LIBRO I.
LAS GUERRAS CIVILES.
CAPÍTULO VIII
Abdelmelic alcanzaba ya el objeto de sus
anhelos. Para reinar sin competidor sobre
el mundo musulmán solo le restaba conquistar la Meca, residencia y último asilo de
su émulo. Esto era en verdad un sacrilegio, y Abdelmelic se hubiera estremecido de
horror ante el solo pensamiento de realizarlo, si conservara todavía los piadosos
sentimientos que le hablan distinguido en
su juventud. Pero no era ya el joven
Cándido y estüsiasta que en un arrebato de
santa indignación apellidaba a Yezid el enemigo del Eterno, porque se había atrevido
a enviar soldados contra Medina, la ciudad
del Profeta! Los años, el trato del
mundo y el ejercicio del poder, hablan agotado ya su candor juvenil y su fe sencilla, y
se cuenta que el dia en que su primo Achdac
dejó de vivir, ese dia en que Abdelmelic se
manchó con el doble crimen del perjurio y
del asesinato, habia cerrado el libro de Dios
diciendo con aire helado y sombrío: «Desde
ahora ya no hay nada de común entre
nosotros». Así sus sentimientos religiosos eran bastantes conocidos para que nadie
se asombrara al saber que iba a enviar tropas contra la Meca; mas lo que a todo el
mundo sorprendió fue que eligiera por caudillo de esta importante expedición a un
hombre salido de la nada, a un cierto Haddjadj, en otro tiempo maestro de escuela
de Taif, en la Arabia que se creia feliz, si
enseñando a leer a los niños «tarde y mañana», llegaba a ganar con que comprar un
pedazo de pan seco. Conocido solamente por haber restablecido un poco la disciplina en la guardia de Abdelmelic, por
haber mandado una división en el Irak,
donde la deserción del enemigo le liabia quitado los medios de mostrar su bravura o su
cobardía, y en fin, por haberse dejado derrotar en el reinado de Merwan por los Zobairitas, debió su nombramiento a una
extraña circunstancia. Cuando solicitó el
honor de mandar el ejército que iba a asediar a Ibn-Zobair, el Califa le respondió al
principio por un «cállate» altivo y desdeñoso; pero por una de esas anomalías normales del corazón humano, Abdelmelic, por
lo damás poco creyente, tenia una fé firmísima en los sueños y Haddjadj sabía explotarla. «Yo he soñado, le dijo, que desollaba
a Ibn-Zobair,» y en seguida el Califa le confirió el mando que solicitaba.
En cuanto a Ibn-Zobair, habla recibido
con gran calma y resignación la nueva de la
pérdida del Irak y de la muerte de su hermano. Justo es decir que no dejaban de inquietarles los proyectos de Mozab, que en su
sentir gustaba demasiado de darse aires de
soberano, y tanto mas fácilmente se consoó
de esta pérdida, cuanto que le daba ocasión
de desplegar sus talentos oratorios, predicando un sermón que acaso nos parecería
frío y rebuscado, pero que sin duda él hallaría muy edificante, en que decía sencillamente que la muerte de su hermano le había llenado a la par de tristeza y de alegría:
de tristeza porque se veia «privado de un
amigo cuya muerte era para él una herida
tan penetrante, que no dejaba al hombre
sensato otro recurso que la resignación y la
paciencia»; de alegría, «porque concediendo Dios a su hermano la palma del martirio, había querido darle un testimonio de
su bondad». Mas cuando le fué preciso no predicar sino combatir, cuando vio
a la Meca estrechamente cercada y entregada a los horrores del hambre más terrible, vaciló su valor. No porque careciera de
ese vulgar esfuerzo que todo soldado, a no
ser de extrema cobardía, posee en el campo de batalla, sino porque carecía de energía moral, así que, acercándose a su madre, mujer de una fortaleza verdaderamente romana, a pesar de sus cien años, la dijo:
—Madre mía, todo el mundo me abandona y el enemigo me ofrece aún condiciones bastante aceptables: ¿qué debo hacer?
—Morir, le contestó.
—Pero temo, la replicó con aire lastimoso, temo que si sucumbo bajo los golpes de
los Sirios, sacien su venganza en mi cadáver....
—¿Y qué te se dá de eso? La oveja que
ha sido degollada, ¿sufre cuando la desuellan?
Estas viriles palabras hicieron asomar el
rubor de la vergüenza en la frente de Abdallah; y se apresuró a asegurar a su madre
que participaba de sus sentimientos y que
no había tenido otro designio que probarla... Pocos monentos después armado de pies
a cabeza volvió para darla el último adiós.
Ella le estrechó contra su corazón. Su mano
encontró una cota de malla.
—Cuando se está decidido a morir no se
necesita esto, le dijo.
—No me he puesto esta armadura sino para inspiraros alguna esperanza, contestó él
algo desconcertado.
—Ya le he dicho adiós a la esperanza;
quítatela.
Abdallah obedeció. En seguida, habiendo
pasado en la Caba algunas horas en oración, este héroe sin heroísmo cayó sobre los
enemigos, muriendo de una manera más
honrosa que habla vivido. Su cabeza fué
enviada a Damasco, su cuerpo atado a una
horca con los pies para arriba. (692)
Durante los seis u ocho meses que había
durado el sitio de la Meca, Haddjadj había
desplegado un gran valor, una actividad infatigable, una perseverancia a toda prueba
y para decirlo todo, una indiferencia hacia
las cosas santas, que los teólogos no le han
perdonado nunca, pero que prueba que se
había consagrado en cuerpo y alma a la
causa de su señor. Nada le había detenido,
ni la inviolabilidad inmemorial del templo,
ni lo que llamaban los demás señales de
la cólera del cielo. Un día en que los Sirios se ocupaban en tirar piedras a la Caba, levantóse una tormenta; doce soldados fueron heridos por el rayo. Poseídos
de un terror supersticioso, se detuvieron
los Sirios, y ni uno solo quiso proseguir;
pero Haddjadj, arremangándose al punto la ropa, cogió una piedra, la puso en
la ballesta y movió las cuerdas diciendo con
tono burlón y desenvuelto: «Esto no es
nada, yo conozco este país, pues he nacido
en él; aquí son frecuentes las tormentas.»
Tanta adhesión a la causa Omeya merecía una brillante recompensa. Abdelmelic
nombró a Haddajdj gobernador de la Meca y poco después de todo el Hidjaz. Como era de origen caisita, su promoción hubiera probablemente inspirado sospechas y
alarmas a los Kelbitas si hubiera sido de
nacimiento más ilustre; pero no era más
que un advenedizo, un hombre sin importancia. Además los Kelbitas podían también
hacer valer servicios importantes prestados
en el citio de la Meca; la piedra fatal que
había matado a Ibn-Zobair había sido lanzada por Homaid Ibn-Bahdal, uno de
los suyos. Lo que acabó de tranquilizarlos
fué que el Califa se complacía en alabar su
bravura y fidelidad; que lisonjeaba y acariciaba a sus jeques en prosa y verso, que continuaba dándoles los empleos con exclusion de sus enemigos, y en fin, que tenían en su favor a muchos príncipes, tales
como Khalid, hijo de Yezid I, y Abdalazis,
hermano del Califa e hijo de una kelbita.
Tampoco los Caisitas carecían de protectores en la corte. Bichr, sobre todo, hermano del Califa e hijo de una caisita había
heredado sus intereses y sus querellas; y
como decia a cada paso que superaban a los
Kelbitas en bravura, sus fanfarronadas encendiaron de tal modo la cólera de Khalib, que éste dijo un día a los Kelbitas:
—¿Tío, hay alguno entre vosotros que se
atreva a hacer una razia en el desierto de
los Gais? Es preciso que se humille el orgullo de los príncipes que tienen por madres
mujeres caisitas, pues que no cesan de pretender que en todos los encuentros, lo mismo antes que después del Profeta, los Caisitas han llevado la ventaja sobre nosotros.
—Yo me encargo de buena gana, le respondió Homaid Ibn-Bahdal, siempre que
me garanticéis que el Sultán no ha de castigarme.
— Os respondo de todo.
—¿Pues qué haréis?
—Nada más sencillo. Sabéis que desde la
muerte de Ibn-Zobair, los Caisitas no han
pagado el diezmo al Califa. Yo os daré una
orden que os autorice a cobrarlo y que se
supondrá de Abdelmelic. De esta manera
hallareis fácilmente la ocasión de tratarlos
como merecen.
Ibn-Bahdal se puso en camino, pero con
una comitiva poco numerosa para no despertar sospechas, porque estaba seguro de
encontrar soldados donde quiera que hubiese hombres de su tribu. Llegado entre
los Bani-Abd-Wadd y los Beni-Olaim, dos
sub-tribus da Kelb que inoraban en el Desierto, al Sud de Dama y de Khabt, les comunicó el proyecto de Kbalid, y habiendo
declarado los más bravos y más determinados de las dos tribus que no ansiaban
otra cosa que seguirle, se internó con ellos
en el Desierto después de haberles hecho
jurar que no habían de tener piedad para
los Caisitas.
Un hombre de Fazara, sub-tribu de Cais,
fué su primera victima. Oriundo de una rica y poderosa familia, su bisabuelo Hodhaifa Iba-Badr había sido el caudillo de los
Dhobyan en la célebre guerra de Dahis;
pero como la desgracia le hizo tener por
madre una esclava, sus. orgullosos contributos le menospreciaban de tal modo, que
le habían rehusado darle sus hijas en matrimonio (lo que le había obligado a tomar
mujer en una tribu yemenita) y no queriendo admitirlo en su compañía, lo hablan
relegado a los confines del campo. Este desventurado paria recitaba en alta voz las
oraciones de la mañana, y esto fué lo que
lo perdió. Guiados por ella, los Kelbitas cayeron sobre él, lo degollaron y uniendo el
robo al asesinato, se apoderaron de sus camellos en número de ciento. Encontrando
en seguida cinco familias que descendían
también de Hodhaifa, las atacaron. El combate fué encarnizado y se prolongó hasta
la noche, pero ya entonces todos los Caisitas yacian en el campo de batalla y sus enemigos los creían cadáveres. No lo eran sin
embargo; sus heridas, aunque numerosas,
no eran mortales, y gracias a la arena, que
impelida por un fuerte viento de Oeste, vino a cubrirlos y a contener el derramamiento de sangre, escaparon todos de la muerte.
Continuando su camino durante la noche,
los Kelbitas encontraron la mañana siguiente a otro descendiente de Hodhaifa denominado Abdallah. Este anciano iba de
viaje con su familia; pero solo llevaba con
él en estado de defenderse a su hijo Djab,
que desde que vio llegar la banda kelbita
cogió sus armas, montó a caballo, y fué a
colocarse a alguna distancia. Cuando los
Kelbitas echaron pie a tierra, Abdallah les
preguntó quienes eran. Ellos respondieron
que diezmeros enviados por Abdelmelic.
—Podéis enseñárme la orden que prueba
lo que decís? preguntó el anciano.
—Ciertamente, le respondió Ibn-Bahdal: he aquí la órden: y las mostró un di-
ploma con el sello del Califa.
— ¿Y cual es el tenor de ese escrito?
—Aquí se lea: «De parte da Abdelmelic,
hijo de Merwan, a Homaid Ibn-Bahdal. Al
dicho Homaid Ibn-Bahdal, se le ordena por
la presante ir a cobrar el diezmo a todos los
Beduinos que pueda encontrar. El que pague este diazmo y se haga inscribir en el
registro, será considerado como súbdito obediente y fiel; el que rehuse hacerlo será tenido por rebelde a Dios, a su Profeta y al jefe
de los creyentes.
—Muy bienj estoy pronto a obedecer y a
pagaros el diezmo.
—Eso no basta; es preciso otra cosa.
—Cuál?
—Queremos que vayáis en busca de todos
los individuos de vuestra tribu, a recoger
el diezmo de cada uno, y que nos señaléis
el lugar a que hemos de venir a recibir el
dinero de vuestras manos.
—Eso me es imposible. Los Fazara se hallan dispersos en una gran extensión del Desierto, yo no soy joven y no podria emprender un camino tan largo: no tengo a mi lado mas que a uno de mis hijos. Vosotros que
venís de tan lejos, y que debéis estar acostumbrados a largos viajes, encontrareis a mis contributos mucho más fácilmente que
yo; cada día habréis de llegar a uno de sus
campamentos, porque ellos se detienen donde quiera que encuentran buenos pastos.
—Sí, ya lo conocemos. No es para buscar
pastos para lo que se han dispersados en el
Desierto; es para evadirse del pago del
diezmo. Son rebeldes.
—Os puedo jurar que son súbditos fieles;
es solo para buscar pastos....
—Dejemos esto y haced lo que os decimos.
—No puedo; hé aquí el diezmo que debo
al Califa, tomadlo.
—Vuestra obediencia no es sincera, porque mirad a vuestro hijo que desde lo alto de
su caballo nos echa miradas despreciativas.
—Nada tenéis que temer de mi hijo; tomad mi diezmo y marchaos, si sois verdaderamente díezmeros.
—Vuestra conducta muestra demasiado
que era verdad lo que nos aseguraban, que
vos y vuestros contributos habéis combatido por Ibn-Zobair.
—No hemos hecho semejante cosa. Le
hemos pagado el diezmo, porque nosotros
los Beduinos extraños a la política, lo pagamos al que es dueño del país.
—Probadme que decís la verdad, haciendo bajar a vuestro hijo de su caballo.
—¿Qué tenéis que ver con mi hijo? Ese
jóven se asusta viendo caballeros armados.
—Que baje, pues que nada tiene que
temer.
El anciano se dirigió á su hijo y le mandó que echase pie a tierra.
—Padre mío, le respondió el joven, veo
que sus ojos quieren comerme, esos quieren
despedazarme. Dadle todo lo que queráis,
pero dejadme que me defienda.
Y volviéndose a los Kelbitas, Abdallah
les dijo:
—El muchacho teme por su vida. Tomad
mi diezmo y dejadnos en paz.
—Nada tomaremos mientras que tu hijo
siga a caballo.
—No quiere obedecerme, y además ¿qué
falta os hace?
—Bien, os rebeláis. Esclavo, trae avios
de escribir! Ya hemos concluido. Vamos a
decir al príncipe de los creyentes que Abdallah, nieto de Oyaina nos ha impedido
cumplir nuestra comisión para con los Beni-Fazaras.
—Os suplico que no hagáis semejante cosa, porque yo no he hecho eso.
Pero sin atender a los ruegos del anciano, Ibn-Bahdal escribió una carta, y dándosela a uno de sus jinetes, éste tomó al
punto el camino de Damasco.
—No me acuséis injustamente de ese modo! Yo os conjuro en el nombre de Dios que
no me presentéis como un rebelde a los ojos
del Califa, pues estoy pronto a obedecer
sus órdenes.
—Haced que descabalgue vuestro hijo.
—Corren malas noticias de vosotros; pero ¿me prometéis que no le sucederá nada
malo?
Los Kelbitas se lo prometieron de la manera más solemne. Abdallah dijo a su hijo:
—Que Dios me maldiga si no te bajas del
caballo!
Entonces Djad obedeció, y, arrojando al
suelo la lanza, se adelantó pausadamente
hacia losKelbitas diciendo con acento triste:
—Este día nos ha de traer una desgracia, padre mío.
Como el tigre juega con el enemigo que
tiene bajo su garra antes de matarlo, los
Kelbitas comenzaron a insultar y escarnecer al joven, y luego lo tendieron sobre una
roca para degollarlo. Durante su agonía,
el desgraciado echó a su padre una última mirada llena a la vez de tristeza, de
resignación y de reproche.
Por feroces que fueran los Kelbitas, los
blancos cabellos del anciano les impusieron
cierto respeto; no atreviéndose a degollarlo, como habían hecho con su hijo, trataron
de matarlo a palos, y le dejaron por muerto sobre la arena. Volvió a la vida, pero
atormentado por el remordimiento, no cesaba da decir; «Aunque debiera olvidar todas las desgracias que he sufrido, la mirada que me echó mi hijo cuando le hube
entregado a sus verdugos, esa jamás se
apartará de mi memoria.»
El caballo de Djad, rehusó abandonar
el sitio en que se habla verificado el asesinato. Con los ojos siempre fijos en el suelo
y escarbando con la mano la arena manchada aun con la sangre de su amo, el fiel animal se dejó morir de hambre.
Otros asesinatos le siguieron. Entre las
víctimas se contó Borda, hijo de un ilustre
jeque de Halhala, y los sanguinarios Kelbitas no volvieron a Damasco hasta que los
Caisitas, enterados de su verdadero objeto,
se libraron de su ciego furor internándose
en el Desierto.
Todos los Kelbitas estaban ebrios de gozo
y de orgullo, y un poeta de Djohaina, tribu
que como la de Kelb descendía de Codhaa,
expresó estos sentimientos con singular energía y fanática exaltación.
¿Lo sabéis vosotros hermanos mios, decía,
vosotros los aliados de los Kelb? Sabéis
vosotros que el intrépido Homaid ibn-Bahdal, ha vuelto a los Kelbitas la salud y la
alegría? Sabéis que ha llenado de vergüenza a los Caisitas, que los ha obligado a levantar el campo? Para que lo hicieran deben haber sufrido terribles derrotas... Privadas de sepultura, yacen en el Desierto
las víctimas de Homaid ibn-Bahdal; perseguidos por sus vencedores, los Caisitas no
han tenido tiempo de enterrarlas, ¡Regocijaos hermanos mios! Las victorias de los
Kelb son nuestras, ellos y nosotros somos
las dos manos de un mismo cuerpo: cuando
la mano derecha ha sido cortada en el combate es con la izquierda con la que se maneja el sable.
Grande fue también el gozo de los príncipes Omeyas que tenían por madres mujeres
kelbitas. Desde que tuvo noticia de lo que
había pasado Abdelazis, dijo a su hermano Bichr en presencia del Califa:
—Y bien, sabéis ya como mis tíos maternos han tratado a los vuestros?
—¿Qué han hecho? preguntó Bichr.
—Unos caballeros kelbitas han atacado y
exterminado a un campamento caisita.
—Imposible, vuestros tíos maternos son
demasiado viles y demasiado gallinas para
ponerse eon los míos.
Pero a la mañana siguiente Bichr, adquirió la certeza de que su hermano había dicho la verdad. Halhala, Said y otro jefe de
los Fazara, que habían llegado a Damasco
sin capa, descalzos y con las ropas desgarradas, se abrazaron a sus rodillas suplicándole que le concediera su protección y tomara su causa en sus manos. Él se lo prometió, y llegándose a su hermano el Califa,
le habló con tanto calor en favor de sus
protegidos, que Abdelmelic, a pasar de su
odio hacia los Caisitas, le prometió tomar
del sueldo de los Kelbitas la indemnización
pecuniaria debida a los de Fazara. Pero esta
decisión aunque conforme a la ley, no satisfizo a los últimos. No era dinero lo que
querían, era sangre.
Habiendo rehusado el convenio que se les
proponía, dijo el Califa: «Pues bien; el tesoro os pagará inmediatamente la mitad de
la suma que os es debiba, y si continuáis
siéndome fieles, lo que dudo mucho, os
pagaré también la otra mitad.» Irritados
con esta injuriosa sospecha, acaso tanto más
cuanto que no podian asegurar que estuviese falta de fundamento, y resueltos además a exigir la pena del talion, estaban a
punto de rehusar de nuevo cuando Zofar
los llamó a parte y les aconsejó aceptar el
dinero que se les ofrecía, a fin de que pudieran emplearlo en comprar armas y caballos. Aprobando este pensamiento, consintieron en recibir el dinero y, habiendo comprado gran cantidad de armas y de caballos, tomaron el camino del Desierto.
Ya de vuelta en su campo convocaron el consejo de la tribu. En esta asamblea Halhala pronunció algunas palabras
calurosas para excitar a sus contributos a
vengarse de los Kelbitas. Apoyáronlas sus
hijos, pero había entre los miembros del
consejo otros que, menos cegados por el
odio, juzgaban semejante expedicion peligrosa y temeraria.
—Vuestra misma casa,
le dijo a Halhala uno de sus contrarios, ha
quedado ahora muy debilitada para que podáis tomar parte en la lucha. Los Kelbitas,
esas hienas, os han matado la mayor parte de
vuestros guerreros, y os han despojado de
todas vuestras riquezas. Estoy seguro que
en semejantes circunstancias no podréis
acompañarnos.
—Hijo de mi hermano, le respondió Halhala, yo iré con los demás porque tengo ira en el corazón... Ellos me han
matado a mi hijo, a mi Borda, a quien yo
amaba tanto—, añadió con voz sorda, y habiéndole hecho caer este doloroso recuerdo
en uno de esos accesos de ira que le eran
habituales desde la muerte de su hijo
empezó a lanzar agudos y penetrantes
gritos, que más parecían los rugidos de una
fiera privada de sus cachorros que los sonidos de voz humana. «¿Quién ha visto a
Borda? exclamaba: ¿Dónde está? Volvédmelo, es mi hijo, mi hijo queridísimo, la
esperanza y el orgullo de mi raza!...» Luego se puso a enumerar uno a uno y lentamente los nombres de todos los que habían
perecido por la espada de los Kelbitas, y a
cada nombre esclamaba: «¿Dónde está?...
«¿Dónde está?... ¡Venganza! ¡Venganza!»
Todos, inclusos los que un momento antes se habían mostrado más fríos y más
opuestos al proyecto, se dejaron fascinar y
arrastrar por esta elocuencia ruda y salvaje, y habiéndose resuelto hacer una expedicion contra los Kelbitas, se pusieron en camino de Banat-Cain, donde habia un campo kelbita. A la caída de la noche, los Fazaras cayeron de improviso sobre sus enemigos, gritando: «¡Venganza a Borda! ¡Venganza a Djad! ¡Venganza a nuestros hermanos!» Las represalias fueron tan atroces,
como las violencias que las habían provocado. Un solo Kelbita escapó, gracias a la
incomparable rapidez de su carrera; todos
los demás fueron degollados, y los Fazaras
examinaron con cuidado los cadáveres, para, si algún Kelbita respiraba todavía, insultar su agonía y rematarlo.
Desde que hubo recibido la noticia de esta razzia, el principe Bichr tomó la revancha. En presencia del Califa dijo a su hermano Abdalazis:
—Y bien, ¿sabéis ya como mis tíos maternos han tratado a los vuestros?
—¡Qué! exclamó Abdalazis: ¿han hecho
una razzia después de concluida la paz y de
indemnizados por el Califa?
Muy irritado éste de lo que acababa de
oir, pero esperando para tomar una resolución, noticias más precisas, les impuso silencio con un tono que no permitía réplica. Poco después, un Kelbita sin capa, sin calzado
y que había desgarrado sus vestidos, se
llegó a Abdalazis, quien le introdujo enseguida en la estancia del Califa, diciendo:
—
¡Sufriréis ¡oh príncipe de los creyentes! que
se ultraje a los que habéis tomado bajo
vuestra protección, que se menosprecien
vuestras órdenes, que se os saque el dinero
para emplearlo contra vos, y que se degüellen a vuestros subditos?
Entonces contó el
Kelbita lo sucedido. Exasperado y furioso
el Califa no pensó siquiera en un arreglo.
Decidido a hacer caer sobre los Caisitas todo el peso de su resentimiento y de
su odio inveterado, envió al punto a Haddjadj,que era entonces gobernador de toda la Arabia, orden para pasar a cuchillo
a todos los Fazaras adultos.
Aunque esta tribu era aliada de la suya,
Haddjadj no vaciló en obedecer. Era muy
afecto a su raza, pero lo devoraba la ambición. Había adivinado, por consiguiente,
que su partido no tenía más que una actitud que tomar, que un camino que seguir.
La sana y severa lógica de que estaba dotado, le había enseñado que la oposición no
conduciría a nada, que era menester tratar de reconquistar el favor del Califa, y
que para conseguirlo, era preciso someterse sin restricciones y sin segunda intención
a todas sus órdenes, aunque le mandará la
destrucción del santuario más venerado, o
el suplicio de su más próximo pariente. Pero el corazón se le partía. «Cuando haya
esterminado a los Fazaras, decía en el momento de partir con sus tropas, mi nombre será infamado y maldito como el del
Caisita mas desnaturalizado de la tierra.»
La órden, por otra parte era muy difícil de
ejecutar. Los Ghatafan, aliados de los Fazaras habían jurado socorrerlos, y lo que
es más, todas las tribus caisitas habían prestado el mismo juramento. El primer acto
de hostilidad iba a ser la señal de una sangrienta guerra civil, cuyo resultado era
difícil de proveer. Haddjadj no sabía qué
hacer cuando la llegada de Halhala y Said
vino a sacarle de su embarazo. Satisfechos
los dos jeques con haber saciado su venganza
en Banat-Gain, y temblando ante la idea de
ver encenderse una guerra civil que podría
tener para su tribu las más funestas consecuencias, se sacrificaron con noble desinterés para apartar de sus contributos los
males que los amenzaban, pues en ellos
el amor de su tribu era tan fuerte y persistente como su odio a los Kelbítas. Colocando amistosamente sus manos entre las de
Haddjadj: «Porqué, le dijeron, ¿porqué
queréis eso para los Fazaras? Los verdaderos culpables somos nosotros dos.» Gozoso
con este inesperado desenlace, el gobernador los retuvo prisioneros, y escribió inmediatamente al Califa que no se había atrevido a comprometerse en una guerra contra todas las tribus caisitas, rogándole
que se contentara con los dos jeques que se
habían puesto espontáneamente en sus manos. El Califa aprobó plenamente su conducta, ordenándole que le enviára los prisioneros a Damasco.
Cuando estos fueron introducidos en el
salón en que estaba el Califa rodeado de los
Kelbitas, los guardias les mandaron saludar. Pero en lugar de obedecer Halhala se
puso a recitar con entera y sonora voz estos versos tomados de un poema que había
compuesto en otro tiempo:
¡Salud a nuestros aliados, salud a los Adí,
a los Mazin, a los Chamkh, salud sobre
todo a Abu-Wahb, mi fiel amigo! Pueden condenarme a muerte ya que he apagado la sed de sangre de Kelbitas que me
devoraba. He sido feliz, he degollado a todos los que he encontrado al alcance de mi
espada, ahora que han dejado de vivir mi
corazón goza de dulce tranquilidad!
A fin de devolver insolencia por insolencia, el Califa al dirigirle la palabra estropeó de propósito su nombre, como si hubiera sido demasiado oscuro para ser pronunciado como debía. En lugar de Halhala
le llamó Halhal, pero este interrumpiéndole
al punto dijo:
—Es Halhala como me llamo.
—No, Halhal.
—No por cierto, es Halhala. Así me llamaba mi padre, y me parece que debia saberlo mejor que nadie.
—Pues bien Halhala, puesto que hay un
Halhala has ultrajado a los que yo, el príncipe de los creyentes, había tomado bajo
mi protección, has menospreciado mis órdenes y me has robado el dinero.
—No he hecho nada que se le parezca, he
cumplido mi voto, satisfecho mi odio y saciado mi venganza.
—Y ahora te entrega Dios a la mano
vengadora de la justicia.
—No soy culpable de ningún crimen «hijo
de Zarca!» (Era injuriar a Abdelmelic llamarle con este nombre que debía a una
abuela de escandalosa memoria.)
El Califa lo entregó al Kelbita Soair, que
tenia que vengar en él a su padre muerto en
Banat-Cain.
—Dime Halhala, le dijo Soair, ¿cuándo has
visto a mi padre la última vez?
—Estaba en Banat-Cain, le respondió el
otro con aire burlón: temblaba de piés a cabeza el pobre hombre.
—Por Dios que te he de matar.
—¿Tú? Mientes. Por Dios que eres demasiado vil y demasiado cobarde para matar
a un hombre como yo. Sé que voy a morir
pero es porque así le place al hijo de Zarca.
Dicho esto, marchó al lugar del suplicio
con fría indiferencia e insolente alegría, recitando de vez en cuando algún trozo de la
antigua poesía del Desierto, y no necesitando en manera alguna de las palabras que
para animarle, le dirigía el príncipe Bichr
que había querido ser testigo de su suplicio, y que se enorgullecía con su firmeza inquebrantable.
Cuando Soair levantó el brazo para cortarle la cabeza: «Trata, le dijo,
de que ese golpe sea tan bueno como el
que le di a tu padre.»
Su compañero Said, que el Califa había
entregada a otro Kelbita, sufrió su suertecon un menosprecio a la vida casi tan grande como el suyo.