De 1486 a 1487
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SALA DE LECTURA

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA
 

LOS REYES CATÓLICOS

CAPÍTULO XLIX ( 49)

GUERRAS DE ITALIA

PARTICIÓN DE NÁPOLES

1498 - 1502

 

 

 

El lector recordará que en el primer movimiento de insurrección de los moros de las Alpujarras el Gran Capitán Gonzalo de Córdoba fue de los que acudieron presurosos a sofocarla, y el primero que asaltó y rindió la villa y castillo de Guéjar. Desde entonces, aunque se reprodujeron las sublevaciones en las ásperas montañas del reino granadino, el Gran Capitán no volvió a aparecer en el campo de los insurrectos, ni nosotros le mencionamos ya más en aquel capítulo, sino para decir que era hermano suyo el esforzado y brioso don Alonso de Aguilar, que murió haciendo prodigios de personal valor en las fragosidades de aquellas sierras. El Gran Capitán no pudo socorrer ni vengar a su hermano, porque no se hallaba en España. El rey don Fernando le había destinado a otro campo más digno de sus altas prendas militares, el teatro de sus más gloriosos triunfos, a Italia, cuyo estado reclamaba otra vez la presencia del vencedor de Aubigny y de Carlos VIII de Francia. Grandes sucesos acontecían allí, y muy importantes para la monarquía española.

Muerto el rey Carlos VIII de Francia, su sucesor Luis XII comenzó a manifestar desde que subió al trono, contra lo que se esperaba de su mayor edad y experiencia, los mismos ambiciosos proyectos que tan caros habían costado a su temerario antecesor, sobre los Estados de Milán y de Nápoles. Alentábanle en sus designios de usurpación muchos caballeros franceses ansiosos de medrar en la guerra, y en la misma Italia encontró también muy pronto príncipes o maliciosos o débiles que se prestaran a servirle de instrumento en sus planes. El papa Alejandro VI se hallaba altamente resentido del rey don Fadrique de Nápoles por haberse éste negado obstinadamente a dar su hija en matrimonio al hijo del papa, el cardenal César Borgia, que, como dijimos, estaba resuelto, con anuencia de su padre, a dar el escándalo de trocar el capelo por el tálamo nupcial. Con esto le fue fácil al monarca francés atraer al pontífice a una liga contra el de Nápoles, halagándole con dar a su hijo César la mano de una princesa napolitana, húngara, navarra o francesa, y además el ducado de Valentinois. Conveníale también al francés tener propicio al papa a fin de obtener de la Santa Sede su divorcio de la reina Juana que andaba solicitando. Tales fueron y tan bastardos los móviles que impulsaron al papa Alejandro VI y al rey Luis XII de Francia a confederarse contra el inocente don Fadrique de Nápoles.

La república de Venecia aceptó también la alianza que le propuso el francés contra el duque Sforza de Milán, y accedió a juntar sus armas para derrocarle, con la mezquina mira y por el vil interés de participar del despojo y quedarse con la presa de algunas ciudades y territorios del Milanesado. La de Florencia y otros Estados inferiores consintieron, o por miedo o por debilidad, o en ayudar a los confederados, o en mantenerse neutrales. A tal degradación habían venido los príncipes y las potencias de Italia, que por reyertas miserables no vacilaban en abrir su país a un usurpador y una inundación extranjera (1498). Fuerte con estos apoyos el nuevo monarca francés, en paz con España y hecha tregua con el emperador y rey de romanos, dio principio a la ejecución de sus proyectos, invadió con fuerza de gente las bellas campiñas de Italia, inundó la Lombardía, sometió en poco más de quince días todo el ducado de Milán, y derrocó al duque Sforza, que fue destinado a pasar el resto de sus días en Francia en miserable cautiverio (1499). Aquel desgraciado, que pocos años antes había llamado a un rey de Francia contra otros príncipes de Italia, fue a su vez destronado por otro monarca francés ayudado de príncipes italianos. El invocador de Carlos VIII se vio cautivo de Luis XII. ¡Lección insigne, aunque no nueva, para los príncipes imprudentes o mal intencionados, que tales auxilios invocan y con tales fines! Rara vez dejan ellos mismos de ser víctimas de sus malas artes.

Dueño Luis XII del Milanés, quedaba amenazando a Nápoles, sin que don Fadrique tuviese un solo príncipe italiano a quien volver los ojos. Motivos tenía también para no confiar ya, como en otra ocasión, en su deudo y natural aliado el Rey Católico de España; y sus mismos súbditos, acostumbrados a mudar de reyes, no se mostraban muy dispuestos a sacrificarse por sostener ninguno. En tal situación, tentó conjurar la tormenta ofreciendo al mismo rey de Francia pagarle un tributo y poner en sus manos algunas de las principales fortalezas del reino. El francés oyó con desdeñosa frialdad estas proposiciones, antes bien envalentonado con aquel acto de flaqueza, determinó poner luego en obra su empresa sin más dilatarla. En este conflicto el débil don Fadrique apeló al último recurso a que podía apelar un príncipe cristiano, a pedir auxilio al sultán de Constantinopla Bayaceto, terror de la cristiandad, cuyas tropas tenían ya invadidas algunas comarcas y posesiones de la república de Venecia. Semejante desesperada determinación fue un motivo más de que se valieron sus enemigos, o un plausible pretexto para consumar su ruina.

El rey Fernando de España, no sabemos si por política ó con sinceridad, no había dejado de dirigir representaciones y protestas al francés contra el intento de despojar a su pariente el de Nápoles. Decimos esto, porque nunca Fernando había perdido de vista sus derechos al trono de aquel reino, y nunca se había conformado con que le ocupara un príncipe de la línea bastarda de la casa de Aragón. Ello es que viendo a Luis XII empeñado en su empresa apoyado por los príncipes de Italia, conociendo los inconvenientes de oponerse él solo al monarca francés y a sus aliados, y no pudiendo por otra parte permitir que se apoderara de Nápoles y pusiera en peligro su reino de Sicilia, ocurrióle un medio, si no fundado en justicia y en buena moral, sugerido al menos por la política y la conveniencia, a saber: proponer al rey de Francia, que pues ambos se creían con derecho al trono de Nápoles se partiese aquel reino entre los dos por partes iguales buenamente y sin guerras. Ya en tiempo de Carlos VIII había tenido el Rey Católico un pensamiento o proyecto semejante a este: consideraciones y circunstancias le aconsejaron entonces no proponerle abiertamente. Para cohonestarle ahora, alegaba que don Fadrique, descendiente de la línea bastarda de Aragón, ocupaba indebidamente aquel trono, en perjuicio y contra los derechos de la legítima descendencia de Alfonso V: que no merecía ser protegido un rey que había llamado al turco en su socorro y se valía de auxilio de infieles: que si bien su derecho a la corona de Nápoles era mejor y más legal que el de los reyes de Francia, debía ahorrar a sus súbditos los sacrificios y los males de una guerra con un monarca tan poderoso como el francés, y que así era más conveniente arreglar este asunto por medio de negociaciones con el rey Luis, con lo cual aseguraba sus posesiones de Sicilia y adquiría siquiera la mitad del reino de Nápoles. Consiguiente a este plan, envió sus embajadores al rey de Francia para que le propusiesen como cosa que salía de ellos, y le sondeasen sobre este punto, con las competentes instrucciones de cómo le habían de dar un colorido aceptable.

Sin perjuicio de negociar este trato, había ya mandado el Rey Católico aparejar una gruesa armada en Málaga, ya para poner el reino de Sicilia a cubierto de cualquier hostilidad por parte del francés, ya para mostrar que estaba pronto a auxiliar la república de Venecia contra los turcos, que era el objeto ostensible que le daba; de modo que los venecianos enviaron sus embajadores a España a dar las gracias al rey Fernando, y a pedirle que la armada española se juntase con la suya en Levante. Armáronse, pues, hasta sesenta naves entre grandes y pequeñas, con cuatro mil peones y seiscientos jinetes de desembarco, gente escogida, sacada la mayor parte de las provincias del Norte. Dióse el mando de la escuadra al capitán Gonzalo de Córdoba, con instrucciones de lo que había de hacer luego que llegase a Sicilia, bien contra el francés, bien contra el turco, según las circunstancias y los sucesos (1500). La flor de la juventud española se apresuró a alistarse bajo las banderas de aquel ilustre y afamado caudillo. Con él fueron, entre otros, Gonzalo Pizarro, acreditado por su valor, pero más célebre por ser padre del que después fue conquistador del Perú; Diego de Mendoza, hijo del Gran Cardenal de España; Zamudio, que fue allá terror de italianos y alemanes; Diego García de Paredes, que había de ser tan celebrado en crónicas y romances por sus hercúleas fuerzas y sus extraordinarias hazañas; y Pedro Navarro, tan famoso después en África y en Europa. Provista y pertrechada de todo la armada, dióse con ella a la vela el Gran Capitán (mayo de 1500) la vía de Sicilia.

Llegado que hubo a Mesina, salió inmediatamente a unírsele la escuadra veneciana mandada por Benito Pésaro, con objeto de contener a los turcos, que se hallaban delante de Nauplia, o sea Nápoles de Romanía. A la aproximación de los aliados se retiró la armada turca a Constantinopla. Gonzalo y los venecianos se dirigieron a atacar el fuerte de San Jorge de Cefalonia, ciudad poco tiempo hacía arrancada por los turcos a la república de Venecia. Setecientos turcos aguerridos y feroces defendían aquella fortaleza situada sobre una roca de áspera y difícil subida. Españoles y venecianos sufrieron cerca de dos meses todo género de penalidades en aquel sitio sin poder rendirla. Tenían los turcos entre sus armas ofensivas una máquina guarnecida de garfios, que llamaban lobos, con los cuales asían a los soldados por la armadura, y levantándolos en alto, los estrellaban dejándolos caer de repente, o los atraían a la muralla para matarlos o cautivarlos. Diego García de Paredes, uno de los que de esta manera fueron llevados al muro, se defendió con tan heroico esfuerzo, que aquellos bárbaros le respetaron y guardaron prisionero, esperando obtener por su rescate mejores condiciones en el caso de rendirse. Los venecianos hacían jugar con acierto su buena artillería, y el capitán español hizo volar varios trozos de muralla por medio de las minas que acababa de inventar Pedro Navarro, y que le dieron una terrible celebridad en Italia. Los turcos reparaban pronto los boquetes, y resistían los ataques con bárbaro y desesperado valor. Pero a los cincuenta días Gonzalo y Pésaro acordaron dar un asalto general: tronaron los cañones, reventaron con horrible estampido las minas, los soldados escalaban los muros y rompían por las brechas atronando con voces y gritos, y penetrando en la plaza y combatiendo a muerte, sólo dejaron ochenta turcos vivos: los demás habían perecido peleando con su valeroso jefe Gisdar. Las victoriosas banderas de Santiago y San Marcos tremolaron juntas en las almenas de San Jorge.

Recobrada Cefalonia, y dejada en poder del caudillo veneciano, el capitán español se volvió a Sicilia en principios de 1501. La fama de Gonzalo, vencedor de Bayaceto, voló por Italia y por Turquía, y Fernando, con su pronto y oportuno socorro contra el turco, ganó en Europa gran reputación de protector de la cristiandad. La república de Venecia, agradecida a Gonzalo de Córdoba, inscribió su nombre en el libro de oro de los nobles venecianos, y le envió a Siracusa un presente de piezas de plata labrada, de martas y telas de seda y brocados, y de magníficos caballos de Turquía. El caballero español aceptó solamente los honores, y lo demás lo envió a su rey, «para que sus competidores, decía, aunque fuesen más galanes, no pudiesen a lo menos ser más gentiles-hombres que él.»

A este tiempo ya las negociaciones entre los soberanos de España y Francia para el repartimiento y conquista del reino de Nápoles habían dado un resultado el más funesto para el desgraciado don Fadrique. Los dos monarcas se habían ofrecido y jurado perpetua confederación y amistad, dando de mano a todas las demandas y pretensiones que entre sí traían, de tal suerte que no se pudiese mover ninguna en adelante. So pretexto de que el rey don Fadrique había puesto en peligro toda la cristiandad llamando a los turcos, le declararon depuesto del trono; y a fin de evitar las calamidades de una guerra, y supuesto que nadie más que ellos dos tenía derecho a aquel reino, acordaron repartirle entre sí en iguales porciones. La parte septentrional, que comprende la Tierra de Labor y el Abruzo, se adjudicó al rey de Francia con el título de rey de Nápoles y de Jerusalén: aplicáronse al de España la Calabria y la Pulla, donde él conservaba algunas fortalezas, con título de duque. Los rendimientos de aduanas se recaudarían por comisarios u oficiales del Rey Católico, y se repartirían con igualdad entre Francia y España. Si al tiempo de apoderarse del reino, alguna de las partes tomase lugares o villas pertenecientes a la otra, se las restituirían mutuamente sin dilación. Estos artículos se habían de presentar al papa para su aprobación, conviniendo en no desistir de ello hasta que a uno y a otro les diese la correspondiente investidura. El tratado se ratificó por el Rey Católico en Granada (11 de noviembre, 1500).

Tal fue el famoso tratado de partición del reino de Nápoles, hecho por propia autoridad entre dos monarcas, contra otro que estaba en tranquila posesión de aquel trono, que en nada les había ofendido, y a quien el rey de Aragón había colocado en él con sus armas. Cuatro príncipes de la misma dinastía habían llevado ya aquella corona; pero Fernando, remontándose a su origen, negaba el derecho de Alfonso V a disponer en favor de un hijo natural, y con perjuicio de los legítimos herederos, de un reino ganado con las armas aragonesas. Nunca, decía, había renunciado a esta reclamación, y sólo la había diferido por las circunstancias. La opinión pública, así en Aragón como en toda España, se le mostró favorable. Sin embargo, suponiendo la legitimidad del derecho, no alcanzamos cómo pueda justificarse, si no acudimos a la política usada en aquel tiempo, ni la partición entre dos potencias que no tenían iguales títulos, ni la protección dispensada antes a don Fadrique y el empeño de reponerle en el trono con el propósito de derrocarle después, sin que para ello diese nueva causa.

En virtud del convenio, el monarca francés puso en movimiento un ejército de diez mil infantes y mil lanzas en dirección de Nápoles al mando del veterano Aubigny, el que anteriormente había hecho la guerra de Calabria contra el Gran Capitán, mientras de Génova salía en la propia dirección una armada de seis mil quinientos hombres a las órdenes de Felipe de Ravenstein. Como el tratado de partición estaba todavía secreto, todos fijaron su vista en el rey don Fernando de España y en Gonzalo de Córdoba, suponiendo que no tardarían en declararse, como la vez primera, los protectores de don Fadrique para resistir o rechazar la invasión francesa. Don Fadrique era el único en Italia que sabía, por cartas que había recibido de sus embajadores, que no tenía que esperar nada del monarca español, pero ignoraba todavía lo del tratado. Fernando lo había comunicado secretamente al Gran Capitán. Los franceses atravesaron la frontera de Nápoles (julio, 1501), y siguieron avanzando sin resistencia hasta Capua. Costosísima fue a esta ciudad la que quiso oponer al invasor. A los ocho días de ataques, y cuando el gobernador Fabricio Cotona estaba conferenciando sobre la rendición, entraron los franceses saqueando y degollando con bárbara impiedad: las mujeres, sin distinción de estados, aun las vírgenes consagradas a Dios, fueron miserable triunfo a la licencia y al desenfreno de los vencedores: muchas vendieron después en Roma a bajísimos precios, y otras, por no sucumbir a tan vergonzosos ultrajes, se arrojaron a los pozos o al río. La horrible suerte de Capua aterró a las demás ciudades; entregóse Gaeta y los franceses prosiguieron, detestados, pero triunfantes.

Mientras por su parte el Gran Capitán preparaba su invasión por la Calabria y la Pulla, el papa Alejandro VI, informado por el monarca francés del tratado de partición, no solamente aprobó aquella concordia, sino que accedió gustoso a otorgar a los soberanos de Francia y España la respectiva investidura de la parte del reino de Nápoles que cada cual se había adjudicado, declarando a don Fadrique indigno de la posesión de aquel reino por el favor que había pedido a los infieles: y para dar más a entender que el celo por la cristiandad era el que le impulsaba a fulminar aquella destitución, quiso formar parte de la liga española y veneciana contra los turcos. Sin embargo, nadie olvidaba la causa y principio de su desabrimiento con el rey don Fadrique, que fue la obstinada negativa de éste a dar su hija al cardenal César Borgia.

Gonzalo de Córdoba se veía en una situación delicada y comprometida. Como súbdito español, tenía que obedecer a su rey, que le mandaba apoderarse de los Estados de don Fadrique, de aquel don Fadrique a quien debía grandes estados y mercedes, juntamente con el título de duque de Santángelo, como recompensa de sus servicios anteriores. Como caballero de honor, no podía Gonzalo conservar tales títulos y mercedes recibidas de un rey a quien iba a despojar de la mitad de sus Estados. Obrando, pues, como caballero, renunció los estados y le devolvió el título, pidiéndole le relevara de las obligaciones de fidelidad. Pero don Fadrique, aunque desgraciado, excedió al Gran Capitán en lo generoso. Accediendo sólo a dispensarle de aquellas obligaciones, le respondió que él sabía apreciar las virtudes, aun en sus enemigos, y que no sólo no revocaba las honras que por sus anteriores servicios le había hecho, sino que las acrecentaría si pudiese. Admirable rasgo de magnanimidad en un príncipe maltratado y caído. Con esto pasó Gonzalo el Faro, desembarcó con su pequeño ejército en Tropea, y en menos de un mes sometió las dos Calabrias, donde tantos recuerdos habían quedado de sus anteriores triunfos, a excepción de la plaza de Tarento.

El desventurado don Fadrique, viéndose perdido y desamparado de todos, envió a decir al embajador español Francisco de Rojas que renunciaría al favor de los turcos y dejaría el reino, siempre que se le diese en España con qué sustentar su esposa, sus hijos y hermanos; pero el Rey Católico no quería sino que se le diese igual estado en Francia y en España, para que pudiese vivir mitad en un reino y mitad en otro. Por último, habiendo tenido que abandonar la capital a los franceses, y vivir algunos meses refugiado con su familia en la isla de Ischia, aconsejado por el almirante Ravenstéin, se entregó finalmente a la generosidad de Luis XII, el cual le señaló en Francia el ducado de Anjou con rentas considerables para su mantenimiento, que le pagó siempre religiosamente, si bien ejerciendo sobre él la mayor vigilancia. En aquella especie de dorado cautiverio continuó don Fadrique hasta su muerte, y así acabó el último soberano de la rama bastarda de la casa de Aragón que ocupó el trono de Nápoles.

Faltaba al Gran Capitán someter la plaza de Tarento, la más fuerte de Calabria, fundada sobre una isleta en lo más estrecho del golfo de su nombre, y sin más comunicación con tierra que dos puentes defendidos por dos fuertísimos castillos. A esta plaza había enviado don Fadrique su hijo primogénito el duque de Calabria, joven de catorce años. Defendíala el conde de Potenza con buena guarnición. Fiado Gonzalo en la posición de la plaza, creyó que mejor que por ataque la rendiría por bloqueo, y levantando trincheras y reductos por tierra dispuso que las galeras de Juan Lezcano le cortaran toda comunicación por mar. Toda Italia se hallaba en ansiosa expectación del éxito de esta empresa. Prolongábase el asedio, y el ejército español padecía grandes trabajos por la falta de dinero y de mantenimientos, que comúnmente el rey Fernando los escaseaba en demasía. Los soldados se quejaban y murmuraban, mas la murmuración se convirtió en abierto tumulto cuando vieron la abundancia de provisiones y equipajes con que Gonzalo socorrió al almirante francés y a varios de sus oficiales que una tempestad arrojó a la costa de Calabria «Mejor fuera, decían, que pagara lo que debe a los suyos que ser tan liberal con los extranjeros.» Estos y otros arranques de desahogo produjeron una formal insurrección militar. Un soldado se atrevió a dirigir la pica al pecho de su general; Gonzalo la apartó suavemente diciéndole: «Alza esa pica, y mira lo que haces, no me hieras sin querer». Un capitán vizcaíno llamado Iciar, como oyese a Gonzalo asegurar a la tropa que pronto tendría fondos y sería socorrida, tuvo la audacia de decirle: «Que vaya tu hija a ganarlos y pronto los tendrás»

Oyó Gonzalo la insolente increpación sin inmutarse y sin darse entonces por entendido. Sosegó el motín, y se retiraron los soldados A la mañana siguiente amaneció el cadáver del osado vizcaíno colgado de la ventana de su alojamiento. El espectáculo aterró a los demás, y aunque seguía el descontento, ninguno se atrevió a desmandarse; lo que hacían los quejosos era desertarse a las banderas de César Borgia, que andaba ofreciendo grandes pagas a los que quisieran seguirle.

Cansado el Gran Capitán de la prolongación del sitio, activó y discurrió nuevos medios de ataque, que sorprendieron y consternaron a los de Tarento. El gobernador de la plaza, participando también de la consternación, pidió a Gonzalo una suspensión de hostilidades por dos meses hasta recibir instrucciones del padre del príncipe que se la había confiado. Durante la tregua se pactó que si los sitiados no recibían ni provisiones ni socorro, se entregaría la plaza al general español, con la condición de que dejara en libertad al duque de Calabria y a los suyos para ir donde quisiesen. Gonzalo de Córdoba aceptó la cláusula, y para asegurar de una manera solemne su cumplimiento, lo juró sobre la hostia sagrada á vista de todo el campo. El socorro no llegó, y la plaza se entregó a los españoles con arreglo al concierto (l.° de marzo, 1502).

Aunque por los términos de la capitulación no se podía obligar al joven duque de Calabria a seguir otro partido que el que él libremente eligiese, el Gran Capitán, conociendo la ventaja de tenerle en prenda si se pudiese, procuró persuadirle a que se viniera al servicio del Rey Católico, ofreciéndole un estado con treinta mil ducados de renta. El inexperto príncipe parece que después de algunas vacilaciones llegó a aceptar la proposición. Mas el conde de Potenza y otros capitanes y personajes adictos al duque, mirando aquellos ofrecimientos como una especie de soborno y engaño hecho a un joven de corta edad, se quejaron de que el general español faltaba a la fe del juramento y violaba la capitulación, según la cual el duque debería ir donde buenamente quisiese, y aconsejábanle que se fuese a Francia a incorporarse con su padre. Gonzalo, a quien costaba trabajo soltar tan buena prenda, y que sentía fuese a poder de franceses, entretuvo mañosamente al príncipe, mientras consultaba al rey Fernando y recibía respuesta de éste sobre lo que debería hacer de él. Afírmase que Gonzalo usó de no muy honestos artificios para retener al hijo del desgraciado don Fadrique y arrancarle el consentimiento de venir a España, aun contra la voluntad de su padre. En este tiempo recibió instrucciones de Fernando, mandándole que por ningún título soltase al joven duque, sino que le retuviese y destinase a su servicio. En su virtud el duque de Calabria fue embarcado en un navío de guerra y enviado a España a sufrir el trato y suerte de un prisionero de Estado. Así violó el Gran Capitán la fe del tratado de Tarento, pudiendo considerarse como un lunar con que empañó algún tanto el brillo de su claro nombre, que sorprendió más, viniendo, como dice un moderno historiador, «de un hombre como Gonzalo, de carácter magnánimo y noble, de una vida privada ejemplar, y exento enteramente de los grandes vicios de su tiempo»

 

CAPÍTULO 50

GUERRAS DE ITALIA

GONZALO DE CÓRDOBA EN NAPOLES

1502 - 1503

 

 

 

ARMAS DEL SIGLO XV Y XVI

1. Daga de Diego Garcia de Paredes. 2. Capacete de Felipe II. 3. Casco de Felipe III. 1. Pistola de la época. - 5. Espada de Felipe II. (Espada de Bernal Díaz del Castillo. 7. Espada de Hernán Cortés. (Todos estas objttos existen en. la Armería Real de Madrid.)