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LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

EL CORAZÓN DE MARÍA

 

CAPÍTULO TERCERO

YO SOY EL PRINCIPIO Y EL FIN

 

PRIMERA PARTE

HISTORIA DE LA INCREACIÓN. INFANCIA DE DIOS

 

I

La Eternidad, el Infinito y Dios nacieron juntos. No hubo un Antes y un Después. Ni los tres miembros de la Trilogía Increada nacieron a la manera que los seres humanos entendemos el hecho de nacer.

¿Tiene padre el Infinito? ¿Qué madre le daremos a la Eternidad? ¿Qué fecha de nacimiento pondremos en el libro de familia de Dios? ¿Qué edad le supondremos a un Ser que es una sola cosa con el Espacio, el Tiempo y la Materia? ¿Cómo hablaremos de la edad del universo sin referirla a un fragmento de la línea de la existencia de Dios en el Infinito y la Eternidad? ¿Y cómo de alta será la montaña de sucesos creada por un Ser que vive desde la eternidad?

Un cosmos increado por patria, indestructible por naturaleza, inteligente por vocación, aventurero nato, amante irremediable de la Vida y sus mundos, su vida una aventura perpetua por los mares incógnitos de las galaxias. ¿Con qué palabras podríamos dibujar en el lienzo de nuestro entendimiento la imagen de ese Ser Divino en navegación constante por el océano de las galaxias?

¿Qué fronteras le daremos a su universo? ¿Qué propiedades a su espacio-tiempo? ¿Cuántas páginas abarcarían las crónicas de sus aventuras?

Ahí va Él. Las estrellas a su voz se apartan, las constelaciones al verle pasar le saludan. Corre el león de Mercurio por la llanura entre campos de planetas de todos los colores atípicos, singulares, esbeltos, sutiles, lo alcanza su Gran Espíritu y le grita, “vuela criatura, sígueme hasta los confines del universo”. Una galaxia como un lago de luz acaramelada, con el alba de Júpiter en el núcleo, encierra en sus aguas delfines con gafas de infrarrojos saltando de sistema sideral en sistema sideral; de pronto ven al Gran Espíritu, Él, Dios, acercarse corriendo junto al león de Mercurio, y se lanzan a perseguirle por los espacios donde mora el Orto.

¿Con qué ojos verá Dios los colores de un campo de energía que con sus brazos abarca diez mil constelaciones? ¿Con qué cabellera suelta al viento de las galaxias sentirá Él la brisa que recorre los espacios infinitos? ¿Con qué manos y pies escala su Gran Espíritu las cumbres luminosas de los universos invisibles, paralelos, perdidos, ponientes, prófugos? ¿Cómo le afectará a Dios el tiempo que se tarda en alcanzar la llanura al otro lado de los cúmulos estelares más remotos? ¿En qué direcciones estelares extenderá su corazón sus alegrías cuando se encuentre al otro lado de las orillas de un cinturón de galaxias? ¿Cómo reacciona su corazón al sentir el nacimiento de la vida en las profundidades del mar de las constelaciones sumergidas?

La perla de la vida en su ostra sideral. Un mundo, otro mundo, una civilización nueva con sus singularidades típicas, con sus particularidades propias, otro desafío del barro primordial al fuego creador y destructor de todas las cosas. Él, Dios, avanza por las olas de los mares cósmicos descubriendo nuevos mundos; de cúmulo estelar en cúmulo estelar lleva la alegría del aventurero imperecedero a costas desconocidas. Abre las alas de su Gran Espíritu y se lanza a velocidad infinita por las llanuras cósmicas; siente el impulso del viento que recorre los espacios sutiles y ora juega con la luz a ser su jinete y ella su corcel brillante, ora la convierte en un rayo que recoge en su carcaj desde donde las flechas luminosas salen disparadas al cielo níveo, se incrustan en el corazón de una estrella Nova y la transforma en Supernova. Él tiene la Eternidad por delante; a su alrededor se extiende el Infinito. Aquél era Su mundo, Su universo, Su paraíso original. No tuvo principio, no tendría fin. Hacia donde quiera que Su Espíritu girase las estrellas y sus mares luminosos extendían sus costas.

¿Cuántos sistemas estelares se pueden recorrer en una eternidad? ¿Cuántas páginas le calcularemos al libro de Su vida? ¿Cuántas ramas le contaremos al árbol de Su experiencia? ¿Cuántos mundos, cuántas razas, cuántas civilizaciones conoció Dios antes de revolucionar la estructura de Su mundo y convertir la realidad cósmica en Su Creación propia? ¿Cuál es el volumen de Su memoria? ¿Cuántos recuerdos Su mente almacenó antes de provocar en aquel universo increado suyo la transformación final de la que nosotros somos el fruto?

 

 

II

 

En efecto, la Increación fue la Infancia de Dios. Todo lo que Él, Dios, conocía y había sido, había estado siempre ahí. Cambiaban las formas, pero Dios, Él, no recordaba que antes hubiera habido otra cosa. Y no lo recordaba porque no la había habido. Es decir, antes de la Creación fue la Increación, pero antes de la Increación no hubo otra cosa. El Infinito, la Eternidad, Dios, eran los miembros de la Trilogía Cósmica. Todo pasaba, todo fluía, la vida y muerte de los mundos, el nacimiento, desaparición y renacimiento de las galaxias. Siempre había sido así, desaparecían las formas, pero la esencia permanecía. La Muerte reducía a polvo todo lo que vivía, mas del polvo cósmico el ave fénix de la vida renacía siempre. Las hojas se les caían a las ramas del Árbol de la vida cuando soplaba el viento de la Muerte, se quedaban peladas, frágiles en su desnudez, mas al cabo el fuego de la vida renacía en la savia de los universos y se vestía de nuevo con frutos más hermosos, espléndidos y generosos. ¡Dios, cómo amaba Él su mundo! El Infinito y la Eternidad le tenían hechizado con su Sabiduría. Eran para Él padre y madre; y Él era para ellos la razón por la que todo permanecía en movimiento constante.

¿Cómo entrar entonces, por dónde entrar a pasar y contemplar la memoria de Aquél que era la razón, la causa, el sentido de la existencia de todas las cosas? Y si tuviéramos que comparar cada universo con la célula de un árbol ¿cómo calcular en el papel el número del Árbol de la Vida? ¿O cómo adivinar los nombres con los que fue conocido Aquél que permanecía para siempre cuando todas las cosas pasaban? ¿Y cómo sentir la experiencia divina de Aquél que se paseaba de universo en universo llevando consigo la alegría de la existencia a todos los mundos por donde iba?

¿Hacia dónde ir, hacia dónde no ir? ¡Qué pregunta! Hacia donde sople el viento, hacia donde la luz de la aurora de un nuevo universo anuncie su nacimiento, hacia los confines al otro lado del Orto, adonde la aventura ronde, adonde no se estuvo nunca antes. Porque lo más hermoso siempre está por llegar, porque lo más bello es siempre lo que aún no se ha visto, ¡adelante, que los soles celebren fiesta y bailen la danza de las abejas mágicas! Dios vuela sobre las alas del águila de las estrellas, se acerca cabalgando en el caballo de los universos lejanos, al trote se acerca, se baja en las orillas del río de la Vida, le da de beber a su corcel, mira al horizonte y sonríe porque sobre las altas cimas de los cúmulos distantes ha descubierto el fulgor de una estrella de nieve. Nada Le detiene. Su pulso nunca pierde el control. No conoce el miedo. Ni conoce más cosa que la alegría de la aventura. No sabe qué es la envidia, ni el mal. Jamás estuvo en guerra alguna. Él no necesitaba conocer la verdad, porque no conocía la mentira.

La verdad era Él, Dios; la verdad era el Infinito, la verdad era la Eternidad. La verdad eran los colores del arco iris brillando bajo un sol estival bravío. La verdad era un campo florido en primavera. La verdad era un mundo naciente bajo un sol de diamantes pulidos, tres lunas orbitando alrededor del planeta madre, un enjambre de naves partiendo de paseo por la galaxia origen, y luego el silencio de las almas que regresan al barro primordial de la Vida. ¡Cómo no maravillarse, cómo no reírse, cómo pasar de largo y rechazar la invitación de la Vida a participar en su aventura! El que era increado se hacía personaje, se dejaba inscribir en el registro de la historia soñada y allá que se dejaba maravillar por el genio creador de la Sabiduría.

Así pasó Él su Infancia. Tal fue la infancia de Dios.  

 

 

III

 

Pero un día se despertó en Él, Dios, un deseo. Aquel día Dios tuvo un deseo. Y aquel deseo llevaba en su núcleo la impronta entera del corazón en cuyo pecho nació.

Veamos; la Sabiduría era su hermana; Ella movía por Él todas las cosas, por Él convertía Ella la energía en materia y la lanzaba al espacio iluminando las distancias con aquellos fuegos artificiales en el origen de nuevos universos; luego sembraba la semilla de la vida en los nuevos campos estelares y los universos se llenaban de criaturas. Al cabo de los tiempos la Vida les cedía su lugar a las olas de la Muerte. Y todas las criaturas desaparecían del universo como castillos en una playa que borra la marea. ¡Sí! Todas sin excepción desaparecían entre los dedos del tiempo como agua, como polvo del desierto. Tal era el destino de todas las criaturas durante la Increación. Había sido siempre así. La Vida y la Muerte formaban parte del sistema cosmológico increado. Sólo por Dios y para Dios el barro cósmico cobraba forma; la Sabiduría  inspiraba aliento de vida en el barro de los mundos y se convertía en seres animados. Pero sólo por un tiempo. A su hora la Vida dejaba paso a la Muerte y sus olas secaban aquel barro primordial del que habían sido formadas todas las criaturas. El polvo regresaba al polvo. Cenizas a las cenizas. Sólo Él, Dios, era indestructible. Entonces Él, Dios, Se dijo:

¿No sería maravilloso que todas las criaturas de su universo naciesen para disfrutar la Inmortalidad? ¿No sería genial que, al regresar de sus viajes por esos mares remotos e incógnitos, cargado Su corazón de aventuras fabulosas volviera a encontrarse, como el que vuelve a casa, con Sus amigos queridos?

Sí, ¡Inmortalidad para todas las criaturas del Universo! Este fue Su sueño. Tal fue Su deseo. Un deseo hermoso.

Y lo tuvo con tanta intensidad que con los ojos despiertos Dios vio ya Su universo trasformado en un paraíso habitado por mundos sin número. Pueblos de galaxias y planetas distantes compartiendo sobre la mesa de esa Civilización de civilizaciones un mismo pan, los logros y avances de sus sociedades originales.  Un universo lleno de vida y color. Como enjambres de pajarillos recorriendo los bosques a cielo abierto, como muchedumbres de criaturas cabalgando las llanuras. Y Él corriendo, volando con ellos, abriéndoles horizontes, trazándoles nuevas rutas por las estrellas. En el sueño que le inspiraba Su deseo ya se veía Dios sumergiéndose en las profundidades del océano cósmico en busca de nuevas perlas. Y la Sabiduría, Su hermana, Su amiga de aventuras dejándole pistas entre las estrellas, maravillándole con una nueva victoria sobre la capacidad divina para ser sorprendido. Ella haría realidad Su sueño. La hija del Infinito y la Eternidad vestiría de inmortalidad a todos los vivientes.

Este fue el deseo que creció en el corazón de Dios. La cuestión es: ¿podría ser realizado ese sueño?

Bueno, en cuanto a Él, Él no tenía ninguna duda al respecto. Su Fe en el Poder de la Sabiduría Creadora para superar el reto que le ponía sobre la mesa, creación de vida inmortal, su Fe no conocía la Duda. De todos modos, la cuestión estaba ahí, y su implicación no era menos vasta y profunda, ¿pues qué consecuencias provocaría en el Sistema Cósmico Increado semejante transformación de estado? Naturalmente Dios estaba más allá de las implicaciones y sus consecuencias. Su Fe en la Sabiduría Creadora era tan ciega que en ningún momento se le ocurrió dudar de su Poder para realizar dicha transformación de estado. Él puso manos a la obra. Ahora bien, ¿por dónde empezar a hacer realidad su sueño? ¿Por la Inmortalidad de la especie como primer estadio hacia la Inmortalidad del Individuo, por ejemplo? Pues claro que sí. ¡Perfecto!

 

 

IV

 

Lo que de entonces en adelante vivió Dios, lo que Dios hizo desde ese día ¿podemos imaginárnoslo, comprenderlo, recrearlo? Se levanta un Ser extraordinario en las estrellas; Su propósito es unir todos los mundos que aparecen y desaparecen en el espacio y el tiempo y crear una Civilización de civilizaciones que vencerá todos los problemas que el reto de la Inmortalidad les sugería. Juntos todos los mundos en un Todo Universal, esa Civilización de civilizaciones se abriría al cosmos de las galaxias que se extienden hasta el Infinito. Dios estaría al frente de ese Imperio Cósmico. Él guiaría a los primeros mundos al encuentro de los últimos, los uniría a todos, les enseñaría a ser libres, a disfrutar de las maravillas del universo. Y siempre habría más. La experiencia que tenía Dios de su encuentro con mundos de todas clases la puso al servicio de Su sueño. Y enamorado de Su sueño, Inmortalidad para todas las criaturas, puso manos a la obra. Abrió rutas entre las estrellas y puertas entre las constelaciones, descubrió nuevos mundos y extendió sobre sus civilizaciones Su Cetro, les dio a los reinos que se fueron formando Cartas Magnas. Dirigió sus evoluciones tecnológicas hacia el encuentro en la tercera fase, integró a todos los reinos así formados en un Imperio y unió a su Persona la Corona. Él en persona se integró en aquel Mundo de mundos como el Rey de reyes y Señor de señores en cuya Palabra tenían todos los pueblos su garantía de crecimiento y coexistencia pacífica y libre. Su Palabra era el Verbo, y el Verbo era Dios.  

 

 

V

 

Y así fue. Con el tiempo aquel Imperio Universal creció y extendió sus fronteras a las estrellas más remotas de los cielos increados.

¿Cómo dibujar en el lienzo de nuestra imaginación las propiedades y la naturaleza de aquella Civilización de civilizaciones que extendió su gloria por el mar de las estrellas? ¿Qué Biblioteca sobre los Orígenes y la Historia del Imperio en que Dios había transformado la Increación llegó a formarse con el tiempo? ¿Con cuántas Historias Particulares se compuso su Historia Universal? ¿Cuál fue el número de las ciencias que los sabios de aquel Imperio dominaron, registraron, cultivaron?

La Sabiduría, invisible y bella, amante y alegre, desde su trono luminoso y transparente sobre todas sus criaturas extendía su protección e inteligencia, y en todas las cosas su alma maravillosa se manifestaba, moviéndolo todo con un sólo propósito: descubrirle a Dios las leyes que rigen el Universo. Este, Su universo, se llenó de mundos alegres y aventureros con una sola preocupación en la vida, disfrutar del tiempo de existencia que a cada individuo se le había otorgado. Porque, aunque la vida era hermosa, magnífica, impresionante, y las ganas de vivir no se acababan nunca, el hecho es que el tiempo era limitado y el paso de las criaturas por el mundo, efímero. Como las nubes de primavera que sobre su tumba de mayo lloran sus últimos días ante la cuna del verano, como el caudal del río que cruza la tierra de Este a Oeste pero se acerca al océano de sed insaciable, así era la vida de todos los seres de aquél Imperio que Dios había levantado con sus manos y amaba tanto. El dolor del último abrazo, la pérdida del amigo que desapareció mientras estabas de viaje, la lágrima que no recogiste de aquel ruiseñor que se murió con la pena de no haber expirado entre tus brazos, oh Señor, el rumor tierno de un príncipe al que amaste con el sentimiento de un hermano y se desvaneció en las brumas de su inocencia, regalándote besos, bendiciones y amores por los días que le diste, por haberle dado la oportunidad de conocerte, por haber hecho de su vida una historia digna de ser vivida aunque el aliento estuviera sometido a la ley del silencio final. Ah, el crujido de la rosa cuando sus pétalos mueren entre los dedos de la tormenta. El anuncio del fin de la felicidad perfecta escrito en sangre sobre un futuro sin defensas contra la flecha que certera busca su pecho. Hiere su núcleo, desgarra su pensamiento, hasta el corazón le llega la lanza.  

 

 

VI

 

Un día la Muerte despertó de su letargo y reclamó para sí corona y cetro. Quiero decir, si te dicen que Ese de quien se dice ser Dios no puede hacer realidad Su deseo ¿entonces qué te respondes?

Si eres sabio o simplemente aspiras a la sabiduría te contestarás que aquel deseo divino, Inmortalidad para todas las criaturas, este deseo implicaba una revolución estructural cuyas consecuencias habrían de alcanzar al propio Dios. Si eres de los que siempre optan por las cosas fáciles y eliges la opción de los ignorantes te responderás que ese Ser no puede ser Dios de verdad, porque para un Dios Verdadero no hay nada imposible.

Pues pasó eso. Con el tiempo Dios superó la primera fase de Su Deseo y transformó Su universo en un Imperio de Mundos con orígenes en las más diversas estrellas de los más remotos sistemas solares. Estaba avanzando hacia la última fase de su proyecto -Inmortalidad para el Individuo- cuando la Duda se hizo. Quiero decir, los Mundos habían alcanzado la Inmortalidad y contaban sus años por millones que no se acaban nunca, pero el individuo seguía siendo mortal. Y aquí es donde nació el problema. Mientras el individuo nacía para morir, y la Inmortalidad no entraba en la estructura formal de su lógica, la vida no sufría la Muerte. Mas al conocer el individuo que existía la posibilidad de la Inmortalidad y descubrir que el origen de esa posibilidad estaba en el Rey de reyes y Señor de señores de aquel Imperio de las estrellas, Él, Dios, la idea de vivir inmortalmente y tener que morir irremediablemente provocó en la estructura mental de una parte de los vivientes un choque violento.

“Pues si Él es Dios Verdadero, y a un Dios Verdadero no se le puede negar nada porque para Él todo es posible ¿cómo es que deseándonos la Inmortalidad nos vemos sujetos a las Muerte?”, se preguntaron los ignorantes, por ignorantes violentos.

Esta cuestión tan elementalmente lógica, tan racionalmente sencilla, fue el caldo de cultivo donde se desarrolló la Duda. Y la Duda condujo a la Negación de la existencia de Dios. Y en la carne de esa Negación se incubó el virus de la Guerra.

No siendo el Rey de reyes y Señor de señores del Imperio de las estrellas Dios en toda la extensión teológica y existencial de la palabra, seguramente habría alguna forma de destruirlo. Lo único que había que hacer era buscar el arma que le destruyese.  

 

 

VII

 

Aquella Guerra Universal tuvo lugar antes de la creación de nuestro Cosmos. Aquella Guerra Apocalíptica tuvo su origen en la Duda, y la Duda condujo a todos a la Destrucción. Fue aquella una guerra que dividió a todos los mundos y los enfrentó a muerte. La parte violenta, la parte que negaba la existencia de Dios y daba por muerto al Rey de reyes en cuanto descubriesen el arma definitiva, esta parte eligió la suerte de los ignorantes, amó la locura de los necios y emprendió una evolución sobre líneas torcidas en dirección a la transformación del ser en una nueva especie de criatura infernal, adicta al Poder, enamorada de la Guerra, su voluntad por ley, su ley más allá del bien y del mal. Descubrieron la Ciencia del bien y del mal y la llevaron a sus últimas consecuencias. La parte que eligieron los sabios, la Fe, el amor a la Verdad, aunque no pudieran comprenderla, esta parte amó a Dios y se negó a aceptar el argumento del ateísmo materialista de los violentos. Estaban de acuerdo en que el argumento de los ignorantes abría una brecha en la Fe Universal en el origen del Imperio de los Mundos, pues ciertamente no se podía entender que la Muerte no doblase sus rodillas ante Dios. Y sin embargo ¿quiénes eran ellos? Exacto, ¿quiénes eran ellos para entender cómo este conflicto entre la Vida y la Muerte que con Su deseo había provocado Dios le estaba afectando a la estructura de la Realidad Universal? Por supuesto que no, los sabios, pacíficos por sabios, nunca aceptaron la legalidad del argumento en la base del ateísmo científico de los violentos. ¿Qué se escondía detrás de aquella negación irracional sobre la Existencia de Dios sino una pasión incontrolable por el Poder? Adonde querían llevarlos los apóstoles del ateísmo era a una guerra universal, de la que contra toda sabiduría esperaban salir como vencedores para imponerles a todos un status quo demoníaco. Y no debía hablarse más. Esta era la verdad y por mucha ciencia en retorcer los argumentos que se inventaran los Padres de la Duda esta era la luz de la verdad que brillaba al fondo de sus sistemas de pensamiento. ¿Qué diferencia había entre la Duda y la Locura? La Ignorancia para entender la naturaleza del conflicto cósmico que en su inocencia había provocado Dios: los Padres de la Duda por Método la vistieron de ciencia, luego hicieron de la ciencia una nueva religión, el Ateísmo Científico, y después le declararon la Guerra a la Fe. Esta, porque conocía a Dios, y aunque en su corazón no pudiera comprender la naturaleza del conflicto que Su deseo había provocado en la Increación, sabía que aquella guerra sería el principio del fin de todas las cosas. Este argumento de los sabios, pacíficos por sabios, no les valió de nada a los señores de la Guerra.

La Duda era la verdad,

la Duda estaba en ellos,

ellos eran la Verdad.

Con semejante estructura lógica, corrompiendo la Lógica hasta retorcerla y transformarla en una irracionalidad típica de bestias demoníacas, les respondieron los malos a los buenos.

 

 

VIII

 

Cuando Él, Dios, descubrió lo que estaba pasando, Sus ojos se quedaron paralizados en sus órbitas. Y se quedaron congelados en sus órbitas porque no entendía ni podía comprender qué estaba pasando.

¿Eso era la Guerra? ¿Cuál era su origen y cuál su meta? ¿Qué buscaban los enemigos de su Imperio, y qué fuerza misteriosa habitaba en sus corazones rebeldes e incorregibles?

El Poder. El ejercicio del Poder se había convertido en la locura del Poder. El Poder volvía loco a quien lo ejercía. Ah, la locura del Poder. ¿Cómo era posible que una criatura nacida para ser un suspiro de la materia se atreviese a levantarle la voz a Dios? ¿Era esta locura por el Poder uno de los efectos de la Ciencia del bien y del mal?

 

 

IX

 

Al principio fue como un fuego que nace, lo apagas y crees que ya está solucionado el problema. Pero te das la vuelta y ves otro incendio creciendo y devorando alguna otra parte de tu mundo. Corres, llegas, apagas también este y otra vez crees que ya nunca volverá a suceder, porque todo el mundo ve que el fin al que conduce todo mundo que cae en las redes de la Ciencia del bien y del mal es regresar al polvo del que fuera tomado. No hay piedad, no hay destino. Ninguna lágrima es suficiente para apagar este fuego.

La violencia en la oposición entre el Bien y el Mal crece en la misma progresión geométrica que los incendios que crea a su alrededor. Apenas apagas uno nace el doble más allá. Apagas éstos y la progresión geométrica sigue su curso. Vuelven a nacer dos incendios más allá. Corres hacia allí, los apagas y salen el doble más allá en la distancia. Cuando vienes a darte cuenta la propia progresión geométrica te ha cercado y te encuentras en un Infierno. Sus llamas están devorando todo lo que has levantado con tus manos. Te opones, te resistes, le declaras la guerra final a tus enemigos, porque tú eres el enemigo, el objetivo que busca el Infierno. Los mundos son sólo peones en un juego que se te escapa pero que es tan real como la destrucción masiva de los mundos que un día fueron el orgullo de tus ojos. ¿En qué se han convertido esos mundos? En polvo vagando como nebulosas sin rumbo que llevan en sus entrañas todo lo que quedó de lo que amaste un día.

Así fue. Aquel Imperio de Mundos que tuvo al Dios del Infinito y la Eternidad por Fundador y Rey de reyes pereció en la guerra de su propio apocalipsis

 

 

X

 

La rapidez con la que he pasado por la memoria de la forja y destrucción de aquel Imperio no debe cegar la inteligencia a la hora de los cálculos a cuyos pies he depuesto los límites de mi pensamiento. Lo que fue no puede ser cambiado, sólo lo que será ha sido puesto en nuestras manos, y si ya es difícil dirigir el curso de lo que es hacia lo que será ¡cómo atreverse a penetrar en cosas que fueron antes del nacimiento de la primera galaxia que llena nuestro Cosmos!

El hecho fue que, con el sabor en la boca de quien se comió un dulce y le reventó en el estómago el pastel, Dios se encontró solo sobre las cenizas de aquel cementerio que la Ciencia del bien y del mal había dejado a su paso. Aquel árbol de la Ciencia del Bien y del Mal le ofreció a Dios su fruto y Dios no lo cogió. El no alargó su mano. Lo tentó la Muerte y no se dejó engañar. Por nada del mundo estaba El dispuesto a convertirse en un Dios de dioses, todos fuera de la ley, todos inmunes al brazo de la justicia. Antes la destrucción que ver su Imperio convertido en el Reino del Infierno.

 

SEGUNDA PARTE

LA SABIDURIA Y LA CIENCIA DE LA CREACIÓN

 

 

LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO