De 1486 a 1487
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SALA DE LECTURA

Historia General de España
 

LOS REYES CATÓLICOS

CAPÍTULO XLV ( 45 ).

LOS HIJOS DE FERNANDO E ISABEL,

1490 - 1500

 

La suerte y porvenir de un Estado depende muchas veces, o en todo o en parte, de los enlaces de los príncipes de la familia reinante. Esta máxima, demasiado conocida para que pudiera ocultarse al talento y penetración de unos monarcas tan ilustrados como los Reyes Católicos, no podía menos de ser uno de los resortes de su política, y por lo mismo cuidaban con la mayor solicitud de procurar a sus hijos las colocaciones más decorosas y dignas, y que creían más convenientes y útiles al bien del país en que habían nacido, y que alguno de ellos debería estar destinado a regir algún día. Si la Providencia favoreció o no en este punto las nobles miras de aquellos grandes monarcas, y si se cumplieron o defrau­daron las esperanzas que la nación tuvo motivos para concebir, nos lo irá diciendo la historia.

Diferentes veces se nos ha ofrecido ya hablar de algunos de los hijos de Fernando e Isabel, y hemos demostrado con cuánto esmero, con cuánta prudencia y discreción, con cuán solícito celo cuidaron, señaladamente la reina Isabel, de su educación pública y privada, religiosa, moral, literaria y política. Los reyes gozaban el dulce placer de ver el fruto de sus paternales desvelos, puesto que así el príncipe don Juan como las princesas sus hermanas daban las más lisonjeras muestras de corresponder como buenos y dóciles hijos a la educación que recibían, y de participar del talento, de las virtudes y de las eminentes cualidades de sus ilustres padres, si bien no era fácil que igualaran las privilegiadas dotes de entendimiento y de corazón de la magnánima y virtuosa reina de Castilla.

De los hijos que el cielo había concedido a los regios consortes por fruto de su amor conyugal vivían un hijo varón y cuatro hijas. La princesa doña Isabel, la primogénita, que nació en Dueñas (Castilla) a 2 de octubre de 1470, al cumplirse el año del matrimonio de sus padres: el príncipe don Juan, nacido en Sevilla el 30 de junio de 1479; doña María, que vio la luz en Córdoba el 29 de junio de 1482; y doña Catalina, e quien tuvieron en Alcalá de Henares el 15 de diciembre de 1485.

En el capítulo X dejamos ya apuntados los fines políticos que impulsaron a los Reyes Católicos a negociar el matrimonio de su hija primogénita la princesa Isabel con el príncipe don Alfonso de Portugal, heredero de la corona de aquel reino (1490), a saber: atraer al monarca allí reinante para que dejara de prestar su tenaz apoyo a las pretensiones siempre vivas de doña Juana la Beltraneja, hacer desaparecer los recelos y restablecer la buena inteligencia entre las dos naciones, y quedar los reyes de Castilla y Aragón desembarazados y libres de cuidado por aquella parte para atender con más desahogo a la guerra de Granada. Pero la temprana viudez en que quedó la princesa castellana por la inesperada y prematura muerte de don Alfonso, acaecida a los pocos meses, frustró en parte las halagüeñas esperanzas que de aquel enlace se habían concebido y aun empezado a experimentar. Este fue el primer disgusto que probaron Fernando e Isabel en la larga cadena de amarguras con que los contratiempos de familia habían de acibarar sus goces, sus prosperidades y sus glorias. La princesa viuda, cuyo genio grave y reflexivo propendía naturalmente a la melancolía, no quiso permanecer en una corte donde acababa de sufrir tan sensible pérdida, y se volvió a Castilla al lado de sus padres, donde se ejercitaba en obras de piedad y de beneficencia, sin pensar en nuevos vínculos y resuelta a no contraerlos, siendo ejemplo de fidelidad y de amor a su primero y malogrado esposo.

Mas la fama de sus virtudes y el conocimiento de sus bellas prendas había dejado tan gratas impresiones en la corte de Portugal, que cuando vacó el trono de aquel reino (1495) y heredó la corona el infante don Manuel, este ilustrado príncipe, que había quedado prendado de la viuda de su primo, envió una embajada solemne a los reyes de España ofreciendo a su hija Isabel su mano y su trono. Agradábales la propuesta a los Reyes Católicos, que nunca perdían de vista la conveniencia de las buenas relaciones de amistad con el vecino reino, y aun el caso eventual de la unión de las dos coronas. Y sin embargo, la princesa, fiel a la memoria de su primer marido, rehusó por entonces pasar a un segundo tálamo, sin que fuera bastante a deslumbrarla la risueña perspectiva de un reino, y se creyó conveniente aguardar tiempo y ocasión para ver de vencer su voluntad.

Había habido el proyecto de casar al príncipe don Juan con doña Catalina de Navarra y se pensó también en la duquesa de Bretaña. Mas los sucesos de Italia, la conquista de Nápoles por el monarca francés Carlos VIII, y las relaciones en que se pusieron los reyes de España con los soberanos de Europa y que produjeron la Liga Santa para expulsar a los franceses de aquel reino, inspiraron a Fernando e Isabel el pensamiento y les proporcionaron ocasión de enlazar a sus hijos con algunas de las principales familias reinantes, y entonces fue cuando se concertaron los casamientos del príncipe heredero de España con la princesa Margarita de Austria, hija de Maximiliano, rey de Romanos, y el de doña Juana, hija segunda de los Reyes Católicos, con el archiduque Felipe, hijo y heredero del emperador, y soberano de los Países Bajos por herencia de su madre María Carolina duquesa de Borgoña, concertándose en estas bodas que ninguna de las hijas llevase dote.

Tiempo hacía que los reyes de España deseaban y procuraban casar también una de sus hijas con el príncipe heredero de Inglaterra, Arturo, hijo de Enrique VII, a fin de evitar que este monarca aceptase la tregua con que le andaba brindando el francés. Diferentes causas interrumpieron, tanto por parte de España como de Inglaterra, las negociaciones de este matrimonio. La guerra de Italia movió a Fernando el Católico a renovarlas con mayor interés y empeño (1496), porque le tenía también en hacer entrar al inglés en la gran liga y confederación contra el de Francia, a cuyo efecto empleó cuantos medios le sugería su sagacidad. Al fin lo consiguió, a pesar de la contradicción que al de Inglaterra le oponían sus consejeros, y de los ardides diplomáticos que para estorbarlo empleaban los franceses. Y aunque el inglés no pensara tomar una parte activa en la liga, se estrecharon las relaciones con España por el tratado de matrimonio que al fin se ajustó (l.° de octubre, 1496) del príncipe de Gales Arturo con la infanta doña Catalina, cuarta y última hija de los Reyes Católicos, si bien se difirió su realización por la corta edad de ambos con­trayentes.

No habiendo esta razón para demorar los casamientos concertados entre los príncipes de Austria y de España, aparejóse en Castilla una flota bien surtida de todo género de provisiones y grandemente tripulada, cuyo mando se confió al almirante don Fadrique Enríquez, dándole un brillante séquito de caballeros y buen número ele tropas, sacadas principalmente de Castilla, Asturias y Vizcaya, para llevar a Flandes la infanta doña Juana (la que después fue reina de España, doña Juana la Loca), prometida del archiduque, y para traer la princesa Margarita desposada con el príncipe heredero don Juan. La reina Isabel acompañó a su hija hasta Laredo, donde se despidió tierna y dolorosamente de ella (22 de agosto). Creció la ansiedad y el cuidado de aquella cariñosa madre con la tardanza que hubo en recibir noticias de la flota. Preguntaba a los marineros ancianos, quería que los conocedores de aquellos mares le dijesen qué peligros podía haber corrido la armada, y en su ansia de saber hubiera querido inquirir de las olas mismas qué había sido de su hija. Súpose al fin que los vientos habían obligado a la flota a tomar puerto en Inglaterra, y que después de reparada allí había sufrido en el resto de la navegación tormentas y averías, en que perecieron muchos de la comitiva, entre ellos el obispo de Jaén, pero que por fin había arribado a Flandes, llegando la princesa algo fatigada y un tanto doliente. Poco después se celebraron las bodas en Lille (20 de octubre), donde se hallaba el archiduque, dándoles la bendición nupcial el arzobispo de Cambray.

No sufrió la flota menos borrascas al traer a España la princesa Margarita, que había de casar con el príncipe heredero de Castilla don Juan. En esta ocasión, y estando en peligro de irse a pique la nave misma que conducía a la ilustre novia, asombró a todos la heroica serenidad de la joven princesa, y en su continente, expresiones y pensamientos reveló el talento de que había de dar tantas pruebas en edad más adulta. Llegó al fin la armada al puerto de Santander (marzo, 1497). El príncipe de Asturias había salido a recibirla acompañado del rey su padre, del pa­triarca de Alejandría y de muchos nobles del reino. Encontráronse en el valle de Toranzo, junto a Reinosa, y juntos se encaminaron a Burgos, donde se celebró con toda ceremonia el matrimonio (3 de abril), que bendijo el arzobispo de Toledo. Tal vez hacía siglos que no se celebraban bodas de príncipes en Castilla con tanta pompa, boato y solemnidad, y en pocas habría reinado tanta alegría y regocijo. Fernando e Isabel habían convocado todos los embajadores de las potencias extranjeras, toda la grandeza, y todos los personajes más notables e ilustres de sus reinos, los cuales asistieron ostentando sus insignias y vestidos de toda gala. Las fiestas fueron también suntuosas, y sólo turbó la universal alegría el desastre lastimoso del cumplido caballero don Alonso de Cárdenas, hijo del comendador mayor don Gutierre, que murió de una caída de su caballo. Eran en fin las bodas del heredero del trono, del único príncipe varón, del predilecto de sus padres, y nada perdonaron los reyes para darles esplendor, y para agasajar a la ilustre princesa que venía a formar parte de la familia real española.

Solamente extrañó la mesurada gravedad y etiqueta de la corte de España que se la obligó a guardar, y aun cuando se le dejaron todas sus damas, dueñas y sirvientes flamencos, y no se hizo novedad en el orden y estilos de su casa, habituada como estaba a la llaneza, sencillez y familiaridad de Austria, Francia y Borgoña, no podía acostumbrarse al ritual ceremonioso de la de Castilla. En cambio la reina Isabel con admirable generosidad y desprendimiento hizo a su nuera el más rico presente de bodas que jamás se había visto, el de las alhajas y preseas de más precio y de más exquisita labor que poseía.

Al poco tiempo de este matrimonio se concluyó también el de la infanta doña Catalina con el príncipe de Gales, primogénito del rey de Inglaterra (15 de agosto, 1497); y lo que fue más notable, por menos esperado, el de la infanta doña Isabel con el rey don Manuel de Portugal. Este monarca no había descansado en sus instancias y gestiones hasta vencer la repugnancia de la princesa de Castilla al segundo himeneo, y habíanle ayudado en su porfía los reyes de España y los principales personajes de uno y otro reino. Sólo se pudo obtener el asentimiento de la solicitada princesa con una condición bien extraña, pero muy propia de sus religiosos sentimientos, y de sus ideas algo intolerantes en materias de fe y un tanto propensas a la superstición, puesto que atribuía la muerte desgraciada de su primer marido don Alfonso al asilo que habían hallado en Portugal los judíos y herejes expulsados o huidos de España. Así la condición que irrevocablemente impuso fue que el rey don Manuel, antes de darle su mano, había de desterrar de su reino a todos los herejes y judíos o castigarlos con arreglo a las penas que en España tenían. Grande era en verdad, y grande se necesitaba que fuese el amor del monarca portugués a la princesa española para que él se resolviese a tomar una medida que su ilustración y sus sentimientos repugnaban, tanto que estaba solicitando bulas pontificias en favor de aquella desgraciada gente. Causa fue esta de perplejidad, vacilaciones y sospechas por parte del portugués: pero la princesa no transigía en lo de la condición; de la resolución del portugués hacían los reyes de España pender en gran parte lo de la paz general que entonces se trataba: por último, prevaleció la pasión sobre todos los principios y todas las consideraciones, dio el rey don Manuel el edicto de expulsión de los judíos, juró castigar a los que quedasen, la infanta Isabel accedió entonces a darle su mano, y en su virtud puestas de acuerdo las familias reales de España y Portugal, juntáronse todos en Valencia de Alcántara (setiembre, 1497), y se hicieron las bodas sin ruido, sin fiestas y sin aparato.,

Pero los días de más placer suelen ser vísperas de los de más amargu­ra. Cuando todo marchaba en bonanza para los Reyes Católicos, cuando estaba para firmarse una paz y la nación iba a gozar del sosiego que tanto necesitaba, y cuando en toda España se hacían regocijos y festejos públicos por los enlaces tan ventajosos y casi simultáneos de sus príncipes, un acontecimiento funesto vino a llenar de amargura el corazón de los reyes y a derramar el dolor en toda la monarquía. El príncipe don Juan, el querido de sus padres y el amado de los pueblos, había caído gravemente enfermo en Salamanca, y el mal amenazaba acabar con su preciosa existencia. Tan luego como la triste nueva llegó a Valencia de Alcántara, donde se hallaban sus padres con motivo de las mencionadas bodas, el rey don Fernando voló a Salamanca, donde encontró a su hijo sin esperanzas de vida, muy cristianamente resignado y conforme con la voluntad de Dios, dispuesto con religiosa tranquilidad a dejar un mundo de vanidad y de miseria. Algo fortaleció el afligido espíritu del padre la heroica y santa conformidad del hijo moribundo, que al fin exhaló el último aliento (4 de octubre. 1497), cuando parecía sonreírle más la felicidad, y cuando acababa de entrar en la primavera de sus días. Compréndese cuál sería la aflicción de la joven viuda, recién venida a país extranjero, y cuál el dolor de una madre tan amorosa y tierna como la reina Isabel, por más medios que se emplearan para prepararla a recibir el terrible golpe. No es maravilla que traspasara como un dardo los corazones de la esposa y de los padres la muerte de un príncipe que apesadumbró profundamente a todos los españoles, que cifraban en sus bellas dotes intelectuales y morales las más lisonjeras esperanzas para el porvenir de la monarquía. Muchas fueron las demostraciones públicas con que la nación manifestó su sentimiento. La corte vistió un luto más riguroso de lo que acostumbraba: enarboláronse banderas negras en las puertas y en los torreones de las ciudades; cerráronse por cuarenta días todas las oficinas y oficios públicos y privados, «y fueron, dice un cronista, las honras y obsequias las más llenas de duelo y tristeza que nunca antes en España se entendiese haberse hecho por príncipe ni por rey ninguno.»

Fundábase algún consuelo en el estado de preñez en que se quedó la princesa Margarita, y en la esperanza de que podría nacer un heredero varón. Mas esta esperanza se desvaneció también muy pronto, malpariendo la ilustre viuda una niña, con lo cual llegó a su último punto la aflicción general. La desconsolada Margarita, por más pruebas de cariño y por más halagos que recibía de los padres de su difunto esposo, no tuvo ya gusto para permanecer en España, e instigada al propio tiempo por los flamencos de su servidumbre, determinó volverse a su tierra. Verémosla más adelante casada otra vez, y otra vez viuda, desempeñando importantes cargos políticos con el talento y la discreción de que en su juventud había mostrado ya estar adornada.

Muerto sin sucesión el príncipe de Asturias, heredaba la corona según las leyes de Castilla su hermana mayor doña Isabel, reina de Portugal. Mas no tardó en saberse que contra toda razón y derecho el archiduque Felipe de Austria, casado con doña Juana, había tomado para sí y para su esposa el título de príncipes de Castilla, apoyado por el emperador su padre. Esta injustificada usurpación, que descubría ya los proyectos ambiciosos de la casa de Austria, y contra la cual protestaron inmediatamente los Reyes Católicos, movió a estos monarcas a llamar apresuradamente a los reyes de Portugal sus hijos para que recibiesen en las cortes de Castilla el reconocimiento y título de príncipes de Asturias y de herederos de estos reinos. Partieron, pues, los reales esposos de Lisboa (fin de marzo, 1498). Desde su entrada en Extremadura hasta Toledo, donde estaban convocadas las cortes, todo fue agasajos y obsequios prodigados a porfía por los monarcas españoles y por los grandes y señores castellanos. El 29 de abril, ante los prelados, nobles, caballeros y procuradores de las ciudades de Castilla congregados en la gran basílica de Toledo, se reconoció y juró a la princesa doña Isabel, reina de Portugal, por sucesora legítima de los reinos de Castilla, León y Granada para después de los días de la reina doña Isabel su madre, y al rey don Manuel de Portugal su esposo por príncipe, y después por rey.

Seguidamente partió la corte para Zaragoza, donde el rey don Fernan­do había convocado cortes de aragoneses para el 2 de junio, con objeto de que hiciesen igual reconocimiento por lo respectivo a aquellos reinos. Acompañaban a los reyes y príncipes de España y Portugal los principales personajes eclesiásticos y seglares de ambas naciones. Pero allí ocurrieron dificultades que no debían sorprender, nacidas de los usos y costumbres de aquel reino en materia de sucesión, y de la fidelidad y constancia de los aragoneses en la observancia de sus costumbres y fueros. Así fue que cuando don Fernando, en sesión del 14 de junio, sentado en su solio, propuso a las cortes aragonesas el reconocimiento de su hija primogénita como heredera de los reinos de la corona de Aragón a falta de hijos varones, por más que apeló con muy dulces palabras a su amor y fidelidad, y ofreció que les tendría muy en memoria aquel servicio, opusiéronle desde luego con su natural franqueza los inconvenientes de alterar la costumbre del país, confirmada por los testamentos de varios reyes, por la cual no eran admitidas a la sucesión de aquellos reinos las hembras. Prolongáronse con tal motivo las cortes, bien a pesar del rey don Fernando, suscitándose las cuestiones y debates que ya en otros semejan­tes casos se habían sostenido, y citando cada cual ejemplos y alegando razones en pro y en contra de la sucesión femenina, según la opinión o el interés de cada uno. Un camino se hallaba para conciliar los deseos de todos, aunque algo dilatorio, que era una cláusula del testamento del último rey de Aragón don Juan II, por la cual se daba derecho de sucesión, en el caso de no tener el rey hijos varones, a los descendientes varones de sus hijas, o sea a los nietos; y como doña Isabel se hallaba en cinta y en meses ya mayores, convendría diferir la resolución por si naciese un hijo, con lo cual se disiparían las dudas y cortarían las discordias.

Así aconteció para alegría y para pesar de los Reyes Católicos. El 23 de agosto, reunidas todavía las cortes, dio a luz la reina de Portugal un príncipe, mas con la triste fatalidad de que con el gozo del nacimiento del hijo se juntara el llanto de la muerte de la madre. A la hora de su alumbramiento expiró la princesa Isabel; terrible golpe para sus padres, aun no recobrados del amargo pesar de la pérdida de su único y querido hijo. Las esperanzas de los españoles se concentraron todas en el recién nacido, a quien se puso por nombre Miguel, de la iglesia parroquial en que se bautizó (4 de setiembre). El rey don Manuel de Portugal, su padre, dejó el título de príncipe de Castilla, y ya ni unos ni otros tuvieron dificultad en reconocer y jurar al infante don Miguel como sucesor y legítimo heredero de los reinos de Castilla y de Aragón. Así se verificó tan pronto como la reina Isabel se halló un tanto aliviada de una enfermedad que tan repetidas y grandes pesadumbres le habían ocasionado. Fue, pues, jurado el tierno príncipe (22 de setiembre) por los cuatro brazos del reino reunidos en el salón de la casas de la diputación, nombrándose a sus abuelos Fernando e Isabel guardadores del futuro heredero, y obligándose éstos solemnemente, en cuanto podían, a que cuando el príncipe niño llegase a mayor edad juraría por sí mismo guardar y conservar al reino de Aragón sus fueros y libertades. Celosos siempre de éstas los aragoneses, hicieron también una solemne protesta para que aquel reconocimiento no causase perjuicio a sus fueros, usos, privilegios y costumbres, y que se entendiese que no por eso fuesen obligados a jurar los primogénitos antes de los catorce años, en conformidad a lo que las leyes del reino disponían.

Al año siguiente (enero, 1499) fue reconocido también el príncipe don Miguel y jurado heredero de los reinos de León y Castilla en las cortes de Ocaña; y los portugueses le juraron a su vez en las de Lisboa (16 de mar­zo) como legítimo sucesor de aquel reino. De esta manera un príncipe niño venía a reasumir en sí el derecho de unir en su cabeza las coronas de las tres principales monarquías españolas, Portugal, Castilla y Aragón; combinación que deseaban hacía mucho tiempo los Reyes Católicos, y de que se alegraban los pueblos de Castilla, no obstante que hubiese sido producida por bien tristes causas y acontecimientos, pero que miraban con recelo los portugueses, temerosos de perder con la unión a mayores Estados su importancia y su independencia. Pronto quedaron desva­necidas las esperanzas de los unos y los temores de los otros, y malograda la única ocasión que hasta entonces se había presentado de unirse en una misma cabeza, sin guerras, sin hostilidades, sin menoscabo de la independencia y sin mortificación del amor nacional, las coronas de los tres reinos de la península española llamados por la naturaleza a formar una gran familia y una sola monarquía. No habían acabado para los Reyes Católicos los infortunios y las pérdidas de familia, que inutilizaban y frustraban todos sus planes en punto a la sucesión futura del reino. Todo se trocó y deshizo con el fallecimiento del tierno príncipe en Granada (20 de julio, 1500), y la sucesión de los reinos de Castilla recayó por esta serie de fatales defunciones en la princesa doña Juana, esposa del archiduque Felipe de Alemania.

Todavía, no queriendo los Reyes Católicos renunciar a las ventajas de una buena y amistosa relación con el vecino reino de Portugal, lograron enlazar otra vez con su familia al monarca viudo don Manuel por medio del matrimonio que se concertó (abril de 1500) con la infanta doña María, hija tercera de aquellos reyes, con quien antes de su casamiento con la princesa Isabel había estado ya tratado. Tal fue el interés y el afán con que Fernando e Isabel procuraron las colocaciones más ventajosas para sus hijos, tal la política con que manejaron este asunto, haciéndole uno de los resortes más importantes de sus planes, y tal el estado y situa­ción creada por aquellos enlaces al terminar el siglo XV.

 

Además de los hijos legítimos que hemos mencionado, tuvo don Femando el Católico otros cuatro naturales, a saber: don Alfonso de Aragón, que nació en 1469 de doña Aldonza Roig, vizcondesa de Evol, el cual fue arzobispo de Zaragoza: doña Juana de Aragón, habida de una señora de la villa de Tárrega, que casó con el gran condestable de Castilla don Bernardino Fernández de Velasco; y dos llamadas Marías, la una hija de una señora vizcaína, y la otra de una portuguesa, y ambas fueron religiosas y prioras del convento de Agustinas de Santa Clara de Madrigal.

 

CAPÍTULO XLVI.

CISNEROS.—REFORMA DE LAS ÓRDENES RELIGIOSAS. 1493 - 1498