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LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

SALA DE LECTURABIBLIOTECA TERCER MILENIO

LA CREACIÓN DEL UNIVERSO SEGÚN EL GÉNESIS

 
 

HISTORIA ANTIGUA

La aventura del desciframiento de la escritura cuneiforme 

 

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LOS PRIMEROS EXPLORADORES DE BABILONIA.

 

 

Cuando cayó la ciudad de Nínive y cuando Babilonia fue finalmente entregada al destructor, una profunda oscuridad de ignorancia se cernió sobre sus ruinas. El emplazamiento mismo de Nínive cayó en el olvido y, aunque perduró una tradición que señalaba el lugar donde había estado Babilonia, se sabía casi tan poco de aquella gran capital como de su vecina del norte. En la Edad Media, el mundo olvidó muchas cosas y, después, con un vigor asombroso, comenzó a aprenderlas de nuevo. En el hechizo general del olvido, se desprendió de todo recuerdo de estas dos grandes ciudades. Incluso el monje en su celda, a cuya laboriosidad como copista el mundo tiene una deuda que nunca podrá saldar, apenas sabía nada de aquellas ciudades bárbaras, cuyos pecados las habían destruido. Conocía Jerusalén y Belén, pues estas desprendían una fragancia imperecedera en su nariz. Eran ciudades sagradas en una tierra sagrada, y suspiraba al pensar que ahora estaban en manos de infieles. Pero Nínive y Babilonia, se mencionaban, es cierto, en los profetas; pero Nahúm había maldecido a una e Isaías predijo la destrucción de la otra, y habían recibido su merecido. No sabía dónde podían estar, ni le importaba. Pero al cabo de un tiempo llegó la época en que Europa comenzó a reaprender, y lo hizo con una avidez maravillosa. Las Cruzadas despertaron en toda Europa un interés apasionado por Oriente. Palestina, Siria y Egipto fueron recorridos uno tras otro por viajeros que visitaban los lugares sagrados y regresaban a Europa para contar historias maravillosas. Casi todos ellos eran cristianos, que conocían en mayor o menor medida el Nuevo Testamento, pero que, en su mayor parte, ignoraban por completo el Antiguo Testamento. Anhelaban ver la tierra del Señor, pero les importaban poco las referencias a los profetas, héroes o reyes del Antiguo Testamento.

Pero al fin apareció un hombre cuyos intereses iban más allá incluso de los relacionados con la tierra de Palestina. Se trataba de un rabino judío de Tudela, en el reino de Navarra. El rabino Benjamín, hijo de Jonás, partió de su hogar hacia el año 1160 d. C. y viajó por tierra a través de España y Francia, y de allí a Italia. A lo largo del camino tomó notas minuciosas de todo lo que veía, y prestó mucha atención a los hombres eruditos y piadosos de su propia fe con los que se encontró. Desde Italia pasó a Grecia y, de allí, a Constantinopla, ciudad que le causó una profunda impresión. Tras visitar los lugares sagrados de Palestina, atravesó el desierto pasando por Tadmor, cruzó el Éufrates y luego siguió hacia el este hasta el Tigris, donde visitó a los judíos de Mosul. Sobre Mosul y sus alrededores escribió esto que contar:

«Esta ciudad, situada en los confines de Persia, es de gran extensión y muy antigua; se alza a orillas del Tigris y está unida a Nínive por un puente. Aunque esta última yace en ruinas, hay numerosas aldeas y pequeñas localidades habitadas en su emplazamiento. Nínive se encuentra a orillas del Tigris, a una parasang de distancia de la ciudad de Arbil ».

Desde Nínive, Benjamín de Tudela siguió río abajo y visitó Bagdad, por entonces un gran centro cultural tanto musulmán como judío, y esto significó para él más incluso que su riqueza; y es como un punto culminante como se presenta su última frase sobre esta ciudad:

«La ciudad de Bagdad tiene tres millas de circunferencia; la región en la que se encuentra es rica en palmeras, jardines y huertos, de modo que nada la iguala en Mesopotamia. Mercaderes de todos los países acuden allí con fines comerciales, y cuenta con muchos filósofos sabios, muy versados en las ciencias, y magos expertos en todo tipo de encantamientos».

Desde Bagdad, Benjamín se dirigió a Gihiagin o Ras-al-Ain, que identificó erróneamente con Resen (Génesis 10:12), y luego continúa su relato así:

«Desde aquí hay un día de camino hasta Babilonia. Esta es la antigua Babel, y ahora yace en ruinas; pero las calles aún se extienden a lo largo de treinta millas. Aún se pueden ver las ruinas del palacio de Nabucodonosor, pero la gente teme aventurarse entre ellas debido a las serpientes y los escorpiones que las infestan. Viven veinte mil judíos a unas veinte millas de este lugar, y practican su culto en la sinagoga de Daniel, quien descansa en paz. Esta sinagoga es de una antigüedad remota, ya que fue construida por el propio Daniel; está edificada con piedras macizas y ladrillos. Aquí el viajero también puede contemplar el palacio de Nabucodonosor, con el horno ardiente en el que fueron arrojados Hananías, Misael y Azarías; es un valle bien conocido por todos. Hillah, que se encuentra a una distancia de cinco millas, alberga a unos diez mil judíos y cuenta con cuatro sinagogas... A cuatro millas de aquí se encuentra la torre construida por la Generación dispersa. Está construida con ladrillos llamados al-ajurr; la base mide dos millas, la anchura doscientas cuarenta yardas y la altura unas cien canas. Un pasadizo en espiral, integrado en la torre (en tramos de diez yardas cada uno), conduce hasta la cima, desde donde se divisa un panorama de veinte millas, ya que el paisaje es una amplia llanura totalmente llana. El fuego celestial, que azotó la torre, la partió hasta sus cimientos».

No hay motivos para dudar de que Benjamín de Tudela visitara efectivamente Mosul y de que allí viera, al otro lado del río, los grandes montículos que marcaban las ruinas de Nínive, pero no está tan claro que también viera las ruinas de Babilonia. Sí que visitó Bagdad, pues describe esa ciudad en términos propios de un testigo ocular. Sin embargo, no es seguro que hubiera visto realmente las ruinas de Babilonia, ya que su descripción carece de los pequeños detalles que acompañaban a la narración anterior. Probablemente, aquí se limita a reproducir lo que había oído de otros acerca de estas ruinas.

Benjamín de Tudela escribió su narración en hebreo. Fue conocida por los eruditos durante los siglos XIII, XIV y XV, pero no se imprimió hasta 1543, cuando apareció en Constantinopla en escritura rabínica. En 1633 se publicó, con una traducción al latín, en Leiden. Más tarde se publicó en inglés y francés, y así se dio a conocer en gran parte de Europa. A pesar de ser tan conocido, el libro de Benjamín no parece haber llamado la atención sobre las ciudades enterradas de Nínive y Babilonia.

Al igual que las primeras y escasas menciones sobre Persépolis que hicieron los primeros viajeros, estas notas de Benjamín de Tudela darían sus frutos más adelante, pues incitarían a otros viajeros a visitar esas mismas ruinas misteriosas.

La siguiente información sobre los yacimientos antiguos llegó a Europa de la mano de otro judío, el rabino Petajías de Ratisbona, cuyos recuerdos fueron recopilados por uno de sus discípulos a partir de las escasas notas que él mismo había tomado durante el viaje.

La época se acercaba rápidamente al momento en que los europeos comenzaron a viajar extensamente por Oriente, y muchos de ellos visitaron tanto Mosul como Bagdad. La mayoría, sin embargo, no prestó atención alguna a las ruinas que se encontraban cerca de estas ciudades. Muchos, como Sir John Mandeville (1322-1356), no se desplazaron hasta esos yacimientos, sino que se contentaron con relatar lo que habían oído sobre ellos. Marco Polo parece no haber prestado ninguna atención a las ruinas y, aunque visitó tanto Mosul como Bagdad, nunca hace referencia a ellas. Otros confundían Bagdad con Babilonia y creían de verdad que la capital musulmana era la misma ciudad que Nabucodonosor había convertido en una potencia.

En 1583, John Eldred, un viajero y comerciante inglés, visitó Oriente; su pintoresca descripción de Babilonia y Nínive fue una de las primeras noticias que llegaron directamente a Inglaterra sobre estas grandes ciudades. Su relato es el siguiente:

«Desembarcamos en Felugia los días 8 y 20 de junio, donde permanecimos siete días, a falta de camellos para transportar nuestras mercancías a Babilonia. El calor en esa época del año es tal en aquellas tierras que los hombres son reacios a prestar sus camellos para viajar. Esta Felugia es un pueblo de unos cien hogares y un lugar destinado a la descarga de las mercancías que bajan por el río: los habitantes son ar . Al no encontrar camellos aquí, nos vimos obligados a descargar nuestras mercancías y alquilamos cien asnos para transportar nuestras mercancías inglesas únicamente hasta Nueva Babilonia, atravesando un pequeño desierto; en cuya travesía empleamos dieciocho horas, viajando de noche y parte de la mañana, para evitar el gran calor.

»En este lugar que atravesamos se alzaba la antigua y poderosa ciudad de Babilonia, cuyas numerosas minas antiguas se pueden ver fácilmente a la luz del día, las cuales yo, John Eldred, he contemplado a menudo con todo mi tiempo libre , tras haber realizado tres viajes entre la Nueva Babilonia y Alepo a través de este desierto. Aquí también se conservan aún las ruinas de la antigua torre de Babel, que, al estar situada en terreno llano, parece enorme desde lejos, pero cuanto más te acercas a ella, más pequeña y más pequeña se ve: en varias ocasiones he ido hasta allí para verla y he encontrado los restos aún en pie, con un perímetro de aproximadamente un cuarto de milla, y casi tan altos como la piedra tallada del campanario de St. Paul en Londres, aunque parecían mucho más grandes. Los ladrillos que quedan en este monumental y antiquísimo edificio tienen media yarda de grosor y tres cuartos de yarda de largo, secados únicamente al sol, y entre cada hilada de ladrillos hay una hilada de esteras hechas de cañas, que se conservaban en buen estado y no se habían deteriorado, como si se hubieran colocado hace menos de un año. La ciudad de Nueva Babilonia linda con el desierto antes mencionado, donde se encontraba la ciudad antigua, y el río Tigris discurre muy cerca de la muralla; si quisieran, podrían abrir una compuerta y dejar que sus aguas rodearan la ciudad. Tiene una circunferencia de unas dos millas inglesas, y los habitantes suelen hablar tres idiomas, a saber, el persa, el árabe y el turco: la gente tiene la tez de los españoles; y las mujeres suelen llevar en uno de los cartílagos de la nariz un anillo parecido a un anillo de boda, pero algo más grande, con una perla y una piedra turca engastadas en él, y lo hacen por muy pobres que sean».

La antigua confusión entre Bagdad y Babilonia existe claramente en la mente de Eldred, pero, aparte de ese error, sus palabras tienen un tono mágico y bien podrían inducir a otros a emprender el viaje para contemplar tales vistas. Parece que no llegó a ver en absoluto las ruinas de Nínive, pero otro inglés, que zarpó de Venecia en 1599, tuvo más suerte y también fue más romántico.

Hay más elocuencia en Anthony Shirley (o Sherley), quien escribió así sobre ambas ciudades:

«Hablaré —de Babilonia; no con la intención de contar historias, ni de las enormes minas de la primera ciudad ni del esplendor de la segunda, sino —pues nada impresiona más a la naturaleza humana que el ejemplo— para mostrar la verdad de la palabra de Dios, cuyas venganzas, amenazadas por sus profetas, se han cumplido verdaderamente en todas esas tierras…

Todo el terreno en el que se extendía Babilonia yace ahora desolado; nada permanece en esa península entre el Éufrates y el Tigris, salvo una parte —y solo una pequeña parte— de la gran Torre, que Dios ha permitido que permanezca en pie (si es que el hombre puede hablar con tanta seguridad de Sus grandes y impenetrables designios) como testimonio eterno de su obra en medio de la confusión del orgullo humano, y aquel Arca de Nabucodonosor como recuerdo igualmente perpetuo de su gran idolatría y merecido castigo!

Nínive, aquella que el propio Dios llamó «la gran ciudad», no tiene ni una sola piedra en pie que pueda recordar la existencia de una ciudad. A una milla inglesa de allí se encuentra un lugar llamado Mosul, una localidad insignificante, más bien para dar testimonio del poderío de la otra y del juicio de Dios que de cualquier tipo de magnificencia en sí misma».

En estas palabras resuena por primera vez la nota que atraería a exploradores entusiastas a estos montículos. Los viajeros anteriores habían mirado con curiosidad estos montículos y luego habían seguido su camino; este hombre vio en ellos hechos que ilustraban a los profetas hebreos. Más adelante, partirían expediciones desde Inglaterra con el propósito específico de buscar en ellos libros que pudieran confirmar o ilustrar la historia y la profecía del pueblo hebreo. La verdadera fuerza que impulsaba las cuantiosas aportaciones económicas para estas exploraciones era este deseo de conocer cualquier cosa que tuviera alguna relación posible con las Escrituras del Antiguo Testamento. Anthony Shirley no vivió aquella época, pero en espíritu formaba parte de ella.

En todos estos relatos de viajeros de paso, la ignorancia se mezclaba con la credulidad, y se echaba en falta un conocimiento concreto. Lo máximo que se había logrado era la perpetuación y el fomento del interés por estas ciudades. El escaso progreso que se había alcanzado queda patente en la publicación en 1596, en Amberes, del gran «Tesoro Geográfico» de Ortelius, una lista alfabética de lugares, a la que se añadían los datos geográficos descriptivos que se conocían en aquel momento. Ortelius afirma que ciertos escritores identificaban Nínive con Mosul, pero, al no disponer de información concreta, tuvo que dejar el asunto ahí. De Babilonia se sabía aún menos. Todas las fuentes citadas por Ortelius, excepto Benjamín de Tudela, identifican Babilonia con Bagdad, y él acepta esa postura. De ello se desprende claramente que se necesitaban más viajeros que no solo vieran, sino que también comprendieran lo que veían.

Un primer paso lo dio un viajero inglés, John Cartwright, cuyo tono es muy similar al de Sherley, aunque su aportación al conocimiento del tema es mayor:

«Tras cruzar este río [el Choaspes], nos dirigimos hacia Mosul, una ciudad muy antigua de este país, a varios días de viaje de Valdac, y acampamos a orillas del río Tigris. Aquí, en estas llanuras de Asiria y a orillas del Tigris, y en la región del Edén, fue construida Nínive por Nimrod, aunque la terminó Nino. Todos los escritores profanos coinciden, y las Escrituras lo confirman, en que esta ciudad superaba a todas las demás en extensión y en magnificencia. Pues, a juzgar por los cimientos en ruinas (que examiné minuciosamente), parece que se construyó con cuatro lados, aunque no iguales ni en forma de cuadrado; pues los dos lados más largos medían cada uno (según estimamos) ciento cincuenta furlongs, y los dos más cortos, noventa furlongs, lo que suma cuatrocientos ochenta furlongs de superficie, lo que equivale a tres escoras de millas, contando ocho furlongs por cada milla italiana. Las murallas tenían un pie de altura y una anchura tal que tres carros podían pasar a toda velocidad por delante; estas murallas estaban adornadas con mil quinientas torres, lo que confería una belleza extraordinaria al conjunto y una fortaleza no menos admirable para la época».

Tras estas descripciones del pasado y el presente de Nínive, Cartwright aportó algunos extractos de su historia y concluyó así:

«Por último, que esta ciudad era mucho más grande que Babilonia, siendo la Dama de Oriente, la Reina de las Naciones, y las riquezas del mundo, con más habitantes dentro de sus murallas de los que hay ahora en algún reino; pero ahora está destruida (tal y como Dios predijo que la destruirían los caldeos), sin ser más que (sic) una sepultura de sí misma, una pequeña localidad de escaso comercio, donde el patriarca de los nestorianos tiene su sede, bajo la tutela de los turcos. En varias ocasiones mantuvimos conversaciones con este patriarca; y, entre muchas otras palabras que pronunció, nos recomendó que, antes de partir, viéramos la mano de Edén, a solo doce millas río arriba, la cual, según afirmó, era «sin duda alguna, una parte del Paraíso».

Por muy interesado que estuviera Cartwright en el material histórico y legendario, siguió cometiendo el error de confundir Bagdad con Babilonia. Sin embargo, sus descripciones contenían algunos datos nuevos:

«En aquella región contemplamos detenidamente dos lugares de gran antigüedad: uno eran las ruinas de la antigua torre de Babel (tal y como sostienen los habitantes hasta el día de hoy), construida por Nimrod, sobrino de Cam, ...

«Y hoy en día, lo que queda de ella se llama el vestigio de la torre de Babel: se alza allí con una extensión de un cuarto de milla en corapasse y una altura equivalente a la obra de piedra del campanario de St. Paul en Londres. Fue construida con ladrillos cocidos, cementados y unidos con mortero bituminoso, con el fin de que no presentara ninguna grieta. Los ladrillos miden tres cuartos de yarda de longitud y un cuarto de grosor, y entre cada hilada de ladrillos se colocaba una hilada de esteras hechas de cañas y hojas de palmera, tan frescas como si se hubieran colocado en el último año.

«El otro lugar digno de mención son las ruinas de la antigua Babilonia, ya que fue la primera ciudad que se construyó tras el Diluvio… Esta ciudad se erigió a orillas del río Éufrates, tal y como comprobamos de primera mano, tras pasar más de dos días de viaje entre sus ruinas.

»Entre los demás edificios majestuosos se encontraba el templo de Bel, erigido por Semíramis en el centro de esta ciudad… Hay quien piensa que las ruinas de la torre de Nimrod no son más que los cimientos de este templo de Bel, y que, por ello, muchos viajeros se han dejado engañar, al suponer que han visto una parte de aquella torre que construyó Nimrod. Pero, ¿quién puede decir si se trata de una cosa o de otra? Puede ser que aquel caos confuso que vimos fueran las ruinas de ambas, ya que el templo de Bel se erigió sobre el de Nimrod».

No faltan indicios en este relato de que Cartwright conocía la descripción de Sherley, a quien casi parece citar en la comparación con la catedral de San Pablo.

La visita a Babilonia y Nínive se estaba convirtiendo ahora en un asunto tan internacional como lo fue la observación de las ruinas de Persépolis poco tiempo después. Gasparo Balbi, un veneciano; Alexander Hamilton, un inglés; y don García de Silva y Figueroa, un español, siguieron poco después a Cartwright, pero no avanzaron en sus investigaciones más allá de lo que ya habían visto sus predecesores. Tras ellos llegó el gran viajero Pietro della Valle, al que ya se ha dedicado tanta atención en un relato anterior sobre Persépolis. Cometió el mismo error de confundir Bagdad con la antigua Babilonia, pero visitó Hillah, algo que probablemente pocos de sus predecesores habían hecho. También visitó el gran montículo cercano a Hillah, llamado «Babil» por los nativos. Pietro della Valle creía que se trataba de las ruinas de la Torre de Babel. Hizo que un artista realizara un boceto de este montículo y de él recogió algunos ladrillos, que posteriormente se llevó a Roma. Uno de ellos se lo regaló a Atanasio Kircher, el jesuita, quien escribió un erudito tratado sobre la Torre de Babel. Kircher creía que este ladrillo había formado parte de la Torre de Babel original, derribada por la mano de Dios, un testigo silencioso de la gran época de la dispersión de las lenguas. Lo colocó en su museo, donde aún se conserva. Probablemente se trate de la primera antigüedad babilónica que llegó a Europa, por lo que siempre revistirá un gran interés. Aunque no era lo que Pietro della Valle y Kircher suponían, era, no obstante, un ladrillo procedente del glorioso período de la historia babilónica, y que para el mundo de las letras tenía un significado de enorme importancia. Era el presagio de grandes cantidades de tablillas y ladrillos de construcción que pronto llegarían desde aquella tierra. Mucho más allá de los sueños del estudioso medieval de la Torre de Babel se encontraban este primer ladrillo y los que le seguirían, para transmitir los pensamientos de los hombres.

Tras estos hombres de mundo, otros dedicados a misiones religiosas recorrieron el valle de un extremo a otro: agustinos, jesuitas, carmelitas y franciscanos—, algunos de los cuales visitaron los yacimientos cubiertos de ruinas, mientras que otros se contentaron con relatar lo que habían oído. En general, les impresionaba la idea de encontrarse en tierras donde Dios había manifestado de manera notable su descontento con los hijos de los hombres, pero ninguno de ellos parece haber sentido ningún impulso de imaginación ante el recuerdo de las grandes hazañas de la historia humana que allí se habían llevado a cabo. Naturalmente, no sabían más del significado de los montículos que quienes les habían precedido.

Así llegó el final del siglo XVII, y nadie sabía más de la historia de Babilonia ilón ni de Nínive de lo que se podía deducir de las páginas de los griegos o los latinos, o de las conmovedoras palabras del Antiguo Testamento. La época del viajero que iba y veía, y nada más, estaba ya a punto de terminar, y la era del explorador científico se acercaba a pasos agigantados. Antes de que los hombres se sintieran impulsados a desenterrar esos grandes montículos, había que despertar su interés por ellos, y eso es lo que el viajero había logrado en cierta medida. Había llegado la era del explorador y del descifrador, y el avivamiento intelectual de la época se manifestaba en un estudio exhaustivo de los montículos de Nínive y Babilonia.

 

EXPLORACIONES EN ASIRIA Y BABILONIA,

1734-1820

 

El hombre que inició la nueva era de la exploración no era él mismo un explorador, ni lo eran varios de sus sucesores inmediatos. Era, sin embargo, un hombre de espíritu científico, y en eso se diferenciaba de quienes le habían precedido. No buscaba maravillas, ni indagaba ansiosamente por pruebas de extraños acontecimientos ocurridos en tiempos oscuros. Era un estudioso de la geografía y la historia, y se adentró en Oriente con el encargo específico de estudiarlas. Jean Otter, miembro de la Academia Francesa de Inscripciones y Bellas Letras, y posteriormente profesor de árabe en el Collège de France, pasó diez años en Asia occidental, enviado allí con fines de estudio por el conde de Maurepas. Su descripción de la ciudad de Nínive es, en efecto, muy diferente de todas las que la precedieron. Su tono crítico, de separar lo falso de lo verdadero, es el tono de la nueva era que acababa de comenzar:

«Abulfeda [el geógrafo árabe] afirma que Nínive se encontraba en la orilla oriental del Tigris, frente a la actual Mosul; o bien se equivocó, o bien los habitantes de la región están muy equivocados, pues estos últimos sitúan Nínive en la orilla occidental del Tigris, en el lugar que llaman Eski -Mosul. Si intentamos conciliar ambas opiniones suponiendo que Nínive se construyó a ambos lados del río, no se gana nada, pues Eski-Mosul se encuentra siete u ocho leguas más arriba por el curso del río. Hay un punto que parece favorecer la creencia de Abulfeda, y es que, frente a Mosul, hay un lugar llamado Tell-i-Tou­bah —es decir, la Colina del Arrepentimiento—, donde, según se dice, los ninivitas se cubrían de cilicio y cenizas para apartar la ira de Dios».

Otter también visitó los montículos de Hillah y, gracias a un mejor conocimiento de los geógrafos árabes que cualquiera de sus predecesores, situó la antigua ciudad de Babilonia cerca de Hillah. Ni siquiera él logró determinar la ubicación exacta de la ciudad, pero el emplazamiento quedó casi establecido. Un erudito con formación científica, como era Otter, no la había encontrado, pero al menos las ideas de la gente se habían alejado de la identificación con Bagdad.

Después de Otter, la tierra de Babilonia recibió la visita de un misionero carmelita, el padre Emmanuel de Saint Albert. Este vio las ruinas de Hillah y elaboró un informe muy importante al respecto para el duque de Orleans. Su relato no se publicó, pero, en forma de manuscrito, llegó a manos de D’Anville, quien presentó ante la Academia de Inscripciones de París una ponencia sobre el emplazamiento de Babilonia. Esta ponencia se basaba, en sus partes concluyentes, en la descripción del sur de Babilonia ofrecida por Pietro della Valle y, especialmente, en la que ahora ofrecía el misionero carmelita. Las palabras de este último difieren en aspectos importantes de las descripciones de cualquier viajero que le hubiera precedido. Dice:

«Antes de llegar a Hillah se divisa una colina formada por las ruinas de algún gran edificio. Puede tener entre dos y tres millas de circunferencia. Me llevé de allí algunos ladrillos cuadrados, en los que había inscripciones en unos caracteres desconocidos. Frente a esta colina, y a dos leguas de distancia, se divisa otra colina similar, situada entre dos tramos del río a igual distancia... Nos dirigimos a la colina opuesta, que ya he mencionado; esta se encuentra en Arabia, a aproximadamente una hora de distancia del Éufrates, y la otra está en Mesopotamia, a la misma distancia del Éufrates, y ambas exactamente una frente a la otra. Me pareció

muy parecida a la otra, y me llevé algunos ladrillos cuadrados, que tenían las mismas marcas que los mencionados anteriormente. En esta colina observé un fragmento de muro grueso, que aún se mantenía en pie en la cima y que, desde la distancia, parecía una gran torre. Junto a él yacía volcada una masa similar; y el cemento era tan sólido que resultaba totalmente imposible separar un ladrillo entero. Ambas masas parecían haber sido vitrificadas, lo que me llevó a concluir que estas ruinas eran de la más antigua antigüedad. Muchas personas insisten en que esta última colina son los restos de la verdadera Babilonia; pero no sé qué pensarán de la otra, que está enfrente y es exactamente igual que esta. La gente del lugar me contó mil historias absurdas sobre estos dos montículos; y los judíos llaman a este último «la prisión de Nabucodonosor».

A diferencia de los viajeros que le habían precedido, a este misionero no le importaba lo más mínimo lo maravilloso, y no daba crédito a las historias de los nativos. Sin embargo, había descrito estas ruinas de forma tan completa y precisa que el trabajo de D’Anville resultó relativamente fácil. Decidió que aquella era realmente Babilonia, y que Bagdad no era su representante moderno. La conclusión final de D’Anville es interesante y abre una nueva era en el estudio de esta parte de Oriente:

«Los caracteres escritos que, como dice el padre Emmanuel en su informe, están grabados en los ladrillos que quedan de edificios tan antiguos que podrían haber formado parte de la Babilonia original, constituirían para los estudiosos que deseen adentrarse en la antigüedad más remota un tema de reflexión y estudio totalmente nuevo. «

Estas palabras fueron escritas en 1755, en pleno siglo XVIII. Muestran cómo el estudio de la ciudad de Babilonia iba a la zaga de la investigación sobre las ciudades de Persia. Precisamente en esa época, como ya hemos visto, Europa se agitaba con interés por la gran dinastía aqueménida, y no solo se conocía bien el emplazamiento de Persépolis, sino que sus inscripciones se habían copiado en varias ocasiones y se intentaba con entusiasmo descifrarlas. Aún no había llegado el momento de pasar del estudio de Persépolis al de Babilonia, pero esa hora se acercaba rápidamente. El padre Emmanuel y su hábil intérprete ante la Academia habían contribuido en gran medida a acortar ese plazo.

En diciembre de 1765, Carsten Niebuhr, cuyo nombre ya ha ocupado un lugar destacado en esta historia en relación con las ruinas de Persépolis, visitó Hillah. Estaba absolutamente convencido de que aquellas ruinas pertenecían a la ciudad de Babilonia. Le impresionaron profundamente su enorme tamaño, pero aún más por las pruebas de un elevado grado de civilización que estas indicaban. Encontró, esparcidos por el suelo y alrededor de los grandes montículos, numerosos ladrillos cubiertos de inscripciones. Niebuhr no pudo leer ni una sola línea de ellas, y ningún hombre vivo habría podido hacerlo; pero que existían, y que la escritura era la de los antiguos babilonios, era ya bien sabido en Europa. Europa, sin embargo, no había logrado comprender en absoluto el significado de estos importantes hechos. Europa creía que un pueblo que solo podía escribir sobre arcilla debía de haber sido, sin duda, un pueblo con un bajo nivel de civilización y que debía de haber poseído una literatura muy escasa. Niebuhr cita estas palabras de Bryant, que eran bastante representativas de la opinión general que se tenía en Europa: «No puedo evitar formarme una opinión sobre la cultura de un pueblo a partir de los materiales con los que se desarrolla y se lleva a cabo, y creo que la literatura debía de haber sido muy escasa, o inexistente, allí donde se aplicaban los medios antes mencionados». A Niebuhr ese razonamiento le parecía una locura. En su opinión, la presencia de esos ladrillos inscritos era prueba de un nivel de civilización muy elevado. Lamentó no poder permanecer más tiempo en el yacimiento para estudiar más a fondo sus ruinas, y pidió encarecidamente que otros continuaran la labor que él había tenido que dejar inconclusa.

Niebuhr también visitó los montículos cerca del Tigris y frente a la ciudad de Mosul. También aquí fue tan claro y convincente en su razonamiento como lo había sido en Hillah. Identificó sin dificultad el emplazamiento de Nínive, pero parece que le impresionó mucho menos que la más antigua y grandiosa ciudad madre de Babilonia.

La esperanza y el deseo de Niebuhr de que otros le siguieran pronto para continuar las investigaciones en Babilonia se vieron pronto satisfechos. El 6 de julio de 1781, M. de Beauchamp zarpó de Marsella para llevar a cabo observaciones astronómicas en Bagdad y realizar estudios históricos y geográficos en los alrededores. Visitó Hillah y contribuyó aún más a su localización exacta. Su conocimiento de las lenguas y de la arqueología, tanto del pasado como presente de Oriente no estaban a la altura de los de Niebuhr, por lo que cometió curiosos errores en cuanto a los nombres que los árabes habían dado a ciertas partes de los montículos; sin embargo, supuso un nuevo paso adelante. El montículo que los viajeros conocían desde hacía tiempo como el montículo de Babel lo designó ahora con el nombre de Makloube. Por primera vez llamó la atención sobre un segundo montículo cercano al primero, que considera el emplazamiento de Babilonia; se trata del montículo llamado El-Kasr por los árabes.

Sobre el montículo de Hillah dice: «Aquí se hallan esos ladrillos grandes y gruesos, impresos con caracteres desconocidos, cuyos ejemplares he entregado al abate Bartholomy… El maestro albañil encargado de excavar en busca de ladrillos me informó de que los lugares de donde los obtenía eran muros grandes y gruesos y, a veces, cámaras. Ha encontrado con frecuencia vasijas de barro, mármoles grabados y, hace unos ocho años, una estatua de tamaño natural, que arrojó entre los escombros. En una pared de una cámara encontró las figuras de una vaca, del sol y de la luna, formadas con ladrillos barnizados. Se han hallado algunos ídolos de arcilla que representan figuras humanas. Encontré un ladrillo en el que había un león y, en otros, una media luna en relieve. Los ladrillos están unidos con betún, salvo en un lugar, que está bien conservado, donde están unidos por una capa muy fina de cemento blanco, que parece estar hecho de cal y arena».

«La mayoría de los ladrillos hallados en Makloube tienen inscripciones; pero no parece que estuvieran pensadas para ser leídas, pues son tan comunes en los ladrillos enterrados en las paredes como en los que están en el exterior...

«El maestro albañil me condujo por un valle que él mismo excavó hace mucho tiempo para acceder a los ladrillos de un muro que, a juzgar por las marcas que me mostró, supongo que tenía sesenta pies de grosor. Discurría perpendicularmente al lecho del río y probablemente era la muralla de la ciudad. Encontré en ella un canal subterráneo que, en lugar de estar abovedado, está cubierto con piezas de arenisca de seis o siete pies de largo por tres pies de ancho. Estas ruinas se extienden varias leguas al norte de Hella y marcan de forma incontestable la ubicación de la antigua Babilonia…

«Además de los ladrillos con inscripciones, que ya he mencionado, hay cilindros macizos, de tres pulgadas de diámetro, de una sustancia blanca, cubiertos de una escritura muy pequeña, parecida a las inscripciones de Persépolis mencionadas por Chardin. Hace cuatro años vi uno; pero no me apresuré a conseguirlo, ya que me aseguraron que eran muy comunes. Se lo comenté al maestro albañil, quien me dijo que a veces encontraba algunos, pero que los dejaba entre los escombros por considerarlos inútiles. También se encuentran piedras negras con inscripciones grabadas también se encuentran».

En estas descripciones y relatos del erudito e inquisitivo abate se encuentran las primeras noticias de excavaciones y los primeros relatos del hallazgo de inscripciones más allá de los simples ladrillos de construcción estampados con nombres y títulos de reyes. Estos se habían visto a menudo antes y varios habían sido llevados a Europa. El período de descripción de los túmulos ha llegado ahora a su fin y el período de excavación ha comenzado de pleno. Estas pequeñas inscripciones que al principio despertaron tan escaso interés en el abate Beauchamp pronto serían buscadas con avidez con pico y pala. Luego vendría el esfuerzo por descifrarlas y, más tarde, el conocimiento completo de la historia pasada del gran valle. Una observación del abate reviste gran importancia en esta historia. Los cilindros, dice, estaban «cubiertos de una escritura muy pequeña, parecida a las inscripciones de Persépolis mencionadas por Chardin». Esto señalaba, como por instinto profético, la línea exacta que se seguiría para el desciframiento de la literatura de Babilonia.

El conocimiento definitivo de la ubicación de Nínive, tal y como el abate Beauchamp había logrado con la de Babilonia, lo obtuvo poco después un médico francés, Guillaume A. Olivier, que fue enviado a Oriente con el objetivo principal de realizar estudios científicos. No poseía los mismos conocimientos sobre el mundo antiguo que el abate y, por lo tanto, no logró aportar ninguna contribución independiente al avance del conocimiento sobre Nínive. Sus referencias a la ciudad son bastante escasas y no parece haber visto ninguna inscripción. En aquella época, el conocimiento de la antigua Babilonia superaba con creces el de Nínive. No obstante, conviene señalar que ya se habían descubierto ambos yacimientos y que en Babilonia se habían iniciado excavaciones a muy pequeña escala. Es cierto que estas excavaciones se llevaron a cabo principalmente para obtener material de construcción destinado a la edificación de viviendas para los habitantes de los alrededores. Sin embargo, de forma incidental se encontraron inscripciones, que se reconocieron como textos del antiguo pueblo de Babilonia. Las palabras de Beauchamp causaron una gran impresión en Europa y fueron objeto de gran debate. Especialmente en Inglaterra, despertaron en muchos un ferviente deseo de contemplar estas inscripciones —los libros de los babilonios— y de intentar descifrarlas. Tan pronto como este deseo se concretara, era seguro que daría lugar a un intento de adquirir algunas de ellas para un museo inglés. La primera iniciativa en este sentido la tomó la Compañía de las Indias Orientales de Londres, que, el 18 de octubre de 1797, envió una carta al gobernador de Bombay ordenándole que diera instrucciones al residente de la compañía en Busora para que se buscaran algunos de esos ladrillos con inscripciones. A continuación, debía hacer que se embalaran cuidadosamente y se enviaran lo antes posible a Londres. A principios de 1801 llegó la primera caja a la East India House de Londres. Estas inscripciones eran las primeras que habían llegado a Londres. Es cierto, en efecto, que nadie podía leerlas. Sin embargo, se erigían como monumentos silenciosos del pasado, y su mera presencia en Londres impulsaba a los hombres a intentar descifrarlas. También se había señalado su parecido con las inscripciones de Persépolis, y de ello ya no cabía duda. En aquel momento se estaba llevando a cabo el trabajo que dio lugar a la lectura del persa antiguo. Ahora había inscripciones en babilonio antiguo, y también debían leerse.

Por fin había entusiasmo e interés real por Babilonia. Este interés general se centró en un notable libro de Joseph Hager, que fue el resultado directo de su examen de las inscripciones babilónicas que se encontraban entonces en la Casa de las Indias Orientales. El pequeño libro de Hager fue trascendental tanto por sus sugerencias como por sus conclusiones. En unas pocas páginas repasó la historia de las observaciones realizadas en Babilonia y, a continuación, relacionó las piedras con inscripciones allí halladas con las inscripciones de Persépolis. Sus afirmaciones sobre estos puntos bien merecen ser repetidas:

«Es bien sabido que, desde hace más de un siglo —época en la que los viajeros europeos descubrieron por primera vez las inscripciones de Persépolis—, las opiniones han estado muy divididas con respecto a estos caracteres. Algunos han creído que eran talismanes, y otros que eran los caracteres de los guebres, o antiguos habitantes de Persia; otros los consideraban meros jeroglíficos, y otros, caracteres alfabéticos, como los nuestros. KAEMPFER supuso que expresaban ideas completas, al igual que los caracteres chinos, pero que se habían reservado exclusivamente para el palacio de Istakhar...

«Gracias a los ladrillos babilónicos aquí expuestos, se resuelve toda la dificultad relativa a su origen; pues es evidente que Babilonia, en cuanto a civilización, era mucho más antigua que Persépolis, y que los caldeos eran un pueblo célebre cuando el nombre de los persas apenas se conocía».

Hay que recordar que este librito de Hager se escribió antes de que se hubieran descifrado en absoluto las inscripciones de Persépolis, lo que hace aún más notables las generalizaciones de este hombre dotado, que parecía prever las mismas conclusiones a las que llegarían los hombres cuando tanto las inscripciones de Persépolis como estos nuevos textos fueran finalmente descifrados. Hager llegó incluso más allá de estas deducciones al resumir sus conclusiones al final de su volumen, pues allí afirmó que incluso los asirios debían de haber utilizado el mismo método de escritura —y esto antes incluso de haber visto una sola inscripción asiria de ningún tipo.

El librito de Hager tuvo una influencia desproporcionada en relación con su tamaño. Los grandes tomos de muchos viajeros no habían logrado suscitar más que un interés pasajero. Su libro se tradujo pronto al alemán y causó una gran impresión en Grotefend, que por entonces estaba profundamente absorto en sus esfuerzos por descifrar los registros de los reyes aqueménidas. En su versión inglesa se dio a conocer en Francia, donde inspiró al arqueólogo A. L. Millin a publicar en facsímil una pequeña piedra con inscripción que el botánico Michaux había traído varios años antes de las cercanías de Bagdad a París. El artículo de Millin calificaba esta pequeña inscripción de «monumento de Persépolis», aunque sus propias afirmaciones demuestran que no procedía de Persépolis, sino de Babilonia. Su copia de esta hermosa y pequeña inscripción se sumó a la creciente lista de objetos que despertaban en la gente la creencia de que bajo los montículos de Hillah y sus alrededores debían yacer enterrados grandes tesoros de monumentos del pasado de Babilonia.

Mientras aparecían estas publicaciones, y mientras la gente seguía examinando con curiosidad las inscripciones de la Casa de las Indias Orientales, un hombre se preparaba para una obra que demostraría la veracidad de esas esperanzas y asombraría al mundo con descubrimientos insospechados.

Claudius James Rich, que había nacido en Dijon, Francia, en 1787, pero pasó su infancia en Bristol, Inglaterra, donde recibió su primera educación, se trasladó muy joven a Bombay al servicio de la Compañía de las Indias Orientales. Dotado de un extraordinario amor por las lenguas y de una facilidad especial para aprenderlas, allí se familiarizó con el latín y el griego, y especialmente con el hebreo, arameo, el persa, el árabe e incluso, en cierta medida, el chino. Más tarde, gracias a afortunadas circunstancias, tuvo la oportunidad de continuar sus estudios orientales en Constantinopla y Esmirna, y posteriormente en Egipto; mientras que una estancia en Italia le permitió dominar la lengua de aquel pueblo. Antes de cumplir los veinticuatro años ya había sido nombrado residente de la Compañía de las Indias Orientales en Bagdad. Aunque probablemente no se hubiera estado preparando conscientemente para este puesto en concreto, todo lo que había aprendido y gran parte de lo que había vivido le resultaron ahora de gran utilidad. Al principio de su estancia en Bagdad parece que lo que más le interesaba era la propia ciudad y sus alrededores más cercanos, y comenzó a recopilar material para una historia de su pachalato. En 1811, sin embargo, algo le llevó a visitar las ruinas de la antigua Babilonia, y de inmediato se despertó en él una nueva pasión. El 10 de diciembre de 1811 vio por primera vez los grandes montículos, a los que ahora iba a dedicar tanta energía y entusiasmo. Sus primeras impresiones fueron claramente decepcionantes. Cuando pudo aprovechar la primera oportunidad para plasmarlas por escrito, dijo:

«Por los relatos de los viajeros modernos, esperaba haber encontrado en el yacimiento de Babilonia más, y menos, de lo que realmente encontré. Menos, porque no podía imaginarme la prodigiosa extensión de las ruinas en su conjunto, ni el tamaño, la solidez y el perfecto estado de algunas de sus partes concretas; y más, porque pensaba que habría distinguido algunos vestigios, por imperfectos que fueran, de muchas de las principales estructuras de Babilonia. Me imaginaba que habría podido decir: «Aquí estaban las murallas, y tal debía de ser la extensión del recinto. Allí se alzaba el palacio, y esta era sin duda alguna la torre de Belus». Me equivoqué por completo; en lugar de unos pocos montículos aislados, encontré toda la superficie del terreno cubierta de vestigios de construcciones; en algunos lugares consistían en muros de ladrillo sorprendentemente bien conservados, en otros simplemente en una vasta sucesión de montículos de escombros de formas, variedad y extensión tan indeterminadas que sumirían en una confusión y contradicción inextricables a cualquiera que intentara formular una teoría».

Esta primera visita de Rich a Babilonia fue breve, pues ya estaba de vuelta en Bagdad el 21 de diciembre. En ese corto tiempo, sin embargo, había cartografiado todos los montículos y los había localizado correctamente mediante observaciones astronómicas. También examinó los montículos excavando en varios puntos, lo que las siguientes palabras pueden describir suficientemente:

«Fui con diez hombres, provistos de picos y palas, para realizar experimentos en el Mujelibe; excavaron en los montículos de la parte superior y encontraron capas de ladrillos cocidos, con inscripciones colocadas en mortero. Parece que una especie de parapeto de ladrillos sin cocer rodeaba el conjunto. En la cara occidental, los ladrillos de barro no solo estaban colocados sobre juncos, sino que se mezclaban con ellos. En la cara norte, donde también se conserva una parte en pie, los ladrillos no están mezclados con juncos, sino que solo se colocaron sobre capas de estos; aquí encontré algunas vigas de palmera datilera, de las que me llevé algunos ejemplares. La parte del muro de barro que se mantiene en pie en la fachada oeste no es gruesa; la del lado norte lo es más, pero ninguna de ellas tiene un grosor considerable. En la fachada norte, la altura de todo el montículo hasta la parte superior del parapeto es de 132 pies. El ángulo sureste es más alto».

De estos muros extrajo muestras de los ladrillos de construcción con inscripciones y, asimismo, cuando fue posible, compró a los habitantes diversas inscripciones más pequeñas, que más tarde pasarían a formar parte de los tesoros del Museo Británico. El trabajo de Rich en aquel momento parecía escaso en cuanto a volumen, pero fue el primer estudio serio de todos los montículos y ha constituido, desde entonces hasta hoy, la base de todos los exámenes posteriores de los mismos. Su trabajo se había realizado con tal esmero que, tras un conocimiento posterior , a modificar sus conclusiones solo ligeramente. Su primer informe se publicó, por extraño que parezca, en Viena, pero se leyó y debatió con gran interés en Londres. Aunque estaba libre de teorizaciones, suscitó, no obstante, una reseña y una crítica del mayor Rennell, quien argumentó que Rich no había tenido debidamente en cuenta las alusiones de los historiadores y geógrafos clásicos y que, por lo tanto, había identificado erróneamente algunas ruinas. El artículo de Rennell llevó a Rich a visitar de nuevo las ruinas, para verificar o corregir sus primeras afirmaciones. En su segunda visita encontró algunos aspectos que corregir, pero, en general, confirmó y consolidó sus conclusiones anteriores. Los resultados de esta visita se plasmaron por escrito en Bagdad en el mes de julio de 1817 y, al igual que la primera publicación de Rich, impulsaron de manera muy clara la investigación sobre la antigua ciudad.

Rich ya había logrado lo suficiente para alcanzar la fama, pero aún iba a aportar mucho más a los estudios orientales, no, en realidad, en Babilonia, sino en el otro centro principal, la ciudad de Nínive. En abril de 1820 partió de Bagdad para escapar de su calor mediante un viaje por el Kurdistán, lo que dio lugar a valiosos resultados en la geografía de una tierra que por entonces apenas había sido visitada por los europeos. En este viaje, el señor Rich llegó a Mosul el 31 de octubre de 1820 y allí pasó cuatro meses. La experiencia adquirida en su trabajo en Babilonia se aprovechó ahora de manera espléndida. Visitó y dibujó, con planos, cada uno de los grandes montículos que podían considerarse parte de la antigua ciudad de Nínive. El primero de estos montículos en ser explorado fue el conocido entre los nativos como Neby Yunus, porque se suponía que contenía la tumba del profeta Jonás. Allí descubrió que incluso un examen superficial con la pala revelaba inscripciones, y los nativos le mostraron algunas que habían encontrado. Estaban estaban escritas en caracteres cuneiformes, que Rich, por supuesto, no podía leer, pero algunas se conservaron para el Museo Británico, donde su influencia pronto se haría notar. Desde Neby Yunus, Rich trasladó sus investigaciones a Kuyunjik, donde inspeccionó el montículo, trazó un plano del mismo, y conversó con los lugareños, de quienes apenas averiguó que la mayoría de las inscripciones se habían hallado en Neby Yunus.

Tras las investigaciones en estos dos túmulos, Rich descendió por el río y estudió el túmulo de Nimrud, donde, según los lugareños, yace enterrado Nimrod. En cada pueblo árabe que visitó, Rich encontró inscripciones en escritura cuneiforme. Adquirió para su colección algunas que eran lo suficientemente pequeñas como para transportarlas fácilmente. Muchas, sin embargo, de carácter monumental, talladas en piedras que los árabes habían utilizado para construir sus miserables chozas. Rich no parece haber encontrado oposición alguna entre los lugareños a su estudio de los montículos, pero sí se topó con diversas sospechas hacia su persona y sus motivos entre los más ignorantes de ellos. En uno de sus recorridos por Mosul, se oyó por casualidad el comentario de que probablemente estaba buscando un lugar adecuado para colocar cañones y tomar la ciudad. La codicia y el miedo que hacían miserable la vida de los exploradores posteriores no le preocupaban, en parte porque conocía, por su larga convivencia, el carácter de los nativos y, por tanto, no hería innecesariamente sus sensibilidades, y en parte porque no excavaba el suelo, como era necesario en el trabajo de sus sucesores.

Las inscripciones que Rich había recabado llegaron pronto a Londres, donde constituyeron el núcleo de las grandes colecciones asirias y babilónicas del Museo Británico. Demostraron a primera vista que la audaz conjetura de Hager era correcta. Estaban escritas, en efecto, con el mismo tipo de caracteres que los que se habían enviado a Londres desde las ruinas de Babilonia. Ese hecho por sí solo fue de tal importancia que distinguió toda la labor de Rich en Nínive. Había sentado las bases para todo el trabajo futuro en aquella ciudad, tal y como había hecho anteriormente en Babilonia. Sus planos y dibujos debían ser utilizados por quienquiera que retomara la labor a continuación.

A todo este trabajo en Babilonia y en Nínive, Rich añadiría una labor fructífera en Persépolis, que visitó en agosto de 1821. Su llegada a la ciudad quedó descrita de forma gráfica con estas palabras:

«Ya era de noche cuando cruzamos el puente del Araks. Mi expectación era enorme. Chardin, cuando yo no era más que un niño, me había inspirado un gran deseo de ver estas ruinas, y los deseos que se despiertan en nosotros durante la infancia son demasiado vívidos como para borrarse jamás. Su satisfacción tiene un sabor que los motivos sugeridos por la razón y el juicio son incapaces de igualar posteriormente. Sin embargo, mis recientes investigaciones como anticuario también habían sumado su interés a mis otros motivos; y mientras cabalgaba por la llanura bajo la hermosa luz de las estrellas, innumerables reflexiones sobre los grandes acontecimientos que habían tenido lugar allí se agolpaban en mi memoria. Me encontraba en el momento de disfrutar de lo que tanto tiempo había esperado; ¡y qué momento tan delicioso es ese! Por fin, la cima puntiaguda comenzó a destacar de la línea de las montañas hacia las que avanzábamos. El señor Tod me la señaló: «Debajo de eso yacen las ruinas». En ese momento, la luna se alzó con una belleza inusitada detrás de ella. Me pareció como si siglos enteros se presentaran de golpe ante mi imaginación».

Aquí, en Persépolis, realizó copias más exactas de las inscripciones que ya habían sido objeto de tanto debate en Europa, y sus copias resultaron ser de gran valor para quienes se dedicarían a la crítica y al perfeccionamiento de la obra de Grotefend. De regreso a Bagdad tras esta visita a Persépolis, Rich murió de cólera en Shiraz, mientras atendía valientemente a otros que padecían la enfermedad. El hombre que tanto había hecho por el estudio del mundo antiguo murió ahora como un héroe, prestando el servicio más humilde a los más pobres de la humanidad.

El impulso que Claudius James Rich dio al estudio de Babilonia y Asiria nunca ha perdido su efecto. Otros habían hecho mucho, es cierto, para despertar el interés, y el propio testimonio de Rich, citado anteriormente, demuestra que Chardin lo había hecho por él; otros más habían realizado observaciones de valor perdurable, mientras que unos muy pocos habían determinado con precisión yacimientos antiguos, haciendo así posible su trabajo. Todas estas cosas, y más, las había logrado Rich. Ninguno de los que le precedieron le superó en poder inspirador, pues incluso su Diario, destinado únicamente a servir de base para futuros escritos minuciosos, lo poseía, y nadie le igualó en la recopilación de información concreta sobre las ruinas tanto de Nínive como de Babilonia.

Su influencia estimulante y enriquecedora obró maravillas en sus sucesores inmediatos.

Mientras Rich aún vivía en Bagdad, rodeado de un gran séquito de sirvientes y soldados, en el estado casi regio que entonces se consideraba necesario para intimidar a los nativos impresionables, recibió la visita de un compatriota, Sir Robert Ker Porter. Era el 14 de octubre de 1818, y Rich, como hemos visto, ya había llevado a cabo sus investigaciones en Babilonia y las había publicado en Europa. Era natural que las comentara con este recién llegado. Porter ya había visitado Persépolis y, al copiar las inscripciones, había añadido su nombre a la larga y digna lista de quienes habían hecho posible la obra de Grotefend. De todos los que habían estado hasta entonces en Babilonia, ninguno estaba dotado de la misma manera que este nuevo visitante. Otros poseían mayor experiencia en viajes, aunque incluso en este aspecto la suya no era poca. Otros contaban con mejores conocimientos científicos en topografía y en el dominio de las lenguas orientales. En estos aspectos, Porter estaba muy por detrás de Rich y de los anteriores viajeros. Pero Porter era un artista, un artista que se había hecho famoso en Inglaterra gracias a numerosos lienzos que representaban la gloria de Inglaterra en la guerra, y la historia de su pueblo en la Iglesia y el Estado. A ello añadía la distinción única de haber sido pintor de la corte en San Petersburgo. Un hombre de talento, si no incluso un genio, un hombre con gran influencia social en Gran Bretaña y en Rusia, donde había entrado en los círculos más elevados e incluso se había casado con una princesa rusa: tal era Sir Robert Ker Porter. Su destreza como pintor le capacitaba admirablemente para dibujar las ruinas de Babilonia, y su ojo entrenado estaba preparado para observar la configuración del terreno y las condiciones externas del entorno moderno de los yacimientos antiguos. Había adquirido experiencia en la transcripción de textos en Persépolis, y ahora podía transcribir en Babilonia con mayor seguridad. Tenía un don para las descripciones impactantes con las palabras, y su pincel añadía viveza a su pluma. Rich le prestó su ayuda de buen grado, y el secretario de Rich, Bellino —admirablemente preparado—, le acompañó a las ruinas de Hillah. Aunque a Porter le faltaban muchas cosas, sus observaciones resultaron útiles y sirvieron de gran ayuda para orientar a investigadores posteriores dedicados a trabajos específicos. A su regreso, el relato de sus viajes se publicó con gran esplendor, bellamente ilustrado por su propio pincel. El voluminoso libro fue recibido con gran éxito en Inglaterra y, al parecer, también en el continente. Un hombre con mayor bagaje científico, pero con menos influencia social, podría haber escrito una obra de mayor valor científico que, sin embargo, habría fracasado por completo a la hora de ejercer influencia en su época. La obra de Porter, en cambio, ofrecía el complemento necesario a la de Rich. Rich había escrito muy poco, en realidad, y lo que escribió se centraba en detalles y, en ocasiones, resultaba muy árido. Además, no se publicó en su forma completa hasta después de la muerte del autor. Porter vio cómo se publicaba su propio libro y escuchó los elogios del público. Por fin se ofrecía una descripción de Babilonia tal y como era en aquel momento, debidamente entremezclada con citas de observadores anteriores y respaldada por las palabras del Sr. Rich y del Sr. Bellino. Aquí había imágenes de montículos, murallas en ruinas y ladrillos con inscripciones, y aquí se expresaba la opinión de que aún no se habían explorado por completo. ¡Qué mejor se podría haber hecho para la recuperación de Babilonia en aquel momento que la publicación de un libro como este de Sir Robert Ker Porter! Era imposible que su publicación no fuera seguida de un resurgimiento del entusiasmo por el estudio de Oriente; o que sus páginas vívidas e ilustradas no lograran despertar el asombro incluso del lector común, que tal vez mañana se convirtiera él mismo en explorador o en mecenas de tales actividades en otros. Al igual que el libro de Chardin había despertado el entusiasmo juvenil de Rich y lo había llevado, en su temprana madurez, a los escenarios que describía, este nuevo libro ejercería una influencia similar sobre otros. Aunque sus aportaciones científicas no pueden compararse con las de Rich, su influencia popular fue enorme, y debe situarse entre las más importantes de todas las que contribuyeron al descubrimiento de Nínive y Babilonia.

Con la obra de Sir Robert Ker Porter se cierra otro período de exploración en Babilonia y en Asiria. El progreso había sido, en efecto, muy lento. Toda la historia es un relato descriptivo, que en ocasiones se eleva a la medición y el levantamiento topográfico, y muy raramente a la cima del descubrimiento efectivo de monumentos con inscripciones. Pero todo ello constituía un trabajo absolutamente indispensable. Era un trabajo de base, preparatorio y quizás poco más. Sin embargo, representaba un claro paso adelante con respecto a los días del crédulo buscador de maravillas. Era, además, una era de divulgación, y antes de que los gobiernos o los pueblos, ya fuera en monarquías o en democracias, se sumaran de todo corazón a costosas excavaciones, la gente debía tener alguna esperanza de resultados interesantes, cierto entusiasmo por el conocimiento de la historia pasada de la humanidad y cierto gusto por el colorido de Oriente. También en la mayor de las democracias, convenía que el pueblo llegara a creer que el estudio de los montículos de Babilonia y Nínive podría aportar resultados valiosos para el estudio de su Biblia, pues el pueblo inglés estaba entonces dispuesto a aportar mucho si había alguna promesa de tal resultado. Esa garantía se expresó en numerosas cartas de Shirley a Rich, y pronto quedó claro que el pueblo las había recibido. En Francia probablemente había una menor difusión del conocimiento bíblico entre el pueblo; sin embargo, de Francia darse el primer paso real que demostraría que la vacilación de Inglaterra había sido imprudente. En Francia, lo que faltaba en interés y entusiasmo populares se compensaba con el amor por el saber de unos pocos y con la gran generosidad del gobierno, en una tierra donde los gobiernos siempre han hecho maravillas en pro del saber. Pero la historia de esta gran obra pertenece a la nueva era, la que ahora sigue al período cerrado por dos ingleses cuyos nombres ocupan un lugar destacado en los anales: Claudius James Rich y Sir Robert Ker Porter.

 

EXCAVACIONES EN ASIRIA Y BABILONIA,

1843-1854

 

Al período de exploración en Babilonia le siguió la era de las excavaciones, pero la transición no fue tan rápida como cabría esperar. Toda la historia de los avances fue lenta, y ahora se produjo una pausa antes de que se iniciara la labor que realmente supuso el punto álgido. Pero esta pausa estuvo llena de preparativos.

En 1823, Julius Mohl llegó desde Tubinga, donde había obtenido el año anterior el título de doctor, a París, para convertirse en discípulo del mayor arabista de la época, Silvestre de Sacy, cuyo nombre ya ha aparecido en la historia del desciframiento. En 1840, Mohl se convirtió en uno de los secretarios de la Société Asiatique, lo que le vinculó de forma permanente a la capital francesa. Aunque sus maestros le habían enseñado los clásicos árabes más que los conocimientos del Oriente antiguo, estaba, no obstante, lleno de un deseo de conocer su historia, su lengua y su literatura. Aproximadamente en la época en que se produjo una pausa en el avance de la exploración babilónica, Mohl visitó Londres y allí vio los ladrillos babilónicos con inscripciones que la Compañía de las Indias Orientales había reunido. Le invadió la convicción irrefutable de que esos pequeños ladrillos eran la promesa de una inmensa literatura que yacía enterrada, a la espera de la pala del excavador. Regresó a París para leer sobre los túmulos de Babilonia y Asiria, y para reflexionar sobre los tesoros incalculables que saldrían a la luz si se buscaran adecuadamente. Mohl no tuvo oportunidad de viajar él mismo a Asiria o Babilonia para buscar esos monumentos perdidos hace tiempo, pero pronto llegó el momento en que pudo animar a otra persona a responder a esa llamada.

En 1842, el Gobierno francés creó en Mosul un viceconsulado. El comercio francés con la región no lo justificaba ni lo exigía, y la nueva iniciativa se puso en marcha, en realidad, en interés del estudio arqueológico: para establecer en este lugar, felizmente elegido, una misión arqueológica francesa. El hombre seleccionado para ocupar el nuevo puesto era admirablemente idóneo para ello. Paul Émile Botta tenía entonces tan solo treinta y siete años, con todo el ardor de la juventud y la influencia estabilizadora de la experiencia del mundo. Había prestado servicio como cónsul francés en Alejandría, y allí debió de haber aprendido los métodos del estudio arqueológico, con los que los franceses ya habían obtenido un éxito notable. Antes de que Botta partiera de París hacia su nuevo destino, MOM le había inculcado firmemente en la mente que ahora se le presentaba una gran oportunidad para excavar, y no solo para describir, explorar y cartografiar los montículos situados frente a Mosul. El trabajo preliminar de cartografiar y examinar estos montículos se había realizado correctamente, y ya no se necesitaba nada más. Rich había hecho que resultara totalmente innecesario que cualquiera de sus sucesores repitiera esa labor. Ahora era deber de Botta excavar bajo la superficie de los montículos tan a menudo descritos y determinar de una vez por todas si ocultaban algún vestigio de la antigua ciudad de Nínive. Botta se dejó convencer y partió hacia Mosul para ocupar su consulado el 25 de mayo de 1842. Aquel fue un día histórico en los anales de los estudios asirios.

El diplomático y arqueólogo francés, cuyo rostro mostraba las finas arrugas del erudito más que los rasgos de un hombre de mundo, se encontró en un lugar poco adecuado para alguien que había vivido en París, o incluso en la relativa comodidad de Alejandría. Mosul era una ciudad pequeña y modesta, construida más de barro que de piedra, situada en la orilla derecha u occidental del Tigris. En otro tiempo había tenido un extenso comercio con Oriente, del que aún conservaba algunos vestigios. A Botta parece que le importaban poco la ciudad y sus fanáticos habitantes, y de no ser por los comentarios de Layard, sabríamos muy poco de cómo era en aquella época. Las propias cartas de Botta apenas le dedican una mención de pasada. Cuando se encontraba a orillas del Tigris, podía ver cómo el río Choser vertía sus aguas lentas y turbias en el gran río. La vista podía seguir el curso del pequeño río a través de una llanura que se fundía con las montañas del Kurdistán al este y al noreste. En esa llanura había unas pocas aldeas miserables, hogar de un campesinado que temía más al recaudador de impuestos que a la muerte. Sobre ellos ejercía su dominio el pachá de Mosul, un dominio patriarcal solo en su severa autoridad. La tierra había albergado en otro tiempo una vasta población; algo de lo que no cabía duda alguna según la historia que dejaron los griegos, los romanos y los hebreos. Además de esas aldeas miserables, lo más llamativo eran varios montículos enormes. Ya se habían descrito en numerosas ocasiones, y Botta sabía perfectamente qué se suponía que eran. Al recorrerlos con la mirada, el primero que le llamó la atención se encontraba al sur del Choser, a su derecha al mirar al otro lado del río. A simple vista, para un ojo inexperto podría parecer simplemente una colina, una obra de la propia naturaleza, pero la cima era demasiado plana y las laderas, anormalmente regulares y escarpadas. En su cima se alzaba una mezquita, y alrededor de ella se agrupaban varias casas humildes que formaban una pequeña aldea. El montículo se llamaba Neby Yunus —es decir, el profeta Jonás— y la mezquita estaba dedicada a su honor y memoria. Debajo, en el interior del montículo, yacían los huesos del profeta, según la tradición de los lugareños. Al mirar más al norte, en la orilla opuesta del Choser, se divisaba un montículo más grande llamado Kuyunjik, donde también había algunas viviendas humanas. Este montículo era más grande que el otro, y más allá de ambos se divisaba una línea elevada que parecía unir estos dos montículos y que podría marcar los restos de una antigua línea de muralla que los rodeaba a ambos. Más alejada del Tigris, sobre el terreno elevado a lo largo del curso superior del Choser y a unas catorce millas al noreste noreste de Mosul, se encontraba otro montículo con una aldea llamada Khorsabad. Otros montículos más pequeños estaban a la vista o se conocían por las descripciones de los viajeros o de los residentes locales. Botta examinó el terreno y dudó de por dónde empezar. Su primera experiencia desalentadora se debió a un minucioso estudio de la propia ciudad de Mosul. Le habían hecho creer que, al igual que las ciudades situadas en torno a las ruinas de Babilonia se habían construido con ladrillos extraídos de los restos de la antigua ciudad , encontraría en Mosul chozas construidas con ladrillos procedentes de la ciudad antigua. Su plan, por tanto, consistía en recorrer Mosul en busca de indicios de ladrillos de aspecto antiguo y, sobre todo, de aquellos que tuvieran inscripciones en escritura cuneiforme. Así podría determinar de qué montículo procedían. Para su gran sorpresa y consternación, no encontró tales vestigios del pasado, por lo que se quedó sin esa pista sobre el lugar adecuado para comenzar las excavaciones. Los montículos eran tan grandes que desanimaban una búsqueda a ciegas, por lo que comenzó a preguntar a los lugareños por cualquier hallazgo del que tuvieran noticia. Poco a poco, se fueron sacando de sus escondites algunas piezas de piedra con inscripciones, y se las compró a sus propietarios. La sorprendente noticia de que había llegado a Mosul un hombre dispuesto a comprar piedras antiguas se difundió por todo el país, y recibió numerosas ofertas de fragmentos de piedra y arcilla. Pero, a pesar de toda esta publicidad de sus deseos, el número de antigüedades ofrecidas fue muy inferior al que el viajero de paso había descrito en Bagdad o en Hillah. Además, resultaba difícil averiguar de dónde habían obtenido los nativos lo que le ofrecían, pues, naturalmente, deseaban explotar esas minas para su propio beneficio y no permitir que el franco descubriera su ubicación exacta. La propia opinión de Botta se fue decantando poco a poco hacia la idea de que el montículo más prometedor era Neby Yunus, y consideró cuidadosamente la posibilidad de excavar allí. Finalmente, se vio disuadido de este propósito por el incómodo hecho de que una aldea ocupaba la mayor parte de la cima del montículo, lo que haría casi imposible la excavación sin el derrumbe total y la ruina de las miserables chozas. Además, había tumbas musulmanas en el montículo y, sobre todo, ¿no estaba enterrado el propio Jonás bajo su superficie? Perturbar un lugar tan sagrado significaría una revuelta entre los nativos que podría incendiar toda la región con fanatismo. Por lo tanto, se abandonó este plan y se eligió el montículo de Kuyunjik para los primeros trabajos. En el borde occidental de este montículo, cerca del extremo sur, se podían ver unos cuantos ladrillos grandes unidos con betún. Estos parecían ofrecer la esperanza de que pertenecieran a algún edificio antiguo. Así pues, Botta comenzó a excavar allí en diciembre de 1842. Sus fondos eran muy limitados y solo pudo contratar a unos pocos obreros, cuyos lentos movimientos prometían escasos resultados. Sin embargo, los obreros descubrieron algunos fragmentos de bajorrelieves y trozos rotos de inscripciones en arcilla. El trabajo se prolongó durante tres meses y de las pequeñas zanjas o pozos no salió nada grande, valioso ni bello. Lo que se encontró fue, sin duda, interesante, pues ofrecía una prueba fehaciente de que este montículo realmente cubría uno o varios edificios antiguos. No obstante, resultaba desalentador encontrar solo piezas rotas y no monumentos completos.

Mientras se llevaban a cabo estos trabajos, los habitantes se agolpaban alrededor de las zanjas y observaban con curiosidad el trabajo lento y minucioso. No sabían qué significaba todo aquello, pero estaba perfectamente claro que aquel hombre buscaba inscripciones, fueran cuales fueran. Cada pequeño fragmento hallado que contuviera alguna de esas extrañas marcas en forma de cuña se numeraba cuidadosamente y se apartaba. Uno de los curiosos, que vivía en Khorsabad, observó este procedimiento y, durante el primer mes de las excavaciones, trajo desde Khorsabad dos grandes ladrillos con inscripciones, que se ofreció a vender a Botta. Esto le dio la pista de que quizá Khorsabad pudiera ser un yacimiento más provechoso para las excavaciones. Sin embargo, aún albergaba esperanzas de éxito en Kuyunjik y siguió trabajando. Por fin, el 20 de marzo de 1843, su fe en este yacimiento se agotó y decidió enviar a unos cuantos hombres a Khorsabad para explorar el yacimiento de allí. Fue una decisión acertada. A los tres días le llegaron noticias a Mosul de que ya se habían encontrado antigüedades e inscripciones. Sin embargo, se mostró escéptico, temiendo que los registros pudieran ser simples grafitis árabes de época posterior, y por ello no estaba dispuesto a acudir él mismo, por miedo a que lo hallado resultara carecer de valor. Envió a un sirviente con instrucciones de copiar algunas de las inscripciones y luego informarle. La respuesta demostró sin lugar a dudas que las antigüedades eran realmente asirias. Acto seguido, Botta se dirigió al lugar para contemplar un espectáculo que le emocionó.

Sus obreros habían dado con un muro antiguo muy bien conservado, no de una ciudad, sino de un edificio. Lo habían seguido a lo largo y así habían descubierto una gran sala, en la que yacían fragmentos de esculturas, calcinados por el fuego, junto con varias inscripciones bien conservadas. El significado completo de esta nueva sala no se determinó hasta mucho más tarde, pero Botta ya se hizo una idea al asomarse a la tosca excavación. Creyó de inmediato que se trataba de una sola sala, tal vez de un gran palacio, y demostró esa hipótesis de inmediato ordenando que se perforaran pozos en varios puntos cercanos, de los que salieron otros bajorrelieves, conservados casi a la perfección. En ellos, sus ojos contemplaron un espectáculo que ningún hombre había visto desde que la gran ciudad real cayera ante sus enemigos hacía más de dos mil cuatrocientos años. Botta solo pudo permanecer un día en Khorsabad, tras lo cual tuvo que regresar a Mosul para atender otros asuntos. Desde allí escribió, el 5 de abril de 1843, una carta serena y digna al autor de su primer entusiasmo, A. Mohl. Apenas hay una palabra de entusiasmo en la carta, pero animó a Mohl a contribuir con su modesta fortuna y también le llevó a la Academia de Inscripciones con la carta de Botta y los diagramas adjuntos. Mientras tanto, las excavaciones avanzaban lentamente, aunque con cierta oposición por parte del pachá. Un mes más tarde, una segunda carta, de mayor importancia, movió al Gobierno francés a retomar su antigua línea de generosa ayuda a la investigación arqueológica, y se pusieron a disposición de Botta tres mil francos para nuevas investigaciones.

Con este apoyo de Francia y animado por el siempre activo Mohl, el camino de Botta parecía claro y su éxito, seguro. Sin embargo, se vio sometido a grandes dificultades. El clima era peligroso y estuvo a punto de ser víctima de él. Los nativos se mostraban recelosos en extremo y le obstaculizaban el trabajo a cada paso. Algunos suponían que estaba excavando en busca de un tesoro enterrado y que aquellas inscripciones que copiaba eran talismanes protectores de los que obtendría la ubicación exacta del tesoro. Otros, en cambio, suponían que buscaba antiguas escrituras de propiedad con las que demostrar que todas aquellas tierras habían pertenecido a europeos, quienes, de este modo, podrían reclamar su restitución. Estas y otras historias similares llegaron a oídos de Mohammed Pasha, que por entonces gobernaba el pashalic de Mosul, y este fue adoptando progresivamente una política de opresión. En primer lugar, puso guardias a cargo de los obreros de Botta, cuya tarea consistía en confiscar cualquier pieza de metal que se encontrara y enviársela a él, para que pudiera examinarla minuciosamente y determinar si era oro. Esto causaba tan pocas molestias a Botta que apenas merecía la pena, y pronto se vio obligado a recurrir a medidas más enérgicas. Había concedido permiso a Botta para que se construyera una pequeña cabaña donde pudiera descansar cuando subiera de visita desde Mosul. El astuto pachá fingió entonces que se trataba en realidad de una fortaleza y que las trincheras constituían sus defensas. Era evidente que la intención de Botta era intimidar a la región mediante la fuerza de las armas y separarla de los dominios del sultán. Ante estas alegaciones, la Sublime Puerta ordenó que todas las excavaciones cesaran de inmediato. Botta supo hacer frente a esta dolorosa situación de emergencia. El 15 de octubre de 1843, envió un mensajero al embajador francés en Constantinopla, suplicándole que intercediera ante la Puerta para obtener permiso para continuar con las excavaciones.

Mientras estas peticiones quedaban pendientes, en medio de los habituales retrasos de Constantinopla, el astuto pachá fingía ante Botta que todas sus dificultades se debían a la gente de Khorsabad, y no a sus propias maquinaciones. «Un día le dije —cuenta Botta— que las primeras lluvias de la temporada habían provocado el derrumbe de una parte de la casa construida en Khorsabad. “¿Te imaginas — » —dijo él, riendo de la manera más natural y volviéndose hacia los numerosos oficiales que lo rodeaban—, «algo parecido a la descaro de los habitantes de Khorsabad? Pretenden que el cónsul francés ha construido una fortaleza formidable, y basta con un poco de lluvia para destruirla. Puedo asegurarle, señor, que, si no temiera herir sus sentimientos, haría que los azotaran a todos hasta matarlos; se lo merecerían con creces, por haberse atrevido a acusarle». Así fue como habló, cuando él mismo era el autor de la mentira, y solo sus amenazas impedían que los habitantes la desenmascararan».

En Constantinopla se encontraron innumerables dificultades y retrasos incalculables, y no fue hasta el 4 de mayo de 1844 cuando los firmans que autorizaban la continuación de las obras llegaron a manos de Botta en Mosul. Los trajo desde Constantinopla M. E. Flandin, que había sido enviado desde París para copiar y dibujar todas las antigüedades que resultaban demasiado voluminosas o pesadas para ser trasladadas. En París ya se había decidido que todo lo demás debía ser trasladado hasta allí.

Cuando Botta intentó reanudar las excavaciones, se dio cuenta de que sería necesario arrasar la pequeña aldea para poder excavar libremente en todo el montículo. Esto se logró pagando a los habitantes para que se trasladaran a la llanura situada al pie del montículo y, a continuación, llegando a un acuerdo para restaurar la superficie del montículo tal y como estaba para que pudieran reconstruir sus viviendas. Los trabajos avanzaron entonces a buen ritmo. Botta copió las inscripciones, mientras que Flandin trazó los planos de todas las estancias y edificios que se hallaron, y trescientos obreros locales trabajaron con ahínco, con picos y palas, para dejar al descubierto esta parte de la ciudad en ruinas. Se encontraron entonces decenas de inscripciones, principalmente en piedra y de carácter monumental. Salieron a la luz grandes toros alados que en su día habían custodiado las puertas del palacio. Bajorrelieves de gran belleza que representaban escenas de paz y guerra surgieron del polvo y la suciedad. El éxito de la obra superó todas las esperanzas de Botta y todas las predicciones entusiastas de Mohl, y casi sobrepasó lo que el mundo académico de París se atrevía a creer. En octubre de 1844, Botta detuvo los trabajos y pronto comenzó a organizar el transporte de las antigüedades a París. Las dificultades fueron grandes y los retrasos molestos, pero por fin, en diciembre de 1846, toda la masa de material fue desembarcada con éxito en Le Havre, para ser transportada desde allí a París y depositada en el Louvre.

Para coronar la obra, el Gobierno francés publicó todos los dibujos de Flandin, todas las copias de las inscripciones, y todo el material descriptivo de Botta en cinco magníficos volúmenes en folio, con un estilo digno de las tradiciones francesas y de la generosidad francesa hacia la investigación arqueológica.

Así concluyó, con una digna difusión, la primera gran expedición a Asiria, que había logrado traer a Europa los primeros monumentos asirios que Occidente había visto jamás. Fue una obra noble de Botta, de Flandin, de Mohl y de Francia.

Probablemente, Botta habría regresado a Khorsabad o a algún otro yacimiento de la región de Nínive tras la publicación de sus descubrimientos si no hubiera sido destinado a otro lugar en el servicio del Estado. Su trabajo bien podría haberle llevado a volver, pero otro pronto la continuaría.

El 5 de marzo de 1817 nació en París un niño inglés de ascendencia hugonota, cuya formación inicial, adquirida aquí y allá en Inglaterra, Francia e Italia, despertó en él el amor por las bellas artes, el interés por la arqueología y la pasión por los viajes. En la infancia de Austen Henry Layard, su ávida lectura de Las mil y una noches se entremezclaba con el estudio de los viajes de Fellowes por Asia Menor y con la lectura de los relatos de Rich sobre los descubrimientos en Babilonia y Nínive. El diario de Rich le llenó del deseo de ver esos grandes montículos bajo los cuales yacían antiguos vestigios de un interés inenarrable. Aquí se aprecia de nuevo, como tantas otras veces, la continuidad de la investigación en estas tierras, la influencia del entusiasmo transmitida de hombre a hombre.

Afortunadamente para la ciencia, la educación de Layard había sido demasiado irregular como para prepararle para el ejercicio de una profesión, y el derecho, para el que estaba destinado, no despertó en él un entusiasmo suficiente como para superar sus defectos iniciales. La fiebre inquieta corría por sus venas, y los modales tranquilos de Inglaterra resultaban demasiado apáticos para el espíritu casi galo que llevaba dentro. Decidió, por tanto, buscar una carrera en Ceilán, y en 1839, cuando era apenas un muchacho en apariencia y solo tenía veinte y dos años, emprendió el viaje por tierra en compañía de Edward Ledwich Mitford, quien se había propuesto el mismo objetivo. Mitford era casi diez años mayor que Layard y tenía experiencia en Marruecos, donde había aprendido el dialecto árabe que allí se hablaba. Antes de emprender este viaje, Layard había aprendido un poco de árabe y persa, y había intentado hacer otros preparativos apresurados para la peligrosa travesía por tierras casi desconocidas, entre animales salvajes e incluso hombres aún más salvajes. Al llegar a Hamadán, en Persia, Layard abandonó el plan de buscar fortuna en Ceilán, y así la arqueología triunfó sobre el comercio. Mitford prosiguió su camino hacia Ceilán, y Layard regresó a Asia occidental.

Fue el 10 de mayo de 1840 cuando Layard y Mitford vieron por primera vez Mosul y examinaron con cierta curiosidad los montículos de la orilla opuesta, que, según le había enseñado Rich, Layard sabía que eran los restos de Nínive. Los montículos de Kuyunjik y Neby Yunus no causaron en Layard una impresión tan grande como la del gran montículo de Nimrud, más al sur. Pero todos ellos despertaron en él un profundo anhelo por desentrañar sus secretos. Ya entonces podía afirmar: «Estos enormes montículos de Asiria me causaron una impresión más profunda, me inspiraron pensamientos más serios y una reflexión más ferviente que los templos de Baalbec o los teatros de Jonia». Este fascinación se intensificó a medida que iba descubriendo más de Nimrud al descender por el Tigris en balsa hacia Bagdad. Sus palabras son una promesa de la obra que vendría después:

«Era de atardecer cuando, hacia las cinco, llegamos al lugar. Las lluvias primaverales habían revestido los montículos de la más exuberante verdor, y las fértiles praderas que se extendían a su alrededor estaban cubiertas de flores de todos los colores. En medio de esta exuberante vegetación quedaban parcialmente ocultos algunos fragmentos de ladrillos, cerámica y alabastro, en los que aún se podían distinguir las cuñas bien definidas de los caracteres cuneiformes. Si estos restos no hubieran delatado la naturaleza de las ruinas, se podrían haber confundido con una elevación natural. Una larga hilera de montículos estrechos y consecutivos, que aún conservaban el aspecto de muros o murallas, se extendía desde su base y formaba un vasto cuadrilátero. El río discurría a cierta distancia de ellos; sus aguas, crecidas por el deshielo de las colinas armenias, se rompían en mil remolinos espumosos contra una barrera artificial construida a través del cauce. En la orilla oriental, la corriente había arrastrado la tierra, pero una sólida masa de mampostería aún resistía su ímpetu. El árabe que guiaba mi pequeña balsa se entregaba a exclamaciones religiosas mientras nos acercábamos a esta formidable catarata, por la que fuimos arrastrados con cierta violencia. Una vez superado el peligro, mi compañero me explicó que este insólito cambio en el tranquilo curso del río se debía a una gran presa construida por Nimrod, y que en otoño, antes de las lluvias invernales, las enormes piedras con las que estaba construida —cuadradas y unidas por abrazaderas de hierro— solían asomar con frecuencia por encima de la superficie del río. Se trataba, de hecho, de uno de esos monumentos de un gran pueblo que se encuentran en todos los ríos de Mesopotamia, construidos para garantizar un suministro constante de agua a los innumerables canales, que se extendían como una red por el campo circundante, y que, incluso en tiempos de Alejandro, se consideraban obras de una nación antigua. ¡No es de extrañar que las tradiciones de los actuales habitantes de la tierra las atribuyeran a uno de los fundadores de la raza humana! El árabe me hablaba de la conexión entre la presa y la ciudad construida por Athur, el lugarteniente de Nimrod, cuyas vastas ruinas se alzaban ahora ante nosotros; de su función como calzada para que el poderoso cazador para cruzar hasta el palacio opuesto, representado ahora por el montículo de Hammum Ali, y de las historias y el destino de los reyes de una raza primitiva —que siguen siendo el tema favorito de los habitantes de la llanura de Sinar—, cuando se desvaneció el último resplandor del crepúsculo y me quedé dormido mientras nos deslizábamos hacia Bagdad.

«Mi curiosidad se había despertado enormemente y, desde ese momento, me propuse examinar a fondo, siempre que estuviera en mi mano, estas singulares ruinas. »

La determinación expresada en esta última frase resulta muy llamativa si se tiene en cuenta que fue formulada en abril de 1840. Esto ocurrió más de dos años antes de que Botta hubiera visto siquiera los montículos. Al menos en lo que respecta a la idea de la excavación, Layard se adelantó a Botta, aunque la buena suerte de este último le otorgó la primacía sobre el terreno.

En mayo de 1842, Layard pasó por Mosul de camino a Constantinopla y se encontró con que Botta se había establecido como agente consular y ya se dedicaba a llevar a cabo excavaciones en Kuyunjik. Layard era un hombre de demasiada dignidad, incluso en su juventud, como para sentir envidia del afortunado francés, que ahora estaba haciendo lo que él había soñado. En los dos años transcurridos, Layard había intentado conseguir ayuda que le permitiera emprender precisamente un trabajo como este, pero en vano. Su propio gobierno no se mostraba tan dispuesto a ayudar a los arqueólogos como siempre lo había estado el gobierno de Francia, ya fuera monárquico o republicano. Layard entabló entonces una relación de amistad con Botta y entabló correspondencia con él. Cuando Botta se desanimó ante sus escasos éxitos, fue Layard quien le escribió animándole a perseverar.

En el momento de esta segunda visita a Mosul, Layard se dirigía a Inglaterra. Sin embargo, en Constantinopla se vio retenido y enviado desde allí a Salónica en misión para la embajada británica. El embajador británico en Constantinopla era entonces Sir Stratford Canning, más tarde Lord Stratford de Redcliffe, quien había conseguido para el Museo Británico los mármoles de Halicarnaso. La habilidad, la paciencia y el ardor con los que había llevado a cabo los esfuerzos necesarios para obtenerlos habían aumentado su propio interés por los monumentos del pasado. A él le contó Layard la historia de los montículos y le describió su entusiasmo por intentar realizar excavaciones en ellos. Por fin había encontrado a la persona adecuada, y Sir Stratford le entregó 60 libras, a las que Layard debía sumar una cantidad igual recaudada entre sus amigos. Con esta pequeña suma, Layard partió de Constantinopla en octubre de 1845 y viajó a toda prisa a Mosul. Mohammed Pasha era ahora gobernador de la provincia, y de él Layard no podía esperar ninguna ayuda, sino todo tipo de trabas. Por ello, ocultó el objetivo de su misión, pero al cabo de unos días hizo saber que iba a cazar jabalíes, y luego partió de Mosul en una balsa para descender por el río hasta Nimrud, donde había decidido comenzar las excavaciones. Allí le acogió una tienda árabe, y corazones más bondadosos que el del pachá velaron por él. Su relato de la noche anterior a que se clavara la primera pala en el suelo revela el entusiasmo de aquel hombre y da alguna pista sobre su gran éxito:

«Había dormido poco durante la noche. La choza en la que nos habíamos refugiado, y sus ocupantes, no invitaban al sueño; pero tales escenas y compañeros no eran nuevos para mí; podrían haberse olvidado si mi mente hubiera estado menos agitada. Las esperanzas que tanto tiempo había acariciado iban a hacerse realidad o iban a acabar en decepción. Ante mis ojos flotaban visiones de palacios subterráneos, de monstruos gigantescos, de figuras esculpidas e inscripciones interminables. Tras trazar un plan tras otro para retirar la tierra y desenterrar esos tesoros, me imaginaba vagando por un laberinto de cámaras del que no encontraba salida. Luego, de nuevo, todo quedaba enterrado y yo me encontraba de pie sobre el montículo cubierto de hierba. Agotado, por fin me estaba quedando dormido cuando, al oír la voz de Awad [su anfitrión árabe], me levanté de mi alfombra y me reuní con él fuera de la choza. Ya había amanecido; había regresado con seis árabes, que aceptaron, a cambio de una pequeña suma, trabajar bajo mi dirección».

Las excavaciones, así iniciadas, se llevaron a cabo hasta diciembre en medio de constantes dificultades provocadas por el pachá. Los planes que se siguieron fueron exactamente los mismos que se habían aplicado contra Botta. Cuando se reanudaron las excavaciones, tras una visita a Bagdad, volvieron a verse interrumpidas por el fanatismo de los árabes, que influía en el nuevo gobernador de la provincia, Ismail Pasha. Al reanudarse de nuevo, en febrero de 1846, Layard abandonó el montículo para visitar a un jeque vecino, y regresaba al yacimiento cuando vio a dos árabes que se apresuraban a su encuentro con rostros emocionados. El propio Layard narra mejor lo que sucedió a continuación:

«Al acercarse a mí, se detuvieron. “¡Date prisa, oh Bey!”, exclamó uno de ellos; “¡date prisa y ve con los excavadores, pues han encontrado al mismísimo Nimrod! Wallah, es maravilloso, ¡pero es cierto! Lo hemos visto con nuestros propios ojos. No hay más Dios que Dios»; y, uniendo ambos sus voces en esta piadosa exclamación, se alejaron al galope, sin decir nada más, en dirección a sus tiendas.

«Al llegar a las ruinas, descendí a la nueva zanja y encontré a los obreros, que ya me habían visto al acercarme, de pie junto a un montón de cestas y mantos. Mientras Awad se acercaba y pedía un regalo para celebrar la ocasión, los árabes retiraron el biombo que habían construido apresuradamente y revelaron una enorme cabeza humana esculpida íntegramente en el alabastro de la región. Habían descubierto la parte superior de una figura, cuyo resto aún permanecía enterrado en la tierra. Vi de inmediato que la cabeza debía de pertenecer a un león o un toro alado, similar a los de Khorsabad y Persépolis. Se encontraba en un estado de conservación admirable. La expresión era serena, pero majestuosa, y el contorno de los rasgos revelaba una libertad y un dominio del arte que difícilmente cabría esperar en las obras de un período tan remoto. La corona tenía tres cuernos y, a diferencia de la de los toros con cabeza humana hallados hasta entonces en Asiria, era redondeada y carecía de adornos en la parte superior.

» No me sorprendió que los árabes se hubieran quedado asombrados y aterrorizados ante esta aparición. No hacía falta mucho esfuerzo de imaginación para evocar las fantasías más extrañas. Esta gigantesca cabeza, blanqueada por el paso del tiempo, que se alzaba así de las entrañas de la tierra, bien podría haber pertenecido a uno de esos seres temibles que, según las tradiciones del país, se aparecen a los mortales, ascendiendo lentamente desde las regiones inferiores. Uno de los obreros, al vislumbrar por primera vez al monstruo, había tirado su cesta y había salido corriendo hacia Mosul tan rápido como le permitían sus piernas. Me enteré de esto con pesar, pues ya anticipaba las consecuencias.

«Mientras supervisaba la retirada de la tierra que aún se aferraba a la escultura y daba instrucciones para continuar con el trabajo, se oyó un ruido de jinetes y, al poco rato, Abd-ur-rahmar, seguido de la mitad de su tribu, apareció al borde de la zanja. Tan pronto como los dos árabes llegaron a las tiendas y contaron las maravillas que habían visto, todos montaron en sus yeguas y cabalgaron hasta el montículo, para comprobar por sí mismos la veracidad de aquellos informes inconcebibles. Al contemplar la cabeza, todos exclamaron al unísono: «¡No hay más dios que Dios, y Mahoma es su profeta!». Pasó algún tiempo antes de que se lograra convencer al jeque para que descendiera al foso y se convenciera de que la imagen que veía era de piedra. «Esto no es obra de manos humanas —exclamó—, sino de esos gigantes infieles de los que el profeta, ¡la paz sea con él! dijo que eran más altos que la palmera más alta; este es uno de los ídolos que Noé, ¡la paz sea con él!, maldijo antes del diluvio. Todos los presentes coincidieron en esta opinión, fruto de un minucioso examen.

«Ordené entonces que se cavara una zanja en dirección sur desde la cabeza, con la esperanza de encontrar una figura correspondiente, y, antes del anochecer, alcancé el objeto de mi búsqueda, a unos doce pies de distancia. Tras encargar a dos o tres hombres que durmieran cerca de las esculturas, regresé al pueblo y celebré el descubrimiento del día con un sacrificio de ovejas, del que participaron todos los árabes de los alrededores. Como por casualidad había unos músicos errantes en Selamiyah, mandé llamarlos, y se bailó durante la mayor parte de la noche. A la mañana siguiente, árabes del otro lado del Tigris y los habitantes de los pueblos de los alrededores se congregaron en el montículo. Ni siquiera las mujeres pudieron reprimir su curiosidad y acudieron en masa, con sus hijos, desde lejos. Mi cawass permaneció durante el día en la zanja, a la que no permití que descendiera la multitud.

«Tal y como había esperado, la noticia del descubrimiento de la gigantesca cabeza, llevada por el árabe aterrorizado a Mosul, había sumido a la ciudad en la conmoción. Apenas había frenado su paso antes de llegar al puente. Al entrar sin aliento en los bazares, anunció a todo el que se encontraba que Nimrod había aparecido. La noticia pronto llegó a oídos del cadi, quien, ansioso por encontrar una nueva oportunidad para molestarme, convocó al muftí y a los ulemas para deliberar sobre este suceso inesperado. Sus deliberaciones culminaron en una procesión hasta el gobernador y en una protesta formal por parte de los musulmanes de la ciudad contra unos actos tan directamente contrarios a las leyes del Corán. El cadí no tenía muy claro si se habían desenterrado los huesos del poderoso cazador o solo su imagen; tampoco Ismail Pasha recordaba con mucha claridad si Nimrod era un profeta de fe auténtica o un infiel. En consecuencia, recibí un mensaje algo ininteligible de su excelencia en el que se indicaba que los restos debían ser tratados con respeto y no ser perturbados en modo alguno, y que deseaba que se detuvieran las excavaciones de inmediato y quería consultar conmigo el asunto .

«Acudí a verle, como me había indicado, y me costó algo hacerle comprender la naturaleza de mi descubrimiento. Como me pidió que suspendiera mis trabajos hasta que el revuelo en la ciudad se hubiera calmado un poco, regresé a Nimrud y despedí a los obreros, reteniendo solo a dos hombres para que excavaran sin prisas a lo largo de las murallas sin dar motivo para nuevas interferencias. A finales de marzo confirmé la existencia de un segundo par de leones alados con cabeza humana, que diferían de los descubiertos anteriormente en su forma, ya que la figura humana se prolongaba hasta la cintura y terminaba en brazos. En una mano, cada figura sostenía una cabra o un ciervo, y en la otra, que colgaba a un lado, una rama con tres flores. Formaban la entrada norte de la cámara, cuyo portal sur constituían los leones descritos anteriormente. Desenterré por completo estos últimos y comprobé que estaban intactos. Medían unos doce pies de altura y la misma medida de longitud. El cuerpo y las extremidades estaban admirablemente representados; los músculos y los huesos, aunque muy desarrollados para mostrar la fuerza del animal, revelaban al mismo tiempo un conocimiento preciso de su anatomía y forma. Las alas extendidas brotaban de los hombros y se extendían sobre el lomo; un cinturón trenzado, rematado en borlas, rodeaba los lomos. Estas esculturas, que formaban una entrada, estaban en parte a tamaño real y en parte en relieve. La cabeza y la parte delantera, orientadas hacia la cámara, estaban a tamaño real; pero solo un lado del resto de la losa estaba esculpido, ya que la parte posterior estaba apoyada contra la pared de ladrillos secados al sol. Para que el espectador pudiera tener una vista perfecta tanto frontal como lateral de las figuras, estas estaban dotadas de cinco patas; dos estaban talladas en el extremo de la losa que daba a la cámara, y tres en el lateral. El relieve del cuerpo y de las tres extremidades era alto y marcado, y la losa estaba cubierta, en todas las partes no ocupadas por la imagen, con inscripciones en escritura cuneiforme. Estos magníficos ejemplares del arte asirio se conservaban en perfecto estado; las líneas más minuciosas de los detalles de las alas y de los adornos se habían conservado con su frescura original. No faltaba ni un solo carácter en las ins .

«Solía contemplar durante horas estos misteriosos emblemas, y reflexionaba sobre su significado y su historia. ¿Qué formas más nobles podrían haber guiado al pueblo hacia el templo de sus dioses? ¿Qué imágenes más sublimes podrían haber tomado prestadas de la naturaleza unos hombres que, sin la ayuda de la luz de la religión revelada, buscaban plasmar su concepción de la sabiduría, el poder y la ubicuidad de un Ser Supremo? No podían encontrar mejor símbolo del intelecto y el conocimiento que la cabeza del hombre; de la fuerza, que el cuerpo del león; de la rapidez de movimiento , que las alas del pájaro. Estos leones alados con cabeza humana no eran creaciones ociosas, fruto de la mera fantasía; su significado estaba inscrito en ellos. Habían impresionado e instruido a pueblos que florecieron hace tres mil años. A través de los portales que custodiaban, reyes, sacerdotes y guerreros habían llevado ofrendas a sus altares mucho antes de que la sabiduría de Oriente hubiera penetrado en Grecia, y hubiera dotado a su mitología de símbolos reconocidos desde hacía tiempo por los devotos asirios. Es posible que hubieran sido enterrados y que su existencia fuera desconocida antes de la fundación de la Ciudad Eterna. Durante veinticinco siglos habían permanecido ocultos a la vista del hombre, y ahora se erigían una vez más en su antigua majestad. ¡Pero cuán cambiado estaba el panorama a su alrededor! El lujo y la civilización de una nación poderosa habían dado paso a la miseria y la ignorancia de unas pocas tribus semibárbaras. A la opulencia de los templos y a las riquezas de las grandes ciudades les habían sucedido ruinas y montones de tierra sin forma. Por encima de la espaciosa sala en la que se alzaban había pasado el arado y ahora el trigo se mecía al viento. Egipto cuenta con monumentos no menos antiguos ni menos maravillosos, pero estos han permanecido en pie durante siglos para dar testimonio de su antiguo poder y renombre, mientras que los que tenía ante mí acababan de aparecer para dar testimonio, en palabras del profeta, de que en otro tiempo «el asirio era un cedro del Líbano, de ramas hermosas y de sombra frondosa, de gran estatura; y su copa se encontraba entre las ramas espesas… su altura se elevaba por encima de todos los árboles del campo, y sus ramas se multiplicaban, y sus ramitas se alargaban, a causa de la abundancia de aguas cuando brotaba. Todas las aves del cielo anidaban en sus ramas, y bajo sus ramitas todas las bestias del campo criaban a sus crías, y bajo su sombra habitaban todas las grandes naciones»; pues ahora «Nínive es una desolación y está seca como un desierto, y los rebaños se acuestan en medio de ella; todas las bestias de las naciones, tanto el cormorán como el avetoro, anidan en los dinteles superiores de la ciudad; su voz resuena en las ventanas; y la desolación reina en los umbrales».

En cierto sentido, este relato de Layard supera con creces todo lo que habían escrito los hombres que, antes que él, habían visto, medido o trabajado en estos montículos. Nadie antes había contado la historia de sus experiencias o de sus descubrimientos con palabras tan llenas de color, vida y movimiento; nadie había mostrado jamás tanto entusiasmo ni una capacidad descriptiva tan grande. En otro sentido, Layard se convierte en sucesor de uno de los primeros viajeros y exploradores ingleses. Al igual que Shirley, sabía cómo relacionar todo lo que veía con las palabras de la Biblia. Era capaz de citar las mismas palabras de las Escrituras y hacer que el monumento cubierto de polvo las iluminara con una luz resplandeciente. Estas dos facultades —la capacidad de describir con viveza y la de establecer comparaciones bíblicas— le valieron el apoyo de toda Inglaterra. Aquellos a quienes no les importaba en absoluto la Biblia se sentían conmovidos por el fervor y la belleza de su descripción; los que amaban la Biblia veían en él a un hombre que estaba haciendo descubrimientos que prometían ilustrar o confirmar los relatos que más les importaban. Con el tiempo, además, estas influencias se hicieron tan potentes que el Gobierno británico se vio impulsado a echar una mano a esta labor, y así lo que se había iniciado con escasos medios privados se convirtió en una gran empresa nacional.

Las figuras colosales que tanto conmovieron a Layard eran, sin duda, un espectáculo noble, pero no eran tan importantes como las inscripciones más pequeñas que más tarde se desenterrarían de sus lugares de descanso. Layard había supuesto que los leones alados habían custodiado la entrada de algún gran templo; la pala revelaría más tarde que se habían erigido en los portales del palacio de Salmanasar II.

El trabajo que puso al descubierto estos monumentos se había llevado a cabo entre muchas dificultades y con el temor constante a que lo interrumpieran los recelosos nativos o sus gobernantes. Por ello, fue un gran alivio para las inquietudes de Layard cuando recibió desde Constantinopla una «carta del visir, conseguida por sir Stratford Canning, que autorizaba la continuación de las excavaciones y la retirada de los objetos que pudieran descubrirse». Esto dio un nuevo giro al trabajo de Layard y le permitió llevar a cabo abiertamente una labor que hasta entonces se había realizado con el mayor sigilo posible. A partir de entonces realizó algunos pequeños intentos en el montículo de Kuyunjik, pero sus fondos eran extremadamente limitados y los resultados no resultaron alentadores. Por ello, reanudó con renovado vigor el trabajo en Nimrud, desde donde al poco tiempo pudo enviar un gran cargamento de monumentos en una balsa a Bagdad y, de allí, a Basora, para su transporte a Inglaterra. Poco después, su salud, ya minada por el clima agotador, le obligó a cesar en su labor y a emprender un viaje a las montañas para recuperarse.

A su regreso a Mosul, encontró cartas de Inglaterra en las que se le informaba de que Sir Stratford Canning había donado al Museo Británico las antigüedades que se habían hallado y que, además, el Museo había recibido del Gobierno una subvención para continuar los trabajos. Se trataba sin duda de una buena noticia, aunque Layard tuvo que lamentar que fuera mucho menor de lo que Botta había disfrutado, y que, por lo tanto, debía ajustarse al presupuesto, ahorrar y esforzarse por aprovechar hasta el último penique.

Con los recursos de que disponía, los trabajos se reanudaron en octubre de 1846 y se planificó cuidadosamente una campaña de invierno. Se levantaron chozas para protegerse de las tormentas; se convenció a los árabes nómadas para que montaran sus tiendas en las cercanías y, en lugar de vivir del saqueo, cobraran un salario por trabajar en las zanjas. Se probó más de un nuevo plan para lidiar con los nativos problemáticos y se adoptó el que mejor funcionaba. En todo esto, Layard contó con la valiosa ayuda del señor Hormuzd Rassam, cuyo hermano, Charles Rassam, era vicecónsul británico en Mosul. Hormuzd Rassam era nativo del lugar y comprendía a la gente como ningún europeo podría aspirar a hacerlo. Él se encargó de la mayor parte de las negociaciones con ellos y mantuvo la paz sin recurrir a la fuerza.

Las excavaciones llevadas a cabo bajo estos auspicios, y con los medios de que Layard disponía entonces, tuvieron un éxito que superó sus sueños más ambiciosos. A medida que las zanjas rodeaban las paredes de una sala tras otra, se descubrieron grandes losas de alabastro, con las que estaban revestidas las paredes de las cámaras, y se descubrió que estaban ricamente talladas en relieve con escenas de caza, de guerra y de ceremonias solemnes. La vida misma del palacio, el campamento, y el campo en la época asiria resurgía ante los ojos asombrados del explorador, y esta imagen ganaba en verosimilitud gracias al descubrimiento, en algunas de las ruinas, de piezas de hierro que en su día habían formado parte del mismo tipo de armadura que la representada en los relieves, junto con yelmos de hierro y bronce, mientras que en otras se hallaron vasijas y piezas de marfil talladas de forma ornamental. Aquí estaban las imágenes y allí los objetos que representaban. A medida que a medida que las zanjas se excavaban más profundamente o se ampliaban, a diario se hallaban monumentos tallados o con inscripciones. Una zanja a diez pies bajo la superficie dejó al descubierto el borde de una pieza de mármol negro. Era la esquina de «un obelisco de unos siete pies de altura, tumbado de costado». Estaba cubierto por tres lados con inscripciones y con veinte pequeños bajorrelieves. Las inscripciones registraban y los relieves ilustraban diversas formas de obsequios y tributos que había recibido Salmanasar II, aunque, cuando se hallaron, estos hechos eran, por supuesto, desconocidos. En Asiria aún no se había encontrado ninguna inscripción que igualara en belleza y en la promesa de valioso material histórico. Por ello, Layard estaba especialmente ansioso por sacarlo de allí, por si acaso le ocurriera algún percance. Así pues, encargó a unos árabes que durmieran y lo vigilaran durante la noche y lo hizo embalar rápidamente para su envío. Día tras día continuaba el trabajo con el descubrimiento regular y constante de losas de piedra similares a las que se habían hallado antes, y con el hallazgo de ladrillos con inscripciones que, aunque no tan bellos como la piedra, contenían mucho más material histórico.

Cuando las zanjas comenzaron a arrojar menos material, Layard decidió probar en otro lugar. Si sus fondos no hubieran estado tan severamente limitados, habría continuado aún más las excavaciones en Nimrud, aunque no parecieran dar resultados inmediatos. Este habría sido el mejor método de proceder, pero los medios no lo permitían, y Layard tuvo que buscar un terreno nuevo.

Para su siguiente aventura eligió el montículo de Kalah Shergat, donde ya había deseado anteriormente realizar excavaciones. De estas ruinas se extrajeron una interesante figura sentada y muchos ladrillos pequeños con inscripciones, algunas de las cuales pertenecen al primero de los grandes conquistadores asirios, Tiglat-Pileser I. Pero Layard no pudo determinar de qué ciudad antigua se trataba. Que no era otra que la ciudad de Asshur, primera capital del reino, fue un descubrimiento que se hizo posteriormente.

También se dedicaron unos días a excavaciones en el montículo de Kuyunjik, con igual éxito, tras lo cual hubo que interrumpir los trabajos debido al agotamiento de los recursos necesarios para su continuación. El 24 de junio de 1847, Layard partió de Mosul para emprender el viaje por tierra a Constantinopla, tras haber enviado sus últimos hallazgos río abajo por el Tigris.

Tras unos meses de descanso en Inglaterra, dedicados en gran medida a la preparación del relato de su expedición y de las copias de los monumentos que había hallado, Layard recibió la orden de trasladarse a Constantinopla para prestar servicio en la embajada británica. No había podido terminar para su publicación la obra que había escrito, y partió a cumplir con su deber sin saber si su relato despertaría algún interés o no. Ni siquiera parece que hubiera soñado con que le llegara alguna llamada especial para reanudar las excavaciones. Pero los libros se publicaron tras su partida y, de inmediato, toda Inglaterra resonó con elogios hacia él y con el ferviente deseo de que aquella labor continuara. El Museo Británico consiguió más fondos para el proyecto y se le ordenó que partiera de nuevo hacia Asiria. Desde Inglaterra, se convenció a Hormuzd Rassam, el Sr. F. Cooper, un artista, y el Dr. Sandwith, un médico, se vieron animados a acompañarle. Zarparon del Bósforo el 28 de agosto de 1849 con destino a Trebisonda, donde desembarcaron el día 31 y comenzaron el viaje hacia Mosul.

En esta expedición centró su atención principalmente en los yacimientos de Kuyunjik y Neby Yunus. En el primero descubrió el gran palacio de Senaquerib, y tal era ya su pericia en el estudio de inscripciones y tablas genealógicas que reconoció que este edificio pertenecía al rey cuyo hijo fue el constructor del palacio de Nimrud y cuyo padre construyó el palacio descubierto por Botta en Khorsabad. Cabe recordar que formuló esta conjetura sin saber leer en absoluto el asirio. Estudios posteriores han confirmado que había determinado correctamente los hechos. Sargón construyó el palacio de Khorsabad; su hijo Senaquerib construyó el palacio de Kuyunjik, mientras que su hijo Esarhadón erigió el palacio de Nimrud. Sus descubrimientos en Kuyunjik fueron aún más importantes que los de la primera expedición, tanto para la historia como para la literatura y el arte de la antigua Asiria. Pero también llevó a cabo excavaciones en Kalah Shergat, Nimrud y en Khorsabad. Desde Mosul realizó excursiones a diversos yacimientos del norte y del sur de Babilonia. En estas excursiones visitó y describió por primera vez el gran montículo de Niffer, donde una expedición posterior lograría éxitos sin precedentes. En Hillah llevó a cabo algunas excavaciones, pero con escaso éxito.

Tras otra temporada, regresó en abril de 1852 a Inglaterra. Su primera tarea fue redactar su relato y preparar sus inscripciones para su publicación. Se dio cuenta de que sus libros anteriores le habían hecho famoso, mientras que los nuevos descubrimientos sin duda aumentarían aún más su reputación. Esto le aseguró honrosos cargos diplomáticos, sobre todo en Constantinopla, donde pudo contribuir al estudio de Asiria al negociar con el Gobierno turco en interés de los exploradores, tal y como ya lo había hecho en su día con su propio trabajo.

Las dos expediciones de Layard a Asiria habían sido, sin duda, mucho más fructíferas que las de Botta, y su influencia perduró mucho más allá incluso de la propia vida de Layard propia vida. Sus libros, como ya hemos visto, habían calado hondo en el corazón del público en muchos aspectos y, aunque dejó de lado su obra para dedicarse al servicio diplomático —en el que, al parecer, no fue tan feliz—, se encontraron otras personas dispuestas a continuarla.

Incluso mientras Layard aún trabajaba en Nínive, el Gobierno francés envió a Victor Place, un arquitecto de gran pericia, para ocupar el cargo de agente consular en Mosul y continuar la labor de Botta. No había logrado gran cosa cuando la labor de Layard concluyó, pero permaneció allí e hizo importantes descubrimientos en el ámbito del arte asirio, colaborando posteriormente con una expedición francesa, a la que habrá que prestar atención más adelante.

Mientras tanto, en Inglaterra crecía rápidamente el interés por toda Babilonia y Asiria, manifestándose de muchas formas. El Gobierno se había visto impulsado a apoyar las investigaciones de Layard y ahora se sumaba a la labor de otra manera más. Durante mucho tiempo, la frontera entre Turquía y Persia había sido motivo de discordia, cada uno de los países ganaba o perdía terreno según lo dictara la suerte de la guerra, mientras que bandas de saqueadores que no pertenecían ni a uno ni a otro llevaban a cabo represalias contra ambos. En 1839 y 1840 estuvo a punto de estallar la guerra entre las dos naciones, tras lo cual intervinieron Inglaterra y Rusia, y se nombró una comisión con sede en Erzerum para llevar a cabo negociaciones con vistas a una solución pacífica de las dificultades. Esta comisión, tras una sesión que duró cuatro años, acordó un tratado, cuya base un levantamiento topográfico del territorio en disputa entre ambos Estados y una delimitación adecuada de la frontera. Esta labor fue llevada a cabo por representantes de Inglaterra, Rusia, Turquía y Persia. El más destacado de ellos fue el coronel W. F. Williams. En enero de 1849, el señor William Kennett Loftus fue enviado desde Inglaterra para desempeñar el cargo de geólogo en su equipo. Loftus encontró tiempo, entre otras obligaciones, para visitar un gran número de montículos de Babilonia, y la mera visión de ellos le llenó de entusiasmo. De uno de ellos, el montículo de Hammam, dice:

«No conozco nada más emocionante ni impresionante que la primera visión de uno de estos grandes montículos caldeos que se alzan con solitaria grandeza sobre las llanuras y marismas circundantes. Mil pensamientos y conjeturas sobre su agitada historia pasada y su origen —su gradual auge y su rápida caída— se presentan naturalmente en la mente del espectador. La atmósfera brumosa de la madrugada es especialmente propicia para reflexiones e impresiones de este carácter, y la niebla gris que se interpone entre el observador y el objeto de sus reflexiones le confiere una existencia onírica. Este efecto de cuento de hadas se ve aún más acentuado por el espejismo, que magnifica de forma extraña y fantástica su forma, elevándola del suelo y haciendo que baile y tiemble en el aire enrarecido. No es de extrañar, por tanto, que el observador se pierda en una agradable duda sobre la realidad efectiva de la aparición que tiene ante sí».

En la primavera de 1850, Loftus llevó a cabo pequeñas excavaciones en Warka, la antigua ciudad de Erech, pero, aunque se encontraron muchas antigüedades interesantes, estas no eran comparables a los resultados del trabajo de Layard. Esto se debió, en gran medida, a los medios extremadamente escasos de que disponía Loftus y, además, a las grandes dificultades que entrañaba excavar en Babilonia. En esta primera expedición, Loftus prestó servicios destacados gracias a sus largos y, a menudo, peligrosos viajes por el sur de Babilonia. Durante estos viajes visitó Niffer, Mukayyar (Mugbeir) y varios yacimientos menores, la mayoría de los cuales nunca antes habían sido visitados por europeos. Los describió con detalle y los localizó minuciosamente, facilitando así el acceso a otros investigadores. Incluso en la actualidad, parte del trabajo de Loftus sigue siendo útil. También tenía un buen ojo para detectar las peculiaridades de los túmulos y expresó su deseo de excavar en algunos lugares que, desde entonces, han resultado ser sumamente productivos. Pronto se le presentó la oportunidad de llevar a cabo parte del trabajo que había planeado gracias a una iniciativa privada en Inglaterra.

Mientras los viajeros y exploradores se afanaban entre pueblos casi salvajes, el interés inglés por los túmulos continuó y, finalmente, se materializó en la creación de un Fondo de Excavaciones Asirias, que se encargó de recaudar donaciones populares y de dirigir excavaciones en Asiria y Babilonia con los medios así obtenidos. En aquella época, Sir Henry C. Rawlinson era residente británico y cónsul general en Bagdad, y a él se le confió la supervisión general de las excavaciones que se planificaran y llevaran a cabo. Esta dirección difícilmente podría haber recaído en mejores manos. Sus extensos viajes y su larga estancia en Oriente, así como sus notables logros en el desciframiento del persa antiguo, lo habían capacitado al máximo para hacerse cargo de los esfuerzos destinados a hacer accesibles al mundo los registros enterrados del gran valle.

Loftus fue enviado por el fondo para dirigir excavaciones y llevar a cabo exploraciones en la parte sur del país. Su trabajo logró traer a Londres un número considerable de tablillas con inscripciones, junto con muchos vasos y una cantidad considerable de restos funerarios. Sin embargo, esto atrajo poca atención del público, no porque careciera de importancia —aunque fuera de menor envergadura que la de Layard—, sino principalmente porque Loftus no poseía el carisma de Layard y era incapaz de presentar sus descubrimientos de una manera tan atractiva. De no ser por las notas que Rawlinson envió a su país, habría permanecido prácticamente en el anonimato.

La siguiente iniciativa de Rawlinson fue enviar a J. E. Taylor, vicecónsul británico en Basora, a Mugheir, probablemente la antigua ciudad babilónica de Ur. Taylor excavó directamente en el centro del montículo, sin encontrar prácticamente nada como recompensa por sus esfuerzos. Fue más bien en la esquina suroeste donde se produciría su gran descubrimiento. Sobre ello cuenta lo siguiente:

«Empecé a excavar en la esquina suroeste, retirando grandes masas de escombros formadas por restos de ladrillos quemados, mezclados con otros secados al sol. Trabajé a una profundidad de 10 pies y una anchura de 6 sin encontrar nada. Entonces volví sobre mis pasos y trabajé unos pocos pies más al norte, a lo largo del revestimiento de ladrillo del muro occidental; allí, a 6 pies por debajo de la superficie, encontré un cilindro perfecto con una inscripción. Esta reliquia se encontraba en la mampostería maciza; había sido colocada en un nicho formado por la omisión de uno de los ladrillos de la capa, y se encontraba de pie sobre uno de sus extremos. Excavé un poco más allá sin éxito alguno y, a continuación, dejé esta esquina para pasar a la noroeste. Aquí, también, encontré un segundo cilindro similar al mencionado anteriormente, pero a 12 pies de la superficie. En esta esquina cavé un pozo de 21 pies de profundidad por 12 de ancho. Los ladrillos secados al sol que componían esta masa maciza en su interior presentaban aquí un grosor asombroso; medían 16 pulgadas de lado y 7 pulgadas de grosor. Justo debajo del cilindro había dos troncos de madera en bruto, aparentemente de teca, que se extendían a lo ancho de todo el pozo.

«Habiendo encontrado así dos cilindros en la sólida mampostería de dos esquinas, llegué naturalmente a la conclusión de que se hallarían los mismos objetos en las dos esquinas que aún quedaban. Excavé un pozo en cada una de ellas y encontré otros dos cilindros exactamente en la misma posición y en el mismo tipo de estructura, uno a 6 pies y el otro a 2 pies de la superficie. Esto se explica fácilmente al observar la superficie irregular de la ruina, que, en la esquina sureste y en el lado sur en general, ha sufrido mayores estragos por la lluvia que los demás lados, debido a la mayor depresión de la superficie hacia estos puntos».

Taylor también llevó a cabo excavaciones en Abu Sharein y Tel-el-Lahm, pero sin resultados importantes.

En aquella época, las expediciones eran tan numerosas y el trabajo de diferentes personas en diversos lugares avanzaba de forma tan constante que resulta imposible seguirlas en detalle y casi imposible ordenarlas cronológicamente.

Mientras Loftus aún seguía trabajando y Taylor ni siquiera había comenzado sus labores, el Gobierno francés ya estaba tomando medidas para reanudar las excavaciones a gran escala. Fue el incansable Mohl quien mantuvo al Gobierno y al pueblo de Francia siempre motivados para realizar buenas obras en este ámbito. Por fin, convenció al Sr. Léon Faucher, ministro del Interior, a solicitar a la Asamblea una partida presupuestaria de 70 000 francos, y el 9 de octubre de 1851 partió de Marsella una expedición con destino a Hillah, a donde llegó el 7 de julio de 1852. Los miembros de esta expedición eran los señores Fulgence Fresnel, antiguo cónsul en Yeda, Jules Oppert, profesor de alemán en el Liceo de Reims, y F. Thomas, arquitecto.

Oppert ya había realizado importantes trabajos sobre el persa antiguo y era un orientalista de formación. Llevó a cabo importantes investigaciones en Babilonia y visitó un gran número de túmulos, algunos de los cuales ya había visto Loftus. Esta expedición excavó en Birs Nimrud y encontró ricos tesoros artísticos y de inscripciones. Al mismo tiempo, Place continuaba con las excavaciones en Khorsabad. Los materiales hallados tanto por Place como por la expedición en Birs Nimroud se cargaron en balsas para transportarlos río abajo hasta Basora. Desgraciadamente, y tal y como se afirma, por «puro descuido y mala gestión», las balsas volcaron y toda la colección se perdió en el río. A pesar de este grave percance, Oppert trajo de vuelta a Europa muchos conocimientos nuevos, y los resultados publicados de la expedición fueron notables.

En el mismo año en que se planificaba la expedición francesa, que terminó de forma tan desafortunada, los patronos del Museo Británico obtuvieron una subvención del Parlamento para reiniciar los trabajos en Nínive. Layard se encontraba entonces inmerso en el servicio diplomático y no estaba dispuesto a retomar el trabajo. Sin embargo, su antiguo asistente estudiaba entonces en Oxford, y las autoridades recurrieron a él. Para su eterno honor, el señor Hormuzd Rassam aceptó el puesto y partió a finales de 1852 para iniciar las excavaciones en Kuyunjik, bajo la dirección general de sir Henry Rawlinson. Rassam estaba tan preparado para el trabajo de excavador como pocos de los que habían excavado en esos montículos. conocía el país y a su gente desde que nació; había realizado un largo y provechoso aprendizaje con Layard; se dedicaba en cuerpo y alma a la tarea que tenía entre manos y estaba deseoso de poner toda su energía en llevarla a buen término. En un aspecto, por desgracia, no estaba tan bien preparado como el brillante Oppert, que en aquel momento se encontraba ocupado entre los montículos de Babilonia. Oppert sabía todo lo que se sabía entonces sobre la escritura cuneiforme, mientras que Rassam no sabía nada del idioma en el que se escribieron los antiguos documentos de su país.

Al llegar a Mosul, descubrió que sir Henry Rawlinson había trazado una línea a través del montículo de Kuyunjik, asignando la mitad norte del mismo a los franceses y reservándose el resto para la «esfera de influencia inglesa». Place, sin embargo, aún no había excavado nada en ese montículo, sino que se encontraba ocupado continuando las excavaciones en Khorsabad. Rassam poseía, más que Place, una gran sensibilidad por las investigaciones arqueológicas, y creía que la parte norte del montículo era, con mucho, la más prometedora. Desde el primer momento deseó sobre todo intentar excavar allí, pero se sintió impedido por el acuerdo que había establecido Sir Henry Rawlinson. Ocultó a Place sus sentimientos y se puso a trabajar con ahínco en otras partes del montículo. Su labor se prolongó durante casi un año y medio, y de sus zanjas y pozos se sacaban constantemente registros inscritos del pasado: unas veces fragmentos de tablillas, otras obeliscos, otras cilindros de arcilla y otras tablillas magníficamente conservadas, con la escritura fina y pulcra de los antiguos asirios. Durante todo ese tiempo, el Sr. Place no hizo ningún movimiento ni siquiera para iniciar la excavación en Kuyun jik, y Rassam llegó finalmente a la conclusión de que, al fin y al cabo, sir Henry Rawlinson se había extralimitado en su autoridad al ceder una parte del montículo a los franceses, por lo que decidió que, «pasara lo que pasara », trasladarse a la cima del montículo para ver qué se podía encontrar. Sus primeros intentos se llevarían a cabo de noche para evitar cualquier posible interferencia por parte de Place, en caso de que lo intentara. La historia es romántica, y las propias frases lacónicas de Rassam la describen a la perfección:

«Tras esperar unos días a que llegara una noche de luna llena, seleccioné a varios de mis antiguos y fieles obreros árabes, en quienes podía confiar para mantener el secreto, junto con un capataz de confianza, y les di órdenes de reunirse en un lugar concreto del montículo unas dos horas después de la puesta de sol. Cuando todo estuvo listo, fui y les marqué tres puntos diferentes en los que excavar. Ya se habían cavado varias zanjas allí en una ocasión anterior, pero en esta ocasión ordené a los obreros que cavaran transversalmente a ellas y profundizaran más; y tras supervisar yo mismo el trabajo hasta medianoche, los dejé trabajando (tras indicarles que dejaran de trabajar al amanecer) y me fui a dormir.

»A la mañana siguiente examiné las zanjas y, al ver indicios claros de restos asirios, duplicé el número de obreros la segunda noche y los hice trabajar duro toda la noche. Como de costumbre, supervisé el trabajo hasta medianoche, y luego me fui a dormir, pero no llevaba ni dos horas dormido cuando mi fiel capataz albanés vino corriendo a darme la buena noticia del descubrimiento de unas esculturas rotas. Me apresuré inmediatamente al lugar y, al descender por una de las zanjas, pude vislumbrar a la luz de la luna la parte inferior de dos bajorrelieves, cuya parte superior había sido destruida por los sasánidas u otras naciones bárbaras que ocuparon el montículo tras la destrucción del imperio asirio . Solo pude deducirlo por experiencia, al examinar los cimientos y el muro de ladrillo que sostenía los bajorrelieves; así que ordené a los obreros que despejaran la parte inferior de las esculturas, lo que mostraba claramente que las losas pertenecían a un nuevo palacio; pero al excavar a su alrededor nos topamos con huesos, cenizas y otros escombros, y no quedaba rastro alguno de otras esculturas. Al tercer día se filtró en la ciudad de Mosul el hecho de que excavaba por la noche, lo cual no me sorprendió, puesto que todas las familias de los obreros que participaban en el trabajo nocturno sabían que estaban excavando clandestinamente en algún lugar; y, además, los obreros que no trabajaban por la noche debían de haber visto a sus compañeros salir de sus tiendas y no acudir al trabajo al día siguiente. No solo temía que el cónsul francés se enterara y viniera a impedirme excavar en lo que él consideraría su propio terreno, sino, lo peor de todo, que se pensara que estaba excavando en busca de un tesoro por parte de las autoridades turcas y de la gente de Mosul, que siempre habían imaginado que nos estábamos enriqueciendo gracias al descubrimiento de fabulosos tesoros; por consiguiente, la tercera noche aumenté el número de obreros y decidí permanecer en las zanjas hasta la mañana, supervisando el trabajo. Es fácil imaginar cuánto anhelaba que acabara el día, ya que no me cabía duda de que existía alguna estructura asiria cerca de aquellas losas rotas que se habían encontrado la noche anterior. Mis conjeturas no se vieron defraudadas, pues los hombres llevaban menos de tres horas trabajando la tercera noche cuando un terraplén bajo el que estaban excavando se derrumbó y dejó al descubierto un bajorrelieve de una perfección y belleza incomparables, en el que se representaba a un rey asirio (que más tarde resultó ser Asurbanipal o Sardanápalo) en su carro cazando leones. El entusiasmo de los obreros no tenía límites; todos se reunieron y comenzaron a bailar y a cantar desde lo más profundo de su corazón, y ninguna de mis súplicas o amenazas surtió efecto alguno en ellos. De hecho, no sabía qué me complacía más: el descubrimiento de este nuevo palacio o ser testigo de la alegría de mis fieles y agradecidos obreros. Seguimos trabajando hasta la mañana, y al ver que para entonces se habían descubierto tres esculturas perfectas, no me cabía ninguna duda de que se trataba de un palacio completamente nuevo. Se cambió al personal de noche y se incorporaron nuevos trabajadores durante el día, ya que ahora no temía que mis rivales me lo estropearan, porque, según todas las normas, me había asegurado este palacio para la nación británica. Durante el día despejamos toda la sala de caza de leones de Asurbanipal, que ahora se encuentra en el sótano del Museo Británico. En el centro de esta larga sala o pasillo había montones de terracotas con inscripciones, entre las que creo que se descubrió la famosa tablilla del Diluvio. Sin duda, esta era la cámara de registros de Asurbanipal».

El descubrimiento así realizado fue el más importante que se había hecho hasta entonces, tanto en Asiria como en Babilonia. Rassam, gracias a su hábil criterio y a una afortunada combinación de circunstancias, había desenterrado de hecho la larga enterrada de la ciudad real de Nínive —la biblioteca que Asurbanipal había reunido o mandado copiar para el aprendizaje de sus sabios—. Se trataba de un tesoro real de literatura, ciencia, historia y religión, lista para ser estudiada en Occidente, una vez que se hubiera desentrañado por completo el método para su lectura. No es de extrañar que Rawlinson se uniera a Layard para aplaudir este feliz y afortunado descubrimiento, que había vinculado para siempre el nombre de Rassam a la historia de la investigación asiria.

En marzo de 1854, Rassam regresó a Inglaterra, y Loftus, que había concluido sus investigaciones en el sur, fue enviado a Kuyunjik para completar la labor de Rassam. Cumplió esta tarea con gran éxito, recuperando muchas más tablillas, que se enviarían, al igual que las de Rassam, al Museo Británico.

Mientras se llevaban a cabo estos trabajos, la Compañía de las Indias Orientales volvió a participar, de manera sumamente valiosa, en la labor de estudio asirio. A petición de los patronos del Museo Británico, la compañía envió al comandante Félix Jones, asistido por el Dr. J. M. Hyslop, desde Bagdad a Mosul para inspeccionar todo el distrito de Nínive. Esta tarea se llevó a cabo de manera magistral durante el mes de marzo de 1862, y se publicaron tres grandes mapas, que siguen siendo las referencias estándar hasta hoy.

Y ahora, la larga y brillante serie de excavaciones se acercaba a otro período de descanso. Pero, justo al final, sir Henry Rawlinson fue autor de un descubrimiento notable. Durante los meses de agosto y septiembre de 1854, había puesto «a un joven inteligente, de nombre M. Joseph Tonetti», a cargo de las excavaciones en Birs Nimroud, donde la desafortunada expedición francesa había llevado a cabo su trabajo. Durante dos meses, el trabajo no tuvo mucho éxito, hasta que Sir Henry Rawlinson visitó las excavaciones en persona y, tras un examen preliminar, decidió abrir brechas en las esquinas de los muros, con la esperanza de encontrar cilindros conmemorativos, como los que Taylor había hallado en Mugheir. En primer lugar, ordenó la retirada de los ladrillos hasta la décima capa por encima del zócalo de la base y, mientras se llevaba a cabo esta tarea, se ocupó en otras cosas. Una vez finalizada, le llamaron para que regresara y así describe la feliz suerte que siguió:

«Al llegar al lugar, me ocupé primero durante unos minutos en ajustar un compás prismático sobre el ladrillo más bajo que quedaba del ángulo original, que afortunadamente sobresalía un poco, de modo que ofrecía un buen punto para obtener la orientación magnética exacta de los dos lados, y luego ordené que se reanudara el trabajo. Apenas se había retirado la siguiente capa de ladrillos cuando los obreros gritaron que había un Ahazeneh, o “agujero del tesoro”; es decir, en la esquina, a una distancia de dos ladrillos de la superficie exterior, había un espacio vacío relleno de arena suelta de color rojizo. “Quiten la arena”, dije, “y saquen el cilindro”; y, mientras pronunciaba esas palabras, el árabe, que, hurgando con la mano entre los escombros del agujero, agarró y levantó triunfalmente un hermoso cilindro de arcilla cocida, en un estado tan perfecto como cuando fue depositado en la cavidad artificial hace más de veinticuatro siglos. Los obreros estaban completamente desconcertados. Se les oía susurrarse entre sí que se trataba de sihr, o «magia», mientras que el anciano del grupo comentaba significativamente a su compañero que el compás —que, como he mencionado, acababa de utilizar y que, por accidente, había colocado justo encima del cilindro— era sin duda «un instrumento maravilloso».

El cilindro así recuperado era uno de los cuatro colocados originalmente en las cuatro esquinas del edificio, y poco después se encontró un segundo. Los dos restantes no se recuperaron, ya que las esquinas en las que presumiblemente se habían colocado habían sido derribadas hacía mucho tiempo. Nabucodonosor se había esmerado mucho en conservar los registros de sus grandes obras de construcción y restauración.

Y ahora la larga serie de excavaciones había llegado a su fin. Los estudiosos de la historia del Antiguo Oriente se habían visto abrumados tanto por la magnitud como por el carácter sorprendente de los grandes descubrimientos. La pala y el pico podrían ahora quedarse inactivos y oxidarse durante varios años. Quedaba una gran labor por delante: la lectura de esos libros perdidos desde hacía mucho tiempo. Europa esperaba los resultados antes de iniciar nuevas excavaciones.

 

EL DESCIFRAMIENTO DEL ASIRIO

 

CUANDO los maestros del desciframiento, Grotefend, Rawlinson y Hincks, habían llevado a buen término la lectura de las antiguas inscripciones persas que se habían copiado en Persépolis, Behistún y otros yacimientos menos importantes, aún se enfrentaban a una gran serie de problemas.

Muchas de estas inscripciones tenían una estructura tripartita y, como ya se ha señalado, por entonces se creía generalmente que representaban tres lenguas distintas. La primera ya se había descifrado y resultaba ser persa antiguo. La segunda requería intentos de desciframiento. Nadie sabía qué pueblo era aquel cuya lengua aparecía junto al persa antiguo, y las opiniones oscilaban entre llamarlos escitas o medos. Pero, independientemente del nombre que se le diera a su lengua, alguien debía intentar descifrarla. En realidad, varios hombres en distintos lugares trabajaban simultáneamente en este fascinante problema. Era de esperar que Grotefend intentara la tarea, y así lo hizo, pero, por desgracia, sin éxito total. De hecho, su formación no le preparaba para un trabajo de este tipo. El gran logro de iniciar realmente este desciframiento quedó reservado a Niels Louis Westergaard, cuyo primer artículo sentó las bases para la lectura satisfactoria de la segunda clase de escritura de Persépolis. Su método era muy similar al utilizado por Grotefend en el desciframiento del persa. Seleccionó los nombres de Darío, de Histaspes, de los persas y de otras nacionalidades, y los comparó con sus equivalentes en los textos persas. De este modo, aprendió varios de los signos y, mediante su uso en otras palabras, trató de deletrear sílabas o palabras, cuyos significados se determinaban luego mediante conjeturas y comparaciones. Estimó el número de caracteres distintos en ochenta y dos u ochenta y siete, y consideró que la escritura era en parte alfabética y en parte silábica. A la lengua la denominó «meda» y la clasificó dentro de la familia «escita», en lugar de la «jafética». Pero los resultados de Westergaard eran, en el mejor de los casos, provisionales, y necesitaban la crítica rigurosa de otra mente. Esta la obtuvieron en dos artículos del Dr. Hincks, leídos ante la Real Academia de Irlanda. Hincks superó claramente a Westergaard y, de nuevo, como antes, demostró ser un maestro en todos los procesos de desciframiento de la escritura cuneiforme.

Tras Westergaard y Hincks, el trabajo fue retomado por un erudito francés, F. de Saulcy, que fue capaz de ver más allá que cualquiera de ellos. De Saulcy echó la vista atrás al desciframiento del persa antiguo y comparó los signos de la lengua meda, pues así es como él también denominó a esta segunda lengua. Observó que eran similares; a continuación, miró hacia adelante y vio que parecían casi idénticos a los caracteres de la tercera lengua, a la que dio el nombre de asirio. De Saulcy no fue el primero en dar este nombre a la tercera forma de escritura hallada en Persépolis —esa denominación ya se estaba generalizando—, pero sí fue el primero en señalar el notable parecido entre los signos o caracteres de los grupos segundo y tercero de los textos. Ahora estaba más claro que nunca que, si la segunda lengua, fuera cual fuera —ya fuera medo o escita—, pudiera descifrarse, se abriría el camino para la lectura del asirio. A este gran objetivo contribuyó De Saulcy con sus crecientes avances en el estudio del medo.

Los tres —Westergaard, Hincks y De Saulcy— habían realizado su trabajo con materiales muy deficientes. Era muy improbable que el estudio del medo o del escita avanzara más allá de los intentos de de Saulcy sin la publicación de material nuevo. Este no tardó en llegar, gracias a la generosidad de Sir Henry Rawlinson. Con un gran coste personal en dinero, tiempo y trabajo peligroso, había completado la copia de la inscripción de Behistún. La primera columna estaba en persa antiguo, y con su desciframiento se había ganado una fama imperecedera. No tuvo tiempo de publicar él mismo la segunda columna de inmediato, por lo que se la entregó al Sr. Edwin Norris, con pleno permiso para utilizarla como quisiera. Norris, apoyándose al principio en gran medida en Westergaard, logró descifrarla casi en su totalidad. Su ponencia, leída ante la Real Sociedad Asiática de Londres el 3 de julio de 1852, supuso un hito en la historia de este estudio, y pasó mucho tiempo antes de que fuera superada.

El trabajo de Norris volvió a sacar a Westergaard a la palestra con críticas, nuevas conjeturas y varias mejoras notables. Mordtmann le siguió con un artículo que se basaba muy poco en el trabajo de sus predecesores y que, por lo tanto, contenía combinaciones y repeticiones inútiles; sin embargo, aportó algunos avances a los problemas. Denominó a la lengua «susiana», y el nombre fue una acertada elección. A. H. Sayce abordó a continuación el problema en dos brillantes artículos, el primero de los cuales llegó incluso a presentar una transcripción y una traducción parcial de dos pequeñas inscripciones. La traducción era necesariamente fragmentaria, pero ninguno de los investigadores anteriores la había igualado. Defendió con erudición el nombre de «amardiano» para la lengua y volvió a abordar este tema en un segundo artículo, que asimismo supuso un avance en el desciframiento. Oppert, que dedicó la mayor parte de su gran talento a otras cuestiones, también estudió estos textos poco después de Sayce y realizó importantes aportaciones al problema. Se resolvió el enigma de la segunda forma de escritura en Persépolis y en Behistún, y en 1890 Weissbach fue capaz de atar todos los cabos sueltos y presentar traducciones claras y convincentes de las inscripciones que tanto tiempo habían sido un enigma.

Si ahora nos detenemos un momento y echamos la vista atrás, no podemos dejar de sentirnos conmovidos por la paciencia, la habilidad y el saber que se habían empleado para desentrañar estos enredados hilos de la escritura antigua. Fue un camino largo y arduo, y más de un viajero agotado tuvo que subir con esfuerzo su pendiente. Por fin se leían el persa y el susiano. El progreso, lento al principio, se había acelerado mucho. Sin embargo, hasta entonces los resultados históricos habían sido relativamente escasos. Las inscripciones no eran numerosas y sus palabras, pocas. Pero qué diferente sería todo si tan solo se pudiera descifrar la tercera lengua. Esa tercera lengua en Persépolis y en Behistún era, sin duda, el asirio o el babilónico. Aquí, en susiano y en persa, se encontraban las claves para su desciframiento. Si se pudiera leer, los hombres tendrían ante sí toda la literatura de Asiria y Babilonia. Lo que eso significaba se hacía cada día más claro. Mientras Norris trabajaba tranquilamente en Inglaterra, B otta y Layard desenterraban inscripciones a montones en Asiria, y los primeros frutos del descubrimiento babilónico también llegaban a Europa. Con semejante tesoro, no era de extrañar que los hombres casi se empujaran unos a otros en su apasionado afán por descifrar el significado de aquellos signos extraños y complicados que ocupaban un tercer lugar en Persépolis y en Behistún.

Grotefend había identificado, entre las transcripciones asirias de las inscripciones de Persépolis, los nombres de los reyes, tal y como había hecho en los antiguos textos persas, pero no pudo ir mucho más allá. Se necesitaba imperativamente más material antes de que fuera posible realizar avances significativos. Tan pronto como se publicaron las cartas de Botta a Mohl en las que se anunciaban los descubrimientos en Khorsabad, se encontró a un hombre que se lanzó con audacia al intento de descifrar el asirio. Isidore de Loewenstein tomó como punto de partida principal la comparación entre las inscripciones asirias y egipcias del jarrón de Caylus. No era precisamente un buen punto de partida, por lo que resulta sorprendente que su éxito fuera tan grande como lo fue en realidad. Loewenstein dio en el clavo al sugerir que la lengua asiria pertenecía a la familia semítica y que, por lo tanto, era hermana del hebreo, el árabe y el arameo. Esta sugerencia bastaría por sí sola para dar prestigio a su obra, ya que resultó sumamente fructífera en manos de investigadores posteriores. Sin embargo, no tuvo mucho éxito a la hora de determinar los valores de los signos, y era precisamente ahí donde más se necesitaba el éxito. En la segunda memoria, Loewenstein tuvo mucho más éxito, pues su punto de partida fue elegido con mayor acierto. Ahora eligió para la comparación los nombres propios de los persas, que aparecían transcritos en los textos asirios. Con tales comparaciones se podía dar un buen paso inicial, y Loewenstein lo hizo de manera acertada. Sin embargo, no le fue dado leer un texto asirio; eso resultó ser una tarea mucho más difícil de lo que nadie había imaginado.

Pero el número de investigadores iba en aumento, y todos tenían la esperanza de que, al fin, se encontraría el camino hacia la luz.

De todos ellos, ninguno estaba dotado de una habilidad tan prodigiosa para el desciframiento como Edward Hincks. Ya había contribuido de manera notable al desciframiento de la primera forma de las inscripciones de Persépolis y, como acabamos de ver, su trabajo sobre la segunda fue sumamente importante. Ahora iba a superar ambos logros, y, al parecer, con facilidad. El 30 de noviembre y de nuevo el 14 de diciembre de 1846, leyó ante la Real Academia Irlandesa dos ponencias, posteriormente publicadas como una sola, en las que se adentró con audacia en el desciframiento del babilonio. En una tercera ponencia, leída el 11 de enero de 1847, modificó en cierta medida las opiniones expresadas en las dos anteriores y dio un paso más allá. En la elaboración de estas ponencias parece bastante claro que Hincks no había recibido ayuda alguna de ningún otro investigador. No había visto la primera ponencia de Loewenstein, y la segunda aún no se había publicado. El trabajo de Hincks fue independiente en todos los sentidos. Sería difícil exagerar lo que logró en esos tres artículos. Se determinó con certeza el significado de varios signos babilónicos, y los significados asignados entonces siguen siendo la norma hasta el día de hoy. Incluso logró en ese momento determinar correctamente una gran parte de los números. Se encontraba en el camino correcto hacia la lectura de los textos, pero era demasiado prudente como para atreverse a traducirlos. Su método, incluso bajo la presión del entusiasmo que sin duda le bullía en las venas, se mantuvo rigurosamente científico.

Y entonces comenzaron a llegar a París las inscripciones que Botta había desenterrado en Khorsabad. De las pesadas cajas de madera salían losas de piedra, cubiertas de polvo, pero con extraños caracteres en forma de cuña. Henri Adrien de Longperier se encargó de ordenarlas en el Museo del Louvre. No podía realizar este trabajo sin sentir el deseo de leer esos caracteres desconocidos, por lo que, al igual que otros en otros lugares, comenzó a reflexionar sobre el difícil problema. Conocía bien la obra de Loewenstein, por lo que inició sus propios esfuerzos apoyándose en los hombros de Loewenstein. Es cierto que Loewenstein no pudo ayudarle mucho con los signos individuales, pero al menos había seleccionado un grupo de signos, tras compararlos con el persa antiguo, que creía que representaban la palabra «grande» y que probablemente se pronunciaba «rabou». Loewenstein había extraído esto de las inscripciones de Persépolis. Longperier encontró el mismo grupo en las inscripciones de Khorsabad. Dio por buena esa interpretación y siguió avanzando un poco más. En estos textos de Botta se repetía a menudo una pequeña inscripción y, tras una larga comparación, A. de Longperier tradujo toda la inscripción de la siguiente manera:

« «Glorioso es Sargón, el gran rey, el [... ] rey, rey de reyes, rey de la tierra de Asiria». Pero lo extraño de esta traducción era que no podía nombrar ni pronunciar ni una sola palabra de toda ella, salvo la palabra «rabou» « grande». Sin embargo, las investigaciones posteriores demostraron que la traducción era una representación casi completa y correcta del original. Si de Longperier hubiera tenido ante sí la lista de signos y significados que Hincks ya había propuesto, podría haber llegado más lejos. Tal y como fueron las cosas, descifró el nombre de Sargón y allí se detuvo. Cuando uno echa la vista atrás a todo este trabajo en Francia, Inglaterra e Irlanda, y ve los pequeños avances aquí y allá, no puede sino pensar que la lentitud de los progresos se debió principalmente a la falta de comunicación. Si, de alguna manera, cada investigador hubiera podido conocer de inmediato los avances de su rival amistoso, el progreso habría sido, inevitablemente, más rápido. Es cierto, en efecto, que los hombres que trabajaban en Francia lograban mantenerse bastante bien en contacto a través de artículos publicados, cartas o reuniones de sociedades. Pero el irlandés, mucho más brillante, al otro lado de dos canales tempestuosos, no encontraba forma de enterarse rápidamente de lo que pensaban, y, lo que es peor aún, no podía darles a conocer fácilmente su trabajo. Este último hecho era tan dolorosamente cierto que los entusiastas franceses siguieron trabajando sin descanso sin su inestimable ayuda. Esta falta de comunicación fluida de hipótesis y resultados persiste aún en cierta medida, a pesar de todas las mejoras en la imprenta y en la difusión de documentos, y parece aumentar más que disminuir debido al gran número de sociedades y revistas dedicadas a la investigación científica.

Botta había regresado ya a París y estaba publicando por entregas una memoria sobre la lengua de las inscripciones que había dado a conocer al mundo. Apenas hizo esfuerzo alguno por descifrarlas o traducirlas, pero recopiló todas las inscripciones que había encontrado, y elaboró listas detalladas de los signos que halló en ellas. Diferenció nada menos que 642 signos distintos, suficientes para hacer temblar incluso al más valiente de los descifradores. Para cada uno de estos signos había que encontrar un valor, un significado o ambos. Esto zanjó de una vez por todas toda controversia sobre la existencia de un alfabeto. Si había 642 caracteres, algunos de ellos sin duda debían representar sílabas. Pero, ¿cómo podía haber tantas sílabas? Botta examinó las inscripciones de Persépolis, comparando la inscripción n.º 1, que es persa, con la inscripción n.º 3, que es babilónica. En la n.º 1 encontraba a veces el nombre de un país representado por varios signos, mientras que en la n.º 3, en el lugar correspondiente, halló el mismo país representado por un solo signo. Quedó entonces claro que esta lengua babilónica se escribía, al menos en parte, mediante ideogramas. Aquí se planteaba otra dificultad añadida, pues incluso si se llegara a conocer el significado de estos ideogramas, ¿cómo sería posible aprender la palabra en sí misma o, por decirlo de manera aproximada por el momento, su pronunciación? Sin duda, eso era un problema, y los medios para resolverlo no se vislumbraban en aquel momento, ni durante muchos días. El trabajo de Botta continuó, sin embargo, sin ese conocimiento tan deseable, y finalmente identificó las palabras para «rey», «tierra», «pueblo» y algunas otras de menor importancia, pero aún así no podía transcribir las palabras en caracteres latinos. Podía anotar un signo y decir: «Ahí, eso significa “tierra”, pero no tengo ni idea de cómo lo leían los asirios». Con un conocimiento tan deficiente como este, Botta, naturalmente, no intentó ninguna traducción completa. Sin embargo, había hecho una contribución útil en el sentido positivo, y otra aún más útil en el sentido negativo, al demostrar lo insostenibles que eran algunas de las antiguas teorías alfabéticas.

Mientras tanto, De Saulcy continuó con sus esfuerzos por descifrar las inscripciones de Persépolis y otras de los reyes aqueménidas. Publicó algunos artículos que, por desgracia, no dieron ningún resultado satisfactorio. Esto le ha valido cierto rechazo por parte de los irreflexivos, que nunca se atreven a cometer un error, y, por lo tanto, nunca logran nada. De Saulcy cometió los errores, se percató pronto de ellos y se dispuso alegremente a subsanarlos. También había estado trabajando en egipcio y había aprendido mucho en esa escuela sobre los procesos de desciframiento. En esto se parecía a Hincks, y parece que de Longperier también obtuvo indicaciones útiles en la misma escuela. Ahora, de Saulcy estaba listo para dar el paso audaz de intentar descifrar y traducir una inscripción completa. Se trataba de la primera publicación de una inscripción asiria completa, con un comentario que justificaba y explicaba el método palabra por palabra. En este artículo, De Saulcy recogió ciento veinte signos cuyo significado creía conocer, pero la incertidumbre era grande, e incluso él apenas podía afirmar que hubiera resuelto satisfactoriamente las dificultades que planteaba la repetición de signos para la misma consonante.

Lo que De Saulcy no pudo lograr lo consiguió Hincks. En un notable artículo sobre las inscripciones de Khorsabad, leído el 25 de junio de 1849, Hincks demostró cómo se expresaban las vocales junto con sus consonantes en el mismo signo. Había, por ejemplo, un signo para RA, otro para RI y otro más para RU. También había un signo para AR y, presumiblemente, para UR e IR, aunque no definió de forma completa y perfecta estos dos últimos. Esto supuso un avance enorme, ya que a todos estos signos separados De Saulcy les había asignado el significado «R». Esta ponencia no se completó del todo hasta el 19 de enero de 1850, fecha hasta la cual Hincks siguió realizando añadidos y correcciones en ella. Al final del mismo añadió unas pocas líneas de traducción del asirio. Se trataba, en efecto, de una traducción en un sentido que ningún otro intérprete había logrado. Presentaba primero los caracteres asirios, luego un intento de transcripción a caracteres latinos y, por último, la traducción casi completa y prácticamente correcta. Es imposible leer este artículo hoy en día sin sorprenderse por su comprensión de los principios fundamentales, su aguda percepción de la forma y la vida lingüísticas, y su asombrosa demostración de capacidad de combinación.

El año 1849 había terminado bien, y el año 1850 había comenzado con todos los indicios de esperanza. Ahora se avecinaban cosas aún más grandiosas. Los descubrimientos de Layard en Nínive habían comenzado a llegar a Londres, donde no podían dejar de reavivar el estudio de la lengua asiria, tal y como habían hecho los de Botta en Francia. Era natural que el primero en aprovechar el nuevo material así puesto a su alcance fuera sir Henry Rawlinson. Ningún hombre había sufrido tanto en sus esfuerzos por conseguir copias de las inscripciones, y ahora que se encontraba de nuevo en Londres no es de extrañar que se hiciera de inmediato con el hermoso obelisco que Layard había traído del yacimiento de Nimrud. En dos ponencias leídas el 19 de enero y el 16 de febrero, Rawlinson ofreció un análisis minucioso y agudo de esta gran inscripción, concluyendo con una traducción provisional de aquellas partes que, según su estudio, parecían tener un sentido razonable. Si comparamos este trabajo de Rawlinson con el de Hincks, sale considerablemente mal parado. Es cierto que Rawlinson a menudo ha dado en el clavo con el verdadero sentido de un pasaje; es más, en muchas ocasiones ha presentado incluso una traducción fluida que estudios posteriores han justificado en gran medida. Por otro lado, no presentó el texto, la transcripción ni la traducción juntos, como había hecho Hincks, por lo que resultaba imposible para los estudiosos que no pudieran examinar el original criticar, verificar o refutar los valores que él asignaba a los caracteres. Está claro que, sin esto, nunca puede haber un progreso definitivo y seguro en ninguna labor de interpretación. No obstante, aunque Rawlinson no había proporcionado los medios para ello en su traducción, sí había analizado varias palabras, imprimiendo el signo junto con su transcripción y traducción, y proporcionando así material completo para el uso de los investigadores posteriores.

Pero incluso después de esto, la gran contribución de Rawlinson al desciframiento aún estaba por llegar. Mientras los estudiosos en Europa se debatían con las inscripciones de Persépolis, él vivía solo en Bagdad, buscando cualquier oportunidad para estudiar las rocas de Behistún y obtener así una copia completa de la gran inscripción trilingüe de Darío. Ya había publicado la parte persa de este texto; y Edwin Norris, con su permiso, había publicado la segunda parte (entonces denominada «meda»). La parte más importante era la babilónica, y Rawlinson aún conservaba en su poder la copia de la misma, revisándola minuciosamente e intentando desentrañar hasta el último secreto de los complejos signos antes de atreverse a darla a conocer al mundo. Rawlinson ha sido injustamente culpado y criticado por la duración de este retraso. Que estaba celoso de su fama queda bastante claro por las polémicas cartas de años posteriores, pero en esto tenía motivos más que suficientes. Otros trabajaban en el esfuerzo por descifrar estos registros, perdidos desde hacía mucho tiempo, de los pueblos del mundo antiguo. Estaban ansiosos por alcanzar el fantasma de la fama para sí mismos, y era poco probable que muchos se tomaran la molestia de conservar para Rawlinson la fama que, con toda justicia, le correspondía por sus logros , como una pequeña compensación por la pérdida de comodidades y por las privaciones y penurias que había soportado.

Por fin, en 1851 apareció la tan esperada y ansiosamente aguardada «Memoria». Rawlinson publicó ciento doce líneas de inscripción en escritura cuneiforme, acompañadas de una transcripción interlineal en caracteres latinos y una traducción al latín. A ello se añadía un conjunto de notas en las que se analizaban muchos principios gramaticales y de interpretación, junto con breves listas de signos.

Esta «Memoria» de Rawlinson debe considerarse, con toda justicia, una obra que marcó una época. Por fin se presentaba una inscripción larga y difícil traducida casi en su totalidad, y se llevaba el estudio de la lengua asiria hasta el punto de entablar un debate minucioso sobre sutilezas gramaticales . Se trataba, sin duda, de la culminación de una tarea gigantesca llevada a cabo en medio de grandes dificultades, con un único objetivo. La ciencia y la sociedad han honrado muy poco al hombre que se atrevió a emprender y llevó a cabo esta gran tarea.

Pero, por muy grande que fuera el resultado del trabajo de Rawlinson, en cierto sentido trajo consigo nuevas dificultades y pruebas para los pacientes intérpretes de los textos. De sus estudios se desprendía con total claridad que, en asirio o babilonio, un mismo signo no siempre poseía el mismo significado . A signos como estos, Rawlinson los denominó «polifónicos». Esto supuso una dificultad añadida a las ya existentes. He aquí, por ejemplo, un signo que tenía los valores silábicos Kal, Rib, Dan, etc. Este principio les pareció a algunos de los críticos de Rawlinson totalmente absurdo. Además, en la opinión pública contribuyó en gran medida a destruir toda la confianza en la interpretación propuesta de las inscripciones babilónicas. «¿Cómo —diría alguien— «¿cómo sabes cuándo hay que leer este signo como Kal, o cuándo como Rib, o cómo sabes que no significa Dan?» «Sí», añade otro, «¿cómo esperas que creamos que un gran pueblo como los asirios y los babilonios pudiera haber llevado registros con un lenguaje así, o con un sistema de escritura como ese? Todo ello es imposible a primera vista». Por supuesto, tales críticas no podían impresionar a Rawl inson; sus conocimientos los había adquirido a base de pasos laboriosos y lentos, y no eran tan fáciles de refutar. Sin embargo, sí tenían peso en la opinión pública, y la opinión pública no puede ser menospreciada ni descartada ni siquiera por los estudiosos. Había que tenerla en cuenta, como Rawlinson sabía muy bien. Con el tiempo sería fácil demostrar que su interpretación era correcta; para ese día, él podía esperar pacientemente. Sin embargo, fue una lástima que Rawlinson no pudiera exponer todas sus razones y todos sus razonamientos, junto con todo el aparato crítico. En este aspecto concreto, uno no puede evitar sentir cierta decepción ante la gran «Memoria»; al menos en esto, no estaba a la altura de los artículos de Hincks.

Aunque muchos consideraban ya que Rawlinson había resuelto el problema en sus puntos principales, Hincks nunca relajó ni por un momento su enérgica búsqueda de una interpretación.

En julio y agosto de 1850, parece que asistió a la reunión de la Asociación Británica en Edimburgo, donde distribuyó entre los miembros una lámina litografiada que contenía una serie de signos que registraban formas verbales. Este trabajo, del que solo se publicó un breve resumen, ha pasado casi desapercibido en la historia de los avances de la investigación asiria. Sin embargo, reviste gran importancia. Demuestra que Hincks había ido más allá de limitarse a adivinar el significado de las frases y había llegado a estudiar la gramática de la lengua que tenía entre manos. En este campo no tardaría en destacar por encima de todos los demás y sentaría unas bases profundas y sólidas para la gramática asiria.

Durante el año 1851, Hincks parece no haber publicado nada y probablemente se dedicó entonces a estudiar todo el material al que tenía acceso. Al año siguiente publicó una lista de doscientos cincuenta y dos caracteres asirios, cuyas reglas analizó por separado. Este artículo supone un avance extraordinario con respecto a todo lo anterior. Ya no se limita a aplicar únicamente los antiguos métodos de desciframiento, sino que añade a este método uno nuevo y mucho más minucioso. Analiza las formas gramaticales y muestra cómo una raíz aparece en diferentes formas según su uso en distintas conjugaciones. De este modo, es capaz de comprobar los valores propuestos y verificarlos. En este artículo, además, demostró que el asirio poseía un sistema de escritura sumamente elaborado. En primer lugar, existían signos para las vocales simples, como a, i, u. En segundo lugar, había caracteres silábicos simples, como ab, ib, ub, ba, bi, bu; en tercer lugar, había caracteres silábicos complejos, como bar, ban, rab, etc.

Mientras tanto, Jules Oppert había regresado de Babilonia y, poco después, visitó Inglaterra para ver las colecciones del Museo Británico. Asistió a la reunión de la Asociación Británica celebrada en Glasgow en 1855, donde escuchó el relato de Sir Henry Rawlinson sobre las excavaciones en Birs Nimroud y él mismo habló sobre los resultados de su propio trabajo en Babilonia.

El número de investigadores iba en aumento, pues Oppert supuso una gran incorporación en París, tras sus dos años de ausencia, y en Inglaterra se produjo una nueva incorporación en la persona de Fox Talbot, un hombre de extraordinario talento. Pero, a pesar de todos los nuevos investigadores en Irlanda, Francia e Inglaterra, que se sumaron a los principios y a los resultados del desciframiento, había muchos que se burlaban o que ponían en duda todo el asunto. Ya se habían expresado dudas sobre las traducciones en numerosas ocasiones, y los investigadores las habían pasado por alto sin prestarles atención. H. Fox Talbot, sin embargo, en pleno entusiasmo por su vida académica, no estaba dispuesto a seguir escuchando esas dudas sin hacer algún esfuerzo por disiparlas. Por ello, ideó un plan novedoso y llamativo. Rawlinson estaba a punto de publicar, por encargo de los administradores del Museo Británico, copias litográficas de una selección de inscripciones asirias. Ya había copiado y litografiado el contenido de un cilindro que, según afirmaba, contenía el nombre de Tiglat-pileser. Se envió una copia anticipada de esta litografía a Fox Talbot, quien de inmediato tradujo las partes que pudo descifrar sin dificultad. Metió esta traducción en un sobre, lo selló cuidadosamente y lo envió a la Real Sociedad Asiática, acompañado de una carta cuyo propósito queda claramente reflejado en los siguientes extractos

«Habiendo tenido el honor de recibir una copia anticipada de la litografía de esta inscripción gracias a la generosidad de los patronos del Museo Británico y de Sir H. Rawlinson, he realizado a partir de ella la traducción que ahora presento a la sociedad. Unas pocas palabras explicarán mi propósito al hacerlo:

«Muchas personas se han negado hasta ahora a creer en la veracidad del sistema mediante el cual el Dr. Hincks y Sir H. Rawlinson han interpretado los escritos asirios, porque contiene muchas cosas totalmente contrarias a sus opiniones preconcebidas. Por ejemplo, cada grupo cuneiforme representa una sílaba, pero no siempre la misma sílaba; a veces una y otras veces otra. A lo que se responde que tal libertad abriría la puerta a todo tipo de incertidumbre; que los propios asirios antiguos, los nativos del país, nunca habrían podido leer ese tipo de escritura y que, por lo tanto, el sistema no puede ser cierto y las interpretaciones basadas en él deben de ser erróneas. «

Así era como Talbot percibía la situación, y sugirió que su traducción se mantuviera bajo llave hasta que se publicara la de Sir Henry Rawlinson, para luego comparar ambas versiones. Si entonces se comprobara que ambas coincidían en lo esencial, ello contribuiría en gran medida a convencer a los escépticos, ya que cada traducción se habría realizado de forma totalmente independiente de la otra. Cuando esta comunicación se leyó ante la Sociedad, Sir Henry Rawlinson propuso que se tomaran medidas para llevar a cabo el plan del Sr. Tal a una escala aún mayor de la que él había previsto. Se decidió solicitar a Sir Henry Rawlinson, Edward Hincks y Jules Oppert que enviaran a la Sociedad, en sobres sellados, traducciones de esta misma inscripción. A continuación, estas traducciones se abrirían y compararían en presencia del siguiente comité: el Muy Reverendo Decano de St. Paul’s (Dr. Milman) , el Dr. Whewell, Sir Gardner Wilkinson, el Sr. Grote, el reverendo W. Cureton y el profesor H. H. Wilson.

Sir Henry Rawlinson proporcionó una versión casi completa, pero ni el Dr. Hincks ni el Dr. Oppert habían tenido tiempo de completar las suyas. Sin embargo, enviaron material suficiente para una comparación efectiva. Se comprobó, en efecto, que las versiones presentaban una correspondencia muy estrecha, y el comité informó de que:

«Las coincidencias entre las traducciones, tanto en cuanto al sentido general como a la reproducción verbal, eran muy notables. En la mayoría de los pasajes había una fuerte correspondencia en el significado asignado, y, en ocasiones, una curiosa identidad de expresión en cuanto a palabras concretas. Cuando las versiones diferían de manera muy sustancial, cada traductor había señalado en muchos casos el pasaje como de significado dudoso o incierto. En la interpretación de los números se observó en todo momento una correspondencia singular».

A continuación, los examinadores elaboraron tablas de coincidencias y variaciones, y la Real Sociedad Asiática publicó las cuatro traducciones una al lado de la otra.

El impacto de esta demostración en Gran Bretaña fue enorme y generalizado. Poco a poco quedó claro para la opinión pública que las inscripciones asirias se habían leído realmente, y la opinión pública en Gran Bretaña es una fuerza tanto en la ciencia como en la política. Los resultados de su influencia no tardarían en aparecer .

Con esta demostración popular, puede considerarse que la tarea de interpretar las inscripciones asirias y babilónicas ha alcanzado una posición consolidada. De hecho, era necesario que todo el trabajo, desde los primeros intentos de Grotefend por descifrar las inscripciones de Persépolis, fuera sometido a examen por mentes frescas. Este examen se garantizó a medida que, uno tras otro, fueron surgiendo nuevos estudiosos de la asiriología. El terreno estaba, sin embargo, totalmente conquistado y firmemente afianzado. El estudio de la asiria pudo ocupar su lugar junto a sus hermanas mayores en las universidades de todo el mundo. El material que Botta había enviado a París se estaba analizando rápidamente, y casi cada semana aparecían artículos que trataban sus resultados históricos. En Inglaterra, las inscripciones que habían sido enviadas desde las excavaciones de Layard, Loftus, Taylor y, especialmente, Rassam, estaban revelando sus secretos. No tardaría mucho en que la opinión pública exigiera que se reanudaran las excavaciones. En aquel momento, sin embargo, los investigadores se afanaban en consolidar los resultados de las expediciones anteriores.

En medio de todos estos esfuerzos de desciframiento, surgió un movimiento destinado a influir enormemente en el progreso de los estudios asirios en Inglaterra. El 18 de noviembre de 1870 se reunió en las oficinas del señor Joseph Bonomi, en Lincoln’s Inn Fields, un grupo de hombres convocados por él y por el doctor Samuel Birch, del Museo Británico. Se les pidió «que examinaran el estado actual de la investigación arqueológica y, si lo consideraban conveniente, crear una asociación para orientar el curso de las futuras investigaciones y conservar un registro de los materiales ya obtenidos, una asociación cuyos objetivos especiales fueran recopilar, a partir de los monumentos en rápido deterioro de las razas semíticas y afines, ilustraciones de su historia y peculiaridades; investigar y sistematizar las antigüedades de los antiguos y poderosos imperios y pueblos primitivos, cuyos registros se centran en torno a las venerables páginas de la Biblia». Como resultado de esta conferencia preliminar, se convocó una reunión pública en las salas de la Real Sociedad de Literatura el 9 de diciembre de 1870, momento en el que se fundó la Sociedad de Arqueología Bíblica. El Dr. Samuel Birch fue elegido presidente y el Sr. W. R. Cooper, secretario, mientras que Sir Henry Rawlinson, el Muy Honorable W. E. Gladstone y el decano R. Payne Smith fueron nombrados vicepresidentes. Entre los primeros miembros figuraban Edwin Norris, Hormuzd Rassam, W. H. Fox Talbot, el reverendo A. H. Sayce y George Smith. La sociedad tuvo éxito desde el primer momento de su existencia, siendo especialmente notable su influencia en los estudios asirios y babilónicos. El primer volumen de Transactions se publicó en diciembre de 1871, y en él Fox Talbot escribió sobre «Un eclipse antiguo» (en Asiria), y George Smith aportó un extenso artículo sobre «La historia temprana de Babilonia». En poco tiempo, las publicaciones de la sociedad se convirtieron en el principal repositorio de las investigaciones realizadas por los estudiosos ingleses sobre los textos de los asirios y los babilonios.

 

EL DESCIFRAMIENTO DEL SUMERIO Y DEL VANNICO

 

Los primeros estudiosos que intentaron descifrar las antiguas inscripciones persas hicieron hincapié en la dificultad de los caracteres cuneiformes. Eran tan totalmente diferentes de cualquier otra forma de escritura que, incluso mientras se esforzaban por descubrir su significado, comenzaron las disputas sobre su origen. Si los signos se hubieran parecido a representaciones rudimentarias de objetos, como los jeroglíficos egipcios, habría habido alguna pista sobre su origen, pero durante el proceso de desciframiento nadie pudo discernir tal parecido. Cuando comenzó el desciframiento del asirio, los estudiosos se preguntaron aún más acerca de los inventores o descubridores de aquellos signos extrañamente complicados. Cuando por fin se logró leer el asirio, varios investigadores comprendieron casi simultáneamente que pertenecía a la familia de lenguas semíticas. Ese descubrimiento intensificó la dificultad relativa a su método de escritura. En 1850, Edward Hincks llamó la atención sobre el hecho de que, aunque el asirio fuera una lengua semítica, su escritura era totalmente diferente a la utilizada por cualquiera de las lenguas emparentadas. Sugirió que la escritura estaba relacionada con la egipcia y planteó la hipótesis de que había sido inventada por un pueblo indoeuropeo que había estado en contacto con los egipcios y había tomado prestado algo de su método de escritura.

Poco después (1853) Rawlinson escribió a la Real Sociedad Asiática anunciando el descubrimiento de varias inscripciones «en lengua escita», que, en su opinión, guardaban relación con los textos medos de las inscripciones de Persépolis. Afirmó que estas nuevas inscripciones eran más antiguas que las de Persépolis, y también más antiguas que la dinastía de Nabucodonosor, y argumentó que los escitas ya ocupaban el territorio occidental antes de que aparecieran los semitas. Tenía claramente la opinión de que había encontrado inscripciones escritas en caracteres cuneiformes, pero en una lengua no semítica. En definitiva, parece que se inclinaba por la idea de que estos escitas habían inventado el método de escritura cuneiforme. Esta opinión fue expuesta al año siguiente por Oppert, quien intentó demostrar cómo esta supuesta escritura escita había pasado a manos de los asirios.

Rawlinson se encontraba entonces inmerso en la investigación de este nuevo problema, y el 1 de diciembre de 1855 pudo informar de avances sustanciales a la Real Sociedad Asiática. Había estado estudiando las llamadas inscripciones «escitas», que databan del siglo XIII a. C., y encontró la misma lengua en las columnas izquierdas de los silabarios asirios. Estos silabarios podían explicarse como conjuntos de alfabetos comparables, gramáticas y vocabularios de las lenguas escita y asiria. Su teoría era ahora que estos escitas babilónicos eran conocidos como acadianos. Eran el pueblo que había construido las ciudades y fundado la civilización de Babilonia. Los semitas se habían limitado a sumarse a sus esfuerzos y habían adoptado de ellos el sistema de escritura cuneiforme. Consideraba que la lengua de los acadianos estaba más estrechamente relacionada con el mongol y manchú que con cualquier otra de las lenguas turánicas.

Mientras tanto, Hincks había estado estudiando algunos pequeños textos bilingües y estaba preparado para señalar algunas de las peculiaridades de la lengua acadia recién descubierta. Observó, en primer lugar, que los verbos permanecían totalmente inalterados en todas las personas y números, mientras que los sustantivos formaban el plural mediante la adición de «ua» o «wa». También encontró posposiciones donde nosotros usaríamos preposiciones, lo que constituía un parecido con las lenguas turánicas, aunque no llegó tan lejos como Rawlinson a la hora de afirmar con cuál de ellas el acadio parecía estar más estrechamente relacionado. Un año más tarde, Hincks abandonó el nombre de «acadio», prefiriendo denominarlo con un nombre como «caldeo antiguo». Esta fue su última contribución a la investigación de las inscripciones y las lenguas que estas expresaban. El 3 de diciembre de 1866, falleció, dejando tras de sí un legado imperecedero de trabajo minucioso, erudición rigurosa, y una asombrosa fertilidad e ingenio mental. A la nueva ciencia de la asiriología había aportado más contribuciones de valor perdurable que, quizás, cualquier otro de los primeros descifradores. La muerte de Hincks dejó a Jules Oppert como líder en la labor de desentrañar los enredados hilos de la nueva lengua.

En 1869, Oppert presentó una ponencia académica sobre el origen de los caldeos, en la que dio el nombre de «caldeo» o «sumerio» como nombre de la lengua que Rawlinson había denominado «acadio». Muchos consideraron que el nombre «sumerio» era más adecuado y poco a poco se fue imponiendo, aunque algunos estudiosos siguen utilizando «acadio» hasta hoy, mientras que durante un breve periodo de tiempo estuvo en boga la expresión «sumero-acadio».

Hasta ese momento, el estudio del acadio o sumerio se había llevado a cabo en gran medida desde una perspectiva histórica y geográfica. No se había estudiado, comentado ni traducido ningún texto concreto hasta 1870, cuando el profesor A. H. Sayce dedicó a una pequeña inscripción de Dungi la exégesis filológica más elaborada. En ella se compararon una a una las palabras en acadio con palabras de valor fonético similar en más de una veintena de lenguas y dialectos, y por primera vez se reconocieron préstamos del acadio en el asirio. Este artículo supuso un avance notable en el estudio del sumerio, al tiempo que ponía de manifiesto el nivel alcanzado por sus predecesores en esta nueva disciplina. Sayce había demostrado ser un digno sucesor de Hincks en cuanto a perspicacia filológica y había contribuido en gran medida al estudio gramatical del sumerio. Le siguió rápidamente Oppert, quien aportó más material gramatical en dos excelentes artículos.

Hasta ese momento, nadie se había atrevido a elaborar una gramática sumeria, aunque el material se acumulaba rápidamente. Pero en 1873 Lenormant comenzó a publicar la segunda serie de sus Lemires assyriologiques, cuya primera parte contenía una gramática completa y sistemática del sumerio. En la sección dedicada a la fonética, Lenormant señaló la correspondencia entre ng y m, e identificó Sumer (= Sungiri) con Sennar, Shinar (Génesis x, 10) y Samarrah (Abu 'l-Farag, Hist. dyn., ed. Pococke, p. 18) y Sumere (Amm. Marc. 25, 6). La segunda parte de este libro se dedicó íntegramente a los paradigmas, mientras que la tercera contenía una extensa lista de signos cuneiformes. La cuarta y última parte se dedicó a una larga discusión sobre el nombre de la lengua, en la que Lenormant se opuso con erudición al nombre de «sumerio» propuesto por Oppert y defendió el nombre más antiguo de «acadio». El libro en su conjunto le valió ya de por sí una considerable reputación académica, y fue seguido por otro en un plazo de tiempo sorprendentemente breve. En este, Lenormant no se ocupó directamente de la lengua sumeria, pero en dos capítulos, titulados «El pueblo de Accad» y «Los turanios en Caldea y en Asia occidental», volvió a abordar este difícil tema. Había llegado ya a la conclusión de que la lengua acadia —como seguía insistiendo en llamarla— debía clasificarse en la familia ural-altaica y considerarse como el tipo de un grupo especial. En ciertos aspectos, consideraba que tenía mayor afinidad con las lenguas ugro-finesas, y en otros, con las lenguas turcas.

A pesar de todos los logros de los investigadores ingleses y franceses, el tema seguía planteando numerosas dificultades, y cuando Eberhard Schrader —a quien más tarde se denominó con razón «el padre de la asiriología en Alemania»— escribió su importante libro sobre las inscripciones asirio-babilónicas, prácticamente lo eludió. En este libro se vio obligado a referirse a la lengua que aparecía en la columna izquierda de los silabarios, pero no se adentró en las controvertidas cuestiones que enfrentaban a Lenormant y Oppert. Sin embargo, dos años más tarde, en una reseña sobre Lenormant se posicionó definitivamente de su lado frente a Oppert y adoptó el acadio en lugar del sumerio. En esto le siguió su distinguido discípulo, Friedrich Delitzsch, quien aportó algunas explicaciones adicionales sobre los silabarios.

Cuando el año 1873 llegaba a su fin, los estudiosos tenían motivos para considerar zanjada la cuestión que había desconcertado a Hincks en 1850. Podían afirmar que todos los estudiosos coincidían en dos proposiciones, a saber: 1. El método de escritura cuneiforme no fue inventado por los babilonios ni los asirios, de origen semítico. 2. Fue inventada por un pueblo que hablaba una lengua perteneciente a las formas aglutinantes del lenguaje humano. Es cierto que aún existía una controversia sobre el nombre de la nueva lengua —si debía llamarse acadio o sumerio— y que había numerosas cuestiones relativas a su carácter, antigüedad, literatura e historia que podrían ocupar la pericia y la paciencia de los investigadores durante mucho tiempo, pero la cuestión principal ya estaba zanjada.

¡Ay, del peligro de la excesiva seguridad! Mientras Oppert y Lenormant discutían sobre el nombre de esta lengua antigua, vivía en París un orientalista, Joseph Halevy, que gozaba de un rango distinguido como erudito en el difícil campo de la epigrafía semítica. Halevy no era conocido en absoluto como asiriólogo, pero había seguido al detalle todo el proceso de desciframiento del sumerio, había seguido todas las discusiones sobre sus peculiaridades gramaticales y, desde el principio, ¡nunca había creído en su existencia! El 10 de julio de 1874, la Académie des Inscriptions escuchó la primera de una serie de ponencias suyas sobre la cuestión sumeria. Le siguieron otras ponencias el 24 de julio y el 14 de agosto. En ellas, Halevy abordó tres cuestiones: 1. Admitiendo su existencia, ¿pertenece la lengua acadia a la familia turánica? 2. ¿Cabe admitir la existencia de un pueblo turánico en Babilonia? 3. ¿Presentan estos llamados textos acadianos una lengua real distinta del asirio, o simplemente un sistema de escritura ideográfico inventado por los asirios? Como ha señalado Weissbach, el orden de estas cuestiones resulta extraño y poco metódico. Halevy debería haber comenzado por la tercera cuestión y, a continuación, haber pasado a las otras dos. Pero, se diga lo que se diga del método, no puede haber dos opiniones en cuanto a la consumada destreza del debate. La mente de Halevy rebosaba de conocimientos filológicos, históricos y etnológicos; era un dialéctico superior a Lenormant u Oppert; tenía la agudeza de un polemista nato a la hora de descubrir los puntos más débiles en los argumentos de sus oponentes y la destreza de un espadachín experto para desmontarlos. Fue un acto de gran audacia por parte de un hombre que aún no era conocido como asiriólogo oponerse en solitario a las fuerzas unidas de la comunidad académica del departamento. Halevy había intentado demostrar nada menos que la tesis de que todos los estudiosos, desde el inicio de la investigación de Hincks y Rawlinson, habían estado equivocados. Los signos que ellos habían supuesto que representaban las sílabas o palabras de una lengua hablada en Babilonia en los albores de la historia documentada no eran para él más que el producto fantasioso de las mentes fértiles de los sacerdotes asirios. La escritura cuneiforme era una invención de los semitas, utilizada por ellos desde hacía mucho tiempo, y las llamadas palabras sumerias no eran más que signos crípticos, inventados para despistar y utilizados especialmente en conjuros o fórmulas religiosas.

Cuando se publicaron los artículos de Halevy, ni un solo asiriólogo quedó convencido por ellos, y solo un autor anónimo se atrevió a aceptar sus conclusiones. Por el contrario, todos los asiriólogos de renombre que habían participado en las debates anteriores, no tardó en salir al ruedo con artículos que atacaban las posturas de Halevy o defendían una posición que, hasta hacía poco, había parecido tan segura que no requería defensa alguna. En pocos meses, Lenormant había escrito un extenso volumen en contra, mientras que Schrader se contentó con un artículo competente y mucho más breve. Delitzsch, en una reseña del libro de Lenormant, también se alineó con ellos, mientras que Oppert, aunque se oponía a Halevy con toda su erudición y perspicacia, siguió defendiendo sus propios principios particulares frente a Lenormant, Schrader y Delitzsch.

La cuestión estaba ahora plenamente planteada y, por muy serias y competentes que hubieran sido sin duda las respuestas a Halevy, hay que reconocer, para ser justos, que no lo habían expulsado del terreno de batalla. Halevy había respondido con prontitud a Lenormant y había contribuido en gran medida a atenuar el efecto del ataque de aquel erudito contra su postura. Los defensores de la existencia de la lengua sumeria no se ponían de acuerdo entre sí en muchos puntos, y allí donde discrepaban, Halevy los enfrentaba hábilmente unos contra otros en su argumentación. En 1876 leyó ante la Académie des Inscriptions, y posteriormente publicó, un artículo sobre el origen asirio de la escritura cuneiforme , en el que modificó ligeramente sus opiniones, aunque insistió enérgicamente en que todo el sistema era semítico. Este artículo se reimprimió entonces, junto con la publicación anterior de 1874, en forma de libro, y con ello comenzó a ganar algunos adeptos a sus opiniones, siendo los primeros W. Deecke y Moritz Grunwald. Eso supuso al menos un pequeño avance, y se sintió animado a seguir adelante con nuevos argumentos.

Mientras tanto, las filas de quienes aún creían en la existencia de la lengua antigua se estaban cerrando. Poco a poco, el nombre de Oppert, «sumerio» , fue aceptado por los estudiosos, entre los que destacaban los discípulos de Delitzsch, Fritz Hommel y Paul Haupt, mientras que Lenormant cedió en un punto y lo denominó «la lengua de Sumer y Acad». En 1879 apareció un pequeño libro de Paul Haupt del que se puede decir, sin lugar a dudas, que abrió una nueva era en todo el debate. Haupt era entonces un joven de extraordinarias dotes, y su análisis de las leyes familiares sumerias demostró cómo tratar un texto bilingüe de manera rigurosamente científica. No cabe duda de que Haupt había contribuido en gran medida a frenar la corriente que amenazaba hacia la postura de Halevy. No obstante, en 1880, Stanislas Guyard se pasó al bando de Halevy, y en 1884 lo hizo Henri Pognon, siendo estos los primeros asiriólogos en adoptar sus puntos de vista. Entre ambas fechas, De Sarzec había estado llevando a cabo sus excavaciones en Tello, en el sur de Babilonia, y había estado enviando al Louvre los ejemplares más interesantes de sus descubrimientos. En 1884 apareció la primera parte de su libro, que contenía copias de las inscripciones recién descubiertas. Para los estudiosos del sumerio no cabía la menor duda de que estas inscripciones estaban escritas en lengua sumeria. Halevy comenzó de inmediato a explicar que aquellas palabras de sonido extraño eran, en realidad, semíticas, y en 1883, en el Congreso Internacional de Orientalistas celebrado en Leiden, presentó una ponencia muy elaborada en la que expuso su teoría en su forma más completa y científica . Halevy no estaba convencido de que sus opiniones fueran erróneas a la luz de ninguno de los argumentos ya esgrimidos, ni tampoco le hizo cambiar de opinión la aparición de los monumentos e inscripciones de De Sarzec. Sus esfuerzos se hicieron más enérgicos, y el apoyo de Guyard fue igualmente vigoroso. Sin embargo, la causa no avanzaba, sino que, en una perspectiva más amplia, en realidad estaba perdiendo terreno. Resultaba significativo que la escuela más joven de asiriólogos apoyara firmemente la teoría sumeria. Jensen, que más tarde sería conocido como uno de los asiriólogos más eminentes de su época, se opuso a la opinión de Halevy en su primer trabajo, al igual que Henrich Zimmern, cuyo primer artículo fue de aún mayor importancia. Carl Bezold también se unió a la escuela más antigua. Pero el apoyo de la más alta categoría estaba ya casi al alcance de Halevy. En unas notas añadidas al primer libro de Zimmern, Delitzsch aprovechó la ocasión para hablar en términos elogiosos de las importantísimas contribuciones de Halevy al tema y, aunque aún no se había alineado a su lado, declaró que su punto de vista merecía un examen muy minucioso. No en vano el gran orientalista francés se regocijaba ante tal promesa de adhesión. Cuando apareció la primera parte del diccionario asirio de Delitzsch, cada página contenía una prueba de que, en su caso, la larga y valiente lucha de Halevy había triunfado. Delitzsch se había sumado a las aún escasas filas de los antiacadianos, y cuando se publicó su gramática asiria, se dedicó un párrafo entero a un ataque de lo más incisivo contra la teoría sumeria. La incorporación de Delitzsch supone el punto álgido de la teoría de Halevy. El día siguiente traería un gran cambio.

La gramática de Delitzsch fue acogida con entusiasmo, como bien merecía, pero el párrafo antisumerio fue duramente criticado por sus detractores. Del mismo modo, la postura antisumeria del diccionario se topó con una crítica que indicaba que ni siquiera el gran nombre de Delitzsch bastaba para reforzar la confianza en la causa de Halevy. Sayce, en una reseña tan notable por la amplitud de su erudición como por su espíritu científico, protestó contra el método de Delitzsch. Lehmann, en un extenso libro dedicado a las inscripciones de un rey asirio tardío, dedicó un capítulo entero a la cuestión sumeria. En él, todo el tema se trató con una frescura y una destreza que dejaban poco que desear. Aunque se le hicieron algunas críticas menores, nadie salvo Halevy se atrevió a negar que supusiera un paso adelante en el proceso de desmontar sus elaboradas teorías.

En el mismo año en que apareció la gramática de Delitzsch, Bezold hizo un brillante descubrimiento al hallar en una tablilla asiria la lengua sumeria mencionada. En su anuncio de este nuevo hallazgo, Bezold escribe en tono jocoso, pidiendo a Halevy que permita que la lengua viva, puesto que los asirios la habían mencionado por su nombre. Sin embargo, tras esta frase humorística se esconde una discreta nota de reconocimiento de que la mención era importante, aunque no concluyente en cuanto a la cuestión principal.

Casi todos los meses a partir de 1892 aportaron algún material nuevo que debía tenerse en cuenta y que guardaba relación con la cuestión siempre debatida. Los nuevos descubrimientos de De Sarzec, los maravillosos resultados de la expedición estadounidense a Nippur, la edición de textos hallados por exploradores anteriores… todo ello guardaba algún vínculo con la cuestión sumeria. En 1897, el profesor Delitzsch, abrumado por el peso de las nuevas pruebas, abandonó el bando de Halevy y se alió una vez más con los sumerólogos. Así como había sido una gran ganancia, ahora era una pérdida aún mayor. Halevy, es cierto, consiguió que otros se unieran a su bando, pero ninguno tenía un nombre tan famoso. La escuela que había fundado estaba en declive. Aunque el debate aún continúa, ya no tiene la misma intensidad. Año tras año, la pregunta «¿Existió una lengua sumeria? ¿Existieron los sumerios?» se hace cada vez menos frecuente, y en su lugar se plantea cada vez más: «¿Cuál era la lengua sumeria? ¿Quiénes eran los sumerios?». Cada año parece dar la razón a Hincks, Rawlinson y Oppert, los grandes maestros que sentaron las bases en este campo cada vez más fructífero.

La historia del estudio de las inscripciones cuneiformes se complica por la cantidad de lenguas diferentes que utilizaban los caracteres en forma de cuña. Ya hemos demostrado que las inscripciones cuneiformes de Persépolis y Behistún estaban en las lenguas persa, susiana y asiria, y también hemos expuesto con detalle el largo debate sobre la cuestión del sumerio, otra lengua que igualmente se escribía con caracteres cuneiformes. El hecho de que cuatro pueblos diferentes utilizaran caracteres en forma de cuña puede muy bien predisponer a la mente a aceptar la afirmación de que otro pueblo más escribía su lengua de manera similar.

Los armenios nos han conservado, entre sus tradiciones sobre Semíramis, la afirmación de que ella había decidido en su momento construir una nueva ciudad en Armenia como lugar de residencia de verano. «Cuando vio la belleza del país, la pureza del aire, la claridad de las fuentes de agua y el murmullo de los ríos de corriente rápida, dijo: “En un aire tan templado, en medio de tal belleza del agua y de la tierra, debemos construir una ciudad y una residencia real para que podamos pasar la cuarta parte del año, que es el verano, en la comodidad de Armenia, y las otras tres cuartas partes, durante el tiempo frío, en Asiria”». Incluso ya en este mismo siglo, los estudiosos consideraban que el nombre de Semíramis estaba lleno de misterio y atractivo, y estaban ansiosos por saber más sobre sus grandes hazañas. A finales de junio de 1827, el padre Ed. Schulz partió de Erzorum decidido a soportar cualquier sacrificio con tal de encontrar la ciudad de verano de Semíramis. No hace falta decir que no la encontró, pero, al igual que muchos otros exploradores, halló algo mucho más importante. Mientras avanzaba por las orillas del lago de Van, entonces casi desconocido para los europeos, se adentró por las puertas de la fascinante ciudad de Van y comenzó a explorar entre los restos de su antigua grandeza. Bajo la gran ciudadela de Van se halló una pequeña cámara a la que se accedía por una escalera de veinte peldaños. Por encima de estos peldaños encontró inscripciones en escritura cuneiforme talladas en la superficie de la roca maciza. Una vez que las hubo copiado cuidadosamente, siguió buscando en otros lugares y - se vio recompensado con el descubrimiento de otras más. En otros lugares de los alrededores encontró más, hasta que llegó a copiar nada menos que cuarenta y dos inscripciones. Schulz fue asesinado, y cuando se recuperaron sus documentos y se llevaron a París, las inscripciones se reprodujeron magníficamente mediante litografía y se publicaron en 1840. En aquella época, el desciframiento del persa ya estaba muy avanzado, al igual que el asirio, pero nadie fue capaz de leer las nuevas inscripciones por las que Schulz había dado su vida . Estaban copiadas de forma excepcional, teniendo en cuenta las dificultades, pero tan pronto como se intentó descifrarlas surgieron dudas sobre su exactitud. Pronto se descubrió que tres de las inscripciones habían sido escritas por Jerjes y estaban en persa, susiano y babilonio, pero las treinta y nueve restantes estaban en una lengua desconocida. En 1840, el capitán von Muhlbach encontró una inscripción en esta misma lengua cerca de Isoglu, a orillas del Éufrates, a doscientas cincuenta millas al oeste de Van. Tanto las copias de Schulz como este nuevo texto llegaron a manos de Grotefend a su debido tiempo, y este no tardó en darse cuenta de que no pertenecían a reyes asirios. Esta conclusión negativa resultó de cierta importancia como punto de referencia, pero Grotefend no pudo ir más allá. En 1847, Sir A. H. Layard encontró otra inscripción del mismo tipo en Palu, en la orilla oriental del Éufrates, a unas ciento ochenta millas de Van. Ahora estaba lo suficientemente claro que esta nueva lengua pertenecía a un pueblo de cierta importancia en el mundo antiguo, cuya civilización o dominio se extendía por un territorio considerable.

Estos hechos exigían con urgencia la intervención de alguien capaz de descifrar y traducir los registros y elaborar una gramática de la lengua en la que estaban escritos. ¿Quién mejor para abordar este nuevo problema que aquel maravilloso descifrador de lenguas extrañas, el Dr. Edward Hincks? Y se leyeron dos ponencias suyas ante la Real Sociedad Asiática, el 4 de diciembre de 1847 y el 4 de marzo de 1848.

En estas ponencias, Hincks determinó correctamente el significado de un gran número de caracteres; descubrió el significado de ideogramas como «pueblo» y «ciudad», así como el de varias palabras. Además, pudo demostrar que la terminación del nominativo singular y plural de los sustantivos era «s», mientras que el acusativo terminaba en «n». De este modo, había percibido que la lengua era flexiva y llegó a argumentar erróneamente que era indoeuropea, o aria, como él la llamaba. Leyó los nombres de los reyes como Niriduris, Skuina, Kinuas y Arrasnis, pero muy poco después los corrigió por Milidduris, Ishpuinish, Minuas, y Argistis, en los que el error, sobre todo en el primer nombre, es muy leve. Es difícil exagerar la importancia de esta obra, pero podemos hacernos una idea de su valor comparándola con la nota de Rawlinson sobre el tema, publicada dos años más tarde. «Existen», dice Rawlinson, «es bien sabido que existe una serie de inscripciones halladas en Van y sus alrededores. A estas inscripciones las denomino armenias. Están escritas en el mismo alfabeto que se utilizaba en Asiria, pero están redactadas en una lengua diferente; una lengua que, de hecho, aunque ha adoptado numerosas palabras del asirio, creo que pertenece en esencia a otra familia, la escita. Hay seis reyes de la dinastía armenia que se suceden en una línea de descendencia directa. Leo sus nombres así: 1. Alti-bari; 2. Ari-mena; 3. Isbuin; 4. Manua; 5. Artsen; 6. Ariduri (?)». En la interpretación de estos nombres, Rawlinson se queda claramente por detrás de Hincks, ya que siempre se mostró menos riguroso en el tratamiento de las sutilezas filológicas.

Durante muchos años, Hincks no tuvo sucesor en la labor de desciframiento. Pero cada pocos años se hallaban nuevas inscripciones escritas en la misma lengua, y cada una de ellas aumentaba, como es natural, la probabilidad de que los esfuerzos por descifrarlas tuvieran un resultado satisfactorio.

En 1871, Lenormant retomó la tarea donde Hincks y Rawlinson la habían dejado. Su método era científico y, como toda su obra, erudito y minucioso. En primer lugar, esbozó la historia temprana de Armenia, tal y como había aprendido sus contornos a partir de las inscripciones asirias. Esa iba a ser la base histórica de su trabajo, y de ella esperaba extraer material geográfico útil que pudiera ayudar a identificar los nombres de las inscripciones de Vannic. Propuso llamar a la lengua «alarodiana» (Heródoto, III, 94; VII, 79), y argumentó que no era ario y que su representante moderno más cercano era el georgiano. Señaló que «bi» era la terminación de la primera persona del singular del verbo, y que «parubi» significaba «yo llevé».

Al año siguiente, el Dr. A. D. Mordtmann abordó la cuestión y, cinco años más tarde, volvió a ocuparse de ella. Determinó el significado de doce palabras nuevas y aportó un valioso análisis de todas las inscripciones, pero no logró traducir ni una sola de ellas. No obstante, había logrado un avance.

El siguiente descifrador fue el Dr. Louis de Robert (1876), quien descartó deliberadamente todo lo que habían aportado Hincks, Rawlinson, Lenormant y Mordtmann, y emprendió de nuevo un camino totalmente erróneo. Intentó demostrar que las inscripciones estaban escritas en la lengua de Asiria. El resultado fue nulo, y el siguiente investigador tuvo que volver a los métodos de los antiguos maestros.

Mientras tanto, no dejaban de salir a la luz nuevas inscripciones. Sir A. H. Layard encontró escudos de bronce con el nombre de Rusas, y las excavaciones cerca del lago Van realizadas por Hormuzd Rassam sacaron a la luz aún más objetos de bronce con inscripciones. Layard también sentó unas bases más sólidas para el trabajo futuro al transcribir con mayor precisión todas las inscripciones por las que Schulz había dedicado su vida.

El 9 de abril de 1880, M. Stanislas Guyard presentó ante la Société Asiatique de París «algunas observaciones sobre las inscripciones cuneiformes de Van». Había observado

al final de muchas de las inscripciones una frase en la que aparecía la palabra «tabla». Recordó que las inscripciones asirias solían terminar con una fórmula imprecatoria, en la que se lanzaban maldiciones contra quienquiera que destruyera dicha tabla, y sugirió que se trataba de una fórmula exactamente igual. Al comprobar esta nueva pista, descubrió que las palabras así obtenidas parecían encajar a la perfección en otros pasajes, lo que parecía confirmar su hipótesis.

Resulta curioso que la misma pista que siguió Guyard también la hubiera descubierto de forma independiente el profesor A. H. Sayce, quien llevaba varios años trabajando en estos textos. Afortunadamente, había descubierto algunas palabras más que Guyard y pudo avanzar más lejos y con mayor rapidez. Las palabras con las que comenzó a explicar su método ante la Real Sociedad Asiática fueron contundentes, pero el resultado justificó a todos. Dice: «Los ideogramas que los escribas de Vann empleaban con tanta libertad ya me habían demostrado que no solo los caracteres, sino también el estilo y la fraseología de las inscripciones eran los de los textos asirios de la época de Asshur-natsir-pal y Salmanasar II. Creo, por lo tanto, que por fin he resuelto el problema de las inscripciones vánnicas y he logrado descifrarlas, elaborando así tanto una gramática como un vocabulario de la lengua en la que están escritas. Debido al número de textos, a su estrecha adherencia a los modelos asirios y al uso abundante de ideogramas, se comprobará que los pasajes y palabras que aún se resisten a la traducción son muy pocos, y que, en algunos casos, su oscuridad se debe en realidad a la falta de fiabilidad de las copias de las mismas que poseemos».

El extenso artículo que seguía a estas líneas comenzaba con un repaso de la geografía, la historia y la teología del pueblo vannico, basado en gran medida en fuentes asirias, pero contrastado y ampliado a partir de las fuentes autóctonas que acababa de descifrar. A continuación, se ofrecía una descripción del método de escritura, un esbozo de la gramática, un análisis y una traducción de las inscripciones. Se trataba de una obra extraordinaria, tan sorprendente por su erudición como por la demostración de un genio perfecto para la combinación lingüística. Recuerda continuamente al lector al mejor Hincks. El efecto de su publicación fue inmediato. Guyard la reseñó extensamente, aportando correcciones y añadidos, pero dejando bastante claro que la obra era un éxito. El profesor D. H. Miller, de Viena, que había estado estudiando los textos de forma independiente tanto de Sayce como de Guyard, realizó nuevas aportaciones al tema. También salieron a la luz más inscripciones, y en 1888 el profesor Sayce pudo revisar todo el tema, aceptando de buen grado algunas de las numerosas correcciones de su obra que se habían propuesto, rechazando otras, y poniendo así la guinda a su obra. El misterio de las inscripciones de Van quedó resuelto. Cuando aparecieran nuevos textos en la misma lengua, se podría discutir, sin duda, sobre el nombre de la misma —si llamarla vánica, alarodiana, urartiana o caldea—, pero al menos se podría leer.

Así quedó zanjada la cuestión de la lengua de Van hasta 1892, cuando el Dr. C. F. Lehmann inició una serie de estudios sobre las inscripciones que Sayce había descifrado, con el fin de determinar con mayor precisión una serie de cuestiones históricas y geográficas que se derivaban de ellas. En primer lugar, demostró que el pueblo que había escrito muchos de esos textos era el mismo que los «chaldianos» —y no los «caldeos», que son de origen griego—. Por lo tanto, la lengua debía denominarse caldeo, con lo que se resolvió otra dificultad. A partir de 1895, el Dr. Waldemar Belck y el Dr. C. F. Lehmann publicaron una serie de artículos de gran perspicacia, en los que reconstruían la historia de este antiguo pueblo, que había sido así recuperado para el conocimiento actual, aclarando muchos puntos que Sayce había expuesto anteriormente de forma oscura o incorrecta.

Para continuar con los estudios así iniciados, los doctores

Belck y Lehmann partieron de Berlín en el verano de 1898 para realizar un viaje por la Armenia persa y rusa. Visitaron Van y cotejaron minuciosamente todas las inscripciones halladas anteriormente por Schulz y otros, y descubrieron nuevos textos que habían pasado desapercibidos para todos sus predecesores. Se encontraron nuevas inscripciones de reyes asirios, especialmente de Tiglat-Pileser I y Salmanasar II, y gracias a ellas, asimismo, se amplió nuestro conocimiento de la historia caldea. Los resultados de esta valiosa expedición se están dando a conocer ahora, y pueden considerarse como el episodio culminante en la historia del desciframiento de las inscripciones de Van.

 

EXPLORACIONES EN ASIRIA Y BABILONIA, 1872-1900

 

El primer impulso para las excavaciones en Asiria lo dio un erudito alemán que se había establecido en París. Julius Mohl animó a Botta a emprender el trabajo de excavación y le mantuvo animado mientras este se prolongaba. Durante todo el tiempo que Layard, Loftus y sus colaboradores trabajaron sobre el terreno, Mohl los observó desde lejos y tomó nota cuidadosamente de sus éxitos. Por entonces era secretario de la Société Asiatique de París, y en sus informes anuales informaba a la sociedad de todo lo que había sucedido en el gran valle, entre las tumbas de ciudades antiguas. En su informe correspondiente al año 1855, su tono era claramente triste. Consignó el hecho de que todas y cada una de las expediciones que se habían enviado a excavar habían abandonado el trabajo o habían sido retiradas. Aquello le parecía una circunstancia lamentable, pues a su ojo perspicaz el suelo estaba repleto de monumentos que atestiguaban toda la vida de los vastos imperios que habían reinado en Nínive o en Babilonia. Estaba impaciente por que se reanudaran las excavaciones, y instó a los gobiernos a tomar medidas con ese fin.

El futuro confirmaría plenamente la opinión de Mohl —e incluso más allá de eso— sobre los inmensos tesoros que yacían enterrados. Sin embargo, en el año 1855 aún no había llegado el momento de su excavación. Ni los gobiernos ni los pueblos libres llevarían a cabo excavaciones en busca de antigüedades que, al ser halladas, no eran más que curiosidades sin sentido. Esa labor debía esperar hasta que el desciframiento hubiera alcanzado un resultado seguro , y hasta que la labor de traducción se hubiera popularizado lo suficiente como para que los resultados fueran de dominio público. Como se ha mostrado en un capítulo anterior, el período de traducciones dudosas terminó y el de resultados fehacientes comenzó en 1857. Solo era necesario que estos asuntos se popularizaran, y eso requeriría algo de tiempo. Esta popularización fue llevada a cabo, afortunadamente, principalmente, al menos en Inglaterra, por los propios grandes maestros. Rawlinson, Hincks, Talbot, Norris: una lista notable de nombres; sin duda, estos fueron los hombres que dieron a conocer, en publicaciones populares o mediante conferencias y discursos, los grandes descubrimientos en Asiria. Algunos de estos artículos retomaban la vieja idea de Shirley y revelaban la importancia de los estudios asirios por la luz que sin duda arrojarían sobre la Biblia. Eso despertaría sin duda el interés en Gran Bretaña y, como antes, podría dar lugar al inicio de nuevas excavaciones. La continuación mostrará cómo este mismo celo por el estudio bíblico contribuyó de manera maravillosa a estimular la investigación asiria.

Un joven, llamado George Smith, destinado a la profesión de grabador, leía en los breves ratos libres de sus ajetreados días las palabras mágicas de Rawlinson y los demás pioneros, y se sintió impulsado a iniciar él mismo el estudio de Asiria.

Tal y como él mismo atestigua, lo que le impulsó inicialmente a dedicarse de lleno al estudio fue el interés por la historia bíblica y, con el propósito de aportar algo a ella, solicitó en 1866 a Sir Henry Rawlinson permiso para estudiar los originales, los moldes o los fragmentos de inscripciones pertenecientes al reinado de Tiglat-Pileser. Rawlinson le concedió gustosamente el permiso, y Smith se puso a trabajar con ahínco. No obtuvo grandes éxitos con estos materiales, pero su laboriosidad se vio recompensada con el descubrimiento de una nueva inscripción de Salmanasar en la que figuraba el nombre de Jehú, gracias a la cual determinó el año del reinado de Salmanasar en el que Jehú había pagado su tributo. En este descubrimiento, el primer trabajo original que Smith había realizado, había un pequeño indicio de utilidad para el estudioso del Antiguo Testamento. Smith había comenzado tal y como iba a continuar. Tras este descubrimiento, sir Henry Rawlinson quedó tan impresionado por el éxito del joven que sugirió su contratación por parte del Museo Británico para trabajar en el nuevo departamento asirio. Allí se incorporó a principios de 1867, y su éxito fue inmediato. Al repasar su labor en el museo, Smith recordaba con especial viveza los descubrimientos bíblicos, y fueron estos los que le valieron su primera reputación popular y las oportunidades de su vida. En los textos encontró nombres y menciones de Azarías, rey de Judá; Peca, rey de Israel; y Oseas, rey de Israel. Estos hallazgos le aceleraron el pulso y le impulsaron a seguir adelante incluso a costa de su salud. El agotamiento de sus fuerzas vitales debido al trabajo constante y arduo fue probablemente la causa última de su prematura muerte, tras la brillante serie de descubrimientos y exploraciones que tenía ahora ante sí. Smith poseía, en grado inusual, un don para el desciframiento. Mientras aún avanzaba a tientas por los intrincados laberintos del desciframiento de la escritura cuneiforme, llegaron al Museo Británico algunas copias de los textos chipriotas, por entonces aún sin descifrar. El Dr. Birch le llamó la atención sobre ellos y pronto se dedicó a intentar descifrarlos. El 7 de noviembre de 1871, presentó una ponencia ante la Sociedad de Arqueología Bíblica titulada « Sobre la lectura de las inscripciones chipriotas». El método que utilizó era similar al plan de Grotefend, y lo aplicó con una habilidad extraordinaria y con resultados sorprendentes. Había identificado la palabra que significaba «rey», aunque no sabía griego para hacer comparaciones, y había identificado cuarenta de los cincuenta y tantos caracteres. Un hombre dotado de un genio de tal calibre estaba destinado a alcanzar la fama en el nuevo campo de la asiriología.

Entre 1867 y 1871 se sucedieron los descubrimientos hasta que apareció la edición de Smith de las inscripciones de Asurbanipal. Este volumen dejó patente la inmensa aportación a la historia que supuso el descubrimiento y el desciframiento de las inscripciones asirias, ya que contenía los relatos de las campañas y de las obras de construcción de Asurbanipal. Sin embargo, por muy importante que fuera todo ello, su influencia quedó muy por debajo a la de un descubrimiento que Smith realizó en 1872. En ese año, mientras examinaba algunos fragmentos que Rassam había traído a casa, Smith seleccionó una tablilla de arcilla rota, en la que pronto leyó paralelismos inconfundibles con el relato bíblico del diluvio. A la pieza así hallada le siguieron pronto tres duplicados y otros fragmentos menores. A partir de ellos, determinó que la parte encontrada en primer lugar era la undécima de una serie de doce tablillas, y que relataba la historia de un gran héroe al que Smith llamó Izdubar. Publicó el anuncio de su descubrimiento, y Asurbanipal cayó en el olvido; probablemente pocos pensaran en el gran rey que había creado la biblioteca de la que procedían estas tablillas recién halladas. Pero Inglaterra no supo mantener la calma ante un descubrimiento como este. Cuando Smith hubo traducido suficientes tablillas como para componer una narración más o menos coherente del diluvio, tal y como lo contaban los babilonios, leyó una ponencia sobre el tema ante la Sociedad de Arqueología Bíblica el 3 de diciembre de 1872. La reunión contó con una gran asistencia y un ambiente entusiasta. Presidió la sesión Sir Henry C.

Rawlinson presidió la sesión, Smith presentó su traducción y, a continuación, el entusiasmo se desató cuando el Dr. Birch señaló que esto revestía una importancia inmensa para el estudio de la Biblia. De nuevo resonó la vieja nota de Shirley, y de nuevo el público respondió. A continuación, intervino el señor Gladstone, señalando lo valiosos que eran todos estos descubrimientos para el estudio de los orígenes de la cultura griega, que, según él, había llegado desde Oriente pasando por Fenicia. Esto fue bien recibido, pero no era exactamente lo que la audiencia más deseaba oír, y a ese tema volvió la última frase del señor Gladstone, que concluyó con la palabra mágica «religión». Los vítores estallaron entonces con entusiasmo, y a altas horas de la noche los asistentes se marcharon para difundir esta maravillosa historia del descubrimiento de un relato antiguo que todos consideraban que ilustraba —y muchos creían que confirmaba y corroboraba— la historia bíblica del Génesis.

Se instó al Gobierno a reanudar de inmediato las excavaciones en el yacimiento de Nínive para hallar más material que pudiera ilustrar o confirmar el relato bíblico. Este no actuó —o no pudo hacerlo— de inmediato, y el público no estaba dispuesto a esperar. Los propietarios del Daily Telegraph, un periódico de gran tirada, impulsados por el redactor jefe, Edwin Arnold, percibieron la oportunidad y la aprovecharon. Ofrecieron mil guineas para sufragar los gastos de una expedición a Nínive con la condición de que Smith la dirigiera, y que enviara cartas al periódico describiendo su experiencia y sus descubrimientos. El 20 de enero de 1873, un mes después de la muerte de Norris, Smith emprendió su aventura y, el 2 de marzo, llegó a Mosul, listo para comenzar las excavaciones. Pronto se dio cuenta de que los retrasos estaban a la orden del día y de que el firman no había llegado. Por lo tanto, realizó un viaje a Babilonia y, a su regreso, comenzó pequeñas excavaciones en Nimrud, el 9 de abril. Los descubrimientos realizados fueron escasos y relativamente insignificantes, por lo que se abandonó aquel yacimiento y se iniciaron las excavaciones en Kuyunjik el 7 de mayo. El 14 de mayo, Smith halló en la misma sala en la que Rassam había encontrado la biblioteca de Asurbanipal un nuevo fragmento de la historia del Diluvio que encajaba con los hallados anteriormente. Este hecho se consideró lo suficientemente importante como para enviar un telegrama a Londres con el fin de que se publicara en el periódico. Smith estaba, como es natural, muy satisfecho con el descubrimiento, pero también se sintió sumamente gratificado por el hallazgo de inscripciones de Esarhadón, Asurbanipal, y Senaquerib. Poco después se encontraron dos fragmentos más de la tablilla del Diluvio y, el 9 de junio, se detuvieron las excavaciones, ya que los propietarios del Daily Telegraph estaban satisfechos con el hallazgo de los fragmentos del Diluvio y no deseaban continuar con el trabajo. Smith quedó muy decepcionado por esta decisión y, a regañadientes, partió de inmediato hacia Inglaterra con sus tesoros.

Sin embargo, fue enviado de nuevo desde Londres el 25 de noviembre de 187 3, por los administradores del Museo Británico, que habían destinado mil libras para nuevas excavaciones en Nínive. Smith llegó a Mosul el 1 de enero de 1874 y comenzó de inmediato las excavaciones en Kuyunjik. Estas dieron como resultado numerosas inscripciones y materiales arqueológicos interesantes, pero no se encontró nada de importancia sorprendente en lo que respecta a la Biblia.

Smith cesó en su labor y partió de Mosul el 4 de abril.

En comparación con las exploraciones de Lay y Rassam, la labor de Smith fue relativamente modesta en cuanto a volumen, pero resultó valiosa por la recuperación de abundante material histórico, y su influencia sobre la opinión pública en Inglaterra fue muy grande. Su espíritu, al igual que sus palabras y sus obras, conmovió a la gente hasta el punto de que deseaban que se emprendieran nuevas excavaciones. Sin esa inspiración, conviene recordar que el trabajo podría haber cesado por completo. El Museo Británico decidió de nuevo recurrir a los servicios de Smith y, en octubre de 1875, este partió hacia Constantinopla para intentar obtener un firman que permitiera la reanudación de sus excavaciones. Se vio acosado por pequeñas molestias por parte de la burocracia turca, pero al fin consiguió el ansiado permiso y regresó a Inglaterra para preparar su tercera expedición. En marzo de 1876 , partió de nuevo hacia Oriente y se dirigió a Bagdad para inspeccionar algunas antigüedades que se ofrecían a la venta. Su intención era entonces comenzar las excavaciones, pero había surgido la peste, el país estaba convulso y se produjeron todo tipo de interferencias por parte de los nativos y de los funcionarios turcos. En expediciones anteriores no había aprendido a tratar con los orientales, y se ganó su antipatía sin llegar a impresionarlos con su autoridad. Además, le preocupaba, en mayor o menor medida, una disputa con Rassam y su familia. Desconocedor de las normas sanitarias, a las que los europeos deben atenerse estrictamente en Oriente, trabajaba demasiado, descansaba muy poco y descuidaba la alimentación adecuada para el clima. A veces cabalgaba durante días alimentándose únicamente de cortezas de pan. Acosado por dificultades por todas partes y sin permiso para excavar, tuvo que conformarse con visitar numerosos túmulos, de los que realizaba bocetos o planos. En su camino de vuelta cayó enfermo de fiebre y falleció en Alepo el 19 de agosto de 1876. La muerte de Smith cayó como un trueno en un cielo despejado sobre el pequeño mundo de los estudiosos de la asiria. En Inglaterra era considerado, tanto por los eruditos como por el pueblo en general, casi como un profeta; en Alemania, donde una nueva y vigorosa escuela de asiriólogos había iniciado su labor, la gravedad de la pérdida que sentían sumó a los hombres en la confusión. Fue, sin duda, un duro golpe para la nueva disciplina; pero la ciencia no puede permitirse detenerse. En el Museo Británico se cubrió la vacante con el nombramiento del Sr. W. St. Chad Boscawen, y los patronos buscaron a alguien que reanudara las excavaciones que Smith había dejado en suspenso.

Era natural que recurrieran de inmediato a Rassam. Hacía ya mucho tiempo que no trabajaba sobre el terreno, pues se había dedicado por completo al servicio diplomático. Ahora vivía retirado en Inglaterra, pero respondió de inmediato a la llamada para prestar servicio en el mismo campo en el que se había ganado su primera fama.

En noviembre de 1876, Rassam partió hacia Constantinopla para solicitar un firman— —el mismo encargo que tanto había costado a Smith. Tras una espera infructuosa de cuatro meses, regresó a Inglaterra, pero volvió a partir cuando Sir Austen Henry Layard fue nombrado embajador británico en Constantinopla. Este fue, sin duda, un nombramiento afortunado para los estudios asirios. Era de esperar que Layard se esforzara por conseguir oportunidades para nuevas excavaciones, si ello era posible. Sus gestiones ante la Sublime Puerta tuvieron éxito y, en noviembre de 1877, Rassam estaba de vuelta en Mosul, donde recibió por telégrafo la noticia de que se había concedido el firman. Su elección del yacimiento para las excavaciones fue muy acertada. Los lugareños habían estado encontrando, en el montículo hasta entonces inexplorado de Balawat, a unas quince millas al este de Mos

ul, fragmentos de placas de bronce, algunos de los cuales le habían sido enviados a Inglaterra. Se los había mostrado al profesor Sayce, quien encontró en ellos el nombre de Salmanasar, se percató de su importancia y aconsejó a Rassam que comenzara las excavaciones en ese yacimiento. Sayce había establecido así con Rassam una relación similar a la que Mohl había mantenido en épocas anteriores con Botta. El resultado fue un gran éxito. Rassam descubrió en este montículo, del que procedían los fragmentos, las placas de bronce bellamente inscritas y adornadas que en su día habían cubierto las puertas del palacio de Salmanasar.

Sin embargo, también inició excavaciones en Kuyunjik y en Nimrud, donde se halló un pequeño número de inscripciones interesantes. Además, Rassam realizó extensos viajes por diversas zonas de Babilonia y, entre otros resultados, identificó el yacimiento de Sippara. Visitó Babilonia y realizó allí algunas pequeñas excavaciones, regresando después a Inglaterra pasando por Van. Aunque no fue tan fructífera como su expedición anterior, esta última aventura de Rassam contribuyó a las colecciones nacionales del Museo Británico y, con ello, amplió el conocimiento de la historia antigua.

Mientras Rassam estaba ocupado, apareció en Oriente un nuevo explorador que comenzó su trabajo con gran discreción. El Sr. Ernest de Sarzec fue nombrado cónsul francés en Basora, en el Golfo Pérsico, y asumió sus funciones en enero de 1877. Había estado en Abisinia y había prestado servicio en Egipto. Conocía el desierto y a su gente, y llegó a su nuevo destino con un gran entusiasmo por el trabajo arqueológico. Dos meses después de su llegada a Basora, de Sarzec había iniciado las excavaciones en el montículo de Telloha, de cuatro millas de longitud, situado en la gran llanura aluvial del sur de Babilonia, a unas cinco millas de las orillas del Schatt-el-Hai y a sesenta millas al norte de Mugheir. En este montículo, de Sarzec trabajó del 5 de marzo al 11 de junio de 1877, y de nuevo del 18 de febrero al 9 de junio de 1 878. En julio de 1878 regresó a París y se encontró con que se había hecho famoso. Volvió y trabajó en el montículo de enero a marzo de 1880, y también del 12 de noviembre de 1880 al 15 de marzo de 1881. Su trabajo se prolongó así durante un período considerable y, en lugar de limitarse a abrir zanjas aquí y allá, excavó sistemáticamente en gran parte del montículo. Los resultados fueron una fuente de sorpresas para la comunidad de estudiosos asirios y resultaron, de hecho, casi revolucionarios. Desenterró un magnífico templo, cuyas paredes exteriores medían ciento setenta y cinco pies de largo y cien pies de ancho, erigido sobre un vasto montículo de entre dieciséis y veinte pies de altura. El muro exterior tenía cinco pies de grosor, estaba construido con grandes ladrillos cocidos de un pie cuadrado y llevaba el nombre de Gudea. Estos ladrillos estaban firmemente unidos entre sí mediante betún. En el interior encontró treinta y seis salas, en su mayoría de tamaño reducido, aunque una medía cincuenta y cinco por sesenta y cinco pies. En casi todas las salas se hallaron objetos de interés o de gran valor para el estudio de la historia de la antigua Babilonia. Solo en una de las estancias se hallaron nada menos que ocho estatuas de diorita, pertenecientes a un período temprano del arte babilónico, que, por desgracia, habían sido mutiladas por algún pueblo bárbaro posterior, ya que todas carecían de cabeza. Las valiosas inscripciones, sin embargo, se conservaban en perfecto estado. En otra parte del montículo, durante la primera campaña, se encontraron dos hermosos cilindros de terracota, cada uno de veinticuatro pulgadas de longitud por doce de diámetro. Cada uno de ellos contenía nada menos que dos mil líneas de inscripción, lo que las convertía en las inscripciones más largas de un período temprano conocidas hasta entonces. El trabajo de De Sarzec se llevó a cabo de manera magistral, y cuando las inscripciones y los objetos de arte fueron trasladados a París y depositados en el Louvre, se tuvo la sensación de que, efectivamente, se había abierto una nueva era para los estudios arqueológicos franceses.

Se habilitaron salas en el Louvre, y estos objetos encontraron su lugar bajo el gran techo, junto con los descubrimientos de Botta, el pionero. No recibieron la misma aclamación que habían tenido los descubrimientos de Botta en Francia, o los de Layard en Inglaterra, pero su valor científico era incluso mayor. A partir de las inscripciones se llegó a conocer con mayor precisión la lengua primitiva de los sumerios, y a partir de las estatuas y los relieves se concibió por primera vez una vaga idea del aspecto de ese gran pueblo que había sentado las bases de la civilización en el sur de Babilonia. Ese fue un servicio distinguido el que de Sarzec había prestado. Eso bastaba por sí solo para otorgarle un lugar destacado en la lista de quienes habían devuelto la vida a Babilonia.

Una y otra vez, desde 1881, De Sarzec ha reanudado su trabajo en Telloh, y cada año ha sacado de los mismos montículos nuevos descubrimientos de gran interés. En 1894, las palas de sus obreros dieron con una cámara de la que se extrajeron nada menos que treinta mil tablillas, un vasto tesoro de archivos, en su mayoría de carácter mercantil y relacionados con el comercio, la agricultura y la industria, junto con un buen número de documentos de templos y anotaciones religiosas. La cantidad de tablillas era tan grande que no fue posible protegerlas de la propensión al robo de los nativos, y muchos miles fueron sustraídas para ser vendidas y dispersadas por todo el mundo, tanto en museos públicos como en manos privadas. Aunque esto es lamentable, quizá sea razonable esperar que, al final, muy pocas de ellas se perderán para la ciencia. Salvo esta excepción, de Sarzec ha logrado asegurar para el Louvre una parte importante de los brillantes resultados de sus exploraciones, y su labor aún no ha concluido.

Durante todo este largo período de exploración y excavación, llevado a cabo por casi todas las naciones de Europa, se han ido desarrollando en América escuelas de estudiosos de las lenguas, la historia y las religiones del antiguo Oriente. Era natural que también en América se empezara a hablar de iniciativas para colaborar en la gran labor de recuperar los vestigios de la civilización babilónica y asiria. En 1884, en las reuniones de la Sociedad Oriental Americana y de la Sociedad de Literatura y Exégesis Bíblicas, se celebraron conferencias sobre este tema en las que participaron el profesor John P. Peters, de Filadelfia; el reverendo Dr. William Hayes Ward; el profesor Francis Brown y el profesor Isaac H. Hall, de Nueva York; y los profesores C. H. Toy y D. G. Lyon, de la Universidad de Harvard, participaron en ellas. Estos y otros caballeros formaron finalmente una organización, posteriormente vinculada al Instituto Arqueológico de América, con el fin de recaudar fondos para enviar a Babilonia una expedición destinada a explorar el país y determinar dónde podrían llevarse a cabo excavaciones con resultados provechosos. La señorita Catherine Lorillard Wolfe, de Nueva York, donó cinco mil dólares para sufragar los gastos de esta exploración preliminar, y el 6 de septiembre de 1884 partió de Nueva York la expedición Wolfe a Babilonia. El personal de esta expedición estaba compuesto por el Dr. William Hayes Ward, el Sr. J. H. Haynes, por entonces profesor en el Robert College de Constantinopla, y el Dr. J. R. S. Sterrett. Recorrieron gran parte del territorio de Babilonia, visitando yacimientos donde ya se habían realizado excavaciones anteriormente, así como decenas de montículos que aún no habían sido examinados por los arqueólogos. A su regreso, en junio de 1885, el Dr. Ward recomendó encarecidamente que se enviara una expedición sobre el terreno para llevar a cabo el trabajo propiamente dicho de excavación. Aconsejó que se eligiera Anbar como emplazamiento para este propósito, pero habló con entusiasmo de las oportunidades que ofrecían otros lugares, entre ellos Niffer, identificado entonces erróneamente con la antigua Calneh, de la que dijo: «Allí no se ha hecho nada; es un yacimiento muy prometedor de una ciudad famosísima».

El informe del Dr. Ward no dio frutos inmediatos, pero la semilla iba germinando poco a poco, y se estaban realizando esfuerzos en varias direcciones para conseguir fondos con los que llevar a cabo las excavaciones. Los esfuerzos del Dr. John P. Peters dieron por fin sus frutos, y la Universidad de Pensilvania envió una expedición que partió de Nueva York el 23 de junio de 1888. El Dr. Peters era el director de esta expedición, y los catedráticos Hermann V. Hilprecht, de la Universidad de Pensilvania, y Robert F. Harper, de la Universidad de Chicago, como asiriólogos; el Sr. Pérez Hastings Field, arquitecto; y J. H. Haynes, director administrativo, intendente y fotógrafo. Sin embargo, pasó mucho tiempo antes de que la expedición pudiera ponerse manos a la obra. Hubo los retrasos habituales para obtener el permiso del Gobierno Imperial Otomano; surgieron dificultades a la hora de reunir el equipo y convocar al personal; se produjo un naufragio de parte de la expedición en la isla de Samos, y se enfrentaron a peligros para la salud y la vida durante el largo viaje por tierra hasta el sur de Babilonia.

Por fin, el 6 de febrero de 1889, comenzaron las excavaciones en el monte de Nuffar, o Niffer, emplazamiento de la antigua Nippur, y continuaron hasta el 15 de abril, con una plantilla máxima de doscientos árabes. Las dificultades fueron enormes, pues hubo enfrentamientos constantes con algunas de las tribus nativas, con muchos individuos de entre ellas y con diversos funcionarios turcos. Pero, a pesar de todo ello, la expedición realizó un levantamiento trigonométrico de todos los montículos y obtuvo de ellos más de «dos mil tablillas y fragmentos cuneiformes (entre ellas tres fechadas en el reinado del rey Ashuretililani de Asiria), varios ladrillos con inscripciones, un sello de terracota de Naram-Sin, un fragmento de un cilindro de barril de Sargón de Asiria, una tablilla de piedra con inscripciones, varios fragmentos de vasijas con inscripciones (entre ellas dos del rey Lugalzaggisi de Erech), un marco de puerta de Kurigalzu, unos veinticinco cuencos hebreos, un gran número de vasijas de piedra y terracota de diversos tamaños y formas, imágenes de dioses en terracota y sus moldes antiguos, relieves, figurillas y juguetes de terracota, armas y utensilios de piedra y metal, joyas de oro, plata, cobre, bronce y diversas piedras preciosas, así como una serie de pesas, sellos y cilindros de sello». Se trata de un excelente balance; sin embargo, al Dr. Peters le pareció que el trabajo del primer año «fue más o menos un fracaso, al menos en lo que respecta a Nippur». Probablemente, este juicio esté influido por las grandes dificultades con los árabes que amargaron los últimos días de la excavación. Fue un éxito, aunque su importancia quedó muy por detrás de la de lo que vendría después.

Del 14 de enero al 3 de mayo de 1890, la expedición de la Universidad de Pensilvania volvió a trabajar en Nippur, con el Dr. Peters como director, el Sr. Haynes como administrador y una plantilla máxima de cuatrocientos árabes. Durante esta temporada se recuperaron de las ruinas unas ocho mil tablillas con inscripciones, así como un gran número de antigüedades de otro tipo. Fue un año de brillante éxito en todos los aspectos, y además se vio menos afectado por los problemas con los árabes que el anterior. Todas estas antigüedades se enviaron a Constantinopla para

el Museo Imperial, aunque posteriormente una parte considerable de ellas fue donada al museo de la Universidad de Pensilvania como obsequio personal del sultán. Este gesto generoso fue consecuencia directa de la conducta digna y generosa adoptada por las autoridades de la Universidad de Pensilvania. Estas habían entregado honestamente las antigüedades a las autoridades de Constantinopla, tal y como, de hecho, habían prometido hacer, pero habían ido mucho más allá. Se envió al profesor Hilprecht a Constantinopla para catalogar estas mismas colecciones para el Museo Imperial. Este trabajo se llevó a cabo con gran pericia, pero también con tal tacto que suscitó expresiones de gratitud por parte de todos los vinculados al museo. Mediante donaciones de antigüedades al museo de Filadelfia, del que el propio profesor Hilprecht era conservador, el sultán pretendía recompensar a la Universidad de Pensilvania por esta prestación gratuita de sus servicios.

Durante un tiempo se interrumpieron las excavaciones en Nippur, pero el 11 de abril de 1893, la Universidad de Pensilvania puso en marcha otra expedición sobre el terreno bajo la dirección del Sr. J. H. Haynes. Entonces comenzó una de las más importantes de toda la larga serie de expediciones en Babilonia o en Asiria. Haynes permaneció sin interrupción en el terreno trabajando hasta el 15 de febrero de 1896, con un breve parón del 4 de abril al 4 de junio de 1894. Nunca antes un europeo se había atrevido a llevar a cabo excavaciones durante la estación cálida. El profesor Hilprecht no se ha excedido al afirmar que «el éxito supremo se debió a la dedicación desinteresada y a los esfuerzos incansables de Haynes, el explorador babilónico ideal». Antes de que llevara a cabo su memorable tarea, incluso hombres que tenían derecho a una opinión independiente —y que ellos mismos habían demostrado un valor y una energía inusuales— consideraban prácticamente imposible excavar de forma continua en las regiones más bajas de Mesopotamia. En las mismas ruinas de Nippur, situadas en las proximidades de extensos pantanos palúdicos, y entre los árabes más salvajes e ignorantes que se pueden encontrar en esta parte de Asia —donde el propio Layard estuvo a punto de sacrificar su vida al excavar durante varias semanas sin éxito—, Haynes ha pasado casi tres años de forma ininterrumpida, aislado de toda persona civilizada, y la mayor parte del tiempo sin el consuelo de un solo compañero. De hecho, no fue tarea fácil para ningún europeo o estadounidense permanecer treinta y cuatro meses cerca de estos pantanos de Affej, criaderos de insectos y pestíferos, donde la temperatura, incluso a plena sombra, alcanza la enorme cifra de 120 ° Fahrenheit (=39 °C), donde las sofocantes tormentas de arena del desierto privan a la tienda de su sombra y resecan la piel humana con el calor de un horno; mientras los insectos, siempre presentes, pican, punzan y zumban día y noche; mientras el cólera acecha en el umbral del campamento y los traicioneros árabes planean robos y asesinatos, y, sin embargo, durante todas esas agotadoras horas, cumplir con los deberes de tres hombres corrientes. Verdaderamente una victoria espléndida, lograda a costa de innumerables sacrificios y bajo una carga de trabajo suficiente para un gigante; en el pleno sentido de la palabra, un «monumentum aere perennius ».

Durante la tercera campaña de la Universidad de Pensilvania se extrajeron del montículo unas veintiún mil tablillas y fragmentos cuneiformes, y además de estos se halló un gran número de antigüedades de otro tipo, todas ellas de gran importancia para la reconstrucción de la historia pasada de Babilonia. Entre ellas había un gran número de vasijas y fragmentos de vasijas del período más temprano de la historia, baldosas de drenaje, grifos de agua, sellos de ladrillo, hermosos ataúdes de arcilla esmaltados a modo de azulejo y en excelente estado de conservación, así como estatuas y fragmentos de diorita.

Tras una breve e inevitable interrupción, la expedición de Filadelfia reanudó los trabajos en febrero de 1899, con el Dr. J. H. Haynes como director y los Sres. Geere y Fisher como arquitectos. En enero de 1900, el profesor Hilprecht llegó a Nippur y asumió el cargo de director científico. Bajo su dirección « se excavó sistemáticamente un extenso grupo de colinas al suroeste del templo de Bel». De ese mismo yacimiento se recuperaron unas 2.500 tablillas en la primera campaña, y las excavaciones posteriores aumentaron el número a unas 15.000. En seis semanas «se puso al descubierto una serie de salas que proporcionaron no menos de 16.000 documentos cuneiformes, que formaban parte de la biblioteca del templo durante la segunda mitad del tercer milenio a. C.»

De estas cuatro campañas se había obtenido un vasto acervo de literatura de todo tipo; había cartas y despachos, listas cronológicas, fragmentos históricos, silabarios, inscripciones de edificios y comerciales, textos astronómicos y religiosos, tablillas votivas, inventarios, listas de impuestos y planos de fincas. Ninguna expedición había tenido jamás más éxito y ninguna había contado con un apoyo tan entusiasta en su país. Afortunada en cuanto a sus responsables en la patria, y dotada de la rica dirección científica del profesor Hilprecht, los resultados obtenidos han merecido todo el gasto de energía, vida y recursos.

Alemania, única entre las grandes naciones modernas, había hecho muy poco en el campo de la exploración mientras otros pueblos se habían mostrado tan activos. La erudición alemana había realizado las mayores contribuciones al desciframiento y al tratamiento científico de los textos desenterrados por los pacientes exploradores enviados por otros. Sería extraño que Alemania no intentara también encontrar nuevas tablillas, además de leerlas. El profesor Friedrich Delitzsch, durante mucho tiempo exponente de la ciencia de la asiriología y uno de los eruditos más eminentes de la época moderna, impulsó la creación de la Sociedad Alemana de Oriente, que finalmente se constituyó a principios de 18 98.

Incluso antes de que se organizara la sociedad propuesta, una «comisión para la investigación arqueológica de las tierras del Éufrates y el Tigris» se dispuso a recabar información directa sobre los diversos yacimientos que parecían prometer los mejores resultados en caso de ser excavados. Con este fin, el profesor Eduard Sachau, de la Universidad de Berlín, acompañado por el Dr. Robert Koldewey, partió hacia Oriente el 23 de octubre de 1897. Exploraron a fondo Babilonia y Asiria, y trajeron consigo abundante información para uso de la nueva sociedad, que ya había comenzado a funcionar con buen pie. Los eruditos le prestaron su ayuda, el emperador alemán concedió una subvención y, a finales de año, se envió una expedición a Oriente con el Dr. Koldewey como director y el Dr. Bruno Meissner, de Halle, como asiriólogo. Este último, tras prestar un servicio muy útil, se jubiló y fue sustituido por el Dr. E. Lindl, de Múnich. En la primavera de 1899 se iniciaron los trabajos en el gran montículo de El -Kasr, en Babilonia, bajo el cual se encontraban los restos del palacio de Nabucodonosor. Desde el principio se obtuvieron éxitos considerables con el descubrimiento de una nueva inscripción hitita y de numerosas tablillas del período neobabilónico. El trabajo futuro, que deberá prolongarse durante varios años, está en buenas manos, pues la paciencia y la perseverancia alemanas lo llevarán sin duda hasta el final.

En 1888 se realizó en Egipto un descubrimiento de lo más sorprendente: cartas y despachos escritos en su mayor parte en escritura y lengua babilónicas. Una campesina, que vivía en la miserable y pequeña aldea de adobe de Tell-el-Amarna, a orillas del Nilo, a unas ciento ochenta millas al sur de Menfis, buscaba antigüedades entre la arena y las piedras junto a la ladera de la montaña, a cierta distancia del río. Poco podía imaginar que bajo aquellos escombros yacía todo lo que quedaba del templo y

palacio del gran rey hereje de Egipto, Amenofis IV, o, como él mismo se hacía llamar, Akhenatón. Su único interés era encontrar algunos trocitos de «anteeka», que pudiera vender a esa gente extraña de Europa y América, que compra cosas simplemente porque son antiguas. Del montículo extrajo más de trescientas tablillas con inscripciones, algunas de ellas de tan solo 2x1/8 pulgadas por 1x11/16 pulgadas , mientras que otras miden 8 x 3/4 pulgadas por 4 x 7/8 pulgadas e incluso más. Ciento sesenta de ellas, muchas en forma de fragmentos, fueron adquiridas por el señor Theodore Graf, de Viena, y posteriormente compradas por el señor J. Simon, de Berlín, quien las donó al Museo Real de dicha ciudad. Ochenta y dos fueron adquiridas para los fideicomisarios del Museo Británico por el Dr. E. A. Wallis Budge; sesenta pasaron a manos del Museo de Giza, en El Cairo, y unos pocos a manos privadas.

Los documentos así devueltos al mundo deben considerarse entre los descubrimientos cuneiformes más importantes. Consisten en cartas y despachos que se intercambiaron entre Amenofis III y Amenofis IV, por un lado, y, por otro, diversos monarcas, príncipes y gobernadores de Asia occidental, entre los que se encontraban Kadashman-Bel de Babilonia, Asshur-uballit de Asiria, Dushratta de Mitanni, Rib-Adds de Biblos, Abimilki de Tiro, Abdi-Kheba de Jerusalén y muchos otros. Su valor histórico es enorme, no solo por la información cronológica que se puede deducir de ellos, sino también porque arrojan una luz lateral digna de mención sobre el conjunto de las relaciones sociales de la época. Durante la larga serie de años en que Europa y América llevaron a cabo excavaciones en Oriente, apenas se despertó interés por el tema en Turquía, en cuyo gran imperio se realizaron todos estos hallazgos. Sin embargo, durante la última parte de ese período se produjo un gran resurgimiento del entusiasmo por la antigüedad en la propia Turquía, debido casi por completo a la sabiduría, la paciencia y la erudición de un solo hombre. Formado en Europa, un hombre de refinado gusto natural y gran entusiasmo personal, Hamdy Bey estaba admirablemente preparado para el cargo de director general del Museo Imperial Otomano. Lo ha transformado por completo, junto con toda su organización, y le ha asegurado un gran futuro. Con el competente apoyo de su hermano, Halil Bey, prestó una ayuda considerable y constante a la expedición de Filadelfia, y su museo se ha beneficiado magníficamente de ello. Solo faltaba que este museo, el mejor situado de todo el mundo para sacar provecho de ello, emprendiera él mismo las excavaciones. Hamdy Bey logró despertar el interés del propio sultán por el asunto y convencerlo de que aportara una suma de dinero de su propio bolsillo para llevar a cabo excavaciones en Abu-Habba, el yacimiento de la antigua Sippar. El director de la expedición fue el dominico francés padre Scheil, un distinguido asiriólogo, que estuvo acompañado por Bedry Bey, quien había sido comisionado turco en la expedición de Filadelfia y, por lo tanto, conocía por experiencia el mejor método de exploración. La expedición fue un éxito rotundo y, en el breve plazo de dos meses, con un coste de tan solo tres mil francos, se reunió una magnífica colección de más de seiscientas setenta y nueve tablillas y fragmentos, en su mayoría cartas y contratos fechados en el reinado de Samsuiluna, hijo y sucesor de Hammurabi, así como numerosos vasos y otros objetos similares a los hallados por la expedición en Nippur. Scheil contó, como es natural, con el apoyo más leal de todos los funcionarios del Gobierno, y su éxito supone una prometedora perspectiva para el futuro. El Gobierno turco es capaz de controlar a sus propios representantes en las inmediaciones de los túmulos, y si una vez se despierta plenamente su interés por la importancia de excavar sus incalculables tesoros enterrados de arte, ciencia y literatura, apenas habrá límites a los grandes resultados que cabe esperar para nuestro conocimiento de la antigua Babilonia. Además de estas grandes expediciones, con frecuencia se han llevado a cabo otras iniciativas más modestas y menos llamativas para asegurar los tesoros arqueológicos de Babilonia y Asiria. Las más exitosas de ellas son, sin duda, las repetidas visitas a Oriente del Dr. E. A. Wallis Budge, del Museo Británico. Se ha adentrado discretamente en diversas partes de Oriente y, gracias a su profundo conocimiento de los nativos, ha logrado aumentar año tras año las colecciones del museo. No se ha hecho público ningún informe sobre su trabajo y, por lo tanto, no es posible ofrecer aquí una narración de sus esfuerzos. Aquí queda, por el momento, la historia de las expediciones para desenterrar las ciudades sepultadas de Babilonia y Asiria. Por un breve tiempo , según toda probabilidad, pues la ganancia ha sido tan grande y las recompensas tan abundantes, que las nuevas expediciones siempre buscarán una oportunidad para trabajar en los mismos yacimientos. Aunque las grandes expediciones tienen sus períodos de trabajo y sus períodos de descanso, hay una forma de exploración que continúa sin cesar a pesar de los numerosos esfuerzos por impedirla. Los lugareños de la zona han aprendido que las antigüedades pueden venderse a europeos y estadounidenses a cambio de oro. Su tráfico en Turquía está prohibido por ley, y su exportación fuera del país está prohibida. Pero los nativos siguen excavando a escondidas y pasan de contrabando los hallazgos a manos de comerciantes, que los comercializan en Bagdad, Londres y otros lugares. Esta práctica hace que los museos, y por tanto los estudiosos, adquieran cientos de tablillas que, de otro modo, podrían permanecer ocultas durante mucho tiempo. Sin embargo, es algo muy lamentable, ya que muchas de ellas se rompen debido a una manipulación descuidada e ignorante, y la fuente u origen —un aspecto de gran importancia— se desconoce o se oculta por temor al gobierno. Por ello, por muchas razones, cabe esperar que el Gobierno turco consiga finalmente impedirlo y pueda asegurar para su propio museo —en rápido crecimiento— un mayor número de los objetos que se encuentran por casualidad. Todo lo que se ha hallado hasta ahora no es más que una pequeña parte de lo que sin duda yace enterrado bajo los montículos. En ello radica un llamamiento urgente a los hombres acaudalados, a las sociedades científicas y a los gobiernos para que continúen la labor que ya ha tenido un éxito tan maravilloso. Las lagunas que aún persisten en nuestro conocimiento de la antigua Asiria y Babilonia pueden, en gran medida, colmarse fácilmente mediante los mismos métodos que nos han proporcionado nuestro actual conocimiento de ese poderoso pasado.

 

3

LA TIERRA Y LOS PUEBLOS DE ASIRIA Y BABILONIA

LAS FUENTES.