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LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

 

EL CORAZÓN DE MARÍA

CAPÍTULO I:

“YO SOY EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO” HISTORIA DE LA SAGRADA FAMILIA

Primera Parte . Historia de José y María

 

 

LA SEÑORA ISABEL

Tras la muerte de Jacob de Nazaret, padre de María, la Viuda se rehízo. Apoyada por Tita Isabel la Casa de la Virgen de Nazaret superó el temporal siniestro que en su dolor se pintó la Viuda durante el entierro de su esposo. La señora Isabel, miembro de la clase aristocrática de Jerusalén, experta en el mundo de los negocios y las leyes judías, se hizo cargo de todo, movió cielo y tierra, y no se fue de Nazaret hasta que quedó todo tan sólidamente restablecido que fue como si Jacob nunca se hubiese ido. Lista como ella sola, con medios económicos suficientes para frenarles los pies a los hermanos de Jacob que le pudieran ofrecer a la Viuda la comprar de las tierras, Tita Isabel conservó para la hija de Salomón, su sobrina nieta, hasta el último acre. Gracias a Tita Isabel no vendió la Viuda ni una higuera. Allí estuvo Tita Isabel para contratar hombres cuando llegaron las cosechas, para firmar contratos, para pagar a los hombres, para cobrar los dineros de las ventas, y lo más importante para coger a su sobrina Juana y enseñarle de la A a la Zeta el abecedario de los negocios.

Pasó pues que Juana, la que seguía a María, acompañó en el Voto a su hermana grande. Pero Juana, al contrario que María, una artista con la costura, Juana heredó el carácter entero de su difunto padre; no se cansaba ella ni de aprender de su tita Isabel cómo manejar a los hombres ni de abrirse paso en el mundo de los contratos; ni se cansó trabajando en el campo al frente de los jornaleros que trabajaron para su Casa. Muchos apostaron que en cuanto se fuera la Señora Isabel la niña se vendría abajo y tarde o temprano la Viuda tendría que vender.

“Hija, tú no les hagas ni caso” le aconsejaba Tita Isabel a su sobrina nieta Juana. “Los hombres nos miran como si la Sabiduría no fuera nuestra hermana. Porque la toman por esposa se creen que la Sabiduría nos da la espalda. Tú, ni caso, Juanita. Y si el sol apretara y la cosecha fuera mala yo te la compro entera al precio de una cosecha de oro. Esto es muy sencillo, hija mía. Ten siempre una sola palabra; si conviniste en más por lo que luego resultó valer menos, tú mantén tu palabra; dijiste tanto, tanto pagas. Lo mismo cuando les toquen equivocarse contigo. Conviniste en tanto, tanto cobras…”

Con el tiempo la pequeña de las Vírgenes de Nazaret aprendió a hablar con los hombres que ella misma contrataba como si fuera una persona mayor. Nunca las tierras del clan de los hijos de David de Nazaret estuvieron tan fructíferas como en aquellos años después de las grandes sequías.

Ni tampoco los señoritos del Cigüeñal, la casa grande de la colina, anduvieron antes mejor vestidos.

La Señora Isabel, como toda hija de Aarón, era una maestra en las artes de tejer mantos sin costura. Era el manto de los miembros del Sanedrín. Señora de un grande del Sanedrín, Isabel le podía asegurar a su sobrina nieta María que su taller de costura sería el más rentable del reino entero.

-Pero Tita, le dijo María, yo no puedo abandonar la casa de mi madre.

-Hija mía, ni lo menciones, le respondió Tita Isabel.

El hecho de que siendo la tita abuela que la llamasen Tita se debía al genio de la propia Isabel. La hacía sentirse vieja que la llamasen “abuelita”.

Pues eso, entre sus sobrinas nietas Juana y María se le fue el tiempo a la Señora Isabel. Si a su Juanita la Señora le enseñó todos los misterios de los negocios y en su nombre contrató capataz que la ayudara en todo, y le metió en la cabeza que desde Jerusalén ella seguiría sus movimientos al día, y por Dios que ella se anticiparía al cielo antes de ver caer sobre sus nietas otra desgracia; si a su sobrina nieta Juana la puso al frente de los campos, a su “nieta” María la sentó a su lado, y no la levantó de su vera hasta que su sobrina nieta aprendió de las manos de una experta en trabajos sagrados los secretos más recónditos del corte y confección de un traje sin costura. La Niña, que era de por sí una artista, porque de su propia madre le venía la escuela, cuando se despidió de “la abuelita” no sólo había heredado uno de los misterios más celosamente guardados por las hijas de Aarón, sino que además abrió su propio taller de costura en Nazaret.

Del taller de corte y confección de la Virgen de Nazaret salieron para Jerusalén algunos de los mantos sin costura orgullo de la casta de los príncipes de la Ciudad Santa. Mantos por los que se pagaba oro contante y sonante. Sólo se tenía uno, y era para toda la vida.

-¿Pero Tita, de dónde sacaré el dinero para las sedas, y para los hilos de oro?, le preguntó una vez Ella.

-No te pongas la pelliza por una nube, hija -le respondió la Señora Isabel-. Cuando yo te haga el encargo te enviaré sedas para que vistas a todas tus hermanas, y un saco de hilos para que le hagas a tu hermano una trenza con cabellos de plata. Si el Señor no me ha dado hijos será por algo. ¿Qué se creen los hombres? Para el hijo de Natán todo. Hija mía, le han regalado un potro íbero a tu José que ya para sí lo quisiera un general romano. Con él, con tu José, bajan la guardia y ya parece tu Prometido un príncipe entre mendigos. ¿Quién va a prohibirme a mí regalarle a la hija de Salomón la Luna y las estrellas envueltas en sedas y atadas con hilos de oro?

Y así fue. En efecto, cómo llegaron a vestir las hijas de Jacob de Nazaret fue la admiración de todos los miembros del clan de David de la Galilea. A la hora de casarlas, ya se adivina, la dote que quisiera la Viuda por Ester y Rut, las mellizas.

-¿Dote? ¿Quién ha hablado aquí de dinero? ¿Tú le amas, hija? - era la respuesta de la Viuda a los pretendientes de sus hijas.

Estaban equivocados, vaya que sí estaban equivocados. ¿Comprarle a la Viuda una hija?

Imposible.

¿Mejor partido en toda la comarca?

Ninguno.

Los campos de la Hija de Jacob producían al ciento por ciento. Del taller de la Virgen de Nazaret salieron los vestidos más buenos, bonitos y baratos de la región. ¿Al niño de la casa? Al Cleofás, al benjamín de la casa, sólo le faltaba la diadema para dejar a los hijos de Herodes a la altura de los mangantes. Por tanto, el que fuera a casarse con sus hijas que no le viniera a la Viuda de Jacob hablando de dineros. Su corazón era lo que tenían que ponerle sobre la mesa, abierto de par en par, abierto como una luna llena, desnudo como el sol de un cuarenta de Mayo. Y luego que fuera lo que el Cielo quisiera.

 

 

 

LA SEÑORA MARÍA

 

 

 

 

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