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HISTORIA DEL IMPERIO ROMANO

 

AMIANO MARCELINO

LIBRO 30

LIBRO 31

 

LIBRO XXXI

Presagios de la muerte de Valente y de la invasión del Imperio por los godos.—Regiones habitadas por los hunos, alanos y otras naciones scyticas del Asia. Sus costumbres.—Los hunos se incorporan los alanos a viva fuerza o por tratado, y caen con ellos sobre los godos, a quienes arrojan de su territorio.—Los thervingos, la tribu más importante de la nación expulsada, son trasladados a Tracia, con el consentimiento de Valente y bajo promesa de sumisión y auxilio. Otra tribu, llamada de los gruthingos, pasa también el Danubio por sorpresa.—Los thervingos, maltratados por los oficiales del Emperador, y estrechados por la miseria y el hambre, se sublevan a las órdenes de Alavivo y Fritigerno y derrotan un cuerpo de tropas mandado por Lupicino.— Motivo de la sublevación de Sueridos y Colias, jefes de los godos, que, después de haberles recibido los romanos, degüellan a los habitantes de Andrinópolis y se reúnen con Fritigerno para devastar la Tracia.—Ventajas conseguidas por Profuturo, Trajano y Ricomeres contra los godos.— Encerrados los godos por los romanos en las gargantas del Hemus, y dejados en seguida, recorren la Tracia, señalando su paso con el pillaje, el asesinato, violaciones e incendios. Barcimeres, tribuno de los escutarios, es asesinado por éstos.—Frigerido, general de Graciano, mata a Farnobio, personaje muy considerado entre los godos y con él a multitud de godos y taifales. Los demás obtienen la vida y la concesión de un territorio en las orillas del Po.—Victoria conseguida por los generales de Graciano sobre los alemanes lencienses, pereciendo Priario, rey de este pueblo. Rindense los lencienses y suministran tropas. Permítenles regresar a sus hogares.— Sebastián sorprende y destroza cerca de Boroea a los godos, cargados de botín, consiguiendo muy pocos escapar. Graciano acude en socorro de su tío Valente contra los godos.—Valente se decide a librar batalla sin esperar la llegada de Graciano.—Todos los godos reunidos, los tihervingos mandados por Fritigerio, y los gruthungos a las ordenes de Alatheo y Safrax, se encuentran con los romanos en batalla campal, ponen en fuga a la caballería y hacen extraordinaria matanza en la infantería, entregada a sus propias fuerzas y amontonada en estrecho espacio. Valente perece en esta batalla, sin que se encuentre su cadáver.—Virtudes y vicios de Valente.—Los godos vencedores sitian a Andrinópolis, donde Valente había dejado su tesoro con las insignias del Imperio, y donde se encontraban encerrados el prefecto y los miembros del consejo. Retíranse después de haber fracasado en todas sus tentativas.—Los godos unen a ellos, a fuerza de dinero, las bandas de los hunos y de los alanos e intentan en vano apoderarse de Constantinopla.—Artificio por medio del cual liberta de los godos el general Julio las provincias orientales del otro lado del Tauro.

 

Entretanto, por fatal cambio de fortuna, la ira conjurada de Belona y de las Furias iba a hacer estallar en Oriente terrible tempestad, claramente anunciada por espantosa serie de casos sobrenaturales y prodigiosos. Hacía mucho tiempo que amenazaba el porvenir por boca de los oráculos y adivinos. Viose a los perros saltar hacia atrás ante los aullidos de los lobos; nunca lanzaron gritos más lúgubres las aves nocturnas; obscurecido el sol desde la aurora, solamente enviaba débil y blanquecina luz; y por las calles de Antioquía incesantemente se oía repetir la insolente y siniestra exclamación, que había llegado a ser expresión común de la pasión y queja en todas las pendencias y movimientos tumultuosos del pueblo: «¡Valente a la hoguera!» A cada momento, voces imitando las proclamaciones de los pregoneros, invitaban al populacho a llevar leña para prender fuego a las termas de Valente, edificio cuya construcción había vigilado el mismo príncipe; manifestaciones todas que eran evidentes presagios de su cercano fin. Fúnebres terrores turbaban además su reposo nocturno; el ensangrentado espectro del rey de Armenia, la sombra de las víctimas sacrificadas por Teodoro, se alzaban ante su lecho, repitiendo con voz sepulcral versos cuyo sentido hace estremecer. Encontróse muerta en la calle un águila con el cuello cortado, signo precursor de funerales y de calamidades públicas. En fin, cuando se derribaron las viejas murallas del barrio de Calcedonia, para dotar de un baño nuevo a la ciudad de Constantinopla, descubrióse en  el centro mismo de la demolición una piedra cuadrada en que se leía en versos griegos esta inscripción, fatalmente significativa:

«Cuando se vea a las náyades traer aquí sus líquidos tesoros, haciendo circular por la ciudad saludable frescura; cuando un muro construido bajo funestos auspicios se eleve en derredor del palacio de las Termas, hordas belicosas, venidas del fondo de lejanos climas, atravesarán armadas el Ister, de majestuosas ondas, y llevarán la desolación a las llanuras de la Mesia y de la Scytia. Llegadas a los campos pannonios, se dirigirá su furor sobre presa más noble; pero Marte y el Destino han señalado allí el término de sus esfuerzos y su tumba.»

Remontemos al origen del mal y mencionemos las diferentes causas de que nació aquella terrible guerra, tan abundante en desolación y lágrimas. Los anales apenas mencionan a los hunos, y solamente lo hacen como de raza salvaje extendida más allá de la Palus Meotida, en las orillas del mar Glacial, y feroz hasta lo increíble. Desde que nacen los varones, los hunos les surcan las mejillas con profundas incisiones para destruir todo germen de barba. De esta manera crecen y envejecen imberbes con el repugnante y degradado aspecto de los eunucos. Pero todos tienen cuerpo corto, miembros robustos y cabeza gruesa; dando a su conformación algo de sobrenatural su prodigioso desarrollo en anchura. Antes parecen animales bípedos que seres humanos, esas extrañas figuras que el capricho del arte coloca en relieve sobre las cornisas de algún puente. A este repugnante aspecto corresponden costumbres muy parecidas a las de los brutos. Los hunos no cuecen ni sazonan lo que comen y se alimentan con raíces silvestres o la carne del primer animal que cogen, que ablandan algo llevándola durante algún tiempo sobre el caballo, entre los muslos. No tienen techo que les cobije. No usan casas ni tumbas, y entre ellos no se encontraría ni siquiera una choza. Viven en medio de bosques y montañas, endurecidos contra el hambre, la sed y el frío. Hasta en viaje no atraviesan el umbral de una habitación sin absoluta necesidad, y nunca se creerían seguros en ella. Fórmanse con lienzo o con pieles de ratas de los bosques, cosidas a manera de túnica, que les sirve en todo tiempo, y una vez vestida esta prenda, no se la quitan hasta que se les cae a pedazos. Cúbrense con sombreros de ala recogida y guarnecen con piel de cabra sus velludas piernas, cubierta que les entorpece la marcha y les hace poco a propósito para combatir a pie; en cambio se les creería clavados en los caballos, que son feos, pero muy vigorosos. Montados, y algunas veces como las mujeres, atienden los hunos a todos sus negocios. Día y noche a caballo, así venden y así compran. No echan pie a tierra para beber, ni para comer, ni para dormir, cosa que hacen inclinados sobre el flaco cuello de su cabalgadura, encontrándose con la mayor comodidad. A caballo también deliberan acerca de los intereses comunes.

No reconocen autoridad de rey; pero siguen tumultuosamente al jefe que les lleva al combate. Cuando se les ataca, divídense en bandas, y caen sobre el enemigo lanzando espantosos gritos. Agrupados o dispersos, atacan o huyen con la rapidez del relámpago y, corriendo, siembran la muerte. Así es que su táctica, por su movilidad misma, es impotente contra un parapeto o campamento fortificado. Pero lo que los hace los guerreros más formidables de la tierra es que, igualmente seguros de sus golpes desde lejos, y pródigos de su vida en el combate cuerpo a cuerpo, saben, además, en el momento en que su adversario, jinete o peón, sigue con la vista los movimientos de su espada, enredarle con una correa que paraliza todos sus movimientos. Sus flechas llevan, a manera de hierro, un hueso agudo que adaptan con maravillosa destreza. Ninguno de ellos labra la tierra, ni toca un arado. Todos vagan indefinidamente, sin casa ni hogar, sin policía, extraños a toda costumbre sedentaria, pareciendo más bien que huyen con el auxilio de los carros en que están como domiciliados, donde la mujer se ocupa en confeccionar los repugnantes vestidos del marido, le recibe en sus brazos y cría a sus hijos hasta la edad de la pubertad. Ninguno de ellos concebido, nacido y educado en tantos puntos diferentes, puede contestar a la pregunta «¿De dónde eres?» Inconstantes y pérfidos en los convenios, cambian al menor vislumbre de esperanza; en general, todo lo hacen por pasión y no poseen en mayor grado que los brutos el sentimiento de lo honesto y deshonesto. Hasta su lenguaje es capcioso y enigmático. No adoran nada, no creen en nada y solamente tienen amor al dinero. Su carácter es versátil e irascible, hasta el punto que una asociación entre ellos, en el mismo día se rompe sin provocación y se reanuda sin mediador.

A fuerza de matar y saquear de territorio en territorio únicamente por instinto de pillaje, llegó esta gente a las fronteras de los alanos, que son los antiguos masagetas. Y como el momento es oportuno, diremos también algo acerca del origen de este pueblo y su posición geográfica... (laguna).

Aumentado el Ister por sus afluentes, atraviesa todo el país de los sármatas, que se extiende hasta el Tanáis, límite natural de Europa y Asia. Al otro lado de este río, en medio de las interminables soledades de la Scytia, habitan los alanos, que toman su nombre de sus montañas, y, como los Persas, se han impuesto por las victorias a sus vecinos. Encuéntranse entre éstos los neuros, pueblo del interior, encerrado por altas montañas incesantemente azotadas por el aquilón, y que el frío hace inaccesibles; más lejos los budinos y gelones, que se pintan el cuerpo de azul y se tiñen hasta el cabello, señalando el grado de distinción del individuo por el número y matices más o menos obscuros de las manchas. En seguida vienen los melandenos y antropófagos, que, según se dice, se alimentan con carne humana; costumbre feroz que aleja a todos los vecinos, estableciendo un desierto en derredor de ellos. Por esta razón aquellas vastas regiones, que se extienden al noreste hasta el país de los seros, solamente son inmensas soledades. Existen también los alanos orientales, vecinos del territorio de las amazonas, cuyas innumerables y populosas tribus penetran, según dicen, hasta la comarca central del Asia, donde corre el Ganges, río que separa en dos las Indias y se pierde en el mar Austral.

Distribuidos en dos continentes, todos estos pueblos, cuyas diferentes denominaciones omito, aunque separados por espacios inmensos en los que se desarrolla su existencia nómada, han concluido por confundirse con el nombre genérico de alanos. No siembran, no tienen agricultura, no se alimentan más que de carne y, sobre todo, de leche, y con el auxilio de carros cubiertos con cortezas, cambian incesantemente de paraje a través de llanuras sin fin. En cuanto llegan a punto a propósito para los pastos, colocan los carros en círculo y devoran su salvaje comida. En cuanto el pasto queda agotado, vuelven a cargar y ponen en movimiento sus rotatorias ciudades, en donde se unen el varón y la hembra, nacen y se crían los hijos y, en una palabra, realizan estos pueblos todos los actos de la vida. En cualquier punto donde la suerte les lleve, se encuentran en su patria, haciendo caminar constantemente delante de ellos rebaños de reses mayores y menores, pero cuidando muy especialmente de la raza caballar. En aquellas comarcas se renueva incesantemente la hierba, y los campos están llenos de árboles frutales; por cuya razón estos pueblos nómadas encuentran en todas sus estaciones la subsistencia del hombre y de los animales; dependiendo esta abundancia de la humedad del suelo y de los numerosos arroyos que lo riegan. Los débiles por edad o sexo se ocupan, fuera y en derredor de los carros, de las cosas que no exigen fuerza corporal. Pero los hombres robustos, avezados desde la infancia a la equitación, consideran deshonroso servirse de los pies. La guerra no tiene accidentes en que no hayan hecho riguroso aprendizaje; por eso son excelentes soldados. Si los Persas son guerreros por naturaleza, lo deben a que originariamente circuló por sus venas la sangre scyta.

Los alanos son generalmente altos y hermosos, teniendo los cabellos casi rubios. Su mirada antes es marcial que feroz, no cediendo a los hunos en la rapidez del ataque y carácter belicoso; pero están más civilizados en su manera de vestirse y alimentarse. Las riberas del Bósforo cimeriano y de las lagunas meótidas son el ordinario teatro de sus incursiones y cacerías, que algunas veces extienden hasta la Armenia y la Media. El goce que los caracteres pacíficos y tranquilos encuentran en el reposo, lo hacen ellos consistir en los peligros y la guerra. Para los alanos el honor supremo es perder la vida en el campo de batalla. Morir de vejez o de accidente es un oprobio para el que no tienen bastantes ultrajes, y matar un hombre es heroísmo nunca bien celebrado. El trofeo más glorioso es la cabellera del enemigo, sirviendo de adorno al caballo del vencedor. Entre ellos la religión no tiene templo ni edificio, ni siquiera un santuario cubierto de paja. Una espada desnuda, clavada en el suelo, es el emblema de Marte, divinidad suprema y altar de su bárbara devoción. Su medio de adivinación es muy singular: reúnen un haz de varillas de  mimbre, que eligen muy derechas, y, separándolas después en cierto día determinado, encuentran en ellas, con el auxilio de algunas prácticas de magia, manifestación de lo venidero. No conocen la esclavitud, naciendo todos de sangre libre. Hoy mismo eligen por jefes los guerreros reconocidos como más valientes y diestros.

Invadieron, pues, los hunos los territorios de los alanos, limítrofes de los gruthongos, a quienes la costumbre ha hecho distinguir con el epíteto de tanaitas; mataron y despojaron a considerable número y se adhirieron el resto por medio de alianza. Enardecidos con este aumento de sus fuerzas, cayeron como el rayo sobre las ricas y numerosas comarcas de Ermenrico, príncipe belicoso, y que se había hecho temer de sus vecinos por sus numerosas hazañas. Cogido de improviso Ermenrico, procuró durante algún tiempo hacer frente a aquel huracán, cuyos terrores aumentaba la fama. Pero llegó a desesperarse y se libertó del enojo por medio de voluntaria muerte. Elegido príncipe Vithimiro, resistió por algún tiempo la invasión, apoyado por otros hunos que había tornado a sueldo. Pero después de experimentar muchas derrotas, se vio al fin deshecho en un combate en que perdió la vida. Alatheo y Safrax, dos jefes cuya firmeza y experiencia estaban experimentadas, se hicieron cargo de Viderico, hijo pequeño de Vithimiro, y, no pudiendo contrarrestar la fuerza con la fuerza, se retiraron con su pupilo hasta las orillas del Danasto, río cuya corriente es muy extensa y que pasa entre el Histro y el Borystenes. Athanarico, jefe de los thervingos (el mismo a quien Valente había hecho guerra para castigarle por haber enviado socorros a Procopio), herido por inesperada catástrofe, resolvió, sin embargo, resistir si se extendía la invasión. Estableció su campamento en posición favorable, sobre las orillas del Danubio, cerca de un valle que ocupaban los restos de los gruthongos, y envió a Munderico, a quien después encargó la defensa de las fronteras por el lado de la Arabia, para que con otros jefes hiciesen un reconocimiento hasta veinte millas más adelante, esperando que podría, por este medio, ganar tiempo para organizar la defensa. Pero quedó burlado en sus esperanzas; porque los hunos, esquivando el cuerpo que los observaba, se colocaron entre él y el grueso del ejército, que con su habitual sagacidad comprendieron no estaba lejos; en seguida hicieron alto para descansar, como si ignorasen que tenían delante al enemigo. Pero al salir la luna buscaron un vado en el río, encontraron uno favorable, y, adelantándose a todo rumor acerca de su marcha, caen bruscamente sobre Athanarico, le matan en la primera sorpresa parte de su gente, y le obligan a refugiarse en escarpadas montañas. Tan consternado quedó Athanarico por aquel descalabro que, temiendo algún desastre mayor, mandó construir altas murallas, que reunían las orillas del Gerasio y el Danubio y seguían el territorio de los taifalos, creyendo quedar seguro detrás de aquel parapeto, si podía terminarlo a tiempo. Pero mientras apresuraba la obra con todas sus fuerzas, llegaban rápidamente los hunos, y le habrían cogido de improviso, si el peso del botín que llevaban en pos no hubiese coartado su ordinaria velocidad.

Entretanto habíase propagado entre las demás poblaciones godas la noticia de la repentina aparición de una raza de hombres desconocida, extraña, que en tanto caía como una tempestad desde lo alto de las montañas, en tanto parecía brotar de debajo de la tierra, y que destruían cuanto encontraban a su paso. Casi todos los que reconocían la autoridad de Athanarico habían desertado, no encontrando con qué vivir, y buscaban donde establecerse lejos del alcance de aquellos invasores. Después de largas deliberaciones, muchos fugitivos pensaron en la Tracia, que les ofrecía la doble ventaja de la feracidad del suelo e inexpugnable barrera contra los desbordamientos de los pueblos de Norte, en la anchura del Danubio, y todos aceptaron inmediatamente el proyecto.

(Año 376 de J. C.)

Todas aquellas gentes, a las órdenes de Alavivo, se presentaron en la orilla izquierda del Danubio, y desde allí enviaron legados a Valente, pidiendo con humildad les admitiese en la otra orilla, prometiéndole vivir tranquilamente, y en caso necesario servirle de auxiliares. La fama había llevado ya al interior la terrible noticia de que se notaban desusados movimientos en los pueblos del Norte; que todo el terreno que se extiende desde el país de los marcomanos y de los quados hasta  las playas del Ponto Euxino, estaba inundado de pueblos bárbaros, que, empujados por otras naciones, desconocidas hasta entonces fuera de sus territorios, cubrían con su vagabunda muchedumbre toda la orilla del Danubio. Al pronto se prestó poca atención a estos rumores, por la razón de que no nos enteramos de estas guerras lejanas hasta que están concluidas o muy calmadas. Sin embargo, no dejaba de robustecerse el rumor, recibiendo a poco completa confirmación con la llegada de la legación bárbara, que venía a implorar, a nombre de los pueblos expulsados, su admisión en este lado del río. La primera impresión que produjeron, antes fue de satisfacción que de alarma. Los cortesanos desplegaron todas las formas de adulación para ensalzar la gloria del príncipe a quien traía de improviso la fortuna soldados desde los extremos del mundo. El ingreso de aquellos extranjeros en nuestro ejército iba a hacerlo invencible; y, convertido en dinero, el tributo que las provincias debían en soldados aumentaría indefinidamente los recursos del tesoro. Inmediatamente enviaron numerosos agentes encargados de procurar medios de transporte a todos aquellos temibles huéspedes; cuidando mucho de que ninguno de aquellos futuros destructores del Imperio, aunque estuviese atacado de enfermedad mortal, quedase en la otra orilla. En virtud del permiso imperial, los godos, amontonados en barcas, almadías y troncos ahuecados, fueron transportados de noche y de día a este lado del Danubio, para tomar posesión de un territorio en la Tracia. Pero tan grande fue la premura, que algunos cayeron al agua y se ahogaron al querer cruzar a nado aquel peligroso río, cuya ordinaria rapidez aumentaba creciente avenida.

Con todo este trabajo se apresuraba la ruina del mundo romano. Está averiguado que los oficiales encargados de aquella fatal misión intentaron muchas veces hacer el censo de la masa de individuos que pasaban, y que al fin tuvieron que renunciar a ello. Tanto hubiese valido (como dice un eminentísimo poeta) querer contar los granos de arena que levanta el viento en las llanuras de la Libia. ¡Despertad, viejos recuerdos de los inmensos levantamientos armados de la Persia contra la Grecia; del Helesponto franqueado; del Athos abriendo al mar un paso artificial; de las innumerables turmas pasadas en revista en la llanura de Dorisco! Hechos todos que las edades siguientes consideraron como fábulas; pero cuyo antiguo testimonio hemos confirmado con nuestros propios ojos, que han visto esta inundación de pueblos extraños extenderse por nuestras provincias, cubrir a lo lejos nuestros campos e invadir hasta la cima los montes más elevados.

Los primeros transportados fueron Alavivo y Fritigerno. El Emperador les hizo distribuir víveres durante algún tiempo y les señaló terrenos para el cultivo. Nuestras barreras se habrían abierto ante aquella multitud armada. El suelo bárbaro había vomitado, como las lavas del Etna, a sus hijos sobre nuestro territorio. Una circunstancia tan amenazadora exigía al menos que las fuerzas militares del país estuviesen a cargo de un hombre enérgico y experimentado; y, sin embargo, como si alguna divinidad enemiga hubiese dictado la elección, no contaba a su frente más que los nombres peor reputados. En primer lugar estaba Lupicino, conde de Tracia, y Máximo, jefe desdichado, los dos igualmente imprudentes. La innoble avidez de aquellos dos hombres fue el principio de todas las calamidades que vinieron después. Sin mencionar todas las malversaciones que cometieron o toleraron, tocante a la manutención de aquellos extranjeros, hasta entonces inofensivos, citaremos un hecho repugnante e inaudito, que seguramente condenarían los mismos culpados si se les hiciese jueces de su propia causa. La escasez que abrumaba a los emigrados sugirió a aquellos malvados una especulación infame. Hicieron recoger cuantos perros pudieron encontrar y los vendían a los pobres hambrientos al precio de un esclavo por pieza.

Por este mismo tiempo, Vitherico, rey de los gruthongos, llegó a las orillas del Ister, con sus tres consejeros Alatheo, Safrax y Farnobio, que le dirigían en todo, solicitando por medio de legados igual autorización de la bondad de Valente. Esta vez el interés del Estado dictó una negativa que puso a los peticionarios en la mayor perplejidad. Temiendo Athanarico igual respuesta, prefirió abstenerse, recordando la altiva obstinación que había mostrado con Valente cuando negociaba con él la paz, pretendiendo haberse obligado bajo juramento a no poner el pie en territorio romano, y obligado por este medio a que el Emperador fuese a ratificar el tratado en medio de las aguas del río. Supuso Athanarico que perseveraría aún el rencor y llevó toda su gente a Cancalando, territorio  defendido por un cinturón de frondosos bosques y altas montañas, y del que expulsó a los sármatas que lo ocupaban.

Pero los thervingos, a pesar de que habían obtenido el paso del río, no por eso dejaban de vagar por las orillas, donde les retenía la falta de víveres. Este era el efecto de las maniobras empleadas por los jefes del Emperador para favorecer las abominables transacciones de que hemos hablado. Los emigrantes no fueron engañados y ya amenazaban en voz baja con apelar a las armas contra los pérfidos procedimientos de que eran víctimas. Temiendo Lupicino una sublevación, empleó todas las fuerzas de que disponía para obligarles a internarse.

Esta ocupación de nuestras tropas no escapó a los gruthongos, que no viendo ya barcas armadas cruzar el río para impedirles el paso, aprovecharon la ocasión, lo cruzaron apresuradamente en balsas apenas sujetas y establecieron su campamento en un punto muy alejado del de Fritigerno.

Adivinando este jefe, con su natural penetración, lo que iba a suceder, obedeciendo la orden del Emperador, llevaba la marcha con calculada lentitud, con objeto de procurarse valioso refuerzo, dejando a los recién llegados tiempo para que se le incorporasen. Llegó, pues, muy tarde a Marcianópolis, y allí ocurrió tal escena que produjo completa ruptura. Lupicino había invitado a Fritigerno y Alavivo a un festín; pero un cordón de tropas colocadas en la muralla prohibía, por orden suya, a todo el mundo la entrada en la ciudad; y en vano fue que los bárbaros, protestando de su sumisión y pacíficas intenciones, imploraran la gracia de comprar víveres en ella. Insensiblemente se acaloraron los ánimos por ambas partes y llegaron a las manos. Los emigrados, ofendidos por aquella negativa, ultrajados al verse privados de alimentación, degollaron una guardia y se apoderaron de sus armas. Avisaron secretamente a Lupicino lo que acontecía, cuando, aturdido por los excesos de prolongada orgía, dormitaba al son de los instrumentos. Temiendo los resultados de aquella pelea, mandó matar a la guardia de honor que los dos jefes habían conservado en derredor suyo; ejecución cuya triste noticia se propagó en seguida fuera de las murallas y que llevó al colmo la exasperación de la multitud, que, creyendo prisioneros a sus jefes, amenazaba con tomar terrible venganza. Temiendo Fritigerno, cuyo carácter era activo y decidido, que le detuviesen en rehenes, dijo que el único medio de evitar combate más general era dejarle salir con los suyos; prometiéndose calmar con su presencia entre sus compatriotas aquella irritación que solamente reconocía como causa la sospecha de una celada, y la creencia de que los jefes habían caído en ella. Aceptóse la proposición y dejáronles reunirse con los suyos, que les recibieron con regocijo. Entonces los dos, montando en sus caballos, se alejaron a la carrera, decididos a probar la suerte de las armas. La fama, que divulgó estas escenas emponzoñándolas, inflamó el ardor guerrero de toda la nación de los thervingos. Desplegóse el estandarte de los godos; lanzó el cuerno sus lúgubres sonidos; bandas armadas recorrieron los campos y con la tala de las mieses, el pillaje y el incendio, comenzaron las calamidades que muy pronto iban a desarrollarse en mayor escala.

Lupicino reunió apresuradamente algunas tropas, y sin plan concertado marchó contra el enemigo, esperando encontrarlo a nueve millas de la ciudad. Viendo los bárbaros con quien tenían que habérselas, caen de pronto sobre nuestras fuerzas, chocando con los escudos y atravesando a los hombres con sus lanzas. Tan terrible fue el choque, que todos perecieron, tribunos y soldados. Aquel cuerpo perdió sus enseñas, pero no su general, que no recobró la serenidad más que para huir mientras peleaban, refugiándose a la carrera en la ciudad. Después de esta victoria, los enemigos, cubiertos con las armas romanas, se extendieron por todas partes, no encontrando oposición en ninguna.

Al llegar a este punto de mi narración, partiendo de caminos diversos, debo rogar a los lectores (si tengo alguno), que no exijan ni el detalle preciso de los acontecimientos, ni la cifra exacta de las pérdidas; porque esto sería pedir lo imposible. Necesario es atenerse a noticias aproximadas, exentas solamente de toda alteración voluntaria de la verdad, y revestidas de la sinceridad, que es el primer deber del historiador. Nunca afligieron a la república tan enormes calamidades, dicen los que no han leído nuestros anales antiguos; error que nace del vivo  sentimiento de nuestros males presentes: una ojeada dirigida sobre la historia de los tiempos antiguos, o del siglo que corre, demostraría suficientemente que han tenido demasiados ejemplos acontecimientos parecidos e igualmente graves. La Italia se ha visto invadida repentinamente por cimbrios y teutones, habitantes de lejanas comarcas; pero después de los infinitos males que causaron a la república, la derrota de sus ejércitos y la casi destrucción de su raza por hábiles generales, les demostró a sus expensas lo que puede el valor aumentado por la disciplina. Bajo el reinado de Marco Aurelio, incoherente mezcla de naciones conjuradas... (laguna)... Pero después de corto período de calamidades y sufrimientos, volvieron el orden y la tranquilidad, gracias a la rígida sencillez de costumbres de nuestros mayores, exentos de molicie, lujo de mesa y avidez de lucro; gracias a aquel ardiente amor patrio que reinaba entonces en todas las clases, y hacía que todos considerasen como la suerte más apetecible, una muerte gloriosa peleando por la república.

Hordas de escitas atravesaron en otro tiempo en dos mil naves el Bósforo y la Propóntida. Pero aquella multitud armada, después de propagar la destrucción por aquellos mares y sus orillas, regresó disminuida en más de la mitad de su número. Los dos Decios, padre e hijo, encontraron la muerte peleando con los bárbaros. Todas las ciudades de Pamfilia han sufrido los horrores del asedio; muchas islas han sido taladas y el incendio recorrió la Macedonia entera. Millares de enemigos bloquearon a Tesalónica y Ciryco; Anquialos fue tomada y la misma suerte tuvo Nicópolis, construida por Trajano, en recuerdo de sus victorias contra los dacios. Filipópolis, después de las alternativas de larga y sangrienta defensa, fue destruida, quedando sepultados bajo sus ruinas cien mil hombres, si hemos de creer la historia. El Epiro, la Tesalia, toda la Grecia, en fin, ha experimentado la invasión extranjera. Pero llegando Claudio a ser Emperador después de ilustre general, comenzó, y después de su gloriosa muerte, el terrible Aureliano continuó la liberación de aquellas provincias. Siglos pasaron después sin que se oyese hablar de los bárbaros como no fuese a propósito de sus depredaciones sobre los territorios inmediatos, reprimidas siempre con severidad. Pero continuemos nuestro relato.

Dos personajes importantes entre los godos, y que desde muy antiguo habían sido acogidos con sus gentes, Suérides y Colias, aunque perfectamente enterados de los acontecimientos, observaban completa neutralidad en los cantones que les habían asignado cerca de Andrinópolis, atendiendo principalmente al interés de su propia conservación. De pronto reciben una carta del Emperador mandándoles pasar el Helesponto, y entonces piden, con las formas más templadas, medios de transporte, víveres de campaña y dos días de plazo; pero el primer magistrado de la ciudad, que les odiaba personalmente por los daños que le habían causado en sus propiedades, consideró exorbitante su pretensión. Armó al populacho y a los obreros de las fábricas, e intimó a los godos que cumpliesen inmediatamente la orden imperial a su costa y riesgo. Aturdidos éstos al pronto por aquella exigencia y por la agresión, tan temeraria como injustificada, de los habitantes, permanecieron algún tiempo inmóviles; pero excitados al fin por las injurias e imprecaciones de la multitud, y por algunas flechas que les lanzaron, se pusieron en franca rebelión, mataron a algunos de los más audaces y persiguieron a flechazos a los demás en su fuga. En seguida despojaron a los muertos, y, provistos con sus armas, marcharon a ponerse a las órdenes de Fritigerno, que, como sabían, no se encontraba lejos; viniendo toda aquella multitud reunida a poner sitio a la ciudad, cuyas puertas encontró cerradas. Esta operación era difícil para los bárbaros, pero se obstinaron en ella durante algún tiempo, lanzándose en tropel a repetidos asaltos, en los que los más valientes perecían inútilmente, quedando sus masas disminuidas por las flechas y las hondas de los sitiados.

Comprendiendo al fin Fritigerno la inutilidad de aquellos esfuerzos y de aquella sangre para reemplazar lo que les faltaba en cuanto al arte de los sitios, hizo prevalecer la idea de renunciar a apoderarse de la plaza, dejando ante sus murallas bastantes fuerzas para bloquearla. Nada tenían que hacer, decía, con murallas; pero los campos les ofrecían, en ausencia de defensores, presa tan rica como fácil, que era necesario apresurarse en coger. El consejo lo adoptaron con tanto mayor apresuramiento, cuanto que sabían que el jefe era muy a propósito para realizarlo bien. Y en seguida se extendieron los godos por toda la Tracia, aunque con precaución y haciendo que sus cautivos y  auxiliares voluntarios les indicasen los caseríos más ricos, especialmente los que abundaban en víveres. Aumentaba su natural audacia la presencia de numerosos refuerzos de sus compatriotas que diariamente llegaban, comprados unos anteriormente por los romanos a mercaderes de esclavos, entregados otros después del paso de sus hambrientos padres en cambio de un pan o de vino corrompido. También se les reunieron muchos contratistas y obreros de las minas, arruinados en su explotación por condiciones demasiado duras. Los godos recibían con agasajo a aquellos desertores, obteniendo de ellos, por su conocimiento del terreno, excelentes servicios en el descubrimiento de los aprovisionamientos ocultos y secretos refugios de la población; y con su auxilio no escapó a las pesquisas más que lo que era inaccesible. Por todas partes entraron a sangre y fuego, sin perdonar sexo ni edad; arrancaban, para degollarlos, a los niños del pecho de sus madres, entregando a éstas a la brutalidad del vencedor. Los hijos eran arrastrados sobre los cadáveres de sus padres; y los ancianos y mujeres nobles marchaban con las manos atadas a la espalda, dejando el suelo natal después de haber visto la destrucción de todo lo que amaban.

(Año 377 de J. C.)

Las aflictivas noticias que llegaban de la Tracia causaron a Valente profunda perplejidad. Encargó a Víctor, jefe de la caballería, que entrase en arreglos como pudiese con los Persas en lo relativo a la Armenia; y él mismo se preparaba a marchar de Antioquía a Constantinopla, haciendo partir delante a Profuturo y Trajano, pretenciosos los dos con sus talentos militares. Estos capitanes, viendo las condiciones del terreno donde encontraron al enemigo, debieron limitarse a una guerra de escaramuzas, procurando destruirle poco a poco. Pero en vez de recurrir a esta prudente táctica, desplegaron torpemente las legiones sacadas de Armenia, buenas tropas sin duda, pero muy inferiores en número ante aquella multitud embriagada por sus anteriores triunfos, y que cubría con su inmensidad hasta las cimas de las montañas. Sin embargo, nuestros soldados, que no sabían aun lo que puede la ferocidad cuando se la apura hasta el extremo, acosaron resueltamente a los godos bajo las estribaciones del Hemus y se situaron a la entrada de los desfiladeros, con el doble objeto de reducir por hambre al enemigo, que se encontraba encerrado allí sin salida, y dar tiempo para que llegasen las legiones pannonias y transalpinas, que, por orden de Graciano, traía Frigerido en socorro de las provincias invadidas. También enviaba Graciano de la Galia a la Tracia a Ricomeres, conde de los domésticos, al frente de algunas cohortes; habiendo desertado la mayor parte de sus tropas, según se decía, por secreta instigación de Merobaudo. considerando que, desguarnecida de tropas la Galia, no podría guardar el Rhin. Pero Frigérido padeció en el camino, o pretextó, según la maledicencia, un ataque de gota, con objeto de mantenerse alejado de los terribles combates que iban a librarse; de manera que se confió naturalmente el mando de los dos cuerpos a Ricomeres, quien se reunió con Profuturo y Trajano en Salices. Cerca de allí, multitud de bárbaros se habían fortificado detrás de sus carros, puestos en círculo, y se entregaban al descanso, después de haber gozado impunemente del abundante producto de sus depredaciones, en el seno de aquella ciudad improvisada.

Entretanto los jefes romanos, esperando circunstancias más favorables, observaban atentamente la posición del enemigo, dispuestos a aprovechar la primera ocasión que se presentase para un buen combate. Calculaban que los godos, siguiendo sus nómadas costumbres, no tardarían en buscar otro campamento, y que aquel sería el momento de caer sobre su retaguardia, destrozarla y recobrar parte del botín. Pero descubrióse su propósito, o lo revelaron los desertores que lo conocían, y los godos, no solamente no se movieron, sino que, alarmados ya por el ejército que tenían delante y temiendo que recibiera refuerzos, se apresuraron a ordenar, a su manera, a las partidas que recorrían los campos que se les reuniesen. Como bandadas de pájaros volvieron todos en un momento al carraje, nombre que dan al círculo que forman con los carros, reanimando con su presencia el ardor de sus compatriotas. Desde entonces no podía prolongarse la inacción de los dos ejércitos; y en efecto, en aquella multitud, aumentada con los llamados urgentemente y amontonada en estrecho espacio, se manifestó de pronto terrible fermentación, antes excitada que contenida por  los jefes, amenazando con próxima explosión. Pero el sol iba a ocultarse muy pronto y la proximidad de la noche obligaba a los godos a permanecer en el campamento; resignándose a disgusto y empleando el tiempo en comer sin dormir. Los romanos por su parte, que no ignoraban lo que ocurría entre los bárbaros, y que les temían tanto a ellos y a sus atrevidos jefes como a fieras irritadas, permanecieron en pie toda la noche. La inferioridad del número les mostraba como muy dudoso el desenlace, pero contemplaban con intrepidez las consecuencias, confiando en la justicia de su causa.

En cuanto amaneció dieron la señal las trompetas de ambos lados: y en seguida los bárbaros, después de hacer el juramento acostumbrado, se apresuraron a escalar las alturas, queriendo adquirir irresistible empuje merced a la pendiente. Cuando nuestros soldados vieron esta maniobra, cada cual se reunió a su manípulo, manteniéndose firmes, sin poner un pie ni hacia adelante ni hacia atrás de las filas. Al principio avanzaron con precaución los dos ejércitos uno contra otro, y en seguida quedaron inmóviles, midiéndose por ambas partes con terrible mirada. Los romanos lanzaron entonces al unísono el grito marcial llamado berritus, que comienza por débil murmullo y termina con ruido de trueno, y cuyas vibraciones tanta influencia tienen en el corazón del soldado. Los bárbaros, para responder, entonaron, con discordante confusión de voces, un canto nacional en alabanza de sus antepasados. En medio de aquel estrépito se trababan ya combates parciales. Pronto se cruzaron las lanzas y las flechas; acercáronse las dos líneas, y, pie contra pie, se opusieron por ambos lados una muralla de escudos. Los bárbaros, a quienes su agilidad multiplica y cuyas filas se renuevan sin cesar, empezaron aclarando a los nuestros por la caída continua de pesadas mazas endurecidas al fuego; atacando en seguida con la espada a los que quedaban, en pie, consiguieron romper nuestra ala izquierda. Por fortuna, un valiente cuerpo de auxiliares que se encontraba cerca, acudió a sostenerla, librándola de completa destrucción. Siguióse horrible carnicería; los valientes encontraban la muerte en lo recio del combate, bajo lluvia de flechas o al filo de la espada; los cobardes que huían eran alcanzados y muertos por la caballería; y en seguida llegaban los que cortaban los jarretes a los que el miedo impedía mantenerse de pie. El suelo había desaparecido bajo montones de cadáveres y de moribundos, de los que algunos conservaban vana esperanza de vida; derribados éstos por las pelotas de plomo que lanzaban las hondas, traspasados aquéllos por el hierro de las flechas, y presentando algunos el espantoso espectáculo de una cabeza partida hasta el cuello, cayendo sobre los hombros.

Sin embargo, la victoria permanecía indecisa. Sin descanso se daba y recibía la muerte, no cesando el encarnizamiento más que por la falta de fuerzas. Solamente la noche puso fin a la matanza, y lo que quedaba de los partidos se retiró en desorden, regresando tristemente a los campamentos. A los más distinguidos de entre los muertos se les dio regular sepultura, y los demás sirvieron de pasto a las aves de rapiña, muy acostumbradas entonces a tales festines, como lo atestiguan las blancas osamentas que todavía hoy cubren nuestros campos. En aquella terrible batalla en que un puñado de romanos peleó con millares de enemigos, es indudable que experimentamos grandes pérdidas y que compramos muy cara la ventaja de quedar dueños del terreno.

Después de este desastroso combate, los nuestros se retiraron bajo las murallas de Marcianópolis, y los godos que, sin ser perseguidos, se habían refugiado detrás de sus carros, permanecieron allí siete días enteros sin salir ni dar señales de vida. Los romanos aprovecharon su estupor para empujar al resto de sus innumerables bandas a las gargantas del Hemtis, cuyas salidas cerramos con altos terraplenes. Esperábase que aquellas compactas masas, encerradas entre el Ister y una comarca desierta, y no pudiendo romper por ninguna parte, perecería allí de hambre; habiendo sido transportado a las plazas fuertes todo lo que podía servir para mantener la vida, no teniendo los bárbaros ni idea siquiera de atacarlas, en su ignorancia del arte de los sitios.

Ricomeres partió inmediatamente para la Galia con objeto de traer personalmente los refuerzos que hacía indispensable la segura expectativa de aumento de furor en las hostilidades. El año, que era el cuarto del consulado de Graciano, en el que tenía por colega a Merobando, entraba  ya en el otoño. Por su parte Valente, enterado del sangriento combate que acababa de librarse, y del estado de disolución de la Tracia, envió a Saturnino con facultades temporales de jefe de la caballería, para socorrer a Trajano y a Profuturo. Los bárbaros lo habían devorado ya todo en la Mesia y la Scytia; e, impulsados por el hambre a la vez que por sus feroces instintos, ardían en deseos de forzar las barreras que acababan de cerrar ante ellos. Muchas veces lo intentaron, y rechazados siempre por los nuestros, que supieron aprovechar las ventajas del terreno, concluyeron, a la desesperada, por atraerse algunas bandas de alanos y de hunos, ofreciéndoles como cebo la perspectiva de inmenso botín.

A la noticia del refuerzo que había recibido el enemigo, Saturnino, que acababa de llegar sobre el terreno, y colocaba ya puestos y guardias avanzados, consideró, no sin fundamento, que era indispensable la retirada, y la efectuó en cuanto reunió insensiblemente todas sus fuerzas. En efecto: la posición había llegado a ser muy peligrosa; ocupación más larga de los desfiladeros nos exponía a ver desbordar los bárbaros sobre nosotros como torrente que ningún esfuerzo podría contener.

Ya era tiempo; apenas abandonaron nuestras tropas la entrada de las gargantas, cuando el monte vomitó al llano aquella multitud cautiva, y con ella la devastación y la muerte. La Tracia quedó inundada en todos sentidos. Desde las orillas del Ister a las cumbres del Rodopo, y hasta el estrecho que forma la unión de los dos mares, todo fue una inmensa red de saqueo, asesinatos, incendios y de ultrajes al pudor y a la naturaleza; escenas repugnantes a los ojos y no menos repugnantes de describir. Mujeres medio muertas de miedo, llevadas como rebaños bajo el látigo de los bárbaros; otras servían a la impía brutalidad de aquellos monstruos en el momento mismo de dar a luz. Niños que se estrechaban con convulso afán contra el seno que los alimentaba, mezclaban sus llantos a los sollozos de noble juventud de los dos sexos a la que sujetaban con indignas ligaduras; vírgenes y esposas jóvenes rasgándose el rostro e implorando la muerte como único recurso contra la lubricidad de sus verdugos. Más de un varón noble y rico antes, arrastrado ahora como cordero despreciable, te reconvenía, ¡oh Fortuna ciega y cruel! por la ruina de sus bienes, la pérdida de su familia y de su casa, que había visto convertirse en ceniza, sin tener ya otra perspectiva que la muerte en los tormentos, o la esclavitud bajo los vencedores más inhumanos.

Entretanto los bárbaros, saltando como fieras desencadenadas por los campos, llegaron cerca de una ciudad, llamada Dibalto, donde encontraron, ocupado en algunas atenciones de campamento, al tribuno Balcimeres, jefe muy experimentado, que tenía a sus órdenes los cornutos y alguna otra infantería. En seguida cayeron sobre ellos, teniendo apenas tiempo Barcimeres para hacer tocar la bocina, reunir sus fuerzas y procurar cubrir sus flancos. Su hermosa resistencia parecía deberle sacar de aquel apuro, cuando de pronto, agitado y sin aliento, se vio envuelto por una masa de jinetes enemigos. Sin embargo, no sucumbió sin vender cara su vida. Pero para los bárbaros apenas fue sensible aquella disminución de los suyos, por razón de su inmenso número.

En esta situación las cosas, vacilaron los bárbaros acerca de la dirección que habían de tomar; no pensando más que en destruir a Frigérido, porque lo consideraban como el único obstáculo capaz de detenerles. Así fue que, en cuanto repusieron sus fuerzas por medio de abundante comida y algunas horas de sueño, le siguieron la pista como fieras que persiguen una presa. Estaban enterados de que, de regreso a Tliracia, por orden de Graciano, se había fortificado en Borea, desde donde observaba el giro que iban a tomar los acontecimientos. Los godos apresuraron la marcha para destruirle; pero Frigérido, que estaba muy experimentado en el oficio militar, y no era pródigo de la sangre de sus soldados, sospechó su proyecto o le enteraron de él sus exploradores. Al acercarse, se retiró por las alturas a través de los bosques y ganó la Iliria, adonde llegó muy fortalecido por un acontecimiento inesperado que la casualidad le deparó en el camino. Al replegarse formando cuñas, sorprendió en el desorden del pillaje a la banda de Farnobio, uno de los jefes de los godos, a la que se habían reunido grupos de faifalos; porque debemos decir que este pueblo había aprovechado el terror y la dispersión de las tropas romanas para cruzar el río y saquear el país. El hábil Frigérido, en cuanto vio a lo lejos aquellas dos bandas devastadoras, tomó sus medidas para atacarlas a despecho de sus terribles amenazas, proponiéndose no dejar ninguno para que diese la noticia de su  derrota. Pero después de haber dado muerte al mayor número, y especialmente a su jefe Farnobio, que era uno de los azotes más terribles del país, se dejó ablandar por las súplicas de los que quedaban, a los que, para quitarles de allí, les señaló los terrenos laborables de las cercanías de Módena, Parma y Regio. De tal manera ha corrompido desenfrenado libertinaje a la indigna raza de los taifalos, que, según se dice, la costumbre obliga a los adolescentes a prostituir su juventud a los placeres de los hombres formados y que ninguno puede redimirse de esta asquerosa esclavitud, hasta que, sin auxilio de nadie, mata un jabalí o un oso grande.

Tal era el desolador aspecto que presentaba la Tracia, a fines de otoño; y como si las mismas furias hubiesen cuidado de avivar el fuego, la conflagración iba a extenderse a las regiones más lejanas. Los alemanes lencienses, limítrofes de la Recia, comezaban ya, a despecho de los tratados, a insultar nuestras fronteras; dando ocasión a la ruptura el hecho siguiente. Un hijo de este país, que servía en los guardias de Graciano, tuvo que regresar a él para asuntos particulares. Este hombre era muy hablador y no faltaron preguntas acerca de lo que ocurría de nuevo en la corte del Emperador. Dijo a sus compatriotas que, por invitación de su tío Valente, Graciano llevaba sus tropas a Oriente, y que los dos ejércitos imperiales iban a reunirse para rechazar una invasión terrible de pueblos vecinos del Imperio, conjurados para su destrucción. La noticia impresionó a los lencienses, en su calidad de pueblo limítrofe. Formáronse en bandas, y, con su acostumbrada rapidez de movimientos, cruzaron en Febrero el Rhin sobre el hielo. Al otro lado encontraron frente a ellos los cuerpos reunidos de los petulantes y los celtas, que les rechazaron, matándoles bastante gente, aunque también por su parte experimentando pérdidas.

El descalabro hizo retroceder a los lencienses; pero seguros de que la mayor parte del ejército de Occidente, que el Emperador Graciano iba a mandar en persona, le había precedido en Iliria, se reanimó su valor y concibieron un proyecto más atrevido. Reuniendo los habitantes de todos sus caseríos, consiguieron poner en campaña cuarenta mil hombres (otros, para realzar el mérito del príncipe, han dicho sesenta mil), y cayeron audazmente sobre el territorio romano.

Temiendo mucho Graciano aquella invasión, mandó retroceder a las cohortes que había hecho adelantar hasta Pannonia, llamó la reserva que prudentemente había dejado para guardar las Galias, y confió el mando de aquel ejército a Nannieno, jefe de frío valor, a quien unió con igual autoridad el valiente y belicoso Merobaudes, conde de los domésticos y rey de los francos. Nannieno, que tornaba en cuenta la inseguridad de la suerte de las armas, quería contemporizar, mientras que el ardiente valor de Merobaudes se indignaba ante cualquier precaución que le impidiese alcanzar cuanto antes al enemigo. Cerca de Argentaría, formidable ruido reveló de pronto la presencia de los bárbaros. Tocóse ataque y vinieron a las manos. Primeramente una nube de flechas y dardos derribó sin vida a muchos de uno y otro bando, y ya iban a estrecharse más de cerca, cuando viendo los romanos la multitud que tenían delante, rehusaron el combate en línea, y ganando un terreno cubierto de bosque, en el que cada cual se situó como pudo, resistieron valerosamente, hasta el momento en que llegó la guardia del Emperador a tomar parte en la pelea. La llegada de aquella gente escogida, la brillante regularidad de sus armas y traje intimidaron a los bárbaros, que comenzaron a volver la espalda, haciendo frente de tiempo en tiempo, solamente por resistir hasta el fin; pero en último extremo quedaron tan maltratados, que, según se dice, del formidable número que hemos citado solamente escaparon cinco mil, cuya fuga protegió el espesor del bosque. El rey Priario, el promotor más ardiente de aquélla mortífera expedición, pereció en ella con sus mejores guerreros.

Después de esta gloriosa hazaña, el ejército emprendió de nuevo su marcha a Oriente; pero inclinándose de pronto hacía la izquierda, atravesó ocultamente el río. Alentado Graciano por aquel triunfo, había resuelto dar el último golpe, si era posible, a aquella nación turbulenta y desleal. Casi exterminados ya por sus armas, los lencienses recibían aviso sobre aviso de su repentina llegada, quedando dominados por extraordinaria turbación. Faltábales tiempo para preparar una defensa cualquiera, para convenir algún plan; y solamente pudieron ganar apresuradamente por caminos practicables para ellos solos, alturas abruptas e inaccesibles, y desde allí pelear desesperadamente para salvar el resto de sus bienes y de sus familias. Por nuestra parte, después de examinar atentamente nuestra posición, se eligió para dar el asalto a aquella especie de fortaleza a los quinientos soldados más aguerridos de cada legión. Aquella gente escogida, orgullosa por el honor que se le concedía, y animada por la presencia de su príncipe, que se colocó valerosamente en la primera fila, hizo los mayores esfuerzos para subir a las cumbres, comprendiendo que una vez en ellas, se apoderarían sin combate de todo cuanto contenían. Pero, aunque comenzó a mediodía, la pelea continuaba en la obscuridad de la noche, con mucho derramamiento de sangre por una y otra parte. Matábase y se recibía la muerte; y la guardia del Emperador, que por el brillo de sus armas y el oro de sus armaduras, venía a ser como blanco, sufría mucho de los dardos del enemigo y de los peñascos que hacían rodar desde lo alto.

Al fin Graciano y sus capitanes comenzaron a pensar que era locura obstinarse sin esperanza contra una posición inexpugnable por su propia naturaleza. Emitiéronse las opiniones, como ocurre en tales casos, y al fin convinieron en limitarse a un bloqueo y rendir por hambre a los bárbaros, tan bien defendidos por la disposición del terreno. Éstos, cuya obstinación no era menor que la nuestra, y que conocían mejor los parajes, marcharon a ocupar picos más elevados aún. Pero el Emperador aprovechó en el acto aquel movimiento para volver a la ofensiva, desplegando la mayor energía para abrirse paso hasta ellos. Convencidos ahora los lencienses de que estaba decretada su pérdida, imploraron la gracia de que se les recibiese a capitulación; y después de entregar, como se les exigía, lo más florido de su juventud, que vino a confundirse con nuestros soldados, obtuvieron libertad para regresar a sus hogares.

Imposible es describir la decisión y energía que desplegó Graciano en estos hechos realizados como de pasada, y cuyo resultado fue mantener en respeto al Occidente. En este príncipe, apenas adolescente, se había, complacido la naturaleza en reunir los diferentes méritos de la elocuencia, moderación, valor y dulzura. Apenas cubría sus mejillas ligero vello, y ya prometía, un rival a los mejores soberanos. Pero inconsiderada afición a exhibirse, fomentada por bajas adulaciones, le llevó a imitar preferentemente las vanas proezas del emperador Cómmodo, aunque suprimiendo la sangre humana. El mayor placer de Cómmodo era atravesar con sus flechas, en presencia del pueblo, considerable número de fieras; y se creyó sobrehumano el día en que, por su mano, mató uno a uno y de un solo golpe respectivamente cien leones soltados a la vez en el anfiteatro. También gozaba Graciano en atravesar con sus flechas los animales dañinos en los recintos donde se les encerraba; haciendo estas diversiones que olvidase los asuntos más graves; y esto en una época en que el mismo Marco Antonio, si hubiese ocupado el trono, no hubiese tenido demasiado con toda su sabiduría y el apoyo de colegas semejantes a él, para remediar los males de la república.

Después de prepararlo todo, en cuanto permitían las circunstancias, para la seguridad de la Galia, y castigado al escutario cuya indiscreción había revelado su marcha hacia la Iliria, Graciano se dirigió por el fuerte llamado Árbol Feliz y por Lauriaco, para acudir en socorro de las provincias invadidas.

Entretanto Frigérido, cuya inteligente atención se dirigía constantemente al bien público, se apresuró a fortificar el paso de Succos, para impedir a las partidas ligeras que recorrían los campos extenderse como un torrente por las provincias septentrionales del Imperio. Pero de pronto le enviaron por sucesor al conde Mauro, carácter tan feroz como venal, el más voluble e indeciso de los hombres. Este es el mismo Mauro que hemos visto en los libros anteriores, no siendo todavía más que simple guarda del palacio, cortar la indecisión de Juliano para aceptar la corona, colocándole su propio collar en la cabeza. Así, pues, cuando todo estaba en peligro, se enviaba a sus hogares a un hombre de acción y de recursos, mientras que por intereses del Estado, debían haberle buscado en el fondo mismo de su retiro.

(Año 378 de J. C.)

Al fin se había decidido Valente a salir de Antioquía, y atravesaba lentamente la distancia que la separa de Constantinopla, donde no hizo más que presentarse, bastando para expulsarle una  sedición sin importancia. A ruegos suyos había llamado de Italia a Sebastián, jefe de reconocida actividad, confiándole el mando de la infantería, que anteriormente tuvo Trajano; marchando él a Melanthiada, quinta de recreo imperial, donde se dedicaba a granjearse el amor de los soldados cuidando de que se les pagase y se les alimentase bien, y aprovechando cuantas ocasiones se le presentaban para dirigirles palabras halagüeñas. Poco después dio la orden de marcha, llegando a Nicea, donde supo por sus exploradores que los bárbaros, cargados de botín, habían abandonado la región del Rhodopo y se dirigían a Andrinópolis. Enterados éstos también de que el Emperador marchaba con sus fuerzas en la misma dirección, se apresuraron a reunirse con fuerzas de sus compatriotas, que se habían fortificado en las inmediaciones de Nicópolis y Borea. El Emperador aprovechó aquella ocasión para dar a Sebastián, que se prometía emplearlos bien, trescientos hombres de cada cuerpo del ejército. Sebastián partió apresuradamente con aquellas fuerzas, y pronto llegó a vista de Andrinópolis, cuyas puertas le cerraron al pronto los habitantes, tomándole por un cautivo sobornado por los bárbaros, y temiendo que se renovase la superchería del conde Actus, que, prisionero de Magnencio y vendido a este partido, le hizo entregar los desfiladeros de los Alpes Julianos. Pero al fin reconocieron a Sebastián y le admitieron en la ciudad. Gracias a los abundantes recursos en víveres que poseía, pudo salir en silencio a la siguiente mañana con sus tropas alimentadas y descansadas, y en la tarde del mismo día vio las devastadoras bandas de los godos en las orillas del Hebrum. Adelantó entonces paso a paso, aprovechando para ocultarse los matorrales y accidentes del terreno, y cuando estuvo bastante cerrada la noche, cayó sobre los godos sin dejarles tiempo para reunirse. Tan grande fue la matanza, que solamente escaparon los pocos que pudieron correr bastante de prisa; y tan considerable el botín que les recogieron, que no bastaron para contenerle la ciudad y campos inmediatos. Este desastre consternó a Fatigerno: veía ya al general que sabía descargar tan rudos golpes atacar una a una sus dispersas bandas, ocupadas solamente en el pillaje y destruyéndolas hasta la última. Citó, pues, a todos los suyos en las inmediaciones de Cibala, y se alejó apresuradamente en busca de campos descubiertos, donde no tuviese que temer escasez ni sorpresas.

Mientras ocurrían estas cosas en Tracia, Graciano, que acababa de informar a su tío, por medio de una carta, de su victoria sobre los lencienses, hacía caminar a sus bagajes por la vía de tierra; y él mismo, bajando el Danubio con sus tropas más ligeras, desembarcaba en Bononia y desde allí llegaba a Sirmium, donde solamente permaneció cuatro días, a pesar de estar padeciendo una fiebre intermitente, marchando en seguida, por la misma vía, al sitio llamado Campo de Marte, sufriendo en este camino repentino ataque de los alanos, que mataron algunos hombres de su comitiva.

La doble noticia de la derrota de los alemanes y de la victoria conseguida por Sebastián, que éste exageró mucho en su comunicación, puso en extraordinaria agitación a Valente. Levantóse el campamento de Melanthiada, porque ansiaba poder oponer algún hermoso triunfo a la fama del hijo de su hermano, cuyo mérito mortificaba su envidia. Disponía de un ejército numeroso, cuya composición nada tenía de despreciable, porque se encontraban en bastante número los veteranos que había llamado a las armas; encontrándose además no pocos varones notables, entre ellos el ex general Trajano. Muy pronto fueron informados por los exploradores, que ahora desempeñaron diligentemente su oficio, de que los bárbaros trataban de interceptar por medio de destacamentos las comunicaciones con los puntos de donde se obtenían víveres. Inmediatamente marchó a ocupar los desfiladeros una partida de arqueros a pie sostenida por una turma de caballería, bastando esto para hacer fracasar los proyectos de los bárbaros.

Al tercer día se avisó la proximidad del enemigo, que avanzaba como desconfiando de alguna sorpresa, en dirección a Nicen, encontrándose a quince millas de Andrinópolis. Su número no pasaba de diez mil, según el relato de los exploradores, aunque se ignora si esto fue resultado de una equivocación. Arrastrado el Emperador por temerario ardimiento, se apresuró a salir a su encuentro, marchando con las tropas formadas en cuadros. Cuando llegó a los arrabales de Andrinópolis acampó allí, fortificándose con una empalizada y un foso; y mientras esperaba impacientemente a  Graciano, llegó Ricomeres, que se había adelantado, y le entregó una carta de aquél anunciando su próxima llegada y rogándole le esperase para compartir los peligros y exhortándole para que no se expusiese solo. Valente presentó la carta a su consejo, que deliberó acerca de lo que debía hacerse, opinando algunos miembros, entre los que se encontraba Sebastián, por que se librase batalla en el acto. Por otra parte, Víctor, jefe de la caballería, prudente y contemporizador, aunque sármata de nacimiento, opinaba, con el mayor número porque se esperase al otro Emperador, pues sería más fácil concluir con los bárbaros contando con el refuerzo del ejército de las Galias. Sin embargo, triunfó la fatal obstinación de Valente, porque los aduladores que le rodeaban y que creían infalible la victoria, le Habían persuadido de que era necesario precipitar el desenlace para no compartir la gloria.

Preparábanse, pues, al combate, cuando un presbítero del rito cristiano (así les llamaban ellos) llegó al campamento de parte de Fritigerno, con otros legados de inferior rango. Recibido bondadosamente, presentó una carta de aquel personaje en la que pedía para los suyos, arrojados, como él, de sus hogares por la irrupción de los pueblos salvajes, la concesión del suelo de la Tracia y lo que contenía en ganados y granos, prometiendo perpetua paz si se accedía a su demanda. Además de la carta oficial que presentó aquel cristiano, adicto servidor de Fritigerno, traía otra confidencial, escrita con la astucia y especial habilidad para el engaño que poseía el jefe bárbaro, en la que insinuaba con el tono de futuro aliado y amigo, que para dulcificar la ferocidad de sus compatriotas y llevarles a condiciones ventajosas para el Imperio, no había otro medio que mostrarles de tiempo en tiempo las armas romanas. La presencia solamente del Emperador les asustaría, quitándoles el deseo de combatir. La legación no obtuvo resultado, porque se sospechó la intención.

Al amanecer el día cinco de los idus de Agosto, se puso en movimiento el ejército, dejando los bagajes bajo las murallas de Andrinópolis con suficiente guardia. En el interior de la ciudad quedaron el prefecto y los miembros civiles del consejo con el tesoro y los ornamentos imperiales. A medio día no habían adelantado más que ocho millas por caminos detestables y bajo un cielo abrasador, cuando anunciaron los exploradores que habían visto el círculo formado por los carros del enemigo. En el acto tomaron sus disposiciones los generales romanos, mientras los bárbaros, según su costumbre, lanzaban al viento sus feroces y lúgubres alaridos. El ala derecha de la caballería estaba al frente, sostenida por numerosa infantería. El ala izquierda, que por la dificultad del camino se encontraba todavía a la espalda, conservando con mucha dificultad el orden de marcha, apresuró el paso para colocarse en línea; y, mientras se desplegaba sin obstáculos, el ruido terrible de las armaduras y de los escudos que resonaban bajo las picas de nuestros soldados, quebrantó el valor de los godos, con tanto más motivo, cuanto que no habían llegado todavía Alatheo y Safrax, que operaban más lejos con los suyos. Presentóse, pues, una legación de los bárbaros para proponer la paz; pero como no la formaban varones importantes, el Emperador se negó a oírles y pidió, para tratar, negociadores cuyo rango ofreciese garantía. Siguió a esto un intervalo: los godos no buscaban más que subterfugios para ganar tiempo, a fin de dejar a la caballería que esperaban el necesario para llegar, mientras que nuestros soldados estaban devorados por la sed bajo un clima abrasador, más y más caldeado por las hogueras que el enemigo alimentaba de intento por todas partes. Añádase a esto que hombres y bestias sufrían ya los horrores de la escasez.

Entretanto, el juicioso y previsor Fritigerno, que hubiese preferido no correr los riesgos de una batalla, nos envió uno de los suyos como portador del caduceo. Si nosotros le enviábamos inmediatamente varones notables como rehenes, se ofrecía a tomar partido por nosotros y a suministrarnos todo lo que faltaba. Una proposición de tal naturaleza de jefe tan temible, se recibió con apresuramiento y gratitud, designándose por unanimidad como fiador de nuestra palabra al tribuno Equicio, pariente del Emperador e investido entonces con el cargo de guarda de palacio. Pero se resistió a ello, fundando su negativa en que, habiendo sido prisionero de los godos, y habiéndose escapado de sus manos en Dibalto, podía temerlo todo de su salvaje indignación.

Entonces se ofreció espontáneamente Ricomeres a ocupar su puesto, con la fundada esperanza de honrarse con este acto .de valor, partiendo en seguida dispuesto a justificar su dignidad y nacimiento. Pero antes que llegase al campamento enemigo, nuestros arqueros, mandados por Iberiano y Bacurio, peleaban ya con los bárbaros, y su retirada, tan precipitada como inoportuno había sido el ataque, señalaba desfavorablemente el principio de la campaña. Esta escaramuza anuló el efecto de la abnegación de Ricomeres, que no pudo avanzar más; y en el mismo momento la caballería de los godos, con Alatheo y Safrax a, la cabeza y reforzada por un cuerpo de alanos, llegó como el rayo que estalla en la cumbre de los montes, destruyéndolo todo a su paso.

A los pocos momentos no se oía por ambas partes más que el ruido de las armas que chocaban y el silbido de las saetas. La misma Belona aumentaba el lúgubre sonido de las bocinas, encarnizada más que nunca en la destrucción del nombre romano. Ya comenzaban a ceder los nuestros; pero a los gritos para contenerlos, detiénese aquel movimiento y redobla el furor del combate como vasto incendio; pero ante los espantosos huecos que hacen en las filas los dardos y flechas del enemigo, el miedo paraliza otra vez a los nuestros, viéndose a las dos filas chocar como las proas de las naves y pareciendo su movimiento el de las olas del mar.

Entretanto nuestra ala izquierda había penetrado hasta los carros, y sin duda habría llegado más lejos de estar sostenida; pero abandonada por el resto de la caballería, quedó abrumada como bajo enorme derrumbamiento de tierra, por la masa de bárbaros que cayó sobre ella. Sin apoyo la infantería, de tal manera se vieron estrechados los manípulos unos contra otros, que no había espacio para manejar la espada. En este momento resonaron horribles gritos y enormes torbellinos de polvo, obscureciendo el cielo, impedían lanzar los dardos, que sembraban la muerte. Imposible era ensanchar las filas para retirarse ordenadamente, siendo demasiado grande la compresión para poder huir individualmente. Entonces los legionarios, apretando el puño de sus espadas, hirieron como desesperados sobre todo lo que encontraron a su alcance. Los cascos y las corazas de ambas partes caían en pedazos bajo el filo de las hachas. Aquí y allá algún bárbaro de gigantesca estatura, derribado por el hierro que le había desjarretado o cortado un brazo o traspasado por una flecha, contraídas las facciones para lanzar el último grito de furor, y presa ya de la muerte, amenazaba todavía con la mirada. El suelo desaparecía bajo los combatientes que caían por ambos lados, y no se podían oír sin estremecerse los dolorosos gritos de los moribundos, ni resistir la vista de sus atroces heridas. En medio de esta horrible confusión, nuestros soldados, extenuados de fatiga y careciendo ya de serenidad y fuerza, para obrar, desarmados de la mayor parte de sus lanzas, que se les habían roto entre las manos, como último recurso se lanzaban empuñada la espada, despreciando todo peligro, en medio de los grupos más apretados de los bárbaros, y, en el último esfuerzo para vender cara su vida, se deslizaban en el suelo empapado de sangre, pereciendo algunas veces por sus propias armas. Por todas partes corría la sangre, presentándose la muerte bajo todas las formas; no se pisaba más que sobre cadáveres. Añádase que el sol, que había dejado el signo de Leo para entrar en el de Virgo, lanzaba sus rayos a plomo, perjudicando especialmente a los romanos, agobiados ya por el hambre y la sed y rendidos bajo el peso de la armadura. Rechazados al fin por la masa enemiga, se vieron obligados al recurso extremo de huir en desorden y cada uno por su lado.

En medio de la dispersión de una parte del ejército, el Emperador, profundamente turbado y saltando por encima de montones de cadáveres, consiguió refugiarse entre los lancearios y maciarios, que habían resistido hasta entonces sin moverse el furioso choque de los bárbaros. Al verle, exclamó Trajano que todo estaba perdido si el príncipe, abandonado por las tropas romanas, no encontraba protección entre los auxiliares. El conde Víctor, que lo oyó, corrió en seguida a reunir a los batavos, que Valente había dejado de reserva detrás de su guardia; pero no encontrando ni uno solo, no pensó más que en salvarse él mismo, haciendo otro tanto Ricomeres y Saturnino.

Entretanto los bárbaros, con encendidos ojos, acudieron a atacar el resto de nuestro ejército. Debilitados por la sangre que habían perdido, unos caían sin saber de dónde había partido el golpe; otros, derribados solamente por el choque del enemigo, no faltando quienes sucumbían atravesados  por su propios compañeros. No había descanso para el que resistía, ni perdón para el que quería rendirse. Los caminos estaban llenos de moribundos, que perecían bajo el dolor de sus heridas, aumentando los obstáculos los cadáveres de los caballos. La obscuridad de una noche sin luna puso término a aquel desastre irreparable, cuyas consecuencias pesarán por mucho tiempo sobre los romanos.

El Emperador, a lo que se dice (porque nadie asegura haberlo visto, ni estado junto a él en tal momento), cayó al obscurecer, mortalmente herido por una flecha, y pereció sin que pudiese encontrarse su cuerpo. Un grupo de enemigos, que se detuvo largo tiempo en aquel punto para despojar a los muertos, no permitió que se acercase ningún fugitivo ni campesino. Su muerte se parece a la del Emperador Decio, que, en una sangrienta batalla que libró a los bárbaros, arrebatado por un caballo fogoso, fue arrojado en un pantano del que no pudo salir y donde hasta su cadáver desapareció. Otros dicen que Valente no murió en el acto, sino que se retiró con algunos candidatos y eunucos, a la casa de un campesino, mejor construida que de ordinario, y provista de segundo piso. Allí, mientras manos sin experiencia cuidaban de vendarle, llegó de pronto el enemigo, y sin conocerle, le libró de la deshonra del cautiverio; porque, recibido a flechazos por la comitiva del príncipe, mientras se esforzaban los bárbaros en derribar las puertas que habían atrancado por no detenerse ante aquel obstáculo, perdiendo tiempo que podían emplear en el saqueo, reunieron en derredor de la casa montones de leña y paja, prendieron fuego y la redujeron a ceniza con todo lo que contenía. Un candidato que cogieron al tratar de huir por una ventana, les dijo, con mucho sentimiento por parte de los bárbaros, la gloriosa ocasión que habían perdido de coger vivo al Emperador. Estos detalles los dio aquel joven, que, más adelante, consiguió escaparse. El segundo Escipión, después de reconquistar la España, pereció también por el fuego que prendieron los enemigos a una torre donde se había refugiado. Pero lo único cierto es que, lo mismo que Escipión, Valente no pudo recibir sepultura.

Cuéntanse entre las víctimas más ilustres de aquella catástrofe a Trajano y Sebastián, Valeriano y Equicio, uno gobernador de las caballerizas y el otro del palacio, y treinta y cinco tribunos con mando o sin él. También pereció Potencio, tribuno de los promus, muerto en la flor de la edad. Este joven, que se había granjeado la estimación de todos los hombres honrados, tenía en su favor, además de su mérito personal, la gloriosa memoria de su padre Ursicino. Cosa averiguada es que apenas sobrevivió de aquella matanza la tercera parte del ejército; y, si se exceptúa la batalla de Cannas, los anales no mencionan tamaño desastre, bien se examinen los reveses experimentados por los romanos en los combates en que la fortuna se mostró adversa a sus armas, bien nos remontemos a las fabulosas declamaciones con que los griegos han descrito sus catástrofes.

Tal fue el fin de Valente, que frisaba entonces en los cincuenta años, y después de un reinado de poco menos de catorce. Examinemos ahora sus virtudes y vicios puesto que no carecemos de testimonios contemporáneos. Fue amigo fiel y seguro, dispuesto a reprimir la intriga y guardador severo de la disciplina y las leyes. Atendió cuidadosamente a impedir la ambición de sus parientes, que querían aprovechar sin moderación este título, y mostró circunspección no desmentida jamás al conferir cargos y retirar la investidura. Administrador equitativo de las provincias, velaba por sus intereses como por los suyos propios, no permitiendo aumento alguno de los impuestos existentes, cuyos atrasos no se cobraban sino con mucha parsimonia. No podían encontrar en él indulgencia alguna la malversación ni la corrupción de los jueces, y nunca estuvo mejor gobernado el Oriente bajo este aspecto. Era generoso, pero en justa medida, demostrándolo un ejemplo entre otros muchos. Conocida es la proverbial avidez de los cortesanos: cuando alguno de ellos solicitaba que le pusiese en posesión de algunos bienes vacantes u otra gracia de igual naturaleza, el Emperador comenzaba por dejar, con la mayor imparcialidad, amplia latitud a las observaciones y reservas de los interesados. Si otorgaba al fin la concesión era bajo la condición de que el pretendiente había de repartir los beneficios con otros tres o cuatro individuos igualmente favorecidos, sin haber mostrado previamente ninguna pretensión. Esta perspectiva de segura concurrencia enfriaba mucho los impulsos de la codicia. En gracia de la brevedad, omitiré el número de edificios que construyó o  restauró Valente en nuestras grandes ciudades y en otras inferiores, porque a la vista de todos están los monumentos. En todo esto creo que puede presentársele como modelo. Veamos ahora sus defectos.

Su avidez no tenía límites, ni tampoco su desaplicación para los negocios; ostentaba aparatosamente los rigores oficiales del poder, pero era cruel por instinto. Carecía de educación, no teniendo noción alguna de literatura ni de arte militar. Su mayor satisfacción, al ver aumentar su tesoro particular, era que costase gemidos a otro; y mostraba especialmente atroz alegría cuando una acusación ordinaria tomaba entre sus manos las proporciones de crimen de lesa majestad, porque entonces podía disponer de la vida y fortuna de un rico. Menos perdonable aún es su fingido respeto a las leyes y decisiones judiciales, cuando, formados por él, los tribunales eran notoriamente los instrumentos de sus caprichos. Violento y poco asequible para todo, siempre recibía las acusaciones, fuesen verdaderas o falsas; peligrosa tendencia hasta para los que no ocupan el poder.

Era pesado y perezoso de cuerpo; tenía el color moreno y una mancha en un ojo, pero este defecto no se veía a distancia. Su estatura era mediana, proporcionado en sus miembros; aunque tenía las piernas arqueadas y algo abultado el vientre.

Nada puedo añadir a este retrato, de cuyo parecido puede dar testimonio toda la generación actual; pero no debo omitir una particularidad de este príncipe. Recordaráse el oráculo de la trípode interrogado por Patricio e Hilario, como los tres versos proféticos pronunciados en esta ocasión. Valente, espíritu tosco, despreció al principio esta predicción; pero su recuerdo le persiguió más adelante, cuando la desgracia comenzaba a pesar sobre él. De indiferente pasó a pusilánime, temblando al solo nombre del Asia, porque recordó, de otros más ilustrados que él, que Homero y Cicerón han hablado de un monte Mimas, que domina la ciudad de Eritea en aquella provincia. Después de su muerte y de la retirada de los godos, dícese que se encontró cerca del punto mismo donde se supone que cayó, un monumento en piedra en el que aparecían grabados caracteres griegos indicando que aquel era el sepulcro de un personaje de noble alcurnia, llamado Mimas.

Cuando la noche extendió su manto sobre el campo de batalla, todos cuantos habían escapado del hierro huyeron a tientas por uno y otro lado, según les empujaba el miedo, creyendo sentir a cada momento el brazo del enemigo levantado sobre su cabeza. Los gritos, los gemidos de los heridos, los sollozos de los moribundos, formaban a lo lejos horrible concierto.

En cuanto amaneció, los vencedores, como fieras irritadas a la vista de la sangre, se lanzaron en masa contra la ciudad de Andrinópolis, decididos a destruirla a toda costa. Por los desertores y tránsfugas sabían que allí se encontraban reunidos los principales jefes del Estado y que tenían con ellos los ornamentos imperiales y el tesoro de Valente. Para no dejar a su ardor tiempo de enfriarse, desde la cuarta hora del día acometieron a la plaza y empeñóse el combate, por parte de los sitiadores con el furor que desprecia la muerte; por los nuestros, con el valor tranquilo que se indigna de ceder. Considerable número de soldados y de criados del ejército, llevando consigo caballos, no habían podido entrar en la plaza; y estas fuerzas, apoyándose en las fortificaciones y casas contiguas, se defendieron enérgicamente, no obstante la desventaja de la posición, sosteniendo hasta la hora novena todo el furor de los bárbaros. Trescientos peones que quisieron rendirse en cuerpo al enemigo fueron rodeados y muertos, ignórase por qué; pero se observó que desde aquel momento no hubo ninguna tentativa de deserción, por grave que fuese la situación en que se encontrasen. Al fin, después de tantas desgracias, el cielo nos envió una lluvia que, cayendo a torrentes, acompañada de relámpagos y truenos, dispersó aquella multitud que se agitaba en torno de las murallas, obligándola a buscar el abrigo circular de sus carros. Pero no había disminuido su presunción, porque desde allí nos enviaron un mensajero con una carta amenazadora. Este, aunque provisto de un salvoconducto, no se atrevió a penetrar en la ciudad sitiada y encargó su mensaje a un cristiano. Tratóse la carta con el desprecio que merecía, y los sitiados dedicaron el resto del día y toda la noche a trabajos de defensa. Tapiáronse interiormente las puertas con grandes piedras y se  reforzaron los puntos débiles. En todas partes donde podían producir efecto, colocaron máquinas para lanzar dardos y piedras y se establecieron a mano depósitos de agua; porque el día anterior muchos soldados habían padecido sed casi hasta morir.

Pero los godos, disgustados por las dificultades de la empresa, viendo que mataban o herían a los más esforzados de los suyos y que los destruían en detalle, recurrieron a una estratagema que solamente fracasó por manifiesta intervención de la justicia del cielo. Candidatos desertores, sobornados por ellos, se comprometieron a entrar en la ciudad fingiendo escaparse del campamento enemigo, e incendiar uno de sus barrios. Las llamas serían la señal del asalto, mientras que ocupados todos los sitiados en extinguirlas, dejarían las fortificaciones sin defensores. En cumplimiento del convenio, los candidatos se presentaron en la orilla del foso, tendiéndonos manos suplicantes y pidiendo a título de compatriotas. No había razón alguna para desconfiar de ellos, y se les recibió sin dificultad. Pero se entró en sospechas cuando, interrogados acerca de las intenciones de los godos, no estuvieron conformes en sus contestaciones; y cuando el tormento les arrancó el secreto de su traición, a todos les cortaron la cabeza.

Entretanto, repuestos los bárbaros de su primer temor, reuniendo sus medios de ataque, cayeron de nuevo sobre las inexpugnables puertas de la ciudad. Los jefes eran los más encarnizados; pero los habitantes y hasta los criados del palacio se unieron a los soldados para aplastarles. En medio de aquella multitud no se perdía ningún golpe. Observóse que los bárbaros nos devolvían los dardos que les arrojábamos; y en seguida se mandó que, antes de usar las flechas, las cortasen la cuerda que sujeta el hierro a la madera; lo que hacía que, sin perder fuerza ni efecto cuando herían, se desmontasen cuando se perdía el golpe. Inesperada circunstancia estuvo a punto de terminar el combate. Una piedra enorme, lanzada por un escorpión (máquina de las vulgarmente llamadas onagros), colocado en frente de numeroso grupo de enemigos, se rompió al caer al suelo, y, aunque no hirió a nadie, produjo tanto estupor a los bárbaros, que no hubo ninguno de los presentes que no se aprestase a huir; pero los jefes mandaron atacar y continuó el asalto. Sin embargo, los romanos conservaron la ventaja: casi ninguna flecha o piedra de honda quedaba perdida; porque si, ardiendo en deseos de apoderarse de los tesoros mal adquiridos de Valente, los jefes godos daban ejemplo exponiéndose en primera fila, la emulación llevaba a los soldados a compartir los peligros. Unos caían traspasados por los dardos o aplastados por los terribles efectos de las máquinas; otros, que llevaban escalas y se empeñaban en apoyarlas en las murallas y subir a ellas caían bajo pedazos de roca, fragmentos, troncos enteros de columnas, que lanzaban desde arriba. Pero en vano se presentaba la muerte bajo todas formas a los sitiadores; necesario fue que desapareciese el día para poner término a su furiosa exaltación, sostenida por la vista del considerable daño que causaban a los sitiados. Fuera y dentro de las murallas se luchaba con encarnizamiento y energía; pero los godos, que solamente atacaban en grupos desordenados, sin dirección ni conjunto y como a la desesperada, cuando cerró la noche, volvieron tristemente a sus tiendas, tachándose recíprocamente de demencia y ceguedad, por no haber aprovechado el consejo de Fritigerno, de no exponerse a los peligros de los asedios.

Durante toda la noche (que fue corta, como de estío) los bárbaros pusieron por obra lo poco que sabían del arte de vendar las heridas. Al amanecer celebraron consejo acerca del camino que debían seguir; y, después de largo debate, decidieron apoderarse de Perintho, y sucesivamente de todas las ciudades donde se habían guardado riquezas. No carecían de noticias en cuanto a este punto, porque tenían con ellos tránsfugas muy enterados de lo que existía en las localidades y hasta en el interior de las casas. Habiendo adoptado el plan que les parecía más provechoso, avanzaron lentamente, quemando y talando todo a su paso, sin encontrar resistencia en ninguna parte.

En cuanto la gente refugiada en Andrinópolis se enteró, por medio de reconocimientos, de la evacuación de las inmediaciones, salió toda de la ciudad a media noche, con las riquezas que había podido conservar. Unos se dirigieron por Filipópolis a Sárdica, otros a Macedonia, caminando todos por los bosques, siguiendo senderos extraviados y evitando cuidadosamente los caminos públicos. Su esperanza estribaba en encontrar a Valente por un lado de aquéllos, porque se ignoraba que hubiese perecido en la batalla, o muerto en el incendio de la casa en que se refugió.

Entretanto, reforzados los godos con las belicosas bandas de los hunos y alanos, los soldados más duros de la tierra, y que el hábil Fritigerno había sabido atraerse con maravillosas proezas, acamparon en las inmediaciones de Perintho. Pero como permanecían bajo la impresión de sus recientes descalabros, no se atrevieron a intentar nada contra sus murallas, ni siquiera a acercarse a la plaza, contentándose con devastar las fértiles inmediaciones, degollando o haciendo prisioneros a los cultivadores. Los tesoros de Constantinopla era lo que más inflamaba su avidez, y reservaban todos sus esfuerzos para la destrucción de esta magnífica ciudad. Marcharon, pues, apresuradamente, pero formando apiñados grupos por temor de sorpresa. Ya desplegaban su furia contra las fortificaciones de la ciudad, cuando, por favor del cielo, sobrevino un accidente que les decidió a retirarse. Acababa de reclutarse la guarnición de la ciudad de un cuerpo de sarracenos (de cuyo origen y costumbres hemos hablado ya), gente muy a propósito para la guerra de partidas, pero incapaz de operaciones estratégicas regulares. Éstos, al acercarse la fuerza enemiga, corrieron decididamente a su encuentro, trabándose empeñada escaramuza que por mucho tiempo estuvo indecisa. Inaudito rasgo de ferocidad dio ventaja a los bárbaros de Oriente. Uno de ellos, salvaje de crespo cabello, desnudo, exceptuando la cintura, se lanzó con un puñal en la mano, con gritos de fiera, en medio de las filas opuestas, y, aplicando los labios al enemigo que había derribado, chupó ávidamente la sangre de sus heridas. Los bárbaros del Norte se estremecieron ante aquel atroz espectáculo; quebrantóse su esperanza, y desde aquel momento no mostraron tanta energía en el ataque. Al fin perdieron por completo el valor, viendo desde lejos el inmenso circuito de las murallas de la ciudad, el prodigioso desarrollo de los barrios, sus inaccesibles magnificencias y aquella innumerable población cubriendo el terreno hasta el estrecho que separa los dos mares. Después de haber perdido más gente que mataron, destruyeron sus máquinas de sitio y retrocedieron en dispersión hacia las provincias septentrionales, que cruzaron sin que nadie les detuviese, hasta el pie de los Alpes Julianos, llamados en otro tiempo Vénetos.

Al tener noticia de los desastrosos acontecimientos de la Tracia, Julio, jefe de las tropas al otro lado del Tauro, dio un golpe tan enérgico como saludable. Considerable número de godos, trasladados anteriormente a estas provincias, habían sido distribuidos en las ciudades y por cantones. Con secreto muy difícil de conservar hoy, consiguió Julio ponerse de acuerdo por medio de cartas con sus jefes inferiores, para realizar, en un día dado, la matanza general de aquellos bárbaros, reuniéndolos con promesa de pago de estipendio. Esta útil medida, llevada a cabo con discreción y rapidez, preservó de los mayores males a nuestras provincias orientales.

Esta narración, comenzada en el reinado de Nerva, concluye en la catástrofe de Valente. Viejo soldado y griego de nación, he hecho cuanto he podido por desempeñar bien mi cometido; presentando mi trabajo al menos como obra sincera, y en el que la verdad, que profeso, en ninguna parte, que yo sepa, se encuentra alterada o incompleta. Que consignen lo demás otros más jóvenes y doctos, a los que aconsejo que escriban mejor que yo y eleven el estilo.

 

FIN DE LA HISTORIA DEL IMPERIO ROMANO DEL 350 AL 378

 

 

LIBRO 30

LIBRO 31

AMIANO MARCELINO