo en otra parte. Los Berberiscos tenían a su servicio muchos esclavos
negros. Casim se los compró, formó con ellos regimientos y confió a sus jefes
los empleos más importantes. Con esto irrito a los Berberiscos y su sobrino
Yahya supo aprovechar su descontento. Les escribió una carta en que les decía
entre otras cosas: «Mi tío me ha privado de mí herencia y con vosotros ha
cometido una gran sin razón dando a vuestros esclavos negros los empleos que os
pertenecen. Pues bien, si queréis darme el trono de mi padre, yo me comprometo
a mi vez a devolveros vuestras dignidades y a poner de nuevo a los negros en el
que les corresponde.» Como era fácil prever los Berberiscos le prometieron su
apoyo.
Yahya pasó pues, el Estrecho con sus tropas y
desembarcó en Málaga, donde su hermano Idris, que hacía casa común con él, era
gobernador. Allí recibió una carta de Khairan, que, pronto siempre a sostener a
todo nuevo pretendiente, a reserva de volverse contra él cuando triunfaba, le
recordaba lo que había hecho por su padre y le ofrecía sus servicios. Idris le
aconsejó que no aceptara esta oferta. Khairan, le dijo, es un hombre pérfido y
quiere engañaros.
—Así lo creo, respondió Yahya, pero dejémonos
engañar, puesto que no perdemos nada en ello, y escribió al señor de Almería
para decirle que aceptaba sus servicios, hecho lo cual, se preparó a marchar
sobre Córdoba.
Su tío juzgó prudente no esperarlo. En la
noche del 11 al 12 de agosto de 1021, huyó a Sevilla acompañado solo de cinco
caballeros y al mes su sobrino hizo su entrada en la capital. Su reinado fue de
corta duración. Los negros no tardaron en unirse a Casim, muchos capitanes
andaluces siguieron su ejemplo, y en fin, Yahya se vio abandonado por gran
parte de los Berberiscos a quienes indignaba su orgullo. Su posición llegó a
ser tan peligrosa que a cada instante temía ser preso en su propia casa.
Resolvió ponerse en seguridad y dejando a Córdoba entregada a su suerte salió
de noche para Málaga. Casim volvió entonces y el 12 de febrero de 1023 fue
proclamado Califa por segunda vez, pero su poder no descansaba sobre ninguna
base sólida y disminuía cada vez más. En Africa Idris, que era entonces
gobernador de Ceuta, le quitó la ciudad de Tánger que había hecho fortificar
con esmero y á donde esperaba retirarse en caso de que no pudiera mantenerse de
este lado del Estrecho, y en España, Yahya le quitó Algeciras donde estaban su
esposa y sus tesoros. En la misma capital no podía contar más que con los
negros. Envalentonados por este estado de cosas, los Cordobeses que habían
visto con frialdad la lucha entre el tío y el sobrino, comenzaron a removerse.
La idea de liberarse del yugo de los Berberiscos latía en el fondo de todos los
pechos y se esparció el rumor de que no tardaría en presentarse un miembro de
la familia de Omeya a posesionarse del trono. Casim se alarmó con esto y, como
ningún Omeya hubiera sido designado, dio orden de prender a todos los que se
encontraran. Ellos se ocultaron entonces ya entre gente baja ya en las
provincias; pero las medidas de Casim no impidieron que estallara la
revolución.
Puestos en la última extremidad por las
vejaciones de los Berberiscos, los Cordobeses tomaron las armas el 31 de Julio
de 1023. Después de un combate encarnizado, ambos partidos concluyeron una
especie de paz o más bien de tregua, prometiendo respetarse mutuamente. Esta
tregua fue de corta duración, aunque Casim trató de prolongarla por una
condescendencia simulada con el pueblo. El viernes 6 de Setiembre después de
los oficios divinos el grito de: ¡A las armas! ¡A las armas!, se oyó por todas
partes y los Cordobeses arrojaron a Casim y a sus Berberiscos, si no de los
arrabales, al menos de la ciudad. Casim se estableció al Oeste y asedió a los
Cordobeses durante más de cincuenta días. Estos se defendieron con gran
tenacidad, pero cuando comenzaron a carecer de víveres, pidieron permiso a los
sitiadores para salir de la ciudad con sus mujeres y con sus hijos. Esta
proposición fue denegada y entonces tomaron los Cordobeses una resolución que
solo la desesperación pudo dictarles. Demoliendo una puerta salieron todos de
la ciudad el jueves 31 de octubre y cayeron con tanta furia sobre sus enemigos
que estos huyeron en el mayor desorden. Los capitanes se retiraron a sus
feudos, el mismo Casim esperaba encontrar un refugio en Sevilla, pero esta
animada con el ejemplo de Córdoba, le cerró las puertas y se constituyó en
República. Se metió entonces en Jerez, pero Yahya, vino a sitiarlo y lo obligó
a rendirse. Entonces concluyó el papel que había desempeñado en la escena
política. Yahya que lo había llevado a Málaga cargado de cadenas, había jurado
matarlo, pero sus escrúpulos le impidieron por mucho tiempo cumplir su
juramento. Se figuraba ver a su padre en sueños, que le decía: «No mates a mi
hermano, yo te lo ruego. Cuando yo era niño me hizo mucho bien y, aunque era
mayor que yo, no me ha disputado el trono.» Sin embargo, algunas veces, cuando
estaba borracho, quería matarlo, pero siempre cedía a los consejos de sus
convidados que le hacían presente, que estando preso Casim no podía
perjudicarle. Casim permaneció pues, encerrado durante trece años en un
castillo de la provincia de Málaga, pero en el año 1037, Yahya oyó decir que
había tratado de ganar la guarnición y de inducirla a la rebeldía. «¡Qué!
exclamó entonces ¿todavía este viejo tiene ambición? En este caso es preciso
acabar con él», y dio la orden de estrangularlo.
Habiendo recobrado los Cordobeses su
independencia, resolvieron, no tumultuariamente sino con orden y con
regularidad, volver a colocar a los Omeyas en el trono. En noviembre de 1023
quedaron constituidas las juntas y comenzaron las deliberaciones. Los visires
resolvieron proponer a la elección de sus conciudadanos tres personas, a saber:
Solimán, hijo de Abderramán IV, Mortadha; Abderramán, hermano de Mahdi, y
Mohamed ibn-al-Iraki. Estaban tan convencidos de que Solimán cuyo nombre habían
puesto a la cabeza de la lista, obtendría mayoría de votos que, el secretario
de Estado Ahmed-ibn-Bord, había hecho ya redactar el acta de investidura a
nombre de este candidato.
Su influencia menor de lo que se imaginaban y
se habían equivocado grandemente figurándose que el partido del segundo
candidato no era de temer. Este Abderramán, joven de veintidós años que había
sido desterrado por los Hammuditas, había vuelto secretamente a la capital poco
antes. Testigo de la rebelión de los Cordobeses contra los Berberiscos, trató
en esta ocasión de formarse un partido y de proclamarse Califa. Este proyecto
se había frustrado. Los visires que dirigían la insurrección y que no lo querían,
habían hecho meter a sus emisarios en la cárcel donde estaban todavía, cuando
tuvo lugar la elección y hasta habían tratado de arrestar al mismo Abderramán.
Sin embargo, cuando formaron la lista de candidatos, creyeron que debían
colocarlo en ella, temiendo si no lo hacían, descontentar a algunos de sus
conciudadanos, pero tan lejos estaban de pensar que este príncipe había de ser
para Solimán un temible competidor que lo colocaban poco más o menos en la
misma línea que a Mohamed ibn-al-Iraki, que no gozaba de ninguna popularidad.
Creyéndose, pues, seguros del triunfo, los
visires invitaron a los nobles, a los soldados y al pueblo, a reunirse en la
Mezquita mayor el 1° de Diciembre, a fin de elegir Califa. En el día prefijado,
el primero que se presentó fue Solimán acompañado del visir Abdallah
ibn-Mokhamis. Iba vestido con magnificencia y rebozaba en su semblante la
alegría, porque estaba convencido de que en él iba a recaer la elección del
pueblo. Sus amigos le salieron al encuentro, y le rogaron que se sentara en un
estrado muy elevado, que estaba preparado para él. Algún tiempo después,
Abderramán entró en la Mezquita por otra puerta. Venía rodeado de muchos
obreros y soldados, y en cuanto aquella multitud pasó el umbral de la puerta,
le proclamó Califa, en medio de atronadoras aclamaciones. Los visires, que no
esperaban semejante cosa, quedaron sumidos en un estupor que los dejó mudos,
aparte de que hubiera sido imposible hacerse oír en aquel tumulto. Se
resignaron pues, a aceptar Abderramán como Califa, y Solimán más asombrado y turbado
todavía que ellos tuvo que darles ejemplo. Lo arrastraron ante Abderramán, a
quien besó la mano, y que lo hizo sentar a su lado. El tercer candidato,
Mohamed-ibn-al Iraki, prestó también juramento, y entonces el Secretario de
Estado borró con un raspador el nombre de Solimán del acta de Investidura, y
sustituyó el de Abderramán V, que tomó el título de Mostadhir.
CAPÍTULO 27. LIBRO TERCERO . EL CALIFATOABDERRAMÁN
V. MOHAMED II. HIXEM III.
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