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CAPITULO 26LIBRO TERCERO . EL CALIFATO.ALMANZOR
CAPITULO XXV
ALMANZOR
IX
En el mismo día en que Mozhafí había sido
destituido y arrestado, Ibn-Abí-Amir fue promovido a la dignidad de hadjib.
En adelante, partía pues, con su suegro la autoridad soberana, y su poder era
tan grande que debía parecer temerario resistirle. Sin embargo, se atrevieron.
El partido que quiso dar la corona a otro que al joven hijo de Haquem II, y
cuya alma era el eunuco Djauhar, existía aun; demasiado lo atestiguan los
versos satíricos que se cantaban por las calles de Córdoba, a despecho de la
policía. Ibn-Abí-Amir no toleraba la menor alusión a las relaciones, acaso
demasiado estrechas que había entre él y la Sultana, y llegó a condenar a
muerte a una cantadora a quien su dueño que quería venderla al ministro, había
enseñado un canto de Amor acerca de Aurora; y sin embargo, se cantaban por las
calles versos tales como estos:
“Este es el fin del mundo, porque pasan las
peores cosas. El Califa está en la escuela, y su madre preñada de sus dos
amantes.”
Mientras que se limitaron a hacer coplas a la
corte, no era muy grande el peligro, pero Djauhar se atrevió a más. De
concierto con el Presidente del tribunal de alzada, Abdelmelic ibn-Mondhir,
urdió una conspiración, cuyo objeto era asesinar al joven Califa y colocar en
el trono a otro nieto de Abderramán III, a saber, Abderramán Ibn-Obaidallah.
Una multitud de cadíes, de faquíes y de literatos, entre los que se hacía notar
el ingenioso poeta Ramadí, estaban complicados en esta conspiración. Ramadí
tenía a Ibn-Abí-Amir un odio mortal. Había sido amigo de Mozhafí, y era del
escaso número de los que le permanecieron fieles, cuando la fortuna le había
vuelto las espaldas. Ardía ahora en deseos de vengarlo, y había compuesto
contra Ibn-Abí-Amir sátiras virulentas.
Los conjurados estaban tanto más seguros del
éxito de su empresa, cuanto que el visir Ziyad ibn-Aflah, que era entonces
prefecto de la capital, estaba en el ajo. Habían convenido con él el día y la
hora en que habían de ejecutar su designio. Djauhar, que no estaba ya en la
corte, pero que, gracias al empleo que había tenido, podía acercarse todavía
fácilmente al soberano, se encargaría de asesinarlo, inmediatamente después de
lo cual sus cómplices proclamarían a Abderramán IV.
En el día prefijado, cuando el prefecto hubo
salido del palacio del Califa para volverse a su casa, que estaba situada al
extremo de la ciudad, llevándose consigo todos sus agentes, Djauhar pidió y
obtuvo una audiencia. Puesto en presencia del Califa trató de darle de
puñaladas, pero un tal Ibn-Aruz que se encontraba en el salón se echó sobre él
antes que hubiera podido realizar su proyecto. Empeñóse una lucha en la que se
desgarraron los vestidos de Djauhar, pero habiendo llamado Ibn-Aruz en su
auxilio a la guardia, esta arrestó al eunuco. Poco después Ziyad-ibn-Aflah que
había oído decir que el complot había fracasado, se presentó en palacio a toda
prisa. Ibn-Aruz le censuró su negligencia, dándole claramente a entender que lo
creía cómplice del crimen que Djauhar había intentado, pero el prefecto se
excusó lo mejor que pudo, protestó de su lealtad al monarca, y queriendo
desmentir con su celo las sospechas que pesaban sobre él, hizo prender
inmediatamente a les sospechosos, mandando conducirlos con Djauhar a la prisión
de Zahra.
Instruyóse enseguida el proceso a los
conspiradores, y la sentencia no se hizo esperar. El presidente del tribunal de
alzada fue declarado culpable del crimen de alta traición, pero sus jueces no
indicaron de una manera precisa la pena que debía sufrir, declarándolo
solamente incurso en los términos de este versículo del Corán: «He aquí cuál
será la recompensa de los que combatan a Dios y a su profeta, y de los que
emplean todas sus fuerzas en producir desórdenes sobre la tierra: los
condenaréis a muerte o les haréis sufrir el suplicio de la cruz: les cortaréis
las manos y los pies alternados; serán arrojados del país.» Como se ve, en este
versículo la enunciación de las penas es muy vaga, así que el tribunal dejó al
Califa la elección de la que debía aplicarse. En aquellas circunstancias,
debía, pues decidir el consejo de Estado, y en esta asamblea, a que pertenecía
Ziyad-ibn-Aflah que se esforzaba por reconquistar el favor de Ibn-Abí-Amir, fue
el primero que opinó porque se aplicara la pena más grave. Prevaleció su
opinión, y Abdelmelic-ibn-Mondhir fue crucificado. El pretendiente Abderramán
fue también condenado a muerte. En cuanto a Djauhar, ignoramos lo que se
decidió respecto a él, pero todo inclina a creer que fue también crucificado.
La suerte de Ramadí, aunque tampoco envidiable, fue menos dura. Ibn-Abí-Amir,
que quería desterrarlo, se dejó ablandar por las súplicas de los amigos del
poeta, pero permitiéndole permanecer en Córdoba, puso a esta gracia una
restricción cruel; hizo proclamar por los heraldos que sería severamente
castigado el que le dirigiera la palabra. Condenado así a un mutismo perpetuo,
el pobre poeta erraba «en adelante como un muerto,» (tal es la expresión de un
autor arábigo) en medio de la multitud que llenaba las calles de la capital.
Esta conspiración había demostrado al
ministro que sus más encarnizados enemigos se encontraban precisamente entre
los que habían estudiado a su lado Bellas letras, Teología y Derecho. ¿Era
envidia? En parte sí; Ibn-Abí-Amir su igual y su condiscípulo en otro tiempo,
se había elevado demasiado para que los faquíes y los hombres de ley no le
tuvieran envidia. Pero no era este el único ni el principal motivo de la
aversión que les inspiraba: lo odiaban sobre todo a causa de las opiniones
religiosas que le atribuían. Si se exceptúan algunos atrevidos pensadores y
algunos poetas descreídos, los hombres educados en la escuela de los profesores
de Córdoba, eran muy adictos al islamismo. Mas Ibn-Abí-Amir, pasaba con razón o
sin ella por musulmán muy tibio. No se le podía censurar el que pregonara ideas
liberales en materia de fe, pero se decía que era aficionado a la Filosofía y
que en secreto cultivaba mucho esta ciencia. Esto era en este tiempo una
acusación terrible. Ibn-Abí-Amir lo conocía. Filósofo o no, era ante todo
hombre de Estado, y queriendo quitar a sus enemigos el arma terrible de que se
servían contra él, resolvió mostrar por un acto notorio de ortodoxia, que era
buen musulmán. Habiendo mandado venir a los ulemas más considerados, tales como
Acili, Ibn-Dhacwan y Zobaidi, los llevó a la gran biblioteca de Haquem II,
donde les dijo, que teniendo el propósito de acabar con los libros que trataban
de Filosofía, de Astronomía y demás ciencias prohibidas por la religión, les
suplicaba que ellos mismos hicieran el apartado. Pusieron enseguida manos a la
obra, y cuando concluyeron la operación, el ministro mandó arrojar los libros
condenados a una gran hoguera, y a fin de demostrar su celo por la fe, quemó
algunos con sus propias manos.
Esto era seguramente un acto de vandalismo.
Ibn-Abí-Amir, era demasiado ilustrado para no juzgarlo así también; pero no por
eso produjo menos buen efecto entre los ulemas y el pueblo bajo, tanto más
cuanto que el ministro se mostró desde entonces el enemigo de los filósofos, la
columna de la religión. Rodeaba a los ulemas de consideraciones y de homenajes,
los colmaba de favores y escuchaba sus piadosas exhortaciones, por largas que
fueran a veces, con una atención y una paciencia de todo punto edificantes.
Hizo más: se puso a copiar el Corán con sus propias manos, y desde entonces,
cuando se ponía en camino, llevaba siempre consigo esta copia.
Habiéndose formado así una reputación de
ortodoxia, que pronto nadie se atrevió a disputarle, tan bien establecida
estaba, dirigió su atención al Califa, que a medida que avanzaba en años, se
hacía más temible para él.
Según el testimonio de su preceptor, Zobaidi,
Hixem II anunciaba en su infancia las más felices disposiciones; aprendía con
asombrosa facilidad todo lo que se le enseñaba, y tenía un juicio más sólido
que la mayor parte de los niños de su tiempo. Pero cuando, muy joven aún, hubo
subido al trono, su madre e Ibn-Abí-Amir se dedicaron a deprimir
sistemáticamente sus facultades. No nos atreveríamos a afirmar que ellos le
hicieran gustar prematuramente los goces del harem, pues si bien la
circunstancia de que Hixem no tuvo nunca hijos, da cierto grado de
verosimilitud a esta sospecha, no se apoya sin embargo en ningún testimonio;
pero lo que sí es cierto es que se esforzaron en oscurecer su inteligencia
sobrecargándolo con ejercicios de devoción, y que trataron de persuadirle de
que si reinaba por sí mismo los negocios le distraerían de la contemplación de
las cosas divinas y le impedirían trabajar en su salvación eterna. Hasta cierto
punto habían conseguido su designio: Hixem hacía buenas obras, leía asiduamente
el Corán, oraba y ayunaba; sin embargo, su inteligencia no estaba
suficientemente cegada para que Ibn-Abí-Amir estuviera completamente tranquilo
acerca de él, y lo que más temía era que más tarde o más temprano otras
personas se apoderaran del ánimo del joven monarca y le abrieran los ojos sobre
su verdadera situación. Mientras que los negocios de Estado se trataran en el
palacio del Califa semejante peligro era de temer; en las idas y venidas de
tantos generales y empleados una simple casualidad podía poner al Califa en
relación con alguno de ellos y por poco ambicioso y diestro que fuera podía
hacer caer al ministro en un cerrar de ojos. Era preciso prevenir este peligro,
y para esto, Ibn-Abí-Amir, resolvió que los negocios de Estado se trataran en
otra parte, a cuyo fin hizo edificar al E. de Córdoba y a orillas del
Guadalquivir una nueva ciudad con un soberbio palacio para sí y otros para los
altos dignatarios. En dos años quedó concluida la ciudad que recibió el nombre
de Zahira, y entonces el ministro hizo trasladar allí las oficinas del
gobierno. No tardó Zahira en albergar una numerosísima población. Las altas
clases sociales dejaron Córdoba y Zahra para acercarse a la fuente de donde
manaban todos favores; afluyeron también los comerciantes, y a poco fue tal la
extensión de Zahara, que sus arrabales tocaban los de Córdoba.
Desde entonces fue fácil vigilar al Califa, y
excluirle de toda participación en los negocios; sin embargo, el ministro no
desdeñó nada para que su aislamiento fuera lo más completo posible. No contento
con rodearlo de guardias y de espías, hizo cercar el palacio califal con un
muro y un foso, y hacía castigar de la manera más severa a cualquiera que osaba
aproximarse. Hixem estaba realmente prisionero: no se le permitía salir de
palacio, no podía pronunciar una palabra ni hacer un movimiento sin que el ministro
no lo supiera inmediatamente, y no sabía de los negocios de Estado más que lo
que este quería decirle. Mientras que tuvo todavía algunos miramientos que
guardar, Ibn-Abí-Amir pretendía que el joven monarca le había abandonado la
dirección de los negocios, a fin de poder entregarse enteramente a sus
ejercicios espirituales; pero cuando ya se creyó seguro, no volvió a cuidarse
más de él, y hasta prohibió pronunciar su nombre.
A todas estas medidas, quiso Ibn-Abí- Aimr
unir otra no menos importante: reorganizar el ejército. Dos motivos le
impulsaban a ello, uno patriótico y otro enteramente personal: quería hacer de
España una de las primeras potencias de Europa, y desembarazarse de su colega
Galib. El ejército, tal como estaba constituido, es decir, compuesto en su
mayoría de árabes españoles, no parecía adecuado para ninguno de los dos
proyectos. La organización militar era sin duda defectuosa. Dejaba demasiado
poder a los jefes de los «djond,» y ponía pocos soldados a disposición del
soberano. Verdad es que este podía servirse no solo de las tropas sacadas de
los «djond» sino también de las de las fronteras, que parecen haber sido las
mejores; sin embargo, la costumbre hacía que estas no fueran llamadas a las
armas sino en caso de necesidad, y no formaban parte del ejército permanente.
En cuanto a este último, era poco numeroso. No contaba más que cinco mil
caballos, aunque la caballería fuera entonces el arma más importante, y la de
que dependía la suerte de las batallas. Además estas tropas dejaban bastante
que desear. El viajero Ibn-Haucal atestigua, por lo menos, que los jinetes
andaluces tenían muy poca gracia, pues que no atreviéndose, o no pudiendo usar
estribos, dejaban caer y flotar las piernas, y añade, que en general, el
ejército español debía la mayor parte de sus triunfos no a la bravura sino a la
astucia. Verdad es que el testimonio de este viajero es algo sospechoso. Como
deseaba que su soberano el Califa fatimita emprendiera la conquista de la
península, acaso denigró demasiado a las tropas del país; algo de verdad hay en
sus críticas, y es incontestable que los árabes enmollecidos por el lujo y por
la dulzura del clima habían ido perdiendo poco a poco su espíritu marcial.
Ibn-Abi-Amir no podía esperar hacer con semejante ejército brillantes
conquistas. Además que no tenía confianza en él en caso de que tuviera que
combatir contra Galib. Y preveía, sin embargo, que la lucha con su colega era
inevitable. Verdad es que este le había servido de mucho para hacer caer a
Mozhafí, pero ya no podía servirle de nada, y lo que es peor, le incomodaba.
Galib no aprobaba siempre las medidas que él juzgaba convenientes, y lo
contrariaba sobre todo respecto a la reclusión del Califa. Cliente de
Abderramán III, y realista ardiente, se afligía y se indignaba viendo al nieto
de su patrono guardado y encerrado como un cautivo, o como un criminal.
Ibn-Abí-Amir, poco amigo de contradicciones, estaba muy decidido a
desembarazarse de su suegro, pero ¿cómo? Galib no era hombre como Mozhafí, que
se pudiera echar abajo por una intriga cortesana: era un general ilustre, que
si llegaba a manifestar que quería sustraer al soberano de la tiranía de su
ministro, tendría de su parte casi todo el ejército, cuyo ídolo era.
Ibn-Abí-Amir no se hacía ilusiones en este punto; conocía que para alcanzar su
objeto, necesitaba de otras tropas, de tropas que le fueran exclusivamente
adictas. En otros términos, tenía necesidad de soldados extranjeros: la Mauritania
y la España cristiana se los suministraron.
Hasta entonces se había ocupado poco de la
Mauritania. Por la estancia que había hecho allí en calidad de Cadí supremo, se
había convencido de que la posesión de aquellas tierras lejanas, y pobres era
para España, más gravosa que útil, y conformándose en esto a la política de
Mozhafí, se había limitado a mantener completa la guarnición de Ceuta. Respecto
a lo demás del país, había confiado su administración a los príncipes
indígenas, cuidando sin embargo de mantenerlos adictos con liberalidades de
toda especie. Desde el punto de vista español, esta política era sin duda buena
y sensata, pero para la Mauritania tuvo funestas consecuencias. Viendo el país
abandonado a sus propias fuerzas, Bologguin, virrey de Ifrikia, lo invadió en
779. Consiguió triunfo sobre triunfo, y arrojando ante sí a los príncipes que
reconocían por señor al Califa omeya, los obligó a refugiarse tras de las
murallas de Ceuta. Los triunfos de Bologguin, lejos de ser obstáculo a los
designios de Ibn-Abí-Amir los favorecían, por el contrario. Los berberiscos
amontonados en Ceuta se encontraban en gran estrechez, y como el vencedor les
había quitado casi todo lo que poseían, no sabían de qué vivir. Esta era para
el ministro español una ocasión excelente de proporcionarse de una vez gran número
de excelentes jinetes, así, que no la dejó escapar. Escribió a los berberiscos,
diciéndoles que, si querían servir en España, podían estar seguros de no
carecer de nada, y de recibir un elevado sueldo. Ellos respondieron en masa a
su llamamiento. Un príncipe del Zab, un tal Djfar, a quien sus aventuras hacía
tiempo que habían hecho famoso, se dejó ganar también por las brillantes
promesas del ministro, y vino a España con un cuerpo de seiscientos caballos.
Los berberiscos no tuvieron por qué arrepentirse de su resolución. Nada pudo
igualar la generosidad de Ibn-Abí-Amir respecto a ellos. «Cuando llegaron a
España estos africanos, dice un historiador arábigo, sus vestidos estaban
llenos de andrajos, y ninguno de ellos tenían más que un mal jamelgo; pero poco
después se los vio caracolear por las calles, vestidos con las más ricas telas
y montados en los más hermosos caballos, mientras que habitaban palacios que no
habían imaginado ni aun ensueños.» Eran muy ávidos, pero, si ellos no dejaban
de pedir, Ibn-Abí-Amir no les dejaba de dar, y era muy sensible al
reconocimiento que le manifestaban. Los protegía con todos y contra todos, y no
permitía que se les ofendiera, ni aun que se burlasen de la jerga que hablaban,
cuando querían expresarse en árabe, porque de ordinario hablaban su lengua
materna, de la que los árabes no entendían una palabra. Un día que pasaba
revista a sus soldados, se le aproximó un oficial berberisco, llamado Wanzemar,
y estropeando el árabe de una manera horrible, le dijo:
—Señor, os suplico que me deis una
habitación, porque tengo que acostarme al raso.
—¿Pues qué, Wanzemar, le respondió el
ministro, no tienes ya la casa grande que te di?
—Señor, vos me habéis echado por las bondades
de que me colmasteis. Me habéis dado tantas tierras que todas las habitaciones
están llenas de grano y no queda sitio para mí. Acaso me diréis que, si me
estorba el grano, no tengo más que tirarlo por la ventana; pero, señor, dignaos
recordar que yo soy un berberisco, es decir, un hombre que antes de ahora, se
ha visto obligado a sufrir la miseria, y que ha estado a veces a punto de morir
de hambre, y ya conocéis que un hombre semejante lo piense dos veces antes de
tirar el grano por la ventana.
—No digo que tú seas un elocuente orador,
replicó el ministro sonriendo, y sin embargo, tu estilo me parece más diserto y
conmovedor que los discursos mejor hechos de mis sabios académicos. Y luego,
dirigiéndose a los andaluces que lo rodeaban y que se ahogaban de risa en tanto
que hablaba el berberisco: «He aquí, les dijo, el verdadero modo de mostrar y
obtener nuevos favores. Este hombre de que os reís, vale más que vosotros,
decidores, no olvida los beneficios que ha recibido y no pretende que se le ha
dado poco como vosotros lo hacéis todos los días.» Y mandó dar enseguida a
Wanzamar un soberbio palacio.
La España cristiana le suministró también
excelentes soldados. Pobres, ávidos y malos patriotas los Leoneses, los
Castellanos y los Navarros se dejaron fácilmente seducir por la buena paga que
el árabe les ofrecía y cuando servían una vez bajo sus banderas, su bondad su
generosidad y el espíritu de justicia que presidía sus decisiones hacían tanto
más querido cuanto que en su patria no estaban acostumbrados a tanta equidad.
Ibn-Abí-Amir tenía para ellos infinitas consideraciones. En su ejército, el
domingo era día de descanso para todos sus soldados, cualquiera que fuese su
religión, y si se suscitaba alguna disputa entre un cristiano y un musulmán,
siempre favorecía al cristiano. No debe pues admirarnos que los cristianos le
fueran tan adictos como los bereberes. Unos y otros creían por decirlo así su
propiedad. Habían renegado y olvidado su patria y la Andalucía no había llegado
a ser para ellos una patria nueva; apenas entendían el idioma. Su patria era el
campamento y aunque pagados por el erario público no estaban al servicio del
Estado, sino al de Ibn-Abí-Amir. A él era a quien debían su fortuna; de él
dependían y de él se dejaban emplear contra cualquiera.
Al mismo tiempo que daba así a los
extranjeros preponderancia en el ejército, cambiaba el hábil ministro la
organización de las tropas españolas, que en otro tiempo constituía su fuerza
frente al gobierno. Desde tiempo inmemorial las tribus con sus divisiones y
subdivisiones formaban los regimientos, las compañías y las escuadras.
Ibn-Abí-Amir abolió esta costumbre e incorporó a los árabes en los diferentes
regimientos sin consideración a la tribu a que pertenecían. Un siglo antes
cuando los árabes estaban todavía animados del espíritu de corporación,
semejante medida que implicaba un cambio radical en la ley de alistamiento y
que quitaba a la nobleza los últimos restos de su poder, hubiera provocado sin
duda violentas murmuraciones y acaso hubiera sido motivo de un levantamiento
general; ahora se ejecutó sin obstáculo; tanto habían cambiado los tiempos. La
antigua división en tribus no quedaba ya más que como recuerdo. Muchos árabes
ignoraban la tribu a que pertenecían y reinaba en este punto una confusión que
desesperaba a los genealogistas. Verdad es, que Haquem II, que amaba y que
admiraba lo pasado, que conocía tan bien, había intentado hacer renacer esta
reminiscencia de otra edad; hizo examinar por sabios las genealogías y quiso
que cada árabe volviera a colocarse en su tribu, pero sus esfuerzos, contrarios
a la sana política, se había estrellado contra el espíritu del siglo que tendía
en todas partes y salvo raras excepciones, a la unidad y a la fusión de razas.
Dando el último golpe a la antigua división en tribus, Ibn-Abí-Amir, no hizo
más que acabar el trabajo de asimilación que Abderramán III, había emprendido y
que el sentimiento nacional aprobaba.
Mientras que así se preparaba para la guerra,
Ibn-Abí-Amir parecía vivir en buena inteligencia con su suegro. Pero este tenía
sobrada penetración para equivocarse sobre el objeto de los grandes cambios que
hacía su yerno en el ejército y estaba decidido a romper con él. Un día que se
encontraban juntos en lo alto de la torre de un castillo fronterizo comenzó a
abrumarlo de recriminaciones. Ibn-Abí-Amir le respondió con no menos vivacidad
y su altercado tomó tal carácter de violencia que Galib furioso le gritó:
«¡Perro! ¡Abrogándote la autoridad suprema lo que tú preparas es la caída de la
dinastía!» Y sacando la espada se precipitó sobre él echando espumarajos de
cólera. Algunos oficiales trataron de contenerle, pero no lo consiguieron más
que a medias; Galib hirió a Ibn-Abí-Amir y este aterrorizado se tiró desde lo
alto de la torre. Afortunadamente para él se quedó enganchado de algún pico y
esto fue lo que lo salvó.
Después de esta escena la guerra era
inevitable, y no tardó en estallar. Galib se declaró campeón de los derechos
del Califa; parte de las tropas siguieron sus banderas y consiguió además la
ayuda de los leoneses. Diéronse muchos combates en los que algunos de los
personajes más notables de la corte perdieron la vida. La última vez que
vinieron a las manos estaba ya a punto de ser derrotado le ejército de
Ibn-Abí-Amir, cuando Galib que cargaba a la cabeza de su caballería tuvo la
desgracia de pegar con la cabeza contra el arzón de la silla. Gravemente herido
cayó enseguida del caballo y no viéndolo sus soldados y sus aliados cristianos
emprendieron la fuga, de modo que Ibn-Abí-Amir consiguió una brillante
victoria. Entre los cadáveres se encontró el de Galib (d.C. 981).
Pero Ibn-Abí-Amir no se contentó con este
tiempo por grande que hubiera sido. Quería al par castigar a los leoneses por
el apoyo que habían prestado a su rival, y mostrar a sus compatriotas que si
había formado un soberbio ejército no era solo por su interés, sino también por
el de su patria, invadió pues el reino de León y le hizo sufrir un tremendo
castigo. Su vanguardia mandada por un príncipe de la familia real, llamado
Abdalah, más conocido con el nombre de «Piedra seca,» tomó y saqueó Zamora
(julio del 981.) Verdad es que los musulmanes no pudieron obligar a que se
rindiera la ciudadela, pero se vengaron talando a sangre y fuego toda la
comarca. Pasaron a cuchillo tres mil cristianos, hicieron otros tantos
prisioneros, y en un solo distrito destruyeron un centenar de lugares o de
aldeas, casi todos bien poblados y llenos de iglesias y de conventos. Ramiro
III que apenas tenía entonces veinte años se alió con Garci-Fernández, conde de
Castilla y con el rey de Navarra. Marcharon juntos los tres príncipes contra
Ibn-Abí-Amir y le presentaron la batalla en Rueda, al S. O. de Simancas, pero
fueron batidos y la importante plaza de Simancas, cayó en poder de los
musulmanes. Estos, hicieron pocos prisioneros, la mayor parte de los habitantes
y de los soldados fueron muertos. Aunque la estación estaba ya muy adelantada,
Ibn-Abí-Amir marchó contra León. Ramiro salió a su encuentro y trató de
detenerlo. La fortuna pareció favorecer su audacia; rechazó a los enemigos y
los obligó a retirarse a su campamento. Pero allí estaba Ibn-Abí-Amir. Sentado
sobre una especie de trono bastante elevado, miraba la batalla y daba sus
órdenes. La fuga de sus soldados le hizo estremecerse de indignación y de ira,
y tirándose de su asiento, se quitó su casco de oro, y se sentó en el suelo.
Sus soldados sabían lo que significaba esto. Su general no lo hacía sino cuando
quería manifestarles su descontento, porque peleaban cobardemente. Así que la
vista de aquella cabeza descubierta les produjo un efecto extraordinario,
avergonzados de su derrota pensaron que era preciso repararla a toda costa, y
dando gritos salvajes se precipitaron sobre el enemigo con tal ímpetu, que le
hicieron volver grupas yéndole tan encima que entraron con él por las puertas
de León, y hubieran tomado la ciudad, si una tormenta de nieve y granizo que
descargó de pronto, no les obligara a suspender el combate. Cuando Ibn-Abí-Amir
volvió a Córdoba (porque la proximidad del invierno le había obligado a
retirarse) tomó uno de esos sobrenombres que hasta entonces no habían sido
llevados sino por los Califas, y por el cual hemos de designarle en adelante,
el de Almanzor. Quiso también que se le tributaran todos los honores reales.
Exigió, por ejemplo, que todo el que llegara a su presencia, sin exceptuar a
los visires ni a los príncipes de la sangre, le besara la mano, como se hacía
con el monarca. Se le obedeció, y era tanto el deseo que había de agradarlo,
que se la besaron también a sus hijos, hasta a aquellos que apenas habían
salido de la cuna.
Parecía pues omnipotente y nadie hubiera
dicho que tenía rival. Él no lo juzgaba así. En su opinión había todavía un
hombre que, si no era peligroso, podía serlo, y este hombre era el general
Djafar, príncipe del Zab. Djafar le había hecho grandes servicios en la guerra
contra Galib, pero el doble brillo de su nacimiento y de su fama, habían
despertado los celos del ministro y de la nobleza de la corte. Almanzor tomó
respecto a él una resolución que echa una mancha indeleble sobre su gloria.
Habiendo dado órdenes secretas a los dos Todjibitas Abul-Ahwaz y Abderramán
ibn-Motarrif, invitó a Djafar a un convite. Djafar aceptó la invitación. La
fiesta fue magnífica y gracias a los vinos generosos estaban ya todos alegres
cuando el escanciador presentó una copa al ministro. «Llévasela, dijo a este,
al que más estimo.» El copero permaneció suspenso, no sabiendo a cuál de
aquellos nobles convidados era al que su señor quería designar. «¡Maldito
copero! exclamó entonces Almanzor, ¡llévasela al visir Djafar!» Este, lisonjeado
con semejante testimonio de estimación se levantó enseguida, y cogiendo la copa
la vació toda de un trago, y olvidando toda etiqueta se puso a bailar. Los
demás convidados, arrastrados por su loca alegría siguieron su ejemplo.
La fiesta se prolongó hasta bien entrada la
noche, y cuando se separaron, Djafar estaba ya completamente ebrio. Volvía a su
casa acompañado solo de algunos pajes, cuando de pronto se vio asaltado por los
soldados de los Todjibitas, y antes que tuviera tiempo de defenderse, había
dejado de existir (22 de enero del 983).
Su cabeza y su mano derecha fueron enviadas
secretamente a Almanzor, que fingió no conocer los autores de este asesinato, y
que manifestó una profunda tristeza.
X
Si el pueblo conoció o sospechó la verdad
respecto a la muerte de Djafar, pronto olvidó este crimen para no ocuparse más
que de las nuevas victorias del ministro. Los asuntos del reino de León, habían
tomado para éste un giro favorabilísimo. Los desastres que experimentó Ramiro
III en la campaña de 981, le fueron fatales. Los grandes no querían ya a un
príncipe que parecía perseguido por la desgracia, y que además lastimaba su
orgullo con sus pretensiones a la autoridad absoluta. Estalló una rebelión en
Galicia. Los nobles de esta provincia resolvieron dar el trono a Bermudo, primo
hermano de Ramiro, y el 15 de octubre de 982 lo consagraron en la iglesia de
Santiago de Compostela. Ramiro marchó al punto contra él, y se dio una batalla
en Portilla de Arenas, fronterizo entre León y Galicia, pero aunque encarnizada
quedó indecisa. En adelante, la fortuna favoreció cada vez más las armas de
Bermudo II, y en marzo del año 984 quitó la ciudad de León a su competidor.
Para no sucumbir por completo, Ramiro, que se había refugiado en las cercanías
de Astorga, se vio obligado a implorar la ayuda de Almanzor, reconociéndose su
vasallo. Poco después murió, (26 de junio del 984). Su madre pretendió reinar
en su lugar apoyándose en los musulmanes; pero pronto se vio privada de sus
auxilios.
Bermudo había comprendido que, si no se
humillaba a pedir lo que había pedido Ramiro, le sería difícil sujetar a los
grandes, que se negaban a reconocerlo. Dirigióse, pues a Almanzor, y las
promesas que le hizo debieron ser mayores que la de su enemigo, puesto que
aquel se declaró por él, poniendo a su disposición un gran ejército de
musulmanes. Gracias a esta ayuda, Bermudo consiguió someter todo el reino a su
autoridad, pero fue desde entonces también un lugarteniente de Almanzor, gran
parte de cuyas tropas permaneció en el país tanto para vigilarlo como para
ayudarlo.
Habiendo hecho así del reino de León una
provincia tributaria resolvió Almanzor volver sus armas contra Cataluña. Como
esta era un feudo del rey de Francia, los Califas la habían respetado hasta
entonces, temiendo que si la atacaban tendrían también que combatir con los
franceses. Pero Almanzor no participaba de estos temores; sabía que Francia era
presa de la monarquía feudal y que los condes catalanes no podían esperar
auxilio alguno por esta parte. Habiendo reunido pues, gran número de tropas
salió de Córdoba el 5 de mayo del 985, llevando consigo unos cuarenta poetas
asalariados para que cantaran sus victorias. Pasando por Elvira, Baza y Lorca,
llegó a Murcia donde fue a vivir en casa de Ibn-Khattab. Este era un simple
particular que no tenía ningún empleo, pero cuyas propiedades eran grandísimas
y sus rentas enormes. Cliente de los Omeyas procedía probablemente de origen
visigodo y acaso descendía de aquel Teodomiro que cuando la conquista, había
hecho con los musulmanes una capitulación tan ventajosa, que él y su hijo
Atanagildo reinaron como príncipes casi independientes en la provincia de
Murcia. Sea de esto lo quiera, Ibn-Khattab era tan generoso como rico. Durante
trece días consecutivos, no solo costeó a Almanzor con su comitiva, sino a todo
el ejército desde los visires hasta el último soldado. Cuidó de que la mesa del
ministro estuviera siempre suntuosamente servida; jamás le presentó por segunda
vez manjares que ya hubiera comido, ni vajilla que ya hubiera usado, y llevó su
prodigalidad hasta ofrecerle un baño preparado con agua de rosas. Por
acostumbrado al lujo que estuviera Almanzor quedó asombrado del que desplegaba
su huésped. No cesaba de elogiarlo y queriendo darle una prueba de su
reconocimiento lo declaró exento de una parte de la contribución territorial,
ordenando además a los magistrados encargados de la administración de la
provincia que le tuvieran las mayores consideraciones y que se conformaran en
todo lo posible a sus deseos.
Dejando Murcia, Almanzor continuó su marcha a
Cataluña y después de haber batido al conde Borrel, llegó el miércoles, primero
de Julio, delante de Barcelona, y el lunes siguiente la tomó por asalto. La
mayor parte de los soldados y de los habitantes fueron pasados a cuchillo, los
demás reducidos a servidumbre; la ciudad, saqueada y quemada.
Apenas de vuelta de esta campaña la vigésimo
tercera que había hecho Almanzor, siempre infatigable y siempre ávido de nuevas
conquistas, fijó su atención en la Mauritania. Durante muchos años había estado
este país en poder de Bologguin, virrey de Ifrikia, pero desde los últimos años
del reinado de este príncipe, y sobre todo después de su muerte (acaecida en
mayo de 984) el partido omeya había comenzado a levantar la cabeza. Muchas
ciudades, tales como Fez y Sidjilmesa, habían sacudido ya el yugo de los Fatimitas,
cuando un príncipe africano que estaba ya casi olvidado, reapareció en la
escena, el Edrisita Ibn-Kennum. En tiempos de Haquem II, Ibn-Kennum, como ya
hemos referido, tuvo que entregarse a Galib, y habiéndolo traído a Córdoba,
permaneció allí hasta que Mozhafí lo envió a Túnez, después de haberle hecho
prometer no volver a la Mauritania. Pero Ibn-Kennum no tenía intención de
cumplir su promesa. Habiéndose presentado en la corte del Califa Fatimita
asedió a este príncipe durante diez años, suplicándole que lo restableciera. Y
habiendo obtenido al fin tropa y dinero, había vuelto a su país natal, y como
había comprado el apoyo de muchos jeques berberiscos, se hallaba ahora en
camino de enseñorearse de él. Esto es lo que quería impedir Almanzor, y para lo
que tomó al efecto las medidas necesarias. Envió a Mauritania gran número de
tropas bajo el mando de su primo hermano Askeledja. La guerra no fue de larga
duración: demasiado débil para resistir a sus enemigos, Ibn-Kennum se entregó
después de haber obtenido de Askeledja la promesa de que sería respetada su
vida, y de que podría habitar en Córdoba como antes.
Semejante promesa hecha a un hombre muy
ambicioso y pérfido era seguramente una imprudencia, y puede preguntarse si
Askeledja estaba autorizado a hacerla. Los cronistas árabes nos dejan en duda
respecto a este particular, pero la conducta de Almanzor nos inclina a creer
que Askeledja había traspasado sus poderes. El ministro declaró que el tratado
era nulo, y haciendo traer a Ibn-Kennum a España, lo hizo decapitar de noche en
el camino que va de Algeciras a Córdoba, (setiembre-octubre del 985).
Aunque Ibn-Khennum hubiera sido un tirano
cruel que tenía el bárbaro placer de precipitar sus prisioneros desde lo alto
de la Roca de las Águilas, el modo con que fue muerto excitó sin embargo en su
favor una simpatía que parece haber sido bastante general. Añádase a esto, que
era un cherif, un descendiente del yerno del profeta. Atentar contra la vida de
un hombre semejante era un sacrilegio a los ojos de las masas ignorantes y
supersticiosas. Aun los rudos soldados, que obedeciendo las órdenes recibidas lo
habían muerto, lo juzgaron así, y una tormenta que sobrevino de pronto y que
los tiró a tierra, les pareció un milagro, un castigo del cielo. Unos decían
que Almanzor había cometido una impiedad, otros, que había hecho una perfidia,
puesto que hubiera debido respetar como suya la palabra dada por su teniente.
Esto se decía en voz alta a pesar del temor que inspiraba el ministro y el
descontento se manifestó de un modo tan palpable, que Almanzor no podía
engañarse sobre la disposición de los ánimos, y comenzó a alarmarse seriamente.
Juzgúese cuál sería su cólera, cuando supo que Askeledja estaba más indignado
que nadie y que hasta delante de sus tropas se había atrevido a llamar pérfido
a su primo. Audacia semejante exigía un castigo ejemplar. Así, que Almanzor se
apresuró a enviar a su primo la orden de venir inmediatamente a España, le
formó causa, y habiéndolo hecho condenar como reo de malversación y de alta
traición lo mandó matar (octubre o noviembre del 985).
Entonces se redoblaron los clamores. Ahora se
compadecían, no solo de la suerte del desgraciado cherif, sino de la de
Askeledja, y se preguntaban, si no había dado Almanzor una nueva prueba de su
atroz política y de su menosprecio de todos los lazos, aun de los de la sangre,
haciendo decapitar a su propio primo. Los parientes de Ibn-Kennum, engañados en
las esperanzas que habían concebido cuando este príncipe parecía estar a punto
de conquistar toda la Mauritania, fomentaban el descontento todo lo que podían.
Instruido de sus manejos, Almanzor los sentenció a todos al destierro. Entonces
dejaron España y la Mauritania, pero Ibrahin-ibn-Edris, uno de ellos, lanzó
todavía antes de partir, un dardo contra el ministro, componiendo un largo
poema que tuvo mucha boga y en el que se encontraban estos versos:
—¡El destierro, he aquí siempre mi triste
suerte! La desgracia me persigue sin cesar; es mi acreedor, el mismo día del
vencimiento se me presenta. Lo que acaba de suceder me llena de estupor,
nuestro infortunio es inmenso y casi imposible de remediar. Apenas puedo creer
a mis ojos y casi estoy tentado do decir que me engaño. ¡Qué, existe todavía la
familia de Omeya, y sin embargo un jorobado gobierna este vasto imperio! ¡He
ahí soldados que marchaban alrededor de un palanquín donde va un mono rojo!
Hijos de Omeya, vosotros que brillabais antes como estrellas en medio de la
noche ¿cómo es que ahora ya no se os ve? Antes erais leones, pero habéis dejado
de serlo y he ahí por qué ese zorro se ha hecho amo del poder.
Zorro o no,—y como se ve, el apodo que antes
encontramos en un verso de Mozhafí, se quedó,—estaba convencido Almanzor de la
necesidad de hacer algo que en la opinión lo rehabilitara. Resolvió por
consiguiente, agrandar la mezquita, que era demasiado pequeña para contener los
habitantes de la capital y los innumerables soldados venidos de África. Debía
comenzarse por expropiar a los dueños de las casas que ocupaban el terreno
sobre que se iba a edificar y esta era una medida que para no hacerse odiosa pedía
mucho tacto y delicadeza, pero Almanzor tenía para estas cosas una admirable
habilidad. Mandaba presentársele a cada propietario (lo que ya era un gran
honor) y le decía: «Amigo mío, tengo el proyecto de agrandar la mezquita, santo
lugar en que dirigimos nuestras oraciones al cielo y quisiera comprar tu casa
en interés de la comunidad musulmana y a costa del tesoro que está bien
provisto, gracias a las riquezas que he arrebatado a los infieles; dime pues,
lo que quieres por ella, no te quedes corto, dime francamente lo que quieres.»
Y cuando su interlocutor decía una suma que creía exorbitante, exclamaba el
ministro: «Eso es muy poco, tienes demasiada conciencia. Toma, yo te doy ahora,
tanto.» Y no solo le ponía el dinero en la mano, sino que mandaba que le
compraran otra. Topó sin embargo con una señora que rehusó durante mucho tiempo
venderle la suya. Había en su jardín una hermosa palmera por la que tenía
capricho y cuando ella consintió al fin en deshacerse de su casa, fue con la
condición de que se le había de comprar otra que tuviera también una palmera en
el jardín. Esto era difícil de encontrar, pero en cuanto el ministro se informó
de la petición de la señora, exclamó: «Pues bien le compraremos lo que desea,
aunque tengamos que vaciar todas las arcas del Erario.» Después de mucho
trabajo se encontró al fin una casa tal como se deseaba y se compró a un precio
exorbitante.
Tanta generosidad de su fruto. Por quejas que
se tuvieran contra el ministro no podía negarse que hacía las cosas grande y
noblemente y por otra parte, las personas devotas se veían obligados a confesar
que el ensanche de la mezquita era una obra muy meritoria. Y todavía fue otra
cosa, cuando habiendo comenzado los trabajos se vio sacar los escombros a una
multitud de prisioneros cristianos con grillos en los pies. Entonces se dijo
que jamás había brillado tanto el islamismo y que nunca los infieles habían sido
humillados a tal extremo. ¡Y luego, cuando se vio al mismo Almanzor, el señor
omnipotente, el general más grande del siglo, manejar para agradar a Dios, la
espiocha, el palustre y la sierra como si hubiera sido un simple trabajador!
Ante semejante espectáculo enmudecieron todos los odios.
Mientras que todavía se trabajaba en el
ensanche de la mezquita, se renovó la guerra contra León. Las tropas musulmanas
que habían quedado en el reino lo trataban como país conquistado y cuando
Bermudo II se quejaba, no recibía de Almanzor más que respuestas altivas y
desdeñosas. Perdió al cabo la paciencia y tomando una atrevida resolución echó
a los musulmanes. Almanzor se vio pues, obligado de hacerle conocer una vez más
la superioridad de sus armas, y en el fondo no le disgustó esta nueva guerra,
porque con ella los vecinos de la capital, en lugar de hablar de cosas que en
su opinión no eran de su competencia, preferirían entretenerse de nuevo con sus
batallas, sus victorias y sus conquistas. Y tuvo buen cuidado de suministrarles
materia para sus conversaciones. Habiéndose apoderado de Coimbra en junio de
987, arruinó la ciudad de tal modo que estuvo desierta siete años. Al siguiente
atravesó el Duero y entonces el ejército musulmán se lanzó como un torrente en
el reino de León, matando y destruyendo todo lo que encontraba al paso.
Ciudades, castillos, conventos, iglesias, lugares, aldeas, nada se perdonó.
Bermudo se había metido en Zamora, probablemente porque creía que esta ciudad
sería la primera atacada, pero Almanzor le dejó de lado y se fue derecho a
León. Ya una vez había estado a punto de tomarla, pero gracias a su buena
ciudadela, a sus fuertes torres, a sus cuatro puertas de mármol y a sus
murallas romanas que tenían más de veinte pies de espesor, era muy fuerte y
resistió por mucho tiempo los esfuerzos del enemigo. Al fin logró abrir una
brecha cerca de la puerta occidental, cuando el gobernador de la plaza, el
conde gallego Gonzalvo González, se encontraba en cama a consecuencia de una
grave dolencia. El peligro era extremo, así que el conde, enfermo y todo como
estaba se hizo poner la armadura y llevar en litera a la brecha. Con su
presencia y sus palabras reanimó el valor abatido de sus soldados que durante
tres días consiguieron todavía rechazar a los enemigos, pero al cuarto los
musulmanes penetraban en la ciudad por la puerta meridional. Entonces comenzó
una horrible carnicería. El mismo conde, cuyo heroísmo hubiera debido inspirar
respeto, fue muerto en su litera. Después de matar, destruyeron. No se dejó
piedra sobre piedra. Puertas, torres, murallas, ciudadela, todo fue destruido
hasta los cimientos. No se dejó de pie más que una sola torre que se hallaba
cerca de la puerta septentrional, y que era poco más ó menos de la misma altura
que las otras. Almanzor había mandado perdonarla, quería que mostrara a las
futuras generaciones, cuán fuerte había sido aquella ciudad que había hecho
desaparecer de la faz de la tierra.
Los musulmanes regresaron enseguida hacia
Zamora, y después de haber quemado los soberbios conventos de San Pedro de
Eslonza y de Sahagún, que se hallaban en su camino, pusieron sitio a esta
ciudad. Bermudo se mostró menos valeroso que su teniente de León. Escapó
furtivamente, y cuando hubo partido, los habitantes rindieron la plaza, que
Almanzor mandó saquear. Casi todos los condes lo reconocieron entonces por
soberano, y Bermudo no conservó más que los distritos de la costa. De vuelta a
Azahara después de esta gloriosa campaña, tuvo Almanzor que ocuparse de asuntos
gravísimos: descubrió que los grandes conspiraban contra él, y que su propio
hijo Abdalah, joven de veintidós años, era de los conjurados.
Bravo y distinguido caballero, no era sin
embargo querido de su padre. Este tenía sus razones para creer que no era hijo
suyo, pero esto lo ignoraba el joven, y como se veía siempre postergado a su
hermano Abdelmelic, que tenía seis años menos que él, y al que se creía muy
superior en talento y en bravura, estaba ya grandemente descontento de su padre
cuando llegó a Zaragoza, residencia del virrey de la Frontera superior,
Abderramán-ibn-Motarrif el Todjibita. El aire de esta corte le fue fatal. Su
huésped era el jefe de una ilustre familia, en la cual había sido el Virreinato
hereditario durante un siglo, y como Almanzor había derribado sucesivamente a
los hombres más poderosos del imperio, temía con razón que siendo el último de
los nobles que quedaba en pie, no cayera también a su vez, víctima de la
ambición del ministro. Tenía, pues, intenciones de adelantarse, y solo esperaba
para sublevarse ocasión oportuna. Ahora creyó haberla encontrado; el joven
Abdallah le pareció un instrumento muy a propósito para realizar sus proyectos.
Fomentó su disgusto, y poco a poco le inspiró la idea de rebelarse contra su
padre. Resolvieron pues, levantarse en armas, en cuanto las circunstancias se
lo permitieran, conviniendo entre sí, que, si salían en la lucha vencedores, se
dividirían España, reinando Abdallah en el Mediodía y Abderramán en el Norte.
Muchos altos funcionarios, tanto militares como civiles, entraron en esta
conjuración, y entre otros, el príncipe real Abdalah Piedra Seca, que era
entonces gobernador de Toledo. Era un complot formidable, pero cuyas
ramificaciones se extendían demasiado para que pudiera quedar oculto mucho
tiempo al ojo vigilante del primer ministro. Rumores vagos, al principio, pero
que poco a poco tomaron consistencia, llegaron a sus oídos, y enseguida tomó
medidas eficaces para desbaratar los proyectos de sus contrarios. Hizo venir a
su hijo y le inspiró una pérfida confianza, colmándolo de consideraciones y de
pruebas de cariño. Llamó también a Abdalah Piedra Seca, y le quitó el gobierno
de Toledo, pero lo hizo bajo un pretexto muy plausible, y de una manera cortés,
de modo que al principio el príncipe no sospechó nada. Sin embargo, poco
después Almanzor le quitó su título de visir y le prohibió salir de su casa.
Habiendo reducido así a dos de los
principales conspiradores a la impotencia, el ministro salió de campaña contra
los castellanos, después de enviar a los generales de la Frontera orden de
reunirse con él. Abderramán obedeció lo mismo que los demás. Entonces Almanzor
excitó bajo cuerda a los soldados de Zaragoza a que se querellaran de él. Así
lo hicieron, y habiéndolo acusado de haber retenido sus sueldos para
apropiárselos Almanzor lo destituyó (8 de junio de 989.) Sin embargo, como no
quería malquistarse con toda la familia de los Beni-Hachim, nombró para el
gobierno de la Frontera superior, al hijo de Abderramán, Yahya-Siemdja. Pocos
días después hizo prender a Abderramán, pero sin dejar conocer que sabía el
complot, pues mandó solamente que se procediera a una información acerca del
uso que Abderramán había hecho de las sumas que se le habían entregado para
pagar las tropas.
Algún tiempo después, Abdalah se reunió al
ejército, cumpliendo la orden que había recibido. Almanzor trató de
reconquistar su cariño a fuerza de bondad, pero fueron vanos todos sus esfuerzos.
Abdalah había decidido romper definitivamente con su padre, y durante el sitio
de San Esteban de Gormaz, abandonó en secreto el campamento, acompañado tan
solo de seis de sus pajes, para buscar asilo cerca de Garci-Fernández, conde de
Castilla. Este le prometió su protección, y a pesar de las amenazas de Almanzor
cumplió su palabra durante más de un año. Pero en este intervalo sufrió derrota
tras derrota; fue batido en campo raso; en agosto de 989 perdió Osma, ciudad en
la que Almanzor puso guarnición musulmana; en octubre le quitaron también
Alcoba y al final se vio obligado a implorar la paz y entregar a Abdalah.
Una escolta castellana condujo al rebelde al
campo de su padre. Iba montado en una mula magníficamente enjaezada que le
había regalado el conde, y como estaba convencido de que su padre le perdonaría
estaba tranquilo sobre su suerte. En el camino encontró un destacamento
musulmán mandado por Sad, quien después de haberle besado la mano le dijo que
no tenía nada que temer, porque su padre consideraba lo que había hecho como
una calaverada que era preciso perdonar a un muchacho. Habló así mientras que
los castellanos estuvieron, pero en cuanto se alejaron y llegó la cabalgata a
las orillas del Duero, Sad se quedó atrás y los soldados dijeron a Abdalah que
echara pie a tierra y se preparase a morir. Por inesperadas que fueran estas
palabras, no alteraron al valiente Amirida. Saltó prontamente de su mula, y con
rostro sereno presentó sin pestañear la cabeza al golpe mortal, (9 de setiembre
de 990.) Antes que él había dejado de existir su cómplice Abderramán. Condenado
por malversación había sido decapitado en Zahira. Abdalah Piedra Seca,
consiguió evadirse y se puso bajo la protección de Bermudo.
Almanzor no se contentó con haber deshecho
este complot. No había perdonado al conde de Castilla el apoyo que había dado a
Abdalah y en represalias indujo a Sancho, hijo del conde, a rebelarse a su vez
contra su padre. Apoyado por la mayor parte de los grandes Sancho tomó las
armas en el 994, y Almanzor que también se declaró por él se apoderó de las
fortalezas de San Esteban y de Clunia. Pero tenía prisa de acabar esta guerra.
Su comitiva acostumbrada a pensar como él o por lo menos a hacer que pensaba,
participaba de su impaciencia y la mejor manera de agradarle era decirle que
según toda probabilidad García no tardaría en sucumbir. El poeta Zaid, le
presentó un día, un siervo atado de una cuerda y le recitó un poema bastante
mediano, en que había estos versos:
“Vuestro esclavo que habéis arrancado a la
miseria, os trae este siervo. Le he puesto García y os lo traigo con una cuerda
al cuello, esperando que mi pronóstico sea verdadero”.
Por una singular casualidad, lo era: herido
de lanza García había sido hecho prisionero a orillas del Duero entre Alcocer y
Langa, el mismo día en que el poeta había presentado el siervo a su señor
(lunes 25 de mayo de 995.) Cinco días después expiró el conde a consecuencia de
su herida y desde entonces no fue disputada la autoridad de Sancho, pero tuvo
que pagar a los musulmanes un tributo anual.
En el otoño del mismo año Almanzor marchó
contra Bermudo, para castigarlo por haber albergado a otro conspirador. Este
rey se hallaba en una situación deplorable. Había perdido hasta la sombra de
autoridad. Los señores se apropiaban de sus tierras y sus siervos; sus ganados
los echaban a suerte entre sí, y cuando se los reclamaba se burlaban de él.
Simples hidalgos a quienes había confiado un castillo se rebelaban. A veces le
hacían pasar por muerto, y en verdad que importaba poco que lo estuviera o no.
Gran atrevimiento había sido el suyo cuando se atrevió a echar plantas contra
Almanzor. ¿Qué podía contra el poderoso capitán? Nada absolutamente; así que
bien pronto se arrepintió de su imprudencia. Habiendo perdido Astorga, donde
había establecido su capital después de la destrucción de León, pero que
abandonó prudentemente al acercarse el enemigo, tomó el partido más sensato:
pidió la paz. Obtúvola a condición de entregar a Abdallah Piedra Seca, y de
pagar un tributo anual.
Después de haber quitado su capital a los
Gómez, condes de Carrión, que a lo que parece habían desconocido su autoridad,
Almanzor se retiró llevando consigo al desventurado Abdallah, que le había sido
entregado en el mes de noviembre. Como era de esperar, castigó cruelmente a
este príncipe. Habiéndolo hecho poner cargado de cadenas en un camello, mandó
pasearlo ignominiosamente por las calles de la capital, mientras que gritaba un
pregonero que iba delante: «He aquí Abdallah, hijo de Abdalazis, ¡que abandonó
a los musulmanes para hacer causa común con los enemigos de la religión!»
Cuando oyó por primera vez estas palabras, el príncipe se indignó tanto, que
exclamó: «¡Mientes, di más bien, he aquí un hombre que ha huido impulsado por
el miedo; ha ambicionado el imperio, ¡pero no es un politeísta ni un apóstata!»
Pero no tenía fuerza moral, no había comprendido que antes de conspirar es
preciso armarse de valor. Puesto en prisión y temiendo no tardar en ser
conducido al cadalso, mostró una cobardía indigna de su alto nacimiento y que
forma singular contraste con la firmeza de que había dado pruebas su cómplice
el hijo de Almanzor. En los versos que enviaba de continuo al ministro,
confesaba que había hecho mal en huir, procuraba apaciguar su furia a fuerza de
adulaciones, y le llamaba el más generoso de los hombres. «Nunca, decía, un
desgraciado imploró en vano tu piedad: tus bondades y tus beneficios son
innumerables como las gotas de la lluvia.»
Esta bajeza no le sirvió de nada. Almanzor
perdonó su vida, porque lo despreciaba demasiado para hacerlo morir, pero lo
dejó en la cárcel, y Abdallah, no recobró su libertad sino después de la muerte
del ministro.
XI
Reinando de hecho hacía veinte años Almanzor
quería también reinar de derecho. Era preciso estar ciego para no conocerlo,
pues se le veía marchar hacia su fin, lenta, prudentemente, con paso mesurado,
pero con una obstinación que saltaba a la vista. En el 991 hizo dimisión de su
título de hadjib o primer ministro, en favor de su hijo Abdelmelic que
apenas contaba entonces diez y ocho años, y se hizo que desde entonces se le
llamara Almanzor a secas. Al año siguiente ordenó que se pusiera a los
documentos de cancillería su propio sello en lugar del del monarca, y tomó el
sobrenombre de Muawiya, que también llevaba el Califa. En el año 996 declaró
que la denominación de «Seyid», solo debía dársele a él, y tomó al mismo tiempo
el título de «melic carim» (noble rey.) Era ya rey, pero no era todavía Califa.
¿Qué era lo que le impedía serlo? Seguramente que no era Hixem II a quien
temer. Aunque este príncipe estuviera entonces en la flor de su edad, no había
mostrado nunca la más mínima energía, ni había tenido el menor asomo de querer
sustraerse al yugo que le habían impuesto. No eran más de temer los príncipes
de la dinastía: Almanzor había hecho perecer a los más peligrosos, había
desterrado a los que no lo eran tanto y reducido a los demás a un estado muy
cercano a la miseria. ¿Creía que el ejército se había de oponer a sus
designios? De ningún modo; compuesto en su mayoría de berberiscos, de
cristianos del Norte, de soldados que habían sido hechos prisioneros en su
infancia, en una palabra, de aventureros de todo género; el ejército era suyo;
hiciera lo que hiciera, había de obedecerlo ciegamente. ¿Qué temía pues?
Temía a la nación. Ella no conocía apenas a
Hixem II; en la misma capital pocos lo habían vislumbrado, porque cuando salía
de su dorada cárcel para ir a alguna de sus casas de campo, (lo que además
sucedía raras veces) iba rodeado de las mujeres de su serrallo y como ellas,
enteramente cubierto con su gran albornoz, de modo, que no podía distinguírsele
de los demás y las calles porque tenía que pasar estaban siempre cubiertas de
una hilera de soldados, por orden expresa del ministro; y sin embargo lo amaban.
¿No era hijo del bueno y virtuoso Haquem II, nieto del glorioso Abderramán III
y, sobre todo, no era el monarca legítimo? Esta idea de la legitimidad había
arraigado en todos los ánimos y era aún mucho más viva en el pueblo que en la
nobleza. Los nobles, en su mayor parte de origen árabe, acaso hubieran llegado
a convencerse de que era útil y necesario un cambio de dinastía, pero el pueblo
que era de origen español pensaba de otro modo. Como el sentimiento religioso,
el amor a la dinastía formaba parte de su ser. Aunque Almanzor hubiera dado a
su país una gloria y una prosperidad hasta entonces desconocidas, el pueblo no
le perdonaba haber hecho del Califa una especie de prisionero de Estado y
estaba pronto a levantarse en masa si el ministro se atrevía a intentar
sentarse en el trono. Esto no lo ignoraba Almanzor, de ahí su prudencia, de ahí
su vacilación; pero creía que la opinión pública se modificaría poco a poco, se
lisonjeaba en la esperanza de que se acabaría por olvidar enteramente al Califa
para no pensar más que en él y entonces el cambio de dinastía podría realizarse
sin convulsión.
¡Bien hizo en haber dilatado su gran
proyecto! Bien pronto pudo convencerse de que su elevada posición no pendía más
que de un hilo. A despecho de todas sus conquistas y de toda su gloria, una
mujer llegó casi a derribarlo. Esta mujer era Aurora.
Ella lo había amado, pero la edad de los
tiernos sentimientos había pasado para ambos; se habían desavenido, y como
sucede muchas veces, el amor se había trocado en sus corazones, no en
indiferencia, sino en odio. Y Aurora no hacía nada a medias: rendida en el
amor, era implacable en el resentimiento. Resolvió hacer caer a Almanzor, y
para conseguirlo puso en conmoción todo el serrallo, hombres y mujeres. Habló a
su hijo, le dijo que el honor le ordenaba mostrarse hombre, y romper al fin el
yugo que un ministro tiránico había osado imponerle. Hizo un verdadero milagro:
inspiró al más débil de los hombres una apariencia de voluntad y de energía.
Pronto lo experimentó Almanzor. El Califa le trató, primero, con frialdad,
luego se enardeció hasta dirigirle censuras. Queriendo conjurar la tormenta el
ministro, alejó del serrallo a muchas personas peligrosas, pero como no podía
hacer salir a la que era el alma del complot, esta medida no sirvió más que
para irritar más a su enemiga. Y la navarra era infatigable, ella mostró que
tenía también como su antiguo amante, una voluntad de hierro. Sus emisarios
propalaban en todas partes que el Califa quería al fin reinar por sí mismo, y
en los mismos instantes en que se formaban en Córdoba corrillos sediciosos; el
virrey de Mauritania Zirí-Ibn-Atia, desplegó el estandarte de la rebelión,
declarando que no podía sufrir por más tiempo que el soberano legítimo
permaneciera cautivo de un ministro omnipotente.
Zirí era el único hombre que Almanzor temía,
o más bien, el único a quien temió en su vida, pues de ordinario despreciaba
demasiado a sus enemigos para temerlos. Este jeque semi-bárbaro, había
conservado en los desiertos africanos el vigor, la espontaneidad y el orgullo
de raza, que parecían propios de otra era, y Almanzor a pesar suyo, había
sufrido el ascendiente de este espíritu, a la par impetuoso, penetrante y
cáustico. Algunos años antes había recibido una visita suya, y en esta ocasión
le había prodigado todas las señas de estimación: le había conferido el título
de visir, con el sueldo anejo a esta dignidad; había hecho inscribir a todos
los de su comitiva en la nómina de las oficinas militares, y en fin, no le dejó
ir sino después de haberle indemnizado ampliamente de sus gastos de viaje y de
sus regalos. Pero nada de esto había conmovido a Ziri. De vuelta en la ribera
africana, se puso la mano en la cabeza diciendo: «Solo ahora sé que tú me
perteneces todavía!»
Y habiéndole llamado uno de los suyos «señor
visir». «Señor visir, exclamó, ¡vete al diablo con tu señor visir! ¡Emir, hijo
de emir, este es mi título! ¡Bien tacaño ha sido para mí Ibn-Abí-Amir! En lugar
de darme buena monedas contantes y sonantes me ha cargado con un título que me
degrada. ¡Vive Dios que no estaría ahora donde está si en España hubiera algo
más que cobardes e imbéciles! Gracias a Dios que estoy ya de vuelta, que no
miente el proverbio que dice «que vale más oír hablar del diablo que verlo.»
Habiendo llegado a oídos de Almanzor estas palabras, que a cualquier otro
hubieran costado la cabeza, este fingió no escucharlas, y más adelante llegó a
nombrar a Zirí virrey de toda la Mauritania. Le temía, lo odiaba acaso, pero lo
creía sincero y leal. Los sucesos mostraron que se había equivocado: bajo una
ruda y franca corteza, Ziri ocultaba mucha astucia y ambición. Dejóse tentar
fácilmente por el dinero que Aurora le prometía y por el papel caballeresco que
le destinaba. Iba a libertar a su soberano del yugo de Almanzor.
No ignoraba Aurora que era preciso empezar
por pagarle, pero gracias a su astucia de mujer, ella sabía lo que tenía que
hacer para proporcionarse dinero y para hacerlo llegar a su aliado. El tesoro
encerraba cerca de seis millones en oro y estaba en el palacio califal. Ella
tomó de allí ochenta mil monedas de oro y las metió en un centenar de cántaros
y encima echó miel, ajenjos y otros licores de uso y habiéndole puesto una
etiqueta á cada cántaro, encargó a algunos esclavos que los llevaran fuera de la
ciudad a un lugar que ella designó. La astucia le salió bien. El prefecto no
cayó en sospecha y dejó pasar a los esclavos con su carga. Así, que, cuando
Almanzor llegó a informarse de un modo o de otro de lo que había pasado, el
dinero iba ya camino de Mauritania. Almanzor estaba muy alarmado. Acaso lo
hubiera estado menos si hubiera tenido certeza de que Aurora había sustraído el
dinero de su señor, pero todo le inclinaba a creer que ella había sido
autorizada por el Califa y si era así, era dificilísima la coyuntura. Sin
embargo, era preciso tomar un partido. Almanzor tomó el de reunir los visires,
los magistrados, los ulemas y otros personajes notables de la corte y de la
ciudad. Habiendo informado a esta reunión de que las damas del serrallo se
permitían apoderarse de los fondos de la caja pública, sin que el Califa,
enteramente entregado a sus ejercicios de devoción, lo impidiera, pidió
autorización para traspasar el tesoro a sitio más seguro. La obtuvo, pero nada
adelantó con esto, porque cuando los empleados se presentaron en palacio para
llevarse la caja, Aurora se opuso declarando que el Califa había prohibido
tocarla.
¿Qué hacer entonces? ¿Emplear la violencia?
Pero habría que emplearla contra el monarca mismo y si Almanzor se atrevía
hasta esto, la capital se levantaría en un cerrar de ojos; estaba dispuesta, no
esperaba más que una señal. La situación era pues harto peligrosa, sin embargo,
no era desesperada; para que lo fuera hubiera sido preciso, primero: que Zirí
estuviera ya en España con su ejército, después que el Califa fuera hombre
capaz de persistir en una resolución atrevida. Pero Zirí, estaba todavía en África
y el Califa era un espíritu inconstante. Almanzor no perdió el ánimo. Jugando
el todo por el todo, se proporcionó a escondidas de Aurora una entrevista con
el monarca. Le habló y gracias al ascendiente que los espíritus superiores
tienen sobre las almas débiles, volvió a encontrarse soberano después de unos
minutos de conversación. El Califa confesó que no era capaz de gobernar por sí
y autorizó al ministro a trasladar el tesoro. Pero el ministro quería más aún.
Dijo que, para quitar todo pretexto a los mal intencionados, necesitaba una
declaración escrita, una declaración solemne. El Califa le prometió firmar todo
lo que quisiera y entonces Almanzor, sin levantar mano, hizo redactar un acta
por la cual Hixem le abandonaba como antes la dirección de los negocios. El
Califa puso en ella su firma en presencia de muchos notables que la firmaron
también como testigos (Febrero o Marzo de 997) y Almanzor tuvo buen cuidado de
dar a este documento importante la mayor publicidad.
Desde entonces, no era ya de temer una
rebelión en la capital. ¿Cómo se había de pretender libertar a un cautivo que
no quería la libertad? El ministro comprendió que era preciso hacer alguna cosa
para contentar al pueblo. Como gritaban de continuo que querían ver al monarca,
resolvió enseñárselo. Lo hizo montar a caballo, e Hixem paseó las calles de la
capital con el cetro en la mano y cubierto con un gorro alto, que solo los
Califas tenían derecho de llevar. Lo acompañaban Almanzor y toda la corte. Compacta
e innumerable era la multitud que se agolpó a su paso, pero ni por un momento
se turbó el orden, ni se escuchó un solo grito sedicioso.
Aurora se declaró vencida. Humillada,
agolada, destrozada, fue a buscar en la devoción el olvido de lo pasado, y una
compensación a la pérdida de sus esperanzas.
Quedaba Ziri. Este se había hecho menos
temible desde que no podía contar ni con el apoyo del Califa, ni con los
subsidios de Aurora. Así que Almanzor no guardó ninguna consideración con él.
Lo declaró fuera de la ley y encargó a su liberto Wadhih de ir a combatirlo al
frente de un excelente ejército que puso a sus órdenes.
Hubiérase podido creerse que Almanzor no
emprendería ninguna otra guerra hasta que hubiera terminado la de la
Mauritania. Pero no lo hizo así. El ministro tenía ya concertada con los condes
leoneses, que eran vasallos suyos, una gran expedición contra Bermudo, que
contando, acaso demasiado, con la diversión que la rebelión de Zirí había de
hacer en favor suyo, se había atrevido a rehusar el tributo, y aunque habían
cambiado las circunstancias no había renunciado a su proyecto. Acaso, quería
mostrar a Zirí, a Bermudo y a todos sus enemigos declarados o encubiertos, que
era bastante poderoso para emprender dos guerras a la par, y si tal fue su
intención no había presumido demasiado de sus fuerzas, pues ha querido el
destino que la campaña que iba a hacer, la de Santiago de Compostela, haya
quedado como la más célebre de todas las que hizo en su larga carrera de
conquistador.
A excepción de la ciudad eterna, no había en
toda Europa, lugar tan famoso por su santidad, como Santiago de Galicia. Y, sin
embargo, su reputación no era muy antigua, no databa más que de los tiempos de
Carlomagno. En esta época, se dice que muchas personas piadosas informaron a
Teodomiro, obispo de Iria (hoy el Padrón) que habían visto durante la noche
luces extrañas en un bosquecillo y que también habían oído una música deliciosa
que nada tenía de humana. Creyendo enseguida en un milagro, el obispo se preparó
a justificarlo, ayunando y orando durante tres días, y habiendo ido después al
bosquecillo encontró allí una tumba de mármol. Inspirado por la sabiduría
divina, declaró que era el del apóstol Santiago, hijo de Zebedeo, que según la
tradición había predicado en España el Evangelio y añadió que, cuando este
apóstol fue decapitado en Jerusalén, sus discípulos trajeron su cuerpo a
Galicia, donde lo enterraron. En otro tiempo semejantes aserciones acaso
hubieran sido disputadas, pero en esta época de fe sencilla nadie tenía el
atrevimiento de suscitar dudas irrespetuosas cuando hablaba el clero, y aun
dado caso que hubiera habido incrédulos, la autoridad del Papa León III, que
declaró solemnemente que el sepulcro en cuestión era de Santiago, hubiera hecho
enmudecer todas las objeciones. La opinión de Teodomiro fue pues acatada y
todos en Galicia se regocijaron de que su país poseyera las reliquias de un
apóstol. Alfonso II quiso que el obispo de Iria residiese en adelante en el
lugar en que había sido descubierto el sepulcro y sobre él hizo construir una
Iglesia. Más adelante Alfonso III hizo edificar otra más grande y hermosa que
pronto adquirió gran fama por los numerosos milagros que se verificaban en
ella; de modo que al fin del siglo X Santiago de Compostela era el lugar de una
peregrinación famosísima a donde acudían de todas partes; de Francia, de
Italia, de Alemania y hasta de los países más apartados del Oriente.
También en Andalucía tenía todo el mundo
noticias de Santiago y de su soberbia Iglesia, que para servirnos de las
expresiones de un autor arábigo, era para los Cristianos lo que para los
Musulmanes la Cava de la Meca, pero no se conocía este santo lugar más que por
su reputación; para haberlo visto, era preciso haber estado cautivo entre los
Gallegos, pues a ningún príncipe árabe se le había ocurrido todavía la idea de
penetrar con un ejército en este país lejano y de difícil acceso. Pero lo que
nadie había intentado, Almanzor resolvió hacerlo; quería demostrar que lo que
era imposible para otros no lo era para él y tenía la ambición de destruir el
santuario más venerado de los enemigos del islamismo, el santuario del apóstol
que según la creencia de los leoneses, había combatido algunas veces en sus
filas. El sábado 3 de julio del año 997, salió de Córdoba a la cabeza de la
caballería. Se dirigió primero a Coria, luego a Viseo donde se le reunieron
gran número de condes sometidos a su autoridad y después a Oporto, donde le
esperaba una flota que había salido del puerto de Cazr-Abi-Danis, (hoy Alcacer
do Sal en Portugal.) En esta flota venía la infantería a la que el ministro
había querido excusar tan larga jornada y que venía cargada también de armas y
provisiones. Sus bajeles colocados en fila sirvieron además de puente al
ejército para pasar el Duero.
Como el país situado entre este rio y el Miño
pertenecía a los condes aliados, los musulmanes pudieron atravesarlo sin tener
que vencer más obstáculos que los que les oponía el terreno. Entre estos había
una montaña muy elevada y de difícil acceso, pero Almanzor hizo abrir un camino
por sus minadores.
Después de haber pasado el Miño se encontró
en un país enemigo. Desde entonces era preciso mantenerse alerta, tanto más
cuanto que los leoneses que iban en el ejército, no parecían muy bien
dispuestos. Su conciencia, por tanto tiempo adormecido se despertó de pronto a
la idea de que iban a cometer un gran sacrilegio, y acaso hubieran conseguido
malograr la expedición si Almanzor, que se olió sus proyectos, no los hubiera
desbaratado a tiempo. He aquí lo que se cuenta sobre este asunto:
Érase una noche fría y lluviosa, cuando Almanzor
mandó llamar a un caballero musulmán en quien tenía confianza: «Es preciso, le
dijo, que vayas en seguida al desfiladero de Taliares. Ponte allí de centinela,
y tráeme al primero que veas.» El caballero se puso en seguida en camino, pero
habiendo llegado al desfiladero, esperó toda la noche, maldiciendo el mal
tiempo, sin que apareciera alma viviente, y ya apuntaba la aurora, cuando vio
al fin llegar por el camino del campamento un viejo montado en un burro, que
parecía un leñador, porque traía las herramientas de su oficio. El caballero le
preguntó a dónde iba. «Voy a cortar leña en el monte,» le respondió él. El
soldado no sabía qué hacer. ¿Sería ese el hombre que tenía que llevar al
general? No era probable, porque ¿para qué podía querer el general a un pobre
viejo que parecía tener que ganarse la vida con tanta fatiga? Así, que el
soldado le dejó seguir su camino; pero un momento después volvió sobre si.
Almanzor le había dado una orden precisa y creyó peligroso desobedecerle.
Poniendo espuelas al caballo, alcanzó al viejo, y le dijo:
—Es preciso que te lleve ante mi señor
Almanzor.
—¿Qué tiene que decir Almanzor a un hombre
como yo? le replicó el otro. Dejadme ganar el pan.
—No, le respondió el soldado; has de
acompañarme, quieras o no.
El otro tuvo que obedecer, y juntos
emprendieron el camino del campamento.
El ministro, que no se había acostado
todavía, no manifestó ninguna sorpresa a la vista del viejo, y dirigiéndose a
sus sirvientes eslavos, les dijo: «Registrad a ese hombre.» Los eslavos
ejecutaron esta orden, pero sin que encontraran nada que pudiera parecer
sospechoso. «Registrad ahora el aparejo del burro» continuó Almanzor. Y esta
vez sus sospechas no eran infundadas, porque se encontró en el aparejo una
carta que algunos de los leoneses del ejército musulmán escribían a sus
compatriotas, dándoles noticias de que cierta parte del campamento estaba mal
guardada, de modo que podrían atacarla con buen éxito.
Habiendo descubierto por este mensaje el
nombre de los traidores, Almanzor hizo en seguida cortarles las cabezas, como
también al supuesto leñador, que los había servido de intermediario. Esta
medida enérgica produjo sus resultados. Intimidados con la severidad del
general, los demás leoneses no se atrevieron a mantener inteligencias con el
enemigo.
Habiéndose vuelto a poner el ejército en
camino, se precipitó como un torrente en el llano. El monasterio de San Cosme y
San Damian fue saqueado; la fortaleza de San Payo, tomada por asalto. Como gran
número de habitantes del país se hubieran refugiado en la mayor de las dos
islas, o más bien, de las dos rocas poco elevadas que hay en la bahía de Vigo,
los musulmanes que habían descubierto un vado pasaron a esta isla y los
despojaron de todo lo que habían llevado consigo. Pasaron enseguida el Ulla,
saquearon y destruyeron Iria (el Padrón) que era también un famoso lugar de
peregrinación, lo mismo que Santiago de Compostela, y el 11 de agosto, llegaron
por fin a esta última ciudad. Halláronla desierta de habitantes, habiendo huido
todo el mundo a la aproximación del enemigo. Tan solo un anciano monje, había
quedado al lado del sepulcro del Apóstol. «¿Qué haces ahí?» le preguntó
Almanzor. «Rezo a Santiago,» le contestó el viejo. «Reza todo lo que quieras,»
le dijo entonces el ministro, y prohibió que le hicieran daño.
Almanzor puso una guardia a la tumba de modo
que quedó al abrigo del furor de los soldados, pero toda la ciudad fue
destruida, lo mismo las murallas y las casas que la iglesia, la que dice un
autor arábigo «fue arrasada de modo, que nadie hubiera sospechado que existía
la víspera.» Los alrededores fueron devastados por tropas ligeras que llegaron
hasta San Cosme de Mayanca, (cerca de la Coruña).
Habiendo pasado una semana en Santiago,
Almanzor ordenó la retirada, dirigiéndose a Lamego. Cuando llegó a esta ciudad,
se despidió de los condes aliados, después de haberles hecho grandes regalos,
que consistían principalmente telas preciosas. También fue desde Lamego, desde
donde dirigió a la corte una relación detallada de esta campaña, de cuya
relación los autores arábigos nos han conservado la sustancia, quizá las
palabras mismas. Hizo enseguida su entrada en Córdoba, acompañado de multitud
de prisioneros cristianos, que llevaban acuestas las puertas de la ciudad de
Santiago y las campanas de su iglesia. Las puertas fueron colocadas en el techo
de la mezquita, que aún no estaba acabada, y las campanas fueron colgadas en el
mismo edificio para servir de lámparas. ¡Quién había de decir entonces que
había de llegar un día en que un rey cristiano las hiciera devolver a Galicia a
hombros de cautivos musulmanes!
En Mauritania las armas de Almanzor habían
sido menos felices. Verdad es que Wadhih había conseguido al pronto algunas
ventajas: habiéndose apoderado de Arcilla y de Necur, logró sorprender de noche
el campo de Zirí, y matarle mucha gente; pero pronto le volvió la espalda la
fortuna y batido a su vez, se había visto obligado a refugiarse en Tánger,
desde donde escribió al ministro pidiéndole socorros.
No tardó en recibirlos. Desde que tuvo carta
de su teniente, Almanzor envió orden a gran número de cuerpos de dirigirse a
Algeciras a donde él mismo fue en persona para apresurar su embarque. Luego, su
hijo Abdelmelic-Mudhaffar, a quien había confiado el mando de la expedición,
pasó el Estrecho con un ejército escogido. Desembarcó en Ceuta, y la noticia de
su llegada produjo un efecto excelente, pues la mayor parte de los príncipes
berberiscos, que hasta entonces habían sostenido a Zirí, se apresuraron a alistarse
en sus banderas. Habiéndose unido con Wadhid, se puso en marcha, y no tardó en
descubrir el ejército de Zirí que venía a su encuentro. Dióse la batalla en el
mes de octubre del 998; duró desde el amanecer hasta el anochecer, y fue
extraordinariamente encarnizada. Hubo un momento en que los soldados de
Mudhaffar comenzaban a temer una derrota, pero en este mismo momento, Zirí
recibió tres puñaladas de un negro, a cuyo hermano mató, y que corrió enseguida
a rienda suelta a dar esta noticia a Mudhaffar. Como el estandarte de Zirí
estaba todavía enhiesto, el príncipe trató al principio al tránsfuga de
embustero, pero cuando supo la verdad de lo sucedido, cargó al enemigo y lo
puso en completa derrota.
Desde entonces concluyó el poder de Zirí. Sus
estados volvieron todos a poder de los Andaluces, y poco después, en el año de
1001, murió a consecuencia de las heridas que el negro le había hecho, y que se
le volvieron a abrir.
XII
La carrera de Almanzor tocaba a su fin. En la
primavera del año 1002 hizo su última expedición. Él había deseado siempre
morir en campaña y estaba tan convencido de que se cumplirían sus votos, que
llevaba siempre consigo la mortaja. Esta había sido cosida por sus hijas, y
para comprarla no había empleado más dinero que el que procedía de las tierras
de su antiguo castillo de Torrox, pues que lo quería puro de toda mancha y
según su propia opinión, el que le producían sus numerosos empleos no lo
estaba. A medida que envejecía se iba haciendo más devoto y como el Corán dice
que Dios preservará del fuego a aquellos cuyos pies se hayan cubierto de polvo
en el camino del Señor (en la guerra Santa), había tomado la costumbre de hacer
sacudir con cuidado, cada vez que llegaba al alojamiento, el polvo que llevaban
sus vestidos y de guardarlo en una caja hecha expresamente, y quería que cuando
lanzara su último aliento, se cubriera su tumba con este polvo, estando
persuadido de que las fatigas, que había sufrido en la guerra Santa serían su
mejor justificación ante el tribunal supremo.
Su última expedición, dirigida contra
Castilla, fue tan feliz como todas las precedentes. Penetró hasta Canales y
destruyó el monasterio de San Millán, patrono de Castilla; como había destruido
cinco años antes la iglesia del patrono de Galicia. A la vuelta conoció que se
agravaba su enfermedad. Desconfiando de los médicos que no estaban de acuerdo
sobre su naturaleza, ni sobre el plan de curación que debía seguirse, rehusó
obstinadamente los auxilios del arte y estaba plenamente convencido de que no
se podía curar. No pudiendo ya tenerse a caballo, se hacía llevar en una
litera. Padecía horriblemente.
«Veinte mil soldados, decía, están inscritos
en mis banderas, pero ninguno entre ellos es tan miserable como yo.»
Llevado así a hombros durante catorce días
llegó por fin a Medinaceli. Un solo pensamiento le ocupaba. Habiendo estado
siempre su autoridad disputada y vacilante a despecho de sus numerosas
victorias y de su gran fama, temía que después de su muerte estallara la
revolución y quitara el poder a su familia. Atormentado sin descanso por esta
idea, que emponzoñaba sus últimos días, mandó venir a su primogénito Abdelmelic
al lado de la cama y dándole sus últimas instrucciones, le recomendó confiara
el mando del ejército a su hermano Abderramán y se volviera sin tardanza a la
capital, donde debería tomar las riendas del poder y estar pronto a reprimir
inmediatamente toda tentativa de insurrección. Prometióle Abdelmelic seguir sus
consejos, pero tal era la inquietud de Almanzor que volvía a llamar a su hijo
cada vez que éste, creyendo que su padre había acabado de hablar iba a
retirarse; el moribundo temía siempre haber olvidado algo y siempre hallaba un
nuevo consejo que añadir a los que le había dado ya. Lloraba el joven, pero el
padre le reprendía su sentimiento como signo de debilidad. Cuando Abdelmelic se
marchó se encontró Almanzor un poco mejor y mandó venir a sus capitanes. Estos,
apenas le conocieron; estaba tan delgado y pálido que parecía un espectro y había
perdido casi enteramente el uso de la palabra. Parte por gestos, parte por
frases entrecortadas se despidió de ellos y poco tiempo después, en la noche
del 10 de Agosto exhaló su último aliento. Fue enterrado en Medinaceli y
grabaron sobra su tumba estos dos versos:
“Las huellas que ha dejado en la tierra te
enseñarán su historia como si lo vieras con tus mismos ojos. Por Alá que jamás
los tiempos traerán otro que se le parezca, ni que como él defienda nuestras
fronteras”.
El epitafio que un monje cristiano le puso en
su crónica no es menos característico. «En el año de 1002, dice, murió Almanzor
y fue enterrado en los infiernos.» Estas sencillas palabras arrancadas por el
odio a un enemigo aterrado, dicen más que los elogios más pomposos.
En efecto, nunca los cristianos del Norte de
la península, habían tenido que combatir un adversario semejante. Almanzor
había hecho contra ellos más de cincuenta campañas, (por lo común, hacía dos
anualmente, una en la primavera y otra en el otoño) de las que siempre salió
con gloria. Sin contar una multitud de ciudades, entre las que se contaban tres
capitales León, Pamplona y Barcelona, destruyó el santuario del patrón de
Galicia y el del patrón de Castilla.
«En este tiempo, dice un cronista cristiano,
el culto divino estaba anonadado en España; la gloria de los servidores de
Cristo, completamente abatida; los tesoros de la Iglesia acumulados durante
tantos siglos, fueron robados.» Así que los cristianos temblaban al oír su
nombre. El miedo que les inspiraba lo sacó muchas veces de los peligros en que
lo había precipitado su audacia y hasta, cuando por decirlo así, lo tenían en
su poder, no se atrevían a aprovecharse de sus ventajas. Por ejemplo; una vez
se había metido en país enemigo después de haber atravesado un desfiladero
encerrado entre dos altos montes. Mientras que sus tropas saqueaban y destruían
a diestro y siniestro, los Cristianos no se atrevieron a hacer nada contra
ellas, pero al volver sobre sus pasos, vio Almanzor que los enemigos habían
tomado posesión del desfiladero. Como no había modo de forzarlo la situación de
los musulmanes era peligrosa, pero su general tomó al punto una atrevida
resolución. Habiendo buscado y encontrado un lugar conveniente hizo construir
barracas y chozas y mandando cortar la cabeza a muchos cautivos amontonar sus
cadáveres a guisa de murallas. Luego, como su caballería recorriera el país sin
encontrar víveres, reunió instrumentos de labranza e indujo a sus soldados a que
cultivasen la tierra. Los enemigos se inquietaban mucho con estos preparativos,
que parecían indicar que los musulmanes no pensaban dejar el país. Les
ofrecieron pues, la paz a condición de que les entregaran el botín. Almanzor
rechazó esta proposición. «Mis soldados, les contestó, desean quedarse donde
están porque piensan que apenas tendrían tiempo de volver a sus casas, debiendo
comenzarse dentro de poco la próxima campaña.» Después de muchas negociaciones,
los Cristianos consintieron al cabo, en que Almanzor se llevara su botín,
comprometiéndose, además, tan grande era el miedo que les inspiraba, a
prestarle sus caballerías para transportarlo, a suministrarle víveres hasta que
llegara a la frontera musulmana y a quitar ellos mismos los cadáveres que obstruían
el camino.
En otra campaña, un abanderado había
abandonado en el momento de la retirada su estandarte, que había clavado en el
suelo, en la cumbre de una montaña, vecina a una ciudad cristiana. El
estandarte permaneció allí muchos días sin que los Cristianos se atrevieran a
venir a ver si los musulmanes se habían marchado o no. Cuéntase también que un
mensajero de Almanzor que había ido a la corte de García de Navarra, donde fue
colmado de honores, halló en una iglesia una vieja musulmana que le refirió,
que habiendo sido hecha prisionera en su juventud, estaba desde entonces de
esclava en esta iglesia, suplicándole llamara sobre ella la atención de
Almanzor. Prometióselo él, y volvió cerca del ministro, y le dio cuenta de su
misión. Cuando acabó de hablar, Almanzor le preguntó si no había visto en
Navarra nada que le hubiera disgustado. El otro le habló entonces de la esclava
musulmana: «¡Vive Dios! exclamó Almanzor, ¡que por ahí es por donde debieras
haber comenzado!» y poniéndose en seguida en campaña, se dirigió a la frontera
de Navarra. Asustadísimo García, le escribió enseguida para preguntarle qué
delito había cometido, pues a él no le remordía la conciencia de haber hecho
nada que pudiera provocar su cólera. «¡Qué!, dijo entonces el ministro a los
mensajeros que le traían esta carta; ¿no me juró que no quedaba en su país
ningún prisionero de uno ni otro sexo? Pues bien, mintió; porque yo tengo
seguridad de que hay todavía una musulmana en tal iglesia, y no he de abandonar
Navarra antes que la pongas en mis manos.» Habiendo recibido esta respuesta,
García se apresuró a enviar al ministro la mujer que reclamaba, así como otras
dos que había descubierto, a fuerza de pesquisas. Al mismo tiempo le juró que
nunca había visto ni oído hablar de estas mujeres, añadiendo que ya había
mandado destruir la iglesia de que Almanzor hablaba.
Almanzor era el terror de sus enemigos, pero
era también el ídolo de sus soldados, porque para ellos era un padre que se
ocupaba con constante solicitud de satisfacer todas sus necesidades. Sin
embargo, mostraba una excesiva severidad en todo lo concerniente a la
disciplina militar. Un día que revistaba tropas, vio brillar extemporáneamente
una espada al final de la línea. Enseguida hizo traer ante sí al culpable.
—¡Qué!, le dijo con los ojos inflamados de
cólera, ¿te atreves a sacar la espada sin que te se mande?
—Quería enseñarla a mis compañeros, balbuceó
el soldado: no tenía intención de sacarla de la vaina, se ha salido por
casualidad.
—¡Excusas!, dijo Almanzor, y dirigiéndose a
su escolta prosiguió: ¡Que le corten la cabeza a ese hombre con su propia
espada y que la paseen a través de las filas a fin de que todos aprendan a
respetar la disciplina!
Tales ejemplos, difundían entre los soldados
un terror saludable. Así que cuando se pasaba revista se guardaba un silencio
solemne. Hasta los caballos, dice un autor arábigo, parecían entender sus
deberes, pues era muy raro que se les oyera relinchar.
Gracias a este ejército que había creado y
acostumbrado a la obediencia, Almanzor había dado a la España musulmana un
poder que no tuvo nunca, ni aun en tiempo de Abderramán III. Pero no era este
su único mérito; su patria le debe otras obligaciones, y la civilización
también. Amaba y animaba la cultura de la Inteligencia, y aunque obligado por
consideraciones políticas a no tolerar los filósofos, se complacía sin embargo
en protegerlos hasta donde podía, sin herir la susceptibilidad del clero.
Sucedió, por ejemplo, que un tal Ibn-az-Sonbosí fue detenido y puesto en
prisión como sospechoso de incredulidad. Habiendo atestiguado contra él muchas
personas, los faquíes declararon que merecía el último suplicio. Esta sentencia
estaba ya a punto de ser ejecutada, cuando un faquí muy considerado,
Ibn-al-Maewa, que había rehusado mucho tiempo formar parte de la asamblea,
llegó a toda prisa. A fuerza de sofismas, muy raros, pero que honran, si no a
su lógica, a su buen corazón al menos, consiguió hacer revocar la sentencia que
condenaba al acusado, a pesar de la vehemente oposición del Cadí que presidía
el tribunal. Desde entonces la cólera del ministro se tornó contra este último.
Contento de hallar por fin ocasión de poner freno al feroz fanatismo de los
mojigatos, dijo: «Nosotros debemos mantener la religión y todos los verdaderos
creyentes tienen derecho a que los protejamos. Ibn-az-Sonbosí, pertenece a este
número, así lo ha declarado el tribunal. Sin embargo, el Cadí ha hecho
esfuerzos inauditos para hacer que lo condenen; es pues, un hombre sanguinario,
y no podemos dejar vivir a un hombre semejante.» Esto no era más que una
amenaza; el Cadí pagó con algunos días de prisión, pero es de presumir que en
adelante fuera algo menos rigoroso con los pobres pensadores que se atrevían a
emanciparse de los dogmas recibidos.
Los literatos hallaban en Almanzor la más
honrosa acogida, tenía en su corte una multitud de poetas pensionados y que a
veces le acompañaban en sus expediciones. Entre ellos, Zaid de Bagdad era no el
más ilustre, pero sí el más notable y divertido. No se puede negar—aunque los
Andaluces siempre extremadamente celosos de los extranjeros se complazcan en
hacerlo—no se puede negar, que fuera un poeta de talento, un buen novelista, un
hábil improvisador, pero era al mismo tiempo el hombre que tenía menos respeto
a la verdad, el impostor más atrevido que puede imaginarse. Una vez lanzado
nada le detenía, inventaba tantas cosas que era maravilla. Cuando se le pedía
que explicara una palabra que no había existido nunca, siempre tenía una
interpretación que dar y un verso de un antiguo poeta que citar. De creerle, no
había libro que no hubiera leído. Queriendo desenmascararlo, los literatos le
enseñaron un día a Almanzor un libro en blanco en cuya primera hoja habían
escrito: Libro sobre los pensamientos ingeniosos, por Abul-Ghauth Zanani. No
había habido nunca ni semejante obra, ni semejante autor, sin embargo, desde
que echó una ojeada al título: «¡Ah! yo he leído este libro» exclamó, besándolo
con respeto, nombró a la ciudad donde lo había leído y el profesor que se lo
había explicado. «En este caso, le dijo entonces el ministro, que se apresuró a
quitarle el libro de la mano por miedo de que lo abriera, tú debes saber lo que
contiene. Seguramente que lo sé. Verdad es que hace mucho tiempo que leí esta
obra y que no sé nada de memoria, pero me acuerdo muy bien que solo contiene
observaciones filológicas y que no trae ningún verso, ni ninguna historia.»
Todos se echaron a reír a carcajadas. Otra vez, Almanzor había recibido de un
gobernador que se llamaba Mabraman Ibn-Yezid; una carta en que se trataba de
«Calb» y de «Tazbil,» es decir de la cultura y del abono. Y dirigiéndose a
Zaid, le dijo:
—¿Has visto un libro escrito por Mabraman
Ibn-Yezid que lleva por título de «al-cawa-lib wa-z-zawalib?
—Ah, ¡sí por Dios! le respondió Zaid; he
visto este libro en Bagdad, en una copia que había sido hecha, por el célebre
Ibn-Doraid y en cuyas márgenes había rasgos como patas de hormigas.
—¡Embustero! el nombre que he dicho no es el
de un escritor, sino el de uno de mis gobernadores que en una carta que me ha
enviado me hablaba del cultivo y del abono.
—Muy bien, pero no creáis por eso que yo he
inventado algo, yo no invento nunca nada. El libro y el autor que habéis
nombrado existen, palabra de honor, y si vuestro gobernador tiene el mismo
nombre que el autor, eso no es más que una curiosa coincidencia. Otra vez, le
enseñó Almanzor la colección que el célebre Calí había compuesto.
—Si queréis, le respondió Zaid, yo dictaré a
vuestro secretario un libro mejor que ese; en el que contaré historias que no
se hallan en el libro de Calí.
—Hazlo, le respondió Almanzor, que no deseaba
otra cosa que verse dedicar un libro superior al que Calí había dedicado al
difunto Califa, pues si él había hecho venir a Zaid a España, era precisamente
porque esperaba que ha de eclipsar la gloria de Calí, que había ilustrado los
reinados de Abderramán III y Haquem II.
Zaid puso en seguida manos a la obra, y en la
Mezquita de Zahara dictó sus «Engarces de anillo.» Cuando acabó el libro, lo
examinaron los literatos de la época. Con gran sorpresa, pero con secreta
satisfacción, vieron que de cabo a rabo no contenía más que embustes.
Explicaciones filológicas, anécdotas, versos, proverbios, todo era invención
del autor. Ellos por lo menos, así lo declararon, y Almanzor lo creyó. Esta vez
se enfadó de veras con Zaid, y mandó tirar el libro al río. Sin embargo, no le
retiró su favor. Desde que Zaid le predijo que el conde de Castilla, García,
había de ser hecho prisionero (predicción que como hemos visto se cumplió)
concibió por él un gran afecto, o más bien un respeto supersticioso. Y además
el poeta le manifestaba su gratitud de mil maneras, a las que Almanzor era muy
sensible. Por ejemplo, una vez tuvo la idea de reunir todas las bolsas que
Almanzor le había enviado llenas de dinero, y hacer con ellas un vestido para
su esclavo negro Cafur; fue a palacio, y habiendo conseguido poner al ministro
de buen humor, le dijo:
—Señor, tengo una súplica que haceros.
—¿Qué quieres?
—Que entre aquí mi esclavo Cafur.
—¡Extraña petición!
—Concedédmela.
—Pues bien, que entre si quiere.
Cafur, un hombre más alto que una palmera,
entró entonces vestido con una ropa de diversos colores, que parecía el vestido
remendado de un mendigo.
—¡Pobre hombre, exclamó el ministro, que mal
ataviado está! ¿Por qué le pones esos andrajos?
—He aquí el objeto: Sabed, señor, que me
habéis dado ya tanto dinero, que las bolsas que lo contenían han bastado para
vestir un hombre de la talla de Cafur.
Una sonrisa de satisfacción apareció en los
labios de Almanzor.
—Tienes un tacto admirable para mostrarme tu
gratitud, estoy satisfecho de ti.
Y en el mismo instante le mandó nuevos
regalos, entre los que iba un hermoso traje para Cafur. En fin, preciso es
decirlo; si hombres como Zaid gozaban el favor del ministro, es porque respecto
a literatura, este no tenía la delicadeza de gusto que poseyeron la mayoría de
los Omeyas. Se creía obligado a pensionar poetas, pero los consideraba más bien
como objetos de lujo, que tenía que mantener por su alta posición, y no tenía
un gusto bastante exquisito para distinguir las piedras preciosas de las falsas.
En desquite, si no tenía comprensión literaria, la tenía eminentemente
práctica. Los intereses materiales del país, tenían en él un inteligente
protector. La mejora de los medios de comunicación le preocupaba sin cesar.
Hizo abrir multitud de caminos. En Écija hizo echar un puente sobre el Genil y
otro sobre el Guadalquivir en Córdoba, que costó ciento cuarenta mil monedas de
oro.
En todos los asuntos, grandes o chicos, tenía
el golpe de vista del genio. Cuando quería emprender un negocio importante,
consultaba por lo común a los grandes dignatarios, pero seguía sus consejos
raras veces. Estos hombres, no salían jamás del carril acostumbrado. Esclavos
de la rutina, sabían lo que Abderramán III o Haquem II habían hecho en análogas
circunstancias, y no comprendían que pudiera hacerse de otro modo. Y cuando
veían a Almanzor seguir su propio pensamiento, gritaban que todo se había echado
a perder, hasta que los hechos desmentían evidentemente sus predicciones.
En cuanto a su carácter, verdad es, que para
llegar y para mantenerse en el poder, había cometido actos que la moral condena
y hasta crímenes, que en manera alguna hemos tratado de atenuar, pero la
justicia nos ordena añadir aquí, que siempre que no se ponía en juego su
ambición, era leal, generoso y justo. La firmeza, como hemos tenido ocasión de
decirlo, constituía el fondo de su carácter. Una vez tomado un partido, nada
podía hacerlo variar. Cuando quería soportaba los dolores físicos con la misma
impasibilidad que los morales. Un día que tenía un pie malo, se lo hizo
cauterizar durante una sesión del consejo. Hablaba como si no le pasara nada y
los miembros del consejo no se hubieran apercibido de la operación, si no les
hubiera llamado la atención el olor de la carne quemada. Todo revelaba en él
una voluntad y una perseverancia extraordinarias, lo mismo persistía en sus
amistades que en sus odios; jamás olvidaba un servicio, pero tampoco nunca
perdonaba una ofensa. Así lo experimentaron aquellos condiscípulos, a quienes
joven aun, dio a elegir los empleos que habían de ocupar cuando fuera primer
ministro. Los tres estudiantes que en aquella ocasión habían parecido tomar su
proposición en serio y que dijeron los empleos que ambicionaban, los obtuvieron
en efecto, cuando fue ministro, mientras que el cuarto que había hablado de una
manera inconveniente, expió su imprudencia con la pérdida de sus bienes. Sin
embargo, algunas veces, cuando se había equivocado y lo conocía, conseguía
vencer la terquedad de su carácter. Un día en que se trataba de conceder una
amnistía, leía la lista de los presos, cuando se fijaron sus ojos en el nombre
de uno de sus servidores contra el que había concebido un odio violento y que
estaba en la cárcel hacía mucho tiempo, sin que mereciera ser tratado de este
modo. «Este, escribió al margen, permanecerá donde está, hasta que el infierno
venga a reclamarlo.» Pero llegó la noche, en vano buscó el descanso, le
atormentaba la conciencia y en ese estado intermedio que no es ni sueño ni vela,
figuróse ver un hombre de una fealdad asquerosa y de unas fuerzas sobre
humanas, que le decía: «Devuelve la libertad a ese hombre o serás castigado por
tu injusticia.» Trató entonces de desechar estas negras visiones y no pudiendo
lograrlo, mandó traer a su cama avíos de escribir y dio la orden de poner al
preso en libertad, pero añadiendo estas palabras: «Este hombre debe su libertad
a Dios y Almanzor no ha consentido en ella sino a su despecho.»
En otra ocasión bebía con el visir
Abul-Moghira ibn-Hazm, en uno de sus soberbios jardines de Zahara, porque, a
pesar del respeto que manifestaba a la religión, bebió vino toda su vida a
excepción de los dos años que precedieron a su muerte. Era la tarde, una de
esas hermosas tardes que no hay más que en los países privilegiados del
Mediodía. Una hermosa cantadora a quien Almanzor amaba, pero que había
concebido una gran pasión por el huésped del ministro, cantó estos versos:
“Huye el día, y la luna muestra ya la mitad de
su disco. El sol que se oculta parece una mejilla, y las tinieblas que se
acercan el bello que la cubre, el cristal de las copas agua helada, y el vino
fuego líquido. Mis miradas me han hecho cometer pecados que nada puede escusar.
Ay, gentes de mi familia, yo amo a un joven que no está al alcance de mi amor,
aunque se halla cerca de mí. ¡Ah! que yo no pudiera arrojarme a él y
estrecharlo contra mi corazón”.
Abul-Moghira comprendió demasiado bien la
intención de estos versos y tuvo la imprudencia de responder enseguida con
estos otros:
“¡El medio, el medio de aproximarme a esa
belleza que está rodeada de un vallado de espadas y de lanzas! ¡Ah! si yo
tuviera la convicción de que es sincero tu amor, yo arriesgaría de buena gana
mi vida por poseerte. Un hombre generoso cuando quiere alcanzar su fin no teme
ningún peligro”.
Almanzor no aguantó más. Bramando de cólera
sacó su espada, y dirigiéndose a la cantadora:
—Dime la verdad, le gritó con voz de trueno;
¿es al visir a quien se dirige tu canto?
—Una mentira podría salvarme, le respondió la
valiente joven, pero no mentiré. Sí, su mirada me ha traspasado el corazón, el
amor me lo ha hecho decir, me ha hecho decir lo que yo quería callar. Podéis
castigarme, señor, pero sois tan bueno, sois tan amigo de perdonar cuando se
confiesan las faltas... Y diciendo esto se deshizo en lágrimas.
Almanzor la había perdonado ya a medias, pero
ahora se tornó su cólera contra Abul-Moghira y le abrumó con un torrente de
reprensiones. El visir lo escuchó sin decir palabra, y cuando acabó de hablar,
le dijo: «Señor, convengo en que he cometido una gran falta, convengo en ello,
pero ¿qué podía hacer? Cada uno es esclavo de su destino, ninguno lo elige,
todos lo sufren, y el mío ha querido que yo amara a la que no debo amar.
Almanzor guardó silencio por algunos
instantes.
—Pues bien! dijo al fin, a ambos os perdono.
¡Abul-Moghira! la que amas es tuya; yo soy quien te la da.
Su amor a la justicia había pasado en
proverbio. Quería que se ejerciera sin acepción de personas, y el favor que
dispensaba a algunos individuos, no los colocaba nunca por cima de las leyes.
Un hombre del pueblo se presentó un día en la audiencia.
—Defensor de la justicia, le dijo, tengo que
quejarme del hombre que se encuentra detrás de vos, y señaló con el dedo al
Eslavo que tenía el empleo de porta escudo y del que Almanzor hacía mucho
caso.—Lo he citado delante del juez prosiguió, pero no ha querido ir.
—¿De veras?, dijo entonces el ministro. ¿No
ha querido ir y el juez no lo ha obligado? Yo creía que Abderramán ibn-Fotais
(este era el nombre del juez) tenía más energía. Y bien, amigo mío, ¿de qué te
quejas?
El otro le contó entonces que había hecho un
contrato con el Eslavo y que este lo había roto. Cuando acabó de hablar, dijo
Almanzor: «Mucho nos dan que hacer estos servidores de nuestra casa,» y
dirigiéndose al Eslavo, que temblaba de miedo: «Entrega el escudo al que está a
tu lado, le dijo, y ve humildemente a responder delante del tribunal a fin de
que se haga justicia. Y vos, continuó dirigiéndose al prefecto de policía,
conducid a ambos ante el juez y decidle que si mi Eslavo ha contravenido al
contrato, yo deseo que se le aplique la pena más grave, la prisión o cualquier
otra.
Y habiendo dado la razón el juez al hombre
del pueblo, este, volvió a presentarse a Almanzor para darle las gracias. «Nada
de gracias, le dijo el ministro, tú has ganado tu pleito, está bien y debes
estar contento, pero yo lo estoy aún, yo tengo también que castigar al bribón
que no se ha avergonzado de cometer una bajeza estando a mi servicio.» Y lo
despidió.
Otra vez, su mayordomo tenía un pleito con un
mercader y fue requerido por el juez, para que prestara juramento: pero
creyendo que el empleo elevado que ocupaba le ponía al abrigo del
procedimiento, se negó a ello. Pero un día que Almanzor llegó a la mezquita
acompañado de su mayordomo, se le acercó el mercader y le contó lo que había
pasado. El ministro hizo arrestar al mayordomo en el mismo instante, mandando
que lo condujeran delante del juez y cuando supo que había perdido el pleito lo
destituyó.
En resumen, si los medios que Almanzor empleó
para apoderarse del poder deben ser condenados, es preciso sin embargo confesar
que una vez que lo obtuvo lo ejerció noblemente. Si el destino lo hubiera hecho
nacer en las gradas del trono, acaso hubiera habido poco que censurarle, quizás
entonces, hubiera sido uno de los príncipes más grandes que recuerda la
historia, pero habiendo visto el día en un antiguo castillejo de provincia, se
vió obligado para alcanzar el objeto de su ambición a abrirse camino a través
de mil obstáculos y debe sentirse que tratando de vencerlos se preocupara rara
vez de la legitimidad de los medios. Era, bajo muchos respectos, un gran
hombre, y sin embargo por poco que se consideren los eternos principios de la
moral, es imposible amarlo y hasta se hace difícil admirarlo.
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