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| LIBRO I
LAS GUERRAS CIVILES.CAPÍTULO I
CAPÍTULO I
Mientras Europa hace siglos que progresa y se
desarrolla, la inmovilidad es el carácter distintivo de esas innumerables
hordas que con sus tiendas y sus rebaños recorren los áridos y vastos desiertos
de la Arabia. Hoy son lo que fueron ayer, y lo que serán mañana; en ellas nada
cambia ni se modifica: los Beduinos de nuestros días conservan en toda su
pureza el espíritu que animaba a sus abuelos en tiempo de Mahoma, y los mejores
comentarios sobre la historia y la poesía de los árabes paganos, son las
noticias que nos trasmiten los viajeros modernos acerca de las costumbres, los
hábitos y la manera de pensar de los Beduinos entre quienes han habitado.
Y sin embargo este pueblo no carece ni de la
inteligencia ni de la energía necesarias para conocer y mejorar sus
condiciones, si quisiera. Si no progresa, si permanece extraño a toda idea de
adelanto, es porque indiferente al bienestar y a los goces materiales que
ofrece la civilización, no quiere cambiar su suerte por ninguna. El Beduino en
su orgullo se considera como el tipo más perfecto de la creación, menosprecia a
los otros pueblos, porque no se le parecen y se cree infinitamente más feliz
que el hombre civilizado. Cada condición tiene sus inconvenientes y sus
ventajas; pero la vanidad de los Beduinos se explica y se comprende sin
esfuerzo. Guiados no por principios filosóficos, sino por una especie de
instinto, han realizado de buenas a primeras la noble divisa de la revolución
francesa: la libertad, la igualdad y la fraternidad.
El Beduino era el hombre más libre de la
tierra: «Yo no reconozco, dice, más señor que el del Universo.» La libertad de
que gozaba era tan grande, tan ilimitada que comparadas con ella nuestras más
avanzadas doctrinas liberales parecen preceptos de despotismo. En nuestras
sociedades un gobierno es un mal necesario, inevitable, un mal que es la
condición del bien; los Beduinos no lo tenían. Había, verdad es, en cada tribu
un jefe elegido por ella; pero este jefe no posee más que una cierta
influencia; se le respeta, se escuchan sus consejos, sobre todo si tiene el don
de la palabra, pero no se le concede en manera alguna el derecho de mandar. En
lugar de cobrar sueldo, tiene, y aun está obligado por la opinión pública, a
proveer a la subsistencia de los pobres, a distribuir entre los amigos los
presentes que recibe y a ofrecer a los extranjeros una hospitalidad más
suntuosa que cualquier otro miembro de la tribu. En todas ocasiones tiene que
consultar el consejo de la tribu, que se compone de los jefes de las diferentes
familias. Sin el consentimiento de esta asamblea no puede ni declarar la guerra
ni concluir la paz, ni aun siquiera levantar el campo. Cuando una tribu concede
el título de jeque a uno de sus miembros no es, la más veces, sino un homenaje
sin consecuencia; le da con esto un testimonio público de estimación; reconoce
solemnemente en él el más capaz, el más bravo, el más generoso, el más adicto a
los intereses de la comunidad. «Nosotros, no concedemos a nadie esta dignidad,
decía un árabe antiguo, a menos que no nos haya dado todo lo que
posee, que nos haya permitido hollar todo lo que le es querido, y todo lo que
quisiera ver honrado, y que no nos haya servido como esclavo»; la autoridad de
este jeque de jeques es las más veces tan mínima que apenas se percibe.
Habiendo preguntado uno a Araba, contemporáneo de Mahoma, de qué manera había
llegado a ser el jeque de su tribu, Araba negó al principio que lo fuera, e
insistiendo el otro Araba le respondió: «Si las desgracias aquejaban a
mis paisanos, yo les daba dinero, si alguno de ellos cometía alguna falta,
yo pagaba la multa por él, y he establecido mi autoridad apoyándome en los
hombres más dignos de la tribu. Aquél de mis compañeros que no puede hacer otro
tanto, es menos considerado que yo, el que lo puede es mi igual, y el que me
escoge es más estimado que yo.» En efecto, entonces como ahora se deponía al
jeque, si no sabía mantener su rango, o si había en la tribu un hombre más
generoso o valiente que él.
La igualdad, aunque no es completa en el
desierto, era mayor que fuera del desierto. Los Beduinos no admitían ni la
desigualdad de las relaciones sociales porque todos vivían de un mismo modo,
usaban los mismos vestidos, y consumían los mismos alimentos; ni la
aristocracia de fortuna porque la riqueza no era a sus ojos un título de
pública estimación. Menospreciar el dinero y vivir al día del botín conquistado
por su valor, después de haber repartido su patrimonio en regalos, era el ideal
del caballero árabe. Este desdén de la riqueza era prueba de grandeza de alma y
verdadera filosofía; preciso es, sin embargo, no perder de vista que
la riqueza no podía tener para los Beduinos el mismo valor que para los otros
pueblos, entre ellos es extremadamente precaria, y cambiaba de dueño con
asombrosa facilidad. «La riqueza viene por la mañana y se va por la tarde»
decía un poeta árabe, y en el desierto esto era estrictamente verdadero.
Extraño a la agricultura, y no poseyendo una pulgada de tierra, el Beduino no
poseía más bienes que sus camellos y sus caballos; pero era una posesión que
podía perder en un instante. Cuando una tribu enemiga atacaba a la suya y le
quitaba todo lo que poseía, como sucede todos los días, el que ayer era rico,
se encontraba de pronto reducido a la miseria, pero mañana tomaría la revancha
y volvería a ser rico.
Sin embargo, la igualdad completa no puede
existir sino en el estado de la naturaleza, y el estado de la naturaleza no es
más que una abstracción. Hasta cierto punto, los Beduinos eran iguales entre
sí, pero en primer lugar sus principios igualitarios no se extendían a todo el
género humano; ellos se estimaban muy superiores, no solo a sus esclavos y a
los artesanos, que ganan el pan trabajando en sus campos, sino aun a todos los
hombres de todas las otras razas; tenían la pretensión de haber sido amasados de
un barro diferente al de todas las otras criaturas humanas. Las desigualdades
naturales acarrean distinciones sociales, y si la riqueza no daba al Beduino
consideración ni importancia alguna, tanto más se la daban la generosidad, la
hospitalidad, la bravura, el talento poético y el don de la palabra. «Los
hombres se dividen en dos clases, ha dicho Hatim: las almas bajas se
complacen en amontonar dinero, las almas elevadas buscan la gloria que procura
la generosidad.» Los nobles del desierto, los «reyes de los árabes» como decía
el Califa Omar, eran los oradores, y los poetas, son aquellos que practican las
virtudes beduinas; los plebeyos son los necios o malvados que no las practican.
Por lo demás los Beduinos no han conocido nunca ni privilegios ni títulos, a
menos que no se considere como tal el sobrenombre de «Perfecto» que se daba
antiguamente al que juntaba al talento de la poesía la bravura, la liberalidad,
el conocimiento de la escritura, la destreza en nadar y en tirar el arco.
La nobleza de nacimiento, que bien
comprendida impone grandes deberes y hace las generaciones solidarias unas de
otras, existía también entre los Beduinos. La multitud, llena de veneración
hacia la memoria de los grandes hombres a quienes rendían una especie de culto,
rodeaba a sus descendientes de su estimación y afecto, con tal que, si estos no
han recibido las mismas dotes que sus abuelos, conservasen al menos en su alma,
el respeto y el amor a los hechos heroicos, al talento y a la virtud.
Antes del islamismo se consideraba nobilísimo
el jeque de tribu cuyo padre, abuelo y bisabuelo le habían precedido
sucesivamente en el mismo puesto. Nada más natural. Puesto que no se daba el
título de jeque sino al más distinguido, se debía creer que las virtudes
beduinas eran hereditarias en una familia que durante cuatro generaciones había
estado a la cabeza de su tribu.
En una tribu todos los Beduinos son hermanos;
este es el nombre que se dan entre sí cuando cuentan la misma edad; si es un
anciano el que habla a un joven le llama: hijo de mi hermano. Si
uno de sus «hermanos» se halla reducido a la mendicidad y viene a implorar su
socorro el Beduino matará si es preciso hasta su última oveja para alimentarlo;
si su «hermano» ha sufrido una afrenta de un hombre de otra tribu, sentirá esta
afrenta como una injuria personal y no se dará punto de reposo hasta que no
haya obtenido la venganza. Nada puede dar una idea bastante clara, bastante
viva de esta «azabia» como él la llama, de esa adhesión profunda, ilimitada,
inquebrantable que el Árabe siente hacia sus paisanos, de esa absoluta adhesión
a los intereses, a la prosperidad a la gloria y al honor de la comunidad que lo
ha visto nacer y que lo verá morir; no es un sentimiento parecido a nuestro
patriotismo, que parecería al ardiente Beduino frío en extremo, era una pasión
violenta y terrible y al mismo tiempo el primero, el más sagrado de los
deberes, la verdadera religión del Desierto. Por su tribu, el árabe estaba
siempre pronto a todos los sacrificios, por ella comprometería a cada instante
su vida en esas empresas arriesgadas en que solo la fe y el
entusiasmo pueden realizar portentos; por ella pelearía hasta que su cuerpo
deshecho no tuviese figura humana... «Amad a vuestra tribu, ha dicho un poeta,
porque estáis unidos a ella por lazos más fuertes que los que existen entre el
marido y la mujer».
He aquí de qué manera comprendía el Beduino
la libertad, la igualdad y la fraternidad. Estos bienes le bastaban, no
imaginaba otros, estaba contento con su suerte. Europa no está jamás contenta
con la suya, o no lo está más que durante un día. Nuestra febril actividad,
nuestra sed de mejoras políticas y sociales, nuestros esfuerzos incesantes para
llegar a un estado mejor ¿no son en el fondo los síntomas, la confesión
implícita del tedio y malestar que entre nosotros corroen y devoran la
sociedad? La idea del progreso preconizada hasta la saciedad en las cátedras y
en la tribuna es la idea fundamental de las sociedades modernas; ¿pero habla
sin cesar de cambios y mejoras el que se encuentra en una situación normal, el
que se halla feliz? Buscando siempre la felicidad sin conseguirla, destruyendo
hoy lo que edificamos ayer, caminando de ilusión en ilusión y de desengaño en
desengaño, acabamos por desesperar de la tierra y decimos en nuestros momentos
de abatimiento y debilidad que el hombre tiene otro destino que los Estados, y
aspiramos a bienes desconocidos, en un mundo invisible.
Completamente tranquilo y fuerte el Beduino
no conocía estas vagas y enfermizas aspiraciones a un porvenir mejor; su
espíritu alegre, expansivo, indiferente, sereno como su cielo, no comprendería
nuestros cuidados, nuestros dolores, ni nuestras confusas esperanzas. A
nosotros con nuestra ambición ilimitada en el pensamiento, en los deseos y en
el movimiento de la imaginación, esta vida tranquila del desierto nos parecería
insoportable por su monotonía y su uniformidad, y preferiríamos pronto nuestra sobreexcitación habitual,
nuestras miserias, nuestros sufrimientos, nuestras sociedades conturbadas y
nuestra civilización a todas las ventajas que poseían los Beduinos en su
inmutable tranquilidad.
Entre ellos y nosotros existía una diferencia
enorme, somos demasiado ricos de imaginación para gustar del reposo del
espíritu; pero es también a la imaginación a la que debemos nuestro progreso,
ella es la que nos ha dado nuestra superioridad relativa. Donde quiera que
falta, el progreso es imposible; cuando se quiere perfeccionar la vida civil y
desarrollar las relaciones de los hombres entre sí, es preciso tener presente
en el espíritu la imagen de una sociedad más perfecta que la existente; ahora
bien, los árabes a despecho de un prejuicio acreditado no tienen sino muy
escasa imaginación. Tienen la sangre más impetuosa, más ardiente que nosotros y
pasiones más fogosas; pero son al mismo tiempo el pueblo menos inventivo del
mundo. Para convencerse de ello, basta examinar su religión y su literatura.
Antes que se hicieran musulmanes tenían sus
Dioses, representantes de los cuerpos celestes; pero nunca tuvieron mitología,
como los Indios, los Griegos y los Escandinavos; sus dioses no
tenían pasado, no tenían historia y nadie intentó componerles una. En cuanto a
la religión predicada por Mahoma, simple monoteísmo al que han venido a
juntarse algunas instituciones y algunas ceremonias tomadas del judaísmo y del
antiguo culto pagano, es sin disputa, de entre todas las religiones positivas
la más simple y la más desnuda de misterio, la más razonable y la más depurada,
dirían aquellos que excluyen lo sobrenatural en cuanto es posible y que
destierran del culto las demostraciones exteriores y las artes plásticas.
En la literatura, la misma falta de
invención, la misma predilección por lo real y positivo. Los demás pueblos han
producido epopeya en que lo sobrenatural juega un gran papel. La literatura
árabe no tiene epopeya, no tiene tampoco poesía narrativa; exclusivamente
lírica y descriptiva, esta poesía no ha expresado nunca más que el lado
práctico de la realidad. Los poetas árabes describen lo que ven y lo que
experimentan; pero no inventan nada, y si alguna vez se permiten hacerlo, sus
compatriotas en vez de complacerse en ello, los tratan secamente de embusteros.
La aspiración hacia lo infinito, hacia lo
ideal, les es desconocida y lo que vale más a sus ojos, desde los tiempos más
remotos, es lo preciso y lo elegante de la expresión, el lado técnico de la
poesía.
La invención es tan rara en su literatura que
cuando se encuentra en ella un poema o un cuento fantástico, se puede casi
siempre asegurar desde luego, sin temor de equivocarse, que tal producción no
es de origen árabe, que es una traducción. Así, en «Las mil y una Noches» todos
los cuentos de hadas, esas graciosas producciones de una imaginación fresca y
alegre que han encantado nuestra adolescencia son de origen persa o
índico; en esta inmensa colección, las únicas narraciones verdaderamente árabes
son los cuadros de costumbres, las anécdotas tomadas de la vida real.
En fin, cuando los árabes establecidos en
inmensas provincias conquistadas con la punta de su espada se han ocupado
de materias científicas han mostrado la misma falta de poder creador. Han
traducido y comentado las obras de los antiguos, han enriquecido ciertas
especialidades con observaciones pacientes y minuciosas; pero no han inventado
nada, no se les debe ninguna concepción grande y fecunda.
Existen, pues, entre los árabes y nosotros diferencias esenciales. Acaso tienen ellos más elevación de carácter, más grandeza de alma y un sentimiento más vivo de la dignidad humana; pero no llevan consigo el germen del desarrollo y del progreso y con su necesidad apasionada de independencia personal y con su carencia absoluta de espíritu político parecen incapaces de plegarse a las leyes sociales. Lo han ensayado con todo: arrancados por un profeta, de sus desiertos, y lanzados por él a la conquista del mundo, lo han llenado con la fama de sus hazañas; enriquecidos con los despojos de cien provincias, han aprendido a conocer los goces del lujo; puestos en contacto con los pueblos que habían vencido, han cultivado las ciencias y se han civilizado tanto como era posible. Sin embargo, aun después de Mahoma ha trascurrido un periodo bastante largo antes de que perdieran su carácter nacional. Cuando llegaron a España, eran todavía los verdaderos hijos del Desierto y era natural que a las orillas del Tajo o del Guadalquivir, no pensaran al principio sino en proseguir las luchas de tribu a tribu, de horda a horda comenzadas en la Arabia, en la Siria y en el África. De estas guerras es de lo que primero debemos ocuparnos y para comprenderlas bien es necesario subir hasta Mahoma.
LIBRO I. LAS GUERRAS CIVILES. CAPÍTULO II.
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