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LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

EL CORAZÓN DE MARÍA

CAPÍTULO I:

“YO SOY EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO” HISTORIA DE LA SAGRADA FAMILIA

 

Segunda Parte . Historia del Niño Jesús

 

 

LA ESPADA DE DAVID

 

 

Decía la leyenda que el gran guerrero bailó la danza de la victoria alrededor del cadáver del enemigo. Decía también que aquellos bárbaros les robaron el secreto del hierro a los héroes de Troya antes de caer Eneas bajo la astucia de los griegos.

 

Entre aquellos monstruos sin alma el más horrible era siempre el jefe. El jefe no era siempre el más alto, pero sí siempre el más cruel, el más terrible, el más despiadado, el más letal y maligno. En aquella ocasión el más alto y el más cruel y despiadado bárbaro concebible se habían dado cita en el mismo cuerpo. Se llamaba Goliat. Su espada era tan grande como la de aquél otro guerrero que los Hispanos llamaban Rodrigo Díaz de Vivar, la que cortaba de un tajo cinco cabezas de moros puestos en fila india. Nadie se quería poner a menos de tres metros de distancia del Cid Campeador; esos tres metros eran lo que medía su arma desde el hombro a la punta de aquella espada de acero español. Brazo y espada eran una sola cosa con aquél guerrero castellano que en estatura poco o nada tuvo que envidiarle a la del filisteo matón y farfullero que cometió el terrible error de quitarse el casco delante del hondero.

 

Cuenta la leyenda que David recogió la enorme espada del gigante y con ella le cortó la cabeza de un tajo. Y sigue diciendo que el guerrero hebreo combatió con ella al frente de sus ejércitos. De lo cual nosotros debemos deducir que si hermoso de rostro el tal David de ninguna forma fue corto de cuerpo ni de brazos delicados y finos. No fue un gigante, pero desde luego que lo que menos se le parecía era un enano.

 

Principio de su corona, la espada de Goliat fue el símbolo real por excelencia que le otorgaba al que estaba en su posesión el trono de Judá. La recibió Salomón y Salomón se la entregó a su hijo. Roboam al suyo, éste al siguiente, y así pasó de mano en mano durante los cinco siglos que corrieron desde la coronación de David al último rey de Jerusalén.

 

Nabucodonosor se la arrancó de las manos al último rey vivo de Judá y arrojó aquella espada de museo entre los demás tesoros que sus ejércitos habían recaudado alrededor del mundo. La vio tan grande y pesada que la creyó un objeto de decoración. Se olvidó de ella y allí se hubiera quedado para siempre si, tras conquistar Babilonia, Ciro el Grande no se la hubiera entregado al profeta Daniel para que hiciera con aquel símbolo sagrado de los hebreos lo que en su espíritu estuviera hacer.

 

Por derecho legítimo la espada de David, la espada de los reyes de Judá, le correspondía por herencia a Zorobabel. Pero el profeta Daniel se la negó porque no era con la espada que debería reconquistar la Patria Perdida. La espada de Goliat permanecería en la Gran Sinagoga de los Magos de Oriente hasta que naciese el Hijo de David.

 

Aquella espada era la espada que José llevaba empuñada el día que entró en el Templo buscando al Hijo de María.

 

La espada de David fue un regalo de los Magos al padre del Mesías. Le tocaba custodiarla a él hasta el día de la coronación de su hijo.

 

Fueron muchas cosas las que le regalaron a José los Magos. Oro, incienso y mirra fueron los tres últimos regalos que le hicieron; pero esto era para el Niño. Antes le habían regalado a José un caballo íbero que volaba como una estrella fugaz y era capaz de atravesar la Samaria sin beber agua ni darse descanso. Y tres perros de una misma camada, reliquia de los canes que los reyes de Nínive llevaban con ellos en sus cacerías de leones. Uno se llamaba Deneb, Sirio el otro, y el tercero Kochab. José no los sacaba jamás juntos. Se parecían tantos que quien no conocía a José se creía que sólo tenía un ejemplar de aquella especie en vías de extinción. Eran mansos como corderitos a los pies de su dueño, pero más fieros que el demonio más malo del infierno más horroroso si olían el peligro. Sus tres canes, su caballo íbero y la espada de Goliat fueron las tres cosas que José se llevó consigo de Belén el día que Isabel le dijo:

 

-Hijo, todas sus hermanas se han casado y son felices; el muchacho está ya en flor y tiene toda la gracia de su padre. Cleofás es fuerte, es alto, es listo, no tardará en encontrar quien lo ame con locura. Muy pronto la Hija de Salomón estará libre de su voto, ¿no es eso lo que ha estado esperando todos estos años el Hijo de Natán?

 

Y una cuarta se llevó consigo José a Nazaret, que le era la más preciada de todas: El documento genealógico de su Casa. Pero a lo que íbamos.

 

Solamente dos veces en su vida se le disparó a José el puño a la espada de su padre David. Que se le disparara el brazo nos dice mucho sobre la estatura del hombre y la fuerza de su brazo. La primera fue cuando José fue a buscar a María a la casa de Isabel. La segunda, cuando entró en el Templo a buscar al Hijo de María.

 

¿Qué hubiera pasado si en lugar de decirle el Niño a sus padres lo que les dijo le hubiera dicho a José?: Hijo de Natán, entrégame la espada de los reyes de Judá.  

 

 

 

HISTORIA DE LA SAGRADA FAMILIA. Segunda Parte. Historia del Niño Jesús. 9. POLVO ERES Y AL POLVO VOLVERÁS

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