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LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

EPÍLOGO

 

 

 

Dos son las fuerzas que mueven la Historia Universal. De un lado tenemos a Dios y del otro tenemos a la Muerte. Fue por la Caída de Adán que ambas fuerzas se enfrentaron abiertamente y se declararon la Guerra sin cuartel, la Tierra por campo de Batalla. Una vez declarada la Batalla Final entre Dios y la Muerte fue la Humanidad la que quedó atrapada en el fuego cruzado por la Victoria. El Enfrentamiento entre las Fuerzas del Cielo y del Infierno puso en el campo de batalla aquél Duelo personal a muerte entre los Campeones respectivos, nuestro Rey Jesucristo, por la parte de Dios, y Satán, Príncipe del Infierno, por la parte de la Muerte. Lo que se jugaba era el Imperio del Maligno, que pretendía imponer la ley de los dioses del Infierno, contra el Reino de Dios, cuya Ley es la del Espíritu Santo, que no conoce acepción de Personas, ni la del mismo Rey, sobre la Justicia.

En efecto, toda la controversia universal en la raíz del conflicto cósmico desatado por la Muerte contra la Creación de Dios tuvo en el establecimiento de un status quo “más allá del Bien y del Mal” para la Casa de los hijos de Dios su agujero negro. Contra cuya Ley de Excepcionalidad se levantó Dios, el Padre de ésos mismos hijos, declarando sobre la tumba de su hijo menor, Adán, primero, y sobre la de su Hijo Mayor, Jesús, después, que antes destruiría su Creación entera y volvería a comenzarla de nuevo que permitir que su Reino estuviese dirigido por una familia de reyes al estilo de los dioses olímpicos, con poder ilimitado para hacer de la Guerra su Pasatiempo favorito.

De todas formas la Decisión Final la dejó Dios en las manos de su Hijo Mayor. Y Este, doblando sus rodillas, prefirió la muerte que ser rey sobre una corte de príncipes malignos. Ése fue el Día que la creación entera dobló sus rodillas ante su Rey, Jesucristo, allí, crucificado en un madero por haber preferido el Espíritu Santo de la Ley al espíritu Maligno de un Imperio que buscó hacer de la Creación su campo de juego.

Pero la Batalla Final no había terminado. La Resurrección dio por terminada la Cuestión sobre si el Imperio de la Muerte se impondría al Reino del Espíritu Santo. Aún había que establecer la causa de la oposición de Dios al Imperio de la Ciencia del Bien y del Mal sobre la roca de la experiencia. No se trataba tanto de “no me gusta” cuanto de hacer ver porqué “Dios emite un juicio final tan contundente contra dicha Ciencia”.

La Tragedia de la Humanidad, pues, debería seguir su curso. Sería sobre la Destrucción de nuestro Mundo, según fue escrito: “Polvo eres y al polvo volverás”, que el Reino de Dios y la creación entera en su Plenitud verían con sus ojos la Causa y la Razón del porqué Dios no podía, ni puede permitir que su Creación se funde sobre la ley de la Ciencia del Bien y del Mal.

Pero Dios, el mismo que nos dio a su Hijo para curar nuestro dolor sobre una Fe invencible, en su Poder para consolarnos con una Esperanza de Salvación Universal, y buscando acelerar el Fin de nuestra Tragedia, con objeto de acabar cuanto antes su Lección para la Eternidad decretó la Liberación del Príncipe del Infierno, ¡hecho en verdad incomprensible!

Con la Liberación del Diablo, que se nos reveló en el Apocalipsis, Dios quería de un lado poner de relieve ante toda su Creación que los Enemigos de su Ley eligieron el Destierro de la Reino a vivir bajo la Paz del Rey. Y del otro lado, conociendo dicha Naturaleza Maligna, sabiendo que en su locura infernal el Diablo trataría de vencer a su Hijo utilizando el mismo esquema que le diera la victoria en el Edén sobre el padre de Cristo, quiso Dios acelerar el Fin del Mundo permitiendo el despliegue de tanta maldad como en su Odio durante esos Mil Años el Diablo había de incubar, e incubó en su pecho.  

La Muerte, conociendo el Decreto Apocalíptico de Liberación del Diablo, le preparó el campo a su Príncipe, a fin de que lo que no podía conseguir por sí misma, dividir las iglesias, lo hiciera realidad el Sembrador Maligno. Fruto de aquella labor preparatoria de la Muerte fue la Primera Pornocracia de “los papas” de Roma.

Los efectos de aquella Primera Negación del Obispo de Roma se vieron inmediatamente cuando tras su Liberación le costó al Diablo nada y menos provocar la División de las dos iglesias del momento. Le bastó al Diablo mover un peón en el tablero, llamado Miguel Cerulario, magnicida frustrado que hizo del convento su escondite, y encendiendo en su pecho el fuego de su ambición marchita, soplar en su rostro el aliento de la división maldita como punto de partida hacia su gloria bendita, y el Cisma de Oriente se hizo.

Tal como era de esperar la División afirmada condujo al Pastor Ortodoxo y su rebaño bizantino a su destrucción. Pero esta destrucción le supo a poco al Maligno. Quemar una rama desgajada del tronco calienta al leñador, pero no quema el árbol. El Diablo necesitaba un fuego capaz de provocar un incendio de los que queman el bosque.

Ahora bien, un bosque que cuenta con un poderoso sistema anti-incendios y mantiene una vigilancia extrema sobre los visitantes y sus acampadas no es lo que se dice un bosque sencillo de echar a arder y reducir a cenizas. El Cisma de Oriente se lo encontró el Diablo como quien entra en una partida de ajedrez con un jaque mate puesto a punto. ¿Dónde estuvo el mérito? Si el Diablo quería meterle fuego al bosque Universal Cristiano, provocando una Guerra Civil de Religión que consumiese a las partes, tenía que darle tiempo al tiempo.

La Iglesia Católica se recuperó del Escándalo de la Primera Pornocracia. Y demostró su Grandeza en la Cuestión de las Investiduras, adelantándose a su tiempo con su Lucha por la Separación entre Iglesia y Estado, en la que, estando el Diablo por medio, era natural que Gregorio VII se fuese al otro extremo y en su Lucha contra la esclavitud de la Esposa del Señor del Cielo a un señor terrestre se le fuese la cabeza al Pensamiento de la Teocracia como garantía de Libertad sempiterna del Sacerdocio Cristiano frente a los intereses del Poder de los reyes y los imperios del momento. Y pues que Gregorio VII luchó por una causa no comprensible en su tiempo, se murió, como él reconoció, solo y abandonado de propios y ajenos. San Satanás, como fue llamado por los que le comprendieron, venció a aquel que intentó prostituir a la Esposa de Cristo convirtiéndola en la querida del Emperador del Sacro Imperio Germánico, delito que la Iglesia Ortodoxa Bizantina pagó con su vida, y su sucesora, la Ortodoxa Rusa, la querida del Zar, pagaría con la suya en el futuro, dejando Dios un resto a fin de que se convirtiera a la Unidad, justificando con su Obediencia el Mal causado en la Ignorancia.

  Pero el Diablo, que estaba buscando la ruina del Reino de Dios en la Tierra, no iba a darse por vencido ante una derrota a manos de un Siervo. Más, la derrota a manos de Gregorio VII le marcó al Sembrador Maligno la necesidad de destruir primero ese obispado romano como condición sine qua non para proceder a una división sangrienta que consumiese a las naciones cristianas en una macro orgía de fanatismo fratricida. Consecuencia primera de cuya nueva estrategia del Sembrador Maligno fue la famosa Cautividad Babilónica de la Iglesia, y el no menos famoso Cisma de Occidente.

Pero Dios, como jugador que ha movido primero y adivina la respuesta a su jugada por parte del contrincante, puso en escena muchos santos y santas contra tantos anti-papas como el Maligno puso en movimiento.

La destrucción del Obispado Romano no era posible. Y sin embargo la victoria del Papado actuó de revulsivo degenerativo de la verdadera condición sacerdotal de un obispado, que, íntimamente ligado a los poderes de este mundo, como se viera en la controversia de Huss y Wicliffe, se entregó a todos los males hasta entonces combatidos: en la conciencia -cosa increíble- de su propia indestructibilidad. “Puesto que somos indestructibles, pequemos sin límites”, fue la consigna del Papado desde el Cisma de Occidente hasta el Concilio de Trento.

La Consigna de Lutero en respuesta a semejante esquema mental pontificio fue aquel célebre: “Peca hasta que te salga por los ojos, que lo lava la Sangre de Cristo”.

La Reforma estaba en el viento.

Tras la “Tercera Negación de Pedro”, en los días de Alejandro VI, la hora de la Cosecha de la Semilla del Maligno había sonado. El reino de Dios en la Tierra estaba maduro para una División de proporciones fratricidas colosales.

La Muerte, por el otro lado, acompañaría a su Príncipe de las Tinieblas cubriendo el Occidente con sus ejércitos. Atrapada la Esposa de Cristo entre la División a muerte entre Católicos y Protestantes, propagada por el Diablo, y la Invasión de Occidente por las Fuerzas del Islam dirigidas por la Muerte, ¿qué futuro le quedaría a la Humanidad una vez borrado el Reino de Dios de la faz de la Tierra?

Mas una cosa es pensar en Futuro y otra muy distinta hacer Futuro. Una División de las proporciones fratricidas colosales que se regalaba el Maligno en su pensamiento, triunfando donde fracasaran los Savonarola, Huss y Wicliffe, requería de actores de más peso.

Savonarola, Huss, Wicliffe fueron espontáneos que saltaron al ruedo a lidiar el toro de la Reforma Eclesiástica sin más apoyo que el de sus convicciones propias. Y por esas convicciones murieron.

La mecha que había de prenderle fuego al Bosque Cristiano, ya de por sí bastante seco, tenía que forjarla el Sembrador Maligno con sus propias manos.

  Martín Lutero era un joven de su tiempo. Iba para abogado. O sea, un calavera entre calaveras, un miembro de las tunas universitarias de su tiempo, un joven de 22 años loco por la vida, alemán de nacimiento, amante de la cerveza y las mujeres, como buen macho teutónico, que se alojaba en la casa de una “viudita alegre” durante su tiempo de estudios.

Que a Martín Lutero le iba la cerveza como a cualquiera de sus colegas de tuna no es necesario probarlo, basta leer sus charlas “alrededor de un barril de cerveza” que han hecho época y la delicia de tanto santurrón mojigato reformista.

Para demostrar que a Martin Lutero lo perdían las mujeres, bendito sea Dios, como a cualquier otro estudiante de Derecho de su época y de todos los tiempos, basta sólo psicoanalizar sus paranoias en el claustro y la violencia que se dio por romper los votos monásticos y lanzarse sobre una hembra en cuanto a la causa le sucedió el efecto.

Con 22 años, en la universidad, libre como un jabato y viviendo en la casa de una viuda alegre, creer que Martín se santiguaba cuando veía una mujer y se iba a confesar cada vez que le pegaba un beso a una cerveza es, si no de burros consumados, sí de idiotas natos. Y efectivamente, un idiota nato hay que ser para tragarse la imagen para becerros que ha estado circulando en el mundo protestante sobre el Lutero de sus amores; imagen que nos han pasado por la pantalla en estos días y que os invito a visionar por el mero hecho de comprobar que no estoy mintiendo. Imagen de todos modos natural en un mundo que aceptó como santo un criminal de la categoría de Enrique VIII. En un mundo al revés, donde el criminal es un santo, ¿qué raro tiene ver en el joven amante “de la viuda alegre” de los días universitarios de Martín un perfecto beato?

Los padres de Martin Lutero pertenecían a la burguesía naciente al alba de la Edad Moderna. Los fans del Campeón de la Reforma nos han querido presentar a su ídolo como “el hijo de un carpintero”, pero lo cierto es que a principios del Siglo XVI a la Universidad no iba todo el mundo: había que tener dinero. Dado que Lutero se iba de calle con su Tuna, costumbre que los Españoles heredaron del Imperio y han conservado hasta nuestros días, por el estudio de cuyo costumbrismo se ve que más que el dinero es el afán de aventura el que movía sus traseros de bar en bar, y porque Lutero era un Tunante, deducir, como dedujeron los fans de aquel Tunante metido a reformador, que no tenía dinero suficiente para pagarle "la cama" a la Viudita Alegre, es suponer mucha cosa.

En el acto de monjificación de Lutero vemos a un padre que pertenece a la burguesía de su tiempo, con aspiraciones a la baja nobleza, y que no entiende para nada la locura de su hijo. De abogado a fraile había y hay el mismo abismo que de santo a diablo. Y no porque los papas del Renacimiento hicieran ese camino un día sí y el otro también debe deducirse que cualquiera podía meterse con el diablo como el que se mete bajo las sábanas de la patrona, y luego salir tan campante, laúd en mano, a coger la borrachera a costa de la Tuna.

Beber y pasárselo bien, tener por amante una viuda alegre, todo eso lo podía comprender aquel padre de un hijo de 23 años, fuerte como un toro, y macho como dios manda; lo que no podía entender el padre de Lutero era que por un voto hecho al diablo en una noche de tormenta un joven a punto de hacerse abogado del imperio se metiese en un hábito de monje. ¿De cuándo el hábito hizo santo a un calavera?

Los fans luteranos se lavaron el cerebro comparando el viaje a caballo de Lutero con el viaje de San Pablo. Si las comparaciones son malas esta es un delito. Comparemos. 

Saulo vuelve de la casa del gobernador romano con un Decreto de Holocausto contra todos los Cristianos de la Judea. Saulo no se pierde bajo ninguna tormenta. Y si se hubiera perdido y luego hubiera venido con el cuento de haber hecho un voto, se entendería por lo novedoso del terreno recorrido; no siendo Saulo judío de nacimiento, sino turco-judío de origen, que Saulo se perdiera por ahí, entre Jerusalén y Damasco, cabía dentro de los cálculos. Lo que no cabía en la cabeza de ningún judío era que un criminal de la clase de Saulo se encontrase por el camino con el Rey del Cielo.

Martín Lutero es un universitario que hace su camino entre la casa de sus padres y el pueblo donde estudia, rutina que lleva haciendo mucho tiempo, y por esas cosas del clima le pilla una tormenta en el camino. Los rayos caen, los relámpagos truenan, la oscuridad es absurda... y el aspirante a abogado del imperio se caga patas abajo en unos tiempos en que los Colones se arrojaban a tormentas sobre las aguas de un abismo en el que si se caían adiós a las viuditas alegres que dejaban sobre tierra firme para el disfrute de otros, como el joven Lutero, por ejemplo. ¿Qué comparación puede darse entre el viaje de Saulo y el de Lutero?

1.-Saulo vio a Jesucristo. Lutero al demonio en un rayo.

2.-Saulo hacía un camino desconocido para él. Lutero había pasado mil veces por ese camino.

3.-Saulo no era judeo-palestino, era judeo-turco, y el clima de la zona -en cuanto no era nativo de la Palestina- podía pillarle desprevenido. Lutero, por contra, era Alemán de pura cepa, y que una tormenta le resultara un fenómeno desconocido en una tierra donde lo que es raro es el sol y el cielo azul, es, si no para maravillarse, sí para reírse.

Y ahora, siguiendo la ley del “por los frutos los conoceréis”:

A) San Pablo predicó el amor a todo el mundo; Lutero predicó el odio contra todo el mundo que no doblase su rodilla ante su doctrina, especialmente contra los católicos, pero no con menos fuerza contra los anabaptistas, por ejemplo.

B) San Pablo prefirió morir antes que matar y ni en su boca ni en su mano se detectó jamás palabra alguna aconsejando el crimen; Lutero predicó la Masacre contra los Campesinos, el Genocidio contra los Judíos, y por supuesto la destrucción de todos los Católicos. Los Anabaptistas eran ratas sin importancia contra las que el fuego se debía aplicar sin más.

C) San Pablo edificó para la Unidad; Lutero, para la División.

Y pues que “Todo reino en Sí dividido será destruido”, Lutero trabajó para el Maligno.

El Maligno fue el que jugó con su conciencia en aquella tormenta para la posteridad. Él, amante de una viuda, un pecado alegre, pero pecado delante del Señor; sus padres tan católicos, ¿qué dirían si conocieran su secreto? ¡Lujuria de la carne! ¡Desenfreno de la sangre! ¿No había en toda Alemania mujeres de su edad para tener que ir a tirar el jugo de su juventud en las faldas de un amor prohibido? ¿Qué era él, un pervertido, un vicioso, un corrompido? ¿No se merecía su pecado un castigo?

Oscura era la noche. Las Tinieblas rodearon al joven que venía alegre de los brazos de su amante, su “viuda alegre”, talón de Aquiles de un estudiante de voluntad de hierro y fina inteligencia, el hijo de un triunfador que aspiraba a superar a su progenitor en triunfos en la vida: “Lutero y Abogados, Bufete del Imperio”.

Lo llamaban El Filósofo, según cuentan, por su labia, esa labia que le ganaría los clientes y a sus interminables clientes la victoria en épicos pleitos. El Filósofo, entre plan y proyecto, cogía el laúd y se iba de tuna por las tabernas, a reír, a cantar, a beber el trago de la vida hasta el fondo de la copa. Y al regresar a su “zimmer”... ella, su amante, su maestra amatoria, su delito, su debilidad, su crimen, su muerte poética, el fuego que le devoraba los sentidos y le hacía recorrer las distancias al encuentro de ... ella.

Con Lutero el Diablo se superó a sí mismo.

Así estaban las cosas en el mundo cuando una nueva semilla de División apareció misteriosamente colgada de la puerta de una iglesia. En un principio nadie podía conocer la naturaleza del fruto que contenía aquella semilla. Como cualquier semilla de un árbol desconocido que cae en las manos de uno lo lógico es plantarla y ver en qué clase de árbol se convierte.

Al principio aquella semilla en forma de 95 Tesis parecía tan inofensiva, tan incapaz de evolucionar y transformarse con el tiempo en un pueblo enloquecido hasta el punto de declararle la guerra al universo ¡¡hasta dos veces!!

Sin embargo en la semilla, toda pequeña y de apariencia tan inocente, es donde residen el árbol y su fruto. Si fruto de vida o de muerte no se sabe nunca hasta que echa raíces, saca tronco, extiende sus ramas, ofrece su fruto y es digerido. Si bueno o malo, mientras la semilla esté viva, la semilla lleva en su germen el fruto que ha de seguir provocando el efecto que le es natural. Pero claro, todo esto son palabras, orgullo de aquella Alemania que sin saber qué estaba haciendo con sus hijos le ofreció tierra donde ser plantada y crecer….

 

FIN DEL LIBRO "LUTERO EL PAPA Y EL DIABLO. ANÁLISIS PSICOHISTORICO DE LAS 95 TESIS DE MARTIN LUTERO"