De 1486 a 1487
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SALA DE LECTURA

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA
 

LOS REYES CATÓLICOS

CAPÍTULO L (50)

GUERRAS DE ITALIA

GONZALO DE CÓRDOBA EN NAPOLES. 1502 - 1503

 

 

Menester era no conocer absolutamente el corazón humano para esperar que el famoso tratado de partición del reino de Nápoles entre Francia y España fuese una prenda de paz y amistad entre los dos monarcas y las dos naciones, y no un germen funesto y un manantial fecundo de envidias y rivalidades, de tentaciones y abusos, de quejas y reclamaciones, de rompimientos, en fin, y de guerras entre los dos pueblos, de que habían de participar los Estados de la desdichada Italia, centro y teatro en que habían de debatirse las discordias.

Faltábanle al famoso convenio todos los elementos que pudieran darle prendas de seguridad. Los principios de justicia no habían sido ni el móvil ni la base de la distribución, y el derecho entre tres contendientes le fallaron dos de las partes interesadas, sacrificando a la tercera sin oírla. La buena fe que presidiera a la repartición por parte de ambos monarcas podía suponerse, dado que los sucesos no la hubieran puesto en evidencia tan pronto. Provincias hermanas eran separadas violentamente y agregadas a pueblos que se regían por distintas leyes y tenían diferentes costumbres. Tropas hasta entonces enemigas se veían en contacto y a la presencia de los tentadores despojos que sus soberanos se habían repartido, y cuyos límites no se cuidaban ellas de deslindar. Y como si no bastasen estos elementos de discordias, habían quedado, o por descuido o de propósito, vaga y confusamente designadas, en el tratado nada menos que tres provincias, el Principado, la Capitanata y la Basilicata, que era natural intentase cada cual aplicar después a su dominio, como así aconteció.

Desde luego comenzaron las pretensiones de Luis XII a la Capitanata, que de cierto no estaba comprendida en su partida, so pretexto de que sus provincias valían menos que las del Rey Católico; los soldados franceses por su parte se intrusaban en las plazas de la Pulla, y las ocupaban como si perteneciesen a su soberano. A reprimir estas invasiones volvió Gonzalo de Córdoba su atención tan pronto como sometió a Tarento y a Manfredonia, que se rindió en seguida a sus oficiales. No conviniendo a Gonzalo romper inmediatamente la guerra con los franceses, por el número mucho mayor de fuerzas con que éstos contaban en Italia, acordó verse y conferenciar con el duque de Nemours su general en jefe: mas de las pláticas que los dos caudillos celebraron en la ermita de San Antonio entre Atella y Molfi, lejos de resultar avenencia, no se obtuvo otra solución que la de remitir a la fuerza o a, la fortuna de las armas la parte que cada uno pudiera ocupar del territorio disputado, con lo cual la desgraciada Italia se vio condenada a ver reproducidas en su suelo las antiguas guerras de las casas de Aragón y de Anjou.

Franceses y españoles se culpaban mutuamente de haber llevado las cosas a aquel término. Pero evidentemente habían sido aquéllos los primeros a invadir y a apoderarse de las posesiones adjudicadas a España por el tratado. Por otra parte, sin negar nosotros las miras ulteriores que don Fernando el Católico abrigara respecto a la dominación de Nápoles, en esta ocasión fue el monarca francés quien se mostró más codicioso, más descontentadizo y más agresor. En sus quejas de desigualdad, y en sus pretensiones de indemnización, harto hacía el Rey Católico en darle a elegir dos medios: o remitir la disputa al fallo arbitral del papa y del colegio de cardenales, o trocar entre sí la partición que tenían hecha. Ni a lo uno ni a lo otro se avino Luis XII, y no podía exigirse más de Fernando. Pero lo que prueba más que todo de parte de quién podía estar la culpabilidad del rompimiento, es la poca fuerza que el monarca español tenía a la sazón en Italia, comparada con la del francés, lo desprevenido que aquél se hallaba para la guerra, y los medios amistosos y pacíficos que intentó Gonzalo para evitarla.

Por estas mismas razones, y por encontrarse además las tropas españolas no bien pagadas ni vestidas, el Gran Capitán se limitó, mientras daba lugar a recibir refuerzos y recursos, a concentrar los pequeños destacamentos que tenía diseminados por la Calabria, y habiéndolos reunido primeramente en Atella, allí donde antes había sido aclamado con el título de Gran Capitán, tuvo por prudente retirarse con la mayor parte de sus fuerzas a Barletta, plaza fuerte en los confines de la Pulla a orillas del Adriático, distribuyendo el resto de su gente en los inmediatos puntos de Bari, Andria, Canosa y otros lugares. Era virrey de Nápoles y general en jefe del ejército francés el duque de Nemours, de la antigua casa de Armagnac: el segundo en el mando, aunque el primero en inteligencia, en mérito y en reputación, era el veterano Aubigny: contábanse además otros ilustres y esforzados caballeros franceses, entre ellos Luis de Ars; Ivo de Alegre, hermano del famoso Precy; Jacobo de Chavannes, señor de la Paliza, favorito de Luis XII; y el terrible Bayard, «el caballero sin miedo y sin tacha»

Después de algunas vacilaciones entre los malavenidos caudillos franceses sobre la dirección que se había de dar a la guerra, determinó el duque de Nemours bloquear á Barletta, tomando antes a Canosa, plaza que defendía con seiscientos hombres escogidos el esforzado Pedro Navarro. Este bizarro español, después de haber rechazado dos asaltos dirigidos por Bayard y los principales caballeros franceses, capituló por mandato del Gran Capitán, obteniendo tan ventajosas condiciones, que con un puñado de la gente que le había quedado, salió con banderas desplegadas y tambor batiente por en medio del campo enemigo gritando sus soldados: ¡Viva España! Aubigny fué destinado a ocupar las Calabrias, donde en otro tiempo había hecho la guerra, y Nemours se propuso estrecharla guarnición de Barletta y privarla de recursos devastando los campos vecinos. Para inquietar a los franceses en tanto que le llegaban refuerzos, apeló Gonzalo de Córdoba al sistema que con tan buen éxito había ensayado en Granada, de las salidas y ataques repentinos, de las emboscadas, de las escaramuzas en guerrilla y otras operaciones irregulares, con que mortificaba a los franceses, no acostumbrados a esta táctica singular, les arrancaba el botín y les diezmaba sus destacamentos. Daba esto ocasión a diarios combates parciales, los cuales fueron convirtiéndose en célebres desafíos que dieron una fisonomía enteramente caballeresca a esta campaña.

Confesaban los franceses que los españoles eran tan buenos como ellos peleando a pie; pero añadían que sus jinetes llevaban mucha ventaja a los nuestros. Negaban esto último los españoles, y el altercado vino a parar en un mensaje que aquéllos enviaron a Barletta diciendo, que pues ellos querían mostrar al mundo quiénes eran, proponían un combate de once caballeros franceses con otros tantos españoles. Aceptaron los nuestros el reto: señalóse día y lugar para el combate, que fue el 20 de setiembre (1502) bajo los muros de Trani, campo neutral que cedieron los venecianos. Escogiéronse los campeones españoles, entre los cuales se contaban el valeroso Diego de Vera y el forzudo Diego García de Paredes, que hallándose con tres heridas en la cabeza no quiso faltar a aquel lance de honor. Dióseles por padrino á Próspero Colona, el segundo del ejército español, y el Gran Capitán los llamó a todos a su presencia, y los arengó exhortándolos a pelear como buenos y a ayudarse lealmente unos a otros. Entre los paladines franceses se señalaba el caballero Bayard. El día designado se presentaron en la liza unos y otros armados de punta en blanco y en caballos cubiertos con primorosos jaeces. Los padrinos les dividieron el sol, y dada por las trompetas la señal del combate, arremetieron con igual furia los combatientes. En el primer encuentro derribaron los españoles cuatro franceses, matándoles los caballos. En el segundo cayó un español, y asaltado por los cuatro franceses de a pie, le fue forzoso rendirse. Otro francés cayó del caballo sin vida, y otro se rindió también a su contrario. Mezcláronse todos los combatientes, y estremeciéronse los espectadores al ver correr la sangre de unos y otros por entre las armas. En esta confusa refriega sólo dos franceses quedaron montados; uno de ellos era el caballero Bayard. Pero éstos, atrincherándose detrás de los caballos muertos esperaron a sus contrarios, cuyos corceles espantados a la vista de los cadáveres se resistían a entrar. «Apeaos, les gritaba García de Paredes, y pelead a pie, ya que a mí no me dejan las heridas que en la cabeza tengo.» Y quiso arremeter él solo, pero herido su caballo, tuvo que retirarse para no caer entre ellos.

Se había puesto ya el sol, y los franceses movían partido diciendo que todos podían salir como buenos del campo, puesto que confesaban haberse equivocado en no tener a los españoles por tan diestros caballeros como ellos. Inclinábanse todos a aceptar el partido, menos García de Paredes que opinaba ser mengua no acabar de vencer a aquellos hombres ya medio rendidos. Y enojado de que no se siguiera su dictamen, habiendo perdido ya las armas, echó mano a las piedras que servían para señalar el término del palenque y comenzó a lanzarlas sobre los franceses. «Parece al leer esto, dice el biógrafo del Gran Capitán, que se ven las luchas de los héroes en Homero y Virgilio, cuando rotas las lanzas y las espadas, acuden a herirse con aquellas enormes piedras, que el esfuerzo de muchos no podía mover de su sitio.» Admitióse, por fin, después de cinco horas de combate el partido que los franceses volvieron a ofrecer. Así lo aconsejó Próspero Colona, diciendo que el honor español quedaba satisfecho. Apeáronse todos, se canjearon los rendidos, los jueces declararon que todos eran buenos caballeros, habiendo mostrado los españoles más esfuerzo y los franceses más constancia, y cada cual se volvió a su campo. No satisfizo, sin embargo, al Gran Capitán el éxito del combate, pues hubiera querido que los suyos hubieran acabado de vencer a los contrarios. El honrado Diego de Paredes, a pesar de haber sido el que en la lid se opuso tan tenazmente a transigir con los enemigos, tomó entonces con loable generosidad la defensa de sus compañeros, y expuso a Gonzalo que harto habían hecho en hacer confesar a los franceses públicamente que los españoles eran tan buenos caballeros como ellos. Por mejores os envié yo, replicó fríamente el Gran Capitán, y puso término a las contestaciones.

Repetíanse frecuentemente estos retos y estas luchas particulares, ya de uno a uno, ya de tantos a tantos, hasta que cansados los franceses llegaron a esquivar las contiendas y a faltar a ellas, o a responder que de ejército a ejército se verían. Pero hubo un desafío, notable por sus circunstancias, y en que la víctima merecida fue un español. Un oficial llamado Alonso de Sotomayor había sido hecho prisionero en guerra por el caballero Bayard, el cual le tuvo en el castillo de Monervino, tratándole con toda consideración, y bajo la sola garantía de su palabra. El español, después que recobró su libertad, fue publicando que le había tratado inhumanamente. El pundonoroso Bayard le desmintió, retándole a que probara lo contrario en singular combate, y Gonzalo de Córdoba le obligó a aceptarle so pena de castigarle como calumniador. Tuvo, pues, que salir al campo, escogiendo pelear a pie, por las circunstancias que en los dos contendientes concurrían. El español era alto, robusto y vigoroso; el francés pequeño de cuerpo, y se hallaba debilitado por unas cuartanas de que aun no estaba restablecido. Ambos entraron en el palenque armados de espada y daga, cubiertos de acero y con las viseras alzadas. Sotomayor se propuso aturdir a su contrario golpeándole atropelladamente; Bayard, más ágil y más diestro, burlaba los golpes de su enemigo, y consiguió herirle en un ojo: furioso el español alzó su robusto brazo para descargarle sobre su rival, pero éste aprovechó el movimiento para clavarle la daga en la parte que dejaba descubierta la juntura de la gola; la sangre corrió a borbotones, y Sotomayor cayó muerto. Cuando los jueces adjudicaron la gloria del combate a Bayard, el caballero sin tacha mandó callar las músicas y se retiró sin jactancia diciendo que hubiera deseado que la lucha no tuviese tan trágico fin. Los españoles no dieron muestras de sentirlo, reconociendo que su indigno proceder había conducido a Sotomayor a tan desastroso fin.

Con estos combates caballerescos, en que se ostentaba cierta magnificencia y cortesanía, que, como dice un juicioso escritor, cubría con cierto viso parecido a civilización el feroz aspecto de aquellas edades, mantenía Gonzalo el ardor bélico de los suyos, y entretenía al enemigo, dando lugar a que mejorara su situación, que era por cierto bien poco lisonjera, sin víveres, sin vestuario, y sin pertrechos de guerra para su escaso ejército. Ni fondos ni hombres llegaban de España; los franceses estrechaban cada vez más a los de Barletta, y Fernando parecía tenerlos olvidados. El Gran Capitán, cuyo espíritu no decaía nunca, se esforzaba por dar aliento y esperanzas a sus soldados, valiéndose a veces de ardides, como el de fingir que había llegado un gran cofre lleno de oro, pero que lo reservaba para un caso extremo. Unos no lo creían, y otros lo tuvieron por verosímil, mediante a haber arribado dos barcos de Sicilia y Venecia con vestuario y algunos pertrechos. Mas el buen efecto de este pequeño auxilio se neutralizó con la triste nueva de haber derrotado Aubigny dos cuerpos de ejército que iban de España y de Sicilia. De modo que Aubigny dominaba toda la Calabria, el almirante francés cruzaba con su escuadra el Adriático cortando toda comunicación y socorro, y la situación de los de Barletta era ya tan apurada, que sólo la prudencia de Gonzalo, su impasibilidad y hasta su aparente alegría en los sufrimientos, y el amor y el respeto que había sabido inspirar a sus soldados, pudieron evitar una insurrección: antes lo admirable fue que en un sitio tan largo y penoso, y en medio de aquel abandono, y de las escaseces, privaciones y penalidades, no se oyera un solo murmullo, ni se notara un solo síntoma de insubordinación.

Así las cosas, y llegado ya el año 1503, cansados y hasta irritados los franceses de la constancia inalterable de los españoles, determinó Nemours salir de Canosa, cruzó el Ofanto, tomó posiciones al pie de los viejos muros de Barletta, y envió un mensaje al Gran Capitán provocándole a batalla. «No acostumbro a combatir, respondió Gonzalo con mucha sangre fría, cuando a mis enemigos se les antoja, sino cuando la ocasión y las circunstancias lo piden: así, esperad a que mis soldados tengan tiempo de herrar sus caballos y limpiar sus armas.» El general francés, viendo que no había medio de comprometer a su sagaz enemigo, levantó el campo y se fue retirando con cierta confianza de vencedor. Entonces de orden de Gonzalo salió el esforzado Diego de Mendoza con toda la caballería, alcanzó la retaguardia del enemigo que marchaba sin precaución, trabó con ella una pequeña escaramuza, fingió retirarse hasta donde estaba la infan­tería española que había salido a protegerle, viéronse los franceses atacados de improviso por los flancos, volvió grupas el intrépido Mendoza, los franceses fueron envueltos y arrollados, y cuando el duque de Nemours supo la derrota de los suyos, ya estaba Mendoza con los prisioneros al .abrigo de las murallas de Barletta.

La fortuna comenzaba a sonreír a los sufridos españoles. El almirante Lezcano batió y derrotó en las aguas de Otranto la escuadra francesa, con lo cual quedaron libres los mares, y pudieron a poco tiempo arribar a Barletta siete naves sicilianas cargadas de provisiones para los sitiados, que bien las habían menester después de tantas privaciones y escaseces. La ciudad de Castellaneta, a seis leguas de Tarento, exasperada por los excesos de los franceses, había tomado la resolución de entregarse a los españoles Luis de Herrera y Pedro Navarro. Y como el duque de Nemours saliese de Canosa, respirando venganza, a castigar la población rebelde, aprovechó Gonzalo aquella ocasión para ponerse aceleradamente con casi todas sus fuerzas sobre la plaza de Ruvo, que defendía el valeroso comandante francés Chavannes, señor de La Paliza. Al amanecer cayó el ejército español sobre Ruvo, habiendo andado de noche las catorce millas que la separan de Barletta. A las cuatro horas se hallaba rota la muralla, pero no fue tan fácil penetrar por la brecha, porque los franceses la defendieron por espacio de siete horas con heroico brío, como mandados por tan bizarro capitán. Corrió la sangre de españoles y franceses en abundancia. Al fin rompieron los nuestros aquel parapeto de carne, entraron en la plaza y arrollaron el resto de la guarnición. La Paliza herido se arrimó a una pared, donde se hizo fuerte con su espada contra la multitud que le rodeaba y acometía, cuyo hecho nos recuerda el de don Alonso de Aguilar apoyado en una roca de Sierra Bermeja luchando solo con una muchedumbre de moros. Herido por muchas lanzas el francés y derribado al suelo de un golpe en la cabeza, todavía tuvo espíritu y arrogancia para arrojar su espada, diciendo, a guisa de caballero andante, que no quería entregarla a la gente villana que le hacía prisionero. El Gran Capitán mandó dar libertad y tratar con todo respeto a las mujeres que se habían refugiado en los templos, recogió el botín, y logrado el objeto de la expedición, se retiró a Barletta con la misma precipitación, llevando consigo prisioneros de gran valía. A éstos los trató con la mayor consideración; con los soldados usó de más dureza, enviándolos a servir de remeros en las galeras del almirante Lezcano. Con cerca de mil caballos que cogió al enemigo montó otros tantos soldados suyos, los cuales no ansiaban sino ocasiones de ir al combate, enardecidos y orgullosos de que los vieran montados en caballos franceses.

El duque de Nemours, con la noticia de la marcha de Gonzalo a Ruvo, abandonó la empresa de Castellaneta por acudir al socorro de aquella plaza: mas cuando llegó frente de sus muros vio ondear en ellos la bandera española, de modo que por atender a dos partes perdió una plaza y se quedó sin recobrar la otra. Volvióse, pues, a Canosa mustio y arrepentido de haber salido de aquel punto.

A poco tiempo se vió Gonzalo reforzado con dos mil soldados mercenarios alemanes, reclutados y enviados por don Juan Manuel, ministro embajador de España cerca del rey de romanos. Alentado el Gran Capitán con este refuerzo, escaseando los víveres para tanta gente en Barletta, amenazando ya la peste en tan estrecho recinto, y aprovechando el ardor que a sus soldados habían infundido los anteriores triunfos, determinó abandonar ya aquel punto y medir sus fuerzas con el enemigo en formal batalla: llamó a Navarro y a Herrera, y sin vacilar más salió con todo su ejército de Barletta (abril, 1503), «lugar por siempre memorable en la historia dice con mucha razón Prescott, como teatro de los extraordinarios padecimientos e invencible constancia de los soldados españoles»

Antes de dar cuenta del importantísimo resultado de este movimiento para Francia, para España y para Italia, y en que aventuraba el Gran Capitán su reputación como guerrero y como súbdito, expondremos breve-mente el estado en que se hallaban las negociaciones diplomáticas que se habían seguido entre Francia y España, al tiempo que Gonzalo salió de Barletta.

Habiendo recaído la herencia de los reinos de Castilla y Aragón por muerte de los príncipes don Juan, doña Isabel y don Miguel, en la princesa doña Juana, hija de los Reyes Católicos, casada con el archiduque Felipe de Austria, hijo del emperador y rey de romanos, vinieron los príncipes herederos a España (enero, 1502), donde a poco tiempo fueron jurados y reconocidos como tales, no sólo en las cortes de Toledo (22 de mayo), sino también en las de Zaragoza (27 de octubre); siendo de notar la gran política y el diestro manejo que el rey Fernando debió emplear en esta ocasión con los aragoneses, para que éstos, casi sin oposición y contra la costumbre del reino, juraran por heredera de la corona aragonesa a la princesa doña Juana y al archiduque don Felipe como su legítimo marido.

Pero el joven archiduque, ligero y frívolo, más afecto a las costumbres francesas que a las españolas, como la comitiva flamenca que había traído, no sólo se mostró indiferente y desdeñoso a los obsequios y distinciones con que había sido recibido y agasajado en España, sino que sorprendió a todos con la resolución que manifestó de volverse inmediatamente a Flandes, solo, sin la princesa su esposa, a quien lo adelantado de su embarazo no lo permitía acompañarle. Ni los ruegos de doña Juana que le amaba con inmerecido delirio, ni las tiernas y prudentes reflexiones de la reina doña Isabel su madre, que se hallaba gravemente enferma, ni las razones del rey, ni el disgusto que de ello mostraba el reino, nada bastó a detener al irreflexivo mancebo, y fue menester complacerle. Pero no era esto sólo. Empeñóse don Felipe en hacer su viaje por Francia, por donde antes había venido a Castilla; y como a su venida hubiese entablado relaciones de amistad con el monarca francés Luis XII, pretendió ahora con ahínco ser el encargado de arreglar con aquel soberano las negociaciones pendientes entre Francia y España, sobre la partición y sobre la guerra de Nápoles. Harto repugnaba ya a los Reyes Católicos la ida de un príncipe a una nación con la cual estaban en guerra, cuanto más encomendar negocio tan delicado a un joven que daba más pruebas de ligero y arrebatado que de diestro y prudente. Muchas y muy justas fueron las reflexiones que para disuadirle de lo uno y de lo otro le hicieron: todas fueron inútiles, y el príncipe partió de Madrid (diciembre, 1502), no sin publicar el rey que iba contra su voluntad y la de la reina.

En cuanto a las negociaciones con el rey de Francia, por si en efecto Luis XII quisiese de buena voluntad venir a concordia, dio don Fernando al archiduque unas instrucciones de las cuales no había de salir, y el príncipe prometió muchas veces que no las traspasaría en un ápice. No satisfecho con esto el receloso y cauto Fernando, no le dio a él mismo el poder, sino que le envió por medio del abad de San Miguel de Cuxa Fray-Bernardo Boil, encargando a éste que le tuviese secreto y no le entregase sino en caso necesario, prescribiéndole además, que si en los tratos viese que el príncipe se excedía en algo de lo que estrictamente contenían las instrucciones, le avisase de ello y le consultara, no permitiendo que se pasara adelante sin contar con su voluntad. Vióse luego que no sin fun­damento tomaba el Rey Católico tan exquisitas y escrupulosas prevencio­nes. Llegado que hubo el archiduque a Lyon, entró luego en conciertos con el rey Luis que allí se encontraba, pero conciertos en que se faltaba abiertamente al tenor literal de las instrucciones, y en que se revelaba, o la afición que ya se suponía del archiduque y los de su consejo a los franceses, o que como joven y bisoño se dejaba envolver incautamente por aquel monarca. Fuese que el padre Boil no pudiera avisar al rey Fernando tan pronto como convenía de que el príncipe traspasaba las atribuciones de su cometido, fuese que el francés, previendo la desaprobación del Rey Católico, y abusando de su ascendiente con el archiduque le obligara a precipitar la conclusión del tratado, es lo cierto que cuando llegó la contestación de Femando requiriendo el cumplimiento exacto de las instrucciones, el convenio estaba ya concluido (5 de abril).

Lo pactado era que el reino de Nápoles se destinase a los príncipes Carlos y Claudia, hija ésta del monarca francés, y aquél del archiduque y de doña Juana (había nacido en 1500), cuyo matrimonio estaba concertado; que hasta tanto que los príncipes niños llegaran a edad de poder casarse, la parte francesa del reino de Nápoles la tendría y gobernaría el rey de Francia por su hija, y la parte española el archiduque por su hijo; o bien que se guardase la partición hecha, y la Capitanata que se disputaba se pusiese en tercería hasta las bodas de los príncipes, o hasta aplicarla después a quien pareciese de derecho. Los dos contratantes comenzaron a obrar ni más ni menos que si el Rey Católico hubiera aprobado y ratificado el asiento; el de Francia le hizo publicar en su reino con toda solemnidad mandó suspender el embarque de tropas que se estaba disponiendo para Nápoles, y ordenó a sus generales de Italia que no emprendiesen nuevas operaciones: el archiduque previno también a Gonzalo de Córdoba que cesara en la guerra hasta que otra cosa se le ordenase, en virtud del tratado y poderes cuya copia le enviaba. Llegaron estos despachos en ocasión que Gonzalo, reforzado con nuevas tropas, preparaba su salida de Barletta. Mas como el Gran Capitán hubiese recibido avisos anticipados del rey, en que le prevenía que no atendiese a cartas, órdenes o despachos que pudieran llegarle del archiduque mientras no llevasen su expresa aprobación o mandamiento, respondió que él no podía ejecutar órdenes del príncipe mientras no le fuesen comunicadas por sus soberanos; que por lo tanto sabía lo que tenía que hacer, e iría en persona a dar la respuesta al duque de Nemours. Y salió de Barletta en los términos que hemos dicho.

Prosiguió, pues, el Gran Capitán su marcha, y después de atravesar y aun de hacer alto aquella noche en el campo de Canas, célebre por la famosa batalla que diez y siete siglos antes había ganado Aníbal a los romanos, dirigióse al otro día y llegó por la tarde cerca de Cerignola, o Ceriñola que decimos los españoles, distante unas diez y seis millas de Barletta. La jomada había sido en extremo fatigosa; el terreno era árido y seco, el sol estaba abrasador y sofocante, los soldados sentían una sed irresistible, y algunos odres que Gonzalo había hecho llenar de agua al paso por el río Ofanto no alcanzaron para refrescar sino una pequeña parte de la hueste. Los que iban pesadamente armados se caían en el camino abrumados de calor y de fatiga. Gonzalo ordenó que cada jinete llevara á las ancas un peón, y él mismo dio el primer ejemplo haciendo montar a la grupa de su caballo a un oficial de los alemanes auxiliares. Por fortuna los franceses que habían salido ya en su seguimiento no los alcanzaron en la llanura, y Gonzalo consiguió ganar la altura del pequeño pueblo de Ceriñola, que le ofrecía favorables posiciones para poder esperar el ataque. A pesar del cansancio y rendimiento de los soldados, no se podía perder un momento, y todo el mundo de orden de Gonzalo se ocupó en ensanchar y ahondar un pequeño foso que resguardaba un viñedo: con la tierra que sacaba se levantó un parapeto de bastante altura, guarneciéndole con estacas puntiagudas para detener la caballería enemiga: detrás de él formó sus tropas en orden de batalla, y colocó en los sitios más convenientes las trece piezas de artillería que había llevado.

Antes de concluirse estas operaciones divisáronse a lo lejos las armas francesas que relumbraban a intervalos por entre nubes de polvo. Al llegar frente al campamento español hizo alto el ejército francés. El motivo de aquella pausa era que el duque de Nemours opinaba por suspender el ataque hasta otro día, en atención a la poca luz que ya quedaba, y á que amenazaba la noche. Opusiéronse sus caudillos, y tanto éstos como los soldados pedían entrar inmediatamente en combate. Uno de aquéllos soltó expresiones que ofendían el valor acreditado del virrey; indignóse éste, y quiso castigar aquella injuria, pero al fin cedió diciendo: «pues bien, pelearemos de noche, y veremos si los que ahora se muestran más arrogantes no hacen después más uso de las espuelas que de las espadas.» El tiempo invertido en aquella disputa sirvió grandemente a Gonzalo para ordenar convenientemente sus tropas. El número de éstas, contadas todas las armas, era poco más o menos de siete mil hombres, casi igual al del ejército enemigo. Gonzalo hizo de ellas tres cuerpos: en el centro colocó a los alemanes armados de largas picas; hizo dos alas de la infantería es­pañola, mandada la derecha por Pizarro, Zamudio y Villalba, la izquierda por Diego García de Paredes y Pedro Navarro con cargo de proteger la artillería. Encomendó la caballería pesada a Diego de Mendoza y Fabricio Colona, y la ligera a Pedro de la Paz y á Próspero Colona, jefe de los auxiliares italianos. La caballería francesa de línea que mandaba Luis de Ars era, según Gonzalo decía, la más brillante que se había visto en muchos años en Italia. Capitaneaba Alegre los caballos ligeros, que iban un poco a retaguardia; guiaba la infantería suiza y gascona el coronel suizo Chandieu; y la vanguardia, compuesta de los hombres de armas, era conducida por el mismo Nemours. El general español tenía su mayor confianza en la infantería, en aquella infantería que él supo hacer, si no la mejor, tan buena como la mejor de Europa.

Alumbraba el crepúsculo de la tarde y anunciábase ya la noche, cuando Nemours arremetió a galope con sus hombres de armas contra la izquierda española; comenzó a disparar nuestra artillería, mas a las primeras descargas una chispa que cayó en el almacén de la pólvora le voló con terrible explosión iluminando todo el campo. Buen ánimo, amigos, exclamó Gonzalo; esas son las luminarias de la victoria. A este tiempo Nemours y los suyos avanzaban lanza en ristre, hasta que se hallaron atajados por el foso y clavados algunos de sus caballos en las agudas estacas. El general francés anduvo entonces por todo el frente buscando algún paso por donde penetrar, expuesto a los tiros de la infantería española; el intrépido y joven virrey recibió un arcabuzazo que le derribó muerto del caballo. El valeroso coronel suizo Chandieu hizo todos los esfuerzos imaginables por forzar la barrera con su infantería, pero sus soldados, o se resbalaban en la tierra movediza, o eran ensartados por las largas picas alemanas. Aquel valeroso jefe cayó también sin vida en la trinchera de un balazo. Ya todo fue confusión y desorden en las filas francesas. En tal estado manda Gonzalo a los suyos franquear la línea y dar el ataque general. Los caudillos franceses se desbandan usando más de las espuelas que de las espadas, y justificando la predicción del desgraciado Nemours: los españoles acuchillan sin piedad a los descuidados en la fuga hasta muy entrada la noche, y Próspero Colona penetra en el abandonado cam­pamento de los enemigos, se aloja en el pabellón de Nemours y cena los manjares que para aquél habían quedado preparados en una mesa

Jamás se vio más completo triunfo en menos tiempo alcanzado. El número de los combatientes no era grande, pero lo que ha dado celebridad a la batalla fue la disposición, la conducta y el acierto del general español, y las consecuencias importantes y decisivas que tuvo. Ningún escritor hace pasar de cien muertos la pérdida de los españoles, mientras ninguno calcula tampoco la de los franceses en menos de tres mil, y casi todos la suponen de muchos centenares más. Entre un montón de cadáveres se reconoció por los anillos que acostumbraba a llevar en los dedos el del desgraciado Nemours que tenía tres heridas. Gonzalo se conmovió y derramó lágrimas sobre los desfigurados restos de su ilustre y valeroso rival, con quien tantas veces había conversado antes como aliado y amigo, y los hizo conducir a Barletta y depositarlos con magníficas exequias en el convento de San Francisco.

Gozando estaban los soldados de Gonzalo la gloria del triunfo, cuando al siguiente día les llegó la noticia de otra victoria poco menos importan­te ganada por los españoles en la Calabria (21 de abril). El veterano y entendido general francés Aubigny había sido derrotado por las tropas de Fernando de Andrade cerca de Seminara, casi en el mismo lugar en que ocho años antes había el mismo Aubigny ganado a Gonzalo de Córdoba la única batalla que perdió en su vida este guerrero español.

Divulgóse rápidamente la fama de la batalla de Ceriñola: rindiéronse Canosa, Melfi y multitud de otras poblaciones; y Gonzalo, que no era de los guerreros que se dormían sobre los laureles, marchó derecho sobre Nápoles. Esta población versátil, sin valor y sin fe, que en poco más de ocho años había aclamado con igual regocijo seis reyes, Fernando I, Alfonso II, Fernando II, Carlos VIII, Fadrique III y Luis XII, se hallaba dispuesta a darse con el propio entusiasmo a Fernando el Católico, y envió una diputación de nobles y ciudadanos a ofrecer a Gonzalo de Córdoba las llaves de la ciudad, pidiéndole solamente que les confirmara sus derechos y privilegios. Así lo prometió el Gran Capitán en nombre de su rey, y al día siguiente hizo su entrada pública en Nápoles, con el mismo aparato que si fuera el monarca en persona (16 de mayo, 1503), siendo llevado bajo un palio por los diputados, sembradas de flores las calles y coronados los edificios de gente, que contemplaba con asombro al gran guerrero que había abatido él solo todo el poder de la Francia.

Quedaban todavía los dos castillos que dominaban la ciudad, bien pertrechados de gente, de vituallas y municiones. Era menester rendir aquellas dos formidables fortalezas, y allí le volvió a servir el sistema de minas en que tanta reputación había adquirido el ingeniero Pedro Navarro. A los cinco días (21 de mayo) reventó con horrible estruendo la que se había practicado debajo del castillo Nuevo, viniendo al suelo una gran parte de la muralla, por cuya boca penetraron el Gran Capitán y Pedro Navarro embrazados los broqueles, antes que la guarnición tuviera tiempo de levantar el puente levadizo. Siguiéronles los soldados, y se trabó un reñido y furioso combate, en que los españoles peleaban con hachas, espadas, picos, machetes y todo género de armas, los franceses se defendían arrojando piedras, cal, aceite hirviendo y todo lo que la desesperación les ponía en las manos; cincuenta españoles fueron abrasados con proyectiles encendidos, lo cual embraveció tanto a sus compañeros, que arrojándose con furia sobre los del fuerte los degollaron a todos, excepto unos pocos que pudieron acogerse a la clemencia del Gran Capitán. Los soldados en premio de su arrojo y en indemnización de las pagas que se les debían obtuvieron licencia para apoderarse del inmenso botín de oro, plata, alhajas, provisiones y efectos de todo género que la gente rica del partido angevino había acumulado en la fortaleza. Y como algunos, menos afortunados o menos diestros, se lamentaran de la pequeña parte que les había tocado en el despojo, Pues id, les dijo Gonzalo como de chanza, id d mi casa, tomad lo que hay en ella, y os desquitaréis de vuestra poca fortuna. La invitación fue tomada por lo serio: la soldadesca se encaminó al palacio del príncipe de Salerno en que se alojaba Gonzalo, y desde los magníficos salones hasta las cuevas, no quedó alhaja, ni mueble, ni artículo de lujo o de boca que no consumieran o arrebataran.

El otro castillo, Castello d’Ovo, minado igualmente por Pedro Navarro, cayó también a las pocas semanas con horrible estrépito, un día antes que llegara una escuadra francesa que iba a socorrerle. Retiróse la armada a la isla de Ischia, y encontró también enarbolada allí la bandera española. El ilustre Aubigny se había rendido con los restos que pudo salvar en Seminara: los dos Abruzos, las provincias de Capitanata y Basilicata, todas se habían sometido, a excepción de Venosa, donde se mantenía Luis de Ars con alguna gente, y de Gaeta, donde se había refugiado Ivo de Alegre con las reliquias del ejército derrotado en Ceriñola. Aquí se habían acogido los principales barones angevinos, los príncipes de Bisiñano y de Salerno, el duque de Ariano, el marqués de Lochito y otros personajes, y aguardaban al de Saluzzo con un ejército francés. A Gaeta se encaminó también el Gran Capitán, llamando en su ayuda a Pedro Navarro, a Fernando de Andrade, a Hugo de Cardona y a los principales caudillos españoles, con objeto de apoderarse del último asilo del partido francés en Italia.

Tan rápidas habían sido estas conquistas, que casi al mismo tiempo y con cortísimo intervalo recibió Luis XII de Francia la noticia de haberse negado el Gran Capitán a reconocer el tratado de Lyon, de la derrota de Aubigny, del desastre de Ceriñola, de la entrada de Gonzalo en Nápoles, de la rendición de los castillos y de la sumisión de casi todo el reino napolitano. Quejóse amargamente el francés al archiduque Felipe de palabra, al Rey Católico por escrito, de la infracción del convenio, pidiendo la correspondiente indemnización. Disculpaba el archiduque su inocencia, y aun le costó una enfermedad el sentimiento del deshonroso papel que se le había hecho representar en este negocio. El rey don Fernando contestó que no hubiera podido nunca ratificar un pacto ajustado contra sus instrucciones y contra sus intereses, pero procuraba entretener al francés con la esperanza de un arreglo definitivo basado sobre la restitución del reino de Nápoles a don Fadrique. Este artificio, de que ya antes había usado, estaba lejos de ser suficiente a tranquilizar al burlado Luis, que no respiraba sino indignación, y en esta indignación tomaba parte toda la Francia, ofendida en su amor propio nacional.

Así fue que el rey y reino se hallaron conformes en la necesidad de hacer un grande esfuerzo nacional para lavar la afrenta y reparar los in­fortunios de Italia. Pueblo y monarca pusieron en juego todo su poder, y en poco tiempo se levantaron tres grandes ejércitos franceses, uno para recobrar la Italia, al mando de La Tremouille, que había de entrar por el Milanesado; otro para penetrar en España por el valle de Roncal, mandado por el Señor de Albret. padre del rey de Navarra; el tercero para entrar en el Rosellón, conducido por el veterano mariscal de Rieux y apoderarse de Salsas, plaza fuerte y llave de aquellas provincias. Armáronse además dos escuadras en Génova y Marsella, una al cargo del marqués de Saluzzo para apoyar la expedición del Milanés, otra que había de obrar en la costa de Cataluña para proteger la invasión del Rosellón. Veamos el resultado de las dos expediciones al territorio de la Península.

El astuto y previsor Fernando el Católico había tenido buen cuidado de captarse la amistad del rey de Navarra, hasta el punto de haberle prometido éste que se opondría al paso de los franceses por las fronteras de su reino. El señor de Albret, o por no comprometer a su hijo, o por hallar apercibidos a resistir su entrada los montañeses de Navarra y Aragón, además de una hueste que por disposición de la reina había acudido a Navarra con el condestable de Castilla y el duque de Nájera, mostróse o atemorizado o flojo, y redújose a ver desde Bayona irse menguando y deshaciendo su ejército entre las escaseces y los fríos de aquellas rudas y ásperas cordilleras.

Más resuelto el mariscal de Rieux ó de Bretaña, aunque achacoso y anciano, hizo su entrada por Rosellón a la cabeza de más de veinte mil hombres, si bien en su mayor parte apresuradamente reclutados y sin disciplina, y cruzando aquella provincia sin resistencia puso sus reales delante de Salsas (16 de setiembre, 1503). Pero el rey don Fernando, en medio de los disgustos domésticos que le rodeaban y afligían, como la enfermedad grave de la reina, las extravagancias y delirios de la princesa doña Juana, y otros de que después tendremos que hablar, no dejaba de atender a todas partes y a todos los peligros con su actividad y su energía acostumbradas. Inmediatamente ordenó que se reforzase la plaza, mandó acudir al Rosellón la gente de armas que se hallaba en el Ampurdán, y envió a Perpiñán al duque de Alba don Fadrique de Toledo con siete mil quinientos combatientes, en tanto que él se preparaba a salir en persona contra el enemigo. En efecto, tan pronto como la enfermedad de la reina le permitió ponerse en campaña, levantada cuanta gente pudo en el reino, a lo cual le ayudó grandemente la reina Isabel no obstante el fatal estado de su salud, sin descuidar al propio tiempo de interesar al emperador de Alemania y al rey de Inglaterra y de requerirlos a que tomaran parte en la guerra contra los franceses, se puso en Gerona con grande ejército de caballos y peones, y muy pronto emprendió el movimiento con toda su gente para incorporarse con la del duque de Alba, que se había situado en Ribasaltas.

Tenían los franceses muy estrechado ya el castillo de Salsas, derribado un trozo de la torre maestra y otro de un baluarte, aunque el duque de Alba y los caballeros de su hueste no dejaban de hacer los más extraordi­narios esfuerzos por socorrer los sitiados y molestar y hostilizar de mil maneras los enemigos, hasta provocarlos a batalla con ser los españoles tan inferiores en número. También los cercados se defendían valerosamente. En una ocasión colocaron varios barriles de pólvora bajo una de las bóvedas del castillo; dieron lugar a que los franceses entraran en aquella parte de la fortaleza, y cuando calcularon que estaba ya llena de gente encendieron la pólvora, saltó el baluarte y perecieron sobre cuatrocientos hombres achicharrados. Todos los días ocurrían entre sitiados y sitiadores combates y lances de guerra. En tal situación, y en peligro ya el castillo de Salsas, acudió el rey don Fernando con su grande ejército desde Gerona. Tan pronto como el mariscal de Bretaña supo que el monarca español se hallaba en Perpiñán (19 de octubre de 1503), aquella misma noche, lo más calladamente posible, hizo trasportar á lomo la artillería camino de Narbona, y a la mañana siguiente levantó el campo poniendo fuego a las tiendas, y emprendió la vía de Francia, fingiendo siempre prepararse para hacer frente a los españoles que le seguían, pero dándose la mayor prisa a repasar aquellos desfiladeros. A pesar de su precipitación, todavía su retaguardia fue alcanzada por los nuestros en algunas angosturas, teniendo que dejar parte de su artillería y municiones. El rey don Fernando se internó en seguimiento de los fugitivos algunas leguas dentro de Francia hasta los mismos muros de Narbona, a cuyo abrigo los franceses se acogieron. Tomaron él y el de Alba algunas villas y fortalezas que saquearon y desmantelaron, y contento el rey con haber ahuyentado al orgulloso enemigo y vindicado el honor español, volvióse á sus dominios contento con el triunfo y con los despojos recogidos en aquella breve campaña.

Recibió la reina Isabel estas lisonjeras noticias en Segovia por medio de los correos que tenía apostados para saber diariamente los movimientos del ejército. Temía tanto la piadosa Isabel las consecuencias de esta guerra, y afectaba ya tanto a su bondadoso corazón la sangre que veía derramarse en las luchas entre naciones cristianas, que además de rogar a Dios todos los días en la casa y en los templos que se dignara librarlos de tales calamidades, escribía a su esposo recomendándole con el mayor encarecimiento que viera de vencer a los enemigos a costa de la menos sangre que verter pudiese. Por fortuna en esta ocasión la conducta de los franceses ahorró a Fernando la necesidad de afligir el espíritu de su benigna esposa con horrores y estragos.

Una estrella fatal parecía alumbrar a Luis XII en todo lo que emprendía contra España. La escuadra de Marsella destinada a proteger al mariscal de Bretaña en la costa de Cataluña, apenas salió al mar tuvo que regresar al puerto inhabilitada para maniobrar de resultas de una terrible borrasca que la inutilizó, que fue un gran contratiempo para los sitiadores de Salsas. Así el monarca francés aprobó y esforzó por medio de embajadores enviados a Perpiñán las proposiciones de tregua que ya sus capitanes habían hecho al Rey Católico. Y como Fernando hubiese cumplido su objeto y no tuviese interés en comprometerse en una guerra por aquella parte, accedió a ajustar una por cinco meses (noviembre, 1503), comprendiendo en ella los dominios naturales y hereditarios de los dos reyes, Francia y España, y no extendiéndose a Italia, donde ambos continuarían debatiendo con las armas sus respectivos derechos. Esta tregua se prorrogó después hasta tres años. A este resultado habían contribuido como mediadores la princesa Margarita duquesa de Saboya, y el desposeído rey de Nápoles don Fadrique: siendo de notar, como observa un ilustrado y discreto historiador, «que el último acto de la vida política de don Fadrique, fuera intervenir como mediador de paz entre los dos monarcas que se habían reunido para despojarle a él del suyo.»

Tales y tan humillantes y desdorosos para Luis XII y para el reino francés fueron los resultados de los dos ejércitos enviados contra España en un arranque de indignación y en un esfuerzo de patriotismo. Veamos la suerte que corrió el tercer ejército francés destinado a obrar en Italia, y volvamos otra vez nuestra atención a ese bello y desventurado país donde nos esperan acontecimientos importantes, asombrosos y decisivos.

 

CAPÍTULO 51

GUERRAS DE ITALIA

GONZALO DE CÓRDOBA EN EL GARILLANO

1503 - 1504